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ME PEGA…MUCHO, POQUITO, NADA

Posiciones Subjetivas frente a la agresividad del Otro


paterno y/o materno durante la infancia

ANA LUCÍA SANÍN JIMÉNEZ

Trabajo de grado para optar al título de


Magister en Investigación Psicoanalítica

Directora
Clara Cecilia Mesa

UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA
FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES Y HUMANAS
DEPARTAMENTO DE PSICOANÁLISIS
MEDELLÍN
2009
AGRADECIMIENTOS

Un especial agradecimiento a todos los niños quienes con su palabra, sus


lágrimas y sus silencios me permitieron aproximarme un poco a su verdad más
íntima.
A Bienestar Familiar, Granja Jesús de la Buena Esperanza y Casa de adopción
María y el niño, por abrirme sus puertas y darme el espacio para la realización de
las entrevistas y la revisión de los informes.
A la Universidad Católica Popular del Risaralda por permitirme llevar a cabo esta
investigación, inscrita en el Centro de investigaciones y en el grupo de
investigación Clínica y Salud Mental.
A mis compañeros de trabajo por su respaldo y colaboración.
A los docentes de la maestría en Investigación psicoanalítica, quienes con su
escucha, sus aportes y comentarios a los avances investigativos contribuyeron de
manera importante al logro de este trabajo.
A Clara Cecilia por su incesante dedicación, compromiso, orientación y estímulo
constante a la investigación.
A Blanca Inés, por su aliento constante, su escucha atenta, su lectura crítica y sus
preguntas iluminadoras.
A mi familia por su incondicional apoyo y colaboración.
A Daniel por su presencia, su amor y sus silencios siempre oportunos.

2
RESUMEN
Son muchos los niños que actualmente se encuentran en situación de abandono,
maltrato o vulnerabilidad física, psicológica o social, frente a lo cual resulta
fundamental y en ocasiones vital, la atención que les ofrece el Estado a través de
las instituciones de protección al menor. Sin embargo en ellas, el lugar que se les
da a estos niños es el de víctimas de la amenaza o daño cometido a su integridad
personal, no teniendo allí cabida preguntas como si los niños que llegan se
consideran a sí mismos maltratados o no, si significan los actos de los padres
como agresiones, si estas vivencias son o no traumáticas para el sujeto, si la
separación de los padres puede generar mayor sufrimiento que las situaciones
vividas en el hogar.

Tales interrogantes son los que orientan la presente investigación, en la que se


indaga por las posiciones subjetivas frente a la agresividad del Otro paterno y/o
materno durante la infancia, buscando analizar, a la luz de la teoría psicoanalítica
de Sigmund Freud y Jacques Lacan, el estatuto del Otro en el fenómeno del
maltrato, qué es lo que se constituye como traumático de la agresividad del Otro, y
cuáles son las respuestas subjetivas de los niños frente a estas vivencias. Estas
preguntas sólo tienen cabida cuando se reconoce que no es la realidad fáctica la
que determina la posición subjetiva sino la realidad psíquica, en otras palabras, es
su respuesta fantasmática frente a lo real del trauma, la que lo constituye como
sujeto del inconsciente.

Para ello la investigación se sirve de dos vías simultáneamente; una práctica que
conllevó la realización de entrevistas a diez niños entre los 6 y los 13 años de
edad, en Pereira y Medellín, que se encontraban bajo medida de protección por
situación de maltrato y/o abandono; y una vía teórica, que implicó el abordaje de
conceptos psicoanalíticos, como los de trauma, angustia, síntoma, fantasma,
realidad psíquica, Otro y posición subjetiva, los cuales permitieron el análisis de
los testimonios de los niños, reconociendo que su palabra es una vía fundamental
de acceso a su verdad más íntima.

3
CONTENIDO

INTRODUCIÓN………………………………………………………………………. 6

1. ESTADO DE LA CUESTIÓN ............................................................................ 20


1.1 INTRODUCCIÓN ........................................................................................ 20
1.2 CARACTERIZACIÓN DEL PROBLEMA: DEFINICIÓN Y TIPOS DE
MALTRATO INFANTIL ...................................................................................... 22
1.3 CONSECUENCIAS O EFECTOS DEL MALTRATO INFANTIL.
INVESTIGACIONES PSICOLÓGICAS .............................................................. 24
1.4 INVESTIGACIONES Y ELABORACIONES PSICOANALÍTICAS ............... 26
1.4.1 Maltrato infantil y constitución subjetiva ................................................ 27
1.4.2 Efectos del maltrato infantil en la intersubjetividad ............................... 30
1.4.3 El maltrato psicológico o la mortificación del ser ................................... 33
1.4.4 La inscripción del maltrato en la estructura del vínculo familiar ........... 37
1.4.1 Violencia familiar e institucional ............................................................ 42

2. ¿ES EL MALTRATO TRAUMÁTICO? ............................................................ 45


2.1 EL ESTATUTO DEL NIÑO MALTRATADO EN EL CÓDIGO DE LA
INFANCIA Y LA ADOLESCENCIA .................................................................... 46
2.2 LA TEORÍA PSICOANALÍTICA DEL TRAUMA .......................................... 51
2.2.1 El trauma: ¿vivencia accidental de seducción o trauma sexual
originario? ...................................................................................................... 51
2.2.2. El traumatismo: terror provocado por un peligro de muerte ................ 58

3. EL ESTATUTO DEL OTRO EN EL MALTRATO ............................................. 64


3.1 LA MADRE: DE SU FUNCIÓN SIMBÓLICA A LA POTENCIA DE SU
CAPRICHO ........................................................................................................ 64
3.1.1 La función simbólica del amor materno: “Una buena madre es…”....... 66
3.1.2 El maltrato materno como exceso pulsional: “me pegaba con una correa
de cuero y con alambre así de luz que no servía” .......................................... 71

4
3.2 LA FUNCIÓN DEL PADRE .......................................................................... 76
3.2.1 El padre imaginario: idealizado o terrorífico .......................................... 77
3.2.2 Del padre castigador al padre feroz ...................................................... 83
3.3 EL OTRO: PAREJA SIGNIFICANTE. “MI PAPÁ MALTRATA A MI MAMÁ” 91

4. RESPUESTAS DEL SUJETO........................................................................ 100


4.1. LA EMERGENCIA DE LA ANGUSTIA, UNA REPUESTA FRENTE AL
TRAUMA.......................................................................................................... 100
4.2 ¿QUÉ SÍNTOMAS EN LOS
NIÑOS?.............................................................................................................105
4.3 FANTASMA Y POSICIONES SUBJETIVAS FRENTE A LA AGRESIVIDAD
DEL OTRO ...................................................................................................... 110
4.3.1. El Fantasma: Mi Padre me Amaltratado............................................ 113
4.3.2. Hacerse castigar: una posición subjetiva .......................................... 120
4.3.3. ¿Cómo significan los niños las agresiones del Otro y responden a
ellas? ............................................................................................................ 124
4.4. LA POSICIÓN DE LOS NIÑOS FRENTE A LA INSTITUCIONALIZACIÓN
......................................................................................................................... 138
BIBLIOGRAFIA .................................................................................................. 148
Población: Los Niños entrevistados ................................................................. 155

5
INTRODUCCIÓN

El problema de investigación

Entre los fenómenos considerados como traumáticos en nuestra sociedad actual,


es decir, aquellos caracterizados por “una sensación de horror, impotencia,
lesiones graves, o amenaza de lesiones graves, o muerte”1, se encuentra el
maltrato infantil como uno de los más estudiados por las disciplinas sociales,
humanas y de la salud, ya que se ha constituido en fuente de preocupación y
alarma para el Estado y las organizaciones defensoras de los derechos humanos,
particularmente de los derechos del niño, planteándose la necesidad no sólo de
estudiarlo, sino también de intervenirlo para disminuir fundamentalmente sus
cifras, las cuales lo han ubicado como un problema de salud pública.

Cada vez es más frecuente escuchar en los medios de comunicación, historias o


noticias en las cuales lamentablemente los niños son protagonistas de diversas
formas de maltrato contra ellos: abuso sexual, explotación, severos castigos
físicos, torturas, humillaciones, abandono e incluso la muerte. Pero de estas
agresiones, quizás la que mayor horror e indignación causa, es aquella propinada
por los padres, pues se hace difícil entender que sean ellos –a los que se les
supone la función de la protección, el cuidado y el amor- quienes dañen a sus
hijos.

Es sabido que el maltrato infantil no es una práctica reciente, el infanticidio fue


admitido hasta el siglo XVII2 y la pedagogía negra como concepción educativa
imperante en Europa en los siglos XVIII y XIX, avalaba el castigo físico por parte
de los padres y maestros, como una forma de templar el espíritu, erradicar el mal
1
www.bt.cdc.gov/masscasualties/es/copingpub.asp Centros para el Control y la prevención de
enfermedades. Recuperado el 4 de mayo de 2008.
2
Philippe Aries citado por Aida Dinerstein En: Maltrato infantil: delito, síndrome, síntoma, Revista
electrónica Fort- Da. Número 6 - Junio 2003. http://www.psiconet.com Recuperado el 13 de junio
de 2004.

6
que estaba en el niño presente desde el origen, despojarlos de una voluntad
propia, suprimir la intensidad de sentimientos, impedir las tentaciones del pecado
a las que estaba expuesto, entrenarlo en la disciplina y obediencia ciega 3. Pero es
solamente a mediados del siglo XX cuando la categoría "maltrato infantil" es
recortada por el saber médico y a partir de allí reconocida por la opinión pública
como problemática social, movilizándose en torno suyo gran cantidad de recursos,
legales y jurídicos 4 -también económicos-.

Ante esta problemática, las intervenciones se han orientado en diferentes


direcciones: desde lo médico a evaluar el organismo, comprobar las marcas del
maltrato físico que puede ser observable y medir la magnitud de la agresión,
desde lo jurídico a contrastar el discurso del maltratado con el del maltratador para
verificar la veracidad del delito y tomar medidas con el infractor, desde el trabajo
social a identificar los factores de riesgo de maltrato y asegurar la protección
institucional del menor en caso de ser necesario, y desde la psicología, tanto a la
educación de los agresores sobre los derechos del niño, las pautas de crianza, la
importancia del amor, con el fin de prevenir aquello que se repite sin
comprenderse, como a la evaluación y tratamiento de las consecuencias
psicológicas del maltrato en los niños como la ansiedad, la depresión, la agresión,
comportamientos evitativos, miedo, desesperanza, entre otras.

En los estudios realizados sobre el tema se encuentran, de manera abundante,


diagnósticos del problema. En términos de cifras de maltrato, tipos de maltrato,
caracterizaciones de los agresores y de los agredidos, así como también, aunque
en menor medida, investigaciones que buscan explicar las razones del maltrato
hacia los hijos, desde perspectivas sociológicas, antropológicas, psicológicas,
inclusive psicoanalíticas.

3
Yolanda López, “El maltrato infantil: de la pedagogía negra a la violencia sobre los niños”,
Memorias del seminario- Taller ¿Adolescencia o adolescencias?, Medellín, Instituto Jorge Robledo,
2000, p.125.
4
Aida Dinerstein, Maltrato infantil: delito, síndrome, síntoma, en: Revista electrónica Fort- Da.
Número 6 - Junio 2003. http://www.psiconet.com Recuperado el 13 de junio de 2004

7
Al revisar el campo de las investigaciones psicológicas que se ocupan del menor
maltratado, se encuentra que en ellas se indaga acerca de los efectos o
consecuencias del maltrato. Dicha indagación se realiza mediante registros de
observación, test psicométricos o cuestionarios que arrojan síntomas a nivel del
comportamiento, del pensamiento o a nivel emocional, incluso en ocasiones
quienes dan cuenta de estos cambios del menor no son ellos, sino uno de los
padres, los maestros, cuidadores u otros adultos que convivan con el niño. De
este modo, el fenómeno es ubicado en una dimensión de carácter observable o
medible, constituyéndose como un dato de la experiencia que puede ser
objetivado por la mirada del investigador. Sin duda estos estudios ofrecen su
aporte en cuanto a la descripción, contabilización, clasificación y explicación del
fenómeno, pero estas manifestaciones nada dicen de las marcas producidas a
nivel inconsciente, ya que el sujeto psicológico - el yo - nada sabe de su verdad
más íntima y más oscura.

La indagación de estas marcas o efectos de la agresividad del Otro a nivel


subjetivo, sólo puede ser abordada desde el psicoanálisis, pues es en este campo
que se introduce la categoría de sujeto del inconsciente como sujeto dividido, que
a diferencia del yo, no puede ser observado, no es un dato de la experiencia, no
puede ser contabilizado, sólo puede emerger en la palabra, ya que existe como
efecto del lenguaje.

Al revisar las investigaciones psicoanalíticas sobre el tema, se encuentra que se


han realizado algunos trabajos sobre el fenómeno del maltrato infantil, tanto desde
la perspectiva del maltratador como del maltratado. Esta investigación se sitúa
claramente en la segunda perspectiva; de un lado, por encontrar allí un campo
más abierto a nuevas indagaciones desde esta disciplina, y de otro, por considerar
que las investigaciones e intervenciones realizadas con niños maltratados se
orientan, desde otras perspectivas, a acallar el sufrimiento y borrar las marcas del
Otro, a partir de la protección, la asistencia, la objetivación de sus
manifestaciones. Es necesario entonces, posibilitar una escucha de lo que se ha

8
jugado para cada niño, sin suponer de entrada, que la agresividad del Otro es en
sí misma traumática y produce los mismos síntomas en todos los que la han
padecido. Adicionalmente, el tema del trauma y de la clínica con niños, constituye
desde hace varios años fuente de gran interés para la investigadora, quien se ha
orientado por indagar los efectos y las respuestas subjetivas de los niños frente a
fenómenos como la violencia y el desplazamiento forzado5.

Preguntas de investigación

En la presente investigación se interrogan las distintas posiciones subjetivas de los


niños frente a la agresividad del Otro paterno y/o materno, a partir de sus
testimonios, contando con los modos particulares que tiene cada sujeto de
significar los actos o palabras que le vienen del Otro y de responder frente a ellos.
En consecuencia, la pregunta de investigación que orienta este trabajo es la
siguiente: ¿Cuáles son las posiciones subjetivas frente a la agresividad del Otro
materno y/o del Otro paterno durante la infancia? Otras preguntas que se
desprenden del interrogante central y contribuyen a su esclarecimiento son: ¿es
traumática la agresividad que le viene al sujeto del Otro?, ¿cuál es el estatuto del
Otro en el fenómeno del maltrato?, ¿de qué modo significan los niños la
agresividad venida de los Otros primordiales y cómo responden frente a ella?,
¿existen diferencias en cuanto a los efectos y respuestas subjetivas, frente a la
agresividad del Otro paterno y materno?

Estas preguntas suponen tener en cuenta una premisa fundamental del


psicoanálisis: la posición del sujeto no está determinada por la realidad fáctica, por
las contingencias de su vida, por el tipo de padres y el estilo de educación que ha
recibido, en una lógica de causa-efecto, ya que si bien estos elementos

5
Este constituye el problema de investigación del trabajo titulado “La subjetivación de la
experiencia violenta. El miedo en los niños desplazados”, realizado para optar al título de
especialista en Psicología clínica, énfasis: Salud mental. Universidad Pontificia Bolivariana,
Medellín, 2003.

9
intervienen en la constitución de su realidad psíquica, su posición subjetiva está
determinada por su elección fundamental, es decir, su respuesta fantasmática
frente a lo real del trauma que lo constituye como sujeto del inconsciente.

La noción de posición subjetiva implica entonces al sujeto del inconsciente, y no al


yo, es decir, un sujeto que emerge como un efecto de la cadena significante y en
este sentido, no puede ser reducido a la categoría de menor maltratado utilizada
en las ciencias sociales, ya que más allá de su temporalidad biológica como niño,
adolescente o adulto que ha vivido experiencias de maltrato, lo que se pone en
juego cuando hablamos de posición subjetiva, es el apresamiento de la
subjetividad por el lenguaje.

Si bien se reconoce el maltrato como fenómeno que tiene un lugar a nivel social,
cultural y jurídico, la pregunta de investigación introduce la noción de agresividad
puesto que el psicoanálisis no ve en ella una simple manifestación o contingencia,
sino un asunto de estructura; es así que Freud incluye entre la dotación pulsional
del ser humano “una buena cuota de agresividad”6, la cual puede encontrar
diversas formas de satisfacerse a través de la humillación, la explotación, la
martirización, la crueldad, los excesos inmotivados o la injuria.

Ahora bien, en el fenómeno que aquí se estudia, esta agresividad le viene al niño
del padre y/o la madre pudiendo estos ocupar un estatuto simbólico, imaginario o
real, según representen para él la función del Otro; el lugar del otro semejante, o
bien una figura feroz y terrorífica que “que sólo aspira al daño, al sacrificio del
sujeto"7; estatuto que va a depender de la significación que le de el niño al acto,
sin dar por hecho que en todos los casos la agresividad sea interpretada como
maltrato. En este sentido el término agresividad está entonces orientado a partir
de la concepción freudiana que incluye todas las perspectivas anteriormente

6
Sigmund Freud, “El malestar en la cultura”, Obras completas, volumen 21, Buenos Aires,
Amorrortu, 2ª edición en castellano 1986, p. 108
7
Yolanda López, ¿Por qué se maltrata al más íntimo? Una perspectiva psicoanalítica del maltrato
infantil, Bogotá, Editorial Universidad Nacional de Colombia, 2002, p. 128.

10
mencionadas y no se circunscribe a la supuesta equivalencia entre agresividad y
registro imaginario en la teoría de Lacan.

Quiere interrogarse entonces la posición subjetiva frente a aquellos actos


provenientes de quienes el niño esperaría los cuidados y el amor, los cuales le son
fundamentales no sólo para sobrevivir sino para existir como sujeto. El padre y la
madre en tanto Otros primordiales en la constitución psíquica del sujeto, son
tomados aquí como funciones y no como progenitores, teniendo en cuenta la
diferenciación entre la función de la madre y la función del padre, pues mientras la
primera inscribe al niño en el amor y el deseo, la segunda lo inscribe en la Ley.
Además, el niño está expuesto al goce de la mujer que hay en la madre y al goce
perverso del padre, goces vehiculizados en las formas extremas de exclusión,
flagelación, y destrucción, cuyos efectos se espera vislumbrar en el presente
trabajo8.

Objetivos

Objetivo general:

- Dilucidar las posiciones subjetivas frente a la agresividad del Otro materno y el


Otro paterno durante la infancia, en niños que se encuentran bajo medidas de
protección.

Objetivos específicos:

- Esclarecer la relación entre las nociones de trauma y fantasma con el


fenómeno del maltrato.

8
Cabe aclarar que si bien en la pregunta de investigación se utilizan los términos de Otro materno
y Otro paterno - con mayúscula- aludiendo así a las funciones simbólicas y no a los progenitores,
esto no supuso dejar por fuera las dimensiones imaginaria y real del padre y la madre, ya que ellas
también están implicadas en la constitución del sujeto.

11
- Dilucidar qué es lo que se constituye como traumático de la agresividad del
Otro materno y paterno durante la infancia.
- Analizar el estatuto del Otro en el fenómeno del maltrato desde los registros
real, simbólico e imaginario.
- Identificar las distintas significaciones y respuestas subjetivas de los niños
frente a la agresividad del Otro materno y/o paterno, a través de sus
testimonios.

Consideraciones metodológicas

El reconocimiento del sujeto del inconsciente, como aquel que a diferencia del
sujeto clásico - el del cogito- , se oculta, se esconde, no sabe lo que dice, no
conoce el texto que porta, conlleva dos consideraciones fundamentales con
respecto al método. La primera, que el sujeto no está siempre allí, listo para ser
observado o capturado por el investigador en cualquier palabra que dice, ya que el
sujeto se produce como una emergencia, una irrupción, en el sentido de lo que
emerge y a veces de lo que no da espera para hacerse escuchar. La segunda,
que el inconsciente en tanto estructurado como un lenguaje, no se concibe como
una profundidad, por lo que no se presupone que entre más tiempo se escuche y
más profundas sean las entrevistas más se logra acceder a él.

Esto conduce a considerar el método psicoanalítico como el único posible para


hacer emerger al sujeto del inconsciente y captarlo en sus evanescencias, por lo
que es tomado como método de investigación, en tanto posibilita indagar, "los
procesos anímicos difícilmente accesibles por otras vías" 9, y no en tanto
tratamiento. En consecuencia esta investigación se sirve de dos vías
simultáneamente: una práctica y otra teórica. La práctica conllevó la realización de
entrevistas a diez niños entre los 6 y los 13 años de edad, siete de ellos se
encontraban internados en instituciones de protección por situación de maltrato y/o

9
Sigmund Freud, “Dos artículos de enciclopedia: <<Psicoanálisis>> y <<Teoría de la libído>>”,
Obras completas, volumen 18, Buenos Aires, Amorrortu, 2ª edición en castellano 1984, p. 231.

12
abandono, cuatro en la ciudad de Pereira y tres en una institución de Medellín;
dos niños se encontraban en un hogar sustituto de Bienestar Familiar, y una niña,
cuyo padrastro se encontraba bajo medida de amonestación10. La vía teórica,
implicó el abordaje de conceptos psicoanalíticos, como los de trauma, angustia,
realidad psíquica, fantasma, Otro y posición subjetiva, los cuales permitieron el
análisis de los testimonios de los niños. Así mismo, la revisión teórica posibilitó la
formulación de algunas hipótesis, las cuales fueron contrastadas con el material
obtenido en las entrevistas.

En el proyecto de investigación se formularon cuatro hipótesis. La primera, supone


que lo que deviene traumático de la vivencia del maltrato es la pérdida del amor
del Otro, ante la caída de los soportes imaginarios donde se anclaba el sujeto en
el deseo del Otro. La segunda que el maltrato deviene traumático cuando está por
fuera no solo del revestimiento libidinal sino también de su inscripción en lo
simbólico. La tercera, que la satisfacción pulsional de un sujeto o en otras palabras
su fijación de goce -lo que también implica sus renuncias o privaciones a dicho
goce-, es la que determina su posición fantasmática, y no los acontecimientos en
sí mismos. Y la cuarta, que si el padre en lugar de operar una pérdida de goce,
correlativa a la castración, produce un más de goce a través de actos de crueldad
y violencia, quizás, en lugar de introducir al sujeto por la vía del deseo, lo lleve por
la pendiente del goce.

Lugar del investigador: Entendimiento, no comprensión

Tomar el método psicoanalítico como método de investigación, implica


preguntarse por la función y el lugar del investigador, interrogando si estas son las
mismas del psicoanalista.

10
Véase: Anexo 1. Se presentan las razones, el tiempo y tipo de la medida de protección en cada
uno de los casos, las condiciones familiares, la edad y el número de entrevistas realizadas con
cada niño.

13
Con respecto a la función del investigador, puede decirse que no es la misma que
ocupa el analista en el dispositivo. En éste último, el analista está en posición de
semblante de objeto a, como aquel que causa el deseo de saber en el analizante,
reenviando al sujeto al encuentro con su división, para hacer emerger en el lugar
de la producción los significantes amo que lo determinan y en el lugar de la
verdad el saber de lo inconsciente. Aquí la pregunta, el enigma, se sitúan del lado
del analizante, quien a partir de ella dirigirá su demanda a un analista a quien le
supone un saber sobre su síntoma.

Por el contrario, el investigador le dirige una demanda a quien tiene un saber


sobre su problema de investigación, saber que le ha dado su experiencia, en la
cual le pide que hable, si así lo desea, sobre dicha experiencia. En este sentido el
investigador se sitúa como un sujeto dividido, término ubicado en posición de
agente en el discurso de la histérica, y el entrevistado (S1), está en el lugar del
Otro. En este discurso el saber emerge en el lugar de la producción, el cual será
posteriormente formalizado por el investigador a la luz de la teoría, permitiendo
que ésta sea corroborada, rectificada o enriquecida. En el lugar de la verdad está
el objeto a, como aquello que causa el deseo de saber del investigador, lo
sostiene y lo moviliza en su búsqueda incesante.

Ahora bien, Colette Soler siguiendo a Jacques Lacan, diferencia dos posiciones
posibles del analista, las cuales se pueden ubicar en el grafo del deseo, una en la
que éste se sitúa en el nivel de las demandas, en el piso inferior de grafo, es el
nivel de la sugestión, contestando a la demanda del paciente, bien sea desde la
gratificación o desde la frustración, esto es una manera de dirigirse en función de
los objetos de la demanda y no en función del vacío de la demanda de amor. Esta
posición corresponde a la comprensión, la cual se ubica en el registro de lo
imaginario, es la idea de ser un par con el paciente, estar en simpatía con él, en
posición de simetría, orientándose por la similitud.

14
De otro lado, está la posición de la transferencia, ubicada en la línea superior del
grafo, donde se escucha no desde la comprensión sino desde el entendimiento.
Entender significa fijarse en los efectos de sintaxis del discurso, éste es el registro
del significante y su lógica. Lo que aquí agrega Lacan, dice Soler “es la idea de
aislar, de hacer salir la enunciación de un discurso”11.

Es esta segunda posición la que se adoptó en la escucha de los testimonios de los


niños, atendiendo a aquello que más allá de lo enunciado tenía lugar en la
enunciación, puesto que sólo en este nivel puede aparecer la verdad del sujeto, ya
sea enunciada, suspendida o anunciada. Aún cuando esta verdad no se
corresponda con la veracidad, con la realidad de los hechos, ya que su lógica a
diferencia de aquella que rige el pensamiento consciente, admite las múltiples
respuestas divergentes, las contradicciones, sin que estas se excluyan o se
anulen, así como tampoco está regida por la temporalidad cronológica.

Reconocer el modo en que opera la lógica de lo inconsciente, implicó tener en


cuenta las distintas versiones de los niños con respecto a sus vivencias, aunque
estas resultaran contradictorias o incluso opuestas, concediéndole a cada una de
ellas un valor de verdad, pero reconociendo a la vez aquello que se repite en las
distintas respuestas “como al azar”.

11
Colette Soler, La relación con el ser, donde tiene lugar la acción del analista. Lección del 22 de
junio de 1986 del Seminario del Campo Freudiano en Barcelona sobre La dirección de la cura, p.
53.

15
“Lo que se repite, en efecto, es siempre algo que se produce -la
expresión dice bastante sobre su relación con la tyche- como el
azar. Los analistas, por principio, nunca nos dejamos engañar por
eso. En todo caso, recalcamos siempre que no hay que caer en la
trampa cuando el sujeto nos dice que ese día sucedió algo que le
impidió realizar su voluntad, esto es, venir a la sesión. No hay que
tomar a pie juntillas la declaración del sujeto -en la medida,
precisamente, en que siempre tratamos con ese tropiezo, con ese
traspié, que encontramos a cada instante. Este es por excelencia
el modo de aprehensión que entraña el nuevo desciframiento que
hemos propuesto de las relaciones del sujeto con lo que
constituye su condición”12.

Lógica de la entrevista

Las entrevistas mediante las cuales se realizó la indagación de las posiciones


subjetivas de los menores expuestos a la agresividad de sus padres, estuvieron
orientadas a la localización subjetiva. Este tipo de entrevistas, si bien proceden del
método clínico psicoanalítico, no tuvieron como propósito verificar las condiciones
de una entrada en análisis, como si lo tienen las entrevistas preliminares; puesto
que no buscaban avalar la demanda de análisis, establecer un diagnóstico
preliminar, constituir una transferencia analítica, ni posibilitar una rectificación
subjetiva.

Estas entrevistas tienen un carácter semidirigido "en el sentido en que no es


enteramente abierta, ni se canaliza mediante un gran número de preguntas
precisas"13. No es completamente abierta ya que el investigador está orientado
sobre aquello del fenómeno que busca interrogar, a partir de su pregunta de

12
Jacques Lacan, “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”, El Seminario, Libro 11,
Buenos Aires, Paidós, 1987, pp. 62-63.
13
Campenhoudt, L. V y Quivy, R, Manual de investigación en ciencias sociales, México, Limusa,
2001, p. 184.

16
investigación y de sus categorías temáticas, lo que implica que dispone de una
serie de preguntas guía, relativamente abiertas que sirven de grandes puntos de
orientación, las cuales son ordenadas, ajustadas y formuladas en el transcurso de
la entrevista misma. Sin embargo es esencial que el entrevistador posibilite el libre
discurrir de la palabra del entrevistado, ya que sólo de esta forma pueden
identificarse las modalizaciones de los dichos, es decir, las palabras e incluso el
tono que indican la posición que el sujeto asume ante lo que dice.

El investigador, debe seguir el rumbo de las respuestas del entrevistado, es decir,


orientarse por los surcos que va tomado el discurso para dejarse sorprender,
indagando de una manera general los aspectos contemplados en las categorías,
pero teniendo sumo cuidado de no forzar las repuestas. En otras palabras, debe
estar dispuesto al azar de la experiencia que permite el encuentro con lo real, tal
como lo plantea Francois Leguil al referirse al lugar del analista en las
presentaciones de pacientes, se requiere, “una aptitud para dejarse conducir, para
dejarse devenir uno mismo un efecto de la sorpresa, no para que la inocencia sea
encumbrada sino para que se comprenda, en un tiempo conciso y finalmente muy
corto, que por medio de lo que un paciente hace de nosotros se puede obrar e
intentar dar vuelta a una situación”14.

Entonces lo que ha de comprenderse no es la historia del entrevistado, sino


justamente que esta práctica de las entrevistas está sometida a un encuentro, en
el que el entrevistador se convierte en un efecto de la sorpresa, la cual no supone
la inocencia, pues no es posible prescindir del saber y la experiencia previa, sino
mas bien que la teoría no haga obstáculo a la escucha del decir del sujeto, o en
otras palabras, que no impida la emergencia de algo de su verdad más íntima.
Aunque en esta investigación se esperaba realizar más de una entrevista con
cada niño con la pretensión de abordar asuntos que no hubieran sido desplegados
en el primer encuentro o formular preguntas que se hubieran desprendido de las

14
Leguil, Francois. “La experiencia enigmática de la psicosis en las presentaciones clínicas”, En:
Del Edipo a la sexuación, Buenos Aires, Paidós, 2005, p.295.

17
repuestas aportadas por el entrevistado, no siempre esto se pudo lograr, de allí
que en este tipo de entrevistas, al igual que en las presentaciones de pacientes, la
función del entrevistador es un aspecto esencial, pues de él depende hacer la
pregunta precisa y oportuna.

“Preguntas precisas sobre un elemento del discurso, obstáculos puestos a


la voluntad del decir del entrevistado, sostenerlo en el discurso cuando no
se sostiene sólo, afirmaciones puntuales, hacen al quehacer del
psicoanalista, quien tiene vedado comprender, esto es, dar por supuesto el
sentido de lo que se dice”15.

En cuanto a los aspectos abordados en las entrevistas, se indagó, cómo hablan


los niños de sí mismos, si se nombran o no como maltratados, cuál es su modo de
responder frente a la agresividad venida del padre o la madre, cómo se ven ellos
en relación con el Otro que agrede, si justifican o no la agresión, si se ubican
siendo amados u odiados, siendo víctimas o siendo culpables, cuál es su posición
con respecto a la medida de protección, cómo han vivido este proceso, qué
implicaciones ha tenido para ellos el hecho de estar en una institución y no con su
familia, qué esperan y qué desean para su futuro.

Así mismo se indagó de qué modo son nombrados y significados por los niños los
actos del padre y de la madre, qué le ha venido de cada uno de ellos, qué sentido
le da a sus palabras, gestos, acciones u omisiones o qué le hace enigma. Aquí es
necesario mencionar que se trató de captar aquello que el niño construye respecto
a su padre o su madre, y no aprehenderlos en su realidad fáctica, pues es la
realidad psíquica la que determina su posición subjetiva.

Teniendo en cuenta las anteriores consideraciones metodológicas, los aportes de


esta investigación no se dirigen a brindar pautas de intervención con los niños

15
Jorge, Chamorro. El encuentro del psicoanalista con el psicótico. En: Del Edipo a la sexuación.
Editorial Paidós, Buenos Aires, 2005, p. 289.

18
maltratados susceptibles de ser estandarizadas para todos los que hayan vivido
esta situación, sino a subrayar la necesidad de escuchar y tener en cuenta las
posiciones subjetivas de cada uno de los niños frente a la agresividad del Otro, de
manera que estos no sean ubicados de entrada en el lugar de víctima, que debe
ser siempre separado de quienes vulneran su integridad; sin negar con esto la
importancia de proteger al niño cuando esté expuesto al daño proveniente del
Otro.

19
1. ESTADO DE LA CUESTIÓN

1.1 INTRODUCCIÓN

El fenómeno del maltrato infantil viene siendo estudiado en los últimos veinte años
de una manera creciente por las disciplinas de las Ciencias Sociales. De esto da
cuenta el Estado del arte titulado Investigación sobre el maltrato infantil en
Colombia 1985-1996 realizado por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar,
la fundación FES y la asociación Afecto de Bogotá, en el cual se registran 278
proyectos de investigación- intervención y 1.046 referencias bibliográficas sobre el
tema, realizado en siete macroregiones colombianas (Costa Atlántica, Nororiental,
Noroccidental, Centro, Viejo Caldas, Suroriental y como otra región Huila y
Tolima)16.

En otro Estado del Arte titulado Balance de las investigaciones sobre violencia en
la familia en Antioquia y su área metropolitana17, de veintiséis estudios recogidos,
se identificaron y analizaron diez investigaciones sobre maltrato contra el menor
de los cuales ocho son de la década del 90' y dos de finales de los 80'. En estas
investigaciones sólo cuatro se ocupan de los efectos de la violencia en menores:
efectos físicos, emocionales, en el aprendizaje y efectos negativos en los
hermanos de los menores18. Las demás investigaciones indagan por las causas o
por factores asociados, entre los cuales se destacan factores socioeconómicos
como pobreza, hacinamiento, necesidades básicas insatisfechas, mendicidad o
trabajo del menor, baja escolaridad de los padres; factores socioculturales como
pautas de crianza, baja conciencia colectiva sobre el maltrato, relaciones de poder
en la familia como expresión de las relaciones de poder en la sociedad; factores

16
Sonia Mejía de Camargo, Investigación sobre el maltrato infantil en Colombia 1985-1996. Estado
del arte,Tomos I y II, Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, Fundación FES y asociación
Afecto, Bogotá, 1997.
17
Blanca Inés Jiménez et al, “Balance de las investigaciones sobre violencia en la familia en
Antioquia y su área metropolitana”, en: Balance de los Estudios sobre Violencia en Antioquia,
INER- Universidad de Antioquia, Medellín, Editorial Universidad de Antioquia, 2001, p. 10.
18
Ibíd.

20
psicológicos como hijos no deseados y expectativas no satisfechas frente al
menor, ambivalencia en los sentimientos de amor y odio, tensión o estrés por no
logro de metas, proyección de conflictos inconscientes, problemas de salud
mental; factores familiares como inestabilidad familiar, dificultades en la
comunicación, conflictos entre los padres, transmisión generacional.

La mayoría de las investigaciones sobre el maltrato infantil son realizadas desde


marcos referenciales soportados en la sociología, la antropología, la psicología, el
trabajo social, la pedagogía, incluso la salud pública. Se observa, tal como lo
plantea Yolanda López en el estado de la cuestión que realiza sobre el tema, que
estas disciplinas establecen un perfil del problema, al dar cuenta de los agentes
del maltrato, los tipos de violencia que se dan en el hogar, las coyunturas de su
desencadenamiento, las interrelaciones causa- efecto, sus modalidades e
intensidades, los efectos observables y presumibles para la intimidad del
maltratado y de la familia, y las tendencias cuantitativas y cualitativas registradas
para el fenómeno en la sociedad19. Es de destacar que asuntos como las
implicaciones psíquicas asociadas con el maltrato y en particular la posición del
niño frente al maltrato, objeto del presente estudio, no son tratadas a profundidad
en estas investigaciones. Sin embargo, son esclarecedoras sobre la manera cómo
es entendido el maltrato desde las disciplinas sociales.

En el presente capítulo se expone el estado del conocimiento psicológico y


psicoanalítico en la temática del llamado “maltrato infantil”, teniendo en cuenta
especialmente los trabajos que se dedican al estudio del niño maltratado y no los
que abordan las explicaciones sobre el maltrato, por cuanto esta investigación se
interesa en quienes han vivenciado las agresiones del padre y/o la madre y no en
quienes las agencian, además ya se cuenta con estados de la cuestión que se
ocupan de la temática de las causas y factores asociados al maltrato, desde
diversas disciplinas.

19
Yolanda López, ¿Por qué se maltrata al más íntimo? Una perspectiva psicoanalítica del
maltrato infantil, Op. cit., p. 35.

21
En él se exponen algunas definiciones del maltrato infantil así como los distintos
tipos que se han diferenciado, el estudio de los efectos de éste en el niño en
algunas investigaciones psicológicas y posteriormente, algunos abordajes del
problema en investigaciones y elaboraciones teóricas psicoanalíticas. Así mismo
se tendrán en cuenta las consideraciones metodológicas de los trabajos revisados.

