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¿En qué consiste el «Reino de Dios»?

Por Juan Luis Lorda


En "El fermento de Cristo. Eficacia del Cristianismo" (*)

El Reino de Dios

Si queremos pensar cómo actúa lo cristiano, tenemos que ir al núcleo de


su mensaje y comenzar por lo más central. Lo mejor es fijamos en el
inicio: ¿Qué es lo que Jesucristo dijo cuando empezó a predicar?

El Evangelio de San Mateo nos cuenta que, después de su bautismo y de


un retiro de cuarenta días en el desierto, Jesucristo comenzó a predicar
públicamente: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado»
(Mt 4,17). Y un poco más adelante se lee: «Recorría toda Galilea,
enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino, y
curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo». Por tanto, el
centro de la predicación de Jesús de Nazaret es el Reino de Dios. La
palabra griega «Evangelio» significa exactamente «buena noticia» o
«buena nueva». Y la buena noticia es, sencillamente, que el Reino de
Dios ha llegado. Es lo que Jesucristo anunció y lo que quiso que se
anunciara.

Pero ¿qué es exactamente lo que ha llegado?, ¿en qué consiste ese


Reino de Dios? A pesar de que diariamente, quizá, recitamos el
Padrenuestro y repetimos «venga a nosotros tu Reino», es posible que
no sepamos exactamente lo que pedimos. En concreto, ¿queremos que
suceda algo ahora o esperamos al final de los tiempos? Y ¿qué es lo que
debemos desear que suceda?

El Reino de Dios en el Antiguo Testamento

Para entender lo que es el Reino en las palabras de Jesucristo, es preciso


acudir a la Biblia, donde se recoge fundamentalmente la historia de
Israel, la historia del Pueblo de Dios. Se puede decir que el tema del
Reino resume el argumento de la Biblia, la atraviesa de parte a parte.
Por eso, interesa recordarla en tres breves trazos.

Desde sus orígenes, Israel se considera un pueblo elegido por Dios. El


primer libro de la Biblia (Génesis) cuenta la elección de Abraham, la
Alianza que Dios establece con él y las promesas que recibe. Se le
promete la protección y cercanía del verdadero Dios. Se le asegura que
será una bendición para todos los pueblos, que tendrá una descendencia
numerosa y que poseerá esa tierra que hoy llamamos, por eso, la tierra
prometida. El pueblo de Israel -el pueblo judío- es la descendencia de
Abraham, el fruto de las promesas, el pueblo elegido por Dios; en
definitiva, el Pueblo de Dios.

La Biblia nos relata cómo se desarrolló ese pueblo después de Abraham,


cayendo cautivo de Egipto. Cómo Moisés lo sacó de allí, con la ayuda
poderosa de Dios, y cómo renovó la vieja Alianza en el monte Sinaí.
Después, aquel pueblo, en un largo proceso, conquistó y se estableció en
la tierra prometida, formando un pequeño reino que llega a su esplendor
en tiempos de los reyes David y Salomón. Ese es el antiguo Reino que
Israel conservará siempre en su memoria. Y hacia el que se dirigen sus
nostalgias.

La conciencia de ser un pueblo elegido por Dios es la convicción


fundamental de Israel. La que le da su razón de ser y el centro de su
espíritu. En Israel hay un anhelo de ser de Dios. Aunque, con frecuencia,
olvide las exigencias de la Alianza que le une a Dios y las traicione
aceptando cultos y costumbres ajenas. A veces, parece incapaz de
cumplidas. Los profetas de Dios se quejan, le reprochan sus
infidelidades, le consuelan en los castigos, y, finalmente, anuncian una
nueva Alianza, de otro orden mucho más perfecto, que llevará a un
nuevo Reino. Para representarlo, proyectan hacia el futuro, llenándolas
de esplendor, las imágenes de la historia e instituciones del viejo Reino
de David y Salomón. Sirven como metáfora del nuevo, que será mucho
más perfecto y satisfactorio.

