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FRANCISCO VIRSEDA

Secretario General FSIE

Si por autonomía entendemos la capacidad de una persona o


de una institución para establecer sus propias normas de funciona-
miento y autogobierno, cabría definir la autonomía de los centros
educativos como la suma, por una parte, de las facultades directivas
de la titularidad y, por otra, de los derechos de participación de la
comunidad educativa, de tal modo que en el ámbito interactivo
generado no quede lugar a la intromisión de las Administraciones
educativas. Y no cabe duda de que, a día de hoy, entre los factores
que contribuyen a la calidad de la educación se encuentra la auto-
nomía de los centros para la toma de decisiones.
La Constitución reconoce a los padres, profesores y alumnos el
derecho de intervención en el control y gestión de los centros sos-
tenidos con fondos públicos (públicos y privados concertados): un
derecho que queda articulado mediante la participación de la comu-
nidad educativa en el consejo escolar del centro.
En otro orden de cosas, la autonomía implica la posibilidad de
llevar a cabo, con un amplio margen de libertad, un proyecto o plan
educativo específico, claramente definido, controlado, valorado y
compartido por los estamentos implicados en la acción educativa de
cada centro. Y para que dicha autonomía sea plena, los profesores
deben poder actuar de forma autónoma y con margen suficiente
para decidir, libre y colegiadamente, la forma en que conviene
actuar en cada caso. No obstante, no debe confundirse la autono-
mía pedagógica con la de las partes, pues en tal caso no habría pro-
yecto educativo, y cuando no existe proyecto educativo, no hay
educación.
258 FRANCISCO VIRSEDA

Pues bien, ¿cómo hacer compatibles la autonomía escolar y las


funciones de las Administraciones educativas?
Si bien son las Administraciones públicas las que garantizan el
derecho a la educación, la Constitución prevé que sean terceros
quienes satisfagan dicho derecho constitucional. Nos hallamos, pues,
ante una facultad propia, inherente a su condición de empresarios
educativos en una economía libre de mercado, que queda ampara-
da por el apartado 6 del artículo 27 de la Constitución: “Se recono-
ce a las personas físicas y jurídicas la libertad de creación de centros
docentes, dentro del respeto a los principios constitucionales”. Por
tanto, la satisfacción del derecho a la educación no es un “servicio
público” –o algo atribuido a los poderes públicos–, sino un “servicio
de interés público y social” necesario en toda sociedad democrática.
En este sentido, aprovecho para señalar que toda inspección
educativa debe velar antes por la mejora del sistema educativo que
por estar al servicio de la Administración educativa; que deberían
preocuparle más el nivel ortográfico, la comprensión lectora y los
avances del alumnado en las materias fundamentales que el número
de alumnos por clase que presentan los centros privados –por poner
un ejemplo– o las vacantes de los centros públicos.
De hecho, entre las principales funciones de la inspección edu-
cativa cabría destacar las siguientes:

a) La supervisión del funcionamiento de los centros educativos


en sus aspectos pedagógicos y organizativos.
b) La colaboración en la práctica docente (cuya iniciativa
corresponde al centro).
c) La evaluación externa de los centros, de su personal y de su
función directiva.
d) El asesoramiento e información sobre los derechos y obli-
gaciones de los miembros de la comunidad educativa en
aquellos aspectos que afecten al sistema educativo.
e) La vigilancia del cumplimiento de las leyes, Reglamentos y
demás disposiciones vigentes en relación con dicho sistema.

Asimismo, cabe señalar que, en el caso de los centros privados


y privados concertados, a la Administración no le corresponden las
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competencias que sí posee –en cuanto titular– en los públicos: una


diferencia que, por cierto, tiende a ser ignorada por determinadas
Administraciones educativas, las cuales, en clara vulneración de la
Constitución, consideran que el concierto educativo “asimila” a los
centros públicos los centros privados concertados. No se nos oculta
la existencia de ciertas demandas reclamando la intervención de
dichas Administraciones en el funcionamiento de los centros con
objeto de evitar que éstos adopten soluciones que los hagan dife-
rentes ante la sociedad. Ni que decir tiene que esas pretensiones
chocan con la libertad y con un planteamiento riguroso de autono-
mía y de respeto a los distintos estamentos que conforman las comu-
nidades educativas.
La autonomía pedagógica, por su parte, se refiere al conjunto
de facultades que ostentan los titulares de los centros para configu-
rar una orientación pedagógica propia, y se concreta en el proyecto
educativo y curricular y en las normas de funcionamiento (Regla-
mento de Régimen Interior o RRI). La legislación orgánica se pro-
nuncia de forma clara por la autonomía pedagógica de los centros a
la hora de determinar su oferta educativa y obliga a las Administra-
ciones educativas a fomentarla; mientras que estas últimas poseen
potestad para fijar las denominadas enseñanzas mínimas, las cuales
constituyen los aspectos básicos del currículo. Por tanto, el currícu-
lo opera como límite a la autonomía pedagógica del centro, pues son
las leyes educativas las que sujetan la autonomía a los límites esta-
blecidos por la Ley.
Tanto el alcance como los límites de la organización del ejerci-
cio de la función directiva en los centros concertados viene definido
en la Constitución Española, en los tratados internacionales suscritos
y ratificados por el Estado español y en la jurisprudencia dictada por
el Tribunal Constitucional.
Así pues, es competencia de la función directiva, contando con
el Consejo Escolar:

