Está en la página 1de 14

FACULTAD DE TEOLOGÍA PONTIFICIA Y CIVIL DE LIMA

Sacerdocio en los Padres de la Iglesia 


Este artículo intenta exponer sintéticamente el pensamiento patrístico sobre el sacerdocio.
Con ese fin, hemos optado por presentar, en primer lugar, las enseñanzas de los Padres
sobre el sacerdocio de Cristo, fuente de todo sacerdocio en la Iglesia. En segundo lugar, nos
abocamos a señalar la visión patrística sobre la sucesión apostólica y el ministerio sagrado,
pues nos permite decir que en la Iglesia determinados hombres poseen la sagrada potestad
para actuar en el nombre y la persona de Cristo Cabeza. Finalmente, exponemos algunos
rasgos que los Padres remarcan sobre el sacerdocio.

Lo propio de un sacerdote es ofrecer sacrificios y de esa manera hacer de mediador entre lo


divino y lo humano . En este sentido, Cristo es el sumo y eterno sacerdote pues sólo Él
realiza aquella mediación que salva a los hombres. Si bien es cierto que Jesús nunca se
llamó a si mismo sacerdote , su misión sacerdotal está fundamentada en la misma unión
hipostática. Gracias a la encarnación, la naturaleza humana se ha unido con la divina en la
hipóstasis del Verbo; por ello, en el mismo ser de Cristo se ha realizado la admirable unión
entre lo divino y lo humano. De esa manera, Jesús se constituye como el único mediador
entre Dios y los hombres (cfr. 1 Tm 2, 5) y realiza el único sacrificio agradable al Padre. En
diversos Padres y escritores eclesiásticos nos encontramos con enseñanzas sobre el
sacerdocio de Cristo. Algunos de ellos se apoyan en la Carta a los Hebreos, pues como
sabemos es el texto sagrado más importante para hablar del sacerdocio de Cristo. Entre las
principales enseñanzas patrísticas sobre esta cuestión podemos mencionar las siguientes:
Cristo es pontífice y sumo sacerdote, posee un sacerdocio eterno, y se convierte no sólo en
sacerdote sino en la única víctima agradable al Padre. Cristo es pontífice y sumo sacerdote
Dentro de los llamados Padres apostólicos, encontramos enseñanzas sobre Cristo como
pontífice y sumo sacerdote. Así por ejemplo, San Clemente Romano enseña que Cristo es el
«Pontífice de nuestras oblaciones» . Por su parte, San Policarpo de Esmirna afirma que
Cristo es «sempiterno Pontífice» y San Ignacio de Antioquía llama al Señor, «Sumo
sacerdote» . Entre los escritores latinos podemos citar a Tertuliano quien denomina a
Jesucristo como «gran sacerdote del Padre» y San Hipólito de Roma indica que Cristo es el
sumo sacerdote consagrado para gloria del nombre de Dios . Por su parte, San Cirilo de
Alejandría hablando de los sacerdotes se remonta al sacerdocio de Cristo, comentado un
pasaje de la Carta a los Hebreos, enseña que «el sacerdote es la figura de Cristo y su forma
concreta. A Él —Cristo— se le llama Enmanuel porque es el mediador entre Dios y los
hombres, apóstol y sumo sacerdote de nuestra fe que penetró en el santuario una vez para
siempre, no con sangre de machos cabríos o novillos sino con la propia sangre,
consiguiendo una redención eterna y por esa sola oblación santificó a todos para siempre
(Hb 3,1)» . Cristo es sacerdote eterno El sacerdocio de Cristo es eterno pues permanece
para siempre. A este respecto, San Atanasio glosando un pasaje de la Carta a los Hebreos,
afirma: «Hablando de la presencia corporal del Verbo, dijo: Aquel que es fiel a quien le
hizo Apóstol (cfr. Hb 3, 1-2). Con estas palabras pone de relieve que Jesucristo, también en
su humanidad, es hoy el mismo que ayer, y permanecerá para siempre. Y de igual forma
que el Apóstol recuerda su encarnación a través de su sacerdocio, también habla de su
divinidad» . San Juan Crisóstomo al comentar el pasaje de Hb 7, 11-28 remarca el
sacerdocio eterno de Cristo al afirmar que «si aquel sacerdocio levítico ya era ineficaz,
estaba rechazado; en cambio, éste, de Cristo, permanece, puesto que es vigoroso. Esto lo
explica también Pablo con el sacerdote mismo. ¿Cómo? Mostrando que hay uno solo, y que
si no fuera uno solo, no sería inmortal. Lo mismo que hay muchos sacerdotes, porque son
mortales; así también hay uno solo, porque es inmortal. Por eso mismo, Jesús ha sido hecho
mediador de una alianza más perfecta (Hb 7, 22), pues Dios juró que sería sacerdote para
siempre, viene a decir el Apóstol, y no hubiera hecho eso, si Cristo no estuviera vivo. Por
eso puede también salvar perfectamente a los que se acercan a Dios a través de Él, ya que
vive siempre para interceder por ellos (Hb 7, 25)» . Cristo es sacerdote y víctima Dentro de
los Padres capadocios, es de destacar el pensamiento de San Gregorio de Nisa, pues
presenta a Jesús como aquel pontífice que es a la vez el cordero pascual ofrecido al Padre.
Es decir que Cristo es tanto sacerdote como víctima. A este respecto, el Niseno afirma que
«Jesús es el gran Pontífice que sacrificó su propio cordero, es decir, su propio cuerpo, por
el pecado del mundo… Se anonadó a sí mismo en la forma de siervo y ofreció dones y
sacrificio por nosotros. Este era el sacerdote conforme al orden de Melquisedeq después de
muchas generaciones» . Quizás nadie ha proclamado con tanta belleza y profundidad el
sacerdocio de Cristo como San Agustín. En efecto, el santo obispo de Hipona presenta a
Cristo como sacerdote y víctima, pues Él es quien ofrece y aquello que se ofrece. Además,
es uno con el Padre que es aquel por quien se ofrece. En su obra De trinitate leemos: «Y
¿qué sacerdote más santo y justo que el Hijo Único de Dios, pues no tiene necesidad de
ofrecer primero sacrificio por su pecado, ni de origen ni los que se suman en la vida
humana? Por otra parte, ¿qué víctima más grata a Dios podía elegir el hombre para ser
inmolada por él que la carne humana? Y ¿qué carne más apta para ser inmolada que la
carne mortal? Y ¿qué pureza era capaz de purificar al hombre de sus inmundicias, sino la
carne inmune de todo contagio de concupiscencia carnal, nacida en el seno y del seno de la
virgen? Y ¿qué carne tan grata, para el que ofrece y para el que recibe la ofrenda, como la
carne de nuestro sacrificio, hecha cuerpo de nuestro Sacerdote? Cuatro elementos integran
todo sacrificio: el que ofrece, a quien se ofrece, qué se ofrece y por quiénes se ofrece. El
único y verdadero Mediador nos reconcilia con Dios por medio de este sacrificio pacífico,
permanece en unidad con aquel a quien ofrece, se hace una misma cosa con aquel por quien
se ofrece, y el que ofrece es lo que ofrece» .

