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Primer lugar

DESANGRADA

Por: María Esther Alvarado Martínez

Nunca creí que viviría estos momentos de angustia y terror. Ese monstruo de
innata crueldad me tomó entre sus garras; es peor que una bruja, que el hombre
lobo o una momia viviente, porque el mal que provoca hace estremecer al
mismísimo demonio.

Supo seducirme con su malvado hechizo, me provocaba a diario usando todos los
medios, hasta que al fin, caí en la trampa y pronto me convertí en su títere, su
víctima, su esclava. Con vampírica perversidad me convirtió poco a poco en un
despojo humano. Me debilité durante años al trabajar sólo para él, pero nada le
era suficiente a ese diablo sanguinario que cubría mi existencia entre la oscuridad
de sus colmillos insaciables.

Por él perdí todos mis bienes, mi reputación y hasta la última de mis pertenencias.
No le bastó mi pública humillación y mostrar ante todos la vergüenza de mi ruina.
Todavía esperó con paciencia el último mes del año, para clavar en mí la postrera
y filosa dentellada. Planeó todo con cautela para despojarme de la última gota de
mi sangre; fue justo el día de navidad, me atacó nuevamente cuando se inclinó
sobre mi aguinaldo para succionarlo completo con su insultante y maldita
voracidad.

Mientras él luce cada vez más sano y vigoroso al nutrirse de la energía vital de
otros mexicanos, yo estoy pálida, decaída, consumida por el hambre, mas con el
último aliento, pude mirar cómo el horrible vampiro financiero echó a volar para
posarse en lo alto de un árbol navideño instalado en Paseo de la Reforma, ahí
ocultó su monstruoso aspecto con un perfecto disfraz de paloma que cubrió por
completo su negro y letal embrujo. Desplegó alas blancas e inmaculadas donde
escribió con letras de neón su hipócrita mensaje: “Feliz Navidad le desea BBVA
Bancomer”

Diciembre 2010
PRIMER LUGAR

EL VAMPIRO NAVIDEÑO

Pseudónimo: Firpo Terry Mosca

Autor: Alberto Huerta

Desde los primeros días de diciembre la oficina fue adornada con arreglos

navideños: arbolito con esferas, moñitos y escarcha, guirnaldas, farolitos de

papel, luces de colores, flores de nochebuena…

Esta noche será la posada, el intercambio de regalos y el inicio de unos días

de asueto.

“Coquito: Ando con el vampiro… Si preguntan por mí, inventa cualquier cosa.

Por fa…

Conchis ”

A Pepetoño (el novio de Conchis) nunca se le quitó la maña de leer los

recados ajenos.

Para el novio metiche, la oficina se trasformó en los bosques de

Transilvania, hasta pudo escuchar los aullidos de los lobos, largos…

larguísimos.

¿El Vampiro? ¿Y ese puto quién es? –se preguntó Pepetoño– Seguro,

segurito… un pinche padrote…


Fue entonces que la vio saliendo de baño.

Apareció pálida (¡Qué gacho… Ya se la chupó el culero!), con unas ojeras

negras y ribeteadas en morado que se columpiaban en los párpados… la mirada

lánguida… opaca…

— Amor, no te vayas a engorilar… Es que traigo unos cólicos bien gachos…

Que quieres… traigo el vampiro navideño

28 de diciembre de 2010.

Jerez, Zacatecas.

SEGUNDO LUGAR

ENTE NOCTURNO

Por Dan Lee

Espero a la oscuridad, mi eterna aliada. Los minutos pasan, heraldos de las horas.

Permanezco en mi refugio, azotado por la sed y el hambre, impaciente.

Después de mucho tiempo de permanecer en mi estado latente, he despertado. La

cercanía de los humanos, su calor, su sangre, es lo que me ha traído de vuelta al

mundo; a ese mundo del que tuve que huir hace tanto tiempo por falta de

alimento. Se encuentran en un periodo de agitación que los trajo a hurgar cerca de

este espacio, tal vez aún me recuerdan y buscan darme muerte. Mala fortuna,

perros, ya tienen mi atención. Ahora no descansaré hasta saciarme.


