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LA LÓGICA DEL TITIRITERO

LA LÓGICA DEL TITIRITERO


UNA INTERPRETACIÓN EVOLUCIONISTA DE LA
CONDUCTA HUMANA

Pablo Rodríguez Palenzuela


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establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento,
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© Pablo Rodríguez Palenzuela, 2006

Primera edición: mayo 2006

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ISBN: 84-934414-1-4
Depósito Legal: M-00.000-200
A Rosa, Helena, Pablo, Argo y
Tobi
AGRADECIMIENTOS

Este libro debe mucho a muchas personas, que han aportado ideas, críticas y
sugerencias durante todo el proceso de gestación y escritura. Debo destacar la
generosa ayuda de los profesores Cipriano Aragoncillo y Francisco García-Olmedo.
Asimismo, no puedo olvidar las valiosas aportaciones de José Palacios, Pilar Sauco,
Javier Gallego, Emilia López, Maria Jesús de Lope, Maria Gracia Rubio, Ignacio
Borrajo, Guillermo Castañón, Carlos Rodríguez, Anyelina Palenzuela y Fernando
Santiago. A todos ellos, muchas gracias.
ÍNDICE

AGRADECIMIENTOS ........................................................................................................

INTRODUCCIÓN. LA LÓGICA DEL TITIRITERO ............................................

CAPÍTULO 1. DE DÓNDE VENIMOS .............................................................................

CAPÍTULO 2. ANIMALES ............................................................................................

CAPÍTULO 3. GENES Y GENTES ..................................................................................

CAPÍTULO 4. LOS PADRES NO TIENEN LA CULPA .......................................................

CAPÍTULO 5. ¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES DIVERTIDO? .......................

CAPÍTULO 6. VENUS Y MARTE ..................................................................................

CAPÍTULO 7. GUERRA Y PAZ .....................................................................................

CAPÍTULO 8. MÁQUINAS PARLANTES ........................................................................

CAPÍTULO 9. NATURALEZA HUMANA .........................................................................

9
NOTAS ............................................................................................................................

BIBLIOGRAFÍA SELECCIONADA........................................................................................

ÍNDICE ANALÍTICO ..........................................................................................................


INTRODUCCIÓN
LA LÓGICA DEL TITIRITERO

La desgraciada historia de Phineas Gage

P ermítanme que les cuente dos historias que me resultan fascinantes. La


primera comienza una soleada tarde de septiembre de 1848, cerca del
pueblecito de
Cavendish, Vermont, en pleno corazón de Nueva Inglaterra, en la costa Este de
Estados Unidos. Aún faltan algunas semanas para que el otoño entre en todo su
esplendor, pero los arces ya han empezado a adquirir esas increíbles tonalidades rojas
y amarillas, que contrastan con el verde de los pinos. Sin embargo, los hombres de la
compañía Rutland and Burlington Railroad no están aquí para contemplar el paisaje;
hay trabajo que hacer y es un trabajo duro y delicado. A la cuadrilla de Phineas Gage
le han encomendado la voladura de una tremenda roca que se interpone en el camino
del ferrocarril, en la ribera del río Black.
Durante toda la mañana se han estado esforzando en practicar un largo y estrecho
taladro que llega al corazón de la mole de piedra. Tras una breve pausa para
almorzar, acometen la parte más difícil y peligrosa del proceso. Tendrán que rellenar
de explosivo el largo orificio, compactarlo bien y acabar el relleno con arena. Esto
último es esencial porque de otro modo la explosión se produciría “hacia fuera”,
dejando la roca intacta. Por fortuna, Phineas Gage es un trabajador competente y
experimentado, casi podría decirse, un virtuoso en su oficio. A sus 25 años es uno de
los capataces más apreciados de la compañía. Alto y de porte atlético, sus
movimientos son rápidos y seguros. Además es un hombre jovial y de carácter
abierto, lo que no está reñido con su indiscutible capacidad de liderazgo. Su
autoridad emana de forma tan natural que nunca necesita vociferar órdenes o
mostrarse rudo. No es extraño que sus hombres le adoren.
Llegado el momento crucial, Gage desenfunda su “herramienta”, una vara de
hierro forjada según sus propias especificaciones. Se enjuga un momento el sudor de
las manos y con una serie de movimientos rápidos compacta la arena del barreno.
Casi ha acabado. En ese momento uno de sus ayudantes le llama desde la distancia y
se oye el áspero graznido de un arrendajo. Sin duda, se trata de dos sucesos sin
importancia pero bastan para distraer su atención un instante. Se produce entonces
una terrible explosión seguida de un sonido silbante, como de un cohete. Cuando se

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INTRODUCCIÓN

disipa el humo, la roca sigue intacta y el capataz yace en un charco de sangre. Sus
hombres se apresuran a ayudarle. Enseguida resulta evidente lo sucedido. La
explosión ha impulsado la vara de hierro como si se tratase de una bala de cañón y
ésta ha atravesado la cabeza de Phineas Gage, entrando por el ojo izquierdo y
saliendo por la parte superior del cráneo, el cual está alarmantemente abombado.
Encuentran la herramienta a muchos metros de distancia, cubierta de sangre y de una
masa viscosa que sólo puede ser tejido cerebral.
Los hombres de la cuadrilla están consternados. Es imposible que su querido
capataz pueda sobrevivir a una herida así. Extrañamente, Gage recupera el
conocimiento y mantiene una calma glacial. Da indicaciones a sus hombres para que
le suban a una carreta y le conduzcan al pueblo cercano. Allí le atiende el Dr.
Harlow, quien años más tarde hará una crónica detallada de este caso. El doctor sabe
muy bien la gravedad de la herida y se asombra de la sangre fría que muestra el
paciente, que le relata lo sucedido con todo lujo de detalles. El médico desinfecta la
herida lo mejor que puede y la venda con cuidado. Recomienda que el paciente
permanezca en posición semiyacente para facilitar el drenaje. Durante los siguientes
días, Gage se debate entre la vida y la muerte a consecuencia de la inevitable
infección. El Dr. Harlow permanece a su lado, cambia el vendaje con frecuencia y
retira los abscesos de pus. El pronóstico es malo pero Phineas es un hombre joven y,
al cabo, su fuerte naturaleza prevalece. A los dos meses su curación puede calificarse
de milagrosa. Naturalmente, ha perdido el ojo izquierdo pero, por lo demás, se mueve
y habla con absoluta normalidad.
En realidad, la parte más interesante y aterradora de la historia comienza aquí.
Cierto, Gage se ha recuperado de su terrible herida pero ya no es el trabajador
responsable y eficaz, el jefe querido y respetado que solía ser. Se ha producido un
terrible cambio en su personalidad. Este cambio puede parecer sutil para los
desconocidos, ya que Gage tiene una apariencia completamente normal, pero para
sus allegados resulta devastador. Ahora es un tipo bravucón, petulante y agresivo. Es
incapaz de controlar su lenguaje y sus maneras. El parche que lleva en el ojo
izquierdo y el evidente abombamiento del cráneo no impide que se vea envuelto en
frecuentes peleas. Su tendencia casi patológica a alardear contrasta con las enormes
dificultades que tiene para tomar cualquier decisión. No pasa mucho tiempo sin que
la compañía ferroviaria lo despida y así Gage va a comenzar una vida azarosa e
irregular. Con su nueva personalidad es incapaz de mantener trabajo alguno y todos
los negocios que empieza están inevitablemente abocados al fracaso. Meses después
se une a una compañía circense donde exhibe sus impresionantes cicatrices en
compañía de enanos y mujeres barbudas. Aparte de su incapacidad para controlarse,
Gage ha adquirido otros extraños rasgos de personalidad. Por ejemplo, tiene el hábito

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de coleccionar objetos sin valor, como periódicos viejos, piedras o trozos de cristal.
Con los años, su incapacidad para manejar su propia vida se hace más patente y
acabará trasladándose a San Francisco para vivir en compañía (o más bien, bajo la
tutela) de su madre y de una hermana. Allí morirá 11 años después del desdichado
accidente en Vermont.
Esta historia no es un caso aislado. La literatura especializada recoge otros casos
de pacientes que, a consecuencia de accidentes, tumores u otros problemas
cerebrales, sufren alteraciones específicas en sus capacidades mentales 1. Por
ejemplo, algunos pierden la capacidad de reconocer caras, incluso las de los
familiares más allegados. Otro paciente, más sutil, podía reconocer el rostro de su
esposa, pero pensaba que era una perfecta impostora. Otros perciben que los objetos
cambian de lugar pero no pueden percibir el movimiento. Lo que nos están diciendo
estas historias es que incluso los procesos psicológicos más complejos, como la
memoria, la emoción o la conciencia, incluso aquellas características que
consideramos como el núcleo de nuestra personalidad y que definen nuestro yo más
íntimo, dependen de algún mecanismo específico que puede ser modificado.

Prodigiosa Imo
Nuestra segunda historia es, afortunadamente, mucho más optimista y transcurre
en el Japón en los años 50. Kinji Imanishi, que sería el fundador de la primatología
japonesa, comienza a estudiar una colonia de macacos en Koshima, una isla diminuta
al sur de Japón. No resulta extraño que las escuelas oriental y occidental de esta
disciplina difieran considerablemente en sus planteamientos. Por una parte, la
armonía con la naturaleza es uno de los ideales del sintoísmo japonés; una idea que
brilla por su ausencia en la tradición filosófica judeocristiana. Por otra parte, no hay
monos en Europa ni América del Norte (si exceptuamos una reducida colonia de
macacos en Gibraltar), pero son relativamente abundantes desde Afganistán hasta las
costas de Japón. En la India se los considera sagrados, a pesar de los cuantiosos
daños que provocan en las plantaciones. En cualquier caso, los monos son personajes
importantes en los cuentos y las leyendas orientales.
Desde los primeros días, Imanishi estableció la costumbre de alimentar a los
monos. Esta costumbre estaba en consonancia con la tradición sintoísta de hacer
ofrendas a los animales y facilitaba el acercamiento. Esto puede parecer algo obvio
en la actualidad, pero entonces la idea de estudiar a los macacos individualmente era

1 Sacks, O. El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Muchnik


Editores. 2ª ed. 1991.
INTRODUCCIÓN

algo revolucionaria, sobre todo en Occidente. Estamos hablando de un tiempo


anterior a Jane Goodall. En cualquier caso, se tomó la decisión de dejar, a intervalos
regulares, unos sacos de patatas dulces (batatas), que se vaciaban sin más miramiento
en la playa. Los macacos aceptaron rápidamente el regalo aunque esta práctica tenía
un inconveniente: las batatas se llenaban de tierra, lo que hacía más difícil su
consumo y podía estropear los dientes de los macacos.
Un buen día, la señora Mito, hija de un granjero de la isla y contratada por el Dr.
Imanishi para que hiciera labores auxiliares, observó algo que cambiaría para siempre

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Pablo Rodríguez Palenzuela

el concepto que tenemos de los monos y, a la vez, de nosotros mismos. Hay que
añadir que la señora Mito no tenía una formación universitaria, lo que para este
cometido particular seguramente era una ventaja, pues carecía también de los
prejuicios y formas estereotipadas de pensar que la acompañan. Mito observó a una
hembra de 18 meses, llamada Imo, hacer algo insólito para un macaco. Imo tomó una
batata, la llevó al mar y la lavó. Al principio lo hacía con bastante torpeza, pero
pronto descubrió que si metía el tubérculo en el agua y lo frotaba suavemente, podía
eliminar completamente la arena. Imo consumió su batata, que tenía un sabor salado
y pareció satisfecha.
Al principio sólo Imo tenía esta costumbre pero pronto la adquirieron otros
miembros de la banda. Significativamente, la transmisión de este hábito coincidía
con las líneas de parentesco y cercanía a Imo. Primero fue su madre, luego sus
hermanas y otras hembras del grupo. Cinco años después, el 75% de la banda lavaba
las batatas. Los viejos machos dominantes nunca imitaron esta conducta. La señora
Mito había entendido enseguida la importancia de esta observación y escribió al Dr.
Imanishi y a sus colegas, los cuales se desplazaron rápidamente a la isla para
confirmarla y hacer observaciones detalladas. La nítida idea de que la cultura es un
rasgo exclusivamente humano empezaría a disiparse en ese momento, porque lo que
había observado la señora Mito era, ni más ni menos, la transmisión cultural de una
pauta de comportamiento. La prodigiosa Imo todavía haría una aportación importante
a la tecnología de la banda. Años más tarde descubrió que podía separar los granos de
trigo de la arena, cogiéndolos a puñados y tirándolos al agua. Naturalmente, los
granos de arena se hunden más rápido y los macacos pueden recuperar los de trigo si
se dan prisa. Imo murió hace años, pero sus descendientes todavía lavan las batatas
en la isla de Koshima, cosa que no hacen otras bandas de macacos en otras
localidades.
Podrán replicar que estos comportamientos son infinitamente más simples que la
increíble riqueza de mitos, reglas de urbanidad, vocabulario, tabúes y creencias
religiosas que caracterizan a las sociedades humanas. Sin duda, cualquier cultura
humana es mucho más compleja, pero es una diferencia de grado, no de concepto.
Cualquier definición de cultura que excluya la conducta de Imo será completamente
artificial. El ser humano no es el único animal que puede transmitir pautas culturales.

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INTRODUCCIÓN

Los cinco principios de la Psicologíapsicología


Evolucionistaevolucionista
El tema de este libro es la mente y la conducta humana y, en particular, qué visión
nos ofrece la biología actual sobre estos temas. Me estoy refiriendo a cuestiones tales
como: por qué nos enamoramos; por qué tenemos celos; por qué son difíciles las
relaciones entre hermanos; por qué somos egoístas; por qué nos interesa el sexo; y
otras muchas preguntas por el estilo. No puede decirse que estas cuestiones sean
nuevas, todo lo contrario. La biología moderna nos ofrece, sin embargo, una nueva
forma de abordarlas con la disciplina denominada psicología evolucionista.
La psicología evolucionista (en adelante, PE) es una revolución científica que
trata de integrar la biología con la psicología y las ciencias sociales. Comenzó con el
trabajo pionero de dos psicólogos norteamericanos, John Tooby y Leda Cosmides, y
al filo de este nuevo milenio ha generado un verdadero aluvión de libros,
publicaciones en revistas científicas y miles de noticias en Internet. Muy
sucintamente, lo que pretende la PE es aplicar los principios de la biología y,
particularmente, los de la biología evolutiva, al estudio de la mente humana. Esto
podría resumirse en cinco puntos esenciales:

1. Entender la mente en términos de computación; lo que equivale a describir


losprocesos mentales como formas de procesar información.
2. Interpretar la conducta humana a la luz del proceso de la evolución de las
especies.
3. Incorporar la evidencia existente sobre la influencia de los genes en
aspectosimportantes de la inteligencia y personalidad.
4. Aceptar que nuestra especie no es un caso tan aislado como solemos pensar y
quecompartimos muchos atributos mentales con otras especies, por lo que es
posible aprender sobre nosotros mismos estudiando la conducta de otros
animales.
5. Reconocer que todas las culturas comparten muchas características
básicas,pese a la diversidad que se observa en otros aspectos.

El primer punto puede enunciarse así: la mente es un ordenador. Y esta


afirmación va más allá de una simple metáfora: mente y ordenador ejecutan la misma
tarea (procesar información), aunque lo hagan de forma distinta. La idea se basa en
dos campos de investigación bien alejados. Por un lado, la neurobiología, que está
empezando a explicar las conexiones entre el cerebro y la mente. Por otro, al tratar de
replicar de forma virtual las cosas que hace un humano normal, los expertos en

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Pablo Rodríguez Palenzuela

inteligencia artificial están planteando preguntas significativas para la neurobiología


y proporcionando a la psicología nuevos retos experimentales. Resulta curioso que a
pesar de que los ordenadores estén por todas partes, ninguno es capaz (todavía) de
mantener una simple conversación, y que acciones simples para los humanos, como
saludar a un amigo o caminar, representan formidables retos de ingeniería e
informática. Este paralelismo entre cerebro y ordenador se ha denominado “teoría
computacional de la mente humana” y nos lleva a considerar el acto de pensar como
una forma de computación.

Segundo principio: la mente es un producto de la evolución. Por lo que sabemos,


nuestros antecesores se separaron de nuestro pariente más próximo, el chimpancé,
hace unos seis millones de años y evolucionaron probablemente en un ambiente
parecido al de la actual sabana africana, formando pequeñas bandas. En ese tiempo se
produjeron importantes cambios en nuestra fisiología y en nuestro aparato locomotor,
y naturalmente también en el tamaño y estructura del cerebro. Seguramente, muchos
de estos cambios se seleccionaron porque conferían ciertas ventajas a los individuos
que los tenían. Por lo tanto, para entender la mente humana es preciso considerar el
tipo de problemas para los cuales está diseñada. A saber, problemas cotidianos de
nuestros antepasados: recolectar alimento, cazar, colaborar y competir con otros
miembros de la banda, etc. Este punto de vista se ha denominado, en forma pedante,
“ingeniería reversa de la mente humana”.
Otra hipótesis relacionada es la de que la mente está formada por módulos. A
pesar de la sensación de unicidad de la experiencia subjetiva, los psicólogos
evolucionistas afirman que ésta es un conjunto de subsistemas que, de hecho, han
evolucionado para realizar tareas concretas. La idea ha sido propuesta por el
psicólogo Jerry Fodor en su libro The Modularity Mind 2 y constituye uno de los
campos de batalla intelectuales en este momento. Fodor propuso un pequeño número
de módulos relacionados con tareas de gran valor adaptativo: evitar depredadores,
elegir comida adecuada, proteger a las crías. Tendrá que ser la neurobiología la que
confirme o no esta hipótesis, pero de momento ha recibido cierto apoyo.

Tercero: los genes son importantes. La genética de la conducta está encontrando


que los genes afectan de manera importante a diversos aspectos de la naturaleza
humana: inteligencia, personalidad, orientación sexual, propensión hacia ciertas
enfermedades o adicciones, etc. Estos hallazgos suelen dar lugar a titulares en los
periódicos donde típicamente son distorsionados hasta hacerlos irreconocibles, por lo

2 Fodor, J. The Modularity of Mind: An Essay on Faculty Psychology. MIT Press.


1983.

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INTRODUCCIÓN

que es preciso proceder con cautela. Podemos afirmar, sin embargo, que los
científicos están encontrando, de forma lenta pero con éxito creciente, que los genes
influyen en numerosos aspectos de nuestras vidas.

Cuarto: la conducta animal es relevante para explicar la conducta humana.


Esta idea no es nueva en absoluto. Los creadores de la moderna ciencia de la
conducta animal, Konrad Lorenz y Niko Tinbergen entre otros, sostuvieron esta
afirmación con gran energía frente a los psicólogos de la escuela conductista, que la
negaban con el mismo énfasis. En cierto modo, la idea se deduce directamente de la
teoría de la evolución. Aunque el Homo sapiens moderno surgiera hace unos 100.000
años, no surgió de la nada, sino de otras especies de primates con las que compartían
muchas características. Este razonamiento puede llevarse más lejos; también tenemos
caracteres comunes con los mamíferos y, en menor grado, con los reptiles.
Quinto: unicidad básica en todas las culturas humanas. Algunos estudios
antropológicos están haciendo énfasis en las semejanzas existentes en todas las
culturas humanas en vez de concentrarse en las diferencias, tal como venía haciendo
la antropología tradicional. Donald Brown publicó en 1991 3 una lista de
características culturales que han sido documentadas en todas las culturas estudiadas.
La lista es demasiado larga para incluirla aquí pero demuestra claramente que los
humanos tenemos muchas cosas en común, por ejemplo, el interés por el sexo, el
cotilleo, la preocupación por el bienestar de amigos y familiares, y por el propio
estatus.

¿Y qué pasa con la Psicologíapsicología?


Pero, ¡un momento! ¿No es acaso la psicología quien se ocupa de estas
cuestiones? ¿Acaso las teorías psicológicas no explican suficientemente bien la
conducta humana? Cierto que el ámbito de la psicología es la mente humana, y cierto
también que esta ciencia ha ido avanzando constantemente desde que W. Wundt
realizara sus primeros experimentos. Sin embargo, hay que decir que la psicología ha
mantenido una relación extraña con la biología; por una parte siempre ha reconocido,
en teoría, la importancia de sus fundamentos biológicos, y luego ha vivido
alegremente de espaldas a ellos. Hasta hace muy pocos años en psicología apenas se
mencionaba la cuestión básica de la evolución, algo muy extraño teniendo en cuenta

3 Brown, D. Human Universals. McGraw Hill. 1991.

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Pablo Rodríguez Palenzuela

que Darwin formuló su teoría a mediados del siglo XIX. Permítanme ahora que
aclare esta argumentación con un ejemplo.
Imaginemos que somos científicos de una galaxia lejana que nos dejamos caer por
la Tierra hacia el año 3054. Naturalmente, los humanos se han extinguido pero han
dejado abundantes huellas de su paso aquí. Decidimos estudiar unos objetos
metálicos de gran tamaño que poseen varias filas de asientos, cuatro ruedas y, gracias
a unas inscripciones, averiguamos que eran conocidos como “coches”. Podríamos
estudiarlos de muchas maneras: analizando su composición, haciendo inventario de
sus partes e, incluso, comparando las distintas piezas en diferentes modelos.
Podríamos clasificarlos de acuerdo a su color, tamaño, o el número de pegatinas.
Pero está claro que todas estas investigaciones no nos llevarían muy lejos si no
formulamos las preguntas fundamentales: para qué servía el coche, a qué
condicionantes obedecía su diseño, cuál era su función. Y estas son exactamente las
preguntas que la psicología no se ha hecho hasta ahora respecto a la mente humana.
O, al menos, no les ha dado la importancia que se merecen.
Material inflamable
Hay que reconocer que el tema de los fundamentos biológicos de la conducta es
sumamente delicado. En el pasado, la mera idea de que los genes pudieran tener un
papel relevante en la conducta humana ha sido objeto de crítica y violento rechazo.
Implícitamente, estas críticas se basan en dos premisas que no son válidas. La
primera es que si se demuestra que un carácter es genético, entonces es inevitable.
En muchísimos casos esto no es cierto. La mayoría de los caracteres importantes
están sujetos a la influencia de los genes y del ambiente. Sólo tiene sentido estudiar
esta cuestión caso por caso.
La segunda es que si se demuestra que un carácter tiene su origen en la evolución,
entonces es natural y, por lo tanto, bueno. Esta es la llamada “falacia naturalista” y
su refutación es inmediata: que algo sea natural no significa que sea bueno. Tal vez
sea natural una alta mortalidad infantil, pero si disponemos de antibióticos se los
daremos a nuestros hijos y, si esto es antinatural, ¡pues peor para la naturaleza! Es
más, los psicólogos evolucionistas niegan enfáticamente que se pueda sacar alguna
conclusión moral de sus teorías. Que un carácter tuviera valor adaptativo en el
ambiente de nuestros antepasados no quiere decir que sea útil en el mundo súper-
poblado y súper-tecnificado que nos ha tocado y, en cualquier caso, no quiere decir
que sea moralmente aceptable. Este es quizá el mensaje más importante: la absoluta
necesidad de no confundir hechos con valores o, expresado de otro modo, no
confundir ciencia e ideología. Las dos son necesarias, pero la mezcla suele ser
desastrosa.

20
INTRODUCCIÓN

Es preciso reconocer, sin embargo, que se han hecho interpretaciones interesadas


de la teoría de la evolución. Este es el caso de la infamante doctrina denominada
darwinismo social, preconizada, entre otros por H. Spencer y F. Galton. El
darwinismo social justificaba las desigualdades sociales de la época victoriana
basándose en un supuesto paralelismo con “la supervivencia del más fuerte”. Esta
doctrina constituyó un completo desastre intelectual, pero proscribir cualquier
interpretación evolucionista de la naturaleza humana (en contra de la evidencia
disponible en la actualidad) con el pretexto de que pueda ser utilizada
interesadamente es ir demasiado lejos. Es también muy posible que Hitler se basara
en vagas teorías biológicas para justificar sus atrocidades. Esto es lamentable, pero lo
que hay que denunciar es el empleo tendencioso de la biología para fines
injustificables, no a la biología en sí.

Por qué este libro


En la actualidad, nos encontramos muchas cuestiones candentes que están
directamente relacionadas con la biología. Los avances en reproducción artificial, la
posibilidad de clonar animales domésticos (y tal vez seres humanos en un futuro
próximo), la posibilidad de modificar genéticamente animales y plantas, el uso de
células madre, el trato que damos a los animales de granja y a los de
experimentación, así como (más importante incluso) la drástica reducción que está
experimentando la biodiversidad del planeta. Todas estas cuestiones son nuevas y
plantean dilemas éticos y legales completamente desconocidos hasta la fecha. Para
afrontarlos debidamente, la sociedad en su conjunto debería debatirlos con
detenimiento. Aquí es donde surge un problema: el avance prodigioso de la biología
en las últimas décadas no ha sido asimilado completamente por nuestra sociedad. Y
no me estoy refiriendo sólo al hecho de que el conocimiento de esta disciplina no sea
considerado aún como parte de la cultura general, sino a un fenómeno más sutil y
profundo. En último término, nuestra concepción del mundo consiste en un conjunto
de conocimientos, valores, imágenes, prejuicios y planteamientos filosóficos. Éstos
son muchas veces implícitos y muestran una notable inercia. La filosofía cotidiana de
un ciudadano normal en los países occidentales está influida, por ejemplo, por el
pensamiento de Platón y Aristóteles, así como de otros notables pensadores
posteriores. Aunque no tenemos por qué ser conscientes de ello, muchos de los
puntos de vista generalmente aceptados sobre la organización de la sociedad y el
gobierno, provienen de Locke, Hume, Voltaire, Rousseau, etc., la mayoría de los
cuales vivieron antes de la revolución biológica de finales del siglo XX. Por lo tanto,

21
Pablo Rodríguez Palenzuela

los grandes filósofos, cuyo trabajo sigue teniendo gran influencia sobre nuestra
mentalidad colectiva eran prácticamente analfabetos en lo que atañe a los seres
vivos. Esto no supone un inconveniente grave para muchas cuestiones, pero sí para
otras. Por supuesto, no era culpa suya; sin duda eran las mentes más brillantes de su
generación y el mundo que hemos heredado es, en buena parte, consecuencia de su
trabajo y sus ideas.
Pero el problema persiste en algunos aspectos concretos. La biología no ha sido
(aún) incorporada al pensamiento occidental. No es que no haya habido filósofos
importantes en los últimos tiempos, pero hasta hace muy poco la filosofía le ha
prestado muy poca atención a la biología. Posiblemente este problema es mucho más
agudo en el mundo cultural hispano que en el anglosajón. Prueba de ello es el aluvión
de libros de divulgación científica que se publican en inglés, o la enorme importancia
que le están dando a la biología numerosos filósofos de habla inglesa, como Peter
Singer, Daniel Dennet o Mary Midgley (por citar algunos muy conocidos). La
mayoría de los filósofos españoles no parece haber considerado que la biología fuera
importante, con alguna notable excepción. En palabras del gran filósofo español
Ortega y Gasset: “El Hombre no tiene naturaleza, lo que tiene es historia”.
Aunque no ocupe los titulares de los periódicos, este no es un problema trivial. El
principal beneficio que la ciencia puede proporcionar a la sociedad, aparte de las
aplicaciones tecnológicas (que tienen, obviamente, ventajas e inconvenientes), es el
de contribuir a cambiar nuestra concepción del mundo. Esta desconexión colectiva
con respecto a la biología nos coloca en mala posición para tomar las decisiones
clave que han de tomarse en un futuro próximo y que atañen a problemas
eminentemente biológicos. ¿De quién es la culpa? En definitiva de nadie y de todos.
En general, los científicos no han asumido que facilitar la asimilación de
conocimientos sea asunto suyo. Además, están muy ocupados con sus
investigaciones y el sistema les obliga a producir datos sin cesar. Así que se limitan a
escribir sus resultados en revistas especializadas y ya está. Esto no debería ser
suficiente. Para que estos datos sirvan realmente tenemos que incorporarlos a
nuestros sistemas de pensamiento y este proceso no ocurre espontáneamente.
Tendríamos que reflexionar despacio sobre el significado de los nuevos
descubrimientos y entender cómo éstos cambian algunas concepciones e ideas
anteriores que están profundamente grabadas en nuestra mentalidad colectiva. El
trabajo es formidable y no puede dejarse sólo a la buena voluntad de los científicos.
Debería ser una tarea común, en la que participasen profesionales de los medios de
comunicación, filósofos, profesores, políticos, directores de museos y ciudadanos
interesados. En buena lógica, cualquiera que tenga algo que decir debería echar una

22
INTRODUCCIÓN

mano. Esta idea ha sido propuesta explícitamente por la filósofa Mary Midgley en su
libro Science and Poetry 4, lo que hace falta es llevarla a cabo.
Durante los últimos tres años he estado viviendo una maravillosa aventura
intelectual que me gustaría compartir con usted. Esta aventura me ha llevado lejos,
sin moverme de mi casa; me ha llevado a la prehistoria y más lejos aún, al pasado
realmente remoto cuando nuestros antepasados eran simples células nadando en el
mar; a los rincones de nuestro cerebro y los misterios del genoma; a las preguntas
eternas que los filósofos llevan siglos considerando: quiénes somos, de dónde
venimos, a dónde vamos. No puedo decir que haya respuestas definitivas a estas
preguntas, pero las conclusiones preliminares resultan fascinantes.
Los temas que vamos a ver son importantes para la vida cotidiana de todos y cada
uno de nosotros. No se trata de galaxias lejanas o conceptos físicos impenetrables. Se
trata de sexo, amistad, matrimonio, educación, lenguaje, poder, estereotipos, moral,
roles, pensamiento, conciencia, sistemas legales, arte, política, etc. Debo advertirle
que su visión del mundo puede verse afectada; le aseguro que la mía lo ha sido.
Una última observación. Es un hecho claro que la biología tiene una poderosa
influencia sobre nuestra conducta y nuestra forma de pensar. No quiere decir esto que
la naturaleza sea invencible, sino que vencerla tiene costes y que, a veces, estos
costes son muy altos. Paradójicamente, este tipo de estudios puede (en todo caso)
disminuir el determinismo biológico, ya que nos hacen más conscientes de las fuerzas
que mueven nuestra conducta. En palabras de R. Wright: “Si somos marionetas,
nuestra mejor opción para dejar de serlo es tratar de averiguar la lógica del titiritero”.

4 Midgley, M. Science and Poetry. Routledge. 2001.

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CAPÍTULO 1 DE

DÓNDE VENIMOS

SER O NO SER

e aquí el dilema! Prescindiendo de la belleza de los versos de Shakespeare, ¡H


el dilema se nos antoja raro: casi todas las personas (y casi todos los seres vivos)
preferimos estar vivos que muertos, y hacemos esfuerzos denodados por seguir así. Si
a la mayoría de nosotros la pregunta nos parece estúpida (evidentemente, a Hamlet
no se lo parecía) es porque el deseo de sobrevivir está firmemente grabado en nuestra
mente. Lo llamamos ‘instinto de supervivencia’ y tenemos muchas razones para
suponer que se trata, efectivamente, de un instinto: una pauta de conducta
determinada genéticamente, aunque normalmente refinada por el aprendizaje. Pero,
¿por qué queremos vivir? La explicación más probable, que nos proporciona la teoría
de la evolución, se basa en el hecho de que somos descendientes de una larga estirpe
de supervivientes. Nuestros padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, etc.…
manifestaron un constante interés por vivir. Podría haber sido de otro modo, pero
ocurre que los individuos indolentes sobre esta cuestión no suelen dejar muchos
descendientes. Para los animales el deseo de vivir es un fin en sí mismo, ya que los
que no lo tienen no están aquí para contarlo.
Podemos encontrar ejemplos similares: los padres (fundamentalmente las madres)
manifiestan un profundo interés por el bienestar de sus hijos y realizan grandes
esfuerzos y sacrificios en este sentido. Esto es cierto en la práctica totalidad de las
culturas conocidas, con independencia de que cada una tenga “estilos de crianza”
diferentes. También tenemos buenas razones para creer, pues, que existe un “instinto
maternal”, sobre todo teniendo en cuenta que esta es una cualidad muy generalizada
entre los mamíferos y las aves, y no tanto en otros grupos de animales. Los biólogos
interpretan los cuidados maternos y paternos hacia la prole como una inversión que
incrementa grandemente la probabilidad de que las crías sobrevivan. En los países
desarrollados y a principios del siglo XXI, tal vez podamos pensar que la mortalidad
infantil sea un fenómeno raro, pero esto es un espejismo. A lo largo de nuestra

24
DE DÓNDE VENIMOS

historia como especie, la norma ha sido precisamente la contraria: los hijos siempre
han necesitado de los cuidados constantes de sus padres para sobrevivir.
Resulta irónico pensar que después de 3.000 millones de años de vida en la Tierra,
nosotros seamos las primeras criaturas que poseamos una idea más o menos nítida
acerca de cómo surgió todo esto. Darwin empezó a formular esta explicación a
mediados del siglo XIX, y en los últimos 150 años la teoría de la evolución ha
crecido y se ha desarrollado hasta convertirse en un cuerpo de conocimientos
vigoroso, todavía en plena efervescencia. Pero no se trata de una teoría cualquiera,
sino de la columna vertebral de la biología, del “pegamento” que sujeta a todas las
disciplinas en su sitio. El gran genetista Dobzhanski solía decir: “Nada en biología
tiene sentido si no es a la luz de la evolución”.
Por importante que sea la evolución para los biólogos, no es esa la verdadera
razón que nos mueve a considerarla aquí. La importancia de esta teoría excede con
mucho el ámbito de los especialistas y nos afecta a todos los mortales, desde las
amebas a los agentes de seguros. Este es, sin duda, el argumento esencial de la
psicología evolucionista: la evolución es imprescindible para entender la conducta
humana y, por lo tanto, para entendernos a nosotros mismos. Sabemos que este
argumento no es aceptado por todo el mundo en este momento. Analizar y sopesar
esta controversia es la razón esencial de este libro. Así que este capítulo está
dedicado a examinar despacio la teoría de la evolución y algunas de sus inquietantes
implicaciones. No me cansaré de repetir que esta teoría ha sido mal entendida y
maliciosamente empleada en muchísimas ocasiones, por lo que le ruego, querido
lector, que prepare su ánimo para afrontar la cuestión sin caer en el tópico, en el
dogma o en conclusiones apresuradas. Esta historia tiene algunas vueltas y revueltas
que es necesario dar y también requiere saber apreciar las tonalidades. La tarea
consiste en manejar al mismo tiempo algunos hechos incontrovertibles, otros que
tienen un fuerte apoyo experimental y otros que constituyen meras hipótesis. Una
tarea difícil en verdad, pero necesaria para construir una ‘película’ coherente de
nosotros mismos y del resto de las criaturas.

ANTES DE DARWIN

Comencemos revisando el estado de la cuestión evolutiva antes de Darwin. En el


siglo XVIII, el gran naturalista sueco Linneo se tomó muy en serio el trabajo de
clasificar de forma sistemática todas las plantas y animales conocidos. Para Linneo, y
para sucesivas generaciones de naturalistas, el objetivo de su trabajo era poner de
manifiesto el Plan Divino. Se daba por sentado que la increíble variedad de los seres

25
Pablo Rodríguez Palenzuela

vivos era el resultado directo de un acto de Creación, y que las especies se habían
mantenido básicamente idénticas desde el comienzo de los tiempos. Sin embargo, a
finales del siglo XVIII al edificio conceptual de Linneo le había salido una enorme
gotera: el descubrimiento del registro fósil. Si la increíble diversidad de los seres
vivos tenía su origen en “la mente de Dios”, ¿cómo podían explicarse esos extraños
seres convertidos en roca que, en general, no se parecían a los animales y plantas que
conocemos? ¿qué clase de plan era ese? Con la entrada del nuevo siglo empezó a
cundir la idea de que tal vez las especies no eran inmutables. De modo que la idea en
sí de la evolución es bastante anterior a Darwin; de hecho, fue su abuelo, Erasmo
Darwin, uno de los primeros en contribuir a ella, si bien de una forma bastante vaga.
La idea de la evolución entró en la biología “por la puerta de atrás”. No era fácil
postular mecanismos que explicaran cómo podían haber evolucionado las especies.
Antes de Darwin se formularon esencialmente dos hipótesis (fundamentalmente
erróneas): el “catastrofismo” de Cuvier y la teoría evolutiva de Lamarck.
Georges Leopold Cuvier fue el naturalista más influyente y prestigioso de su
época y, en cierto modo, ocupó el lugar que había ocupado el gran Linneo el siglo
anterior. No cabe duda de que era un hombre de gran talento y hoy es considerado el
padre de la anatomía comparada y de la paleontología. Cuvier había nacido en Suiza
y era descendiente de hugonotes huidos de Francia; toda su vida fue un hombre muy
religioso y comprometido con la causa protestante, lo que no le impidió gozar de una
enorme consideración científica y una gran influencia política en la muy católica
Francia. ¿Cómo reconciliar la existencia de fósiles con el Plan Divino? La
explicación que adoptó Cuvier fue bastante pobre, y ni siquiera se le había ocurrido a
él mismo. Cuvier propuso que en tiempos remotos se habían producido una serie de
catástrofes, en concreto cuatro, que habrían borrado del mapa a la mayoría de las
criaturas vivas; la última coincidiendo con el Diluvio Universal. Así se salvaban los
muebles. Bastaba con asumir que la interpretación de la Biblia se refería sólo al
periodo más reciente de este proceso. Naturalmente, Cuvier no tenía ninguna prueba
concreta de que esto hubiera sucedido así. La ironía es que casi dos siglos más tarde,
los Álvarez, dos científicos americanos (padre e hijo), han demostrado de forma
fehaciente que fue la caída de un enorme meteorito la que provocó la desaparición de
los dinosaurios (y otras muchas especies del Cretácico). Después de todo, esto se
parece bastante a las catástrofes de las que hablaba Cuvier; evidentemente la caída
del famoso meteorito no basta para explicar la enorme variedad de seres vivos que
encontramos, pero sí es cierto que cambió la historia natural de este planeta. Hay que
reconocer, pues, que la catástrofe influyó de forma importante en la evolución de las
especies actuales. En todo caso, Cuvier hizo una grandísima contribución a la
biología, aunque en este punto se sintiera inclinado a sostener una idea por razones

26
DE DÓNDE VENIMOS

más religiosas que científicas. En cierto modo es una pena, porque él poseía los
conocimientos y el prestigio necesario para haberse adelantado a Darwin unas
cuantas décadas.
Que sepamos, la primera persona en plantear alguna respuesta coherente (aunque
equivocada) al problema del origen de las especies fue Jean Baptiste Pierre Antoine
de Monet, caballero de Lamarck, una figura radicalmente distinta al todopoderoso
Cuvier, con quien mantuvo una agria disputa de la que salió malparado. Lamarck
procedía de una familia aristocrática venida muy a menos. Fue un individuo diletante,
que cultivó múltiples intereses, probablemente de una forma algo superficial. Su
interés por la biología empezó tarde, aunque sus trabajos sobre clasificación de
invertebrados no son en absoluto desdeñables. Su particular teoría de la evolución
nos parece hoy disparatada (y está totalmente desacreditada) pero hay que
reconocerle el mérito de ser el primero en intentar formular un mecanismo que
pudiera explicar el cambio de las especies. Podemos entresacar dos ideas
fundamentales en el lamarckismo: el “ascenso de las especies” y la “herencia de los
caracteres adquiridos”. Según la primera, todas las especies han seguido un camino
ascendente en la evolución, desde las formas inferiores, como los microorganismos, a
las superiores, como nosotros. Según esto, las especies no derivan unas de otras, sino
que cada una ha seguido su peculiar camino a partir de seres parecidos a las bacterias,
las cuales habrían “salido del barro” para ascender en la “escala de la vida”. Puede
considerarse entonces que las especies que conocemos en la actualidad se encuentran
en momentos distintos en esta especie de “viaje” hacia la perfección zoológica. Está
noción de la escala de la vida, esto es, que las especies pueden ordenarse
jerárquicamente de menos a más evolucionadas, sigue siendo muy popular pese a
estar equivocada.
La otra idea del lamarckismo es aún más chocante y se basa en un concepto tan
vago como la voluntad de las especies. Según Lamarck, los animales “deciden” hacia
dónde quieren evolucionar y adoptan pautas de comportamiento de acuerdo con este
deseo. El ejemplo arquetípico es el cuello de las jirafas, cuya evolución se explica en
función de los esfuerzos realizados por estos animales para comerse las hojas altas de
los árboles. A base de estirarlo, el cuello se alargaría y estos caracteres adquiridos
pasarían a la descendencia. Si la tendencia se mantuviera unas cuantas generaciones,
tendríamos una especie de antílope que se convierte en jirafa. Por supuesto, el
argumento formulado por el caballero de Lamarck era completamente especulativo.
Ahora sabemos que los caracteres adquiridos no se heredan, ya que lo que se hereda
está especificado por los genes. La adquisición de un carácter en el sentido
lamarckiano equivale a cosas tales como desarrollar una gran musculatura a base de
hacer pesas o a desarrollar resistencia en la carrera; ese tipo de ejercicio no puede

27
Pablo Rodríguez Palenzuela

modificar los genes en el sentido que la descendencia manifieste tales caracteres de


manera permanente. Por ejemplo, los judíos llevaban siglos circuncidando a los niños
varones sin que este carácter se haya hecho hereditario. El lamarckismo fue
ridiculizado por el famosísimo y todopoderoso Cuvier y el propio Lamarck murió
ciego y en la más absoluta miseria, aunque con posterioridad esta teoría ha
experimentado diversas resurrecciones.

DARWIN

Charles Robert Darwin, el biólogo más importante del siglo XIX (y tal vez de
todos los tiempos), nació en Shrewsbury, Inglaterra, el 12 de febrero de 1809. Era
hijo de un médico acomodado, y nieto del famoso médico y poeta Erasmus Darwin.
El joven Darwin resultó un poco desastre. Primero, fracasó en su intento de seguir la
tradición familiar de hacerse médico; al parecer, la visión de la sangre y los duros
métodos quirúrgicos de la época, le resultaron insoportables. Ante esto, su padre
decidió que se hiciese cura. Ejercer como pastor de una tranquila parroquia rural le
parecía un destino digno para su hijo, del cual no albergaba la menor esperanza de
éxito profesional. De hecho, el padre de Darwin estaba convencido de que su hijo
sería una desgracia para la familia, y así se lo hizo saber sin ningún tipo de
ambigüedad. Tras su fracaso en la Medicina, Charles se fue a estudiar Teología a
Oxford, cosa que no hizo en la práctica. Lo que sí hizo fue adquirir una verdadera
pasión por la naturaleza y convertirse en un naturalista consumado. En aquella época
y en aquel lugar el estudio científico de la naturaleza hacía furor entre las clases
privilegiadas. Darwin no debió aprender mucha Teología, pero para aprender ciencias
naturales estaba en el mejor sitio del mundo.
En 1831 había adquirido cierta fama en este sentido, por lo que le propusieron
para el puesto de naturalista de a bordo en el H. M .S. Beagle, una expedición
científica que estaba a punto de zarpar. Este sería el primer y único viaje largo de su
vida. Los siguientes cinco años los pasó recorriendo las costas de medio mundo,
particularmente América del Sur, y realizando detalladas observaciones de cuanto
veía. No cabe duda de que esta experiencia fue sumamente valiosa para Darwin, ya
que le permitió observar las cosas a una escala mucho más amplia que en el reducido
mundo de la campiña inglesa. Por ejemplo, pudo ver cómo las especies de animales
variaban a medida que viajaban hacia el sur por la costa americana.
Tal vez el momento culminante del viaje fue la visita a las islas Galápagos, que
están situadas a más de 1.000 kilómetros de la costa de Ecuador. Allí le llamó la
atención la existencia de un grupo de aves parecidas al pinzón europeo. De hecho

28
DE DÓNDE VENIMOS

identificó 14 especies relacionadas, aunque diferían en el tamaño y forma de los


picos. Los ahora famosos pinzones de Darwin no encajaban en el esquema
creacionista. ¿Por qué razón habría creado Dios 14 especies de estos pájaros en esas
islas alejadas y en ningún otro sitio? Se le ocurrió una explicación alternativa. Es más
probable, pensó, que un número pequeño de aves –tal vez una sola pareja– lograra
llegar desde el continente y sus descendientes se esparcieran por las distintas islas.
Las diferencias en los picos posibilitaban a las distintas especies aprovechar
alimentos diferentes; algunas poseían picos robustos, adecuados para romper el
grano, mientras que otras tenían picos más finos, mejores para cazar insectos. Como
en las Galápagos no había muchas especies de aves, los pinzones no habrían
encontrado una gran competencia, lo que habría permitido su adaptación a lo que hoy
llamaríamos diversos ‘nichos ecológicos’. Probablemente fue en las Galápagos donde
Darwin comenzó a darle vueltas a la idea de que las especies no son inmutables y que
derivan unas de otras, pero, ¿cuál era el mecanismo concreto que operaba este
cambio? Esta era la pregunta del millón.
Sabemos que la inspiración vino en este caso de las ciencias sociales. En 1838
Darwin leyó el famoso libro de Robert Malthus Ensayo sobre la población. En él
Malthus mantenía que mientras la población tiende aumentar en proporción
geométrica, la capacidad de aumentar la producción de alimento crece sólo de forma
aritmética. A este autor le preocupaban más bien las consecuencias sociales y
económicas de este aumento de la población, y predecía que la enfermedad y la
guerra serían sus consecuencias inevitables. Sin embargo, pensó Darwin, este mismo
principio era aplicable a las poblaciones de animales, ya que éstas también pueden
aumentar en proporción geométrica y se enfrentan a recursos limitados. En el caso de
los pinzones de las Galápagos, podría suponerse que en el momento inicial de su
llegada a las islas se habrían reproducido enormemente hasta agotar el alimento
disponible. ¿Qué pasaría entonces? Si alguno tuviera el pico algo diferente, de
manera que pudiera aprovechar otro tipo de alimento, ¿no estaría en mejores
condiciones para sobrevivir? Por ejemplo, si alguno tuviera el pico más grueso podría
acceder a semillas más duras, inaccesibles para el resto; si alguno tuviera el pico más
fino, podría especializarse en cazar insectos. Ahora bien, ¿cómo se producen y se
heredan esos cambios? Darwin no lo sabía. Sin embargo, pudo suplir esta ignorancia
respecto al mecanismo de la herencia de los caracteres acudiendo a los datos
proporcionados por los criadores y mejoradores. Estaba claro que mediante la cría y
selección artificial se obtenían plantas y animales domésticos con características muy
diferentes de las de los individuos de partida. ¿No podría producirse un proceso
similar en la naturaleza? ¿Y, en tal caso, no podría este proceso explicar el cambio de
las especies?

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Pablo Rodríguez Palenzuela

IDEAS PELIGROSAS

La teoría de la evolución significó una completa revolución en la biología,


comparable a la que ocasionó Copérnico en el siglo XVI al afirmar que los planetas
giran alrededor del Sol. Como sabemos, la aceptación de este hecho, en cierto modo
descorazonador para los humanos al asignarnos un papel marginal en el universo, no
estuvo exenta de sobresaltos. Copérnico se demoró mucho en publicar su teoría y
recibió la primera edición de su libro cuando se encontraba en su lecho de muerte.
Probablemente esto no es producto de la casualidad, sino de una estrategia empleada
por el propio Copérnico para ahorrarse problemas. Existe un curioso paralelismo con
Darwin, que también se resistió lo suyo en publicar su famoso libro El origen de las
especies y sólo lo hizo cuando tuvo noticias de que otro científico, Wallace, había
llegado prácticamente a las mismas conclusiones que él. La teoría de Darwin también
supone una cura de humildad para el Homo sapiens y las consecuencias de esta idea
no han sido plenamente asimiladas por la cultura contemporánea: sin embargo, ya
hemos asimilado que la Tierra gira en torno al Sol.
Las ideas de Darwin son “peligrosas” porque nos fuerzan a abandonar otras ideas
que están firmemente engarzadas en el pensamiento occidental. Por ello, el filósofo
Daniel Dennett las compara con un “ácido universal” capaz de corroer cualquier
material 5, lo cual lo hace muy difícil de manejar puesto que puede disolver el
recipiente que lo contiene. Son peligrosas porque amenazan desbordarse del ámbito
de la biología para ofrecer respuestas (a veces mal recibidas) en otros campos, como
la psicología y la sociología. No puede decirse, en cambio, que sean socialmente
perniciosas, tal como afirman algunos de sus críticos. En todo caso, lo mejor será
empezar por ver en qué consiste exactamente la aportación de Darwin a la teoría de
la evolución. Afortunadamente, las ideas básicas son bastante sencillas y pueden ser
expresadas de forma clara y concisa. Siguiendo al prestigioso biólogo Ernst Mayr 6,
el núcleo de la teoría darwinista puede explicarse en función de cinco hechos
demostrados experimentalmente y dos deducciones:
Hecho 1: Toda población natural puede aumentar de forma exponencial. Esta
afirmación estaba basada en los trabajos de Malthus y en muchas
observaciones realizadas por los naturalistas.
Hecho 2: El tamaño de las poblaciones naturales suele permanecer más o
menos constante. De nuevo, esto ha sido observado en muchas
ocasiones y no excluye que a veces se produzcan cambios en el

5 Dennet, D. C. Darwin’s Dangerous Idea.


Tochstone. 1995. Mayr, E. What Evolution is. Basic
6

Books. 2001.

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DE DÓNDE VENIMOS

tamaño de algunas poblaciones, por ejemplo, como consecuencia de


condiciones climáticas excepcionales.
Hecho 3: Los recursos de los que disponen las especies animales (por ejemplo,
alimento o lugares donde construir nidos o guaridas) son limitados.
La idea también se basaba en el trabajo de Malthus y en múltiples
observaciones de la naturaleza.
Deducción 1: Existe competencia por los recursos entre los individuos de una
especie.
Hecho 4: Existe variabilidad dentro de las poblaciones, esto es, los individuos
de una especie difieren, dentro de un intervalo, en muchas
características. Esto había sido corroborado por el trabajo de los
taxónomos.
Hecho 5. Muchas de estas variaciones fenotípicas son heredables. Esto estaba
apoyado en el trabajo de los criadores de animales, que llevaban
muchos siglos desarrollando nuevas razas con características
mejoradas. Aunque no disponían de una teoría de la herencia de los
caracteres, la mejora genética se basaba en cruzar individuos con
determinadas características y seleccionar la descendencia.
Deducción 2: Las poblaciones naturales están sometidas a selección natural y este
proceso, continuado a lo largo de muchas generaciones constituye la
causa esencial de la evolución.

Puede decirse (simplificando mucho) que la teoría de Darwin se basa en tres


elementos: la existencia de variabilidad natural, el hecho de que sólo sobreviva un
porcentaje pequeño de los individuos, y la aplicación repetida de los dos procesos
anteriores durante periodos de tiempos muy largos. Se trata de una idea bastante
simple, en realidad, pero, ¿por qué no se le ocurrió antes a nadie? Posiblemente, el
problema radicaba en evitar las ideas preconcebidas existentes en la época, en buena
parte “implícitas”. La idea de Darwin requería una buena dosis de independencia
intelectual.
El mayor problema de la teoría de Darwin, en el momento de ser formulada, se
debía a la falta de una explicación razonable a la cuestión de la herencia de los
caracteres. Darwin realizó algunos intentos de resolver este punto experimentalmente
y no lo consiguió. A pesar de que era un naturalista avezado y un agudo observador
de los seres vivos, seguramente no era un buen investigador experimental. Tendría
que ser Mendel, otro genio del siglo XIX, quien resolviera esta cuestión. En todo
caso, Darwin no dio con el concepto fundamental para su teoría: el concepto de gen.
Algunos autores han comentado esta circunstancia como un fallo y, ciertamente, en
su momento era una limitación fundamental. Pero también podemos considerar un

31
Pablo Rodríguez Palenzuela

mérito de Darwin el que fuera capaz de formularla haciendo abstracción del


mecanismo de la herencia. Darwin asumió que de alguna manera la variabilidad
aparecía en las poblaciones y que de alguna manera los caracteres se heredaban. De
hecho, llegó a formular una hipótesis para explicar la herencia de los caracteres que
resultó totalmente errónea.
La idea del “árbol de la vida” es otra de las grandes aportaciones de Darwin a la
biología. La idea tiene una base intuitiva cuando consideramos, por ejemplo, que los
caballos se parecen más a los burros que a las ballenas y, evidentemente, es posible
clasificar a los seres vivos en grupos atendiendo a sus similitudes. En la actualidad
puede parecer obvio que esta idea nos lleva a pensar que todos los seres vivos, desde
los rodaballos a los presidentes de gobierno, deben descender de un antecesor común.
En cambio, los naturalistas de aquella época no pensaban de esta manera.
Reconocían, eso sí, que los seres vivos podían agruparse por características
morfológicas y a este empeño dedicaron bastantes esfuerzos, pero no interpretaban
que el grado de similitud entre dos especies se debiera a un origen común o, más
exactamente, al mayor o menor tiempo transcurrido desde que se produjo la
divergencia evolutiva entre ambas especies. Hoy día estamos tan acostumbrados a
ver los diagramas en forma de árbol que representan la historia evolutiva, que nos
resulta difícil imaginarnos cómo podía pensarse de otra forma, pero insisto en que la
idea no era ni mucho menos evidente en aquella época.
La teoría de Darwin también entraba en conflicto con un punto de vista muy
arraigado de entender a los seres vivos: el denominado “esencialismo”. Esta idea,
cuyo origen se encuentra en Aristóteles y Platón, consideraba que los seres vivos
poseen algunas características esenciales que no pueden ser cambiadas. Veamos un
ejemplo. Si pintamos a una cebra de color gris, se puede parecer a un burro; sin
embargo, no se convierte en burro, ya que por dentro es una cebra, de la misma
manera que no podemos convertir un pedazo de cobre en oro simplemente bañándolo
en oro. El problema de esta doctrina filosófica es su falta de definición: ¿cuáles son
las características esenciales que hacen que una cebra sea una cebra? Ni Aristóteles ni
Platón podían contestar a esta pregunta. Darwin sustituyó este punto de vista por otro
de tipo poblacional. Lo que existe, afirmaba Darwin, son poblaciones de cebras, las
cuales poseen características que nos permiten distinguirlas de otras especies, como
los burros. Pero al mismo tiempo, las cebras individuales también tienen ciertas
características que nos permiten distinguirlas entre ellas. Donde Platón y Aristóteles
veían categorías disjuntas y bien delimitadas, Darwin veía variaciones graduales, las
cuales se harían más y más borrosas si pudiéramos retroceder en el tiempo.
Para Darwin la clave de este proceso radicaba justamente en la “descendencia con
variación”, o sea, en los cambios que con el tiempo se producen en las poblaciones.

32
DE DÓNDE VENIMOS

De este modo, aunque ciertas cualidades puedan ser indispensables para que un
animal sea considerado ahora una cebra, estas cualidades pueden variar y, si
pudiéramos remontarnos en el tiempo lo suficiente, veríamos que los antecesores de
las cebras no se parecían demasiado a éstas y, de hecho, las consideraríamos como
una especie diferente.
Sin embargo, la idea de Darwin que resulta verdaderamente corrosiva tiene que
ver con el concepto de “teleonomía”, es decir, que la estructura de los seres vivos
parece responder a un diseño. La consecuencia más importante del darwinismo es
que postulaba un mecanismo que podía explicar sistemas tan complejos como la
ecolocación de los murciélagos o el vuelo de los pájaros, sin la necesidad de una
fuerza “inteligente” que los hubiera “diseñado” para tal fin. La combinación de
variación y selección natural es un proceso ciego y totalmente inconsciente. No
pretende hacer seres vivos de determinada manera. De hecho, no pretende nada. Una
consecuencia inevitable del darwinismo es que la vida no tiene un sentido
predeterminado: simplemente es algo que ocurre. No es extraño que esta idea haya
encontrado una gran resistencia a ser aceptada. En primer lugar, parece oponerse a la
religión. Para Santo Tomás de Aquino este era uno de los argumentos esenciales que
demostraban la existencia de Dios, y podríamos expresarlo en términos modernos
más o menos así: “la existencia de criaturas complejas y bien adaptadas a su medio
indica necesariamente la existencia de un Creador”. En la actualidad, existe un
movimiento fundamentalista cristiano que mantiene la idea de la interpretación literal
de la Biblia y se opone a que la teoría de la evolución se enseñe en las escuelas
públicas. Se trata de un fenómeno confinado a determinadas iglesias protestantes en
Estados Unidos, del que apenas se habla en Europa. En contraste, la Iglesia Católica
aceptó sin demasiada resistencia la teoría de Darwin y hace tiempo que abandonó la
interpretación literal de las escrituras.
Un argumento muy similar lo encontramos en la obra del gran filósofo inglés John
Locke, para el cual resultaba evidente que “la razón no podía proceder de la simple
materia inerte”. Locke presenta este hecho como un postulado, algo que es evidente
por sí mismo y que por lo tanto no necesita explicación. Hay que reconocer que este
argumento “suena bien”, es decir, parece estar de acuerdo con el sentido común. Si la
materia inerte es “inconsciente” y “estúpida”, de esto se deduce que la consciencia y
la inteligencia no pueden haber aparecido por sí solas. Aunque Locke se estaba
basando en su intuición y no en la fe, estaba diciendo básicamente lo mismo que
Tomás de Aquino. Justamente, esta fue la principal aportación de Darwin: encontrar
un mecanismo que pudiera explicar la aparición de formas de vida complejas, incluso
inteligentes, sin la participación consciente y dirigida de un ‘diseñador’.

33
Pablo Rodríguez Palenzuela

Esta idea sigue pareciendo contra-intuitiva a muchas personas: cómo puede un


proceso inconsciente mejorar un diseño tan complejo como el de un ser vivo. Hay
que decir, en primer lugar, que este proceso inconsciente tiene que probar sus
prototipos de forma continuada; de esta manera se retienen muchos de los aciertos de
diseño que se hayan producido anteriormente; esto es, cada ser vivo tiene que
demostrar su capacidad de sobrevivir todos y cada uno de los días, generación tras
generación. También hay que tener en cuenta la magnitud del tiempo que requiere
este proceso. Las máquinas diseñadas por los humanos para ejecutar una función se
diseñan, construyen y perfeccionan en un tiempo relativamente corto, infinitesimal si
lo consideramos con la escala temporal de la evolución de los seres vivos. Lo que nos
dice Darwin es que el diseño consciente puede sustituirse por un mecanismo que
reparta el trabajo en una escala de tiempo muchísimo mayor, siempre que exista un
método para probar los prototipos de forma continua. Estas dos cuestiones suelen
dejarse de lado cuando hacemos comparaciones entre las ‘máquinas producto de la
selección natural’ y las ‘máquinas producto de un diseño intencionado’: las primeras
necesitan pasar muchas más horas en el banco de pruebas y estamos hablando de
millones o miles de millones de prototipos individuales y millones o cientos de
millones de años. Esta fue una idea que Darwin tomó prestada de la geología: la
evolución es un proceso gradual y normalmente muy lento. En general, los cambios
que tienen lugar en las especies necesitan millones de años para manifestarse (hay
excepciones). Si resulta difícil imaginar esto hoy día, tenga en cuenta que en la época
de Darwin la mayoría pensaba que la Tierra tenía sólo unos cuantos miles de años de
existencia. Según la famosa datación del obispo Usher, la Tierra fue creada
exactamente en el año 2004 a. de C.
Un aparte. El psicolingüista Steven Pinker cuenta una divertida anécdota que
viene al caso 6. Se encontraba Pinker visitando una exposición sobre arañas en el
Museo de ciencias naturales de Washington; al admirar la elegancia y funcionalidad
de las telas de araña pensó: “cómo puede haber alguien que vea esto y no crea en la
selección natural”. Prácticamente en el mismo instante, una mujer que se encontraba
cerca admirando las mismas telas exclamó: “cómo puede haber alguien que vea esto
y no crea en Dios”.

6 Pinker, S. How the Mind Works. Penguin, 1997. [Edición en castellano, Cómo
funciona la mente. Ediciones Destino. 2004].

34
DE DÓNDE VENIMOS

LA NUEVA SÍNTESIS

Evidentemente, la teoría de Darwin estaba “coja” al no poder explicar el


mecanismo de la herencia. Lo irónico del caso es que, cuando se redescubrieron los
trabajos de Mendel en los primeros años del siglo XX, se pensó que la genética era
incompatible con las ideas propuestas por Darwin. De hecho, algunos de los
genetistas más avezados fueron anti-darwinistas convencidos, como el famoso
Morgan, iniciador de los estudios genéticos de la mosca Drosophila melanogaster.
En los primeros años de ese siglo se pusieron de moda algunas teorías evolucionistas
de corte no-darwiniano. Por ejemplo, la teoría ortogenética afirmaba que las especies
evolucionaban siguiendo “caminos prefijados” que no son necesariamente
adaptativos, y que la mutación y la selección natural influyen poco o nada en el
proceso. Esta teoría empleaba una analogía entre la vida de un individuo y la historia
de la especie; igual que un individuo envejece, las especies pueden sufrir una
degeneración senil. El caso típicamente empleado en la argumentación era el de una
especie extinguida de alce irlandés (Megaloceros giganteus) cuyos enormes cuernos
habrían empujado a esta especie a la extinción, según los proponentes de esta teoría.
Lo cierto es que estudios más cuidadosos demostraron que los cuernos de esta
especie eran ciertamente grandes, pero eran de las dimensiones esperables para el
gran tamaño del animal (en los cérvidos, el tamaño de los cuernos tiene una relación
exponencial con el tamaño corporal). En todo caso, parece difícil que el tamaño de
los cuernos fuera la causa de su extinción, porque los alces dotados de su
monumental cornamenta sobrevivieron durante mucho tiempo.
Hugo de Vries, el redescubridor de las leyes de Mendel, propuso otra teoría, el
Mutacionismo, según la cual las nuevas especies aparecen “de golpe”, a causa de una
mutación instantánea que provoca un cambio morfológico más o menos extenso.
También en esa misma época, una variante de la vieja teoría de Lamarck alcanzó
cierto predicamento. Sin embargo, el supuesto hundimiento del darwinismo era un
espejismo. Hacia los años 40, un grupo de genetistas, biólogos evolutivos y
paleontólogos lograron reconciliar plenamente las ideas de Darwin y Mendel. La
teoría resultante se ha denominado “Síntesis Moderna” o “Nueva Síntesis” y,
esencialmente, utiliza los principios de la genética para explicar los modelos de
evolución que han descrito los paleontólogos y los taxónomos. Aunque esta teoría
emplea modelos matemáticos bastante complejos, es posible revisar algunas de sus
ideas fundamentales (de nuevo, simplificando mucho la cuestión) sin tener que
recurrir a las fórmulas.

35
Pablo Rodríguez Palenzuela

La primera idea es que las mutaciones se producen al azar. Los genes, que
constituyen las unidades de la herencia, pasan a la descendencia generalmente
inalterados. Pero con baja frecuencia se producen cambios aleatorios y con ello
modificaciones en algunas características del individuo. Se admite que la mutación
puede producirse en cualquier gen, con independencia de la función que éste ejerza.
Esta teoría considera que, aunque la mutación constituya la causa última de la
evolución, no tiene un efecto directo sobre el proceso.

La segunda idea importante es que en las poblaciones de cualquier especie existe


un cierto grado de variabilidad natural. Se admite que la inmensa mayoría de las
mutaciones tiene efectos negativos sobre la supervivencia de los individuos, por lo
que deberían ser eliminadas por la selección natural. Sin embargo, las mutaciones
pueden acumularse en una población vía genes recesivos. Un ejemplo claro de esto
son las numerosas enfermedades genéticas conocidas que se transmiten de esta
forma. Por ejemplo, es muy probable que la incapacidad de distinguir los colores
(daltonismo) fuera una característica negativa para la supervivencia de un individuo
en una sociedad de cazadores-recolectores, pero como la frecuencia del gen recesivo
es muy baja y el individuo heterocigoto no presenta ninguna desventaja respecto al
que posee dos copias del gen dominante, el daltonismo no puede ser eliminado de las
poblaciones naturales mediante selección natural. Además, otros mecanismos
genéticos, como la recombinación, operan de modo que se genera una considerable
variabilidad respecto a muchos caracteres.

Tercera idea: la selección natural tiende a oponerse al cambio. La nueva síntesis


asume que, en condiciones naturales, la mayoría de las mutaciones ventajosas se han
fijado. Por tanto, cualquier cambio genético debe ser deletéreo y cuando surge la
selección natural tenderá a eliminarlo. Veremos que este es uno de los puntos más
controvertidos.
Cuarta idea: los cambios en el ambiente fuerzan la evolución de las especies. El
razonamiento es que la variabilidad natural de una población constituye una especie
de ‘seguro de vida’ en tiempos difíciles. Cuando surge un cambio importante en las
condiciones ambientales, algunos caracteres que no eran adaptativos en las
condiciones anteriores, podrían serlo en las nuevas. Esto no quiere decir que la
función de la variabilidad sea conseguir individuos mejor adaptados a estas nuevas
circunstancias. La evolución no puede prever el futuro ni hacer planes. Simplemente,
la adaptación es una consecuencia de la variabilidad natural. La teoría admite que, en
algunas ocasiones, la variabilidad presente en una población no es adecuada para

36
DE DÓNDE VENIMOS

hacer frente al cambio, y en ese caso la especie se extingue. De hecho, la inmensa


mayoría de las especies que han existido alguna vez se encuentran ahora extinguidas.

NEUTRALISMO Y EVOLUCIÓN MOLECULAR

La Síntesis Moderna se formuló con un cierto aire de grandeza. Aunque no lo


decían abiertamente, seguramente sus promotores pensaban que esta iba ser una
teoría definitiva, pero se equivocaban. Las voces críticas empezaron a surgir en los
años 60 y han recibido apoyo, sobre todo, de la biología Molecular. Este campo
prácticamente no se había desarrollado hasta entonces, pero a partir del
descubrimiento de la estructura del ADN en los años 50, explotó como una
supernova y puso patas arriba a toda la biología. En cierto modo, se trata de un tema
recurrente. A la teoría de Darwin le hacía falta una teoría de la herencia y el resultado
de esta fusión fue la Síntesis Moderna. Sin embargo, la genética proporcionaba una
visión todavía incompleta, ya que no se conocía el mecanismo físicoquímico de la
herencia. Se tenía el concepto de gen pero no se sabía qué era químicamente un gen
ni en qué consistía su forma de actuar. Cuando estas cuestiones básicas fueron
contestadas por la biología Molecular, se encontraron nuevas formas de abordar
viejos problemas y se produjeron algunos descubrimientos sorprendentes. De esto
surgió una nueva disciplina, la evolución Molecular, que nos permite lanzar una
mirada completamente distinta al proceso evolutivo. Pero antes de entrar en esta
nueva disciplina, debemos resaltar uno de los problemas fundamentales de la
anterior.
El problema de fondo de la Síntesis Moderna es que resulta muy difícil obtener
evidencia experimental que apoye las hipótesis que se formulan. No me estoy
refiriendo al hecho de la evolución en sí, sino al mecanismo de evolución mediante
variación y selección natural. La evolución, como tal, es un hecho incontrovertible
apoyado por una montaña de pruebas, por lo que no hace falta extenderse en esto.
También existen abundantes pruebas de que la selección natural existe, de que opera
de forma continua y de que es un factor esencial en la evolución. Lo que no es nada
fácil es saber en qué grado opera este mecanismo. ¿Realmente todos los caracteres
que apreciamos en los seres vivos están optimizados por la selección natural? Esta
pregunta ha originado una división entre los estudiosos de la evolución. Por un lado,
algunos investigadores se han mantenido fieles a la premisa seleccionista de que
básicamente todos los caracteres están optimizados por la selección natural. La otra
escuela, denominada, “neutralista”, mantiene, por el contrario, que la mayoría de las
mutaciones no afectan ni positiva ni negativamente a la supervivencia de los

37
Pablo Rodríguez Palenzuela

individuos; son, por tanto, mutaciones “neutrales”. Los neutralistas no niegan que la
selección natural exista, solamente afirman que la acción de ésta tiene límites y que
existe un margen considerable para la variación genética. En particular, los
neutralistas señalan que la selección positiva de un gen debido a las características
favorables que confiere a los individuos portadores es un suceso raro.
Con frecuencia se acusa a los darwinistas ortodoxos de que sus razonamientos son
circulares: los individuos que han sobrevivido son las más supervivientes y, por ello,
los mejor dotados para la supervivencia. Más que circularidad, lo que hay es una
afirmación implícita, la de que la supervivencia y la reproducción no dependen nada
de la suerte y todo de los genes del individuo. Uno de los problemas más peliagudos
de la biología evolutiva es precisamente encontrar pruebas experimentales que nos
indiquen hasta qué punto esto es así. ¿Es posible probar que determinadas
características de los seres vivos son adaptaciones, esto es, son consecuencia directa
de la selección natural? En general esto es bastante difícil; para lograrlo tendríamos
que comparar las características en cuestión de la especie actual y de la antecesora, la
cual normalmente ha desaparecido y de la cual quedarán, o no, restos fósiles. Por otra
parte, tendríamos que transportarnos al pasado para poder estudiar in situ si ha habido
o no selección natural para las características que postulamos, lo cual obviamente es
imposible. El trabajo del biólogo evolutivo se parece al de un detective, sólo que éste
ha llegado millones de años tarde a la escena del crimen. No obstante, existen
muchos casos de caracteres complejos, que han aparecido en una especie o grupo de
especies determinado y cuya función e importancia para la supervivencia resulta tan
evidente, que nadie duda de que se trata de adaptaciones. El problema radica en que
existen otros muchos casos donde las cosas no están tan claras. Veamos un ejemplo.
Las orquídeas son una familia de plantas emparentadas con los lirios, y de la que
existen miles de especies. La mayoría de estas plantas habita en regiones tropicales,
pero hay unas cuantas especies en la región mediterránea. En la Península Ibérica son
abundantes en la mayoría de las regiones y resulta fácil localizarlas en primavera. La
característica más fascinante de estas plantas radica en el modo en que atraen a los
insectos para facilitar su polinización. En general, la mayoría de las flores logra
atraer a los insectos debido a la presencia de sustancias comestibles para ellos, como
néctar o polen. La diferencia con las flores de orquídeas es que éstas han
evolucionado hasta adquirir una forma que recuerda a la hembra de determinadas
especies, lo que estimula a los machos a acercarse a estas flores. La trampa incluye
también sustancias aromáticas que “recuerdan” al olor de la hembra. El engañado
insecto acude así dispuesto a aparearse e incluso realiza la llamada pseudo-
copulación, que no es otra cosa que el vano intento del insecto por hacer lo que la
naturaleza le “ordena”. El resultado es que el macho queda cubierto con el polen de

38
DE DÓNDE VENIMOS

la orquídea y lo llevará hasta otra planta en la siguiente ocasión en la que sea


engañado por esta artera especie vegetal. Dado que la orquídea llega a “imitar” el
aspecto y el olor de sus especies de insectos polinizadores y, dada la importancia que
tiene la dispersión del polen para el éxito reproductivo de las plantas, nadie duda de
que este mecanismo sea consecuencia de la selección natural.
Consideremos ahora un ejemplo menos claro. Una de las críticas más frecuentes a
la teoría de la evolución se basa en que las proposiciones seleccionistas son
indemostrables y, por tanto, basta con que alguien considere plausible el hecho de
que un carácter haya sido seleccionado para dar por sentado que esto es precisamente
lo que ha ocurrido. ¿Por qué tienen rayas los tigres? Según el darwinismo ortodoxo,
en algún momento apareció por una mutación un tigre rayado; este animal habría
resultado un cazador más eficaz, ya que las rayas actúan como un camuflaje en el
interior de la selva tropical. De aquí que ese tigre se reprodujera en mayor medida
que otros animales sin rayas y pasara este carácter a la descendencia. Según los
críticos del darwinismo, este tipo de explicaciones ad hoc no tienen carácter
probatorio.
Y tienen razón. Sin embargo, la dificultad surge al tratar de sacar conclusiones
precipitadas. En el caso del tigre, podemos pensar en principio que la pigmentación
rayada represente una ventaja para el animal; eso nos llevaría a establecer una
hipótesis. En primer lugar, tendríamos que estar seguros de que el carácter se hereda
genéticamente (cosa que ocurre). Seguramente no existe un gen específico para las
rayas del tigre, pero seguramente existen unos cuantos genes implicados en este
carácter (los cuales, probablemente tienen también influencia sobre otros caracteres).
En segundo lugar, tendríamos que fijarnos en la variabilidad que existe en la
población. Si todos los tigres tienen el mismo rasgo sin variación alguna, tendremos
una razón adicional para suponer que la selección natural interviene. De no ser así, de
vez en cuando aparecería un mutante diferente que tendría las mismas posibilidades
de sobrevivir que los animales rayados. De nuevo, no podemos estar seguros. Es
posible que la selección tenga lugar en un gen cercano y las rayas sean una
consecuencia indirecta de la selección. Alternativamente, sigue siendo posible que el
carácter no tenga una influencia significativa sobre la supervivencia o reproducción
del animal y la razón por la que lo observamos en el 100% de los tigres es que todos
ellos son descendientes de una pequeña población fundadora, que resultó ser rayada.
Con todo, la ausencia de variabilidad de un carácter en una especie habla a favor de
que dicho carácter cumpla una función. Nuestro siguiente paso consistiría en
examinar especies relacionadas que ocupen un hábitat diferente. Al hacerlo
caeríamos en la cuenta de que el tigre de Siberia, una sub-especie que habita en la
tundra, tiene unas rayas mucho más tenues, que dan la impresión de un pelaje claro y

39
Pablo Rodríguez Palenzuela

uniforme. El hecho de que el carácter varíe de forma congruente con la función


supuesta, esto es, las rayas se desvanezcan cuando la supuesta ventaja desaparece,
puede interpretarse como otra prueba a favor de la hipótesis. De nuevo, no es
definitiva. Podría ocurrir que el pelaje claro fuera objeto de selección en el tigre de
Siberia y que el pelaje rayado no lo fuera en el tigre de Bengala. La prueba definitiva
consistiría en identificar los genes implicados en la coloración del pelaje y tratar de
deducir, mediante comparación con otros genes relacionados, en qué medida ha
actuado la selección natural. De momento, la controversia continúa.
Puesto que las mutaciones se producen al azar (todo el mundo está más o menos
de acuerdo en esto), el hecho de observar una distribución no aleatoria de las
variaciones en la secuencia de un gen prueba que algunas mutaciones están siendo
“eliminadas”. Ciertamente, hay que recorrer un largo camino para llegar a una
conclusión de este tipo y en muchos casos, sencillamente, no tenemos datos que nos
permitan hacerlo. Claramente, no todo el cambio genético se debe al efecto de la
selección, pero en la medida que una especie está adaptada a un ambiente, la única
forma razonable de explicar dicha adaptación es la selección natural.
A partir de la década de los 70, el increíble desarrollo de la ingeniería genética ha
permitido estudiar los genes de forma directa. Por primera vez en la historia ha sido
posible aislar un gen individual en un tubo de ensayo, analizar la secuencia de bases
de su ADN y deducir la secuencia de aminoácidos de la proteína que codifica.
Asimismo, los investigadores han podido comparar las secuencias de numerosos
genes en diferentes especies. Incluso es posible en algunos casos estudiar la
secuencia completa de todos los genes de una especie, es decir, su genoma completo,
y compararlo con el de otras especies. En el momento de escribir este libro se ha
secuenciado (entre otros) el genoma del ser humano, el ratón, el arroz, la mosca
Drosophila melanogaster, la levadura del pan, la crucífera Arabidopsis thaliana, el
nematodo Caenorhabditis elegans y un buen número de especies bacterianas. En las
próximas décadas el número de genomas secuenciados seguramente va a aumentar de
forma muy considerable. Naturalmente, esto tiene que afectar muy profundamente al
estudio de la evolución de los seres vivos. Si la evolución consiste en el cambio de
los genes a través de las generaciones, la posibilidad de conocer de forma directa y
completa el material genético nos abre una ventana al pasado remoto.
Los estudios moleculares han puesto de manifiesto que muchos cambios genéticos
no tienen consecuencias sobre la capacidad de supervivencia de los individuos. En
primer lugar, se ha visto que una buena porción del ADN no tiene como función
codificar proteínas. Lo asombroso del caso es que este ADN no-codificante puede
constituir la mayor parte del material genético de una especie, del orden del 90% o
aun mayor. ¿Cuál es la función de este ADN? No lo sabemos. Ni siquiera sabemos si

40
DE DÓNDE VENIMOS

tiene alguna función; es posible que no la tenga (aunque no es esta una cuestión que
haya sido zanjada definitivamente) y de ahí que se le haya denominado ADN
“basura”. La mayor parte de este ADN basura puede sufrir mutaciones libremente sin
que esto afecte a las características de los individuos.
En segundo lugar, dentro del ADN que sí codifica proteínas se pueden dar
algunos cambios en la secuencia de bases que no dan lugar a cambios en los
aminoácidos. Esto es consecuencia de la redundancia del código genético. Por
ejemplo, los tripletes CTC, CTC, CTA y CTG codifican el aminoácido leucina, por
lo tanto las mutaciones que se produzcan en la tercera base no tendrán consecuencias
sobre la secuencia de la proteína. De hecho, muchas de las mutaciones en la tercera
base tienen esta propiedad y se las denomina mutaciones “sinónimas”. En general, se
acepta que las mutaciones sinónimas son “neutrales” (aunque algunos científicos
discrepan también sobre esto).
Incluso aquellas mutaciones que sí afectan a la secuencia de aminoácidos de la
proteína pueden tener efectos muy diferentes sobre la función de la misma. Por
ejemplo, el cambio de CTT por ATT hace que en la proteína correspondiente se
produzca el cambio de una leucina por otro aminoácido muy similar, la isoleucina.
En la mayoría de los casos, un cambio de este tipo no va a afectar gravemente a la
función. En general, las consecuencias de las mutaciones serán diferentes
dependiendo de qué aminoácido cambie y en qué lugar concreto de la cadena de
proteína ocurra el cambio. Si el aminoácido que varía tiene propiedades químicas
muy diferentes o si el lugar donde se produce es particularmente importante para la
función, puede pensarse que el efecto será mayor.
La relación entre el cambio en los genes y el cambio en las características de los
individuos no es en absoluto directa. El cambio de una sola base puede modificar una
proteína esencial provocando un cambio drástico en el individuo. Al mismo tiempo,
grandes segmentos de ADN pueden variar libremente sin tener consecuencias. Tal
vez esto quede más claro con una metáfora. El material genético es como la receta
que nos permite fabricar un pastel, que es el individuo. Si introducimos cambios al
azar en la receta las consecuencias serán, claro, muy variables. Si donde dice “echar
6 huevos” ponemos “echar 60 huevos”, los cambios serán muy sustanciales. Si en la
receta insertamos varias páginas en blanco, seguramente el cocinero las ignorará.
A primera vista, los resultados de la evolución Molecular inclinan la balanza del
lado de los neutralistas; es cierto que la mayoría de los cambios genéticos son
neutrales. Sin embargo, puede argumentarse que, aunque esto sea cierto, ello no
cambia el núcleo central de la teoría darwinista: que la selección natural es el único
mecanismo que nos permite explicar, no el cambio genético en general, sino el
cambio genético que es adaptativo. ¿Cómo distinguir el cambio adaptativo del no-

41
Pablo Rodríguez Palenzuela

adaptativo? Por supuesto, no es nada fácil y ese es justamente el quid de la cuestión.


No obstante, tal vez podamos aceptar la proposición de Steven Pinker en su libro
How the Mind Works: “si una característica ha aparecido en una especie particular, si
se trata de un cambio complejo e improbable y si parece tener una función que
contribuya a la supervivencia, podríamos pensar –en principio– que se trata de una
adaptación”. En todo caso, esta es una hipótesis contrastable. Hay que insistir en que
los argumentos de tinte seleccionista siempre tienen el peligro de ir demasiado lejos.

42
CAPÍTULO 2

ANIMALES

PERROS

H ace aproximadamente 15.000 años, los hielos que cubrían gran parte de
Europa y Asia empezaron a retroceder debido a un calentamiento global.
Naturalmente, esto supuso un gran cambio para todos los seres vivos. Para
los humanos no fue un mal cambio. La retirada de los hielos permitió una expansión
hacia el norte de las poblaciones que habitaban justo en los bordes del cinturón de
hielo, tales como las del sur de Francia y la cornisa Cantábrica. Al mismo tiempo, el
alargamiento de la estación favorable pudo contribuir a que se formaran
asentamientos humanos más o menos permanentes en Europa y Asia. Cabe pensar
que este cambio también plantearía nuevos retos a nuestros antecesores. Por ejemplo,
las grandes migraciones de mamíferos, como el caribú, probablemente sufrirían
grandes alteraciones, privando a los humanos de un recurso importante y seguro. Por
lo que sabemos, fue en aquella época y en algún lugar de Asia Central donde se
produjo la domesticación del perro. No podemos estar completamente seguros, pero
nuestra mejor hipótesis para explicar lo sucedido se basa en que una población de
lobos se domesticó a sí misma al tratar de aprovechar el alimento de los vertederos
humanos.
Los asentamientos humanos semipermanentes constituían también un vertedero
semipermanente, lo cual debería ser una tentación para animales hambrientos. El
lobo es un cazador social, capaz de adaptarse a numerosos hábitats. Es fácil imaginar
que estos animales estuvieran siempre merodeando cerca de los poblados a la espera
de “pillar” algo de comida. También es fácil imaginar que los humanos los
mantuvieran a raya. Los lobos son animales muy agresivos y la convivencia con
humanos resulta francamente difícil. En la actualidad, los lobos que viven en
cautividad son manejados por cuidadores especializados; los lobeznos tienen que
acostumbrarse a la presencia humana antes de que el cachorro abra los ojos o, de otro
modo, jamás tolerarían su presencia, y, a pesar de ello, los cuidadores de lobos
siempre tienen alguna cicatriz. En definitiva, no resulta plausible la idea de que algún
cachorro de lobo pudiera ser adoptado por una tribu humana. A las pocas semanas, la

44
ANIMALES

“bolita” de pelo se transformaría en una bestia peligrosa. Las cosas tuvieron que
ocurrir de otro modo.
La hipótesis más probable 7 es que una población de lobos comenzara a
especializarse en obtener alimento preferentemente de los vertederos humanos,
dejando la caza en segundo plano. El proceso es, en realidad, bastante lógico.
Sabemos que la mayoría de los lobos son agresivos y huidizos, pero es razonable
pensar que este rasgo presente cierta variabilidad; es decir, algunos lobos serán más
confiados y menos propensos a huir. Éstos tendrían alguna ventaja a la hora de
aprovechar la comida en los vertederos. Un lobo confiado tarda más en salir huyendo
y, cuando lo hace, corre menos tiempo, lo cual le hace mucho más eficaz a la hora de
aprovechar ese tipo de alimento. En definitiva, la personalidad “huidiza” es buena
para el lobo “cazador”, ya que disminuye la posibilidad de ser cazado, pero es mala
para el lobo “basurero”, ya que disminuye la posibilidad de aprovechar una buena
fuente de comida. En esas condiciones, algunos lobos fueron haciéndose más y más
mansos por un proceso de selección natural (o casi natural); y así ocuparon un “nicho
ecológico” nuevo asociado al hombre. Una vez iniciado, el proceso no tenía marcha
atrás. El lobo basurero sólo podía extinguirse o domesticarse. En esta primera fase de
domesticación, podemos suponer que el tipo de asociación entre lobo y hombre era lo
que los biólogos denominan comensalismo. El lobo se beneficiaba y al humano no
debía afectarle ni para bien ni para mal.
Aunque la mayoría de los investigadores en la actualidad cree que el perro
desciende del lobo, la cuestión del origen del perro sigue siendo controvertida 8. Los
primeros restos fósiles datan de hace 12.000-14.000 años, mucho antes de que los
humanos domesticaran a las vacas, los caballos o las ovejas. Los estudios de ADN
mitocondrial sugieren que la domesticación ocurrió probablemente en Asia Central y
estiman la divergencia con el lobo en una fecha tan lejana como 135.000 años (una
conclusión que no acepta todo el mundo). Estos estudios también sugieren que todos
los perros modernos proceden de varios linajes de lobos. Una cosa sí está clara: los
perros del continente americano descienden del mismo tronco que los europeos y no
de poblaciones de lobos americanos. Esto significa que cuando se produjo la
colonización de América por humanos procedentes de Asia, éstos llevaron consigo a
“sus” perros.
Otra línea de evidencia que apoya esta hipótesis se basa en los fascinantes
experimentos del científico ruso Dimitri Belyaev 9. Durante casi 100 años, los zorros
han sido criados en Rusia en condiciones de semilibertad con objeto de aprovechar su

7 Coppinger, R. y Smith, C. K. “The domestication of evolution”. Environ. Conser.


10: 283292.1983.
8 Pennisi, E. “A shaggy dog history”. Science 298: 1540-1542. 2002.

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Pablo Rodríguez Palenzuela

piel. Es bien sabido que el zorro es un animal huidizo y que se adapta mal a la
cautividad, donde presenta frecuentemente conductas agresivas o psicóticas. Por ello,
Belyaev inició un experimento de mejora genética, encaminado a seleccionar zorros
más dóciles y manejables. Esto no resultó difícil, ya que algunos animales
manifestaban inicialmente estas características. Tras 18 generaciones, Belyaev logró,
en efecto, una estirpe de zorros marcadamente mansos, que no huían del hombre,
sino que recibían a sus cuidadores ¡moviendo la cola! No obstante, los zorros mansos
exhibían una serie de características adicionales. Por ejemplo, tenían frecuentemente
manchas y pintas blancas, tenían las orejas caídas, emitían sonidos perrunos e,
incluso, respondían a su nombre. Además, el estro no se ajustaba a las estaciones, por
lo que podían reproducirse en cualquier época del año. Parece probable que todas
estas características sean una consecuencia indirecta de la selección por el carácter
“mayor mansedumbre”. Más aún, los zorros “mansos” tenían niveles más altos del
neurotransmisor serotonina 10. Esta molécula puede inhibir algunos tipos de agresión
y los niveles de serotonina son más altos en el cerebro de los individuos (humanos)
que están tomando el fármaco antidepresivo Prozac. Es cierto que el zorro es una
especie diferente al lobo, pero el paralelismo no deja de sorprendernos.
La última prueba indirecta de esta hipótesis la tenemos delante de nuestras
narices. Basta con observar nuestro entorno inmediato para percatarnos de que
muchas especies de animales están acostumbrándose a aprovechar la comida de los
vertederos humanos y, cuando esto ocurre, las poblaciones de estas especies
aumentan como la espuma. Por ejemplo, las gaviotas se han convertido en habituales
en grandes zonas de la Meseta Central en España. En contra de la popular canción de
Joaquín Sabina, ser una gaviota en Madrid es un hecho corriente, de hecho hay
muchísimas en invierno. Probablemente, lo mismo ocurre con el espectacular
aumento de la cigüeña blanca y el milano real.
De la primera asociación perro-hombre, de tipo comensal, se debió pasar a una
asociación mutualista, en la que ambas partes se vieran beneficiadas. Es posible que
la primera contribución del perro/lobo al bienestar del poblado consistiera en actuar
como “centinela” ya que alertaría con sus ladridos/aullidos de la presencia de otros
animales.
Aunque no sabemos cómo ocurrió, es un hecho que los perros han sido seleccionados
en todas las culturas humanas con objeto de servir específicamente para diversos
9 Belyaev, D. K. “Destabilizing selection as a factor in domestication”. J. Hered. 70:
301-308. 1979.
10 Popova, N. K., Voitenko, N. N. y Trut, F. N. “Changes in serotonin and 5-
hydroindolacetic acid content in the brain of silver foxes under selection for
behavior”. Proc. Acad. Sci. USSR 233: 1498-1500. 1975.

