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Módulo I

​a. Introducción a la Ética – Celia Cabrera


​b. Introducción a los textos del programa de
filosofía – Eduardo P. Osswald
​c. La Sofística – Rodrigo Amuchástegui
​ ​d. Sócrates, una vida filosófica – Rodrigo
Amuchástegui
​ ​e. Platón – Eduardo P. Osswald
​ f. La Ética de Platón – Graciela Torrecillas
​g. Aristóteles y el problema de la felicidad: La ética
de la virtud – Gustavo Romero

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Introducción a la Ética

¿Qué es la ética?
La pregunta que intentaremos responder es: ¿De qué hablamos cuando
hablamos de “ética” en el marco de una materia de filosofía?
El uso cotidiano de la ‘’ética’’ es un equivalente al término ‘’moral’’.
Etimológicamente, son equivalentes.
“Ética”​ deriva del griego ​“éthos”​ que significa ​“costumbre”​ y ​“moral”
viene del latín ​“mos”​ que es traducción de ​“éthos”. ​(anotación: por lo que moral y
ética derivan del griego que significa costumbre).
En cuanto a la filosofía, dichos términos tomaron distintos caminos.

Moral: ​Alude al conjunto de costumbres, comportamientos, creencias,


actitudes, convicciones, códigos de conducta y sistemas de valores de un
individuo o grupo social. Esta definición abarca distintos niveles.

En primer lugar, se sigue que la moral refiere a la forma concreta en la


que actuamos, lo que podemos llamar ​“el hecho moral”​ o ​“el fenómeno
moral básico”​. En segundo lugar, hablar de la moral de una persona, una
familia, un grupo de amigos o una institución (como un colegio o un
club) implica la existencia de una regularidad en su comportamiento, es
decir, alude al hecho de que las acciones, tanto individuales como
colectivas, muestran cierta orientación habitual.
Esta regularidad puede estar explícitamente prescripta (tal así como un
código de vestimenta o de conducta de una institución) o ser
simplemente tácita, este sería el caso en el que nos comportamos
regularmente siguiendo determinadas expectativas implícitas
compartidas por un grupo.

Por ejemplo​, el código de conducta de un club puede prescribir que no se


puede ingresar a la institución sin la indumentaria adecuada o que no se
deben dañar las instalaciones. Pero “no curiosear sobre la vida privada
de los demás”, “no llevar y traer chismes sobre los compañeros” son
conductas esperables de todo miembro, aunque no estén formuladas
explícitamente en el código de conducta.
En tercer lugar, si bien el nivel de la moral no implica aún una
problematización de la validez de los códigos según los cuales
orientamos nuestras acciones. La moral incluye ciertas concepciones
sobre lo bueno, lo malo, lo correcto, lo incorrecto, etc. Nos comportamos
de un modo determinado, tomamos ciertas decisiones, porque tenemos
cierta concepción respecto de lo que “se debe hacer”. Si consideramos
que hemos actuado de manera reprobable o impugnamos la conducta de
otra persona es porque tenemos cierta noción acerca de lo que es
correcto. En el mismo sentido, cuando se prescribe seguir ​“las buenas
costumbres”​ se hace alusión al conjunto de códigos o principios que
determinan que está ​“bien visto”​ por un grupo de personas.
En esto consiste lo que ha sido llamado el carácter de ​“facticidad
normativa”​ de la moral, es decir, el simple hecho de que al actuar
ajustamos nuestra conducta a determinadas normas.

En resumen, el ámbito de la moral designa un fenómeno muy amplio y


complejo que abarca tanto las múltiples variantes de comportamientos y
costumbres de una persona o grupo, como sus creencias o visiones sobre
esos comportamientos. En pocas palabras, incluye los hechos y las
normas que los regulan.

La moral, en sus diversas dimensiones, impregna toda nuestra realidad.