1.2 CARACTERIZACIÓN DEL PROBLEMA: DEFINICIÓN Y TIPOS DE


MALTRATO INFANTIL

Entre las definiciones de maltrato infantil encontradas en las investigaciones


psicológicas y psicoanalíticas, es posible identificar como elemento común el
hecho de considerar el maltrato infantil como una forma de agresión física, verbal
o psicológica de un adulto hacia el menor. Mientras las investigaciones
psicológicas plantean que éste trae serias consecuencias a nivel físico, cognitivo,
intelectual, afectivo, psicológico y social, los estudios psicoanalíticos señalan que
el maltrato tiene efectos significativos en la constitución subjetiva, en la forma de
amar, de desear y de gozar del sujeto maltratado.

Algunas investigaciones definen el maltrato por la intencionalidad del acto,


mientras otras plantean que se considera maltrato cualquier agresión aún cuando
esta no sea realizada de manera intencional20. También se destaca que pueden
ser considerados como maltrato aquellos actos de omisión que traigan
consecuencias negativas para el niño, realizados por individuos particulares, o por
la sociedad en su conjunto, que privan a los niños de su libertad, derechos, óptimo
desarrollo etc.

20
Sandra Viviana Rincón et, al., Manifestaciones del desarrollo en niños abandonados. Tesis para
optar al título de psicóloga. Cali, Universidad Javeriana, 1999 y Flor María Díaz, El maltrato infantil
y la constitución subjetiva, Monografía de la Especialización en niños con énfasis en psicoanálisis,
Medellín, Universidad de Antioquia, 2000.

22
En otra investigación se asume el maltrato como el acto violento en sí mismo, la
violencia es considerada como "toda agresión destructiva que involucra daño o
riesgo de daño a otros, a su libertad o propiedad (…) la violencia puede definirse
como el resultado de la agresividad humana manifiesta en las relaciones
intersubjetivas o dirigida contra sí mismo en el cual se emplea la energía con el
propósito de causar daño"21.

Dentro de los tipos de maltrato estipulados en las investigaciones revisadas22 se


encuentran: el maltrato físico, entendido como la acción intencional que provoca
daño o enfermedad en el niño y que deja una huella física; el maltrato emocional,
entendido como las conductas de los cuidadores que implican rechazo e insultos;
la negligencia o abandono, el cual puede ser emocional o físico, donde el primero
alude a todos aquellos descuidos emocionales, en los cuales el niño no recibe
afecto, estimulación, apoyo o la protección necesaria en cada estado de su
evolución, afectándose su desarrollo y el segundo, corresponde a situaciones de
necesidad física o básica del menor que no son atendidas adecuadamente por
ningún adulto que convive con él, como alimentación, seguridad, higiene etc.; el
maltrato psicológico, definido como todas aquellas acciones violentas sobre una
persona que no dejan huella física pero que tienen incidencia en su afectividad o
en su desarrollo cognitivo, tales como el rechazo, la degradación, la aterrorización,
la corrupción, el aislamiento, la explotación, negación de la responsabilidad
emocional; el maltrato económico, es considerado como la vinculación del menor a
actividades laborales con solo ventajas para el contratante; y el maltrato cultural, el

21
Andrés Felipe Palacio e Isabel Jaramillo, Un caso de maltrato infantil a la luz de una teoría
psicoanalítica del trauma. Trabajo de grado para optar al título de psicólogo, Medellín, Universidad
San Buenaventura, 2002, p.13.
22
Flor María Díaz, El maltrato infantil y la constitución subjetiva, Monografía de la Especialización
en niños con énfasis en psicoanálisis, Medellín, Universidad de Antioquia, 2000; Sandra Viviana
Rincón et al., Manifestaciones del desarrollo en niños abandonados. Tesis para optar al título de
psicóloga. Cali, Universidad Javeriana, 1999; Erica Katherine Sierra, Estudios sobre el maltrato
infantil, Caso particular niños pertenecientes a la etnia Ticuna, municipio de Puerto Nariño,
Amazonas, Monografía para optar al título de psicóloga, Bogotá, Universidad Nacional de
Colombia, 1998; Cristina Castro, Maltrato infantil, Monografía de la Maestría en psicología clínica,
Bogotá, Fundación Universitaria Konrad Lorenz, 1995; Maria Carmenza Bermúdez, y Magdalena
González, Tipos de castigo y sus efectos en el desarrollo sociopsicoafectivo de los niños, según
casos registrados en la Comisaría de familia de la ciudad de Manizales. Tesis para optar al título de
profesional en desarrollo familia, Manizales, Universidad de Caldas, 1994.

23
cual se evidencia cuando el padre tiene un trasfondo cultural diferente a la
comunidad donde vive, por lo que puede aferrarse a sus valores culturales
reaccionando con agresividad hacia sus hijos, resistiéndose a cualquier tipo de
cambio.

1.3 CONSECUENCIAS O EFECTOS DEL MALTRATO INFANTIL.


INVESTIGACIONES PSICOLÓGICAS

Se ha planteado que las consecuencias varían dependiendo de la edad del niño


en la que fue maltratado, la severidad y el tipo de maltrato23 y estas pueden ser de
tipo físico, emocional, conductual, social y del desarrollo.

A nivel físico puede tener efectos en el organismo tales como daños orgánicos por
descuido, retraso en el desarrollo, enfermedad, e incluso en ocasiones, la muerte.
A nivel emocional éste trae serias consecuencias como: frustración e inestabilidad
emocional, inseguridad, retraimiento, ansiedad, baja autoestima, depresión,
conductas violentas, conductas pasivas, miedo y falta de confianza en las figuras
paternas. El abandono puede traer consecuencias en la expresión corporal, tales
como: maximización de las expresiones como una forma de ser tenidos en cuenta,
cambio repentino de expresiones que connotan sentimientos, negación a la
sensibilización del dolor físico, retroflexión (introversión), agresión a los objetos y
en las relaciones personales, debido a que estos niños carecen de una
representación de lo que significa el rol de hijo en un hogar24.

A nivel conductual los niños presentan frecuentemente desórdenes externalizados


como agresión, hiperactividad, comportamientos evitativos frente a los adultos y
compañeros. A nivel social, se ha encontrado que el maltrato puede producir
dificultades en la formación de relaciones positivas con otros y estas tienden a
restringirse dentro de su ambiente social. A nivel del desarrollo se han encontrado

23
Cristina Castro, Maltrato infantil, Op. cit.
24
Sandra Viviana Rincón et al, Manifestaciones del desarrollo en niños abandonados, Op. cit.

24
bajos niveles de desempeño académico, la adquisición del lenguaje puede
tornarse lenta así como pueden presentarse alteraciones de la atención y el
aprendizaje.

Las actitudes predominantes en los niños maltratados son la soledad, agresividad,


incapacidad para recibir amor, atención y cariño debido a la privación de afecto, de
esta manera no se encuentran preparados para establecer buenas relaciones
interpersonales ya que la socialización empieza en el núcleo familiar.

Igualmente se han encontrado en el menor maltratado problemas de inseguridad,


manifestados en el temor a fracasar en sus actividades cotidianas, timidez,
retraimiento, aislamiento, se plantea que estas conductas pueden surgir de
alteraciones en el establecimiento y en la fuerza del vínculo afectivo padre e hijo.

Se evidencia que las investigaciones psicológicas, ubican los efectos o


consecuencias del maltrato en el niño en una dimensión observable o medible
mediante registros de observación, test psicométricos o cuestionarios que arrojan
síntomas a nivel del comportamiento, del pensamiento o a nivel emocional. Incluso
en muchas ocasiones no es el niño quien da cuenta de estos cambios, sino los
padres, maestros, cuidadores u otros adultos que convivan con él. En este sentido
se incluye poco o se excluye la palabra del niño, sin la cual nada podrá saberse de
lo que está en juego a nivel subjetivo.

En cuanto a los test o cuestionarios, estos proponen unas respuestas


preestablecidas y estandarizadas a partir de los síntomas que se suponen deben
presentarse, o de criterios de inclusión y exclusión para el diagnóstico de
patologías, dejando por fuera la particularidad de la vivencia, los accidentes del
lenguaje, las alusiones a aquello vivido como innombrable o enigmático. Desde la
observación y la medición de cambios del comportamiento de los niños
maltratados, sólo puede darse cuenta de la afectación de los procesos cognitivos,
del desarrollo, habilidades, actitudes y emociones, que si bien son importantes y

25
evidencian sin lugar a dudas alteraciones significativas que deben ser tenidas en
cuenta para el trabajo con estos niños y con sus padres, nada dicen de las
posiciones y respuestas subjetivas, ya que el yo nada sabe de su verdad más
íntima y más oscura, la cual sólo puede emerger en las fallas, equívocos,
tropiezos y contradicciones del discurso racional25.

Es por esto que las respuestas del sujeto no pueden ser contabilizadas ni
sometidas a los criterios de validez y confiabilidad de las pruebas psicológicas;
primero, porque aquello que lo caracteriza es que puede mentir, como Freud lo
demostró, “nos muestra, que en el sujeto humano hay algo que habla, que habla
en el pleno sentido de la palabra, es decir algo que miente, con conocimiento de
causa, y fuera del aporte de la conciencia”26. Y segundo, porque el inconsciente
admite las múltiples respuestas contradictorias, sin anularlas, ni excluirlas.

1.4 INVESTIGACIONES Y ELABORACIONES PSICOANALÍTICAS

Mientras en las investigaciones psicológicas se considera al menor como un ser


vulnerable, pasivo y sometido, y por consiguiente víctima del maltrato, en las
elaboraciones psicoanalíticas sobre el tema, se reconoce que si bien el niño puede
ser víctima de un adulto que lo somete a su poder y su crueldad, también tiene el
estatuto de sujeto responsable, en tanto es un sujeto de la elección, que responde
de una manera particular frente a aquello que le viene del Otro. En este sentido la
noción de responsabilidad subjetiva ocupa un lugar importante en varios trabajos,
tanto del agresor como de quien es objeto de la agresión. Reconocer dicha
responsabilidad de ningún modo implica desconocer que los excesos del Otro

25
También llamado por Lacan discurso corriente, común, discurso de la realidad, aquel que
corresponde a la palabra vacía, en el cual el sentido ya está de alguna manera dado, fijado de
antemano, a diferencia de la cadena significante en la que se producen los efectos de creación de
sentido. Ver: Seminario 5. Las Formaciones del inconsciente. Clase 1. Paidos, Buenos Aires,1999,
p.18
26
Jacques Lacan, Los escritos técnicos de Freud, El seminario, Libro 1, Paidos, Buenos Aires,1°
edición en español, 1981,p.287

26
sobre el niño, producen consecuencias en el sujeto en sus modos de amar,
trabajar, desear y gozar.

En varios de los trabajos revisados como el de Palacio y Jaramillo y el de Díaz, se


aborda el tema del maltrato a la luz de la teoría psicoanalítica sobre el trauma,
considerando este último en su valor estructural y constitutivo, el cual tiene efectos
retroactivos que son particulares a cada sujeto. Se resalta el carácter excesivo de
la vivencia traumática, la cual no alcanza una significación y se muestra refractaria
a inscribirse en lo simbólico.

Otro aspecto abordado en varias investigaciones como son la de López y la de


Eliacheff, es el de las instituciones de protección, frente a lo cual hay distintas
posiciones, que van desde el reconocimiento se su función de ley, en tanto
introducen un límite a los excesos de los padres sobre sus hijos, hasta
considerarlas generadoras de mayor violencia.

1.4.1 Maltrato infantil y constitución subjetiva

La investigación realizada por Flor María Díaz Chalarca, que lleva por título El
Maltrato infantil y la constitución subjetiva, es una monografía alrededor de la
pregunta acerca de cómo el maltrato infantil afecta la constitución del sujeto,
partiendo de la hipótesis de que si bien es cierto que para dar cuenta de dicha
constitución están la estructura y su operador -el padre real como agente de la
castración -, también es cierto que cada persona tiene que enfrentarse a una
pareja parental particular que ha de afectar la estructuración del sujeto, cuando se
da bajo la realidad del maltrato.

El trabajo se realiza a partir de la revisión bibliográfica psicoanalítica para dar


cuenta y articular conceptos como el trauma, la historia, necesidad, demanda y
deseo, relación de objeto, deseo de la madre y función paterna, complejo de
Edipo, castración, pulsión de muerte, agresividad y fantasma, sirviéndose así
mismo la autora de algunas breves viñetas clínicas de personas que fueron
27
maltratadas en su infancia, para ilustrar algunos efectos del maltrato, así como la
responsabilidad subjetiva del maltratado.
Lo primero que introduce la autora es el valor que tiene la propuesta freudiana del
trauma, entendido en el aprés coup de la significación que hace el sujeto de un
hecho vivido tiempo atrás y la noción de historia que introduce Lacan, pensada
como una lógica sincrónica y no diacrónica como sí lo es el concepto de
desarrollo. "El valor del trauma no es contingente sino estructural y constitutivo de
una historia que se caracteriza por el entrelazamiento sincrónico de sus
elementos: los que surgen en un momento determinado de la vida del sujeto -en
el pasado - y se reeditan en cualquier otro momento"27.

Apoyada en un planteamiento de la psicoanalista argentina Janine Puget, Flor


María Díaz afirma que un acto maltratante no necesariamente es percibido por el
niño como falta de amor, al menos en un principio, ya que la meta de todos los
niños al inicio de su constitución subjetiva, es ganar el amor de sus padres, pues
el deseo de reconocimiento es lo que funda al sujeto, esto puede llevarlo a
soportarlo todo, incluso el agobio del maltrato.

Si bien esta autora reconoce y reitera que las respuestas y lecturas que hace un
sujeto de la experiencia de maltrato son distintas, y en este sentido no es posible
establecer una relación unívoca entre el maltrato y alguna de las estructuras, -
psicótica, neurótica o perversa-, afirma que éste trae consecuencias importantes
en la capacidad del sujeto para amar y trabajar, introduciendo una definición
propia del maltrato infantil: "todas aquellas acciones - incluidas las de palabra- y
las omisiones sistemáticas de los actos debidos, cuyo efecto, independientemente
de la intención que los conduce, es el bloqueo, deterioro o restricción severa de la
capacidad humana para amar y trabajar"28.

27
Flor María Díaz, El maltrato infantil y la constitución subjetiva, Monografía de la Especialización
en niños con énfasis en psicoanálisis, Medellín, Universidad de Antioquia, 2000, p. 74.
28
Ibíd., p. 81.

28
De acuerdo con esta definición el maltrato está dado por dos aspectos: que las
acciones u omisiones sean sistemáticas y no episódicas, y que afecte de alguna
manera la capacidad humana para amar y trabajar. Sin embargo la autora
reconoce que es imposible probar que todas las personas que han sido
maltratadas en la infancia padecen o tienden a padecer dificultades serias en los
campos del amor y el trabajo.

Frente a esta definición es posible cuestionar si realmente los efectos en el sujeto


son independientes de la intención que los conduce, y si son independientes de la
significación que quien vivencia el acto agresivo, les atribuye, ya que según este
planteamiento, producirían el mismo efecto los actos cometidos con la intención de
castigar y evitar la repetición de la falta cometida, que los actos arbitrarios y
excesivos, donde se satisface una voluntad de daño en la crueldad desmedida.

La autora expone que no pueden darse consecuencias felices del maltrato merced
a una interpretación positiva del mismo hecha a posteriori. Esto lo ilustra con un
caso en el que una mujer adulta que se jactaba de que el maltrato recibido en su
infancia no había logrado apocarla, ya que había logrado una alta posición social y
nivel académico, no daba cuenta del carácter despótico y tirano por el que era
conocida entre sus subalternos.

Por otro lado plantea que nadie está exento de cumplir un papel activo en cuanto
al maltrato, ya que la agresividad hace parte del bagaje pulsional que trae el ser
humano desde el momento de su nacimiento. Pero Tánatos no es la única pulsión
constitutiva, también está Eros - pulsión de vida - que coexiste con la pulsión de
muerte. Retomando a Freud, Díaz afirma que el amor es la vía de mayor eficacia
para restringir la acción de Tánatos, pero para que el amor cumpla esta función no
puede aparecer de manera tenue sino de manera constante y clara '' (…) la misma
ambigüedad en la expresión de afecto acusa un efecto de desestabilización del

29
sujeto y de acrecentamiento de la angustia ante lo enigmático del deseo del
Otro"29

Sin embargo, frente a esta afirmación cabe recordar que el deseo del Otro siempre
es enigmático, y en este sentido podría decirse que el sujeto tiene que vérselas
con una ambigüedad inevitable frente a la pregunta ¿qué soy para el otro?, lo cual
no implica que el empuje de la pulsión de muerte no se encuentre pacificado por el
amor, cosa distinta a que el sujeto tenga ocasión de constatar y padecer los actos
agresivos producidos por el goce irrefrenable y mortífero proveniente del Otro
paterno o materno.

En cuanto a las causas del maltrato Díaz concluye que a nivel imaginario, éste es
efecto de la reciprocidad que se suscita a este nivel, donde la agresividad es
correlativa a la constitución del yo atravesando así las relaciones intersubjetivas. A
nivel real el maltrato indica la presencia de un empuje al goce, siendo correlativo
de la pulsión de muerte, la cual puede llevar a la destrucción del otro o de sí
mismo.

1.4.2 Efectos del maltrato infantil en la intersubjetividad

La investigación realizada por Palacio y Jaramillo, titulada: “Un caso del maltrato
infantil a la luz de una teoría psicoanalítica del trauma”30, tiene como propósito
indagar sobre los efectos del maltrato en la intersubjetividad en sujetos que han
sufrido violencia en su infancia. Esta investigación de pregrado, se fundamenta en
la teoría psicoanalítica del trauma.

La pregunta de investigación es: ¿Cuál es la posición del sujeto que ha sufrido


maltrato en la infancia? Dentro de sus objetivos se encuentran: describir el modo

29
Ibíd., p. 85.
30
Andrés Palacio e Isabel Jaramillo, Un caso de maltrato infantil a la luz de una teoría
psicoanalítica del trauma, Op.,cit.

30
de relación del sujeto al otro, identificar la relación del sujeto a los ideales e
identificar la configuración del sujeto en lo simbólico.

Los autores parten de dos supuestos teóricos. El primero donde se plantea que
cuando un niño sufre un acto violento, la escena queda acuñada como
acontecimiento potencialmente traumático, entendiendo por trauma "la huella
mnémica de un acontecimiento, no integrado al sistema verbalizado del sujeto que
no alcanza la significación (…) algo en la experiencia que se muestra refractario y
no se inscribe en lo simbólico (…)"31. El segundo supuesto, consiste en diferenciar
desarrollo de historia. El desarrollo es asumido como lineal, en cambio la historia
se resignifica desde el presente hacia el pasado. Aspecto también retomado por
Díaz, por cuanto la consideración psicoanalítica del trauma implica la noción de
efecto retroactivo o nachträglich de las vivencias tempranas a partir de vivencias
posteriores.

Se encuentra como hipótesis en esta investigación que el trauma afecta el lazo


social, puesto que la relación del sujeto al discurso como forma de tratar lo real, es
interrumpida por el trauma y el sujeto debe inscribirlo al precio de su neurosis.

La metodología de esta investigación es clínica, asumiendo ésta como una vía de


búsqueda que contribuye a establecer un saber a partir de una práctica. El método
clínico se funda primero sobre la experiencia de lo único para referir a lo múltiple y
retornar a lo único. Apoyados en la propuesta metodológica de investigación
clínica de C. Mejía y F. Ansermet, plantean que ésta se resiste a establecer un
saber únicamente fundado sobre universales, pero exige una aproximación que
tenga en cuenta los imperativos generalizadores de la ciencia.

En el caso estudiado, se encontró que las relaciones imaginarias y duales, están


determinadas por la rivalidad, entendida como las agresiones físicas y verbales

31
Lacan 1981 citado por Palacio y Jaramillo, Op cit., p. 10.

31
que provienen de los otros, hermano, profesores, compañeros de estudio y
trabajo, frente a las cuales el niño se defiende agrediéndolos.

Un elemento importante que aporta esta investigación, es que no todas las


agresiones venidas del otro son maltratantes para el sujeto, sólo aquellas que son
inmotivadas, caprichosas, que escapan al sentido, a la posibilidad de ser
simbolizadas por el significante, proviniendo de un Otro en tanto alteridad radical,
que deja al sujeto objetivado por su injuria.

De este modo para el niño entrevistado, las agresiones del hermano constituyen
un maltrato, siendo para él un enigma, por cuanto éste es elevado a la categoría
de Otro, alteridad radical, siendo quien objeta sus ideales y quien lo objetiva desde
el no reconocimiento. Contrario a lo que ocurre con las agresiones provenientes
de la madre, las cuales son significadas como castigo, ya que ella es reconocida y
elevada a la categoría de Otro simbólico que tiene derechos sobre el sujeto. Sin
embargo, la investigación no aporta suficientes elementos que permitan identificar
y comprender ¿qué le permite al sujeto elevar a la madre a la categoría de Otro
simbólico?, ¿qué función cumple la madre para este sujeto?, ¿por qué ésta no ha
posibilitado una intervención de la ley del padre simbólico que pacifique la
agresión de un hermano sobre el otro, dando lugar al vínculo fraternal?

Loa autores plantean que este niño se identifica con el objeto de goce, objeto del
maltrato, ubicándose como la víctima, lugar donde se articula su ser. Una víctima
que intenta apelar a un Otro simbólico (madre, psicólogo, justicia, pandillas), que
acuda en su ayuda a través de una mediación simbólica que pueda pacificar ese
real, ya que sus respuestas (malos pensamientos, deseos de muerte hacia el
agresor, intentos de explicarse el comportamiento del agresor) no logran allanar su
división subjetiva. "Todo este tratamiento que el sujeto hace de lo real en la
articulación de lo imaginario a lo simbólico no se muestra suficiente para vérselas

32
con eso que no marcha en lo real, con ese Otro alteridad radical que es el
hermano32.

Finalmente se hace una referencia a la relación entre la injuria y el maltrato, "la


injuria aquí es entendida en su dimensión tanto verbal como de hecho, por esto
comprende el maltrato físico y verbal ya que en los dos el sujeto se convierte en
un objeto, en este caso el objeto del trauma, lugar que remite a lo real, en último
término a lo estructural que es inefable y enigmático"33.

1.4.3 El maltrato psicológico o la mortificación del ser

En el texto Usos y abusos del maltrato: una perspectiva psicoanalítica, Héctor


Gallo, desarrolla varios ejes conceptuales psicoanalíticos como son: la pulsión, el
goce, el masoquismo, la responsabilidad subjetiva, el deseo y la ética,
interrogando la lógica subjetiva puesta en juego en el maltrato.

El autor, no pone el acento en el hecho objetivable y constatable en el organismo


- dimensión esencial del fenómeno para los médicos o penalistas-, sino en la
eficacia simbólica de una palabra, un gesto, una mirada, introduciendo así la
realidad psíquica como aquella que se rige por las leyes del inconsciente, y que no
es aprehensible por la observación o la medición. En este sentido afirma que el
maltrato psicológico no existe por fuera de una clínica de la subjetividad, ya que es
algo que se escucha, no que se observa, en tanto está articulado con la historia
del sujeto.

Plantea además, que la explicación que se ha intentado dar a síntomas como el


retraimiento, la tristeza, el resentimiento social, el desinterés, la agresividad
desmedida y el fracaso escolar, en lugar de clarificar el problema cae en una

32
Palacio y Jaramillo, Op. cit, p. 71.
33
Ibíd., p. 72.

33
generalidad ambigua, ya que esto síntomas pueden generarse tanto por maltrato
como por sobreprotección.

Un aspecto importante, tiene que ver con la introducción que hace el autor de la
responsabilidad subjetiva del “maltratado” por oposición a la victimización:
"para un psicoanalista la noción de víctima no existe más que como una posición
imaginaria donde la queja es primordial (…) es cierto que hay víctimas reales (…)
pero no por ser objeto de un real efectivo hay que creer a la víctima incapaz de
comportarse como un sujeto de pleno derecho, es decir, incapaz de
responsabilidad en lo tocante a su devenir"34.

Este trabajo dedica varios de sus capítulos al tema del maltrato psicológico sobre
el cual se centran muchas discusiones en las instituciones de protección, dado
que no implica secuelas corporales visibles que puedan ser prueba suficiente para
un dictamen médico y para responsabilizar penalmente al victimario.

Un primer planteamiento formulado por el autor es que el maltrato psicológico no


puede darse sino allí donde hay un vínculo afectivo, siendo un fenómeno que
puede tener como antecedente el amor o presentarse en forma simultánea como
expresión de una ambivalencia afectiva no resuelta35.

Ante esta afirmación surge el interrogante si puede decirse lo mismo para el


maltrato real que se da como forma de satisfacción a la tendencia agresiva, esto
es, aquella que obedece al empuje de la pulsión de muerte por fuera de toda
simbolización. Esta misma pregunta la formula Díaz, bajo estas formas: ¿Ante
cuál afecto se encuentra un niño maltratado? ¿Es el amor realmente el afecto que
conduce el insulto y la humillación constantes, el trato cruel, el abuso sexual o
cualquiera otra expresión del maltrato? ¿Es sin lugar a dudas el odio la musa del
acto maltratante? La respuesta que da Díaz es que tal vez no.

34
Gallo, Héctor, Usos y Abusos del Maltrato: Una perspectiva psicoanalítica, Medellín, Editorial
Universidad de Antioquia, 1999. p. 98.
35
Ibíd., p. 15.

34
Pareciera que es difícil creer que el amor pueda estar excluido del vínculo que
establece una madre o un padre con un hijo, pero de ser así, ¿qué efectos podrá
tener para un sujeto la pulsión de muerte que le dirige el Otro en su manifestación
más pura, desligada de los efectos pacificantes del Eros?
El maltrato psicológico se instala a partir de una serie de mensajes o actos
reiterativos e insistentes, "(…) se configura cuando deja de ser una forma
contingente de manifestar el odio al más íntimo y se convierte en un acto
sistemático de condena a la infelicidad. Este acto le da consistencia a un supuesto
verdugo, que en la vida cotidiana reitera una sentencia humillante para su víctima,
ser a quien le está recordando constantemente su desgracia, dibujándole un
destino de tribulaciones"36.

El autor propone el término “mortificación del ser” en lugar de maltrato psicológico,


para referirse a un daño emocional. Esta mortificación es ocasionada por la
eficacia simbólica de una palabra, un gesto o una mirada. "El psicoanálisis
demuestra que una palabra castiga, humilla, salva e incluso mata; un gesto de
rechazo sistemático o de intolerancia aplasta, una mirada inquisidora horroriza,
pero demostrar que esto es tan eficaz como un golpe con odio o una violación,
exige una demostración clínica rigurosa"37. El discurso tiene una potencia para
maltratar y dañar al otro, de este modo, todo hablante-ser es un mortificante en
potencia de todo aquel que se ponga al alcance de su discurso.

El autor realiza una aproximación clínica al tema del maltrato psicológico, a través
de un caso en el cual busca articular el maltrato, el masoquismo y el fantasma de
ser pegado o abusado por el padre o la madre. El objetivo del análisis de dicho
caso, es plantear los posibles resortes de la actualización del masoquismo
femenino en un hombre y dar cuenta de la intervención de elementos imaginarios
en la queja de maltrato psicológico.

36
Ibídem
37
Ibíd., p. 22.

35
Con este propósito, hace un examen del concepto de masoquismo, diferenciando
las tres formas propuestas por Freud: El erógeno, el femenino y el moral, de los
cuales sólo el primero es considerado una perversión, los otros dos denotan una
posición del sujeto en el escenario imaginario y un principio de conducta donde lo
determinante es el dolor moral en si mismo38. El masoquismo femenino define una
posición del hombre ubicado en sus fantasías en una situación pasiva, ser
castrado, soportar el coito o parir. El fantasma masoquista es siempre ser pegado
por el padre, ya se trate de un hombre o una mujer.

En la clínica psicoanalítica, el sentimiento de ser maltratado no corresponde


necesariamente con una patología perversa. De esto da cuenta el caso clínico
presentado por el autor, porque se trata de un joven que se siente humillado, no
tenido en cuenta, abusado, ensuciado, por su familia, el círculo social y sus jefes.
Se trata de una queja de maltrato psicológico del otro sobre él "Los demás me
humillan."39

El autor analiza que no se trata de un caso de masoquismo moral en el que este


sujeto busque fracasar en su vida, tampoco es un perverso dispuesto a crear
dispositivos masoquistas, ni un delirante con la certeza de ser perseguido. El
maltrato psicológico es una metáfora sintomática de la feminidad de este joven. El
sujeto permanece de manera pasiva en lo imaginario, ser penetrado, humillado,
maltratado, en una posición de absoluta indefensión, lo cual constituye su verdad
subjetiva, porque ahí no es mas que un "niño del que abusan" 40. El fundamento de
"ser abusado" consiste en una imagen y fantasías de penetración - ser violado por
un animal -, donde aparece identificado con una posición de sometimiento
femenino, además la suposición de que sus padres quieren que él sea un

38
Ibíd., p. 163.
39
Ibíd., p.166
40
Ibíd., p. 168.

36
homosexual, y una frase de su madre recordada en el análisis "si hubieras sido
mujer cualquiera habría hecho contigo lo que le viniera en gana"41.

Como conclusión el autor plantea que la condición del maltrato psicológico es ante
todo imaginaria, en tanto depende exclusivamente de la lógica de la relación
afectiva que cada sujeto establece con el semejante. Frente a este planteamiento
cabría interrogar, si se afirma que "El maltrato psicológico no corresponde a un
hecho de violencia objetiva, sino de mortificación subjetiva, ocasionada por la
eficacia simbólica de una palabra, un gesto o una mirada”42, ¿por qué se dice que
su condición es ante todo imaginaria? ¿Cómo hablar entonces de mortificación del
ser? ¿Los efectos del maltrato psicológico se producen a nivel imaginario,
simbólico o real? Cuando se dice que el maltrato depende de la relación afectiva
con el semejante, ¿dónde queda la relación del sujeto con el goce del Otro?

1.4.4 La inscripción del maltrato en la estructura del vínculo familiar

La investigación realizada por Yolanda López titulada ¿Por qué se maltrata al más
íntimo? Una perspectiva psicoanalítica del maltrato infantil, abonó en forma
significativa el terreno para el presente trabajo, ya que la autora insiste en las
consecuencias y el daño que produce el exceso de maltrato en la subjetividad, en
43
la forma de desear, de amar y de gozar del sujeto maltratado , pero sin ocuparse
de forma amplia de dichas consecuencias, por cuanto su trabajo se orientó a
explicar las causas que operan en el sujeto agresor para herir y dañar al más
íntimo.

Las preguntas que fundan la investigación son: ¿Cuáles son las causas que en el
sujeto agresor operan para herir, dañar al más íntimo, al más entrañable? ¿Qué

41
Ibid., p.168
42
Ibíd., p. 21.
43
Yolanda López, ¿Por qué se maltrata al más íntimo? Una perspectiva psicoanalítica del maltrato
infantil, p. 72.

37
de la intimidad subjetiva participa en el acto maltratante? ¿Cuál es la lógica de los
procesos y mecanismos inconscientes que sostienen tales actos de agresión?

La investigación no busca invalidar los avances de otras disciplinas, sino introducir


en el análisis del problema la consideración de los mecanismos inconscientes que
facilitan la agresión entre los seres más próximos y más íntimos, incluyendo los
registros de lo imaginario y lo simbólico, como variables que tienen una función
importante en el desencadenamiento de la agresividad. A lo largo de la
investigación, la autora apunta a situar la responsabilidad subjetiva del agresor,
más allá de las razones externas que puedan estar asociadas a dicha
problemática o dispararla en un momento dado.

La propuesta metodológica consistió de un lado en una exhaustiva revisión


bibliográfica de los conceptos psicoanalíticos de ley, superyó, deseo, pulsión y
goce para crear un campo de sentido desde el cual interpretar el maltrato como
empuje incontenible a agredir al más íntimo; y de otro lado, en la escucha
psicoanalítica a padres y madres maltratadores en dos instituciones de ICBF
Bogotá.

En cuanto a esta escucha, la autora aclara que no se trató de tratamientos clínicos


analíticos, sino de la suspensión del interrogatorio intimidante, de los
enjuiciamientos al maltratador, y de las sugestiones y consejos, lo que permitió
que fueran emergiendo las razones del daño que superaban las justificaciones en
factores socioeconómicos, educativos sociales, dando paso a aquellas que
convocaban la degradación del deseo por el niño agredido, la ferocidad del
superyó enmascarada en ideales inalcanzables y mortíferos, la repetición de un
empuje incontrolable de daño al más amado.

El maltrato infantil, es considerado como una forma de violencia que se da en el


hogar, "entendida como los distintos campos de conflicto en los que dentro de la
familia, actitudes y acciones de sus miembros desbordan regulaciones e ideales

38
sociales''44. En este sentido, el maltrato del que se ocupa es aquel ejercido por los
padres hacia sus hijos, en el cumplimiento de la función paterna y materna,
maltrato particular y paradójico, "porque si bien, como en otros espacios se
sustenta en intenciones educativas y en el logro de ideales, se hace en nombre
del amor de los padres"45.
De este modo, la autora introduce el maltrato en la estructura familiar, siendo la
familia donde se humaniza el sujeto a partir de los encuentros primordiales que allí
se dan, los cuales tienen efectos fundamentales en él, posibilitando o no su
inscripción en un orden social. Dicha inscripción exige el sometimiento del niño a
la interdicción paterna, que impide su acceso a la madre como objeto de goce.

Retomando a Freud, López plantea que el amor del Otro protege al niño del
desamparo, del abandono, de la indefensión en que llega al mundo, pero también
lo preserva del odio al que puede quedar expuesto fácilmente. De este modo el
niño se somete a la ley no sólo para ganar su amor, sino también para evitar su
destrucción.

La autora aborda la función paterna, destacando su importancia por la interdicción


simbólica que agencia. Señala las dificultades que pueden presentarse cuando el
padre de la castración falla en su función separadora, por ejemplo cuando se
coloca en el lugar del semejante, del amigo, del cómplice, del confidente. "De esta
manera abandona al niño a los diversos artificios de la seducción materna,
propiciando los distintos juegos incestuosos que en su ejercicio simbólico o real, la
relación especular y deseante con la madre promueve (…) se instaurará una
relación devoradora y absorbente, en la que el niño, prisionero de un deseo
insaciable, buscará responder al ansia de ser todo para la madre"46. Esta forma de
vínculo es altamente propiciatoria del maltrato materno ya que difícilmente el niño
podrá colmar las aspiraciones de la madre, ante lo cual surge la decepción de ésta
y puede aparecer allí el maltrato.

44
Yolanda López, Op. Cit., p. 21.
45
Ibídem.
46
Ibíd., p. 90.

39
Pero no sólo la debilidad paterna le dificulta al sujeto la asunción de la ley, los
excesos de un padre cruel pueden llegar a impedirla.

''Cuando el despotismo del padre no es ya un momento necesario de


imposición de la ley, o sólo una representación imaginaria del hijo,
sino que es en lo real una forma continuada de ejercicio omnímodo
del poder, la representación que se instituye en el niño es la de un
padre feroz que fungiendo de ley no se somete a ella y que sin
aceptar su castración, su falta, se sitúa como agente que esgrime un
poder absoluto para someter a su hijo y a los otros del hogar a una
caprichosa interpretación de los mandatos familiares y sociales" 47.

Es interesante considerar algunos efectos que puede tener el maltrato sobre


sujeto y las distintas posiciones subjetivas que este puede asumir, las cuales son
mencionadas brevemente por la autora a lo largo del segundo capítulo del texto.

Según la autora, las huellas que inscribe el maltrato y el sentido que se le da al


mismo son particulares, modelando de una manera particular la relación del sujeto
al deseo y al amor. El exceso del Otro puede generar en el sujeto una sensación
de desamparo, dolor de existir, profundizando la falta fundamental que signa el
vínculo amoroso entre los seres humanos.

Puede ocurrir que el niño, ante el encuentro con ese padre de la impostura, no sea
capaz de asumir la ley por la imposibilidad de vivirla en sus efectos pacificantes o
la desafíe, identificándose con los rasgos terroríficos de la ley encarnada por el
padre. En esta misma vía del desafío, puede darse que la insistencia compulsiva
de las faltas del niño, obedezca a una necesidad de recibir un castigo de los
padres para absolver una culpa desconocida, culpa superyoica, cuya razón ignora.
Tendríamos aquí una posición apuntalada en un goce masoquista, que pasa por el
cuerpo como expiación y como marca. "Este deseo de castigo se articula a un
fantasma fundamental construido con el otro, colocándose como objeto de su

47
Ibíd., p. 92.

40
goce, en una intención inconsciente de redimir la culpa primordial: desear a la
madre y la desaparición del padre como interdictor y poseedor de la madre" 48.

