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METAFORAS Y DISCUSIONES SOBRE LA “ESPAÑA INVERTEBRADA”

Por Carlos Valdés Martín

PRIMERA PARTE: LAS METAFORAS DEL ORTEGA (EL ESPACIO DE AQUÍ)

En lo siguiente, brotan saltarinas, con gotas de ingenio y olores de chorizos castellanos


(luego de su asado matinal) las impresiones catapultadas por Ortega y Gasset, autor tan
impetuoso como teórico, explorador de claridades, amigo de las representaciones
concluyentes, a veces demasiado rápido y pronto, hasta excesivo por su prisa. En el
pensamiento vale tanto una buena metáfora e imagen como el argumento, ya que sin
tales desplantes la mente no se impresiona, no se detiene, pues detenernos un instante
resulta la clave del ritmo para captar, comprender. Si la mente no queda detenida
suficientes instantes, entonces imposibilitada de percepción clara permanece; ese lapso
detenido, esa indicación de instantes captando nos los proporcionan las imágenes y
metáforas. Algunas metáforas del pensar resultan tan abstractas y usuales que se
convierten en el pensamiento mismo, y si revisamos la alcurnia intelectual del
marxismo observamos la relación entre base y superestructura, encerrada dentro de una
idea de arquitectura simple, sin embargo, adquiere una potencia pasional, para derivar
en la “estructura” interpretada por Althusser como la esencia de las esencia del
pensamiento marxista, su verdad última bajo cualquier perspectiva1. Entonces la
metáfora del edificio, andamio tan útil para pensar, con cierta interpretación marxista se
convierte en el pensamiento mismo, pues las posiciones entre economía y el resto de la
vida social resultan ya el fundamento. Además imagino que la metáfora del edificio
marxista, por fuerza es un edificio civil sencillo, carente de adornos, estable y dotado de
cimientos; no se levanta demasiado del suelo, mas resulta indestructible; quien ama la
tierra cree en ese edificio, por lo mismo se denomina mater-ialismo. Si aparece un
pensamiento colocado en una variedad distinta de edificio, ya no será afín al discurso
marxista, digamos una edificación tipo iglú, demasiado pequeña y fría, simple
salvavidas ante la indiferencia del hielo, por tanto casi inútil al pensamiento únicamente
la colocaríamos bajo otra familia de teorizaciones austeras y frías. Y si no encontramos
una ventaja con el iglú, ya la simpleza de la caverna le proporcionó a Platón un
magnífico asidero para colocarnos en situación del nacimiento del pensamiento, pues la
caverna sirve de peldaño para comprender la percepción primera, pero no identifica una
tendencia completa. En cambio, un templo refiere una variación de utilidad pensante,
pues un templo parece pletórico de trasmundo y con ornatos barrocos, por tanto
adecuado para una filosofía idealista.

El invertebrado y la biología social. Para Ortega el término invertebrado vincula con la


biología, las leyes de la vida, entregando un tema tan caro a sus intereses intelectuales y
sus tendencias personales. La vida es el principio y el fin del pensar, la fuente del
interés, la motivación y el estilo del pensar. A sí mismo, Ortega se ha definido como un
filósofo vitalista, planteando como el título redondo el “racionalismo vitalista”, donde el
raciocinio recto se une al ímpetu de la vitalidad, la defensa de lo viviente y lo actual en
contra de lo moribundo y pasado.
Ya sea el animal vertebrado o sin vértebras, este precepto corresponde a una emanación
desde la clasificación de los animales, ya contengan tal principio o lo rechacen. La
vertebración corresponde a los animales superiores, donde el sistema esquelético se
1
ALTHUSSER, Louis, Para leer El capital.
integra para darles sustentación y además estructura de orden. La falta de sustentación y
orden de un animal que debiendo aparecer vertebrado, queda invertebrado es la idea
metafórica ofrecida por Ortega respecto de la situación de una nación en particular, la
suya originaria. La diferencia específica entre la sociedad vertebrada y la invertebrada
aparece como el desorden, y no cualquiera falta de ordenamiento, sino de uno peculiar
que apasiona a este autor, ofreciendo su eje en la relación entre elite y masa. Mostrando
rápido la tesis de este pensador español diremos que la elite agrupa una minoría de
individuos selectos y la masa amontona al resto, entonces existe y opera una ley de
biología social donde la única fórmula posible de convivencia social es “la acción
dinámica de una minoría sobre una masa”2. El énfasis también revela la discusión de
fondo, porque su opinión indica “única fórmula”, cuando resulta dudosa esta
inexistencia de disyuntiva pues ¿porqué no entresacar una fórmula distinta, como sería
la de una confrontación creativa entre elites y masas? Su enfoque el mismo Ortega lo
denomina aristocrático, pero no en el sentido convencional (el favorable a los nobles de
abolengo), sino en una reformulación más cercana a Platón, donde por una aristocracia
se entiende al conjunto de los estrictamente mejores dentro de cada grupo; entonces esa
elite no corresponde a la aristocracia convencional de quienes ya poseen un rango sino
una vocación de los mejores, una selección emanada de la acción mejor, sin ninguna
relación con las ventajas de la cuna ni de la jerarquía impuesta por los títulos
nobiliarios. En ese sentido, la aristocracia para Ortega surge de la combinación de las
acciones individuales y su contexto, donde por el mérito propio emergen los mejor
dotados, lanzando su ejemplo de superioridad, mostrándose los mejores pintores,
cantantes, políticos, éticos, comerciantes, militares, etc. hasta configurar el ramillete de
los efectivamente mejores, y mediante esa referencia, ya la masa permanece en posición
de seguidora. Nos encontramos ante una interpretación de los “más aptos”, una
modalidad liberal del ascenso social mediante las sobresalientes capacidades y una
obligación de los poco brillantes a seguir o imitar a las luminarias. Esa colección de las
luminarias del grupo social forma las vértebras y la osamenta, en sí la estructura, de un
cuerpo social amorfo. Además las luminarias producen el movimiento de avance y las
masas lo amplían al seguirlas. La contraparte de la aristocracia el parece a Ortega la
masa, una multitud sin atributos, que cuando se comporta indócil frente a los mejores,
entonces se perjudica directamente, pues la “rebelión de las masas” le parece un
fenómeno de recaída, de barbarie.

