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SAL TERRAE

Colección «EL POZO DE SIQUÉN»

428
José María Rodríguez Olaizola, SJ
CON LA COLABORACIÓN DE

Pablo Guerrero, SJ; Daniel Villanueva, SJ;


José Ramón Busto, SJ;
Seve Lázaro, SJ, y Antonio España, SJ

LA PALABRA
DESENCADENADA
Creer en tiempos de pandemia
Cualquier forma de reproducción, distribución,
comunicación pública o transformación de esta obra
solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares,
salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográf icos)
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Imprimatur:
Manuel Sánchez Monge
Obispo de Santander
22-05-2020

Diseño de cubierta:
Félix Cuadrado Basas (Sinclair)

Imagen de cubierta:
© Pablo Martín Ibáñez

ISBN: 978-84-293-2981-0
Índice

Presentación
Agradecimientos
Prólogo. Templos cerrados. Iglesia abierta

PRIMERA PARTE.
CUARESMA Y CUARENTENA

15 de marzo. La samaritana en tiempos del coronavirus


Como un torrente
16 de marzo. Lepras de hoy
Nadie está solo
17 de marzo. Tenemos tanto que perdonar…
Perdón
18 de marzo. ¿Qué es dar plenitud a la ley?
La ley
19 de marzo. San José
Solo sé cómo se llama
20 de marzo. El amor en los tiempos del coronavirus
Amor es…
21 de marzo. Fariseos y publicanos de hoy
Publicano
22 de marzo. Buscadores de luz en tiempos de ceguera
El Dios de la fe
23 de marzo. La esperanza en tiempos turbulentos
Solo tú
24 de marzo. ¿Testigos o víctimas del coronavirus?
El sanador
25 de marzo. Fiesta de la Anunciación
María
26 de marzo. Dejar atrás los ídolos para volverse al Dios verdadero
Un signo
27 de marzo. Dios no nos ha engañado
Al morir mi amigo
28 de marzo. Nadie ha hablado como Jesús
Y cuando al fin volvamos a abrazarnos
29 de marzo. Que la vida me estalle en las manos
Lázaro
30 de marzo. ¿Es posible el perdón en estas circunstancias?
Reconciliación
31 de marzo. Lo que descubrimos al mirar a la cruz
No te rindas
1 de abril. Libertad y verdad
Jesús
2 de abril. La alianza, un concepto para hoy
Tiempo de alianzas
3 de abril. Al otro lado de la muerte hay un encuentro
Danos tu corazón
4 de abril. La comunidad plural en un mundo de sectarismos
De puentes y abismos
SEGUNDA PARTE.
SEMANA SANTA. PASIÓN DE CRISTO Y PASIONES HUMANAS

5 de abril. Domingo de Ramos. Cara y cruz


¿Seré yo?
6 de abril. Lunes Santo. Cuatro maneras de estar en Betania
Ansias de vivir
7 de abril. Zaqueo. Oración penitencial
Examen en la esperanza
7 de abril. Martes Santo. Las negaciones de Pedro
Despiértame
8 de abril. Miércoles Santo. La pasión de Judas
30
9 de abril. Jueves Santo. La respuesta de Jesús: amar y servir hasta el final
Pan
10 de abril. Viernes Santo. Contemplar la cruz que nos hace humanos
Tarde de Viernes Santo
11 de abril. Vigilia pascual. Una fe que nos abre a la esperanza
Resucitar
12 de abril. Resurrección
Sin mortaja

TERCERA PARTE.
NO BUSQUÉIS ENTRE LOS MUERTOS AL QUE VIVE

13 de abril. En estado de búsqueda


Para resucitar con vos
14 de abril. Me llamas por mi nombre, y todo cambia
Mi nombre en tus labios
15 de abril. El Resucitado es un compañero de viaje que nos abre los ojos
Envíanos locos
16 de abril. La paz, la caricia y la mesa compartida. Gestos de la
comunidad
Hoy la resurrección
17 de abril. Examinar la vida a la luz de la muerte y en la espera de la
resurrección
Echa las redes
18 de abril. Lugares donde aparece el Resucitado
Futuro tan presente
19 de abril. Tomás y la duda
Consejos al Tomás que todos llevamos dentro
20 de abril. ¿En qué consiste nacer de nuevo?
Hay que nacer de nuevo
21 de abril. Unidad, solidaridad y testimonio, tres dimensiones de la
comunidad
Nadie ni nada
22 de abril. Luz y tiniebla
Mentiras
23 de abril. Jesús, testigo de Dios
Aplicando sentidos
24 de abril. Equipaje vital: cinco panes y dos peces
Balance
25 de abril. Preguntas para hoy y conciencia del mundo
Volvernos pequeños
26 de abril. El ciclo de Emaús
Quédate
27 de abril. A Dios lo amamos amando al prójimo
Compartid
28 de abril. Dar la vida
Testigo
29 de abril. Hambre de Dios
Hambre
30 de abril. Pan vivo
El banquete
1 de mayo. Nacemos con ojos, pero no con mirada
Guíame, Señor
2 de mayo. Seguir a Jesús no es seguir una idea
Señor, ¿a quién iremos?
3 de mayo. Puertas cerradas y puertas abiertas
¿Por qué no yo?
4 de mayo. Fiesta de san José María Rubio
Adora y espera
5 de mayo. Buenas noticias
Revelación
6 de mayo. El «secreto» de los jesuitas
Porque sé que nací para salvarme…
7 de mayo. Enviados. La hora de tomar el relevo
Y tengo amor a lo concreto
8 de mayo. Encuentros con el Resucitado: experiencia personal,
comunidad y sufrimiento
Líbranos, Señor, de la tristeza
9 de mayo. Aprender, orar, luchar y encontrarse. Cuatro modos de mostrar
a Dios
Habla la Vida
10 de mayo. Camino, verdad y vida
Mi equipaje
11 de mayo. Abandonad los ídolos
Bendice mis manos
12 de mayo. El conflicto y la paz verdadera
La batalla nuestra de cada día
13 de mayo. Permanecer
Elogio del sarmiento a la cepa
14 de mayo. El rostro amigo de Dios
Necesidades
15 de mayo. El mundo en que vivimos, una creación herida
Semillas
16 de mayo. Vivir abiertos al Espíritu que todo lo renueva
Danos tu Espíritu
17 de mayo. ¿En qué consiste vivir?
Fronteras
24 de mayo. Haced contagioso el sueño de Jesús
Esperanza
31 de mayo. Entre Babel y Pentecostés. No tengáis miedo
Resistencia

APÉNDICE.
EN LA PARROQUIA VIRTUAL…

Colaboran
Homilías por autor
Poemas por autor
La música
Presentación

Si hace un año me hubieran dicho que durante muchas semanas estaría


coordinando una celebración de la eucaristía retransmitida por Internet,
sin asistentes presenciales, llegando a miles de personas dispersas por
muchos lugares, y en medio de una pandemia global que cada día dejaba
miles de muertos, me habría resultado difícil imaginarlo. Y, sin embargo,
así ha sido. Desde mediados de marzo hasta bien entrado mayo. Más de
dos meses de celebraciones diarias. Una experiencia que ha tenido tres
características.
Por una parte, la creación de una comunidad en la dispersión.
Prácticamente desde el primer momento se fue juntando en torno a esta
celebración un grupo muy fiel de personas, que parecieron encontrar en
este espacio del día una forma de ir poniendo sentido y una lectura
creyente para todo lo que nos estaba ocurriendo. En una época de
incertidumbre y miedo, cobraban nuevo sentido las palabras de Jesús
invitando a la valentía, o la llamada a la esperanza. En un tiempo de
muchas muertes nos tocó celebrar el misterio pascual con su sorprendente
mensaje de vida, muerte y resurrección. Viendo algunos de los
comentarios y oraciones del chat que acompaña a las celebraciones se
advertía la catolicidad (como universalidad) de una manera muy tangible.
Paradójicamente estábamos siendo verdadera Iglesia universal en esta
inesperada cercanía que saltaba las distancias.
Lo segundo que hay que destacar es la novedad. Probablemente
ninguno nos habíamos visto en una situación ni siquiera parecida. Unos,
encerrados en sus casas, haciendo, por un rato, de sus lugares habituales de
vida y descanso una pequeña capilla. Nosotros en un templo vacío,
celebrando la eucaristía casi en soledad, pero sabiendo que la comunidad
estaba al otro lado de una cámara. La novedad, al tiempo, se convertía en
oportunidad. Oportunidad para pensar en lo esencial y redescubrir –incluso
por añoranza– el sentido y significado de la comunión en nuestras vidas.
Oportunidad de escuchar algunos textos familiares como por vez primera.
Oportunidad para compartir homilías pensadas y aterrizadas en el contexto
que nos toca vivir –lo que permitía una lectura creyente de la actualidad–.
Y oportunidad, en más de un caso, para desentumecer una fe que llevaba
tiempo atascada en la rutina, la distancia o la indiferencia. De todo eso ha
habido.
Lo tercero, el paso de espectadores a protagonistas. Desde el primer
momento pensamos que era muy importante evitar que quienes
participaban en estas eucaristías se sintieran espectadores. Era importante
que se supieran protagonistas de una fe y una historia que es la suya. La
tentación de ser solo espectadores de una celebración es real incluso
cuando se asiste en persona. Pero lo es más cuando se participa a través de
los mismos terminales que nos sirven a diario para ver series, películas,
consultar información o movernos por las redes sociales. Desde ahí fueron
surgiendo, a medida que íbamos estableciendo una nueva rutina, distintos
momentos en los que intentábamos hacer que quienes asistían a la
eucaristía lo volvieran más personal. O bien dejando espacio para sus
propias peticiones, o encontrando una forma de enviarse mensajes de paz,
o –quizás lo más necesario en esta época– trayendo a la plegaria común
los nombres de sus seres queridos difuntos.

Este libro nace de esas semanas de celebración desde el confinamiento.


Muchas personas mostraron interés en poder tener un espacio al que
volver para orar, reflexionar y profundizar en lo mucho oído en estas
semanas. Mucha gente preguntaba dónde podría encontrar una
recopilación de las homilías y los poemas/oraciones que vamos
proponiendo cada día. Y, aunque es verdad que ese material está disperso
en Internet, en el propio canal de YouTube de Jesuitas España y en redes y
páginas web, también es verdad que poder compartirlo dándole contexto,
modo y orden, probablemente sea el mejor camino para que esto no se
quede en un vago recuerdo bonito de una experiencia puntual; sino que
más bien podamos, unos y otros, volver a ello para profundizar y recordar
lo mucho que, durante estos meses de confinamiento, nos hizo creer.
¿Por qué hablar de la Palabra desencadenada? Lo primero, porque aquí lo
importante no son nuestras palabras (las de quienes predicamos o
colaboramos de unas u otras formas en el libro). Esas son palabras
segundas, que están al servicio de la Palabra, que es Dios, y se revela en
Jesucristo y su Buena Noticia. Esa Palabra es libre, no tiene confines –ni
confinamientos– y está viva. No es una palabra atrapada en piedra o
encerrada en celdas. No la detiene una pandemia ni la silencia el miedo.
No hay cadenas que la puedan retener. Al mismo tiempo, hablar de
desencadenar permite, jugando con las palabras, percibir la relación entre
la causa y el efecto. Hay situaciones que desencadenan (es decir,
provocan) otras. El coronavirus ha provocado, sin duda, una sacudida
brutal en nuestras sociedades. Nos ha roto seguridades, nos ha hecho
mirarnos en un espejo al que no estamos acostumbrados. Hemos visto
nuestro ritmo de vida bajo el prisma de una nueva rutina. Hemos tenido
que repensar si lo que hasta ayer era innegociable en nuestras vidas no
resulta hoy prescindible y superfluo. Y eso quizás ha provocado que
muchos escuchemos con oídos distintos una Palabra que, de alguna
manera, podía haber caído para nosotros en la prisión de las cosas ya
sabidas. Una llamada que ya no nos apelaba porque estaba teñida de rutina
o hábito. Un envío al que nunca encontrábamos tiempo para responder.
Todo eso saltó por los aires hace unas semanas. Y la novedad nos obligó a
escuchar y acoger la Palabra como por vez primera. Descubriendo que
sigue plantando su tienda entre nosotros.