En este escondite es donde habitaron mis ancestros, los cuales fueron

erradicados por los humanos en purgas masivas; no pueden soportar que

bebamos de ellos sin ser detectados. Supongo que lo consideran una burla a su

sobrevalorado intelecto. Por la razón que sea, lograron dejarme solo y como último

miembro de mi clan debo tomar venganza por el honor y la memoria de aquellos

que me antecedieron. Comeré hasta hartarme. Sembraré el terror con una nueva

dinastía de los nuestros. Hordas, oleadas invadirán los hogares, las ciudades.

Volveremos a ser lo que fuimos alguna vez.

El primer paso será acabar con esa familia de asesinos en la que he

concentrado mi odio. No olvidaré el día en que, al regresar de una expedición en

busca de otras fuentes de alimento, encontramos a centenas de miembros del

clan masacrados, mutilados, partidos por la mitad; algunos sumidos en una

incomprensible inmovilidad. En la huida perdí a mis otros compañeros, menos

ágiles de mente que yo.

Tuve que tragar mi coraje, esperar el momento adecuado para

contraatacar. De noche, no puede ser de otra forma. Deben estar distraídos, lo

suficiente para que descuiden a las crías, sus puntos más débiles. La espera ha

sido larga, mas hoy obtendré mi recompensa.

La noche cayó hace un buen rato. Escucho a los imbéciles andar de aquí para

allá; algo traman, pues se mantienen cerca de una suerte de luces que no paran
de parpadear, amén de que la han pasado entre cánticos y danzas. Seguramente

de alguna forma se enteraron de mi presencia, saben que no solemos atacar lejos

de las tinieblas. Tal vez descubrieron una forma de pasar las noches sin sueño.

Maldita estirpe.

Un golpe de fortuna. Cerca de mi escondite, una luz se ha apagado. Percibí

la tibieza de una cría dormida al fondo de esa habitación. En cuanto la dejen sola,

es mía.

Abandono mi refugio y me dirijo sigilosamente hacia mi víctima. Sé que sus

rasgos chatos inspiran a los humanos a protegerlo. Lo único que yo siento es sed,

hambre.

Muerdo, comienzo a succionar. La herida deja escapar el líquido

generosamente. Para los de mi especie no existe un placer mayor que la

sensación del hocico rebosante de sangre. Bebo hasta derramar el elixir entre

carcajadas. Así sabe la venganza.

Súbitamente, mi víctima se mueve, se sacude y me arroja hasta dar con la

espalda en el suelo. El dolor es nulo. Estoy listo para el juego, siempre lo estuve y

no hay nadie mejor que yo para la huida. En cuanto me incorpore…

Una extraña nube avanza hacia mí, me cubre y se adhiere a mi piel con

tacto ardiente y ácido. Me falta el aire. Intento escapar, pero el rocío venenoso

parece estar por todas partes. ¿Qué nuevo artilugio ha inventado esta raza maldita

para acabar con nosotros? Nunca lo averiguaré. No puedo respirar más, el fin está

cerca. Estirpe de perros, ¡maldita sea por siempre y para todas las eras!
Moriré con dignidad. Muestro la cara a este crío que logró derrotarme. Fue

superior; porta aún en la diestra el objeto de metal que disparó mi caída. Merece el

reconocimiento postrero de nuestra especie. Mueve los labios. Me atengo a su

cruel sentencia:

“Tenga su navidad, puta... Ire, jefa, ¿no que ya no había chinches?”

TERCER LUGAR

VOLVER

Pseudónimo: Mara

Abandoné la avenida para seguir por las callejas que llevan al astillero viejo. Entre
olores a podrido y a quemazón de cañaveral, la noche de navidad cayó como una
mancha. Nadie más caminaba por aquel lugar apenas iluminado por espaciadas
farolas de fulgor amarillento. Las casas parecían abandonadas y sólo de unas
pocas ventanas salía luz, aunque no se adivinaban preparativos para festejar la
noche buena.

El barrio del viejo astillero, antes bullicioso, estaba ahora tan desolado que todo
ahí debía conjugarse en pasado. Pensé que por ahí la navidad llegaba más lenta
que un barco destrozado remolcado por un práctico muy viejo. Sentí frío al
escuchar el rumor del mar y mi corazón comenzó a latir más rápido cuando llegué
a la casa de Laura, situada frente a un baldío de matorrales espinosos bajo las
acacias. Las paredes ya casi habían perdido su color bajo las pintas de los
graffiteros. Toqué en la puerta de metal negándome a pensar con claridad en lo
que encontraría. Tal vez Laura ya se habría mudado, quizá estuviera ahora
casada.

