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-¡Eh!-Exclamó, cuando un hombre trajeado, que iba con muchas prisas, chocó con ella.-¡Un
poco de cuidado!
El hombre murmuró una disculpa desganada y siguió su camino sin dejar de hablar por
teléfono, gritando algo sobre unos informes.

Ella suspiró. Le dolía el hombro ahora. Miró como él se marchaba y se perdía en la multitud. Le
envidiaba.
Ella también quería un elegante móvil de ejecutivo, alguien a quien gritar por teléfono y, por
encima de todo, un trabajo normal.

Karol Dikens sacudió la cabeza, haciendo bailar los reflejos del sol de mediodía sobre sus
apretados rizos castaños.
Siguió andando hacia su destino, el hospital psiquiátrico-Criminal donde trabajaba desde hacía
ya...bueno, casi dos años.
Por lo menos tenía un trabajo, se dijo, un trabajo raro es mejor que ningún trabajo. Aunque a
veces creía lo contrario.

Karol Dikens era alta, de complexión ligera pero fuerte. Su madre había sido una italiana
atractiva, de piel tostada y ojos negros, que cuando tenía 20 años se marchó a América
huyendo de un hogar destrozado y de la pobreza de un país arruinado. Se casó con su padre a
los 22 y se quedó embarazada de Karol un año después. Se separó de él cuando ella era
demasiado pequeña como para recordarle, y se marchó a Rusia, buscando un clima frío, harta
de el calor que había llenado su vida hasta entonces.

Su ascendencia mediterránea explicaba que su piel fuera más morena de lo que se


acostumbraba a ver por aquella ciudad, aunque su padre se había encargado de suavizar el
color cobre que de otra forma habría heredado de su madre. Suponía que él era americano.
Pero no sabía nada de él, aparte de que tenía los ojos verdes, verde bosque. Como los suyos.

No sabía nada más porque, cuando era niña y le preguntaba sobre él a su madre, esta solo le
respondía eso: ͞Tenía tus mismos ojos͟ y sonreía con una sonrisa triste y una mirada extraña
que hacían que le entraran ganas de llorar. Y al poco tiempo aprendió a evitar el tema.

El hospital Psiquiátrico-Criminal era una construcción blanca y grande que se encontraba en


uno de los barrios ricos de la periferia. Karol se preguntaba como había llegado allí aquel
edificio mientras paseaba entre ejecutivos ocupados y sofisticados hombres de negocios, la
mayoría de los cuales la ignoraban se diría que deliberadamente, como diciendo: ͞No eres lo
bastante buena como para estar aquí, ni lo bastante rica. ¿Qué haces aquí? Este es nuestro
barrio͟. Lo odiaba. Pero odiaba aun las miradas de los que no la ignoraban, las cuales nunca
iban dirigidas a su cara, que le hacían sentirse sucia y expuesta.

Detestaba a las estúpidas esposas florero que se vestían de marca aunque solo fueran a
comprar alguna ridiculez carísima en las dos calles comerciales llenas de tiendas snobs y
estúpidas como ellas mismas. Detestaba verlas con sus bolsos de channel, escondiendo sus
tontas y vacuas vidas tras una sonrisa fingida y un kilo de maquillaje de L͛oreal.

Pero a esta hora solo estaban por las calles algunos peces gordos que salían de la oficina para
ir a sus casas o a otras oficinas. Y también algunos niños, que salían del colegio.
Karol esquivó a un grupito de adolescentes que soltaron unas risitas histéricas al verla pasar,
seguramente a causa de su ropa. Vaqueros y jersey azul, ¿qué tenía eso de malo?, pensó ella.
Al menos no se vestía como una zorra sin autoestima.

Ella entró en el Psiquiátrico. La recepcionista, ocupada atendiendo al cartero, le sonrió y le


saludó rápidamente con la mano. No le devolvió el saludo, no estaba de humor.
Entró en uno de los ascensores y pulsó el botón que le llevaría a su planta. Dos pisos más
arriba, la puerta se abrió y Karol salió, mientras que dos celadores demasiado ocupados
charlando entre si como para fijarse en ella entraban en el habitáculo.

