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SEGUNDO INTERMEDIO1

El orden urbano actual y sus ideologías

I
El nuevo orden urbano en los estudios
urbanos actuales

1. La globalización y la renovación conceptual de los estudios urbanos

Una vez finalizado el trabajo de campo y a medida que se profundizaron los estudios
sobre el «espacio público» expuesto en la Cuarta Parte de este trabajo, también c o-
menzó a estudiarse más sistemáticamente lo que estaba produciéndose en los estu-
dios urbanos actuales en relación a lo que en el primer Intermedio de esta investiga-
ción se conceptualizó como el «orden urbano». Este estudio se realizó con la finali-
dad de establecer relaciones con los análisis realizados sobre el trabajo de campo.
Finalmente, como resultado de este estudio surgió este Intermedio y se consideró
pertinente su inclusión en forma de apartado, en la medida que la revisión teórica
realizada servirá de ayuda a la comprensión de las conclusiones finalmente arribadas
en esta investigación.

Para introducir esta revisión, hay que señalar en primer lugar que las transformacio-
nes estructurales del capitalismo mundial acontecidas en las últimas décadas del si-
glo pasado, no solo tuvieron consecuencias profundas en el orden urbano de las ciu-
dades, sino que también, a consecuencia de esto, reactivaron el campo de los estu-
dios urbanos, constituido cada vez más de forma pluridisciplinar. Tanto en las cien-
cias sociales –sociología y antropología, principalmente– como en las disciplinas
más abocadas a las cuestiones del espacio –principalmente el urbanismo y la geogra-
fía, y en menor medida, la arquitectura–, se han producido en los últimos años una
gran cantidad de trabajos tendientes a dar cuenta de las nuevas realidades presentes
en las ciudades actuales.

En segundo lugar, se desprenden de muchos de estos estudios, que tanto las grandes
ciudades de las diferentes partes del mundo –caracterizadas frecuentemente como

1
Capítulo perteneciente al Libro: Barreto, M. A., (2011), Transformaciones de la vida urbana de
posadas y resistencia a fines de los años ´90. Un estudio sobre la dimensión simbólico –ideológica
del espacio urbano público., Saarbrücken (Alemania), Académica Española, 364 p. ISBN:
978‐3‐8454‐8280‐4.

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globales– como aquellas otras de menor rango o jerarquía del vasto sistema mundial
estructurado por la globalización, comparten entre sí, ciertas tendencias generaliza-
bles, en la medida que los cambios ocurridos en el orden urbano, han sido producto
precisamente de las trasformaciones globales del sistema mundial y del modelo for-
dista–keynesiano de acumulación capitalista (Véase la Segunda Parte).2

En la medida que, las causas que han ocasionado los cambios en el orden urbano de
las ciudades, han sido identificadas principalmente con las trasformaciones estructu-
rales ya ampliamente analizadas, las principales conceptualizaciones elaboradas para
caracterizar el nuevo orden urbano emergente, se relacionan con nociones tales co-
mo segmentación y desigualdad (Davis, 1991; Negri y Hardt, 2002), fragmentación
(Marcuse, 1995), segregación, marginalización y guetización (Touraine, 1998; Wac-
quant, 2001), dualización (Castells, 1997; Sassen, 1998); medievalización (Le Goff,
1997), homogeneidad / heterogeneidad, (Hannerz, 1992, 1998), etcétera, etcétera.
Todas ellas nuevas conceptualizaciones creadas para caracterizar estas tendencias
generalizables del orden urbano de las ciudades actuales. Analicemos algunas.

2. La ciudad dual

Manuel Castells, uno de los autores más renombrados e influyentes de la sociología


urbana y de una dilatada trayectoria en este campo, se ha dedicado a analizar en un
trabajo conjunto con el geógrafo y urbanista Jordi Borja, las características sobresa-
lientes de las «nuevas formas urbanas» de las grandes ciudades de diferentes partes
del mundo en el contexto de la globalización, destacando como proceso transversal a
todas ellas, una fuerte tendencia hacia la «dualización», expresada en las nociones
de los «espacios de los flujos» y los «espacios de los lugares». Dado que esta con-
ceptualización fue una de las primeras en difundirse con relación a las transforma-
ciones urbanas actuales y que fue posteriormente criticada y revisada por otros auto-
res, es conveniente tomarla como punto de partida de la siguiente revisión.

Al analizar el «Impacto de la globalización sobre la estructura espacial de las ciuda-


des» (Castells, 1997: 35–67) lo primero que este autor identificó fue el sentido glo-
bal de las transformaciones urbanas actuales:

2
Según el sociólogo urbano Díaz Orueta: “Desde diferentes perspectivas, numerosos i nves-
tigadores han venido estudiando en profundidad las características del nuevo escenario
emergente: el impacto provocado por la desindustrialización en las grandes áreas urbanas, la
revolución tecnológica y las transformaciones que esta lleva a aparejada en amplias esferas
de la vida social y económica, las transformaciones en los hábitos de consumo respecto a la
etapa fordista, los cambios operados en la composición familiar y el papel central de la mu-
jer en todo este proceso; las transformaciones en los sistemas de regulación del empleo; la
crisis del Estado de Bienestar, etcétera, constituyen, desde hace ya veinte años, áreas de
gran relevancia para la investigación social” (Díaz Orueta, 2003: 159−185).
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“El proceso de globalización y la informacionalización de los procesos de producción,
distribución y gestión, modifican profundamente la estructura espacial y social de las
ciudades en todo el planeta. Éste es el sentido más directo de la articulación entre lo
global y lo local. Los efectos socio–espaciales de esta articulación varían según los ni-
veles de desarrollo de los países, su historia urbana, su cultura y sus instituciones. Pero
es en esa articulación donde se encuentra en último término la fuente de los nuevos
procesos de transformación urbana” (Castells, 1997: 35).

Para Castells, si bien son los servicios avanzados los que constituyen el sistema ne r-
vioso de la nueva economía mundial (informacional), son los patrones de localiza-
ción de la nueva actividad industrial, centrada en el desarrollo de las nuevas tecn o-
logías, los que determinan la estructura urbana de las grandes ciudades actuales, que
por otra parte, se encuentran enlazadas por una red global de flujos de información
que la configuran como nodos de articulación variables (que varían de mayor a m e-
nor integración) de un sistema urbano que ya se puede considerar planetario:

“El sistema urbano global es una red y la relación cambiante respecto de esa red de-
termina, en buena medida, la suerte de ciudades y ciudadanos” (Castells, 1997: 43).

A partir de esta nueva realidad estructural, Castells identificó la presencia de disti n-


tos procesos en diferentes regiones del mundo que han alterado el orden urbano tra-
dicional de las grandes ciudades del mundo. En primer lugar y especialmente en los
países satélites, caracterizó la emergencia de lo que definió como megaciudades
(más de 10 millones de habitantes, tales como, por ejemplo, Ciudad de México, Sao
Paulo o Buenos Aires en Latinoamérica), caracterizadas por disponer de un espacio
urbano compuesto por unidades sociales fuertemente fragmentadas y segregadas.
Según este autor:

“Lo que hace de las megaciudades una nueva forma urbana es el hecho de constituirse
en torno a su conexión en una red global, de las que son nodos fundamentales, al tiem-
po que están internamente segmentadas y desconectadas social y espacialmente. Las
megaciudades son una forma espacial caracterizada por vínculos funcionales estableci-
dos en un amplio territorio, al tiempo que muestran una gran discontinuidad en su pa-
trón de ocupación del suelo. Sus jerarquías sociales y funcionales son confusas, o rga-
nizadas en unidades territoriales segregadas y sembradas de fragmentos territoriales de
usos sociales no reconocidos por el sistema. Las megaciudades son constelaciones te-
rritoriales discontinuas hechas de fragmentos espaciales, de parcelas funcionales y de
segmentos sociales” (Castells, 1997: 52).

En segundo lugar, Castells se refirió a la difusión suburbana de las ciudades norte-


americanas, las cuales durante los años noventa han experimentado una expansión
territorial fenomenal en su periferias urbanas dando origen a una nueva forma urb a-
na compuesta de edificios de oficinas, comercios y áreas residenciales carentes de
una vida urbana plena:

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“Cada una de estas unidades espaciales se extiende sobre decenas de kilómetros de ed i-
ficios de oficina, servicios comerciales y áreas residenciales cada vez más d ensas, to-
das de nueva planta, conectadas por una red de autopistas. Es una civilización de áreas
de urbanización diseminada, en la que la vida se organiza en torno a una bipolaridad
trabajo informatizado/hogar individualizado y dominado por la cultura audiovisual. El
desarrollo de estas constelaciones resalta la interdependencia funcional de diferentes
unidades y procesos del sistema urbano a través de grandes distancias, minimizando la
importancia de las redes de comunicaciones, tanto en línea telefónica como en trans-
porte terrestre. (Según Castells) “…asistimos a la separación de una proporción cre-
ciente de la población norteamericana (más de la mitad en estos momentos) de cua l-
quier experiencia urbana en su cotidianeidad. Los nuevos sistemas de comunicació n
tienden a concentrar actividades y dispersar población. El campo está quedando desie r-
to. Y las ciudades existen y existirán, pero cada vez con menos habitantes. Es en la s e-
cuencia puntual de habitáculos suburbanos colgados de líneas de teléfono y autopis tas
internodales donde se constituye una nueva forma urbana” (Castells, 1997: 55–56).

El tercero y último de los procesos de transformación urbana reseñados por Castells,


es la articulación de las viejas y nuevas formas urbanas de las ciudades europeas,
caracterizado por una importante concentración de “la nueva élite gerencial y tecno-
crática de la economía global” en barrios distintivos del área central de las gra ndes
ciudades europeas (París, Bruselas, Roma, Madrid, Ámsterdam) y el desarrollo para-
lelo de grandes áreas suburbanas habitadas por la clase obrera y trabajadores de ser-
vicios en torno a grandes conjuntos de viviendas públicas o subvencionadas, donde
muchos de ellos se han convertidos en guetos de minorías étnicas de inmigrantes, en
muchos casos, viviendo en condiciones de marginalidad, que han dado como resul-
tado, una ciudad europea fuertemente segmentada superpuesta a la antigua ciudad
europea más integrada. Según Castells:

“Lo que la globalización produce específicamente es la aceleración de e se proceso con-


tinuo de reestructuración urbana en función de demandas y objetivos cada vez más e x-
ternos a la sociedad local. De modo que los centros urbanos van convirtiéndose en c o-
nectores con lo global, las ciudades centrales en espacios de la reestructuración perma-
nente y las periferias suburbanas en zonas de repliegue de los distintos grupos sociales
y actividades económicas, ya sea por segregación o por delimitación espacial de su
ámbito de existencia” (Castells, 1997: 59).

Estos tres procesos de transformación urbana caracterizados por su efecto de segre-


gación social en diferentes regiones del mundo a partir del proceso de globalización
económico, llevó a Castells a preguntarse si la ciudad global en todo el planeta va
camino a convertirse en una ciudad dual. Según él:

“El aspecto relativamente nuevo es que los procesos de exclusión social más profundos
se manifiestan en una dualidad intrametropolitana, particularmente en las grandes ci u-
dades de casi todos los países, siendo así que en distintos espacios del mismo sistema
metropolitano existen, sin articularse y a veces sin verse, las funciones más valorizadas
y las degradadas, los grupos sociales productores de información y detentadores de r i-

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queza en contraste con los grupos sociales excluidos y las personas en condición de
marginación” (Castells, 1997: 61).

Por último, Castells expresó esta dualización de las grandes ciudades actuales bajo
el concepto de la convivencia de dos tipos de espacios urbanos diferenciados, el e s-
pacio de los flujos y el espacio de los lugares, advirtiendo que:

“Mientras el espacio de los flujos está globalmente integrado, el espacio de los lugares
esta localmente fragmentado. Uno de los mecanismos esenciales de dominación en
nuestro tiempo histórico es el predominio del espacio de los flujos sobre el espacio de
los lugares, que da lugar a dos universos distintos en los que se fragmentan, diluyen y
naturalizan las tradicionales relaciones de explotación. Las ciudades sólo podrán ser
recuperadas por sus ciudadanos en la medida que reconstruyan, de abajo hacia arriba,
la nueva relación histórica entre función y significado mediante la articulación entre lo
local y lo global” (Castells, 1997: 67).