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ANIMALES

fines: perro pastor, perro de trineo, perro de caza, etc. El escritor romano Catón nos
describe hacia el año 150 a. de C., las cualidades ideales que debe tener un perro
guardián. Es perfectamente posible que este proceso de selección ocurriera de forma
inconsciente por parte de los humanos, ya que hace miles de años no sabíamos que la
conducta pudiera heredarse genéticamente.
Hay que destacar pues, que el perro ha sido sometido a un proceso extraordinario
de ‘manipulación genética’, y esta selección se ha producido sobre características
morfológicas y también 11 de conducta. Ningún otro mamífero ha sido sometido a un
“experimento” similar. El estudio de razas seleccionadas para exhibir determinadas
conductas podría enseñarnos algunas cosas sobre las complejas interacciones entre
genes, ambiente y comportamiento. Por ejemplo, los pointer tienen un rasgo
distintivo, denominado ‘parada’: el animal que detecta una presa se queda inmóvil,
en una pose característica, indicando al cazador en qué dirección debe apuntar. Este
rasgo se hereda genéticamente; está grabado de alguna forma en el circuito neuronal
del animal y no puede ser aprendido. Sólo cuando un animal exhibe la parada puede
el adiestrador refinarlo mediante entrenamiento. Los criadores y aficionados a los
perros están familiarizados con el hecho de que el carácter de los animales se hereda
genéticamente y que existen razas con distintos temperamentos. Todo el mundo sabe
que la mayoría de los golden retriever son afables y la mayoría de los pitbull, no.

LA CONDUCTA DE LOS ANIMALES

Podemos estar seguros de que la observación minuciosa de la conducta de los


animales ha sido objeto prioritario de atención por nuestra parte, seguramente desde
antes de que nos convirtiéramos en Homo sapiens. Paradójicamente, el estudio
sistemático de la conducta animal o etología no se convirtió en una disciplina
científica hasta una fecha muy reciente, más o menos hacia la mitad del siglo XX.
Hasta entonces la conducta animal no gozó de gran predicamento entre los filósofos
ni entre los científicos. En Europa Occidental, la tradición filosófica judeocristiana ha
tendido a exagerar las diferencias entre los humanos y el resto de las especies, en
línea con la creencia de que los humanos tienen alma y los otros animales no. En el
siglo XVII, Descartes sostenía la visión mecanicista de que los animales eran algo así
como “zombies” o “autómatas”, simples máquinas desprovistas de deseos o
impulsos. De esta visión se deducía, por una parte, que era éticamente correcto

11 Frank, H. y Frank, M. G. “On the effects of domestication on canine social


development and behaviour”. Appl. Anim. Ethol. 8: 507-525. 1982.

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Pablo Rodríguez Palenzuela

maltratarlos, ya que no eran “seres sentientes” y, por otra, que el estudio de su


conducta no era en absoluto interesante.
En el siglo XIX, las ideas de Darwin sobre la evolución empezaron a crear serias
dudas sobre esta visión mecanicista de los animales como autómatas. El propio
Darwin llegó al convencimiento de que muchos rasgos de “carácter” en los animales
domésticos se heredaban genéticamente, y también pensaba que las diferencias entre
humanos y animales eran una cuestión más de “grado” que de “clase”.
A mediados del siglo XX nos encontramos con dos escuelas de investigación
contrapuestas en este tema. Por un lado, el conductismo domina el panorama de la
psicología en Estados Unidos. Esta escuela mantiene la idea mecanicista y niega que
los genes puedan tener alguna influencia sobre la conducta animal. Por otro lado, en
Europa la aproximación dominante, autodenominada etología, insiste en investigar la
programación innata de la conducta, así como las motivaciones que desencadenan el
comportamiento de los animales. Merece la pena detenerse en este conflicto y en su
resolución.
La idea básica del conductismo es que la psicología debe ocuparse sólo de
fenómenos observables, esto es, la conducta, y excluir por completo ideas, emociones
o la experiencia subjetiva. Esta escuela surge, en parte, como reacción al
estructuralismo, que concebía la psicología como la ciencia de la “vida mental” y
empleaba como herramienta principal la introspección, o sea, la observación y
análisis de la propia mente. Los conductistas consideraban que la introspección es
totalmente inaceptable como método de investigación serio y conminaban a los
demás psicólogos a “romper con los conceptos trasnochados y comenzar una nueva
vía”. Para John B. Watson, sin duda el fundador de esta escuela, la ‘consciencia’ era
un concepto inútil e imposible de definir y constituía un mero sinónimo del término
“alma”. Había que desterrar por completo la introspección y basar los estudios
psicológicos exclusivamente en la evidencia experimental, de forma similar a lo que
hacen los físicos y químicos.
En su formulación inicial, hay que conceder que este punto de vista no dejaba de
tener algunas cosas a su favor. Es cierto que el estructuralismo representaba una
escuela de pensamiento francamente filosófica y que la introspección es una
herramienta imposible para hacer experimentos precisos y repetibles. Por otra parte,
los conductistas moderados no negaban la realidad de la experiencia subjetiva, sólo
mantenían que era imposible estudiarla científicamente. En cambio, los conductistas
radicales iban bastante más lejos. Sin duda el miembro más destacado de los
radicales, y en cierto modo su cabecilla fue Burrhus Frederic Skinner, quien dominó
por completo la psicología americana hasta los años 60. En palabras de Skinner: “la

48
ANIMALES

cuestión no es saber si los animales piensan, la cuestión es saber si el hombre lo


hace”.
El trabajo de Skinner tenía como antecedente directo los estudios del
psicólogo/fisiólogo ruso Pavlov sobre los reflejos condicionados de los perros. En
estos experimentos clásicos se mantenía a los animales inmóviles y se les enseñaba a
asociar un determinado estímulo, por ejemplo el sonido de una campana, con la
(esperada) llegada de la comida. Pavlov comprobó que, tras un periodo de
entrenamiento, los perros comenzaban a salivar nada más oír el sonido de la campana
(o el estímulo que fuera) antes de ver u oler la verdadera comida. Este hallazgo
constituyó un verdadero hito en psicología a pesar de su aparente simplicidad, ya que
permitía capturar un fenómeno psicológico en términos objetivos y experimentales.
En cierto modo, el condicionamiento de Pavlov definía una “unidad de conducta”
sobre la que podrían trabajar los psicólogos de sucesivas generaciones.
Los experimentos de Pavlov no cogerán por sorpresa a ninguna persona que haya
convivido con un perro. En este punto, no puedo resistirme a contar una pequeña
anécdota de Argo, nuestro pastor alemán. Como muchos cachorros, solía marearse en
el coche; cuando cumplió seis meses el problema del mareo no estaba mejorando en
absoluto, incluso empeoraba. Cada vez que se subía comenzaba a babear de forma
conspicua y no era raro que vomitase. Un día descubrimos que el babeo se producía
simplemente por el hecho de subir al coche, ¡aunque no estuviera el motor en
marcha! No sólo se mareaba sino que estaba condicionado para marearse. Debo
añadir que el problema se solucionó administrándole biodramina (en dosis
proporcional a su peso) con lo que se pudo revertir el mareo y el condicionamiento
que lo acompañaba.
Para Skinner, cualquier conducta podía explicarse mediante los principios de la
asociación “estímulo-respuesta” y el “condicionamiento operante 12”. Según esto,
creencias y deseos no tenían nada que ver con la conducta. Para Skinner, los animales
(incluido el ser humano) emiten una respuesta frente a un estímulo, bien porque
previamente existía un reflejo condicionado, o bien porque la respuesta era
recompensada en presencia del estímulo. Se pensaba que conductas complejas
también podían explicarse por este proceso. Por ejemplo, Skinner sostenía que un
concepto nebuloso, como el de ‘peligro’ constituía una especie de estímulo, que
producía una respuesta, por ejemplo, de huida. En realidad, se trata de una
explicación bastante hueca, ya que la capacidad de responder a un conjunto complejo
de señales, interpretadas como “peligro”, es el enigma que queremos resolver y no la
solución al problema.

12 Skinner, B. F. Behavior of organisms. Appleton-Century-Crofts. 1958.

49
Pablo Rodríguez Palenzuela

El programa experimental de los conductistas se basaba en colocar animales en


cajas y enseñarles a responder a ciertos estímulos, por ejemplo luces, sonidos o
pequeñas descargas eléctricas, de modo que respondieran apretando botones o
palancas o artefactos similares. Para ello se emplearon diversas especies de animales,
frecuentemente ratas y palomas, por la facilidad de su cría. Los conductistas creían
que el cerebro de los animales funciona de manera similar en todas las especies, por
lo que resultaba irrelevante la elección de la misma. Por otra parte, nunca
consideraron las observaciones de algunos críticos, sobre el hecho de emplear un
ambiente sumamente artificial y simplificado. Una rata colocada en una caja de
Skinner podía, sin duda, aprender a asociar estímulos y acciones, pero, ¿no era ese un
repertorio muy limitado de las conductas normales en una rata?
Ahora nos parece evidente que el conductismo “se salió de madre”. Su
dogmatismo resulta asombroso, teniendo en cuenta que nadie tenía explicaciones
satisfactorias para las cuestiones que estaban investigando, por lo que resultaba
elemental mantener una mentalidad abierta al respecto. Más aún, Skinner y sus
colegas estaban convencidos de la aplicabilidad de sus resultados a los humanos y, de
hecho, sus teorías fueron muy influyentes en el sistema educativo de Estados Unidos.
El propio Skinner diseñó una cuna artificial, que controlaba la temperatura y mecía al
bebé a determinados intervalos. Incluso llegó a emplear esta cuna para criar a su
propia hija, lo que contemplamos ahora con horror, aun reconociendo la coherencia
interna del personaje. Watson sugirió la idea de electrificar todos los objetos de la
casa que no debieran tocar los niños, de manera que las descargas eléctricas
(presumiblemente inocuas) enseñasen a los infantes qué cosas no debían ser tocadas.
Los conductistas estaban convencidos de que la mayoría de los problemas sociales
podían resolverse mediante un condicionamiento adecuado, lo que Skinner llamaba
“ingeniería de la conducta”. Dado que, en el fondo, el conductismo opinaba que los
animales (incluido el humano) son meros autómatas, el control de la conducta
mediante el correcto entrenamiento se convertía en un objetivo central de la
educación. Después de todo, los niños no se convertían en seres más libres si no se
los condicionaba (ya que, según ellos, no existe tal cosa); más bien, rechazar la idea
del control de la conducta humana por métodos científicos constituía una falta de
responsabilidad y una amenaza para la sociedad, ya que los jóvenes acabarían siendo
condicionados por asociaciones estímulo-respuesta incorrectas y perniciosas. En
definitiva, el conductismo poseía el dogmatismo y la retórica necesaria para haberse
convertido en una pesadilla al estilo del Gran Hermano de Orwell. Hubo suerte y no
sucedió así.
Otro ejemplo del posicionamiento de los conductistas en el tema educativo es la
denominada “bravata de Watson”. Traduzco literalmente sus palabras. “Dadme 12

50
ANIMALES

niños saludables y bien formados y permitidme que sean educados enteramente bajo
mi influencia; garantizo que puedo entrenar a cualquiera de ellos para que se
convierta en el tipo de ‘especialista’ que digamos: médico, abogado, artista,
comerciante, incluso mendigo o ladrón, y todo ello con entera independencia de sus
talentos, tendencias, habilidades, vocación u origen racial”. Por supuesto, se trata de
una fanfarronada. Watson no tenía pruebas sólidas en las que basar sus palabras. No
sé ustedes, pero, en todo caso, yo no le habría confiado la educación de mis hijos. Por
cierto, Watson fue un adolescente violento, un marido infiel y un padre dominante, y
(posiblemente) tuvo mucho que ver en el suicidio de uno de sus hijos.
En definitiva, el conductismo (en su versión más radical) es una doctrina
ferozmente ambientalista. Niega que existan cosas tales como el pensamiento o la
experiencia subjetiva y, por supuesto, cualquier resquicio de libertad individual.
También niega que los genes puedan controlar en modo alguno la conducta, tanto de
los humanos como de los demás animales, y que la evolución haya tenido algún
papel en la aparición de determinadas conductas. Resulta paradójico que esta
doctrina, que empleó la biología como fuente de credibilidad, se oponga frontalmente
a muchos de los conceptos importantes en esta disciplina.
Mientras el conductismo imponía su ley en la psicología norteamericana, al otro
lado del Atlántico se estaba generando una corriente muy distinta de pensamiento e
investigación sobre la conducta de los animales. Los dos científicos que sentarían las
bases de la moderna etología fueron el austriaco Konrad Lorenz 13 y el holandés Niko
Tinbergen 15, los cuales desarrollaron el concepto de ‘etograma’, una relación
completa de las conductas que manifiesta una especie en su medio. Para los étologos
resultaba evidente que los experimentos de los conductistas no permitían estudiar el
repertorio normal de conductas que exhibía una especie al desenvolverse en su medio
natural. No negaban que los conductistas pudieran hacer descubrimientos importantes
sobre el fenómeno del aprendizaje, pero, ¿qué tenía que ver apretar palancas en una
caja con la supervivencia de un ratón? Al contrario que los conductistas, los etólogos
decidieron salir al campo con objeto de descubrir cuáles eran las conductas que
tenían que explicar.
Muy esquemáticamente, podría decirse que estos investigadores basaban su plan
de trabajo en tres ideas fundamentales. La primera es que si queremos entender
globalmente la conducta de los animales, es imprescindible estudiarlos en su propio
ambiente. La segunda es que muchas de las pautas de comportamiento que

13 Lorenz, K. The Foundation of ethology. Springer-Verlag. 1981. [Edición en


castellano, Fundamentos de la etología: estudio comparado de las conductas.
Ediciones Paidós. 1986]. Tinbergen, N. The study of instinct. Oxford University
15

Press. 1951.

51
Pablo Rodríguez Palenzuela

observamos son innatas, esto es, están programadas en el cerebro del animal desde el
nacimiento y, por tanto, se encuentran bajo el control genético; a estas pautas de
comportamiento no-aprendidas y características de cada especie se las denomina
instintos. La tercera idea de los etólogos es que la conducta constituye un rasgo
importante para la supervivencia de los animales y por ello está sujeto a la evolución,
de la misma manera que las características morfológicas. Es evidente que cada
especie tiene una forma característica y, también, una conducta característica; por
ejemplo, las golondrinas no sólo tienen un plumaje oscuro, patas cortas y alas de
forma alargada, también acostumbran a posarse en los cables de teléfonos (cosa que
no suelen hacer las currucas), construyen nidos de barro en los aleros de las casas (lo
que no hacen nunca los mirlos) y suelen cazar insectos al vuelo (algo impensable
para un picapinos).
Las dos figuras fundadoras de la etología, Lorenz y Tinbergen, tenían también
personalidades bien diferentes. Lorenz era una figura carismática. Un austriaco
extrovertido, corpachón, capaz de imitar a la perfección numerosas voces de
animales (habilidad que gustaba de exhibir en público). Además era tremendamente
emotivo, digamos empático con los animales sujetos de su investigación. Lorenz
escribió algunos libros de divulgación sobre animales absolutamente maravillosos,
como Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros 14. En cambio, Tinbergen era
un tipo mucho más comedido y, seguramente un científico mucho más riguroso. No
obstante, la “pelea” con los conductistas no era sólo científica, sino también
mediática, y en este sentido Lorenz no tenía rival como comunicador.
El prestigio de Konrad Lorenz se ha resentido en los últimos años por las
acusaciones de haber colaborado con el régimen nazi durante la Guerra. Por
supuesto, esto es lamentable y es particularmente malo debido a la naturaleza
delicada del tema. Aunque Lorenz no participara nunca de forma directa en las
atrocidades del régimen nazi, ni fuera un personaje relevante dentro del ‘aparato’, sí
hay indicios fundados de que le prestó cierto apoyo ideológico. Para algunos críticos,
esto es suficiente para desconsiderar por completo sus investigaciones.
Probablemente esto es ir demasiado lejos. La mayoría de los etólogos iniciales, como
Niko Tinbergen, no tuvieron nada que ver con el nazismo; ¿tenemos que desacreditar
todos sus trabajos por la supuesta connivencia de Lorenz? La clave de la cuestión es
que lo que apoya o hunde una teoría científica es la evidencia experimental. En este
sentido, el tiempo ha tratado bien a los etólogos 15 y bastante peor a los conductistas.
Las premisas básicas de los primeros, en cuanto al papel de la conducta en la

14 Lorenz, K. Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros. Tusquets. 1999].
15 Esta afirmación debe matizarse. Por ejemplo, la teoría de la “selección de grupo”
que favorecía Lorenz, cuenta con muy poco apoyo en la actualidad.

52
ANIMALES

evolución de las especies son generalmente aceptadas hoy. A pesar de ello, un


‘espeso manto de silencio’ ha caído sobre la contribución de Konrad Lorenz.
El término instinto está algo desprestigiado en la actualidad, pero tenemos que
considerarlo aquí ya que se encuentra justo en el núcleo del debate naturaleza-
crianza.
El concepto no es nuevo en absoluto. El gran filósofo norteamericano William
James lo había desarrollado mucho antes (aunque no de forma experimental), y no
tuvo ningún empacho en aplicarlo a la conducta humana. Sin embargo, actualmente
los psicólogos son algo reacios a aplicar este término a los humanos. El problema es
que la idea de una conducta totalmente programada desde el nacimiento e
independiente por completo del medio, resulta útil para describir algunas situaciones,
pero no todas. Con las conductas esterotipadas que observamos, por ejemplo en los
insectos, el concepto de instinto se ajusta bastante bien. Pero cuando tratamos de
explicar comportamientos más complejos, por ejemplo en mamíferos o aves, la cosa
se complica. En general, cuanto mayor y más complejo sea el cerebro de un animal,
su conducta estará gobernada más por el aprendizaje y menos por el instinto. El
problema radica en que muchas de las pautas de conducta que se observan son en
parte programadas y en parte aprendidas. De aquí que la dicotomía tajante entre
instinto y aprendizaje no funcione. Merece la pena ver algunos ejemplos.
Uno de los conceptos desarrollados por Lorenz es el denominado impronta.
Lorenz observó que los pollitos de ganso identificaban como su madre al primer
animal que veían nada más salir del cascarón. De hecho, durante un periodo de su
vida se vio constantemente perseguido por un grupo de gansos jóvenes que le
identificaban como tal. Este fenómeno está genéticamente programado y sólo
funciona en un periodo de tiempo muy corto. Por otra parte, no puede negarse que los
pollos “aprenden” quién es su madre. En condiciones normales, este tipo de
aprendizaje genéticamente controlado asegura que el pollito va a aprender
correctamente quién es su verdadera madre. ¿Genético o aprendido?
Veamos otro caso. El pinzón vulgar (Fringilla coelebs) tiene un canto muy
característico, que podría definirse como una breve y vigorosa cascada de
aproximadamente 12 notas. Los pinzones criados en cautividad (y, por tanto,
privados del canto de un pinzón salvaje) desarrollan un canto irreconocible, aunque
con el número de notas correcto. Si se los cría en grupos aislados entre sí, cada grupo
desarrolla un canto diferente. Esto nos indica que el canto del pinzón es aprendido y
no innato; sin embargo, si exponemos a los pinzones cautivos al canto de su propia
especie y al de una especie diferente, invariablemente desarrollan el canto típico del
pinzón. Esto nos indica que el pinzón reconoce de forma instintiva el canto de su
propia especie. Interesante, ¿no?

53
Pablo Rodríguez Palenzuela

La caída del conductismo no se debió únicamente a la victoria de los etólogos


europeos. A ella contribuyó de forma importante el trabajo de un joven investigador
de la Universidad de Madison (Wisconsin, Estados Unidos): Harry Harlow 16. Este
investigador había iniciado un experimento de cría artificial de macacos; los
pequeños monos eran criados por ‘madres artificiales’, una especie de tosco muñeco
de alambre cuya forma recordaba vagamente al de una hembra de macaco. No
obstante, estas madres tenían un dispositivo que proporcionaba comida a los
pequeños, por lo que éstos no debían tardar en asociar a la madre de alambre con la
comida o, al menos, esa era la predicción de los conductistas. No obstante, Harlow
observó que los macacos criados en estas condiciones manifestaban ciertas carencias
cuando llegaban a adultos, en particular en su capacidad de interaccionar con sus
congéneres 17. Tal vez, pensó Harlow, a los pequeños criados por las madres de
alambre les faltaba algo. Esto le llevó a preguntarse qué factor era más importante
para las crías de macacos criadas en cautividad, si el tacto de la madre o el hecho de
que proporcionase comida. Para contestar a esta pregunta colocó grupos de bebés
macacos en jaulas al cuidado de dos tipos de madre artificial. La primera estaba
hecha de alambre y tenía un dispositivo que alimentaba a la cría, como en el caso
anterior; la segunda estaba forrada de tela, pero no ofrecía alimento alguno. Según la
teoría conductista, la cuestión estaba clara: los jóvenes macacos no tardarían en
asociar a la madre de alambre con la comida y pronto la preferirían. Lo que ocurrió
fue todo lo contrario: los monitos preferían a la madre de tela y hacían rápidas
incursiones en la otra para beberse el biberón. La conclusión que parece inevitable es
que no sólo de leche viven los macacos y que el mínimo “calor” que proporcionaba la
madre de tela resultaba muy preferible. En definitiva, el cerebro del macaco debe
contener una noción “innata” sobre cómo es una madre y el muñeco de tela se
parecía más a ésta. Por el contrario, les resultó imposible “aprender” a preferir a la
madre de alambre, en flagrante oposición a las teorías conductistas.
De pronto, los conductistas empezaron a encontrarse con problemas dentro de su
propia casa, como ocurrió en el famoso caso de los Brelands. Estos dos psicólogos
(marido y mujer) habían sido educados en la escuela conductista y en el curso de sus
investigaciones llegaron a entrenar a un número altísimo de diferentes especies
animales. Los Brelands encontraron, con gran sorpresa, que no era posible enseñarle
cualquier cosa a cualquier especie de animal. Por ejemplo, intentaron enseñar a unas
gallinas a permanecer sin moverse en una plataforma hasta recibir una recompensa.
El problema surgió cuando éstas empezaron a asociar la plataforma y la comida: las

16 Harlow, H. F. “The Nature of Love”. American Psychologist 13: 573-685. 1958.


17 Sin duda, criar chimpancés en estas condiciones debería plantear un problema
ético al experimentador.

54
ANIMALES

gallinas eran totalmente incapaces de quedarse quietas e insistían en picotear la


plataforma. Más adelante trataron de enseñar a unos mapaches a introducir monedas
en una hucha de cerdito. Al principio aprendían bastante bien, pero, a medida que el
entrenamiento progresaba, tendían a masajear la moneda en vez de colocarla en la
hucha. Esto se parece a una pauta frecuente en esta especie y que consiste en limpiar
compulsivamente lo que se van a comer. Cuando los investigadores empezaron a
trabajar con dos monedas en vez de una, los progresos se estancaron por completo.
Lo que parecía claro es que ciertas especies podían aprender determinadas cosas y
otras no. Esta discrepancia fundamental con el núcleo del conductismo resultó difícil
de asimilar. Al cabo, estos investigadores confesaron en una de sus publicaciones 18
que su formación en la escuela conductista no les había preparado para encajar este
shock.
Hacia los años 60 del siglo XX los científicos no podían dejar de admitir que el
aprendizaje de determinadas tareas está facilitado por factores innatos
(preaprendizaje).
Este fenómeno fue puesto de manifiesto años después por los experimentos de Susan
Mineka 19, de la Universidad de Winsconsin. Esta investigadora había observado que
los chimpancés criados en cautividad no mostraban miedo a las serpientes, mientras
que los que habían sido capturados en su medio natural se asustaban muchísimo.
¿Cómo aprenden estos animales a temer a los ofidios? No podía producirse mediante
condicionamiento porque el animal que es mordido por una serpiente venenosa no
tiene muchas opciones de aprender nada después. Mineka sospechaba que los
chimpancés aprendían a temer a las serpientes a través de las reacciones que
observaban en otros animales.
Para estudiar el fenómeno, mostró a un grupo de chimpancés jóvenes una
serpiente y comprobó que no se ponían particularmente nerviosos. Cuando repitió la
experiencia en presencia de sus madres (que no habían sido criadas en cautividad)
éstas comenzaron a gritar de inmediato y a hacer aspavientos. Instantáneamente, las
crías adquirieron un miedo duradero hacia las serpientes.
Lo siguiente que se preguntó esta investigadora era si los chimpancés podían
aprender a tener miedo ante cualquier estímulo. Para comprobarlo, empleó una
película en la que aparecían chimpancés asustados, la cual se exhibía al mismo

18 Brelands, K. y Brelands, M. “The Misbehaviour of organisms”. American


Psychologist 16: 681684. 1961.
19 Cook, M. y Mineka, S. “Selective associations in the observational conditioning
of fear in rhesus monkeys”. Journal Exp. Psychol. Anim. Behav. Process. 16: 372-
389. 1990.

55
Pablo Rodríguez Palenzuela

tiempo que el estímulo deseado. Con las serpientes no hubo problemas. Los jóvenes
desarrollaban el miedo a través del ejemplo que aparecía en pantalla. Ahora bien,
cuando Mineka intentó condicionarlos para que tuviesen miedo a las flores, le resultó
completamente imposible. Por alguna razón, las crías asociaban rápidamente que la
serpiente era un peligro potencial pero esta asociación no se producía en el caso de
las flores. Simplemente, no lo pillaban. En consecuencia, los chimpancés tenían que
tener algunas ideas innatas sobre qué estímulos pueden estar asociados a los posibles
peligros, de la misma manera que tenían una idea innata sobre cómo debía ser una
madre. Igual que en el caso de la impronta, estas conductas requieren tanto la
influencia del ambiente como de los genes para que se produzcan.

RATONES TONTOS Y LISTOS

En la Alemania del siglo XIX se hizo muy popular un extraordinario caballo,


apodado Hans, el listo. Este animal había sido entrenado por su amo para ejecutar las
acciones más increíbles, por ejemplo, realizaba operaciones aritméticas y era capaz
de contestar algunas preguntas. Por supuesto, Hans no contestaba directamente, sino
que se expresaba de forma característicamente equina golpeando el suelo con la
pezuña.
Por ejemplo, si le preguntaban cuánto son dos más dos. Hans respondía: “clap, clap,
clap, clap”, cuatro. El caballo y su amo se hicieron famosos y recorrieron las ferias
del país, asombrando a cuantos presenciaban tales maravillas. El caso llegó a
alcanzar tal celebridad que algunos científicos “serios” les hicieron pruebas para ver
dónde estaba el truco. Tras algunos experimentos cuidadosamente controlados, el
“truco” fue descubierto y las hazañas de Hans el listo quedaron convenientemente
explicadas y “exorcizadas”. Por supuesto, Hans no era capaz de contar, ni de
responder a las preguntas (relativamente simples desde el punto de vista humano). Al
parecer, lo que sí era capaz de hacer era detectar cambios minúsculos en la mímica
facial de su amo cuando se acercaba el momento crítico en que el caballo debía dejar
de golpear el suelo para dar una respuesta correcta. Estos gestos resultaban
totalmente imperceptibles para los otros humanos que se encontraban presentes, y el
propio dueño parecía desconocer por completo este fenómeno.
He leído esta historia en varios libros sobre la inteligencia de los animales y
siempre me resulta sorprendente el hecho del desenmascaramiento de Hans. La
increíble capacidad del caballo para (casi literalmente) “leer” la mente de su amo me
parece toda una hazaña cognoscitiva, en cierto modo, superior a la mera capacidad de
sumar o restar. Al fin y al cabo, la más estúpida de las calculadoras supera a
cualquier humano haciendo operaciones aritméticas. En cambio, el ordenador más

56
ANIMALES

poderoso del mundo no es ni remotamente capaz de detectar expresiones faciales


sutiles. Si me dieran a elegir, preferiría tener la aguda capacidad de observación del
listo Hans que saber sumar dos más dos.
Bromas aparte, la cuestión de la inteligencia de los animales conlleva un problema
filosófico difícil. ¿Cómo podemos saber si otras especies son inteligentes? El filósofo
Wittgenstein decía que si un león hablara no podríamos entenderle. Personalmente no
estoy muy de acuerdo. Si un león hablara sería difícil de entender, pero
probablemente menos difícil que entender a una cobra o a un escarabajo. Presumo de
entender bastante bien a mi perro, y un perro es tan diferente de un humano como un
león. El problema estriba justamente en que resulta casi imposible evitar un sesgo
antropomórfico a la hora de juzgar las capacidades mentales de otras especies.
Veamos un ejemplo. El cascanueces (Nucifraga caryocactes) es un ave que vive
en bosques de coníferas de la Europa Central. Esta especie entierra con frecuencia
piñones en lugares determinados con objeto de consumirlos posteriormente.
Experimentos cuidadosos han demostrado que no es que los entierre de forma masiva
y luego los encuentre por azar (como ocurre con las ardillas). Si se eliminan
elementos característicos del paisaje que le sirven de referencia, como piedras o
árboles, la eficacia de recuperación de los piñones disminuye enormemente. El
cascanueces tiene una capacidad impresionante para recordar los lugares donde
guarda el botín. Alrededor de 30.000 sitios diferentes puede almacenar en su cerebro,
del tamaño aproximado de una nuez. A mí me resulta difícil encontrar mis llaves en
muchas ocasiones, por lo que debo ser un completo estúpido a ojos de un
cascanueces.
En el próximo capítulo abordaremos el delicado tema de la herencia de la
inteligencia en el ser humano, así que es interesante tratar aquí el mismo tema en
otras especies, lo que resulta mucho menos tenso. Tradicionalmente, el concepto de
inteligencia ha puesto el énfasis en la adaptación al medio, pero eso no resulta
demasiado satisfactorio si no precisamos un poco más. Los mejillones están bien
adaptados a su medio y no solemos considerarlos muy inteligentes. Esto nos lleva a
una idea interesante: los animales han desarrollado diferentes tipos de inteligencia
para resolver problemas específicos de su hábitat. Por otra parte, algunos
especialistas en inteligencia artificial han propuesto la siguiente definición. La
inteligencia consiste en: i) especificar un conjunto de fines; ii) evaluar la situación
presente y estimar cómo se desvía de los fines propuestos; y iii) aplicar un conjunto
de operaciones destinadas a disminuir esta diferencia. Una consecuencia que se
deduce de esta definición es que el mero concepto de inteligencia carece de sentido
sin una especificación precisa de los fines. Por lo tanto, para evaluar la inteligencia
de otras especies, sería necesario conocer cuáles son estos fines. Esto puede parecer

57
Pablo Rodríguez Palenzuela

una postura antropomórfica, pero no lo es. Es imposible entender la conducta de un


animal sin asumir que éste tiene ‘objetivos’.
Prescindiendo de la cuestión filosófica, el estudio de la inteligencia en animales
nohumanos tiene una ventaja esencial: es posible hacer experimentos que no se
pueden realizar en el otro caso. La desventaja, claro está, es que tendremos que ser
muy cautos a la hora de generalizar los resultados de estos experimentos al Homo
sapiens. Lógicamente, las capacidades mentales de los ratones han sido investigadas
con mucha atención. La imagen de un ratón tratando de orientarse en un laberinto
artificial nos resulta muy familiar. En este caso, la inteligencia podemos definirla en
función de la capacidad de orientarse en este tipo de pruebas. Por ejemplo, es posible
medir cuánto tiempo necesita un ratón para “aprenderse” un laberinto, así como el
periodo de tiempo en el cual el ratón es capaz de recordar esta información.
Después de muchos años de investigación, Richard C. Tryon 20 y sus colaboradores
lograron crear razas de ratones “listos” y “tontos” mediante crianza selectiva. Para
ello los investigadores entrenaban a los ratones para recorrer el laberinto y cruzaban a
los machos y las hembras que mejor resolvían el problema. Del mismo modo,
cruzaban a los ratones que peor lo hacían. Al cabo de 21 generaciones, la población
original había dado lugar a una estirpe de ratones listos y a otra de tontos, con un
solapamiento prácticamente nulo, es decir, los peores ratones listos lo hacían mejor
que los mejores ratones tontos. Para asegurarse de que no había ningún fallo y que
los ratones no transmitían sus habilidades a sus descendientes a través del
aprendizaje, se llevaron a cabo experimentos de adopción cruzada, en los que ratones
listos eran criados por madres torpes y viceversa. Esta circunstancia no alteró para
nada las habilidades relativas de los animales. Sin embargo, se detectó que el
ambiente en el que son criados los ratones tiene influencia sobre su habilidad en el
laberinto. Cuando los ratones listos eran criados en ambientes empobrecidos, o sea,
una simple jaula, su comportamiento resultó peor que el de los tontos criados en un
ambiente enriquecido (una jaula dotada de túneles, columpios y otros dispositivos
estimulantes). En unos experimentos recientes 21se ha creado una estirpe de ratones
tontos, alterando mediante ingeniería genética un gen que produce una proteína
necesaria para que el aprendizaje se realice de forma normal. Análogamente, se creó
una nueva raza de ratones listos que poseen copias extra de esta proteína. Una vez
realizadas estas modificaciones genéticas, las características listo y tonto se heredan
como cualquier otro gen, siguiendo las leyes de Mendel.
20 Tryon, R. C. “Genetic differences in maze-learning ability in rats”. Yearbook of
the National Society for Studies in Education 39: 111-211. 1940.
21 Lee, H. et al. “Phosphorilation of the AMPA Receptor GluR1 subunit is required
for synaptic plasticity and retention of spatial memories”. Cell 112: 631-643. 2003.

58
ANIMALES

Nos enfrentamos a la conclusión irrebatible de que la conducta de los animales


está en parte controlada por los genes, lo que no excluye que el ambiente también
tenga influencia. Además, se ha demostrado que muchas pautas de comportamiento
son específicas de cada especie y juegan un papel importante en la supervivencia de
los individuos. De aquí se deduce también que la conducta está sujeta a la selección
natural y la evolución, exactamente igual que los caracteres físicos del animal. La
cuestión ahora es: ¿están los humanos totalmente excluidos de este proceso?,
¿pueden influir los genes en la conducta humana?

CULTURAS ANIMALES

¿Es la cultura exclusiva del ser humano? Se trata de una pregunta retórica, ya que
depende esencialmente de la definición que empleemos de cultura. La cuestión lleva
más de 100 años debatiéndose, hasta el punto de haberse convertido en una especie
de discusión bizantina. En cuanto a definiciones de cultura, se han dado cientos y las
críticas y contra-críticas de las mismas han mantenido entretenidos a los eruditos
mucho tiempo.
Una de las definiciones clásicas fue formulada por el antropólogo británico del
siglo XIX, Edward Burnett Tylor, y reza, más o menos así: “Cultura es un complejo
que incluye conocimientos, creencias, arte, leyes, preceptos morales, costumbres y
cualquier otra capacidad o hábito adquirido por el ser humano como miembro de una
sociedad”. Por supuesto, así definida, la cultura sólo puede ser exclusivamente
humana; pero hay que decir que esto no es una definición, sino una vaga
enumeración de características que pueden considerarse específicas del Homo
sapiens.
En realidad, podemos ahorrarnos la polémica. Las diferencias entre el hombre y
los restantes animales son evidentes. Si quisiéramos trazar una línea clara entre
ambos, parece más lógico emplear el ‘lenguaje simbólico’ como elemento
diferenciador, en vez de hacer definiciones de cultura “trucadas” de antemano, para
luego declarar que es un fenómeno exclusivo del ser humano. Personalmente, soy
alérgico a las discusiones de de tipo filosófico, así que me quedo con una definición
simple de cultura como: la transmisión de pautas de comportamiento de padres a
hijos mediante aprendizaje. Si aceptamos esta definición, no cabe duda de que al
menos nuestros parientes más próximos tienen una cultura propia, si bien resulta
rudimentaria cuando la comparamos con las culturas humanas. La diferencia entre
humanos y no-humanos sería, por lo tanto una diferencia de grado, en concordancia
con la opinión de Darwin.

59
Pablo Rodríguez Palenzuela

Ya hemos visto la historia de Imo, la hembra de macaco que aprendió a lavar


batatas en el mar y enseñó a sus congéneres. En la actualidad, la existencia de pautas
culturales en primates es algo que está bien establecido 22. Uno de los ejemplos más
notables nos lo brindan algunas bandas de chimpancés en Guinea Bissau, que utilizan
un sofisticado sistema para romper la durísima cubierta de ciertas semillas. Para ello
requieren dos piedras muy diferentes, una hace el papel de yunque y otra de percutor.
Ambas piedras tienen que ser previamente seleccionadas para tal fin. Después se
coloca la semilla sobre la piedra yunque y se utiliza el percutor para dar un golpe
seco y preciso. Al parecer, un humano de habilidad normal requiere varios días de
entrenamiento para dominar esta técnica y los chimpancés necesitan años para ello.
Los chimpancés eligen cuidadosamente las piedras apropiadas para cada uso y, en
ocasiones, se llevan las piedras cuando cambian de sitio, aunque no las desplazan
durante largos viajes.
Otro ejemplo del uso de herramientas se ha documentado en el bosque de Gombe
(Tanzania). Estos chimpancés utilizan ramitas como herramientas ad hoc para pescar
termitas, que son para ellos un manjar delicioso. En cambio, los chimpancés del
bosque de Mahale (Tanzania) no emplean palillos, a pesar de que consumen termitas
“cazadas” con los dedos. Más aún, los del bosque de Tai (Costa de Marfil) utilizan
también ramitas, pero no para las termitas, sino para aprovechar el tuétano de los
huesos.
Todavía hay más. Cuando llegan las lluvias los chimpancés ejecutan una curiosa
danza. Los del bosque de Gombe saltan frenéticamente, mientras que los de Tai
ejecutan movimientos como si fuesen a cámara lenta. No parece que esta costumbre
tenga alguna consecuencia práctica, como el uso de herramientas, sino que se trata de
una especie de tradición local. En conjunto, los científicos han identificado más de 60
pautas de conducta en los chimpancés que parecen transmitirse por vía cultural.
De hecho, es muy posible que la cultura de los chimpancés no sea una simple
curiosidad académica, sino un elemento esencial para la supervivencia de esta
especie. Se ha observado con mucha frecuencia que los chimpancés y otros simios,
que son criados en cautividad y liberados en su medio natural, encuentran terribles
problemas para adaptarse a la nueva situación. Una posible interpretación de este
hecho se basa en que estos individuos se han visto privados del contacto directo con
sus padres en el medio natural y, por tanto, no han podido adquirir herramientas
culturales necesarias para su supervivencia. Estos chimpancés aculturados tienen
pocas posibilidades de salir adelante.

22 Vogel, G. “Chimps in the World show stirring of culture”. Science 284: 2070-
2073. 1999.

60
ANIMALES

Las pruebas de la existencia de “cultura” no se limitan a los primates. Al parecer,


las orcas dedican mucho tiempo a “enseñar” a sus crías el peligroso truco de
acercarse mucho a la playa (con el riesgo de quedarse varadas), para cazar a las focas
que constituyen sus presas. También en los pinzones, cuyo canto no está totalmente
especificado por factores genéticos, se han encontrado variantes “dialectales” del
canto que se transmiten por aprendizaje.
Con todo, hay que admitir que las culturas animales son muy rudimentarias y no
admiten comparación con la complejidad inmensa de cualquier cultura humana. Por
tanto, la discusión de si los animales tienen o no cultura es intrínsecamente
inacabable, puesto que depende de unos límites que se establecen de forma arbitraria.
¿Cómo está la botella, medio llena o medio vacía?

61
CAPÍTULO 3

GENES Y GENTES

CINCO AMIGOS

C omo cada mañana, Fernando se dirige a su trabajo por el bonito paseo


peatonal jalonado de cedros que conduce a la Universidad. Siguiendo una
costumbre muy arraigada, ha desayunado en un café de estilo “jamaicano”,
ladrillo visto y mobiliario entre rural y exótico, de los que han proliferado en la
ciudad en los últimos años. Es una fresca y agradable mañana; el relativamente
suave invierno de Madrid está llegando a su fin, como anuncian los cerezos en flor y
las estridentes forsitias. Fernando aprieta el paso y comienza a anticipar
mentalmente su jornada de trabajo. Tendrá que terminar el informe del proyecto que
ya debía haber entregado y enviar a publicar de una vez ese manuscrito que le trae
de cabeza. En perspectiva se abre una dura, intensa, provechosa, inacabable y, al
mismo tiempo satisfactoria semana de trabajo. Al llegar a su despacho se encuentra
una nota de Ana, una de sus estudiantes predoctorales. “Te han estado llamando;
parecía urgente.”–le dice– “No ha dejado ningún recado; volverá a llamar”.
Ligeramente perturbado, entra en su despacho y enciende el ordenador. ¿Quién
será? Ante la inutilidad de hacer cábalas, opta por revisar sus mensajes de correo
electrónico. A los cinco minutos suena el teléfono y Fernando se apresura a
contestar.
“Fernando, soy Alejandro”. “¿Alejandro?” “Sí, tío, ¿no te acuerdas de mí?” La
voz suena inmensamente familiar y, al mismo tiempo, lejana, como si viniera de un
tiempo y un lugar remoto. “¡Claro, claro! ¡Alejandro! ¿Cómo estás?” “Yo, bien;
¿sabes lo de Félix y José Luis?”
¡Muertos! La noticia le deja anonadado. Hace cinco minutos se aprestaba a
afrontar una nueva semana laboral y ahora le persiguen fantasmas del pasado.
Le sorprende no sentir ninguna emoción. Ni pena ni alegría. Esto le hace sentirse
incómodo y le lleva a una reflexión aún más incómoda: ¿cómo ha podido olvidarse
tan rápido de sus amigos? Eran inseparables en el instituto y mantuvieron una
estrecha relación durante los años de universidad. De pronto, Fernando lo recuerda
como si hubiera sucedido ayer. Al acabar las clases del último curso, se fueron a

63
Pablo Rodríguez Palenzuela

cenar a aquel restaurante de la Dehesa de la Villa para celebrarlo y despedirse


hasta después de las vacaciones. Juraron que nunca perderían el contacto y, sin
embargo, eso es lo que sucedió casi de inmediato. “Han pasado 20 años” piensa
Fernando, “y apenas he vuelto a acordarme de ellos”.
Alejandro aparece enseguida en un todoterreno rojo brillante; se baja de un salto
y abraza a Fernando. Es evidente que se conserva en buena forma: delgado, rápido,
desinhibido. “Tienes buen aspecto”, dice Fernando. “No puedo decir lo mismo” –
contesta Alejandro, pero sonríe para paliar el efecto de la grosería que acaba de
decir. Por el camino, Alejandro pone a su antiguo amigo al corriente de los trágicos
acontecimientos, mientras conduce a una velocidad a todas luces excesiva. Las cosas
les iban muy mal a los dos, aunque por razones bien distintas. José Luis se había
hecho cargo del restaurante al morir sus padres. Como negocio iba estupendamente,
pero esta actividad resultaba peligrosa para él. Siempre había sido un chico gordo,
aunque esto no le había impedido llevar una vida más o menos normal. En el
restaurante, la comida resultaba una tentación constante e irresistible. Después de
todo era su trabajo, tenía que probar el género y asegurar la calidad de la cocina. Y
las sobras; ¿cómo iba a tirar un solomillo de 60 euros el kilo? De forma lenta, pero
imparable, José Luis fue ganando peso. Sólo serían cuatro o cinco kilos al año, pero
en 20 pesaba 190 kilos. No es que fuera gordo. No es que fuera obeso. José Luis era
una montaña humana. Naturalmente, esto afectaba a su vida en muchos aspectos.
Tenía que dormir en un sofá porque en la cama se ahogaba con su propio peso.
Tenía que ducharse sentado en una silla de plástico dentro de la ducha. Tampoco
podía estar mucho tiempo de pie, porque sus articulaciones empezaban a protestar.
Por supuesto, su vida sexual era inexistente. José Luis empezó a deprimirse.
Paradójicamente, su restaurante iba viento en popa. Tal vez su extremada gordura
era inapropiada para cualquier otro trabajo, pero resultaba ventajosa para éste. Sus
clientes le trataban siempre con gran simpatía, mezclada también con algo de temor
por encontrarse ante la presencia de un “monstruo”.
Por el contrario, Félix estaba prácticamente en los huesos y su problema no era
la comida, sino la bebida. En los viejos tiempos Félix siempre estaba dispuesto a
salir de copas y siempre era el último en retirarse. Además, el alcohol no parecía
afectar demasiado a su conducta. Fernando no recordaba haberle visto, lo que se
dice borracho, aunque no era nada raro que tuviera la lengua pastosa y los ojos
enrojecidos. En todo caso, en aquella época no parecía que Félix tuviera un
problema grave. De hecho, durante bastantes años se las arregló para
compatibilizar una vida profesional exitosa como diseñador gráfico, con la ingestión
de cantidades fabulosas de todo tipo de vinos y licores. Seguramente, el hecho de no

64
GENES Y GENTES

tener que someterse a un horario de trabajo formal y de tener un círculo de


relaciones algo bohemio, le permitió mantener una apariencia de normalidad que
hubiera sido imposible en otro caso. Cuando Félix cumplió 38 años, su cuerpo
comenzó a decir basta. Primero, le salieron unas horribles manchas rojas en la piel
con aspecto de araña. A ello siguió un constante malestar estomacal y diarreas
interminables. Más tarde, empezó a sentirse muy cansado a todas horas. Su relación
con el alcohol también cambió; ahora cualquier cantidad le dejaba completamente
incapacitado. Siempre se había retrasado algo en sus entregas, pero en esta fase le
resultaba imposible trabajar y no tardó en perder a todos sus clientes. A estas
alturas, Félix era muy consciente de que su hábito había ido demasiado lejos; el
problema es que cuando intentaba dejarlo empezaban a sucederle cosas realmente
horribles: temblores incontrolables, voces extrañas y una espantosa sensación de
angustia.
José Luis le ayudó mucho. Era el único de sus antiguos amigos que no se había
desvanecido en el aire. Fue José Luis quien le ingresó en un centro de
desintoxicación y quien le dio un trabajo caritativo en el restaurante. Seguramente,
ayudando a su amigo José Luis se sentía útil y paliaba así sus propios problemas.
Sin embargo, la única solución conocida para el alcoholismo es la abstinencia total,
y esto no parecía estar al alcance de Félix. Los dos últimos años habían sido una
sucesión de recaídas y vueltasa-empezar. Así hasta el viernes pasado, cuando Félix y
José Luis se salieron de la carretera en un puerto de montaña y se precipitaron a un
vacío de 30 metros.
El tanatorio está poco concurrido a estas horas y no resulta difícil encontrar la
sala donde están los cadáveres. A Fernando, aficionado al humor negro, los
tanatorios siempre le han recordado a los aeropuertos: los monitores anuncian la
sala de embarque y la hora a la que partirá el último viaje del finado. Encuentran a
algunos familiares y empleados del restaurante. Han tenido suerte: están a punto de
realizar la incineración. La pequeñez de la comitiva hace la situación aún más
patética. Los empleados de la funeraria tienen que hacer un esfuerzo sobrehumano
para levantar el féretro de José Luis. En ese momento, Alejandro cree reconocer a
un individuo que se aleja furtivamente. Corre tras él y le sujeta del brazo.
“¡Enrique! Ya te querías escapar de nosotros.” El gesto envarado de Enrique indica
que eso es exactamente lo que estaba tratando de hacer. Sin embargo, cuando
Alejandro y Fernando le saludan con efusión, parece genuinamente contento. Tras
unas frases convencionales, Alejandro propone ir a comer al restaurante de la
Dehesa de la Villa que frecuentaban 20 años atrás, y así recordar viejos tiempos.
Enrique parece un poco incómodo pero no se atreve a decir que no. Alejandro

65
Pablo Rodríguez Palenzuela

insiste: “Tenéis que contarme todo lo que habéis hecho estos años, vamos, tenemos
mucho de qué hablar”.
Para Alejandro, acabar la Universidad fue una verdadera liberación. La
monótona sucesión de clases, semestres y exámenes le resultaba insoportable. Con
una mochila, billetes de avión abiertos y algo de dinero, se lanzó a recorrer el
mundo. En Afganistán estuvo a punto de ser asesinado por un marido celoso; subió
al Kilimanjaro en medio de un ataque de malaria y tuvo un inolvidable encuentro
con un oso “grizzlie” en California. Nunca miró atrás ni echó de menos su ambiente.
Cuando se acabó el dinero y tenía casi agotadas las hojas de su pasaporte, supo que
era el momento de volver. Viajar se había convertido en una rutina. De vuelta en
España, se puso a trabajar como monitor de deportes de riesgo. Esquí libre,
“puenting”, barranquismo... En su primera expedición al Himalaya estuvo a punto
de perder una pierna por congelación. Eso fue un aviso. La perspectiva de quedar
impedido para siempre le asustó; tal vez era lo único que podía asustarle. Decidió
aprovechar su experiencia y montó su propia agencia de viajes especializada en
turismo de aventura. Empezó de cero y tuvo que hacer de todo, pero eso era
precisamente lo que le gustaba. El tiempo y el lugar resultaron propicios y su
empresa empieza ahora a crecer. Nuevos retos: la atracción del negocio, el
mercado, el beneficio. El dinero está bien, pero no es lo más importante. Lo que le
gusta es el riesgo. Es una sensación menos física que hacer rafting por el “Bio-Bio”,
pero igualmente excitante. Naturalmente, en estos 20 años ha tenido más multas de
tráfico y más aventuras sexuales de las que puede recordar.
La historia de Fernando es bien distinta. Para él la universidad fue un fácil
paseo, si acaso demasiado fácil. Se merendó los cinco cursos de ciencias físicas sin
pestañear. Sus frecuentes juergas y salidas nocturnas no le impidieron acabar con
un expediente cuajado de matrículas de honor. Al acabar, el cuerpo le pedía más.
Consiguió una beca Fulbright para hacer la tesis en el prestigioso Instituto de
Tecnología de Massachussets. Los tres primeros meses fueron de relativa zozobra.
Tuvo que acostumbrarse al idioma y, por primera vez en su vida, se preguntó si esto
le venía demasiado grande. La respuesta fue que ni grande ni pequeño: como un
traje a medida. No fue un paseo militar, como sus estudios en Madrid, pero tampoco
le resultó difícil. Al final se graduó con honores y en el momento de partir le
conocían por su nombre todos los camareros de Harvard Square. ¿Y luego? Pudo
haber encontrado trabajo en una universidad americana, pero no acaba de
acostumbrarse al modo de vida de ese país y optó por volver a la Complutense. En
conclusión: no puede quejarse. Las cosas le van bien o, al menos, todo lo bien que
pueden ir. A veces se arrepiente de no haberse quedado en Estados Unidos. Su

66
GENES Y GENTES

trabajo en España está lastrado por mil factores invisibles: la inercia del sistema, el
desinterés de sus estudiantes, el alejamiento de los “círculos de poder” de la
ciencia…
Enrique era, con diferencia, el más tímido y retraído del grupo. Ya en el colegio
le resultaba muy difícil desenvolverse en las fiestas de cumpleaños y, no digamos, en
los campamentos de verano, a los que le obligaban a ir y que él odiaba con todas sus
fuerzas. No obstante, a los 20 años, en un ambiente de camaradería y arropado por
su grupo de amigos juerguistas, este aspecto de su personalidad pasa casi
desapercibido. Sin embargo, el tema chicas lo lleva fatal. El temor a ser rechazado
es tan fuerte que le impide afrontar una cita en condiciones. Al acabar la carrera,
Enrique decidió concentrarse en lo que le parecía el objetivo principal de su vida:
asegurarse el porvenir haciéndose funcionario. A ello se puso, se encerró 60 horas
semanales para preparar una oposición a inspector de Hacienda. Tres años
estudiando no le resultaron un castigo muy duro, comparado con el maravilloso
premio de tener un trabajo asegurado de por vida. Aprobó con un excelente número
y pronto se labró fama de trabajador metódico y eficaz. Siempre parecía estar de
mal humor y manifestaba una hostilidad contra el mundo en general y contra los
defraudadores en particular. Dado que estas son cualidades deseables en un
inspector de Hacienda, empezó a vislumbrar una buena carrera en la
Administración. Sin embargo, un pequeño incidente frustró estas expectativas. En un
momento dado, decidió empapelar a un “pez gordo” cuyas actividades delictivas
eran más que evidentes. En una semana negra tuvo que afrontar presiones de sus
superiores, anónimos amenazantes y una campaña de calumnias en marcha.
Demasiado para Enrique, que optó por un destino eminentemente técnico, sin
apenas responsabilidad.
Los tres brindan por la memoria de sus amigos muertos y se prometen que
volverán a verse pronto (aunque esta vez ya todos saben que no lo harán). Alejandro
vuelve a llevar a Fernando a la universidad; Enrique ha insistido en tomar un taxi.
Cuando se despiden, y ya a punto de reintegrarse en su vida cotidiana, un
pensamiento asalta la cabeza de Fernando. Los cinco fueron al mismo colegio y
compartieron multitud de experiencias y valores; ¿qué fuerza misteriosa les hizo tan
diferentes y de una manera tan consistente? Por desgracia, sus extensos
conocimientos de física cuántica y matemáticas no le permiten, ni remotamente,
contestar a esta pregunta.

67
Pablo Rodríguez Palenzuela

GENES Y AMBIENTE

¿Qué es lo que nos hace a cada uno diferente? ¿Qué factores determinan nuestra
personalidad y nuestras capacidades? ¿Es la suma de nuestras experiencias
(educación formal, relación con los padres, traumas y vivencias personales), como se
afirma en general, o los genes también intervienen en el proceso? Soy consciente de
que la cuestión lleva una enorme carga política y emocional, por lo que le invito a
dejar de lado por un momento las opiniones preconcebidas y afrontar la cuestión con
un espíritu abierto. No obstante, soy consciente también de que el mero hecho de
plantear la cuestión me pone en riesgo de ser mal interpretado. Parece como si
pronunciar la palabra “gen” fuera equivalente a declararse nazi. No debería ser así. El
concepto de gen es demasiado importante para que admitamos una interpretación tan
perversamente simplista. El problema radica precisamente en esta mentalidad de
blanco/negro. Resulta imprescindible, por tanto, empezar este capítulo matizando las
siguientes cuestiones:
La dicotomía genético/aprendido es engañosa o, más sencillamente, falsa. En la
mayoría de los casos, los factores biológicos se superponen, pero no se oponen, a los
factores culturales. Que los genes jueguen un papel no es ningún impedimento para
que los factores ambientales también contribuyan de forma importante y, por
supuesto, no quiere decir que la educación no sea importante, pero tal vez no de la
forma que solemos pensar. La dicotomía genético/aprendido está afirmando
implícitamente que una cosa excluye a la otra. Por otra parte, admitir que tanto los
genes como el ambiente influyen no es un “conveniente” término medio. Si queremos
llegar al fondo de la cuestión, tendremos que averiguar cómo los factores genéticos y
ambientales se interrelacionan para dar lugar a un fenotipo dado. La palabra mágica
es “interacción”. Con todo, es una cuestión bastante compleja. Tenemos que lidiar
con diferentes tonalidades de gris.

Lo genético no es necesariamente inevitable. Cuando se dice que un carácter es


“genético”, se sobreentiende normalmente que está fijado desde el nacimiento y que
es, por tanto, absolutamente inmutable. Esto parece estar firmemente encastrado en
nuestra mentalidad colectiva ¡pero no es cierto! En todo caso, el grado de
“inevitabilidad” depende del carácter. Conviene poner un ejemplo. El síndrome de
Down (también conocido como “mongolismo”) es una enfermedad genética debida a
la presencia de un cromosoma 21 repetido; esto da lugar inevitablemente a un retraso
en el desarrollo mental y otras anomalías físicas. La fenilcetonuria es otra
enfermedad genética que produce retraso mental y es debida a la ausencia de una
enzima que sirve para metabolizar aminoácidos. A diferencia del caso anterior, el

68
GENES Y GENTES

retraso mental ocasionado por la fenilcetonuria puede evitarse alimentando al recién


nacido que la padece con una comida que no contenga el aminoácido fenilalanina, lo
cual no es excesivamente complicado. La idea generalizada de que lo genético es
inevitable podría actuar aquí en contra de los que padecen esta enfermedad,
impidiendo que reciban el tratamiento que les permitiría tener una vida perfectamente
normal.

El término ‘innato’ o ‘determinado genéticamente’ se emplea en dos sentidos,


uno general y otro particular. En el primer caso nos referimos a características que
son prácticamente universales en todas las culturas pero específicas de nuestra
especie. Un ejemplo clásico es la risa. Todos los humanos tienen la capacidad de reír.
Con seguridad, la risa humana depende de estructuras mentales especificadas por
genes, lo que no excluye la intervención de factores ambientales para que esta
manifestación se produzca. Justamente, la psicología evolucionista está
particularmente enfocada hacia este tipo de comportamientos “universales”
específicos del Homo sapiens. El segundo sentido de la palabra innato hace
referencia a diferencias entre los individuos, que pueden explicarse por variaciones
en los genes de cada uno. La genética del comportamiento se ocupa de estas
cuestiones, en particular si nos referimos a características psicológicas. En este
capítulo utilizaremos el término innato fundamentalmente en esta segunda acepción.

Los genes son importantes, pero no definitivos. Tal como veremos en este
capítulo, existe considerable evidencia experimental que indica que los genes
influyen en muchos aspectos de nuestra personalidad, de nuestras capacidades
mentales, de nuestra propensión a contraer determinadas enfermedades e incluso de
nuestro nivel de felicidad a lo largo de la vida. Debo insistir en que esta afirmación
no equivale a abrazar un determinismo genético absoluto e indiscriminado. En la
mayoría de los casos, el destino de las personas no está completamente marcado por
sus genes pero sí influido por éstos. De nuevo, esta afirmación no significa que la
educación no sea importante. La educación es imprescindible pero tiene límites.

Todo lo expuesto no constituye una declaración de ideología nazi, racista o de


extrema derecha. El problema no está en que los genes sean importantes; el problema
está en la línea de razonamiento que lleva a sacar conclusiones morales a partir de
cuestiones puramente factuales. El problema está en la utilización interesada de la
genética. Parece claro, sin embargo, que esta declaración no es suficiente para los
ambientalistas radicales, los cuales consideran que el mero reconocimiento de que las
personas poseen diferentes cualidades y talentos es “socialmente pernicioso”. Esta

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Pablo Rodríguez Palenzuela

controversia no se agota aquí ni mucho menos y volveremos sobre ella unas cuentas
veces.

INTELIGENCIA

Todos conocemos a personas como el Fernando de nuestra historia anterior, para


las que ningún problema parece demasiado difícil y que son capaces de pasar por
exámenes y carreras sin apenas despeinarse. Lógicamente, pensamos que las
personas así son inteligentes. Ya hemos aludido antes a este concepto,
importantísimo en psicología y en nuestra vida cotidiana, a pesar de no estar
demasiado claro. La definición del diccionario alude a la “capacidad de entender”, lo
que corresponde más bien a un aspecto particular, pero no a toda la cuestión. En
psicología se emplea el denominado “cociente de inteligencia” (CI) como una medida
de la capacidad mental de una persona, y se basa en un test estandarizado. El CI tiene
numerosos detractores pero ello no le ha impedido alcanzar tal popularidad que ha
llegado a convertirse en una definición operativa. O sea, ser inteligente significaría
dar una puntuación alta en el test de inteligencia. Podríamos proponer otras
definiciones operativas; por ejemplo, podríamos pensar que una persona es
inteligente si los que le conocen piensan que lo es (es broma).
El test de inteligencia fue inventado por el psicólogo y educador francés Alfred
Binet 23 a principios del siglo XX. Su objetivo no era medir la inteligencia sino
evaluar el desarrollo intelectual de los escolares. Para ello diseñó una batería de
pruebas de dificultad creciente; la puntuación obtenida en estas pruebas se comparaba
con la puntuación media que sacaban los niños de la misma edad, lo que permitía
evaluar el adelanto o retraso en el desarrollo del niño, de aquí que se calculara como
un cociente. Binet trabajó largos años buscando preguntas que tuvieran validez
general para escolares de diversa procedencia y ambiente social. Sus fines eran
prácticos y humanitarios: pretendía mejorar el sistema educativo. En aquella época
era normal juntar en la misma aula a escolares de edades muy diferentes, y los que
mostraban alguna anomalía en el desarrollo, por ejemplo, lo que hoy catalogaríamos
como autistas o hiperactivos, eran frecuentemente catalogados como “imbéciles” y
privados de toda educación.
El test de inteligencia cayó en desuso en Europa, pero fue rescatado del olvido por
psicólogos americanos, si bien con fines diferentes a los originales. El método fue
adaptado y refinado por científicos de la Universidad de Stanford y desde entonces es

23 Una revisión de los trabajos de Binet en: Wolf, T. H. “An individual who made a
difference”. American Psychologist 16: 245-248. 1961.

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GENES Y GENTES

conocido como el método Stanford-Binet. Curiosamente, uno de los fines para el que
se utilizó fue para la organización del ejército americano durante las dos Guerras
Mundiales. Las autoridades militares lo emplearon extensamente como uno de los
criterios esenciales para asignar destino a los soldados recién reclutados. Desde
entonces, el test de inteligencia se ha convertido en una herramienta importante, tanto
en el mundo académico como en el campo de la psicología de empresa.
Prácticamente todo el mundo pasa por él en algún momento de su vida. En cierto
modo, puede decirse que el CI se ha sacado de contexto. Es posible que la idea de
catalogar la capacidad mental de las personas con una simple cifra haya resultado
irresistiblemente atractiva para los psicólogos.
No puede extrañarnos que el CI haya sido objeto de duras críticas. La primera, el
hecho de no ser “culturalmente neutral”; esto es, que el tipo de preguntas favorezca a
personas acostumbradas a realizar tareas similares, digamos de ‘papel y lápiz’ y de
tipo abstracto. Por ejemplo, un estudio realizado con niños semiabandonados en
Brasil, los famosos meninos da rua, mostró que aunque éstos eran analfabetos y no
sabían hacer cálculos aritméticos sobre el papel, tenían una gran capacidad para
hacerlos ‘de cabeza’, pues se ganaban la vida vendiendo en puestos callejeros.
Los críticos más radicales han llegado a afirmar que el CI es una “herramienta de
opresión contra los pobres” y no puede negarse que, efectivamente, ha sido así en
ocasiones. Por ejemplo, en la primera mitad del siglo XX, las autoridades de
inmigración de Estados Unidos solían someter a los aspirantes a entrar a este país a
un test de inteligencia (por supuesto, se realizaba en inglés). En estos tests había
preguntas tales como, “Washington es a Adams como uno es a…”. En otro había que
asociar objetos, tales como una plancha y una camisa o una raqueta y una red de
tenis. No es de extrañar que estas pruebas indicasen que muchos de los inmigrantes
eran idiotas perdidos. O a lo mejor es que no jugaban mucho al tenis.
Algunos críticos del CI afirman que se centra en los aspectos más superficiales de
la inteligencia humana, y en cambio no mide lo que realmente puede considerarse las
cualidades genuinamente superiores, como por ejemplo la creatividad o la capacidad
de plantear preguntas interesantes. Según esto, el CI sería una especie de ‘artefacto’,
una medida conveniente pero no suficiente de la actividad mental. Las personas con
CI alto serían buenas resolviendo crucigramas. Estas críticas parecen algo
exageradas. Puede que el CI sea un artefacto, pero es repetible: se mantiene más o
menos constante a lo largo de la vida del individuo. Más aún, existe una correlación
positiva entre CI y rendimiento académico. No sólo eso. Se ha visto que las personas
con alto cociente de inteligencia viven, por término medio, más años, tienen menos
probabilidades de sufrir accidentes y de ir a la cárcel (respecto a esto último, ignoro

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Pablo Rodríguez Palenzuela

si se debe a que cometen menos actos delictivos o a que, al ser más listos, es más
difícil que los descubran).
El psicólogo Daniel Goleman 24 ha popularizado la idea de que el CI pasa por alto
una de las cualidades esenciales para bandearse en la vida real: la capacidad de
entender y resolver problemas de relación con otras personas. Este autor sostiene que
aunque el CI es un buen predictor del éxito académico, no lo es del éxito profesional.
El éxito en la vida real se debe más a la capacidad de interaccionar con los demás y
resolver problemas personales que a otras cualidades más técnicas. Goleman ha
acuñado el término “inteligencia emocional” para referirse a esta propiedad que no
aparece contemplada en los tests de inteligencia estándar. Podría argumentarse que la
importancia de la inteligencia emocional debe ser mayor o menor dependiendo del
tipo de trabajo; por ejemplo, para un agente comercial o un camarero debería ser
importante, pero no debería serlo tanto en el caso de un artista o un científico. Sin
embargo, este autor insiste en que incluso en los trabajos más dependientes, en teoría,
de las cualidades mentales del individuo, el éxito profesional sigue dependiendo
sobre todo de estrategias personales básicas, tales como la capacidad de establecer
alianzas importantes y la intuición necesaria para evitar un conflicto o para no dejarlo
pasar. Goleman ha desarrollado una medida cuantitativa de la inteligencia emocional
y asegura que esta medida predice mejor el éxito profesional y personal que el CI.
Como dice el chiste, el éxito depende un 1% de la inspiración, un 9% de la
transpiración y un 90% de la reacción de las otras personas a este 10%.

NATURALEZA VERSUS CRIANZA

Los expertos llevan discutiendo acaloradamente más de 100 años sobre si la


inteligencia depende o no de los genes, con varias vueltas de tortilla por el camino.
La guerra entre ambientalistas y genetistas ha sido bastante “sangrienta”, con
acusaciones y descalificaciones de todo tipo. Naturalmente, esto es una pena porque
no hay ningún impedimento, a priori, de que ambas partes tengan razón en algunos
aspectos.
La polémica empieza con Sir Francis Galton, un caballero de la Inglaterra
victoriana y primo de Charles Darwin. Galton fue sin duda un buen exponente de su
ambiente: brillante, rico, polifacético, etnocentrista, arrogante y antipático. Esto no
debería impedirnos reconocer sus variadas contribuciones al conocimiento. Sir
Francis fue explorador en África, inventó numerosos aparatos de medida, fue uno de

24 Goleman D. Emotional Intelligence. Bantam 1995. [Edición en castellano,


Inteligencia Emocional Kairós. 1996].

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GENES Y GENTES

los iniciadores de la meteorología y un pionero de la bioestadística. El concepto de


correlación entre dos variables fue desarrollado matemáticamente por uno de sus
discípulos. La dedicación de Galton a la psicología sólo duró unos años, pero fue
suficiente para generar discusiones durante muchas décadas. De hecho, fue el
primero en inventar la polémica naturaleza-crianza, cuyo mismo término acuñó.
Galton estaba convencido de que el “genio va en familias”. “Si el padre es un hombre
notable, es muy probable –afirmaba Galton– que los hijos lo sean también”. Incluso
llegó a elaborar una lista de genealogías de ‘genios’. No nos sorprende saber que la
inmensa mayoría de los nombres de su lista eran varones e ingleses. Veamos… si tu
padre es rico y famoso, si vas al colegio Eton y estudias en Oxford, si te codeas con
la crema de la sociedad victoriana y tu familia te deja una buena renta en herencia, no
es demasiado difícil que se cumpla la predicción de Galton. Es evidente, y así se lo
hicieron ver sus contemporáneos, que el estudio sistemático de familias no podía
resolver la cuestión, ya que no era posible separar los factores genéticos de los
ambientales. ¿Cómo resolverla?
El experimento definitivo consistiría en ‘clonar’ seres humanos de manera que
tuvieran los mismos genes y criarlos en ambientes distintos, para poder así registrar
las similitudes y diferencias. Naturalmente, ese experimento no puede hacerse tanto
por razones éticas como técnicas. Sin embargo, en el ser humano la naturaleza realiza
un experimento similar de vez en cuando. En uno de cada aproximadamente 150
nacimientos se produce una división anómala del zigoto, dando lugar a dos gemelos
genéticamente iguales. En cambio, con una frecuencia algo mayor se producen
gemelos no idénticos, los cuales comparten el 50% de sus genes, exactamente igual
que los hermanos no gemelos.
Los gemelos idénticos constituyen una particularidad de la especie humana, ya
que la mayoría de las restantes especies de mamíferos producen camadas de gemelos
no idénticos (una curiosa excepción es el armadillo, que produce cuatro gemelos
idénticos en cada camada). La razón por la que se produce esta división anómala del
zigoto es, hoy por hoy, un misterio. En cualquier caso, este tipo de nacimientos se da
en todos los países con una frecuencia similar. En cambio, la frecuencia de los
gemelos no idénticos varía entre diferentes países y grupos étnicos, al parecer debido
tanto a factores genéticos como ambientales. El récord del mundo lo tienen los
yoruba de Nigeria, con una tasa de 45 por mil nacimientos. El ñame, un alimento
frecuente en este país contiene sustancias similares a los estrógenos, las cuales
estimulan la ovulación, incrementando la probabilidad de que dos óvulos sean
fecundados aproximadamente al mismo tiempo. Por el otro extremo, los japoneses
tienen el récord de baja frecuencia: seis por cada mil. Se sabe que los nacimientos de
gemelos no idénticos son más frecuentes en mujeres de gran tamaño y en mujeres

73
Pablo Rodríguez Palenzuela

solteras que en casadas (no me pregunten por qué). El récord mundial absoluto de
nacimientos múltiples lo detenta una campesina rusa del siglo XIX, la señora Vasilet,
que tuvo 16 gemelos, siete trillizos, cuatro cuatrillizos, y ¡ningún parto único!
Sir Francis Galton apreció enseguida que los gemelos constituían una ventana
para poder estudiar la cuestión de la influencia de los genes y la educación sobre la
inteligencia de las personas. Por ello realizó y publicó un estudio sobre las
coincidencias de un cierto número de gemelos, pero el estudio no era muy
convincente y tenía numerosos fallos: la muestra era muy pequeña, no se distinguía
realmente entre gemelos idénticos y no idénticos y tampoco disponía de una medida
estándar como el CI. Las observaciones de Galton eran más que nada anecdóticas;
por ejemplo, constató una tendencia entre los gemelos a sufrir dolencias similares y a
morir a la misma edad. Este trabajo no podía zanjar la cuestión en ningún sentido, a
pesar de lo cual Galton estaba totalmente convencido de que sus datos eran
definitivos. Peor aún, no dudó en pasar de la descripción a la prescripción y apadrinar
el horrendo movimiento eugenésico. “Si el genio es hereditario” razonaba Galton, “es
importante asegurar que se reproduzcan en menor medida aquellos que han sido
menos favorecidos por la naturaleza”.
El movimiento eugenésico se hizo muy popular en la Inglaterra victoriana y,
ciertamente, estas ideas resultaban muy compatibles con las ideas políticas del
momento. Evidentemente, la eugenesia constituye un auténtico desastre intelectual y
moral; la evidencia presentada por Galton era muy débil, pero en ningún caso tenía
derecho a sacar conclusiones morales de ella. Este movimiento saltó de Inglaterra a
Estados Unidos, donde fundamentalmente se empleó para crear barreras a los
inmigrantes considerados como menos deseables, o sea a aquellos que no procedían
del norte de Europa. Aparte de la discriminación y el oprobio moral, el movimiento
eugenésico influyó en las autoridades y provocó que muchas personas fueran
esterilizadas contra su voluntad en Estados Unidos y el norte de Europa.
Durante la primera mitad del siglo XX, las dos ideologías dominantes,
comunismo y nazismo, mantenían posturas muy diferentes sobre la cuestión de la
herencia de la inteligencia. Puesto que uno de los puntos centrales del nazismo es la
“superioridad de la raza aria”, esta ideología favorecía que la inteligencia fuera
heredable y de ahí había sólo un pequeño paso para afirmar que la “raza” elegida
poseía una generosa ración de estos “genes de inteligencia”. No puede extrañarnos
que Hitler aprovechara el tipo de argumentos de Francis Galton para apuntalar su
sistema ideológico. Uno de los lugartenientes de Hitler, el siniestro Dr. Mengele tenía
una verdadera obsesión con los gemelos idénticos y se dedicó a “estudiarlos” en los
campos de concentración. En realidad, los ‘estudios’ de Mengele no respondían a
ningún intento sistemático y eran puro sadismo (no obstante, los gemelos objetos de

74
GENES Y GENTES

estudio sobrevivían en una proporción algo mayor que el resto de los infortunados
detenidos en los campos). Lógicamente, estas circunstancias hicieron que el estudio
sobre la genética de la inteligencia fuera un tema tabú durante muchos años.
Después de la Segunda Guerra Mundial y hasta finales del siglo XX, la balanza se
inclinó claramente del lado de los ambientalistas. Todavía hoy es políticamente
incorrecto aludir al tema de la herencia genética de la inteligencia, aunque estamos
asistiendo ahora a otro cambio en el fiel. El siguiente ‘asalto’ de los genetistas no se
produjo hasta los años 50, cuando el psicólogo inglés Sir Cyril Burt publicó el
primero de sus estudios sobre gemelos criados aparte. Inicialmente, el estudio incluía
21 casos, pero este número fue aumentando tras una década de investigaciones, hasta
llegar a 53; un número realmente impresionante, ya que no es fácil identificar a
gemelos criados aparte y, una vez identificados, puede a que no les apetezca
convertirse en objeto de estudio. Los datos de Burt apoyaban claramente la idea de
que la inteligencia se encuentra sujeta a la influencia de los genes, ya que encontró
una alta correlación entre los CI de los gemelos idénticos. Sin embargo, Leon Kamin,
un psicólogo americano muy crítico con este tipo de estudios, observó que la cifra de
esta correlación era la misma hasta el tercer decimal en el primer y último estudio, a
pesar de que el número de individuos había aumentado. Kamin acusó a Burt de
fraude científico. Hubo una investigación que ratificó estas acusaciones, lo cual
acabó con la reputación científica de Burt y, por un tiempo, con el estudio de los
gemelos criados aparte. Burt murió amargado y ‘deshonrado’, y durante los
siguientes 20 años nadie se atrevió a desenterrar el tema.
Recientemente, el “caso Burt” ha sido revisado 25 y su culpabilidad no parece una
cosa tan meridiana como parecía entonces. No puede descartarse que la coincidencia
de la cifra que sirvió de base a la acusación fuera simplemente una coincidencia.
Cabe pensar que las dos primeras cifras no variasen debido a la mera consistencia de
los datos; en cuanto a la tercera cifra era esperable una variación, pero como sólo hay
diez posibilidades, la probabilidad de que la tercera cifra siguiera siendo la misma es
del 10%, lo que no es demasiado improbable y, desde luego, constituye una base muy
débil para llevar a un individuo a la hoguera. El caso es que no sabemos si Burt se
inventó los datos, si los ‘maquilló’ ligeramente o si fue todo una casualidad. En
realidad no importa demasiado, dado que estos estudios han sido repetidos muchas
veces en diferentes países y los resultados apoyan sustancialmente las conclusiones
de Burt. Aunque no puede descartarse que este investigador hiciese ‘trampa’, sus
conclusiones han sido esencialmente confirmadas por la evidencia experimental
recogida posteriormente.

25 Mackintosh, N. J. Cyril Burt: Fraud or framed? Oxford University Press. 1995

75
Pablo Rodríguez Palenzuela

Tal como ocurre en las tragedias griegas, a veces un detalle insignificante puede
cambiar el destino de las personas. Eso fue exactamente lo que le ocurrió a Lucille
Lewis una luminosa mañana de octubre de 1939, cuando se encontraba en una
dependencia de los juzgados de Columbus (Ohio, Estados Unidos) con objeto de
resolver un trámite aparentemente trivial. Unos meses antes el matrimonio Lewis
había adoptado a un niño varón, cuyos padres habían muerto en un accidente. A los
Lewis les habían dicho que el niño había tenido un hermano gemelo, pero que éste
había muerto durante el parto. Sin embargo, el funcionario que la atendía hizo un
comentario sumamente extraño, que dejó a la señora Lewis sumida en hondas
cavilaciones. Cuando le contó que habían puesto a su hijo el nombre de James, el
funcionario repuso: “No puede usted hacer eso; al otro niño también le han puesto
James”.
Algunas décadas después, Lucille confesó el secreto a su hijo adoptivo. James
tardó unos años en asimilarlo; posiblemente temía remover el pasado y buscarse
problemas, pero al fin la curiosidad fue más fuerte y se decidió a buscar a su
hermano. No tuvo que ir muy lejos. Se había criado a pocos kilómetros de su ciudad
natal y se llamaba James Springer. James y James. Eran los “Jim”. El encuentro salió
reflejado en la prensa local. No era para menos. A pesar de que ambos hermanos no
se habían conocido, la lista de semejanzas resultaba inquietante. Ambos se habían
casado y divorciado con mujeres cuyo nombre de pila era Linda y, más tarde, los dos
se habían casado con una “Betty”. Los dos tenían un perro llamado Toy. Los dos
medían algo más de un metro ochenta y pesaban alrededor de 90 kilos. Ambos eran
aficionados a la carpintería, pasaban sus vacaciones en la misma playa de Florida, les
gustaba la misma marca de cerveza y eran fumadores empedernidos de la misma
marca de cigarrillos. Sus primogénitos se llamaban James Alan y James Allen. Y, por
supuesto, se parecían como dos gotas de agua.
La noticia del reencuentro de los Jim llegó a oídos de Thomas Bouchard, un
psicólogo de la Universidad de Minnesota, quien se puso en contacto con ellos y les
propuso realizar un estudio psicológico con profundidad. Dicho estudio reveló que,
aparte de las increíbles coincidencias, que pueden ser algo anecdótico, los Jim eran
asombrosamente parecidos en muchos aspectos. Sus historiales médicos eran
similares: hipertensión, amago de infarto que no resultó serlo, hemorroides y ligero
estrabismo en el mismo ojo. A juzgar por los tests de inteligencia y personalidad,
podía tratarse de la misma persona. Los resultados eran tan increíblemente parecidos,
que Bouchard y sus colaboradores se embarcaron en un programa de estudio a largo
plazo sobre gemelos idénticos, a pesar de que el tema seguía siendo políticamente
incorrecto. Un año después de la reunión de los Jim, el equipo de Bouchard había
examinado a 15 parejas de gemelos idénticos criados aparte. Para realizar este trabajo

76
GENES Y GENTES

se había formado un equipo de seis psicólogos, dos psiquiatras y otros nueve expertos
en diferentes áreas.
En octubre de 1990 se publicó en la prestigiosa revista Science 26 un artículo que
resumía las investigaciones de muchos años, el denominado “estudio de Minnesota”,
y que significó el punto de inflexión de la nueva ofensiva de los genetistas. El estudio
incluía 56 pares de gemelos idénticos criados aparte, a los que se había sometido a
una extensa batería de pruebas, incluyendo la medida del CI. Éste se ha sumado a un
buen número de estudios existentes entre los que destaca el Proyecto de Adopción de
Colorado, iniciado en 1974 29. A diferencia del estudio de Minnesota, se basa en la
comparación, durante un largo intervalo de tiempo, entre hijos biológicos y
adoptados. Un artículo de revisión publicado en 1997 recogía un total de 212 estudios
sobre esta materia 27.

HEREDABILIDAD

Merece la pena que nos detengamos a examinar con detalle en qué consiste este
tipo de investigación. El concepto fundamental para estos estudios es el de
heredabilidad. El nombre tiene una importante desventaja: parece que su significado
es evidente y, por el contrario, se trata de un concepto un tanto abstracto y es con
frecuencia mal interpretado. La idea de heredabilidad fue concebida en el contexto
de la mejora genética animal. Su objeto era determinar hasta qué punto los caracteres
observables constituyen una buena guía para predecir lo que ocurrirá en la
descendencia. Para un criador de ganado esta es una pregunta esencial. Si
seleccionamos un semental con buenas características ganaderas, digamos, un buen
tamaño de las partes más valiosas en el despiece, lo más importante es saber si estas
características van a pasar o no a la descendencia. Así, la heredabilidad se define
como el porcentaje de la variación observada que es atribuible a los genes. Veamos
un ejemplo. La estatura es un carácter sujeto a una fuerte determinación genética,
tanto en animales como en el humano. No obstante, el ambiente y, en particular, la
alimentación, tienen influencia. Estudiar la heredabilidad de este carácter equivale a
preguntarse si por término medio, a padres altos corresponden hijos altos; en

26 Bouchard Jr. T. J., Lykken, D. T., McGue, M., Segal N. L. y Tellegen A.


“Sources of human psychological differences: the Minnesota study of twins reared
apart”. Science 250: 223-229. 1990. Plomin, R. y DeFries, J. C. “The Colorado
29

Adoption Project”. Child Development, 54: 276289. 1983.


27 Devlin, B., Daniels, M. y Roeder, K. “The heritability of IQ”. Nature 388: 468-
471. 1997.

77
Pablo Rodríguez Palenzuela

términos estadísticos, si existe correlación entre la estatura de los progenitores y de la


descendencia. Dicho sea de paso, Federico el Grande de Prusia se propuso ‘cruzar’
hombres y mujeres altas para conseguir una guardia personal de elevada estatura, y al
parecer tuvo éxito en su empresa.
Debe tenerse en cuenta que la heredabilidad es una media de la población. No
tiene ningún sentido decir que el 90% de los centímetros de estatura de Juan se debe
a los genes y el resto al ambiente. Lo que tiene sentido es decir que las variaciones de
estatura observadas en una población se explican, en un 90% por los genes, y el resto
por el ambiente. Consecuencia importante de esto es que si cambiamos el ambiente
donde se realizan las observaciones, la heredabilidad del carácter puede cambiar.
Otro aspecto que puede producir confusión es que estimar una heredabilidad para
un carácter determinado no quiere decir que dicho carácter sea inmutable o que no
sea susceptible de cambio bajo los efectos del ambiente. El concepto alude a la
correlación entre el parentesco genético y el valor numérico del carácter, pero nada
impide que los valores absolutos de éste varíen con el tiempo. En el caso mencionado
de la herencia de la estatura, es un hecho observado que la estatura media de la
población ha aumentado en muchos países, seguramente debido a cambios en la
alimentación, y este cambio se ha producido a pesar de que este rasgo tiene una alta
heredabilidad. En otras palabras, este concepto se refiere a las variaciones de estatura
que se observan entre los individuos, pero no nos dice nada sobre la estatura media
de la población.
Una paradoja de este concepto es que sólo tiene sentido hablar de heredabilidad
en aquellos caracteres para los que existe cierta variabilidad y no para aquellos que se
encuentran ‘fijados’. Un ejemplo: la inmensa mayoría de los humanos nacemos con
dos piernas y no hay duda de que esto se debe a la información contenida en el ADN.
Por tanto, el carácter “tener dos piernas” se hereda por vía genética y, sin embargo, la
heredabilidad del carácter es cero (en la inmensa mayoría de los casos el hecho de
tener menos de dos piernas se debe a accidentes y no a los genes).
Para estudiar la heredabilidad de la inteligencia (y de otros caracteres), suelen
emplearse normalmente tres métodos distintos y complementarios. El primer método
se basa, como en el estudio de Minnesota, en estudiar gemelos idénticos criados
aparte. Estos gemelos comparten el 100% de los genes y el 0% del ambiente 28; por
tanto, si el ambiente fuera el factor dominante, esperaríamos que el CI de los gemelos

28 Conviene aclarar que ‘compartir el 0% del ambiente’ significa en este contexto


que la familia en la que se crían los gemelos es asignada por una institución y puede
considerarse más o menos aleatoria. Evidentemente, es esperable que dos hermanos
gemelos que vivan en el mismo país compartan muchos elementos culturales, lo
mismo que dos chicos elegidos al azar. Esta cuestión se discute más adelante.

78
GENES Y GENTES

de cada par no estuviera relacionado. Si uno cae en un ambiente propicio para el


desarrollo de la inteligencia, esta circunstancia debería ser totalmente independiente
del ambiente donde caiga su par. Si los genes tuvieran una influencia poderosa,
esperaríamos todo lo contrario, que los CI de cada par sean más o menos
coincidentes. En definitiva, la correlación entre los CI de los gemelos proporciona
una estimación directa de la heredabilidad del carácter. Se ha realizado un buen
número de estos estudios y todos ellos coinciden en que la heredabilidad del cociente
de inteligencia es aproximadamente del 75%, una cifra muy alta y muy parecida a la
que publicó Cyril Burt.
El segundo método se basa en la comparación entre gemelos idénticos y no
idénticos criados juntos. En este caso ambos comparten el mismo ambiente familiar,
pero mientras los primeros comparten el 100% de los genes, los segundos sólo el
50%. De nuevo, si los genes fueran importantes, esperaríamos que el CI de los
gemelos idénticos concordara mejor que en el caso de los no idénticos. En este
método calculamos la heredabilidad del carácter de forma indirecta: tendremos que
calcular la diferencia entre ambas correlaciones y multiplicarla por dos.
El tercer método, también indirecto, se basa en comparar los CI de hermanos
biológicos y adoptados. En este caso el ambiente es compartido, pero los primeros
comparten también el 50% de sus genes y los segundos el 0%. Ambos métodos
arrojan una estimación de la heredabilidad de alrededor del 50%. Aunque no está del
todo claro el porqué, los métodos discrepan; la mayoría de los especialistas opinan
que el valor real se encuentra en este intervalo del 50-75%.
En resumen: existe una evidencia experimental considerable que muestra la fuerte
influencia de los genes sobre el cociente de inteligencia. Estos experimentos han sido
repetidos muchas veces en distintos países y por investigadores independientes, pese
a lo cual, los resultados son bastante coincidentes o, al menos, se encuentran dentro
del intervalo mencionado. Es cierto que la opinión de los expertos sobre este tema ha
ido alternando a lo largo de los años; algunas personas argumentan que el
predicamento que está adquiriendo últimamente el punto de vista genetista es
simplemente otra oscilación del péndulo, incluso “un ejemplo más de la revolución
conservadora”. Esta línea de pensamiento postmoderno es bastante frecuente en los
campus universitarios. Implícitamente, afirma que la ciencia es una “realidad
construida socialmente” y que, por tanto, los avances no tienen una validez objetiva,
ya que se trata simplemente de cambios en la moda del ‘paradigma’, utilizando la
terminología de Kuhn, que favorecen unas u otras teorías. Este tipo de argumentación
resulta muy poco convincente. Es cierto que la verdad absoluta no existe y que los
resultados de la ciencia son a veces erróneos, frecuentemente incompletos y siempre
revisables. No sólo eso, sino que el proceso de investigación está sesgado por los

79
Pablo Rodríguez Palenzuela

intereses de los propios investigadores, las prioridades de las administraciones que


los financian, los avances tecnológicos y un sinfín de factores adicionales. Pero esto
no quiere decir que el avance en la investigación sea imposible. De hecho, es
vertiginoso. Las pruebas del avance de la ciencia están alrededor nuestro en forma de
nuevas tecnologías que, para bien y para mal, están por todas partes. Si la ciencia no
tiene ninguna “validez objetiva”, por qué tomamos medicinas cuando estamos
enfermos, cómo es que la mortalidad infantil ha disminuido enormemente, cómo es
posible que un porcentaje mínimo de la población sea capaz de producir alimentos
suficientes para el resto, por qué razón viajar al otro extremo del mundo resulta tan
sencillo, etc. Evidentemente, estas ventajas no son accesibles a todos los habitantes
del planeta y tienen sus contrapartidas, pero el hecho de que la tecnología funcione
indica que las teorías científicas subyacentes deben estar conectadas con la realidad.
La alternancia en la opinión generalizada ha sido moneda corriente en la historia.
Por ejemplo, los astrónomos griegos llegaron a la conclusión de que la Tierra era
redonda, pero esta idea estuvo abandonada durante toda la Edad Media, para volver a
cambiar en el Renacimiento. Esta cuestión puede tener un interés histórico, pero es
totalmente irrelevante si queremos formarnos una opinión ahora sobre si la Tierra es
plana o no. Para ello, tendríamos que analizar la (aplastante) evidencia que existe
ahora sobre el asunto. En definitiva, el tema de la herencia del CI todavía será objeto
de investigación y debate, pero el estado de la cuestión no es el mismo que lo era
hace 100 años y la diferencia estriba en los datos experimentales de los que
disponemos ahora, y que no teníamos entonces.
En 1974, el psicólogo Leon Kamin afirmaba: “No existe ningún dato que pudiera
llevar a una persona prudente a aceptar la hipótesis de que las puntuaciones de de los
tests de inteligencia son heredables en alguna medida” 29. A principios del siglo XXI,
esta afirmación no se tiene en pie. El problema con el lado ambientalista es que no
parecen estar formulando hipótesis contrastables, sino que se limitan a poner
objeciones a los resultados del otro bando. Parece como si su única esperanza fuera
que las cosas son tan complejas que resultan imposibles de estudiar. Por otra parte, la
postura de los ambientalistas ha sido, hasta ahora, sumamente radical. Se basaba en la
negación tajante de que los factores genéticos pudieran influir en la inteligencia
humana en modo alguno. Nadie mantiene una postura tan radical entre los genetistas.

