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UNO

La última vez que lo vi fue durante la graduación y aquello hacía ya desde

hace un buen tiempo y en todos esos años no supe de su paradero sino

hasta aquella mañana cuando me sorprendió con una llamada. Al teléfono

estaba Amador Fonseca, ex compañero del colegio y de la universidad.

—¡Hola escritor, ¿vives todavía?—me dijo con ese tonito sarcástico de

selvático reconociéndome por la voz—. ¡Tengo la historia que siempre has

estado buscando y estoy seguro que te va a interesar!

Al principio pensé que se trababa de una broma para hacerme creer

que algo importante estaba a punto de suceder en mi vida. Pero al escuchar

sus palabras (entreveradas con frases incompletas de remordimientos no

resueltos y pausas para tomar aire), me di cuenta que quería contarme su

propia historia.

—Te propongo que al término de la distancia, vengas a mi oficina para

conversar del asunto —me ordenó medio en broma, medio en serio con

acento militar, gastando los últimos minutos de su celular prepago—, pero

aún así tuve tiempo de tomar nota de su ubicación.

Al siguiente día lo visité, en su oficina en el edificio del Minsa donde

trabajaba como especialista en salud pública. Me recibió alegre y chacotero

como siempre, (con una sonrisa y un abrazo con paletazo en el hombro) que

seguía usando desde que lo conocí. Las últimas semanas, me había estado

buscando, preguntando sobre mí paradero a amigos y conocidos que vivían

en la capital; sin saber que yo había perdido, (sin proponérmelo) todo

contacto con mis paisanos de ciudad Paraíso; en realidad desde que ingresé

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a trabajar en el Minedu, (en un proyecto de educación a distancia para ser

más exactos), enfaticé mientras me servía una taza de café.

—¿Tú en el Minedu?—ojea el texto de ciencias naturales que le

entregué para que vea la calidad de mi trabajo—. Pero, ¿qué hace un

tocólogo en ese ministerio? ¿Acaso eres gobiernista? ¿No me digas que

estás trabajando con la primera dama en el cuento de las comunidades

indígenas y afro descendientes?

—No, para nada hombre, a eso si yo no le entro—aclaro—. Conmigo

todo por lo legal. El proyecto está siendo financiado por el BID, y allí, las

cuentas están claras, al menos hasta donde yo sé. Tu sabes, he estudiado

también educación. (Desde el quinto piso del edificio se ven los árboles, las

combis y los buses en la avenida). Escribir lo que estás hojeando me costó,

sin exagerar, sangre sudor y lágrimas; había gente muy complicada en el

Minedu, que veía las cosas de manera negativa, sin ninguna pisca de

autocrítica.

— Y ¿Por qué ah?

—Pues porque hacen del maleteo, una forma de vida. Si alguien

avanza, no falta otro que lo critica no para ayudarle a mejorar sino para

invalidar su trabajo, sin aportar nada a lo que está criticando. El pretexto era

que el libro estaba mal concebido y por ello había que reescribirlo, después

de haberlo terminado, si fuera posible habría que quemarlo porque le faltaba

lo esencial, el enfoque, los conceptos, tal o cual cosa, ese o aquel tema que

también debió haber sido incluido aunque nunca precisaban qué y cómo, en

fin cosas enraizadas en la mente de mucha gente en este país.

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Cuando nadie le dio pistas sobre mi paradero, Amador tuvo la curiosa

idea de buscarme en la guía telefónica donde para asombro suyo encontró

seis homónimos míos. Llamó a los primeros cuatro números pero sin suerte,

y en el quinto intento, se enteró que la persona por quién preguntaba era un

deudor y moroso que debía a todo el mundo, (es decir a los bancos que

otorgaban préstamos de consumo y cadenas de tiendas y supermercados

que funcionaban como bancos en la capital), cuyo nombre figuraba en la lista

negra del Infocorp/Equifax; y, con un discurso aprendido, alguien contestó el

teléfono anunciando que yo ya no vivía allí, que me había ido fuera del país.

Amador conjeturó entonces que yo, un aspirante de escritor, (agobiado por

las deudas) había caído en desgracia y estaba viviendo a salto de mata

escondido, haciendo creer a mis acreedores que había optado por

esconderme porque había perdido toda capacidad de pago. Fonseca estuvo

a punto de perder la paciencia, los buenos modales y hasta pensó en desistir

de su búsqueda, cuando haciendo un último intento me encontró.

Estudiamos en la misma escuela fiscal en ciudad Paraíso donde un

día nuestra maestra en la primaria la Mis Lilian Peña-Herrera, nos habló en

clase sobre las profesiones y a qué nos íbamos a dedicar en la vida, escuché

que medio salón dijo que quería ser doctor, otros abogados, ingenieros, y

algunos militares y yo fui el excéntrico que anuncié que de grande quería ser

escritor. Aquello fue suficiente para que cada vez que mis compañeros me

veían se acordaran de mí y me abordaran diciendo: «¿Cómo vas con tus

cuentos escritor? Y, ¿cuándo publicas tu primera novela?». Comentarios que

al principio los recibía con rubor y cierta incomodidad pero para que no

siguieran insistiendo respondía: «paciencia, amigos que un día de estos los

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sorprenderé con algo que valga la pena publicarse». Tenía algunos cuentos,

pero no sabía cómo llegar a publicarlos en ese tiempo.

Cuando terminé el colegio, en vez de estudiar lo que debía para seguir

mi vocación, me dejé llevar por las «responsabilidades de la vida» que era lo

que mi padre llamaba al hecho de estudiar una carrera universitaria que me

permitiera conseguir un empleo seguro, casarme y reproducirme; y que más

tarde descubrí, era esa influencia perniciosa del hemisferio izquierdo de mi

cerebro que según afirman los expertos, es el que controla nuestro lado

lógico racional. Fueron también los escasos recursos económicos en la

familia que pesaron para tomar la decisión de irme al seminario de Jaén para

estudiar filosofía y luego regresar a ciudad Paraíso donde estudié obstetricia

que obviamente, nada tenía que ver con mi vocación de convertirme en

escritor y además era la única carrera cercana a la medicina que se acercaba

a la medicina que era lo que mis padres querían que estudiara. Y no hice las

cosas como debí haberlas hecho, viajar a la capital para estudiar literatura.

Fue mi madre quien me dijo que la obstetricia, estaba de alguna manera

relacionada con la literatura, «parir tiene mucho que ver con escribir», me

consoló de manera lacónica el día que ingresé a la facultad y que en ese

momento no entendí, sino años más tarde, cuando ingresé a trabajar en el

hospital de ciudad Paraíso. Y fue así como me prometí que luego de

graduarme y teniendo ya los medios y recursos suficientes me trasladaría a la

capital para estudiar literatura y de allí, pensaba también viajar a España para

cumplir mi sueño de dedicarme a tiempo completo al oficio de escribir.

Sin embargo, cuando terminé obstetricia, nuevamente el hemisferio

izquierdo al que también los especialistas señalan que tiene que ver con

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nuestra capacidad numérica, me controló a tal punto que terminé

creyéndome el cuento de que tenía que conseguir empleo fijo para adquirir la

tan ansiada seguridad financiera y estar así preparado para la vida; y fue así

como terminé trabajando en la atención clínica en el hospital de ciudad

Paraíso. Durante mis horas libres que eran pocas, luego de terminar mi

jornada: (entregar anticonceptivos con el consentimiento informado, controlar

a las gestantes, salir en campañas de vacunación por los pueblos aledaños

vacunar a los niños, atender a las parturientas que llegaban a cualquier hora

del día y más aún de la noche y a quienes llegaban sangrando o con graves

complicaciones desde los lugares más remotos cargadas en literas luego de

navegar por varios días por los intrincados ríos de la selva en botes con

motores fuera de borda). Fue allí donde leí a los escritores que admiraba,

imaginando los lugares y situaciones que decían sus novelas y me atreví a

escribir unos cuentos, que los publiqué en el quincenario El Palmerino.

«Quiero leer lo que escribes, pero no te piques por mis críticas», me dijiste

aquella vez, en el Club durante nuestra fiesta de promoción del colegio, ¿lo

recuerdas? Claro que sí y sigo pensando lo mismo, dijo Amador, concentrado

en el libro de ciencias naturales. Esto es texto académico, te felicito, de

hecho tiene buen contenido, ojalá que en los colegios en verdad los usen y

no se queden en los almacenes bajo siete llaves. «¿Me habrá llamado

porque creerá en mi talento?», pensé. ¿Has leído mis cuentos?, pregunté

para despejar mis dudas. Sí, claro que sí, a pesar que los publicaste después

que me fui del país, pude leerlos, gracias al internet.

Tal vez influenciado por aquellos cuentos o informado por algún

paisano sobre mi fugaz experiencia en la elaboración de textos en el Minedu

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fue lo que le hizo pensar que podía ser yo la persona indicada para reescribir

su historia que valientemente, había decidido confiarme. Por un momento

pensé que el recuerdo de mi confesión en la escuela de querer ser escritor lo

había conmovido y ahora como un mecenas quería ayudarme con ese

material para escribir una novela. Sin embargo, esa posibilidad se esfumó

inmediatamente cuando supe que lo que Amador ganaba en el Minsa,

apenas le alcanzaba para pagarse el alquiler de un austero departamento de

soltero en el centro de la capital y luego de asegurarse de la comida, los

gastos de agua, luz y teléfono, enviaba lo poco que le sobraba a su madre

que aún vivía y lo esperaba en las Fiestas Navideñas y Año Nuevo en ciudad

Paraíso.

—A pesar de los años, no has envejecido nada—me bombardea con

preguntas—. Cuéntame ¿Cuál es tu secreto? ¿Qué ha sido de tu vida?

¿Dónde trabajas ahora? ¿Cuáles son tus proyectos? ¿Cuántas cosas has

publicado? Supe que te habías casado ¿Cuántos hijos tienes? ¿Has

regresado a ciudad Paraíso?

—Mi secreto es ya no preocuparme más por la crisis económica ni la

política, en otras palabras, no busco el sufrimiento, pero si éste llega y trata

de meterse en mi vida, no le tengo miedo, le miro el rostro con la frente en

alto.

Al pie del edificio, un grupo de jubilados se encadenaba en las rejas

del Minsa, mientras la policía los golpeaba disparándoles bombas

lacrimógenas. Le cuento que el proyecto del Minedu había concluido y

actualmente me encontraba trabajando para una ONG. Hasta ahora no había

publicado nada importante que aquellos cuentos y el libro que deshojaba

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entre manos. Estaba felizmente casado y tenía dos hijos con ellos viajaba

todos los años a pasar las Navidades y el Año Nuevo en ciudad Paraíso,

porque allí dichas celebraciones eran otra cosa.

Amador me mostró unas fotos de su viaje por Europa. Había vivido por

casi tres años en Londres, y aparecía junto al Big Ben, las Casas del

Parlamento y el London Bridge; estuvo también cerca de dos años en

Holanda donde entre otras cosas había visitado el Palacio de la Paz, la Corte

Internacional de la Haya y se paseó en bote por los canales de Ámsterdam,

donde había visto con deleite las pinturas de Van Gogh y Rembrandt y

curioseó las vitrinas de la Zona Rosa pero de aquello no tenía pruebas, sólo

su testimonio, pues allí no estaba permitido tomar fotos. Estuvo también de

paso por Alemania donde se fotografió junto a las estatuas de sus héroes

Marx y Engels en la plaza de Berlín, mientras que en Irlanda se emborrachó

con Guiness en un pub en el centro de Dublín. Y, la primera vez que visitó

París, en un día de verano, pidió a un turista hindú que le tomara unas fotos

al pie de la torre Eiffel y caminando bajo un radiante sol por la Avenue des

Champs Élysées, desde el Arco del Triunfo, cruzando la place de la

Concorde para estar aunque sea unas horas y conocer una parte del

majestuoso Louvre.

Del cajón de su archivador Amador extrajo un maletín y un sucio

manuscrito en papel bulky.

—Te he llamado porque quiero que lo termines—sentenció convencido

al entregarme el manuscrito—. Lo he iniciado pero le falta orden y no tengo la

disciplina ni el tiempo suficiente para terminarlo. Confío en ti. Es más, estoy

seguro que sabrás mantener la rigurosidad y fidelidad de los hechos que

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sucedieron en esta historia, asegurándote de no poner nada que sea alguna

interpretación arbitraria tuya que magnifique o minimice lo que quiero contar

tal y como la he vivido.

—Puedes quedarte tranquilo que de eso, no tienes qué preocuparte y

si así van a ser las cosas, eres tú el autor de este libro.

—No es autor el que cuenta sino el que escribe—dijo con sinceridad

sobre lo que creía.

—Es tan autor el que cuenta como el que escribe—corregí de

inmediato—. Además, la historia está ya escrita y lo que quieres que yo haga

es simplemente ordenarla, que las partes se articulen, que tenga cuerpo que

esté revestida.

—La verdad es que dependerá de ambos pues esta historia en cierto

modo también se relaciona contigo—se seca los ojos con el dorso de las

manos murmurando—: Es ese maldito gas que se filtró por la ventana.

Afuera gaseaban a los desempleados despedidos arbitrariamente por

la dictadura.

—Ahora sí que no entiendo nada ¿Qué tiene que ver tu historia

conmigo? si yo nunca he salido del país—protesté cerrando la ventana

evitando que el gas siguiera entrando.

—Nadie mejor que tú para ayudarme a narrar la violencia que se vivió

en ciudad Paraíso hace más de veinte años—dijo—. Una violencia que aún

no ha terminado, pues sus causas están todavía presentes. Mira lo que está

sucediendo abajo, despedidos y jubilados son apaleados por la policía

porque tienen el valor de exigir sus derechos ¿acaso podríamos llamar a éste

país todos con orgullo «nuestro país»?

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Amador tenía razón, había muchas cosas que contar, de nuestros

años en el colegio y en la universidad, aunque habíamos tomado caminos

diferentes en la vida, la violencia política había afectado nuestras vidas en

esos años y tal vez seguía haciéndolo hasta ahora. Él se fue del país

escapando de esa guerra, mientras que yo, digitado por mi conciencia y mis

circunstancias me quedé, aguantando con estoicismo que todo aquello

pasara, refugiándome en el escapismo de la literatura, tratando algún día

escribir lo que nos había pasado.

Quedamos en trabajar en este proyecto, manteniendo lo que ambos

considerábamos estaba bien, mejorando y corrigiendo lo que tenía que

hacerse así. Y, durante todo el tiempo que nos tomó concluirla más que un

trabajo fue para los dos una catarsis. Trabajamos los sábados a fin que no

interfiriera con nuestras actividades laborales y le pedí que no fuera ni en su

reducido departamento en el centro de la ciudad y tampoco en la casa de mi

suegra donde me encontraba alojado pues aquella casa se tornaba bulliciosa

los fines de semana. Acordamos reunirnos en un amplio tranquilo y acogedor

restaurante que recientemente había descubierto, en la primera cuadra de

Risso, que los sábados en las mañanas estaba casi vacío. Además,

contábamos con la exclusiva atención de las anfitrionas que nos servían los

capuchinos y croissants que disfrutábamos con deleite mientras, leíamos y

corregíamos, agregando, quitando párrafos, palabras y puntuaciones al texto

en una sencilla laptop. Y, sin que nos diéramos cuenta, pasaron las semanas,

los meses y los más de dos años que nos tomó tener listo el manuscrito, listo

para ir a la editorial, cerca de las Fiestas Navideñas.

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—Nos encontramos aquí el próximo sábado a la misma hora para

llevarlo a Estruendomudo—se despidió Amador, al imprimir una original y

fotocopiar tres ejemplares en la tiendita del Centro Comercial.

Pero el sábado siguiente, Amador no apareció. Lo esperé hasta muy

tarde, preocupado y sin saber qué es lo que pudo haberle pasado. Marqué su

celular y no obtuve respuesta, la grabadora me pedía dejar mi mensaje

después de la señal. Entonces saqué mi agenda y lo llamé a su teléfono fijo y

nuevamente la voz gravada me dijo que el número marcado no existía.

Regresé a casa, molesto y confundido por tanta irresponsabilidad.

«Ha arrugado este jijuna», pensé con cólera todavía. «El lunes va a

tener que explicarme y espero que sus excusas sean creíbles».

No pude conciliar el sueño aquella noche, preocupado, especulando lo

que pudo haber sucedido. ¡Qué tal irresponsabilidad!, pensé. O acaso lo

estaba juzgando mal. ¿Habrá tenido algún accidente? Podría haber sido

atropellado por una combi mientras salía de casa ¿Estará en algún hospital

tan enfermo que ni siquiera puede contestar su celular? ¿Habré anotado mal

su teléfono? Por un momento, pensé en lo peor, y toque madera; podría estar

en la morgue, al haber sido asesinado por delincuentes comunes que

pululaban en aquel vecindario.

El lunes, a la hora del almuerzo, me fui directo a su oficina en el Minsa,

allí me dijeron que la semana pasada, había presentado su renuncia

irrevocable. Entonces, seguro de encontrarlo en su departamento, fui a

buscarlo en el segundo piso de un edificio en la Alfonso Ugarte. En la vereda,

una vendedora me ofreció suplicantemente caramelos, tofis y chocolates. Le

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entregué una moneda «otro día, me los llevo, estoy lleno», le dije y se

marcha cargando a su bebé al encuentro de otro transeúnte.

Toqué el timbre y abrió el postigo una muchacha de ojos somnolientos.

—¿Qué desea señor?

—Aquí vive Amador Fonseca ¿no?

—Ya no —dijo escuetamente—. Se fue el viernes a ciudad Paraíso.

—Quién pregunta por él

—Un amigo—y le digo mi nombre.

—¿A ver señor su DNI?

Saqué el solicitado documento, lo escudriña y finalmente se convence

que ese era mi DNI.

—Mi tío me pidió que cumpliera con este requisito —comenta la chica

esta vez con una sonrisa—. Ahora ya no hay que confiar así nomás en nadie,

peor todavía en la capital. Espere aquí un momentito —desaparece y regresa

casi de inmediato con un sobre manila—. Es para usted, me pidió que se lo

entregara personalmente.

—¿Cuándo regresa tu tío?

—Él dijo que nunca, pero para serle sincera, no le creo nada, lo mismo

dijo la primera vez que se fue y desapareció por tres meses y la segunda vez,

regresó a los seis meses—me entrega el sobre y cierra el postigo sin siquiera

despedirse.

«¿Una sobrina?, pensé. Pero si Amador vivía solo, todo esto me

parece muy extraño». Caminé por la avenida rumbo al paradero más cercano

hasta un óvalo que se llenaba de combis y custers que cual enjambre de

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insectos llegaban desde todas las intersecciones. Esperé que llegara un

vehículo vacío pero a esa hora, no había ninguno con asientos disponibles.

A punto ya de renunciar la larga espera para tomar un taxi, llegó una

combi pirata. El cobrador decía que se iba por toda la Arequipa hasta

Miraflores. Al fondo viajaban una pareja de ancianos que se besaban

acaramelados sin importarles las miradas y comentarios burlones de unos

colegiales. «¡Todo Arequipa, todo Arequipa¡» gritaba a voz en cuello el

cobrador y, dirigiéndose a mí me dice: «¡habla causa, carro vacío!». Subo y

en el trayecto abrí el sobre que contenía esta nota:

«Estimado amigo:

Cuando leas mi carta, seguramente ya estarás enterado y molesto

sobre mi repentino viaje a ciudad Paraíso, justo cuando íbamos a publicar el

libro.

Te soy franco, estoy pasando por momentos difíciles. Tengo que

resolver unos asuntos pendientes que los he estado postergando por mucho

tiempo pero las cosas han llegado a complicarse tanto que no puedo seguir

esperando más. Discúlpame que no te precise los detalles, sé que estoy en

falta contigo por eso, buscando enmendarla, quiero que me hagas un último

favor, aunque sé que ello, contraviene nuestro acuerdo: te propongo que

aceptes publicar el manuscrito con tu autoría. Esto debido a que mi nombre

ya está más que suficientemente repetido en el contenido que colocarlo

también en la carátula me parece un exceso de figuretismo. Dedicaste

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muchas horas a escribirlo y te confieso, estoy más que satisfecho con el

contenido.

Ahora está en tus manos publicarla y que la gente se encargue de

juzgarla, y así abrirás esa etapa de tu vida que por muchos años la has

mantenido postergada, y puedas dedicarte de una vez en cuerpo y alma a lo

que te gusta.

Para concretar este último, permíteme entregarte no como regalo sino

como pago por los servicios prestados, 15 mil dólares, que los he puesto en

una cuenta bancaria cuya tarjeta, número y clave secreta adjunto en este

mismo sobre; que es todo el dinero que he podido ahorrar durante este

tiempo que nos tocó trabajar juntos desde que empezamos el proyecto; pues

antes de ello, los sábados me las pasaba despilfarrando lo poco que ganaba,

solicitando los servicios de alguna dama de compañía que ofrecía sus

servicios en los diarios, anunciándose como: «amable y cariñosa masajista

cumple todos tus caprichos». Citas que no eran más que desastrosas

sesiones de sexo con el propósito de matar el aburrimiento en los bulines y

hostales del centro de la capital y aliviar de esa manera la soledad que me ha

aquejado siempre.

Gracias por ayudarme a contar esta historia, a decir las cosas tal como

las vi y las sentí, pues me ha servido para librarme de las angustias y los

miedos que me atormentaban, atándome a una vida sin sentido. Ahora puedo

regresar tranquilo al lugar donde pertenezco, la selva y resolver un problema

pendiente.

Ojalá algún día volvamos a vernos

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Un abrazo.

Amador»

Pensé que aquello era una broma de mal gusto montada por Amador

para justificar su irresponsabilidad de dejarme con toda la carga del

manuscrito. Examiné el fondo del sobre y para mi sorpresa, había una tarjeta.

Me bajé casi de inmediato de la combi en busca del primer cajero automático

más por curiosidad que por credibilidad y al encontrar uno en la avenida Del

Ejército, marqué la clave y comprobé que tenía saldo: Depósito: $15,000;

efectivo disponible: $14,984.5; mantenimiento: $14; y comisión de ITF: $1.50

centavos. Recién entendí que no se trataba de un cuento y que iba a poder

publicar esta novela. Maldije al banco por cobrarse la comisión de

mantenimiento. ¿Quién habrá sido el cacaseno que inventó aquello de que

las cuentas necesitaban mantenimiento? Si ellas no se alimentan, ni

necesitan de un hogar, menos aún tienen necesidad de vestirse ni requieren

cariño, pues son sólo números en una base de datos, respaldados por un

montón de papel moneda depositada en una bóveda. Eso sí, mantienen a

quienes las administran, a los banqueros, pero nunca a los ahorristas. Maldije

también al gobierno por mentirnos sobre la temporalidad del Impuesto a las

Transacciones Financieras (ITF), y porque por cosas como éstas ya nadie

protestaba en el país pese a todas las arbitrariedades pues el que lo hacía

era considerado un resentido anti-sistema.

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Recordé la sabiduría de mi madre que prefería guardar lo poco que

tenía bajo el colchón. Aprendió la lección una vez cuando a sugerencia de

una vecina suya, puso sus quinientos dólares en un banco y vio cómo con el

cuento del «mantenimiento», al mes siguiente, sus ahorros en vez de crecer

se redujeron sin que ella moviera un solo dedo. Al principio pensó que se

trataba de una equivocación de algún empleado o el error de una

computadora y creyó que iba a ser corregido, pero al ver que el mismo

«error» se repitió el siguiente mes, sin pensarlo dos veces, retiró su dinero.

«¿Qué hubiera pasado si es que me hubiera ido de viaje?» pensó con la

inocencia de una niña, creía que ahorrar en el país significaba lo mismo que

en cualquier otra parte del mundo, guardar pan para mayo, aprovisionarse

para tiempos difíciles y progreso; es decir todo lo que le habían enseñado en

la escuela. Aquella ingrata experiencia bastó para que mi madre se curara en

salud y desconfiara de los bancos, cajas municipales, cooperativas, cajeros

automáticos y servicios afines por el resto de su vida.

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DOS

Al concluir la universidad, Amador Fonseca estaba resignado pero a la vez

feliz de vivir por veinte y tantos años en ciudad Paraíso, donde nació; un

caluroso y acogedor pueblo enclavado en la selva de Sudamérica. Pero no

fueron las locas ilusiones que lo sacaron de su pueblo y abandonar su casa

para ver la capital (como dice un valse), sino el miedo a la guerra que se

había desatado en ese lugar. El día que partió, hacía más calor que de

costumbre; en el aeropuerto de techos de calamina, Amador esperaba la

llegada del avión que lo llevaría por primera vez a la capital.

Hace unos años, la universidad donde estudió y trabajó había sido

recesada dos veces, (un año cada vez) y por ello, estudiar obstetricia luego

de haber concluido sus estudios de filosofía en el seminario de Jaén, le tomó

más tiempo de lo requerido. Ocho años, para ser exactos; una profesión que

normalmente, requería de seis años, cinco en las aulas y uno de internado en

una clínica u hospital. ¿Qué por qué se recesó la universidad? Bueno, según

me dijo, fueron por causas políticas, por las pugnas de poder en ese recinto,

ese poder que querían tener y retener sus autoridades, docentes y

estudiantes en sus cuerpos, en sus conductas cotidianas, en sus

comportamientos sexuales, en sus deseos y sus discursos científicos y

teóricos, que les permitiera existir y ser reconocidos como tales.

Cuando Amador escribió un artículo sobre ese tema del poder y lo

pegó en la marquesina de la universidad, casi lo linchan y lo calificaron de

recontra contra-revolucionario; el peor insulto que un estudiante de izquierda

podía recibir en ese tiempo. Aquello coincidió con una huelga de estudiantes

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exigiendo el cambio de las autoridades universitarias, acusadas de

corruptelas e ineptitud. Tomaron el campus y aquella manera de protestar

dejó de ser un último recurso para convertirse en la manera más común y

efectiva forma de resolver los problemas. Sin embargo, los problemas se

agravaron y por ello fiel a su estilo el presidente de la Asamblea Nacional de

Rectores, ANR decretó: «suspender temporalmente todas las actividades

universitarias, hasta nuevo aviso». Medida que duró un año y gustó tanto al

presidente que lo repitió dos años más tarde y cuando los recesos fueron

levantados, muchos alumnos nunca más regresaron a las aulas.

La subversión, había logrado penetrar y controlar la organización

estudiantil y docente en la universidad y las huelgas y paralizaciones

estudiantiles sirvieron de caldo de cultivo para la infiltración subversiva. El

rector y sus allegados se pagaban sueldos y bonificaciones por estudios y

capacitaciones que nunca realizaban y por propuestas de investigación que

jamás iniciaron. Además, esas mismas autoridades en complicidad con los

dirigentes administrativos y docentes, sobrevaluaban la compra de bienes y

servicios que adquiría la universidad. Hubo tal caos y descontrol en esa casa

de estudios superiores que de la noche a la mañana alguien canibalizó los

vehículos destinados para el trasporte de los estudiantes durante las

prácticas de campo. Cuando los afectados reclamaron, las autoridades

adujeron que los vehículos habían sido blanco de los delincuentes comunes;

pero aquello no convenció a nadie y exigieron la intervención de la

Contraloría General de la República.

El día que los estudiantes tomaron el campus universitario exigiendo la

renuncia de las autoridades nadie les hizo caso, por el contrario, el rector

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pidió la protección de la policía que acordonó el campus y bombardeó con

gases lacrimógenos a los huelguistas. En respuesta a ello los huelguistas se

radicalizaron; al notar la presencia de un pelotón de asalto más estudiantes

se plegaron a la lucha y no sólo un grupúsculo de revoltosos como había

declarado el rector en la radio local. Un piquete de huelguistas reforzó el

frontis, otro el cerco perimétrico y los más ágiles se treparon a los techos sin

dejar un solo espacio sin control y vigilancia.

—Me voy bien lejos porque aquí es imposible vivir— dijo Amador a sus

padres cuando le preguntaron por su viaje a la hora de la cena, mientras

disfrutaban el inchicapi, y los hubiera preocupado más todavía si les hubiera

dicho que había decidido viajar a Londres.

Faltando unos días para su partida, vendió todos sus bienes, que no

eran muchos ni gran cosa para un recién graduado que aún no había

cumplido su primer año laboral: una moto Honda 70 color azul, un televisor

de 14 pulgadas marca Philips, una estufa eléctrica que podía usarse como

horno y dos cajas con utensilios de cocina (todavía sin estrenar) que desde

hace unos meses, había empezado a comprarlos porque al igual que sus

amigos y coetáneos sabía que tarde o temprano y en el momento menos

pensado, iba él también a sentar cabeza.

Algo de lo que le tuvo problemas de deshacerse, fue de su biblioteca,

pues, contrariamente a lo que él creía, para sus amigos y conocidos, no tenía

tanto valor. Pero más que en dinero, aquel patrimonio de unos doscientos

títulos, tenía para él un valor intrínseco. Cómo no iba a ser así si eran

primeras ediciones con tapas de cuero, adornadas con filigranas y letras

doradas imposibles de encontrar en cualquier librería, sino sólo en alguna

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excéntrica tiendita de antigüedades en la capital. Una biblioteca bien surtida

con clásicos de la literatura universal moderna y contemporánea, la Historia

de la Filosofía de Frederick Clopeston, la Enciclopedia Británica, la Historia

de la República, las obras completas de Nietzsche, Freud, Auguste Comte,

Èmilie Durkehim, Karl Marx, Herbert Spenser, Alexis de Tocqueville y varios

títulos de medicina, fisiología y patología humana, así como compendios de

ciencias biológicas.

Cuando estaba casi todo listo, se dio cuenta que lo que había logrado

recaudar con la venta de sus bienes, sólo le alcanzaba para costearse el

pasaje de ida a Londres, y no tuvo más remedio que deshacerse de una vez

por todas y sin remordimientos de sus libros. No le pareció una buena idea

poner un anuncio en la emisora ni en el periódico local, porque aquello

hubiera atraído no sólo a libreros sino también al Servicio de Inteligencia y a

los subversivos. «Si estaba vendiendo sus cosas era porque se está yendo

del país» hubieran especulado y si se iba de ese modo era porque

seguramente estaba metido en algo turbio. Todo dependía desde donde se

viera el asunto. «Podría tratarse de un terruco arrepentido que abandonaba la

lucha armada, convencido que ya la tenían perdida», hubieran pensado los

del Servicio de Inteligencia. O se grataría de un reaccionario que había

apoyado solapadamente al gobierno desde su cargo en la posta de salud,

hubiera sido el comentario de los subversivos.

Entonces no le quedó otra alternativa que convocar en casa de sus

padres, que era donde vivía, a amigos y conocidos más cercanos para que

pudieran ver e interesarse en algún ejemplar en particular y le hicieran una

oferta a la que Amador no pudiera rechazar. Pero, nadie quiso pagar un

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justiprecio por aquellas reliquias impresas y con resignación, dejó que se

llevaran enciclopedias completas por la friolera suma de cinco, diez y hasta

veinte dólares; y, cuanta obra literaria clásica, por sólo tres, dos y hasta un

dólar; mientras que el resto —por el que nadie quiso ofrecer nada— tuvo que

venderlo por kilos, tal como fue la oferta de un ocasional reciclador que por

allí pasaba, premunido de un triciclo, se levantó en vilo los seis pesados

sacos con todos los tratados de medicina y ciencias biológicas por un precio

que no valdría la pena ni siquiera mencionarlo.

Con la información proporcionada por Quiquiriqui Tours, una de las

más reconocidas y serias agencias de viajes y turismo en ciudad Paraíso,

Amador calculó que con todo lo recaudado, fácilmente podría vivir sin

contratiempos en el viejo continente por lo menos durante dos meses, eso sí,

hospedándome en hostales bed and beakfast, pequeña extravagancia que

sabía estaba reservado para pocos turistas extranjeros y nacionales con

quienes se había topado en las calles de ciudad Paraíso antes de que llegara

la subversión.

Luego de una semana de estar en la capital obtuvo su pasaporte, y,

dos días después, una tarde de mediados de otoño se fue del país, haciendo

escala en una ciudad de la selva fronteriza, hasta Miami donde tenía que

tomar un vuelo de conexión en la British Airways que lo llevaría a Londres su

destino final. Al no contar con la Visa Americana, le explicaron en la agencia

que al llegar a Miami, no podría deambular libremente por los pasillos,

cafeterías y tiendas del aeropuerto, menos aún, salir de allí, pues habiendo

sido clasificado como «pasajero en tránsito», debía esperar las dos horas,

custodiado por agentes de migraciones.

20
Para su propia tranquilidad, le dijeron que la presión migratoria de

sudamericanos a la Comunidad Europea, (a excepción de España), en ese

tiempo, no constituía como hoy en día, un verdadero problema y dolor de

cabeza para los gobiernos y autoridades europeas. Menos lo era para la

Gran Bretaña que debido a la barrera del inglés, no recibía el «tsunami» de

migrantes latinos que sí recibía España.

En ese tiempo, el país estaba siendo gobernado por un dictador

confundido que no sabía si era chino o japonés que una mañana despertó

con unas desenfrenadas ganas de gobernar el país junto a su prole por cien

años para lo cual decidió cerrar el Congreso e instaurar una de las dictaduras

más nefastas y corruptas pero eso sí, según sus partidarios, muy efectivo en

la lucha contra la subversión, a costa de asesinar y mandar a las mazmorras

no sólo a subversivos convictos y confesos, sino también a muchos

inocentes. Con ello proyectó al mundo, ávido de buenas noticias, la imagen

de un eficiente estadista sudamericano, corrector de los históricos problemas

de su país: la crisis económica, la ineficiencia del Estado para proveer con

servicios públicos y, ¡muérete de risa!, de combatir también la corrupción.

Aquello fue suficiente para que los gobiernos europeos y en particular el de la

Gran Bretaña, viera con respeto, reconocimiento y sorpresa el buen trabajo

del dictador en aquel remoto país, otrora considerado una republiqueta

bananera.

Aquello también contribuyó para que en esos años, la Embajada

Británica se mostrara por decir de algún modo, «flexible» con los ciudadanos

del país al no exigirles visa de viaje, sino que ésta les era otorgada y rara vez

denegada al llegar al destino, en el llamado «puerto de ingreso», es decir, al

21
momento de pisar territorio británico. Eso sí, para una visa de turista, los

viajeros tenían que responder de manera convincente una lista de preguntas

que los oficiales de migraciones, actuando a nombre de su gobierno y su

reina, hacían a los solicitantes.

—¿A dónde se dirige usted sin visa?—le dijo de manera inquisidora el

oficial de migraciones del aeropuerto de la capital cuando Amador le enseñó

su pasaporte al intentar pasar a la sala de embarque de los vuelos

internacionales.

—Me voy a Londres, respondió, tratando sin éxito de disimular su

nerviosismo.

—¿Y cuál es el propósito de su viaje señor Fonseca?—volvió a

preguntarle el oficial, examinando minuciosamente la fotografía y los datos de

su pasaporte.

—De vacaciones —repuso mirándole directa y firmemente a los ojos.

—Que tenga un buen viaje señor Fonseca —dijo estampando el sello

de salida en el documento.

Poco a poco Amador empezaba a aliviar su nerviosismo y suspiró no

sé si de tristeza, alivio o alegría. Una vez en la sala de espera llamó a su

madre, (estaba a punto de tomar el avión) e hizo un lacónico recuento de su

itinerario: desde la capital a Miami el vuelo duraría cinco horas con cuarenta

minutos aproximadamente y luego de dos horas de espera, cruzaría el

Atlántico en la British Airways y en ocho horas llegaría a Londres.

—Cuídate hijo mío que Dios te bendiga—le dijo su madre—. Saludos

para tu prima Victoria, ella te va a ayudar.

22
En ese momento, la counter anunció a los pasajeros que debían

abordar el avión y la gente empezó a aglomerarse; todos querían subir

primero. Esperando que la multitud se descongestionara un poco y para

asegurarse que las necesidades fisiológicas no lo traicionaran en pleno vuelo

al cruzar la Cordillera de los Andes, Amador se fue al baño. Tenía el pelo

algo alborotado y echó agua sobre la glostora antes de peinarse y a pesar de

las dos tazas de café expreso que había tomado en el desayuno, sus

incisivos lucían blancos y sopló para comprobar que su aliento mantenía

aquel olor a menta cuando salió de casa.

Al regresar del baño, la cola seguía larga y no quedaba otra que

resignarse a ser el último pasajero en subir al avión. Como una gigantesca

anaconda, la fila de gente entraba en la nave y calculó que toda aquella

odisea de llegar al Reino Unido para pedir asilo político le tomaría

(incluyendo el tiempo de espera) no menos de dieciséis horas, siempre y

cuando no se presentaba algún percance. Las gavetas de equipaje de mano

del avión estaban atiborradas con maletines, bolsas y mochilas y no había

espacio para su maletín tipo James Bond, que llevaba todas las tardes a la

universidad con apuntes para sus alumnos. Al identificar el asiento que le

habían asignado junto a la ventanilla, encontró que estaba siendo ocupado

por una mujer que, cerrando los ojos fingía dormir, al menos eso era lo que

Amador pensaba.

—Disculpe señorita—dijo mostrándole su boleto con el número

asignado—. El asiento de la ventanilla me corresponde.

Pausadamente ella abrió los ojos:

—Lo siento—dijo—, creí que ya nadie más iba a subir al avión.

23
Y haciendo un mohín se sentó en el asiento del medio que era el que

realmente le correspondía.

No estaba dormida, ella simplemente rezaba el rosario como buena

católica.

Para pasar el tiempo y calmar en algo su ansiedad, Amador cogió su

diario y continuó escribiendo detalles de su viaje, mientras que en el asiento

al otro lado del pasadizo, un pasajero leía un Condorito y a su costado una

jovencita, acostumbrada a los viajes internacionales, escuchaba

relajadamente música con unos audífonos, ignorando las instrucciones de

seguridad que daba la aeromoza.

De cuando en cuando, la mujer miraba de reojo, por la ventanillas y

sus labios no dejaban de susurrar plegarias y letanías, en el momento en que

el avión empezó a moverse, preparándose para el despegue. No sé si fueron

sus rezos o algo más terrenal o quizás las dos cosas juntas que hicieron

calmar en algo los nervios de Amador y cuando el avión levantó vuelo, se

sintió más tranquilo, sosegado y seguro de viajar junto a alguien que no sólo

era católica sino también muy bella.

Amador exploraba furtivamente ese rostro que a juzgar por su

simetría, sus formas y proporciones, sumados a la lozanía del cutis, y la larga

cabellera azabache que apenas rosaba sus mejillas acariciadas por un ligero

rubor, dedujo que frisaría por los cuarenta. «Joven y bien conservada»,

pensó.

Cuando el avión se estabilizó y el capitán había apagado las señales

de abrocharse los cinturones, Amador trató de concentrarse escribiendo pero

no pudo, sentía el impulso natural y mundano de mirarla, de decirle algo que

24
iniciara una conversación. ¿Quién será?, ¿qué hará por la vida?, ¿qué gustos

tendrá? Sus ojos marrones rodeados por largas y rizadas pestañas

resaltadas por el rímel, y unas arqueadas cejas, se fijaron en la película: El

día de la marmota, que hacía sólo unos instantes había empezado, y ya le

estaba causando risa que seguramente hubiera querido compartirla con

alguien que no era aquel compañero de viaje desconocido que estaba a su

costado. Sus labios resaltados con el rouge, iban a la par con sus mejillas y

una naricita natural, confirmaban la sospecha de Amador de estar viajando

junto a alguien que bien podría tratarse de una reina de belleza o una modelo

de pasarela. Su cabellera suelta deslizándose por sus hombros, tocaba el

borde del escote posterior de su vestido adornado con pequeñas lentejuelas

que brillaban a la luz de los fluorescentes.

En un momento, Amador la sorprendió mirando por la ventanilla,

desde donde se divisaban nubarrones y alguna que otra nube blanca, como

copos de algodón y de cuando en cuando un escampado de complicadas

formaciones rocosas de la cordillera y cadenas de montañas que se

anudaban entre sí para, luego separarse kilómetros más adelante. Vio los

picos y promontorios herrumbrosos de montañas donde no vivía nadie. Luego

de pasar por un cúmulo de nubes, apareció ante sus ojos un majestuoso

glaciar. La mujer llamó a la aeromoza para pedirle un juguito de naranja, con

ese tonito que solamente le salían a las selváticas pero que —quien iba a

saber por qué causa o motivo—, lograba camuflarlo bien, pero no tan

perfecto como para que otro selvático no se diera cuenta. «Estoy seguro que

es de la selva», pensó Amador, no creo que esté alucinando debido a la

altitud pues este Boeing 737 tiene buena presurización. Sintiéndose ignorado,

25
por la falta de comunicación, cayó en la cuenta que su primera experiencia de

viajar seis horas en avión sería de un total y completo aburrimiento.

—¡Qué lindo se ve ese cerro cubierto de nieve¡ —dijo Amador

aclarándose la garganta, tratando de romper el hielo y llamar la atención de la

mujer.

Pasaron unos segundos y no hubo respuesta. Luego ella volteó, miró

por la ventanilla, entrecerró los ojos por el resplandor del sol que brillaba

sobre esa gran mole de hielo que pasaba frente al avión y por primera vez la

mujer habló:

—¡Es el nevado de Yerupajá! Con nada menos que 6,634 metros de

altura. La segunda montaña más alta del país y el punto más elevado de la

cuenca amazónica. ¿Sabías que está ubicado en el límite de tres

departamentos?

—¿Acaso ya estamos en la cuenca amazónica?—interrumpió el

pasajero que hojeaba el Condorito quien la había escuchado y observaba

durante el viaje, sin atreverse hasta ese momento a dirigirle la palabra.

—La cuenca amazónica se inicia en la cordillera y no en las montañas

—corrigió la mujer al intruso.

—¿Qué significa Yerupajá?—dijo Amador restándole importancia a la

interrupción del entrometido y sorprendido por el especializado conocimiento

que ella tenía sobre un tema que creía reservado sólo para los naturalistas

que escribían en la National Geographic.

—Quiere decir blanco amanecer —sonrió ella.

Inmediatamente Amador cayó en la cuenta que no estaba viajando con

una pasajera cualquiera, una turista más, una cara bonita, sino alguien que

26
conocía bien la geografía y seguramente también la cultura del país. Sólo

bastó ese click temático para que cual cotorra a la que le han colocado un

piojo en el oído, empezara a hablar y hablar sin parar, extendiéndose en

sendas y didácticas explicaciones sobre la formación de la cordillera de los

Andes y la Amazonía, basada en la teoría de las placas tectónicas. Aquello

mantuvo a Amador ocupado todo el tiempo que quedaba para llegar a ciudad

Fronteriza; y, para no quedarse atrás, Amador comentó que sólo en su país,

habían más de cincuenta montañas de más de cinco mil metros de altura. A

esto ella repuso, nombrándolas en su nombre originario, explicándole su

significado en castellano de cada una.

Fonseca estaban tan concentrado que ni se dio cuenta en qué

momento el avión tocó la pista de aterrizaje en ciudad Fronteriza. Allí esperó

media hora que le parecieron segundos, tiempo suficiente para que subieran

otros pasajeros provistos de enormes mochilas que, a juzgar por su

indumentaria: pantalones cortos, camisas color caqui y sombreros de safari,

parecían personajes salidos de las tiras cómicas de Tarzán que Amador leía

con devoción religiosa en sus tiempos de colegial. Tampoco notó en qué

momento el avión despegó nuevamente y esta vez, con vuelo directo a Miami

y se olvidó por completo de su diario. Ni siquiera las turbulencias al

sobrevolar el llano amazónico que hicieron gritar y pedir perdón a Cristo a

una mujer que frisaría los sesenta por los pecados cometidos sirvieron para

sacarlo de esa especie de hipnosis en el que Amador se encontraba.

La aeromoza preguntó por cuarta vez si deseaba algo de beber o

comer. Una cerveza helada, dijo él y la mujer, un juguito de naranja con hielo.

27
La chica regresó pronto con lo solicitado y unas toallitas húmedas y calientes

que emanaban un vaho aromático.

—Son para las manos, en un ratito van a servir la cena —dijo ella,

dejando escapar por enésima vez sus diminutivos.

—Esta línea aérea derrocha en amabilidad con sus pasajeros—

comentó Amador, tratando de cambiar de tema, hablando de cosas

mundanas y asegurarse más del dejo sacarle ese dejo al hablar.

—Así somos nosotros, cordiales con la gente—repuso sonriendo

nuevamente—. Yo la verdad no sé porqué, nos va tan mal con lo generosos

que somos. ¿Qué nos falta?, Nada. Tenemos todo, recursos naturales, nos

sacamos la mugre, ¿no crees?, somos gente que trabaja duro todos los días.

—Es verdad, somos así—dijo Amador.

Un sol abrasador se filtraba por las ventanillas del avión, castigando a

los pasajeros del lado izquierdo, quienes para protegerse cerraron las

mamparas y abrieron al máximo las perillas del aire acondicionado. Aquello

ayudó en algo a disminuir el calor pero era insuficiente para terminar con la

incomodidad de sudar a seis mil metros de altura.

—Señora, ¿Vive usted en Miami?—preguntó Amador.

—¡No me llames Señora!—repuso ella fingiéndose ofendida—. Soy

Belinda Araoz, vivo en la capital y me voy a un congreso y de paso,

aprovecharé para visitar a mi hija.

—Yo tengo un vuelo de conexión en Miami, me voy a Londres de

vacaciones.