En esta dirección, a principios de los años noventa, Saskia Sassen, en un importante


y pionero trabajo tendiente a la caracterización de las ciudades «globales» (Sassen,
[1991] 1998), citado por el propio Castells en sus trabajos, había alertado también
sobre esta tendencia. Según esta autora, la concentración de empresas de servicios
avanzados que ocupan a trabajadores altamente calificados y su contraparte de trab a-
jadores ligados a la prestación de los servicios demandados por estos sectores, y que
se desenvuelven en el ámbito de la economía sumergida, tuvo implicaciones concr e-
tas sobre la jerarquización del espacio urbano de las principales ciudades del mundo.
En una obra más reciente, en la que aborda la idea de “Los espectros de la globaliz a-
ción” esta misma autora reafirmó esta percepción de este nuevo orden urbano dual:

“La globalización es un proceso que genera espacios contradictorios, caracterizados


por los conflictos, la diferenciación interna y los continuos cruces de límites. La ciudad
global es emblemática de esta condición. Las ciudades globales concentran una parte
desproporcionada del poder corporativo global y son uno de los sitios clave para su va-
lorización. Pero también concentran una parte desproporcionada de los desfavorecidos
y son uno de los sitios clave para su desvalorización. Esta presencia conjunta sucede en
un contexto en donde la globalización de la economía ha crecido marcadamente y las
ciudades se han vuelto estratégicas para el capital global; y las personas marginaliz a-
das han encontrado su voz y realizan reclamos sobre la ciudad. Esta presencia conju n-
ta, por lo tanto, es traída a un primer plano por las crecientes disparidades entre ellos.
El centro ahora concentra una inmensa cantidad de poder político y económico, un p o-
der que descansa en la capacidad de control global y en la capacidad de producir s u-
perganancias. Y los actores con poco poder económico y con un poder político trad i-
cional se han vuelto una fuerte presencia a través de las nuevas políticas de cultura e
identidad, y una política transnacional emergente incorporada a la nueva geografía de
la globalización económica. Ambos actores, cada vez más transnacionales y en confli c-
to, encuentran en la ciudad el terreno estratégico para sus operaciones. Pero difícilme n-
te sea el terreno de un campo de juego balanceado” (Sassen, [1998] 2003: 32–33).

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3. La ciudad fragmentada y segmentada norteamericana

Pero, la idea de la emergencia de un nuevo orden dual fue paulatinamente reconcep-


tualizada, uno de los primeros en visualizar una mayor complejidad en el nuevo or-
den urbano fue Mollenkopf, un autor que dirigió con Castells a principio de los años
noventas una investigación sobre la ciudad de Nueva York. A partir de ese trabajo,
este autor se replanteó la idea de la ciudad dual. Tras analizar la transformación del
empleo en la economía post industrial de esta ciudad, expresó la idea de un espacio
social y urbano mucho más complejo en su fragmentación. Este autor se preguntó:

“¿Han producido estas tendencias un Nueva York compuesto por dos ciudades separ a-
das y desiguales, como se desprende de la imagen popular? Si observamos las tenden-
cias relativas a la desigualdad de renta y a la pobreza, la respuesta seria claramente
«sí». Pero la metáfora de la «ciudad dual» tiene serios inconvenientes. Las «dos ciud a-
des» de Nueva York no son separadas y diferentes, sino más bien productos profunda-
mente interrelacionados de un mismo proceso. La división de raza, clase, grupo étnico,
sexo y geografía no se limitan a solaparse y reforzarse mutuamente; la desigualdad de
rentas antes señalada no se explica mediante ninguna sencilla dicotomía entre próspe-
ros profesionales de raza blanca, instalados en los servicios comerciales de Manhattan,
y una subclase negra y latina instalada en los distritos circundantes. Es cierto que el
núcleo central está formado por propietarios, directivos y profesionales en su mayoría
blancos y varones, pero también hay una enorme variedad de grupos subordinados o
periféricos, que se distinguen por su situación laboral, oficio, sector económico, raza,
origen nacional, sexo, forma familiar, formación social y relación con el sistema de
asistencia social. Estos diferentes grupos subordinados hacen frente a distintas limit a-
ciones y oportunidades, con diferentes recursos y estrategias. Su situación es purame n-
te ambigua; sus acciones producen divisiones claramente post industriales” (Mollen-
kopf, 1990: 62).

Según el sociólogo urbano español Díaz Orueta, esta «variedad caleidoscópica» de


grupos subordinados y periféricos a ese desarrollo en términos de inserción en el
mercado laboral, ocupaciones, etnia, origen, género, formas de habitar, participación
comunitaria o modalidades de vinculación en relación a las políticas sociales prod u-
jeron clivajes distintivos en las ciudades post industriales y tornaron poco explicat i-
va la referencia a la imagen de la «ciudad dual» (Díaz Orueta, 2003: 165). Al respec-
to este autor recordó en este trabajo el aporte de P. Marcuse (1995), para quien, tras
el aparente caos de la ciudad norteamericana postmoderna, fragmentada y dividida,
es posible vislumbrar ciertos ordenes, dado que si bien cada fragmento urbano apa-
rece como separado del otro, es posible también identificar relaciones entre ellos de
allí que frente a la metáfora de «ciudad dual», Marcuse, utilizó el concepto de «ci u-
dad segmentada» (partitioned), para su identificación, distinguiendo cinco tipos de
áreas residenciales diferentes y relacionadas entre sí: a) la ciudad dominante (de las
torres fortaleza, ocupadas por las cúspide de la jerarquía económica, social y polít i-
ca); b) la ciudad de la «gentrificación» (ocupada por grupos profesionales, gerentes
y técnicos de alto nivel adquisitivo); c) la ciudad suburbana (ocupada por sectores

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medios que habitan viviendas unifamiliares, trabajadores cualificados y empleados
públicos); d) la ciudad de los inquilinos (que incluye vivienda social y, en general,
económica, ocupada por trabajadores de baja cualificación); y e) la ciudad abando-
nada (ocupada por los pobres, en su mayoría desempleados, incluyendo también los
«sin techo»). Por otra parte, según Marcuse, también la actividad económica impone
sus propias líneas de segmentación no necesariamente coincidentes con las anterio-
res (La ciudad del control, la ciudad de los servicios avanzados, la ciudad de la
producción directa, la ciudad de los trabajos no calificados y la economía informal
en pequeña escala y la ciudad residual). Los «muros» que limitan los diferentes
fragmentos de ambas ciudades (la residencial y la de la actividad económica) son
tangibles e intangibles, materiales o simbólicos, y cumplen diferentes funciones.
(Díaz Orueta, 2003: 165–166).

En esta misma dirección, la de la ciudad compuesta de múltiples fragmentos, debe


también al menos reseñarse la pionera obra de Mike Davis (1989) sobre la ciudad de
Los Ángeles. El interés del trabajo de Davis consiste en que fue uno de los primeros
en develar los resultados del proyecto posmoderno y sus resultados en el espacio
urbano, llamando la atención sobre temas y casos paradigmáticos tales como los de
las nuevas arquitecturas fascistas, la generalización de las estrategias de exclusión
en las burbujas turísticas (centros comerciales, parques temáticos, distritos gentrifi-
cados y centros financieros), la vigilancia de los espacios urbanos y la criminaliz a-
ción de los pobres urbanos, que se han convertido en temas centrales del debate ur-
banístico y social en el presente. Este trabajo fue retomado por Hardt y Negri para
hacer referencia a las segmentaciones del nuevo orden urbano del «Imperio» de la
siguiente manera:

“Con todo, la nivelación o la uniformización general del espacio social, que se mani-
fiesta tanto en el debilitamiento de la sociedad civil como en la decadencia de las fro n-
teras nacionales, no índica que las desigualdades y las segmentaciones sociales hayan
desaparecido. Por el contrario, en muchos aspectos se han hecho más profundas, pero
han adquirido una forma diferente. Sería más adecuado decir que el centro y la perif e-
ria, el Norte y el Sur, ya no definen un orden internacional, sino que más bien se han
aproximado uno al otro. El imperio se caracteriza por esta estr echa proximidad de po-
blaciones extremadamente desiguales, lo cual crea una situación de permanente peligro
social y requiere que los poderosos aparatos de la sociedad de control aseguren la sep a-
ración y garanticen el nuevo ordenamiento del espacio social. La tendencia de la arqui-
tectura urbana en las megalópolis del mundo demuestra un aspecto de estas nuevas
segmentaciones. En aquellos lugares donde más se diferencian los extremos de la ri-
queza y la pobreza y donde ha disminuido la distancia física entre lo s ricos y los po-
bres, en ciudades globales como Los Ángeles, Sao Paulo y Singapur, deben tomarse
elaboradas medidas para mantener la separación. Los Ángeles es tal vez la ciudad que
más tiende hacia lo que Mike Davis llama «la arquitectura fortaleza», en l a cual no só-
lo los hogares privados, sino también los centros comerciales y los edificios del go-
bierno construyen ambientes abiertos y libres internamente creando un exterior cerrado
e impenetrable. Esta tendencia de la planificación y la arquitectura urba nas estableció

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en términos concretos, físicos, lo que antes denominábamos el fin de lo exterior, o más
bien, la decadencia del espacio público que permitía la interacción social abierta y no
programada” (Hardt y Negri, [2000] 2002: 309).

4. La fragmentación de la ciudad latinoamericana

En las ciencias del espacio, tal como la geografía, por ejemplo, que es una ciencia
que a partir de un determinado paradigma científico (entendido éste concepto como
perspectiva teórica de estudio, tal como la de la geografía ecológica o la de la geo-
grafía crítica, por ejemplo) realiza sus análisis en base a modelos que construye de
las realidades espaciales estudiadas, se ha abocado en las últimas décadas a la elabo-
ración del modelo de la ciudad fragmentada, que ha surgido principalmente a partir
del estudio de la configuración socio–espacial reciente de las grandes ciudades lati-
noamericanas.3 De acuerdo con Buzai, el modelo de la ciudad fragmentada refleja a
nivel espacial, los procesos de fragmentación social propios de la cultura postmo-
derna y el capitalismo global. Una de las manifestaciones más elocuentes de este
proceso se verifica en el estudio del desplazamiento de los grupos de alto nivel so-
cio–económico hacia áreas suburbanas cerradas y asiladas de la trama urbana tradi-
cional de la ciudad, donde, en general, los procesos de urbanización privada se pr e-
sentan como “una manifestación de la polarización social en sociedades que se han
desprendido rápidamente de las características organizativas del «estado de bienes-
tar» (Buzai, 2003: 96–102).

Como ilustración de este aporte geográfico vale la pena detenerse un momento en el


trabajo del geógrafo alemán Janoschka (2002: 287–318) que partiendo de un estudio
de las urbanizaciones privadas en Buenos Aires y su correlato en otras ciudades de
Chile, Brasil y México, se interroga sobre la presencia de un nuevo modelo de ci u-
dad latinoamericana. Para este autor, las grandes ciudades latinoamericanas están

3
La generación de modelos de la realidad socio–espacial practicada por la geografía, forma
parte de una tradición que se remonta a Von Thünen y su teoría de los anillos concéntr icos
(1826) elaborada para el análisis de las localizaciones de las producciones agrícolas respec-
to del mercado. Esta tradición tuvo con posterioridad entre sus aportes más destacados, la
también denominada teoría de los anillos concéntricos, elaborada por Burgess (1925) para
analizar el crecimiento de las grandes ciudades modernas a partir del estudio de la ciudad de
Chicago y el llamado Modelos de los sectores (1939) propuesto por Hoyt a partir del estu-
dio del patrón seguido por el precio del suelo urbano en distintas ciudades norteamer icanas,
así como también, el Modelo de los núcleos múltiples, de Harris y Ullman (1945) basado en
el estudio de las funciones y patrones espaciales de las ciudades norteamericanas. En rela-
ción a las ciudades latinoamericanas, se destacaron los estudios de Schnore (1965) que in-
tentó establecer las diferencias de estas ciudades con las anglosajonas, también el estudio de
Yujnovsky (1971) sobre los procesos que dan forma a la ciudad latinoamericana, y los apor-
tes de los geógrafos alemanes, tales como los de Bähr y Mertins (1976, 1980, 1981, 1982,
1993, 1995) y los geógrafos norteamericanos, tales como Griffin y Ford (1980). Una revi-
sión de todos estos aportes puede encontrarse en el trabajo del geógrafo argentino Gustavo
Buzai (2003: 63–103).
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atravesando por una etapa de cambios profundos. El punto de partida de su t rabajo
son los grupos de clase media–alta que en el pasado supieron dar forma a la ciudad
moderna, pero que en la actualidad le están dando la espalda a la ciudad abierta que
supieron generar, de espacios públicos y mezclas sociales variadas, replegándose en
enclaves protegidos y de acceso restringido por tarjetas magnéticas, rejas eléctricas y
personal de seguridad. Según este autor:

“Las urbanizaciones privadas son la expresión extrema de una forma de segregación


social voluntaria que se da en países subdesarrollados y sociedades muy polarizadas
que carecen de un Estado social fuerte” (Janoschka, 2002: 310).