En el nuevo Reino, Dios mismo reinará. Por eso, se le llama «el Reino de
Dios». Sin más intermediarios y sin más infidelidades. Los profetas
anuncian que será el Pastor de su pueblo: «Yo mismo -dice el Señor-
cuidaré de mi rebaño y velaré por él. Como un pastor vela por su rebaño
(...) así velaré yo por mis ovejas» (Ez 34,11; Is 40,9). Pero ese Reino va
a tener varias características nuevas. y además, una eficacia universal.
No se va a reducir a los límites culturales y geográficos del Israel
histórico: va a llegar a todas las naciones (Jr 10,7). Será una bendición
de Dios para todos los pueblos. De este modo, Israel se convierte en el
cauce por el que la revelación y la salvación del verdadero Dios llega a
toda la humanidad

El Reino de Dios según Jesucristo

En este contexto, se comprende la inmensa expectación que causó el


mensaje de Jesús de Nazaret, cuando, muchos siglos después, anuncia
de improviso: «ha llegado el Reino de Dios». Más todavía porque
acompañaba su predicación con milagros espectaculares: hubo
curaciones maravillosas, expulsiones de demonios e incluso
-increíblemente- alguna resurrección. Estos signos eran el testimonio de
su poder. Se comprende que se removieran multitudes y que brotara el
entusiasmo.

Sin embargo, examinadas las cosas con cierta distancia, se podría decir
que aquellos milagros no eran suficientemente espectaculares. La
llegada del Reino prometido debería haber sido más aparatosa para ser
eficaz. Los hechos y dichos de Jesucristo suscitaron interés, pero sólo en
algunos ámbitos. Él se limitó a predicar por las localidades de Galilea, y,
más tarde, de Judea; hizo algunos milagros; y escogió a Doce Apóstoles
para que le ayudaran. No parecía haber proporción entre su actuación
como predicador itinerante y la instauración, nada menos, que del Reino
de Dios.
Aquello no adquirió suficiente resonancia pública y política: no se
movieron grandes masas, no se concentraron fuerzas, no se tomaron
posiciones, no hubo reivindicaciones políticas ni gestiones con las
autoridades de Israel. Jesús de Nazaret rehusó en todo momento ejercer
ningún poder civil, no quiso acaudillar una revuelta y no intentó ningún
género de negociación para buscarse un lugar en las instituciones
existentes. Anunció que había llegado el Reino y que estaba entre los
discípulos, pero se limitó a predicado. Los pilares del orden establecido
siguieron igual de firmes. La predicación del Nuevo Reino parecía débil
en contraste con la realidad religiosa y política de un Israel ocupado por
la dominación romana y en manos de una casta sacerdotal experta en
maniobras y poco dispuesta a dejarse desplazar.

Para explicar lo que era su Reino, Jesús recurrió a parábolas, es decir a


pequeños cuentos o relatos. Los Evangelios nos han conservado muchas
y es una de sus características literarias más notables. Nos proporcionan
una explicación muy gráfica, aunque no muy precisa de lo que quería
decir. Es la ventaja y la desventaja de las imágenes. Nos revelan el
núcleo de la cuestión, pero el detalle queda envuelto en el misterio.
Jesucristo comparó el desarrollo del Reino a una semilla que germina y
crece con vida propia y sin hacer violencia (Mt 13,1-9.18-23; Mt 13,33;
Mc 4,26-29). También lo comparó al fermento o levadura del pan: «El
Reino de Dios es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió
en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo» (Mt 13,33). Esta
es la parábola más breve del Evangelio y la que da título a este libro.

Según la doctrina de otras parábolas, los siervos del Señor tienen que
salir a los caminos a invitar a todos los hombres (Mt 22,1-14). El Reino
se difunde al sembrar la Palabra o la Buena Nueva en los corazones; allí
da fruto según las disposiciones de cada uno (Mt 13,1823). El Señor
llama a su Reino de muchos modos y en distintas horas de la vida (Mt
20,1-16). Junto a la buena semilla del trigo, en el mundo crece también
la cizaña (Mt 13,24-30). Por eso, la solución definitiva sólo será al final;
y hay que estar atentos para cuando el Señor vuelva a pedir cuentas (Mt
25,1-13). Entonces premiará cada uno según sus méritos (13,47-51;
18,23-35; 25,14-30). y se abrirán las puertas de la Casa del Padre, que
es el Cielo.

