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PRINCIPIOS DEL NEGOCIO JURÍDICO PARA EL DERECHO COMPARADO

ARMONIZACIÓN Y UNIFICACIÓN DEL DERECHO PRIVADO – FÉLIX ADOLFO LAMAS

PRINCIPIOS DEL NEGOCIO JURÍDICO PARA EL DERECHO COMPARADO I

DOS DE LOS PRINCIPIOS DE JUSTICIA QUE RIGEN LOS CONTRATOS :


PACTA SUNT SERVANDA Y EL PRINCIPIO DE EQUIVALENCIA

Camilo Tale

Introducción

En la presente ocasión me propongo explicar dos principios de justicia que rigen esta
institución fundamental del derecho que es el contrato, este negocio jurídico tan usual, que
todos realizamos cotidianamente y del cual se ocupan la mayoría de los abogados en el
ejercicio de su profesión.
Como decía Gustav Radbruch, “la filosofía del derecho es la teoría del derecho justo”
1
. Y más precisamente expresaba Giorgio del Vecchio: “La justicia constituye el tema
supremo de la filosofía del derecho” 2. Por tanto, es incumbencia de nuestra disciplina, con el
método y el rigor propios de ella, la indagación de lo que sea justo e injusto en las diversas
clases de relaciones entre los hombres, aunque sin pretender celosa exclusividad en este
estudio, puesto que también es faena esencial del jurista la averiguación de lo justo en la rama
del derecho que cultive, y la reflexión sobre tales cosas compete asimismo al hombre en
general (Por ello, cuando Aristóteles explica la diferencia entre el ser humano y los demás
animales, en el primer libro de la Política, señala que “la voz, que permite expresar la alegría
y el dolor, no les falta a los animales irracionales, porque su organización les permite sentir la
alegría y el dolor; pero sólo el hombre tiene palabra, que permite expresar lo justo y lo
injusto”).
En mi actividad profesoral he tenido que desarrollar programas muy diversos de
filosofía del derecho. En el primero de ellos, vigente hace veinte años, en el inicio de mi
enseñanza universitaria en la Universidad Nacional de Córdoba, había un apartado dedicado a
la justicia conmutativa. Desde entonces, las nociones que aprendiera sobre la justicia en los
contratos se han enriquecido con muchas enseñanzas recibidas de iusfilósofos y de civilistas,
que procuraré exponer de modo sintético y en forma tan ordenada y clara como me sea
posible.
El estudio del tema sirve también para comprender y valorar críticamente preceptos
jurídicos actuales del derecho argentino, y asimismo para fundar nuevas reglas, en reformas
futuras (y algo diremos acerca de esto, con algunas consideraciones acerca del Proyecto de
Código civil de 1998, que acaba de perder estado parlamentario). Como ha expresado el
civilista y filósofo del derecho Karl Larenz, “los principios jurídicos son los pensamientos
directores de una regulación jurídica existente y de la regulación jurídica posible” 3.

1
Gustav Radbruch, Filosofía del derecho, Rev. de derecho privado, Madrid, 1959, pp. 11 s.
2
Giorgio del Vecchio, La justicia, Depalma, Bs. As., 1952, p. 2.
3
Karl Larenz, Derecho justo, Civitas, Madrid, 1985, p. 32.
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ARMONIZACIÓN Y UNIFICACIÓN DEL DERECHO PRIVADO – FÉLIX ADOLFO LAMAS

1) Principio “pacta sunt servanda” o de autoobligación

Comenzamos con el principio que manda cumplir lo convenido.


Es el primero que tratamos, porque es el principio vinculado inmediatamente a la
noción misma del contrato. El contrato consiste en que dos o más personas se ponen de
acuerdo en el compromiso (de uno para con el otro –si se trata de un contrato gratuito-, o de
ambos recíprocamente –si se trata de un contrato oneroso-) de dar, o de hacer o de no hacer
algo.
El contrato ha sido siempre una de las fuentes de las que nacen deberes jurídicos. La
obligatoriedad jurídica del acuerdo contractual es conocida como un principio bastante
evidente, y está universalmente reconocida.
Algunos juristas han negado que el compromiso contractual tenga un valor jurígeno
propio, y han intentado explicar los deberes de cumplir los contratos remitiéndose al
reconocimiento que la ley hace de ellos, por el cual se les otorgaría la obligatoriedad jurídica
que de suyo no tendrían. Así enseñaba por ej. Federico Mourlon 4, entre los clásicos
franceses. Asimismo, entre los juristas argentinos, algunos han dicho que el contrato obliga a
las partes porque hay un artículo del Código civil, el art. 1197, que establece: “Las
convenciones hechas en los contratos forman para las partes una regla a la cual deben
someterse como a la ley misma”. El profesor cordobés Luis Moisset de Espanés, entre otros
autores del país, comparte esta idea: “El contrato por sí solo no puede crear una obligación,
sin que la ley le haya admitido esa virtud generadora”, expresa en su Curso de obligaciones 5.
En realidad, lo que hace dicho artículo del Código es decir que el contrato obliga,
reconocer que obliga. Pero la obligatoriedad de los contratos no viene de la ley civil, sino que
el acuerdo contractual es una fuente jurígena independiente.
El célebre jurisconsulto francés Toullier en una primera época había sostenido: “Toda
obligación viene de la ley. Las convenciones no obligan más que en virtud de la ley, que
manda cumplir la palabra que hemos dado” 6. Pero en un volumen posterior de la misma obra,
corrigió expresamente su anterior opinión: “La obligación ya es perfecta por la sola voluntad
de los contratantes, sin la intervención de la ley, la cual interviene, ex post facto, sólo para
prestarle su fuerza y garantizar la ejecución o cumplimiento, constriñendo al obligado a
cumplir su promesa, en caso de que ocurra la injusticia que la niegue o que la viole, pero no
interviene para dar nacimiento a la obligación”7. Y añade Toullier: “Es falta de exactitud
decir, como nosotros lo hemos hecho antes, que toda obligación deriva de la ley, y que las
convenciones no obligan sino en virtud de la ley, que manda mantener la palabra que se ha
dado. Las obligaciones convencionales son producidas inmediatamente por la voluntad del
hombre; existen independientemente de la ley, la cual no interviene, después de su
nacimiento, más que para garantir su ejecución” 8.

Demostración:
- Durante los largos tiempos anteriores a la codificación del derecho civil, la cual se
realizó en los siglos XIX y XX, no existía en las legislaciones una regla semejante
a la que expresa el art. 1197 del Código civil argentino, y sin embargo nacieron
miles de millones de obligaciones jurídicas indiscutidas de los contratos que se
celebraban, obligaciones jurídicas de vendedores, compradores, locadores,

4
Frederic Mourlon, Répétitions écrites sur le Code Civil, tº II, 39ª resp., París, 1896.
5
Luis Moisset de Espanés, Curso de obligaciones, vol. II, Advocatus, Córdoba, 1993, pp. 435 ss.
6
Charles Toullier, Le droit civil français suivant l´ordre du Code, 5ª ed., tº V, nº 3 y 4.
7
Charles Toullier, Le droit civil..., cit., tº XI, nº 3.
8
Charles Toullier, Le droit civil..., cit., tº XI, nº 4-6.
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locatarios, mandantes, mandatarios, comodatarios, depositarios, constructores,


comitentes. etc, como las que ahora nacen de las mismas clases de contratos.
- Si por descuido del legislador en un nuevo código civil que se instituyera se
omitiera un precepto semejante al del art. 1197 de nuestro Código actual, nadie
juiciosamente sostendría que los contratos que se celebrasen mientras subsistiese
tal vacío en la ley positiva, carecerían de obligatoriedad jurídica.
- En el supuesto de dos apátridas que celebren una convención acerca de sus
derechos y obligaciones en una “tierra de nadie”, en un espacio ajeno a toda
jurisdicción estatal, podemos ver que tal acuerdo es un contrato, y los deberes
jurídicos que surjan de él no tienen asidero en ningún precepto legal (argumento
que mencionaba Karl Larenz 9).
- Consideremos ahora el ámbito internacional, en el cual los tratados celebrados
entre Estados son contratos: Durante decenas de siglos, en que no existían leyes
internas de los Estados o comunidades políticas, que declararan obligatorios los
tratados, como suele haber hoy (por ej. el art 33 de la Constitución argentina), los
gobernantes celebraban tratados internacionales en representación de sus pueblos,
los cuales generaban obligaciones jurídicas, como todos admitían.

Todas estas son demostraciones “por el absurdo”: Se evidencian que ciertas


conclusiones que se desprenden de la tesis de negar virtud jurígena propia al contrato, son
absurdas; si las conclusiones que lógicamente se derivan de una tesis son absurdas, entonces
la tesis es falsa.
La ley reconoce la obligatoriedad jurídica de los compromisos contractuales,
reglamenta sus diversos efectos jurídicos, instituye prohibiciones sobre su objeto, brinda
medios de protección para asegurar los derechos de los contratantes... Pero la validez jurídica
de los contratos no proviene de una autorización de la ley, como erróneamente pretendieron
Hans Kelsen en su Teoría pura del derecho 10, y algunos juristas. La facultad de los hombres
de contratar no la tienen por “delegación del orden jurídico”, como a veces se dice,
erróneamente. Acabamos de demostrarlo con varias razones.
La obligatoriedad jurídica del contrato proviene del principio de justicia que manda
cumplirlos, que es uno de los principios fundamentales del derecho natural.
Por consiguiente, una de las más palmarias injusticias que contenía el derecho de los
antiguos romanos, y en todas sus épocas, fue que se quitaba eficacia al mero consentimiento
contractual: Como sabemos, en el derecho romano más antiguo, como en el clásico, y también
en el derecho del periodo imperial, los contratantes tenían acción para reclamar lo convenido
sólo cuando el pacto se había acompañado de formalidades determinadas; pero el mero
acuerdo, el nudo contrato, no generaba obligaciones exigibles en el tribunal (Esto es lo que se
ha llamado el «formalismo» romano). Como bien decía Domat, ésta fue una de las “muchas
sutilezas que había en el derecho romano, que son contrarias al derecho natural, o sea a la
razón”, junto a otras muchas reglas razonables, de valor inmutable, que contenía ese antiguo
derecho, lo cual también reconoció el mismo célebre jurisconsulto francés11.

9
Karl Larenz, Derecho justo, cit., p. 70.
10
“Al establecer el orden jurídico al negocio jurídico como un hecho productor de derecho, autoriza a los
individuos sujetos al negocio a regular sus relaciones recíprocas, en el marco de las normas jurídicas generales
producidas por vía de legislación o costumbre, por las normas que son producidas mediante el negocio jurídico.
Estas normas convencionalmente producidas, que no estatuyen sanciones, sino una conducta cuya puesta es una
condición de la sanción estatuida por las normas jurídicas generales, no son normas jurídicas independientes.
Constituyen normas jurídicas sólo en su relación con las normas jurídicas generales que estatuyen sanciones”
(Hans Kelsen, Teoría pura del derecho, Univ. Nac. Autónoma de México, México, 1979, p. 265).
11
Jean Domat, Traité des lois, cap. XI, 16.
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David Hume afirmó un fundamento utilitario del deber de cumplir lo pactado en los
contratos: Si no cumplo lo convenido, los demás perderán la confianza que tienen puesta en
mí, y ello sería inconveniente para mí 12.
Pero esto, además de que no puede valer como fundamento ético, no sirve para
explicar el deber de cumplir siempre lo estipulado, pues a veces puede ser más útil a uno
violar el compromiso que cumplirlo, a pesar de que el transgresor pierda la confianza de los
otros.
El genuino fundamento del principio “pacta sunt servanda” está en que desde que se
hizo el compromiso contractual, la cosa o hecho que es el objeto de la convención, ha dejado
de pertenecer al suum de quien prometió darlo, y a pasado a integrar el suum de la otra parte.
La justicia está en dar a cada uno lo suyo, como establece la antigua definición; cuando se
celebró un contrato, lo que uno estipuló dar o hacer, es “lo suyo” del otro contratante.

2) Principio de la justicia conmutativa o principio de equivalencia

La vigencia del principio “pacta sunt servanda” está limitada por otros principios

En otro tiempo, concretamente en el siglo XIX, muchos autores solían afirmar la


máxima “qui dit contractuel, dit juste”. Ése era un falso principio. Porque aunque el
consentimiento sin vicios de error, dolo o violencia es condición necesaria para la justicia de
un contrato, no es condición suficiente para la justicia del contrato. También se requiere que el
contenido de las convenciones sea conforme con la exigencias de la justicia, lo cual no
sucede, por ejemplo, cuando en una compraventa se pacta que el vendedor pague un precio
que es muy inferior al valor económico de la cosa vendida.
En armonía con lo expuesto, un memorable jurista de esta Provincia13, Horacio
Morixe, en el primer libro que se publicó en nuestro país sobre la lesión en los contratos, hace
75 años, puso la siguiente frase como encabezamiento de su obra: “El contrato merece el
respeto de la ley, siempre que él respete la justicia” 14.
Vemos que esta frase sencilla sintetiza tres tesis:
1º) Hay contratos que son conformes con la justicia, pero hay otros que son injustos
(añadimos: o que se vuelven injustos, o sea que ya no están conformes con la justicia como
consecuencia de la variación de las circunstancias).
2º) El legislador debe respetar los contratos que celebra la gente (no puede quitarles
validez ni modificarlos), cuando el contrato es justo.
3º) Por el contrario, lo correcto es que la ley intervenga para que se modifique lo
estipulado en un contrato, cuando éste es (o resulta) injusto.
Y también el juez, agregamos, a veces debe rectificar el contenido del acuerdo
contractual cuando ha sido inicuo desde su origen o cuando se ha tornado injusto, como
explicaremos luego.
Por lo dicho, el imperativo que manda cumplir lo prometido en un contrato, no tiene
un alcance absoluto, sino que tal imperativo está regulado por otros principios naturales de
justicia, los cuales, por ello, son principios superiores al principio pacta sunt servanda.

El principio de la “justicia conmutativa”: Contenido y fundamento

1212
David Hume, A treatise on human nature, L. III, Parte II, sec. V.
13
Se refiere a la Provincia de Buenos Aires, porque la disertación originaria que es la base del presente
artículo se pronunció en Mar del Plata.
14
Horacio Morixe, Contribuciones al estudio de la lesión, Bs. As., 1929.
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Primeramente, tratemos del principio que se refiere al valor de las prestaciones; mejor
dicho, el principio de justicia referido a la relación entre los valores de las respectivas
contraprestaciones. Por tanto, el principio del cual ahora vamos a tratar, no rige en todos los
contratos, sino sólo en los “contratos de intercambio”, que son la mayoría15 .
Aristóteles habló de una justicia “rectora” y ”correctora” de los intercambios
contractuales (que después pasó a denominarse la “justicia conmutativa” entre los autores
escolásticos latinos). De acuerdo con esta idea, luego del intercambio contractual no es justo
que uno de los contratantes quede económicamente enriquecido y el otro sufra una pérdida
económica. Y si ello sucede, el juez debe corregir esta desigualdad (por ello es justicia no
solamente rectora sino además correctora de los intercambios) 16.
Debe existir, por tanto, una equivalencia entre el valor económico de lo que uno de los
contratantes da y el valor de lo que él recibe.
Es uno de los principios jurídicos fundamentales. Precisamente allí donde Santo
Tomás expone el concepto de derecho natural, el ejemplo que expresa de una norma de
derecho natural es “dar tanto para recibir otro tanto”, o sea el principio de la justicia
conmutativa o “principio de equivalencia” 17.
Y el sabio iusfilósofo holandés Hugo Grocio, con respecto a los contratos cuyas
contraprestaciones son desproporcionadas, enseñaba la solución que debía obrarse: “Hay que
quitar al que tiene más y darlo al que tiene menos, porque en los contratos eso se ha
propuesto, o debió proponerse por ambas partes: que cada una recibiese algo equivalente” 18.
¿Cuál es el fundamento de esta regla fundamental de justicia?
Santo Tomás, dentro del Tratado de la justicia, en el capítulo de la justicia en la
compraventa, explica: “... La compraventa se ha introducido para utilidad común de ambas
partes, pues cada uno de los contratantes necesita la cosa del otro (...) Pero lo que se ha
instituido para utilidad común no puede ser más gravoso para uno de los contratantes que
para el otro (...) Por consiguiente, si el precio excede el valor de la cosa, o por el contrario,
la cosa excede en valor al precio, no existirá ya la igualdad de la justicia” 19.
Como allí se explica, el principio de equivalencia de las contraprestaciones se funda en
el imperativo de que el contrato no debe ser una ganancia para una de las partes, y un
detrimento económico para la otra.
Este principio del derecho justo se plasmó en las leyes civiles, ya en la Antigua Roma,
aunque sólo en la etapa final, y solamente para la compraventa. Además, era de aplicación
exclusiva al caso de venta de inmuebles, y sólo para proteger al vendedor. Fue en la época
imperial, de gran influjo del cristianismo, que se introdujo este imperativo de justicia, aunque
con las limitaciones indicadas.

