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RAMO DE MUERTE

(Peter Phillips)

LEBRUN no era un gran viticultor comercial, y su modesta casa campestre no se


encontraba ni a mil kilómetros de Burdeos.
Esto es bastante para estimular a los expertos. Si disponen de alguna indicación
al respecto, se esforzarán en hacer toda clase de averiguaciones, hasta descubrir el
lugar exacto. En cierta ocasión conocí a un hombre que al primer sorbo de un vino
valioso, podía determinar la hectárea de viña de donde procedía la uva que había
servido para su elaboración.
La familia Lebrun poseía antiguamente una propiedad menos modesta y un
patronímico menos vulgar; pero en determinada época del siglo XIX, consideraron
que era práctico renunciar a ambas cosas.
Para el Lebrun que conocí, ello constituía un desgraciado error. Pero puesto que
nadie había intentado rectificar las cosas antes del advenimiento de la Cuarta
República, y puesto que ya parecía no tener remedio, se contentó indicando a todos
sus íntimos que un aristócrata, con otro nombre distinto al que llevaba, derramaría
de todos modos gotas de sangre azul si lo picaran.
No tuvo mucho éxito para comunicar esa misma impresión a los trabajadores
endurecidos, robustos y no con muchas luces, que atendían sus disminuidos
terrenos, a los servidores de su pequeña mansión o a los pocos aldeanos que,
aunque de manera renuente, le pagaban todavía las rentas.
Si hubiera vivido en la época de la Ocupación, hubiera sido el primero en figurar
en la lista de colaboradores del distrito.
Al matarlo antes de la guerra, probablemente le ahorré a la resistencia francesa
la tarea dé fusilarlo.
Era un tipo desagradable. Un fanfarrón de piernas delgadas, de rostro lánguido y
carente de valor. Un hipócrita enjuto, despreciativo y afeminado. Un verdadero
petimetre galo. Pero tenía dos ventajas en mi opinión de oportunista: su bodega y
su hija. Amaba y reverenciaba a ambas.
Llegué a conocer al padre, a su hija y su bodega en una de mis raras visitas al
distrito, como agente de ventas de una editorial de París y Londres. Se trataba, sin
duda, en opinión de Lebrun, de un empleo burgués; pero mencioné ciertos nombres
importantes... Por consiguiente, me invitó a cenar.
La primera cena tuvo la naturaleza de un simposio sobre los vinos de su bodega,
seguido por una alegría dedicada (en su ausencia) a Heloise Lebrun, su hija,
huérfana de madre.
Ni siquiera soy aficionado a los vinos. Es uno de los pocos temas relacionados
con el arte ―en este caso, el arte de vivir―, respecto al que puede decirse: “sé lo
que me gusta”, sin parecer un ignorante o un filisteo. Puedo distinguir un Borgoña
de un Burdeos, o un Graves tinto de un Claret; pero ni mi memoria ni mi interés
me permiten ir más lejos.
En cuanto a las mujeres...
La elegía de Lebrun, después de que su hija nos dejó solos, para que tomáramos
café y champaña, era innecesaria. Por mi parte, estaba ya suficientemente
impresionado. La había apreciado disimuladamente, prestando una atención sincera
a todos los detalles.

