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Universidad autónoma de Bucaramanga

Grupo de investigación: “Violencia, Lenguaje y Estudios culturales”


Semillero: “Sujeto y Psicoanálisis”
Relatoría: Tercera conferencia “lógicas de la vida amorosa”
Por: Nelson Rosales

Supongamos por un momento que un francés, quien no conoce el castellano, arriba en


algún lugar de la Argentina en donde le ha tocado por suerte el ser recibido con el
significante de “amor”. Nada fuera de lo normal, y sí, más bien, podríamos considerar tal
acogida como una, verdaderamente, muy calurosa. Empero, obviamos que quien es objeto
de tal significante, viene acompañado ya de un entramado del mismo orden, en donde ahora
“amor” puede ser traducido en francés por “a mort”, esto es, ha muerto, sirviéndonos de
una operación homofónica. Entonces, aquello que pudo haber iniciado siendo muy
caluroso, ahora adviene como algo, ciertamente, muy frío, en donde semejante
malentendido puede provocar, una vez aquel francés retorne a su lugar de origen, confundir
el “hacer el amor” por el “hacer la muerte”, o erija como condición de amor algo en el
orden necrofílico, o sencillamente decida hacer el amor hasta la muerte. En fin, este será el
rumbo que empezará a tomar la conferencia en cuestión, del amor, a la muerte, o para ser
más precisos, hacia la pulsión de muerte.
Para continuar, Miller menciona que, bajo lo que se ha convenido en llamar las
“condiciones de amor” de un sujeto, algo jocoso resuena como efecto en el Otro. Es
indudable; para el Otro, en donde todos podemos ser representados de la misma forma,
puede tener un efecto al nivel del chiste el que cada uno configure para sí unas condiciones
amorosas enteramente diversas a las de los demás y se vean atravesadas por historias
dispares. No obstante, es así que, de la forma más concreta, se revela el sentido de la
fórmula Lacaniana “no hay relación sexual”; es decir, no existe en el universo de los
objetos destinados a la satisfacción de la pulsión, articulado a un rasgo del mismo, uno para
todos, y tampoco el mismo querido de la misma forma; “si decimos que no hay relación
sexual es en tanto no hay una condición necesaria y suficiente para ambos sexos que los
haga complementarios”.
En este sentido, si observamos con cuidado el desarrollo que Freud da a sus
“contribuciones a la psicología de la vida amorosa”, podremos advertir un tránsito de lo
particular, en la primera contribución, a lo más general, en la segunda. Sin embargo, craso
error cometeríamos si nos afianzáramos en la idea de que, con su elucubración de la
dinámica general de la vida amorosa, Freud volatiliza la hiancia, la falta, el desencuentro
ubicado en el centro de la no-relación sexual. Todo lo contrario, la reflexión Freudiana nos
enseña, del modo más universal, el clivaje del objeto; la relación, en términos de valores,
que sucede entre el sujeto y el objeto. No nos relaciones con el otro sexo en específico, sino
con un determinando valor dado al objeto. Por ejemplo, en el “hombre”, se señala el valor
de madre y de Dirne.
En concordancia con lo anterior, esta operación en la que se le adjudica al objeto un valor
que lo impregna de un sentido para el sujeto, es lo que Lacan intentó expresar en su
“significación del falo”; “el valor sexual es una cuestión de significación”. Es así que, en
cuanto al nivel del desciframiento, algo cambia; en Freud, se trata de dilucidar, descifrar las
condiciones del amor, mientras que en Lacan el esfuerzo se condensa en intentar desvelar la
significación fálica del objeto, el atributo que lo eleva a la dignidad de ser buscado y
querido, o subestimado. Por un lado, Freud centra su análisis en la dimensión del Edipo, en
donde la madre ha de marcar el desarrollo de la vida amorosa de su pequeño retoño al
inscribirlo en una determinada manera de amar, estableciendo, por tanto, unas condiciones
para su posterior elección de objeto. Aquí es donde viene a intervenir la interdicción a la
madre por la metáfora paterna, la cual introduce en la vida psíquica del pequeño la fórmula
del no-todo de la madre.
Con todo, Lacan intentará entonces distinguir estos dos tipos de desciframiento; separar las
condiciones, de la significación. Esto es, justamente, lo que Freud introduce en su tercera
contribución pues, en el tabú de la virginidad hay algo más que el Edipo, hay función
fálica, posibilidad de formalizar el valor sexual. En el mito Edípico, nos dice Miller,
encontramos una anécdota presentada por Freud para dar cuenta “de la pérdida de goce y
del símbolo de la pérdida de goce”. Ulteriormente, nos introducimos en la tercera de las
Contribuciones… para hacer hincapié en el famoso gesto de Judith, es decir, la condición
de la unión de los sexos que se traduce en una pérdida fundamental. Con todo, algo que no
puede ser omitido en la segunda de las contribuciones es la naturaleza de los Stromung, las
corrientes tierna y sensual. Esto es pertinente en la medida que es posible analizar que la
división, el clivaje del objeto nos viene dado ya desde la división misma de los valores; a
partir de aquí seremos testigos de la forma en que Freud configura tres tiempos para las
operaciones de convergencia y divergencia de las corrientes tiernas y sensual. Entonces, en
un primer momento, se expone la convergencia entre estas dos corrientes; luego, la
corriente sensual quedará relegada al margen del periodo de latencia para así poder advenir
en el periodo de la adultez bajo la forma de una divergencia; de forma paralela, estas
nociones utilizadas por Freud para nutrir su reflexión en torno a la psicología de la vida
amorosa, encontrarán una suerte de correspondencia, respectivamente, en las nociones
lacanianas de amor y deseo.
En este punto, para Miller, podemos darnos noticia de una versión primaria del pase, pues,
para Freud, se trataría de superar la divergencia entre ternura y sensualidad y, de este modo,
lograr la confluencia en un mismo objeto de ambas corrientes. “Para ser en la vida
auténticamente libre y feliz, es preciso haber superado el respeto por la mujer y haberse
familiarizado con la representación del incesto con la madre o la hermana”. No obstante, a
pesar que Lacan se servirá de una lógica similar para pensar su contribución a la vida
amorosa, esta es, la significación del falo, sondeará una versión en donde la posición
femenina se caracteriza por la confluencia en un objeto del amor y el deseo, mientras que la
posición masculina estará marcada por la operación contraria, la divergencia del amor y el
deseo hacia dos objetos. Bajo esta óptica, del lado del amor encontraremos entonces una
relación con un Otro castrado, divido, uno en tanto que no tiene; por otro lado, estará el
signo de -φ para denominar la falta y, una vez se ha atribuido un valor al objeto, lo cual
provoca la erección del falo, se pasará a señalarlo como Φ.

