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Una vida fuera de su patria. CHOPIN.

Nace Chopin en Zelazowa Wola, cerca de Varsovia, el 1 de marzo de 1810 en el seno


de una familia de cierto nivel cultural pues su padre, Nicolás, era profesor en el Liceo.
Comparado con Mozart y utilizado como niño prodigio en los salones aristocráticos de
la capital polaca, su educación musical la recibió básicamente de Josef Elsner, que supo
encauzar su particular inventiva melódica, su facilidad para improvisar y su especial
talento armónico. Terminados sus estudios en 1829, este profesor escribió: “Federico
Chopin. Alumno de tercer año. Extraña capacidad, genio musical”.

Chopin viaja a Berlín y a Viena buscando fama y contactos con la vida musical europea.
El éxito en Viena es clamoroso aunque la crítica le reprocha su “pequeño volumen de
sonido”. Durante un segundo viaje a la capital austríaca, en el que no obtiene el éxito
esperado, conoce la invasión rusa de Polonia. Su amigo Tito Woyciechkowsky regresa a
Varsovia para unirse a los patriotas polacos y Chopin -casi obligado- queda solo en
Viena. Tiene 20 años. A partir de aquí la nostalgia irá ganando terreno en su corazón.
Una nostalgia concentrada e intensa que no revelará sino a sus amistades más cercanas.
Una nostalgia profunda que, sin embargo, no utilizará en beneficio propio: Chopin
nunca se presentará como víctima de nada.

Viena no le resulta segura (hay cierta hostilidad hacia los polacos) y viaja a París vía
Munich, ciudad en la que conoce la caída de Varsovia en manos rusas. En su diario
clama al cielo con palabras tan duras como desesperadas. En París, Chopin encuentra
numerosos compatriotas exilados que van a resultar un apoyo decisivo para su espíritu
maltrecho (J.U. Niemcewicz, A. Mickiewicz, J. Slowacki, S. Witwicki, el príncipe
Adam Czartorysky y J. Fontana). Junto a estos intelectuales el pianista ayuda a la causa
polaca dando algunos conciertos a beneficio de los emigrantes menos favorecidos.

La reputación de Federico crece rápidamente. Hace amistad con Liszt, Mendelssohn,


Berlioz, Hiller, Franchome y Kalkbrenner. Su concierto de presentación en la sala
Pleyel (1832) es un acontecimiento. Pese a este éxito y a que sus obras empiezan a ser
publicadas, Chopin vive de las lecciones particulares dadas a gentes de dinero pero con
poco o escaso talento musical. A Chopin le gusta poco el público.

En 1836 aparecen los primeros síntomas de la enfermedad que terminaría con su vida.
En el verano del año siguiente viaja a Londres, ciudad que no despierta en él entusiasmo
precisamente y comienza su relación con George Sand. En ella, pese a su bien ganada
fama de dominadora y con varios amantes a sus espaldas, encontrará el músico lo que
echa de menos desde que salió de Varsovia: cariño y atenciones. Es curioso que dos
caracteres tan distintos hayan podido convivir sin roces ni problemas durante unos años.
La ruptura posterior será motivada por los celos y las desavenencias entre George Sand
y sus hijos.

La conocida estancia de la pareja en Mallorca, durante el invierno de 1838/39, no debió


ser tan mala como se nos ha hecho creer. Bien es verdad que en aquel entonces los
turistas no debían ser vistos con la complacencia con que hoy los vemos y tratamos,
pero seguro que los miedos del pueblo mallorquín y la animadversión de sus gentes a lo
desconocido y a lo raro no eran mayores que los que podrían encontrarse en otras zonas
europeas. Porque si todo era tan grave, dramático y hostil como nos lo pintan, no parece
probable que la “familia” pudiera trabajar como lo hizo: George Sand escribiendo,
Maurice, su hijo, pintando los paisajes cercanos a la Cartuja de Valldemosa y Chopin
escribiendo música (aquí dio fin a los Preludios, Op. 28, la Polonesa en Do menor, la
Balada en Fa mayor y el Scherzo en Do sostenido menor). Que el episodio de Mallorca
no fue idílico, cierto, pero tampoco hay que llevar las cosas al extremo.

De regreso a Francia, Chopin pasará una larga temporada en Nohant junto a George
Sand. Ésta es la época más fructífera del compositor, pero la hostilidad manifiesta del
hijo de la escritora termina causando un devastador efecto en el estado físico y mental
del músico. Prácticamente deja de escribir y ni siquiera los cuidados y mimos de su
alumna escocesa Jane Stirling, son capaces de elevar un poco su tono vital.

Su último concierto lo da el 16 de noviembre de 1848 para los emigrados polacos y al


verano siguiente su hermana Ludwika viene de Varsovia para cuidarle. El 17 de octubre
de 1849 muere de una tuberculosis pulmonar en París. De acuerdo con su voluntad su
corazón fue llevado a Varsovia.

El piano: siempre el piano

El catálogo chopiniano es amplio y, con excepción de los dos conciertos y alguna


aproximación a la música de cámara, está dedicado al piano. Dentro de esta producción
cabe destacar las formas libres, y muchas veces de corta duración, en las que Chopin
concentra todo su romanticismo, todo su nacionalismo y toda la poesía que lleva dentro,
porque no es Chopin hombre interesado en las formas clásicas ni en construir la música
al estilo de su tiempo y entorno. Los grandes conciertos con solista no le atraen; el
teatro musical tampoco; es decir, lo que da dinero y prestigio en su época no le interesa
demasiado.

Sus cuatro Scherzos, extraordinariamente sensibles, como las cuatro Baladas, son
poemas épicos instrumentales, y aunque hay otros precedentes, podrían considerarse un
“invento” propio.

