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Instituto del Pensamiento Socialista

Karl Marx

LÁSICOS Y ONTEMPORÁNEOS
Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels
(1820-1895) fueron militantes teóricos y políti-
cos socialistas revolucionarios del proletariado.
Provenientes de la llamada “izquierda hege-
liana”, avanzaron por diversos caminos –que
incluyó el periodismo social y político, las po-
lémicas filosóficas y teóricas– hacia la funda-
ción de una nueva doctrina (o praxis) basada
en el pensamiento político y social francés, la
economía política inglesa y la filosofía clásica
alemana, sintetizando así los mejores logros de
las ciencias y la lucha de clases de su época.
Participaron y fundaron la Asociación Inter-
nacional de Trabajadores (o I Internacional),
y, ya solo Engels, de la fundación de la II In-
ternacional.
Entre sus principales obras –algunas escri-
tas conjuntamente, otras firmadas por uno
u otro– están: Manifiesto del Partido Comunista;
La situación de la clase obrera en Inglaterra; El diecio-
cho Brumario de Luis Bonaparte; La lucha de clases
en Francia; Revolución y contrarrevolución en Ale-
mania; Salario, precio y ganancia (Ediciones IPS,
2010); Anti-Dühring; El capital. Otras obras fue-
ron publicadas póstumamente: La ideología ale-
mana, Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, y
los Grundrisse.
KARL MARX
FRIEDRICH ENGELS
Marx, Karl
El manifiesto comunista / Karl Marx y Friedrich
Engels. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires :
Ediciones IPS, 2014.
128 p. ; 17x11 cm. - (Clásicos y contemporáneos)

Traducido por: Julio Patrio Rovelli


ISBN 978-987-29975-4-0

1. Marxismo. I. Engels, Friedrich II. Rovelli, Julio Pa-


tricio, trad.
CDD 320.531

Diseño: Julio Patricio Rovelli


Cubierta: en base a una caricatura de Gilberto Maringoni,
cedida por el autor y Editorial Boitempo, © 1998

ISBN: 978-987-29975-4-0

© Ediciones IPS, 2014


de la presente edición
Riobamba 144 // C1025ABD
[54 11] 4951 5445
Of. comercial:
Av. Entre Ríos 140 5to. Dpto. A // C1079ABO
[54 11] 4372 0590
Ciudad Autónoma de Buenos Aires // Argentina
edicionesips.com.ar // edicionesips@gmail.com

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723


Libro de edición argentina
Índice

7 Nota editorial

9 Manifiesto del Partido Comunista


11 I. Burgueses y proletarios

29 II. Proletarios y comunistas

42 III. Literatura socialista y comunista


58 IV. Posición de los comunistas frente a
los diferentes partidos de la oposición

61 Prólogo a la edición alemana de 1872

64 Prólogo a la edición rusa de 1882

67 Prólogo a la edición inglesa de 1888

Anexos
75 Principios del comunismo
Friedrich Engels

103 A noventa años del Manifiesto


Comunista
León Trotsky
Documento
119 Nuestro objetivo es la conquista
del comunismo
Apartado del Manifiesto “Por un Movimiento
por una Internacional de la Revolución
Socialista-Cuarta Internacional”
Nota editorial

La presente versión del Manifiesto Comunista ha sido


traducida del francés en base a la que realizara Laura
Marx en 1893, publicada en 1894 en la revista L’Ére
Nouvelle. Con el sentido de ampliar y comparar esta
traducción hemos consultado la edición contenida en
las Œuvres de Karl Marx, Tome I - Économie I, bajo
la supervisión de Maximilien Rubel (París, Gallimard,
Bibliothèque de la Pléiade, N.° 164, 1963). De esta
manera sumamos a la primera edición los agregados
posteriores que realizara Friedrich Engels.
En relación a los prólogos hemos seleccionado tres
que a nuestro modo de ver eran los más significativos
para una edición de bolsillo1. Además, publicamos
“Principios del comunismo” (1847), un texto de
Engels pensado como un panfleto de divulgación para
la Liga de los Comunistas bajo la forma de “preguntas
y respuestas”.
La Colección de bolsillo de Ediciones IPS intenta,
con el presente volumen que el lector tiene en sus
manos, una edición que sea accesible a los nuevos
lectores del marxismo, para lo cual hemos realizado una
traducción lo más fiel posible, a su vez colocando notas,
tanto las de Engels –aparecidas en diversas ediciones
subsiguientes del Manifiesto– así como también algunas
indispensables que agregamos al final de cada capítulo,
con la intención de centrarnos en la lectura de este,
sin intentar abarcar los estudios, las referencias y las
múltiples posibles lecturas que aún suscita el Manifiesto.
7
Nuestro objetivo es acercar un material de primera
mano, un primer acceso al propio texto.
Por último, a nuestra propia traducción la hemos
comparado con las múltiples y variadas ediciones en
castellano, de la cuales queremos destacar la de Miguel
Vedda (Bs. As., Herramienta, 2008), realizada a partir
de una versión en alemán.
Lo que nos parecía indispensable agregar, en su
sentido político y teórico, es el texto que escribiera
León Trotsky en su exilio mexicano, “A noventa años
del Manifiesto Comunista” (1937), ya que este actualiza y
pone de relieve la vigencia de esta obra, en el siglo XX,
en la propia tradición del marxismo revolucionario.
Un último texto anexo lo compone el fragmento
final de un manifiesto internacionalista sobre la actua-
lidad de la lucha por el comunismo, publicado por la
Fracción Trotskista-Cuarta Internacional en 2013.
***
La presente edición contó con la colaboración
de Valeria Foglia, y estuvo a cargo de Julio Patricio
Rovelli y Demian Paredes.

Notas
1 En vida de Marx y Engels se publicaron: (1) Prólogo a la (se-
gunda) edición alemana, 1872; (2) Prólogo a la (segunda) edición
rusa, 1882; (3) Prólogo a la (tercera) edición alemana, 1883; (4)
Prólogo a la edición inglesa, 1888; (5) Prólogo a la (cuarta) edición
alemana, 1890; (6) Prólogo a la edición polaca, 1892; y (7) “A los
lectores italianos”, 1893 [NdE].

8
Manifiesto del Partido Comunista

Un fantasma recorre Europa: el fantasma del co-


munismo. Todos los poderes de la vieja Europa se
unieron en una santa alianza para acosar a ese fantas-
ma: el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales
franceses y los policías alemanes1.
¿Qué partido de oposición no fue acusado de comu-
nista por sus adversarios en el poder? ¿Qué partido de
la oposición, a su vez, no lanzó a sus adversarios más
avanzados de la oposición, al igual que a sus enemigos
reaccionarios, el epíteto estigmatizante de comunista?
De esto resulta una doble enseñanza:
Que el comunismo ya es reconocido como un po-
der por todos los poderes de Europa.
Que es hora de que los comunistas expongan ante
el mundo sus fines, sus objetivos y sus tendencias, y
opongan a la leyenda del fantasma del comunismo un
manifiesto de su propio partido.
Con este fin, comunistas de las más diversas na-
cionalidades se reunieron en Londres y redactaron
el siguiente manifiesto, que será publicado en inglés,
francés, alemán, italiano, flamenco y danés.

Notas
1 Pío IX, elegido papa en 1846, pasaba por “liberal”, pero no
era menos hostil hacia el socialismo que el zar Nicolás I que, con
anterioridad a la Revolución de 1848, jugó en Europa el papel de
9
gendarme. Justo en aquel momento tuvo lugar un acercamiento
entre Metternich, canciller del Imperio austríaco y jefe reconocido
de toda la reacción europea, y Guizot, historiador eminente y mi-
nistro francés, ideólogo de la gran burguesía financiera e industrial
y enemigo intransigente del proletariado. A petición del Gobierno
prusiano Guizot expulsó a Marx de París. La Policía alemana per-
seguía a los comunistas no solo en Alemania también en Francia,
en Bélgica y hasta en Suiza, esforzándose por todos los medios
para obstaculizar la difusión de su propaganda [NdE].

10
I. Burgueses y proletarios1

La historia de todas las sociedades hasta nuestros


días2 es la historia de la lucha de clases.
Libre y esclavo, patricio y plebeyo, señor y siervo,
maestro3 y oficial; en una palabra: opresores y opri-
midos, enfrentados siempre, mantuvieron una lucha
ininterrumpida, velada en ocasiones, y en otras franca
y abierta; una lucha que conduce en cada etapa a la
transformación revolucionaria de toda la sociedad, o
al hundimiento de las clases en pugna.
En las épocas anteriores de la historia encontramos
por doquier una completa división de la sociedad en
diversos estamentos, una múltiple escala gradual de
posiciones sociales. En la antigua Roma encontramos
patricios, caballeros, plebeyos y esclavos; en la Edad
Media, señores feudales, vasallos, maestros, oficiales y
siervos, y, además, dentro de cada una de estas clases
hallamos, a su vez, gradaciones especiales.
La moderna sociedad burguesa, que se alza de en-
tre las ruinas de la sociedad feudal, no abolió los an-
tagonismos de clase. Únicamente sustituyó las viejas
clases, las viejas condiciones de opresión, las viejas for-
mas de lucha por otras nuevas.
Sin embargo, nuestra época, la época de la burgue-
sía, se distingue por haber simplificado los antagonis-
mos de clase. Toda la sociedad se ha dividido, cada vez
más abiertamente, en dos grandes campos enemigos,
en dos grandes clases que se enfrentan directamente
entre sí: burguesía y proletariado.
11
De los siervos de la Edad Media surgieron los bur-
gueses de las primeras ciudades; de este estamento ur-
bano salieron los primeros elementos de la burguesía.
El descubrimiento de América y la circunnavega-
ción de África ofrecieron a la burguesía naciente un
nuevo campo de acción. Los mercados de las Indias
Orientales y de China, la colonización de América,
el intercambio con las colonias, el incremento de los
medios de cambio y de las mercancías en general im-
primieron al comercio, a la navegación y a la industria
un impulso jamás conocido y aceleraron, con ello, el
desarrollo del elemento revolucionario que se escondía
en el seno de la sociedad feudal en decadencia.
La antigua organización feudal o gremial de la in-
dustria ya no podía satisfacer la demanda, que crecía
a partir de nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto
la manufactura. Los maestros de los gremios se vieron
desplazados por la clase media industrial; la división del
trabajo entre las diferentes corporaciones desapareció
ante la división del trabajo en el seno del mismo taller.
Pero los mercados crecían sin cesar, la demanda iba
siempre en aumento. Ya no bastaba tampoco la manu-
factura. El invento del vapor y la maquinaria revolu-
cionaron entonces la producción industrial. La gran
industria moderna sustituyó a la manufactura; el lugar
de la clase media industrial vinieron a ocuparlo los
millonarios industriales –jefes de verdaderos ejércitos
industriales–, los burgueses modernos.
La gran industria creó el mercado mundial, ya pre-
parado por el descubrimiento de América. El mercado
mundial imprimió un gigantesco impulso al desarrollo
del comercio, de la navegación y de las comunicaciones
por tierra. Este desarrollo influyó, a su vez, en el auge
12
de la industria y, a medida que se iban extendiendo la
industria, el comercio, la navegación y los ferrocarriles,
en una misma medida se desplegaba la burguesía, au-
mentando su capital y relegando a un segundo plano a
todas las clases heredadas de la Edad Media.
La burguesía moderna, como vemos, es de por sí
fruto de un largo proceso de desarrollo, de una serie de
revoluciones en el modo de producción y de cambio.
Cada etapa de la evolución de la burguesía fue
acompañada por un correspondiente progreso polí-
tico. Estamento oprimido bajo la dominación de los
señores feudales; asociación armada y autónoma en
la comuna4 formada para la defensa de sus intereses;
en otros sitios, república urbana independiente como
en Italia; en otros, tercer Estado tributario de la mo-
narquía como en Francia; luego, durante la época de la
manufactura, contrapeso frente a la nobleza en las mo-
narquías estamentales o absolutas y, más en general,
piedra angular de las grandes monarquías, la burgue-
sía, después del establecimiento de la gran industria y
del mercado mundial, conquistó finalmente el dominio
exclusivo del poder político en el Estado representati-
vo moderno. El Gobierno del Estado moderno no es
más que una junta que administra los negocios comu-
nes de toda la clase burguesa.
La burguesía ha jugado en la historia un rol emi-
nentemente revolucionario.
Dondequiera que llegó al poder, la burguesía des-
truyó todas las relaciones feudales, patriarcales, idíli-
cas. Desgarró despiadadamente los lazos complejos y
variados que ataban al hombre a sus “superiores natu-
rales” y no ha dejado subsistir ningún otro lazo, entre
un hombre y otro, más que el del frío interés, el cruel
13
“pago al contado”. Ahogó el sagrado éxtasis del fervor
religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimenta-
lismo pequeñoburgués bajo las aguas heladas del cál-
culo egoísta. Hizo de la dignidad personal un simple
valor de cambio y sustituyó las numerosas libertades
concedidas y conquistadas por una sola: la desalmada
libertad de comercio. En una palabra, en lugar de la
explotación enmascarada por ilusiones religiosas y po-
líticas ha establecido una explotación abierta, descara-
da, directa y brutal.
La burguesía despojó de su halo de santidad a to-
das las profesiones que hasta ahora eran venerables
y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurista, al
sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, los convirtió
en sus servidores asalariados.
La burguesía desgarró el velo de sentimentalismo
que recubría las relaciones familiares y las redujo a ser
simples relaciones monetarias.
La burguesía reveló que la brutal manifestación de
fuerza en la Edad Media, tan admirada por la reacción,
encontró su complemento natural en la más indolente
pereza. Ha sido ella la primera en demostrar de qué es
capaz la actividad humana. Erigió maravillas muy dife-
rentes a las pirámides de Egipto, a los acueductos roma-
nos y a las catedrales góticas y realizó campañas muy
diferentes a las invasiones bárbaras y a las Cruzadas.
La burguesía no puede existir sino a condición
de revolucionar constantemente los instrumentos de
producción y, por consiguiente, las relaciones de pro-
ducción: es decir, todas las relaciones sociales. La con-
servación del antiguo modo de producción era, por el
contrario, la primera condición de existencia de todas
las clases industriales precedentes. Una revolución
14
continua en la producción, una incesante conmoción
de todo el sistema social, la agitación, la eterna insegu-
ridad y el movimiento distinguen la época burguesa de
todas las precedentes. Todas las relaciones estancadas
y herrumbradas, con su cortejo de concepciones y de
ideas veneradas y antiguas, se disuelven; las nuevas
envejecen antes de llegar a osificarse. Todo lo sólido
se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profano
y los hombres se ven, por fin, forzados a contemplar
con una mirada fría sus condiciones de existencia y sus
relaciones recíprocas.
Obligada por la necesidad de encontrar nuevos
mercados, la burguesía invade el planeta entero. Ne-
cesita ingresar en todas partes, establecerse en todas
partes, crear conexiones en todas partes.
Para la explotación del mercado mundial, la bur-
guesía dio un carácter cosmopolita a la producción y
al consumo de todos los países. Muy a pesar de los
reaccionarios, quitó a la industria su base nacional. Las
antiguas industrias nacionales han sido destruidas o es-
tán destruyéndose a diario. Son suplantadas por nue-
vas industrias, cuya implantación se convierte en una
cuestión vital para todas las naciones civilizadas; por
industrias que ya no emplean materias primas nativas,
sino procedentes de las regiones más lejanas, y cuyos
productos no solo se consumen en el propio país, sino
en todas las partes del globo. En lugar de las antiguas
necesidades, satisfechas con productos nacionales, sur-
gen necesidades nuevas, que requieren para su satis-
facción productos de los países más alejados y de los
climas más diversos. En lugar del antiguo aislamiento
de las regiones y naciones, se desarrollan relaciones
universales, una interdependencia universal de las
15
naciones. Y al igual que la producción material, así tam-
bién los productos espirituales. Las obras intelectuales
de una nación se convierten en patrimonio común. La
estrechez y el exclusivismo nacional se vuelven día a
día más imposibles, y de la multiplicidad de literaturas
nacionales y locales se forma una literatura universal.
La burguesía, mediante el rápido perfeccionamien-
to de los medios de producción y al incesante progreso
de los medios de comunicación, arrastra a todas las
naciones, incluso a las más bárbaras, a la civilización.
Los bajos precios de sus mercancías constituyen la ar-
tillería pesada que derrumba todas las murallas chinas
e impone a los bárbaros la capitulación en su odio a los
extranjeros. Obliga a todas las naciones, si no quieren
sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción;
las obliga a introducir la así llamada civilización, es
decir, a hacerse burgueses. En una palabra: forja un
mundo a su propia imagen.
La burguesía sometió al campo al dominio de la
ciudad. Creó ciudades inmensas. Aumentó enorme-
mente la población de las ciudades en comparación
con la del campo, sustrayendo una gran parte de la
población al idiotismo5 de la vida rural. Así como subor-
dinó el campo a la ciudad, hizo lo mismo al subordinar
los países bárbaros o semibárbaros a los países civiliza-
dos; los pueblos campesinos a los pueblos burgueses;
subordinó Oriente a Occidente.
La burguesía suprime cada vez más la dispersión de
los medios de producción, de la propiedad y de la po-
blación. Aglomeró a la población, centralizó los medios
de producción y concentró la propiedad en manos de
unos pocos. La consecuencia necesaria de ello ha sido
la centralización política. Las provincias independien-
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tes, exactamente federadas entre sí, con intereses, leyes,
Gobiernos y tarifas aduaneras diversas, fueron consoli-
dadas bajo una sola nación, bajo un Gobierno, una ley, un
interés nacional de clase y un límite aduanero.
La burguesía, a lo largo de su dominio de clase de
apenas un siglo, creó fuerzas productivas más consis-
tentes y más grandiosas que todas las generaciones pa-
sadas en su conjunto. El dominio de las fuerzas de la
naturaleza, las máquinas, la aplicación de la química
a la industria y a la agricultura, la navegación de va-
por, el ferrocarril, el telégrafo eléctrico, la asimilación
para el cultivo de continentes enteros, la apertura de
los ríos a la navegación; poblaciones enteras surgiendo
por encanto, como si brotaran de la tierra. ¿Qué siglo
precedente presintió siquiera que semejantes fuerzas
productivas dormitasen en el seno del trabajo social?
Hemos visto que los medios de producción y de
cambio, sobre cuyo fundamento se había erigido la
burguesía, existían ya en la sociedad feudal. A un cier-
to grado de desarrollo de estos medios de producción
y de cambio, las condiciones en que la sociedad feudal
producía e intercambiaba, la organización feudal de la
agricultura y de la manufacturera, en una palabra, el
régimen feudal de relaciones de propiedad, dejaron de
corresponderse con las fuerzas productivas ya desarro-
lladas. Trababan la producción en lugar de impulsarla.
Se transformaron en otras tantas cadenas. Era preciso
romperlas, y se rompieron.
En su lugar se estableció la libre competencia, con
una constitución social y política adecuada a ella, con la
dominación económica y política de la clase burguesa.
Asistimos hoy a un proceso análogo. La sociedad
burguesa moderna, con sus relaciones de producción
17
y de cambio, y sus relaciones de propiedad, ha hecho
surgir como por encanto tan poderosos medios de
producción y cambio, que se asemeja al brujo que ya
no es capaz de dominar las potencias infernales que
ha conjurado. Desde hace varias décadas, la historia
de la industria y del comercio no es otra cosa que la
historia de la rebelión de las fuerzas productivas mo-
dernas contra las modernas relaciones de producción,
contra el régimen de propiedad que condiciona la
existencia de la burguesía y su dominio. Basta men-
cionar las crisis comerciales que, con su recurrencia
periódica, amenazan cada vez más la existencia de la
sociedad burguesa. Cada crisis comercial destruye re-
gularmente no solo una masa de productos existentes,
sino también las mismas fuerzas productivas ya existen-
tes. Una epidemia que en otras épocas hubiera parecido
absurda se abate sobre la sociedad: la epidemia de la so-
breproducción. La sociedad se encuentra súbitamente
retrotraída a un estado de barbarie momentánea: diría-
se que el hambre, que una guerra devastadora mundial
parecen haberla privado de todos sus medios de subsis-
tencia; la industria y el comercio parecen aniquilados.
¿Y por qué? Porque la sociedad posee demasiada civi-
lización, demasiados medios de vida, demasiada indus-
tria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas que
tiene a su disposición no favorecen ya a las relaciones
burguesas de propiedad; por el contrario, resultan de-
masiado poderosas para estas relaciones, que constitu-
yen un obstáculo para su desarrollo. Y cada vez que las
fuerzas productivas salvan este obstáculo precipitan en
el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan
la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones
burguesas resultan demasiado estrechas para contener
18
las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo supera esta
crisis la burguesía? Por un lado, con la destrucción
forzada de una masa de fuerzas productivas; por otro,
con la conquista de nuevos mercados y la explotación
más exhaustiva de los antiguos. ¿En qué termina esto?
Preparando crisis más extensas y más destructivas, y
reduciendo los medios para prevenirlas.
Las armas de las que se sirvió la burguesía para de-
rribar al feudalismo se dirigen ahora contra la propia
burguesía.
Pero la burguesía no ha forjado solamente las ar-
mas que deben darle muerte; ha puesto de pie además
a los hombres que empuñarán esas armas: los trabaja-
dores modernos, los proletarios.
A medida que se desarrolla la burguesía, es decir,
el capital, también lo hace el proletariado, la clase
de obreros modernos que no viven sino a condición
de encontrar trabajo y lo encuentran únicamente
mientras su trabajo acrecienta el capital. Estos obreros,
forzados a venderse al día, son una mercancía como
cualquier otro artículo de comercio; están expuestos,
por lo tanto, a todas las vicisitudes de la competencia,
a todas las fluctuaciones del mercado.
El creciente empleo de las máquinas y la división del
trabajo le quitan al trabajo del proletario todo carácter
autónomo y, con ello, todo atractivo para el obrero.
Este se convierte en un simple apéndice de la máqui-
na, solo se le exigen las operaciones más sencillas, más
monótonas y de fácil aprendizaje. Por lo tanto, lo que
cuesta el obrero se limita a los medios de subsistencia
indispensables para vivir y perpetuar su raza6. El precio
de una mercancía, como la de todo trabajo7, es igual al
de sus costos de producción. Por lo tanto, cuanto más
19
repugnante resulta el trabajo, más bajan los salarios. Más
aún, cuanto más se desarrollan la maquinaria y la divi-
sión del trabajo, más aumenta el peso del trabajo: ya sea
mediante la extensión de la jornada, por el aumento del
trabajo exigido en un tiempo dado, o bien por la acelera-
ción del funcionamiento de las máquinas, etcétera.
La industria moderna transformó el pequeño ta-
ller del maestro patriarcal en la gran fábrica del capi-
talista industrial. Masas de obreros, hacinados en la
fábrica, son organizadas militarmente. Soldados rasos
de la industria bajo la vigilancia de toda una jerarquía
de oficiales y suboficiales. No son solamente esclavos
de la clase burguesa, del Estado burgués; aún más: son
cada día, cada hora, esclavos de la máquina, del capa-
taz y, sobre todo, del burgués individual, patrón de
la fábrica. Y este despotismo es tanto más mezquino,
odioso y exasperante cuanto más abiertamente procla-
ma que no tiene otro fin más que el lucro.
Cuanta menos habilidad y fuerza requiere el traba-
jo manual, es decir, cuanto mayor es el desarrollo de
la industria moderna, más es el trabajo de los hombres
suplantado por el de las mujeres y por el de los hijos de
estas. Las distinciones de edad y de sexo no tienen ya
importancia social para la clase trabajadora. Solo son
más instrumentos de trabajo, cuyo costo varía según
la edad y el sexo.
No bien termina la explotación del trabajador a ma-
nos del fabricante al momento de recibir su salario en
efectivo, se vuelve víctima de otros elementos de la
burguesía: el propietario de la vivienda, el comercian-
te, el prestamista, etcétera.
Pequeños industriales, pequeños comerciantes y ren-
tistas, artesanos y campesinos, toda la escala inferior de
20
las clases medias anteriores, caen en las filas del proleta-
riado; unos, porque su pequeño capital no les permite
emplear los procedimientos de la gran industria, y su-
cumben así en la competencia con los capitalistas mayo-
res; otros, porque su habilidad técnica se deprecia ante
los nuevos métodos de producción. De modo que el pro-
letariado se recluta entre todas las clases de la población.
El proletariado pasa por diferentes estadios de de-
sarrollo. Con su nacimiento comienza su lucha contra
la burguesía.
Al principio, luchan los obreros aislados; después,
los obreros de una misma fábrica; más tarde, los obre-
ros de una misma rama de la industria contra el bur-
gués individual que los explota de manera directa.
Ya no dirigen sus ataques solo contra las relaciones
burguesas de producción: también contra los mismos
instrumentos de producción; destruyen las mercancías
extranjeras que compiten con las suyas, destruyen las
máquinas, incendian las fábricas, intentan reconquis-
tar la posición perdida del artesano medieval.
En esta etapa, los obreros forman una masa disemi-
nada por todo el país y disgregada por la competencia.
La confluencia en masa de los obreros no es todavía
consecuencia de su propia unión, sino más bien de la
unión de la burguesía, que para alcanzar sus propios
fines políticos debe, y todavía puede, poner en movi-
miento a todo el proletariado. Durante esta etapa, los
proletarios no combaten contra sus propios enemi-
gos, sino más bien contra los enemigos de sus ene-
migos, es decir, contra los resabios de la monarquía
absoluta, los terratenientes, los burgueses no indus-
triales y los burgueses pequeños. Todo el movimiento
histórico se concentra, de este modo, en manos de la
21
burguesía; cada victoria alcanzada de esa manera es
una victoria de la burguesía.
Pero la industria, en su desarrollo, no solo multipli-
ca al proletariado; lo concentra en masas considerables;
su fuerza aumenta y adquiere conciencia de ello. Los
intereses y las condiciones de existencia de los proleta-
rios se igualan cada vez más a medida que la máquina
va borrando las diferencias en los trabajos y reduce el
salario, casi en todas partes, a un nivel igualmente bajo.
La creciente competencia de los burgueses entre sí, y
las crisis comerciales resultantes, vuelven los salarios
cada vez más oscilantes. El perfeccionamiento constan-
te y cada vez más vez más vertiginoso de la maquina-
ria coloca al trabajador en una situación cada vez más
precaria; las colisiones entre el obrero individual y el
burgués individual adquieren cada vez más el carácter
de choques entre dos clases. Los obreros empiezan a
formar ligas (trade unions) contra los burgueses por la
defensa de sus salarios. Llegan a constituir asociaciones
permanentes para asegurarse los medios necesarios con
vistas a estos choques eventuales. Aquí y allá, la lucha
estalla en sublevaciones.
A veces los obreros triunfan, pero es un triunfo
efímero. El auténtico resultado de sus luchas no es el
éxito inmediato, sino la creciente unión de los obre-
ros. Esta unión es favorecida por el crecimiento de los
medios de comunicación producidos por la gran
industria, que permiten a los obreros de diferentes
localidades ponerse en contacto. Entonces, basta ese
contacto para centralizar las numerosas luchas locales,
que en todas partes revisten el mismo carácter, en una
lucha nacional, en una lucha de clases. Pero toda lucha
de clases es una lucha política. Y la unión que a los
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burgueses de la Edad Media, con sus caminos vecina-
les, les llevó siglos establecer, los proletarios modernos
la alcanzaron en pocos años gracias a los ferrocarriles.
Esta organización del proletariado en clase, y por lo
tanto en partido político, es constantemente socavada
por la competencia entre los propios obreros. Pero re-
surge, y siempre más fuerte, más firme, más poderosa.
Saca provecho de las divisiones internas de la burgue-
sía para obligarla a reconocer, en forma legal, intereses
particulares de la clase obrera. Por ejemplo, la legisla-
ción de las diez horas en Inglaterra8.
Los choques en la vieja sociedad, en general, favo-
recen de diversas maneras el proceso de desarrollo del
proletariado. La burguesía se encuentra en una lucha
continua: al principio, contra la aristocracia; después,
contra aquellas fracciones de la propia burguesía cuyos
intereses entran en contradicción con los progresos de
la industria; y siempre, en definitiva, contra la bur-
guesía de los países extranjeros. En todas estas luchas
se ve forzada a apelar al proletariado, a recurrir a su
ayuda y, por lo tanto, a implicarlo en el movimiento
político. De este modo, la burguesía proporciona a los
proletarios los elementos de su propia educación polí-
tica y general, es decir, armas contra sí misma.
Además, como hemos visto, los progresos de la
industria precipitan a capas enteras de la clase domi-
nante a las filas del proletariado, o al menos amenazan
sus condiciones de existencia. También ellas aportan al
proletariado numerosos elementos de educación.
Por último, en aquellos momentos en los que la lu-
cha de clases se acerca a su desenlace, el proceso de des-
composición de la clase dominante, de la vieja sociedad
en su conjunto, adquiere un carácter tan violento y tan
23
agudo que una pequeña fracción de esa clase reniega
de ella y se adhiere a la clase revolucionaria, a la clase
en cuyas manos está el porvenir. Y así como antes una
parte de la nobleza se pasó a la burguesía, en nuestros
días un sector de la burguesía se pasa al proletariado,
particularmente ese sector de los ideólogos burgueses
que se han elevado hasta la comprensión teórica del
conjunto del movimiento histórico.
De todas las clases que hoy se enfrentan con la
burguesía, solo el proletariado es una clase verdade-
ramente revolucionaria. Las demás clases perecen con
el desarrollo de la gran industria; el proletariado, en
cambio, es su producto más auténtico.
Las clases medias –el pequeño industrial, el pe-
queño comerciante, el artesano, el campesino– luchan
contra la burguesía para salvar de la ruina su existen-
cia como estamentos medios. No son revolucionarias,
sino conservadoras. Más aún: son reaccionarias, ya
que pretenden hacer retroceder la rueda de la historia.
Son revolucionarias únicamente desde la perspectiva
de su pasaje inminente al proletariado: defendiendo
ya no sus intereses actuales, sino sus intereses futuros;
abandonando su propio punto de vista para adoptar el
del proletariado.
En cuanto al lumpemproletariado9, producto pasi-
vo de la putrefacción de las capas más bajas de la vieja
sociedad, puede a veces ser arrastrado al movimiento
por una revolución proletaria; sin embargo, de acuer-
do a sus condiciones de vida está más bien dispuesto
a venderse a la reacción para servir a sus maniobras.
Las condiciones de existencia de la vieja sociedad
ya están abolidas en las condiciones de existencia del
proletariado. El proletariado carece de propiedad; sus
24
relaciones con la mujer y con los hijos no tienen nada
en común con las relaciones familiares de la burguesía;
el trabajo industrial moderno, el avasallamiento del
obrero por el capital, es el mismo en Inglaterra que
en Francia, en Norteamérica y en Alemania; despoja
al proletariado de todo carácter nacional. Las leyes,
la moral, la religión son para él prejuicios burgueses,
detrás de los cuales se ocultan otros tantos intereses de
la burguesía.
Todas las clases que en el pasado conquistaron el
poder trataron de consolidar su condición adquirida
con el sometimiento de la sociedad toda a las condi-
ciones de su modo de apropiación. Los proletarios no
pueden conquistar las fuerzas productivas sociales sino
aboliendo su propio modo de apropiación y, con ello,
todo modo de apropiación precedente. Los proletarios
no tienen nada propio que salvaguardar; sí destruir lo
que hasta ahora ha venido garantizando y asegurando
la propiedad privada existente.
Todos los movimientos históricos precedentes fue-
ron llevados a cabo por minorías o en beneficio de
minorías. El movimiento proletario es el movimien-
to espontáneo propio de la inmensa mayoría en be-
neficio de la inmensa mayoría. El proletariado, capa
inferior de la sociedad actual, no puede elevarse, no
puede ponerse de pie sin hacer volar por los aires la
superestructura de las capas que constituyen la socie-
dad oficial.
La lucha del proletariado contra la burguesía es ini-
cialmente una lucha nacional; y aunque lo es de forma,
no lo es de contenido. Es natural que el proletariado
de cada país deba, en primera instancia, liquidar a su
propia burguesía.
25
Esbozando a grandes rasgos las fases más generales
del desarrollo del proletariado hemos vuelto a trazar la
historia de la guerra civil, más o menos latente, que se
desarrolla en el seno de la sociedad existente hasta el
momento en que esta guerra desemboca en una revo-
lución abierta, y el proletariado, a través del derroca-
miento violento de la burguesía, establece su dominio.
Todas las sociedades anteriores, como hemos vis-
to, se basaban en el antagonismo entre clases opreso-
ras y oprimidas. Pero para poder oprimir a una clase
es necesario asegurar las condiciones que le permitan
al menos vivir en la servidumbre. El siervo se elevó
a miembro de la comuna en plena servidumbre, así
como el pequeñoburgués ascendió al rango de burgués
bajo el yugo del absolutismo feudal. El obrero moder-
no, por el contrario, lejos de elevarse con el progre-
so de la industria, desciende siempre más y más por
debajo de las condiciones de vida de su propia clase.
El trabajador cae en la miseria, y el pauperismo crece
más rápidamente que la población y la riqueza. Esto
pone de manifiesto que la burguesía ya no es capaz
de seguir desempeñando el papel de clase dominante
de la sociedad ni de imponer a esta, como ley regulado-
ra, las condiciones de existencia de su clase. No puede
ya reinar porque es incapaz de asegurarle a su esclavo
la existencia dentro la esclavitud, porque se ve obligada
a degradarlo hasta el punto de tener que alimentarlo,
en lugar de ser alimentada por él. La sociedad ya no
puede vivir bajo su dominación; lo que equivale a de-
cir que la existencia de la burguesía es, en lo sucesivo,
incompatible con la existencia de la sociedad.
La existencia y la dominación de la clase burguesa
tienen como condición esencial la acumulación de la
26
riqueza en manos privadas, la formación y el acrecenta-
miento del capital; la condición de existencia del capital
es el trabajo asalariado. Este descansa exclusivamente
en la competencia de los obreros entre sí. El progreso
de la industria, del que la burguesía, incapaz de oponér-
sele, es agente involuntario, sustituye el aislamiento de
los obreros, resultado de la competencia, por su unión
revolucionaria a través de la asociación. Así, el desa-
rrollo de la gran industria socava bajo los pies de la
burguesía el mismo terreno sobre el cual estableció su
sistema de producción y de apropiación. La burguesía
produce, ante todo, su propio sepulturero. Su caída y
la victoria del proletariado son igualmente inevitables.

