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LUPE RUMAZO Nacida en Quito en 1935, vive desde hace muchos afios en Venezuela. Estudié en Colombia, Uru- guay y los Estados Unidos. Es otra de las escritoras ecuatorianas con obra sostenida y profesional. Narradora y analista literaria. Ha publicado cuatro libros de ensayo: En el lagar (1962), Yunques y crisoles americanos (1967), Rol beligerante (1974) y Vivir en el exilio, tallar en las nubes (1992). En cuento sélo tiene un volumen: Silabas de la tierra (1964) y dos extensas novelas: Carta larga sin final (1978) y Peste blanca, peste ne- gra (1988). Su tercera coleccién de ensayos abre con uno de sus cuentos mas difundidos: La marcha de los batracios, lo que da un total de ocho narra- ciones cortas (siete integran Silabas...) dentro de su obra de ficcién. a Ariolonia oe notedovas J eWay r 9Jo Mig Doky Oneia Nanas De este libro (Silabas de la Tierra) sobresale el! cuento «Barrer desperdicios» debido a la comple- jidad psicolégica de su protagonista y a las re-i3 flexiones que el personaje elabora en su proceso de ruptura con ciertos estereotipos femeninos. Alicia Ortega «La marcha de los batracios» acusa, a primera vista, ' una estructura no convencional porque hilvana una noticia de periédico (ya lo hizo Pablo Palacio); unos fragmentos literarios del protagonista que escribe una novela; la voz de un narrador omnis- ciente; testimonios de cercanos y amigos del per- sonaje central, un escritor que se suicida. Entre todas las perspectivas se recrean las angustias de la creacién, las biisquedas del yo, la exploracién de la soledad. Cecilia Ansaldo BARRER DESPERDICIOS Lo peor de todo es que yo mismo creo mis mentiras. Lo mas dificil en este mundo es vivir y no mentir... y mo creerse las propias mentiras; si, si, eso es. Fiodor Dostoievski, Los endemoniados ——Sin duda le habra dicho que soy grosera, nis- tica; la mujer vulgar que contrasta con su apariencia de caballero. Si. Todos los dias, cuatro, cinco carmi- sas, y yO sosteniendo la plancha, pesada, impreg- nandome de su vaho, hinchandoseme los poros, con las venas de la mano en relieve: ya no son venas, sino cordilleras. Y el mismo vestido azul, de tela durable, azul oscuro porque se ensucia menos. Y los ternos nuevos, y las cuentas del sastre, que ni siquiera me ensefia, pero que hay que pagar. Pero que si vienen aca, yo devuelvo, y rio por dentro; y luego, los ojos saltados de él, enrojecidos porque el sastre le ha te- -173- lefoneado reclamandole. Y el «estipida» a cuestas} la primera oportunidad, mientras yo sea su uf espectadora. Pero, eso si: «Nancy querida, sirve’ poco de vino, del afejo que tenemos en la bode como si hubiera bodega en un apartamento de habitaciones; «por qué no nos recitas a Neruda} Garcia Lorca: por qué no cantas, acompafiandote d piano». Y la servidora, siempre de rodillas, el bufénl que complace al principe y, a pesar de su vulgarid: lo hace quedar bien. «Deberias presentarte en los) teatros», me dicen entonces los amigotes suyos gordos como él, con las narices en gancho, enroj cidas, burdas, sudorosas como plantas de pie. Gat minan en sus narices; no, miento, se arrastran, saben caminar. Arrastrandose por la tierra, pegados a’ ella, creyéndola suya, sin saber (pero yo si sé) que son crustaceos, sin sangre, sdlo la Carne blanda, viscosa que deja huella espesa en toda marcha, que bautiza lo, que toca, aunque ellos sélo crean en la circuncisis: —Si, eso fue lo peor, lo que verdaderamenté|] marcé un abismo entre nosotros dos. Bien podia! haber callado aquella ceremonia, pero, ¢puede callar: un narcisista honores y no honores, el todo «irrem! plazable, Unico» que és para él su propia vida? Lo, Yeo en brazos del circuncidador turco, ¢sabia usted’ que los mahometanos también son cincuncidadosey| : j con la misma cara aplastada de ahora, con esos ojos} en estrias rojas, es el fuego maldito que le sale fuera, llorando, ya no Mora, dice solamente: «qué suerte | tienen otros en sus matrimonios», como si se pudiera || dafiar la suerte de un infeliz. Y me regalo flores el dia } en que me confesé su origen, queria cubrir con ellas.