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Su encanto se caracterizaba por una extraña dicotomía de formas y rasgos. Era
como si la cabeza hermosa y de cabello largo de un joven griego hubiera sido
colocada sobre el cuerpo de una mujer madura..., la cabeza de Apolo sobre los
hombros de Afrodita. Sin embargo, el efecto no era desagradable, sino armónico;
no daba la impresión de masculinidad, sino de ultrafemineidad.
En los planos severos y clásicos de su rostro no había nada que pudiera prestarle
una “belleza” vulgar; y su cascada de cabello ―tan negro que casi se rehusaba a
reflejar sus brillos― estaba sujeta y echada hacia atrás de su frente elevada y
despejada; y recogido en un moño ceñido sobre la parte posterior de su cuello de
cisne.
Era alta, y el corte severo, aunque adecuado, de su amplio vestido blanco, hacía
resaltar las curvas llenas de su cuerpo, que contrastaban deliciosamente con la
hermosura picaresca de su rostro...
Mis visitas a la región fueron haciéndose cada vez menos raras...
Sin embargo, a pesar de mis deseos, no encontré ninguna oportunidad para
conocer más íntimamente a Heloise Lebrun.
Uno de los campesinos del distrito me dijo:
―La guarda como a una vaca de concurso.
Era una metáfora poco afortunada, pero se la disculpé.
Las vacas eran tontas; lo mismo que la deliciosa Heloise, hasta donde me era
dado colegir. Su conversación, en un tono de voz acaramelado, se limitaba a los
temas menos brillantes de las charlas mundanas.
Era decepcionante. Aparentemente, la culpa era de Lebrun. A la muerte de su
madre había llegado a amarla hasta el punto de venerarla casi, alejando de ella
todas las influencias exteriores..., llegando hasta el punto de atacar físicamente a
un joven campesino de la vecindad que tuvo la necesidad de intercambiar con ella
unas cuantas palabras, sin el formalismo de la presentación previa.
El campesino que me informaba me habló también de otro joven, Theophile
Morin, quien, tres años antes, había provocado la ira paterna de Lebrun, a tal punto
que, temiendo que el presunto “señor de la mansión” contratara los servicios de
algún apache para crearle problemas, había desaparecido de la región de la noche a
la mañana.
No me era posible reconciliar aquella información con la impresión que me había
dado el carácter de Lebrun, un viejo hedonista ineficiente, que dudaría en hacerle
daño a una mosca, en el caso de que lo picara.
De todos modos, cierto era que a mí me mostraba sólo su mejor lado, así como
sus mejores vinos, producidos en sus bien cuidadas viñas. Vendía en la región
varias pipas de vino ordinario y unas cuantas botellas de un vino blanco de mesa
bastante aceptable; pero su principal fuente de ingresos no era el vino, sino una
sidra de calidad especial fermentada en un lagar enorme, con el jugo de manzanas
y peras prensadas, que obtenía de una gran huerta frutícola, y con una técnica, que
había aprendido en Devonshire, Inglaterra.
El acceso a la mansión de Lebrun, a varios kilómetros de distancia del enorme
castillo en ruinas, que se jactaba en privado de que era la sede de su familia,
pasaba por una vereda carente de setos, con cipreses jóvenes a ambos lados y
terrenos de barbecho.
La casa misma se encontraba en medio de un gran jardín bardado. A lo largo del
alto muro grisáceo que daba al sudoeste, crecían parras; supuse que a modo de
decoración o para obtener uvas para la mesa, ya que el lugar era poco apropiado
para cultivar uvas apropiadas para la producción de vino.
El camino hacia la casa era agradable, lo mismo que mis pensamientos, cuando
emprendí la última visita. Había logrado hacer buenos negocios en la capital de la
provincia, situada a quince kilómetros de distancia, y Lebrun me había invitado a
cenar y a pasar la noche en su casa. Esperaba que ello me diera oportunidad para
tratar de obtener algo más que las frases corteses habituales de la hermosa, pero
retraída Heloise. Deseaba saber si era tonta por debilidad intelectual, o por
disposición, inherente o impuesta.

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Por lo común, Lebrun invitaba a su mesa a varios de sus aduladores, pero
aquella noche de invierno, el atardecer estaba haciéndose cada vez más oscuro
cuando llegué, sólo nos encontrábamos en tomo a la mesa nosotros tres: Lebrun,
Heloise y yo, en el comedor de techo muy alto y exceso de mobiliario, iluminado
por candelero de cristal, que parecía ridículamente fuera de lugar. La mesa había
iniciado su vida en un rico monasterio, y las sillas eran una mala imitación del tipo
Luis XVI.
Aparte del vino y los alimentos, los gustos de Lebrun, sobre todo en la
decoración de interiores, eran pretenciosos.