La doctrina patrística sobre la sucesión apostólica y los ministros sagrados

Hemos visto en la primera sección cómo en el pensamiento de los Padres está presente la
verdad del sacerdocio de Cristo. Ahora, es necesario fijarnos en la sucesión de la sagrada
potestad —sacra potestas— que Cristo dio a los Apóstoles y que éstos a su vez
transmitieron a sus sucesores. De esta manera, es posible que determinados hombres en la
Iglesia continúen en la historia con la misión salvífica de Cristo. Estamos en la cuestión de
la sucesión apostólica y los ministros sagrados. Sabemos que en los textos del NT no existe
una terminología precisa para hablar de los sucesores de los Apóstoles. En efecto, se usa
tanto epíscopos como presbíteros . Sin embargo, en la vida de la Iglesia esta terminología
se va haciendo paulatinamente más exacta para referirse a los diversos grados del
ministerio sagrado. Al recorrer históricamente los diversos textos patrísticos, podemos
darnos cuenta de cómo se va clarificando, no sólo los términos referidos a los ministros
sagrados, sino la misma función que están llamados a desempeñar en el cuerpo eclesial
aquellos que tienen la sacra potestas.
1. San Clemente romano (+101): La sucesión apostólica En la carta de San Clemente
Romano a los Corintios encontramos una doctrina clara sobre la sucesión apostólica. Es un
texto redactado hacía el año 95-96 d.c. y el contexto de la redacción es la preocupación de
Clemente, como obispo de Roma, por los problemas suscitados en la Iglesia de Corinto. El
problema consistió en que algunas personas querían deponer a los ministros —llamados
episkopoi— es decir, a quienes tenían la sagrada potestad. San Clemente fundamenta el
ministerio sagrado en una categoría que es la «misión» y que lleva consigo un envío. En
efecto, Cristo es enviado por el Padre y los Apóstoles enviados por Cristo. Al mismo
tiempo —afirma san Clemente— los Apóstoles en su misión evangelizadora iban
nombrando sucesores. De esta forma, Clemente argumenta la autoridad de los obispos . Es
el primer documento patrístico que habla de la sucesión apostólica . A este respecto,
Clemente escribe: «Los Apóstoles nos predicaron el Evangelio de parte del Señor
Jesucristo; Jesucristo fue enviado de Dios. En resumen, Cristo de parte de Dios, y los
Apóstoles de parte de Cristo; una y otra cosa, por ende, sucedió ordenadamente por
voluntad de Dios. Así pues, habiendo los Apóstoles recibido los mandatos y plenamente
asegurados por la resurrección del Señor Jesús y confirmados en la fe por la palabra de
Dios, salieron, llenos de la certidumbre que les infundió el Espíritu Santo, a dar la alegre
noticia de que el Reino de Dios estaba para llegar. Y así, según pregonaban por lugares y
ciudades la buena nueva y bautizaban a los que obedecían el designio de Dios, iban
estableciendo a los que eran primicias de ellos —después de probarlos por el espíritu— por
obispos y diáconos (ei)j e)pisko/pouj kai diako/nouj) de los que habían de creer. Y esto no
era novedad, pues de mucho tiempo atrás se había ya escrito acerca de tales inspectores y
ministros. La Escritura, en efecto, dice así en algún lugar: Establecerá a los inspectores de
ellos en justicia y a sus ministros en fe» .

San Clemente señala que quienes fueron nombrados por los mismos Apóstoles como sus
sucesores; a su vez, designaron ministros que les sucedieran. De esa forma, se mantiene en
la Iglesia el vínculo apostólico. En un pasaje de su carta señala: «También nuestros
Apóstoles tuvieron conocimiento, por inspiración de nuestro Señor Jesucristo, que habría
contienda sobre este nombre y dignidad del episcopado (th=j e)piskoph=j). Por esta causa,
pues, como tuvieran perfecto conocimiento de lo por venir, establecieron a los susodichos y
juntamente impusieron para adelante la norma de que, en muriendo éstos, otros que fueron
varones aprobados le sucedieran en el ministerio. Ahora, pues, a los hombres establecidos
por los Apóstoles, o posteriormente por otros eximios varones con consentimiento de la
Iglesia entera; hombres que han servido irreprochablemente al rebaño de Cristo con espíritu
de humildad, pacífica y desinteresadamente; atestiguados, otrosí, durante mucho tiempo por
todos; a tales hombres, os decimos, no creemos que se les pueda expulsar justamente de su
ministerio. Y es así que cometeremos un pecado nada pequeño si deponemos de su puesto
de obispos a quienes intachable y religiosamente han ofrecido dones» .

En síntesis, San Clemente Romano enseña con claridad que el ministerio sagrado es de
institución divina y se remonta a los Apóstoles. Pero, además, la carta por si misma es un
testimonio de la primacía de la Iglesia de Roma . Es verdad que el texto en ningún
momento señala un vínculo jurídico que subordine la comunidad de Corinto a Roma; sin
embargo, la autoridad con la que se presente Clemente expresa, en cierta manera, que la
Iglesia de Roma tiene potestad para llamar la atención a la del Corinto . A este respecto
afirma: «Mas si algunos desobedecieran a las amonestaciones que por nuestro medio os ha
dirigido Él mismo, sepan que se harán reos de no pequeño pecado y se exponen a grave
peligro. Más nosotros seremos inocentes de este pecado y pediremos con ferviente oración
y súplica al Artífice de todas las cosas que guarde íntegro en todo el mundo el número
contado de sus escogidos, por medio de su siervo amado Jesucristo, por el que nos llamó de
las tinieblas a la luz, de la ignorancia al conocimiento de la gloria de su nombre» .