Notas
1 Se entiende por burguesía a la clase de los capitalistas moder-
nos, los propietarios de los medios de producción social y quienes
emplean trabajadores asalariados. Por proletariado se comprende
a la clase de los asalariados modernos que, privados de sus propios
medios de producción, se ven obligados, para poder subsistir, a
vender su fuerza de trabajo. [Nota de F. Engels para la edición
inglesa de 1888.]
2 Más exactamente, la historia escrita. En 1847, la historia de la
organización social que precede a toda la historia escrita es poco
conocida. Posteriormente, Haxthausen descubrió en Rusia la pro-
piedad comunal de la tierra; Maurer demostró que esa fue la base
social de la que surgieron históricamente todas las tribus germa-
nas, y se ha ido descubriendo, poco a poco, que la comuna rural,
partiendo de la posesión colectiva de la tierra, ha sido la forma
primigenia de la propiedad desde la India hasta Irlanda. Finalmen-
te, la estructura de esta sociedad comunista primitiva ha quedado
al desnudo en lo que ella tiene de típico, junto al descubrimiento
de Morgan de la verdadera naturaleza de la gens y su lugar en la
tribu. Con la disolución de estas comunidades primitivas comenzó

27
la división de la sociedad en clases distintas y, finalmente, opuestas
entre sí. Ensayé un análisis de este proceso en la obra Der Ursprung
der Familie, des Privateigenthums und des Staats [El origen de la familia,
la propiedad privada y el Estado], 2da. ed., Stuttgart, 1886. [Nota
de F. Engels a la edición inglesa de 1888.]
3 Zunfbürger, es decir, miembro con pleno derecho del gremio,
maestro del mismo, pero sin posición de dirigir. [Nota de F. Engels
a la edición inglesa de 1888.]
4 Bajo el nombre de Comunas se designaba a las ciudades que
surgieron en Francia con anterioridad a que estas consiguieran arran-
car a sus amos y señores feudales la autonomía local y los derechos
políticos como “tercer Estado”. En términos generales, Inglaterra apa-
rece aquí como el país que se caracteriza por el desarrollo económico
de la burguesía, y Francia como el país que se caracteriza por su
desarrollo político. [Nota de F. Engels a la edición inglesa de 1888.]
Así es como los habitantes de las ciudades, en Italia y en Fran-
cia, llamaban a su comunidad urbana, comprando o arrancando a
sus señores feudales sus primeros derechos a una administración
autónoma. [Nota de F. Engels a la edición alemana de 1890.]
5 Idiotismo: referencia al uso griego del término idiotes, que
designaba a aquellos que se alejaban de la vida púbica en la polis.
El idiotismo rural va en el mismo sentido, pero dentro de la comu-
nidad propia de aquella época [NdE].
6 Raza: referencia al uso genérico del término rasse para cual-
quier clase de agrupación humana, no solo étnica [NdE].
7 En los escritos posteriores Marx y Engels reemplazan las ex-
presiones “valor del trabajo” o “precio del trabajo” por términos
más exactos como “valor de la fuerza de trabajo” y “precio de la
fuerza de trabajo”. El trabajador no vende su trabajo, más bien su
capacidad de trabajar durante una determinada cantidad de tiem-
po. Véase al respecto Karl Marx: Salario, precio y ganancia, Bs. As.,
Ediciones IPS, 2010 [NdE].
8 En 1847 el parlamento inglés introdujo en la ley de fábri-
cas una cláusula que limitaba el trabajo de las mujeres y de los
niños menores a diez horas diarias. No fue sino hasta 1847 que
esta extensión se generalizó por ley a toda la clase obrera de ese
país [NdE].
9 Lumpemproletariado: término proveniente del alemán que
designa a los estratos más bajos o marginados de la clase traba-
jadora, caracterizados por un nivel de vida lleno de carencias y
degradación [NdE].

28
II. Proletarios y comunistas

¿Cuál es la posición de los comunistas con respecto


a los proletarios en general?
Los comunistas no forman un partido aparte,
opuesto a los otros partidos obreros.
No tienen intereses que los separen del conjunto del
proletariado.
No sostienen principios especiales [que dependan
de un espíritu de secta (agregado de Engels en 1888)]
a los que quisieran amoldar el movimiento proletario.
Los comunistas solo se distinguen de los demás
partidos proletarios en dos puntos: uno, en las dife-
rentes luchas nacionales de los proletarios destacan y
hacen valer los intereses comunes de todo el proleta-
riado, independientemente de la nacionalidad; dos, en
las diferentes fases que atraviesa la lucha entre el pro-
letariado y la burguesía representan siempre los intere-
ses del movimiento en su conjunto.
Prácticamente, los comunistas son la fracción más
resuelta de los partidos obreros de todos los países, la
fracción que estimula a todas las demás; teóricamente,
tienen sobre el resto del proletariado la ventaja de una
visión clara de las condiciones, de la marcha y de los
fines generales del movimiento proletario.
El objetivo inmediato de los comunistas es el mis-
mo que tienen todos los demás partidos proletarios:
constitución de los proletarios en clase, derrocamiento
del dominio de la burguesía y conquista del poder po-
lítico por parte del proletariado.
29
Las concepciones teóricas de los comunistas no se
basan en modo alguno en ideas y principios inventados
o descubiertos por tal o cual reformador del mundo.
Son la expresión general de las condiciones reales
de una lucha de clases existente, de un movimiento
histórico que se produce ante nuestros ojos. La aboli-
ción de las relaciones de propiedad que existieron has-
ta ahora no es algo que caracterice particularmente al
comunismo.
Todas las relaciones de propiedad han sufrido cons-
tantes cambios históricos, continuas transformaciones
históricas.
La Revolución francesa, por ejemplo, abolió la pro-
piedad feudal en beneficio de la propiedad burguesa.
El rasgo distintivo del comunismo no es la aboli-
ción de la propiedad en general, sino la abolición de la
propiedad burguesa.
Ahora bien, la propiedad privada en la actualidad,
la propiedad burguesa moderna, es la última y la más
perfecta expresión del modo de producción y de apro-
piación basado en antagonismos de clases, en la explo-
tación de la mayoría por una minoría.
En este sentido, los comunistas pueden resumir su
teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad
privada.
Se nos ha reprochado a los comunistas el querer
abolir la propiedad personalmente adquirida, fruto
del propio trabajo, esa propiedad que forma la base
de toda libertad, actividad e independencia individual.
¡La propiedad adquirida, fruto del trabajo, del es-
fuerzo personal! ¿Se refieren acaso a la propiedad del
pequeñoburgués, del pequeño labrador de la tierra, esa
forma de propiedad que ha precedido a la propiedad
30
burguesa? No tenemos que abolirla: el progreso de la
industria la ha abolido y sigue aboliéndola a diario.
¿O tal vez se refieren a la propiedad privada bur-
guesa moderna?
¿Acaso el trabajo asalariado, el trabajo del proleta-
rio, crea propiedad para este? De ninguna manera. Lo
que crea es capital, es decir, la propiedad que explota
al trabajo asalariado y que no puede acrecentarse sino
a condición de producir nuevo trabajo asalariado con
el fin de volver a explotarlo. En su forma actual, la
propiedad se mueve en el antagonismo entre el capital
y el trabajo asalariado. Examinemos ambos términos
de este antagonismo.
Ser capitalista significa asumir no solo una posición
puramente personal, sino también una posición social
en la producción. El capital es un producto colectivo;
no puede ser puesto en movimiento sino por la activi-
dad conjunta de muchos integrantes de la sociedad y,
en última instancia, a través de la actividad conjunta
de todos los miembros de la sociedad.
El capital no es un poder personal, es un poder
social.
Entonces, si el capital se transformó en propiedad
colectiva, perteneciente a todos los integrantes de la so-
ciedad, no es una propiedad personal la que se transfor-
ma en propiedad social. Solo cambia el carácter social
de la propiedad. Esta pierde su carácter de clase.
Vayamos al trabajo asalariado.
El promedio del trabajo asalariado es salario míni-
mo, es decir, la suma de los medios necesarios de sub-
sistencia para mantener vivo al obrero en tanto obrero.
Por consiguiente, lo que el obrero asalariado se apropia
por su actividad solo le alcanza para reproducir su mera
31
existencia. No queremos de ningún modo abolir esta
apropiación personal de los productos del trabajo, in-
dispensable para la reproducción de la vida inmediata;
esa apropiación no deja ninguna ganancia que confiera
un poder sobre el trabajo de otro. Lo que queremos es
suprimir el carácter miserable de esta apropiación, que
hace que el obrero solo viva para multiplicar el capital,
que tan solo viva en la medida en que lo requiere el
interés de la clase dominante.
En la sociedad burguesa, el trabajo vivo es solo
un medio de incrementar el trabajo acumulado. En la
sociedad comunista, el trabajo acumulado es solo un
medio de ampliar, enriquecer y hacer más fácil la vida
de los trabajadores.
En la sociedad burguesa el pasado domina al pre-
sente; en la sociedad comunista es el presente el que
domina al pasado. En la sociedad burguesa el capital
es independiente y tiene personalidad, mientras que
el individuo que trabaja no tiene ni independencia ni
personalidad.
¡Y la burguesía dice que la abolición de semejante
estado de cosas es la abolición de la personalidad y de
la libertad! Y con razón. Se trata efectivamente de la
abolición de la personalidad, de la independencia y de
la libertad burguesas.
Por libertad, en las condiciones actuales de la pro-
ducción burguesa, se entiende la libertad de comercio,
la libertad de comprar y vender.
Desaparecida esta compra-venta, desaparecerá tam-
bién la libertad de compra-venta. Las grandiosas pa-
labras sobre la libertad de comercio, lo mismo que las
demás declamaciones liberales de nuestra burguesía, tie-
nen sentido solo en contraste con el comercio forzado,
32
con el burgués sojuzgado durante la Edad Media, pero
no ante la abolición comunista del comercio, de las rela-
ciones de producción burguesas y de la propia burguesía.
Se horrorizan porque queremos abolir la propiedad
privada. Pero, en su sociedad actual, la propiedad pri-
vada está abolida para las nueve décimas partes de sus
integrantes; existe precisamente en la medida en que
no existe para esas nueve décimas partes. Nos repro-
chan el querer abolir una forma de propiedad que solo
puede existir a condición de que la inmensa mayoría
de la sociedad carezca de propiedad.
En una palabra, nos acusan de querer abolir su pro-
piedad. Efectivamente, eso es lo que queremos.
Desde el momento en que el trabajo no puede ser
transformado en capital, en dinero, en renta de la tierra,
en un poder social susceptible de ser monopolizado, es
decir, desde el instante en que la propiedad personal ya
no puede transformarse en propiedad burguesa es que
declaman que el individuo ha quedado suprimido.
Reconocen que, cuando hablan de individuo solo
conciben al burgués, al propietario burgués. Y es esta
individualidad, por cierto, la que debe ser suprimida.
El comunismo no arrebata a nadie el poder de apro-
piarse de los productos sociales; solo el poder de ser-
virse por medio de esta apropiación del trabajo ajeno.
Se ha objetado que con la abolición de la propiedad
privada cesaría toda actividad y que una pereza gene-
ralizada se apropiaría del mundo.
Si así fuese, la sociedad burguesa hace ya mucho
tiempo habría sucumbido a manos de la pereza, puesto
que en ella los que trabajan no obtienen ganancias y
aquellos que las adquieren no trabajan. Toda la obje-
ción se reduce a la tautología de que no habría más
33
trabajo asalariado desde el momento en que dejara de
existir el capital.
Todas las objeciones dirigidas contra el modo co-
munista de apropiación y de producción se hacen
extensivas igualmente respecto de la apropiación y
de la producción de los productos del trabajo inte-
lectual. Así como, para el burgués, la supresión de la
propiedad de clase equivale a la supresión de toda pro-
ducción, la desaparición de la cultura de clase significa,
para él, la desaparición de toda cultura.
La cultura cuya pérdida deplora es, para la inmensa
mayoría, no mucho más que el adiestramiento que los
transforma en máquinas.
Pero es inútil polemizar con nosotros si aplican a
nuestra intención de abolir la propiedad privada el cri-
terio de sus nociones burguesas de libertad, de cultura,
de derecho, etc. Sus ideas son producto de las relacio-
nes de producción y de propiedad burguesas, así como
su derecho no es más que la voluntad de su clase eri-
gida en ley, voluntad cuyo contenido está determinado
por las condiciones materiales de existencia de su clase.
La concepción errónea y egoísta en virtud de la
cual transforman en leyes eternas de la naturaleza y de
la razón las formas sociales que brotan de sus actuales
modos de producción y forma de propiedad –relacio-
nes históricas que surgen y desaparecen en el curso de
la producción–; esta concepción errónea la comparten
con todas las clases dominantes que las han precedido.
Lo que conciben para la propiedad antigua, lo que
conciben para la propiedad feudal, no pueden admitir-
lo para la propiedad burguesa.
¡Abolición de la familia! Hasta los más radicales se
indignan ante este infame designio de los comunistas.
34
¿Sobre qué base descansa la familia actual, la fami-
lia burguesa? Sobre el capital, en el lucro privado. La
familia, en su plenitud, existe solo para la burguesía.
Pero este estado de cosas encuentra su complemento
en la carencia forzosa de toda familia para el proleta-
rio y en la prostitución pública.
La familia burguesa desaparece, naturalmente, al
dejar de existir ese complemento, y ambos desapare-
cen con la desaparición del capital.
¿Nos reprochan que queremos abolir la explota-
ción de los hijos por parte de sus padres? Confesamos
este crimen.
Pero dicen que destruimos los vínculos más ínti-
mos, sustituyendo la educación doméstica por la edu-
cación social.
Y su educación, ¿no está también determinada por
la sociedad? Determinada por las condiciones sociales
en que educan a sus hijos, por la intervención directa o
indirecta de la sociedad a través de la escuela, etc. Los
comunistas no inventan la injerencia de la sociedad en la
educación, no hacen más que cambiar su carácter, arran-
can la educación de la influencia de la clase dominante.
El puro palabrerío burgués sobre la familia y la
educación, sobre los dulces lazos que unen a los pa-
dres con sus hijos resulta cada vez más repugnante a
medida que la gran industria desgarra todos los lazos
familiares para el proletario y transforma a los hijos en
meros artículos de comercio e instrumentos de trabajo.
¡Pero es que ustedes, los comunistas, quieren im-
plantar la comunidad de las mujeres!, nos grita a coro
toda la burguesía.
Para el burgués, su mujer no es otra cosa que
un mero instrumento de producción. Oye que los
35
instrumentos de producción deben ser explotados en
común y, naturalmente, concluye que la socialización
afectará también a las mujeres.
No sospecha que se trata, precisamente, de supri-
mir el papel actual de la mujer como simple instrumen-
to de producción.
Nada más grotesco, por otra parte, que el espan-
to sumamente moral que inspira a nuestros burgueses
frente a la pretendida comunidad oficial de las mujeres
que atribuyen a los comunistas. Estos no tienen necesi-
dad de introducir la comunidad de las mujeres: ella ha
existido casi siempre.
Nuestros burgueses, no satisfechos con tener a su
disposición a las mujeres y a las hijas de sus obreros,
para no hablar en absoluto de la prostitución oficial,
encuentran un placer singular en seducir mutuamente
a sus propias esposas.
El matrimonio burgués es, en realidad, la comuni-
dad de las esposas. A lo sumo, se podría acusar a los
comunistas de querer implantar una comunidad fran-
ca y oficial de las mujeres en lugar de la que existe hi-
pócritamente disimulada. Es evidente, por otra parte,
que con la abolición del régimen de producción actual
desaparecerá la comunidad de las mujeres que de este
se deriva, es decir, la prostitución oficial y no oficial.
A los comunistas se nos acusa también de querer
abolir la patria, la nacionalidad.
Los obreros no tienen patria. No es posible quitar-
les lo que no tienen. Dado que el proletariado debe
en primer lugar conquistar el poder político, elevar-
se a clase dirigente de la nación, constituirse a sí mis-
mo como nación, es aún nacional, aunque de ningún
modo en el sentido burgués de la palabra.
36
Ya los particularismos nacionales y los antagonismos
entre los pueblos desaparecen día a día con el desarro-
llo de la burguesía, la libertad del comercio, el mercado
mundial, la uniformidad de la producción industrial y
las condiciones de existencia que les corresponden.
El proletariado en el poder los hará desaparecer
aún más. La acción común, al menos de los países
civilizados, es una de las primeras condiciones de su
emancipación.
Aboliendo la explotación del hombre por el hom-
bre será abolida la explotación de una nación por otra.
El día en que desaparezca el antagonismo de las
clases dentro de la nación también lo hará la hostilidad
de las naciones entre sí.
En cuanto a las acusaciones formuladas de modo
general contra el comunismo, desde puntos de vista reli-
giosos, filosóficos e ideológicos, no merecen un examen
detallado.
¿Acaso se necesita una gran perspicacia para com-
prender que con toda modificación en las condiciones
de vida, en las relaciones sociales, en la existencia so-
cial cambian también las ideas, las nociones y las con-
cepciones, en una palabra, la conciencia del hombre?
¿Qué demuestra la historia de las ideas, si no que
la producción intelectual se transforma junto con la
material? Las ideas dominantes de una época siempre
han sido las ideas de la clase dominante.
Cuando se habla de ideas que revolucionan toda
una sociedad se expresa solamente el hecho de que en
el seno de la vieja sociedad se han formado los elemen-
tos de una nueva; y la disolución de las viejas ideas
marcha a la par con la disolución de las antiguas con-
diciones de existencia.
37
En el ocaso del mundo antiguo, las viejas religiones
fueron vencidas por la religión cristiana. Cuando en el
siglo XVIII las ideas cristianas fueron vencidas por las
ideas de la Ilustración, la sociedad feudal libraba una
lucha a muerte contra la burguesía, entonces revolu-
cionaria. Las ideas de libertad religiosa y de libertad de
conciencia no hicieron más que reflejar el reinado de la
libre competencia en el dominio del saber.
“Sin duda –se nos dirá–, las ideas religiosas, mora-
les, filosóficas, políticas y jurídicas, etc., se modificaron
en el curso del desarrollo histórico. Pero la religión, la
moral, la filosofía, la política y el derecho han sobrevi-
vido siempre a través de estas transformaciones”.
“Existen, además, verdades eternas, tales como la
libertad, la justicia, etc., que son comunes a todos los
regímenes sociales. Pero el comunismo quiere abolir
estas verdades eternas, abolir la religión y la moral,
en lugar de darles una forma nueva, y esto contradice
todos los desarrollos históricos anteriores”.
¿A qué se reduce esta acusación? La historia de
toda la sociedad hasta nuestros días se desenvuelve en-
tre los antagonismos de clases que, según las épocas,
asumieron diferentes formas.
Pero, cualquiera haya sido la forma asumida por
estos antagonismos, la explotación de una parte de la
sociedad por la otra es un hecho común a los siglos
precedentes. Por lo tanto, no tiene nada de asombroso
que la conciencia social de cada siglo, a pesar de toda
su variedad y su diversidad, se mueva dentro de cier-
tas formas comunes, formas de conciencia que se di-
solverán completamente con la desaparición definitiva
del antagonismo de clase.