Ahora bien, por cuanto este ordenamiento entre elite y masa lo estima tan indispensable
Ortega, también conviene indicar no ha resultado el único posible, simplemente lo
podemos comparar con la división entre grupos humanos como clases sociales
(marxismo), como géneros (sociología del género), generaciones (el mismo Ortega
gusta de tal división), naciones (nacionalismo), etc. Sin embargo, descubrimos una
afinidad curiosa en esa interpretación elitista. Bajo la interpretación política del
marxismo la relación entre la elite y una masa se magnificó como teoría leninista del
partido político, la cual (episódicamente) se mostró como muy efectiva y capaz de
ejercer como palanca de enormes transformaciones sociales; justamente la teoría
leninista del partido (también denominada bolchevique), insiste ampliamente que el
proletariado revolucionario permanece como una masa informe sin su estructuración
por un partido político revolucionario, donde la parte dura (el hueso) es el militante
(término también de dureza y hasta rudeza) y la parte vertebradora (organizadora) es la
figura del partido como entidad centralizadora. Esto significa que el marxismo
menchevique (contraparte del bolchevique) sugiere la preeminencia de una masa
2
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 107.
informe, sin que la elite sea el elemento “vertebrador”, mientras el marxismo
bolchevique de Lenin3 nos invita a un proceso agudo para convertir al organismo social
invertebrado del grupo proletario en un sistema vertebrado, en otros términos, paso de la
masa invertebrada (clase en sí) a la masa vertebrada (clase para sí, ya clase
efectivamente revolucionaria). En el curso de la historia mundial, la actividad de Lenin
obtuvo enormes éxitos prácticos con la Revolución Rusa y una larga secuela; su
metamorfosis siguiente fue hacia un sistema de Estado soviético, donde la elite en
relación a la masa devino en una jerarquía estricta y dictatorial, dominando al pueblo
entero desde una cúspide enteramente jerárquica, generando una dictadura de pesadilla;
en fin, el principio aristocrático del partido (la elite revolucionaria) devino en elite
dictatorial. Por su parte, Ortega con sus visiones se mantuvo relativamente en un
margen del acontecer histórico, con una interpretación liberal “ligth” marginada del
choque entre el republicanismo militante y la barbarie fascista de Francisco Franco. Por
paradoja, la misma posición socio-histórica de Ortega cae en la invertebración desde la
vinculación externa, careciendo de “organicidad” con ninguno de los contendientes de
la dramática guerra civil.

El río de la corrupción; el río de la vida.


Comenta Ortega en tono polémico que la existencia de la vida española se ha señalado
corrientemente como corroída por la inmoralidad, por la corrupción en los asuntos
públicos, con acusaciones de la venalidad de los puestos y los negocios con el dinero
del estado, pero en su opinión eso no resulta tenor suficiente para indicar la decadencia
del un pueblo, pues tiene el ejemplo estadounidense. En el coloso del Norte, “ha corrido
por la vida pública norteamericana un Mississipí (sic) de la <inmoralidad pública>”4. La
imagen usada es el río, el caudal inmenso y casi sin fronteras desplazándose en una
dirección imparable y sin figura definida. El río es la metáfora propia del movimiento,
al tiempo que las aguas indican lo informe; en este caso se va hacia el límite porque el
agua se ha convertido en lodo, desagüe, albañal, pantano, justamente la metamorfosis en
lo opuesto de las aguas límpidas, refrescantes, renovadoras, vitalizantes, sino que su
cambio las conduce hacia el límite, lo que han lavado, esa suciedad moral las ha
contaminado definitivamente, y únicamente por excepción el río se convierte en su
contrario, en un drenaje gigantesco. Su metáfora está emparentada con una
contradicción, pues el caudal de corrupción pública, no ha disminuido a la nación sino
la ha marcado como fortalecida. No niega Ortega a la corrupción pública como signo
decadente, sino que muestra un “sin embargo”, una irritante situación donde las formas
de inmoralidad no aniquilan al pueblo, “antes bien, coincidan con su encumbramiento”5.
Esta extraña paradoja pareciera corresponder con los exceso de poderío y de riqueza,
justo donde para Hardt y Negri el término imperio hace pareja con la corrupción y
oposición con la generación; y aunque no estoy acorde con su teoría sobre el imperio,
contiene el mérito de intentar una “teorización” de tal modo que nos invita a convertir la
corrupción en un concepto, cuando solamente se ha empleado como una muletilla de la
indignación, para señalar cualquier práctica pública cuando nos parece inmoral. Para
estos autores tajantemente, “la corrupción es la sustancia y la totalidad del imperio”, y
además “no queda nada esencial del capitalismo, salvo la corrupción”6 Dejando
pendiente la opción para conocer otros escritos, pareciera que en esta definición,
justamente, Hardt y Negri no descubren una interpretación, sino una frontera, pues la

3
LENIN, Vladimir, ¿Qué hacer?, Ed. Progreso.
4
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 109.
5
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 109.
6
HARDT Michael y NEGRI, Antonio, Imperio, p. 354.
colocan bajo un supuesto absoluto, como entonces “la corrupción es sencillamente su
negación (de la generación), La corrupción rompe la cadena del deseo e impide que
continúe extendiéndose a través del horizonte biopolítico de la producción. Constituye
agujeros negros y vacíos ontológicos en la vida de la multitud (…) aparece
inmediatamente como una forma de violencia, un insulto.”7 Sus formas les parecen tan
numerosas que resulta inútil numerarlas todas, pero al menos les parece a estos autores
que se enfoca hacia tres aspectos: La decisión individual opuesta a la comunidad; la
explotación o corrupción productiva; y como ideología de la amenaza de la destrucción.
Ahora bien, siguiendo con el caudal del río, con estos autores han inundado el concepto
teórico con la “corrupción” como una dimensión básica, incluso planteándola en un
sentido más extenso que la operación de la producción; se elevan hasta un nivel
genérico filosófico (casi me atrevo a decir que lo colocan como principio-valor al estilo
del catolicismo, por cuanto el discurso de la tendencia “democratacristiana” o de
intervención católica en la política, emplea universalmente y como eje rector su
“combate a la corrupción”,en un paralelismo de izquierda y derecha que convendría
investigar), para establecer un par: generación-producción. De tal suerte, entienden
como generación toda producción desde el nivel básico de la existencia, pero su frontera
no aparece como una dualidad complementaria, sino como la simple negación 8 (el
formalismo de la reflexión) y mientras su primer elemento pareciera manar desde la
filosofía casi platónica (generatio…) como el principio de creación de las cosas, su
segunda parte no es resultado de su negación evidente (corruptio…) dando paso a la
muerte de las cosas generadas (las cuales en la filosofía antigua regresan en el ciclo
renaciente a re-vivir, por tanto esa corrupción plantea su abismo sino su paso al
retorno), sino un abismo negro, en arbitrario freno impidiendo una especie de soberanía
(comunista y posmoderna) de la “inmanencia perpetua”, para que la generación
configure una vida sin fin y sin barreras (trascendentes).
Por parte de Hardt y Negri la utilización de la metáfora del río en el mismo texto citado,
correspondió al tema de un enorme flujo de sangre, retomando a melvilla: “Nuestra
sangre es como la corriente del Amazonas, constituida por un millar de nobles afluentes
que desembocan en un solo cauce. No somos una nación, antes bien somos un mundo
(…) Somos los herederos de todos los tiempos y con todas las naciones dividimos
nuestra herencia”9. Ahora encontramos cara a cara la metáfora positiva, de la sangre
representada en agua, y el torrente universal, de la vida fluida indicando el aspecto
positivo del enorme torrente, la existencia mundial avanzando impetuosa, indicando su
signo positivo. Ciertamente Hardt y Negri se oponen a aceptar que tal evidencia positiva
corresponde a la herencia norteamericana, donde ellos observan a la ciudadela del
imperio, por tanto una tendencia negativa universal encerrada.
Por último, la doble utilización de un gran río como metáfora, conviene remarcarla
como empleo para la designación del gigantismo, porque ambos fenómenos
hidrológicos son enormes y sirven para revelar la vastedad norteamericana.

