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SHAPIRO. LOS ESTILOS NEURÓTICOS.

INTRODUCCIÓN

Este libro tuvo su origen en la observación de ciertos hechos relacionados con números
estados patológicos y determinadas conclusiones clínicas especificas, mucho antes de que yo
considerara que las mismas representaban un “punto de vista”.

ESTILO: Con estilo me refiero a una forma o tipo de funcionamiento (el modo o manera de un
área dada de conducta) que es identificable, en un individuo, a través de una gama de sus
actos específicos.

Con ESTILOS NEUROTICOS quiero significar esos modos de funcionar que parecen
característicos respectivamente de los diversos estados neuróticos.

He de considerar aquí particularmente:

- las clases de pensamiento y percepción,


- los modos de experimentar la emoción,
- las formas de experiencia subjetiva en general y
- los tipos de actividad que van asociados a las diferentes patologías.

Es mi esperanza proporcionar al menos un bosquejo de cuatro estilos neuróticos principales:

- obsesivo – compulsivo
- Paranoide
- Histérico
- Impulsivo

Una forma o estilo de funcionamiento no es siempre fácil de identificar. En general, estamos


inclinados a prestar atención al contenido de una comunicación o un acto, y advertir su forma
requiere una clase diferente de atención, quizás más pasiva en algunos aspectos. Pero, cuando
uno advierte la forma, con frecuencia constituye una experiencia emocionante y vivida, un
nuevo aspecto de una cosa familiar.

En los tests, en especial el de Rorschach, las formas de pensamiento y percepción constituyen


(o al menos deberían) el material primario del que se extraen inferencias respecto del
diagnostico, los mecanismos de defensa y los rasgos del carácter. Me parece que estos modos
de pensamiento, habitualmente utilizados para identificar mecanismos de defensa, rasgos y
síndromes diagnósticos y para establecer, en general, un dibujo de caracterización psicológica,
deben en sí mismos representar estructuras psicológicas de importancia y estas estructuras
deberían ser de un tipo más general que los rasgos específicos o mecanismos que pudieran
inferirse de ellas.

Parece plausible que el modo de pensamiento debiera ser un factor que determine el molde o
forma del síntoma, mecanismo de defensa así como rasgo adaptativo.

Estas cuestiones surgen con particular claridad en conexión con los resultados y
procedimientos de los tests psicológicos, porque estos están pensados para traer a la luz
cualidades formales de pensamiento y percepción, o al menos, con frecuencia se adaptan bien
para ello. Pero los problemas en sí mismo son generales. ¿Es posible describir formas de
funcionamiento, modos de pensar, experimentar y comportarse, características de los diversos
tipos de patología, estilos de funcionamiento que involucran una matriz para síntomas
específicos y rasgos y que determinan la forma que un rasgo o síntoma dado puede tomar en
un individuo?

El simple hecho de la estabilidad humana en amplias áreas de funcionamiento apoya tal


concepción, pero este hecho tiene una manifestación clínica más específica. Todo lector con
experiencia clínica y, para el caso, toda persona sensitiva, sabrá que los síntomas o rasgos
patológicos destacados aparecen regularmente en contextos de actitudes, intereses,
inclinaciones intelectuales, dotes y hasta aptitudes vocacionales y afinidades sociales con las
que el rasgo o síntoma dado parece tener una cierta compatibilidad. Uno siente, en esos casos,
que la naturaleza del síntoma se adecua a las actividades, inclinaciones y rechazos que
constituyen su base o antecedente o, para mencionar un tipo distinto de ejemplo: si nos
enteramos de que un paciente en estado de aguda paranoia, con alucinaciones intrincadas y
“sistematizadas”, fue antes del comienzo de su enfermedad actual, una persona severamente
obsesiva o una compulsiva rígida y dogmatica, nuevamente seremos conscientes con mucha
probabilidad de cierta compatibilidad o similitud entre los dos estados, aunque no podamos
explicar con mucha claridad el parecido.