38
La revolución comunista es la ruptura más radical
con el régimen tradicional de propiedad; nada asom-
broso si, en el curso de su desarrollo, rompe del modo
más radical con las ideas tradicionales.
Dejemos de lado las objeciones hechas por la bur-
guesía contra el comunismo.
Como ya vimos, la primera etapa en la revolución
obrera es la constitución del proletariado en clase do-
minante, la conquista de la democracia.
El proletariado se valdrá de su dominación política
para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo
el capital, para centralizar todos los instrumentos de
producción en manos del Estado, es decir, del prole-
tariado organizado como clase dominante, y para au-
mentar con la mayor rapidez posible la suma de las
fuerzas productivas.
Esto, naturalmente, solo podrá cumplirse, al princi-
pio, mediante una intervención despótica en el derecho
de propiedad y en el régimen burgués de producción,
es decir, con la adopción de medidas que económica-
mente parecen insuficientes e insostenibles, pero que
en el curso del movimiento van más allá de sus propios
límites y que serán indispensables como medio para
transformar radicalmente todo el modo de producción.
Estas medidas, naturalmente, serán diferentes en
los diversos países.
Sin embargo, en los países más avanzados podrán
ser puestas en práctica de un modo bastante general:

1. Expropiación de la propiedad de la tierra y em-


pleo de la renta del suelo para los gastos del Estado.
2. Fuerte impuesto progresivo.
3. Abolición del derecho de herencia.
39
4. Confiscación de la propiedad de todos los emi-
grados y rebeldes.
5. Centralización del crédito a manos del Estado,
por medio de un banco nacional, cuyo capital será es-
tatal y del que tendrá el monopolio exclusivo.
6. Centralización en manos del Estado de todos los
medios de transporte.
7. Extensión de las fábricas y de los instrumentos
de producción propiedad del Estado; roturación de
los terrenos sin cultivar y mejoramiento de los campos
cultivables, de acuerdo a un plan de conjunto.
8. Trabajo obligatorio para todos; organización de
ejércitos industriales, particularmente para la agricultura.
9. Combinación del trabajo agrícola y del trabajo
industrial; medidas tendientes a hacer desaparecer gra-
dualmente la distinción entre la ciudad y el campo.
10. Educación pública y gratuita de todos los ni-
ños. Abolición del trabajo infantil en las fábricas en
su forma actual. Combinación de la educación con la
producción material, etcétera.

Una vez que en el curso del desarrollo hayan desa-


parecido los antagonismos de clase, y toda la produc-
ción se haya concentrado en manos de los individuos
asociados, entonces el poder público perderá su carác-
ter político. El poder político, hablando con propiedad,
es el poder organizado de una clase para la opresión de
otra. Si el proletariado, en su lucha contra la burguesía,
se constituye por la fuerza de las circunstancias en cla-
se; si se vuelve clase dominante a través de una revolu-
ción y, como clase dominante, destruye violentamente
el antiguo régimen de producción, entonces suprime,
con estas relaciones de producción, las condiciones del
40
antagonismo de clase, las clases en general y, por lo
tanto, su propia dominación como clase.
En lugar de la antigua sociedad burguesa, con sus
clases y sus antagonismos de clase, surge una asocia-
ción en la que el libre desarrollo de cada uno es la
condición para el libre desarrollo de todos.

41
III. Literatura socialista y comunista

1. El socialismo reaccionario

a) El socialismo feudal
Por su posición histórica, las aristocracias francesa
e inglesa estaban llamadas a escribir panfletos contra
la moderna sociedad burguesa. En la Revolución fran-
cesa de julio de 1830 y en el movimiento reformista
inglés1 volvieron a sucumbir a manos del odiado adve-
nedizo. De ahí en adelante no podía hablarse de una
lucha política seria. No les quedaba más que la lucha
literaria. Ahora bien, hasta en el terreno literario la
vieja fraseología de la Restauración2 se había vuelto
imposible. Para crearse simpatías, era necesario que la
aristocracia aparentase no tener en cuenta sus propios
intereses y que formulara su acta de acusación contra
la burguesía solo en interés de la clase obrera explota-
da. De este modo, se daba el gusto de componer can-
ciones satíricas contra su nuevo amo y de susurrarle al
oído profecías más o menos catastróficas.
Así es como nació el socialismo feudal, mezcla de
gimoteos y pasquines, de ecos del pasado y de amena-
zas sobre el futuro. Si a veces su crítica amarga, mor-
daz e ingeniosa golpeaba a la burguesía en el corazón,
su impotencia para comprender la marcha de la histo-
ria moderna siempre tenía un efecto cómico.
Con el fin de atraer al pueblo, estos señores enarbo-
laban como bandera la bolsa del mendigo. Pero cada
vez que el pueblo los seguía, veía brillar los viejos es-
42
cudos de armas y se dispersaban en medio de grandes
e irreverentes carcajadas.
Una parte de los legitimistas franceses3 y de la Jo-
ven Inglaterra4 han dado al mundo este espectáculo.
Cuando los campeones del feudalismo aseveran
que su modo de explotación era distinto al de la bur-
guesía olvidan una cosa, y es que ellos explotaban en
condiciones y circunstancias completamente diferentes
y hoy caducas. Cuando demuestran que, bajo su do-
minación, no existía el proletariado moderno, olvidan
que la burguesía moderna es precisamente un retoño
necesario de su régimen social.
Por otra parte, encubren tan mal el carácter reaccio-
nario de su crítica que su principal acusación contra la
burguesía es, precisamente, la de haber desarrollado
bajo su régimen una clase que hará saltar por los aires
todo el viejo orden social.
Le reprochan a la burguesía, no tanto el hecho de
haber producido el proletariado en general, sino el
de haber hecho surgir un proletariado revolucionario.
Por lo tanto, en la lucha política toman parte activa
en todas las medidas de represión contra la clase obre-
ra. Y en su vida cotidiana, a pesar de su abundante
fraseología, se las ingenian para recoger las manzanas
de oro caídas del árbol de la industria y para intercam-
biar la fidelidad, el amor y el honor por el comercio en
lanas, remolacha azucarera y aguardiente5.
Del mismo modo que el cura y el señor feudal iban
de la mano, el socialismo clerical va codo a codo con
el socialismo feudal.
Nada más fácil que recubrir con un barniz socia-
lista el ascetismo cristiano. ¿Acaso el cristianismo no
se levantó también contra la propiedad privada, el
43
matrimonio y el Estado? ¿No predicó en su lugar
la caridad y la pobreza, el celibato y la mortificación
de la carne, la vida monástica y la santa Iglesia? El
socialismo cristiano no es más que el agua bendita con
la que el clérigo bendice el despecho de la aristocracia.

b) El socialismo pequeñoburgués
La aristocracia feudal no es la única clase arrui-
nada por la burguesía, no es la única cuyas condi-
ciones de existencia empeoran y van extinguiéndose
en la sociedad burguesa moderna. La burguesía y
los pequeños agricultores de la Edad Media fueron los
precursores de la burguesía moderna. En los países
donde la industria y el comercio están menos desarro-
llados, estas dos clases continúan vegetando al lado de
la burguesía floreciente.
En los países donde se ha desarrollado la civiliza-
ción moderna, se ha formado una nueva clase de pe-
queñoburgueses que oscila entre el proletariado y la
burguesía, que sigue formándose sin cesar como parte
complementaria de la sociedad burguesa. Los indivi-
duos que la componen se ven continuamente arrastra-
dos a las filas del proletariado a causa de la competencia,
y, con el desarrollo de la gran industria, ven aproximarse
el momento en que desaparecerán por completo como
fracción independiente de la sociedad moderna y serán
reemplazados en el comercio, en la manufactura y en la
agricultura por capataces y empleados.
En países como Francia, donde los campesinos
constituyen mucho más de la mitad de la población,
era natural que los escritores que tomaban la causa del
proletariado contra la burguesía aplicasen en su crítica
44
del régimen burgués los criterios del pequeñoburgués
y del pequeño campesino, y que tomasen partido por
los obreros desde el punto de vista de la pequeñobur-
guesía. Así se formó el socialismo pequeñoburgués.
Sismondi6 es la cabeza de esta literatura, no solo en
Francia, sino también en Inglaterra.
Este socialismo analizó con mucha sagacidad las
contradicciones inherentes a las modernas relaciones
de producción. Puso al desnudo las hipócritas apolo-
gías de los economistas. Demostró de una manera irre-
futable los efectos destructores de la maquinaria y de
la división del trabajo, la concentración de los capitales
y de la propiedad territorial, la superproducción, las
crisis, la inevitable ruina de los pequeñoburgueses y
de los campesinos, la miseria del proletariado, la anar-
quía en la producción, la escandalosa desigualdad en
la distribución de las riquezas, la guerra de exterminio
industrial de las naciones entre sí, la disolución de las
viejas costumbres, de las antiguas relaciones familiares
y de las viejas nacionalidades.
Al juzgarlo, no obstante, según su contenido posi-
tivo, o bien este socialismo quiere restablecer los anti-
guos medios de producción y de cambio, y con ellos,
las antiguas relaciones de propiedad y toda la vieja
sociedad; o bien piensa obstaculizar por la fuerza los
modernos medios de producción y de cambio en el
marco de las antiguas relaciones de propiedad que ya
fueron rotas, que debían serlo, por aquellos medios.
En uno y otro caso, este socialismo es a la vez reaccio-
nario y utópico.
Para la manufactura, el sistema de gremios; el ré-
gimen patriarcal en la agricultura: he aquí sus últimas
palabras.
45
Finalmente, cuando la dura realidad de los hechos
históricos disipó la embriaguez de su ceguera, esta for-
ma de socialismo degeneró en un marasmo lamenta-
ble, el de las mañanas de resaca.

c) El socialismo alemán o “verdadero”


La literatura socialista y comunista de Francia,
nacida bajo la presión de una burguesía dominante,
como la expresión literaria de la lucha contra esta do-
minación, fue introducida en Alemania en una época
en que la burguesía comenzaba su lucha contra el ab-
solutismo feudal.
Filósofos, semifilósofos y bellos espíritus alemanes se
lanzaron ávidamente sobre esta literatura, pero olvi-
daron que, con la venida de esta literatura francesa,
no habían sido simultáneamente traídas a Alemania
las condiciones de vida francesas. En las condiciones
alemanas, la literatura francesa perdió toda significa-
ción práctica inmediata y tomó un carácter puramen-
te literario. Debió parecer más bien una especulación
ociosa sobre la realización de la esencia humana.
Así, para los filósofos alemanes del siglo XVIII, las
reivindicaciones de la primera Revolución francesa
eran solo las reivindicaciones de la “razón práctica”
en general, y las expresiones de la voluntad de los
revolucionarios burgueses de Francia solo represen-
taban ante sus ojos las leyes de la voluntad pura, de
la voluntad tal como debe ser, de la voluntad verda-
deramente humana.
El único trabajo de los literatos alemanes se redujo
exclusivamente a poner de acuerdo las nuevas ideas
francesas con su vieja conciencia filosófica o, más bien,
46
apropiarse las ideas francesas desde su punto de vista
filosófico.
Y se las apropiaron como se asimila en general toda
lengua extranjera: a través de la traducción.
Es sabido que los monjes escribían encima de los
manuscritos de las obras clásicas de la antigüedad
pagana, que los recubrían con sus leyendas absurdas
de los santos católicos. Los literatos alemanes proce-
dieron a la inversa con la literatura francesa profana.
Deslizaron su insensatez filosófica detrás del original
en francés. Por ejemplo, detrás de la crítica francesa
de las relaciones monetarias escribieron “enajenación
de la esencia humana”, detrás de la crítica francesa del
Estado burgués escribieron “abolición del reinado de
lo universal abstracto”, etcétera.
La introducción de su fraseología filosófica en
la parte posterior de la crítica histórica francesa ellos
la bautizaron como “filosofía de la acción”, “socialismo
verdadero”, “ciencia alemana del socialismo”, “funda-
mentación filosófica del socialismo”, etcétera.
De ese modo quedó castrada categóricamente la
literatura socialista y comunista francesa. En las ma-
nos de los alemanes dejó de ser la expresión de lucha
de una clase contra otra. Se contentaron con superar
la “unilateralidad francesa” y con defender, no las
verdaderas necesidades, sino la necesidad de la ver-
dad; no los intereses del proletario, sino los intereses
de la naturaleza humana, del hombre en general, del
hombre que no pertenece a ninguna clase ni a alguna
realidad y que existe solo en el nublado cielo de la
imaginación filosófica.
Este socialismo alemán, que tomaba seria y so-
lemnemente sus torpes ejercicios escolares y luego los
47
pregonaba con fastuosa charlatanería, perdió sin em-
bargo poco a poco su inocencia pedantesca.
El combate de la burguesía alemana, y sobre todo
prusiana, contra los señores feudales y la monarquía
absoluta, en una palabra, el movimiento liberal, adqui-
ría un carácter muy serio.
De este modo, el “verdadero” socialismo tuvo la
ocasión tan deseada de oponer al movimiento político
las reivindicaciones socialistas, descartar los anatemas
tradicionales contra el liberalismo, el Estado represen-
tativo, la competencia burguesa, la libertad de prensa
burguesa, el derecho burgués, la libertad y la igualdad
burguesas; y de predicar a las masas que no tenían
nada que ganar, sino al contrario, todo por perder, en
este movimiento burgués. El socialismo alemán olvidó
muy a propósito que la crítica francesa, de la cual él era
un simple eco insípido, presupone la sociedad burguesa
moderna con las condiciones de vida correspondientes
y una constitución política apropiada; cosa que, preci-
samente en Alemania, aún había que conquistar.
Este socialismo se convirtió para los Gobiernos ab-
solutistas de Alemania –con su séquito de clérigos, de
pedagogos, de terratenientes y de burócratas– en un
espantapájaros ideal ante al ascenso amenazante de
la burguesía.
Se volvió el complemento dulzón de los amargos
latigazos y de los escopetazos con los cuales estos mis-
mos Gobiernos respondían a los motines de los obre-
ros alemanes.
Si el socialismo “verdadero” se volvió un arma en
manos de los Gobiernos contra la burguesía alemana,
este representaba, además, directamente, un interés
reaccionario, el de la pequeñoburguesía alemana. La
48
clase de los pequeñoburgueses, legada por el siglo XVI
y desde entonces apareciendo sin cesar bajo diversas
formas, constituye para Alemania la verdadera base
social del orden establecido.
Mantenerla es mantener en Alemania el régimen
existente. La supremacía industrial y política de la
gran burguesía somete a la pequeñoburguesía a
la decadencia: por un lado, como consecuencia de la
concentración de los capitales; y por otro, por la apa-
rición de un proletariado revolucionario. El socialismo
“verdadero” parecía poder matar los dos pájaros de un
tiro. Y este se propagó como una epidemia.
El manto tejido con la telaraña de la especulación,
bordado de las flores finas de su retórica y bañado
por un rocío sentimental; ese manto fantástico en el
que los socialistas alemanes envolvieron el cadáver de
sus descarnadas “verdades eternas”, solo multiplicó
maravillosamente la venta de sus mercancías entre se-
mejante público.
Por su parte, el socialismo alemán comprendió cada
vez más que su vocación era ser el representante gran-
dilocuente de esta pequeñoburguesía.
Proclamó que la nación alemana era la nación ejem-
plar, y el filisteo alemán, el hombre ejemplar. A todas
las infamias de este hombre ejemplar les dio un sentido
oculto, un sentido superior y socialista, contrario a lo
que era en realidad. Fue consecuente hasta el fin, ele-
vándose contra la tendencia “brutalmente destructiva”
del comunismo, y declaró su elevación imparcial por
encima de todas las luchas de clases. Salvo raras excep-
ciones, todas las publicaciones presuntamente socialis-
tas y comunistas que circulan en Alemania pertenecen
a esta sucia y enervante literatura7.
49
2. El socialismo conservador o burgués

Una parte de la burguesía procura remediar los ma-


les sociales con el fin de consolidar la sociedad burguesa.
En esta categoría se colocan los economistas, los
filántropos, los humanitarios, los que se ocupan de
mejorar las condiciones de la clase obrera; organiza-
dores de la beneficencia, protectores de los animales,
fundadores de asociaciones de moderación; breve-
mente, los reformadores de toda índole. Incluso este
socialismo burgués ha llegado a conformar sistemas
completos.
Mencionemos por ejemplo la Filosofía de la miseria,
de Proudhon8.
Los socialistas burgueses quieren las condiciones
de vida de la sociedad moderna sin las luchas y los
peligros que surgen fatalmente de ella. Quieren la so-
ciedad actual, pero expurgada de los elementos que
la revolucionan y la disuelven. Quieren la burguesía
sin el proletariado. La burguesía, como es lógico, se
representa el mundo donde domina como el mejor de
los mundos. El socialismo burgués convierte dicha re-
presentación consolatoria en un sistema más o menos
completo. Cuando exhorta al proletariado a llevar a la
práctica su sistema, a entrar en la Nueva Jerusalén, lo
invita, en el fondo, a permanecer dentro de la sociedad
actual, pero despojándose de las odiosas concepciones
que se ha formado de ella.
Otra forma de socialismo, menos sistemática, pero
más práctica, trató de apartar a los obreros de todo
interés por el movimiento revolucionario, demostran-
do que no es tal o cual cambio político, sino más bien
50
un cambio en las condiciones de la vida material, en
las relaciones económicas, lo que podrá beneficiarlos.
Notemos que por transformación de las condicio-
nes de la vida material este socialismo no entiende de
ningún modo la abolición de las relaciones burguesas
de producción, la cual solo es posible por la vía revo-
lucionaria, sino únicamente reformas administrativas
realizadas sobre la base de estas mismas relaciones; re-
formas que, por consiguiente, no afectan las relaciones
entre el capital y el trabajo asalariado, sino que, por el
contrario, sirven a la burguesía, reducen los gastos de
su dominio, simplifican la administración de su Estado.
El socialismo burgués alcanza su expresión adecua-
da solo cuando se convierte en una simple figura de la
retórica.
¡El librecambio!, en interés de la clase obrera;
¡aranceles proteccionistas!, en interés de la clase obre-
ra; ¡prisiones celulares!, en interés de la clase obrera.
He ahí la última palabra –la única dicha con seriedad–
del socialismo burgués.
Es por esto que el socialismo burgués valora por
completo la afirmación de que los burgueses son bur-
gueses... en interés de la clase obrera.