Sólo una vez me pidió que viviéramos juntos, la noche de navidad de hacía
cinco años. Sin saber por qué, en ese mismo momento me fui de la casa. Días
después le escribí asegurándole que no volvería, aunque no le explicaba los
motivos porque yo mismo no sabía cuáles eran. Sencillamente abandonaba a mi
amante y nada más.

Varios mojados cruzamos por el desierto y por ahí casi nos pesca la muerte. Ya
del otro lado, duré meses en encontrar trabajo en aquella ciudad tan iluminada
como los grandes cruceros.

Volví a tocar y sentí que la brisa se convirtió en viento enrachado, un aire


silbador de mal presagio. Toqué más fuerte y con la palma abierta. Pero nadie
acudía y yo de verdad necesitaba verla, al menos un momento para decirle, así
fuera sólo con la mirada, todo lo que la había querido siempre. Un minuto sería
suficiente, aunque daría todo porque me abriera y pudiéramos pasar juntos la
noche buena.

Un individuo muy alto apareció por la acera de enfrente. Era un hombre que
portaba un sombrero negro. Me miró y aproveché para preguntarle si conocía
Laura y si aún vivía ahí. Su voz de bajo no dejó dudas: Hace varios años, también
en navidad, ella murió y la casa desde entonces está sola. No dijo más, retomó el
paso y dio vuelta en la esquina. En cosa de segundos sentí que la boca se me
secaba y las piernas empezaron a bailarme sin control. Comencé a temblar y
después a golpear y patear la puerta como un perturbado y con movimientos
descoordinados, tal vez parecidos a los de una marioneta.

Sentía cómo me atenazaba el dolor. Pero oí pasos por el patio y poco después
el correr del cerrojo. Laura me abrió como si supiera desde hacía mucho rato que
yo estaba ahí. Tan sólo me miró y se dio la media vuelta para que yo entrara tras
ella. Llevaba el mismo vestido de entonces, negro, escotado, corto para dejar ver
sus piernas. Cuántas veces me imaginé acariciando ese cuerpo leve y macizo,
recatado y voluptuoso al mismo tiempo.

La mesa estaba puesta tal como yo la recordaba la navidad de hacía un lustro:


un pavo pequeño al centro, un par de copas y una botella de vino. Sonaba muy
quedo el péndulo del reloj de pared. Laura se sentó y yo hice lo mismo sin decir
palabra. El silencio se podía rebanar. Tenía tanto que decirle, pero nada se me
ocurría y me limité a mirarla mientras comíamos tan despacio que tal vez fueron
horas. Era la misma mujer de entonces, aunque la vivacidad de sus ojos estaba
trastocada por completo. La fuerza de su mirada era otra, muy distinta a la que yo
conocía, ahora agresiva, amenazante como si con ella quisiera revelar algo que le
estaba prohibido decir con palabras.

Convencido de que cualquier comentario podía arruinarlo todo, sólo atiné a


estirar la mano y la posé sobre la suya como si no hubieran transcurrido esos
cinco años. Todo estaba exactamente igual en la casa, pero Laura parecía habitar
fuera de la realidad. Su cuerpo era el de entonces, tan provocador para mí como
siempre, pero algo escalofriante escondía su expresión. Sin embargo, quizá ese
mismo gesto nuevo me empujaba a desearla más que entonces. Nunca antes
había sentido tanto apremio por tocarla. Me puse de pie, le señalé la recamara y
sin soltarle la mano la invité a que fuéramos hacia allá. Entonces sus ojos se
clavaron en mí y me percaté de que habían cambiado de color, ahora eran grises
como una nebulosa y sus pupilas estaban muy dilatadas. ¿Te quedarías aquí para
siempre?, preguntó. Su voz también era diferente y la temperatura de su mano
resultaba gélida. Volví para ya no separarnos, respondí. Entonces no hay camino
de vuelta, respondió. Fuimos a la recamara y la abracé no sé cuánto tiempo
mientras besaba su rostro. Conforme crecía mi deseo al ir desnudando su cuerpo
helado, también se intensificaba mi miedo. Al acostarnos en la cama pasé de la
intuición a la certeza con respecto a quién era ahora Laura. Tan bella como
entonces, pero tan fría como un ser de otra dimensión. ¿Estás seguro?, me
preguntó al oído. No había manera de detener mi deseo, mis caricias nunca antes
fueron tan intensas, jamás me había asomado siquiera a un placer como el de ese
momento.

