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EL SÍNDROME MANHATTAN1

Gerónimo Martínez García


Joyas del Pedregal, Coyoacán, México
Septiembre de 1999
gmgcia@yahoo.com

Henry McGuire era norteamericano irlandés de segunda


generación.
Sus padres, recién casados y sin hijos, habían llegado a Nueva
York provenientes de Belfast. La violencia criminal que envolvía a su
país hacia el segundo tercio del siglo XX los había conducido a la
dolorosa decisión de abandonar casa, empleo y familia.
Con apenas unos cuantos cientos de dólares en los bolsillos, la
joven pareja se instaló en un departamento de dos piezas en el barrio
irlandés de la Gran Manzana.
A pesar de sus estudios de contaduría, él debió aceptar un
empleo como vendedor de piso en una tienda departamental, mientras
ella se colocaba como mesera en una cafetería cercana a su casa.
Aunque modestos, los ingresos que obtenían les permitieron adquirir
algunos muebles y, sobre todo, incrementar sus ahorros.

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Con el nombre de “El gran cambio”, forma parte del libro: Gerónimo Martínez Garcia. Historias de misterio
y fantasía, Culiacán, DIFOCUR, 2005.
A los cinco años de su llegada, les llegó el primer hijo. Lo
llamaron Henry, en recuerdo del abuelo paterno, muerto dos años
atrás en la añorada Belfast.
Henry McGuire creció en el barrio irlandés. Conoció y sufrió la
hostilidad y el menosprecio de la Gran Ciudad hacia los de su raza.
Las riñas con los vecinos de origen irlandés, como él, pero, sobre
todo, con los de otras nacionalidades, curtieron su cuerpo y
endurecieron su carácter. En la calle y en los terrenos baldíos aprendió
una regla básica de sobre vivencia: solidaridad sin límites para la
familia y los amigos; guerra sin cuartel para los otros.
Las peleas de los muchachos irlandeses con las pandillas de
afroamericanos e italianos llegaban al salvajismo. Su natural físico
fuerte, respaldado por un indomable espíritu de victoria, hicieron de
él un jefe de pandilla temido y respetado, lo mismo en la calle que en
la escuela.
Buen estudiante también y deportista sobresaliente, el joven
McGuire obtuvo un lugar en West Point, de donde se graduó con
honores. Cuando hacia los años veinte del siglo XXI, se retiró del
servicio, Henry McGuire, a la sazón coronel del ejército
norteamericano, había construido una hoja de servicios apretada y
brillante:
La Guerra del Golfo, los Balcanes, Afganistán, Irak,
agregadurías militares, el Consejo Nacional de Seguridad, la lucha
antidrogas, catedrático invitado en West Point y funcionario
destacado del Pentágono como oficial de inteligencia proporcionaban
sólidos respaldos a las condecoraciones que adornaban el uniforme de
gala que colgaba en su guardarropa.
El coronel McGuire no pudo disfrutar de su retiro como lo había
planeado.

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El alcalde de Nueva York frustró sus planes al ofrecerle la
jefatura de policía de la ciudad. El militar retirado no pudo negarse, y
sus planes de recorrer el mundo debieron esperar quién sabe hasta
cuándo. El coronel vivía solo en un departamento del viejo barrio
irlandés. Había casado con una hermosa joven china a la que conoció
en Pekín por el tiempo en que sirvió en la agregaduría militar en la
embajada norteamericana ante el gobierno de la Gran Muralla.
Dos años duró su unión.
Trasladado a Beirut, un atentado terrorista contra un centro
comercial cobró docenas de víctimas inocentes. La joven esposa de
Henry McGuire fue una de ellas. La pena fue dura. Decidió que no
volvería a experimentar dolor igual. Permaneció soltero. Aunque solía
establecer relaciones temporales, que se apresuraba a cancelar apenas
percibía cualquier insinuación de matrimonio.
No era McGuire un hombre promiscuo.
Cuando tomaba una nueva pareja, no lo hacía por el prurito de
la novedad. Gustaba de las relaciones largas y estables. Sólo que no
estaba dispuesto a llegar hasta el juez de paz. No engañaba a ninguna
mujer. Buen cuidado tenía de cancelar, desde un principio, cualquier
posibilidad de matrimonio.
Su compañera en turno lo sabía.
Era viuda también y, como él, no tenía intención de contraer
nupcias por segunda vez. Eran uno para el otro la compañía ideal.
Compartían un penthouse en un barrio discreto y exclusivo de Jersey
City.
Mediante un código de señales, que únicamente ellos conocían,
concertaban sus encuentros.
En esas ocasiones, el jefe policiaco prescindía de su escolta.
Como aquella noche de marzo.

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Henry McGuire detuvo el auto en el estacionamiento
subterráneo y se dirigió al elevador. Reconocido por el ojo
electrónico, el ascensor le franqueó el acceso, y no bien hubo
penetrado en él, cerró sus puertas y silenciosamente inició el ascenso.
Al llegar a su destino, con la misma discreción, si cabe la expresión,
las abrió y esperó a que su ocupante lo abandonara.
McGuire miró su reloj: Las 22:58. Dos minutos antes de la hora
fijada.
Entró directamente en la habitación. La puerta se cerró tras él y
el ascensor inició el descenso hasta el sótano. Un discreto y agradable
olor a azahares flotaba en el ambiente, ocupando cada rincón del
penthouse. El policía sonrió.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, la descubrió.
La mujer estaba en la sala, sentada en un sofá para dos. El policía
aceptó el vaso que le ofrecía y dio un trago largo. Jugo de lima. Frío
y dulce. No bebían alcohol. Sólo jugo de frutas. Los dos tenían
puestos de alta responsabilidad. Puestos peligrosos. Debían estar
alertas siempre. Y el alcohol no era un buen aliado. Gustaban de estar
juntos. Se tenían cariño. Hasta se podía decir que se amaban.
Sin embargo, Henry percibió cierta tensión en el ambiente.
Permanecieron en silencio, uno al lado del otro, por algunos
segundos. Luego, fingiendo indiferencia, la mujer preguntó:
― ¿Qué sucede?
― ¿Qué? ―repuso el policía fingiendo no comprender el
sentido de la pregunta.
― Vamos, Henry, sabes a qué me refiero― invitó con suavidad,
mientras lo veía de reojo.
― Seguramente te refieres a lo que sucede en la ciudad.

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― Vamos, Henry ―concedió ella por toda explicación.
― Sé tanto como tú ―confió el hombre, sin dejar de sonreír―.
Sólo sé que, de improviso, el mal humor se esfumó de Nueva York―.
Bebió un largo trago, puso el vaso sobre la mesa de centro, se volvió
hacia ella y se fundieron en un largo abrazo.
Luego se entregaron a sus asuntos.
Después, como solían hacerlo, tirados aún en la cama,
conversaron sobre diversas cosas.
De repente, como si hubiera tomado conciencia del tiempo
transcurrido, Henry consultó el reloj.
― La 1:15 ―exclamó, no supo si para él o para su compañera.
Luego, tras besarla suavemente en la frente, se incorporó con
intención de retirarse.
Ella también se levantó. Le arregló la corbata y, besándolo en la
mejilla, le dijo al oído:
― Sabes que lo averiguaré.
―Estoy seguro de que lo harás ―le dijo entre dientes―. Yo
también lo estoy intentando.
Dejaron juntos la habitación.
Ella se metió en su auto, salió del estacionamiento y se hundió
en las calles de la ciudad. Muy pronto estaría en Newark, donde tenía
una residencia alterna a la que había heredado de su padre en Hudson
Square, que consideraba su hogar.
Él abordó su carro y siguió la ruta de la mujer. Pero
permanecería en Jersey, en una casa de seguridad que la policía de
Nueva York sostenía para los oficiales del más alto rango.