3. El socialismo y el comunismo crítico-utópicos

No tratamos aquí la literatura que, en todas las gran-


des revoluciones modernas, expresó las reivindicacio-
nes del proletariado (los escritos de Babeuf9, etcétera).
Las primeras tentativas directas del proletariado
para alcanzar sus propios intereses de clase, realizadas
en tiempos de agitación generalizada, en el período
51
de la caída de la sociedad feudal, fracasaron necesa-
riamente, tanto por el estado embrionario del propio
proletariado como a causa de la ausencia de las condi-
ciones materiales de su emancipación, condiciones que
pueden ser solo el resultado de la época burguesa. La
literatura revolucionaria que acompañaba a estos pri-
meros movimientos del proletariado tiene forzosamen-
te un contenido reaccionario. Preconiza un ascetismo
universal y un rudimentario igualitarismo.
Los sistemas socialistas y comunistas propiamente
dichos, los sistemas de Saint-Simon10, de Fourier11, de
Owen12, etc., aparecen en el primer período de la lucha
entre el proletariado y la burguesía, el período descrito
anteriormente (ver “Burgueses y proletarios”).
Los inventores de estos sistemas dan cuenta muy
bien, por cierto, del antagonismo de las clases, así
como también de los elementos de descomposición en
la misma sociedad dominante. Pero no perciben del
lado del proletariado ninguna iniciativa histórica, nin-
gún movimiento político que le sea propio.
Al percibir que el desarrollo del antagonismo de
clases avanza al mismo paso que el desarrollo de la
industria, tampoco encuentran en estas condiciones
materiales las de la emancipación del proletariado, y
van en busca de una ciencia social, de leyes sociales
que permitan crear dichas condiciones.
A la actividad social la sustituyen por su propio
ingenio; en lugar de las condiciones históricas de la
emancipación aparecen condiciones imaginarias; en
lugar de la organización del proletariado en clase opo-
nen una organización ficticia de la sociedad. Para ellos,
el porvenir del mundo se reduce a la propaganda de
sus planes de sociedad y a su ejecución práctica.
52
En la confección de sus planes son conscientes, por
cierto, de que estos defienden ante todo los intereses
de la clase obrera, por ser la que más padece. Para
ellos el proletariado solo existe bajo este aspecto, el de
la clase que más padece.
Pero la forma rudimentaria de la lucha de clases, así
como su propia posición social, los llevan a considerar-
se por encima de todo antagonismo de clases. Desean
mejorar las condiciones materiales de vida para todos
los miembros de la sociedad, hasta los más privilegia-
dos. Por consiguiente, apelan a toda la sociedad sin dis-
tinción e incluso se dirigen preferentemente a la clase
dominante. Porque basta con comprender su sistema
para reconocer que es el mejor plan posible para la
mejor sociedad posible.
Rechazan toda acción política y, ante todo, la ac-
ción revolucionaria; procuran lograr su objetivo por
medios pacíficos y tratan de abrir camino a un nuevo
Evangelio social a través de pequeños experimentos
que, naturalmente, siempre fracasan, o bien a través de
la fuerza del ejemplo.
Esta pintura caprichosa de la sociedad futura, en
una época en que el proletariado, poco desarrollado
todavía, contempla su propia situación de manera fanta-
siosa, proviene de las primeras aspiraciones de los obre-
ros de una completa transformación de la sociedad.
Estos escritos socialistas y comunistas contienen
también elementos críticos. Atacan todas las bases de
la sociedad existente. En su época proporcionaron ma-
teriales de un gran valor para esclarecer a los obreros.
Sus tesis positivas acerca de la sociedad futura: supre-
sión del antagonismo entre la ciudad y el campo, la
abolición de la familia, del lucro privado y del trabajo
53
asalariado, la proclamación de la armonía social y la
transformación del Estado en una simple administra-
ción de la producción; todas estas tesis solo anuncian
la desaparición del antagonismo de clase, antagonismo
que comienza solamente a perfilarse y que ellos cono-
cen en su forma indistinta y confusa. Así, estas tesis
tienen un sentido puramente utópico.
La importancia del socialismo y del comunismo
critico-utópicos está en razón inversa al desarrollo his-
tórico. A medida que la lucha de clases se acentúa y
configura, el fantástico afán de ponerse por encima de
dicha lucha, esta oposición imaginaria hacia ella, pier-
de todo valor práctico, toda justificación teórica.
Es por eso que, aunque los autores de estos sistemas
eran en muchos aspectos revolucionarios, las sectas
que forman sus discípulos son siempre reaccionarias.
Se aferran a las viejas concepciones de sus maestros, a
pesar del ulterior desarrollo histórico del proletariado.
Buscan, y en esto siguen cierta lógica, atenuar la lu-
cha de clases y conciliar los antagonismos. Continúan
soñando la realización experimental de sus utopías so-
ciales, la fundación de falansterios aislados13, de home
colonies14, de una pequeña Icaria, una edición en minia-
tura de la Nueva Jerusalén. Para construir todos estos
castillos en el aire deben acudir al corazón, a la filantro-
pía de los corazones y de los bolsillos burgueses.
Poco a poco van cayendo en la categoría de los so-
cialistas reaccionarios o los conservadores descritos
más arriba; y solo se distinguen de ellos por una pe-
dantería más sistemática, por una supersticiosa y faná-
tica fe en la eficacia milagrosa de su ciencia social.
Se oponen con rabia a todo movimiento político
de la clase obrera, que no puede provenir, según su
54
opinión, más que de un escepticismo frente al nuevo
Evangelio.
Los owenistas, en Inglaterra, se oponen a los car-
tistas, y los fourieristas, en Francia, a los reformistas15.

Notas
1 Se trata del movimiento de la reforma del derecho electo-
ral, adoptado por la Cámara de los Comunes en 1831 y ratifica-
do por la Cámara de los Lores en junio de 1832. Esta reforma
pretendía minar el monopolio político de los aristócratas –pro-
pietarios de bienes inmuebles y magnates de las finanzas– y per-
mitió acceder al parlamento a los representantes de la burguesía
industrial. El proletariado y la pequeñoburguesía, los principales
protagonistas de la lucha por la reforma, no obtuvieron derechos
electorales [NdE].
2 No se trata aquí de la Restauración inglesa de 1660-1689,
sino de la época de la Restauración francesa de 1814-1830. [Nota
de F. Engels a la edición inglesa de 1888.]
3 Legitimistas: partidarios de la dinastía “legítima” de los Bor-
bones, representaban los intereses de la gran propiedad terrate-
niente hereditaria. En su lucha contra la dinastía reinante de los
Orléans, que se apoyaba en la aristocracia financiera y la gran bur-
guesía, los legitimistas a menudo recurrían a la demagogia social,
haciéndose pasar por defensores de los trabajadores contra los ex-
plotadores burgueses [NdE].
4 La “Joven Inglaterra” (Young England) agrupaba a políticos y
a hombres de letras ingleses. Círculo formado hacia 1841, se unió
luego al Partido Conservador (tories). Su orientación política era la
de un feudalismo idealizado frente a una sociedad fuertemente in-
dustrializada. Apoyaron medidas que iban en el sentido de los tra-
bajadores, como la duración de la jornada laboral y las condiciones
de trabajo, así como otras medidas sociales. Entre sus integrantes
se puede destacar a Benjamin Disraeli, Thomas Carlyle y Lord
John Manners [NdE].
5 Esto se aplica esencialmente a Alemania, donde la aris-
tocracia terrateniente y la clase de los terratenientes alemanes

55
cultivan por cuenta propia gran parte de sus tierras con ayuda de
administradores, y poseen, además, grandes fábricas de azúcar
de remolacha y destilerías de alcohol. Los más acaudalados aris-
tócratas británicos todavía no han llegado a tanto, pero también
ellos saben cómo pueden compensar la disminución de la renta,
cediendo sus nombres a los fundadores de sociedades anónimas
de dudosa procedencia. [Nota de F. Engels a la edición inglesa
de 1888.]
6 Sismondi, Jean Charles Léonard (1773-1842): historiador y
economista suizo, representante del socialismo pequeñoburgués.
Tenía una visión crítica del capitalismo e impulsaba un cierto “so-
cialismo de Estado”; para ello consideró, por ejemplo, que era
necesario seguir el ejemplo de las antiguas corporaciones en la or-
ganización de la industria o la antigua agricultura patriarcal. Marx
lo consideraba uno de los más importantes representantes de la eco-
nomía política burguesa y polemizó con él en algunas de sus obras
más importantes, sobre todo en El capital y los Grundrisse [NdE].
7 La tormenta revolucionaria de 1848 barrió esta miserable
escuela y quitó a sus partidarios el gusto de seguir actuando dentro
del socialismo. El principal representante y el tipo clásico de esta
escuela es el señor Karl Grün. [Nota de F. Engels a la edición ale-
mana de 1890.]
8 Proudhon, Pierre-Joseph (1809-1865): influyente anarquista
francés. Postulaba que los males del capitalismo podían remediar-
se con cooperativas y con la creación de un banco especial, encar-
gado de llevar a cabo, sin necesidad de dinero, el intercambio de
productos entre los pequeños productores y de suministrar crédi-
to gratuito a los obreros. Su libro, con cierta fama en su momento,
Sistema de las contradicciones económicas o filosofía de la miseria (1846) fue
demolido por la crítica de Marx en su libro Miseria de la filosofía
(1847) [NdE].
9 Babeuf, François Noël, llamado Graco Babeuf (1760-1797):
agitador y publicista, fue fundador del primer movimiento comu-
nista. Desde 1793 fue periodista revolucionario en París, editor de
El Tribuno del Pueblo. En 1796 impulsó un comité de insurrección (la
llamada Conspiración de los Iguales) que mantenía relaciones con
los artesanos de París, los izquierdistas de las provincias y sectores
del Ejército. Denunciado, el Comité fue arrestado en mayo, y pro-
cesado el año siguiente. Babeuf fue condenado a muerte; se suicidó
con una daga, y pese a ello el Gobierno reaccionario del Termidor
decapitó su cuerpo en la guillotina [NdE].

56
10 Saint-Simon, Claude-Henri (de Rouvroy), conde de (1760-
1825): socialista utópico francés, fue crítico de las miserias que ge-
nera el sistema capitalista. Criticaba a la aristocracia improductiva
y parasitaria, contraponiéndole la “clase industrial” (trabajadores,
agricultores, empresarios, banqueros) como sostén auténtico de la
sociedad [NdE].
11 Fourier, François Charles Marie (1772-1837): socialista utó-
pico francés, fue autor de El nuevo mundo industrial y social (1829),
donde aboga por la construcción de unidades sociales autogestio-
nadas, los falansterios [NdE].
12 Owen, Robert (1771-1858): socialista utópico inglés, fue
fundador de colonias comunistas en New Lanark, Escocia, en
1800. Luego realizó intentos menos exitosos en EE. UU.
Tanto Owen como Fourier y Saint-Simon fueron analizados,
evaluados y criticados por Engels en una serie de artículos publica-
dos en el Vorwärts de Leipzig entre 1876 y 1878, que luego fueron
compilados por Paul Lafargue en 1880 y publicados como folleto:
Del socialismo utópico al socialismo científico [NdE].
13 Los falansterios eran las colonias socialistas proyectadas
planeadas por Charles Fourier; Cabet llamó Icaria a su país utó-
pico y, luego, a su colonia comunista en Norteamérica. [Nota de
F. Engels a la edición inglesa de 1888.]
14 Home colonies (colonias interiores) llamó Owen a sus socieda-
des comunistas modelo. Falansterio era el nombre de los palacios
sociales planeados por Fourier. Icaria se llama el fantástico país
utópico cuyas instituciones comunistas describió Cabet. [Nota de
F. Engels a la edición alemana de 1890.]
15 Alusión a los partidarios del periódico La Réforme, editado
en París de 1848 a 1851, que preconizaban la instauración de la
república y la puesta en práctica de reformas sociales y democrá-
ticas [NdE].

57
IV. Posición de los comunistas frente
a los diferentes partidos de la oposición

Según lo dicho en el capítulo II, se explica por sí


misma la posición de los comunistas con respecto a
los partidos obreros ya constituidos, y por lo tanto su
posición con respecto a los cartistas en Inglaterra y a
los reformistas agrarios en Norteamérica.
Los comunistas combaten por los intereses y los ob-
jetivos inmediatos de la clase obrera, pero en el movi-
miento actual defienden y representan, al mismo tiempo,
el futuro de ese movimiento. En Francia, los comunistas
se unen al Partido Socialista-Democrático1 en contra de
la burguesía conservadora y radical, sin renunciar por
ello al derecho a criticar tanto la fraseología como las
ilusiones legadas por la tradición revolucionaria.
En Suiza apoyan a los radicales sin desconocer que
este partido se compone de elementos contradictorios;
por una parte, de socialistas democráticos al estilo
francés, y por otra, de burgueses radicales.
En Polonia, los comunistas apoyan al partido que
ve en una revolución agraria la condición de la libera-
ción nacional, el mismo partido que provocó la insu-
rrección de Cracovia en 18462.
En Alemania, en tanto la burguesía actúa de mane-
ra revolucionaria, el partido comunista lucha junto con
la burguesía contra la monarquía absoluta, la propie-
dad feudal y la pequeñoburguesía.
Pero en ningún momento se olvida de despertar en-
tre los obreros una conciencia lo más clara posible del
58
antagonismo violento que existe entre la burguesía y
el proletariado, con el fin de que, llegado el momento,
los obreros alemanes sepan convertir de inmediato las
condiciones sociales y políticas que la burguesía produ-
ce con su dominio, como tantas otras armas contra la
burguesía; para que, tan pronto como sean derrocadas
las clases reaccionarias en Alemania, comience inmedia-
tamente la lucha contra su propia burguesía.
Es en Alemania donde se concentra toda la aten-
ción de los comunistas, porque Alemania se encuen-
tra en vísperas de una revolución burguesa y porque
llevará a cabo esta revolución en las condiciones más
avanzadas de la civilización europea en su conjunto,
con un proletariado infinitamente más desarrollado
que Inglaterra en el siglo XVII y Francia en el XVIII;
por consiguiente, la revolución burguesa alemana solo
podrá ser el preludio inmediato de una revolución
proletaria.
En resumen, los comunistas apoyan en todos los
países todo movimiento revolucionario contra el régi-
men social y político existente.
En todos estos movimientos ponen por delante la
cuestión de la propiedad, al margen del grado de evo-
lución que haya alcanzado, como la cuestión funda-
mental del movimiento.
En fin, los comunistas trabajan en todas partes para
lograr la unión y la comprensión mutuas de los parti-
dos democráticos de todos los países.
Los comunistas no ocultan ni sus opiniones ni sus
propósitos. Proclaman abiertamente que sus fines solo
pueden ser alcanzados a través del derrocamiento vio-
lento de todo el orden social existente. ¡Que las clases
dominantes tiemblen ante una revolución comunista!
59
Los proletarios no tienen nada que perder, excepto sus
cadenas. Tienen un mundo por ganar.

¡Proletarios de todos los países, uníos!

Notas
1 Este partido estaba representado en el parlamento por
Ledru-Rollin, en la literatura por Louis Blanc y en la prensa diaria
por La Réforme. El nombre de socialista democrático significaba,
en boca de sus inventores, la parte del partido democrático o Re-
publicano que tenía un matiz más o menos socialista. [Nota de
F. Engels a la edición inglesa de 1888.]
Lo que se llamaba entonces en Francia Partido Socialista-De-
mocrático estaba representado en política por Ledru-Rollin y en
la literatura por Louis Blanc; estaba a cien mil leguas de la social-
democracia alemana de nuestro tiempo. [Nota de F. Engels a la
edición alemana de 1890.]
2 En febrero de 1846 tuvo lugar la preparación de una
insurrección con vistas a la liberación nacional de Polonia. Los
demócratas revolucionarios polacos fueron los principales prota-
gonistas de esta insurrección que proclamó un Gobierno nacional
en Cracovia [NdE].

60
Prólogo a la edición alemana de 1872

La Liga de los Comunistas, asociación obrera in-


ternacional que, naturalmente, dadas las condiciones
de entonces, solo podía ser secreta, encargó a los fir-
mantes, delegados al congreso celebrado en Londres
en noviembre de 1847, que redactaran un programa
detallado del partido, a la vez teórico y práctico, des-
tinado a la publicidad. Tal es el origen de este mani-
fiesto, cuyo manuscrito fue enviado a Londres, para
ser impreso, algunas semanas antes de la revolu-
ción de febrero1. Publicado primero en alemán, tuvo
en esa lengua por lo menos doce ediciones diferentes
en Alemania, en Inglaterra y en Norteamérica. En in-
glés apareció por primera vez en Londres, en 1850, en
el Red Republican, traducido por Miss Helen McFarla-
ne; y más tarde, en 1871, en al menos tres traducciones
diferentes en Norteamérica. Apareció en francés por
primera vez en París, en vísperas de la insurrección
de junio de 18482, y recientemente en Le Socialiste, de
Nueva York. Una nueva traducción se prepara en la
actualidad. Se realizó una edición en polaco en Lon-
dres, poco tiempo después de la primera edición ale-
mana. Apareció en ruso en Ginebra, después de 1860.
También fue traducido al danés poco tiempo después
de su publicación original.
Aunque las circunstancias hayan cambiado mucho
en los últimos veinticinco años, los principios gene-
rales expuestos en este manifiesto conservan hoy, a
grandes rasgos, toda su validez. Habría que corregir,
61
aquí y allí, algunos detalles. El mismo Manifiesto expli-
ca que la aplicación práctica de estos principios depen-
derá siempre y en todas partes de las circunstancias
históricas vigentes, y que, en consecuencia, no hay
que atribuir importancia excepcional a las medidas re-
volucionarias enumeradas al final del capítulo II. Este
pasaje, en más de un aspecto, debería ser redactado de
un modo diferente. Frente a los inmensos progresos
de la gran industria en los últimos veinticinco años, y
al progreso en paralelo de la organización, en partido,
de la clase obrera; dadas las experiencias prácticas,
primero, de la revolución de febrero, y luego sobre
todo de la Comuna de París que, durante dos meses,
puso por primera vez en manos del proletariado el po-
der político, hoy este programa ha envejecido en algu-
nos pasajes. La Comuna, particularmente, demostró
que “la clase obrera no podía contentarse con tomar
posesión de la maquinaria del Estado, tal como está,
y ponerla a funcionar para su propios fines” (Ver La
guerra civil en Francia. Comunicación a la Asociación Inter-
nacional de los Trabajadores, p. 19, donde esto aparece
desarrollado con más detalle). Además, es evidente
que la crítica de la literatura socialista presente ciertas
lagunas para el período actual, solo llega hasta 1847;
y, lo mismo, si las observaciones sobre la posición de
los comunistas con respecto a los diferentes partidos
de oposición (capítulo IV) aún siendo correctas en sus
planteos generales, han envejecido en su aplicación,
ya que la situación política se transformó totalmente,
y la evolución histórica eliminó a la inmensa mayoría
de los partidos allí enumerados.
Sin embargo, debido a que el Manifiesto es un docu-
mento histórico ya no consideramos tener derecho a
62
modificarlo. Una edición posterior posiblemente esté
precedida por una introducción que cubra la laguna
entre 1847 y nuestros días; la actual reimpresión nos
tomó demasiado de imprevisto para darnos tiempo
de escribirla.

Karl Marx, Friedrich Engels,


Londres, 24 de junio de 1872

Notas
1 En referencia a la revolución de febrero de 1848 en Francia
[NdE].
2 En referencia a la insurrección del proletariado parisino, lle-
vada a cabo entre el 23 y el 26 de junio, que marcó el punto culmi-
nante de la revolución de 1848-1849 en Europa [NdE].

63
Prólogo a la edición rusa de 1882

La primera edición rusa del Manifiesto del Partido Co-


munista, traducido por Bakunin, apareció a principios
de la década de 18601 en la imprenta del Kolokol 2. En
aquella época, una edición rusa de esta obra podía pa-
recer en Occidente tan solo una curiosidad literaria.
Hoy, semejante concepción sería imposible.
Cuán reducido era el ámbito en el cual se pro-
pagaba el movimiento proletario en aquella época
(diciembre de 1847) lo demuestra más que nada el últi-
mo capítulo del Manifiesto: “Posición de los comunistas
frente a los diferentes partidos de la oposición”. Parti-
cularmente, Rusia y los Estados Unidos no están allí
mencionados. Era el tiempo en que Rusia constituía la
última gran reserva de la reacción europea; en que los
Estados Unidos, a través de la emigración, absorbía
el excedente de las fuerzas del proletariado europeo.
Estos dos países abastecían a Europa de materia prima
y eran, al mismo tiempo, mercados para la venta de
sus productos industriales. Los dos eran, de una u otra
manera, pilares del orden vigente en Europa.
¡Cuán diferentes son hoy las cosas! Precisamente
es la emigración europea la que hizo posible el colo-
sal desarrollo de la agricultura en América del Norte,
cuya competencia perturba los cimientos de la propie-
dad territorial –sea grande o pequeña– en Europa. Ella
dio, al mismo tiempo, a los Estados Unidos la posibi-
lidad explotar sus enormes recursos industriales con
una energía y a una escala que a corto plazo terminará
64
como el monopolio industrial de Europa occidental,
particularmente el de Inglaterra. Estas circunstancias
repercuten de manera revolucionaria sobre Norteamé-
rica. La pequeña y la mediana propiedad de los far-
mers, base de todo el régimen político, sucumbe poco
a poco ante la competencia de granjas gigantescas; en
los distritos industriales, se forma, por primera vez,
una masa de proletarios junto a una fabulosa concen-
tración de capitales.
Pasemos a Rusia. Al momento de la revolución de
1848-1849, no solo los monarcas de Europa, sino tam-
bién la burguesía de Europa, veían en la intervención
rusa el único medio de salvación frente al proletaria-
do que comenzaba a dar cuenta de su fuerza. El zar
fue proclamado jefe de la reacción europea. Hoy es,
en Gatchina, prisionero de guerra de la revolución3, y
Rusia está en la vanguardia del movimiento revolucio-
nario de Europa.
El Manifiesto Comunista se propuso como tarea
proclamar la desaparición próxima e inevitable de la
propiedad burguesa. Pero en Rusia, al lado de la es-
peculación capitalista que se desarrolla febrilmente y
de la hacienda burguesa en vías de formación, más de
la mitad del suelo es propiedad común de los campe-
sinos. Se trata, por consiguiente, de saber si la obschina
rusa –forma ya socavada de la primitiva propiedad co-
mún originaria de la tierra– pasará directamente a la
forma superior de la propiedad colectiva, a su forma
comunista. O si deberá seguir primero el mismo pro-
ceso de disolución que sufrió en el curso del desarrollo
histórico Occidente.
La única respuesta hoy posible frente a esta cues-
tión es la siguiente: si la revolución rusa es la señal de
65
una revolución proletaria en Occidente, de modo tal
que ambas se completen, la propiedad común actual
de Rusia podrá servir de punto de partida para una
evolución comunista.