29 Kamin, L. The Science and Politics of IQ. Potomac, MY, 1974.

80
GENES Y GENTES

INTELIGENCIA Y AMBIENTE

Los experimentos con gemelos criados aparte también han sido, por supuesto,
objeto de críticas. La más relevante es el hecho de que los estudios se hayan realizado
en un ambiente relativamente homogéneo. Esta crítica es y no es pertinente.
Normalmente, los gemelos objeto de estudio han entrado a formar parte de un
proceso de adopción, el cual acaba asignando nuevas familias a los niños. Los padres
adoptivos actúan por voluntad propia, por lo que podemos suponer que en su mayor
parte tienen un gran interés y motivación; además, estos padres suelen pasar por un
proceso meticuloso de selección. La consecuencia es que se trata, en general, de
personas motivadas y de nivel sociocultural medio-alto, inmersos en un ambiente
cultural relativamente homogéneo. Como es lógico, la prioridad de las agencias de
adopción es asegurar en lo posible el mejor destino a sus huérfanos y no hacer
experimentos rigurosos.
¿Qué ocurriría si enviásemos a uno de los gemelos a Boston y otro al Amazonas?
No lo sabemos, pero vamos a imaginarlo. Al cabo de 30 años, los gemelos Smith se
reúnen por primera vez en su vida en el curso de uno de estos estudios. Unduluka
Smith es un miembro prominente de la tribu yanomami, que habita en las selvas
interiores de Venezuela. No sabe leer, pero retiene en la memoria cientos de especies
de plantas y animales, de los que conoce sus propiedades y sus costumbres; tiene dos
esposas y ha tenido nueve hijos, de los que sobreviven tres; es perfectamente capaz
de construir una canoa o una choza con sus manos; de hecho, guarda en su memoria
la mayor parte de la tecnología necesaria para su supervivencia. Se encuentra bien de
salud, pero en la tribu empieza a ser considerado un anciano. Por el contrario, John
Smith es un joven y brillante abogado, que está iniciando su carrera como ayudante
del fiscal. No tiene hijos, aunque está pensando en casarse con su novia; no es capaz
de distinguir un tilo de un avellano, cosa que no le preocupa lo más mínimo; si le
dejaran abandonado en la naturaleza seguramente moriría en pocos días.
Evidentemente. En un caso como el descrito, la medida del CI no tendría ningún
sentido y, con seguridad, la heredabilidad del carácter sería mucho menor que
cuando se mide en un ambiente culturalmente homogéneo. ¿Significa esto que los
estudios no son válidos? No tanto. Significa que su validez está limitada a un tiempo
y un lugar determinados. Con todo, los estudios de gemelos y de adopción están
cambiando la opinión general sobre el tema, ya que a muchos investigadores les ha
sorprendido que las correlaciones entre los gemelos sean tan altas y tan consistentes.
De hecho, la mayor sorpresa que han deparado estos estudios no es la gran
influencia de los genes sobre el CI, sino que la influencia del ambiente familiar, lo
que se denomina el “ambiente compartido” sea tan sólo del 25%. El resto se explica

81
Pablo Rodríguez Palenzuela

en función de lo que se denomina “ámbiente único” y que combina la suma de


experiencias o factores que resultan únicos para el individuo. El hecho de que el
“ambiente familiar” constituya un factor relativamente pequeño sí es motivo de
sorpresa, incluso de escándalo, ya que contradice muchas creencias fuertemente
arraigadas en nuestra cultura sobre la influencia de los padres y el estilo educativo.
Evidentemente, esto debe ser motivo de reflexión para padres y educadores, y con
ello no estoy proponiendo ningún tipo de cambio concreto, sino simplemente
recordando el hecho de que algunas de las premisas sobre las que está construido
nuestro sistema de educación no tienen el apoyo experimental adecuado. Dejemos
este debate para más adelante. Sin embargo, me gustaría insistir todavía un poco más
sobre el significado de la herencia genética de la inteligencia.
Insisto. Lo que estos estudios indican es que los genes explican la mayor parte de
la variación en el CI en el ambiente cultural y económico en el que están realizados.
Cámbiese éste y la influencia de los factores ambientales resultará evidente. De
hecho, existe un buen número de estudios que demuestra que el CI exhibe una gran
plasticidad y aumenta con los años de escolarización 30. Se ha estimado que por cada
año que los niños pasan en la escuela ganan una media de 2,7 puntos en los tests de
inteligencia. Otro fenómeno observado en muchos países es que el CI de la población
general tiende a aumentar con los años 31. Este fenómeno, denominado “efecto Flyn”,
no puede explicarse por un cambio en los genes de la población, sino que debe ser
consecuencia de las mejoras en el ambiente educativo general. En definitiva, lo que
nos dicen los estudios es que si los niños son criados en un ambiente favorable, con
una buena alimentación y escolarización adecuada, si se encuentran en un entorno
familiar que los respalda afectivamente, si tienen oportunidades para el
enriquecimiento cultural (libros, ordenadores, etc.), las diferencias individuales en el
CI se deberán probablemente a la influencia de los genes. Al mismo tiempo, estos
datos nos indican que los esfuerzos en la política educativa se ven reflejados en las
capacidades mentales de la población. Esto no está en contradicción con el hecho de
que los genes tengan una influencia sobre la inteligencia general y no debería
sorprendernos.
Este tipo de estudios sobre la heredabilidad de la inteligencia ha sido también
objeto de críticas de carácter más ‘técnico’. Por ejemplo, se ha argumentado que una

30 Ceci, S. “How much does Schooling Influence General Intelligence and its
Cognitive Components? A Reassessment of the Evidence”. Developmental
Psychology 27: 703-722. 1991.
31 Flyn, J. R. “Massive IQ gains in 14 Nations: What IQ Tests really measure”.
Psychological Bulletin 101: 171-191. 1987.

82
GENES Y GENTES

de las cosas que se asumen en el modelo matemático es que el apareamiento dentro


de la población se produce al azar. Por supuesto, sabemos que esto no es cierto. El
apareamiento en humanos se produce por mil razones menos por azar. De hecho, en
los mismos estudios se ha visto que existe una correlación nada despreciable entre el
CI de los esposos, lo que refleja la noción intuitiva de los miembros de la pareja
tienden a parecerse en varios aspectos importantes. Otra crítica se basa en que no se
tienen en cuenta los posibles efectos no-aditivos entre genes. Lo que los críticos del
método quieren decir es que es posible que determinadas combinaciones de genes
produzcan incrementos (o decrementos) inesperados en el CI. En todo caso, estas
críticas no refutan completamente los resultados, sólo señalan que las estimaciones
que se obtienen de la heredabilidad son un tanto ‘groseras’.
Un efecto curioso detectado en numerosos estudios es que la heredabilidad del CI
crece con la edad y, contrariamente, el efecto del ambiente familiar decrece. En una
revisión del prestigioso investigador Robert Plomin 32, se estima la heredabilidad del
CI en la infancia en el 20%; esta cifra pasa al 40% en la niñez y a más del 60% en la
edad adulta. La explicación más directa de este hecho se basa en que los niños están
sometidos a la influencia de sus padres. Padres muy preocupados con el desarrollo
intelectual de los hijos pueden crear un ambiente particularmente favorable, lo que
produce un aumento de su CI. Sin embargo, cuando los niños se hacen adultos están
bajo la influencia de sí mismos, de modo que continuarán (o no) con la tradición
familiar de actividades intelectuales. Este fenómeno ha sido bautizado “reversión al
tipo” y podemos definirlo así: alejados de la (normalmente) bienintencionada (y
normalmente molesta) influencia de los padres, todos tendemos a actividades y
ocupaciones congruentes con nuestras aptitudes.
La cuestión es que los estudios de gemelos han detectado una influencia del
ambiente familiar que no es despreciable (aunque en parte transitoria); simplemente
esta influencia parece ser menor de lo que se esperaba. Irónicamente, han sido estos
trabajos los primeros en demostrar que existe alguna influencia del ambiente familiar
sobre el cociente de inteligencia. Suele pasarse por alto el hecho de que los estudios
de gemelos y de adopción constituyen una herramienta importante para estudiar la
influencia del ambiente sobre el CI, tanto como para estudiar el efecto de los genes.

32 Plomin, R. “Genetics and general cognitive ability”. Nature 402 (supp): c25-c29.
1999.

83
Pablo Rodríguez Palenzuela

RAZA

Gran parte de la tensión que siempre ha acompañado al tema de la herencia del CI


es debida al tema de las razas. En muchos círculos, mantener que los genes juegan un
papel en esto equivale a defender posiciones racistas. Por lo tanto, resulta imposible
no afrontar el tema. Así que empezaré por la conclusión: no existe evidencia
científica convincente que indique que unas razas sean más inteligentes que otras.
Esta afirmación se basa en los siguientes argumentos: a) lo que comúnmente
llamamos “razas”, por ejemplo, negros y blancos, carece de una definición genética
precisa y, por tanto, no puede utilizarse como base para ninguna comparación; b) el
estatus socioeconómico tiene una fuerte influencia en el CI; y c) la medida del CI no
está exenta de “sesgo cultural”. Examinemos estas razones una a una.
El Homo sapiens es una especie muy joven; el análisis del ADN de la mitocondria
revela que todos los humanos descendemos de una antecesora común que vivió hace
100.000-200.000 años. El grado de variabilidad genética en humanos es pequeño, si
lo comparamos, por ejemplo, con el del chimpancé. La clasificación tradicional en
cinco razas basada en el color de la piel resulta inadecuadamente simplista. En
Estados Unidos, que es donde el tema resulta verdaderamente incendiario, la
clasificación tradicional se hace en blancos, afroamericanos, hispánicos, americanos
nativos y asiáticos. Para empezar, la denominada raza “negra” alberga más
variabilidad que todas las otras, lo cual no es raro, ya que sabemos que nuestra
especie se originó en África. Esto quiere decir que las diferencias genéticas entre un
bosquimano y un masai pueden ser mayores que las que hay entre un español y un
japonés. Para seguir, después de más de tres siglos de historia común, los
afroamericanos tienen un tanto por ciento no despreciable de genes “blancos”
(aproximadamente un 25%), en buena parte debido a la violación frecuente de las
esclavas negras por sus amos 33. En el caso de los hispánicos las cosas están todavía
menos claras. El término “hispánico” constituye un conglomerado de descendientes
de españoles, portugueses, amerindios y africanos. Por lo tanto, los estudios
realizados en Estados Unidos que relacionan el CI con la raza están viciados de
partida.
En parte debido a que es un tema tabú, la diversidad genética en humanos se ha
estudiado menos de lo que sería deseable. No obstante, los datos disponibles indican
que la variabilidad genética dentro de una raza es superior a la que se puede observar
entre razas 37, lo que hace que el concepto en sí sea difícilmente aplicable en nuestra

33 Cavalli-Sforza, L. L. y Bodmer, F. The Genetics of Human Populations. W. H.


Freeman. 1971. 37
Lewontin, R. C. “The apportionment of human diversity”. Evol.
Biol. 6: 381-398. 1972.

84
GENES Y GENTES

especie. Desdichadamente, algunos caracteres muy visibles, como el color de la piel,


dependen de un pequeño número de genes y parecen responder a presiones evolutivas
con relativa rapidez. Es cierto que la mayoría de los noruegos son rubios y la mayoría
de los chinos tienen el pelo negro. Pero si analizamos un mayor número de caracteres
encontraremos un grado muy considerable de mezcla entre poblaciones. De hecho, la
caracterización genética de distintas poblaciones no se basa en encontrar genes
específicos de cada población, sino en analizar la frecuencia distinta con la que
aparecen ciertos genes. En definitiva, aunque la diferencia de color entre negros y
blancos sea consistente, de ello no se deduce que unos y otros sean muy diferentes
‘por dentro’, es decir en otros caracteres menos aparentes. Por ejemplo, los habitantes
del sur de la India son genéticamente más próximos a los europeos que a los
africanos, a pesar de tener la piel oscura. El hecho de que estas mínimas diferencias
genéticas se traduzcan en características muy aparentes nos lleva a pensar
inconscientemente que somos más diferentes de los que somos en realidad.
En algunos estudios realizados en Estados Unidos se ha visto que el CI medio de
los afroamericanos era inferior al de los blancos. El dato en sí no debería extrañarnos,
puesto que el CI de las minorías marginadas siempre ha sido menor que el de la clase
dominante. Han sido publicados otros casos similares; por ejemplo, los irlandeses
bajo dominación inglesa, los inmigrantes italianos en Estados Unidos a principios del
siglo XX, o las comunidades aisladas de blancos en los Apalaches, los denominados
hillbillies. No obstante, la difusión de estos datos siempre ha ocasionado una furiosa
polémica, sobre todo a partir de la publicación en 1994 del controvertido libro The
Bell Curve 34 de Herrnstein y Murray. En síntesis, lo que los autores de este libro
sostienen es lo siguiente: a) que el CI es un buen indicador de la capacidad mental de
los individuos; b) que el CI es mayormente heredable; c) que el CI está
correlacionado con el éxito profesional y el estatus económico. A partir de estas
afirmaciones, estos autores hacen dos deducciones: que se está generando una elite
económica y genética, ya que las personas tienden a buscar pareja con un CI similar;
y que existen diferencias genéticas entre las distintas “razas” en Estados Unidos con
respecto a la determinación del CI. A pesar de que los autores presentan su “caso”
con convicción, la argumentación es en realidad bastante endeble. Ya hemos visto
que el CI tiene bastantes limitaciones como indicador de la capacidad mental. Por
otra parte, su heredabilidad no es del 100% sino un porcentaje entre el 50 y el 75% y,
finalmente, la correlación entre CI y éxito profesional, aunque significativa, tampoco
es demasiado alta. Si multiplicamos todas las incertidumbres, la conclusión no se
sostiene: de lo anterior no se puede deducir que se esté generando una elite

34 Herrstein, R. J. y Murray, C. The Bell Curve: Intelligence and Class Structure in


American Life. The Free Press. 1994.

85
Pablo Rodríguez Palenzuela

profesional y genética. Estos autores tendrían que presentar pruebas directas al


respecto; es decir, tendrían que demostrar que existen diferencias entre clases
sociales respecto a los genes relevantes para la determinación del CI. De momento,
estas pruebas no han sido presentadas.
La corrección por estatus socioeconómico es un requisito previo para que se
puedan favorecer explicaciones de tipo genético. De hecho, todos los datos apuntan a
que esta diferencia se debe a factores sociales, económicos y educativos 35.
Curiosamente, en los estudios aparece reiteradamente que los “asiáticos” obtienen
mejores puntuaciones que los blancos, y esto no ha suscitado un debate sobre su
superioridad genética.
Los trabajos de Sandra Scarr 40, de la Universidad de Virginia (Estados Unidos),
aportan pruebas adicionales sobre esta cuestión. Por ejemplo, esta investigadora
detectó que en diversos estudios realizados con niños afroamericanos no se apreciaba
una diferencia significativa entre gemelos idénticos y no idénticos criados en el
mismo hogar. Esto se ha interpretado como un efecto de la ‘pobreza del ambiente’ en
el que se han desarrollado los sujetos del estudio, la cual resulta tan extrema que
impide que ‘afloren’ las diferencias genéticas. Estudios posteriores demostraron que
el mismo efecto era observable en niños blancos criados en condiciones igualmente
paupérrimas. En definitiva, en un ambiente poco estimulante para el desarrollo de la
inteligencia, el resultado esperable es que las diferencias debidas al efecto de los
genes no se manifiesten. Análogamente, si todos los niños fueran criados en
ambientes estimulantes perfectos esperaríamos que la mayor parte de las diferencias
observadas fuera debida a los genes.
En otra serie de estudios, Sandra Scarr hizo el siguiente razonamiento. Si el mayor
CI de los escolares blancos se debiera a causas genéticas, esperaríamos que los hijos
de matrimonios mixtos tuvieran resultados superiores a los de los afroamericanos.
Los datos experimentales han demostrado que esto no ocurre así. Finalmente, al
término de la Segunda Mundial se presentó la oportunidad de estudiar esta cuestión a
través de un ‘experimento’ casual. Como es natural, algunos soldados americanos
que fueron a luchar a Europa, tuvieron relaciones sexuales con mujeres locales y
engendraron hijos. Entre estos soldados había bastantes afroamericanos. Bien, si
existiera una diferencia genética entre negros y blancos con respecto a los genes que
influyen sobre el CI, esperaríamos que los hijos de los soldados negros tuvieran
peores resultados en las pruebas. Y, sin embargo, ninguno de los grupos fue
35 Nisbett, R. “Race, IQ and scientism”. En S. Fraser (ed.): The Bell Curve Wars.
BasicBooks. 1995. Scarr, S., Pakstis, A. J., Katz, S. H. y Barrer, W. B. “Absence of
40

a Relationship between degree of white ancestry and intellectual skills within a black
population”. Human Genetics 39: 69-86. 1977.

86
GENES Y GENTES

significativamente diferente al otro. Dado que los niños objeto del estudio
permanecieron en Europa y no tuvieron contacto directo con sus padres, no cabe
hablar aquí de influencias culturales. Hay que reconocer que Sandra Scarr es una
investigadora realmente valiente para atreverse a contrastar con datos experimentales
unas hipótesis tan controvertidas.
Trabajos posteriores a los de Sandra Scarr tienden a confirmar este punto de vista.
Por ejemplo, en un estudio reciente del psicólogo Eric Turkheimer 36, de la
Universidad de Virginia, sobre las interacciones entre genes y ambiente y su
influencia en la inteligencia, se concluye que los genes explican la mayor parte de las
diferencias en niños de clase media y alta y, sin embargo, los factores ambientales
son los determinantes para explicar estas diferencias en niños empobrecidos. En
palabras del autor: “El número de libros que haya en tu casa o el hecho de tener
buenos profesores puede tener cierta importancia para un chico de clase media, pero
estas cuestiones son mucho más importantes si estamos hablando de chicos criados
en condiciones de pobreza”. Lo que este estudio sugiere es que los programas
educativos dirigidos a los niños más desfavorecidos pueden tener una influencia
crucial y deben ser mantenidos. En definitiva, las diferencias sociales pueden
sobrepasar por completo a las diferencias genéticas a la hora de explicar este carácter.
Finalmente, nos queda la objeción ya mencionada anteriormente del “sesgo
cultural”. Este puede ser mucho más sutil y persistente de lo que parece. Incluso si las
pruebas no tienen preguntas de tipo explícitamente cultural, pueden resultar mucho
más difíciles a personas cuya experiencia cotidiana se encuentre muy alejada del tipo
de tests que se utilizan, que suelen ser abstractos y estereotipados. Estas pruebas
están más o menos relacionadas con el tipo de actividad mental que se realiza en los
colegios. Ya se ha mencionado que el CI aumenta con los años de escolarización, lo
que desmiente una vez más la premisa errónea de que el hecho de que los genes
influyan sobre un carácter excluye la posibilidad de que el ambiente también influya.
Curiosamente, se ha visto que el CI de los escolares varía ligeramente dependiendo
de la época del año en que se mida: es más alto si se mide en junio que en
septiembre, debido al parecer, al efecto ‘embrutecedor’ de las vacaciones de verano.

¿DÓNDE ESTÁN LOS GENES?

Aunque los estudios de heredabilidad nos indican claramente que existe cierta
influencia de los genes sobre el CI, no nos dan ninguna pista sobre cuáles puedan ser

36 Turkheimer, E. “Heritability and biological explanation”. Psychology Review 105:


782-791. 1998.

87
Pablo Rodríguez Palenzuela

estos genes, ni sobre los mecanismos mediante los cuales ejercen su influencia.
Durante el desarrollo del cerebro las neuronas tienen que producirse en número y
lugar apropiado, de acuerdo con un plan establecido genéticamente. Tienen que
migrar a sitios específicos y establecer conexiones con sus dianas, bajo la guía de
“sendas químicas” que actúan a modo de llaves y cerraduras moleculares. Aunque no
sabemos exactamente de qué forma los genes controlan el desarrollo del cerebro, los
procesos donde éstos podrían ejercer su influencia son muy numerosos.
Otra cuestión ampliamente debatida por los psicólogos es si la inteligencia es
única o múltiple. Los estudios en psicometría han podido demostrar la existencia de
un factor de inteligencia general, denominado “g”. Este factor no representa ninguna
habilidad mental particular, es tan sólo un ente matemático que refleja el hecho de
que las personas que puntúan alto en ciertas pruebas –digamos de habilidad verbal–,
también suelen puntuar alto en las demás pruebas. Esto refleja a su vez la existencia
de una capacidad cognoscitiva general, la llamada “inteligencia general” o,
abreviadamente “g”.
La existencia de este factor g tiene gran importancia para los científicos porque
contribuye a “validar” lo que miden los tests de inteligencia. A pesar de lo que digan
los críticos, el hecho de que capacidades mentales muy diversas y, en principio
independientes, muestren una alta correlación, sugiere que g es algo real y constituye
una herramienta valiosa. A esto se une el hecho conocido de que el CI predice
bastante bien el éxito académico de las personas.
Por lo tanto, la búsqueda de los genes que afectan a la inteligencia equivale a
buscar los “genes de g”. A pesar de que a esta empresa se han dedicado un buen
número de laboratorios de ‘primera’, los resultados han sido decepcionantes. Después
de literalmente miles de falsos candidatos, sólo se ha encontrado una asociación entre
una forma de demencia y el gen de la apoliproteína “E”, así como una asociación
entre la dislexia y una región del cromosoma “6” 37. Ninguna de las dos nos aporta
gran cosa para entender la cuestión. No obstante, es pronto para darse por vencido, ya
que están surgiendo nuevas herramientas para estudiar el problema. Existen buenas
razones para creer que estos genes actúan de forma cuantitativa, esto es, que dicho
carácter está determinado por un cierto número de genes, de los cuales coexisten
diversas variantes en la población. El resultado es que los individuos no pueden
clasificarse de acuerdo a distinciones de tipo blanco/negro, sino que el valor de la
variable se distribuye de acuerdo con una curva normal. Estos genes cuantitativos
37 Plomin, R. “Genetics and general cognitive ability”. Nature 402 (supp): c25-
c29. 1999. Ramey, C. T., Yeates, K. O. y Short, E. J. “The Plasticity of Intelectual
43

Development: Insights from Preventive Intervention”. Child Development 65: 684-


698. 1984.

88
GENES Y GENTES

(técnicamente QTL) deben ser los responsables de las variaciones observadas (o más
correctamente, del componente genético de la misma). No debe descartarse (ni
tampoco darse por hecho) que se produzcan descubrimientos espectaculares en este
campo en un futuro próximo.
La identificación de estos genes tendrá una gran importancia para la ciencia, ya
que proporcionará pistas sobre cuáles son genes/proteínas que determinan g y esto a
su vez permitirá abrir nuevas líneas de investigación sobre la forma en que funciona
el cerebro. Obviamente, este descubrimiento también podría tener consecuencias
sociales. El temor más generalizado consiste en que este tipo de datos podría
emplearse como coartada para canalizar los recursos educativos sobre determinados
individuos, en la creencia de que serían los que más partido sacarían de dichos
recursos. La evidencia examinada hasta aquí indica claramente que los datos no
apoyarían una medida así, ya que el CI muestra una notable plasticidad ambiental y
numerosos estudios han resaltado el beneficio que se obtiene (en términos de CI) al
aplicar medidas educativas encaminadas a mejorar el ambiente intelectual de los
niños más desfavorecidos. Por ejemplo, el Carolina Abecedarian Project 43 y el
Proyecto CARE 38, estaban dirigidos a niños cuyas condiciones de salud eran
normales, pero que vivían en ambientes extremadamente pobres. Estos niños recibían
un complemento educativo diario fuera de sus casas, desde los tres meses de edad
hasta los cuatro años. Los ensayos incluían un grupo de control, que recibía ayuda en
forma de alimento y vestidos, pero no el complemento educativo. Los resultados
mostraron claramente que los niños incluidos en el programa tenían un CI a los
cuatro años significativamente más alto que el control, y similar al de los niños de
clase media y alta.
Otro de los temores que normalmente se asocia a este tipo de estudios viene dado
por el problema de las etiquetas. Si fuera posible predecir mediante un test genético
determinadas capacidades mentales, los individuos podrían quedar para siempre
etiquetados por el resultado de este test, lo cual podría influir en la autoestima y en el
propio desarrollo mental. Nos encontraríamos ante el típico caso de una profecía
“autocumplida”. Esta objeción no carece de sentido, pero de aquí tampoco se sigue
que convenga prohibir la investigación en este campo. En primer lugar, el empleo de
pruebas genéticas (en el caso de que llegaran a desarrollarse) debería estar regulado
por ley. Por otra parte, tampoco está claro que se beneficie a muchas personas al
ignorar la evidencia y pretender que los genes no tienen ninguna influencia sobre la
capacidad mental de los individuos. Por ejemplo, la premisa ambientalista de que los
38 Wasik, B. H., Ramey, C. Y., Bryant, D. M. y Sparling, J. J. “A Longitudinal
Study of Two Early Intervention Strategies: Project CARE” Child Development 61:
1682-1696. 1990.

89
Pablo Rodríguez Palenzuela

logros intelectuales dependen únicamente del trabajo personal, contribuye a crear una
presión excesiva sobre el sistema educativo. Si los padres no están dispuestos a
admitir que existen limitaciones genéticas, tenderán a atribuir el fracaso escolar de
sus hijos a la desmotivación, al mal funcionamiento del colegio o a su propio fracaso
como educadores.
Irónicamente, sí se ha encontrado una correlación clara entre el CI y el tamaño del
cráneo o, más específicamente, la cantidad de materia gris en ciertas partes del
cerebro 39. La correlación es del 40%, lo que no es una cifra despreciable. La idea de
que ser ‘cabezón’ esté relacionado con ser inteligente resulta chocante y parece un
poco simplista, pero está firmemente avalada por los datos, así que tendremos que
pensar que hay algo de cierto en ella. Conviene recordar que una correlación del 40%
es bastante alta, si tenemos en cuenta que la ‘idea’ preconcebida que tenemos es que
no existe ninguna relación entre ambas cosas. Si pudiéramos predecir las variaciones
de la bolsa con una exactitud así, nos haríamos ricos.
El desarrollo de nuevas técnicas que permiten registrar la actividad del cerebro sin
dañar a las personas ha abierto un nuevo campo de investigación sobre el CI, ya que
es posible analizar a grupos de individuos (con alto y bajo CI) y ver si existen
diferencias en la forma en que el cerebro trabaja, mientras realiza una determinada
tarea. Por ejemplo, se ha visto que al realizar tareas difíciles, el cerebro de los
individuos con alto CI gastaba menos combustible (glucosa) que el grupo con bajo CI
40
. Parece como si el cerebro de alto CI tuviera que esforzarse menos para hacer lo
mismo, al igual que un esquiador experto se desliza con facilidad mientras que un
novato tiene que gastar mucha energía para bajar la misma pista. Metáforas aparte, no
sabemos aún cuál es el significado de esta diferencia.
Finalmente, hay que señalar que aunque no se hayan encontrado los genes de g,
eso no quiere decir que no existan. Evidentemente, la genética humana está menos
desarrollada que la de otras especies, donde la experimentación directa es posible. La
ausencia de genes identificados no puede esgrimirse como un argumento en el debate
entre “genetistas” y “ambientalistas”, ya que es perfectamente posible afirmar que un
carácter es heredable genéticamente sin que se hayan identificado los genes
correspondientes.

39 Willerman, L., Schultz, R., Rutledge, J. N. y Bigler, E. D. “In vivo Brain size and
Intelligence”. Intelligence 15: 223-228. 1991.
40 Vernon, P. A. “Intelligence and neural eficiency”. En D. K. Detterman (ed):
Current Topics in Human Intelligence. Pp 171-187. Norwood. 1993.

90
CAPÍTULO 4

LOS PADRES NO TIENEN LA CULPA

PERSONALIDAD

L a palabra “personalidad” hace referencia a la forma en que una persona


siente, piensa y se comporta, sobre todo en lo que se refiere a la forma de
tratar a los demás. El concepto es obviamente importante en psicología y
sobre él se han elaborado multitud de teorías. Ya Hipócrates distinguía cuatro tipos
básicos: sanguíneo, melancólico, colérico y flemático, relacionados con cuatro tipos
de secreciones internas o “humores”: sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema.
Actualmente, la psicología aborda este tema definiendo determinados “rasgos” o
“dimensiones de la personalidad”, que pueden cuantificarse empleando un test. La
personalidad global de cada individuo queda así definida en función de las
puntuaciones que se obtienen en estos rasgos básicos. El tema es susceptible de un
debate similar al que comentábamos con respecto a la inteligencia. Ciertamente, los
tests de personalidad conllevan una simplificación inaceptable, pero permiten hacer
observaciones estandarizadas (y, por tanto, comparables) y el trabajo requerido para
obtener los datos está dentro de lo razonable. No será un método perfecto, pero no
tenemos nada mejor.
Aunque existen varias teorías en danza, una de las más empleadas por los
psicólogos se basa en el empleo de tres rasgos fundamentales: búsqueda de novedad,
evitación del daño y dependencia de la recompensa (otros autores prefieren emplear
una escala basada en cinco factores de personalidad). Estos rasgos resultan útiles para
describir a las personas independientemente del medio cultural. Los tests de
personalidad se aplican para diversos fines y constituyen una herramienta esencial en
la gestión de recursos humanos.
A estas alturas la pregunta que surge es evidente: ¿podrían los genes influir en la
personalidad de cada individuo, de la misma manera que influyen en el CI? La
pregunta choca frontalmente con ideas profundamente asimiladas en nuestra sociedad
y propuestas inicialmente por Freud. Según las teorías freudianas, la personalidad del
individuo se forja en los primeros años de vida a consecuencia de determinadas
experiencias. Lo que vemos en el adulto sería el resultado de la resolución de ciertos
conflictos, tales como “el control de esfínteres” o “el complejo de Edipo”. La idea de

92
LOS PADRES NO TIENEN LA CULPA

que los padres o, en un sentido amplio, el ambiente familiar, son enteramente


responsables de la personalidad de los hijos se encuentra firmemente arraigada en
nuestras creencias colectivas. Hasta hace muy pocos años nadie lo discutía, y, sin
embargo, ¿es cierta? ¿Dónde están los datos que sostienen estas teorías?
Tal vez le sorprenda saber que esta hipótesis no había sido sometida a una
contrastación seria hasta que se popularizaron los estudios de gemelos criados aparte
y de adopción. Si la personalidad está absolutamente determinada por el ambiente
familiar y nada por los genes, esperaríamos que los niños adoptados se parecieran
más a sus padres y hermanos adoptivos que a sus parientes biológicos (de los que
puede que no sepan ni siquiera si existen). Del mismo modo, no sería esperable que
los gemelos criados aparte se parecieran entre sí más que dos chicos del barrio
escogidos al azar. De nuevo, este tipo de estudios nos ofrece una ventana (aunque
con sus limitaciones) para separar los efectos genéticos de los educativos. ¿Y cuál es
el resultado? Agárrese a la silla: al menos dos rasgos básicos que definen la
personalidad están fuertemente influidos por los genes, y tienen una heredabilidad de
alrededor del 50% 41, cifra que sabemos es considerablemente alta. Si este dato le ha
impresionado, prepárese para un segundo shock. Como ya hemos visto, los estudios
permiten separar la variabilidad (técnicamente, la varianza) en tres partes. Una es
atribuible a los genes, el 50% ya mencionado. La otra mitad puede descomponerse en
dos partes: el ambiente compartido y el ambiente único. El primero comprende lo que
corrientemente denominamos “influencia familiar”, mientras que el segundo abarca
la suma de experiencias que resultan únicas para el individuo, esto incluye la etapa
crítica de desarrollo dentro del útero, los efectos del parto o postnatales, que también
pueden tener influencia a largo plazo, así como otras experiencias personales como,
por ejemplo, un profesor que te tiene manía o el día que te quedaste encerrado en el
ascensor. Lo sorprendente de estos estudios no es que los genes tengan una influencia
importante sino el hecho de que la influencia del ambiente compartido sea de
alrededor del 10%. Este valor es de la misma magnitud que el error experimental, o
sea, que la importancia del ambiente familiar en la determinación de los rasgos de
personalidad básicos es, prácticamente, cero.
Al igual que en el caso de la inteligencia, esto no quiere decir que los padres no
tengan efecto. Es perfectamente posible que los abusos de los padres dejen secuelas
psicológicas graves sobre los hijos (aunque algunos niños pasan por experiencias
terribles y acaban siendo adultos normales y bien adaptados). Lo que indican estos
estudios es que los padres normalmente no hacen esto, al menos aquellos que
41 McRae, R. R. y Costa, P. T. “Heritabilities of common and measure-specific
components of the Big Five personality factors”. Journal of Reasearch in Personality
32: 431-453. 1998.

93
Pablo Rodríguez Palenzuela

participan en este tipo de estudios, y que la influencia de los padres sobre la


personalidad de los hijos es, normalmente, mucho menor de lo que se esperaba. Esta
discusión requiere calma.
Consideremos primero el rasgo denominado “búsqueda de novedad”. Las
personas que dan puntuaciones altas en este carácter suelen mostrar un marcado
gusto por la novedad y amor al riesgo. Se trata de personas excitables, impulsivas, a
veces desordenadas, incluso extravagantes. Son dadas a explorar y corren el peligro
de aburrirse con rapidez. Este rasgo puede expresarse de diferentes maneras; a veces
se da una preferencia por las sensaciones físicas, como sucede en los deportes de
aventuras y otras actividades arriesgadas. Saltar en parapente, deslizarse por
pendientes vírgenes en el esquí extremo o, más modestamente, montarse en la
montaña rusa del parque de atracciones. También puede manifestarse en el gusto por
los viajes exóticos, la exploración de nuevas culturas o probar diferentes tipos de
cocina. Lógicamente, este rasgo afecta marcadamente a la forma en que una persona
se desenvuelve en su trabajo. Los buscadores de novedad suelen manifestar una
tendencia hacia a la innovación, un periodo de atención corto y gustan de tomar
decisiones rápidas. Son “hombres” de acción. En el ejército podrían ser buenos
comandos, pero malos centinelas. También les van los trabajos de tipo ejecutivo, pero
resultan pésimos contables.
En las relaciones de pareja este rasgo también tiene consecuencias. En general,
tienden a ser desinhibidos e infieles. No es extraño que la tasa de divorcio sea más
alta entre estos individuos que en la media de la población. Y tampoco es extraño que
las parejas en que ambos difieran mucho en este rasgo sean muy problemáticas.
“Cariño, no me estarás diciendo en serio que quieres volver a veranear en Murcia,
¿no?”. El famoso estudio de Minnesota (y otros similares) indican que la
heredabilidad de este rasgo es de aproximadamente el 60% y que el ambiente
familiar influye poco o nada. Los buscadores de novedad básicamente nacen, no se
hacen. Sin embargo, este carácter no es un estereotipo. Todos somos susceptibles de
aburrirnos y todos buscamos novedad en algún grado. Sólo que unos más que otros.
De nuevo, como en el caso de la inteligencia, podemos preguntarnos cuáles son
los genes responsables de la variabilidad que se observa en las personas y cuáles son
los mecanismos que nos predisponen a desarrollar una personalidad de este tipo.
Aunque el panorama todavía es muy preliminar, esta búsqueda está resultando menos
frustrante que en el caso de la inteligencia y apunta claramente a un sospechoso: la
dopamina. Este compuesto es un neurotransmisor: una molécula que actúa como
mensajero químico en el cerebro, y está implicada (entre otras cosas) en los circuitos
cerebrales del placer. La dopamina es liberada después de un orgasmo, una comida
deliciosa o de ‘esnifar’ cocaína. En la enfermedad de Parkinson, caracterizada por

94
LOS PADRES NO TIENEN LA CULPA

temblores incontrolables, se produce una disminución de las células que producen


esta sustancia, y la personalidad de los que la sufren se torna más seria, tranquila y
taciturna. Recientemente, se ha descubierto que el gen D4DR 42, que codifica un
receptor de dopamina, puede estar relacionado con este rasgo. El hallazgo es
particularmente excitante porque, a diferencia de los presuntos genes de la
inteligencia, éste apunta hacia un mecanismo bioquímico que bien pudiera
explicarnos su función. Esta proteína en cuestión se encuentra en la membrana de
ciertas neuronas y es capaz de unirse específicamente a la dopamina, ya que las dos
moléculas tienen formas complementarias, como una llave y una cerradura. La unión
de la dopamina con su receptor específico constituye el primer paso para la acción de
este neurotransmisor. En concreto, lo que se ha visto es que la longitud de la proteína
del receptor está correlacionada con la intensidad de este rasgo psicológico. Sin
embargo, este gen sólo permite explicar un porcentaje modesto de la variación
observada, lo que indica que debe haber otros genes actuando en otras partes del
proceso. Todavía es pronto para tener una imagen nítida de este asunto, pero los
datos parece que apuntan claramente en una dirección: los genes afectan a la química
cerebral de las personas y esto se manifiesta en tendencias diferentes en la conducta.
Para un freudiano esto tal vez sea una herejía, para un biólogo de estos tiempos no
puede resultar una sorpresa; ¿cómo podría ser de otro modo?
El segundo rasgo de la personalidad que vamos a considerar se denomina
“evitación del daño” y resulta, en cierto modo, opuesto al anterior. Este rasgo está
asociado a desarrollar tendencias depresivas, ansiedad crónica y una extrema
sensibilidad emocional. Revela una visión profundamente negativa del mundo: miedo
a todo y a todos. Un exceso de evitación de daño puede producir una depresión
clínica, pero en pequeñas dosis hace a las personas prudentes y desconfiadas;
cualidades que no son enteramente negativas, ya que nos ayudan a mantener la
conexión con la dura realidad. Los estudios de heredabilidad nos dicen que este
rasgo tiene un fuerte componente genético y frecuentemente se expresa en etapas
muy tempranas y se mantiene más o menos constante toda la vida 49. De nuevo, nos
encontramos que los genes explican el 50% de la varianza y que la influencia familiar
es muy pequeña.

42 Ebstein, R. P., Novick, O., Umansky, R., Priel, B., Osher, Y., Darren, B.,
Bennett, E. R., Nemanov, L., Katz, M. y Belmaker, R. H. “Dopamine D4 receptor
(D4DR) exon III polymorphism associated with the human personality trait of
novelty seeking”. Nature Genetics 12: 78-80. 1996. Calkins, S. D., Fox, N. A, y
49

Marshall, T. R. “Behavioral and physiological antecedents of inhibited behavior”


Child Development 67: 523-540. 1996.

95
Pablo Rodríguez Palenzuela

En el caso de la evitación del daño, la búsqueda de los genes apunta a otro


neurotransmisor químicamente parecido al anterior: la serotonina. Ambas moléculas
pertenecen a la familia de las monoaminas, que constituye un grupo de moduladores
de la actividad cerebral. Las células que producen estas sustancias se encuentran
solamente en determinadas regiones del cerebro y su papel parece estar relacionado
con cambios globales de la actividad cerebral, como la excitación que se produce
cuando nos encontramos ante un peligro inesperado, o la disminución de actividad
que ocurre cuando nos vamos a dormir. El descubrimiento consiste en que se ha
encontrado una correlación entre la secuencia de un transportador de serotonina y la
mayor o menor puntuación en este rasgo de la personalidad 43. El transportador de
serotonina está encargado de ‘retirar’ esta sustancia una vez que se ha producido; por
lo tanto, versiones más o menos eficientes de dicha proteína se traducirán en que la
serotonina esté presente un tiempo más o menos largo, y esto apunta a un mecanismo
que entronca genes y conducta, pasando por actividad cerebral.
De nuevo, el funcionamiento exacto de este mecanismo sigue sin ser conocido,
pero esta teoría tiene un apoyo completamente independiente relacionado con el
famosísimo fármaco Prozac, cuyo modo de acción está también relacionado con la
serotonina. El Prozac es un antidepresivo que se comercializó a finales de los años 80
y entró en el mundo de la psiquiatría como un verdadero huracán, debido a su
espectacular efecto en muchísimos casos y la ausencia de efectos secundarios graves.
El Prozac ha ‘sacado del hoyo’ a numerosos pacientes con depresión clínica y ha
mejorado la calidad de vida de otros muchos con síntomas menos graves. Resulta
interesante considerar el hecho de que unas pocas semanas de tratamiento pueden
hacer que una persona que siempre ha sido ansiosa y taciturna desarrolle de pronto
una personalidad optimista y desinhibida (¡adiós, complejos!). Esto ha dado lugar a
cierto debate ético: ¿es moralmente aceptable emplear este fármaco con personas que
no pueden ser consideradas enfermas sólo porque quieran tener una personalidad
distinta? ¿Es aceptable cambiar de personalidad como de chaqueta? El psiquiatra
Peter Kramer, en su famoso libro Escuchando a Prozac 44 nos cuenta una curiosa
historia. Después de haber tratado con gran éxito a una paciente,que se encontraba
negociando un convenio colectivo con unos trabajadores, el doctor se preguntaba si
no sería justo administrar también Prozac a los negociadores del sindicato. Con
todo, la polémica es más que nada retórica, ya que éste y otros fármacos
“moderadores del humor” son recetados a la mayoría de las personas que los
43 Lesch, K. et al. “Association of anxiety-related traits with a polymorphism in the
serotonin transporter gene regulatory region”. Science 274: 1527-1531. 1996.
44 Kramer, P. D. Listening to Prozac. Viking. 1993. [Edición en castellano,
Escuchando a Prozac. Seix Barral. 1994].

96
LOS PADRES NO TIENEN LA CULPA

demandan. El que no haya probado nunca el Prozac o el Lexatín que tire la primera
piedra.
Así pues, la coincidencia entre el transportador de serotonina y la “evitación del
daño” constituye una especie de “Prozac genético”. Esto apunta a que las variaciones
de secuencia afectan, a través del circuito serotoninérgico al tipo de respuestas
emocionales. Este descubrimiento está en línea con otro no menos sorprendente, el
hecho de que el nivel de felicidad de las personas sea más o menos constante a largo
plazo 45. Esto puede parecer contra-intuitivo. Solemos pensar que la felicidad depende
de factores externos. Es decir, si a una persona “le va bien”, o sea, tiene suficiente
dinero, su carrera profesional avanza y goza de una vida sentimental más o menos
completa, debería ser feliz; ¿o no? Ciertamente, los factores externos influyen sobre
nuestra felicidad a corto plazo. Un golpe de suerte, un éxito inesperado nos “suben”
el nivel y a la inversa. Sin embargo, a largo plazo nos hacemos a lo bueno y a lo
malo, y el nivel de felicidad de cada individuo alcanza un punto de equilibrio que es
más o menos constante para cada uno; más o menos lo mismo que ocurre para el peso
corporal. En definitiva, cada cerebro alcanza a largo plazo un nivel predeterminado
de felicidad y este nivel está sujeto a una fuerte influencia de los genes. Supongo que
el lector estará de acuerdo en que, de confirmarse este descubrimiento (cosa que
parece probable), podrían cambiar algunas ideas que tenemos profundamente
asumidas.
¿Y la adicción al alcohol y a otras drogas? ¿También depende de los genes? Me
temo que sí 46. En el caso del alcohol, los estudios distinguen una adicción llamada de
tipo I que se da por igual en hombres y mujeres, aparece en la mediana edad y parece
ser eminentemente ambiental. Por el contrario, la adicción de tipo II afecta
básicamente a hombres, se da en la adolescencia, está asociada a conducta agresiva y
está marcadamente condicionada por los genes. Las personas que presentan esta
predisposición no parecen tener los mecanismos inhibidores que operan en las demás
personas y que suponen un freno efectivo; básicamente, los desagradables efectos
secundarios del consumo excesivo, tales como las resacas galopantes o las vomitonas
incontrolables. En las etapas iniciales estas personas manifiestan una elevada
tolerancia a los efectos del alcohol.

45 Lykken, D. T. y Tellegen, A. “Happiness is a stochastic phenomenon”.


Psychological Science 7: 186-189. 1996.
46 Cloninger, C. R., Bohman, M. y Sigvardsson, S. “Inheritance of alcohol abuse:
cross-fostering analysis of adopted men”. Archives of General Psychiatry 38: 861-
868. 1981.

97
Pablo Rodríguez Palenzuela

Se han identificado genes que pudieran estar relacionados con este mecanismo y,
como en el caso anterior, tienen que ver con la serotonina 47. En este caso, el gen ha
sido encontrado en el ratón (por lo que no debemos generalizar a humanos demasiado
pronto) y codifica un receptor de serotonina. Los ratones mutantes en este gen
manifiestan una tendencia a la adicción al alcohol y una conducta muy agresiva. Por
supuesto, si el experimentador no suministrase alcohol a los ratones, éstos nunca se
volverían alcohólicos. El ambiente cuenta.
Por si le queda alguna capacidad de asombro, le diré que se ha estimado una
heredabilidad del 30% para pasatiempos tales como el camping o la carpintería y de
un 40% para actividades como la profesión militar o la dedicación a la pintura o la
música. Incluso determinadas actitudes, tales como la opinión sobre la pena de
muerte, el patriotismo o las relaciones sexuales fuera del matrimonio, tienen
heredabilidades del 50% aproximadamente. ¡Vivir para ver!

LA VARIANZA PERDIDA

A medida que nos adentramos en este capítulo, la polémica genes versus


educación resulta irrelevante, o aún peor, cansina. Por supuesto, los genes cuentan.
Elíjase un ambiente lo bastante homogéneo y los efectos de los genes aflorarán. Por
supuesto, el ambiente cuenta. Elíjanse ambientes culturalmente muy distintos y las
consecuencias se harán patentes. Ya estamos aburridos de esto. Lo que queremos
saber es cuáles son los genes implicados y cómo actúan. Y, sobre todo, queremos
saber cuáles son los factores ambientales relevantes. Ya hemos visto que los estudios
de heredabilidad son bastante inútiles para ambos fines. En el caso de los genes, la
caza ya está en marcha y aunque de momento no ha sido tan fructífera como se
esperaba, tenemos que darle algún tiempo. En el caso de los factores ambientales, la
situación es más complicada. Hemos visto que, en la mayoría de los caracteres
estudiados, cerca de la mitad de la varianza se debía a factores ambientales únicos,
pero no tenemos nada claro cuáles son estos factores. En la opinión de los autores de
estos estudios, tal cosa resulta un misterio. Para explicarlo, llegan a insinuar que los
padres no se esfuerzan lo suficiente en la educación de los hijos, lo cual se encuentra
a una distancia de tres micras de decir que la educación no tiene ninguna influencia.
Transcribo textualmente:
Nuestros resultados, así como los de otros grupos, no implican que la educación
carezca de efectos a largo plazo. La increíble similitud de los gemelos criados aparte
47 Crabbe, J., et al. “Elevated alcohol consumption in null mutant mice lacking 5-
HT1B serotonin receptors”. Nature Genetics 14: 98-101. 1996.

98
LOS PADRES NO TIENEN LA CULPA

en sus actitudes sociales (por ejemplo, conservadurismo y religiosidad) no muestran


que los padres no puedan influir sobre estos rasgos, muestran simplemente que esta
influencia no suele producirse en la mayoría de los casos.
(Bouchard et al., Science 250: 223-229. 1990)
Estos investigadores tienen que hilar muy fino. No es que no se pueda influir
sobre los hijos, es que los padres no se lo toman en serio. Parece como si estuvieran
haciendo un esfuerzo denodado por salvar los muebles, esto es, nuestra querida y
arraigada noción de que los padres son importantes en determinar la personalidad de
los hijos. Un punto de vista mucho más radical y, en cierto modo, incendiario es el de
la psicóloga Judith Rich Harris, en su libro El mito de la educación48. Harris afirma a
grandes rasgos tres cosas: que los miles de estudios de socialización, cuyo fin es
identificar la efectividad de diferentes estilos de crianza, son básicamente inválidos;
que los padres tienen una influencia escasa o nula sobre la personalidad de los hijos,
tal como se deduce de los estudios de gemelos y de adopción; y que la socialización
de los niños y jóvenes se produce a través del contacto con sus amigos. Serían pues,
los colegas los verdaderos padres y maestros.
En la primera parte de su libro, Harris ataca sin piedad los métodos empleados en
los estudios de socialización, los cuales se realizarían más o menos así: se elige un
niño dentro de una familia y se analiza tanto el estilo de crianza como la
personalidad/inteligencia del niño; se realizan suficientes observaciones de manera
que se pueda encontrar alguna correlación entre ambas cosas. Típicamente, estos
estudios encuentran que las personas inteligentes y sensatas, capaces de controlar su
vida, y que educan ‘bien’ a sus hijos, tienen, en general, hijos, inteligentes y sensatos
y capaces de controlar su vida (y a la inversa). De aquí concluyen que “las buenas
prácticas educativas tienen efectos positivos sobre la personalidad”. ¿Es eso cierto?
Debería serlo, miles de psicólogos y educadores no pueden estar equivocados. Lo
están, afirma Harris, estos científicos están llevando sus conclusiones mucho más
lejos de lo que permitirían los datos. En primer lugar, estos estudios no permiten
distinguir los efectos genéticos de los educativos. Pudiera ocurrir que las personas
inteligentes y equilibradas tengan hijos con estas características debido a que les
transmiten sus genes. De hecho, cuando se diseña el estudio para distinguir este tipo
de efectos, como ocurre con los gemelos criados aparte, lo que se ve es que la
educación tiene poca influencia.
Harris emplea otros argumentos adicionales. El primero es que el “estilo de
crianza” es característico de cada cultura. Por ejemplo, en Estados Unidos los

48 Harris, J, The Nurture Assumtion: why children turn out the way they do. Free
Press. 1998. [Edición en castellano: El Mito de la educación. Debolsillo. 1999].

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Pablo Rodríguez Palenzuela

“asiáticos” suelen emplear un estilo de crianza más autoritario que los “blancos”, a
pesar de lo cual no se ha detectado un efecto negativo en la personalidad (y, de
hecho, su media del CI es más alta). Por otro lado, el estilo educativo ha cambiado en
los últimos años en muchos países, haciéndose menos autoritario y más “correcto”;
¿dónde están los beneficios de estos cambios? Harris apunta la idea de que cada
sociedad tiene su mito de la educación, es decir, un estilo de crianza socialmente
aceptado, aunque no necesariamente el mejor, ni el único posible.
Otro argumento se basa en la falta de efectos detectables en las familias no
convencionales. Si el papel de los padres es fundamental, qué ocurrirá si no hay
padre o si ambos esposos son del mismo sexo u otras combinaciones por el estilo. La
respuesta es: nada. Los hijos de madres solteras, de parejas homosexuales o de padres
divorciados no son significativamente distintos del resto de los niños, de acuerdo con
muchos trabajos. Sin olvidar que el proceso de “educación” es una carretera de doble
vía. Solemos asumir que la influencia va de padres a hijos, pero también fluye en
sentido contrario. Un niño de carácter muy difícil va a generar respuestas negativas
de sus padres, lo que se traduce en un ambiente emocional y educativo peor. Como
dice el viejo chiste: “Pobre Jaimito, viene de una familia destrozada”. “No me
extraña; Jaimito puede destrozar a cualquier familia.”
Más razones esgrimidas por Harris. El sistema educativo tradicional de las clases
altas europeas y americanas consistía en minimizar el contacto de padres e hijos,
‘encasquetando’ la educación de la prole a niñeras, institutrices o colegios internos. Y
sin embargo, los hijos de las clases acomodadas se convertían en adultos muy
parecidos a sus padres y enseguida adquirían su acento y, casi siempre, sus gustos
sofisticados.
En definitiva, lo que Judith Harris dice es: “¡Oigan, el Emperador está desnudo, y,
si tienen alguna duda, no le pregunten a los sastres!” Hay que reconocer que esta
investigadora estaba completamente fuera del ‘sistema’ cuando publicó sus trabajos;
de hecho, no pertenecía a ninguna universidad y su trabajo remunerado consistía en
escribir libros de texto de psicología. Por tanto, podemos pensar que se encontraba
aislada del adoctrinamiento y fuera de los círculos de intereses que existen en todas
las disciplinas. Ella no tenía nada que perder por “tocar el silbato”.
En la segunda parte del libro la cosa cambia completamente, y hay que decir que
resulta muy poco convincente. Harris no presenta pruebas concluyentes con las que
sostener su teoría. Ya sabemos que los amigos son importantes para niños y
adolescentes. Tenemos mucha evidencia anecdótica respecto a la importancia de los
grupos, pero lo que se exigía aquí era ir más allá de la anécdota. El problema de
fondo es que no está nada claro de qué está hablando Harris. Bien puede ser cierto
que el grupo de amigos constituya una influencia cultural importante y explique por

100
LOS PADRES NO TIENEN LA CULPA

qué los jóvenes se vistan de determinada manera o se hagan piercing; pero eso no es
lo que estábamos tratando de averiguar. La pregunta se refería a características de la
personalidad mensurables mediante tests. Harris no presenta, por ejemplo, datos de
correlación en el CI de los grupos de colegas o si pertenecer a determinada “tribu
urbana” sea la causa de que tu personalidad evolucione en determinado sentido. Se
limita a dar argumentos que simplemente “suenan bien”, pero no “suenan mejor” que
la vieja idea de que la influencia de los padres es decisiva. Me temo que Judith Harris
tampoco puede explicarnos la varianza perdida.
Lo cierto es que la mayoría de las personas piensa intuitivamente que el
argumento de Harris debe estar equivocado; los padres tienen que importar. E
importan, pero, ¿para qué importan? Es posible que la base del problema esté en que
cuando nos referimos a la influencia de los padres estemos hablando de cosas
diferentes. Claramente, los padres proveen cuidados, apoyo emocional, educación
formal y otras experiencias educativas y recreativas; imponen un determinado nivel
de disciplina, pueden transmitir valores culturales y conocimientos prácticos y poseen
cierta influencia sobre el ambiente social en el que se mueven sus hijos; por si fuera
poco, les dejan su dinero y propiedades en herencia. Todas estas cosas afectan a la
vida de los hijos, lo que no está tan claro es que afecten a su personalidad o a su
inteligencia. Lo que podría esperarse de este proceso educativo es que los niños
crezcan relativamente sanos (si nada se tuerce), que se integren en la vida social del
barrio/colegio, que adquieran información y habilidades y, tal vez, ciertos valores
culturales. Por ejemplo, la mayoría de los judíos ortodoxos son hijos de judíos
ortodoxos; el “credo” que uno adopta es un valor cultural (aunque el nivel de
religiosidad esté influenciado por los genes). Sin embargo, esto no es generalizable a
cualquier carácter. En general, no pensamos que la elevada estatura de algunas
personas se deba a que de pequeño le obligaban a comer, digamos, hígado de cerdo
(y hacemos bien en no creerlo); a pesar de que la alimentación puede influir en la
estatura, una vez que el niño en crecimiento tiene una alimentación adecuada, el que
sea alto o bajo depende más que nada de sus genes. Análogamente, no hay ninguna
razón para pensar que la tendencia a la “búsqueda de novedad” o a la “evitación del
daño” sea consecuencia de un programa educativo concreto.
En resumen, los estudios de gemelos y las observaciones de Judith Harris han
puesto el dedo en la llaga acerca de lo que sabemos realmente: ¿en qué rasgos de la
conducta tienen los padres influencia?, ¿cómo afecta una infancia “dura” al
desarrollo de la personalidad?, ¿cómo debería manejarse la desigualdad natural? No
parece que tengamos una respuesta contundente a estas preguntas. Por desgracia,
nadie tiene una receta infalible para conseguir hijos listos y equilibrados. Y sin

101
Pablo Rodríguez Palenzuela

embargo, culpar a los padres por nuestros defectos y limitaciones constituye una
conveniente forma de auto-justificarse.

ORIENTACIÓN SEXUAL

La búsqueda de la varianza perdida nos obliga a hacer una pequeña digresión


sobre otro de los temas polémicos: la posible base biológica de la orientación sexual.
Este libro adopta el principio de que la homosexualidad es tan aceptable como la
heterosexualidad y, tratándose de una cuestión de principio, esta afirmación no se ve
afectada por el hecho de que la homosexualidad tenga o no una causa biológica.
Dicho sea de paso, este fenómeno se da en todas las sociedades, aunque éstas varían
mucho en su grado de tolerancia sobre el mismo. Se estima que aproximadamente un
2% de la población (hombres y mujeres) es homosexual.
Las teorías psicológicas de inspiración freudiana achacaban la homosexualidad
masculina a fallos en la relación entre el niño y sus padres. Esencialmente a un padre
ausente o emocionalmente distante (y que, por tanto, no constituye un modelo
aceptable) o a una madre excesivamente cercana o dominante. Estas hipótesis
continúan teniendo una gran aceptación popular a pesar de carecer de un apoyo
empírico concluyente. Los estudios de gemelos y de adopción han sugerido que la
influencia genética es considerable, estimándose la heredabilidad entre 0,3 y 0,7 49.
Otros investigadores50 han encontrado que la homosexualidad masculina se hereda en
mayor proporción por vía materna que paterna, lo que sugiere la posible existencia de
genes ‘gay’ ligados al cromosoma X, ya que los varones heredan este cromosoma
únicamente de sus madres.
El psicólogo Ray Blanchard 51 ha formulado una interesante teoría, relacionada con
la anterior, para explicar la homosexualidad masculina. Lo que ha encontrado este
investigador es que los hombres gay tienen por término medio más hermanos
mayores (pero no hermanas mayores) que los hombres heterosexuales o las lesbianas.
La explicación, según Blanchard, estriba en el útero. Existen genes que se expresan
específicamente en fetos del sexo masculino y que podrían generar una reacción
inmunológica en la madre. Por ejemplo, se ha encontrado un gen candidato que
codifica una protocadherina, que está implicada en el desarrollo del cerebro en

49 Bailey, J. M. y Pillard, C. “A genetic study of male sexual orientation”. Arch.


Gen. Psychiatry 48: 1089-1096. 1991.
50 Hamer, D. H. y Copeland, P. The Science of Desire. Simon and Shuster. 1994
51 Blanchard, R. y Ellis, L. “Birth weight, sexual orientation, and the sex of
preceding siblings”. Journal of Biosocial Science 33: 451-467. 2001.

102
LOS PADRES NO TIENEN LA CULPA

hombres. Así, la reacción inmunológica de la madre podría interferir con el


desarrollo del cerebro masculino en esta etapa clave. Por tanto, tener hermanos
mayores podría aumentar la probabilidad de este fenómeno, ya que la madre habría
estado generando anticuerpos por la exposición previa a un feto masculino. Esto
concuerda con los ya mencionados genes asociados a la homosexualidad masculina
que parecen heredarse solamente por el lado materno. En cualquier caso, esto no
parece explicar el 100 % de los casos.
Sea cierta o no esta teoría, ha enfocado la atención de los investigadores hacia las
etapas prenatales como posible fuente de variabilidad, a pesar de que en los primeros
estudios se asumía que no había efecto materno. En una revisión ya mencionada,
publicada en la revista Science por Devlin y colaboradores, éstos estiman que los
efectos maternos podrían explicar aproximadamente un 20% de la varianza, lo que
explica bastante aunque no todo.
Existe otra posibilidad de explicar el misterio de la varianza perdida, si bien
resulta un tanto aterradora. Es posible que el porcentaje de la varianza que no sea
explicable por los genes, por el ambiente compartido, ni por el útero materno, se
deba, ni más ni menos que al azar. En realidad no es una idea tan extraña. El cerebro
es una máquina muy complicada que tiene que construirse a sí misma. Ello significa
que millones de células tienen que crecer y diferenciarse en el tipo apropiado, en el
número correcto, dentro de plazos bien delimitados. Ya se ha mencionado que las
neuronas tienen que crecer siguiendo un camino específico con la ayuda de
sustancias atrayentes y repelentes hasta alcanzar sus dianas. Sabemos que el ambiente
juega un papel en este proceso, ya que se producen ajustes gracias al uso o desuso de
las conexiones neuronales. En cualquier caso, el proceso es increíblemente
complicado y no lo conocemos bien todavía, pero sabemos que muchas sustancias
que en otro momento son perfectamente seguras pueden tener terribles efectos sobre
un feto en desarrollo. De aquí que esté desaconsejado que las embarazadas tomen
cualquier medicina, a menos que haya pruebas positivas de que es inocua. No es
descabellado suponer que este proceso esté sujeto a un cierto elemento de azar. Aun
teniendo los mismos genes, como en el caso de los gemelos idénticos, la mera
complejidad del proceso podría hacer que el resultado no fuera exactamente igual. Ya
se ha hecho referencia a la bonita y útil metáfora de la receta y el pastel. Los genes
son la receta, pero hay que cocinarlo. Si la receta es muy complicada, y ésta lo es, no
es de extrañar que cada vez que se cocine el pastel salga un poquito diferente. En
cualquier caso, no importa que seamos productos de los genes, de nuestro ambiente
cultural, de la influencia de los colegas o del mismo azar. Todo esto ni quita ni otorga
dignidad al ser humano. Sin embargo, este conocimiento nos hace un poco más

103
Pablo Rodríguez Palenzuela

conscientes. Si los humanos somos “más que monos y menos que ángeles”, el hecho
de conocernos mejor a nosotros mismos nos puede hacer subir algunos peldaños.

LA PIEDRA DE LA LOCURA

Todo empezó en Amsterdam, aunque algunos dicen que ya habían notado algo
raro en París. En la sala de espera del hospital Mercedes intenta reorganizar los
hechos en su cabeza, con la certeza de que tendrá dar explicaciones a la dirección y,
peor aún, a los padres. No es que se sienta culpable; repasando los hechos
minuciosamente, no encuentra absolutamente ninguna razón por lo que deba
culparse. Más bien puede decirse que ha manejado la situación con serenidad y
profesionalidad y que el asunto está ahora en manos de los médicos. Y sin embargo,
¿por qué le entra un sudor frío cuando piensa en la entrevista con la directora?
Veamos, estaba programado que los chicos tuvieran la tarde libre en Amsterdam.
Mercedes se fue a visitar el Museo de Arte con tres alumnos fanáticos de la pintura;
los demás formaron grupitos y se esparcieron por la ciudad. De acuerdo, es posible
que fumaran hachís, pero eso es legal en esta ciudad y lo venden en los bares.
Tienen 16 años y resulta impensable impedirles que salgan a su antojo. También es
bastante probable que visitaran el distrito “rojo” y las sex-shop que proliferan a su
alrededor; bueno, se trata de uno de los principales atractivos turísticos de la
ciudad. En todo caso, eso no tiene nada que ver con lo de Ana. El primer indicio de
que estaba sucediendo algo raro ocurrió en la Plaza del Ayuntamiento. Al parecer
Ana salió corriendo al ver a un quietista disfrazado de extraterrestre; al principio,
sus compañeros creyeron que era una broma o que se estaba haciendo la
interesante, pero tuvieron que perseguirla casi media hora. Estaba verdaderamente
aterrada. Creía que los extraterrestres la estaban persiguiendo. Entre todos
consiguieron convencerla para que volviera al hotel. Allí las cosas no mejoraron
demasiado. Ana seguía muy nerviosa y aseguraba que oía voces dentro de su cabeza;
las voces le advertían –de nuevo– de la llegada inminente de naves alienígenas. Su
conversación resultaba incoherente y difícil de entender. Con todo, sus compañeros
no se decidieron a hablar con Mercedes hasta la mañana siguiente. Para entonces,
la situación era verdaderamente alarmante. Ana estaba sentada en la cama de su
habitación. No hablaba, ni parecía entender lo que le decían. Estaba tan inmóvil
como el quietista que, al parecer, había desencadenado el ataque. Pocas horas
después, los médicos creen que Ana padece un brote agudo de esquizofrenia. Es
posible que se trate de un episodio ocasional, pero lo más probable es que se

104
LOS PADRES NO TIENEN LA CULPA

convierta en una enfermedad crónica. En tal caso, va a necesitar muchos cuidados


en el futuro: medicación, terapia y apoyo. Todas estas cosas pueden ayudar, pero lo
más probable es que a Ana le espere una lucha constante con su enfermedad.
La esquizofrenia es una enfermedad mental grave y bastante frecuente. Se calcula
que el 1% de la población la padece, por lo que es sumamente probable que
conozcamos algún caso en nuestro entorno cercano. Típicamente se presenta de golpe
y en la adolescencia, aunque en otros casos el curso es más lento y aparece en la
mediana edad. Curiosamente, este segundo tipo es más difícil de tratar. Los síntomas
incluyen: ideas delirantes y extrañas, alucinaciones, discurso incoherente,
manifestaciones de afecto inapropiadas, dudas sobre la propia identidad sexual,
delirios de grandeza y periodos largos sin movimiento. Esta es la enfermedad que
más comúnmente se asocia a la idea de locura.
No cabe duda de que la esquizofrenia constituye un azote de la humanidad, pero,
¿cuál es la causa? Hasta hace relativamente pocos años, y en línea con la escuela
psicoanálitica, la explicación oficial se basaba en la historia personal del paciente. El
propio Freud llegó a afirmar que la esquizofrenia paranoide era el resultado de
reprimir impulsos homosexuales. En los años 30 la psicoanalista Frieda Fromm-
Reichman 52desarrolló la hipótesis de que la causa de esta enfermedad era el “afecto
inadecuado” de la madre del paciente. Más o menos en la misma época Bruno
Bettelheim 53 llegó a una conclusión parecida respecto al autismo, otra terrible
enfermedad mental que incapacita a los que la sufren para interaccionar normalmente
con sus semejantes. Este último llegó a acuñar el término “madre refrigerador” para
designar a la progenitora causante de tal desastre con su actitud fría y despegada.
Irónicamente, ambas hipótesis carecen del menor apoyo empírico. Hoy día puede
afirmarse sin temor que son falsas, pero cuando fueron formuladas tampoco eran otra
cosa que una mera suposición. ¿Cómo es posible que fueran “generalmente
aceptadas” por médicos, psicólogos y el público en general? En todo caso, conviene
aprender la lección y tratar de mantener en todo momento un saludable nivel de
escepticismo. En la actualidad la gran mayoría de los expertos aconsejan para estos
pacientes una terapia basada en fármacos y no en el psicoanálisis, como hasta hace
relativamente poco tiempo. Lo curioso (y en definitiva, terrible) es que no hay
estudios publicados que apoyen la idea de que el psicoanálisis mejore la condición de
estos pacientes 54.

52 Fromm-Reichmann, F. “Notes on the development of treatment of schizophrenics


by psychoanalytic psychotherapy”. Psychiatry 11: 263-273. 1948.
53 Bettelheim, B. “Joey: a mechanical boy”. Scientific American 200: 116-120. 1959.

105
Pablo Rodríguez Palenzuela

Al margen de la cuestión puramente científica sobre las causas de la


esquizofrenia, hay que señalar que la hipótesis de Fromm-Reichman tiene terribles
implicaciones para los padres de los pacientes. Pónganse en la piel de los
desgraciados padres de Ana. Acaban de enterarse de que su hija adolescente sufre
una terrible enfermedad que va a marcar su vida para siempre. A este dolor se añade
la culpa, señalada sin ambigüedad. Falta de afecto. Madre refrigerador. Teniendo en
cuenta que la hipótesis se basaba en una evidencia experimental inexistente,
constituye un acto de crueldad intolerable. Eso es golpear al vencido.
La “miseria” de la explicación psicoanalista contrasta con la claridad de los datos
genéticos 55. La frecuencia de esquizofrenia en la población general es del 1%, pero si
uno de los padres padece esta enfermedad, la frecuencia en la descendencia sube
hasta el 10%. Lo más curioso es que esta alta frecuencia es independiente de que los
hijos hayan sido o no criados por un progenitor enfermo. En definitiva, ser educado
por un padre o una madre esquizofrénicos no afecta a la probabilidad que tienen los
hijos de desarrollarla, lo cual constituye un indicio importante de que no tiene mucho
que ver con la crianza. Los estudios de gemelos idénticos también arrojan un dato
concluyente: si uno de los gemelos manifiesta la enfermedad, la probabilidad de que
el otro también lo haga es del 50%. Todo esto demuestra, fuera de toda duda, que los
genes juegan un papel fundamental en la esquizofrenia, aunque evidentemente no son
el único factor. Aun teniendo los mismos genes, el hermano gemelo de un
esquizofrénico todavía tiene un 50% de probabilidad de no enfermar, lo que indica
que hay otros factores en juego. Por desgracia, no sabemos a ciencia cierta cuáles son
esos factores, aunque se han barajado varios: infecciones víricas, determinadas dietas
y alteraciones en el neurotransmisor dopamina. Tampoco sabemos con certeza cuáles
son los genes implicados, aunque al menos se ha encontrado un cierto número de
posibles candidatos.
Hoy por hoy los tratamientos disponibles para la esquizofrenia tienen una eficacia
limitada y tampoco es posible predecir si un individuo va a desarrollar o no la
enfermedad. Sin embargo, para otras enfermedades en las que los genes son factores
importantes, las posibilidades de predicción han mejorado espectacularmente en los
últimos años. Este es el caso de la enfermedad de Hungtinton, una enfermedad
degenerativa mortal; los pacientes que la sufren manifiestan los primeros síntomas
cuando tienen aproximadamente 40 años. Éstos consisten en trastornos motores: una

54 Malmberg L. y Fenton M. “Individual psychodynamic psychotherapy and


psychoanalysis for schizophrenia and severe mental illness” (Cochrane Review). En:
The Cochrane Library, Issue 3, John Wiley & Sons, Ltd. 2004.
55 Tsuang, M., Stone, W. S. y Faraone, S. V. “Genes, environment and
schizophrenia”. British Journal of Pediatry 178 (supplement 40): s18-s24. 2001.

106
LOS PADRES NO TIENEN LA CULPA

tendencia a realizar movimientos extraños, complejos y descoordinados. La muerte


se produce inevitablemente unos 15 años después de los primeros síntomas.
Curiosamente, el responsable de esta enfermedad es un único gen dominante. Esto es
bastante raro. La mayoría de los trastornos genéticos se deben a genes recesivos, ya
que la selección natural debería actuar rápidamente, eliminando los genes dominantes
de la población. Esto no ha ocurrido con el gen responsable de la enfermedad de
Hungtinton debido a que aparece a una edad relativamente tardía, cuando el
individuo ya se ha reproducido y ha pasado sus genes a la siguiente generación. En el
fondo, se trata de un efecto colateral de nuestra extraordinaria longevidad.
El gen responsable de la enfermedad de Hungtinton ha sido identificado 56, lo que
ha permitido desarrollar una prueba genética que permite predecir con seguridad si
alguien va a sufrirla o no. Esto plantea un curioso y terrible dilema. Si alguno de los
progenitores sufre la enfermedad, la probabilidad de que la tengan los hijos es del
50%. Típicamente, estos hijos estarán en la adolescencia o primera juventud. La
prueba genética les permitiría saber si van a contraer o no la enfermedad en un futuro
no demasiado lejano. ¿Qué haría usted?, ¿querría saberlo? Por una parte, podría salir
de dudas y tener la certeza de que no va enfermar; en caso contrario, dispone de
tiempo para tomar decisiones importantes, por ejemplo, es probable que en estas
condiciones no quiera tener hijos. Terrible decisión. Es interesante saber que menos
del 15% de los que se ven en esta situación decide someterse a la prueba. El 85%
restante prefiere no saber 57.

GORDOS

¿Por qué los gordos son gordos? La respuesta es obvia: porque comen demasiado.
Pero, ¿por qué comen demasiado? ¿Y por qué hay personas que –aparentemente–
comen como limas y nunca engordan? En definitiva: el (exceso de) peso corporal,
¿ es únicamente un problema de (falta de) voluntad, o los genes también tienen algo
que ver en esto? Antes de entrar en el espinoso asunto de la influencia de los genes
sobre la gordura, déjenme hacer algunas consideraciones previas.

56 Hungtinton’s Disease Collaborative Research Group. “A novel gene containing a


trinucleotide repeat that is expanded and unstable on Hungtinton’s Disease”. Cell 72:
971-983. 1993.
57 Quaid, A. y Morris M. “Reluctance to undergo genetic testing: the case of
Hungtinton disease”. Am. J. Med. Genet. 45: 41-45. 1993.

107
Pablo Rodríguez Palenzuela

Una. Ser gordo es fatal. La obesidad está asociada a un montón de enfermedades:


diabetes de tipo II, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, algunos tipos de
cáncer, apnea del sueño y muchas más calamidades. Incluso, se ha demostrado que
los muy gordos son más propensos a sufrir accidentes domésticos graves, lo que no
es de extrañar; las consecuencias de un resbalón en la ducha no son las mismas con
70 que con 150 kilos. No voy a aburrirles con más datos, pero las autoridades
sanitarias advierten que la gordura afecta gravemente a su salud.
Dos. Los gordos sufren discriminación negativa. Esto resulta tan evidente que no
necesitaríamos un estudio para creerlo. El mito del gordo feliz es mentira; es posible
que esto fuera distinto en otra época, pero desde luego a principios del siglo XXI la
delgadez constituye un valor importante. Ligar con kilos de más es difícil, incluso si
la otra parte sufre de idéntico problema. En un mundo de súper-atletas, modelos
delgadísimas y cuerpos danone, ser gordo se ha convertido en un estigma. De hecho,
las autoridades deberían advertir que la gordura puede afectar también a su vida
profesional y sentimental.
Tres. Adelgazar es casi imposible. La inmensa mayoría de las personas que
inician una dieta de adelgazamiento, fracasan. Por fracasar se entiende no mantener
los kilos perdidos en un plazo de cinco años. El hacer dieta se ha convertido para
muchas personas en una especie de rito anual, como el pavo de Navidad o ir a la
playa en verano. Ni con la dieta de la coliflor, ni con el Biomanán. Si más del 90% de
las personas que lo intenta fracasa, significa que adelgazar (de forma permanente) es
difícil. Naturalmente, detrás de las dietas de adelgazamiento hay un negocio
multimillonario y creciente.
Pero, ¿qué dicen los estudios genéticos? La cuestión se ha abordado empleando
los mismos métodos que se describieron aludiendo a la genética del CI: gemelos
criados aparte y estudios de adopción 58. Estos estudios arrojan un resultado
contundente: que la heredabilidad del peso corporal es muy alta, cercana al 70% en
algunos casos. Los gemelos idénticos suelen tener un peso parecido, aunque se hayan
criado de forma separada. Igualmente, los hijos adoptivos suelen tener pesos
corporales concordantes con los de sus padres biológicos, independientemente de que
hayan sido educados por un naturista o un pastelero. Irónicamente, un efecto que sí
han detectado los estudios es que los niños cuyas familias adoptivas presentaban un
alto peso corporal, suelen ser más delgados que la media (podemos suponer que se

58 Allison, D. B. et al. “The heritability of body mass among an international


simple of monozygotic twins reared apart”. International Journal of Obesity Related
Metabolic Disorders 20: 501506. 1996.

108
LOS PADRES NO TIENEN LA CULPA

trata de un acto de rebeldía adolescente). Esta clarísimo; los genes explican el 70% de
la variabilidad encontrada para este carácter. Son los genes, pues.
No tan deprisa. Sabemos que la obesidad se ha convertido en una epidemia de
dimensiones alarmantes; así ocurre en Estados Unidos, pero Europa Occidental
parece que lleva la misma marcha. Según la American Obesity Association el 64,5%
de los americanos tiene sobrepeso. Cuando alguien viaja a Estados Unidos, una de las
cosas que resultan más chocantes es la frecuencia y magnitud de los “gordos”. Sin
embargo, los genes no han cambiado mucho en los últimos años. Es imposible que la
epidemia de obesidad sea debida a los genes. La causa tiene que estar en cambios en
el estilo de vida que lleven a ingerir más calorías y quemar menos.
Un caso particularmente interesante es el de los indios Pima. Se sabe que esta
tribu se separó en dos ramas hace aproximadamente 100 años; una de ellas vive en
los que hoy es territorio mejicano y la otra en Nuevo Méjico (Estados Unidos). Un
estudio 59epidemiológico de las dos poblaciones reveló que los Pima norteamericanos
presentaban uno de los índices de obesidad más altos del planeta (con sus
correspondientes altas frecuencias de diabetes y enfermedades vasculares). En
cambio, los Pima mejicanos estaban mucho más delgados (y más sanos) y no diferían
significativamente de la media de peso mejicana (que es más baja que la
estadounidense). Bien, cien años no es nada en lo que a los genes se refiere. Tenemos
todas las razones para suponer que los Pima al norte y al sur del Río Grande son
genéticamente comparables. Lo que difiere en este caso son los hábitos alimentarios
y de estilo de vida, que concuerdan con los de los respectivos países. Tanto el caso
espectacular de los Pima, como las epidemias de obesidad que se están produciendo,
se deben a factores culturales y no a factores genéticos.
¿En qué quedamos, pues? Naturalmente, en las dos cosas. Los estudios
epidemiológicos nos indican que los factores culturales son importantes. Cuando un
país incrementa su nivel de renta, la dieta de sus habitantes también suele cambiar
hacia un mayor consumo de carne, queso y otros productos de origen animal. La
tendencia a consumir comida preparada, comer fuera de casa, ver la tele con cerveza
y aperitivos y utilizar el automóvil para desplazarse puede completar el panorama.
Ahora bien, en estas nuevas condiciones culturales y económicas, donde gran parte
de la población puede elegir su dieta y sus costumbres, sólo algunas personas tienen
problemas con la obesidad, mientras que otras se mantienen delgadas. Esto es lo que
nos están indicando los estudios genéticos. Heredamos la propensión a engordar.
Para que esta propensión se convierta en barriga prominente o enormes michelines
tiene que darse un ambiente adecuado. Si los Pima se hubieran quedado en Méjico no

59 Ravussin, E. M. et al. “Effects of Tradicional Lifestyle on Obesity in Pima


Indians”. Diabetes Care 17: 1067-1074. 1994.

109
Pablo Rodríguez Palenzuela

estarían así. Esta idea parece que es aplicable a muchos otros casos de caracteres
importantes, aparte de la gordura. Tiene que producirse la combinación de
determinados genes con determinados ambientes para explicar el resultado que
vemos. Esto se conoce como “vulnerabilidad”: una propensión innata a padecer
enfermedades o problemas que se manifiesta sólo en determinados ambientes.
Resulta irónico pensar que la capacidad de almacenar calorías de forma eficiente
debió resultar muy útil a nuestros antepasados prehistóricos, igual que a los
cazadores-recolectores modernos. En la mayoría de los ambientes naturales existen
épocas desfavorables en las que conseguir alimento es difícil. Aún más, siempre hay
años de vacas flacas en que resulta particularmente duro. Nuestro tejido adiposo es
muy eficaz almacenando energía. Una persona normal puede pasar un mes sin comer
(aunque probablemente con humor de perros). El récord de ayuno, en condiciones
controladas médicamente, es de un año sin ingerir prácticamente calorías. El mismo
mecanismo que nos salvaba la vida en el Paleolítico supone un factor de riesgo en el
mundo moderno y excesivo que nos ha tocado vivir.
De acuerdo. Genes y ambiente importan. La cuestión es, ¿cómo? Para ir hasta el
fondo tenemos que preguntarnos cuáles son los mecanismos biológicos que están
detrás de nuestra sensación de hambre y del control del peso corporal. Esta es una
pregunta que la ciencia no puede contestar hoy por completo, si bien se han
producido grandes avances en los últimos años. Para empezar, consideremos el hecho
de que el peso corporal permanece estable en la mayoría de las personas. Es cierto
que hay una tendencia a ganar peso en la mediana edad, pero suele ser un proceso
bastante paulatino. Que el peso se mantenga constante no es tarea fácil. Tiene que
existir un mecanismo regulador que sea capaz de contar las calorías ingeridas,
descontar las calorías quemadas y controlar las sensaciones de hambre en la medida
exacta. Todo esto ocurre de forma totalmente inconsciente. Claro que si uno se mira
al espejo es consciente de lo que hay, pero eso es totalmente distinto. En este último
caso uno sabe que debería comer menos, en el primero uno siente que tiene menos
hambre. Este mecanismo de control tiene que hilar muy fino, como lo demuestra el
siguiente ejemplo. Imaginemos que una persona ingiere exactamente lo mismo que
gasta, excepto una miserable galleta de más, que acostumbra a comerse después de
cenar. Se trata sólo de una galleta; ¿puede tener esto un efecto muy grave? El exceso
es de solamente 50 calorías diarias, pero si se produce todos los días del mes, 12
meses al año, al cabo de, digamos 10 años, la galletita de marras nos supone casi 20
kilos, lo que no es despreciable en absoluto. De hecho, aunque la mayoría de la gente
tienda a engordar con la edad, no lo hace en una cuantía tan grande. Esto significa
que el mecanismo de control del peso corporal tiene que estar operando con unos
límites de error francamente bajos.

110
LOS PADRES NO TIENEN LA CULPA

El mecanismo bioquímico responsable del control del peso corporal es muy


complejo y está formado por varios subsistemas. Por ejemplo, sabemos que la
sensación

111
Pablo Rodríguez Palenzuela

LOS PADRES NO TIENEN LA CULPA CAPITULO

de hambre responde a un cierto número de señales diferentes, tales como una baja
concentración de glucosa en sangre, que indica una falta de energía a corto plazo, así
como las sensaciones físicas relacionadas con el llenado del estómago. Al mismo
tiempo, el mecanismo afecta tanto a la conducta alimentaria (hambre) como al
metabolismo, esto es, la capacidad del cuerpo para ‘gastar’ energía en forma de calor
o la eficiencia con que las calorías sobrantes se almacenan en el tejido adiposo.
Una forma gráfica de entender este sistema consiste en el llamado modelo del
“barril de agua”. Imaginemos un barril que recibe agua por medio de una manguera.
El barril tiene escapes, por lo que parte del agua se pierde. Por otro lado, la manguera
se encuentra “pillada” por el propio barril. Esto proporciona un mecanismo de
equilibrio. A medida que el barril se va llenando, el agua que se sale por los agujeros
es mayor debido a la presión; además, el mayor peso del barril presiona sobre la
manguera lo que hace que entre menos agua. En conclusión, el nivel de agua
permanece más o menos constante, oscilando ligeramente respecto de un punto de
equilibrio. La traducción es inmediata. El agua que entra por la manguera son las
calorías ingeridas; las pérdidas del barril son las calorías quemadas y el nivel del
agua en el barril en equilibrio es el peso corporal “normal” del individuo. Este
modelo fue postulado en los años 60 y se denominó también “lipostato” en relación
con el “termostato” que regula la temperatura de una habitación. El modelo implica
que la presencia de grandes reservas en el tejido adiposo provoca una señal
bioquímica que limita el “hambre” y recíprocamente, la pérdida de tejido adiposo
modifica esta señal en el sentido de aumentar el “hambre”. Esto es exactamente lo
que debe ocurrir al acabar una dieta de adelgazamiento. El cuerpo “entiende” que la
situación ha variado peligrosamente con respecto al nivel de reservas normal y se
apresta a compensar esta situación.
En los años noventa se descubrió uno de los componentes fundamentales del
sistema 60, la leptina, que es una proteína producida por el tejido adiposo. El hallazgo
causó bastante sensación por diferentes razones. Una de ellas es que hasta entonces
se pensaba que el tejido adiposo era algo esencialmente inerte desde el punto de vista
bioquímico; es decir, se limitaba a almacenar o liberar grasa. Al producir leptina hace
algo más: proporciona al organismo una ‘contabilidad’ interna de las reservas
energéticas; cuanto más tejido adiposo haya, mayor será la concentración de leptina
en sangre. O sea, que esta proteína es la manera que tienen nuestras grasas corporales
de decir “estoy aquí”.
Cuando el gen que codifica la leptina es “desconectado”, algo que es técnicamente
posible hacerle a un ratón, éste se vuelve obeso, ya que come más y gasta menos
60 Halaas, J. L. et al. “Weight-reducing effects of the plasma protein encoded by the
Obese Gene”. Science 269: 543-546. 1995.

112
energía que el ratón normal. Los ratones con mutaciones en este gen alcanzan un
peso hasta tres veces superior al normal. La aplicación de leptina por vía intravenosa
devuelve al ratón sus características normales. Este descubrimiento llevó a pensar en
una cura rápida para la obesidad humana. Tal vez bastaría con inyectar leptinas para
que el paciente perdiese el apetito. Por desgracia, estas expectativas no se han
confirmado. Seguramente, la industria farmacológica acabará encontrando una
solución vía medicinas al problema de la obesidad, pero parece que todavía va a
tardar algún tiempo.
El hecho es que aunque los humanos tenemos leptinas prácticamente iguales a las
del ratón, la obesidad humana no se debe –en la inmensa mayoría de los casos– a un
fallo en este elemento del mecanismo. De hecho, las personas obesas tienen una alta
concentración de leptina en sangre, debido a que tienen una gran cantidad de tejido
adiposo para producirla. Desgraciadamente, la inyección de leptina en humanos
obesos no tiene el esperado efecto inhibidor del apetito. Evidentemente, hay otros
factores aún por descubrir.
Otro componente de este sistema fue descubierto en 1995 61. La concentración de
leptina presente en la sangre tiene un efecto sobre el cerebro. Esta proteína se une a
un receptor específico presente en algunas regiones y este proceso afecta a la
concentración de otra sustancia clave para el control de la sensación de hambre: el
neuropéptido Y. Este neuropéptido es una proteína de pequeño tamaño que actúa
como un mensajero químico en el cerebro. En concreto, se sabe que actúa sobre el
hipotálamo, y esta estructura cerebral juega un papel preponderante en regular la
sensación de hambre y el metabolismo calórico.
Es importante señalar el hecho de que no sabemos cuáles son los genes que nos
predisponen a engordar. Los estudios genéticos en determinadas poblaciones, como
los Pima, tal vez nos permitan identificarlos (se ha descubierto que la mayoría de los
Pima que padecen diabetes tienen una variante particular del gen HLA-A2, implicado
en el reconocimiento inmunológico). Por otra parte, tampoco sabemos qué factores
ambientales concretos desajustan el punto de equilibrio, haciéndonos ganar peso. Se
ha especulado con la posibilidad de que sea el consumo de grasas el que nos está
desajustando el lipostato hacia mayor tamaño, pero no existe una evidencia
concluyente sobre esto. Si supiéramos más sobre ambos aspectos de la cuestión sería
posible diseñar, por un lado, nuevas medicinas que nos permitieran controlar el
hambre y, por otro, estilos de vida saludables con una mayor base científica. Los dos
tipos de razones justifican de sobra este tipo de investigación.
Por último, podemos considerar una cuestión moral: ¿tiene la culpa el gordo de
ser gordo? Al igual que la dicotomía genes/ambiente, la respuesta es ni sí ni no, sino
todo lo contrario. “Sí tiene la culpa”, dice el fiscal, “el acusado puede elegir

61 Thomas, S. W. et al. “The role of Neuropeptide Y in the antiobesity of the Obese


Gene product”. Nature 377: 530-532. 1995.