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II

Daniela Roseti era una mujer singular. Bella y distinguida, rica


y amable, culta y refinada, lo mismo atraía las miradas a su paso que
cautivaba con su conversación.
Había crecido bajo la mirada atenta de su padre, Enrico Roseti,
quien cuidó con esmero cada momento de su vida y cada faceta de su
personalidad.
De sus manos había salido una delicada obra de arte, dura como
el acero y suave como la seda.
Enrico le enseñó todos los rostros de la raza humana y le hizo
saber de todos los sentimientos que pueden caber en el corazón de los
hombres.
Al lado de su padre, conoció la lealtad y la traición, el odio y el
amor, la abnegación y el desprecio; supo del trato con nobles y
plebeyos, líderes religiosos y fanáticos, políticos y terroristas,
empresarios y matones, mendigos y traficantes.
Su padre la enseñó a odiar y a perdonar, a amar y a sentenciar,
a endurecer la mirada y a llorar, a reír y a maldecir; la enseñó a
observar, a guardar silencio y a esperar. Sobre todo, la enseñó a
esperar lo inesperado.
Acostumbraba el viejo decirle que el amor y el dolor escondían
extraños e infinitos laberintos que uno nunca terminaba de andar.
Enrico Roseti era un padre satisfecho. Había modelado a su hija
a la medida de sus esperanzas. Y la hija le había correspondido.
Él era el jefe indiscutido de los giros negros de Nueva York, y
ella sería su heredera. También la había preparado para eso.

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Daniela supo del amor. Casó con un importante empresario del
sudoeste de los Estados Unidos; pero, antes del año, enviudó: una
tormenta eléctrica destrozó el avión que transportaba a su esposo en
viaje de negocios entre Los Ángeles y San Francisco. Se sobrepuso al
dolor y se refugió en su padre y en los negocios de la familia. Al sentir
el peso de la vejez, el capo de capos dejó caer sobre los hombros de
Daniela las responsabilidades del imperio. Lo hizo poco a poco,
suavemente. Cuando finalmente se retiró a la vida privada, todos
sabían a quién había que consultar y obedecer.
Ésa era la historia de la mujer que la noche anterior se había
reunido con el jefe policiaco McGuire.
Ésa era la dama elegante y serena que acalló las voces de los
capos reunidos en la suite presidencial del London Hotel de
Washington, D.C., y los hizo levantar de sus asientos en actitud casi
obsecuente. En el salón de reuniones del lujoso departamento se
habían dado cita los principales cabecillas del mundo turbio de Nueva
York.
Ningún negocio ilegal importante, incluidos muchos de aquellos
situados en los límites con la legalidad, escapaba de las manos férreas
de aquel puñado de hombres. Drogas de todos los tipos y orígenes,
comercio humano en todas sus variantes, contrabando de mercancías,
falsificación de pinturas famosas y comercialización de obras de arte
robadas, tráfico de órganos humanos, control de sindicatos y del
trabajo en hoteles, bares y restaurantes, recolección de basura,
contratos de actores e intérpretes.
Aquellos hombres, con la bella Daniela al frente, ostentaban el
verdadero gobierno de la Big City.
Tras ocupar el lugar prominente de la reunión, les ordenó:
― Tomen asiento, por favor.

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Luego, siguiendo la tradición del viejo Enrico, a quien
disgustaban los circunloquios, con voz suave y directa, interrogó:
― ¿Cuál es la situación?
De inmediato, Tom Scott, el capo del alcohol, que ejercía su
poder absoluto sobre bares y licorerías, se apresuró a informar:
― Los negocios se desploman: los bares están solos, las
vinaterías no venden, nadie demanda ningún tipo de drogas, las
meretrices no tienen clientes, los fumadores se han curado del vicio,
en fin, para qué seguir: la gente nos ha dado la espalda, y nuestros
socios del continente y de ultramar nos demandan el pago de
mercancías entregadas y anuncian que nuevas remesas van con rumbo
a Manhattan.
La hermosa Daniela conocía plenamente la situación. La había
observado y vivido desde el principio. El mal había sido expulsado de
la City, y se había instalado el bien.
Todo era bondad en la gran ciudad: los comerciantes vendían a
precios justos, nadie cometía adulterio, al término de la jornada de
trabajo hombres y mujeres se dirigían sin dilación al hogar, las otrora
agresivas pandillas ocupaban su tiempo en recoger basura y en pintar
paredes, los médicos y abogados cobraban lo justo por sus servicios y
brindaban asesoría gratuita a quienes no podían pagar, los puchadores
habían botado su mercancía en los depósitos de basura y en lavabos y
alcantarillas.
Lo más notable es que no había nostalgia por el pecado; la gente
parecía no recordarlo. Ni los mensajes y programas de radio y
televisión más provocativos y degradantes que llegaban desde el
continente y ultramar tentaban a los nuevos neoyorquinos.
Simplemente, les daban la espalda.
― ¿Tiene alguien alguna explicación? Es decir, ¿sabe alguien a
qué se debe esta conducta de la gente? ¿Por qué los hombres y las

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mujeres, de un día para otro, han cambiado su conducta y su manera
de ser? ¿Qué los hizo abandonar su vida licenciosa y sus malas
maneras, egoísmo y agresividad?
Los hombres se miraron unos a otros, y moviendo la cabeza, sin
decir palabra, confesaron su ignorancia.
― Yo tampoco sé qué está pasando. Pero tengo algunas ideas.
Estoy realizando algunas investigaciones. No regresen a Nueva York.
Permanezcan en los alrededores, pero estén localizables. Yo los
contactaré, cuando tenga algo que comunicarles.
Todos asintieron. Comprendieron que al regresar a la City se
convertirían en nuevos neoyorquinos. Algunos ya lo habían
experimentado; fueron aquellos que se encontraban en la ciudad
cuando inició el gran cambio. Gracias a que en la fecha Daniela y
otros dos capos se encontraban fuera de ella, fue posible rescatar al
grupo.
No fue fácil.
Los jefes mafiosos habían caído víctimas del nuevo espíritu y su
conducta era tan generosa y solidaria como la de los demás.
Sin embargo, fue ese mismo espíritu altruista que los había
poseído el que se utilizó para substraerlos del paraíso de bondad: por
medio del teléfono, se les hizo creer que en las ciudades cercanas a
Nueva York mucha gente, sobre todo niños y ancianos, eran víctimas
de los deshielos de primavera, por lo que era indispensable que
acudieran en su ayuda. Y hacia allá partieron, sólo para darse cuenta
de lo que sucedía, y despertar a la conciencia de las cosas.
Daniela Roseti disponía de muchos medios para conseguir
información.
Sabía dónde preguntar, y cuándo y cómo hacerlo. La obtención
y utilización de información eran su especialidad. Ésos habían sido

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los terrenos favoritos del viejo Enrico. “Saber para dominar y hacer
negocios” había sido su lema. Saber de todo y sobre todos: planes de
gobierno, alianzas políticas, biografías, origen de las fortunas,
compromisos y traiciones, delaciones y pecados personales. Su red de
información era extensa y variada. Tenía ojos y oídos en todos los
rincones de Nueva York. De todas partes le llegaban voces,
fotografías, películas, documentos.
Los confesionarios de las iglesias, los bares, los cuerpos
policíacos, los restaurantes, las alcobas de los hoteles, los juzgados,
los muelles, las oficinas públicas, los consejos de administración, las
tesorerías de las empresas y muchos lugares más proveían
información que el viejo Enrico analizaba y separaba y guardaba para
su utilización en el momento oportuno.
Los informantes eran recompensados según la importancia de
las noticias que llevaban.
Éstas se vendían o usaban para favorecer a algún leal, para
hundir a algún competidor, para acallar alguna conciencia o para
obtener más información. A la policía de la ciudad se la contaba entre
los clientes privilegiados. Aunque era también una importantísima
fuente de información.
La relación directa con todo tipo de personas había sido uno de
los medios utilizados por el capo de capos. Así llegó a conocer el
mundo oculto de la gente y sus negocios, esas historias que subyacen
a las fortunas, la fama, las honras y el poder, y cuyas divulgaciones
todos tratan de evitar.
Porque Enrico conocía esas historias y esos mundos es que era
un hombre poderoso.
Ese saber le había permitido sostener firmemente los hilos
motores de la Gran Ciudad. La City era su gran teatro, y la gente,
meras marionetas que movía a su placer.

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Ese imperio heredó de su padre Daniela Roseti.
Él le enseñó todos los secretos que debía conocer.
Para controlar.
Para mandar.
Para hacerse temer.
Para hacerse obedecer.

