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Venezuela: cuando las crisis

se juntan
Pedro Tello Rodriguez1

Durante años el proceso bolivariano despertó solidaridades en todo el mundo y fue un foco que supo irradiar
esperanzas en una izquierda que venía de derrotas, retrocesos e incluso, de hacer –en no pocos casos– grandes
concesiones a los poderes hegemónicos, perdiendo así cualquier atisbo de identidad radical pasada. El proceso
bolivariano fue fundamental para sacar a la izquierda latinoamericana de su estado de marginalidad política. Un
proceso que abría espacios de participación, que rompía con esquematismos de la izquierda tradicional y nos
hablaba de procesos constituyentes, de democracia participativa como superadora de la representación demoliberal,
al tiempo que reinstalaba en el debate político la cuestión del socialismo y la revolución. Pero la correlación de
fuerzas internas y externas ha cambiado y no estamos ante un chavismo a la ofensiva; estamos en una etapa de
reflujo. A continuación, intentamos analizar los escenarios de esta “tormenta perfecta” compuesta no por una sino
por varias crisis entrecruzadas. Veamos.

Crisis uno: La muerte de Chávez


La centralidad de Chávez es clave para entender lo que pasa hoy en Venezuela. Una centralidad que nunca pudo
construir una dirección colectiva del proceso, que jamás previó un escenario en el que él no estuviera al frente. La
soberbia de considerarse indispensable hasta poco antes de morir, es algo que determinó que todo un país no supiera
qué hacer ante su ausencia. Ni siquiera la oposición venezolana estaba preparada para eso (quizás ello explique sus
posteriores deficiencias y torpezas). La centralidad de Chávez, sumada a una falta de estructura política y de un
movimiento social autónomo, hizo que con su repentina muerte se generara una crisis profunda en el gobierno que
conducía. Se había perdido nada más y nada menos que el eje, el corazón y la cabeza de la revolución bolivariana.
El único que tenía la capacidad para equilibrar facciones, tendencias y liderazgos, se había ido. Lo que vendría
después solo podría ser turbulencia.

Crisis dos: La elección de Maduro


Ante la posibilidad o inminencia de su muerte, Chávez decide resolver el problema de su relevo designando –a
dedo– a su sucesor. No fue el modo más democrático pero no le daba el tiempo y –quizás también– no confiaba en
los demás. Pero este modo de elección de un sucesor reveló la precariedad de la estructura organizativa. Sin
embargo, no deja de ser interesante que el elegido haya sido un civil –Nicolás Maduro– que lo acompañó desde los
primeros momentos, luego de su frustrada rebelión militar. Un hombre de confianza; uno de los leales.

El modo de designación de Maduro, sumado a sus errores, torpezas políticas y falta de carisma pusieron cuesta
arriba la ya muy complicada –por no decir imposible– labor de sustituir a Chávez. Así se llegó a las elecciones
presidenciales del 2013 (en Venezuela, ante la muerte de un presidente, el vicepresidente solo asume para convocar
a nuevas elecciones). Estas elecciones las ganó Maduro con un estrecho margen de votos (menos de trescientos mil).
Inmediatamente la oposición desconoció los resultados y denunció un fraude, que fue desmentido por las auditorías
hechas por el Consejo Nacional Electoral y los observadores internacionales. Henrique Capriles, un político
relativamente joven perteneciente a una familia adinerada de Venezuela, desconoció los resultados. Como nunca
antes la oposición había estado a punto de ganar en las urnas al chavismo. Sectores opositores salieron a las calles en
protesta por el “fraude” pero, al cabo de unos días y nueve muertos, Capriles decidió contener la protesta opositora.
Esto no se lo perdonarían jamás los sectores más reaccionarios de la MUD (Mesa de la Unidad Democrática)
encabezados por Leopoldo López y María Corina Machado.

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Analista político y chef internacional radicado en Caracas.
Crisis tres: El desplome del precio del petróleo
Uno de los temas que caracterizan al proceso bolivariano es el afán redistributivo. Una enorme cantidad de dinero
destinado a inversión social que era sostenido básicamente por las exportaciones petroleras que, mientras Chávez
estuvo vivo alcanzaron cifras record de hasta 120 dólares por barril. Sin embargo, a partir del año 2013, producto de
la desaceleración de la economía China, la reducción de la demanda en Europa, el aumento de la producción de
combustible en los EEUU y una mejora en las relaciones de Occidente con Irán, los precios del crudo cayeron
dramáticamente hasta menos de 25 dólares el barril. En resumen, una tragedia para un país que vive del petróleo y
que no ha podido (el chavismo tampoco lo logró) crear un aparato productivo diversificado que rompa con el
llamado “rentismo petrolero”.

El descontento social aumentó de modo inversamente proporcional a la baja del petróleo. La escasez de alimentos se
volvió estado natural y las deficiencias de los programas sociales y el problema de la corrupción se hicieron más
evidentes. Cuando “alcanzaba para todos” (corrupción incluida) nadie se preocupó por subsanar esos errores. Miles
de millones de dólares perdidos en obras inconclusas o que simplemente nunca se hicieron (pero se pagaron) dieron
muestra de un proceso trunco, inacabado donde al sector militar se le abrió participación en el manejo de empresas
como forma de control y aseguramiento de lealtades, privilegiándose la lógica mercantil a la conciencia
revolucionaria.

Crisis cuatro: La oposición y los atajos


Al llegar el 2014 Leopoldo López y María Corina Machado trataron de cobrar venganza contra Capriles,
promoviendo el segundo desconocimiento a Maduro como presidente constitucional y exigiendo su renuncia en un
proceso de protestas de calle que llamaron “La Salida”. Estas movilizaciones buscaban básicamente dos cosas. La
primera, generar caos y conmoción social, con la finalidad de conseguir una fractura en las Fuerzas Armadas y de
este modo que Maduro fuera retirado del cargo; es decir, buscaban generar las condiciones para un pronunciamiento
militar (nuevamente el golpismo, nuevamente los atajos). La segunda y más importante de las razones, fue que
querían lograr un reacomodo al interior de la dirección de la MUD, desplazando a Capriles, a quienes López y
Machado (ambos de familias muy tradicionales venezolanas que suelen creer que el control político del país lo
merecen por un asunto de abolengo) señalaban como “tibio” ante Maduro. Ese capricho de López y Machado no fue
acompañado por la MUD y costó la vida de unos 40 venezolanos, al calor una protesta que aumentaba cada vez más
en su capacidad violenta. El gobierno, por su parte, respondió con más control y poniendo a los militares en cargos
de mayor importancia política y económica.

Crisis cinco: De representación


La crisis económica, la escasez, el desplome de los precios del petróleo y la ausencia de Chávez, afectaron la
capacidad del chavismo de representar a los sectores populares, quienes día a día ven aumentar su descontento y
desaprobación hacia la incapacidad del gobierno en resolver problemas elementales para la población. Ahora, un
fenómeno interesante es que estos sectores populares tampoco se ven representados por la oposición política. Hay
una desconfianza muy grande de los sectores populares hacia la oposición política representada por la MUD. Y esto
ocurre básicamente por la permanente incapacidad de la clase media y alta venezolana para captar y entender lo
popular. Persiste un desprecio por lo popular…y lo popular (en el imaginario de las clases medias) sigue estando
asociado a chavismo.

Maduro ha venido contestando las protestas, desde el 2014, con lo único que tiene a mano: El Estado y sus
instrumentos de control. Pero no ha sido capaz (y esa es la desgracia del chavismo en este momento) de tener una
respuesta desde lo social. No hay un pueblo movilizado en defensa de las conquistas que el proceso bolivariano dio
a los sectores populares. Ser revolucionario no está de moda con un barril de petróleo que no alcanza para mantener
el elefantiásico Estado benefactor que pretendió construir el chavismo. Demás está decir que esto es responsabilidad
del propio gobierno y no del imperio o de la derecha venezolana.

Crisis seis: El Escenario Internacional


Hay una reconfiguración geopolítica en nuestro continente. La derrota del Kirchnerismo en Argentina, la ilegal
destitución de Dilma Rousseff de la presidencia de Brasil, la llegada de Trump a la Casa Blanca y de Kuczynski al
gobierno del Perú junto a una mayoría fujimorista en el congreso constituyen (solo por citar unos ejemplos) una
muestra de una reconfiguración de un bloque neoconservador en nuestra región. Eso se ha visto expresado en la
participación lamentable de la OEA en la crisis venezolana, que en lugar de mediar ha promovido abiertamente la
injerencia en los asuntos internos venezolanos como una parte más del conflicto. Resalta el triste papel que ha
jugado Luis Almagro, quien en los hechos es más un ministro de relaciones exteriores de la oposición venezolana
que un mediador. Así, la peor crisis del chavismo lo encuentra con el peor escenario internacional para sus intereses
en los últimos años. Sólo China y Rusia logran de alguna manera que todo sea menos desastroso para el gobierno de
Maduro.

Cuando las crisis se juntan


En diciembre de 2015 la MUD logró ganar la Asamblea Nacional, lo cual fue un durísimo golpe para el chavismo. A
partir de ahí se desencadenó un conjunto de pugnas y desconocimientos mutuos entre poderes públicos que ha
derivado en la actual crisis, la cual no es más que el encuentro de todas las crisis mencionadas. No olvidemos que la
Asamblea Nacional (AN) desde el inicio y de manera equivocada manifestó su deseo de sacar a Maduro del
gobierno. Incluso, borracho de soberbia, su anterior presidente –Ramos Allup– habló de cambiar la Constitución
(esa que ahora dicen defender). A ello se suma la denuncia de la Fiscal Luisa Ortega de ruptura de orden
constitucional en una actitud de infame oportunismo, puesto que, de ser cierto, ella sería cómplice del mismo. El
2014 la fiscal Ortega fue acusada por la oposición venezolana de “tener las manos manchadas de sangre” y hoy la
proclama su heroína en una posición oportunamente amplificada por los medios de comunicación internacional.

Los últimos meses la oposición apostó nuevamente por salida insurreccional y golpista. Los llamados a los militares
por parte de la MUD han sido reiterados. Secuestros de camiones llenos de combustible llevándolos a zonas
residenciales, la quema de unidades de transporte público, el secuestro de zonas de clase media en donde se prohíbe
a la gente salir en sus autos así sea por una emergencia, no han sido casos aislados. La utilización clasista de
muchachos de zonas populares de Caracas para que protesten de manera violenta a cambio de dinero proporcionado
por los opositores de clase media son cosas que se ven en Venezuela. La MUD nunca lo criticó. De hecho, lo
fomentó llamando “héroes” a los muchachos (muchos de ellos menores de edad) que participaban en acciones
violentas. Esta estrategia dividió a la oposición, dándole oxígeno a un gobierno al que le hacía mucha falta.

La actitud extremista de la MUD, de todo o nada y “vete ya”, llevó al gobierno venezolano a plantear una Asamblea
Nacional Constituyente como mecanismo político que pusiera fin al conflicto. Pero esa línea de “todo o nada” ha
terminado con una división de la MUD. Hoy, luego de haber planteado el desconocimiento total de las instituciones
del Estado venezolano, la mayoría de partidos opositores se presentan a las elecciones regionales de diciembre
próximo. Vale recalcar además que la oposición venezolana ha desconocido a Maduro como presidente de desde el
primer momento, buscando sacarlo por vías no contempladas en la Constitución. Nunca han sido capaces de asumir
democráticamente su derrota. Esa misma oposición reunida en la MUD prometió sacar a Maduro, pero durante un
año la Asamblea Nacional controlada por ellos no nombró un nuevo ente electoral. Cualquier posición sobre
Venezuela no puede basarse única y exclusivamente en la legalidad sino en factores reales de poder.

En medio de este panorama: ¿Es posible el surgimiento de un chavismo crítico? No parece ser posible que este surja
“desde afuera” del proceso. Además, el “chavismo” es un fenómeno inacabado, aún por desarrollar, por nutrir. Y
también hay que decir que eso de autodenominarse “chavista crítico” termina siendo muchas veces una excusa para
terminar de la mano con aquellos que combatieron a Chávez mientras estuvo vivo. Basta de escudarse en Chávez. El
proceso bolivariano incluye el pensamiento de Chávez pero no tiene por qué agotarse en él.

La realidad suele tener matices que le otorgan complejidad. Pero no podemos dejarnos confundir. Una crítica al
chavismo es absolutamente necesaria, tener una opinión autónoma es imprescindible. Es importante no caer en los
chantajes que nos plantea la derecha por una parte y la izquierda ciega por el otro, esa que firma cheques de apoyo
en blanco. Hasta ahora la Asamblea Nacional Constituyente ha traído calma política interna. Ha cumplido su
objetivo de desmoralizar a la oposición política y fracturarla con la promesa de elecciones regionales. También hay
que tener presente que hace pocos días el presidente Trump amenazó con el uso de la fuerza militar contra
Venezuela. Y todo indica que no es algo improbable. La OEA parece no haberse incomodado y lo que es peor, no
son pocos los sectores opositores venezolanos que aprueban la idea de una invasión yanqui a territorio bolivariano.
A pesar de no haber roto con el capitalismo, Venezuela sigue siendo una piedra en el zapato de los intereses
geopolíticos del imperio norteamericano. Derrocar al gobierno Venezolano –para los EEUU– no es un tema de
democracia o Derechos Humanos. Se trata de remover el mayor escollo para que la nueva contraofensiva
conservadora (del capital) en América Latina culmine con un éxito total.

El gobierno chavista ha sido eficiente en mantener el poder. Su reto actual es demostrar que puede ser eficiente
gobernando. Los hechos de corrupción y violaciones a Derechos Humanos deben ser sancionados, el rentismo
petrolero debe ser superado. Y ambas son tareas sumamente difíciles. Han pasado 18 años y quizás esta sea la última
oportunidad que el proceso bolivariano tenga de reencontrarse con la democracia subversiva, esa que buscaba
superar los marcos de la democracia liberal con más democracia y más participación popular. Pero sea cual sea el
camino que tome la patria de Bolivar es importante que sean los propios venezolanos y venezolanas los que
resuelvan sus problemas sin recurrir al exterminio mutuo y en democracia.