—Y ¿Siempre eliges Londres para irte de vacaciones?

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—Por supuesto que no, esta es la primera vez que voy a conocer esa

ciudad.

La doctora Araoz era directora del Instituto Nacional de Enfermedades

Neoplásicas y había sido invitada para presentar su trabajo de investigación

sobre el tratamiento del cáncer uterino. Hablaba abiertamente sobre cualquier

tema, y parecía haber logrado todo lo que se propuso en la vida: una exitosa

carrera, una hija y quizás también el amor. Contrariamente a la impresión que

tuvo al salir de la capital, hace unas horas, Amador se sentía privilegiado por

estar viajando junto a una mujer inteligente y bella. ¿Por qué le parecía que la

conocía de alguna parte?, ¿podría acaso haberla visto en ciudad Paraíso?,

¿le recordaba a alguien que conocía?

Mientras miraba la tele, la doctora Araoz recordó lo que le ocurrió

cuando aún era una adolescente. El funesto día en que su padrastro abusó

sexualmente de ella y la envió a la capital, inventando la historia que su

enamorado (con quien sólo se había besado un par de veces) era el

responsable de su embarazo. Quería separarla de ese muchacho que no la

convenía, inventó el malvado. No contento con ello amenazó con matarla si lo

denunciaba ante las autoridades. Pero ella armándose de valor, contó todo a

su madre y ella a la policía. Pero allí no la creyeron ¿cómo puedes hablar así

del capitán?, del jefe del Ejército en ciudad Paraíso ¿Quieren que los

terroristas lo maten como están haciendo con todos los violadores? Ni hablar

señora, esa denuncia no pasará.

Un domingo por la tarde, cuando le vinieron los dolores del parto,

cogió un taxi hasta la Maternidad donde luego de doce largas horas de

trabajo de parto nació su hija Patricia, asistida por la única obstetriz que se

29
dio abasto para recibir a ocho criaturas más. Pero, gracias a Dios que nunca

le pasó nada—pensó recogiéndose el cabello la doctora Araoz. Para criar a

su hija, tuvo que trabajar cuando Patricia apenas cumplió los tres meses. El

día que se presento a una entrevista, (una cara bonita, carisma para atender

al cliente, despierta y hábil con los números, son requisitos más que

suficientes para el puesto de dealer que estamos necesitando), le dijo el

Gerente General de un casino en Miraflores. El problema era que no tenía

papeles, era menor de edad y los del Ministerio de Trabajo venían a

supervisarlos. Pero aquello podría arreglarse con el abogado del Ministerio

que para suerte de la empresa también los asesoraba. El otro requisito

(secundaria incompleta) no importaba porque con solo cuarto de media,

Belinda había demostrado tener una capacidad numérica comparada a la de

un estudiante de la UNI. El trabajo era rentable, eso sí los siete días a la

semana con el que pudo pagar el alquiler del departamento, la comida, los

pañales y las consultas al pediatra de su hija. Cuánto hubiera querido tener

un empleo que le permitiera estar en casa con Patricia los fines de semana.

Su madre que la acompañó hasta la capital se quedaba con la niña todo el

tiempo y no podía faltar de ninguna manera porque los sábados y domingos

el casino estaba repleto de clientes «A1» que dejaban buenas propinas.

Amador observaba a Belinda con disimulo, creía que otra vez había

empezado a rezar. Había notado algo raro en su rostro que le hacía pensar

que la había visto en algún lugar pero que no lograba identificar con claridad

dónde ni cuándo. Estaba seguro que trataba de disimular y camuflar su

acento selvático y lo lograba con éxito, pero en un descuido le salía

nuevamente. Llegó a la conclusión que era de ciudad Paraíso. ¿Por qué una

30
mujer abierta y segura trataría de esconder su origen con un forzado

refinamiento? Y, para salir de cualquier duda preguntó:

—Doctora Araoz, ¿De dónde es usted, quiero decir, dónde nació?

—Por favor—dijo ella—, tampoco me llames doctora, ese título me

enferma—sonrió retocándose el rímel con un espejito—. No te voy a decir de

qué parte soy, a ver si lo adivinas. Además, hace años que no voy por allá.

—Ya casi su acento ni se nota.

—¿A mí? ¡Hazme el favor!— tomó otro sorbo de su jugo de naranja y,

guardó el lápiz labial en su cartera—. Estoy bromeando, la verdad, no eres la

primera persona que me lo dice. Es cierto mi acento ha cambiado mucho

pero no lo he perdido, no ha desaparecido y espero que no lo haga, es parte

de mi. Soy de un pueblo que seguramente nunca has escuchado hablar, de

ciudad Paraíso.

—¿En serio? ¡Yo también soy de allí!

—No te creo.

Belinda pensaba como había empezado su carrera, y salió fuera del

país y se quedó a trabajar en el Reino Unido, primero en un hospital y luego

para la OMS y se quedó en su país el día que conoció a don Ulderico

Rivasplata. A partir de esa fecha y durante muchos años, había capacitado al

personal del Minsa en la detección temprana del cáncer uterino y viajaba a la

selva pues allí la incidencia de dicha enfermedad era más alta, que en otras

zonas del país. Experta que conoce el tema, como un cura el Misal Romano,

Belinda le explicó que el papiloma virus era el causante principal del cáncer

uterino y sostenía que debido a las condiciones climáticas en la selva se

había convertido en una enfermedad endémica. El escaso uso de condones

31
en los varones, hacía que el virus fuera fácilmente trasmitido a las mujeres;

que, con el tiempo producía daños irreversibles en la forma y tamaño del

epitelio del cuello uterino tornándolo canceroso. Pero diagnosticado a tiempo

con el Papanicolaou, aquel tipo de cáncer podría prevenirse y hasta curarse.

—Lo sé—dijo Amador—. Soy obstetra.

—Entonces no tengo que explicarte nada.

El tema de su investigación era el uso de las duchas e infusiones en

baño maría con yerbas milagrosas como la manzanilla, el matico y el llantén

que afirmaba podían curar las cancerígenas úlceras cervicales. Le contó a

Amador que cuando su hija terminó su posgrado en los Estados Unidos, ya

no quiso regresar al país. Se había convencido que en Miami tendría un

mejor futuro viendo que la situación económica, social, y política acá seguía

muy mal pues quienes se iban ya no regresaban más. No había trabajo,

explotaban los coches bomba y las incursiones terroristas en las provincias,

distritos y comunidades, estaban a la orden del día. El país pasaba por una

tremenda crisis económica y la conmoción e inseguridad controlaban la vida

de sus ciudadanos. Era época de inflaciones, pérdida de capacidad

adquisitiva y largas colas en migraciones buscando visa para los Estados

Unidos y España y si nonos ligaba ninguno de ellos, nos íbamos a

Venezuela. Patricia tenía miedo de regresar a un país sumido en el caos,

joven y con una maestría bajo el brazo ¿Qué futuro le esperaría aquí?

¿Trabajaría para el Estado? Estaba copado por los militantes del partido de

turno, ¿en una ONG?, casi todas se habían marchado. Solicitó al Consulado

la extensión de su visado y se la negaron. Su compromiso (como becaria

responsable) era regresar y contribuir con sus estudios al desarrollo su país.

32
Entonces no tuvo más remedio que quedarse de ilegal y fue recién el año

pasado que pudo regularizar sus papeles casándose con un ciudadano

norteamericano.

En la película del avión, Bill Murray frustrado en sus ambiciones y

aburrido con su trabajo escuchaba el despertador con la misma melodía y se

levantaba por enésima vez al día siguiente para vivir lo mismo que había

vivido el día anterior.

—Y ¿cómo se las arregló su hija para vivir de ilegal?—preguntó

Amador.

—Fueron tiempos muy duros para ella, sufrió mucho—un bebé llora

quizá de calor o de hambre, su madre lo arrulla mientras pide a la aeromoza

que por favor le caliente el biberón en el microondas—. Trabajó en todo para

sobrevivir, menos en lo que le gustaba: el periodismo y no tuvo otra

alternativa que hacer trabajos domésticos. Salía temprano a limpiar tiendas y

oficinas en el centro de Miami, y aquello era un riesgo porque

frecuentemente, la policía, realizaba redadas para capturar a los

indocumentados y deportarlos.

El bebé dejó de llorar, tenía hambre.

Para evitar caer en cualquier momento en la Migra, Patricia dejó la

limpieza de tiendas y oficinas y se dedicó a limpiar casas particulares en

Boca Ratón, una de las zonas más exclusivas del condado de Palm Beach; y

ganar mil quinientos dólares mensuales que se iban en comida y en el pago

de la renta de un departamento que compartía con una colombiana con quien

tomaba el autobús de las 5:30 de la mañana para irse al trabajo. Y, fue en

ese trajín de buses y caminatas por amplias veredas y extensos jardines de

33
céspedes recién cortados donde Patricia conoció a otros latinos que otrora

fueron ilegales pero que después de tanto batallar, por fin habían logrado el

ansiado Green Card. «Búscate otro trabajo que te saque de misia» le

aconsejó una mexicana. Y le hizo caso. Encontró un empleo de lavaplatos en

un restaurante italiano y los fines de semana de limpiadora de retretes en el

Pinecrest Gardens, un tremendo parque en la Florida. Con ello, recién pudo

ahorrar y pagar los cinco mil dólares que le pedían sus contactos, para

conseguirle un Green Card falso y con ello obtuvo un trabajo en un McDonald

con beneficios de ley sin que la Migra la molestara. Y, se quedó allí por algo

más de dos años, hasta el día en que encontró la felicidad cuando decidió

dedicarse a cuidar ancianos en un albergue. Allí conoció a Thomas

Kaufman, hijo de un ejecutivo del mundo de las finanzas, que en los ochenta

ocupó el más alto cargo en el Lehman Brothers Holding Inc., una de las más

renombradas compañías globales de servicios financieros en los Estados

Unidos. Thomas era responsable de la dirección de finanzas de su sede

principal en Nueva York, y pese a sus múltiples actividades, se daba tiempo

para visitar a su anciano tío en el alberque. Ese día, Patricia hacía su trabajo

de rutina (leerles las noticias del diario a los viejitos). Era una de las pocas

cuidadoras que en todo momento y bajo cualquier circunstancia, trataba con

respeto y dignidad a los ancianos.

Un domingo por la tarde, Thomas la invitó a cenar para hablarle de su

congregación, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, con

el propósito de mostrarle sin ocultamientos desde el principio, su credo

porque él se consideraba un hombre de sólidos valores cristianos y con

buenas intenciones.

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Amador había escuchado tantas veces el nombre de Patricia que su

mente hurgó en los más recónditos recuerdos de adolescente. ¿Acaso se

trataba de la misma Patricia que conoció en el colegio y seguía

considerándola el amor de su vida? Y que un día sin dar aviso luego de la

fiesta de promoción desapareció para siempre. Absorto en sus pensamientos,

perdió el interés en Belinda, sorbió su whisky a las rocas y regresó a la

realidad de estar volando, escapando de lo que más despreciaba: la guerra.

—¡Qué corajuda ha sido tu hija!—dijo Amador—. Tener el valor de

arriesgarse a vivir de ilegal en un país, requiere tener espíritu aventurero.

—Le advertí que si se quedaba de ilegal no iba a lograr nada. No se

daba cuenta que aquello le complicaría la vida. Pero la muy terca no me

escuchó y se quedó. Su corazón le decía que Thomas era sincero,

transparente y sobre todo normal en todo, situación que confirmaría cuando

él le pidió que fuera su esposa. Pero no faltaban latinos ignorantes,

malpensados y lenguaraces que comentaban que los mormones seguían

practicando la poligamia. Sí, claro que al principio dudó como era de

esperarse en una chica formada y educada en los valores y principios del

catolicismo, pero también por las cosas que ocurrieron y vio en la comunidad

latina. Lobos que se vestían de corderos para comerse a las caperucitas, se

liberó de los pervertidos que con engaños intentaron aprovecharse de ella, de

su condición de ilegal. Ocurrió que luego de ganarse su confianza un tal

Spencer, dueño de un restaurante le hizo la indecente propuesta de

«legalizarla» cobrándole con descaro la suma de quince mil dólares, además

de un «único pago en especie». Patricia jamás mostró un ápice de debilidad

y rechazó con una contundente cachetada la propuesta del chantajista.

35
Esperó pacientemente todo ese tiempo: «Si me he de quedar de ilegal de por

vida no importa, pero jamás venderé mi dignidad ni engrosaré la billetera de

ningún pervertido abusador», se dijo a sí misma.

El día que Thomas le pidió matrimonio mientras caminaban por el

Pinecrest, Patricia hizo un exhaustivo análisis y balance de esos meses en

que habían salido y comprobó que también ella lo amaba y estaba dispuesta

a dar ese importante paso en la vida, no por resolver su situación legal sino

porque sentía la necesidad de estar con él «sino era para siempre al menos

por el tiempo que dure», —se sinceró luego de darle el sí—. Además uno

aprende a amar no cuando encuentra a la persona perfecta sino cuando

aprende a creer y confiar en la perfección de una persona imperfecta.

El día de la boda, Patricia estaba más linda que nunca y sonriente de

felicidad miraba a los invitados, su madre, los familiares de Thomas y los

amigos hispanos más cercanos. Su esposo pronto a ser, hizo un breve

recuento del día y las circunstancias en que la conoció. Aquella mañana

sabatina cuando presintiendo que algo importante iba a ocurrirle, llegó más

temprano que nunca al asilo y la vio, leyéndoles las noticias a los viejitos,

preguntándoles lo que sucedía afuera, más allá de los extramuros, en la

ciudad, el país y el mundo. Sin proponérselo, Patricia había descubierto que

aquel ejercicio sencillo y rutinario, los ayudaba a luchar contra el Alzheimer.

Comprobó que la lectura, los rescataba de la isquemia cerebral al que

parecían haber sido condenados.

Leer era para ellos una actividad casi abandonada debido a las

dificultades que tenían con la vista y el oído, sin mencionar aquellas para

recordar las cosas que habían hecho trasantesdeayer, anteayer, ayer, esa

36
misma mañana y hace tan sólo una hora. Otros ni siquiera estaban en

condiciones de mantener por unos segundos en sus manos, algún objeto de

peso normal para cualquier persona como sostener una taza de té o lo que

era aún peor, poder alimentarse por sí mismos con la cuchara y dejaban los

manteles y la ropa, empapados de fideos, de sopas, de pedazos de pan, de

carne, de pollo. Gracias a Patricia, los ancianos, encontraron en las lecturas,

un nuevo pasatiempo. Su curioso acento latino no era impedimento para que

no la entendieran, al contrario, la comprendían mejor que a nadie. Más que

con palabras, les hablaba con el corazón. Y, escucharla les devolvía las

ganas de seguir viviendo, de sentirse acompañados por alguien que los

ayudaba a recuperar sus recuerdos.

Luego de la boda, Thomas renunció a su puesto en Nueva York,

aceptando uno de menor jerarquía en el Lehman Borthers Bank en Miami;

que le brindaba más satisfacción que su anterior y mejor remunerado cargo.

El ambiente cálido, colorido y alegre de la ciudad lo convencieron de que allí

era donde quería vivir y criar a sus hijos.

—Si no es demasiada intromisión—preguntó Amador sin dejar de

mirarla—. ¿Cómo se apellida su hija?

—Lezcano—, Patricia Lezcano.

Amador sintió que el pulso se le aceleraba, que su cara palidecía, tragó un

poco de saliva y bebió otro sorbito de whisky y Belinda percibió la dilatación

de sus pupilas.

—¿Te pasa algo? ¿Acaso has visto un fantasma? ¿Estás mareado por

el viaje, o es el whisky que te está chocando?

—Mucho peor que eso —repuso tartamudeando.

37
No lo podía creer, aquella mujer era la madre de Patricia Lezcano.

—¿En verdad su hija es Patricia Lezcano? —preguntó balbuceando.

—Sí, así es —tomó un sorbo de su jugo de naranja— ¿Acaso la

conoces?

—¡Claro que sí! La conocí en el colegio ¿le ha hablado ella de mí? me

llamo Amador Fonseca.

«Qué sorpresas te da la vida» —pensó Amador—. «Después de todos

estos años tratando de comunicarme con Patricia desde que salió de ciudad

Paraíso, ahora, estaba, junto a quien la trajo al mundo».

Por la ventanilla del avión se veía el mar azul, el cielo y las islas

caribeñas, señal que pronto llegarían a Miami. Amador chequeó en su libreta

la dirección y el número telefónico de la casa de su prima Victoria en

Lambeth donde se quedaría sólo por una semana. De allí tenía planeado

mudarse a vivir en el hostal YMCA, a dos cuadras de la estación de

Stockwell. Treinta minutos más tarde el avión aterrizó y amador le recordó

que no se olvide de saludar a Patricia de su parte.

—Así lo haré muchacho—dijo la doctora Belinda al despedirse.

38
TRES

En la cola de migraciones del aeropuerto de Miami, el oficial hizo un

minucioso chequeo de la foto de Amador en su pasaporte:

—¿A qué se dedica usted señor Fonseca?

—A la docencia, soy profesor universitario.

—Eligió un lugar alejado para irse de vacaciones —comentó el oficial

con ironía estampando el sello de «pasajero en tránsito» al documento—.

Colóquese aquí y espere un momento —apuntando con el índice el lugar

exacto donde Amador debía quedarse mientras atendía al siguiente pasajero.

Habló por un walkie talkie y al instante apareció otro agente con facha

de policía. Rápidamente hablaron en inglés, Amador no entendió nada y por

los gestos intuyó que se referían a él.

—Acompáñeme por favor—le dijo amablemente el que acababa de

llegar.

Amador obediente lo siguió, jalando su equipaje por el largo pasillo.

Subieron y bajaron escaleras eléctricas y se dejó llevar por una faja

trasportadora; atravesaron una puerta automática hasta llegar a una sala

donde esperaban otros pasajeros en tránsito: jamaiquinos, guyaneses,

surinameses, haitianos, colombianos, peruanos y ecuatorianos, para tomar

sus vuelos a Suecia, Paris, Alemania, Italia y Madrid; y se consoló al saber

que no era el único que viajaba sin visa.

Luego de dos horas le dijeron que tenía que hacer el check in y

abordar inmediatamente. Ahora sí, el procedimiento fue mucho más rápido;

palabras amables y rostros risueños le preguntaban en castellano si

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necesitaba ayuda, y le deseaban un feliz viaje. Se sintió más tranquilo que

cuando salió de la capital y tenía hambre y se pasó comiendo casi todo lo

que le ofrecían en el vuelo de Miami a Londres. Como no hablaba inglés ni la

aeromoza que la atendía castellano, Amador se hizo entender con señas.

«Ojalá hubiera estudiado el lenguaje de los mudos», pensó. Para pedir algo,

señalaba con el dedo lo que estaba en el menú y cuando veía lo que le

parecía delicioso (ordenado por el pasajero de al lado), simplemente repetía

«ídem». De esa manera pudo agenciarse de piezas de pollo, pan con jamón,

queso, mantequilla, jugos, vino y whisky. Por primera vez vio que la sal, el

azúcar, la pimienta, la mantequilla y la mermelada podían servirse en

sobrecitos y envoltorios tan diminutos que sintió estar jugando a la comidita.

A las diez de la mañana del día siguiente, el avión de la British Airways

aterrizó en la Terminal Cuatro de Heathrow, una de las más grandes,

transitadas y complejas terminales diseñada para responder a las

necesidades y requerimientos del control de pasajeros que llegaban a

Londres. Amador experimentó lo que se siente salir por una manga, como si

entrara en el túnel del tiempo. Nuevamente pasó por una faja transportadora

y se vio como un personaje de su serie favorita: Viaje a las estrellas,

abordando el Enterprise. Miraba por todas partes tratando de encontrar la

salida de los pasadizos en medio de señales y anuncios luminosos, de

pasajeros apurados, de agentes de migraciones y tuvo la sensación que

estaba siendo observado por cámaras de seguridad que colgaban del techo

haciéndose pasar por objetos decorativos. Tenía que encontrar a Victoria su

prima que lo esperaba en la salida. Pero, ¿cuál salida?, se preguntó al llegar

40
al laberinto de pasadizos y vericuetos de la Terminal Cuatro. A su costado un

sujeto leía concentrado.

—Disculpe, ¿por dónde está la salida? — murmuró inseguro.

—«No comprende español»—respondió el sujeto dando a entender

que no quería ser interrumpido.

Desde las cámaras, lo vieron desorientado, nervioso y confundido que

se le acercó un oficial.

—¿Puedo ayudarle señor?—le dijo el oficial.

—Sí, ¿podría indicarme la salida por favor?

—Por supuesto señor —respondió amablemente—. Sígueme, por aquí

— e introdujo una tarjeta en la ranura de la chapa de una puerta de vidrio,

sonó un «bip» y la puerta se abrió.

Amador, asumió que era un atajo, bajaron por un ascensor hasta una

oficina «¿Y el chequeo de pasaporte?, ¿las grandes colas?», se preguntó

—Su pasaporte por favor—le dijo un oficial calvo y fornido con cara de

pocos amigos.

No lo tenía a mano, rebuscó en el bolsillo de su camisa, en el bléiser,

en los bolsillos del pantalón y no lo encontró. Hizo un último intento y

nervioso abrió su maletín mientras una ruma de papeles cayó al suelo, entre

ellos el original y la copia legalizada de su título universitario; y, escondido

entre los documentos, carnés, lapiceros, el block y otras chucherías, estaba

su pasaporte.

—¿Motivo de su viaje?— murmuró el calvo.

—Busco asilo político.

41
—¿Por qué quiere pedir asilo político en el Reino Unido?—tecleó

chequeando en una pantalla sus datos sin inmutarse, ni mirarle en la cara—.

¿No cree que debió haberlo hecho en Miami, donde tuvo su primera escala?

Porque así indican las leyes en esta materia ¿Por qué usted no hizo lo que

tiene que hacerse en estos casos señor Fonseca?

—No lo sabía. No conozco a nadie en Miami, aquí tengo una prima y

vengo a pedir protección a su gobierno. En mi país mi vida corre peligro, no

puedo estar allí pues no hay a quién acudir, se ha perdido el respeto por la

ley y el orden; la gente se encuentra entre dos fuegos; por un lado los

subversivos y por el otro el Ejército y los paramilitares.

—Acaba de decir usted algo muy claro, la gente se encuentra entre

dos fuegos pero no usted en particular. Podría precisar ¿de qué viene usted

escapando?, dijo el oficial con cara seria.

—De la guerra que no hace diferencia entre inocentes y culpables. Los

más afectados son los inocentes. Si protestas contra la injusticia es probable

que te cataloguen como subversivo y si hablas en contra de los subversivos,

te tildan de soplón.

—¿Ha hecho usted algo para que algún grupo haya atentado contra su

vida?—el oficial llama a un compañero por un walkie talkie —.

Chequearemos su equipaje.

—No, no hice nada, nunca abría la boca, y el hecho de no hablar, no

comentar nada también tiene su costo. ¿Sabe lo que me dijeron?, que esa

era también una manera de involucrarme. Aquello les molestaba, querían que

dijera algo, que me pronunciara sobre lo que estaba sucediendo.

42
El oficial lo tranquilizó diciéndole que tuviera calma, que no se

preocupara, que todo iba a salir bien. En un cuartito de dos metros cuadrados

donde apenas cabían una mesita redonda y dos sillas, Amador debía

esperar. Le ofrecieron ¿té o café? Té por favor. El oficial se fue y al rato

apareció con el té y un folder con documentos, formularios y una lista de

preguntas. Dijo que era el responsable en temas de exiliados políticos,

refugiados, deportados y cuestiones afines. Lo acompañaba otro que portaba

en la cintura un detector de metales, un par de marrocas, una vara de

descarga de electroshock y su infaltable walkie talkie. Le explicaron

nuevamente lo del chequeo; pasaron el detector por su cuerpo, se detuvieron

en el abdomen, las piernas y entrepiernas; luego, abrieron y revisaron cada

pieza de su equipaje.

—¿Transporta usted droga?

—No —dijo Amador rotundamente.

Chequearon cada resquicio de su maleta, cada bolsillo de sus

camisas, de sus pantalones, de los forros, tapas y contratapas de su maleta y

lo dejaron con el responsable en temas de refugiados…Le invitó a tomar

asiento sirviéndole otra taza de té con leche. Señor Fonseca, leía

pausadamente su nombre, probando el té cargado, usted está solicitando

asilo político en el Reino Unido, mi función será hacerle algunas preguntas

que serían registradas en este documento, que deberá firmarlo si es que está

de acuerdo. Por supuesto que estaba de acuerdo «debe ser té de

Bangladesh por eso es tan fuerte», pensó Amador, recordando las

plantaciones promovidas por la Reforma Agraria en los valles de ciudad

Paraíso. «¿Cuántas familias se habían beneficiado con el cooperativismo en

43
esos años? ¿Acaso ese sistema no había sido un controlador social del

avance del narcotráfico? La desarticulación de las empresas estatales

promovida por el fundamentalismo de los empresarios y políticos neoliberales

dejaron a muchas familias en la selva desprotegidas que no tuvieron otra

alternativa que dedicarse al cultivo de la coca».

—¿Quién o quienes han atentado contra su vida?—le sacó de sus

pensamientos el oficial de migraciones.

La violencia era insoportable, subversivos, militares y paramilitares

habían desatando una lucha sin cuartel en su país y ciudad Paraíso era un

polvorín de donde la gente quería salir si tuviera los medios para hacerlo. Les

habían hecho creer que a menos que se metieran en problemas, la violencia

no los iba a alcanzar; pero aquello era más falso que currículum de

congresista; la guerra estaba golpeando a quienes nunca la provocaron, a los

pobres, a los que no militaban en los partidos políticos y a quienes como en

su caso, la política les producía arcadas.

—Y ¿por qué no se quedó en la capital?—insiste el de migraciones.

—Las cosas allí también están color de hormiga, muy movidas, ya

volaron un canal de televisión y un vecindario en el centro comercial de la

ciudad.

—Y, aquí en el Reino Unido ¿conoce a alguien que lo ayude?

— Si, una prima como le dije.

—¿Dónde vivía usted antes de llegar al Reino Unido?

—En ciudad Paraíso—respondió Amador por tercera vez—. Trabajaba

en el Hospital y en las tardes de profesor en la universidad.

44
— ¿Existe un lugar llamado así en su país?, —preguntó el oficial

dándosela de chistoso.

—¿Ciudad Paraíso?, claro que sí —enfatizó por cuarta vez sin saber

que el castellano del oficial no era tan bueno.

—¿Por qué usted no pidió protección a las autoridades de su país, por

ejemplo a la propia policía?

—Por miedo a las represalias. Miedo a los subversivos, a los militares

y paramilitares. Cuando acudí a las fuerzas del orden me pidieron dinero

dizque para la gasolina, para movilizarse e investigar mi denuncia. Denuncia

que quedó archivada en el libro de ocurrencias. Para ellos la seguridad de un

ciudadano común, de alguien sin ningún cargo público ni influencia política

vale menos que una bala. La policía no se daban abasto para nimiedades,

hacía falta policías para proteger a las autoridades y a la población pero

estos eran pocos, así como los recursos para tener efectivos patrullando las

calles.

—¿Y los soldados?

—Claro estaban allí haciendo su trabajo, pero el gobierno está

perdiendo la guerra, se aleja de la gente, no ve al ciudadano de a pie como

un aliado, sino como un potencial enemigo, peor si este reclama, es

considerado sospechoso de ser un subversivo más que tenía que ser

combatido por constituir un obstáculo para la democracia, el progreso y la

globalización.

El entrevistador lo escudriña, consultando documentos e informes de

expertos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados

ACNUR sobre la guerrilla, los derechos humanos y el narcotráfico en aquel

45
país sudamericano. Sacó de un archivador algunos recortes de periódicos

nacionales, con titulares marcados con resaltador. Por unos minutos

desapareció por una puerta, conversó con un colega suyo y regresó al poco

tiempo tomando otra taza de té con leche más sonriente que antes,

ofreciendo al interrogado otra taza de té o algo más para beber, Amador: «no

gracias, estoy bien así». Sin embargo, (continuó el oficial), no podrá usted

negar que los subversivos ya han sido controlados por el gobierno en su país.

¿Qué evidencias tiene para demostrar que son ellos quienes quieren hacerle

daño?

Amador, evocó en su memoria el asesinato de nueve campesinos por

una columna subversiva en Caynarachi. Nadie podía vivir ni trabajar allí pues

la guerra había llegado a tocar directamente a las personas que sólo querían

una cosa, vivir en paz. Pues bien, un día salió de ciudad Paraíso con los

primeros rayos del sol brillando en los cerros de la ciudad. Debía vacunar

contra la tosferina y la difteria a los niños menores de siete años y contra el

tétanos a las mujeres en edad fértil, que de acuerdo al Minsa, eran aquellas

mayores de quince y menores de cuarentainueve años. Llegó a Caynarachi

al caer la noche, después de un largo viaje en camioneta por la angosta,

empinada, y lodosa carretera, donde los cerros del último flanco oriental de la

cordillera de los Andes abrían el paso a una quebrada de estrepitosas aguas

que daba origen a una catarata cuya caída producía un ruido similar al

bramido de un toro buscando aparearse y se perdía como una anaconda

serpenteando en la foresta. En ese lugar abundaba la sal, donde otrora,

acudían los venados, majases, sajinos, huanganas y sachavacas para lamer

las rocas de halita y proveerse de este mineral muy escaso en el llano

46
amazónico; ocasión que los cazadores aprovechaban, para abastecerse de la

apetecida carne de monte infaltable en la mesa del poblador selvático.

El oficial anotó en el formulario el número del pasaporte, y confirmó los

datos personales de Amador; su nombre, fecha y lugar de nacimiento.

Escribió las respuestas literalmente, redundando en algunas preguntas,

haciendo repreguntas clave y leyendo las respuestas, asegurándose que lo

escrito reflejaba lo respondido.

Cuando Amador llegó, Caynarachi estaba en tinieblas, no había luz

eléctrica; la gente se alumbraba con lamparines que iluminaban tenuemente

las casas atrayendo a las polillas, a las mantis religiosas, a las chicharras

machacuy y a cualquier otro insecto raro. Escuchó a lo lejos el llanto de un

niño que estaba enfermo, su quejido era débil y tosía mucho, mientras la

madre lo atendía y el resto de la familia rezaba en la cocina, cerca al fogón

de la tullpa donde hervía junto al timbuchi de boquichico, el inguiri y se

calentaba el frejol para la cena. Más al fondo cocía la yuca que luego de

enfriarse sería masticada para preparar el masato…

—¿Podemos continuar señor Fonseca?—regresó el oficial después

del corto receso—. Debe contarme en detalle lo sucedido. ¿Dónde ocurrieron

las amenazas, cuántas fueron y en qué circunstancias se dieron éstas?

—La primera fue en la Universidad donde enseñaba y las otras dos en

mi domicilio —rechinó los dientes Amador, respiró hondo, tragó saliva y se

acomodó el cabello con una mano mientras que con la otra tomó otro sorbo

de agua…

Los perros ladraban al ver la luz de la linterna que le permitía trajinar

por el caminito en medio de la calle cubierta todo el tiempo de una tupida

47
pajilla que todos los días los caballos podaban con sus dientes. Amador

esquivó los charcos y el lodazal, saltando sobre unos troncos que servían de

puente cuidando de no hacer ruido para no despertar a los cerdos que

arrumados unos sobre otros, dormían olisqueando el pestilente fangal que

inundaba la cuadra cerca de la posta médica.

El cansancio dominó su hambre; ni bien abrió la puerta, extendió el

dunlopillo sobre la tarima en el único ambiente que servía de habitación,

cerca de la sala de partos que también era usada como tópico y consultorio.

Con la ropa puesta se tendió en la tarima. Tiró al suelo sus zapatillas y se

sacó las medias húmedas y casi en el acto se quedo dormido…

—Vayamos por partes Señor Fonseca ¿cuénteme cómo así lo

amenazaron de muerte?—insistía el de migraciones.

—Ese día estaba dando clases en la universidad—tartamudeó

tímidamente Amador—. Ingresaron al aula tres encapuchados arengando el

apoyo a la lucha armada y pidiendo muerte a los revisionistas pro-

moscovitas.

—¿Se considera o consideraba usted un revisionista pro-moscovita?

¿Qué fue lo que le hizo suponer que aquello iba dirigido a usted? Podría

haber sido para alguien de la clase, un alumno ¿no cree? ¿Podría haber

entre ellos algún revisionista pro-moscovita? Si todo el mundo viniera a pedir

asilo político sólo por haber sido testigo presencial de arengas, la Terminal

Cuatro de Heathrow simplemente colapsaría y tendríamos que construir una

quinta terminal señor Fonseca. Lo que le quiero decir es que los argumentos

que usted está esgrimiendo no son suficientes para solicitar asilo político.

48
—Eso lo tendrá que decidir un juez ¿no cree usted? Por favor le pido

no hacer ningún juicio de valor y se limite a tomar mis declaraciones.

—Usted tiene derecho a contar con un abogado y un intérprete pero

hoy domingo es difícil ubicarlos…

Unas pisadas y golpes fuertes en la puerta lo despertaron en medio de

la noche. ¿Tú eres Felipe Tapullima?—preguntaron con voz firme al otro lado

de la pared de la posta—. Y, ante la respuesta afirmativa; ya pues

conchatumadre, tienes que unirte a la lucha armada, el Partido necesita

gente. Pero yo no quiero estar en el Partido—suplicaba el campesino—.

Tengo esposa y dos hijos a quienes cuidar y mantener y no tengo tiempo

para dedicarme a la revolución. No entiendo de política, tampoco aquello de

que «el poder nace del fusil». Cuando estuve en la escuela, tampoco

comprendía eso de que «la letra con sangre entra» que el profesor repetía en

clase. Por eso me escapé de allí, me fui a la chacra a sembrar plátano, maíz

y a criar gallinas. Lo único que quiero es vivir en paz con mi familia, ellos me

necesitan. Si me matan ¿cómo van a vivir sin mí?, ¿quién los va ayudar?

¡Por favor váyanse y no vuelvan más! Otra mentada de madre y un ruido

seco cual patada de mula lo hizo callar y caer desvanecido, gimoteando de

dolor en un acto reflejo más que por una sensación consciente. «Le han dado

un culetazo en la cabeza», pensó Amador recostado en su dunlopillo. Sabía

que debía quedarse quieto sin hacer ruido y entre la oscuridad, miró su Casio

fosforescente que marcaba las doce de la noche.

—No fueron sólo arengas oficial, fueron amenazas reales —le sube la

sangre a la cara a Amador—. ¿Cómo pueden mis alumnos ser revisionistas?

Si ni siquiera revisaban sus apuntes, peor aún van a revisar el marxismo-

49
leninismo; ninguno ha recibido entrenamiento político en Cuba, China o la

Unión Soviética. De chico yo si milité en la Juventud Comunista, no tengo por

qué negarlo, eso sí, alejado del terrorismo en todo momento y, mi poca

formación marxista, provenía del quincenario Unidad, que leía porque

mostraba la versión no oficial de la situación social, económica y política en

mi país. Y, para empaparme de lo que ocurría en el mundo socialista, leía

Sputnik.

Amador escuchó gritos, la mujer del campesino suplicaba que por

favor no le hagan daño a su esposo, él era un hombre bueno que no le hacía

daño a nadie. Aquí no había medias tintas, ¡estás con la revolución o en

contra de ella soplón hijo de puta!, le gritó el subversivo al hombre tumbado

en el suelo de su choza, mientras sujetaban a su mujer los niños observan

llorando desde un rincón de la casa. ¡Voy a tener un hijo, no lo maten por

favor!, suplicaba ella. Le dieron de bofetadas. ¡Cállate!, ¡no grites o mueres

tú también carajo! Impulsado por el instinto de proteger a su familia, el

campesino se despertó, se incorporó a duras penas, abrió los ojos, se cogió

la cabeza y con el rostro ensangrentado, miró a sus torturadores y suplicó:

«¡Llévenme ya…, me rindo!» Vamos a buscar al soplón que conoces, y se lo

llevaron sosteniéndolo de los brazos. Volveremos en una hora, no salgas de

casa y si avisas a la policía estás muerta, la amenazaron a la mujer que no

paraba de llorar.

Esperó una, dos, tres horas y su marido no regresaba. Ya es de día,

dijeron los niños. ¿Volverá papá? En ese momento tocaron la puerta ¡Dios

mío! ¿Serán ellos? Eran los vecinos, venían a avisarle. Señora, su marido

está en la plaza, muerto…

50
—¿Cuénteme lo que ocurrió en los otros dos casos?—continuó

interrogándolo el oficial.

—Estaba en casa de mis padres a punto de terminar la cena y

llamaron por teléfono. «Es para ti», dijo mi madre pasándome la llamada. «Te

tenemos vigilado, ¡revisionista hijo de puta!; en la universidad no hay cabida

para los indecisos, para quienes no quieren apoyar la lucha armada»,

alcancé a escuchar antes de colgar. Me quedé frío de miedo y sin ganas de ir

a trabajar al día siguiente. Llamé al decano. «Tengo dengue, le dije y no

puedo ir a clases»; y esa semana no fui a la universidad. Cuando le conté a

la policía. «No les hagas caso, perros que ladran no muerden», me dijeron

sin inmutarse.

El oficial hacía su trabajo, preguntaba, repreguntaba, resumía y

registraba las respuestas. Le explicó que revisaría nuevamente su equipaje y

pasaría por una inspección minuciosa con Rayos Equis; luego le iban a tomar

las huellas digitales y también fotos.

—Soy de la Scotland Yard, —dijo otro oficial que acababa de entrar—.

¿Está usted transportando droga?

Ante aquella forma directa de decir las cosas, Amador creyó que el

hombre exageraba, pero así era su trabajo, cumplir con el protocolo. Su perfil

de viajero solitario, nervioso, exagerado en su forma de vestir: camisa crema,

pantalón y bléiser negros con gemelos dorados en cada manga y corbata de

seda multicolores, era definitivamente llamativo. Además provenía de ciudad

Paraíso y (aquello era un agravante); una zona roja debido al narcotráfico y la

subversión. Tenía pues Amador la facha y la conducta de un típico burrier.

51
Revisaron nuevamente cada pantalón, camisa, calcetín y calzoncillo

de su equipaje y escarbaron en todos los forros, contra forros, tapas y

contratapas de su maleta y no encontraron nada. Y se convencieron que en

su equipaje no trasportaba cocaína. Se llevaron también su colonia,

desodorante y jabón Royal Regiment para los análisis de laboratorio. Era casi

nuevo, lo había usado una sola vez antes de salir para el aeropuerto. Cuando

el oficial lo requisó, Amador pensó «adiós Royal Regiment», lo perdería para

siempre como sucedía en el aeropuerto de su país; pero ¡oh sorpresa!, se

equivocó, luego de media hora se la regresaron intacta. «Negativo» fue lo

que entendió significaba aquello, aunque el oficial no dijo nada.

Faltaba la revisión de su cuerpo con rayos equis y para ello debía

pasar por una máquina que detectaba dos cosas: cocaína y tuberculosis. Con

ello confirmó su hipótesis que provenir de un país sudamericano, otrora casi

una republiqueta bananera lo convertía en un sujeto altamente sospechoso

de transportar cocaína y padecer también de alguna enfermedad contagiosa.

De nada sirvieron las explicaciones de las dosis de vacunas y refuerzos que

había recibido de niño. El equipo de médicos y paramédicos que lo atendía

sabía que no por gusto su país encabezaba el ranking de aquellos con

epidemias bíblicas como la tuberculosis multidrogo resistente MDR-TBI, que

(en plena era de la globalización y apertura del mercado), se había

incrementado de manera alarmante. Recordó el documental en el canal del

Estado donde la OMS/OPS y los epidemiólogos del Minsa daban cuenta que

tanto la MDR-TBI como la hepatitis B eran de hecho los principales

problemas de salud pública que atacaba a las poblaciones y comunidades

más pobres y alejadas de la capital. La tuberculosis había logrado afectar a

52
familias enteras en los pueblos jóvenes y barriadas de la capital, mientras

que la hepatitis B, avanzaba incontrolable en las poblaciones indígenas de la

Amazonía, adonde Unicef, había enviado vacunas, pero estas eran

insuficientes pues quienes no pudieron ser vacunados, no tuvieron otra

alternativa que protegerse con la infusión de plantas medicinales como la

Chanca Piedra.

Cuando le tomaron las placas de abdomen el de la Scotland Yard se

convenció finalmente que Amador Fonseca no era un burrier; el problema fue

cuando observaron las placas de sus pulmones. Por la puerta lateral de la

salita donde lo estaban entrevistado, ingresó un doctor (a juzgar por su

indumentaria: mandil blanco, estetoscopio colgando del cuello, estilógrafo,

recetario en mano y libro de patología en brazo), trayendo la noticia que en el

lóbulo superior de su pulmón derecho habían descubierto una opacidad, casi

imperceptible pero una opacidad al final de cuentas.

—¿Podría tratarse de una infección? —preguntó a su colega.

—Puede ser muchas cosas, pero vayamos por partes.

Amador incorporó a su vocabulario el significado de la palabra spot

que en ese contexto nada tenía que ver con publicidad sino con la sospecha

de tuberculosis. Y, debido a ello, sería sometido a otros exámenes de

laboratorio y pasaría cinco días de observación en el Hospital de

Enfermedades Tropicales en St. Pancras. Trataba de entender el por qué de

tanta conmoción por un simple spot y tuvo la sospecha que los galenos

británicos exageraban con sus protocolos y sus procedimientos. Sintiéndose

medio enfermo, esperó el diagnóstico confirmatorio. Pero, si nunca había

tenido un síntoma serio, aparte de su delgada contextura debido al calor del

53
lugar donde había vivido, unas rutinarias carrasperas y alguna que otra

tosecita cuando tomaba algo helado, pero nada que ver con los síntomas y

signos propios de la enfermedad de Koch. Además, llevaba un estilo de vida

saludable, una alimentación balanceada, no fumaba y bebía solo ocasional y

moderadamente. Estaba tan absorto en sus pensamientos que ni se dio

cuenta el momento cuando ingresó a la habitación una enfermera que

hablaba castellano y con el rostro cubierto por una mascarilla.

—Hola, soy Susana Altamirano, vine a tomarle la temperatura y a

recoger las muestras.

—¿Qué muestras? —dijo Amador con un poco de miedo

—De esputo pues, tal como lo indicó el doctor.

—No tengo tos.

—Tienes que hacer un esfuerzo

Aquello era un problema para que Amador ¿cómo iba a cumplir con lo

que le había pedido el médico. Tendría que esforzarse, carraspear para que

no sea saliva lo que recoja, le advirtió Susana antes de marcharse,

entregándole una cartilla con el menú diario y las indicaciones sencillas que

sólo requerían marcar con una equis lo que iba a pedir en el desayuno, en el

almuerzo y en la cena. Pero, con su inglés básico sólo marcó las palabras

que conocía: bread, chichen, tea, milk, butter, pork, tomatoes, potatoes y fish.

Buscó si en alguna parte decía rice pero no estaba por ningún lado.

—¿No comen arroz aquí? —preguntó al día siguiente a la enfermera.

—No es la costumbre, pero ¿por qué no eliges fish and chips?, es

típico de Londres, verás que te va a gustar.

54
Y Susana tenía, tenía razón, porque a partir de ese día (después de la

cecina con tacacho), Amador consideró al pescado con papas fritas su plato

preferido.

Cuando recibió la noticia de que sus análisis de esputo, al igual que

las pruebas de reacción a la tuberculina habían resultado negativos, saltó de

la cama con alivio y por ello, al quinto día de internamiento, los médicos

decidieron darle de alta. Estaba completamente sano y no representaba

ningún peligro para la salud pública; por lo tanto, Amador podía deambular

libremente en Londres, tener contacto y hablar con la gente sin necesidad de

usar una mascarilla protectora. Dando el ejemplo, los médicos y Susana

ingresaron a la habitación con el rostro descubierto, anunciándole que se iba

a casa.

—¿A mi país?—preguntó Amador consternado.

—Eso no los sabemos nosotros—respondió el doctor—. Te lo dirá el

Home Office

Si bien todos los exámenes habían resultado negativos y certificaban

que estaba clínica y físicamente sano, la pregunta que le rondaba en la

cabeza era: ¿a qué se deberá ese spot en su pulmón?

Podría tratarse de una microlitiasis alveolar, es decir de pequeñas

piedrecillas, muy raro, pero se han dado casos, le dijo Susana, traduciendo lo

que el médico había dicho.

—Su solicitud de petición de asilo político será estudiada—dijo el

oficial de migraciones que lo acompañaba y escuchaba y observaba todo—.

Dentro de un mes su caso será visto en una corte especializada, mientras

tanto el gobierno ha autorizado su permanencia temporal en el Reino Unido

55
hasta tomar una decisión. Usted comprenderá que recibimos cientos de

peticiones todos los días y el suyo así como el de muchos, está en lista de

espera. Y agregó, «eso sí, en caso de que usted cambie de domicilio, deberá

informar a la policía».

—Por ahora me quedare en casa de una prima Victoria en Lambeth

hasta encontrar un lugar propio.

Le entregaron un papel o cédula de identidad donde estaba su nombre

y apellidos, con la fecha y el lugar de nacimiento y su nacionalidad. En la

parte superior llevaba el membrete del Home Office. Aquel documento

reemplazaba a su pasaporte, (temporalmente en posesión de las autoridades

migratorias británicas), mientras se resolvía su caso.