En verdad, toda la casa, con su mezcla de estilos y periodos, daba la impresión


de estar simplemente pasada de moda y llena de vulgaridad, como su propietario.
No era un escenario misterioso, ni se prestaba a suposiciones relativas al horror
que iba a sentir debido a aquel tipo y al medio ambiente que lo rodeaba.
Por ello, cuando llegó el horror, su fuerza era tres veces mayor.
Todo ocurrió después de cenar. En el curso de la cena misma no se produjo nada
memorable, exceptuando la presencia de un fino Chateau Latour, que bebí con
reverencia, y el silencio continuo de Heloise Lebrun.
No obstante, pensando retrospectivamente, comprendo que me daba cuenta, en
forma vaga, de cierta tensión curiosa en los movimientos y la forma de hablar de
Lebrun, a lo largo de toda la velada. Estaba bebiendo más que de costumbre y,
cuando se fue Heloise, insultó a un fino coñac tomando una cantidad bastante
grande, de un solo trago, como si se tratara de un brandy barato.
Luego, me miró desde el otro lado de la mesa y dijo:
―Es muy silenciosa y taciturna mi Heloise. Creo que me odia.
Esa confidencia, hecha en un tono calmado y tranquilo de voz, me hizo sentirme
a disgusto. Por consiguiente, murmuré una banalidad de poca monta.
―No puede imaginarse, amigo mío ―siguió diciéndome―, el odio que una hija
única puede sentir por un viejo padre que la ama demasiado.
Se puso en pie y observé su figura vestida de negro.
―¿No dice usted nada...? ¿Lo he sorprendido? Cambiemos de tema de
conversación. Me gustaría que me diera su opinión respecto a un vino.
Acompáñeme.
Se tambaleaba un poco al dirigirse hacia la puerta, puesto que, desde luego,
estaba borracho. Ya había visto antes su bodega, pero en aquella ocasión me
condujo a una alcoba que no había conocido previamente. Había en ella cerca de
una docena de botellas.
Tomó una y la apoyó suavemente en el hueco de su brazo. Me pregunté por qué
no habría mandado a buscarla a su viejo sirviente.
Su rostro apergaminado estaba muy pálido bajo la iluminación fuerte de los
focos carentes de pantalla. Se hubiera dicho que era un abuelo acariciando a su
pequeño nieto cuando tocó el cuello de la botella.
―Es un experimento ―me explicó, en tono suave―. Lo puse aquí hoy hace dos
años. Es muy joven, pero creo que tendrá grandes cualidades cuando madure. Las
posibilidades de añejamiento deben descubrirse en un vino cuando es todavía
joven. Esta noche vamos a adivinar su futuro.
Lo seguí, ascendiendo por las escaleras que conducían a la bodega. Me
preguntaba sí su hospitalidad era una recompensa suficiente por seguirle la
corriente a un hombre que me desagradaba; y comenzaba a pensar que ni siquiera
el poder acceder a la belleza sorprendente de Heloise, podría recompensarme por
los esfuerzos necesarios para hacerle abandonar su actitud taciturna. Aquel lugar
estaba lejos de mi camino... Si lo deseaba, aquella podría ser mi última visita. No
estoy tratando de ocultar mi propia hipocresía egoísta.
No nos reunimos con Heloise, sino que regresamos al comedor, donde Lebrun
llevó a cabo una ceremonia extraña y bastante ridícula para abrir la botella y servir
dos vasos de lo que esperaba que fuera un vino crudo y carente de valor.