Las parábolas del Reino nos ofrecen algunas sugerencias, pero no nos
dan directamente la respuesta. Está claro que hay que recibir el mensaje
de Jesucristo con buen corazón. Está claro que esto tendrá una
realización definitiva al final de los tiempos. Está claro que hay que salir
a los caminos para invitar a todos los hombres a entrar en el Reino. Pero
¿qué es exactamente lo que hay que anunciarles? ¿Qué se les puede
ofrecer? ¿Es sólo una maravillosa fiesta al final de los tiempos o hay algo
también para ahora? ¿De qué manera el fermento transforma aquí la
masa? ¿De qué modo crece aquí el trigo? Cuando pedimos cada día
«venga a nosotros tu Reino», estamos pidiendo que suceda algo ahora o
sólo al final de los tiempos?

Hemos hablado algo del Reino que predicó Jesús y todavía no podemos
contestar exactamente a estas preguntas. Ahora tenemos que hablar del
Rey. No lo dijo directamente pero Jesús dio a entender con claridad que
él era el Rey, el Rey-Mesías que esperaban los judíos.

3. Jesús como Mesías-Rey

Jesús como Mesías

Según las profecías de Israel, quien debe realizar el Reino es el Mesías.


Es sabido que la palabra aramea «Mesías» se traduce al griego por
«Cristo», y al español, por «Ungido». Así que «Mesías», «Cristo» o
«Ungido» significan exactamente lo mismo. Esta idea del «ungido» viene
de las profecías de Isaías, cuando habla de un futuro salvador: «He aquí
mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma.
He puesto mi espíritu sobre él. Dictará ley a las naciones» (Is 42,1-6).
Es decir, este personaje es el Mesías porque aparecerá ungido con el
Espíritu Santo: «Reposará sobre él el Espíritu de Dios» (Is 11,3).

En la Biblia, todos los hombres de Dios han sido ungidos de alguna


manera con el Espíritu de Dios,. que les da fuerza y poder para su
misión. Todos los grandes jefes y profetas de Israel, todos los que han
gobernado o hablado en nombre de Dios han sido ungidos. Ahora las
promesas se concentran en el Mesías, que tendrá una plenitud especial.

Los evangelios nos presentan la figura de Juan el Bautista (también


ungido con el Espíritu), al que le tocó ser el Precursor: ir por delante y
anunciar que Jesús era el Mesías. Y anunció que Jesús bautizaría con el
Espíritu Santo (Lc 3,16-18; Jn 1,31-34). Con su palabra, con sus
acciones y con sus milagros, Jesús de Nazaret se manifestó claramente
como el Mesías, lleno del Espíritu Santo. Así lo reconocieron sus
discípulos. Y así lo reconocemos también nosotros cuando usamos el
nombre compuesto «Jesu-cristo». Confesamos, que Jesús de Nazaret es
el Cristo, el ungido, el Mesías esperado por Israel para constituir el Reino
de Dios.

Pero Jesús lo hizo de una manera sorprendente. No quiso emprender


ninguna operación política o militar, como esperaban los que querían ver
realizado el Reino de Israel. El único gesto solemne y público de Jesús
como Mesías, aparte de los milagros, consistió en la entrada triunfal en
Jerusalén. Quiso cumplir la profecía de Zacarías (9,9) que anunciaba que
el rey mesiánico tomaría la capital del Reino sin violencia, entrando en la
ciudad montado en un pollino.

Todos los evangelistas recuerdan el entusiasmo de sus discípulos en


aquella ocasión. Pero no pasó nada más. Jesús no hizo nada para asumir
los poderes de la Ciudad Santa, la capital del antiguo Reino de Israel. Al
contrario, para escándalo de los mismos discípulos que se habían
entusiasmado, las autoridades judías se confabularon, consiguieron
prenderlo y juzgarlo. Y cuando fue llevado a declarar ante el Procurador
romano Pilato, en medio de muchas humillaciones, declaró: «Mi reino no
es de este mundo» (Jn 18,37).

