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PRÓLOGO A LA OBRA

“HUCHILOBOS”

Por Cristian Rodrigo Iturralde.

Más que oportuna, esta nueva edición de la obra de Alfonso Trueba se torna
imprescindible; de una necesidad acuciante. Pues transcurrido más de medio siglo
desde que Huchilobos viera luz por vez primera, el indigenismo -como corriente
ideológica- se ha convertido en una suerte de vector vital del marxismo cultural en
América, arrojando sus tentáculos, una vez más -siempre disgregadores e iracundos-,
contra la Tradición y la Verdad Histórica, es decir: contra España y la Iglesia Católica.

Mediante el constructivismo histórico e ideológico, y con la inestimable ayuda de


los mass media, la ingeniería social británica -siempre pronta a agitar levantiscos y/o
sembrar la semilla que los geste- ha logrado implantar por doquier dos mitos
fundacionales, cuyo propósito ulterior no es otro que negar toda legitimidad de origen,
y aún de ejercicio, a la empresa hispano-católica; es decir, negar la Reyecía de Cristo.

Los mitos mentados son fundamentalmente dos, desde donde se desprenderán


postreramente otros:

1) Que previo a 1492 se vivía en el continente colombino una suerte de


paraíso terrenal; suerte de utopía roussoniana donde imperaba la justicia
social, la felicidad, la paz, la tolerancia, el orden y el respeto irrestricto hacia
la vida humana. Incluso hay quienes se han atrevido a calificar como
democráticos sus regímenes. Luego habrían venido los españoles y
cometido un genocidio sistemático sobre sus antiguos habitantes.

Así planteada la cuestión, y recurriendo al reduccionismo, la dialectización,


la cuantofrenia y el sentimentalismo -como tácticas de argumentación sofística

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para implantar una falacia-, la causa del indigenismo ha logrado adquirir
consenso social -casi unánime- en el mundo civilizado.

2) Que estos pueblos indígenas son originarios del continente (aseveración


que ha demostrado hasta el hartazgo ser falaz) y que, en tanto siéndolos,
tendrían derecho a segregar territorialmente las naciones hispanas,
reclamando lo que es ¨suyo¨ (es decir, toda América).

Con este segundo mito impuesto -paso consiguiente; complementado y


fundido simétricamente con el anterior- los reclamos indigenistas obtendrían
asidero y legalidad jurídica.

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En cuanto al primer punto, bastará con volver la mirada al denominado “arte


precolombino” para constatar tres rasgos distintivos que configuraron su cultura, que
se repiten una y otra vez hasta el paroxismo: el terror, la ira y la tristeza.

El arte, se dice, es la disciplina que mejor refleja la Historia, cultura y alma de


cada pueblo. Reparando en esto mismo, dice el autor de esta obra:

“Cuando hay alguna figura humana que ríe, la sonrisa es mala, en un rostro de
boca atigrada. Es sonrisa de antropófago que acaba de darse un hartazgo de carne
humana (…) Son figuras repelentes que nos hablan de una civilización fundada en el
terror y en la muerte”.

Aserto éste que se verifica íntegramente y a las claras con la pronta y decisiva
alianza de medio Mesoamérica indígena con los conquistadores españoles contra el
bestial dominio de los aztecas. Pero, ante todo, constatamos esta verdad en el hecho
de que pueblos enteros optaron por liberarse del yugo de sangrientos ídolos que,
siempre infatigables de sangre humana, se tragaban a sus familiares en rituales
inmolaciones, siendo sus cuerpos posteriormente destinados a banquetes
antropofágicos para unos pocos elegidos.

Ante esta realidad infernal, no deberá sorprender que ellos, los indígenas, hayan
elegido adorar a Jesucristo, el “Dios bueno” -como le llamaban-, y a su madre, Nuestra
Señora de Guadalupe, por sobre sus pluriformes y endemoniadas deidades.

Siguiendo los minuciosos estudios del Padre Sahagun y otros cronistas, se


adentra el autor en los rasgos salientes del principal de los dioses mexicas,

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Huitzilopochtli, relatando a su vez los distintos sacrificios humanos -incluyendo niños-
que en honor a éste y otros ídolos ofrecían los aztecas en cada uno de los 20 meses
de su calendario.