En gran parte de nuestras discusiones cotidianas están en juego
conceptos como ​“justo”, “injusto”, “bueno”, “malo”, “mejor”, “peor”,
“libertad”, “egoísmo”, “altruismo”, “honestidad”,​ etc.
La presencia ineludible de la moral en nuestra vida toma diferentes
formas, según las condiciones sociales, históricas, psicológicas y
culturales.

Sabemos por experiencia que hay una pluralidad de


códigos de conducta, que no todos opinan de igual manera sobre qué es
lo correcto en una situación determinada. Esto sucede cuando dudamos
ante dos o más alternativas de acción que no pueden ser realizadas
simultáneamente o cuando tenemos dudas acerca de una opinión que
sostuvimos en un momento pasado.
Podríamos decir que nuestro primer acercamiento a las cuestiones de la
ética filosófica se da cuando nos enfrentamos a un dilema, es decir,
a situaciones que tiene carácter conflictivo. Y para algunos filósofos, este
tipo de conflictos son ​“el hecho básico de la moralidad”​.
Un conflicto o dilema moral pone en juego concepciones sobre el
deber, la obligación, los valores, la responsabilidad por uno mismo y por
otros sujetos.

Por eso, aunque las preguntas de las


que se ocupa la ética puedan parecer abstractas, cualquier persona que
intente pensar un problema práctico concreto puede ser conducida hacia
las preguntas propias de la ética filosófica.

¿Qué entendemos con el término ​“ética”​? ¿Y en qué se distingue de la


moral?

Ética: ​Es una disciplina filosófica dedicada a realizar un estudio


sistemático sobre la moral, en todas las dimensiones que presentamos
anteriormente. Este estudio sistemático tiene el carácter de una
reflexión, es decir, la tarea de la ética es reflexionar sobre la moral.

Es evidente que no necesito ser filósofo para decidir que algo es correcto
o incorrecto, justo o injusto. Esto pone de relieve que la reflexión tiene
distintos niveles y que, al definir la ética como reflexión, no queremos
decir que en el nivel moral no haya reflexión sino que la reflexión ética va
más allá de la moral ​-y de toda reflexión sobre lo bueno y lo malo que
pueda darse en este nivel-​, en la medida en que la convierte a ella misma
en objeto de estudio.
La reflexión de la ética filosófica constituye un esfuerzo por comprender,
esclarecer, problematizar, explicitar, reconstruir u ordenar el complejo
fenómeno de la moral, en sus distintos niveles.

En concreto, nos ayuda a comprender que la tarea de la ética no es


transmitir ingenuamente un conjunto de reglas, prescribir qué acciones
hay que ejecutar, exhortar mediante consejos que la gente actúe de cierta
manera, predicar dogmáticamente la adhesión a un determinado modo
de vida, etc. Nada de esto concierne a la ética. La ética, por el contrario,
problematiza cada una de esas cuestiones. Esto no significa que la
reflexión ética no tenga un efecto en las acciones del hombre, en su vida.

Sócrates nos pide que sólo tengamos por verdadero aquello de lo que
estamos convencidos por nosotros mismos, porque éste es el único modo
de alcanzar la virtud.

Como sostiene ​R. Maliandi​ , “La ética es ​«práctica»​ no


porque indique lo que hay que hacer ​hic et nunc,​ sino porque hace
«madurar»​ la capacidad práctica del hombre”.​ ​(Anotación:​ ​hic et nunc ‘’e​ s una
expresión latina que significa ​aquí y ahora​ . Es cuando alguien no está dispuesto a esperar, quiere
algo inmediatamente, al mismo tiempo, el individuo ya no tiene paciencia​.’’​)