| mi espanto, como me habia traido mucho antes, en los dias de su declaracién. Pero entonces no me dijo que no era catdélico, ni me hablé de un padre y una madre turcos, de un abuelo y de una abuela turcos, | de una bisabuela, de un bisabuelo.., La tribu entera, el clan cohesionado en molécula, el pufio cerrado, que pretendia desafiarme. «India, bruta», me Haman, se lo escriben también. Porque yo vi aquella carta, | -174- ? | ii rquc yo lo observé mientras la guardaba en el smo sobre, porque lo vi pegarlo de nuevo, como finunca lo hubiese abierto, como si jamas la hubiera Nileido. No sabe rasgar los sobres, cuando le Megan fésas cartas. Obra con la escrupulosidad de los mbres habiles; hombres de media pisada, de me- (dia frialdad, de media pasién. Todo reducido a la *mitad de hombres cortados en dos. Si, aunque usted Sno lo crea, yo la lei también; después que él, es cierto, una vez dormido, en plena labor de limpieza. ¢Sabia isted que en el suefio se barren los desperdicios? MS Sentadas en aquella habitacién, ni grande ni chica; sentadas en el sofa verde, con hilos plateados, Bide-ese verde intenso, congelado de la gelatina; pero gmas que sentadas en el sof4, mas que cobijando humanamente ese tapiz sacado de cromo; sentadas ;jestaban en la malla del pasado y el presente, del fu- turo también, por ella sostenidas, tejiendo todos los hilos a la vez. Exsstaticas ambas, frigidas: zpodia haber “pasion en quienes repasaban y repasaban (la que no monologaba, pensaba) algo inmutable, ya decretado, yeasi impreso?, extrafias a esa habitacién absurda- f. mente decorada: flores de cera; pseudo-porcelanas I de bailarinas, sirenas abrazando pescados, princesas j detras de una reja; grandes moles unicolores por ; muebles. Extrafias también a la pesadez innata de esa tarde’ de julio, en que todo, no sélo ellas, parecia columpiarse en la siesta, esa vigilia dormida, esa ac- cién camuflada, el desdoblamiento querido, diaria- mente ansiado. Arboles, cielo, luz, todo; cada dia, a las dos de la tarde. Si, en el suefio se barren los desperdicios, pensé la otra, la que le escuchaba. Pero también en la vida se barren y sepultan los desperdicios, aunque eso que usted llama «desperdicio» sean hombres, el hombre bueno de su marido. —No me disculpo, en ningun caso, soy franca, como buena Losada, de la forma grotesca en que lo -175- hice quedar aquella noche, cuando por insinuaci mia fuimos a visitar a sus jefes. Pero desafio a qu mejor dicho a cualquier otra mujer que, después de comprobar su hipocresia, no hubiera procedido; como yo. Porque yo misma comprendo ahora que si ha habid o alguna variaciédn en mi cardacter, yo era ay mujer callada, la artista, lo que él Nama «el paso | wiolento de la dulcedumbre al rencorm, es por causa suya, y mada mas que suya. Como entiendo también’ gue basta que dos personus se unan, para que en cada una de cllas empiecen a surgir murallas. El) hombre es un animal que se defiende. Y él se de- fendid, creyé solucionarlo todo con haber borrado las dos palabras hostiles: «india, bruta», y_ haber~ puesto en su lugar, después de haber contado cui- j dadosamente el