La diana atrayendo la flecha, el objetivo.


Nos indica Ortega que las grandes empresas históricas empiezan con un objetivo y que
la tensión sobre la fuerzas de los pueblos dependen de grandes objetivos sobre los
cuales volcar las voluntades colectivas. “La <España una> nace así en la mente de
Castilla, no como una intuición de algo real –España no era, en realidad, una–, sino

7
HARDT Michael y NEGRI, Antonio, Imperio, p. 353.
8
HARDT Michael y NEGRI, Antonio, Imperio, p. 355, “la corrupción aparece sencillamente como
enfermedad, frustración y mutilación”
9
Cita de Herman Melville en HARDT Michael y NEGRI, Antonio, Imperio, p. 337.
como un ideal esquema de algo realizable, un proyecto incitador de voluntades, un
mañana imaginario capaz de disciplinar el hoy y de orientarlo, a la manera que el blanco
atrae la flecha y tiende el arco.”10 Esta magnífica metáfora de la diana y el arco, nos
indica la fina percepción de la metáfora encajada ya en la descripción realista, porque
no se refiere solamente a un “como sí” (la hipótesis) sino que indica lo acontecido, la
definición del objetivo colectivo plegando las voluntades hacia un meta, como un
mecanismo esencial del movimiento de los pueblos, la forja misma de las naciones,
hacia una posibilidad, en este caso, la posibilidad de sí mismo, del pueblo unificado (el
trayecto hacia España).
Siguiendo con la comparaciones política, si observamos la existencia de una teoría
política marxista práctica, sus líneas fundacionales durante los grandes debates
políticos, estuvieron centradas entre los objetivos inmediatos y los plausibles (el gran
objetivo socialista y revolucionario) de tal manera propiciando la articulación entre un
movimiento social de reivindicaciones (las económicas, las inmediatas, las posibles) y
las reivindicaciones mayores (una meta social superior); la articulación entre una luche
en el terreno de la legalidad y las modalidades de acción rebasando las definiciones
legales (el empleo del parlamentarismo, la participación en elecciones, etc.). En el
primer caso, fue en el contexto de la socialdemocracia alemana de principios del siglo
XX en los debates entre Rosa Luxemburg, Karl Kautsky y Eduard Bernstein sobre el
tema de la huelga de masas y los límites de la acción dentro del capitalismo. En el
segundo caso, los debates anteriores a la revolución rusa y posteriores a la misma, sobre
todo protagonizados por Lenin11. Observando el curso de los acontecimientos resulta
impactante la presencia de planteamientos de objetivos motivando a organizaciones
políticas enfrentadas a un enorme aparato de poder y con capacidad represiva, las cuales
en base a sus estrategias centradas en sus objetivos, alcanzando el salto cualitativo para
derribar al zarismo y levantar un régimen alternativo en contra de un contexto
capitalista mundial hostil. La política denominada leninista establece un sistema de
objetivos mostrados en sus programas de acción, tácticas y estrategias, donde (incluso
con los errores retrospectivos que debamos achacarle) se tensa suficientemente el arco
(el militante, la célula, el grupo, el partido, el sindicato, la masa, el pueblo) tras sus
objetivos en escala trascendente (desde la reivindicación pequeña e inmediata hasta un
gran horizonte de transformaciones sociales). En este sentido, la gran diana de la escala
leninista es el socialismo entendido como una comunidad humana, superando las
miserias del régimen capitalista, plateando la búsqueda utópica de una hermandad
superior remediando las dolencias de la humanidad entera. Si observamos el pasado
descubriremos que esa gran diana socialista ha sido una fuerza efectiva, un imán
arrastrando un interés inmenso en pos de un mundo mejor.
La mejoría del manejo de los objetivos en la vida cotidiana se ha planteado desde
diversas interpretaciones, mostrándose algunos aciertos interesantes en la
“programación neuro-lingüística” hacia la clarificación del objetivo. Por tanto, crear los
objetivos es movilizar la existencia, la definición de os objetivos, define la dinámica de
las personas y hasta de los grupos, y que en el estudio Ortega ejemplifica con la metas
propuestas por los reyes castellanos, quienes planteaban metas colectivas, de tal modo
que los súbditos del reino constantemente eran arrebatados hacia objetivos colectivos,
que tensaban sus existencias, “Este rey (…) ha llegado a esa grandeza (…) teniendo
siempre a las gentes con el ánimo arrebatado por la consideración del fin que
alcanzarán, las resoluciones y las empresas nuevas (…) y todas estas empresas (en el
sentido de emprender grandes campañas) (…) tenerlos suspensos con la multiplicidad
10
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 56.
11
En especial véase, LENIN, Vladimir I. La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo.
de las hazañas.”12 Entonces cambiando de horizonte la determinación de objetivos
individuales resulta importantísima para mover a las personas, como la clave de su
motivación y hasta su acción; sin embargo, el común de las personas suele centrarse en
objetivos que no dependen de ellos mismos, sino se enganchan de “proyecciones”
psicológicas, determinadas por la pertenencia a un grupo o una filiación emocional.
Ahora bien, además en la complejidad de la realidad, el desarrollo de objetivos también
posee estructuras complejas por lo que se determinación en organizaciones ya alcanza el
nivel de una ciencia y un arte, de ahí los intentos de integrar su determinación casi como
disciplina especializada.

Tema subalterno, la diana como unidad, la unidad misma como objetivo.