La estructura del libro que tienes entre las manos es sencilla. Por una
parte, hay un relato. El relato de cómo surgió esta iniciativa. Una reflexión
sobre su conveniencia, y también sobre las polémicas eclesiales en medio
de las cuales nosotros optamos por este tipo de celebración. Y una
propuesta de sentido, vinculándolo con los tiempos que nos tocaba vivir
(Cuaresma, Semana Santa, Pascua). Pero es también un relato más íntimo,
de la parte que no se ve. La necesidad de aprender sobre la marcha, el ir
solucionando problemas técnicos para los que no estábamos preparados,
algunas anécdotas, la dificultad añadida de tener a la mayoría del equipo
de baja por el COVID-19 durante algunas semanas. Todo eso es parte de la
pequeña historia de nuestra gran comunidad virtual.
Por otra parte, ofrecemos, de cada día, la homilía y el poema elegido,
junto con una referencia a las lecturas de esa jornada. Hemos mantenido el
tono coloquial. Las homilías son casi transcripciones y en ese sentido
mantienen muchos de los giros de la conversación. También hay estilos
diferentes, reflejando a los distintos celebrantes.
Desde el principio pensábamos en cómo equilibrar continuidad y
diversidad, cómo intentar hacer del tiempo que tuviéramos (ni imaginaba
cuando comenzamos que se fuera a alargar más de dos meses) ocasión
para una reflexión creyente y con sentido ante lo que estábamos viviendo
y, al tiempo, para compartir distintas miradas y voces que enriqueciesen
dicha reflexión. La eucaristía diaria de las 8 de la tarde en San Francisco
de Borja es la que yo celebro normalmente cuando estoy en Madrid. Y fue
muy natural, por horario y continuidad, comenzar con esas
retransmisiones (aunque pronto las pasásemos a las 8,05, para que la gente
pudiera sumarse a los aplausos que a las 8 de la tarde la sociedad dedicaba
a quienes trabajan en el mundo de la sanidad). Desde pronto vimos que un
camino podría ser el de que yo diera la continuidad, algo así como el hilo
conductor, a este tiempo, siendo quien celebrase con regularidad, a la vez
que ir incorporando en algunas jornadas a distintos compañeros jesuitas.
La diversidad de voces, estilos, y maneras de expresarse es una riqueza
cuando se muestra la misma pasión por Jesús y su evangelio.
De cada día publicamos, en los capítulos que componen el libro, una
referencia al tiempo litúrgico y a las lecturas de ese día, así como la
homilía y el poema elegido. Cuando no hay mención explícita del
celebrante, es que ese día fui yo. Pero iremos especificando los días en que
presidió y predicó alguno de los compañeros jesuitas que compartieron
estas retransmisiones. Antonio España es el provincial de España de la
Compañía de Jesús. Pablo Guerrero es responsable de familia de la
Compañía de Jesús en España. José Ramón Busto es párroco de la
parroquia San Francisco de Borja en Madrid. Daniel Villanueva es
responsable de cooperación internacional de la provincia. Seve Lázaro es
director de la Casa San Ignacio en el barrio de la Ventilla en Madrid. Cada
uno, con su perspectiva y su sensibilidad, contribuye a crear un tapiz
colorido, lleno de matices.
En cuanto a los poemas-oraciones que se leen al final, los hay de
distintos autores, y algunos también son míos. En los míos no lo
indicaremos, para no repetir demasiado. Pero por supuesto, sí señalaré el
nombre de sus autores en los casos restantes.
El libro tiene un prólogo y tres partes que se corresponden con las tres
grandes etapas de este confinamiento. La Cuaresma, la Semana Santa y el
tiempo de Pascua (o la parte de este tiempo pascual que nos ha tocado
vivir en fase cero).
Esperamos, de verdad, que se pueda convertir en memoria de estas
semanas tan especiales. Y en invitación para no perder algo de lo mucho
que, unos y otros, hemos podido descubrir en medio de esta pandemia: el
valor de una fe viva, la importancia de reordenar las prioridades, la
conciencia de que la Iglesia sabe adaptarse para seguir llevando el pan, la
paz y la palabra allá donde esté. A todos, muchas gracias por habernos
acompañado en el camino. Y un fuerte abrazo.
José María R. Olaizola, SJ
Madrid, 31 de mayo de 2020
Agradecimientos

Es imposible no agradecer tanto bien recibido. Detrás de esta experiencia


de la misa de las 8,05 de la tarde hay muchas presencias. La comunidad de
jesuitas de Maldonado (Madrid) ha apoyado, por activa y por pasiva, esta
experiencia. Varios de los miembros de la comunidad se implicaron en la
celebración y las retransmisiones. Gracias a Andy Liberato, lector
carismático a quien tanto se echó de menos las semanas que faltó. Y a
Nacho Cervera que se ofreció para suplirle cuando más necesidad
teníamos. Gracias a Pablo Guerrero, José Ramón Busto y Dani Villanueva,
por una presencia y disponibilidad generosa y humilde «para lo que haga
falta». Y a quienes vinieron alguna vez a apoyar desde fuera. Seve Lázaro,
primero testigo desde su enfermedad y luego desde su presencia. Y
Antonio España, provincial de los jesuitas, que en varios momentos
significativos acompañó y presidió las celebraciones.
Gracias a Margarita Gutiérrez-Bolívar, lectora de los primeros días,
hasta que la exigencia de mayor confinamiento nos obligó a evitar
cualquier contacto exterior.
En la parte técnica tenemos mucho que agradecer a Pablo Martín
Ibáñez y Jesús Deacosta, que han estado siempre pendientes (ya sea
viniendo cuando fue necesario o desde la distancia) para que las
retransmisiones funcionasen y han ayudado a solucionar más de una
situación complicada con paciencia, buen humor y generosidad. Y gracias
también a Isidro Martín, que, sobre todo al principio, nos ayudó hasta que
conseguimos un sonido aceptable (que no nos fue fácil).
Gracias a todos los músicos que, con sus canciones, ayudan a orar.
A quienes prestasteis vuestras voces para organizar cantos, grabados
en ocasiones contrarreloj, de las maneras más domésticas, pero siempre al
servicio de las celebraciones. A Miguel Poza, cuyo lavatorio en imágenes
para el Jueves Santo es una imagen perfecta del encuentro entre evangelio
y tiempo presente.
Gracias a Enric Puiggròs, infatigable dinamizador del enorme proyecto
pastoral que ha sido, durante el tiempo de estado de alarma,
#encasaconDios y del que estas retransmisiones formaron parte. Y a todos
los que, en tantos proyectos concretos, contribuyeron a esta gran aventura
de compartir la fe en medio del confinamiento.

Gracias a quienes confiasteis en este equipo, compartiendo la eucaristía


cada día, para ir formando esta enorme comunidad. Gracias por todos los
mensajes de aliento, de ánimo y de gratitud que dan sentido a este tiempo.

Y gracias, sobre todo y principalmente, a Dios, por encender el fuego que


nos hace arder de entusiasmo y evangelio.
Prólogo

Templos cerrados. Iglesia abierta

Nos costó mucho, como sociedad, tomar conciencia de la gravedad de la


crisis. Al principio oíamos hablar de Wuhan. No nos hacíamos idea de la
dimensión de esta ciudad (11 millones de habitantes) o de lo que
implicaba cerrar una provincia entera en China. Quizás nos estaba pasando
un poco como con el cuento de Pedro y el lobo. Hemos oído hablar del
SARS, de la gripe aviar, del ébola… Y sí, sabemos que son graves,
sabemos que sus efectos han sido devastadores en algunas regiones,
sabemos que hay que tener cuidado. Pero, no nos engañemos, lo veíamos
como algo lejano y no había esa sensación de alarma que ahora parece
evidente. Nos parecía una exageración que se suspendiese el Mobile en
Barcelona. Mirábamos con cierta curiosidad si veíamos a algún asiático
con mascarilla por nuestras calles, pero, en realidad, pensando que
exageraba. Cuando la pandemia llegó a Italia seguimos viéndolo lejano –
pese a tenerlo al lado–. Parecía imposible que algo así pudiera pasar aquí.
Al principio nos parecía alarmismo, pensábamos que era política.
Pero de golpe le vimos los dientes al lobo. Las cifras, los datos, las
comunicaciones del personal sanitario, las noticias sobre casos
extendiéndose, el estado de alarma… Todo ello llegó como sin avisar
(aunque llevábamos meses oyendo campanas). La semana del 9 de marzo
fue clave. De golpe la negación de los días anteriores se había convertido
en pánico. La falta de medidas daba paso a la exigencia de rigor. Aún no lo
sabíamos, pero estábamos a punto de quedar confinados entre las paredes
de nuestras viviendas (y todavía pasaría alguna semana más hasta entrar
en una fase aún más dura en la que se suspendiese toda actividad no
esencial).
En ese contexto surgió la polémica sobre la conveniencia de restringir
el culto público. ¿Habría que suspender las celebraciones abiertas a la
gente? ¿Podían ser las iglesias un foco de contagio? Como ocurre con casi
todo en este país y en esta Iglesia, la pregunta dio paso a la polémica. Por
una parte, estaban quienes defendían la continuidad del culto como un
derecho –y un deber de los pastores–. Por otra, quienes pedían prudencia y
que la Iglesia diera un paso adelante en la defensa de la salud pública,
especialmente consciente de que muchos de los asistentes a las
celebraciones litúrgicas son población de riesgo. Yo me contaba entre
estos últimos. Me parecía que argumentar que Dios nos va a proteger es
jugar un poco con una imagen de Dios que no me convence. Y que
argumentar que se podía celebrar, manteniendo todas las medidas de
seguridad, era voluntarismo difícil de justificar cuando ni siquiera
teníamos claro las condiciones del contagio.
El 13 de marzo publiqué un artículo «¿Ir o no ir a misa ahora?» en el
que tomaba postura sobre lo que pensaba que debíamos hacer –al menos
en la diócesis de Madrid–.
«No me refiero aquí en este post a la posibilidad de seguir las celebraciones en streaming,
etc., que me parece estupendo, sino a si debemos seguir asistiendo a la eucaristía en el
templo en estas semanas de crisis. Esto no es una cuestión de virtud, de mayor o menor
confianza en Dios, o de cumplimiento. En algunos países europeos y en algunas diócesis
españolas ya se ha tomado la decisión de suprimir la celebración de las eucaristías abiertas
a la participación del público. En otras, como acaba de hacerse público en Madrid, se exime
a las personas del precepto dominical para que no se sientan obligadas a ir (dejando a su
sensibilidad, determinación o conciencia el hacerlo). Y en otras, aún no se sabe –aunque
dado el ritmo de las noticias esto va a ir cambiando probablemente en días, o en horas–.
Me gustaría compartir una reflexión a propósito de esto. Valoro mucho, en mi vida y en
la vida de fe de las personas, la participación en la eucaristía, que para mí es esencial.
Ahora bien, ¿conviene suprimir? ¿Mantener? Como digo, voy a dar mi opinión
personal. Personalmente, en este punto, creo que serían mejores las decisiones generales,
claras y, en este caso, restrictivas, en vez de dejar la alternativa a la decisión personal. ¿Por
qué? Si se toma una decisión general (como, por ejemplo, ha ocurrido en Italia al suprimir
la celebración pública de las eucaristías hasta el 3 de abril), se evita poner el peso y la
responsabilidad de la decisión en cada persona, cada párroco, o cada vicaría. Y, ¿por qué
creo que sería mejor eso? Porque en este punto la formación, la sensibilidad y hasta los
escrúpulos llevarán a muchas personas a la conclusión de que, si hay celebración, pese a no
ser obligatorio, deben ir. El problema, recordémoslo, tiene que ver con las posibilidades de
transmisión del coronavirus. Se está prohibiendo en la sociedad todo tipo de aglomeración
y pidiendo todo tipo de control de aforos. Entonces, ¿qué hacemos con las misas?
¿Ponemos en las puertas gente a contar asistentes y a partir de cierto número decimos que
no?
Es más, si en unas parroquias deciden cerrar y en otras no (dada la invitación a que en
cada caso se valore lo que hay que hacer), ¿no es eso precisamente provocar que se pueda
producir mayor concentración de personas allá donde se mantenga el culto?
Habrá quien diga, con toda fe, y con sincera fe, que Dios protegerá. Pero, ¿no es eso
querer forzar la mano al propio Dios? ¿Y si resulta que no? ¿Y si te contagias en el templo?
¿Y si llevas el germen a casa? ¿Y si como consecuencia sufre alguien cercano? Ahora es el
momento de preocuparnos no solo por nosotros, sino por todos. Y hacer todos los
esfuerzos que podamos por evitar la propagación de este virus.
Bueno, creo que es momento de intentar mantener la serenidad. Y de no perder la
calma. De rezar unos por otros, y especialmente por los enfermos y por el personal sanitario
que lleva semanas de muchísima tensión.
Respecto a la eucaristía, en mi parroquia se van a mantener mientras desde la diócesis
no se diga lo contrario. Y yo personalmente, pese a mi desazón, seguiré celebrando en
público con regularidad, porque creo que esto no es un ámbito para «sálvese quien pueda»
y me siento en el deber de obedecer. Pero también, no lo niego, con la sensación de que
estamos fallando. Y ojalá sea yo el equivocado».