—Con este documento deberá presentarse a la corte como le dije,

dentro de un mes—reiteró el oficial—. Una semana antes de su cita, recibirá

una carta indicando el lugar, la hora y la fecha de la comparecencia. Además

contará con un abogado de oficio especializado en asuntos migratorios.

Amador guardó el documento y salió del hospital y por primera vez vio

la ciudad de Londres sin la interferencia de los ventanales de un hospital o

por las lunas de una ambulancia. Afuera su prima Victoria lo esperaba. Ahora

sí luego de cinco días, recién podía verlo, era más flaco de lo que se había

imaginado y tenía el bléiser ajado que flameaba con el viento en las afueras

del hospital.

Por cuarenta libras a la semana, desde las seis de la tarde, durante los

primeros quince días de su estadía en Londres, Amador cruzaba el Vauxall

Park para tomar el tren y dirigirse al centro de la ciudad a limpiar las oficinas

de una corporación financiera japonesa y una coreana. Cansado de esta

56
rutina, un lunes luego del trabajo, se dirigió al hostal YMCA en Stockwell

Road, para ver si tenían un cuarto disponible. «Hay si puedes pagar sesenta

y cinco libras a la semana» le dijo el administrador. Por supuesto que sí podía

o mejor dicho, le habían otorgado este beneficio y esa misma tarde Amador

se mudó. El lugar, estaba repleto de jóvenes de diferentes países y

nacionalidades entre dieciocho y treinta y cinco años: africanos, asiáticos,

latinoamericanos y europeos. Contaba con facilidades y servicios básicos que

necesitaba un recién llegado para iniciar una nueva vida en el Reino Unido;

empezando por las clases de inglés que se impartían, tres veces por semana

y en horarios vespertinos a un costo simbólico de treinta libras mensuales.

Tenía habitaciones simples y contaba con los servicios de comedor, cocina y

lavandería y también con un gimnasio, una sala de billar, una de fulbito, una

de tenis de mesa y también de televisión, además de una biblioteca

medianamente abastecida.

El lugar era perfecto para hacer nuevos amigos y en poco tiempo,

Amador aprendió los nombres de países que nunca antes había escuchado,

actualizándose en política internacional, y conociendo más sobre la cultura,

costumbres, organización social, económica y política de países en vías de

desarrollo en igual, mejor, o peores condiciones que el suyo y que antes sólo

había escuchado en sus clases de historia universal.

Era también un espacio para compartir historias comunes con jóvenes

que estaban esperando las respuestas de sus peticiones de asilo político. Por

las conversaciones con los colombianos que llevaban más tiempo y hablaban

bien el inglés, Amador se enteró que los fundamentos de su caso no eran tan

contundentes como la de muchos de ellos; hombres torturados y mujeres

57
violadas en sus países que llegaron escapando de sus captores a pedir la

protección y contar al mundo las atrocidades cometidas por los gobiernos

dictatoriales y grupos armados de todas las tendencias con el pretexto de

transformar la sociedad y hacer los cambios y trasformaciones estructurales

mediante la lucha armada. Benefactores que actuando en nombre de las

mayorías, cometían crímenes de lesa humanidad, creyendo tal vez que al

estar lejos y apartados del mundo, este nunca los juzgaría.

Había también jóvenes becados por el Consejo Británico que

realizaban estudios de postgrado con el compromiso de retornar a sus países

de origen y contribuir a su desarrollo. Una francesa y una pareja de médicos

españoles recién graduados vivían también allí, buscando conocer más de

cerca la vida y costumbres de latinoamericanos, africanos y asiáticos. Al ver

a esos jóvenes entrar y salir sonrientes con sus libros y mochilas, Amador

pensó en lo mal que estaba su país, jóvenes sin futuro, condenados a vivir en

la pobreza en un país asolado por la guerra.

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CUATRO

Aquella tarde de invierno en el seminario, Amador Fonseca evocaba las

palabras de desaliento de su padre que no entendía cómo un hijo suyo, había

optado por estudiar filosofía, una carrera que desde su punto de vista no

tenía arte ni oficio y más que una profesión era producto de su flojera para no

asumir las responsabilidades de la vida de ciudadano que tarde o temprano

tendría que llevar como por ejemplo la conducción de una familia. Amador no

comprendió si fueron las carencias que su progenitor soportó en su infancia

para luchar contra la pobreza o la manera como el trabajo rutinario lo habían

convertido en una persona que veía la vida con un pragmatismo dogmático

que producía en su hijo tal temor de confesarle que lo suyo no eran las

ciencias sino las letras y que no quería estudiar medicina que era los que sus

padres esperaban que Amador hiciera.

—Me imagino que pronto partirás para postular a la Facultad de

Medicina —le dijo Patricia en la fiesta de promoción.

—Te sorprenderás que he decidido no estudiar medicina sino filosofía

—repuso Amador contento de confiarle algo a la muchacha de quien estaba

enamorado—. Si me voy a la capital, tendrá que ser para estudiar lo que yo

quiero y no lo que mis padres han decidido.

—¿Acaso ya les has dicho y han aceptado?

—Todavía no lo saben, pero lo haré mañana y se van a llevar una

sorpresa.

Sabía que si no estudiaba filosofía, no tendría sentido irse a la capital,

pero, tampoco quería contradecir frontalmente la decisión de sus padres pues

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aquello los afectaría y seguramente pensarían que su hijo no estaba

decidiendo por él mismo, sino influenciado por algún profesor o cura

comunista del colegio.

—En el peor de los casos, me quedaré a estudiar en ciudad Paraíso—

dijo Amador.

— Y ¿Qué carrera es lo que piensas estudiar aquí si se puede saber?

—preguntó Patricia desconcertada.

—Todavía no lo sé pero entre las carreras que ofrece la universidad

no está ninguna a la que yo quisiera dedicarme. Igual veré cuál de ellas me

podría llegar a gustar, pero olvídate, es sólo una posibilidad.

—¿Estás loco Amador? ¿Vas a perder la oportunidad de estudiar en la

capital?

—Bueno, la verdad es que me voy a ir a Jaén.

—¿Queeé…te vas a ir a estudiar a ese lugar tan lejano, donde el

diablo perdió el poncho? —dijo Patricia levantando la voz. Mira, sé realista y

no pierdas tu oportunidad, el regalo que te están haciendo tus padres,

invirtiendo en ti, en tu futuro. ¿Acaso la venta de las reses de su fundo no

significa nada para ti? ¡Por favor reflexiona! No seas terco, estudia una

carrera segura. Tú sabes, la filosofía es muy incierta qué vas a hacer con

ella, ¿escribir?, ¿dedicarte a enseñar?, ¿investigar? Estudia primero

medicina y de allí haz lo que quieras con tu vida.

—Por nada del mundo estoy dispuesto a cambiar mi vocación Patricia.

Nadie puede obligarme a estudiar algo que no me gusta, a lo que no me voy

a dedicar en el futuro. A ti si te apoyan ¿verdad?, tú si vas a estudiar

literatura.

60
—No Amador—dijo Patricia—. Las cosas tampoco son fáciles para mí.

Quiero ser escritora y creo que el camino para ellos es el periodismo, eso me

dice la sensatez.

— ¿Acaso no te sientes capaz de lo que quieres hacer?

—No, no se trata de eso. Mira nomás lo que han hecho los escritores

más talentosos y famosos del país, casi todos a excepción del más

consagrado, estudiaron primero otras carreras para después convertirse en

escritores. La sola idea de irme a la capital me emocionó, pero jamás pensé

que a quien creía mi madre era realmente mi abuela. Durante quince años

viví con esa mentira creyendo que mi abuela era mi madre.

—¿A qué te refieres con ello? ¿Acaso tienes algo que no quieres

contarme?

Patricia no dijo nada, bajó la mirada mientras unas lágrimas rodaron

por sus mejillas.

—Vamos Patricia, puedes confiar en mí —insistió Amador.

Patricia ya no quiso bailar más se sentía cansada, los pies le dolían y

tenía sed, Amador fue por unas bebidas y un poco de agua helada hizo que

se sintiera mejor.

—¿Por qué desapareciste de ciudad Paraíso sin siquiera despedirte

de tus amigos?

—Mi madre vino para llevarme a la capital y me fui con ella. Ella misma

me lo contó todo. Acababa de cumplir dieciséis años cuando su padrastro la

violó y, con el propósito de tapar el escándalo y evitar que los vecinos

comentaran sobre el asunto que hubiera provocado la reacción de los

familiares y afectado su carrera militar, envió a mi madre a la capital para que

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allí pasara el embarazo, el parto hasta que yo tuviera dos años. Vivieron en

un departamentito en el centro de la capital. Nací en la maternidad y no en el

hospital de ciudad Paraíso como me lo hicieron creer. Las únicas personas

que acompañaron a mi madre durante el parto fueron mi abuela y la obstetra.

La mente maquiavélica del capitán del Ejército era hacer creer a todo

el mundo que su mujer había regresado de la capital adoptando una niña

porque él no podía concebir. Ambos se responsabilizaban de cuidarme

haciéndome creer que era el fruto de una relación de unos padres amorosos.

—Y ¿por qué nunca el capitán fue denunciado?—interrumpió Amador

consternado ante semejante revelación.

—Cuando mi madre le contó todo a mi abuela, ella se indignó pero la

amenazó y por eso ella no pudo encarar el problema como debió haberlo

hecho. El insistió en que su hija estaba siendo utilizada por sus enemigos los

terroristas, que ella no debiera pisar el palito siendo parte de una

conspiración. Mi madre luchó duro para sobrevivir en la capital y superar el

trauma; buscó trabajo sin mucha suerte pues apenas había hecho el cuarto

de media.

A pesar de sus problemas, ella era una muchacha que no había

perdido esa alegría por seguir viviendo, era desenvuelta y bella. Un día

mientras caminaba por la avenida Larco, leyó un anunció en un lujoso casino,

necesitaban una dealer, se presentó por si acaso y la tomaron para el puesto.

Trabajaba en el horario nocturno mientras que mi madre la ayudaba

cuidándome. Llegaba a las seis de la mañana a su departamento cansada y

cuando se despertaba a eso del medio día, me atendía sintiéndose la madre

más feliz y mi abuela la veía como una niña jugando con una muñeca. El

62
apoyo de su madre y ver crecer, gatear y dar mis primeros pasos, fueron los

mejores alicientes que lo ayudaron a superar poco a poco aquel trauma.

Pese a los cambios que produjo en su cuerpo el embarazo, su belleza no

sufrió mella y mantuvo siempre esa fuerza interior para sobrevivir y salir

adelante.

Un domingo mientras daba un paseo por el parque en el centro de la

capital, se le acercó un fotógrafo, un extranjero quien le pidió permiso para

fotografiarla. Belinda aceptó con gusto pero con una condición: de que le

enviara, una copia de esa foto. El turista aceptó, pues le parecía justo, tomó

la foto y se fue. «¡Gringo raro!» —comentó mi abuela sonriendo—. «A quién

en su sano juicio se le ocurriría pedir permiso para tomarte una foto. ¡Ni que

fueras de la farándula!».

Cuando cumplí dos años a mediatos de diciembre de ese año, se

apreciaba como era de suponer un acelerado movimiento comercial en las

calles de la capital, principalmente en los alrededores del centro. El tiempo

era propicio para que mi madre hallándose de buen ánimo, quisiera salir a

comprarme un regalito. Mi abuela la animó para que saliera a hacer lo que

tenía planeado porque ella se encargaría de cuidarme, que no se preocupara,

pues luego de que comiera algo, me cantaría canciones y me dormiría. Mi

madre salió del departamento, cruzó la calle principal, caminó unas cinco

cuadras por el bulevar y llegó hasta un centro comercial y allí vio en las

vitrinas de los quioscos con luces multicolores y bombitas de navidad,

muñecas que lloraban, hablaban y hacían popó. Un ambulante le ofreció

perritos de peluche con ojos incandescentes que caminaban y ladraban y

gatitos que maullaban dando volteretas. En una de las tiendas vendían la

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casita de Barbie, soldaditos de plástico, pelotas Viniball, carritos y trencitos a

pilas y a control remoto. Se decidió por el gatito que maullaba dando

volteretas y regresó a casa. Tocó el timbre pero nadie abrió la puerta, insistió

y no tuvo respuesta. Buscó las llaves en su cartera y no encontró a nadie.

Pensó que la abuela me había sacado a dar un paseo, esperó no una sino

tres horas más de lo que quedaba de la mañana y se preocupó ¿Por qué se

demoraran tanto? Lo mismo hizo durante la tarde y cuando ya casi oscurecía

dio aviso a la policía. Se imaginó que mi abuela y yo no habíamos perdido en

los vericuetos de las complicadas calles de la capital, pero abrigaba la

esperanza que pronto encontraríamos el camino de regreso.

Un mal presentimiento pasó por su mente, (ojalá que nunca suceda,

se persignó en silencio y tocó madera), podríamos haber sido tropelladas por

una combi asesina mientras cruzábamos la avenida. Podía ser también que

me había enfermado y mi abuela me habría llevado de emergencia a una

clínica local ¿Podían estar en un hospital?, no descartó aquella posibilidad.

¡Oh Dios mío, no lo permitas! Se le pasó por la mente que pudiera haber sido

secuestrada. La policía le pidió tener calma y un poco de paciencia (estaba

dentro de las hipótesis) pero no podían todavía ponerlo en el parte, primero

tendrían que descartar lo que generalmente sucedía, la gente de provincia se

perdía fácilmente. En la comisaría le pidieron documentos (mi partida de

nacimiento y una foto mía) para asegurarse que ella era la madre y no

alguien queriendo suplantarla para engañar a la policía. «Estas cosas pasan

señora ya nosotros lo sabemos», dijo el comisario mientras se iba en el

patrullero a atender una diligencia, un choque de una custer contra un

64
motociclista. «Haga usted su denuncia, creo que ya hemos esperado lo

suficiente», le dijo.

En su departamento, mi madre no encontró la partida de nacimiento ni

las fotos que guardaba en su neceser. Faltaban también algunas cosas, mi

ropa y también la de mi abuela. ¿Podría ella estar metida en este asunto?

No, aquello sería un absurdo ¿Por qué razón lo haría? Si la apoyaba en todo

momento, en los días más difíciles de su embarazo, en el parto y el cuidando

de su hija con ese amor que sólo puede provenir de una persona que ama.

Me cambiaba los pañales, me daba de comer, me hacía jugar con el sonajero

y me cantaba canciones de cuna a la hora de dormir. Una madre abnegada

ayudando a su hija a compensar lo que el padrastro la había hecho, no podía

ser parte de una cosa así.

La policía le dijo que ni bien tuvieran noticias la llamarían. Pasaron las

horas y no hubo ninguna llamada.

—¡Por favor, encuéntrenla!—le suplicó al comisario cuando retornó de

la diligencia.

Llorando le contó todo a su jefe. Tómate todo el tiempo que necesitas,

esto es una cosa muy delicada—le dijo.

Mi madre no podía quedarse a esperar encerrada en su departamento

y ni bien amaneció, acudió otra vez a la policía. El comisario había ordenado

el patrullaje en varios distritos de la ciudad. De la foto de su llavero

reprodujeron los afiches que ella personalmente se encargó de pegarlos en

postes y paredes. También puso un anuncio en la televisión pero nadie había

visto nada, no había una sola pista, no vieron a nadie llevarse a ninguna niña.

Pasaron los días y llegó la semana sin que se supiera algo sobre el secuestro

65
de su hija. Ella lloraba en su departamento, no había otra cosa en su mente

que no fuera encontrarme o tener al menos algún indicio o señal que diera

con mi paradero. Pasaba las noches sin dormir y descuidó su arreglo

personal y ni bien amanecía, recorría como una zombi, las calles, plazuelas,

parques y mercados buscándome.

Hasta que una mañana, a eso de las nueve, luego de dieciocho días

de intensa búsqueda e insoportable espera, tocaron a la puerta. Como

impulsada por un resorte mi madre se levantó de la cama, pensando que la

policía le traía alguna noticia alentadora sobre la captura de los responsables

de tal felonía. Sin embargo, grande fue su decepción cuando vio que era el

cartero, pero aquello cambió cuando supo que la carta que le entregaba era

de mi abuela que le escribía desde ciudad Paraíso, pese a que el

desnaturalizado capitán la había prohibido cualquier comunicación sobre este

tema especialmente con los familiares y amigos. Y, dijo que la mataría si es

que se comunicaba con mi madre.

«Ni bien saliste, dos de sus sicarios, llegaron al departamento. Dijeron

que traían una encomienda de ciudad Paraíso y cuando abrí para recibir el

encargo, empujaron la puerta, y se metieron. Estaban armados, y habían

venido para llevarnos a las dos y así creyeras que yo había secuestrado a tu

hija. A las justas me dieron tiempo para empacar la ropa de Patricia, sus

juguetes y algunos trapos míos. Al salir, el más flaco cogió el portafotos de la

mesa y rebuscando en los cajones donde guardabas los documentos y el

dinero, tomó la partida de nacimiento de tu hija. Afuera su jefe nos estaba

esperando en un auto con lunas polarizadas. Llevaba lentes oscuros, gorra

de beisbolista y hablaba tan suelto de huesos sobre la orden expresa del

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capitán de trasladarnos a ciudad Paraíso. El viaje por tierra duró dos largos

días de calor y aburrimiento y sólo parábamos en algún puesto donde una

solitaria vendedora nos ofrecía gaseosas y humitas saladas y al llegar a

algún pueblito, comimos trozos de pollo ensartados en palitos. Soporté ese

viaje, asegurándome que a Patricia no le faltara agua y comida. «¿Dónde

está mi mamá?, ¿a dónde vamos?, y ¿quiénes son ellos?»—preguntaba

Patricia. Cuando llegamos a ciudad Paraíso el capitán hizo correr la noticia a

los vecinos, conocidos y familiares que luego de dos años de estar en la

capital, recuperándose de un tratamiento complicado, su mujer volvía a casa

sana y salva, pues habíamos adoptando una niña. El convocó a los familiares

y amigos a un ágape y presentó a la Patricia como su hija adoptiva. Tuve

asco del hombre me obligaba a tener sexo para que le diera un hijo».

Y logró su cometido aunque no como él lo había previsto. Nueve

meses más tarde, su mujer dio a luz a una niña, pero él no se quiso dar por

vencido y siguió insistiendo para que le diera un varón.

Antes que la niña aprendiera a dar sus primeros pasos, nació su

segunda hija y aquello le causó tal malestar que decidió de una vez por todas

aclararlo con el doctor.

—Sin ánimos de ofender capitán —le dijo el galeno, usted solamente

puede aportar con cromosomas «x».

—Váyanse usted y la genética al diablo—respondió alterado—,

consultaré con otro médico.

Esa misma noche mientras daba de lactar a la niña le abordó: ¿Cómo

es eso de los cromosomas ah?, ¿crees que los míos son tan débiles como

dicen? Ella no dijo nada, tenía miedo de contradecirle quería evitar que le

67
siguiera insultando y humillando con comentarios tan hirientes que hicieron

de ella una persona apagada y sin ganas de seguir viviendo.

Por primera vez desde que egresó del Ejército, al día siguiente el

capitán se fue a la biblioteca Municipal con cara de preocupado y solicitó a la

bibliotecaria el tomo de la Enciclopedia Británica que trataba sobre los

cromosomas. Ella se dio el trabajo de buscar y marcarle la pagina. Recién

así, entendió el tema, aunque jamás quiso aceptar que él era el problema en

todo este asunto.

Patricia creció separada de su madre desde los dos años en ciudad

Paraíso y cuando cumplió los cinco, tenía que ir al Nido. Su abuela buscó

algo que fuera accesible a sus ingresos y encontró uno cerca a un mercado.

Cuando fue a matricularla, la niña se llenó de alegría y no pudo soportar las

ganas de disfrutar de un espacio tan amplio y se puso a correr por los

pabellones y a brincar por el jardín, persiguiendo a las palomas que se

disputaban las migas de pan que dejaban las monjitas. Aquella mañana, el

sol brillaba más radiante que nunca, iluminando los coloridos rosales y las

matitas de geranios que atraían a los colibrís, las mariposas, las abejas y los

abejorros. Junto a un grupo de niños, Patricia saltaba como un potrillo

salvaje, tratando de atrapar a las escurridizas mariposas monarca. Al pasar

por la pileta de la escuela, se dio cuenta que una abeja pataleaba y batía las

alas con desesperación buscando salvarse de morir ahogada. Compadecida

por el insecto, sin pensarlo dos veces la cogió de las patitas pero la abeja,

desconociendo aquella buena intención humana, clavó su aguijón con sus

últimas fuerzas en el pulgar de la niña.

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Un grito seguido de un llanto rompió el silencio, impulsando el instinto

materno de la abuela. Patricia le mostraba el pulgar con el estilete clavado y

la diminuta glándula moviéndose, inyectando el veneno en la sangre. Desde

los pasillos, corredores y la capilla, acudieron raudas también a atender la

emergencia las monjitas y la madre Asunta trajo el mentol chino y también el

árnica por si el caso lo ameritaba.

Cuando empezaron las clases, Patricia se resistió con berrinches a

ingresar al su salón porque en la puerta su profesora había decorado la clase

con la imagen magnificada de una abeja para inculcar en los pequeños el

hábito de la organización y la laboriosidad. Sólo cuando retiraron aquella

imagen, Patricia ingresó al aula, pues le había agarrado pánico no solo a las

abejas sino a todo insecto antófilo.

Junto a sus hermanas, separadas por tan solo por un año de

diferencia, Patricia creció bajo la mentira de que era la hija mayor de una

familia unida por el amor. Los vecinos y familiares sospechaban de esa farsa,

y sólo supo la verdad el día que su madre regresó a ciudad Paraíso y le pidió

que se fuera con ella a la capital. Allí estudiaría la carrera que había elegido.

Mientras la escuchaba, su rostro se llenó de rabia y comprendió porqué su

madre se había ausentado durante todo ese tiempo.

Cuando Patricia llegó a la capital, Belinda la advirtió que debía tener

cuidado porque la ciudad podría ser el peor lugar para vivir y por ello debería

tomar sus precauciones. Andar siempre alerta y saber escoger bien a sus

amistades. Patricia dijo que a pesar de esa falta de seguridad que se

respiraba en todas partes, le gustaba la capital porque en ella encontraba

oportunidades de estudio, moda, cultura, comida, pese a que el agua era

69
salobre y no podía pasarla y el cielo estaba gris casi todo el año como la

panza de una sachavaca.

Algunos familiares y vecinos se creyeron el cuento del capitán pero

otros hicieron preguntas a las que él respondió dando más información y

detallando lo complicado que había sido la enfermedad de su mujer. Dijo que

Patricia era una huérfana salvada de una madre que quiso abortarla por no

tener los medios para criarla y cuando los médicos creyeron que su

embarazo iba a ser normal tuvo un problema de Placenta Previa. Por poco

pierde la vida la niña de no haber sido por la intervención de los pediatras.

Nació de manera prematura, no podía respirar y estuvo en una incubadora

durante ocho semanas, hasta tuvo dificultad también para lactar. Con ello, el

capitán convenció a quienes no lo creyeron.

—¿Y qué fue de Belinda?—preguntaron los familiares.

—¡No quiero saber nada de esa malagradecida!—respondió con

cinismo—. Se ha convertido en una niña mala.

Les dijo que se había ido de casa a la capital con un pituquito

miraflorino que decía que era periodista que había venido a cubrir el evento

de la elección de la reina del aniversario de la ciudad y que iba a escribir un

reportaje sobre las chicas de ciudad Paraíso. Dijo que había tratado de

convencerla para que no se fuera, pero ella no le hizo caso. Que él no era su

padre para decidir lo que ella quería hacer con su vida. Pero si aún eres una

menor de edad y tengo autoridad sobre ti, le había advertido. No me importa

fue lo que ella le respondió.

Belinda cruzó apresurada la cuadra trece la avenida Principal para dar

aviso a la policía que su hija estaba en ciudad Paraíso.

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—¿Y dónde diablos quedaba ese lugar? —se intrigó el comisario.

—En la selva.

Mientras esperaba la respuesta del comisario, Belinda recordaba lo

que le había pasado esa noche de la coronación de la Miss ciudad Paraíso;

días antes su padrastro le había propuesto que participara en ese certamen

pues ya tenía la edad suficiente. Ella detestaba ese tipo de concursos, los

consideraba cursis; las candidatas daban respuestas trilladas, predecibles y

aburridas como ese gran amor y admiración que sentían por Cristo; por el

Papa; por la madre Teresa de Calcuta y por supuesto también por sus padres

que las habían educado en el amor y solidaridad hacia el prójimo. Pudo más

el autoritarismo del padrastro para que subiera a ese tabladillo levantado en

la plaza de Armas especialmente preparado para aquella ocasión. Eligieron a

Belinda. Según el jurado, era la más linda, carismática e inteligente de las

diecinueve candidatas que se habían presentado al certamen. «Todas tenían

sus encantos», sostuvo el anciano de cara colorada que fungía de presidente

del jurado. «Tuvimos unas tarea difícil para elegir a la reina que

conmemoraría el aniversario número ciento ochentaicinco de la fundación

política de ciudad Paraíso».

Aquella fue una noche de celebraciones con serenata y baile en la

plaza de Armas, donde se habían dado cita cerca de seis mil personas. En el

tabladillo estaban las autoridades: el prefecto, el subprefecto, el gobernador

con su esposa y sus hijos, el presidente de la Cámara de Comercio, el

representante del Colegio de Ingenieros, del Colegio de Abogados, el alcalde

y su séquito de concejales, el rector de la universidad, el capitán del Ejército y

por supuesto los presidentes de los clubes sociales, pavoneándose ante la

71
multitud que había empezado a consumir las más de mil cajas de cerveza

arrumadas al costado del tabladillo. Las autoridades tomaban gratis los

Ballantine’s, Cabernet Sauvignon, Smirnoff, Bayleys. Y, para calentar los

ánimos de los asistentes de a pié se repartió gratis, bebidas espirituosas

locales.

Tragos iban y tragos venían en la fiesta que duró hasta el día

siguiente. Ya en la madrugada, el capitán dijo a Belinda que había llegado el

momento de retirarse pero sus amigos insistían que un ratito más, que nadie

con ese rango, nivel y posición, podía dejar así nomás la celebración, que les

permitiera bailar una última pieza con la reina, un brindis, una fotito antes de

retirarse.

—Ella no toma alcohol—dijo el capitán— entregándole a Belinda una

gaseosa que se la tomó en el acto.

—Nos vamos hija, sube al carro—le ordenó despidiéndose de sus

amigos—. Siéntate adelante.

Solo recordaba, abriéndole la puerta del auto; luego todo a su

alrededor empezó a darle vueltas como si estuviera dentro de una licuadora.

Pero si no había tomado una sola gota de alcohol en toda la noche. ¿Acaso

sería esa gaseosa? ¿Había algo raro en esa Coca Cola? Sintió la boca seca

y tenía la sed de un camello. Quería recriminarle, gritar, pedir auxilio pero la

voz no le daba y se sintió como si estuviera en una pesadilla.

—Qué me hic…—pudo decir antes de quedarse profundamente

dormida.

72
«Que efectiva es la escopolamina», pensó el desnaturalizado al ver el

cuerpo flácido de Belinda tendido en el asiento, con la cabeza hacia atrás, la

boca entreabierta y una respiración estertorosa.

Nervioso y acelerado, el pedófilo torció el volante en dirección al río,

desapareciendo raudamente por la oscura carretera que salía de la ciudad. Al

llegar al puente, tomó la ruta que conduce al pueblo de San Antonio y se

detuvo antes que alcanzar una pendiente y allí, con premeditación y alevosía,

sació su abominable deseo. Luego, salió de su auto, buscó una roca que

apenas podía levantarla y la estrelló contra el faro derecho de su auto y raspó

ese mismo lado del vehículo en la pared rocosa del cerro para simular que

había tenido un accidente. Cuando llegó a casa, Belinda apenas podía

sostenerse, balbuceaba incoherencias, desconectada en tiempo y espacio.

—¡He tenido un feo accidente, amor! Por no atropellar a un moto-

taxista imbécil choqué contra un poste—dijo a su mujer.

Un vaho de alcohol y tabaco inundaba la sala, y, tambaleándose se

metió en su cuarto, mientras Belinda semidormida, yacía en el sofá.

—¿Qué te ha pasado, hija?—le sacudió su madre—. ¿Acaso has

bebido?, despierta, contéstame.

Belinda abrió los ojos, miró a su madre, quiso levantarse para

abrazarla y estalló en llanto.

—¡¿Qué te ha sucedido hijita?—gimoteó la madre—. ¡Por el amor de

Dios, dime!

Belinda no podía hablar, las palabras se le atascaban en la garganta y

lloraba con rabia y miedo. Su madre la abrazó llevándola a su recamara.

73
—¡Me ha hecho daño mami!—dijo cuando por fin pudo tragar saliva y

pasar ese nudo que tenía en la garganta—. ¡Me ha violado! ¡Me ha violado el

maldito! ¡Me ha hecho daño!

La mujer escuchó anonadada el testimonio de su hija y vio la mancha

del delito en su vestido. Examinó la trusa impregnada de sangre y aquel olor

a lejía con el que todos los días desinfectaba los baños, blanqueaba la ropa y

purificaba el agua, tuvo la prueba contundente de lo que le decía su hija.

Entonces sintió un calor en la cara pues la sangre comenzaba a hervirle en

las venas.

—¡Maldito borracho!, ¿cómo has podido hacerle esto a mi hija?—gritó

la mujer haciéndose escuchar por toda la casa.

Entró al cuarto donde el pervertido dormía inmóvil como un lagarto. En

ese momento su furia era más que aquel supuesto amor que le había

impuesto la familia para que se casara con aquel hombre que un día llegó

con un maletín lleno de dólares de la zona de emergencia.

—¡Lárgate de mi casa degenerado!—le increpó mientras dormía como

un tronco macerado en alcohol.

—¡Cállate mierda, déjame dormir si no quieres tu plomazo!—farfulló,

sin abrir los ojos pese a la cachetada que le había propinado su enfurecida

mujer.

Para no dejar huella alguna ni despertar la sospecha de los vecinos y

familiares, al día siguiente, las envió a la capital. Aquello resolvería el

problema, pensó. Las instaló en un hostal, advirtiéndolas que por nada del

mundo lo llamaran. Pasaron los días, las semanas y llegó el mes en que

Belinda esperaba su periodo pero éste no aparecía. Su madre la consolaba

74
diciendo que esperara unos días más. Debe ser por el trauma, le daba alguna

esperanza para que no fuera cierta su sospecha. Esa misma tarde, fueron a

la farmacia, se hizo la prueba de embarazo en orina y el resultado salió

positivo.

Durante todo ese tiempo, Belinda trató de salir de esa vida mediocre

trabajando en la capital. Pero un día menos pensado, recibió una llamada

inesperada. Al otro lado de la línea estaba aquel turista que una vez le

propuso tomarle una foto en el parque y le proponía hacerle una sesión de

fotos para una revista de modas.

—¿Quieres ser modelo?

—¿Modelo de qué?

—De modas.

Belinda jamás imaginaría que aquel turista del parque era nada menos

un afamado fotógrafo que vivía en Londres y que había descubierto su

belleza y contextura para ser parte de una compañía internacional de

modelaje. Un mes más tarde Belinda partía al Reino Unido contratada por la

revista Vogue. Lo primero que hizo fue aprender inglés y gracias a este

trabajo, pudo conocer el ambiente de la moda, viajando por Europa y los

Estados Unidos. Aquello le dio la oportunidad de codearse con la crema y

nata del mundo de la moda y la belleza. Pero en su país, nadie sabía ni

comentaba sobre ella y su nombre nunca sonó en el círculo farandulero de la

capital.

Los sueños de niña de Belinda habían empezado a materializarse,

pues su meta más importante desde pequeña era estudiar medicina. En poco

tiempo pudo comprarse un departamento al sur de Londres donde pasaba los

75
pocos días de descanso que tenía después de largos periplos en las

pasarelas europeas. Tenía juventud, talento e inteligencia para estudiar lo

que se había propuesto ser en la vida y poco antes de cumplir los veintitrés

se inscribió en el College para prepararse en tres materias que exigían a los

postulantes a medicina: Human Biology, Chemistry and English Literarture.

En todas ellas, obtuvo sobresalientes calificaciones que le permitieron

ingresar a la Facultad de Medicina del St. George’s Hospital de la

Universidad de Londres y cinco años más tarde, graduarse con honores y

una oferta de trabajo en el hospital de St Pancras y luego en un proyecto

financiado por la OMS para la detección y tratamiento del cáncer uterino; y a

partir de ese momento, dejó el modelaje. Como Coordinadora Regional del

proyecto para América Latina y el Caribe, Belinda visitaba regularmente los

países de la región con el propósito de establecer convenios de cooperación

en la investigación epidemiológica del cáncer del cuello uterino entre el Minsa

y las facultades de medicina de las universidades públicas y privadas en los

países de la región. Sin embargó, Belinda aún no creía en el amor, pues

nunca se le conoció enamorado alguno a pesar de haber recibido propuestas

serias, decía que nunca iba a casarse. Según sus propias palabras, la sola

idea de dormir con alguien soportando sus pedos y ronquidos la irritaba, pero

lo peor de todo, era tener que dar explicaciones al marido cuando llegaría

tarde a casa o se demoraba más de la cuenta. Pero, para relajarse, Belinda

mantenía contacto con sus amigas, ex colegas del modelaje que también en

ese tiempo ya habían incursionado en el negocio de restaurantes y

discotecas. Salía con ellas los fines de semana pero no veía cómo podría

darle tiempo al amor que siempre exigía mucho a cambio de muy poco y así,

76
prefirió vivir soltera, dedicándose de lleno al trabajo hasta el día en que

cuando llegó a ciudad Paraíso, conoció a don Ulderico Rivasplata.

CINCO

Luego de graduarse como ingeniero agroindustrial, Roberto Cifuentes, había

logrado en pocos años, mucho más de lo que sus compañeros lo hicieron; y

ello, gracias a su capacidad para aprovechar las oportunidades que le

deparaba la vida. Se recibió con honores en su clase al sustentar su tesis:

Potencialidades agroindustriales de la Elaeis guineensis (Palma Aceitera

Africana) en la Amazonía, que lo convertiría en el primer experto del país en

el cultivo de esa palmera traída por esclavos del Golfo de Guinea en el África

Occidental a inicios del siglo pasado. Por casualidades de la vida, uno de los

más prósperos empresarios del país, don Ulderico Rivasplata lo escuchó

disertar durante la ceremonia de graduación y quedó impactado con la tesis

del ingeniero, porque el tema se relacionaba con Oleaginosas Inc., una de

sus empresas en ciudad Paraíso. Se sorprendió con la visión que Roberto

tenía sobre la selva, capacidad que desarrolló cuando aún era estudiante,

habiendo logrado establecer su propio negocio en el rubro de los pesticidas y

los agroquímicos en una de las calles más comerciales de ciudad Paraíso.

—Un joven emprendedor, visionario y con buenos conocimientos agro-

edafológicos sobre la palma aceitera es el perfil que necesitamos—enfatizó

don Ulderico, al presentar a Roberto como el nuevo Gerente de Operaciones

de Oleaginosas Inc. en ciudad Paraíso, mientras el personal le daba la

bienvenida y su apoyo en medio de aplausos y brindis.

77
—Y no se trata de suerte, menos aún de labia o carisma, sino de hacer

que las cosas sucedan—filosofaba ante sus colegas el ingeniero—. Si

esperan que las cosas lleguen solas, tendrán que hacerlo sentados, porque

parados se cansarán.

Roberto se había propuesto convertir no sólo la zona sur de de ciudad

Paraíso, en un territorio cubierto con el verdor de la palma, sino a toda la

parte amazónica de su país que había sido deforestada. ¿Cómo así se le

ocurrió escribir una tesis sobre una palmera que nunca nadie había

escuchado antes en ciudad Paraíso? Transcurrían los días de la primera

huelga universitaria, a inicios de marzo de ese año en que una menuda pero

perseverante lluvia que se prolongaba más de lo necesario había logrado

paralizar por cerca de una semana a ciudad Paraíso. Una warmi lluvia como

la llamaban los lugareños. ¿Por qué la llaman así?, preguntó Roberto al

campesino que llegó a su tienda a comprar plaguicidas. Porque te jode y jode

todo el día que terminas obedeciéndola, rendido porque te da igual que llueva

o dejara de llover pues la vida tenía que seguir su curso normal: levantarse

temprano para ir a la chacra y llevar al mercado el plátano, los cerdos, las

gallinas, el pescado, la carne del monte, la leña y las frutas, porque sino ese

día no comes.

Aquello coincidió con la huelga de los estudiantes universitarios que

habían tomado el campus, solicitando la remoción de las autoridades. Se

encaramaron cubiertos con hules en las murallas, mientras tanto Roberto

aprovechaba para hurgar en los apolillados estantes de la biblioteca. Y allí,

en medio de una ruma de papeles desparramados en el suelo, cubiertos por

una gruesa capa de polvo, el excremento de las polillas que caían del cielo

78
raso y los orines de los roedores, encontró el pormenorizado informe del

Institut de Recherches pour les Huils et Oleagineux, IRHO; una misión

técnica francesa que en 1969, a solicitud del gobierno, visitó ciudad Paraíso

con el propósito de estudiar la posibilidad y potencial cultivo de la palma

aceitera en el país. Con ello, el gobierno creó la empresa Emdepalma y tres

años más tarde, motivado por el éxito comercial del producto don Ulderico

Rivasplata fundó Oleaginosas Inc.

Olvidado por los especialistas, el voluminoso documento había ido a

parar a los apolillados anaqueles de la hemeroteca universitaria, donde, junto

con otros documentos, estaba destinado a desaparecer consumido por la

humedad del calor selvático, la voracidad de las polillas y la alta fecundidad

de las ratas que eligieron la ruma de papeles como nido para reproducirse. A

esto sumaba el factor humano del que tanto hablan y escriben los psicólogos

organizacionales para que los gerentes lo pusieran en práctica: el difícil

acceso que los usuarios tienen a los servicios. ¿Por qué alumnos, docentes y

visitantes, no hacían uso de la hemeroteca? Si sólo tenían que llenar una

sencilla ficha, ¿acaso era difícil hacer eso? «Qué mejor oportunidad que una

toma de local para saltarse los trámites y complicaciones burocráticas y darse

un paseíto sin interrupciones ni vigilancia entre la ruma de periódicos y

papeles en la húmeda y polvorienta biblioteca, pensó Roberto. Movido por la

seguridad de no ser visto por nadie decidió sustraer el informe completo de la

comisión francesa que le serviría para escribir su tesis.

También en esos años, el maniqueísmo reduccionista imperaba en la

cultura y visión egoísta de algunos empresarios que veían la vida y el futuro

de su país reducido al dogmatismo pragmático y simplista de entender la

79
realidad y el desarrollo de acuerdo a lo creían era bueno para ellos y malo

para las mayorías. No entendían que no podía haber una sociedad floreciente

y feliz cuando la mayoría vivía en la pobreza y la desdicha. Según sus

notables y más destacados voceros de la prensa escrita y la televisión, en

aquel país, se permitía la existencia de lo público y lo privado pero de

ninguna manera su simultánea prosperidad. Aducían que lo público,

distorsionaba lo privado, y en consecuencia sólo uno de ellos debiera ser

promovido y esa prioridad qué duda cabe la tenía el sector privado.

Don Ulderico habló de la fundación de Oleaginosas Inc. en ciudad

Paraíso para la fabricación de aceites, mantecas y jabones a partir de la

palma aceitera. ¿Quiénes eran los llamados a crear empresa en el país? —

preguntó retóricamente a sus subordinados—. Por supuesto que el sector

privado, se respondió el mismo. Y, ¿Por qué? ¿Acaso tenían un mandato

especial, o algún designio sobrenatural? No, nada de eso, por ahí no iba la

cosa—chasqueó la lengua, haciendo una pausa—. Pues todos éramos

iguales, la diferencia no estaba en nuestro nacimiento, sino en la virtud de

esforzarnos para alcanzar nuestras metas. Proponía una igualdad que

consistía en lograr que ningún ciudadano fuera tan opulento que pudiera

comprar a otro, ni ninguno fuera tan pobre que se tuviera la necesidad de

venderse. De allí que la democracia debiera guardarse de dos excesos: el

espíritu de desigualdad que conducía a la plutocracia y el espíritu de igualdad

extrema que los llevaría al despotismo.

Otra cosa que tendrían que tomar en cuenta era que el Estado en su

país, era pues un ente, un fenómeno, un monstruo macro-cefálico que

andaba lento, era ineficiente, burocrático y corrupto mantenido con el dinero

80
de los contribuyentes —se encorvó bajando los hombros imitando a un

paquidermo don Ulderico—, generando risas entre los presente y trazó un

círculo imaginario con el índice derecho apuntando arriba. Que el Estado no

hacía bien su trabajo ni siquiera en lo necesario que era el de proveer con

servicios básicos en salud, educación, infraestructura y seguridad ciudadana

a la población. ¿Qué había que hacer entonces con el Estado? Si solo

señalaríamos el problema sin planteamos soluciones, estaríamos haciendo

demagogia, por ello proponía reducir el Estado y así disminuir el pago de

planillas, principal causante del desequilibrio fiscal, pues con ello mejorarían

los servicios. ¿Qué hacía tanta gente calentando los asientos en los

ministerios? ¿Qué hacían tantos profesores sin alumnos en las zonas

rurales? ¿Acaso no sería más eficiente reasignarlos a las escuelas urbanas?

Pero advirtió que no lo confundieran con un político barato, porque no estaba

en campaña buscando ser presidente, ni congresista, simplemente

protestaba por lo que estaba sucediendo y aunque muchos quizá no lo

creían, se consideraba un hombre de izquierda.

Con aquella lógica maniquea, la plutocracia apoyaba al dictador

confundido en el país quien hizo un llamado a la «modernización del Estado

y la inserción de su economía en el mundo global». Para ello, contrataron a

los más recalcitrantes lobistas y publicistas anti-estatales que implementaron

campañas de desprestigio contra las empresas públicas fundadas por el

anterior gobierno, con el argumento de que eran ineficientes, improductivas,

burocráticas y corruptas. Entre ellas estaba Emdepalma, empresa

significativa para el desarrollo agroindustrial en ciudad Paraíso. Pronto esa

empresa fue liquidada y sus activos: una oficina destartalada, una planta

81
procesadora que rendía 20 TM de aceite diarios y 5,273 hectáreas de

plantaciones de palma aceitera en producción, fueron repartidas entre sus

accionistas, los agricultores empobrecidos que no tuvieron otra alternativa

que venderla a precio de remate a don Ulderico Rivasplata.

Luchar contra la indiferencia, la resistencia al cambio y la apatía de

algunos trabajadores, fue lo que Roberto se había propuesto para darle un

nuevo empuje a Oleaginosas Inc. y para ello, propuso reunirse con todo el

personal en un hotel. Cuando leyeron la requisición de gastos, los

responsables de finanzas se miraron entre sí. Los costos de aquella reunión

estaban por encima de lo que solían asignar para esas cosas. ¿Valdría la

pena gastar un carajal de dinero sólo para complacer al nuevo Gerente de

Operaciones? ¿Duraría tanto con ese tipo de propuestas? Habían decidido

desechar su propuesta de no haber sido por el aval que recibió Roberto de

don Ulderico quien iba a inaugurar el evento.

Los días que siguieron en la reunión, fueron para discutir cómo

mejorar el desempeño, la participación y la camaradería y allí, todos

estuvieron de acuerdo. A partir de ese entonces, mejoró el recurso humano:

trabajadores que casi no coordinaban con sus compañeros o que a duras

penas se saludaban, secretarias desmotivadas que se pasaban buena parte

del tiempo limándose y esmaltándose las uñas y escuchando música

estrambótica, comenzaron a trabajar mejor. En poco tiempo, se dieron los

primeros resultados; mejoró la comunicación y el clima laboral en la

empresa. Con ese clima laboral mejorado, los sectoristas acudían a las

chacras a dar el apoyo técnico a los agricultores y se incrementó la

producción de palma aceitera.

82
Al año siguiente, con resultados a la vista, don Ulderico Rivasplata,

ascendió a Roberto al cargo de Gerente Regional y le dio la responsabilidad

para dirigir tres oficinas en igual número de ciudades en la selva para

extender el cultivo de palma y la producción de aceites, manteca y jabones

en todo el país. Pese a las dificultades del narcotráfico y la subversión en la

zona, la carrera de Roberto iba en ascenso. Pero, sin que nadie se diera

cuenta, en menos de lo que silba el tunchi, los carteles de la droga (con el

apoyo de la subversión), llegaron un día a controlar toda la economía y la

política en ciudad Paraíso.

—Uno de los cultivos que podría hacerle frente a la coca ilegal es la

palma aceitera —planteó Roberto en una reunión de la Cámara de Comercio

de ciudad Paraíso, en presencia del Director de la Agencia de los Estados

Unidos para el Desarrollo Internacional USAID—. Ahora ya nadie sembraba

otra cosa que no fuera la coca. Pero, no era suficiente demostrar que la

palma aceitera era efectiva como cultivo alternativo, también se necesitaba

financiamiento. En paralelo se debería combatir a los barones de la droga

que estaban en todas partes ¿Quiénes se encargarían de hacerlo? ¿El

Ejército?; si había generales que se robaban hasta el rancho de los soldados

¿Los congresistas?; si habían contratado a narcotraficantes como sus

asesores; ¿El presidente?; si encontraron cocaína en el mismo avión

presidencial. Los narcotraficantes eran como las hormigas curuhinses en la

selva, dejaban una secuela de muerte y desolación al arrasar con todo lo que

se movía, con todo lo que tenía vida.

