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EL BOTÓN DE ORO

GERÓNIMO MARTÍNEZ GARCÍA


Punta Sur, Avándaro, Altata
12 de mayo-6 de junio de 2020
gmgcia@yahoo.com

La finca Rioja era, sin duda, la casa más hermosa de Culiacán.


Se la conocía por ese nombre debido al apellido de la pareja de
esposos que la había erigido, importantes empresarios del ramo
joyero que ejercían su comercio en las tres principales ciudades de
la entidad.

La casa era famosa por su diseño arquitectónico, esto es, su


apariencia exterior y la distribución interior, de la que mucho se
hablaba, pero pocos podían presumir de conocer, dada la firme
determinación del tronco de la familia de sólo franquear el paso al
domicilio a gente cercana, como familiares y amigos muy afines. Un
pórtico griego de dos columnas jónicas recibía al visitante y una
escalinata de mármol de cinco escalones lo ponía ante la entrada
principal.

Los enterados referían que la casa contaba con un comedor


bello y amplio, un patio interior con fuente y plantas de ornato
exquisitamente cuidadas, una bien surtida y actualizada biblioteca y
una sala de proyección, algo inusual en estas latitudes, y que la
recámara principal no desentonaba de la que pudiera tener
cualquier familia rica del país que se quisiera nombrar.

Lo que sí podía ser apreciado desde fuera, tanto a través del


portón de acceso a la vivienda como de la cerca de fierro forjado que
protegía al inmueble, era el jardín, en el que prosperaban árboles y
plantas nativas del valle de Culiacán y de otras regiones de las tierras
bajas del estado. Destacaban tres amapas: una rosa, otra blanca y
amarilla la tercera, que cada primavera ofrecían a los ojos sus flores
arracimadas, brillantes como llamaradas. Por esta razón, la mansión
era conocida también como la casa de las tres amapas.

Era, por otra parte, memorable el “nacimiento” que cada año,


por el mes de diciembre, montaba la familia en los jardines, el que la
gente, que acudía como en procesión, disfrutaba a través del
enrejado que circundaba la casa.

A pesar de su carácter indudablemente privado, la casona


constituía una especie de patrimonio colectivo, ya que todo mundo
hablaba de ella con orgullo semejante al que ostentaba al referirse a
otras construcciones de la ciudad como el Puente Negro o la Lomita.
A tal grado se llevaba dicho sentimiento que los tours organizados

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para mostrar la urbe incluían en su repertorio una parada en la
esquina contraria a la que hospedaba la casona. Buen cuidado ponía
la persona responsable del recorrido en resaltar que los arquitectos
e ingenieros del diseño y de la construcción habían egresado de la
Universidad de Sinaloa.

Por esas razones, una especie de desazón se apoderó de la


gente cuando cundió el rumor de que la casona estaba en venta, lo
que dio pie a especulaciones diversas, como los porqués de la
operación y el destino del inmueble. Lo primero fue aclarado por la
prensa, que ofreció razones convincentes: los propietarios originales
habían muerto recientemente, con sólo algunos meses de
diferencia, y los herederos acordaron realizarlo y repartirse el
producto de la transacción.

Sobre el destino que esperaba a la finca, el consenso giraba en


torno de dos ideas: sería derruida, lo que incomodaba a todos, y en
su lugar se erigiría un centro comercial, según unos, o una unidad
habitacional de lujo, según otros, alternativas igualmente
rechazadas por el colectivo. Unos pocos, esperanzados en que la
casa fuera conservada, afirmaban que el gobierno municipal la
compraría con la intención de instalar en ella un importante centro
cultural, como no existía en el noroeste del país.

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La gente se hacía también preguntas sobre la persona o el
consorcio que la hubiera adquirido. La baraja en este caso era muy
variada. La ciudad vivía una vorágine constructora y ya no resultaba
extraño que casas o edificios viejos cayeran bajo la picota para dar
espacio a una plaza comercial o a una unidad habitacional. Y en esa
turbulencia competían particulares y empresas constructoras, todos
unidos por la denominación puesta de moda: desarrolladores
urbanos.

El misterio fue develado por un reportero de uno de los


principales diarios de la ciudad, gracias a la infidencia de un
empleado de la notaría que llevaba el caso, a los que unía una
relación consanguínea.

El comprador respondía al nombre de Valerio Li, miembro de la


muy poderosa e influyente familia de ese apelativo.

El apellido traía de inmediato a la mente una historia de trabajo


arduo y éxito empresarial. Don José, el iniciador, en su juventud
había sido comerciante ambulante: visitaba los poblados y
rancherías de la sierra sinaloense proveyendo a los naturales de
artículos diversos que compraba al mayoreo y medio mayoreo en
Culiacán y Mazatlán. Hacia los cuarenta, con su mujer y los hijos, se
estableció en la capital del estado; fundó una casa comercial a la que

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puso su nombre y apellido, aunque años después borró el primero y
conservó el segundo, decisión que creó la razón social que
identificaría a la empresa desde entonces: Casa Li.

José Li innovó.

Con gran visión, creó un sistema de transporte circular que


partía de su tienda, recorría los poblados cercanos y volvía al punto
de partida; en cada parada del trayecto de ida levantaba
compradores a los que regresaba a sus casas con los bienes que
hubieran adquirido en el bien surtido centro comercial donde
terminaba la primera mitad del circuito. Y con ejemplar cuidado,
educó a sus hijos: los envió a escuelas públicas y contrató profesores
para que robustecieran la educación recibida en las aulas. Y
tempranamente los incorporó al negocio. Desde abajo, es decir,
desde la realización de las actividades más simples, como acomodar
mercancía y barrer los pasillos, hasta llegar a las de mayor
complejidad, a las que se accedía con la edad, la formación
profesional y el conocimiento de la empresa.

Conforme la prole fue alcanzando la madurez necesaria, el


empresario traspasó la esfera comercial y abrió nuevos frentes
económicos que fue poniendo en sus manos, aunque siempre bajo
su vigilancia directa. Otro tanto hicieron los hijos con los hijos

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propios. Y del negocio original surgió un esplendoroso y robusto
árbol económico que extendió sus ramas hacia el comercio de
mayoreo, medio mayoreo y menudeo, la producción, la banca y
diversos servicios. Todo en el lapso de tres generaciones.

Un bloque económico que bajo el liderazgo firme de sus


miembros dio ocupación directa a una compleja red de empleados
de diversos niveles y especialidades, e indirectamente, vía la
demanda de la producción de bienes y servicios de sus proveedores.
Y recursos al fisco por el insoslayable camino de los impuestos.

Para Valerio, don José concibió un destino especial. Lo indujo a


la diplomacia. Lo orientó al conocimiento de los países asiáticos, con
énfasis en China, donde el patriarca reconocía sus raíces. El joven
Valerio respondió a las expectativas de su padre y se hizo sinólogo,
es decir, especialista en el gigante asiático, en su cultura, su literatura
y el dominio del mandarín, lo que le mereció ser admitido en el
servicio exterior mexicano y comisionado en legaciones que el país
tenía en estados del lejano oriente, como Japón y la misma República
Popular China, en cuya embajada desempeñó diversas carteras,
como la agregaduría comercial y, a solicitud del mismo país anfitrión,
el puesto mismo de embajador.

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El flamante diplomático construyó puentes de entendimiento
entre los dos países. Fomentó el comercio, en especial el que
beneficiaba a su núcleo familiar. Desde la agregaduría comercial
estimuló la importación de mercancías que producía el emporio
sinaloense y la exportación de otros que la familia comercializaba en
sus centros mercantiles o proveía a otros comerciantes tanto de
Sinaloa como de otras entidades federativas.

Se hizo una figura tan destacada que, aún después de haber


sido relevado del cargo, se le consultaba en asuntos atingentes al
crecientemente poderoso coloso oriental, lo mismo por el gobierno
federal mexicano que por empresarios, y cuando la ocasión lo
ameritaba, era invitado por conductores de influyentes programas
de radio y televisión a exponer sus ideas y puntos de vista sobre las
relaciones existentes entre las dos naciones y el lugar y significado
del Coloso Amarillo en el concierto internacional, en especial sobre
sus relaciones con el pueblo de las barras y las estrellas.

Valerio Li admiraba a China. Y lo amaba. Porque conocía su


historia, porque había servido a su país ante su gobierno y porque en
dicha tierra habían nacido sus ancestros, reconocía a ese terruño
como su segunda patria.

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Por tales razones, cuando pasó a retiro, decidió hacer realidad
un viejo sueño: crear en Culiacán un centro cultural dedicado a
difundir la cultura de aquel país. Discreta y pacientemente, buscó un
lugar para establecer los espacios materiales que darían vida a su
proyecto. Por eso, cuando supo del deseo de los herederos de la
finca Rioja de enajenar el inmueble, entró en contacto con ellos y
cerró el trato.

La idea de Valerio tenía varios simpatizantes y valedores. En


particular el señor Chen, flamante embajador de China ante el
gobierno mexicano. Li y Chen era amigos de viejo cuño, porque sus
vidas diplomáticas habían transcurrido en paralelo. Habían servido
al mismo tiempo en varios países y, como en una carrera parejera,
escalado pari passu la nada fácil escalera diplomática.

Chen conoció con mucha anticipación el proyecto del


diplomático mexicano y lo adoptó. Y se convirtió en su patrocinador
ante el gobierno de su país, donde encontró una acogida franca
porque embonaba perfectamente en la nueva política internacional
china de apertura y penetración en otros países, en especial de
América. En concreto, Chen obtuvo de su gobierno el financiamiento
de las instalaciones y la asignación de un fondo permanente para el
funcionamiento del proyecto. La familia Li pondría el terreno y

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contribuiría al mantenimiento de la empresa. Se contaría
adicionalmente con los recursos que generaría el centro mismo. En
su momento, tanto el gobernador del estado como el presidente
municipal de Culiacán fueron informados; ambos, aunque en forma
imprecisa, como suelen hacerlo algunos funcionarios mexicanos,
dieron su aprobación y expresaron su voluntad de apoyar la idea.

En conversaciones privadas, por razones claramente


entendibles, Valerio Li proporcionó al empresariado sinaloense los
pormenores del proyecto. Y otro tanto hizo con la comunidad
académica, en especial la de la Universidad de Sinaloa, por las muy
diversas implicaciones en materia de investigación, divulgación
cultural y formación de recursos humanos que se podría detonar.
Finalmente, en una reunión con representantes de los medios de
comunicación, dio cuenta del designio que se proponía llevar a cabo.
En todas las reuniones se apoyó en los materiales necesarios para
ilustrar la idea. No dejó pregunta sin responder. Porque quería que
la idea contara con la simpatía de la población donde la institución
habría de operar.

Fue cuidadoso en informar las razones de su proyecto, las


grandes líneas de trabajo que cubriría, los patrocinadores y los

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tiempos contemplados para su desarrollo. Asimismo, fijó el día y la
hora de inicio de los trabajos.

Fue por este último dato que, en dicha fecha, una amplia
concurrencia se apersonó ante la casa Rioja. Fueron testigos mudos
de la llegada de las máquinas y del personal y, con el ánimo
acongojado, observaron que siguiendo un plan perfectamente
armado y orquestado se dieron a la tarea de desmontar la cerca,
arrancar puertas y ventanas, tirar paredes, tumbar árboles y plantas.
Las amapas fueron segadas a ras del suelo. Los troncos y las ramas
fueron troceadas y las raíces arrancadas de cuajo por máquinas
excavadoras que hurgaron hasta lo más profundo del suelo. Y todos
los restos fueron subidos a camiones Torton que los llevaron con
rumbo desconocido por la mayoría de los observadores.

Máquinas y trabajadores fueron implacables y afanando sin


descanso en dos días la casona de la distinguida familia Rioja
desapareció por completo y en su lugar quedó expuesta a la vista la
desnudez de la tierra donde había sido erigida décadas atrás.

Tres días más tarde, cerca de donde había estado la entrada de


la casona, manos diligentes levantaron una carpa en la que fueron
colocadas maquetas y dibujos que pretendían exponer los detalles
de la obra. La noticia cundió y hacia media mañana se había formado

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una larga lista de curiosos que acudían a conocer los pormenores de
la obra cuya construcción empezaría en un momento cualquiera.
Personal debidamente entrenado atendía las preguntas de los
curiosos.

El centro cultural albergaría varias áreas. Una para el estudio


del mandarín; sería servida por profesores chinos y estaría dotada de
medios audiovisuales, libros y cuanto sirviera para aprender y
practicar la lengua mencionada. Otra serviría como salón de usos
múltiples, sobre todo para la presentación de conferencias y la
celebración de seminarios y cursos. Con la discreción que aconseja la
diplomacia, se explicó que habría cursos especiales de cocina china
para cocineros de los restaurantes que con un menú de platillos
supuestamente de ese país atendían a una clientela asidua a dicha
mesa, pero que distaban de ser lo que debían ser. Una tercera
albergaría la biblioteca. Habría cubículos para investigadores y salas
pequeñas para realizar reuniones de expertos.

La joya de la corona sería el restaurant.

Tenía capacidad para cien personas y ofrecería las


especialidades de las regiones de China. Cada seis meses se
renovaría el menú. De esa manera, se esperaba que los aficionados
a la comida china pudieran disfrutar de los platillos de todas ellas. Y

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con cada menú, las actividades académicas harían énfasis en las
particularidades de la región en turno.

Destacaban sobremanera las características arquitectónicas


del conjunto. Incorporaba elementos de las construcciones de ese
país más conocidas y populares en el mundo occidental. En especial,
evocaba imágenes de los palacios de la Ciudad Prohibida. Las
maquetas y dibujos adelantaban las particularidades de los jardines
y fuentes.