Esto es lo que defendía entonces (y en lo que me reafirmo, después de todo


este tiempo). Es verdad que hay otras sensibilidades que respeto y otros
argumentos que comprendo, aunque no comparto. Pero también creo que
el verdadero liderazgo es el de quienes, en situaciones de crisis y donde no
es posible conciliar todas las sensibilidades y puntos de vista, saben tomar
decisiones sin pretender contentar a todos. Con criterio, y con motivo.
El día 14, afortunadamente, se decidió desde la diócesis de Madrid –y
la mayoría de diócesis en España– el cierre de las parroquias y templos
para el culto. Se invitaba a las personas a buscar una vivencia diferente. Y
se animaba a los párrocos y agentes de pastoral a buscar formas de seguir
acompañando y atendiendo a las personas, pero con la preocupación por el
bien común y la salud pública como criterio claro de decisión y
discernimiento.
Aunque durante el tiempo que ha durado el confinamiento ha habido,
por una parte, excepciones, y, por otra, polémicas por parte de quienes
veían en este cierre una concesión al miedo, o una falta de confianza en
Dios, y algunos obispos han tenido que sufrir ataques duros e injustos,
creo que la mayoría de los fieles comparten la decisión tomada, sus
motivos y su necesidad. Restringir la vida de la Iglesia a la vida del
templo es, de algún modo, ponerle demasiados límites al Espíritu, que
sopla dónde y cómo quiere. La Iglesia no se ha cerrado, aunque se hayan
cerrado los templos. Al revés, ha estado si cabe más activa, más en la
intemperie, más presente en formas nuevas y en su forma de siempre (el
servicio). Su labor social se ha multiplicado en estas semanas. Y su
capacidad para acompañar espiritualmente la vida de quienes buscan
respuestas, también ha encontrado nuevos caminos.
Fue en ese primer momento cuando, en el contexto de una reflexión y
trabajo de equipo de un grupo de jesuitas, esa misma tarde-noche del
sábado 14, y pensando en cómo acompañar esta etapa que comenzaba,
propusimos utilizar el hashtag #encasaconDios y toda una serie de
iniciativas que intentaríamos ir trabajando y cuidando desde distintas
redes sociales. Desde el acompañamiento de personas solas
(noestassolo.es) o un acompañamiento más especializado para los
sanitarios –que en ese momento empezaban a sufrir una presión terrible
ante la saturación de las UCI y la necesidad de tomar decisiones que no se
deberían exigir a nadie– hasta encuentros virtuales por Instagram (desde el
perfil @serjesuita). Artículos de reflexión, oraciones especiales en la
aplicación Rezandovoy, podcasts para residencias de ancianos, programas
concretos de ayuda en instituciones más vulnerables…
En ese grupo surgió la decisión de retransmitir la eucaristía online, y
pareció claro que el lugar para hacerlo era nuestra iglesia de Maldonado,
la parroquia San Francisco de Borja, aprovechando el canal de YouTube de
Jesuitas España como medio principal de difusión. Había poco margen,
pues al día siguiente (15 de marzo) era domingo, y por eso mismo
convenía empezar. Fue ese mismo domingo cuando nos juntamos quienes
podíamos echar una mano para ver cómo se podía retransmitir. Gracias a
Dios, teníamos gente con distintos conocimientos. Se sugirió un programa
de streaming, empezamos a ver de qué medios disponíamos para
retransmitir. Es verdad que íbamos a tener que aprender mucho (de hecho,
en esa primera eucaristía, la del 15 de marzo, nos falló la transmisión y no
fuimos capaces de compartirla a través de YouTube, solo por Facebook –
quizás era un aviso de algunas que otras dificultades técnicas y
«atragantones» que vendrían–). Pero lo más importante no era la
tecnología (eso solo es un medio que ayuda).
Lo más importante era ver si podríamos ayudar a vivir la eucaristía
durante un tiempo incierto que se nos abría, y si la gente, en sus casas, se
podría sentir de verdad participando del pan, la paz, y la palabra.
Primera parte

CUARESMA Y CUARENTENA

El confinamiento litúrgico comenzó a mediados de marzo. Justo cuando


comenzábamos la tercera semana de Cuaresma. Tuvimos que diseñar
cierta logística rápida. El primer día, justo cuando íbamos a arrancar, nos
encontramos con que no conseguíamos retransmitir en directo por
YouTube, por lo que tuvimos que redirigir a quienes estaban esperando
para participar en la eucaristía a que la siguieran a través de Facebook. Esa
es la razón por la que esa primera eucaristía es la única que no se ha
conservado en el canal. Teníamos que aprender a toda velocidad. Los
primeros días pasábamos más tiempo haciendo pruebas de sonido que otra
cosa, y pese a ello en el chat había bastantes comentarios de queja:
«¡Suban el sonido!», «¡No se oye!». Algunas veces, es verdad que se oía
poco. En otras ocasiones, aunque se oía mejor, creo que había tanto
problema en la emisión como en la recepción. La verdad, no éramos
técnicos de sonido y nos habíamos visto enclaustrados sin posibilidad
siquiera de mejorar el equipo del que disponíamos. Con todo, poco a poco
fuimos ajustando y afinando. Eso sí, nos llevaría semanas. Justo hasta la
víspera del Domingo de Ramos, en que finalmente conseguimos
retransmitir sin ningún ruido de fondo.
El confinamiento se fue haciendo más estricto. Al principio venían dos
personas para ayudar. Uno, Pablo, en la parte técnica de la retransmisión, y
Margarita para encargarse de las lecturas. Pero a medida que la sociedad
iba tomando conciencia de la dimensión de la pandemia –y su especial
virulencia en Madrid– y que se iba paralizando la vida en la ciudad,
tuvimos que optar por hacerlo todo únicamente las personas que vivíamos
en Maldonado –mientras fuera posible–. La ayuda técnica (imprescindible,
en cualquier caso) siguió desde la distancia, como tantas otras cosas en
esta época virtual.
Desde el principio pensamos que el lavatorio de manos del sacerdote
tras el ofertorio tenía que ser un momento especialmente visible. Porque el
lavarse las manos se ha convertido, en este tiempo, en un signo de
compromiso, de protección y de preocupación recíproca (no es solo no
contagiarse, sino contribuir a no contagiar a otros). Durante estas semanas,
ese momento del lavatorio nos recuerda especialmente el contexto en el
que nos toca celebrar.
En cuanto al contenido de estas semanas. En el contexto de la
cuarentena y el confinamiento, palabras como ayuno, encerrarse en lo
escondido, la importancia de la oración, o la limosna cobraban un nuevo
sentido. Quizás parte de la buena acogida que tuvo este espacio de
encuentro se debió a la necesidad de hacer una lectura creyente de lo que
estaba ocurriendo y, al mismo tiempo, al paralelismo entre el camino
cuaresmal interior (que parecía muy adecuado para la conversión, la
introspección y una cierta austeridad vital) y el parón exterior al que de
golpe nos habíamos visto abocados.
Esa es la línea de las eucaristías de estas tres primeras semanas.
15 de marzo
La samaritana en tiempos del coronavirus

Tercer domingo de Cuaresma

Ex 17,3-7. Estaré yo allí, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrá de ella
agua para que beba el pueblo.
Sal 94. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor. No endurezcáis vuestro corazón.
Rom 5,1-2.5-8. La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado
en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.
Jn 4,5-42. El que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed.