numero de letras, pero se equivocé”) en bruta. «dinda, brusca». Y me extendid la carta io modificada, esa carta que él ignoraba yo habia leido: la noche anterior, seguro de que yo perdonaria/i aquello de «brusca», pues iba unido a «inda», algo,! que yo no era, y por lo mismo deseaba. «éLes pa-'s rezco india y brata, o soy mas bien linda y brusca?», les pregunté entonces a esos jefes suyos, otros tur cos, tomados de sorpresa. Y cayeron todos en esa, trampa que yo les tendi, pues bien sabian ‘que mi,/ pregunta era otra, la de todos los tiempos: «Tanto | temen, que asi ultrajan a los cristianos?» —Pero él me sacé enseguida, rompiendo en dos | mi comedia, soy temperamentalmente dotada parala | escena, disculpandose de no aceptar los dulces y el | vino que la sefiora de casa ya nos traia; esa pobre | sefiora, que bien sabia que las grandes preguntas se | acallan comiendo, como a los perros sé les tira pan | para que dejen de ladrar. —Asno, asno, asno, le dije entonces en la calle, consciente de que llamaba por su justo nombre al turco de ahora, y al turco de ayer. Porque no hay distancia entre uno y otro; siempre €l misrno hombre infame, arrastrandose en su nariz. No, no tengo disculpa alguna por haberme casado con él, ofen- | -176- ? tdido a mi religién, cedido, a despecho de mi sangre, ide mi educacién, al encantamiento de una particula, ‘esa particula que a las mujeres nos da rango de rea- Meza aunque sigarmos siendo las mismas limitadas, \. fijadas a molde, de siempre. «Nancy de...», esa era mi gloria, y lo demas no importaba. Ese nombre, i@Nancy», que yo amaba, aunque no fuera cristiano; ¢ por acto ilusorio, mis padres se prendieron de una voz norteamericana, errante, viajera, detenida por un instante, el momento de mi bautizo, en la pila bau- tismal regalada por mis abuelos a la pequefia iglesia del pueblo en que naci; pero donde no vivi. II — —Y empaqué mi ropa, la misma ropa que yo habia aportado al casorio, ya transparente por las -179- muchas lawadas, limpia, si, pero marchita, a pesar de] almid6n: sin una pieza nueva, que no es verdad que’ él me hubiera regalado niuchos vestidos, aunque agi” se lo haya dicho a usted. Pero me arrepenti ense. guida, abri la maleta ya hecha, y empecé a de sempacar, porque era mejor que se largara él, y no | ye, que nada habia hecho, sino luchar hasta el sacri: ficio por su salvacién. Debsa librarme del turco y del. | hereje. Y acurmulando los trajes suyos que sacaba de] armaxio, y las camisas, por mi planchadas, y las corbatas, y los zapatos (nunca habia visto yo zapatos con una sucla mas sucia) sobre el lecho pecador (ya habia puesto los zapatos en el suclo, asqueada) me di’ cuenta de que formaban una montafia, y de cémo su acomedacion, no prevista por mi, entrafiaba un. | simbolo. Pero le di las espaldas, antes de que ella, la. montafia, la de ropa, pudiera prevenirme: Rompe con aquél que tanto detestas, destriyeme a mi también. Conviértenos a ambos —a él y a mi— en equipaje y mandanos fuera de aqui. Lejos, hasta que se adelgace tu odio, y luego se convierta en ajeno, como si eso fuera alguna vez posible, este episodio | de ta vida, cuando ya en tu conciencia more el habil Pretexto y no la verdadera razén: que no es su reli- gién mahometana la por ti despreciada, sino su sangre —y, cquién sabe si siquiera eso? ; esa sangre que tuvo tu padrastro, ese viejo, siempre vestido de negro, de barba destefida, «el sucio», que un dia te advirtiera, con tono de vidente: «acuérdese de mi, que el mundo da vueltas, sin pedirle consentimien- to». A lo que vi le contestaste, con esa arrogancia de la que no te has desprendido todavia: