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FRAGMENTOS DEL LIBRO ‘INTRODUCCIÓN A LOS ESTUDIOS

HISTÓRICOS’, DE Ch. V. LANGLOIS Y Ch. SEIGNOBOS*


Sesión 2ª

(Qué hacer ante un documento)

1. CONDICIONES GENERALES DEL CONOCIMIENTO HISTÓRICO

[p. 95] Ya hemos dicho que la historia se hace con documentos, y que los documentos son las
huellas de los acontecimientos del pasado (1). Expondremos ahora las consecuencias que se
derivan de tal afirmación y de tal definición.
Sólo podemos conocer los hechos empíricamente de dos maneras: directa, si los observamos
en el mismo momento en que suceden, o bien indirecta, mediante el estudio de sus huellas.
Tomemos, por ejemplo, el caso de un terremoto: si presencio el fenómeno tengo un conocimiento
directo; e indirecto cuando, sin haberlo presenciado, observo sus efectos materiales (grietas, muros
derruidos) o bien, si no son ya visibles, leo cómo los describe algún testigo que asistió al hecho u
observó sus consecuencias. Por tanto, la índole de los «hechos históricos» (2) consiste en que no
podemos conocerlos sino indirectamente, a través de sus huellas. El conocimiento histórico es
indirecto por naturaleza. En consecuencia, el método histórico científico ha de ser radicalmente 1
distinto al del resto de las [p. 96] ciencias, que se apoyan —salvo la geología— en la observación
directa. Independientemente de cuanto haya podido decirse, la historia no es una ciencia de
observación. (3)
No sabemos de los acontecimientos del pasado sino por sus huellas. Es cierto que el
investigador observa directamente tales huellas, a las que damos el nombre de documentos; pero
una vez lo ha hecho, no le queda nada que observar. A partir de los documentos, procederá
mediante razonamientos para tratar de remontarse desde los vestigios hasta los sucesos con la
mayor exactitud posible. El documento es el punto de partida, y el acontecimiento pretérito el de
llegada (4). Hay que ir de uno a otro siguiendo una compleja trama de razonamientos encade-
nados, en la que las posibilidades de error son innumerables; la menor equivocación, ya se
corneta al principio, hacia su mitad o al término de la investigación, puede invalidar la totalidad de
las conclusiones. De ahí que el método «histórico» o indirecto sea claramente inferior al de
observación directa; pero los historiadores no están en situación de elegir: es el único para llegar
hasta los acontecimientos del pasado, y más adelante (5) veremos cómo es capaz, pese a sus
limitaciones, de proporcionarnos un conocimiento científico.
Una de las partes principales de la metodología histórica es el análisis detallado del proceso
que va desde la observación material de los documentos hasta el conocimiento de los hechos. Es
el terreno del análisis. Los siete capítulos siguientes están dedicados a él. Trataremos de esbozar
en primer lugar, muy sumariamente, sus líneas generales y sus principales apartados.
I. Cabe distinguir dos tipos de documentos. En ocasiones, el acontecimiento remoto ha
dejado una huella material (un monumento, un objeto). A veces, caso más frecuente, la huella es
de orden psicológico: una descripción, un relato por escrito. El primer caso es mucho más sencillo
que el segundo. En efecto, existe una relación fija entre determinadas huellas materiales [p. 97] y
sus causas, y esta relación, determinada por las leyes físicas, es bien conocida (6). Por el
contrario, la huella psicológica es meramente simbólica: no es el acontecimiento mismo, ni siquiera
su huella inmediata en el espíritu de quien lo presenció; no es más que un signo convencional del
efecto que el acontecimiento produjo en el ánimo del testigo. Por consiguiente, y a diferencia de
los documentos materiales, los documentos escritos carecen de valor intrínseco; valen sólo en
cuanto reflejan procesos psíquicos complejos y difíciles de desentrañar. La inmensa mayoría de
los documentos que sirven al historiador como punto de partida para sus razonamientos no son,
en resumen, sino huellas de procesos mentales.
Visto lo cual, para llegar desde un documento escrito al acontecimiento que fue su causa
remota, esto es, para conocer la relación entre el documento y el hecho, es preciso reconstruir en
su integridad la serie de causas intermedias que dieron lugar al documento. Hay que imaginar la
serie de actos que llevó a cabo el autor del documento, desde que presenció el suceso hasta que
redactó el manuscrito (o el texto impreso) que tenemos ante nuestros ojos. Esta cadena se
reconstruye en sentido inverso, comenzando por la revisión del manuscrito (o del texto impreso)
hasta llegar a lo sucedido en otra época. Tales son el punto de partida y el curso del análisis crítico
(7).
En primer lugar, hay que examinar el documento. ¿Se conserva en su estado original? ¿Ha
sufrido daños? Hay que estudiar cómo fue elaborado, a fin de devolverlo a su estado original en 2
caso necesario, y determinar su procedencia. Este primer conjunto de pesquisas previas, referidas
sobre todo a la escritura, la lengua, las formas, las fuentes, etc., constituye el campo específico de
la crítica externa, o crítica erudita. A continuación interviene la crítica interna: para reconstruir los
[p.98] estadios psicológicos que atravesó el autor del documento actúa mediante razonamientos
por analogía, cuyas premisas toma de la psicología general. Ante las afirmaciones del autor del
documento nos preguntamos: 1) ¿Qué ha querido decir?; 2) ¿Creía en lo que decía?; 3) ¿Estaba
en lo cierto, o se equivocaba? Esta fase guarda similitud con una de las operaciones científicas en
que se basa cualquier conocimiento objetivo: el documento es ya algo que podemos observar, y no
nos queda sino examinarlo conforme al método de las ciencias objetivas. Todo documento tiene
valor en la medida en que, una vez estudiada su génesis, queda reducido a una observación bien
realizada.