Esta imagen de la sed y del agua viva, en el diálogo entre Jesús y la


samaritana, se vuelve muy significativa hoy. Tengo un compañero que, en
otro contexto muy distinto, pero hablando de sed y hambre, decía, nosotros
casi siempre tenemos apetito, pero hambre muy pocas veces.
Nos pasamos la vida detrás de anhelos que prometen saciarnos. Son
apetitos que nos van llenando, pero sin colmarnos. Que quizás nos sacian
por un rato, pero luego pueden volver a dejarnos vacíos. No sabemos qué
puede colmar esa sed que tenemos.
Quizás este momento en el que nos toca frenar –motivado por la
pandemia y los cambios que provoca– nos va a ayudar a caer en la cuenta
de las dimensiones de la vida que son verdaderamente esenciales para cada
uno de nosotros.
Estos días, de golpe, nos damos cuenta de la cantidad de cosas que
hasta ayer dábamos por sentado y que quizás daban respuesta a nuestra
sed, pero que, inesperadamente, se han caído (y nos descubrimos de nuevo
necesitados de sanación).
El ocio habitual (reducido, quizás, a ocupar el tiempo a través de una
pantalla). Las rutinas, la facilidad y la libertad para movernos. La
convivencia, sociabilidad, el poder salir y tomar una caña con los amigos.
Todo eso nos llenaba hasta hace poco.
Paradójicamente, hasta nuestra manera habitual de celebrar la
eucaristía, se ve ahora limitada por la dificultad para estar juntos.
Y esa dificultad nos genera preocupaciones. La seguridad de la salud
(cuando se nos instala el miedo a un virus que no vemos), y en
consecuencia también el miedo al prójimo. El miedo a que enferme la
gente que amamos (y la conciencia, que viene a primer plano una vez más,
de nuestra finitud y contingencia).
Todo esto se nos vuelve inquietud. Pero al tiempo también se nos
puede volver un recordatorio. Entramos en este desierto para recuperar lo
esencial. Estamos en este momento en el que nos toca preguntarnos por el
agua viva, esa que da plenitud y nos sacia. Para reconducir la mirada. Para
dejarnos llenar por lo que de verdad importa.

¿Qué nos puede saciar?

El amor. Mirad, estos son días para dedicar un poco más de tiempo a
pensar en nuestros seres queridos. Para darnos cuenta de que a veces nos
damos tan por sentados unos a otros que no tenemos tiempo para
cuidarnos, llamarnos, desearnos el bien, preguntarnos más a fondo, cómo
estás, o decirnos que nos queremos. Y ahora que incluso no podemos
viajar para vernos, nos damos cuenta de lo importante que es la gente a la
que amamos y que nos ama. Ahora conversamos de otro modo.
El servicio. Es muy emocionante y especial el empezar a ver cómo
tanta gente empieza a ofrecer sus talentos, su tiempo, sus capacidades. Sin
racanear, sin medida, sin egoísmo. Es momento en el que surge una
pregunta que vuelve una y otra vez: «¿Cómo puedo ayudar?». Y de golpe
descubrimos que cuidar unos de otros también sacia, y colma, y llena.
La fragilidad. Estamos tan acostumbrados a relacionarnos desde
nuestras fortalezas, que ¿por qué no bajar la guardia por un momento y
compartir que estamos aterrados, que nos preocupa el futuro, que no
sabemos lo que va a pasar, que nos reconocemos vulnerables, limitados y
que el vernos mortales nos invita a repensar nuestras prioridades? Es
también momento para que, quien enferma, aprenda a dejarse cuidar,
porque también eso es necesario e importante.
La fraternidad. Mirad, no es solo que el problema sean los cercanos.
También hay tanta gente lejana sufriendo a diario lo que a nosotros nos
resultan recortes coyunturales, que quizás este sería un momento para
pensar en cómo estamos construyendo nuestro mundo y nuestras
sociedades. Quizás ahora podemos comprender con más hondura las vidas
de las personas heridas. Si una pandemia no entiende de fronteras,
tampoco el amor, la pasión, la solidaridad debería entender de fronteras,
porque somos una gran familia humana.
Y, por último, la fe. Los creyentes necesitamos a Dios. Y a veces
podemos vivirlo desde la inercia. Por ejemplo, estamos tan acostumbrados
a tener acceso casi a la carta a la celebración de la eucaristía que ahora,
cuando nos toca vivirlo a distancia, descubrimos la experiencia cotidiana
de tantas personas. Y de golpe comprendemos que Dios no es una
eventualidad más en nuestras vidas. Creo que este es un momento para
orar desde nuestra verdad desnuda. Para compartir nuestras grandes
preguntas. La conciencia de nuestra finitud. Nuestra necesidad de una
Palabra que dé sentido. La limitación. Una manera de entender la felicidad
que vaya mucho más allá de la cara amable de la vida.
Quizás hoy es el momento para sentarnos junto al Señor, en el pozo,
dejar de hablar de nuestras pequeñas charcas muertas que a menudo no son
más que espejos en los que nos miramos nosotros mismos y pedirle, que
nos descubra, en verdad, donde está el agua viva, la del amor, el servicio,
la fragilidad, la fraternidad, y una fe viva.
COMO UN TORRENTE

Sumérgeme en la fuente de agua viva,


como el niño que se zambulle en el mar,
por vez primera,
sin intuir la vida
que sus aguas envuelven.

Regado por tu verso


creceré hasta ser árbol
cargado de frutos
que han de alimentar
mil bocas hambrientas
Bañado en tu luz
seré luna llena
incendiando brumas,
coloreando sombras,
atravesando tinieblas.

Como un torrente,
a mi paso iré anegando,
con tu agua,
montañas y valles,
y la tierra sedienta
se saciará de Ti.

Qué suerte ser cauces de Vida


en vez de charcas de nada…
si alguna vez Tú te haces manantial
de nuestros sueños.
16 de marzo
Lepras de hoy

Lunes de la tercera semana de Cuaresma

2 Re 5,1-5a. Naamán se bañó en el Jordán siete veces conforme a la palabra del hombre
de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio.
Sal 41. Mi alma tiene sed del Dios vivo: ¿Cuándo veré el rostro de Dios?
Lc 4,24-30. Ningún profeta es aceptado en su pueblo.

Las lecturas de hoy nos ponen delante de una enfermedad tan llena de
significado en la historia de la Biblia como es la lepra. Podríamos decir
que esta enfermedad, el coronavirus, se nos ha vuelto una forma de lepra,
¿verdad?
Pero cuidado con paralelismos precipitados o reduccionistas. Porque
no solo debe preocuparnos el virus, que, por supuesto, a quien afecte, ojalá
recupere la salud, ojalá la ayuda inestimable del personal sanitario le
ayude a recobrarse, y el cariño de los suyos, y también nuestra oración de
unos por otros.
Pero pensaba yo hoy en algunas otras lepras que pueden asomar, y que
quizás están emergiendo al hilo de esta crisis, de las que podemos pedir al
Señor que nos limpie y para las que necesitamos bañarnos. Como Naamán
es invitado a bañarse siete veces en el río, dejadme hablar de siete lepras
cotidianas contemporáneas que están emergiendo y de las que necesitamos
ser curados.

1) El egoísmo. Así como ayer hablaba de la generosidad de muchos, no


hay que negar que también sorprende, estremece y asusta –aunque
sabemos que es muy humano– ver a alguna gente intentando sacar
tajada, hasta de esto que está ocurriendo, o acumulando recursos de
primera necesidad, o acaparando lo que quizás ahora se necesita más
repartido, o preocupándose solo de lo suyo.
2) La frialdad. Ayer hablaba de mucha gente que en estos días se
plantea, «¿cómo puedo ayudar?» Pero también te encuentras con
mucha gente a la que la preocupación por ayudar no se le pasa por la
cabeza, y cuya única pregunta es «¿qué hago yo ahora mientras
tanto?». Gente que solo piensa «ojalá a mí no me toque». La
indiferencia hacia nuestro prójimo es otra enfermedad, otra forma
de lepra.
3) El desenfoque tiene que ver con mirar en la dirección equivocada.
Hay un tiempo para cada cosa –dice el Eclesiastés–; y habrá un
tiempo para buscar responsables, para pensar si se ha hecho bien,
para criticar, pero quizás no ahora. Este es el tiempo para empujar
todos en dirección de parar la expansión, y para no caer en la miopía
existencial.
4) La burla. El humor es muy necesario y muy valioso. Pero hay que
tener cuidado. Hoy he leído el tuit de algún personaje público que,
desde la eterna rivalidad territorial que nos golpea aquí en España,
se burlaba, parecía celebrar que esto ocurriera en otras regiones. Y
jugaba con las muertes en Madrid, bromeando con la frase «De
Madrid al cielo». De verdad, ¿a este grado de inhumanidad hemos
llegado?
5) La impaciencia puede ser otra lepra. La convivencia acaba de
empezar, y parece que esta convivencia estrecha va a durar. Ahora
puede que nos haga sufrir, que el confinamiento nos haga tener más
roces, que nos haga estar más tensos, más exaltados, más agitados
(porque, además, en casa a veces es donde como hay confianza,
somos más brutos –y terminamos diciéndonos las cosas con mucha
más dureza–). La impaciencia nos puede asaltar en este tiempo.
6) El activismo. Se nos está invitando a parar. Hoy leía una reflexión
de una amiga que hablaba de que no caigamos en tener que llenar
todo nuestro tiempo por miedo al silencio. Es tiempo de frenar, y ya
está.
7) La religión mágica. Señor, sálvanos tú de esto, como con una
especie de vacuna espiritual. Intervén mágicamente para parar todo
esto. Eso sería incorrecto. Claro que hay que volverse a Dios ahora,
pero con mucha más profundidad.

Frente a todo esto, lo que nos toca son unos «baños» diferentes en ese
río. Quisiera convertir esto en oración. Hoy quisiera que juntos nos
zambullamos en ese río de agua viva, que nos bañemos en el mar de Dios.
Y que nos dejemos ir sanando de las lepras que nos pueden afectar a todos.
Que el egoísmo se convierta en generosidad y alteridad.
Que la frialdad se convierta en preocupación y verdadero interés por el
prójimo.
Que aprendamos a dirigir la mirada hacia lo importante, que es ahora
el bien común y la situación de los más débiles de nuestra sociedad.
Que nos respetemos profundamente más allá de las diferencias
cotidianas.
Que nos cuidemos más en las relaciones. Ahora que no nos podemos
acariciar con las manos, acariciémonos con las palabras, con los gestos,
con los silencios, con la actitud.
Que demos un tiempo y un momento al silencio tan necesario en
nuestra vida.
Y que, en nuestra fe, aprendamos la verdadera oración, que es: en tus
manos, Señor, ponemos nuestra vida, en la sombra y en la tormenta,
sabiendo que tú vas con nosotros.
NADIE ESTÁ SOLO

Nadie está solo,


aunque a ratos lo temes
y te sientes herido,
o se te rompe la entraña.
Si se te pierde la risa,
y se te callan los versos.
Aunque te duela la historia
y te amenace el presente,
se te atraviesen los miedos
o se oscurezca el futuro…

Es verdad que sí,


que hay días grises,
en que el silencio
atormenta, y oprime.
Hay momentos en que la distancia
es nostalgia y es ausencia.
Hay abrazos extraviados
esperando un encuentro.
Hay miedos que anuncian naufragios
y derrotas que parecen finales.

Pero nadie está solo,


aunque a veces lo parezca.
Su Palabra no se marcha
y Su Espíritu nos une,
fluye, infatigable,
entre nosotros.

Despertando el Amor dormido,


vistiéndose de servicio,
llamándonos prójimos,
llamándonos amigos
y trenzando, en nuestros días,
inesperados afectos
que se convierten en hogar.

Aunque hoy nos llueva dentro.


17 de marzo
Tenemos tanto que perdonar…

Martes de la tercera semana de Cuaresma

Dn 3,25.34-33. Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde.


Sal 24. Recuerda, Señor, tu ternura.
Mt 18,21-35. ¿Cuántas veces tengo que perdonar? Hasta setenta veces siete.