Estas correspondencias en el funcionamiento de un individuo no parecen ser explicables como


manifestaciones de mecanismos de defensas específicos o derivativos de contenidos de
tendencias especificas; son demasiado amplias y extensas para eso. Son compatibilidades
formales, me aventuraría a decir que son correspondencias de estilo individual. No quiero
significar que cualquier modo o estilo peculiar puede describir todas las áreas del
funcionamiento de un individuo, sino sólo que los estilos o modos pueden ser capaces de
describir aspectos generales de función (tales como conocimiento, experiencia emocional,
etc.), modos que por sí mismos, entonces, se relacionaran y organizaran. Tales
correspondencias de funcionamiento individual, como aquellas entre el síntoma y el rasgo
adaptativo pueden concebirse como reflejos de tales modos generales, dando forma tanto al
síntoma como al no – síntoma, a la defensa contra el impulso y la expresión adaptativa del
impulso. Presumiblemente, son lentas para cambiar y, por lo tanto, garantizan no sólo la
estabilidad de un individuo sino también su estabilidad a través de largos periodos de tiempo.
Sin embargo, debe admitirse que estas correspondencias solamente poseen el estado de
impresiones clínicas hasta que las formas de funcionamiento que pueden explicarlas
realmente, llegue a ser descritas.

Este criterio de formas o estilos generales de funcionamiento como una matriz de para rasgos
específicos o síntomas toca dos problemas que figuraron significativamente en el psicoanálisis
pero que nunca fueron resueltos satisfactoriamente:

1) El primer es el de la “elección de la neurosis”, es decir, el problema de cuáles factores


disponen que una persona dada desarrolle síntomas de una forma particular;

2) El segundo, es el problema de comprender el carácter.


Estas dos cuestiones, en ciertos aspectos, están vinculadas íntimamente; en realidad, pueden
ser fácilmente consideradas como distintos aspectos del mismo problema esencial; o sea, la
disposición de una u otra forma específica de síntoma puede ser considerada esencialmente
como un problema de carácter y además, el carácter puede considerarse como formado por la
configuración en un individuo de formas de funcionamiento apenas tan generales y
relativamente estables.

Desde el psicoanálisis se considero el contenido del síntoma especifico y no la forma general


de funcionamiento, y el problema de la elección de la neurosis consistía en el de la
identificación del contenido de la tendencia representada en el síntoma y la correlación del
mismo con una etapa, psicosexual, del desarrollo. Más allá de esto, quedaba la cuestión de
establecer las razones para la específica fijación psicosexual.

¿Cuáles son las limitaciones de este modo de ver? Mientras que de esta manera pueden ser
comprendidos algunos aspectos del síntoma neurótico, otros no son claramente rastreables
hasta el contenido de la tendencia original o de un conflicto previo a la tendencia. Así,
mientras es posible ver la formación reactiva contra los impulsos anal – eróticos en el lavado
de manos compulsivo o en la excesiva preocupación por la limpieza, la confianza o seguridad
en la formación reactiva misma, las actitudes moralistas y la intensidad de la actividad y
trabajo que generalmente se asocian con tales síntomas, no pueden derivarse fácilmente del
contenido especifico del conflicto de tendencia. Freud tenía conciencia de la insuficiencia de
un intento para resolver el problema de la elección del síntoma exclusivamente sobre la base
de la evolución de la libido, el conflicto y la fijación.

El concepto de carácter apareció en el análisis del carácter de Wilhelm Reich. De acuerdo a


Reich, la solución neurótica del conflicto instintivo en el niño se cumple a través de una
alteración generalizada del funcionamiento, cristalizando al fin en un carácter neurótico, y este
“carácter como una formación total” no meramente operaciones especificas de defensa o el
contenido de rasgos específicos, se convierte en objeto de estudio y constituye para Reich el
foco de la atención terapéutica. “nuestro problema no reside en el contenido o la naturaleza
de éste o aquel rasgo de carácter, sino en el origen y en el significativo trabajo del típico modo
de reacción en general”. Las formas de carácter no pueden ser derivadas de los impulsos del
individuo como el contenido de los rasgos del carácter; estas proporcionan al individuo su sello
particular.