Se había levantado simultáneamente otra carpa, a la que el


público no tenía acceso. Albergaría a los ingenieros y arquitectos que
dirigirían los trabajos, entre los que figuraban algunos de origen
chino quienes por desconocer la lengua española se comunicaban
con sus contrapartes locales mediante intérpretes que la embajada
había proporcionado.

Cuando arrancaron los trabajos, el acceso al público se


restringió completamente. Altas mamparas clausuraron tanto la
vista como el ingreso. Las puertas se abrían exclusivamente para los
trabajadores y técnicos y los camiones que entraban materiales de
construcción o que sacaban escombros. A pesar de dicha restricción,
era evidente que se trabajaba 24x7, es decir, día y noche, todos los
días, sin descanso. Tal cosa facilitó que en tiempo récord la obra

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fuera concluida y que la apertura fuera anunciada, como se dice, con
bombos y platillos.

En lugar de la antigua estructura de hierro fundido que había


servido de cercado a la casona se construyó una sólida barda de
piedra. Quedó concluida antes que las edificaciones del centro
cultural. Por eso, desde fuera, sólo se pudo apreciar algo de la obra
principal cuando las cúpulas de las pagodas sobrepasaron la altura
de aquella.

Para sorpresa de todos, y contrariamente de lo que se hubiera


esperado, en la construcción no figuraban significativamente ni el
hormigón ni el acero sino ladrillo y tablones de madera, a la manera
de las pagodas religiosas asociadas al budismo y aun al taoísmo
erigidas en Japón, Vietnam, China y Corea. La forma de los techos,
volteados hacia arriba, y el material vidriado que los cubría,
coloreados de rojo intenso, maravillaron a todos. En particular,
cuando, a cierta hora, reflejaban los rayos del sol, impregnando al
conjunto de un hálito místico.

Cuando los decoradores se apoderaron de los interiores del


inmueble, hicieron lo propio los diseñadores del jardín y de las
fuentes de agua. Artesanos locales fabricaron los surtidores y de los
viveros de Culiacán se obtuvo las plantas de ornato y los árboles que

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jardineros chinos sembraron siguiendo las concepciones
floricultoras de su país.

Terminada la obra, y siguiendo un programa minuciosamente


elaborado, se procedió a la inauguración. Se informó a la prensa que,
en dicho acontecimiento, que iniciaría a las once de la mañana, se
contaría con la presencia del mismo señor Chen y de altos
funcionarios de la legación. Sería acompañado por el gobernador, el
presidente municipal de Culiacán, el rector de la Universidad de
Sinaloa y prominentes empresarios, propietarios y dirigentes de los
medios de comunicación y hombres y mujeres de significativo peso
en la cultura. Y desde luego, por Valerio Li y miembros del clan.

El corte del listón fue rápido y sencillo, apenas suspendido por


el necesario tiempo para la foto. Siguió un recorrido informal por los
senderos para conocer las bellezas que los jardineros habían hecho
con su arte, continuó con la visita a las instalaciones y pararon en la
sala de conferencias, donde el embajador pronunció en español unas
cuantas palabras para decir la satisfacción que sentía por haber
contribuido a la construcción de una obra cultural que fortalecería
los lazos de amistad entre los dos países. Siguió el gobernador que
pronunció un discurso igualmente breve. Y enseguida, la maestra de
ceremonias, en español y luego en mandarín, invitó a la concurrencia

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a escuchar la conferencia inaugural, que dictaría el señor Deng,
agregado cultural de la embajada. La plática se deslizó sobre las
relaciones entre México y China. El diplomático, doctorado en
historia por El Colegio de México, según se había anunciado, navegó
con soltura y buen cuidado puso en soslayar los vergonzosos
capítulos que ensombrecían la festinada buena relación.

Al término de la conferencia, que no fue seguida por la


consabida sesión de preguntas y respuestas, se invitó a los asistentes
a pasar al salón comedor. El traslado fue rápido como expedita la
localización de los lugares asignados porque previamente a cada uno
se le había proporcionado un croquis que indicaba el lugar que
ocuparía en dicho salón. El banquete fue de siete platos de la comida
de Shandong, basada en pescados, mariscos y verduras. El anfitrión
fue el embajador y el invitado de honor el gobernador. Al terminar
la comida, el embajador y su comitiva fueron llevados al aeropuerto
internacional de Culiacán para su regreso a Ciudad de México.

El centro inició al día siguiente sus actividades.

Con toda su potencia.

Porque con la debida oportunidad se había planeado el trabajo


de sus departamentos. De todos. El sector académico inauguró,
juntamente con la Universidad, una serie de cursos sobre China que

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abarcaba historia, cultura, economía y política poblacional. El
programa había sido diseñado exclusivamente para alumnos
avanzados de la Escuela de Estudios Orientales.

El área de capacitación gastronómica iniciaba a su vez una larga


serie de cursos sobre la inacabable cocina de ese país que
comprendía preparación de productos de mar, ríos y lagos, carnes
diversas, vegetales, frutas y postres.

Las clases serían impartidas en horarios matutinos y


vespertinos.

Los lecciones mañaneras estaban diseñadas para cocineros de


los restaurantes que ofrecían comidas etiquetadas como de ese país
y las segundas para población abierta, es decir, para gente que
gustaba de ese tipo de comidas y quería conocer el arte de
prepararla.

La joya de la corona, sin embargo, era el “Jardín Li”, que ofrecía


comidas y cenas. Ya antes de ser abierto al público, las reservaciones
habían colmado la capacidad de servicio hasta por las siguientes
cuatro semanas.

Una de las razones de demanda tan crecida era que ofrecía


comida china-china, es decir, ajustada a la que los chinos comen en
su país, no la que se conoce con ese nombre por estas tierras
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nuestras, elaboraciones miméticas ajustadas al gusto occidental,
sustentadas en el recetario creado en Estados Unidos e irradiado en
buena medida desde San Francisco, California.

Un menú estándar a nivel internacional que el comensal sabe


que encontrará en cualquier restaurante de Europa o América que
se firme con ese nombre.

Quién no lo conoce: chop-suey, pollo almendrado, rollitos de


primavera, tallarines fritos, ternera con bambú y zetas, plato chillón,
res con verduras, que también puede preparase con pollo y arroz
frito, sabores y guisos que remontan al norte de China, siendo que la
gastronomía de esa nación comprende muchísimas cocinas más. El
“Jardín Li” apostaba por una cocina auténtica, china-china si se vale
repetir la expresión.

Dicho sea de paso, no sólo había un cierto mimetismo en la


cocina, sino también en el aspecto exterior y la decoración. Tal
uniformidad da confianza a los amantes de la cocina china porque
saben, cuando se deciden por uno, lo que pueden esperar y
encontrar.

El “Jardín Li” quería poner en la mesa de los comensales la


Cocina Chuan, también conocida como Szechuan o Sichuan, la Cocina
Lu o Shangdong, la Cocina Yue, Guangzhou, Guandong o Cantonesa,

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la Cocina Min o Fujian, la Cocina Su, Jiangsu o Huaiyang, la Cocina
Xiang, Hunan o Mandarín y la Cocina Jing o Zhejiang. Ay la Olla
caliente ó Huo Guo, el Pollo Kung Pao, la Carpa Agridulce, el Buda
salta sobre la pared, las Almejas en caldo de pollo, las Costillas
borrachas o estofadas, el Guiso de pollo con champiñones y setas, la
Carpa plateada al vapor, el Pato a la cerveza, la Sopa Li Hongzhang,
la Oca imperial Wushan, el Pescado en vinagre, el Pato laqueado a la
pekinesa, … ¿Quién, amante de la cocina oriental, podía resistirse al
embrujo de una minuta que pusiera antes su gula platillos como
esos?

El éxito cubría con su manto bienhechor al proyecto de Valerio


Li. Los sueños del afamado diplomático culichi se veían plenamente
realizados. Como lo sentía él. Como lo advertían todos los demás.

Sin embargo, un simple accidente de tránsito arrojó oscuras y


pesadas sombras sobre la naciente empresa. Sobre el “Jardín Li”, en
especial.

El suceso no tenía en sí mismo nada de extraordinario. Era de


tipo común. Uno más de los tantos que ocurrían a diario en Culiacán
capital.

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En un cruce de calles, una camioneta Chevrolet, tipo suburban,
había impactado a un Volkswagen Passat, dejando sin vida a sus dos
ocupantes, una pareja de profesores jubilados. Ninguna persona
estaba al volante de aquella; al parecer, tras el percance, el
conductor había escapado. No se sabía en qué condiciones, es decir,
si sano o herido. Esto no tenía tampoco nada de extraordinario,
porque era común que, en accidentes graves, como el de marras, el
chofer huyera del lugar a fin de evitar ser detenido, más si conducía
en condiciones penadas por la ley. No había por tanto nada grave en
esa aparente conducta. Aunque cabía la posibilidad de que de haber
resultado herido de gravedad alguien lo hubiera rescatado o
ayudado a escapar. En todo caso, tampoco aquí habría nada de
extraordinario, porque se sabía de casos así. Que hubiera ocurrido
frente al “Jardín Li” podría ser mera coincidencia.

¿Qué lo hacía especial?

Un hecho particular: en el piso de la camioneta, frente a los


asientos traseros, yacían dos cuerpos sin vida. Una niña y un niño.
De entre siete y ocho años los dos. No había nada que los
identificara. Pero llamaba la atención que estuvieran aseados y
vestidos con ropas limpias y de buena factura. Esto hizo pensar a los
agentes policíacos que tuvieron el contacto inicial con los cuerpos

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que se tratara de un secuestro y que los raptores los habían
abandonado tras percatarse de que estaban muertos.

Sin embargo, las primeras pesquisas desmintieron esta


posibilidad. Ni en Culiacán ni en ninguno de los demás municipios
había ningún reporte en ese sentido. Como nadie reclamó los
cuerpos, fueron enviados a la morgue en calidad de desconocidos,
mientras las investigaciones de oficio esclarecieran los hechos.

La noticia del accidente fue reportada por los medios de


manera tradicional. Contaron el hecho y apenas subrayaron la
presencia de los chamacos.

Tres días después, sin embargo, una nota escondida en una


página interior de un semanario sensacionalista se refirió al caso de
manera sentenciosa.

Tras mencionar a los pequeños, y señalar su carácter de


desconocidos, preguntaba, con aparente ingenuidad, pero con
perversidad evidente, si el “restaurant de moda” incluía en su menú
platillos preparados con carne humana o si los pequeños tenían
como destino el sacrificio en un acto satánico.

Parecía una broma.

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Era evidente que se refería al “Jardín Li”, porque era
indudablemente el único restaurant de moda. Lo otro era mera
retórica.

Por esas cosas raras que ocurren con la información, la nota


rebasó las páginas del panfleto y fue llevada a las redes con la rapidez
y virulencia típica de este medio y en un tris se convirtió en un
“trending topic”.

Y con rapidez igualmente pasmosa se pasó de una pregunta a


una afirmación: < ¿Hay restaurantes en Culiacán que ofrecen
platillos elaborados con carne humana?> a la afirmación tajante: < El
“Jardín Li” sirve platillos elaborados con carne humana. >

El impacto fue brutal. La gente dio por buena la especie y abrió


la puerta a especulaciones y reacciones diversas. Los medios
exigieron al gobierno una investigación clara y expedita. Los alumnos
de los cursos abandonaron las aulas y talleres. Los comensales que
tenían reservaciones las cancelaron. Los que habían disfrutado los
platillos amenazaban con plantar demandas judiciales. Y la masa
anónima se congregó ante las puertas del centro cultural y del
restaurant amenazando con incendiar todo. No pocos lanzaron
piedras y otros objetos desde el exterior, alcanzando a romper
algunos cristales.

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Cuando el escándalo llegó al despacho del gobernador, el
funcionario hizo acudir a su presencia a Eulogio España.

― ¿Qué sabes de esta locura? ―lo increpó con aspereza, como


si el jefe policíaco tuviera alguna responsabilidad.

― Nada, señor ―repuso con serenidad.

― ¡Cómo! ¿Me quieres decir que no has hecho nada todavía?

― Nada, señor.

― ¿Por qué?

― El tema surgió esta mañana apenas. Sin embargo, ya


estamos adoptando las primeras diligencias.

― ¿Cuáles diligencias?

― Hasta ahora, nos hemos concentrado en recoger la única


evidencia. ―Y antes de que el gobernador ripostara, le informó―:
Hemos solicitado al servicio forense que nos proporcione el informe
preliminar y a las policías que tomaron nota del caso la noche del
percance el parte que rindieron.

El gobernador pareció calmarse.

― Es urgente aclarar las cosas. Ya me llamaron el secretario de


relaciones exteriores, el de gobernación y el embajador chino en

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persona. ¿Comprendes el lío en que estamos metidos? Ponte a
trabajar de inmediato. Haz uso de los recursos que creas necesarios.
Voy a instruir al secretario de gobierno para que ordene que todos
te den el apoyo que requieras.

― Si, señor. Así se hará.

Doble E sabía que la conversación había terminado y que a


partir de ese momento el “patrón” lo traería a raya, hasta que el caso
hubiera sido resuelto.

Ya en su despacho, convocó a Mario Pérez Valdovinos y a


Genoveva Rentería.

― ¿Qué han averiguado?

― Nada, todavía. Los informes del SEMEFO, de la dirección de


tránsito y transporte, del ministerio público y de la policía municipal
vienen en camino. Son indispensables para saber por dónde empezar
―le informó la detective RS.

― Avísenme en cuanto lleguen. El gobernador está muy


alterado.

Mario y Genoveva sabían que EE hubiera querido utilizar


alguna expresión más contundente y gráfica. Se miraron a los ojos y
sonrieron maliciosamente.

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Con las copias de los informes de las partes que habían tomado
nota de los diversos asuntos relacionados con el accidente, se
reanudó la reunión.

―Genoveva ―le pidió España― resume el problema.

Sin preámbulos, la detective atendió la indicación de su jefe.