Hay algo muy bonito en la parábola que propone hoy Jesús. Y además algo
que nos puede ilustrar mucho hoy. La parábola que acabamos de escuchar
puede ilustrar mucho nuestra situación presente. A mí me gusta hablar de
laberintos. Un laberinto es un lugar donde andamos perdidos, con cierta
sensación de estrechura, un lugar agobiante, lleno de estrecheces,
recovecos, donde andas un poco perdido, sin encontrar la salida.
Estos días de mayor encierro también tienen algo de laberinto. El
laberinto es un lugar de agobio, de incertidumbre, de malestar. No
sabemos qué va a pasar con la salud, y en segundo término con el futuro,
el trabajo, la economía, la vida…
Creo que uno de los grandes peligros de nuestro mundo es el laberinto
de los espejos. En el que solo te ves tú. Solo ves tu propia situación, tu
necesidad, tu interés, tu vida. Si cada uno nos vemos solo a nosotros
mismos (lo que yo quiero, lo que yo necesito, lo que a mí me gusta, lo que
a mí me molesta, lo que a mí me preocupa, lo que a mí me enfada, lo que a
mí me hiere, lo que a mí me gustaría). Si todos vivimos solo en clave de
yo, la convivencia estos días va a ser terrible y puede convertirse en un
infierno, en una competición de egos. Porque estamos muchos
compartiendo vida.
El ejemplo de la parábola es muy real. Al hombre que vive viendo solo
espejos, le ocurre lo de este deudor (que a uno le pide perdón y al otro le
exige respuesta). Porque de ti necesito que me perdones, y es lo que te
exijo; y de ti necesito que me pagues. Cuando solo importa el yo te
vuelves ciego al otro. Sin embargo, nosotros hoy necesitamos conjugar
mucho más la segunda persona. Y esto va a ser especialmente importante
estos días. Tenemos que escuchar nuestros miedos, nuestras heridas,
nuestros cansancios, pero también los de los que viven con nosotros.
Tenemos que comprender que no todos reaccionamos de la misma forma.
Que a lo mejor uno es más tranquilo y otro más nervioso. Cuidar los
espacios comunes, tantas cosas… Seguro que ya en estos pocos días han
surgido roces, preocupaciones, problemas.
Por eso os invito hoy a pensar en las personas con quienes os toca
compartir espacio. Y dedicar un rato a pensar en segunda persona. Ojalá
sepamos romper los espejos para abrirnos al otro. Cómo puedo ayudar.
Cómo puedo hacerte la vida más fácil. Cómo puedo cuidarte. Cómo puedo
acompañarte. Cómo puedo conocerte. Esto, hoy, es una oportunidad.
Incluso si estáis solos. En realidad, hay muchos ámbitos en los que nos
cuidamos más a distancia: lo virtual, las conversaciones a distancia, hasta
la oración unos por otros.
Y no quiero dejar pasar la ocasión para hacer una reflexión sobre el
perdón. Porque va a ser necesario en esta etapa. Todos nos vamos a
equivocar. A menudo. Todos. ¿Va a haber tensiones? Sí. ¿Palabras mal
dichas? Sí. ¿Va a haber enfados? ¿Discusiones? Lo normal es que haya. Es
posible incluso que quienes estáis compartiendo esta eucaristía estéis en
este momento enfadados unos con otros. No pasa nada.
Perdonar no es buscar razones ni poner condiciones. Es algo mucho
mayor. Es aceptar los pies de barro. Es aprender que no nos necesitamos
invulnerables. Nadie es perfecto, así que vamos a intentar mirar con
ternura la limitación de los otros. Las manías, los complejos, las
inseguridades. Estos días tenemos que reírnos juntos mucho más. Tenemos
que tomarnos el pelo. Y tenemos que aceptarnos. Y sí, si nos equivocamos,
tenemos que aprender a perdonar y a pedir perdón. Y hacerlo de verdad, y
con cariño. Este es tiempo para ser enormemente delicados.
Creo que llevamos décadas en una sociedad crispada, entregados a la
exigencia, y donde la palabra perdón, y mucho más la posibilidad de
reconciliación, ha desaparecido del horizonte y discurso público. Esta es
una oportunidad para aprender a aceptarnos frágiles, a cuidarnos, y a
perdonarnos. No siete veces, sino setenta veces siete, toda la vida, porque
así nos ama Dios.
PERDÓN

Seguiremos caminando,
más allá de fracasos y golpes.
Seguiremos amando,
venciendo a soledades y deserciones.
Seguirá la historia,
la memoria poblada y la espera impaciente
de lo que ha de llegar.
Uniremos los pedazos
dispersos, los fragmentos de sueños,
estrecharemos brazos heridos.
Setenta veces siete alzaremos los ojos
y retomaremos la ruta.

Con otros,
igual de frágiles,
igual de fuertes,
igual de humanos,
haremos surcos
en la tierra fértil
para seguir sembrando
un evangelio de carne y hueso
regado con los anhelos más hondos,
y crecerá, imparable, la vida.
18 de marzo
¿Qué es dar plenitud a la ley?

Miércoles de la tercera semana de Cuaresma

Dt 4,1.5-9. Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño.


Sal 147. Glorifica al Señor, Jerusalén.
Mt 5,17-19. No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a
abolir, sino a dar plenitud.

Ojalá esta palabra que hemos escuchado hoy se convierta en palabra para
nuestras vidas. La relación de Jesús con la ley no terminamos de
entenderla. Porque por una parte parece muy libre, y le acusan incluso de
saltársela, y luego nos encontramos con afirmaciones como esta de hoy, en
que dice que ha venido a dar cumplimiento a la ley. ¿Cómo entender esta
afirmación? ¿Qué es dar plenitud a la ley? No es poner el listón aún más
alto. Si interpretamos la ley en clave de cumplimiento perfecto y
escrupuloso de un montón de normas, estamos todos más que perdidos.
Porque, mirémonos cada uno un poco por dentro y por fuera, ¿quién es
capaz de vivir todo esto con claridad y perfección?
Creo, más bien, que dar plenitud es colocarla en su lugar y darle
hondura y sentido. En realidad, dar plenitud a la ley quizás es ponerla en
su justa perspectiva, porque es necesaria e importa. Porque no se trata de
la cantidad de pequeñas o grandes normas que hay que cumplir. Se trata,
sobre todo, de poder tener como un manto, un cuadro mayor, que le dé
sentido a todo. Ese manto es el amor. Ese va a ser, una y otra vez, el
resumen de la ley para Jesús. El amor que aprendemos en Dios. Pero, ¿qué
es lo que aporta la idea de «Ley»?
Creo que aporta tres elementos bien importantes dentro del amor.
Aporta, primero la conciencia del valor de los límites. Los límites no
son algo malo, sino que a veces son las coordenadas en las que poder
desplegar la actividad. La conciencia de que tenemos límites y que
tenemos que darnos límites no es algo malo. Al contrario. Hay que
aprender a vivir con límites, porque la realidad es así (y el sueño de la
omnipotencia es muy tramposo). Ahora mismo la realidad nos ha puesto
unos límites que hace ocho días ni imaginábamos. Pero no hay que
asustarse. Lo que hay que aprender es a ser creativos dentro de nuestros
límites. La realidad nos pone límites. El primero, la vida. Y en la fe,
también los hay –por ejemplo, el prójimo, sus derechos, sus
posibilidades–. Cuando decimos, por ejemplo, que alguien se extralimita
estamos mostrando que necesitamos los límites (la ley).
Segundo, la ley tiene que ver con una comprensión del mundo. No se
trata de absolutizar la letra de cada precepto, sino el espíritu de la ley
(porque lo que tiene es un objetivo, una meta, una imagen del mundo).
Pero la ley no es una suma de preceptos, sino un gran corpus al servicio de
la justicia, cuyo objetivo es el bien y la plenitud del ser humano, su vida
integral, su hondura, su dignidad, su crecimiento, su comprensión de una
verdadera libertad, su capacidad para elegir el bien (si tuviéramos que
enmarcarlo con una palabra, el amor). Por eso, el ser humano va a estar
antes que la ley, o la persona antes que el sábado.
Tercero, ¿la ley está al principio o está al final del camino? En
realidad, es todo un proceso. Nadie sabe cómo tiene que vivir desde el
principio. Dar plenitud a la ley es convertirla en oportunidad de
crecimiento, en escuela y camino. En el camino vamos encontrando y
aprendiendo a lidiar con los límites. Nos equivocamos. Nos hacemos
heridas, hacemos heridas a otros, perdonamos… Vamos descubriendo cada
vez más en qué consisten esos límites de la vida. La ley del amor es el
horizonte hacia el que caminamos. Y la ley (el amor), aterrizado luego en
opciones concretas que siempre ponen en el centro la creación, el prójimo,
la vida y el valor y dignidad de la persona, se va aprendiendo.
De alguna manera eso se aplica en todas las circunstancias de la vida.
Ahora a nosotros nos toca encontrar nuestra manera concreta de aprender a
vivir en unos límites nuevos. El confinamiento, la falta de libertad de
movimientos, los aceptamos porque los vemos necesarios, por nosotros y
por otros. Nos toca también poner en el amor la referencia de la cantidad
de pequeñas y grandes normas que nos vamos a tener que ir dando en la
vida diaria. Seguro que estos días surgen pequeñas normas cotidianas en la
vida común. No por cumplir, sino por cuidarnos. Y es, también, un
aprendizaje, un camino en el que ya sabemos que no nacimos aprendidos.
Ojalá volvamos a la normalidad. Pero que el camino sea escuela y
vayamos aprendiendo.

Señor, ayúdanos a vivir en plenitud. Que no es hacerlo todo perfecto, sino


intentar hacerlo todo a tu modo.
LA LEY

La ley, sí, pero ¿qué ley?


No la del puro que observa,
desde una barrera de cumplimientos,
a los equivocados, los perdidos,
los transgresores.
No la de quien agarra la piedra
y lapida al culpable
en nombre de un Dios cruel.
No la de la virtud jactanciosa,
o el discurso hipócrita.
No la de la brizna en el ojo ajeno,
ni la del ego desmesurado.
No la que esclaviza y no libera.
No la de credos impuestos.
¿La que se cumple por miedo? ¡No!

La del amor. Solo esa.


Que se conmueve, arde,
celebra y lucha.
Que tiende los brazos.
Que entiende las caídas,
que aspira a todo
desde el saberse poco.
La de la entraña estremecida
ante el misterio del prójimo.
La del sollozo compasivo
que no renuncia a la esperanza.
La que sostiene la vida
sin conformarse con menos.
La de la risa sincera.
La de vaciarse hasta la última gota.
Y vivir. Y morir. Y resucitar.
Esa ley.
19 de marzo
San José

2 Sm 7,4-5a.12-14a.16. Tu casa y tu reino durarán siempre en mi presencia.


Sal 88. Su linaje será perpetuo.
Rom 4,13.16-18. Apoyado en la esperanza, Abrahán creyó, contra toda esperanza, que
llegaría a ser padre de muchas naciones.
Mt 1,16.18-21.24a. Se le apareció en sueños un ángel del Señor.