La diana como metáfora del objetivo lo plantea en el nivel de la unidad, y resulta muy
interesante el resultado, donde la propia “unidad” es el objetivo, pareciera un
pleonasmo, una repetición. Debajo de la apariencia de repetición existe una dimensión
adicional. El planteamiento de “España una” como meta de la unificación, nos indica la
sustracción rumbo a un reduccionismo de dimensiones, acortar lo secundario para
alcanzar un nivel mínimo, casi dijéramos el simple “punto” mínimo. Si nos colocamos
dentro del tema de las unificaciones nacionales esta referencia a lo “uno” pareciera no
agregar nada, sin embargo, cuando miramos hacia otras direcciones, y descubrimos
otros lemas de unificación, entonces pareciera que sí agrega algo nuevo. Vamos de
nuevo a Lenin, donde su línea política repetidamente apela a la unidad de proletariado y
a la unidad del partido como objetivo de acción a lograrse. La simple similitud entre el
espacio nacional y el espacio de acción política nos invita a sospechar de una
continuidad, y aceptar la mitad de la tesis, como si para la existencia político- nacional
la unidad adquiere importancia. El tema se amplía cuando descubrimos que existió gran
inquietud en el periodo prerrevolucionario y revolucionario de Francia para la
unificación de las medidas y que tal concepto se podía vincular perfectamente con una
idea de la unificación política, tal como se muestra en este pasaje pre-revolucionario:
“expresar el ruego más sincero de tener un solo rey, una sola ley, una sola pesa y una
sola medida”13 Este pasaje nos indica la tendencia unificadora adquiriendo un matiz
extremo, y hasta indica sentido práctico, porque establecer patrones de pesas y medidas
unitario dentro del país resultaba sumamente práctico, importante para acabar con los
abusos típicos de las autoridades locales del sistema feudal. Entonces la unidad adorna
al objetivo con una cualidad, lo simplifica y lo hace preciso; en el extremo, la unidad
misma ya parece ser un objetivo. Ahora bien, en el sentido filosófico, la unidad por la
unidad misma nos colocaría sobre un objetivo vacío, porque la unidad siempre resultará
de un algo, atributo de un ser.
Cabría realizar algunas preguntas sobre lo emotivo de la unidad, cuestionándonos si la
unificación proviene ya sea por la confluencia del individuo con el grupo, como dijera
Canetti “la inversión del temor a ser tocado”14; ya sea por la purificación de la emoción,
alejando los granos de emoción dispersante y juntando los granos de la emoción
confluente, para alcanzar una exaltación en el “momento de unidad”; ya sea por la
concentración hacia un momento presente, liberándose de residuos viscosos sobre la
atención, para alcanzar la unión del aquí y ahora.

La planta creciendo en cámara lenta.

12
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 59.
13
Cita de una petición de la provincia de Bretaña bajo el reinado de Luis XVI, citado por KULA, Witold,
Las medidas y los hombres, Siglo XXI editores, México, 347.
14
CANETTI, Elías, Masa y poder, Ed. Mushkin.
Para explicarnos los peculiares tiempos de la perspectiva de la historia, recurre Ortega y
Gasset al ejemplo metafórico de una filmación de cámara lenta, mostrándonos la vida de
una planta, condensándola en breves minutos. Este ejemplo es de “emociones suscitadas
por el cinematógrafo”, donde descubre “una que hubiera entusiasmado a Goethe”15 Con
detalle se nos explica que nunca vemos el crecimiento de una planta desde la semilla
hasta la flor, porque “transcurre en la naturaleza demasiado tiempo”, únicamente
miramos por separado, la semilla, el tallo, la flor, como situaciones separadas. “Para
entender bien una cosa es preciso ponerse al compás. De otra manera la melodía de su
existencia no logra articularse en nuestra percepción y se desgrana en una secuencia de
sonidos inconexos que carecen de sentido. Si nos hablan demasiado de prisa o
demasiado despacio, las sílabas no se traban en palabras ni las palabras en frases. (…) si
queremos intimar con algo o con alguien, tomemos primero el pulso vital de su melodía
y, según él exija, galopemos un rato a su vera o pongamos al paso nuestro corazón.”16
Ese efecto causa el cinematógrafo de poner al paso nuestra vista con el lento crecer de la
planta; entonces la entendemos con evidencia, captamos su paso ineludible desde
semilla hasta planta. Y para suplir el lapso nunca visto directamente se van tomando
fotografías de cada momento. Nuestro ojo no funde dos imágenes quietas, y en
sustitución de eso la brevedad de las fotos sucesivas del cinematógrafo sirve para
mostrar una nueva evidencia, la conversión de largos tiempos en una sucesión rápida,
bien encadenada y como forzosa, ese viaje desde la semilla hasta la planta y de regreso.
Y esta metáfora le parece perfecta a Ortega para explicarnos la necesidad de la historia
como condensación del movimiento, condensando cientos de años hasta convertirlos en
breves minutos, y esta larga metáfora se convierte en una justificación suficiente de la
investigación histórica. Ahora bien, la belleza de esta fina metáfora también nos invita a
preguntarnos por la variedad posible de sintonías en ritmo, para que el pensamiento
alcance las escalas pertinentes en cada caso. El tema del ritmo social cambiante es
crucial para la concepción de una futurología en los términos de Toffler, de ahí sus
interpretaciones tan interesantes, donde una “aceleración” del tiempo, de tal manera que
nos invade un “futuro” convertido inopinadamente en presente.

El enfermo como metáfora de la opinión pública.


“Lo que la gente piensa y dice –la opinión pública—es siempre respetable, pero casi
nunca expresa en rigor sus verdaderos sentimientos, La queja del enfermo no es el
nombre de la enfermedad. El cardiaco suele quejarse de todo su cuerpo menos de su
víscera cordial. A lo mejor nos duele la cabeza, lo que tienen que curarnos es el
hígado.”17 Para indicar la separación entre esencia y apariencia en el ámbito político
recurre a esta metáfora entre el dicho del enfermo y su verdadera enfermedad, y
ejemplifica un par de casos, donde los síntomas se alejan de área afectada. Además
cabría apelar a la situación del enfermo imaginario, donde la búsqueda de enfermedad
recae únicamente en la imaginación, siendo tal caso más extremo. En una época en la
cual cada vez más se cree en las encuestas de opinión como un reflejo de los
sentimientos reales de la población y una parte de la política se guía por tales encuestas,
conviene remitirnos a tales cuestionamientos, porque la metáfora simplemente indica un
cuestionamiento, la separación entre la frase del enfermo (el malestar social) y su
efectivo mal (la enfermedad).

La bola de billar o la “elasticidad social”, otra manera de la unidad-sociabilidad.