Karl Marx, Friedrich Engels,


Londres, 21 de enero de 1882

Notas
1 Esta traducción apareció en realidad en 1869. Existen dudas
si la traducción mencionada fue realizada por Bakunin [NdE].
2 Kolokol (la campana), fue un periódico ruso de tendencia
democrática y revolucionaria, editado de 1857 a 1867 por los de-
mócratas revolucionarios A. Herzen y N. Ogarev; apareció hasta
1865 en Londres, luego en Ginebra [NdE].
3 En referencia a la situación creada como consecuencia del
asesinato del emperador Alejandro II, el 13 de marzo de 1881, por
miembros de la organización terrorista Narodnaya Volya (Voluntad
del pueblo); su sucesor al trono, Alejandro III, se había atrinche-
rado en Gatchina, por temor al movimiento revolucionario y a
nuevos actos de terrorismo [NdE].

66
Prólogo a la edición inglesa de 1888

El Manifiesto fue publicado como plataforma de


la Liga Comunista, una asociación de trabajadores,
exclusivamente alemana en un principio, más tarde
internacional, que, en las condiciones políticas exis-
tentes en el continente antes de 1848, podía solo ser
una sociedad secreta. En el congreso de la Liga, ce-
lebrado en Londres en noviembre de 1847 se encar-
gó a Marx y Engels la preparación de un programa
completo del partido, teórico y práctico. Redactado
en alemán, en enero de 1848 el manuscrito fue envia-
do a Londres para su impresión unas pocas semanas
antes de la revolución francesa del 24 de febrero. Poco
después de la insurrección de junio de 1848 se publicó
en París una traducción francesa. La primera edición
inglesa, realizada por Miss Helen McFarlane, apareció
en 1850 en el londinense Red Republican de George Ju-
lian Harney. También fueron publicadas una edición
danesa y una polaca.
La derrota de la insurrección parisina de junio
de 1848 –la primera gran batalla entre proletariado
y burguesía– hizo retroceder las aspiraciones sociales
y políticas de la clase obrera europea a un segundo
plano. Desde entonces, las diversas fracciones de la
clase poseedora se enfrentaban de nuevo en la lucha
por la dominación, como el momento previo la revo-
lución de febrero; la clase obrera se vio limitada a la
lucha por libertad de acción política y a la posición
del ala más extremista de los radicales de la burguesía
67
radical. Dondequiera que los movimientos proletarios
independientes continuaban dando señales de vida,
eran perseguidos sin piedad. Así, la policía prusiana
descubrió al Comité Central de la Liga Comunista,
que entonces tenía su sede en Colonia. Sus miembros
fueron arrestados y, tras dieciocho meses de prisión,
se los procesó en octubre de 1852. Este famoso “Pro-
ceso de los comunistas de Colonia” duró desde el 4
de octubre hasta el 12 de octubre; de los detenidos,
siete fueron condenados a prisión en una fortaleza,
con penas que oscilaban entre los tres y seis años. In-
mediatamente después de la sentencia, los miembros
que quedaban de la Liga la disolvieron. Por lo que se
refiere al Manifiesto, desde entonces parecía condenado
al olvido.
Cuando la clase obrera europea recuperó fuerzas
suficientes para lanzar un nuevo ataque contra la cla-
se dominante, surgió la Asociación Internacional de
Trabajadores. No obstante, esta asociación, fundada
con el objetivo expreso de unir en un solo destaca-
mento a todo el proletariado militante de Europa y
América, no consiguió proclamar inmediatamente los
principios afirmados en el Manifiesto. La Internacional
estaba obligada a tener un programa lo suficientemen-
te amplio para resultar aceptable a las trade unions de
Inglaterra, a los seguidores de Proudhon en Francia,
Bélgica y España, así como a los lassalleanos1 en Ale-
mania. Marx, quien redactó este programa para la
contentar a todas las partes, confiaba plenamente en
el desarrollo intelectual de la clase obrera, algo que ne-
cesariamente resultaría de su acción combinada y de
su discusión colectiva. Los acontecimientos y vicisitu-
des de la lucha contra el capital, las derrotas, incluso
68
más que las victorias, no podían dejar de despertar la
conciencia de los obreros sobre la insuficiencia de sus
panaceas, y preparar el camino para una comprensión
más completa en las verdaderas condiciones de su
emancipación. Y Marx tenía razón. Tras su disolución
en 1874, la Internacional dejó a los trabajadores en
un estado distinto totalmente al del momento de su
fundación en 1864. El proudhonismo en Francia y el
lassalleanismo en Alemania estaban desapareciendo,
e incluso las trade unions inglesas conservadoras –a pe-
sar de haber roto, en su mayoría, sus vínculos con la
Internacional desde hacía un tiempo– avanzaban gra-
dualmente, al punto en que el año pasado en Swansea,
su presidente declaró en su nombre: “El socialismo
continental dejó de ser para nosotros un espantapá-
jaros”. De hecho, los principios del Manifiesto habían
hecho considerables progresos entre los trabajadores
de todos los países.
De esta manera, el Manifiesto volvía a aparecer en
primer plano. El texto alemán ha sido, desde 1850,
reimpreso en varias ocasiones en Suiza, Inglaterra
y Norteamérica. En 1872 fue traducido al inglés en
Nueva York, con una traducción publicada en Wood-
hull and Claflin’s Weekly. A partir de esta versión inglesa,
se hizo otra francesa en Le Socialiste de Nueva York.
Desde entonces se han publicado en Norteamérica al
menos otras dos traducciones en inglés, más o me-
nos deformadas; una de ellas reimpresa en Inglate-
rra. La primera traducción rusa, hecha por Bakunin,
se publicó en la imprenta del Kolokol de Herzenb en
Ginebra hacia 1863; una segunda versión, a manos
de la heroica Vera Zasulich, también en Ginebra y
en 1882. Una nueva edición danesa de 1885 en la
69
Socialdemokratisk Bibliothek, en Copenhague; una tra-
ducción francesa en el parisino Le Socialiste, de 1885. A
partir de esta última, se preparó una versión española
que fue publicada en Madrid en 1886. Son inconta-
bles las reimpresiones en alemán, aunque al menos ha
habido doce. Una versión armenia, que debía publi-
carse en Constantinopla hace algunos meses, no vio
la luz porque, según se me ha comunicado, el editor
temía publicar un libro en el que figurara el nombre
de Marx, al tiempo que el traductor ha declinado re-
conocer su propia autoría. He sabido de varias tra-
ducciones en otras lenguas, pero no las he visto. De
manera que la historia del Manifiesto refleja, en gran
medida, la historia del moderno movimiento obrero;
actualmente es, sin duda, la obra más difundida, la
más internacional de toda la literatura socialista, un
programa común, reconocido por millones de trabaja-
dores, desde Siberia hasta California.
Y sin embargo no pudimos denominarlo manifies-
to socialista cuando lo escribimos. Por una parte, en
1847 se entendía por socialistas a los partidarios de los
distintos sistemas utópicos: owenistas en Inglaterra,
fourieristas en Francia, ambos reducidos a la condi-
ción de meras sectas, y gradualmente desaparecidos;
por otra, los más diversos charlatanes sociales prome-
tían acabar con todos los abusos sociales, sin peligro
alguno para el capital y la ganancia. En ambos casos
se trataba de individuos ajenos al movimiento obrero,
que buscaban sobre todo el apoyo de las clases “ilus-
tradas”. Aquella parte de la clase obrera, convencida
de la insuficiencia de meras revoluciones políticas, y
que proclamaba la necesidad de una transformación
completa de la sociedad; ese sector se llamaba enton-
70
ces comunista. Era un tipo de comunismo tosco, sin
elaborar, puramente instintivo; pero daba en el punto
cardinal, y era lo suficientemente poderoso entre la
clase obrera como para producir comunismo utópico,
en Francia, el de Cabet, y en Alemania, el de Weit-
ling2. De manera que socialismo era, en 1847, un mo-
vimiento de clase media, mientras que el comunismo
era un movimiento de clase obrera. El socialismo era,
al menos en el continente, “respetable”; el comunismo
era todo lo contrario. Y puesto que, desde el princi-
pio, nosotros pensábamos que “la emancipación de la
clase trabajadora debe ser obra de la misma clase tra-
bajadora”, no podía haber duda sobre cuál de los dos
nombres debíamos adoptar. Es más, siempre hemos
estado lejos de repudiarlo.
Si bien el Manifiesto fue una obra conjunta, me
siento obligado a defender que la idea fundamental,
la que forma su núcleo, pertenece a Marx. Esta idea
consiste en que: en toda época histórica, el modo de
producción e intercambio económico predominante,
y la organización social que necesariamente deriva
de él, forman la base a partir de la cual se construye
la historia política e intelectual de esa época, y des-
de la cual –y solo desde ella– se puede explicar esa
historia; que, por consiguiente, toda la historia de la
humanidad (desde la disolución de la sociedad tribal
primitiva, que poseía la tierra en propiedad comuni-
taria) ha sido la historia de la lucha de clases, con-
flictos entre explotadores y explotados, dominantes y
oprimidos; que la historia de estas luchas de clases
forma una serie de etapas cuyo desarrollo ha llegado
hoy en día a un estadio en el que la clase explotada
y oprimida –el proletariado– no puede lograr su
71
emancipación respecto al yugo de la clase explotadora
y dominante –la burguesía– sin al mismo tiempo y de
una vez por todas liberar a la sociedad en su conjunto
de toda explotación y opresión, y de toda distinción
de clase y de toda lucha de clases. Durante algunos
años antes de 1845, ambos nos habíamos acercado
a esta proposición que, en mi opinión, está destinada
a desempeñar en la historia lo que la teoría de Darwin
ha representado para la biología. Mi libro La situación
de la clase obrera en Inglaterra3 es la mejor prueba para
comprobar en qué medida avancé por mi cuenta hacia
aquella proposición. Pero cuando volví a encontrarme
con Marx en Bruselas, en la primavera de 1845, ya
la había elaborado, y me la explicó en unos términos
casi tan claros como los empleados aquí.
De nuestro prefacio conjunto a la edición alemana
de 1872, extraigo lo siguiente:
Aunque las circunstancias hayan cambiado mucho en
los últimos veinticinco años, los principios generales
expuestos en este manifiesto conservan hoy, a grandes
rasgos, toda su validez. Habría que corregir, aquí y
allí, algunos detalles. El mismo Manifiesto explica que
la aplicación práctica de estos principios dependerá
siempre y en todas partes de las circunstancias his-
tóricas vigentes, y que, en consecuencia, no hay que
atribuir importancia excepcional a las medidas revo-
lucionarias enumeradas al final del capítulo II. Este
pasaje, en más de un aspecto, debería ser redactado de
un modo diferente. Frente a los inmensos progresos
de la gran industria en los últimos veinticinco años, y
al progreso en paralelo de la organización, en partido,
de la clase obrera; dadas las experiencias prácticas,
primero, de la revolución de febrero, y luego sobre
72
todo de la Comuna de París que, durante dos meses,
puso por primera vez en manos del proletariado el po-
der político, hoy este programa ha envejecido en algu-
nos pasajes. La Comuna, particularmente, demostró
que “la clase obrera no podía contentarse con tomar
posesión de la maquinaria del Estado, tal como está,
y ponerla a funcionar para su propios fines” (Ver La
guerra civil en Francia. Comunicación a la Asociación Interna-
cional de los Trabajadores, p. 19, donde esto aparece de-
sarrollado con más detalle). Además, es evidente que
la crítica de la literatura socialista presente ciertas la-
gunas para el período actual, solo llega hasta 1847; y,
lo mismo, si las observaciones sobre la posición de los
comunistas con respecto a los diferentes partidos de
oposición (capítulo IV) aunque aún correctas en sus
planteos generales, han envejecido en su aplicación,
ya que la situación política se transformó totalmente,
y la evolución histórica eliminó a la inmensa mayoría
de los partidos allí enumerados.
Sin embargo, debido a que el Manifiesto es un docu-
mento histórico ya no consideramos tener derecho a
modificarlo. Una edición posterior posiblemente esté
precedida por una introducción que cubra la laguna
entre 1847 y nuestros días; la actual reimpresión nos
tomó demasiado de imprevisto para darnos tiempo de
escribirla.
La presente traducción es de Mr. Samuel Moore,
traductor de la mayor parte de El capital de Marx. La
hemos revisado conjuntamente y añadido algunas no-
tas en las que explico las alusiones históricas.

Friedrich Engels,
Londres, 30 de enero de 1888
73
Notas
1 Lassalle siempre afirmó, personalmente, que era discípulo de
Marx y, como tal, se situaba en el campo del Manifiesto. Pero en su
propaganda pública (1862-1864) no iba más allá de las asociacio-
nes productivas en base a créditos del Estado. [Nota de F. Engels.]
2 Weitling, Wilhelm (1808-1871): militante del movimiento
obrero de Alemania en sus orígenes, uno de los teóricos del comu-
nismo “igualitario” utópico. Los concepciones de Weitling, según
Engels, desempeñaron un papel positivo “como primera manifesta-
ción teórica independiente del proletariado alemán” [NdE].
3 The Condition of the Working Class in England in 1844. By Frede-
rick Engels. Translated by Florence K. Wischnewetzky, New York,
Lovell-London, W. Reeves, 1888. [Nota de F. Engels.]

74
Principios del comunismo1

Friedrich Engels

1. ¿Qué es el comunismo?

El comunismo es la teoría de las condiciones de la


liberación del proletariado.

2. ¿Qué es el proletariado?

El proletariado es la clase social que consigue sus


medios de subsistencia únicamente de la venta de su
trabajo y no de la ganancia de algún capital; es la clase
cuyas dicha y pena, vida y muerte y toda la existencia
dependen de la demanda de trabajo; es decir, de los
períodos de crisis y de prosperidad de los negocios, de
las fluctuaciones de una competencia desenfrenada. Di-
cho en pocas palabras, el proletariado, o la clase de los
proletarios, es la clase trabajadora del siglo XIX.

3. ¿Quiere decir que los proletarios no han existido


siempre?

No. Las clases pobres y trabajadoras han existido


siempre, siendo pobres en la mayoría de los casos. Aho-
ra bien, los pobres, los trabajadores que viviesen en las
condiciones que acabamos de señalar –es decir, los pro-
letarios– no han existido siempre, del mismo modo que
la competencia no ha sido siempre libre y desenfrenada.
75
4. ¿Cómo nació el proletariado?

El proletariado nació a raíz de la Revolución Indus-


trial, que se produjo en Inglaterra en la segunda mitad
del siglo XVIII y se repitió luego en todos los países
civilizados del mundo. Dicha revolución se debió al
invento de la máquina de vapor, de las diversas má-
quinas de hilar, del telar mecánico y de toda una serie
de otros dispositivos mecánicos. Estas máquinas, que
costaban muy caras y por eso solo estaban al alcance
de los grandes capitalistas, transformaron completa-
mente el antiguo modo de producción y desplazaron
a los trabajadores anteriores en la medida en que las
máquinas producían mercancías más baratas y mejo-
res que las que podían hacer estos con ayuda de sus
ruecas y telares imperfectos. Las máquinas pusieron así
la industria enteramente en manos de los grandes ca-
pitalistas y redujeron a la nada el valor de la pequeña
propiedad de los obreros (herramientas, telares, etc.), de
modo que los capitalistas pronto se apoderaron de todo
y los obreros se quedaron con nada. Así se instauró en
la producción de tejidos el sistema fabril. En cuanto se
dio el primer impulso a la introducción de máquinas
y al sistema fabril, este último se propagó rápidamente
en las demás ramas de la industria: en el estampado de
tejidos, la impresión de documentos y libros, la alfarería
y la metalurgia. El trabajo comenzó a dividirse más y
más entre los obreros individuales, de tal manera que el
que antes efectuaba todo el trabajo pasó a realizar nada
más que una parte del mismo. Esta división del trabajo
permitió fabricar los productos más rápidamente y, en
consecuencia, de modo más barato. Ello redujo la ac-
tividad de cada obrero a un procedimiento mecánico
76
muy simple, constantemente repetido, que la máquina
podía realizar con el mismo éxito o incluso mucho me-
jor. De esta manera, todas estas ramas de la produc-
ción cayeron, una tras otra, bajo el dominio del vapor,
de las máquinas y del sistema fabril, exactamente del
mismo modo que la producción de hilados y tejidos.
Poco a poco el sistema fabril extendió su dominación
ya no solo a la manufactura en el sentido estricto de
la palabra, sino que comenzó a apoderarse más y más
de las actividades de los maestros artesanos montando
grandes talleres en los que era posible ahorrar muchos
costos, e implantar una detallada división del trabajo.
Así llegamos a que, en los países civilizados, casi en to-
das las ramas del trabajo se afianza la producción fabril;
y casi en todas estas ramas la gran industria desplaza a
la artesanía y a la manufactura. Como resultado de ello,
se arruina más y más la antigua clase media, especial-
mente los pequeños artesanos; cambia completamente
la anterior situación de los trabajadores y surgen dos
clases nuevas, que absorben paulatinamente a todas las
demás, a saber:

I. La clase de los grandes capitalistas, que en todos los


países civilizados son ya casi los únicos poseedores de
todos los medios de vida, como así también de las ma-
terias primas y de los instrumentos (máquinas, fábricas,
etc.) necesarios para la producción de los medios de
existencia. Esta es la clase de los burgueses, la burguesía.
II. La clase de los completamente desposeídos, de los
que se ven forzados a vender su trabajo a los bur-
gueses al fin de recibir a cambio los medios de sub-
sistencia necesarios para vivir. Esta es la clase de los
proletarios, el proletariado.
77
5. ¿En qué condiciones se realiza esta venta del tra-
bajo de los proletarios a los burgueses?

El trabajo es una mercancía como cualquier otra,


y su precio depende, por lo tanto, de las mismas le-
yes que cualquier otra mercancía. El precio de una
mercancía, bajo el dominio de la gran industria o de
la libre competencia –lo cual, como veremos más ade-
lante, es equivalente–, es, en promedio, siempre igual
a los gastos de producción de dicha mercancía. Por
tanto, el precio del trabajo es también igual al costo de
producción del trabajo. Ahora bien, el costo de pro-
ducción del trabajo consta precisamente de la cantidad
de medios de subsistencia indispensables para que el
obrero esté en condiciones de mantener su capacidad
de trabajo y para que la clase obrera no se extinga.
Entonces, el obrero no recibirá por su trabajo más que
lo indispensable para ese fin; el precio del trabajo, o el
salario, será, por consiguiente, el más bajo, constituirá
el mínimo de lo indispensable para mantener la vida.
Pero, como en los negocios existen períodos mejores
y peores, el obrero recibirá unas veces más, otras me-
nos, justamente porque el fabricante cobra unas veces
más, otras menos por sus mercancías. Y al igual que el
fabricante que, por término medio, contando los tiem-
pos buenos y los malos, no percibe por sus mercancías
ni más ni menos que su costo de producción, el obrero
percibirá, por término medio, ni más ni menos que ese
mínimo. Esta ley económica del salario del trabajador
se aplicará más rigurosamente en la medida en que
la gran industria se apodere de todas las ramas de
la producción.

78
6. ¿Qué clases trabajadoras existían antes de la Re-
volución Industrial?

Las clases trabajadoras han vivido en distintas con-


diciones, según las diferentes fases de desarrollo de la
sociedad, y han ocupado posiciones distintas respecto
de las clases propietarias y dominantes. En la Antigüe-
dad, los trabajadores eran esclavos de sus amos, como
lo son todavía en un gran número de países atrasados e
incluso en la parte sur de Estados Unidos. En la Edad
Media eran siervos de los nobles propietarios de tierras,
como lo son todavía en Hungría, Polonia y Rusia. En la
Edad Media, hasta la Revolución Industrial, existían en
las ciudades, además, oficiales artesanos que trabajaban
al servicio de los maestros pequeñoburgueses y que,
poco a poco, a medida que se desarrolla la manufactu-
ra, se transforman en obreros de esta; iban a trabajar
contratados por grandes capitalistas.

7. ¿Qué diferencia hay entre el proletario y el es-


clavo?

El esclavo está vendido de una vez y para siempre;


en cambio, el proletario tiene que venderse él mismo
cada día y cada hora. Todo esclavo individual, propie-
dad de un señor determinado, tiene ya asegurada su
existencia, por miserable que sea, por interés de este;
en cambio, el proletario individual es, valga la expre-
sión, propiedad de toda la clase de la burguesía. Su
trabajo no se compra más que cuando alguien lo nece-
sita; por lo tanto, no tiene la existencia asegurada. Esta
existencia está asegurada únicamente a toda la clase de
los proletarios. El esclavo está fuera de la competencia;
79
el proletario se halla dentro de ella y siente todas sus
fluctuaciones. El esclavo es considerado como una cosa
y no como miembro de la sociedad civil; el proletario
es reconocido como persona, como miembro de la so-
ciedad civil. Por consiguiente, el esclavo puede tener
una existencia mejor que la del proletario, pero este
último pertenece a un estadio más alto del desarrollo
de la sociedad y se encuentra a un nivel más alto que
el esclavo. Este se libera cuando de todas las relaciones
de la propiedad privada no suprimen más que una, la
relación de esclavitud, y a través de ello se convierte en
proletario; en cambio, el proletario solo puede liberarse
suprimiendo toda la propiedad privada en general.

8. ¿Qué diferencia hay entre el proletario y el


siervo?

El siervo posee en propiedad y usufructo un instru-


mento de producción y una porción de tierra, a cambio
de lo cual entrega una parte de su producto o cumple
ciertos trabajos. El proletario trabaja con instrumen-
tos de producción pertenecientes a otra persona, por
cuenta de esta, a cambio de una parte del producto. El
siervo entrega, al proletario le entregan. El siervo tiene
una existencia asegurada; el proletario, no. El siervo
está fuera de la competencia; el proletario está dentro
de ella. El siervo se libera refugiándose en la ciudad
y haciéndose artesano, o expulsando a su señor feu-
dal y haciéndose él mismo propietario. Dicho en pocas
palabras, se libera entrando de una manera u otra en
la clase poseedora y en la esfera de la competencia. El
proletario se libera suprimiendo la competencia, la pro-
piedad privada y todas las diferencias de clase.
80
9. ¿Qué diferencia hay entre el proletario y el arte-
sano?2

10. ¿Qué diferencia hay entre el proletario y el obre-


ro de manufactura?