III

Cuando Henry McGuire fue designado jefe policíaco de la


ciudad de Nueva York, recibió una advertencia: debería permanecer
atento a los movimientos de la familia Roseti:
― “Investigarán su pasado, escudriñarán su vida íntima.
Buscarán cualquier cosa que les permita dominarlo y ponerlo a su
servicio. Si no obtienen nada, lo abordarán, lo cercarán, lo tentarán.
Le tenderán alguna trampa. Son sutiles, finos. Esté alerta” ―le había
aconsejado el alcalde de Manhattan.
No se equivocó.
McGuire supo todo cuanto la familia realizaba para informarse
de su vida en el barrio irlandés y su trayectoria profesional; supo
también que las pesquisas habían incluido a sus padres y a los padres
de éstos y a las ramas familiares allá en la lejana Irlanda, y que,
incluso, se habían extendido hasta las de su esposa muerta. Nada
encontraron. Nada que pudiera ser usado para someterlo, ni siquiera
para avergonzarlo. Estaba seguro de que ése sería el resultado.
El siguiente paso del clan confirmó sus conclusiones.

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Al tercer viernes de su designación, recibió un sobre con su
nombre en el anverso. Impreso en relieve, en el ángulo superior
derecho, un sello informaba sobre el remitente: Club de Importadores
de Nueva York. Curioso, y un poco intrigado, lo rasgó y extrajo su
contenido. En una tarjeta blanca, se le invitaba a una comida privada,
en el domicilio de William Russell, presidente del club. Este mismo
firmaba la nota. Cualquiera que fuera su decisión, se le rogaba que la
comunicara, para lo cual se le proporcionaba un número telefónico.
Una segunda tarjeta notificaba del domicilio y mostraba un plano de
arribo.
McGuire leyó la nota cuidadosamente y la arrojó sobre su
escritorio. Sabía de la importancia del club. Sabía que era un
membrete legal que encubría negocios lícitos, pero también la
importación de mercancías ilegales. Sabía que en algún momento el
bajo mundo lo contactaría, pero no sabía cómo, cuándo ni quién daría
el primer paso.
También sabía que no podría negarse.
Ningún jefe policiaco puede realizar su trabajo sin la
colaboración de los mandos reales del hampa.
El tiempo confirmaría esta sentencia.
El bajo mundo es una realidad palpable e inextinguible, con vida
propia. Existe en todas las organizaciones humanas; es un compañero
natural, indisociable, del comercio lícito de los hombres. Sólo que no
debe sobreponerse a éste, sino que le debe estar subordinado. Si se
sale de control, la sociedad colapsa. Y todos pierden. Los jefes del
bajo mundo, los verdaderos, permanecen en la sombra, muchas veces
tras una fachada de honorabilidad sin tacha. Su papel consiste en que
ese mundo turbio se mantenga en sus cauces, para lo cual disponen de
medios propios de coerción y castigo, con frecuencia rudos hasta la
crueldad, pero, sin duda, aleccionadores y efectivos como los que

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más. Son los capos del hampa los jefes policíacos de su mundo, los
que verdaderamente ejercen el control y castigo de los que viven al
margen de la ley. Se les necesita. A cambio de su trabajo, debe
dejárseles hacer, debe tolerarse la ilegalidad siempre y cuando no
perturbe la tranquilidad social ni la beatitud de las buenas conciencias.
Eso lo sabía Henry McGuire.
Sin duda, los barones del bajo mundo querían negociar con él
las reglas. Querían concertar. No le habían enviado ninguna fotografía
ni documento que lo comprometiera, ningún mensaje sobre algún
hecho que lo incriminara, como civil o militar. No hubieran podido
hacerlo, porque nada reprochable había en su pasado. Su hoja de
servicios era brillante, estaba limpia. Su vida personal lo mostraba
como lo que era: una persona normal. No querían chantajearlo, ni
dominarlo. No. Querían pactar con él, establecer las reglas de
cooperación, los principios de buena vecindad. Querían vivir en paz.
Así lo comprendió Henry McGuire, y aceptó la invitación.
La casa de Bill Russell era un monumento al buen gusto.
Todo fue traspasar el recio portón de madera de dos hojas para
penetrar en un ambiente refinado, de cuidada elegancia, de lujo sin
afectación.
Los jardines, cultivados con esmero, advertían que los
habitantes de la casa debían de ser personas de exquisita sensibilidad.
La realidad sobrepasó a la sospecha.
Los esposos Russell recibieron a su invitado en el último
descanso de la escalera de la puerta principal, y lo condujeron a un
salón cuyos ventanales daban a una fuente de la que escurría una tenue
y refrescante cortinilla de agua. El moblaje, de maderas finas, tenía la
marca de Fourier, la exclusiva casa parisina, y tres Tamayo colgaban
de las paredes. Tras una breve estancia en el lugar, suficiente para
beber algún refresco e intercambiar las cortesías obligadas, pasaron al

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comedor. La tertulia transcurrió en un ambiente agradable, ligero. Los
Russell eran excelentes anfitriones y condujeron la conversación
sobre tópicos diversos. Música, pintura, cocina, vinos, política, la
familia, la jardinería. Muy pronto, McGuire comprendió que aquella
invitación constituía una mera exploración. Era un acercamiento; lo
estaban midiendo. Querían conocer sus debilidades, los flancos
vulnerables, que otros se encargarían de atacar. Sin duda, los Russell
conocían muy bien su trabajo, y lo realizaban con gusto y
profesionalismo. Los dejó hacer y se prestó a ello. Al término de la
comida, retornaron al salón. Arguyendo algún asunto doméstico que
reclamaba su atención, la anfitriona dejó a los hombres solos. Quince
minutos más tarde, regresó. Durante ese tiempo, Bill Russell le
comunicó a McGuire el interés que algunos empresarios tenían por
conocerlo y expresarle su apoyo en la tarea delicada y peligrosa que
debía desempeñar. El jefe policíaco aceptó. Se encontrarían ahí el
viernes siguiente, a las siete de la noche.
A la hora convenida, McGuire arribó a la mansión de los
Russell. Vestía un traje gris Oxford, adquirido en Summer’s, algún
día de la semana. Los zapatos y el cinturón eran negros, relucientes.
La camisa, de color azul pálido, de mancuernillas, servía de fondo a
una corbata de seda roja. Al ser anunciado, los invitados se volvieron
hacia él, con atenta curiosidad. Las mujeres lo recorrieron de arriba
abajo. Admiraron su porte varonil. Los caballeros vieron en él a un
individuo recio, decidido. Algo les dijo que con ese hombre se podía
hablar. A nadie sorprendió que llegara solo. Todos habían sido
enterados de su viudez y de su empeño en permanecer soltero.
El jefe policíaco fue presentado a todos los asistentes.
La señora Russell lo condujo hábilmente de un grupo a otro.
McGuire pudo constatar que no había faltado nadie. Ahí estaban los
verdaderos jefes de los bajos fondos de la Gran Ciudad. Los que

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aparecían en los archivos secretos de la corporación policíaca,
siempre sospechosos, nunca denunciados o convictos.
Eran demasiado hábiles para cometer errores; eran en extremo
cuidadosos para hacer negocios ilícitos directamente. De eso se
encargaban sus gerentes y contadores, y los banqueros especializados
en el blanqueo de dinero.
Eran los mismos personajes que la gente admiraba en las
revistas de negocios y de sociales de la ciudad. Eran los respetables
señores que figuraban en los consejos de administración de bancos y
empresas, y que ocupaban los asientos patronales de los más
importantes fondos de beneficencia. No faltaba ninguno. Ahí estaban
todos.
Estaba también Daniela Roseti.
No pudo contener una exclamación admirativa ante la belleza
de la joven italiana.
― La señora Daniela Roseti. El coronel Henry McGuire― dijo
la anfitriona, a manera de presentación, esbozando una sonrisa que el
jefe policiaco sintió cargada de ironía, como si hubiera percibido la
repentina turbación que la hija de Enrico Roseti había provocado en
él.
Un instante le bastó al hombre para captar plenamente a la
mujer. La vio más hermosa que en las fotografías y videos que le
habían sido mostrados en los archivos del cuartel general.
Alta, esbelta, con el blanco marmóreo de la gente de las tierras
altas del norte de Italia.
La rodeó mentalmente por el talle y sintió como se quebraba
ligeramente hacia atrás sobre su brazo. Parpadeó admirativamente.
Cuando sus ojos se encontraron, descubrió en los de ella un cierto
brillo de malicia. Se supo descubierto, pero no se sintió mal. No había