II. Dos conclusiones se desprenden de lo anterior: complejidad extrema, necesidad absoluta


de la crítica histórica.
Comparado con los demás investigadores, el historiador se encuentra en una situación
enojosa. No sólo no puede, como el químico, observar los hechos directamente; tampoco los
documentos que ha de manejar responden sino rara vez a observaciones precisas. No cuenta con
los protocolos verbales de descripción científicamente establecidos que pueden sustituir y
sustituyen a las observaciones directas en las ciencias de la naturaleza. Se encuentra en la
posición de un químico que tuviera que ponerse al corriente de una serie de experimentos a través
de lo que pudiera decirle un auxiliar de laboratorio. El historiador está obligado a utilizar informes
insuficientes, con los que ningún otro investigador se daría por satisfecho (8)).

Con esto quedan aún más de manifiesto las precauciones que se han de adoptar para utilizar
estos documentos, únicos materiales de la ciencia de la historia: evidentemente, conviene [p. 99]
eliminar los que carecen de valor y distinguir qué tienen de fidedigno los demás. Puesto que el
primer impulso del espíritu humano es no adoptar precaución alguna y seguir el primer impulso en
terrenos como éste, en los que es indispensable la precisión más estricta, resulta tanto más
necesario mantenerse aquí alerta. Por descontado, todo el mundo reconoce en principio la utilidad
de la crítica; sin embargo, se trata de una de esas verdades que nadie discute, pero que rara vez
tienen traducción práctica. Siglos de brillante civilización han transcurrido antes de que alborearan
las luces de la crítica entre los pueblos más cultivados de la tierra. Ni los pueblos orientales ni la
Edad Media tuvieron noción clara de ella (9). Hombres de mérito que consultaron documentos para
escribir historia, olvidaron hasta hoy mismo cautelas elementales y aceptaron a la ligera puntos de
partida erróneos. Todavía hoy la mayor parte de los jóvenes, dejados a su arbitrio, reincidirían en
aquellos viejos errores. El análisis es lo contrario del primer impulso intelectual. Tendemos a dar
crédito a cuanto se nos dice y a difundirlo, incluso sin distinguirlo claramente de nuestras propias
opiniones. ¿Acaso en la vida diaria no aceptamos con indiferencia y sin verificación de ninguna
clase los «se dice que...», las informaciones anónimas y espurias y toda clase de «documentos» de
mediana o nula confianza? Se necesita un motivo especial para que nos tomemos la molestia de
verificar la procedencia y comprobar el valor de un documento referente a algo ocurrido el día
anterior. Dicho de otro modo: si no es escandalosamente inverosímil, y en tanto no se nos diga lo
contrario, lo aceptamos, lo propagamos, lo defendemos, y si es necesario lo adornamos. Cualquier 3
persona sincera reconocerá que se precisa un propósito firme para sacudirse la ignavia critica, esa
forma tan extendida de la pereza intelectual; y que este propósito, [p. 100] que debe ser
constantemente renovado, con frecuencia implica un esfuerzo riguroso.