Un sábado por la tarde de finales de marzo de un año que no logro

recordar, llegó la fatalidad a ciudad Paraíso, cuando cerca de 300

83
subversivos atacaron el puesto policial frente a la plaza de Armas. La

población entera escuchó el agudo silbido de un lanzacohetes liderado por un

subversivo que se hacía llamar el comandante Grillo, cuyo objetivo era volar

la antena parabólica que se erguía como símbolo de que Estado estaba

presente y preocupado por lo que sucedía en el país.

—¡Mierda esos carros!—rugió el subversivo al no lograr su objetivo,

pues el proyectil había impactado en la tolva de uno de los camiones

requisados aquella madrugada por transportar madera sin permiso de las

autoridades de agricultura—. «Muerte a los perros y represores del pueblo»,

arengaron sus seguidores disparando a diestra y siniestra desde las esquinas

de la plaza de Armas. Un corto silencio seguido de la explosión de una

instalaza, perturbó la tranquila tarde y encontró desprevenidos a sesenta y

dos efectivos policiales dentro de la comisaría, unos jugaban una partida de

póker para matar el tiempo y la rutina; mientras que otros, hacían siesta,

aprovechando el descenso del calor en dos grados centígrados, según

registraba en ese momento el termómetro de pedestal en el escritorio del

Mayor Moscoso, responsable del destacamento.

Las balas y explosiones, despertaron a toda la población que sin

enterarse de lo que estaba sucediendo, corrió a aglomerarse en la plaza de

Armas y ver ipso facto lo que estaba pasando. Los policías repelieron

inmediatamente el ataque, mientras pedían auxilio por radio a las bases más

cercanas del Ejército. Para estar más seguros, llamaron también al Ministro

en la capital. Cuando el radio operador recibió la llamada de auxilio en el

sótano del ministerio, se comunicó inmediatamente con el edecán del hombre

fuerte de dicha cartera que en ese momento tomaba el té de las cinco de la

84
tarde en el jardín de su casa. Con aire preocupado y levantando las cejas,

miró a su familia.

—Me disculpan—dijo—. Tengo que resolver un problema de Estado —

y, colocándose su favorita casaca marrón, pidió a su edecán que hacía las

veces de chofer que lo llevara al Ministerio—. «No se preocupen

compañeros, inmediatamente les envío refuerzos» —le escucharon decir por

la radio cuando se comunicó con el Mayor Moscoso.

—¡Ríndanse carajo!—rugió por segunda vez el comandante Grillo,

descargando con furia la cacerina de su AKM—. Ustedes también son hijos

del pueblo y están siendo explotados y enviados como carne de cañón por la

burguesía, a una guerra que ya la tienen desde hace tiempo perdida. ¡El líder

y el Partido respetaran sus vidas si se rinden!

—¡Se nos están acabando las municiones, vengan pronto —insistió en

la radio el Mayor Moscoso—. ¡Señor Ministro esto es muy grave, manden

urgente un helicóptero, tenemos varias bajas!

—¡Mayor Moscoso, habla el Ministro! —respondió con voz carrasposa

y temblorosa el Ministro—. Acaba de salir un helicóptero desde la Base Militar

y la Unidad Móvil de Patrullaje Rural, UMOPAR, también se está

desplazando. ¡Resistan, pronto llegarán esos refuerzos!

Los policías repelieron con valor el ataque, cargando y recargando una

y otra vez sus cacerinas, abastecidas desde los techos de las casas

contiguas por sus compañeros. Dentro de la comisaría, cuatro policías

cayeron fulminados por una ráfaga de balas, mientras que los heridos eran

atendidos por una mujer. Tres delincuentes arrestados por robo agravado esa

mañana, gritaban desde sus celdas pidiendo ser puestos a buen recaudo.

85
Nadie los escuchaba, no tenían tiempo para atender sus súplicas ahogadas

por el sonido de los disparos. Media hora más tarde ya no gritaban más,

tenían la cabeza y el pecho destrozados, estaban agonizando en medio de

un charco de sangre.

—¡Ayúdennos de una vez carajo!—gritó con ira, frustración y lágrimas

el Mayor Moscoso al Ministro—. ¿Por qué se demoran tanto? Está

oscureciendo, estamos pidiendo ayuda desde hace dos horas, son muchos,

no podemos solos, nos tienen cercados y ya no hay balas. La base del

Ejército está cerca ¿por qué no ha llegado el helicóptero? ¿Qué es lo que

está pasando?

Nuevamente otra ráfaga de balas desde el lado de los sediciosos y ya

no hubo respuesta de los policías, una bala había impactado en la cabeza del

último efectivo que hacía sólo unos instantes había resistido valerosamente el

ataque desde el techo de la comisaría.

—¡Me rindo, me rindo!— gritó desde la comisaría levantando una tela

blanca el Mayor Moscoso.

—¿Qué sucede capitán, por qué regresamos?—preguntó el

Comandante al piloto del helicóptero que había despegado desde la base

más cercana del Ejército.

—Me acaban de comunicar que hay mal tiempo en la zona —contestó

el piloto haciendo girar la nave bordeando la nube gris, desde donde salían

relámpagos que iluminaban el cielo mientras gruesas gotas de lluvia

impactaban en las ventanas—. Son más de las siete de la noche y la

visibilidad es muy mala, malísima, mi comandante, tengo órdenes superiores

de abortar la operación, dicen que no podemos arriesgar a perderlo todo.

86
—Y, ¿qué mierda pinto yo aquí?—levantó la voz el comandante—. En

ciudad Paraíso los terroristas están matando policías y, ¿por esta lluvia

vamos a abortar la operación? ¿Me consultaron acaso antes de decidir?

¿Tendrán la más mínima idea de lo que está pasando allá? ¿Se dan cuenta

cómo actúa la burocracia en la capital? ¡Hay terrucos matando policías, y las

llamadas fuerzas del orden no estamos respondiendo a la altura de las

circunstancias! Está bien que entre tombos y milicos no nos llevemos, pero

aquí está en juego la vida de quienes se fajan por el país. ¡Tenemos que ir a

ayudar a esos policías cueste lo que cueste! ¿Están conmigo?—arengó a la

tropa y les infundió valor el comandante—. Vamos a disparar desde el aire, a

ahuyentarlos y atacarlos por sorpresa.

Los nueve soldados del helicóptero asienten, un nuevo relámpago

atravesó el vidrio de las ventanas, iluminando sus rostros sudorosos.

—No sólo a nosotros nos están dando esa orden mi comandante —

dijo el capitán—. Acabo de recibir información de otros destacamentos que

también están abortando la operación y la ayuda por aire y tierra.

—¿Estoy soñando o es cierto lo que te acabo de escuchar capitán?,

ha dicho usted ¿también la base militar más cercana a ciudad Paraíso? ¡Si

sólo está a diez minutos!

—No es por la lluvia, sino por seguridad comandante. Según

inteligencia, dicen que nos tienen preparado una emboscada en tierra.

—¡Carajo!, donde manda ministro no manda general, —se resignó el

comandante, aceptando lo anunciado—. Sólo nos queda rezarle a Dios para

que proteja a esos policías. Solos, no la van a hacer muchachos, están en

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desventaja numérica, deben ser muchos los terrucos y, a estas alturas,

seguro que aquello ya debe haberse convertido en una masacre.

—¡Salgan con las manos en alto mierdas!—rugió por tercera vez el

comandante Grillo—. Veamos que dice el pueblo de ustedes. A ver, ¿quién

es el jefe aquí? ¡Rapidito nomás, quiero nombres, apellidos y cargos carajo!

Los galones en sus uniformes los delataron. El Mayor Moscoso, un

capitán y un alférez fueron sacados a empellones de la comisaría y llevados

al centro de la plaza para el «juicio popular». Amarrados en los postes de luz,

los policías contemplarían por última vez el cielo estrellado, atravesado de

lado a lado por esa enorme mancha blanca: la Vía Láctea, aquella noche de

luna llena. «Ministro hijo de puta, no nos enviaste refuerzos», maldice el

Mayor Moscoso en su fuero interno. «¿Por qué serán tan incapaces, tan

inhumanos los del gobierno?».

—¿Cómo se comportan con el pueblo estos policías?—preguntaba el

comandante Grillo a la gente—. ¿Son abusivos?, ¿les roban?, ¿les quitan

sus gallinas?, ¿matan a sus reses y violan a las mujeres?

—No, no hacen eso —respondió alguien desde el tumulto—. Nos

cuidan, respetan y hacen respetar la ley aquí —gritó la mujer que atendía a

los policías heridos.

En ese momento, rompieron las puertas metálicas del Banco y los

subversivos se llevaron en costales el dinero de la caja fuerte. Descerrajaron

las puertas de las tiendas y la gente robó todo lo que pudo. Luego quemaron

los vehículos de la policía.

—¡El líder y el Partido respetará sus vidas! —Rugió por cuarta vez,

haciéndose el desatendido (al escuchar a la mujer) y apuntando a los policías

88
el comandante Grillo—. Desde ahora ustedes son nuestros prisioneros de

guerra y de acuerdo a la Convención de Ginebra, respetaremos sus vidas,

porque no somos terroristas.

«Nos abandonaron», piensa y rechina los dientes de rabia e

impotencia el Mayor Moscoso. Escucha un disparo y la gente se aglomera en

una esquina. La mujer que había hablado hace uno instantes agonizaba con

un agujero en la cabeza y un cartel en el cuello: «Así mueren las soplonas».

Cerca a ciudad Paraíso, una columna subversiva había detenido en la

carretera a dieciocho camiones cisterna que transportaban aceite de palma a

la capital. Derramaron el cargamento en la vía, incendiaron los camiones y

atacaron las instalaciones de Oleaginosas Inc. «Muerte al imperialismo

yanqui», arengaron los subversivos mientras un puñado de pobladores

observaba con impotencia tal ensañamiento. Estaban allí preparando la

emboscada por si acudían refuerzos militares a ciudad Paraíso. Se habían

cansado de esperar agazapados entre los shapumbales y por eso atacaron.

La revolución tenía que hacerse con la acción y no con el discurso, dijeron.

Se dieron tiempo para realizar pintas: «¡abajo los explotadores del pueblo!»,

«¡viva la lucha armada! «¡Patria o muerte, venceremos!» Qué chucha, si se

mezclaban los lemas, igual le gustaba a la gente. Dejaron inscripciones con

la hoz y el martillo en las paupérrimas casas con paredes de barro, madera y

puertas de calamina. «Que las clases dominantes tiemblen ante la revolución

comunista porque los proletarios nada tenían que perder sino sus cadenas y

eso sí tenían un mundo que ganar», dijeron mientras se embarcaban en una

camioneta.

89
«¿Con cuánto habrán aceitado los narcos a los terroristas para que

crecieran tanto?», se pregunta rechinando de rabia e impotencia el Mayor

Moscoso. Cierra los ojos y a veinte metros de distancia, amarrado en el poste

de luz su alférez recibe un disparo en la sien. Luego otro disparo le revienta

la cabeza al capitán que se desploma junto a la glorieta de la plaza de Armas.

Cuando se acercaron sus victimarios, el Mayor Moscoso, ya no escuchaba ni

sentía nada, le había invadió una luz cegadora, y por última vez contempló el

cielo estrellado que se apagaba a su alrededor quedándose en la más

completa y eterna oscuridad.

—Déjalo, ya está muerto —dijo el comandante Grillo a su camarada

que vaciaba su cacerina en el cuerpo del Mayor Moscoso—. Así es la guerra

popular, la ganas o la pierdes; otro perro menos y mañana será otro día.

Al día siguiente, un escuadrón subversivo tomó las instalaciones de la

radio local en ciudad Paraíso. Propalaron una cinta llamando a la población a

la insurgencia, a apoyar la lucha armada, a derrocar al gobierno, de turno, al

dictador vende patria y asesino del pueblo. Con sus AKMs en ristre, dos

mujeres hacían guardia en la puerta de la emisora y una cuadra más arriba

estaba otra (que hacía de campana), hablando disimuladamente con su

walkie-tolkie.

90
SEIS

Había en ciudad Paraíso dos cines. Uno en la esquina de la plaza de Armas,

y otro, cinco cuadras más arriba. Ir al cine en ese tiempo, era toda una odisea

debido a la poca capacidad de aforo que tenían las salas y para conseguir

entradas, la gente hacía largas colas desde temprano o se resignaba a

comprar entradas de reventa.

Para que el cine estuviera al alcance de todos, el dictador confundido,

había propuesto a los propietarios, que los martes fueran días populares y

que las entradas costaran la mitad del precio normal. Para una ciudad alejada

de la modernidad de la capital con cerca de treinta mil habitantes, el cine

constituía la principal distracción de la gente y de cuando en cuando llegaban

películas de estreno que se ponían en cartelera durante varias semanas

como si fueran las obras de Cattone, y, casi nadie salvo algún cinéfilo

empedernido, acudía a ver más de una vez la misma película, sin aburrirse

como si escuchara música. Con el paso del tiempo, la llegada del Betamax,

la televisión por cable, los DVDs, y la subversión, hicieron que los cines

desaparecieran en ciudad Paraíso.

Un diario de izquierda llegaba puntualmente de la capital con titulares

mesiánicos anunciando que el país estaba at portas de una revolución

proletaria que cambiaría los cimientos de la injusta sociedad y ahí sí, cada

ciudadano tenía que elegir o apoyaba la revolución proletaria o defendía el

continuismo de la dictadura. O eras parte de la solución o eras parte del

91
problema, escribía el columnista parafraseando al revolucionario bolchevique

ruso. Y continuaba con aquello de que las élites que gobernaban el país

habían perdido toda credibilidad y no tenían la autoridad moral para seguir

conduciéndolo pues éste atravesaba por una tremenda crisis social,

económica y política; y hacía un llamado a los jóvenes, a los estudiantes, a

los obreros y a los campesinos que constituían la reserva moral para que se

unieran y lideraran la lucha armada.

Luego de las fiestas de fin de año, la universidad requería de un

profesor de filosofía.

—Ahí tienes la oportunidad de demostrar lo que has logrado aprender

en todos esos años—le dijo su padre a Amador mientras ordenaba las

fotocopias de los certificados y diplomas de su currículo.

—Es un puesto de profesor auxiliar y por algo tengo que empezar.

—Y ¿Auxiliar de quien vas a ser?

—Todavía no lo sé.

Se presentaron catorce postulantes, de los cuales sólo quedaron tres

finalistas. Cada uno debía preparar una clase magistral de quince minutos y

presentarla ante un jurado constituido por: el director académico, un docente

y un representante del tercio estudiantil. El tema que Amador había

preparado era sobre los Principios fundamentales de filosofía ¿Cómo se

debía comenzar el estudio de la filosofía? El materialismo dialéctico como

base científica del marxismo para entender los grandes problemas de la vida

y la sociedad. Dos días después, el profesor Gilberto Santibáñez lo llamó por

teléfono, felicitándole por haber ganado el puesto.

92
—Alcanzaste el puntaje máximo en la clase magistral y en la

documentación presentada. ¡Felicitaciones! colega, vas a trabajar conmigo—

sonrió Santibáñez en el auricular.

—¡Gracias!—dijo Amador emocionado.

La universidad era el espacio más codiciado por los dirigentes políticos

y sus partidos para el reclutamiento de jóvenes militantes. Hubo tal

efervescencia política cuando se conformaron las listas y presentaron sus

planes de trabajo promoviendo el debate ideológico con el propósito de ganar

la conducción de la Federación de Estudiantes. Los partidos políticos trajeron

a sus más destacados cuadros de la capital para el debate. Por parte de los

liberales llegó a ciudad Paraíso un jovenzuelo imberbe que irónicamente se

apellidaba Barba quien era un cuadro mayor y de peso en su partido. Tenía

una completa formación en filosofía y doctrina; lúcido, buen orador y gran

polemista, presentó sus Siete tesis equivocadas del marxismo, uno de sus

libros considerado por sus seguidores como la biblia del liberalismo. El hilo

conductor de su tesis era un profundo y venenoso anticomunismo. Por su

parte, los comunistas no quisieron quedarse atrás, y trajeron a un tal De la

Puente: contestatario, buen analista, orador convincente y pésimo escritor.

Así que el día del debate ambos grupos se declararon ganadores ¿Cuál era

el veredicto que daba el moderador?, se preguntaban los estudiantes.

Santibáñez tenía que pronunciarse porque así lo estipulaba el reglamento.

Además, el rector con juicio independiente, dijo que Santibáñez sabía más de

liberalismo y comunismo que los polemistas juntos.

Terminada la presentación de los oradores, el debate continuó

dándose en las aulas y en los pasillos del campus universitario. Habían

93
grupos que discutían sobre el modelo económico neoliberal que habiéndose

iniciado en Chile, había sido trasladó al país a inicio de los ochenta. Los

liberales acusaban a los comunistas de querer aplicar una ideología totalitaria

que abolía la propiedad privada; que en caso de llegar al poder, confiscarían

todo: las casas, los automóviles, la cosecha y el ganado de las familias. Una

ideología que promovía la abolición de la propiedad privada de los medios de

producción no se quedaría tranquila sólo con estatizar los medios de

producción, sino que también aboliría cualquier forma de propiedad privada y

subsistencia de las familias. Esa era la manera de trabajar al susto a la

población que hacían los liberales; que la dictadura del proletariado sería un

gobierno totalitario, igualito el que implementaba el dictador confundido en el

país y de aquello estaban todos bien hartos. Los comunistas, reaccionaron de

manera iracunda, acusando a los liberales de traidores a la patria, de tener

un doble discurso de ser una escopeta de dos cañones y de haber claudicado

en comprobados momentos históricos con los ideales y principios de su

máximo líder y fundador, a tal punto de haberse aliado con los grupos de

poder, con la oligarquía y cogobernado con su más sanguinario perseguidor,

el mismísimo dictador confundido. Que no tenía el interés de construir un país

libre y fuerte en lo económico y en lo social, sino en convertirlo en una chacra

de donde las trasnacionales sacaban el oro, la plata, el gas, la madera y

últimamente el petróleo; querían al país para saquearlo y acumular riqueza,

mientras que la mayoría vivía en la pobreza y la marginalidad. En resumen,

habían hecho de ese país latinoamericano, una republiqueta bananera.

Bajo la sombra de un frondoso árbol de mango, al costado de las aulas

universitarias, el debate de las listas continuaba. Santibáñez incluyó en el

94
panel el problema del narcotráfico y los factores que promovieron su auge en

ciudad Paraíso. Estudiantes y docentes escuchaban atentos que aquella

veintena de participantes pronto se convirtió en una reunión de casi cien

personas. El representante de los comunistas explicó utilizando un gráfico

que la producción de la hoja de coca que iba a ser convertida en cocaína,

constituía la base de la economía en ciudad Paraíso, pues, para nadie era un

secreto que en menos de una década se había convertido en el centro de

lavado de dinero proveniente del narcotráfico más importante del país. Puso

en evidencia que el problema, además de ser un tema delincuencial, era

también un problema social, económico y político que debía ser interpretado

dentro del contexto nacional y mundial. Como consecuencia de ello, había

mucho dinero que llegaba a afectar los índices de inflación del país.

Cuando les toco el turno a los liberales, explicaron utilizando el mismo

mecanismo de las gráficas y tablas que durante la década de los 80, el

comercio y el transporte público en ciudad Paraíso, florecieron debido a

avance del narcotráfico. De un momento a otro, se construyeron edificios y se

instalaban negocios y en las calles circulaban los últimos modelos de

automóviles y camionetas con lunas polarizadas y motocicletas de gran

cilindraje. Hasta que un buen día, las fuerzas combinadas de la DEA y el

Ejército incursionaron en ciudad Paraíso y fue a partir de allí que se inició el

primer Programa de Desarrollo Alternativo promovido por USAID.

Al final hubo conatos de reyerta entre los estudiantes y de no haber

sido por la intervención oportuna del rector y del propio Santibáñez, las cosas

hubieran llegado a mayores. La situación mejoró cuando llamaron a la calma

a los participantes, proponiéndoles que presentaran en detalle sus planes de

95
trabajo. En ese momento hubo un mutismo y en las siguientes semanas

nadie dijo nada. Cuando se retomó la campaña, hubieron coincidencias en

las propuestas: mejorar el rancho del comedor universitario, el equipamiento

de los laboratorios de química, física y biología y la adquisición de vehículos

para el trabajo de campo. Una semana más tarde se realizaron las elecciones

y el Comité Electoral publicó los resultados mediante un comunicado

colocado en la marquesina otorgándole la victoria a la lista de los comunistas.

Los liberales, acusaron a Santibáñez de haberse coludido con los rojos y

juraron que lo iban a linchar.

Al día siguiente, Santibáñez no fue a la universidad, tampoco se

encontraba en casa ¿Qué ha pasado con Santibáñez?, preguntó el rector y

los liberales dijeron que también ellos lo estaban buscando. ¿Acaso tenían

algo que ver con su desaparición? Por supuesto que no, respondieron

tajantemente; si bien lo consideraban persona no grata, jamás llegarían al

extremo de atentar contra su vida, pese a no compartir sus ideas.

Luego de varios meses de búsqueda e indagaciones, estudiantes y

docentes se olvidaron de la desaparición de Santibáñez y se concentraron en

temas del desarrollo económico sostenible de la zona como por ejemplo,

aprovechar el potencial agropecuario de la selva. Para ello se requería utilizar

tierras deforestadas y promover la agricultura intensiva y la agro-exportación

que ayudarían a los agricultores a salir de la pobreza pues se producía

principalmente para el autoconsumo y el mercado local. Uno de los productos

bandera que autoridades y estudiantes universitarias habían identificado era

el cultivo de cítricos y hasta hubo una ONG que había instalado y puso a

funcionar una moderna planta para la producción de néctares de naranja,

96
mandarina y zumo de limón. Aquello motivó a los agricultores para llenar sus

chacras con plantaciones cítricas; sin embargo, una mañana la planta dejó de

funcionar y los agricultores no tenían a quién vender lo que habían

cosechado. Quienes habían diseñado todo el proceso, dijeron que no habían

calculado bien el impacto que iba a tener la planta en las expectativas de los

agricultores. El encargado de logística acusó al administrador que pese a sus

reiteradas solicitudes pidiendo dar mantenimiento a la planta, no le había

hecho caso, por el contrario, el administrador se había ido por las ramas y la

tangente diciéndole que esperara hasta el siguiente mes y cuando llegó el

siguiente mes le dijo lo mismo y así hasta que lo cansó. Entonces vino con el

pretexto de que las máquinas estaban nuevas, que así nomás no podían

malograrse en tan corto tiempo, que era su culpa por no leer bien el manual

de funcionamiento y por último, tampoco había dinero para el mantenimiento.

Cuando la planta dejó de funcionar, nadie pudo repararla y no había

otra cosa más que hacer que dejarla al cuidado de un lugareño que de vez en

cuando abría la tranquera de alambre corrugado, entraba a la sala de

máquinas, revisaba el cerco perimétrico para ver que nadie había ingresado a

robar alguna pieza y se aseguraba que todo estaba tal y como la dejaron el

día que se paró. Hizo esa rutina por unos meses hasta que se cansó pues

nadie le pagaba un centavo y sintió que estaba perdiendo el tiempo que

decidió dejar de cuidar ese montón de chatarra para dedicarse a algo más

productivo, ayudar en las cosas del hogar, ir a traer agua del río, y dar de

comer a las gallinas y los cerdos; subir el cerro para cortar el plátano y traer

la leña. Pero, una mañana se despertó fatigado, había soñado algo que lo

dejó preocupado. Se levantó de la cama. Ya vuelvo, voy a ver esa fábrica, le

97
dijo a su mujer y salió de prisa de casa. Le fue difícil encontrar la puerta de

alambre corrugado que otrora en los buenos tiempos, brillaba; había sido

cubierta por las mandrágoras y enredaderas. A golpe de machete, desenredó

las lianas que durante habían logrado sellar la puerta y al entrar, se dio

cuenta que ya no estaba tal como la dejó la última vez. Ajá, era esto, me lo

suponía, dijo al ver que faltaban los pistones, la culata, el cilindro, el árbol de

levas, el bloque, las válvulas, el volante y hasta el cárter, en suma habían

robado el motor completito y canibalizado otras piezas más que no supo

describirlas cuando dio parte a la policía. Los subversivos la estaban

utilizando también como refugio y centro de operaciones.

A la hora en que empezaban a cantar los gallos, el Ejército, se hizo

presente para desalojar a los inquilinos precarios, bombardeando la fábrica

con helicópteros artillados. Pero como habían sido alertados por alguien,

huyeron a tiempo al monte sin ninguna baja y desde allí repelieron el ataque

y con una instalaza lograron derribar a un viejo helicóptero ruso Mi-17 que

apenas podía levantar vuelo. Los pobladores que vieron y escucharon el

estallido de las bombas y el repique de las metralletas haciendo eco en la

inmensidad de la selva, pensaron que el día del juicio final había llegado y

luego de varias horas sólo quedaba un montón de fierros retorcidos de lo que

otrora fue la fábrica de cítricos. Para compensar a la gente que había

quedado traumada con aquella incursión, el dictador confundido, instruyó al

alcalde para que en ceremonia pública ofreciera la construcción y puesta en

funcionamiento de una moderna fábrica de trasformación de cítricos en

ciudad Paraíso que iba a ser administrada por la universidad. El decano de la

Facultad de Agroindustrias estuvo contento con aquel acto pues constituía un

98
hito en la adquisición de tecnología de punta para la formación de los futuros

ingenieros y quería dejar en evidencia que la universidad no sólo formaría

profesionales competentes sino que también industrializaría los productos

agrícolas en la selva.

Durante su discurso de agradecimiento al jefe de la Base Militar que

representaba al dictador confundido que vivían en palacio, el decano se

refirió a la uva Borgoña, cultivo emblemático traído por los jesuitas que

llegaron a estas tierras enseñando a los locales a fabricar el vino y de esa

manera San Antonio, un pueblito ubicado a sólo doce kilómetros de ciudad

Paraíso, se había convertido en la meca de la industria vitivinícola.

Entusiasmado por los cambios y las buenas relaciones con el

gobierno, las autoridades universitarias invitaron a un catador francés con el

propósito de que pudiera in situ evaluar la calidad del vino del lugar y una

comitiva integrada por docentes, alumnos y autoridades locales, visitó las

chacras, los viñedos y las bodegas en San Antonio, donde fermentaban el

zumo de uva para convertirla en vino.

Los productores los recibieron con alegría, invitándoles a tomar el

mejor caldo de gallina de chacra que se había preparado jamás; los

lugareños querían tener el honor de recibir a la comitiva y poder contar a sus

hijos y a las futuras generaciones que allí, en una casa con paredes de barro

y caña brava fue donde un somelier galo vino a catar el vino de San Antonio.

Para poder hacer su trabajo, el francés pidió que le trajeran el vino, a

continuación hizo todo el ritual correspondiente: movió la copa en círculos

para observar el color, el cuerpo, la consistencia; acercó su nariz para oler

todos los azúcares, taninos y fenoles y finalmente lo probó. Hizo el consabido

99
enjuague de boca y pucheros correspondientes tratando que sus papilas

gustativas y cada resquicio de su boca capturaran el sabor exacto del vino.

—¡Aaaaaggg!—arrojó en el piso de arena seca lo que acababa de

meterse a la boca.

—Que pasa míster—acudió en su auxilio el decano con rostro

preocupado—. ¿Se está ahogando? ¿No le gusta nuestro vino?

—¿Monsieur est quelque chose de mal?—intervino la traductora sin

entender lo que ocurría, dándole una servilleta.

—No pasa nada, estoy bien, —sonrió respirando hondo contando en

silencio hasta diez y entregando la copa al decano—. ¡Señores, esto no es

vino, es vinagre puro!

El rostro del decano palideció, frunció el seño, bajó la mirada hacia esa

mancha roja en la arena seca.

—¿En serió míster?, mil disculpas—fue lo primero que le vino a la

mente al decano, luego se puso rojo mirando a la comitiva, buscando entre

ellos a alguien que le explicara lo que estaba pasando, ¿Quién era él o la

responsable de haber llenado con vinagre y no con vino la copa del somelier?

—Cálmate, no ha habido ninguna confusión, le hemos servido vino—le

susurró el director académico.

—Entonces el confundido es él—se adelantó a juzgar el decano—.

¿Será verdaderamente un experto? ¿No nos habremos equivocado de

catador y en lugar del de vinos, trajimos al de cacao?—metió cizaña entre la

comitiva—. ¿Cómo puede ser que hable así del vino de San Antonio?

El resto hubiera querido apedrearlo, al escuchar tal blasfemia o en el

mejor de los casos, declararlo persona no grata por proferir semejantes

100
infundios contra lo que todos consideraban el producto estrella de

exportación en ese lugar, muy por encima del solicitado camu-camu, del

sacha inchi y de la uña de gato.

—¡No seas ridículo!, y baja la voz, —frunció el seño aplastando una

uva entre sus dedos el director académico—. Pongo las manos al fuego por

él que en verdad es un experto en vinos; un catador de catadores, pues le ha

ganado a gente de peso en cuanto certamen se ha presentado y sabe mucho

de enología, así como también de ampelología, que para que lo sepas, trata

del estudio de la biología y el cultivo de la uva.

Tuvieron que pasar varios minutos para que la comitiva se

tranquilizara y con los ánimos más calmados, aceptaron la cruda realidad que

en San Antonio, más que vino, se producía vinagre, debido a que es uva

Borgoña, traída de España, había sufrido adaptaciones a las condiciones

climáticas de la zona y no así mutaciones como equivocadamente había

supuesto un profesor principal que enseñaba taxonomía vegetal. El intenso

sol de la selva hizo que la Borgoña tuviera una cáscara más gruesa y con

altas concentraciones de antocianinas, responsables de darle aquel intenso

color tinto. Además, la acidez del suelo había hecho que su pulpa tuviera

menos azúcares, menos ácido málico y tartárico, importantes componentes

para la fermentación, cantidad y calidad del etanol. Por eso en San Antonio,

el vino se picaba, lo cual quiere decir que se ponía ácido y daba como

resultado vinagre tinto.

—Esta uva deberá ser usada en la elaboración de helados y chupetes

y no para el vino—sentenció el experto, disfrutando en la mesa el

concentrado caldo de gallina que humeaba en el plato.

101
—Con razón —repuso el decano, ya convencido de lo que decía el

francés—, cada vez que me excedía un poquito con este vino que lo probé

por primera vez cuando llegué a estas tierras, sentí que la cabeza me iba a

estallar a tal punto que la dueña de la pensión donde vivía me recomendó

que me la amarrara con una pretina y sólo de esa manera pude aguantar la

resaca.

A partir de allí, las cosas para San Antonio no fueron nada buenas

pues se inició una crisis que afectó la economía de las familias que tenían

viñedos. Los bares y cantinas de ciudad Paraíso dejaron de abastecerse con

ese vino y prefirieron el que provenía de la capital. Los consumidores optaron

por no comprar más el vino picado y bastó unos cuantos meses solamente

para que toda la industria vitivinícola se derrumbara. De igual modo, los

pocos turistas que habían empezado a llegar al pueblo, atraídos por el

paisaje de sus cataratas, por el vuelo y canto de los guacamayos multicolores

en las bromelias suspendidas en los árboles y los cerros ya no llegaron más.

Y, hasta los loros que hacían sus nidos en las casas abandonadas de los

comejenes, para anidar y remedar el cacareo de las gallinas, el ladrido de los

perros y la risa de las lavanderas del río, se habían mudado a quien sabe qué

lugar del monte. Mientras que en las chacras otrora llenos de viñedos,

maizales y yucales, empezaron a abrir sus hojas al sol, las primeras matitas

de coca.

Amador recordó el día cuando Patricia regresó a ciudad Paraíso, había

terminado su carrera y conducía el noticiero del canal de televisión local. Esa

mañana le despertó el ruido de una moto-taxi y no tenía ganas de levantarse

pero tampoco podía seguir durmiendo; los rayos de sol que entraban por su

102
ventana llegaban directamente a su cama y sintió un ardor en las piernas. Se

levantó y fue a ducharse, pero al abrir la llave no había una sola gota de agua

y con la toalla enroscada en la cintura, salió a sacar agua del bidón que un

día antes se había llenado con agua de lluvia.

—Te va a dar reumatismo si te bañas con esa agua—le advirtió su

madre—. Mejor báñate en el río.

—El río está crecido.

Amador no creía que el agua de lluvia producía reumatismo, era

simplemente agua destilada y haciendo caso omiso a la advertencia de su

madre se baño con el agua de lluvia, quería refrescarse del calor antes de

empezar a leer Principios Elementales de Filosofía de Georges Politzer que

el profesor Santibáñez le había regalado cuando aún era colegial. Prendió el

ventilador de su cuarto y se tendió en la cama. Leyó la página veinte ¿Cuáles

eran los principios y argumentos de los materialistas?, la relación intrínseca

entre la materia y el espíritu. Una manera científica de entender el mundo y al

ser humano que según Engels, el pensamiento era la forma superior de la

materia y esta era a su vez la que generaba al espíritu. Y a aquello

¿podríamos también llamarlo pensamiento?, pues con él reflexionamos sobre

el mundo que nos rodea, sobre lo objetivo y lo subjetivo. Si bien la materia

tenía una existencia objetiva (fuera de nuestra conciencia, independiente del

espíritu), la apreciación que nos hacemos de ella, siempre lleva implícito el

aspecto subjetivo y lo subjetivo también tiene una existencia real, en la

dimensión de las ideas valga la aclaración. Tenía que preparar la clase y

esos conceptos deberían quedar claros. Sabía que sus alumnos no tenían

buena base, era la primera vez que llevarían un curso de filosofía, el gobierno

103
lo había eliminado del currículo de educación básica y del plan nacional de

estudios porque consideraba que la filosofía servía para convertir a los

jóvenes en comunistas.

Dejó el libro en la mesa, se vistió, tomó un desayuno frugal y salió en

su motocicleta. A esa hora, la policía había bloqueado las calles aledañas a

la plaza de Armas, la ceremonia del izamiento del pabellón nacional había

empezado y la gente tenía que permanecer en silencio y con una mano en el

pecho mientras cantaba el himno nacional.

Cuando pasó por la casa de Patricia, todo estaba en silencio, ni

siquiera se escuchaba el ladrido de los perros que se enfurecían cuando

pasaban las motos. Entonces recorrió la Manco Capac y unas cuadras más

abajo dobló por el jirón Shapaja y de allí por Orellana ¿Estará en el balneario

¿Qué le diría cuando la vea? ¿Cómo se verá ella ahora? ¿Seguirá siendo la

misma o será que el ambiente de la capital la había cambiado?

Al llegar a un semáforo en rojo frenó, y para su sorpresa, al frente

estaba Patricia en una Chapi 70. Por la sonrisa que vio dibujarse en su rostro

se dio cuenta que lo había reconocido. Al cambio de luz, Amador aceleró

para darle alcance fuera del acecho de las motocicletas que saturaban la

pista. Patricia se estacionó junto a un quiosco a la sombra de un techo de

palma, se quitó el casco y su larga cabellera se desordenó con el viento.

Llevaba jeans a la cadera, puntiagudas botas de cuero taco aguja y un polito

negro que mostraba su vientre plano y en el centro el ombligo que parecía un

ojal. Caminaba con pasos cortos, acentuados por el taconeo de sus botas al

pisar el empedrado y estaba más bella que nunca.

—¿Qué es de tu vida ?—dijo Patricia saludándolo con un beso frío.

104
—Aquí, haciendo algo—repuso Amador—. ¡Felicitaciones!, te vi en la

tele, el noticiero está mucho mejor contigo.

Se sentaron a la sombra del techo del quiosco ¿Cómo pasaba el

tiempo, no? Estaba contenta de saber que Amador estaba vivo pese a los

problemas que atravesaba el país. Algunos se habían metido a la lucha

armada, habían entrado en la clandestinidad, unos estaban en la cárcel, otros

habían muerto en enfrentamientos con el ejército. Ya no había nada más que

hacer aquí, el que podía se iba del país, el resto buscaba de cualquier forma

salvarse. Un aire fresco sopló en esos momentos el lugar, sacudiendo las

ramas de los mangos que había alrededor.

—Tengo helados de fruta —les ofreció la señora, limpiando el polvo de

la mesa.

Patricia pidió una copa de mango y taperibá y Amador una de aguaje y

humarí. Ella se había graduado con honores en la universidad y había

recibido una oferta de empleo de un importante diario en la capital, pero

prefirió regresar a ciudad Paraíso porque aquí estaban las noticias y las

cosas que pasaban tenían que ser conocidas en el mundo, y, estar a cargo

del noticiero del canal de televisión local le parecía un buen comienzo para

hacer lo que se había propuesto. Más adelante quizá (sin precisar cuándo)

pensaba irse a trabajar a la capital.

—¿Y qué paso con la literatura?, si ganaste los juegos florarles en el

colegio. ¿Acaso no te vas a dedicar a escribir novelas?

—Así pensaba en el colegio, pero uno cambia ¿no? El ensayo es mi

fuerte, y estoy dedicada a lo que está sucediendo en el país y creo que

escribir novelitas en este momento sería una extravagancia de mi parte.

105
Tenemos que cambiar el país y si puedo contribuir a ello desde el periodismo

sería fabuloso.

—A propósito, el artículo sobre las consecuencias de las políticas

neoliberales en el país que escribiste, suscitó la reacción de los grupos

conservadores y de poder en ciudad Paraíso.

—Así es, los auspiciadores, presionaron al director del diario para

despedirme acusándome de comunista. Felizmente todo eso ya pasó, eso

son gajes del oficio.

Su blusa negra llevaba unas tiritas que recorrían sus hombros

bronceados por el sol. Pese al tiempo trascurrido, Amador seguía enamorado

y quería que ella lo supiera. Desde el día que la vio en la biblioteca Municipal,

consultando un libro para una tarea del colegio. Aquella vez, también él

necesitaba consultar el mismo libro y preguntó a la bibliotecaria cuando iba a

estar disponible para el próximo lector. ¿Por qué no se lo preguntas a la

señorita directamente? Sugirió la bibliotecaria. Entonces él la abordó. Amiga

¿estás en quinto? ¡Claro, si estamos en el mismo colegio, te he visto! En su

mente estaba la imagen de Patricia sonriendo, invitándole a sentarse junto a

ella para hacer la tarea, cada uno en su tema, ella, sobre la caída de

Constantinopla en manos de los turcos otomanos y él, sobre el Imperio

Bizantino que Santibáñez había encargado.

—¿En qué piensas?—interrumpió Patricia volviéndolo a la realidad —.

¿Cómo te fue en el seminario, terminaste filosofía?

—Sí, me gradué y me está yendo bien. Estoy de profe ahora y también

estoy estudiando obstetricia en la universidad, tú sabes, tuve que darles el

106
gusto a mis padres con el tema de la medicina, finalmente me di cuenta que

me gusta.

—Pero no más que la filosofía, ¿verdad?

—Creo que igual, siento que ambas se complementan

—Patricia, estoy enamorado de ti desde que te conocí—se mandó

Amador—. Quiero estar contigo—susurró tartamudeando.

Patricia sonrió fingiendo que no lo había escuchado

—Pero si estás conmigo en este momento—dijo con sorna y quiso

hablar de un libro que acababa de leer.

—No me cambies de tema—insistió Amador.

Patricia se ruborizó y sonrió llevándose la cucharita de helado a la

boca.

—Amador, me gustas como amigo—repuso ella con contundencia

limpiándose los labios con una servilleta—. Quiero que conservemos nuestra

amistad. Que no confundamos los sentimientos, yo te veo como amigo.

Discúlpame, pero es así, lo que siento por ti es sólo aprecio.

A Amador, el mundo se le vino abajo, quería que la tierra se lo tragara.

Pero sacó valor para jugar sus últimas cartas y recordó aquel sábado cuando

le propuso ir al cine luego de la misa. Sin proponérselo, desde esa noche le

encontró sentido a la misa juvenil. La entrada de la iglesia estaba llena de

muchachos viendo pasar a las chicas mientras en el púlpito el padre Asenjo

aconsejaba la práctica de la abstinencia como el método infalible para evitar

el embarazo no deseado y sin duda también el Sida. «Quienes practican el

pecado de Onán, mas les valdría no haber nacido porque es un acto sucio

que atenta contra la vida y las buenas costumbres.» «Pero padre, ¿qué clase

107
de dios es ese que ordena al hermano del difunto quedarse con su cuñada?»,

cuestionaban los jóvenes al terminar la misa.

—Te entiendo —dijo Amador—, no quiero caerte pesado y peor aún,

perder tu amistad. ¿Estás con Roberto, no?

—¡No, para nada!—. Patricia se sorprendió por la pregunta,

recogiéndose el cabello que volaba con el viento—. ¡Mira como es la gente!,

te ven conversar con alguien y al toque te emparejan. Con Roberto somos

amigos como tú y yo.

Amador no insistió, lo que Patricia le dijo, fue suficiente para bajar la

guardia y respetar lo que ella sentía por él. Quería olvidarse del asunto, lo

que menos quería era que esa amistad se enfriara por malos entendidos y no

quería perder «soga y cabra» como decía su abuela.

A la salida de la misa sabatina, los muchachos daban vueltas y vueltas

como pollos rostizándose en el perímetro de la plaza de Armas. Una especie

de ritual llamado «molida de caña», en alusión a la forma cómo una acémila

hacía funcionar el trapiche para extraer el jugo de la caña que al fermentarse

se convertía en ventisho. Disfrutaban de esa suerte de danza tribal para

caerle a una chica. De tanto verlas dando vueltas en la plaza de Armas, sus

rostros desconocidos al principio, a la quinta o sexta vuelta, dejaban escapar,

una sonrisa amigable y coqueta; ocasión que ellos aprovechaban para

preguntarles ¿Amiga, cómo te llamas? Y la chica respondía: «no me llamo,

me llaman», con una risita burlona y seguía caminando poniéndose seria

cuchicheando con sus amigas. No sabias si aquella respuesta burlona era

una buena o mala señal. Tampoco aquello podría tomarse como un gesto de

amistad. En verdad era una respuesta bastante hostil. Algunas veces era una

108
ventanita que se te abría para dejar pasar ese resquicio de esperanza que te

permitiera avanzar, dar un paso adelante, si es que tenías el coraje, eso

dependía ya de ti. Tenías que darte cuenta cuándo estabas presionando

demasiado y más bien tener paciencia, mucha paciencia; hacer que aquello

madurase como una jagua y cayera por su propio peso. Luego de unas

vueltas más podrían cambiar las cosas para bien o también empeorar, eso

dependía de tu suerte. Pero como ya dije, el resultado era de tu entera

responsabilidad. Si te atrevías, la abordabas con una fórmula harto conocida

y por eso mismo riesgosa, decirle que la conocías, que estudiabas en su

colegio y que ibas siempre por su cuadra donde vivía a hacer la tarea con

una amiga vecina suya y que justo el sábado habían acordado ir al cine ¿te

gustaría venir con nosotros?, claro podrías también invitar a tu amiga.

Así eran los cánones en esos tiempos, una sucesión de caminatas

alrededor de la plaza de Armas, citas en la glorieta o el obelisco, miradas y

coqueteos; armarse de valor en un entorno de violencia política envuelta con

el manto de la inocencia y la timidez de la adolescencia.

—Quiero seguir siendo tu amigo—fue lo último que Amador dijo antes

de que Patricia encendiera su Chapi 70.

—¿Por qué no vas por el canal para hablar de temas que nos

interesan a ambos ¿Sabes quién es ese que se hace llamar el comandante

Grillo?

—La verdad, ni me lo imagino, nadie lo sabe.

109
SIETE

La violencia había llegado a proporciones inimaginables en el país que se

producían enfrentamientos a cualquier hora del día o de la noche en pueblos

y caseríos. Desde la penumbra de las casas, los pobladores veían a través

de sus postigos, llegar a hombres y mujeres armados sin saber si eran

subversivos o militares. Un día llegó a ciudad Paraíso una patrulla del Ejército

para peinar la zona porque se sabía que en las huertas y solares

abandonados, se reunía clandestinamente una célula subversiva.

La universidad y otros centros de educación superior estaban llenos de

subversivos que el Sistema de Inteligencia los tenía identificados y como

siempre en esas cosas, justos pagan por pecadores. Detuvieron a muchos

inocentes por estar en el lugar y en el momento equivocado. Los subversivos

hicieron lo que ellos denominaron «limpieza social» y una noche

amanecieron asesinados en las calles, drogadictos, homosexuales y

prostitutas.

—Dentro de poco, ciudad Paraíso arderá en llamas y no habrá

abogados, políticos, médicos ni curas que apaguen tal incendio—explicaba el

profesor Amador Fonseca en su clase de sociología—. Y esto, ya no es

ningún secreto pues por todas partes del país se ha desatado la guerra

contra el Estado opresor y es solo cuestión de tiempo para que los

subversivos tomen el poder.

—¿No cree que está usted exagerando profesor Fonseca?—intervino

una alumna—. Su lectura de la situación es lo que recoge la prensa

sensacionalista ¿Debemos dar crédito a todo lo que sale en los periódicos?

110
Es cierto que la subversión está aumentando, que hay cosas que se les están

escapando de las manos a las autoridades pero, de allí pensar que los

subversivos tomaran el poder, hazme el favor, existe una gran diferencia.