Karol avanzó por el blanco pasillo, que olía a papel nuevo y un poco a lejía, sintiéndose
observada por todos los que estaban por allí. Torció el gesto; algunas personas incluso habían
abierto las puertas de sus despachos para verla pasar. Se sintió como si estuviera haciendo
demasiado ruido con unos tacones, aunque llevaba unas cómodas deportivas.
Respiró aliviada en cuento entró en su propio despacho y cerró la puerta tras de sí, algo
confundida, porque ella no solía llamar demasiado la atención.

Se sentó delante de su escritorio metálico y gris, sobre el cual había una pequeña pila de
papeles que no estaba ahí ayer. Cogió unos cuantos y se puso a ojearlos.
Su despacho era una habitación pequeña, blanca y gris metalizado, con unos archivadores, una
estantería y una planta de plástico aparte de él escritorio (con un ordenador sobre él) y la silla.

Karol se mordió el labio inferior, contrariada. Eran los nuevos casos. Casi lo había olvidado, hoy
era martes. Los lunes entraban los nuevos...aun no sabía si llamarlos reclusos o pacientes, el
caso es que entraban, y también salían los que iban a quedar en libertad ʹque eran realmente
pocos- y los que iban a ser trasladados ʹque eran más, y los martes recibía todo aquel papeleo.
La mayoría de aquellos documentos le informaban de los pacientes que ella había tratado y
que iban a trasladar a otro Hospital Psiquiátrico mucho más grande dos ciudades más al norte.
Este era pequeño, un lugar de paso en la mayoría de los casos. Tenían capacidad para 200
internos, cincuenta de los cuales eran más o menos permanentes, y los otros iban cambiando
de forma regular. Ella era una de los psiquiatras que se encargaban de sondear a los nuevos
pacientes-reclusos-loquefuera, y comprobar el estado exacto de sus facultades mentales. En
aquel lugar realmente había muchos grados distintos de locura, y alguien tenía que
registrarlos, seguirlos y escribir los informes sobre los pacientes. Eso era lo que ella hacía,
aparte de seguir los progresos de unos pocos permanentes, aunque sobre todo se ocupaba de
las entrevistas iniciales.

Era un trabajo agotador en muchas ocasiones, no física pero si mentalmente. Te tocaba


evaluar a gente muy rara.
Bueno, de hecho rara era poco. Estaban locos, eso era obvio, porque si no, no estarían allí.
También eran criminales peligrosos. No todos ʹaunque si muchos.- habían matado a personas,
pero es que aparte de estar locos se tomaban las leyes como si fueran solo pautas generales y
no, bueno, leyes.

Karol dejó aquellos papeles a un lado y cogió los de los nuevos casos. Aquella semana tendría 4
nuevos pacientes. Un para cada día, que apropiado, pensó amargamente. Ni siquiera se paró a
leer los informes preliminares, que le informaban de el nombre, edad, trastornos detectados y
crímenes cometidos de los reclusos. Cogió uno al azar y dejó los otros tres en un cajón.

Mientras le echaba un rápido vistazo al documento, pulsó el botón de llamada rápida de su


telefono y activo el altavoz.

-¿Si?

-Marie, avisa a Planta Tercera de que voy para allá. Quiero que me preparen una sala para
evaluar a...mmm...-buscó el nombre con la mirada.-Ah, Arthur Hung.

-Claro.-Marie, la recepcionista, también se ocupaba de la comunicación entre plantas.

Karol colgó el teléfono y dedicó unos segundos a ordenar su escritorio, lo que en realidad
significaba que amontonó las cosas en varias pilas distintas, para ordenarlas de verdad luego.
Aunque ͞luego͟ siempre estaría demasiado ocupada como para acordarse de eso, por
supuesto.

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Karol Dikens llegó a la tercera planta, seguida de nuevo por miradas curiosas. Algo más
molesta, se preguntó a que venía aquel interés repentino en su persona. Ella nunca había
hablado con demasiados empleados y ellos habían tenido la misma deferencia para con ella, y
hasta entonces todo había ido bien.

Phil ya estaba esperándola allí, con una cordial sonrisa bajo su bigote canoso. Era uno de los
guardias contratados a tiempo completo, muy necesarios cada vez que la situación se
descontrolaba un poco con los pacientes. Siempre había uno presente en las evaluaciones, y
Phil era el asignado a Karol. Era simpático, calmado, y no le desagradaba especialmente. Le
dejaba trabajar tranquila y le proporcionaba sensación de seguridad cuando estaba ahí dentro
con algún recluso. De no ser por él, se decía, probablemente lo habría dejado hacía mucho.