2. San Ignacio de Antioquía (+107): Obispos, presbíteros y diáconos En las cartas de San
Ignacio de Antioquía nos encontramos con unos documentos imprescindibles para hablar
de los tres grados del orden: obispos, presbíteros y diáconos . En efecto, se detectan con
claridad las funciones propias y específicas de cada uno de estos grados. Además, ya
podemos hablar de un único obispo —e)pi/skopoj— al frente de una comunidad, al cual
ayudan los presbíteros —presbu/teroj— y diáconos —di/akonoj—. Como ideas centrales
sobre el ministerio sagrado que nos presenta San Ignacio de Antioquía en sus cartas
podemos puntualizar en especial las siguientes:

El obispo es imagen de Dios Padre. La reflexión que hace San Ignacio sobre los ministros
sagrados parte del misterio de la vida íntima de Dios, es decir, de la Trinidad. Así como el
Padre es la fuente y el principio de la vida trinitaria, así, el obispo da vida a la comunidad
eclesial por la capitalidad de su ministerio sagrado. Es común en San Ignacio establecer la
relación Padre-obispo pues el obispo representa al Padre. Es imagen —eikwn—del Padre .
Por eso señala que la comunidad debe reunirse bajo la presidencia del obispo «que ocupa el
lugar de Dios» .

Además, «a la manera que el Señor nada hizo sin contar con su Padre, hecho como estaba
una cosa con Él —nada, digo, ni por sí mismo ni por sus Apóstoles—; así vosotros nada
hagáis tampoco sin contar con vuestro obispo y los ancianos; ni tratéis de colorear como
laudable nada que hagáis a vuestras solas, sino, reunidos en común, haya una sola oración,
una sola esperanza en la caridad, en la alegría sin tacha, que es Jesucristo, mejor que el cual
nada existe» . Tan importante es prestar atención a las enseñanzas del obispo que San
Ignacio exhorta a «que nadie, sin contar con el obispo, haga nada de cuanto atañe a la
Iglesia» . Asimismo, remarca el respeto que merece el obispo: «Más también a vosotros os
conviene no abusar de la poca edad de vuestro obispo, sino, mirando en él la virtud de Dios
Padre, tributarle toda reverencia» .

El obispo hace presente a la Iglesia. En efecto, el obispo posee una dimensión eclesial, a tal
punto que su presencia es fundamental para hablar de la Iglesia. Dado que el obispo es
«imagen» del Padre posee una situación preeminente en el cuerpo eclesial. Las enseñanzas
de San Ignacio no dejan lugar a dudas: «Dondequiera apareciere el obispo, allí esté la
muchedumbre, al modo que dondequiera estuviere Jesucristo, allí está la Iglesia universal» .

Hay un solo obispo en la comunidad. En San Ignacio de Antioquía ya encontramos lo que


se llama un «episcopado monárquico», pues existe un solo obispo . El obispo se encuentra
rodeado de un senado de presbíteros, que San Ignacio llama «senado apostólico». Por su
parte, los diáconos reflejan el servicio de Cristo. Asimismo, San Ignacio hace notar que
debe reinar una gran unidad en los tres grados del orden: «Yo os exhorto a que pongáis
empeño por hacerlo todo en la concordia de Dios, presidiendo el obispo, que ocupa el lugar
de Dios, y los ancianos, que representan el colegio de los Apóstoles, y teniendo los
diáconos, para mi dulcísimos, encomendando el ministerio de Jesucristo, el que antes de los
siglos estaba junto al Padre y se manifestó al fin de los tiempos» .

El obispo es el liturgo por excelencia. El obispo debe presidir toda celebración litúrgica,
siendo la Eucaristía la liturgia por excelencia. Es tan importante el papel del obispo en la
liturgia que, afirma San Ignacio: «Sin contar con el obispo, no es lícito ni bautizar ni
celebrar la Eucaristía; sino, más bien, aquello que él aprobare, eso es también lo agradable a
Dios, a fin de que cuanto hicieres sea seguro y válido» . Más aún, «sólo aquella Eucaristía
ha de tenerse por válida que se celebre por el obispo o por quien de él tenga autorización».

Los presbíteros forman un colegio. En las cartas de San Ignacio de Antioquía aparecen los
presbíteros como un «colegio» alrededor del obispo. Asimismo, remarca que los presbíteros
están llamados a vivir estrechamente unidos a su obispo formando una sola sinfonía con él.
La unidad que los presbíteros deben de tener con su obispo es comparada con la unión que
existe entre las cuerdas y la lira. A este respecto, afirma el santo mártir: «Os conviene
correr a una sola con el sentir de vuestro obispo, que es, justamente lo que ya hacéis. En
efecto, vuestro colegio de ancianos, digno del nombre que lleva, digno, otrosí, de Dios, así
está armoniosamente concertado con su obispo como las cuerdas con la lira» .

Los diáconos son imágenes de Cristo-siervo. San Ignacio presenta al diácono como imagen
de Cristo en cuanto que actualiza el servicio del Señor en la comunidad cristiana. Son los
diáconos los que recuerdan que el cristiano, como Cristo, vino a servir y no a ser servido.
En la carta que San Ignacio dirige a los tralianos, les exhorta a respetar a los diáconos, y, al
mismo tiempo, les enseña la importancia de la jerarquía como signo de la verdadera Iglesia:
"Todos habéis también de respetar a los diáconos como a Jesucristo. Lo mismo digo del
obispo que es figura del Padre, y de los ancianos que representan al senado de Dios y la
alianza o colegio de los Apóstoles. Quitaos estos no hay nombre de Iglesia" .

3. San Policarpo (+156): Un consejo de presbíteros San Policarpo de Esmirna en su Carta a


los filipenses habla con claridad de la jerarquía eclesiástica. Ésta es presentada de manera
colegial. Específicamente, San Policarpo habla de los presbíteros —presbu/teroi— que
presiden la comunidad. Además, junto a ellos, señala la presencia de los diáconos —
di/akonoi—. Son muy hermosas las recomendaciones que el santo mártir da a los
presbíteros de la Iglesia de Filipos: «Más también los ancianos —presbu/teroi— han de
tener entrañas de misericordia, compasivos para con todos, tratando de traer a buen camino
lo extraviado, visitando a todos los enfermos; no descuidándose de atender a la viuda, al
huérfano y al pobre; atendiendo siempre al bien, tanto delante de Dios como de los
hombres, muy ajenos de toda ira, de toda acepción de personas y juicio injusto, lejos de
todo amor al dinero, no creyendo demasiado aprisa la acusación contra nadie, no severos en
sus juicios, sabiendo que todos somos deudores de pecado» .