Claro, el gobierno comete el error al subestimarlos, llamándolos delincuentes

comunes y abigeos.

—¿Exagerado yo? para nada preciosa, simplemente estoy siendo

realista —respondió Amador, golpeándose el pecho con aire paternalista—.

No debemos cerrar los ojos ante lo que está pasando. Claro, algunos

quisieran negar la realidad, pero la guerrilla ha surgido nuevamente en el país

señores, igualito que en los años sesenta.

—Y ¿Por qué se alzaron en esos años profesor?

—Porque no soportaban vivir en pleno siglo XX, en un país medieval,

donde unos pocos eran los dueños de los recursos naturales, mientras que

las grandes mayorías —los trabajadores— no tenían siguiera un lugar donde

vivir. Se alzaron en armas pensando tomar el poder.

— ¿Y, cuál era la concepción que tenían del país?

—Que la burguesía, llamada a trasformar la vieja sociedad feudal y dar

paso al nuevo sistema emergente, es decir el capitalismo, no podía cumplir

ese rol histórico en el país por varias razones, la más importante de ellas era

que seguíamos siendo un país semi-colonial, dominado por una oligarquía

cuya fuente de riqueza y de poder era la explotación de los recursos

naturales y la provisión de materias primas al sistema capitalista en lugar de

promover el desarrollo de la industria nacional, de la producción y

comercialización de bienes y servicios que el país necesita para su

desarrollo, incluyendo la exportación de productos manufacturados. Además,

111
para entrar en este nuevo sistema, primero tendríamos que convertirnos en

un país libre, una democracia donde todos pudiéramos decidir qué y cómo

producir, pero la oligarquía no estaba dispuesta a hacer ese importante

cambio porque no tenía una visión de desarrollo. Además, aquello afectaría

sus propios intereses, pues implicaba abrirnos al mercado y hacer que la

riqueza no solo fuera producida y beneficiara como ahora a unos pocos, sino

a todos gracias a las reformas sociales.

—Y en ese tiempo, ¿estaban dadas las condiciones para que los

campesinos y proletarios explotados quisieran tomar el poder con las armas?

—Para serles franco, cuando sus ideólogos plantearon que la guerra

popular iba a ser liderada por los campesinos, sólo unos cuantos empuñaron

el fusil. Las condiciones objetivas estaban dadas desde siempre. Sin

embargo, faltaba mayor concientización en el pueblo. Los explotados no se

habían planteado nunca en serio tomar del poder por las armas, sino

mediante la participación en elecciones democráticas donde siempre ganaba

la oligarquía.

—Y, ¿Por qué los subversivos no recibieron el apoyo de la izquierda?

—Inspirada en la Revolución Cubana, la izquierda se llenaba la boca

diciendo que en el país la revolución sería una creación histórica, sin calco ni

copia de la revolución socialista liderada por un partido marxista-leninista que

movilizara a los campesinos, obreros, estudiantes e intelectuales y por ello la

lucha tenía que hacerse desde el campo a la ciudad, en todas partes y desde

diferentes frentes. Los partidos de izquierda tenían sus propias posiciones

influenciadas por los dogmas del modelo soviético y chino; querían liderar la

revolución con las masas, con el proletariado por considerarla la vanguardia

112
de la revolución, tal como lo soñaron Marx y Engels. Sin embargo, desde

entonces, las cosas no habían cambiado mucho para evitar el resurgimiento

de la subversión, pues las condiciones objetivas están allí intactas, inclusive

se han profundizado, seguimos siendo un país que luego de oro y gas,

exporta pobres. ¿De qué nos sirve tener tanta riqueza natural si la mayoría

continúa viviendo en la pobreza y de ellos un tercio en la indigencia total?

—Aunque no estoy de acuerdo con sus métodos—opinó un estudiante

al final de la clase—, los subversivos exigen cambiar el status quo, las cosas

no pueden seguir así, tal como están. Pienso que la desigualdad y la

pobreza, tienen una causa común, la injusticia, principal problema que

tendríamos que resolverse profesor.

Los demás escuchaban, y uno que otro de vez en cuando decía estar

de acuerdo en las causas del problema con ciertos matices de enfoque, de

metodología pero unánimemente rechazaban la lucha armada. Querían evitar

que se produjera el caos, el desborde social y el resurgimiento de la

subversión que se nutría del descontento popular. Los estudiantes proponían

profundas reformas socio-económicas, políticas y culturales en el país.

Cambios que deberían atacar las causas y las raíces de la pobreza y no

simplemente sus efectos. Y ¿Dónde estarían esas causas? No había que ser

prestidigitador ni zahorí para saber que están en las estructuras económicas,

sociales, políticas y culturales del país; es decir, en cómo estaba conformado,

quienes decidían qué producir (o explotar) y quienes se beneficiaban de todo

ello.

Amador Fonseca explicaba que no se debería confundir pobreza con

desigualdad pese a que ambas categorías estaban íntimamente relacionadas

113
como las dos caras de una misma moneda. Los pobres, decía no solamente

viven (milagrosamente) con un dólar al día, según el Banco Mundial, sino que

han perdido también sus derechos a ser aceptados y tratados como personas

en una sociedad controlada por una élite que acumula riqueza y arrebata a la

mayoría el derecho de ser tratadas como personas. La desigualdad, sin

embargo, era esa gran brecha económica y social donde sólo unos cuantos

puede acceder y usar los recursos, mientras que el resto vive de las migajas.

Esa diferencia, esa injusticia era la madre del cordero. Por tanto, si

quisiéramos responder a la pregunta retórica de qué fue primero la pobreza o

la desigualdad, aquí si no hay duda alguna, se puede afirmar sin temor a

equivocarse que la desigualdad. De allí que buscar acabar con la pobreza,

tenía que hacerse atacando ambas cosas.

—Sin embargo, distribuir debe ir más allá del simple hecho de repartir,

—intervino un alumno que se sentaba cerca de la puerta—. Implica garantizar

el derecho a la educación, a la salud, a la protección, en suma, al desarrollo.

Una persona con una adecuada educación y un estado saludable tiene la

capacidad para generar riqueza y al hacerlo, logra primero la satisfacción de

sus propias necesidades (y por ende su propio bienestar), al mismo tiempo

que contribuye también a procurar el bienestar de los demás.

—Para que ello ocurriera—dijo Amador—, necesitábamos de una

profunda reforma social, económica y política. Aquí entra en juego el Estado

cumpliendo el rol que le corresponde: distribuir los recursos con justicia y

equidad, poniendo reglas de juego correctas y trasparentes al llamado libre

mercado. El Estado debe garantizar los derechos de toda persona sin

excepción y hacer que las leyes se apliquen a todos por igual. Eso sí nunca

114
debe entrometerse en el control de la producción de bienes y servicios que el

sector privado brinda porque aquello desmotiva la productividad y mata la

innovación y el emprendimiento.

En esos días, los pobladores de ciudad Paraíso se declararon en

huelga indefinida, rechazando la forma cómo el dictador confundido quería

imponer la regionalización anexándolo a uno de sus bastiones partidarios.

Aquello fue interpretado como una afrenta al orgullo y la dignidad de los

pobladores que plantearon a la dictadura una contrapropuesta para

convertirse en una región autónoma. Los campesinos, considerados las

fuerzas vivas de esa lucha, aprovecharon esa coyuntura para plantear acabar

de una vez y para siempre con la postergación histórica a la que los habían

condenado los gobiernos de turno.

Una mañana las paredes de las casas en ciudad Paraíso amanecieron

con pintas alusivas a la lucha armada, la subversión no quería seguir

actuando a escondidas, sino haciéndose notar para que todo el mundo se

enterara que ellos ya controlaban el país. Se suspendieron las clases en

todos los centros educativos y vino el Servicio de Inteligencia para evaluar el

asunto. Tomaron fotos de las pintas y dijeron que probablemente los autores

materiales e intelectuales de esas pintas se escondían en el propio campus

universitario.

Las noticias sobre el inicio de las actividades subversivas por todas

partes daban cuenta que se había acabado de joder el país, alcanzando la

categoría de republiqueta bananera controlada un dictador confundido que se

coludía con el narcotráfico y la subversión. Se leían en los titulares de los

periódicos que llegaban de la capital, y en la televisión de la incursión de

115
revoltosos en los pueblos y caseríos más alejados. El gobierno encargó al

Servicio de Inteligencia el control de la situación, pero ésta empeoraba día a

día como un cáncer y no quedaba ningún recóndito lugar que no estuviera

afectado por esa lacra social. Buscando dar una respuesta contundente y

extirpar el problema desde palacio de gobierno se dio la orden de militarizar

de lo que ya estaba el país.

Se corrían voces que la columna subversiva liderada por el

comandante Grillo iba tomar por asalto ciudad Paraíso y aquello preocupó a

la población porque se sabía que donde incursionaban no respetaban a

nadie, masacraban a hombres, mujeres, ancianos, niños, autoridades

municipales, gobernadores y dirigentes vecinales, y a todo aquel que no

quería unirse a su causa. Aquello hacía presagiar que los días sangrientos y

los tiempos de exilio habían llegado. La capacidad para camuflarse en el

bosque hizo que el comandante Grillo tuviera fama de poseer el don de la

invisibilidad a tal punto que el otrora Capitán y ahora General responsable del

Frente Antisubversivo del Ejército de ciudad Paraíso, reconociendo el fracaso

de sus métodos convencionales, ofreció por su captura vivo o muerto una

recompensa de cincuenta mil dólares.

El comandante Grillo derrotó en sangrientos combates a la Policía y al

Ejército en los valles del Huallaga, el Mayo, y el Caynarachi. Y, cada vez que

lo tenían cercado, lograba escaparse, haciéndose invisible como el aire a tal

punto que el General comentó en una reunión en el palacio de gobierno que

e que jamás en sus veinte y tantos años de experiencia y entrenamiento

militar había conocido a alguien con tal capacidad para moverse y camuflarse

en la selva como ese delincuente que se hacía llamar comandante Grillo.

116
Decían los lugareños que aquel cabecilla subversivo tenía poderes

sobrenaturales para transformarse en un árbol o en un animal pues había

adquirido gracias al ayahuasca, la capacidad de dominar la mente con la

ayuda de un chamán que custodiaba los linderos de la cordillera Escalera.

Quienes lo habían visto y escuchado en los pueblos y caseríos donde había

incursionado, lo describirían como un hombre flaco, atlético y con una gran

capacidad para convencer y persuadir incluso a los más resistentes y

escépticos a la causa de la revolución comunista. Tenía la manía de

sustentar lo que decía con citas bibliográficas. Y su fama sobrepasó los

confines locales y nacionales que un día llegó la BBC con el propósito de

entrevistarlo. Sin embargo, no fue fácil localizarlo porque sus seguidores más

cercanos habían estrechado un casi impenetrable cerco de seguridad a fin de

evitar que el Servicio de Inteligencia (que había ofrecido una recompensa por

su captura) lo identificara y cualquier movimiento sospechoso en la población,

estaba siendo vigilado.

—No son poderes sobrenaturales los que posee ese subversivo, sino

el respaldo que le brinda de la población que está dispuesta incluso a dar la

vida con tal de protegerlo de sus enemigos—comentó Patricia en su

programa de televisión.

Personalmente decidió investigar al escurridizo personaje cuando supo

que en esos días en alguna parte de la ciudad, muy cerca al aeropuerto, en

una huerta de árboles de plátano abandonada, el comandante Grillo se

reunía todas las noches con sus huestes. Supo que sucedía lo mismo al otro

lado del río, en un terreno abandonado, donde otrora se realizaba la Feria

117
Agropecuaria y Artesanal de la Amazonía y de igual manera la gente decía

que lo vieron en tal o cual barrio de la ciudad.

Sin embargo, aquello era una estrategia psicosocial del Servicio de

Inteligencia para confundir a los propios subversivos que habían logrado

proteger con éxito la identidad de su líder, que se desplazaba a sus anchas

en ciudad Paraíso a altas horas de la noche. El Ejército patrullaba los barrios,

mientras que la Policía Nacional al no tener los recursos tuvo que renunciar a

ese mandato dejando todo en manos de los militares.

Cuando Grillo supo que la BBC quería entrevistarlo, le agradó la idea

pues quería aclarar las leyendas que se tejían sobre él y envió a una emisaria

que se contactaría con Patricia (a debido a su independencia, la consideraba

una periodista con agallas). Se hicieron los arreglos para la cita y el Cream

Rica fue el lugar convenido para el contacto.

—Soy Mónica—se presentó una chica con una falda diminuta que dejó

por un instante virolo al muchacho de la BBC—. Saldremos en diez minutos,

pero terminen tranquilos sus helados.

Abordaron una moto-taxi, que los llevó hasta una gasolinera a la salida

de la ciudad y desde allí un auto los condujo hacia Lago Azul; cruzaron el río

en una balsa cautiva; el carro patinó raudo por la escarpada carretera y se

detuvo en la cúspide del cerro Punta del Gallinazo. Desde allí se veía el valle,

el río brillaba como una gigantesca serpiente al reflejarse el sol en sus aguas

y desde esas alturas se sentía el aire fresco, mientras que, por el llano

ascendían las termópilas, moviendo los maizales y haciendo planear a los

gallinazos que con sus alas extendidas se posaban en las cumbres. A un

costado se encontraba un inmenso peñón a punto de desprenderse hacia el

118
acantilado. Aquel bloque de granito servía de señal para un pasaje secreto,

camuflado a los ojos de los viajeros con los gramalotes. Bajaron por el

escabroso camino al fondo del acantilado cubierto de arbustos, enredaderas

y una alfombra de helechos. Una vez en el llano, encontraron una choza cuyo

techo de hojas de yarina, dejaban filtrar los rayos del sol como filudos

cuchillos tocando el suelo.

—Patricia Lezcano bienvenida a Punta del Gallinazo—salió con el

rostro sin pasamontañas del fondo de la choza el comandante Grillo—.

Quienes me persiguen creen que soy un fantasma, tú estás confirmando que

soy de carne y hueso. Ahora ha llegado el momento para que se sepa quién

soy. Todo este tiempo en la clandestinidad me ha servido para organizar el

Frente Nororiental y como lo estás viendo, la gente nos ha escuchado, ha

seguido nuestra propuesta y está dispuesta a dar la vida con tal de alcanzar

la liberación de la explotación y el subdesarrollo.

Patricia se quedó mirándolo, alelada, no podría ser, tanto tiempo sin

verlo, creía que se había ido lejos debido a las amenazas de los liberales,

que lo habían matado, pero allí estaba, la frente ancha, el pelo ensortijado

llegándole a la nuca, los lentes más gruesos debido al aumento de su miopía

y ese cuerpo de músculos notorios gracias al kung fu, no podía ser de otro

que el profesor Gilberto Santibáñez. La noticia sería una bomba, la gente no

lo iba a creer, los estudiantes menos todavía, si siempre sostuvo que estaba

en contra de la lucha armada. Bueno, sólo Dios y los imbéciles no cambian.

«Pero en su caso el cambio fue un retroceso», pensó Patricia.

A la mañana siguiente en el noticiero se emitió la entrevista que le

hiciera la BBC al comandante Grillo.

119
—No puede ser que ese delincuente salga en televisión —golpeó la

mesa del restaurante del hotel, mientras tomaba su desayuno el General

Lezcano—. ¡Santibáñez¡ miren pues ¿quién lo hubiera creído no?, ¿con

razón ya no lo veíamos por acá?, dijeron que los liberales lo habían matado,

otros que había regresado a su tierra para no volver jamás; amargado, herido

en su amor propio, pues nunca se había enamorado tanto como, aquella vez

de una de sus alumnas. Ni siquiera esperó a que ella terminara el semestre

para proponerla que vivieran juntos. No sé, tienes que hablar con mis padres,

yo sí quiero, pero ¿qué dirán ellos? Y, un fin de semana viajaron al pueblo de

la muchacha para conversar con su familia. Que más iba a hacer su padre si

el profesor ya había tenido contacto carnal con su hija y aceptó esa relación,

los bendijo a ambos, deseándoles que fueran felices y prometió regalarles un

pedazo de tierra para que hicieran su casa en el pueblo. Pero la pareja

prefirió alquilarse un departamento que lo amuebló a su antojo. Ella le pidió

que le comprara una moto para que fuera a sus clases, y de allí al hospital

cuando le tocaba hacer guardia. Es que el internado es así pues amor, bien

saturado. Entonces Santibáñez aceptó, le compró la moto y ella salía todas

las tardes cuando el sol ya no quemaba tanto a visitar a sus amigas. Ya

vuelvo en un ratito se despedía besándole en la mejilla. ¿A qué hora

regresas? ¿Puedo acompañarte? Sí, por supuesto, puedes venir y así

conoces a mis amigas ¿Acaso desconfías de mí? No, para nada, mejor me

quedo, tengo que preparar mi clase, vete sola, eso sí, maneja con cuidado.

Por su mente pasó lo que había escuchado cuchichear a sus colegas: «Su

hembrita era una pendeja le sacaba la vuelta, con un médico en el hospital».

No creía, pensaba que era por envidia, por picones porque ella era joven y

120
muchos hubieran querido estar con ella. «La tiraba en el cuartito al final del

pabellón de operados cuando ambos coincidían en las guardias». Después

de tanto escuchar esos rumores, Santibáñez recién se puso mosca. El día

que ella tuvo guardia no la llamó; se fue directo al hospital y halló que las

cosas aparentemente estaban tranquilas, había un solo paciente en la

emergencia y el huachimán medio dormido le dijo que la señorita interna

estaba trabajando. Santibáñez regresó con un cuarto de pollo y una gaseosa

y así pudo pasar para hablar con ella pero ya una compañera le había

pasado el dato. La chica llegó con el pelo desordenado y la cara roja y

Santibáñez quiso darle un beso en la boca, pero ella le entregó la mejilla.

¡Qué milagro, a qué se debe tu visita!, fingió sorprenderse. Sólo pasaba y

quise saludarte, pero ya me voy ¿Está todo bien? Sí, no hay mucho trabajo.

El jueves de esa semana, Santibáñez decidió seguirla en una moto-

taxi; ella dijo que iba a dar un paseo y se fue por el balneario y entró en una

discoteca. Él esperó agazapado como un chullachaqui detrás de un quiosco

hasta que el local se llenara y cuando la música estaba a todo volumen,

ingresó al local y vio a las parejas bailando apretaito, apretaito el meneíto, el

meneíto... En la pista de baile, no cabía una persona más; Santibáñez se

paró detrás de una columna, aspirando el olor a tabaco sudor y axilas que se

impregnó en su cuerpo. Pidió tres cervezas chicas y se las tomó al toque.

Sus ojos no dejaban de mirar por todas partes, a los costados, en la barra, en

los baños. Se movió entre las mesas sin ser percibido, sin rosarse con los

cuerpos y tan ágil como un grillo y se detuvo en un claroscuro sin ser visto y

si alguien lo hubiera notado, no lo habría reconocido. Al frente, en el

escenario, las bailarinas movían el cuerpo quien sabe a cuántas revoluciones

121
por minuto y sus protuberancias vibraban al chocar con el láser que revotaba

en sus cuerpos, creando cuadraditos multicolores. Se quedó perplejo, sintió

la taquicardia, la sangre que le llegaba a la cara y un fuerte nudo en la

garganta al verla a cinco metros de distancia, separada sólo por una mesa

llena de botellas vacías. Ella se besaba con su amante en el sofá, tratando de

acomodarse la falda que se le corría y quiso evitar que se le viera el calzón

que resaltaba con las luces fosforescentes. Santibáñez se quedó tieso como

una pared y sintió la contracción de sus músculos, apretó los puños, rechinó

los dientes y sus ojos inyectados, miraron las bocas y comisuras que se

entrelazaban en un prolongado beso.

Recién cuando cambió la música los amantes se separaron y se

dieron cuenta que alguien estaba allí mirándolos, mucho más inmóvil que la

columna donde apoyó para no perder el equilibrio por tanta rabia. ¡Profe…

qué…haces…aquí! balbuceó ella subiéndose la falda con el rostro, pálido y

su sangre helada electrizándole todo el cuerpo. Se paró como impulsada por

un resorte y salió disparada, cual huangana escapando del perro montaraz,

dejando a toda su mancha en la disco.

El General protestó ante el administrador del canal por dar empleo a

una comunista que en confabulación con la BBC estaba haciendo apología al

terrorismo y al día siguiente Patricia fue despedida. Como jefe máximo cívico-

militar de ciudad Paraíso, señaló que el reportaje propalado no contribuía a

fortalecer la paz, la democracia y la gobernabilidad en el país. Amenazó con

llevarla a la cárcel y por ello, Patricia decidió regresar a la capital.

—Te ha llegado una carta de la Fullbright, le dijo su madre ¿estás

postulando a una beca?

122
—Sí, no te lo quería contar, ábrela por favor y dime que dice.

—«Le informamos que su solicitud a una beca en la Universidad de la

Florida ha sido aceptada, por favor acercarse a nuestras oficinas para

continuar con los trámites del proceso».

123
OCHO

En un campamento enclavado en plena selva, el comandante Grillo, impartía

lecciones sobre la historia y fundación de ciudad Paraíso, que en los

próximos días él y su grupo de setenta subversivos planeaban tomar por

asalto. Describía que el origen de ciudad Paraíso se remontaba a la época de

la expansión del imperio incaico; a los tiempos de la resistencia del pueblo

Chanca, aguerridos guerreros descendientes de un líder Ancoallo que según

la leyenda, habría salido de las profundidades de una laguna andina con el

propósito dirigir la resistencia de su pueblo en defensa del afán expansionista

de los incas. Luego de haber logrado varias victorias, el líder Chanca, fue

derrotado pero nunca capturado por sus enemigos. Había sido la

superioridad numérica de los incas más que su estrategia militar, el factor

decisivo para que Ancoallo fuera vencido y poner fin a su intento de tomar el

Cusco, la capital del imperio incaico. Escapó con un puñado de seguidores

hacia la Ceja de Selva, donde vivió escondido hasta su muerte en la cumbre

más alta de Lamas, la ciudad de tres pisos naturales.

Cuando Pedro de Ursúa y su lugarteniente, Lope de Aguirre llegaron a

la Ceja de Selva en la segunda mitad del siglo XVI, organizaron varias

expediciones con la intención de encontrar el legendario Dorado. Asesinaron

indígenas que no se unían a su causa, pues para ellos, la vida de los nativos

valía menos que la de una carachupa. Los oriundos resistieron en feroces

combates, sin embargo, debido a lo avanzado que representaba la tecnología

del arcabuz frente a la lanza, en ese entonces, los españoles vencieron,

llevando a los indígenas casi a la extinción. Hombre de mediana estatura, tez

124
blanca resecada por el sol y pelo hirsuto que le cubría la frente, Lope de

Aguirre era el más temido de todos. Tenía la mirada dura y brillosa de un

lunático, lo que le daba un aspecto aterrador hasta a sus propios hombres

que lo apodaron el loco. Caminaba con una cojera, consecuencia de una

antigua herida en su pierna derecha obtenida en una batalla en España. Dice

la leyenda, que lo vieron siempre acompañado de su hija Elvira, una bella

joven de apenas dieciséis años. Aguirre era un padre muy celoso y no

permitía que ningún muchacho se la acercara, menos aún cortejara a tal

punto que obligaba a su hija a dormir en la misma cama. Aquello hizo que

Elvira viviera en un infierno. Se sentía el ser más miserable en la tierra hasta

que un día al no soportar tanta humillación, tanto sufrimiento, la poca energía

que le mantenía viva se extinguió y amaneció muerta en el lecho de su padre.

Aguirre maldijo a Dios por haberle arrebatado a su hija y en las noches se

levantaba con sobresaltos al no soportar el tormento de su propia conciencia.

Días después decidió sublevarse contra Pedro de Ursúa y se declaró con sus

seguidores los Marañones en rebelión contra el Rey Felipe II. Para lograr el

control absoluto de los hombres de la expedición del Dorado, Aguirre mató

sin piedad ni motivo a todos los que hallaba a su paso, por el sólo placer de

para saciar su sed de odio y venganza. Si alguien estaba triste o no sonreía

cuando él lo notaba, le atravesaba con la espada la garganta; si había

alguien que estaba alegre o demasiado eufórico, Aguirre estaba seguro que

era porque esa persona estaba tramando alguna conspiración en su contra,

entonces lo asesinaba u ordenaba que otro lo hiciera y así iba diezmando a

su propia tropa. Pero los Marañones no aguantaron más esa locura y pese al

temor que los había infundido, lo asesinaron en Barquisimeto y desde ese

125
tiempo su espíritu errante recorre los ríos y médanos de la selva sin encontrar

la paz, pues el mismo había dicho que prefería irse al infierno porque allí se

encontraría con Julio César y Alejandro Magno con quienes tendría la

oportunidad de hablar sobre temas interesantes, mientras que en el cielo

estaba la gente cuya vida era sencilla y de poco interés para él ¿Sobré que

cosa podría hablar con un pescador o un campesino?

Era noche de luna llena y los cantos de los insectos generaban un

concierto de sonidos chirriantes y armoniosos que rompían la monotonía del

bosque, erizando la piel a cualquiera que no estuviera familiarizado con el

lugar.

—Me siento más seguro al escuchar la melodía de mis hermanos los

Grillos, bromeaba el comandante, celebrado por sus subalternos.

De repente, el concierto fue interrumpido por un par de monos

nocturnos que en esos momentos se apareaban ruidosamente aprovechando

la luna llena en la copa de un renaco. Los hombres asustados creyendo que

eran los militares, pusieron sus AKM en ristre.

—No se preocupen camaradas no son más que un par de chosnas

que vienen a visitarnos—dijo el comandante enfocando con su linterna hacia

el dosel del bosque.

Cuatro potentes ojos reflejaron hacia abajo la luz de la linterna. Las

peludas criaturas se quedaron quietas al ser sorprendidas en posiciones

amatorias en una de las ramas del renaco y siguieron en lo que ya habían

iniciado sin importarles la interrupción de los voyeristas.

Después de este incidente, el silencio del bosque volvió a ser el mismo

y para romper nuevamente la monotonía, el comandante decidió contarles

126
otra historia antes de que todos (a excepción de los que tenían que hacer la

guardia nocturna), se retiraran a descansar para así estar listos para

planificar al día siguiente una de las operaciones más importantes y

temerarias: la toma de ciudad Paraíso.

Existe también una dramática leyenda sobre el origen de ciudad

Paraíso—coloca más leña a la fogata y con un tizón, enciende un cigarrillo el

comandante Grillo—.Cuentan que del exterminado pueblo de los Cumbazas,

a manos de los sanguinarios conquistadores, sobrevivieron gracias a que

jugaban por los alrededores de la aldea dos hermanitos: un niño y una niña,

quienes no se percataron de la masacre de su familia la madrugada cuando

atacaron su aldea para robarles el oro que creían poseía ese pueblo de

menos de una veintena de casas, enclavado en un valle habitado por plantas

y animales prehistóricos. Al regresar y enterarse de la desgracia, los

hermanitos lloraron inconsolablemente durante varios días y noches sin que

nada ni nadie pudiera calmar su dolor. El dios Apu que todo lo ve se

compadeció del sufrimiento de las criaturas huérfanas que sin tratar de alterar

el curso de los hechos, quiso compensar en algo esa desdicha,

protegiéndolos de todo peligro y los trasformó en criaturas mitológicas. Al

niño lo convirtió en un bravísimo toro, tan negro como sólo pueden ser las

noches sin luna llena en la selva; cuyos bramidos producían feroces

tormentas eléctricas que hacían enmudecer y temblar de miedo y buscar

refugio a los animales y la gente; las lágrimas del niño originaron las aguas

del río Shilcayo. Mientras que la niña fue convertida en una ninfa del bosque

tan linda como una mariposa que camuflándose entre las orquídeas que

abundaban en el lugar, encontró refugio en las faldas del cerro Escalera,

127
donde iba a estar protegida por el tupido bosque y su hermano, no sólo del

acecho de los humanos, sino también de cualquier sátiro.

Cada vez que los conquistadores querían llegar al cerro Escalera,

surcando el cauce del río, se desataba una tormenta que ennegrecía el día y

los hacía desistir de su intento. Sin embargo, la ninfa del bosque, no pudo

soportar la nostalgia de haber perdido a sus padres y un día, descendió por

las faldas de la cordillera hasta llegar el lugar donde antes estado su aldea,

sin percatarse que había sido descubierta por un arcabucero, quien tanta

belleza en ese extraordinario ser, quiso hacerla suya. Al darse cuenta de sus

intenciones, la ninfa trató de escapar y corrió y voló todo lo que pudo, pero el

sátiro al darse cuenta que no iba a alcanzarla, disparó su arcabuz contra la

indefensa criatura, hiriéndola de muerte. Mientras ella ensangrentada

agonizaba, sus lágrimas se convertían en una laguna, que envolvió

rápidamente al criminal a pesar de sus vanos intentos por nadar, clamar por

ayuda y tratar de mantenerse a flote chapoteando, la orilla se alejaba cada

vez más hasta perecer ahogado. Lo que quedó cuando ya todo fuera

consumado fue la laguna, hoy, seca, y desaparecida por la modernización

que las autoridades decidieron convertirla en uno de los barrios más céntricos

de ciudad Paraíso.

No fue sino hasta después de muchos años que los descendientes del

general Ancoallo, llegaron a las orillas de la laguna, en aquel tiempo, una

inmensa colpa muy asediada debido a la abundancia de animales que venía

a beber de sus cristalinas aguas y a comer los frutos del aguaje y la shapaja.

Había allí peces de todo tipo y tamaño que le daban un misterioso resplandor

128
dorado lo que hizo que los españoles creyeran que en el fondo de la laguna

se encontraba lo que andaban buscando, el Dorado.

En un principio sirvió de colpa de los animales más cotizados (debido

al sabor de su carne) por los pobladores, entre ellos: venados colorados,

picuros, carachupas, motelos, paujiles y hasta perdices de doble pechuga.

Por eso es que los montaraces, regresaban varias veces al lugar para

aprovisionarse de la carne y el pescado, hasta que poco a poco, sin que se

dieran cuenta, se fueron quedando e instalando con sus familias en las orillas

del lago. En aquella especie de paraíso terrenal —acentúa su relato el

comandante Grillo ante las atentas miradas de sus subalternos—. Al único

depredador que conocían los animales en ese tiempo era al otorongo pues

ignoraban el peligro que para ellos representaban los humanos. Al inicio,

había una relación harmónica entre animales y humanos. Aquellos

cuadrúpedos no huían, sino que dócilmente como mascotas, ingresaban en

la cocina buscando alimentarse, husmeando en las paredes de barro y caña

brava; se frotaban en los horcones y en las esquinas de las bancas de

troncos y se iban sin prisa, tan seguros de sí mismos como si estuvieran en

su propia madriguera. Por ello, nadie tenía necesidad de perseguirlos para

cazarlos, sólo los llamaban como hacían con las gallinas al alimentarlas,

imitar el cacareo de los gallos. Durante el tiempo que duró la abundancia,

nadie tuvo necesidad de utilizar la fuerza ni gastar energía en persecuciones

y menos aún disparar una lanza o una flecha.

La abundancia de cardúmenes de boquichicos, gamitanas, sábalos,

mojarras y bujurquis, cuyos lomos brillaban al reflejo del sol se debía a la

escasa presencia de depredadores feroces como la yacumama, el lagarto

129
negro y la anguila eléctrica. Era una tierra fértil donde florecían frutales como

el caimito, el humarí, la chonta y el sapote, y plantas comestibles como el

bombonaje, el bijao y el dale-dale cuyos tallos, hojas también eran utilizados

en la preparación y conservación de los alimentos. Los pobladores ya habían

descubierto la pona, cuya corteza dura como el acero servía para la

construcción de los cercos y entablados de las casas. De igual modo sucedió

con el tamishi, una liana tan resistente y flexible como el alambre que servía

para amarrar los horcones y las vigas. Y, para cubrir el techo de las casas,

hacían uso de las hojas de yarina y shapaja que no dejaban pasar un sólo

resquicio de agua y luz, pues resistían las tempestades y las torrenciales

lluvias, brindando un ambiente refrescante y agradable durante los días de

calor. Utilizado como envoltorio por excelencia en la elaboración de los

juanes, estaba la hoja del bijao que mejoraba también el sabor y la

preservación los alimentos.

Según han escrito los cronistas, el origen del nombre de ciudad

Paraíso tendría al menos dos versiones: La primera, provendría del hecho

que quienes la fundaron, encontraron a orillas de la laguna abundantes

palmeras y por eso la llamaron paraíso. La segunda, sostiene que el nombre

es la combinación de vocablos o dialectos indígenas que traducido al

castellano quiere decir lugar donde se hacía el trueque.

Tuvieron que morir y nacer muchas generaciones antes de que se

diera la fundación española de ciudad Paraíso como tal, y, todos esos años

fueron de abundancia y bienestar hasta que llegó el tiempo de la escasez y

las penurias a tal punto que ya no era fácil de obtener la carne del monte

pues los animales, se volvieron huraños y los peces escurridizos.

130
—Se vienen tiempos difíciles hermanos—había pronosticado Ancoallo.

Al principio creyeron que la escasez era producto del aumento de la

población, sin embargo, aquella hipótesis fue descartada cuando

descubrieron que la laguna tenía su madre, una enorme yacumama que se

alimentaba de los mismos recursos que servían de sustento a las familias: los

peces del lago y los animales de la colpa. La silueta de esa enorme boa

constrictora fue vista por los pobladores en contadas ocasiones durante el

día, cuando el sol iluminaba sin clemencia las aguas cristalinas. Desde la

colina de su tambo, Ancoallo identificó el lomo de la yacumama que

dormitaba enroscada (como una ruma de llantas) en el fondo trasparente.

Tenía la cabeza tan grande como un batán y con solo abrir y cerrar la boca,

atestada de filosos dientes, se alimentaba de todo aquello que solía

acercársele.

Nadie tenía la menor duda que los cardúmenes de peces en el lago y

los animales que llegaban a la colpa habían disminuido por causa de la

yacumama. Debido a su forma de alimentarse, con el tiempo, su tamaño llegó

a tener proporciones descomunales que asustó de veras a los pobladores.

«Tiene nueve metros de largo y el grosor de un tronco de shapaja»,

sentenció el jefe de la tribu, cuando en la pampa contigua, extendieron el

cuerpo hecho pedacitos el día que la mataron.

Según dicen los cronistas, la yacumama, había estado viviendo allí por

siglos sin que nadie notara su presencia. Primero dio cuenta de los

cardúmenes de mojarras y bujurquis, —es decir de los bocaditos— y, cuando

estos se acabaron, les puso el ojo a los espinosos boquichicos, pacos y

gamitanas. Luego de satisfacerse de esos manjares, se comió a los peces

131
gordos: los tremendos paiches y zúngaros. Lo mismo hizo con los lagartos

negros. Se escuchaba el retumbar de coletazos y chapoteos de esas

inmensas presas que en vano se resistían a ser devoradas, pues los anillos

constrictores de aquella bestia eran más fuertes que cualquier cabezazo de

los paiches y zúngaros y los coletazos de los lagartos. Al final, sólo quedaron

las carachamas y los bagres, debido a su capacidad para camuflarse en el

lodo, y fueron los únicos peces encontrados el día en que se desaguó la

laguna.

Los vecinos que habitaban en la orilla, fueron los primeros en notar la

desaparición de sus gallinas, patos y cerdos que al principio cuando éstos

fueron pocos, aceptaron con resignación que se trataba de la ley de la vida:

comer y ser comidos y que sobre ella, no había nada que pudiera hacerse

menos aún interferir en lo que la naturaleza había decidido.

Un día, mientras celebraban una fiesta, escucharon un largo siseo,

seguido de un tremendo chapuzón que los hizo salir apurados de sus casas

para curiosear lo que pasaba. Se quedaron estupefactos cuando vieron

atónitos, emerger de las aguas a la enorme yacumama y atrapar en un abrir y

cerrar de ojos, rápida como un relámpago, al perro de Ancoallo, la mascota

más querida. En unos segundos, la yacumama lo enroscó con sus potentes

anillos constrictores y entre aullidos y ladridos lastimeros, Saltarín luchaba en

vano tratando de desprenderse de su captora que lo apretaba hasta dejarle

sin aliento. Luego se escuchó un crujir de huesos y del pobre animal sólo

quedó una bola de pellejo que la bestia engulló de a poquitos empezando por

la cabeza hasta finalizar con las patas por si acaso intentaría escapar.

132
Aquel macabro espectáculo colmó la paciencia del pueblo y ese

mismo día, decidieron acabar con el monstruo. La imagen del perrito pidiendo

auxilio sin que nadie pudiera hacer algo para salvarlo produjo tal conmoción

en la gente que sin pensarlo dos veces organizaron un plan (encabezado por

Ancoallo) para matar a la yacumama; no por venganza, sino para

salvaguardar la vida de todos, especialmente de los niños que podían ser las

siguientes víctimas.

Sin embargo, no había arma de fuego (retrocarga, escopeta,

avancarga o similar), lo suficientemente potente que pudiera matarla;

tampoco podían hacerlo con lanzas porque la yacumama había desarrollado

tal capacidad instintiva para detectar el peligro que parecía entender

cualquier intención humana para hacerle daño y respondía en el acto. Como

medida de precaución, Ancoallo dio instrucciones para que ninguna persona

se acercara a la orilla y que las madres mantuvieran a sus criaturas muy lejos

de la laguna. Pasó una semana, y sin recuperarse todavía de la ira, los

pobladores desaguaron la laguna. Con mucha paciencia y organización,

llevaron a cabo el plan pero alguien que se opuso hizo correr el rumor de que

si mataban a la madre de esa laguna, se producirían sequías, inundaciones y

hambrunas que harían desaparecer a ciudad Paraíso.

—Hagamos oídos sordos a temores infundados—dijo frente a esto

Ancoallo optimista como siempre—. He visto en mi toma de ayahuasca que

aquello no va a pasar, por el contrario en el fondo se encuentra sepultada

bajo el lodo la ciudad perdida del Dorado y mañana habrá suficiente oro para

que no exista ningún pobre en el pueblo.

133
Se abrieron zanjas y canales desde las orillas para drenar el agua en

diferentes direcciones. Cuadrillas de hombres y mujeres trabajaron en turnos

durante varios días hasta secarla poco a poco y ver aparecer un espinazo

negro y encorvado que se desenredaba buscando abandonar su ancestral

recinto, mientras los cardúmenes de bagres y carachamas chapoteaban en el

lodo. Sin darle tiempo para salir de la cocha y atacar a sus agresores, la

yacumama fue embestida de manera sincronizada por una treintena de

hombres armados con afiladas hachas, machetes y lanzas untadas con el

curare paralizador. Minutos más tarde, ésta yacía muerta cortada en mil

pedazos a un costado de lo que antes había sido la laguna.

En el fondo no encontraron ninguna ciudadela de oro, en su lugar una

gruesa capa de coral, acumulada con el paso de los años servía de refugio a

los bagres, carachamas y shiruis (con pulmones rudimentarios) que les

permitían vivir fuera del agua y desplazarse por tierra firme, emitiendo

sonidos asmáticos.

134
NUEVE

Cuando Roberto Cifuentes postuló a una de las cuatro carreras que ofrecía la

recientemente creada Universidad en ciudad Paraíso, no sabía por cuál de

ellas se iba a decidir, si por una de las tres ingenierías o por la de obstetricia.

Tenía muchas dudas, ¿qué estudiaría?, ¿qué iba a ser de su futuro?,

¿quiénes serían sus maestros?, ¿de dónde vendrían y qué aprendería de

ellos?

A medida que pasaban las semanas y los meses en la academia,

Roberto fue conociendo a quienes iban a ser sus profesores; la mayoría de

ellos, nunca había estado antes en la selva de allí que la comida y las

costumbres les resultaban extrañas. Se quedaban boquiabiertos al ver a las

chicas en ropas diminutas, acostumbrados en su tierra a usar chompas,

casacas y chalinas. Y, en cuanto a la comida, lo que más les llamó la

atención fue el inguiri, «No sabe a nada» decían. Sin embargo, era infaltable

en la mesa del poblador de ciudad Paraíso. ¿Qué era lo que les había atraído

a ese lugar?, se preguntaba el pre-universitario. ¿Acaso ese afán aventurero

y explorador de todo ser humano, buscando conocer otros lugares, otras

personas, otras culturas y aprovechar las oportunidades que les deparaba la

vida, escapando de la monotonía y el estrés que producía la capital?

En la cola para la inscripción, Roberto recordó las palabras de su

padre: «Tienes que ser alguien en la vida porque se vienen tiempos difíciles».

Aquello le rondaba la cabeza, un sentimiento de culpa por no acompañarle a

comprar los cerdos y dejó que él solito se fuera, acompañado de uno de sus

empleados un indio matarife. Su madre había hecho sacrificios para lograr

135
que Roberto pudiera terminar el colegio y desde pequeño aprendió a ganarse

la vida vendiendo caramelos en la plaza de Armas. ¿Cómo podía darse el

lujo de preguntarse si tenía o no vocación? Si el hecho mismo de estudiar

una carrera (para él que trabajaba duro para ganarse el pan de cada día y

ayudar a su madre en el cuidado de sus hermanos) era ya de hecho un éxito.

Resonó en su memoria las palabras del profesor Santibáñez sobre las

«disquisiciones pequeñoburguesas» que atormentaban a los jóvenes que en

vez de dedicarse de lleno a la revolución se entregaban a la holgazanería.

Quizás debía ser más práctico y sensato como hubiera querido su padre,

estudiar cualquier carrera universitaria y ponerle toda la pasión. ¿Estaba

siendo egoísta al pensar primero en él más que en sus hermanos? La fila

avanzaba lenta como un caracol ante el inclemente sol de ese día. Con el

fólder manila bajo el brazo que contenía su solicitud, sus fotos tamaño carné

en fondo blanco y sin anteojos oscuros y el recibo de pago de admisión del

Banco de la Nación, Roberto leía y releía el prospecto, tratando de hallar

alguna luz, propósito, objetivo y cualquier contenido que lo iluminara para

elegir la carrera a la que iba a postular. Un muchacho entregó una ficha mal

llenada y le pidieron que rehiciera su solicitud, haciendo aún más larga la

espera en medio de las protestas y silbatinas de quienes buscaban con

desesperación alcanzar la vereda para protegerse del sol.

Cuanto hubiera querido Roberto tener un año sabático, conocer un

poco más su país y viajar a la capital antes de meterse a la universidad, pero

aquello era un lujo para él. Pensó que tal vez en lugar de ingresar a la

universidad, le iría mejor vendiendo caramelos y cigarrillos en la plaza de

Armas pero se dio cuenta que aquello era una actividad que no le sacaría de

136
misio y decidió meterse al negocio de los pesticidas y agroquímicos. Bajo la

sombra y el calor del techo de calamina Roberto tuvo un momento de lucidez

y decidió postular a ingeniería agroindustrial, atraído más por el nombre que

por tener claro de lo que se trataba.

—Un híbrido entre la agronomía y la ingeniería industrial—Comentó

Amador Fonseca que estaba postulando a obstetricia luego de concluir sus

estudios de filosofía en Jaén.

Se sentaron a la sombra de un frondoso árbol de mango que adornaba

el patio interior del campus universitario, esperando protegerse del calor.

—¿Por qué te inscribiste en agroindustrias?—preguntó Amador

—Porque no tengo otra alternativa—dijo Roberto—. Un profesor de la

academia, que se graduó en la Agraria me dijo que la currícula de

Agroindustrias, se parecía a la de industrias alimentarias.

—¿Por qué entonces no se llama industrias alimentarias en lugar de

agroindustrias?

—Es la misma pregunta que me hago y se la hice al profesor—se secó

el sudor de la cara con papel higiénico—. Lo que pasa es que la selva

requiere industrializar lo que produce: el arroz, las menestras, las frutas

tropicales y también la acuicultura fue lo que ese profesor me dijo y que no

bastaba con que ciudad Paraíso tuviera ingentes recursos agro-biológicos,

necesita también de tecnología moderna y los campesinos, requieren de

mejores conocimientos para obtener productos que demandaba el mercado

local.

Cuando Roberto tenía doce años, asesinaron a su padre y a partir de

allí él tuvo que trabajar y estudiar. Ese día su padre fue a comprar cerdos en

137
una comunidad ubicada a cuarenta kilómetros de ciudad Paraíso, días antes

de las fiestas navideñas. Lo más terrible de todo fue que el asesino había

sido su propio ayudante en quien había depositado toda su confianza y le

enseñó el oficio de matarife, al que se dedicó desde que era un adolescente,

adoptándolo como su principal medio de vida. Recorría caseríos, pueblos y

villorrios comprando reses y cerdos que transportaba al camal de ciudad

Paraíso. Su ayudante lo convenció para que salieran al despuntar el día y

confiando ciegamente le entregó la Winchester calibre doce que llevaba en

bandolera cada vez que transitaba por aquellos parajes donde de cuando en

cuando se cruzaba con alguna manada de sajinos, algún venado asustado o

un despistado majás, animales cuya carne era más apreciada que la del

cerdo y la vaca. Tenía que ir siempre con la Winchester por si acaso lo

sorprendía en el camino el otorongo. Esa tarde había visto las huellas de ese

felino impregnadas en el lodo del camino y era mejor estar alerta, antes que

verse sorprendido y derribado por sus moquetes; no quería tener la mala

suerte de sentir sus filosas garras destrozándole las entrañas y sus fauces

rompiéndole los huesos como si fueran galletas pues era mejor tener una

retrocarga y no usarla que necesitarla y no tenerla.

Habían caminando ya varias horas y al llegar a un recodo: «vaya usted

nomás adelantando patrón que ahorita le doy el alcance pues el cuerpo me

pide hacer mi necesidad», le dijo el ayudante. Y, así lo hizo, se adelantó el

patrón sin acelerar el paso hasta que, luego de unos minutos, escuchó un

disparo que le destrozó la espalda mientras todo a su alrededor se

oscurecía. En contados segundos pensó en su vida, su familia ¿Qué

sucederá con su mujer y sus hijos? ¿Quién se haría cargo de ellos? Mientras

138
su rostro rozaba la hierba, se crispaban las ramitas al romperse con el peso

de su cuerpo que caía de bruces al suelo y ya no pudo ver el verdor de la

selva, su mente se había sumergido en una oscuridad eterna.

Cuando no regresó a casa, su mujer tuvo una corazonada que algo

malo le había pasado y salió a buscarlo, pero desde hacía seis meses que

nadie lo había visto en ese pueblo. No ha venido por aquí, le dijeron. Durante

una semana su cuerpo estuvo allí, abandonado al costado de un camino.

Pasaba por allí un arriero y percibió el nauseabundo olor en el

ambiente; hurgó por los costados entre los matorrales creyendo que se

trataría de algún perro muerto o una acémila a medio enterrar que había

atraído a los gallinazos que se congregaban en el lugar. Abriéndose paso

entre las higuerillas, siguió la pista de las aves y a veinte metros monte

adentro, encontró un cuadro espeluznante: el cadáver emaciado bocabajo y

sobre él encaramados los gallinazos de cabeza pelada levantando sus alas,

picoteaban el cuerpo del difunto. El informe que hicieron los forenses que se

rehusaron a llevarlo a la morgue debido al avanzado estado de

descomposición, concluyó que el occiso no había sufrido mucho al momento

de morir, pues los perdigones del la Fanacasa le habían atravesado el

pulmón y llegaron a alojarse en el ventrículo izquierdo del corazón, lo cual

indicaba que el disparo pudo haberse hecho efectivo desde un metro y medio

de distancia aproximadamente.

Preso de sus propios remordimientos, el asesino, huyó en una balsa

por el río. Lo vieron pasar por pueblos y caseríos donde se detuvo para

aprovisionarse de comida, haciéndose pasar como un comerciante que

llevaba cocos y naranjas para venderlos en una ciudad fronteriza.

139
Cuando llegó hasta el pongo de Aguirre, (un mal paso de remolinos y

olas en el Huallaga) que hacía naufragar las balsas y lanchas de motor que

se atrevían a cruzarlo, sintió miedo. El imponente farallón mostraba en la

cumbre los misteriosos dibujos que hizo aquel conquistador cuando navegó

con sus marañones por ese lugar. Enhebró en su mente aquella leyenda que

en la cumbre había vivido una prehistórica ave que se levantaba en vilo los

sajinos, venados, sachavacas y majases que los balseros llevaban en su

viaje por el río, buscando nuevos y mejores lugares para establecerse.

Cuando no había animales, aquel monstruo se levantaba hasta a los niños

sin que sus padres pudieran hacer algo para impedirlo y no había arma que

pudiera penetrar su tupido plumaje y su piel gruesa y escamosa. Las flechas,

lanzas no servían de nada contra aquella criatura. Con una rapidez

impresionante para cazar sin ser sorprendida, aparecía con su vuelo

silencioso y desaparecía rauda como un rayo, llevándose a su presa sin

darle tiempo para reaccionar o pedir auxilio. Aquellos que intentaron matarla

con lanzas y flechas, tuvieron que pagar muy caro su osadía pues con el

golpe de sus alas, dejaba inconsciente y fuera de la balsa a sus atacantes;

mientras que con sus filosas garras y potente pico dentado dirigido a la

yugular o al corazón de sus atacantes, mataba a quienes habían tratado de

eliminarla. Los que tardíamente se arrepentían en el enfrentamiento, se

arrojaban al río para morir ahogados atrapados por las olas y los remolinos

de la muyuna del mal paso.

Según dice la leyenda que sabiendo de la existencia del monstruo,

Aguirre hurgó un plan para matarlo. «Será un combate cuerpo a cuerpo entre

dos bestias», dice que dijeron sus Marañones. Pidió que le construyeran una

140
balsa con dos plataformas escalonadas y en su superficie, ordeno que

pusieran unos sacos de arena cubiertas con pieles de animales, dejando en

el centro camuflado, dos huecos, uno para el cañón de arcabuz y el otro para

la ballesta y él mismo puso de carnada en la plataforma a dos sajinos. La

bestia no pudo distinguir la trampa y bajó rauda, atraída por los señuelos y

cuando estuvo en la mira, Aguirre disparó el arcabuz y la ballesta untados

con curare. Los disparos rompieron sus plumas, atravesaron su gruesa piel e

impactaron en su carne y sintió sólo un cosquilleo y batió sus alas tratando de

levantarse a los sajinos mientras la curarina hacía su efecto y sin perder más

tiempo dejó a los señuelos y con sus últimas fuerzas levantó vuelo y llegó a

posarse en la cumbre del farallón. Allí cayó desvanecida, dejó de respirar y

murió enterrando el pico en el borde del cerro. Con la sangre que bajaba

como un hilo por el farallón dicen que Aguirre escribió su proclama

declarándose en rebeldía contra el rey de España, y se auto nombró virrey de

todas las tierras en Sudamérica. Desde entonces cada vez que los viajeros

cruzan el mal paso con potentes motores fuera de borda, no dejan de

sorprenderse de las figuras que quedaron impregnadas con la sangre de la

bestia al filo del farallón y están allí a la vista a pesar del tiempo, mientras el

espíritu errante del conquistador continúa vagando en el lugar en señal de

advertencia que ese era su territorio, un territorio marcado por la codicia y la

ambición.

El criminal creyó que si Lope de Aguirre pudo atravesar esos rápidos,

él también podría hacerlo. Tuvo miedo, sintió una brisa fría que le helaba el

cuerpo ¿Será el espíritu errante del conquistador que rondaba en ese lugar?

¿Buscaba acaso ese espíritu reconciliarse y descansar en paz? Sintiendo un

141
escalofrío que le estremeció las entrañas, remó más rápido y con más fuerza

tratando de llegar a la orilla. Pero, su balsa seguía su propio curso,

acercándose peligrosamente a los rápidos. Si logro atravesarlo estaré a

salvo, pensó y se encomendó a Dios, mientras la embarcación se sacudía

con los remolinos. Una contracorriente le hizo girar y lo llevó hacia una

muyuna desde donde creyó que nunca más saldría vivo y estuvo allí dando

vueltas y vueltas sin poder hacer nada contra la fuerza de la corriente.

Pasaron los minutos que le parecieron horas y por un instante llegó a perder

la fe. De pronto sintió que una gran ola zarandeaba su balsa, luego escuchó

un crash como si la frágil embarcación se rompiera, seguida de un fuerte

sacudón que le hizo perder el equilibrio, cayendo en el vórtice del remolino.

Felizmente se había atado una cuerda a la cintura. Tragó mucha agua y a

duras penas levantó la cabeza, movió los pies como un palmípedo y evitó

que la corriente lo arrastrara al fondo y cuando ya casi no tuvo fuerzas y a

punto de darse por vencido, sintió que una contracorriente lo levantaba,

salvándolo de perecer ahogado.

Agradeció a la ira de Dios. «Es Aguirre» —se dijo—. Él lo había

salvado y por ello, decidió esconderse allí, en ese lugar seguro que sería el

mejor lugar para escapar de la justicia. La dificultad del acceso había

disuadido a la policía para enviar efectivos con el propósito de capturarlo.

Decían los lugareños que en ocasiones lo veían llegar al pueblo para

aprovisionarse de comida y otros insumos. Cuando supieron que alguien con

semejante prontuariado vivía cerca de sus casas, no supieron que hacer, ni

cómo actuar, cada vez que lo vieron ingresar a las tienditas del pueblo a

plena luz del día y pedir a sus anchas un costal de víveres que pagaba con

142
dólares. Por esos lares, no había policía, tampoco un teléfono para llamar a

los custodios. Llegaba usando unos lentes oscuros y en la cabeza, llevaba

una gorra de larga visera con la que lograba cubrirse parcialmente el rostro.

—Me hubiera gustado estudiar derecho —dijo Roberto con la voz

quebrada—. Hacer justicia por mi padre y enviar a la cárcel a ese asesino.

Su mirada reflejada dolor y amargura y en su frente unas líneas

horizontales le daban dureza a su mirada.

—¿Por qué no te dedicas a la política?—dijo Amador cambiando de

tema.

—Hay que tener buen estómago para eso. La política no me atrae; allí

se expresa lo más vil de la naturaleza humana: la zancadilla, el cálculo, la

hipocresía y qué duda cabe, la corrupción. Es el arte de servirse de los

demás haciéndoles creer que se les sirve a ellos.

—¿Estudiarás derecho después de terminar agroindustrias?

—No creo, quiero desde ahora encontrarle cariño a esta carrera. La

selva necesita desarrollarse, pasar de una producción de subsistencia a una

que le dé valor agregado, utilizando tecnología e innovación.

—Para lograr lo que dices hace falta más que ingenieros, buenos

economistas. ¿Acaso te gustaría que aquí también se promoviera la agro-

exportación; tal y como se hace en la costa? Eso, en lugar de traer el

desarrollo, llevaría a que más bosques sean deforestados y habría menos

beneficios para las comunidades que viven de los recursos que les provee el

bosque.

—Para ello, no tenemos que utilizar los bosques primarios de la selva

prístina, sino recuperar las tierras deforestadas. No seas ingenuo amigo,

143
seguramente no creerás aquello de lo que dicen que dijo Raimondi, pues lo

del banco de oro es puro cuento para hacernos creer que somos ricos, que lo

tenemos todo y en consecuencia no hacer nada. Lo único cierto es que el

país sigue siendo realmente un mendigo, pues el gobierno sigue pidiendo

limosnas a las mineras en lugar de hacerles pagar lo que les corresponde,

eso sí, exprime a los trabajadores.

—¿No estarás siendo injusto con el pensamiento de Raimondi?—dijo

Amador parándose, unas hormigas habían empezado a rodear la banca de

madera debajo del mango siguiendo el olor de las gotitas de helado que

habían caído al suelo—. Lo que Raimondi dijo es una verdad tan evidente

que ni siquiera necesita demostrarse; mira nomás la cantidad de animales,

plantas y minerales que tiene el país, estamos literalmente sentados en un

banco de oro.

—El problema aquí es la distribución de la riqueza y no la riqueza en sí

—dijo Roberto—. Y no necesitamos expandir la agricultura hacia nuevas

tierras sino como ya te dije, utilizar las tierras eriazas para hacerlas florecer;

por eso creo que en la selva, podría perfectamente convivir la agricultura de

subsistencia con la agro-exportación.

Roberto creía que a pesar de las limitaciones y escaseces de su

entorno no se quedaría atrapado en la pobreza y la marginalidad y buscaba

encontrarle una salida a todo lo que la vida le había enseñado. Y, se hizo la

idea que desde la agroindustria podría contribuir al desarrollo de su país y

trabajar por el cambio.

El día del examen, Amador se levantó temprano, tomó un desayuno

ligero, (unas tostadas con huevos revueltos y una taza de café con leche) y

144
se dirigió al campus. Estaba nervioso aunque trataba de disimularlo y no era

para menos, el examen consistía en una batería de preguntas de dos

bloques: conocimientos generales y matemáticas y ciencias, con una

duración de una hora y media cada una y un receso de quince minutos nada

más entre cada bloque. Por la tarde, regresó para conocer los resultados. Al

promediar las cuatro, los postulantes aguardaban con impaciencia en el

frontis del recinto. El encargado abrió el postigo del portón trayendo una lista

y la pegó en la marquesina que daba a la calle, al mismo tiempo que un

enjambre de muchachos y muchachas se aglomeraban buscando sus

nombres. Se vieron exclamaciones de júbilo, gestos de alegría, rostros tristes

y ojos sonrojados; padres, hijos, madres e hijas se abrazaban, felicitándose y

celebrando el ingreso, mientras que otros se consolaban.

—¡Chasumadre, ingresé!—exclamó Amador y buscó a algún conocido

para compartir su alegría.

A unos pasos estaba Roberto celebrando también su ingreso en el puesto

treinta y dos del cómputo general.

Dos semanas después se iniciaron las clases con ochenta alumnos,

distribuidos en grupos de veinte. Había seis o siete padres de familia que

estudiaban la misma carrera con sus hijos. Llevaban las mismas materias

generales de matemática, física, química y biología. Uno de ellos era profesor

en un colegio y era su hijo quien tenía que explicarle los complicados

ejercicios de las integrales y las derivadas del curso de matemática.

El primer año, transcurrió con total normalidad, habían finalizado de

manera satisfactoria los dos semestres, sin embargo, las cosas empezaron a

cambiar a inicios del segundo cuando se dio la primera toma del campus

145
universitario por los estudiantes exigiendo la remoción de las autoridades

universitarias, acusándolas de malos manejos económicos. En esos tiempos

se constituyó una comisión de estudiantes encargada de convocar a los

comicios electorales para elegir a la primera junta directiva de la Federación

de Estudiantes donde se presentaron dos listas: la de los liberales y la de los

comunistas.

146
DIEZ

«La selva es un polvorín y en estas condiciones, tal como están las cosas, no

se puede hacer nada en ciudad Paraíso», pensó Roberto Cifuentes mientras

viajaba de incognito en un bus rumbo a la capital, escapando de la tragedia y

buscando recuperarse de un gran susto. El vehículo había partido al medio

día y al amanecer se encontraba muy cerca de la capital y se detuvo para

que los pasajeros tomaran el desayuno, ocasión que Roberto aprovechó para

comprar el diario que a esa hora llegaba de la capital con malas, muy malas

noticias. En la carátula se leía: «Subversivos atacan puesto policial en ciudad

Paraíso», y más abajo en letras más pequeñas: «Cuatro policías muertos,

mal tiempo en la zona impidió apoyo del Ejército».

—¡Busquen al gerente de operaciones, no lo dejen escapar!—dijo el

cabecilla que comandaba el ataque—. Tiene que ser sometido a juicio

popular por ser un lacayo del capitalismo y servir a los dueños de los medios

de producción, a los explotadores del pueblo.

Sin perder un segundo, Roberto buscó la manera de escapar sin darse

tiempo de preparar su equipaje. Para no levantar sospechas, no utilizó su

camioneta ni la moto chacarera, menos aún el motor fuera de borda donde

cuatro subversivos lo estaban esperando, seguros de que iba intentar

escapar por el río. ¿Por qué a mí si no les hice nada?, se peguntaba Roberto.

¿Por no pagar cupos? Si él no era el dueño de la empresa, simplemente era

un empleado y si así lo fuera tampoco pagaría. Paga nomás conchatumadre,

sino, no te vamos a proteger, danos la respuesta esta misma semana,

147
¿acaso es tu plata? Si todos está pagando ¿Por qué tu no?, ¿acaso te crees

intocable?

Roberto se escapó por el monte, cruzó el cerco de púas que protegía

el pasto de don Anselmo y se desgarró la camisa al pasar por debajo del

alambrado de púas y llegó corriendo hasta el tambo. Don Anselmo, era un

proveedor de palma, acababa de regresar de su chacra y tenía todavía su

caballo sin descinchar. Desde el filo del cerro, había visto el incendio de la

fábrica y escuchó los disparos de las AKMs, y la explosión de las cisternas.

¡Llévate mi caballo, es tierno! y podrá galopar toda la noche pero no vayas

por la carretera, están revisando a los carros, vete por el camino viejo le

sugirió don Anselmo.

Roberto cabalgó toda la noche a la luz de la luna hasta despuntar el

día, cruzó los pastizales, las chacras, los sembríos de palma y otros tambos y

se metió por atajos, guiado sólo por su instinto y (según él), también por Dios

que lo había protegido y lo seguía protegiendo en momentos como este. Los

perros salían a perseguirle y jalaban la cola del caballo cuando le daban

alcance, pero Roberto sólo pensaba en escapar y no se distraía por nada,

desapareciendo entre los arbustos por las faldas de los cerros y solo se

apeaba del animal por segundos cuando tenía que abrir las tranqueras de

palos, caña brava y alambre de púas y pasar por los reducidos vericuetos de

los barrancos al borde del río, disminuía el paso sin darse tiempo de mirar las

turbias aguas del Huallaga estrellándose contra las rocas hasta que con los

primeros rayos del sol llegó a un lugar más seguro para tomar el autobús.

Cuando Roberto llegó a la capital le contó todo a don Ulderico y pidió

su apoyo y él que reconocía lo que Roberto valía como trabajador y ese

148
talento que poseía, no tardó en reubicarlo como Asesor Comercial en una de

sus empresas. No pasó ni siquiera un mes desde su llegada, tratando de

recuperarse de ese gran susto cuando un sábado de ese mismo año,

Roberto habría de experimentar el trágico suceso que lo marcaría por el resto

de su vida. Aburrido de estar sólo en el hotel donde se había instalado,

decidió salir a dar un paseo por un concurrido centro comercial, y al pasar por

uno de los iluminados locales, escuchó el rugido de unas fieras mezclada con

las risas y carcajadas de la gente. ¿Qué celebran aquí?, preguntó a una

chica. Una fiesta zoológica, dijo ella. Algo nunca visto en la capital. Habían

contratado como anfitriones nada menos que a las fieras de un circo que

hacía trabajar en doble turno a leones, tigres de bengala, cebras y a un

chimpancé.

—¿Amigo, tienes fuego?—le dijo ella, haciendo girar entre sus dedos

un cigarrillo.

—No, no fumo (y mientras ella ya se retiraba)

—Amiga, se te ha caído algo —le dijo Roberto recogiendo una tarjeta.

La chica volteó y regresó.

—Gracias, es una entrada a la disco, para un amigo que no vino, qué

pena, te la regalo ¿la quieres?

—Gracias—dijo Roberto tartamudeando al aceptar la entrada.

Y ella se despidió con una sonrisa uniéndose a su grupo que la

esperaba unos pasos más adelante.

Se habían distribuido siete mil entradas para esa noche y el local tenía

capacidad sólo para cuatrocientas personas. Pese a no haber pasado los

criterios de inspección de las autoridades, la discoteca funcionaba sin licencia

149
y no contaba con las más mínimas condiciones de seguridad. Las

señalizaciones en las salidas no estaban visibles y permanecían cerradas. El

techo y las paredes habían sido revestidos con un material sintético para

impedir que el ruido molestara a los vecinos. Según los inspectores, el local

era una bomba de tiempo y aquella noche estaban en la discoteca más de mil

personas. La música retumbaba por todas partes y la gente bailaba y

brindaba celebrando alguna ocasión: un cumpleaños, un nuevo empleo, el

hecho de haber culminadlo un curso, algún viaje al exterior a realizarse

pronto o simplemente pasarla bien ese fin de semana. Adentro, las fieras

rugían y chillaban más por dolor que por pánico, pues sus tímpanos sensibles

no soportaban los altos decibeles y quizás presagiando también la presencia

de la muerte. En menos de lo que defeca una cebra, en el momento menos

pensado, un impaciente y chacotero barman empezó a hacer malabares con

fuego, seguro que con ello agradaría a los asistentes pues quería darle a la

fiesta ese toque salvaje, imitando al hombre de las cavernas que acababa de

descubrir el fuego y domesticaba a las bestias. Camuflando su estado etílico

con cristales de cocaína, el pirómano disparó con un espray, el más puro

alcohol a la flama de su encendedor, haciendo arabescos y acrobacias

pirotécnicas ante la sorpresa de todos, la protesta de algunos y la risa de

muchos. Lo había hecho antes en una discoteca en la playa de Asia y

también en su casa frente a su madre parapléjica. Para darle más vuelo al

espectáculo, empezó a lanzar como dragón o el mismísimo Lucifer,

bocanadas de fuego por todas partes. Una de esas lenguas, alcanzó a

prender el material sintético de una columna lateral del local y se produjo un

amago de incendio que rápidamente y sin que nadie tuviera tiempo de hacer

150
algo, avanzó hacia las cortinas. Hasta ese momento, todos pensaban que lo

que estaban viendo era parte del show para publicitar la última fragancia de

una compañía de perfumes, mientras el barman pedía desesperadamente un

extintor que no se encontraba en ninguna parte. En menos de lo que relincha

una cebra, ruge un tigre y chilla un chimpancé, el fuego se extendió por las

paredes y el techo, y recién en ese momento la gente se dio cuenta que se

estaba produciendo un dantesco incendio. En una mezcla de desesperación,

pánico colectivo o el instinto de conservación, algunos echaron el contenido

de sus vasos a las llamas, haciendo que éstas se avivaran y terminaran por

devorar las cortinas. La gente salió despavorida y en estampida por la única

salida, en medio de gritos y empellones de horror y desesperación. Un grupo

corrió a refugiarse en los baños, para buscar agua tratando de apagar el

fuego pero murieron asfixiados por el humo tóxico del material sintético que

se quemaba e inundó el local. Los leones y el tigre rugían de dolor, la mona

chillaba dando brincos frenéticos y la cebra relinchaba lanzando coces de

pánico y desesperación

Cuando llegaron los bomberos, la discoteca estaba hecha un infierno.

Encaramándose sobre los cuerpos y saltando sobre las cabezas de los que

pugnaban por salir, el chimpancé logró escapar del local y salvar su vida. Sin

embargo, pese a no estar enjaulada, la cebra no pudo hacer lo mismo y

murió asfixiada al igual que los leones y el tigre; cuyos gritos se fueron

apagando mientras el fuego devoraba sus jaulas.

Cerca de dos horas les tomó a los bomberos controlar el incendio y el

local quedó en escombros. Algunas víctimas murieron mientras eran

trasladadas a los hospitales y clínicas más cercanas. Pero, a pesar de haber

151
inhalado aquel humo que quemaban los pulmones, Roberto no perdió el

conocimiento y sobrevivió para contar su historia. Mientras era trasladado a la

clínica, recordó su niñez, a su familia y aquel primer día cuando su madre lo

llevó al colegio. Ese día las noticias en las radios, los diarios y la televisión

anunciaban el asesinato de Salvador Allende pero lo que nunca Amador se

imaginó fue que dieciséis años más tarde caería el Muro de Berlín, dando fin

a la guerra fría y un año después, Pinochet renunciaba a la presidencia,

coincidiendo con la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas

Soviéticas en Europa del Este.

A su costado corrían los rescatistas, las ambulancias con los cuerpos

tiznados de las víctimas y el rostro de angustia e impotencia de los bomberos

que nunca se rindieron aunque no pudieron hacer nada para salvar a quienes

se quedaron atrapados en los baños.

Cuando Roberto despertó en la clínica, tenía una máscara de oxígeno

en la cara. Una enfermera ajustaba el goteo de la venoclisis para sacarlo de

la deshidratación. Sus brazos vendados y el rostro exfoliado, daban cuenta

que había sufrido quemaduras muy graves.

Don Ulderico Rivasplata estaba al pié de la cama.

—Fue una verdadera pesadilla—dijo Roberto tosiendo.

Mientras en la televisión se veían las imágenes del dantesco incendio:

los cuerpos de las víctimas, las declaraciones de los testigos, la indignación

de los padres y el comentario de las autoridades; sin embargo, los

responsables estaban inubicables.

—Ya es tiempo de que alguien haga algo para evitar que estas cosas

sigan repitiéndose —protestó don Ulderico muy, pero muy indignado.

152
Los periodistas esperaban el reporte oficial de los médicos de guardia

sobre el estado de salud de los heridos.

—Usted no puede hablar —le dijo el galeno que hacía la visita y

revisaba sus quemaduras—. La deshidratación está evolucionando bien y

tenemos que seguir con el suministro de cloruro de sodio y antibióticos para

prevenir la infección.

—Gracias por salvar a mi hija—dijo un poco más calmado don

Ulderico dirigiéndose a Roberto—. Ella está bien en casa; sólo tiene leves

quemaduras en los pies y unas raspaduras en el antebrazo. Te considera un

héroe, pues la rescataste del infierno, la salvaste de una muerte segura.

—¿Yo, salvé a su hija?, pero cómo puede ser posible—se preguntó

sorprendido Roberto, recordando vagamente ese momento sin tener la más

remota idea de quienes eran las personas que había logrado sacar del

infierno.

—los bomberos me dijeron que tú la sacaste del local.

—Sólo hice lo que pude, cuánto me hubiera gustado poder ayudar

más.

—Mi hija quiere conocerte. Mañana en la noche viaja a los Estados

Unidos a hacer una maestría.

A la mañana siguiente, la muchacha y su madre fueron a visitar al

paciente llevándole flores. Ella le agradeció por haberle salvado la vida, pero

no podía reconocerlo pues tenía el rostro vendado. Cuando Roberto la vio

más de cerca, casi no podía creerlo, hizo memoria y era la misma chica que

la noche anterior le había regalado la entrada a la disco. Pero algo le decía

que la conocía de mucho antes. ¿Acaso será ella? No, eso sería mucha

153
coincidencia, pensó. Y al ver a madre e hija jóvenes y bellas como dos gotas

de agua, confirmaría que aquella muchacha no podía ser otra que Patricia

Lezcano que esa misma noche viajaba a Miami.

Roberto recibió los mejores cuidados. Cada cuatro horas le colocaban

varios millones de penicilina por la venoclisis para prevenir la infección intra-

hospitalaria. Sentía un dolor intenso en todo el cuerpo como si lo hubieran

bañado con rocoto y no podía dormir hasta que tuvieron que inyectarle

morfina para que lograra conciliar el sueño, aunque sea por un par de horas.

Y estuvo hospitalizado durante varias semanas. Con los antibióticos de

amplio espectro y los cuidados y curaciones de sus heridas, pudo salvarse de

una septicemia, y luego de cuarenta y cinco días de sufrimiento, sus heridas

se secaron. Tuvieron que hacerle varios injertos de piel, para reparar las

secuelas dejadas en su rostro. Sin embargo, aquello no funcionó como los

médicos habían esperado, la mente de Roberto había quedado trastornada y

se veía como un monstruo y no quería vivir con una cara así de fea.

La casa de campo en Huachipa, era el mejor lugar que la familia de

Patricia había elegido para la recuperación de Roberto. Por la ventana de la

casa el convaleciente contemplaba el verdor del campo donde unos perros

jugueteaban, mientras el sol calentaba la mañana, despejando la neblina de

los cerros. Prefería mirar ese paisaje que verse al espejo, pues se resistía a

creer que ese rostro era suyo, sino el de un espectro con los pómulos

prominentes, la piel transparente y unos ojos humedecidos por tanta tristeza.

No se te va a notar mucho, dijeron los médicos tratando de animarlo cuando

le injertaron un dedazo de su propia nalga en su cara. Pero para él todo

había cambiado. El problema no está en tu cara sino en tu mente, le dijo la

154
doctora Cachetada, conocida psicoterapeuta que los Ribasplata habían

contratado y cuya fama profesional, había traspasado las fronteras del país

pues no había cirugía plástica reparadora que pudiera hacerle la

competencia. Con su método registrado en Indecopi, una catarsis sencilla, de

hablar sin tapujos sobre lo sucedido, la doctora resolvía en tiempo record y

mayor efectividad que cualquier terapia convencional, el miedo a aceptar la

realidad, el sentimiento de culpa y la baja autoestima que traían sus

pacientes a la consulta.

Cuestionada por sus colegas los psiquiatras, —por utilizar más el

chamanismo que el tratamiento científico—, Cachetada no respondía a las

diatribas y comentarios de sus detractores, movidos más por la envidia que

por un verdadero interés por la ciencia, porque quienes lo criticaban, habían

perdido todo arte y ciencia para curar escuchando a la gente y explorando

con el corazón y la mente sus dolencias tal como le enseñó su maestro y

guía un Apu de una tribu amazónica. Fue tan efectivo el tratamiento que esa

misma noche, Roberto pudo conciliar el sueño sin necesidad de hipnóticos,

somníferos y ansiolíticos. Y, a partir de allí, volvió a soñar nuevamente. Para

un Asistente Comercial del rubro de abarrotes, pagar una sesión una vez por

semana con la doctora Cachetada era literalmente, una cachetada a la

pobreza y ello no hubiera sido posible sin el apoyo de don Ulderico

Rivasplata.

Pese al prohibitivo precio de sus honorarios, el consultorio de la

psicoterapeuta estaba todo el tiempo abarrotado de pacientes; pero ella por

salud mental y con el propósito de evitar el Síndrome de Agotamiento

Profesional, sólo atendía seis pacientes diarios, tres en la mañana y tres por

155
la tarde. Trataba también de evitar el Trauma Vicario, muy común en sus

colegas los psiquiatras que de manera inconsciente, absorbían los traumas

de sus pacientes y se convertían en seres trastornados, afectados en sus

relaciones en la familia, en el trabajo y la vida social.

A ojo de buen cubero, que le otorgaban sus años de experiencia, la

doctora Cachetada había llegado a la conclusión que la mejor manera de

sacar a Roberto de esa sensación de desvalor, desprecio por sí mismo y

abandono en el que se encontraba era explorando su vida pasada. Y

encontró que en la adolescencia estaban nítidos sus momentos más tristes

como el asesinato de su padre y también los momentos más felices como sus

años en el colegio que lo convirtieron en una persona con una gran

capacidad de soportar las adversidades, proactiva y optimista como lo

conocían sus amigos.

—¿Qué es lo que más recuerdas del colegio?—preguntó la

Cachetada.

Los ojos de Roberto se humedecieron como si fueran puquiales a

punto de desbordarse y no dijo nada. La psicoterapeuta esperó

pacientemente el tiempo que fuera necesario y no insistió. De repente,

lentamente, el paciente levantó la cabeza y sacó una media sonrisa. Recordó

el día en que lo eligieron para que organizara la fiesta de promoción, una de

las más lindas que se recuerde, se haya realizado en ciudad Paraíso. Y,

¿dónde más podía haberse realizado esa fiesta sino en el Club Social? El

lugar donde se festejaban los acontecimientos más importantes en ciudad

Paraíso. El Club Social era una casona de dos pisos con cierto aire colonial,

en cuyo frontis resaltaban unos ventanales hechos del más fino cedro rojo; y,

156
en su interior, destacaba un vestíbulo ostentoso flanqueado por dos

escaleras y balaustradas del mismo material que le daban un estilo

aristocrático. Al fondo, estaba la pista de baile, con grandes baldosas de

cuarzo blanquinegro, semejantes a un tablero de ajedrez, mientras que en el

centro, las mesas estaban colocadas de tal forma que permitían no sólo

acceder sin contratiempos a la pista, sino también observar mejor a las

parejas. Las paredes eran de tapial y decoradas con pinturas alusivas a

paisajes amazónicos y unas hornacinas con los retratos de los héroes y los

personajes célebres de la ciudad.

Esa noche, la fiesta estuvo animada por el grupo musical de moda y

asistieron todos sus compañeros con sus padres y parejas, aunque no

faltaron quienes llegaron con alguna hermana o en el mejor de los casos con

una prima, aduciendo no haber tenido suficiente tiempo para encontrar la

pareja adecuada, debido a las exigencias de los exámenes de fin de año. Sin

embargo, la verdad era que no se atrevieron a invitar a la chica que les

gustaba.

—¿Y tú, a quien invitaste?—preguntó la doctora.

—Me fui con Sonia, la hermana de Amador Fonseca; linda, elegante,

inteligente, aceptó ir conmigo a la fiesta. Además creyó que su deber estaba

estar allí, al lado de su hermano, pero claro, él había convencido a Patricia y

juraba que esa noche de todas maneras la caería. Cuando Sonia se entero

de aquello, no le hizo mucha gracia y protestó advirtiéndole que Patricia no le

convenía y le advirtió a su hermano de que no cometiera el error de

conquistarla porque se metería en problemas, pues según ella, esa chica

tenía muchos enamorados. Pero, para Amador aquello no era más que

157
pataletas de una hermana celosa y posesiva que no se resignaba a aceptar

que él tenía ya la edad suficiente para asumir sus propios riesgos y

responsabilidades. Al final de cuentas, la sola idea de que lo viéramos llegar

a la fiesta con su hermana lo aterraba.

—¿Tú también estabas enamorado de Patricia?

—No sólo yo, doctora, sino toda la promoción. Pese a ser una de las

chicas más bonitas e inteligentes del colegio, no era creída, se llevaba bien

con todo el mundo y rápidamente se hacía amiga tuya como si te conociera

desde hace mucho tiempo; conducta que algunos confundían. No se le

conocía enamorado alguno porque a todos les decía que los quería como

amigos. Desde que la vi me enamoré de ella y cada vez que la encontraba

en el pasadizo del colegio, sentía mariposas en el estómago. Un sábado la

invité al cine pero ella dijo que no podía, que mejor fuéramos otro día pues

había decidido ir con su madre a la misa juvenil y esa bruja no la dejaba salir

con muchachos ni a la esquina. Entonces no insistí más. Pasó el tiempo y yo

seguía enamorado de ella pero ella me veía sólo como amigo. La noche de

despedida que los estudiantes de cuarto hicimos a los de quinto y cuando me

estaba entregando el cargo de delegado de la promoción, por casualidad o

intensión (al acercarme al podio) la besé en la boca. Patricia se ruborizó en

medio de los murmullos y la risita de quienes se habían ganado el pase. Me

disculpé, mientras creía ver en sus ojos la rabia contenida, y en el momento

del ágape (con bizcotelas y gaseosa) le reiteré mis disculpas. ¿Lo hiciste a

propósito verdad?, dijo Patricia. No, te lo juro fue un accidente.

Esa noche de gala, llevaba un lindo vestido color perla bien pegadito

que hacía resaltar su cuerpo de maniquí. Le pregunté qué pasó con los

158
poemas que le había enviado. Son lindos, gracias, té inspiras bien, los he

guardado, y te los puedo devolver si estas pensando en publicarlos. ¿Por qué

no nos vamos a la disco?, me propuso ella misma; ahora que he terminado el

colegio quiero hacer algo diferente. Yo ni corto ni perezoso acepté. Tomamos

una moto-taxi rumbo al balneario a orillas del río. El lugar estaba repleto y

nos fuimos a la barra y nos tomamos unas cervezas. Cambiaron varias veces

la música y más gente llenaba la pista. La cogí de las manos y le dije que la

amaba y que había sido así desde que la conocía. Pero Patricia se iba por la

tangente. Habíamos venido a bailar y no quería estar allí sentada. Pusieron

una salsa y salimos a la pista. Se dejó coger por la cintura y la miré de nuevo

a los ojos. Al abrazarla sentí el latido de su corazón y el pulso en las arterias

de su delicado cuello y la besé y ella también me besó y no dijimos nada.

Nos quedamos quietos, sólo escuchando la música sin dejar de mirarnos y

luego besarnos, buscando eternizar ese momento en mis recuerdos y nada

de lo que sucedía al alrededor me importaba, ni siquiera las luces ni ese vaho

de sudor que impregnaba todo el ambiente.

Al día siguiente Patricia y su madre que había venido a buscarla la

llevó hacia la capital. Eran tan parecidas que cualquiera podría confundirlas

como hermanas. Fui a despedirla al aeropuerto y en el único restaurante que

había en aquél lugar ese tiempo de guerra, tomamos agua de coco para que

ella nunca se olvidara de ciudad Paraíso y luego disfrutamos unos helados de

aguaje, ungurahui y humarí, prometiéndole amarla siempre. Amador se

enteró muy tarde que Patricia se iba a la capital y llegó cuando había ya

abordado el avión. ¿Es tu enamorada, no?, me dijo de regreso a casa. Saliste

con ella la noche de la ceremonia del colegio. Sí, estoy con ella, ¿hay algún

159
problema? No, para nada, sólo pregunto. Y, a partir de allí no hizo ningún

comentario más. No nos despedimos cuando regresamos del aeropuerto.

Habíamos sido siempre amigos, pero desde ese día que se enteró que yo

estaba con Patricia ya no me saludaba como antes en la calle. Pero a pesar

de eso, nos tratábamos con respeto, controlando eso sí los celos que nos

consumían por dentro.

Después que Patricia viajó, Amador no dejaba de visitar la casa de su

abuela, tratando de tener noticias sobre quien consideraba la chica de sus

sueños. ¿Cómo le estará yendo en la universidad señora?, ¿se acostumbrará

al frío de la capital?, ¿vendrá de vacaciones este año? Eran sus preguntas

favoritas ¿Por qué no la llamas?, así te enteras por ti mismo y de paso le

pides que sea tu pareja de baile, le sugirió la abuela. Y eso fue lo que

Amador hizo, cogió el teléfono pero Patricia estaba en ese momento en la

ducha. Deja tu mensaje o llámala más tarde, contestó su madre. Llamó a eso

de las once de la noche, dudando de si era el momento adecuado,

seguramente estaba ya descansando para irse temprano a sus clases, pero

ahí estaba Patricia al teléfono. Mira, tengo pensado viajar este año, extraño la

comida y acepto con gusto tu invitación, gracias, nos vemos allá.

—¿Qué fue lo que realmente pasó con ella? —Preguntó la doctora

Cachetada a Roberto—. ¿Cuál fue el motivo para que te terminara?

—Eso recién lo supe doctora cuando Patricia regresó a ciudad Paraíso

—sintió que la piel se le eriza mientras un calor en la cara le subía desde el

cuello—. Para mi sorpresa, Patricia y Amador Llegaron a la fiesta cogidos de

la mano, saludando a los amigos y conocidos del lugar. La miré

comparándola injustamente con Sonia que ni siquiera notó la presencia de su

160
amiga, porque charlaba amenamente con mi madre, mientras mi padre, se

entretenía viendo bailar y pasar por los pasadizos a las muchachas, envuelto

en el humo de su Ducal, esperando que la fiesta entrara en calor para sacar a

bailar a alguna amiga. Armándome de valor me acerqué a Patricia. ¡Roberto,

qué gusto!, me dijo reconociéndome en el acto, saludándome con el

convencional beso en la cara. ¡Qué alegría tenerte de vuelta!, repuse

observando sus ojos marrones, resaltados por aquellas largas y curvadas

pestañas. Patricia estaba contenta de estar en ciudad Paraíso, ver a su

abuela, a los amigos del colegio, al barrio. Que todo lo que estaba

percibiendo en ese momento: el local, la decoración, el grupo musical, le

gustaba. Están buenísimos, dijo.

El vestido de raso color turquesa, resaltaba su cinturita, su abdomen

plano su derrier, y ese caminar felino. Adelante, el escote dejaba apenas

descubierto el borde de su brasier negro.

Al regresar donde Sonia le comenté que su ex compañera de carpeta

estaba en la fiesta y ella, sin pensarlo dos veces fue a saludarla y se pusieron

a charlar amenamente. Sonia había acabado el primer año en la universidad

en ciudad Paraíso y detestaba los cursos básicos. Otra vez con la

matemática, igual que en la academia muchas fórmulas y la física la aburría

horrores. Después, vinieron más saludos, el brindis de honor, las

felicitaciones y el grupo musical tocó una Pandilla. Los mozos servían

refrescos de frutas tropicales (carambola, cocona, camu-camu y aguajina),

también los bocaditos, las gaseosas y por supuesto el uvachado, el coctel de

algarrobina y las cervezas al polo. Para más tarde, estaba reservada la

comida típica y criolla. Los músicos dejaron de tocar y los presentes

161
asistentes aprovecharon para tomar y comer algo. Estaban buenísimas las

empanadas. Cuando tocaron una salsa le pedí a Patricia bailar esa pieza. ¡Ay

que formalito te has vuelto, dijo, siguiéndome a la pista de baile. Bailemos

pues. Es una buena señal, pensé. Y, aprovechando la multitud, me atreví a

colocar mi mano en su cintura para guiar sus pasos tomando el control del

ritmo. La hice girar tantas veces como se dejaba llevar y hasta donde los

cánones de la salsa lo permitían, mientras le comentaba que la salsa me

gustaba tanto como la cumbia, aunque algunos decían que ambos géneros

musicales reforzaban la dominación del hombre sobre la mujer. ¿Ah sí?, qué

tontería, respondió Patricia haciendo un mohín. Si era sólo un baile. En

muchas cosas estaba de acuerdo con el feminismo, pero aquí sí creía que

exageraban. Había que diferenciar convicción con diversión ¿verdad?, dije

para congraciarme con lo que ella decía. No íbamos a entrar en discusiones

bizantinas que no era el momento ni el lugar y dejaríamos aquello para los

discursos formales que estaban a punto de comenzar.

—¿Por qué no contestaste mis cartas?—la increpé.

—No tenía sentido mantener una relación a la distancia, porque el

amor es como el fuego que se apaga sino es alimentado y eso sucedió

conmigo, pero podríamos seguir siendo amigos ¿verdad?

—Sí, claro, por supuesto, no tengo ningún problema con eso...

En ese momento anunciaron la presencia del director del colegio, iba a

pronunciar el discurso de despedida y pidieron a todos tomar asiento. Vino

con el tema que no se podía aspirar a construir un país desarrollado con una

mentalidad subdesarrollada y que el cambio social, político y económico

debía partir por el cambio personal; pues éste, antes que en la escuela se

162
iniciaba en casa. Buenos hijos en casa sería la base para que los docentes

pudieran formar buenos estudiantes y más tarde profesionales competentes

pues el principal recurso que tenía el país era su gente. ¿Qué cómo

garantizaríamos aquello? Bueno con algo que no era tan fácil pero tampoco

nada imposible: tener un país con personas sanas, bien educadas y con un

espíritu emprendedor. Sólo así ibamos a poder usar de manera adecuada y

eficiente los ingentes recursos naturales que tenía el país. Pero, a la luz de lo

que estábamos viviendo en estos tiempos: violencia política y corrupción

¿qué clase de futuro nos esperaba? ¿Por qué en lugar de buenos

ciudadanos salían de las familias y las escuelas, criminales y terroristas?

Educar era formar personas aptas para gobernarse a sí mismas y no para ser

gobernadas por otros. Y, preparar a los jóvenes no era una tarea fácil,

adiestrarlos en cambio era muy sencillo. Que el odio y la envidia entre

compatriotas podrían ser resueltos desde la educación, una educación que

no solo forme sino sobre todo transforme a las personas para hacerlas

conscientes de su rol, de su misión de cambiar su propia vida y luego la

sociedad, las injusticias y desigualdades creadas por las élites que

manejaban los destinos del país.

«¡Santibáñez, Santibáñez, Santibáñez!», corearon a voz en cuello,

aplaudiendo frenéticamente los alumnos. Y él director sonriendo esperaba

que los vítores y los aplausos cesaran para continuar su discurso. Se refería

ahora a la diversidad biológica del país, a sus más de veinticuatro mil

especies de plantas y a las cinco mil especies de animales registrados hasta

la fecha, cuyo número iba en aumento porque se seguían descubriendo otras

más. A modo de ejemplo señaló que los indígenas, habían logrado

163
domesticar ciento veintiocho especies nativas de plantas, de gran importancia

para la alimentación y la economía mundial; además de cuatro especies de

animales como la llama, la alpaca, el pato criollo y el cuy. De todas las zonas

de vida que existían en el mundo (ciento diecisiete para ser más exactos),

ochentaicuatro se encontraban en el país. Esto lo convertía en uno de los

quince países con la mayor megadiversidad en recursos genéticos del

mundo. De allí que fuera considerado como uno centros Vavilov. ¿Y qué

demonios significaba aquello?, se preguntaba retóricamente Santibáñez y en

vez de dar una definición abstracta, hizo referencia a un artículo de la revista

Nature, donde se decía que una posible cura contra el Sida y el cáncer podría

hallarse en algún bicho o animal amazónico y dijo que el propio artículo decía

que la gama iba desde el atractivo y venenoso sapito multicolor hasta las

glándulas secretoras y hediondas de algún cuadrúpedo como el intuto. Y si la

codicia de las transnacionales y la voracidad de los madereros no se

frenaban, sería inevitable la pérdida del hábitat de animales exóticos como el

jaguar y la sachavaca. ¿Qué nos daría más y mejores recursos que no sólo

beneficien a los ricos: extraer petróleo y madera de la selva o aprovechar al

máximo la biodiversidad? se preguntó al finalizar su discurso y levantando su

copa hizo un brindis: ¡Por la promoción y por los futuros profesionales que

necesita el país!, mientras todos en coro repetían: ¡Tres hurras por la

promoción ochenta y dos y tres hurras también por Santibáñez!

Propuesto por el director y respaldado por mis compañeros me tocó

dar el discurso de despedida, como organizador del evento. Mis calificaciones

no eran tan buenas como la de Amador Fonseca pero me mantuve en el

tercio superior y tenía serios problemas con las matemáticas y en varias

164
ocasiones pedía a Amador que me ayudara con los productos notables, la

factorización de binomios, trinomios y polinomios del álgebra, así como con

los senos, cosenos, tangentes y cotangentes de la trigonometría en tercero,

cuarto y quinto de secundaria donde realmente se me habían complicado las

cosas y con esa ayuda pude aprobar esos cursos.