15
En una de las tantas clasificaciones que pueden hacerse de los contratos, se distinguen, según su función
económica, contratos: a) de cambio de riqueza, ya se trate de cosas o servicios (v. gr. compraventa, permuta,
locación de obra, locación de cosa); b) de beneficencia; c) de colaboración (v. gr. los contratos de sociedad, de
agencia, de aparcería, etc.); ch) de prevención de riesgos (v. gr. contratos de seguros); d) de previsión (v. gr.
contrato de renta vitalicia); e) de conservación (v. gr. contrato de depósito); f) dirigidos a prevenir y dirimir
controversias (v. gr. la transacción, el compromiso arbitral); g) de otorgamiento de crédito; h) de garantía (v. gr.
el contrato de fianza); i) regulatorios de relaciones patrimoniales familiares (v. gr. contrato de régimen de los
bienes en el matrimonio). Para esta clasificación hemos seguido a Francesco Messineo, aunque con algunas
variaciones (Dottrina generale del contratto, 3ª ed., Milán, 1948, pp. 35 ss.). En rigor, hay intercambio de
contraprestaciones no solamente en los negocios jurídicos de la clase a), sino también en c), ch), d), e), g).
16
“Una especie de justicia es la que se practica en las distribuciones de bienes, dinero o cualquier otro
beneficio que se reparte entre los miembros de la comunidad política (...) La otra especie es la que rectifica las
relaciones de intercambio” (Aristóteles, Ética a Nicómaco, L. V, 1130 b - 1132 b).
17
Summa theol., II-II, 57, 2 c
18
De iure belli ac pacis, II, 12, 12
19
Summa theol. II-II, 77, 1 c.
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Los juristas y los filósofos del derecho desde entonces han sostenido el instituto
jurídico que es consecuencia de este principio: la anulación o corrección de los contratos
formados con vicio de “lesión”, como se denomina la falta de equivalencia entre las
contraprestaciones.
Si se pretendiese dar validez a un contrato desigual, con fundamento en el mero
consentimiento, y de acuerdo con el adagio “volenti non fit injuria” (si lo quiso, no hay
injusticia), hay que refutar ello diciendo que la voluntad del perjudicado no ha obrado
realmente con plena libertad de elección. En efecto, quiso, pero no habría querido si no se
hubiese hallado en estado de necesidad, etc. Bien explica Zoilo Villalón con respecto a los
contratos usurarios, pero de perfecta aplicación para cualquier contrato lesivo: “No es cierto
que el mutuario consiente con plena espontaneidad en satisfacer los intereses por el capital
prestado, sino que, cuanto más, el acto es voluntario secundum quid, es decir que consiente
por la imposibilidad de obtener el dinero necesario de otro modo” 20. Y cuando la aceptación
de la desigualdad del intercambio no está motivada por estado de necesidad, sino por
inexperiencia, entonces ya el consentimiento está viciado por falta de conocimiento sobre el
valor de la cosa, aunque el acto de contratar sea voluntario.

El principio de la justicia conmutativa en el pensamiento filosófico-jurídico y en las leyes

En lo que atañe a la legislación, en los primeros tiempos, la vigencia de este principio


se admitió para la compraventa y el préstamo a interés. Después, para la partición hereditaria
y ya en nuestro siglo la ley lo ha instituido para todos los contratos de intercambio en general.
Como dato ilustrativo del trasiego de este principio a las leyes civiles, es oportuno
mencionar que en el derecho indiano, establecido para las tierras españolas en América, por
los Reyes de España y el Consejo de Indias, y también por los Cabildos, Gobernadores y otras
autoridades, además de muchas disposiciones legales dadas con el fin de asegurar la justicia
en el precio de la compraventa, especialmente para protección de los consumidores finales, se
reguló con evidente celo justiciero el contrato de permuta entre españoles y aborígenes
(denominado en la época “contrato de rescate”), con el fin de evitar los abusos en perjuicio de
los indígenas. En muchas leyes de Indias se protege el libre consentimiento de ellos al
contratar, y se exige categóricamente que aquello que se les entregara a cambio fuese
realmente de valor similar a lo el español recibiera de ellos.
Transcribimos a continuación algunos textos del derecho indiano sobre esta materia,
emitidos por los Reyes y el Consejo de Indias21:
“Tanto los funcionarios como las personas encargadas del cuidado de los pueblos
indígenas, no deberán consentir que los naturales vendiesen o trocasen sus bienes y heredades
con los cristianos a cambio de abalorios o cosas semejantes, sino por precios justos,
trocándoselos a ropas para su vestir, que valgan la cantidad de lo que así vendieren” 22.
“Obligan los Ministros de Justicia en algunas partes a los Caciques e Indios a que les
lleven a sus posadas gallinas, y otras cosas para comprarlas, y no les dan su justo valor.
Mandamos que esto no se haga ni consienta, y que los Indios acudan a las plazas o mercados
públicos donde todos podrán comprar lo que fuera su voluntad”23.

20
Zoilo Villalón, Tratado teolójico-legal (sic) de la justicia, Santiago de Chile, 1871, nº 971.16.
21
Un estudio más detenido de la cuestión, hemos publicado con el título La doctrina del justo precio en
la escolástica y en el derecho indiano, en Gladius, Bs. As., nº 24, 1992, pp. 77-115, en la oportunidad del quinto
centenario de la conquista, civilización y evangelización de América.
22
Instrucciones que emitió Isabel la Católica en marzo de 1503 para el Gobernador y los Oficiales Reales,
sobre el gobierno de las Indias.
23
Decreto de Felipe II del 13 de julio de 1973 dado en el bosque de Segovia, en Recopilación de leyes de
los Reynos de las Indias, mandadas imprimir y publicar por la Magestad católica del Rey don Cárlos II, vol. II,
edic. facsimilar, Madrid, 1943, L. IV, tít. 10, ley 12.
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“Permitimos que el Español pueda comprar a los Indios cosas de comer, y beber, y
otros mantenimientos necesarios pagando su justo precio, como se lo pagaría a otro Español”
24
.
Una ordenanza del Gobernador Juan Ramírez de Velazco se refiere a la recolección y
permuta de plumas martinetes que hacen los indígenas en la región, y dice allí el Gobernador
que sabe que es la principal fuente de ingresos que tienen los naturales en las ciudades de esa
Gobernación, pero que son ellos objeto de abuso de algunos españoles, pues se pasaban los
indios varios meses fuera de sus casas para recoger ese producto, que los mercaderes
españoles les cambian por “cascabeles, chasquizas y otras cosas de poco valor”, que no les
sirven para nada, o que valen menos que el trabajo de un día; y que por ello, el Gobernador
prohibe que se hagan estas permutas sin licencia otorgada por el Justicia mayor 25.
Thomas Hobbes interrumpió esta tradición de la “justicia conmutativa” o principio de
equivalencia en la filosofía del derecho. En su obra más famosa, el Leviathan, y también en su
libro Elementos de derecho natural y político, proclamó el valor absoluto de los compromisos
contractuales, con total prescindencia del contenido de ellos.
Rechazó así Hobbes el principio de la justicia conmutativa o de equivalencia entre las
contraprestaciones, que se había afirmado desde Aristóteles, y reconoció solamente el imperio
del “pacta sunt servanda” como único principio de justicia, y con el alcance más absoluto 26.
Más aún, el filósofo inglés redujo todas las injusticias posibles al quebrantamiento de
pactos. Es que “justo” e “injusto” son, según el pensador británico, solamente nombres que
corresponden a afecciones que sentimos, según la constitución de nuestro cuerpo, o por causa
de los prejuicios de las opiniones que hemos oído, o bien son afecciones causadas en
nosotros por nuestros intereses 27. Por tanto, nada hay de real u objetivo detrás de tales
términos, salvo aquello que sea establecido por convenio entre los hombres. Leemos en el
Leviathan: “En efecto, donde no ha existido un pacto, no se ha transferido ningún derecho, y
todos los hombres tienen derecho a todas las cosas: por tanto, ninguna acción puede ser
injusta. Pero cuando se ha hecho un pacto, romperlo es injusto. La definición de injusticia no
es otra sino ésta: el incumplimiento de un pacto” 28.
El pensador inglés Jeremías Bentham, en la misma senda abierta por Hobbes, afirmó
rotundamente el alcance absoluto del principio pacta sunt servanda con respecto al préstamo
a interés: En las palabras iniciales de la primera de sus cartas publicadas bajo el título Defense
of usury, se quejaba en 1787 de que, en medio de tantas libertades reconocidas en su época en
Inglaterra, nunca había escuchado que se propusiera la “libertad de fijar uno mismo las
condiciones en los contratos monetarios” 29.

24
Decreto del Emperador Carlos V y el Gobernador de Fuensalida, el Cardenal Talavera, de 26 de octubre
de 1541, en Recopilación..., cit., L. VI, tít. 5, ley 48.
25
Ordenanza número 26 del Gobernador Juan Ramírez de Velazco (Cfr. Juan Carlos García Santillán,
Legislación sobre indios en el Río de la Plata en el siglo XVI, Madrid, 1928, pp. 126 s).
26
Leemos en el Leviathan: “Los escritores dividen la justicia de las acciones en conmutativa y
distributiva: la primera, dicen, consiste en una proporción aritmética (...) Por tal causa sitúan la justicia
conmutativa en la igualdad de valor de las cosas contratadas”. Pero el filósofo británico nos dice que no está de
acuerdo con esta doctrina, y afirma: “El valor de todas las cosas contratadas se mide por la apetencia de los
contratantes, y, por consiguiente, el justo valor es el que (los contratantes) convienen en dar” (Parte I, cap. 15).
Vide también Elementos de derecho natural y político , cap. XVI, nº 5.
27
Tomas Hobbes, Leviathan, Parte I, cap. 5, in fine.
28
Leviathan, Parte I, cap. 15, in princ.
29
Jeremy Bentham, Defensa de la usura, Carta I, en Escritos económicos, selección y pról. De W. Starck,
Fdo. de cultura económica, Bs.As., 1965, p. 195.
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En su Carta II, Bentham parte de la premisa de que no hay una tasa que sea
intrínsecamente justa. Entonces, como guía para determinar qué es usurario y qué no lo es,
quedaría sólo el porcentaje de interés fijado por la ley, o la costumbre o interés prevaleciente
en plaza, pero estos parámetros son contingentes, arbitrarios. Por ende -concluye Bentham-, la
ley debe permitir los porcentajes que las partes quieran estipular, cualesquiera sean. Y
también dice que no habiendo tasas justas o injustas, todo argumento que emplee la palabra
“usura” es puramente retórico: toda su fuerza proviene del sonido, que se ha hecho antipático
en la mente de los hombres –de acuerdo con el autor inglés-; pero en ello no hay proposición
inteligible, pues no hay tasa usuraria30. Se trata de un término al cual no le corresponde nada
en la realidad, según Bentham.
Con respecto al hecho de que las personas que en estado de necesidad contratan un
préstamo, se someten a la tasa elevada que le impone el prestamista que así se aprovecha de
su situación de indigencia, Bentham descarta que ello importe una injusticia. El pensador
inglés razona: Quien toma un préstamo con esas condiciones, es porque ello le conviene, ya
que si no se aviene celebrar tal contrato, recibiría una pérdida mayor, ya sea de índole
económica o de otra clase; por tanto, el contrato es conveniente para él, y el legislador no ha
de inmiscuirse, quitándole validez 31. Ilustremos con un ejemplo el razonamiento de Bentham:
Un deudor está a punto de perder su casa cuyo valor es de $ 50.000, pues no podrá pagar
puntualmente su deuda de $ 20.000: el acreedor hará ejecutar la hipoteca, con los gastos del
juicio su deuda ascenderá a $ 25.000, y quizás en el remate del inmueble no haya comprador
que ofrezca más de $ 25.000. Por tanto, perderá su vivienda, con los consiguientes perjuicios
económicos y morales que de allí derivarán para él y para su familia, y no le quedará nada del
valor de ella. Para evitar esto, solicita un préstamo de dinero de $ 20.000; el acreedor le
concede un plazo cómodo de tres años para la restitución, pero con un interés del 50 % anual.
Aplicando la explicación justificante de Bentham: Si el deudor acepta esta tasa de interés,
porque nadie le presta con una tasa menor, es porque al deudor le conviene, antes que perder
ahora su casa y todo el valor de ella, perder el costo de los altos intereses, $ 10.000 cada año.
Pero lo que importa en lo que atañe a la justicia del contrato, no es si al prestatario le
iría peor sin el contrato usurario. De acuerdo con el principio de la justicia conmutativa, que
enseña Aristóteles y la tradición filosófica, lo justo es que las prestaciones contractuales no
sean desproporcionadas, de modo que uno de los contratantes quede enriquecido por el
contrato y el otro quede empobrecido.
Como consecuencia de estas ideas de respeto absoluto de los acuerdos contractuales,
defendida por Hobbes y Bentham, y el rechazo de toda regulación de la autoridad pública con
respecto al contenido económico de ellos (doctrina del liberalismo económico), la
intervención del legislador y del juez para dejar sin efecto o corregir la lesión en los contratos,
reconocida en los derechos del Medioevo y de la Edad Moderna, desapareció en los tres
primeros proyectos del Código civil francés 32, a pesar de los esfuerzos de Portalis para
evitarlo; y aun antes de ello una ley, sancionada a los pocos años de la Revolución francesa
(en 1795), había abolido la acción por lesión, a pesar de que todos los tribunales consultados
en aquel momento, excepto el de Rouen, habían dictaminado la conveniencia de conservar la
institución 33. Pero en el cuarto proyecto de Code la acción del perjudicado por lesión para