Phil le abrió la puerta de la sala cinco, la que usaban siempre, y entraron.

La sala era...bueno, como todo allí, era blanca. Tenía un suelo de moqueta azul pálido, y las
paredes limpias y desnudas. En una de las esquinas superiores había una cámara de video. En
el centro, había un cristal de seguridad partiendo en dos la habitación. El cristal tenía una
lámina de plexiglás duro que era posible retirar para unir de alguna forma las dos partes, cosa
que se hacía siempre que el recluso no era demasiado peligroso, como ahora mismo, y en el
hueco que quedaba libre se colocaba una mesa metálica y dos sillas. Arthur Hung ya estaba
sentado en la suya, con una enfermera de rostro nervioso de pie junto a la puerta que deba
acceso a la parte de las celdas.

Phil se encargó de cerrar su propia puerta, que era la que daba a la parte ͞burocrática͟ por
decirlo así, y también se quedó junto a ella.

Karol se sentó, dejó el informe sobre la mesa y sacó del cajón una ficha de evaluacióny un
bolígrafo.

-Buenos días.-comenzó, mientras escribía la fecha y el nombre del paciente en la esquina


superior derecha.-Señor Hung.

Arthur Hung siguió mirando al suelo entre sus piernas. Era bajo, de pelo negro y rasgos
ligeramente asiáticos. Tenía 45 años. Había sido un hombre bastante normal, aunque un poco
solitario, que vivía de alquiler en un agradable piso de la periferia cuando un día bajo a la calle
con unas tijeras de cortar pescado y apuñaló a seis personas, ninguna de las cuales murió,
aunque todas quedaron heridas de gravedad.

-Bueno, señor Hung, aquí dice...-Dijo Karol mientras leía la parte del informe que describía el
accidente en cuestión.-Que usted apuñaló a cinco personas hace dos semanas, ¿Es esto
cierto?-Mientras esperaba una respuesta, escribió 5 en el apartado víctimas del formulario
estándar que debía rellenar sobre cada paciente. Tachó una casilla para indicar que ninguna de
ellas había muerto.

-Si, señorita.-Su uso del lenguaje era perfecto, sin rastro del acento extranjero que podría
esperarse debido a su aspecto.

-¿Y que utilizó para ello?-Inquirió, a la vez que escribía ͞Tijeras para el pescado͟ en el apartado
Arma.

-Unas tijeras para el pescado.-.Arthur Hung hundió la cabeza entre los hombros aún más, si eso
era posible. Parecía querer desaparecer.

-Es usted pescadero, entonces....-Aventuró ella, en tono monocorde.

-No.-Hung respondió esta vez con prontitud y seguridad. Karol puso atención, estaba
esperando ese tipo de reacción.-No, ni por asomo.

-¿Entonces?-En el formulario no había una casilla que dijera empleo, porque se suponía que el
paciente, al quedar internado, perdía automáticamente cualquier trabajo que pudiera tener,
aunque Karol tenía comprobado que era mejor saberlo; a veces podía constituir un factor
importante a considerar.
-Yo...-El orgullo, de forma inesperada, hizo relucir los ojos marrones del hombre.-Yo escribo,
soy escritor.

Karol Dikens se quedó pensando un momento.

-Claro.-Dijo al fin.-Arthur Hung. Un escritor chino. Escribe desde aquí para su país, y luego pasa
sus libros de contrabando.

-Me conoce.-El tono que él utilizo convirtió la frase casi en una pregunta.

-Leí un reportaje sobre usted. En aquel momento pensé en que usted debía ser una persona
muy valiente para hacer algo así, pero ahora...

-Por favor, por favor.-Rogó Hung, interrumpiéndola. Cerró los ojos, como si ya tuviera
demasiados problemas dentro de si mismo como para poder soportar también los del
exterior.-Se lo contaré.

-¿Qué me contará, señor Hung?