Es posible también, que el deseo del niño se silencie ante el reproche incesante
del padre, sumiso ante su voluntad es incapaz sin embargo de responder a todas
sus demandas. Es probable que la respuesta agresiva que quisiera devolver a su
agresor, pase a otro lugar, descargando su violencia contenida contra hermanos o
amigos, llegando a insensibilizarse ante el dolor de los otros, o viviendo su dolor
en una sensibilidad extrema frente a sus semejantes.

Si bien la autora precisa algunos efectos posibles de la agresión del Otro en el


sujeto, no deja de insistir en el carácter subjetivo de los mismos,

"afirmo que el exceso no es inocuo en el forjamiento de la


subjetividad, sólo que sus consecuencias patógenas no son
predecibles y apenas podrán conocerse cuando el sujeto en un
dispositivo clínico de palabra logre saber sobre su verdad
inconsciente, forjada en la singular dialéctica que desde su deseo
y desde el superyó forjó con el otro maltratador"49.

Un aspecto interesante encontrado por la autora en la clínica del maltrato como


ella la llama, es que los procesos legales, producen un cierto apaciguamiento del
empuje destructivo de los padres hacia el niño, siendo estos llamados a rendir
cuentas en nombre de una ley. “Y en el reconocimiento de que existe el Otro de la
ley, al que también deben someterse, la omnipotencia imaginaria se abandona, o
por lo menos se reduce, permitiendo la emergencia de la historia que en el
maltratador sostiene el daño. Situado como deudor de una falta, el padre busca
resarcir, sin que, como lo sabemos, lo logre por completo”50

48
Ibíd., p. 83.
49
Ibíd., p. 135.
50
Ibid., pp. 93-94.

41
1.4.5 Violencia familiar e institucional

Caroline Eliacheff en su libro Del niño rey al niño víctima, se ocupa no sólo de la
violencia parental, sino también de la violencia que tiene lugar en las instituciones
encargadas de proteger a los niños, cuando en ocasiones descalifican la función
paterna o dejan a los niños en una espera interminable de una decisión sobre su
porvenir. La autora presenta sus reflexiones sobre el tema, surgidas en su trabajo
clínico, a partir de algunos casos de niños menores de tres años, maltratados
física o psíquicamente, que son enviados a su consultorio por la guardería
francesa Paul- Manchon d´ Anthony, de índole social. La pregunta que orienta su
trabajo es ¿Cuándo y cómo en la historia de las mentalidades hemos pasado del
niño rey al niño víctima?

A nivel metodológico, la autora se sirve del material obtenido en su experiencia


clínica con los niños que ha atendido por petición de la institución, y de las
sesiones realizadas en su consultorio con psicoanalistas –formados o en
formación-, psicólogos, trabajadores sociales y pediatras, en las que se discute
acerca del lugar que ocupa el niño en la sociedad actual, los aspectos prácticos de
la intervención psicoanalítica y las problemáticas de cada niño.

En cada uno de los capítulos de su investigación, la autora aborda un caso


distinto, situando la problemática del niño a nivel familiar, social, institucional y en
ocasiones, jurídico, planteando reflexiones y cuestionamientos acerca de las
intervenciones realizadas por los funcionarios de las instituciones de protección,
por las madres sustitutas, por el responsable del grupo51, por el equipo de
personas que atienden en los hospitales los partos anónimos, por el Consejo de
Familia, entre otros, señalando los efectos que tienen estas intervenciones en los
niños.

51
El responsable del grupo es quien se ocupa del expediente administrativo del niño y le informa
regularmente su situación jurídica, las consecuencias que ésta trae en su futuro cercano y lejano,
recibe los futuros padres adoptivos y les suministra la información que se posee, sin censurarla y
respetando la ley.

42
En los análisis que realiza, identifica por ejemplo la presencia de violencia en
situaciones en las cuales se manipula el tiempo de espera del niño para darse en
adopción, ya que el Consejo de Familia no sólo espera los dos meses estipulados
por ley, sino que éste tiempo se extiende hasta los cinco o seis meses de edad. O
las violencias producidas por la institución de protección, al impedir a los padres
las visitas, por el riesgo que puede correr el niño estando en su presencia, así
afirma: “La separación no debería traer jamás por añadidura la supresión de la
presencia de los padres sino, por el contrario, permitir un mejor aprovechamiento
de esta presencia”52.

Plantea que este tipo de intervención va de la mano de la identificación con la


víctima y de los juicios de valor que algunos profesionales, como los trabajadores
sociales, realizan de los padres maltratadores, asimilando totalmente las personas
a sus actos, “no es posible pretender respetar un niño si no se respeta a sus
padres, de los cuales ha surgido”53. La autora considera que cuando se pretender
“educar” a los padres en nombre de la protección del hijo, se ejerce una violencia
tanto sobre los padres como sobre los hijos. “Sobre los padres, al imponer un
cambio sin ofrecer el mínimo marco para elaborar ese cambio; sobre el niño,
descalificando a sus padres, hagan lo que hagan”54.

En el capítulo denominado El niño víctima, la autora desarrolla la tesis que da


lugar al título del libro, planteando una transformación del lugar que ocupaba el
niño en la familia y la sociedad. El reinado del niño comienza hacia la segunda
mitad del siglo XVIII, cuando el niño se convierte en el bien más preciado e
irremplazable, siendo confiada su educación a los especialistas en la materia,
quienes utilizaban la violencia como medio para templar el espíritu, lograr
obediencia, sumisión y disciplina, es la época de la llamada pedagogía negra.
Eliacheff señala lo contradictoria que resulta la representación del niño rey, ya que

52
Caroline Eliacheff, Del niño rey al niño víctima. Violencia familiar e institucional, Buenos Aires,
Nueva Visión, 1997.pp. 122- 123
53
Ibíd, p. 19.
54
Ibíd, p.55.

43
siendo considerado como un don maravilloso y único, centro del núcleo familiar,
era sometido “por su bien” a las peores violencias.

A partir de la finalización de la segunda Guerra Mundial, el niño empieza a perder


su lugar privilegiado, para ser aceptado debe ser perfecto y llegar cuando se lo
espera. En este sentido la ciencia posibilita el control de la natalidad para asegurar
un mejor futuro a cada niño. La representación del niño víctima empieza a tener un
lugar, aunque es tan ambigua y contradictoria como la del niño rey, ya que el niño
víctima es a la vez el niño sabio, exaltado por la ciencia, el niño de los derechos, y
el centro de la educación. En este sentido afirma la autora que hemos pasado de
la era del niño rey a la del niño víctima.

Eliacheff plantea hacia el final de su libro una hipótesis interesante aunque no es


desarrollada en este trabajo, interroga si la representación del niño maltratado, en
la era del niño víctima, “¿no será una forma perversa por parte de los adultos de
descargar todas sus responsabilidades en sus hijos, y en todas las instituciones
estatales tan accesibles, para permanecer ellos mismos en un estadio infantil?”55

55
Ibíd, p.110.

44
2. ¿ES EL MALTRATO TRAUMÁTICO?

INTRODUCCIÓN

Una de las problemáticas esenciales, en relación con el maltrato que el Otro le


propicia a un niño a través de los golpes, humillaciones, injurias, negligencia o
abuso sexual, es la pregunta por los efectos de dicho acto. ¿Se trataría de un
daño? ¿Un daño físico o moral? ¿Se trataría de un daño con secuelas o un daño
irreparable? ¿Tiene el niño posibilidades de defenderse de este daño? En otras
palabras, ¿puede considerarse que este acto tiene en sí mismo consecuencias
traumáticas? Las preguntas anteriores sin duda tienen fundamento, por cuanto
tanto la sociedad como la clínica, en particular la psicoanalítica, se preguntan por
los modos posibles de intervención.

No sin riesgo es posible aseverar, que hay un cierto consenso en la suposición de


que efectivamente toda acción violenta que se desprende de la persona a la cual
el niño está ligado afectivamente, vitalmente, es una acción traumática y que deja
al niño en posición de víctima, entendida ésta en su acepción común como:
“persona que padece daño por culpa ajena o por causa fortuita”56o “persona que
sufre las consecuencias de una acción propia o de otros” 57. No obstante la víctima
también es “persona que se expone u ofrece a un grave riesgo en obsequio de
otra”58, acepción que aunque dejada de lado por las instituciones, señala
justamente una posición del sujeto, ya que es distinto darle al niño el lugar de

56
Diccionario de la Real Academia Española, Tomo II, vigésima primera edición, Madrid, 1992, p.
2086.
57
Diccionario enciclopédico Larousse, volumen VIII, Editorial Planeta, Chile, 1992, p.2455.
58
Diccionario de la Real Academia Española, Op. Cit., p. 2086.

45
quien pasivamente es sometido al daño del Otro, a considerar que éste incluso
puede hacerse castigar o consentir la agresión en la cual el Otro satisface su
tendencia destructiva. En este orden de ideas, interesa a esta investigación
construir una elaboración sobre los efectos de una acción de esta índole sobre el
sujeto, teniendo en consideración no sólo lo que viene del Otro, sino lo que le es
clásico al psicoanálisis desde sus orígenes mismos, la respuesta del sujeto y sus
efectos.

En consecuencia se hará una revisión inicial a las consideraciones actuales del


Código de la Infancia y la Adolescencia sobre el maltrato, para luego revisar la
noción de trauma en el psicoanálisis, las relaciones entre trauma originario,
mortificaciones narcisistas y traumatismos de la civilización. Buscando contrastar
la concepción psicoanalítica con la concepción social del trauma, que se ha
derivado paradójicamente de la introducción de los derechos del niño, la cual
podría denominarse como concepción generalizada del trauma.

2.1 EL ESTATUTO DEL NIÑO MALTRATADO EN EL CÓDIGO DE LA


INFANCIA Y LA ADOLESCENCIA

El Código de la infancia y la adolescencia expedido por la Ley 1098 de 2006, tiene


por finalidad garantizar a los niños, niñas y adolescentes su pleno y armonioso
desarrollo para que crezcan en el seno de la familia y la comunidad, en un
ambiente de felicidad, amor y comprensión59. Su objeto, según el artículo 2, es
establecer normas sustantivas y procesales para la protección integral de los
niños, las niñas y los adolescentes, garantizar el ejercicio de sus derechos y
libertades, así como su restablecimiento. Según este código, se entiende por niño
o niña las personas entre los 0 y 12 años, y por protección integral, el
reconocimiento como sujetos de derechos, la garantía y cumplimiento de los

59
Luis Alberto Reyes (compilador), Código de la infancia y la adolescencia, Bogotá, Ediciones
Doctrina y Ley, 2006, p.17.

46
mismos, la prevención de su amenaza o vulneración y la seguridad de su
restablecimiento inmediato en desarrollo del principio del interés superior60.

Dicho “interés superior del niño, niña y adolescente”, se plantea como un


imperativo el cual “obliga a todas las personas a garantizar la satisfacción integral
y simultánea de todos sus Derechos Humanos, que son Universales, prevalentes
e interdependientes”61. Lo que se ha podido ver es que este principio se vuelve un
ideal, que como todos los ideales, nunca puede alcanzarse a cabalidad, ya que en
ciertos casos no es posible garantizar el cumplimiento simultáneo de todos los
derechos del niño por cuanto ellos pueden ser excluyentes.

Por ejemplo no es posible preservar simultáneamente el derecho a la familia y el


derecho a la integridad personal, cuando es el propio padre el que la amenaza.
Así, según el artículo 22, el niño tiene derecho a tener y crecer en el seno de la
familia, a ser acogido y a no ser separado de ella. Sólo podrán ser separados de la
familia cuando ésta no garantice las condiciones para la realización y el ejercicio
de sus derechos. Y según el artículo 18, el niño también tiene derecho a su
integridad personal, lo cual significa

“ser protegidos contra todas las acciones o conductas que causen


muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico. En especial,
tienen derecho a la protección contra el maltrato y los abusos de toda
índole por parte de sus padres, de sus representantes legales, de las
personas responsables de su cuidado y de los miembros de su grupo
familiar, escolar y comunitario”62.

Se tiene entonces que si el niño es separado de su familia e internado en una


institución de protección, ya que sus padres o cuidadores vulneran el
derecho a su integridad personal, se le está privando a su vez del derecho a
tener y crecer en una familia.

60
Ibíd, pp.18-19.
61
Ibíd, p.20.
62
Ibíd, p. 23.

47
Lo que se observa en las instituciones de protección, es que en casos de maltrato,
parece prevalecer el derecho a la integridad personal del niño, de modo tal que se
priva al niño de quienes, según se considera, lo vulneran o lo dañan. Sin embargo,
lo que algunos niños dejan ver en sus testimonios, es que la separación de su
familia le ocasiona más sufrimiento, que el dolor o daño psíquico que le generan
aquellas acciones de los padres consideradas por la institución como maltrato, de
acuerdo con el Código, las cuales incluso no son significadas de este modo por
los niños63; sin decir con esto que las agresiones de las cuales son objeto no
tengan efectos.

Ahora bien, en el Código se entiende por maltrato infantil,

“toda forma de perjuicio, castigo, humillación o abuso físico o


psicológico, descuido, omisión o trato negligente, malos tratos o
explotación sexual, incluidos los actos sexuales abusivos y la violación y
en general toda forma de violencia o agresión sobre el niño, la niña o el
adolescente por parte de sus padres, representantes legales o cualquier
otra persona”64.

Puede verse en esta definición, que dentro de las acciones que se consideran
como forma de maltrato, se incluye toda “forma de castigo” sobre el niño, por
consiguiente pareciera no admitirse ningún tipo de castigo, ni diferenciarse éste
del maltrato, perdiendo así su función correctiva y preventiva frente a la
transgresión de la ley. Lo cual es bastante problemático si se tiene en cuenta que
en la actualidad, con frecuencia algunos niños hacen uso, o más bien, abusan de
sus derechos para impedir toda amonestación y sanción por parte de sus padres
que intente poner un límite a su desenfreno pulsional, bajo la amenaza “si me
maltratas te denuncio”.

No se quiere decir con esto que no deban impedirse y sancionarse los actos de
violencia, crueldad o explotación que tienen por objeto el niño, por supuesto que

63
Véase: capítulo 4: Las respuestas del sujeto
64
Luis Alberto Reyes (compilador), Código de la infancia y la adolescencia, Op. cit., p.23.

48
sí, pues de no existir las normas contenidas en el Código de la Infancia y la
Adolescencia, en la Constitución Política y en los tratados internacionales de los
Derechos Humanos, muchos más serían los casos de maltrato infantil y mayores
sus estragos.

Lo anterior si tenemos en cuenta que, cómo lo indicó Freud:


“el ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de
defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuir a su dotación
pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el
prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una
tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de
trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento,
desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo
y asesinarlo”65.

En este sentido, no puede negarse por supuesto, que la institución de los


derechos humanos es una institución necesaria, al respecto C. Soler dice:

“los derechos humanos son la cosa más preciosa que tenemos para
representar un límite, un tope a la violencia, a las extremidades de los
goces desencadenados que se encuentran en nuestra civilización de
homogenización. (…) No se trata de criticarlos porque si los eliminamos
entramos en una anarquía de goces absoluta”66.

Por ello, cuando en la familia, los padres no logran regular sus goces y el niño en
lugar de ser objeto de su cuidado y protección, deviene el objeto de sus excesos,
es el Estado quien debe garantizar el cumplimento de sus derechos, la seguridad
de su restablecimiento y la prevención de su amenaza o vulneración. Incluso en la
investigación realizada por Yolanda López se plantea, que los procesos legales y
las medidas de protección, donde se separa al niño de sus padres, suelen tener
efectos pacificadores de la tendencia destructiva de estos, al ser llamados a rendir
cuentas ante la ley.

65
Sigmund Freud, “El malestar en la cultura”, Op.cit., p. 108.
66
Colette Soler, Síntomas, Bogotá, Edita Asociación del Campo Freudiano de Colombia, 1998,
p.58.

49
Por otro lado, no se puede ignorar la emergencia del fenómeno en el campo de la
cultura pues paradójicamente mientras más se instala una concepción del niño
apuntalada en sus derechos y en el papel proteccionista del Estado, más se
denuncia la posición de víctima del maltrato del niño, lo cual es subrayado por
Eliacheff en su texto Del niño rey al niño víctima.

Estamos en la era del niño, de sus derechos, del niño también como blanco del
mercado, de la ciencia, de la educación y los modos más diversos de la
intervención pedagógica, pero tal vez nunca como ahora, se denuncian más los
abusos contra ellos, la pornografía infantil elevada al rango de uno de los
renglones de mayor movimiento económico, la pederastia, el maltrato, incluso las
acciones que acarrean su muerte.

Si bien no se encuentra en el Código de la infancia la noción de trauma, puede


verse que sí existe en el núcleo de su formulación, la noción de daño y perjuicio,
así como una consideración de las secuelas físicas y psicológicas que el maltrato
ocasiona. En este sentido, se considera víctima todo niño a quien se haya
vulnerado su protección o su integridad personal, por las agresiones, daños o
amenazas recibidas por algún miembro de su familia, por lo cual tiene derecho a
una medida de protección, debiendo ser vinculado a un programa de atención
especializada, que asegure el restablecimiento de sus derechos, impida la
repetición de los hechos y remedie las secuelas físicas y psicológicas que se
hubieran ocasionado67.

Es de anotar que siendo esta concepción del niño maltratado, social y


culturalmente necesaria, deja por fuera toda consideración sobre la posición
subjetiva, puesto que es la institución, en nombre de Estado, quien decide por él,
privándolo de su familia cuando ésta representa un peligro o un daño de su
integridad personal. En esta concepción, el daño y las secuelas, se determinan

67
Según el Código de la Infancia y la Adolescencia, tiene el derecho a una medida de protección
“Toda persona que dentro de su contexto familiar sea víctima de daño físico o psíquico, amenaza,
agravio o cualquier otra forma de agresión por parte de otro miembro del grupo familiar” p. 260.

50
por unos parámetros establecidos de antemano para proteger a todo niño que sea
víctima del maltrato, ya que se presupone que el carácter nocivo está puesto del
lado del hecho o el acontecimiento, dependiendo de su magnitud y frecuencia.
Contrario a esto, la tesis freudiana relativa el papel del acontecimiento en el
trauma, poniendo el acento en la elección y las respuestas del sujeto. Se hace
necesario entonces revisar los postulados freudianos acerca del trauma para
responder a preguntas como ¿qué es entonces lo traumático para los niños
maltratados? ¿Es el maltrato recibido del Otro, una situación traumática? ¿Qué es
lo que deviene traumático de las agresiones del Otro materno y el Otro paterno
durante la infancia?

2.2 LA TEORÍA PSICOANALÍTICA DEL TRAUMA

En principio es necesario afirmar que para el psicoanálisis hay una diferencia entre
el acontecimiento y sus efectos, en tanto que efectos del sujeto; pero a su vez,
diferencia el trauma originario, sexual, y en consecuencia constitutivo del sujeto
del inconsciente, del traumatismo como un evento contingente que enfrenta al
sujeto con un real que representa un exceso no tramitable simbólicamente, pero
sin consecuencias en el inconsciente. Es lo que se ha llamado los traumatismos
de la civilización, categoría dentro de la cual caen la mayoría de los eventos que
hoy en día son clasificados como “stress postraumático”, descritos y definidos
como acontecimientos sin consecuencias inconscientes o cuyas consecuencias
toman valor por cuanto reactivan el trauma originario. Una revisión sobre la teoría
psicoanalítica del trauma permitirá interrogar ¿de qué naturaleza es el efecto de
las agresiones del Otro en el sujeto?

2.2.1 El trauma: ¿vivencia accidental de seducción o trauma sexual


originario?

En su primera teorización del trauma, Freud planteó la hipótesis de que éste era
causado por un evento real de carácter sexual acontecido en la infancia, el cual

51
implicaba un monto de afecto excesivo: terror, displacer, asco, angustia o
vergüenza, frente al cual el sujeto quedaba sin posibilidad de reaccionar o su
reacción no era suficiente. Afirma:

“… si la reacción frente al trauma psíquico tuvo que ser interrumpida por


alguna razón, aquel conserva su afecto originario, y toda vez que el ser
humano no puede aligerarse del aumento de estímulo mediante abreacción
está dada la posibilidad de que el suceso en cuestión se convierta en un
trauma psíquico”68.

Dicha vivencia sexual consistía en la seducción del niño por parte de un adulto
acontecida en la temprana infancia, generalmente el padre, tal como decían
recordarlo sus pacientes histéricas.

Puede verse que la concepción de trauma que sostenía Freud en esta época era
la de un suceso accidental sexual que generaba un monto afectivo hiperintenso, el
cual, en algunos casos, no podía ser abreaccionado, es decir, descargado. Según
esto lo que daba lugar al trauma era la conjugación de un suceso de índole sexual,
y la insuficiente reacción del sujeto frente a él.

De este modo se observa que ya en sus primeros escritos, Freud incluye las
respuestas del sujeto en el ocasionamiento del trauma, si bien el excedente sexual
era atribuido al otro, quien seducía al niño introduciéndolo en un goce sexual
prematuro. El trauma estaba pensado entonces como un accidente en la historia
del sujeto, pero definido por la respuesta del mismo, según el modo de la defensa
implementada.

Introducir la defensa, le permitió a Freud responderse, por qué no todas las


personas que habían tenido vivencias sexuales en la infancia desarrollaban
síntomas neuróticos, encontrando que sólo en algunas de ellas se daba la defensa
o "esfuerzo de desalojo" de las representaciones inconciliables. Por lo cual señala:

68
Sigmund Freud, “Sobre el mecanismo psíquico de fenómenos histéricos”, Obras completas,
volumen 2, Buenos Aires, Amorrortu, 2ª edición en castellano, 1986, p. 38.

52
"El excedente sexual por sí solo no puede crear todavía ninguna represión; para
ello hace falta la cooperación de la defensa; ahora bien, sin excedente sexual la
defensa no produce neurosis alguna"69.

Freud planteó luego la importancia del retorno de la vivencia sexual infantil en la


pubertad como un recuerdo con efecto retardado (nachträglich), el cual produce
un displacer más intenso que el que en su momento produjo la vivencia
correspondiente, debido esto al aumento de la capacidad de reacción del aparato
sexual. Se establece de este modo una serie en la causación del trauma: vivencia
sexual infantil (excedente sexual) - defensa- repetición, siendo la reactivación de
las vivencias inconscientes la que producía los síntomas, como retornos de lo
reprimido, “no son las vivencias mismas las que poseen efecto traumático, sino
sólo su reanimación como recuerdo, después que el individuo ha ingresado en la
madurez sexual”70.

Esta concepción del trauma ligada al influjo accidental de la seducción fue


replanteada a partir de 1897, cuando Freud reconoce que había sobrestimado la
frecuencia e influencia de los sucesos de seducción en la infancia, en la etiología
de la neurosis, y que había dejado de lado la importancia de las fantasías
psíquicas y la constitución sexual. Descubre entonces que se trataba en la
mayoría de los casos de fantasías de seducción, a través de las cuales el sujeto
se defendía del recuerdo de su propia práctica sexual infantil71. Con lo cual Freud

69
Sigmund Freud, “Carta 46”, Obras completas, volumen 1, Buenos Aires, Amorrortu, 2ª edición
en castellano, 1986, p.270
70
Sigmund Freud, “Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa”, Obras
completas, volumen 3, Buenos Aires, Amorrortu, 2ª edición en castellano, 1986, p. 165.
71
Sigmund Freud, “Mis tesis sobre el papel de la sexualidad en la etiología de las neurosis”, Obras
completas, volumen 7, Buenos Aires, Amorrortu, edición en castellano 1978, pp. 265-266.

53
establece una clara diferencia entre la realidad psíquica y la realidad material o
fáctica, siendo la primera la que cuenta en las neurosis.

En consecuencia, Freud va a atribuirle de ahí en adelante una primacía a los


influjos pulsionales o constitucionales sobre los accidentales, sin que estos últimos
sean abandonados, admitiendo relaciones de cooperación entre los unos y los
otros:

“No es fácil apreciar en su recíproca proporción la eficacia de los factores


constitucionales y accidentales. En la teoría se tiende siempre a
sobrestimar los primeros; la práctica terapéutica destaca la importancia de
los segundos. En ningún caso debería olvidarse que existe entre ambos
una relación de cooperación y no de exclusión. El factor constitucional tiene
que aguardar a que ciertas vivencias lo pongan en vigor; el accidental
necesita apuntalarse en la constitución para volverse eficaz. En la mayoría
de los casos es posible imaginar una «serie complementaria», según se la
llama en la cual las intensidades decrecientes de un factor son
compensadas por las crecientes del otro; pero no hay fundamento alguno
para negar la existencia de casos extremos en los cabos de la serie”72.

Plantea que los sucesos accidentales son susceptibles de motivar fijaciones de la


pulsión, las cuales pueden tener una incidencia directa en los síntomas, de modo
que en la pubertad el sujeto busca repetir formas de satisfacción ya vivenciadas,
formas que se han fijado en relación a actividades y sucesos de la sexualidad
infantil, en tendencias parciales abandonadas y en los primitivos objetos
infantiles73.

La importancia que adquirió la constitución pulsional, permitió considerar que el


trauma no depende en sí mismo del accidente, sino de la respuesta del sujeto, en

72
Sigmund Freud, “Tres ensayos de teoría sexual”, Obras completas, volumen 7, Buenos Aires,
Amorrortu, edición en castellano 1978, p. 219.
73
Sigmund Freud, “Los caminos de la formación de síntoma”, Conferencias de introducción al
psicoanálisis, Obras completas, volumen 16, Buenos Aires, Amorrortu, 2ª edición en castellano,
1984, p. 326.

54
tanto defensa, y que es a partir de allí que se estructura la constitución de la
sexualidad humana.

Entre los influjos accidentales a los que Freud les atribuye el poder de cooperar
con la dimensión traumática, se encuentran tanto las vivencias en su propio
cuerpo como las impresiones sensoriales de lo visto y lo oído- las cuales
comportan un exceso enigmático e intramitable, puesto que sobrepasan las
posibilidades del niño tanto intelectuales como corporales, de responder. Ahora
bien, Freud le da carácter traumático tanto a las vivencias sexuales como
agresivas, ya que sorprendentemente en la temprana infancia los niños no
diferencian unas de las otras. Esto constituye un aspecto de gran importancia a la
hora de considerar la significación que puede darle un niño a las agresiones que le
dirigen sus padres, puesto que como lo mostró Freud, aquello que constituye la
fantasía inconsciente fundamental, es la flagelación del padre, a la cual está ligada
una satisfacción sexual, satisfacción que en ocasiones puede llevar al niño a
hacerse castigar74.

Con respecto a los efectos del trauma, Freud plantea que existen dos tipos: los
positivos y los negativos. Los primeros son los esfuerzos del sujeto por reanimar el
trauma, tornando real la vivencia olvidada, esto es denominado por él compulsión
de repetición y supone siempre una fijación anterior a la impresión precozmente
vivenciada. En esta compulsión el sujeto repite aquello que se ha inscrito a nivel
inconsciente como una marca, y que ha sido cubierto por la amnesia infantil,
actualizando de este modo el trauma. Como ejemplo nos dice que una niña que en
la temprana infancia haya sido objeto de una seducción sexual, podrá adaptar su
vida a la provocación incesante de tales ataques75.

74
En el capítulo 4: Respuestas del sujeto, se aborda una viñeta clínica expuesta por Freud, en la
que se evidencia la posición subjetiva de hacerse castigar.
75
S. Freud, “Moisés y la religión monoteísta”, Obras completas, volumen 23, Buenos Aires,
Amorrortu, segunda edición en castellano 1986, pp.72-73.

55
Los efectos negativos del trauma consisten en reacciones de defensa en las
cuales se busca que no se recuerde ni se repita nada de los traumas. Su principal
manifestación son las evitaciones, pudiendo derivar en inhibiciones y fobias.
Estas reacciones al igual que la compulsión de repetición tienen como condición la
fijación al trauma.

Un aspecto que caracteriza los fenómenos de la compulsión de repetición y las


reacciones de defensa, es su independencia con respecto al resto de los procesos
psíquicos que están adaptados a las exigencias del mundo exterior y se conducen
según las leyes del pensamiento lógico. En este sentido Freud afirma que “No son
influidos, o no lo bastante, por la realidad exterior; no hacen caso de esta ni de su
subrogación psíquica, de suerte que fácilmente entran en contradicción activa con
ambas”76. Esta independencia se puede evidenciar en las distintas respuestas que
dan los niños entrevistados frente a los actos del Otro, las cuales a pesar de ser
contradictorias son verdaderas.

Freud aclara que la vivencia traumática, no siempre va seguida inmediatamente


del estadillo de una neurosis de infancia, ya que por lo general se instala el
periodo de latencia entre las impresiones infantiles –sexuales o agresivas- y el
posterior estallido de la neurosis, periodo en el que no aparecen síntomas ni
alteraciones del carácter. Esto pone en evidencia la imposibilidad de aseverar en
la presente investigación en cuáles casos las agresiones del Otro tendrán un
efecto traumático retroactivo en los sujetos entrevistados, ya que no es posible
saber o predecir si aparecerán o no síntomas posteriores como efecto de las
vivencias de agresión.

Dentro de las vivencias traumáticas de la infancia también incluye Freud aquellas


mortificaciones narcisistas que son independientes de la buena educación y del
cuidado de los padres, las cuales tienen su origen, en todos los dolores, y desaires
que experimentó el niño a raíz de la imposibilidad de satisfacer sus exigencias

76
Ibíd.

56
pulsionales con el objeto amado. El niño vivenció la pérdida de amor de los
padres, los celos, el desengaño, la vergüenza, la humillación y el fracaso, las
cuales dejaron como secuela un daño permanente del sentimiento de sí. “(…) el
retiro de la ternura que se prodigaba al niñito, la exigencia creciente de la
educación, palabras serias y un ocasional castigo habían terminado por revelarle
todo el alcance del desaire que le reservaban”77. Se trata en estas pérdidas y
fracasos de un daño imaginario, que es sepultado por la represión y que luego
será reanimado a través de la compulsión a la repetición.

Freud hace mención al castigo ocasional de los padres, el cual produce al niño un
displacer ligado a la caída del lugar privilegiado que ocupaba en el amor del Otro:
“¡Tantos niños se consideran seguros en el trono que les levanta el inconmovible
amor de sus padres, y basta un solo azote para arrojarlos de los cielos de su
imaginaria omnipotencia!” 78.

Como se ha visto hasta el momento, Freud deja ver por un lado el trauma como el
efecto sobre el sujeto de un acontecimiento sexual y/o agresivo; por otro lado
están las vivencias de mortificación narcisista ligadas a los celos, el desengaño, la
vergüenza, la humillación y el fracaso, que producen un daño permanente en el
sentimiento de sí, y “la caída del trono” que algunos castigos físicos ocasionales
generan, frente a lo cual se podría quizás oponer la condición contemporánea del
maltrato, concebido como acciones sistemáticas de agresión y daño al niño o
como carencia absoluta del amor y el abandono como correlato.

Ahora bien, ¿de qué lado entonces pueden ubicarse los efectos de las agresiones
del Otro materno y/o paterno?, ¿cómo entender en ellas sus efectos?, ¿tienen o

77
S. Freud, “Mas allá del principio del placer”, Obras completas, volumen 18, Buenos Aires,
Amorrortu, 2ª edición en castellano 1984, p. 21.
78
S. Freud, “Pegan a un niño”, Obras completas, volumen 17, Buenos Aires, Amorrortu, 2ª edición
en castellano, 1984, p.184.

57
no carácter traumático? Una vuelta más a la concepción de Freud sobre las
neurosis traumáticas, será conveniente para iluminar algunas respuestas.

2.2.2. El traumatismo: terror provocado por un peligro de muerte

Como se ha expuesto anteriormente, el trauma originario es lo que estructura el


psiquismo en el sujeto, a partir del cual se definen las estructuras clínicas de
neurosis, psicosis, y perversión. Así mismo, se ha subrayado que un aspecto que
caracteriza los fenómenos de la compulsión de repetición y las reacciones de
defensa, en el trauma, es su independencia con respecto al resto de los procesos
psíquicos, que están adaptados a las exigencias del mundo exterior y se conducen
según las leyes del pensamiento lógico. Es decir, los efectos del trauma se
estructuran con independencia de la realidad y consiguen su satisfacción por fuera
de la misma, siendo aquello que Lacan llamará fantasma, sin duda apoyado en la
concepción de Freud79.

Lo que puede derivarse entonces es que hay acontecimientos que estructuran de


manera definitiva la lógica del inconsciente para un sujeto, y hay otros que inciden
fuertemente en el psiquismo, en tanto reactivan el trauma originario. El análisis de
estos se desprenderá de la teoría de Freud sobre las neurosis traumáticas, de las
cuales se ocupó a partir de 1917 en varios de sus textos, las cuales sobrevienen
cuando el sujeto ha experimentado el terror producido por graves accidentes que
conllevaron un peligro de muerte.

El terror es definido por Freud como “el estado en que se cae cuando se corre un
peligro sin estar preparado: destaca el factor de la sorpresa”80. Diferenciándolo de
la angustia, en la cual hay una expectación y una protección frente al peligro. En

79
El tema del fantasma es abordado en el capítulo 4: Las respuestas del sujeto.
80
Sigmund Freud, “Mas allá del principio del placer”, Op. cit., p. 13.

58
este orden de ideas, Freud no considera que la angustia pueda producir una
neurosis traumática; ya que en ella hay una protección contra el terror.

Freud califica a estas vivencias accidentales de “traumáticas” en tanto producen


una perturbación económica en la homeostasis psíquica: “La aplicamos a una
vivencia que en un breve lapso provoca en la vida anímica un exceso tal en la
intensidad de estímulo que su tramitación o finiquitación {Aufarbeitung} por las
vías habituales y normales fracasa, de donde por fuerza resultan trastornos
duraderos para la economía energética”81.

Puede verse que lo que las define como traumáticas son dos aspectos: primero, el
exceso que conlleva para el sujeto la vivencia, y segundo, el fracaso de su
tramitación; en lo cual se muestran plenamente coincidentes con las vivencias
traumáticas originarias. En este sentido la diferencia entre el trauma sexual
constitutivo y el traumatismo accidental, estaría dada por la presencia del terror
ante el peligro de muerte.

Freud encontró en el trabajo con sus pacientes que la vivencia accidental


traumática retornaba en los sueños de angustia de quienes habían padecido dicho
peligro de muerte. Es así como descubre la compulsión a la repetición, concebida
como un «eterno retorno de lo igual»; lo particular y esencial de dicha compulsión,
es que en ella el sujeto no repite las vivencias placenteras sino justamente
aquellas que no le han procurado placer alguno82. De este modo identifica que los
enfermos se hayan fijados psíquicamente al trauma, no pudiendo olvidar dicho
suceso. “Es como si estos enfermos no hubieran podido acabar con la situación

81
Sigmund Freud, “La fijación al trauma, lo inconsciente”, En: Conferencias de introducción al
psicoanálisis”, Obras completas, volumen 16, Buenos Aires, Amorrortu, 2º edición en castellano
1984, p. 252.
82
Aunque es a partir del estudio de las neurosis traumáticas y de guerra que Freud descubre la
compulsión a la repetición, ésta le permite entender los efectos llamados positivos del trauma
originario, mencionados en el apartado anterior. De modo que la compulsión a la repetición no es
exclusiva de las neurosis traumáticas puesto que también se presenta en las neurosis de
transferencia.

59
traumática, como si ella se les enfrentara todavía a modo de una tarea actual
insoslayable”83.

Al respecto Colette Soler reactualiza los planteamientos freudianos, diciendo que


mientras el trauma sexual originario se olvida, por haber sido inscrito en lo
inconsciente y cubierto por la amnesia infantil, los traumas de la civilización, como
ella los llama, no pueden ser olvidados justamente por no tener una inscripción
inconsciente, de manera que estos se caracterizan por el olvido imposible,
quedando sólo la vivacidad de la vivencia traumática84. En consecuencia lo que
Freud llamó neurosis traumática, correspondería a lo que Colette Soler llama
“traumatismos de la civilización”.

Lo interesante de la consideración de las neurosis traumáticas es que aunque en


ellas Freud pone el acento en el terror y el factor sorpresa de la vivencia
traumática, no concibe su efecto como algo independiente de las representaciones
inconscientes ni de la constitución pulsional del sujeto. Al respecto dice:

“Por todo lo que sabemos de la estructura de las neurosis más simples


de la vida cotidiana, nos parece muy improbable que una neurosis
pueda surgir por el mero hecho objetivo del peligro, sin participación
alguna de las capas inconscientes más profundas del aparato anímico
(…) mantenemos, pues, nuestra hipótesis de que el miedo a morir ha
de concebirse como análogo al miedo a la castración.”85.