No son estas sólo formas generalizadas de funcionamiento, sino también formas estables,
hasta cosificadas. El yo está “endurecido”, las defensas están consolidadas y el conflicto
primitivo se convierte en actitudes crónicas, en modos crónicos automáticos de reacción. En
este aspecto, por lo tanto, los modos de funcionamiento están separados del contenido del
conflicto infantil, que constituye su origen presunto y logra, al menos en este sentido, una
autonomía o independencia de aquel conflicto original, un rasgo que se convierte en crítica al
concepto de formas generalizadas de funcionamiento.

Sin embargo, existen dos puntos en los que la pintura del carácter de Reich no es adecuada, y
ambas están estrechamente vinculadas. El primero se refiere al origen del modo general de
reacción o forma de carácter, y el segundo concierne a su función. El carácter, a su criterio,
surge totalmente a partir del conflicto instintivo infantil, originalmente como una forma de
manejo de ese conflicto. Los factores que determinan la naturaleza de la forma particular del
carácter constituyen la naturaleza del impulso frustrado, por un lado y la naturaleza de la
frustración, por el otro. Una vez endurecido el carácter continúa teniendo una función
exclusivamente defensiva (y protectora). Reich dice que “los constantes conflictos reales entre
el instinto y el mundo externo le proporcionan su fuerza y la continua razón para su existencia.

Así, Reich no da el paso de concebir formas generales con una existencia estable
independiente de requerimientos defensivos o conflicto instintivo. Tal descripción no toma
conocimientos de modos característicos de funcionamiento en la relación de adaptación con el
mundo externo o en la expresividad.

Sin embargo, después de Reich, parece haber disminuido el interés psicoanalítico sobre el
problema del carácter.

De cualquiera manera el estudio del yo que el trabajo de Reich ya reflejaba y sin duda
introdujo por primera vez, se desplazo desde entonces hacia el centro del interés
psicoanalítico general. Junto con esto se produjeron ciertas evoluciones que redundan
significativamente sobre nuestro tema: tengo tres de ellas presentes en la memoria:

1) Los conceptos de Hartmann, ampliando una sugerencia de los últimos trabajos de Freud
sobre las fuentes de las estructuras psicológicas, independientemente de las tendencias
instintivas y de los conflictos de tendencias.

2) El trabajo de Erikson que proporciona conceptos de fuentes de estructuras psicológicas


independientes de las tendencias instintivas y adicionales propone un nuevo concepto de
formas generalizadas de funcionamiento

3) el trabajo experimental y teórico de George Klein, Gardner y colaboradores que examina


modos y estilos de conocimientos como representaciones de principios de control genral.

Estas tres fuentes, ninguna de ellas dedicada especialmente al tema del carácter, contribuyen
a una concepción de modos generales y estables de funcionamiento esencial para un
reexamen del carácter patológico.

El problema del origen y las fuentes de las formas o estilos de funcionamiento no es simple;
hay varios indicios de que los mismos deben ser producto de fuentes múltiples e interactuarte.
Poco se puede decir sobre los posibles orígenes de los estilos neuróticos que pueda discutirse
aquí, excepto lo que se relaciona con ciertos puntos generales del último capítulo. El estudio
de los estilos mismos y una descripción más clara y detallada de las formas de conocimiento,
actividad, experiencia emocional, etcétera, que caracterizan los diversos estados patológicos
constituyen, estoy convencido, un prerrequisito indispensable para la comprensión de los
orígenes.