El obrero de manufactura entre los siglos XVI y


XVIII poseía casi en todas partes instrumentos de pro-
ducción: su telar, su rueca para la familia y un pequeño
terreno que cultivaba en las horas libres. El proletario
no tiene nada de eso. El obrero de manufactura vive
casi siempre en el campo y se halla en relaciones más
o menos patriarcales con su señor o con su patrón. El
proletario suele vivir en grandes ciudades y no lo unen
a su patrón más que relaciones de dinero. La gran in-
dustria arranca al obrero de manufactura de sus condi-
ciones patriarcales; este pierde la propiedad que todavía
poseía y solo a partir de ello se convierte en proletario.

11. ¿Cuáles fueron las consecuencias directas de la


Revolución Industrial y de la división de la sociedad en
burgueses y proletarios?

En primer lugar, en virtud de que el trabajo de las


máquinas reducía más y más los precios de los artí-
culos industriales, en casi todos los países del mundo
el viejo sistema de la manufactura o de la industria
basada en el trabajo manual fue destruido enteramen-
te. Todos los países semibárbaros que hasta enton-
ces habían permanecido más o menos al margen del
desarrollo histórico fueron arrancados violentamente
de su aislamiento. Comenzaron a comprar mercancías
más baratas a los ingleses, dejando que se hundieran
81
sus propios obreros de la manufactura. Así, países que
durante milenios no conocieron el menor progreso,
como por ejemplo la India, pasaron por una completa
revolución; e incluso China enfrenta ahora una revolu-
ción. Las cosas han llegado a tal punto que una nueva
máquina que se invente ahora en Inglaterra podrá, en
el espacio de un año, condenar al hambre a millones de
obreros en China. De este modo, la gran industria ha
ligado a todos los pueblos de la Tierra, ha unido en un
solo mercado mundial a todos los pequeños mercados
locales, ha preparado en todas partes el terreno para
la civilización y el progreso y ha hecho las cosas de tal
manera que todo lo que se realiza en los países civiliza-
dos repercute inevitablemente en todos los demás. Por
lo tanto, si los obreros de Inglaterra o de Francia se
liberan ahora, ello debe suscitar revoluciones en todos
los demás países; revoluciones que tarde o temprano
culminarán también allí en la liberación de los obreros.
En segundo lugar, en todos los sitios en que la gran
industria ocupó el lugar de la manufactura la burguesía
aumentó extraordinariamente su riqueza y poder y se
erigió en primera clase del país. En consecuencia, en
todos los lugares en los que se produjo ese proceso la
burguesía tomó en sus manos el poder político y de-
salojó a las clases que dominaban antes: la aristocracia,
los maestros de los gremios y la monarquía absoluta,
que representaba a los primeros. La burguesía acabó
con el poder de la aristocracia y de la nobleza, supri-
miendo el mayorazgo o el carácter inalienable de la
posesión de tierras, como también todos los privilegios
de la nobleza. Destruyó el poderío de los maestros de
gremio, eliminando todos los gremios y los privilegios
gremiales. En el lugar de unos y otros puso la libre com-
82
petencia, es decir, un estado de la sociedad donde cada
cual tiene derecho a dedicarse a la rama de la industria
que desee y nadie puede impedírselo a no ser por la falta
de capital necesario para tal actividad. Por consiguiente,
la implantación de la libre competencia es la proclama-
ción pública de que, de ahora en adelante, los miembros
de la sociedad solo son diferentes en la medida en que
son diferentes sus capitales; de que el capital se convier-
te en la fuerza decisiva y de que los capitalistas, o sea, los
burgueses, se erigen así en la primera clase de la socie-
dad. Ahora bien, la libre competencia es indispensable
en el período inicial del desarrollo de la gran industria
porque es el único régimen social con el que esta puede
progresar. Una vez que aniquiló de este modo el pode-
río social de la nobleza y de los maestros de gremio, la
burguesía puso fin también al poder político de ambos.
En cuanto se elevó a ser la primera clase de la sociedad,
la burguesía se proclamó también la primera clase en
la esfera política. Lo hizo implantando el sistema repre-
sentativo, basado en la igualdad burguesa ante la ley y
en el reconocimiento legislativo de la libre competencia.
Este sistema fue instaurado en los países europeos bajo
la forma de la monarquía constitucional. En dicha mo-
narquía solo tienen derecho de voto los poseedores de
cierto capital, es decir, únicamente los burgueses. Estos
electores burgueses eligen a los diputados, y estos dipu-
tados burgueses, valiéndose del derecho a denegar las
cargas impositivas, eligen un Gobierno burgués.
En tercer lugar, la Revolución Industrial ha creado
en todas partes al proletariado en la misma medida
que a la burguesía. Cuanto más ricos se hacían los bur-
gueses, más numerosos eran los proletarios. Visto que
solo el capital puede dar ocupación a los proletarios y
83
que el capital solo aumenta cuando emplea trabajo, el
crecimiento del proletariado se produce en exacta co-
rrespondencia con el del capital. Al mismo tiempo, la
Revolución Industrial agrupa a los burgueses y a los
proletarios en grandes ciudades, en las que es más ven-
tajoso fomentar la industria, y con esa concentración
de grandes masas en un mismo lugar inculca a los pro-
letarios la conciencia de su fuerza. Luego, en la medi-
da en que se inventan nuevas máquinas que eliminan
el trabajo manual, la gran industria ejerce una presión
creciente sobre los salarios y los reduce, como hemos
dicho, al mínimo, haciendo la situación del proletaria-
do cada vez más insoportable. Así, por una parte, como
consecuencia del descontento creciente del proletariado
y, por la otra, del crecimiento del poderío de este, la
revolución industrial prepara la revolución social que
ha de realizar el proletariado.

12. ¿Cuáles han sido las consecuencias indirectas de


la Revolución Industrial?

La gran industria creó, con la máquina de vapor y


otras máquinas, los medios de aumentar la producción
industrial rápidamente, a bajo costo y hasta el infinito.
Debido a esta facilidad de ampliar la producción, la libre
competencia, consecuencia necesaria de esta gran indus-
tria, adquirió pronto un carácter extraordinariamente
intenso; un gran número de capitalistas se lanzó a la in-
dustria, y en breve plazo se produjo más de lo que se po-
día consumir. Como consecuencia, no se podían vender
las mercancías fabricadas y sobrevino la llamada crisis
comercial; las fábricas tuvieron que parar, los fabricantes
quebraron y los obreros se quedaron sin pan. En todas
84
partes se extendió la mayor miseria. Al cabo de cierto
tiempo se vendieron los productos sobrantes, las fábri-
cas volvieron a funcionar, los salarios subieron y, poco a
poco, los negocios marcharon mejor que nunca. Pero no
por mucho tiempo, ya que pronto volvieron a producir-
se demasiadas mercancías y sobrevino una nueva crisis
que transcurrió exactamente de la misma manera que la
anterior. Así, desde comienzos del presente siglo [XIX]
en la situación de la industria se han producido conti-
nuamente oscilaciones entre períodos de prosperidad y
períodos de crisis, y casi regularmente, cada cinco o seis
años, se ha producido tal crisis, con la particularidad de
que cada vez acarreaba mayores calamidades para los
obreros, una agitación revolucionaria general y un peli-
gro colosal para todo el régimen existente.

13. ¿Cuáles son las consecuencias de estas crisis co-


merciales que se repiten regularmente?

En primer lugar, que la gran industria, que en el


primer período de su desarrollo creó la libre competen-
cia, la ha rebasado ya; que la competencia y, hablan-
do en términos generales, la producción industrial en
manos de unos u otros particulares se ha convertido
para ella en una traba que debe y ha de romper; que
la gran industria, mientras siga sobre la base actual, no
puede existir sin conducir cada siete años a un caos
general que supone cada vez un peligro para toda la
civilización y no solo sume en la miseria a los pro-
letarios, sino que arruina a muchos burgueses; que,
por consiguiente, la gran industria debe destruirse, lo
que es absolutamente imposible, o reconocer que se
hace imprescindible una organización completamente
85
nueva de la sociedad, en la que la producción indus-
trial no será más dirigida por unos u otros fabricantes
en competencia entre sí, sino por toda la sociedad con
arreglo a un plan determinado y de conformidad con
las necesidades de todos los miembros de la sociedad.
En segundo lugar, que la gran industria y la posibili-
dad, condicionada por esta, de ampliar hasta el infinito
la producción hacen factible crear un régimen social en
el que se producirán tantos medios de subsistencia que
cada miembro de la sociedad estará en condiciones de
desarrollar y de emplear libremente todas sus fuerzas
y facultades; de modo que, precisamente la particulari-
dad de la gran industria, que en la sociedad moderna
engendra toda la miseria y todas las crisis comerciales,
será, en la otra organización social, justamente la que
ha de acabar con esa miseria y esas fluctuaciones pre-
ñadas de tantas desgracias.
Por tanto, está demostrado claramente:

1) Que en la actualidad todos estos males se deben


únicamente al régimen social, el cual ya no responde
más a las condiciones existentes; y
2) Que ya existen los medios de supresión definitiva
de estas calamidades por vía de la construcción de un
nuevo orden social.

14. ¿Qué carácter tendrá ese nuevo orden social?

Ante todo, la administración de la industria y


de todas las ramas de la producción en general dejará
de pertenecer a unos u otros individuos en compe-
tencia. En lugar de eso, las ramas de la producción
pasarán a manos de toda la sociedad, es decir, serán
86
administradas en beneficio de toda la sociedad, con
arreglo a un plan general y con la participación de
todos los miembros de la sociedad.
Por tanto, el nuevo orden social suprimirá la com-
petencia y la sustituirá por la asociación. En vista de
que la dirección de la industria, al hallarse en manos
de particulares, implica necesariamente la existencia
de la propiedad privada, y por cuanto la competencia
no es otra cosa que ese modo de dirigir la industria
en el que la gobiernan propietarios privados, la pro-
piedad privada va unida inseparablemente a la direc-
ción individual de la industria y a la competencia.
Así, la propiedad privada debe también ser suprimida
y ocuparán su lugar el usufructo colectivo de todos
los instrumentos de producción y el reparto de los
productos de común acuerdo, lo que se llama la co-
munidad de bienes.
La abolición de la propiedad privada es incluso la
expresión más breve y más característica de esta trans-
formación de todo el régimen social que se ha hecho
posible merced al progreso de la industria. Por eso los
comunistas la plantean con razón como su principal
reivindicación.

15. ¿Eso quiere decir que la supresión de la propie-


dad privada no era posible antes?

No, no era posible. Toda transformación del orden


social, todo cambio de las relaciones de propiedad, es
consecuencia necesaria de la aparición de nuevas fuer-
zas productivas que han dejado de corresponder a las
viejas relaciones de propiedad. Así ha surgido la pro-
piedad privada.
87
La propiedad privada no ha existido siempre; cuan-
do a fines de la Edad Media surgió el nuevo modo de
producción bajo la forma de la manufactura, que no
se ajustaba al marco de la propiedad feudal y gremial,
esta manufactura, que no correspondía ya a las viejas
relaciones de propiedad, dio vida a una nueva forma de
propiedad: la propiedad privada. En efecto, para la ma-
nufactura y para el primer período de desarrollo de la
gran industria no era posible ninguna otra forma de pro-
piedad que no fuese la propiedad privada; no era posible
ningún orden social que no fuese aquel basado en esta
propiedad. Mientras no se pueda conseguir una cantidad
de productos que baste para todos, con más excedente
para aumentar el capital social y seguir fomentando las
fuerzas productivas, deben existir necesariamente una
clase dominante que disponga de las fuerzas productivas
de la sociedad y una clase pobre y oprimida. La consti-
tución y el carácter de estas clases dependen del grado
de desarrollo de la producción. La sociedad de la Edad
Media, que tiene como base el cultivo de la tierra, la agri-
cultura, nos da al señor feudal y al siervo; las ciudades
de las postrimerías de la Edad Media nos dan al maes-
tro artesano, al oficial y al jornalero; en el siglo XVII,
al propietario de manufactura y al obrero de esta; en el
siglo XIX nos dan al gran fabricante y al proletariado.
Es claro que hasta el presente las fuerzas productivas no
se han desarrollado aún al punto de proporcionar una
cantidad de bienes suficiente para todos y que la propie-
dad privada se ha convertido en una traba, en un obs-
táculo para su desarrollo. Pero ahora, cuando debido al
desarrollo de la gran industria, en primer lugar, se han
constituido capitales y fuerzas productivas en proporcio-
nes sin precedentes y existen medios para aumentar en
88
breve plazo hasta el infinito estas fuerzas productivas;
cuando, en segundo lugar, estas se concentran en manos
de un reducido número de burgueses, mientras la gran
masa del pueblo se va convirtiendo cada vez más en pro-
letarios, con la particularidad de que su situación se hace
más precaria e insoportable en la medida en que aumen-
ta la riqueza de los burgueses; cuando, en tercer lugar,
estas poderosas fuerzas productivas, que se multiplican
con tanta facilidad hasta rebasar el marco de la propie-
dad privada y de la burguesía, provocan continuamente
las mayores conmociones del orden social. Solo ahora la
abolición de la propiedad privada se ha hecho posible e
incluso absolutamente necesaria.

16. ¿Será posible suprimir por vías pacíficas la pro-


piedad privada?

Sería deseable que fuese así, y los comunistas, por


supuesto, serían los últimos en oponerse a ello. Los co-
munistas saben muy bien que todas las conspiraciones,
además de inútiles, son incluso perjudiciales. Están per-
fectamente al corriente de que no se pueden hacer las
revoluciones en forma intencional y arbitraria y, que
estas han sido siempre y en todas partes una conse-
cuencia necesaria de circunstancias que no dependían
en absoluto de la voluntad y de la dirección de unos u
otros partidos o clases enteras. Pero, al mismo tiempo,
ven que se viene aplastando por la violencia el desarro-
llo del proletariado en casi todos los países civilizados y
que, con ello, los enemigos de los comunistas trabajan
con todas sus energías para la revolución. Si todo ello
termina, a fin de cuentas, empujando al proletariado
subyugado a la revolución, nosotros, los comunistas,
89
defenderemos con hechos, no menos que como ahora
lo hacemos con la palabra, la causa del proletariado.

17. ¿Será posible suprimir de un solo golpe la pro-


piedad privada?

No, no será posible, del mismo modo que no se


puede aumentar de un solo golpe las fuerzas produc-
tivas existentes en la medida necesaria para crear una
economía colectiva. Por eso, la revolución del prole-
tariado, que se avecina según todos los indicios, solo
podrá transformar paulatinamente la sociedad actual y
únicamente acabará con la propiedad privada cuando
se haya creado la cantidad de medios de producción
necesaria para ello.

18. ¿Qué curso de desarrollo tomará esa revolución?

Establecerá, ante todo, una Constitución estatal de-


mocrática y, con ello, directa o indirectamente, la domi-
nación política del proletariado. Directamente en Ingla-
terra, donde los proletarios constituyen ya la mayoría
del pueblo. Indirectamente en Francia y en Alemania,
donde la mayoría del pueblo no consta únicamente de
proletarios, sino, además, de pequeños campesinos y
pequeñoburgueses de la ciudad, que se encuentran solo
en la fase de transformación en proletariado y que, en
lo tocante a la satisfacción de sus intereses políticos, de-
penden cada vez más del proletariado, razón por la cual
han de adherirse pronto a las reivindicaciones de este.
Para ello, quizá, se necesite una nueva lucha que, sin
embargo, no puede tener otro desenlace que la victoria
del proletariado.
90
La democracia sería absolutamente inútil para
el proletariado si este no la utilizara inmediatamente
como medio para llevar a cabo amplias medidas que
atenten directamente contra la propiedad privada y ase-
guren la existencia del proletariado. Las medidas más
importantes, que dimanan necesariamente de las con-
diciones vigentes, son:

1) Restricción de la propiedad privada mediante el im-


puesto progresivo, alto impuesto sobre las herencias,
abolición del derecho de herencia en las líneas laterales
(hermanos, sobrinos, etc.), préstamos forzosos, etcétera.
2) Expropiación paulatina de los propietarios agra-
rios, industriales, propietarios de ferrocarriles y bar-
cos, por un lado con ayuda de la competencia por
parte de la industria estatal y, de modo directo, con
indemnización en forma de bonos.
3) Confiscación de los bienes de todos los emigrados
y de los rebeldes contra la mayoría del pueblo.
4) Organización del trabajo o empleo de los prole-
tarios en fincas, fábricas y talleres nacionales, con lo
cual se eliminará la competencia entre los obreros, y
los industriales, en la medida en que siguen existien-
do, tendrán que pagar el mismo salario elevado que
el Estado.
5) La misma obligación de trabajar para todos los
miembros de la sociedad hasta la completa abolición
de la propiedad privada. Formación de ejércitos in-
dustriales, especialmente para la agricultura.
6) Centralización de los créditos y de la banca en
manos del Estado a través de un banco nacional con
capital estatal. Supresión de todos los bancos y ban-
queros privados.

91
7) Multiplicación del número de fábricas, talleres, fe-
rrocarriles y barcos nacionales; cultivo de todas las
tierras que están sin labrar y mejoramiento del cultivo
de las demás tierras, en consonancia con el aumento
de los capitales y del número de obreros de que dis-
pone la nación.
8) Educación de todos los niños en instituciones na-
cionales y a cargo del Estado desde el momento en
que puedan prescindir del cuidado de la madre. Com-
binar la educación con la producción3.
9) Construcción de grandes palacios en las fincas na-
cionales para que sirvan de vivienda a las comunas de
ciudadanos que trabajen en la industria y en la agri-
cultura y unan las ventajas de la vida en la ciudad con
las del campo, evitando así el carácter unilateral y los
defectos de ambas.
10) Destrucción de todas las casas y de los barrios
insalubres y mal construidos.
11) Igualdad de derecho a herencia para los hijos legí-
timos y los naturales.
12) Concentración de todos los medios de transporte
en manos de la nación.

Por supuesto, todas estas medidas no podrán ser


llevadas a la práctica de un solo golpe. Pero cada una
entraña necesariamente la siguiente. Una vez empren-
dido el primer ataque radical contra la propiedad pri-
vada, el proletariado se verá obligado a seguir siempre
adelante y a concentrar más y más en las manos del
Estado todo el capital, toda la agricultura, toda la in-
dustria, todo el transporte y todo el comercio. Este es
el objetivo a que conducen las medidas mencionadas.
Ellas serán aplicables y surtirán su efecto centraliza-

92
dor exactamente en el mismo grado en que el trabajo
del proletariado multiplique las fuerzas productivas
del país. Finalmente, cuando todo el capital, toda la
producción y todo el comercio estén concentrados en
las manos de la nación, la propiedad privada dejará de
existir de por sí, el dinero se hará superfluo, la produc-
ción aumentará y los hombres cambiarán tanto que se
podrán suprimir también los viejos hábitos económi-
cos de la antigua sociedad.

19. ¿Es posible que esta revolución tenga lugar en


un solo país?

No. La gran industria, al crear el mercado mundial,


ha unido ya tan estrechamente a todos los pueblos de
la Tierra, sobre todo a los pueblos civilizados, que cada
uno depende de lo que ocurre en el otro. Además, ha
nivelado en todos los países civilizados el desarrollo
social a tal punto que en todos estos países la burguesía
y el proletariado se han erigido como las dos clases
decisivas de la sociedad, y la lucha entre ellas se ha
convertido en la principal lucha de nuestros días. En
consecuencia, la revolución comunista no será una re-
volución puramente nacional, sino que se producirá si-
multáneamente en todos los países civilizados, es decir,
al menos en Inglaterra, en Estados Unidos, en Francia
y en Alemania. Ella se desarrollará en cada uno de
estos países más rápida o más lentamente dependiendo
del grado en que esté desarrollada la industria en cada
uno de ellos, en que se hayan acumulado más riquezas
y se disponga de mayores fuerzas productivas. Por eso
será más lenta y difícil en Alemania y más rápida y
fácil en Inglaterra. Ejercerá igualmente una influencia
93
considerable en los demás países del mundo, modifica-
rá de raíz y acelerará extraordinariamente su anterior
curso de desarrollo. Es una revolución universal y ten-
drá, por ello, un ámbito universal.

20. ¿Cuáles serán las consecuencias de la supresión


definitiva de la propiedad privada?

Al quitar a los capitalistas privados el usufructo


de todas las fuerzas productivas y de todos los medios
de comunicación, así como del cambio y del reparto
de los productos, al administrar todo eso con arreglo
a un plan basado en los recursos disponibles y en las
necesidades de toda la sociedad, esta suprimirá, prime-
ramente, todas las consecuencias negativas ligadas al ac-
tual sistema de dirección de la gran industria. Las crisis
desaparecerán; la producción ampliada, que es, en la
sociedad actual, una sobreproducción y una causa tan
poderosa de miseria, será entonces muy insuficiente y
deberá adquirir proporciones mucho mayores. En lu-
gar de engendrar miseria, la producción superior a las
necesidades perentorias de la sociedad permitirá satisfa-
cer las demandas de todos los miembros de esta, gene-
rará nuevas necesidades y creará, a la vez, los medios
de satisfacerlas. Será la condición y la causa de nuevos
progresos y lo llevará a cabo sin provocar, como hasta
ahora, el trastorno periódico de todo el orden social.
La gran industria, liberada de las trabas de la propie-
dad privada, se desarrollará en tales proporciones que,
comparado con ellas, su estado actual parecerá tan mez-
quino como la manufactura al lado de la gran industria
moderna. Este desarrollo de la industria brindará a la
sociedad una cantidad suficiente de productos para sa-
94
tisfacer las necesidades de todos. Del mismo modo, la
agricultura, en la que, debido al yugo de la propiedad
privada y al fraccionamiento de las parcelas, resulta di-
fícil el empleo de los perfeccionamientos ya existentes y
de los adelantos de la ciencia, experimentará un nuevo
auge y ofrecerá a disposición de la sociedad una canti-
dad suficiente de productos. Así, la sociedad producirá
lo suficiente para organizar la distribución con vistas a
cubrir las necesidades de todos sus miembros. Con ello
quedará superflua la división de la sociedad en clases
distintas y antagónicas. Dicha división, además de su-
perflua, será incluso incompatible con el nuevo régimen
social. La existencia de clases se debe a la división del
trabajo, y esta última, bajo su forma actual, desapare-
cerá completamente, ya que para elevar la producción
industrial y agrícola al mencionado nivel no bastan solo
los recursos auxiliares mecánicos y químicos. Es preciso
desarrollar correlativamente las aptitudes de los hom-
bres que emplean estos recursos.
Al igual que en el siglo pasado, cuando los cam-
pesinos y los obreros de las manufacturas, tras ser in-
corporados a la gran industria, modificaron todo su
régimen de vida y se volvieron personas muy diferen-
tes, la dirección colectiva de la producción por parte
de toda la sociedad y el nuevo progreso que resultará
de ello necesitarán hombres nuevos y los formarán. La
gestión colectiva de la producción no puede correr a
cargo de los hombres tal como son hoy; hombres que
dependen cada cual de una rama determinada de la
producción, están aferrados a ella, son explotados por
ella, desarrollan nada más que un aspecto de sus apti-
tudes a expensas de todos los otros y solo conocen una
rama o una parte de alguna rama de toda la producción.
95
La industria de nuestros días está ya cada vez menos
en condiciones de emplear tales hombres. La industria
que funciona de modo planificado debido al esfuerzo
común de toda la sociedad presupone con más motivo
hombres con aptitudes desarrolladas universalmente,
hombres capaces de orientarse en todo el sistema de
producción. Por consiguiente, desaparecerá del todo
la división del trabajo, minada ya en la actualidad por la
máquina; la división que hace que uno sea campesino,
otro, zapatero; un tercero, obrero fabril, y un cuarto,
especulador bursátil. La educación dará a los jóvenes la
posibilidad de asimilar rápidamente en la práctica todo
el sistema de producción y les permitirá pasar sucesi-
vamente de una rama de la producción a otra, según
sean las necesidades de la sociedad o sus propias in-
clinaciones. Por lo tanto, la educación los liberará de
ese carácter unilateral que la división actual del trabajo
impone a cada individuo. Así, la sociedad organizada
sobre bases comunistas dará a sus miembros la posibi-
lidad de emplear en todos los aspectos sus facultades
desarrolladas universalmente. Pero con ello desapare-
cerán inevitablemente las clases. De ello se desprende,
de una parte, que la sociedad organizada sobre bases
comunistas es incompatible con la existencia de clases;
y, de la otra, que la propia construcción de esa sociedad
brinda los medios para suprimir las diferencias de clase.
Un corolario de esto es que está destinada a desa-
parecer la oposición entre la ciudad y el campo. Los
mismos hombres se dedicarán al trabajo agrícola y al
industrial, en lugar de dejar que lo hagan dos clases
diferentes. Esto es una condición necesaria de la aso-
ciación comunista y por razones totalmente materiales.
La dispersión de la población rural dedicada a la agri-
96
cultura, a la par con la concentración de la población
industrial en las grandes ciudades, corresponde solo a
una etapa todavía inferior de desarrollo de la agricultu-
ra y de la industria y es un obstáculo para el progreso,
cosa que ya se hace sentir con mucha fuerza.
La asociación general de todos los miembros de la
sociedad con el fin de utilizar colectiva y racionalmente
las fuerzas productivas; el fomento de la producción
en proporciones suficientes para cubrir las necesidades
de todos; la liquidación del estado de cosas en el que
las necesidades de unos se satisfacen a costa de otros;
la supresión completa de las clases y del antagonismo
entre ellas; el desarrollo universal de las facultades de
todos los miembros de la sociedad por medio de la eli-
minación de la anterior división del trabajo, mediante
la educación industrial, por el cambio de actividad, con
la participación de todos en el usufructo de los bienes
creados por todos y, finalmente, mediante la fusión de
la ciudad con el campo serán los principales resultados
de la abolición de la propiedad privada.