Karol ya lo sabía, como sabía también muchas de las otras cosas que le había preguntado
antes. Pero era bueno hacer hablar al paciente, y siempre era útil tener una confesión del
recluso. Pensó brevemente acerca de la grabadora que estaba instalada debajo la aquella
mesa, y que habían encendido antes de que ellos dos llegaran.

-Porqué lo hice.-.Murmuró él, sin abrir los ojos.-Verá, yo escribo novela.-Su voz se tornó más
alta, más poderosa, como le ocurre a cualquiera acostumbrado a contar historias cuando se
dispone a relatar una.-Si la leyera gente de aquí, de Europa, probablemente no la consideraría
ni medianamente buena, novela costumbrista del montón, y probablemente lo es...Totalmente
inocente, dirían ustedes.

>>Pero el gobierno chino no lo considera así. Cuento cosas a mis lectores que no quiere que
lean. Les da una perspectiva nueva, les muestra que otra vida es posible.

>>Pero no piense que digo esto por narcisismo ni egocentrismo. Tan solo cuento lo que me
han llegado a decir por carta algunos de mis lectores.
Verá, yo simplemente relato...-un brillo triste cruzó su mirada.-relataba mi vida. Cosas sin
importancia, mi día, pequeños detalles. Mi vida, cosas que pasaban realmente o cosas que me
imaginaban que podrían pasarme, pero cosas realistas. A la gente le gustaba leer sobre la
rutina de otro, me pagaban medianamente bien, y como además hacía justo lo que me
gustaba hacer era feliz. Los problemas empezaron cuando el gobierno chino prohibió mis
obras. No entendí porqué, pero al final lo supe; mostrarle al pueblo chino como era la vida en
una democracia podía hacerle desear vivir en una. Y eso era lo que ocurría, creo, como no
estaba allí no podía saberlo...también me prohibieron la entrada al país.

>>Al tiempo encontré una editorial que estaba dispuesta a arriesgarse a introducir de nuevo
en china mis obras. Y como los lectores querían seguir comprándolas, todo parecía marchar
medianamente bien de nuevo.

-No entiendo, entonces, que le motivó a hacer lo que hizo.-Comentó Karol.-Parecía usted tener
todo lo que podía desear.

-No lo crea.-Dijo él.-El otro día...lo vi todo claro. Pensando, me di cuenta de que nunca había
escrito nada de lo que yo mismo no fuera el protagonista. Al principio me pareció curioso.
Claro que hasta entonces no había sentido ningún deseo de hacer otra cosa, pero...

>>Decidí probar a crear algunos personajes. Lo intenté de mil formas, escribí miles de fichas,
intentos de personajes masculinos, femeninos, incluso algún animal...pero nada. No conseguía
darles vida, me era imposible. Desesperado, elegí uno al azar, que resultó ser una chica joven,
con la que había probado media hora atrás. Decidí escribir un relato con ella, pensando así que
la acción le daría vida. Todo lo que escribí, cincuenta páginas, resultó ser una basura. Ella, la
chica, seguía siendo plana como uno de esos personajes de los seriales estadounidenses. Yo
escribía: ͞Ella sonrió͟ pero no podía ver ninguna sonrisa. Eran solo palabras, letras puestas
unas detrás de otras en un cierto orden. Me embargó una sensación horrible, y me di cuenta
de que nunca más podría escribir. Nada. ¿Me entiende ahora? Creo que fue entonces cuando
me volví loco. Era la pesadilla de todo escritor.

-Pero aun podía seguir con sus novelas anteriores.

-No, no podía. Al final, la editorial pensaría que era demasiado arriesgado o los lectores se
cansarían de los desvaríos de un viejo. En todo caso, solo estaba retrasando lo inevitable. Me
dije; tienes que encontrar otro empleo, algo no relacionado con nada de esto. Estuve
pensándolo mientras apilaba todo aquello, todo lo que había escrito y tenía por mi casa, en un
armario, de cualquier manera, dispuesto a tirarlo después. Y se me ocurrió, tenía que ser algo
totalmente distinto, algo radicalmente contrario. Así que ya lo sabía, sería pescadero. Odio el
pescado, pero da igual. Con él no podía fallar uno de esa forma. El pescado no hace que te
formes ilusiones ni rompe tu vida en pedazos caprichosamente.