Me gustaría ahora referirme a la significación clínica de los estilos neuróticos y a ciertos rasgos
adicionales de lo que puede ser denominado un enfoque “formal” de la neurosis.
Las formas de funcionamiento, estables y generales, son responsables de la transformación
personal individual de los impulsos instintivos o de los estímulos externos en la experiencia
subjetiva consciente, la conducta manifiesta o el síntoma evidente.

El asunto de la elección de la neurosis posee, por lo tanto, un interés más teórico. Si estamos a
oscuras sobre las formas de funcionamiento de las que proviene tal elección, las sombras
cubren una buena parte del mundo subjetivo del individuo. Solo puede ser comprendido
claramente en el contexto de este universo subjetivo, o de esos modos de funcionar la
significación individual de cualquier contenido mental dado. Un contenido mental o un detalle
de conducta manifiesta (por ejemplo, una fantasía o síntoma) no sólo reflejan el contenido de
un impulso instintivo o de una contraimpulso sino que constituye también un producto de un
estilo de funcionamiento. Solamente cuando comprendemos el estilo y la tendencia general de
la mente y el interés del individuo, podemos reconstruir el significado subjetivo del contenido
de un detalle de conducta o pensamiento. El mismo contenido mental o comportamiento
tendrá significaciones diferentes para individuos distintos y contenidos desiguales tendrán un
significado estrechamente semejante. Sin esta comprensión corremos el riesgo de ver solo el
significado de los libros de texto, posiblemente correcto, pero alejado del sentido y tono de la
experiencia del individuo.

Existe aun otra característica de este enfoque de la neurosis que me gustaría señalar. La misma
constituye una concepción de “actividad” en el funcionamiento neurótico.

No se puede estudiar los estilos neuróticos de funcionamiento sin quedar impresionado por el
hecho de que lo que la persona neurótico hace y la forma especial como lo hace, sus actitudes
conscientes y la forma como ve las cosas, constituyen, esencialmente, partes funcionales de la
neurosis. Parece pensar de tal modo y sus actitudes e intereses son tales como para continuar
y apoyar el proceso neurótico y para convertir en inevitables las características experiencias
neuróticas sin importar lo incomodas que las mismas pueden ser. Esto ciertamente no quiere
decir que hace esto por elección o que se lo puede convencer para que no lo haga.
Simplemente significa que su modo de ser y la forma en que ve las cosas (para lo que no tiene
elección) lo llevan a sentir, pensar y hacer cosas que continúen la experiencia neurótica y sean
indispensables para la misma.

En general, las actitudes neuróticas e intereses serán de un tipo que garantiza que el próximo
acto neurótico (que desde un punto de vista objetivo puede apoyar y continuar el proceso
neurótico) será considerado como la única cosa plausible próxima a hacer.

Desde este punto de vista, por lo tanto, la persona neurótica no sufre, simplemente de
neurosis sino que activamente practica en la misma, funciona de acuerdo de ella y en formas
que alientan la experiencia característica de la neurosis, de cualquier manera no ve una seria
alternativa frente a algún acto o interés particulares que tengan justo ese efecto.

Permítaseme señalar que aquí el problema no reside en el determinismo psicológico, la causa


historica o los motivos inconscientes; la cuestión atañe a la derivación o distracción de la
conciencia y modos contemporáneos de funcionamiento que implica estos criterios. Desde
nuestro punto de vista, la persona neurótica ya no es meramente una víctima de
acontecimientos históricos en el sentido descrito; su forma de pensar y sus actitudes, en otras
palabras su estilo, que han sido formados por esa historia, constituyen ahora partes
integrantes de ese funcionamiento neurótico y mueven al neurótico a pensar, sentir y actuar
en forma que le son indispensables.

“el concepto de marioneta causa en algunos terapeutas la sensación de que están bajo la
obligación científica de aceptar tales negaciones de responsabilidad al pie de la letra, mientras
que otros pueden sentirse movidos, a pesar de sí mismos, a actitudes moralistas.