Desnudos, ella sobre mí, me susurró al oído: Para siempre. Sentí los dos
pinchazos en mi cuello y me adormecí. La palabra “siempre” cobró su cabal
sentido. Las doce campanadas de la navidad sonaron huecas y distantes.  

 
MENCIÓN  

Para  cortarse  las  venas  y  beberse  de  Hidalgo  

Por  Arthur  Alan  Gore  

Querido  Draquis:  

Híjole,  no  se  por  dónde  empezar,  vidita.  Bueno,  je,  podría  no  decirte  vidita,  porque  siempre  te  
chocó.  “Bella,  deja  de  decirme  así,  ¿no  ves  que  no  estamos  vivos?”.  Ah,  tú  tan  propio  y  yo,  la  neta,  
a  veces  me  sentía  tan  naca  que  no  merecía  estar  a  tu  lado.  Bueno,  bueno,  me  estoy  distrayendo.  El  
punto  es  que  quiero  cortar  contigo.  Sí,  así  como  lo  lees.  Porfitas,  porfitas,  no  te  me  suicides  :(  Ya  te  
conozco,  eres  bien  azotado  y  en  este  momento  es  posible  que  hayas  corrido  por  una  estaca  para  
encajártela  en  el  corazón.    

Déjame  explicarte,  corazón,  tienes  que  reconocer  que  las  cosas  entre  nosotros  hace  mucho  
tiempo  que  ya  no  iban  bien.  

Mira...  ya  tiene  rato  que  no  estoy  a  gusto  con  lo  nuestro.  No  eres  tú,  soy  yo.  Últimamente  era  puro  
estar  peleando  y  la  neta,  la  neeeta,  es  que  no  me  checa  eso  de  que  nos  agarremos  odio  por  toda  la  
eternidad.  Eso  de  que  los  vampiros  no  podamos  morir  tiene  sus  desventajas.    

Aceptémoslo:  la  diferencia  de  edades  nos  está  pesando.  Yo  soy  una  chamaquita  chupasangre  con  
colmillos  de  leche  (así  me  dijiste  en  el  más  reciente  de  nuestros  deschongues,  te  pasas,  sí  me  
dolieron  tus  palabras)  mientras  que  si  algo  te  distingue  son  tus  maneras  de  caballero,  de  amante  a  
la  antigüita,  de  eso  que  todavía  mandan  flores  (negras)  y  te  llevan  serenata  (con  instrumentos  
clásicos)...  pero  la  neta  es  que  todo  eso  que  me  contestó,  ya  me  dio  flojera.    

Cuando  nos  conocimos,  me  impresionaste.  Físicamente  no,  para  serte  honesta.  Eres  feo,  pero  
formal.  Eso  de  las  uñas  negras  :$  perdóname,  pero  está  completamente  out.  ¿Qué  te  costaba  
arreglártelas  tantito?  Ya  sé  que  se  debía  a  que  rascaste  la  tierra  para  salir  del  féretro,  pero  a  ver,  
¡estamos  en  pleno  siglo  XXI!  Sólo  a  ti  se  te  ocurre  seguir  durmiendo  en  el  ataúd.  ¡Qué  
incomodidad!    La  primera  vez  que  echamos  pasión  pensé  que  se  trataba  de  una  fantasía  muy  
divertida  hacerlo  en  un  cajón  de  muerto  pero,  sale  bye,  eso  de  no  tener  camas  en  tu  castillo  de  
plano  no  me  late.    

Oye  y  aunque  a  ti  también  te  gusta  salir  de  noche,  yo  prefiero  ir  de  antro.  La  única  vez  que  me  
acompañaste,  le  caíste  mal  a  mis  amigas.  ¡Es  que  tienes  la  sangre  taaaaan  pesada!  