Tareas de la reflexión ética sobre la moral


La reflexión de la ética sobre la moral puede tener diversos objetivos. En
el apartado anterior mencionamos algunos de ellos: comprender la
moral, esclarecerla, problematizarla, reconstruirla, sistematizarla,
ordenarla, fundamentarla, criticarla o cuestionarla.
Una cuestión importante que hay que tener en cuenta es que un
estudio filosófico de la moral es diferente de un estudio sociológico,
antropológico, biológico o psicológico de la moral.
La ética filosófica no se limita a describir el hecho de que las personas
tienen determinadas visiones morales, la distribución de las creencias
morales según culturas o religiones o la frecuencia de acciones egoístas o
altruistas en determinados contextos. Sino que se convierten en temas
centrales la corrección de las acciones, la posibilidad de considerar a los
sujetos como agentes morales, etc.
Distinguiremos las tareas
abordadas históricamente por la ética filosófica del siguiente modo:
1. Fundamentación y cuestionamiento de la fundamentación de las
normas morales
2. Análisis del significado de los conceptos morales. Estas tareas
corresponden a las dos grandes vertientes de la ética filosófica: la
primera corresponde a la ética normativa y la segunda a la metaética.

1. La tarea normativa

Es la vertiente de la ética filosófica encargada de evaluar la


validez de las normas con las que juzgamos las acciones. Su punto de
partida son los hechos de nuestra vida cotidiana y las normas con las que
los juzgamos pero su tarea es preguntarse si ellas son válidas.
¿Por qué es necesario que la ética realice esta tarea? Kant, uno de los
filósofos que estudiaremos en la materia, planteó este interrogante.
Responde que la reflexión de la ética filosófica es necesaria porque la
reflexión pre-filosófica se deja seducir con facilidad, porque el hombre
tiende a acomodar el deber según sus deseos y poner en duda su validez.
El juicio de la ​“razón vulgar“​ debe pedir ayuda a la filosofía para no caer
en ambigüedades que propician la tendencia de los hombres a
engañarse. En este contexto, salta a la vista otra característica
importante de la ética filosófica: la tarea de fundamentación y crítica de
las normas morales requiere también la reconstrucción de ese saber
pre-filosófico, que ponemos en juego en las decisiones que tomamos en
nuestra vida cotidiana.
Con las normas morales sucede aquí algo muy similar a lo que sucede
con las reglas del lenguaje de la lengua materna: sabemos cómo usarlas
pero quizás no podemos formularlas y explicarlas a un hablante no
nativo. La tarea de reconstrucción de las normas morales que realiza la
ética es, en este sentido, similar a la que realiza la gramática con las
reglas del lenguaje: las rastrea, las explicita y permite clarificarlas, a fin
de evitar las ambigüedades de las que nos habla Kant.

1.2 Enfoques de la ética normativa

La tarea de fundamentación de las normas que realiza la ética normativa


puede ser abordada mediante dos enfoques: el deontológico y el
teleológico.

A. La fundamentación deontológica:
La deontología es un enfoque de la ética normativa que se concentra en
el fenómeno de la obligación moral (el término​“deontología” ​deriva del
griego ​“déon”​ que significa ​“deber” u “obligación”​). Una de las
características del enfoque deontológico es que, para responder a esa
pregunta, recurre a la postulación de principios universales que
establecen las obligaciones de manera objetiva. El fundamento para
determinar la corrección de una acción se encuentra en un principio
moral básico que debe seguirse siempre, independientemente de las
consecuencias que pueda acarrear su aplicación.
Por este motivo, se considera que la ética deontológica exhibe una
prioridad de las intenciones por sobre las consecuencias de las acciones.
La ética deontológica más conocida es la ética kantiana.

B. La fundamentación teleológica:
La fundamentación teleológica (este tipo de fundamentación se
denomina también ​“de fines” o “consecuencialista”​, pues ​“télos” s​ ignifica
“fin”​ en griego) otorga mayor importancia a las consecuencias que a los
principios. Lo que se evalúa es justamente lo que la deontología deja al
margen: los resultados de las acciones, el fin que persiguen. Las éticas
teleológicas no constituyen un conjunto unívoco de teorías pero
comparten la idea de que hay un fin superior al que las acciones deben
dirigirse. Desde la ética antigua, el concepto de “fin” ha sido asimilado al
concepto de “bien” y este fin o bien supremo fue comprendido como un
ideal de perfección y virtud.
Los enfoques centrados en la virtud​ son una de las variantes de la ética
teleológica y, en cuanto tales, presentan algunas diferencias importantes
respecto de la deontología: para ellos, no es tan importante la obligación
moral, sino qué tipo de persona es un sujeto. Lo que interesa es su vida
considerada como una totalidad, la educación moral integral, el
desarrollo personal de una disposición ética, la
capacidad de deliberación, y no meramente la calificación de las acciones
consideradas individualmente según cumplan o no un conjunto de
obligaciones.

