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La Guitarra embrujada de Currito el Cantaor

Era una noche de Reyes y allá en Granada en una cueva de Sacramonte Curro
cantaba:
- Con mis coplas sería buen cantaó si una guitarra pa acompañame tuviera yo...
Pero una gitana bruja que le molestaba el cante, entre dientes le decía con rabia y mal
talante:
- Mardito seas, malage desaborío toítas las noches te pasas dando berríos!
Y en su cueva aquella noche le echó las cartas, ladina, y a una guitarra echó los
polvos de la madre celestina.
- ¡Mar de ojo te dé, Lucifé; maleficio catarrasclá! ¡Mágica negra, lele leré; la guitarra está
embrujá!
Al salir a la ventana vio sorprendido Currito el ansiado regalito que le dejó la gitana.
- ¡Jozú si é una guitarra! ¿Habrán llegao hasta aquí los señore Reye Mago y la han dejao pa
mí?
Mas al tocar la guitarra oyó Currito, asustado, brotar en lugar de notas, un alboroto de
espanto.
- ¡Ning, nang, ning, nang, ninganang! Todas las cuerdas del trasto sonaban como campanas
que tocaran a rebato.
Y al ruido de las campanas los vecinos despertaron
- ¡Jozú, que es este ruío!
- ¿La montaña se vié abajo?
- ¿Zerá ezo er fin der mundo?
Y subieron los gitanos hasta la cueva de Curro y la puerta aporrearon:
- ¡Pon!¡pon! ¡pon! ¡Qué zarga er nene y toito su campanario!
- ¡Fuera; que se ha güerto loco!
-¡Fuera de aquí! ¡Está embrujao!
En fin, que del Sacromonte, como si fuera el diablo, con gritos y maldiciones, al pobre
Currito echaron.

Pasaron meses y Curro, andando con su guitarra, llegó una noche a Sevilla en plena
Semana Santa.
Se arrodilló ante la Virgen y cantó lleno de pena:
- ¡Quita er mal de mi guitarra Virgen de la Macarena; que en lugá de las campanas güervan
a soná las cuerdas!
Y Currito oyó a la Virgen que le decía en voz queda:
- Aún la tocarás dos veces para hacer dos obras buenas; y ya no habrá maleficio al tocar la
vez tercera.
Y Currito se decía andando por las afueras:
-¿Cómo puedo con eze trasto jazé yo do obra gúenas?
En estas vio un aldeano que gemía, dando gritos:
- ¡Zocorro, que hay fuego en casa! Pa apagarlo estoy zolito, y aunque grito no me oyen que
están lejos los vecinos.

- Aquí está mi obra primera –dijo para sí, Currito.


Empezó a pulsar las cuerdas
¡Ning, nang, ning, nang, ninganang!
y el ruido de campanas a rebato despertó a todos los vecinos. Pronto acudieron con
cubos y mangueras, sorprendidos, y en poco tiempo apagaron el fuego del caserío.
A Curro felicitaron, y el anciano, agradecido, le regaló un buen capote con bordados
de oro fino.

Mientras iba por el campo, al pasar cerca de un cortijo, vio saltar a dos ladrones con
buena maña y sigilo.
-¡Aquí está mi obra segunda! - contento, Curro se dijo.

Y por segunda vez pulsó las cuerdas con ansia:


¡Ning, nang, ning, nang, ninganang!
Y al toque de las campanas acudieron enseguida una pareja de guardias; y los
ladrones quedaron cogiditos en la trampa.

Currito dio las gracias el amable cortijero, y le presentó a su hijita Rosa (¡linda como
un sueño!). Después le dijo a Currito:
- Zin tené ningún recelo toma eze fajo é billetes. La mitá zolo te ofrezco de lo que iban a
robarme. ¡Te has ganao eze dinero!

Cuando salió del cortijo:


- ¡Su guitarra hase milagros!- decían las buenas gentes:
- ¡Eze chiquiyo é un santo!
Mas Rosa quedaba triste, y Curro se iba apenado… Y es que los dos, sin saberlo, se
habían enamorado.

Curro probó la guitarra la tercera vez por fin sentado frente a Sevilla al pie del
Guadalquivir.
Y las cuerdas emitieron, esta vez, tan dulce son, que los ángeles del cielo se
asomaron al balcón.
Tomó lecciones de canto; Y el día que debutó tuvo tanto éxito, tanto, que Currito “el
cantaó”, ganando fama y dinero, cantó por el mundo entero.

¿Y sabéis cómo acabó? Que al volver del extranjero fue a Sevilla y se casó con la hija
del cortijero.