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Leyendas AZTECAS

LA LEYENDA DE HUITZILOPOCHTLI Y LA CREACIÓN


Cuenta la leyenda que Huitzilopochtli nació
revestido con ropaje de guerra.: un escudo,
sus dardos y su lanza dardos de color azul.
Sobre su cabeza llevaba un plumaje con
orejeras.
En su pie izquierdo tenía una sandalia
adornada también con plumas. Sus muslos
y sus brazos estaban pintados de color azul.
Este raro acontecimiento ocurrió, debido a
que la madre de Huitzilopochtli, La diosa
Coatlicue, que había tenido ya una hija
llamada Coyolxauhqui y a otros
cuatrocientos hijos que se convirtieron en
estrellas, llamados surianos, volvió a quedar
embarazada cuando la tocó una bola de
plumas que cayó desde el cielo.
Coyolxauhqui y sus cuatrocientos hermanos
consideraron este hecho como un agravio y
decidieron entre todos matar a su propia
madre.
Cuando la diosa Coatlicue se enteró de los macabros planes de sus hijos se sintió muy triste y
vivía presa del miedo, esperando su muerte a cada instante, pero Huitzilopochtli, la tranquilizó
hablándole desde su vientre y ella se calmó.
Los surianos se prepararon para matar a su madre como si fueran a una guerra, pero uno de
ellos, llamado Quauitlicac, sintió pena por su querida madre y le contó al bebé por nacer,
Huitzilopochtli, la traición que estaban preparando sus hermanos.
Cuando tenían todo preparado para aniquilar a su madre, nació Huitzipochtli, revestido para
guerrear. Ahí mismo, hirió gravemente a su hermana Coatlicue, luego le cortó la cabeza y la
arrojó hasta el cielo, transformándose en la luna. más tarde persiguió a los surianos y a los que
no lograron escapar, los mató y los convirtió en estrellas.
Huitzipochtli, les quitó las armas y las vestiduras y se las puso él encima, más tarde se
convirtieron en sus distintivos.
LA LEYENDA DEL SOL Y LA LUNA
El primer Sol, el Sol del Tigre, nació en 955 a.c. Pero al final de un largo período de 676 años, el Sol y los
hombres fueron devorados por los tigres. El segundo Sol era el del viento.
Él fue llevado por el viento y todos los que vivían sobre la tierra, y quienes se colgaban de los árboles para resistir
a la tempestad se transformaron en monos.
Vino a continuación el tercer Sol, el sol de la Lluvia. Una lluvia de fuego se abatió sobre la tierra, y los hombres
se transformaron en pavos.
El cuarto Sol, el sol de Agua, fue destruido por las inundaciones. Todos los que vivían en esta época se
transformaron en peces.
El agua recubrió todo durante 52 años. Pensativos, los dioses se reunieron en Teotihuacán:

–Quién se va a encargar ahora de traer la aurora sobre la tierra?


El Señor de los Caracoles, célebre por su fuerza y su belleza, hizo un paso adelante:
– Yo seré el sol, dijo él.
– Alguien más?
Silencio.
Todos miraron al Pequeño Dios Sifilítico, el más feo y desafortunado de los dioses, y decidieron:
– Tú.
El Señor de los Caracoles y el Pequeño Dios Sifilítico se retiraron a las montañas, que hoy son las pirámides del
Sol y de la Luna. Allá, en ayunas, meditaron.
Luego los dioses formaron una inmensa hoguera, contemplaron el fuego y los llamaron.
El Pequeño Dios Sifilítico tomó impulso y se tiró a las llamas. Resurgió enseguida después y se elevó,
incandescente, en el cielo.
El Señor de los Caracoles miró la hoguera ardiente, el ceño fruncido. Avanzó, retrocedió, se detuvo, dio varias
vueltas. Como no se decidía, exasperados, los dioses lo empujaron. Pero antes de que se elevara en el cielo, los
dioses, furiosos, lo abofetearon y le pegaron en la cara con un conejo, tanto que le retiraron su resplandor.
Fue así que el arrogante Señor de los Caracoles se volvió la Luna. Las manchas de la Luna son las cicatrices de
su castigo.
Pero el Sol resplandeciente no se movía.
El gavilán de obsidiana voló hacia el Pequeño Dios Sifilítico y le preguntó:
– Por qué no te mueves?
Y respondió, él, el menospreciado, el purulento, el jorobado, el cojo:
– Porque yo quiero la sangre y el reino.
Este quinto Sol, el Sol del Movimiento, iluminó a los toltecas e iluminó a
los aztecas. Tenía garras y se alimentaba de corazones humanos.
LA LEYENDA DEL HIJO DEL MAGUEY
Cuenta una vieja historia que una linda doncella llamada Xóchitl, llevó de regalo al rey Tecpancaltzin una jícara
de miel prieta de maguey. El monarca se enamoró de la doncella y, con engaños, se quedó con ella en su palacio.
De aquella unión nació un hijo: Meconetzin, es decir “Hijo del maguey”.
El niño creció y todos se quedaron resentidos y recelosos ante su extraño aspecto porque tenía el pelo chino y
se le levantaba en la cabeza en forma de tiara. Además, los toltecas recordaban la profecía de Huemán, un sabio
sacerdote que vivió 300 años y predijo: “La monarquía tolteca tendrá un fin, y llegará cuando suba al trono un
rey de pelo crespo en forma de tiara y cuando la naturaleza aborte monstruos, como conejos con cuernos de
venado y colibríes con espolones de gallo”.
¡Tenían razón los toltecas para estar preocupados!
Los años pasaron, el niño se convirtió en rey y adoptó el nombre de Topiltzin. Comenzó a reinar con cordura y
se ganó el amor de sus vasallos, pero repentinamente se volvió orgulloso, insoportable y tirano.
Un día, el rey paseaba por sus jardines cuando sus monteros mataron un extraño animal: un conejo con cuernos
de venado.
La noticia se regó por la ciudad y todos se asustaron porque recordaron la profecía. Poco tiempo después hubo
lluvias, huracanes, inundaciones, plagas de sapos, sequías, heladas.
El temor aumentaba, la población moría por tantas desgracias y para colmo los reyes de Xalisco invadieron el
territorio tolteca. En la batalla murieron el viejo Tecpancaltzin y Xóchitl, quienes combatían en primera fila;
Topiltzin, el hijo del maguey no supo morir con gloria y huyó escondiéndose en una cueva de donde no volvió
jamás.

Así se cumplió la profecía y el imperio tolteca se extinguió.


LA LEYENDA DE TZUTZUMA EL ENCANTADOR
Los primeros reyes mexicanos introdujeron el agua de Chapultepec a la
ciudad de México por medio de un conducto que iba sobre el lago, pero
la población creció y el agua fue insuficiente. Cerca de Churubusco, en
Acuecuexco, brotaba un manantial de agua abundante y buena, el
emperador Ahuítzotl tuvo el presentimiento de aprovecharla y le rogó
al señor de Coyoacán que le diera permiso para hacer una toma en la
fuente.

Aquel señor se llamaba Tzutzuma, era tributario de Tenochtitlán,


accedió a dar agua, pero explicó que esa agua se podría enfurecer,
derramar y esto inundaría Tenochtitlán. Esta respuesta enojó a
Tzutzuma pues no consentía que nadie le hiciera observaciones.

- ¡Vayan a Coyoacán y arranquen la vida a ese insolente que se atreve a


hacerme advertencias en lugar de obedecer! exclamó en un acceso de
cólera. Esta orden iba dirigida a tres de sus mejores servidores quienes
se apresuraron a cumplirla.

Cuando Tzutzuma supo que lo buscaban unos soldados supo que estaba perdido, pero le dijo a su criado que les dijera
a los tres jefes que podían pasar a verlo. Cuando los tres jefes entraron se encontraron con un águila colosal que estaba
posada en el respaldo del sillón, salieron muy enojados, pero el criado aseguró que su señor estaba en la sala. Volvieron
a entrar y se encontraron con un tigre corpulento que mostraba sus grandes colmillos.

Los capitanes retrocedieron espantados y salieron corriendo, pálidos de susto. Al llegar a México le dijeron al rey
- ¡Señor! el cacique de Coyoacán se ha vuelto águila y después tigre.

Ahuítzol se maravilló con el relato y ordenó que el doble de soldados fuera a cumplir con la sentencia. Al llegar con
Tzutzuma se encontraron con una serpiente.

- ¡Mátenla! -ordenaron los jefes a sus soldados.

Pero antes de que pudieran cumplir la orden, la serpiente saltó sobre ellos, arrojando por las fauces abiertas llamaradas
de lumbre. Los soldados temblaron y huyeron aterrorizados.

Ahuítzotl mandó un pregonero a Coyoacán a que diera el siguiente mensaje:

“¡Habitantes de Coyoacán! el poderoso emperador Ahuítzotl, manda decir que apresen a su señor Tzutzuma y lo
entreguen sin dilación. Y les advierte que, en caso de desobediencia, se les tendrá por rebeldes y arrasará sus ciudades
pasando por el cuchillo a todos los habitantes.”

Todos quedaron aterrados, Tzutzuma, como buen señor de su pueblo, se presentó voluntariamente a los mexicanos y
les dijo:

-Aquí estoy, me pongo en sus manos, pero no olviden decir a su señor que, si introduce en México el agua de
Acuecuexco, yo le profetizo que antes de muchos días la ciudad será anegada y destruida.

Los soldados mataron a Tzutzuma ahogándolo, y su profecía se cumplió al pie de la letra. A los cuarenta días de
introducida el agua a México, se inundó la ciudad y el emperador se vio en la necesidad de romper las cañerías del
acueducto.