Presidió Pablo Guerrero, SJ

Buenas tardes. Me llamo Pablo y pertenezco a la comunidad de jesuitas de


Maldonado. Lo primero, antes de que en el chat empiece la gente a
preguntarse, Jose Mari está perfectamente, es más lo estoy viendo enfrente
de mí detrás de las cámaras[1].
Hoy celebramos la fiesta de san José. ¡Quien no tiene en su familia a
alguien llamado José, María José, Josefina, Josefa…! Es el Día del Padre y
es también un día en el que recordamos de manera especial a los que se
están preparando para ser sacerdotes. Aunque por las circunstancias en las
que nos encontramos la celebración oficial del Día del Seminario se ha
cambiado de fecha, esto no significa que hoy y siempre no debamos de
tener presentes a quienes se preparan para servirnos como sacerdotes.
Desde la acción de gracias por quienes celebran su santo, por nuestros
padres y por los seminaristas, le pedimos perdón al Señor por aquello que
hay en nuestra vida que es pecado.

Hay pocas personas de las que se diga tan poco en el evangelio. De san
José solo se dice que era justo y era bueno, nada más y nada menos. Estoy
seguro que a todos nos gustaría que se pudiera decir de nosotros que
fuimos personas buenas, buenas personas.
Cuando pensamos en el misterio de la Encarnación, en la infancia de
Jesús, hay una figura clave en la historia de la salvación, la figura de
María, la madre del Señor. Casi podría decirse que se ha eclipsado
cualquier otra figura en la infancia de Jesús. Una de estas figuras a la que
no hemos hecho justicia es la de san José.
La imaginería popular nos lo ha representado casi como un anciano
que siempre está en segundo plano; si me entienden la expresión a veces
nos lo han presentado como un «padre de relleno». Sin embargo, José, el
esposo de María, era justo y bueno.
José es la persona que en el designio de Dios va a acompañar la ternura
de María. Les invito a que hagamos juntos un poco de teología-ficción y
nos imaginemos el papel que cada uno jugó en la educación del niño y
joven Jesús.
María, como toda madre hebrea, le contará a su hijo la historia de las
grandes mujeres de Israel. Le hablará de Judith y cómo Dios se fija en la
debilidad; le hablará de la reina Esther y de cómo Dios acompaña a su
pueblo en los momentos difíciles; le hablará de Ruth y de cómo Dios es
fiel con los pequeños. María, como toda madre hebrea, contará a su hijo
las grandes narraciones de Israel. Le hablará de David y Goliat y le
explicará cómo las apariencias engañan y que Dios no mira la superficie,
sino que mira el corazón. En María, Jesús descubrirá que Dios es un Dios
de ternura apasionada por su pueblo, un Dios apasionado por los últimos,
por los pequeños, por los sencillos, por los que sufren.
Pero no solo María educó a Jesús. José, como todo padre hebreo
enseñará a su hijo la oración del Shema Israel que todo hebreo varón reza
en la pascua judía. «Escucha Israel, Yahvé, solo Yahvé, es tu Dios, el que
sacó a tus antepasados de Egipto, el que dio a tus padres la libertad, el que
se acordó del grito de los esclavos de los egipcios». José le hablará a su
hijo de un Dios que «ha escuchado el grito de su pueblo». José le
descubrirá a Jesús que Dios está comprometido con la historia y
especialmente con la historia de los que están siendo oprimidos.
José llevará a su hijo a la sinogoga. Le ayudará a descubrir que su
pueblo es un pueblo con historia. Y esa historia es una historia de
salvación. Con José, el joven Jesús escuchará la Torá, la ley de Israel;
juntos escucharán el Génesis, el canto a un Dios que nos da su vida, que
nos crea. Juntos escucharán el Éxodo, la historia de la liberación de Israel,
la llamada a ser liberados y a liberar.
Jesús, en la sinagoga, al lado de su padre, escuchará el mensaje de los
profetas, el mensaje de la ternura de Dios que nos lleva grabados en la
palma de sus manos, de la ternura de Dios que nos cuida como una madre
cuida a su hijo. Juntos escucharán las palabras del profeta Isaías:
«Consolad, consolad a mi pueblo dice el Señor, habladle al corazón de
Jerusalén». Juntos escucharán las palabras del profeta Ezequiel: «Pasaré
junto a tí, haré una alianza y esa alianza será eterna».
Sabéis que el Día del Padre tiene mucho de comercial, de negocio, de
grandes almacenes; aunque puede que este año, en las circunstancias que
nos toca vivir, hayamos vivido este día de una manera nueva. ¡Quién sabe!
Puede que hasta mejor y más auténtica. En cristiano, recordar a nuestros
padres en el día que recordamos al padre de Jesús significa descubrir en
nuestros padres la misma labor que tuvo san José: acompañar la ternura de
una madre, descubrir a su hijo la historia de su pueblo y animar a su hijo a
sentirse liberado y llamado a liberar a otros.
Yo admiro mucho a las personas que son padres y que, a la vez, como
san José, son hombres buenos. Y los hay y, gracias a Dios, muchos. Creo
que no es fácil ser padre, y menos aún ser un buen padre. Por eso hoy, en la
Iglesia, es un día para dar gracias por todos esos hombres buenos que son
buenos padres. Dar gracias por esos varones que son capaces de
acompañar con su ternura la ternura de una mujer. Dar gracias por esos
varones que, como esposos y padres, creen en la igualdad, en el respeto y
en la solidaridad. Dar gracias por esos varones que descubren que sus hijos
son un misterio, que son parte suya, pero que no son de su propiedad.
Hoy es un día para dar gracias por esos varones que se creen de verdad
que, como padres, necesitan construir un buen nido para sus hijos pero, a
la vez, necesitan también enseñarles a volar. Necesitamos de personas,
padres y madres, que sigan dando a sus hijos dos grandes regalos: raíces y
alas. No es fácil ser padre, no es fácil ser madre. Pero estoy convencido de
que merece la pena.
Estamos recorriendo un camino juntos. Es curioso cómo la cuarentena
puede unirnos más. Estas semanas muchos padres y muchas madres
estareis aún más cerca físicamente de vuestros hijos. Puede que alguno de
vosotros no podáis estar cerca de vuestros padres y que estéis separados
por cientos o miles de kilómetros. Sin duda más de uno de vosotros tendrá
a sus padres enfermos. Otros, como yo, sabemos que nuestros padres ya
están, para siempre, en manos de Dios; ya están «en casa». A todos os
invito a dar gracias a Dios por vuestros padres.

[1] Más de una vez habrá en algún momento de alguna homilía alusiones personales. La
situación de incertidumbre, el cariño expresado por tantas personas hacia el equipo que
preparaba la liturgia, el miedo a los contagios –especialmente cuando estábamos en los días más
duros de contagios y muertes– todo ello se tenía que transparentar en algunos momentos.
SOLO SÉ CÓMO SE LLAMA

Que si nació hoy, que si nació ayer, que si nació aquí, que si nació allá.
Que si murió a los 33, que si murió a los 36, que cuántos clavos, que
cuántos panes y pescados.
Que si eran reyes, que si eran magos.
Que si tenía hermanos, que si no tenía.
Que dónde está, que cuándo vuelve.

Yo lo único que sé es que…

A mí me tomó de la mano cuando más lo necesitaba.


Me enseñó a sonreír y agradecer por las pequeñas cosas.
Me enseñó a llorar con fuerzas y dejar ir.
Me enseñó a despertarme saludando al sol y a acostarme con la cabeza
tranquila. A caminar muy lento y muy descalza.
Me enseñó a abrazar a todos y a abrazarme a mí. Me enseñó mucho, me
enseñó todo.
Me enseñó a quererme con ganas. A querer a quien tengo al lado y a
darle la mano.
Me enseñó que siempre me está hablando en lo cotidiano, en lo
sencillo, a manera de mensajes y que para escucharlo tengo que
tener abierto el corazón.
Me enseñó que un gracias o un perdón lo pueden cambiar todo.
Me enseñó que la fuerza más grande es el amor y que lo contrario al
amor es el miedo.
Me enseñó cuánto me ama a través de 1000 detalles.
Me enseñó que los milagros sí existen.
Me enseñó que si yo no perdono soy yo quien se queda prisionera; y
que para perdonar, primero tengo que perdonarme.
Me enseñó que no siempre se recibe bien por bien, pero que actúe bien
a pesar de todo.
Me enseñó a confiar en mí y a levantar la voz frente a la injusticia.
Me enseñó a buscarlo dentro y no afuera.
Me deja que me aleje, sin enojarse. Que salga a conocer la vida. A
equivocarme y aprender. Y me sigue cuidando y esperando.
Hasta me dejó aprender de otros maestros sin ponerse celoso; porque es
de necios no escuchar a todo el que habla de amor.
Me enseñó que solo estoy aquí por un tiempo, y solo ocupo un lugar
pequeño. Y me pidió que sea feliz y viva en paz, que me esfuerce
cada día en ser mejor y en compartir su luz conociendo mi sombra.
Que disfrute, que ría, que valore, y que Él siempre va a estar en mí…
Que, aunque dude y tenga miedo, confíe, ya que esa es la fe, confiar en
Él a pesar de mí…

Se llama Jesús…

Gabriela Mistral
20 de marzo
El amor en los tiempos del coronavirus

Viernes de la tercera semana de Cuaresma

Os 14,2-10. Curaré su deslealtad, los amaré generosamente, porque mi ira se apartó de


ellos.
Sal 80. Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz.
Mc 12,28b-34. ¿Qué mandamiento es el primero de todos?

Como se nos recuerda hoy a través de esa invitación a volver al Señor,


también nosotros nos podemos extraviar en muchas batallas y guerras
absurdas en la vida. Pero siempre estamos a tiempo de volvernos a Dios. Y
ese regreso hoy parece claro. Si tuviéramos que describir en qué consiste
ese volverse a Dios, hoy Jesús lo deja muy claro. Es volverse al amor. A
Dios y al prójimo. Pero, ¿a qué llamamos amor?
Porque de amor hablamos mucho, lo citamos, lo cantamos, lo
mencionamos, lo escribimos, hacemos grafitis, lo tuiteamos. Pero, ¿qué
entendemos por amor, o qué es el amor que aprendemos a descubrir en
Dios? Porque hay versiones muy reducidas y reduccionistas del amor, que
resulta insuficientes. Como que el amor fuera solo el sentimiento bonito
de a veces. El amor romántico, por ejemplo, es una parte del amor, pero no
todo. ¿El amor propio? Es amor. Siempre que no sea narcisismo o
egoísmo. Pero si implica no amar al prójimo, no basta. Tampoco es amor
como ese sentimiento de afabilidad, de estar bien… No parece suficiente.
Y luego hay cosas que llamamos amor que ni siquiera lo son. Si
cuando alguien dice a otra persona «te quiero» lo que está diciendo en
realidad es «me haces feliz», tampoco eso es. Y, sin embargo, el verdadero
amor, sin negar lo que pueda haber de verdad en todos esos otros amores,
es el amor que es capaz de dar el paso de decir: «Quiero que tú seas feliz.
Quiero que tú estés bien. Quiero que tu vida sea plena». Así es como ama
Dios.

Estos días parece que, por un rato, casi todos hemos aparcado muchas
batallas absurdas para centrarnos en lo importante, que es cuidarnos unos a
otros. Se ha despertado mucho amor que no es que no estuviera, pero
quizás estaba dormido o demasiado instalado en la rutina. Está habiendo
trabajo y esfuerzo. Está habiendo enfermedad y flaqueza. Está habiendo
miedo, mucho miedo. Está habiendo seguramente enfados y cansancios,
pero también esfuerzos en la convivencia. Rutinas. Aburrimiento. Duelo.
Y mucho de ello tiene que ver con el amor.