21. ¿Qué influencia ejercerá el régimen social comu-


nista sobre la familia?

Las relaciones entre los sexos tendrán un carácter


puramente privado, perteneciente solo a las personas
que toman parte en ellas, sin el menor motivo para
la injerencia de la sociedad. Eso será posible gracias a la
supresión de la propiedad privada y a la educación de
los niños por parte de la sociedad, con lo cual se des-
truyen las dos bases del matrimonio actual ligadas a la
propiedad privada: la dependencia de la mujer respecto
del hombre y la dependencia de los hijos respecto de
97
los padres. En esto consiste, precisamente, la respuesta
a los alaridos altamente moralistas de los pequeñobur-
gueses con motivo de la “comunidad de las mujeres”
que, según estos, quieren implantar los comunistas. La
comunidad de las mujeres es un fenómeno que perte-
nece enteramente a la sociedad burguesa y existe hoy
plenamente bajo la forma de prostitución. Pero esta des-
cansa en la propiedad privada y desaparecerá junto con
ella. Por lo tanto, la organización comunista, en lugar
de implantar la comunidad de las mujeres, más bien
la suprimirá.

22. ¿Cuál será la actitud de la organización comu-


nista hacia las nacionalidades existentes?

Queda4.

23. ¿Cuál será su actitud hacia las religiones exis-


tentes?

Queda.

24. ¿Cuál es la diferencia entre los comunistas y los


socialistas?

Los llamados socialistas se dividen en tres catego-


rías.
La primera consta de partidarios de la sociedad feu-
dal y patriarcal, que ha sido destruida y sigue siéndolo
a diario por la gran industria, el comercio mundial y
la sociedad burguesa creada por ambos. Esta categoría
saca de los males de la sociedad moderna la conclusión
de que hay que restablecer la sociedad feudal y patriar-
98
cal, ya que esta estaba libre de estos males. Todas sus
propuestas persiguen, directa o indirectamente, este ob-
jetivo. Los comunistas lucharán siempre enérgicamente
contra esa categoría de socialistas reaccionarios, pese a
su fingida compasión de la miseria del proletariado y
las amargas lágrimas que vierten por tal motivo, puesto
que estos:

1) Se proponen un objetivo absolutamente imposible.


2) Se esfuerzan por restablecer la dominación de la
aristocracia, de los maestros de gremio y de los pro-
pietarios de manufacturas, con su séquito de monar-
cas absolutos o feudales, funcionarios, soldados y
curas; una sociedad que, por cierto, estaba libre de
los vicios de la sociedad actual, pero, en cambio, con-
llevaba, cuanto menos, otros tantos males y, además,
no ofrecería la menor perspectiva de liberación, con
ayuda de la organización comunista, de los obreros
oprimidos.
3) Muestran sus verdaderos sentimientos cada vez
que el proletariado actúa de un modo revolucionario
y comunista: se alían de inmediato con la burguesía
contra los proletarios.

La segunda categoría consta de partidarios de la


sociedad actual, a los que los males necesariamente
provocados por esta inspiran temores en cuanto a la
existencia de la misma. Ellos quieren, por consiguiente,
conservar la sociedad actual, pero suprimir los males
ligados a ella. A tal objeto, unos proponen medidas
de simple beneficencia; otros, grandiosos planes de re-
formas que, so pretexto de reorganización de la socie-
dad, se plantean el mantenimiento de las bases de la
99
sociedad actual y, con ello, la propia sociedad actual.
Los comunistas deberán igualmente combatir con
energía contra estos socialistas burgueses, puesto que
estos trabajan para los enemigos de los comunistas y
defienden la sociedad que los comunistas, justamente,
queremos destruir.
Finalmente, la tercera categoría consta de socialis-
tas democráticos. Al seguir el mismo camino que los
comunistas, se proponen llevar a cabo una parte de
las medidas señaladas en la pregunta...5, pero no como
medidas de transición al comunismo, sino como un
medio suficiente para acabar con la miseria y los ma-
les de la sociedad actual. Estos socialistas democráticos
son proletarios que no ven todavía con bastante clari-
dad las condiciones de su liberación, o representantes
de la pequeña burguesía, es decir, de la clase que, has-
ta la conquista de la democracia y la aplicación de las
medidas socialistas derivadas de ella, tiene en muchos
aspectos los mismos intereses que los proletarios. Por
eso, los comunistas se entenderán con esos socialistas
democráticos en los momentos de acción y deben, en
general, atenerse en esas ocasiones y en lo posible a una
política común con ellos, siempre que estos socialistas
no se pongan al servicio de la burguesía dominante y
siempre que no ataquen a los comunistas. Por supues-
to, estas acciones comunes no excluyen la discusión de
las diferencias que existen entre ellos y los comunistas.

25. ¿Cómo se relacionan los comunistas con los de-


más partidos políticos de nuestra época?

Esta relación es distinta en los diferentes países. En


Inglaterra, Francia y Bélgica, donde domina la burgue-
100
sía, los comunistas todavía tienen, provisoriamente, inte-
reses comunes con diversos partidos democráticos, con
la particularidad de que esta comunidad de intereses es
tanto mayor cuanto más los demócratas se acercan a los
objetivos de los comunistas en las medidas socialistas,
que los demócratas defienden ahora en todas partes; es
decir, cuanto más clara y explícitamente defienden los
intereses del proletariado y cuanto más se apoyan en
él. En Inglaterra, por ejemplo, los cartistas –que están
integrados por trabajadores– se aproximan inconmen-
surablemente más a los comunistas que los pequeño-
burgueses democráticos o los llamados radicales.
En Norteamérica, donde ha sido proclamada la
Constitución democrática, los comunistas deberán
apoyar al partido que quiera aplicar esta Constitución
contra la burguesía y utilizarla en beneficio del proleta-
riado, es decir, los reformistas nacionales agrarios.
En Suiza, los radicales, aunque constituyen todavía
un partido de composición muy heterogénea, son, no
obstante, los únicos con los que los comunistas pueden
concertar acuerdos, y entre estos radicales los más pro-
gresistas son los de Waadtland y los de Ginebra.
Finalmente, en Alemania está todavía por delante la
lucha decisiva entre la burguesía y la monarquía abso-
luta. Pero como los comunistas no pueden contar con
una lucha decisiva con la burguesía antes de que esta
llegue al poder, les conviene a los comunistas ayudarle
a que conquiste lo más pronto posible la dominación, a
fin de derrocarla, a su vez, lo más pronto posible. Por lo
tanto, en la lucha de la burguesía liberal contra los Go-
biernos, los comunistas deben estar siempre del lado de
la primera, precaviéndose, no obstante, contra el auto-
engaño en que incurre la burguesía y sin fiarse de las
101
aseveraciones seductoras de esta acerca de las benéficas
consecuencias que, según ella, traerá al proletariado la
victoria de la burguesía. Las únicas ventajas que la vic-
toria de la burguesía brindará a los comunistas serán:

1) Diversas concesiones que facilitarán a los comu-


nistas la defensa, la discusión y la propagación de sus
principios y, con ello, permitirá la cohesión del prole-
tariado en una clase organizada, estrechamente unida
y dispuesta a la lucha.
2) La seguridad de que el día en que caigan los Go-
biernos absolutistas llegará la hora de la lucha entre
los burgueses y los proletarios. A partir de ese día, la
política del partido de los comunistas será aquí la mis-
ma que en los países donde ya domina la burguesía.

Notas
1 Escrito en octubre-noviembre de 1847, conservado en manus-
crito. Publicado por primera vez como edición aparte en 1914 [NdE].
2 Engels deja en blanco el manuscrito para redactar luego la
respuesta a la pregunta IX [NdE].
3 Alusión a la necesidad de tender a unir y combinar la edu-
cación teórica con la práctica: el trabajo manual con el intelectual,
etcétera [NdE].
4 En el manuscrito, en el lugar de la respuesta a la pregunta
XXII, así como en la siguiente, la 23, figura la palabra “Que-
da”. Al parecer, Engels indica que la respuesta debía quedar
en la forma que ya estaba escrita en uno de los proyectos pre-
vios, que se han perdido, del programa de la Liga de los Comu-
nistas [NdE].
5 En el manuscrito está en blanco este lugar: se trata de la
respuesta a la pregunta 28 [NdE].

102
A noventa años del Manifiesto Comunista1

León Trotsky

Coyoacán, 30 de octubre de 1937

¡Cuesta creer que falten tan solo diez años para que
se cumpla el centenario del Manifiesto del Partido Comu-
nista! Este folleto, más genial que cualquier otro en la
literatura mundial, nos sorprende aún hoy por su fres-
cura. Sus partes más importantes parecen haber sido
escritas ayer. Con certeza, los jóvenes autores (Marx
tenía 29 años, Engels 27) tuvieron una mayor visión
del futuro no solo que sus predecesores sino que nunca
fueron igualados2.
Ya en el prefacio que escribieron juntos para la edi-
ción de 1872, Marx y Engels declararon que, pese al
hecho de que ciertos pasajes secundarios en el Manifies-
to resultaban anticuados, consideraban que no tenían
ningún derecho a alterar el texto original, en tanto que
el Manifiesto ya se había convertido, en el período de
veinticinco años que habían transcurrido, en un docu-
mento histórico. Sesenta y cinco años más han pasado
desde aquel momento. Pasajes aislados del Manifiesto
resultan aún más anticuados. En este prefacio tratare-
mos de señalar sucintamente tanto las ideas del Mani-
fiesto que conservan todo su vigor como aquellas que
requieren una modificación o ampliación importante.
1. La concepción materialista de la historia, descu-
bierta por Marx poco antes y aplicada con consumada
103
habilidad en el Manifiesto, ha resistido perfectamente la
prueba de los hechos y los golpes de la crítica hostil.
Constituye hoy uno de los instrumentos más valiosos
del pensamiento humano. Las demás interpretaciones
del proceso histórico han perdido todo valor científico.
Podemos decir con certeza que en nuestro tiempo es
imposible no solo ser un militante revolucionario sino
aun un observador versado en política, sin asimilar la
interpretación materialista de la historia.
2. El primer capítulo del Manifiesto comienza con las
siguientes palabras: “La historia de todas las sociedades
hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”.
Este postulado, la conclusión más importante que
se extrae de la interpretación materialista de la historia
se convirtió inmediatamente en un elemento de discu-
sión en la lucha de clases. La teoría que reemplazaba
“el bien común”, “la unidad nacional” y “las verda-
des morales eternas” por los intereses materiales como
fuerza motriz, sufrió ataques especialmente venenosos
de parte de hipócritas reaccionarios, doctrinarios libe-
rales y demócratas idealistas. Más tarde se le sumaron
individuos reclutados en las filas del mismo movimien-
to obrero, los llamados revisionistas, es decir, los que
proponían rever (“revisar”) el marxismo en el espíritu
de la colaboración y la conciliación de clases. Final-
mente, en nuestra época, los despreciables epígonos de
la IC (los “estalinistas”) han seguido, en la práctica, el
mismo camino: la política de los así llamados “Frentes
Populares” surge totalmente de la negación de las leyes
de la lucha de clases. Mientras tanto, es precisamente
la época del imperialismo la que, llevando todas las
contradicciones sociales a su punto de máxima ten-
sión, da al Manifiesto Comunista su mayor triunfo teórico.
3. La anatomía del capitalismo, como un estado de-
terminado de la evolución económica de la sociedad,
fue expuesta por Marx en su forma acabada en El ca-
pital (1867). Pero ya en el Manifiesto Comunista las líneas
más importantes del futuro análisis fueron firmemente
esbozadas: el pago de la fuerza de trabajo como equi-
valente al costo de su reproducción; la apropiación de
la plusvalía por los capitalistas; la competencia como
la ley fundamental de las relaciones sociales; la ruina
de las clases medias, es decir, la pequeñoburguesía ur-
bana y el campesinado; la concentración de la riqueza
en un número siempre decreciente de propietarios en
un polo, y el crecimiento numérico del proletariado
en el otro; la preparación de las condiciones materiales
y políticas para el régimen socialista.
4. Las tesis del Manifiesto referente a la tendencia del
capitalismo a bajar el nivel de vida de los trabajadores
e incluso a reducirlos a la pobreza ha sido violentamen-
te atacada. Clérigos, profesores, ministros, periodistas,
teóricos socialdemócratas y dirigentes sindicales salie-
ron al paso para enfrentar la llamada teoría de la “pau-
perización” progresiva. Invariablemente encontraban
signos de creciente prosperidad entre los trabajadores,
haciendo pasar la situación de la aristocracia obrera
por la de todo el proletariado, o tomando como perdu-
rable alguna tendencia momentánea. Mientras tanto,
hasta el desarrollo del más poderoso capitalismo del
mundo, el capitalismo de los EEUU, ha convertido
a millones de trabajadores en mendigos sostenidos a
expensas de la caridad estatal, municipal o privada.
5. En contra del Manifiesto, que describía a las crisis
industrial y comercial como una serie de catástrofes
cada vez mayores, los revisionistas aseguraban que el
105
desarrollo de trusts a nivel nacional e internacional
aseguraría el control sobre el mercado, llevando gra-
dualmente a terminar con las crisis. Lo que caracterizó
el fin del siglo pasado y el comienzo del presente fue
un desarrollo tan tempestuoso del capitalismo que las
crisis aparecían como interrupciones “accidentales”.
Pero esa época se ha ido para no volver. En definitiva,
Marx tuvo razón también en este tema.
6. “El gobierno del Estado moderno no es más
que una junta que administra los negocios comunes
de toda la clase burguesa”. Esta fórmula concentrada,
que los dirigentes de la socialdemocracia consideraron
como una paradoja periodística, de hecho contiene la
única teoría científica del Estado. La democracia crea-
da por la burguesía no es, como lo creyeron Bernstein
y Kautsky, una bolsa vacía que puede ser llenada sin
problemas con cualquier tipo de contenido de clase. La
democracia burguesa solo puede servir a la burguesía.
Un gobierno del “Frente Popular”, esté dirigido por
Blum o Chautemps, [Largo] Caballero o Negrín3, solo
es “una delegación que administra los negocios comu-
nes de toda la clase burguesa”. Cuando este “comité”
maneja mal las cosas, la burguesía lo echa a patadas.
7. “Toda lucha de clases es una lucha política”. La
“organización del proletariado en clase y, con ello, en
partido político”. Sindicalistas por un lado y anarco-
sindicalistas por el otro, durante largo tiempo se aleja-
ron, y aún hoy tratan de escaparse, de la comprensión
de estas leyes históricas. El sindicalismo “puro” ahora
ha sufrido un golpe demoledor en su principal refugio:
EEUU. El anarco-sindicalismo ha sufrido una derrota
irreparable en su último bastión: España. Aquí tam-
bién el Manifiesto demostró estar en lo cierto.
106
8. El proletariado no puede conquistar el poder
dentro del marco legal establecido por la burguesía.
“Los comunistas no ocultan ni sus opiniones ni sus
propósitos. Proclaman abiertamente que sus fines solo
pueden ser alcanzados a través del derrumbe violento
de todo el orden social existente”. El reformismo inten-
tó explicar este postulado del Manifiesto sobre la base
de la inmadurez del movimiento en aquel momento
y el desarrollo insuficiente de la democracia. El desti-
no que sufrieron las “democracias” italiana, alemana
y muchas otras demuestra que la “inmadurez” es el
rasgo distintivo de las propias ideas de los reformistas.
9. Para la transformación socialista de la sociedad,
la clase trabajadora debe concentrar en sus manos un
poder tal que le permita aplastar todos y cada uno de
los obstáculos políticos que cierren el camino hacia el
nuevo sistema. “El proletariado organizado como clase
dominante”: eso es la dictadura. Al mismo tiempo es
la única verdadera democracia proletaria. Su alcance
y profundidad dependen de las condiciones históricas
concretas. Cuanto más Estados tomen el camino de la
revolución socialista, tanto más libres y flexibles serán
las formas que adoptará la dictadura, tanto más amplia
y más profunda será la democracia obrera.
10. El desarrollo internacional del capitalismo ha
predeterminado el carácter internacional de la revolu-
ción proletaria. “La acción común [del proletariado], al
menos de los países civilizados, es una de las primeras
condiciones de su emancipación”. El desarrollo ulte-
rior del capitalismo unió tan estrechamente todos los
sectores de nuestro planeta, tanto “civilizados” como
“no civilizados”, que el problema de la revolución so-
cialista ha asumido total y decisivamente un carácter
107
mundial. La burocracia soviética intentó liquidar el
Manifiesto en lo que respecta a esta cuestión fundamen-
tal. La degeneración bonapartista del Estado soviético
es una abrumadora demostración de la falsedad de la
teoría del socialismo en un solo país.
11. “Una vez que en el curso del desarrollo hayan
desaparecido los antagonismos de clase, y toda la pro-
ducción se haya concentrado en manos de los indivi-
duos asociados, entonces el poder público pierde su
carácter político”. En otras palabras: el Estado se des-
vanece. La sociedad permanece, liberada de su chaleco
de fuerza. Esto no es otra cosa que el socialismo. El
teorema inverso: el monstruoso crecimiento de la coer-
ción estatal en la URSS es el testimonio elocuente de
que la sociedad se está alejando del socialismo.
12. “Los obreros no tienen patria”. Estas palabras
del Manifiesto fueron frecuentemente juzgadas por los
filisteos como un buen palabrerío para la agitación. Lo
cierto es que ellas dieron al proletariado la única di-
rectiva razonable en lo que respecta a la cuestión de la
“patria” capitalista. La anulación de esta directiva por
la II Internacional trajo como consecuencia no solo
cuatro años de devastación en Europa, sino además el
actual estancamiento de la cultura mundial. En vista
que la nueva guerra es ya inminente, posibilitada por
la traición de la III Internacional, el Manifiesto aún hoy
sigue siendo el consejero más digno de confianza con
respecto a la cuestión de la “patria” capitalista.
Así, vemos que la producción conjunta y relati-
vamente breve de dos jóvenes autores, aún continúa
ofreciendo directivas irremplazables acerca de las cues-
tiones más importantes y candentes de la lucha por la
emancipación. ¿Qué otro libro podría compararse si-
108
quiera de lejos con el Manifiesto Comunista? Pero esto no
implica que, luego de noventa años de desarrollo sin
precedentes de las fuerzas productivas y vastas luchas
sociales, el Manifiesto no necesite correcciones ni agre-
gados. El pensamiento revolucionario no tiene nada
en común con la adoración de ídolos. Los programas
y los pronósticos se ponen a prueba y se corrigen a
la luz de la experiencia, que es el criterio supremo de
la razón humana. El Manifiesto también requiere correc-
ciones y agregados. Sin embargo, como lo evidencia la
experiencia histórica, estas correcciones y agregados
solo pueden hacerse con éxito si se procede de acuer-
do con el método que anida en las bases del Manifiesto
mismo. Trataremos de indicar esto en varias instancias
por demás importantes.
1. Marx enseñó que ningún sistema social desa-
parece de la arena de la historia antes de agotar sus
potencialidades creativas. El Manifiesto censura violen-
tamente al capitalismo por retrasar el desarrollo de
las fuerzas productivas. Sin embargo, durante aquel
período, como así también en las décadas siguientes
este retraso era de naturaleza solo relativa. Si hubiera
sido posible en la segunda mitad del siglo XIX orga-
nizar la economía sobre bases socialistas, sus ritmos
de crecimiento habrían sido inconmensurablemente
mayores. Pero este postulado teóricamente irrefutable
no invalida el hecho de que las fuerzas productivas
siguieron expandiéndose a escala mundial hasta las
vísperas de la [Primera] Guerra Mundial. Solo en los
últimos veinte años, pese a las más modernas conquis-
tas de la ciencia y la tecnología, ha comenzado la época
de decidido estancamiento y aún decadencia de la
economía mundial. La humanidad está empezando a
109
gastar su capital acumulado, mientras la guerra ame-
naza con destruir las mismas bases de la civilización
en los años venideros. Los autores del Manifiesto pen-
saban que el capitalismo sería derrocado mucho antes
de llegar el momento en que se transformaría de un
régimen relativamente reaccionario en un régimen re-
accionario en términos absolutos. Esta transformación
tomó su forma definitiva solo ante los ojos de la gene-
ración actual, y convirtió a nuestra época en la época
de las guerras, las revoluciones y el fascismo.
2. El error de Marx y Engels en relación con los pla-
zos históricos surgía por un lado de la subestimación
de las posibilidades futuras latentes en el capitalismo,
y por el otro, de la sobrevaloración de la madurez re-
volucionaria del proletariado. La revolución de 1848
no se convirtió en una revolución socialista como ha-
bía pronosticado el Manifiesto, sino que abrió para Ale-
mania la posibilidad de un vasto ascenso capitalista
en el futuro. La Comuna de París demostró que el
proletariado no puede quitarle el poder a la burguesía
si no tiene para conducirlo un partido revolucionario
experimentado. Mientras tanto el período prolongado
de prosperidad capitalista que siguió produjo, no la
educación de la vanguardia revolucionaria, sino más
bien la degeneración burguesa de la aristocracia obre-
ra, lo que a su vez se convirtió en el principal freno
a la revolución proletaria. La naturaleza de las cosas
hizo imposible que los autores del Manifiesto pudieran
prever esta “dialéctica”.
3. Para el Manifiesto, el capitalismo era el reino de
la libre competencia. Mientras que hacía referencia a
la creciente concentración del capital, el Manifiesto no
sacó la necesaria conclusión en relación al monopolio,
110
que se ha convertido en la forma capitalista dominante
en nuestra época y en el más importante prerrequisito
para la economía socialista. Solo más tarde, en El ca-
pital, Marx estableció la tendencia hacia la transforma-
ción de la libre competencia en monopolio. Fue Lenin
quien dio una caracterización científica del capitalismo
monopolista en su Imperialismo4.
4. Basándose fundamentalmente en el ejemplo de
la “revolución industrial” en Inglaterra, los autores
del Manifiesto se representaron de una manera dema-
siado unilateral el proceso de liquidación de las cla-
ses medias, como una completa proletarización del
artesanado, el pequeño comercio y el campesinado.
En realidad, las fuerzas elementales de la competen-
cia están muy lejos de haber completado esta tarea al
mismo tiempo progresista y bárbara. El capitalismo
ha arruinado a la pequeñoburguesía más rápidamente
de lo que la ha proletarizado. Por otro lado, el Estado
burgués desde hace mucho tiempo apunta a una po-
lítica consciente dirigida a mantener artificialmente a
los sectores pequeñoburgueses. En el polo opuesto, el
desarrollo de la tecnología y la racionalización de la
industria a gran escala, engendra desempleo crónico y
obstaculiza la proletarización de la pequeñoburguesía.
Al mismo tiempo, el desarrollo del capitalismo aceleró
de forma extraordinaria el surgimiento de ejércitos de
técnicos, administradores, empleados de comercio, en
una palabra, la llamada “nueva clase media”. El resul-
tado de esto es que las clases medias a las que se refiere
el Manifiesto en forma tan categórica son, aún en un
país tan altamente industrializado como Alemania, casi
la mitad de la población. Sin embargo, la preservación
artificial del sector pequeñoburgués desde hace mucho
111
tiempo ya perimido, no atenúa de ninguna manera las
contradicciones sociales. Por el contrario, las vuelve es-
pecialmente morbosas. Junto a un ejército permanente
de desocupados, constituye la expresión más dañina
de la decadencia del capitalismo.
5. Concebido para una época revolucionaria el
Manifiesto contiene (fin del cap. II) diez consignas, que
corresponden al período de transición directo del capi-
talismo al socialismo. En su prefacio de 1872, Marx y
Engels declararon que estas consignas se habían vuelto
en parte anticuadas, y que en todo caso solo tenían una
importancia secundaria. Los reformistas se apoderaron
de esta apreciación y la interpretaron en el sentido de
que las consignas transicionales revolucionarias habían
cedido su lugar para siempre al “programa mínimo” so-
cialdemócrata que, como es bien sabido, no trasciende
los límites de la democracia burguesa. De hecho, los au-
tores del Manifiesto indicaron con bastante precisión la
corrección fundamental de su programa de transición,
a saber: “La clase obrera no puede simplemente tomar
posesión de la máquina estatal existente y ponerla en
marcha para sus propios fines”. En otras palabras, la co-
rrección iba dirigida contra el fetichismo de la democra-
cia burguesa. Marx, luego contrapuso el Estado del tipo
de la Comuna al Estado capitalista. Este “tipo” más tar-
de asumió la forma mucho más precisa de soviets. En la
actualidad, no puede haber un programa revoluciona-
rio sin soviets y sin control obrero. Y por lo demás, las
diez consignas del Manifiesto que resultaron “arcaicas” en
una época de actividad parlamentaria pacífica, hoy han
recobrado completamente su verdadero significado. Por
otro lado, el “programa mínimo” de la socialdemocra-
cia, se ha vuelto irremediablemente anticuado.
112
6. Basando sus expectativas en que “la revolución
burguesa alemana solo podrá ser el preludio inmediato
de una revolución proletaria”, el Manifiesto hace refe-
rencia a las condiciones mucho más avanzadas de la
civilización europea en comparación con la Inglaterra
del siglo XVII y la Francia del siglo XVIII, y el desa-
rrollo mucho mayor del proletariado. Lo equivocado
de este pronóstico no solo era la fecha. La revolución
de 1848 mostró en unos pocos meses que precisamen-
te bajo condiciones más avanzadas, ninguna de las
clases burguesas es capaz de llevar la revolución a su
término: la gran y mediana burguesías tienen vínculos
demasiado estrechos con los terratenientes y el temor
a las masas las inmoviliza; la pequeñoburguesía se pre-
senta demasiado dividida, y en sus capas dirigentes se
muestra demasiado dependiente de la gran burguesía.
Como lo evidencia todo el curso subsiguiente del desa-
rrollo en Europa y Asia, la revolución burguesa por sí
sola, en términos generales ya no puede consumarse.
Solo a condición de que el proletariado, libre de la in-
fluencia de los partidos burgueses, tome su puesto a la
cabeza del campesinado, estableciendo su dictadura re-
volucionaria, puede concebirse la purga de la sociedad
de todo residuo feudal. Por este hecho, la revolución
burguesa se entrelaza con la primera etapa de la revo-
lución socialista, para disolverse luego en esta última.
La revolución nacional se vuelve, de este modo, un es-
labón de la revolución mundial. La transformación de
las bases económicas y de todas las relaciones sociales
asume un carácter permanente.
Para los partidos revolucionarios en los países atra-
sados de Asia, América Latina y África, se vuelve una
cuestión de vida o muerte la clara comprensión de la
113
conexión orgánica entre la revolución democrática y
la dictadura del proletariado, y por lo tanto, con la
revolución socialista internacional.
7. Mientras describe cómo el capitalismo arrastra en
su vorágine a países bárbaros y atrasados, el Manifiesto
no contiene ninguna referencia a la lucha de los paí-
ses coloniales y semicoloniales por su independencia.
Dado que Marx y Engels consideraban a la revolución
social “por lo menos en los países civilizados más im-
portantes”, como una cuestión que debía resolverse en
unos pocos años, para ellos, el problema colonial esta-
ba resuelto automáticamente, no como consecuencia
de un movimiento independiente de las nacionalidades
oprimidas, sino como consecuencia de la victoria del
proletariado en los centros metropolitanos del capita-
lismo. Por lo tanto en el Manifiesto ni siquiera se hace
referencia al pasar, a las cuestiones de la estrategia
revolucionaria en países coloniales y semicoloniales.
Sin embargo, estas cuestiones exigen una solución
independiente. Por ejemplo, es bastante evidente que
mientras la cuestión del “nacionalismo” se ha conver-
tido en el más dañino de los frenos históricos en los
países capitalistas desarrollados, aún permanece como
un factor relativamente progresivo en los países atra-
sados que se ven obligados a luchar por una existencia
independiente.
“En resumen, los comunistas”, declara el Manifiesto
“apoyan en todos los países todo movimiento revolu-
cionario contra el régimen social y político existente”.
El movimiento de las razas de color en contra de sus
opresores imperialistas, es uno de los movimientos
más importantes y poderosos en contra del orden exis-
tente y, por lo tanto, exige el apoyo incondicional e
114
ilimitado, por parte del proletariado de raza blanca. El
mérito por el desarrollo de una estrategia revoluciona-
ria para las nacionalidades oprimidas le corresponde
primordialmente a Lenin.
8. La parte más anticuada del Manifiesto –no en cuan-
to al método sino con relación al objeto– es la crítica
de la literatura “socialista” de la primera parte del si-
glo XIX (cap. III) y la definición de la posición de los
comunistas en relación a varios partidos de oposición
(cap. IV). Los movimientos y partidos enumerados en
el Manifiesto fueron barridos tan drásticamente por la re-
volución de 1848 o la contrarrevolución posterior que
uno debe buscar hasta sus nombres en un diccionario
histórico. Sin embargo, también en esta sección, el Ma-
nifiesto quizás está más cerca nuestro ahora, que lo que
estuvo de la generación anterior. En la época del flore-
cimiento de la II Internacional, cuando el marxismo
parecía ejercer una influencia sin fisuras, podría haber-
se considerado que las ideas del socialismo premarxista
habían quedado definitivamente en el pasado. Hoy las
cosas son distintas. La descomposición de la socialde-
mocracia y la IC engendra a cada paso monstruosas
reincidencias ideológicas. Parece como si el pensamien-
to senil se hubiera convertido en infantil. En búsqueda
de fórmulas salvadoras, los profetas en la época de de-
cadencia descubren nuevamente doctrinas enterradas
hace muchos años por el socialismo científico.
En lo que respecta a la cuestión de los partidos de
oposición, las décadas pasadas han introducido cam-
bios más profundos, no solo en el sentido de que los
viejos partidos han sido reemplazados por otros nue-
vos, sino también en el sentido de que el mismo ca-
rácter de los partidos y sus relaciones mutuas, han
115
cambiado radicalmente en las condiciones de la época
imperialista. Por lo tanto, el Manifiesto debe ser amplia-
do con los documentos más importantes de los cuatro
primeros congresos de la IC, la literatura bolchevi-
que esencial y las decisiones de las Conferencias de la
IV Internacional.
Ya hemos comentado más arriba que, según Marx,
ningún orden social desaparece de escena antes de
agotar sus potencialidades latentes. Sin embargo, aún
un orden social anticuado no cede su lugar a un orden
nuevo sin oponer resistencia. Un cambio de régimen
social presupone la lucha de clases en su forma más
cruda, es decir, una revolución. Si el proletariado, por
una razón u otra, se muestra incapaz de derrocar con
un golpe audaz al perimido orden burgués, entonces
el capital financiero en su lucha por mantener su do-
minio inestable no puede hacer otra cosa que conver-
tir a la pequeñoburguesía, la que ha empobrecido y
desmoralizado, en el ejército fascista de los pogromos.
La degeneración burguesa de la socialdemocracia y la
degeneración fascista de la pequeñoburguesía, están
interrelacionadas como causa y efecto.
En la actualidad, la III Internacional lleva a cabo
en todos los países la tarea de engañar y desmorali-
zar a los trabajadores, mucho más desenfrenadamente
que la II. Al masacrar a la vanguardia del proletaria-
do español, los desenfrenados mercenarios de Moscú
no solo abren el camino al fascismo sino que ejecu-
tan, además, una buena parte de sus tareas. La crisis
prolongada de la revolución internacional que se está
convirtiendo cada vez más en una crisis de la cultura
humana, se reduce esencialmente a la crisis de su direc-
ción revolucionaria.
116
Como heredera de la gran tradición, de la que el
Manifiesto del Partido Comunista constituye su eslabón
más preciado, la IV Internacional está educando cua-
dros nuevos para la solución de viejas tareas. La teoría
es la realidad generalizada. La urgencia apasionada
por reconstruir la estructura de la realidad social se
expresa en una actitud honesta hacia la teoría revolu-
cionaria. El que en la parte sur del continente negro,
compañeros de nuestras mismas ideas hayan sido los
primeros en traducir el Manifiesto al idioma afrikaan,
constituye otra ilustración gráfica del hecho de que el
pensamiento marxista hoy solo vive bajo la bandera
de la IV Internacional. El futuro le pertenece. Cuando
se festeje el centenario del Manifiesto Comunista, la IV
Internacional se habrá convertido en la fuerza revolu-
cionaria decisiva de nuestro planeta.