2. La tarea metaética

Es una vertiente de la ética filosófica que plantea preguntas distintas a


las de la​ ética normativa​. Podríamos definirla como una reflexión sobre
la ​anterior nombrada​, ya que examina la validez de los argumentos que
la ​normativa​ utiliza para la fundamentación de las normas y se esfuerza
por aclarar el significado de los términos con los que opera. La metaética
se distancia de los debates sobre el bien, los valores, el deber, la virtud
etc., y se pregunta por los supuestos y por el sentido de los conceptos que
están en juego en esos debates. A la metaética no le interesa investigar
qué es el bien, cuáles son nuestras obligaciones o cómo ser virtuosos; no
dice nada acerca de qué acciones son
correctas o qué principios hay que adoptar. Todas estas cuestiones son
propias de la ética normativa. Las preguntas de la metaética son, en
cierto sentido, más abstractas.
Por ejemplo:​ ¿Las normas morales son relativas a las culturas? ¿Hay
hechos morales? ¿Qué significan? ¿Cómo los conocemos? ¿Qué
significan los términos “bueno”, “malo”, “deber”? ¿Cómo se distinguen
los razonamientos morales de otro tipo de razonamientos? ¿Con qué
criterio se puede juzgar la validez del enunciado: “debo hacer x“? ¿Es
posible fundamentar una norma moral?

Las preguntas de la ética normativa y de la metaética están


estrechamente relacionadas, pero son distintas.

Problemas éticos

La fundamentación de las normas y el conocimiento en la moral


(relativismo, escepticismo y nihilismo). La aplicación de las normas
morales. La libertad.

1.El problema de la fundamentación de las normas:


La tarea de fundamentación de las normas morales es muy compleja y da
lugar a problemas que fueron advertidos por los filósofos desde los
comienzos históricos de la reflexión sobre estas cuestiones. Uno de los
problemas que está en la base de la determinación de la posibilidad de
fundamentar las normas morales es lo que ha sido llamado “el problema
del conocimiento moral”. El núcleo de este problema puede resumirse
del siguiente modo: las proposiciones de las que se ocupa la ética son
proposiciones normativas, es decir, no describen hechos en el mundo
sino que pretenden regular las conductas de las personas.
2.Posiciones que cuestionan la posibilidad de fundamentación de las
normas morales:
a. RELATIVISMO MORAL: ​Es la posición que sostiene que en
cuestiones morales no hay verdades objetivas y universales, nada es en sí
mismo bueno o malo, justo o injusto, etc. La verdad o falsedad en el
ámbito de la moral es relativa al sujeto y a las circunstancias culturales,
religiosas, psicológicas o sociales. se opone al ​ABSOLUTISMO MORAL​,
es decir, a la posición que sostiene que existen verdades morales
independientes de las circunstancias.
b. ESCEPTICISMO MORAL: ​es una posición más radical que el
relativismo moral. El relativista no cree necesariamente que no hay
verdades en la moral y que no se puede llegar a algún tipo de
conocimiento en este ámbito, lo que sostiene es que esas verdades y su
conocimiento no son universales y absolutos.

La diferencia entre escepticismo y nihilismo es muy sutil y en muchos


casos no es posible distinguirlos netamente porque es difícil establecer
con claridad cuándo se trata solamente de una posición acerca del
conocimiento de verdades morales​ (escepticismo)​ y cuándo esa posición
gnoseológica incluye también una posición acerca de la existencia de
verdades morales ​(nihilismo).​ El escepticismo y el nihilismo se dieron
también entre los griegos, a partir de los sofistas.