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Tenía un pálido color pajizo, con una ligerísima tonalidad verdosa; aunque es
posible que esta última se debiera a la coloración del cristal del vaso.
Nos sentamos uno frente al otro, a ambos extremos de la mesa. Por el modo en
que levantó su vaso, se hubiera dicho que estábamos a punto de catar un vino raro
y precioso. Como ya he dicho, ni siquiera soy aficionado al vino; pero sé muy bien
que existe cierta delicadeza en lo que se refiere a catar un vino, y me sorprendí al
ver que, después de prestarle una atención muy somera al aroma, Lebrun levantó
rápidamente su vaso y lo vació de un solo trago, como si se hubiera tratado de una
medicina.
Lo que es todavía más extraño, por un impulso que me es imposible explicar, me
sentí obligado a seguir su ejemplo y bebí el licor de mi, vaso, sin darle un sorbo
preliminar.
La primera impresión que recibí fue la de su dulzura. La segunda, mientras me
mordía la garganta y el estómago, fue que se trataba de alcohol etílico al ciento por
ciento.
―¡Santo cielo! ―dije, atragantándome, al tiempo que se me llenaban los ojos de
lágrimas―. Este es alcohol puro. ¿Qué clase de broma...?
Lebrun tenía los ojos muy abiertos y desenfocados. Se estremeció y, luego,
como si el hombre hubiera muerto, liberándola de sus lazos, su cabeza se lanzó
hacia adelante y golpeó la mesa. Oí el sonido producido cuando su frente chocó
contra la madera, y miré con bastante. torpeza al punto de calvicie que tenía en el
centro de su cráneo cubierto de cabello corto y grisáceo.
Ni siquiera el alcohol de madera mataba con tanta celeridad como aquella
bebida. ¿Sería veneno...? De todos modos, ¿estaba muerto? Sentí que se me
suavizaba la garganta. El calor que sentía en el estómago se difundió por todo mi
cuerpo con una rapidez increíble. Sentí un extraño cosquilleo. en las manos y los
pies. Me di cuenta, además, de que mi rostro debía estar enrojecido... En el caso de
que estuviera muerto, ¿qué me importaba? Pero, ¿estaba muriéndome yo también?
Traté de ponerme en pie, pero sentía en las piernas una debilidad insidiosa. Sin
embargo, estaba claro que no me estaba muriendo... Los agonizantes no tienen
ganas de reírse a carcajadas. El viejo loco debía haber tomado, por error, una
botella de coñac recién destilado, que lo había hecho desmoronarse, por encima de
lo que ya antes había tomado.
Pero no debería tener tanto efecto sobre mí. Ya antes había bebido aguardiente
y ningún coñac podía ser tan fuerte. Entonces, ¿por qué no podía ponerme de pie?
¿Por qué sentía aquella absurda debilidad...?, sobre todo cuando me sentía tan
ligero como una burbuja, como una enorme burbuja que se iba alejando, a través
de un túnel cálido y rojizo, de un punto de calvicie en la cabeza de un hombre.
Tenía las manos sobre la mesa y los brazos extendidos, mientras me alejaba...
Si me aferraba a la mesa, podría llegar con facilidad hasta mis manos, a la
realidad... Sin embargo, no había razón para hacerlo.
No creía que hubiera nada que temer.
Tenía una extraña suavidad aquella fuerza que parecía querer hacerme salir de
mi propio cuerpo, una fuerza a la que no sentía deseos de oponerme, como si una
voz lejana me estuviera diciendo:
―Ven. No te haremos daño.
Mi cuerpo estaba a salvo. Flotaba más allá de mí, en el túnel, con la espalda y la
cabeza que se unían a mis manos, los brazos recogidos, hasta que me vi junto a la
mesa, inclinado hacia adelante, con la cabeza apoyada cómodamente sobre los
brazos...
Luego, el túnel cálido y rojizo se cerró, ocultando la escena, y me convertí en
una entidad consciente, en un foco de conciencia sin magnitud, un punto de
observación sin sentidos..., excepto los que me prestaba el ser al que observaba y
cuyos pensamientos compartía; el ser que me había llamado, haciéndome salir de
mi cuerpo, para ser testigo y juez de un crimen inenarrable.
Estaba seguro de ello, del mismo modo que sabía que su nombre era Theophile
Morin. Lo reconocí como me hubiera reconocido yo mismo en un sueño vívido y era,

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hasta ese punto, parte de él mismo; un joven alto y vigoroso, el amante secreto de
Heloise Lebrun.