15
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 61.
16
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 62.
17
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 65.
En una larga explicación sobre una situación de aguda vinculación de una sociedad
encontramos esta descripción, donde Ortega nos refiere a una situación estimada por él
como un agudo estado de “nacionalización” o en un tiempo de guerra. “La sociedad se
hace más compacta y vibra integralmente de polo a polo. A esta cualidad, que en los
casos bélicos se manifiesta superlativamente, pero que en medida bastante es poseída
por todo pueblo saludable, llamo <elasticidad social>. Es en el orden psicológico la
misma condición que en el físico permite a la bola de billar transmitir, casi sin perdida,
la acción ejercida sobre uno de sus puntos a todos los demás de su esfera. Merced a esa
elasticidad social la vida de cada individuo queda en cierta manera multiplicada por la
de todos los demás; ninguna energía se despilfarra; todo esfuerzo repercute en amplias
ondas de transmisión psicológica, y de este modo se aprovecha y acumula. Sólo una
nación de esta suerte elástica podrá en su día y en su hora ser cargada prontamente de la
electricidad histórica que proporciona los grandes triunfos y asegura las decisivas y
salvadoras reacciones.”18 En cierto aspecto, la relación de esta metáfora de física
recreativa, se corresponde con el efecto de unidad de una sociedad, buscando la
modalidad donde cada individuo está en relación positiva con el grupo, mediante una
transmisión de ondas psicológicas y de acumulación provechosa; pareciera describir al
estadio idílico del socialismo buscado, una conciliación donde cada esfuerzo individual
ya no queda desperdiciado sino vinculado. Sin embargo, Ortega no describe un estado
social futuro tan idílico, sino situaciones más a ras de tierra, como una simple guerra y
una unidad nacional estrecha, motivada con “empresas” importantes; con seguridad está
el filósofo embelleciendo demasiado la situación, pero me interesa el paralelismo
subyacente en la relación individuo-grupo, donde la vida de cada individuo queda en
cierta manera multiplicada por la de todos los demás.
Ahora bien, Ortega denomina “elástico” un fenómeno de relativa rigidez; la transmisión
de movimiento depende un deslizarse en un movimiento rotatorio; la solidaridad de la
rigidez de materiales implica un movimiento continuo y uniforme, ahí pera la mecánica
de la figura esférica permitiendo el desplazamiento sobre una superficie. La física
elástica aparece más exactamente en la punta y en el taco que impulsan, así como en las
bandas de hule que rebotan y modifican como espejo la dirección del viaje de la bola de
billar. Entonces el fenómeno descrito por Ortega, al contrario indica lo “inelástico”, sino
que cada punto dentro de la esfera se mantiene en su misma posición; ciertamente,
existe la transmisión de la fuerza hacia el conjunto de la esfera, así el punto transmite
inmediatamente sin desperdicio de fuerza, pero no por elasticidad sino por rigidez de su
vínculo, inalterado luego del golpe.

La conversación como protofenómeno de la historia.


El protofenómeno es la conversión de la metáfora en realidad, donde se dice que la
célula muestra la estructura del ser vivo completo, entonces el protofenómeno es el
evento particular (por cuanto una parte) mostrando simplificadas las leyes o estructuras
del fenómeno mayor, entonces sirviendo como el revelador de las leyes. Esto lo retoma
Ortega de Goethe, sin embargo, existe un parangón célebre con Marx retomando a la
mercancía como la célula de la sociedad capitalista a partir de la cual reconstituye el
movimiento entero del cuerpo, así El capital de Marx empieza directamente por el
análisis minucioso de la mercancía en el primer capítulo y desde ésta desprende los
conceptos de valor, luego el dinero, y entonces el capital, etc. Sin embargo, cuando no
se posee una justificación exacta para relacionar entre el fenómeno menor y el mayor,
fácilmente recaemos en el terreno de la metáfora, pues el evento menor es la metáfora
del conjunto, sin emblema o su signo; en este caso de la conversación me parece que
18
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 76.
Ortega oscila entre la legalidad histórica y la metáfora, por cuanto la relación de
necesidad entre la conversación y la situación nacional no se demuestran en suficiencia,
incluso no aparece una demostración sobre la “estructura de las conversaciones”, pero
observemos el argumento más de cerca. Argumenta Ortega: “Es la conversación el
instrumento socializador por excelencia, y en su estilo vienen a reflejarse las
capacidades de la Raza. Debo decir que la primera orientación hacia las ideas que este
ensayo formula vino a mí reflexionando sobre el contenido y el régimen de las
conversaciones castizas.”19 Compara esas conversaciones españolas con las de otros
países europeos y le parece emerge un contraste extremo. “siempre que en Francia o
Alemania he asistido a una reunión donde se hallase alguna persona de egregia
inteligencia, he notado que las demás se esforzaban en elevarse hasta el nivel de aquella.
Había un tácito y previo reconocimiento de que la persona mejor dotada tenía un juicio
más certero y dominante sobre las cosas. En cambio, siempre he advertido con pavor
que en las tertulias españolas –y me refiero a las clases superiores, sobre todo a la alta
burguesía (…) acontecía lo contrario. Cuando por azar tomaba parte en ellas un hombre
inteligente, yo veía que acababa por no saber dónde meterse, como avergonzado de sí
mismo. Aquellas damas y aquellos varones burgueses asentaban con tal firmeza e
indubitabilidad sus continuas necedades, se hallaban tan sólidamente instalados en sus
inexpugnables ignorancias, que la menor palabra aguda, precisa o siquiera elegante
sonaba a algo absurdo y hasta descortés. Y es que la burguesía española no admite la
posibilidad de que existan modos de pensar superiores a los suyos (…) Urge remontar la
tonalidad ambiente de las conversaciones, el trato social y de las costumbres hasta un
grado incompatible con el cerebro de las señoras burguesas.”20 Nos describe un
ambiente del cangrejo, como el cuento donde los cangrejos no pueden salir de la
pequeña cubeta que los aprisiona porque bajan entre ellos mismos a cualquiera que
pretenda sobresalir hasta alcanzar el borde de la cubeta. En ese ambiente las mentes
destacadas decaen, se asfixian en vez de retroalimentarse, así existe un efecto de
rebajamiento del contenido espiritual del alma española, en impresión de Ortega. Cabe
objetar, de que no aparecen datos, ni estructuras definidas, simplemente existen
impresiones sobre un estilo ¿en otros países de Europa no se rebaja a los brillantes, no
existe también aversión al talento en los círculos sociales altos o en otros círculos? De
cualquier manera, la falta de detalle posible, nos indica que esta opinión sobre las
conversaciones castizas solamente indica un nivel de impresión, ninguna “ley del
fenómeno” pareciera sustentarse. Quienes vivieran y percibieran las circunstancias de la
conversación de manera semejante a Ortega asiente y lo que otros divergirán; en ese
sentido no existe una manera de corroborar el fenómeno (ni encuesta, ni indicio, ni
noticia, ni estadística…) y permanece en el vago espacio de la conjetura. Incluso
suponiendo que resultara completamente exacta la apreciación sobre las conversaciones,
¿esto no eleva hasta la estructura social? El tema que desea resaltar Ortega sobre la
problemática nacional española es una insubordinación de las masas, las cuales no
aceptan seguir a los mejores, sobajando a los más aptos para pretender seguirse a sí
mismas; la falta de aceptación de los hombres ejemplares le parece el problema y la
solución reside en un elogio de los “aristoi”, los superiores en evidencia efectiva. Ahora
bien, por las anteriores consideraciones estimo a la “conversación castiza” más como
emblema que una explicación, el cuadro pintoresco de los señores y damas burguesas
soltando repetidas necedades y al inteligente invitado escurriéndose con pena resulta
más un engranaje literario que un fenómeno explicativo, porque primero convendría
revelar su anatomía y su dinámica interior, para establecerlo como entidad realista.
19
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 167-168.
20
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 168-169.
SEGUNDA PARTE: DISCUSIONES PARCIALES DE ORTEGA (EL ESPACIO DE
ACÁ)

La diferencia entre el combatiente y el triunfante (el ya gané) p. 93.