>>A la mañana siguiente bajé a la calle y busqué una tienda donde comprar algunos utensilios
que yo asociaba a los pescaderos. Un delantal de plástico blando, un gorro y unas grandes
tijeras, eso fue lo que compré. Y marché para mi casa, pensando en el futuro.

>>Pescadero.-Hung se estremeció.-Odiaba la perspectiva de serlo, pasarme el día rodeado de


esos cuerpos fríos y muertos...pero no sería un gran cambio si los comparábamos con mis
personajes, pensé.

>>Odié al pescado con una intensidad inusitada en ese momento, y a la literatura y a mis
personajes, y todo acabó siendo uno en mi mente. La realidad se me hizo extraña. Veía a las
gentes con cabezas de peces o con el aspecto que tenían mis muertas criaturas, o todo
mezclado a la vez. Una lubina enorme se paró junto a mi, mirándome fijamente con sus ojos
desorbitados y pringosos. Uno de mis personajes le agarraba de la aleta y me dirigía una
mirada acusadora, frunciendo el ceño. No pude soportarlo.

>>Lo próximo que recuerdo es la sangre, caliente, que me hizo vomitar.


Después de eso, la comisaría, y más tarde, este lugar.

Karol reflexionó durante unos segundos, y Hung bajó la vista, visiblemente nervioso.

-pero usted me mintió.-Dijo ella con firmeza.-Si es pescadero.

-No, ya no.-contestó Arthur Hung-Ya no soy nada.

Ella se sintió muy mal al escuchar aquello. Pobre hombre. Había tenido un brote sicótico
debido al estrés, nada que no pudiera evitarse en el futuro si tomaba la medicación adecuada.
Así lo escribió en el informe.

-Arthur, ahora van a llevarte de vuelta a tu habitación, pero me gustaría volver a hablar
contigo la semana próxima, ¿está bien?-Preguntó ella amablemente.

-Si, señorita.-Asintió débilmente.

Karol se levantó e hizo un gesto con la cabeza a Phil, que abrió la puerta. Al otro lado del
cristal, la enfermera fue junto a Hung y le pidió que la acompañara. Cuando los dos salieron de
la sala, Karol abrió el cajón y paró la grabadora, antes de sacar la cinta. Se la metió en un
bolsillo y se marchó de allí.

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Karol Dikens, después de salir de la sala de entrevistas, se dirigió de nuevo a su despacho. Le


pareció que las miradas eran más curiosas que antes, y se decidió a averiguar que ocurría. Se
metió en el ascensor justo a tiempo para compartirlo con Mark, un becario que, básicamente,
llevaba cafés y hacía fotocopias.

-Buenos Días, señorita Dikens.-Saludó él.

Mark era alto, delgado y poco musculoso, de piel pálida debido a la falta de contacto con el
sol. Tenía 19 años, los ojos claros y rebosantes de entusiasmo. Le gustaba la novela negra, pero
su verdadera pasión era el coleccionismo de sellos.

-Hola, Mark.-Dijo ella, pensando en la mejor manera de abordar el tema.-Ejem...no se si te


habrás dado cuenta...

-¿Si, señorita Dikens?


¿cómo podía decirlo? no quería sonar paranoica.

-Todos me miraban de forma rara. Como si esperasen algo, y no lo entiendo. ¿tu sabes algo de
esto?-Inquirió, mirándolo fijamente.

Mark pareció palidecer, desvió la vista, y luego volvió a mirarla algo avergonzado.

-Si. Es por ese nuevo caso.

Karol Dikens se lo quedó mirando, sin comprender.

¿El nuevo caso? ¿Estarían hablando de Arthur Hung? Era improbable.


El reportaje no había tenido tanta repercusión y sus libros no eran tan famosos como para que
su internamiento causara tanta expectación. Además, ya habían tenido pacientes más famosos
antes, debido a la exclusiva localización del lugar.
Decidió preguntar.

-¿Qué caso?

Él pareció confuso y cohibido.

-Señorita, llevan semanas hablando de ello en la televisión. Todos dicen que es usted a quien
han encargado la evaluación del paciente, para que la utilicen en el juicio.

Karol se tocó el pelo mientras miraba brevemente los números azules del ascensor, que
llegaba a su destino en la segunda planta.