Janoschka parte de considerar el impacto que sobre las estructuras urbanas produj e-
ron los procesos de transformación estructural acontecidos durante los años noventa
en las sociedades latinoamericanas como consecuencia de las políticas macroeconó-
micas de las organizaciones supranacionales, tales como el Banco Mundial, el FMI,
el BID, etcétera, centradas en el repliegue de los Estados nacionales en sus políticas
redistributivas, las privatizaciones de sus empresas, la desregulación económica y
las integraciones en bloques regionales. Para este autor, este conjunto de transfo r-
maciones que afectaron a las ciudades latinoamericanas pueden resumirse bajo el
concepto de privatización “que conllevan inevitablemente la exclusión social y a una
sociedad más fragmentada e individualizada”. Esta privatización es analizada en
cinco aspectos: a) Privatización de las redes de transporte urbano, expresada en las
nuevas redes de autopistas metropolitanas, las cuales contribuyeron a profundizar las
tendencias de segregación socio–espacial; b) Privatización de los espacios producti-
vos e industriales, expresada en los desarrollos inmobiliarios que se apropiaron de
las áreas urbanas afectadas por el proceso de desindustrialización y decadencia fabril
de los años noventa, destinada a los servicios especializados de la nueva economía y
el consumo de las clases medias–altas; c) Privatización de los espacios de vivienda,
expresada en los procesos de suburbanización de los espacios residenciales de las
élites y la clase media–alta que fueron beneficiadas por la reestructuración económi-
ca de los años noventa y que pueden tipificarse según diferentes formas de urbaniz a-
ciones privadas: vecindades que fueron cerradas con posterioridad a su surgimiento,
condominios verticales (predominantes en Río de Janeiro), barrios suburbanos ce-
rrados (predominantes en el Área Metropolitana de Buenos Aires), Clubes de Coun-
try, Clubes de Chacras periurbanos, Megaemprendimientos (También denominados
pueblos privados), etcétera; d) Privatización de los espacios de consumos expresados
fundamentalmente a través de los denominados shoppings y centros urbanos de es-
parcimiento, que tienen como denominador común el cambio masivo de consumo de
los habitantes, que en muchos casos llegan a ser excluyentes para los estratos soci a-
les con menor poder adquisitivo; y e) Privatización de los espacios de los pobres,
expresada en cierta formas de encierro forzado de los sectores urbanos más pobres,
mediante la construcción de nuevas barreras psicológicas y culturales.

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Todos estos procesos de privatización señalados por Janoschka lo llevaron a argu-
mentar la emergencia de un nuevo modelo estructural de ciudad latinoamericana, al
que caracterizó como ciudad de islas:

“Estos desarrollos estructurales subrayan con claridad la nueva percepción de la ciudad


actual que se encuentra severamente segregada y dividida. La metrópolis contemporá-
nea en América Latina se acerca cada vez más a una “ciudad de islas”. Esto se debe
tanto a la construcción de espacios urbanos nuevos que en su mayoría tienen una forma
cerrada y aislada sin deseo de integración a las zonas colindantes, como al aisl amiento
posterior de las áreas ya construidas y existentes. Esta tendencia representa una distan-
cia importante con la ciudad tradicional latinoamericana que estaba conformada, sobre
todo, por la mutua integración de espacios diferentes y constituida por espacios públi-
cos y abiertos.” (Janoschka, 2002: 315)

A partir de esta afirmación Janoschka caracteriza las estructuras insulares de la ci u-


dad latinoamericana en cuatro categorías: a) Las islas residenciales de riqueza, ex-
presadas en los cambios estructurales en la vivienda de los estratos altos y m edio–
altos de la sociedad; b) Las islas de consumo, expresadas en los nuevos centros u r-
banos y suburbanos de consumo y entretenimiento; c) Las islas productivas, expre-
sadas en los nuevos espacios de la producción construidos en las periferias urbanas
que sustituyen a la antigua área central de uso industrial; y d) Las islas del miedo, de
la pobreza y la delincuencia o islas de decadencia, expresadas en las áreas industri a-
les en declive, las villas miserias centrales y periféricas y las construcciones de v i-
viendas social que se autoencierran por miedo a la criminalidad. Finalmente, J a-
noschka señala que la nueva estructura vial y los medios de transporte funcionan
como elemento estructurante y unificador de los fenómenos insulares de la nueva
metrópoli latinoamericana de principios del siglo XXI (Janoschka, 2002: 287–318).

5. La nueva marginalidad y los nuevos guetos del primero mundo

Wacquant en «Parias urbanos», por su parte, abordó un estudio comparativo entre la


nueva marginalidad de las ciudades norteamericanas y europeas, a través de casos de
estudios llamados por él formaciones socioespaciales, tales como los guetos norte-
americanos y las banlieues francesas, ofreciendo una perspectiva macro y micro es-
tructural combinada sobre las causas que contribuyeron a la desigualdad y segrega-
ción sobre el espacio urbano de los nuevos pobres en las últimas décadas en ambos
continentes. En este trabajo, Wacquant analizó tanto lo que él llamó las lógicas es-
tructurales que alimentan la nueva marginalidad, como también la forma cómo ésta
es auto percibida y reproducida desde las prácticas cotidianas. Según Wacquant:

“El final del siglo XX presencia una trascendental transformación de las raíces, la
composición y las consecuencias de la pobreza urbana en la sociedad occidental. Junto

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con la modernización económica acelerada, provocada por la reestructuración global
del capitalismo, la cristalización de una nueva división internacional del trabajo (f o-
mentada por la velocidad frenética de los flujos financieros y los trabajadores a través
de fronteras nacionales porosas) y el desarrollo de nuevas industrias de uso intensivo
del conocimiento, basadas en revolucionarias tecnologías de la información y gener a-
doras de una estructura ocupacional dual, se ha producido la moderniz ación de la mise-
ria: el ascenso de un nuevo régimen de desigualdad y marginalidad urbanas. Mientras
que en antaño, en las metrópolis occidentales, la pobreza era en gran medida residual o
cíclica, estaba fijada en comunidades de clase obrera, era geográfic amente difusa y se
la consideraba remediable mediante una mayor expansión del mercado, hoy parece ser
cada vez más a largo plazo si no permanente, y está desconectada de las tendencias
macroeconómicas y establecida en barrios relegados de mala fama en los que el aisla-
miento y la alienación sociales se alimentan uno al otro, a medida que se profundiza el
abismo entre las personas allí confinadas y el resto de la sociedad” (Wacquant, 2001:
168–169).

Si esta nueva marginalidad se expresa de diferentes maneras en los distintos países


europeos y los Estados Unidos, sus efectos urbanos son muy similares. Entre las
lógicas estructurales causantes de esta nueva marginalidad Wacquant identificó cu a-
tro aspectos: a) el resurgimiento de la desigualdad social en el contexto de un avance
y una prosperidad económica global: “Cuanto más avanza la economía capitalista
remodelada, más amplio y profundo es el alcance de la nueva marginalidad y más
concurridas las filas de las personas arrojadas a la agonía de la miseria sin tregua ni
remedio, aún cuando caiga el índice oficial de desocupación y aumente el ingreso en
el país”; b) la mutación del trabajo asalariado, producto de una doble transform a-
ción: la eliminación de millones de empleos semicalificados bajo la presión combi-
nada de la automatización y la competencia laboral, y la degradación y dispersión de
las condiciones básicas de empleo, remuneración y seguridad social de muchos tr a-
bajadores. Dado que: “una fracción significativa de la clase obrera se ha convertido
en superflua y constituye una población excedente absoluta que probablemente nun-
ca vuelva a encontrar trabajo (sumado a que) …el carácter mismo de la relación s a-
larial cambió en las dos últimas décadas de una manera tal que ya no otorga una pr o-
tección a toda prueba contra la amenaza de la pobreza, ni siquiera a quienes están
incluidos en ella”; c) la reestructuración de los Estados de Bienestar: “Los Estados
son grandes motores de estratificación por propio derecho; y en ningún lado lo son
tanto como en la base del orden socioespacial; proporcionan o impiden el acceso a
una escolarización y una formación laboral adecuadas; fijan las condiciones para
ingresar en el mercado laboral y salir de él, a través de las normas administrativas
atinentes a las contrataciones, los despidos y las jubilaciones; distribuyen (u omiten
distribuir) bienes básicos de subsistencia, como la vivienda e ingresos complement a-
rios; apoyan u obstaculizan activamente ciertos ordenamientos familiares y hogar e-
ños, y codeterminan tanto la intensidad material como la exclusividad y densidad
geográfica de la miseria mediante una multitud de programas administrativos y fi s-
cales. El achicamiento y la desarticulación del Estado de Bienestar son dos de las

– 293 –
grandes causas del deterioro y la indigencia sociales visibles en las metrópolis de las
sociedades avanzadas”; y d) concentración y estigmatización: “Durante las décadas
de expansión industrial de la posguerra, por lo general la pobreza se distribuía en las
metrópolis a través de los distritos obreros y tendía a afectar una sección transversal
de trabajadores manuales y no calificados. En contraste, la nueva marginalidad
muestra una tendencia distinta a conglomerarse y acumularse en áreas «irreduct i-
bles» y a las que «no se puede ir», que son claramente identificadas −no menos por
sus propios residentes que por las personas ajenas a ellas– como pozos urbanos in-
fernales repletos de privación, inmoralidad y violencia donde sólo los parias de la
sociedad tolerarían vivir” (Wacquant, 2001: 171–178).

6. Ciudades amuralladas

La obra de Tereza Caldeira (1998) sobre la ciudad de Sao Paulo fue una de las pio-
neras en abordar las trasformaciones urbanas de fin de siglo en el contexto latino a-
mericano. Esta autora describió los procesos de segregación en esa ciudad brasileña,
caracterizados principalmente por el encierro voluntario de las élites dominantes en
«enclaves fortificados» y la separación de los diferentes grupos sociales mediante
muros, rejas y dispositivos electrónicos de seguridad, tanto de carácter material co-
mo simbólicos. Según García Canclini:

“En muchas ciudades africanas, asiáticas y latinoamericanas es evidente que la debil i-


dad reguladora no aumenta la libertad sino la inseguridad y la injusticia. La condición
posmoderna suele significar en estos países la exasperación de las contradicciones de
la modernidad: la desaparición de lo poco que se había logrado de urbano, el agot a-
miento de la vida pública y la búsqueda privada de alternativas no a un tipo de ciudad
sino a la vida urbana entendida como tumulto «estresante». Estudios antropológicos
recientes muestran el peso que tienen en la construcción de las segregaciones urbanas,
junto a las barreras físicas, los cambios en hábitos y rituales, las obsesivas convers a-
ciones sobre la inseguridad que tienden a polarizar lo bueno y lo malo, a establecer dis-
tancias y muros simbólicos que refuerzan los de carácter físico” (García Canclini,
1997).

También tomando como referencia a la ciudad de Sao Paulo (Brasil), Geraiges de


Lemos, Scaralto y Peréz Machado (2002: 217–236) se refieren a los trasformaciones
urbanas de esa ciudad y en particular a los condominios cerrados, como un retorno a
la ciudad medieval:

“Lo que caracteriza a la metrópoli paulista hoy es una desintegración, una fragmenta-
ción de su espacio, un mosaico de lugares con contenidos propios. No es una ciudad
compuesta por lugares con identificaciones comunitarias ni con fuerza espiritual. Ella
es caótica, cada lugar presenta un paisaje donde se destaca las áreas congestionadas por
el tránsito y por los problemas urbanos de pobreza y de violencia. En este espacio, los

– 294 –
diferentes estratos sociales procuran marcar territorios donde se materializan imágenes
simbólicas que se construyen en su memoria.”4

Hasta aquí este somero repaso sobre las nuevas conceptualizaciones creadas por di-
ferentes autores para caracterizar las tendencias generalizables en el orden urbano de
las ciudades actuales. Exploremos a continuación las dimensiones ideológicas que
encierran de estos procesos de transformación, ya que son de interés directo de esta
investigación.

4
(Traducción Propia).
– 295 –
II
Las ideologías del nuevo orden urbano

1. El retorno a la comunidad

Existen importantes trabajos referidos a las construcciones culturales e ideológicas


elaboradas por los grupos sociales de ingresos económicos medios y altos tendientes
a justificar su aislamiento de la ciudad tradicional y su refugio en espacios exclusi-
vos cerrados en las afueras de las grandes ciudades, como también, dentro de las
propias ciudades. La antropóloga Mónica Lacarrieu, al estudiar las urbanizaciones
privadas en las periferias de Buenos Aires, afirma que más allá de las referencias
convencionales sobre las polaridades seguridad / inseguridad o espacios de los flujos
/ espacios de los lugares, empleadas con frecuencia para explicar los nuevos proce-
sos de segregación urbana, existe también respecto de estas nuevas formas del hábi-
tat, una importante construcción ideológica, tanto de parte de sus habitantes, como
también del mercado inmobiliario y el poder público que las produce, en torno a
valores de «comunidad» en asociación con los de «naturaleza» y de «solidaridad»,
que son puestos en contraposición a los de la «degradación» de la ciudad tradicional,
que también fluyen globalmente y que forman parte de una verdadera y nueva «polí-
tica de lugares» que contribuye al nuevo orden urbano emergente.