Me gustaría hablar de varios rostros de ese amor renovado ahora.


De golpe nos hemos dado cuenta de que todos nuestros seres queridos
están expuestos a esa amenaza vírica. Y el darnos cuenta de eso, tal vez se
convierte en ocasión para recordar lo que nos importamos, que nuestro
tiempo es limitado y que tenemos que querernos. Y esa preocupación es
amor. El primer rostro del amor es la preocupación. Ojalá no dejemos de
preocuparnos y de ocuparnos unos de otros.
Estos días está habiendo mucho sufrimiento. Hay personas que están
lejos de sus familiares, enfermos o sanos. Y también, desgraciadamente,
que fallecen. Y por distintos motivos –todos hemos escuchado (o vivido)
historias tremendas– esa distancia ahora es un dolor tremendo. Pero,
mirad, ese dolor es precisamente porque el amor verdadero acepta ser
vulnerable. Y ese dolor es amor. Porque amar es darle la posibilidad a
alguien de que su vida nos duela. Así que, así como muchas veces tenemos
motivos para la fiesta y la celebración, no tengáis miedo si ahora sufrimos,
lloramos, solos o juntos. Porque ese llanto es nuestra manera de amarnos
ahora también.
Y lo tercero. El amor se ha desplegado en muchas formas concretas de
servicio. Es bonito ir viendo cómo estos días pasan a un primer plano de
un modo especial, los más débiles, los más pobres. Hay mucha gente en
los márgenes de estos días. Incluso hay márgenes más allá de los
márgenes. No son solo los enfermos, que también. Y sus familias, que
también. Son las personas de las que ahora aún nos acordamos menos. En
fronteras, más cerradas todavía. Leía ayer una acertadísima reflexión
sobre las mujeres víctimas de la trata y de la explotación sexual que están
ahora aún más desprotegidas ante los proxenetas. Aquellos que si antes se
encontraban fronteras cerradas ahora se encuentran ya muros
inexpugnables. ¿Qué está pasando con las víctimas de la violencia
doméstica encerradas con sus abusadores? Las posibles nuevas adicciones
de estos momentos. En medio de todo ello, tantas y tantas personas,
preguntándose, ¿cómo puedo servir? Esa es la pregunta necesaria ahora.
No es solo cómo organizar ahora la vida. La verdadera pregunta es: ¿cómo
puedo contribuir a cuidar a quienes hoy necesitan ser cuidados? Estemos
en las calles o en nuestras casas, esa pregunta no debería faltarnos.
Poniendo cada uno nuestros talentos al servicio de ese proyecto común.

Amor no es calcular cuánto puedo ayudar, sino preguntarme a quién, y


darlo todo.
AMOR ES…

Amar la gracia delicada del cisne azul y de la rosa rosa;


amar la luz del alba y la de las estrellas que se abren
y la de las sonrisas que se alargan…
Amar la plenitud del árbol, amar la música del agua
y la dulzura de la fruta, y la dulzura de las almas
dulces…, amar lo amable, no es amor:

Amor es ponerse de almohada para el cansancio de cada día;


es ponerse de sol vivo en el ansia de la semilla ciega
que perdió el rumbo de la luz, aprisionada por su tierra,
vencida por su misma tierra…

Amor es desenredar
marañas de caminos en la tiniebla:
¡Amor es ser camino y ser escala!
Amor es este amar lo que nos duele,
lo que nos sangra por dentro.
Es entrarse en la entraña
de la noche y adivinarle la estrella en germen…
¡La esperanza de la estrella!…
Amor es amar desde la raíz negra.
Amor es perdonar;
y lo que es más que perdonar,
es comprender…
Amor es apretarse a la cruz, y clavarse a la cruz,
y morir y resucitar

¡Amor es resucitar!

Dulce María Loynaz


21 de marzo
Fariseos y publicanos de hoy

Sábado de la tercera semana de Cuaresma

Os 6,1-6. Vamos, volvamos al Señor. Porque él ha desgarrado, y él nos curará.


Sal 50. Quiero misericordia, y no sacrificios.
Lc 18,9-14. Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano.

Mucho ánimo para todos y un cálido saludo para quienes estáis sufriendo
el duelo y tantas situaciones complejas. Un saludo de ánimo también para
quienes de distintos modos os desvivís porque otros vivan. Ojalá la
palabra de hoy sea caricia, al traducirse para nosotros.
A veces me gusta definir la vida como baile, porque creo que bailamos
con la vida, la soledad, el tiempo… Otras veces pienso en la vida como
batalla. Incluso pienso que a veces es algo de las dos cosas. Bailan y
batallan dentro de nosotros algunos polos opuestos: Humildad y orgullo,
bien y mal, generosidad y egoísmo, ambición y heridas, alegría y
tristeza…
Quizás, entre esas polaridades que llevamos dentro, una de las luchas
más fuertes sea la que hay entre el fariseo y el publicano que nos habitan.
Creo que dentro de cada uno pelean ambos.

Los tres pilares de la actitud del fariseo son:

Yo me lo merezco. Es decir, una cierta conciencia de fortaleza, basada


en la sensación de que uno se ha ganado la gracia. El fariseo en su
fortaleza pisa fuerte y dice: «Aquí estoy yo».
Como yo me lo he ganado, y yo lo merezco, entonces Dios me lo debe.
El fariseo se instala en la exigencia.
Por último, como yo me lo merezco, entonces los demás son rivales o
puntos de comparación. Y ahí la actitud es el juicio.
Aquí tenemos las tres actitudes del fariseo: fortaleza, exigencia, y
juicio.
Todos podemos tener un fariseo dentro. Y ojo, porque es muy propio
del fariseo pensar que fariseos son los demás.

Los tres pilares de la actitud del publicano son:

Yo necesito (a Dios y al prójimo). Una conciencia de la fragilidad


humilde. El publicano sabe que necesita a Dios y al prójimo.
En segundo lugar, la conciencia de que Dios no abandona. Por eso es
capaz de orar: «Ten compasión de mí». Dios no abandona, no porque yo lo
merezca o lo haya conquistado, sino porque él es así. Consecuencia de
ello, es la gratitud.
Por último, los otros no son peores ni mejores que yo. Son compañeros
del camino, hombres y mujeres con quienes comparto la vida. Y en ese
sentido la misericordia es la capacidad de que el corazón lata acompasado
con otros corazones.
Las tres actitudes del publicano, por tanto, son: fragilidad humilde,
gratitud y misericordia.

Si algo nos está enseñando esta pandemia es a darle espacio y cancha


dentro de cada uno de nosotros al publicano. De golpe nos hemos
descubierto débiles, vulnerables, tan inseguros… Pero eso no es malo, más
bien es humano. Quizás se nos está cayendo el orgullo en que llevamos
décadas instalados. Quizás llevábamos demasiado tiempo, en lo personal,
en lo social, en lo eclesial, en lo político, con duelos farisaicos y alzando
muros cada vez más altos entre nosotros. Y ahora, de golpe, en medio de la
desnudez de este momento, nos reconocemos mucho más frágiles, y
emerge el publicano que estaba ahí dentro, necesitando ayuda. Y de golpe
descubrimos, en lo personal, y en lo colectivo:
• Que no somos autosuficientes (porque somos tan frágiles, y tan
limitados, y tan contingentes). De golpe tenemos que aprender a
pedir ayuda, y a rompernos a ratos, y a saber que nos necesitamos. Y
se va trenzando una red de necesidades recíprocas. Y, sí, también
necesitamos a Dios, para que acoja el llanto de unos, la lucha de
otros, el cansancio de tantos, las lágrimas de todos. Nos hemos
descubierto débiles, como el publicano.
• Lo segundo, quizás este momento de ayuno sobrevenido, donde nos
estamos privando de tantas cosas que hasta ayer parecían esenciales,
se vuelve la oportunidad para el agradecimiento, para volver a
valorar lo mucho que, en nuestra vida, es privilegio y es bendición.
Porque hay muchas cosas que volverán. Volverán los paseos, las
charlas, los encuentros. Volverán los abrazos, la cercanía, los días
sin miedo. Volverá esa primavera existencial (como hoy, al menos
aquí en España, arranca la primavera de nuevo). Volveremos a
juntarnos en persona aquí, alrededor de la mesa fraterna. Volverá el
baile, y la risa y las bromas, y la salud. Pero quizás volverá de un
modo distinto, como un nuevo regalo. Recordando lo mucho que
vale. Tal vez hoy, en familia, sea una buena ocasión para dar gracias
por tantas cosas que hasta hace unos días eran habituales y pasaban
inadvertidas, pero hoy se vuelven especiales. Eso sí, desde la
conciencia, también, de que en muchos lugares del mundo y en
muchas historias la vida es siempre esta intemperie nuestra de
ahora. Que lo que hoy nosotros percibimos como ausencia, en otras
vidas es ausencia constante. Y que lo que hoy a nosotros nos
sorprende por su escasez, en otras vidas lo es siempre. Ojalá nuestra
gratitud sea una gratitud consciente de la necesidad de devolver y
compartir.
• Lo tercero, el encuentro. Mirad, ahora es tiempo de encontrarnos y
reconocernos. No es momento para reproches, para cargarnos más
unos a otros, para herirnos o zaherirnos. Es tiempo –como decía
ayer– para el amor. El fariseo juzga. El publicano comprende. El
fariseo exige. El publicano acoge. El fariseo compite. El publicano
comparte. El fariseo divide. El publicano une.
Quizás este sea el momento de mirarnos un poco más, como por vez
primera, despojados de las capas de seguridad y fortaleza, de
autosuficiencia y juicio. Para comprender que somos parte de una gran
familia humana muy frágil, compartiendo camino y deseando vivir en paz
y con dignidad. Y encontrar nuevos caminos para vivir desde la concordia
de quien comparte la fragilidad porque comparte el abrazo de amor de un
Padre que a todos nos quiere como somos.
PUBLICANO

Pensaba que podía todo,


que yo me bastaba,
que siempre acertaba,
que en cada momento
vivía a tu modo y así me salvaba.
Rezaba con gesto obediente en primera fila,
y una retahíla de méritos huecos
era solo el eco
de un yo prepotente.
Creía que solo mi forma
de seguir tus pasos
era la acertada.
Miraba a los otros con distancia fría
porque no cumplían tu ley y tus normas.
Me veía distinto, y te agradecía
ser mejor que ellos.

Hasta que un buen día


tropecé en el barro,
caí de mi altura,
me sentí pequeño
descubrí que aquello
que pensaba logros
era calderilla.
Descubrí la celda,
donde estaba aislado
de tantos hermanos
por falsos galones.
Me supe encerrado
en el laberinto
de la altanería.
Me supe tan frágil…
y al mirar adentro
tú estabas conmigo.

Y al mirar afuera,
comprendí a mi hermano.
Supe que sus lágrimas,
sus luchas, y errores,
sus caídas, y anhelos,
eran también míos.
Ese día mi oración cambió.