30
Jeremy Bentham, Defensa de la usura, cit., pp. 196 ss.
31
Cfr. Jeremy Bentham, Defensa de la usura, cit., Carta IV.
32
Sobre la lesión en los distintos Proyectos de Código civil francés, véase Paul Ossipow, De la lésion.
Étude de droit positif et de droit comparé, Lausanne-París, 1940, pp. 101 ss.
33
La anulación por lesión tuvo en esa época detractores en los seguidores del liberalismo, pero el disfavor
que entonces tenía la institución se debía también a la desvalorización del papel moneda: el aumento nominal de
los valores de los inmuebles confundió las cosas, y aumentó las demandas por lesión (Cfr. J. G. Locré, La
législation civile, commerciale et criminelle de la France, ou commentaire et complement des Codes françaises,
tº XII, París, 1827, p. 134).
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demandar la nulidad del contrato volvió a incluirse, gracias a la injerencia del propio
Napoleón, que persuadió a los juristas de la Comisión con ejemplos concretos de contratos
lesivos imaginados por el propio Primer Cónsul 34. Conservó así la ley de los franceses la
posibilidad de anular los contratos lesivos, aunque limitada en el Code a dos especies
contractuales: la compraventa inmobiliaria (y sólo para proteger al vendedor 35) y la partición
entre los coherederos.
Los juristas liberales criticaron esta regla del Code que reprime la lesión en la
compraventa; así, A Jourdan, uno de los muchos representantes de la escuela liberal en el s.
XIX, decía que “el art. 1674 es una mancha dentro de nuestro Código” 36.
Dalmacio Vélez Sárfield, que en varios aspectos fue más lejos que el Código francés
en la aplicación del ideario liberal e individualista, suprimió totalmente la institución de la
represión de la lesión contractual, y defendió categóricamente esta supresión en una nota
(Nota al título I, cap. 1, de la Sec. 2ª del L. II –próxima al art. 943 C.C.-) Vélez advierte allí
que la mayoría de los Códigos y la mayoría de las obras de derecho aún en su época contienen
esta institución que es la revisión de los contratos lesivos, pero que él la rechaza, pues
“dejaríamos de ser responsables de nuestras acciones si la ley nos permitiera enmendar todos
nuestros errores o todas nuestras imprudencias. El consentimiento libre, prestado sin dolo,
error ni violencia y con las solemnidades requeridas por las leyes, debe hacer irrevocables los
contratos”, opina el Codificador. Así dice la mencionada nota.
Y en sentido semejante se expresó Vélez en la nota al art. 2513 C.C., con respecto a
los alcances del derecho de propiedad, donde para justificar la regla de que “el propietario
puede destruir, desnaturalizar y degradar la propiedad” que expresaba el art. 2513 C.C. antes
de la reforma de 1968, dijo: “Toda restricción preventiva tendría más peligros que ventajas. Si
el gobierno se constituye juez del abuso –ha dicho un filósofo- no tardaría en constituirse juez
del uso, y toda verdadera idea de propiedad y libertad sería perdida”.
Nuestro Código civil se alejó así diametralmente del régimen que había estado vigente
en nuestro territorio durante tres siglos, cuando regía la legislación española, la cual había
receptado la institución de la anulación por lesión, y también la morigeración de las cláusulas
penales. Las disposiciones del Código de Vélez en estas materias fueron la aplicación de las
tesis centrales del liberalismo y del individualismo político y jurídico representado por
Herbert Spencer37, y que exaltara la regla que dice “todo compromiso expresado por una

34
Las palabras de Napoleón en la ocasión fueron:
“Supóngase que el vendedor no ha tenido la intención de donar; que haya consentido, en efecto, en
recibir una suma de 10.000 francos, como precio de una propiedad de 100.000; entonces, ¿quién no clamaría
contra la injusticia de semejante contrato? ¿Quién no vería con indignación que el Código lo hubiera
sancionado? ¡El Código civil, que debe ser el resultado más exacto de la justicia civil!
Se objeta que según principios de la justicia civil deben ser respetados los contratos. Pero no hay
contrato de compraventa cuando no se recibe el equivalente de lo que se da, cuando la seducción de las pasiones
o la necesidad han determinado a su propietario a ceder su cosa por nada ¿Puede estar en los principios de la
justicia civil sancionar un acto por el cual un individuo sacrifica, en un momento de locura, la herencia de sus
padres y el patrimonio de sus hijos al arrebato de la pasión?
Si ha cedido a la necesidad, ¿por qué no tomará la ley la defensa del pobre oprimido, contra el hombre
rico, que, para despojarlo, abusa de la ocasión y de la fortuna?” (En Henri, Leon y Jean Mazeaud, Lecciones de
derecho civil, parte II, vol. 1, Edic. jurídicas Europa-América, Bs. As., 1960, p. 257).
35
Art. 1674 del Cód. civil francés.
Con respecto a los efectos en caso de que el vendedor quisiera conservar el inmueble, la regla que pasó
al Code fue precisamente la que propusiera Bonaparte: que debe pagar el suplemento hasta el precio que tenía la
cosa de acuerdo con la tasación de peritos, menos el 10 %.
36
A. Jourdan, Des rapports entre le droit et l´economie politique, 1885, p. 79, cit. por Georges Ripert, La
règle morale dans les obligations civiles, 1925, p. 105.
37
El principio de la justicia, según Herbert Spencer es “que cada adulto recoja los resultados de su propia
naturaleza, y de sus propios actos” (La justicia, trad. Pedro Forcadell, Atalaya, Bs. As., 1947, p. 27).
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persona capaz, y sin error, dolo ni violencia, debe cumplirse”, al rango de primer y absoluto
principio de un sistema de derecho natural centrado en la libertad individual, muy distante del
iusnaturalismo que profesamos. Kant enseñaba en el mismo sentido: “Cuando uno decide algo
con respecto a otro, es siempre posible que le haga alguna injusticia; pero ninguna injusticia
es posible cuando uno decide por sí mismo (como sucede cuando consiente el contratante)”.
Tales fueron las ideas que dominaron entonces, y que de la filosofía del derecho
pasaron a la dogmática jurídica de la época y se plasmaron en instituciones legales.
En la misma línea del Código de Vélez, el Código civil uruguayo, promulgado en
1868, dispuso: “La lesión por sí sola no vicia los contratos. No puede, pues, la lesión servir de
fundamento a restitución in integrum alguna” (art. 1258) 38.
En el Código civil francés se instituyó la plena libertad en materia de intereses. Pero
tres años más tarde una ley fijó el máximo del 5% anual en las relaciones civiles y el 6 % en
los negocios mercantiles.
Cuando Vélez Sársfield redactó el Código civil argentino, sesenta años después de
sancionarse el francés, instituyó la licitud de cualquier pacto de intereses, sin ningún límite
para la tasa: “La obligación puede llevar intereses, y son válidos los que se hubieren
convenido entre el deudor y el acreedor”, expresa el art. 621 del código patrio.
El codificador argentino consagró el reinado casi absoluto de la autonomía de la
voluntad, “el reconocimiento y la exageración de la omnipotencia del contrato”, como lo
calificaba Georges Ripert 39.
Hay en verdad en el ordenamiento redactado por Vélez varias limitaciones puntuales a
la libertad contractual: por ej. le quitó todo valor a las cláusulas de irresponsabilidad por dolo,
impuso un plazo máximo para la locación que es de diez años (art. 1505), invalidó los pactos
de irresponsabilidad que hicieran firmar los hoteleros a los huéspedes (art. 2232), prohibió la
sociedad leonina (art. 1652). Pero fuera de estos y algunos otros pocos casos, rechazó de
plano la injerencia del legislador y la intervención del juez en la regulación del contenido de
los contratos. Fue fiel a la doctrina política de gran auge en el siglo XIX, el liberalismo
económico.
La doctrina de los juristas argentinos prontamente se apartó de estas ideas del
Codificador, y también los jueces se apartaron en sus sentencias. Mucho tiempo después la
reforma de 1968 introdujo la corrección del contrato por lesión, en el art. 954, en los
siguientes términos: “Podrá demandarse la nulidad o la modificación de los actos jurídicos
cuando una de las partes, explotando la necesidad, ligereza o inexperiencia de la otra,
obtuviera por medio de ellos una ventaja patrimonial evidentemente desproporcionada y sin
justificación”. Con esta reforma operada por la Ley 17.711 el Código civil argentino volvió a
los cauces tradicionales del derecho civil (hispánico y europeo en general) en estas materias,
de los cuales antes que el nuestro, ya se había desviado el Código civil de Holanda.
Los tribunales argentinos han hecho mucha aplicación de esta institución de la lesión
en los contratos; la mayoría de las veces para el mutuo, la compraventa y la cesión de
derechos hereditarios; pero también en los contratos de sociedad, de renta vitalicia, de
permuta, de locación de cosa, y asimismo para la locación de obra entre el abogado y su
cliente, en lo que respecta al monto de los honorarios, para el contrato de leasing 40, etc.
La revisión judicial de los contratos lesivos, se encuentra hoy en casi todos los
sistemas legales del mundo, aunque con diversas variaciones en sus alcances y en sus efectos
jurídicos particulares. Es un ejemplo del regreso al conocimiento y reconocimiento del
derecho natural, al menos en esta materia. Como ha sucedido con varias otras instituciones del

38
Código civil para el Estado Oriental del Uruguay, promulgado por el Gobierno provisorio en 23 de
enero de 1868, Edic. oficial, L. IV, Montevideo, 1868, p. 235.
39
Georges Ripert, La règle morale dans les obligations civiles, París, 1925, p. 37.
40
Un caso judicial en La ley, Bs. As., vol. 1998-E, p. 383.
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derecho, es una vuelta al pensamiento jurídico anterior a las doctrinas que promoviera la
Revolución Francesa.
También se ha plasmado este principio de la justicia conmutativa en algunas
disposiciones más particulares del derecho patrio, por ejemplo en la Ley de la Navegación
20.094. Hallamos en la regulación del contrato de transporte marítimo esta regla: “(...) Si los
alimentos están excluidos del contrato, el transportador debe suministrarlos durante el viaje,
por su justo precio, al pasajero que no los tenga” (art. 320).
Y en la misma ley, en el capítulo del contrato de salvataje, leemos: “Todo convenio
celebrado en presencia y bajo la influencia del peligro, puede ser anulado o modificado por
tribunal competente a requerimiento de una de las partes, si estima que las condiciones
convenidas no son equitativas” (art. 377).

El justo precio

El principio de equivalencia o principio de la justicia conmutativa, entraña el concepto


del justo precio de las cosas. Es un concepto fundamental para la inteligencia del principio
que nos ocupa.
Demostración de que existe un justo precio de las cosas: Con respecto a una cosa
cualquiera podemos imaginar un precio tan elevado que deba reconocerse como exorbitante, y
por ende, un precio que es evidentemente injusto por exceso. Asimismo, podemos señalar
para la misma cosa un precio tan bajo que sea irrisorio, el cual constituye obviamente un
precio injusto por defecto. Ahora bien, tratándose en ambos casos de cantidades, existe un
continuo numérico que va de la una a la otra. Pero, a partir de lo injusto por exceso, para
llegar a lo injusto por defecto, dado que hay un continuo numérico, necesariamente hay que
pasar por lo justo; en conclusión, existe un justo precio para cada cosa.
El justo precio generalmente no es una cantidad exacta, puntualmente determinada;
por lo tanto, cierta variación en más o en menos, no importa injusticia.
El justo precio de una cosa depende de varios factores: de la escasez de ella, de los
gastos que se requieren para fabricarla u obtenerla, del valor que deba reconocerse al trabajo
humano de quienes producen la cosa, de una razonable ganancia para quienes comercian con
la cosa, de los riesgos de destrucción de la cosa por su traslado, del mayor o menor aprecio o
interés de la gente por tal cosa según los tiempos y lugares, lo cual a su vez entraña la mayor
o menor utilidad de la cosa, etc. 41.
Ahora bien, “justo precio” no es lo mismo que precio usual en el mercado o “precio de
plaza”. Ya enseñaba Pedro de Oñate en 1646, en su tratado sobre los contratos: “El precio
justo no siempre coincide con el precio corriente en el mercado (...) Estos dos conceptos son
muy diferentes. En efecto, el precio corriente, aun de todo un país, puede a veces ser un precio
injusto por los fraudes, por los monopolios y por el poder de los ricos” 42.
Podemos ejemplificar con el precio que exigen las empresas editoras de las más
conocidas revistas de jurisprudencia en nuestro país. Generalmente son muy caras; sus
precios son excesivos, si consideramos los factores que contribuyen a formar el justo precio,
expuestos supra. En efecto, la mayoría de los autores que aportan artículos doctrinarios y
colaboraciones a estas revistas, no cobran nada por ello; además, se publican grandes tiradas,
de modo que la incidencia de los costos fijos es baja; el papel empleado es económico; de
acuerdo con estas circunstancias, tendrían que tener un precio inferior al de los libros en
general, y sin embargo son sensiblemente más caras. Aquí apreciamos que el justo precio de

41
Cfr. Domingo de Soto, De iustitia et iure, VI.2.2 y VI.2.3. Tomás de Mercado, Suma de tratos y
contratos, Inst. de Estudios Fiscales, Madrid, 1977, II. 6, pp. 96 ss.
42
Sobre los contratos, trat. 21, disp. 64, nº 36, cit. por Oreste Popescu, Económica indiana, Acad. Nac. de
Cs. Económicas, Bs. As., 1988, p. 43.
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la revista dista manifiestamente del precio que tiene en el mercado. De un lado, un


monopolio, o un concierto en el precio entre los productores de tales publicaciones (en la
ciudad de Buenos Aires desde hace cuarenta años hay sólo tres revistas de esta clase; en
varias provincias hay una sola revista importante de jurisprudencia); de otro lado la necesidad
que tienen los abogados en general de ellas, y más aún las universidades; a partir de allí, el
aprovechamiento en el precio (lo cual no debe entenderse que suceda como una ley
económica "fatal", ineluctable, sino por conductas voluntarias, movidas por el interés de
lucro).

La justicia conmutativa remite a la justicia distributiva

Dado que uno de los ingredientes del justo precio es el valor que se reconozca a la
labor de quienes intervienen en la producción de la cosa, como se acaba de decir, de modo
indirecto está presente el principio de la justicia distributiva, en el fundamento del justo
precio, y por tanto, en el fundamento de la justicia conmutativa. Explica al respecto Federico
Mihura Seeber en su brillante investigación sobre la filosofía económica de Aristóteles:
“Muestra Aristóteles que, en los hechos, la misma justicia conmutativa presupone lo que es
específico de la justicia distributiva: la igualdad proporcional”43. “La proporción del cambio
de un producto por otro está dada por la diversidad del trabajo que uno u otro ha requerido. La
cuestión del «justo precio» se ubica en este ámbito (...) Hay un «valor» (axía), propio del
producto, que no es sino la calidad y cantidad del trabajo humano ejercido para la
fabricación”44. En el apéndice de la misma obra, intitulado Problemas de interpretación con
respecto a la noción de «justo precio» en Aristóteles, escribe Mihura Seeber: “Desde el punto
de vista del valor objetivo del producto se considera, pues, la «calidad de las personas», no ya
en un aspecto ético absoluto (como en el caso de las «dignidades» ético-políticas), sino según
un aspecto ético-instrumental, subordinado, sin embargo, al primero. Pero es válido que para
ambos casos rige el principio del mérito (axía), «que es aquello a que debe atenderse para el
ejercicio de la justicia distributiva» (Aristóteles, Ética a Nic., 1131 a)”.

Injusticia conmutativa y doctrina del mal menor

Podemos ver que en la ley argentina no basta cualquier injusticia en el precio (si se
trata de una compraventa), o cualquier desigualdad en el valor de las contraprestaciones, sino
que se exige una desigualdad de valor considerable para que exista derecho a anular el
contrato o lograr su reajuste judicial 45. Las leyes extranjeras también contienen una exigencia
semejante al respecto. El fundamento de esta limitación a los casos de desproporción
considerable está en la regla general que manda la tolerancia que el legislador debe tener con
respecto a ciertas injusticias, para evitar males mayores, como serían, en este caso, el que se
aprovecharían de la facultad de anular contratos lesivos aquellos que en realidad no han
padecido lesión, sino que sólo se han arrepentido del acuerdo que concertaron, o de quienes
han sido efectivamente perjudicados, pero en proporciones tales que no conviene darles
acción, para evitar una multiplicación de los pleitos. Enseñaba Santo Tomás, al tratar
precisamente acerca de la lesión en los contratos: “La ley humana no puede prohibir todo lo
que es contrario a la virtud, sino que basta con que prohiba lo que destruya la convivencia
social, teniendo las demás cosas como si fuesen lícitas, no porque las apruebe, sino porque no

43
Federico Mihura Seeber, Filosofía económica en Aristóteles, Forum, Bs. As., 1983, vol. II, p. 57.
44
Federico Mihura Seeber, Filosofía económica..., cit., vol. II, p. 58.
45
En rigor, el texto legal dice “ventaja patrimonial evidentemente desproporcionada”, “notable
desproporción de las prestaciones”. Se ha interpretado pacíficamente que se quiso decir que la desigualdad no
sea leve, sino que tenga cierta magnitud importante.
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las sanciona. De acuerdo con esto, (la ley) considera lícito, al no imponer por ello una
sanción, que el vendedor (siempre que no incurra en fraude) venda una cosa en más de lo que
vale, o que el comprador la adquiera en menos de su valor, a no ser que la diferencia sea
excesiva, porque en este caso la ley humana obliga a la restitución, por ej. si uno de los
contratantes ha sido engañado en más de la mitad del precio justo” 46.

Algunas cuestiones particulares

Como sucede con todo principio jurídico, el que aquí consideramos es relevante para
interpretar el alcance de las normas jurídicas vigentes que son aplicación de él.
Además, no hay que despreciar la virtualidad propia de los principios, o sea la
posibilidad de generar nuevas consecuencias además de las ya obtenidas, precisamente por la
universalidad, carácter propio de todo principio. Esto sirve, en la aplicación del derecho, para
hacer regir el principio, más allá de sus concreciones legislativas, en la aplicación analógica a
casos no previstos en el ordenamiento legal.
También es importante considerar los principios en la reforma de las leyes, para
perfeccionarlas.
En suma, los principios de justicia operan en el momento de la creación de la ley,
inspirando las reglas del derecho positivo legal, y también operan a la hora de aplicar del
derecho positivo, restringiendo o ampliando, a la luz del principio, el alcance de los
enunciados legales, ya sea en una actividad de interpretación, ya sea en una integración del
derecho.
Si la paciencia de ustedes lo permite, realizaré un excursus que nos conducirá a varias
cuestiones particulares, que abordaremos brevemente en relación con este principio de
equivalencia.
El principio que inspiró el texto actual del art. 954 del Cód. civil es que la desigualdad
obtenida por una de las partes, que se aprovecha de un estado de inferioridad del otro
contratante, debe ser corregida, lo cual es en realidad un subprincipio del principio de
equivalencia o principio de la justicia conmutativa. Así también en la mayoría de las
legislaciones extranjeras se exige tal requisito, de modo que no basta la desigualdad objetiva
de las contraprestaciones.
Pero en realidad, en una consideración de las cosas a la luz de la razón, la sola
desproporción injustificada, aunque no haya ánimo de explotar una situación de debilidad del
prójimo, también puede justificar la anulación o la rectificación del contrato
desproporcionado. El motivo por el cual el legislador limitó este remedio solamente al caso de
aprovechamiento del prójimo en el momento del acuerdo contractual, es porque cuando hay
desigualdad entre las contraprestaciones, tal desigualdad puede haber sido querida por las
partes, con intención de beneficiar la una a la otra, o puede tener alguna otra justificación 47;
por ello, para que haya certidumbre de que la desigualdad es injusta, nuestra ley, y la mayoría
de las leyes extranjeras, exige la conducta de uno de aprovecharse de una situación de
inferioridad del otro contratante.
Sin embargo, en el caso de los intereses excesivos, los tribunales argentinos no exigen
que haya tal estado de inferioridad de quien ha convenido pagarlos, bastando la usura para
que se haga lugar a la petición de reducción de intereses; y aún más: muchos jueces moderan
el importe de los intereses aunque el deudor no lo haya solicitado en el juicio.

46
Summa theol., 2II-II, q. 77, a 1 c. Al mencionar el criterio de la mitad del justo precio, el sumista se
refiere al régimen instituido en el derecho romano justinianeo.
47
Así, por ej., Georges Ripert pone los siguientes ejemplos: alguien paga a precio muy caro un inmueble
que tiene para otro un especial interés afectivo; un coleccionista no acepta vender un cuadro o una estatua sino a
cierto precio elevado (La règle morale dans les obligations civiles, cit., p. 116).
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Uno de los supuestos de aplicación expresados en el art. 954 es que “una de las partes
explote la necesidad de la otra”.
Los juristas explican que la necesidad aquí puede ser a) la urgente necesidad de la
prestación para preservar la vida o un bien valioso, o también b) la indigencia o escasez de
recursos económicos, que lleva por ejemplo a una persona a malvender una cosa para obtener
algo de dinero. Pero también puede explotarse injustamente la necesidad del prójimo, sin
situación de peligro ni pobreza, cuando alguien tiene simple necesidad de recibir prontamente
una prestación, como por ejemplo el caso de quien ha viajado con su familia hasta una ciudad
en la cual ya no quedan plazas de hospedaje, y un hotelero del lugar abusa de tal necesidad
para exigir una tarifa exorbitante; o el caso de una empresa que necesita la urgente reparación
de su sistema informático para evitar importantes pérdidas económicas (porque mientras
tanto, tiene paralizada la producción de sus mercancías, etc.), y para ello se aviene a pagar
un precio muy excesivo que le exige determinado técnico que puede solucionar prontamente
el problema.
Otro supuesto que menciona la ley patria es la “ligereza”, término que la gran
mayoría de los autores ha interpretado como una enfermedad mental o una insuficiencia
patológica que padece una persona en su capacidad de discernir. Pero, de acuerdo con el
principio que veda obtener una ventaja económica aprovechándose de un estado de
inferioridad del prójimo, no hay por qué circunscribir la “ligereza” a una dolencia mental,
sino que el vocablo debe entenderse de modo que comprenda la irreflexión en general
(siempre que ello no sea por mera desidia o negligencia de la persona lo cual no merecería el
amparo de la ley). En tal sentido, con acierto un tribunal resolvió que había obrado con la
ligereza que menciona el art. 954 la viuda de la víctima que “carecía de serenidad de juicio al
suscribir la renuncia de sus derechos”48. También han de incluirse los casos de los ancianos
que, sin llegar a la demencia senil, ni tampoco a una disminución de la comprensión, sin
embargo padecen mermas de memoria, falta de concentración, sensibilidad muy aguda,
apatía, etc., que pueden ser aprovechadas por el otro contratante (familiar, amigo, vecino,
enfermera, médico, etc.), que de tal manera lo despojan de un inmueble o de cualquier otro
bien. Hay en la jurisprudencia muchos casos de ancianos de más de ochenta años, en los que
se hizo lugar a la impugnación del acto contractual, que fue juzgado lesivo 49.
En general, hay que interpretar el término “ligereza” como la falta de reflexión
suficiente de la persona, sin desidia o negligencia suya, que la lleva a una convención que
entraña un perjuicio económico para ella.

¿Lesión contractual es lo mismo que injusticia conmutativa?

Hay que aclarar que no es idéntico el campo de la justicia conmutativa o del principio
de equivalencia y el campo de la lesión: El principio de la justicia conmutativa se refiere no
sólo al equilibrio en el momento de nacer el contrato, sino también al equilibrio posterior
entre las prestaciones recíprocas, y por ello tal principio funda la resolución del negocio
jurídico por excesiva onerosidad superviniente (“doctrina de la imprevisión”). Y en cuanto a
la reprobación de la lesión, su campo abarca no sólo los contratos de intercambio, sino
también otros negocios jurídicos, por ejemplo los contratos gratuitos o de beneficio.
Muchos autores sostienen que “el ánimo de liberalidad que inspira los actos a título
gratuito elimina toda posibilidad de lesión, ya que mal puede hablarse de aprovechamiento en

48
La sentencia en La ley, Bs. As., vol. 1976-D, p. 482.
49
Algunos casos en El derecho, Bs. As., vol. 99, p. 258; La ley, Bs. As., vol. 1998-B, p. 114; El derecho,
vol. 37, p. 859.
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esos casos” 50. Otro argumento para la misma tesis aduce que es nota esencial en la lesión la
desproporción, y “desproporción no puede existir sin dos términos que se comparen” 51.
Entendemos que ambos argumentos son refutables:
i) Con respecto al ánimo de liberalidad de los contratos gratuitos, ello no impide que
exista lesión por aprovechamiento del beneficiario: Es posible que uno quiera donar o ceder
gratuitamente algo a otro, pensando que tiene cierto valor, cuando en realidad tiene un valor
mucho mayor; si esto sucede por inexperiencia o ligereza inculpable del donante o cedente,
inexperiencia o ligereza que son explotadas por el donatario o cesionario, entonces se han
reunido los elementos subjetivos del acto jurídico lesivo.
Los glosadores medievales del Corpus Iuris extendieron la regla para la compraventa
lesiva que contenían las antiguas fuentes romanas, al contrato de donación; así, Cinus de
Pistoia ejemplificaba: “Dono una cosa que vale 21, creyendo que vale 10, puedo hacer anular
mi donación” 52. Ello fue un acierto.
ii) Con respecto al argumento de índole gramatical que pretende descartar la
aplicación de la figura para los contratos gratuitos en el derecho positivo argentino, alegando
el término “desproporción” del art. 954 (“ventaja patrimonial desproporcionada y sin
justificación”), es un razonamiento rebatible. Porque la desproporción no implica
necesariamente contraprestaciones. “Desproporcionado” no significa solamente lo que es de
valor desigual, no significa sólo inequivalencia entre contraprestaciones, sino también lo que
es “exagerado”, “excesivo”, “anormal”, “fuera de medida”. Por lo tanto, no se requiere que la
desproporción exista en relación con una contraprestación, sino que bien puede aplicarse al
acto que en su contenido económico sea “desproporcionado con respecto a la intención del
donante”. Es algo exagerado o anormal que una persona de recursos modestos done un
conjunto de sellos postales que tiene un valor de $ 150.000 a un vecino apenas conocido; si
además sucede que por su inexperiencia en filatelia ignoraba su verdadero valor, es
procedente la acción de nulidad, de acuerdo con lo expuesto.
Es absurdo que quien por su inexperiencia vende una cosa a precio vil (v. gr. un
campo, un yacimiento, un cuadro muy cotizado, una colección de antigüedades, o lo que sea),
pueda anular el acto, pero que en cambio quien por inexperiencia dona la misma cosa
creyendo que vale mucho menos, a otro que es consciente del error ajeno, no pueda pedir la
ineficacia del acto. Admitida la anulación de los contratos onerosos por ligereza o
inexperiencia del enajenante, a fortiori debe admitirse para los contratos gratuitos.
Por lo expuesto, el ámbito de la injusticia conmutativa comprende algunas situaciones
que no son lesión contractual (v. gr. la excesiva onerosidad superviniente por hecho
imprevisible), y a su vez, el campo de la lesión comprende supuestos que exceden el ámbito
de la justicia conmutativa, como son los contratos gratuitos.

La usura en el mutuo. Determinación de la justa tasa del interés

Finalmente, expondremos una breve consideración particular sobre la usura.


Hay un sentido amplio de este vocablo, usado por los doctores escolásticos; así, San
Buenaventura definía así la usura: “despojo deliberado de la cosa del prójimo bajo la
apariencia de negociación” 53.

50
Luis Moisset de Espanés, La lesión y el nuevo art. 954 del Código civil, Univ. Nac. de Cba., Córdoba,
1976, p. 116.
51
Fernando López de Zavalía, Teoría general de los contratos, Zavalía, Bs. As., 1991, p. 434.
52
Cinus de Pistoia, Sobre el Código, 4.44.2, nº 15, cit. por René Dekkers, La lésion énorme, París, 1937,
p. 51.
53
“Usura est sub specie negotiationis alienae rei domino sciente contrectatio”
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Así como en la compraventa la justicia conmutativa se cumple cuando hay


equivalencia entre el valor de la cosa y el precio, en el caso del préstamo de dinero o contrato
de mutuo la justicia conmutativa exige que el interés que pague el mutuario sea
proporcionado a la privación de riqueza que padece quien ha prestado el capital, durante el
tiempo que media hasta su restitución.
Como dijimos antes, Bentham había defendido que en lo concerniente al importe de
los intereses, no hay nada que sea justo o injusto. Argumentaba que entre los antiguos
romanos se había puesto un tope legal del 10%, en Inglaterra en distintas épocas anteriores, la
tasa legal había sido en un tiempo del 8 % y en otro tiempo del 6 %, y en la época en que
escribía era del 5%, que en Constantinopla el 30 % era un tipo común de interés, etc.; y que
no había razones para determinar que una tasa fuese más correcta que otra 54.
Tal proposición es inadmisible. Podemos evidenciar que existen intereses excesivos.
Una vía, casi intuitiva, para alcanzar tan evidencia (semejante a la que expresamos para
demostrar que existen precios injustos) es considerar un interés exorbitante, por ejemplo una
tasa del 200% anual en época de estabilidad monetaria, o sea un interés que le permite al
prestamista triplicar su riqueza en sólo un año, sin esfuerzo alguno, con sólo prestarla. La
injusticia en el ejemplo es palmaria. Ahora bien, queda por determinar por dónde pasa
precisamente el límite entre los intereses justos y los injustos.
Al respecto, es oportuno mencionar la doctrina de un Consejo de la Iglesia calvinista,
celebrado en tiempos de su fundador, que nos refiere Emil Brunner, en su obra sobre la
justicia: “El Consejo de Ginebra, bajo la influencia de Calvino, fijó un tipo de rédito del 5 por
ciento como máximo; y ocasionalmente algo parecido manifestaron Lutero y Zwinglio.
Notoriamente esta apreciación se basaba en la sencilla reflexión de que este tipo de rédito en
cierta medida corresponde a lo que valdría anualmente la renuncia al consumo para el
propietario del capital, que tuviese el derecho de gastarlo en lugar de prestarlo. Es decir, si
dentro de una generación él gastase el capital, habría un consumo anual de un cierto
porcentaje pequeño, a lo cual tendría que añadirse todavía una modesta indemnización por el
riesgo corrido. Así pues, el 5 por ciento no constituye algo que carezca de todo fundamento”
55
. Quien carece del uso de un capital durante toda su vida, merece por tal privación un interés
que equivalga a dicho capital, o sea un interés del 100 % por todo ese tiempo; entonces, quien
se ve privado de tal capital durante un año, merece entonces percibir un interés de un 3%
anual aproximadamente; sumando a ello la compensación por el riesgo corrido con respecto a
la restitución de la suma, resulta un interés anual que no excede el 5 %. Ésta es, más o menos,
la tasa que se presenta como justa para el interés puro, o sea para el caso de que no haya
desvalorización de la moneda.
Podemos ver que cuando las leyes fijaron intereses máximos, generalmente
establecieron una tasa cercana a la conclusión anterior. Recordemos algunos ejemplos: En
Francia, la ley de 3/9/1807, fijó el 5% en materia civil y el 6 % en materia comercial. El
Código civil alemán establece el interés legal del 4 % si no fue pactado (§ 246), y el máximo
del 6 % cuando ha sido pactado (§ 247). El Código civil italiano dispuso el máximo del 5 %
anual (art. 1284).
En el orden internacional, antes de los préstamos de la década de los 70, que
desencadenaron la deuda externa colosal e impagable de muchos Estados, el interés usual
había sido siempre inferior al 6 ó 7 % anual.
En nuestro país no hay una tasa de interés máximo establecida por las leyes, de modo
que rige el que haya sido convenido por las partes, salvo que los jueces lo reduzcan por

54
Jeremy Bentham, Defensa de la usura, cit., Carta II.
55
Emil Brunner, La justicia, Centro de Estudios Filosóficos de la Univ. Autónoma de México, México,
1961, p. 202.
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ARMONIZACIÓN Y UNIFICACIÓN DEL DERECHO PRIVADO – FÉLIX ADOLFO LAMAS

reputarlo usurario (arts. 622 y arts. 954 y 656 C.C. después de la reforma de 1968); y si no
ha sido pactado, los tribunales lo determinan (art. 622 C.C.).

La usura en las deudas externas de los pueblos

Hablando de la usura, no podemos omitir una mención, aunque sea brevísima, de la


“deuda” pública externa argentina y de las “deudas” públicas externas de muchos otros
pueblos.
A las circunstancias de fraude en que se constituyó gran parte de la deuda externa que
abruma a la patria desde la década de los 80, y que por ser fraudulenta, en gran parte no es
deuda 56, y al hecho de la estatización de un gran volumen de deuda externa privada, novación
que se hizo en más de una ocasión, y por lo cual quizás un tercio de la deuda que hoy se tiene
como deuda pública ha sido en realidad deuda externa de empresarios particulares 57, hay que
sumar su formidable incremento causado por los intereses 58.
Miles de contratos suscriptos desde los años setenta, que son afluentes que concurren
al caudal de la deuda externa argentina, contenían la cláusula que establecía una tasa variable
de interés, sujeta a factores dependientes de decisiones de los mismos bancos acreedores y de
las medidas de política económica y monetaria de los Estados de los bancos acreedores (la
tasa Libor de Gran Bretaña -London interbank offered rate-, la cual fluctúa de acuerdo con el
movimiento del mercado de Londres, y la tasa “prime rate”, que varía de acuerdo con el
movimiento del mercado de Nueva York). En 1982 el Gobierno de los EE.UU. emitió títulos
de deuda pública con alta tasa de interés, para atraer capitales con el fin de resolver su déficit
fiscal. Ese año el Banco de la Reserva Federal de los EE.UU. elevó los intereses, de modo que
llegaron al 22 % anual, lo cual influyó sobre los intereses de gran parte de la deuda pública
externa argentina.
Una tasa tan elevada, que triplicó el porcentaje de intereses que había sido habitual en
el orden internacional durante siglos, más el anatocismo (intereses sobre la suma de capital e
intereses vencidos) que se aplicó al no poderse saldar los montos que se iban generando, fue
incrementando la deuda exterior a valores no imaginados.
La magnitud de los intereses de esta “deuda” son realmente usurarios.
En 1996 los capitales que habían recibido en concepto de préstamo los países de
Hispanoamérica sumaban unos 300 mil millones de dólares, de acuerdo con las estadísticas
del Fondo Monetario Internacional y de otras instituciones; pero ya se habían pagado a esa
fecha 648 mil millones en concepto de intereses, ¡y todavía se debían 620 mil millones! Puede
captarse la tremenda usura.Y esto se incrementó mucho más en los últimos ocho años.
En el año 2.000 a la Argentina ya se le exigía una deuda externa o supuesta deuda
externa de más de 150.000.000.000 dólares.
Ahora bien, la reprobación de la usura por ser moralmente ilícita y por ser
jurídicamente ilícita es un principio que rige no sólo en los contratos entre particulares, sino
también en los contratos que obligan a los Estados. Así como el principio general del derecho

56
Cfr. Alejandro Olmos, Todo lo que usted quiso saber sobre la deuda externa, y siempre se lo ocultaron.
Quiénes y cómo la contrajeron, 3ª ed., Editorial de los argentinos, Bs. As., 1995.
57
No es un caso limitado a nuestro país. Viviane Forrester en su libro El horror económico advierte: “Los
Estados no vacilan en convertir la deuda de sus protegidos en deuda pública y tomarla a su cargo. A partir de
entonces esas deudas serán pagadas, sin compensación alguna, por el conjunto de la ciudadanía. Qué ironía:
recicladas en el sector público, estas deudas del sector privado aumentan la deuda que incumbe a los Estados,
colocando a éstos más que nunca bajo la tutela de la economía privada” (Fdo. de Cultura Económica, Bs. As.,
1997, p. 35).
58
Cfr. Miguel Ángel Espeche Gil, Deuda externa, en Anales de la Acad. Nac. de Derecho y Cs. Sociales
de Córdoba, tº XXXVI, Córdoba, 1998, pp. 35 ss.
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interno que manda que los contratos se cumplan, pasó al derecho internacional: “los tratados
deben cumplirse”, y así como el principio que manda indemnizar el daño causado, reconocido
primeramente en el derecho interno de los pueblos, ha sido después incorporado al derecho
internacional, de la misma manera el principio de la justicia conmutativa, que veda los
contratos usurarios, reconocido en los derechos positivos de todos los Estados, pertenece
también al derecho internacional público, y hace ilícitos los intereses usurarios pactados por
los Estados.
Ello resulta precisamente del valor universal que tienen los principios generales del
derecho.
Lo dicho, además, está reconocido en el Estatuto de la Corte Internacional de Justicia
de La Haya, allí donde se mencionan las fuentes de los preceptos del Derecho Internacional
Público: una de tales fuentes son los “principios generales de derecho reconocidos por las
naciones civilizadas” (art. 38, inc. 3). Entre éstos se encuentra sin duda el principio de la
justicia conmutativa o principio de equivalencia entre las contraprestaciones, pues ha sido
receptado en casi todas las legislaciones del mundo 59.
En consecuencia, de acuerdo con el principio de justicia que nos ocupa (y también de
acuerdo con el Derecho Internacional vigente) deben reajustarse los intereses exorbitantes de
la deuda exterior argentina.
Así lo ha reconocido la Comisión Vaticana Iustitia et Pax, en el importante documento
Al servicio de la comunidad humana: Una consideración ética de la deuda internacional:
Corresponde la revisión de las deudas cuando “los préstamos han sido consentidos con tasas
usurarias, o cuando han servido para pagar proyectos acordados a precios abusivos gracias a
complacencias fraudulentas” 60.
Dado que, de acuerdo con lo expuesto supra, el pueblo argentino ya ha abonado
intereses superiores a los debidos en estricta justicia (pues los intereses usurarios no son
debidos en justicia en la parte que es excesiva), no debe más intereses, e inclusive ha saldado
parte del capital originario adeudado, de acuerdo con la sana doctrina de la compensación
entre los intereses abonados en exceso, los cuales debe restituir el acreedor, y la deuda de
capital del deudor 61.

59
Y en el caso del derecho positivo argentino, la represión de la usura estuvo en una norma reguladora
de relaciones de derecho internacional público, mucho antes que en el derecho interno. En efecto, la Ley 73 de
6/11/1863 dispuso:
Art. 1º - “La Comisión del Gobierno Nacional, creada por ley, clasificará y liquidará la deuda legítima
mente contraída por el Gobierno de la Confederación Argentina desde el 1/4/1861 hasta el 31/12/1861
Art. 2º - No se comprenderán en la liquidación:
1) Aquellos créditos en que la persona que hizo u ordenó el gasto del que la obligación procede, o la
que otorgó el documento o que lo reconoció, fue incompetente por falta de autoridad legal para
hacerlo.
(...)
4) Aquellos en cuyo contrato hubo dolo, causa torpe, lesión enorme u otro vicio cualquiera que dé
lugar a legítima excepción en la parte a que el vicio alcance.”
En la misma ley, se prohibe pagar “el exceso por sobre el precio corriente, en las especies suministradas sin
contratar precio”.
(En Anales de legislación argentina, vol. I (1852-1880), La ley, Bs. As., 1954, p. 417).
60
Roma, 27/12/86, Introd., cap. 3.
61
Cfr. Eduardo Busso, Código civil comentado, vol. IV, Bs. As., 1951, p. 288, nº 175. Allí mismo cita el
precedente judicial del mutuario que había pagado intereses excesivos: La sentencia admitió que podía
compensar lo abonado en exceso con el capital adeudado que se le reclamaba (Jurisprudencia argentina, Bs. As.,
vol. 1943-III, p. 807).
Esta solución fue instituida en el último Código civil peruano, de 1984: “(...) Cualquier exceso sobre la
tasa máxima da lugar a la devolución o a la imputación del capital, a voluntad del deudor” (art. 1243 C.C.)
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Para concluir esta disertación, me voy a referir a continuación a la usura en relación


con los últimos proyectos de reformas del Código civil.

Diversas notables facilitaciones de la usura en los últimos Proyectos de reformas del Código
civil

En los últimos años se presentaron al Congreso Nacional cuatro sucesivos distintos


proyectos de grandes reformas al Código civil: el de 1987, que llegó a ser aprobado por
ambas Cámaras, aunque luego vetado, otros dos proyectos en 1993 (uno de ellos originado en
la Cámara de Diputados y el otro elaborado por una comisión nombrada por el Presidente de
la Nación) y el último, redactado por una Comisión designada por el Presidente de la Nación
y presentado en 1998 . Tres de ellos (el de 1987, el de la Cám. de Diputados de 1993 y el de
1998) han tenido a los juristas Atilio Alterini y Roberto López Cabana como promotores, y
también como autores principales de las normas proyectadas en materia de obligaciones y de
contratos.
Consideraremos varias de las propuestas legislativas contenidas en estos proyectos,
que hallamos que se relacionan con la usura.

a) Criterio para determinar la tasa excesiva o usuraria

El Proyecto de 1987 dispone: “Los jueces podrán reducir los intereses adeudados por
personas físicas cuando excedan en tal medida el costo habitual del dinero de los mercados
financieros para deudores y operaciones similares, que deba considerarse que su estipulación
constituyó un aprovechamiento abusivo de la situación del deudor” (art. 624).
El Proyecto de la Comisión presidencial de 1993 contiene un texto semejante: “Los
jueces podrán reducir los intereses convenidos cuando la tasa fijada excediere sin justificación
y desproporcionadamente el costo medio del dinero para deudores y operaciones similares en
el lugar donde se contrajo la obligación” (art. 741).
Esto significa que de acuerdo con estos proyectos, por elevada que sea una tasa de
interés, por grande que sea la expoliación del deudor sometido a ella, tal tasa será lícita si no
supera mucho el porcentaje que suelen exigir las empresas financieras del país en ese
momento para la clase de préstamo de la cual se trate. Así por ejemplo, si todas o la mayoría
de las empresas financieras pactan con los usuarios de tarjetas de créditos un interés del 60 %
anual en caso de mora y en tiempos de estabilidad monetaria, de acuerdo con estas reglas de
los Proyectos, tales intereses deben pagarse y los tribunales no pueden reducirlos. Esto no
puede aprobarse: El uso no puede servir como norma de justicia; al contrario, la norma de
justicia debe servir para apreciar la licitud de los contratos que se usan. El criterio de estas
reglas que criticamos importa el absurdo de que cuando cierto grado de usura se generaliza,
deja de ser usura. Así como no hay equivalencia necesaria entre el precio justo de una cosa y
el precio usual de ella en el mercado (como se explicó supra), tampoco hay necesaria
equivalencia entre el interés justo y la tasa media de los intereses en la plaza. Es necesario,
por tanto, en lo que concierne al quantum de la tasa justa de interés, admitir un criterio previo
al uso.
El Proyecto de 1998 expresa en su art. 715: “La tasa del interés compensatorio se fija:
a) por lo que convienen las partes(...)”. Y el art. 723 dice: “El tribunal sólo tiene facultades
para reducir la tasa de los intereses compensatorios y punitorios, o el resultado de anatocismo:
A pedido de parte, si se configuran los requisitos del art. 327 (explotación de la necesidad,
ligereza o inexperiencia), o en contratos predispuestos que obligan a pagar intereses cuya tasa
excede sin justificación y desproporcionadamente el costo del dinero para deudores en
operaciones similares, o si el acreedor es condenado por el delito penal de usura”.
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Como vemos, se contiene la misma norma de referencia del Proyecto de 1987 y del
Proyecto de la Comisión presidencial de 1993, que hemos descalificado. Pero en este caso la
permisión para la usura es mayor, porque el laxo criterio del porcentaje de interés promedio
en la plaza, funciona como límite solamente para los contratos celebrados por adhesión, de
modo que para los demás contratos la tasa es ilimitada.

b) Sujetos protegidos

Releamos el art. 624 del Proyecto de 1987, que habíamos recordado supra:
“... los jueces podrán reducir los intereses adeudados por personas físicas cuando
excedan en tal medida el costo habitual del dinero en los mercados (...)”
Véase que para el caso de que el deudor sea una “persona jurídica” (empresa,
asociación, etc.), no existe ningún límite de los intereses exigibles.
Se quiso justificar la diferencia de trato en el asesoramiento del que normalmente
pueden valerse las “personas jurídicas”, antes de firmarse el contrato. Pero tal circunstancia
no es suficiente para descartar la posibilidad de que el contrato sea lesivo, pues las sociedades
y asociaciones también pueden hallarse en estado de necesidad, por endeudamiento y falta de
liquidez. Y ello no es sólo una posibilidad teórica: Está la incontestable experiencia de las
empresas que quiebran por los préstamos usurarios que no pueden pagar. En la práctica
vemos que los usureros no se quedan sólo con viviendas de particulares, sino también con
industrias y empresas de toda clase.
Además, está el caso muy dramático de la deuda externa argentina o pretendida deuda
externa, ya mencionado: Aquí la usura es en perjuicio de una “persona jurídica”: la
Comunidad estatal argentina.

c) La cláusula penal

Desde hace muchos siglos, las leyes disponen que los jueces reduzcan las penas
establecidas en las “cláusulas penales”, previstas en los contratos para el caso de
incumplimiento total o de mora del deudor. Vélez Sársfield suprimió esta facultad judicial al
redactar el Código civil argentino, para permitir la mayor autonomía de la voluntad de los
contratantes en esta materia; y así habían hecho también los autores del Code. Pero después
en Francia y en nuestro país reformas legislativas instituyeron la revisión judicial de las
cláusulas penales; en el primer caso, fue una reforma de 1975 (retocada por otra en 1985), y
en el segundo caso, fue la gran reforma de 1968, que incorporó el texto actual del art. 656.
El Proyecto de nuevo Código civil de 1998 dispone en el art. 1645, último párrafo:
“En los contratos discrecionales la reducción puede ser excluida por estipulación expresa”.
Por tanto, si se trata de un contrato discrecional, o sea de un contrato que no es un “contrato
de adhesión”, el acreedor puede exigir al deudor que se atrasa el pago de cualquier pena
convencional que haya hecho poner en el contrato, por exorbitante que ella sea.
Si consideramos los fundamentos que justifican esta facultad tradicional de los
tribunales, podemos comprobar que ellos se aplican también a los contratos discrecionales.

d) Modo de contratar el préstamo

Podemos advertir, en todos estos proyectos, que traen la siguiente norma innovadora
con respecto al régimen legal actual :
“Si el préstamo es de dinero puede convenirse:
1) Que el interés sea una parte o un porcentaje de las utilidades de un negocio o
actividad, o que se calcule a una tasa variable de acuerdo con ellas” (Proyecto de 1987, art.
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2248; Proyecto de la Comisión designada por el P. E. de 1993, art. 1381; Proyecto de la


Comisión de la Cámara de Diputados de 1993, art. 2243; Proyecto de nuevo Código civil de
1998, art. 1409).
Puede parecer prima facie plausible que si uno facilita a otro una suma de dinero para
que éste lleve a cabo un negocio lucrativo, aquél participe de las ganancias, pues ha corrido
un riesgo en cuanto al dinero entregado, y además porque ese capital ha sido necesario para
realizar el negocio, ya que sin él no se hubiera obtenido el lucro. Pero esto no es exacto. Al
respecto hay que aclarar la diferencia que existe entre el riesgo del prestamista y el riesgo del
empresario; aquél pierde el valor económico cuando el mutuario no tiene posibilidad de
pagar, cuando su activo es insuficiente en relación con su pasivo, pero siempre tiene el
derecho a la íntegra restitución de la suma prestada; en cambio, el riesgo del empresario y por
ende el riesgo del socio consiste en que, si por diversas circunstancias no se consigue vender
la mercancía, o los servicios, etc., en cierta cantidad y precio, y resultan pérdidas, entonces
pierde todo o parte de lo que ha invertido. En cuanto a la participación del mutuante en la
ganancia obtenida por el mutuario que invierte lo prestado en una actividad comercial, el
lucro que se obtenga no procede en realidad del capital, sino de la idea, de la decisión y de la
actividad de este segundo; por tanto lo justo es que el mutuario que ha hecho el
emprendimiento reciba la utilidad, y al mutuante reciba sólo el interés compensatorio
correspondiente a la privación del uso (sin relación alguna con el resultado de los negocios
realizados por el mutuario), y al grado de riesgo corrido con respecto a la restitución de la
suma.
Pero aún hay otra razón más contundente para desaprobar la clase de convenio que se
pretendió legitimar en dicho art. 2248 inc.1 del Proyecto de 1987 (y sus gemelos de los
proyectos sucesivos): Se trata de un pacto de índole societaria, pues ambos contratantes
estipulan su respectiva participación en los resultados de una actividad comercial. Ahora bien,
de acuerdo con un reconocido principio del derecho, que además es norma expresa del
derecho positivo argentino (Cód. civil, arts. 1652 y 1653 inc. 3, 4 y 5; Ley de sociedades art.
13 inc. 1 y 2), es nulo el contrato societario en el cual uno de los socios participa de las
ganancias pero está exento de soportar las pérdidas; y la modalidad introducida en este
inciso del Proyecto de 1987 y en los subsiguientes proyectos es precisamente una sociedad de
esa clase, que suele denominarse clásicamente “sociedad leonina”. Dado que en los
Proyectos se le reconoce a este convenio la calidad de mutuo, el mutuante tiene la facultad de
reclamar la restitución total de la suma, aunque el negocio sea perdidoso; pero como el
interés se ha convenido en un porcentaje de las utilidades, el mutuante es también un socio
que participa de las ganancia cuando las hay.
Una de las maneras encubiertas de usura, practicada desde antiguo para sortear la
prohibición legal del interés usurario, ha sido precisamente esta clase de contrato societario.
Dado que el mutuario se compromete a pagar una parte de sus ganancias, se deja así de lado
cualquier límite legal o jurisprudencial de la tasa de interés. La figura puede ser una forma de
sociedad leonina, y también un mutuo usurario. Permite evadir los riesgos del socio, y
también los límites del prestamista con respecto a la tasa de interés.
Con respecto a la figura contractual mencionada, que se ha intentado legalizar en los
Proyectos, ella no es otra cosa que el “contrato trino”, fustigado por muchos moralistas,
durante siglos. Denominado «trino» porque quienes argumentaban en pro de su licitud, lo
explicaban como un negocio constituido por tres pactos:
a) un contrato de sociedad entre A y B, en el cual A aporta el capital;
b) un pacto por el cual B asegura la devolución del capital a A, a
cambio de una participación en las ganancias;
c) un pacto por el cual A recibirá una parte de las ganancias que
hubiere;
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Este negocio ha sido censurado por muchos tratadistas de filosofía moral, como por
ejemplo, Domingo Báñez y Domingo Soto, porque importa un préstamo usurario disfrazado
(disfrazado de sociedad).
En las breves notas explicativas que acompañan el referido Proyecto de 1987, la
Comisión autora declara, refiriéndose a esta forma de contratar un préstamo: “No es que esta
permisión fuera necesaria, dada la libertad en materia contractual, pero se consideró
conveniente incluirla porque razones históricas o de otro tipo podían crear duda en el
intérprete”. Pero esta afirmación es falsa: pues tal negocio jurídico, en la ley actualmente
vigente carece de validez, porque, como hemos señalado, se opone al principio jurídico de que
es esencial en el contrato de sociedad: la participación de todo socio en las pérdidas, y además
se opone a las siguientes normas expresas de la ley argentina que receptan dicho principio:
“Son nulas las estipulaciones siguientes: 1º) que alguno o algunos de los socios (...)
sea liberado de contribuir a las pérdidas; 2º) que al socio o socios capitalistas se le restituyan
los aportes con un premio designado, o con sus frutos, o con una cantidad adicional, haya o no
ganancias” (Ley de sociedades, art. 13).
“Será nula la sociedad que diese a uno de los socios todos los beneficios, o que lo
libertase de toda contribución a las pérdidas (...)” (art. 1652 C.C.).
“Serán nulas las estipulaciones siguientes: (...) 3º) que al socio o socios capitalistas se
le ha de restituir sus partes con un premio designado, o con sus frutos, o con una cantidad
adicional, haya o no ganancias; 4º) asegurar al socio capitalista, su capital o las ganancias
eventuales; 5º) estipular en favor del socio industrial una retribución fija por su trabajo, haya
o no ganancias” (art. 1653 C.C.).
Vélez Sársfield, aun en el régimen legal liberal e individualista a ultranza que plasmó
en el Código civil argentino (en lo cual como dijimos antes, fue más lejos en el liberalismo e
individualismo que su modelo principal, el Código civil francés), sin embargo reprobó
terminantemente la sociedad leonina, en estos arts. 1652 y 1653.
Es verdad que en los proyectos mencionados se supera el obstáculo legal de los arts.
1652 y 1653, porque además de introducirse el nuevo contenido del art. 2248 se deroga por
completo el contenido actual de aquellos artículos; pero queda subsistente la objeción en
cuanto se transgrede un principio general del derecho, que es un principio de justicia
contractual, según el cual no es justo que un socio participe de las ganancias sin participar de
las pérdidas si las hubiere, ni es justo que quien preste dinero sin correr los riesgos de ser
socio, obtenga una parte de las ganancias que sea superior a la justa tasa de interés. Tal
principio es un subprincipio del principio de justicia conmutativa o principio de equivalencia.

Consideremos ahora el segundo inciso del art. 1409 del Proyecto de 1998:
“Si el préstamo es de dinero puede convenirse (...)
2. Que el mutuante tenga derecho a percibir intereses o recuperar su capital sólo de las
utilidades o ingresos resultantes de su negocio o actividad, sin derecho a dirigirse
contra otros bienes del mutuario si aquéllos no alcanzaren (...)” ( La norma también
está en los tres proyectos anteriores, de 1987 y 1993) 62 .
A diferencia de la modalidad contractual anteriormente considerada, en este caso no
existe la sociedad leonina en la cual uno puede llevarse parte de la ganancia sin exponerse a
pérdida alguna; al contrario, aquí el mutuante gana réditos tan sólo si el mutuario obtiene
ganancias, y puede perder su capital si el negocio del mutuario es perdidoso. Esta figura se
aplica a la “financiación de proyectos” y su reconocimiento legal puede fomentar
emprendimientos económicos útiles.

62
Proy. de 1987, art. 2248. Proy. de la comisión designada por el Presidente, 1993, art. 1381. Proy. de la
Comisión de la Cám. de Dip. de 1993, art. 2243.
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Sin embargo, esta clase de convenio suscita un reparo, y es que puede prestase para la
usura, en cuanto el interés ya no consiste en un porcentaje, en una tasa determinada que pueda
compararse con una tasa máxima. Incluso lo dicen los autores del Proyecto de 1987 en las
notas explicativas correspondientes al título De las obligaciones de dar sumas de dinero: “las
nuevas modalidades del préstamo, como aquellas en que el prestamista asume el «riesgo del
proyecto», hacen muy difícil determinar cuál es la tasa «justa» o «no usuraria» de interés”.
Este convenio no se manifiesta como una modalidad injusta e ilícita en sí misma, como ocurre
con el convenio considerado en el inciso anterior. Lo conveniente por tanto, no es prohibirlo,
pero tampoco permitirlo sin restricciones; es menester agregar al enunciado del precepto que
autorice esta forma de negocio, la cortapisa de que la utilidad que perciba el mutuante no
importe un porcentaje usuario con respecto al capital prestado.-
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OTROS PRINCIPIOS QUE RIGEN LOS CONTRATOS, ADEMÁS DEL


PACTA SUNT SERVANDA Y EL PRINCIPIO DE LA JUSTICIA CONMUTATIVA

Camilo Tale

En otro artículo publicado anteriormente, hemos expuesto acerca de dos principios


fundamentales que deben regir los contratos: el que manda cumplir el acuerdo y el que
preceptúa, para los contratos de intercambio, la igualdad en el valor económico de las
contraprestaciones recíprocas. En esta segunda disertación, trataremos de otros principios de
justicia, rectores de los contratos.

1) El principio del trato equitativo o del equilibrio de derechos

No nos referimos ahora al equilibrio entre la cosa o hecho que uno da y la cosa o
hecho que recibe, o sea a la equivalencia entre las contraprestaciones propias del contrato del
cual se trate (lo cual ya hemos analizado en el artículo anterior), sino al equilibrio que ha de
haber, en general, entre todos los demás derechos y obligaciones de las partes que fluyen del
acuerdo contractual.
Un ejemplo para ilustrar la aplicación de este principio: Si se pacta que uno de los
contratantes tiene la facultad de resolver el compromiso en caso de que después no le
conviniere, también debe estipularse la misma prerrogativa a favor de la otra parte.
Recordemos el fundamento sobre el cual se funda el imperativo de la justicia
conmutativa o principio de equivalencia entre las contraprestaciones, fundamento que ya
hemos expresado en aquel artículo, reproduciendo palabras de Santo Tomás: “(...) La
compraventa se ha introducido para beneficio común de ambas partes, pues cada uno de los
contratantes necesita la cosa del otro (...) Pero lo que se ha instituido para utilidad común no
puede ser más gravoso para uno de los contratantes que para el otro (...) Por consiguiente, si
el precio excede el valor de la cosa, o por el contrario, la cosa excede en valor al precio, no
existirá ya la igualdad de la justicia” 63.
Como puede verse, el principio de la justicia conmutativa (que manda que haya
equivalencia entre las contraprestaciones), se funda en otro principio superior y más
universal: El contrato no debe ser más gravoso para uno de los contratantes que para el otro.
No debe ser ventajoso para uno y desventajoso para el otro. “Lo que se ha instituido para
utilidad común de ambas partes, no puede ser más gravoso para uno de los contratantes que
para el otro”, sentencia allí el Aquinate.
Es un principio muy fecundo: Además de colegirse de él la igualdad de valor en el
intercambio (principio de la justicia conmutativa), se desprende del mismo principio la debida
compensación o equilibrio entre los diversos derechos de cada parte. Así, por ejemplo, es
injusto que uno de los contratantes imponga una cláusula que declara que él no contrae
responsabilidad en caso de que no cumpla, o que imponga términos muy breves de caducidad
a la otra parte, de modo que si ella no reclama dentro de un plazo exiguo, pierde todo su
derecho. También es injusto el contrato que contiene una regla que permite a una de las partes
resolver el contrato por atrasarse la otra parte en el pago de una sola de muchas cuotas. O
cuando se estipula que las demandas judiciales relativas al contrato deben hacerse en los
tribunales de tal ciudad remota. Y, en general, todas las denominadas “cláusulas abusivas”.
63
Summa theol., II-II, 77, 1 c.
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ARMONIZACIÓN Y UNIFICACIÓN DEL DERECHO PRIVADO – FÉLIX ADOLFO LAMAS

En relación con esta exigencia de equilibrio entre los derechos de las partes
contratantes, nuestra Constitución Nacional, después de la reforma de 1994, establece, entre
los derechos de los consumidores y usuarios, “el derecho a condiciones de trato equitativo y
digno” (art. 42).
Era una enseñanza uniforme en las obras jurídicas y en las Facultades de Derecho,
hasta no hace mucho, la afirmación de que las normas del Código civil en materia de
contratos eran en su gran mayoría “normas supletorias”; se decía que salvo algunas de sus
reglas, que eran de “orden público”, los artículos del Código solamente eran aplicables para
aquello que las partes contratantes habían dejado sin regular. Hoy ya los civilistas corrigen tal
error, y sostienen que gran parte de las normas del Código civil en materia de contratos no
son meramente supletorias, sino que son imperativas y no pueden ser desplazadas por las
cláusulas del contrato, salvo que el apartamiento de las reglas de la ley esté justificado.
Esto importa, al mismo tiempo que una limitación al poder de disposición contractual
de los individuos, una revalorización de las normas del derecho positivo legal, por la cual se
asume que los preceptos legales normalmente son expresión de la justicia y del debido
equilibrio entre las partes. Y esto es verdad, aun cuando haya también algunas lamentables
excepciones, ya sea que provengan del error humano del legislador, ya sea que provengan de
la corrupción del legislador.(como son las leyes tiránicas o las que son fruto de gobiernos
oligárquicos, que ejercen el poder político en beneficio de grupos poderosos locales,
extranjeros o trasnacionales).
Generalmente las leyes que rigen los contratos han sido expresión del modo justo y
razonable de reglar las relaciones entre las partes, o sea, reglas fundadas, con mayor o menor
acierto o perfección, en las exigencias del derecho natural.
Ya no se conciben las reglas del Código civil como supletorias en su mayor parte. Se
conciben en general como soluciones mandadas por la equidad, y que por ello el legislador las
ha instituido 64. Por lo tanto, en los contratos con desigual poder de negociación entre las
partes, tiene que haber una razón suficiente para admitir que un precepto de la ley sea
reemplazado por otra norma contractual opuesta 65.
El contrato ha sido introducido en la vida social para utilidad común de ambas partes,
explica Santo Tomás, en el fragmento transcripto ¡Valioso y fecundo principio! Es verdad que
el móvil que lleva a uno a contratar, en los contratos de intercambio, generalmente es obtener
un beneficio para sí mismo, con abstracción de cualquier beneficio para el otro; pero una vez
realizado el contrato, se establece el compromiso ético y jurídico de que ambos obtengan el
beneficio esperado. El contrato debe ser visto como un compromiso de colaboración; esto
64
“El criterio para establecer cuándo una relación contractual está desnaturalizada es el derecho
supletorio, puesto que es el programa que el legislador ha considerado como el deseable, el que deberían adoptar
los contratantes” (Jorge Mosset Iturraspe y Ricardo Lorenzetti, Defensa del consumidor – Ley 24.240, Rubinzal-
Culzoni, Santa Fe, 1994, p. 244). “Las denominadas «normas supletorias», cuya presencia es relevante en los
«contratos típicos», expresan lo «normal o natural» como efecto de un contrato y, a juicio del legislador,
satisfacen las «expectativas razonables de las partes». De ahí su prelación normativa frente a las cláusulas
predispuestas” (Jorge Mosset Iturraspe, Las cláusulas abusivas en la Ley 24.240 y en el Proyecto de reforma al
Código civil de 1998, art. 968, en El derecho, Bs. As., 23/11/00, p. 2). “El derecho dispositivo instaura una
suerte de deber ser: aquello que los contratantes deben perseguir. Cualquier apartamiento que no tenga una causa
justificada está fuera de lo natural. Por ende, la cláusula puede ser abusiva cuando se aparta del derecho
dispositivo” (Ricardo Lorenzetti, conferencia Contratos con cláusulas abusivas, en VIII Jornadas bonaerenses de
derecho civil, comercial, procesal y tributario, 23/10/98, Junín, Prov. de Bs. As.).
65
“Cuando la regla de autonomía se aparte de la norma legal (...) será necesario verificar si el ejercicio de
la libertad contractual, traducido en reglas de autonomía, no importa una hipótesis de abuso, o no resulta de él un
franco supuesto de desequilibrio inequitativo, con daño a un integrante de la relación jurídica sustancial,
incompatible con la finalidad económico-jurídica que revele la norma legal cuya aplicación ha sido pospuesta.
No corresponde afirmar en términos absolutos, que siempre la norma legal dispositiva tolera que las partes
configuren la hipótesis con un contenido distinto del previsto por el legislador (...)” (Rubén Stiglitz, Contenido
del contrato, en AA. VV., Contratos. Teoría general, La Rocca, vol. I, Bs. As., 1989, pp. 367 s.).
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vale no sólo para los contratos de sociedad y los demás contratos asociativos o los contratos
denominados “de colaboración” (como es el contrato de franquicia) sino que también los
contratos de intercambio deben ser vistos como contratos de mutua colaboración para que
cada uno de los dos contratantes alcance el fin buscado. Se trata de una concepción
solidarista del contrato. En esto se fundan los deberes de información (No me refiero aquí al
deber de información precontractual que tiene por fin que se contrate con genuino
consentimiento, sino al deber de información que surge del contrato ya celebrado, que tiene
por fin que la otra parte aproveche la prestación, para que obtenga la satisfacción que se
propuso al contratar).
Como caso de aplicación de esta idea (“el contrato fue introducido para utilidad
común de ambas partes”) y de este principio (“por consiguiente, no debe ser más gravoso para
una de las partes que para la otra”), ilustraremos con una regla receptada en el derecho
extranjero. En la reciente reforma del Código civil alemán, efectuada en el año 2.001, se
agregó un párrafo al parágrafo 241. El añadido dice que en las relaciones obligatorias, según
sea su tipo y contenido, “las partes pueden estar obligadas a tener en cuenta los derechos,
cosas e intereses de la otra parte”.
Otra aplicación, presente hoy en la doctrina jurídica alemana, y con raíces medievales,
es la “excepción de ruina”, por la cual no es lícito exigir el cumplimiento estricto del contrato
que llevaría a la otra parte a la ruina; de modo que, para evitar eso, hay deber de renegociar el
contrato. Es la antítesis de la doctrina que predicaran Marcel Planiol y Georges Ripert sobre la
sacralidad de los pactos: “el deudor debe respetar sus compromisos, hasta el grado de
arruinarse si fuese necesario”.