113
Pablo Rodríguez Palenzuela

libremente la cantidad y el tipo de alimentos que consume, así como las calorías que
gasta. Si
LOS PADRES NO TIENEN LA CULPA

cuidase su alimentación e hiciera ejercicio frecuente no se habría convertido en una


montaña de grasa”. “En absoluto”, interpela el abogado defensor, “mi cliente es un
adicto a la comida hipercalórica y su capacidad de elegir está disminuida por su
adicción. Además, si rompiese su ciclo de dependencia moriría de inanición. ¿Acaso
es razonable pedir a un adicto que, sin dejarlo del todo, modere su dosis, cuando la
droga está por todas partes asaltando su vista y olfato?” Es cierto que mantener el
peso ideal resulta insultantemente fácil para algunas personas y muy difícil para
otras. ¿Es justo estigmatizar al obeso? Con toda seguridad, no, pero la vida es injusta.
El problema aquí es que la cuestión moral es, en el fondo, irrelevante. A la
hipertensión y a la diabetes le traen sin cuidado que el sujeto sea o no responsable de
su gordura. En cuanto a la discriminación social, es, en teoría, evitable; no ocurre lo
mismo en la práctica (aunque podría hacerse más sutil a base de “corrección
política”). El hecho de que se emplee aquí la palabra “gordo” indica sentimientos
ambivalentes con respecto a la corrección política. En cualquier caso, no creo que ni
Naomi Campbell, ni Brad Pitt resultasen atractivos con muchos kilos de más y las
argumentaciones acerca de la relatividad cultural de este fenómeno no resultan
absolutamente convincentes. Las rellenitas venus de Rubens no demuestran que estas
señoras resultaran atractivas en su época, del mismo modo que las esculturas de
Botero no constituyen una prueba de ello en la nuestra. Seguramente no nos vendría
mal un poco de relajación sobre este tema. Deberíamos darle menos importancia al
aspecto físico, pero como es evidente que le damos muchísima importancia, esto es
una especie de declaración hueca. El caso es que no podemos adelgazar, pero
tampoco nos podemos permitir el estar gordos. Señores investigadores en
farmacología: ya que han descubierto el Viagra; ¡encuentren algo pronto para la
obesidad!

114
CAPÍTULO 5

¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES


DIVERTIDO?

SEXO HASTA EN LA SOPA

D ecir que el sexo es importante equivale a hacer una afirmación muy poco
arriesgada. Echo un vistazo alrededor y lo encuentro por todas partes,
infiltrándose en cada minuto de la vida cotidiana. Naturalmente, el sexo (y
el amor) constituyen el tema preferente de las canciones populares y de las películas.
Se emplea como reclamo para vender todo tipo de productos: perfumes, coches,
chocolate e, incluso, chicle. Doy un paseo por la ciudad y encuentro alusiones
sexuales en cada esquina; en determinadas calles recibo proposiciones explícitas para
intercambiar sexo por dinero; en la mayoría de las ocasiones, sin embargo, el tema no
recibe un tratamiento tan directo pero está presente en la forma en que nos vestimos y
arreglamos. Encuentro imágenes con alto contenido sexual prácticamente en todos
los kioscos de prensa de la ciudad y, no tan explícitas, en la mayoría de los museos de
arte. Por supuesto, no se trata de un fenómeno local. El interés por el sexo es una
característica común de todas las culturas que han sido estudiadas hasta la fecha, si
bien existen considerables diferencias en cuanto a qué conductas se consideran
aceptables en público. No necesitamos un estudio científico para aceptar la idea de
que el sexo es importante.
Si nos fijamos en otras especies, la situación no es demasiado diferente. Muchas
de las cosas bellas e interesantes de la naturaleza tienen que ver con el sexo. Los
vistosos colores de algunas aves no están hechos para deleitar nuestros ojos, sino los
ojos de las hembras correspondientes. El ruiseñor que canta entre los árboles no lo
hace por amor al arte; su canción tiene un único mensaje repetido sin cesar: “elígeme,
elígeme”.
Idéntico significado tiene el resplandor de la luciérnaga, los bramidos de los ciervos
en otoño o el incesante sonido de la chicharra. Por supuesto, el significado de la
palabra sexo varía para cada especie. Para los machos de muchos peces significa
eyacular sobre una excitante y apetecible puesta de huevas. Para algunos insectos, el
sexo significa depositar una bolsa con esperma en algún lugar visible, que será
recogida por la hembra para fertilizar sus huevos. Para la mayoría de las plantas, el

116
¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES DIVERTIDO?

sexo implica confiar la semilla al viento o bien ‘seducir’, no a una planta de sexo
contrario, sino a un insecto. Incluso las humildes bacterias practican una forma
particular de sexo consistente en intercambiar fragmentos de material genético. No
cabe duda de que sin sexo las cosas serían mucho menos interesantes para todos.
La gran paradoja estriba en que no sabemos a ciencia cierta por qué existe el sexo
ni cómo surgió. Sólo muy recientemente la biología nos ha proporcionado algunas
hipótesis y no puede decirse que el tema del origen del sexo haya sido objeto de un
debate general ni que haya ocupado la mente de los estudiosos, a pesar de su evidente
importancia. Es necesario precisar algo esta cuestión; la pregunta de “para qué sirve
el sexo” tiene una respuesta trivial: “para la perpetuación de la especie”. Se trata, en
realidad de una pseudo respuesta que no nos explica nada. Evidentemente, si no
existiese algún tipo de reproducción los seres vivos habrían desaparecido, pero de
esto no se deduce que tenga que haber reproducción sexual. Detengámonos un
instante a considerar lo que significa tener este modo de reproducción, frente a uno
asexual. En el primer caso, un individuo que quiera reproducirse tiene que encontrar
y “ponerse de acuerdo” con otro de diferente sexo y de la misma especie. Para ello,
ambos individuos fabrican células especiales, gametos, que contienen sólo la mitad
de los cromosomas de las células normales, de modo que cuando los dos gametos se
fusionan recuperan el número normal de cromosomas que corresponde a la especie.
En definitiva, cuando un individuo se reproduce sexualmente, cada uno de sus hijos
lleva la mitad de los genes de cada progenitor. Esto es, en principio, un mal negocio
ya que la “inversión” en la descendencia se reduce a la mitad. Desde un punto de
vista individual sería preferible que los hijos llevasen el 100% de nuestros genes. Por
otra parte, el juego de aparearse es sumamente incierto y, en muchísimas ocasiones,
los seres vivos mueren sin dejar descendencia. A primera vista, sería mucho más
conveniente un modo de reproducción de tipo asexual, que nos ahorrase todos estos
avatares. Esto puede parecer una discusión absurda, ya que en nuestra especie no
tenemos otra opción que la reproducción sexual (dejando de lado la posibilidad
todavía remota de la clonación artificial). Ciertamente, la mayoría de las especies de
vertebrados (aunque no todas) se encuentran abocadas al sexo sin que puedan escapar
a este destino, pero esto no es generalizable a todas las criaturas. La reproducción
asexual no es infrecuente en insectos y es bastante corriente en hongos y plantas,
aunque en general, alterna con formas de reproducción sexual.
Desde el punto de vista evolutivo, el sexo no es un imperativo, ya que formas
alternativas de reproducción asexual pueden surgir a lo largo del tiempo. Por otra
parte, los cambios necesarios para pasar de reproducción sexual a asexual no son
demasiado grandes en teoría. El óvulo recibe señales químicas de que ha sido
fecundado e inicia un programa de divisiones celulares que pone en marcha el

117
Pablo Rodríguez Palenzuela

proceso de reproducción. Bastaría con que un óvulo ignorase estas señales y realizase
una replicación adicional del material genético (para compensar la ausencia de
espermatozoide) y tendríamos hembras capaces de engendrar hijas sin tener que ser
inseminadas. El misterio del sexo consiste justamente en que, pese a sus aparentes
desventajas, es bastante raro que una especie se reproduzca de forma exclusivamente
asexual. Por razones que resultan en parte misteriosas, cuando esto ocurre y una
especie abandona por completo el sexo parece estar condenada a la extinción, lo cual
sugiere que el sexo confiere alguna ventaja a los seres que lo practican, pero, ¿qué
ventaja?
Una gran diferencia entre la reproducción sexual y asexual estriba en la cantidad
de variabilidad genética que se genera en las poblaciones. El sexo fuerza la
combinación de genes, de manera que cada individuo es, de hecho, único y diferente
a todos los que han existido y existirán, ya que representa una combinación de genes
que no van a volver a encontrarse en otro individuo (o al menos, la probabilidad de
que esto ocurra es increíblemente baja). En cambio, en una población cuyo único
modo de reproducción sea asexual, podemos esperar que las diferencias genéticas
entre los individuos de la población sean pequeñas; no es que no se produzcan
mutaciones, éstas ocurrirán y se transmitirán a la descendencia, pero en ausencia de
los mecanismos sexuales de barajeo de genes, la cantidad de variabilidad genética
que se produce por vía de las mutaciones es pequeña. Por tanto, la pregunta puede
reformularse como: ¿es bueno que exista variabilidad genética en las poblaciones?
Desde un punto de vista evolutivo y considerando un plazo de tiempo bastante largo,
la respuesta es “sí”. La variabilidad genética es buena para una especie porque
aumenta las posibilidades de que ésta pueda adaptarse si las condiciones cambian.
Evidentemente, si se produce un cambio brusco en el hábitat de una especie
particular, la supervivencia dependerá de que existan variantes del tipo normal que
resulten más ventajosas en las nuevas condiciones. Durante algún tiempo los
biólogos especularon con la posibilidad de que la única función del sexo fuera
incrementar la variabilidad en las poblaciones. Según esto, podríamos pensar que la
reproducción sexual tiene lugar por “el bien de la especie”; sin embargo, esta línea de
pensamiento tiene un problema serio, y es que la selección natural no funciona así. Se
trata de una fuerza ciega que no puede anticiparse al futuro. Sencillamente, si un gen
confiere a los que lo poseen una característica ventajosa para la supervivencia, dicho
gen tiende a extenderse en la población; pero para ello la ventaja tiene que producirse
“aquí y ahora”. Ningún gen es seleccionado “por si acaso las condiciones cambian y
entonces resulta ventajoso”. Una explicación coherente sobre la reproducción sexual
tiene que decirnos qué tipo de beneficios inmediatos se producen como consecuencia
de ella.

118
¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES DIVERTIDO?

Básicamente, se han propuesto dos teorías para explicar las posibles ventajas del
sexo: el llamado “modelo de la Lotería” 62 y el “modelo de la Reina de Corazones” 63.
La primera establece que, en un ambiente cambiante, las posibilidades de
supervivencia de la descendencia de un individuo aumentan si ésta tiene mayor
variabilidad genética. Veamos un ejemplo. Supongamos que un árbol produce
semillas todos los años, y que son dispersadas por el viento. Si las semillas son
genéticamente iguales tenderán a ‘comportarse’ de manera similar; esto es,
comenzarán su proceso de germinación en condiciones parecidas. Esto constituye una
estrategia arriesgada. Supongamos que todas las semillas germinan con las primeras
lluvias de otoño y poco después se produce una larga sequía; el 100% de las semillas
que han iniciado su germinación morirían poco después, dejando al árbol sin ningún
descendiente. En cambio, si las semillas producidas tuviesen cierta variabilidad
genética, esperamos que sólo un porcentaje germine el primer año; otro porcentaje
germinaría más adelante e incluso algunas semillas podrían pasar varios años
enterradas antes de germinar. Esta última estrategia es mucho más segura, desde el
punto de vista del árbol progenitor. En lenguaje corriente, decimos que no es bueno
poner todos los huevos en la misma canasta. Esta es la idea que subyace al modelo de
la Lotería: si apostamos por muchos números distintos tenemos más posibilidades de
ganar que si concentramos toda la apuesta a un solo número. La condición para que
esta teoría pueda funcionar es que las condiciones que afectan a la supervivencia sean
cambiantes e imprevisibles.
Esta teoría ha recibido cierto apoyo experimental a partir de estudios sobre
animales que practican la reproducción alternante, es decir, varios ciclos de
reproducción asexual seguidos por uno o más ciclos de reproducción sexual. Es el
caso de muchas especies de pulgón. Estos insectos pasan el verano plácidamente
chupando la savia de las plantas. Durante este periodo se reproducen de forma
asexual, técnicamente partenogénesis, de modo que las hembras dan lugar
exclusivamente a hembras. La población aumenta así muy deprisa lo cual permite a
los pulgones aprovechar la estación favorable. Típicamente, en otoño la población
cambia a un modo de reproducción sexual, de modo que los huevos que tendrán que
sobrevivir al invierno y establecerse al inicio de la primavera constituyen una
población con mayor variabilidad genética. La clave está en que las condiciones
durante el verano son mucho más predecibles que durante el invierno, al menos en lo
que atañe a los pulgones. El hecho de que el modo de reproducción sexual o asexual

62 Van Valen, L. “A new evolutionary law”. Evol. Theory 1: 1-30. 1973.


63 Bell, G. The Masterpiece of Nature: The Evolution and Genetics of Sexuality.
University of California Press. 1982.

119
Pablo Rodríguez Palenzuela

esté acoplado al grado de incertidumbre ambiental es concordante con la teoría de la


Lotería.
El modelo de la Reina de Corazones es bastante parecido y ambas teorías no son
mutuamente excluyentes. El nombre alude metafóricamente al conocido personaje de
Alicia en el país de las maravillas (esa que ordenaba que sus ayudantes fueran
decapitados en cuanto no cumplían sus deseos al pie de la letra). En un momento de
esta historia, el paisaje empieza a cambiar bruscamente, mientras la Reina y Alicia
corren todo lo posible. Alicia comenta lo absurdo de la situación: el tener que correr
para no llegar a ningún sitio. “Debes venir de un país muy lento” replica la Reina,
“tienes que correr cuanto puedas para quedarte en el sitio, y tienes que correr el doble
si quieres llegar a alguna parte”.
En esta teoría se supone que gran parte de la descendencia no logrará sobrevivir
debido a los depredadores o a organismos patógenos. Luego, en estas condiciones
resulta ventajoso producir una descendencia variable en la esperanza de que, al
menos una parte, logre escapar a estas amenazas por el mero hecho de ser diferente.
En los últimos años se ha destacado enormemente el papel de los microorganismos
patógenos y el hecho de que se produzca una “carrera de armamentos evolutiva”
entre los patógenos y sus organismos hospedadores. En las especies de mamíferos, la
hipótesis de la Reina de Corazones es la más aceptada para explicar los beneficios del
sexo. Por supuesto, eso nos incluye a nosotros.
Para un habitante de Europa occidental del siglo XXI es posible que las
enfermedades causadas por microorganismos no le parezcan un problema serio, pero
esto es engañoso. Las enfermedades han sido un factor importante en la evolución de
las especies y han tenido también un papel relevante en el desarrollo de la
Humanidad y, de hecho siguen teniendo enorme importancia en muchos países.
Tomemos como ejemplo el SIDA. En realidad el virus que origina esta enfermedad
no produce un daño directo a la persona afectada, sino que ataca específicamente a un
tipo de células necesario para combatir a los microorganismos que habitualmente se
encuentran en nuestro entorno. En un mundo totalmente libre de patógenos, el virus
del SIDA no causaría efectos graves; pero por desgracia, esto es imposible. Vivimos
en un mundo lleno de microbios y si normalmente no nos ponemos enfermos, es
debido a nuestra capacidad de mantenerlos a raya. El resultado de esta prolongada
exposición a los agentes causantes de enfermedades es que patógenos y hospedadores
están en continua evolución. Un individuo con mayor resistencia a enfermedades
tendrá mayores probabilidades de sobrevivir y dejar sus ‘buenos’ genes a la
descendencia. A la inversa, los patógenos son seleccionados por su capacidad de
atravesar nuestras barreras y reproducirse en el interior de nuestro organismo. Esto es

120
¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES DIVERTIDO?

lo que los expertos denominan coevolución y se parece mucho a una carrera de


armamentos.
La malaria constituye un buen ejemplo de enfermedad que ha tenido una notable
influencia en la evolución de las poblaciones humanas. Esta enfermedad está causada
por un protozoo capaz de infectar los glóbulos rojos sanguíneos, causando fiebres
altas e intermitentes y anemia. La malaria es una de las principales enfermedades a
escala mundial. En un año pueden producirse 250 millones de casos en todo el
planeta y causa cerca de dos millones de muertes. Se trata de una enfermedad muy
antigua: Hipócrates describió con claridad sus síntomas hace 2.500 años. La malaria
es endémica de zonas tropicales coincidiendo con la zona de distribución de su
vector, el mosquito Anopheles, y es particularmente grave en el África subsahariana.
En estos países, prácticamente toda la población se encuentra infectada. En resumen,
se trata de una enfermedad grave, que lleva largo tiempo afectando a los humanos;
parece lógico pensar que la selección natural haya favorecido a los individuos con
mayor resistencia a esta enfermedad. De hecho, tenemos pruebas de que esto es
exactamente lo que ha ocurrido.
Las poblaciones del África subsahariana presentan con mayor frecuencia algunas
enfermedades genéticas que afectan a la forma y función de los glóbulos rojos, como
la anemia falciforme. Los individuos que padecen esta enfermedad tienen glóbulos
rojos de forma alargada, que resultan menos eficaces para el transporte de oxígeno en
la sangre. La enfermedad está causada por un único gen recesivo, de manera que es
necesario poseer dos copias iguales de dicho gen para padecer la anemia falciforme.
Sin embargo, los individuos heterozigóticos (esto es, los que poseen una copia del
gen normal y otra copia del gen falciforme) presentan mayor resistencia a sufrir la
malaria que los individuos normales. De modo que se trata de un fenómeno con dos
caras. Mientras que poseer dos copias del gen recesivo supone un problema de salud
serio, el hecho de poseer una sola copia supone una ventaja importante: la de ser más
resistente a la malaria. A pesar de las desventajas, el gen responsable de la anemia
falciforme ha sido seleccionado en estas poblaciones. Hay que señalar que esta
selección no se ha producido en poblaciones donde la malaria no es endémica, lo que
nos indica que las ventajas sólo tienen lugar en un ambiente cargado con el patógeno.
En África, la frecuencia de la anemia falciforme en la población coincide con la
incidencia de malaria en dicha zona.
Es posible que se pregunten qué tiene que ver todo esto con el sexo. A ello voy.
Ya hemos visto que la consecuencia más notable de la reproducción sexual es el
aumento de la variabilidad genética en la descendencia y esta característica, el hecho
de que cada individuo sea diferente, constituye una de las principales formas de
resistencia frente a las enfermedades. Podemos aclarar esta cuestión con una imagen.

121
Pablo Rodríguez Palenzuela

Resulta útil pensar en los microorganismos patógenos como en una banda de hackers
empeñados en entrar en el “ordenador” de nuestro organismo. Para ello tienen que
conseguir una serie de contraseñas que les faciliten el acceso. Se trata de algo más
que una simple metáfora, ya que los microorganismos patógenos frecuentemente
reconocen algunas moléculas concretas de nuestras células para lograr su entrada y
supervivencia en las mismas. Por tanto, si todos los individuos fuéramos muy
parecidos genéticamente, para los microbios resultaría muy fácil atacarnos: una vez
que uno de ellos hubiera conseguido las claves, éstas serían aplicables al resto de los
individuos de la población y caeríamos como chinches. En estas circunstancias, el
mero hecho de ser diferente constituye una ventaja esencial. La variabilidad genética
que se crea en cada generación obliga a los patógenos a encontrar de nuevo las
contraseñas para penetrar en el organismo. El hecho de tener un modo de
reproducción sexual equivale a “cambiar las cerraduras” en cada generación, lo que
hace el trabajo un poco más difícil a los microorganismos patógenos. Esta diferencia
no es trivial.
Tal vez no le parezca una explicación muy convincente, pero la hipótesis de la
Reina de Corazones constituye la hipótesis más aceptada en la actualidad para
explicar cuáles son los beneficios a corto plazo de la reproducción sexual frente a la
asexual. Sin embargo, no debemos poner la mano en el fuego. Se trata de una
hipótesis que ha recibido un cierto apoyo experimental, pero que resulta muy difícil
de contrastar. En general, en el campo de la evolución resulta muy complicado llegar
a conclusiones totalmente definitivas y probablemente nunca podamos tener a una
certeza absoluta en este caso. Por otro lado, la cosa tiene también su lado
humorístico. Según la biología, tanto el sexo como nuestra identidad individual son
una consecuencia indirecta de la lucha evolutiva entre los animales y sus
microorganismos patógenos. Una cuestión colateral, podríamos decir.
Aparentemente, se trata de otra vuelta de tuerca. La biología vuelve a causarnos una
herida en nuestro orgullo de mamíferos dominantes. Y de nuevo, podemos resistir la
sensación de que esto constituya un varapalo. ¿Por qué tendría que ser una
humillación? Después de todo, las cosas siempre tienen una explicación. El sexo
tiene que tener algún origen. Si se trata de una forma de defendernos de las
infecciones, pues bienvenida sea. El hecho de que podamos explicar (más o menos)
el origen biológico de la reproducción sexual no hace al sexo menos interesante como
experiencia individual.

122
¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES DIVERTIDO?

ANIMALES SEXUALES

Además de la cuestión del origen evolutivo del sexo, surgen otras preguntas. ¿Por
qué existen dos sexos bien diferenciados? De nuevo, estamos tan acostumbrados a
esta situación que solemos considerarlo como inevitable, de alguna forma “darlo por
hecho”. Pero lo cierto es que, en principio, los sexos podrían ser muy similares; y
esto es lo que ocurre en muchas especies de seres vivos, aunque no en los
vertebrados. Tampoco sabemos por qué sólo existen dos sexos, ¿por qué no tres o
cuatro? Y aun en el supuesto de que haya dos sexos, ¿no podría cada individuo ser
portador de órganos sexuales masculinos y femeninos? Puede que esta posibilidad –
el hermafroditismo– parezca un poco rara, pero muchas especies la han adoptado
como norma. La mayoría de las especies vegetales son hermafroditas y esta
condición ocurre (aunque raramente) en algunos animales. Es el caso de los caracoles
terrestres, que inseminan y son inseminados al mismo tiempo cuando se aparean.
Aunque no tenemos respuestas definitivas para estas preguntas, los biólogos
evolutivos han trabajado mucho para suministrar, al menos, respuestas parciales. La
biología del sexo es endemoniadamente compleja y a lo largo de la evolución ha
surgido un sinfín de variaciones y adaptaciones de todo tipo.
Simplificando muchísimo la cuestión, podríamos decir que en los orígenes los dos
sexos eran iguales y la tarea de la reproducción estaba repartida al 50%. Los biólogos
llaman a esta condición isogamia. En ella, los dos gametos son del mismo tamaño y
tienen una forma similar, por lo que ambos progenitores hacen un gasto comparable
en cuanto a la energía que hay que aportar para la producción de estas células. Este
tipo de reproducción, basado en la estricta igualdad, todavía es utilizado por algunos
seres vivos bastante simples como, por ejemplo, algunas especies de
Chlamydomonas, un animal microscópico capaz de realizar fotosíntesis como las
plantas. En esta ‘sociedad’ igualitaria, ambos sexos fabrican sus células gaméticas y
las liberan al medio acuoso circundante donde, con un poco de suerte, dos gametos
de sexo opuesto se unirán para formar un nuevo ser. Apenas cabe hablar aquí de
distintos “sexos”, más bien se trata de dos “grupos de apareamiento” diferentes, ya
que lo único que los distingue es la imposibilidad de que dos gametos del mismo
grupo se unan.
Para bien o para mal la tendencia en la evolución ha sido justamente la contraria:
hacia una mayor asimetría entre los dos sexos. En la mayoría de los animales esta
diferencia es enorme. Por lo general, el óvulo se distingue por ser inmóvil y tener un
tamaño muy superior al del espermatozoide. La consecuencia fundamental de esta
asimetría es que las hembras corren con la mayor parte del gasto energético asociado
a la reproducción. El huevo de la gallina contiene una cantidad muy significativa de

123
Pablo Rodríguez Palenzuela

elementos nutritivos, que permitirán el desarrollo del feto; en cambio, el gallo ha


contribuido tan sólo con una pequeña cantidad de líquido seminal, lo cual representa
una inversión energética mucho menor. Sin embargo, el ‘premio’ es similar: cada
pollito lleva el 50% de los genes del gallo y el otro 50% de la gallina. Las diferencias
son igualmente notables en los mamíferos: la hembra pone todos los recursos para la
alimentación del feto, además de protegerlo y cargar con él; después del nacimiento
la hembra sigue suministrando alimento en forma de leche, mientras que provee la
mayoría de los cuidados parentales (aunque esto varía según especies). La asimetría
macho-hembra constituye uno de los factores más importantes para explicar la
biología reproductiva de las especies y tiene profundísimas consecuencias.
En cierto modo, podríamos considerar que, en este juego, el macho es una especie
de parásito de la hembra. En algunos casos esto es así literalmente. Por ejemplo, en
algunas especies de peces abisales, que habitan en aguas muy profundas, los machos
están reducidos a pequeños apéndices de apenas unos milímetros de longitud, que se
encuentran permanentemente unidos al cuerpo de la hembra; no es extraño que la
mayoría de los órganos del macho se atrofien, excepto, claro está, los testículos.
Esta asimetría en el reparto de las tareas reproductivas (aparte de ofender nuestro
sentido de la justicia) ha dado lugar a muchísimas adaptaciones, que afectan tanto a la
forma como a la conducta de los animales. En efecto, desde el momento en que las
cargas no están repartidas por igual, los intereses reproductivos de uno y otro sexo
difieren, dando lugar a que la selección natural haya favorecido aquellas
modificaciones que resulten más eficaces, es decir, aquellas que permitan lograr un
mayor número de descendientes por término medio. La consecuencia de esto es que
machos y hembras no difieren sólo en sus órganos sexuales (en caracteres sexuales
primarios), sino también en otros (llamados secundarios). La más conspicua de estas
diferencias es el tamaño del cuerpo. En general, las hembras son mayores en
moluscos, arácnidos, insectos, peces y anfibios. En cambio, los machos suelen ser de
mayor tamaño en los mamíferos. En reptiles y aves encontramos bastante variación.
Por ejemplo, dentro de las aves, las hembras suelen ser más grandes entre las rapaces
pero más pequeñas entre las gallináceas. En reptiles, las hembras son mayores en
tortugas y serpientes. La explicación evolutiva para estas diferencias (en términos
científicos, dimorfismo sexual) tendríamos que buscarla caso por caso.
El dimorfismo sexual se manifiesta en otros muchos caracteres, aparte del tamaño.
Estamos muy familiarizados con los plumajes vistosos de muchas aves, así como con
el desarrollo de otros “órganos de seducción”. Y, por supuesto, las diferencias no se
limitan al aspecto, sino también afectan a la conducta durante el apareamiento y al
cuidado de las crías (o a la ausencia de cuidado). En algunos casos extremos las
diferencias entre machos y hembras son tan pronunciadas que los naturalistas las

124
¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES DIVERTIDO?

clasificaron como especies diferentes e incluso géneros diferentes. La idea


fundamental es que esta asimetría hace que ambos sexos tengan diferentes intereses
reproductivos y de aquí se sigue que la evolución haya seleccionado caracteres
distintos en machos y hembras, debido a que resultaban favorables para los intereses
de los respectivos sexos.
La idea de que machos y hembras tengan diferentes estrategias reproductivas está
de acuerdo con la intuición. Desde el momento que el macho tiene que gastar
cantidades (relativamente) pequeñas de energía para lograr el mismo premio
reproductivo que la hembra, resulta lógico pensar que la mejor estrategia
reproductiva para un macho consista en inseminar a un número alto de hembras. De
hecho, las posibilidades reproductivas de los machos son, en teoría, fantásticas. Un
solo gallo puede inseminar a todas las gallinas del corral. Un solo carnero puede
preñar a todas las ovejas del rebaño. Desde el momento en que la inseminación es un
acto mucho menos costoso en tiempo y energía que poner huevos o criar a los
corderitos, los machos pueden tener (en teoría) un número de descendientes muy
superior al de las hembras. Obviamente, para las hembras las cosas son bien distintas.
Para ellas el éxito reproductivo depende del ‘trabajo duro’, es decir, de convertir
recursos alimenticios en huevos, corderillos, o lo que sea.
A primera vista, podríamos pensar que los machos son los grandes beneficiados
del modo en que funcionan las cosas, ya que se llevan la mitad del premio con una
inversión insignificante. Sin embargo, la estrategia reproductiva del macho tiene un
inconveniente fundamental: la competencia con otros machos. Aunque las
posibilidades en términos reproductivos sean fantásticas, la dura realidad puede ser
muy diferente. ¿Qué pasa con el macho que no consigue acceder a ninguna hembra?
Sencillamente, que se enfrenta a la “muerte darwiniana”, que consiste en que sus
genes no pasan a la siguiente generación. En definitiva, la estrategia reproductiva de
los machos es mucho más insegura que la de las hembras. Éstas, al fin y al cabo,
dependen de sí mismas siempre que hayan sido fecundadas. En cambio, para los
machos la “vida es riesgo”. Es posible que algunos tengan un número
desproporcionadamente alto de descendientes, pero ello será a costa de que otros
machos no dejen ninguno. A los machos de la mayoría de las especies lo que les vale
es apostar fuerte.
Por supuesto, el párrafo anterior contiene una generalización brutal. Tendríamos
que analizar especie por especie cuál es la estrategia reproductiva de cada sexo. No
obstante, la simplificación resulta útil siempre que recordemos que sobre esta idea
básica han surgido miles de variaciones. Hemos visto que para los machos el factor
limitante suele ser el acceso a las hembras (cuantas más mejor), pero, ¿cuál es la
estrategia óptima para las hembras? Puesto que ellas realizan casi toda la inversión,

125
Pablo Rodríguez Palenzuela

tienen más o menos garantizado el acceso a la reproducción, por lo que son las
hembras las que pueden elegir al macho, ya que lo normal es que haya varios
“pretendientes”. En primera instancia, lo que le interesa a la hembra es pillar buenos
genes, o sea aparearse con machos que presenten características que favorezcan la
supervivencia y la reproducción de la descendencia. Recordemos que para una
hembra, la descendencia está compuesta de machos y hembras (generalmente al 50%,
pero esto no es una regla absoluta). A una gallina dada le “interesa” que sus
descendientes machos sean capaces de aparearse con muchas gallinas y dejar, a su
vez, muchos descendientes. Por tanto, le interesará aparearse con gallos fuertes y
agresivos, capaces de atraer a otras hembras y mantener a otros rivales a raya. Por
otro lado, le “interesa” que sus descendientes, machos y hembras, sean vigorosos y
capaces de resistir a parásitos y depredadores. La clave del asunto estriba en que,
puesto que existe un “exceso de capacidad inseminadora” por parte del conjunto de
los machos, las hembras pueden permitirse el lujo de “elegir” aparearse con aquellos
que resulten mejores para sus intereses reproductivos.
Esta sencilla idea se conoce como “selección sexual” y fue propuesta por Charles
Darwin como solución al misterio de las diferencias entre sexos. La idea no fue muy
bien acogida al principio, cosa que no resulta extraña. Lo que Darwin estaba diciendo
es que la elección del macho por parte de las hembras constituye una de las
herramientas básicas de la evolución. Para una sociedad tan mojigata y sexista como
la de la Inglaterra victoriana esto tenía que resultar difícil de asimilar. Y, sin
embargo, Darwin tenía razón.
En general, la idea de la selección natural nos sugiere imágenes de una lucha
despiadada: garras y dientes. Solemos atribuir la capacidad de supervivencia a cosas
tales como la habilidad para cazar o para evitar a los depredadores. Naturalmente,
esto es una parte del proceso pero no el fenómeno entero. El éxito darwiniano
consiste en dejar muchos descendientes. Para ello hay que sobrevivir en sentido
estricto (comer y no ser comido), pero también hay que aparearse. Las características
óptimas para estas dos cuestiones pueden ser muy diferentes. Darwin solía decir: “Es
más importante ser bello que ganar una batalla”. El propio Darwin definió selección
sexual como “la ventaja que determinados individuos tienen sobre otros de la misma
especie y del mismo sexo, en lo que se refiere exclusivamente a la reproducción”.
Muchas de las características que aparecen en la naturaleza pueden explicarse
únicamente mediante este mecanismo; tal es el caso de las imponentes cornamentas
de los ciervos, el plumaje de los colibríes o la increíble cola del pavo real. Este
último caso constituye el ejemplo clásico de selección sexual y ha sido objeto de
mucha especulación por parte de los biólogos. Está muy claro que para el macho del
pavo real, la cola es un verdadero órgano de seducción, donde tamaño y colorido

126
¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES DIVERTIDO?

cuentan. Se ha comprobado que el éxito reproductor de los machos de esta especie


depende enormemente de estas características. El problema es que una cola tan
descomunal acaba siendo un inconveniente grave para los aspectos no reproductivos
de la supervivencia. ¿Han visto alguna vez un pavo real volando? Es un espectáculo
patético.
Hasta hace algunos años, los expertos estaban convencidos de que la selección
sexual podía ser, en algunos casos, arbitraria. En este caso concreto se suponía que a
las hembras de pavo real les había dado por preferir machos de cola vistosa y que,
una vez establecida esta preferencia dentro de la población, la competencia actuaba
en el sentido de favorecer el aumento de la cola. Evidentemente, a una hembra le
conviene aparearse con un macho “atractivo”, puesto que así sus hijos serán también
atractivos y se reproducirán más. También se pensaba que esta “carrera
armamentística” podía llevar a la desaparición de la especie, cuando todos los
machos fueran “súper-atractivos” pero incapaces de volar. No obstante, a finales de
los años 90, Amotz Zahavi 64propuso el denominado “principio del handicap” que
explicaba la aparente “estupidez” de la elección de las hembras del pavo real. Según
este principio, las hembras no son tan tontas al fin y al cabo; una cola tan
exageradamente larga constituye una “prueba” de que su portador tiene “buenos
genes” ya que ha sido capaz de sobrevivir a pesar del “lastre” que supone dicha cola.
De alguna forma, el mensaje del macho es: “Mírame, mi cola no sólo es
irresistiblemente hermosa, sino que además constituye una prueba de mis
capacidades como ave superviviente. Observarás que los depredadores no han
logrado atraparme, porque soy rápido como una centella a pesar de lo difícil que
resulta volar con este trasto”.
Investigaciones recientes en especies tan variadas como el pez cebra y el mirlo
común sugieren que muchas características que las hembras consideran “atractivas”
están correlacionadas con el vigor y estado de salud de los machos que las tienen, lo
que a su vez proporciona información indirecta de la “calidad de los genes” de éste.
Por ejemplo, las hembras de los mirlos prefieren aparearse con machos que presentan
un color amarillo brillante en el pico y el anillo ocular. Estas características dependen
del nivel de carotenoides del macho y los científicos saben desde hace tiempo que
existe una relación entre estas sustancias y el estado de salud. Las infecciones
prolongadas disminuyen la cantidad de carotenoides en sangre y, a la inversa, el
consumo de estas sustancias ayuda a combatir las infecciones. Bruno Faivre, un
biólogo de la Universidad de Dijon (Francia) encontró pruebas directas de la relación

64 Zahavi, A. The handicap Principle: A missing piece of Darwin’s puzzle. Oxford


University Press. 1997.

127
Pablo Rodríguez Palenzuela

entre estas sustancias, el color del pico y el éxito reproductivo en una población de
mirlos 65.
En resumen, la teoría de la selección sexual explica las diferencias morfológicas y
de conducta entre los dos sexos de una especie basándose en la elección de
(normalmente) las hembras hacia determinadas características del macho. Aunque no
podemos estar completamente seguros, existen indicios de que estas características
no son arbitrarias sino que están relacionadas con una mayor supervivencia de la
descendencia. Es importante señalar que la teoría predice que las diferencias entre
sexos sólo son esperables si afectan a la estrategia reproductiva.

INVERSIÓN PARENTAL

En 1948 el genetista inglés A. J. Bateman inició un experimento que a primera


vista puede parecer una broma de mal gusto, pero que resultó ser uno de los trabajos
más importantes de la biología evolutiva 66. Bateman colocó en cada frasco a cinco
machos y a cinco hembras de Drosophila melanogaster, la mosca del vinagre. El
objeto del experimento era comparar la probabilidad en ambos sexos de que las
moscas tuvieran descendencia. Dado que todos los individuos poseían marcadores
cromósomicos, era posible identificar quiénes eran los padres y las madres de las
moscas de la siguiente generación. Al cabo de algunos días, la naturaleza siguió su
curso y fue posible examinar los resultados. Sólo el 4% de las hembras fracasaron en
el apareamiento (a pesar de que fueron activamente cortejadas); en cambio el 21% de
los machos no consiguieron aparearse, pero aquellos que tuvieron más éxito
produjeron muchos más descendientes que las hembras más fértiles. Expresado en
términos estadísticos, los machos tienen mayor varianza reproductiva que las
hembras; en términos corrientes diríamos que el proceso es más azaroso para los
machos, ya que algunos tendrán muchos descendientes y otros pocos o ninguno. La
segunda diferencia entre machos y hembras estriba en que, para los primeros, el éxito
reproductivo depende del número de hembras con las que se aparee. En cambio, para
las hembras el número de cópulas no constituye un factor esencial, ya que con una o
dos consigue todo el esperma necesario para su fecundación. En estas condiciones, la
selección favorecerá la promiscuidad activa de los machos y la selectividad pasiva de
las hembras. El llamado principio de Bateman ha sido comprobado

65 Faivre, B., Grégoire, A., Préault, M., Cézilly, F. y Sorci, G. “Immune Activation
Rapidly Mirrored in a Secondary Sexual Trait”. Science 300: 29-31.
66 Bateman, A. J. “Intra-sexual selection in Drosophila”. Heredity 2: 349-368. 1948.

128
¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES DIVERTIDO?

experimentalmente en muchas otras especies, tanto en cautividad como en el medio


natural.
Curiosamente, el experimento de Bateman no fue apreciado en su justa medida en
los años 40. Tuvieron que pasar más de 20 años para que dos biólogos evolutivos,
Williams y Trivers, elaboraran una teoría general sobre la “inversión parental” que es
aplicable a un gran número de especies y situaciones. En esta teoría se define
“inversión parental” como “cualquier comportamiento hacia la descendencia que
aumenta las probabilidades de supervivencia de la misma, a costa de la capacidad
paterna de invertir en otra descendencia”. Por ejemplo, la hembra de un insecto
deposita sustancias nutritivas en cada huevo, que permiten el desarrollo de la larva. Si
la cantidad de nutrientes en uno de los huevos aumenta, esto incrementa las
posibilidades de supervivencia de esa larva en particular, pero disminuye el número
total de huevos de la hembra. En principio, un huevo contiene una inversión mayor
que un espermatozoide, en el sentido de reducir más drásticamente los recursos a
invertir en una nueva descendencia. La teoría predice que el sexo que realiza la
mayor inversión (normalmente la hembra) optimizará su estrategia deteniéndose en
un número menor de descendientes; en el caso de Drosophila, para la hembra el
óptimo se alcanza en un número de huevos relativamente pequeño, ya que si el
número se hace muy grande la cantidad de nutrientes que contiene cada uno resultará
inadecuadamente baja. En cambio para el macho el óptimo se produce en un número
de huevos mucho mayor, a base de fecundar a distintas hembras. En este caso, los
costes se derivan del esperma y del tiempo y la energía necesarios para el cortejo. Al
macho lo que le conviene es copular todo lo que sea capaz físicamente.
Resumiendo. Los animales invierten una cierta cantidad de recursos en cada
posible descendencia y es razonable suponer que la selección natural actuará de
modo que dicha inversión se acerque a valores óptimos, que generalmente serán
distintos para ambos sexos. Esta inversión no se limita al hecho de dedicar sustancias
nutritivas en el huevo o en el desarrollo del feto, sino que también puede manifestarse
en acciones diversas que contribuyan a aumentar la supervivencia de la prole. Por
ejemplo, los insectos parasitoides colocan su puesta en el interior del cuerpo de otro
animal, de modo que cuando los huevos eclosionan, las larvas se dedican a comerse
vivo al infortunado, a la manera de Alien en la famosa película.
Evidentemente, este comportamiento contribuye de manera significativa a la
supervivencia de las crías. El tiempo y la energía que dedica la hembra parasitoide a
encontrar una “presa”, constituyen una inversión parental, ya que disminuye los
recursos de ésta para criar otra descendencia.
Como hemos visto, en general la inversión es mayor en el caso de las hembras,
pero esta situación puede equilibrarse, incluso invertirse en algunos casos, dando

129
Pablo Rodríguez Palenzuela

lugar a adaptaciones verdaderamente fascinantes. Uno de los casos más dramáticos


de “compensación” se produce entre algunos artrópodos como la mantis religiosa
(familia Mantidae) o la araña viuda negra (Latrodectus spp.). Es sabido que en estas
especies el macho tiene altas probabilidades de ser devorado por la hembra durante la
cópula. Irónicamente, la mantis empieza por comerse la cabeza del macho mientras el
abdomen de éste sigue cumpliendo con su obligación (de hecho, este órgano resulta
más eficaz en su función copuladora cuando está separado de la cabeza).
Aparentemente, se trata de una conducta “voluntaria” en la que el macho se “suicida”
dejándose devorar. Por supuesto, no hay razones para pensar que el macho sea
consciente, en el sentido en el que los humanos utilizamos el término. Si una
conducta resulta apropiada para la reproducción, los genes que la gobiernan son
seleccionados y punto. Pero, dado que estos insectos manifiestan una conducta
encaminada a unos objetivos (por inconscientes que estos sean), tiene lógica hablar
de “intención” y “voluntad”, aunque sea en sentido figurado. Es posible que la
conducta de la hembra nos parezca terrible, pero si nuestra especie estuviera
emparentada con la mantis tal vez pensáramos de otra forma.
El caso es que al macho seguramente le conviene ser devorado. Se han esgrimido
dos tipos de argumentos. El primero consiste en que su propio cuerpo constituye una
especie de “regalo nupcial”. Más que un regalo, se trataría de una devolución. La
hembra va a poner la mayor parte de la inversión en la descendencia, así que no está
mal que él contribuya un poco a esta tarea después de todo. Al estar bien alimentada,
la hembra será capaz de poner más huevos. Por otra parte, en los animales donde se
produce el canibalismo, el abdomen del macho continúa pegado al orificio genital de
la hembra durante largo tiempo, convirtiéndose en una especie de “cinturón de
castidad”, el cual garantiza que la hembra no podrá ser fertilizada por otro macho.
Además, se ha comprobado que para los machos de estas especies, las posibilidades
de encontrar otra hembra son bastante bajas, por lo que aunque escaparan al abrazo
mortal de su “amada” sería improbable que se reprodujeran otra vez. En conjunto,
estos factores pueden ser una ventaja muy significativa para la reproducción del
macho, hasta el punto de que merezca la pena “sacrificarse” por ello.
Entre los peces los cuidados parentales son poco frecuentes, pero cuando tienen
lugar lo más probable es que los realice el macho y no la hembra. La razón es bien
clara. En estos animales la fertilización es externa, no interna. La hembra pone los
huevos en un lugar apropiado y, después, el macho los fertiliza regándolos con su
esperma. Aquí el orden de actuación es esencial. Los preciosos segundos que necesita
el macho para cumplir su función suelen ser aprovechados por la hembra para salir
corriendo. Esto deja al macho con un terrible dilema. ¿Abandonará los huevos
fertilizados por él a su suerte? Ello supondría una terrible pérdida; tendrá que atraer

130
¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES DIVERTIDO?

otra hembra a punto de desovar y quitarse de encima a los machos rivales. Por otro
lado, la hembra le ha dejado un buen “marrón” encasquetándole en exclusiva el
cuidado de la prole. Para él también sería más conveniente salir corriendo, si tuviera
la seguridad de que la hembra va a proporcionar a los pececitos los cuidados
necesarios. En esta situación, la conducta del macho a largo plazo tenderá hacia una
estrategia evolutiva óptima. Es muy posible que se coma el marrón y se avenga a
cuidar a los alevines, ya que ello redunda en su “interés”, a pesar de la “traicionera”
actuación de su compañera.
En las aves la inversión parental de ambos sexos suele estar relativamente
equilibrada. Obviamente, el coste energético de los huevos lo pone la hembra, pero
otras muchas acciones encaminadas a aumentar la supervivencia de la prole están
bien repartidas. Típicamente, las aves nidificantes tienen que invertir tiempo y
energía en defender un territorio, construir el nido, empollar los huevos, alimentar
frenéticamente a las crías y, en algunos casos, defenderlas frente a depredadores. En
estas condiciones, los polluelos no tienen ninguna posibilidad de sobrevivir sin el
trabajo constante de los padres y, normalmente, es imprescindible el concurso de los
dos progenitores para llevar a cabo esta tarea. No es extraño que la mayoría de estas
aves sean monógamas. Algunas especies forman parejas temporales para una única
estación de cría; en otras, las parejas duran toda la vida
¿Cuál podría ser la estrategia reproductiva óptima en estos casos? En principio, lo
mejor para el macho sería fecundar a varias hembras, pero dado que los pollos no
sobrevivirían sin el concurso de ambos progenitores, esta estrategia no le llevaría
muy lejos. Es posible que lo consiga, pero es improbable que deje así muchos
descendientes. Para la hembra, es imprescindible la ayuda del macho si quiere criar a
sus polluelos. ¿Se trata, pues, de un conmovedor ejemplo de armonía conyugal en la
naturaleza? No tan deprisa. Las cosas son un poco más complicadas. El macho puede
mejorar sus opciones reproductivas de dos maneras. La primera consiste en fecundar
a las hembras de otras parejas, de manera que los machos “engañados” empleen su
tiempo y energía en criar unos polluelos que no son suyos. Desde el punto de vista
reproductivo, esta estrategia es fantástica, pero tiene un punto débil. Para llevarla a
cabo, el macho tiene que hacer incursiones en territorios vecinos durante el periodo
crítico. Nada impide que otros rivales penetren en su territorio y le hagan la misma
jugarreta que él pretendía hacer. Este dilema puede llevar al macho a realizar un
trasiego incesante, con objeto de guardar su casa y entrar en la del vecino al mismo
tiempo.
La segunda estrategia la pueden aplicar sólo aquellos machos particularmente
eficaces obteniendo alimento. Consiste en mantener un nido primario y otro
secundario en un territorio no demasiado alejado. Puede funcionar, pero requiere un

131
Pablo Rodríguez Palenzuela

trabajo agotador por parte del macho promiscuo, ya que tiene que mantener a su
“esposa legítima” y a su “querida”. Se ha comprobado que los polluelos de los nidos
primarios, a los que dedica atención preferente, tienen mayor probabilidad de salir
adelante. ¿Y qué podría hacer la hembra para mejorar sus opciones reproductivas?
Bueno, si ha conseguido la “ayuda” de un macho, es posible que le interese aparearse
con otro diferente, si este último parece tener “mejores genes”. De esta forma, la
hembra consigue “lo mejor de dos mundos”. Por una parte, su “pareja oficial” se
dedica devotamente al cuidado de la prole, la cual lleva los genes “superiores” de
otro macho, y esto contribuirá en el futuro al éxito reproductivo de la hembra. Esta
teoría ha podido contrastarse experimentalmente y se ha visto que en muchas
especies de aves teóricamente monógamas, el porcentaje de “adulterio” es bastante
elevado. Piensa mal y acertarás.
Una excepción particularmente interesante es la del faloropo picogrueso
(Phaloropus fulicarius). Se trata de un ave perteneciente al grupo de los límicolas
(emparentado con la agachadiza y el chorlito) que habita en regiones árticas. En este
caso son los machos los que realizan en solitario la mayor parte de la inversión
parental, ya que la hembra se limita a poner los huevos, dejando a su pareja la
incubación y la crianza de los polluelos. Tal como predice la teoría, en este caso son
las hembras –no los machos– las que tienen colores llamativos y manifiestan una
agresiva conducta sexual. En la época de cría puede observarse a grupos de hembras
persiguiendo a un macho, mientras emiten un característico sonido “prrut”
retumbante y de largo alcance. No cabe duda de que la agresiva sexualidad de la
hembra del faloropo está en línea con la teoría de la inversión parental. ¿Por qué la
hembra del faloropo picogrueso ha conseguido “liberarse” de casi todas sus tareas
reproductivas y la mayoría de las hembras de otras especies no? Me temo que no es
posible contestar a esta pregunta por el momento.
Algunas especies de aves en las que no ocurren cuidados paternos, han adoptado
un curioso modo de apareamiento denominado lek. Durante el periodo de celo los
machos se congregan en un círculo, el lek propiamente dicho, donde realizan todo
tipo de señales de apareamiento. Sin embargo, es en la zona central donde está casi
toda la diversión, puesto que los afortunados machos que logran acceder allí son los
que realizan la mayoría de las cópulas. Por supuesto, no es cuestión de suerte; es fácil
imaginar que la competencia por lograr un sitio privilegiado en el círculo es bastante
intensa. De eso se trata. En este caso las hembras saben (en sentido figurado) que no
van a conseguir ningún tipo de colaboración por parte de los machos, por lo tanto su
interés se centra exclusivamente en la calidad de los genes de éste. Y para ello el lek
es un dispositivo inmejorable. Las hembras tienen a todos los machos agrupados y
realizando el tipo de despliegue sexual que caracteriza a la especie, por lo que la

132
¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES DIVERTIDO?

comparación resulta inevitable. Mejor aún, les basta dejar que los machos se peleen
por conseguir un buen sitio; así tienen la garantía de que se aparean con los que
consiguen vencer en la pelea. En el fondo, el lek es una especie de mercado en el que
las hembras miran, comparan y se llevan lo que más les gusta.
En resumen, lo que nos dice la biología evolutiva sobre la sexualidad de los
animales es que el sexo que realiza la menor inversión parental, generalmente el
macho, tendrá mayor incertidumbre reproductiva, tratará de aparearse con el mayor
número posible de hembras y será menos selectivo en cuanto a éstas. Por el contrario,
el sexo con mayor inversión parental, generalmente la hembra, será más selectivo en
la elección de compañero sexual y desarrollará estrategias encaminadas a aparearse
con individuos que exhiban características favorables, a asegurarse la inversión
parental del otro sexo o ambas cosas.

NUESTROS PRIMOS PRIMATES

Ha llegado el momento de echar un vistazo a las costumbres sexuales y sociales


de nuestros parientes cercanos, es decir, de las cuatro especies de simios
antropomorfos: el gorila, el chimpancé, el bonobo y el orangután. Comencemos por
el de mayor tamaño.
El gorila (Gorilla gorilla) habita en bosques del África ecuatorial. Es un animal
diurno y fundamentalmente terrestre (los jóvenes trepan con frecuencia a los árboles,
pero no así los adultos). Su dieta es estrictamente vegetariana, basada en hojas, tallos
y tubérculos, por lo que pasa gran parte del día procurándose el alimento. Al
anochecer, los gorilas construyen una especie de nido con ramas y hojas para pasar la
noche. Los gorilas viven en grupos familiares estables de entre 6 y 20 individuos,
compuestos por un macho adulto (a veces dos), varias hembras y algunos machos
jóvenes. Este tipo de organización en “harén”, donde un macho tiene acceso
exclusivo a varias hembras, es bastante común entre los mamíferos. Lo encontramos,
por ejemplo, en muchas especies de focas, morsas y leones marinos, así como entre
los cérvidos. El harén representa el arquetipo de estrategia reproductiva asimétrica
entre machos y hembras. Es evidente que el macho dominante, con acceso exclusivo
a varias hembras, tiene una alta probabilidad de tener muchos descendientes; pero por
cada uno de estos afortunados existen varios machos que no tienen acceso a ninguna
y sus perspectivas reproductivas son, obviamente, malas. En el caso del gorila, éstos
viven como individuos solitarios o forman pequeños grupos de solteros. Podemos
imaginar que estos individuos estarán al acecho por si el macho dominante muestra
algún signo de debilidad, ya que la recompensa –en términos darwinianos– es

133
Pablo Rodríguez Palenzuela

enorme. En otras especies organizadas en harén se ha visto repetidas veces que la


lucha por las hembras es encarnizada. No hace falta irse muy lejos para contemplar
espectáculos de ese tipo: en muchas zonas boscosas de la Península Ibérica, los
ciervos se pelean durante la berrea, exactamente por las mismas razones.
La adopción del harén como sistema reproductivo en una especie tiene como
consecuencia que la diferencia de tamaño entre machos y hembras suele ser grande.
En el gorila los machos pesan unas tres veces más que las hembras. En algunas
morsas las diferencias son aún mayores, y la razón es bien clara. Si defender el
acceso a las hembras resulta trascendental para la reproducción, el tamaño corporal
cuenta.
Un lado “oscuro” en la conducta del gorila es su tendencia al infanticidio. Cuando
uno o más machos consiguen conquistar un harén, suelen matar inmediatamente a
todas las crías. Esta conducta puede parecernos brutal (y lo es), pero tiene todo el
sentido del mundo desde el punto de vista evolutivo, ya que forzará a las hembras a
entrar en celo y el macho invasor podrá aparearse con ellas. Por lo tanto, esta
conducta tiene “premio” en términos reproductivos. El infanticidio no es un hecho
raro entre los primates y otras especies de mamíferos. Los leones tienen una conducta
muy similar cuando consiguen “conquistar” el territorio de otro grupo de leones. Por
supuesto, tales prácticas van en detrimento de la eficacia reproductiva de las
hembras, que se resisten con todas sus fuerzas. Sin embargo, una vez que se ha
producido el infanticidio, resulta beneficioso para las mismas hembras aparearse con
los machos vencedores, y esto es lo que hacen generalmente.
El chimpancé común (Pan troglodytes) tiene una organización social y un
comportamiento sexual completamente distinto. Este primate habita en comunidades
de 15 a 80 individuos, que suelen dividirse de forma fluida en pequeños grupos en los
que coexisten varios machos. Las relaciones entre distintas comunidades suelen ser
bastante agresivas; los machos patrullan regularmente su territorio y mantienen a raya
a los intrusos. En ocasiones se produce la invasión del territorio por parte de otra
comunidad o banda, lo que incluye el asesinato sistemático de los miembros de
comunidades diferentes.
Los chimpancés tienen una dieta más rica y variada que la del gorila, puesto que
incluye frutas, semillas e insectos, y cazan ocasionalmente pequeños animales
aunque no puede decirse que la carne constituya una parte importante de su
alimentación. Es posible que esta diferencia haya influido en la diferente
organización social de ambas especies. Para los gorilas la fuente de alimento es más
constante y predecible, aunque requiere dedicar más tiempo y energía a recoger y
masticar este alimento. En concordancia con esto, los gorilas son, en general, seres
tranquilos y huidizos. Lo normal es que un gorila macho intente evitar conflictos con

134
¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES DIVERTIDO?

otros animales, excepto, claro está si intentan quitarle a su harén. En cambio, los
chimpancés dependen de fuentes de comida menos predecibles, lo que les obliga a
recorrer el territorio y reconocer la presencia de fuentes de alimento potenciales,
como árboles en fruto o nidos de termitas. Estas fuentes de comida pueden ser
difíciles de localizar, pero una vez que aparece una de ellas suele ser suficiente para
que el grupo la comparta. De aquí se adivina una ventaja derivada de la vida social y
la cooperación, ya que el dispersarse por el territorio y repartir la comida cuando
aparece constituye una estrategia eficaz en este caso.
En esta especie existe una clara jerarquía entre los machos, que se mantiene
mediante confrontaciones agresivas y alianzas entre diferentes machos o grupos de
hembras; no está demasiado claro que las hembras tengan un sistema de jerarquía
comparable. En general, éstas cuidan de sus crías e interaccionan poco entre ellas.
Los chimpancés son promiscuos. Cuando las hembras están en celo (lo que resulta
evidente por el enrojecimiento de la vulva) se aparean con varios machos del grupo,
aunque los que ocupan un lugar alto en la jerarquía tienen acceso preferente (esto es,
se aparean cuando las probabilidades de que se produzca la fecundación son más
altas). En concordancia con estas características, el dimorfismo sexual es menos
acusado que en el gorila y el tamaño de los testículos comparativamente mayor. Para
un chimpancé macho el tamaño corporal no representa una ventaja tan grande como
para un gorila macho, ya que no tiene un harén que defender. Por otra parte, un
tamaño corporal grande tiene sus desventajas: se necesita mucha comida para
mantenerlo y dificulta el trepar a los árboles. Además, dada la promiscuidad de la
especie, todos los machos tienen garantizado cierto acceso a las hembras. Esto
implica que la competencia se produce, en parte, en el interior de la vagina de éstas,
ya que los machos que produzcan más y mejores espermatozoides tienen más
posibilidades de dejar descendientes. Esto ha debido favorecer un aumento del
tamaño relativo de los testículos y del tamaño del espermatozoide. En contraste, el
gorila que es un arquetipo de fiereza y fortaleza masculina, tiene unos testículos
ridículamente pequeños, aunque obviamente adecuados a su estilo de vida.
El bonobo o chimpancé pigmeo (Pan paniscus) habita exclusivamente en algunos
bosques tropicales del Congo. Esta especie fue descubierta en una fecha
relativamente reciente (1929) y es todavía poco conocida, aunque el primatólogo y
escritor Frans de Waal ha contribuido últimamente a popularizarla 67. Aunque esta
especie es similar al chimpancé común, existen algunas diferencias muy
significativas entre ambas. Los bonobos también son animales sociales y forman
grupos de 50-120 individuos. Sin embargo, a diferencia de los agresivos chimpancés,

67 de Waal, F. The ape and the sushi master. Basic Books. 2001. [Edición en
castellano, El simio y el aprendiz de sushi. Ediciones Paidós. 2002].

135
Pablo Rodríguez Palenzuela

los bonobos forman una sociedad relativamente pacífica, caracterizada por la


dominancia de las hembras y la frecuencia y variedad de las relaciones sexuales.
Curiosamente, las hembras son de menor tamaño que los machos y su capacidad
de dominar a éstos se basa en la formación de alianzas entre ellas. El fenómeno ha
sido observado en cautividad y requiere la presencia de varias hembras. Esto es, si
sólo hay un macho y una hembra, el primero será dominante debido a su mayor
tamaño, pero si el número de hembras es mayor, enseguida se cambian las tornas. En
la vida salvaje se ha observado que cuando los machos localizan una fuente de
alimento particularmente deseable, comen deprisa cuanto pueden porque saben que
en cuanto lleguen las hembras tendrán que retirarse. En zoología, este
comportamiento dice claramente quién domina a quién.
Entre los bonobos, las relaciones sexuales parecen tener extraordinaria
importancia a tenor de la frecuencia y variedad con las que tienen lugar. Esto le ha
valido al bonobo el apodo del “primate Kamasutra”. En esta especie, la frecuencia de
apareamientos es diez veces más alta que en el chimpancé y mil veces más que en el
gorila. Además de la promiscuidad generalizada, el tipo de relación sexual más
frecuente es el denominado contacto G-G, en el cual dos hembras se frotan sus
respectivas vulvas durante largo tiempo. Tampoco son infrecuentes determinados
tipos de contactos entre machos, como las “guerras de espadas”, en las que dos
machos juegan a pelearse con sus penes erectos. La vida sexual del bonobo incluye
otros muchos elementos, tales como el sexo oral y el “beso con lengua”.
Curiosamente, el apareamiento entre macho y hembra suele realizarse en una
posición característicamente frontal. Todo esto sugiere que en estos animales el sexo
cumple otras funciones, aparte de la mera reproducción, posiblemente relacionadas
con la cohesión del grupo y la resolución de conflictos.
En contraste con estas especies, el orangután es un simio silencioso, solitario y
monógamo, que habita en selvas de Java y Sumatra. Machos y hembras habitan en
territorios distintos y sólo se relacionan brevemente durante el cortejo y
apareamiento. A partir de ahí, la hembra realiza todo el cuidado de las crías en
solitario, hasta que éstas tienen aproximadamente tres años de edad.
Resulta notable la variedad de estrategias sociales y reproductivas que
encontramos en las especies más estrechamente relacionadas con la nuestra, lo que
nos indica que dichas características están sujetas a una rápida evolución. De paso,
también conviene mencionar que las cuatro especies se encuentran en peligro de
extinción debido a la caza furtiva y a la destrucción de su hábitat. La cruda realidad
es que, si no se actúa con prontitud, estas especies pueden desaparecer en las
próximas décadas. El hecho de que habiten en zonas que hoy son políticamente
inestables pone las cosas más difíciles. Es evidente que la desaparición de cualquiera

136
¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES DIVERTIDO?

de ellas constituiría, no sólo una pérdida de la diversidad de este planeta, sino


también un daño irreparable al Patrimonio Histórico de la Humanidad, ya que estas
especies representan nuestro pasado biológico más reciente. Si permitimos que los
grandes simios se extingan habremos roto el eslabón que nos une con el resto de las
criaturas; ello implicaría también renunciar a entender quiénes somos y de dónde
venimos los humanos. Como parientes próximos, deberíamos sentir una especial
responsabilidad respecto a los simios antropomorfos, con los que compartimos
muchos atributos, tales como emociones, cultura e interacciones sociales complejas.
Sólo un dato: el genoma de un humano se parece al de un chimpancé en un
porcentaje superior al 98%.

EVOLUCIÓN DE LA SEXUALIDAD HUMANA

A continuación, le propongo el ejercicio de examinar la vida sexual humana en


comparación con la de otras especies y, muy en concreto, con las de nuestros
parientes más cercanos. El ejercicio es interesante, puesto que resulta prácticamente
imposible no caer en el antropomorfismo, que nos lleva a considerar nuestras propias
costumbres como la norma y a creer que la sexualidad de otras especies es
prácticamente inexistente o carente de interés. A estas alturas espero haberle
convencido de que esto último no es cierto, esto es, que las estrategias reproductivas
de los demás animales han evolucionado hasta un grado de notable complejidad, son
esenciales para su éxito reproductivo y resultan fascinantes (al menos, a mí me lo
parecen).
De forma muy resumida, y según el antropólogo Jared Diamond 68, podemos
distinguir cinco atributos específicamente humanos en este terreno: (1) la tendencia a
formar parejas estables; (2) la existencia de cuidados compartidos a la prole; (3) la
convivencia de varias parejas dentro de un grupo social más amplio; (4) el carácter
frecuente y “recreacional” del sexo; y (5) la ovulación oculta. Veamos estas
características por separado.
La tendencia a formar parejas estables para el cuidado de los hijos constituye una
particularidad de los humanos, ausente en nuestros parientes más próximos. Me
imagino lo que están pensando y me anticipo a sus objeciones: no estoy tratando de
afirmar que los humanos seamos estrictamente monógamos, sino que lo somos en
mayor grado que otras especies cercanas. En primer lugar, en todas las culturas
conocidas existe algún tipo de ritual similar al matrimonio, y la familia constituye la
célula de organización social en prácticamente todas las sociedades. Por supuesto, las

68 Diamond, J. Why Sex is Fun: the evolution of human sexuality. Basic Books.1997.

137
Pablo Rodríguez Palenzuela

formas y los detalles varían, pero en todos los casos se trata de una alianza más o
menos estable, donde se produce un acceso sexual exclusivo (en teoría) y donde se
supone que los hijos constituyen un fin o, al menos, una parte importante. Como todo
el mundo sabe las relaciones sexuales fuera del matrimonio no son algo demasiado
infrecuente. Por ejemplo, se han realizado estudios en Estados Unidos y Canadá 69
para medir con qué frecuencia los padres biológicos son diferentes del marido o
compañero habitual de la madre; los resultados que arrojaron estos estudios fueron
que entre el 70 y el 95% de los casos, los hijos son, efectivamente, de sus padres
“teóricos”. Sin duda, estos porcentajes pueden ser muy diferentes en medios sociales
distintos, pero permiten afirmar que la mayoría de los niños son engendrados dentro
del matrimonio.
La afirmación de que la monogamia es un atributo humano debe atemperarse ante
el hecho bien conocido de que la poligamia es legal en aproximadamente el 80% de
las culturas estudiadas; no obstante, en las sociedades donde la poligamia es legal,
ésta es poco frecuente y está restringida a un pequeño porcentaje de hombres de alto
poder económico. En las sociedades de cazadores-recolectores, que seguramente son
las que más se parecen a nuestros antepasados prehistóricos, es muy raro que un
hombre tenga más de una esposa; no porque esté explícitamente prohibido, sino
porque las condiciones “económicas”, normalmente cercanas al nivel de subsistencia,
no lo permiten. En cambio, que una mujer tenga varios maridos (poliandria) es
mucho más infrecuente. Al parecer, esta costumbre existe en algunas culturas
campesinas de la cordillera del Himalaya, como los Tre-ba, en los que a veces dos
hermanos comparten una mujer. No obstante, se trata de una solución transitoria
debida a la pobreza de recursos y, cuando la economía lo permite, el menor de ellos
se “independiza” y se busca una esposa para él solo.
Deberíamos decir, entonces, que nuestra especie oscila entre la monogamia y la
poligamia. En concordancia con este hecho vemos que nuestro dimorfismo sexual es
pequeño comparado con otras especies. Por término medio, el tamaño de los hombres
es un 15% mayor que el de las mujeres; lo cual es una diferencia menor, comparada
con la del gorila, aunque tampoco despreciable. Asimismo, el tamaño relativo de los
genitales masculinos humanos es intermedio con respecto al del gorila y el
chimpancé, lo cual sugiere un grado de promiscuidad, asimismo, intermedio entre las
dos especies. Tal vez opinen que el nivel de promiscuidad de nuestra sociedad es
bastante grande, pero no se parece, ni por asomo, al del chimpancé. Una hembra en
celo de esta especie se aparea normalmente con la mayoría de los machos de la
banda, cosa que no ocurre en los humanos, ni entre los cazadores-recolectores, ni en

69 Bellis, M. A. y Baker, R. R. “Do females promote sperm competition? Data for


humans”. Animal Behavior 40: 997-999. 1990.

138
¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES DIVERTIDO?

las comunas hippies de los años 60. Debemos admitir que, pese a los intentos
repetidos de algunos reformistas utópicos, ninguna sociedad humana ha llegado a
mantener, de forma continuada, un grado de promiscuidad semejante al de los
chimpancés. Y ello es debido fundamentalmente a las tensiones internas que esto
genera. Puede parecer que esta afirmación tenga una intención “moralizadora”, pero
no es así. Personalmente opino que cualquier cosa que ocurra voluntariamente entre
dos (o más) adultos es moralmente aceptable. Me limito a referir el hecho de que la
“promiscuidad generalizada” se ha intentado muchas veces y no se ha conseguido de
manera estable, por lo que es lógico pensar que tal cosa resulta difícil, posiblemente
debido a la historia evolutiva de nuestra especie. Sin embargo, que sea difícil no
quiere decir que sea imposible, y no podemos descartar que se consiga algún día. En
cuanto a que esto sea deseable o no, lo tendrán que decir los interesados.
Según el principio de Bateman, los machos de la mayoría de las especies animales
“tienden” a la poligamia y, de hecho, ésta es la situación más frecuente en la mayoría
de los animales. Los expertos en biología evolutiva consideran que la monogamia es
una condición “derivada”, esto es, que ha aparecido en la evolución de determinadas
especies como consecuencia de una “presión selectiva” determinada. Podemos pensar
que el desarrollo de vínculos en la pareja y el establecimiento de una especie de
“pacto de fidelidad” podrán evolucionar cuando la ventaja darwiniana en la
cooperación sea superior para ambos “cónyuges” que otras estrategias alternativas.
Ya hemos considerado el caso de las aves, que constituyen el paradigma de la
monogamia dentro del reino animal. Posiblemente esto es una consecuencia de la
estrategia reproductiva de este grupo. En primer lugar, los huevos tienen que ser
empollados de forma continua, lo cual es un trabajo muy gravoso para un ave si lo
tuviera que hacer sola. En segundo lugar, muchas aves tienen que competir por
recursos valiosos y escasos, como lugares para la nidificación o buenos territorios de
alimentación. Por último, el proceso de alimentar a los polluelos requiere un gran
esfuerzo por parte de los padres. Es lógico pensar que en estas circunstancias la mejor
estrategia para ambos sea la “fidelidad”, ya que lo que cuenta no es el número de
apareamientos sino el número de polluelos que salen adelante. No obstante, hemos
visto que esta fidelidad de muchas aves nidificantes es más teórica que real y, por
otra parte, la monogamia no es la única forma de organización dentro de las aves. Por
ejemplo, es rara dentro de las gallináceas, tales como perdices, pavos, gallinas y
faisanes, que tienden a formar harenes.
En general, la monogamia tiende a surgir como respuesta a ambientes físicos
difíciles y en los que existen recursos escasos y valiosos, que merece la pena
defender entre dos, o cuando las crías requieren cuidados intensos durante un periodo
prolongado. En estas circunstancias es probable que para el macho resulte más eficaz

139
Pablo Rodríguez Palenzuela

ayudar a la hembra aportando cuidados parentales, que irse a cortejar a otras hembras
(por supuesto, para las hembras siempre sería más beneficioso tener “ayuda” del
macho). Puede decirse que la monogamia es un proceso que tiende a equilibrar la
inversión parental de ambos sexos. Análogamente, en ambientes donde existe
abundancia de recursos y las crías son precoces se cumple el principio de Bateman y
los machos tenderán a fecundar a varias hembras (o al menos a intentarlo). En
cualquier caso, existen muchas excepciones en este esquema y tendríamos que
estudiar los casos uno a uno para llegar a alguna explicación.
La existencia de cuidados compartidos a la prole forma parte del mismo proceso
que la organización en parejas, conducente al equilibrio de las inversiones parentales.
Esta afirmación debe ser cuidadosamente matizada, ya que podrían interpretar que
estoy diciendo que en nuestra especie ambos sexos contribuyen por igual al cuidado
de la descendencia. Evidentemente, esto no es cierto y no es eso lo que pretendo
afirmar. Es un hecho comprobado que las mujeres realizan la gran mayoría de las
tareas relacionadas con el cuidado infantil. Esto ocurre en prácticamente todas las
sociedades, incluso en las teóricamente más avanzadas y menos sexistas, en las que la
contribución masculina en estas tareas sigue siendo, como mucho, modesta. Sin
embargo, que las cosas no estén equilibradas no significa que no se produzcan
cuidados paternos. Éstos se producen en la mayoría de las culturas en forma de
aportación de alimento, dinero y protección. Además, es frecuente que el padre tenga
un papel importante en la educación de los hijos o, al menos, en algunos aspectos de
ésta. En comparación, los machos de los chimpancés son mucho más egoístas, ya que
nunca comparten su comida con las hembras. Significativamente, en las raras
ocasiones en las que estos primates logran capturar una presa, la carne es consumida
exclusivamente por los machos. La aportación fundamental del macho de chimpancé
se reduce a la teórica defensa del grupo frente a depredadores o intrusos.
En resumen, la aparición de la monogamia y los cuidados compartidos en
humanos probablemente surgió ante la necesidad de alimentar a unas crías
particularmente desvalidas en un ambiente físico relativamente difícil. No podemos
estar completamente seguros, ya que no conocemos las circunstancias ambientales
concretas en las que evolucionó nuestra especie después de la separación del linaje
del chimpancé; pero es una hipótesis plausible.
Lo que hace realmente especial la monogamia de los humanos es el hecho de que
las distintas parejas coexistan dentro de un grupo social más amplio. En la gran
mayoría de las aves monógamas, la pareja constituye el fin de la organización social.
En estos casos, la base de la existencia es la competencia entre diferentes parejas.
Obviamente, las circunstancias que propiciaron el desarrollo de la pareja humana
también requerían que varias parejas cooperasen, al menos hasta cierto punto.

140
¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES DIVERTIDO?

Ninguna sociedad humana está formada únicamente por un “matrimonio” y su


descendencia, sino por un cierto número de familias. Está claro que esta “doble
condición” de los humanos, la de animal social y monógamo al mismo tiempo,
constituye una fuente inagotable de conflictos. En cierto modo, los humanos nos
encontramos sumidos en un “dilema sexual perpetuo”. Por un lado, el principio de
Bateman impulsa al macho a intentar seducir a más de una hembra; por otra parte, la
fidelidad a la pareja es clave para el éxito reproductor y, al mismo tiempo, la
estabilidad del grupo puede verse afectada por la excesiva competencia sexual.
Por lo que sabemos, los humanos somos la especie de primate con mayor interés
por el sexo (con la posible excepción del bonobo). No tenemos una época de celo
determinada, como la mayoría, sino que la receptividad sexual de la hembra es, en
principio, constante. Siete días a la semana, 24 horas al día, lo que significa que
cualquier momento es bueno para la realización del acto. Nuestras costumbres
sexuales sólo son comparables a las del aludido bonobo, lo que también sugiere que
el sexo en nuestra especie ha evolucionado para cumplir un papel adicional al de la
reproducción. Resulta irónico el hecho de que con cierta frecuencia los moralistas
hayan argumentado que la actividad sexual debería ir dirigida exclusivamente a su
función “natural” de reproducción. Sin embargo, no parece que nuestra sexualidad
haya evolucionado exclusivamente para esto. Si la única función fuera la
reproductiva, la actividad estaría restringida a los periodos concretos en los que existe
alguna posibilidad de que la fecundación tenga lugar. Y no es este el caso. El gran
filósofo del siglo IV, San Agustín dijo que el hombre era el único animal que
utilizaba el sexo para el placer, aparte de para la reproducción. Obviamente, San
Agustín no había oído hablar del bonobo, aunque por lo demás podemos suponer que
hablaba con conocimiento de causa, ya que es sabido que tuvo una juventud
francamente “liberal”.
En definitiva, el sexo resulta más divertido e importante para los humanos de lo
que cabría esperar. La pregunta es, pues, ¿por qué? Ya hemos visto que la respuesta
trivial, “para la reproducción humana”, no es suficiente. Todavía no tenemos una
respuesta definitiva para esta pregunta, pero creo que las respuestas parciales resultan
sumamente interesantes. Para llegar a ellas tenemos que dar un rodeo y visitar a otra
especie de mamífero completamente distinta: el campañol de las praderas.
El campañol de las praderas es un roedor perteneciente al género Microtus que
habita en gran parte de América y Europa. Este animal excava profundas galerías y se
alimenta de raíces y tubérculos, causando en ocasiones graves daños en los cultivos.
Su apariencia está entre la de un ratón y un topo, aunque evolutivamente se encuentra
mucho más cerca del ratón. Este roedor exhibe una característica excepcional: la de
formar parejas monógamas extraordinariamente fieles. Habitualmente, macho y

141
Pablo Rodríguez Palenzuela

hembra cooperan en el cuidado de la prole, lo que dura varias semanas. En contraste,


el campañol de montaña, una especie muy relacionada, exhibe el característico
comportamiento polígamo de los roedores, en los que los cuidados paternos brillan
por su ausencia. Los científicos han podido estudiar la base bioquímica de este
comportamiento y resulta depender de dos hormonas: oxitocina y vasopresina.
Estas sustancias son conocidas desde hace mucho tiempo. La vasopresina tiene un
efecto antidiurético, ya que facilita la absorción de agua en los riñones. La oxitocina
desencadena las contracciones del útero durante el parto y la expulsión de la leche
materna. Además, ambas sustancias influyen en el comportamiento reproductor.
Desde hacía varios años se venía sospechando que la oxitocina podía estar implicada
en la formación de un vínculo entre el animal recién nacido y su madre, y de ahí se
pasó a formular la hipótesis de que esta sustancia tal vez tuviera un papel en el
establecimiento de un vínculo entre ambos miembros de la pareja.
Cuando los científicos compararon los receptores de oxitocina y vasopresina en
células del cerebro del campañol de las praderas y del campañol de montaña,
encontraron grandes diferencias en la distribución de estos receptores entre las dos
especies. De hecho, los niveles normales de las hormonas eran similares, lo que
difería era la distribución de los receptores dentro del cerebro, los cuales son
indispensables para que las hormonas desencadenen un efecto, siendo mucho más
abundantes en la especie monógama. Esto hacía sospechar una relación entre ambas
hormonas y el comportamiento curiosamente “romántico” del campañol de las
praderas. Se ha comprobado que después del apareamiento se eleva el nivel de la
oxitocina en el cerebro del macho, lo que no resulta tan extraño, ya que la
masturbación también eleva el nivel de esta hormona en diferentes mamíferos,
incluido el humano. El hallazgo verdaderamente importante consistió en que la
inyección de estas hormonas en el cerebro del campañol de las praderas induce el
comportamiento monógamo, esto es, una fuerte preferencia por una hembra
determinada. Además, cuando se bloqueaban dichas sustancias se encontraba el
efecto opuesto. En cambio, este fenómeno no se produjo al repetir el experimento en
el polígamo campañol de la montaña. En resumen, lo que tenemos es un mecanismo
que conecta el acto de apareamiento con la formación de la pareja a través de un
receptor hormonal. Dado que este receptor está codificado por genes, la posible
intervención de la selección natural en el comportamiento sexual de esta especie
resulta fácil de explicar. Tenemos que rendirnos ante la evidencia de que en el género
Microtus, la diferencia entre un galán romántico y un grosero patán radica en la
distinta forma en que el cerebro responde a la oxitocina 70.

70 Gingrich, B. et al. “D2 receptors in the nucleus accumbens are important for
social attachment in female prairie voles” Behavioral Neuroscience 114: 173-183.

142
¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES DIVERTIDO?

No vamos a caer en la fácil tentación de extrapolar este mecanismo a los


humanos. No cabe duda de que somos bastante diferentes de los roedores. Sin
embargo, parece lógico pensar que el hecho de “enamorarse” entre los humanos, así
como la formación de vínculos entre los miembros de la pareja, tenga también una
base bioquímica y genética, que será similar (o no) a la del campañol de las praderas.
Me temo que esta afirmación también puede resultar polémica, así que permítanme
que ande con pies de plomo. El caballero andante que sale en busca de hazañas para
impresionar a su amada va equipado con un buen número de mitos, leyendas,
costumbres, poemas, imágenes y otros condicionamientos culturales. Ello no impide
que determinadas hormonas estén ejerciendo una acción en su cerebro, lo que le lleva
a actuar de la manera en que lo hace. Claramente, el amor en los humanos está
formado por diversas capas. La idea es que las capas culturales se superponen, pero
no se oponen a las biológicas.
Curiosamente, en los años 60 del pasado siglo, dos investigadores pioneros de la
sexualidad humana, William Masters y Virginia Johnson, llegaron a una conclusión
concordante con la historia de los campañoles de las praderas, por un camino
totalmente distinto. En su famoso libro El vínculo del placer 71, estos investigadores
concluyeron que la realización frecuente del acto sexual constituye uno de los
factores claves para el mantenimiento del vínculo afectivo entre los miembros de una
pareja. Es cierto que no se ha encontrado (aún) un mecanismo bioquímico que una
estas dos cosas en el ser humano. La coincidencia es particularmente notable si
tenemos en cuenta que estos dos sexólogos no estaban utilizando un punto de vista
evolutivo sino que se limitaban a estudiar el comportamiento sexual humano en
nuestra sociedad. Debo añadir que las parejas de campañoles de la pradera tienen que
copular decenas de veces al día durante el periodo de celo para mantener sus vínculos
de pareja.
Si la idea de que el amor puede depender de una simple molécula le resulta
inquietante, espere a leer la siguiente historia. Recientemente, un grupo de
neurobiólogos realizó un experimento, en apariencia inofensivo. Utilizando
microelectrodos los científicos se dedicaron a estimular determinadas áreas del
cerebro de los sujetos del experimento, que en este caso eran todos del sexo
femenino. El objetivo era explorar la posibilidad de que este tipo de estimulación
resultase placentero. Hasta aquí todo bien. Las mujeres no sufrieron ningún daño. Sin
embargo, al cabo de pocos días se descubrió que el experimento había tenido un
efecto colateral inesperado: la mayoría de las mujeres “estimuladas” se había

2000.
71 Masters, W. y Johnson, V. E. El vínculo del placer. Grijalbo. 1983.

143
Pablo Rodríguez Palenzuela

enamorado de alguno de los experimentadores. Esta noticia apareció en la revista The


Economist en mayo de 2003.
En resumen, el amor, la vida en pareja y el exagerado interés que tenemos los
humanos por el sexo se deben posiblemente a las presiones selectivas que sufrieron
nuestros antepasados. De la misma forma, estas características dependen en parte de
ciertas moléculas y de la manera en que están construidos nuestros cerebros, lo que
depende en último término de los genes. Aunque todavía no exista una teoría
completa que nos explique todo esto, los fragmentos de explicación empiezan a
formar un cuadro coherente y la evidencia experimental, aunque indirecta, no es ni
mucho menos despreciable.

OVULACIÓN ESCONDIDA

De todas las características de la sexualidad humana, sin duda una de las más
intrigantes es que la ovulación se produzca de forma oculta, de manera que ni la
interesada ni los hombres circundantes puedan saber con exactitud cuándo tiene
lugar, como bien saben todos los seguidores del método Ogino. Si la única función
del sexo fuera la reproducción, ¿por qué no hay señales claras de que la ovulación se
está produciendo, de manera que pueda saberse cuándo la actividad sexual tiene
alguna posibilidad de engendrar descendientes? Este asunto es aún más sorprendente
si tenemos en cuenta que la ovulación oculta es una condición derivada. Al parecer,
en nuestras antecesoras debía haber algunos signos de ovulación (probablemente
débiles), pero esta característica desapareció en algún momento de nuestra evolución
como especie. ¿Por qué sucedió esto? Como de costumbre, no existe una respuesta
definitiva pero se han formulado dos teorías para explicar este hecho, una
denominada “muchos padres” y la otra “papi-en-casa”.
La teoría “muchos padres” ha sido propuesta por la antropóloga Sarah Hrdy 72 y
establece que la ovulación oculta se desarrolló para permitir a las hembras acceso
sexual a varios machos sin que éstos pudieran saber quién era el verdadero padre de
la descendencia. De esta forma la hembra tendría acceso a la contribución parental de
varios machos o, al menos, esto constituiría un freno ante el infanticidio. Ya hemos
visto que el infanticidio es bastante común en primates, pero siempre va dirigido
hacia los descendientes de otros machos. El infanticidio de las propias crías es un
auténtico suicidio darwiniano, y cabe suponer que los machos que tuvieran esta
tendencia no dejarían muchos descendientes, lo que retiraría sus genes de circulación
con bastante presteza.

72 Hrdy, S. B. The woman that never evolved. Harvard University Press. 1981.

144
¿POR QUÉ EXISTE EL SEXO Y POR QUÉ ES DIVERTIDO?

Por lo tanto, el mejor freno para esta desagradable costumbre radica en que el macho
no pueda estar seguro de si una cría es o no suya. Por supuesto, el macho no tiene por
qué ser consciente de nada; basta con que la conducta esté controlada por genes y los
genes sean seleccionados o no en función de su influencia en la eficacia reproductora.
En definitiva, el desarrollo de la ovulación oculta de la hembra pudo servir para
minimizar el riesgo que corrían sus crías ante otros machos de la banda. Un requisito
para que esta teoría sea plausible es que el riesgo de infanticidio entre nuestros
antecesores fuera muy alto, cosa que no podemos saber seguro.
La hipótesis denominada “papi-en-casa” ha sido formulada por Richard
Alexander y Katharine Noonan 73 y es, en principio, opuesta a la anterior. Según esta
teoría, la ovulación oculta apareció para propiciar la monogamia, cuyas posibles
ventajas evolutivas ya hemos discutido. Si resulta imposible saber el momento exacto
de la ovulación, el marido tendrá que quedarse en casa y tener relaciones frecuentes
con su esposa si quiere tener la seguridad de que la descendencia es suya. Por el
contrario, si la ovulación estuviese acompañada de señales corporales conspicuas,
como en el chimpancé, le bastaría con practicar el sexo durante el periodo crítico y
podría dedicar el resto del tiempo a cortejar a otras mujeres. Según esto, la
desaparición de las señales durante la ovulación traería como consecuencia una
mayor dedicación del marido y una mayor aportación de recursos a la descendencia
de la pareja, lo que a su vez constituiría una estrategia reproductiva eficaz en las
condiciones particulares de nuestros antepasados.
¿Existe alguna forma de reconciliar ambas teorías? Ciertamente sí, pero para ello
tenemos que recurrir a una explicación algo complicada. Los biólogos suecos Birgitta
Sillén-Tullberg y Anders Møller 74 decidieron abordar esta cuestión analizando estos
dos factores, el tipo de ovulación y la forma de apareamiento, en un buen número de
especies de primates. Concluyeron que la mayoría de los primates son promiscuos
como el chimpancé; el siguiente tipo en abundancia es la organización en harén,
como el gorila y algunas sociedades humanas, y el grupo menos abundante es el de
las especies monógamas. Encontraron también que prácticamente todas las especies
monógamas tienen ovulación oculta y que las especies donde la ovulación es
conspicua resultaron ser promiscuas. Sin embargo, las correlaciones contrarias no se
cumplieron, esto es, la ovulación oculta no implica necesariamente monogamia y la
promiscuidad no quiere decir que siempre haya ovulación conspicua. Para explicar
73 Alexander, R. D. How did humans evolve? Special publication nº 1. University of
Michigan Museum of Zoology, Ann Arbor, 1990.
74 Sillen-Tullberg, B. y Møller, A. “The relationship between concealed ovulation
and mating systems in anthropoid primates: a phylogenetic analysis”. American
Naturalist 141: 1-25. 1993.