-Háblame claro, Mark. Cualquiera diría que tienes miedo de algo, ¿Cómo se llama ese paciente
tan célebre?

-Es ͞El León͟, señorita.

Karol se quedó de piedra. En su sorpresa, apenas se dio cuenta de que las puertas del ascensor
se había abierto, y salió a trompicones justo antes de que se cerraran.

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Karol pensó en todo aquello mientras iba hacia su despacho con rapidez, arrugando el informe
de Arthur Hung entre sus manos sudorosas.

Pues claro que sabía quien era ͞El León͟. Era el asesino más famoso de la historia del país. Sus
crímenes habían sacudido la nación, y el juicio estaba siendo televisado en directo con
enormes índices de audiencia.
Karol apenas veía la tele, pero se había enterado de casi todo gracias a la prensa escrita,
aunque no seguía el caso tan de cerca como otras personas.

Lo que no podía creer era que hubieran enviado a ͞El León͟ a un hospital psiquiátrico-criminal
de Seguridad Media, y sobretodo que le hubieran dado el caso a ella para que realizara la
evaluación mental. Cierto era que no había ningún otro lugar mejor en aquella parte del país
para realizar evaluaciones psiquiátrico-judiciales, pero aún así͙

Karol creía que debía haber alguien más cualificado que ella para ocuparse de un paciente que
prometía ser peligroso y difícil.

Entró en su despacho, olvidándose de cerrar la puerta, y dejó los papeles y la cinta de la


grabadora en su silla, mientras rebuscaba entre el caos que era su escritorio.

Tras diez minutos, consiguió encontrar los nuevos casos para aquella semana. Eran tres; Una
chica joven e inestable encerrada por matar a su hermano (Juicio pendiente), un hombre de
mediana edad que había acabado con su esposa y luego había tratado de suicidarse (Juicio
terminado. Veredicto ʹ Culpable) y͙

Allí estaba, negro sobre blanco, su nombre.

Algún gracioso de Correo había dibujado una cabeza de león en una esquina, y aquello, más
que cualquier otra cosa, hizo estremecerse a Karol. No había equivocación posible, su nombre
aparecía en la casilla reservada para el nombre del psiquiatra que realizaría la evaluación.

Tomó una nueva ficha en blanco, sin dejar de pasear nerviosamente la mirada por el informe, y
descolgó el teléfono.

-Marie, soy Karol. No tengo mucho tiempo para charlar. No, estoy bien. Avisa a Planta Tercera.
Ya, ya sé que hoy he ido ya una vez. Tengo un caso importante. Diles que me preparen la Sala
Cinco para dentro de media hora. Si, ese paciente.
Gracias.

Karol colgó el teléfono y se sentó en la áspera moqueta, recostada contra su escritorio y


apoyando el informe en las piernas para poder leerlo mejor.

Tenía 25 minutos para prepararse para la entrevista que, con toda seguridad, marcaría su
carrera.
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Karol se paró un segundo ante la puerta abierta de la sala de entrevistas, nerviosa como si
fuera la primera vez que entrara en aquel lugar.

Era el olor, lo sabía. Era algo extraño, que no conseguía identificar pero que la asustaba. Hacía
que todo aquel sitio pareciera diferente, desconocido.

Miró a Phil por un momento, y pensó en decirle que se sentía indispuesta y que postergaría la
entrevista hasta el día siguiente, porque lo cierto era que no tenía ánimos para enfrentarse a
quien le aguardaba allí dentro. Aun así, era incapaz de decir mentiras, así que entró.

En cuanto lo hizo, lo primero que vio fue el destello de sus ojos. Eran los ojos más bonitos que
jamás había visto. Se clavaban en los suyos con intensidad, llamándola, atrapándola. El iris era
de un color rojo profundo, escandalosamente llamativo, con un anillo totalmente negro
rodeándolo. Estaban enmarcados por unas pestañas negras y espesas, largas y elegantes. Sus
cejas, finas y arqueadas, destacaban contra la pálida blancura de su piel.

Sus rasgos eran finos, esculpidos, delicados, y sus labios delgados, fijados en una media
sonrisa.

-Karol.-Dijeron, sin apenas moverse.