― Hacia la una de la mañana del viernes pasado, en el cruce de


las avenidas Chapultepec y Héroes del 47, un vehículo tipo suburban
que viajaba en dirección poniente-oriente embistió a un automóvil
Volkswagen tipo Passat, que lo hacía en dirección norte-sur. Los dos
ocupantes del automóvil murieron a consecuencia del impacto. El
chofer del vehículo agresor huyó del lugar, no se sabe si con ayuda o
por su propio pie. En la suburban se encontró los cuerpos de dos
infantes, niña y niño, de aproximadamente 7 años, sin que se los
haya podido identificar ya que no se halló ningún documento que lo
hiciera posible. Los cuerpos están en el SEMEFO a la espera de que
alguien acuda a identificarlos y reclamarlos. Un periodista mencionó
el caso sugiriendo que los cuerpos serían utilizados para preparar
alimentos en un restaurante, que no mencionó, pero que por lo
escrito no parece ser otro que el “Jardín Li”. La nota fue replicada
masivamente, destacadamente por las redes sociales. Se ha creado
un clima de agitación social muy intenso que ha derivado en ataques

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al restaurante, cancelación de reservaciones y cursos. Y la exigencia
de que la autoridad resuelva el caso y que la tranquilidad regrese a
la ciudad. También apuntó a la posibilidad de que los niños hubieran
estado destinados a algún rito satánico.

― Tenemos dos líneas de investigación ― puntualizó doble E.

― Hay que considerar una más ―opinó Pérez Valdovinos.

― Que sería…

― Quién está detrás de la nota del panfleto. El autor es un


gacetillero de poca monta, famoso en el medio por vender
protección y poner su pluma al servicio de cualquiera dispuesto a
pagar.

― Estaríamos entonces ante dos posibilidades. Actuó por


encargo o motu proprio. Hay que explorar las dos.

― Correcto ―aceptó Pérez Valdovinos lacónicamente.

― Bien. Yo me ocuparé de estas últimas. Mario: hazte cargo de


la primera línea, la de la posibilidad de que los cuerpos de los
infantes hubieran tenido como destino la cocina del “Jardín Li”.
Genoveva: averigua la segunda, la que apuntaría a la utilización de
los pequeños en algún tipo de rito satánico.

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― Copiado ― dijeron los detectives al unísono, con el
laconismo y disciplina profesional que los caracterizaba.

Cuando la sesión se levantó, Eulogio España ordenó que


hicieran llevar a su despacho al director del panfleto que había
hospedado la nota, que, dicho sea de paso, había aumentado
significativamente su circulación ante la demanda de lectores
amantes del sensacionalismo, que estaban a la espera de más notas
estridentes como la que había desatado aquel principio de caos
social.

El jefe policíaco sabía que no se resistiría a su llamado. Porque


tenía en rescoldo algunos pendientes que de ser revividos podrían
llevarlo a prisión. Acudió de inmediato. Sin embargo, lo hizo esperar
con la no confesada intención de aumentar el nerviosismo que
atrapa a todo el que es citado por la autoridad, sea inocente o
culpable. Cuando una hora después lo hicieron pasar al despacho,
esbozó una sonrisa forzada que España no correspondió. Sin
levantarse del sillón, con el brazo semi extendido le señaló la silla
que debía ocupar. Lo escudriñó el rostro en silencio, por algunos
segundos tan solo, y mirándolo a los ojos, lo abordó sin preámbulos:

― Te escucho. Cuéntame.

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― ¿Qué cosa podría contarle, profesor? ―repuso queriendo
ignorar lo que bien sabía lo tenía en ese lugar.

― No estoy para juegos ―le dijo con voz endurecida y dando


un manotazo en la carpeta del escritorio―. No estoy para juegos,
carajo ―repitió.

El periodista se demudó. Perdió la sonrisa y palideció hasta la


blancura.

― Suelta la sopa ―le dijo con rabia contenida.

― ¿Se refiere a…

― Carajo. ¿Por qué otra razón crees que te hice venir? ¿Quién
meció esa cuna? ¿Fue iniciativa personal o alguien la pagó? Eso no
salió porque sí.

El hombre se dobló.

― Fue personal. Nadie lo indujo.

― Te escucho. No me hagas perder el tiempo. Habla. Ya.

― Fue una represalia. Le ofreció a Valerio sus servicios, pero Li


lo rechazó. Ni siquiera lo dejó terminar.

― ¿Qué tipo de servicios?

27
― Publicidad. Decir cosas buenas en su columna del centro
cultural y del restaurante.

― Por favor. Es ingenuo o se sobre valúa. La clientela del


“Jardín Li” no lee tu pasquín ―le dijo con una crueldad que hasta a
él le dolió. Pero no se disculpó―. ¿No hay nadie detrás? ¿Un
restaurantero que se sienta afectado por la competencia?

― No, profesor. Al contrario.

― ¿Cómo debo entender esto último?

― El gremio de restauranteros de comida china está muy


agradecido con Valerio. Están convencidos de que el mercado da
para todos y que cada restaurante tiene su clientela. Gracias a los
cursos de capacitación a cocineros que está dando el centro, la
calidad de los menús mejorará significativamente lo que arraigará
aún más a sus clientes asiduos.

― ¿Es todo?

― Sí, jefe.

― Voy a creerte. Confío en que no me hayas contado mentiras.


Eres experto. Y dile a tu reportero que si vuelve a lo mismo voy a
mandar por él. Y que no le va a ir muy bien. Le sabemos cosas.
Retírate.

28
Esa misma tarde, Mario Pérez Valdovinos se apersonó en el
“Jardín Li”. Quedó deslumbrado y se hizo la promesa de que resuelto
el caso haría una reservación para él y Genoveva Rentería, su esposa.
Iba al frente de un sólido equipo de forenses, especializados en
analizar productos de origen animal. El personal estaba de brazos
caídos. Algunos, en el salón comedor; otros, en la cocina, o bien en
la alacena. En fin, donde encontraran descanso y paz.

Buscó al responsable de los frigoríficos y lo enteró de que


tomarían muestras de todos los productos cárnicos que hubiera en
los refrigeradores y congeladoras, lo mismo que de los fluidos
sanguíneos. Le entregó la orden judicial y le pidió que estuviera
presente durante el registro y toma de muestras. Luego, llamó al
cocinero en jefe y con el menú en la mano lo interrogó sobre los
ingredientes y forma de preparar los guisos que incluyeran algún
elemento cárnico. Se auxilió de un intérprete.

Llamó su atención la docilidad, mansedumbre y buena


disposición para responder al interrogatorio. “Éste es inocente o está
muy familiarizado con los interrogatorios.” Se lo imaginó
contestando preguntas en alguna mazmorra de su país, donde los

29
interrogadores adoptarían tonos mucho más duros que los modales
que él estaba siguiendo.

Con los materiales recabados, el equipo regresó a la base y se


aplicó al examen de las muestras. Trabajaron toda la noche. Hacia la
media mañana, el forense en jefe y Mario Pérez Valdovinos, el
detective RS, se apersonaron en la oficina de Eulogio España. El
forense le dio un informe verbal de lo que habían hecho.

― Limpio. Todo en orden. ― Con esas palabras cerró y puso


sobre el escritorio la ristra de los documentos que consignaban los
estudios realizados.

― ¿Descartado el canibalismo?

― Absolutamente. Podemos ir al “Jardín Li” con toda confianza.

Eulogio España respiró descansado. Profundamente. Luego de


inspirar intensamente de nuevo, levantó el auricular de la red e
informó al gobernador.

― Los forenses descartan absolutamente la utilización de carne


humana o de sus fluidos en la preparación de alimentos. El “Jardín
Li” está absolutamente limpio. Aprovecho para informarle que la
nota original, la que inició el problema, no tuvo padrinos sino el

30
despecho del reportero por no haber obtenido de Valerio ningún
moche.

― Ya me imaginaba. Las dos cosas. Voy a informar a México.


Hay que preparar una conferencia de prensa, con asistencia de todos
los medios locales y las agencias de noticias acreditadas. Vas a ser la
estrella. Prepárate. Comunicación social se va a poner en contacto
contigo. Quiero que te luzcas. Que no quede ninguna duda. Mañana
el centro debe retomar el paso que llevaba. También vamos a poner
en su lugar a esos chayoteros, piratas de la pluma.

― Sí, señor. Quedo a la espera de comunicación social.

Se hizo un momentáneo silencio. Luego, se oyó de nuevo la voz


del gobernador.

― Si recuerdo bien, hay un cabo pendiente. ¿Estoy bien?

― Sí, señor. Estamos trabajando en él. Lo mantendré


informado.

Por toda respuesta, se escuchó el clic que hizo el auricular


cuando el gobernador lo colocó en la horquilla.

Genoveva Rentería tenía su cargo el cabo pendiente a que


había hecho alusión el gobernador. Un mundo extraño, más

31
presentido que conocido, en el que pululaba gente que buscaba
alivio a problemas que escapaban al dominio de la ciencia y gente
que sabía cómo solucionarlos. Gente que buscaba comunicarse con
algún ser querido muerto o sanar de un mal de amores o conocer los
derroteros futuros. Y gente dispuesta a prestarles ayuda. Que para
eso contaban con conocimientos secretos y ostentaban el dominio
de instrumentos poderosos.

Era el mundo de los adivinos, de los visionarios, de los


conocedores del más allá, de los médiums que podían enlazar el
espíritu de un muerto con su deudo vivo, de los componedores de
amores rotos, de los amuletos, de los hechizos, de los mal puestos,
de los encantamientos, de los embrujos, de los poderes astrales, de
los signos zodiacales, del Tarot, de la güija, de las cartas, de la lectura
de las vísceras de animales, de la lectura de la pupila del ojo, de la
lectura de las manos, de la interpretación de los sueños, de la
construcción de planes milagrosos, de las limpias, de las curaciones
prodigiosas, del pase de manos.

Un mundo de mucho dinero, que muchos estaban dispuestos a


pagar y no pocos a cobrar. Un mundo de sueños, esperanzas,
creencias, fe, credulidad. Un mundo de engaños y desengaños.

32
Genoveva visitó ese universo. Conoció a adivinos, chamanes,
brujos, lectores de cartas, constructores de cartas astrales. Conoció
sus consultorios. Y sus instrumentos de trabajo: esferas de vidrio,
cartas, palillos, huesos, pollos y gallos, piedras, caracoles, música,
plantas, animales vivos, animales disecados, piedras medicinales,
ungüentos, yerbas milagrosas.

Pero no encontró nada que comprobara, ni siquiera sugiriera,


el sacrificio de seres humanos de ningún modo.

Conoció, sin embargo, un ámbito del que alguna vez, como


quizá fuera el caso de la mayoría de la gente, había escuchado. El de
la religión yoruba.

― ¿Qué es eso? ― le preguntó con auténtico interés Eulogio


España, cuando tres días después de haber recibido el encargo de
investigar el tema se había presentado para rendir su informe.

Genoveva esperaba la pregunta.

― Yoruba son varias cosas. Una población, una cultura, una


unidad geográfica, una religión, una lengua, una música, una
interpretación del mundo, una ética.

Doble E la miró a los ojos invitándola a que continuara


hablando. Y lo hizo.

33
― La religión yoruba procede de la Guinea Oriental, asiento
actual de Nigeria, Benín y Togo. La practican millones de personas. A
América llegó con los esclavos negros traídos a Cuba y otras islas del
Caribe. Desde ahí se extendió a otras áreas y naciones, como Brasil,
Venezuela y Centroamérica. Como otras religiones, tiene una
cosmogonía propia. Es una religión politeísta. Existe un Dios único,
Oloddumare, que se comunica con los seres humanos a través de
otras divinidades llamadas orishás. Éstas velan porque cada
individuo cumpla en la vida el papel que le fue asignado, desde antes
del nacimiento, en la casa de Dios en el cielo llamada Ile-Olofi. Los
que no cumplen su destino son castigados por los orishás y obligados
a reencarnase hasta que cumplan su misión. Como es sabido, la
Corona Española prohibió en sus dominios cualquier religión que no
fuera la católica. Sin embargo, no pudo eliminar la religión yoruba. A
pesar de la prohibición, ésta subsistió. Más aún, penetró las
poblaciones blanca y mestiza, logrando tal grado de aceptación entre
estas que actualmente en Cuba coexisten las dos religiones. La clave
fue el mimetismo. La religión yoruba encontró en el panteón católico
deidades parecidas a las suyas y las adoptó. Hizo corresponder a una
deidad africana un santo cristiano. Elegguá fue San Antonio de
Padua; Osun, San Juan Bautista; Oshosi, San Norberto; Yemayá, la
Virgen de Regla; Oshún, la Virgen de la Caridad; Oggún, San Pedro;

34
Obbatalá, la Virgen de las Mercedes y Shangó, Santa Bárbara.
Pusieron los yorubas tanta devoción en sus santos que para burlarse
de ellos los españoles los llamaban santeros. De ahí el apelativo
santería, con que se conoce ahora y desde hace siglos a la religión
yoruba en Cuba y en otros lugares. Aunque en otro tiempo también
se la conoció como religión lucumí. Esta religión está fuertemente
arraigada en muchas partes del mundo. En Estados Unidos, en
Europa, en Brasil, en Argentina, en Venezuela y en México. Ha ido
por el mundo en las alforjas de la diáspora cubana. En su música, de
manera especial. Y en la literatura, como en la obra del poeta Nicolás
Guillén, quien dio a la negritud el nivel que los escritores
latinoamericanos daban a la población indígena autóctona.

