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EL ORDEN DE LAS VERDADES CATÓLICAS

CAPÍTULO 1:
LA VERDAD DE LOS MISTERIOS CRISTIANOS
sería, al 5n y al cabo, irrelevante que existiera o que no existiera. Eso no
sería el Dios que ha creado los cielos y la tierra. @7 8& $%;%+&'(o" -% +!2 0(2,%$(!2
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a) Carácter sobrenatural y de!nitivo de la Revelación de Jesucristo (CEC
50-73)
17. En este apartado examinaremos dos aspectos: la Revelación de
Jesucristo nos permite conocer a Dios más allá de lo que pueden
nuestras fuerzas naturales (II-II,2,3-4) y dicha Revelación tiene carácter
de5nitivo.
18. Fue el Concilio Vaticano I el que subrayó de manera especial el
carácter sobrenatural de la Revelación. Frente a las propuestas del
racionalismo, que pretendía someter todo a la razón humana la constitución
Dei Filius recordó los límites de nuestro conocimiento acerca de
Dios; Él mismo quiere revelarse a nosotros de una manera que sobrepasa
nuestras fuerzas y nuestras mismas expectativas de relacionarnos con
Dios. Se rechazaron, por ello, las siguientes a5rmaciones: «no es posible
o no conviene que el hombre sea enseñado por medio de la revelación
divina acerca de Dios y del culto que debe tributársele» y «el hombre no
puede ser elevado por la acción de Dios a un conocimiento y perfección
que supere la naturaleza, sino que puede y debe 5nalmente llegar por
sí mismo, en constante progreso, a la posesión de toda verdad y de
todo bien» (DH 3027-3028). Consiguientemente tampoco se puede
admitir que «en la Revelación divina no se contiene ningún verdadero
y propiamente dicho misterio, sino que todos los dogmas de fe pueden
ser entendidos y demostrados por medio de la razón debidamente
cultivada partiendo de sus principios naturales» (DH 3041) 19. Estas a5rmaciones del
Vaticano I están incluidas, de hecho, en el
texto citado al principio de este capítulo del Vaticano II [􀈺1]. Si se entiende
la Revelación en clave de amistad y diálogo con Dios es evidente
que Dios supera ampliamente las capacidades del hombre. La razón
humana es capaz de hablar con verdad de Dios, y por eso puede captar,
aun con di5cultad, sus enseñanzas, y comprenderlas en una pequeña
medida, pero nunca podrá demostrarlas, cuando se trata de misterios
en sentido estricto. Tampoco serán realmente válidos los argumentos
racionales que se propongan contra la fe: «Ninguna verdadera disensión
puede darse entre la fe y la razón, pues el mismo Dios que revela los
misterios e infunde la fe, puso en el alma humana la luz de la razón, y
Dios no puede negarse a sí mismo ni la verdad contradecir jamás a la
verdad» (DH 3017).

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