***

Estaba trepando (estábamos trepando) por el muro cubierto de yedras, hasta el


balcón del dormitorio de Heloise. Una luna en cuarto creciente brillaba muy alta en
el cielo negro, proyectando sombras profundas sobre el encerrado jardín.
Las ventanas estaban abiertas. Mi acompañante entró. Heloise lo estaba
esperando, iluminada por la luz suave de la lámpara atenuada que reposaba sobre
su mesita de noche, con los brazos extendidos.
Su corazón (mi corazón) dio un salto al ver la belleza, sobrenatural de aquella
mujer. No era la Heloise hermosa, pero tonta, que había conocido hasta entonces.
Sus ojos brillaban de amor, deseo y vivacidad; su rostro, enmarcado entonces
por la abundante melena de cabello negro, estaba suavizado por un ligero rubor. Su
cuerpo maduro, esbelto y casi estatuario, vestido con las ligeras ropas nocturnas,
estaba imbuido de una gracia inefable, cuando la joven avanzó, lanzándose a los
brazos de mi acompañante.
Sentí, como en mi propio cuerpo olvidado, el deseo y la esperanza de su amor,
cuando los brazos de mi acompañante la rodearon. Se besaron y, luego, ella le
expresó una bienvenida apasionada..., y yo que la había creído tonta...
La escena cambió de manera sumamente repentina. En un momento, estuve
consciente de la presencia de la puerta de la habitación, y me sentía temblar.
Experimenté miedo e ira, al mismo tiempo.
La puerta se abrió bruscamente hacia el interior y apareció Lebrun, con su rostro
pálido y alargado, contorsionado por la furia. Para mí, en mi, estado de superser,
con una gran dualidad de conciencia, su emoción era algo palpable y sumamente
extraño. Era una oleada de celos insensatos, no el orgullo o el amor posesivo de un
padre, sino los celos salvajes y carnales de un marido traicionado o un amante
desdeñado.
Tenía en la mano un bastón negro. Lo levantó, de manera amenazadora.
La escena cambió nuevamente, y Theophile Morin caminaba por el pasillo de la
casona, hacia la puerta... Sabía que Heloise había sido encerrada en su
habitación... Sabía también que Morin estaba a punto de volverse hacia Lebrun,
que caminaba tras él, para pedirle que no lo castigara.
Luego, Morin descendía por los escalones, hacia el jardín encerrado, como una
figura alta y orgullosa que iluminaba la luz proyectada por el. quicio de la puerta.
Supe lo que iba a suceder... El poco control que conservaba todavía Lebrun
sobre sus actos, desapareció ante una oleada de pensamientos salvajes y malignos
que atravesaron su cerebro inflamado... Permaneció tres pasos detrás de Morin...
Después, del bastón negro sacó una lámina delgada de acero.
Morin se volvió y vio, yo también vi, la hoja que descendía hacia él. Sintió, yo
también, la punta de acero que penetraba profundamente en su cuerpo, el siseo del
aire que salía por la herida, oprimiendo a los tejidos vivos, produciendo un enorme
dolor que cesó cuando llegó la muerte.
No obstante, el punto incorpóreo de observación no se extinguió. Vi a través de
los ojos del espíritu de Morin, todavía ligado al bulto informe que había sido su
cuerpo... Vi que Lebrun se apresuraba a tomar una azada, arrastraba el cuerpo
hasta el pie de uno de los altos muros y se ponía a cavar, mientras que su figura
delgada parecía proyectar una extraña energía.
Excavó una tumba poco profunda, junto a las raíces de una de las parras,
esparciendo a lo lejos la rica tierra que sacaba. El cuerpo quedó cubierto por la
tierra húmeda y bien abonada.
Comenzaba una vigilia.
Con el tiempo, que era, a la vez, todo y nada, la carne se enfrió, y los microbios
del suelo iniciaron su obra destructora; las bacterias saprofíticas que tomaban la
carne en putrefacción y, por millones, la transformaban en dióxido de carbono y

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nitrógeno y, en esa forma, con la ayuda de la humedad procedente de los cielos, en
elementos nutritivos líquidos... Y las raíces cortadas de la vitis vinifera, la
hambrienta parra, crecieron, se extendieron, absorbieron los jugos y formaron
savia.
Durante los meses invernales, la parra se alimentó y enriqueció con la savia
procedente del cuerpo de Morin... El tiempo no era nada y la carne muerta era
simplemente abono para el suelo del que procede toda vida.
Luego, bajo el sol primaveral, la savia recorrió el tronco, los tallos y las hojas de
la parra viviente, hasta formar uvas verdes, que se hincharon y maduraron bajo los
rayos del sol... Y comprendí que mi vigilia de un año, una hora, un segundo, tocaba
a su fin; y el tiempo de mi conciencia se apresuró todavía más.
Lebrun volvió junto a la parra y señaló las uvas, que fueron tomadas y
prensadas; y su rico jugo fermentó, se fortaleció y añejó. Lo metieron en botellas y
lo dejaron reposar en la bodega.
¿Qué clase de primitiva vanagloria era aquella..., la de un hombre civilizado, que
se proclamaba a sí mismo como aristócrata, y seguía, a escondidas, al instinto que
incitaba a los pueblos salvajes a devorar la carne de sus enemigos, para poder
adquirir, su fuerza...? No, era simplemente una bravata, una exultación sádica...,
un acto encaminado a convencerse a sí mismo de que no debía tener ningún
castigo por su crimen.
Pero las uvas habían absorbido una extraña virtud de la carne en putrefacción de
Theophile Morin, cuyo espíritu inquieto e insatisfecho acompañaba a mi
conciencia...
Durante dos años, el vino reposó... El tiempo no era nada... Y vi el pasado, el
pasado inmediato, cuando acompañé a Lebrun a la bodega, lo seguí después de
vuelta al comedor, acepté el vaso que me entregaba y vi que su cabeza se
desplomaba tan pesadamente sobre la mesa; el punto de calvicie...