La mención del nombre del poeta cubano sacudió a Eulogio


España. De inmediato, lo llevó a la época estudiantil, cuando la
juventud se reunía para expresar su admiración por el triunfo de la
Revolución Cubana y los éxitos iniciales de su incipiente gobierno.
Tiempos de bebidas y canciones revolucionarias, de loas a Fidel
Castro y a Ernesto “che” Guevara, y de leer en voz alta la poesía del
poeta mencionado. Sus poemas eran declamados en tertulias
nocturnas con contagiosa emoción, tanta que se sentía la gana de
tomar el fusil y sumarse a los legendarios guerrilleros, por el
inolvidable y ya finado maestro Adalberto Regil Térrez. Venía a su
35
memoria en particular el poema “No sé por qué piensas tú”. Lo
recordó completo:

No sé por qué piensas tú,

soldado, que te odio yo,

si somos la misma cosa

yo,

tú.

Tú eres pobre, lo soy yo;

soy de abajo, lo eres tú;

¿de dónde has sacado tú,

soldado, que te odio yo?

Me duele que a veces tú

te olvides de quién soy yo;

caramba, si yo soy tú,

lo mismo que tú eres yo.


36
Pero no por eso yo

he de malquererte, tú;

si somos la misma cosa,

yo,

tú,

no sé por qué piensas tú,

soldado, que te odio yo.

Ya nos veremos yo y tú,

juntos en la misma calle,

hombro con hombro, tú y yo,

sin odios ni yo ni tú,

pero sabiendo tú y yo,

a dónde vamos yo y tú Y

¡no sé por qué piensas tú,

soldado, que te odio yo!

37
Recordó también el poema “Soldado, aprende a tirar”, que el
profesor declamaba con un tono grave y pausando el ritmo de la voz:

Soldado, aprende a tirar:

Tú no me vayas a herir,

que hay mucho que caminar.

¡Desde abajo has de tirar,

si no me quieres herir!

Abajo estoy yo contigo,

soldado amigo.

Abajo, codo con codo,

sobre el lodo.

Para abajo, no,

que allí estoy yo.

Soldado, aprende a tirar:

Tú no me vayas a herir,
38
que hay mucho que caminar.

Vinieron a su mente asimismo las discusiones interminables.


Las más radicales, las que auguraban la desaparición del capitalismo
y el advenimiento del socialismo y luego del comunismo. Destacaban
por su verbo incendiario su amigo Efraín Solares, Salvador Solórzano
y Raymundo Lagos. ¡Cómo olvidarlos!

Al advertir la abstracción de su jefe, Genoveva Rentería se


detuvo. Eulogio España reaccionó al silencio y volvió a la realidad del
momento. Se percató de su ausencia, y ofreció una disculpa.

― Perdóname. Me distraje por un instante. Continúa, por


favor.

― En mi búsqueda encontré a un santero. Un profesor cubano


casado con una maestra sinaloense. Él me abrió la entrada a ese
mundo. Hay más cubanos entre nosotros de lo que imaginamos.
Unos legales. Otros indocumentados, para usar la frase habitual. El
común de todos es la discreción. Actúan con perfil bajo, como si no
quisieran llamar la atención. Trajeron con ellos su cultura, su acento
al hablar, su cocina, sus bailes. Y sus creencias religiosas. Son
yorubas. Practican sus ritos en altares hogareños. Muy sencillos.

39
Nada que ver con los templos de otras religiones. Como las
catedrales católicas.

― ¿Sacrificios?

― De animales. Pollos, por ejemplo. Pero no de humanos.

Eulogio España respiró aliviado. El gobernador podría hacerlo


también.

― Resumiendo ―dijo EE al tiempo que expulsaba el aliento―:


no hubo una mano oculta que moviera la cuna más allá de la del
gacetillero que conocemos, el “Jardín Li” no cocina carne humana y
ningún vendedor de milagros utiliza a niños en ritos satánicos. Sin
embargo, haber esclarecido las dudas iniciales no nos resuelve el
problema de fondo: los chiquillos muertos de la suburban. ¿Qué
hacían allí? ¿De dónde salieron? ¿Quién los llevaba? ¿A dónde? ¿Con
qué propósito? Eso, para empezar. Hay que buscar de inmediato
respuesta a esas preguntas y a las que ustedes quieran formular
antes de que el gobernador nos empiece a hostigar y la prensa nos
llene de improperios por ineptos y todos los calificativos que
acostumbran a poner a los cuerpos policíacos de investigación.
Tenemos que revisar el caso desde el principio. Mario: haz el
compendio.

Pérez Valdovinos atendió:


40
― Hacia la una de la noche de la fecha de los hechos, en el cruce
de las avenidas Chapultepec y Héroes del 47, una camioneta marca
Chevrolet, tipo suburban, que transitaba con dirección poniente-
oriente embistió a una unidad Volkswagen, tipo Passat, que
transitaba con dirección norte-sur. Los dos ocupantes del Passat,
maestros jubilados, murieron en el percance. En la suburban se
encontró los cuerpos de dos infantes, niño y niña, de entre siete y
ocho años. Ha sido posible identificar a los profesores y sus cuerpos
fueron entregados a los familiares. Los cuerpos de los pequeños se
encuentran en el SEMEFO en calidad de desconocidos, ya que no
portaban documentación que los identificara y nadie los ha
reclamado. Por la autopsia, sabemos que murieron desnucados por
el impacto y que habían sido sedados.

―Vayamos por partes ― propuso el jefe policíaco―. Primero


los vehículos. Mario.

El aludido informó.

― El Passat era de los profesores, según comprobaron los


deudos. La suburban está registrada en Choix; tiene reporte de robo.
Fue robada con violencia en El Fuerte, en el estacionamiento de un
Oxxo. Se levantó el acta correspondiente pero no se adelantó en la

41
averiguación. Hubo retraso en la comunicación del reporte del
atraco.

― ¡Qué raro! ― exclamó EE con sarcasmo―. ¿Encontraron


algo? Huellas. Identificaciones. Algún objeto que ayude.

― Nada, jefe. Limpio. Como si el conductor hubiera previsto


cualquier evento que pudiera delatarlo.

Eulogio España insistió:

― Una colilla de cigarrillo, un envoltorio de dulce o de galleta,


lodo en el tapete.

― Nada, señor.

― ¿En los niños? Alguna pista.

― Limpios, también. Llama la atención que vestían ropa de


buena calidad. Y que iban aseados. Bien peinados, incluso.

― No hay que pasar por alto ese detalle ― intervino Genoveva


Rentería.

― ¿Alguna idea? ― preguntó doble E interesado.

― No. Pero pienso que ese dato podría ser importante.

― ¿Por qué?

42
― Podría apuntar al origen de los chicos. Ropa buena suele
compaginar con buen ambiente familiar. Solo eso.

― Dejemos de lado por un momento a los niños. Y a los


profesores que aparentemente fueron víctimas colaterales.
Volvamos a la camioneta. Iba hacia el oriente de la ciudad. ¿Qué hay
por allá?

― La Universidad, el jardín botánico.

― Y la carretera a Imala.

― ¿Qué cosas hay por allá?

― Casas, escuelas, oficinas, fraccionamientos en construcción,


predios vacíos.

― Mucho y nada ― observó EE.

Los policías asintieron.

― Déjenme hacer una suposición ― dijo ahora. Mario y


Genoveva se volvieron a mirarlo―. Podría ser que la suburban
estuviera siguiendo una ruta frecuente. Es decir, que acostumbrara
a hacer ese recorrido. Eso nos daría un patrón de comportamiento.

― Tiene sentido. Mucho sentido― reafirmó Genoveva.

A Eulogio España le llamó la atención el énfasis. Y preguntó:

43
― Di lo que traigas. Lo que sea. Todo puede ayudar. Aunque
sea para ponernos en movimiento.

― Si la camioneta seguía un patrón, es decir, si seguía una ruta


frecuente, los niños no estaban ahí por accidente, sino como parte
de un plan.

Los policías se miraron a los ojos en silencio. Con la vista se


dijeron lo que no se habían atrevido a decir.

― Creo que por ahí va la cosa ― concluyó España―. Y la clave


es la suburban. Necesitamos las grabaciones de las cámaras de
vigilancia de las últimas semanas. Las voy a solicitar de inmediato.

Un día después, un propio entregó en el despacho del jefe


policíaco los materiales solicitados. Y de inmediato, personal técnico
se aplicó a revisar las varias horas de grabación. Sabían lo que debían
buscar. La tarea no sería fácil porque se había acordado someter a
escrutinio una zona que abarcaba varios cruces, no sólo el del
percance automovilístico. Y que debería considerarse las
veinticuatro horas de cada día. No se había fijado un período, pero sí
que se iría hacia atrás, es decir, retrocediendo el reloj a partir de la
hora en que la colisión había ocurrido.

Siguiendo el uso aplicado en dichas revisiones, se formaron


grupos de dos y a cada uno le fue entregado un carrete que
44
consignaba el tráfico automotriz en cierto cruce de calles y en un
determinado horario de una fecha dada. La razón de formar equipos
de dos era de Perogrullo: cuatro ojos pueden ver más que dos y
cuando se trabaja en parejas una persona puede captar algo que la
otra no percibe, como la experiencia les había enseñado.

El trabajo era fatigoso porque después de un rato de mantener


la vista fija en la pantalla del monitor, los ojos se secaban por lo que
había que aplicar gotas humectantes o tomarse un descanso.
Además, la posición rígida que el trabajo exigía terminaba por tensar
hombros y espalda en grado tal que había que ponerse de pie para
dar unos pasos y estirar los músculos.

Tras dos días de revisión, obtuvieron lo que buscaban.

Una cámara registró el momento en que desde la dirección


oriente-poniente del malecón viejo, el vehículo buscado abordaba el
puente Morelos, por la entrada sur. Un contagioso grito de júbilo
inundó el recinto. Las cámaras lo siguieron cuando el carro abandonó
el puente y bajó al carril poniente-oriente de la sección sur del
malecón nuevo, a la altura de la estación de gasolina de la
Universidad. Captaron luego cuando dejó dicha rúa y tomó a la
izquierda en dirección a Imala. Un par de cuadras después, la alegría

45
dio paso a la frustración porque el sistema de vigilancia alcanzaba en
ese punto su límite. No más cámaras.

Cuando EE y los detectives encargados del caso fueron


informados comprendieron que no tenían más recurso que acudir a
las técnicas antiguas. Caminar y preguntar. Prácticamente a ciegas.
Porque después del último punto en que la camioneta había sido
vista, se abría un sinfín de rutas alternas. Y había que explorarlas
todas.

Se armó un grupo de agentes rastreadores, como eran los


especialistas en realizar las búsquedas en campo. Se dio a cada uno
una fotografía de pantalla del vehículo y se les envió a que
preguntaran si alguien lo había visto. Los agentes conocían ese oficio.
Y parecían gozarlo. Tal vez por la gran libertad de acción que les
proporcionaba. Se trataba de caminar y abordar a personas que a su
juicio podrían dar información. Sabían que no todos podían
proporcionar algo. El instinto, o más bien la experiencia, les decía a
quiénes debían descartar y a quiénes abordar. Privilegiaban entre
estos a vendedores ambulantes, que solían seguir rutas fijas,
choferes de vehículos de transporte urbano que se movían en
circuitos cerrados, repartidores que abastecían de refrescos y
productos chatarra a las misceláneas, los trabajadores de los

46
servicios de gasolina, repartidores de agua embotellada, paleteros,
agentes de tránsito desplegados en las esquinas, señoras que barrían
el frente de su casa o regaban el jardín.

No sólo preguntaban; observaban también cocheras y


estacionamientos que pudieran proporcionar pistas. Ninguna de
esas posibles fuentes de información dio luces sobre el vehículo
buscado.

La clave la dio un joven que se entretenía en arrojar


repetidamente, con buena puntería, por cierto, una pelota a un aro
de un desvencijado tablero de basquetbol en un descuidado parque
deportivo de barrio. Con seguridad, claro sentido de orientación y
mejor habilidad para los detalles le dijo al agente lo que quería
escuchar desde dos días atrás:

― Baje por esta calle, camine tres cuadras en línea recta, dé


vuelta a la derecha y a unos cincuenta metros va a ver una casa muy
grande, sin enjarrar. No tiene pierde. Hace varios días la vi. Llegó una
noche y salió la mañana siguiente.

El agente quiso asegurarse y lo interrogó:

― ¿Cómo lo sabes?

47
― Me queda de paso. Vengo a entrenar todos los días. Mañana
y tarde. A veces me quedo hasta entrada la noche, sobre todo
cuando amarramos careadas.

El chico le dio la espalda y preparó un enceste. Que realizó


limpiamente. Cuando recogió el balón para continuar su juego,
pareció recordar algo. Se volvió a su interlocutor y le dijo:

― La casa no está enjarrada, pero debe estar muy bien


amueblada.

― ¿Por qué lo dices?

― Porque hace como un año, o más, llegaron varios camiones


y descargaron cajas y cajas. Pienso que eran muebles.

― Gracias ― le dijo y le palmeó la espalda. Y sin aparentar


prisa, caminó hasta encontrar el domicilio buscado. Lo miró
cuidadosamente. Lo fotografió y sin mayor dilación dio a la
comandancia el parte correspondiente.

La casa era tal como el chico había dicho: grande y sin enjarrar.
Pero, era algo más: una mansión en toda la forma, que no conoció
los detalles finales. Los más costosos, a juzgar por lo que cuentan los
que han construido casa alguna vez. Según se supo después, no había

48
llegado a su culminación porque quien la ordenara se hallaba en
prisión cumpliendo una condena muy larga. A corta edad se embarcó
en el trasiego de drogas hacia Estados Unidos y en poco tiempo
acumuló una considerable fortuna. Se ensoberbeció. Bajo la guardia.
Y fue pescado in fraganti en un operativo que lo puso ante un juez
que no sólo le dio varios años de cárcel, sino que incautó sus bienes,
cuentas bancarias entre ellos. No así la casona, porque estaba a
nombre de la esposa. Agotados los recursos en dinero que habían
escapado a la disposición judicial, la señora la puso a la venta. A un
precio suficientemente atractivo como para concretar la operación
en poco tiempo.