Puede decirse entonces, que los traumatismos o traumas de la civilización, se


determinan en consecuencia con el trauma, o en otras palabras, sus efectos no
son independientes del modo en que el sujeto respondió frente al trauma
originario.

83
Sigmund Freud, “La fijación al trauma, lo inconsciente”, Op. cit.,p. 252.
84
Colette Soler, Trauma generalizado, Seminario Internacional, Asociación Foro del Campo
Lacaniano de Medellín, dictado en Medellín, septiembre 7,8 y 9 de 2007 (Inédito)
85
S. Freud, “Inhibición, Síntoma y Angustia”, Obras Completas, volumen II, Traducción por Luis
López Ballesteros, Biblioteca Nueva, Madrid, 1968.p.51

60
En este mismo sentido resalta el carácter singular del traumatismo, ya que una
determinada impresión no produce el mismo efecto traumático en todos los
sujetos, “en cierta constitución producirá el efecto de un trauma algo que en otra
no lo tendría”86.

Por su parte Lacan nos aporta en relación con el trauma la noción de tyche
tomada del vocabulario de Aristóteles y traducida como el encuentro con lo real,
un encuentro siempre azaroso, fallido, que no está regido por el principio del
placer, en otras palabras, se trata de un mal encuentro. La noción de Automaton
en cambio es el retorno de los signos, la insistencia de la red de significantes, la
inercia de lo simbólico orientada por el principio del placer Automaton es el
retorno de lo reprimido –Wiederkehr-, lo que constituye el inconsciente mismo.
Aquí lo real se define como “eso que yace siempre detrás del automaton”87.

La tyche se relaciona con el concepto de repetición - Wiederholen-, en tanto es el


encuentro traumático, lo que se repite, en este sentido Lacan define lo real como
“lo que vuelve siempre al mismo sitio – a ese sitio en que el sujeto en tanto que
cogita, no lo encuentra”88.

Siguiendo a Freud, Lacan plantea que una de las vías en que el trauma reaparece
en los procesos primarios, y a cara descubierta, es el sueño.

“El trauma es concebido como algo que ha de ser taponado por la


homeostasis subjetivizante que orienta todo el funcionamiento definido
por el principio de placer. Nuestra experiencia nos plantea entonces
un problema, y es que, en el seno mismo de los procesos primarios,
se conserva la insistencia del trauma en no dejarse olvidar por
nosotros.”89

86
S. Freud, “Moisés y la religión monoteísta”, Op. cit., p. 70.
87
Jacques Lacan, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Op.cit., p. 62.
88
Ibíd, p.57.
89
Ibíd., p. 63.

61
En este punto cabe la pregunta ¿Se está refiriendo Lacan en esta cita al trauma
sexual originario o a los traumas accidentales, también llamados traumatismos?
Podría arriesgarse una respuesta.

Teniendo en cuenta que una de las condiciones planteadas por Freud para que
una vivencia tenga carácter traumático es la fijación del sujeto a la misma, esta
fijación comporta siempre una insistencia del trauma, en tanto éste siempre
retorna. Ahora bien, dicho retorno puede darse por dos vías. Una, es la vía
simbólica, en la cual lo traumático aparece bajo la forma de los síntomas, de la
fantasías, de los sueños, es decir de las formaciones del inconsciente, no
dejándose olvidar, lo que no implica que la vivencia sea recordada a nivel
consciente. Se trata más bien, como Freud lo llamaba, de un recuerdo en acto.

La otra vía, es el imposible de olvidar, como retorno de lo real, bajo la forma de la


angustia o los pasajes al acto, en los cuales el sujeto se infringe un daño como si
le viniera del Otro o como si estuvieran dirigidos al Otro. Ahora bien, ¿cuáles de
los niños entrevistados dan cuenta de esta dimensión traumática como un mal
encuentro, imposible de olvidar? En esta vía podrían situarse las manifestaciones
de algunos de los niños entrevistados, como lo es por ejemplo la alta
accidentabilidad de Marlon, el acto de comer vidrios y de herirse con alambres de
Aquila, o la asfixia de Pacho Malo90.

En el caso de Camila puede conjeturarse que lo que hace trauma para esta niña
es el maltrato de la madre, vía la muerte de su hermanito, es decir, esta muerte es
lo que pone al sujeto frente a lo real, en tanto punto extremo al que ha llegado el
exceso pulsional de su madre, quien con sus golpes frecuentes y brutales y la falta
de alimento, ha causado la muerte de su hijo.

Puede plantearse que este acontecimiento en tanto traumático conserva su


insistencia en calidad de un real imposible de olvidar para Camila, ya que no

90
Ver Anexo 1 en el cual se hace una presentación de los niños entrevistados.

62
puede ser olvidado ni en la vida despierta ni en los sueños de angustia, lo que
evidencia cuando dice: “yo siempre mantengo pensando en eso. Yo no hay un día
que pare de pensar en eso, siempre pienso en ello (…) y ya ahí, cuando rezo me
acuesto”91.

Con respecto a la pregunta formulada al final del apartado anterior puede en este
punto arriesgarse una repuesta: si las vivencias dolorosas generadas por las
heridas narcisistas y por la imposibilidad de satisfacer las mociones pulsionales
dirigidas a los objetos edípicos, producen un efecto traumático entendido éste
como daño imaginario o como falta simbólica; la agresión del Otro materno y /o
paterno, puede ubicarse en cambio, para algunos niños, del lado del traumatismo
o del daño irreparable, entendido éste como un encuentro con un exceso
intramitable que no logra una inscripción en lo inconsciente y por ende es
imposible de olvidar.

El hecho de que generalmente este tipo de excesos sobre el niño sean reportados
como viniendo de una persona tan íntima y entrañable como lo es el padre y/o la
madre, de quienes el niño depende por su condición de desvalimiento, hace
necesario una revisión de los planteamientos psicoanalíticos sobre las funciones
del Otro paterno y materno, que permitan situar el estatuto que tiene el Otro
parental en el maltrato, a lo cual se dedicará el capítulo siguiente.

91
Los sueños de angustia de Camila son expuestos en el capítulo 4 Respuestas del sujeto.

63
3. EL ESTATUTO DEL OTRO EN EL MALTRATO

“Las funciones del padre y de la madre se juzgan según una tal necesidad. La de
la madre: en tanto sus cuidados están signados por un interés particularizado, así
sea por la vía de sus propias carencias. La del padre, en tanto que su nombre es
el vector de una encarnación de la ley en el deseo” (Lacan, 1988)

INTRODUCCIÓN

La pregunta por las posiciones subjetivas de niñas y niños agredidos por sus
padres, implica de manera fundamental situar claramente el concepto de la
función paterna y materna en tanto Otro de donde proviene la agresión.

El psicoanálisis nos enseña que tanto el padre como la madre participan de tres
registros distintos, a saber, lo imaginario, lo simbólico y lo real, funciones que no
están determinadas por el vínculo de consanguinidad, ni por su rol a nivel
sociológico, sino por aquello que agencian en cuanto a la constitución psíquica del
sujeto y a los efectos que a nivel inconsciente se inscriben a partir de la relación
con las figuras del Otro que han intervenido en su historia particular. De este modo
la función debe entenderse enmarcada en una estructura familiar, en la cual cada
lugar se define por relación a otros: función del padre, función de la madre, niño,
falo.

Para entender el estatuto que tiene el Otro que agrede en la subjetividad del niño,
es necesario retomar los planteamientos psicoanalíticos aportados por Freud y por
Lacan con respecto a las funciones imaginaria, simbólica y real, tanto de la madre
como del padre.

3.1 LA MADRE: DE SU FUNCIÓN SIMBÓLICA A LA POTENCIA DE SU


CAPRICHO

Cuando se habla de la madre en el psicoanálisis es importante comenzar


haciendo dos precisiones fundamentales. La primera, es que una mujer no se
hace madre por parir un hijo. El ser madre implica un deseo inconsciente por un

64
hijo, el cual no equivale a las ganas o antojo de tenerlo, o a que éste sea o no
planeado, puesto que dicho deseo está ligado al proceso de constitución subjetiva
de una mujer. Como lo mostró Freud en su teorización sobre la sexualidad
femenina, el deseo de un hijo se estructura a partir del atravesamiento edípico de
la niña por la castración, ya que es allí que ella se confronta con su falta fálica y
que surge la envidia del pene. Frente a esta envidia de tener eso que no tiene, un
niño puede constituirse para una mujer en un objeto sustitutivo del falo,
resolviendo esta falta por la vía del tener fálico. Es así como para una madre, el
hijo puede venir en el lugar del objeto que la colma, suturando imaginariamente su
falta, y por consiguiente siendo investido con su amor, de lo contrario, éste hijo
quedaría por fuera de su deseo.

La segunda precisión, es que el deseo de la madre no es el deseo de la mujer.


Esto quiere decir, que mientras el deseo de la madre tiene por objeto a su hijo,
éste no satisface el deseo de la mujer. En este sentido, Colette Soler plantea que
el ser mujer no se resuelve por completo en el tener fálico. El deseo de la madre y
el deseo de la mujer, pueden excluirse o coexistir en diversas formas.

(…) La variedad de formas de la madre se despliega entre los dos extremos


y va de la madre demasiado madre, que encierra al niño, hasta la madre
demasiado mujer, ocupada en otras cosas, hasta ser a veces tan Otra, que
allí uno no se logra ubicar. Habría que introducir aquí muchos matices 92

Estos extremos de los que nos habla Colette Soler, permiten situar la diferencia
que existe entre la madre, toda madre, que ubica a su hijo como objeto que la
colma, dirigiendo hacia él no sólo los cuidados sino toda su libido, donde su
“pasión materna” no tendría límite; y la mujer, toda mujer, dedicada por completo a
satisfacer su propio goce, quien no da lugar al deseo de un hijo, conllevando en
algunos casos a la renuncia de tener un hijo o en otros, a que aún teniéndolo, no
asuma su función de madre, dejando al niño por fuera de su amor y su deseo.

92
C. Soler, Lo que decía Lacan de las mujeres, Medellín, No Todo, 2004, p.116.

65
Si bien la pasión materna, como la llama la autora, puede producir daños no por
falta de amor sino por exceso, también en el otro extremo, que es el que aquí
interesa, puede encontrarse la dimensión del maltrato cuando la madre no se
ocupa de su hijo, pues se encuentra demasiado ocupada con su propio goce, de lo
cual dan cuenta, como se verá más adelante, algunos niños en sus testimonios.

3.1.1 La función simbólica del amor materno: “Una buena madre es…”

Si tomamos a Freud, la función de la madre en tanto Otro primordial, puede


rastrearse a partir de la observación, verificable sin lugar a dudas, del desamparo
originario en que se encuentra la criatura humana al nacer, desamparo biológico y
psíquico, nos dice el autor. Sin el auxilio del otro, de sus cuidados, atenciones y
protección, el pronto destino del recién nacido es la muerte, de allí que su
ausencia constituya una gran fuente de peligro, ya que “el organismo humano es
al comienzo incapaz de llevar a cabo la acción específica”93, que es aquella
alteración en el mundo exterior capaz de eliminar por un tiempo el
desprendimiento de tensión en el interior del cuerpo. Es entonces la intervención
de un individuo auxiliador experimentado, la que va a posibilitar la descarga de la
tensión y la supresión del estímulo endógeno, cobrando así la función secundaria
del entendimiento (Verständigung o comunicación).

Esta función del entendimiento o comunicación que se inscribe en la relación


primitiva del niño con el otro auxiliador, es retomada por Lacan, haciendo ingresar
la categoría del Otro, como lugar de la palabra, del código, tesoro de significantes,
definido como “sistema sincrónico de significantes que rige para el sujeto la
entrada a la satisfacción buscada e impone por lo mismo, retroactivamente, a la
necesidad una estructura quebrada, que resulta de su pasaje por el molino de
palabras”94. Este lugar va a ser ocupado en primera instancia por la madre, ya que
ella no debe ser simplemente un otro cuidador, auxiliador, sino que se espera que
93
S. Freud, “Proyecto de Psicología para neurólogos”, Obras completas, volumen 1, Buenos Aires,
Amorrortu, 2ª edición en castellano 1986, p. 362.
94
J. Lacan, El deseo y su interpretación, El seminario, libro 6, Buenos Aires, Paidós, 1977, p. 131.

66
pueda hacer pasar las necesidades del niño por el registro significante, haciendo
retornar el mensaje al niño en forma invertida, dotándolo de significación, esto es,
que pueda responder desde el lugar del Otro. En este sentido la necesidad una
vez pasa por el Otro como lugar del código, no vuelve a ser más una necesidad
natural: el lenguaje desnaturaliza la necesidad. “El lugar del código se sitúa en el
Otro, y en primer lugar en el Otro real de la primera dependencia”95.

Dicha intervención del Otro al hacer pasar la necesidad por el registro significante,
posibilita que se instaure de este modo la demanda. En este sentido Lacan
plantea que “la demanda por sus necesidades articulatorias, desvía, cambia,
traspone la necesidad”96. Esto quiere decir, que la necesidad simplemente se
satisface o no se satisface, ya que por definición se encuentra condicionada a
unos objetos específicos de satisfacción, sin embargo la necesidad en tanto que
tramitada por la intervención del Otro y por su deseo, es elevada al estatuto de
demanda, ingresando al registro de lo simbólico y constituyéndose como demanda
de amor.

Al respecto Miller, siguiendo a Lacan, diferencia dos niveles de la demanda, “una


demanda en el nivel de la necesidad y otra en el nivel del amor. Hay una
dependencia a nivel de un Otro que tiene lo necesario para satisfacer la necesidad
y está el Otro de cuyo amor depende el sujeto”97.

Pulsión
Demanda al Otro que no tiene (de amor)
Deseo
Demanda al Otro que tiene (en relación con la necesidad)
Necesidad

95
Ibíd.
96
Jacques Lacan, Las formaciones del inconsciente, Op.cit., p. 389.
97
Jacques- Alain Miller, Lógicas de la vida amorosa. Buenos Aires, Manantial, 1991, p. 51.

67
La importancia de este esquema que propone Miller98, es que nos permite
diferenciar un nivel de la demanda en la que el Otro puede o no responder a partir
de lo que tiene, que en términos freudianos, sería la acción específica que
permitiría reducir la tensión del estímulo la cual es incapaz de descargar el niño
por su condición de desvalimiento originario, de otro nivel de la demanda que se
dirige al Otro en lo que éste puede aportar por su pura presencia, como demanda
de amor donde se inscribe el don, en tanto se da a partir de lo que no se tiene. El
don implica todo el ciclo del intercambio en el que se introduce el sujeto, de allí su
carácter esencialmente simbólico.

Estos planteamientos cobran importancia en el análisis del maltrato cuando éste


se encuentra ligado a la relación con la madre, en tanto para el niño el maltrato
puede darse por la no satisfacción de sus necesidades por parte del Otro, en el
sentido de no dar lo que puede dar, lo que tiene, o cuando el Otro no ofrece
pruebas de su amor o incluso ofrece pruebas de su desamor.

La no satisfacción de la necesidad puede ser interpretada por los niños como


maltrato, como lo evidencian Camila y José, al reprocharle a la madre la falta de
cuidados, pues eran ellos quienes tenían que salir a la calle a buscar la comida, y
Camila era quien cocinaba para sus hermanitos, así mismo, esta niña denuncia las
condiciones de desaseo en que vivían, y manifiesta como queja el tener que
dormir en un colchón lleno de gusanos que se le metían en el cuerpo.

Para Camila su madre es mala por no cuidar a sus hijos, dice que una madre debe
querer y cuidar a sus hijos y su madre no hacía esto con ellos, “no recuerdo nada
bueno de ella porque ella era mala conmigo y como va a recordar uno si ella no le
hace las cosas bien como se las debe hacer a una hija de ella, ¿si o no?”. Para
Camila una buena madre es aquella:

98
Ibídem

68
“que le da lo que necesita el niño, y tratarlo bien y no pegarles, nada mas los
castigos, decirle te vas pa´ allá, no vas a ver televisión y cuando te calmes
vienes. Castigos nada más, que no le están pegando a uno, que no estén
sin que les den comida, (…) quién va a recordar cosas buenas de la mama si
no hace las cosas por pereza de estar con uno.”

Lacan indica que para que el niño pueda discernir la intención de amor del Otro
de su voluntad de daño, es necesario que se haya instituido el orden simbólico
como tal, esta institución es la que diferencia el capricho del Otro de un acto
dirigido a sancionar una falta.

Para ilustrar esto ahora en términos psicológicos (…) la intencionalidad


de amor constituye muy precozmente, antes de cualquier más allá del
objeto, una estructuración fundamentalmente simbólica, imposible de
concebir sin plantear que el propio orden simbólico está ya instituido y
presente. La experiencia nos lo demuestra. Como la señora Susan
Isaacs nos hizo observar hace ya mucho tiempo, desde una edad muy
precoz un niño distingue un castigo de un maltrato arbitrario. Incluso
antes de hablar, un niño no reacciona de la misma forma ante un golpe
que ante una bofetada99.

Puede verse que Camila diferencia claramente el castigo del maltrato, el cual no
solamente se da por las agresiones físicas, y los insultos, sino también por la
negligencia, que en sus palabras es “no darle lo que el niño necesita, no cuidarlos
y no estar con él”. Para ella una mala madre no es aquella que castiga sino
aquella que maltrata. Con respecto a los insultos dice “nos decía cuando no
queríamos obedecerle en algo a ella entonces empezaba a decir puras groserías
ahí, entonces, cuando no me hagan caso les voy a seguir diciendo groserías.” Por
su parte Manuela refiere de su madre que es “irresponsable”, por no comprarles
comida, gastarse el dinero en cervezas y dormir todo el día.

En las quejas de estos niños por la falta de cuidados por parte de la madre,
subyace un reclamo bien por la falta de amor o por la evidencia del desamor.
Mientras Camila, dice que su madre no la quiere y que es una mala madre,
interpretando la falta de cuidados como una prueba de desamor, Manuela sólo

99
J. Lacan, La relación de objeto, Op. Cit., p. 189.

69
puede nombrar, con gran dificultad, que su madre es irresponsable. Contrastando
con lo anterior, puede verse que para Aquila el hecho de que la madre los haya
entregado a Bienestar Familiar a ella y a su hermanito por no tener dinero para
alimentarlos, es considerado como un acto de amor.

Siguiendo el esquema de Miller, el deseo del Otro, se inscribe entre los dos
niveles de la demanda. Está más allá de la demanda de la satisfacción de las
necesidades, puesto que si bien esta satisfacción es lo que puede salvar al niño
de la muerte, dada su impotencia y desvalimiento, no es suficiente para hacerlo
existir como un sujeto, lo cual sólo puede darse en tanto la madre como Otro
primordial aloje al niño en su deseo, el cual es inconsciente.

Al respecto Lacan plantea:

“La función de residuo que sostiene (y a un tiempo mantiene) la


familia conyugal en la evolución de las sociedades, resalta lo
irreductible de una transmisión –perteneciente a un orden distinto al
de la vida adecuada a la satisfacción de las necesidades- que es la
de una constitución subjetiva , que implica la relación con un deseo
que no sea anónimo”100.

En el segundo nivel de la demanda, al Otro que no tiene, ésta siempre queda


insatisfecha en la medida en que lo que el niño le demanda al Otro apunta a su
ser, y este ser por estar atravesado por la falta, sólo puede ofrecer su amor desde
su propia incompletud. En este sentido el niño tiene siempre que confrontarse con
la frustración, entendida por Lacan como un daño imaginario y por Freud como
una herida narcisista. Con relación al tema que nos ocupa es necesario diferenciar
la imposibilidad estructural de que el Otro primordial satisfaga por completo la
demanda de amor del niño, la cual puede ser interpretada por éste como “El Otro
no me ama lo suficiente”, propia de la queja del neurótico, de la situación que se
presenta en el maltrato cuando el niño lo que percibe es el desamor.

100
Jacques Lacan, “Dos notas sobre el niño”, en Intervenciones y textos 2, Buenos Aires,
Manantial, 1988, p.56.

70
3.1.2 El maltrato materno como exceso pulsional: “me pegaba con una
correa de cuero y con alambre así de luz que no servía”

Cuando la madre deja de responder al llamado del niño, cuando responde a su


arbitrio, a su capricho, se convierte en real, en tanto hace uso de su potencia,
puesto que de ella depende de forma absoluta el don o el no don. Es aquí donde
Lacan va a ingresar la dimensión de la omnipotencia materna, la Wirklichkeit, que
en alemán identifica omnipotencia con realidad101.

Lacan plantea que en el encuentro de la demanda del sujeto con el Otro en el


capricho de su disposición, queda atrapada una referencia al deseo. En este punto
el niño identifica un deseo en la madre al cual él mismo va a identificarse, a
adherirse, de modo que su deseo se constituye como deseo del Otro. Pero este
deseo de la madre es en su fundamento insaciable, por lo cual el niño para
satisfacer lo que no puede ser satisfecho, se hace señuelo, objeto falaz que
cautiva el deseo del Otro. “Esta madre insaciable, insatisfecha, a cuyo alrededor
se construye toda la ascensión del niño por el camino del narcisismo, es alguien
real, ella está ahí, y como todos los seres insaciables, busca que devorar querens
quem devoret”102. Esta figura devoradora se la representa el niño como unas
fauces abiertas.

Esta representación del deseo de la madre, será retomada por Lacan en el


seminario XVII, bajo la figura metafórica de la boca abierta del cocodrilo:

“El deseo de la madre no es algo que pueda soportarse tal cual, que
pueda resultarles indiferente. Siempre produce estragos. Es estar
dentro de la boca de un cocodrilo, eso es la madre. No se sabe que
mosca puede llegar a picarle de repente y va y cierra la boca. Eso es el
deseo de la madre”103.

101
J. Lacan, La relación de objeto, Op. cit., p.187.
102
Ibíd., p. 197.
103
J. Lacan, El reverso del psicoanálisis, El Seminario, libro 17, Buenos Aires, Paidós, 1999, p.
118.

71
Lacan nos dice que la función de la madre comporta una ley, en tanto ella es un
ser hablante, tocado por el significante, pero esta ley es incontrolada, caprichosa,
de allí que el niño se sitúe con respecto a ella en el lugar de súbdito "es un súbdito
porque se experimenta y se siente de entrada profundamente sometido al capricho
de aquello de lo que depende, aunque este capricho sea un capricho
articulado"104.

Es importante resaltar que según Lacan, este capricho es articulado, es decir, que
no está completamente por fuera del significante; no obstante en este capricho
hay una dimensión pulsional por fuera de lo simbólico. Esto permitiría diferenciar el
sometimiento del niño al deseo de la madre, del sometimiento al goce de ésta,
vehiculizado en las formas extremas de exclusión, flagelación, daño o muerte.
Mientras el primero introduce una dimensión alienante constitutiva, en la medida
en que permite al niño alojarse en el deseo del Otro por procuración, esto es
desear el objeto de deseo del Otro, como se mencionó anteriormente; la segunda
deja al niño por fuera del amor del Otro, a merced de los estragos de la pulsión de
muerte.

A este capricho de la madre se refirió Lacan como el pisoteo del elefante en el


texto Subversión del sujeto y dialéctica del deseo, diciendo que es “el que
introduce el fantasma de la Omnipotencia no del sujeto, sino del Otro donde se
instala su demanda (…) y con ese fantasma la necesidad de su refrenamiento por
la ley”105. Puede verse cómo la función materna está atravesada por un deseo
insaciable, caprichoso, enigmático para el niño, regido por una ley arbitraria, la
cual sólo puede ser refrenada por una ley distinta, de otro orden, en tanto
comporta una regulación, un límite a la relación incestuosa y agresiva que se da
en el registro de lo imaginario, ésta ha sido denominada como la ley del padre 106.

104
J. Lacan, La relación de objeto, Op. cit., p. 195.
105
J. Lacan, “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconciente freudiano”, Escritos II,
Madrid, Siglo XXI, 1999, p. 793.
106
La ley del padre se abordará en el siguiente apartado, no porque se considere que estas
problemáticas estén separadas sino porque la finalidad específica en este punto es demostrar el

72
Cuando esta ley no opera, se exacerba esta omnipotencia materna la cual puede
expresarse a través del maltrato.

De las demandas ilimitadas del Otro materno y de su dimensión pulsional nos


habla Camila quien no sólo siente que su madre no la quiere a ella sino a todos
sus hermanos, y relata como una prueba fehaciente de ello la muerte de uno de
sus hermanitos

“es que mire que se murió uno, ella dizque le pegaba mucho a él cierto, al
niño, le pegaba y después dijo, a lo último que eso era mal de ojo, yo no sé
si será verdad. (…) Y bueno entonces ella dijo que era eso, y todos le
creyeron a ella y eso era mentiras de ella, ella a toda hora era pegándole a
ese niño, que pesar. (…) y a lo último una señora me dijo que ella paso por
ahí con el niño y que tenía las manos ensangradas, que yo no sé qué,
entonces que cuando llegaron allá el niño estaba dizque muerto. Así me
dijeron (…) ella le mantenía pegando y no le daba comida, le pegaba todo
duro y lo tiraba a la cuna así, y le daba en la cabecita y se ponía a llorar que
pesar, yo siempre mantengo pensando en eso. Yo no hay un día que pare
de pensar en eso, siempre pienso en ello y vuelvo a pensar y ya ahí, cuando
rezo me acuesto.”

Podría pensarse que la muerte de su hermanito es aquello que confronta a Camila


con el exceso pulsional de una madre que no encuentra un límite a su pulsión
agresiva hacia sus hijos, la cual pareciera no ser contenida por el amor. En este
relato puede verse que si bien en un primer momento la niña dice “no sé si será
verdad” que la causa de la muerte fue el mal de ojo, luego afirma “eso era
mentiras de ella”, es decir, todos le creyeron menos Camila, que sabe de la
ferocidad de la que es capaz su madre. Su hermanito dejó existir, y ella también
se siente como si no existiera para la madre,“(…)nos dejaron a nosotros por ahí
así tirados por ahí en la calle como si uno no fuera nada de ella y como si uno no
existiera”.

Otra manera en que Camila evidencia el exceso del goce de la mujer en su madre,
es cuando dice “uno tenía que hacerle todo a ella, mientras ella pasaba bien

estatuto del Otro materno cuando las agresiones provienen particularmente del personaje que lo
encarna.

73
bueno en la cama con E (su padrastro)”. Además la madre en las noches la
llevaba a las discotecas donde iba a divertirse, exponiendo en varias ocasiones a
la niña a ser objeto del goce sexual. Camila narra las situaciones en que fue
violada por diversos hombres, siendo estas propiciadas por su madre, quien tenía
conocimiento de lo que ocurría. Camila se refiere a esto diciendo:

“él le decía a mi mamá que me dijera a mí de que fuera por una comida y
así entonces mi mamá decía: ah bueno, entonces después me decía a mí:
Camila vaya por una comida allá donde G, ella sabía cierto, entonces le
decía amá yo voy a ir con José (hermano); no, va usted sola, entonces yo
iba sola y él decía: entre pues, entre pues, regañándome; entonces yo
tenía que entrar, entonces, espere que ya le estoy sirviendo la comida (…)
y tenía una cama ahí a un lado, llegó y me tiro”.

Camila da cuenta cómo su madre se ubica en el extremo de la “madre demasiado


mujer”, tal como lo nombra Colette Soler, en la cual ese goce Otro, que Lacan
denominó loco, indescifrable, opaco “hace de la madre, en su querer inconsciente,
una mujer que no se ocupa absolutamente para nada del niño fálico” 107. Se tiene
entonces que el goce de la mujer se vuelve extremo cuando no está presente el
deseo de la madre por el hijo, el cual posibilita que éste hijo no quede en el lugar
de objeto abandonado, agredido, desechado y hasta eliminado. Lo que no quiere
decir que una mujer para ser madre, tenga que renunciar a su goce de mujer,
pues, como se indicó anteriormente, es ese goce el que evita los extremismos
maternos de una “madre demasiado madre”, ya que da entrada a la función
paterna, como un Otro que introduce el límite entre la madre y el hijo.

Ahora bien, ¿qué nos dice José, hermano de Camila? José se identifica diciendo
“nosotros somos de Bienestar porque nos pegaban mucho”. Manifiesta que su
madre y su padrastro les pegaban, a él y a sus hermanitas. Con respecto a las
agresiones de su madre dice: “me pegaba con una correa de cuero y con alambre
así de luz que no servía”. Para él el motivo, por el cual recibía constantes golpes,
era que no lavaba la loza, lo cual aunque puede ser solo el motivo aparente,

107
C. Soler, Lo que decía Lacan de las mujeres, Op. Cit., p.122.

74
pareciera serle suficiente. Además de esto, cuenta que los oficios de la casa
tenían que ser realizados por él y sus hermanitas, porque su mamá dormía todo el
día, dice “ella mantenía en la casa y salía a las discotecas a bailar y a nosotros
nos dejaba en la casa solitos”.

Puede decirse que para José su madre no cumple la función que el esperaría que
cumpliera, pues prefiere irse a bailar en lugar de ocuparse de sus hijos, es decir,
cuidarlos, alimentarlos, darles el estudio, llevarlos de paseo y ocuparse de las
labores del hogar. Sin embargo, él no da cuenta de la dimensión pulsional de la
mujer que hay en su madre de una forma tan dramática y feroz como sí lo hace
Camila, quien tiene muy claro que ella es una mala madre y no quiere volver a
vivir con ella, pues teme de los alcances de su pulsión agresiva.

En el caso de Tania su madre ha realizado un acto108 que, desde el punto de vista


del fenómeno como tal, es excesivo, ya que al quemarle las manos le produjo un
daño físico que atenta contra su bienestar, por lo cual fue tomada la medida de
protección. No obstante, a partir de su testimonio, podría decirse que este acto
para Tania es significado como castigo por lo que no está por fuera de lo
simbólico, pues refiere, tomando las palabras de su madre, que si ella no hubiera
robado esa cantidad de dinero, no la habría quemado, como no lo había hecho
cuando en anteriores ocasiones ella le había robado “para mecatiar”. La dimensión
pulsional que habita a la madre es recubierta por la dimensión simbólica,
permitiéndole a Tania ver el acto violento como una sanción a una falta cometida
por ella, frente a la cual se ubica como siendo culpable. Este caso ilustra cómo “la
voluntad materna riñe a veces con su amor”109, pudiendo el niño constatar los
alcances de su autoridad y su capricho.

En el caso de Manuela, al revisar los informes de la institución se encuentra que


en las entrevistas con el psicólogo y en la Fiscalía, la niña dijo que su mamá le

108
Acto de quemarle las manos, en el cual participó el padrastro ayudándole a la madre a
amarrarle las manos a la niña, echarle alcohol y prenderle fuego.
109
C. Soler, Lo que decía Lacan de las mujeres, Op. cit., p. 111.

75
pegaba mucho con palo, con varilla, con correa y chancla y le decía groserías,
afirmando que su mamá estaba borracha cuado la golpeaba. Comentó así mismo
que en una ocasión su mamá le arañó la cara porque se le habían perdido las
llaves. En el informe de la Fiscalía se encuentra la siguiente afirmación de
Manuela “Mi mamá me trataba mal, porque mis hermanitas hacían los daños y
ellas decían que había sido yo”. Con respecto a la situación por la cual fue dictada
la medida de protección dice: “una vez mi mamá estaba brava conmigo y me tiró
una manteca caliente en el estómago”.

Como se ha expuesto anteriormente, la función de la madre tiene que ver, de un


lado, con el amor y el cuidado hacia el hijo, asegurando su vida debido al
desvalimiento primordial en que el niño se encuentra, y de otro lado, con su
inclusión en un deseo que no sea anónimo, lo cual le posibilite su existencia como
sujeto. En consecuencia, puede decirse, que los actos de abandono o de
crueldad, no se ejercen desde la función simbólica de la madre sino desde la
posición extrema en la que el goce de mujer, caprichoso y excesivo, excluye el
deseo de la madre hacia su hijo.

3.2 LA FUNCIÓN DEL PADRE

Freud se ocupó del padre en muchas de sus obras110, otorgándole una función
esencial en el complejo de Edipo, ya que es él quien introduce la prohibición de
la satisfacción pulsional del niño dirigida hacia la madre, exigiéndole renunciar a
ésta como objeto de gratificación sexual: "es la autoridad parental, especialmente
la del todopoderoso padre con su amenazante poder punitivo, la que induce al
niño a las renuncias instintuales, la que establece qué está permitido y qué está
vedado"111.

110
Véase: Tótem y Tabú; Moisés y la religión monoteísta; El sepultamiento del complejo de Edipo,
entre otras.
111
S. Freud, “Moisés y la religión monoteísta”, Obras Completas, Vol. III. Madrid, Editorial
Biblioteca Nueva, 1968, p. 271.

76
Esta función del padre lo convierte en un ser honrado, temido y aborrecido a la
vez; se le honra por su plenipotencia, es decir, su voluntad de poder, la cual exige
obediencia para no perder su amor, se le teme porque puede castigar si se
transgreden sus mandatos y se le aborrece por la pérdida de satisfacción que
exige. Es una relación marcada por una profunda ambivalencia, "la voluntad
paterna no sólo era algo que no se debía tocar, algo acreedor a todos los honores,
sino también algo que sobrecogía de horror, pues exigía una dolorosa renuncia
instintual"112.

Si bien Freud destacó varias dimensiones del padre, fue Lacan quien diferenció
las funciones imaginaria, simbólica y real de éste, con el propósito de esclarecer
cómo intervienen en el Edipo y cómo debían ser entendidas las carencias del
padre. Estas funciones cobran importancia en el abordaje del maltrato puesto que
permiten entender cómo operan cuando es el padre quien ejerce la agresión y su
incidencia en la posición subjetiva del niño.

3.2.1 El padre imaginario: idealizado o terrorífico

El padre imaginario es construido por el sujeto en la dialéctica intersubjetiva que


se moviliza entre la idealización y la agresividad. Puede ser el padre enaltecido y/o
el terrorífico, ya que en el nivel imaginario se juegan tanto las relaciones libidinales
como las agresivas.

El padre idealizado es engrandecido por sus virtudes, por su heroísmo, por su


saber, dotado de todo el poder, la fuerza o la sabiduría, como bien lo señala
Freud, el anhelo de parecerse a los padres, “de ser grandes como ellos, es el
deseo más intenso y grávido en consecuencias de los años infantiles”113.

112
Ibíd., p. 273.
113
S. Freud, “La novela familiar de los neuróticos”, Obras completas, volumen 9, Buenos Aires,
Amorrortu, 2ª edición en castellano, 1986, p.217

77
De acuerdo con lo planteado por Freud, se dan dos tipos de identificación con el
padre, la primera de carácter preedípico en la cual el niño toma al padre como su
ideal, “querría crecer y ser como él, hacer sus veces en todos los terrenos” 114,
ubicándose en una posición masculina. La segunda es edípica, y se da gracias a
que el padre se hace preferir a la madre, en tanto es quien tiene el falo, lo cual le
permite al niño adquirir los títulos de la virilidad, y no quedar preso del servicio
sexual de la madre115. En los casos en que se da el Edipo invertido, el niño toma
por objeto de amor al padre situándose en una posición femenina para hacerse
amar por el padre tal como ama a la madre, del mismo modo la niña dirige su
libido hacia el padre esperando ser amada por él.

En la niña, el amor hacia el padre es lo que le permite ingresar en el Edipo,


identificándose con éste, en tanto es él quien tiene el falo y no la madre, para
tratar de aprehender por la vía imaginaria eso que ella no tiene. “El acceso de la
mujer al complejo edípico, su identificación imaginaria, se hace pasando por el
padre, exactamente al igual que el varón, debido a la prevalencia de la forma
imaginaria del falo, pero en tanto que a su vez ésta está tomada como el elemento
simbólico central del Edipo”116. La niña espera del padre que éste la compense de
su falta, otorgándole un hijo como sustituto del falo.

Ahora bien, es función del padre privar a la niña de ese falo que ella espera de él,
no tomándola como su objeto de su deseo, introduciendo de este modo la
dimensión de la falta simbólica que la constituye como un sujeto deseante. Se
trata de que ella reconozca que no lo tiene y que su padre tampoco puede dárselo,
para que su deseo pueda dirigirse más adelante hacia otro hombre. Si el padre no
se hace preferir a la madre, la niña podrá quedar fijada a esta última. Dicha
fijación podría dejarla ubicada como el objeto que obtura el deseo de la madre o
como el objeto de su hostilidad y su agresión.

114
S. Freud, “Psicología de las masas y análisis del yo”, Obras completas, volumen 18, Buenos
Aires, Amorrortu, 2ª edición en castellano 1984, p. 99.
115
J. Lacan, Las formaciones del inconsciente, Op. cit.,p.201
116
J. Lacan, La psicosis, el Seminario, libro 3, Buenos Aires, Paidós, 1984, p. 251.

78
Por otra parte se encuentra el padre terrorífico, siendo la otra cara del padre
imaginario, el cual no se corresponde de manera directa con el padre de la
realidad:

“El padre imaginario también participa de este registro y presenta


características típicas. Es el padre terrorífico que reconocemos en el
fondo de tantas experiencias neuróticas, y no tiene en absoluto,
obligatoriamente, relación alguna con el padre real del niño. Vemos
intervenir frecuentemente en los fantasmas del niño a una figura del
padre, y también de la madre, que, con todos sus aspavientos, sólo
tiene una relación extremadamente lejana con lo que ha estado
efectivamente presente en el padre real del niño, únicamente está
vinculada con la función desempeñada por el padre imaginario en un
momento del desarrollo” 117.

Esta figura terrorífica, si bien es una construcción fantasmática del sujeto, está
vinculada como lo dice Lacan, con la función desempeñada por el padre
imaginario en el Edipo, la cual consiste en la privación fálica, o en otras palabras,
en la interdicción del goce. Es decir, que debido a esta función privadora, el padre
se torna para el niño en un obstáculo que le impide acceder a la madre como
objeto sexual, generándose así mociones agresivas hacia éste. Pero esta
agresividad que se origina en el sujeto, es proyectada en el plano imaginario al
padre, por lo que el niño le atribuye intenciones agresivas idénticas a las suyas o
reforzadas; de este modo experimenta como viniendo del padre la agresividad que
en realidad tiene su punto de partida en él mismo. Al respecto concluye Lacan “el
temor experimentado ante el padre, es netamente centrifugo, quiero decir que
tiene su centro en el sujeto”118.

En la medida en que el niño pierde en esa confrontación imaginaria con el padre,


en el sentido de aceptar que la madre no le pertenece y que no puede aún hacer
uso de su órgano sexual para satisfacerla, gana el acceso a una posición
masculina y logra separarse de la madre, pudiendo devenir como sujeto deseante.

117
J. Lacan, La relación de objeto, Op. cit., p. 222
118
J. Lacan, Las Formaciones del inconsciente, Op. cit., p. 174.

79
Teniendo en cuenta que la relación agresiva y rivalizante con el padre parte del
sujeto y se ubica en el plano imaginario, cuando el niño en lugar de vivenciar el
temor a la agresividad del padre como una amenaza imaginaria, experimenta su
agresión en el plano real, se refuerza la imagen del padre terrorífico, puesto que
comprueba los alcances de su poder.

Para esta investigación cobra valor la comprensión y análisis del estatuto


imaginario del padre, puesto que en algunos niños entrevistados éste está
presente, bien en su dimensión idealizada, recubriendo la hostilidad proveniente
del padre, bien en su dimensión terrorífica, redoblando los efectos de la
agresividad imaginaria.

A pesar de ser el padre quien agencia el maltrato, la versión idealizada de éste


puede conservar su lugar, porque el niño necesita erigir un padre omnipotente que
le provea protección y amor, pues de lo contrario no sólo se vería enfrentado a su
condición de desvalimiento, sino que la pérdida de su amor lo dejaría expuesto a
su agresión, como bien lo indica Freud: “Si pierde el amor del otro, de quien
depende, queda también desprotegido frente a diversas clases de peligros, y
sobre todo frente al peligro de que este ser hiperpotente le muestre su
superioridad en la forma del castigo”119.

La vertiente de la idealización, la ilustra el testimonio de Pacho malo, quien a


pesar de ser con frecuencia golpeado por su padre, dota a éste de un infinito
poder que le permite enfrentarse y combatir contra todos aquellos personajes que
quieren hacerle daño a Pacho, y en esa medida lo protege y lo salva, lo que para
el niño se convierte en un signo de su amor. En las entrevistas el niño relata en
forma cinematográfica las heroicas batallas del padre, en las que pelea con el
Yaqui Chan, con el borracho, con los espíritus, con el diablo, y les corta la cabeza
a los animales que han intentado morder a Pacho como un tigre y unas culebras,

119
S. Freud, “El malestar en la cultura”, Obras Completas, volumen 21, Buenos Aires, Amorrortu,
1986, p. 120.

80
testimonios en los que puede verse que mediante la proyección de la agresión del
padre hacia los otros, se protege de su ferocidad manteniendo consistente la
figura de un padre edípico. Esto permite ver que el padre de la realidad es
difícilmente aprehendido por el sujeto “debido a la interposición de los fantasmas
y la necesidad de la relación simbólica"120.

En la versión imaginaria que construye este niño del otro paterno se encuentran
dos significantes que hacen serie: “malo” y “travieso”. El primero está referido a su
padre de quien dice que es malo por consumir droga y por golpear a la madre, y el
segundo a Dios, relatando: “Dios hacía travesuras cuando estaba chiquito”, “un día
yo me vi la película de Dios, quizque Cristo resucitado, cuando Dios era chiquito,
él jugaba con el primo y era muy travieso”. Pacho se nombra con ambos
significantes, dice que es malo porque mató un gato y que es travieso porque hace
maldades.

Así, Pacho construye un padre omnipotente al cual se identifica, siendo el


significante “malo” aquel con el que nombra al padre y a sí mismo, representando
este significante el poder. De este poder Pacho hace gala en sus relatos, en los
que escenifica sus peleas victoriosas con el comandante de la banda o en los que
cuenta como escapó de la policía: “y yo salté así como superman.”

Sin embargo el significante “malo” no sólo representa el poder asociado a la


imagen idealizada del padre, sino también a su imagen terrorífica, la cual se
presentifica para Pacho en el maltrato del padre hacia la madre, maltrato que
representó para él la posibilidad de haber muerto antes de nacer, por los golpes
que su papá la propinaba a ella. Aquí el poder aparece bajo la forma del daño
hacia él, vía el maltrato a la madre.121

120
Lacan, La relación de objeto, Op. Cit., p. 222.
121
Este aspecto se amplía en el último apartado de este capítulo: El Otro: pareja significante.

81
Pero aunque el padre esté en el lugar del agresor que por poco causa su muerte,
es también quien lo recibe y protege en el momento de su nacimiento, lo que se
evidencia cuando dice: “mi papá me sacó, mi papá me sacó con mañita pa´ que no
me aporreara”. Esto muestra una imagen del padre dividida, de un lado es el
agresor de la madre y de otro, quien lo cuida a él y lo protege del daño. Pareciera
que la imagen del padre maltratador no logra hacer consistir para él la figura de un
padre feroz, o al menos él no se ubica como objeto de su ferocidad sino de su
amor.

Podría plantearse a manera de hipótesis con respecto al caso de Pacho malo, que
este padre, aunque es malo con la madre, salva a Pacho de las agresiones de sus
enemigos y le perdona varias de sus faltas, siendo ubicado como ideal con el que
su hijo se identifica, no sólo por el color de la piel, los ojos y la cara que son como
los de él, según dice, sino porque Pacho también es malo, como él. Idealización
que a modo de defensa, le permite recubrir la vertiente terrorífica del padre.

Otro caso ilustrativo es el de Marlon, quien a pesar de que su padre le mete la


cabeza en un tanque de agua hasta dejarlo morado, él dice que aquel lo quiere y
odia a sus hermanos, mientras su madre lo odia a él y quiere a sus hermanos.
Evidenciando la dificultad del varón de asumir la agresividad del padre por lo que
esto significa respecto a su castración.

Los relatos de estos niños contrastan con los de las niñas en los que no se
encuentra una versión idealizada del padre, siendo evocado el amor, en el mejor
de los casos, por la vía del reclamo o de la lástima.

Así, Aquila, quien es agredida por su padre, muestra una construcción imaginaria
de éste, fundamentada en la coexistencia de la lástima, las recriminaciones por
sus carencias y el temor por sus agresiones. La lástima se encuentra ligada a la
fragilidad del padre, a la enfermedad y a la soledad en que vive. El reproche se da
por su egoísmo pues se gasta el dinero en sus medicinas y “no les da nada”, no

82
da dinero, no da comida, pareciera que lo único que da son golpes “ mi papá no
nos daba nada a nosotros, a mi mamá, a mi pa, a mi hermanito y yo, él nada mas
compra lo de él pero no compra la comida…”, “…él se iba a ver si le entregaban la
plata, a él le llegaba la plata pero él compraba nada mas remedios, para él”. Y el
temor es generado por las agresiones de éste hacia la madre y hacia ella, frente a
lo cual dice que no quiere volver a vivir con él porque teme que le siga pegando.

Si bien en lo que enuncia Aquila, aparecen en forma frecuente los reproches, las
quejas y el temor hacia el padre, en el nivel de la enunciación, sus lapsus dejan
ver la vertiente del amor y de la inclusión del padre para sostener la pareja
edípica. Por ejemplo, cuando ella habla acerca del afecto por su padre, evidencia
la confluencia entre el amor y el desamor que siente por él, dice “lo quiero, pero
medio, medio”, “yo a mi papá lo quiero, pero no tanto”. Un lapsus significativo,
también revela su deseo de hablar con él, dice “Voy a ver si A me deja llamar al
celular, para llamar a mi papá, ve, a mi, cómo es… al padrino”.

Aquila sabe también que este padre que les pega, también se preocupa por ellos
cuando no los encuentra, dice, “El nos buscaba, se salía para la calle y nos
mandaba a buscar, preguntaba por toda la calle que adónde estaba yo, que para
dónde cogí y le decían, y le respondía que ellos no la habían visto pasar y mi
papá se colocaba a llorar”, vertiente que da cuenta del amor del padre.

3.2.2 Del padre castigador al padre feroz

Lacan, siguiendo la lectura de los textos freudianos, se ocupó de diferenciar


claramente el padre de la realidad del padre simbólico, puesto que del padre se
decían muchas cosas en cuanto a sus carencias, que en algunos casos era muy
débil, en otros demasiado fuerte, demasiado amable o excesivamente duro, que
estaba muy presente o muy ausente en la familia.

83
El padre simbólico como representante de la ley, no tiene que ver con los atributos
del genitor, éste es un significante, es el Nombre del padre y obedece a una
construcción mítica, aquella que Freud presenta bajo el mito de la horda primitiva,
en el que el padre es asesinado por sus hijos para acceder a la satisfacción sexual
que él prohibía. Con su muerte, la ley que él detentaba es inmortalizada, porque
los hijos en su ausencia se prohíben lo que trataban de arrebatarle.

“El muerto se volvió aún más fuerte de lo que fuera en vida, todo esto,
tal como seguimos viéndolo hoy en los destinos humanos. Lo que
antes él había impedido con su existencia, ellos mismos se lo
prohibieron ahora en la situación psíquica de la «obediencia de efecto
retardado {nachträglich}» que tan familiar nos resulta por los
psicoanálisis. Revocaron su hazaña declarando no permitida la muerte
del sustituto paterno, el tótem, y renunciaron a sus frutos denegándose
las mujeres liberadas.122.

Lacan le atribuye al padre simbólico una función fundamental en el Edipo puesto


que es él quien se introduce como cuarto elemento en la dialéctica que se juega
entre la madre, el niño y el falo, donde el niño se encuentra alienado al deseo de
la madre en tanto está identificado al falo como su objeto de deseo. De este modo,
el padre simbólico es considerado como: “el elemento mediador esencial del
mundo simbólico y de su estructuración. Es necesario para ese destete, más
esencial que el destete primitivo, por el que el niño sale de su puro y simple
acoplamiento con la omnipotencia materna”123. El padre simbólico entonces, es el
que introduce un límite en el deseo de la madre, regulando su capricho y
prohibiendo a la vez al niño gozar de su madre.

Si bien en el seminario del Hombre de los Lobos Lacan planteó que el padre
simbólico es aquel que castiga, más adelante insistirá que esta función de ley no
se puede entender como una encarnación de ésta ni requiere siempre de las
acciones directas del padre: “A veces ha de manifestarla de una forma directa
cuando el niño se abandona a sus expansiones, manifestaciones, tendencias,
122
S. Freud, “Tótem y Tabú”, Obras Completas, volumen 13, Buenos Aires, Amorrortu, segunda
edición, 1986, p. 145.
123
J. Lacan, La relación de objeto, Op. cit., p. 366.

84
pero ejerce este papel mucho más allá de esto. Es mediante toda su presencia,
por sus efectos en el inconsciente, como lleva a cabo la interdicción de la
madre”124.

Siguiendo los planteamientos de la teoría de Lacan sobre el padre, se encuentra


una estrecha relación entre el padre simbólico y el padre real, siendo este último a
través del cual aquel interviene. De este modo, es el padre simbólico el Otro que
permite al sujeto ingresar en el orden de la ley pero a través del padre real, cuya
función es ser agente de la castración. Es así que Lacan le asigna a éste un lugar
esencial en el Edipo, advirtiendo que, contrario a lo que podría pensarse, “es al
padre real a quien le conferimos la función destacada en el complejo de castración
(…) Si la castración merece efectivamente ser distinguida con un nombre en la
historia del sujeto, siempre está vinculada con la incidencia, con la intervención,
del padre real”125.

Esta función del padre real consiste en hacerle saber al niño que el falo, el
verdadero, como nos dice Lacan, el pene real, es él quien lo tiene, esto es lo que
introduce su potencia, en tanto poder, posesión de la madre, ''la posee como
padre, con su pene de verdad, un pene suficiente, a diferencia del niño, víctima del
problema de un instrumento a la vez mal asimilado e insuficiente, cuando no
rechazado y desdeñado"126.

Es necesario que el padre triunfe frente al niño, anulando el valor de su falo


imaginario con el que éste aspira satisfacer a la madre, para que introduciendo la
falta simbólica -la castración-, pueda posibilitar la separación del niño del deseo
caprichoso de la madre.

El padre real no es el padre de la realidad, ya que este último puede o no agenciar


la castración, pero a su vez esta función puede ser representada por alguien

124
J. Lacan, Las formaciones del inconsciente, Op. cit., p. 173.
125
J. Lacan, La relación de objeto, Op. cit., p. 223.
126
Ibíd., p.365.

85
distinto al genitor. Sin embargo no debe desdeñarse la importancia de la presencia
del padre como partenaire real, ya que el sujeto:

"…sólo puede entrar en este orden de la ley si, por un instante al


menos, ha tenido frente a él a un partenaire real, alguien que en el Otro
haya aportado efectivamente algo que no sea simplemente llamada y
vuelta a llamar, par de la presencia y de la ausencia, elemento
profundamente negativizador de lo simbólico -alguien que le
responde"127.

Pero ¿qué ocurre entonces cuando el padre no cumple su función de padre real?
Ya sabemos lo que ocurrió en Juanito, con este padre que a pesar de ser tan
amable y tan preocupado por su hijo, no era más que un pobre hombre, Juanito
tuvo que recurrir a la fobia, crearse el miedo al caballo como un pivote, un soporte
para estabilizar su angustia y afirmar su relación a lo simbólico.

El padre real además de ser agente de la castración, es el padre del goce. Esto
puede verse claramente en la obra freudiana, donde el padre mítico de la horda
primitiva, el Urvater, era el que gozaba de todas la mujeres, y prohibía a sus hijos
el acceso a éste goce. Esta prohibición operaba para sus hijos pero no para él,
quedando por fuera de esa regulación, como lo plantea Michel Silvestre este goce
del padre real se constituye en un imperativo: “El Urvater es un padre identificado
con el goce mismo y, por este hecho fuera de la ley. No es un padre que realizaría
sus deseos128, que haría del goce una regla de vida. El goce es, por el contrario,
para él, una constricción absoluta. Su existencia misma reside por entero en la
obediencia a esa constricción”129.

Es importante tener en cuenta que en el agenciamiento de estas funciones, el


padre de la realidad nunca logra ubicarse por completo como representante de la
ley, en la medida que el padre simbólico siempre es insuficiente en algún punto

127
Ibíd., p. 212.
128
Es importante anotar que el deseo está sometido a la ley, en la medida en que ésta inscribe la
falta y en este sentido se diferencia del goce que está por fuera de la ley.
129
M. Silvestre, Mañana el psicoanálisis, Buenos Aires, Editorial Manantial, 1988, p.75.

86
para regular todo el goce del sujeto, pero además porque el padre, como se ha
venido planteando, “es también el nombre de un goce”130 es decir, interviene con
su pulsión fuera de ley.

Se hace necesario reconocer que si bien los significantes que le vienen al sujeto
del Otro, en tanto padre simbólico o Nombre del padre, inciden de manera
esencial en su posición subjetiva con respecto a la ley; así mismo las formas
particulares de gozar del padre afectan la relación que establece el sujeto con sus
objetos de goce.

Teniendo en cuenta que si, como se planteó anteriormente, el padre simbólico es


el que introduce una regulación, un límite, éste no es el que maltrata. Por el
contrario, los actos violentos del padre dirigidos a sus hijos, dan cuenta de su
impotencia como representante de la interdicción. En este sentido anota Yolanda
López:

“Cuando el despotismo del padre no es ya un momento necesario de


imposición de la ley, o sólo una representación imaginaria del hijo, sino
que es en lo real una forma continuada de ejercicio omnímodo del
poder, la representación que se instituye en el niño es la de un padre
feroz que fungiendo de ley no se somete a ella, y que sin aceptar su
castración, su falta, se sitúa como agente que esgrime un poder
absoluto para someter al hijo y a los otros del hogar a una caprichosa
interpretación de los mandatos familiares y sociales”131.

El padre que maltrata es un padre impotente en su función simbólica, puesto que


su palabra es débil, tal como se presenta en el caso de Aquila, quien da cuenta de
los excesos de su padre, al hablar del dolor y las marcas producidas por sus
golpes: “(...) mi papá me pegó acá duro y me hizo una cicatriz”, “ el cogía una
correa así, el me pegaba, una vez me pegó con un palo en la espalda, en
un…hombro”, “(...) es que yo no quería que nos pegara mi papá, es que él nos

130
Ibíd., p. 76.
131
López, Yolanda. ¿Por qué se maltrata al más íntimo? Op. cit., p. 92.

87
pegaba tan duro” y al preguntarle si quiere volver a vivir con su papá dice “No
pa´que me siga pegando como me estaba pegando”.

Así mismo ella le teme porque la desnudaba para pegarle, diciendo que es “muy
maldadoso”. En una entrevista comenta que en una ocasión que ella estaba donde
unos conocidos cerca de la casa donde vivía su papá, se puso nerviosa y lloró,
porque pensaba que su papá se la iba a llevar para la casa y la iba a dejar allá, al
preguntarle qué creía que podía pasarle dice

“pero de pronto me quitaba la ropa, si mi papá era, mmm, yo le conté a usted


¿cierto?, que mi papá me quitaba la ropa, me quitaba los zapatos (…)
porque yo me portaba mal, porque eeeh, para pegarme desnuda porque yo
(…) porque me portaba mal, porque hacia cosas que no debía y sacaba
cosas de la basura”.

Aunque Aquila justifica las acciones de su padre en su mal comportamiento 132, el


hecho de que él le quitara la ropa para pegarle parece ser algo que evidencia para
ella un goce del padre que no alcanza a simbolizar, su dimensión pulsional, pues
aunque dice que su padre es muy “maldadoso”, en otro momento el significante se
le escapa para nombrar eso que es su padre, “sí, mi papá era, mmm”.

Sin embargo Aquila tiene un lapsus en el que introduce al padre por la vía del
equívoco en su función de ley, al convocar al padrino como un tercero mediador
que puede poner un límite a la dimensión pulsional del padre, permitiendo ver que
éste se mueve entre un exceso que aterroriza y una función simbólica reguladora
que aunque es quizás desfalleciente, ella siempre procura hacer ingresar
restituyendo su ideal de familia. Afirma:

“yo le dije a mi mamá, haber vea, démosle una oportunidad, démosle una
sola oportunidad a mi papá, si mi papá le pega a usted o la maltrata, que
llamáramos a mi padrino, como yo ya me sé el número del teléfono de él, o
si no a mi madrina, se puso a reír, y entonces yo le dije démosle otra
oportunidad, si él le pega llamamos a mi papá”.

132
Lo que concierne a su posición subjetiva frente al maltrato se desarrolla en el capítulo 4.

88
Llama la atención que si bien las instituciones reportan el maltrato del padre en el
caso de Pacho Malo y de Aquila, para estos niños las agresiones de éste toman el
valor de castigo en una correlación directa entre la falta cometida (travesuras,
portarse mal, hacer maldades), permitiendo ver la función del padre castigador en
su dimensión simbólica. Mientras que en el caso de Marlon, el acto agresivo del
padre o la madre no es significado como respuesta a una trasgresión cometida por
él, por el contrario, está ligado a la dimensión pulsional del Otro, viniéndole como
algo inexplicable, inefable, no merecido.

Puede pensarse que la dimensión de goce del padre de Pacho Malo, aparece bajo
la amenaza de muerte para “los niños” y para él, en tanto “niño” que estaba en el
vientre de su madre; el está a salvo mientras puede batallar al lado del padre, pero
inmediatamente entra en el nivel del “niño” es amenazado por su ferocidad. Esta
dimensión feroz contrasta con la del padre edípico, idealizado, héroe, que lo
defiende del mal, lo salva y lo perdona.

Tania presenta en sus dichos, la representación de un padre maltratador, a quien


no quiere ver, le reprocha la falta de cuidados y apoyo económico y no le perdona
sus agresiones. Es descrito como un padre que no contribuye económicamente al
sustento de sus hijos, razón por la cual, según ella, se separaron sus padres:
“porque él no le daba plata (a la mamá) para comprarnos ropa ni para comprarnos
comida”.

Dice haber sido golpeada por él con la correa y alambre de nudo, cuando ella no
le hacía caso con las labores de la casa que incluían lavarle la ropa a sus
hermanitos y a su padre. Al preguntarle si quisiera volver a ver a su padre o hablar
con él, dice que no. Puede pensarse que el hecho de que éste padre se ausente
en los cuidados y necesidades de sus hijos, además del exceso en sus
reprimendas, se convierte en un reclamo que le hace Tania, y en una razón para
rehusarse a sus mandatos y no perdonarle su maltrato, a diferencia de lo que
ocurre con su madre, a quien le perdona incluso el haberle quemado las manos. A

89
pesar que su madre también le pega, ella establece una diferencia: “si me pega,
pero no tanto”. Así, mientras Tania autoriza a su madre a “castigarla” y consiente
sus actos violentos sin significarlos como crueles o excesivos, ni ver en ellos una
voluntad de daño del Otro, reprocha y no perdona los golpes propinados por su
padre.

De acuerdo con lo expuesto anteriormente, puede concluirse que si bien a nivel


teórico se plantean unas diferencias en cuanto a las funciones del padre
imaginario, simbólico y real en la estructuración psíquica del sujeto, estas, tal
como lo enseñan los niños en sus testimonios, no operan en forma desarticulada.

Se encuentra que la agresividad del padre de la realidad133, tiene implicaciones


diversas en los niños, e incluso un niño puede significar de manera distinta los
diferentes actos agresivos del padre. Así, ciertos actos agresivos pueden ser
recubiertos por la idealización del padre, de lo cual da cuenta Pacho Malo cuando
ubica como objeto de la agresión del padre a quienes quieren hacerle daño,
haciendo del padre un personaje todopoderoso que, como lo dice Lacan, garantiza
el orden del mundo, “el padre imaginario es el padre omnipotente, es el
fundamento del orden del mundo en la concepción común de Dios, la garantía del
orden universal en sus elementos reales más masivos y más brutales, él es quien
todo lo ha hecho”134.

Pueden también ser significados como castigo cuando se interpretan como


sanción ante una falta cometida, siendo así inscritos en la función simbólica del
padre, puesto que éste es visto como interdictor y no como maltratador, lo cual se
observa en algunos dichos expuestos de Pacho Malo y de Aquila.

133
Según se consigna en los reportes de las instituciones y por lo cual fueron tomadas las medidas
de protección en varios de los casos.
134
Lacan, La relación de objeto, Op. cit., p.275.

90
Finalmente, algunas agresiones pueden constituir para el niño un acto de maltrato
del padre, como aparecen en los testimonios de Tania y de Aquila135, dejando ver
un rostro despótico y excesivo del padre, que no se inscribe en su función de ley.
Podría pensarse que en estos casos, los actos agresivos redoblan la vertiente
imaginaria del padre terrorífico, representando éste un personaje temido porque
puede hacer daño. Aquí esta figura, contrario a lo que Lacan plantea respecto a
una buena parte de casos de neuróticos, no tiene una relación extremadamente
lejana con lo que ha estado efectivamente presente en el padre real del niño136.

Para concluir este apartado, se puede señalar que las entrevistas mostraron cómo
las funciones imaginaria, simbólica y real del padre y de la madre, no son fijas sino
mutables, definiéndose de acuerdo a la posición del sujeto y a la significación que
éste le da a cada acto agresivo, como castigo o como maltrato.

3.3 EL OTRO: PAREJA SIGNIFICANTE. “MI PAPÁ MALTRATA A MI MAMÁ”

Se ha venido mostrando cómo el Otro en tanto instancia simbólica puede estar


representado por la madre o por el padre, por la madre como Otro primordial que
procura al niño el amor, la protección y los cuidados necesarios por la condición
de desvalimiento e impotencia biológica y psíquica con la que llega al mundo, y lo
inscribe en su deseo, dándole un lugar en el que el niño pueda ser reconocido. El
padre por su parte introduce la ley permitiendo que el niño no permanezca
adherido al servicio sexual de la madre, instituyendo de este modo el deseo con la
prohibición del incesto.

Ahora bien, estas funciones del Otro materno y del Otro paterno no se encuentran
aisladas, sino que constituyen una estructura significante, en este sentido plantea
Nominé, el Otro “No es ni el padre ni la madre, sino el padre y la madre en su

135
Aquila siente terror cuando piensa que si vuelve a vivir con su padre éste puede repetir el acto
de desnudarla para pegarle.
136
Esta referencia de Lacan fue citada en la página 80, donde establece una diferencia entre el
padre imaginario y el padre de la realidad, llamado allí como padre real.

91
relación sintomática donde uno hace del otro su síntoma por la mediación de una
función que garantiza a una mujer en el deseo de un hombre”137.

f (x)
mujer

padre madre

niño

Esta estructura del Otro se constituye como un ternario en el que se encuentran: la


madre, el padre y la función de síntoma de la mujer para el hombre/padre, es
decir, como representante de su modo de goce particular e irreductible. Aquí el
padre no interviene desde su función simbólica sino desde su deseo, en tanto
hombre, al respecto plantea Lacan “Un padre no tiene derecho al respeto, si no al
amor, más que si el dicho amor, el dicho respeto está père-versement orientado,
es decir hace de una mujer objeto a que causa su deseo”138. Sólo si opera esta
función del padre, el niño podrá encontrar su lugar como cuarto elemento, como
síntoma de la pareja parental, siendo este el modelo que constituye la neurosis,
sino, podrá permanecer como un objeto totalmente dependiente del deseo de la
madre o del goce del padre.

Algunos testimonios dan cuenta de la manera en que los niños denuncian lo que
no funciona a nivel de la pareja parental – lo que no quiere decir que no opere la
metáfora paterna- y cómo algunos de ellos, intentan reestablecer este ternario.

137
B. Nominé, “El síntoma y la estructura familiar”, De la infancia a la adolescencia. Compiladora
Gloria Gómez. Bogotá, 2006, p. 21.
138
J. Lacan, R.S.I., seminario 22, 1975. (Folio electrónico)

92
Aquila denuncia el maltrato del padre a la madre y dice que por esta razón quiere
a su padre “pero medio, medio”. Ella no cree en las razones que él da para
maltratar a la madre “mi papá decía que mi mamá tenía otro mozo, mi mamá no
tenía ningún mozo”139. Aunque la niña se queja de que su papá le ha pegado muy
duro a ella e incluso le ha dejado marcas en su cuerpo, pareciera que lo que
deviene traumático, es el maltrato del padre a la madre en tanto real frente al cual
las respuestas de Aquila son insuficientes, ya que ni corporalmente ni
intelectualmente alcanza a darles trámite, de manera tal que dichos excesos
retornan en sus sueños de angustia.

En uno de estos sueños su papá le pegaba a su mamá, “pues le pegaba con un


palo, como a mi me pegaba, él le pegaba a mi mama”, en otro la abandona “a ella
la sacaron de la casa, la habían dejado sola en la calle y a ella no le habían dado
comida, eso es lo que yo me soñé”. Al preguntarle quién dejó a su mamá en el
sueño, sola, en la calle y sin comida, responde que su papá. Agrega “cuando me
soñé eso le pido a Diosito que no le vaya a pasar nada malo a mi mamá”.

En este caso, puede conjeturarse que el padre en lugar de tomar a su mujer como
objeto causa de deseo, la toma como objeto degradado sobre el que vuelca su
agresión, lo que permitiría pensar que falla en su función de regular y ordenar las
pulsiones de vida y las pulsiones de muerte. Falla que en el caso de Aquila
conlleva la presencia de manifestaciones que dan cuenta de un goce que la
excede, como lo es el acto de comer vidrio o herirse con objetos cortopunzantes.

Sin embargo podría decirse que esa niña intenta reconstruir el ternario edípico,
para asegurar su lugar en la estructura familiar, lo que se evidencia en sus dichos:
“(...) yo cuando vuelva a mi casa yo le voy a volver a hacer caso a mi mamá y a mi
papá”, el enunciado anterior implica un supuesto lapsus, la intención que estaba

139
En las entrevistas la niña dice que no quiere al padre o lo quiere pero medio, medio, “yo no
quiero a mi papá, porque mi papá le pega mucho a mi mamá”, pero además se le enfrenta y lo
agrede “(...) yo le pegué a mi papá porque el le pegó a mi mamá entonces yo con un palo le pegué,
yo tampoco dejaba que le pegara a mi mamá”.

93
dirigida a hacer caso a la madre, se ve traicionada cuando surge la pareja parental
en el dicho. Igualmente en otro dicho de la niña en el cual sugiere darle otra
oportunidad al padre, ella dice: “démosle una oportunidad, démosle una sola
oportunidad a mi papá, si mi papá le pega a usted o la maltrata, que llamáramos a
mi padrino, y entonces yo le dije démosle otra oportunidad, si él le pega llamamos
a mi papá”. Una vez más la niña se ve traicionada en su enunciado por una
enunciación no pensada, si el papá le pega a la mamá, a quién llamaría? ¿Al
padrino? ¿Al papá?

Pacho, otro de los niños entrevistados, también da cuenta de las agresiones de su


padre hacia su madre, incluso refiere que esa fue la razón por la que él, con la
ayuda de un hermano, llamó a Bienestar familiar: “mi papá le pegaba mucho a mi
mamá” (…) desde hace tiempos le pega a mi mamá (…) le pega muy duro y la
hace llorar”.

La dimensión del maltrato que se juega en el eje padre- madre no solamente


concierne a los miembros de la pareja, sino que además por razones estructurales
como puede verse en el gráfico ilustrado anteriormente, tiene consecuencias
directas en el sujeto, a veces, vitales, como puede verse en el caso de Pacho.
Este maltrato hacia su madre no sólo es algo que él ha tenido que presenciar sino
que incluso es algo que lo concierne, aún desde antes de su nacimiento y
comporta las coordenadas fantasmáticas de su existencia, lo cual puede verse en
el testimonio del niño cuando dice: “mi mamá me iba a abortar si no que, no mira
que mi papá le pegaba mucho a mi mamá y casito que me aborta a mi, pero no,
entonces, yo no quería que me abortara”.

En este caso aparece además un elemento que quizás hable de la angustia por su
desvalimiento originario, “…yo era chillando en la barriga de mi mamá, si no que
(…) yo escuchaba, que yo no iba a nacer (…) yo no iba a vivir”. El niño muestra en
estos dichos cómo el maltrato del padre a la madre, representa para él una
situación de peligro, como amenaza de muerte. De manera sorprendente ante la

94
opción de ser salvado por la madre, lo cual es enunciado por él en algún
momento, o salvado por el padre, opción también considerada por él, Pacho
plantea la única opción posible para él, “yo quería nacer”.

Independientemente que se pueda verificar como un hecho real, por un lado la


intención mortífera del padre hacia él, y por el otro, la voluntad de nacer como una
voluntad pura, como insondable decisión del ser, queda como resto la asfixia, que
sufrió cuando nació pero que ha permanecido. Para este niño, esa forma
sintomática está en estrecha relación con el maltrato que su padre dirigió a la
madre durante el embarazo: “entonces yo por eso yo siempre he estado
asfixiado”.

Otro caso que permite ver cómo el niño se sitúa frente a la pareja parental es el de
Camila, quien refiere que su mamá se separó de su papá porque él le pegaba
mucho, incluso cuando su mamá estaba en embarazo de su hermanito. Dice que
le han contado que su papá los está buscando, pero ella piensa que es mejor que
su mamá no acepte porque con él vivirían muy maluco, “él siempre la mandaba a
hacer todo a ella siempre, siempre alguna cosita: Usted va, siempre… todo era
con mi mamá, siempre le pegaba a ella”, “él era el que hacía sufrir más a mi
mamá”. Camila resalta el maltrato de su padre hacia su madre y pone esta razón
en primer lugar, para no querer vivir con él nuevamente, a pesar que él también le
pegaba a ella cuando estaba muy pequeña.

Puede verse cómo cada uno de estos niños tiene una manera particular de
nombrar lo que hay de incomprensible de la pareja parental. Frente a los excesos
del padre hacia la madre, Aquila intenta restituir la familia dándole otra oportunidad
al padre, Pacho ubica su asfixia como resto frente a la amenaza de su muerte, y
Camila por su parte muestra dos vertientes, una la de la amenaza que entraña el
padre para la madre, otra la amenaza mortal, no dialectizable que entraña su
madre para los hijos.

95
4. RESPUESTAS DEL SUJETO

INTRODUCCIÓN

El recorrido por los capítulos anteriores, leídos a la luz de los testimonios de los
niños, ha permitido una mejor aproximación a las vías de respuesta posibles a la
pregunta que ha servido de hilo conductor a esta investigación; sin embargo no es
una vía sencilla porque se ha podido ver efectivamente cómo, por un lado, la
concepción psicológica y oficial del maltrato le da a este evento el carácter de
traumático en sí mismo, de modo que las intervenciones van dirigidas a reparar en
la víctima el daño producido, en la lógica de causa-efecto. En cambio, el recorrido
por la teoría psicoanalítica ha mostrado que Freud, desde el comienzo mismo de
sus elaboraciones, aclara que la vivencia traumática no siempre va seguida
inmediatamente del estadillo de una neurosis en la infancia, ya que por lo general
se instala el periodo de latencia entre las impresiones infantiles y el posterior
estallido de la neurosis.

Lo anterior pone en evidencia la dificultad de aseverar en la presente investigación


en cuáles casos las agresiones de los padres tendrán un efecto traumático
retroactivo en los sujetos entrevistados, puesto que no es posible saber si ellas se
inscribieron o no a nivel inconsciente, y por ende, si ellas retornarán a través de
formaciones simbólicas o si permanecerán como un “imposible de olvidar” que se
resiste a ser simbolizado. Primera consideración.

No obstante, Freud también consideró la aparición de la angustia, la fantasía, o el


síntoma durante la infancia, como posibles respuestas del sujeto frente a aquellas
vivencias sexuales o agresivas, que siendo oídas, vistas o experimentadas en su
propio cuerpo, comportan un exceso pulsional no tramitable. Vivencias, cuyo
montante de afecto, lo constituye el dolor psíquico, la angustia, la vergüenza, el
terror, el asco, o incluso un exceso de placer, frente al cual el sujeto quedaba sin
posibilidad de reaccionar o su reacción era insuficiente, porque quizás tuvo que
ser interrumpida o porque el monto de afecto sobrepasó, por su intensidad, su

96
posibilidad de respuesta, lo que deja las posibilidades para que el suceso en
cuestión adquiera el estatuto de trauma psíquico. Esto introduce la segunda
consideración, concerniente a la dimensión de la elección y la responsabilidad del
sujeto.

El Psicoanálisis dirige su atención a la respuesta del sujeto frente al


acontecimiento, en otras palabras, se interesa por la significación de la vivencia y
no por el hecho en sí mismo, lo que no quiere decir que lo desconoce en absoluto.
La respuesta del sujeto se refiere a cómo responde, cómo trata, cómo se sitúa o,
en el sentido más general, qué defensa instituye. Lo que quiere decir que Freud,
desde los orígenes mismos de la teoría psicoanalítica, produjo un gran cambio
frente a las concepciones psiquiátricas de su época, las cuales, ya fuera por la vía
de la herencia o la vía de la lesión o alteración en el organismo, daban la
preponderancia de la causa a factores externos. Es así que con su término
“elección de neurosis” dirige hacia el sujeto la responsabilidad, en el sentido de
ubicar en él la respuesta frente al exceso venido del Otro.

La consideración Freudiana implica entonces suponer del lado del sujeto unos
recursos tales que de su empleo resultarán los efectos que determinarán su
existencia y establecerán de alguna manera un programa inconsciente, escrito a
partir de las marcas que las vivencias pulsionales han dejado, en las cuales el
sujeto ha encontrado una satisfacción.

Esta dimensión de la elección o de la capacidad de respuesta atribuida por Freud


al sujeto, no quiere decir en absoluto que lo supone libre o autónomo, ni siquiera
que lo concibe en un momento anterior al encuentro traumático, más bien el
sujeto, si se pudiera suponer que hay una noción de sujeto en Freud, es el efecto
y no el agente de la elección. Sujeto pues como efecto o como resultado. Es en
esta dimensión que conviene revisar las formas posibles de respuesta, por cuanto
es la vía de evaluación de las consecuencias.

97
El término que se ha utilizado desde el comienzo de esta investigación es el de
posición subjetiva, el cual indica efectivamente una posición como lo que significa
ocupar un lugar en unas coordenadas, que en psicoanálisis están dadas en
relación con la defensa, la demanda y el deseo del Otro, lugar que a la vez es un
efecto del lugar del Otro. Lo cual quiere decir que lo que se llama sujeto, como ya
se ha dicho, no es el yo, ni la persona, sino el lugar ocupado en relación con el
deseo del Otro. Es así como desde Lacan se define el deseo como Deseo del
Otro.

El sujeto entonces, es una posición en respuesta a dicho deseo. Lo que la clínica


del caso por caso permite ver es cómo cada sujeto puede, o bien consentir a
aquello que supone el Otro desea de él, alienándose a dicho deseo, o bien
objetarlo. Pero no siempre lo que le viene del Otro es el deseo, en otros casos es
la voluntad de goce del Otro lo que se le impone bajo la forma de una tendencia
destructiva, caprichosa o mortífera, como algunos de los niños entrevistados lo
evidencian. “De nuestra posición de sujetos somos siempre responsables”, dice
Lacan140. Entonces aquello de lo que se habla como elección del sujeto es
siempre algo que se juega en una suerte de forzamiento bajo la condición de un “o
la bolsa o la vida”, elección en la cual ninguna de las opciones hubiera podido
favorecer más que la otra, quedando en muchos casos como única opción la
alienación del sujeto al deseo supuesto del Otro, porque no hay otra alternativa.

140
Jacques Lacan, “La Ciencia y la Verdad”, Escritos I, México, Siglo XXI, 1971. Pág. 343.

98
Es evidente entonces que la respuesta del sujeto no depende de una voluntad
conciente, ni de una decisión personal, en este caso de los niños implicados en el
daño o en las acciones brutales provenientes justamente de la persona de la cual
esperan el amor, las garantías y el aseguramiento, sino de cómo se sirve de
algunos recursos, incluso vitales, para tramitar dicha situación. Sin duda los
recursos tienen algo de insuficientes en algunos casos, de imposible en otros,
dado que la dimensión del daño es devastadora, y con ello no se hace mención
exclusivamente al estrago que tanto rendimiento ha dado para evaluar ciertas
relaciones madre-hija desde su formulación por Lacan, sino específicamente a los
actos que son un ataque directo contra la vida del niño o que producen un daño de
manera tan radical que es inexorable, ante los cuales es posible escuchar
justamente una afirmación como “no pude hacer nada”.

Tercera consideración que tampoco puede ser dejada de lado, es que no es


indiferente que el niño haya vivenciado una situación ocasional de agresión
cometida por su padre y/o su madre, o que haya vivido una “historia de
padecimientos”141, en la cual el carácter traumático no proviene de una única
vivencia sino de múltiples situaciones que forman una trama asociativa. No
obstante esto no quiere decir que a mayor número de situaciones de agresión

141
S. Freud, “Sobre el mecanismo psíquico de fenómenos histéricos”, Obras completas, volumen
2, Buenos Aires, Amorrortu, 2ª edición en castellano, 1986, p. 38.

99
vividas, mayor el efecto traumático, ya que en ocasiones puede bastar una para
producir un daño psíquico devastador.

Teniendo en cuenta que las respuestas del sujeto frente a la agresividad del padre
y/o la madre son diversas, pudiendo ubicarse del lado de la angustia, el síntoma o
la construcción fantasmática, a continuación se analizarán cada una de estas vías
para avanzar hacia la conclusión de la presente investigación.

4.1 LA EMERGENCIA DE LA ANGUSTIA, UNA REPUESTA FRENTE AL


TRAUMA

Se ha planteado que una de las posibles respuestas del sujeto frente a la situación
traumática es la angustia, en cierto sentido no se puede afirmar que la angustia es
una posición subjetiva o una defensa, al contrario es el signo de un fracaso en las
tentativas de defensa, es el indicador de que ha habido una imposibilidad de
tramitar un exceso pulsional que sobrepasa los recursos del sujeto.

La teoría sobre el Edipo le permite a Freud comprender, que es la exigencia de la


libido, como excitación que sobrepasa el funcionamiento psíquico del niño, la que
constituye una situación traumática, produciendo una reacción de angustia y
poniendo en marcha la operación de la represión. De este modo Freud plantea “la
represión no crea la angustia. Esta existe con anterioridad y es ella la que crea la
represión”142.

Así, Freud diferencia dos conceptos que ayudan a esclarecer las relaciones entre
trauma y angustia, estos son: situación traumática y situación de peligro. La
situación traumática es el estado de desamparo originario realmente
experimentado por el niño, en el cual el viviente se encontró inerme a nivel
biológico o psíquico, ante un incremento de la magnitud de excitación la cual no

142
Freud, “La angustia y la vida instintiva”, Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis.
Obras Completas. Volumen II. Traducción por Luis López Ballesteros. Ed. Biblioteca Nueva,
Madrid, 1968.Pág. 918.

100
pudo ser dominada ni derivada por el aparato psíquico143. En el trauma fracasan
los esfuerzos del principio del placer, podría decirse que hay un fracaso en la
operación de la defensa. Esta situación traumática generó como reacción la
angustia directa y automática.

Por su parte, la situación peligrosa es la anticipación y espera del estado de


desamparo, a partir del recuerdo de sucesos traumáticos anteriormente
experimentados, ante lo cual el yo emite la señal de angustia para evitar la
explosión automática y desbordada de ella. De este modo, el yo, que ya había
experimentado pasivamente el trauma, repite activamente con la señal de angustia
una reproducción mitigada del mismo, con la esperanza de poder dirigir su curso.

La significación de la situación peligrosa, Freud la ubica en la estimación que hace


el sujeto de su fortaleza en comparación con la magnitud del peligro y en el
reconocimiento de su desamparo biológico o psíquico. En esta estimación es
guiado su juicio por experiencias realmente vividas y para el resultado es
indiferente que se equivoque o no en su apreciación.

Se tienen entonces dos modos de emergencia de la angustia: como reacción


automática frente al trauma y como señal. El primer modo de la angustia está
vinculado con la represión primaria o primordial, en la cual no hay aún una
operación defensiva desde el yo que permita protegerse contra el trauma y la
reacción de angustia. En esta represión primordial, se crea un primer núcleo de lo
inconsciente al denegarse el acceso a la conciencia del representante psíquico de
la pulsión, el cual permanece inmutable. Ya en la operación de la represión
propiamente dicha, el yo se propone impedir el desarrollo masivo de angustia
mediante la defensa, emitiendo la angustia en tanto señal, lo cual no implica que
siempre lo consiga ya que la defensa puede fracasar.

143
Freud, “Inhibición, Síntoma y Angustia”, Op. Cit., pp. 68-69.

101
Estos tipos de angustia son relacionados por Freud de manera diferencial con los
cuadros clínicos de las neurosis. Así en los casos de neurosis traumáticas, el
afecto de la angustia se da como reacción directa y automática frente al trauma,
puesto que el yo se encuentra impotente ante la magnitud del estímulo, sin poder
tramitarlo, tal como sucedió en el acto del nacimiento. En las neurosis de defensa,
el yo reconoce una situación peligrosa que parte de las exigencias pulsionales del
ello, emite la señal de angustia y ésta da lugar a la formación de síntomas,
pudiendo hallar en ellos una solución de compromiso que permita así eludir el
desarrollo de angustia. Los síntomas, dice Freud, ligan la energía psíquica que de
otro modo sería descargada en forma de angustia.144

Si bien Freud plantea que en cada época del desarrollo se presenta una condición
distinta para el surgimiento de la angustia, podría deducirse que cada una de ellas
es una forma de respuesta a algo que le viene del Otro o, en todo caso, que sitúa
al sujeto en la relación de dependencia del Otro. Su propuesta es la siguiente:

1. El desamparo originario
2. Pérdida del amor, del Otro, de quien se depende
3. Angustia de castración
4. Temor ante el superyó.

En la primera, el desamparo originario está ligado a la condición de prematuración


en la que nace el bebé, la cual es el fundamento de la dependencia de la criatura
humana de una asistencia externa que le provea de manera vital la satisfacción de
las necesidades, pero que al mismo tiempo se constituye en el Otro que brinda el
amor, las garantías y la seguridad.

Luego, cuando el Otro se constituye en objeto de amor para el niño donde no


basta su sola presencia sino sus signos de amor, el peligro lo constituye la pérdida

144
S, Freud, “Inhibición, Síntoma y Angustia”, Op.cit., pág 58.

102
de este amor, la cual, dice Freud, pasa a constituirse en una condición
permanente de peligro y angustia.

Ya en la fase fálica, el enamoramiento del niño hacia la madre acompañado de


sus deseos incestuosos, así como las tendencias agresivas hacia al padre,
provocan una situación de peligro exterior, la castración como castigo. El peligro
está referido a la pérdida del órgano que conllevaría una nueva separación de la
madre en tanto no puede satisfacer en ella sus deseos.

El cuarto nivel de la angustia, finalmente de gran importancia, es la que determina


que se ha operado la introyección del superyó como conciencia moral y que éste
vigila desde el interior bajo la forma de la amenaza. Se manifiesta como una
especie de culpa angustiosa o de angustia culposa.

Freud asocia la primera, la segunda y la cuarta condición del surgimiento de


angustia en “El malestar en la cultura”, para situar el origen del superyó como el
temor por el daño que puede provenir de la persona de la que se espera el amor.

Por su parte Lacan en el Seminario 4 “La relación de objeto”, retoma de alguna


manera esa concepción Freudiana y define la angustia de la siguiente manera:

“La angustia, en esa relación tan extraordinariamente evanescente en la


que se nos manifiesta, surge en cada ocasión cuando el sujeto se
encuentra, aunque sea de forma insensible, despegado de su existencia,
cuando se ve a sí mismo a punto de quedar capturado de nuevo en algo
que, según los casos, llamaremos la imagen del otro, tentación, etc. En
resumen, la angustia es correlativa del momento de suspensión del sujeto,
en un tiempo en el que ya no sabe donde está, hacia un tiempo en el que
va a ser algo en lo que ya nunca podrá reconocerse. Es esto, la
angustia”145.

El testimonio de Camila muestra cómo para ella la situación peligrosa que anticipa
la situación de inermidad psíquica y física en que se encontraba anteriormente

145
Jacques Lacan, La relación de objeto, Op. cit., p. 228.

103
frente al hiperpoder devastador de su madre, está dada por la posibilidad de que
ésta pueda robárselos si llegara a enterarse del lugar en que viven sus hijos
(hogar sustituto). Así mismo la angustia que le genera la voluntad de daño de su
madre, se manifiesta en el sueño reiterativo en que su madre golpea a su
hermanita menor hasta causarle la muerte.

“(…) que mi mamá le había pegado a D ( hermanita), y esas cosas así,


y que D también se había muerto y que también le había pasado lo
mismo y yo también rezaba todas las noches y que mantenía pensando
en ella y que qué pesar y que cuando nosotros queríamos ver
muñequitos, mi mamá nos decía que nos quitáramos de ahí, nos
regañaba, cuando le tiraba así a la cuna, le golpeaba a D, eso, yo
siempre sueño en eso y me despierto llorando, yo me despierto
llorando, con mucho miedo como a las 12 de la noche me despierto
llorando.”

Puede verse que en este sueño de angustia, la madre da muerte a su hermanita


golpeándola y tirándola a la cuna, tal como, para Camila, lo hizo antes con su
hermanito, lo cual presentifica para ella el terror frente al peligro de que su madre
provoque su propia muerte o la de su hermana.

Por su parte, como se expuso en el capítulo anterior, Pacho Malo da cuenta de lo


que tal vez constituye un punto de angustia fundamental, frente a su desvalimiento
originario, la posibilidad de haber muerto aún antes de nacer, por los golpes que
su padre le propinaba a su madre, lo que ilustra cuando dice: “…yo era chillando
en la barriga de mi mamá, si no que (…) yo escuchaba, que yo no iba a nacer (…)
yo no iba a vivir”, no obstante en este caso esto es recubierto por su fantasía: “Mi
papá me sacó con mañitica pa´que no me aporreara”, dando cuenta de una
dimensión imaginaria del padre que lo salva del daño.

104
4.2 ¿QUÉ SÍNTOMAS EN LOS NIÑOS?

En este apartado se pretende interrogar el estatuto de ciertas reacciones,


comportamientos o manifestaciones de algunos de los niños entrevistados como
una respuesta frente a la agresividad del padre y/o de la madre, las cuales fueron
en algunos casos expuestas por ellos en las entrevistas, y en otros comunicadas
por funcionarios de las instituciones de protección, debido al riesgo que estos
implicaban para el niño. Con tal fin se hace necesario retomar algunas
consideraciones freudianas acerca de los tipos o modalidades de síntoma y de la
neurosis en la infancia.

Como ya se ha mencionado en apartados anteriores, durante la temprana infancia


el niño se ve abocado a vivencias sexuales que lo desbordan psíquicamente,
debido a su incapacidad tanto intelectual como somática, para responder o
tramitar las mociones pulsionales movilizadas por tales vivencias, de manera que
estas se constituyen como traumáticas. De acuerdo con lo planteado por Freud,
este es el primer momento o núcleo de la neurosis.

En un segundo momento opera la represión, la cual es movilizada por el displacer


generado por las vivencias traumáticas, dando lugar a la formación de síntomas
primarios de la defensa. Estos son síntomas de la defensa lograda, y consisten en
escrúpulos de la conciencia moral, vergüenza y desconfianza de sí mismo, en la
neurosis obsesiva; o exteriorización de terror, en la histeria. Este período es
denominado por Freud como el de “salud aparente”146.

El siguiente período es el de la enfermedad, caracterizado por otro tipo de


síntomas denominados formaciones de compromiso o síntomas transaccionales.
Estos síntomas se generan por un fracaso de la defensa, de manera tal que lo que

146
S, Freud, “Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa”, Op. cit., p.170.

105
estaba reprimido retorna, al ser reactivado por recuerdos o vivencias actuales, que
de manera retroactiva movilizan aquello que se había inscrito a nivel inconsciente
como traumático. Cabe anotar que lo reprimido, tal como Freud lo plantea, no
ingresa inalterado a la conciencia, siendo sometido a sustituciones y
desfiguraciones mediante los mecanismos de la condensación y el
desplazamiento, los cuales vuelven irreconocible la satisfacción sexual que el
síntoma encierra. De manera tal que aquello que conquista el acceso a la
consciencia, son unas formaciones de compromiso como resultado de “una
disputa entre dos tendencias: una inconciente, en todo otro caso reprimida, que
aspira a una satisfacción -cumplimiento de deseo-, y una que reprime y repele, y
con probabilidad pertenece al yo conciente”147. Se trata de un compromiso o
transacción porque las dos tendencias hallan cumplimiento a su aspiración, pero
de forma parcial.

Este período constituye la neurosis, propiamente dicha, la cual puede


manifestarse durante la infancia o posterior a ésta, con la presencia de síntomas
más o menos ruidosos. Al respecto Freud plantea que aunque no siempre las
vivencias traumáticas están seguidas del estallido de una neurosis en la infancia,
“también existen neurosis infantiles en las que el factor del diferimiento temporal
desempeña necesariamente un papel muy reducido o falta por completo, pues la
enfermedad se contrae como consecuencia directa de las vivencias
148
traumáticas.”

Un ejemplo de síntoma en la infancia como formación de compromiso, puede ser


el insomnio, tal como lo expone Freud en el caso de un niño pequeño, que en sus
primeros años de vida observó y escuchó con frecuencia las relaciones sexuales
entre sus padres, desarrollando después de su primera polución espontánea, un
síntoma de insomnio, presentando mucha sensibilidad a los ruidos nocturnos y

147
S, Freud, “Dos artículos de enciclopedia: <<Psicoanálisis>> y <<Teoría de la libído>>””, Op., cit,
p.238.
148
S, Freud, “Los Caminos de la formación de síntoma”, Op., cit., p.331.

106
dificultad para conciliar el sueño. “Este insomnio es un verdadero síntoma de
compromiso: por un lado, la expresión de su defensa contra aquellas percepciones
nocturnas; por el otro, un intento de restablecer el estado de vigilia en que pudo
espiar aquellas impresiones” 149.

En otros casos, cuando no hay un fracaso de la defensa en la infancia, las


vivencias traumáticas quedan cubiertas por la amnesia infantil durante el período
de latencia, hasta la época de la pubertad, momento en el cual con frecuencia son
reactivadas a raíz del nuevo influjo de la sexualidad, produciéndose el fracaso de
la represión y surgiendo el síntoma como un retorno de lo reprimido.

Un tercer tipo de síntomas en la neurosis son aquellos que Freud denomina


síntomas secundarios de la defensa. Estos síntomas se producen como un modo
de defensa del yo, en su lucha contra los síntomas de compromiso, que han
conquistado el acceso a la consciencia como un retorno de lo reprimido. Ejemplo
se estos síntomas secundarios, son las compulsiones a cavilar, a examinar, a
guardar, etc. de las neurosis obsesiva.

La neurosis paradigmática en la infancia es la llamada por Freud histeria de


angustia, la cual comparte con la histeria el mecanismo psíquico de la represión,
pero a diferencia de ella se exterioriza en sensaciones de angustia y fobia, sin
conversión de la libido en inervaciones corporales. En dichas neurosis la represión
fracasa y lo reprimido retorna bajo el síntoma de la fobia.

“Una represión como la del caso de la fobia a los animales puede


definirse como radicalmente fracasada. La obra de la represión consistió
solamente en eliminar y sustituir la representación, pero el ahorro de
displacer no se consiguió en modo alguno. Por eso el trabajo de la
neurosis no descansa, sino que se continúa en un segundo tempo para
alcanzar su meta más inmediata, más importante. Así llega a la
formación de un intento de huida, la fobia en sentido estricto: una

149
Freud, “Moisés y La Religión Monoteísta” Op. cit., pp. 75-77.

107
cantidad de evitaciones destinadas a excluir el desprendimiento de
angustia.”150

Se ha planteado anteriormente que las vivencias traumáticas pueden dar lugar en


la infancia a unos síntomas defensivos primarios o a una neurosis propiamente
dicha, con formación de síntomas de compromiso. Ahora bien, ¿qué síntomas se
presentan en los niños entrevistados? ¿Sus manifestaciones sintomáticas tienen
el estatuto de una neurosis de la infancia? Si bien es difícil responder a esta
pregunta por la insuficiencia de elementos aportados por los niños en las
entrevistas, en ningún caso se escuchó de la presencia de síntomas fóbicos, que
son, de acuerdo con Freud, los síntomas paradigmáticos de la neurosis en la
infancia. Tampoco se tuvo noticia de síntomas obsesivos, ni primarios ni
secundarios. En cambio si se presentan en algunos niños, particularmente en
Camila151, manifestaciones de angustia, las cuales podrían tener el estatuto de
síntoma defensivo primario de la histeria, pues como Freud lo expone, en ésta:

“La elevación de tensión a raíz de la vivencia displacentera primaria es


tan grande que el yo no contradice a ésta, no forma ningún síntoma
psíquico, sino que se ve precisado a consentir una exteriorización de
descarga, las más de las veces una expresión hiperintensa de la
excitación. Se puede definir este primer estadio de la histeria como
histeria de terror; su síntoma primario es la exteriorización de terror
con lagunas psíquicas”.152

Sin embargo, otra de las formas posibles de interpretación de dicha angustia en la


niña, al contrario de pensarla como síntoma defensivo primario, tendría más bien
la forma de la imposibilidad de hacer un síntoma ante la emergencia de la
ferocidad del Otro, la posición de indefensión implicaría una imposibilidad de
tramitar sintomáticamente. Es decir pareciera señalar una especie de “sin

150
Freud, “La Represión”, Obras Completas, volumen 14, Buenos Aires, Amorrortu, 2ª edición en
castellano, 1984,p.150.
151
Estas manifestaciones de angustia de Camila fueron expuestas en el apartado: El traumatismo:
terror provocado por un peligro de muerte. Ver página 62.
152
Freud, “Manuscrito K”, Op. cit., p.268.

108
recursos” del lado del sujeto. Por esto, en Freud la tríada inhibición, síntoma y
angustia, sitúa cada una de dichas respuestas particular frente a las otras dos.

En cuanto a la asfixia de Pacho Malo, la accidentabilidad de Marlon, o el acto de


comer vidrios y de herirse con alambres de Aquila, son manifestaciones a las que
difícilmente se les podría atribuir el estatuto del síntoma como formación del
inconsciente, tal como lo tiene la fobia por ejemplo, la cual, como bien lo mostró
Lacan respecto al caso Juanito, tiene el estatuto de una formación significante,
metafórica, que le permite a Juanito amurallarse frente a la angustia.

Estas manifestaciones o reacciones de algunos niños, de las cuales se tuvo


noticia, no dan cuenta de un saber inconsciente cifrado; contrariamente al
síntoma fóbico, no constituyen un retorno de lo reprimido por la vía simbólica, sino
más bien un retorno del goce, pudiendo considerarse efectos directos de un
exceso pulsional, movilizado quizás por las agresiones venidas del padre o de la
madre, exceso que no logra ser tramitado ni pone en marcha la represión,
teniendo más bien el carácter de patologías del acto.

En este sentido, tienen la lógica de los llamados síntomas contemporáneos, entre


los que se cuentan la toxicomanía, los ataques de pánico, la anorexia, la bulimia,
entre otros, respecto a los cuales Massimo Recalcati afirma que “no son en
realidad formaciones del inconsciente en el sentido clásico del término, no se
organizan en un régimen significante, pero sí se presentan como prácticas
pulsionales, como pura “técnica” de goce que contrasta con el sujeto del
inconsciente”153.

153
Massimo Recalcati, La cuestión preliminar en la época del Otro que no existe. En: Virtualia, N°
10, Revista digital de la EOL, julio- agosto de 2004. www.eol.org.ar/virtualia

109
4.3 FANTASMA Y POSICIONES SUBJETIVAS FRENTE A LA AGRESIVIDAD
DEL OTRO

En su experiencia clínica Freud encontró que las “producciones del alma”154


poseen una suerte de realidad, opuesta a la realidad material, a la que denominó
realidad psíquica. Esta realidad es de naturaleza inconsciente, de modo que su
organización y funcionamiento es independiente de los procesos concientes, que
están adaptados a las exigencias del mundo exterior, y está poco abierta a la
influencia de estos.

La realidad psíquica está constituida por las fantasías inconcientes, las cuales son
erigidas en la temprana infancia a partir de las vivencias sexuales 155 en las que la
satisfacción pulsional tiene lugar, conllevando estas vivencias un excedente
traumático. Freud les confirió a dichas fantasías un valor determinante y decisivo
en las neurosis, ya que en ellas es esta realidad la que importa y tiene
consecuencias. Estas fantasías están al servicio del principio del placer, estando
destinadas “(…) a encubrir, a embellecer y a promover a una etapa más elevada el
ejercicio autoerótico de los primeros años de la infancia”156.

El testimonio aportado por uno de los niños entrevistados a quien se ha llamado


Pacho Malo, permite evidenciar de modo ejemplar y por qué no, paradigmático, el
importante y decisivo valor de la realidad psíquica en el modo en que un sujeto
tramita sus encuentros con lo real, real que está dado en este caso por la agresión
que le viene del Otro paterno, incluso desde antes de nacer.

A pesar de ser reportado por la institución como el más maltratado en la familia


por el padre, Pacho no se ubica como un niño maltratado, aspecto que de entrada
muestra una discordancia entre la realidad fáctica y la realidad psíquica. Este niño

154
S. Freud, “Los caminos de la formación de síntoma”, Op. cit., p. 336.
155
Para Freud las vivencias no equivalen a los acontecimientos sino a los modos en que se
subjetivan las experiencias.
156
S. Freud, “Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico”, Obras Completas, vol XIV,
Buenos Aires: Amorrortu, 2ª edición en castellano, 1984, p.17.

110
ofrece una variedad de respuestas frente a lo que ocurre con su padre: dice que
su padre no lo maltrata a él sino a su mamá, que a él sólo le ha dado tres pelas,
que su padre es malo con la madre pero no con él, que cuando era chiquitico le
pegaba con palos, con el machete, con la correa del machete y con zapatos, que
está en la institución porque él llamó a Bienestar Familiar con la ayuda de uno de
sus hermanos ya que su papá maltrataba a su mamá, luego dice que está en la
institución porque él estaba en la calle, que su mamá casi lo aborta porque su
papá le pegaba cuando ella estaba en embarazo, que su papá lo sacó con mañita
para que no se aporreara.

Así mismo, Pacho despliega, pone en escena, una narración en la que el padre
combate con personajes peligrosos a quienes siempre vence, salvando al niño del
peligro que ellos representan, siendo así el padre el héroe de las batallas que
Pacho pone en escena. En medio de sonidos, movimientos, tiros, golpes, etc. se
desarrolla una escena en la cual él y su padre logran vencer personajes de distinta
índole, borrachos, policías, el diablo y héroes del cine, como Yaqui Chan. Mientras
tanto no parece estar más en la escena de la entrevista, sino en su propia escena,
en “otra escena”.

Estos movimientos en las entrevistas con este niño producen algunas


interrogaciones ¿Qué significa esta multiplicidad de respuestas?, ¿cuál es la
verdad en juego?, ¿hay una verdad que coincide con la realidad material del
maltrato?, ¿la que reporta la institución al menos?, ¿este escenario mostrado por
el niño es el lugar desde el cual puede ser discernida su verdad? ¿Cómo resolver
la contradicción interna a las diferentes respuestas aportadas por el niño?

Imposible no evocar la propuesta de Freud con el silogismo del caldero, la historia


es la siguiente:

A ha tomado prestado de B un caldero de cobre, y cuando lo


devuelve, B se le queja porque el caldero muestra un gran agujero
que lo torna inservible. He aquí su defensa: «En primer lugar, yo no
pedí prestado a B ningún caldero; en segundo lugar, el caldero ya
111
estaba agujereado cuando lo tomé de B; en tercer lugar, yo devolví
intacto el caldero»157.

Freud plantea que cada uno de estos argumentos es bueno por sí; pero todos
juntos se excluyen recíprocamente. "Puede decirse también: A pone «y» en un
lugar donde sólo es posible «o bien o bien»". En lo inconsciente falta la
cancelación recíproca de varios pensamientos contradictorios, opera una
simultaneidad de coexistencia.

Las respuestas de Pacho aparentemente contradictorias y con el agregado


“fantasioso” permiten aproximarse a la hipótesis de que en su escenario pone en
acto una fantasía inconsciente, que como tal procede con la realidad psíquica en
predominio sobre la realidad material. Razón por la cual, ni la contradicción, ni la
atemporalidad, ni lo absurdo de sus narraciones, estarían en cuestión, siendo a
través de estos que lo inconsciente se revela.

Por otro lado, es importante destacar que en esta fantasía el niño se pone a salvo
de la agresión del padre y en cambio, la dirige hacia otros, lo que evoca una vieja
historia cómica narrada por Freud, según la cual en una pequeña aldea húngara,
donde el herrero había cometido un crimen cuyo castigo era la pena de muerte, el
burgomaestre decidió no hacerlo ahorcar a él para expiar el crimen, sino a un
sastre; ya que en la aldea había establecidos tres sastres, pero el herrero era el
único, y una expiación tenía que haber. Aquí se da un desplazamiento desde la
persona del culpable a otra inocente, lo cual, aunque contradice todas las leyes de
la lógica conciente, en manera alguna el modo de pensar de lo inconsciente158.

El tema de la fantasía inconsciente es desarrollado de manera ejemplar por Freud


en el texto “Pegan a un niño”, a partir del cual Lacan fundamentará posteriormente
el concepto de fantasma. A continuación se revisan los planteamientos freudianos

157
S. Freud, “El chiste y su relación con el inconsciente”, Obras completas, volumen 8, Buenos
Aires, Amorrortu, 1986, p.60.
158
Ibíd.

112
en dicho texto, así como algunos aportes de Lacan, debido a la estrecha relación
entre el fantasma y las posiciones subjetivas.

4.3.1. El Fantasma: Mi Padre me Amaltratado

La fantasía inconsciente, tiene desde Freud la función de contener el programa


que determina, desde el inconsciente, los modos a través de los cuales un sujeto
se relaciona con el Otro y hace barrera o tramita el excedente sexual de las
primeras experiencias traumáticas; esta función de pantalla protectora es
resaltada por Lacan en su noción de fantasma, término que se seguirá utilizando
en adelante.

Freud dilucidó el carácter inconsciente del fantasma “Pegan a un niño”159, de lo


que se desprende que éste sólo puede ser develado en un análisis a través del
trabajo de la asociación libre, y por consiguiente, no puede ser revelado en las
entrevistas de investigación realizadas por fuera del dispositivo psicoanalítico; no
obstante, las repuestas de los niños y sus posiciones frente a la agresión que le
viene del Otro, algo dicen de él.

La importante elaboración que Freud hace a propósito del fantasma, en el texto


“Pegan a un niño”, es realizada a partir del análisis de algunos de sus pacientes,
cuatro casos femeninos y dos masculinos. En las asociaciones de sus pacientes,
hechas con gran dificultad, él vislumbra una fantasía inconsciente de flagelación,
la cual plantea tres aspectos paradójicos: primero, que a esta fantasía se asocian
sensaciones elevadamente placenteras; segundo, que este placer no era
experimentado en la situación real de encontrarse como espectadores de un
castigo físico propinado a otro niño, es más, les provocaba aversión; tercero, que
estos sujetos no habían tenido padres maltratadores ni habían sido educados a

159
Cabe aclarar que Freud no utilizó el concepto de fantasma, por lo menos según las traducciones
al español que se han hecho de su obra.

113
fuerza de los golpes, mostrando así la disparidad entre la realidad psíquica y la
realidad material160.

Esta disparidad se evidencia de manera inversa en algunos de los niños


entrevistados para esta investigación, pues como bien lo demuestra Pacho Malo, a
pesar de haber vivido agresiones frecuentes y excesivas por parte de sus padres o
de uno de ellos, en su realidad psíquica no se ubican como maltratados.

Freud encuentra que la construcción fantasmática se da en tres tiempos en los


cuales varían el sujeto, el objeto, el contenido y la significación. En el primer
tiempo, la fantasía es de carácter consciente y corresponde a una época infantil
muy temprana y presenta una cierta indeterminación: El padre pega al niño. Este
niño maltratado no es nunca el propio sujeto, son por lo general sus hermanos o
hermanas, quienes se han hecho merecedores de su odio por constituirse en
rivales frente al amor de los padres, y de modo particular, del padre. El autor no se
decide a considerar esta fantasía puramente sexual ni resueltamente sádica,
afirmando “no son, desde luego sexuales; no son tampoco sádicas, pero
constituyen la materia de que amabas saldrán en lo por venir”161.

En esta fantasía del primer tiempo, el maltrato del padre significa la negación de
su amor hacia el otro niño, por lo tanto, ella comporta una grata satisfacción en la
medida en que se encuentra al servicio de los intereses egoístas y los deseos
incestuosos del sujeto. Es significada como “el padre pega al niño odiado por mí”.
El niño se complace, tal como lo señala Lacan, en la negación del otro niño como
sujeto, el cual es abolido, tachado, al ser dejado por fuera del reconocimiento del
padre, es decir, por fuera de la relación simbólica que introduce el amor del
Otro162. Podría decirse que el padre que aquí interviene es el padre del amor.

160
S. Freud, “Pegan a un niño”, Obras Completas, Vol. I, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1967.
Pág. 1182.
161
Ibíd., p. 1185.
162
Jacques Lacan, Las formaciones del inconsciente, Op. Cit., p. 246.

114
En la relación del sujeto al hermanito, no sólo se da la rivalidad por el amor del
padre, también tiene lugar la identificación con él, es así que el niño se identificará
con quien es el objeto de la agresión del padre, lo cual producirá una basculación
de su posición en la fantasía, de modo tal que en la siguiente fase, el sujeto
quedará ubicado en el lugar que antes ocupaba su rival.

Así las cosas, en la segunda fase, la persona que ejerce el maltrato es la misma,
el padre, pero el objeto sobre el que la acción recae ha cambiado. Ahora se trata
del propio sujeto quien es golpeado por el padre, fantasía a la que está asociado
un placer inmenso, adquiriendo así un carácter masoquista. Esta fantasía no es
recordada por los pacientes ya que nunca ha sido consciente, es una construcción
del análisis, enunciada bajo la forma: “yo soy pegado por mi padre” o “mi padre me
pega”. Esta es la fase más importante, ya que su carácter inconsciente da cuenta
del efecto de la represión.

La transformación que se da en este segundo tiempo, responde a la incidencia del


complejo de castración. La represión ha operado sobre los impulsos eróticos
incestuosos, lo que hace que el sujeto se ubique en la fantasía como objeto del
castigo. Esta fantasía, es la expresión directa de la conciencia de culpabilidad,
ante la cual sucumbe el amor al padre, siendo la culpa lo que transforma el
sadismo de la primera fase del fantasma, en masoquismo.163 Puede verse
entonces cómo este fantasma inconsciente constituye una defensa frente a lo
traumático del encuentro con el goce164.

Freud plantea que la represión ha puesto en marcha una regresión a la fase


sádico-anal de la vida sexual, sustituyéndose así la fantasía “mi padre me ama”
del primer tiempo por “mi padre me pega”, de modo tal que en dicha fantasía

163
S. Freud, “Pegan a un niño”, Op. cit., p. 1186. Es importante anotar que Freud por esta época
consideraba el masoquismo como secundario al sadismo, y es sólo en 1924 que reconoce un
masoquismo originario al que llamó masoquismo erógeno.
164
El carácter protector del fantasma en la neurosis, fue señalado por Freud en el texto titulado
“Mis tesis sobre el papel de la sexualidad en la etiología de las neurosis”, donde plantea que las
fantasías de seducción de los histéricos constituyen una defensa frente a las prácticas onanistas
de la infancia.

115
inconsciente confluyen la conciencia de culpa y el deseo sexual, de allí el carácter
paradójico del masoquismo.

El carácter radicalmente inconsciente del fantasma, es explicado por Pierre


Bruno, “(…) porque pone en escena, por una parte, la relación sexual con el
padre, de otra parte la castración por el padre, en tanto que son imposibles de
simbolizar por el sujeto”165.

Lacan plantea que en esta fantasía inconsciente es sobre el sujeto que recae el
efecto del significante, siendo el látigo un significante privilegiado. El mensaje del
primer tiempo consistente en “el otro niño no es amado”, ahora retorna con un
sentido opuesto “Tu eres amado”, el cual es reprimido. En este fantasma se pone
en juego un doble valor del significante, el valor del amor y el valor del castigo, de
la prohibición, “siempre hay en el fantasma masoquista un lado degradante y
profanatorio que implica, al mismo tiempo, la dimensión del reconocimiento y la
forma prohibida de relación del sujeto con el sujeto paterno. Esto es lo que
constituye el fondo de la parte desconocida del fantasma”166.

La tercera fase, al igual que la primera, es recordada y narrada por los pacientes
bajo la forma “pegan a un niño”. En ella el sujeto que fustiga no es el padre,
quedando indeterminado o representado por un sustituto suyo como lo es el
maestro, y los golpeados son niños, los cuales no son identificados. El sujeto que
fantasea aparece como espectador de la situación.

Lo que diferencia la tercera fase de la primera, es que ésta, según Freud, “es
ahora el sustentáculo de una intensa excitación, inequívocamente sexual, y
provoca como tal, la satisfacción onanista”167. Si bien la forma de dicha fantasía es
sádica, Freud no duda en atribuirle a la satisfacción extraída de ella un carácter

165
Bruno, Pierre. La Per- versión. Seminario del Segundo Encuentro del Campo Freudiano de
Colombia. Edita Fundación Freudiana de Medellín, 1992. p. 31.
166
J. Lacan, Las formaciones del inconsciente, Op. cit., p. 255.
167
S. Freud, “Pegan a un niño”, Op. cit., p. 1184

116
masoquista, ya que todos los niños golpeados son subrogados de la propia
persona.

El tercer tiempo, de acuerdo a lo que plantea Lacan, corresponde al acceso del


sujeto a la dimensión del deseo, en tanto tiene como función „‟ (…) manifestar una
relación esencial del sujeto con el significante”168; es el tiempo del más allá del
padre, ya que de lo que se trata es de la relación del sujeto a la Ley, la cual
determina las relacionas libidinales que se establecen con el otro.

La satisfacción sexual que aparece ligada al tercer momento del fantasma, pone a
la luz que no solo éste tiene una función defensiva frente al goce, sino que
también posibilita un reducto placentero. El fantasma es, “como una máquina (…)
para domar el goce, pues por su propio movimiento el goce no se dirige al placer
sino al displacer”169.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando la agresividad del padre no hace parte de una
construcción fantasmática sino que se presenta como un exceso dirigido al niño?
Como se ha venido mostrando, la fantasía “Mi padre me pega” constituye una
construcción no sólo imaginaria, sino esencialmente significante170, la cual no se
corresponde con la realidad material que rodea al niño. Esta fantasía inconsciente
de castigo está al servicio de la culpa primordial, ligada al deseo edípico
incestuoso, protegiendo al sujeto del goce. No obstante cuando el maltrato del
Otro le viene al niño de los padres o de uno de ellos como una realidad
insoslayable, el sujeto puede servirse de una construcción fantasmática en la cual
el padre o la madre dirigen su amor hacia él y su agresión hacia otro u otros,
funcionando aquí la fantasía como una protección frente a la ferocidad del Otro.
También puede darse una justificación del maltrato del Otro como un castigo
merecido por sus malas acciones. En este último caso, la culpa que el niño se

168
J. Lacan, Las formaciones del inconsciente, Op. cit., p. 251.
169
Jacques- Allain Miller, Dos dimensiones clínicas: síntoma y fantasma, Ediciones Manantial,
Buenos Aires, 1984, pág. 20. Según lo plantea Miller, la satisfacción anudada al fantasma
corresponde a un goce fálico, en tanto ha intervenido el significante fálico pacificando el goce Otro.
170
J. Lacan, “El fantasma más allá del principio del placer”, Op. cit., p. 251

117
atribuye por su mal obrar, que correspondería al remordimiento171, puede estar
recubriendo una culpa primordial de carácter inconsciente.

Pacho Malo enseña de manera ejemplar, cómo un sujeto puede servirse del
recurso fantasmático como pantalla protectora frente a la violencia del padre. Tal
como Freud lo encontró en el primer tiempo de la fantasía en el que “el padre pega
al niño odiado por mí”.

Así mientras en la primera entrevista narra una serie de peleas en las que él se
enfrentaba contra distintos personajes saliendo victorioso, en la segunda, tiene
lugar un despliegue fantasmático mayor, a través de un discurso atropellado, que
parecía no poder detenerse y que Pacho Malo ponía en escena. En estas
narraciones, ahora es el padre quien pelea, agrede y mata a distintos personajes,
le pega con un machete a un borracho que iba a atacar a Pacho con una navaja,
pelea con el Yaqui Chan y le mocha la cabeza con un machete, ataca a los
espíritus, y mata al diablo enterrándole un machete en el corazón. Esta es una de
sus múltiples narraciones:

“Un yaqui chan que vivía por allá en mi casa que un día se puso a
pelear con mi papa izque ¡yapi ya! y mi papá por sacar una cosa que
tenía aquí de juguete sacó el machete y fum le mochó la cabeza a ese
Yaqui chan (…) y arrancamos a correr y la policía detrás y yo salté así
como superman y caí por allá en un árbol, quizque superman y caí en
un árbol así y mi papá también…”

A través de las batallas en las que el padre lo defiende de las agresiones de los
otros, el sujeto en su realidad psíquica, se hace a un lugar en el amor del padre, o
en otras palabras, busca poder tratar o quizás tramitar el maltrato por medio de la
fantasía, en la cual siempre es salvado por el padre, asegurándose así una
posición de privilegio. Pacho Malo da cuenta de lo planteado por Héctor Gallo:
“Para asegurare una posición de privilegio respecto al Otro, cada sujeto elabora en

171
Remordimiento es el sentimiento de culpabilidad generado después de haber cometido alguna
falta, Ver: S. Freud, “El malestar en la cultura”, Obras completas, volumen 21, Buenos Aires,
Amorrortu, 2ª edición en castellano, 1986.

118
su fantasma una escena en donde un semejante, competidor potencial que no se
sabe quién es, aparece humillado, vejado y reducido a la condición de víctima”172.

En otros casos, podría pensarse que la agresión del Otro desborda o rompe la
construcción fantasmática, de manera que el niño queda expuesto de manera
radical y sin mediación a los excesos del Otro. El niño es ubicado como
instrumento del goce del Otro sin que haya una libidinización de éste, o ésta
fracasa en su función protectora de los estragos que produce la pulsión de muerte.
Aquí el maltrato puede adquirir el carácter de un daño irreparable en lo más íntimo
del ser, que no logra ser tramitado por lo simbólico, puesto que la tendencia
agresiva no logra ser velada mediante el recubrimiento que proporciona el amor,
de modo que se le revela al sujeto como una voluntad de daño presente en el
Otro.

Esto es lo que se escucha en el relato de Camila, para quien la voluntad de daño


de su madre pareciera no encontrar un límite, puesto que llegó al extremo de
ocasionar la muerte de su hermanito por la fuerza de los golpes, siendo ésta la
verdad de lo ocurrido para Camila. Para ella no hay duda de que su madre no es
una buena madre ya que no quiere a sus hijos.

Lo anterior permite evidenciar que pese a lo que le viene al niño del Otro, hay
siempre un margen de elección, en el que el sujeto responde de un modo
particular, ya sea consintiendo o rechazando, callando o denunciando, justificando
o cuestionando, sometiéndose o poniendo un límite, a las agresiones de sus
padres.

172
H. Gallo, Usos y abusos del maltrato, Op. Cit., p. 154.

119
4.3.2. Hacerse castigar: una posición subjetiva

Si bien el lugar en el que el niño llega al mundo ya se ha jugado en el deseo


inconsciente de los padres, siempre hay en neutro, como lo dice Lacan, una
posibilidad de elección para el sujeto, elección que no se relaciona con el libre
albedrío, pues nada tiene de libre, siendo por el contrario forzada. Esto quiere
decir, que el niño es precedido por una historia, la historia de sus padres, de sus
abuelos, los padres de sus abuelos, la cual establece una herencia simbólica
fundamental que se inscribe en lo inconsciente como discurso del Otro. El sujeto
entonces es un efecto de esta herencia, pero a la vez toma un lugar, elige, se
aliena u objeta los significantes con los cuales es nombrado por el Otro y
construye su fantasma en el cual se hace salvar, amar, odiar, preferir, castigar,
incluso maltratar.

Aunque a muchos pueda sonarles extraño, hay casos en los que un niño toma la
posición de hacerse castigar, como puede verse claramente en una breve viñeta
clínica que expone Freud173, la cual permite identificar el modo en que se juega
una elección temprana, entendida ésta como la respuesta del sujeto frente al
trauma, la que a su vez determina sus síntomas, su posición fantasmática y sus
rasgos de carácter. Estos últimos son definidos por Freud como “continuaciones
inalteradas de las pulsiones originarias, sublimaciones de ellas, o bien
formaciones reactivas contra ellas”174, definición que permite considerar estos
rasgos como el modo particular de gozar de un sujeto, en el cual pueden
permanecer inalterados el fin y el objeto de la pulsión originaria, puede desviarse
ésta del fin sexual o transformarse en su contrario.

Se trata de un niño pequeño, que en sus primeros años de vida observó y escuchó
con frecuencia las relaciones sexuales entre sus padres, desarrollando después

173
Véase: S. Freud, “Moisés y La Religión Monoteísta” Op. cit., pp. 75-77.
174
Freud, S. “Carácter y erotismo anal”, Obras Completas, volumen 9, Buenos Aires, Amorrortu,
1986, p.158.

120
de su primera polución espontánea, un síntoma de insomnio como formación de
compromiso, presentando mucha sensibilidad a los ruidos nocturnos y dificultad
para conciliar el sueño175.

El pequeño, comenzó después a tener sus primeras prácticas masturbatorias las


cuales fueron prohibidas por la madre bajo amenaza de decírselo todo al padre,
quien obraría con la castración de su órgano como castigo. "Tal amenaza de
castración tuvo un efecto traumático extraordinariamente poderoso sobre el niño,
que abandonó su actividad sexual y experimentó una modificación del carácter"176.
Adoptó entonces una posición pasiva frente al padre, en la cual mediante sus
travesuras se hacía castigar físicamente por éste, hallando en estos castigos una
satisfacción sexual e identificándose con la madre en la posición del maltratado.
Puede verse aquí cómo en el inconsciente se articulan la agresión y la satisfacción
sexual, inscribiendo una posición masoquista como respuesta frente a lo
traumático de su encuentro con la sexualidad y con la castración.

Luego de la latencia, con el advenimiento de la pubertad, surgió un segundo


síntoma, la impotencia sexual, quedando limitada su actividad sexual a la
masturbación, con fantasías sadomasoquistas. La pubertad se desarrolló con una
fuerte actitud hostil y rebelde hacia el padre, le fue imposible tener éxito en la
profesión pues la había elegido el padre y tuvo gran dificultad para establecer
relaciones. Como rasgos de carácter presentaba un marcado egoísmo, una actitud
despótica y brutal, y parecía sentir la necesidad de agredir a los demás bajo la
forma de la opresión y la ofensa. Concluye Freud el caso, diciendo que éste joven
llegó a ser la fiel copia del padre, reanimando la identificación paterna de los años
infantiles.

175
A esta viñeta clínica se hizo alusión en el apartado ¿Qué síntomas en los niños?
176
S. Freud, “Moisés y La Religión Monoteísta”, Op. cit.,p.76

121
Si bien es cierto que este niño no eligió dormir en el cuarto de sus padres durante
su temprana infancia y presenciar las escenas sexuales entre ellos, así como
tampoco eligió el tipo de padre ni el tipo de madre, sí asumió una posición
particular frente a los sucesos que vivió y frente a los padres que le tocaron, la
cual estuvo orientada en su infancia a provocar el maltrato del padre, ubicado éste
en el lugar del Otro, bajo la forma fantasmática "Mi padre me pega, mi padre me
ama". Posición que inscribe allí un goce, que retorna en la adolescencia bajo una
forma invertida, ubicarse en el lugar del agresor para lograr una satisfacción,
identificándose imaginariamente con el masoquista, es decir, con el agredido. Con
respecto a esta transformación del masoquismo en sadismo, anota Freud, "Y una
vez que el sentir dolores se ha convertido en una meta masoquista, puede surgir
retrogresivamente la meta sádica de infligir dolores; produciéndolos en otro, uno
mismo los goza de manera masoquista en la identificación con el objeto que
sufre"177.

Este caso permite ver una triple elección del sujeto. En primer lugar, la elección de
la defensa, en tanto respuesta o reacción, frente a la vivencia sexual temprana, o
en otras palabras, frente a lo traumático de la castración. Aquí puede decirse que
el sujeto más que elegir, es un efecto de la elección. Las tres formas de la defensa
son la represión, la desmentida y la forclusión, las que dan lugar a la neurosis, la
perversión y la psicosis, respectivamente. En este caso, se muestra la operación
de la represión cuando ante la amenaza de castración, el niño abandona su
actividad sexual y experimenta una modificación del carácter, la cual, lo conduce a
adoptar una posición pasiva ante el padre, en la que se hace castigar por sus
deseos eróticos hacia él mismo. Este es el segundo tiempo del fantasma que
Freud desarrolla en el texto “Pegan a un niño”, el tiempo de la represión que le da
el carácter inconsciente al fantasma.

177
S. Freud, “Pulsiones y destinos de pulsión”, Obras Completas, volumen 14, Buenos Aires,
Amorrortu, 2ª edición en castellano, 1984, p. 124.

122
En segundo lugar, se juega una elección del sujeto en cuanto a su respuesta
retroactiva frente al trauma sexual de la infancia, respuesta que no implica el
recuerdo de la vivencia o impresión precoz, sino tan sólo su efecto. Este es el
momento del desencadenamiento o estallido del síntoma, del fracaso de la
defensa. En este caso el síntoma se presenta cuando en la pubertad aparece la
imposibilidad bajo la forma del fracaso, imposibilidad en la relación sexual -
impotencia -, en el éxito profesional y en las relaciones sociales.

En tercer lugar, se encuentra la elección relacionada con los rasgos de carácter,


determinados por el modo de satisfacción pulsional que se ha fijado
tempranamente, la cual permanece a nivel psíquico, o bien inalterada, o bien
desfigurada por la defensa. En el caso la satisfacción se fijó en el hacerse
maltratar, ubicándose como objeto de la agresión del padre, moción pulsional que
permanece pero volcada luego hacia fuera, tomando a otros como objeto de su
agresión y despotismo. Este es el punto en el que la pulsión se resiste al principio
del placer, se opone a los ideales de la civilización, inscribiendo un goce por fuera
de toda moral y de todos los esfuerzos educadores.

Esta viñeta clínica aportada por Freud, permite evidenciar que en cada sujeto se
juega una elección frente al trauma, que fija su posición fantasmática,
determinando sus síntomas y sus formas privilegiadas de gozar. En este sentido el
psicoanálisis reconoce a un sujeto que es efecto de la elección, en tanto sujeto
dividido, deseante, pero también capaz de elección, y en consecuencia,
responsable, tanto de su deseo inconsciente como de su goce o como dice Marie-
Helene Brousse, de sus tristezas y sus vergüenzas178.

178
Marie Helene Brousse, La elección de los niños en relación al deseo, al saber y al goce, Actas
de la 7ª Jornada de FORUM- Nueva Red Cereda, Barcelona, abril 16 y 17 de 2004, p. 82.

123
4.3.3. ¿Cómo significan los niños las agresiones del Otro y responden a
ellas?

La teoría del trauma en el psicoanálisis ha podido determinar que no solamente


hay elección del sujeto en el trauma, sino, específicamente, que el sujeto es un
efecto de la elección frente al acontecimiento traumático. Se hace entonces
necesario, en lo que sigue, avanzar en la naturaleza de dicha elección cuando se
presenta el maltrato, por dos vías: La primera, las significaciones que da el sujeto
al acontecimiento, es decir cómo interpreta los actos agresivos del padre y/o de la
madre, y la segunda, cómo responde a ellos, a partir de lo cual puede saberse
algo de su posición subjetiva.

Las significaciones que los niños dan a los actos agresivos de sus padres,
permiten identificar si estos niños se consideran o no como maltratados, teniendo
en cuenta que para ellos este significante no suele ser ajeno o al menos
desconocido, más cuando se vive en una institución de protección al menor. Esto
implica no dar por sentado que todos los niños institucionalizados por situaciones
de maltrato se representen como maltratados.

En el análisis de los testimonios ofrecidos por los niños se evidencian distintas


posiciones subjetivas con respecto a la agresión del Otro materno y/o el Otro
paterno, las cuales responden a tres lógicas: “sí me pega... pero no me maltrata”,
es la posición de quienes no se ubican como maltratados ni ven en las acciones
del Otro un exceso o una prueba de su desamor, sino simplemente un castigo por
una falta cometida; “ya lo sé… pero aún así”, es la posición de los niños que
aunque significan las acciones del Otro como excesos o como fallas en su función
de padre o de madre, a la vez lo deniegan, ya que no quieren o no pueden ver en
esto una intención de daño del Otro, ni una prueba de su desamor; y finalmente, la
posición “no me castiga, me maltrata”, en la que el maltrato es claramente sentido
como una intención de daño del Otro, reconocido como una prueba de su
desamor, y objetado por su crueldad y arbitrariedad.

124
Sí me pega… pero no me maltrata

Algunos niños, a pesar de estar bajo medida de protección por el maltrato de su


padre o de su madre o por la negligencia y abandono de estos, niegan el maltrato,
ubicando los actos agresivos o negligentes del Otro como algo que no está por
fuera de un vínculo de amor, atribuyéndoles a estos actos una función de castigo
por sus faltas cometidas, o valiéndose de distintas justificaciones para explicarse
la falta de cuidados por parte del Otro.

Entre los que niegan el maltrato del padre se encuentra Pacho Malo, quien en la
primera entrevista dice no haber sido maltratado por éste. De este modo afirma:
“Mi papá casi no nos pegaba, sólo me ha metido tres pelas”, las cuales parecieran
ser claramente recordadas y contabilizadas, describiendo las faltas una a una por
las que su padre le pegó en cada ocasión; sin embargo, en la segunda entrevista
la cuenta se pierde, ya no habla de tres sino que dice “sólo unas veces” y luego de
nombrar la segunda pela, sigue otra, otra, y otras más, serie que ni siquiera
concluye con la que llama la última, “y la última él me pegó con una correa y la
otra ....”.

El significante “sólo unas veces” o “sólo me dio tres pelas” cobra significación
cuando Pacho dice que el padre “le ha perdonado algunas”, es decir que han sido
más sus faltas que las pelas recibidas del padre. Sus faltas las relata diciendo:
“maté al gato y también hice cosas malas”, “dañé la moto, fui al infierno, maté a un
gato, me mataron por unas cosas unos señores…”, “hago matar a la gente". Al
preguntarle cómo hace matar a la gente, dice "por cosas, porque yo soy muy
travieso".

La respuesta “Mi papá casi no nos pegaba” contrasta con lo relatado en otra
entrevista en la que dice “cuando yo era chiquitico me pegaba con palos, me
pegaba con el machete, y con la correa del machete, me pegaba con zapatos, me

125
pegaba con lo que encontrara”. Sin embargo, afirma que su padre “es bien” con
los hijos pero es malo con su madre, porque la maltrata.

Puede decirse que aunque Pacho malo está institucionalizado por el maltrato
físico cometido por el padre, lo que se encuentra a través de sus dichos es que él
no se ubica, ni se nombra como un niño maltratado en ninguna de sus respuestas:
“mi papá casi no nos pegaba, sólo me ha metido tres pelas”, “mi mamá solamente
me ha pegado una vez”, “mi papá me ha perdonado muchas cosas”, “el sólo me
ha pegado porque yo hacido cosas malas”. 179

En lugar de ubicarse como víctima, Pacho se nombra como “malo”, “Pacho malo”,
nombre que según dice se lo pusieron unos niños por su parecido con un niño que
se llamaba “Pacho malo” y a quien mataron en la cañada; dice que aquel era su
clon, “porque el tenía la misma cara mía y tenía todo el cuerpo mío, entonces por
eso, parecido a mi, entonces por eso me llamaban así, porque ese niño ya se
murió…”.

Pero además de Pacho Malo, el niño que mataron, aparecen otros alter-egos,
como el gato, al que Pacho mata porque se le había metido el espíritu de su clon,
y un niño que se cayó a la cañada y murió, “Porque se lo llevó una corriente y una
piedra por allá se chocó y prum se le estalló el cerebro y se lo comieron los
gallinazos…y como ese niño yo lo quería mucho entonces yo me puse a chillar
porque a ese niño yo lo quería mucho, entonces la mamá se puso a llorar, y yo
también porque cuando se le mueren los niños a la mamá le dan nervios.”
Respecto al gato dice “…entonces al tercer día un niño apareció por allá en una
esquina como el clon mío entonces lo llamaban Pacho malo y ese clon se le metió
al gato y ese gato me volvió la cara así”, “porque mire tenía la misma cara mía y
los mismos ojos y la misma boca (…) ese gato yo lo cogí y lo eleve por allá”.

179
Puede verse el valor de equívoco de este significante hacido, de un lado ha-sido referente al ser
malo, y acción del padre dirigida al ser y la acción dirigida al hacer.

126
De las múltiples narraciones y diversas respuestas de Pacho Malo, quizás la que
revela de forma más contundente su elección fundamental, es aquella en que
Pacho da cuenta de su deseo de vivir frente a la posibilidad de ser abortado por su
madre, debido a los golpes que el papá le propinaba cuando ella estaba en
embarazo. Dice “mi mamá me iba abortar si no que, no mira que mi papá le
pegaba mucho a mi mamá y casito que me aborta a mi, pero no, entonces, yo no
quería que me abortara”, “ porque me faltaron días y mi mamá intentaba tenerme y
hacía fuerza y cuando la llevaron al doctor ya estaba toda (…) porque yo había
nacido(…) mi papá me sacó con mañita pa´ que no me aporreara”, “ yo era
chillando en la barriga de mi mamá si no que, si no que… es que, es que yo
escuchaba, que yo, que no iba a nacer, que es que yo no iba a vivir”. Aquí puede
verse cómo Pacho sólo se representa la agresión del padre vía la madre, puesto
que a él siempre lo cuida, lo protege y lo salva.

Otro niño que niega el maltrato es Felipe, quien refiriéndose a su madre, dice “ella
no me pega tan duro, no me pega ni con correa, ni con chanclas”, solamente
“palmadas” en la mano y, afirma que la quiere mucho, “porque ella es mi mejor
mamá”. Justifica los castigos de su madre por sus salidas a la calle sin permiso:
“Porque, yo unas veces no le hacía caso, pero sí, si era obediente”. Ubica como
único punto de desobediencia andar la calle, ya que se significa como un niño
obediente. Para Felipe las “palmadas” que su madre le daba no constituyen un
exceso del cual se queje, mientras que sí lo hace de las agresiones que recibe de
otros niños en la institución, quienes le pegan y le roban.

Con respecto al motivo por el cual se encuentra institucionalizado, Felipe da dos


respuestas: la primera que es por su propia voluntad, y la segunda, porque una
muchacha lo entregó, diciendo que su madre lo maltrataba.

Felipe tiene claro que aunque está en una institución de adopción, a él no lo van a
adoptar, dice “(…) a los niños le tomaron foto, para que se vayan con padres…con
padres ricos… porque los adoptan, pero a mi no me van a adoptar”, esta

127
diferencia, la sustenta en el hecho de que recibe visitas por parte de su madre, lo
que no sucede con otros niños. Se observa que las visitas de su madre tienen
una gran importancia para él e incluso, quisiera que estas fueran más frecuentes,
lo que se evidencia cuando dice: “yo quiero vivir a… yo no quiero vivir aquí, si
traen a mi hermanito aquí, entonces mi mamá ya puede venir a hacer la visita
todos los jueves y ya, ya no pierdo ninguna visita”. Este punto en particular, el de
las visitas, permite dar cuenta de que para Felipe, la protección materna es algo
que lo diferencia de otros niños que están allí y que no son visitados.

Al igual que Felipe, Tania no significa las agresiones de su madre como maltrato,
a pesar de que ésta le quemó las manos untándolas de alcohol y prendiéndolas
luego con una vela, por haberle hurtado $20.000. Tania ubica su falta y no la de su
madre, como causa de su institucionalización, poniendo en primer plano su
culpabilidad, dice que está allí porque “yo le había cogido veinte mil pesos a mi
mamá”, así mismo afirma que estuvo en el hospital “porque le había quitado la
plata”, lo que permite pensar que la institucionalización en lugar de ser vista por
Tania como una medida de protección, parecería ser para ella un castigo por su
mal comportamiento.

Tania manifiesta que cuando su mamá se dio cuenta que le faltaba el dinero, la
regañó y le dijo que le iba a quemar las manos, “me dijo que donde yo no me fuera
llevado los otros $20.000, no me fuera quemado las manos”, lo cual se convierte
en una explicación por parte de la madre de su propio acto, por el monto del
dinero robado, dejando ver una correspondencia también para la niña entre la
gravedad de la falta cometida y el exceso de la sanción aplicada, correspondencia
que le permite a Tania ver este acto como un castigo.

Ésta no era la primera vez que Tania le robaba dinero a su madre, pero nunca
antes le había cogido esta suma. Los robos anteriores eran castigados por la
madre privándola de salir y de ver televisión, pero esta vez fue diferente. Tania
dice “a ella le da mucha rabia que le cojan la plata sin permiso”. La razón que da la

128
niña del robo del dinero es que necesitaba pagar el restaurante de la escuela, y
aunque su madre ya sabía, ella se lo roba sin poder explicar por qué lo hizo. Su
madre va a visitarla todas las semanas a la institución donde ella se encuentra y le
ha dicho que va a hacer todo lo posible para sacarla de ese lugar, además le ha
pedido que la perdone, perdón que Tania ya le concedió, afirmando además que
quiere volver a estar con ella.

Con respecto a la posibilidad de que esto vuelva a ocurrir, es decir, que su madre
la queme, Tania inicialmente dice que no, pronunciado en un tono muy bajo, pero
en otro momento de la entrevista responde que no sabe que podría pasar si
alguna otra situación hiciera enojar a su mamá.

A Tania le ha pegado tanto su madre como su padre, aunque en un primer


momento niega que su madre le hubiera pegado, luego dice “si me pega pero no
tanto”. Esta le pega porque Tania no le hace caso, dice “me ponía a lavar los
platos y a hacer oficio en la casa”. Su padre le pegaba cuando ella vivía con él y
su esposa, porque ella no lavaba toda la ropa de su hermanito y la de él, y porque
no le hacía caso cuando él le decía que hiciera el oficio, le pegaba con correa y
con alambre, ante lo cual su mamá la llevó a vivir de nuevo con ella. Tania dice
que a su papá no lo perdona y no quisiera volver a verlo, ni vivir con él.

Puede verse que la posición de Tania no es la misma con respecto a los golpes
del padre que a los de la madre, enfatizando la diferencia “si me pega pero no
tanto”, y aunque hay un exceso evidente del lado de la madre en el acto de
prenderle las manos con alcohol, pareciera que en este caso no es suficiente para
que el Otro materno pierda su lugar de objeto de amor.

Pero si Tania permite ver hasta que punto puede una niña recubrir un acto de la
madre que a todas luces es excesivo y cruel, significándolo como un castigo,
Mateo, evidencia el punto extremo de negación del abandono y el desamor de la
madre. Este niño, quien se encuentra en una institución de adopción y sabe que

129
está a la espera de una familia que desee adoptarlo, explica su situación diciendo
con gran tristeza que su madre no puede estar con él porque trabaja mucho, y que
a él le da pesar que ella esté sola.

Adriana, a diferencia de todos los demás niños entrevistados, no está en una


institución de protección ni en un hogar sustituto, sin embargo fue entrevistada
debido a que el padrastro tenía una denuncia por maltrato. La posición subjetiva
de esta niña frente al suceso ocurrido con el padrastro, no es la de la niña
maltratada, sino de quien recibe un justo castigo por realizar una mala acción, esto
lo hace evidente cuando dice que a ella nunca le han pegado sin motivo, y que
esta pela se la dieron por tomar un dinero que no era suyo. Además asume la
amonestación que le hicieron al padrastro como el cumplimiento de una norma y
no como consecuencia de un maltrato. Al preguntarle que opina sobre los golpes
recibidos, responde con un seco “nada”, el cual pudiese señalar la baja
importancia que otorga al hecho, ya que no se muestra preocupada, ni reprocha la
agresión recibida.

Puede verse cómo estos niños justifican los actos agresivos de su madre o de su
padre a partir de sus faltas, lo cual le da a dichos actos la significación de un
castigo merecido por su mal comportamiento, porque no le hacían caso al papá o
a la mamá, se portaban mal en la escuela, hacían cosas que no debían, les
robaron dinero, hacía desorden, recocha, son traviesos, se iban para la calle, entre
otras cosas. De este modo, algunos niños se reconocen merecedores del castigo,
lo cual les permite explicarse las acciones agresivas del padre o la madre que
recaen sobre ellos. Esta justificación atenúa el carácter traumático que el maltrato
pueda revestir, siendo de este modo una agresión que se articula a través de la
palabra, es decir, es dialectizada por los niños, aunque de ningún modo puede
afirmarse que por esto no tenga efectos, los cuales, como se ha dicho en otro
lugar, no es posible predecir.

130
Ya lo sé… pero aún así

Otra posición subjetiva que develan algunos testimonios es aquella en que si bien,
los niños reconocen y hasta se quejan de los excesos de las acciones del padre o
de la madre o su falta de cuidados, esto no implica que estos sean dejados de
amar, o dejen de ser vistos como un Otro que los ama. Estos niños se encuentran
divididos entre una significación del acto del Otro como un exceso que a veces no
comprenden y otras veces lo justifican, o lo encubren, lo que les permite preservar
su lugar de objeto amado para el Otro.

De esta posición da cuenta Aquila, quien aunque no se nombra como maltratada,


sí se queja de los excesos del padre, del dolor y las marcas producidas por sus
golpes. “Me pegaba con un palo, con un cable de luz y con una llanta de un carro,
con un coso de esos, del medio, me pegaba, como él conseguía de eso de carro,
llantas de carro y él los partía, él los conseguía pa` pegarme”.

El hecho de que ella no se identifique con el significante “maltratada”, puede


entenderse por la justificación que hace de tales acciones del padre. Según lo
explica, la razón por la que el padre le pegaba duro es que ella se portaba mal y
no hacía caso en la escuela, “haciendo groserías… haciendo desorden, cuando mi
profesora se iba para el baño yo hacía recocha, tiraba cosas”. Refiere que al padre
le ponían quejas suyas en la escuela, mientras su hermano era más juicioso, dice
“yo era más resabiada, yo soy la más resabiada”. Al indagar por este significante
con el que se nombra no puede explicar qué significa, sólo dice luego, que es una
persona que patalea.

Aunque Aquila justifica los golpes del padre por su mal comportamiento, esto no
impide que lo objete, objeción que realiza de tres formas distintas. En primer lugar,
le botaba al río todos aquellos instrumentos del maltrato, con la complicidad de su
madre, “él se iba cierto, entonces yo le decía a mi mamá, mami yo le voy a botar
esto a mi papá, entonces mi mamá me decía que sí…”, “entonces yo le botaba

131
cada uno y no tenía con que, yo le boté fue todo, todas esas cosas, y también le
boté el cable de luz y esas llantas de carro”. En segundo lugar, se escondía
debajo de la cama, en el río, donde una tía, donde sea para que no la encontrara y
le pegara. Por último, la objeción quizás más radical, consistía en que Aquila se le
enfrentaba y lo golpeaba pero no para evitar que la golpee a ella sino para
defender a su mamá, dice “Yo le pegué a mi papá porque él maltrataba a mi
mama. Mi papá decía que mi mamá tenia otro mozo, mi mamá no tenía ningún
mozo” “Con unas cosas yo le pegaba, las de carro, le dejaba morado, cogía con
una y con otra y le pegaba y arrancaba a correr con mi hermano”.

Aquila en lugar de rivalizar edípicamente con su madre por el amor del padre, se
enfrenta a él para defender a su madre de sus excesos, “yo le pegué a mi papá
porque el le pegó a mi mamá entonces yo con un palo le pegué yo tampoco
dejaba que le pegara a mi mamá.”

La madre a pesar de que le ha pegado a Aquila no es vista por ella como un Otro
maltratador, pues aunque pueda parecer sutil la diferencia que ella hace entre sus
golpes y los del padre, para Aquila es claro que no se trata de lo mismo, de lo que
dan cuenta las siguientes frases, “Ella no, lo único que me hacia mi mamá era…
me pegaba y ya, ella me pegaba, ella no me hacía lo que mi papá hacía conmigo.”
“Ella me pegaba duro pero no tan duro como mi papá” “Ella no me pega, ella…. si
me pegaba durito pero no tan duro”.

La imagen que tiene Aquila de su madre es la de una mujer sacrificada y con una
historia de sufrimientos, que pide limosna por sus hijos, que trabaja para conseguir
el alimento y visitarlos, que es golpeada por su esposo y fue maltratada cuando
era pequeña por una señora, según una historia que el padre le contó a Aquila,
ella dice “ella ha sufrido mucho cuando estaba pequeña a mi mamá le pegaron en
la cabeza”, “Y mi mama sufrió mucho, a ella le pegaban con palos, le pegaron a mi
mamá con el tacón del zapato…a ella le cogieron puntos, ella tiene todo esto acá,
tiene una cicatriz y tiene todo esto acá dañado”. Según le dijeron la mamá de su

132
mamá la dejó botada cuando era pequeña, pero esta es una historia secreta, que
el padre le pidió callar, “….él me dijo que no le hubiera a contar a nadie y yo conté,
y mi papá había decido que yo no le dijera nada de lo que le hacían y yo conté”.

Por su parte Manuela, a pesar de estar en la institución por el maltrato de su


madre, y particularmente, porque ésta la quemó en el estómago, tampoco se
nombra como una niña maltratada, ni refiere en las entrevistas de la investigación
haber recibido castigos físicos por parte de la madre, inclusive al preguntársele si
había tenido accidentes como quemaduras, niega haberse quemado. Sin
embargo, un poco después, en la misma entrevista dice que llegó a la institución,
porque en una ocasión que ella estaba haciendo la comida, se le regó un aceite
caliente y se quemó, esto ocurrió mientras su mamá dormía, razón por la cual se
llevaron a esta última en un carro “de esos en que llevan a los que roban” porque,
según le dijeron, “los niños no deben estar cocinando”. Admite luego, no sin gran
dificultad, su verdad sobre su madre, “es que ella es muy irresponsable”, frente a
lo cual no puede decir nada más en esa entrevista.

En las entrevistas de investigación, Manuela niega que su madre alguna vez le


haya pegado a ella, a pesar que en el informe de la institución se reportan
testimonios de la niña en los que ha hablado de los golpes que le propinaba su
madre, con chanclas, con correa, con varillas, sólo menciona algunos castigos
recibidos, los cuales justifica por su mal comportamiento. Dice que su mamá sólo
la castigó una vez no dejándola salir porque ella se portó mal, pues se salió de la
casa sin permiso y se fue para la tienda, otra vez la regañó porque ella le dio una
palmada a su hermanita porque le había cogido sus cuadernos para rallarlos. Pero
lo que Manuela no justifica y quizás no entiende es por qué su mamá se gastaba
toda la plata en cerveza y no les daba comida, lo que se anuda al significante
“irresponsable”, dándole ahora sentido.

Podría decirse que la respuesta de Manuela frente al Otro, es sostener la función


de la madre como un Otro simbólico que le da regalos cuando se porta bien y la

133
sanciona cuando se porta mal, un Otro que la cuidó cuando era bebecita, que le
daba la comida y que quiere vivir con ella. Mientras la vertiente pulsional de la
madre, aquella que se muestra en sus golpes excesivos, en el acto de tirarle el
aceite caliente a su hija, en el consumo de alcohol y drogas en lo cual gasta su
dinero mientras sus hijas no tienen qué comer, es difícilmente nombrado y en
ocasiones negado. Así, lo que escapa a la comprensión y a la justificación para
estos niños, son los actos del Otro, sostenidos en la vertiente pulsional que
adquieren, como expresiones de un exceso que escapa a cualquier posibilidad de
ser simbolizado.

Este caso permite ver cómo la niña ofrece distintas versiones del comportamiento
de la madre con ella, las cuales si bien pueden resultar contradictorias, cada una
contiene algo de su verdad subjetiva, tal como lo plantea Freud en el sofisma del
Caldero. Con respecto al incidente que ocasionó su quemadura dijo en la Fiscalía:
“una vez mi mamá estaba brava conmigo y me tiró una manteca caliente en el
estómago”, “mi mamá tal vez no me quería quemar, ella apuntó para otro lado
pero a mi me cayó la manteca y me quemó, después la gente llamó a la policía180”.

Puede verse en estas dos respuestas contrarias, la forma de la denegación, ya


que en la primera afirma que su mamá le tiró una manteca caliente en el estómago
estando brava con ella, lo cual supone el reconocimiento de un acto agresivo
intencionado por parte de la madre, mientras en la segunda respuesta, pone en
duda la intención de daño de la madre, significándolo como un accidente, si bien el
“tal vez” que antecede al “no me quería quemar”, no niega por completo la
afirmación precedente, tampoco puede reconocerla como verdadera porque esto
tiene consecuencias sobre ella.

Teniendo en cuenta las distintas respuestas aportadas por Manuela, en las


entrevistas con el psicólogo de la institución, en la Fiscalía y las realizadas en el

180
Tomado del Informe de la Institución de protección Jesús de la Buena Esperanza de Pereira

134
marco de esta investigación, podrían ordenarse en cuatro momentos lógicos las
significaciones de Manuela frente a la agresión del Otro materno:

1. Mi mamá estaba brava conmigo y me quemó.


2. Mi mamá tal vez no me quería quemar.
3. Yo no me quemé.
4. Yo me quemé mientras mi mamá dormía.

De este modo, en el primer momento el Otro es el agresor y ella padece


pasivamente el exceso cometido por su madre, reconociendo a la madre como un
Otro maltratador; en el segundo momento, el Otro sigue siendo agente de la
acción, pero no se le atribuye la intención de agredir, poniéndose en duda su
culpabilidad; en el tercer momento, niega haberse quemado alguna vez y
finalmente, en el cuarto momento, el Otro sale de la escena, negando
completamente su culpabilidad, pasando Manuela de la posición pasiva – presente
en el primer y segundo momento- a la posición activa, siendo ella la que se
quemó. Así la madre queda redimida de toda culpa y deja de ser reconocida como
un Otro que maltrata. Este movimiento en la posición de Manuela con respecto al
Otro, lleva a interrogar si el cuarto momento es un efecto de la represión del goce
del Otro o si Manuela está haciendo una denegación de aquello que no quiere
reconocer, esto es, que ella puede estar, en un momento de coyuntura, en el lugar
del objeto de la agresión materna.