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en aquella mirada ningún atisbo de reproche. Había complicidad,
aprobación. Como si hubieran establecido un pacto secreto en el que
transcurrirían cosas que sólo compartirían los dos. Al estrechar su
mano, la sintió cálida y firme, y adivinó en ella a la mujer que sabía
amar y mandar, entregarse y gobernar. Las palabras fueron
innecesarias. Sus manos y sus ojos se dijeron todo. Se entenderían sin
dificultad. Así lo intuyeron todos los demás. La tensión se disipó y
una atmósfera de paz envolvió la tertulia hasta que, hacia la
medianoche, los Russell despidieron al último de los invitados.
El tiempo demostró que las palabras que no se dijeron no habían
sido necesarias. Los negocios prosperaban como nunca se había visto
y Nueva York se consolidó como el centro financiero mundial. La
violencia callejera se redujo drásticamente y las guerrillas entre
bandas rivales, que en algún tiempo pasado aterrorizaran a la ciudad,
se convirtieron en referencias de otras épocas.
Henry McGuire y Daniela Roseti habían pacificado a la Gran
Manzana. Sólo una cosa permanecía inalterable: El tradicional mal
humor de los neoyorquinos. Aunque eso no desquiciaba el diario
acontecer de la ciudad.
También el tiempo acunó la intimidad entre el hombre y la
mujer. No fue el de ellos un enamoramiento violento y tormentoso.
Eran personas muy distintas en muchos aspectos y por muchas
razones.
Daniela nació en la riqueza; creció protegida y mimada por el
poder. Se educó en los mejores colegios, de acuerdo con un plan
preconcebido por su padre, del que ella no tenía conocimiento.
Fue arcilla dócil en las manos y la mente previsora del viejo
Enrico.
La escuela la puso en posesión de una cultura amplia y sólida;
pero su padre la enseñó a conocer a los hombres, a adivinar sus

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pensamientos, a descubrir sus debilidades y a explotarlas en el mejor
momento y de la mejor manera.
Le había enseñado que la gente no es siempre lo que parece, y
que las principales debilidades de los hombres son la vanidad y la
ambición. “Cultiva su vanidad y alimenta su codicia y los tendrás a
tus pies”, le había enseñado su padre. Y se lo había comprobado.
Cuántos hombres vio ella atrapados en las redes que el jefe
mafioso les había tendido, tentándolos con un negocio jugoso, pero
turbio, del que salieron ampliamente beneficiados, aunque
peligrosamente amenazados en su fama pública por una grabación o
un documento firmado descuidadamente. Cuántas veces tuvo ante sus
ojos fotografías y video grabaciones que daban cuenta de hombres
casados y sin tacha que habían sucumbido ante los encantos de una
bella mujer que había provocado su espíritu conquistador, ese que
todo hombre trae junto con sus más primitivos instintos. “Ningún
hombre soporta el desdén de una mujer ni se resiste ante una sonrisa
y una mirada manejadas con coquetería discreta y fina”, le había
dicho.
Esto también lo había comprobado.
Muchas veces usó su sonrisa y su mirada para conseguir algún
propósito, aunque siempre supo contener el ímpetu de los hombres, a
los que aprendió a mantener prendidos de deseos y esperanzas que
nunca pudieron saber de la tibieza de sus sábanas y de los aromas de
su cuerpo.
Henry McGuire había tenido una trayectoria muy distinta.
Crecido en los barrios de inmigrantes, se hizo en la brega diaria
por sobrevivir. Cada pequeño éxito fue una conquista de su voluntad;
cada triunfo, un acicate a su deseo de ser mejor, a su aspiración de
escapar de un medio social estrecho, sofocante, violento, que

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aprisionaba a su gente en una cárcel de escaseces, conformismo y
degradación.
Hubo de resistir los embates de los envenenadores de niños que
lo incitaban al consumo de marihuana, heroína y cocaína; hubo de
resistirse a las tentaciones de las bandas que deseaban incorporarlo a
sus filas; hubo de rehuir a los retos que los matones del barrio
lanzaban a los jóvenes independientes y fuertes como él, y hubo de
sobreponerse a la creencia de que la escuela era un lugar inútil y sin
sentido para los inmigrantes y sus hijos y los hijos de éstos.
McGuire se sobrepuso a todo ello.
El ejército le proporcionó la cuerda que necesitaba para salir de
las aguas broncas del barrio y alcanzar la otra orilla. El ejército fue su
salvación; por eso le sirvió con gratitud y entrega. No lo proveyó éste
con una cultura amplia, profunda y refinada; pero le dio muchas
oportunidades de conocer el mundo y de asomarse a los laberintos
profundos y escondidos de la naturaleza humana.
Conoció los miedos de los hombres, sus temores y sus fobias;
supo de sus debilidades y de lo que podían hacer ante la amenaza de
un peligro mortal.
Palpó las contradicciones humanas: el odio mezclado con el
amor, la desesperanza oculta en la abnegación, la admiración cegada
por la envidia, la dulzura emponzoñada por la acritud.
Aprendió que el hombre era capaz de traicionar y delatar, si en
ello le iba la sobrevivencia propia.
Constató que la lealtad, la solidaridad y la patria no tenían
sentido alguno ante el peligro de perder la vida. Descubrió, no sin
sorpresa, que los llamados actos de heroísmo en el fondo sólo eran
explosiones de ira irracional, acciones irreflexivas, arrebatos de
impotencia, gritos de rebeldía por haber sido lanzados a la carnicería
por hombres insensibles al dolor humano, ambiciosos y perversos,

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que lucraban fríamente mientras los jóvenes morían destrozados por
cuchillas de fuego que lo mismo caían del cielo, que salían de un
matorral o que emergían con violencia asesina de una mina enterrada
a flor de tierra. Aprendió también que los terroristas, como los
asesinos de su mujer, eran fanáticos para los que la vida ajena no tenía
valor, porque la propia no tenía lugar ni sentido en la sociedad de los
hombres.
Henry y Daniela eran distintos.
Quizá por eso se atrajeron.
O tal vez descubrieron que tenían muchas cosas en común.
Como su soledad interior.
Aunque ambos habían vivido entre mucha gente y caminado
ampliamente por el mundo, eran dos seres solitarios. Conocieron la
naturaleza humana y vieron en ella sus vacíos, sus vicios, sus
sentimientos torcidos. Habían tratado a la gente, pero no se
contagiaron de sus debilidades morales. Los acercaba también el
haber compartido el dolor de la viudez cuando sus vidas de pareja
daban apenas los primeros pasos. Compartían también una cierta
espiritualidad, aquella que surge de la insatisfacción que produce el
vivir una vida nutrida por los jugos viscosos de las acciones turbias,
violentas y groseramente materiales de los hombres. Los acercó,
asimismo, y los echó a uno en los brazos del otro, un mutuo e
irresistible deseo físico. Así fue al principio; pero después nació entre
ellos un cariño que más tarde devino en amor. No fue el amor
arrebatado de la aventura juvenil, o el del affaire adúltero alimentado
por la monotonía marital, la desilusión, el descontento o el despecho.
Se enamoraron porque estaban solos, porque lo necesitaban,
porque quisieron hacerlo. Se acostumbraron a estar juntos;
aprendieron a confiar uno en el otro. Hicieron un mundo propio que
supieron mantener a salvo de sus negocios mundanos. Construyeron

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un remanso en el que a la entrega física precedían recuerdos,
confesiones, ilusiones y esperanzas, y sucedían prolongados
intervalos de silencio en los que, abrazados y protegidos por la
semioscuridad de la habitación, se hundía cada uno en su mundo
interior.
Nunca se preguntaban sobre el rumbo y los objetos de sus
pensamientos.
Sabían que eran reencuentros con vivencias que enraizaban en
los laberintos más íntimos y profundos de su ser. Tal vez revivían
momentos felices, amores imposibles, el recuerdo de los padres idos
o algún temor infantil. Quizá se ocupaban de su propia relación.
Probablemente meditaban sobre lo absurdo que debía parecer, a los
ojos de los pocos que conocían de su amor, el que dos personas
opuestas por tantas cosas, sobre todo por el deber, se hubieran
enamorado como ellos lo habían hecho.
¿Traición a los principios? ¿Olvido del deber? ¿Conveniencia
mutua?
Nunca se lo preguntaron uno al otro. Ni siquiera a sí mismos.
No había necesidad de hacerlo. Ya bastante desagradable y dura era
la existencia diaria, y tan avara en momentos dulces, que hubiera sido
insensato romper aquel ensueño con consideraciones sobre si obraban
bien o mal. Eran felices. Eso era suficiente. Aquellas sus divagaciones
no daban cabida a dichas reflexiones. Eso era seguro. Sólo así se
explica que emergieran de ellas plenos de serenidad y paz interior.
Sólo una vez rompió ella el pacto no escrito de no enturbiar su
mundo idílico con los asuntos groseros de su mundo real.
Fue cuando le preguntó, ¿Qué está sucediendo en Nueva York?