En ese momento ella parpadeó por la sorpresa y el hechizo se rompió. Recordó que ciertas
personas esquizofrénicas desarrollan una especie de magnetismo, un carismainnato, y se
obligó a calmarse mientras se sentaba frente a él.

-Buenos días.-Saludó ella en tono oficial, mientras buscaba en su carpeta la ficha del informe
de evaluación.

-Si, puede que para usted, que conserva la libertad-contestó él, en tono despreocupado, como
si fuera un comentario sobre el tiempo. Su voz era calmada y dulce, reconfortante, pero
también misteriosa.

Ella alzó la vista de nuevo y le miró. Su pelo era negro, pero no ese negro mate que le queda a
la gente que se tiñe, o ese otro tono brillante y con apariencia viscosa que le queda a esa otra
gente que, además de teñírselo, se echan todos esos productos capilares para evitar el tono
mate.

No, el suyo parecía natural. Y despeinado, observó Karol, preguntándose cuanto tiempo
llevaba allí antes de que ella hubiera podido verlo.

Decidió apuntar en la ficha el extraño efecto que provocaba su mirada, también presente en la
enfermera, o eso se diría por la manera en la que lo miraba, pero cuando fue a escribir se fijó
en sus manos, pálidas y estilizadas, de uñas cortas y cuidadas. Las tenía sobre la mesa, una
encima de otra.

Esposadas.

-¿Porqué llevas esposas?-Preguntó ella. Eso era nuevo. Nunca había evaluado a nadie tan
peligroso como para tener que tomar tantas precauciones. Hasta ahora, siempre había
bastado con Phil para mantener el orden.

-Creen que soy peligroso, demasiado como para tenerme suelto.

-¿Y están en lo cierto?-Dijo ella rápidamente, sin pensarlo.

Él sonrió un poco, y ella se estremeció, aunque una parte de ella pensaba en la belleza de esa
sonrisa.

-Puede.-Susurró, inclinándose sobre la mesa para acercarse a Karol.-¿Qué tal si me sueltas y lo


comprobamos?

Karol se quedó en silencio, clavando la vista en el informe preliminar.

-¿Nombre?-Inquirió.

-Dan Lion Lawrence.

-¿Edad?

-Creo que todo eso ya lo pone en esos papeles tuyos.-Irritado, frunció el ceño.

-Si, pero tengo que preguntar.-Karol le miró, aparentando profesionalidad, mientras en su


interior temblaba como una gelatina en un terremoto.-¿Edad?-repitió.

-29 años.

Karol apuntó todo aquello y echó otro vistazo a su informe.

Allá vamos, se dijo. Se estremecía solo de pensar en los crímenes que Dan Lion Lawrence había
cometido, casi como cualquier otra persona en el país. Pero solo a ella le tocaba aquella tarea.

-Según mis datos, T-tu...-Tragó saliva. La verdad es que le costaba decirlo.

-Yo.-Empezó él, para alivio de Karol.-Maté a todos los habitantes de el pueblo en el que residía
durante un fin de semana, y debo decir que de diversas maneras bastanteimaginativas,
modestia aparte. A todos. Creo que eran cincuenta, pero no llegué a contarlos.
-Cincuenta y dos.-Dijo ella, con voz quebrada por el horror. No podía evitar sentirse asustada, y
también fascinada, aunque sabía que debía mantener la calma. Intentó hacerlo mientras
escribía ͞52͟ en su informe, pero la mano le temblaba y los números eran ilegibles. Respiró
hondo y lo tachó, para volver a escribirlo correctamente al lado del borrón.

-Y lo que quiere es que le diga porqué, ¿no es así?

-Si.

-¿Para que?

-Para...-Se quedó en silencio un momento, el tiempo que ocupa un parpadeo.-ayudarte. A


ponerte bien.

Él rió, con un sonido bonito pero desconcertante. Entonces la miró, y su cara se tornó seria. De
nuevo...sus ojos...Karol se inclinó sobre la mesa, para estar más cerca de él, de esa mirada.
Podía sentir a Phil pasando el peso de su cuerpo de una pierna a otra, con nerviosismo,
incómodo porque no entendía lo que estaba pasando. También, por el rabillo del ojo, veía a la
enfermera, pero ella solo miraba a Dan.

Y él seguía mirándola, así que nada de eso le importaba.