La tesis del denominado genocidio indígena no resiste análisis; cuestión, ésta,


que ha sido zanjada en forma científica y definitiva por autores varios de las más
diversas procedencias, como el filólogo Ángel Rosemblat o el polímata Alexander von
Humboldt. Huelga decirlo, pero conviene repetirlo: las pestes y enfermedades fueron la
causa de más del 90% de fatalidades acontecidas en la América postcortesiana,
afectando tanto a indígenas como españoles.

En cuanto al segundo de los puntos referido ut supra, conviene aclarar también


que, como ha sido demostrado sobradamente, los pueblos indígenas no son
originarios de América. Pero he aquí, en esta mentira difundida masivamente, donde
comienza a vislumbrarse claramente la identidad e intenciones del perpetrador.
Continuando la más rancia tradición panfletista del protestantismo del siglo XVI, el
Imperio Británico toma el guante nuevamente para pretender dominar mediante el
Divide et Impera y destruir toda mácula de hispanidad y catolicidad en América.

Sólo ingenuamente podrá atribuirse a una casualidad el hecho de que varios de


los más importantes movimientos separatistas indigenistas americanos sean
financiados por Gran Bretaña y tengan casa matriz en Bristol, Inglaterra. Un caso
palmario es el de los Mapuches.

Sin dudas que la propaganda idealizadora y victimizadora de los pueblos


indígenas guardan un objeto político-territorial, pero también, como bien supo
descubrir Donoso Cortés, estos fenómenos se encuentran generalmente encuadrados,
motivados, por razones mayores, es decir, teológicas.

Se procede a criminalizar a España y la Iglesia Católica, imprimiendo un terrible


sentimiento de culpa en las consciencias americanas, de modo que cada vez se
muestre ésta más dócil a los reclamos indigenistas, comenzando por su supuesto
derecho a autodeterminación y a la erección de naciones propias. No obstante, el
corolario buscado es claro: descatolizar América gradualmente para lograr implantar el
materialismo en cada orden de la sociedad, dejando lugar a la dictadura científica y
anticristiana, como la llamo Aldo Huxley.

Todo está al revés. Muchos de los llamados académicos ignoran


deliberadamente la evidencia científica existente. Otros, mienten descaradamente. Y
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hay quienes que, sin poder hacer la vista gorda a la documentadísima barbarie de los
más importantes pueblos precolombinos, pretenden justificar sus abominables
prácticas con absurdos argumentos. Ante esta realidad, con encomiable hilaridad e
ironía, escribe el hispanista argentino Antonio Caponnetto lo siguiente:

“Si se mencionan los actos caníbales o los sacrificios humanos: se trataba de


espíritus trascendentes que cumplían así con sus liturgias y ritos arcaicos. Son
sacrificios de ‘una belleza bárbara’ nos consolará Vaillant. ‘No debemos tratar de
explicar esta actitud en términos morales’, nos tranquiliza Von Hagen y el teólogo
Enrique Dussel hará su lectura liberacionista y cósmica para que todos nos
aggiornemos. Está claro: si matan los españoles son verdugos insaciables cebados en
las Cruzadas y en la lucha contra el moro, si matan los indios, son dulces y sencillas
ovejas lascasianas que expresaban la belleza bárbara de sus ritos telúricos. Si mata
España es genocidio; si matan los indios se llama ‘amenaza de desequilibrio
demográfico’.

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Recapitulando y para finalizar, diré que el libro que tiene Ud. en sus manos es
una obra de obligada consulta para el estudio y entendimiento de la historia y
cosmología precolombina mesoamericana; de los nahuas, particularmente.

No puedo dejar de agradecer al Sr. Pedro Varela por su infatigable militancia en


pos de la verdad histórica y de la verdadera tradición occidental, y por haberme
honrado con el pedido de prologar tan magnífico clásico de la historia mexicana que,
ante todo, es historia española.

Buenos Aires, 10 de julio de 2015

Cristián Rodrigo Iturralde.

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