Notas
1 “A noventa años del Manifiesto Comunista” fue escrito por
Trotsky como introducción a la edición en afrikaan del Manifiesto Co-
munista. Tomado de la versión publicada en El capitalismo y sus crisis,
Bs. As., Ediciones IPS, Colección Clásicos, CEIP “León Trotsky”,
2008 [NdE].
2 Pueden verse al respecto las nueve conferencias sobre la vida
y obra de Marx y Engels, de David Riazanov, especialista en la
obra de los dos fundadores del socialismo científico: Marx y En-
gels, Bs. As., Ediciones IPS, 2012. La “Cuarta conferencia” comen-
ta el marco de situación en que se redactó el Manifiesto Comunista
(pp. 94-121) [NdE].
3 Chautemps, Camille (1885-1963): dirigente del Partido Radi-
cal, fue primer ministro de Francia en 1930 y 1933-34, pero debió
renunciar cuando se comprobó su participación en un escándalo
financiero. Fue primer ministro nuevamente en 1937-38. Largo

117
Caballero, Francisco (1869-1946): jefe del ala izquierda del Par-
tido Socialista español. Fue primer ministro desde septiembre de
1936 hasta mayo del 37. Negrín López, Juan (1889-1956): último
presidente de la República española. Después de la guerra civil se
exilió [NdE].
4 Se refiere al libro El imperialismo, fase superior del capitalismo, es-
crito por Lenin en enero-julio de 1916 y publicado por primera vez
en abril de 1917 en Petrogrado. Se encuentra en V.I. Lenin: Obras
selectas, Tomo uno (1898/1916), Bs. As., Ediciones IPS/CEIP “León
Trotsky”, 2013, pp. 481 y ss. [NdE].

118
Nuestro objetivo es la conquista
del comunismo

Apartado del Manifiesto por un “Movimiento por una Inter-


nacional de la Revolución Socialista-Cuarta Internacional”
publicado en 2013 1.

La palabra comunismo ha sido bastardeada duran-


te gran parte del siglo XX en manos del estalinismo,
pretendiendo identificarla con las dictaduras burocrá-
ticas parasitarias de los Estados obreros y direcciones
traidoras que terminaron pasándose con armas y baga-
jes a la restauración capitalista.
Para quienes suscribimos este manifiesto, el comu-
nismo, es decir la conquista de una sociedad sin Esta-
do y sin clases sociales, libre de explotación y de toda
opresión, es nuestro “objetivo político” más elevado al
que pretendemos ligar, a través de la estrategia, todos
los combates y las conquistas parciales. Luchamos por
una nueva sociedad, “una asociación de hombres libres
que trabajen con medios de producción colectivos y em-
pleen, conscientemente, sus muchas fuerzas de trabajo
individuales como una fuerza de trabajo social” (Marx).
Al igual que Marx y Engels, “llamamos comunis-
mo al movimiento real que anula y supera el estado
de cosas actual”. Las premisas de este movimiento se
encuentran en la sociedad capitalista.
En sus orígenes, el capitalismo se propuso, im-
pulsado por la competencia, disminuir el tiempo
de trabajo socialmente necesario para producir las
119
mercancías. Sin embargo, esta conquista de la socie-
dad en su conjunto para el trabajador derivó en su
contrario. Para la minoría propietaria de los medios
de producción, la burguesía, significó y significa más
y más ganancias. Para la mayoría, los trabajadores,
implica la separación definitiva de aquellos medios
de producción, el robo de una parte cada vez mayor
de su trabajo, y una brecha cada vez más grande en-
tre sus condiciones de vida y las de la minoría capita-
lista privilegiada.
Con los actuales desarrollos de la ciencia, la tecno-
logía y el nivel alcanzado de la productividad del tra-
bajo, podría reducirse enormemente el tiempo que la
sociedad insume en la producción y reproducción de
sus condiciones de existencia materiales. Pero el capita-
lismo es incapaz de generalizar los avances de la técni-
ca, confinada a un selecto grupo de países y a un grupo
de ramas de la producción, mientras que la mayoría de
las enormes masas de trabajadores producen con un
nivel tecnológico y de productividad más propio del
siglo XIX, con ramas enteras de la producción donde
se utiliza el trabajo intensivo, proliferando las “fábricas
de sudor” y las maquilas, que extraen hasta el último
aliento a sus trabajadores.
El comunismo se diferencia de lo que buscaron to-
das las revoluciones anteriores al desarrollo del movi-
miento obrero. No se limita a una nueva distribución
del trabajo entre los individuos, sino que se propone,
mediante el desarrollo de la ciencia y de la técnica,
reducir al mínimo el trabajo indispensable hasta que
represente una porción insignificante de las ocupacio-
nes de los seres humanos. Que las personas puedan
dedicar sus energías al ocio creativo de la ciencia, el
120
arte y la cultura, y desplegar así todas las capacidades
humanas y establecer una relación más armónica con
la naturaleza. Nada más lejos del culto al trabajo (esta-
janovismo) con que las direcciones estalinistas quisie-
ron tergiversar el comunismo.
El comunismo tiene raíces profundas. Parte de la
lucha constante de la clase obrera por sacudirse el
yugo del trabajo, que se manifiesta espontáneamente
en la resistencia “sorda” de todos los días: el intento
de robarle minutos al patrón y a la máquina, o en el
ausentismo. La misma tendencia que se expresó y se
expresa en las luchas históricas por la reducción de la
jornada de trabajo y la semana laboral, por vacacio-
nes pagas, por bajar los ritmos de producción, por la
organización en el lugar de trabajo contra la dictadura
patronal, por el control obrero de la producción.
Ante la existencia irracional de millones de desocu-
pados por un lado, y de trabajadores sometidos a la
esclavitud de jornadas de 14, 16 horas, e incluso más,
a ritmos extenuantes de trabajo que destruyen rápida-
mente los músculos, los nervios y la mente, por otro,
una medida elemental como el reparto de las horas de
trabajo entre todas las manos disponibles con un sala-
rio que cubra las necesidades de los trabajadores, no
solo sería fundamental para la supervivencia misma de
la clase obrera sino un primer paso lógico que reduciría
la jornada de trabajo.
Pero los capitalistas enfrentan esta tendencia por to-
dos los medios. Contra ella desarrollan cada vez más el
aparato del Estado, con sus leyes y su justicia de clase,
con sus ejércitos, sus policías, sus servicios de inteli-
gencia, perfeccionan sus mecanismos de control social.
Las guerras, la expoliación de los pueblos, la represión
121
estatal, las reaccionarias instituciones religiosas, la
opresión de las mujeres, el racismo, la xenofobia,
la reproducción de ejércitos de millones de trabajadores
desocupados, de precarizados, son todos mecanismos
de los que se vale la burguesía en su búsqueda cada
vez más reaccionario por mantener sometido al trabajo
como fuente de la ganancia capitalista.
La llamada “globalización” no tuvo otra función
que sostener este estado de cosas.
Para nosotros, al igual que para los fundadores del
marxismo, el comunismo no es un ideal al que habría
que sujetar la realidad para proponerse proclamar el
“comunismo aquí y ahora” como sugirieron los teóricos
del autonomismo. No se trata solo de crear una concien-
cia de lo existente sino de derrocar lo que existe.
De aquí el gran valor que tiene la teoría de la Re-
volución Permanente elaborada por León Trotsky: el
ser una estrategia global que pone toda conquista par-
cial, incluida la toma del poder en un país, en función
del objetivo de la revolución mundial y del proceso
de cambios sociales, políticos, y culturales que luego
de la toma del poder se orienten hacia la liberación del
trabajo, la extinción misma del Estado, las clases, la
explotación y la opresión.
La lucha por el comunismo implica necesariamente
destruir la maquinaria estatal burguesa, principal ga-
rante de la explotación y la opresión, y que los tra-
bajadores pongan en pie su propio poder a través del
cual se reapropien de los medios de producción de la
sociedad expropiados por los capitalistas. Solo así las
fuerzas productivas pueden dejar de ser medios para
la esclavización del trabajo y empezar a convertirse en
medios para su liberación.
122
Pero esto no puede ser sino el inicio del proceso. El
comunismo no surge preformado de las entrañas del
capitalismo, sino al contrario, la nueva sociedad aún
presenta en lo económico, lo moral y lo intelectual, to-
dos los aspectos de la anterior. A su vez, la revolución
no es un acontecimiento simultáneo a nivel mundial
sino que comienza en un país o serie de países que
nacen rodeados de un mundo capitalista.
De aquí la necesidad de la dictadura del proletaria-
do como periodo transitorio entre el capitalismo y el
comunismo donde se desarrolla un proceso de trans-
formación de todos los aspectos de la vida económica,
política y social de un país, a la vez que sirve como
punto de apoyo para la extensión de la revolución so-
cialista en el terreno internacional.
El comunismo no es un estado que puede implan-
tarse coercitivamente por una burocracia. De hecho no
está llamado a existir junto a ninguna forma de Estado
ni con la existencia de clases sociales, como pretendió
hacer creer el estalinismo en sus diversas variantes. La
construcción del comunismo solo puede ser el fruto
de una actividad consciente. El desarrollo de la más
amplia democracia obrera basada en los organismos
de autooraganización como los Soviets es el único me-
dio para avanzar hacia el comunismo y la extinción de
toda forma de Estado.
Las grandes revoluciones, empezando por la Revo-
lución Rusa de 1917, que han logrado triunfar durante
el siglo XX, lo han hecho en países atrasados, semi-
coloniales, o coloniales. Pero estas solo podían ser el
primer paso de la revolución mundial. El comunismo
no puede surgir dentro de los límites de los países atra-
sados, ya que no consiste en una mejor distribución
123
de la escasez. La escasez no hace más que reavivar la
lucha por la subsistencia y con ella todos los males de
la vieja sociedad. La burocracia que se erigió por sobre
la clase trabajadora en los Estados obreros deformados
y degenerados que existieron, en última instancia, fue
hija de esta lucha por subsistencia producto del atraso
y el aislamiento. El siglo XX ya demostró la inviabili-
dad de la utopía reaccionaria del estalinismo de cons-
truir el “socialismo en un solo país”.
Si bajo la bota de un burocracia parasitaria, las ba-
ses sociales del estado –como la sustitución la propie-
dad privada y la anarquía capitalista por la propiedad
estatal de los medios de producción y la planificación
económica– permitiron que la URSS pasara de ser
un país capitalista atrasado con resabios semifeudales
a convertirse en la segunda potencia mundial, cuán
enormes son las posibilidades que se abrirían para la
construcción del comunismo si el aparato técnico y
la enorme riqueza de países como Estados Unidos,
Alemania o Japón fuesen tomados en sus manos por
los trabajadores.
La dictadura del proletariado no tiene como fin en
sí mismo el desarrollo de las fuerzas productivas na-
cionales, y menos aún puede tenerlo en el siglo XXI
con la actual imbricación, como nunca antes en la his-
toria, de la producción y el intercambio mundiales.
Sólo derrotando al capitalismo en sus centros imperia-
listas será posible apropiarse de lo más avanzado de la
técnica actual para ponerla al servicio de la liberación
del trabajo.
Cuando sostenemos que el comunismo es nuestro
“objetivo político” más elevado que orienta el conjun-
to de nuestra estrategia, no lo sostenemos como una
124
consideración abstracta. Sino que es parte de la reafir-
mación de una estrategia revolucionaria sobre el ba-
lance de la lucha de clases de todo el siglo XX, donde
la conquista de dictadura del proletariado fue plantea-
da como un fin en sí, y no como un medio estratégico
para la conquista del comunismo. No solo por el estali-
nismo sino por gran parte de las corrientes trotskistas.
La teoría-programa de la Revolución Permanente
es la única que se enfrenta de conjunto a la teoría del
socialismo en un solo país en todas sus variantes. No
trata solamente de la mecánica de la revolución en los
países atrasados, de la relación necesaria entre la re-
volución democrática y la revolución socialista, sino
que plantea una estrategia global que liga el comienzo
de la revolución a escala nacional con el desarrollo de
la revolución internacional y su coronamiento a nivel
mundial, así como la conquista del poder con las trans-
formaciones en la economía, la ciencia, y las costum-
bres, que conducen a nuestro objetivo fundamental:
la conquista de una sociedad de “productores libres y
asociados”, el comunismo.

Nota
1 El Manifiesto completo puede leerse en http://www.ft-ci.org.

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La presente edición de El manifiesto comunista,
de K. Marx y F. Engels, se terminó de imprimir en
Cooperativa Chilavert Artes Gráficas. Imprenta recuperada
y gestionada por sus trabajadores. M. Chilavert 1136 (1437),
Pompeya, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

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