Eulogio España llegó al “Jardín Li” a la hora acordada. Había


aceptado la invitación que, vía telefónica, le hiciera Valerio Li para
cenar. Había dejado en su armario el traje de faena y vestía un
conjunto muy casual, como se acostumbraba a decir, a saber,
pantalón de caqui clásico y saco azul sobre una camisa blanca. Los
zapatos eran de color café, lo mismo que el cinturón.

Fue recibido en la puerta del restaurante por el capitán de


meseros quien le obsequió una estudiada genuflexión.

― Bienvenido, profesor España.

49
A doble E le sorprendió que lo hubiera reconocido porque no
se había anunciado y nunca se habían visto, pero le llamó más la
atención el acento del español con que lo había saludado. Un
español al que faltaban ciertos rasgos ásperos del habla local, de los
que hasta ese momento tomó conciencia.

Sin esperar respuesta, el camarero le pidió, con el mismo tono


suave:

― Sígame, por favor.

Tras los primeros pasos, el policía se sintió deslumbrado por la


atmósfera del local. Luces estratégicamente situadas, como
escondidas de los ojos de la gente, iluminaban todos los rincones con
colores suaves que parecían haber sido creados para calmar el
espíritu. La luminosidad era mansa, pero permitía ver las cosas con
claridad. Había muchas mesas ocupadas, a pesar de lo temprano de
la hora. Siguió a su guía hasta una mesa situada ante un ventanal que
daba al jardín, iluminado también con un arte desconocido para él.
Las plantas y flores parecían estar recibiendo un inagotable baño de
luces de un apacible verde y azul.

Lo esperaba de pie, ante la mesa, su anfitrión. Sonreía, de esa


manera tan propia de la gente oriental bien educada. Lo miró de
arriba abajo, porque Valerio era chaparrito, como se suele decir por

50
estos lares, y muy moreno de piel. La frente se había extendido hacia
atrás, como abonando a la calvicie, que ya lucía ostensible. A Eulogio
le pareció que aparentaba más años de los que su currículo
confesaba.

Valerio dio un par de pasos para encontrarlo y tomó


efusivamente con las dos manos la que el profesor le extendía,
sacudiéndola con una fuerza inesperada.

― Gracias, por venir; lo aprecio mucho, de verdad.

España tomó el asiento que le indicara su anfitrión, uno de los


dos que habían sido dispuestos ante la mesa. Valerio ocupó el otro.

― ¿Qué quieres beber?

― Una cerveza estaría bien.

― ¿China?

Eulogio dudó; pero aceptó.

― Sí. Para conocer.

― Te voy a acompañar. También beberé cerveza.

Li se volvió al mesero, que silenciosamente se había hecho


presente, y algo le dijo en chino. Eulogio no entendió ni una palabra,
pero pensó que le había hablado en mandarín. Un par de minutos

51
después, el mesero puso ante cada uno sendas botellas de color
verde, más grandes que una caguama de las que conocía tan bien, y
un vaso de cristal para cada uno.

― Cerveza china que vamos a beber a la china ― le dijo


mirándolo con picardía.

― ¿Cómo es eso?

― Se sirve en el vaso. Y en cuanto quede vacío, el mesero lo


llenará. Y así lo hará siempre. Te llenará el vaso siempre que agotes
su contenido. En la cultura china, al vaciar tu vaso le estás diciendo a
tu anfitrión que deseas más. Muy diferente de lo que hacemos
nosotros.

― Entiendo. Para que ya no me sirvan debo dejar el vaso lleno.

― Correcto.

― Qué desperdicio, ¿no crees?

― Sí. Pero así son las cosas allá.

Hicieron un brindis y cuando vaciaron los vasos el mesero se


apresuró a llenarlos.

Valerio lo miró a los ojos y le dijo otra vez:

52
― Gracias por venir. Y por lo que hiciste para aclarar el enredo
en que nos metió el periodista.

Eulogio no quería tocar el punto. Lo tenía atosigado.

― No tienes nada que agradecer. Simplemente hicimos lo que


estamos obligados a hacer. Prefiero que me hables de ti. Nunca
había visto a un diplomático. Y ahora tengo el privilegio de compartir
la mesa con uno de verdad, de los mejores de México, y paisano,
además.

― Con todo gusto ― accedió el oriental―, pero, si te parece,


primero veamos qué quieres cenar. Hay dos posibilidades: ordenas
a la carta o me dejas hacer la elección.

― Estoy en tus manos ― repuso con alegría, mientras apuraba


hasta la mitad el vaso de cerveza que el mesero acababa de llenar.

Valerio se volvió al chef, que había acudido a su llamado, y le


habló en mandarín. El cocinero en jefe se retiró tras asentir
repetidamente y luego de hacer una reverencia.

― ¿Qué te interesa? Supongo que quieres saber de mi vida


profesional, que es también mi vida personal, porque una y la otra
han ido siempre juntas, como nos pasa a todos.

53
― Es verdad. Empecemos de cero. Soy lector de periódicos y
de seguido me encuentro con noticias que hablan del papel que
México juega en el medio internacional. Pero lo cierto es que no sé
nada de eso que genéricamente se conoce como servicio exterior.

― Que no te extrañe. Les pasa a muchos. A pesar de que somos


los abuelos de la administración pública mexicana. Vinimos al mundo
en 1821, con el nacimiento de México a la vida independiente. El
Servicio Exterior, con mayúscula, ha sido consubstancial del proyecto
mismo de nación. Su encomienda original no podía ser menos
significativa: obtener el reconocimiento de nuestro derecho a existir
como nación independiente tanto por las potencias de la época
como por la Santa Sede. Ésa ha sido una constante a lo largo de la
historia nacional. En cada etapa histórica, el cuerpo diplomático
mexicano ha defendido nuestra soberanía, la integridad del
territorio y el derecho a gobernarnos de conformidad con nuestras
leyes. No pocas veces, frente a la arrogancia de los poderes, los
diplomáticos mexicanos han hecho valer nuestros derechos, con
dignidad, esgrimiendo la razón y apelando a la justicia. Negociando
siempre. De frente. Ofreciendo lo que tenemos. Exigiendo a los
demás un trato conforme con lo que las normas que rigen las
relaciones entre los estados establecen.

54
Valerio estaba sereno. Convencido de lo que decía. Orgulloso
de la casa donde había servido toda su vida profesional. Desde abajo.
Escalando paso a paso. Aprendiendo siempre.

― Sé que recorriste toda la escalera diplomática. Desde el


primer escalón. Hasta la cúspide. Cónsul. Embajador. Ilústrame. Sé
que son rostros distintos del mismo servicio.

― Efectivamente. Somos como los especialistas médicos.


Trabajamos sobre el mismo cuerpo, pero sobre órganos distintos.
Espero ser claro. La función del embajador es de gran importancia:
velar por los intereses de su país. Y esto es mucho porque atañe a un
universo muy variado de cosas: económicas, culturales, políticas,
militares, ecológicas, derechos humanos, religiosas y cuanto pueda
aparecer en las relaciones entre gobiernos y pueblos. Su contraparte
es básicamente el gobierno ante el que está acreditado. La vocación
de los consulados es servir a los connacionales en el extranjero,
aunque sirven también a los extranjeros que deseen realizar alguna
actividad lícita en nuestro país. ¿Vives en el extranjero y quieres
casarte, divorciarte, registrar un hijo, dar cuenta de un familiar
muerto, necesitas apoyo legal o hacer una adopción? Acude al
consulado donde se te bridará el apoyo correspondiente. Desde
luego, estoy simplificando las cosas. Los diplomáticos son más que

55
eso. Mucho más. Son verdaderos ángeles guardianes en
circunstancias difíciles. Como la prensa diaria lo acredita. ¡Cuánta
gente, por la intervención de nuestros diplomáticos, conservó la
libertad, y aún la vida, en la época de los regímenes castrenses que
ensombrecieron a América? Nuestros cónsules y embajadores en
esos países, especialmente en Chile, dejaron constancia de valentía,
humanismo y extraordinaria habilidad negociadora, como lo registra
la historia universal.

― Se tiene la idea de que los diplomáticos disfrutan de sueldos


estratosféricos y que viven en una fiesta sin fin.

― Estamos conscientes de eso. Hablo en plural porque en el


medio se sabe que ésa es la percepción general. Pero te puedo decir
varias cosas. Para empezar, que no conozco a un solo diplomático
que se haya hecho rico con su sueldo. Por otra parte, no hay ninguna
arbitrariedad en la formulación de los tabuladores diplomáticos. Los
sueldos se establecen de conformidad con el costo y la dificultad de
la vida en el lugar de adscripción. Por otra parte, no hay, como podría
pensarse, una relación directa entre el sueldo del embajador, por
ejemplo, y el número de mexicanos residentes. El de Santa Lucía, no
cualquiera puede localizar ese país en el mapa, donde viven 24
paisanos, tiene un sueldo mensual de 9 100 dólares. Ghana es un

56
caso parecido: el sueldo asciende a 11 300 dólares y la población
mexicana a 18. Cualquiera, con todo derecho, se pregunta: ¿Está
bien? En el otro extremo se encuentra Japón, donde el embajador
percibe más de 15 mil dólares y la población de mexicanos suma algo
más de 2000.

―Creí que ganaba más el embajador en Estados Unidos.

―No. Éste percibe algo más de 12 mil dólares al mes. No me


preguntes cuál es la lógica, porque eso nos llevaría a discusiones que
merecerían otro tiempo y otro lugar. Pero datos como estos son los
que irritan a la gente. Y parece lógico que se pregunten para qué
gastar tanto en países que nos son tan distantes en muchos sentidos
o, para decirlo al revés, con los que casi no tenemos nada en común.
¿Ghana? ¿Santa Lucía? Hay una respuesta: chicos y grandes,
cercanos y lejanos, todos cuentan. Sobre todo, en el momento de
votar en el seno de los organismos internacionales, como la ONU. Y
por tal razón, es importante tener buenas relaciones con ellos, sin
salvedades. Por eso, como dicen los estadísticos, hay que ponderar,
o sopesar las cosas. En cambio, la nómina más cara es la de Estados
Unidos: más de 2 millones de dólares. El costo total anual de la
representación excede los 6 millones. Aparte de los sueldos del
embajador están otros, como los jefes de cancillería, encargados de

57
prensa, administradores y guardias de seguridad, y gastos fácilmente
comprensibles como renta de inmuebles, servicios de comunicación,
energía, agua, papelería y contando. Las rentas son un renglón de
gasto importante. La más cara es la de Inglaterra: cuesta más de un
millón de dólares al año y está ubicada en Londres.

La explicación de embajador Li fue cortada de tajo por el arribo


de los platillos, que aterrizaron en la mesa configurando una paleta
de colores y despidiendo un efluvio de olores, preludios ambos de
los sabores que encerraban. Eulogio España sintió que la boca se le
llenaba de agua a la vista del pato laqueado a la pekinesa, la sopa
wonton, el pollo gong bao, el cerdo agridulce y las lonjas de abulón
en lecho de lechuga.

A Eulogio España le gustaba comer. Figuraba en el top de sus


placeres. No le hacía el feo a nada. Pero sabía distinguir las calidades
de lo que se llevaba a la boca. Y lo que le había sido puesto en la
mesa por su anfitrión de esa noche figuraba entre las buenas cocinas
que había disfrutado en la vida. En especial el pato, el platillo insignia
del “Jardín Li”. Mientras degustaba los guisos, recordaba con ternura
los platillos que con ese nombre se servían en los restaurantes de su
tierra.

58
Igualmente, disfrutó la charla del embajador. Fuera motu
proprio o respondiendo a preguntas de bote pronto, Valerio Li puso
en sus oídos un listado largo de piezas informativas sobre China. La
Gran Muralla China, desde luego, los Guerreros de Terracota, el Gran
Timonel, la Ciudad Prohibida de Pekín, la Ruta de la Seda, la
Revolución Cultural, el Partido Comunista Chino, la visita de Richard
Nixon, la participación de Kissinger en el acercamiento con Estados
Unidos, la visita de Luis Echeverría, la adopción del sistema
capitalista en lo económico y la preservación del sistema comunista
en lo político, el control de la vida privada, la Guerra del Opio, la
diversidad étnica, las lenguas y dialectos en uso, la opresión de las
minorías, sus diferencias con India, el Tíbet. Eso y más en las casi tres
horas que permanecieron ante la mesa, en la que tras el segundo
vaso habían renunciado a la cerveza y pasado al té verde, tan
aromático y a propósito.

Doble E dejó el restaurante con sentimientos encontrados. La


cultura del embajador lo hizo sentir pena por no haber dedicado más
tiempo a la lectura y al estudio. Se consoló, sin embargo, con el
recuerdo de las chavelas, redondas, frías y ambarinas y las botanas
de pescado frito que tanto había disfrutado en los años juveniles. Un
quid pro quo, se dijo en silencio. También para él solo se prometió
llevar al “Jardín Li” a su esposa e hijas. “Aunque me cueste un ojo de
59
la cara”, pensó al imaginar los precios de los manjares que eran
servidos ahí.

Como la prensa informara puntualmente en su momento, los


integrantes de la banda que habían perpetrado el atraco al King Road
4G 101 habían sido sentenciados a reclusión carcelaria. No así el jefe
de la banda quien por intercesión de su suegro y con base en ciertas
argucias legales fue puesto en libertad. Por su minoría de edad, el
joven informático fue remitido al reclusorio para menores con la
indicación de que una vez que alcanzara la mayoría de edad fuera
remitido a la cárcel donde debería cumplir el resto de la condena, lo
que sucedió tres meses después de ser sentenciado.