***

Y levanté la cabeza. de sobre mis brazos, que me habían servido de almohada.


El tiempo no es nada y un prolongado sueño..., un sueño de tres años, puede
necesitar sólo unos cuantos segundos.
Miré al reloj. Había pasado quizá un minuto. Le di vuelta a la mesa y sacudí a
Lebrun por un hombro. Su cabeza se balanceó libremente, pero su corazón seguía
latiendo. Supuse que era víctima del coma de los alcohólicos.
Sabía lo que tenía que hacer. Aunque era posiblemente el deseo de convencerme
de que había sido víctima de un sueño de borracho, que no estaba basado para
nada en la verdad, me sentí dominado por una sensación de apremio.
La casa estaba en silencio. No había trazas de Heloise ni de los sirvientes.
La luna llena se estaba elevando sobre el cielo frío del mes de noviembre,
proporcionándome suficiente iluminación para mi investigación. Había una pala
quitanieve en el portaequipajes de mi automóvil, estacionado cerca de la puerta de
la casa. La tomé y, sin vacilaciones, me dirigí hacia una de las parras del muro del
sudoeste y comencé a cavar, retirando cuidadosamente capa tras capa de tierra.
Apenas ocho centímetros de profundidad fueron suficientes... Bajo el resplandor
proyectado por mi encendedor, pude ver jirones de ropas y fragmentos de carne
oscura, todavía no consumida por el suelo circundante y que se adhería al
esqueleto que había descubierto.
La fría humedad de la tierra se transmitió a mis piernas, cuando me arrodillé en
el suelo.
―¿Está usted orando por su alma, amigo mío?
En verdad, debería haberme sorprendido. Sin embargo, en alguna forma, ni
siquiera me sorprendí. Me levanté y me volví hacia Lebrun. La hoja de su florete
estaba dirigida hacia mí.
―Ya es hora ―añadió― de que ore por la suya.
Bajo la luz engañosa de la luna, parecía todavía más alto y delgado.