2) El denominado “principio de la buena fe”

¿Y el “principio de la buena fe”, tan mencionado en la doctrina, en las sentencias, y


desde 1968, también en la ley, art. 1198 del Código civil? ¿Debe añadirse a la serie de
principios que estamos exponiendo?
Aquí no nos referimos a la expresión “buena fe” entendida como creencia errónea
inculpable (poseedor de buena fe, heredero de buena fe, cónyuge de buena fe en un
matrimonio nulo, etc.), sino al principio de la buena fe contractual, o sea a la buena fe en el
comportamiento al cumplir uno el contrato y al exigir algo al otro en virtud del contrato.
El principio de la buena fe contractual, fecundo en tantas consecuencias, está
incorporado en nuestras leyes, con alcance general, desde la reforma de 1968. Dice el art.
1198: “Los contratos deben celebrarse, interpretarse y ejecutarse de buena fe y de acuerdo con
lo que las partes entendieron o pudieron entender, obrando con cuidado y previsión”
Se han distinguido aquí dos imperativos:
1º) Que se debe cumplir todo lo que se dijo, y también lo que no se dijo, pero que está
implícito (“lo que las partes entendieron o pudieron entender”). Es la denominada “buena fe
contractual subjetiva”. Aquí se trata en realidad del principio pacta sunt servanda, o sea la
buena fe como fidelidad a todo lo prometido, aunque no se haya expresado en el contrato.
2º) Además de lo implícito, el principio de la buena fe se refiere a lo que debe ser, de
acuerdo con la clase de contrato de que se trate. Ésta es la denominada “buena fe contractual
objetiva”. Cada uno debe cumplir todo lo que debe cumplir una persona honesta en esa clase
de contrato, y no debe exigir del otro más que lo que exigiría una persona honesta.
Ya decía Jean Domat: “El contrato de venta, como todos los otros contratos, reúne tres
clases de relaciones. La primera, es de aquellas relaciones que están expresadas en el contrato;
la segunda, es de aquellas que son consecuencias naturales de la venta, aunque en el contrato
no se exprese nada de ellas; y la tercera, de aquellas relaciones que las leyes, y los usos y
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costumbres, han establecido” 66. Lo segundo, corresponde al principio de la “buena fe


contractual objetiva”.
“Las convenciones obligan, no sólo a aquello que está expresado en ellas, sino
también (...) a todas las consecuencias que la justicia, las leyes y las costumbres atribuyen al
negocio que se ha formado”, expresa Domat en otro pasaje 67.
El mismo principio, pero referido al ámbito del contrato laboral, lo hallamos en el art.
63 de la Ley de contrato de trabajo: “Las partes están obligadas a obrar de buena fe,
ajustando su conducta a lo que es propio de un buen empleador y de un buen trabajador,
tanto al celebrar, ejecutar o extinguir el contrato o relación de trabajo”.
Por lo tanto, la “buena fe objetiva” es un principio que manda a los contratantes obrar
con justicia en todos los aspectos. Hay deberes jurídicos que ligan a los contratantes, más allá
de lo expresado por escrito u oralmente, y más allá de aquello que está implícito en el acuerdo
(o sea en la intención de las partes). Están también obligados a todo aquello que no han
previsto, a los deberes de justicia que han ignorado en el momento de contratar, o aún
después.
El principio de la buena fe contractual, de tal modo, importa un ensanchamiento tal del
deber jurídico, por lo cual el campo de los deberes jurídicos llega a coincidir plenamente con
todo el campo el deber moral en esta materia.
En realidad, este principio no es un principio nuevo, sino que es un imperativo amplio,
que remite a todos los principios de justicia que tengan aplicación en la especie de contrato de
la cual se trata, y a los principios y reglas que sean aplicables en los supuestos y
circunstancias particulares del caso.

3) El principio de protección de la confianza

Trata Karl Larenz, en su obra Derecho justo, después del principio de autonomía de la
voluntad y del principio de equivalencia, del “principio de confianza”, como uno de los
imperativos fundamentales del derecho justo en lo que respecta a los contratos.
Son muchas las aplicaciones de este principio. Una de ellas es la “teoría de la
declaración”, según la cual el contratante autor de la declaración queda ligado a las
consecuencias de la expectativa suscitada en otro; el sentido usual de lo declarado prevalece
sobre la voluntad real, de modo que si él en realidad había querido otra cosa, pero se expresó
con error, o con términos ambiguos, se tiene en cuenta el sentido de la declaración en el cual
el otro contratante se ha confiado.
Otra aplicación de este principio es que se hace responsable por el incumplimiento o
por daños resultantes en la adquisición de productos o servicios a quien puso la marca en el
producto o servicio, aunque no haya participado en la celebración del contrato. Esto fue
receptado en la Ley 24.999, complementaria de la Ley de protección del consumidor 24.240
(art. 40). Un caso de aplicación, muy actual (con motivo de la omisión de restituir los
depósitos a los ahorristas, desde diciembre de 2.001), ha sido el de los bancos que operan en
nuestro país y que usan el nombre de un banco con sede en el extranjero: aunque no sean
filiales ni sucursales de éste, comprometen la responsabilidad del banco extranjero, pues
usaron en nuestro país su nombre o “marca” para captar depósitos dinerarios de la gente, a
sabiendas de aquél y con su permiso.
También se deriva del principio de protección de la confianza la “teoría de la
apariencia”. Así, cuando una persona o empresa al contratar con clientes aparece como

66
Jean Domat, Les lois civiles dans leur ordre naturel, en Oeuvres complètes de J. Domat, edit. por Joseph
Rémy, vols. I y II, París, 1835, P. I, l. I, tít. II, sec. I, nº 5.
67
Jean Domat, Les lois civiles..., cit., , P. I, L. I, tít. I, sec. III, nº 1.
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representante de otra empresa (por ej. si utiliza membrete de ésta) y ésta tolera dicha
apariencia, aunque la primera no sea realmente mandataria ni representante, la segunda resulta
obligada como si realmente ella hubiese contratado a través del representante aparente.

4) El principio de la “justicia social”

La justicia en el contenido del contrato de trabajo en relación de dependencia no se


explica adecuadamente con el solo principio de la justicia conmutativa o principio de
equivalencia. Porque no se trata solamente de una equivalencia entre el valor económico de
dos contraprestaciones; en efecto, el sueldo no es solamente el precio del trabajo humano, y el
trabajo humano no es una mera mercancía que se vende por un precio.
El salario del trabajador, al menos el salario mínimo, tiene por fin la satisfacción de las
necesidades básicas para una vida digna del trabajador y de los miembros de su familia; por
ende, tiene que consistir en un importe suficiente para ello.
Expresa la Encíclica Rerum novarum con respecto a la doctrina del liberalismo
económico en materia de salarios: "Los salarios, se dice, se fijan por el libre consentimiento, y
por tanto el patrón, cuando ha pagado lo que se convino, ha cumplido su deber, y no está
obligado a nada más (...) Esta manera de razonar, de ningún modo es convincente para un
hombre de buen juicio (...) Sustentar la vida es deber común a todos y a cada uno, y faltar a
este deber es un crimen. De aquí nace necesariamente el derecho a procurarse aquellas cosas
que son menester para sustentar la vida, y estas cosas, quienes carecen de riqueza, sólo las
hallan mediante su trabajo. Luego, aun reconociendo que el obrero y el patrón convengan
libremente en algo, especialmente en la cantidad del salario, queda siempre, sin embargo, una
cosa que dimana de la justicia natural y que es de más peso y anterior a la libre voluntad de
los que hacen el contrato, y es ésta: que el salario debe ser suficiente para la sustentación de
un obrero que sea frugal. Y siempre que ocurriese que el obrero, obligado por la necesidad o
movido por el temor de un mal mayor, aceptase una condición más dura, y aunque no lo
quisiera, la tuviese que aceptar por imponérsela el patrón, ello sería hacerle violencia, y contra
esta violencia reclama la justicia" 68.
¿Cuál es el fundamento de la regla que manda que el empleador debe abonar un sueldo
que sea por lo menos suficiente para la satisfacción de todas las necesidades vitales del
trabajador? La tierra está para la subsistencia de todos los hombres. En efecto, la conservación
del individuo, su libertad y su perfeccionamiento dependen en último término de los
productos que se obtienen de la tierra; pero si todo hombre necesita de ella para desenvolver
su vida, entonces debe permitírsele que se aproveche de ella. Dado que en el estado actual del
mundo, en general la tierra no está al alcance de todos los que quieran extraer directamente
sus productos de ella, y por otra parte existe división del trabajo (de manera que por ejemplo,
unos cultivan, otros fabrican el tractor, otros extraen el hierro con el cual se hace ese vehículo,
otros la goma para sus ruedas, y otros lo fabrican...), división que se ha hecho por ser
beneficiosa a todos, entonces aquellos que, por la necesaria o conveniente división del trabajo
social instituida, tienen la posesión o el control de la tierra y de las oportunidades que ella
brinda, están obligados a permitir el razonable acceso a los bienes materiales imprescindibles,
a todas las personas que desempeñan alguna actividad útil para la comunidad humana.
Muchos hombres no tienen otro modo de participar de los bienes de la tierra como no sea
mediante el trabajo cumplido en relación de dependencia; por consiguiente la comunidad en
que viven debe asegurarles ese aprovechamiento mínimo de los recursos naturales, mediante
el salario, porque, como explicaba Msr. John Ryan en su clásica obra El salario vital, los
68
León XIII, Rerum novarum, nº 34.
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miembros de esa comunidad han apropiádose de tal modo de los recursos de la naturaleza, y
se han distribuido de tal manera las oportunidades y funciones de la industria, que aquél no
puede hacer efectivo su derecho natural de acceso a los bienes de la tierra, sino por medio de
los salarios. Por lo tanto, en la presente organización económica, el deber de no impedirle el
disfrute de su derecho a un modo decoroso de vivir, debe traducirse en la obligación de
pagarle su salario vital 69.
El salario mínimo vital, entonces, no es solamente retribución por las labores, sino
que también es atribución de lo que el obrero necesita para vivir como hombre 70. Esta
concepción, que hemos procurado fundar sólidamente en el desarrollo que antecede, se
encuentra en las antípodas del pensamiento de Ludwig von Mises, el más importante
representante de la doctrina del liberalismo económico en el siglo XX, quien sostuvo
expresamente que el trabajo debe ser considerado como una mercancía por el empresario 71.
Nos hemos detenido un tanto en el contrato de trabajo en relación de dependencia,
porque en él está entrañada esencialmente la justicia social. Pero este principio también puede
tener aplicación en otros contratos, si se dan las circunstancias. Así por ejemplo, no se admite
que el cumplimiento de las obligaciones contractuales se exija a rajatabla, al punto de colocar
al deudor «en la miseria», sino que hay un límite, que deja a salvo lo que el deudor necesita
para la satisfacción de sus necesidades vitales fundamentales. El derecho positivo ha
plasmado este principio en la institución de los bienes inembargables, en beneficio de todo
deudor. Se trata de una regla ético-jurídica que rige no sólo en el ámbito de los contratos, sino
para las obligaciones en general, cualquiera sea su fuente.
Así como no basta que los individuos humanos tengan asegurada la existencia
biológica, sino que ses debe permitir que puedan desarrollar una vida digna, así también los
pueblos requieren un mínimo de desarrollo. Por ello, “las deudas externas no deben pagarse ni
a costa de la soberanía de los Estados, ni a costa de un cierto desarrollo económico, ni a costa
de un nivel de vida decoroso o digno de toda su población” 72. En artículo anterior en que
tratamos de la justicia conmutativa, referimos la injusticia de la “deuda externa” argentina y
de otros pueblos, en lo que concierne a su capital originario, fraudulentamente formado; y
también nos hemos referido a una segunda injusticia, que es la magnitud de los intereses que
han resultado de las tasas variables que se convinieron en tales préstamos internacionales.

69
John Ryan, El salario vital- Sus aspectos ético y económico, Madrid s/f., cap. V. Cfr. del mismo autor,
Justicia distributiva, Poblet, Bs. As., 1950, p. 33.

70
John Ryan enseñaba: "Concebir el contrato de salario únicamente como materia de justicia conmutativa,
es inadecuado. La convención entre el dependiente y el empleador envuelve otras cuestiones de justicia que las
que surgen de un modo inmediato de la relación que existe entre las cosas cambiadas (...) El empleador posee
obligación de justicia, no sólo como beneficiario de algo valuable en virtud de un título oneroso, sino como
distribuidor de la común herencia de la naturaleza (...) Su título al producto está sujeto a la obligación de una
justa distribución; la obligación de distribuir el producto de tal modo que los trabajadores que han contribuido a
su producción no se vean privados de su derecho a una subsistencia decorosa".
Tratando acerca de la justicia en los contratos sinalagmáticos, señala Karl Larenz que en el contrato de
trabajo asalariado rige un principio distinto al de la equivalencia (Derecho justo, cit., p. 83).