Al respecto Ortega nos comenta: “No hay estados de espíritu más divergentes que el del
combatiente y el del triunfante. El que, en efecto, quiere luchar empieza por creer que el
enemigo existe, que es poderoso; por tanto, peligroso; por tanto, respetable. Procurará,
en vista de ello, aunar todas las colaboraciones posibles; empleará todos los resortes de
la gracia persuasiva, de la dialéctica, de la cordialidad y aun de la astucia para enrolar
bajo su bandera cuantas fuerzas pueda. El que se cree victorioso procederá
inversamente: tiene ya a su espalda e inerte al enemigo. No necesita andar con
contemplaciones, ni halagar a nadie para que le ayude, ni fingir aptitudes amplias,
generosas, tenderá a reducir sus filas para repartir entre menos el botín de la victoria y,
marchando en vía directa, tomará posesión de lo conquistado. La acción directa, en
suma, es la táctica del victorioso, no del luchador.”21 Quien se pretende de antemano
ganador, imbuido de la imaginación de un triunfo anterior a la batalla, se coloca en el
plano del triunfador, y entonces procura desandar el enfrentamiento, por tanto es un
pésimo contendiente, un pésimo político, un pésimo competidor deportivo. Este
fenómeno de las contiendas se repite en diversos ámbitos como una estructura de
mentalidad, entre quien desperdicia sus fuerzas, se enconcha en un grupo reducido
pretendiendo no avanzar sino mantener su triunfo. Los equipos deportivos “grandes”
son un magnífico ejemplo de la mentalidad del triunfador anticipado, pues se mueven
bajo la cadencia del “perdonavidas”, y repetidamente sus oponentes no caen en el
embrujo, así el “ gran equipo” pierde una y otra vez, hasta que a fuerzas de colapsos
acepta su nueva estatura, ya no grande sino lastimera. Para el combatiente se empieza
por respetar al enemigo y ese enemigo respetable conduce hacia una ruta importante,
pero significativa: acumular recursos y preparativos en vistas a una batalla efectiva. Una
de las leyes básicas de la guerra es respetar al oponente, porque ambos quedan bajo una
acción recíproca22, las oposiciones en la contienda aparecen como una ley de mutua
determinación.

Explicación de la “acción directa” p. 86-88.


El tema de la acción directa (lema de políticos revolucionarios, en especial de los
anarquistas españoles) lo explica Ortega en base al “particularismo”, entendido como
una perspectiva especial, de amenidad de cada grupo o clase respecto de los demás.
Entonces parte de la naturaleza de tal particularismo, indicando que la mentalidad del
particularismo “podría resumirse diciendo que el particularismo se presenta siempre que
en una clase o gremio, por una u otra causa, se produce la ilusión intelectual de creer
que las demás clases no existen como plenas realidades sociales o, cuando menos, que
no merecen existir.”23 Para el caso de los obreros, la ideología socialista la mira Ortega
como un particularismo, cuando los trabajadores observar a los demás como parásitos
sociales, como elementos no productivos, los cuales no poseen el derecho pleno a la
existencia, ya por ser explotadores los capitalistas, por ser parásitos los financieros, por
ser anacrónicos los campesinos, por ser intermedias y vacilantes las clases medias, etc.
En otros términos es un sello de nulidad en los otros lo visto desde el particularismo.
Insiste “¿Quiénes son los demás para el particularista? En fin de cuentas, y tras uno y

21
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p.93.
22
VON CLAUSEWITZ, Karl, De la guerra.
23
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 85.
otro rodeo, nadie.”24 Esta aplicación del particularismo rebasa las perspectivas de una
ideología obrera, para asentarse en cualquier negación del prójimo (racismo, clasismo,
esclavismo, nacionalismo) y adquiere una dimensión gigantesca, incluso muy próxima
al nihilismo, porque si convertimos en “nadie” a las personas, alcanzaremos una
negación radical, la indicada en el nihilismo; claro, que el nihilismo adquiere un matiz
más general y por nihilismo entendemos en un “descreer universal” (el mundo es nada),
sin embargo, una vez que la negación alcanzó a las personas su extensión podría seguir.

Una vez planteado tal particularismo (descreer en los demás grupos hondamente) una
consecuencia posible es evitar las componendas con los demás; la acción directa plantea
la vía de saltar por encima de las barreras, en especial de las legales y evitar
“compromisos” los cuales desvían de objetivo directo, la satisfacción de una justicia
expedita. Debo confesar, que en algún momento, la acción directa me pareció
encantadora por su línea recta, esa vía sin rodeos ni interrupciones para buscar un
objetivo. Luego la acción directa también se alcanza a identificar como un
romanticismo por la ilegalidad, lo cual es una tendencia común entre las izquierdas
políticas. Claro, la acción directa además posee el enorme inconveniente de invitar a
una sobre-simplificación de los campos de lucha políticos, y también revela una
simplificación del objetivo. Ya comentamos en otro momento de la complejidad de los
objetivos, mientras la acción directa supone una simplicidad de los objetivos sociales,
como si consistieran (tales conjunto-objetivo de la sociedad) en un objeto unitario (una
cosa, más que una relación compleja). Por mi simpatía previa, yo al menos me quedaría
con una partícula del concepto de la acción directa, consistente en la búsqueda de la
simplificación, una especie de “navaja de Occam”, principio lógico mediante el cual se
recomienda reducir las causas explicativas a las menos posibles, como medio para
comprender una causa; entonces la recomendación es reducir y simplificar mas nunca
caer en el terreno del simplismo.
Respecto de la acción directa Ortega pone el ejemplo del parlamentarismo como una
gran componenda, por la cual transitan los diversos grupos para obtener sus
satisfacciones, y entonces el proceso implica tener en cuenta los intereses y opiniones de
todos los actores políticos para alcanzar cualquier meta. Incluso el principio de
representación estaría opuesto al principio de la acción directa, porque el representar es
justamente no existir sino indirectamente. Ahora bien, el principio de la producción
humana (mostrado en el trabajo) nos revela que solamente una acción indirecta
(mediante herramientas) resulta efectiva; sin embargo, también sabemos que no
cualquier elemento indirecto resulta ventajoso, pues una mala mediación (una
herramienta contraproducente, descompuesta) resulta peor que ninguna mediación (la
mano desnuda). El exceso de las mediaciones, las herramientas complejas pero
descompuestas, nos conduce hacia el término de lo sofisticado y rebuscado, finalmente
conduce hacia lo inútil y hasta contraproducente; por eso cada vez que alguien pretende
volver a lo básico, deshacerse del fardo excesivo de las elaboraciones, en parte se
mueve hacia el terreno de una acción directa. Obviamente, las posiciones de los
extremos caen hacia el desfiladero de la fantasía privada, y la modalidad anarquista de
la acción directa ha sido uno de tales extremos.

Contra el deber ser social, contra el utopismo.