El Reinado de Cristo
El doloroso juicio, la condena y la muerte de Jesús confundieron por
completo a sus discípulos. La tremenda paradoja de lo que había
sucedido quedó expresada en el infamante cartel que Pilato hizo poner
sobre la cruz: «Este es el Rey de los judíos» (Mt 27,37). Las autoridades
judías se quejaron porque les resultaba ofensivo. Pero Pilato, que
seguramente había mandado poner ese título para burlarse de ellos, no
lo quiso cambiar. Era un escarnio, efectivamente, llamar a aquel
fracasado, colgado de una cruz, Rey de los judíos. ¿Qué Mesías era éste?
¿Qué Reino se podía instaurar desde el patíbulo?

La resurrección de Jesucristo dio un vuelco completo a la situación y


confirmó, de manera definitiva, la verdad de su mensaje. Los discípulos
reconocieron definitivamente a Jesús como Mesías e Hijo de Dios. Pero
permanecían dudas sobre la naturaleza y el advenimiento de su Reino.
Según relatan los Hechos de los Apóstoles, en los primeros reencuentros
después de la resurrección, le preguntaron: «Señor, ¿es ahora cuando
vas a restablecer el Reino de Dios a Israel?». Y les respondió: «No es
cosa vuestra conocer el tiempo y el momento que el Padre ha fijado con
su autoridad; al contrario, vosotros recibiréis una fuerza cuando el
Espíritu venga sobre vosotros, y de este modo seréis mis testigos en
Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra»
(Hch 1,3-8).

Con esto, declaró que la plenitud del Reino quedaba aplazada hasta el
final de los tiempos. Pero algo nuevo comenzaba ahora, precisamente
por esa fuerza que iban a «recibir de lo alto». Jesús había advertido a
sus discípulos, ya antes de su muerte, que el Reino de Dios estaba
presente entre ellos (Lc 17,21; 7,18-23). Está presente y se está
realizando, pero la plenitud será al final. «Ya, pero todavía no», quedará
como lema de esta situación. En este contexto, se entendían mejor las
parábolas del fermento y de la semilla que crece (Mt 13,31-33). Algo
nuevo ha sido plantado o inserto en la historia y crece en ella, aunque su
realización plena llegará sólo al final de los tiempos.

Con su enseñanza, Jesús plantó la semilla del Reino en el corazón de sus


discípulos, al transmitirles su Palabra. Después de su resurrección, en
Pentecostés, los ungió o bautizó con su mismo Espíritu Santo, como
había predicho el Bautista. La Palabra viva de Cristo y su Espíritu Santo
son la novedad que actúa en el mundo. Desde que los recibieron, aquel
grupo de discípulos reunidos alrededor de los Doce, de Pedro y de María,
son el corazón del Reino, como un fermento que ha de crecer en la
historia. A través de ellos, se va realizar el Reino de Dios en el mundo,
hasta la plenitud final, cuando el Señor vuelva para juzgar a todos los
hombres.

La realidad interior del Reino es el mismo Espíritu Santo. El Señor se lo


dio a sus discípulos y desde entonces los reúne con él, formando un
vínculo misterioso que es la Iglesia, la comunión de todos los discípulos
de Cristo y con Cristo. Una comunión misteriosa y real. Desde su origen,
la Iglesia ha crecido alrededor de su núcleo original (los Apóstoles y
primeros discípulos), extendiéndose con el anuncio del Evangelio y el
bautismo, e incorporando nuevas personas a esa comunión en el
Espíritu, por el espacio y por el tiempo. Esta Iglesia que ha crecido en la
historia, entre las limitaciones de cada época y lugar, no es propiamente
el Reino, pero es el germen del Reino. El Señor espera, mientras el
anuncio sigue su curso, porque todavía no se han reunido todos los
invitados a la Casa del Padre. La Iglesia tiene que esforzarse todavía en
anunciar el Evangelio y animar a todos los hombres a entrar.