Me sentía mal por haber perdido la batalla en mi propósito de ser el

enamorado oficial y exclusivo de Patricia, sin embargo, traté de que aquello

no me afectara y sacaba a bailar a Sonia. Todo iba de maravilla la noche de

gala de la fiesta de promoción hasta el momento en que se produjo el apagón

que dejó en tinieblas el Club Social y toda ciudad Paraíso. Hubo silbatinas de

los asistentes que se calmaron cuando se encendieron cerillos y velas y a

partir de ese momento la gente se marchó a casa, temiendo que se trataba

de algún sabotaje terrorista, como el que ocurría diariamente en el país. ¡No

es ningún atentado!, corrigió inmediatamente el alcalde, se trata de los

generadores Skoda, que acaban de colapsar. Y no era el terrorismo el

principal causante de los sabotajes al país, sino la corrupción. Esta era la

peor lacra social y la principal enemiga del desarrollo, pues los funcionarios

del gobierno en todos los niveles eran quienes se robaban la plata destinada

a los servicios públicos, comentó con tono airado el alcalde.

Ciudad Paraíso que hace treinta años contaba con sólo 25 mil

habitantes ya no podía abastecerse de energía eléctrica con los Skoda que

en ese año, habían sido reparados varias veces. Consumían cientos de

galones de petróleo al mes que dejaron en déficit al municipio pese a que

había aumentado la tarifa eléctrica. El ingeniero encargado de la reparación

comentó que los generadores habían dado esta vez sí y para siempre, sus

165
últimos suspiros y nada más ya se podía hacer sino comprar unos nuevos.

Durante el tiempo en que estuvieron operativos, produjeron tanto ruido que

habían afectado a los vecinos que vivían cerca a la planta generadora a tal

punto que un día después de tanto reclamar ante las autoridades,

despertaron como si nada les hubiera pasando, se habían quedado sordos.

Buscando solucionar el problema, los dirigentes convocaron a la

población y conformaron una comisión que fue a presentarle el reclamo al

alcalde para que de una vez por todas comprara generadores modernos que

no afectaran los tímpanos y salvaguardar así la salud mental de la gente.

¿Quién les iba a devolver la audición? Y ¿cómo iban ahora a trabajar? Sin

perder más tiempo, el burgomaestre contrató a un médico para que los

revisara y constató que los pobladores tenían el tímpano intacto.

—Es psicológico—dijo el doctor—.Recuperarán la audición en unos

días.

Sin embargo, aquello nunca se dio y se quedaron sordos para

siempre.

Aparte de la sordera, los generadores habían ocasionado otro

problema en el pueblo: la contaminación. El aceite que lubricaba sus doce

pistones iba a parar directamente al río, dejando una capa negra de petróleo

en la orilla que afectaba a quienes iban a lavar la ropa y tenderlas en sus

piedras, otrora blancas y pulidas, ahora mugrientas debido a los residuos de

petróleo. El pescado tampoco podía comerse porque su carne estaba

impregnada con ese fuerte sabor a humo de escape que se te quedaba en la

garganta. La compra de los nuevos motores se concretó al año siguiente,

166
después de una serie de trámites burocráticos y más apagones y los

instalaron en el mismo lugar, pero esta vez a cuatro metros bajo tierra.

167
ONCE

Lavando platos en un restaurante en Coven Garden, Amador recordaba al

profesor Santibáñez. Era flaco como una mantis religiosa, pero inteligente y

sabio como un buho, tenía una amplia cultura y dominaba muchas

disciplinas. Por su manera de hablar, un castellano limpio; argumentos que

hacían reflexionar a sus interlocutores, además de sus gestos refinados; su

atuendo formal y bien cuidado; tenía toda la pinta de un intelectual. Cuando

no leía o escribía, se dedicaba a la práctica del kung fu, su deporte favorito.

Amador lo visitó una tarde y se convenció que Santibáñez se merecía el título

de maestro al verlo cómo (con la destreza de un monje Shaolín), ejecutaba

los más inverosímiles movimientos, saltos, levitaciones y acrobacias que

contradecían todas las leyes de la física. Con sus cuarenta y cinco años bien

puestos, Santibáñez practicaba además de las artes marciales, el yoga y se

había entregado a una alimentación frugal. Fue promotor de cuanto debate y

concursos de conocimientos y búsqueda de talentos inter-escolares se dieron

en esos años en ciudad Paraíso. Y, debido a sus dotes con la pluma y la

oratoria, era solicitado por las autoridades para redactar los discursos y

panegíricos que se decían en las celebraciones y conmemoraciones

importantes del calendario cívico-militar. Cuando asumió el cargo de director

del colegio, había ya formado a varias promociones de niños, adolescentes y

jóvenes, comprometidos con el cambio social y una visión de un país nuevo y

diferente. Con interesantes explicaciones lograba convencer a sus alumnos

que era urgente luchar por el cambio político y social del país. Una tarde,

después de participar y ganar el concurso El saber no ocupa lugar, en una

168
emisora local, el profesor Santibáñez le dijo a Amador que tendría más futuro

si estudiaba filosofía en vez de medicina y podría aportar más a la sociedad

desde la filosofía. Aquello le quedó rondando en la cabeza durante varios

días y lo recordaba cada vez que sus padres le hablaban sobre los

preparativos para su viaje a la capital que con el propósito de sufragar sus

estudios, su familia había vendido algunas reses de su fundo, a veinte

kilómetros de ciudad Paraíso.

El profesor Santibáñez tenía razón, la filosofía era un buen inicio para

especializarme en ciencias sociales»—pensaba Amador—. Y soñaba con

leer las obras de los filósofos referidos en la clase: Sócrates, Platón,

Aristóteles, a Santo Tomás de Aquino, Descartes, Kant, Nietzsche, Carlos

Marx, Sartre y Foucault, éste último vivo todavía en ese tiempo. Fueron esas

clases en el colegio, que influenciaron para que Amador se decidiera por la

filosofía.

La fama y talento de Santibáñez, llegó a oídos del rector de la

universidad que un buen día lo convocó para enseñar el curso:

Sistematización de Recursos Naturales en el recientemente creado

departamento de Ciencias Sociales. Santibáñez hacía sus clases llevándolos

a la cordillera Escalera. Allí les mostraba a sus alumnos in situ la flora y fauna

del lugar con esa capacidad de buen pedagogo para explicar los conceptos y

temas abstractos y difíciles con una claridad meridiana, sin caer eso sí en el

simplismo y la cacofonía.

Amador recordó cómo desde niño había trabajado de lleva papeles a

medio tiempo en un estudio jurídico contable en ciudad Paraíso, pero sin

quitarle tiempo a los estudios. En las mañanas estudiaba y en las tardes

169
trabajaba y con lo que pudo ahorrar se compró lo básico, los libros que tantas

veces le había pedido a su padre y quien siempre le respondía con un

contundente no. Según su manera de ver la vida, la filosofía y todo lo que se

relaciona con ella, conducirían a su hijo a la holgazanería, a abrazar ideas

comunistas y a un futuro de pobreza e improductividad. ¿Qué ganas con leer

esos libros, acaso sacarás algún provecho?, comentó su padre a la hora de

la cena cuando vio que Amador había adquirido la colección completa de

Historia de la filosofía de Copleston. Ideas para entenderme a mí mismo, a la

vida y a la sociedad, dijo Amador. ¡Huevadas, puras huevadas!, no te van a

servir de nada sino para graduarte de ociosólogo, alzaba la voz su padre.

Todo sirve en la vida murmuró Amador decepcionado por aquellas palabras

provenientes de su propio progenitor.

Una noche durante la cena se armó de valor y anunció a su familia que

no quería estudiar medicina sino filosofía. Lo miraron todos callados, creyó

que no lo habían escuchado pero cuando dijo que iba a hacerlo en el

seminario su padre casi se ahoga con el inchicapi. Dejó de tomar la sopa,

carraspeó y entre asombro, sorpresa y malestar, dijo:

—¡No me digas que vas a ser cura! Eso sí que no lo voy a aceptar. De

allí estarás a medio paso solamente para confesarte que eres m…

—¡Modera tu vocabulario!—interrumpió su mujer—. Yo tampoco puedo

dar crédito a lo que acabo de escuchar, alguien te está llenado la cabeza de

tonterías. Eso es una locura hijo, ¡piensa bien lo que estás diciendo! En el

momento en que tus amigos se preparan para la universidad ¿tú te vas a ir al

convento? Te debe estar pasando algo ¿qué es?, cuéntamelo, no te quedes

callado.

170
—Al seminario mamá, no al convento

—Seminario, convento, da lo mismo—dijo su padre.

—No voy a ser cura, sólo quiero estudiar filosofía.

Amador asistía los sábados a las reuniones de un grupo juvenil

parroquial y allí el padre Asenjo creyó ver en él las cualidades que todo buen

sacerdote debía tener: pobreza, castidad y obediencia y por supuesto,

también amor y servicio al prójimo. Y le propuso que se fuera al seminario a

estudiar filosofía.

—¿A dónde?—preguntó Amador.

—A donde quieras, pero podría ser en Jaén

—No tengo vocación para ser cura, padre, sólo quiero estudiar

filosofía.

—De eso se encargará Cristo hijo, allí tendrás todo el tiempo para orar

y recibir el llamado del Señor.

Esa noche, nadie quiso hacer ningún comentario más en la mesa y se

retiraron a dormir. Al día siguiente, los vecinos fueron los primeros en

comentar sobre lo que creían estaba ocurriendo en la casa de los Fonseca y

empezaron a tejer una serie de conjeturas. Lo primero que dijeron fue que

Amador estaba atravesando por una decepción amorosa y él tuvo que aclarar

que si bien era cierto que estaba enamorado de Patricia, eran solamente

amigos y que nunca estuvieron juntos. Dijeron también que estaba siendo

víctima de un lavado de cerebro con ideas comunistas por parte del

venenoso profesor Santibáñez.

La posibilidad de que su primogénito no le diera nietos aterró a su

madre que se entristeció, tanto y le suplicó que desistiera de esa terquedad

171
de irse al seminario, proponiéndole que se fuera de vacaciones, que se

tomara un año sabático; que se dedicara a viajar y visitara algunas

universidades en la capital y ver por sí mismo el oficio o profesión a la que se

iba a dedicar en la vida y no cometer el error de creer que con la filosofía iba

a mantener una familia. ¿Acaso no se casaría algún día con una linda chica?

Como cura no iba a darle nietos que la visitarían y sacaran a pasear los

domingos.

Amador insistió y explicó que eliminaran todo tipo de temores en

relación a su futuro, a su carrera y a los curas. Juraba y requetejuraba qué al

terminar sus estudios regresaría a casa con un diploma en filosofía

acreditado por el Minedu y se iba a dedicar a la docencia y hasta podría

estudiar algo relacionado con la medicina.

Al día siguiente fue a entrevistarse con el obispo de la prelatura

llevando la carta de presentación que el padre Asenjo le había entregado,

proponiendo su admisión al seminario.

—Tienes buenas calificaciones y has hecho un excelente trabajo con

el grupo juvenil de tu parroquia pero dices no tener vocación —le dijo el

obispo al terminar de leer la misiva.

—Sólo quiero estudiar filosofía y en el seminario hay buenos docentes.

—Tu vocación se desarrollará cuando hagas tus pininos en la

preparación para la vida sacerdotal como dice el padre Asenjo.

Por la tarde fue en busca de Patricia pero ella no estaba en casa;

había salido a tomar helados en el Cream Rica. Dio dos vueltas por la plaza

de Armas en su Honda 70, se dirigió por las calles aledañas, subió por la

Grau hasta la cebichería La Concha de sus Mares en ese momento repleta

172
de clientes. Se había iniciado el boom de las cebicherías en ciudad Paraíso

con nombrecitos morbosos como: la concha del oso, la concha negra, la

conchita sabrosa, la concha picante, entre otras huachaferías de la cultura

popular para utilizar el doble sentido en el marketing publicitario que tanto

gustaba a los paraisinos para atraer a los clientes. Dentro del local vio entre

los comensales al capitán del Ejército y a su adjunto con dos guapas

muchachas, tomando cerveza. Parecía que estaban celebrando el exitoso

cierre de algún trato o negocio y qué mejor ocasión para hacerlo flanqueado

por dos hembritas, sin importarles las miradas de la gente ni los comentarios

de un par de moto-taxistas que rompían con sus propias mandíbulas los

regordetes brazos de los cangrejos de la suculenta parihuela salvaje. Los

custodios libaban sin disimular las huachaferías que hacían con las chicas,

mientras el equipo de sonido retumbaba motivando a los comensales a bailar.

Amador salió del lugar y bajó por la San Martín en dirección a la plaza de

Armas y llegó hasta el Cream Rica, allí estaba Patricia charlando con

Roberto, disfrutando unos helados de aguaje y humarí. Frente al Crean Rica,

acababan de colocar la cartelera del cine y esa noche daban Espartaco y la

gente había empezado a hacer cola para conseguir entradas sin reventa,

mientras que a un lado, unos transeúntes se arremolinaban para leer los

titulares de los diarios que habían llegado de la capital.

—¡Ah!, aquí está el mismo que calza y viste —dijo Patricia al verlo.

—Estamos enterados de todo, hasta de los mínimos detalles—

comentó Roberto.

—¡Puta madre!—dijo Amador—. No es como todo el mundo piensa, no

voy a ser cura, ¿qué tengo que hacer para que me crean?

173
—Podrías estudiar filosofía en la capital—dijo Patricia.

—Mi padre detesta la filosofía y la universidad porque cree que es un

nido de comunistas y terminar allí una carrera me tomaría no menos de diez

años lo cual significa mucho tiempo para mi familia. Y en una privada las

pensiones son tan caras que no les alcanzaría la plata.

—Las cosas no se dan siempre como nosotros queremos—dijo

Roberto—. Ellos esperan de nosotros, una carrera, un trabajo solvente, luego

una familia, que se yo tantas cosas, menos verte en un seminario. Eso es lo

que a ellos no les cuadra, pues nadie se mete allí para estudiar filosofía

solamente sin dejar de ser cura.

—Me voy becado—se sinceró Amador—. Estudiaré lo que me gusta

sin que me cueste un solo cobre.

—Más que filósofo de allí vas a salir teólogo —dijo Roberto pagando la

cuenta—. Y ese es el peligro que ven tus padres y también nosotros.

Aquellos comentarios no incomodaron a Amador, que sonreía al

escucharlos, mientras miraba con ternura, admiración y deseo a Patricia que

estaba más linda que nunca.

Al despedirse, acordaron que se escribirían regularmente que iban a

mantenerse en contacto y durante las vacaciones de fin de año, se reunirían

para hacer un recuento de todo lo vivido. Eran conscientes de apartarse de

cualquier forma de dogmatismo, religioso, social, económico y político,

porque aquello conducía al fanatismo. Se tomarían las cosas con calma y

prudencia para no caer en ningún tipo de desviación ideológica y Amador

estaba convencido que los votos de pobreza, castidad y obediencia que

practicaba el padre Asenjo no irían con él ni a balas.

174
Una de las ventajas que tenía el seminario era que estaba

administrado por los jesuitas, y aquello hacía que fueran admitidos

estudiantes de diferentes tendencias y orientaciones doctrinarias, en el

variopinto mundo del clero y Amador iba a tener como profesor a

renombrados exponentes de la Teología de la Liberación.

El primer mes Roberto y Patricia se escribieron cada semana y luego,

en los próximos meses, sólo una carta por mes y al cumplir el sexto, Patricia

dejó de hacerlo. Roberto insistió, llamó, siguió escribiendo pero sin recibir

respuesta. Con ello entendió que ella le había terminado sin darle ninguna

explicación. Se había ya casi olvidado de ella hasta aquella noche cuando

llegó a la fiesta de promoción con Amador. Regresaba de vacaciones a

ciudad Paraíso. Quería visitar a su abuela a sus amigas y amigos de infancia,

le dijo a su madre al concluir el primer año de periodismo y había cumplido ya

dieciocho años. Aquel día, Amador la vio salir del taxi y, esa misma tarde fue

a visitarla. Habían jugado juntos de niños a las escondidas entre los árboles

de mangos que abundaban en el vecindario donde los vieron correr, subirse y

columpiarse en esas ramas vidriosas que se rompían, produciéndoles

raspones que la abuela se encargaba de curarlos con emplastos de árnica.

Convencido de la decisión de su hijo de irse al seminario, al padre de

Amador no le quedó otra alternativa que apoyarlo y autorizar su viaje a Jaén.

Dio instrucciones para que lo aprovisionaran con lo necesario para su partida.

—Para que sufras y te chicotees un poco en la vida—dijo entregándole

doscientos dólares con los que Amador se compró ropa, algunos libros y

material de estudio que llevaría en su equipaje.

175
A fuerza de oraciones, su mujer logró que fuera más comprensivo con

la decisión de su hijo. Finalmente, aceptó a regañadientes que Amador

estudiara filosofía. Eso sí de ninguna manera en una universidad de la

capital.

—Aquello sería el camino seguro hacia el comunismo—dijo—. Allá los

profesores te meterán cosas en la cabeza, te volverás un rebelde más. No sé

qué haría si te hicieras comunista.

El día que viajó, su madre fue a despedirlo al paradero de autobuses,

deseándole toda la suerte del mundo y le recordó que no dejara de escribirle

al menos una vez por semana. Acababa de cumplir los diecisiete años

cuando conoció por primera vez Jaén y era consciente que ese paso era

importante para crecer en la vida. Comparado a la bulliciosa ciudad Paraíso,

Jaén era un bucólico pueblo sin moto-taxis ni ruidos de bocinas. El cielo

estaba casi siempre despejado y el calor no era tanto como en su pueblo. Se

quedó dos días alojado en casa de una tía, hermana menor de su madre.

Amador salió a dar un paseo por la orilla del río y comió pescado a la plancha

en uno de los restaurantes campestres.

Su tía era profesora, había llegado a Jaén destacada de una escuela

rural del Alto Mayo; estaba divorciada y para cambiar de ambiente y empezar

una nueva vida con sus hijas, Ana y Victoria, eligió Jaén como su nuevo

hogar. Cuando sus hijas crecieron, las envió a estudiar en la capital y de allí

ambas se fueron a Europa. Ana había hecho una maestría en economía del

desarrollo en el Instituto de Estudios Sociales en la Haya y Victoria se había

especializado en biología molecular en el Kings College de la Universidad de

Londres y se quedó a trabajar allá.

176
Ese domingo por la noche, Amador se instaló en el seminario, el

seminarista de turno lo recibió, ayudándole a subir su equipaje al segundo

piso donde se alojaban los del primer año de filosofía.

—A las seis en punto es la misa y la oración de laudes —dijo el

seminarista entregándole las llaves—. La campana suena a las seis menos

cuarto. Así que tienes sólo quince minutos para levantarte, asearse y

cambiarte antes de bajar a la capilla.

—No te preocupes hermano, estaré a las seis en punto.

Esa noche, Amador no pudo dormir, sentía la cama dura, el colchón de

una plaza y la almohada, no habían sido cambiados en mucho tiempo.

Encendió su lámpara de noche y tratando de coger sueño empezó a leer el

Concilio Vaticano II, pero aquello no funcionó pues no logró pegar los ojos

cuando ya daban las dos de la madrugaba. Entonces puso en práctica un

método de relajación que le habían enseñado alguna vez para superar el

insomnio, lograr un sueño fisiológico y reparador y que según escuchó, servía

también para mejorar la concentración. Cerró los ojos y en su mente visualizó

una gran pizarra blanca donde dibujó un círculo. Luego en medio de ese

círculo escribió el número cien; después, borró ese número y escribió el

noventa y nueve y así de manera descendente hasta llegar al número

cincuenta. Estaba haciendo ya el número cuarenta y nueve cuando se quedó

profundamente dormido.

Por la mañana, llegó a la capilla a la hora señalada y desde allí

observó el patio circular del recinto. Un par de seminaristas caminaban

rezando el rosario. A los costados se veía el jardín con geranios y rosas

mientras que en el centro creían frondosos los eucaliptos cuyas ramas

177
servían de soporte a los nidos de las alondras, jilgueros y oropéndolas. Cerca

al comedor, los frutos maduros de las higueras, eran recogidos por los

seminaristas madrugadores antes de las oraciones. Rodeaban el perímetro

unas palmeras en cuyo dosel en las mañanas, cantaban los pericos, algunos

de ellos fueron prisioneros que se habían escapado de sus jaulas de las

casas donde los tenían como mascotas.

En un año, Amador se acostumbró a la vida monacal. La rutina y los

horarios lo ayudaron a desarrollar esa disciplina y control de la mente y el

cuerpo que tanto anhelaba, sobre todo el de la carne y la concupiscencia.

Pensaba mucho en su futuro y esperaba que llegaran las fiestas navideñas y

el Año Nuevo. Tal como había prometido a su madre, le escribía

semanalmente, pero aquello sólo lo hizo el primer mes y luego cada vez que

se acordaba. Lo mismo sucedió con sus amigos. Patricia le escribía sólo

cuando pasaba algo importante y pronto comprendió que lo que ella creía

importante no lo era para Amador. Así que, Amador recibió sólo dos cartas en

un año pero intuía o tenia la fuerte sospecha que a Patricia le estaba yendo

bien pues efectivamente ella había empezado a hacer sus prácticas en la

Unidad de Investigación de un periódico en la capital y estaba dedicada cien

por ciento a sus estudios y no tenía novio.

En el seminario había jóvenes de diferentes lugares del país con

quienes Amador charlaba en sus momentos libres. Cómo no iba a recordarse

de los seminaristas norteños que se sentaban a comer siempre juntos para

hablar de su familia, el trabajo pastoral y la fe. De igual modo con los

seminaristas del sur del país que tenían una vocación a prueba de cualquier

tentación pues nunca (según el diácono encargado de vigilarlos), ninguno

178
había sucumbido a la pecaminosa costumbre de ir a ver una porno en el cine,

lo cual mereció el reconocimiento público en una homilía del rector del

seminario, quien era uno de los más recalcitrantes defensores de la pureza

del cuerpo y del espíritu monástico.

Había un seminarista flaco y alto, el selvático Che Carlitos. Tenía más

experiencia que sus compañeros y se destacaba por su conocimiento sobre

la doctrina social de la iglesia, lograda gracias a su trabajo de maestro en los

pueblos rivereños de la Amazonía, donde enseño a leer y escribir en su

propio idioma a los niños indígenas. Aquello le permitió ver de cerca la

pobreza y la necesidad de hacer de la educación un apostolado y buscaba

cambiar la realidad del país. En una de esas comunidades encontró el

llamado de Cristo, el día en que después de enviar a sus alumnos a casa, se

quedó como todas las tardes, sólo en el colegio. Aprovechaba ese tiempo

para pensar viendo pasar por el río las balsas con sus cargamentos de

plátanos, gallinas y cerdos. Che Carlitos vio a los niños con sus vientres

abultados debido a la desnutrición y la parasitosis. Se sintió impotente y

frustrado por no poder hacer algo que pudiera resolver ese problema. Se

hincó de hinojos y oró hasta la puesta del sol, pidiendo iluminación y consejo

a Dios para que le indicara el camino que debiera seguir. «Desde aquí no

puedo hacer nada padre», gritó al cielo con tanta fuerza que su voz resonó

en el monte y una respuesta desde allí le dijo: «conviértete en el sacerdote de

los pobres». A partir de ese día Che Carlitos complementaría su fe y vocación

abrazando y defendiendo con firmeza la Teología de la Liberación, teniendo

como maestros a los fundadores de esta corriente de la iglesia católica cuyas

enseñanzas lo llevaría hacia la praxis sacerdotal.

179
Todos los años (como parte del acuerdo de su beca), Amador debía

entrevistarse con su consejero y guía espiritual, el obispo de la Prelatura de

ciudad Paraíso, con quién comentaba los detalles de su formación en el

seminario. Desde el inicio el obispo supo que no estaba en los planes del

muchacho que luego de terminar filosofía, continuaría con los estudios de

teología. Sin embargo, el purpurado tenía la esperanza de que la vida

monacal y los estudios lo convencieran y despertaran en él su vocación y de

todas maneras sería un laico comprometido.

Con cierta frecuencia, el obispo le escribía cartas de apoyo, de aliento,

de perseverancia y le regaló encíclicas, epístolas y documentos de trabajo de

cuanta conferencia episcopal tuvo conocimiento. Sin embargo, para Amador

aquellos regalos, seguían siendo sólo temas de estudio pues no quería

consagrar su vida a los votos de pobreza, castidad y obediencia que exigía la

vida sacerdotal.

Cuando concluyó sus estudios de filosofía, Amador regresó a ciudad

Paraíso con todas las ganas de trabajar en el cambio personal y social de la

gente y entre sus primeras opciones para alcanzar dicho cambio, estaba el

de enseñar. A pocos días de su llegada, recibió una llamada de la secretaria

del obispo, indicándole que monseñor lo esperaba para una reunión en su

despacho.

—Buenos días monseñor—saludó estrechando la mano del obispo.

—Bienvenido y felicitaciones por concluir con honores tus estudios de

filosofía ¿Y qué sigue ahora?

—Aquí termina todo Monseñor, estoy convencido que no tengo

vocación para el sacerdocio.

180
El obispo se quedó callado por un instante, parecía esperar esa

respuesta, luego dijo:

—Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos. Fortalece tu fe

y encuentra tu verdadera vocación al servicio del señor—fueron sus palabras

de despedida a la salida de la prelatura—. Y, ¿A qué te dedicarás ahora?

—A enseñar padre.

181
DOCE

Los dos mil dólares de bolsa de viaje que Amador Fonseca trajo al llegar a

Londres se le esfumaron en un mes. El primer sábado que se mudó al YMCA

fue con unos compatriotas al Tropicana, una de las discotecas más

concurridas por latinos en el Soho de Coven Garden. Allí se bailaba buena

salsa, que nunca antes había visto bailar con tal maestría como a una pareja

que hacían los giros y movimientos más impresionantes y lograba despertar

la admiración de los asistentes. La muchacha tenía un cuerpo perfecto

cubierto sólo por una minifalda negra y una blusa cortita del mismo color que

dejaba al descubierto su ombligo plano como una autopista donde brillaba un

diamante. Cuanto hubiera querido Amador ocupar el lugar del bailarín que la

movía con tal destreza que se olvidó del mamarracho de salsa que aprendió

a bailar cuando estuvo en el colegio.

Estaba tan a gusto en el lugar que se olvidó de su país. La gente era

amable y casi todos hablaban en castellano. Conoció a una pareja: Nigel y

Hazel, el de un país sudamericano y ella británica. Se conocieron cuando

Hazel llegó al país a trabajar por el Servicio de Voluntarios Británicos, VSO

luego de concluir sus estudios en ciencias políticas en la Universidad de

Sussex. Apoyaron a los alcaldes durante tres años a promover en sus

comunidades la pequeña y mediana empresa y a las familias a organizarse y

capacitarlas para mejorar sus condiciones de vida y salir de la pobreza

¿Cuánto capital social traían esas familias del interior del país? El sueño del

desarrollo los había empujado a migrar a la capital, primero buscando

mejores oportunidades para sus familias y luego escapando de la violencia.

182
Reclamaron el arenal cerca al mar, instalaron sus esteras y construyeron sus

casas y talleres con lo cual pudieron sobrevivir y algunos se hicieron

empresarios que trasformaron la madera bruta que traían de los bosques

prístinos de la amazonia en muebles y cualquier tipo de cuero en zapatos,

carteras, casacas y correas.

—¿Eres nuevo aquí, no?— preguntó Nigel.

—Así es—dijo Amador presentándose—. Llegué hace una semana.

Hacen una linda pareja ¿verdad? —comentó Amador viendo a los bailarines.

—Son sólo pareja para el baile—dijo Nigel haciendo un círculo con el

índice y el pulgar—. Él es del otro equipo, es coreógrafo, ya tú sabes… y

llevan años bailando juntos. Te gusta la flaca ¿no?

Escuchando la música de Frankie Ruiz, Eddie Santiago, Fruko y sus

Tesos y viendo bailar a la muchacha, Amador evocó los años cuando

derrocaron al presidente electo y se instauró la dictadura en su país.

Desde que tuvo conciencia de las cosas que pasaban en su entorno,

Amador observó los cambios sociales, económicos y políticos que más le

impactaron y no entendía el por qué de tanta conmoción en casa, en el

vecindario y en la familia. Recordó a su padre escuchando las noticias en la

radio local de ciudad Paraíso. ¡Ha habido un golpe de Estado en la capital, y

nuevamente los militares están en el poder carajo!

Las luces de neón, la música, el ambiente psicodélico y ese vaho de

tabaco y cannabis que inundaba el Tropicana le hicieron añorar el año

cuando librado ya de las tareas, de las largas formaciones en el patio, de las

órdenes, de los uniformes y las directivas de los profesores, que los alumnos

tenían que cumplir (sin dudas ni murmuraciones), culminó los once años de

183
estudios escolares con una fiesta de promoción. ¿Por qué no vienes el lunes

a la Casa Latinoamericana?, le propuso Hazel que era la directora de aquella

ONG que apoyaba a los inmigrantes latinoamericanos a establecerse en el

Reino Unido. Necesitamos voluntarios para ayudar a los latinos a arreglar

una consulta al médico, brindarles orientación legal y darles terapias que los

sacaban del trauma y las secuelas de la violencia que padecieron en los

lugares de donde provenían. Podías ayudar en temas de salud, encargarte

de la elaboración en castellano de una guía de orientación al migrante. Para

ello trabajaría de la mano con un abogado compatriota suyo que ya llevaba

buen tiempo viviendo en el Reino Unido. Amador preparó un manual para la

atención médica con el apoyo directo de Hazel. Dedicarse a la atención de

pacientes, no iba a ser posible todavía, le había advertido la británica.

Tendría primero que revalidar tu título y obtener una certificación en el Royal

College of Midwifery que autorizaría para el ejercicio de su profesión en el

Reino Unido. ¿Y qué significaba todo eso? Pues un largo proceso de

papeleos. Tenía que presentar los originales, más las copias certificadas del

su grado y título, además de los certificado de estudios. Luego debería

aprobar un examen de conocimientos, además el de inglés avanzado. Y todo

ello duraría por lo menos cuatro años, el mismo tiempo que requeriría para

estudiar obstericia en el Reino Unido, comentó Hazel. Pero que no se

desanimara pues valía la pena seguir con el proceso. La chica que baila

salsa es colombiana, dijo Nigel; es enfermera en el hospital St. Pancras. El

era biólogo, y trabajaba en la facultad de Higiene y Medicina Tropical en la

Universidad de Londres y había realizado investigaciones sobre los brotes de

184
dengue en los países de la cuenca amazónica y fue el primero en reportar la

epidemia de dengue ocurrida en ciudad Paraíso.

—¿En el hospital St. Pancras?—Preguntó Amador sorprendido.

—Así es, ¿conoces ese hospital?

—Estuve internado cinco días—dijo secamente, tratando de no dar

mayores detalles—.Y, ¿cómo se llama?

—Susana Altamirano.

—¿Queeé, Susana Altamirano?—Amador estaba más que

sorprendido.

¿Acaso la enfermera que lo había atendido y sólo le vio la cara el día que le

dieron de alta era la misma chica del hospital que en las noches se convertía

en la estrella del Tropicana? No, de ninguna manera podría ser ella,

seguramente se trataba de una homónima. Pero el mismo nombre,

colombiana, enfermera, Hospital St. Pancras no podía ser tanta coincidencia.

Su rostro le parecía diferente ¿Será por las luces, por el maquillaje o porque

él estaba borracho?

—Susana es también voluntaria en la Casa Latinoamericana—

comentó Hazel—. Atiende los viernes en la tarde. Ha pasado los requisitos y

exámenes exigidos por el Royal College of Nursery y ahora ejerce su carrera,

sería bueno que hables con ella para ver tu caso.

«Una razón más para ir a la Casa Latinoamericana», pensó Amador,

tomándose su Heineken. Bailó con Hazel acercándose al centro de la pista

para mirar de cerca a Susana pero ella sólo tenía ojos para su coreógrafo.

185
Tratando de atraer su mirada, Amador levantó las manos para

saludarla pero ella seguía bailando y sólo detuvo cuando se cansó y se dirigió

a la zona vip donde tenía reservada una mesa

Nigel y Hazel se fueron temprano, y las horas pasaron muy rápido

entre música, bailes, alcohol, tabaco y un fuerte olor a marihuana impregnaba

el ambiente. A eso de las tres de la madrugada y sin una libra en el bolsillo,

Amador salió del Tropicana. Afuera hacía frío y no había gente. Los bares

discotecas, bistrots y prostíbulos en el Soho de Coven Garden estaban

vacíos. Los pocos parroquianos que quedaban buscaban una pareja sin que

a nadie le importara.

La casaca de cuero y la chompa de lana de alpaca que trajo de su

país no eran suficientes para soportar el invierno londinense. A esa hora de

la madrugada ya no había transporte público, sólo un bus especial que

pasaba cada cuarenta minutos. La tarifa nocturna llegaba a costar el doble y

Amador no tenía dinero para regresar a su hotel. Y ahora, ¡qué mierda hago!,

se dijo. Lección aprendida, nunca más iba a salir a la calle si estaba misio.

Rebuscó en sus bolsillos con la esperanza de encontrar algún sencillo pero

no tenía ni siquiera un penique y sintió el dolor del frío cortándole las orejas.

A lo lejos divisó el bus y cuando éste llegó, el conductor le abrió la puerta.

Amador subió y sintió la confortable calefacción. Cargando su maquinita

sumadora, el cobrador le cobró el pasaje. Amador se hizo el loco, no

entendía inglés, mostraba sus bolsillos vacíos diciendo que no tenía dinero.

El cobrador le pidió que se bajara del autobús. Amador se quedó quieto

haciéndose el dormido en el último asiento. El cobrador se marcho

puteándolo. Cuando el autobús llegó a la estación Victoria, había gente

186
esperando tomar el primer tren de la madrugada, los quioscos estaban

abiertos y había vehículos en todas partes. Al pasar por el Parlamento

Británico, iluminado desde la orilla del Támesis, Amador sintió que Londres

era el lugar donde quería vivir. Se apeó del bus y de su bolsillo sacó un

mapa arrugado y caminó tratando de encontrar la estación de Stockwell.

Cruzó el puente Westminster en dirección al Guys’s and St. Thomas Hospital

y a paso acelerado atravesó un parque en medio de un viento gélido que le

impedía respirar. Estaba cansado y pese a ello, sudaba de miedo, de

perderse, de estar sólo en ese lugar. Miró su Casio marcando las cuatro de la

madrugada y aceleró el paso. Unas cuadras más adelante divisó los

fluorescentes de la Estación, mientras a lo lejos, la sirena de un patrullero

rompía el silencio de la noche con una luna media luna escondida entre los

nubarrones. Reconoció la calle, estaba cerca del YMCA. Medio dormido y

con voz áspera, el portero respondió los buenos días. Subió a su habitación,

se tendió en la cama y durmió como un ronsoco y no se despertó hasta

promediar las dos de la tarde al escuchar el ulular de una ambulancia

tratando de abrirse paso entre los vehículos de la avenida.

El lunes por la tarde Amador se entrevistó con Hazel en la Casa

Latinoamericana y conoció un poco más lo que hacía la ONG. Los años de

voluntaria para el VSO en varios países latinoamericanos convencieron a

Hazel que los inmigrantes (cualesquiera que fueron las causas para salir de

sus países), necesitaban de una organización que los ayudara a establecerse

sin mayores contratiempos. Tener un lugar donde vivir y cómo sobrevivir era

prioritario y para ello habría que ayudarlos a llenar los formularios y acudir al

187
municipio más cercano para solicitar algún tipo de subsidio. Aprender el

idioma era el siguiente paso y para ello debían acudir a una escuela.

Desde la Casa Latinoamericana, Amador podría ayudar a los

inmigrantes y también asimismo preparándose para la revalidación de su

titulo y lograr el registro para ejercer su carrera.

Tienes que ir al job centre—le sugirió Hazel—. Allí te registrarán y

podrás solicitar el subsidio hasta que encuentres algún empleo.

—¿Voy a vivir subsidiado?—se sorprendió Amador.

—Por un tiempo corto, la plata sólo te alcanzará para lo básico, no te

acostumbres a ello.

Hazel lo acompañó para hacer de traductora y llenar el formulario

UB40. En el lugar había una fila de desempleados esperando ser atendidos.

Amador tendría que encontrar empleo pronto en algo que requería poco

inglés y ese era el rubro de limpieza de oficinas y restaurantes. ¿Pasaría las

mismas peripecias que Patricia? ¿Cuánto tiempo tendría que esperar para

que pudiera ejercer su carrera en la que tantos años había invertido?

¿Estaría atravesando una prueba de fuego? O sería éste el inicio de un gran

cambio en su vida.

Cada quince días se presentaba al Job Centre para dar cuenta de su

situación laboral. Para ahorrar algo, compró un boleto mensual que le

permitía utilizar el metro y los buses desde su hotel hasta la estación de

Waterloo y podía utilizar el mismo ticket, tantas veces al día como quisiera,

siempre y cuando no se pasaba de la zona dos, que era el ámbito de acceso

de su boleto.

188
Una mañana cuando se disponía a salir para la escuela, le llegó la

carta del Home Office, indicándole que su petición de asilo político había sido

rechazada por no existir elementos que sustentaban contundentemente que

su vida en su país corría peligro y debería pedir protección a las autoridades

de su propio país. Ciudad Paraíso había sido pacificada, el gobierno tenía el

control de la situación, decía la hoja que acompañaba a la decisión firmada

por un oficial de migraciones. Pero, si el señor Amador Fonseca no estaba de

acuerdo con aquello, podría apelar ante una instancia superior siempre y

cuando pudiera mostrar nuevos elementos que respaldaban su caso.

Esa mañana Amador no se sentía bien y llegó tarde a sus clases y no

entendió nada las instrucciones que daba el profesor, su mente trataba de

encontrar una salida. ¿Te encuentras bien?, le preguntó míster Norman Elis.

Tienes una cara de miserable, (entendió traduciendo literalmente Amador).

¿Cómo podría probar su testimonio? Si ni siquiera la policía había registrado

su denuncia, menos aún investigado. «Perro que ladra no muerde», fue lo

que le dijeron en la comisaría de ciudad Paraíso.

El abogado de oficio se encargaría de ayudarlo y un mes más tarde

Amador fue citado a la corte para comparecer ante un juez. Por medio de una

intérprete, el juez, pidió que Amador contara los hechos que lo llevaron a salir

de su país. Por unos minutos, evocó sus años de niñez, la imagen de su

padre trabajando como archivador de historias clínicas en el Hospital de

ciudad Paraíso apareció en su memoria. Había obtenido ese empleo al

concluir la secundaria pues en aquellos tiempos tener ese nivel educativo,

tenía gran valor y habían pocos graduados universitarios que ninguno hubiera

querido tomar un puesto como ese, considerado demasiado bajo para un

189
profesional. Pero, para su padre, aquel trabajo era su bien más preciado. Por

eso sufrió el día en que lo invitaron a renunciar, con el pretexto de que había

exceso de personal en el hospital. «Tú no eres estadístico, te haces llamar

así», le dijeron los de la comisión evaluadora cuando lo tuvieron al frente en

el banquillo de los que no habían aprobado el examen. Y se quedó sin su

empleo al que le había dedicado treinta años de su vida. Y, de no haber sido

por la zapatería que su esposa administraba, la familia hubiera sufrido mucho

más. A partir de ese día, su mujer fue quien sustentó a la familia y pudo

educar a los hijos. Amador y sus hermanos recibieron todo lo que sus padres

entendían consistía dar una buena crianza a los hijos: proveerles mucho

amor, alimentarlos bien, enviarles a la escuela y por su puesto permitirles

jugar. Antes de abrir la tienda, su madre dejaba a los niños en la escuela y de

cuando en cuando conversaba con sus profesores para preguntarles cómo

iban progresando los muchachos. Cada vez que podía les compraba libros de

cuentos que eran leídos también en clase y debido a ello es que desde

pequeño Amador cogió la agradable costumbre de leer todo lo que llegaba a

sus manos. Durante las tardes y noches de calor, la familia se reunía en el

patio de la casa para contarse las historias que habían leído, pero

recreándolas, haciendo que estas (cada vez que eran contadas), parecieran

como si fueran nuevas porque le agregaban un dato más, una nueva

información, en esos tiempos cuando no había llegado todavía la televisión a

ciudad Paraíso.

Al cumplir los doce años, Amador se hizo miembro de la biblioteca

local a donde iba (luego de hacer sus tareas) por las tardes para leer historias

nuevas, imaginándose los lugares y paisajes que miraba en los libros.

190
Cuando el juez le preguntó exagerando las erres, sobre el lugar de

donde provenía, Amador no pudo evitar una sonrisa pues era la primera vez

que escuchaba a un extranjero hablar el castellano con exagerada y graciosa

dificultad. Se extendió en los detalles explicando que ciudad Paraíso era un

caluroso y acogedor lugar al nororiente de su país que con el propósito de

darle un aire más turístico, las autoridades convinieron en ponerle ese

nombre. Contaba para entonces con una población cercana a las cuarenta

mil personas y estaba en franco crecimiento económico y poblacional. En sus

calles se veían los distintos rostros del país, desde el poblador hablante de

lenguas nativas, hasta el inmigrante japonés de tercera generación cuyos

ancestros habían llegado escapando de las guerras, al igual que muchos

provenientes de la capital, atraídos por el caucho, el petróleo, la madera y

últimamente la coca.

El juez revisó minuciosamente la primera manifestación de Amador en

el aeropuerto y constató con lo que ahora decía. Movió la cabeza, consultó

con sus colegas que lo flanqueaban y ordenó un receso de quince minutos.

En la cafetería Amador pidió un expreso y conversó con su abogado quien

estaba también empapado en temas amazónicos y hacía referencia a

artículos de renombrados estudiosos sobre los booms que desde la colonia

hasta la fecha habían escrito la historia de ciudad Paraíso. Sin embargo, era

incorrecto pensar que todos habían migrado motivados por la codicia y ese

espíritu de depredación de los recursos naturales y los cultivos ilícitos; pues

muchos lo hicieron por el sueño que los gobiernos alimentaron de que la

Amazonía era una región inhóspita, donde abundaba la madera, los animales

exóticos, el oro y el petróleo, esperando ser recogidos.

191
El abogado estaba interesado en conocer más sobre la historia de

ciudad Paraíso, cuáles habían sido las causas económicas, políticas y

sociales que originaron la violencia en ese lugar. Sabía que los colonos se

instalaron preferentemente a orillas de los ríos dando origen a las

poblaciones ribereñas que ahora se erigían como prósperas ciudades y que

en algún momento tuvieron al narcotráfico como su principal actividad de

desarrollo. Estaba escribiendo un libro sobre países con recursos naturales y

problemas de violencia y los conflictos que venían atravesando. Tenía

previsto destinar un capítulo entero al país de Amador pues lo había visitado

dos veces y tenido la dicha de haber estado en ciudad Paraíso y en la capital.

—Es allí donde radica el problema—repuso Amador, sorbiendo su café

—. La manera romántica como es vista la Amazonía, el cuento de que es un

paraíso de abundancia. Por eso, (más que por la tasa de natalidad como

equivocadamente pensaban algunos), la población crece, originada por el

mito de la abundancia. Que allí se requeriría mano de obra para cortar

árboles, cazar la carne de monte, pescar los paiches, zúngaros, boquichicos,

doncellas y gamitanas; extraer plantas medicinales, despejar la maleza

donde se instalaban las chacras para satisfacer la demanda del mercado

local y mundial.

—Durante mi segunda visita—dijo el abogado—, hice el recorrido por

el río Huallaga, hasta la frontera. En ese viaje escuché muchas historias,

mitos y leyendas que deberían estar en la guía de turismo de ciudad Paraíso.

—Ya están en la guía—dijo Amador—. Durante las celebraciones de la

semana turística, se muestran las alegóricas de la fundación de la ciudad,

solo que ahora ya no hay turistas que van a visitarla.

192
—Pero eso fue siempre así, cuando estuve allí, también habían pocos

turistas.

—Ahora no hay ninguno por culpa de la subversión. Todo el que pudo

se fue de la ciudad pues ya no había nada que hacer allí.

Por las clases de Santibáñez, Amador sabía que los colonos, habían

tomado posesión de extensas tierras en ciudad Paraíso, cuyos linderos

llegaban hasta donde alcanzaba la vista. Se establecieron en las entradas de

las trochas abiertas como heridas de hacha por los madereros para extraer la

caoba. Otros, se metieron en las entrañas del tupido bosque y se instalaron

junto a los riachuelos que lloraban para llenar las lagunas que tenían madre y

que se embravecían cada vez que alguien se metía en sus aguas. Cuando

construyeron la carretera, aparecieron familias que vinieron de la capital,

encaramadas en las tolvas de los camiones y trajeron la papa, la cebolla, el

ajo, el sándalo, el jengibre, la nuez moscada y otras especies que no se

cultivaban en la selva.

Como hormigas Ata que dejan el bosque sin vegetación, los migrantes

se instalaron en los terrenos baldíos alrededor de la ciudad. Cualquier

muladar cercano a la plaza de Armas era convertido en mercado. Así nació la

avenida Principal que años más tarde después de la eliminación de las ratas,

moscas y cucarachas se levantaron muros y la convirtieron en el Mercado

Modelo. Otrora una trocha, la avenida Principal era de lejos ahora, la más

importante arteria de doble vía con jardines coloridos y palmeras que se

inclinan con el viento al paso de las moto-taxis en ciudad Paraíso.

Al terminar el receso Amador y su abogado estaban nuevamente

frente al juez que los estaba esperando.

193
—Señor Fonseca—dijo el magistrado acomodándose la peluca—. Al

llegar al Reino Unido usted afirmó que en su país había sido amenazado de

muerte hasta en tres ocasiones.