Posteriormente, se traerá a colación el modo estrictamente disimétrico que se instituye en la


relación entre los sexos, pues para Freud la mujer es Otra, es decir, no semejante, tabú y
verdaderamente extraña al hombre. Bajo una perspectiva platónica, se esperaría en esta
disimetría la esperanza de encontrar que para la mujer el hombre también es Otro, lo cual
articularía la posibilidad de una cierta simetría en la alteridad, pero tal vínculo no sucede,
pues, según Miller, “no hay tabú general en el hombre”. De ahí se sigue aquella actitud
femenina de permanecer frente al espejo durante tiempos indefinidos; esto por un esfuerzo
de verse como otra o, inclusive, de lograr reconocerse como mujer en tanto otra. Por tanto,
puede hallarse en esta enseñanza el riesgo que corre la formalización legal de los vínculos
afectivos en el laso del matrimonio, pues ello equivaldría a obliterar la alteridad de la
mujer, haciéndole carantoñas a aquel fragmento de sí sepultado e incitándola a
reencontrarla bajo el signo de las relaciones ilegítimas.
Lacan jamás se centró en escribir una erótica, empero, una breve frase ubicada en la página
825 de los escritos vendrá a fungir como un consejo a propósito de lo que se ha dado a
nombrar como los hombres sin ambages, esto es, hombres que han elevado como condición
para acceder al objeto de su amor el que tales objetos se pavoneen en tanto que castrados.
Aquel consejo intenta exhortar a tales hombres a que evoquen la ausencia que atraviesa el
objeto junto al acompañamiento de un postizo que se lleva bajo un disfraz de baile. Aun así,
es pertinente mencionar que semejante invitación no corresponde a un esfuerzo por erigir
un objeto fetiche, por cuanto la función del fetiche es, precisamente, contraria al que nos
encontramos con la puesta en juego de un postizo, pues esta operación no adviene para
velar la castración sino para señalarla con vehemencia, subrayarla del modo más
manifiesto; ese es su elemento diferencial en cuanto a lo que el fetichismo refiere. Después
Miller vendrá a proponer el delicado uso que cabe darle al registro de lo simbólico para no
asfixiar la alteridad de la mujer, alteridad que, en el caso del hombre que busca de igual
modo la relación ilegítima con la mujer del Otro, y que se encuentra orientado por la
divergencia de las corrientes en objetos diferentes, se intenta recuperar atravesando la
condición de prohibida.
Llegados a este punto debemos abstenernos de incurrir en error al concebir el andamiaje
teórico que Freud elabora sobre la vida amorosa como enteramente estructurada en el orden
del narcisismo y del reencontrar el objeto perdido, pues hay en su pensamiento algo más
que esto. Aquel aspecto que rehúye a lo manifiesto se encuentra en la idea de que Freud
describe el estado de limerencia como uno de dependencia hacia el objeto. En introducción
al narcisismo ya se anunciaba el carácter económico de la libido que fluctúa del yo hacia el
objeto, en detrimento de la autoestima del primero. Aquel Otro presentado por Lacan en su
dilucidación del pensamiento freudiano ya había sido advertido por este, mas expuesto con
el epíteto de ideal del yo. A continuación, Lacan expondrá entonces la distinción que cabe
realizar entre el objeto imaginario y la función simbólica del Otro, que es garantizar la
identidad del yo. ¿Qué noción vendrá a ocupar el espacio del ideal del yo? En términos
lacanianos será un significante amo que emerge, justamente, para regular y apaciguar la
inestable y agresiva relación en el registro de lo imaginario.

De lo anterior se desprende la teoría política que Freud enseña en su Psicología de las


masas… ahí sus formulaciones sobre la lógica de la vida amorosa son vigentes, pues lo que
sucede al nivel de la pulsión gregaria es una multiplicación de los vínculos amorosos que
convergen en un término, un significante que regula la masa. Sin embargo, el espíritu que
anima la idea de que un significante amo pueda regularlo todo pronto se ve asediado por la
actualización del pensamiento de Freud en su malestar en la cultura, en donde nos enseña
que, a pesar del esfuerzo que entraña la homogeneización y cohesión de la masa bajo un
significante, algo queda siempre por regular y es algo que se resiste a ser dominado por el
significante, esto es, el goce. En suma, es debido preguntar ¿a dónde va el goce al cual el
sujeto renuncia en la inscripción que realiza al interior de la aglomeración de los cuerpos y
que representan un significante? Miller nos dirá que el goce se condensa en el mismo lugar
en donde su manifestación está interdicta, la ley.