Según esta autora existe por un lado “un discurso monolítico que se construye con
base en la idea de ciudad como exceso, perdición, peligro, como la «maldita ciudad»
a la que se ha llegado, bajo el supuesto de un estado urbano anterior en el que la cri-
sis se presupone inexistente.” Mientras que por el otro lado, existe una «política de
lugares» cuyas estrategias de conformación involucran a la naturaleza y a “nuevas
formas de hacer comunidad, y de aprehensión y gestión de la alteridad…”:

”En Sao Paulo, como en Buenos Aires, incluso en México o en ciudades europeas c o-
mo París, la estrategia cultural o el recurso de la naturaleza se han vuelto referentes a r-
ticuladores de diferentes elementos para dar sentido a la urbanización. Sin embargo,
esta nueva forma de remapeamiento de las ciudades no puede ser observada sin cons i-
derar políticas más generales a las que apuntan organismos internacionales y que, sin
duda, están siendo apropiadas en el discurso político de lo urbano. (…) la naturaleza,
pero también la cultura, se constituyen desde una «visión reparadora» de la «crisis u r-
bana», y es desde uno u otro referente, o combinando ambos, que se «fabrican paraísos
artificiales» que en conjunto contribuyen a la ciudad imaginada, la de los sueños, aun-
que los deseos no puedan cumplirse para todos por igual. Las ciudades parecen const i-
tuirse en su imágenes entre la cultura y la naturaleza, como elementos unificantes y
cohesivos, desde los cuales se espera la recreación de una ciudad atractiva hacia el ex-
terior, así como la utilización de dichos referentes, hacia adentro de la urbe, como m e-
diadores de la mejor convivencia, el fortalecimiento de la participación ciudadana, la
solidaridad y el mejoramiento de las relaciones sociales −procurando contrarrestar in-

– 296 –
seguridad, caos, delincuencia, fragmentación, etcétera. (…) “ Esta cuestión es visible
en el caso la «ciudad−pueblo» privada que se está urbanizando en la zona de Pilar,
Buenos Aires: como en un cuento infantil, los emprendedores inmobiliarios nos invitan
a un recorrido hasta la llegada al lugar, mediante el seguimiento de una serie de cart e-
les que nos van invitando a imaginar; pero a imaginar naturaleza y patrimonio, natura-
leza y tradición, naturaleza y cultura («imagine un pueblo con calles empedradas»;
«imagine un pueblo con plazas y restaurantes»; «imagine un pueblo, donde encontrarse
con amigos»; «imagine un pueblo donde disfrutar del arte»; «imagine un pueblo abie r-
to a todos, parecido a ninguno»). En suma una sociedad Folk. Singular y democratizan-
te a la vez. Así, importa más el mundo onírico, aquél que recreemos mentalmente, y
mucho menos el mundo real, el de la vida ordinaria y cotidiana…”

De acuerdo con esta autora, la naturaleza debe, sin embargo, interpretarse a la luz de
otros valores: la constitución de comunidad y la apelación a la «idea de barrio» en
contraposición a los de ciudad:

“El provincialismo del pueblo con historia es así reconstruido por asociación con la
tranquilidad del barrio privado, que aunque carente de historia material, puede anclar-
se en las raíces pueblerinas.” (…) “El pueblo a diferencia de la ciudad, da la posibili-
dad de constituirse entre iguales, en un símil del barrio y de la familia. El barrio y la
familia transmutan en valores supremos, intentando reproducirlos en todos los ámbitos
de socialización…”

Y para finalizar la autora se pregunta:

“Pero ¿será posible que la imagen se convierta en realidad? ¿Es la comunidad/barrio, la


salida a la «crisis urbana»? ¿Podremos vivir en un futuro en esa imagen codificada de
comunidad/barrio? O seguirá siendo un «oscuro objeto del deseo, que seduce pero no
logramos conquistar». (Lacarrieu, 2002: 117−214).

Las respuestas a estas preguntas son contestadas en parte por el geógrafo David
Harvey, al referirse éste a la nueva corriente de planificación urbana norteamericana
denominada «El Nuevo Urbanismo», que hace una década aproximadamente, elabo-
ró un manifiesto fundacional como guía para corregir los problemas urbanos de las
ciudades norteamericanas, en el cual quedaron plasmados muchos de los principios
que hoy guían el desarrollo de estas urbanizaciones privadas. Según la «Carta Del
Nuevo Urbanismo» elaborada en el primer Congreso Para El Nuevo Urbanismo
(1993) por profesionales multidisciplinarios, líderes del sector público y privado y
activistas comunitarios, el NU reacciona contra: la falta de inversión en el centro de
las ciudades; el avance de la expansión urbana descontrolada; la cada vez mayor
separación por raza e ingreso (segregación); el deterioro ambiental y la pérdida de
tierras agrícolas y silvestres suburbanas y la erosión del patrimonio cultural edifica-
do de la sociedad. En cambio propicia: la restauración de las ciudades y los centros
urbanos existentes dentro de regiones metropolitanas coherentes; la reconfiguración
de barrios periféricos de crecimiento descontrolado a comunidades de verdaderos

– 297 –
vecindarios; la preservación de los entornos naturales, y la conservación del legado
arquitectónico. El NU reconoce que las soluciones físicas por sí solas no resuelven
los problemas socioeconómicos pero tampoco puede sostenerse un ambiente equili-
brado sin el respaldo de un marco físico coherente y aboga por la reestructuración de
la política pública para respaldar los siguientes principios: los vecindarios deben
tener diversidad en uso y población; las comunidades deben estar diseñadas tanto
para el tránsito del peatón y el transporte público, así como para el automóvil; las
ciudades y pueblos deben estar formados por espacios públicos e instituciones co-
munitarias bien definidas y universalmente accesibles; los lugares urbanos deben
estar rodeados de arquitectura y diseño de paisajes que realcen la historia local, el
clima, la ecología, y las prácticas locales de construcción (Carta del Nuevo Urba-
nismo, 1993). Según el geógrafo, David Harvey:

“En el mejor de los casos, el nuevo urbanismo promueve nuevas vías para pensar la r e-
lación entre el trabajo y la vida, y hace factible una dimensión ecológica del diseño u r-
bano que, en cierto modo, va más allá de la búsqueda de una calidad medioambiental
superior, propia del consumidor de bienes tales como árboles hermosos y estanques.
Plantea, incluso, abiertamente el espinoso problema de lo que hay que hacer con las
despilfarradoras exigencias energéticas de la forma de urbanización basada en el auto-
móvil, que ha predominado mucho tiempo en Estados Unidos y que de modo creciente
amenaza con tragarse las ciudades en Europa y en otros lugares. (…) Sin embargo, deja
mucho margen aún para el escepticismo. Para empezar, no es que haya muchas nove-
dades en todo esto. El nuevo urbanismo rebosa de nostalgia por una idealizada vida de
pequeña población y estilo de vida rural que nunca existió. Las realidades de tales l u-
gares estuvieron con frecuencia caracterizadas por un ambiente represivo y limitador,
más que por ser realidades seguras y satisfactorias (al fin y al cabo, ésta fue la clase de
mundo del cual las generaciones de emigrantes ansiaban huir, y precisamente no acu-
dían a él en tropel). Y además, el nuevo urbanismo, en la manera en que es descrito,
muestra señales abundantes de represiones y exclusiones en nombre de algo llamado
«comunidad» y «barrio» o «vecindario». El nuevo urbanismo puede caer fácilmente en
lo que denomino la «trampa comunitaria». Desde las primeras fases de la urbanización
masiva a la industrialización, el «espíritu de comunidad» se ha enarbolado como antí-
doto frente a cualquier amenaza de desorden social o descontento. La comunidad ha s i-
do incluso una de las claves del control social y de la vigilancia, al borde de la abierta
represión social. Comunidades bien arraigadas a menudo excluyen y se autodefinen
contra otras, erigen todo tipo de señales de «prohibida la entrada» (cuando no tangibles
muros y puertas). El chovinismo étnico, el racismo, la discriminación clasista avanzan
reptando hacia el interior del paisaje urbano. El nuevo urbanismo puede, por esa razón,
convertirse en una barrera, más que promover el cambio social progresivo” (Harvey,
2000).

2. La recuperación del «espacio público»

En el otro extremo, se ubican los que hoy militan por la recuperación del «espacio
público» en las ciudades, el más paradigmático teórico, divulgador y asesor de esta

– 298 –
cuestión, quizás sea el geógrafo y urbanista catalán Jordi Borja. Este autor parte del
diagnóstico que actualmente existe una «agorafobia urbana»:

“Las prácticas sociales parecen indicar que la salida es hacerse un refugio, protegerse
del aire urbano no sólo porque está contaminado sino porque el espacio abierto a los
vientos es peligroso. En las grandes ciudades se imponen los shopping centers con “re-
servado el derecho de admisión” y los ghettos residenciales cuyas calles de acceso han
perdido su carácter público en manos de policías privados. Hay un temor al espacio
público. No es un espacio protector ni protegido. En unos casos no ha sido pensado p a-
ra dar seguridad sino para ciertas funciones como circular o estacionar, o es sencill a-
mente un espacio residual entre edificios y vías. En otros casos ha sido ocupado por las
“clases peligrosas” de la sociedad: inmigrantes, pobres o marginados. Porque la agor a-
fobia es una enfermedad de clase de la que parecen exentos aquellos que viven la ci u-
dad como una oportunidad de supervivencia. Aunque muchas veces sean las princip a-
les víctimas, no pueden permitirse prescindir del espacio público. Nuevamente, como
en todos los momentos históricos de cambios sociales y culturales acelerados, se dia g-
nostica la “muerte de la ciudad”. Es un tópico recurrente. Unos ponen el acento en la
tribalización. Las “hordas” están en las puertas de la ciudad, pero también en su cora-
zón, en los centros históricos degradados. Kingali, la capital ruandesa, compartime nta-
da por tribus que se odiaban, no sería un fenómeno primitivo solamente. También, una
prefiguración de pesadilla de nuestro futuro urbano. Un futuro ya presente en Argel,
Estambul o El Cairo, con ejércitos protegiendo los barrios “civilizados” frente a la
“barbarie” popular (Borja, 1997).

Como posible solución de estos problemas urbanos, Borja (y muchos otros autores)
proponen la recuperación de la crisis actual de las ciudades a través de la recupera-
ción del «espacio público» y la vida urbana. El «espacio público», entendido no en
el sentido de las ciencias políticas, sino el de los estudios urbanos, o sea, como or-
ganización social del espacio urbano, es decir como conjuntos de espacios funciona-
les y simbólicos: calles, avenidas, parques, plazas, edificios, asociado a un conjunto
de actividades y prácticas de diversas características, tales como la circulación, el
consumo, el paseo, el ocio, la recreación, el encuentro e incluso la trasgresión y la
protesta,5 es un tema que se ha vuelto central en los estudios urbanos en los últimos
años, en la medida que es considerado, tanto como lo que ha sido afectado por los
procesos de transformación estructurales de la globalización, como también, porque
se deposita él, una salida reparadora de la crisis actual de las ciudades. En este sen-
tido, es que, además de haberse convertido en un objeto de estudio importante en los
diferentes campos disciplinares científicos que han asumido a lo urbano como una
especialidad más entre las que configuran sus disciplinas, ha merecido y merece
constantemente numerosos encuentros de discusiones e intercambios también en el
campo de la gestión política de las ciudades, y es quizás, en el contexto de las gran-

5
“Lo público como categoría estructurante por excelencia, hace referencia a los espacios
que como impronta de gente y lugares, abarca tanto los sistemas ambientales mayores, los
entornos del paisaje y el espacio de la ciudad –calles, plazas, bordes, intersticios y envol-
ventes–, pero también, aquellos edificios de especial significación, valor histórico y uso
colectivo” (Trujillo, 2002: 28).
– 299 –
des ciudades latinoamericanas donde está siendo más insistentemente abordado en
los últimos años. De modo que, lo más pertinente, es precisamente, analizar esta
forma común de consideración del problema que disponen o discuten muchos de los
trabajos de todas estas disciplinas y técnicas abocadas al estudio de las ciudades ac-
tuales, con la finalidad de analizarla a la luz de la investigación realizada para esta
tesis.

Esta forma de consideración implícita común del espacio urbano que muchos autores
de diferentes disciplinas comparten, al menos implícitamente, se relaciona con a s-
pectos de los que ya se ha estado hablando en la anterior parte de esta investigación
y tiene que ver con cierta asociación paradigmática y «naturalizada» acerca del es-
pacio urbano como lugar propio del «ciudadano» y como producto de los derechos
de la ciudadanía, que conlleva, a su vez, a la consideración del espacio urbano dire c-
tamente como «espacio público», y que finalmente, termina trasformando a esta aso-
ciación en un concepto que licua, desdibuja y/o encubre la función ordenadora de la
sociedad que realiza el Estado del orden urbano. De aquí su sentido ideológico.