145
Pablo Rodríguez Palenzuela

este fenómeno debemos suponer que el proceso de evolución ha ocurrido en dos


etapas, para lo cual tenemos que fijarnos en particular en las dos especies más
cercanas a la nuestra: el chimpancé y el gorila.
El antecesor común de las tres especies fue un simio que vivió hace unos nueve
millones de años. Utilizando la información relativa a otras especies de primates,
puede concluirse que este antecesor común debía presentar signos débiles de
ovulación (como el gorila) y un modo de apareamiento de tipo harén (asimismo,
como el gorila). Por tanto, durante la evolución del chimpancé surgió la
promiscuidad y la ovulación conspicua y durante la evolución humana surgió la
ovulación oculta y la (relativa) monogamia. En cambio, el gorila no parece haber
variado respecto a estos dos caracteres. En conclusión, la evolución de estos
caracteres en la especie humana debió producirse en dos etapas. En la primera
partiríamos de una especie ancestral con señales débiles de ovulación y organizada en
harén. En esta especie las señales ovulatorias permitían que el sexo resultase más
eficaz para la reproducción. En estas circunstancias debió surgir primero la ovulación
oculta, lo que pudo ocurrir para evitar el infanticidio de acuerdo con la teoría
“muchos padres”. Una vez que esta característica se implantó, pudo desarrollarse la
monogamia. En estas nuevas circunstancias, el mantenimiento de la ovulación oculta
pudo contribuir a “forzar” a los “maridos” a que aportasen recursos a sus “esposas”,
de acuerdo con la teoría “papi-en-casa”. Esta explicación se basa en el hecho de que
la monogamia no ha evolucionado en ninguna especie con ovulación conspicua.
Estas dos características mencionadas han variado muchas veces a lo largo de la
evolución de los primates. Tanto la monogamia, como la promiscuidad o el harén,
han sido reinventados varias veces y se han producido oscilaciones en este sentido.
Es posible que esto se deba al mero hecho de que la evolución no transcurre con un
fin prefijado, sino que es el resultado de la adaptación de especies concretas a
ambientes específicos. No obstante, no podemos estar completamente seguros de que
las oscilaciones evolutivas observadas en estos caracteres no sean debidas al azar y
tengan poco que ver con la supervivencia y la selección natural. Contrastar estas
hipótesis más allá de toda duda razonable va a ser muy difícil, por lo que no hay
riesgo de que los biólogos evolutivos se aburran en un futuro cercano.

146
CAPÍTULO 6

VENUS Y MARTE

FEMINISMO; SÍ, GRACIAS

A finales del siglo XVIII, una mujer sorprendente y adelantada a su tiempo,


Mary Wollstonecraft, escribió un libro que supuso el punto de partida del
movimiento feminista, A Vindication of the Rigths of Woman 75. Soplaban
tiempos de cambio en las dos orillas del Atlántico. El fermento de las ideas de los
filósofos de la Ilustración estaba empezando a materializarse en forma de
revoluciones sociales. En 1789 la revuelta popular de París había depuesto a Luis
XVI. La época del absolutismo estaba llegando a su fin y en su lugar se abrían paso
las ideas que darían lugar a las modernas democracias: derechos civiles, soberanía del
pueblo, estado de derecho… Pocos años antes, la revolución americana había
desafiado con éxito a la monarquía británica, impulsada por objetivos similares; estos
colonos llegaron a la conclusión de que, en ausencia de representación parlamentaria,
la recaudación de impuestos por parte de los británicos constituía un abuso
insoportable. La idea básica de todos estos cambios políticos era que todos los
hombres nacen libres e iguales en derechos.
¿Y qué pasa con las mujeres? ¿Acaso no nacen libres e iguales en derechos a los
hombres? Esta era la cuestión que planteaba con toda crudeza Mary Wollstonecraft
en su libro. Sorprendentemente, muchos filósofos de la Ilustración, como Jeremy
Bentham, que abogaban por el derecho a la educación, a la libertad y a la
participación política de todos los hombres, no estaban de acuerdo en que éstos se
extendieran a las mujeres. En particular, Mary Wollstonecraft insistía en la cuestión
de la educación, ya que consideraba esencial que se eliminasen las restricciones
educativas que mantenían a las mujeres en un estado de ignorancia y dependencia
esclavizante. Para esta autora, el matrimonio constituía una forma legal de
prostitución, y añadía que dicho estado de absoluta dependencia resultaba
degradante, no sólo para las mujeres, sino también para los hombres que participaban
en tal injusticia. Hoy día este discurso ha sido incorporado a amplios sectores de la
sociedad, pero Wollstonecraft fue la primera en decirlo y argumentarlo.

75 Wollstonecraft, M. A Vindication of the Rights of Woman. Penguin Books. 1985.


[Primera edición en 1792].

148
VENUS Y MARTE

Naturalmente el libro provocó una furiosa reacción y fue objeto de ataques


vitriólicos por parte de la sociedad “bienpensante”. Algunos de sus críticos llegaron a
describir a Mary como “una hiena con enaguas”. Y sin embargo, la publicación del
libro no llevó a las mujeres a las barricadas ni produjo un verdadero cambio de
mentalidad en mucho tiempo. Básicamente no ocurrió nada. El libro se adelantaba
demasiado a su época para tener consecuencias reales. Recordemos que sólo a finales
del siglo XIX surgió el movimiento sufragista en Europa y Estados Unidos y este
movimiento reclamaba simplemente el derecho a voto para las mujeres, más que una
reevaluación completa del papel de los sexos. La verdadera revolución empezaría en
los años 60 del siglo XX, bajo la influencia de autoras tales como Simone de Beavoir
y Betty Friedman.
Merece la pena detenerse un instante en la historia personal de esta extraordinaria
mujer. Mary había nacido en Spitalfields, cerca de Londres, en 1759. Era hija de un
tejedor de pañuelos que veía obligado a trasladarse de granja en granja para conseguir
su sustento. Su infancia fue un incesante peregrinar por Inglaterra, mientras los
negocios de su padre iban de mal en peor. La familia estuvo siempre al borde de la
pobreza lo que, unido al carácter irascible del padre, debió hacer su infancia bastante
difícil. Más de una vez la pequeña Mary se interpuso entre sus progenitores para
intentar evitarle una paliza a su madre. Es evidente que su educación formal fue
prácticamente inexistente. Como casi todas las mujeres de aquella época, su
aprendizaje fue el resultado de su propio esfuerzo, fruto de un constante deseo de
saber y mejorarse a sí misma a través del conocimiento.
En 1784 Mary organiza una escuela en Newington Green, un pueblecito cercano a
Londres convertido en “refugio” de filósofos progresistas y librepensadores. Le
acompaña su hermana Eliza y su amiga del alma, Fanny Blood. Allí hará amistad con
el predicador Richard Price, líder de un grupo radical conocido como los Rational
Dissenters, y que más tarde fundaría la Sociedad Unitaria, una organización que tuvo
gran influencia en las ideas políticas y religiosas británicas. Debieron ser unos años
de actividad febril para Mary, organizando la escuela, dando clases y colaborando en
la creación de una revista de filosofía política, el Analytical Review; posiblemente,
también fueron unos años felices, al encontrarse en un ambiente favorable y
estimulante. De aquella época datan sus primeros libros, Thoughts on the Education
of Girls y A Vindication of the Rights of Man; este último era una encendida defensa
de las ideas de su amigo Price frente a los terribles ataques que había suscitado.
Por desgracia, la muerte de su amiga Fanny y el fracaso económico de su empresa
le obligan a entrar al servicio de la poderosa familia Kingsborough. Será su primer
contacto directo con la aristocracia y a la vez una experiencia triste y dolorosa. La
indolente, lujosa y refinada Lady Kingsborough constituirá un claro modelo del tipo

149
Pablo Rodríguez Palenzuela

de mujer que a Mary no le gustaría convertirse. “No podéis imaginaros”, escribe


indignada a sus hermanas, “la vida disipada que llevan estas mujeres; ¡si necesitan
cinco horas para vestirse! (…). Y su conversación versa sobre dos temas únicamente:
matrimonio y vestidos”. Afortunadamente, a Mary no le duró mucho tiempo este
empleo. Es de imaginar que a Lady Kingsborough no le haría mucha gracia tener a su
lado a una empleada con una mente tan lúcida y una lengua tan afilada.
En 1792 Wollstonecraft se traslada a París con la excusa de aprender francés y
con el objetivo real de observar la revolución personalmente. Su Vindication…ha
sido publicado ese mismo año y ya se ha traducido al francés. Comprensiblemente,
Mary tiene un buen recibimiento por parte de los intelectuales revolucionarios, en
agudo contraste con las terribles críticas que recibe al otro lado del Canal. Sin
embargo, a pesar de este auspicioso comienzo, su entusiasmo por la revolución
francesa se verá pronto atemperado por el baño de sangre que acompaña al proceso
revolucionario. Durante estos años en París vive un apasionado romance con un
empresario americano, Gilbert Inlay, con el que tendrá una hija, Fanny, nacida en
1794. Mary y Gilbert nunca se casaron, circunstancia intolerable en aquella época.
No obstante, esta relación no dura mucho tiempo. Un año después del nacimiento de
Fanny, Gilbert ya está conviviendo abiertamente con una actriz. Por primera vez en
su vida, Mary no se siente capaz de afrontar su situación y se arroja de noche al
Támesis, aunque es rescatada con vida por un transeúnte. Tras el suicidio frustrado,
logra rehacerse poco a poco y comienza a hacer planes para sí misma y su hija.
Pronto vuelve a recuperar su círculo de viejos amigos progresistas y a involucrarse en
proyectos y publicaciones. No mucho más tarde conoce a William Goldwin, un
escritor y filósofo precursor de una doctrina política que se anticipa al anarquismo.
Su relación de amistad va estrechándose y en mayo de 1797 contraen matrimonio, a
pesar de lo embarazoso que les resulta a ambos someterse a lo que consideran un
convencionalismo sin sentido. El matrimonio resulta feliz aunque trágicamente breve.
Mary morirá ese mismo año, víctima de complicaciones durante el parto de su
segunda hija, Mary Wollstonecraft-Goldwin, quien 19 años más tarde se casaría con
el poeta Shilley y escribiría la mundialmente famosa novela Frankenstein.
Hecha esta breve semblanza biográfica, permítanme que diga un par de
obviedades. La primera es que en la inmensa mayoría de los lugares y épocas las
mujeres se han llevado siempre la peor parte y han sufrido (y sufren) abuso y
discriminación. La segunda es que esta situación es injusta y no debe ser tolerada;
hombres y mujeres deben exigir la plena igualdad de derechos y la libertad para que
cada cual decida sobre su vida y su carrera profesional. También hay que reconocer
que las cosas han cambiado mucho en las últimas décadas, aunque estos cambios no
se han producido en todos lo países por igual, e incluso en los más avanzados en este

150
VENUS Y MARTE

sentido sigue existiendo discriminación laboral y acoso hacia las mujeres. El cambio
se debe seguramente a diversos factores de tipo económico y tecnológico. En las
sociedades tradicionales la supervivencia depende de una división estricta del trabajo,
por lo que un replanteamiento de los papeles de género resulta imposible si el nivel
de afluencia económica no se encuentra muy por encima del mínimo de
supervivencia. Hoy día (en los países del llamado Primer Mundo) la mayoría de la
población tiene acceso a la educación y a métodos anticonceptivos. Por ello, las
decisiones relativas al número de hijos no dependen primordialmente de cuestiones
de supervivencia, sino de costes económicos, opciones profesionales y calidad de
vida. Por otra parte, el mercado de trabajo demanda diversas capacidades
intelectuales y de relación interpersonal, mientras que la fuerza física adquiere cada
vez menos importancia. Además, los avances tecnológicos han reducido mucho el
esfuerzo necesario para realizar las labores domésticas. Por último, y no menos
importante, las reivindicaciones de las mujeres en general y de los grupos feministas
en particular han contribuido a crear el clima necesario para que estos cambios fuesen
posibles. Naturalmente, todos estos cambios son sumamente deseables.
Sin embargo, esta ideología política ha comenzado a producir teorías psicológicas
y aquí es donde empieza el problema. El habitual discurso feminista suele ir
acompañado de la convicción de que hombres y mujeres son exactamente iguales en
el plano psicológico. Esta idea está fuertemente arraigada, hasta convertirse en
artículo de fe. Es más, la mera insinuación de que existen algunas diferencias
biológicas que afectan al comportamiento o a las facultades mentales se considera
políticamente incorrecta. Del cuello para arriba, hombres y mujeres tienen que ser
iguales y el que diga lo contrario sea anatema. Las únicas explicaciones de las
diferencias entre sexos que se consideran aceptables son aquellas que reconocen
explícitamente que dichas diferencias son construidas socialmente y, por tanto,
producto de una educación diferencial.
El feminismo radical parece estar construido sobre la premisa de que la educación
diferencial explica todas las diferencias de género. Otras dos ideas que
frecuentemente acompañan a este discurso son: 1) que los hombres están
confabulados para dominar a las mujeres y, 2) que el deseo de poder es la principal,
si no única motivación en los humanos. En su versión más radical y simplista estas
premisas son falsas, aunque puede haber bastante de verdad en ellas. Es cierto que las
mujeres han sufrido (y sufren) discriminación en casi todas las sociedades; sin
embargo, la mayoría de los hombres tiene amigas, esposas o hijas a las que procuran
favorecer y, por otra parte, los hombres, más que aliarse contra las mujeres, suelen
competir ferozmente entre ellos. Significativamente, la mayoría de las mujeres de los
países desarrollados no se identifican con el feminismo radical pero sí con la idea de

151
Pablo Rodríguez Palenzuela

que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres. En cualquier caso,
es más que probable que el feminismo radical haya contribuido positivamente al
cambio del papel social de la mujer ocurrido en las últimas décadas,
independientemente de que las premisas mencionadas sean falsas o no.
La negación de toda diferencia biológica entre los sexos resulta comprensible
aunque equivocada. El arquetipo de las diferencias biológicas ha sido empleado
muchas veces para justificar la discriminación y la opresión. Por supuesto, el tópico
de que las mujeres sean inferiores no está fundamentado en modo alguno y es
puramente ideológico, a la par que tendencioso. Es razonable que las feministas
arremetieran contra este tipo de afirmaciones. La lógica reacción frente al tópico de
que las mujeres y los hombres tienen diferencias (mentales) innatas ha llevado a
afirmar que estas diferencias no existen en absoluto. El razonamiento es casi
inevitable: primero, ha habido una discriminación histórica; segundo, el argumento
de las diferencias se ha empleado para mantener el status quo, por tanto, resulta
deseable pensar que dichas diferencias no existen.
Y, sin embargo, existen. Las diferencias biológicas entre hombres y mujeres han
sido bien documentadas en neurociencia, genética, psicología y etnografía. Esto no
implica que unos u otras sean mejores. Simplemente, hombres y mujeres son
distintos, aunque no completamente distintos. De hecho, las semejanzas son mucho
mayores que las diferencias, aunque éstas son significativas y afectan profundamente
a nuestra vida diaria.

DIMORFISMO PSICOLÓGICO

Doctor, ¿cómo ha podido ocurrir una cosa así? Bueno, la posibilidad a priori era
muy remota; un caso como este ocurre una vez por cada millón… en fin, todo el
mundo puede cometer un error. Los padres de John/Joan estaban consternados. El
nacimiento de los gemelos había sido un verdadero regalo para ellos. No estaban
preparados para una tragedia como esta, tan sólo siete meses después del feliz
suceso. En el curso de una circuncisión quirúrgica completamente rutinaria, el
cirujano había cometido un increíble fallo con el bisturí eléctrico, ocasionando un
daño irreparable al pene de uno de los gemelos. No había esperanza alguna de
reparar el órgano del infortunado bebé. ¿Qué podían hacer los atribulados padres
ante tanta desgracia?
“El problema no es en realidad tan grave”, les explicaba dos días después en su
despacho el Dr. Money, un especialista mundialmente reconocido; “lo único que
tienen que hacer es criarlo como una hija. Verán..., los bebés no tienen en realidad

152
VENUS Y MARTE

sexo, pero cuando los adultos los vestimos de determinado color y empezamos a
tratarlos de determinada manera es cuando comenzamos a cambiar su personalidad
en un sentido u otro. Llegado a este punto sólo cabe rematar la faena: castración
quirúrgica seguida de la construcción de una vagina artificial; el tratamiento con
estrógenos durante la adolescencia hará el resto. Simplemente, trátenlo como a una
chica y se convertirá en una chica. Su hijo no debe enterarse nunca y no sufrirá
ningún daño. Créanme, funcionará”.
Aparentemente funcionó. En 1975 el Dr. Money relataba detalladamente el caso
en una publicación científica. John/Joan se había convertido en una niña normal.
Quedaba probado, pues, que la identidad sexual era una mera construcción social.
El debate naturaleza versus crianza se inclinaba definitivamente hacia esta última.
El caso había adquirido particular notoriedad debido a la existencia de un hermano
gemelo, que proporcionaba una especie de “control”. Varias publicaciones del
momento proclamaron la entronización definitiva de la doctrina de la tabula rasa.
Sin embargo, había alguien que mantenía serias dudas. El endocrinólogo Milton
Diamond había dedicado su vida profesional a estudiar los efectos de las hormonas
sexuales. Sabía por observación directa que la conducta característica de cada
género queda determinada en muchas especies de mamíferos por la exposición del
cerebro del feto a los andrógenos. Tal era el caso del pequeño John/Joan, cuyo
cerebro había estado expuesto a la testosterona durante varios meses después de su
nacimiento. ¿Cómo era posible que los humanos se apartaran radicalmente del resto
de los mamíferos en este aspecto? Sin embargo, la evidencia en este caso particular
parecía convincente; de todos modos decidió que merecía la pena investigarlo
directamente.
Cuando Milton Diamond logró contactar con la familia y obtuvo información de
primera mano, se encontró con una historia radicalmente distinta de la que
contaban los artículos. La pequeña Joan nunca se había adaptado bien a su papel. A
los cinco años insistía en hacer pis de pie. Trataba de imitar a su padre afeitándose
la cara y se negaba a imitar a su madre poniéndose maquillaje. Nunca tuvo interés
por muñecas u otros juguetes “congruentes” con su supuesto sexo. A los 12 años,
Joan era físicamente atractiva como chica, pero sus andares, sus maneras y sus
preferencias eran típicamente masculinas. Esto le empezó a causar problemas. Sus
compañeras de colegio le hacían bromas crueles y él/ella respondía ¡a puñetazos!,
hasta que fue expulsado/a del colegio. Cuando comenzó el tratamiento con
estrógenos y empezaron a crecerle los pechos, las cosas empeoraron rápidamente. A
los 14 años se rebeló y exigió que cesara el tratamiento. En medio de una tensión
familiar creciente, un día el padre de John/Joan no pudo más y confesó la verdad

153
Pablo Rodríguez Palenzuela

entre lágrimas. Cuando John/Joan supo que era en realidad un hombre, su reacción
no fue de ira sino de inmenso alivio. Ahora todo encajaba. Se había pasado la vida
encerrado en cuerpo de mujer que no le correspondía. Abandonó los estrógenos y se
sometió a una contra-terapia con andrógenos; le extirparon los pechos mediante
cirugía y reconstruyeron su pene. A los 25 años se casó y adoptó a los hijos de su
mujer. A pesar de haberse criado como una mujer, resultó ser estrictamente
heterosexual. Sin embargo, le queda un sentimiento de rabia y tristeza por el
tratamiento recibido. Si no se le hubieran extirpado los testículos habría podido
tener hijos normalmente. John insistió en que su historia fuese divulgada con objeto
de que no se repitan casos similares en el futuro.
A pesar de que la historia de John/Joan 76 resulta muy ilustrativa, podría
argumentarse que se trata de un caso aislado, de una excepción que confirma la regla
(extraña expresión, ya que las excepciones lo que hacen es cuestionar las reglas). Sin
embargo, no es este el caso, la historia de John/Joan se ha repetido muchas veces y ha
sido bien documentada. Naturalmente, no se trata de un experimento. Nadie se ha
dedicado a extirparle el pene a un grupo de bebés para ver el resultado, pero esta
circunstancia se ha producido en muchas ocasiones debido a accidentes o
malformaciones. El investigador W. G. Reiner 84 publicó un estudio muy completo
sobre 25 de estos niños que habían sido criados como niñas. Prácticamente el 100%
de ellos presentaron un comportamiento típicamente masculino en sus juegos y
aproximadamente la mitad se declararon “chicos” a los cinco años.
Aunque el tema de las diferencias biológicas entre hombres y mujeres sigue
siendo tabú, tengo la convicción personal de que la mayoría de las personas
aceptamos en el fondo que dichas diferencias existen. De lo que se trata aquí es de
matizar la cuestión y de huir de esquemas blanco/negro inadecuadamente simplistas.
Aunque resulte un tanto pesado, me veo en la obligación de hacer dos observaciones
previas.
La primera es que las diferencias psicológicas entre hombres y mujeres son, en
realidad, pequeñas comparadas con las similitudes. No pertenecemos a especies
distintas ni venimos de diferentes planetas. Hombres y mujeres venimos del planeta
Tierra y, en concreto de África, donde nuestra especie surgió hace relativamente poco
tiempo (en términos evolutivos). Ambos sexos tienen un cociente de inteligencia
similar y comparten las mismas emociones básicas. Ambos tienen interés por el sexo,

76 Colapinto, J. As Nature Made Him: The Boy Who Was Raised as a Girl.
Harper Collins. 2000. Reiner, W. G. “Psychosexual development in genetic males
84

assigned female: the cloacal exstrophy experience.” Child Adolesc. Psychiatr. Clin.
N. Am. 3: 657-74. 2004.

154
VENUS Y MARTE

hacen sacrificios por sus hijos, son susceptibles de sentir celos y de manifestar
conductas agresivas ocasionalmente. En lo esencial somos muy parecidos, aunque las
pequeñas diferencias existentes puedan resultar importantes en un momento dado y,
desde luego, puedan complicarnos la vida bastante. Esta similitud básica concuerda
bien con la biología. Después de todo, cuando nos reproducimos nuestros genes van a
parar a descendientes de uno y otro sexo. Desde el punto de vista de nuestros genes,
el hecho de encontrarse en un cuerpo masculino o femenino es igualmente válido,
aunque es cierto que las estrategias reproductivas de uno y otro sexo pueden ser
distintas, como vimos en el capítulo anterior.
La segunda observación es que las diferencias entre hombres y mujeres son de
naturaleza estadística, existiendo un solapamiento considerable entre ambos grupos.
Por ejemplo, es estadísticamente cierto que los hombres son más altos que las
mujeres, lo que no impide que algunas mujeres tengan mayor estatura que muchos
hombres. Por lo tanto, no tiene sentido generalizar a todos los hombres o a todas las
mujeres. Esto es aplicable a todas las diferencias a las que se alude en este capítulo.
La cuestión de las diferencias estadísticas tiene un pequeño pero importante recodo.
Cuando comparamos dos grupos (en este caso, hombres y mujeres), tenemos que
fijarnos no sólo en los valores medios de la variable que estemos estudiando, sino
también en el grado de dispersión de la misma en cada grupo. Puede ocurrir que dos
grupos tengan medias similares pero difieran mucho en los valores extremos. Esto es
importante porque para muchas características estudiadas se ha visto que los hombres
tienen mayor varianza que las mujeres. Por ejemplo, aunque la media del CI es
similar en ambos sexos 77, la curva que representa al sexo masculino es más plana que
la de las mujeres, por lo tanto encontramos mayores diferencias en los valores
extremos. La dislexia, el déficit de atención y otros problemas cognoscitivos son
mucho más frecuentes entre los chicos; en el otro lado de la curva, el talento
matemático es más frecuente en chicos (aunque es poco frecuente en ambos sexos).
Una diferencia cognoscitiva entre hombres y mujeres que ha sido bien
documentada es la “visión espacial” 78, que permite rotar objetos mentalmente o
convertir la información bidimensional de un mapa en tridimensional. La cuestión de
“por qué las mujeres no entienden los mapas” ha sido popularizada recientemente en
algunos best seller dedicados a explorar las diferencias entre sexos. Por supuesto,
algunas mujeres sí entienden los mapas y algunos hombres no lo hacen, pero la
diferencia entre ambos grupos parece tener una base estadística sólida y no se trata de
un mero prejuicio. En cambio, las mujeres poseen mayor capacidad para recordar las

77 Jensen, A.R. “The g factor: The science of mental hability”. Westport, Conn.
Cap.18. 1998.
78 Halpern, D. Sex differences in cognitive habilities. Mahwah, N. J. 2000.

155
Pablo Rodríguez Palenzuela

señales y posiciones de los objetos, y de aquí el viejo tópico de por qué los hombres
son incapaces de encontrar los calcetines. En otro orden de cosas, las mujeres tienen
mayor sensibilidad olfativa y mayor capacidad para interpretar el lenguaje corporal,
así como mayor capacidad verbal en general 79.
Aparte de las diferencias cognoscitivas, se han encontrado importantes diferencias
entre hombres y mujeres en lo que se refiere a las emociones y la socialización.
Diversos estudios han encontrado que las mujeres experimentan las emociones
básicas con mayor intensidad (excepto la ira) y que mantienen y valoran más sus
relaciones sociales. En concordancia con esto sonríen y miran a los ojos con mayor
frecuencia. En general, las mujeres superan a los hombres en su capacidad para
relacionarse, una habilidad que resulta cada vez más importante dentro del mundo
laboral. Sin embargo, las diferencias más importantes y conspicuas entre ambos
sexos se dan en dos áreas bien definidas, la violencia y el comportamiento sexual, de
modo que merece la pena tratarlas aparte.

CONDUCTA AGRESIVA

Que los hombres son, en general, más agresivos que las mujeres no sólo es un
tópico, sino además un hecho cierto que ha sido demostrado en prácticamente todas
las sociedades estudiadas hasta la fecha. Los muchos casos de mujeres maltratadas o
asesinadas por sus maridos o compañeros constituyen una triste prueba al respecto.
Sobre el tema se han publicado montañas de estudios y, aunque los detalles
pueden diferir ligeramente, el consenso resulta insólitamente firme: los hombres son
mucho más proclives que las mujeres a cometer actos violentos 80. Se estima que
alrededor del 85% de los crímenes violentos son perpetrados por individuos de sexo
masculino y la proporción de homicidas es 13 veces más alta en hombres. Es
importante señalar que esta tasa de violencia diferencial se mantiene constante
cuando comparamos diferentes países o diferentes periodos. Si la tasa de
criminalidad aumenta en una sociedad, se observa que el número de delitos violentos
aumenta tanto en hombres como en mujeres, pero la proporción se mantiene. El
hecho de que esta diferencia se mantenga estable en diferentes circunstancias sugiere
imperiosamente (aunque no demuestra) que el fenómeno tiene una base biológica.
Además, los estudios también indican que la violencia masculina suele estar
motivada por el deseo de aumentar el propio estatus mediante, por ejemplo, el

79 Halpern, D. Sex differences in cognitive habilities. Mahwah, N. J. 2000.


80 Lederhendler, I.I. “Aggression and violence: perspectives on integrating animal
and human research approaches”. Horm. Behav. 3: 156-60. 2003.

156
VENUS Y MARTE

consumo extravagante e inmoderado de artículos de lujo. En cambio, la violencia en


las mujeres está generalmente motivada por la necesidad de satisfacer las necesidades
materiales de su familia. Dos tipos de motivación bien diferentes, en verdad.
Es cierto que el tema de la agresividad humana es más general y complejo, y
vamos a aparcarlo momentáneamente para centrarnos en el aspecto particular de la
diferencia entre sexos. Si los hombres son mucho más proclives a la agresión que las
mujeres, y esta diferencia se mantiene más o menos constante en todas las sociedades
y épocas históricas, es posible que esta diferencia sea una adaptación, es decir, una
consecuencia de la selección natural. La psicóloga evolucionista Anne Campbell ha
desarrollado esta hipótesis en su libro A mind of her own 81. La idea esencial es que
las mujeres tienen más que perder y menos que ganar en la confrontación directa,
debido a la dependencia crucial de la descendencia respecto a la madre. Recordemos
el principio de Bateman: los machos pueden dejar muchísimos descendientes o
ninguno, en función de su éxito en el acceso a las hembras; de aquí que la estrategia
reproductiva óptima de los machos se base, en principio, en un mayor nivel de
dominancia y una mayor tendencia a asumir riesgos. Por otro lado, la muerte del
padre tiene alguna influencia en la supervivencia de las crías, pero este efecto es
mucho menor que en el caso de la muerte de la madre. En humanos y en sociedades
de cazadores recolectores se ha podido comprobar que los niños que pierden a la
madre tienen muchísimas menos posibilidades de sobrevivir que los huérfanos de
padre. Según Campbell, este es el hecho crucial que ha permitido que la selección
natural operase de forma distinta en hombres y mujeres, en concordancia con las
diferentes estrategias reproductivas de ambos. Esta hipótesis no excluye que las
mujeres compitan con otros individuos (hombres o mujeres), pero cuando lo hacen
utilizan estrategias de bajo riesgo y formas indirectas de agresión como, por ejemplo,
la de estigmatizar al contrario 82.
Campbell sugiere que el factor fisiológico que explica esta menor tendencia de las
mujeres a la agresión es el miedo. No quiere decirse que los hombres no puedan
experimentar esta sensación, sino que el estímulo mínimo necesario para
desencadenarlo es diferente entre los sexos. Un meta-análisis (una especie de estudio
comparativo de diversos estudios sobre un tema) publicado por Byrnes 83 y
colaboradores, que compendiaba 150 estudios previos, concluía sin ambigüedad que

81 Campbell, A. A mind of her own: The evolutionary psychology of women. Oxford


University Press. 2002.
82 Crick N. R. y Nelson D. A. “Relational and physical victimization within
friendships: nobody told me there’d be friends like these”. J. Abnorm. Child Psychol.
30: 599–607. 2002.

157
Pablo Rodríguez Palenzuela

las mujeres tienen mucha menos tendencia a asumir riesgos físicos que los hombres,
lo que se traduce en menos accidentes de tráfico graves (como saben bien las
compañías de seguros), menor tendencia a los deportes de aventura y lógicamente,
menos tendencia a la agresión directa. Por otro lado, las mujeres tienen una mayor
tendencia a las “crisis de pánico” por causas diversas, como claustrofobia,
agorafobia, fobia a los animales o a la sangre.
Una excepción predecible a esta menor tendencia a la agresión ocurre cuando se
trata de defender a la prole. En estas circunstancias, la recompensa (en términos
reproductivos) de la agresividad es muy alta. La agresión materna en caso de
amenaza a las crías ha sido documentada en muchas especies de mamíferos, incluido
el ser humano 84.
CRITERIOS DE ELECCIÓN

En términos evolutivos el juego de la supervivencia no consiste solamente en


mantenerse vivo, sino también en reproducirse eficazmente; los humanos somos una
especie de reproducción sexual, lo que nos obliga a buscar necesariamente una
pareja. Claramente, la elección de ésta tiene importantes repercusiones en nuestra
vida diaria y en el futuro de nuestros genes. La biología evolutiva predice que es en
esta área donde esperamos encontrar mayores diferencias en el comportamiento de
ambos sexos, ya que la estrategia reproductiva óptima de los hombres no tiene por
qué ser la misma que la de las mujeres. Me anticipo a posibles objeciones
recordando, una vez más, que el Paleolítico representa más del 90% de nuestra
historia como especie. Durante este tiempo evolucionamos en condiciones
probablemente similares a las de los actuales cazadores-recolectores; desde luego
muy diferentes a las nuestras. Sin embargo, las adaptaciones que se produjeron
durante este largo periodo siguen teniendo influencia sobre la manera en que somos y
nos comportamos hoy día por la sencilla razón de que nuestros genes no han variado
mucho desde entonces. Es muy posible que dichas adaptaciones no nos resulten útiles
ahora, incluso puede que sean contraproducentes; en cualquier caso, nuestras
tendencias instintivas van a seguir afectándonos durante mucho tiempo, nos guste o
no. Ello no quiere decir que dichas tendencias estén exentas de la influencia cultural;
ni tampoco que sean imposibles de modificar mediante educación y
condicionamiento. Por ejemplo, el celibato voluntario de los sacerdotes católicos
demuestra que es perfectamente posible oponerse a los “designios de la naturaleza”;
83 Byrnes, J. P., Miller, D. C., Schafer, W. D. “Gender differences in risk-taking: a
meta-analysis” Psychological Bulletin 125: 367-383. 1999.
84 Smuts, B. “Gender, aggression and influence”. En B. B. Smuts et al. (eds):
Primate Societies. University of Chicago Press. 1987.

158
VENUS Y MARTE

al mismo tiempo, es lógico pensar que una renuncia así tiene importantes costes para
el individuo que la realiza. La premisa fundamental de la psicología evolucionista es
que conocer nuestras tendencias innatas representa el mejor principio para poder
cambiarlas. Puede que ya no estemos en la Edad de Piedra, pero hemos heredado un
cerebro diseñado para resolver los problemas cotidianos de nuestros antepasados, no
los nuestros.
El hecho de que el modo de reproducción sexual nos obligue a “compartir” la
descendencia con la pareja hace que su elección influya mucho sobre nuestro destino
reproductivo. ¿Qué pasa si elegimos mal? Nuestra descendencia podría heredar genes
de “mala calidad” y tener pocas posibilidades de sobrevivir y reproducirse, lo que nos
llevaría a nosotros a la “muerte darwiniana”, es decir, a la eliminación de nuestros
genes del “acervo genético”. Por ejemplo, si nuestra pareja resulta ser sensible a
determinadas enfermedades o tiene defectos genéticos patentes, existen posibilidades
de que estas características negativas pasen a nuestra descendencia, con lo que
estaríamos haciendo un malísimo negocio. Conviene recordar que la hipótesis más
aceptada sobre la función de la reproducción sexual es, justamente, evadir con mayor
eficacia a los microorganismos patógenos.
¿Qué es lo que queremos, pues, de nuestra pareja? En primera instancia, nos
interesa la “calidad” de sus genes, de manera que nuestros descendientes sean sanos y
capaces de sobrevivir y reproducirse. Naturalmente, estimar la calidad de los genes
no es tarea fácil. Sólo muy recientemente la biotecnología nos ha permitido estudiar
directamente el material genético. Sin embargo, la inspección de las características
físicas de un individuo nos da información sobre sus genes. De hecho, esto es lo que
hacen la mayoría de las especies animales: escrutar minuciosamente a las potenciales
parejas para decidir si interesa o no poner sus genes en el mismo saco. La apariencia
física proporciona numerosas pistas sobre la salud y la capacidad de supervivencia de
los individuos, lo que constituye una medida indirecta de la “calidad” de los genes.
De aquí que la selección natural favoreciese “criterios de belleza” que estuvieran
relacionados con estas características deseables.
Por supuesto, estos criterios de belleza varían en cada especie, pero existe uno que
es prácticamente universal: la simetría. Un cuerpo totalmente simétrico indica
generalmente un buen estado de salud y una buena dotación genética. Cuanto
mejores sean los genes, menos probable resulta que las enfermedades o los accidentes
dejen secuelas, y éstas suelen traducirse en una ruptura de la simetría. No se trata de
una mera especulación, sino de una hipótesis con un fuerte apoyo experimental en
muchas especies. El psicólogo S. Ganstead y el biólogo R. Thornhill realizaron un
experimento para probar si había alguna relación entre simetría y atractivo físico en

159
Pablo Rodríguez Palenzuela

humanos 85. Para ello, tomaron diversas medidas de las dimensiones corporales de un
grupo de individuos para estimar el grado de simetría corporal de cada uno. Después,
pidieron a un panel de voluntarios que evaluase el grado de atractivo físico de cada
sujeto. Lo que encontraron fue una estrecha correlación entre simetría y atractivo
físico.

LO QUE QUIEREN ELLOS

En la especie humana la cuestión de la elección de pareja se complica bastante


debido a la existencia de “inversión paterna”, esto es, el hecho de que los padres y no
sólo las madres, proporcionen cuidados a la prole. Esta característica, la de criar a los
hijos en pareja, probablemente lleva ocurriendo muchísimo tiempo en nuestro linaje,
pero es bastante infrecuente entre los mamíferos. En este aspecto nos parecemos
mucho más a las aves nidificantes, en las que ambos sexos comparten la mayoría de
los cuidados que reciben las crías. Aunque no tenemos una explicación
incuestionable sobre este hecho, la mejor de la que disponemos se basa en que los
bebés humanos son muy desvalidos al nacer y tardan mucho en desarrollarse en
comparación con otras especies; a su vez, esto es una consecuencia del tamaño
gigantesco de nuestro cerebro.
Tal como se discutió en el capítulo anterior, la monogamia tiende a surgir en
condiciones en las que la incertidumbre del ambiente hace difícil sacar a las crías
adelante, por lo que resulta muy ventajosa la cooperación de ambos progenitores. El
éxito reproductivo no depende sólo de la frecuencia de apareamiento sino, en último
término, de que nuestros hijos sobrevivan y tengan a su vez descendientes.
En humanos la formación de parejas estables es universal. Todas las sociedades
conocidas tienen alguna forma de “matrimonio”, aunque los ritos o reglas concretas
varíen de una a otra. En general, el matrimonio es una “alianza reproductiva” que
contiene los siguientes elementos: obligaciones mutuas entre los esposos, acceso
sexual restringido y la intención o, al menos, la posibilidad de tener descendientes.
Sin embargo, no puede decirse que la monogamia estricta sea el destino más
frecuente de todos los individuos ni de todas las sociedades. Ya se ha mencionado
que aproximadamente el 80% de las sociedades que se han estudiado permiten la
poligamia en mayor o menor grado. Incluso en sociedades teóricamente monógamas,
como en Estados Unidos, aproximadamente la mitad de los matrimonios acaban en
85 Thornhill, R., Gangestad, S. W., Miller, R., Scheyd, G., Knight, J. y Franklin, M.
“MHC, symmetry, and body scent attractiveness in men and women”. Behavioral
Ecology 14: 668-678. 2003.

160
VENUS Y MARTE

divorcio. Los psicólogos Daly y Wilson 86 han estimado que la frecuencia de adulterio
(en Estados Unidos) oscila entre el 26 y el 70% en mujeres, y entre el 33 y el 75% en
hombres.
En definitiva, a pesar de que el matrimonio constituye una institución con una
clara base biológica, la “monogamia de por vida” representa más la excepción que la
norma. Es un hecho cierto que hombres y mujeres se ven involucrados en relaciones
tanto de largo como de corto plazo.
El hecho de que los humanos hayamos evolucionado hacia una situación en la que
seguramente las parejas estables coexistían en el seno de grupos sociales más amplios
ha determinado la aparición de “estrategias reproductivas” complejas, y a la vez,
diferentes, entre hombres y mujeres. Al menos, esta es una hipótesis que debemos
considerar seriamente y que está apoyada por una considerable evidencia
experimental. Hay que señalar que el término “estrategia reproductiva” no quiere
decir que los individuos hagan fríos cálculos en cuanto a la elección de su pareja con
objeto de incrementar el número de descendientes. Por lo que sabemos, nuestros
criterios de elección son, sobre todo, inconscientes (esto no excluye que también
haya cálculo algunas veces). La hipótesis mantiene que aquellos individuos cuyos
criterios (innatos) de elección resultaban más eficaces en términos reproductivos,
resultaron favorecidos por la selección natural. Por eso los hemos heredado nosotros
y los seguimos aplicando aunque ya no estén relacionados directamente con la
reproducción y a pesar de que la selección natural nos afecte mucho menos ahora que
a nuestros antepasados del Paleolítico.
Es posible que este párrafo le esté provocando una aguda sensación de repulsa. El
lector tal vez piense que el amor es un sentimiento maravilloso y genuinamente
humano, de modo que buscar una explicación en términos de genes o estrategias
reproductivas le pueda parecer absurdo y terriblemente antirromántico. Mi respuesta
es que, por supuesto, enamorarse es maravilloso y humano (seguramente es algo que
compartimos con algunas especies, como el campañol de las praderas, pero no con
todas). En cualquier caso, el amor no es un fluido mágico, aunque lo parezca. Es un
sentimiento universal y los “enamorados” manifiestan “síntomas” similares en todas
partes. Es posible que la explicación evolutiva no resulte del todo convincente y,
ciertamente, queda mucho camino por recorrer en este sentido. Sin embargo, la
hipótesis alternativa es el vacío total. Nadie ha propuesto otra explicación (con la
posible excepción de las del tipo “Dios nos ha hecho así”, pero eso es una historia
diferente). En cuanto al romanticismo, o la ausencia del mismo, se trata de un juicio
de valor. Personalmente, encuentro muy atractiva la idea de que los humanos

86 Daly, M. y Wilson, M. Sex evolution and behaviour. Willard Grant Press. 1983.

161
Pablo Rodríguez Palenzuela

formamos parte de la naturaleza y tenemos muchas cosas en común con otras


especies.
De todas formas, las inclinaciones innatas no se limitan a la elección de pareja.
Por ejemplo, los humanos tenemos una clara preferencia por determinados sabores y
olores. Por ejemplo, el hecho de que a (prácticamente) todos los niños les gusten los
caramelos apunta claramente a una tendencia innata. Nuestra preferencia por el sabor
dulce se debe, probablemente, a que la fruta era un componente de la dieta de
nuestros antepasados remotos. Aquellos individuos que tenían esta tendencia podían
aprovechar un recurso alimenticio importante y esto les daba una ventaja
reproductiva. Esto no impide que el gusto por determinadas comidas pueda
evolucionar ni sea susceptible de influencia cultural. Así, la influencia cultural puede
llevarnos a apreciar sabores amargos, como el de la cerveza, o extravagantes como el
del queso Cabrales.
El psicólogo David Buss, de la Universidad de Texas (Estados Unidos), ha
dedicado buena parte de su vida profesional a estudiar los criterios de elección de
pareja de hombres y mujeres y sus posibles relaciones con nuestro pasado evolutivo.
Lo que en definitiva han hecho Buss y otros investigadores es aplicar los principios
de la biología evolutiva a los humanos, y esto les ha llevado a formular una teoría de
estrategias sexuales en nuestra especie 87. No debe extrañarnos que dicha teoría haya
sido fuertemente contestada, sobre todo desde la antropología y la sociología clásicas,
a pesar de que los datos experimentales le están proporcionando un fuerte apoyo.
Veamos, pues, qué dice esta teoría, cuáles son los datos que la apoyan y qué aspectos
están todavía en el aire.
La idea central de este trabajo es que, a lo largo de la evolución, tanto hombres
como mujeres han desarrollado estrategias sexuales flexibles, esto es de corto o largo
plazo, dependiendo de las circunstancias, y que algunas de estas estrategias han
resultado favorecidas por la selección natural debido a la eficacia reproductiva que
conferían a quienes las practicaban. Comencemos por examinar el punto de vista de
los hombres. Según el principio de Bateman, los hombres deberían preferir
estrategias de corto plazo, o sea, sexo sin compromiso, ya que el número de hijos
potenciales depende en primera instancia del número de compañeras sexuales. Por
tanto, la teoría predice que los hombres deberían tener mayor interés por el “sexo
casual” y, de hecho, numerosos estudios confirman que esto es cierto.
Los psicólogos han denominado “efecto Coolidge” al incremento del interés del
macho ante una compañera sexual distinta de la habitual. El nombre viene de una
divertida anécdota que no puedo dejar de contar. Al parecer, el Presidente de los

87 Buss, D. M. The evolution of desire: strategies of human mating. Basic Book.


1994.

162
VENUS Y MARTE

Estados Unidos, Calvin Coolidge, estaba visitando una granja avícola en compañía de
su mujer (aunque la visita la hacían por separado). En un momento dado, la Primera
Dama preguntó extrañada cómo un solo gallo podía cubrir a tantas gallinas. Los
operarios le explicaron con orgullo que el animal “cumplía con su deber” un buen
número de veces al día. “Deberían comentárselo al Presidente” dijo ella con ironía.
Cuando fue informado, éste preguntó: “¿cubre siempre a la misma gallina?” “No,
señor; siempre a una gallina distinta”. “Deberían informar de esto a la Primera
Dama”, repuso el Presidente.
Sin embargo, en humanos la situación es más complicada que en otras especies de
mamíferos. La tendencia a la monogamia (aunque no sea absoluta) y el hecho de que
los padres proporcionen cuidados, recursos y protección a los hijos, nos indica que la
estrategia de largo plazo y la fidelidad a la pareja también tienen sus ventajas. Es
razonable suponer que en las duras condiciones de nuestros antepasados paleolíticos
los hijos tenían mayor probabilidad de sobrevivir si los cuidaban madre y padre. De
hecho, esto ha podido comprobarse en grupos de cazadores-recolectores modernos.
En cambio, en una relación basada en el corto plazo la madre tendrá que criar a su
hijo sola; desde el punto de vista del padre, eso tiene la desventaja de que es menos
probable la supervivencia de la prole. Como al final lo que cuenta es el número de
hijos que llega a reproducirse, es posible que la primera estrategia resulte más
efectiva que la segunda.
¿Y por qué no las dos cosas a la vez?: una pareja estable en la que invertir
“recursos” y al mismo tiempo, relaciones esporádicas con otras mujeres. Cierto que
en este último caso la descendencia tiene menor probabilidad de sobrevivir, pero el
“coste” es mucho menor. No quiero decir que los maridos adúlteros hagan este tipo
de cálculos, sino que la selección natural ha dotado a los hombres con un elevado
interés por las actividades “extracurriculares” debido a los beneficios reproductivos
que de ellas se derivan. En definitiva, para los hombres ambos tipos de estrategia
tienen ventajas e inconvenientes y parece lógico pensar que los criterios innatos que
condicionan la elección de pareja sean diferentes en ambos casos.
A finales de los 80 los psicólogos R. Clark y E. Hatfield 88 realizaron un
experimento muy poco convencional. Contrataron a una serie de jóvenes con notable
atractivo físico (chicos y chicas) con la misión de pasearse por un campus
universitario y, de forma aleatoria, abordar a un desconocido/a y decirle: “te
encuentro muy atractivo/a”; después una de las siguientes frases: 1) “¿quieres quedar
conmigo esta noche?; 2) “¿quieres venir a mi apartamento esta noche?”; o 3)
“¿quieres acostarte conmigo esta noche?”. Naturalmente, el propósito consistía en

88 Clark, R. D. y Hatfield, E. “Gender differences in recepeptivity to sexual offers”.


Journal of Psychology and Human Sexuality 2: 39-55. 1989.

163
Pablo Rodríguez Palenzuela

estudiar si los hombres y las mujeres respondían de forma distinta a las tres
preguntas. Por supuesto, así fue. Más o menos el 50% en ambos casos respondió
afirmativamente a la primera. En la segunda, sólo el 6% de las chicas dijeron que sí,
frente al 69% de los chicos. En la tercera pregunta las diferencias fueron abismales:
ninguna de las mujeres aceptó la proposición, frente al 75% de los hombres. Lo más
gracioso es que el 25% de los chicos que se negaron a semejante proposición
parecían muy “cortados” y balbucearon excusas. El experimento se repitió en
diversos campus con resultados semejantes. Los autores concluyen que los hombres
son más proclives a tener relaciones sexuales a corto plazo. En cierto modo este
experimento va a contracorriente; lo normal es que los científicos se esfuercen en
averiguar cosas que nadie conoce y en este caso el objetivo era demostrar algo que
todo el mundo sabe. Tenemos toneladas de evidencia anecdótica al respecto: los
hombres son más promiscuos y menos selectivos que las mujeres. Reconozco que
esto último es un tópico, pero considero que el tratamiento correcto con respecto a los
tópicos consiste en no creer que son necesariamente ciertos, ni tampoco
necesariamente falsos. Supongo que la razón de este pintoresco experimento era
justamente obtener una evidencia experimental y cuantitativa sobre el tema, o sea el
tipo de resultado que uno puede publicar en una revista científica. Admitiendo que el
experimento estaba justificado, creo que la metodología tal vez no sea tan adecuada
como parece. Es posible que las personas entrevistadas estuvieran tratando de
defender su “reputación”. Después de todo, el comportamiento de los atractivos
experimentadores resultaba inusual; así, los entrevistados debían estar preguntándose
de qué iba el asunto. Por ejemplo, se me ocurre que los hombres podían pensar que se
trataba de una broma de sus amigos o de un programa de cámara oculta o de una
“trampa” organizada por su esposa. Imagino que al entrevistado podía preocuparle
que su novia se enterase de que había aceptado la proposición o que sus amigos se
enterasen de que no la había aceptado.
No obstante, otros estudios confirman la idea de que los hombres tienen mayor
interés por las relaciones a corto plazo. Por ejemplo, Buss y sus colaboradores
abordaron la cuestión haciendo un gran número de entrevistas a estudiantes
universitarios en Estados Unidos 89. En todos los casos, los hombres manifestaron un
mayor deseo por mantener relaciones de una noche y por tener mayor número de
compañeras sexuales. Para ellos la media del número ideal de amantes en un año era
de seis y para ellas, dos. Cuando se preguntaba por el mínimo tiempo de relación
previa necesario para considerar la posibilidad de tener relaciones sexuales (con
personas consideradas como atractivas), ambos grupos dieron respuestas muy
89 Buss, D. M. y Schmitt, D. P. “Sexual strategies theory: an evolutionary
perspective on human mating”. Psychological Review 100: 204-232. 1993.

164
VENUS Y MARTE

diferentes. Para las mujeres, la media era un tiempo mínimo de seis meses, mientras
que para los hombres fue de una semana. Hay que señalar que para los hombres, un
tiempo de relación previa tan corto como una hora fue considerado como ligeramente
inhibitorio; es decir, el factor tiempo disminuía algo, pero no mucho, las
posibilidades de que estuvieran dispuestos a practicar el sexo con una pareja
atractiva. En cambio, la mayoría de las mujeres manifestó una clara repulsa a
acostarse con cualquier individuo si la relación previa era menor de una semana. En
cualquier caso, creo que no necesitamos una publicación científica para aceptar que
los hombres tienen más interés por el sexo rápido y por un mayor número de
compañeras sexuales. El hecho de que los consumidores de “servicios sexuales” y
pornografía sean mayoritariamente hombres constituye una prueba abrumadora en
este sentido. No estoy negando que las mujeres puedan comprar favores sexuales en
ocasiones, pero es evidente que lo hacen en una proporción mucho menor que los
hombres.
Varios estudios realizados por Buss y sus colaboradores han comprobado que los
hombres daban mucha más importancia que las mujeres al aspecto físico de su pareja
90
. Las entrevistas se hicieron en Bulgaria, Nigeria, Indonesia, Alemania y Estados
Unidos, y se pedía a los entrevistados que valorasen en una escala de 1 a 3 la
importancia que daban al atractivo físico a la hora de elegir a una pareja potencial.
Las respuestas de los hombres fueron significativamente más altas que las de las
mujeres en todos los casos, aunque también se encontraron diferencias entre los
distintos países. Así, las mujeres búlgaras valoraron el atractivo físico de sus parejas
potenciales en mayor medida que los hombres de Indonesia, lo que sugiere que este
rasgo también es susceptible de influencia cultural.
Si los hombres dan una gran importancia al atractivo físico de las mujeres, no es
extraño que para éstas la propia belleza sea, asimismo, un asunto muy importante.
Esto concuerda con el hecho de que aproximadamente el 90% del gasto en cirugía
estética lo realicen las mujeres y que éstas sean las consumidoras mayoritarias de
productos y servicios de belleza. El hecho de que más del 90% de los pacientes de
anorexia sean mujeres también parece indicar una mayor preocupación por el aspecto
físico. Resulta significativo que la entrada de la mujer en el mercado de trabajo y el
incremento del poder de las mujeres en el conjunto de la sociedad no parece haber
disminuido el interés ni la preocupación por este asunto.
Otro tema donde se ha observado una clara diferencia entre los sexos es en la
preferencia por la edad de la pareja. En todas las sociedades en las que se ha
estudiado esta cuestión, los hombres prefieren mujeres jóvenes, independientemente
90 Buss, D. M. “Sex differences in human mate preferences: evolutionary hypothesis
tested in 37 cultures”. Behavioral and Brain Sciences 12: 1-49. 1989.

165
Pablo Rodríguez Palenzuela

de su propia edad. Además, los estándares de belleza femenina, tales como tener los
ojos grandes y la nariz pequeña, son asimismo indicadores de juventud. La
coincidencia en este sentido es tan notable que difícilmente puede ser casualidad. Los
hombres parecen estar “programados” para apreciar características físicas de las
mujeres que están relacionadas con el potencial reproductivo. Por ejemplo, el
psicólogo Devendra Singh 91descubrió que, aunque diferentes sociedades difieren en
la idea de cuál es el “peso ideal” de la mujer, la relación entre cintura y cadera
universalmente preferida es de 0,7. Investigaciones posteriores han demostrado que
las mujeres que tienen dicha relación suelen ser más fértiles. Esto constituye una
indicación de que la selección natural ha “esculpido” los criterios de belleza que los
hombres aplican a las mujeres.
La explicación más simple a la preferencia masculina por mujeres jóvenes radica
seguramente en el fenómeno de la menopausia, que hace que la vida reproductiva de
la mujer sea mucho más corta que la del hombre. Por lo tanto, el “valor reproductivo”
de las mujeres, entendido como el número probable de descendientes en un periodo
de tiempo, disminuye rápidamente después de los 30 años. De nuevo, esto forma
parte de la “lógica evolutiva”: en las condiciones ancestrales, los hombres que
preferían a las mujeres jóvenes solían tener más hijos y esta tendencia sigue operando
sobre las preferencias de los hombres, independientemente de que estén interesados o
no en tener descendencia. Un dato interesante es que en el chimpancé las hembras
son fértiles prácticamente toda su vida y, en consecuencia, para los machos las
hembras viejas son las más atractivas.

POLIGAMIA

A pesar de que la tendencia a formar parejas estables es una cualidad


característicamente humana, hay numerosas pruebas de que nuestra especie no ha
abandonado enteramente la poligamia. La primera, ya mencionada, se asocia a la
diferencia del tamaño entre sexos. En condiciones de poligamia, los machos
compiten ferozmente por las hembras y en estas condiciones el tamaño corporal
grande es una ventaja. Es interesante observar que dentro de la línea evolutiva que
lleva hasta el hombre se observa una disminución de la diferencia de tamaño entre
ambos sexos. Por ejemplo, entre los australopitecinos, las diferencias de tamaño eran
de aproximadamente el 50%. Una diferencia importante comparada con el 15%

91 Singh, D. “Adaptive significance of waist-to-hip ratio and female attractiveness”.


Journal of Personality and Social Psychology 65: 293-307. 1993.

166
VENUS Y MARTE

actual. Esto sugiere que la tendencia a la poligamia ha disminuido en nuestro linaje


evolutivo, pero no ha desaparecido totalmente.
Otras características de nuestra especie están de acuerdo con esta teoría. Por
ejemplo, el hecho de que la madurez sexual se alcance antes en las chicas sugiere que
para los hombres podría haber sido ventajoso no entrar en el competitivo “mercado
del sexo”, donde hay una alta probabilidad de conflicto con otros machos, hasta haber
alcanzado suficiente experiencia y fuerza física. Por otra parte, el que los hombres
tengan menor esperanza de vida y mayor tendencia a asumir riesgos, resulta lógico
debido a la mayor incertidumbre reproductiva de éstos. Estas características han sido
demostradas en buen número de especies que practican la poligamia. Finalmente, el
tamaño relativamente grande de nuestros testículos sugiere un cierto nivel de
promiscuidad en nuestros antepasados.
Claramente, las sociedades “modernas” tienden a la monogamia pero, a diferencia
de los cazadores-recolectores, en los que es una consecuencia de la escasez de los
recursos, en otras sociedades viene impuesta por la ley. A primera vista la
monogamia “impuesta socialmente” resulta algo chocante. Si los hombres
“prefieren” tener varias mujeres y han monopolizado el poder en la mayor parte de
las sociedades, ¿cómo es posible que los propios hombres prohíban algo que les
beneficia claramente? La respuesta es que la poligamia no beneficia a todos los
hombres. Beneficia a los poderosos pero resulta muy perjudicial para los de bajo
estatus. Las matemáticas no engañan: si la proporción entre los sexos es,
aproximadamente, del 50%, por cada hombre que practique la bigamia habrá otro que
no podrá casarse. Lógicamente, esto provoca una fuerte competencia entre los
solteros, lo que podría hacer que las tensiones sociales fueran insoportables. Es
posible que este problema sea el origen de las leyes antipoligamia de muchas
sociedades. Por otra parte, los hombres poderosos de todas las épocas casi siempre
han encontrado formas de saltarse, en la práctica, este tipo de prohibiciones.
Si la monogamia no estuviera impuesta socialmente, las mujeres tendrían la
opción de “ascender” en el mercado matrimonial; es decir, podrían elegir entre un
marido compartido de mayor estatus o uno de menor estatus para ellas solas. Incluso
en sociedades tradicionales teóricamente monógamas muchos hombres poderosos
frecuentemente tenían amantes. Evidentemente, estas mujeres “mantenidas” optaron
por ser la “segunda esposa” de un individuo de alto rango, frente a ser la “legítima”
de un hombre de menor estatus. De nuevo, debo insistir en que no pretendo hacer
ningún juicio de valor sobre la “moralidad” de la poligamia ni sobre su conveniencia.
Es un hecho conocido que allá donde la poligamia existe, el conflicto entre las
esposas es la situación prevalente. A medida que las mujeres van adquiriendo poder
económico e independencia, son libres de tomar decisiones sobre su situación marital

167
Pablo Rodríguez Palenzuela

en mucha mayor medida que en las sociedades tradicionales. En estas nuevas


condiciones, parece improbable que las mujeres se sientan inclinadas a compartir un
marido. En todo caso, se trata de una hipótesis comprobable.

LO QUE QUIEREN ELLAS

En principio, a nuestras antepasadas del Paleolítico les convenía más una


estrategia de pareja estable, ya que de esta forma obtenían la colaboración de su
marido en forma de comida y protección, lo que generalmente aumentaba su éxito
reproductivo. Para una mujer el número de hijos no aumenta proporcionalmente al
número de amantes. Puede decirse que, en las sociedades tradicionales, los hombres
compiten por fecundar óvulos femeninos, mientras que las mujeres compiten por la
“inversión paterna” de los hombres. Los diversos estudios mencionados (y
muchísima evidencia anecdótica) muestran esta preferencia femenina por el
matrimonio o distintas formas de pareja estable. No obstante, es un hecho cierto que
las mujeres también se involucran en relaciones a corto plazo y no es impensable que
puedan obtener un beneficio de ellas. A este respecto se han propuesto diversas
explicaciones. Por ejemplo, es posible que las mujeres puedan beneficiarse al tener
relaciones sexuales a corto plazo si intercambian sexo por recursos. Aunque pueda
parecer chocante, este tipo de “prostitución no profesional” es bastante común en
sociedades de cazadores-recolectores, como los ¡Kung que habitan en el desierto del
Kalahari, los Aleut de Canadá o los Yaruro de Sudamérica; tampoco es un fenómeno
desconocido en Europa Occidental. En un extenso análisis transcultural de la
prostitución, sus autores, Burley y Simanki, concluyeron que “los motivos
expresados claramente por mujeres de numerosas sociedades son de naturaleza
económica: los hombres crean la demanda y algunas mujeres encuentran
económicamente interesante satisfacerla” 92.
Aparte de intercambiar recursos por sexo, las mujeres pueden sacar otra ventaja
de las relaciones a corto plazo: mejor calidad de los genes de la pareja. Ya hemos
visto que la “calidad” de los genes, evaluada indirectamente a través de criterios de
belleza que han sido favorecidos por la selección natural, constituye uno de los
factores básicos del éxito reproductivo de los individuos y, aunque el deseo de
encontrar parejas con “buenos genes” afecta tanto a hombres como a mujeres, existe
una importante diferencia entre sexos en lo que se refiere a las relaciones a corto

92 Burley, N. y Simansky, R. “Women without: a cross-cultural perspective on


prostitution”. En R. Symanki (ed): Female prostitution in western societies. Toronto,
Ontario, Canadá. 1981.

168
VENUS Y MARTE

plazo. La diferencia se basa, una vez más, en la diferencia básica entre hombre y
mujer. La lógica evolutiva indica que los hombres sean menos selectivos en la
elección de parejas a corto plazo; como el sexo ocasional es barato para los hombres,
en términos de recursos gastados, se verán inclinados a practicarlo siempre que sea
posible ya que el análisis coste-beneficio es muy positivo. La situación es diferente
para las mujeres, ya que sólo puede quedarse embarazada de un hombre cada vez (a
lo sumo dos, con baja probabilidad), así que está en su interés reproductivo ser más
selectivas con respecto a sus compañeros sexuales.
No se agota aquí la lista de posibles ventajas de las relaciones a corto plazo. Otro
argumento estriba en que este tipo de relación permite a la mujer hacer una
“evaluación a fondo” de su pareja con vistas a pasar a una relación de largo plazo. El
problema es que, en este último caso, a la mujer no le basta con evaluar la calidad de
los genes, sino también el comportamiento de su pareja, su competencia como padre
y, sobre todo, su grado de compromiso. Para esto los rasgos físicos no proporcionan
buenas pistas; será necesario conocer al marido potencial y tratar de extraer todo la
información posible, de manera que sea posible predecir su comportamiento futuro.
Esto puede ser muy difícil si no se produce una relación previa basada inicialmente
en el corto plazo.
Otra conclusión del trabajo de Buss 93 es que las mujeres suelen dar mucho más
importancia a las perspectivas económicas (o de forma más general, al estatus) de sus
potenciales parejas. Esto está de acuerdo con el hecho de que los hombres mantienen
su potencial reproductivo hasta una edad avanzada y por otra parte, el estatus
constituye una buena medida de su capacidad de conseguir recursos para la
descendencia. Por tanto, la “lógica evolutiva” sugiere que la edad de la pareja debe
ser un factor mucho menos importante para las mujeres y, en cambio, la situación
económica más importante. Esta afirmación ha sido rebatida con particular
virulencia, tal vez porque se parece demasiado al viejo cliché. No obstante, a los
argumentos de los críticos Buss ha contestado con datos y más datos. Por ejemplo,
algunos sociólogos sostuvieron que el mayor énfasis que las mujeres ponen en las
perspectivas económicas se debe exclusivamente al hecho de que su situación
financiera es, en general, peor que la de los hombres, por lo que esta diferencia entre
sexos no sería tal, sino sólo un reflejo del deseo de riqueza común a hombres y
mujeres. Para contrastar este argumento, Buss pensó que, de ser cierto, las mujeres
con elevada posición económica deberían tener menor interés por las perspectivas
financieras de sus parejas que las mujeres con bajo nivel económico. Sin embargo,

93 Buss, D. M. “Sex differences in human mate preferences: evolutionary hypothesis


tested in 37 cultures”. Behavioral and Brain Sciences 12: 1-49. 1989.

169
Pablo Rodríguez Palenzuela

los datos indicaron exactamente lo contrario. Las mujeres ricas le daban más, y no
menos, importancia a la cuenta corriente de su pareja.
En todo caso, el adulterio es una opción “interesante” (aunque no exenta de
riesgos) para ambos sexos. Para el hombre las ventajas son obvias; excluida la
posibilidad de conflicto con su “legítima” (y/o con el marido “engañado”), las
relaciones extramatrimoniales aumentan sus posibilidades de tener muchos
descendientes. Este no es el caso de las mujeres, cuyo número de hijos no debe
aumentar por esta causa: en cambio, las mujeres pueden conseguir genes de “mejor
calidad” para su descendencia si consiguen un amante más “apuesto” que su marido.
De esta forma obtienen lo mejor de dos mundos: un marido engañado que aporta
recursos y una prole que tiene mayores probabilidades de reproducirse en el futuro.
Un interesante estudio puso de manifiesto que, en las mujeres casadas, el adulterio es
más probable que se produzca a la mitad del ciclo menstrual, de modo que es más
probable que esta relación se traduzca en un embarazo. Aunque la evidencia está
lejos de ser definitiva, la hipótesis que se deduce es que debe existir un mecanismo
inconsciente que “incita” a las mujeres al adulterio cuando están ovulando. Esto es
particularmente interesante porque el mecanismo estaría operando “al margen” de la
consciencia de la propia interesada.
Está claro que en este caso el que hace el peor negocio es el marido, ya que corre
el riesgo de pasarse años cuidando a un hijo que no es suyo. Claramente, existe una
asimetría en las consecuencias que tiene el adulterio para hombres y mujeres, lo cual
probablemente está detrás del “doble rasero” con el que suele juzgarse en la mayoría
de las sociedades. La evidencia experimental en este sentido arroja resultados
interesantes. David Buss se propuso estudiar los diferentes efectos que tiene sobre
hombres y mujeres el adulterio de su pareja 94. Para ello se pidió a un grupo de
voluntarios de ambos sexos que trataran de visualizar a su pareja: a) realizando el
acto sexual con otra persona; b) implicada sentimentalmente con otra persona.
Simultáneamente se medía la conductividad eléctrica de la piel, que constituye una
medida fiable del grado de estrés que estos pensamientos provocaban en el sujeto.
Los resultados no fueron en absoluto ambiguos: a los hombres les ponía mucho más
nerviosos la infidelidad física, y a las mujeres la afectiva. Esto concuerda con que
para el marido, el efecto más negativo es criar a un “bastardo”, mientras que para la
esposa, el mal se deriva en la pérdida de recursos. Sin embargo, algunos críticos no
están totalmente convencidos y aducen que si una esposa se acuesta con otro hombre,
probablemente está sentimentalmente implicada; y a la inversa, si un marido está
enamorado de otra, probablemente ya se ha acostado con ella.
94 Buss, D. M. “Conflict between the sexes: strategic interferentes ans the evocation
of anger and upset” Journal of Personality and Social Psychology 56: 735-747. 1989.

170
VENUS Y MARTE

Polémicas aparte, es un hecho comprobado que los hombres tienen muchas más
dificultades que las mujeres para perdonar a sus parejas una infidelidad y que este
hecho suele provocar en la parte agraviada reacciones muy diferentes. Típicamente,
las mujeres suelen tener reacciones “positivas”, en el sentido de mejorar su aspecto
físico con objeto de “recuperarlo”. En cambio, los hombres suelen cortar la relación.
El hecho de que los métodos anticonceptivos modernos eviten este problema no
cambia mucho las cosas. Supongo que para el marido engañado es un triste consuelo
saber que su esposa toma la píldora antes de acostarse con su amante.
En consecuencia, no es nada raro que los celos sean un sentimiento que existe en
todas las sociedades y probablemente se trate de una adaptación, dadas las funestas
consecuencias reproductivas que tiene el adulterio para el otro miembro de la pareja.
Ojo, esto no es una apología ni una justificación de los celos. Que algo sea natural no
quiere decir que sea bueno ni inevitable. En cualquier caso, el adulterio presenta
ventajas a ambos sexos, aunque por razones algo distintas. Para las mujeres puede
representar una fuente extra de recursos o puede estar “justificada” si el amante tiene
“mejores genes” que el marido. En el caso de los hombres, tener una amante está
“justificado” por el mero hecho de que ésta sea una mujer distinta de su esposa.
No cabe duda de que los trabajos de Buss y otros colegas están resultando
polémicos y tampoco es probable que todas las discusiones vayan a zanjarse en un
futuro inmediato. El tema es lo bastante difícil y está tan entremezclado con
cuestiones ideológicas que tenemos asegurada la discusión durante bastante tiempo.
También hay que reconocer que las pruebas presentadas por los psicólogos
evolucionistas están muy lejos de ser definitivas. Por ahora, tendremos que
conformarnos con la evidencia disponible, aunque sea incompleta y parcial.

EDUCACIÓN DIFERENCIAL

No podemos abandonar la cuestión de las diferencias entre sexos sin discutir lo


que para muchos constituye la única explicación aceptable de las mismas: el hecho de
que hombres y mujeres sean educados de diferente forma y que esta educación
diferencial explique las diferencias observadas en el comportamiento; esta es la teoría
preferida por grupos feministas y científicos sociales en general. De nuevo, nos
encontramos ante el tradicional malentendido entre explicaciones de tipo biológico y
cultural. Aparentemente, los partidarios del ambientalismo parecen creer tres cosas:
que todo lo biológico es inevitable; que reconocer la raíz biológica de un fenómeno
equivale a justificar el status quo; y que las explicaciones de tipo biológico y cultural

171
Pablo Rodríguez Palenzuela

son mutuamente excluyentes. A estas alturas, espero haber convencido al lector de


que ninguna de estas premisas es cierta.
En primer lugar, nadie duda de que el condicionamiento cultural pueda moldear la
conducta. La cuestión es si el refuerzo cultural es suficientemente fuerte para explicar
el modelo universal de diferencias entre géneros. Si estas diferencias fuesen
puramente arbitrarias, ¿no resulta sospechoso encontrar tantos elementos similares en
todas las culturas? Por otra parte, la conciliación entre ambos tipos de explicaciones
no es tan difícil como parece. Basta con admitir que los humanos poseemos
determinadas tendencias innatas y heredables, que han sido adquiridas durante la
evolución por las ventajas que conferían a sus poseedores. El condicionamiento
cultural –en definitiva, la educación– “trabaja” sobre estas tendencias. Si los
objetivos del proceso educativo se apartan mucho de nuestras tendencias innatas, este
proceso resulta simplemente más difícil; hace falta un mayor esfuerzo, los costes para
el individuo son más elevados y el porcentaje de éxito menor. Por ejemplo, en la
mayoría de las culturas la caza ha sido considerada como una actividad “divertida”
independientemente de que resultase esencial como fuente de comida. Para los reyes
y poderosos de todas las épocas, la caza ha sido uno de sus pasatiempos principales.
Existen pocas dudas de que los humanos tenemos un instinto cazador, al igual que el
resto de animales depredadores. No obstante, muchas personas hoy día consideran
éticamente inaceptable que matar animales constituya una fuente de diversión y
placer. Podemos (y en muchos casos, debemos) ir en contra de nuestras tendencias
innatas. Lo que no podemos hacer es ignorarlas ni creer que oponerse a ellas puede
hacerse sin costes. Reconocer que los humanos tenemos tendencias agresivas no
quiere decir que la agresión sea aceptable. Lo que quiere decir es que será necesario
un mayor esfuerzo en el condicionamiento social para mantener esta agresividad
dentro de límites tolerables. En este sentido es interesante recordar que la caza es una
actividad mayoritariamente masculina en todos los países.
Pero, ¿hasta qué punto existe educación diferencial? En 1991 los psicólogos
Lytton y Rommey revisaron un buen número de estudios anteriores, cuyo objetivo
era averiguar si realmente los padres tratan a hijos o hijas de forma distinta 95. Los
autores no encontraron diferencias en casi ningún aspecto. Parece que ambos sexos
reciben el mismo cariño y cuidados, se les exige un grado semejante de disciplina y
se les tolera un nivel similar de agresión. Las tácticas educativas también son muy
similares, a juzgar por estos estudios, en cuanto a la tendencia a razonar o el tipo de
castigo aplicado. El único aspecto donde apareció una clara diferencia entre los sexos
es en el tipo de juguete que reciben niñas y niños, pero esto responde en buena parte

95 Lytton H. y Rommey D. “Parents differential treatment of boys and girls. A meta-


analysis”. Psychological Bulletin 109: 859-62. 1991.

172
VENUS Y MARTE

a las preferencias de unos y otras. Es cierto que son los padres los que compran los
juguetes, pero son los niños los que escriben las cartas a los Reyes. No dudo de la
buena voluntad que subyace a las consabidas campañas contra el juguete “sexista”,
pero éstas se basan en el supuesto de que el tipo de juguete es la causa de que existan
diferencias de comportamiento entre ambos sexos. Todo parece indicar que es al
revés; la preferencia por diferentes juguetes es una consecuencia de las diferencias
existentes.
Dado que esta última afirmación es (de nuevo) políticamente incorrecta, me veo
obligado a citar alguna evidencia que la avale. Por ejemplo, los trabajos realizados
por Ruble y Martin 96 mostraron que los niños manifiestan preferencia por juguetes
“congruentes con su sexo” antes de ser capaces de identificar el género de las
personas y, desde luego, mucho antes de saber si son o no “apropiados”. Más aún, un
estudio reciente con macacos demostró que las crías de estos animales muestran
preferencia por juguetes congruentes con su sexo; esto es, las monitas prefieren jugar
con muñecas y los monitos con camiones de plástico. Estudios aparte, todo aquel que
haya tenido hijos de diferente sexo y los haya observado con un mínimo de
objetividad sabe que sus preferencias son distintas.
Un poderoso argumento a favor de que las diferencias entre sexos tienen una base
biológica radica en el espectacular cambio en el papel social de la mujer que se ha
producido en las últimas décadas. En estos años las mujeres se han incorporado al
mercado de trabajo y han ocupado áreas que tradicionalmente estaban reservadas a
los hombres. Aun admitiendo que este proceso no se haya completado, es imposible
no reconocer que se trata de un cambio sin precedentes. Sin embargo, no se ha
producido un cambio en los estereotipos ni en la autopercepción, en lo que a la
identidad de género se refiere. Ni hombres ni mujeres han perdido su sentido de
identidad sexual, a pesar de que sus papeles sociales se han equiparado notablemente.
Llegados a este punto, está claro que el núcleo de la cuestión es tremendamente
escurridizo. Admitamos por un momento que las diferencias entre hombres y mujeres
se deban a ambos tipos de factores, esto es, diferencias innatas posiblemente
favorecidas por la selección natural y también a diferencias construidas socialmente,
debidas al condicionamiento cultural. ¿Es posible evaluar la contribución relativa de
unas y otras? ¿Cómo podríamos estudiarlas por separado? Evidentemente, esto es
algo sumamente difícil, tal vez imposible. Lo único que podemos hacer es evaluar
con cuidado la evidencia disponible y mantener una mentalidad abierta. El hecho de
que sea difícil alcanzar conclusiones definitivas no quiere decir que todo avance sea
96 Ruble D.N. y Martin C.L. “Gender development”. En W. Dammon y N.
Eisenberg (eds.): Handbook of child psychology Vol 3: Social, emotional and
personality development. 1998.

173
Pablo Rodríguez Palenzuela

imposible. Existen varias líneas de estudio que pueden ofrecernos nuevos datos. En
primer lugar, los estudios transculturales nos abren una ventana a la naturaleza
humana; si una característica está conservada en la mayoría de las culturas, cabe
pensar que tenga una raíz biológica. En segundo lugar, los rápidos cambios culturales
que se están produciendo también ofrecen una oportunidad para valorar hasta qué
punto las diferencias de género dependen del contexto social. En otro orden de cosas,
los increíbles avances de la neurobiología y los nuevos métodos para estudiar el
cerebro humano están ya aportando nuevas perspectivas; por ejemplo, se sabe que
algunas estructuras cerebrales son diferentes en hombres y mujeres. Por último, la
biología está identificando rutas bioquímicas que ligan la presencia de determinados
genes con ciertos tipos de comportamiento, a través de moléculas capaces de
modificar la actividad cerebral. Estoy firmemente convencido de que en un futuro no
muy lejano la cuestión de las diferencias de género, biológicas y culturales, habrá
perdido gran parte de su carga política y podrán ser estudiadas con mayor
profundidad y en un ambiente menos crispado. Para ello será necesario que la
discriminación y abuso al que tradicionalmente han sido sometidas las mujeres
desaparezca. Está claro que algunos países avanzan firmemente por esta senda.
También está claro que queda mucho por hacer.

174
CAPÍTULO 7

GUERRA Y PAZ

LA FUERZA DE LA SANGRE

E n junio de 1990 me encontraba realizando una estancia postdoctoral en la


prestigiosa universidad de Cornell, en el estado de Nueva York. Conservo un
recuerdo maravilloso de los casi tres años que pasé allí, no sólo por la
interesante experiencia profesional, sino también porque me dio la posibilidad de
conocer a personas brillantes y cultas procedentes de todo el planeta y de disfrutar del
increíble paisaje de los Finger Lakes. El campus de la universidad está situado en lo
alto de una colina que domina el lago Cayuga, rodeado de bosques, lagos y cascadas.
Adquirí la costumbre de correr un par de veces por semana al acabar mi trabajo en el
laboratorio, por un camino marcado expresamente para ello; el llamado Cayuga trail,
que recorría los lugares más bonitos y espectaculares, rodeaba el popular Bee Bee
Lake, atravesaba el Jardín Botánico, y se internaba en un espeso bosque de robles y
arces en las inmediaciones de la Estación Experimental de Apicultura. Fue
precisamente cerca de esta última donde me ocurrió uno de los pocos sucesos
desagradables y traumáticos de mi estancia en la universidad. Recuerdo que era una
tarde muy agradable y daba gusto trotar por el campo, que tenía ese característico
color verde claro del inicio del verano. Los Trillium estaban en plena floración y la
situación no podía ser más apacible. Entonces me percaté de un elemento inquietante.
Una persona se acercaba corriendo a gran velocidad mientras hacía extraños
aspavientos con los brazos. Cuando estuvo más cerca vi que se trataba de una mujer
que me gritaba algo que no entendí. En ese momento sentí un fuerte pinchazo en el
cuello, seguido de otro en el pómulo y otro más en el brazo. “Run! Run!” gritaba ella.
Inmediatamente supe lo que estaba pasando: nos perseguía un enjambre de
enfurecidas abejas. Debimos correr como locos unos trescientos metros mientras
tratábamos de sacudírnoslas de encima. Afortunadamente, no estábamos lejos del
arroyo y allí es donde acabó nuestra carrera. Buceando unos metros, nos resultó fácil
despistarlas y conseguimos arrastramos hasta la orilla, totalmente empapados,
magullados y con el miedo metido en el cuerpo. Media hora más tarde nos atendían
en el hospital local. “Han tenido suerte”, explicaba el médico mientras me inyectaba
un Urbason en vena. La picadura simultánea de varias abejas puede causar un shock
mortal. Al día siguiente, mis compañeros de laboratorio me recibieron con gran

175
Pablo Rodríguez Palenzuela

expectación. Tenía la parte izquierda de la cara totalmente hinchada y amoratada, y


llevaba un aparatoso vendaje en un brazo. Todo parecía indicar que había tenido una
pelea. “¿Y cuántos eran los otros?” me preguntaron medio en broma. “Debían ser
unos 100 y cinco de ellos están muertos”, contesté siguiendo la chanza, pero diciendo
literalmente la verdad.
Es un hecho bien conocido que las abejas pueden manifestar una conducta muy
agresiva contra los que se acercan al panal, lo que constituye una forma muy eficaz
de proteger a la colmena. Más tarde me enteré de que las que me habían atacado eran
abejas africanizadas, particularmente agresivas y que estaban siendo estudiadas por
los científicos de la Estación de Apicultura.Las abejas corrientes también pueden
tener este comportamiento, aunque en menor grado. Como todo el mundo sabe, la
abeja que consigue clavar su aguijón al intruso, muere inevitablemente ya que al
sacar el aguijón deja clavado parte de su sistema digestivo. En otras palabras, las
abejas se suicidan por el bien de la colectividad. Años después de este incidente (del
que no me he recuperado por completo, ya que las abejas siguen produciéndome
terror), supe que Darwin también había tenido problemas con estos insectos sociales,
si bien problemas de tipo “metafísico”. ¿Cómo es posible que un animal tenga una
conducta suicida? Si una conducta así estuviera programada en los genes, como debe
ser en el caso de las abejas, la selección natural debería actuar rápidamente retirando
los genes responsables de la circulación. Para Darwin, esta conducta de tipo
kamikaze suponía una dificultad aparentemente insuperable para su teoría de la
evolución mediante selección natural.
Los biólogos llaman “conducta altruista” a aquella que tiene un coste para el
individuo que la realiza, pero produce un beneficio para otros individuos de la misma
especie. Aparentemente, este tipo de conducta es incompatible con la teoría de la
selección natural, ya que disminuye la “eficiencia reproductiva” de quien la realiza.
De acuerdo con el darwinismo, la selección natural sólo podría favorecer a aquellas
conductas egoístas, que resulten favorables para la propia reproducción. Sin
embargo, este tipo de conducta no es demasiado rara en el reino animal, aunque las
abejas, hormigas y otros insectos sociales constituyan un caso extremo. Resolver esta
paradoja no ha resultado fácil y sólo en fecha reciente los expertos han alcanzado un
relativo consenso al respecto.
Consideremos el caso más sencillo: el de la conducta de los padres hacia su
descendencia. La teoría evolutiva no tiene demasiados problemas para explicar este
tipo de casos. Dicho sea de paso, la inmensa mayoría de los actos altruistas que se
observan en la naturaleza van dirigidos hacia los propios descendientes. Un típico
ejemplo nos lo da la táctica de distracción del chotacabras americano (Chordeiles
minor). Este ave construye su nido en el suelo, por lo que es particularmente

176
GUERRA Y PAZ

vulnerable a los depredadores. Si detecta la presencia de un intruso, levanta el vuelo


y se posa frente a él (lejos del nido) con las alas caídas o extendidas, simulando que
está herida, para provocar así al intruso. Estas estrategias de distracción han sido
observadas en muchas especies y no cabe duda de que conllevan un riesgo para el
animal que las lleva a cabo, que en algunos casos se sacrifica para intentar salvar a su
prole.
Sin embargo, la estrategia puede resultar “adaptativa” si el beneficio reproductivo
es mayor que el coste de realizarla. Supongamos que esta conducta depende de dos
genes a y b. Los animales que portan el gen a realizan la maniobra de distracción
mientras que los del gen b se limitan a abandonar el nido. ¿Cuál de los dos
prevalecerá a largo plazo? Depende de lo eficaz que resulte dicha estrategia. Si casi
siempre sale bien, los animales a tendrán ventaja, ya que casi siempre salvarán a sus
crías. El hecho crucial radica en que estas crías frecuentemente serán portadoras del
gen responsable de la conducta altruista. En cambio, si la maniobra de distracción
resulta infructuosa es muy posible que el animal que la realiza sea devorado, lo que
normalmente también significa la muerte de las crías. En este caso, los animales
portadores del gen b tendrán cierta ventaja, puesto que ellos salvan su vida y
probablemente tengan otras oportunidades de criar en años futuros. Si las ventajas e
inconvenientes de la estrategia están más o menos equilibrados, esperaríamos que
ambas (y sus genes correspondientes) coexistan en la población.
De hecho, el acto en sí de la reproducción siempre es en cierto sentido altruista,
puesto que siempre tiene un coste para el individuo que la realiza y el beneficio recae
sobre sus descendientes. Si los animales fueran genuinamente egoístas, en el sentido
individual, no se reproducirían en absoluto y si esa hubiera sido la tendencia general,
simplemente no estaríamos aquí para hablar del tema.
Sin embargo, existen casos de conducta altruista que no resultan tan fáciles de
explicar. Por ejemplo, algunos mamíferos sociales como las ardillas árticas terrestres
(Spermophilus parryii) 97 o los perritos de la pradera de cola negra (Cynomys
ludovicianus) 98, realizan llamadas de aviso cuando detectan la presencia de un
depredador. La cuestión es que este acto llama la atención del cazador, poniendo a
quien la realiza en una situación particularmente peligrosa, pero dando a sus
congéneres la posibilidad de ponerse a salvo. Una acción similar es el denominado

97 Carl, E. A. (1971) “Population control in artic ground squirrels” Ecology 52: 395-
413. 1971.
98 King, J. A. “Social behavior, social organization, and population dynamics in a
black-tailed prairiedog town in the Black Hills of South Dakota”. Contributions from
the laboratory of Vertebrate Biology, University of Michigan, Ann. Arbor nº 67: 1-
123. 1955.

177
Pablo Rodríguez Palenzuela

“brinco” que realizan las gacelas de Thomson (Gacella Thomsoni) ante la presencia
de depredadores. Durante esta maniobra, la gacela da un salto vertical mucho más
alto de lo habitual, lo que constituye una señal para alertar a otras gacelas. Sin
embargo, el animal se desplaza más despacio que con su forma normal de correr, lo
que aumenta sus probabilidades de ser devorado. Dado que los beneficiarios de estas
acciones no son los descendientes directos de los que las realizan, ¿podemos pensar
que nos encontramos ante actos genuinamente altruistas? No está tan claro.
En la actualidad, la teoría preferida por los biólogos para explicar este tipo de
comportamientos es la denominada “selección por parentesco” (kin selection). Ésta
fue desarrollada en los años 60 por varios científicos, especialmente el británico
William Hamilton, quien observó que, aunque los beneficiarios de las mencionadas
acciones altruistas no fueran los descendientes directos de los que las realizan, sí eran
con frecuencia parientes más o menos próximos 99. Como todos sabemos, el
parentesco no constituye una diferencia de todo o nada, sino que es una cuestión de
grado. Por ejemplo, los parientes de primer grado (padres-hijos, hermanos)
comparten el 50% de sus genes; los parientes de segundo grado (abuelos-nietos, tíos-
sobrinos) comparten un 25%, y los parientes de tercer grado (primos) un 12,5%. Por
lo tanto, la conducta altruista puede ser favorecida por la selección natural siempre
que el coste para quien la realiza sea menor que el beneficio para quien la recibe
multiplicada por el grado de parentesco. El propio Hamilton lo expresaba de una
forma muy gráfica. “Yo no daría mi vida por mi hermano; pero si lo haría por dos de
mis hermanos o por ocho de mis primos”. En definitiva, esta conducta se seleccionará
si resulta generalmente efectiva y si los animales beneficiados tienen cierto grado de
parentesco, hasta el punto de compensar los inconvenientes de la misma. Lo que tiene
que ocurrir es que el balance entre ambos factores resulte favorable a largo plazo. Es
un hecho frecuente entre los animales sociales que los individuos del grupo estén
genéticamente emparentados, lo que habla a favor de esta teoría. En resumen, la
selección por parentesco es simplemente un tipo de selección natural en la cual se
toman en consideración las posibles ventajas que reciben los parientes de un
individuo cuando evaluamos la aptitud reproductiva (fitness) de dicho individuo.
Naturalmente, los cuidados parentales constituyen el caso más patente y directo de la
selección por parentesco.
Uno de los mayores logros de la selección por parentesco es precisamente lo útil
que resulta para explicar la aparentemente inexplicable conducta de los insectos
sociales. Estos animales tienen un sistema de reproducción particularmente complejo.
A primera vista, la situación resulta muy extraña. En una colmena, la única que se

99 Hamilton, W. D. “The genetical evolution of social behavior”. Journal of


Theoretical Biology 7: 1-16. 1964.