El instinto natural de un hombre que cae al agua es hacer todo lo posible por ahogarse;
aprender a nadar es adquirir la costumbre de reprimir determinados movimientos espontáneos y
sustituirlos por otros. De igual forma, el hábito de la crítica no es natural; debe ser inculcado, y su
interiorización no se logra sino mediante ejercicios constantes.
Así, la tarea del historiador es ante todo una tarea crítica; quien se entregue a ella sin antes
ponerse en guardia frente a los impulsos espontáneos, se ahogará. Para estar prevenido, nada
mejor que hacer examen de conciencia y analizar las causas de la ignavia que se pretende
combatir, hasta sustituirla por una mentalidad critica (10). También es muy conveniente estudiar
los fundamentos del método histórico y repasar desde una perspectiva teórica sus diferentes
etapas, una tras otra, como vamos a hacerlo nosotros. «La historia, como cualquier disciplina,
implica errores materiales que provienen de la falta de atención; pero está más expuesta que
ninguna otra a inexactitudes nacidas de la confusión mental, que induce a análisis apresurados y
razonamientos erróneos [...] Los historiadores aventurarían menos afirmaciones gratuitas si
reflexionaran previamente sobre ellas; admitirían menos supuestos falsos si se obligaran a
revisarlos; expondrían menos razonamientos erróneos si tuvieran que expresarlos formalmente»
(11).
NOTAS
*
Título original de la obra, Introduction aux études historiques, Paris, Hachette et cie., 1897. La presenta
edición en lengua castellana data del año 2003, con traducción de Jaime Lorenzo, y estudio introductorio de
Francisco Sevillano Calero. Publicaciones Universidad de Alicante.

1 Véase más arriba, p. 57.

2 Debemos precisar esta expresión tan habitual. No hemos de creer que se aplica a un determinado tipo de
acontecimientos. No hay hechos históricos al modo como hay hechos químicos. Un mismo hecho puede ser
histórico o no, según cómo se considere. No hay sino métodos de conocimiento histórico. Una sesión del
Senado es un hecho de observación directa para quien asiste a ella; si lo estudiamos para superar un
examen se convierte en un hecho histórico. La erupción del Vesubio en tiempos de Plinio es un hecho
geológico históricamente conocido. El carácter histórico no reside en los acontecimientos, sino en el modo
como nos enfrentamos a ellos.

3 Lo dijo Fustel de Coulanges. Véase más arriba, p. 45, nota 5.

4 En las ciencias experimentales el punto de partida es el propio suceso, directamente observado.

5 Véase cap. VII, p. 167

6 No nos ocuparemos en detalle del análisis de los documentos materiales (objetos, monumentos, etc.) sino
en tanto difiera del de los documentos escritos.
4
7. Para los detalles y el fundamento teórico de este método, véase Ch. Seignobos, «Les conditions
psychologiques de la connaissance en Histoire, en la Revue Philosophique, 1887, II, p. 168.

8. Aun el supuesto más favorable (que el documento haya sido redactado por un testigo ocular) se halla muy
alejado del conocimiento científico. La noción de testigo se ha tomado de la práctica jurídica; llevada al
terreno científico, se reduce a la de observador. Un testimonio es una observación. Pero en realidad el
testimonio histórico difiere notablemente de la observación científica. El «observador. opera conforme a
reglas fijas y escribe en un lenguaje rigurosamente preciso. Por el contrario, el «testigo. ha observado sin
método y redactado en un lenguaje carente de rigor: no sabemos si ha adoptado las cautelas necesarias. Lo
habitual es que el documento histórico sea el resultado de un trabajo sin método ni garantía.

9. Véase B. Lasch, Das Erwachen and die Entwickelung der historischen Kritik im Mittelalter, Breslau, 1887.

10. La razón profunda de la credulidad natural es la pereza. Es más cómodo creer que discutir, asentir que
criticar, acumular documentos que revisarlos. También es más agradable: quien analiza documentos
prescinde de alguno; sacrificar un documento es a menudo considerado como una pérdida, sin paliativos, por
quien lo encontró.

11 Revue Philosophique, 1887, II, p. 178.