Cuando el chico ingresó a la penitenciaría estatal fue bien


recibido. Tanto por los empleados que dieron trámite al ingreso
como por la población carcelaria. Contrariamente a lo esperado,
incluso por él mismo, no fue objeto de ninguna agresión. No recibió
el trato que es fama se da a los nuevos reclusos, en especial a los
jóvenes. Fue ubicado en una celda y recibió cama y los tendidos
correspondientes, lo que no era común. Al día siguiente, se supo por
qué. Después del desayuno, fue conducido a la presencia del jefe de
la comunidad recluida. El hombre, a quien todos trataban

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obsecuentemente y con ostensible temor, lo recibió de pie y una
amistosa sonrisa. El joven le sonrió nerviosamente. Temblaba de
miedo. Porque no sabía la razón de que lo hubieran llevado ahí. Ni
siquiera sabía la identidad de aquella persona. Se había dejado
conducir y esperaba lo peor. Porque había sido advertido de lo que
podría esperar una vez dentro de ese lugar donde el desamparo era
la regla. El hombre lo abrazó, le dio palabras de bienvenida y le
ofreció una silla. Ordenó que le llevaran café y un platón de galletas,
que el joven aceptó con sumisión. Sin dejar de sonreír, el sujeto lo
miró a los ojos con sus ojos color de cielo nublado. Tas unos
segundos, le dijo, adoptando un tono serio, casi paternal.

― Puedes estar tranquilo. Estás seguro. Nadie te va a molestar.


Estás bajo mi protección. Lo has estado desde que pusiste un pie en
el penal.

El joven asintió. Se sentía aún más inseguro, porque no sabía


qué podía significar aquel discurso. Para empezar, no sabía por qué
debería ser protegido. Ni de qué. Tal cosa lo entendería muy poco
tiempo después. Además, qué tendría que dar a cambio. Porque eso
sí lo entendía muy bien: nada es gratis. Si te dan, tienes que dar.

La respuesta a sus dudas llegó de forma directa.

― Vas a trabajar para mí.

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No le preguntó si quería hacerlo. Le estaba informando.
Tampoco sabía qué se esperaba que hiciera.

― Sé las cosas que te tienen aquí. Ahora las vas a hacer, desde
aquí y para mí.

Guardó silencio, como para dar tiempo a que entendiera. El


joven entendió. En un instante. Y una sonrisa le iluminó el rostro.
Comprendió en aquel segundo de luz que a cambio de su saber el
delincuente mayor le garantizaba pasar la reclusión al resguardo de
cualquier agresión. Y sin darse cuenta se le vio asintiendo.

― Perfecto ― exclamó el delincuente. Te voy a explicar lo que


vamos a hacer.

El joven informático recibió la explicación con verdadero


interés. Y entusiasmo manifiesto. Porque su nuevo jefe le estaba
proponiendo hacer cosas que sabía hacer perfectamente y porque a
cambio, además de otras cosas, tendría protección total, un bien que
en las prisiones de todo el mundo es de los más preciados, porque
significa ni más ni menos que la sobrevivencia misma.

― Necesitaré equipo ― le dijo en la creencia de que ahí no


podría contar con él y los planes se vendrían a bajo.

― Di qué necesitas y lo tendrás.

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― Y un lugar para trabajar.

― Aquí al lado ― repuso de inmediato, como si esperara la


petición y tuviera la respuesta, lo que era verdad―. En la celda
contigua a la mía pondremos tu oficina. De esa manera
aseguraremos que la información no se nos escurra.

― Excelente ― respondió el joven―. Estoy listo para


empezar―. Lo dijo con tanto énfasis que el hombre no pudo menos
que sonreír.

¿Qué le había planteado el delincuente en jefe a su nuevo


recluta? ¿Qué le había confiado?

― Desde aquí, dirijo mi tropa. Desde aquí les indico qué deben
hacer. Trabajamos en todo el estado. Y aún más allá. Somos una
banda grande y bien organizada. Con la información que nos vas a
proporcionar, haremos mucho dinero. Vas a hacer, pero a lo grande,
lo que le hiciste al suegro de tu profesor. Yo te voy a dar nombres y
tú te encargarás de meterte en sus secretos para convertirlos en
dinero. Los investigarás hasta desnudarlos. Sus finanzas, sus vínculos
políticos, sus secretos de alcoba, sus filiaciones políticas, sus
inclinaciones sexuales. Todo hasta encontrar en cada uno la veta que
nos permita exprimirlos.

63
El jefe cumplió su palabra. Porque tenía dentro del penal
verdadero poder. Antes de una semana, a la celda que sería su
despacho, y que fungía ya como su recámara exclusiva, fueron
introducidas cajas selladas con las máquinas y otros equipos que
había pedido. Y con un módem exclusivo para los servicios de
Internet. Tras la instalación del equipo, llegó la primera orden de
trabajo. Un empresario del sur de la entidad, avecindado en
Mazatlán, que había hecho fortuna en la administración pública
municipal, estatal y federal. Se sabía que en los fondos públicos que
había administrado se hallaba la fuente primigenia de su fortuna,
aunque la biografía oficial mostrara el rostro de un hombre de
trabajo tesonero y honesto.

El individuo presumía de la alta tecnología que había


incorporado en sus empresas, y decía verdad, sólo que había
descuidado en forma suicida sus servicios de seguridad, por lo que
era sumamente vulnerable a cualquier ataque cibernético. Entre sus
lados flacos se hallaba defraudación fiscal. Por años, gracias a la
acostumbrada doble contabilidad, había trampeado al fisco, delito
sumamente grave en la nueva legislación impositiva. Amenazarlo
con hacer público ese estado de cosas, lo que significaría echarle
encima a la jauría de Hacienda, siempre ávida de dinero, era algo que
no podría resistir, y cedió al chantaje que personas bien entrenadas
64
supieron ejercer. Por si tal cosa no hubiera sido suficiente, dirigía una
red que contrabandeaba mercancías diversas desde China y Estados
Unidos, para lo cual se servía de arreglos oscuros con importantes
funcionarios del área y ciertos agentes aduanales.

Ése fue el principio. El jefe muy pronto le demostró al joven por


qué era el jefe. No sólo atacaba directamente a los objetivos que se
proponía, sino que muy pronto ofreció a otros delincuentes, dueños
de sus propias bandas, sus servicios, consistentes en paquetes
informativos sobre personas relevantes, sobre todo por su riqueza,
que ocultaban cosas que preferirían mantener en la oscuridad del
secreto y que estarían dispuestas a pagar para que permanecieran
así.

El jefe de jefes conocía al dedillo el caso del asalto al King Road.

Sabía a la perfección la identidad de cada uno de los que habían


participado en él y el papel que habían jugado. Sentía admiración por
el profesor que había concebido el atraco y que, en buena medida,
era el padre del negocio que ahora explotaba. Sabía, porque se lo
había informado el informático, que después del King Road, su plan
era descubrir vulnerabilidades de gentes pudientes para
chantajearlas. Sin embargo, la intromisión de Eulogio España le había

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impedido concretar su proyecto. Quería conocerlo. Platicar con él. Y
quizá proponerle un negocio. Por eso le dijo a su joven cibernauta:

― Sé que tu jefe, el maestro, te visita. Sé que está haciendo


gestiones para sacarte de aquí. Ha contratado un bufete jurídico para
ese objeto. Es posible que lo consiga. También está dando la pelea
por tu mamá y los demás miembros de la banda. Me imagino que
porque se siente culpable por la suerte que les ha tocado a ustedes
jugar. No descarto que lo mueva la simpatía y el afecto. O la
solidaridad entre compañeros de trabajo. Aunque podría ser que
quiera llevar a cabo sus planes originales. Y para eso los necesita.
Particularmente a ti. Dile que tengo interés en conversar con él. Voy
a solicitar a la administración del penal que autorice la visita en
cuanto la gestione. Hazme ese favor.

El profesor estaba enterado por su alumno de las maldades que


los ocupaban. Y sonrió con satisfacción al percatarse de que se le
habían adelantado. Le gustó la invitación. Y aceptó.

La solicitud de entrevista fue autorizada de inmediato, y un día


de visita general, sin mayores trámites, fue entrado al penal y
conducido a un lugar apartado, donde podrían conversar, al abrigo
de los oídos de los presos, siempre a la búsqueda de algún dato que

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pudiera significarles un beneficio, pero no de las miradas, porque lo
harían a la vista de los reclusos y sus visitantes.

El jefe de los prisioneros lo recibió de pie y lo abrazó con el


afecto con que se recibe a un amigo estimado.

Tomaron asiento en sendos poyos de cemento ante una mesa


del mismo material, servida con una jarra de café y panes y galletas
de la panadería del presidio. Había también una cesta de frutas de la
estación.

― Gracias por venir, profe. Tenía muchas ganas de conocerte y


charlar.

El profesor se sentía incómodo. No sólo por la fama de su


anfitrión, sino también por la guardia personal que lo rodeaba,
integrada por hombres de aspecto torvo. Sin embargo, se mantenían
a distancia. Suficientemente cerca, como para repeler una agresión,
y a la vez a una distancia que les impidiera escuchar la conversación,
que, por otra parte, tras las expresiones en voz alta propias del
saludo, adoptó un tono bajo, como de conjura.

― Profe: Sé que estás enterado de ciertas cosas que hacemos


desde el penal en las que tu muchacho es pieza central. Estoy en
deuda contigo, tanto por la idea de obtener información utilizando
medios informáticos y utilizarla para obtener alguna ganancia, como
67
por el entrenamiento que le diste al chico. Es un chaval de primera.
Una mina apenas explotada que tiene muchísimo más que dar. Y a
eso voy. Una fuente confiable me ha informado que, en poco tiempo,
y gracias a tu empeño, obtendrá la libertad. Que otro tanto sucederá
con la madre y con los otros miembros de tu banda. No sé qué planes
tienes para ellos, aunque puedo hacerme conjeturas. De lo que estoy
enterado es que no tienes trabajo, por razones obvias, y que ni el
chico ni su madre conseguirán quién los contrate. Van al desempleo.
Y sin ahorros, no les esperan buenos tiempos. ¿Estoy en lo cierto?

El profesor no contestó; se limitó a asentir con un leve


movimiento de cabeza. El delincuente decía verdad, pero lo intrigaba
saber hacia dónde dirigía sus pasos. Tenía la garganta seca.
Mordisqueó una galleta, dio un sorbo al café y lo miró a los ojos en
actitud del que espera la revelación. El delincuente sabía de su
absoluta posición de dominio. Por eso, no tenía prisa. Asintió, quién
sabe por qué. Se removió en el asiento y luego echó el cuerpo
adelante en actitud de confidencia.

― Yo voy a estar todavía un buen rato en esta chirona. Y si bien,


puedo trabajar aquí todavía a mis anchas, siento soplar vientos de
cambio. Estoy enterado de que en todos los penales de la entidad
van a aplicar medidas muy estrictas de control. Cuando lleguen a

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este reclusorio, no me será posible seguir haciendo las cosas que
hasta ahora he hecho sin que nadie me estorbe. Necesito sacar la
operación de la cárcel y ponerla fuera, en otra locación. ¿Me sigues?

El profesor asintió, no sólo porque entendía las palabras, dichas


con toda claridad y precisión, sino también porque empezaba a
vislumbrar el rumbo que llevaba el discurso del delincuente.

― Afuera, tengo un ejército leal y numeroso. Cuento con gente


en todas partes. Quiero subrayar esto: en todas partes. Donde me
digas. Es importante que comprendas esto.

Lo miró a los ojos con una mirada dura, tan severa que el
maestro no la pudo sostener y parpadeó rápidamente.

― Pero es tropa. Necesito oficiales. Gente con capacidad de


organización. Que resuelva problemas usando la cabeza, no los
puñetazos ni las balas.

Hizo un alto. Guardó silencio por el tiempo suficiente para que


el profesor asimilara sus palabras. Y se lanzó a matar.

― Tú eres la persona que necesito. Y a nuestro joven


informático. Quiero seguir haciendo desde fuera lo que hacemos
desde aquí. Y abrir un par de frentes que te voy a platicar. Pero antes
quiero saber si estás dispuesto a ser mi representante allá fuera.

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La mente del profesor había entrado en sintonía con la de su
interlocutor y funcionaba ya a gran velocidad, tanto que rebasaba las
ideas del maleante. Oyó que en voz baja y sin ningún tono de
apremio le preguntaba:

― ¿Comprendes? ¿Quieres entrarle? No necesito decirte que


las ganancias pueden ser muy elevadas. Aunque no quiero dejar de
advertirte que los riesgos son equivalentes. No puede ser de otro
modo: cuando se apuesta fuerte, los descalabros pueden ser
igualmente duros. Te pregunto de nuevo: ¿le entras?

El asintió en señal de aprobación, al tiempo que exponía las


dudas que habían surgido de manera natural.

― ¿Con qué voy a trabajar? El dinero se me está acabando. Vivo


en un departamento de soltero y me movilizo en un auto que pasa
la mitad del tiempo en el taller. ¿Cómo conoceré a la gente que
supuestamente voy a comandar?

― Doy por hecho que aceptas mi invitación. Despreocúpate


por los gastos. Yo me haré cargo de ellos hasta que el negocio
prenda. No tendrás que trabajar en tu casa. Sé dónde vives y no sería
buena idea situar nada ahí que atraiga la atención de la gente. Tengo
un inmueble que fungirá como cuartel de operaciones. Es una casona
que un amigo no pudo estrenar, vaya, ni siquiera terminar, porque

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le cayó el gobierno y le dieron un mundo de años de prisión. Su
mujer, la dueña legal, me la vendió. Voy a darte las llaves para que
pases a ocuparla. La cuida gente mía. Los voy a enterar para que te
permitan el acceso y se pongan a tus órdenes.

― Entiendo el negocio de la exploración de archivos y la forma


de utilizarlos. ¿Cuáles son esos otros trabajos que tienes en mente?
Para ir adelantando.