4. Tertuliano (155-+220): Orden, clero y pueblo Tertuliano aporta una serie de términos
técnicos para designar a los ministros sagrados. No se sabe a ciencia cierta si Tertuliano fue
sacerdote ; sin embargo, dada su formación jurídica, habla de tres términos: ordo (orden),
plebs (pueblo) y clerus (clero). El término ordo se usaba en el derecho romano para hablar
de un conjunto de personas cualificadas y Tertuliano lo contrapone a plebs, que viene a ser
el pueblo sin más, es decir quienes no son ministros sagrados. De esta manera, Tertuliano
distingue el ordo sacerdotalis —que viene a ser la jerarquía, pues se refiere de modo directo
a los ministros sagrados — del pueblo integrado por aquellos que hoy llamamos «laicos».
En cuanto al término clerus, Tertuliano lo refiere al obispo de manera directa pero también
lo hace extensivo a los presbíteros y diáconos.

Asimismo, Tertuliano aporta valiosas reflexiones sobre el ser del obispo. Señala que el
sacerdocio de Cristo es participado por los Apóstoles y los obispos. En efecto, el obispo es
«el sumo sacerdote» de la comunidad cristiana, y es el sacerdote por excelencia. En
relación con los presbíteros, Tertuliano usa tres expresiones presbyteri, seniores, y
praesidentes. Los ubica entre el obispo y los diáconos y señala que forman un estamento
con capacidad para aconsejar al obispo . Conviene señalar que Tertuliano no
necesariamente califica a los presbíteros como sacerdotes, pues reserva más la palabra
sacerdote para referirla al obispo.

5. San Cipriano (200-+258): La unidad del episcopado San Cipriano es el gran obispo del
siglo III. Se destacó por defender la unidad de la Iglesia. Al igual que Tertuliano, distingue
entre el «ordo» —o clerus— formado por los obispos, presbíteros y diáconos, y la «plebs»
constituida por los cristianos no ordenados. En sus enseñanzas sobre el obispo, San
Cipriano lo señala como aquel que hace de centro en la comunidad cristiana. Es tan
importante el obispo que si alguien no está en comunión con él queda fuera de la Iglesia.
Literalmente, San Cipriano indica lo siguiente: «Debes saber que el obispo está en la Iglesia
y la Iglesia está en el obispo, y que si alguno no está con el obispo, no lo está con la
Iglesia» . Una enseñanza importante en las cartas de San Cipriano es la unidad del
episcopado. Señala que si bien la Iglesia posee muchos miembros, y el obispo está a cargo
de una determinada comunidad, en realidad el episcopado es uno. Asimismo, el obispo es
vínculo de comunión de su Iglesia particular con las otras Iglesia.

La doctrina de San Cipriano es clara a este respecto: «Como Cristo distribuyó la única
Iglesia en muchos miembros por todo el mundo, así también —hay— un solo episcopado,
extendido por un gran número de obispos en concordia» . En cuanto a los presbíteros, San
Cipriano señala que los presbíteros forman parte del «clerus». Son los colaboradores del
obispo. Destaca en sus expresiones el hecho de que habla en singular —presbítero— y no
en plural —presbíteros— pues el sentido colegial lo reserva para los obispos. El episcopado
está formado por el colegio de obispos, y alrededor de cada obispo se encuentra un
presbiterio. En cuanto a la comparación que hace san Cipriano entre el obispo y el
presbítero, se inclina por darle más dignidad al obispo como investido de la suprema
dignidad sacerdotal mientras que los presbíteros, siendo también sacerdotes, aparecen como
en un plano de menor dignidad. Algo así como un sacerdocio de «segundo orden» .

6. San Hipólito de Roma (+235): El rito de las ordenaciones En la obra de Hipólito de


Roma denominada Traditio apostolica nos encontramos con el ritual más antiguo de
Occidente. Se explica cómo son las ordenaciones de los tres grados del sacramento del
orden. La Traditio es una obra que tendrá una influencia decisiva en la redacción de los
rituales posteriores pues marca la pauta sobre el esquema a seguir para las ordenaciones de
los ministros sagrados. El valor de este ritual se debe tanto a su antigüedad, pues refleja la
liturgia romana de finales del siglo II, como al valor teológico de las oraciones. En efecto,
un estudio atento de las plegarias de consagración permite conocer que las funciones
propias de cada orden son recibidas por vía sacramental . Además, la eucología muestra la
estructura jerárquica de la Iglesia.

En relación con los obispos, la Traditio apostolica señala: «Que se ordene como obispo
aquél que, siendo digno, haya sido elegido por todo el pueblo. Una vez pronunciado su
nombre, y aceptado, el pueblo se reunirá, el día domingo, con el presbiterio y los obispos
presentes, quienes con el consentimiento de todos, le impondrán la mano mientras el
presbiterio se mantiene en quietud» . Momentos antes de que el celebrante principal,
pronuncie la oración de consagración se recomienda silencio: «Que todos guarden silencio,
orando en su corazón por el descenso del Espíritu Santo» .