De acuerdo a los desarrollos convencionales de las ciencias políticas, la ciudadanía


es generalmente entendida como una condición social de los individuos, en el sent i-
do que es un estado social o una calidad de existencia de los mismos, que deviene
del reconocimiento de su pertenencia a un determinado colectivo social, principal-
mente de base territorial, pero también puede ser de base social o cultural. En este
sentido, la ciudadanía se expresa como frontera y jerarquía, como pertenencia y pr i-
vilegios, entre quienes se encuentran incluidos y excluidos de ella (Andrenacci,
1997). Se trata de un reconocimiento que corresponde al plano jurídico o del der e-
cho civil que regula la convivencia social de los individuos que integran dicho c o-
lectivo, de aquí que ella se expresa en primera instancia, en un conjunto formal de
derechos o garantías civiles y también de obligaciones que los individuos disponen
por su pertenencia social a dichos colectivos.

Ante las diferenciaciones de status, clase, condiciones sociales y culturales establ e-


cidas corrientemente por el sistema económico y social, la ciudadanía en su sentido
más clásico es entendida como una búsqueda de constitución de una condición social
de igualación entre todos los integrantes de un colectivo social. Para Marshall
(1950), la ciudadanía constituía una fuerza opuesta a la desigualdad entre las clases
sociales, en tanto derechos universales que deben compartir todos y cada uno de los
miembros de una comunidad nacional. Según Borja:

“La ciudadanía es un status, es decir, un reconocimiento social y jurídico por el cual


una persona tiene derechos y deberes por su pertenencia a una comunidad, en general,
de base territorial y cultural. Los «ciudadanos» son iguales entre ellos, en la teoría no
se puede distinguir entre ciudadanos de primera, de segunda, etc. En el mismo territo-

– 300 –
rio, sometidos a las mismas leyes, todos deben de ser iguales. La ciudadanía acepta la
diferencia, no la desigualdad” (Borja, 2002).

Pero la ciudadanía, si bien se expresa en el plano jurídico, contiene varias dimensi o-


nes, en primer lugar, la de los derechos civiles, que corresponde a los derechos lega-
les (libertad de expresión y de religión, derecho a la propiedad y a ser juzgado por la
ley); la dimensión de los derechos políticos, derivados del reconocimiento a expr e-
sarse, manifestarse, elegir representantes y participar organizadamente en la admi-
nistración y control de actividades políticas; y, en tercer lugar, la dimensión econ ó-
mica de los derechos sociales, referidos al derecho de gozar cierto estándar mínimo
de vida, de bienestar y de seguridad económica expresados a través del reconoci-
miento de los individuos de contar con servicios de salud, educación, trabajo, v i-
vienda, etcétera.

El reconocimiento de la ciudadanía corresponde al Estado, pero esto, es ambivalen-


te, en el sentido que ella se asume generada y sostenida por la sociedad civil organi-
zada, tanto a través de la elección de sus gobernantes y la involucración de los civi-
les en los asuntos públicos, como también a través de participaciones más conflicti-
vas, mediante movimientos sociales que fuerzan a las instituciones estatales su cons-
titución y reconocimiento. De aquí que, para la ciudadanía, la democracia es la fo r-
ma de gobierno ideal por la cual la ciudadanía puede ser construida y defendida. De
acuerdo con Borja:

“…el conjunto de procesos constitutivos de la ciudadanía no ha sido automático, der i-


vado de un progreso moral ineludible, o del desarrollo inercial en las instituciones pú-
blicas, o un efecto milagroso del mercado. La construcción de la ciudadanía ha sido e l
resultado de múltiples conflictos. De conflictos sociales, de confrontaciones de val ores,
de enfrentamientos políticos. Y también de conflictos entre las propias instituci ones
del Estado” (Borja, 1998).

De aquí la necesidad e importancia de la concepción de una sociedad civil constitui-


da como poder independiente del Estado y de las corporaciones económicas como
sustento de la ciudadanía.

Los contenidos de la ciudadanía han variados con el transcurso del tiempo ; al decir de
Borja, se trata de un concepto evolutivo: en primer lugar, su sentido de inclusión y per-
tenencia a un determinado colectivo social, en los inicios de la modernidad europea fue
un atributo de las ciudades (de aquí su nombre) De acuerdo con este autor: “la ciuda-
danía es un concepto forjado inicialmente en la ciudad. Corresponde al estatuto de los
hombres y mujeres libres. Este estatuto, conjunto de derechos y deberes, se realizaba
mediante las instituciones de representación y gobierno en el ámbito local. Los Ayu n-
tamientos, las «communes» o los «burgos», con su asamblea elegida y el control que
ejercía ésta sobre el gobierno de la ciudad son el precedente de la democracia política
europea y americana.” [En cambio, en la actualidad, la ciudadanía es una potestad ex-
clusiva de los Estados Nación] “…el concepto actual de ciudadano está ligado a la

– 301 –
constitución del Estado moderno. Es el Estado el que vincula ciudadanía con nacion a-
lidad. …Se es ciudadano de un país, no de una ciudad. Se es ciudadano porque se p o-
see una nacionalidad, regulada por un Estado y solamente vale este estatuto en el ámbi-
to de ese Estado” (Borja, 1998).

Sin embargo, este mismo autor señaló que esta nueva instancia de integración de la
globalización plantea un nuevo escenario de necesidad de reconocimiento de la ciu-
dadanía a una escala mayor que la del Estado–Nación:

“El marco estatal en el que hay que defender los derechos adquiridos, ampliarlos a
nuevos ámbitos y extenderlos al conjunto de la población. Y el marco supraestatal, en
el cual hay que definir nuevas dimensiones de la ciudadanía, tanto por lo que se refiere
a las uniones políticas y económicas «regionales» como al sistema económico e info r-
macional mundial. El funcionamiento del sistema financiero, la Organización Mundial
del Comercio y el Acuerdo multilateral de las inversiones son ejemplos de una mundia-
lización sin democracia. Como lo son el mundo de las telecomunicaciones y el de las
alianzas político–militares. En tanto que la inmensa mayoría de la humanidad tiene de-
rechos restringidos para circular, informarse o trabajar. Y posibilidades cuasi nulas de
controlar, estar representado o participar en los procesos característicos de la global i-
zación (Borja, 1998).

En segundo lugar, el carácter evolutivo de la ciudadanía también se expresa en su


proceso de ampliación a través del tiempo, simplificando de forma extrema el proce-
so seguido por los países centrales de occidente. Borja ha señalado que:

“El concepto de ciudadanía se ha forjado entre el siglo XVIII y XX mediante un proc e-


so acumulativo. En una primera etapa, los ciudadanos son aquellos a los que se les re-
conoce un conjunto de derechos y libertades individuales, de naturaleza civil (esp e-
cialmente de carácter económico). En el siglo XIX la ciudadanía adquirió un carácter
predominantemente político. Los ciudadanos eran aquellos que gozaban de la plenitud
de derechos políticos. (…) En el siglo XX la ciudadanía ha adquirido un nuevo cont e-
nido: el social. Ser ciudadano hoy es tener derecho a recibir educación y asistencia,
prestaciones sociales diversas, servicios públicos subvencionados, salario reglamenta-
rio, protección laboral, etc. En suma, los podemos llamar como derechos humanos,
económicos, sociales y culturales. (…) La ciudadanía moderna es también un resultado
del desarrollo económico y social del siglo XX que ha configurado el Estado del Bie-
nestar” (Borja, 1998).

La distinción entre reconocimientos formales o programáticos en el plano jurídico y


su concreción en la vida real de los ciudadanos es fundamental en la conceptualiz a-
ción de la ciudadanía, incluso también para marcar los avances y retrocesos de las
luchas sociales en su constitución. Sobre esto mismo, en otro trabajo este autor ha
dicho:

“La distinción habitual entre derechos civiles, derechos políticos y derechos sociales
por parte de la teoría política, especialmente a partir de T.H. Marshall, con frecuencia
se presenta en una versión simplificada como una sucesión temporal. Los derechos c i-

– 302 –
viles corresponderían al siglo XVIII, los políticos al siglo XIX y los sociales al siglo
XX. (…) Pero la historia real más bien nos muestra que los derechos citados han evo-
lucionado y progresado a lo largo del tiempo. Los derechos civiles, por ejemplo de las
mujeres, de los jóvenes, de los analfabetos, del personal de servicio, etcétera, se han
extendido, y todavía hoy están pendientes reivindicaciones de igualdad (incluso se
plantea que los niños, desde el momento del nacimiento, deberían ser titulares de los
derechos plenos, aunque en los primeros años los padres los subrogasen como «tuto-
res»). De los derechos políticos no hablemos: el sufragio universal, la legalización de
todos los partidos políticos, las autonomías territoriales, el desarrollo de la dem ocracia
participativa y deliberativa, etc. Son progresos del siglo XX o que todavía están i n-
completos. Y los derechos sociales, los de Welfare State del último siglo, no sólo con
frecuencia son derechos más programáticos que reales (trabajo, vivienda, sanidad, etc.)
sino que en algunos casos retroceden debido a la crisis financiera del sector público y a
las privatizaciones de muchos servicios” (Borja, 2002).

La estrecha vinculación existente entre el sostenimiento y ampliación de los der e-


chos sociales constitutivos de la ciudadanía y el desarrollo del Estado Benefactor
durante el siglo XX, no sólo señala la posibilidad de grados de desarrollo variable
entre diferentes Estados del mundo (Por ej. entre países desarrollados y subdesarro-
llados), sino también, la afectación que este desarrollo ha sufrido a partir del proceso
de globalización y los efectos que este trajo aparejado sobre la reforma de los Esta-
dos benefactores en las últimas décadas del siglo XX (Véase la Segunda Parte). De
acuerdo con Borja:

“Hoy, la ciudadanía se enfrenta a un doble desafío. Por una parte, hay factores que p o-
nen en cuestión los contenidos de la ciudadanía adquirida. Por otra, nuevos fenómenos
plantean la necesidad de ampliar los contenidos y renovar el concepto de ciudadanía.
Entre los factores que cuestionan la ciudadanía los más importantes son los que resu l-
tan de la crisis de los Estados del Bienestar y del aumento persistente del desempleo.
En los países europeos una parte de la población (que tiende a crecer) pierde progres i-
vamente sus atributos ciudadanos: no vota, no tiene trabajo, vive en zonas marginales,
se siente excluida de las instituciones, no está conectada con el progreso de las redes
de comunicación: está «fuera», que es peor que estar abajo. Esta situación se agrava
porque entre los ciudadanos con posibilidad de ejercer «sus derechos», el temor a qu e-
dar fuera les estimula los comportamientos corporativos e insolidarios; la intolerancia
y la xenofobia. A lo dicho hay que añadir que una parte significativa de la población
no pierde la ciudadanía porque nunca la ha tenido: son los extranjeros. Muchos il egales
(total o parcialmente, por ejemplo, los que pueden residir, pero no trabajar). Otros le-
gales, pero con derechos limitados” (Borja, 1998).

Así entendida, la ciudadanía puede ser considerada en dos planos, uno el de los d e-
seos o de las aspiraciones futuras (el plano de la utopía, quizás), donde ella represen-
ta un ideal de integración y de cohesión social pleno, configurados en tornos a los
valores iluministas de igualdad y libertad; y el otro, el plano de la vida real, donde
más bien ella se presenta más como un campo de lucha entre intereses diferentes y
en muchos casos antagónicos de la «sociedad civil» y el poder político expresado en

– 303 –
el Estado, en el que sus derechos y obligaciones constitutivas tienen retrocesos y
avances y se encuentran en constate transformación.

De acuerdo a lo investigado, es en la conceptualización de esta forma de relación


entre sociedad y Estado donde estriban los aspectos ideológico de esta cuestión,
porque a través de mecanismos políticos como los de contrato social y la represent a-
ción (a través de la democracia) se concibe a la sociedad (con sus conflictos y con-
tradicciones de clase) como una unidad cohesionada de intereses comunes bajo el
mote de una «sociedad civil», que es independiente del poder político del Estado y
que dispone de la capacidad de delegar y controlar en éste la administración del
«bien común». Es obvio, que si así realmente fuera, no sería tan complicado que el
Estado reconozca los derechos que la «ciudadanía» tanto demanda y le cuesta con-
seguir. Cuando en verdad, como se ha visto, los autores más importantes que han
analizado el tema, siempre han puesto en cuestión la concepción de esta relación, en
la medida que considera que el Estado siempre promueve o bien la clientelización
del «ciudadano», o su pasividad y/o dependencia, en la medida que, éste es antes que
nada un instrumento de ejercicio de poder (legítimo al decir de Weber) que la bu r-
guesía moderna concibió en un determinado momento de la historia para contener su
crisis inherente, devenida de relaciones de producción sociales conflictivas y de ex-
plotación sobre la que se asienta, merced a una constante función ordenadora de la
crisis social (En las conclusiones se retoma más ampliamente esta cuestión).