Para Manuela la madre aparece dividida entre una madre amada, a quien ella
extraña, que le daba regalos cuando se portaba bien, cuando no salía de la casa
sin permiso y no peleaba con sus hermanas; una madre que en el ejercicio de la
ley la castigaba cuando ella se lo merecía, no dejándola salir, y una madre
cuestionada por ser irresponsable, por no darles comida, ya que se gastaba la
plata en cervezas y se pasaba todo el día durmiendo.

135
Podría decirse que lo que nos muestran estas dos niñas es la posición del “ya lo
sé…pero aún así”, ya sé que me pega muy duro, pero aún así merece otra
oportunidad; ya sé que me tiró la manteca caliente en el estómago pero aún así
no me quiso quemar; ya sé que es irresponsable pero aún así la extraño.

No me castiga, me maltrata

Finalmente se encuentra la posición en la cual se reprocha claramente el


incumplimiento de la función materna o paterna del Otro, esgrimiendo pruebas
claras de su desamor y de sus excesos mortíferos.

Esta es la posición de Camila, quien a diferencia de los otros niños, no duda del
maltrato de su madre. Dice que está en un hogar sustituto:

“porque mi mamá nos pegaba mucho y a nosotros nos tocaba ir a


pedir en otra parte pa´ yo mantener a mis hermanitos y hacerles la
comida y cuidarlos y hacer el oficio de la casa, entonces ella nos
pegaba y nos mandaba a lavar la ropa de noche lloviendo y si
nosotros no la lavábamos por la noche cuando llegaba A (padrastro) le
decía a A y nos pegaba a nosotros, entonces a mi me pegaba”.

En cuanto a las razones por las cuales la mamá les pegaba, Camila dice:

“porque nosotros no le queríamos hacer las cosas a ella, porque no le


queríamos hacer el oficio en la casa, porque ya uno cansado de hacerle
todas las cosas a ella, todo el día tendiéndole la cama y haciéndole
todo y uno también durmiendo en un colchón todo lleno de pulgas, eso
es muy… eso si le da a uno mucha tristeza dormir en un colchón lleno
de garrapatas y gusanos, todo esto por acá en carne viva, también nos
man… eh, nos llevaba a pedir limosna, a nosotros nos tocaba poner
una bolsita para que nos echaran la papa y la carne”.

Puede verse en este caso, que si bien Camila explica las agresiones de su madre
por el incumplimiento por parte de ella y sus hermanitos a las demandas
excesivas que ella les hace, no se trata, como en otros casos, de que se ubique

136
como culpable o merecedora de los golpes por su mal comportamiento o
desobediencia. Por el contrario, sitúa la falta del lado de la madre, ya que no
proporciona el amor y los cuidados a sus hijos, pues ni siquiera les garantiza las
condiciones de alimentación, descanso y salud, además les hace exigencias
desmedidas que ellos se niegan a cumplir. Podría decirse que Camila no sólo
denuncia las agresiones físicas de su madre, sino también su negligencia y la
incapacidad de asumir sus responsabilidades como madre. Dice “mi tía la
regañaba (a la madre) porque es que ella no tiene que ser así con nosotros”.

Aunque Camila aún no sabe escribir, para ella son importantes las cartas, las que
da y las que recibe, ella las hace con dibujos y sólo las da a las madres que son
buenas,

“nunca le hice una sola carta porque, ¡que le iba a dar una carta a una
mamá que es tan mala!, entonces se le da a una madre que si sea
buena. A mi no me gusta hacerle cartas a las madres que son malas
con uno, yo doy cartas pero a las que son buenas conmigo, por
ejemplo a mi tía también le daba (…) pa´ que le da uno cartas a una
madre que no lo quiere a uno”.

Por su parte José, el hermanito de Camila, deja ver su posición subjetiva cuando
explica que un día que llegaron a su casa unas personas de Bienestar Familiar,
su mamá les dijo a él y a sus hermanitas que no contaran que ella les pegaba
porque se la llevaban para la cárcel, a pesar de lo cual José les dijo lo que ocurría,
afirma “yo les dije que ella nos pegaba, no nos daba comida, que no nos llevaba a
pasear por dejarnos en la casa”. Esto permite ver cómo José denuncia el maltrato
de su madre a pesar de la prohibición que hizo ella para que no contaran lo que
sucedía, maltrato que está dado según él, no sólo por sus golpes excesivos, sino
también por su negligencia, y su falta de cuidados.

Al igual que su hermanita Camila, si bien José atribuye la causa de los golpes al
incumplimiento por parte de ellos de las exigencias de su madre, no se ubica
como merecedor ni culpable de dichos tratos, ya que deja ver con su queja y su

137
reproche, que para él no está bien que sean ellos quienes tienen que ocuparse de
todas las labores del hogar, mientras su mamá duerme todo el día, ni tampoco que
los deje solos por irse para las discotecas. Pero, a diferencia de Camila, José dice
que le gusta que su mamá y su padrastro lo vayan a visitar a Bienestar Familiar
porque le hacen falta, dice también que los quiere y que le gustaría volver a vivir
con ellos.

Marlon, por su parte, en la primera entrevista dice que él es un niño maltratado,


porque su mamá lo había encadenado a la pata de la cama con una cadena,
dejándole morados y marcas en sus piernas, sin encontrar justificación a este
hecho, también porque su papá, le mete la cabeza en un tanque hasta casi
ahogarlo. Dice que esto ocurre porque sus hermanitos lo culpan de cosas que
ellos hacen, y sus padres no le creen a él. Puede verse que Marlon se ubica
claramente en la posición de víctima de los excesos de sus padres, sin que admita
de su parte ninguna acción merecedora de castigo.

Podría conjeturarse que en estos casos, la vivencia de la agresión del Otro


constituye un imposible de olvidar para estos niños, ya que ellos han podido
constatar el exceso y la voluntad de daño del Otro, de manera que no se trata de
una vivencia tramitable y dialectizable a nivel inconsciente, sino quizás de un daño
irreparable que en cierta medida ha tocado el corazón del ser.

4.4. LA POSICIÓN DE LOS NIÑOS FRENTE A LA INSTITUCIONALIZACIÓN

Finalmente es importante señalar que se encuentra una correspondencia entre la


manera como los niños interpretan las acciones agresivas del Otro y su posición
con respecto a la medida de protección. Así, quienes interpretan las agresiones
como un castigo y no como un maltrato, no reconocen la institucionalización como
una medida de protección, unos la ven como un castigo más que no desean y
como una privación de su familia, mientras otros, la ven como un lugar que brinda
educación, alimentación y recreación.
138
Dentro de los primeros están, por ejemplo, Tania y Felipe. Tania manifiesta no
sentirse a gusto en la institución y querer irse a su casa con su mamá. Mientras
Felipe, que ve la institución como una privación de su relación con la madre, vacila
entre el deseo de volver con su mamá y quedarse en la institución con la condición
de que trasladen a su hermanito, quien se encuentra en otra institución de
protección, para que su mamá lo pueda visitar todas las semanas, dice: “yo quiero
vivir a… yo no quiero vivir aquí, si traen a mi hermanito aquí entonces mi mamá ya
puede venir a hacer la visita todos los jueves y ya, ya no pierdo ninguna visita”.
Pacho ilustra la segunda posición diciendo que instituciones como aquella donde
él está “son para mantener a los niños bien educados”, “para que los niños que
están mal enseñados, les enseñen”.

Quienes están divididos entre el reconocimiento del exceso que padecen, y la


denegación de la tiranía o el desamor del Otro, dejan ver una posición ambivalente
con respecto a vivir nuevamente con la madre o padre que maltrata, diciendo en
ocasiones que se sienten bien en la institución y en otras que quieren volver a sus
casas. Sin embargo, algunos intuyen que la permanencia allí puede ser larga. Por
ejemplo Manuela dice que se siente bien en la institución y que le gusta todo, pero
se evidencia un malestar en ella, por el desconocimiento de las razones que
impiden que su mamá pueda volver a visitarla, o que ella pueda llamarla.

Para estos niños las visitas de sus padres son muy importantes, así como en
algunos casos, la permanencia de un hermano en la misma institución, como en el
caso de Aquila, siendo esto un modo de preservar los vínculos familiares y
asegurarse contra la posibilidad de una adopción. Las respuestas de Aquila en
cuanto a los interrogantes respecto a si quiere volver a vivir con su padre son
múltiples, en ocasiones responde que no sabe, en una entrevista respondió
afirmativamente con su cabeza, mientras lo negaba con sus palabras “no, pa´ que
me vuelva a pegar como me pegaba”. En otro momento dice que le ha dicho a su
mamá que le den una oportunidad a su papá para que vuelva a vivir con ellos.
Dice además que se quiere quedar otro rato en la institución porque “…mi mamá

139
está trabajando y se va a conseguir la comida y nos pueda dar otra casa (…)
entonces un día le van a entregar a mi mamá solamente la casa para mi hermano
y yo y ella”.

Aunque José y Marlon se ubican como maltratados, manifiestan el deseo de volver


con sus padres. Por último, Camila rechaza abiertamente la convivencia con la
madre y desea conservar el lugar que le ha sido otorgado en la familia sustituta, ya
que le teme a los alcances mortíferos de la agresión de su madre.

A partir de estos testimonios puede verse que contrario a lo que la institución


asume como protección y bienestar de los niños, al separarlos de sus padres
“maltratantes”, algunos niños ven la institucionalización como un castigo, como
algo que no comprenden ni justifican, o como una situación que padecen con
mayor malestar del que quizás proporcionaba el trato de su padre o de su madre.
De lo anterior no se desprende que en ningún caso deba darse la
institucionalización, ya que en ocasiones el niño está expuesto en su familia, como
ya se ha dicho, a un daño tal vez irreparable. Además porque como lo anota
Yolanda López en su investigación, los procesos legales pueden tener el efecto de
pacificación del empuje destructivo de los padres, a la vez que reduce su
omnipotencia imaginaria cuando estos reconocen y se someten al llamado del
Otro de ley181.

181
Yolanda López, ¿Por qué se maltrata al más íntimo?, Op. cit., p.93.

140
5. CONCLUSIONES

Las agresiones dirigidas al niño por parte del padre y la madre, son consideradas
como maltrato infantil por el Estado, las instituciones de protección y en general la
sociedad, de acuerdo con el discurso de los derechos del niño y el Código de la
infancia y la adolescencia, por lo cual se brindan al niño medidas de protección
consistentes fundamentalmente en la institucionalización del niño y la consiguiente
separación de sus padres, por cuanto estos representan un peligro o un daño a su
integridad.

A pesar de los reportes y evidencias de tratos crueles, desmedidos o


abandonantes de los padres hacia los hijos, las diversas y contradictorias
respuestas aportadas por los niños en sus testimonios, permiten constatar que
cada uno de ellos tiene un modo particular de ubicarse y de significar los actos,
palabras, silencios o demandas del Otro. Puede decirse que si bien en la posición
subjetiva incide lo que viene del Otro, la significación que hace un sujeto de ser o
no maltratado, de ser o no amado, de ser o no culpable, no depende de la
magnitud, frecuencia o tipo de agresión, sino del modo en que éste se ubique en
relación con el deseo y el goce del Otro.

Lo anterior permite confirmar la tesis psicoanalítica fundamental planteada por


Freud, según la cual la realidad psíquica tiene un modo de existencia que no
puede equipararse ni confundirse con la realidad material, teniendo un valor
esencial en el modo en que el sujeto tramita sus encuentros con lo real del exceso
del Otro.

Puede verse que varios de los niños entrevistados preservan su lugar en el amor
del Otro, gracias al recurso a la fantasía, a la construcción de su novela familiar, o
a la denegación de los actos violentos o negligentes del Otro, como un modo de
protegerse de los estragos de la tendencia destructiva y mortífera de quien

141
esperan los cuidados, el amor y las garantías para conservar su existencia,
mientras otros significan los actos como maltrato.

Se encuentra, a partir del análisis de los testimonios, que los actos de la madre
significados por los niños como maltrato son de dos clases: los primeros,
obedecen a la falta de cuidados, atenciones y satisfacción de las necesidades del
niño, dentro de las que cobra particular importancia la alimentación, de manera
que la madre no ofrece al niño aquello que éste necesita para vivir, en palabras de
Camila es “no darle lo que el niño necesita, no cuidarlo y no estar con él”. Puede
verse aquí que lo que está en juego no es sólo la falta de respuesta de la madre a
nivel de las necesidades del niño, de su apremio vital, sino la falta de su
presencia, de su amor, del cual depende el niño más que para vivir, para existir.
Esta ausencia de respuesta del Otro materno es para algunos niños signo de su
desamor. Los segundos, dan cuenta de un exceso pulsional irrefrenable de la
madre que en su tendencia agresiva da lugar a golpes desmedidos, insultos o
castigos violentos y en su tendencia sexual, a la exposición y ofrecimiento de su
hijo o hija como objeto de goce sexual de otros.

Si la función de la madre, tiene que ver tanto con la satisfacción de las


necesidades del niño, como con su inclusión en su deseo, puede decirse entonces
que cuando se presenta el maltrato, éste no se ejerce desde su función simbólica,
sino desde su dimensión pulsional presente en ella en tanto mujer. Es decir, lo que
da lugar a los actos crueles es su goce, no su deseo, que como empuje pulsional
mortífero se encuentra por fuera de toda regulación y se satisface en aquel que se
encuentra sumido en la más extrema dependencia. Al respecto Lacan indica que
para que el niño pueda discernir la intención de amor del Otro de su voluntad de
daño, es necesario que se haya instituido el orden simbólico como tal, esta
institución es la que permite diferenciar el capricho del Otro de un acto dirigido a
sancionar una falta.

142
Mientras en algunos casos el acto agresivo o negligente se presenta cuando la
madre no se ocupa de su hijo pues se encuentra demasiado ocupada con su
propio goce, lo cual es nombrado por algunos niños como “gastarse el dinero en
cervezas”, “pasando bien bueno en la cama”, “divertirse en las discotecas”; en
otros casos, el acto agresivo se realiza en nombre de una sanción correctiva frente
a una falta cometida por su hijo o hija. En estos casos se observa que a pesar de
que el acto sea excesivo, es para muchos niños soportado, comprendido y hasta
justificado por su mal comportamiento, no siendo para ellos un signo de desamor.
Esto último también ocurre frente a ciertas agresiones del padre, de manera que la
dimensión pulsional de la madre o del padre es en muchos casos recubierta por la
dimensión simbólica que le permite al niño ver el acto como un castigo a una falta
cometida por él, no significándolo como maltrato, a pesar de ser a todas luces un
acto desmedido y violento.

En algunos casos a pesar de ser el padre quien comete actos agresivos, el niño o
la niña conservan la versión idealizada de éste, lo cual puede entenderse porque
el niño necesita erigir un padre omnipotente que le provea protección y amor, pues
de lo contrario no sólo se vería enfrentado a su condición de desvalimiento, sino
que la pérdida de su amor lo dejaría expuesto a su agresión. En otros casos, la
versión imaginaria del padre no está del lado de la idealización, sino de su
dimensión terrorífica, ya que el temor al padre, inherente a su función castradora y
a la rivalidad propia de la relación edípica, ha sido acentuado cuando el niño ha
tenido la ocasión de constatar los alcances de su hostilidad.

En cuanto al padre simbólico este introduce la prohibición, el límite, el castigo,


pero no el maltrato. Por el contrario, los actos violentos del padre dirigidos a sus
hijos, dan cuenta de su impotencia como representante de la interdicción. Es así
que cuando el padre agencia el maltrato lo que hace es someter al hijo a su ley
tiránica, siendo incapaz de someterse él mismo a las regulaciones que el ejercicio
de su función simbólica le exigen.

143
Sin embargo, lo que llama la atención es que en varios casos en los que las
instituciones de protección reportan el maltrato del padre como algo evidente, los
niños les atribuyen a estas agresiones la función de un castigo en una correlación
directa con la falta cometida por ellos (travesuras, portarse mal, hacer maldades),
observándose que al igual que ocurre con la madre, la dimensión feroz del padre
tiende a ser velada por su dimensión simbólica, permitiéndole al niño justificar o
entender el por qué de la agresión, velo que no obstante en algunos casos no les
impide nombrar lo excesivo y repetitivo de los golpes propinados.

Ahora bien ¿qué se puede decir en el momento de concluir con respecto al


carácter traumático de las agresiones provenientes de los padres? De acuerdo
con Freud, el trauma implica siempre un exceso que no logra ser tramitado por el
sujeto, sobrepasándolo psíquicamente, ya que éste no logra responder ni
corporalmente ni intelectualmente o sus respuestas son insuficientes. De este
modo se asume que el carácter traumático de una vivencia no depende del
acontecimiento en sí mismo sino de cómo responda el sujeto ante el mismo.

Cabe recordar la insistencia de Freud en la participación y cooperación recíproca


de los factores constitucionales y los accidentales en el trauma, de suerte que las
disposiciones pulsionales, tanto sexuales como agresivas, son reactivadas a partir
de las vivencias, y a su vez los sucesos accidentales requieren apuntalarse en la
constitución para tornarse eficaces. Sin embargo, no descarta que puedan darse
extremos en esta “serie complementaria”, donde o bien haya una supremacía del
factor accidental o bien de la disposición pulsional.

Así mismo, Freud diferenció el trauma sexual originario, constitutivo del


inconsciente, de los accidentes traumáticos, disparadores de las neurosis
traumáticas, los cuales enfrentan al sujeto con un real –peligro de muerte-, que
ocasiona un terror inasimilable psíquicamente. Los segundos corresponden a lo
que ha sido llamado por Colette Soler “los traumatismos de la civilización”. No
obstante se evidencia que a pesar del esfuerzo de Freud por diferenciarlos, es
mayor su proximidad que su distancia. Primero porque ambos conllevan un
144
exceso, sexual o agresivo, para el sujeto; segundo por el fracaso o imposibilidad
del sujeto para tramitarlos; y tercero, porque los segundos, es decir, los
traumatismos, se determinan en consecuencia con el primero, por cuanto sus
efectos no son independientes del modo en que el sujeto respondió frente al
trauma originario.

De acuerdo con lo anterior, puede verse a partir de los testimonios, cómo en


algunos casos las agresiones del Otro pueden tener el carácter de traumatismo,
es decir, ser una situación traumática que desborda o rompe la construcción
fantasmática, en tanto implica un exceso del Otro, que en su tendencia mortífera y
devastadora, produce un daño en el sujeto en lo más íntimo de su ser, quizás
irreparable, por cuanto las respuestas del sujeto son imposibles o insuficientes, de
manera que la vivencia constituye un imposible de olvidar. En otros casos puede
ligarse al trauma sexual originario, quedando inscrita en lo inconsciente. O puede
tener para algunos el carácter de una mortificación narcisista, como una caída del
trono de su imaginaria omnipotencia.

¿Cómo situar entonces los efectos de la agresión del Otro paterno y/o materno?
La respuesta no es simple, en tanto son múltiples y particulares los efectos. Así
estos pueden estar dados por la emergencia de la angustia, bien como reacción
automática, ante el fracaso de la defensa, o como un síntoma de la defensa
primaria; pueden dar lugar a síntomas de compromiso durante la infancia o en un
momento posterior como retorno de lo reprimido, si la vivencia logró inscribirse a
nivel inconsciente. O pueden tener como efecto manifestaciones sintomáticas en
el niño que tienen el carácter más de patologías del acto que de formaciones del
inconsciente, ya que lo que retorna no es lo simbólico, sino un goce intramitable.
Los testimonios de los niños entrevistados dieron cuenta de la presencia de
angustia, en algunos, y en otros, de reacciones que pueden ubicarse más del lado
del acto que del síntoma propiamente dicho.

En cuanto a las posiciones subjetivas respecto a la agresión del Otro materno y/o
el Otro paterno, a partir del análisis de los testimonios se identifican tres, cada una

145
de las cuales responde a una lógica particular. La primera: “sí me pega... pero no
me maltrata”, es la posición de quienes no se ubican como maltratados ni ven en
las acciones del Otro un exceso o una prueba de su desamor, sino simplemente
un castigo por una falta cometida, esto a pesar de estar bajo medida de protección
y de reportarse actos violentos y desmedidos del Otro o una situación de
negligencia o incluso abandono. Para estos niños dichos actos, no están por fuera
de un vínculo de amor, ya que están justificados como sanciones merecidas.

En segundo lugar: “ya lo sé… pero aún así”, es la posición de los niños que,
aunque significan las acciones del Otro como excesos o como fallas en su función
de padre o de madre, a la vez lo deniegan, ya que no quieren o no pueden ver en
esto una intención de daño del Otro, ni una prueba de su desamor.

Y finalmente, la posición: “no me castiga, me maltrata”, en la que el maltrato es


claramente sentido como una intención de daño del Otro, reconocido como una
prueba de su desamor, y objetado por su crueldad y arbitrariedad.

Al interrogar lo que se denomina maltrato en el Código de la Infancia y la


Adolescencia y la concepción generalizada de sus efectos traumáticos, no se
pretende de ninguna manera cuestionar la importancia y necesidad de que el
Estado a través de sus instituciones, ponga un límite y sancione los excesos
cometidos por algunos padres y madres con sus hijos, ni mucho menos, su deber
de brindar protección a los niños que son objeto del daño y la crueldad. Lo que se
quiere señalar es la importancia de escuchar atentamente lo que los niños dicen
con sus palabras, con sus actos o con lo que callan, a la hora de determinar su
permanencia o no en una institución o en un hogar sustituto, teniendo en cuenta
que en algunas ocasiones puede ser mas excesivo para el niño y generarle mayor
fuente de sufrimiento la institucionalización, con la consiguiente separación de sus
padres, que los mismos golpes que estos le propinan.

Al respecto plantea Carolina Eliacheff:

146
“Cuando separar al niño de sus padres es el precio a pagar por su
protección física, las condiciones de esta separación son esenciales,
porque los niños sufren a causa de la misma (…) el niño arrancado de
la proximidad de sus padres a quienes quiere, incluso si lo maltratan,
no se concede el derecho a vivir ni el de aprovechar la protección que
se desea darle”182.

La investigación permitió constatar que sólo es posible saber algo de las


posiciones subjetivas de los niños frente a la agresividad del Otro paterno y/o
materno, a partir de la escucha atenta de sus testimonios, en los cuales revelan,
aún sin saberlo, algo de su verdad más íntima; verdad que no es coincidente con
la veracidad de los acontecimientos, en este caso, de la situación de maltrato
identificada por las instituciones y por la cual los niños entrevistados se
encuentran bajo medida de protección.

Freud evidenció en el análisis del caso Juanito, que los niños no mienten sin razón
y que sus mentiras en modo alguno permitirían desestimar sus enunciados, por el
contrario estas dan cuenta de que la realidad psíquica opera y se revela bajo la
lógica de la contradicción, la incongruencia, y la atemporalidad que caracteriza lo
inconsciente.

“Yo no comparto el punto de vista, que hoy goza de predilección, según


el cual los enunciados de los niños serían por entero arbitrarios e
inciertos. Arbitrariedad no la hay, absolutamente, en lo psíquico; y en
cuanto a la incerteza en los enunciados infantiles, se debe al
hiperpoder de su fantasía, lo mismo que la incerteza en los enunciados
de los adultos deriva del hiperpoder de sus prejuicios. En lo demás, el
niño no miente sin razón, y en general se inclina más que los grandes
por el amor a la verdad”183.

182
Caroline Eliacheff, Del niño rey al niño víctima. Op. cit., p. 122.
183
Sigmund Freud, “Análisis de la fobia de un niño de cinco años”, Obras Completas, volumen 10,
Buenos Aires, Amorrortu editores, 2° edición, 1986, p. 85.

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154
ANEXO 1

Población: Los Niños entrevistados

Son muchos los niños que actualmente se encuentran internados o seminternados


en instituciones de protección debido a su situación de abandono, maltrato o
vulnerabilidad física, psicológica o social, porque o bien no cuentan con familiares
que se hagan cargo de ellos o las condiciones en que viven ponen en riesgo su
salud física y mental. Así mismo otros se encuentran en hogares sustitutos
haciendo parte de una familia distinta a su familia de origen, la cual se encarga de
sus cuidados y educación durante meses o años, hasta que son reintegrados a su
familia de origen o son dados en adopción según el caso.

Y aunque es claro que los niños maltratados son muchos más de los que allí se
encuentran porque no todos los casos son denunciados, no todos se preguntan si
los niños que llegan por maltrato de sus padres se consideran a sí mismos como
maltratados, es decir, si se incluyen o no en el conjunto de los niños maltratados y
mucho menos, si las agresiones recibidas del Otro son o no traumáticas para el
sujeto, ya que de entrada se asume que sí lo son y por ende se le ubica en el
lugar de la víctima, obturando la posibilidad de preguntarse por su posición
subjetiva.

Esta pregunta sólo tiene cabida cuando se está advertido de que la realidad
psíquica no coincide punto a punto con la realidad fáctica o material, como bien lo
constató Freud a partir de su trabajo clínico: “La realidad psíquica es una forma
particular de existencia que no debe confundirse con la realidad material” 184. Es
esta tesis fundamental del psicoanálisis la que abre la posibilidad y el interés por
escuchar lo que tienen para decir los niños y niñas que han vivenciado agresiones
de su padre o su madre.

184
S. Freud, “La interpretación de los sueños” Obras completas, volumen 5, Buenos Aires,
Amorrortu, segunda edición en castellano 1984, p. 607.

155
Pacho Malo185es un niño de 9 años, que se encuentra en una institución de
protección. Es el menor de tres hijos del matrimonio de su padre y su madre, tiene
otros hermanos medios por parte de su padre. El motivo de ingreso es reportado
en la institución como “peligro físico y moral”. El niño vivía con su madre, su padre
y sus dos hermanos, la madre y los hijos se separan del padre a causa del
maltrato que éste les propinaba y por el consumo de sustancias psicoactivas. En
la evaluación realizada en la institución se dice que el niño es emocionalmente
inmaduro con tendencias depresivas y negación de su realidad. Pacho explica que
su papá maltrataba a su mamá, por lo cual él con la ayuda de uno de sus
hermanos llamó a Bienestar Familiar. Antes de llegar a la institución donde
actualmente vive, estuvo de paso por otras instituciones. Según me lo manifiesta,
su papá piensa que en la institución no le pasa nada, porque allí lo alimentan muy
bien.

La institución, o más precisamente la psicóloga que se ha ocupado de su proceso,


considera importante que sea entrevistado, ya que la madre y los hermanos han
reportado que de todos, a él es a quien su padre más maltrataba. Con Pacho se
realizaron cuatro entrevistas en total, las tres primeras cuando el niño se
encontraba internado, la última, cuando estaba en semi-internado, es decir, que
pasaba el día en la institución y dormía en su casa. Desde el primer encuentro
Pacho se mostró dispuesto e interesado en narrar su historia familiar, las
innumerables luchas, accidentes, travesuras, persecuciones y demás, en las que
había participado, las cuales puede decirse que más que narradas eran
escenificadas.

Aquila es una niña de 10 años de edad quien se encuentra desde hace más de un
año en una institución de protección al igual que su hermano, un año menor que
ella. Llegaron allí después de haber pasado por un hogar sustituto y por otra
institución de protección. El nombre de Aquila es sugerido para incluirla en las
entrevistas ya que su historia de maltrato físico y psicológico, así como sus

185
Los nombres utilizados son ficticios, con el fin de mantener en reserva su identidad.

156
manifestaciones, preocupan a los psicólogos que allí trabajan, puesto que en
varias ocasiones se ha agredido cortándose con alambres, comiendo vidrio,
comiendo tierra y evadiéndose de la institución, además llora con frecuencia.
También presenta dificultades en el aprendizaje. La madre de Aquila tiene 30 años
y el padre 75, según los datos de la historia clínica la madre tiene retardo mental.
Actualmente los padres no viven juntos, la madre se fue de la casa porque el le
pegaba, vive donde una señora quien le paga por los oficios domésticos. El padre
vive sólo y no trabaja porque está enfermo de artritis.

Aquila se mostró siempre muy interesada en la posibilidad de hablar de su historia


familiar, de sus miedos, sus preocupaciones, sus recuerdos, sus sueños, incluso
en varias ocasiones fue ella quien propició la entrevista, lo que dejaba ver una
demanda de ser escuchada, razón por la cual fue posible la realización de 8
entrevistas.

Manuela tiene 8 años y es la segunda de cuatro hermanos, tiene un hermano


mayor y dos hermanitas menores. El motivo de ingreso es el siguiente “la niña
pertenece a una familia de carácter de vulnerabilidad debido a múltiples
dificultades que rompen su posibilidad de equilibrio y alteran la estabilidad de sus
integrantes”186. Sus padres se encuentran separados y el padre vive en otra
ciudad. En el informe de la fiscalía dice que la niña afirmó “mi mamá me quemó
con una manteca caliente”. En el informe de la entrevista de ingreso a la institución
se dice que la niña manifestó guardarle rencor a la madre por el maltrato que le
dio, diciendo que no le perdonaba, que recordaba con angustia el hambre que
pasó y que quería una madre sustituta. Por el contrario dice que su padre la
trataba bien y no los golpeaba.

En la primera entrevista Manuela permaneció en silencio la mayor parte del


tiempo, estuvo replegada en la silla sin dirigir la mirada, sólo respondió algunas
preguntas específicas sobre la ocupación de su madre y de su padre, y el nombre

186
Informe de la Granja Infantil Jesús de la Buena Esperanza. Pereira.

157
y edades de sus hermanos. No quiso hablar de por qué se encontraba allí, su
rostro se notaba triste y parecía que lloraba aunque no le corrían lágrimas. En las
siguientes entrevistas se mostró más dispuesta a hablar aunque siempre se
entrecortaba el discurso al llegar al motivo por el cual se encontraba en la
institución, y al preguntarle por lo que ella pensaba de lo que ocurría en su casa y
de que estuviera internada, su tono de voz era muy bajo, y respondía con
dificultad a las preguntas. Incluso en una ocasión no quiso que se realizara la
entrevista. Era evidente el malestar que le generaba hablar del tema y recordar las
situaciones dolorosas vividas con su madre. Con ella se tuvo cuatro entrevistas.

Marlon es un niño de 8 años que ingresó a la institución por maltrato de la madre y


del padrastro187, este último lo obligaba a trabajar dejando de asistir a la escuela y
le metía la cabeza en un tanque de agua como “castigo”, la madre lo encadenaba
a la pata de la cama. Cuando fue encontrado por la policía en la casa, presentaba
hematomas y contusiones en el tobillo del pie izquierdo. La madre aduce que tiene
que encadenar al niño porque el se vuela para la calle. En el informe de
evaluación de la institución dice “las ideas son confusas, pero sabe por qué no
vive con su mamá, narra los sucesos con tranquilidad, no es rencoroso, a pesar de
la situación vivida con la mamá quiere vivir con ella, lo de las cadenas lo ve como
normal, es muy inquieto, desinteresado, tranquilo, está contento en la institución,
todo lo que ve le gusta y le parece bonito”188.

En la primera entrevista Marlon habló del maltrato recibido de su madre y de su


padre y mostró las marcas en sus tobillos de las cadenas con las que su madre lo
tenía atado a la pata de la cama. En las siguientes entrevistas se mostró muy
reticente, no respondía a las preguntas o lo hacía con monosílabas o moviendo su
cabeza, no dirigía la mirada y permanecía replegado en la silla, no demostraba
ningún interés en la entrevista y parecía no querer hablar de nada, ni recordar
nada.

187
En las entrevistas Marlon se refiere a éste como su padre.
188
Informe de la Granja Infantil Jesús de la Buena Esperanza. Pereira.

158
Camila y José son dos hermanos, de 10 y 8 años respectivamente, que se
encuentran viviendo en un hogar sustituto de Bienestar familiar hace varios
meses, porque su madre les pegaba y los ponía a pedir comida en la calle. Ambos
se muestran dispuestos a hablar de su historia y de las razones por las cuales no
viven con su madre biológica, sin embargo de los dos, Camila demuestra un
interés mayor ya que ella quiere hablar de lo bien que se siente con su familia
sustituta, lo bien que la tratan, para que ellos sepan que ella está muy agradecida
por todos sus cuidados y atenciones, con esta intención pregunta a la
entrevistadora si puede decirles a ellos todas las cosas que ella ha dicho en la
entrevista, pues ella cree que es funcionaria de Bienestar Familiar. Ante este
pedido se le aclara el propósito de la entrevista, diciéndole además que ella puede
decirles a ellos lo que quiere que sepan. En la segunda entrevista amplía varios
asuntos que había mencionado en la primera con respecto a las agresiones de su
madre, la muerte de su hermanito, y los constantes intentos de escaparse de su
casa, habla también de sus sueños y de sus miedos. A pesar de ser una historia
difícil y dolorosa, Camila no se muestra en ningún momento reticente ni reacia
frente a las preguntas que se le dirigen, por el contrario la riqueza y fluidez de su
discurso permitieron a la investigadora estar más en posición de escucha que de
interrogadora.

Adriana es una niña de 11 años que vive con su madre, su padrastro y sus
hermanos, no se encuentra institucionalizada, pero su padrastro ha sido
amonestado por haberle pegado en la cara, produciéndole heridas, las cuales
fueron vistas por la profesora, quien denunció el caso189. Este la golpeó porque
ella tomó un dinero sin permiso de la madre, dinero que sería destinado para su
ceremonia de promoción de grado. Adriana fue entrevistada en las oficinas de
Bienestar Familiar. Si bien en un principio parecía no estar muy interesada en la

189
La medida de amonestación consiste en la conminación a los padres del niño sobre el
cumplimiento de las obligaciones que les corresponden o que la ley les impone. Comprende la
orden perentoria de que cesen las conductas que puedan vulnerar o amenazar los derechos del
niño, con la obligación de asistir a un curso pedagógico sobre los derechos de la niñez, so pena de
multa convertible en arresto. Artículo 54. Código de la infancia y la adolescencia, Ley 1098 de
2006.

159
entrevista, en el transcurso de ésta fue hablando sin dificultad de su historia,
relatando lo ocurrido con su padrastro, dice que a ella nunca le han pegado sin
motivo y que esta pela se la dieron por tomar un dinero que no era suyo, que su
padrastro le estaba pegando en los pies y ella se agachó recibiendo el golpe en la
cara. Sólo se hizo una entrevista con ella.

Felipe es un niño de 6 años que se encuentra internado hace varios meses en una
institución bajo medida de protección por el maltrato de su madre. En el informe de
la institución dice que el niño justifica el maltrato físico y verbal que recibe de su
madre porque se identifica como un niño rebelde y desobediente con ella, percibe
a la madre como una figura clara de apego. Felipe se mostró interesado en la
entrevista, y a pesar de su corta edad, habló de su historia familiar. Con Felipe se
realizó una entrevista.

Mateo es un niño de 9 años que se encuentra en una institución de adopción, la


madre ha delegado la crianza del menor a familiares de origen extenso que no han
garantizado sus derechos y han sido negligentes en sus cuidados La madre del
menor manifestó a través de una constancia que delega a su hijo a Bienestar
Familiar porque no desea asumir la crianza del mismo, y no demuestra afecto por
él. Mateo se mostró muy triste durante la entrevista, porque, según dice, su madre
no puede estar con él porque trabaja mucho, sabe que se encuentra a la espera
de una familia que desee adoptarlo. Con Mateo se realizó una entrevista.

Tania tiene 11 años de edad y se encuentra bajo medida de protección hace dos
meses ya que su madre y padrastro después de amarrarle sus manos y untarlas
con alcohol las prendieron con una vela, como castigo porque la joven le había
hurtado 20.000 pesos a la madre. En el informe de la institución se refiere la
presencia de conflictos en su hogar generados por la violencia intrafamiliar, dadas
las peleas entre la pareja y maltrato con sus hijos. El padre vive en otra ciudad, y
Tania vivió con él algunos meses. Esta niña ha presentado problemas
comportamentales, desacato a normas y ausencia de referentes adecuados de

160
autoridad. Durante la entrevista que se realizó con ella, se mostró un poco
reticente frente a las preguntas y triste por encontrarse internada en esa
institución, manifestó el deseo de volver a estar en su casa con su mamá.

Es de señalar, que la reticencia en algunos casos aparece luego de haber


expuesto su propia versión, en otros al comienzo para después ceder y permitirles
dar cuenta de su verdad. Otros niños permiten ver varias versiones del mismo
hecho, lo cual da una vía de trabajo a la metodología que se deriva de la tesis
freudiana presentada al comienzo, según la cual la realidad psíquica es la más
importante y no está en correlación directa con la realidad material. En la realidad
psíquica las leyes funcionan de una manera diferente, el silogismo empleado por
Freud para ilustrar que en el inconsciente no hay contradicción y que todas las
premisas son verdaderas aunque sean contradictorias entre sí, será una vertiente
para el tratamiento de los testimonios que de las entrevistas anteriores se han
derivado.

161