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―Era un vino excelente ―le dije―. Tuvo buen cuidado de proporcionarle a la
parra un suelo bien abonado.
―Me gustará mucho presentarle otro de mis productos. Por aquí, tenga la
bondad. Mis tres sirvientes están visitando la ciudad esta noche; se fueron
inmediatamente después de la cena. Por consiguiente, si espera usted atraer la
atención...
Caminaba a mis espaldas y un poco hacia uno de mis costados. Miré hacia atrás,
sonriendo.
―Usted es quien necesita ayuda, Lebrun..., no yo.
Es posible que esté loco; pero supongo que le da cierto valor a su propio cuello.
Mi compañía conoce todos mis pasos.
Es posible que así sea, pero abandonaré su automóvil a cierta distancia de aquí.
Pudo salir de la casa... y desaparecer. Un misterio insoluble. Su cuerpo no será
descubierto.
―¿Y Heloise...?
―Mi silenciosa hija es descuidada y apática...
Estaba seguro de poder dar un salto de costado, poniéndome lejos del florete de
Lebrun, y desarmarlo.
La curiosidad y no el miedo fue lo que me hizo no efectuar ese movimiento.
Pasamos bajo un arco amplio y abierto, en el lado más alejado del jardín
cercado, y salimos a la sombra de un edificio de madera, largo y parecido a un
establo.
Y Lebrun hablaba de su amor extraordinario, pero no correspondido, por su hija;
de su belleza particular y las agonías que sufría cuando se dignaba fijarse en algún
hombre joven; de los castigos amorosos que le había infligido a su cuerpo... No voy
a tratar de entrar en detalles. Era muy patético; pero infinitamente desagradable.
Al interior del edificio de madera, encendió una luz solitaria y desnuda. Pude ver
grandes, cajas de manzanas y peras, prensas y, en el centro, una enorme cuba.
Unos amplios escalones de madera conducían a una estrecha plataforma, en
torno a su borde, que se elevaba junto a los aleros. Los vapores ácidos del jugo de
frutas en fermentación prendieron en mi garganta durante un instante.
Me rogó cortésmente que subiera por los escalones y se me ocurrió una
comparación poco consoladora: era algo muy similar al acceso al cadalso o a la
guillotina. Pero la curiosidad que sentía siguió impidiéndome actuar.
Llegamos a la estrecha plataforma. Con la mano izquierda, Lebrun soltó un
contrapeso que hizo que se levantara una tapadera enorme, que cubría la cuba.
Pude ver, a sesenta centímetros apenas de distancia, la superficie hirviente del
licor, interrumpida, de vez en cuando, por burbujas de aire que se abrían, como las
que suelen formarse en las marismas.
―La sidra de Lebrun es muy poco agradable durante esta etapa ―me dijo, en
tono tranquilo―, pero posee una cualidad curiosa.
Indicó con la cabeza unos garfios situados sobre la cuba. Varios esqueletos
blancos de pequeños animales estaban alineados en una hilera bien ordenada.
―Son ratas y ratones... limpiados completamente por la acción corrosiva de los
jugos de frutas en fermentación. Quizá su acción sea menos rápida que la de los
ácidos inorgánicos; pero igualmente segura. La calidad del producto no es afectada
ó, en todo caso, mejora.
Hallaron esos esqueletos hace varios años, cuando se vació la cuba para efectuar
ciertas reparaciones.
“Normalmente, nunca se vacía del todo ―me explicó―. Se deja una cantidad
suficiente para que contribuya a la fermentación del nuevo licor. Lo suficiente para
cubrir su cuerpo.
Había aprendido la “savate” (boxeo francés, practicado al mismo tiempo con las
manos y los pies) con los practicantes de ese deporte que eran más famosos en
París... Mi pie chocó con el antebrazo de Lebrun, al mismo tiempo que se lanzaba
hacia adelante. La hoja de acero resbaló junto a mi hombro izquierdo.

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Al perder el equilibrio, Lebrun cayó, con un ruido fuerte, al zambullirse en la gran
cuba. Fue desapareciendo lentamente.
Luego, su cabeza gris, con su ridícula calvicie, ascendió de manera absurda a la
superficie, se atragantaba, escupía y gemía... Dejó escapar un débil grito:
―iSocorro...! ¡Ayúdeme...! ¡No alcanzo el borde...!
Arañaba desesperadamente las paredes de madera, con sus dedos largos y
delgados.
Ya he dicho que soy un hipócrita y, en realidad, en muchos aspectos, no soy
precisamente una buena persona. Gocé de todos los momentos en que Lebrun
siguió esforzándose en no ahogarse.
Finalmente, desapareció bajo la superficie, con una lentitud exquisita, y sus
manos blancas, que trataban vanamente de aferrarse a algo, fueron las últimas en
desaparecer.
La turbulencia de la superficie del liquido cesó y quedó en calma. Parecía un
espejo brillante, interrumpido tan sólo por las burbujas de gas. Entre ellas
aparecieron unas cuantas burbujas más ligeras y que tardaban menos en romperse.
Estuve observando hasta que también cesaron.
Luego, volví a la casa a recoger mi sombrero y mi sobretodo. Cuando volví a
salir, vi una figura blanca y esbelta, de pie junto a mi automóvil.
Era Heloise. Sus ojos eran menos inexpresivos.
―Le diré a todo el mundo que salió para un largo viaje ―declaró.
―¿Sabe usted...?
Decidí que la hija no me resultaba más agradable que el padre... Sin embargo,
dije:
―Reúna unas cuantas cosas y salga de esta casa... inmediatamente.
Meneó la cabeza y miró hacia el muro del sudoeste
―Tengo una tumba que cuidar ―me dijo.

Volví más tarde a la región con el Séptimo Batallón del Regimiento Homeshire,
poco después del día D.
Me guardé muy bien de beber la famosa sidra de manzanas y peras de Lebrun.

Publicado en el libro Cuentos Macabros


Editorial Novaro, 1972
Scan y Revisión: Centurion, Febrero 2004