2.1.El problema de la aplicación de las normas morales:


Este problema surge cuando nos preguntamos si es posible “adaptar” las
normas (generales) a situaciones concretas (particulares). Este problema
está relacionado con la cuestión de la rigurosidad de las normas, es decir,
con la pregunta acerca de si las normas morales tienen cierto margen de
flexibilidad según la circunstancias o si deben
aplicarse rigurosamente en todos los casos. La idea de que las normas
morales deben ser cumplidas incondicionalmente se denomina
RIGORISMO.​ La crítica central que se le ha dirigido al rigorismo es que,
en virtud de que cada situación es única y no puede ser equiparada a
ninguna otra, debe haber cierto margen de tolerancia para las
excepciones.

3.El problema de la libertad:


Es uno de los problemas más difíciles de la ética y de la filosofía en
general. La libertad es un problema metafísico pero concierne a la
ética en la medida en que tiene que ver con las condiciones bajo las
cuales consideramos que una persona puede ser juzgada por sus
acciones. En este sentido, está estrechamente ligado al problema de la
responsabilidad moral.
El ​DETERMINISMO​ es la posición que sostiene que todo en el universo
es necesario. Todo lo que sucede está gobernado por una estricta
legalidad causal, de modo que todo evento es efecto de una causa
anterior, y ésta de otra anterior, y así indefinidamente. El determinismo
da lugar a un problema ético en la medida en que entra en tensión con la
posibilidad del hombre de actuar libremente a partir de su
propia su voluntad. En términos más precisos, el determinismo entra en
tensión con la libertad cuando se considera la determinación como
determinación por medio de una causa exterior a la voluntad, de modo
que obstaculiza la capacidad del hombre de iniciar por sí mismo una
nueva cadena de causas.
La relación entre libertad y determinismo ha dado lugar a diversas
posiciones en la historia de la filosofía. Hay quienes consideran que son
incompatibles y quienes sostienen que son compatibles.
La libertad, para Kant, no es algo demostrable, pero debe ser postulada
necesariamente porque sin ella no sería posible hablar de conciencia
moral.
El ​LIBRE ALBEDRIO​ es una noción emparentada con la de libertad,
pero distinta y que conviene definir. Bajo este término se hace alusión a
la capacidad de elegir arbitrariamente entre distintos cursos de acción
sin ningún tipo de determinación o condicionamiento previo.

En resumen, el problema de la libertad pone en juego conceptos


filosóficos muy complejos como causalidad, determinación,
autodeterminación, indeterminación, necesidad, contingencia, voluntad,
autonomía, libre albedrío, responsabilidad, y la
relación entre ellos.

Introducción a los textos del programa de filosofía

Los sofistas y Sócrates


Nuestra primera estación y que oficia -a la vez- de origen concierne al
mundo de la polis griega, el mundo donde surge la reflexión sobre la
posibilidad de un comportamiento humano no prescripto por la religión
sino fruto de una elección racional, opción que aparece de la mano del
tránsito de una palabra que vale por quién la dice a una palabra que vale
por lo que dice: ​palabra mágico-religiosa​ y ​palabra-diálogo​.
La ​ética socrática​ que juzga que ​“conocer el bien equivale a volverse uno
bueno”​ implica que existe cierta sintonía entre el conocer y lo conocido y,
más, que el conocimiento adecuado no es una posibilidad entre otras
sino que, cuando es tal, nos convierte a lo que se conoce ¿Y qué es esto,
qué es lo que uno d​ebe​ conocer?
Sin duda viniendo de diferentes fuentes, de diversas experiencias,
constituyen ese cuerpo amorfo de convicciones que fueron
sedimentándose naturalmente y que plasman individuos que se juzgan a
sí mismos como portadores de lo usual, de lo normal y cuya reflexión no
puede ir más allá de lo que constituye la fuente de su reflexión. Ésa es la
trama que Sócrates disuelve a través de la Mayéutica que, destituyendo
ese cuerpo amorfo de nociones sólo articuladas por un
interés u otro, insta a sus avasallados interlocutores a una búsqueda que
se despoje de tales automatismos y se entregue a una búsqueda sin
manual, adentrándose en un sí mismo que da lugar a un nuevo tipo de
hombre, que se resuelve a una vida con examen, que actúa con la
asistencia de un mundo que no es el de lo cotidiano sino aquél cuyo
descubrimiento pone a la luz una vida en la que, lo que
aparece, lo que se hace, expresa, de un modo creador y veraz, lo esencial
de la naturaleza humana, su alma.

