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La chaperona

Nos conocimos en la escuela secundaria donde compartimos un par de años en la


misma división. Se llamaba Alejandra. Era un año y medio mayor que yo, tenía el pelo
rubio tirando a pelirrojo y era muy bonita y agradable. El hecho de que fuera la
compañera que vivía más cerca influyó para que prosperara nuestra amistad, ya que
íbamos juntas al colegio caminando, excepto en días de lluvia en los que tomábamos el
colectivo.
Mientras caminábamos repetíamos las lecciones de la mañana para tener la
información bien fresquita y más memorizada al llegar a la escuela. Si bien yo me
sentaba al lado de otra compañera, nos veíamos en los recreos. Un día me contó que el
sábado siguiente iría a bailar y me propuso ir con el grupo de amigos. La mayoría de las
veces nos plegábamos al plan de su hermano mayor y sus amigos quiénes nos hacían un
lugarcito en alguno de los autos que salían en caravana.
Ninguno de esos muchachos nos miraba con interés, tal vez porque a las
hermanas de los amigos no se las toca y yo era casi una nena. Mi primera salida a una
discoteca fue algo mágico. Lo que ahora es un predio arrumbado y vacío era un edificio
laberíntico, vidriado por fuera, con muchas escaleras que conducían de una pista a otra
con varias opciones de circulación, como para escaparse de algún indeseado admirador
insistente llegado el caso.
A mí me encantaba bailar y juntas practicábamos los pasos durante la semana
para bailar el sábado. Alejandra también me enseñaba información importante con
respecto a los muchachos, las marcas de autos de moda, los equipos de fútbol, como
para tener tema de conversación. Tanto antes como ahora el universo masculino era
para mí un enigma que no revestía ningún interés.
Muchos detalles diferencian un baile en la década de los años setenta de los de
ahora. En la discoteca había empleados de seguridad que escrutiñaban si la ropa que
tenías puesta seguía el código adecuado. Los sábados los varones debían ir de traje. El
código de vestimenta de las chicas era menos estricto. Dichos empleados de seguridad
también controlaban adentro del edificio para evitar que las parejas bailaran muy cerca o
que se dieran abrazos y besos.
En mi primera vez en la discoteca bailé mucho y un muchacho me invitó a vernos
el domingo. Combinamos encontrarnos a las cuatro de la tarde a unas cuadras de mi
casa. Al irnos se lo conté a mi amiga, quién de inmediato dijo que sería mi chaperona ya
que una chica no podía salir sola con un muchacho. Y me propuso que ella caminaría
discretamente media cuadra detrás de nosotros.
Así lo hicimos. No recuerdo el nombre del joven pero de día y sin traje no era tan
lindo como la noche anterior a pesar de ser alto, delgado, rubio. Se notaba que era un
buen chico. Era mayor que yo y trabajaba en un taller mecánico. Fue lindo bailar con él
pero no teníamos mucho tema de conversación, una vez agotados los temas del signo
del zoodíaco, el auto favorito y el equipo de fútbol.
Después de caminar unas cuantas cuadras emprendimos la vuelta siempre
seguidos por mi amiga. Ya no recuerdo si me invitó a volver a vernos o si ambos
coincidimos en nuestra falta de interés por el otro. Al llegar al punto de partida
esperamos que Alejandra nos alcanzara y nos saludamos. Nunca más me lo crucé en la
discoteca. Pero de seguro tanto él como yo no nos olvidaríamos nunca de nuestra
chaperona.
© Edith Fiamingo 2020