Eso  sí,  me  fascinaban  tus  maneras,  tu  lenguaje  tan  propio  y  sofisticado  y  tu  ropa  como  salida  del  
video  de  Vogue,  de  Madonna.  Pero  caray,  tanta  lana  que  tienes  y  no  la  aprovechas.  Mira  que  eso  
de  salir  a  pasear  en  un  carruaje  en  las  madrugadas.  ¡Hello!  La  última  vez  me  dio  una  gripa  de  
miedo.    

Draquis,  mi  vidita  (sí,  ya  lo  dije  otra  vez:  mi  vidita),  te  quedaste  en  el  año  del  caldo.  Eres  un  
vampiro  muy  chapado  a  la  antigua.  ¿Pues  dónde  estuviste  todos  este  tiempo?  ¿Aislado  en  un  
castillo  en  los  Cárpatos?  Sorry,  pero  eso  de  los  ajos,  los  crucifijos  y  la  luz  del  sol  son  puras  jaladas.  
A  mí  lo  único  que  de  verdad  me  da  pavor  es  que  se  nos  vaya  Internet  o  no  consiga  boletos  para  el  
concierto  en  Forks  de  My  Chemical  Romance.  Ah,  y  no  ser  cool.  Eso  sí  me  mataría.  Qué  oso.  
No  quería  que  te  enteraras  así,  en  una  carta  (si  por  lo  menos  tuvieras  email,  chale)  que  te  llegará  
meses  después  de  esta  noticia,  pero  bueno...  la  neta  es  que  no  pienso  volver  a  verte.  Ya  ando  con  
otro.  Se  llama  Edward  y  tiene  mi  edad.  Está  galancito,  va  al  gym  (el  otro  día  estuvo  a  punto  de  
atropellarme  una  camioneta  y  él  me  salvó  con  la  fuerza  de  sus  brazotes),  se  lava  las  uñas,  usa  
camisas  Versace  y  trae  un  volvo  que  no  maaaaanches...  apenas  lo  enciende,  se  erizan  los  pelitos  
de  los  brazos.  Toda  la  escuela  derrapa  por  él.  Lo  conocí  en  Biología  y,  bueno,  es  no  es  importante.  
La  cosa  es  que  nos  enamoramos  cañon  (para  serte  sincera  una  vez  le  puse  el  cuerno,  me  besé  con  
un  lobo,  pero  es  que  yo  andaba  medio  jarra,  así  que  no  cuenta)  y  ya  me  pidió  que  me  case  con  él.  
Obvio  acepté.  

No  hagas  drama.  No  me  llames  al  celular.  Ja,  de  todos  modos  nunca  aprendiste  a  usarlo.  Rehaz  tu  
vida  con  Mina  y  a  mí,  déjame  que  siga  escribiendo  las  páginas  de  mi  propia  historia.  Lo  nuestro  fue  
muy  bello,  pero  entiende,  corazón:  YA  FUE.  Si  quieres  verlo  como  un  amor  de  invierno,  así  pasó.  
Vengan  las  lunas  nuevas  a  nuestras  almas,  recuerda  siempre  que  eclipsaste  mi  corazón,  pero  duró  
lo  que  un  eclipse.  Es  hora  del  amanecer,  mi  querido  Conde.  

Que  te  vaya  chido  en  todo  lo  que  hagas,  te  mando  súper-­‐buenas  vibras.    

Los  vampiros,  como  tú  siempre  decías,  ya  no  somos  como  antes.  

Saludos  al  abue  Stocker  de  parte  de  mi  mami  Stephie,  

Tu  crepusculito  (como  te  gustaba  llamarme)  

Bella.  

PD.-­‐  Sé  que  no  me  vi  muy  pro  cortando  contigo  en  Navidad,  pero  agarra  la  onda:  Año  Nuevo,  
Vampi  Nueva.  