178
GUERRA Y PAZ

reproduce es la abeja reina. Todas las abejas obreras son estériles y dedican su
proverbial laboriosidad a “ayudar” a ésta a criar a otras abejas que son sus hermanas,
no sus hijas. En principio, la selección natural debería evitar que un animal dedique
todos sus esfuerzos a sacar adelante la descendencia de otro, pero el caso de las
abejas es sumamente especial.
La diferencia clave radica en que los zánganos se desarrollan a partir de huevos no
fertilizados y son, por lo tanto, haploides. La reina se aparea con uno o unos pocos
machos durante el “vuelo nupcial” y el esperma de éstos se almacena toda su vida en
su espermateca, donde se empleará para fertilizar los huevos. Las obreras se
desarrollan a partir de estos huevos fertilizados. Por lo tanto, el cálculo de la relación
de parentesco entre las abejas es diferente que el que acabamos de hacer para los
humanos. Las obreras heredan la mitad de sus genes del zángano y la otra mitad de la
reina; pero como el macho sólo tiene un juego de cromosomas todas las obreras lo
heredan tal cual. En este caso no se da el característico “barajeo” de los cromosomas
como ocurre en las meiosis normales. En cambio, la reina tiene dos juegos de
cromosomas, por lo que las obreras heredan uno de los dos cromosomas de cada tipo
elegido al azar, tal como ocurre en la mayoría de los animales. La consecuencia es
que mientras los hermanos normales comparten el 50% de sus genes, las abejas
obreras comparten el 75% de los mismos (la situación es algo más complicada, ya
que no siempre las obreras son hijas del mismo macho). En definitiva, las obreras
tienen un grado de parentesco con respecto a sus hermanas, mayor que el grado de
parentesco con su madre la abeja reina, que es el habitual 50%. Por tanto, desde el
punto de vista de las obreras, es más “ventajoso” ayudar a la reina a criar más de sus
hermanas que producir sus propias hijas. Esto puede resultar un poco confuso, así que
lo voy a repetir en otros términos. Los genes que determinen que las obreras
“trabajen” a favor de sus hermanas pueden resultar favorecidos, ya que las hermanas
tienen un grado anormalmente alto de parentesco genético.
Con estos datos en la mano, la conducta suicida de las abejas resulta fácil de
explicar. Puesto que son estériles, el coste reproductivo de su muerte es
prácticamente nulo. Simplemente, la colmena pierde a uno de sus miembros, pero a
cambio esta acción puede ahuyentar a un intruso potencialmente peligroso. Es lógico
pensar que a largo plazo las ventajas de la conducta suicida superan a los
inconvenientes.
En cierto modo, los animales multicelulares constituimos un ejemplo similar al de
las colmenas de abejas. Esto puede sonar un poco raro porque solemos considerar
que el individuo constituye una “unidad”; pero en realidad un individuo puede ser
descrito más propiamente como una comunidad de células que comparten un grado
de parentesco del 100%. Los seres multicelulares somos un invento relativamente

179
Pablo Rodríguez Palenzuela

reciente en la evolución, puesto que los primeros aparecieron hace unos 600 millones
de años, frente a los 3.500 millones desde la aparición de los primeros seres vivos.
Puesto que nuestras células tienen un grado de parentesco del 100%, se comportan de
forma totalmente altruista y no dudan en poner en marcha un mecanismo de muerte
celular programada (apoptosis) cuando resulta necesario. Resulta interesante señalar
que el cáncer se debe en último término a que un grupo de células se vuelve “egoísta”
y empieza a proliferar a costa de los tejidos circundantes. Esto es debido a fallos en el
complicado sistema que controla la proliferación celular, pero en un sentido figurado
podríamos decir que el tumor es una especie de “motín” a bordo. Naturalmente, si el
individuo muere sus células tumorales también lo hacen pero ellas no saben lo que
va a pasar.
La teoría de la selección por parentesco puede resumirse diciendo que la selección
natural tenderá a favorecer la “eficacia reproductiva inclusiva”; este concepto tiene
en cuenta no sólo el número de descendientes sino también el grado de parentesco.
Por tanto, la conducta altruista puede ser seleccionada cuando beneficia no sólo a
descendientes directos sino a cualquier animal con un cierto grado de parentesco.
Cuanto menor sea este grado, mayor tendrá que ser el beneficio derivado de la acción
para que pueda seleccionarse.
Una interesante implicación de esta teoría es la denominada “hipótesis de la
abuela”, que explica la temprana retirada de la fertilidad de las hembras (menopausia)
que se produce en nuestra especie. Hay que recordar que la menopausia es una
característica casi exclusiva de la sexualidad humana y no se da en nuestros parientes
más próximos. Otro dato curioso es que este hecho es, en principio, fácil de evitar. En
los mamíferos, los óvulos no son producidos de forma continua, sino que su
producción cesa en una fase muy temprana, por lo que son almacenados y empleados
a lo largo del periodo reproductivo. Pero no hay ninguna razón a priori para que no
se produzca un número de óvulos lo suficientemente alto para garantizar la fertilidad
de la hembra durante toda su vida. Esto ha llevado a especular con la idea de que la
menopausia humana sea un mecanismo adaptativo, seleccionado por las ventajas
reproductivas que confiere a quienes lo poseen. Es decir, según esto, la menopausia
no sería un mero declinar de la capacidad reproductiva sino un mecanismo
“diseñado” para limitar el periodo reproductivo de las mujeres. Esto parece un
contrasentido. ¿Qué ventajas reproductivas pueden derivarse de un sistema que
interrumpe tempranamente la posibilidad de reproducción? Según esta hipótesis, la
ventaja se derivaría del hecho de que la eficacia reproductiva de las mujeres de cierta
edad podría aumentar si éstas invierten en recursos que contribuyan a criar a sus
nietos, en vez de hacerlo con sus propios hijos. Es cierto que una abuela tiene un
grado de parentesco del 25% con sus nietos, frente al 50% que tiene con sus hijos,

180
GUERRA Y PAZ

pero eso no excluye la posibilidad de que en determinadas circunstancias, en las que


fuera generalmente difícil sacar adelante a la descendencia, se obtenga mayor
eficacia reproductiva inclusiva si se invierten recursos en los nietos. Varios estudios
han puesto de manifiesto que en sociedades de cazadores-recolectores las mujeres
postmenopaúsicas juegan un papel fundamental como recolectoras, ya que tienen
mayor experiencia y no se ven impedidas por la crianza directa de los hijos. Algunos
biólogos piensan que la larga supervivencia de estas mujeres sólo tiene sentido
evolutivo si implica un mayor número de descendientes, en este caso, nietos.
No cabe duda de que es una idea interesante, aunque difícil de probar. Sin
embargo, Mirkka Lahdenperä 100 y sus colegas de la Universidad de Turku, en
Finlandia, creen que han encontrado pruebas que la apoyan. Sus datos se basan en el
examen de las partidas de bautismo y defunción de Canadá y Finlandia, durante los
siglos XVIII y XIX. Los resultados, publicados en la revista Nature, parecen
concluyentes. En estas sociedades las mujeres “ganaron” una media de dos nietos por
cada década que sobrevivieron por encima de los 50. Estos investigadores han podido
descartar que este resultado sea una especie de “artefacto estadístico”; por ejemplo,
descartaron que fuera un mero efecto de tener un mayor número de hijos, o que
estuviera relacionado con el estatus económico. De hecho, la presencia física de la
“matriarca” resultaba crucial; cuando vivía a más de 20 kilómetros de sus hijas, éstas
producían un número de nietos significativamente menor que cuando la abuela vivía
en el mismo pueblo. Esto sugiere que el resultado no se debe a un sutil efecto
genético, que pudiera relacionar la longevidad de la abuela con la fertilidad de las
hijas, sino más bien al efecto beneficioso que ejerce ésta sobre la crianza.
Evidentemente, esta ayuda puede realizarse de distintas maneras: cuidar a los niños
mientras son pequeños permitiendo que la madre haga otros trabajos, aconsejando a
la madre en algunos aspectos de la crianza o, simplemente, proporcionando apoyo
psicológico.
Es lógico esperar que el “efecto abuela” se produzca en mayor medida cuando las
condiciones de vida son relativamente duras y la mortalidad infantil es alta. No es
esperable que dicho efecto tenga lugar hoy día en Canadá o Finlandia, aunque tal vez
sí en Afganistán. Las pruebas directas de esta hipótesis deberían buscarse en
sociedades de cazadores-recolectores, pero por desgracia estos pueblos no suelen
dejar partidas de nacimiento.
Con todo, la “hipótesis de la abuela” es simplemente una hipótesis. No existe una
evidencia incontestable a su favor. No conocemos los mecanismos genéticos que
determinan la menopausia y no podemos saber si dichos genes han sido objeto de

100 Lahdenperä, M. et al. “Fitness benefits of prolonged post-reproductive lifespan


in women”. Nature 428: 178–181. 2004.

181
Pablo Rodríguez Palenzuela

selección. Es posible que el fenómeno se deba al azar o sea una consecuencia


indirecta de una adaptación. En todo caso, es una hipótesis interesante y no es
descartable que en el futuro pueda recibir un mayor apoyo empírico. Un hecho
curioso es que la única especie de mamíferos en la que se produce este fenómeno es
la llamada ballena piloto o calderón (Globicephala melas). Un cetáceo de pequeño
tamaño, en realidad más próximo al delfín que a las “verdaderas” ballenas, y que
resulta fácil de observar cerca de la costa en muchos lugares. Estas ballenas son
animales muy sociables y siempre van en grupos que pueden superar la centena de
individuos. Al parecer los grupos son “liderados” por hembras postmenopaúsicas.
El hecho de que ciertos individuos cooperen en la crianza de animales que no son
sus descendientes directos tampoco es excesivamente raro en la naturaleza. Por
ejemplo, se ha observado en muchas especies de aves la presencia de “ayudantes”
que colaboran con la pareja en el cuidado de los polluelos. Generalmente, el ayudante
es hijo de la pareja a la que ayuda y es un individuo joven, con frecuencia un polluelo
del año anterior. Dada la naturaleza territorial de la mayoría de las aves, puede
suponerse que los pollos del año tienen muy difícil hacerse con un territorio debido a
la terrible competencia que existe con otros machos. Por ello, puede ser más
“rentable” para un animal joven ayudar durante un cierto periodo de tiempo a sus
padres a criar a sus hermanos, con los que tiene un alto grado de parentesco, en vez
de criar a sus propios hijos.
La teoría alternativa para explicar la conducta altruista es la denominada
“selección de grupo”. La idea básica de esta teoría es que en animales sociales la
unidad básica sobre la que opera la selección natural es el grupo, no el individuo. Por
ejemplo, si pensamos en una manada de lobos, en una banda de macacos o en una
bandada de grajillas, ninguno de estos animales puede sobrevivir por su cuenta, de
manera que su destino individual se encuentra inevitablemente unido al del grupo. Si
éste tiene éxito, aumentará de tamaño y, si no lo tiene, desaparecerá; por tanto, la
selección natural puede mantener conductas que favorezcan al grupo en conjunto,
aunque sean negativas para el animal que las ejecuta. Por poner un símil futbolístico:
la selección natural estaría operando con equipos y no con jugadores individuales.
Lorenz y otros fundadores de la etología eran firmes partidarios de esta teoría.
No obstante, la teoría de la selección de grupo goza de poco crédito entre los
expertos en la actualidad, que encuentran más plausible la teoría de la selección por
parentesco. Hay que señalar que ambas no son totalmente incompatibles. Por
ejemplo, en el caso comentado de las abejas, donde el grupo constituye a la vez una
sola unidad reproductiva, las teorías son esencialmente inseparables. Sin embargo, en
casos menos extremos, en los que los animales que realizan la conducta altruista no
tienen un grado de parentesco tan elevado, la selección de grupo se enfrenta con un

182
GUERRA Y PAZ

problema serio que es la inevitable aparición de un mutante “egoísta”. Volvamos al


ejemplo de las ardillas terrestres y la señal de alarma frente a depredadores. Según la
teoría de selección de grupo, esta conducta se ve favorecida porque aumenta las
posibilidades de supervivencia del grupo como tal. Imaginemos ahora que surge un
mutante dentro del grupo “altruista” que no manifiesta este tipo de conducta; sin
embargo, como sus congéneres sí la manifiestan, este mutante se beneficia de los
efectos de tal conducta sin tener que pagar el coste de la misma. La selección natural
favorecería la sustitución de los genes egoístas por los altruistas, pero entonces se
terminaría el beneficio que comporta tal conducta y el grupo se extinguiría. Según
este punto de vista, las conductas altruistas serían intrínsecamente inestables, ya que
sólo podrían existir a expensas de que no apareciesen mutantes egoístas, puesto que
la aparición de uno de estos iniciaría un proceso cuyo final sería la extinción del
propio grupo. Las especies que no logran resolver el problema del “mutante egoísta”
están abocadas a una existencia solitaria o a tener una vida social muy restringida.
Esto no es en absoluto extrañ. De hecho la mayoría de las especies de animales son
solitarias y limitan el contacto con sus semejantes al periodo de reproducción.
En definitiva, la conducta altruista sería negativa para el individuo, pero podría ser
mantenida por la selección natural si las ventajas que reportase al grupo fuesen tales
que los grupos enteramente altruistas tuvieran un éxito reproductivo muy superior. La
mayoría de los expertos opina que las condiciones en las que esta teoría puede operar
son muy restringidas y que no es aplicable a la inmensa mayoría de las conductas
altruistas que se observan en la naturaleza.

CONFLICTOS DE FAMILIA

Bambi, un cervatillo que habita en la reserva nacional de El Pardo, acaba de


cumplir un año. Hasta este momento su vida ha sido absolutamente perfecta, desde el
punto de vista de un ciervo de su edad; sin apenas depredadores naturales, se ha
limitado a triscar por el espeso bosque de encinas en compañía de otros miembros del
grupo. En cuanto a la comida, siempre ha tenido a su madre disponible para
amamantarle. Sin embargo, las cosas van a cambiar para él. Su madre acaba de parir
otra cría y Bambi está a punto de sufrir el primer trauma de su vida, por el que
pasamos la mayoría de los mamíferos: el destete. A partir de ahora, su madre le va
impedir que siga alimentándose de ella, forzándole a comer hierba. Sus patéticos
intentos de aproximación, que hasta ahora habían dado un resultado inmediato, son
respondidos con indiferencia o incluso con franca hostilidad. Si insiste en exceso será
alejado a topetazos. Por otro lado, su madre tiene muy buenas razones, desde el punto

183
Pablo Rodríguez Palenzuela

de vista evolutivo, para ejercer una conducta tan antipática. Su nuevo descendiente
necesita su leche para crecer rápidamente y Bambi ya está preparado para cambiar de
alimentación. Sin embargo, el cervatillo desplazado no ve las cosas de ese modo. A él
también le beneficiaría seguir siendo amamantado, aunque ese beneficio es menor del
que obtendrá su hermano.
Todo aquel que haya tenido más de un hijo de no muy diferente edad sabe bien
que el conflicto entre hermanos es una condición inevitable de la vida familiar. Esto
no quiere decir que no existan vínculos entre ellos, pero tal cosa no excluye que
discutan con mayor o menor frecuencia sobre miles de asuntos y que siempre
cuantifiquen milimétricamente todos los regalos y prebendas que reciben los otros. El
fondo de la cuestión es la competencia entre los hermanos por los recursos que
proporcionan los padres. Al igual que Bambi, los hijos siempre parecen estar
descontentos con la porción del pastel que reciben con respecto a la de sus hermanos:
“mami siempre te prefirió a ti”.
En 1974 el biólogo Robert Trivers analizó desde el punto de vista evolutivo el
conflicto entre hermanos 101. El núcleo de la cuestión, de nuevo, es que las conductas
que acaban siendo seleccionadas son aquellas que benefician a individuos con alto
grado de parentesco respecto al que la realiza. En el caso de los hermanos, el grado
de parentesco es del 50%, por lo que esperaríamos que se ayuden entre ellos de
diversas maneras, ya que está en su interés “evolutivo” ayudar a individuos con alto
grado de parentesco. El problema es que cada individuo tiene una relación de
parentesco consigo mismo del 100%, por lo que es esperable que procure
beneficiarse a sí mismo en mayor medida. Por ejemplo, si una madre se dispone a
repartir un pastel entre dos hermanos, lógicamente le dará la mitad a cada uno, ya que
cada uno de sus hijos representa una inversión reproductiva semejante y el grado de
parentesco con ellos también es igual. Sin embargo, los hijos lo ven de una manera
distinta. Cada uno de ellos querrá que se reparta el pastel de acuerdo con el grado de
parentesco; por tanto, reclamará dos tercios para sí mismo y un tercio para su
hermano. Este es para Trivers el centro del conflicto en el reparto de recursos entre la
descendencia.
Debo aclarar que el ejemplo del pastel no debe ser tomado de forma literal. Lo
que quiere decir es que el reparto de recursos entre la descendencia es
intrínsecamente conflictivo, dada la disparidad de intereses “evolutivos” entre uno
mismo, sus hermanos y sus padres. En mamíferos, el momento del destete es un
punto clave ya que el joven animal se ve privado de un recurso alimenticio valioso.
Sin embargo, ningún mamífero necesita ser amamantado toda su vida. El beneficio
que se deriva de esta práctica va disminuyendo a medida que el animal crece. En

101 Trivers, R. L. “Parent-offspring conflict” American Zoologist 14: 249-264. 1974.

184
GUERRA Y PAZ

cambio, la leche materna es un recurso indispensable para un hermano recién nacido.


La teoría predice que el animal joven obtiene un beneficio con el destete, ya que la
leche materna sirve para alimentar a un animal con un grado de parentesco del 50%
(su hermano), por lo tanto, existirá un “momento óptimo” para el destete desde el
punto de vista del joven animal. Desde el punto de vista de la madre, también existe
un momento óptimo de destete que maximiza su eficacia reproductiva. El problema
es que estos dos momentos no coinciden. El animal joven siempre querrá ser
amamantado durante un periodo más largo del que resulta óptimo para su madre.
Posiblemente, la idea más original de la teoría de Trivers es que en este caso el
“conflicto” no se debe a ningún desajuste, sino que es el resultado esperable si la
conducta de los padres y los hijos se encuentra de algún modo “optimizada” por la
selección natural. Las hipótesis de Trivers están de acuerdo con las observaciones
que se han realizado sobre el transcurso del conflicto durante el destete en gatos,
perros, ovejas y macacos.
Es un hecho conocido y bastante generalizado que los padres se preocupan por el
bienestar de sus hijos y que están normalmente dispuestos a hacer grandes sacrificios
en este sentido. Además es un hecho que se trata de una relación asimétrica en la que,
en general, los padres dan y los hijos reciben. No quiero decir que los hijos no
quieran a los padres, sobre todo cuando son pequeños, sino que las acciones
beneficiosas se producen predominantemente en una dirección. A los padres les
cuesta poco ser generosos y comprensivos con su descendencia. Es posible que esto
le parezca simplemente algo natural y que no requiere de más explicación. Por
supuesto que se trata de algo natural, pero este término no nos proporciona una
explicación suficiente. Ya hemos visto que los cuidados parentales son corrientes en
aves y mamíferos, pero bastante raros en el resto de los animales. Por ejemplo, la
mayoría de los reptiles se limita a poner sus huevos en un lugar apropiado y “desearle
suerte” a su descendencia. ¿Por qué nos resulta tan fácil querer a nuestros hijos? La
hipótesis más plausible es que esta conducta está preprogramada en el cerebro
humano. El hecho de que el cariño y la preocupación por los hijos sea un hecho
universal y ocurra en todas las culturas conocidas sugiere que tiene una fuerte base
biológica. Tal vez si nuestro antecesor directo fuese una especie de reptil pensáramos
de otra manera.
En todo caso, una predicción razonable a partir de la biología evolutiva es que los
padres se preocupan más por sus hijos biológicos que por los hijos de su pareja. Esta
hipótesis puede contrastarse empíricamente y eso es lo que han intentado los
psicólogos canadienses Martin Daly y Margo Wilson. Estos investigadores razonaron
que si existía un mecanismo innato de preferencia hacia los hijos biológicos, los
casos de maltrato se darían con menor frecuencia en esta circunstancia. Por tanto, su

185
Pablo Rodríguez Palenzuela

hipótesis podía contrastarse empleando las estadísticas existentes sobre maltrato


infantil. Sus resultados fueron concluyentes. El maltrato infantil en las sociedades
estudiadas (Estados Unidos y Canadá) es un fenómeno poco frecuente, pero cuando
el niño convive con sus padres biológicos es aún más infrecuente. Y no se trata de
una diferencia pequeña o poco significativa. El hecho de que un niño conviva con un
adulto que no es su padre biológico aumenta entre 70 y 100 veces la probabilidad de
que sufra maltrato con consecuencias mortales. En cierto modo, el estudio de Daly y
Wilson 102 constituye una confirmación del cuento de Cenicienta (de hecho, estos
autores escribieron un libro sobre este tema titulado The Truth about Cinderella). No
hace falta decir que la palabra “padrastro” o “madrasta” tiene una fuerte connotación
negativa en castellano. Una vez más, los psicólogos evolucionistas se afanan por
probar lo que es de dominio público.
Los resultados de estos investigadores han sido repetidos en países y contextos
sociales muy diferentes con resultados similares: los padrastros siempre son mucho
más peligrosos para los niños que sus padres biológicos. Por ejemplo, el antropólogo
alemán Eckart Voland descubrió que la mortalidad infantil en este país durante la
Edad Media aumentaba si el niño era criado por sólo uno de sus progenitores, pero la
mortalidad aumentaba aún más, y esto es realmente significativo, si este progenitor
volvía a casarse. Entre los cazadores-recolectores Ache de Paraguay, el 19 % de los
niños criados por sus padres biológicos muere antes de cumplir los 15 años; sin
embargo, este porcentaje se eleva al 43% cuando son criados por su madre y un
padrastro. Otro estudio realizado en Finlandia puso de manifiesto que un 3,7% de las
niñas que habían convivido con un padre no-biológico manifestaron haber sufrido
abusos sexuales, frente al 0,2% en el caso del padre biológico.
El mensaje claro y simple que arrojan estos estudios es que criar a los hijos
supone una carga muy importante para cualquier adulto. Por lo tanto, tiene sentido
que la selección natural haya perfilado nuestras motivaciones psicológicas de manera
que los cuidados parentales no sean asignados arbitrariamente a cualquier niño, sino
de forma discriminada, de manera que se maximice el beneficio reproductivo de
quien realiza la inversión. Estos mecanismos constituirían la base biológica del amor
de los padres hacia sus hijos, un fenómeno que se observa en prácticamente todas las
sociedades.
Es importante no sacar estos estudios de su contexto. La conclusión es que los
padres no-biológicos tratan bien a sus hijos en la inmensa mayoría de los casos, pero
no en una proporción tan alta como los biológicos. Cabe pensar que los padres
“verdaderos”estén equipados con un mecanismo innato que actúe como escudo frente

102 Margo, D. y Wilson, M. The Truth about Cinderella. Yale University Press.
1999.

186
GUERRA Y PAZ

a la sensación enervante que produce un llanto continuo, pongamos por caso.


Después de todo, los niños pueden agotar la paciencia de cualquiera. En realidad, lo
que resaltan estos resultados es el enorme mérito que tienen los “padrastros” en
cuidar a seres que no son sus descendientes, como si lo fueran.
En resumen, en muchos mamíferos y aves se han observado conductas altruistas
dirigidas hacia los parientes, no sólo a los descendientes directos. Es perfectamente
razonable pensar que el amor de los padres tiene una fuerte base biológica, aunque no
se hayan encontrado (aún) los genes responsables ni el circuito cerebral que conecta
dichos genes con una conducta específica. A muchas personas que experimentan el
hecho de ser padres les sorprende la incontrolable tendencia a la protección que
provocan los hijos. Pensemos en una situación extrema. Por ejemplo, si se produjese
un incendio, qué padres no tratarían de salvar a sus propios hijos, a pesar de que la
acción perfectamente altruista consistiría en salvar al primer niño que se tenga
oportunidad. De hecho, ¿qué pensaríamos de los padres que se dedicaran a salvar a
un niño al azar, en detrimento del suyo propio? ¿No nos parecería inhumana tal
conducta? Resulta evidente que la inmensa mayoría de las personas, por no decir la
totalidad, trata de forma distinta y preferencial a sus descendientes y parientes
cercanos en detrimento de los extraños. De nuevo, esto parece natural. Es algo que
está totalmente asimilado en el sentido común, hasta el punto de que no parece
necesaria una explicación para ello. Y sin embargo, requiere una explicación.
DETECTORES DE PARIENTES

La teor? de la selecci? por parentesco tiene una importante implicaci?: que los
animales deben “saber” de alguna manera qué individuos tienen un elevado grado de
parentesco y cu?es no lo tienen, ya que de otra forma el beneficio de las acciones
altruistas podr? “desperdiciarse” en individuos que no est? gen?icamente
emparentados. Esto plantea un problema dif?il: ?c?o podr? un animal analizar el
parentesco gen?ico que tiene con otro? S?o muy recientemente, y estoy hablando de
unas pocas d?adas, la biotecnolog? ha avanzado lo suficiente como para que sea
posible analizar directamente el material gen?ico de los individuos y poder
determinar sin la menor duda el grado de parentesco. Sin embargo, no es f?il
imaginar c?o se las pueden arreglar los animales en condiciones naturales para
resolver este caso. Una predicci? de la teor? de selecci? por parentesco es que la
capacidad de reconocer a la propia descendencia debe estar m? desarrollada en
animales sociales que en animales solitarios. Esta predicci? se ha comprobado
experimentalmente en varias aves. Por ejemplo, entre las golondrinas, las especies
solitarias adoptan f?ilmente a un polluelo extra?, cosa que no hacen las especies
coloniales. L?icamente, en estas ?timas las posibilidades de que algunas cr?s se

187
Pablo Rodríguez Palenzuela

“traspapelen” son elevadas, por lo que la selecci? natural ha favorecido a los


individuos con capacidad de discriminar entre los polluelos propios y ajenos.
Probablemente las mayores haza?s de reconocimiento de la prole las realizan las
hembras de algunos vampiros coloniales, que abandonan la cueva durante la noche
para obtener alimento y vuelven a la ma?na siguiente para amamantar a sus cr?s. El
asunto es que, en la mayor? de los casos, la hembra consigue encontrar a su propia
cr? en el interior de una caverna totalmente oscura y rodeada por cientos de miles de
criaturas sumamente parecidas. ?C?o lo hace? No lo sabemos, pero sin duda se trata
de una aut?tica proeza.
Sin embargo, el problema puede resolverse en la práctica en la mayoría de las
ocasiones sin que exista un mecanismo que permita discriminar directamente el
parentesco genético. Consideremos el siguiente ejemplo. Cuando una cabra pare a un
cabritillo es indispensable que los dos animales estén juntos durante un periodo
crítico de unas pocas horas. Durante ese corto intervalo, la cabra está sensibilizada y
“reconoce” al animal que tiene delante como su descendencia. Si nos llevamos a la
cría y la mantenemos alejada durante unas horas, la madre nunca la reconocerá como
suya y evitará cualquier intento por parte de ésta de amamantarse. Por el contrario, es
posible “engañar” a la cabra para que adopte como suyo un cachorro de otra especie
y lo “críe”, siempre que el contacto se produzca durante este periodo crítico. Se sabe
que la sustancia desencadenante de este vínculo es la hormona oxitocina, que a su vez
es la sustancia que controla la dilatación del útero durante el parto. De una forma
simplificada podríamos decir que el “programa” que tiene pregrabado la cabra es el
siguiente: “si tienes contacto con un cachorro bajo el efecto de la oxitocina, entonces
ese es tu hijo, cuídalo”. En condiciones normales, el “programa” consigue que la
cabra cuide efectivamente de su descendencia.
En nuestra especie las cosas son algo más complicadas, aunque algunos expertos
creen que la oxitocina también está implicada en la creación del vínculo entre una
madre y su hijo y recomiendan que haya un contacto inmediato entre ambos para
favorecer este vínculo. No obstante, el hecho de separar a un recién nacido de su
madre no implica que ésta no lo vaya a aceptar como hijo suyo. O si se produjera una
confusión en el hospital de maternidad y alguien se llevara a un bebé que no es su
hijo biológico, parece improbable que al cabo de algunos años la madre estuviera
dispuesta a cambiar al niño para reparar el error. De hecho, la adopción de niños no
emparentados genéticamente es un suceso bastante normal y no hay ninguna razón
para suponer que los padres adoptivos no desarrollen vínculos similares al de los
padres biológicos.
Es significativo que los experimentos de Daly y Wilson no comparaban entre
hijos biológicos y adoptados, sino entre los primeros y los “hijos de la pareja”. Es

188
GUERRA Y PAZ

posible, por tanto, que la relevancia del “descubrimiento” de Daly y Wilson sea
menor de la que parece. El factor biológico que actuaría como protección frente a la
agresión de los adultos no parece distinguir entre hijos biológicos y adoptados. En
definitiva, este factor sería simplemente el “amor” que suelen tener los padres por sus
hijos, y que es universal. Lo que ocurre es que ya sabíamos que las personas
normales tratan a sus hijos de forma preferencial, aunque hay que reconocer que este
hecho no aparecía reflejado en muchos libros de psicología.
Algunos autores han argumentado que el hecho de la adopción constituye una
prueba en contra de la selección por parentesco en humanos, pero esto no es
necesariamente así. Es cierto que la adopción de niños “extraños” no resulta
estrictamente favorable en términos “reproductivos”, pero no cabe duda de que el
“deseo de cuidar a los niños” está fuertemente arraigado en nuestra mentalidad,
posiblemente debido a las ventajas reproductivas que confería a nuestros
antepasados. Es posible que estemos asistiendo a un “cortocircuito” similar al que
sufre la cabra cuando se le presenta en el momento adecuado una cría de otra especie
y ésta lo adopta. Una predicción razonable es que las parejas que hayan perdido a su
único hijo o aquellas que no puedan tenerlos serán los más proclives a adoptar niños
extraños. Por otra parte, diversos estudios de adopción realizados en ambientes
culturales muy distintos indican que en la mayoría de los casos la adopción la
realizan parientes cercanos al huérfano. Por ejemplo, Silk 103 observó este fenómeno
en Polinesia, y Stack 112 obtuvo un resultado similar estudiando comunidades negras
en Chicago.
La capacidad de reconocer a individuos genéticamente relacionados tiene también
interés por razones completamente diferentes a las expuestas hasta ahora. Es cierto
que en general resulta conveniente, evolutivamente hablando, reconocer a los
parientes cercanos para favorecer su supervivencia. Sin embargo, también resulta
conveniente reconocer a los individuos con un grado elevado de consanguinidad para
no aparearse con ellos. La teoría de la Reina de Corazones nos dice que una de las
principales ventajas de la reproducción sexual es conseguir que cada individuo sea
diferente de los demás, ya que la diferencia per se constituye un mecanismo para
defendernos de los microorganismos patógenos. Si todos fuéramos muy parecidos, el
patógeno capaz de infectar con éxito a un solo individuo de la población podría hacer
lo mismo con el resto. Aunque no podamos verlos, y la mayor parte del tiempo
estemos sanos, los patógenos constituyen una de las fuerzas esenciales de la
evolución.

103 Silk, J. B. “Human adoption: an evolutionary perspective”. Human Nature


1: 25-52. 1990. 112
Stack, C. B. All our kin. Harper and Row. 1974.

189
Pablo Rodríguez Palenzuela

Aparte de esta necesidad de variación, hay otras razones que hacen ventajoso
aparearse con individuos que no estén genéticamente emparentados. En primer lugar,
el cruzamiento entre parientes cercanos, la denominada endogamia, hace que los
descendientes sean homocigotos para muchos de los genes y de aquí se deriva una
posibilidad mayor de que aparezcan enfermedades hereditarias, cuyos síntomas sólo
se manifiestan si un individuo posee dos copias del gen defectuoso. Estas
enfermedades son, en general, bastante raras, pero se calcula que cualquier individuo
elegido al azar presenta varios de estos defectos genéticos. Es cierto que lo más
probable es que dichos defectos no se manifiesten en la descendencia, excepto si se
da la desgraciada circunstancia de que nuestra pareja presente defectos genéticos
exactamente en el mismo gen. La probabilidad de que esto ocurra aumenta
enormemente en los cruzamientos consanguíneos. No obstante, es un hecho conocido
que la consanguinidad no representa un problema a largo plazo, ya que los defectos
genéticos en genes recesivos podrían “salir a la luz” y quedar eliminados de la
población. Por otra parte, se ha comprobado en numerosas ocasiones y especies que
los individuos cuyos progenitores están genéticamente alejados presentan
características ventajosas. Este fenómeno se denomina “vigor híbrido” y sus causas
no han sido totalmente explicadas hasta el momento.
Los antropólogos llevan ocupándose del tabú del incesto desde hace mucho
tiempo y han formulado teorías al respecto sobre una base totalmente distinta,
haciendo énfasis en los aspectos culturales. Por ejemplo, Malinowski propuso una
explicación basada en que las relaciones de parentesco son esenciales para el
establecimiento de “papeles” sociales claros. Según este investigador, si los parientes
cercanos tuvieran permitido casarse, podrían asumir “papeles”, derechos y
responsabilidades diferentes de las que están operando. Esto ocasionaría confusión y
conflicto y, a la larga, acabaría minando el orden social. Según la teoría preferida por
Levi-Strauss y sus seguidores estructuralistas, los pequeños grupos se ven obligados
a forzar a sus miembros a casarse con miembros de otros grupos, con objeto de forjar
alianzas que les permitan alcanzar determinados beneficios políticos, económicos o
culturales. Hay que decir que las teorías de tipo “cultural” no excluyen la posibilidad
de que los humanos dispongan de mecanismos innatos para evitar el incesto, sino que
ambas pueden superponerse.
A priori, la existencia de una posible base biológica al tabú del incesto se basa en
tres hechos relativamente probados. El primero es que dicho tabú es un “universal”,
una característica común a la inmensa mayoría de las sociedades estudiadas. Es cierto
que las reglas concretas que permiten o no el matrimonio entre parientes pueden
variar mucho, pero la prohibición entre parientes cercanos se da prácticamente en
todos los casos y, en general, las prohibiciones son proporcionales al grado de

190
GUERRA Y PAZ

parentesco genético. En segundo lugar, muchas especies de animales, y entre ellos la


mayoría de los primates, tienen mecanismos que favorecen la exogamia. En tercer
lugar, ya se han mencionado las desventajas genéticas que se derivan de una excesiva
consanguinidad (al menos a corto plazo). Esto hace perfectamente plausible que se
hayan favorecido mecanismos que impiden el apareamiento entre parientes y que
favorecen la exogamia en humanos, pero, ¿ocurre así de verdad? La evidencia a favor
de un mecanismo biológico no es del todo concluyente, pero es interesante
examinarla.
¿Cómo podríamos reconocer a nuestros parientes cercanos? ¿Tenemos “detectores
de parientes” instalados en el cerebro o se trata de un mecanismo “dependiente del
ambiente” como el que utiliza la cabra para “reconocer”a su cabritillo? El caso es que
existen pruebas de que disponemos de los dos tipos de mecanismos. Comencemos
con el primer tipo. En principio, parece algo difícil creer que seamos capaces de
“percibir” directamente el grado de parentesco que tenemos con otros individuos,
pero existen numerosos indicios de ello en diversas especies, incluida la nuestra.
En los mamíferos la elección de pareja en función de la “compatibilidad genética”
está ligada a un grupo de genes del denominado Antígeno Mayor de
Histocompatibilidad, cuyas siglas en inglés son MHC. Éstos constituyen un grupo
complejo de genes diferentes implicados en la regulación de la respuesta
inmunológica y presentan un enorme grado de polimorfismo, es decir, en las
poblaciones existen numerosos alelos para cada gen. Por ejemplo, en el ratón suele
haber del orden de 100 alelos distintos, por lo que existe un número altísimo de
posibles combinaciones. Las proteínas codificadas por estos genes cumplen un papel
importante en el reconocimiento de proteínas extrañas por parte de un tipo particular
de células inmunológicas, los linfocitos T. Por tanto, las diferencias entre los MHC
de distintos individuos se asocian a la capacidad de reconocer y responder ante
distintos patógenos. Además, la variabilidad de los MHC juega un papel en la
determinación del olor corporal de cada individuo, debido a que afectan a la
producción de proteínas solubles capaces de unirse a sustancias volátiles, y por ello
responsables del olor. Estas proteínas afectan al tipo de bacteria que puede crecer en
la piel, lo que también tiene un efecto indirecto en el olor corporal. En resumen, los
MHC al ser enormemente variables entre individuos, constituyen una excelente base
para inferir el grado de parentesco genético, y al tener una influencia en el olor
corporal pueden ser percibidos por las parejas potenciales.
En el ratón, los científicos han demostrado claramente dos cosas. La primera es
que los genes del MHC juegan un papel en la elección de parejas.
Característicamente, son las hembras las que realizan la elección y se ha visto que
éstas prefieren aparearse con machos cuyos genes MHC tengan un cierto grado de

191
Pablo Rodríguez Palenzuela

diferencia con los propios. Esta elección puede producirse gracias a que los animales
pueden discriminar por el olfato el tipo de genes de MHC que tiene otro individuo.
La segunda cuestión es que las hembras que se aparean con machos genéticamente
distantes tienen ventajas reproductivas, presentan una menor frecuencia de abortos
espontáneos y su descendencia es más resistente a enfermedades. Es importante
señalar que no se ha visto que exista una selección por determinados alelos, sino que
las ventajas parecen deberse sobre todo al hecho de que la descendencia tenga mayor
variabilidad en estos genes, lo que permite reconocer y evitar a mayor número de
patógenos. Este tipo de sistemas que permiten a los animales realizar decisiones de
apareamiento que aumenten la compatibilidad genética han sido identificados en
varias especies, no sólo de mamíferos sino también de reptiles.
Pero, ¿y nosotros? ¿Somos capaces de “percibir” el grado de parentesco genético
de nuestras potenciales parejas y actuar en consecuencia? La respuesta parece ser
“sí”, pero hay que matizar que este no es el único criterio, ni seguramente el más
importante, que empleamos los humanos para tomar este tipo de decisiones. Ya se ha
mencionado que factores como la edad, el atractivo físico, el estatus y muchos otros
también juegan un papel. Sin embargo, no es imposible que el parentesco genético,
percibido de una forma inconsciente, afecte al grado de “atractivo” que sentimos por
determinados individuos.
En las poblaciones humanas el nivel de heterozigosis en los genes del MHC es
mayor del que esperaríamos si el apareamiento se produjese al azar, lo que sugiere
que hay mecanismos operando que evitan la homozigosis haciendo menos frecuente
el apareamiento entre individuos con alta similitud en estos genes. La población
mejor estudiada a este respecto es la huterita, una secta religiosa norteamericana que
se formó en 1870 a partir de 400 individuos fundadores y que ha mantenido una
notable tendencia a casarse exclusivamente con miembros de la misma. Dado que la
variabilidad genética del grupo está lógicamente limitada por el bajo número de
fundadores, existen altas posibilidades de que el apareamiento se produzca entre
individuos cuyos genes MHC sean muy similares. Esto proporciona una oportunidad
única para ver si se ha dado una “discriminación negativa” en la elección de pareja
basada en la similitud de estos genes. Las conclusiones a las que han llegado los
científicos estudiando a los huteritas son básicamente las mismas que estudiando a
los ratones. Los matrimonios entre individuos genéticamente distintos son más
frecuentes de los que esperaríamos al azar y, además, los matrimonios entre
individuos con genes MHC similares tienen mayor frecuencia de abortos
espontáneos. Estos resultados sugieren que la compatibilidad genética, estimada a
través de los MHC, juega un cierto papel en las decisiones de apareamiento en
humanos.

192
GUERRA Y PAZ

La “pieza” que faltaba para completar el puzle la encontraron dos científicos


suizos, Wedekind y Furi, a finales de los noventa 104. En el transcurso de un original
experimento estos investigadores pidieron a un grupo de 121 hombres y mujeres que
oliesen varias camisetas que habían sido usadas por alguno de los individuos de un
grupo de cuatro hombres y dos mujeres. Después pidieron a los sujetos que estimasen
lo agradable o desagradable del olor de la camiseta. Los análisis genéticos de ambos
grupos de individuos pusieron de manifiesto que los olores percibidos como
“agradables” estaban correlacionados con el grado de disimilaridad genética del
individuo que había sudado la camiseta. Curiosamente, el sexo no tenía nada que ver
con esta percepción. Por ejemplo, muchos hombres definieron como más agradable el
olor de la camiseta de otros hombres. Sin embargo, el grado de disimilaridad
genética, medida en función de los genes MHC, tenía una gran influencia sobre la
percepción positiva del olor corporal. De nuevo, nadie cree realmente que este sea el
único, ni siquiera el principal factor de elección de pareja; pero puede ser un
elemento más. Está claro que el resultado de esta preferencia es favorecer el
apareamiento entre individuos genéticamente diferentes, lo que lleva a un aumento
del grado de heterozigosis en la progenie; y sabemos que esto tiene efectos positivos.
No obstante, es posible que también dispongamos de mecanismos “dependientes
del ambiente” para reconocer a nuestros parientes. Al menos, esta es la conclusión a
la que llegó Wolf 114 a partir de los estudios realizados por Westermark a finales del
siglo XIX 105, sobre las “malhadadas novias taiwanesas”. En la sociedad tradicional de
Taiwán estaba muy arraigada la costumbre de los matrimonios concertados desde la
infancia. En algunos casos la novia se trasladaba a vivir con sus futuros suegros, de
manera que los novios se criaban juntos como si fuesen hermanos. Lo que se ha
encontrado es que estos matrimonios en los que los novios se habían criado juntos
eran estadísticamente más desgraciados (mayor frecuencia de adulterio, mayor
número de matrimonios no consumados y mayor conflictividad) que aquellos en los
que los novios se conocieron poco antes de la boda. Esto va contra la intuición. En
principio, parece lógico pensar que el hecho de que los novios se conozcan desde
hace largos años debería ser un factor favorable a la estabilidad de la pareja, y no al
contrario. Algunos autores han propuesto que estos resultados revelan la existencia
de un “programa” innato de reconocimiento de parientes. De forma análoga al
104 Wedekind C. y Furi S. “Body odour preferences in men and women: do aim
for specific MHC combinations or simply heterozygosity?”. Proc Royal Soc. Lond.
B. Biol. Sci. 264: 1471-1479. 1997. Wolf, A. P. Sexual attraction and childhood
114

association: a Chinese brief for Edward Westernack. Stanford University Press.


1995.
105 Westermark, E. History of Human Mating. Macmillan. 1891.

193
Pablo Rodríguez Palenzuela

ejemplo anterior de la cabra, el programa que tendríamos grabado en nuestro cerebro


sería algo así como: “si conoces a un individuo de diferente sexo desde la infancia,
probablemente es tu hermano/a: no te aparees con él/ella “. Estos datos concuerdan
con los obtenidos de los kibutz israelíes de los años 60, donde los niños eran cuidados
de forma comunal. Al llegar a adultos, raramente elegían pareja dentro del kibutz. Lo
que indican estos investigadores es que este “programa” innato tendría la función de
evitar el incesto y ha sido favorecido por la selección natural debido a las ventajas
genéticas que confiere a quienes lo siguen. También se ha señalado que el incesto
entre hermanos es un suceso relativamente raro en nuestra sociedad y que el mero
hecho de que exista un “prejuicio social” en contra no justifica por sí solo la baja
frecuencia con que se produce. También existe una norma social que prohíbe el
adulterio, en algunos países bajo pena de muerte, y en cambio este hecho es
sumamente frecuente en la mayoría de las sociedades. El hecho de que la atracción
sexual entre hermanos sea un suceso raro en la inmensa mayoría de los casos, habla a
favor de que esta conducta tenga una base biológica y sea una buena candidata de
constituir una “adaptación”.
Aunque la idea es interesante, no cabe duda de que la evidencia que nos
proporcionan los desgraciados matrimonios taiwaneses es indirecta, casi podríamos
calificarla de circunstancial. Una vez más, para estar razonablemente seguros
tendríamos que identificar a los genes responsables de este “programa” y encontrar
una ruta neurológica que nos permitiese ligar los productos de dichos genes con la
mencionada conducta. No es imposible que en un futuro se encuentren tales pruebas,
pero de momento está justificado mantener un escepticismo saludable al respecto.

EL DILEMA DEL PRISIONERO

A pesar de su éxito para explicar algunas conductas altruistas, la teoría de la


selección por parentesco no puede explicar todos los casos que se han observado en
la naturaleza. Por ejemplo, se ha visto que entre algunas especies de vampiros
sociales es normal que los individuos compartan el alimento obtenido con otros
animales que no son sus parientes cercanos. Este hecho está probablemente
relacionado con el incierto modo de alimentación del vampiro, que accede a un
alimento bastante nutritivo (la sangre) pero con una frecuencia relativamente baja.
Por tanto, es fácil pensar que esta conducta altruista resulta beneficiosa en conjunto,
ya que compartir el alimento puede salvar la vida de aquellos animales que no hayan
sido afortunados una noche, los cuales podrán, tal vez, devolver el favor a sus
benefactores. Ya hemos considerado el problema del mutante “egoísta” al hablar de

194
GUERRA Y PAZ

la selección de grupo. Sin embargo, en el caso de los vampiros y otras especies se ha


comprobado que se producen realmente actos de conducta altruista entre animales
que no están directamente emparentados. ¿Qué beneficios directos sacan los animales
que realizan esta conducta? ¿Cómo se evita el problema del “vampiro gorrón”? Si la
teoría de selección de grupo no vale, necesitamos otra explicación.
La explicación alternativa, desarrollada por Trivers en los años 70 y Axelrod y
Hamilton 106 en los 80, se denomina “altruismo recíproco” y se trata simplemente de la
cooperación entre individuos para mutuo beneficio. La idea central es que la
selección natural puede favorecer mecanismos psicológicos diseñados para realizar
acciones beneficiosas, incluso hacia individuos que no sean parientes cercanos,
siempre que tal acción tenga una contrapartida en el futuro, mediante la realización
de acciones similares por parte del individuo beneficiado en primer lugar. “Hoy por
ti, mañana por mí”. En el caso de los mencionados vampiros, se ha visto que un
animal tiene mayor probabilidad de compartir alimento con otros que a su vez le
hayan ayudado en el pasado.
El elemento crucial es que el altruismo recíproco tiene que resultar beneficioso
para los individuos que lo practican. Para ello se tienen que cumplir varias
condiciones. En primer lugar, los individuos tienen que estar inmersos en un sistema
social, de manera que las asociaciones sean de largo plazo y la reciprocidad pueda
darse. Si dos individuos que se encuentran en un momento dado tienen una baja
probabilidad de volver a encontrarse en el futuro, es muy difícil que el altruismo
recíproco llegue a instaurarse en esta especie. En segundo lugar, los animales deben
ser capaces de distinguir a los otros de forma individual y de recordar la historia
anterior de intercambios; esto requiere una memoria y capacidad cognoscitiva
bastante notable. Además, los papeles de benefactor y beneficiado deben revertirse
con frecuencia. En muchas ocasiones los beneficios de la acción son mucho mayores
que los costes de quien la realiza. Por ejemplo, para el vampiro que ha conseguido
alimentarse, compartir algo de este alimento no tiene un coste demasiado alto y, sin
embargo, el beneficio para el otro animal puede ser muy grande. Por último, y no
menos importante, debe haber mecanismos que impidan a los “tramposos”
beneficiarse de forma permanente. No es extraño que el altruismo recíproco haya
sido descrito fundamentalmente entre los primates y resulte particularmente
importante para explicar la conducta humana.
Los beneficios del altruismo recíproco están empezando a verse claramente en
algunos primates no-humanos. Por ejemplo, la primatóloga Joan Silk 117, de la

106 Axelrod, R. y Hamilton W. D. “The evolution of cooperation”. Science 211:


1390-1396. 1981. Silk, J., Alberts, S. C. y Altmann, J. “Social Bonds of Female
117

Baboons Enhance Infant Survival”. Science 302: 1231-1234. 2003.

195
Pablo Rodríguez Palenzuela

Universidad de California, y sus colaboradores publicaron en la revista Science un


estudio, según el cual las hembras de babuino (Papio anubis) que mostraban más
interacción social lograban sacar adelante a sus crías con mayor frecuencia. Las
causas no están completamente claras, pero parece que el hecho de estar en contacto
con otros individuos confiere a estas hembras una ventaja reproductiva. No puede
descartarse, en este caso, que las hembras más saludables sean también las más
sociables y, por ello, las que más tiempo emplean en despulgar a otros miembros del
grupo, pero los autores insisten en que el hecho de estar “integrado” en una red social
de altruismo recíproco supone en sí mismo una ventaja reproductiva.
En los años 40 del siglo XX, el matemático John von Neuman y el economista
Oskar Morgenstern desarrollaron una teoría matemática denominada “teoría de
juegos”, con la intención de construir modelos que “predijesen” la conducta de los
individuos en situaciones de competencia, tal como ocurre en muchos juegos de
“mesa”. La teoría de juegos asume que los individuos se comportan de manera
absolutamente racional y toman las decisiones que sean precisas para optimizar su
beneficio. Esta teoría analiza situaciones hipotéticas, en las que los individuos tienen
que tomar decisiones que afectan a su bienestar y al de otras personas. Sin duda, una
de estas situaciones que ha adquirido mucha relevancia es el llamado “dilema del
prisionero”. Este juego fue descrito por Robert Axelrod y William Hamilton en 1981
y plantea una situación en la que la cooperación entre dos individuos puede resultar
beneficiosa, pero puede resultar aun más beneficioso para los jugadores individuales
el hecho de no cooperar. El dilema del prisionero puede describirse brevemente así:
supongamos que dos personas han cometido un crimen y están siendo interrogadas en
celdas aparte, sin que hayan podido ponerse de acuerdo con antelación. Claramente,
lo que más les interesa a ambos es mantener la boca cerrada porque la policía no
tiene muchas pruebas y ambos podrían salir con una sentencia leve. Sin embargo, el
fiscal le ofrece a cada uno la posibilidad de que no se presenten cargos si culpa a la
otra persona. Los modelos matemáticos que se han construido para resolver este caso
indican con gran consistencia que la mejor estrategia consiste en delatar al
compañero, siempre que –y esta es una condición crucial– el juego se realice una
única vez o en un número pequeño de ocasiones.
En la realidad las cosas son más complicadas y las personas, como los arrieros,
pueden encontrarse varias veces en el camino. Si tratásemos de analizar el caso de
una forma más realista, aunque tal vez menos rigurosa, tendríamos que considerar un
buen número de factores. Por ejemplo, un prisionero real tendría que valorar el tipo
de relación que tiene con su compañero de crimen, cuál es la probabilidad de que éste
le delate y cuáles serían las consecuencias de delatarle a él. Es posible que el
compañero tenga buenos amigos y pueda vengarse a pesar de estar en prisión.

196
GUERRA Y PAZ

Asimismo, el prisionero tendrá que considerar las desventajas de convertirse en un


“traidor”, circunstancia que acabará siendo conocida por todos. Cuando se analizan
todos estos factores, no es evidente que la mejor estrategia sea la deserción.
En 1984 uno de los creadores del dilema del prisionero organizó una especie de
torneo para programas de ordenador. El juego consistía justamente en realizar varias
rondas del dilema, de manera que cada programa tenía que desarrollar su estrategia y
podía recordar el comportamiento pasado de sus “programas rivales”. Un sistema de
puntuación, equivalente a los años de hipotética sentencia, evaluaba cómo salían
librados los diferentes programas. Esto permitía realizar una simulación de la
evolución de diferentes estrategias en una población hipotética, ya que el mayor o
menor éxito de los diferentes programas puede traducirse en una diferente eficacia
reproductiva, de manera que en la siguiente ronda del juego la frecuencia de cada
programa refleja el éxito obtenido en la anterior. Para asombro de todos, el ganador
fue el más simple, que apenas ocupaba cinco líneas de programación. Este programa,
llamado “tit for tat” funcionaba de la siguiente manera. En el primer encuentro
siempre cooperaba; a partir de entonces copiaba el comportamiento de su oponente, o
sea, cooperaba o traicionaba según lo último que hubiera hecho el otro. El hecho
clave aquí es que la estrategia “tit for tat”, que representa la esencia del altruismo
recíproco, ganaba en el torneo virtual, tanto a estrategias totalmente cooperativas
como a las totalmente egoístas.
Esto nos indica que en la vida real las estrategias basadas en un altruismo
condicional pueden resultar favorables para los individuos que las realizan y, por
tanto, pueden ser favorecidas por la selección natural. Este hecho tiene una
extraordinaria importancia. Nos dice que la conducta altruista, incluso entre
individuos que no son parientes cercanos, puede surgir y mantenerse mediante
selección natural, como consecuencia de la competencia diaria entre individuos.
Dicho en otras palabras, la tendencia a la cooperación puede surgir en determinadas
circunstancias como resultado del egoísmo individual, siempre que dicha conducta
resulte beneficiosa a largo plazo para quienes la practican.
A pesar de lo que podamos pensar cuando vemos que la gente se salta los
semáforos o aparca en doble fila, los humanos tenemos una clara tendencia a
cooperar, en ocasiones incluso en contra de nuestro interés “racional”. Algunos
científicos han propuesto que esta capacidad de actuar coordinadamente constituye
uno de los puntos esenciales de la naturaleza humana y fue de gran utilidad a nuestros
antepasados del Paleolítico para ocupar prácticamente todos los ecosistemas del
planeta. Ante esto nos surge la pregunta de siempre: ¿está grabada en nuestros genes
esta tendencia o es el fruto de nuestra educación? Por supuesto, plantearlo como una
dicotomía es erróneo y tendencioso; nada impide que ambos factores puedan jugar un

197
Pablo Rodríguez Palenzuela

papel importante. Así que vamos a plantear la pregunta de otra forma: ¿tenemos
alguna prueba de que la tendencia a cooperar sea innata en nuestra especie? La
pregunta es pertinente porque tendemos a suponer que todas nuestras tendencias
“negativas” provienen de los genes –los bajos instintos– y las cualidades que
consideramos moralmente positivas asumimos que son producto de un proceso
cultural. Evidentemente, esto es una suposición errónea. Es razonable esperar que
exista una considerable interacción entre nuestras tendencias innatas y el medio
cultural. Sin embargo, todo lo que sea “innato” tiene que estar codificado en los
genes, sea moralmente bueno o malo. La psicología evolucionista trata de explicar
estas tendencias en función de las presiones selectivas que sufrieron nuestros
antepasados. En este sentido, la tendencia a querer y defender a nuestros hijos, o la
tendencia a cooperar en determinadas situaciones, tal vez deban considerarse
igualmente un producto de la evolución, junto con otras más ruines como la
búsqueda de sexo o la supervivencia individual.
No cabe duda de que la tendencia a la reciprocidad se encuentra profundamente
encastrada en nuestra mentalidad, por lo que podemos pensar que tiene una cierta
base biológica. En todo caso, se trata de una hipótesis que merece la pena explorar.
Seguramente las condiciones de nuestros antecesores homínidos debieron ser
compatibles con que surgiera un programa como “tit for tat”. Por lo que sabemos,
nuestros antecesores vivían en grupos de 50-100 individuos, que se mantendrían en
estrecho contacto y debían tener la suficiente capacidad mental como para reconocer
a los individuos y recordar su comportamiento en el pasado. Los fundadores de la
psicología evolucionista, Leda Cosmides y John Tooby 107 han argumentado que los
humanos hemos adquirido durante la evolución diversos “módulos” cognoscitivos
diseñados para “manejar” los intercambios entre personas. Estos investigadores
proponen que tales módulos constituirían la base de todas las acciones de intercambio
que tienen lugar, desde el intercambio de favores a la compraventa de acciones. Esto
equivale a suponer que el cerebro humano está dotado de “programas” de
contabilidad, seguramente inconscientes, que consideran diversas variables y cuyo fin
es decidir si continúan o no el intercambio de favores con determinados individuos.
Esta contabilidad es difícil en la práctica ya que los costes y beneficios de las
acciones dependen enormemente del contexto en que se realizan. Por ejemplo, si uno
se encuentra en un momento de abundancia, dar parte de su comida a otro no tiene un
coste muy alto, pero los beneficios para la otra persona pueden ser enormes si se
encuentra a punto de morir de hambre. Evidentemente, la lógica del vampiro que
comparte o no su alimento, también se aplica a los humanos.

107 Tooby, J. y Cosmides, L. “Evolutionary Psychology: A Primer”.


http://cogweb.ucla.edu/ep/EPprimer.html. 1997.

198
GUERRA Y PAZ

Aunque resulta muy difícil aislar las motivaciones que nos mueven a realizar
acciones, numerosos economistas y biólogos evolutivos están diseñando “juegos de
laboratorio” que permitan medir estas tendencias altruistas. Por ejemplo, en el
llamado “juego de la confianza” a una persona se le ofrece una determinada suma de
dinero. Esta persona, el “confiador”, debe decidir qué parte está dispuesta a compartir
con un personaje anónimo, el “confiante”. Este último recibe el doble de la cantidad
ofrecida por el confiador y, a su vez, debe decidir si quiere darle a éste parte de esta
suma. La cuestión es que el “confiante” no gana nada por compartir ese dinero con
un individuo anónimo al que nunca va a ver. Sin embargo, en los experimentos
muchos de los jugadores decidieron donar parte de esa suma y la generosidad de
estas personas resultó proporcional a la generosidad inicial de la oferta que
recibieron. Desde un punto de vista estrictamente racional la conducta más
beneficiosa consistiría en no dar nada, aunque la mayoría de las personas decidió
libremente obrar en contra de la “racionalidad”. Podemos concluir que al “devolver”
el favor, el “confiante” se siente mejor y que este beneficio psicológico supera al
coste monetario que realiza.
Algunos investigadores argumentan que un acto altruista puede ser beneficioso
para quien lo realiza, incluso en ausencia de reciprocidad por parte del beneficiado,
ya que puede ocurrir que la “acción recíproca” sea realizada por una tercera persona.
En este caso estamos hablando de “reciprocidad indirecta”, una teoría formulada por
Trivers 108 en los años 70, que está recibiendo una gran atención últimamente. La idea
básica es que realizar acciones altruistas puede reportar un beneficio para el que las
lleva a cabo, siempre que otras personas se enteren y esto les mueva a modificar su
conducta respecto al benefactor. Por ejemplo, donar sangre es una acción altruista
que tiene generalmente un coste bajo para el donante. Diversos estudios han puesto
de manifiesto que la frecuencia de las donaciones aumenta si los donantes pueden
“alardear” de ello, por ejemplo, entregándoles una insignia o un carné alusivo. De
esta forma, otras personas “sabrán” que el/la donante es una persona generosa y
responsable y, lógicamente se sentirán más dispuestas a ayudarle o a confiar en
él/ella en el futuro. En otro estudio, Mulcahy 120 observó a las personas que daban
limosna a un mendigo y entrevistó a las parejas mixtas en las que el hombre había
dado el dinero. Lo que encontró es que los hombres eran mucho más proclives a dar
cuando su relación con la chica estaba iniciándose que cuando era una relación bien
establecida. Según este investigador, el acto de dar limosna no era sólo una acción
altruista, sino que tenía también la importante función de impresionar a la pareja y

108 Trivers, R. “The evolution of reciprocal altruism”. Quaterly Review of


Biology 46: 35-57. 1971. Mulcahy, N. J. “Altruism toward beggars as a human
120

mating strategy”. MSc thesis, University of Liverpool. 1999.

199
Pablo Rodríguez Palenzuela

demostrarle que era una persona generosa y de buenos sentimientos. Como dice un
proverbio alemán “Tue Gutes und rede darüber” (“Haz el bien y cuéntaselo a todo el
mundo”).
Sin embargo, algunos autores como Ernst Fehr y Simon Gätcher 109 no creen que
las teorías de selección por parentesco y altruismo recíproco puedan explicar la fuerte
tendencia a la cooperación que existe en nuestra especie, incluso entre individuos no
relacionados y en situaciones no repetidas. Por ejemplo, imaginemos la típica cola
que se forma en los aeropuertos para facturar el equipaje. Los individuos que la
forman están actuando de forma cooperativa, ya que mantienen escrupulosamente el
orden de llegada. Lo más probable es que no se conozcan y que nunca se vuelvan a
ver. En una situación así, lo “racional” sería colarse y, sin embargo, no es esta la
conducta que nos encontramos normalmente. ¿Qué clase de mecanismo psicológico
nos lleva a actuar en contra de nuestros intereses “racionales” en esta y otras
situaciones similares? Según estos autores la palabra clave es “castigo”, ya que la
cooperación sólo resulta beneficiosa si existe algún medio para castigar a los
“abusones”. Supongamos que alguien tratara de colarse. No sería extraño que algunos
de los perjudicados se enfrentasen con este sujeto y le afeasen su actitud. Esto sería a
su vez un acto de altruismo, puesto que tener un enfrentamiento con un individuo
desconocido no es una acción exenta de riesgo; por otra parte, todas las personas de
la cola se benefician de la acción del “justiciero” aun cuando no corran ningún riesgo
ellos mismos. De nuevo, la actitud más “racional” es quedarse callado y esperar a que
surja un “justiciero”, el cual puede sufrir los efectos negativos de tal acción.
Los investigadores han encontrado en muchas ocasiones que con frecuencia las
personas están dispuestas a correr riesgos y afrontar un perjuicio personal con tal de
castigar a los que se saltan las reglas. Esta tendencia se ha denominado “reciprocidad
fuerte” y ha sido constatada tanto en situaciones reales como en experimentos de
laboratorio. Por ejemplo, en un estudio 240 individuos jugaron a un juego en el que
había una posible recompensa económica si los jugadores actuaban
cooperativamente. El juego podía realizarse en dos tipos de condiciones diferentes:
con castigo y sin castigo. En el primer caso, los jugadores podían “castigar” a
aquellos que mostraban una actitud poco cooperativa. Los resultados mostraron que
el castigo “altruista” era muy frecuente, alrededor del 84%, a pesar de que suponía un
perjuicio económico para el castigador. También se vio que, al existir la posibilidad
de castigo, el comportamiento cooperativo de los jugadores aumentó de forma
sustancial.

109 Fehr, E. y Gätcher, S. “Altruistic punishment in humans”. Nature 415: 137-140.


2002.

200
GUERRA Y PAZ

Karl Sigmund 110, un investigador de la Universidad de Viena que ha participado


activamente en la teoría de la reciprocidad indirecta, ha propuesto la hipótesis de que
nuestro “aparato emocional” ha sido moldeado por millones de años de existencia en
grupos pequeños, donde resulta imposible engañar a los otros de forma permanente y
en los que cada individuo sabe que sus acciones serán recordadas por el resto del
grupo. De esto se deduce que hemos desarrollado una tendencia a cooperar, la cual se
complementa con una tendencia a castigar a los que hacen trampas, incluso en contra
de nuestros intereses. Estas tendencias constituirían el embrión de los códigos
morales y del sentido de la justicia, que existen en todas las sociedades. Es cierto que
distintas culturas difieren respecto a qué conductas son o no aceptables. Cualquiera
que haya vivido algunos años en otro país diferente del propio se ha percatado de las
diferencias, algunas sutiles y otras brutales, con respecto a la “aceptabilidad social”
de determinados comportamientos. Los científicos argumentan que, aunque las reglas
morales puedan diferir, existe una circunstancia común y es que aquellos que se
desvían de las reglas sufren un castigo social. En las condiciones de nuestros
antecesores paleolíticos, el castigo social seguramente se traducía en una menor
eficacia reproductiva, lo cual debió permitir la selección de individuos genéticamente
determinados a aceptar las normas, aunque esto no excluye que exista variabilidad
individual en este rasgo.
No es fácil demostrar esta hipótesis y en la actualidad no existe una evidencia
incontestable al respecto, pero sí interesantes indicios. Consideremos dos casos, el
primero referido a humanos y el segundo a macacos 111.
El concepto de “justicia” parece estar situado en el núcleo de muchas
interacciones humanas y puede modelarse utilizando el juego del “ultimátum”.
En este juego a una persona se le ofrece una cierta cantidad de dinero y se le
informa de que se la puede quedar siempre que la comparta con una segunda persona.
El primer jugador tiene que hacer una oferta, entre el 0 y el 100% de la suma. El
segundo jugador tiene que decidir si la acepta o no. En el primer caso los dos
jugadores se reparten el dinero; en el segundo caso, ninguno de los dos recibe nada.
La oferta se realiza una sola vez, de modo que no se puede regatear.
De acuerdo con la teoría de juegos, el primer jugador debería ofrecer una cantidad
muy pequeña y el segundo debería aceptarla, ya que cualquier cosa es mejor que
nada. Sin embargo, cuando el juego del ultimátum se realiza con personas reales, los
resultados se apartan mucho de esta predicción. El experimento ha sido realizado en
110 Sigmund, K., Fehr, E. y Nowack M. A. “The economics of fair play”. Scientific
American 83: 81-85. 2002.
111 Brosnan, S. y de Waal, F. “Monkeys reject unequal pay”. Nature 425: 297-299.
2004.

201
Pablo Rodríguez Palenzuela

15 países del mundo, desde Perú a Nueva Guinea y los resultados varían
sustancialmente en distintas sociedades 112 . Por ejemplo, en algunas culturas, como
los Machiguenga de Perú, se hacían y eran aceptadas ofertas tan bajas como del 20%
del total. En cambio, entre los Gnau de Nueva Guinea se llegaron a rechazar ofertas
tan generosas como del 70%. Según Herbert Hingis, de la Universidad de Santa Fe y
uno de los coordinadores del estudio, entre los Gnau el estatus de una persona
depende de cuánto sea capaz de dar. Por tanto, las ofertas excesivamente generosas
eran percibidas como “arrogantes” y, en consecuencia, rechazadas. En la mayoría de
los casos, las ofertas inferiores al 50% de la suma total eran rechazadas con mucha
frecuencia, en contra de las predicciones de la teoría de juegos. En definitiva, muchos
jugadores preferían perder dinero a tener que “tragarse su orgullo” y aceptar una
oferta que es percibida como “injusta”.
El segundo ejemplo se refiere a un estudio reciente realizado con macacos
(Macaca mulatta), en el cual se daba a estos animales un trozo de pepino como
recompensa por haber realizado correctamente una tarea. La recompensa era aceptada
alegremente. En una segunda fase del experimento se premió a algunos individuos,
pero no a todos, con una uva (algo mucho más apreciado). Los macacos que antes
habían aceptado el pepino felizmente, lo rechazaron con violencia en la segunda
ocasión, ante la flagrante injusticia que se estaba cometiendo con ellos. Estos
resultados sugieren que el sentido de la “justicia” tiene una larga historia en nuestro
linaje evolutivo.
En resumen, los estudios mencionados en humanos y otros primates sugieren que
la tendencia a cooperar con quienes nos ayudan y a castigar a quienes hacen trampa
tiene una base biológica y se encuentra preprogramada en la conducta de los
humanos y otros primates. Según esto, nuestro “sentido de la justicia” sería una
estrategia desarrollada para evitar la explotación por parte de individuos
desaprensivos. Sentimientos como la gratitud reflejarían el valor del beneficio
recibido. La hipótesis central es que estos sentimientos han sido esculpidos por la
selección natural. Hay que señalar, que estos “programas” no podrían funcionar con
independencia de los condicionamientos culturales. A pesar de que esta hipótesis
tiene ya un cierto apoyo experimental, su consagración o rechazo se producirán en un
futuro tal vez no muy lejano, cuando tengamos más información sobre las conexiones
entre la conducta, el cerebro y los genes.
112 Michael S. A. “The Ultimatum Game, Fairness, and Cooperation among Big
Game Hunters”. En Henrich, Boyd, Bowles, Camerer, Fehr y Gintis (eds.):
Foundations of Human Sociality: Economic Experiments and Ethnographic
Evidence from Fifteen Small-Scale Societies (pp. 413-435), Oxford University Press.
2004.

202
GUERRA Y PAZ

EL PESO DE LA PÚRPURA

Si colocamos a un grupo de gallinas “desconocidas” en un mismo corral,


observaremos la siguiente conducta. Al principio, los animales se muestran
frecuentemente agresivos unos con otros. Se producen numerosas peleas a picotazos,
en general poco cruentas. Sin embargo, a medida que va pasando el tiempo, las
peleas son menos frecuentes. Lo que se observa es que las gallinas han establecido un
“rango” que determina exactamente el orden de dominancia. Si aparece comida, el
animal dominante tiene preferencia para picar, luego lo hará el siguiente y luego el
siguiente, hasta el último. Como es lógico, lo que determina el rango de cada
individuo es el resultado de las diferentes confrontaciones en la fase inicial. De
alguna forma, cada uno “sabe” las posibilidades que tiene de ganar una pelea, lo que
permite que se vaya directamente al resultado, ahorrándose la agresión propiamente
dicha. Los experimentos realizados, en los que se sacaba a un animal del grupo y se
le volvía a introducir después de un intervalo, indican que éstos recuerdan la
jerarquía aproximadamente dos semanas. Se ha comprobado que si se altera
artificialmente el orden social, los animales crecen más lentamente y ponen menos
huevos.
Este fenómeno, el orden de picoteo en las gallinas, fue descrito por primera vez en
1922 por el científico sueco Thorleif Schjelderup-Ebbe 113. Resulta curioso que esta
conducta pasara desapercibida durante los miles de años anteriores, en los cuales los
humanos y las gallinas han tenido una estrecha convivencia. Está claro que el
comportamiento de estos animales no suscitó demasiado interés hasta que este
investigador comenzó sus experimentos. Al parecer, Schjelderup-Ebbe era un
verdadero enamorado de las gallinas desde su más tierna infancia, y cuentan que su
madre le hizo construir un gallinero en su casa para que pudiera observarlas a placer.
El orden de picoteo ha sido observado en centenares de especies de aves y
mamíferos. Dado que los mamíferos no picotean, los científicos prefieren utilizar el
término “jerarquía” para nombrar el fenómeno, del cual existen numerosas formas y
variantes, aunque la idea básica es la misma en todos los casos: algunos animales
dominan sobre otros. Por ejemplo, entre los machos de rata común (Rattus
norvegicus) existen sólo dos clases: los dominantes y los dominados 114. Los primeros,
llamados alfa, son animales de aspecto fuerte y no suelen tener signos de lesiones.

113 Schjelderup-Ebbe, T. “Beiträge zur Social-psychologie des Haushuhns”. Z.


Psicol. 88: 226-252. 1922.
114 Barnett, S. A. La conducta de los animales y del hombre. Alianza
Editorial p.192. 1972.127
Schenkel, R. “Ausdrucks-studien an Wolfen”.
Behaviour 1: 81-129. 1947.

203
Pablo Rodríguez Palenzuela

Estos machos se comportan de forma más confiada, se mueven libremente sin ser
molestados y atacan a los intrusos si penetran en su territorio. No son frecuentes las
peleas cruentas entre machos alfa, aunque sí las posturas de amenaza y algunos
enfrentamientos. Los machos beta se retiran cuando aparecen los alfa, no atacan a los
intrusos y se comportan “amigablemente” entre ellos.
La existencia de sistemas de jerarquía suele ir acompañada de pautas de amenaza
y sumisión, que constituyen verdaderos códigos de comunicación y permiten
ahorrarse los verdaderos actos de agresión. El suizo R. Schenkel 127 estudió a
mediados del siglo XX los códigos de pelea de los lobos (Canis lupus). Los animales
de rango superior tienen una postura de agresión característica, con la cola levantada
y las patas tiesas, mientras el animal gruña y levanta el labio superior descubriendo
sus caninos. Los animales subordinados adoptan posturas de sumisión agachando las
orejas y llevando “el rabo entre las piernas”. No es infrecuente observar estas pautas
de comportamiento en los perros domésticos.
La aparición de algún tipo de jerarquía es muy frecuente entre los animales
sociales. Detengámonos un instante a considerar algunas de las ventajas y de los
problemas inherentes a la vida en grupo. Hay que decir en primer lugar que la
mayoría de los animales no son sociales y, por tanto, evitan el contacto con otros
individuos de su especie excepto durante la temporada de apareamiento, usualmente
breve. En muchos casos esta tendencia a evitar a los congéneres se complementa con
una actitud territorial, en la que un animal “dueño” de un territorio ataca a cualquier
individuo de la misma especie que aparezca. La conducta territorial es muy frecuente
en aves y algunos grupos de mamíferos. Por ejemplo, si estudiamos con detalle la
distribución del petirrojo (Erithacus rubecola), veremos que el terreno está
literalmente dividido en “parcelas”, cada una de las cuales “pertenece” a un macho y
es defendida con gran agresividad. Es fácil pensar que esta conducta confiere
ventajas respecto a la supervivencia y reproducción de quienes la practican. Es un
hecho generalizado que los animales compiten por diversos factores esenciales, como
el alimento o los sitios adecuados para cobijarse o nidificar. Podría argumentarse que,
en el caso del petirrojo, la competencia no se limita a los individuos de la misma
especie. Esto es sólo cierto en parte. Es verdad que otras especies de aves pueden
competir por el alimento y los lugares de nidificación, pero esta competencia va a ser
menor porque cada una tiene un modo de alimentación y nidificación distinto.
Además existe una diferencia fundamental: los machos de petirrojo compiten entre
ellos por el acceso a las hembras; este tipo de competencia no se produce con los
machos de otras especies similares. En definitiva, aunque no es imposible que se
produzca un cierto grado de competencia entre especies, lo cierto es que el mayor
competidor de un macho de petirrojo es otro macho de petirrojo.

204
GUERRA Y PAZ

Sin embargo, también existen especies sociales. Podemos suponer que la vida en
común también ofrece ciertas ventajas. Por ejemplo, los mandriles (Mandrillus
sphinx) hacen frente a los depredadores de forma colectiva, lo que les permite
mantener a raya a animales de los que no podrían defenderse individualmente. El
buey almizclero del ártico (Ovibus moschatus) adopta una posición defensiva en la
que la manada forma un círculo con las cabezas hacia el interior y las patas hacia
afuera; esta disposición es efectiva ya que los bueyes consiguen alejar “a coces” a los
lobos atacantes. En otros casos no se produce una defensa activa, pero los animales
consiguen mayor seguridad por el mero hecho de no estar aislados. Este parece ser el
caso de muchos de los grandes herbívoros africanos, como las cebras (Equus spp.) o
los ñus (Connochaetes spp.). Hace tiempo que los investigadores descubrieron que si
marcaban a uno de estos animales con objeto de estudiarlo, el animal marcado solía
ser devorado en pocos días. La conclusión a la que llegaron es que el hecho de
individualizar a un animal dentro de una manada colocándole una marca disminuye
sus posibilidades de escapar de los depredadores, porque éstos pueden identificarlo
durante la caza. En cambio, para un animal “anónimo” resulta más fácil escabullirse.
En otros casos, la ventaja de vivir en grupo se basa es estrategias de caza colectiva,
como es el caso de los lobos o las hienas.
Sea como fuere, los animales sociales se enfrentan a una especie de
“contradicción interna”. Por una parte, mantenerse dentro del grupo supone una
ventaja, pero por otra, los miembros del grupo viven en continua competencia por los
recursos y, tal vez más importante, por privilegios reproductivos. Incluso en animales
cuyo modo de vida es inevitablemente social y que no pueden sobrevivir como
individuos solitarios, es frecuente que se produzcan conflictos entre ellos y que la
conducta agresiva tenga “premio” en términos reproductivos. Si los miembros más
agresivos del grupo se alimentan mejor y se reproducen más, esperaríamos que los
genes que condicionan la conducta agresiva tiendan a prevalecer en la población.
Pero por otra parte, si los animales son cada vez más agresivos con otros miembros
del grupo, esperaríamos que las tensiones internas acabaran por hacerse intolerables y
que las ventajas que ofrece la vida social terminasen por desaparecer. Nos
enfrentamos con un problema similar al del mutante “egoísta” y la conducta altruista.
¿Cómo se resuelve esta aparente contradicción?
Hasta los años 70 los biólogos solían pensar que la “jerarquía” constituía un
mecanismo para minimizar los efectos negativos de la agresión dentro del grupo y
que esta conducta era seleccionada “por el bien de la especie”. En la actualidad, la
mayoría de los expertos están de acuerdo con la primera parte de esta afirmación,
pero en total desacuerdo con la segunda. La selección natural no puede actuar por el
bien de la especie porque la selección natural no es nada. Tan sólo es la etiqueta que

205
Pablo Rodríguez Palenzuela

le hemos puesto al hecho de que los individuos que tienen determinadas


características se reproducen mejor y por ello sus genes pasan en mayor proporción a
las siguientes generaciones. Si queremos explicar el valor adaptativo de esta conducta
tendremos que identificar las ventajas aquí y ahora para los individuos que la
ejercen.
Para los individuos dominantes resulta muy fácil encontrar las ventajas de tal
conducta, ya que se llevan la parte del león en la mayoría de los recursos. El
problema deriva de explicar cuál es la ventaja de esta conducta para los animales de
bajo rango. Y la respuesta más probable es “ninguna”. A los individuos no les supone
ninguna ventaja y sí muchos inconvenientes el hecho de estar situados en la parte
inferior de la jerarquía, pero, ¿qué alternativa tienen? Podrían abandonar el grupo y
llevar una existencia solitaria. En algunas especies esto es viable, pero en otras no.
Por ejemplo, los lobos y las hienas sólo son capaces de cazar eficazmente en grupo.
Naturalmente, lo que sí podrían hacer los individuos de bajo rango es luchar para
subir en la jerarquía. Pero justamente, la jerarquía depende del resultado de luchas
individuales. Y en éstas siempre va a haber animales que pierdan. La conducta de
“sumisión” puede resultar beneficiosa al animal de bajo rango porque de esta forma
se ahorra los efectos negativos de ser agredido de verdad por los de rango superior.
En definitiva, no es que sea bueno para un individuo el estar al final de la jerarquía,
pero puede ser mejor que mantener una lucha constante e insensata con individuos
que, de todas maneras, le van a acabar ganando. Por así decirlo, la conducta de
sumisión es la forma que tienen algunos animales de sacar el mejor partido posible a
una mala situación.
Repasemos brevemente qué tipo de relaciones se establecen entre los individuos
de un mismo grupo entre nuestros parientes más cercanos, los simios. En el gorila la
cuestión de la jerarquía es de blanco o negro. Unos pocos machos tienen acceso
exclusivo a un harén de hembras; el resto no se reproduce en absoluto, a menos que
consiga arrebatarle el harén a uno de estos afortunados. La biología evolutiva predice
que en casos como éste la competencia entre los machos es durísima y, a cambio, el
animal que logra reproducirse probablemente deje un buen número de descendientes
directos en la siguiente generación. En estas condiciones, debe producirse una fuerte
“presión selectiva” hacia aquellas características que son favorables para acceder a la
reproducción, en los machos un tamaño corporal grande y una conducta encaminada
a afrontar riesgos altos con tal de acceder a las hembras.
En el chimpancé, los machos están claramente organizados de forma jerárquica y
son dominantes respecto a las hembras, aunque no está claro que éstas mantengan a
su vez una jerarquía. Entre los machos, el estatus es una situación dinámica que
depende del resultado de las confrontaciones entre individuos. En general, los

206
GUERRA Y PAZ

individuos de alto rango hacen valer su “experiencia” y el peso de la historia para


imponerse a individuos más jóvenes, pero en ocasiones aparecen individuos
procedentes de otros grupos que no tienen estos antecedentes y que se ven menos
tentados a tratar con respeto al “líder”. La fuerza y agresividad de cada animal es
importante en estas confrontaciones, pero no es el único factor, ni siquiera el
decisivo. Algunos animales pueden subir en la jerarquía estableciendo “alianzas” con
las hembras o con otros machos. En este último caso, las alianzas suelen ser
temporales y, cuando los “aliados” han derrocado al líder, lo normal es que se
enfrenten entre ellos. En los últimos años, la conducta de los chimpancés ha recibido
mucha atención por parte de los investigadores y se han realizado estudios muy
serios, tanto en zoológicos como en condiciones de campo. Para delicia de los
lectores interesados, estos estudios han sido popularizados con gran acierto por el
primatólogo Frans de Waal en libros como La Política del chimpancé 115 o El simio y
el aprendiz de sushi 129, cuya lectura recomiendo encarecidamente. No me resisto a
transcribir un pasaje de este último libro, en el que este autor nos cuenta la alianza
entre dos chimpancés del zoo de Arnhem, Yeroen y Dandy, para desplazar al líder,
Nikkie.
Después de que yo terminara mi trabajo en Arnhem, el investigador que me
reemplazó, Otto Adang, descubrió más pruebas de manipulaciones de poder entre
los chimpancés, que incluían cambios en las alianzas y la importancia del apoyo
social para los contrincantes. Dos de los machos — Yeroen, el líder anterior, y
Dandy — se aliaron para derrocar a Nikkie, el macho alfa. Su alianza llevó a Nikkie
intentar una fuga desesperada. Desgraciadamente, se ahogó intentando nadar al
otro lado del foso que rodea la isla en la que se encuentran los chimpancés. Los
periódicos dijeron que su muerte había sido un suicidio pero pareció más un ataque
de pánico que terminó en un desenlace mortal. Al morir Nikkie se evaporó la
cercanía entre Yeroen y Dandy, instalándose, en su lugar, la rivalidad.
Aproximadamente un año después, Adang decidió mostrar a los chimpancés un
documental titulado, “The Familiy of Chimps”, grabado en Arnhem cuando Nikkie
todavía estaba vivo y era el líder del grupo. La intención de Adang era probar las
respuestas de los simios ante imágenes bidimensionales proyectadas en una pared,
mientras ellos estaban cómodamente instalados en el recinto de invierno. No estuvo
claro si los simios reconocieron a los actores, hasta que un Nikkie de tamaño real
apareció en la pantalla. En ese preciso instante, Dandy inmediatamente corrió

115 de Waal, F. La política de los chimpancés. Alianza Editorial. Colección Bolsillo


1610. 1993. 129
de Waal, F. El simio y el aprendiz de sushi. Ediciones Paidós.
2002.

207
Pablo Rodríguez Palenzuela

gritando hacia Yeroen, ¡saltando literalmente en el regazo del viejo macho! Yeroen
tenía también una mueca de incertidumbre en el rostro. La misteriosa resurrección
de Nikkie restauró temporalmente su antiguo pacto.
A partir de los estudios de la organización jerárquica en muchas especies los
investigadores han llegado a una conclusión: en general, los individuos de alto estatus
suelen sobrevivir mejor y reproducirse más que los de bajo rango. En el caso del
gorila, la diferencia es absoluta. En el caso del chimpancé, esta diferencia es menor.
La característica promiscuidad de esta especie garantiza que todos los machos de un
grupo tengan alguna probabilidad de reproducirse. No obstante, los individuos de alto
rango se aparean durante el periodo crítico cuando la probabilidad de que se produzca
la fertilización es máxima. Esto no es una garantía en todos los casos, pero a largo
plazo estos individuos tendrán más descendientes. De nuevo, la cuestión esencial es
que semejante situación debe favorecer evolutivamente a los individuos con
tendencia a ser dominantes, lo que conduce a la evolución de la especie en una
dirección determinada. No hay que olvidar que los chimpancés compiten con otros
miembros del grupo. Por tanto, no importa que un individuo esté sano, fuerte y
agresivo; lo que importa es que lo esté en mayor grado que sus competidores. Las
cosas se complican más cuando consideramos que el rango en esta especie puede
depender más de la capacidad de los individuos para establecer alianzas con otros que
de la fuerza en sí. En cualquier caso, siempre va a haber ganadores y perdedores.

BIOQUÍMICA DEL ESTATUS

Ha llegado el momento de plantear la pregunta inevitable: ¿somos los humanos


una especie jerárquica? La respuesta es “probablemente, sí”. Reconozco que esta
pregunta puede causar cierto resquemor y resultar, una vez más, políticamente
incorrecta. No cabe duda de que la cuestión del estatus en nuestra especie constituye
un tabú. Resulta muy sospechosa la escasez de estudios realizados sobre la materia.
La mayoría de los textos de psicología no dicen explícitamente que el deseo de
estatus constituya una motivación importante en nuestra especie, a pesar de los
muchos indicios que tenemos al respecto. Parece como si hubiéramos decidido
tácitamente dejar de lado esta cuestión. Si miramos hacia otro lado, tal vez
consigamos creer que la bestia no existe.
Pero la bestia existe. El deseo de estatus es universal. Lo encontramos en todas las
sociedades que han sido estudiadas. Eso sí, con grandes variaciones sobre el tipo de
cosas que confiere estatus a los individuos. De hecho, la antropología constituye una
fuente de información sobre este tema mucho más valiosa que la psicología. Veamos

208
GUERRA Y PAZ

algunos ejemplos. Entre los kwakiult, un pueblo de la costa Oeste de Norteamérica,


hoy desaparecido, los individuos de alto estatus se veían obligados a organizar
monstruosas fiestas, llamadas potlatch, si querían mantenerlo. Las fiestas duraban
varios días y se organizaban por las razones más diversas, como nacimientos, bodas o
el ingreso en sociedades secretas. Otras veces se organizaban por motivos triviales,
ya que el verdadero objeto de estas fiestas era mostrar la riqueza de los organizadores
a través del consumo exagerado de todo tipo de comida, así como el reparto de
regalos fabulosos entre los invitados. En algunos casos, los anfitriones terminaban la
fiesta quemando la casa para mostrar públicamente su generosidad y
desprendimiento. Aunque esta costumbre nos pueda parecer chocante, los jefes
tribales que la protagonizaban estaban actuando de forma egoísta, ya que cuanto
mayor fuera el dispendio realizado, mayor sería su prestigio dentro de esta sociedad.
Evidentemente, nuestras “bodas”, “bautizos” y “comuniones” tienen algún elemento
en común con los potlatch.
Para los yanomami las formas de conseguir prestigio son bien distintas. Esta tribu
habita en selvas ecuatoriales en las orillas del río Orinoco, entre Venezuela y
Ecuador. En la actualidad se estima que deben quedar menos de 10.000 habitantes y
se encuentran continuamente amenazados por las actividades de mineros –
garimpeiros– que penetran ilegalmente en sus tierras. La subsistencia de este pueblo
se basa en una agricultura seminomádica de “corta y quema”. Esta cultura, que se
caracteriza por una extrema agresividad, ha sido muy estudiada por los antropólogos
116-131
. Para un joven yanomami el camino hacia el éxito social pasa por emboscar y
matar a muchos hombres de poblados vecinos y violar a muchas mujeres. Dentro de
un mismo grupo, las peleas y el maltrato de los hombres hacia las mujeres no son
nada infrecuentes. Cabe esperar que incluso los partidarios acérrimos del relativismo
cultural califiquen estas prácticas de “dudosas”.
Entre los ¡Kung del desierto del Kalahari, los criterios de estatus son bastante más
pacíficos. Este pueblo mantiene (o lo hacía hasta hace poco) un modo de vida
nómada basado en la recolección y la caza. Los ¡Kung forman pequeños grupos sin
líder aparente y, en general, constituyen una sociedad pacífica sin clases sociales
claramente definidas. La desigualdad económica es virtualmente imposible en su
modo de vida, ya que no tienen forma de acumular riqueza, y las piezas cobradas son
frecuentemente compartidas entre los miembros de la tribu. A pesar de su aparente
igualitarismo, los estudios antropológicos revelan la existencia de una jerarquía laxa
basada en la experiencia y la habilidad de un individuo como cazador. Al parecer, los

116 Changnon, N. Yanomamo: the fierce people. Holt, Rinchart and


Winston, Inc. 1997. 131
Eibe-Eibesfeldt, I. El Hombre Preprogramado.
Alianza Editorial. 1977.