20
IV

Albert Stiglitz había servido al Pentágono por más de


veinticinco años. Participó, de manera destacada, como investigador
en jefe, en los estudios que condujeron a desentrañar los misterios del
genoma humano. Se lo consideraba uno de los pocos hombres de
ciencia, o quizá el único, capaz de explicar en su totalidad los
misterios de la vida escondidos en los cromosomas y en los genes.
Era capaz de predecir las consecuencias físicas y emocionales
que traería sobre un individuo la manipulación genética de un óvulo
fecundado. Él había sido el autor de rarezas humanas que llamaron la
atención en diversas regiones del planeta. Como aquel congolés
insensible al dolor. O el chino que no sabía dormir. O el costarricense
que alcanzó la madurez sexual a los cinco años.
El sueño de Stiglitz, su ambición más cara, había sido
desentrañar los misterios de la vida humana para dominar a los
hombres. Ésa había sido su pasión. A tal propósito, había dedicado
largos y continuados años de su vida. En los laboratorios secretos del
Pentágono, esparcidos por el mundo tras las fachadas más
inverosímiles, experimentó con cuerpos humanos de todas las razas y
edades. La gente desaparecía simplemente y volvía al mundo en
forma de ceniza, una vez que había contribuido a los propósitos de
aquel científico excepcional.
Conocer al hombre había sido su pasión.
Y crear armas para destruirlo, su entretenimiento.
El inventó el arco ZB que el gobierno americano instalara, sin
que nunca nadie se enterara de ello, en todas las garitas de inmigración
de los Estados Unidos y en todos los consulados de dicho país en el
mundo. Por el arco debían pasar los inmigrantes negros, amarillos y
cafés. Ellos no sabían que, a su paso por el arco, sus órganos genitales

21
recibían una descarga invisible e inodora de rayos de altísima
frecuencia que los inutilizaba para la reproducción.
Inventó también el satélite RC, capaz de concentrar sobre un
punto del planeta la humedad atmosférica de toda la amplia zona
circunvecina y hacerla caer ahí, en ese punto, en lluvias torrenciales
que duraban varios días con sus noches. Tan sólo por el placer de
castigar y dominar pueblos enteros. Igualmente podía, con su
máquina infernal, extraer de un área toda la humedad atmosférica y
mantenerla seca hasta la extinción de cualquier género de vida animal
o vegetal.
Esos quehaceres ocuparon el tiempo y los afanes de Albert
Stiglitz durante los más de veinticinco años que sirvió a la oficina
norteamericana de guerra. Hasta su retiro voluntario, cuando cifraba
los cincuenta y cinco años.
Se instaló en Nueva York, en un apartamento en el barrio
alemán, e inauguró una nueva etapa de su vida. Escogió ese lugar para
estar cerca de su hija, de tan sólo once años, quien vivía en una casa
cercana con su madre, de la que Albert se había divorciado, y el nuevo
esposo de ésta. El juez de paz había concedido a la madre la patria
potestad y al padre el derecho de tenerla con él los fines de semana, a
condición de que la pequeña lo aceptara.
Albert adoraba a su hija y la complacía en todos sus deseos y
caprichos.
El año anterior, porque la niña se lo había pedido, había
comprado una cabaña en el apacible club de golf de un reciente
desarrollo residencial situado a sólo 70 millas de Nueva York. Los
padres de una amiga de la pequeña habían hecho lo propio por esas
fechas y acostumbraban a trasladarse allí los fines de semana.
El deseo de estar con su amiga explicaba el que la niña le hubiera
pedido a su padre que adquiriera esa propiedad.

22
Como se había hecho costumbre, un viernes por la noche,
alrededor de las ocho, padre e hija llegaron a la cabaña, dispuestos a
disfrutar un fin de semana inolvidable. Después de cenar y ver una
película, se retiraron a sus habitaciones.
Hacia las doce, el sistema purificador de aire esparció, por todos
los rincones de la casa, un gas inodoro que los sumió en un sueño
pesado y profundo.
Una hora después, cuando el gas hubo sido expulsado, una
figura humana se introdujo en la casa al amparo de las sombras que
dejaban caer sobre los techos unos frondosos oyameles.
Antes de la salida del sol, las voces de quienes desde las cabañas
vecinas se dirigían al green, a las albercas y a las canchas de tenis
despertaron a Albert Stiglitz. Se sintió pesado, torpe, y un fuerte dolor
de cabeza lo obligó a cerrar los ojos y a refugiar la cara entre las
manos. Se incorporó y permaneció algunos segundos sentado sobre el
borde de la cama. Un impulso intuitivo lo lanzó a la habitación de la
niña. La puerta estaba entreabierta. La empujó suavemente,
conteniendo la ansiedad, esperando encontrar quién sabe qué. Notó
que el corazón le latía apresuradamente y que cada palpitación le
golpeaba la cabeza como un violento redoble de tambor. Ciertamente,
como el redoble del tambor ante el cadalso. Sofocó su respiración,
que se había hecho ruidosamente ostensible, y aventuró unos pasos al
interior de la habitación. Su hija estaba en la cama. Cuando sus ojos
se acostumbraron a la penumbra, llegó hasta ella. La pequeña
respiraba acompasadamente. Se tranquilizó. Aunque no
completamente. Presentía que algo había en la habitación. Quizá su
instinto criminal, ahora acallado, afloraba desde las cavernas de su
inconsciente para advertirle que algo no estaba bien. Obligó a sus
pulmones a someter el aire que se empeñaba en salir con violencia,
tal como correspondía a la fuerza de su ansiedad, y, sin moverse de su
lugar, escudriñó los rincones con la vista. Nada descubrió. Luego,

23
dando pasos pequeños, casi arrastrando los pies sobre la alfombra,
buscó, aunque no sabía qué. La niña emitió un leve quejido,
humedeció los labios con la lengua y se volvió hacia la ventana. Se
quejó de nuevo, pero no despertó. Albert se detuvo. No quería que su
hija lo encontrara ahí. Le habría preguntado y él no hubiera sabido
qué contestar. ¿Decirle que sentía, que presentía, que algo extraño
había en la habitación? Vamos. La pequeña se reiría y quizá lo tildaría
de paranoico.
Continuó buscando.
Un violento latido del corazón siguió al descubrimiento que sus
ojos acababan de hacer. Sobre el buró, al pie de la mesa de noche y
recargada sobre ésta, había una tarjeta media carta. Sospechando lo
peor, la tomó con mano húmeda, y salió con el sigilo que le permitía
el estremecimiento que le sacudía el abdomen y le engarrotaba piernas
y pies. Caminó hasta la sala y clavó sus ojos en el papel. No había
duda. El tamaño era el mismo. También el color. El tamaño y el color
tan conocidos. Y tan temidos.
La marca de la mafia.
El estremecimiento desapareció. Cedió su lugar a una sensación
de laxitud. Se sintió sin fuerzas. Luego, leyó. Lentamente. Como si
quisiera retrasar el momento. Había en la tarjeta sólo unas cuantas
letras. Y una dirección.

MSC
1405 Roosevelt Street N.
Washington, D.C.
March 9. 6.00 PM.

Con un profundo sollozo ahogado, Albert Stiglitz se desplomó


sobre el sofá. Lloró largamente. Lloró hasta que sus ojos agotaron la

24
reserva de lágrimas. Lloró como quizá nunca lo había hecho jamás.
Lloró porque sintió dolor. Acababa de conocer el verdadero dolor.
Un devastador sentimiento de culpabilidad embargó su espíritu.
Sólo entonces, por primera vez en la vida, comprendió la magnitud de
su ruindad. Y se desmoronó. Sólo que ahora no era su cuerpo el que
se abatía, sino su alma y su voluntad. Hecho un guiñapo, lo encontró
su hija hacia media mañana, cuando el sol, el tardío sol invernal que
ya empezaba a colgarse los primeros brillos y colores de la primavera
cercana, iluminaba cada objeto y cada escondrijo de la sala de estar.
Ahí estaba su padre. Inmóvil y con la mirada perdida en quién sabe
qué recuerdos y lugares. Algo le dijo ―el instinto, tal vez― que su
padre sufría un gran dolor. En silencio, se sentó a su lado y lo abrazó.
Una tarjeta de color azul que el hombre tenía en las manos llamó su
atención. La tomó. Nada le dijeron aquellas pocas letras escritas a
mano con tinta color sepia.

Sólo tres días habían transcurrido desde el Gran cambio


experimentado por la población de Nueva York. Durante esas setenta
y dos horas, la bondad había tomado por asalto el corazón de los
neoyorquinos y de los de quienes, desde el exterior, pusieron un pie
en Manhattan. Todo era buenas maneras; las intenciones sanas
campeaban en las relaciones humanas; los negocios se sujetaban a las
leyes, y las ganancias estipuladas en las transacciones no dejaban
lugar para la usura o las cláusulas ventajosas. Ni qué decir de los
negocios turbios y de los rubros negros. Estaban proscritos.
El submundo se paralizó.
Meretrices, puchadores, contrabandistas, alcahuetes, cantineros
de bares ilegales, propietarios de casas de juego clandestinas,

25
apostadores, traficantes, extorsionadores, sobornadores, en fin, todos
aquellos que vivían al margen de la ley, que se enriquecían o
sobrevivían tras las fronteras de la legalidad, habían dejado de ganar.
Pero nadie se quejaba. No se lamentaban por las pérdidas. Por
el contrario, hombres y mujeres se avergonzaban de su pasado
miserable. Y se empeñaban en rehacer sus vidas, con determinación
y optimismo. En lo sucesivo, habría que ser bueno. Sí, señor. Ésa era
la consigna. Venida de quién sabe dónde. Eso no importaba. Había
que ser buenos. Ésa era la nueva divisa. No se necesitaba más. Ya no
más adulterio, ya no más violencia familiar, ya no más arreglos
turbios entre empresarios y funcionarios públicos, ya no más
simulación en el empleo, ya no más hostigamiento sexual en los
centros de trabajo, ya no más violencia infantil, ya no más maltrato a
las mujeres, ya no más tráfico de órganos.
Todo mundo era feliz. En Manhattan, por supuesto. Aunque los
negocios se hubieran desplomado. No sucedía así en el exterior.
Quienes salían de la isla recobraban la razón y, con espanto, daban
cuenta de lo que sucedía en aquel paraíso terrenal redivivo. Ante las
narraciones de los que habían dejado la isla ―no con la intención de
escapar, hay que decirlo, pues ninguna sospecha de que algo malo o
indeseable estuviera ocurriendo― sino porque así lo habían decidido
impelidos por alguna necesidad cualquiera, casi nadie se atrevía a
penetrar o a regresar a la gran urbe. Ni los aventureros más temerarios.
Sí lo hacían, también hay que reconocerlo, los sinceros buscadores de
la salvación del alma. Muy pocos, por cierto. Los miles de pregoneros
del bien que pueblan las iglesias de todo el mundo habían guardado
una discreta distancia. Ningún intento habían hecho por conocer y
vivir la que, sin duda alguna, podría ser la primera comunidad de
hombres que rigieran su vida por los más altos principios de la
convivencia. Quizá todos ellos, muy en el fondo de su corazón,
compartieran la creencia de que la bondad no era la verdadera
argamasa de la sociedad de los hombres.

26
La nueva sociedad neoyorquina era la noticia en todo el mundo.
Los que habían salido de la isla negociaban contratos fabulosos por la
exclusividad de la narración de sus experiencias. Las grandes estrellas
del espectáculo y las figuras notables de la política debieron ceder las
mejores planas y los mejores horarios a los ex residentes del paraíso.
Todos los medios de comunicación de todos los países, especialmente
los grandes consorcios noticiosos, rodeaban a la gran isla, por tierra,
aire y mar. El ejército, la guardia nacional y la armada habían
determinado las coordenadas, es decir, las fronteras, entre la tierra del
bien y la tierra normal. Nadie podía traspasar los límites establecidos.
Desde el primer día, hizo su aparición un problema mayúsculo. Los
trabajadores del transporte se negaron a cubrir la ruta de Nueva York.
Pilotos, choferes, maquinistas y demás se negaron a poner un pie en
Nueva York o en sus alrededores. El colapso de la economía
neoyorquina era evidente. Y las repercusiones sobre la economía
mundial no se harían esperar. Los más lúcidos no tardaron en
imaginar la conmoción que sobrevendría en las corrientes financieras
mundiales, en la producción y en el empleo. Y en la paz social. Los
políticos se estremecieron, mientras los revolucionarios
profesionales, los obcecados salvadores de la humanidad, se frotaban
las manos ante la gran esperanza de redención que aquel hecho
fortuito significaría para los desheredados del mundo.
El presidente de los Estados Unidos convocó con urgencia a una
reunión del Consejo de Seguridad y demandó a sus integrantes una
explicación. Nadie pudo darla. Nadie se atrevió siquiera a esbozar
alguna teoría. Ante el desconcierto, todos prefirieron callar. El temor
al ridículo era más grande que su audacia. El presidente los despachó
con cajas destempladas y le ordenó al Secretario de la Defensa que
antes de veinticuatro horas se presentara ante él con la explicación y
la solución, so pena de ser removido fulminantemente. Luego, hizo
comparecer, con la misma premura, a los miembros del Consejo
Nacional de Ciencias, quienes, por toda respuesta a las preguntas

27
agrias del presidente, sólo acataron a clavar sus ojos en la carpeta de
la mesa de reuniones.
― No comprenden ―les había dicho el presidente― que si el
Síndrome Manhattan― así se le ocurrió llamarlo sin pensarlo―
cunde en otras ciudades de los Estados Unidos y de otros países, la
economía mundial colapsará a tal grado que la parálisis económica
será el verdadero jinete del Apocalipsis, el último Ángel
Exterminador. Retírense a deliberar. Consulten a quienes tengan que
consultar. Traigan a quien pueda dar alguna pista, alguna explicación.
No importa dónde se encuentre. Secuéstrenlo, si es necesario. Tienen
veinticuatro horas―. Acto seguido, a grandes zancadas, como
correspondía a la gravedad de la situación, abandonó el salón.
No tuvo que esperar el presidente de los Estados Unidos de
América las veinticuatro horas que había fijado a los sabios y a los
expertos en seguridad de su país.
Cuando el cuarto día iba a empezar, un haz de energía, lanzado
con precisión milimétrica desde un satélite militar, hizo saltar en
añicos la antorcha de la Estatua de la Libertad.
Tras el impacto, el hechizo se rompió.
Sólo unos segundos llevó a los neoyorquinos recobrar sus malas
maneras y sus formas de vida habituales. Las blasfemias e
imprecaciones por los negocios bien hechos, los exabruptos por las
ganancias que se dejaron de obtener, por los placeres ocultos que se
dejaron de gozar, exacerbaron los ánimos a tal grado que la violencia
y la agresividad rebasaron durante los siguientes días los niveles
habituales, hasta que todo volvió a la normalidad.

28
VI

Daniela Roseti intuyó la clave del “Síndrome Manhattan” antes


que nadie.
― Esto no es obra de Dios, ni fruto de la casualidad ―le había
confiado a Henry McGuire desde el principio―. Es obra de un
científico ―había concluido.
El jefe policiaco había aceptado su hipótesis, y habían
convenido en identificar, cada uno por su lado, con los recursos y
contactos que les eran propios, a los hombres y mujeres de ciencia
que pudieran haber causado cambio tan importante en la habitual
forma de ser de los habitantes de la isla. Se habían interrogado sobre
los motivos y habían descartado móviles militares o terroristas. No
había habido muertos; por el contrario, todo parecía encaminado al
exterminio de la violencia y a la preservación de la vida. Tampoco se
sabía de ataques en contra de edificios públicos o de servicios
colectivos vitales para la ciudad, como el metro o el tren subterráneo.
Habían descartado las motivaciones económicas, porque la parálisis
de la economía negra afectaba a todos por igual.
Se miraron a los ojos sin atreverse a decir lo que se había hecho
presente en la mente de los dos.
― Razones morales ―dijo ella casi en susurro.
― Un científico con fuertes motivaciones morales ―completó
él.
El dinero del bajo mundo nunca había sido desdeñado por los
centros de investigación científica. Recursos procedentes del
narcotráfico o de la trata de blancas o del contrabando o de cualquier
otro giro negro engrosaban las chequeras de los mejores
investigadores del mundo, y les proveían de dinero para la compra de

29
equipo y el pago de ayudantes y todo género de materiales de trabajo.
Los hombres de ciencia conocían el origen de las subvenciones, pero
acallaban su conciencia por el beneficio que su trabajo y
descubrimientos reportaban a la humanidad. Además, el dinero les era
proporcionado por respetables fundaciones, libres de cualquier
sospecha de conducta irregular. Los empresarios del bajo mundo
recibían a cambio, con frecuencia antes que nadie o que se hicieran
públicos, las primicias de los resultados de las investigaciones.
Muchos de esos hombres de empresa tenían un pie en cada lado de la
línea que separaba lo legal de lo ilegal. Hacia las empresas honorables
fluían los prototipos y descubrimientos. Ahí se incorporaban en las
cadenas productivas que abastecían al mundo de nuevos
medicamentos, sistemas de comunicación y demás. O simplemente se
los congelaba, si su utilización en proyectos productivos de gran
escala perjudicaba las tasas de ganancia.
¿Por qué, por ejemplo, liberar la vacuna contra la gripe o la
leucemia si la erradicación de ambos flagelos de la humanidad podría
significar la ruina de las importantes empresas farmacéuticas de su
propiedad?
La salud era importante, sin duda, pero después de los negocios.
El viejo Enrico Roseti había construido el complejo entramado
por el que circulaban dineros y conocimientos. Su hija lo había
heredado y perfeccionado. Daniela acudió a los hombres de ciencia
en busca de respuestas. ¿Sabían qué explicaba el “Síndrome
Manhattan”? ¿Sabían quién podría haberlo causado? ¿Y por qué?
Henry McGuire había servido en la sección de inteligencia
militar de la oficina de guerra de los Estados Unidos. Tuvo acceso a
investigaciones secretas que los laboratorios de su gobierno
realizaban para la creación de armas de gran efectividad, pero tan
peligrosas que se las mantenía en bóvedas secretas a varias decenas
de metros de profundidad. De las más letales, sólo unos pocos, entre

30
los que a veces no figuraban el presidente ni los políticos de
Washington, habían llegado a saber. McGuire las conoció. Algunas
de ellas fueron ensayadas bajo su mando en condiciones estrictamente
controladas. A veces, en guerras locales que fueron provocadas con
la intención de crear laboratorios reales de experimentación. Otras, en
poblaciones pequeñas y aisladas que desaparecieron sin dejar rastro.
Tribus del Amazonas primitivo, villorrios del África Negra más
remota, minúsculas aldeas de las montañas del Asia Central
comprobaron con la vida de sus habitantes la efectividad de una gran
diversidad de nuevos medios de exterminio.
Henry McGuire había conocido aquel mundo: máquinas y
substancias de destrucción tan mortíferas como inverosímiles. Y
había conocido y tratado a sus creadores. Como a Daniela Roseti sus
pesquisas, sus recuerdos lo habían conducido a un solo nombre.

VII

A la hora fijada, Albert Stiglitz llegó al 1405 de Roosevelt Street


N. en Washington, D.C. Ya lo esperaban. Dos hombres corpulentos,
de pelo corto y porte marcial, lo introdujeron en el ascensor. Contra
lo que esperaba, en lugar de subir, la caja descendió hasta el último
piso, cuatro niveles abajo.
Se estremeció.
Esperaba lo peor.
En silencio, con un movimiento de cabeza corto y enérgico, uno
de los custodios le indicó que debía salir del ascensor, cuando éste
abrió sus puertas. Obedeció mansamente. Otro hombre, parecido a los
anteriores, lo recibió y le hizo señas de que lo siguiera. Caminaron a
lo largo de un pasillo iluminado por potentes lámparas de luz neón

31
empotradas en el techo. El prisionero ―así se sentía ya― advirtió los
monitores y las cámaras de filmación que daban cuenta de todo cuanto
acontecía en las oficinas y pasajes del piso. Súbitamente, el guardián
se detuvo ante una puerta, giró la perilla y le franqueó el paso. Cerró
la puerta tras él. Albert echó una mirada rápida. Fue suficiente para
hacerse cargo de la situación. Las paredes lucían sólidas. No había
duda: eran de concreto armado. Estaban pintadas de blanco. Sólo una
era diferente. Hacia la mitad, una plancha de cristal, de
aproximadamente un metro y medio de ancho, se extendía de un lado
a otro de la sala. Sin duda, estaba en una cámara de observación. El
mobiliario consistía en una silla situada frente a la lámina de vidrio.
Comprendió la razón de su presencia ahí.
Sería interrogado.
No se equivocó.
― Buenas tardes, doctor Stiglitz― saludó una voz masculina
desde el otro lado de la pared de vidrio.
Las palabras le sonaron deformadas, señal inequívoca de que su
interlocutor no deseaba ser reconocido.
― Siéntese, por favor― le dijo la misma voz en tono amable,
pero imperativo―. Seguramente sabe la razón de que lo hayamos
traído aquí―. Tras una breve pausa, el de la voz continuó:
― Creemos que usted es el responsable de los cambios sufridos
por la población de Nueva York. Todos sabemos ya lo sucedido. Pero
no sabemos cómo se ha hecho. Tenemos fuertes indicios para
sospechar que usted es el responsable. Para asegurarnos que nos lo
dirá, pronto y exactamente, hemos instalado en su hija un microchip
subcutáneo, como ya sabe usted.
Albert Stiglitz se estremeció, y tímidamente se atrevió a
preguntar:

32
― ¿De qué clase?
― Eso no tiene importancia― le contestó la voz―. La clase es
lo de menos. Todos son igualmente destructivos. Usted lo sabe mejor
que nadie. ¿O ya lo olvidó?
Cómo olvidarlo.
Los MSC habían sido de su exclusiva invención. Consistían en
diminutos estimuladores de las proteínas genéticas de las células.
Podían emitir una gama infinita de radiaciones, cada una capaz de
estimular una proteína genética particular. Sus estudios del genoma
humano le habían enseñado que cada función del organismo era
gobernada por una proteína específica, y que bastaba con alterar ésta
para afectar aquélla. Una gobernaba el sistema inmunológico, otra el
sueño, la de más allá la reproducción ordenada de las células. Él había
desentrañado el misterio de la vida y, al hacerlo, sintió que se había
igualado a Dios.
Podía manipular a los hombres, aún desde la concepción, a su
capricho.
Después de dicho descubrimiento mayor, ya no había secretos
que valiera la pena develar. Descubierta la trama íntima de la obra
más grande del Creador, lo demás carecía de valor. Perdió interés en
la investigación y se aplicó a la invención de medios de manipulación
genética. Sólo por diversión. Insertado el microchip bajo la piel, una
computadora, conectada a un satélite espacial, le enviaba una señal
con la orden precisa de la radiación que debía emitir. El sistema
eléctrico del cuerpo la hacía llegar de inmediato a todas las células del
organismo.
Las posibilidades eran infinitas e inimaginables.
Y horrendas.

33
Una señal ordenaba el rompimiento de las membranas celulares
y en segundos el cuerpo humano se desvanecía en una asquerosa masa
de humores espesos y sanguinolentos. Otra estimulaba la proteína de
la percepción auditiva y el individuo desarrollaba una sensibilidad al
sonido tan fina que su cabeza se convertía en una caja de resonancia
atroz, tanto que al poco tiempo su cerebro, estremecido por ruidos
ensordecedores, explotaba en un mar de dolores y la víctima
enloquecía sin remedio. ¿Cuál señal recibiría el microchip insertado
bajo la piel de su pequeña? Un chispazo de esperanza lo animó a una
defensa.
― No es posible. Sólo yo conozco ese secreto.
― Se equivoca, doctor Stiglitz. ¿Se ha olvidado de sus
ayudantes? Ellos robaron su secreto. Ellos hicieron el trabajo por
nosotros.
Quien habló esta vez fue una mujer, y su voz se escuchó
deformada como la anterior.
― No es posible. Fueron mis discípulos. Yo los hice. Me juraron
lealtad.
― Déjese de zarandajas, doctor. No hay lealtad superior a la
ambición, ni gratitud que el dinero no pueda corromper. Sus
discípulos son una caterva de miserables codiciosos como cualquier
estibador de los muelles ―dijo la mujer, usando ahora un tono seco y
duro que el deformador de voces no pudo disimular.
― Albert― dijo ahora el hombre― no tenemos más tiempo que
perder. Sabe que existen muchísimas maneras para hacerlo hablar.
Hable pronto y salve a su hija. Si no lo hace, utilizaremos otros
medios, y, una vez que nos haya dicho todo, los mataremos a los dos.
Stiglitz comprendió que no había escapatoria. Con voz
temblorosa explicó:

34
― Durante mis estudios del genoma humano, descubrí que el
humor, los sentimientos y el estado de ánimo de la gente están
asociados con un gen que puede ser manipulado por medio de una
cierta frecuencia de radio, imperceptible para el oído humano, que
puede ser transmitida a través de la radiodifusión ordinaria o de la
televisión. Un poco después, aislé la proteína específica y calibré con
toda precisión la magnitud de la onda. Adquirí el poder de controlar
el carácter de la gente, de hacerla buena o mala.
Al llegar a este punto, un sentimiento de orgullo se filtró en su
voz. Después de una pausa, continuó:
― El cerebro la transforma en impulsos nerviosos que son
despachados a los genes. Tal radio frecuencia existe de manera
espontánea en la naturaleza y varía, aunque ligeramente, con las
estaciones del año y el estado de la atmósfera. Las personas lo
perciben, pero no meditan sobre ello. Saben que en primavera, verano
y otoño impera el buen humor, y que en invierno sucede al revés, pero
no se preguntan por qué. Concluyen, con simpleza, que son cosas de
la estación. Lo que hice fue modificar la densidad en el aire de esa
radio frecuencia. Lo experimenté muchas veces. Siempre para enojar
a la gente y hacerla desatinar. Lo llevé a cabo en Indonesia a fines del
siglo pasado. Logré enfurecer tanto a la gente que se amotinaron
contra el gobierno. Quemaron, robaron, asesinaron. Dejaron escapar
sus instintos destructivos. Nadie pudo contenerlos. El presidente se
vio obligado a dimitir. Todos creyeron que la gente se había
amotinado por la crisis económica que azotaba al país y que la paz
advino tras la dimisión de aquél. Nada que ver. Yo encendí los ánimos
de la población, y, cuando me aburrí, la calmé. Hice otro tanto en otros
países. Yo provoqué las guerras étnicas en los Balcanes, yo recrudecí
los odios en Afganistán y solivianté a los kurdos contra las fuerzas de
Sadam-Husein.

35
Hizo una pausa. Se descubrió agitado, casi ensoberbecido. Miró
hacia el piso, luego a sus manos y exclamó:
― Actué mal. Causé mucho daño. He querido reparar mis
culpas. Por eso he dulcificado el carácter de los habitantes de
Manhattan. Éste es sólo el comienzo; haré lo mismo en todas las
ciudades del mundo. Muy pronto el planeta mostrará un rostro nuevo.
Stiglitz calló y un silencio denso se cernió en ambos lados del
cristal.
― ¿Qué usó en este caso? ―preguntó el hombre.
― Un radio emisor y una computadora de bolsillo.
― ¿Sólo eso?
― Sí.
― ¿En dónde están?
― En la antorcha de la Estatua de la Libertad.
La mujer levantó un teléfono y transmitió la ubicación. Cinco
minutos después, recibió el mensaje esperado. La Estatua de la
Libertad necesitaría una antorcha nueva. Los cinco minutos
transcurridos le parecieron a Albert Stiglitz una eternidad. La
incertidumbre pesaba como una losa sobre su cabeza. Los latidos del
corazón golpeaban sus sienes con monótona insistencia. Una duda
aterrorizaba su ánimo. ¿Qué suerte correría su hija? ¿Qué destino
esperaba a los dos? La imagen del cuerpo de su pequeña alterado por
alguno de la infinita cantidad de cambios que el microchip podía
inducir en su sistema genético le causaba angustia y pavor. La voz de
la mujer lo sacó del ensimismamiento en que se había sumido.
― Es usted un científico brillante, doctor Stiglitz. Le dio Dios,
como a los escogidos por Él, el don del conocimiento. Lo dejó saber.
Le permitió que develara sus secretos. Porque Él lo quiso, logró usted

36
conocer el misterio de la Creación. Sin embargo, la altura lo
emborrachó. Lejos de la humildad reverente que debían haberle
causado tan sublimes revelaciones, usted se ensoberbeció. Se creyó
un Dios redivivo. ¿O no fue así? ¡Cuánto daño ha hecho! Es usted un
monstruo. Un peligroso megalómano a cuyo lado Idi Amin, Adolfo
Hitler, el “padrecito” Stalin y todos los grandes genocidas de la
historia poco tienen qué decir. Usted es un hombre a medias. Es
perverso, pero sin convicción plena. Por eso los remordimientos lo
han hecho retroceder. Los recuerdos de sus maldades le escuecen la
conciencia, y quiere reparar sus malas acciones con otras acciones que
usted piensa que son mejores. ¿Cree que con llenar de bondad el
corazón de los neoyorquinos, o el de los mexicanos, o el de los
romanos y el de todos los hombres del mundo pagará sus inhumanas
acciones? ¿Compensará con ello el dolor de los padres que
envejecieron y murieron sin comprender por qué sus hijos jamás
dejaron la edad infantil? ¿O el de tantos hombres y mujeres que no
conocieron la paternidad porque usted “quemó” sus órganos
reproductores? Dios quiso que en nuestros corazones vivieran la
bondad y la maldad. Juntas. Al mismo tiempo. Dejó a cada alma la
decisión de inclinarse por la una o por la otra. Usted se atribuyó el
derecho de decidir y decidió por todos. Ha sido usted un sabio tonto.
No logró comprender que ni la bondad ni la maldad se explican por sí
solas. Son como la vida y la muerte. Se necesitan una a la otra para
existir. Si la maldad desapareciera, el mundo se estancaría porque la
bondad conduce a la inmovilidad. Si sucediera lo contrario, el mundo
se destruiría porque la maldad es acción sin freno. Bondad y maldad
son contrarios indisociables en los que la sociedad de los hombres ha
fincado la evolución. Eso que llamamos progreso jamás se hubiera
dado sin la ambición de los hombres por poseer y dominar y sin la
conciencia de que existen ciertos límites que nadie debe rebasar. A
esto último, llamamos moral. ¿Sabe qué lo hizo cambiar? El amor por
su hija. Despreocúpese. No es a ella a quien insertamos el microchip.

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Fue a usted. Ella vivirá una vida feliz al lado de su madre y del esposo
de ésta. Usted no volverá a saber quién es. Dentro de unos segundos,
nada recordará. Se quedará sin alma, que a eso equivale no recordar.
Ya no podrá redescubrir el mundo, porque ya no podrá revivir las
riquezas que su mente ha atesorado. Perderá la conciencia, que es todo
cuanto da sentido a nuestro paso por el mundo. Perderá recuerdos,
nombre y patria; perderá sus raíces y su futuro. Ya no habrá para usted
un lugar en el mundo de los hombres. No tendrá el recurso de acudir
a Dios, que es el refugio de los desdichados y el remanso espiritual de
los condenados. Ya no sabrá usted de amor, ni de anhelos, ni de
sueños, ni de esperanzas. Sus ojos no brillarán nunca más con la luz
de la inteligencia. Ése será su castigo.
Dicho esto, Daniela Roseti, con una inclinación de cabeza, dio
la orden. El operador oprimió una tecla y la computadora activó en el
microchip la frecuencia que destruiría la memoria de Albert Stiglitz.
A otra orden, esta vez de Henry McGuire, fue conducido hacia
el exterior.
Los mismos hombres que lo habían introducido en el edificio se
encargaron de entregarlo a las sombras de la noche que se cernían
sobre la ciudad.
Se dejó conducir como un corderillo, mansamente, sin voluntad.
Lo abandonaron en las calles de la ciudad capital.
Se quedó inmóvil.
Los transeúntes lo esquivaban. Ninguno sospechaba que aquel
hombre no sabía quién era ni a dónde ir.
Que tampoco se percataba de que aquellos otros vagabundos que
disputaban a las ratas los desperdicios arrojados en los botes de
basura, alguna vez habían tenido, como él, memoria, y, en sus ojos, el
brillo de la inteligencia de los hombres que son, de lo cual él los había
despojado alguna vez, sólo por el placer de usar su poder.

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Albert Stiglitz nunca pudo saber que, esa noche, Henry y
Daniela, en su penthouse, después de amarse, durmieron hasta el
amanecer en la penumbra olorosa a esencias de azahar.GMG

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