Por otra parte, en los últimos años, como consecuencia de la globalización económi-
ca y debilitamiento de la autonomía de las economías nacionales, esta cuestión se a
reconfigurado a escala local, tendiéndose a fundir a los gobiernos municipales con
los intereses «ciudadanos», merced supuestamente a formas de representación políti-
ca más participativas y consultivas, que conllevan a la constitución de una verdadera
comunidad política de intereses compartidos, constituyente de una comunidad unifi-
cada de «ciudadanos», que, de cierta forma, ha contribuido a fundir «lo público» con
«lo Estatal» o a la inversa, transformado con este procedimiento de manera directa el
viejo «espacio público» moderno que impulsó el Estado–Nación en su función orde-
nadora anterior, con el nuevo «espacio público», producto ahora del gobierno de la
corporación de ciudadanos, como fue la antigüedad greco–romana. Para lograr esta
«actualización», Borja recapituló el proceso histórico de constitución de la ciudada-
nía, señalando que la ciudadanía es un conjunto de derechos civiles forjados inicial-
mente en la ciudad: “El ciudadano era el habitante de «derecho» de la ciudad” (Bor-
ja, 1998) y lo relacionó con la conceptualización de la ciudad también recuperada de
la tradición occidental clásica, la ciudad principalmente como lugar de vida de una
comunidad política independiente (la corporación de ciudadanos de la que hablaba
Weber, expresada idealmente bajo la idea del demos de la Grecia clásica (conjunto
de ciudadanos con intereses políticos compartidos), a la que además le incorporó la
idea de ciudad como un conjunto cultural, es decir, la ciudad como ethos cultural y

– 304 –
político, la ciudad como lugar de encuentro, sociabilidad y acuerdos compartidos
sobre los asuntos comunes: la ciudad como urbs (conjunto de espacios contenedores
ordenados por el poder político), pero también como civitas (comunidad) y como
polís (corporación política). Así este autor construyó su definición de ciudad de la
siguiente manera:

“Entendiendo por ciudad este producto físico, político y cultural complejo, europeo y
mediterráneo, pero también americano y asiático, que hemos caracterizado en nuestra
ideología y en nuestros valores como concentración de población y de actividad, mi x-
tura social y funcional, capacidad de autogobierno y ámbito de identificación simbólica
y de participación cívica. Ciudad como encuentro, intercambio, ciudad igual a cultura y
comercio. Ciudad de lugares y no simple espacio de flujos” (Borja, 1997). [Para este
autor] “la ciudad no es solo el espacio (urbs), sino que también es el conjunto de per-
sonas que viven en comunidad (civitas). (…) Ciudad, cultura, comercio, son términos
etimológica e históricamente unidos. Como ciudad y ciudadanía (personas con der e-
chos y responsabilidades, libres e iguales), y ciudad (polis, lugar de la ciudadanía) y
política (como participación en los asuntos de interés general). (Para esto, el interca m-
bio es una dimensión fundamental de la ciudad) …la «ciudad–ciudad» es aquella que
optimiza las oportunidades de contacto, la que apuesta por la diversidad y la mixtura
funcionales y sociales, la que multiplica los espacios de encuentro” (Borja, 1999).

Conceptuado de esta manera, el espacio urbano pasa a ser entendido fundamental-


mente como lugar de vida del «ciudadano», y éste pasa a ser entendido como un ser
político asociado corporativamente a un gobierno cívico–estatal. Asociación que
funde los intereses civiles y políticos en un interés unificado y transforma de forma
directa al espacio urbano en «espacio público». De modo que, al igual que bajo los
ideales republicanos del siglo XIX el emergente Estado–Nación reformista comenzó
a intervenir sobre las ciudades en nombre de aquellos ideales, vuelve en el marco de
la globalización a establecerse una asociación ideológica directa entre espacio ur-
bano y «espacio público» con un fin similar, pero ahora a escala local.

Ya sea bajos cualquiera de estas dos formas ideológicas: la que vincula de forma
directa a través de la democracia, los intereses del Estado–Nación con los de la «so-
ciedad civil», como la que funde a la «ciudadanía» con la función ordenadora del
poder político local, el espacio urbano pasa corrientemente y de manera directa a ser
asumido como «espacio público»: “La definición de ciudad como espacio público es
la definición misma de la ciudad, la ciudad como ente colectivo, como espacio de
intercambio, como espacio de ciudadanía. Y la ciudadanía es la pertenencia a este
colectivo, la superación de una dimensión individual, porque en la ciudad nunca se
está solo: la naturaleza colectiva de la ciudad es un hecho” (Rolnik, 2002: 38), etcé-
tera, etcétera.

– 305 –
2.1. La nueva vinculación de los derechos ciudadanos con el espacio ur-
bano

Ahora bien, para Borja, como para los urbanistas en general, estas vinculaciones
conceptuales definen antes que nada un campo de operaciones en el espacio urbano
en nombre de los «intereses ciudadanos». De esta manera, para este autor, el trat a-
miento urbanístico del espacio urbano, entendido bajo esta asociación como «esp a-
cio público», es fundamental para el desarrollo y ampliación de la ciudadanía:

“La calidad del espacio público es hoy una condición principal para la adquisición de
la ciudadanía. El espacio público cumple funciones urbanísticas, socioculturales y pol í-
ticas. En el ámbito de barrio es a la vez el lugar de vida social y de relación entre ele-
mentos construidos, con sus poblaciones y actividades. En el nivel de ciudad cumple
funciones de dar conexión y continuidad a los diversos territorios urbanos y de propo r-
cionar una imagen de identidad y monumentalidad. El espacio público, si es accesibl e
y polivalente, sirve a poblaciones diversas y en tiempos también diversos. (…) El e s-
pacio público es el lugar de la convivencia y de la tolerancia, pero también del confli c-
to y de la diferencia. Tanto o más que la familia y la escuela son lugares de aprendizaje
de la vida social, el descubrimiento de los otros, del sentido de la vida” (Borja, 2002).

En esta nueva instancia, el conjunto de valores asociados al «espacio público» en el


plano de las significaciones sociales de la vida urbana refiere al espacio urbano: a)
como un espacio político propio de la ciudadanía, b) como un espacio cultural de
integración y de cohesión social, ya que lo considera como un espacio común y
compartido, abierto de manera irrestricta a todos los ciudadanos por igual, sin di s-
criminación social de ningún tipo, donde todos participan igualados bajo una misma
condición, y c) como un espacio de igualación social en el plano económico bajo los
derechos sociales de la ciudadanía. Así, el espacio urbano, en tanto «espacio públi-
co» se considera idealmente como un espacio de decisiones políticas de la sociedad
civil, de encuentro y de convivencia armónica entre iguales en un marco de plural i-
dad social, respeto a las diferencias y de solidaridad social. Un espacio de integr a-
ción que promueve una cultura en torno a la idea del ciudadano en plena igualdad y
libertad de participación. Según afirma German Solinis Loyola (Responsable de
cuestiones urbanas del Programa MOST, UNESCO):

“El espacio urbano y su espacio público aparecen esencialmente como un fenómeno


político por el cual el ciudadano habita la ciudad y es admitido a ejercer sus derechos
políticos. (…) La fuerza del mensaje de la UNESCO respecto al urbanismo radica, de
esta manera, en dos puntos principales: el reconocimiento de la diversidad como base
del aprendizaje de la convivencia entre grupos sociales diferentes, y la necesidad de la
democracia como sustento de la dimensión política” (el espacio público es el) “lugar
donde se puede desarrollar dinámicas de integración y de cohesión social” (…) “es el
espacio de la ciudadanía” (…) “una de las principales cualidades sociales del espacio
urbano es la de ser un espacio cívico, este nos refiere, en términos territoriales, al e s-
pacio público, que constituye el cimiento de la vida urbana desde la dimensión política

– 306 –
de esta última” (El espacio público da respuestas a) “la necesidad social de apertura a
todos los individuos de cualquier cultura o nivel social” (…) “es requisito de la urban i-
dad o de la civilidad (…), es el lugar por excelencia del aprendizaje de la alteridad y de
la intermediación” (Solinis Loyola, 2002: 19−23).

Este conjunto de valores configura actualmente una representación ideológica para-


digmática a través de la cual se tiende a conceptualizar las trasformaciones ocurridas
en las ciudades en el marco del proceso de globalización, asociándose los atributos
de la crisis urbana actual (segregación, fragmentación, segmentación, desigualdad,
marginalidad, exclusión, etcétera), con la aniquilación que las transformaciones es-
tructurales del capitalismo ha realizado del «espacio público» moderno, en lugar de
asociarlas más bien al debilitamiento de la función ordenadora que el Estado mo-
derno había alcanzado a configurar por este medio bajo el modelo de acumulación
anterior, y que ahora se busca reeditarlo nuevamente en su versión «local».

2.2. El nuevo urbanismo militante del «espacio público»: ¿el regreso de


Haussmann al siglo XXI?

En el campo donde mejor se puede visualizar esto actualmente es en el de la actua-


ción planificadora de los urbanistas y de la gestión política de la ciudad actual, don-
de, desde el Estado local se busca intervenir o se interviene sobre las ciudades en
nombre del «espacio público», con la finalidad de corregir los problemas de la crisis
urbana actual, buscando establecer nuevos vínculos de control político sobre los t e-
rritorios que adquirieron cierta autonomía o heteronomía o que quedaron fuera del
control formal de la ciudad, en el nuevo orden urbano generado por las transform a-
ciones estructurales de la globalización.

En el caso de Borja, se proyecta como una posible solución de la actual «crisis» ur-
bana, la recuperación del «espacio público», merced a su intervención desde la co r-
poración cívico–estatal del gobierno local, a través de modelos de gestión política
más participativos y consultivos. Al respecto ha dicho este autor:

“Creemos que un ángulo interesante para analizar las nuevas dinámicas urbanas y el a-
borar respuestas a los desafíos que nos planteamos es el del espacio público y el de la
relación entre su configuración y el ejercicio de la ciudadanía, entendida como el esta-
tuto que permite ejercer un conjunto de derechos y deberes cívicos, políticos y soci a-
les. El espacio público nos interesa principalmente por dos razones. En primer lugar,
porque es donde se manifiesta muchas veces con más fuerza la crisis de «ciuda d» o de
«urbanidad». Por lo tanto, parece que sea el punto sensible para actuar si se pretende
impulsar políticas de «hacer ciudad en la ciudad». Y en segundo lugar porque las nu e-
vas realidades urbanas, especialmente las que se dan en los márgenes de la ci udad exis-
tente plantean unos retos novedosos al espacio público: la movilidad individual gener a-
lizada, la multiplicación y la especialización de las «nuevas centralid ades» y la fuerza
de las distancias que parecen imponerse a los intentos de dar continuidad formal y

– 307 –
simbólica a los espacios públicos. Estamos convencidos que la dialéctica movilid ades–
centralidades es una cuestión clave del urbanismo moderno. Y que la concepción de los
espacios públicos es a su vez un factor decisivo, aunque no sea el único, en el tipo de
respuesta que se da a la cuestión anterior (…) El dilema del urbanismo actual es, pues,
si acompaña a los procesos desurbanizadores o disolutorios de la ciudad mediante re s-
puestas puntuales, monofuncionales o especializadas, que se expresan p or medio de
políticas sectoriales, sometidas al mercado y ejecutadas por la iniciativa privada. O si,
por el contrario, impulsa políticas de ordenación urbana y de definición de grandes
proyectos que contrarresten las dinámicas perversas y que se planteen el hacer ciudad
favoreciendo la densidad de las relaciones sociales en el territorio, la heterogeneidad
funcional de cada zona urbana, la multiplicación de centralidades polivalentes y los
tiempos y lugares de integración cultural” (Borja, 1997).

Para actuar sobre el espacio urbano en nombre de los «ciudadanos», Borja propuso
impulsar precisamente una ampliación de los derechos de la ciudadanía, incorpora n-
do una serie de nuevos derechos (21 en total) tales como: 1) Derecho al lugar; 2)
Derecho al espacio público; 3) Derecho a la identidad colectiva dentro de la ciudad
(la organización interna del espacio urbano debe facilitar la cohesión sociocultural
de las comunidades –barriales, de grupos de edad, étnicas, etcétera); 4) Derecho a la
belleza, al lujo del espacio público, a la visibilidad de cada zona de la ciudad; 5)
Derecho a la movilidad y a la accesibilidad a las centralidades; 6) Derecho a la ce n-
tralidad y a todas las áreas de la ciudad; 7) Derecho a la ciudad como suma de los
derechos anteriores; 8) Derecho al acceso y al uso de las tecnologías de información
y comunicación para democratizar al acceso de todos a los servicios de interés gen e-
ral; 9) Derecho a la ciudad como refugio; 10) Derecho a la protección del gobierno
local como defensor de oficio de los ciudadanos en tanto que personas sometidas a
otras jurisdicciones mayores y también en tanto que usuarios y consumidores; 11)
Derecho a la justicia local y a la seguridad; 12) Derecho a la ilegalidad como medio
para convertir una demanda no reconocida en un derecho legal; 13) Derecho a la
innovación política tales como sistemas electorales, mecanismos de participación,
instrumentos de planeamiento y de gestión, etc.; 14) Derecho al empleo y al salario
ciudadano; 15) Derecho a la calidad del medio ambiente; 16) Derecho a la diferen-
cia, a la intimidad y a la elección de los vínculos personales; 17) Derecho de todos
los residentes en una ciudad a tener el mismo estatus político-jurídico de ciudadano;
18) Derecho a que los representantes directos de los ciudadanos participen en las
conferencias y los organismos internacionales que tratan cuestiones que les afectan
directamente; 19) Derecho de los ciudadanos a igual movilidad y acceso a la info r-
mación, similar al que poseen los capitales privados y las instituciones públicas; 20)
Derecho de los gobiernos locales y regionales y de las organizaciones y las ciudades
a constituir redes y asociaciones que actúen y sean reconocidas a escala internaci o-
nal; y 21) Derecho a desarrollar una identidad colectiva.