Acto seguido, el celebrante principal imponiendo las manos sobre el ordenando debe
pronunciar la plegaria de consagración. A este respecto, la Traditio apostolica señala:
««Después, que uno de los obispos presentes, a pedido de todos, imponiendo la manos
sobre aquél que se ordena obispo, ore diciendo: “Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo,
Padre de misericordia y Dios de todo consuelo (II Cor. 1, 3), que habitas en lo más alto de
los cielos, y miras a aquél que es humilde (Ps. 112, 5-6); que conoces todas las cosas antes
de que se manifiesten (Dan. 13, 42), que diste las reglas de tu Iglesia por la palabra de tu
gracia, que predestinaste desde el origen la familia de los justos descendientes de Abraham,
que instituiste a los jefes y a los sacerdotes, y que no dejaste tu santuario sin servicio; que te
complaces desde la creación del mundo en ser glorificado en los que elegiste, que además
expandes el poder que viene de ti, el del Espíritu Soberano (Ps. 50, 14) que diste a tu Hijo
bienamado Jesucristo y que él acordó a tus santos apóstoles para que fundaran la Iglesia, en
todos los lugares, como tu santuario, para gloria y alabanza incesante de tu nombre. Padre,
que conoces los corazones, acuerda a tu servidor, a quien elegiste para el episcopado, que
enseñe a tu santo rebaño y que ejerza con respecto a ti el soberano sacerdocio sin reproche,
sirviéndote día y noche, que torne sin cesar tu rostro propicio y ofrezca los dones de tu
santa Iglesia; que tenga, en virtud del espíritu del soberano sacerdocio, el poder de perdonar
los pecados según tu mandamiento (Jn 20, 23); que distribuya los cargos siguiendo tu
mandato y que libere de todo lazo en virtud del poder que tú le diste a los apóstoles (Mat.
18, 18); que te agrade por su dulzura y su corazón puro, ofreciéndote un perfume agradable
para tu Hijo Jesucristo, por quien tiene tu gloria, poder, honor (Padre e Hijo) con el Espíritu
Santo en la Santa Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos. Amén» . De esta plegaria de
consagración conviene fijarnos en algunos puntos. En primer lugar, se habla de una
donación del Espíritu Santo sobre el obispo consagrado de tal modo que se constituye en el
sacerdote por excelencia de la comunidad, pues recibe el Espíritu del «soberano
sacerdocio». De esa forma, es el liturgo y maestro de la Iglesia particular. Por eso, el obispo
debe predicar el Evangelio, enseñando así a su rebaño; ofrece el sacrificio, perdona los
pecados y distribuye los diversos ministerios. En fin, es el primer responsable en el
gobierno y santificación de su grey. En cuanto a la ordenación del presbítero se indica que
el obispo debe imponer las manos sobre la cabeza del candidato: «Cuando se ordene a un
sacerdote, que el obispo imponga la mano sobre su cabeza, y que los otros sacerdotes lo
toquen igualmente» . Inmediatamente después el obispo recita la plegaria: «Luego debe
expresarse de la misma forma establecida anteriormente para con los obispos, orando y
diciendo: “Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, así como un día miraste a tu pueblo
ordenando a Moisés elegir a los ancianos a quienes Tú llenaste del Espíritu, mira ahora a tu
servidor aquí presente y acuérdale el Espíritu de gracia y de consejo del presbiterio, a fin de
que ayude y gobierne a tu pueblo con un corazón puro. Además, Señor, cuidando
indefectiblemente de nosotros, acuérdanos el Espíritu de tu gracia, y tórnanos dignos, una
vez colmados de este Espíritu, de servirte en la simplicidad del corazón, alabándote por tu
Hijo Jesucristo, que tiene tu gloria y tu virtud (Padre e Hijo) con el Espíritu Santo en la
Santa Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos. Amén”» . De la plegaria de ordenación
presbiteral remarcamos que el presbítero está profundamente relacionado con su obispo. En
efecto, es el obispo quien lo ordena, y pide que sobre el candidato venga el Espíritu de
gracia y de consejo del presbyterium. La referencia a los setenta ancianos que colaboraron
con Moisés sugiere que los presbíteros ayudan al obispo en el gobierno de la comunidad
cristiana. Conviene remarcar que la oración no menciona que el presbítero tenga el
«soberano sacerdocio», con lo cual nos encontramos con una clara indicación de que en la
Iglesia particular, es el obispo quien posee la plenitud del sacramento del orden.

En cuanto a la ordenación de los diáconos se indica con claridad que éste no es ordenado
para ejercer el sacerdocio sino para servir al obispo. Además, es el obispo quien lo ordena
aunque en la ceremonia es conveniente que los presbíteros le impongan las manos. A este
respecto leemos: «Cuando se instituye un diácono, sólo el obispo le impone las manos,
porque él no está ordenado para el sacerdocio, sino al servicio del obispo y para hacer lo
que éste le indique. En efecto, él no forma parte del consejo del clero, sino administra y
señala al obispo lo que es necesario.

No recibe el espíritu común del presbiterio, del que participan los sacerdotes, sino sólo
aquél que le es confiado bajo el poder del obispo. Es por eso que sólo el obispo ordena al
diácono. Sin embargo, es conveniente que los sacerdotes les impongan las manos, a causa
del Espíritu común y semejante de su cargo. El sacerdote, en efecto, tiene el poder de
recibir el Espíritu, pero no el poder de darlo. De este modo, no instituye a los diáconos. Sin
embargo, para la ordenación del sacerdote, él hace el gesto, en tanto que el obispo ordena» .

En síntesis, la Traditio apostolica nos presenta debidamente diferenciados los tres grados
del sacramento del orden. Señala como sacerdotes, al obispo y a los presbíteros, más no a
los diáconos. Además, sólo el obispo posee el «soberano sacerdocio», es el sacerdote por
excelencia de la Iglesia particular y goza de una preeminencia en el ministerio sagrado. Por
su parte, los presbíteros, siendo verdaderos sacerdotes, no se definen desde sí mismos sino
en relación con el obispo de quien son colaboradores .

Rasgos sobre el sacerdocio en el pensamiento patrístico

En el pensamiento de los Padres encontramos una serie de rasgos que describen al


sacerdote y, que al mismo tiempo, permiten sacar consecuencias concretas de tipo ascético
espiritual . Quizás lo que más resalta en las enseñanzas de los Padres es que perciben al
sacerdote ante todo, como administrador de lo sagrado, verdadero ministro de los misterios
salvíficos. En otras palabras, es un hombre profundamente relacionado con Dios. A este
respecto, San Gregorio de Nisa señala el cambio profundo obrado en el sacerdote mediante
la ordenación pues «la fuerza de la Palabra, que santifica el agua bautismal, hace también
santo y venerable al sacerdote y, a la vez, distinto y separado por una nueva bendición del
resto de la masa. Ayer y anteayer era uno más del pueblo; y de repente aparece como guía,
el pedagogo, el maestro de la piedad, el ministro de los misterios ocultos» . a. La dignidad
del sacerdote Los Padres no se cansan de remarcar la gran dignidad que posee quien ha
recibido el sacramento del orden . Son constantes sus reflexiones que muestran el
sacerdocio como un gran don. Se trata de algo tan sublime pues viene del mismo Dios. Para
los Padres no hay duda alguna en enseñar que la dignidad sacerdotal se fundamenta en la
identificación con Cristo. En este sentido, es de destacar la obra de San Juan Crisóstomo
sobre el sacerdocio; en ella, el más grande orador que ha tenido la Iglesia, confiesa con
sinceridad por qué rechazó en un primer momento la ordenación. El motivo era su profunda
conciencia de que el sacerdote debe ser santo pues es «embajador de Dios». Dice San Juan
Crisóstomo: «Tanto es mayor el empeño y perfección que el trato con Dios requiere.
Porque ¿qué tal ha de ser aquel que está constituido embajador ante Dios de una ciudad
entera? ¿Y qué digo de una ciudad? De toda la tierra es embajador, y por los pecados de
todos ruega el sacerdote a Dios, no sólo por los de los vivos sino también por los de los
difuntos, a fin de que a todos sea propicio» .

El Papa San León Magno dirigiéndose a los sacerdotes, les hace notar que su estado
sacerdotal no es una realidad que está en el plano natural sino en el ámbito de la gracia, es
decir, pertenece a las realidades sobrenaturales. Por eso, «aunque el sacramento de este
divino sacerdocio desempeñe funciones humanas, no se llega a él por generación, ni para
este oficio es elegido el que procede de la carne o la sangre; por el contrario, una vez que ha
cesado el privilegio de los padres y que ha desaparecido este ministerio transmitido por
familia, la Iglesia escoge a los que el Espíritu Santo ha destinado, para que el sacerdocio
universal y real, al que pertenece el pueblo adoptivo de Dios, no se alcance por privilegio
terreno, sino que sea la dignidad de la gracia celeste la que engendra al sacerdote» . San
Basilio remarca con unas palabras muy hermosas que el sacerdote ejerce un ministerio
celeste y angelical. En una homilía dirigida a los sacerdotes les exhorta: «Considera
atentamente, oh sacerdote, y reflexiona acerca del ministerio que has recibido para que lo
ejerzas en el temor de Dios.

No se te ha encomendado un ministerio ni terreno ni humano, sino celeste y angelical.


Procura mostrarte como un buen obrero irreprensible y trasmitir la justa doctrina de la
verdad» . Por su parte, San Gregorio Nacianceno habla del sacerdote como «médico de las
almas». En efecto, el sacerdote lleva a las almas hacia aquella medicina única que es Cristo.
Por eso, dirigiéndose a los sacerdotes, afirma que «nuestra medicina es más difícil que la
medicina de los cuerpos, y, por tanto, más sublime. Aquélla se ocupa nada más de lo que
cae bajo la mirada corporal; pero en nosotros todo el esfuerzo está en descubrir al hombre
interior y tenemos que luchar contra un enemigo que nos ataca por dentro, acosándonos,
azuzándonos contra nosotros mismos, arrojándonos a la muerte del pecado… Nuestra
medicina tiene que aplicar penas al alma, sacarla del mundo y entregarla a Dios.

Tiene que conservar a toda costa en ella la imagen divina, fortalecerla si peligra y
devolvérsela si la ha perdido. En una palabra, tiene que hacer que Cristo habite en nuestros
corazones por el Espíritu Santo, llevándonos hasta alcanzar a Dios que es nuestra
bienaventuranza y felicidad suprema. Y nosotros somos los ministros y dispensadores de
esta medicina; nosotros, los sacerdotes, que presidimos el pueblo. Nosotros, para quienes
ciertamente es ya grande y excelente ver y curar los propios vicios y enfermedades. No
porque, de suyo, haya de considerarse esto como cosa excelsa, sino porque la mala calidad,
por así decirlo, de muchos de nosotros ha creado esa mentalidad. Pero tenemos una misión
mucho más alta: curar las enfermedades de los demás, y poder hacerlas desaparecer
oportunamente… ¡Cuánto empeño debemos poner y cuánta ciencia necesitamos para curar
a los demás y a nosotros mismos, orientando hacia el bien nuestra vida, arrancando el
espíritu de la tierra!» .

b. La correspondencia al don

Frente a la gran dignidad recibida, el sacerdote debe corresponder con su fidelidad. Los
Padres son conscientes que no basta haber recibido el sacramento del orden, sino que cada
sacerdote necesita consolidar una profunda amistad con Cristo. Se puede decir que la
primera alma que debe cuidar un sacerdote es la suya. A este respecto, san Cipriano de
Cartago les dice a los sacerdotes: «Si somos sacerdotes de Dios y de Cristo, debemos seguir
solamente a Dios y a Cristo y tanto más cuanto Él mismo nos ha dicho en el Evangelio: Yo
soy la luz del mundo. El que me siga no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la
vida (Jn 8, 12). No caminemos en las sombras, sigamos a Cristo y sus mandamientos, pues
Él mismo dijo a los apóstoles cuando les envío a predicar: Dios me ha dado plena autoridad
sobre el cielo y la tierra. Poneos, pues, en camino y haced discípulos a todos los pueblos y
bautizadlos para consagrarlos al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner
por obra todo lo que yo os he mandado (Mt 28, 19-20). Si queremos caminar en la luz de
Cristo, no nos apartemos de sus preceptos» . Esa misma idea la encontramos en San
Gregorio Nacianceno quien con claridad enseña que el sacerdote «antes de purgar a los
demás, antes de limpiarlos, conviene estar limpio. Hace falta estar instruido para instruir.
Ser luz para iluminar. Acercarse a Dios, para acercarlos a Dios. Santificarse para
santificarlos, llevarles de la mano por el buen camino y darles buenos consejos» .

c. La debilidad del sacerdote

Junto con la grandeza del sacerdocio, los Padres no olvidan que el sacerdote es también un
hombre débil. No se puede obviar el hecho de la gran desproporción que se da entre el don
divino recibido y la condición humana. Nadie merece el sacerdocio. Los Padres remarcan
que cuando el sacerdote más profundiza en la potestad recibida, percibe con más claridad
su propia miseria. Reconocer la propia debilidad lleva al sacerdote a la humildad. San Juan
Crisóstomo explica con sinceridad la conciencia que tuvo de su propia miseria: «Una vez
que pusiera manos a mi ministerio, aun cuando lo desempeñara como un ángel, no bastarían
fuerzas humanas para responder a las críticas de cada día; no digamos si por mi
inexperiencia y poca edad me viera forzado a cometer mil errores. Pero también de esa
acusación he librado ahora a mis electores, como de haber aceptado los hubiera expuesto a
mil baldones. Pues ¡qué no se hubiera dicho sobre el caso! Las cosas más altas y veneradas
han sido puestas en manos de chiquillos sin conocimiento» . Por su parte, san Gregorio
Nacianceno enseña que quienes aspiran al sacerdocio en primer lugar deben ser buenos
cristianos e hijos de la Iglesia: «sólo puedo decir una cosa, que ha de ser concedida a todos.
Cualquiera de nosotros está muy por debajo de lo que se necesita para ejercer el sacerdocio,
ante Dios. Primero hay que ser digno de la Iglesia, después, del lugar sagrado. Primero esto,
y después vendrá el honor del sacerdocio» .

En su Regla pastoral, San Gregorio Magno puntualiza que los defectos del sacerdote deben
de servirle para crecer en la humildad, pues, «muchas veces, Dios omnipotente, aunque
perfecciona en muchas cosas las almas de los pastores, deja a éstas algo imperfecto,
precisamente para que, cuando brillen radiantes en muchas virtudes, con la pesadumbre de
su imperfección, no se vanagloríen de grandes» . En su obra Moralia, San Gregorio Magno
hace notar que el sacerdote no es más que sus fieles, pues tiene las mismas miserias; por
eso, debe ser comprensivo con las personas a las que aconseja. En ese sentido, confiesa:
«Somos hombre débiles.

Cuando hablamos de Dios a los hombres, debemos en primer lugar, recordar quiénes
realmente somos y así recapacitaremos sobre nuestra fragilidad para que sepamos a
aconsejar a nuestros hermanos también débiles. Pensemos que somos semejantes a algunos
de los que corregimos; o que al menos fuimos así, aunque ahora, por la gracia de Dios, ya
no somos así. Debemos, pues, de corregir moderadamente y con corazón humilde, así como
nos reconocemos en aquellos mismos a los que tratamos de enmendar. Y si no somos, ni
nunca fuimos así como son aquellos a los que ahora tratamos de corregir, no nos vayamos a
enorgullecer, para que no nos desplomemos de nuestra inocencia de forma más violenta que
aquello cuyos males corregimos, porque corremos el peligro de apartar de nuestra vista
todos los demás bienes que ellos mismos poseen.

Y si verdaderamente no encontramos mal alguno en nosotros mismos, volvamos los ojos a


los juicios ocultos de Dios; porque así como nosotros hemos recibido los bienes que
poseemos sin mérito propio, así a aquellos la gracia puede infundirles la fuerza para que en
lo sucesivo puedan ellos también recibir los beneficios que ya nosotros previamente hemos
recibido» .

d. El celo pastoral

El sacerdote tiene la grave obligación de darse sin medida a la grey que le ha sido confiada.
En su celo pastoral se está jugando la eternidad, pues deberá responder ante Dios de la
forma como ha cuidado de sus fieles. San Juan Crisóstomo exhorta así a los sacerdotes:
«Hagamos todo lo posible para tener el Espíritu Santo en nosotros, para poder ejercer con
todo cuidado la gracia que se nos ha confiado a nosotros: actuar los misterios. Grande es la
dignidad del sacerdote: A quienes perdonéis los pecados, Dios se los perdonará (Jn 20, 23).
Por eso, decía Pablo: obedeced a vuestros dirigentes y someteos a ellos (Hb 13, 17), para
que de este modo les manifestéis el máximo respeto.

Cuida tú de tus cosas y si dispones de ellas correctamente, no te importará la opinión de los


demás: si el sacerdote desempeña correctamente su vida, pero no se preocupa con suma
diligencia de tu vida y la de todas las almas a él encomendadas, irá con los malos al
infierno. Muchas veces el sacerdote claudica, no por su vida sino por causa de vidas ajenas,
a no ser que cumpla con todos los deberes que le incumben. Considerando todos esos
peligros, procura tratarles con suma benevolencia. Esto significan las palabras de Pablo:
Tienen que cuidar de vosotros (Hb 13, 17) y no superficialmente, sino como quienes tienen
que dar cuenta a Dios (Hb 13, 17)» .

San Gregorio Magno enseña en una de sus homilías que el sacerdote debe trabajar con
ardor por la salvación de las almas. Su trabajo es bendecir, predicar, perdonar los pecados,
llevar la salvación a las almas. Esa debe ser su gran pasión. Por eso, afirma: « !Oh pastores!
¿Qué hacemos nosotros, no lo digo sin dolor, qué haremos los que recibimos la recompensa
y sin embargo no somos trabajadores, recibimos los beneficios de la santa Iglesia como
nuestro salario ordinario y no hacemos nada por la Iglesia eterna? Pienso cuán digno de
condena es el recibir nuestra paga de trabajo y no trabajar.

Nosotros vivimos de las ofertas de los fieles, pero ¿trabajamos hasta la fatiga por las almas
de los fieles? Tomamos como salario nuestro lo que ofrecen los fieles por sus pecados y sin
embargo no nos esforzamos por luchar contra los pecados, con celo, con la oración, con la
predicación, como sería lo más justo. Con gran dificultad reprendemos a algunos por sus
culpas…. Pensemos que es un delito ante los ojos de Dios el comer el precio de los pecados
y no hacer nada por medio de la predicación contra los pecados… Nosotros comeremos de
los frutos de nuestra tierra si los pagamos cuando, por el alimento que recibimos de la
Iglesia, nos afanamos en la predicación. Somos los pregoneros del Juez que ha de venir.
Pero ¿cómo vamos a anunciar la venida del Juez si el pregonero se calla?» .

Un referente obligado para hablar de la visión que tenían los Padres sobre el celo pastoral
es San Agustín. El Santo obispo de Hipona tiene un sermón dedicado específicamente a los
pastores, se trata del sermón 46 que el actual oficio divino lo incluye desde el domingo
XXIV del tiempo ordinario hasta el viernes de la semana XXV. Sorprende la fuerza con la
que San Agustín reprende a aquellos pastores poco celosos de sus rebaños. Al comentar el
pasaje del profeta Ezequiel que habla sobre los malos pastores que no cuidan a las ovejas
como es debido (Ez 34), afirma: «De estos pastores que se apacientan a sí mismo y no a las
ovejas se dice aquí lo que buscan y lo que por el contrario, olvidan. ¿Qué es lo que buscan?