—Así es su señoría —asintió Amador.

—¿Qué evidencias tiene para afirmar que tales amenazas existieron?

—Ninguna, su señoría. He vivido en una zona de conflicto político en

el Alto Huallaga y para nadie es un secreto que allí la vida de cualquiera está

en permanente peligro. Un lugar controlado por el narcotráfico y la

subversión.

—Señor Fonseca, —intervino el Juez después de escuchar a Amador

—. Debe saber usted que un asilado político es aquella persona cuya vida en

su país de origen (por motivos políticos valga la redundancia) corre peligro y

se ve forzado a salir a otro país para buscar protección. Sabemos lo que está

ocurriendo en el suyo, la subversión, los conflictos armados, el narcotráfico,

etcétera. Sin embargo, tomando en cuenta sus declaraciones y la falta de

evidencias, tendríamos que dar asilo político a toda la población de su país

por el sólo hecho de la existencia de violencia política y narcotráfico y

aquello, disculpe usted la franqueza, seria simplemente un despropósito.

El juez hablaba de manera pausada, de cuando en cuando consultaba

con los fiscales que lo flanqueaban en el atrio de la Corte y revisaban

documentos. Allí estaba la resolución indicando que en base al testimonio del

solicitante y ante los hechos, las evidencias y los informes del Home Office y

del Ministerio de Relaciones Exteriores, la Real Corte Británica había llegado

a la conclusión y emitido el veredicto de que no existían pruebas

contundentes que respaldaran el testimonio del solicitante para que se le

194
otorgara asilo político por lo que quedaba rechazada su petición de

permanecer en el Reino Unido en esa condición. En consecuencia, el señor

Amador Fonseca debería retornar a su país y solicitar la protección de su

propio gobierno, a las autoridades correspondientes si tuviera o siguiera

teniendo todavía algún problema que ponga en peligro su vida.

Al escuchar al juez, Amador sintió como si algo se le había atascado

en la garganta. Tragó saliva pero el nudo no pasaba. Miró al suelo pensando

qué iba a hacer ahora. Movió la cabeza de un lado a otro sin terminar de

entender por qué tanto desgaste, tantas explicaciones para llegar a nada y ya

no había nada más que hacer, estaba perdido ¿Por qué durante todo ese

tiempo su abogado no había abierto la boca para hacer su trabajo? Ahora sí

le quedaba claro a lo que se dedicaban los abogados de oficio en los casos

de asilo político, no defendían a quienes decían defender. Estaban para

hacer la finta de que el proceso cumplía con los procedimientos del ACNUR,

pero en el fondo defendían el sistema legal británico. No se preocupe señor

Fonseca, todavía vamos a poder apelar la decisión ante la última instancia de

la corte, repetía entre dientes el abogado.

Esa misma tarde luego de la larga jornada del día, al llegar al YMCA,

Amador se sentía agotado; a esa hora servían la cena pero él no tenía

hambre. Observó que los huéspedes ya habían empezado a hacer fila en el

comedor con tickets y azafates en mano. «Para no empeorar mi úlcera, tengo

que meter algo al estómago», pensó y rebuscando en su billetera, sacó el

ticket que correspondía a la cena de esa noche. Sumergido en sus propios

pensamientos se unió a la fila de comensales. Su seño fruncido, reflejaba

toda su preocupación y angustia. ¿A quién le contaría la noticia? ¿Quién

195
podría ayudarle realmente? ¿Sería una buena idea hablar con Victoria, con

Susana Altamirano, con Hazel? Seguramente a esa hora todavía no estaban

en casa, los estudios y el trabajo las absorbían demasiado, llegaban al

promediar las ocho de la noche a casa. ¿Sería una decisión que podría

revocarse? ¿Habría algo que pudiera hacer que el juez cambiara su

sentencia?

Le entregó el ticket al mozo y sin mirarlo pidió sólo embutidos de

cordero, un poco de frijoles, dos tostadas y de paso se sirvió una taza de té.

Al fondo divisó una mesa casi vacía, ocupada por un muchacho africano de

baja estatura que sonreía a todo el mundo. Cuando le habló en inglés, él le

respondió en castellano. Había nacido en Etiopía y antes de llegar a Londres,

había sido favorecido con una beca para estudiar medicina en Cuba. Los

cinco años en la isla fueron suficientes para que pudiera hablar con facilidad

el castellano. Cuando terminó sus estudios mientras trabajaba en un hospital

rural en las comunidades cercanas a la frontera de su país, le sorprendió el

conflicto fronterizo entre Etiopía y Eritrea, éste último país, había logrado su

independencia ese año. Aquel conflicto complicó su trabajo que lo obligó a

salir de su país, aprovechando una invitación oficial para asistir a un curso de

actualización en la atención y el tratamiento de enfermedades infecciosas en

Bulgaria, tomó un vuelo que lo llevó de Addis Abeba a Londres donde pidió

asilo político y estaba realizando los trámites necesarios para que su título le

fuera reconocido y pudiera trabajar como médico en el Reino Unido. Su

conversación franca, su voz monocorde y su manera pausada de hablar

hicieron que Amador confiara en él. Le contó los antecedentes y pormenores

de su llegada a Londres y la resolución negativa del juez para otorgarle el

196
asilo político. El muchacho le ofreció su apoyo confortándole que encontraría

una salida favorable a su situación. Fueron los últimos en salir cuando

arreglaban las sillas y empezaban a trapear el piso del comedor.

Amador no pudo concentrarse al ver las noticias en la televisión y

llamó a su prima Victoria.

—Vente a la casa —le dijo ella con un tono de preocupación—. Es

muy complicado hablar estas cosas por el teléfono.

Dieron las nueve y quince cuando Amador tocó el timbre del onceavo

piso donde vivía Victoria.

—Pucha primo, la cosa está complicada—dijo. Hasta ahora que yo

sepa o haya escuchado, nadie le ha ganado al Home Office, menos aún una

apelación al juez en materia de asilo. Una vez que la respuesta ha sido

negativa, era bien difícil revertirla. Ellos nunca pierden, no les gusta

contradecirse, son bien verdes.

197
TRECE

Esa noche, Amador no pudo conciliar el sueño, encendió su computadora

para escribir lo que había vivido y escuchado en ciudad Paraíso, quería

llevarle ese artículo al abogado. Sería una contribución al libro que estaba

preparando sobre la violencia política en el África, América Latina y el Sud-

Este Asiático. ¿Podrían los acontecimientos de esas incursiones subversivas

en los pueblos y caseríos del Huallaga, el Mayo, el Sisa y el Caynarachi

servir como casos?

Evocó en su memoria la madrugada de un día de noviembre cuando

una columna de más de una veintena de subversivos, atacó el puesto policial

de ciudad Paraíso. Llegaron a las tres de la madrugada, camuflados en la

tolva de un camión (que transportaba bolsas de cemento, para la

construcción del puente), el cual habían asaltado en la carretera hacía sólo

unas horas. Sólo cinco policías custodiaban la comisaría esa madrugada.

Fue todo tan sorpresivo que los efectivos no tuvieron tiempo de repeler el

ataque y bastaron unos cuantos disparos solamente (pues el desequilibrio

numérico era evidente) para que los policías se rindieran. El teniente al

mando fue el primero en caer y el sargento que lo secundaba se escabulló en

el patio posterior, atravesó una huerta, saltó el cerco de cañabrava y llegó

hasta el bote deslizador a orillas del Huallaga y sin pensarlo dos veces

enrumbó río abajo y no paró hasta llegar al distrito más cercano donde pidió

apoyo y refuerzos; pero allí no habían policías, un día antes, habían sido

enviados a repeler un ataque en el Caynarachi.

198
Los disparos tomaron por sorpresa a la población que salió de sus

casas para enterarse de lo que estaba pasando en la plaza de Armas.

Debido a su poderío numérico, los subversivos tomaron fácilmente el control

del pueblo. A los policías rendidos los llevaron hasta la glorieta en el centro

de la plaza y los amarraron a los postes de luz. La gente pensó que lo peor

estaba a punto de suceder, que iban a ser sometidos a «juicio popular».

Lanzaron arengas a la población, «¡que viva la lucha armada! y ¡abajo el

gobierno corrupto, hambreador y represivo!», decían y pedían la liberación de

sus presos del penal de máxima seguridad de la capital. Querían que la

población los apoyara que rechazara el estado de emergencia y el toque de

queda y exigían el restablecimiento de las garantías constitucionales y

ciudadanas y el respeto por los derechos humanos.

Los policías escuchaban las arengas sin poder hacer nada. Los

sediciosos empezaron a azuzar a la gente ¿Eran policías abusadores? ¿Se

comían sus gallinas, sus chanchos y sus vacas? ¿Tomaban así nomás sin

pedir permiso el plátano y la yuca de las chacras, aduciendo que durante el

estado de emergencia nadie podía reclamar nada, que las fuerzas armadas y

policiales asumían el control de todo, porque ellos eran la ley y el orden?

¿Estaban allí para proteger a la gente? ¿No les pedían acaso una cuota a los

campesinos porque ellos sí entregaban sus vidas y ponían el pecho para

luchar contra el terrorismo?

Nadie se atrevió a contradecirlos, no dijeron una sola palabra que

pudiera enfurecerlos y poner de mal humor al cabecilla del grupo.

Preguntaron a voz en cuello a la gente: «¿de quiénes eran los deslizadores

que estaban en el puerto?» y todo el mundo se quedó callado, tenían miedo

199
de meter la pata. «Se lo incautamos a los narcos», pensaba el sargento

mientras bajaba por el río.

Conminaron a la gente para que se pronunciara sobre la conducta de

los policías, tenían que reclamar por lo que les hacían, ahora era el momento.

Al no obtener respuesta, los subversivos aplaudían sus propias arengas,

rugían y vitoreaban a sus líderes, que hicieron enmudecer a las chicharras y

provocaron que los perros ladraran enloquecidos. Sólo una anciana murmuró

apretando los dientes: «váyanse a la mierda». Pero ellos continuaban con

sus vivas a la guerra popular, «¡Patria o muerte, venceremos!».

En ningún momento se dejaron ver sus rostros cubiertos con

pasamontañas. Por el tono de su voz y su contextura física, podría decirse

que eran jóvenes. Vestían camisas y pantalones verde olivo, botas de jebe,

cargaban AKMs y un aparato de comunicación. Sus miradas frías, sus voces

herrumbrosas y esa actitud de autosuficiencia sin límites cuando se dirigían a

los prisioneros y curiosos de la plaza infundían el temor en la población.

Estaban resueltos a defender con sus vidas la toma del poder mediante la

lucha armada.

Como lo habían planificado todo, hasta el mínimo detalle, se

desplazaron en el lugar con total seguridad y sin prisa. Un grupo se quedó en

las afueras para dar aviso por si acaso se producía algún contraataque, otro

piquete patrullaba las calles y de ese modo se aseguraban que nadie pudiera

dar aviso a las autoridades de la provincia o a la base militar más cercana.

Los líderes de mando medio dirigían las arengas y discursos a la población

en la plaza, mientras que el comandante como jefe máximo del grupo, era

protegido por su propia guardia pretoriana.

200
Cuando el sol quemaba ya bien fuerte a esa hora del día, los

insurgentes se fueron a las bodegas, no sin antes tomar la precaución de que

todo estuviera bajo su control y que nadie pudiera hacer movimientos

sospechosos. Querían aprovisionarse de víveres que les permitieran

continuar su causa y propósito de convertir a toda la selva en un territorio

controlado por la sedición. Llamaron a quienes querían sumarse al grupo y

cuando nadie quiso dar un paso al frente lo llevaban a la fuerza,

principalmente a los jóvenes. En el monte tenían que caminar mucho y

necesitaban lomos para cargar los víveres, el agua, el armamento pesado

porque ellos tenían que estar livianos por si acaso las fuerzas represivas les

sorprendieran en una emboscada.

—Nadie realizará ningún saqueo —dijo el comandante y aquello

tranquilizó a los propietarios—. Todo aquí se compra con dólares gringos,

ellos sin querer financian la revolución.

Compraron varias cajas de atún y sardina enlatada, pan, arroz, fideos,

carne de monte y medicinas y lo cargaron todo en una camioneta. El único

lugar que fue saqueado durante la incursión, ante la vista y paciencia de los

subversivos y la sorpresa de los policías, fue la comisaría. Una veintena de

individuos se metieron para llevarse el televisor, la radio grabadora, la única

máquina de escribir, las mesas y sillas, las cortinas y la ropa de cama de los

guardias. Y cuando estuvieron a punto de llevarse hasta los catres, llegó el

cura para restablecer el orden. Echó del lugar a los saqueadores, recuperó

las cortinas, la ropa de cama y cerró la puerta con una tranquera.

Dos días después, la noticia estaba en los periódicos y en la televisión

en todo el país y también había dado la vuelta al mundo. Los cuerpos de los

201
policías eran trasladados en ataúdes a la capital. El Ministro del Interior los

recibió con honores otorgándoles de manera póstuma el grado inmediato

superior. Mientras tanto, el gobierno anunciaba que iba a tomar las medidas

más enérgicas a fin de capturar a los asesinos. El gobierno haría todo lo que

tenía que hacer para que de una vez por todas, aquella lacra social fuera

derrotada, militar y políticamente en el país. Para ello habían dispuesto y

enviado varios destacamentos de fuerzas especiales a la selva, no sin antes

decretar la ampliación del estado de emergencia por seis meses más en toda

la zona.

Cuando su Casio marcaba las tres de la madrugada, Amador puso

punto final al artículo, sin embargo, pese a haber trabajado por más de cuatro

horas, no tenía sueño y tampoco estaba cansado. Oteó por la ventana de su

cuarto y vio la cancha de basquetbol del YMCA cubierto con una capa de

nieve, y ver nevar por primera vez en su vida lo emocionó, pues aquello sólo

lo había visto en el cine. Salió de su habitación y se dirigió a la cancha.

Recogió los copos de nieve del suelo. No era hielo raspado como se había

imaginado de niño; era una cosa mucho más suave y menos fría que el hielo

de una raspadilla y caía lentamente como si volara o planeaba al viento cual

plumas o torundas de algodón. Hubiera querido hacer un muñeco en ese

momento pero no sabía cómo porque nunca antes lo había hecho y hacerlo a

estas alturas le parecía demasiado pueril, entonces decidió caminar sintiendo

el crujir de la nieve bajo sus pies que se hundían suavemente.

Cuando regresó a su cuarto, había pescado un resfrío y por ello tuvo

que guardar cama durante dos días, alimentándose sólo con infusiones

cítricas y galletitas saladas y fue recién el viernes por la tarde, sintiéndose ya

202
restablecido, salió del YMCA rumbo a la Casa Latinoamericana para hablar

con Hazel. No se arrepintió del resfrío, más bien sintió que valió la pena

pagar ese precio por tocar la nieve por primera vez en su vida.

Cuando llegó, Hazel estaba atendiendo a una familia ecuatoriana que

acababa de migrar a Londres y mientras hacía hora, Amador se dirigió a la

cocina para prepararse un café y allí ¡oh sorpresa!, se topó con Susana

Altamirano. Ella no lo reconoció y le respondió el saludo con un «hola» a

secas como si estuviera respondiendo a un desconocido.

—¿Acaso no me recuerdas?—dijo Amador—. Estuve cinco días en tus

manos, internado en el hospital.

Susana lo miró por unos segundos, tratando de recordar al sujeto que

la abordaba de ese modo peculiar y campechano que no escuchaba hacía ya

varios años.

—¡Ah!, claro que sí, caramba—sonrió Susana—. ¡Qué memoria

tengo!, pero si eres el recién llegado, bueno no tanto porque eso fue ya hace

varios meses, necesito un café—y se sirvió uno sin azúcar.

—Seis meses para ser exactos—dijo Amador, con tono menos efusivo.

Y volvieron a saludarse con un beso en la cara.

—Aquí se acostumbra dos, uno en cada mejilla —dijo Susana.

Luego, se pusieron a charlar un poco más. Ella le contó que había

llegado al Reino Unido hace cinco años, con una beca para hacer una

maestría en enfermedades tropicales en el Kings College de la Universidad

de Londres. Era de Bogotá, ciudad tal vez tan o más caótica que la capital del

el país de donde era Amador y que le gustaría conocerlo algún día, cuando

se diera la ocasión; ¿por qué se llama así?

203
—Ahí sí que me agarraste, la verdad es que nadie sabe a ciencia

cierta, pero para no hacértela larga te contaré que existen al menos dos

versiones. La primera dice que el conquistador español que la fundó le puso

ese nombre en honor a un día del calendario católico que coincidía con la

bajada de los reyes magos y la segunda, la menos difundida sostiene que la

reina de España que era algo agorafóbica un día se despertó y le ordenó a su

ujier que aquél lugar lejano en el nuevo mundo se llamase así. Y desde ese

día quedó establecida en cuanto decreto real se hacía referencia de ella. ¿Y

el de Bogotá?, preguntó Amador.

—Ese nombre nace mucho más complicado que el que me acabas de

explicar —dijo Susana—. Los españoles le pusieron primero Santa Fe y

como habían tantas ciudades con ese nombre en Colombia y también en

España, produjo tal confusión que para identificarla los nativos prefirieron

llamarla Bogotá (que en lengua indígena quiere decir el final de los campos) y

de esa manera llegó a llamarse Bogotá a secas.

Susana tenía que atender a sus pacientes que la estaban esperando y

dejando la conversación a un lado Amador le propuso:

—¿Podemos ir al Tropicana esta noche?

—Sí, claro, ¿por qué no? Termino a las ocho y si no te importa

esperar, podemos tomar un bus que nos lleve desde aquí a Coven Garden.

—De acuerdo, yo también estaré trabajando hasta esa hora—dijo

Amador sonriente—. Necesitaré que me ayudes con el inglés en la traducción

de unos documentos para la guía de atención en salud que estoy

escribiendo.

204
Cuando habló con Hazel sobre el rechazo de su petición de asilo

político Amador ya no estaba tan de capa caída y se quedó toda la tarde en

la Casa Latinoamericana. No te preocupes —le consoló Hazel—. Durante la

apelación los jueces sabrán considerar las pruebas que les presentes y

cambiarán su fallo ya lo veras.

Amador quiso concentrarse en el bosquejo de la guía de orientación

sobre el acceso a los servicios de salud para los inmigrantes, pero no podía;

Susana y la cita en el Tropicana estaban en todo momento en su mente. Se

dirigió a la cocina con la intención de incrementar la cafeína en su cerebro, el

asunto del asilo le roía como un comején en la cabeza. Y ahora ¿qué iba a

hacer? ¿Cómo podrían los jueces cambiar su decisión? No iba a poder

presentar nada de lo que ellos llaman evidencias, pues no las tenía.

—Ya estamos llegando al Tropicana —dijo Susana—interrumpiendo

las preocupaciones de Amador.

El autobús rojo de dos pisos que los llevó cerca al Tropicana, se paró

en la estación de Coven Garden y de allí, caminaron dos cuadras hasta llegar

al salsódromo. Eran ya cerca de las diez de la noche y el lugar empezaba a

calentarse llenándose de gente. Había una mesa reservada para dos. Al

ingresar, algunos se levantaron de sus asientos para saludar a Susana,

mucha gente la conocía. Una vez ubicados, pidieron pollo al curry, luego, ella

habló sobre el pésimo transporte público que tenía su natal Bogotá.

—No debe ser peor que en mi país—repuso Amador encendiéndole un

cigarrillo—.Los tradicionales microbuses ya ni siquiera existen, fueron

reemplazados por las combis y las custers que se han convertido en un

peligro público; tú sabes, por los accidentes y la contaminación. Viajas

205
encorvado mostrando el trasero y exponiéndote a que te metan la mano y

roben la billetera o cualquier cosa que lleves contigo.

—En Bogotá sucede lo mismo—dijo Susana—.Te quitan todo: la

cartera, el reloj, te encañonan a cualquier hora en plena luz del día y te dejan

literalmente calata, te despojan hasta la ropa: te sacan la casaca, los

zapatos, los jeans, etcétera, peor aún si es que el ladrón identifica que tu

ropa es de marca. Por eso prefiero Londres, aquí puedo caminar segura a

cualquier hora del día o de la noche por cualquier parte de la ciudad sabiendo

que es poco probable de que me vaya a pasar algo pues todo está siendo

controlado con las cámaras y si es que desafortunadamente me pasara algo,

sería poco frecuente y no lo cotidiano como suele suceder en Bogotá.

—Aquí en Londres, lo raro es que te pase algo malo, mientras que allá

que deje de pasarte—comentó Amador llevándose a la boca el pollo al curry

que probaba por primera vez y para su gusto, estaba sobre sazonado con

azafrán—. He vivido la mayor parte de mi vida en ciudad Paraíso, localidad

mediana, tranquila y segura, alejada de la delincuencia que se ve en las

capitales. Es en ese sentido y salvando las diferencias por supuesto me

siento más seguro en Londres que en mi país pues ahora allá la subversión y

el narcotráfico controlaban todo.

—Si no fuera por la guerrilla y los conflictos sociales y políticos—dijo

Susana cogiendo una pierna de pollo con las manos (explicando que esa era

la manera de comer el pollo al curry) —, no hubiéramos venido aquí sin saber

qué futuro nos espera. Cuando terminé mis estudios la doctora Belinda

Araoz, mi profesora en la maestría y directora del Hospital de Enfermedades

Tropicales, me ofreció un puesto en ese nosocomio, oportunidad que me vino

206
como un regalo de Dios pues debido a ello inicié mi carrera en el tema de la

prevención y el tratamiento del Sida, la tuberculosis y la malaria que

empezaban a incrementarse alarmantemente en el mundo producto como ya

sabes del debilitamiento de los sistemas de salud en los países en desarrollo.

—¿Belinda Araoz?, vaya que coincidencia, la conocí en mi viaje.

—¿En serio?, mira pues que chico es el mundo ¿no?

Bailaron hasta altas horas de la madrugada y entre charla y recuerdos

Susana le enseñó con la paciencia de una maestra de inicial, los pasos de la

salsa ante la mirada de envidia de los curiosos. Amador se sentía feliz,

sentimiento sólo comparado con el que tuvo aquella vez en su fiesta de

promoción y recordó a Patricia de quien seguía enamorado a pesar del paso

de los años. El lenguaje del cuerpo remplazó a las palabras que le hicieron

olvidar en ese instante lo que le había pasado en ciudad Paraíso. Cuando se

levantó para ir al baño, sintió como si caminara pisando espuma. Miró al

suelo para ver si había algo raro en la alfombra pero no había nada. Regresó

a la pista de baile, estaba liza y brillante como un fruto de humarí y confirmó

que no estaba soñando, pero seguía percibiendo aquella sensación en sus

pies que se deslizaban sin tocar el piso y se veía flotando como un fantasma

«¿Qué me estará pasando?, ¿acaso estoy soñando?», pensó muerto de

miedo al verse asimismo levitando a unos centímetros del suelo. Estaba

seguro que aquello era producto de su imaginación o de algún tipo de

alucinación pues nunca antes le había pasado algo así. ¿Me habré auto-

pepeado? ¿Podría sucederle a alguien algo como eso?

Trató de dejar de pensar en ello mientras hacía la pila, pero era en

vano, igual miro sus zapatos detenidos sin tocar el suelo y se pellizcó para

207
asegurarse que no estaba soñando. Al regresar se dio cuenta que caminaba

derecho y no estaba borracho. Preguntó a Susana si notaba algo raro en él.

Y ella le dijo que no, que lo veía igualito que antes. Me siento más alto que

cuando llegue, ¿acaso no te das cuenta?

—¡Queeé!, ¿te tomaste mi agua?—dijo Susana sorprendida—. Pucha

que tonta soy, cogiste el vaso equivocado, te tomaste lo que era mío y yo el

tuyo —sonrió jalándole para bailar otra salsa—. Bueno discúlpame, lo siento

mucho.

—Pero es que yo nunca he con…—balbuceo Amador.

—En serio ¿no la has probado?, pucha no sabes de lo que te pierdes,

pero olvídate, no es adictiva. Acá todo el mundo la usa, ¿sabes lo que es una

anfetamina no?, bueno, recuerda tus clases de farmacología general, es algo

parecido pero más potente.

—Sí, sé algo sobre eso —repuso sólo por decir algo.

Se sentía feliz, lúcido y más atrevido. Inmediatamente puso en práctica

lo aprendido dejándose llevar por el ritmo, guiado por los pasos de Susana.

Los minutos pasaban como si fueran segundos y las horas como si fueran

minutos. Se acercó más de lo que normalmente lo hubiera hecho de no haber

sido por el Éxtasis en su cerebro y la besó en la boca. Esperó el «¿qué te

pasa estás loco?» y hasta ya había preparado una coartada pero

contrariamente a ello, Susana también lo besó.

Se miraron, sonrieron y continuaron en un beso interminable como si

sus labios se hubieran pegado con la resina del caimito y no pensaban en

despegarse si no hubiera sido porque en ese momento el DJ puso una

música movida. Amador tenía tanta sed que esa noche tomó agua como si

208
fuera un camello; y siguieron con sus cuerpos pegaditos, sintiéndose que se

pertenecía el uno al otro, sin importarles la mirada de los curiosos. Movidos

por la energía que generaba el amor o quizás la pasión, salieron del local,

evitando llamar la atención de las almas solitarias que a esa hora de la

madrugada merodeaban a la caza de alguna víctima debilitada por el alcohol.

La calle estaba fría y cubierta por una intensa neblina y a la distancia

divisaron las luces del autobús parrandero. Cuando llegaron a la estación de

Hammersmith caminaron unas cuadras hasta el departamento de Susana.

Vivía en un primer piso de un conjunto habitacional rodeado por una cerca de

madera y un jardín que languidecía debido al abandono de los vecinos. Se

quitaron las casacas, adentro hacía calor, Susana había dejado encendida la

calefacción.

—Me disculpas el desorden, con tanto trabajo no he tenido tiempo de

arreglar todo este desastre—dijo Susana recogiendo una toalla tirada en el

sofá.

—Si vieras cómo tengo el mío te deprimirías.

Amador desabotonó uno a uno y sin prisa los botones de la blusa de

Susana y por primera vez, tocó sus pechos duros y simétricos. Luego, con

esa misma paciencia, recorrió como un caracol, la areola carmesí de su

pezón que se elevaba y sintió una tensión debajo del ombligo y pensó que la

vida había vuelto a ser otra vez generosa con él. Susana se sacó los jeans

mostrando su bien dotada anatomía. Cuando se acostaron en la cama de

sábanas pulcras, vieron sus imágenes reflejadas en el espejo, iluminado por

la luz tenue de la lámpara en el dormitorio. Ella parecía ser una Venus de

209
Velásquez, eso sí con una minúscula lencería que le tapaba el pequeño

triángulo de su sexo, donde Amador no disimulaba en mirar.

Al primer vaivén del amor, la madera del catre crujió y recordó su

primera experiencia de adolescente en ciudad Paraíso. En pocos segundos,

sus cuerpos se trenzaron como culebras influenciadas por la pasión

tragándose así mismas sin ofrecer resistencia. No hicieron una, ni dos como

pudiera esperarse, sino tres veces el amor, hasta quedar exhaustos,

empapados de sudor que tuvieron que apagar la calefacción para no arder y

sólo así lograron dormir al despuntar el día.

Cuando Amador se despertó, eran ya más de las dos de la tarde.

Tenía mucha sed y fue a la cocina por un poco de agua. Al volver, Susana

todavía dormía envuelta entre las sábanas. Al verla acostada en la cama

King Size, Amador quedó convencido que no había sido un sueño y era cierto

que había hecho el amor con una de las mujeres más bellas con quién jamás

hubiera imaginado estar. Con ello confirmó que nada ocurría en la vida por el

azar, que no hubiera tenido aquella experiencia en su vida si él mismo no se

lo hubiera propuesto decidiendo viajar once mil kilómetros para encontrarse

con esta chica. En ese momento escuchó música a todo volumen; en el jardín

del condómino, los vecinos festejaban quien sabe qué cosa. Los escuchaba

conversar y reírse. Estaban allí reunidos peruanos, colombianos, chilenos,

bolivianos, ecuatorianos y venezolanos

En Hammersmith, vivían muchos latinoamericanos que habían llegado

a Londres en la década de los ochenta. Una ola de migrantes peruanos, lo

había hecho hacía seis o siete años. Por alguna razón que Amador no

entendía todos los peruanos decían que habían nacido en Lima, pero a

210
juzgar por sus acentos, la mayoría provenían del interior del país. Aquel

domingo se celebraba el día de la independencia del Perú y por ello la

reunión era especial y todos correaron: ¡que viva el Perú carajo!

Susana lo presentó a sus amigos y era la hora del almuerzo y había tal

variedad de platos que quisieron probar de todo un poco: cebiche, arroz con

pato, papa a la huancaína y seco de cabrito. Es que desde la distancia

aquellas celebraciones se hacían más emotivas, le llegan a uno más al bobo,

dijeron los presentes.

El encargado de la caja, un blanquiñoso alto, flaco que hablaba más

inglés que castellano le peguntó de dónde era y dónde quedaba el lugar de

donde Amador provenía, pues nunca lo había escuchado antes. Al otro lado

de la cordillera para ser más exactos, respondió. O sea de la selva, añadió el

de la caja levantando su vaso para hacer un brindis por la vida.

Cervezas iban y cervezas venían y con más confianza, nuevamente se

le acercó el de la caja, sin despegar un ojo de su puesto y al oído y con una

palmadita al hombro le dijo: ¡Felicitaciones lecherazo!, te chapaste a la

colombiana. ¡Que te dure, compadre esa chica es la muerte! ¿Qué quería

decir con eso? Pues nada, que era buenísima. Ahora sí cuéntame cómo

están las cosas en tu país pues lo que aquí sabemos es que luego de la

captura de los líderes subversivos, estaba totalmente pacificado. Y de

acuerdo a esa situación, en teoría ya no deberías estar aquí, pues las cosas

no estaban tan mal, los sediciosos habían sido controlados y es muy

probable que te rechacen tu solicitud de asilo.

—Ya me lo rechazaron—dijo Amador—. Y contó los detalles de la

resolución del juez y su apelación.

211
—Hay un noventa por ciento de que la pierdas, compadre, los jueces

son bien verdes aquí, nunca dan su brazo a torcer.

Amador no quería seguir hablando sobre el tema, menos aún con

quienes recién conocía y cambiando la conversación, habló sobre la

situación política de su país. Dependiendo de quién hacía la evaluación del

asunto, si era el gobierno, asumía que la subversión había sido controlada y

al país le estaba yendo bien, creciendo gracias a las exportaciones de sus

materias primas y el auge de las privatizaciones de las empresas y los

servicios públicos, pero aquello no llegaba a la gente, no había empleo y la

pobreza afectaba a más de la mitad de la población a tal punto que la clase

media ya casi había desaparecido, llegando a formar parte del ejército de los

pobres ¿Cómo podría decirse que a su país le estaba yendo bien?, imposible

pues no se sentía en el bolsillo. El gobierno de Jhon Major respaldaba los

cambios que se habían dado en aquel país latinoamericano, sobre todo a su

política antisubversiva. Habría que reconocer sin mezquindad eso sí que

gracias a esa política fue que el terrorismo había sido controlado.

212
CATORCE

Hazel aconsejó a Amador para que mantuviera la calma, que pidiera apoyo a

alguien en casa y le enviase pruebas contundentes que respaldaran su

solicitud de asilo.

—Debes tener alguna copia de tu denuncia—insistió.

—No, no la tengo, denuncié ante la policía lo que me había pasado

pero nunca me hicieron caso.

—Entonces no podrás defender tu caso en la apelación, los recortes

periodísticos no son suficientes, tampoco el informe del ACNUR, allí

solamente se habla de la situación social y política en la zona.

Para Amador las cosas se le se pusieron color de hormiga pues no

tenía el tipo de evidencias que el juez estaba solicitando. Se sentía perdido

¿Cómo podría demostrar lo que le había pasado? Definitivamente no

entendían la situación en su país, la desconfianza que tenía la gente en las

autoridades, el temor de ir a una comisaría, las represalias que sufrías si los

subversivos se enteraban que los habías denunciando ¿Tendría que haber

sido torturado para que el juez le tomara en serio? ¿Qué pasaría si hiciera

caso omiso a lo que le pedía el juez? ¿Y si simplemente se escondía? ¿Le

pasaría lo mismo que a Patricia? ¿Tendría una vida dura? En menos de un

mes debería reunir las pruebas.

—No vamos a poder apelar si es que no presentamos las pruebas—se

sinceró el abogado—. El juez sólo aceptará la apelación si es que existen

nuevas evidencias que por situaciones ajenas a tu voluntad no fueron

tomadas en cuenta en tu primera declaración. Sólo esas evidencias

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demostrarían la contundencia de los hechos, de lo contrario desestimarían la

apelación dando por cerrado el caso.

Y, pronto llegó ese día. Amador se levantó temprano, fue a la cocina a

prepararse un café y unas tostadas con huevos revueltos. Tomó el metro

hasta Piccadilly Circus; allí cambió de línea y se bajó en la estación de

Westminster y desde allí caminó hasta The Strand donde quedaba la Corte.

Su abogado le había estado esperando. La mañana era fría y oscura y el aire

gélido se sentía en la plataforma del tren a treinta metros bajo tierra. El juez

revisó las evidencias entregadas por el abogado. Las leyó con parsimonia.

Había un recorte de periódico (un tabloide como lo habían clasificado), donde

se decía que los sediciosos seguían incursionando en la capital y el interior

del país. Habían asesinado a una dirigente de un asentamiento humano por

negarse a colaborar con ellos y el informe de veinte páginas del ACNUR

daba cuenta de la presencia de la subversión y el narcotráfico en el Alto

Huallaga.

—Usted estuvo en Miami señor Fonseca —dijo el juez ya con

sentencia en mano—. ¿Por qué no pidió asilo político allí? La legislación en

esta materia indica que es el primer país a donde llega el que está buscando

asilo donde debe solicitarlo.

—No conozco a nadie en Miami señor juez.

—Y ¿en el Reino Unido tiene a alguien que lo ayude?

—Aquí tengo una prima.

— ¿Podría darme el nombre?

—Victoria

—¿Qué condición legal tiene ella?

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—Estudiante.

—Eso es todo, gracias.

Luego de un cuarto intermedio el juez tenía el veredicto:

Vista las evidencias, la Suprema Corte declaraba improcedente el

caso del señor Amador Fonseca y rechazaba su solicitud de asilo político—se

acomodó la peluca blanca y rizada, el juez mientras leía—. Tiene usted que

retornar a su país en un plazo de quince días.

Y Amador se quedó frío como un sapo.

El día que conoció la respuesta desfavorable del juez sobre su

solicitud de asilo político, Amador llegó cabizbajo al departamento de Susana.

Tenía en mente dos alternativas: regresar a su país o quedarse de ilegal en

Londres.

—Puede haber una tercera alternativa—dijo Susana—, casarnos y así

podrás tener la residencia.

—No, de ninguna manera, no estoy preparado para el matrimonio; si ni

siquiera puedo cuidarme a mí mismo, menos aún podré asumir la

responsabilidad de ser esposo y menos aún, padre.

—Pero, ¿quién está hablando de hijos tonto? Yo tampoco los quiero,

no por ahora y no creo que sea contigo. Sólo te estoy proponiendo una salida

legal para evitar que te deporten.

—Está bien, déjame pensarlo, podría ser una salida.

—No es que podría, es la única salida que tienes, no seas terco.

Pero, Amador sí que era terco, más terco que un ronsoco y desestimó

la oferta de Susana. ¿Y si se acostumbraba a la idea de quedarse con ella?,

no, no no, ni hablar, (hacía pucheros y movía de un lado a otro la cabeza),

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aquello no podría ser, todavía era muy joven, muy inmaduro para el

matrimonio, y aunque esto era sólo para arreglar los papeles, de todas

formas era un compromiso ¿Acaso la edad de casarse no era algo que a uno

le llegaba cuando era su tiempo? Es cierto, Susana era linda, le gusta no lo

podía negar, pero estar con alguien para toda la vida era una idea que no le

cuadraba. O podría divorciarse cuando el amor se terminara como lo hacía

todo el mundo y no sería el primero ni el último en hacerlo, el amor existiría

mientras duraba, pero no creía que pudiera ser para toda la vida. De repente

ella se cansaría de él, podría también darse ese caso. Bueno, no se iba a ser

paltas por eso. No se casaría ni a balas, esa era su decisión final y se la dijo.

Era cierto, ella lo amaba y a quienes había escuchado decirle eso, habían

exigido de él lo imposible, un amor eterno.

Amador optó por quedarse de ilegal en el Reino Unido y como su

inglés había mejorado, consiguió empleo en un asilo de ancianos en

Hammersmith cerca al departamento de Susana. A la semana siguiente,

recibió una carta del Home Office indicándole que a partir de la fecha debería

retornar a su país y le daban un plazo máximo de quince días para hacerlo y

de no ser así, el Home Office se encargaría de hacerlo de grado o fuerza.

Esta vez sí mucho más terco que un ronsoco, por la forma más que por el

contenido del documento, rompió la carta y se fue a trabajar.

Una mañana tres oficiales de migraciones llegaron al 40 Stockwell

Road, London, SW9 9ES y preguntaron por Amador Fonseca.

—Ya no vive aquí, dijo el administrador del YMCA, hace quince días

que se fue, no sé sabe adónde.

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Lo buscaron en la comunidad latina, en la Casa Latinoamericana, en el

Tropicana y en el departamento de Susana pero ella tampoco sabía dónde se

encontraba.

—Sólo sé que se encuentra al sur de la ciudad.

—Pero dónde exactamente.

—Creo que en Brixton.

Con esa información, los de migraciones se quedaron tranquilos y

decidieron afinar su estrategia y consultaron la base de datos del Job Centre

y así un miércoles a las tres de la tarde, lo capturaron en el asilo de ancianos

en Hammersmith. Lo metieron esposado en un patrullero y lo llevaron al

Centro de Detenciones de Inmigrantes, cerca al aeropuerto de Gatwick, y dos

días después, lo embarcaron en un vuelo de la British Airways que haciendo

escala en Caracas lo trajo de regreso a su país. Susana haría hasta lo

imposible para evitar que lo deportaran pero no tuvo éxito. No te preocupes,

durante las fiestas navideñas viajaré a tu país para arreglar las cosas,

inclusive el gerente del asilo de ancianos de Hammersmith está tramitándote

una visa de trabajo ante el consulado.

—Gracias por tu ayuda—le dijo Amador a Susana cuando los oficiales

le permitieron conversar con ella en el aeropuerto—. Ya no regresaré a

Londres, me quedaré en ciudad Paraíso y veré si todavía puedo recuperar mi

puesto de profesor en la universidad.

Cuando llegó a su país, muchas cosas habían ya cambiado. Las

compañías de aviación nacionales habían quebrado y habían sido vendidas a

empresas extranjeras. De la capital tomó una avioneta hacia ciudad Paraíso,

pero para esa compañía el negocio no era el transporte de pasajeros sino el

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de cocaína. Al entrevistarse con el Rector, le anunció que ante la ausencia y

el descrédito académico de Santibáñez necesitaban un profesor que se

encargara del Departamento de Ciencias Sociales.

Pero Amador había cambiado mucho, ya no quería estar en ciudad

Paraíso, ahora le encantaba la capital y por eso se quedó a trabajar en el

Minsa, desde allí me contactó para escribir su historia hasta aquella mañana

en que desapareció y sólo supe de su paradero aquella mañana al encender

la tele donde se propalaba a los cuatro vientos que el comandante Grillo y

trece de sus mejores hombres, cansados de vivir a salto de mata escapando

del cerco que les había tendido el Ejército, anunciaban su rendición

incondicional ante las cámaras de televisión.

—La lucha armada es una utopía—fueron sus declaraciones a los

medios de comunicación junto al dictador confundido.

—Y ¿A qué piensa dedicarse ahora que ha depuesto las armas?—

preguntó un periodista—. ¿Volverá a ejercer la docencia universitaria?

—No, por el momento no—repuso Santibáñez secándose el sudor de

la frente.

A partir de ese día el ex guerrillero fijó su residencia en ciudad paraíso

y con el dinero producto de los cupos que pidieron fundó con sus seguidores

un centro para la formación espiritual y la ciencia de la mente. Todos esos

años en el monte le habían permitido mejorar su técnica de hacerse invisible.

Mucho más que su propio maestro del la cordillera Escalera, llegó a dominar

los poderes del ayahuasca y podía invocar a las ánimas de los cerros, las

cochas, los ríos y las lagunas y transformarse en un otorongo, un águila o

una anaconda.

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Ese fue un día antes de que acordamos llevar el manuscrito a la

editorial, Amador se enteró de aquello cuando prendió la tele en su cuarto y

sin perder más tiempo fue en busca de Santibáñez y lo encontró en plena

sesión de ayahuasca. Su aspecto físico no había cambiado mucho, pues aún

mantenía ese cuerpo delgado y atlético de insecto que lo caracterizaba,

aunque su cabello había ya empezado a encanecer.

—¡Qué alegría volver a verte! —dijo Santibáñez al reconocerlo.

—La alegría es mía, profesor, en todos estos años no he recibido

noticias suyas y ahora lo encuentro convertido en un chamán para curar los

males del cuerpo y el alma…

—Los del cuerpo los curan los médicos, yo sólo me encargo de la

mente: la depresión o desinterés por la vida, la falta de convicción por el

cambio, la apatía por luchar por los derechos y alcanzar nuestras metas.

—Aquí me tienes, como paciente, de todo aquello vengo padeciendo

desde que escapé de ciudad Paraíso, me fui a Londres y me quedé en la

capital, hace un buen tiempo que necesito de ayuda.

Amador percibió el olor a tabaco de la mezcla marrón oscura del vaso

de ayahuasca. Tomó sólo medio vaso de aquella amarga pócima que le

raspó la garganta en medio de una humareda de tabaco inundándole la

mollera. Se sentó en un petate de bombonaje junto al resto de jóvenes que ni

siquiera lo miraron, ni le dieron la bienvenida porque habían empezado a

entrar en trance. Sintió que todas sus entrañas empezaban a moverse como

un nido de serpientes despertando de un sueño. Eran las serpientes del plexo

solar, se dijo así mismo. Y vio que en ese instante el mundo daba vueltas a

su alrededor.

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Tuvo ganas de vomitar, sintió la primera arcada y se agachó hacia la

bacinica y vomitó todo lo que había comido esa tarde, así era el efecto

purgativo del ayahuasca. Luego, sintió una soplada, una bocanada de humo

de tabaco negro que Santibáñez le echaba en la coronilla, luego un poco de

agua florida Murray y Timolina en la sien. Escuchando la melodía del pífano

sintió que no estaba solo. Luego, poco a poco las cosas empezaron a

aquietarse hasta quedarse como habían estado antes. Y vio que su alma

salía de su cuerpo, consciente que no estaba muerto y se trasformó en un

otorongo.

Sentados en un cómodo sillón en la sala de su casa en Miami, Patricia

Lezcano y su esposo, veían un documental emitido en la National

Geographic en el que un chamán amazónico, bajo los efectos de la

ayahuasca, afirmaba tener la capacidad de tele trasportarse por lejanos e

inhóspitos parajes, convirtiéndose en un águila o en un otorongo. Relataba

cómo transformándose en un felino, había viajado con trece discípulos suyos

y su lugarteniente desde ciudad Paraíso hasta la capital cruzando a nado el

caudaloso río; subieron por un Abra y cuando llegaron a la cumbre se

trasformaron en águilas y volaron, pasando por chacras, ciudades y cumbres

nevadas de la cordillera hasta que divisaron en medio de la neblina las

infinitas luces de la capital. Y, sin que nadie se diera cuenta, aterrizaron en un

lugar donde se celebraba un banquete en honor al onomástico del dictador

confundido.

—Pura mitología y alucinación—comentó Thomas Kaufman.

—Los chamanes amazónicos si pueden hacer eso mi amor—se

revolcó Patricia en el sofá.

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Al día siguiente los canales de televisión mostraban las primeras

imágenes del asalto a la residencia del dictador confundido por catorce

subversivos, exigiendo la inmediata liberación de sus camaradas que

purgaban condena en cárceles de máxima seguridad y entre quienes se

encontraba la novia del comandante Grillo.

El rostro mostrando la identidad de cada uno de los subversivos en

las pantallas de televisión llamó la atención de Patricia. ¡Ese es el filósofo y

obstetra! ¿A qué filósofo y obstetra te refieres? Al que conocí en la selva mi

amor. ¿Eras amigo de él? Claro que sí, después de terminar filosofía estudió

obstetricia para contentar a sus padres y luego se fue a Londres según me

contó mi madre que lo encontró en el avión.

—¡Que tal masacre, ni un solo sobreviviente!—exclamo Thomas

Kaufman cuando la CNN, mostraba al dictador confundido caminando sobre

los cadáveres luego de la recuperación de su residencia.

—Son las características de una republiqueta bananera—comentó

Patricia cambiando de canal.

Mediante un comunicado emitido por las emisoras locales en ciudad

Paraíso, el General del Ejército, aseguraba que desde que se firmó la

rendición del sujeto Gilberto Santibáñez, (alias comandante Grillo), este

nunca había abandonado la lucha armada, siendo su dimisión sólo una treta

para seguir reclutando mediante el lavado del cerebro camuflado de chamán

a los jóvenes y contaba con uno de sus lugartenientes más sanguinarios el

filósofo y obstetra Amador Fonseca.

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