Karol podía sentir como el aliento de Dan escapaba de sus labios entreabiertos, y lo reconoció
como el olor que le había sorprendido cuando entró. Era dulce, pero amargo.

-Karol.-Le gustaba como decía su nombre, con una K suave y una erre que era un susurro.-Por
favor, no me gustan las mentiras. Sabes que eso no es cierto.

-Es mi trabajo.-Confesó ella.

Él asintió en un gesto de aprobación. Parecía que iba a decir algo más, pero Karol sentía que
estaba perdiendo el control de la entrevista, así que clavó la vista con decisión en la ficha que
tenía que rellenar. Se dijo que debía tranquilizarse, y adoptar una aptitud profesional.

-Háblame sobre tu pueblo.-Dijo, con voz neutra.

-Está bien. ¿Qué quieres saber?

-¿Cómo llegaste allí, y porqué te quedaste?

Karol había decidido que la mejor manera de diagnosticar a Dan Lion Lawrence pasaba por
conocer su historia, y seguidamente, comparar esos datos con los motivos que alegaría para
haber hecho lo que había hecho.
No iba a negar que estaba un poco asustada. Hasta ahora no había tratado nada serio, unos
cuantos casos de depresión, locura transitoria o ciertas enfermedades mentales a lo sumo,
pero nunca a nadie así. Pensó en la posibilidad de realizar a Dan...Maldición, al paciente...de
realizar al paciente el test de Psicopatía. Pero tendría que enviar a Phil a buscar lo que
necesitaría, y no le gustaba la idea de quedarse allí sola con él͙

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Él seguía mirándola en un silencio magnético.

-Señor Lawrence.-Insistió ella. Él torció el gesto ante aquel tratamiento rigurosamente formal,
pero, ¿De qué otra manera podía llamarle? Tenía que mantener la distancia.-Cuéntemelo.

-Está bien.-Él suspiró de forma teatral.-Yo nací en la gran ciudad͙mi padre murió y mi madre
trabajaba todo el día en la fábrica. Yo era un niño apocado y solitario, que no tenía ningún
amigo y con el que los demás niños eran muy crueles͙

Karol había empezado a tomar notas, pero entonces se detuvo. Había notado algo en la voz de
Dan, un cambio apenas perceptible͙

-Cuénteme la verdad.-Dijo, endureciendo los ojos para mirarle.

La sonrisa de Dan pareció helársele en la cara, y su gesto se volvió terrible. Sus ojos escupían
fuego como un volcán antiguo.

De nuevo, se inclinó ligeramente sobre la mesa, y esta vez ella no pudo evitar retroceder.

-Karol.-su voz la golpeó en un susurro brusco.-Tu no quieres la verdad. No la necesitas y no


podrías soportarla. Yo no voy a dártela. Lo que en realidad quieres y necesitas es una historia
consistente que escribir en tu lindo informe, para cargarme con tantas etiquetas y
enfermedades como sea posible y conseguir un ascenso por ocuparte de un caso tan famoso. Y
eso es lo único que voy a darte.-Hizo un gesto con la cabeza hacia los papeles que Karol tenía
entre las manos temblorosas, ya que él tenía las suyas inmovilizadas.-Escribe.

-No.-Dijo ella, aparentando más firmeza de la que sentía.-La verdad, Señor Lawrence.

Apenas pronunció estas palabras, él se volvió frío como una helada temprana y se sentó muy
recto en su asiento de plástico y metal. Sus ojos se fijaron en el infinito, como recubiertos de
escarcha.

Karol se dio cuenta de que aquel día no le sería posible sacar nada en claro, así que ordenó sus
papeles golpeándolos brevemente contra la mesa y se mordió el labio para reprimir un
suspiro.

-Lleve al señor Lawrence de vuelta a su celda.-Le dijo ella a la enfermera. La dirección del
hospital se empeñaba en que fueran llamadas ͞habitaciones͟, pero Karol nunca había logrado
dominar la jerga oficial.

Tomó sus papeles y esperó a que Dan y la turbada enfermera salieran de la sala para sacar la
cinta de la grabadora.

Después se marchó, tan sumida en sus pensamientos que ni siquiera escuchó el comentario
preocupado de Phil, dejando atrás la sala y aun impregnada de su olor͙

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