Una vida con ​examen​, una vida íntegra; recordemos que, además de la
matemática pitagórica, lo que también orientó a su discípulo Platón
hacia la concepción de la doctrina de las Ideas es la imposibilidad
material de que el hombre Sócrates fuese sólo resultado de la
experiencia, la que siempre muestra un rostro fragmentario y difuso de
las cosas. La integridad de Sócrates no puede provenir de una u otra
experiencia, sino de algo que, residiendo más allá de ella, dé lugar a una
vida más alta, a una vida con examen, a una vida buena. Lo puesto a la
luz tras la destitución de lo cotidiano obra como un poder que
excediendo a lo experimentado en el mundo, lo completa y eleva.

Platón y la ética del ​Banquete

Una obra de la madurez de Platón es la que fue seleccionada para ilustrar


su ética. Es un tratado acerca de las pasiones y, en particular, de la más
relevante: ​el amor.
Las pasiones, que nos mueven de aquí para allá, así lo hacen porque no
hemos -y en esto recuerda el caso socrático- ahondado lo suficiente en lo
que significa el ser humano.
Sin embargo en el Banquete el lugar relevante lo tiene una forma más
elemental -esencial- del amor: ​Eros​, que más que una peculiaridad de lo
vivo en general es el nombre de la fuerza cósmica que tiende a la unidad
de las cosas. Su carácter básico no habla de su rusticidad, de su arcaísmo,
sino de ser lo que abarca a todo aquello que intente ir más allá de sí para
albergar lo otro y así fundar una identidad que incluya lo diverso.
Su ​ir​ y ​venir​, ese estar embargado por las pasiones, sujeto a ellas y
embriagados por ellas se sostiene en que han cobrado una autonomía
que las desarraiga y que, justamente, su intensidad es hija de la
venganza​ que en ellas suscita el supuesto ​abandono​ de una forma más
alta: la rebelión de las pasiones es, en realidad, un saber no sabido y un
gesto de despecho por haber sido abandonadas a sí mismas.
Para Platón tal ​subversión​ es fruto de la ausencia de arraigo, de no haber
hecho el suficiente esfuerzo de ver en ellas una expresión de una
instancia que siendo más alta, sin embargo proviene de
abajo. Las pasiones despojadas de su inherencia son ​lo destructivo​ como
tal: no hay mal en el universo platónico, ​sólo ausencia de Bien​ y es por
eso que el Banquete es una doctrina de las pasiones y un manual de
ejercitación para que éstas pierdan el rencor por su abandono.
Aquello que es no ofrece distinción entre lo bello y lo bueno, sino que
éstos no son sino sus formas ​externas​, que precisan de una cierta
materialidad para expresarlo.
La forma bella, como las buenas obras son la ​capa expresiva​ de lo que es
de un modo eminente, y que se ofrecen como caminos posibles hacia una
vida más plena.

Aristóteles

No se trata de recuperar una integridad perdida (de la que sólo tenemos


brumosas noticias); no hay un algo que ya esté en nosotros y del que
debamos percatarnos para acceder a una vida ​más alta.​ No hay, en fin,
ningún ingrediente metafísico que habría de orientarnos de un modo
decisivo hacia una vida plena, una vida feliz.