MENCIÓN  

EL VAMPIRO NAVIDEÑO

Por Roberto Bravo

Nunca antes mi situación fue tan crítica como por esos días, El Día de Reyes se acercaba y

en casa papá me aplicó una "ley del hielo" que por las noches me hacía soñar que él no era

mi padre y que otro, el verdadero, llegaría en cualquier momento para rescatarme y


prodigarme atenciones. ¿Cómo era posible que se me hostigara de esa manera? Si yo me

acercaba a un lugar donde papá estuviera, al llegar yo él inmediatamente se iba. Si Mamá le

decía algo por su actitud al momento alegaba que yo era así por su culpa y entonces

discutían entre ellos hasta enojarse lo que se dice verdaderamente. Mis hermanos cometían

perjuicios también, eran castigados y el asunto se olvidaba luego. ¿Por qué en mi caso no

era así?

Mis calificaciones ya estaban bien y tomar los senos a Teresa fue un convenio entre

ella y yo. El culpable de todo fue al maestro de cuarto año que nos descubrió y escandalizó

a todos: me dio de golpes en la espalda y a ella la abochornó. ¿Todo eso no era suficiente

castigo para mí? ¿Es que su juicio era aún más poderoso que el de Dios a quien ya había

pedido perdón? Dios me había perdonado, de eso estaba seguro y confiaba a Él todas mis

cosas, sin embargo yo no era un santo para conformarme y vivir en soledad. Aspiraba a

tener y disfrutar lo mismo que mis hermanos, a igual que ellos, tener un lugar en la casa.

Según mis hermanos mayores fueron ingresando a la secundaria Los Reyes Magos,

durante la noche del 5 de enero, les regalaba una bicicleta que amanecía al pie del árbol y al

lado del nacimiento: esa era la tradición de la casa. Eso mismo esperaba yo; ni una sola

duda tenía al respecto a pesar de que mi madre me dijo que Los Reyes Magos evaluaban la

conducta antes de dar los obsequios. Al ver pasar a las gentes montadas en sus bicicletas

pensaba ¿cómo irá a ser la mía?

Me encontré al Vampiro Navideño y me dijo por la mañana del 5 de enero: "No

seas tonto, si tu papá está enojado contigo Los Reyes Magos no van a traerte nada, no sabes

que Los Reyes Magos son los papás". Me reí del Vampiro Navideño, por eso a ti no deben

traerte nada le contesté, no crees en ellos.


Después de la cena se nos ordenó acostarnos y mis padres salieron. No podía

dormir, no por lo que dijera el Vampiro Navideño, sino porque Dios no me hubiera

perdonado. Era verdad que yo caía en todas las tentaciones que se me aparecían, pero

también era verdad que siempre fui su fiel devoto e iba misa.

Fui el primero en despertarme y me dirigí a la sala, las bicicletas estaban al pie del

nacimiento y del pino cubierto de esferas: limpias, imponentes, no imaginaba esa mañana

sin ellas al pie de los motivos navideños. La más grande, que a pesar de ello me parecía

pequeña, debía ser la mía; era verde y me extrañó que no tuviera cuadro.

Al acercarme y ver los tarjetas que indicaban para quiénes eran los regalos me di

cuenta que la bicicleta verde y sin cuadro era para mi hermana y la otra pequeña para

Jorgito. Pensé que Los Reyes Magos habían cometido un error e hice los cambios

correspondientes: quité la tarjeta que tenía el nombre de mi hermana y puse la que decía el

mío, luego me acosté nuevamente, esperé un momento, le hablé a mi hermano, lo desperté

para que fuéramos a ver los regalos.

Cuando mi padre me escuchó decir: "¡Qué bonita bicicleta me trajeron Los Reyes

Magos!", fue a la sala y arrebatándomela: "¡Esta bicicleta es para Beatriz!", dijo. Sin poder

creerlo y con una rabia que llegó hasta mi boca le pregunté: "¿Y tú? ¿cómo lo sabes?"

como respuesta obtuve un bofetón que me envió a los brazos de mi madre que presenciaba

la escena.

MENCIÓN

Espíritu navideño
Luis Bernardo Pérez

Cuatro cuarenta y cinco de la mañana. En unas horas es la cita para


entregar el primer borrador del guión. El cortometraje comenzará a rodarse
en un par de semanas y aún no tenemos algo que valga la pena. Sebastián
regresa a la mesa con otra taza de café (ya van seis), se acomoda frente a
la computadora. Sin preguntarme, borra nuestros esfuerzos de toda la
noche. No me molesta: ninguna de aquellas ideas valía gran cosa.