Según Borja el desarrollo y la legitimación de estos derechos dependerán de un tri-


ple proceso: 1) Un proceso cultural, de hegemonía de los valores que están en la

– 308 –
base de estos derechos; 2) Un proceso social, de movilización ciudadana para cons e-
guir su legalización y la creación de los mecanismos y procedimientos que los hagan
efectivos y 3) Un proceso político–institucional para formalizarlos, consolidarlos y
desarrollar las políticas para hacerlos efectivos. Claro que este desafío requiere una
acción política nueva, que difícilmente surja de las instituciones y de los partidos
políticos tradicionales proclives a mantener las cosas como están. Para lograr esto,
no hay que ver el sistema político institucional como un todo homogéneo, en primer
lugar por las diferencias políticas de los partidos, en segundo lugar, por las contra-
dicciones que pueden existir entre los poderes políticos locales, regionales y naci o-
nales, que además, emergerán si hay una presión política exterior que se concrete en
propuestas de cambio, tanto normativas como prácticas, en la vida institucional. De
aquí que sin movimientos cívicos no habrá cambio político, y si no lo hay, tampoco
habrá una respuesta eficaz a los nuevos desafíos del territorio. Para Borja esto r e-
quiere una cultura política nueva constructora de un discurso que proporcione legi-
timidad y coherencia a los movimientos cívicos. De lo contrario, se corre el riesgo
de acentuar la fragmentación territorial y sociocultural actual. Hay que tener en
cuenta que en todos los procesos de cambio siempre hay un punto de partida común:
la exigencia de unos derechos que aparecen como legítimos pero negados a muchos,
como potenciales pero no realizados (Borja, 1999).

Borja es consciente de las profundidades de los cambios sociales y políticos que de-
ben ocurrir para que el espacio urbano se transforme en un «espacio público» de los
«ciudadanos». Sin embargo ¿es verdaderamente posible esto sin cambios más pro-
fundos de otros derechos que alimentan las desigualdades actuales? Más allá de los
deseos, quedan dudas muy profundas al respecto. En primer lugar, Por más extensa y
abarcadora que sea la nómina de todos estos nuevos y loables derechos ciudadanos,
¿Pueden ella ser impulsadas y sostenidas por un movimiento cívico–político que
unifique las voluntades de todos los ciudadanos y el poder político en su conjunto,
licuando las profundas diferencias de intereses existentes entre las diferentes clases
y grupos sociales de las sociedades actuales? Pareciera que no puede ser tan sencillo
que esto ocurra, la historia de la constitución y las luchas de los movimientos socia-
les modernos lo desmienten categóricamente. Ya que ellos han reflejado siempre en
su segmentación la crisis inherente de la sociedad moderna y de los proyectos anta-
gónicos que contiene su desarrollo, que por otra parte, se han agudizados en esta
nueva etapa del desarrollo capitalista.

Las luchas de estos movimientos a lo largo de la historia moderna para obtener de


parte del poder político el reconocimiento de algún derecho, civil, político o social,
han sido siempre sectoriales, impulsadas por algún grupo social en perjuicio de otro
con intereses opuestos (proletariado vs. empresariado, feminismo vs. machismo,
ocupantes de tierra vs. propietarios de tierra, etcétera), de modo que mientras persis-
tan estas profundas diferencias sociales entre los diferentes sectores de la «sociedad

– 309 –
civil», no se podrán superar los distintos intereses que ellas producen y que éstos
siempre prioricen su lucha de manera sectorial de acuerdo a sus necesidades p articu-
lares, que en muchos casos son antagónicas entre ellas. Si la globalización generó
mayor concentración de riquezas, desigualdades, marginación y exclusión, como
frecuentemente se señala, el espacio urbano, no ha hecho más que reflejar estos pr o-
cesos. Imaginar la constitución de un «espacio público» sobre la base de una socie-
dad civil de intereses unificados sobre las actuales circunstancias parece aún más
difícil que antes.

En segundo lugar, hay que tener en cuenta que, en caso que se produjesen las refor-
mas necesarias para lograr una representación política diferente: participativa, d e-
mocrática, directa, etcétera, y que surgieran ciertas posibilidades de fundir interés
civiles y políticos a una escala local, al modo de las corporaciones ciudadanas de la
antigüedad, usadas frecuentemente como referencia ideal de este modelo, ¿No signi-
ficará ella simplemente que un sector social logró la dominación legítima (incorpo-
rando ciertas demandas sectoriales) o ilegítima (ideológica) sobre otros? No debe
olvidarse que aquel modelo social frecuentemente idealizado era estamentario, los
ciudadanos eran una minoría constituida solamente por los propietarios. La mayor
parte de aquellas sociedades estaban constituidas por estamentos de plebeyos, escl a-
vos y artesanos que no tenían derechos reconocidos para la elección de sus gober-
nantes. Ni tampoco las mujeres los tenían. Tanto en Grecia como en Roma, los ciu-
dadanos constituían un estamento minoritario de la sociedad. De modo que en caso
de que un sector civil alcance a fundir sus intereses con los del poder político, al
igual que la demos de la antigüedad ¿no será simplemente una realización de sus
intereses sectoriales dentro la función ordenadora del Estado? ¿No fue este acaso el
verdadero sentido de la corporación política de aquellos ciudadanos ahora añorada?
¿No es, en definitiva, esta asociación directa un recurso ideológico tendiente a con-
figurar una estrategia de este poder político corporativo para definir un nuevo orden
social para todos? 6

Recapitulando el análisis realizado en los apartados anteriores se puede establecer


una cierta unidad de lectura y ciertas relaciones en las trasformaciones del orden
urbano moderno que quizás ayuden a responder afirmativamente estos interrogantes:
Bajo los imperativos del Laissez Faire, en pocas décadas, la revolución industrial
había alcanzado a trasformar a las viejas ciudades medievales europeas en un cóctel
explosivo debido a la concentración desenfrenada de población y de mixtura social

6
Señaló hace ya tiempo Lefebvre sobre esta asociación: “Piensan por tanto la ciudad mo-
derna según el modelo de la ciudad antigua, identificada a la ciudad ideal y racional a la
vez. El Ágora, lugar y símbolo de una democracia limitada a los ciudadanos, que excluía a
mujeres, esclavos y extranjeros, para una cierta filosofía de la ciudad permanece como sím-
bolo de la sociedad urbana en general. Extrapolación típicamente ideológica” (Lefebvre,
[1968] 1969: 60).
– 310 –
que produjo, dando como resultado un espacio urbano sumamente caótico pero polí-
ticamente vital. Se puede recordar aquí a Lefebvre:

“Después de 1848 la burguesía, sólidamente asentada en la ciudad (París), posee en


ella sus medios de acción, bancos en el Estado, y no solamente residencias. Pe ro la
burguesía se ve cercada por la clase obrera. Los campesinos acuden, se instalan alr e-
dedor las «barreras», las puertas, la periferia inmediata. Antiguos obreros (de los of i-
cios artesanos) y nuevos proletarios penetran hasta el corazón de la ciudad (…) En es-
te «desorden» los obreros amenazan a los ya instalados, peligro que las jornadas de
junio de 1848 evidenciaron. (…) La vida de París adquiere su mayor intensidad entre
1848 y Haussmann: no la «vida parisina», sino la vida urbana de la capital. (…) s u-
pone encuentros, confrontaciones de diferencias, conocimiento y reconocimiento re-
cíprocos, maneras de vivir, etcétera. A lo largo del silgo XIX, la democracia de or i-
gen campesino cuya ideología animó a los revolucionarios, hubiera podido transfo r-
marse en democracia urbana. Este fue, y continúa siendo para la historia, uno de los
sentidos de la Comuna (1871). Como la democracia urbana amenazaba los privilegios
de la nueva clase dominante, esta impidió su nacimiento. (…) Se elabora, pues una
estrategia de clase, que apunta a la remodelación de la ciudad, prescindiendo de su
realidad, de su vida Propia (…) ¿De que manera? Expulsando del centro urbano y de
la ciudad misma al proletariado, destruyendo a la «urbanidad». (…) El barón Haus s-
mann, hombre de este Estado bonapartista que se erige por encima de la sociedad pa-
ra tratarla cínicamente como botín (y no solamente como empeño por las luchas por
el poder), remplaza las calles tortuosas pero vitales por largas avenidas, los barrios
sórdidos pero animados por barrios aburguesados. Si abre bulevares, si modela espa-
cios vacíos, no lo hace por las bellezas de la perspectiva, sino «para cubrir París con
las ametralladoras» (Benjamín). El célebre Varón no disimula sus intenciones, más
tarde, se agradecerá a Haussmann haber abierto París a la circulación. Pero no eran
estos los fines y objetivos del «urbanismo» hausmmanniano. Los espacios libres ti e-
nen un sentido: proclaman a voz en grito la gloria y el poderío del Estado que los
modela, la violencia que en ellos puede esperarse” (Lefebvre, [1968] 1969: 30–31).

El urbanismo de Haussmann, como hemos visto, resultó paradigmático para el nuevo


orden urbano moderno del siglo XIX, sin embargo, a través de aquel análisis se vio
también que el urbanismo es válido como recurso ideológico pero siempre limitado
en sus alcances, de este modo, el urbanismo Haussmanniano demostró, tanto la ca-
pacidad del poder político de dominación ideológica a gran escala que él puede ser
capaz de llevar a cabo, como también sus propios límites. Ya durante la primera mi-
tad del siglo XX, para mitigar las nuevas crisis económicas y conflictos sociales, los
Estados–nación, tanto en Europa como en los EE.UU., debieron impulsar nuevas
políticas de intervención económica y redistribución de las riquezas, promoviendo
una mayor integración estructural de las clases sociales a través de políticas sociales
más abarcadoras y universales. En el nuevo contexto de la industrialización fordista,
del Estado keynesiano, del desarrollo del mercado interno y de las políticas de segu-
ridad social del Estado Benefactor, volvió a surgir un nuevo orden urbano de la
mano de un urbanismo «productivista» que cercenó aún más las posibilidades de la
vida urbana. Bajo los lineamientos del urbanismo funcionalista moderno, desarrolla-

– 311 –
do principalmente por Le Corbusier y el CIAM (Congreso Internacional de Arqui-
tectos Modernos), plasmados en la famosa «Carta de Atenas» (Le Corbusier, 1993),
el capital y los Estados volvieron a transformar nuevamente las ciudades a favor de
la preservación del orden capitalista a partir de una mayor funcionalidad productiva
y una mayor segmentación del espacio urbano que modificaron radicalmente la vida
urbana del siglo XIX. Aquel nuevo orden social invirtió la ecuación anterior, mien-
tras el modelo del Estado benefactor dotó a la sociedad de una estructura de integra-
ción social a través de políticas redistributivas, impulsó un modelo urbano que co n-
tribuyó a la segregación social y a la segmentación espacial de la sociedad. Esta fue
una nueva fórmula de solución más eficiente del capitalismo para resolver tempo-
ralmente sus contradicciones, configurando un nuevo orden social y espacial que
permitió incrementar la producción y el consumo social conjuntamente con la acu-
mulación capitalista por varias décadas. La integración social y la desestructuración
del espacio urbano representaron las dos caras de la misma moneda de este nuevo
orden social que anuló aún más la riqueza de la vida urbana y de la «urbanidad».
Criticado ya insistentemente a fines de los años sesenta por autores como Jane Jacob
(1973) y el propio Lefebvre ([1968] 1969), aunque claro, con sentidos diferentes. En
relación al urbanismo Haussmanniano, el urbanismo funcionalista del siglo XX
constituyó más un dispositivo material de disciplinamiento social que un dispositivo
ideológico, en el sentido que materialmente estableció barreras físicas que anularon
los efectos de la vida urbana y de la centralidad. 7

Los actuales urbanistas «civiles» han recuperado las viejas críticas al urbanismo
funcionalista de los años setenta, pero ahora en virtud de la anulación que aquél ha-
bía realizado del «espacio público». Según Borja:

“El funcionalismo predominante en el urbanismo moderno descalificó pronto el esp a-


cio público al asignarle usos específicos. En unos casos se confundió con la vialidad,
en otros se sometió a las necesidades del «orden público». En casos más afortunados se
priorizó la monumentalidad, el «embellecimiento urbano». O se vinculó a la actividad
comercial y a veces cultural. Y en casos menos afortunados se utilizó como mecanismo
de segregación social, bien para excluir, bien para concentrar (por medio de la acces i-
bilidad de los precios, de la imagen social, etc.). En ocasiones, el juridicismo burocr á-
tico ha llevado a considerar que el espacio público ideal es el que está prácticamente
vacío, donde no se puede hacer nada. (…) El urbanismo contemporáneo, heredero del
movimiento moderno, fue reconstructor de ciudades después de la segunda guerra
mundial. Se focalizó en un funcionalismo eficientista, dotado de un instrumental sepa-

7
Marshall Berman fue uno de los que primero que analizó el sentido contra revolucion ario,
con el que Le Corbusier formuló en los inicios del siglo XX, los principios del urbani smo
moderno, con la finalidad de corregir el “caos” que para este influyente arquitecto represen-
taba la vida urbana del siglo XIX, basados centralmente en la eliminación de la calle de
múltiples funciones y la diversidad social (En síntesis, la eliminación del «espacio públ i-
co»); mediante el reemplazo de artefactos materiales como la autopista y los grandes bloque
monofuncionales, y principios como la separación espacial de la actividades residenciales,
recreativas, comerciales e industriales, y de flujos del tráfico peatonal y vehicular.
– 312 –
rador más que integrador (el zoning, los modelos) acentuado por la compartimentación
de las Administraciones Públicas y de los cuerpos profesionales (por ejemplo, tran s-
portes/ingenieros sin otras visiones del desarrollo y del funcionamiento urbanos). El
resultado ha sido casi siempre la aplicación de políticas sectoriales en lugar de prom o-
ver actuaciones que articulen la diversidad y la complejidad de las demandas urbanas.
Entre las grandes operaciones de vivienda (cada operación destinada a un segmento so-
cial determinado) y la prioridad asignada casi siempre a la vialidad como ordenamiento
y como inversión, el espacio público pasó a ser un elemento residual. El movimiento
moderno en la primera mitad de siglo y las políticas públicas en la segunda mitad han
configurado un urbanismo que se ha confundido con la vivienda y con las obras públ i-
cas (vías, puentes, accesos, etc., es decir, comunicaciones). El hacer ciudad como pr o-
ducto integral e integrador quedó olvidado y con ello el espacio público. O por lo me-
nos relegado a un rol secundario.” (Borja, 1997). [De acuerdo con Trujillo] “Los nue-
vos e irreverentes paradigmas impuestos por el urbanismo triunfante de la modernidad,
significan desde los inicios del siglo XX una radical ruptura con esta tradición (la del
siglo XIX): La nueva ciudad va a disponer su trazado bajo principios autónomos que
privilegian lo operativo, lo higiénico y de manera sustantiva lo funcional, propiciando
la fractura frente a los sedimentos previos al insistir en que los edificios se dispongan
como figuras autorreferidas sobre un fondo vacío, ahora especialmente disuelto y cl a-
ramente disociadas de los trazos viales, concebidos para entonces como un sistema
prevalerte que es jerarquizado según la naturaleza del tráfico automotor y un esquemá-
tico destino funcional dotado de un supuesto valor universal. Una vez diluido el esp a-
cio público y erosionada la continuidad histórica de la ciudad, los efectos perversos y
destructivos son una inevitable consecuencia que se traduce en términos de caos, des-
orden e incoherencia, en dispersión y profusión de la condición residual y en general,
en una sistemática desestructuración, morfológica y vivencial. El edificio –objeto y de-
trás o delante de él, la figura estelar del arquitecto adquiere un nocivo papel protagóni-
co, mientras la ciudad naufraga frente a una desaforada urbanización del territorio la
cual desfigura los nuevos y destruye los viejos espacios urbanos, en un proced imiento
íntegramente legitimado por un urbanismo moderno que termina reducido a instrumen-
tar la mercadotecnia del espacio” (Trujillo, 2002: 28–29).

Finalmente, la estructuración segmentada del espacio urbano del funcionalismo m o-


derno que guió preponderantemente la producción del espacio urbano, en las últim as
décadas fue fuertemente afectado por las reformas estructurales del capitalismo
mundial de las últimas décadas del siglo XX, centradas básicamente en el desmont a-
je de las políticas de integración social del Estado Benefactor, que terminaron gen e-
rando el orden urbano de las ciudades actuales analizado precedentemente. Es en
este nuevo contexto urbano caracterizado generalmente desde la perspectiva del «e s-
pacio público» por graves problemas de segregación, fragmentación, segmentación,
marginalidad y exclusión, donde el urbanismo renueva sus ideas y asume nuevamen-
te un profundo sentido ideológico a partir de la búsqueda de la generación de un
nuevo orden urbano, otra vez a partir de la constitución del «espacio público». Qui-
zás este rol quede más claro al analizar la obra de un urbanista latinoamericano de
renombre internacional por el volumen y características de los proyectos urbanos
realizados: el argentino Jorge Jáuregui.

– 313 –
2.3. Las estrategias de articulación urbana y las nuevas búsquedas de
nuevo control social de la ciudad a partir del «espacio público»

Jorge Jáuregui es un arquitecto y urbanista, responsable de proyectos urbanos y ej e-


cución de más de 15 urbanizaciones de favelas de muy numerosa cantidad de habi-
tantes en la ciudad de Río de Janeiro. Estas urbanizaciones forman parte del progra-
ma denominado Favela–Barrio que es el de mayor escala de implementación en
asentamientos marginales en Latino América, cuenta principalmente con financi a-
ción internacional del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y a su vez forma
parte de un Plan estratégico que a principios de los años noventa comenzó a impl e-
mentar el gobierno local de esta ciudad, con vistas a volver a instalar a la ciudad en
el circuito internacional turístico en base al mejoramiento de las condiciones am-
bientales y de seguridad de la ciudad. El programa Favela–Barrio ganó reconoci-
miento internacional como un ejemplo de nueva generación de programas de mej o-
ramiento de vivienda y medio ambiente con el objetivo principal de reducir la p o-
breza urbana y la exclusión social en base principalmente al mejoramiento de las
condiciones físicas de las grandes áreas marginales de la ciudad.

Para analizar el pensamiento de este urbanista puede decirse como punto de partida,
que comparte un diagnóstico de las grandes ciudades latinoamericanas actuales muy
similares a los que ya se han visto. En concordancia con la idea de la ciudad dual,
afirmó que la polaridad global / local que hoy segmenta y divide a las grandes ci u-
dades del mundo, se expresa en estas ciudades en gran parte en la polaridad entre la
ciudad formal (caracterizada como la de la ley) y la informal (como la de la no ley),
que en algunos casos alcanza hasta el 60% de la población y que para el caso de Río
o Buenos Aires, ronda el 30% aproximadamente:

“En rigor, en toda gran ciudad encontramos un sector globalizado donde se localizan
las funciones directivas y extensas áreas desconectadas de esas redes do nde la mayoría
de los barrios y personas viven sus vidas locales. Lo que varía según el contex to, es la
proporción de su parte «desconectada» (…) La variedad de procesos en curso está rela-
cionada con la reterritorialización de personas, prácticas económicas y culturales, y
tiene su síntoma urbano en el aumento del mencionado «sector informal», esto es, en la
ocupación de tierras públicas o en litigio, y de las veredas, plazas y espacios residuales
por todo tipo de «clandestinos»” (Jáuregui, 2002: 31).

Para Jáuregui el desafío principal de los proyectos urbanos del (considerado por m u-
chos) nuevo urbanismo latinoamericano («de carácter multidisciplinario y sensible a
lo social y cultural») es lograr la articulación entre ambos sectores sociales para i n-
tegrar a la ciudad en una totalidad. De esta manera:

“En lo urbanístico–arquitectónico–social es necesario visualizar potentes núcleos de


urbanidad con calidad espacial y formal en las entrañas de la ciudad partida, divida,
fragmentada, actual. Concebir y realizar nuevas conexiones en el interior de la ciudad

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inexistente, nuevos centros de vida pensados para la convivencia en torno a los espa-
cios públicos calificados: agujeros de creatividad, anudamientos de lo público y de lo
privado, de lo individual y de lo colectivo, de interior y de exterior. En América Latina
en particular, el desafío continúa siendo contribuir para disminuir las distancias entre
integrados y excluidos de los beneficios de la vida urbana, entre conectados y desc o-
nectados, entre lo formal y lo informal, para provocar la conectividad del sistema u r-
bano como un todo y, anudar los fragmentos” (Jáuregui, 2003: 8).

Los objetivos de los trabajos de Río han sido: 1) Abrir el camino para democratizar
el disfrute de la urbanidad, tornándola accesible a todos los ciudadanos; 2) Favor e-
cer la conectividad de la estructura urbana en su conjunto, combatiendo la ciudad
dividida, esto es, el déficit de ciudad, especialmente en los nichos de pobreza, pero
no solo en ellos; 3) Garantizar la accesibilidad a cada sitio y aumentar sus conexi o-
nes con el entorno, desenclavando el área; 4) No retirar a nadie de su lugar para no
cortar lazos sociales existentes (exceptuando las áreas de riesgo o aquellos casos en
que es necesario crear vacíos para permitir la convivencialidad); 5) Respetar la hi s-
toria de la constitución de cada lugar y de las inversiones hechas por cada habitante
con su esfuerzo propio; 6) Abrir claros en el tejido existente introduciendo espacios
y edificaciones que sirvan como re–articuladores y re–calificadores urbanístico–
ambientales; 7) Buscar la participación de la comunidad a través de la escucha de las
demandas, estableciendo las diferencias entre demandas manifiestas y demandas
latentes; 8) Dar lugar a nuevas centralidades y potenciar las existentes, aumentando
su conectividad; 9) Provocar un cambio drástico en la imagen del área, posibi litando
una re–subjetivización de su percepción y afirmando una posición de enunciación de
un pensamiento; y 10) Producir cohesión mediante la articulación de lógicas het ero-
géneas y la unión de la ciudad sin homogeneizarla, buscando la coexistencia de la
ciudad de los flujos con la ciudad de los lugares (Jáuregui, 2003: 10).

En lo referente al poder político Jáuregui es partidario de una mayor apertura para la


participación ciudadana. Según él:

“Hay una necesidad de renovación de las modalidades de funcionamiento de la demo-


cracia en general y de la democracia local en particular, (En todos los niveles) …es n e-
cesario elaborar dispositivos de naturaleza estatal fundados fuertemente sobre el pri n-
cipio de la subsidiaridad y que permitan consultas a la població n y a los actores más

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continuas y de formas diversas. Esta es una cuestión central de la democracia actual, en
general” (Jáuregui, 2003: 10). 8

Para Jáuregui lo público se relaciona de manera directa con el imperio de la ley y la


potestad del Estado:

“…en las favelas existe todo menos la dimensión pública pensada por el poder público.
No existe el espacio público como tal. Lo que no es privado no es de nadie. El proyecto
de urbanización, al construir espacio público, al pensar la dimensión pública del esp a-
cio, articula lo que es individual con lo que es colectivo y empieza a tener el estatuto
que tiene en la ciudad legal, la ciudad formal que es la ciudad de la ley. Porque estos
son sectores de la ciudad de la no–ley, del poder paralelo, que ahora está muy en evi-
dencia en Río” (En alusión al narco tráfico) (Jáuregui, 2003: 26). Para este autor, las
áreas informales son “espacios que escapan al control público y que ocupan grandes
superficies de los municipios, constituyendo áreas de impunidad con su propias «le-
yes» y «códigos». (Jáuregui, 2002: 33).

Jáuregui expone con suma claridad como esta concepción del «espacio público» es
plasmada en la práctica de esta profesión muy corrientemente en virtud de la restit u-
ción de un orden urbano desde el poder político tradicional.9

8
De acuerdo, con Fiori, Riley y Ramírez, que han realizado una investigación evaluativa del
programa Favela Barrio, la participación y democratización deben ser los ejes centrales de
actuación de estos nuevos programas para reducir la pobreza si es que pretenden conseguir
un impacto sustantivo en su escala y duradero en el tiempo, y en este sentido, lo que Favela
Barrio ha demostrado hasta ahora es que estos aspectos permanecen extremadamente pro-
blemático, en el sentido que el gobierno local aún no ha podido implementar proyectos que
devuelvan significativamente el poder de decisión a las comunidades de pobres urbanos y,
aún mas difícil, de institucionalización de mecanismos de participación de la sociedad civil
como una parte central de la reforma estatal y de la democratización (Fiori, Riley y Ramí-
rez, 2002: 203–225).
9
Véase también, por ejemplo, la publicación de la IV Jornadas UGyCAMBA “La ciudad y
su espacio Público” (FADU, UBA, 2002) Organizadas por la Unidad de Gestión y Coordi-
nación para el Área Metropolitana de Buenos Aires, La Facultad de Arquitectura, Diseño y
Urbanismo (UBA) y la Secretaria de Planeamiento Urbano y la Dirección General de Esp a-
cios Públicos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
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