Os bebéis su leche, os vestís con su lana. Sobre ello dice el Apóstol: ¿Quién planta una viña
y no come de su fruto? ¿Quién apacienta un rebaño y no se aprovecha de su leche? Los
bienes, por tanto, que el pueblo ofrece para el sustento de la vida corporal de sus prelados
son como la leche del rebaño. Pues de esto precisamente hablaba el Apóstol en el lugar que
os he recordado. Si bien el Apóstol eligió para sí trabajar con sus propias manos, con el fin
de no tener que buscar ni tan solo la leche de sus ovejas, afirmó, con todo, que tenía
derecho a recibir esa leche, como lo había establecido el Señor al decir que quienes
anuncian el Evangelio vivan del Evangelio ; y en otro lugar afirma también que otros
coapóstoles suyos usaron de este derecho que les habría sido dado y que no habían
usurpado.

Al renunciar él a este su derecho fue más allá de su obligación, pero no exigió que los otros
hicieran lo mismo. Quizá se refiera también a esto mismo aquello que se nos dice del buen
samaritano que condujo al que había sido encontrado herido a la posada y dijo al posadero:
Si gastas algo más, ya te lo abonaré a mi vuelta. ¿Qué más debemos añadir sobre estos
pastores que no andan tras la leche de sus rebaños? Sin duda debemos afirmar que son más
misericordiosos o, mejor dicho, que realizan con más largueza su deber de mostrar
misericordia. Pueden obrar así y, según esta posibilidad que tienen, así obran. Alabamos a
los que actúan de esta manera, pero no condenemos a los que se comparten de otro modo.
Ya que el mismo Apóstol aunque no buscaba los bienes que se le ofrecían, deseaba, sin
embargo, que las ovejas dieran su fruto y no las quería estériles ni sin leche» .
San Agustín critica con dureza la falta de celo pastoral de algunos ministros, y denuncia
que los malos pastores son aquellos que sólo buscan aprovecharse de sus fieles. Al hilo del
pasaje antes mencionado afirma: « ¿Por qué, pues, son increpados los pastores y de qué se
les reprende? Sin duda de haber ido tras la leche de las ovejas y de haberse cubierto con su
lana, olvidando el bien de las ovejas. Buscaban, por tanto, sus intereses personales, no los
de Cristo Jesús» .

e. La necesidad de una sólida vida interior

En los Padres de la Iglesia encontramos valiosas recomendaciones para una sólida


espiritualidad sacerdotal. Dado que el sacerdote es administrador de la «cosas santas»,
verdadero dispensador de la gracia divina, tiene que llevar un estilo de vida ejemplar. Las
ascesis que debe vivir un sacerdote brota como una consecuencia natural de su ser y misión.
Es común en los Padres las exhortaciones que hacen a los sacerdotes para que cultiven la
oración, la mortificación y la práctica de las virtudes. De esa manera reflejarán más
nítidamente a Cristo y, además, contribuirán a la edificación de los fieles. A este respecto,
San Gregorio Magno en su Regla pastoral afirma que «la vida del prelado debe ser tanto
más excelente que la vida del pueblo, cuanto más suele diferir de la del rebaño la vida del
pastor. Por eso es menester que con solícito cuidado se haga cargo de cuán obligado está a
obrar con rectitud, por lo mismo que, con respecto a él, el pueblo es llamado grey» .

San Pedro Crisólogo pide al sacerdote que se convierta en víctima agradable a Dios, pues
debe hacer de su ministerio una ofrenda. Por eso, exhorta a los sacerdotes con las siguientes
palabras: «No te niegues pues a ser sacrificio y sacerdote de Dios. No desprecies el don que
el poder y la generosidad de Dios te han concedido. Revístete de santidad y cíñete con el
cíngulo de la castidad; Cristo sea como un velo sobre tu cabeza y la cruz en la frente te
sirva de protección. Escribe sobre tu pecho el sacramento del conocimiento de Dios y
quema como un perfume el incienso de la oración, empuña la espada del espíritu y haz de
tu corazón un altar: Y así con la seguridad que te da la protección de Dios, transforma tu
cuerpo en un sacrificio. Dios quiere la fe, no la muerte; la fe de la pureza de intención y de
la voluntad y no la sangre.A Dios se le satisface con el sacrificio de la voluntad, no con el
de la vida. Dios nos demostró esto cuando exigió a Abraham el sacrificio de su hijo ¿No es
verdad que Abraham ofrecía en realidad su propio cuerpo? Y, ¿qué es lo que pretendía el
Señor sino la fe de Abraham desde el momento en que le mandó que ofreciera a su hijo
pero no permitió que lo sacrificara?... Tu cuerpo se fortalece cada vez que tú, muriendo a
los vicios, sacrificas a Dios tu vida por medio del ejercicio de las virtudes. No puede morir
el que es muerto por la espada de la vida» .

San Juan Crisóstomo enfatiza que el sacerdote debe destacar por la práctica de las virtudes.
Esto será un gran estimulo para los fieles. Así como los vicios de los sacerdotes causan un
gran daño al pueblo de Dios; al contrario, sus virtudes hacen un gran bien a los fieles. Por
eso, San Juan Crisóstomo señala: «Así pues, al modo que las virtudes de los sacerdotes
aprovechan a muchos como una exhortación viva a la imitación, así sus defectos favorecen
la tibieza en la práctica de la virtud y nos hacen aflojar en el esfuerzo que exige la vida de
perfección. De ahí la necesidad de que por todas partes brille la belleza de su alma, para
que pueda juntamente alegrar e iluminar las almas de los que los miran» .
Conclusiones

En las diversas y profundas enseñanzas que nos han dejado los Padres de la Iglesia sobre el
sacerdocio, podemos fijar algunas ideas esenciales:

(1) El sacerdote posee una referencia esencial a Cristo, sumo y eterno sacerdote.

(2) Gracias a la sucesión apostólica, existe un verdadero ministerio sagrado en la Iglesia


aunque la terminología progresivamente se ha ido perfilando. El obispo —epi/skopoj— y
los presbíteros —presbu/teroi— son verdaderos sacerdotes, pero es el obispo quien hace de
cabeza en la Iglesia particular y los presbíteros son sus colaboradores.

(3) Los Padres de la Iglesia señalan una serie de rasgos para describir al sacerdote.
Constantemente remarcan su condición de «hombre de Dios». Entre las características más
relevantes están: la excelsa dignidad del sacerdote; la necesidad que éste tiene de
corresponder al don recibido; la debilidad del sacerdote en cuanto que también es un
hombre pecador y por eso debe vigilar constantemente; el celo pastoral como una grave
exigencia del ministerio sacerdotal; y, la necesidad de una sólida vida interior.

Carlos Rosell De Almeida, Pbro.

Rector de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima

También podría gustarte