209
Pablo Rodríguez Palenzuela

individuos de alto “rango” ejercen el liderazgo de forma suave, influyendo sobre las
decisiones del grupo pero sin imponer su voluntad. Por otro lado, la sociedad valora
la modestia del cazador habilidoso y las normas de educación exigen que éste no
alardee de su capacidad como tal.
De acuerdo. Para los cazadores-recolectores el estatus es importante, pero, ¿nos
afecta eso a nosotros, los occidentales del siglo XXI? Obviamente sí, incluso en
mayor medida que a las sociedades antes mencionadas. Después de todo, los
cazadoresrecolectores son relativamente igualitarios, ya que resulta casi imposible
acumular riqueza en esas condiciones. Resulta evidente que la lucha por el estatus
individual constituye uno de los factores esenciales para explicar muchas de las
conductas que observamos de forma cotidiana en nuestra sociedad, hasta el punto de
que no creo necesario aportar pruebas o argumentar al respecto. En cambio,
permítanme transcribir un texto del escritor Tom Wolfe, seguramente uno de los más
agudos observadores contemporáneos de esta cuestión. En su libro La banda de la
casa de la bomba y otras historias de la era pop 117 Wolfe narra una visita a la mansión
de Hugh Henfer, el magnate fundador de la revista Playboy.
A medianoche, había varias personas de servicio. La dame d´honneur de palacio,
que se llamaba Michele; Gottlieb; otros dos empleados de Playboy y los negros,
todos formalmente vestidos. Hefner me mostró sus aposentos. El lugar se mantenía
con las cortinas y las persianas cerradas. La única iluminación, día y noche, era la
luz eléctrica. Resultaría imposible rastrear los días en ese espacio. Luego, Hefner
pasó al centro de su mundo: la cama de su dormitorio. Una cámara de televisión, de
la que se sentía muy orgulloso, enfocaba la cama. Más tarde salió un chiste en
Playboy mostrando a un hombre y a una mujer desnudos en una inmensa cama, con
un aparato de televisión frente a ellos; el hombre decía: «Y ahora, querida, ¿qué te
parece una repetición instantánea?». Hefner apretó un botón y la cama empezó a
girar...
En aquel momento sólo pude pensar en Jay Gatsby, el personaje de la novela de
Fitzgerald. Ambos eran arribistas que, saliendo de la nada, hicieron fortuna,
construyeron palacios y acabaron en un regio aislamiento. Pero entre Hefner y
Gatsby existía una importante diferencia. Hefner ya no soñaba, si es que lo había
hecho alguna vez, con dar el gran salto social al East Egg. Era factible que Gatsby
tuviese esperanzas de situarse en sociedad. Pero Hefner... ha amasado una fortuna,
ha creado un imperio y hoy el Faro Playboy brilla sobre la ciudad y los Grandes
Lagos. No obstante, socialmente, Hefner es un individuo que dirige una revista

117 Wolf, T. La banda de la casa de la bomba y otras historias de la era pop.


Anagrama. 1968.

210
GUERRA Y PAZ

«verde» y una cadena de clubs que recuerdan la planta baja (no las plantas
superiores sino la baja) de un burdel tapizado en rojo. Resulta imposible que la
sociedad de Chicago acepte a Hugh Hefner. Así que ha decidido efectuar una buena
jugada. Ha iniciado su propia liga. En su propio palacio ha montado su propio
mundo. Ha creado su propia estatusesfera. El mundo exterior viene a él, incluida la
gente célebre y de talento. Jules Feiifer pasa un rato en la suite escarlata de los
invitados. Norman Mailer se baña desnudo en su piscina Playboy. Tiene sus
cortesanos, sus mujeres y sus esclavos nubios. Ni siquiera la luz diurna del propio
Dios obstruye con su ritmo el orden que Hefner ha establecido.
Lo que nos dice la evidencia anecdótica, así como decenas de estudios, es que la
sed de estatus es universal. La preocupación por el propio estatus es una de las
características que el antropólogo Donald Brown ha encontrado en todas las culturas
que han sido estudiadas. Todos queremos ser apreciados por nuestros semejantes, no
despreciados. Todos queremos sentir orgullo, no vergüenza. Esto puede parecer algo
obvio pero no lo es. Se trata de una característica de nuestra especie, que
compartimos con algunos de nuestros parientes cercanos, pero no con todas las
criaturas del planeta. Es lógico pensar que a los animales solitarios la cuestión del
estatus les importe un rábano. Lo que les importa realmente es que sus congéneres se
mantengan alejados de su territorio. La pregunta inevitable ahora, es: ¿por qué nos
importa tanto a los humanos nuestro propio estatus?
En cierto modo, se trata de una pregunta semejante a la que hacíamos en un
capítulo anterior respecto al sexo. Si le preguntásemos a un grupo de urgidos
adolescentes por qué les interesa el sexo, seguramente les parecerá una pregunta
absurda y contestarán algo así como: “porque las tías (o los tíos) están buenísimas (o
buenísimos). Puesto que los humanos estamos preprogramados para desear cosas
tales como comida, sexo y estatus, estas cosas parecen constituir un fin en sí mismo y
de aquí que pueda parecernos absurdo preguntar por la causa última de nuestros
deseos. El tema central de la psicología evolucionista es, precisamente, que la “causa
última” de nuestros deseos radica en buena medida en nuestros genes y
probablemente es consecuencia de la selección natural. En particular, la razón por la
que los humanos queremos tener un estatus alto es porque de esta condición se
derivaban ventajas reproductivas en nuestros antepasados. Reconozco que esta es una
afirmación importante y que puede suscitar dudas y rechazo, así que voy a aportar
algo más de información.
El récord mundial en número de hijos lo tiene un sultán de Marruecos, apodado
Ismail “el Sanguinario”, que llegó a tener cerca de 880. Desde luego, da un poco de
grima que un individuo apodado así deje casi un millar de descendientes, lo que
significa una generosa ración de sus genes para las generaciones venideras. El

211
Pablo Rodríguez Palenzuela

problema es que así es como funcionan las cosas. Tal vez objeten que se trata de un
caso anecdótico y que en la actualidad no existe una relación entre estatus y número
de descendientes (más bien al contrario). Les doy la razón. Los métodos
anticonceptivos han desconectado el vínculo entre sexo y procreación; aunque
matizaría que el tener un alto estatus sí está directamente relacionado con el sexo. Sin
embargo, en el 99,99999% de nuestra historia como especie, los individuos de alto
estatus sí han dejado, por término medio, más descendientes. La ventaja reproductiva
que el estatus daba a nuestros antepasados es probablemente la causa originaria de
que el estatus nos importe tanto a los habitantes del siglo XXI, aunque la cuestión se
haya desconectado totalmente de la reproducción.
Los que afirman que una determinada conducta tiene una base biológica están
moralmente obligados a dos cosas si quieren llegar a una explicación totalmente
satisfactoria. En primer lugar, tendrían que identificar los genes que supuestamente
constituyen el origen de dicha conducta y, en segundo lugar, deberían encontrar un
mecanismo bioquímico que conecte genes y conducta. En la mayor parte de los
casos, el estado actual de nuestros conocimientos no nos permite llegar tan lejos. Tal
como se ha discutido, no sabemos cuáles son los genes que determinan, por ejemplo,
el cociente de inteligencia. Con respecto al estatus, la situación es más halagüeña.
Aunque todavía no tenemos una explicación completa y detallada, sí sabemos
bastantes cosas sobre la base bioquímica del estatus en numerosas especies, incluida
la nuestra. La historia completa aún no está disponible, pero la que tenemos ahora
mismo resulta muy interesante.
La molécula clave es la serotonina. Este neurotransmisor es utilizado solamente
por un pequeño número de neuronas en el cerebro, pero el circuito “serotoninérgico”
tiene una gran influencia sobre el estado de actividad general. Haciendo una
simplificación muy bruta, pero sin llegar a mentir, podría decirse que en animales
solitarios y primitivos, un aumento del nivel de serotonina provocaba un aumento en
la actividad motora. Y a la inversa, una disminución de esta sustancia ocasionaba una
inhibición del movimiento. Estos cambios de conducta debían ser adaptativos. Por
ejemplo, supongamos que nuestro solitario animal primitivo encontraba una buena
fuente de comida; esto disparaba su serotonina y entraba en un estado de actividad
frenética, lo que le permitía aprovechar eficientemente el alimento. Por el contrario,
cuando detectaba la cercanía de un depredador, el sistema bajaba el nivel de
serotonina provocando la inmediata inmovilización del animal. Quedarse muy quieto
constituye la primera línea de defensa frente a los depredadores.
Los animales sociales y capaces de organizarse en jerarquías necesitan conductas
bastante más complejas. Un elemento esencial es la capacidad de inhibir la agresión
hacia otros miembros del grupo, ya que pelear siempre tiene costes para los

212
GUERRA Y PAZ

combatientes. Existen buenas razones para suponer que en animales más complejos
el circuito serotoninérgico ha sido “reclutado” y modificado para facilitar las
complicadas pautas de conducta que requiere el medio social.
A mediados de los años 70, McGuire y Raleigh 118 comenzaron una fructífera línea
de investigación sobre las relaciones entre dominancia y química cerebral. Estos
investigadores demostraron que en una especie de macaco, los cambios en el nivel de
serotonina estaban relacionados con cambios en el estatus del animal. En una serie de
fascinantes experimentos, encontraron que si se separaba un animal de bajo rango y
se le trataba con el fármaco Prozac, que eleva la serotonina, se observa que el animal
tratado subía de rango al reintegrarse al grupo, en algunos casos hasta convertirse en
el líder o macho alfa. Este resultado es particularmente interesante porque nos indica
que una propiedad bioquímica del cerebro puede ser el resultado de la interacción con
el ambiente y, al mismo tiempo, la modificación de esta propiedad por métodos
farmacológicos puede cambiar el tipo de interacción entre un individuo y el resto.
Ambiente y cerebro son una carretera de doble vía.
En estos experimentos, los macacos dominantes mostraban una conducta
mesurada y auto-controlada; en cambio, los individuos subordinados tendían a
sobresaltarse y su conducta parecía estar gobernada por estímulos externos, más que
internos. En estos individuos se observó una conducta impulsiva e incluso una
tendencia a la agresión compulsiva contra otros individuos. Los etólogos interpretan
que en individuos de bajo rango, los bajos niveles de serotonina resultan beneficiosos
ya que inhiben su actividad motora, permitiéndoles ahorrar energía y evitar
confrontaciones con individuos de alto rango. La conducta impulsiva observada en
estos individuos resulta, a primera vista, paradójica; sin embargo, la relación entre
baja serotonina y conducta agresiva e impulsiva ha sido demostrada en muchas
especies. Es posible que esta tendencia impulsiva en individuos de bajo rango
también tenga un valor adaptativo. Recordemos que encontrarse al fondo de la escala
de dominancia es una situación bastante mala desde el punto de vista reproductivo.
Cabe pensar que un individuo que se encuentre en esta situación se enfrente a la
“muerte darwiniana”, esto es, a no dejar descendientes. En esas circunstancias, una
conducta impetuosa, como arrebatar la comida a un individuo de mayor rango, puede
resultar beneficiosa. No olvidemos que la incapacidad crónica para controlar la
agresividad puede determinar que un individuo pierda su integración en el grupo. En
la mayoría de los casos, esto tiene un coste reproductivo para dicho individuo, pero si
éste se encuentra cerca del “fondo” de la escala, su salida del grupo puede resultar

118 Raleigh, M. J., McGuire, M. T., Brammer, G. L., Pollack, D. B. y Yuwiler, A.


“Setoninergic mechanisms promote dominance acquisition in adult male vervet
monkeys”. Brain Res. 559: 181190. 1991.

213
Pablo Rodríguez Palenzuela

indiferente o, incluso, beneficiosa en términos reproductivos gracias a estrategias


sociales alternativas (tales como copulaciones clandestinas o la búsqueda de un
nuevo grupo). A veces, una situación desesperada requiere una solución desesperada.
En humanos, el síndrome de personalidad borderline suele estar relacionado con
abusos físicos y sexuales durante la infancia, y esta enfermedad se debe, en parte, a
bajos niveles de serotonina y se ha comprobado que los síntomas mejoran si se tratan
con Prozac. No cabe duda de que este fármaco ha tenido un inmenso éxito en los
últimos años por su eficacia para tratar la depresión y por su relativa ausencia de
efectos secundarios. Peter Kramer, autor del conocido libro Escuchando a Prozac 119,
sugería que este fármaco podía beneficiar no sólo a los pacientes de depresión sino,
en general, a muchas personas de carácter tímido y que se sienten fácilmente
intimidadas. No cabe duda de que los experimentos mencionados con los macacos
van en esa dirección. No obstante, otros expertos se han mostrado mucho más
cautelosos ante los posibles riesgos asociados al uso de esta sustancia. Para un
ejecutivo, aumentar su confianza en sí mismo puede resultar útil para ascender en la
escala corporativa. En cambio, para un empleado que –Prozac mediante– decide
plantar cara a su jefe, puede ser una vía directa al paro. En todo caso, los humanos
somos muy diferentes de los macacos y no podemos generalizar directamente los
resultados obtenidos en esta especie a nuestra sociedad.
Es muy importante señalar que el hecho de que el nivel de serotonina pueda variar
de acuerdo con la experiencia individual, no excluye que los factores genéticos
también puedan contribuir a explicar las variaciones individuales. Si a uno le toca la
lotería o le nombran director general cabe esperar que le suba el nivel de serotonina.
Al mismo tiempo, parece haber individuos genéticamente “predispuestos” hacia este
rasgo, de manera que la serotonina les sube extraordinariamente incluso si su éxito
social deja mucho que desear. Es posible que el término “autocomplaciente” refleje
una peculiaridad de la química cerebral de algunas personas.
En resumen, la mayoría de los humanos deseamos tener un estatus alto por
razones similares a las que nos llevan a desear el sexo o la comida. Esto no es
incompatible con que existan variaciones individuales en cuanto al deseo personal de
estatus (solemos calificar a estos individuos de “ambiciosos”). Y la ambición se debe,
seguramente, a la suma de factores genéticos y ambientales. Es cierto que quedan
bastantes cosas por descubrir y demostrar, pero puede decirse que el esquema aquí
indicado descansa en una sólida evidencia experimental. Según esto, podemos
considerar que el ejecutivo que descuida su vida personal en interminables jornadas
de trabajo es, en realidad, un adicto a sustancias que fabrica su propio cerebro, en el

119 Kramer, P. D. Listening to Prozac. Viking. 1993. [Edición en castellano,


Escuchando a Prozac. Seix Barral. 1994].

214
GUERRA Y PAZ

sentido literal de la expresión. Lo mismo podemos decir del político que se dedica en
cuerpo y alma a la “causa”. Sus motivaciones internas son, en realidad, muy
parecidas a las del yonqui que necesita su dosis. Me gustaría añadir que no considero
que esto sea malo en sí. Personalmente, creo que lo que se debe exigir a los políticos
es que hagan una gestión honrada y eficaz y, en este sentido, las motivaciones
internas me parecen del todo irrelevantes. A un político (y en general, a cualquier
persona ambiciosa) la adicción a la serotonina “se le supone”.
Por otra parte, es muy frecuente que los políticos o los ejecutivos (o los
ambiciosos en general) no sean en absoluto conscientes de los mecanismos que están
operando en su cabeza y les llevan a desear determinadas cosas. Por el contrario,
todos los indicios apuntan a que somos notoriamente inconscientes de todo esto.
Parece como si los humanos tuviéramos “antenas sociales” que nos permiten percibir
cuáles de nuestras acciones reciben mayor reconocimiento y ello nos permitiera
adaptar nuestra conducta en este sentido. Así, el colegial empieza a notar que la
posesión de determinados objetos o características personales causa un efecto entre
sus colegas (o sea, que “mola”) y no necesita detenerse a analizar las razones
profundas de este fenómeno para saber lo que quiere. La misma filosofía implícita
puede aplicarse en la empresa, el partido político o el mundo académico. Según la
hipótesis discutida aquí, el fenómeno subyacente a esta dedicación “en cuerpo y
alma” a los más variados fines profesionales es, esencialmente, la búsqueda de
estatus; a su vez, esta motivación sería una consecuencia evolutiva de las ventajas
que se derivaron en el pasado para los individuos que exhibían estas tendencias.
Evidentemente, el hecho de que una determinada conducta fuera adaptativa durante
el Paleolítico no quiere decir que lo sea ahora. Y en cualquier caso no estamos
afirmando nada sobre la aceptabilidad de tal conducta. Sólo estamos tratando de
explicar sus causas últimas.

BUENOS Y MALOS

En 1986 un grupo de investigadores en el campo de las ciencias sociales se reunió


en Sevilla, con ocasión de un congreso sobre “Cerebro y Agresión”. El resultado de
este congreso fue la ya famosa “Declaración de Sevilla sobre la Violencia”, que ha
sido suscrita por la ONU y otras organizaciones internacionales. Esta Declaración se
escribe como réplica a la supuesta justificación de la violencia por parte de algunos
biólogos, e incluso investigadores dentro de las propias ciencias sociales. De forma
resumida, pero literal, la Declaración de Sevilla dice así:

215
Pablo Rodríguez Palenzuela

Es científicamente incorrecto decir que hemos heredado una tendencia hacia la


guerra de nuestros antepasados prehumanos.
Es científicamente incorrecto decir que la guerra, o cualquier otro tipo de
conducta violenta, está programada genéticamente en la naturaleza humana.
Es científicamente incorrecto decir que en el curso de la evolución humana se
haya producido una selección de la conducta violenta, en detrimento de otros tipos
de conductas.
Es científicamente incorrecto decir que los humanos posean un “cerebro violento”.
Es científicamente incorrecto decir que la guerra esté causada por instinto o por
cualquier otro tipo de motivación simple...
Concluimos que la biología no nos condena a la guerra, y que la humanidad
puede librarse de la rémora del pesimismo biológico y abordar con confianza las
importantes tareas de transformación necesarias en el Año Internacional de la Paz,
y en años venideros.
Está claro que el texto de esta Declaración constituye uno de los “platos fuertes”
del debate naturaleza-crianza y del inmenso malentendido que subyace. Para
empezar, hay algo raro en la forma en que está escrita. El uso de la “repetición” como
figura poética resulta muy curioso: “Es científicamente incorrecto decir...”. ¿Qué
pasa aquí? La corrección o incorrección científica dependen de la evidencia
disponible, no de “declaraciones retóricas” enunciadas como si fuera un mantra. Es
imposible “declarar” que algo sea “científicamente incorrecto” ya que eso hay que
argumentarlo con datos. Aparentemente, los firmantes de la famosa Declaración
actuaron por una buena causa e imbuidos de moralidad y buenos propósitos. Sin
embargo, aunque tal vez no sean conscientes de ello, su Declaración conlleva a un
peligroso deslizamiento moral de consecuencias impredecibles. En el momento que
estamos dispuestos a creer que algo es “científicamente cierto” por el hecho de que
nos parezca “moralmente correcto”, hemos dado el primer paso para abandonar el
espíritu crítico y la independencia de pensamiento. Y eso es peligroso. En cualquier
caso, la Declaración pone de manifiesto el abismo entre los ambientalistas extremos,
y los psicólogos evolucionistas. Así que merece la pena detenerse a examinar el
panorama.
Para empezar, es justo darle a la otra parte la oportunidad de opinar con sus
propias palabras, ya que el primer problema está en la increíble tergiversación que se
está haciendo. ¿Qué es lo que dicen los biólogos? Permítanme transcribir un párrafo

216
GUERRA Y PAZ

, del etólogo danés Irenäus Eibl-Eibesfeldt, que constituye uno de los blancos de la
120

Declaración de Sevilla.
Muchas especies animales han ritualizado la agresión intraespecífica hasta el
punto de evitar herir al adversario. Esto también es aplicable a la agresión
intragrupal human, que, en un porcentaje importante, se basa en adaptaciones
filogenéticas que la controlan eficazmente. Las pautas innatas de sumisión, entre
otros factores, impiden que las agresiones intragrupales desemboquen en lo
destructivo. Un filtro normativo biológico dictamina, por decirlo de alguna manera:
“¡No matarás!”
Lo que nos está diciendo este investigador es que hemos heredado la capacidad de
hacer la guerra y también de hacer las paces. En todo caso, no aparecen entre los
trabajos de Eibl-Eibesfeldt (ni de Tinbergen, Lorenz u otros etólogos notables) el
menor asomo de que estén justificando la agresión y la guerra, ni de que sean
partidarios de la violencia. La discrepancia se refiere en realidad a cuál sería el mejor
modo de evitarla y minimizar la agresión. Para los etólogos, y los psicólogos
evolucionistas en general, esto pasa por conocer mejor la “naturaleza humana”. Para
los ambientalistas de Sevilla, la mejor estrategia consiste en negar que exista tal cosa.
¿Qué es mejor, coger el toro por los cuernos o esconder la cabeza como el avestruz?
La Declaración de Sevilla expone los peores vicios de la dualidad ambientalista “o
naturaleza, o crianza”. Una vez más, lo que los declarantes parecen creer es: (1) que
si se demuestra que la agresión depende de los genes, entonces es natural y, por lo
tanto, aceptable moralmente; y (2) que si la conducta agresiva tiene una base
genética, entonces es inevitable y la humanidad se encuentra irremediablemente
condenada a un futuro de guerras y violencia. Ya hemos argumentado en varias
ocasiones que estas premisas no son ciertas con carácter general. En el caso particular
de la violencia, la segunda “deducción” es particularmente errónea. Existen muchos
datos que permiten afirmar que la conducta violenta depende enormemente del
contexto cultural y esto no está reñido con que tenga una base biológica. Por cierto,
también la miopía tiene una fuerte base genética y es fácilmente curable mediante
procedimientos culturales, tales como el uso de gafas, lentillas o la cirugía láser.
Los estudios antropológicos transculturales han sacado a relucir este hecho en los
últimos años y los resultados no son exactamente como cabía esperar. Por ejemplo, el
arqueólogo Lawrence Keeley ha estimado la tasa de homicidios en diferentes
sociedades. Veamos los datos. El récord de violencia lo tienen los legendarios jíbaros
de Perú, en los que cerca del 60% de los varones son víctimas de homicidio a manos

120 Eibl-Eibesfeldt, I. Krieg und Frieden. Verlag. 1984. [Edición en castellano,


Guerra y Paz. Salvat Editores. 1987].

217
Pablo Rodríguez Palenzuela

de sus congéneres. Entre los ya mencionados yanomami, la tasa de homicidios varía


entre el casi 40% de los “belicosos” shamatari y el 20% de los más “pacíficos”
namowei. La mayor parte de las culturas estudiadas, procedentes sobre todo de
Sudamérica y Nueva Guinea, oscilaba entre estos valores. Incluso entre los pacíficos
!Kung, el homicidio es más frecuente que entre los barrios considerados peligrosos de
Los Ángeles. En contraste, la frecuencia de muerte por homicidio en Europa y
Estados Unidos durante el siglo XX no pasa del 1%, y eso que incluye dos guerras
mundiales con “armas de destrucción masiva” y otros conflictos armados. En la
actualidad y en algunos países como Japón, la frecuencia de homicidio es inferior al
0,1%, 100 veces menor que en la mayoría de los cazadores-recolectores y 600 veces
menor que entre los jíbaros. ¿Qué nos indican estos datos? En primer lugar que, a
pesar de que frecuentemente tenemos la percepción contraria, vivimos en una
sociedad relativamente poco violenta, al menos si la comparamos con otras. En
segundo lugar, que la conducta violenta depende mucho del contexto cultural y que
las condiciones que operan en la actualidad en algunos países son singularmente
eficaces en este sentido.
En definitiva, ¿quién tiene razón en la polémica entre ambientalistas y
evolucionistas? En realidad, las dos partes. Por un lado, las declaraciones de tipo
Sevilla son mera retórica; los biólogos han aportado suficientes pruebas como para
pensar que la tendencia agresiva es innata en el hombre y en otras especies. Al
mismo tiempo, los datos antropológicos nos dicen que la frecuencia con que se
produce la violencia varía muchísimo en diferentes países y épocas, por lo que es
lógico pensar que los condicionamientos culturales son muy importantes en este caso.
Los psicólogos evolucionistas nunca han negado esto último, ni encuentran que
exista en realidad una contradicción entre ambas cosas. Podemos decir que esta
aparente contradicción es otra infortunada consecuencia de la dicotomía naturaleza-
crianza.
Sin embargo, es preciso reconocer que, en términos generales, y en las sociedades
modernas, los factores fundamentales que se relacionan con la violencia son de tipo
económico y cultural. Numerosos estudios realizados por D. P. Farrington, entre
otros, indican que las personas que tienen más probabilidad de incurrir en conductas
criminales son aquellas que viven en barrios empobrecidos y socialmente
desorganizados. Las prácticas educativas abusivas e inconsistentes, la escasa
supervisión de los padres o el conflicto parental (pero no el divorcio) también tienen
una poderosa influencia. No es arriesgado afirmar que la causa fundamental del
crimen, al menos en sociedades “desarrolladas”, es la desigualdad económica y sus
secuelas. Sin embargo, esto no quita que los genes también influyan en este proceso.

218
GUERRA Y PAZ

La mayoría de los habitantes de suburbios pobres no comete delitos violentos.


¿Qué es lo que hace que sólo determinados individuos dentro de estas zonas
emprendan un camino violento? Varios estudios apuntan a que la causa reside en los
genes. De nuevo, los estudios de gemelos idénticos y los de adopción nos ofrecen un
medio de separar factores genéticos y sociales. Por ejemplo, R. Crowe publicó un
trabajo que se ha hecho famoso sobre la heredabilidad de la conducta antisocial.
Concluyó que los niños adoptados cuyos padres biológicos tenían antecedentes por
crímenes violentos eran más propensos a cometer a su vez delitos violentos que el
grupo de control, cuyos padres biológicos no tenían tales antecedentes. Las
diferencias entre los dos grupos resultaron considerables. La frecuencia de arresto fue
del 15% en el grupo de riesgo, frente al 2% en el de control; la frecuencia de
encarcelamiento fue del 10% frente al 0%. Otros estudios similares coinciden con
estas conclusiones.
El cociente de inteligencia también parece ser un factor en este caso. La
correlación entre un CI bajo y delitos violentos es clara. Otros factores genéticos,
como poseer una copia extra del cromosoma Y también parece estar ligados a delitos
violentos. En conclusión, aunque todavía no tengamos una idea completa de cuáles
son los genes que predisponen a la conducta violenta, parece claro que éstos existen.
Una vez más nos encontramos con que las explicaciones genéticas y sociales no son
mutuamente excluyentes sino todo lo contrario: la mejor explicación parece basarse
en una interacción entre un medio ambiente dado y la presencia de genes que
predisponen a una conducta violenta. Ya se ha mencionado, pero es importante
repetirlo, que el principal factor genético implicado en la predisposición a la
violencia es el cromosoma Y, ya que casi el 90% de los actos de violencia son
cometidos por individuos del sexo masculino. Así pues, los niveles tolerados de
agresión dependen del contexto cultural. En este sentido hay que “dar la razón” a los
ambientalistas siempre que maticemos. Esto no impide que la agresión en humanos
se base en tendencias innatas, ni que existan factores genéticos en la variación
individual de la tendencia a la agresión.

219
CAPÍTULO 8 MÁQUINAS

PARLANTES

LA HIPÓTESIS DE CHOMSKY

¿Qué tenemos de especial los humanos? Desde el punto de vista físico, no mucho.
La velocidad máxima que podemos alcanzar apenas se acerca a los 40 kilómetros por
hora (tratándose de un atleta de elite). Un registro muy pobre comparado con los más
de 100 kilómetros por hora que alcanzan algunos felinos. En distancias largas
tampoco hay demasiado lugar para el optimismo. Los mejores maratonianos recorren
los más de 42 kilómetros a una velocidad media cercana a los 20 kilómetros por hora,
muy por debajo de la capacidad de la mayoría de los ciervos, lobos o caballos. Es
cierto, y hay que reconocerlo, que en largas distancias somos mejores que nuestros
parientes cercanos, los chimpancés, pero somos mucho peores que ellos trepando a
los árboles. Como nadadores, somos patéticos. No podemos compararnos con los
mamíferos verdaderamente adaptados al medio acuático: delfines, ballenas o nutrias.
Nuestros sentidos también dejan bastante que desear. No podemos movernos en la
oscuridad, como los murciélagos, y nuestra visión nocturna es mucho peor que la de
los búhos. Eso sí, podemos distinguir los colores, cosa que no le ocurre a la mayoría
de los mamíferos. En cambio, no podemos ver la luz ultravioleta, tal como hacen las
humildes abejas. Nuestra capacidad auditiva es muy pobre comparada con la del
perro y nuestro olfato es un mero juguete comparado con el del cerdo. Es verdad que
somos peculiares por el hecho de no tener apenas pelo en el cuerpo (difícilmente un
motivo de orgullo), pero lo mismo pueden decir los delfines y ballenas. Nuestra
habilidad manual es ciertamente notable, aunque el elefante puede utilizar su trompa
con una destreza parecida. En cualquier caso, ninguna de las características
mencionadas nos coloca en un lugar preeminente en comparación con otras especies
de animales.
El lenguaje es “la madre del cordero”, en cuanto a las diferencias entre los
humanos y otros animales. Nosotros hablamos. Ellos no. A esta diferencia esencial le
siguen numerosas diferencias derivadas. Sin lenguaje, la capacidad de resolver
problemas complejos y la transmisión cultural de conocimientos es lógicamente muy
limitada. La lengua juega un papel central en todas las formas de trato entre los
humanos. Pronunciamos entre 2.000 y 8.000 palabras diarias y, si no tenemos a nadie

220
MÁQUINAS PARLANTES

con quien hablar, le hablamos a nuestro perro, a nuestro gato o a las plantas. Somos
el mamífero articulado.
Comienzo este capítulo tratando de convencerle de algo evidente por sí mismo: el
lenguaje constituye la frontera más nítida que nos diferencia de los otros animales.
Imagino que cualquiera podría suscribir esta afirmación. Sin embargo, algunos
psicólogos evolucionistas van un poco más lejos y afirman que el lenguaje no es
solamente un artefacto cultural, sino una característica esencial y distintiva del
cerebro humano; una parte inseparable de nuestro fenotipo, similar a la capacidad
que tienen las arañas de construir su tela, o la de los pájaros de volar. Para los
psicólogos evolucionistas, el lenguaje es un instinto.
Sorprendentemente, esta idea fue formulada por primera vez por el lingüista
Noam Chomsky 121, en una fecha tan reciente como los años 50 del siglo XX, y
originó (cómo no) una furiosa polémica con la escuela conductista, capitaneada por
el famoso B. F. Skinner. Este investigador decía que los niños aprenden a hablar
mediante un mecanismo similar al que permite aprender a las ratas o las palomas de
sus experimentos. Según Skinner, no era necesario invocar ningún complicado
mecanismo innato para explicar el aprendizaje del habla en los niños. Simplemente,
asociaban determinados estímulos con ciertos sonidos. De esta forma, una “cosa con
cuatro patas, que ladra y mueve el rabo” se asociaría con el sonido “perro”. Bastaba
que los niños observasen el mundo que les rodea e hicieran asociaciones de este tipo.
Los padres, al celebrar los avances lingüísticos de sus retoños, estarían aportando el
“reforzamiento” de conducta necesario para consolidar estas asociaciones. A partir de
aquí, todo lo que necesitaba Skinner para explicar el lenguaje es el conocido
paradigma “estímulo-respuesta”. Uno ve un cuadro colgado en la pared (estímulo) y
emite: “¡qué cuadro más bonito!” (respuesta).
A Chomsky las explicaciones que daban los conductistas le parecían un completo
disparate, y así lo hizo saber en una ácida revisión del libro de Skinner, Verbal
Behavior. En esencia, Chomsky hizo dos objeciones fundamentales a las teorías de
Skinner. La primera se basaba en que las ratas no hablan y que el comportamiento de
estos animales en las cajas es irrelevante para explicar el lenguaje. La segunda aducía
que Skinner estaba completamente equivocado acerca de la naturaleza esencial del
lenguaje.
Chomsky argumentó que el aprendizaje mediante asociación que realizan las ratas
en los experimentos de los conductistas no tiene nada que ver con el aprendizaje de la
lengua que realizan los niños. Además, afirmó que el intento de reaplicar la
terminología conductista al aprendizaje de la lengua nos lleva a un nivel de vaguedad
que convierte a los términos en completamente inútiles. En el ejemplo aludido del

121 Chomsky, N. Syntactic Structures. Mouton. 1957.

221
Pablo Rodríguez Palenzuela

cuadro en la pared, el número de respuestas que puede generar dicho estímulo es


inmensamente amplio. Alguien puede afirmar: “¡qué cuadro más horrible!”, “me
encanta Degas” o “no pega con el salón”. La variedad de respuestas verbales que
puede generar un estímulo es infinita; ¿qué tiene esto que ver con la respuesta
estereotipada de una rata que mueve una palanca cuando se enciende una luz?
Otro problema es el del reforzamiento de la conducta por parte de los padres. Los
estudios realizados por Brown 122 y colaboradores han demostrado muy claramente
que los padres suelen reforzar aquellas afirmaciones de sus hijos que son “ciertas” y
no las que son “gramaticalmente correctas”. Según Skinner, el refuerzo debería llevar
a que los niños dijeran siempre la verdad aunque de forma incorrecta. Lo que se
observa es más bien lo contrario. Ante esto Skinner afirma que por el mero hecho de
hablar, incluso si están solos, los niños pueden reforzarse a sí mismos porque saben
que están produciendo sonidos similares al habla, y esta conducta recibe la
aprobación de los padres. El problema es que si invocamos el refuerzo como
mecanismo esencial para el aprendizaje y luego estiramos la idea hasta afirmar que
dicho refuerzo puede ser simplemente imaginado o deseado, estamos vaciando de
contenido el mismo término. Las ratas reciben un premio real e inmediato cada vez
que aprietan la palanca correcta.
Para Chomsky, la increíble facilidad con que los niños adquieren el lenguaje
indica que debe existir un mecanismo innato para su adquisición. Hay que añadir que
los niños aprenden a hablar sin necesidad de que se produzca un aprendizaje
explícito. En los países occidentales es bastante corriente que las madres y padres se
dirijan a las criaturas empleando un tono especial y un lenguaje simplificado, lo que
se ha denominado en inglés motherese. Sin embargo, los estudios revelan que esta
costumbre no es necesaria para aprender a hablar. Es más, los niños aprenden antes y
mejor si se les habla como si fueran personas normales. En otras culturas no existe la
costumbre de dirigirse a los niños de forma especial. No importa, todos aprenden a
hablar prácticamente al mismo tiempo con la única condición de que estén inmersos
en un ambiente social. Chomsky se refirió a esta cuestión como el “problema de la
adquisición”. Para él, y para otros investigadores, resulta muy difícil explicar este
aprendizaje, teniendo en cuenta que las reglas gramaticales suelen ser implícitas. Por
tanto, deduce Chomsky, los mecanismos mentales subyacentes al lenguaje tienen que
ser conocidos de antemano por el niño; a un nivel profundo la gramática tiene que ser
innata.

122 Brown, R., Cazden, C. y Bellugi, U. “The child’s grammar from I to III”. En J.
P. Hill (ed.): Minnesota Symposia on Child Psychology. Vol 2. 22-73. Univ. Minn.
Press. 1968.

222
MÁQUINAS PARLANTES

No cabe duda de que los genes tienen algo que ver en el proceso de aprendizaje.
De no ser así, sería el sonajero el que aprendería a hablar y no el niño. Sin embargo,
aprendemos un idioma concreto con un vocabulario y una gramática específica, y
tampoco cabe duda de que el idioma que aprendemos no tiene nada que ver con los
genes, sino que es una influencia completamente ambiental. De hecho cualquier niño
normal aprende cualquier idioma con facilidad parecida siempre que esté expuesto a
él a la edad adecuada. El problema radica en saber exactamente qué es lo que es
innato y lo que es aprendido. Este problema no está resultando nada fácil de resolver.
La segunda gran objeción de Chomsky a las ideas de Skinner tiene que ver con la
estructura misma del lenguaje. Según Skinner, el lenguaje se reduce a una asociación
sistemática entre estímulos y respuestas, lo que daría lugar a las “largas listas de
palabras” que constituyen las frases. Chomsky argumentó que el habla real se parece
sólo superficialmente a una lista de palabras, ya que se basa en “operaciones
dependientes de una estructura”. Esto quiere decir que la planificación y ejecución de
frases no constituye una mera aposición de palabras, sino que toda frase posee una
estructura interna que debe ser necesariamente entendida por el oyente.
De hecho, las teorías conductistas han propiciado algunos intentos serios de
construir programas de ordenador capaces de fabricar “cadenas de palabras” que se
asemejen al lenguaje. Estos programas comienzan por analizar textos reales y
después calculan las frecuencias con que algunas palabras siguen a otras. Esto
permite calcular un gran número de “probabilidades de transición”. Finalmente, estas
probabilidades le permiten al programa ‘predecir’ cuál es la siguiente palabra que
debe colocarse en la frase. Por ejemplo, es probable que la palabra “cerval” venga
precedida por la palabra “miedo”. Naturalmente, el resultado es una sucesión de
frases hechas (nunca mejor dicho) que tiene poco que ver con el lenguaje que
utilizamos los humanos en nuestra vida diaria.
La idea esencial es que la gente no aprende a hablar recordando la probabilidad
con que ciertas palabras siguen a otras, sino atendiendo al hecho de que las palabras
pertenecen a diferentes categorías (nombre, verbo, etc.) y cumplen distintas
funciones sintácticas. Chomsky formuló su teoría sobre el lenguaje, denominada
“gramática generativa” en su libro Syntactic Structures123, publicado en 1957, y este
trabajo ha tenido una enorme influencia sobre los métodos empleados en el análisis
lingüístico a partir de la segunda mitad del siglo XX. Esta teoría distingue dos niveles
en la estructura del habla; la estructura superficial, constituida por los sonidos y
palabras utilizados realmente, y una estructura profunda, que contiene el significado
real de la frase.

123 Chomsky, N. Syntactic Structures. Mouton. 1957.

223
Pablo Rodríguez Palenzuela

Chomsky afirmaba que nuestra capacidad para crear e interpretar frases se basa en un
conjunto limitado de reglas, que son esencialmente las mismas en todas las lenguas y
están contenidas en estructuras cerebrales que, a su vez, están determinadas por
genes. Esta idea ha resultado muy controvertida. No está claro cuáles son las “reglas”
comunes a todos los idiomas y que constituyen la “gramática profunda”. Tampoco
está claro cuáles son las estructuras mentales que permiten la aplicación de dichas
reglas y menos aún los genes involucrados en el proceso.
A pesar de su extraordinaria importancia, las teorías de Chomsky no proporcionan
una explicación definitiva sobre el lenguaje y dejan aspectos básicos en el aire,
pendientes de que investigaciones futuras las apoyen o refuten. No obstante, una de
las grandes aportaciones de Chomsky ha sido llamar la atención sobre dos cosas. En
primer lugar, que el lenguaje es algo que hace un cerebro humano normal, muchas
veces sin ser consciente de las reglas que está aplicando. De hecho, el trabajo de los
lingüistas consiste en hacer hipótesis sobre la forma en que el cerebro actúa mientras
se produce el lenguaje. El problema es que estas explicaciones no podrán ser
totalmente satisfactorias mientras no se conozcan los mecanismos mentales
subyacentes. La realidad es que en el momento presente la neurobiología no ha
logrado describir dichos mecanismos. Por tanto, nadie sabe de verdad cómo funciona
el lenguaje, ni siquiera Chomsky. En este sentido, las hipótesis de los lingüistas
recuerdan a las observaciones de los primeros genetistas, los cuales trataban de
explicar la herencia de los caracteres mediante el concepto de gen, aunque ignoraban
qué eran los genes, dónde estaban situados y cómo funcionaban. Por supuesto, los
lingüistas hacen bien en tratar de explicar el lenguaje, incluso si les falta la
información relevante sobre cómo opera el cerebro.
La segunda aportación de Chomsky fue recordar que la capacidad humana de
utilizar el lenguaje articulado es una consecuencia del proceso evolutivo, igual que la
de ecolocación de los murciélagos. Darwin, que aparentemente reflexionó sobre
todas las cosas, expresó esta misma idea en su libro The Descent of Man. Sin
embargo, a pesar de que la idea es vieja, no ha sido aplicada sino en fecha muy
reciente. El resultado de este enfoque es una nueva disciplina, la psicolingüística,
obviamente una fusión entre psicología y la lingüística, y que podríamos definir
como la ciencia que se ocupa del estudio del lenguaje y de la mente.
La exposición rigurosa de las teorías de Chomsky y de la psicolingüística actual
excedería con creces el propósito de este libro. No obstante, el objetivo de este
capítulo es tratar algunas de las cuestiones fundamentales ya planteadas, tales como:
¿hablan los animales? ¿qué diferencia hay entre la comunicación animal y el lenguaje
humano? y, finalmente, ¿cómo pudo surgir el lenguaje en nuestra especie? Como ya
habrá imaginado, no tenemos una explicación definitiva, ni siquiera tenemos una

224
MÁQUINAS PARLANTES

buena explicación. Con todo, se puede decir que hemos avanzado bastante respecto a
la época, no tan lejana, de los conductistas.
¿HABLAN LOS ANIMALES?

No. Los animales no hablan, a pesar de que los medios de comunicación han
alimentado en los últimos años algunas leyendas al respecto. Por ejemplo, muchas
personas parecen creer que los delfines poseen un lenguaje propio similar al nuestro,
y que simplemente no hemos conseguido descifrarlo. Esto no es cierto. Sabemos que
los delfines emiten silbidos complejos que permiten identificar a cada individuo
dentro del grupo, por lo que constituyen una especie de ‘firma’ acústica; pero no
tenemos ninguna prueba de que dichos silbidos formen un lenguaje articulado, ni de
que estos animales sean capaces de comunicar ideas o pensamientos abstractos.
Sin embargo, nadie puede negar que los animales se comunican; esto es,
intercambian información sobre muchas cuestiones relevantes, como su estado de
ánimo o la presencia de depredadores o fuentes de alimento. ¿No constituyen estas
formas de comunicación un verdadero lenguaje? O, mejor dicho, ¿qué diferencia hay
entre las distintas formas de comunicación animal y el lenguaje verbal que utilizamos
los humanos? Esta pregunta ha sido objeto de largas discusiones por parte de los
expertos en lingüística y comunicación animal. Pero antes de entrar en la polémica,
consideremos algunos ejemplos notables de comunicación en otras especies
diferentes a la humana.
Nuestro primer ejemplo de comunicación nos lo proporciona un animal del que ya
hemos comentado su peculiar genética, la abeja doméstica (Apis mellifera). Este
humilde insecto desarrolla una capacidad mental verdaderamente notable, teniendo
en cuenta que su sistema nervioso apenas llega al millar de neuronas (los humanos
tenemos miles de millones). A pesar de esta parquedad de medios, la abeja es capaz
de realizar algunas funciones complejas. En primer lugar, está su capacidad de
orientación. Una abeja puede recolectar polen en un radio de aproximadamente 6
kilómetros desde la colmena y encontrar sin problemas el camino de vuelta. Los
científicos creen que las abejas pueden recordar peculiaridades del terreno y construir
una especie de ‘mapa mental’ del territorio. Además, son capaces de medir el ángulo
de inclinación de los rayos solares. Esto les permite deducir la situación de los puntos
cardinales empleando un truco similar al del boy scout que consigue orientarse
utilizando un reloj a modo de brújula. Aparte de sus habilidades como ‘navegantes’,
las abejas son capaces de comunicarse empleando diferentes sustancias químicas
denominadas feromonas, que incitan a los insectos individuales a reaccionar de forma
particular frente a determinadas situaciones. Por ejemplo, la liberación de una
feromona incita a las abejas a atacar a un posible intruso. Otro ejemplo: cuando una

225
Pablo Rodríguez Palenzuela

abeja ha recolectado polen de una flor, deposita en ella una sustancia volátil que
actúa como un mensaje químico para sus compañeras: “esta flor ha sido recolectada
hace poco: no pierdas el tiempo aquí”. Más aún, las feromonas resultan cruciales para
tomar decisiones importantes en la colmena, tales como “decidir” cuándo ésta debe
dividirse en dos, mediante un curiosísimo mecanismo de “consenso químico” entre
todos sus miembros. Sin embargo, la capacidad comunicativa más extraordinaria de
las abejas no se basa en las feromonas sino en la famosa “danza”, cuya descripción le
valió el Premio Nobel al científico alemán Karl Von Frisch en 1974.
La “danza” de las abejas es algo que ya forma parte de nuestra “cultura general”,
por lo que parece superfluo hacer una descripción detallada. Brevemente, la abeja
que ha encontrado una fuente de comida particularmente valiosa realiza una danza
trazando una figura en forma de 8, mientras hace vibrar su abdomen. El ángulo que
forma el 8 refleja el rumbo en el que se encuentra la fuente de alimento con respecto
al sol. Por otra parte, la frecuencia de vibración es proporcional a la distancia. Por
último, el olor del polen que lleva consigo la abeja danzante informa a las demás del
tipo de flor del que se trata. ¿Cómo sabe una abeja individual que ha encontrado una
fuente de alimento particularmente interesante y que, por tanto, merece la pena avisar
a las demás? Los científicos han encontrado recientemente la respuesta a esta
pregunta. Al parecer, cuando una abeja llega a la colmena cargada de polen,
transfiere su cargamento a otras abejas encargadas de “descargar” a las recolectoras.
Parece lógico que estas “descargadoras” tengan “elementos de juicio” para decidir
qué se considera un cargamento mejor o peor. Se ha comprobado que las
descargadoras recogen el polen de las recolectoras con mayor prontitud si
“consideran” que el cargamento es mejor que la media. En cambio, si se trata de algo
corriente se demoran más en la tarea. Este intervalo de tiempo proporciona la
información necesaria a las recolectoras para “saber” si su cargamento puede
considerarse algo corriente o, por el contrario, constituye una fuente de alimento
notable y merece la pena avisar a las demás. Debo insistir en que este
comportamiento aparentemente inteligente no requiere que las abejas individuales
sean “conscientes” de lo que está pasando; basta con que su conducta esté
correctamente “programada”.
¿No estamos ante un verdadero lenguaje? No cabe duda de que la relación entre el
referente (la fuente de alimento) y el signo (la orientación y frecuencia de la danza)
es totalmente arbitraria. Precisamente, la “arbitrariedad del signo” es una de las
características que el lingüista Ferdinand de Saussure había señalado como esencial,
aunque no suficiente, para discriminar entre el verdadero lenguaje y otras formas de
comunicación. Por lo tanto, si tomamos la arbitrariedad del signo como único
criterio, hay que admitir que las abejas hablan. Sin embargo, se trata de un lenguaje

226
MÁQUINAS PARLANTES

limitado a un único tema: dónde puede encontrarse alimento (en circunstancias


especiales, las abejas también pueden comunicarse acerca del lugar apropiado para
formar una nueva colmena). No pueden transmitir información sobre una invasión de
pulgones o lo lluviosa que está siendo la primavera. Se trata de un lenguaje
infinitamente más limitado que el de los humanos. Prácticamente lo único que
pueden decir es algo así como: “Comida. Mucha. A las doce”.
Nuestro segundo ejemplo de comunicación animal nos lleva al Parque Nacional
Amboseli en Kenia. Durante los años 60, Thomas Struhsaker y sus colaboradores de
la Universidad de Duke, estudiaron el sistema de comunicación de una especie de
mono, el cercopiteco verde (Cercopithecus aethiops) 124. Después de miles de horas
de cuidadosa observación y grabación, los científicos identificaron 36 sonidos
diferentes emitidos por estos animales. Struhsaker y sus colaboradores concluyeron
que al menos 21 de estas llamadas constituían mensajes específicos que eran
intercambiados por los monos. Poco después, Dorothy Cheney y Robert Seyfarth 125,
de la Universidad de Pennsylvania, decidieron investigar si las llamadas de los
cercopitecos constituían realmente un sistema de comunicación y, en tal caso, qué
tipo de información contenía.
Cheney y Sefarth observaron que cuando uno de los cercopitecos veía un leopardo
emitía un sonido característico que inducía a los otros miembros de la banda a subir a
los árboles y situarse en las ramas más finas, donde el leopardo no puede llegar
debido a su mayor peso (a pesar de que los leopardos son bastante buenos trepando).
Curiosamente, cuando aparece una serpiente, el individuo que la ve primero emite un
sonido totalmente distinto, que induce a los demás a realizar una maniobra evasiva
diferente y apropiada. Ante este grito, los monos bajan al suelo y observan con
detenimiento las hierbas circundantes. La llegada de un águila es recibida con otro
sonido distinto, ante el que los monos se sitúan debajo de árboles o arbustos que
ofrezcan protección frente a la amenaza que viene del cielo. En resumen, cada tipo de
depredador induce la producción de un sonido característico que incita a los monos a
realizar maniobras evasivas mutuamente excluyentes. Parece lógico pensar que si los
cercopitecos tuvieran sólo un tipo de llamada para señalar la presencia de cualquier
depredador, ésta resultaría mucho menos útil. Quedarse inmóvil en las ramas más
finas es lo peor que puede hacer un mono ante la llegada de un águila. Igualmente,
bajar al suelo y mirar alrededor no es una buena idea si lo que merodea es un

124 Strushsaker, T. T. “Auditory communication among vervet monkeys”. En S. A.


Altman (ed.):
Social Communication among Primates. University of Chicago Press. 1967.
125 Cheney, D. y Seyfarth, R. How Monkeys see the World. University of Chicago
Press.

227
Pablo Rodríguez Palenzuela

leopardo. Por tanto, podemos pensar en principio que el sistema de llamadas de los
cercopitecos cumple una función importante para su supervivencia.
Estos investigadores lograron averiguar mediante ingeniosos experimentos que
los ‘mensajes’ que contenían las distintas llamadas se referían a la presencia de cada
‘tipo’ de depredador y no a una estrategia evasiva dada. Por ejemplo, observaron que
ante el sonido del leopardo, diferentes animales realizan distintas maniobras, todas
ellas congruentes con el tipo de peligro. O sea, la llamada equivalía a algo así como:
“aquí hay un leopardo” y no: “subid a los árboles”. Por otra parte, estos monos tienen
dos sonidos diferentes para señalar la presencia de otro grupo de monos: una especie
de “wrrr” y un agudo staccato En un experimento, los investigadores hicieron sonar
una grabación con la primera de estas llamadas. Al principio, los animales
reaccionaron apropiadamente, mirando alrededor con curiosidad. Luego, los
investigadores repitieron la misma llamada una y otra vez, hasta que los monos
acabaron convenciéndose de que se trataba de una broma de mal gusto y dejaron de
prestar atención. En ese momento, hicieron sonar la llamada de staccato, pero los
monos siguieron sin prestar atención. Esto sugiere, que los animales reaccionan en
función del significado del mensaje y no del tipo de sonido en sí.
No puede negarse que tanto las abejas como el cercopiteco verde utilizan lo que
se denomina un “sistema de comunicación referencial”. Esto quiere decir que los
animales están transmitiendo información referente al mundo exterior y no sólo
reflejan el “estado interno o emocional” del animal. Sin embargo, esta circunstancia
es más bien excepcional en la comunicación animal, y se ha encontrado sólo un
pequeño número de casos. En la inmensa mayoría de las situaciones donde se
produce comunicación entre animales, el elemento “referencial” está del todo
ausente. Por ejemplo, el canto del grillo contiene información para los individuos de
esta especie. Al oírlo, otros machos ‘saben’ que el territorio está ocupado y la
intensidad del sonido proporciona información sobre el tamaño y vigor del macho
ocupante. Esta información también es relevante para las hembras, que decidirán si se
aparean o no con el autor de los chirridos. Pero en este caso, el grillo cantor está
proporcionando información respecto a sí mismo, no sobre el medio exterior y esto es
algo muy diferente del cercopiteco que ve una serpiente y emite el sonido apropiado
para comunicar a sus congéneres que el depredador que acecha es, precisamente, una
serpiente. Podemos considerar que los “sistemas de información referencial”
pertenecen a una categoría distinta de comunicación. Y, sin embargo, la inmensa
mayoría de los expertos admite que existe una diferencia esencial entre dichos
sistemas y la comunicación verbal de los humanos. Pero antes de entrar en esta
espinosa cuestión permítanme que dé un nuevo rodeo para hablar de las capacidades
comunicativas de nuestro pariente más próximo, el chimpancé.

228
MÁQUINAS PARLANTES

La idea de que los chimpancés pueden aprender a hablar si alguien se toma la


molestia de enseñarles se remonta a los tiempos de Darwin. Por supuesto, tal empresa
ha sido acometida por muchas personas desde entonces. En varias ocasiones una cría
de chimpancé ha sido adoptada por científicos humanos, que han tratado de enseñarle
a hablar como si de un niño se tratase. El resultado ha sido idéntico en todos los
casos: los chimpancés son incapaces de aprender más de dos o tres palabras, y eso
con tremendas dificultades. Hasta los años 40 del siglo XX el consenso entre los
expertos era absoluto: los chimpancés no hablan en su medio natural y son incapaces
de aprender, incluso en presencia de dedicados cuidadores humanos.
Sin embargo, en los años 60, Allen y Beatrice Gardner, de la Universidad de
Oklahoma intentaron una estrategia alternativa 126. Estos investigadores razonaron que
tal vez los fracasos anteriores no se debían a la falta de capacidad mental de los
chimpancés, sino más bien a las limitaciones impuestas por el aparato fonador de
estos animales. Basándose en algunas observaciones aparecidas en la literatura
científica sobre la tendencia de los chimpancés a comunicarse con gestos, decidieron
intentarlo con el “ameslan”, el lenguaje americano de signos que emplean
habitualmente los sordomudos para comunicarse. Fue una buena idea. Tras cuatro
años de intenso entrenamiento, Washoe, que así se llamaba, fue capaz de aprender la
friolera de 132 signos. Esto supuso una verdadera revolución en el campo de la
comunicación animal. El consenso entre los expertos pasó de “los chimpancés no
pueden aprender a hablar” a “los chimpancés pueden aprender a hablar con tal de que
se utilice un sistema adecuado a sus características fisiológicas”. Hay que añadir que
el ameslan, al igual que otros lenguajes de signos, constituye un idioma tan complejo
y articulado como el inglés o el español.
Las hazañas de Washoe pronto fueron emuladas. Herbert Terrace, de la
Universidad de Columbia inició un proyecto para enseñar ameslan a un chimpancé al
que llamó Nim Chimsky. El nombre naturalmente aludía al famoso lingüista Noam
Chomsky, y constituía una especie de broma cruel. Terrace era discípulo de Skinner e
inició este proyecto con el ánimo de refutar la hipótesis de Chomsky sobre el carácter
innato del lenguaje. Si un chimpancé podía aprender a hablar, entonces la afirmación
de que el habla es innata carecería de sentido. Debía parecerle divertido que fuera un
chimpancé tocayo del famoso lingüista quien demostrase que éste estaba equivocado.
A la postre, Nim demostró una competencia verbal semejante a la de Washoe. Sin
embargo, cuando Terrace comenzó a analizar con detenimiento las miles de horas de
grabación, su punto de vista empezó a cambiar paulatinamente. Era cierto que tanto
Nim como Washoe habían logrado aprender un número impensable de signos, pero

126 Gardner, R. A. y Gardner, B. T. “Teaching sign language to a chimpanzee”.


Science 165: 664672. 1969.

229
Pablo Rodríguez Palenzuela

aun así, su capacidad de comunicarse seguía siendo drásticamente inferior a la de los


humanos, a pesar de que habían sido criados en un “ambiente educativo” sumamente
especial, constantemente acompañados por cuidadores bien entrenados. Un niño de
cuatro años normal utiliza aproximadamente 4.000 palabras y –esta diferencia es
importante– es algo que ocurre con toda naturalidad, no se necesita un ambiente
educativo especial para dominar el lenguaje. Terrace, mostrando una gran integridad
intelectual, hizo una crítica muy firme de su propio trabajo y de otros similares 127.
Posiblemente, el caso más espectacular de habilidad lingüística en un chimpancé
nos lo proporciona Kanzi, un bonobo entrenado por Sue Savage-Rumbaugh 143, en el
centro Yerkes de investigación sobre primates de Florida. Esta investigadora decidió
intentar enseñar a sus chimpancés un lenguaje simbólico inventado especialmente
para el caso, y que denominaron “yerkish” en honor al primatólogo Robert Yerkes.
Este ‘lenguaje’ está basado en el uso de signos (lexigramas) arbitrarios que el animal
tiene que elegir empleando el teclado de un ordenador. De esta forma se intentaba
medir la capacidad de los bonobos de manejar símbolos, empleando un método
neutral que no les resultase particularmente inadecuado para sus habilidades, como es
el caso del lenguaje oral.
Lo más interesante de la historia de Kanzi es que no le enseñaron directamente a
utilizar los símbolos, sino que más bien aprendió solo. En realidad, el aprendizaje
estaba dirigido a su madre adoptiva, Matata. Kanzi asistía a las sesiones de
entrenamiento como mero espectador, simplemente porque los cuidadores
consideraron que no debería estar separado de ella. Matata resultó ser incapaz de
aprender a usar los símbolos del teclado y, tras intentarlo durante varios meses, los
investigadores desistieron y empezaron a entrenar a Kanzi. Cuando iniciaron el
entrenamiento, Savage-Runbaugh se encontró algo realmente insospechado: Kanzi ya
sabía utilizarlos. A pesar de que durante las sesiones de aprendizaje con su madre,
Kanzi no parecía particularmente concentrado, estaba haciendo lo que su madre, una
hembra adulta, no lograría jamás. Este tipo de aprendizaje, al mismo tiempo precoz e
informal, se parece mucho a la forma en que los niños humanos aprenden a hablar.
Dicho sea de paso, cuando esto ocurre, alrededor de los dos años, la capacidad
general para aprender cosas todavía está bastante poco desarrollada. En definitiva, los
niños normales, al igual que Kanzi, parecen ser selectivamente precoces para el
aprendizaje del habla, pero no de otras disciplinas, como la aritmética o el ajedrez.
Después de varios años de entrenamiento, Kanzi llegó a utilizar unos 250
símbolos, lo que constituye un récord en comunicación no-humana. No obstante, la
127 Terrace, H. A. “On the nature of animal thinking”. Neurosci. Biobehav. Rev. 4:
643-52. 1985. 143
Savage-Rumbaugh, E. S. y Lewin, R. Kanzi: the ape at the brink
of the human mind. John Wiley. 1994.

230
MÁQUINAS PARLANTES

polémica sobre si podemos considerar a esta habilidad realmente “lenguaje” sigue


abierta. Savage-Rumbaugh ha insistido en que la habilidad de Kanzi para combinar
signos es equivalente a la sintaxis humana, pero no ha conseguido convencer a la
mayoría de los expertos. No puede sorprendernos que muchos de los investigadores
que han llevado a cabo estos proyectos sean declarados partidarios de considerar
estos logros como “verdadera competencia lingüística”. Sin embargo, hay que
reconocer que para una persona que ha invertido largos años de trabajo (y grandes
sumas de dinero público) es difícil llegar a la conclusión de que los chimpancés son
sencillamente incapaces de aprender a hablar. No cabe duda de que para los
científicos implicados existe una gran diferencia entre los dos lados de la cuestión, de
cara a su prestigio y credibilidad como científicos. Parece lógico que estén inclinados
a exagerar los logros de sus pupilos.
Por otro lado, este tipo de experimento es virtualmente imposible de repetir.
Entrenar a un chimpancé es un proceso muy costoso que no está al alcance de
cualquiera y, en todo caso, se trata de un animal distinto y de un ambiente educativo
diferente. Resulta difícil, si no imposible, comparar los resultados en cada caso. La
polémica está exacerbada por el hecho de que los resultados directos de la
investigación, esto es, las cintas de video que muestran lo que realmente el animal
llegó a aprender, no son accesibles para el conjunto de investigadores. Este hecho ha
sido señalado como sumamente importante por algunos críticos de estas
investigaciones. Más aún, es muy difícil evitar que el investigador, en su afán por
lograr resultados positivos, proporcione pistas contextuales al animal objeto de
estudio. Recordemos la historia de aquel caballo, Hans, el listo, capaz de contestar
correctamente a muchas preguntas basándose en las pistas no verbales que le daba
(inconscientemente) su cuidador.
Otra de las críticas que se han formulado se debe a que la mayoría de las ‘frases’
enunciadas por Kanzi constaban solamente de una palabra. Una media de 1,5
palabras por frase puede considerarse típica. Lo que no han demostrado
satisfactoriamente Savage-Runbaugh y otros investigadores es que los chimpancés
sean capaces de entender y aplicar la sintaxis. En las escasas frases que contenían
más de una palabra Kanzi tendía a emplearlas en un orden aleatorio. Esto ha sido
señalado como una diferencia clave entre chimpancés y humanos, los cuales
muestran muy pronto una comprensión notable de las reglas gramaticales.
Normalmente, un niño de cinco años no ha comenzado aún a estudiar gramática, pero
su conocimiento tácito de las reglas sintácticas es casi perfecto.
A diferencia de Savage-Rumbaugh, la conclusión de la mayoría de los expertos
es, justamente, que los chimpancés son básicamente incapaces de entender la
sintaxis, a pesar de haber sido criados en un ambiente educativo sumamente intenso.

231
Pablo Rodríguez Palenzuela

Una cosa es utilizar una serie de signos, en su mayoría relacionados con la comida, y
otra muy distinta es hablar. El primer caso podría explicarse a la skinneriana,
mediante asociación de estímulos, en este caso símbolos, con la aparición deseable de
la comida. Hablar es algo muy diferente, ya que requiere, entre otras cosas, entender
que los signos tienen diferentes funciones dependiendo de su posición dentro de la
frase. No es lo mismo decir “el niño muerde al perro” que “el perro muerde al niño”.
Los partidarios de la “competencia verbal” de los chimpancés no han demostrado que
éstos sean capaces de comprender la diferencia entre frases de este tipo. Como dice
Steven Pinker en su libro The language instinct: “los chimpancés simplemente no lo
pillan”.
¿Y por qué habrían de pillarlo? Después de todo, parece que los chimpancés no
tienen una forma de comunicación referencial en su medio natural comparable a la de
los cercopitecos verdes. Y, sin embargo, su forma de comunicación por gestos,
aunque muy diferente del lenguaje verbal de los humanos, les resulta bastante eficaz.
No tenemos ninguna razón para suponer que los chimpancés hayan tenido una
“presión selectiva” en el sentido de desarrollar un lenguaje. Es cierto que es la
especie animal más próxima a la nuestra, pero en los seis millones de años
transcurridos desde que nuestros linajes se separaron han ocurrido muchas cosas. En
resumen, la mayoría de los expertos considera que lo que ha aprendido Kanzi y otros
simios es algo que llaman “protolenguaje” y puede definirse como la capacidad de
aprender y utilizar signos arbitrarios, llegando incluso a combinarlos de forma
sencilla. Ello constituye una capacidad cognoscitiva realmente notable y que, desde
luego, no está al alcance de todas las criaturas. Pero no es lenguaje.
Imaginemos el siguiente argumento de ciencia-ficción. Una nave extraterrestre
aterriza en nuestro planeta y, con gran sorpresa, descubre que está poblado por una
especie que manifiesta indicios de inteligencia (nosotros). Resulta que los
extraterrestres vienen de un planeta con una atmósfera muy turbia, donde la visión
no resulta útil, por lo que utilizan para orientarse una forma de ecolocación similar
a la de los murciélagos terrícolas. Los alienígenas “abducen” a unos cuantos
humanos y los envían a su planeta para realizar un estudio cuidadoso. Allí, los
científicos extraterrestres se preguntan si estas extrañas criaturas pueden
considerarse inteligentes y, no sin cierta lógica, comienzan estudiando la capacidad
de ecolocación de los humanos. Los primeros experimentos son prometedores. Al
parecer, los humanos pueden emitir sonidos, aunque de una frecuencia demasiado
baja para que sean de verdadera utilidad. Además pueden percibir si están situados
cerca de un objeto grande, debido al eco que producen sus sonidos. A pesar de estos
auspiciosos comienzos, los avances se estancan rápidamente. Todo lo más, pueden
hacer un cálculo sumamente incierto de la distancia a la que está situada una pared,

232
MÁQUINAS PARLANTES

pero su capacidad de ecolocación no pasa de ahí. Tras varios meses desesperantes,


los científicos concluyen que los humanos son incapaces de eco-locar “una vaca en
un garaje”. En un momento dado, a alguien se le ocurre que tal vez el problema no
radique en la capacidad mental de los humanos, sino en que carecen de un aparato
ultra-fonador apropiado. Para resolver esto emplean un mecanismo capaz de
convertir los sonidos que emiten en ultrasonidos. Sin embargo, la solución no parece
mejorar en nada las cosas. De nuevo, a alguien se le ocurre que quizá el problema
radique en que son incapaces de “oir” los ecos del ultrasonido. Para ello se aplica
otro mecanismo capaz de convertir el eco en sonidos audibles para los humanos. Y,
sin embargo, su habilidad sigue sin mejorar. Al cabo de dos años, los científicos
extraterrestres concluyen que el cerebro de los humanos es simplemente incapaz de
procesar los ecos y declaran que estas criaturas están irremediablemente
incapacitadas para la ecolocación. Los científicos están desolados, ya que han
invertido mucho trabajo y el proyecto les ha costado una fracción no despreciable
del presupuesto. El caso es que los humanos “parecían” una especie inteligente,
¿por qué su capacidad es tan limitada? Poco después, los exploradores
extraterrestres anuncian que han encontrado dos especies de mamífero con
capacidad de ecolocación en la Tierra: uno volador y otro marino. El estudio de los
humanos es abandonado inmediatamente.
Esta historieta nos sirve para ilustrar una de las paradojas relativas al lenguaje
humano planteada por Terrance Deacon en su libro The symbolic species128. ¿Por qué
no existen lenguajes animales? Podríamos pensar que el problema se basa
únicamente en la gran complejidad que requiere el lenguaje articulado. Y,
ciertamente, todos los lenguajes conocidos requieren un conjunto de notable de
capacidades mentales. Sin embargo, podría existir un lenguaje simple que contuviera
unas decenas de símbolos y unas reglas sencillas para combinarlos. A pesar de su
simplicidad, no cabe duda de que un lenguaje así aumentaría notablemente la
capacidad de comunicación de muchas especies. Por otra parte, un lenguaje tal como
lo hemos definido no debería superar la capacidad mental de muchos animales, como
el bonobo o el delfín. Sin embargo, no se ha encontrado ningún lenguaje animal
simplificado. ¿Pudiera ocurrir simplemente que a las otras especies les resulte difícil
el hecho de manejar símbolos?
El otro lado de la paradoja es que no existen lenguajes humanos sencillos; existen
sociedades con tecnología simple, pero su lenguaje y, frecuentemente, sus mitos,
leyendas, costumbres y tabúes son tan complejos como los de sociedades con

128 Deacon, T. The symbolic species: The co-evolution of language and the brain.
Penguin. 1997.

233
Pablo Rodríguez Palenzuela

tecnología sofisticada. Es evidente que alguna vez tuvo que existir una forma
primitiva de lenguaje, pero ésta no ha llegado hasta nosotros. Una posibilidad es que
una vez que surge en una especie la capacidad de utilizar un lenguaje, aunque este
sea simple, dicha especie entra en un callejón evolutivo que le lleva inevitablemente
hacia un lenguaje complejo.
Tomados estos hechos en conjunto puede formularse la hipótesis de que la
capacidad de utilizar símbolos constituya una especie de umbral evolutivo, que es
difícil de cruzar, pero que una vez que esto ocurre, las propias consecuencias del
lenguaje cambian el modo de vida de la especie, de forma que se crean nuevas
presiones selectivas hacia una mayor capacidad de utilizar un lenguaje complejo. Es
razonable pensar que exista alguna estructura en el cerebro de los humanos que nos
permita manejar la sintaxis, igual que es razonable pensar que los murciélagos deben
tener “algo” en su cerebro que les permite interpretar los ecos. Volveremos más
adelante con la cuestión del origen del lenguaje, pero antes es imprescindible
detenerse a considerar con más detalle qué es exactamente lo que diferencia el
lenguaje humano de las diferentes formas de comunicación que encontramos en otros
animales.

EL ANIMAL SIMBÓLICO

Durante siglos los lingüistas y filósofos del lenguaje han discutido sobre cuáles
son las características esenciales que diferencian el lenguaje humano de otras formas
de comunicación, tales como las que utilizan otros animales o la comunicación no-
verbal de los humanos. Uno de los análisis más brillantes y, tal vez el más útil para
nuestro propósito, es el que realizó el filósofo y matemático norteamericano Charles
Sanders Pierce, uno de los fundadores de la escuela filosófica conocida como
pragmatismo. Para su análisis, Pierce comenzó por distinguir tres tipos de referencia,
denominadas icónica, indéxica y simbólica.
La referencia icónica está mediada por la similitud entre signo y objeto. Una
fotografía es un ejemplo obvio de referencia icónica, pero el concepto es más amplio
y puede extenderse con facilidad a la comunicación entre muchas especies animales.
Por ejemplo, imaginemos a una rana típicamente inmóvil al borde del agua; en un
momento dado, el (limitado) sistema nervioso de este animal detecta un objeto que se
mueve y, dado su pequeño tamaño, deduce que se trata de una presa potencial y no de
un depredador. Acto seguido se la come. Podemos decir que para la rana, la presa ha
constituido (durante un breve tiempo) un icono. En definitiva, la referencia icónica
equivale al reconocimiento directo de un objeto o un ser vivo, aunque está claro que

234
MÁQUINAS PARLANTES

ningún objeto es intrínsecamente un icono, sino que esta clasificación resulta de un


proceso interpretativo que hace alguien (ya sea un humano, una rana o cualquier otro
agente). Para Pierce, la referencia icónica es algo parecido a un acto de percepción.
La referencia indéxica está mediada por una conexión física o temporal. Un
índice es una “cosa” que se relaciona con otra “cosa” debido a que entre ambas
hemos establecido una correlación previa. Por ejemplo, cuando le digo a mi perro
“Argo, galleta”, su inmediata excitación denota que correlaciona el sonido “galleta”
con la aparición de una galleta real. Aparentemente, Argo entiende el significado de
la palabra, al igual que entiende las órdenes que le doy. Sin embargo, lo entiende
como un índice, ya que ha establecido anteriormente una correlación entre ambas
cosas, el sonido y la aparición del objeto. Los perros son muy buenos haciendo
asociaciones de este tipo, de ahí que se los pueda entrenar con (relativa) facilidad.
Análogamente, este tipo de referencia constituye el proceso que está detrás del
aprendizaje estímulo-respuesta que estudiaban los conductistas. De hecho, la rata que
aprende a apretar una palanca cuando se enciende la luz está efectuando un tipo de
referencia indéxica.
En este tipo de referencia, las dos cosas tienen que estar unidas por alguna
relación temporal o espacial más o menos constante. Si ante el sonido “galleta”, el
objeto real deja de materializarse con frecuencia, la conexión pierde fuerza hasta
extinguirse totalmente. Hay que añadir que este tipo de aprendizaje por asociación
está al alcance de la mayoría de los animales, incluso de muchas especies que no
destacan por sus capacidades mentales. Por ejemplo, varios moluscos han resultado
ser capaces de aprender a relacionar estímulos con descargas eléctricas, lo que les
permite retraer el cuerpo al interior de la concha cuando perciben el estímulo, y antes
de que se produzca la descarga.
El concepto de referencia indéxica se aproxima bastante al concepto de signo
frecuentemente utilizado por los lingüistas. El ejemplo típico es que el “humo”
constituye un signo del “fuego”. Evidentemente, sólo constituye un “signo” para un
agente que ha establecido previamente esta correlación. Otra propiedad importante de
este tipo de referencia es que la relación entre el objeto real y el índice viene dada
exclusivamente por la relación espacial o temporal entre ambas, sin que tenga que
haber ninguna semejanza.
Por último, la referencia simbólica está mediada por una relación puramente
arbitraria entre el “símbolo” y el objeto real al que alude. Sin duda, la relación entre
la palabra “mesa” y el objeto real no se basa en ningún tipo de semejanza, y esto es
aplicable a la inmensa mayoría de las palabras, con la excepción de algunas
onomatopeyas. La diferencia esencial entre la referencia indéxica y la simbólica se
basa en que, en el primer caso se establece una correspondencia entre índices y

235
Pablo Rodríguez Palenzuela

objetos reales, mientras que en el segundo se establecen complejas relaciones entre


los diferentes símbolos. Esta diferencia es fundamental y merece la pena examinarla
con más atención.
Ya he mencionado que Argo ‘entiende’ el significado de la palabra galleta,
aunque en este caso entender tiene un significado diferente al que habitualmente
utilizamos. Para mi perro, el sonido “galleta” significa que existe una alta
probabilidad de que se materialice el objeto real. Asimismo, “entiende” la orden “no”
como una orden de inhibición, ya que ha aprendido que si oye este sonido debe dejar
de hacer lo que quiera que estuviera haciendo en ese momento. Esto último
constituye una notable capacidad para generalizar, pero es una capacidad distinta a la
de utilizar el lenguaje. Ahí vamos. Lo que Argo no puede entender es una
combinación del tipo: “galleta no”, sencillamente porque es incapaz de entender que
en este caso el “no” hace referencia a “galleta”. Aquí se encuentra el núcleo de la
referencia simbólica, en el hecho de que los símbolos adquieren su significado por su
relación con otros símbolos y no, primordialmente, por su relación con los objetos
reales. Claramente, perros y humanos están “entendiendo” la situación, pero de
manera distinta. Justamente, la idea de distinguir entre índices y símbolos alude a
esta diferencia fundamental.
El lenguaje verbal de los humanos está basado en el modo de referencia simbólica
y esto es lo que lo hace radicalmente diferente de los sistemas de comunicación de
los animales. Nosotros entendemos la palabra galleta como “pasta de harina, azúcar y
grasa cocida al horno”. Por tanto, el significado del símbolo está contenido
implícitamente en su relación con otros signos y además puede ser empleado en
diferentes contextos. De hecho, un diccionario consiste en construir una
correspondencia entre cada símbolo (palabra) y un conjunto usualmente breve de
otros símbolos (palabras), de manera que, conociendo un número relativamente
pequeño, podemos averiguar el significado de todas las demás. A diferencia de Argo,
nosotros no necesitamos que la galleta real aparezca para mantener la conexión con
el signo.
Es importante señalar que estos tres modos de referencia no son mutuamente
excluyentes. Para construir un índice tenemos que ser capaces de reconocer varios
iconos. En el caso de la rata skinneriana, el reconocimiento de la luz y de la palanca
constituye un acto de referencia icónica, necesario para que se produzca la referencia
indéxica. En lugar de oponerse, los tres tipos de referencia aludidos forman una
estructura jerárquica, en la que distinguimos los tres niveles interpretativos
diferentes: icónico, indéxico y simbólico. Análogamente, el desarrollo de un símbolo
requiere establecer previamente una referencia indéxica entre sonidos y objetos
reales.

236
MÁQUINAS PARLANTES

En las etapas iniciales del aprendizaje del habla, el niño empieza estableciendo
correlaciones entre objetos y sonidos. Sin embargo, una vez establecidas estas
relaciones, el humano tiene que realizar una transición al sistema simbólico. Para ello
tiene que ‘desaprender’ la relación inmediata entre sonidos y objetos reales para
‘aprender’ las relaciones, verdaderamente cruciales, que se producen entre los
símbolos. Este es el paso que sólo los humanos somos capaces de realizar, con la
posible excepción de algunos chimpancés excepcionales (y de forma muy limitada),
criados en un ambiente educativo sumamente especial.
El manejo de símbolos nos permite crear algo así como una “realidad virtual” en
nuestro cerebro, la cual está lógicamente conectada con el mundo exterior, pero que
no se halla literalmente encadenada a la realidad. Por ejemplo, todo el mundo tiene
una idea más o menos clara de lo que es un dragón o un unicornio, a pesar de que se
trata de seres imaginarios. De la misma forma, podemos crear historias o personajes
literarios que no se corresponden literalmente con personas reales y, sin embargo,
tampoco están enteramente desconectados de la realidad. Además, muchos símbolos
no se corresponden en absoluto con objetos o seres reales. Por ejemplo, la palabra
“que” no se corresponde con ningún objeto, sino que contribuye a señalar las
relaciones existentes entre otros símbolos. Los lingüistas expresan esta idea diciendo
que las palabras constituyen una referencia “dual”; por una parte se refieren a un
objeto o a un aspecto determinado de la realidad (referente) y por otra parte, pueden
definirse en función de otras palabras (sentido).
Otro aspecto fundamental de la referencia simbólica es que podemos aplicarla
varias veces, logrando cada vez un mayor nivel de abstracción. Por ejemplo, es
posible crear un símbolo nuevo para un determinado aspecto de la realidad. Así,
podemos definir “blancura” como “cantidad de blanco que hay en un objeto, tal como
lo percibimos a simple vista”. Está claro que blancura no es un objeto, pero sí un
símbolo útil para describir una propiedad de ciertos objetos. Las matemáticas hacen
un buen uso del truco simbólico, lo que permite definir “entes” cuya relación con la
realidad es cada vez más lejana y menos evidente, pero que nos permiten establecer
relaciones o razonamientos que resultan imposibles de otro modo.
En definitiva, el uso de símbolos cambia la estrategia nemotécnica que emplea el
cerebro para guardar y procesar la información que recibe del mundo exterior. Esta
idea puede aclararse recurriendo a una vieja anécdota que cuentan de Julio César. Al
parecer, César fue raptado en una ocasión por una banda de piratas, con la intención
de pedir un rescate por él. Dichos piratas se escondían en una cala particularmente
recóndita, por lo que habían escapado hasta entonces de las legiones romanas.
Mientras le llevaban a la guarida, César permaneció todo el tiempo en la cubierta del
barco, mirando fijamente a la costa. Los piratas pensaron que estaba tratando de

237
Pablo Rodríguez Palenzuela

memorizar sus accidentes con intención de poder reconocer posteriormente la cala


donde se escondían. Le dijeron que muchos lo habían intentado antes, pero ninguno
lo había conseguido. El número de calas y recodos era tan grande que resultaba
sencillamente imposible de memorizar; pero esto no desanimó a César que siguió
impertérrito, mientras aseguraba que una vez pagado su rescate, regresaría y los
crucificaría a todos. Y, efectivamente, así ocurrió. Cuando los estaban subiendo a la
cruz, los piratas le preguntaron a César cómo había sido capaz de memorizar tantos
kilómetros de costa. “Muy fácil”, contestó, “Me limité a contar el número de calas”.
Es evidente que la estrategia nemotécnica de César resultaba mucho más sencilla.
Recordar que los piratas estaban en la cala número 135 requiere una capacidad
cognoscitiva mucho menor que hacer una “fotografía” mental de la costa; tal es el
poder de la referencia simbólica (ignoro si la anécdota es cierta o no, pero no
importa). En definitiva, la referencia simbólica hace posible una nueva clase de
generalización lógica o categórica, que no parece estar al alcance de las demás
especies animales, que se limitan a asociar estímulos mediante referencias indéxicas.
Es imposible no admirar la tremenda lucidez de C.S. Pierce al realizar este
análisis. Sin embargo, también es preciso señalar una limitación fundamental del
mismo. Y es que los tipos definidos de referencia aluden a la forma en que el cerebro
procesa la información. De nuevo, la explicación nunca será completa si no somos
capaces de establecer los procesos mentales subyacentes. Evidentemente, Pierce no
tenía ninguna posibilidad de describir los “símbolos” en función de las estructuras
cerebrales que intervienen en su manejo o de las disposiciones sinápticas que deben
constituir su esencia. A principios del siglo XXI, los neurobiólogos tampoco pueden
describir los símbolos en estos términos, aunque los avances en este campo están
resultando tan rápidos que tal vez nos puedan dar una explicación en un plazo no
muy largo. En cambio, en la actualidad sabemos mucho más sobre la forma en que se
procesa la información visual, que constituye, por tanto, la base de la referencia
icónica.
En el momento presente, la hipótesis de Chomsky sobre el carácter innato del
lenguaje puede ser redefinida de forma ligeramente distinta. A muchos psicólogos
evolucionistas les parece improbable que el conocimiento de las reglas gramaticales
sea innato, en el sentido de ser completamente independiente de la influencia
ambiental. Es obvio que para que los humanos lleguen a hablar necesitan
obligatoriamente estar expuestos a un lenguaje. Sin embargo, la imprescindible
influencia ambiental no excluye que los genes jueguen un papel importante. El hecho
de que las otras especies no puedan aprender a hablar indica claramente que hace
falta un cerebro humano, cuya estructura está determinada en última instancia por

238
MÁQUINAS PARLANTES

genes humanos. Una vez más, la falsa dicotomía naturaleza versus crianza puede
confundir completamente esta cuestión.
Resulta interesante examinar qué ocurre en los casos excepcionales en los que
algunos humanos se han visto privados de aprender a hablar. En estos casos podemos
distinguir dos situaciones radicalmente distintas. La primera consiste en individuos
que se han criado en completo aislamiento y que, por tanto, no han estado expuestos
a ningún lenguaje. Por supuesto, esta es una situación sumamente rara, ya que la
inmensa mayoría de los niños que, por las razones que sean, han quedado aislados del
resto, no han logrado sobrevivir. Sin embargo, en contadísimas ocasiones, algunos
“niños salvajes” han logrado mantenerse vivos en la naturaleza, tal vez por haber sido
“adoptados” por otra especie de mamífero, como los legendarios Rómulo y Remo. El
caso más conocido es el de Victor de L´Aveyron, un niño salvaje que fue encontrado
en Francia a finales del siglo XIX, cuando era casi un adolescente y que, al parecer
había vivido solo en el bosque hasta ese momento. Indefectiblemente, los humanos
que no han aprendido a hablar en los primeros años de vida manifiestan grandes
dificultades para desarrollar esta habilidad posteriormente. En consecuencia, su
desarrollo mental queda severamente restringido. Esto demuestra que existe un
periodo crítico en que los humanos podemos aprender a hablar, pasado el cual resulta
casi imposible.
La segunda circunstancia se da cuando los niños se ven privados colectivamente
del lenguaje. Un caso típico ha sido el de grupos de esclavos reunidos en una
plantación, que no podían comunicarse porque cada uno tenía una lengua diferente.
Es posible que los “amos” considerasen que esta circunstancia favorecía a sus
intereses económicos o que hiciese a los esclavos más fáciles de manejar, ya que este
caso se ha repetido varias veces a lo largo de la historia. Cuando esto ha ocurrido, los
individuos han desarrollado espontáneamente un lenguaje nuevo, generalmente con
una gramática simplificada y con un vocabulario que constituye una mezcla de los
idiomas de partida. Estos lenguajes empobrecidos, que podríamos considerar ‘de
circunstancias’, son denominados pidgin. Los lenguajes pidgin difieren de las lenguas
normales en que apenas existen normas gramaticales; cada hablante utiliza un
vocabulario hasta cierto punto diferente y se las arregla como puede para colocar una
palabra detrás de otra con cierto sentido. Más que un idioma, se trata de un
batiburrillo.
Lo más interesante es que en la siguiente generación, los lenguajes pidgin
evolucionan espontáneamente hacia un lenguaje completo, con reglas gramaticales
comparables en complejidad y coherencia a los idiomas “normales”. Estos lenguajes
derivados se denominan “creoles”, y todavía se hablan varios de ellos en diversos
puntos de Sudamérica y el Pacífico. El creole es básicamente un producto de las

239
Pablo Rodríguez Palenzuela

mentes de la primera generación de niños que crece expuesta al pidgin, un lenguaje


simplificado. Éstos recrean de forma espontánea un idioma prácticamente normal.
Puede argumentarse que la transición “pidgin-creole” no es un suceso que ocurra
entre individuos realmente privados del lenguaje, ya que cada uno de los fundadores
tiene su propio idioma, aunque no le sirva para comunicarse porque nadie más en su
entorno lo conoce. El experimento riguroso consistiría en juntar a un grupo de
individuos que se encuentren genuinamente privados del habla y ver qué ocurre.
Naturalmente, no sería ético realizar un experimento así; y sin embargo, debido a un
cúmulo de circunstancias, se ha dado algo muy parecido al experimento mencionado.
El resultado es una de las historias más fascinantes de la historia de lingüística: el
Lenguaje de Signos Nicaragüense (LSN).
Hasta una fecha reciente, Nicaragua no tenía ningún establecimiento público para
educar a los niños sordomudos, y éstos permanecían con sus familias, aislados entre
sí e incapaces de comunicarse con sus familiares salvo por algunos gestos aislados. A
principio de los años 80, el gobierno sandinista organizó el primer colegio
especializado para niños sordos. Desgraciadamente, la política educativa del colegio
era terriblemente anticuada y se basaba en forzar a los niños a que aprendiesen a leer
los labios de los hablantes normales. Este procedimiento ha sido intentado muchas
veces, generalmente con poco éxito, y aquello no fue una excepción. La mayoría de
los alumnos no consiguió entender el lenguaje oral que pretendían enseñarles. Sin
embargo, lo que ocurrió fue totalmente inesperado. Fuera de las clases, durante los
recreos y otros momentos de convivencia informal, los niños fueron creando
espontáneamente un código de signos, posiblemente mediante la suma de signos que
los niños empleaban en su hogar para comunicarse con sus familiares.
Paradójicamente, la iniciativa fue un éxito, ya que todos los niños aprendieron a
hablar, aunque no de la forma en que se pretendía. El resultado de esta experiencia
fue el denominado Lenguaje de Signos Nicaragüense. Los lingüistas que lo han
estudiado sostienen que el LNS es equivalente a un lenguaje pidgin, tanto por su
manera de generarse, como por su naturaleza simplificada e irregular. Al igual que en
el caso de los pidgin, el LNS sufrió un proceso de “creolización”. Cuando nuevos
alumnos, menores de cuatro años, se incorporaron al centro y se vieron expuestos
directamente al LNS, desarrollaron un nuevo lenguaje de signos que, a diferencia del
anterior, presenta una gramática coherente y un nivel considerable de
estandarización. Los lingüistas han denominado a esta versión mejorada Idioma de
Signos Nicaragüense (ISN).
Tanto los fenómenos de creolización como el del ISN, constituyen un poderoso
argumento a favor de la hipótesis de Chomsky, al menos tal como la hemos
redefinido. Lo que nos indican estos casos es que los humanos son capaces de

240
MÁQUINAS PARLANTES

reinventar el lenguaje siempre que se encuentren inmersos en un ambiente social.


Significativamente, las reglas sintácticas de estos lenguajes inventados de novo no
son esencialmente distintas de las de los lenguajes normales, aunque por supuesto,
cada uno tiene sus particularidades.

LENGUAJE Y GENES

El debate sobre si el lenguaje es o no un instinto no ha terminado, ni mucho


menos; más bien se ha revitalizado después de la publicación del libro Rethinking
innateness: a conectionist perspective of development, de Elman, Bates y Newport 129.
Muy sucintamente, estos investigadores afirman que no es necesario invocar ningún
componente especial o innato para explicar el aprendizaje del habla; y que éste es una
consecuencia de la “capacidad asociativa” del cerebro. El argumento es similar al que
empleó Skinner, pero en este caso los investigadores emplean complejos modelos
matemáticos, denominados “redes neuronales” que intentan replicar in silico lo que
presuntamente hace un cerebro humano. Según estos científicos, los animales podrían
aprender a hablar si su capacidad general para realizar asociaciones fuera lo bastante
alta. En otras palabras, los animales no hablan porque no son lo suficientemente
listos. Esta hipótesis no niega que los humanos sean genéticamente distintos de otros
animales y que esta diferencia no sea importante para la capacidad de hablar. Lo que
sí afirma es que el lenguaje no constituye una capacidad cualitativamente diferente de
otras actividades mentales, y pone en duda la idea de que existan genes que
determinen específicamente dicha capacidad.
En contraste, la mayoría de los psicólogos evolucionistas, con el neuropsicólogo
Steven Pinker a la cabeza, sostienen que el lenguaje constituye una capacidad
específicamente humana, diferente de la inteligencia general, que surgió en nuestra
especie como consecuencia de presiones selectivas y que confiere una ventaja
evidente a los individuos que la poseen. Dicho de otra forma, el lenguaje constituiría
una especie de ‘módulo’ cuya evolución habría sido en parte independiente de otros
aspectos de la actividad mental y que se debería a cambios específicos en ciertos
genes, que tuvieron lugar en el linaje de los humanos y no en los de otros primates.
Esta polémica no se va a zanjar de la noche a la mañana; la conexión entre lenguaje y
pensamiento ha constituido un espinoso tema de discusión entre filósofos, lingüistas
y neurobiólogos desde hace bastante tiempo.