Critica Ortega al abuso del concepto del “deber ser” como una operación típica del
progresismo, radicalismo y hasta del espíritu liberal. Se lamenta Ortega que las
pretensiones de reforma se dirigen directamente hacia un ideal de lo que debe ser sin
24
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 86.
examinar precisamente lo que es, o sea, partiendo de una consideración moral casi
complemente arbitraria se imagina un estado social mejor, mejores leyes, mejores
condiciones de existencia, una plenitud final fundada en la mora, pero despreciando las
efectivas condiciones del ser. Entonces el deber ser social conduce hacia un utopismo,
por tanto no se alcanza ningún objetivo. Entonces cuando se elabora el ideal social se
deciden los aspectos mejores y se deja lo demás por completo fuera de consideraciones,
pero los temas moralmente indiferentes son de importancia social superlativa. Una vez
elaborado el estado social de mayor perfección imaginada se propone modificar las
cosas o al menos la leyes en pos de tal estado ideal; el error es que se ignora el estado
real y las posibilidades del curso social efectivas. Radicalizando (mañosamente o
paradójicamente) indica Ortega que el estado de perfección social es una aberración; en
especial se lamenta Ortega del olvido sobre las jerarquías sociales reales. Entonces
aboga Ortega por primero descubrir lo que es una sociedad, y sobre tal ser, pretender lo
que debe ser; utiliza una cita de Píndaro, el romano, indicando “llega a ser lo que eres”,
alcanzando en perfección lo que imperfectamente somos por naturaleza, pues “Si
sabemos mirarla, toda realidad nos enseñará su defecto y su norma, su pecado y su
deber”25 Como adelanté existe cierta trampa en el argumento, porque el mismo Ortega,
como lo cito, finalmente plantea un deber ser; o sea, recomienda sustituir un deber ser
abstracto por otro el cual le parece más “ser” y menos “deber”, pero solamente nos lleva
hacia una gradación; simplemente recomienda no elaborar una visión completa de
utopía social partiendo de una moral arbitraria, sino plantear una salida nacional,
vertebrar a la España invertebrada, pero también ahí rebosa de plenitud otro deber ser.
En este aspecto, recuerda (bajo una figura más llana) la proclamación de Marx y Engels
por superar al socialismo utópico26, donde su tesis es pasar el río del sistema social
capitalista para caminar por el siguiente sistema social sin pretender predefinirlo
demasiado, no en base a una “predefinición del socialismo” sino en la perspectiva de su
arribo inevitable; donde también se emana un deber ser bajo otro matiz, de nuevo
buscando una gradación menos arbitraria, fundada en el curso forzoso de los
acontecimientos. En ambos casos, la recomendación para cualquier intención de cambio
social resulta acertada pues nos alerta para superar el estadio de arbitrariedad (mi gusto
por tal deber ser) y alcanzar una visión realista de las posibilidades efectivas y las
tendencias del cambio.

Sobre los <pronunciamientos> como fenómeno de mentalidad estrecha. Los


pronunciamientos se refieren a proclamas e insubordinaciones de coroneles y generales
españoles, quienes lanzaban una idea de cambio, una declaración solemne en pos de la
cual se levantaban en armas, desde un aislado cuartel, sin fuerzas suficientes ni
necesarias para pretender el poder. A Ortega le parece que tal gesto del pronunciamiento
indica un ánimo heroico pero ingenuo, de quienes suponen que el país entero se
encuentra ávido de la idea pronunciada, del planteamiento emanado desde un aislado
cuartel. “Aquellos coroneles y generales (…) convencidos de su <idea> (…) como
suelen los locos y los imbéciles (…) cuando un loco o imbécil se convence de algo, no
se da por convencido solo, sino que al mismo tiempo, cree que están convencidos todos
los demás mortales. No consideran, pues, necesario esforzarse en persuadir a los demás
poniendo los medios oportunos; les basta con proclamar, con <pronunciar> su opinión.
(…) Así, aquellos generales y coroneles creían que con dar ellos el <grito> en un cuartel
toda la anchura de España iba a resonar en ecos coincidentes (…) Los <pronunciados>
no creían nunca que fuese preciso luchar de firme para obtener el triunfo. Seguros de
25
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 124.
26
Cf. ENGELS, Friederich, Del socialismo utópico al socialismo científico, Ed. Progreso.
que casi todo el mundo, en secreto, opinaba como ellos, tenían fe ciega en el efecto
mágico de <pronunciar> una frase. No iban, pues, a luchar sino a tomar posesión del
Poder público.”27 Esta larga cita la cumplo, porque me parece corresponde a un amplio
espectro de la psicología humana, ya que indica la convicción íntima y la ingenuidad,
tan viable de repetirse en cada orden, quizá un poco más típica de la esfera de los
partidismos políticos, pero nada desdeñable en los campos religiosos, comerciales, y las
tantas esferas de la interacción humana. Quien adquiere una convicción suficientemente
honda o ingenua, por una especie de “magia de simpatía” en la correspondencia de
muchos otros, incluso de la entera humanidad sobre su convicción. De pronto, quien
cree en una idea y la descubre muy importante supone la comunidad, el coro de las
confirmaciones entre tantas personas, incluso con la humanidad entera; el ejemplo
cunde con los gustos estéticos y las convicciones nacionales. Y ya que el tema nacional,
conviene ejemplificar (mas no recuerdo lo haga Ortega) sobre esa percepción de una
comunidad de vida; claro, una mayoría posible de una nación percibe una comunidad (y
además los medios oficiales cuando existe Estado nacional, refuerzan incansablemente
esa convicción), sin embargo, eso no impide que muchísimas personas se perciban
ajenos, incluso radicalmente ajenos. Esto se aplica fuertemente a las regiones y su
creencia, donde desde afuera se les cree sólidamente con-nacionales, pero ellos no lo
creen así, y luego se manifiestan refractarios y hasta separatista, decididos a rechazar la
nacionalidad, y España es ejemplo de tales eventos, donde las personas de ciertas
regiones no aceptan su gentilicio de españoles, sino se prefieren vascos, catalanes, etc.
En la vida cotidiana, este concepto del <pronunciamiento> se repite y cada uno
debemos tomar conciencia de que nuestras convicciones no han sido asimiladas por los
demás, nuestro proceso de comunicación para alcanzar amplitud debe abrir las brechas
de esos posos cerrados de tales convicciones, donde ingenuamente creemos los demás
las comparten cuando no resulta cierto.

TERCERA PARTE: PEQUEÑO BALANCE SOBRE SU CONCEPTO DE NACION


APLICADO A ESPAÑA Y MIS DIVERGENCIAS (EL ESPACIO DE ACULLÁ)

El fundamento de la curva de la integración nacional española y su disgregación.