–Lo que necesitamos –dice– es un nuevo enfoque, algo distinto.

Permanecemos callados con la mente en blanco. El nuevo enfoque


no aparece por ningún lado. Él se hecha hacia atrás en la silla para mirar el
techo; yo comienzo a roer la uña del índice derecho.

–Navidad –sugiero para romper el silencio.

–Vampiros –completa él.

Tras unos momentos Sebastián se aventura:

–Santa Claus aparece volando en su trineo, con sus renos y todo lo


demás. Ya sabes: nieve cayendo, campanitas y jo, jo, jo, jo. Aterriza en un
tejado de dos aguas y se dispone a entrar por la chimenea. De pronto, un
murciélago aletea a su lado. Un vampiro se materializa ante el gordito, le
brinca al cuello y ¡zaz!, lo muerde. Santa pierde el conocimiento, rueda
aparatosamente por el tejado y cae al vacío.

–Hum… No sé.

–Déjame terminar, cabrón. San Nicolás queda tendido el jardín de la


casa, medio enterrado en la nieve. Rodolfo y los demás renos bajan a
rescatarlo y lo ayudan a ponerse de pie. Está pálido y lleno de contusiones
pero se niega a abandonar su misión. Aún hay muchos juguetes que
repartir.

–Ya entendí: Santa se convierte en vampiro y, tras dejar los regalos


bajo el árbol, clava sus colmillos en los niños que duermen.

Sebastián asiente, pero hay reticencia en sus ojos. Adivino que no


está muy convencido.

–La verdad, mi buen Sebas, no me suena –le digo–. ¿A quién le va a


gustar un Santa chupasangre y agresor de infantes? ¿Dónde chingaos está
tu espíritu navideño?

–Humor negro –se justifica–. Imagínate a un barbón con su traje rojo y


los ojos inyectados corriendo por la calle mientras una multitud enardecida
lo persigue con antorchas.

Como no muestro entusiasmo, Sebastián me reta:

–A ver, ¿tú qué propones?

Para ganar tiempo vuelvo a roer la uña del índice hasta que el dedo
sangra un poco. Lo chupo con la avidez de Drácula. Luego, sin estar muy
seguro de lo que voy a decir, comienzo:

–Santa baja por la chimenea de un caserón tenebroso. Llega a una


estancia vacía. No hay adornos ni arbolito. Los pocos muebles lucen viejos
y llenos de polvo. El lugar parece deshabitado, pero hay un candelabro
encendido. San Nicolás piensa que se equivocó de casa y está a punto de
regresar por donde vino. Entonces algo llama su atención.

–Bien, bien…–aprueba Sebastián–. ¿Qué más?


–Primer plano de Santa: su rostro pasa de la interrogación al temor.
Luego un plano americano lo muestra dejando a un lado el saco de juguetes
y aproximándose lentamente al centro de la habitación. Allí hay un ataúd
vacío. Lo mira. Después gira la cabeza y observa uno de los muros. La
cámara enfoca el retrato al óleo de un sujeto pálido y con aire aristocrático.

–Igualito a Christopher Lee; no, mejor a Germán Robles –se burla


Sebastián.

Sin hacer caso de su comentario, continúo:

–Otro primer plano de Santa. Por su expresión sabemos que ya se dio


cuenta quién vive en esa casa. Hay determinación en su rostro. Y corte... En
la siguiente escena vemos el amanecer. Por las ventanas de la estancia
comienza a penetrar la luz de la mañana. Cantan los pajaritos. Música de
órgano como en las películas de luchadores de los sesenta. Y finalmente un
primerísimo plano del sujeto con aire aristocrático que vimos en el retrato.
Está inmóvil, con los ojos desorbitados. Poco a poco la cámara se va
alejando para que veamos al sujeto acostado dentro de la caja con una
estaca clavada en el pecho.

–Cómo que una estaca –me reprocha Sebastián–. No seas güey.

–¿Qué tiene de malo?

–Está clarísimo que no puede ser una estaca, maestro. ¿Dónde


chingaos está tu espíritu navideño?

–¿Entonces qué es?

–Un bastón de caramelo gigante. De esos blancos con franjas rojas


que saben a menta.