― Nos vamos entendiendo. Pon atención.

La siguiente hora fue suficiente para que el panorama


empresarial quedara desplegado, sin lugar a duda.

― Esas cosas requieren de equipos especializados. Algunos tan


especializados que no se pueden adquirir en plaza y habría que
traerlos de una ciudad más grande, como Guadalajara o la capital
nacional. Además, no sabría qué ni cómo pedirlos.

― De acuerdo. Pero para eso tendrás las asesorías debidas. En


un par de días te va a visitar un arquitecto. Con él verás dónde poner
cada cosa y él se encargará de la adecuación de los espacios. Luego,
irán los otros. Ten confianza. Lo tengo todo planeado.

71
Eulogio España conoció la casona sólo un poco después de que
le fuera notificado que era el domicilio donde la camioneta suburban
buscada habría parado alguna vez. A fin de no llamar la atención,
utilizó un vehículo utilitario de una compañía refresquera cuyo
chofer, no sin orgullo al percatarse de que estaba sirviendo a un
importante jefe policíaco, accedió a pasarlo frente al inmueble, con
conveniente lentitud, para que pudiera observarlo sin llamar la
atención de sus ocupantes.

El barrio era un área de nueva creación, es decir, abierta a la


construcción tres años atrás para dar cabida a las necesidades de
vivienda de la creciente población de la ciudad.

Se asentaba en tierras secas, o semiáridas, sin valor para la


agricultura, que, en tiempos de aguas, habían albergado hatos de
ganado y cabras que ramoneaban los brotes tiernos de los huizaches,
acacias y zacatales que prosperaban en esas fechas. Pasados los
temporales, las tierras mostraban su eterno rostro: un monte bajo
raquítico que servía de hábitat a una fauna menor de conejos,
lagartijas, aves de rapiña y uno que otro coyote.

El propietario original sabía que sus tierras no tenían vocación


agrícola, pero las amaba porque eran patrimonio que había creado
alrededor de una heredad menor que había recibido de su padre y

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de su abuelo. La simple idea de deshacerse de ellas le producía un
sentimiento de traición a la memoria de sus viejos.

Pero murió.

Y los hijos, que no participaban de sentimientos tan


románticos, acordaron desmontarlas, fraccionarlas y ponerlas a la
venta. Tras convenientes acuerdos con las autoridades municipales
clave se hizo el trazo urbano y se obtuvo la indispensable dotación
de servicios básicos. Una inmobiliaria proporcionó el financiamiento
y se ocupó de la promoción y venta de los terrenos. Los había de
diversos tamaños y se podía adquirir el número de ellos que se
quisiera. El dueño de la casona había adquirido tres mil metros
cuadrados y en el listado de necesidades que le proporcionó al
arquitecto contempló varias habitaciones, un bar y un sótano,
además de lo habitual en esos casos: cocina, comedor, sala de estar,
área para el lavado y planchado, cochera para tres vehículos y
ajardinado exterior. Habría dos puertas: una sería la entrada; la otra,
la salida. El desplante arquitectónico suponía dos niveles. La mansión
fue construida casi hasta su totalidad. Pero no llegó a los detalles,
como la pintura y el ajardinamiento. Por eso daba la impresión de
ser una casa en obra negra o a medio construir.

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EE no sabía de arquitectura, pero sí sabía reconocer una casa
bella. Allá cuando noviaba, y aun en sus primeros años de casado,
gustaba de recorrer los desarrollos residenciales que surgían para
gente de altos recursos, simplemente para gratificarse viendo
construcciones que sabía que tal vez nunca podría adquirir.

A la vista de la mansión no pudo menos que reconocer el buen


gusto del que la había mandado hacer y el talento del arquitecto que
la había concebido.

El fraccionamiento se abría a la vida. Era nuevo, como ha


quedado asentado. En la cuadra no había otra construcción. Más
aún, en el fraccionamiento no había muchas casas construidas o en
proceso. Y varios terrenos exhibían todavía los muñones de los
árboles y plantas que habían poblado dichas tierras. En un predio
aledaño a la casona, del tronco de un palo verde salían retoños que
se adherían a la vida; otro tanto sucedía con el añoso tocón de una
nopalera. EE sabía, porque lo había visto infinidad de veces, que así
reaccionaba la naturaleza mientras hubiera un rescoldo de vida.

El jefe policíaco quería poner la casa en vigilancia. Pero no


había dónde colocar los puestos a propósito. Ponerlos a la vista
equivalía a malograr la operación a nativitate, es decir, al nacer.

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El propietario de un edificio situado a trescientos metros de la
casona, único lugar donde se podía poner una barraca de
observación, puso a disposición del cuerpo policíaco la azotea del
inmueble. Se ordenó vigilancia 24X1, es decir, las veinticuatro horas
del día.

Se avitualló al personal encargado del paraje con cámaras


fotográficas y de video y se le ordenó registrar los movimientos de
personas y vehículos que se dieran en la casa. Debía dar cuenta de
entradas y salidas de aquellas y estos. La instrucción abarcaba
también tomar nota de cualquier movimiento que ocurriera ante el
inmueble. Por nimio que pareciera.

El primer equipo empezó a las 11 de la mañana y rindió un


informe blanco: sin novedades. No fue el caso del segundo turno que
tomó el relevo a las 9 de la noche. Éste dio cuenta de que entre las
10 y la una de la mañana una camioneta tipo SUV, una unidad de una
empresa de paquetería y hasta 5 automóviles habían ingresado a la
mansión y la habían dejado sucesivamente en un lapso que se
extendía hasta las 7. Luego, la mansión había quedado sola, como si
no la habitara nadie.

Los vigilantes habían videograbado a los vehículos y registrado


las placas, lo que permitió de inmediato conocer la identidad y

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domicilio de los dueños, y luego conocer sus profesiones y
ocupaciones. Dicha información permitió a los investigadores
elaborar las más diversas hipótesis sobre lo que ocurría entre las
paredes de la casa. ¿Prostitución? ¿Juegos de azar? ¿Consumo de
drogas? ¿Apuestas? En vía de mientras, se ordenó ponerlos bajo
vigilancia estricta.

Los turnos diurnos siguientes dieron el mismo informe: Ningún


movimiento. Otro tanto reportó el turno nocturno: la casona no
había recibido visita alguna. Los investigadores se hacían cruces de
lo que podría estar sucediendo tras aquellos muros. Tres noches
después, se registró un movimiento nocturno como el de la primera
vez. El análisis de los videos mostró los mismos vehículos de aquella
ocasión. Habían entrado en el mismo orden. Algunos se habían
perdido en lo que parecía un sótano y habían vuelto a aparecer hasta
que dejaron la casa. Aunque las hipótesis iniciales permanecían,
habían surgido otras. ¿Reunión de jefes del bajo mundo? ¿Junta de
extorsionadores? ¿Planeación de atracos? ¿Reparto de ganancias?
La identidad de los contertulios podía sustentar algunas de las
hipótesis formuladas. No así otras que los investigadores se habían
planteado.

76
Cuando EE, Mario Pérez Valdovinos y Genoveva Rentería
conocieron la identidad de los visitantes nocturnos de la casa, se
miraron sorprendidos.

― Amazing ― exclamó España en la forma que usaba para


expresar su extrañeza ante cualquier suceso extraordinario o
sorprendente.

― Aquí estamos de nuevo ― se limitó a decir la detective RS.

El detective RS lo dijo de otro modo:

― ¿En qué andarán metidos ahora estos bribones?

― En lo que saben hacer ― repuso su mujer.

― Tiene que haber otras cosas. Para hacer lo que saben hacer,
y les salió tan bien en el pasado, no se requiere de una armazón tan
complicada como la que tenemos enfrente ― insistió Pérez
Valdovinos.

― Cierto ― aceptó Genoveva Rentería, que había


comprendido el razonamiento de su esposo y compañero de trabajo.

EE coincidía con la reflexión del policía. Había llegado a


conclusiones semejantes. Dos de los individuos identificados habían
incursionado exitosamente jaqueando archivos para planificar y
ejecutar el asalto a un camión de carga. Habían penetrado los

77
archivos del dueño del embarque robado y puesto en juego un
operativo que les había permitido apoderarse del cargamento. Para
eso no habían requerido de mayores instalaciones. Les había sido
suficiente un equipo de cómputo y un buen técnico informático. El
trabajo había sido preparado desde la mesa de trabajo que el
competente cibernético tenía en su recámara. En la casona tenían
que estarse realizando cosas para las que las instalaciones de esta
fueran indispensables.

― Sólo hay una forma de saberlo ― dijo Genoveva con


seguridad.

― Sí ― aprobó Mario.

― Si están pensando en un cateo, estoy de acuerdo ―dijo EE―.


Habría que solicitar a un juez que libere la orden. Y no la va a
obsequiar si no le damos elementos convincentes. ¿En qué
sustentaríamos la solicitud? Las causales que conocemos: juego,
prostitución, conspiración para delinquir, drogas, tal vez no den
suficiente.

Genoveva Rentería interrumpió a su jefe:

― Pornografía infantil ― dijo con la seguridad del que dice lo


que los demás piensan, pero no se atreven a admitir.

78
EE la miró a la cara con seriedad aparente porque sabía que
Genoveva Rentería había interpretado su sentir y el de Pérez
Valdovinos.

― Te escucho. En qué sustentas tu hipótesis.

Mario asintió y se volvió a mirar a su mujer con ostensible


orgullo. Sin dejar de asentir se volvió a Eulogio España que esperaba
la explicación.

― Todo apunta en esa dirección. La camioneta que


transportaba a los niños se dirigía a la casona y los niños que traía no
podrían tener un destino distinto que ese, si no es que peor.

EE la miró intrigado y con la mirada la invitó a seguir.

― No tengo más que agregar. Estoy segura de que con los


elementos que tenemos ningún juez se negaría a otorgar la orden
que necesitamos para entrar en esa casa y salir de dudas.

Al día siguiente de aquella conversación, el grupo tenía en su


poder la autorización solicitada. Facultaba a los investigadores a
revisar todos los rincones en busca de cualquier indicio que probara
que en el inmueble se llevaban a cabo actos calificados en el mismo
documento como pornografía infantil. El vaticinio de Genoveva

79
Rentería, dicho como para completar una oración, se cumplió
ampliamente: los policías encontraron cosas que iban mucho más
que lo buscado.

La fuerza de tareas que realizaría la operación fue concentrada


en actitud de alerta en instalaciones de la policía ministerial a la
espera de la instrucción para desplazarse. Los vehículos estaban
listos lo mismo que los equipos de trabajo necesarios para realizar
los menesteres específicos que requeriría el asalto al inmueble.

Desde el punto de observación, EE daría la orden; la operación


estaría comandada por Mario Pérez Valdovinos.

Hacia las once de la noche, los vehículos habituales habían


ingresado. Eulogio España ordenó que el operativo diera comienzo.
Los elementos comisionados abordaron los transportes que de
inmediato se trasladaron a la casona. A fin de no ser detectados,
descendieron a una distancia prudente y a pie, con los equipos a
cuestas, arribaron al inmueble. A una orden, transpusieron las
bardas y se lanzaron sobre las puertas, la principal y otras laterales,
cuya ubicación conocían porque había obtenido de la dependencia
municipal que había autorizado la construcción los planos de la obra.
Las derribaron y como una ola oscura entraron y se desplegaron por

80
los dos niveles, al tiempo que con la algazara propia en esos
operativos anunciaban su presencia.

¡Policía!, ¡Policía! fue la única voz que se escuchó durante los


segundos que les tomó hacerse del control de la finca. Los ocupantes
fueron reducidos y concentrados en la sala. Eran siete individuos;
todos masculinos.

Eulogio España fue recibido por Mario Pérez Valdovinos en la


puerta principal.

― ¿Todo en orden? ― le preguntó como si nada hubiera


pasado.

― Positivo, señor ― contestó brevemente. EE vestía, como


todos los demás miembros del equipo de asalto, el uniforme azul
marino de faena.

― ¿Dónde los tienes?

― En la sala; aquí al lado. Son siete.

Eulogio España lo miró interrogativamente.

― Están los ya conocidos y otros que no esperábamos.

― Trasládenlos. Ya nos ocuparemos de ellos.

― A la orden, señor.

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Con un movimiento de cabeza, Pérez Valdovinos giró la
instrucción y un oficial inició el traslado de los prisioneros. España no
se dignó volver la vista para constatar su identidad. Sabía quiénes
eran.

― ¿Qué encontraste?

― Cosas terribles. Sígame ―por favor.

Subieron a la planta alta. Las puertas de las habitaciones


estaban abiertas de par en par. Las inspeccionaron una a una. Al
pasar de una a la otra, el asombro de doble E iba en aumento. Pero
el espectáculo que le mostró la última lo hizo vomitar. Sus ojos le
daban imágenes que su cerebro se negaba a procesar. Se sentó en
un banco y se agarró la cabeza con las dos manos.

― No puede ser ― se decía moviendo la cabeza de un lado a


otro, mientas sus ojos se llenaban de llanto.

Unos sollozos difícilmente controlados lo obligaron a volver la


vista hacia la fuente. Recargada en la pared, con la cara entre las
manos, Genoveva Rentería lloraba desconsoladamente.

― ¡Qué horror! ¡Qué horror! ― decía y repetía como en


letanía.

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Cuando recobró el control, Eulogio España se incorporó: se
dirigió a la policía y la abrazó hasta que recobró la calma. Miró
despaciosamente. Y fue tomando conciencia en toda su magnitud
del drama que sus ojos le habían descubierto.

Sobre una mesa de operaciones se hallaba el cuerpo de un niño


abierto en canal. Casi vacío. Unas cajas especiales le indicaron sin
palabras dónde podrían encontrarse los órganos retirados. Para qué
preguntar. A la vista estaba narrado el drama. Crudamente. Sin
matices.

Se dirigió a la puerta del cuarto. Cedió el paso a Genoveva


Rentería y también a Pérez Valdovinos. Luego, salió con paso lento,
casi arrastrando los pies.

Llamó al forense en jefe, como acostumbraba a referirse al


responsable del área y le ordenó:

― Haz un reporte minucioso. Como para el gobernador. Y para


contestar cualquier respuesta a las preguntas que deberemos
responder.

― Copiado ― contestó el aludido y se aplicó de inmediato a


cumplir la instrucción.

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― Vamos afuera. Salgamos ― les dijo EE a los detectives. Antes
de retirarse, le ordenó a Genoveva Rentería―: Registren todo.
Minuciosamente. Asegúrate de que no quede nada sin revisar.
Incauta lo que sea necesario.

Luego le ordenó a Mario Pérez:

―Quiero que esta misma noche los interroguen. Háganlos


hablar. Sáquenles todo lo que tengan. Graben todo; imágenes y
voces. Apéguense al reglamento. Que ninguno se escape alegando
faltas al debido proceso.

Eulogio España había enviado al gobernador una tarjeta en la


que le informaba a grandes rasgos algunos aspectos relevantes del
caso y de la forma como había terminado. Con la tarjeta le hizo llegar
algunos documentos de apoyo. Era sabido que al funcionario no le
bastaban los informes resumidos y pedía información adicional que
le permitiera formarse una opinión propia. Se sabía que leía todo lo
que caía en su escritorio. Tal cosa era posible, se conocía también,
gracias a los cursos de lectura rápida tomados en sus tiempos
estudiantiles.

En esta ocasión ni los documentos probatorios anexados al


informe resumido le habían bastado. Por eso, citó a Eulogio España
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para profundizar en el asunto. La reunión tendría lugar a las once de
la mañana de un sábado. Lo recibió en la terraza del jardín. El día
estaba soleado, pero fresco. Los bochornos del verano no habían
tomado aún a la ciudad ni a la entidad, como sucedería solo unas
pocas semanas más tarde. Según supo doble E durante la
conversación, el caso había trascendido los escaparates locales y
llegado hasta oficina de la Primera Dama presidencial quien
directamente le había solicitado algunos detalles que el gobernador
no pudo proporcionar. Para conocerlos, había citado al jefe policíaco.

De su interés daba cuenta la jarra de café y la cesta de galletas


y panecillos dispuestas sobre la mesa.

― Leí tus tarjetas y los documentos que me hiciste llegar. Creo


que entiendo lo que pasó, pero necesito algunas precisiones. Y
ampliaciones. Cuéntame la historia. Desde el principio. No te
preocupes si dices cosas que ya me hayas informado. No omitas
nada. Aunque seas repetitivo. La esposa del presidente quiere saber
qué pasó. Temen que pudiera haber casos parecidos en otros
estados. Y aun en la capital nacional.

EE entendió que su jefe estaba realmente interesado en


conocer el caso, porque tenía fama de interrumpir a sus informantes

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cuando hablaban de cosas que de alguna manera conocía. Con esa
confianza, atendió la solicitud del jefe.

― Las presunciones iniciales sobre la presencia de los cuerpos


de dos infantes en la suburban chocada frente al “Jardín Li” fueron
esclarecidas casi de inmediato. Ni consumo de carne humana ni ritos
satánicos. También se pudo encontrar la matriz del infundio
periodístico que dio lugar a especulaciones que dañaron intereses y
reputaciones. El esclarecimiento de dichos inventos, si bien disipó los
temores iniciales, nos dejó una incógnita muy seria. ¿Qué hacían los
niños ahí? Concluimos que la clave estaba en la camioneta. Puesto
que el chofer había escapado sin dejar huella, resultaba
indispensable localizarla para así llegar al principio de la hebra. El
conocimiento de las placas no aportó al caso, porque el vehículo
había sido robado en El Fuerte. La dirección de vigilancia vehicular
de la ciudad nos proporcionó video grabaciones que hicieron posible
localizar la camioneta y seguirla hasta el último punto de
observación instalado. Pero no nos dio información que permitiera
conocer el final de su trayecto. Ante esa limitante, recurrimos a los
rastreadores de la comandancia, verdaderos expertos en trabajo de
campo. Gracias a eso fue posible ubicar el inmueble de destino. Esto
nos puso en camino de la solución del caso. La vigilancia 24X1 nos
configuró un panorama hipotético del que desprendimos algunas
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líneas trabajo. Debo admitir que la realidad nos superó. En grado
superlativo.

Cuando usó esa expresión, doble E sintió que se había


excedido. Y apretó el cuerpo a la espera de un comentario sarcástico,
del tipo que su jefe acostumbraba a hacer. Pero, no. El jefe lo miraba
atento y respetuoso.

― Nuestras hipótesis más audaces conducían a pornografía


infantil. Y eso encontramos. Pero mucho más. El examen de los
hechos nos ha enseñado que nuestras concepciones al respecto son
demasiado modestas. Muy limitadas. Aldeanas, provincianas, si se
vale la expresión. Lo que se hacía en la casona era otra cosa. Para
entenderlo, hay que considerar que la explotación de menores
presenta más modalidades que las que solemos suponer. Dicho
fenómeno incluye diversos campos. Le ruego que me tenga
paciencia, porque lo que me propongo decir es útil para entender el
fenómeno, como los académicos suelen decir.

El gobernador asintió. EE comprendió que su jefe estaba


verdaderamente interesado en su versión de las cosas.

― Los niños pueden ser tratados de muchas maneras


reprobables. Algunas son muy conocidas; otras, no tanto. Un listado
breve considera las siguientes. Una es la económica, que consiste en

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la utilización de criaturas para realizar actividades productivas
impropias de su edad o violatorias de la ley. Figuran aquí la
mendicidad controlada, el halconeo, la pizca de productos
prohibidos, y aun en los campos agrícolas, la mensajería hamponil,
la servidumbre doméstica y el chalaneo en talleres mecánicos y
construcciones, entre otras. Otra es la explotación sexual, que tiene
varios rostros, como el voyerismo y la utilización física de los
cuerpos. Hay una tercera modalidad, poco conocida: la tortura.
Lugar especial ocupa la extracción de órganos con propósitos
mercantiles. Finalmente, el asesinato y el desmembramiento,
seguidos de la desaparición de los cuerpos. Este listado de
posibilidades, que tal vez no sea exhaustivo, debe tenerse en cuenta
para describir lo que se hacía en la casona. Se hacía pornografía de
distintos tipos, porque el abanico de consumidores es también muy
vario pinto. Los hay contemplativos, refinados, detallistas; les gusta
el voyerismo. Gustan de contemplar cuerpos inmóviles. Recorrer con
la vista la frente, los ojos, los labios, el cuello, los pies. El cuerpo
vestido, pero las prendas recogidas en forma tal que se vean los
principios de las partes pudendas. Sean de niñas o de niños. Los
consumidores de esos materiales se encuentran principalmente
entre viejos que vieron pasar muchos años atrás los vigores del sexo.
La casona acondicionó una habitación en las que se los videogrababa

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y fotografiaba en condiciones propicias para obtener esas imágenes.
Otro grupo de usuarios se halla en un polo extremo: los que
prefieren mirar el ultraje brutal de pequeños de uno y otro sexo. Las
penetraciones violentas es lo que más los excita. En otra habitación
se realizaba este tipo de actos bestiales. Se disponía aquí también de
los equipos que registraban imágenes y sonidos. Había una tercera
habitación. Insonorizada. Era la de la tortura. Se infligía a los
pequeños diversos tipos de sufrimientos físicos. Hasta hacerlos gritar
de dolor. Ahogamientos, quemaduras, mutilaciones, aplicación de
irritantes en ojos y heridas son algunos ejemplos. Todo grabado.
Para los sádicos de todo el mundo. La estación siguiente era la
extracción de órganos y el asesinato de los chicos. La última era su
eliminación física, su desaparición, que incluía el desmembramiento
de los cuerpos y su inmersión en ácidos corrosivos. También
grabado, porque también hay mercado para ello. Al final, nada. Sólo
las imágenes que mostraban cada etapa del proceso a que era
sometido cada pequeño, que eran subidas al Internet profundo
donde pululan los compradores de dichos productos.

El gobernador no interrumpía; no hacía preguntas. Se limitaba


a escuchar. Eulogio España leyó aquel gesto como una invitación a
seguir.

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― Aquí la intervención del joven informático es crucial. Sin él,
la correa de trasmisión no podría correr. Él detectaba los mercados;
los mercados de todo tipo. Identificaba los universos de pedófilos y
les ofrecía su producto. Lo mismo que a las familias necesitadas de
órganos para un trasplante. Gente pudiente que estaría dispuesta a
pagar cualquier fortuna para obtener un órgano, sin reparar en su
procedencia, si en ello le iba la sobrevivencia de un ser querido,
como un hijo o un nieto. Llegaba a esos posibles compradores y les
ofrecía el órgano que requirieran. Su mercado principal estaba en
Estados Unidos y México.

― ¿Cómo cobraban?

― Bitcoins.

― Un terreno de expertos.

― Sí. La madre del informático. El tiempo que estuvo en la


cárcel lo empleó en estudiar ese mercado. Con gran visión, por
suerte.

― ¿Cómo despachaban los órganos?

― Por un servicio de mensajería de la misma organización.


Proporcionaba los envases especiales, conseguía las guías,

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probablemente de forma fraudulenta, y los hacía llegar a donde
fuera necesario.

― Y cobraban en bitcoins.

― Positivo.

― ¿Cuánto cuestan los órganos? Entiendo que no han de valer


lo mismo unos que otros.

― Correcto. El precio depende de varias cosas: el país de origen


del órgano, el país donde se comercialice y la urgencia del
comprador. En cualquier caso, hay dos mercados. El legal y el negro.
Éste es el nuestro. Se dice que el hígado está en 150 mil dólares, un
páncreas entre 98 y 130 mil, 150 mil por un pulmón, entre 130 y 160
mil por un corazón. El riñón, el órgano más solicitado, el botón de
oro, 163 mil. En todo caso, son cifras estimativas, que indican los
niveles que pueden alcanzar. El precio definitivo se da en el
momento de negociar.

― Más preguntas. ¿Cómo obtenían los cuerpos? De los niños,


por supuesto.

― Otra rama de la organización. Los robachicos. Gente que


recorría barrios, rancherías, campos agrícolas, terminales de

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autobuses, la estación del tren, caminos y carreteras en busca de
niños que atrapar y secuestrar.

― ¿Y la policía? ¿En babia?

― Había protección.

― ¿Y los cirujanos que extraían los órganos?

― No sabemos de todos. El que atrapamos in fraganti es un


médico cirujano que durante un tiempo practicó abortos
ilegalmente. En su casa, en un quirófano improvisado. Un día se le
murió una paciente, una chamaca, y fue a dar a la cárcel. Perdió todo.
En la cárcel fue contratado, como otros elementos de la
organización.

― ¿Qué hacía la mujer, aparte de llevar las finanzas?

― Se ocupaba de los niños. Los recibía y preparaba para lo que


venía después. Bañarlos, vestirlos, alimentarlos, sedarlos; y
maquillar a las niñas. Disponía de un domicilio de la organización
para esa actividad específica.

― ¿Y el exterminador?

― Un pariente del profesor; el que dirigió el asalto al King Road.

― Gente de casa. Así es más fácil entenderse. Y el profesor


dirigiendo todo.
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― Sí y no. El profesor era como el gerente de operaciones. El
gerente general está en la cárcel.

― ¿Qué? ¿Oí bien?

― Sí. Es un presidiario. Desde ahí dirige una tropa de


malandrines que le dejan mucho dinero. Ahí contactó al informático
y, a través de este, al profesor.

― ¿Cómo es posible? Un preso es un preso y sólo puede hacer


cosas permitidas por el reglamento del penal.

―Éste, no.

― Debo entender que hace lo que le place.

― Ni más ni menos.

― ¿Y las autoridades de la cárcel?

― A su servicio. Como los presos. Su fuerza trasciende los


muros de la cárcel. Se extiende por todos los lados. Y lo presume. Por
eso lo llaman el JJ.

― JJ. ¿Qué significa?

― Jefe de jefes.

― Algo hay que hacer.

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― Tal vez sea mejor dejarlo como está. Mucho poder. Mucho
dinero. Mucha corrupción. Y, en general, parece que la gente tiene
pocas ganas de portarse bien.

― No estoy de acuerdo. ¿Qué otra cosa se puede hacer?

― Dejarlo en libertad. Le quedan varios años en prisión. Dentro


es intocable. Fuera, estaría a merced de sus enemigos, que no han
de ser pocos.

― ¿Una amnistía?

―Podría ser.

― Dejarlo libre, para que lo maten.

Eulogio España sonrió.

― ¿Crees que un negocio tan sofisticado como este que acabas


de desmantelar se esté realizando en otros lugares del país?

― No me extrañaría. Sé que uno de los negocios de JJ es vender


servicios a otras bandas delincuenciales. Podría ser el caso.

― Si estás en lo cierto, es probable que gentes de la Presidencia


hayan encontrado elementos que les hagan sospechar de la
existencia de negocios similares en otros estados y quieran saber
cómo atacamos el nuestro para tomar las providencias necesarias.
De ser así, en un dos por tres los vamos a tener aquí.
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― Puede ser, señor

― Amazing ― exclamó el gobernador―, como dicen que


sueles decir.

Eulogio España no contestó, pero sonrió complacido. De esa


manera el gobernador le decía que reconocía su trabajo al frente de
la organización policial. GMG

OTROS CASOS DEL COMANDANTE EULOGIO ESPAÑA:

Los muchachos de kitsilano

Uno no mata a su hermano

La muñeca rota

Queríamos su dolor

Sí. La maté. Pero yo no fui.

La revancha de la acacia.

El caso del King Road G 101.

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