4. Los tres bienes del Reino

Los bienes del Reino

A aquellos discípulos, ahora reunidos formando la Iglesia, Jesucristo les


había dado un triple mandato: anunciar su enseñanza «id, predicad a
todas las gentes lo que os he enseñado», practicar el mandamiento de la
caridad «amaos los unos a los otros como yo os he amado», y bautizar y
celebrar la Eucaristía «haced esto en memoria mía». La Iglesia ha
recibido estos bienes (la enseñanza, la caridad, la celebración) como
parte principal de esa vitalidad misteriosa, que está animada por el
Espíritu Santo.

En primer lugar, Jesucristo transmitió a su Iglesia su mensaje, la Palabra


de Dios, para que la siembre en los corazones de los hombres y
produzca frutos de conversión. Ese mensaje está contenido en los
hechos y dichos del mismo Jesucristo. El Espíritu Santo ayuda a la
Iglesia para que lo entienda, conserve y transmita. Y ayuda a quienes lo
reciben para que lo acepten y crean.

En segundo lugar, le dio el mandamiento de la caridad. Pero no sólo el


mandamiento sino la misma caridad, que es una participación en el amor
de Cristo hacia su Padre y hacia todos los hombres, y se nos da por el
Espíritu Santo. El Reino de Dios se tiene que difundir y construir por
medio de obras de amor filial a Dios y de verdadera fraternidad entre los
hombres. La caridad es el signo del Reino de Dios y muestra cómo será
la Casa del Padre, donde se congregarán todos los hombres de buena
voluntad.

En tercer lugar, le dio los sacramentos, especialmente la Eucaristía. En


ellos, se celebra la Pascua de Cristo, su paso de la muerte a la vida, su
resurrección. La celebración de la Pascua de Cristo no es sólo una
conmemoración. De alguna manera, el Espíritu Santo actúa para que
aquella resurrección se realice en cada cristiano. Mediante la celebración
de los sacramentos, cada cristiano se asocia de distintas maneras al
misterio pascual para ser renovado en Cristo. Por eso, la celebración de
los sacramentos es siempre una afirmación de la vida eterna, de la vida
de Dios que se ha manifestado en la gloria del resucitado. Una vida que
recibimos por el Espíritu Santo y que alcanzaremos con plenitud en el
Cielo.

Estos tres bienes resumen la acción del Espíritu Santo en y a través de


la Iglesia. Por él, la Palabra está viva, la caridad es participación del
amor de Dios, y los sacramentos son modos de asociarse al misterio de
Cristo y no sólo símbolos. Cada uno de estos dones se corresponde con
una de las virtudes teologales. La Palabra suscita e ilustra la fe; la
caridad vincula a los miembros de la Iglesia con Dios y entre sí; la
esperanza se expresa y se alimenta en la celebración de los misterios de
Cristo. Este es el modo en que crece el Reino de Dios en el mundo. Así
actúa el fermento de Cristo.

(*) ¿Para qué sirve el cristianismo? Esta pregunta se plantea de distinto modo en las
sociedades opulentas, que rodeadas de bienestar; no entienden qué necesidades les
pueda satisfacer. Y en las sociedades empobrecidas; que parecen reclamar algo
distinto -más práctico y realista- de lo que el cristianismo ofrece. Los propios
cristianos; con frecuencia; no tienen una idea clara sobre cuáles el beneficio que
supone para las personas y las sociedades. Y esto, a veces, limita su testimonio. Está
claro que el cristianismo anuncia una felicidad en el más allá. Pero no siempre se
entiende qué ofrece en el más acá. Sin pretender responder a todas las cuestiones
planteadas, este libro del profesor J. L. Lorda reflexiona sobre la manera en que el
cristianismo actúa en el mundo -a modo de fermento- como doctrina salvadora; como
impulso de caridad, como anuncio y celebración de la redención de Cristo. Este
enfoque permite esbozar una síntesis breve y original del mensaje cristiano.

"El fermento de Cristo. Eficacia del Cristianismo"


ISBN 84-321-3431.7