129 Elman, J., Bates, E. y Newport, E. Rethinking innateness: a conectionist


perspective of development. Cambridge MIT Press. 1996.

241
Pablo Rodríguez Palenzuela

Un argumento esgrimido por los evolucionistas es que si el lenguaje es un instinto


debería tener un ‘asiento’ identificable en el cerebro, de modo que las lesiones
localizadas en esa o esas zonas deberían afectar específicamente a la capacidad de
hablar, dejando más o menos intactas las restantes funciones cerebrales. La cuestión
es: ¿tenemos realmente una “máquina de hablar” dentro de la cabeza?
A mediados del siglo XIX, el neurocirujano francés Paul Broca comenzó a
estudiar de forma sistemática a pacientes afásicos, esto es, que habían perdido la
capacidad de hablar a consecuencia de lesiones, tumores o ataques de apoplejía.
Observó que con gran frecuencia estos pacientes tenían dañada una pequeña región
situada en la corteza frontal izquierda del cerebro, consecuentemente denominada
área de Broca. Los pacientes que sufren afasia de Broca tienen grandes dificultades
para hablar o son completamente incapaces de ello, pero escriben sin dificultad y
entienden perfectamente el lenguaje hablado o escrito. De hecho, la mayoría de sus
capacidades no-verbales permanecen intactas y suelen ser agudamente conscientes de
lo que les está pasando. Desde cualquier punto de vista, estos pacientes no han
perdido su capacidad de pensar, lo que no pueden es colocar unas cuantas palabras
seguidas. Un síndrome relacionado es la llamada afasia de Wernicke (descrita por el
médico alemán Kart Wernicke, poco después de que Broca realizase sus
investigaciones), debida a lesiones localizadas en el lóbulo temporal izquierdo. Estos
pacientes también manifiestan problemas con el habla, pero de naturaleza muy
diferente al caso anterior. Los afásicos de Wernicke tienen problemas para entender
el lenguaje hablado y escrito y, además, su forma de hablar es difícilmente
inteligible, pero no porque les cueste pronunciar palabras (todo lo contrario), sino
porque éstas frecuentemente carecen de sentido. Lo que emiten es una especie de
“ensalada de palabras” que tiene el tono y apariencia del lenguaje normal, pero que
no tiene pies ni cabeza.
Hasta hace relativamente poco tiempo, la mayoría de los libros de texto atribuían
la capacidad de hablar a estas dos pequeñas regiones del cerebro, las áreas de Broca y
Wernicke. Sin embargo, las investigaciones recientes han revelado que la realidad es
mucho más compleja. En primer lugar, las lesiones que observaban los
neurocirujanos son casi siempre difusas, por lo que es imposible saber si la zona
afectada se restringe a estas áreas concretas. Cuando en los últimos años los
científicos han podido emplear las modernas técnicas para estudiar el cerebro, como
la Tomografía de Emisión de Positrones o la Imagen de Resonancia Magnética, han
visto que, ciertamente el área de Broca interviene en el lenguaje y el área de
Wernicke se activa durante la comprensión y emisión de palabras 130. No obstante, las
funciones de estas zonas no están restringidas ni mucho menos a funciones

130 Goodglass, H. Undertanding aphasia. Academic Press. 1993.

242
MÁQUINAS PARLANTES

puramente lingüísticas y se han identificado otras áreas del cerebro que intervienen
en el procesamiento del habla 131. Más aún, hay pacientes con lesiones en el área de
Broca cuya capacidad lingüística no está alterada, y pacientes con lesiones en otras
zonas cuyos síntomas son muy similares a la típica afasia de Broca. Lo mismo ocurre
con el área de Wernicke. Está claro que el lenguaje no está restringido a una pequeña
zona del cerebro, aunque también parece claro que determinadas estructuras tienen
papeles singulares en este proceso.
Otro argumento empleado por los evolucionistas se basa en el estudio de
determinadas enfermedades genéticas, tales como el síndrome de Williams o el
Impedimento Lingüístico Específico (ILE). El primer caso constituye una forma
infrecuente de retraso mental, cuyo origen parece estar asociado a un gen situado en
el cromosoma 11 y que afecta a la regulación del calcio. Los pacientes que sufren el
síndrome de Williams suelen tener un aspecto físico peculiar; en general son
pequeños y delgados, tienen la cara alargada y una barbilla afilada que les da un
cierto aire de elfos. El cociente de inteligencia suele estar en torno a 50 y manifiestan
claras deficiencias para realizar tareas normales, como atarse los cordones de los
zapatos o montar en bicicleta. Sin embargo, su capacidad lingüística es
completamente normal, o incluso por encima de lo normal. Varios estudios han
demostrado que su capacidad de entender y componer oraciones gramaticalmente
complejas está dentro de los valores medios. Además, parecen tener una particular
inclinación por el empleo de palabras inusuales y construcciones complicadas. Lo
que hace esta enfermedad interesante en este contexto es el hecho de que tenga un
efecto catastrófico sobre la inteligencia general, pero que deje intacta la capacidad de
usar y entender el lenguaje.
El Síndrome de Impedimento Lingüístico presenta la otra cara de la moneda, ya
que provoca serios problemas a los afectados para articular el habla, dejando intacta
su inteligencia general y (casi) todos los aspectos no-lingüísticos de la actividad
mental. En realidad no se trata de una única enfermedad, sino de un conjunto de ellas,
y en la mayor parte de los casos parece que hay varios genes implicados, por lo que
va a resultar difícil identificarlos. No obstante, un tipo particular de este síndrome,
que afecta a una familia inglesa ha permitido realizar uno de los descubrimientos más
fascinantes de este campo en los últimos años: la identificación de FOXP2, que
puede considerarse como el primer gen que parece estar implicado específicamente
en el desarrollo del lenguaje.

131 Dronkers, N. F. “The pursuit of brain-language relationships”. Brain and


Language 7: 59-61. 2000.

243
Pablo Rodríguez Palenzuela

La ‘caza’ de este gen comenzó cuando un grupo de genetistas británicos, liderados


por Simon Fisher decidió estudiar a una familia, denominada KE 132, en la cual más de
la mitad de sus miembros, pertenecientes a tres generaciones, se encontraban
afectados. A diferencia de otros casos de ILE, la pauta de herencia de esta
enfermedad indicaba que el defecto era debido a un único gen, lo que simplificó
mucho su identificación. La concordancia entre el gen afectado, FOXP2, y el
síndrome era perfecta. Todos los miembros afectados presentaban la misma mutación
en este gen, mientras que todos los miembros no afectados tenían una copia normal
del mismo.
FOXP2 codifica una proteína reguladora, en concreto un “factor de
transcripción”, cuya función es controlar la expresión de otros genes y se sabe que
esta proteína se expresa durante el desarrollo embrionario. Sin embargo, FOXP2 no
es específico de los humanos, ya que un gen muy similar está presente en todos los
mamíferos. Más aún, la proteína también parece cumplir una importante misión en el
desarrollo de otros órganos, como los pulmones, aunque la mutación observada en la
familia KE no tenía efectos graves en estos tejidos. Aparentemente, esto es una
contradicción. Si los científicos estaban buscando un gen específicamente
responsable del lenguaje, deberíamos esperar que dicho gen sólo apareciera en el
cerebro humano, y no en otros órganos u otras especies. No obstante, la versión
humana de este gen difiere en un aspecto que puede ser muy importante para nuestra
comprensión del lenguaje.
Cuando el grupo de Fisher, en colaboración con el laboratorio de Svante Pääbo,
del Instituto Max Planck de Leizpig, comparó la proteína humana con la
correspondiente del chimpancé, encontró solamente dos aminoácidos diferentes de
los 715 que tiene la cadena. Dos diferencias en 715 parecen muy poca cosa, sin
embargo, los dos aminoácidos que han cambiado (una treonina ha cambiado en el
linaje humano a una asparagina, y una asparagina ha cambiado a una serina) pueden
afectar a la forma en que esta proteína ejerce su función reguladora, lo que puede dar
lugar a un cambio en la expresión de un buen número de genes, los cuales pueden, a
su vez, ocasionar otros efectos. Lo más importante es que estos dos aminoácidos que
aparecen en la proteína humana están conservados en todos los individuos (humanos)
analizados en un estudio que incluía africanos, europeos, sudamericanos, asiáticos y
australianos. Más interesante aun es el hecho de que el cambio de asparagina a serina
no aparece en ninguna otra especie de primate. Los modelos bioinformáticos sugieren
que este cambio debió producirse entre 100.000 y 200.000 años antes del presente,
una fecha que es concordante con otras estimaciones sobre la aparición del Homo
132 Fisher, S. E. at al. “Localisation of a gene implicated in a severe speech and
language disorder”. Nature Genetics 18: 168-170. 1998.

244
MÁQUINAS PARLANTES

sapiens. En resumen, es posible que las mutaciones en FOXP2 constituyan uno de los
cambios genéticos más importantes en la aparición de nuestra especie, si bien aún no
podemos estar seguros.
Visto en retrospectiva, no resulta tan extraño que los genes necesarios para el
lenguaje estén presentes en otras especies y, asimismo, tengan otras funciones. Al
contrario, resulta improbable que la capacidad lingüística de los humanos no surgiera
a partir de capacidades cognoscitivas ya presentes en los primates. Por otro lado, no
es necesario postular la aparición de genes completamente nuevos, ya que cambios
cuantitativamente pequeños en la secuencia de una proteína pueden dar lugar a
modificaciones muy importantes en la forma en que dicha proteína funciona. En
general, la evolución actúa mediante pequeñas modificaciones sobre los elementos
existentes y raramente mediante la aparición en el vacío de nuevas estructuras:
Natura non facit saltum.
En 1866, la Societé de Linguistique de Paris prohibió a sus miembros investigar,
o incluso discutir sobre los orígenes del lenguaje. Al parecer, los venerables
directores de esta venerable institución consideraron que el tema era, al mismo
tiempo, imposible de investigar y terriblemente atractivo, por lo que pensaban que
sólo podía engendrar “especulaciones inútiles” entre sus miembros. Desde nuestra
perspectiva actual, la prohibición de estudiar un tema parece una medida sumamente
radical, aunque no puede decirse que carezca de fundamento. Por una parte, el origen
del lenguaje es una de las cuestiones más interesantes que se pueden plantear. Si el
lenguaje constituye una especie de rubicón evolutivo que nos separa de los demás
animales, su origen puede considerarse como el núcleo, el acontecimiento
fundamental en la historia de nuestra especie. Y al mismo tiempo, ¿qué puede decirse
sobre este asunto? Las lenguas no dejan fósiles, ¿cómo podría abordarse esta cuestión
desde un punto de vista científico?
Hasta hace muy poco tiempo, la prohibición de la Sociedad Lingüística parecía
que se estaba cumpliendo a rajatabla. Puede decirse que Chomsky había ignorado el
tema del origen del lenguaje, no porque no lo considerase interesante, naturalmente,
sino porque parecía estar completamente fuera de las posibilidades de la propia
ciencia.
En 1990, Steven Pinker y Bloom, del Massachussets Institute of Technology,
publicaron un artículo titulado Natural Language and Natural Selection 133, que tuvo
un verdadero efecto catalizador sobre este campo de investigación. Esto es bastante
extraño, ya que lo que afirmaban estos investigadores no era una idea nueva, sino que
era una consecuencia inmediata de la teoría evolutiva y, de hecho, había sido
133 Pinker, S. y P. Bloom. “Natural Language and Natural Selection”. Behavioral
and Brain Sciences 13: 707-784. 1990.

245
Pablo Rodríguez Palenzuela

formulada explícitamente por el propio Darwin. En esencia, decían Pinker y Bloom,


el lenguaje es una “adaptación”, es decir, es un producto de la evolución en nuestra
especie y ha sido seleccionada por las ventajas reproductivas que confería a quienes
lo tenían. Que el lenguaje sea un producto de la evolución es algo evidente por sí
mismo. Los humanos hablamos y nuestros parientes cercanos no lo hacen. Si
excluimos una explicación sobrenatural o extraterrestre, sólo cabe pensar que en los
aproximadamente cinco millones de años desde que nos separamos del chimpancé, la
facultad de hablar tuvo que surgir “por sus propios medios”, como las demás
características que se observan en cualquier especie. Por tanto, la parte que resultaba
potencialmente conflictiva era la afirmación de que el lenguaje fuera el producto de
la selección natural. Ya hemos visto que este ha sido un motivo “eterno” de discusión
entre los estudiosos de la evolución. En particular, el conocido paleontólogo Stephen
Jay Gould estaba ejerciendo de “martillo de herejes”, ridiculizando a (casi) todos los
que osaban formular hipótesis que invocasen a la selección natural.
No obstante, el razonamiento de Pinker y Bloom era sencillo y contundente. El
lenguaje, decían, constituye un carácter complejo, que requiere cambios en la
posición de la laringe, en la lengua, en el control de la respiración y, sobre todo, en el
cerebro. Por lo tanto es sumamente improbable que todos estos cambios ocurrieran
de forma concertada y al azar en el breve (desde el punto vista paleontológico) lapso
de unos cuantos millones de años. Por otro lado, la función y posibles ventajas que
confiere el lenguaje son evidentes. Es cierto que no tenemos un vídeo del Paleolítico,
pero aun así, la lista es inmensa: posibilidad de acción concertada, difusión de
información, acumulación de conocimientos, etc.… Si consideramos estos elementos
a la vez, aparición rápida, carácter complejo y utilidad evidente, es muy difícil no
pensar que este conjunto de cambios no haya sido favorecido por la selección.
Naturalmente, la intervención de la selección natural no excluye que el azar haya
jugado un papel importante. La idea central del darwinismo es que la selección
natural ‘trabaja’ con variaciones que se producen al azar. Así pues, Pinker y Bloom
no dijeron nada nuevo; y sin embargo, su artículo constituyó un punto de inflexión.
De repente, el estudio del origen del lenguaje se había convertido en un tema de
investigación “respetable”. Después de 124 años, la prohibición de la Sociedad
Lingüística de París quedaba sin efecto. En el momento de escribir este libro, la
situación ha cambiado un poco, en el sentido de que ahora existen algunos datos
sobre los que construir especulaciones, pero ciertamente, no muchos. Probablemente,
la próxima década nos depare nuevos descubrimientos. El tema es tan fascinante que
no podemos dejar de disfrutar del boceto del que disponemos, por impreciso que éste
sea.

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MÁQUINAS PARLANTES

PRIMERAS PALABRAS

A pesar de la gran incertidumbre que inevitablemente existe sobre este tema, la


mayoría de los expertos considera probable que la evolución del lenguaje arrancase
justamente con la aparición de las primeras especies del género Homo; hace entre 2,5
y 1,8 millones de años y coincidiendo con una notable expansión en el tamaño del
cerebro. Es un hecho cierto que las palabras no dejan fósiles, ni tampoco el cerebro
que las pronunció. Lo único que tenemos son los fósiles de algunos cráneos, los
cuales contuvieron en su día un cerebro que (acaso) fue capaz de utilizar el lenguaje.
La evidencia es muy indirecta y deja un inmenso espacio para la interpretación (y el
conflicto). Sin embargo, a partir de algunos de estos cráneos los científicos han sido
capaces de identificar las huellas correspondientes a las áreas de Broca y Wernicke,
esos pequeños “bultos” del cerebro que parecen jugar un papel preponderante para la
ejecución del habla. Según Phillip Tobias y Dean Falk 134, dos de los especialistas más
prestigiosos en este campo, un fósil de Homo habilis denominado KNM-ER 1470,
presenta signos claros del desarrollo de estas dos áreas del cerebro; y, sin embargo,
estos signos no aparecen en los cráneos de antecesores más antiguos, como los
australopitecinos.
Es posible que el Homo habilis hubiera desarrollado un lenguaje, aunque
seguramente era más simple que el de los humanos modernos. Sin embargo, esto no
implica necesariamente que habilis hablara con sonidos. Puede que se comunicase
con gestos. La teoría de que el lenguaje fue inicialmente gestual, o una mezcla de
gestos y palabras, para derivar posteriormente en el lenguaje predominantemente oral
que nos caracteriza tiene unos cuantos adeptos. En particular, el lingüista Michael
Corballis ha hecho una minuciosa exposición de esta teoría en su libro From Hand to
Mouth135.
Los partidarios del origen gestual del lenguaje utilizan varios argumentos para
justificar su teoría. En primer lugar, los chimpancés no parecen tener “vocalizaciones
referenciales” como las de los macacos verdes y, en cambio, utilizan un amplio
repertorio de gestos. Otro argumento se basa en las afasias provocadas por lesiones
en el área de Broca. Curiosamente, los pacientes sordomudos que sufren lesiones en
este punto tienen problemas para “hablar” en lenguaje de gestos, lo que indica que
está implicada en el procesamiento del lenguaje, independientemente de que éste se
realice mediante gestos o palabras. Estos autores señalan que, aunque minoritarios,

134 Falk, D. “Cerebral cortices of east African early hominids”. Science 221, 1072-
74. 1983.
135 Corballis, M. C. From hand to mouth: the origins of language. Princeton
University Press. 2002.

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Pablo Rodríguez Palenzuela

existen algunos lenguajes “naturales” basados en gestos, como los que empleaban los
nativos de Norteamérica, que son tan ricos y complejos como los que emplean
palabras habladas.
Más aún, la teoría del origen gestual del lenguaje resuelve el llamado “problema
de referencia”, el cual resulta difícil de explicar si las palabras hubieran sido
utilizadas en primer lugar. Este “problema” consiste en que las palabras contienen
signos arbitrarios, que no se parecen en nada a los objetos a los que hacen referencia.
Con pocas excepciones, resulta imposible encontrar un sonido que corresponda con
un objeto dado y que tal conexión pueda ser entendida, si no existe un acuerdo previo
sobre la relación entre ambas cosas. Excepto con las onomatopeyas, resulta casi
imposible emitir un sonido que “represente” claramente a un objeto. Si los gestos
hubieran sido empleados originalmente como signos, este problema de referencia es
menor, ya que podemos aludir a los objetos corrientes mediante el procedimiento de
señalarlos. Esto proporciona una forma inmediatamente inteligible de “nombrar”
objetos (admitiendo que sólo es utilizable para aquellos que se encuentren a la vista).
Por otra parte, no hay ninguna razón para excluir la posibilidad de que este lenguaje
inicial estuviera formado por una mezcla de gestos y vocalizaciones. En alguna etapa
posterior los gestos perderían fuerza en favor de las palabras, aunque en la actualidad
el habla normal siga empleando ambas. Podríamos decir, en broma, que el lenguaje
tuvo que evolucionar de “la mano a la boca” para que los humanos pudiéramos
hablar por el móvil.
Esta teoría ha recibido un cierto apoyo desde que los neurobiólogos han
encontrado una conexión entre el lenguaje y las funciones cerebrales motoras, a partir
del descubrimiento de las llamadas “neuronas espejo”. En 1996, un equipo de
científicos dirigido por Giacomo Rizzolatti 136, en la Universidad de Parma, se
encontraba estudiando la activación de las neuronas motoras, responsables del
movimiento en macacos. Estos investigadores descubrieron que cuando el animal
realizaba un movimiento, como agarrar un objeto con las manos o morderlo, se
activaban determinadas neuronas de la corteza cerebral del animal. Es importante
señalar que determinadas neuronas se activaban ante diferentes acciones. En un
principio, los investigadores supusieron que dichas neuronas estaban transmitiendo
“órdenes” a los músculos para que hicieran ciertas cosas. Sin embargo, el
descubrimiento realmente interesante (e inesperado) es que las mismas neuronas se
activaban cuando los macacos observaban a otros animales (o incluso al
experimentador) realizando las acciones correspondientes. De aquí el término

136 Rizzolatti, G. y Craigkero, L. “The Mirror-Neuron system”. Annu. Rev.


Neurosci. 27: 169-192. 2004.

248
MÁQUINAS PARLANTES

“neuronas espejo”, ya que se activan al realizar una acción o al ver reflejada dicha
acción en otro individuo.
La verdadera importancia de las neuronas espejo radica en que tal vez nos
permitan entender algunas de las capacidades más enigmáticas de la mente, como por
ejemplo, la capacidad de imitación. Es un hecho conocido que los bebés humanos
son capaces de imitar gestos a edades muy tempranas. Si le sacamos la lengua a un
niño de pocos meses es probable que nos responda con el mismo gesto. Esta
capacidad de imitación también existe entre los primates, aunque en menor medida,
pero es bastante rara entre los mamíferos. ¿Cómo sabe un bebé que lo que aparece de
pronto en el rostro del adulto es la lengua, y que la acción apropiada consiste en sacar
la suya propia? Este era un hecho totalmente misterioso, aunque cotidiano. La
existencia de neuronas espejo nos proporciona un principio de explicación. Cuando
observamos un gesto en otro individuo, nuestro sistema nervioso debe realizar una
especie de “simulación virtual” del movimiento, lo que propicia la repetición del
mismo. Aunque quedan muchas cosas por descubrir, este tipo de sistemas
neurológicos probablemente constituye la base de nuestra capacidad imitativa y
seguramente esto constituye un requisito para que el aprendizaje sea posible. El
aprendizaje parte de la imitación de otros individuos y para ello hace falta un circuito
cerebral especializado, que automatice la tarea y nos predisponga a imitar. De nuevo,
el conocimiento de este circuito le daría otro golpe más a la maltrecha dicotomía
naturaleza-crianza: los genes necesarios para construir el sistema de de las neuronas
espejo serían un requisito necesario para que el aprendizaje pudiera tener lugar.
Un sistema similar de neuronas espejo ha sido identificado en el cerebro humano
por Marco Iacoboni y sus colaboradores 137, que incluye partes de las áreas de Broca y
Wernicke, lo que indica que la arquitectura neuronal implicada en la imitación solapa
en gran medida con las áreas implicadas en el procesamiento del lenguaje, y esto
sugiere a su vez una continuidad evolutiva entre reconocimiento, imitación y
lenguaje. En definitiva, las neuronas espejo proporcionan un eslabón neurológico
entre el movimiento y el lenguaje, lo cual concuerda bien con una idea anterior
denominada “teoría motora del control del habla”, desarrollada en los años 50.
Según la teoría motora, los humanos percibimos el lenguaje guiados por
características gestuales del mismo, esto es, a través de los movimientos del aparato
fonador necesarios para producirlo y no, primordialmente, por características del
sonido en sí. Por ejemplo, si escuchamos el sonido de la sílaba “ga” al tiempo que
observamos los labios de alguien que pronuncia la sílaba “ba”, lo que percibimos es
el sonido “da”, el cual es fonéticamente intermedio entre ambos. Este experimento se
137 Wilson, S. M., Saygin, A. P., Sereno, M. I. y Iacoboni, M. “Listening to speech
activates motor areas involved in speech production” Nat. Neurosci. 7: 701-2. 2004.

249
Pablo Rodríguez Palenzuela

ha repetido muchas veces y se conoce con el nombre de su descubridor, el efecto


McGurk. La implicación de estos experimentos es que los humanos percibiríamos las
palabras refiriéndolas a nuestro propio mecanismo fonador. El descubrimiento de las
neuronas espejo es justo la pieza que le faltaba a esta teoría.
Sin embargo, es muy posible que la importancia de este descubrimiento no se
limite a explicar la evolución del lenguaje, sino además otros aspectos fundamentales
de la conducta humana, tales como la empatía y la capacidad de interpretar y predecir
las acciones de otros humanos. Algunos autores aventuran que la capacidad humana
de formar una “teoría de la mente”, que compartimos parcialmente con otros
primates, podría estar basada en este mecanismo neurológico. Una predicción,
entonces, es que las personas que sufren autismo podrían tener alguna alteración en
este circuito. Los autistas, tienen grandes problemas para comunicarse con los demás,
aunque otros aspectos de la inteligencia pueden no estar alterados. No cabe duda de
que los próximos años van a ser muy excitantes en este campo.
Es posible que la pregunta verdaderamente interesante no sea qué vino antes, si el
gesto o la palabra, sino cuál es el origen del sistema de referencia simbólico que
forma el verdadero núcleo del lenguaje, sea este oral, escrito o gestual. Como cabía
esperar, no podemos responder a esta pregunta por el momento y ni siquiera abundan
las hipótesis, por leves y especulativas que estas sean. Uno de los pocos
investigadores que se han atrevido a formular una es Terrance Deacon, de la
Universidad de Boston, en su libro The symbolic species138. Merece la pena considerar
esta hipótesis, a pesar de que su autor deja muy claro que la evidencia en la que se
basa es terriblemente tenue.
Según Deacon, el sistema de referencia simbólico surgió como respuesta al
conflicto social y sexual, que se les debió presentar a nuestros antepasados hace
aproximadamente dos millones de años, coincidiendo con la aparición de las
primeras especies del género Homo. Durante esa etapa el clima en la región oriental
de África se hizo más seco, lo que convirtió grandes extensiones de sabana arbolada
en sabana abierta. La desaparición del bosque debió suponer un cambio radical. Cabe
pensar que la adaptación se produjo fundamentalmente en dos direcciones: hacia un
completo bipedalismo y hacia un aumento del tamaño del cerebro. En ausencia de
árboles, las ventajas del bipedalismo son evidentes. Esta forma de desplazamiento
permite cubrir distancias mucho más largas en campo abierto. Además, la posición
erguida permite “ver más lejos” en un terreno despejado y estar sometido a una
menor insolación. Finalmente, libera las manos para otros usos: significativamente,

138 Deacon, T. The symbolic species: The co-evolution of language and the brain.
Penguin. 1997.

250
MÁQUINAS PARLANTES

para utilizar palos y piedras como armas. No obstante, el cambio esencial hacia la
posición erguida ya se había producido en los australopitecinos.
El cambio más importante radica probablemente en el aumento del tamaño del
cerebro. Las ventajas potenciales que se derivarían de una mayor capacidad mental
son, en principio, numerosas. Por ejemplo, podría haber permitido a los primeros
humanos recorrer un terreno más amplio, ya que se necesita memoria y sentido de la
orientación para encontrar la comida y poder “regresar”. Sin duda, una mayor
capacidad mental es necesaria para el uso y fabricación de herramientas. Las primeras
herramientas de piedra que han llegado hasta nosotros fueran fabricadas por el Homo
habilis. Hay una gran diferencia entre emplear un palo como bastón, como a veces
hacen los chimpancés, y fabricar expresamente un instrumento cortante golpeando
dos piedras. La segunda acción exige planificación, capacidad de abstracción y
enorme destreza manual.
Por otra parte, un cerebro grande también tiene inconvenientes. En primer lugar,
gasta mucha energía. Aunque sólo representa el 2% del peso del cuerpo, el cerebro
gasta el 20% de la energía en reposo. En definitiva, un buen cerebro es útil pero sale
caro. Es razonable que la selección natural no favoreciera el aumento del cerebro
entre los chimpancés o los australopitecinos, debido a los costes que ello apareja. Sin
embargo, es posible que en las nuevas y duras condiciones a las que se enfrentaban
los primeros hombres, las ventajas derivadas de tener un cerebro mayor sí fueran los
bastante grandes como para compensar los inconvenientes.
Curiosamente, los dos factores fundamentales de hominización, la posición
erguida y el tamaño del cerebro, debieron entrar en conflicto en un momento dado,
generando a su vez otros cambios importantes. Recordemos que el bipedalismo
requiere una cierta reorganización del cuerpo para funcionar. Notablemente, el paso
a la posición erguida requiere cambios en la forma de la pelvis, lo que se traduce en
una menor anchura del canal pélvico; una pelvis más estrecha significa un parto más
difícil. Esto no debía ser un problema grave entre los australopitecinos, ya que el
tamaño del cerebro de las crías era también pequeño. Pero cuando el cerebro empezó
a aumentar, debido a la mayor demanda de “poder mental”, el problema debió
agudizarse. En sentido figurado, podríamos decir que la selección natural se encontró
con un problema. Por un lado, resultaba favorable tener un cerebro grande y por otro,
resultaba imposible parir a las crías con semejante cabezón. También en sentido
figurado, podríamos decir que la selección natural lo resolvió de la siguiente forma.
Las crías de los primeros humanos nacían con una cabeza tan grande como era
posible, dentro de los límites marcados por la abertura de la pelvis. Y el resto del
desarrollo del cerebro tenía lugar después del parto. Esto explica dos características
peculiares de los humanos actuales: que el parto sea difícil (comparado con otros
mamíferos) y que los bebés humanos sean mucho más desvalidos que los de especies

251
Pablo Rodríguez Palenzuela

relacionadas. Para que un bebé humano fuera equivalente en sus “capacidades” al


nacer a uno de chimpancé, tendría que pasar 17 meses en el útero, y habría que
practicarle obligatoriamente la cesárea (una opción que no estaba disponible
entonces). En definitiva, el conflicto entre el problema del parto y la necesidad de un
gran cerebro debió aumentar espectacularmente las necesidades de cuidados
parentales, con objeto de que estas (inusitadamente) torpes criaturas tuvieran alguna
opción de crecer y reproducirse. Y esto trajo consigo otros cambios.
La prolongada lactancia y la dificultad de criar a la prole explica otra de las
características más peculiares de la especie humana, ya comentada, y que no se da
entre las especies más próximas a la nuestra: la necesidad de que los machos
contribuyan a esta crianza, aportando recursos y protección. De aquí debió surgir la
constitución de la “pareja” como elemento característico de nuestra especie.
Recordemos que los machos de chimpancé no contribuyen en nada al cuidado de su
prole, en buena parte porque los machos individuales no pueden estar seguros si una
cría dada es suya o no (sigo hablando en sentido figurado; esto no quiere decir
literalmente que un chimpancé macho tenga que tener el concepto de paternidad). Al
mismo tiempo, la disminución de la poligamia debió contribuir a equilibrar el tamaño
corporal de ambos sexos. Por una parte, a los machos ya no les resultaba tan
ventajoso monopolizar a muchas hembras porque no podían generar los suficientes
recursos alimenticios para mantenerlas a ellas y sus hijos. Por otra parte, para las
hembras debía ser ventajoso un tamaño corporal grande para facilitar el parto.
Para Terrace Deacon no es una casualidad que el aumento del cerebro, la
desaparición del dimorfismo sexual, la fabricación de las primeras herramientas de
piedra y el aumento de la importancia de la caza se produjera básicamente al mismo
tiempo. En resumen: las ventajas de una mayor capacidad mental y del completo
bipedalismo llevaron al problema cabeza-pelvis y, a su vez, la resolución de este
problema hizo que los bebés humanos requirieran grandes cuidados y recursos para
sobrevivir los primeros años. La solución a este segundo problema era la cooperación
de los miembros de la pareja para sacar adelante a las crías. Pero para que dicha
cooperación fuera ventajosa y pudiera ser objeto de selección tienen que darse ciertas
condiciones. Para el hombre lo más importante era tener una razonable certeza sobre
la paternidad de los hijos en los que va a invertir tiempo y esfuerzo. La mujer no
tenía, obviamente ese problema, pero en cambio necesitaba una garantía de que los
recursos en forma de alimento y protección se materializasen durante el largo periodo
en el que los niños representan una carga importante. De nuevo, esto no quiere decir
literalmente que los implicados llegaran a “pensar en estos términos”, lo que quiere
decir es que los hombres que descuidaban a su progenie y las mujeres que no
recibiesen los recursos necesarios, se encontraban en desventaja reproductiva, por lo

252
MÁQUINAS PARLANTES

que se acabaron seleccionando aquellas características psicológicas que propiciaran


que esto no ocurriera. Con estos datos en mente, la solución más sencilla para el
Homo habilis hubiera sido la formación de parejas aisladas que defendieran un
territorio, tal como hacen muchas especies de aves. Sin embargo, es difícil pensar que
esto pudiera funcionar en las condiciones a las que se enfrentaban, las cuales
seguramente requerían que se mantuviese la cohesión del grupo. Cómo si no iban los
indefensos humanos a hacer frente a depredadores como el león y abatir presas como
el ñu. Así pues, los primeros humanos necesitaban una especie de “compromiso”
económico y sexual entre los miembros de la pareja, que fuera compatible con la
cohesión general del grupo. Y la solución a este complicado cúmulo de problemas,
según Terrence Deacon, fue el desarrollo de un sistema de referencia simbólica
basado en el ritual.
Naturalmente, a lo que se está refiriendo este investigador es al esqueleto de lo
que se conoce universalmente como la institución del matrimonio. Una institución
que existe en todas las sociedades conocidas, aunque las formas y términos concretos
varíen notablemente. En esto Deacon se acerca a las posiciones de los antropólogos
tradicionales, como Levi-Strauss, los cuales reconocieron el carácter central de los
vínculos matrimoniales en muchas sociedades. Después de todo, el matrimonio
contiene una promesa de comportamiento futuro, en cuanto a la provisión de recursos
y al acceso sexual, y determina qué acciones serán consideradas “inaceptables” y
darán lugar al rechazo o castigo. Este compromiso, que atañe no sólo a los miembros
de la pareja sino a todo el grupo, es muy difícil de realizar si no es mediante un
sistema de referencia simbólica. Al unir un determinado acto físico con un
compromiso de comportamiento futuro, los primero humanos estarían dando el
primer salto entre lo “concreto” y lo “abstracto” que caracteriza a este sistema de
referencia.
Según Deacon, el ritual del matrimonio permitió “marcar relaciones sexuales
exclusivas, de forma que todo el grupo pudiera reconocerlas”. Por tanto, la idea de
“pareja” implicaría un conjunto de promesas sobre comportamientos futuros dentro
de un contexto; en definitiva una especie de “contrato social”, cuya representación se
lograba mediante un “símbolo” y que representaba una solución a un problema
reproductivo en unas condiciones ecológicas nuevas y difíciles.
Es evidente que cualquier ritual contiene la esencia de la representación
simbólica. Por ejemplo, cuando los jefes de dos tribus de nativos americanos se
fumaban la “pipa de la paz” estaban realizando una promesa de no agresión. La
relación entre el signo (fumar) y el referente (la conducta futura) es puramente
arbitraria y no puede deducirse a partir de una “similitud” o de una “correlación”
previa entre ambas. La falta de similitud es evidente. ¿Qué tiene que ver el hecho de

253
Pablo Rodríguez Palenzuela

fumar ahora con la no-agresión en el futuro? Tampoco estas acciones están unidas
por una coincidencia espacio-temporal. Dos tribus pueden fumar la pipa de la paz por
vez primera, ya que el significado de está acción se basa en un acuerdo a priori sobre
la relación entre ambos hechos.
La idea es, sin duda, interesante, sobre todo porque no nos sobran las hipótesis
alternativas. Sin embargo, hay que reconocer que deja muchas cosas en el aire. Entre
el desarrollo de una especie de “ritual” de matrimonio y el lenguaje que empleamos
para comunicarnos parece existir un verdadero abismo. No cabe duda de que en
algún momento de nuestra evolución nuestros antecesores captaron el truco
simbólico, y esto desencadenó una avalancha de cambios y consecuencias. Lo que no
podemos saber es si esto se produjo a consecuencia del conflicto mencionado o por
otras razones. De momento no es más que una hipótesis, a la que podríamos llamar
humorísticamente “hipótesis del sí quiero”.
Laureano Castro y Miguel Angel Toro 139, del Instituto Nacional de
Investigaciones Agrarias y Alimentarias de Madrid, han desarrollado una teoría
relacionada, a la que podríamos llamar la “hipótesis del no”. Según estos
investigadores, la capacidad de imitación es una condición necesaria, pero no
suficiente, para que pueda producirse la transmisión cultural. Una característica que
habría facilitado extraordinariamente este proceso es la capacidad de los padres de
condicionar la conducta de sus hijos expresando su aprobación o desaprobación. El
invento de la negación habría permitido a los padres ancestrales modificar la
conducta de sus hijos, lo cual abriría la puerta para la transmisión de conocimientos
por vía cultural. No puede dudarse que un mecanismo así haría mucho menos costoso
el proceso educativo. Curiosamente, los chimpancés no parecen haber desarrollado
esta capacidad, aunque son buenos imitadores (si bien mucho peores que los
humanos). Así pues, la primera palabra que nuestros antecesores pronunciaron debió
ser “no” (aunque la teoría sería igualmente aplicable a un gesto de negación) e iba
dirigida a sus retoños.
A pesar de lo sugestivo de estas teorías, no podemos saber cuál es el origen del
sistema de representación simbólico que caracteriza el lenguaje de los humanos. No
obstante, es fácil imaginar que una vez éste se hubiera desarrollado habría ejercido
profundos cambios en la vida social y en las posibilidades de supervivencia de los
primeros humanos. A partir de ahí, el lenguaje y la transmisión cultural habrían ido
“de la mano” de los cambios genéticos que condicionaban un uso más eficaz del
propio lenguaje y la cultura. Esto es, el lenguaje y el cerebro (y otras partes de la

139 Castro. L., y Toro, M. A. “The evolution of culture: from primate social learning
to human culture”. Proc. Acad. Sci. USA 101: 10235-10240. 2004.

254
MÁQUINAS PARLANTES

anatomía) habrían entrado en un proceso de coevolución, que nos ha llevado a


convertirnos en los que somos.
Esto nos lleva a pensar en una dinámica evolutiva entre procesos sociales y
biológicos, que constituye el verdadero núcleo del enfoque evolucionista, y que
sustituye a la idea simplista, trasnochada y definitivamente errónea de naturaleza
versus crianza. Una vez que se hubiera producido el primer rudimento de habilidad
simbólica, la selección habría podido actuar sobre aquellos individuos con mayores
capacidades en este sentido. Aunque el primer lenguaje fuera muy simple y,
posiblemente se pareciera muy poco a lo que conocemos ahora, es fácil pensar que
los que poseyeran esta habilidad tendrían ventajas reproductivas dentro del grupo.
Los individuos con mayor capacidad lingüística estarían en una posición mucho
mejor para establecer alianzas, para transmitir información útil, para organizar
estrategias colectivas de caza, etc. Aunque se tratase de un lenguaje muy simple,
aquellos que fueran incapaces de captar el truco simbólico estarían en franca
desventaja con respecto a los individuos más articulados.
Una vez que los humanos entraron en este callejón evolutivo, no era fácil dar
marcha atrás. La selección de la habilidad simbólica debió ser el motor de la
expansión del cerebro, en particular de la corteza prefrontal que parece ser el asiento
de las capacidades mentales “superiores”. De aquí se derivarían otras capacidades
mentales que contribuirían a reforzar el proceso, tales como la propensión al
mimetismo vocal, el análisis automatizado de fonemas, el control de los músculos
implicados en el habla y, finalmente, el cambio en la posición de la laringe, que
permite a los humanos emitir una gran variedad de sonidos. Los estudios de los
fósiles demuestran que este “descenso” en la posición de la laringe se había
producido ya hace unos 300.000 años. La razón más simple y convincente para
explicar este cambio es, obviamente, el desarrollo del lenguaje.
Aunque suele pasarse por alto este aspecto, la idea de coevolución entre lenguaje
y cerebro implica que los cambios se produjeran en los dos sentidos. Por una parte se
estarían “seleccionando” aquellos cerebros con más capacidad lingüística (hablando
con propiedad, se seleccionarían genes que condicionasen esto último). Por otra
parte, se habrían seleccionado aquellos lenguajes que pudieran ser aprendidos por
los nuevos cerebros de cada generación. En definitiva, las características sintácticas
de los lenguajes tuvieron que adaptarse a las mentes de los nuevos hablantes, porque
de lo contrario éstos no habrían aprendido a hablar y no hubieran transmitido este
rasgo cultural, que es el lenguaje, a las generaciones posteriores. Según este punto de
vista, la sintaxis de los lenguajes actuales habría sido el resultado de una especie de
criba realizada por los cerebros de los nuevos hablantes de cada generación. Aunque
esta proposición está enunciada de una forma un tanto vaga, nos proporciona un

255
Pablo Rodríguez Palenzuela

principio de explicación para uno de los aspectos más controvertidos de la hipótesis


de Chomsky. Las reglas gramaticales no tendrían por qué ser innatas y, por tanto, no
hay que buscarlas en determinadas “estructuras neuronales”, sino que éstas serían una
especie de invento, un artefacto cultural con la importante propiedad de no resultar
contra-intuitivo para los cerebros humanos. Hay que señalar que esta alternativa a la
idea de Chomsky, tan sólo representa una variante sutil de la misma, ya que sigue
suponiendo que el cerebro dispone de circuitos innatos que permiten a los humanos
aprender con facilidad el lenguaje, cosa que les resulta extremadamente difícil, si no
imposible, a nuestros parientes los chimpancés.

256
CAPÍTULO 9

NATURALEZA HUMANA

BIOFOBIA

R etrocedamos en el tiempo hasta los años 50 del siglo XIX. Por supuesto, el
mundo era muy diferente en aquella época. No había coches, ni teléfono (se
inventaría durante esa década), aunque los trenes ya eran el principal medio
de transporte y el telégrafo estaba bastante extendido. Los avances en física y
química resultaron espectaculares durante esos años. Por ejemplo, se sentaron las
bases de la electricidad y el magnetismo. En cambio, nuestros conocimientos de los
seres vivos eran muy limitados comparados con los actuales. Darwin no había sacado
a la luz su famosa teoría (aunque llevaba años rumiándola) y Mendel no había
realizado sus experimentos (que de todas maneras, serían ignorados durante varias
décadas). En términos más prácticos, no se sabía aún que las enfermedades
infecciosas eran provocadas por microorganismos (los antibióticos tardarían casi 100
años más en aparecer) y el interminable debate sobre la generación espontánea no
estaba totalmente cerrado.
Remontémonos ahora a los años 50 del siglo XX. La física y la química habían
avanzado espectacularmente, pero no tanto la biología. Ya había física cuántica,
teoría de la relatividad, energía atómica y una tabla periódica que se parece mucho a
la actual. En cambio, la estructura del ADN no se descubrió hasta esa década, y hasta
los años 60 no tuvimos una idea clara de la forma en que se fabrican las proteínas
celulares, ni sabíamos casi nada sobre la base molecular de la vida. A partir de ahí se
produjo la “Gran Explosión” y desde entonces la biología no ha dejado de estar en el
“candelero” de la ciencia. No es muy arriesgado afirmar que los descubrimientos
importantes en biología son sumamente recientes, comparados con los de otras
ciencias de la naturaleza.
La incorporación de la biología a la cultura occidental se enfrenta con la
existencia de una corriente de pensamiento hostil, a la que podríamos denominar
biofobia. Por dar una definición, ésta sería “la creencia de que el estudio biológico de
la naturaleza humana constituye un ataque contra valores fundamentales de igualdad
política, progreso social, responsabilidad personal y que, de forma vaga, vacía a la
vida de propósito y contenido”. La biofobia se manifiesta de muchas maneras, y se

257
Pablo Rodríguez Palenzuela

encuentra bien asentada en nuestro sistema de valores, aunque no suela declararse de


forma explícita. Esta actitud representa el corazón del problema para algunas de las
cuestiones mencionadas, tales como la resistencia a consumir alimentos procedentes
de plantas modificadas genéticamente o a la no-aceptación de nuestro pasado
evolutivo. El problema tiene, pues, múltiples ramificaciones y afecta tanto a
cuestiones de orden práctico, como a consideraciones más teóricas. Por ejemplo, la
resolución de este conflicto afectará mucho a la forma en que se desarrollarán
algunas disciplinas científicas en el futuro, notablemente la psicología.
¿Cuáles son las raíces históricas de la biofobia? Seguramente se remontan a la
tradición intelectual judeocristiana, que siempre ha insistido en una nítida separación
entre los humanos y las demás especies. No obstante, algunos autores, como el
psicolingüista Steven Pinker y el neurobiólogo Antonio Damasio, señalan a
Descartes como uno de los primeros responsables de esta forma de pensar, aunque
posiblemente la idea se remonte a Platón. El “error de Descartes” (parafraseando el
famoso libro de Damasio 140) consistió en establecer una dicotomía absoluta entre
cuerpo y mente, doctrina conocida como “dualismo”. El primero sería explicable por
la ciencia mientras que la segunda sería consecuencia del mundo espiritual y quedaría
fuera de su alcance. Incluso llegó a sugerir que mente y cuerpo interaccionaban en la
glándula pineal. Naturalmente, esta es una idea descabellada de la que se han
carcajeado generaciones de estudiantes. Pero tratemos de entender a Descartes,
considerado el fundador de la filosofía moderna y autor de una contribución
importantísima a la física y a las matemáticas. En el siglo XVII la revolución
científica estaba dando sus primeros pasos. Más o menos al mismo tiempo, Galileo
estaba sentando las bases del método experimental. Una de las principales
preocupaciones del propio Descartes era aplicar las matemáticas para explicar los
fenómenos físicos de la naturaleza, pero los seres vivos resultaban demasiado
complicados para los conocimientos de la época. Obviamente, no había oído hablar
de proteínas, ni de genes, ni de células. No es extraño que algo tan notable como la
conciencia humana le pareciera imposible de explicar en términos físicos. Él era, sin
duda un gigante intelectual, pero nosotros (enanos a hombros de otros enanos)
podemos ver más lejos.
Probablemente hubo razones adicionales de orden práctico que le llevaron a
plantear la dicotomía mente-cuerpo. Mientras Descartes se encontraba escribiendo
uno de sus tratados sobre física, Le Monde, ou Traité de la Lumière, le llegaron
noticias de que Galileo había sido arrestado por la Inquisición por atreverse a afirmar
que la Tierra gira alrededor del Sol. Probablemente por ello dispuso que la

140 Damasio, A. Descartes’ Error: Emotion, Reason, and the Human Brain. Avon
Books. 1994.

258
NATURALEZA HUMANA

publicación de esa obra se realizase después de su muerte. En cierto modo, la


dicotomía de Descartes representaba un pacto tácito: los científicos no tratarían de
explicar cuestiones del espíritu y a cambio, la Iglesia no insistiría demasiado en la
interpretación literal de las Escrituras. Este pacto funcionó bastante bien (hasta hace
poco), aunque ha ocasionado una considerable confusión intelectual. Lo cierto es que
la (artificiosa) dualidad mente/cuerpo no está justificada desde el punto de vista
fisiológico. Equivale, en el fondo, a afirmar que la razón y la consciencia no son
explicables por la biología, por lo que tendríamos que recurrir al concepto de “alma”.
Para empezar, no existe tal cosa como un cerebro sin cuerpo. Una de las funciones
básicas de éste consiste en crear una imagen del estado del propio cuerpo, que es
actualizada de forma continua. Por ejemplo, nuestro sistema propioceptivo nos
informa en todo momento de la posición que mantiene cada parte. Es difícil hacerse
una idea de lo que significa no disponer de esta capacidad. Para los (raros) pacientes
que sufren esta dolencia resulta muy complicado realizar cualquier movimiento, ya
que su cerebro no sabe cuál es la posición de sus brazos y sus piernas; por ello tienen
que basarse en pautas visuales para realizarlo. El resultado es un andar torpe y una
postura envarada, muy diferente de la aparente facilidad con que nos movemos
normalmente. Por otro lado, nuestro sistema noniceptivo nos informa del dolor
causado por cualquier agente en el interior o en la superficie de la piel. Aunque a
veces pensemos que el dolor es una especie de maldición, la verdad es que es justo al
revés. Las personas que no pueden sentir ningún dolor también tienen grandes
problemas. Pueden chamuscarse una mano en la sartén sin darse cuenta, o sus piernas
se quedan sin riego sanguíneo mientras duermen, al estar muchas horas en la misma
posición. Más aún, nuestros “sensores” nos proporcionan información precisa y
detallada sobre la temperatura, el estado de los órganos internos, el cansancio de
nuestros músculos y otras situaciones fisiológicas de las que no somos directamente
conscientes.
La interacción entre cerebro y cuerpo es recíproca y constante. El cerebro secreta
hormonas en determinadas condiciones, las cuales llegan al torrente sanguíneo y
actúan sobre diversos sistemas corporales. A su vez, las hormonas pueden afectar a
los estados mentales. Cuando el cerebro detecta un “peligro” secreta una sustancia
que induce a las glándulas suprarrenales a producir adrenalina. A su vez, esta
hormona desencadena una cascada de efectos congruentes con acciones de lucha o
huida: rompe el glucógeno en glucosa, eleva la concentración de calcio en el músculo
y aumenta el ritmo cardiaco. Todo ello facilita la realización inmediata de un
ejercicio físico violento. Incluso acciones tan “corporales” como la digestión de
alimentos requieren el empleo de determinadas hormonas, a su vez controladas por el
cerebro. En definitiva, cerebro y cuerpo interaccionan con el ambiente circundante

259
Pablo Rodríguez Palenzuela

como un “todo”, y las acciones que llamamos “mentales” requieren el concurso de


las dos partes. Si pudiéramos resucitar a Descartes y ponerle al día sobre todo esto,
seguramente su filosofía dualista hubiera tomado otros derroteros.
Nuestra siguiente parada en esta excursión por los orígenes de la biofobia es el
filósofo inglés John Locke. Éste es considerado como uno de los padres del
empirismo británico y sus ideas han ejercido una gran influencia sobre la
organización del estado moderno. Locke, al contrario que Descartes, negaba que la
mente posea ideas innatas. Según él, la mente del hombre al nacer es una tabula rasa,
y sólo a través de la experiencia es posible “escribir” cosas en ella (posiblemente
podemos encontrar también precedentes a esta idea). No es mi propósito profundizar
en esta discusión filosófica; tan sólo hacer notar que ni Locke, ni Descartes estaban
en posición de decir cosas demasiado sensatas sobre cómo funciona la mente, sobre
si las ideas son innatas o cuáles son innatas y cuáles no. Sencillamente porque la
información relevante no podía encontrarse en la mente de estos grandes filósofos,
sino que requería el trabajo de varias generaciones de investigadores experimentales
y todavía hay muchas cosas por dilucidar.
Sin embargo, podemos entender que el punto de vista de Locke está de acuerdo
con la intuición. Es cierto que el ser humano necesita adquirir un extraordinario
“bagaje cultural”, simplemente para funcionar como un ser humano normal. Los
psicólogos evolucionistas del siglo XXI argumentan que la tabula no es
completamente “rasa”, pero reconocen que sí lo es en gran parte. También admiten
que separar las “partes” innatas de las aprendidas no es tarea fácil y, por lo tanto,
debemos mantener una mentalidad bastante abierta sobre todas estas cuestiones. En
todo caso, Locke no podía echar mano de la etología, de la genética, de la
neurobiología, ni de las ciencias cognoscitivas actuales. Repitiendo el argumento
empleado acerca de la obra de Descartes, no es mi intención atacar al padre del
empirismo inglés ni a la filosofía en general, sino resaltar el hecho de que la idea de
la mente como una tabula rasa no puede mantenerse a espaldas de los avances
realizados en biología.
Siguiente parada: Jean Jaques Rousseau, uno de los grandes filósofos del Siglo de
las Luces. Rousseau nació en Ginebra (Suiza) en 1712 y pasó la mayor parte de su
vida deambulando de un lugar a otro. Siempre tuvo una curiosa tendencia a verse
envuelto en relaciones ambigüas con damas de la nobleza, que le protegieron y
encumbraron. Ello no le impidió ser uno de los primeros pensadores occidentales en
criticar la propiedad privada, ni de participar en la maquinaria teórica de la
revolución francesa, junto con su amigo d’Alembert. De nuevo, hay que reconocer
que sus ideas han tenido una enorme influencia, que podríamos considerar en general
positiva, sobre muchos aspectos de la cultura actual. Sin ir más lejos, los trabajos de

260
NATURALEZA HUMANA

Rousseau y otros contemporáneos suyos sentaron las bases de la democracia


moderna. Pero, al mismo tiempo, Rousseau se embarcó en un proyecto de
antropología-ficción totalmente especulativo, y que también ha tenido una gran
influencia sobre los filósofos y científicos sociales posteriores. En sus trabajos
iniciales, sostenía que “en el principio” los humanos llevaban una existencia feliz y
solitaria, y que en su estado natural “el hombre es bueno y la sociedad lo hace malo”.
Rousseau mantuvo una visión muy pesimista sobre la sociedad y las experiencias
educativas, a las que culpaba de corromper la naturaleza de las personas y
convertirlos en seres desgraciados y mezquinos. Bien es verdad que está visión
cambió gradualmente en sus obras posteriores, particularmente en El contrato social.
De todas formas, el “mito del buen salvaje” ha perdurado y sigue pesando sobre la
antropología actual. En cierto modo, se opone a la idea de Locke de la tabula rasa,
ya que afirma implícitamente que existe una “naturaleza humana” y que esta es
fundamentalmente buena. Por tanto, el objetivo de la educación debería ser impedir
que la sociedad “corrompa” esta mentalidad natural del ser humano.
No obstante, hay que reconocer que el mito del Buen Salvaje ha servido para
paliar la valoración “eurocentrista” y absolutamente negativa que se hacía entonces
de las sociedades consideradas como primitivas. En el siglo XVIII, la noción de que
los “salvajes” eran “poco más que animales” era, más o menos, artículo de fe.
Rousseau contribuyó a restablecer el valor de otras formas de vida diferentes a las de
Europa Occidental y a deslegitimizar los excesos de colonialismo. Pero como teoría
antropológica tiene grandes lagunas. Lo cierto es que no se basaba en ningún estudio
serio sobre otras culturas consideradas más “naturales”, ya que tales estudios no
existían en aquella fecha. La idea de que “originalmente” los humanos eran seres
solitarios nos parece ahora completamente descabellada. En la actualidad tenemos
muy buenas razones para suponer que el carácter de “animales sociales” es muy
anterior a nuestra aparición como especie. Además, los datos arqueológicos y
antropológicos han puesto en entredicho el mito del Buen Salvaje. Existen numerosos
ejemplos de pinturas prehistóricas del periodo Mesolítico que muestran a guerreros
marchando o combatiendo con arcos y flechas, muchas de las cuales decoran las
cuevas y abrigos del Levante español. Ya se han mencionado los estudios del
antropólogo Lawrence Keeley sobre la violencia en distintas culturas y la inevitable
conclusión de que ésta es un ingrediente cotidiano en la mayoría de los cazadores-
recolectores, con una frecuencia en general mayor que en los países occidentales.
La idea de la tabula rasa y el mito del Buen Salvaje se reforzaron mutuamente en
el trabajo de Franz Boas y sus discípulos. Éste es considerado, con justicia, el padre
de la antropología moderna y, al mismo tiempo, su trabajo constituye uno de los
pilares del del “relativismo cultural”. Boas nació y se formó en Alemania. En 1899

261
Pablo Rodríguez Palenzuela

emigró a Estados Unidos, y trabajó como profesor en la Universidad de Columbia


(Nueva York), donde creó una notable escuela de antropólogos. Sus trabajos más
conocidos versan sobre los ya mencionados kwakiult, que habitaban en la costa Oeste
de Canadá. Probablemente fue mientras estudiaba a este pueblo cuando desarrolló la
idea de “relativismo cultural”, que establece que las diferencias que encontramos
entre personas de distintos lugares son el resultado de unas condiciones geográficas,
sociales e históricas particulares. Este punto de vista se opone al del británico Edward
Tylor en un aspecto clave. Para Tylor, la “cultura” es el resultado de una evolución,
desde formas más primitivas a otras más civilizadas. Por ello, las distintas “culturas”
pueden clasificarse de forma jerárquica. El punto más alto de esta evolución (ya lo
habrán adivinado) lo ocupaba la sociedad victoriana inglesa.
Para Boas, la “cultura” es el resultado de la adaptación a unas condiciones dadas,
así que no tiene sentido hablar de culturas superiores o inferiores. Por ejemplo, los
Inuit (también llamados “esquimales” aunque este es un término que ellos consideran
peyorativo) se encontraban bien adaptados a un medio francamente hostil, en el que
sobrevivían sin demasiados problemas y sin degradar su propio hábitat. Por tanto, no
tenía sentido decir que esta cultura fuese inferior a la europea, sencillamente era
distinta. El relativismo cultural de Boas surge como reacción al “eurocentrismo” de
la época. Hasta aquí, todos de acuerdo. No puede negarse que se trata de un punto de
vista mucho más objetivo para iniciar el estudio de diferentes sociedades y que se
abstiene explícitamente de hacer un juicio de valor previo sobre las mismas.
Sin embargo, el relativismo cultural puede llevarse demasiado lejos. En su
interpretación más radical, esta corriente afirma que no es posible “comprender” la
conducta de las personas que habitan en diferente “esfera cultural”. Por ejemplo, los
sacrificios humanos de los aztecas no pueden ser “entendidos”, ni mucho menos
“censurados”, por investigadores europeos. Por razones similares, la costumbre de
lapidar a las mujeres adúlteras o practicar la ablación del clítoris, tendrían que ser
aceptadas como “particularidades culturales”. Llevado al extremo, el relativismo
cultural niega incluso la posibilidad de estudiar a otras culturas. Irónicamente, esto
llevaría a la antropología a un callejón sin salida filosófico: si la premisa fuera cierta,
la mera idea de la antropología carecería de sentido.
En los últimos años ha surgido una “contra-corriente” que trata de corregir este
exceso, y uno de sus exponentes es el trabajo pionero de Donald Brown, profesor de
la Universidad de California en Santa Bárbara. El punto de partida de este
investigador fue que la inmensa mayoría de los estudios antropológicos anteriores
hacían énfasis en las diferencias entre culturas. En cambio, no se había dedicado
prácticamente ninguna atención a estudiar qué aspectos de la conducta humana son
comunes a todas las sociedades. Así pues, Brown tomó una dirección opuesta a la de

262
NATURALEZA HUMANA

la mayoría de sus colegas e inició un amplio estudio para identificar aquellas


características que estuvieran presentes en todas las culturas estudiadas. El resultado
ha sido su famosa lista de “Universales Culturales”, que constituye uno de los pilares
de la psicología evolucionista.
Veamos algunos ejemplos. Todas las sociedades tienen lenguajes donde los
sonidos (fonemas) se combinan para formar unidades de significado (morfemas), las
cuales se organizan mediante ciertas reglas (sintaxis) para formar oraciones
comprensibles. Todos los humanos manifiestan sus emociones empleando una
mímica facial esencialmente universal. Todos los humanos tienen conceptos de
“tiempo”, son capaces de pensar de forma lógica y en términos de “causalidad”.
Todos los humanos establecen categorías en función del estatus y del papel que
desempeñan ciertos individuos en la sociedad. En todas las culturas existe la idea de
“parentesco” y de “matrimonio”. Todas las sociedades manifiestan un interés por el
sexo y el “cotilleo”. Todos los humanos son conscientes de la posibilidad de que
exista mentira y engaño y han desarrollado mecanismos para defenderse de estas
acciones. Y muchas cosas más.
La existencia de estos Universales Culturales nos indica que existe una naturaleza
humana común a todos los individuos de la especie y que las diferencias culturales
surgen sobre la base de dicha naturaleza. Según Brown, al hacer tan extraordinario
énfasis en las diferencias, los antropólogos han formado una imagen sesgada de su
propio campo de investigación. Esto habría sido una consecuencia de la vieja premisa
de la tabula rasa.
Sin embargo, no estaríamos siendo justos con Franz Boas si dejamos de
considerar el tipo de debate en el que se veía envuelto a comienzos del siglo XX. El
relativismo de Boas, aunque hoy pueda parecer excesivo, surge como reacción frente
a una doctrina aún más excesiva y pseudocientífica: el movimiento “eugenésico”. Es
preciso recordar que en aquella época, los conceptos de “raza” y “cultura” se
confundían alegremente. Si los partidarios de esta doctrina encontraban alguna
diferencia “medible” entre grupos étnicos (digamos, diferencias entre las
proporciones craneales), no dudaban en atribuir “cualquier” diferencia de
comportamiento a estas “supuestas” particularidades biológicas. La importantísima
labor de Boas fue mostrar que las diferencias culturales y las diferencias genéticas
son cosas completamente distintas. El asunto es más peliagudo si tenemos en cuenta
que estos postulados “racistas” se emplearon para justificar determinadas acciones
políticas; particularmente, para impedir la entrada (en Estados Unidos) a inmigrantes
considerados de “raza inferior”, o sea, aquellos que no eran protestantes, ni
anglosajones, y su piel era algo más oscura de lo “deseable”. En la polémica con los

263
Pablo Rodríguez Palenzuela

“eugénesicos”, Boas tenía razón en su mayor parte, tanto en el aspecto moral como
científico.
Sin embargo, el debate que se está produciendo en la actualidad entre el modelo
“evolucionista” y el modelo “social estándar” es muy diferente al que tuvo lugar en
los primeros años del siglo XX. Como ya se ha mencionado en más de una ocasión,
los datos genéticos apuntan a que los humanos somos una especie muy homogénea.
Los expertos lo denominan una especie “pequeña” en el sentido de tener poca
variabilidad. Ello implica que el concepto de raza no sea aplicable a nosotros en
sentido estricto. Podría decirse que los psicólogos evolucionistas pretenden evitar los
“excesos” del relativismo social, pero no están propugnando en modo alguno una
vuelta a las viejas teorías “eugenésicas”, a pesar de que esta es una acusación que
suelen hacer sus detractores.
La historia de Boas tiene un colofón, en cierto modo cómico, en el “patinazo” de
Margaret Mead, una de sus más distinguidas discípulas y uno de los principales
baluartes del “ambientalismo” antropológico. Buena parte de la fama de esta
antropóloga se debió al libro Adolescencia, sexo y cultura en Samoa [Coming of Age
in Samoa] 141, escrito en 1928 y que se convirtió más tarde en un auténtico best-seller.
En él describía las costumbres sexuales entre los nativos de esta isla y destacaba la
aparente falta de tabúes y la libertad que tenían las mujeres en esta materia. El libro
parecía validar completamente las ideas “relativistas” y “ambientalistas” de la
escuela de Boas. Seguramente influyó sobre la revolución sexual de los 60. Sin
embargo, había un inconveniente; digamos, un pequeño inconveniente: la mayor
parte lo que decía Mead sobre las costumbres sexuales de las samoanas resultó ser
falso.
El trabajo se basaba en las entrevistas realizadas a dos chicas adolescentes (no
mucho más jóvenes que la propia Mead, que entonces tenía 23 años). Probablemente,
lo que ocurrió es que Fa’apua’a Fa’amu y Fofoa, que así se llamaban, acabaron
escandalizadas y “agobiadas” por la insistencia de la investigadora en asuntos
sexuales, los cuales constituyen un tabú en Samoa, como en otras partes del mundo.
Al parecer, su reacción fue “contarle” un montón de embustes, ya que eso era lo que
quería oir. Seguramente, Mead no pretendía cometer un fraude y fue genuinamente
burlada por las dos jóvenes. No obstante, es evidente que sus conclusiones fueron
muy, muy precipitadas. Sólo pasó unos meses en la isla, no aprendió el idioma local
y, al parecer, no se le ocurrió la conveniencia de cotejar las historias que le contaron.
Sin embargo, este “borrón” no debería impedirnos reconocer que Mead realizó una
contribución importante a la antropología y que muchos de sus trabajos fueron
realizados con rigor.

141 Mead, M. Adolescencia, sexo y cultura en Samoa. Ediciones Paidós. 1995.

264
NATURALEZA HUMANA

Cuando en 1983 (después de la muerte de Mead) el antropólogo australiano Derek


Freeman reveló esta historia en su libro Margaret Mead and Samoa: The Making and
Unmaking of an Anthropological Myth, tuvo que sufrir la “persecución” de muchos
de sus colegas de la Asociación Americana de antropología, los cuales denunciaron
su libro como “anticientífico”, aunque hoy no cabe la menor duda de que la
venerable antropóloga metió la pata hasta el fondo (una de las entrevistadas
“confesó” su engaño). En Samoa todavía se están riendo.

EVOLUCIONISMO Y POLÍTICA

En 1975, la editorial Harvard University Press publicó Sociobiology: The New


Synthesis 142. Su autor era un prestigioso (y arrogante) zoólogo de la Universidad de
Harvard, que no tenía ni idea del avispero en que estaba a punto de meterse. El libro
desencadenó –literalmente–, una guerra. De la noche a la mañana, Wilson se hizo con
multitud de enemigos. Una legión de estudiantes se dedicaba a boicotear sus
conferencias y le perseguían llamándole nazi y cantándole canciones obscenas. En
una ocasión, en medio de una sesión de la Sociedad Americana para el Avance de la
ciencia, un grupo de activistas le asaltó, echándole un jarro de agua helada por la
cabeza. Probablemente, el verdadero jarro de agua fría consistió en que ni siquiera
sus colegas de la universidad salieron a defenderle. Algunos comentaron que
consideraban justificado este hecho. Irónicamente, el propio Wilson se consideraba
un “liberal de izquierdas”. ¿A qué venía tanto escándalo?
A efectos de entender la polémica, el libro de Wilson puede dividirse en tres
partes claramente diferenciadas. La parte central, que ocupa más del 90%, no es en
realidad nada conflictivo. Se trata de un libro de texto que trata conceptos básicos de
la ecología, genética de poblaciones, etología y evolución, los cuales aparecen por
separado en la mayoría de los textos. Podría decirse que la idea es original, y el libro
está claramente escrito y bien documentado, aunque no resulta particularmente
atractivo, a menos que el lector sea un fanático del tema. Podría decirse que es un
buen libro de texto y un mal libro de divulgación. Los problemas vienen de la
Introducción y del último capítulo, dedicado a la conducta humana. La introducción
es sumamente ambiciosa; en ella, Wilson plantea un “Gran Esquema” que
condicionará el desarrollo futuro de las ciencias. El papel central lo ocupa la biología,
y las ciencias sociales son presentadas como meros apéndices. Al fin y al cabo,
razona Wilson, la sociología se ocupa de estudiar la conducta social de una especie

142 Wilson, E. O. Sociobiology: The New Synthesis. Harvard University Press. 1975.
[Edición en castellano, Sociobiología: la Nueva Síntesis. Omega. 1980].

265
Pablo Rodríguez Palenzuela

en particular, el Homo sapiens. Lo lógico, sería crear una nueva disciplina cuyo
objetivo fuera explicar la conducta de todos los animales sociales; por lo que la
sociología tradicional sería tan sólo un caso particular. En esencia, Wilson estaba
afirmando que si se comparaba la conducta social de especies tan diversas como las
hormigas, los mandriles o las grajillas (por citar algunos ejemplos) podrían deducirse
los “patrones básicos” que gobiernan tales conductas y que, necesariamente
constituirían una extensión de la teoría de la evolución de Darwin. El problema es
que, en la introducción, Wilson promete respuestas a las “grandes preguntas de la
Humanidad” y las respuestas que ofrece en el último capítulo resultan a todas luces
insuficientes. En apenas 20 páginas hace un esbozo de la evolución del hombre y de
algunos aspectos de la conducta humana. No es extraño que los científicos sociales
estuvieran indignados; primero los reduce a la condición de comparsas de los
biólogos y, más tarde, la evidencia experimental en la que se sostiene una posición
tan atrevida resuta ser ¡prácticamente cero!
A Wilson se le pueden echar varias cosas en cara. La primera es haber ido mucho
más lejos de los que los datos le permitían en aquel momento: estaba empleando su
prestigio como entomólogo de Harvard para jugar a ser un profeta. Lo segundo que
se le puede achacar es su petulancia y su insensibilidad hacia los científicos sociales.
Por último, su actitud puede calificarse de naïve. Se metió en un terreno
particularmente delicado, en un momento político también particularmente delicado.
La guerra de Vietnam estaba dando sus últimos coletazos y las universidades
constituían un foco de activismo. Al no percibir la atmósfera política de su entorno
inmediato, Wilson demostraba un extraño alejamiento de la realidad. Probablemente
si hubiese pasado más tiempo bebiendo cervezas con sus colegas, y menos
observando a los insectos, hubiera podido prever la “marea negra” que se le iba a
echar encima. Sin embargo, de lo que no puede acusarse a Wilson es, justamente, de
los que le acusaban sus detractores: de apoyar una ideología nazi o
ultraconservadora. En ningún momento intenta deducir consecuencias políticas o
morales de sus conclusiones evolutivas. En lo que se refiere al ser humano, reconoce
de manera explícita que éstas son “absolutamente provisionales”. Ni siquiera eso.
Apenas un apunte para futuros trabajos. A Edward O. Wilson, la ideología
ultraconservadora se la adjudicaron sus detractores, la mayoría de los cuales
(probablemente) no llegaron a leerse las más de 700 páginas de Sociobiología.
Aparentemente, los intelectuales levantaron los brazos y dijeron, “¡Oh no, otra vez el
darwinismo social!”. Y no atendieron a más razones. Wilson perdió por goleada la
batalla mediática y la sociobiología quedó desprestigiada antes de despegar como
disciplina científica.

266
NATURALEZA HUMANA

Sin embargo, dentro de las universidades, o al menos en los departamentos de


biología, muchos científicos se mantuvieron, tácitamente, del lado de Wilson. En
1992 el debate volvió a resurgir con la publicación del libro The Adapted Mind 143,
editado por Jerome Barkow y el equipo formado por John Tooby y Leda Cosmides
de la Universidad de Santa Bárbara en California (marido y mujer, colegas y, sin
embargo, amigos). Estos últimos investigadores pueden considerarse como los
iniciadores de la última oleada en el intento de aplicar la teoría evolutiva a la
conducta humana. Escarmentados por la tormenta política que desató Wilson, Tooby
y Cosmides fueron mucho más cautos. Para empezar, renombraron la disciplina
como “psicología evolucionista”, conscientes de que el nombre “sociobiología” había
quedado “contaminado” con reminiscencias políticas de extrema derecha. En
segundo lugar, pusieron mucho cuidado en no herir susceptibilidades, en mantener
puntos de vista mesurados y, sobre todo, en no sacar consecuencias políticas o
morales de sus teorías. Esto último constituye una especie de “mantra” que los
psicólogos evolucionistas repiten (con buen criterio) una y otra vez. Además, esta
disciplina pone el énfasis en los aspectos más universales de la especie humana y
gusta de repetir (con buen criterio) que el concepto de “raza” en nuestra especie no
está justificado por los datos. De esta forma trataban de distanciarse de la “genética
del comportamiento”, la otra disciplina relacionada que trata de explicar la base
genética de las diferencias que se observan entre los humanos. De hecho, ha habido
una cierta tensión entre ambas “tribus”. Los evolucionistas han considerado que la
insistencia de los genetistas de la conducta en tratar temas “conflictivos”, como el de
la herencia del cociente de inteligencia, podía perjudicar a la imagen pública del
evolucionismo en general.
No obstante, los detractores suelen apresurarse a señalar que la “nueva” ciencia de
la psicología evolucionista (PE) es tan sólo un disfraz para la “vieja” sociobiología.
El comentario quiere decir implícitamente que “todo el mundo sabe que la
sociobiología es puro fascismo, así que no hace falta seguir argumentando”. Pero,
¿hay diferencias reales entre ambas disciplinas? En mi opinión hay algunas
diferencias claras, aunque en conjunto se trata en esencia de la misma cosa. La
primera es el tono ponderado de la psicología evolucionista (hay excepciones) y su
prudencia a la hora de sacar conclusiones, que contrasta con la petulancia de Wilson.
La segunda (si se quiere, circunstancial) es el diferente clima político en que se han
desenvuelto ambas controversias. A Tooby, Cosmides, Pinker y otros notables
evolucionistas no les han echado jarras de agua fría, ni han sido vilipendiados como
Wilson, aunque sí han sido objeto de duras críticas. Pero tal vez la principal

143 J. Barkow, L. Cosmides y J. Tooby (eds.). The Adapted Mind: Evolutionary


Psychology and the Generation of Culture. Oxford University Press. 1992.

267
Pablo Rodríguez Palenzuela

diferencia estriba en que la sociobiología no tenía casi ningún dato en que basar sus
posiciones, mientras que la psicología evolucionista tiene bastantes. Dado que los
avances han sido expuestos, a grandes rasgos, en los capítulos anteriores, es al lector
al que corresponde juzgar si la información acumulada hasta la fecha sirve para
explicar alguna porción de la conducta humana o no.
Seguramente el nudo gordiano de esta controversia radica en establecer (o en no
hacerlo) una clara separación entre hechos y valores. En general, los evolucionistas
insisten en que una cosa no lleva a la otra, que tratar de explicar la conducta humana
en términos evolutivos no entraña un juicio de valor. Que una característica de la
conducta sea producto de la evolución no quiere decir que sea moralmente buena ni
mala. A lo mejor esta característica resultaba adaptativa en las condiciones
ancestrales, pero de aquí no puede derivarse un juicio moral. Con frecuencia, los
detractores de la PE reconocen esto pero no se dan por satisfechos. Insisten en que
“explicar” sienta las bases para “justificar”, de manera que se trata siempre de una
“estrategia” para implementar un determinado programa político. Es posible que los
científicos que formulan las teorías no justifiquen “personalmente” una ideología
ultraconservadora, pero eso no es muy importante, ya que otros lo harán. A partir de
aquí, los argumentos se repiten de forma circular y el avance es imposible. Los
evolucionistas insisten en su derecho a formular hipótesis y a examinar de forma
abierta hasta qué punto la evidencia experimental apoya sus hipótesis. Los
detractores argumentan que si las hipótesis tienen consecuencias negativas para las
personas, no deberían ser contrastadas, ni siquiera formuladas. ¿Quién tiene razón?
Parte del problema radica en el tipo de argumentos que emplea la escuela
filosófica denominada “construccionismo social”, y que tiene una gran influencia en
el pensamiento actual. En su versión más radical, esta corriente niega que la ciencia
se ocupe de la “realidad objetiva” y hace mucho hincapié en las relaciones de poder.
Según esto, la “realidad” se construye “socialmente”; dicho en otras palabras, la
“realidad” no importa, lo que importa es lo que la gente piense, de manera que si
alguien tiene el poder de “persuadir”, automáticamente tiene el poder de cambiar la
realidad.
Se trata sin duda de un punto de vista extremo. Nadie niega que algunas
“realidades” sean “construidas socialmente”. El dinero es uno de los ejemplos más
claros. Tampoco puede negarse que la “percepción social” de las cosas tenga una
influencia. Por ejemplo, una persona puede sentirse joven, pero si tiene arrugas y el
pelo blanco, será “etiquetado” como “anciano” y tratado de acuerdo con esto. Sin
embargo, el afirmar que la ciencia no tiene nada que ver con la realidad objetiva es
un disparate. Si la física no estuviera conectada con la realidad, nadie se subiría a los
aviones.

268
NATURALEZA HUMANA

Así, cuando los psicólogos evolucionistas argumentan que no están tratando de


“colar” un programa político y que se limitan a evaluar la evidencia experimental, los
“cosntruccionistas sociales” no se lo creen, porque no creen que exista tal cosa. En el
fondo, esta escuela de pensamiento lo que hace es asumir que “todo” es “doctrina” y
que “todo el mundo” es “doctrinario”; sólo queda distinguir entre doctrinas “buenas”
y “malas”. El argumento es sospechosamente similar al que utilizan los críticos de la
psicología evolucionista desde el otro lado del espectro político, esto es, los grupos
fundamentalistas cristianos que se oponen al pensamiento evolutivo en general. De
nuevo, la línea de razonamiento es parecida: “no queremos a entrar a discutir las
pruebas sobre la evolución, porque la única fuente de conocimiento que
consideramos válida son las Sagradas Escrituras”. Lo que parecen decir algunos
críticos de izquierdas es: “no queremos a entrar a discutir las pruebas sobre la
naturaleza humana, porque lo que necesitamos saber al respecto ya lo tenemos en
nuestro catecismo secular”. En definitiva, la diferencia fundamental entre los
psicólogos evolucionistas y sus críticos de izquierdas o de derechas, está en si se
considera aceptable o no que determinadas cuestiones sobre la “naturaleza humana”
se sometan al escrutinio de la ciencia y a los rigores de la contrastación empírica. En
realidad, la psicología evolucionista es perfectamente compatible con los objetivos de
la izquierda (o de la derecha), pero no con posturas fundamentalistas (del signo que
sean).

“¡AY, POBRE DARWIN!” CRÍTICAS A LA PE

Probablemente, la crítica más “seria” a la psicología evolucionista realizada hasta


la fecha esté contenida en el libro Alas, Poor Darwin: Arguments against
Evolutionary Psychology 144, editado en 2001 por Hillary Rose y Steven Rose. Este
libro recoge una serie de ensayos de diversos autores, incluyendo algunos biólogos
bien conocidos, como el paleontólogo Stephen Jay Gould o el propio Steven Rose, un
experto en neurobiología. Merece la pena detenerse a comentarlo ya que, al menos,
se trata de una crítica extensa y “articulada” y no se basa solamente en la
descalificación desde premisas ideológicas. Estos autores acusan a los psicólogos
evolucionistas de hacer afirmaciones pseudocientíficas y (una vez más) de apoyar
una ideología ultraderechista y socialmente perniciosa. En particular, les acusan de
“promover una visión simplista del comportamiento humano” y de apoyar el
“determinismo genético”, el “fatalismo” y el “racismo”. En resumen, las acusaciones

144 H. Rose y S. Rose (eds.). Alas, Poor Darwin: Arguments against Evolutionary
Psychology”. Vintage. 2001.

269
Pablo Rodríguez Palenzuela

principales que se hacen se basan en tres “ismos”: determinismo, adaptacionismo y


reduccionismo.
La acusación de determinismo genético está presente a lo largo de todo el libro.
Los PE han repetido hasta la saciedad que ellos no creen que el “destino” de las
personas esté inevitablemente fijado por sus genes. Muchos insisten en que la acción
de los genes tiene lugar inevitablemente en un entorno. Pero de aquí no se deduce que
los genes no tengan ninguna influencia, tanto para explicar las diferencias entre
individuos como aquellas características de toda la especie. La razón por la que los
bebés humanos aprenden a hablar y los chimpancés no, radica en último término en
la diferencia de los genes de unos y otros (diferencia que es pequeña en términos
cuantitativos, pero que tiene efectos muy notables). Los estudios de gemelos y los
estudios de adopción indican claramente que los genes juegan un cierto papel en la
determinación de muchos caracteres importantes, pero éste no es del 100% (más bien
del 50%) y no excluye los importantes efectos ambientales. La cuestión fundamental
es que el grado de determinación genética tiene que estudiarse caso por caso y
atendiendo a la evidencia experimental. No tiene sentido negar que algunos
caracteres están determinados genéticamente y tienen poca influencia ambiental; y a
otros les pasa exactamente lo contrario. La inmensa mayoría de los psicólogos
evolucionistas concede gran importancia a la influencia del medio. La acusación de
determinismo genético está, simplemente, inventada.
Tampoco faltan las acusaciones de contenido ideológico. Por ejemplo, Nelkin
afirma (en Alas, Poor Darwin: Arguments against Evolutionary Psychology p. 20):
La psicología evolucionista no es sólo una nueva ciencia, es una visión moralista
y de orden social, una guía para el comportamiento moral y los programas políticos.
Al atribuir la conducta humana a operaciones ocultas de la célula, las explicaciones
evolutivas quedan fuera del contexto social, negando la influencia de la “voluntad
humana”.
La acusación de adaptacionismo parte sobre todo de Stephen Jay Gould. Como ya
se ha comentado, el adaptacionismo puede definirse como una tendencia a pensar que
cualquier carácter observable en la naturaleza puede explicarse mediante una
historieta ad hoc sobre la selección natural actuando sobre el “gen” para dicho
carácter. De nuevo, la acusación no parece demasiado fundada. La gran mayoría de
los psicólogos evolucionistas admite que los cambios genéticos no se deben sólo a la
selección natural, sino que también pueden ser efectos indirectos de ésta o debidos al
azar. Es cierto que hay algunos seleccionistas “irredentos”, como es el caso de
Richard Dawkins, pero esta acusación no puede generalizarse a todos los
investigadores de este campo. Por otra parte, la idea de que existe un “gen” para cada

270
NATURALEZA HUMANA

carácter es una simplificación excesiva en la que tampoco cree nadie. Estas


cuestiones ya han sido discutidas en este libro y no parece lógico volverlas a repetir.
El último “cargo” contra la PE es el de reduccionismo. El término suele
emplearse, lisa y llanamente, como un insulto, sin que esté demasiado claro por qué
es insultante. En principio, el reduccionismo consiste en explicar un fenómeno
complejo en función de elementos más simples. A pesar de la connotación peyorativa
del término, constituye el método normal de las ciencias de la naturaleza y ha
resultado muy útil. Por ejemplo, Isaac Newton hizo una aproximación reduccionista
al explicar las complicadas órbitas de los cuerpos celestes en función de un único
factor: la fuerza de la gravedad. Mendel trató de explicar el complejo mecanismo de
la herencia de los caracteres “reduciéndolo” a la combinación de unidades
elementales (genes). De hecho, gran parte de lo que sabemos sobre la naturaleza es
fruto de esta aproximación. En principio, no hay nada de malo en tratar de explicar
los fenómenos complejos en función de otros más simples. ¿Dónde está el problema?
El problema no está en el reduccionismo en sí, sino en que éste sea excesivo. Esto
es, que se propongan explicaciones tan sencillas que no se ajusten a los hechos. El
filósofo Daniel Denett 145 ha acuñado el término “reduccionismo avaricioso” (greedy
reductionism) como aquel que pretende llegar demasiado lejos en sus explicaciones.
El “buen reduccionismo” estaría dentro de la mejor práctica científica; el
“reduccionismo avaricioso” no. Por ejemplo, alguien podría querer explicar las
particularidades de la arquitectura gótica en función de las propiedades mecánicas de
la “piedra” con que está construida, sin tener en cuenta factores sociales, económicos
e históricos. Eso sería “reduccionismo avaricioso”. Sin embargo, lo que pretende la
PE no es reducir las ciencias sociales a mera biología sino tender puentes entre
ambas disciplinas. Esto no significa una colonización como dice Hilary Rose (Alas,
Poor Darwin: Arguments against Evolutionary Psychology, p. 106), sino lograr la
conexión entre ambas, lo cual es muy diferente. No sería malo para las ciencias
sociales; todo lo contrario, las haría más interesantes.
Resulta ilustrativo recordar lo que le ha pasado a la biología en las últimas
décadas. Cuando se esclareció la estructura del ADN comenzó la denominada
revolución molecular. De pronto, el estudio de muchos aspectos clásicos de esta
disciplina pudo abordarse en términos de moléculas, esto es, empleando la física y la
química. De hecho, se puede decir que muchos científicos procedentes de estos
campos colonizaron la biología, como el químico Linus Pauling o el físico Aarón
Klug. El proceso no estuvo exento de encontronazos. Algunos biólogos de la
“escuela anterior” no se adaptaron a los nuevos tiempos y se sintieron desplazados
por una “banda” de biólogos moleculares, arrogantes y reduccionistas. Sin embargo,

145 Dennet, D. C. Darwin’s dangerous idea. Simon & Shuster. 1995.

271
Pablo Rodríguez Palenzuela

el proceso ha beneficiado mucho a la biología, puesto que ha logrado conectarla con


la física y la química. El objetivo final sería construir cadenas de explicaciones que
fueran descendiendo en los diferentes niveles de organización: población, individuo,
órgano, célula, molécula… Este proceso no ha reducido a la biología, ni ha eliminado
a los científicos que se ocupan de ella. Todo lo contrario. En la actualidad, los
diferentes especialistas trabajan en diferentes niveles de explicación y cada uno
influye sobre los que están inmediatamente arriba o abajo. En la práctica, los
biólogos han tenido que pasar por el aro, y la física y la química son partes
imprescindibles de su formación. Pero éstas tienen una importancia variable
dependiendo del nivel de explicación en el que se muevan. Por ejemplo, para alguien
que estudie el comportamiento del chimpancé, la físicoquímica le va afectar poco; en
cambio es posible que la genética le influya de forma poderosa.
Lo que (en mi opinión) pretendía E. O. Wilson era justamente esto, aunque lo
expresó con mucha torpeza y arrogancia. En cierto modo, las tensiones entre
“evolucionistas” y “ambientalistas” son consecuencia de una “guerra” entre dos
tribus académicas diferentes. Es un hecho cierto que los científicos sociales y los
biólogos tienen, generalmente, una formación muy distinta, con pocos puntos en
común. Esto es una consecuencia de nuestro anticuado sistema de educación y de la
“artificiosa” separación entre Ciencias y Humanidades. Todo esto es lamentable, pero
parece ser una parte importante del problema. Es comprensible que los científicos
sociales se sientan amenazados por declaraciones “poco meditadas” de algunos
biólogos, dado que la biología ha adquirido un gran prestigio en las últimas décadas.
Es lógico que los afectados se sientan incómodos y rechacen la “injerencia” de estos
recién llegados.
Por lo tanto, los “recién llegados” harían bien en medir sus palabras y andar con
pies de plomo, pero tienen todo el derecho del mundo a “inmiscuirse” en asuntos de
los que tradicionalmente se ocupaban las ciencias sociales, siempre que tengan algo
que decir. El pretender que los fenómenos “culturales” sólo pueden explicarse en
términos culturales constituye una actitud “aislacionista” que no se tiene en pie. Casi
podríamos calificarla de talibanización del conocimiento. Los biólogos están
moralmente legitimados para investigar en la frontera entre la biología y las ciencias
sociales, aunque esto no es una excusa para ir más allá de lo que permitan los datos.

NATURALEZA HUMANA

Evidentemente, el núcleo de la cuestión estriba en saber qué es la “naturaleza


humana”, (o en negar que tal cosa exista). Este debate es sumamente antiguo y ha

272
NATURALEZA HUMANA

ocupado una posición central en la mayoría de los sistemas filosóficos. La verdadera


novedad de la psicología evolucionista consiste en iniciar un abordaje experimental
en un tema sobre el que llevamos –literalmente– milenios especulando. Con todo, es
muy posible que biólogos y filósofos estén empleando el término “naturaleza
humana” en sentidos muy distintos y que esta sea una de las fuentes de discusión y
conflicto. Desde Platón a Carlos Marx, pasando por el cristianismo (por citar tres
casos con mucha influencia), la mayoría de los filósofos y escuelas de pensamiento
han formulado teorías sobre este asunto. No es mi propósito analizarlas aquí con
detalle, pero sí argumentar que todas ellas constituyen algo muy diferente de lo que
pretende la PE, y que ésta no puede simplemente colocarse como una “teoría” más,
de la misma manera que la actual teoría de la evolución no puede considerarse en
plano de igualdad con el “creacionismo”. A grandes rasgos, las teorías filosóficas que
han sido formuladas sobre este tema contienen tres elementos radicalmente distintos
de la PE. En primer lugar, en la mayoría de los casos, el hecho de formular una
“teoría sobre el hombre” llevaba aparejada una receta para arreglar los problemas de
la sociedad. En otras palabras, “descripción” y “prescripción” casi siempre han ido de
la mano. Cuando alguien dice que “lo natural en el hombre es X”, se sobreentiende
que quiere decir que lo “correcto” y “adecuado” es, precisamente X. Las recetas para
arreglar los males de la humanidad han sido innumerables. Por ejemplo, Platón
proponía que se otorgase el poder a los “sabios”, el cristianismo proponía el
sometimiento a la Santa Madre Iglesia, y el marxismo la dictadura del proletariado.
En todos los casos, había un diagnóstico y una prescripción. En segundo lugar, las
teorías sobre la naturaleza humana han constituido generalmente un sistema
filosófico “completo”, que suministraba a sus adeptos una herramienta para
interpretar la realidad en su conjunto.