Los dos Conciertos para piano y orquesta, siguen el estilo de los de Kalkbrenner y
Hummel y no tienen demasiada relevancia en la especialidad; la orquesta, -se ha
denunciado siempre- tiene escasísima entidad; es un mero acompañante.

En los Estudios2, dos series de doce, Chopin se muestra increíblemente moderno para
su tiempo. Aunque pueda pensarse en ellos como se piensa en los estudios de Clementi,
son obras profundamente musicales en las que el trabajo de una parte técnica y
mecánica concreta, con estar presente, queda totalmente oculto bajo un derroche de
energía, delicadeza, musicalidad y valor artístico. Algo similar podría escribirse de los
Preludios, pequeños bocetos que reflejan estados de ánimo. Íntimos, atormentados,
densos, delicados, son el reflejo de una gran concentración creadora. Se ha dicho que
Chopin podía pasar horas ante un compás, antes de darlo por concluido.

Nocturnos y Valses, son obras típicamente chopinianas. Los primeros, siguiendo el


modelo de los de John Field, están llenos de dificultades e innovaciones técnicas,
aunque la delicadeza melódica lo oculte. Los Valses, que nada tienen que ver con los de
los Strauss, podrían ser ejemplo de la música, digamos “cortesana”, del autor polaco.
La gran forma, la Sonata para piano, tiene su máximo exponente en la conocida como
de la marcha fúnebre, una obra que puede colocarse al nivel de las grandes sonatas
románticas centroeuropeas.

Ya hemos dicho que Chopin fue un nostálgico de su patria, de sus amigos, y de su


familia durante toda su corta vida. Por eso, polonesas y mazurcas son sus obras más
populares. En las Polonesas, cantos heroicos y guerreros que ensalzan la nobleza y el
orgullo polacos, retrata Chopin una Polonia grande, erguida y fuerte. En las Mazurcas,
más delicadas y sensibles, refleja momentos líricos de otra Polonia, más sentida que
vivida. Estas pequeñas obras son la sublimación, la destilación, la síntesis artística de las
danzas populares de su Polonia querida.

El personaje de Chopin resulta muy curioso porque su forma de ser y de presentarse a


los demás no coincide con las tópicas características del artista romántico. Federico es
exquisito: todo lo que sea desorden, extremismo y vulgaridad le repugna y en todos los
órdenes de su vida -desde su aseo personal, hasta la decoración de su casa y los detalles
más simples- se presenta como persona reflexiva y serena. En su trabajo era
concienzudo y exigente hasta límites extremos; más que inspiración, su obra se debe a
la elaboración. Educado, cortés y elegante en los modales, poseía una enorme capacidad
de autocontrol y era un perfeccionista.

Su patriotismo era más íntimo que activo. Nunca se involucró en algaradas,


manifestaciones o movimiento violento alguno, porque no se sentía integrado entre la
masa, aunque considerara justificadas las protestas de sus compatriotas. No parece muy
claro por qué Chopin no intervino directamente en la lucha contra los rusos pese a que
su circulo de amigos era de lo más patriota. Se han esgrimido distintos argumentos que
no quedan suficientemente claros. Hay quien sostiene, por ejemplo, que Chopin fue
convencido de que dejara Varsovia porque desde fuera, con su música, podría hacer
mejor servicio a la causa patriótica. Quizá con el tiempo, pero en aquellos momentos,
un par de conciertos y media docena de mazurcas poco podían hacer -desde París-
contra la bota militar rusa.

También se ha especulado mucho con su enfermedad. Este presentarnos al músico


desarraigado, casi sin patria, y además enfermo, encaja muy bien con la idea del artista
romántico, idea que ha llegado hasta nosotros gracias a frases como la de Berlioz
(“Chopin se estuvo muriendo toda su vida”) y otras opiniones por el estilo. Esta visión
hay que limpiarla de toda la hojarasca romanticoide. Leyendo cualquier biografía seria
del músico es fácil darse cuenta de que Chopin era un hombre de amplia vida social y
que trabajaba muchísimo. No encaja mucho esta idea del enfermo con la actividad que
llevaba a cabo.

El mundo de las relaciones con el sexo femenino le será vedado. Nombres como
Constanza Gladkowska, Delfina Potocka y María Wodzinska figuran en su biografía
como destinatarias de un amor no correspondido. Capítulo aparte merece su relación
con Aurore Dupint, baronesa de Dudevant, más conocida por la posteridad como
George Sand. Esta mujer, controvertida y criticada en su tiempo tanto por sus ideas
como por su comportamiento, fue para Chopin una amiga al principio, una madre en
muchos momentos, y una enfermera en muchos otros. También merece la pena citar a
Jane Sterling, una escocesa enamorada de la música de Chopin hasta extremos
increíbles que la llevaron primero a ayudarle económicamente, de manera anónima, y
después a tenerle como un verdadero huésped regio en su castillo de Escocia. Pero
Chopin no correspondía a este cariño, e incluso, no soportaba demasiado bien los
constantes detalles y preocupaciones de su admiradora isleña. Para Chopin, el amor no
fue sino una fuente de sinsabores.

Esto último fue una constante en la vida del compositor polaco. Alejado de los suyos,
pocas veces llegó a sentir la felicidad. Y la tisis que lo hizo sufrir enormemente y que lo
llevó a la tumba a los 39 años, se encargó, además, de añadir el sufrimiento físico al
sufrimiento moral que nunca le dejó desde que a los veinte años dijera adiós a su
Polonia natal. A su muerte y según sus propios deseos, su corazón fue trasladado a
Varsovia. Su cuerpo quedó en París. Pero nadie sabe qué fue de aquella cajita de plata
en la que guardaba un puñado de tierra polaca y que llevó siempre consigo.

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