71
Ludwig von Mises, La acción humana - Tratado de economía, trad. Reig Albiol, Copec, Madrid, 1968,
p. 767.

72
Héctor Humberto Hernández, Justicia y ´deuda externa´ argentina, Edit. Univ. Católica de Santa Fe,
1988, p. 24.
“Hay un principio ético-jurídico fundamental que dice que las deudas deben pagarse. Pero esto supone
que ellas sean verdaderas y, por lo demás, no se trata del único criterio en la materia. Porque hay otros, como el
que indicaría que las deudas no deben pagarse a costa de la soberanía de los Estados y sus elementos, del nivel
de vida de su pueblo, e incluso de un determinado nivel de desarrollo” (Op. cit., p. 103).
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Ambas cosas hacen que gran parte de la deonimada “deuda externa” en realidad no sea
propiamente unaa deuda. Ahora bien, consideramos un tercer aspecto: en el caso de una deuda
internacional legítima, puede ser injusto el modo de exigirla, cuando se pretende el pago a
costa del hambre y de privaciones básicas de la población, según se ha explicado.
La norma de justicia que acabamos de mencionar está instituida en el mismo derecho
positivo internacional: Véase el Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y
Culturales de las Naciones Unidas, de 16/12/66: “Todos los pueblos pueden disponer
libremente de sus riquezas y recursos naturales, sin perjuicio de las obligaciones que deriven
de la cooperación económica internacional, basada en el principio de beneficio recíproco, así
como de las obligaciones del derecho internacional. En ningún caso podría privarse a un
pueblo de sus propios medios de subsistencia” 73.
Y expresa el documento “Al servicio de la comunidad humana: Una consideración
ética de la deuda internacional”, de la Comisión Vaticana Iustitia et Pax, Roma, de 27/12/86:
“Ningún gobierno puede exigir moralmente de su pueblo que sufra privaciones incompatibles
con la dignidad de las personas”. “(La solidaridad) se impone no sólo en caso de urgencia
extrema, sino también para ayudar al desarrollo”.
Pero lo dicho, claro está, es de aplicación a la parte legítima de la deuda, esto es, a la
aparente “deuda externa”, después de expurgada de la falsa deuda (el capital de origen
fraudulento y los intereses usurarios).
Y ahora voy a introducir aquí la cuestión de la inflación en el cumplimiento de los
contratos. Porque la solución justa a los problemas de la desvalorización monetaria no se
resuelve siempre en el marco de la sola justicia conmutativa, según explicamos
seguidamente.
Generalmente la inflación es consecuencia de la emisión de moneda sin aumento
correlativo de la producción, de modo que hay más unidades de moneda en las manos de la
gente, sin que haya mayor cantidad de cosas para adquirir. O también puede resultar de la
devaluación de la moneda del país en relación con la moneda extranjera.
La inflación suele ser una medida “fiscal”, o sea recaudatoria, usada por los gobiernos
para obtener el dinero que necesita. Pero esta forma irregular de impuesto resulta sumamente
injusta: ”La inflación divide a los hombres en tres clases: Los que sufren la inflación, aquellos
a quienes no afecta la inflación, y aquellos que se benefician de la inflación” 74. Y ¿quiénes
son los que pierden con la inflación? Siempre los asalariados, los jubilados, los ahorristas, y
en general, los acreedores de obligaciones a plazo de sumas dinerarias... Por tanto, la
inflación es siempre fuente de enormes injusticias sociales 75.
Cuando la inflación es permanente y aguda, la reducción del valor del dinero llega a
extremos altamente inicuos 76.
En principio, cuando el dinero se ha desvalorizado, el deudor debe pagar una suma
actualizada. Al respecto, fue un caso célebre y fue guía de miles de sentencias, el precedente
de la Corte Suprema Vieytes de Fernández c/ Prov. de Bs. As., de 1976 77. Ese tribunal fundó

73
Primera parte, art. 1º.
74
Jacques Rueff, El franco y Francia a partir de la reforma financiera de diciembre de 1958, cit. por Juan
Vallet de Goytisolo, La antítesis “inflación- justicia”, en Rev. jurídica de Cataluña, Barcelona, set-oct. 1960, p.
21. (El artículo fue publicado también en Rev. internacional del notariado, nº 50-51, pp. 47 ss.).
75
Un desarrollo amplio sobre esta temática en Juan Vallet de Goytisolo, La antítesis “inflación-justicia”,
cit. en nota anterior.
76
Ejemplo, en CNCiv. S. B, 18/8/78, Gómez Radio, Ramón c/ Díaz Seco, José (La ley, vol. 1979-A, p.
427, col. 1): Como bien señala allí el camarista Alfredo Di Pietro, en el caso el precio de la venta no le alcanza al
vendedor, al momento de recibirlo, ni para comprar un traje.
77
Corte Suprema, 23/9/76, en La ley, Bs. As., vol. 1976-D, p. 241 y El derecho, Bs. As., vol. 69, p. 186.
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la actualización del importe adeudado expresamente en el principio de la justicia conmutativa,


lo cual fue correcto pues se trataba de una deuda dineraria por una contraprestación recibida
(era un contrato de locación). El dinero, se dijo allí, no tiene un valor en sí mismo, sino que su
valor consiste en las cosas que pueden adquirirse a cambio del dinero, y por lo tanto, este
valor de cambio o valor real o poder adquisitivo es lo que debe tenerse en cuenta para
mantener la debida equivalencia entre las contraprestaciones 78.
Pero la actualización del valor nominal para mantener el valor real o poder adquisitivo
se funda ya en el mero principio pacta sunt servanda, y en el principio de la buena fe (la
buena fe en la interpretación y en la ejecución del acuerdo contractual). Por ello el reajuste del
importe es procedente no sólo en los contratos de intercambio, sino también en los contratos
gratuitos: En la donación: por ejemplo, si el donante se demora y entrega la suma prometida
después de dos años, y hubo entretanto una inflación del 100 %, tal importe debe ser
aumentado al doble. Y también corresponde hacer ello en las obligaciones que no han nacido
de un contrato.
Juan Vallet de Goytisolo, en un estudio intitulado Inflación y justicia, después de
considerar las consecuencias de la inflación en una serie de contratos y relaciones jurídicas,
concluye que hay una sola solución justa: Que no haya inflación 79. El Estado, que tiene entre
sus fines el logro de la justicia, debe prescindir de toda actuación inflacionaria 80. Pero,
sucedido este hecho, la solución no está en librar a una de las partes de los perjuicios de la
desvalorización monetaria, sino que hay que tener en cuenta a las dos partes.
Expresa el jurista y iusfilósofo español: “La mayor parte de la doctrina ha pretendido
hallar el equilibrio de la justicia conmutativa a través de soluciones que permitan al acreedor
recuperar el mismo valor efectivo que prestó. Bien sea a través de soluciones
jurisprudenciales, fundadas en algún principio jurídico, o bien defendiendo la licitud de
prevenir la depreciación estableciendo cláusulas de estabilización al realizar el mutuo. Pero
esta posición olvida que para el deudor que debe devolver el préstamo que, a su vez, sufre en
su propia esfera los efectos de la inflación, resultará muy desigual la devolución del mismo
valor efectivo, después de haber sufrido los efectos de la depreciación monetaria. Lo que
efectivamente sea igual en valor efectivo, resultará comparativamente muy diferente en
proporción a la respectiva capacidad adquisitiva del deudor en uno y otro instante, que si bien
nominalmente podrá haber aumentado, en cambio se habrá reducido efectivamente si sus
ingresos se hubieran rezagado en la carrera de precios y salarios provocada por la inflación”
81
.
Cuando se generalizó en la década de los años 80 la “indexación” (sea por índices
pactados en los contratos, sea por aplicación judicial de índices, v. gr. el índice de incremento
del costo de la vida en tal ciudad, el índice de aumento de los costos de construcción, etc.),
muchos civilistas llamaron la atención sobre esto. Así por ejemplo, Jorge Mosset Iturraspe, al
comentar una sentencia de 1978, en su nota Indexación y prudencia 82.

78
“En situaciones regidas por los principios de la justicia conmutativa, como la de autos, ha de estarse a la
igualdad estricta de las prestaciones recíprocas conforme a las circunstancias del caso, y no siendo el dinero un
fin ni un valor en sí mismo, sino un medio que, como denominador común, permite conmensurar cosas y
acciones muy dispares en el intercambio, aquella igualdad exige que la equivalencia de las prestaciones
recíprocas responda a la realidad de sus valores y al fin de cada una de ellas; situación equitativa que resulta
alterada cuando, como en el caso, por culpa del deudor moroso la prestación nominal a su cargo ha disminuido
notablemente su valor real, su poder adquisitivo, por influencia de factores que no dependen del acreedor” (Corte
Suprema, 23/9/76, en El derecho, Bs. As., vol. 69, p. 189).
79
Juan Vallet de Goytisolo, La antítesis “inflación-justicia”, art. cit.
80
Juan Vallet de Goytisolo, La antítesis “inflación-justicia”, art. cit.
81
Juan Vallet de Goytisolo, La antítesis “inflación-justicia”, art. cit.
82
“Cuando quien debe pagar la deuda «indexada» es un asalariado, un trabajador por cuenta ajena que
vive de su sueldo, todo índice que deje de lado esa realidad para contemplar una distinta –incremento del valor
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De acuerdo con lo expuesto, hay una subordinación de los derechos de los contratantes
a los imperativos de la justicia social. Por ello vi oportuno referir el asunto de la inflación en
este lugar, o sea al tratar de la vigencia del principio de la justicia social en los contratos.

5) El principio de la justicia general o del bien común

También rige los contratos el principio que manda la subordinación del interés
particular de cada hombre al bien común político. Y esto es así porque este principio de
supremacía del bien común es regulador de todo el derecho.
Con frecuencia lo que es debido por el miembro a la comunidad política, está
preceptuado por las leyes. Aunque hay también deberes de los miembros hacia la comunidad
hacia ésta que no están indicados en las leyes civiles, lo cierto es que la mayor parte de los
deberes de la justicia general o justicia del bien común están establecidos en la legislación
positiva. Por esta característica accidental pero muy común, se ha denominado
tradicionalmente a esta especie de justicia como “justicia legal”.
Una aplicación de este principio es la intervención del legislador para determinar o
modificar el contenido de los contratos que celebren los particulares, con el fin de preservar
algún aspecto del bien común político. Esto puede suceder dando reglas para los contratos que
se formaren en el futuro, o también, si es necesario, la ley puede afectar el contenido de los
acuerdos contractuales celebrados con anterioridad a ella (como sucede, por ejemplo, con las
“leyes de emergencia” fundadas en el “orden público económico de dirección”, v. gr. las que
modifican el régimen legal de las importaciones; así como el “orden público económico de
protección” es una concreción de la justicia social, el “orden público económico de dirección”
es una concreción de la justicia general o del bien común).
Claro está que para que se justifique esta intervención del legislador en los contratos,
las reglas tienen que dirigirse al bien común, y tienen que ser medios razonables para ello (en
cuanto a los sujetos afectados, al objeto sobre el cual incide la intervención de la autoridad
pública, a la intensidad o gravedad de la carga o restricción que se impone a los particulares,
etc.).

Finalmente, hay que afirmar la necesaria intervención del legislador, para la real
vigencia de los diversos principios de la justicia en los contratos que se han expuesto a lo
largo del presente artículo y del anterior 83.
El legislador tiene que dar reglas, y no sólo para que reine la seguridad jurídica,
mediante el conocimiento de las normas que hayan de regular los derechos y obligaciones de
cada uno cuando los mismos contratantes no las hubieran previsto. También es necesaria la
regulación de la ley para garantizar las exigencias de la justicia conmutativa. Y asimismo para
que se cumpla el principio del trato equitativo (para ello, por ejemplo, es menester una
adecuada y permanentemente actualizada legislación de protección del consumidor).
Y también es imprescindible esta acción de la autoridad pública para que se observen
las exigencias de la justicia social, como legislación permanente para los contratos laborales,
y como legislación de emergencia en diversas situaciones, para proteger a locatarios,

del dólar, insumos industriales y agropecuarios, costo de la construcción, por vía de ejemplo, es arbitrario-”
(Jorge Mosset Iturraspe, Indexación y prudencia, en La ley, Bs. As., vol. 1979-A, p. 347).
83
Dos de los principios de justicia que rigen los contratos: Pacta sunt servanda y el principio de
equivalencia, publicado en Revista jurídica de Mar del Plata, Mar del Plata, nº 2, 2.003, pp. 73-95. También está
incluido en la presente página web.
PRINCIPIOS DEL NEGOCIO JURÍDICO PARA EL DERECHO COMPARADO
ARMONIZACIÓN Y UNIFICACIÓN DEL DERECHO PRIVADO – FÉLIX ADOLFO LAMAS

adquirentes de productos y servicios de primera necesidad, particulares que firman “contratos


de adhesión”, etc.
Siempre que el legislador se ha abstenido de regular el contenido de los contratos, han
sucedido los mayores abusos. Así sucedió, por ejemplo, con diversos aspectos del contrato de
trabajo (cantidad del salario, duración de la jornada de labor, descanso semanal, condiciones
de salubridad del trabajo, trabajo infantil y femenino), durante el siglo XIX en las naciones
más industrializadas del mundo, en que se permitió la mayor autonomía contractual entre
obreros y patrones con respecto al contenido del contrato.
Podrían mencionarse cientos de ejemplos de clases de situaciones de inicua
explotación de los trabajadores, en Inglaterra, Francia, Estados Unidos, etc., amparadas por
las leyes de dichos Estados en aquella época. Ilustraremos con un solo caso, muy elocuente,
en los EE.UU., y ya entrado el siglo XX: Se trata de una ley del Estado de Tenesee, de
12/3/1902. Ella prescribía: "Faltará a la ley el propietario, capataz u otra persona que emplee a
un niño menor de cuatro años como trabajador en un taller, fábrica o almacén (...) Sin
embargo, si el padre o tutor y el juez de un Condado contraen por escrito un compromiso de
esta naturaleza, podrá el niño emplearse, a reserva de la aprobación del Procurador del
Condado" 84. Increíble, pero cierto.
Desde principios del siglo XX en el mundo en general los gobiernos asumieron su
deber de regular el contenido de las relaciones económicas para evitar abusos. Pero luego, en
las dos décadas finales de dicha centuria, comenzó a cundir en todo el mundo la desregulación
de la vida económica, y dentro de ello, la abolición o aminoración de importantes derechos de
los trabajadores, que las leyes sobre contrato de trabajo en relación de dependencia habían
instituido.
Hoy en el campo laboral no ocurren extremos de explotación del ser humano tan
graves como los del ejemplo estadounidense de 1902 mencionado, pero los abusos que se
viven en nuestra patria y en el mundo, de resultas de las reformas de las leyes laborales y de
las leyes de reparación de accidentes del trabajo, realizadas en las últimas dos décadas, son
abusos gravísimos y corrientes, en el quantum del salario de millones de personas, en las
condiciones riesgosas o enfermantes del trabajo, en las jornadas extensas, en la negación del
derecho al descanso dominical, en la desprotección económica en caso de accidente o
enfermedad laboral, en la violación de todos los deberes del patrón que extorsiona con la
amenaza del despido...
Los legisladores argentinos y los de muchos otros Estados del planeta, deben retornar
en esta materia a la tradición honrosa del legislador, que se expresa en el preámbulo de ese
antiquísimo ordenamiento legal, que ha sido el Código de Hammurabi, ese cuerpo de reglas
que rigió en las tierras del actual Iraq, y que sintetiza el cometido del legislador: “(...) Para
hacer prevalecer la justicia en la tierra, para destruir a los perversos y al mal, para impedir
que los fuertes opriman a los débiles”.-

84
Ley publicada en Anuario de legislación universal. Complemento de las Instituciones políticas y
jurídicas de los pueblos modernos, Vol. Apéndice XV, Madrid, 1903, p. 595.
PRINCIPIOS DEL NEGOCIO JURÍDICO PARA EL DERECHO COMPARADO
ARMONIZACIÓN Y UNIFICACIÓN DEL DERECHO PRIVADO – FÉLIX ADOLFO LAMAS

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