No especula, Aristóteles acerca de la naturaleza humana sino que


observa seres humanos; en un programa de televisión en los años
setenta, un grupo de jóvenes interroga a Borges, y no con muy buenos
modos ​“¿Qué opina Ud., Borges, de la juventud?” ​Con su vacilación
habitual responde: ​“Soy aristotélico, no platónico; a la Juventud, no la
conozco; conozco jóvenes, unos buenos, otros malos”. L ​ os platónicos
felices, lo son de una única manera; los aristotélicos, tantos como
individuos. Esta impronta de lo particular, esta inherencia de lo singular
es lo propio del aristotelismo; recordar que en la acción virtuosa, se
alude al justo medio entre dos extremos (uno por exceso, otro por
defecto), pero este “justo medio”​ l​ o es para mí. No hay un justo medio
universal, sino aquél en el que yo experimente como el mío, el propio, al
que yo pueda acceder. El hombre prudente, el hombre pleno (la palabra
“feliz” no recupera el sentido griego de felicidad; es preferible hablar de
una vida plena), lo es a su manera.

Pero esto último no supone la arbitrariedad; en Platón uno debe


descubrir y esto se despliega: hay algo íntimo que debe ser puesto a la luz
y ello equivaldrá al desarrollo de ese poder que albergará una vida
propiamente humana, esto es, aquella que se oriente hacia lo ideal. En
Aristóteles, en cambio, se trata de una creación; no hay algo desde
siempre, ya, dado y que es menester descubrir, sino que cada acción
virtuosa, lo será en tanto situada en el horizonte de sentido en el que me
encuentro y que, sopesando los diferentes posibles involucrados en tal
horizonte, decido de tal modo que lo que habrá de resultar, es un grado
más alto de integridad, de visibilidad, de plenitud; además, cada acción
virtuosa, desliza su efecto en nuestro carácter y queda a su modo
articulada con el todo de nuestra vida.

Aristóteles hace una suerte de compulsa acerca de qué es lo que


las personas creen en qué consiste una vida plena, feliz: hay los que
creen que tal vida es equivalente a la satisfacción de los deseos pero
-advierte el estagirita-​ esto nos devuelve a un estrato anterior a la
humanidad, en tanto, tal satisfacción obedece al imperio de lo que es
nuestro género próximo, la animalidad; otros, en cambio, creen que la
plenitud se cifra en la gloria, en la elevación a un plano de mayor
relevancia en la polis; tal estado de satisfacción, sin embargo, depende
de la voluntad de otros, esto es, no es un estado autónomo sino que
depende de otros, y es ésa, sin duda, su limitación.

Forma genuina: ​no hay nada que pueda perturbarla, porque no es


movida por lo otro de lo propiamente humano, como en el primer caso,
ni es asistida por voluntades que pueden variar y, de ese modo, destituir
mi estado elevado. El último, en cambio, es un meticuloso trabajo de
atención sobre lo que habrá de corresponder a lo más propio de nuestro
modo de ser; carece de un punto de llegada que habría de establecernos
en una condición que transcienda de un modo definitivo lo cotidiano, lo
habitual, sino que estamos siempre en juego: cada ocasión es la
portadora de un problema y éste debe ser examinado en su propia
condición y sopesado con lo que habría de convenir con el bien, tanto
mío, como de la ciudad; es por eso, que para Aristóteles, la ética es una
parte de la política.

Sin embargo hay otra perspectiva que orienta a los hombres hacia la
plenitud: la contemplación. Algunos vieron en esta posibilidad una
adherencia platónica, una estación en el tránsito de su pensamiento. Es
notorio que cuando el estagirita se refiere a la contemplación abandona
su estilo austero y despojado y se vuelve a una efusión entusiasta y
conmovida: la descripción de lo que se experimenta en ese modo último
y, por lo tanto, pleno de la vida humana nos asimila a la beatitud en la
que vive Dios, al que llama el motor inmóvil, ya que mueve por su propia
perfección: todas las criaturas del universo están asociadas a él, en tanto,
aspiran a ser lo que son, a cumplirse, a consumarse y con ellas, el
hombre, que en su forma más alta, en su intelecto, no ofrece diferencias
con lo divino mismo.

San Agustín