a) el nombramiento y cese del director pedagógico;


b) la selección y despido del profesorado, con los límites lega-
les establecidos;
c) la disciplina del alumnado;
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d) la programación general;
e) el presupuesto;
f) el Reglamento de régimen interno.

La autonomía, a su vez, guarda una relación directa con:

a) la capacidad de liderazgo;
b) la responsabilidad;
c) la organización de la enseñanza;
d) el funcionamiento del centro;
e) la formación del profesorado.

Es competencia de las Administraciones educativas fijar el


número mínimo de días lectivos durante el curso escolar, el número
mínimo de horas lectivas semanales y los contenidos mínimos del
currículo. Los centros, por su parte, deben establecer los procedi-
mientos de atención a la diversidad en términos flexibles y organizar
la optatividad y las opciones dentro de las modalidades de Bachille-
rato, generar nuevas materias optativas, etc., así como establecer su
organización y normas de convivencia en el Reglamento de régimen
interno. Estas actuaciones contribuirían a una mejor atención al
alumnado, a un enriquecimiento de la oferta educativa y a un fun-
cionamiento menos rígido y burocratizado.
Si bien es cierto que una comunidad escolar se da desde el
momento en que existen un colegio, unos profesionales, unos alum-
nos y una organización, los citados elementos, aun siendo condición
necesaria, no resultan suficientes para que la comunidad escolar se
constituya en comunidad educativa. Cuando no existen metas com-
partidas, ni proyecto educativo por desarrollar, ni esfuerzo conjunto,
la entidad de la comunidad escolar será a duras penas suficiente para
formar una comunidad educativa.
Pues bien, hoy día, en que es más necesario que nunca que los
centros se transformen en comunidades educativas, la clave de dicha
transformación reside en la participación; para participar hay que
comunicarse, y para comunicarse es preciso relacionarse. La partici-
pación, la comunicación y la relación son, pues, los tres conceptos
clave para conseguir auténticas comunidades educativas.
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La autonomía de un centro educativo se consolida cuando se


refuerza, en primer lugar, la participación. Y es condición indispen-
sable que los profesores abandonen el papel de simples transmiso-
res de conocimientos para convertirse en líderes de la acción edu-
cativa, en impulsores de la autoformación de sus alumnos. Tanto a
título individual como colectivo la participación de los profesores en
la vida de la comunidad educativa ha de ser intensa, plural y diver-
sa y no debe limitarse al cumplimiento de sus obligaciones contrac-
tuales como empleados del centro, sino actuar de fuerza motriz que
impulse la participación de los demás.
Para una participación así entendida constituyen obstáculos:

a) los caracteres singulares;


b) quienes participan con “otras” finalidades;
c) quienes participan de una manera mecánica;
d) quienes participan sólo cuando les conviene;
e) quienes no participan y, además, incitan a otros a hacer lo mismo.

En la medida en que los profesores participen en la toma de


decisiones, asuman como suyo el carácter propio del centro y se
sientan valorados y protegidos, su participación será mayor, más acti-
va y más valiosa.
Ahora bien, llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿tienen los
profesores, en cuanto a la autonomía, margen de avances reales y
posibles? En mi opinión, la respuesta es “sí” siempre que los titulares
de los centros les permitan intervenir de forma activa en la plena
gestión del centro (dejando a salvo el carácter propio), tomada ésta
en el más amplio sentido de la palabra.
Todavía son muchos los centros remisos ante cualquier avance
participativo, como si no quisieran entender que toda la comunidad
educativa trabaja en lo mismo, por lo mismo y para lo mismo: la edu-
cación integral de los alumnos y alumnas que les confían las fami-
lias. Y los profesores desean “implicarse”, es decir, corresponsabili-
zarse en los acuerdos que se adopten para llevarlos entre todos a
efecto. Es labor de los titulares de los centros educativos ilusionar y
comprometer al profesorado con los grandes objetivos y fines de la
estimulante tarea educadora.
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Enumeramos a continuación algunas de las condiciones que, a


nuestro juicio, han de darse en los distintos ámbitos para el logro de
una mayor autonomía.