He alabado repetidamente la agudeza y elegancia de Ortega en la percepción del
fenómeno social y nacional, sin embargo, resulta este el momento de marcar la gran
divergencia en el tema nacional sobre el enfoque alcanzado. Y el punto divergente no
resulta privativo de Ortega28, por cuanto la nacionalidad (y la nacionalización) la
purifican y enfocan sobre el fenómeno integrador, por tanto establecen una gradación
continua entre la región, la nación y el imperio, entonces, pierden la separación
cualitativa entre tales niveles de realidad, con una diferencia tan marcada (al menos para
los fenómenos modernos). En especial, resulta trascendente en teoría y política la
adecuada distinción entre fenómeno nacional e imperial, porque no son continuos ni
complementarios, por más que cualquier imperio deba revestirse de entidad nacional (la
figura del Estado nacional para operar allende una nacionalidad imponiendo intereses de
otro tipo).
Para establecer la continuidad entre región y nación Ortega se enfoca sobre un
fenómeno sumamente interesante e instructivo, el cual ha sido ampliamente descuidado
por los estudios históricos, consistente en la “región central nacionalizadora”. Con un
enfoque intencionado e interesante se remonta hacia Roma como núcleo integrador de la

27
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p.91-92.
28
Por ejemplo, Alvin Toffler en La tercera ola, enfoca tales aspectos en un continuo de integración y
separación, entre regiones-naciones-imperios a la manera de un flujo casi ininterrumpido.
federación latina y a Castilla como aglutinadora de la península ibérica. Incluso en el
ejemplo de Roma detalla esta región hasta su integración micro-nuclear en base a la
sucesiva formación de la ciudad, primero en la comuna asentada en el monte Palatino y
las siete colinas, luego integra a la llanura del Quirinal, así ya se suman para formar el
asentamiento urbano, la ciudad palatino-quirinal; de tal modo, se avanza hacia una
federación latina de tribus emparentadas, hermanos y primos latinos; para después
someter a sus vecinos y obligarlos a la integración, dominando a etruscos y samnitas; el
siguiente paso será el imperio con dominación y colonización de los completamente
extranjeros. Entonces el proceso particular lo describe Ortega como Roma inicial, Roma
doble, federación latina, unidad itálica, Imperio colonial, para denominarlo en general
como una “totalización” donde el núcleo inicial no se traga a los pueblos “ni anula el
carácter de unidades vitales propias que antes tenían.”29 La objeción consiste en dos
aspectos principales, el interno y el externo. Por el nivel interno, la incorporación la
observa Ortega como una especie de arte peculiar (un talento de incorporación
solamente otorgado a ciertos pueblos o núcleos privilegiados), por tanto deja de lado su
sustancia, la reproducción interna como entidades orgánicas de vida, lo cual se debe
distinguir plenamente de la cuestión de la raza, esa figura burda y confusa de la
reproducción. En el nivel, externo el arribo al nivel imperial o colonizador de la
integración sí trae aparejado un salto cualitativo, por cuanto la región extrajera sí sufre
una condición que oprime su unidad vital, por tanto, terminará por separarse del factor
unificador, es decir, se separará radicalmente del centro imperial.
Entonces Ortega observa una pareja de fuerzas contrapuestas: la fuerza integradora
(partiendo desde Roma, Castilla, la Isla de Francia) y una fuerza resistente,
desintegradota (pero positiva para la vitalidad del órgano social completo) la cual
manifiesta la resistencia de las regiones a su integración.
El error de Ortega se manifiesta en una miopía empírica por cuanto en 1921 le parece
que la creación de las naciones corresponde a un talento peculiar, no facilitado a
cualquier pueblo sino privilegio de unos pocos como Roma y Castilla; pero visto al
detalle resulta evidente que no se trata de un “talento nacionalizador” sino de un talento
imperial del viejo cuño30, incorporando grandes extensiones territoriales más allá del
tema nacional. Posiblemente, sumada la perspectiva desde España con el largo aliento
secular de los imperios de Roma y Castilla podría facilitarse la confusión, un imperio de
tres siglos parecería más “nación” a Ortega que una península española bajo amenaza
secesionista.
Ese error de Ortega también se refleja en la medida indicada para la decadencia de
España, la cual él data iniciada desde 1580, indicándonos: “Entonces veríamos que de
1580 hasta el día cuanto en España acontece es decadencia y desintegración. El proceso
incorporativo va en crecimiento hasta Felipe II (…) El proceso de desintegración
avanza en riguroso orden de la periferia al centro. Primero se desprenden los Países
Bajos y el Milanesado; luego Nápoles. A principio del siglo XIX se separan las grandes
provincias ultramarinas, y a fines de él, las colonias menores de América y el Extremo
Oriente. En 1900 el cuerpo español ha vuelto a su nativa desnudez peninsular (…) En
1900 se empieza a oír el rumor de regionalismos, nacionalismo, separatismos… Es el
triste espectáculo de un largísimo, multisecular otoño, laborado periódicamente por
ráfagas adversas que arrancan del inválido ramaje enjambres de hojas caducas.”31 Esta
misma película histórica en mi perspectiva y no solamente en la mía, equivales al

29
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 39.
30
“forjaron las dos más amplias estructuras nacionales” ORTEGA Y GASSET, José, España
invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p.43.
31
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 63.
descubrimiento de un principio nacional en contra de un vasto imperio, imposibilitado
para dar a luz las realidades nacionales; es decir, en la retrospectiva Ortega confunde al
imperio Habsburgo primero y Borbón después asentado en Madrid con una entidad de
España imperial; cuando ni la cabeza del reino ni su articulación interna alcanzaron a
erigiese bajo un principio articulador nacional; en mi opinión Castilla (encabezando a
una especie federación de reinos ibéricos o españoles) se catapultó hasta un imperio
multinacional sin alcanzar a cuajar su unidad interior, sino imperfecta y medianamente.
La película de la disgregación posterior, indica un periodo tortuoso del nacimiento de
España. Y ese nacimiento le parece a Ortega un largo trauma, una irresolución, la
amenaza del separatismo, un pueblo al borde del abismo, y le parece que “España se va
deshaciendo, deshaciendo… Hoy ya es, más bien que un pueblo, la polvareda que queda
cuando por la gran ruta histórica ha pasado galopando un gran pueblo…” 32, y con un
viso de ironía ese gran pueblo se refiere al propio español del pasado. Ante tal crisis de
pueblo, le parece a Ortega que la solución consiste sencillamente (y tan complejamente
también) dar paso a los mejores individuos en todos los campos, aceptar la jerarquía
espontánea de seguir el ejemplo de los mejores, para una reforma general del país,
donde en cada campo se siga la ejemplaridad y no seguir guiándose por la mediocridad
espontánea de las masas, incluso las masas burguesas. Por desgracia, la historia de
España en el periodo siguiente a esta obra de Ortega no siguió por la senda racionalista,
sino impulsado entre enormes contradicciones cayó en mitad de una guerra civil,
además por desgracia una guerra ganada por la fracción más retardataria aliada en una
falange católica y fascista. Pasarían demasiadas décadas y la muerte natural del dictador
para que el legado de Ortega fuera difundido y reconocido ampliamente entre la
sociedad española.

32
ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada, Ed. El Arquero, 15ª. ed., 1967, p. 70.