CONDICIONES DEL PROYECTO EDUCATIVO DE CENTRO


PARA AVANZAR EN LA AUTONOMÍA PEDAGÓGICO-DIDÁCTICA

El proyecto educativo de centro es el elemento nuclear de la auto-


nomía de un centro educativo; es el elemento vertebrador de la
concepción y fundamentación en el ámbito educativo y didáctico
del centro. Esta identidad propia de un centro educativo debe huir
de la improvisación, la rutina y las contradicciones.
El propio marco legislativo de la LOE (art. 120.2) ordena que:

“Los centros docentes dispondrán de autonomía para elaborar,


aprobar y ejecutar un proyecto educativo y un proyecto de ges-
tión, así como las normas de organización
y funcionamiento del centro.”

El proyecto educativo de centro debe:

a) Ser deseable por la comunidad educativa.


b) Ser instrumento de cohesión y coordinación.
c) Favorecer la coherencia de las actividades que se realicen.
d) Contribuir a dar respuestas realistas a las necesidades del cen-
tro.
e) Ser instrumento para la evaluación del proceso educativo.
f) Ser un documento abierto y flexible, que se reelabore y rein-
terprete de forma permanente.
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CONDICIONES PARA AVANZAR

en la participación en la organización
a) El grupo debe estar formado del trabajo
por individuos con intereses
comunes. a) Reparto de autoridad y dele-
b) Los componentes del grupo gación de competencias.
deben estar dispuestos a b) Estímulo a las responsabilida-
lograr conjuntamente deter- des de los miembros.
minados objetivos. c) Información retroactiva de los
c) El logro de esos objetivos ha ejecutores a los directivos.
de integrarse en un proyecto d) Relaciones personales fluidas
común. y ágiles.
d) Han de asumirse los princi- e) Autenticidad y coherencia
pios de respeto, tolerancia y entre lo que se dice y lo que
pluralismo. se hace.
e) Debe producirse un reparto f) Autocrítica y análisis para la
de tareas. mejora.
f) Las decisiones deben llevarse g) Actitud positiva de supera-
a cabo con la colaboración ción, tendente a la mejora de
de todos. la participación de la gestión,
g) La gratificación individualizada de los resultados y de sus
es necesaria para recompensar efectos.
los esfuerzos realizados.

en la autonomía organizativa y la eficacia


a) Liderazgo de la dirección.
b) Estabilidad del profesorado.
c) Programas con objetivos claros, coherentes, compartidos y
bien planificados.
d) Programas efectivos de desarrollo profesional del profesorado.
e) Asunción, participación y apoyo de las familias.
f) Sentimiento colectivo de unidad.
g) Fomento del orden, la disciplina y el control en el ambiente
escolar.
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CONDICIONES PARA AVANZAR


EN LA AUTONOMÍA ECONÓMICA DEL CENTRO

La autonomía económica, que no consiste sino en otorgar a las ins-


tituciones educativas la posibilidad de ejercer su capacidad geren-
cial, nada tiene que ver con algunos postulados malintencionados
del neoliberalismo educativo.

a) En el caso de los centros privados que no reciben fondos públi-


cos será la titularidad de los mismos quien establezca en sus
estatutos sus propios márgenes de autonomía.
b) En los centros privados concertados es la Administración quien
determina el margen de discrecionalidad o autonomía econó-
mica que les corresponde en relación con los fondos recibidos,
y puesto que sólo cuentan con una cobertura parcial de sus
necesidades y deben contemplar además otras fuentes de finan-
ciación, deberían disfrutar de una mayor libertad de actuación
–entendida ésta dentro de la condición de “sin ánimo de lucro”–
y de una vigilancia menor por parte de las autoridades o ins-
tancias externas.

A modo de conclusión, me voy a permitir dos breves consi-


deraciones que siempre debería tener presentes toda política edu-
cativa:

1. La educación es una responsabilidad compartida cuyo


componente estable consiste en contribuir a la mejora y al
perfeccionamiento de las personas.
2. En la educación se transmiten y ejercitan valores orienta-
dos a respetar los deberes y derechos fundamentales de la
persona y a hacer la vida en sociedad lo mejor posible.
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Por eso, y sin olvidar que la educación en libertad es insepa-


rable de la libertad de educación, esto es lo que se exige de ella
en el siglo XXI:

1. Que permita a las personas crecer conjuntamente, avanzar


hacia sí mismas y ganar en libertad.
2. Que imparta una formación completa, suficiente e integral
y más orientada al autoaprendizaje que a la transmisión
del saber académico.