Ten compasión, Señor,


que soy un pecador.
22 de marzo
Buscadores de luz en tiempos de ceguera

Cuarto domingo de Cuaresma

1 Sm 16,1b.6-7.10-13a. En aquel momento, invadió a David el Espíritu del Señor, y


estuvo con él en adelante.
Sal 22. El Señor es mi pastor, nada me falta.
Ef 5,8-14. Caminad como hijos de la luz.
Jn 9,1.6-9.13-17.34-38. Me puse barro en los ojos, me lavé, y veo.

Presidió Antonio España, SJ

Queridos amigos y amigas:

Saludo a todas las personas que nos están viendo desde sus casas, en este
momento tan crítico e inesperado. Mi saludo especial va para los que están
sufriendo la enfermedad directamente o en sus familiares y amigos.
También en todas las personas que contribuyen a la sanación por medio de
sus cuidados profesionales, de la atención en los transportes, en la
producción general, en los servicios básicos, en la seguridad de nuestras
calles, en las instituciones del Estado de las autonomías… Gracias a todos
de corazón y desde aquí nuestras oraciones con nombres y apellidos que,
en cada casa, podéis pronunciar en silencio.
Como cristianos, alzamos la mirada más allá hacia donde nos cuesta
mirar. Buscamos la esperanza que nace de la fe. El anhelo por una
humanidad plena e íntegra. ¿Qué nos puede estar diciendo Dios en esta
situación? ¿A qué nos invita en este domingo de Cuaresma? Levantamos
los ojos para tratar de ver, pero hay que reconocer que somos ciegos, que
nuestra mirada es muchas veces pasiva y que nos falta luz.

Ceguera. José Saramago publicó en 1995 el Ensayo sobre la ceguera. La


trama de esta ficción es una pandemia («el mal blanco») que lleva a la
ceguera a todo el mundo excepto a la protagonista, la esposa del médico.
Sé que es una distopía, una humanidad sin nombres, una visión negativa
del futuro, que puede relacionarse con lo que vivimos hoy y cargarnos de
pesimismo. Pero no voy por ahí. Saramago dice: «Creo que no nos
quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que,
viendo, no ven».
Este tiempo de reclusión forzada por el bien de todos, por tratar de
salir adelante como sociedades, es tiempo de salir de nuestras cegueras
personales y sociales. Es un momento para tratar de ver en profundidad.
Hay algo que he experimentado estos días en mi comunidad y en las calles
que me rodean: un gran silencio y una sensación de soledad (pero no de
incomunicación).
Thomas Merton decía en Pensamientos en soledad: «Aquel que está
solo y es consciente de lo que la soledad significa, se encuentra a sí mismo
simplemente en el suelo de la vida. Esa persona está en el “Amor” (…).
No se sorprende de ello y puede vivir con esta desconcertante y nada
atrayente realidad, que no tiene explicación (…) desaparecemos en el
Amor».
Ese silencio en sana soledad nos puede ayudar a ver mejor, a darnos
cuenta de las personas con las que vivimos (y que ahora podemos recorrer
con la mirada), el lugar donde estamos, las personas que no están con
nosotros pero que tenemos presentes por teléfono, por WhatsApp…
Podemos ver y podemos darnos cuenta mejor de quienes son y sus
nombres.

Mirada activa. Precisamente es eso lo que hace Jesús. En el texto de Juan


todo comienza porque Jesús «vio a un hombre ciego de nacimiento». Jesús
se fija en una persona que pasa desapercibida, que formaba parte de la
escena de cada día en Jerusalén. Me gusta precisamente porque Jesús se da
cuenta de la profundidad que hay en cada día. Quizás, podemos en estos
momentos de crisis detenernos en mirar más profundamente. No se trata
de miradas esquivas, sino miradas profundas, que contemplan y que
aceptan lo que la otra persona es.
Como no había coronavirus, Jesús obra un signo «haciendo barro con
la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte a la piscina
de Siloé (que significa Enviado)”». Como siempre en Jesús, la acción de
mirar, de hacer presente a una persona en sus necesidades, le lleva a actuar
para que pueda comenzar a ver. No sabemos su procedencia ni su historia,
es un ser humano más en los márgenes de la vida.
Justamente, la mirada le lleva a actuar, aunque otros lo rechacen: sean
sus familiares, sean sus vecinos, sean los fariseos… Y esto son
complicaciones: es bueno no ser ciego, pero es un problema cambiar de
no-ver a ver. Nos sentimos inseguros, nos socavan nuestras certidumbres,
nos hacen temblar y cambiar rutinas. ¿Qué novedad me trae Jesús con una
curación inesperada? ¿En qué me puede curar Jesús en medio del
confinamiento? ¿Curarme de obsesiones, de rabias, de penas…? No sé.
Pero Jesús quiere nuestra curación y siempre podrá surgir lo nuevo e
inesperado.

Luz. «Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». Jesús nos sitúa
ante una luz que nos puede ayudar a vivir, a reconocer contornos en las
personas y las cosas, a distinguir ideas y falsedades, a dejar que
resplandezca el bien y no el egoísmo. A los creyentes o aprendices de
creyentes, nos llega la luz de Dios, aunque muchas veces no sepamos del
todo definirla plenamente. La luz de Jesús atraviesa sociedades enteras y
pide de nosotros proteger y mantener esa luz.
La segunda lectura nos insiste en pedir esa luz, en buscar esa luz y en
ser esa luz: «Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor. Vivid
como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la
luz». La luz no consiste, solamente, en tener las ideas bien organizadas. Se
trata de bondad-justicia-verdad. Un periodista hace unos días decía:
«Éramos felices y no lo sabíamos» (Íñigo Domínguez, El País). A lo
mejor, vivíamos en un sueño de las sociedades occidentales («el mal
blanco» de Saramago) que estaban resguardadas de todo y que temían la
llegada de otras mentalidades, otros pueblos, otros ritmos y otros virus.
Ahora podemos decir que podemos ser felices con lo que vivimos hoy, con
lo que sufrimos hoy, con lo que padecemos hoy, solo si tratamos de ser luz,
es decir, bondad-justicia-verdad para otros. Tal como hacen tantas
personas que sirven a la sociedad en medio del estado de alarma. ¿Qué
podemos aportar nosotras y nosotros? Seguir un ritmo saludable, habitar
espacios pequeños, atender a los débiles, buscar la verdad de lo sucedido,
acostumbrarnos al silencio profundo, impedir que los más vulnerables
empeoren. Esa es una llamada que podemos hacer sin salir de casa.

Ser luz lleva a la esperanza: Jesús es luz, el buen pastor que me lleva a
verdes praderas, que me conduce a fuentes tranquilas (Sal 22), que nos
invita a vivir de forma plena, aunque distinta a lo que teníamos antes. Esta
luz nos llama a una fe vivida y viviente, que provoca esperanza, que
supera la ceguera para que miremos por nosotros mismos junto a Dios y
Jesús, que mira de forma nueva y que da luz al mundo y vida al mundo.
EL DIOS DE LA FE

En medio de la sombra y de la herida


me preguntan si creo en Ti. Y digo:
que tengo todo, cuando estoy contigo,
el sol, la luz, la paz, el bien, la vida.

Sin Ti, el sol es luz descolorida.


Sin Ti, la paz es un cruel castigo.
Sin Ti, no hay bien ni corazón amigo.
Sin Ti, la vida es muerte repetida.

Contigo el sol es luz enamorada


y contigo la paz es paz florida.
Contigo el bien es casa reposada
y contigo la vida es sangre ardida.

Pues si me faltas Tú, no tengo nada:


ni sol, ni luz, ni paz, ni bien, ni vida.

José Luis Martín Descalzo


23 de marzo
La esperanza en tiempos turbulentos

Lunes de la cuarta semana de Cuaresma

Is 65,17-21. Voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva.


Sal 19. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Jn 4,43-54. Anda, tu hijo vive.

Es bonito y al tiempo extraño escuchar unas lecturas tan cargadas de


esperanza cuando miramos alrededor –al menos aquí en Madrid– y abunda
el miedo, la preocupación. Quizás hoy podemos entender con mucha más
claridad, como por primera vez, el sentido de la esperanza. Yo, como otros
muchos, creo que soy alguien que ha vivido en un contexto mucho más
seguro, y nunca me he visto envuelto en algo así. Como tantos, hemos
tenido momentos buenos y malos, crisis personales, crisis colectivas,
quizás situaciones duras. Pero esta sensación de que la sociedad se
tambalea, esto hace que las palabras de Isaías llenas de esperanza para un
pueblo devastado resulten desconcertantes, pero también ilusionantes. El
contexto de la pandemia (para muchos que hemos vivido toda la vida en
un mundo de seguridades), puede recordarnos aquel contexto del pueblo
atormentado por un presente devastado. Un presente, aquel, de opresión y
cautiverio, de sensación de derrota y abandono. Un presente, el nuestro, de
miedo al presente y al futuro, de incertidumbre, de preocupación, tristeza,
y duelo. (Y, como os he dicho ya otros días, no deberíamos olvidar,
además, que esa es precisamente la situación vital de muchos millones de
personas en nuestro mundo durante toda su vida).
En medio de estas situaciones de catástrofe, en tiempos de Jesús, y en
los nuestros, también hay agoreros. Los hay («esto no acaba ni de empezar.
Detrás de esto viene la ruina. Ya verás cuantos muertos nos esperan. Y la
crisis. Y China. Y…»).
También cabe una lectura religiosa. Quizás si esto hubiera ocurrido en
la antigüedad, los creyentes hubiesen pensado en la pandemia como un
castigo de un Dios tiránico y en consecuencia hubieran esperado que
automáticamente la borrase con un gesto de las manos o que ya fuera el
nuevo diluvio… Yo no sé en qué Dios cree quien dice que la pandemia es
un castigo de Dios a este mundo. ¿De verdad Dios hace sufrir a los
inocentes? ¿Entonces, cuando se le pase el enfado borrará el coronavirus
de un plumazo? A mí, perdonadme, pero me cuesta creer en esto.

Jesús aparece como el profeta de la esperanza, no estimado en su patria,


pero sin embargo realmente sanador. Jesús nos llama, también hoy, a la
esperanza. Y, ¿sabéis? Creo que hay que mirar alrededor y empezar a ver
destellos que invitan a creer en esa esperanza. Quizás tenemos que
descubrir bien cuál es esa esperanza, o cual es esa manera de sanar de
Dios. Que no es el automatismo de la sanación inmediata de la
enfermedad, sino algo distinto. Sanarnos como sociedad, como mundo,
como familia humana.
Hoy sabemos que Dios no provoca el sufrimiento de los inocentes a su
capricho. La vida es limitada, es vulnerable y es frágil. Y esto es una
enfermedad, con muchos rostros. Pero hay esperanza, y señales para la
esperanza.
• Porque sigue habiendo gente que, en medio de una crisis como esta,
multiplica sus esfuerzos por ayudar, acariciar, acompañar. Lo de que
haya caceroladas para protestar nos resulta más familiar, y hasta
hace poco los aplausos eran solo para los triunfadores –en las galas
de premios, en las competiciones deportivas…–, pero no nos son tan
habituales los aplausos a la generosidad. De golpe se nos han abierto
los ojos, y descubrimos la entrega de tantos. Nos hemos dado cuenta
de que la bondad es necesaria en este mundo y además es digna de
reconocimiento y aplauso.
• Hay gente buscando una vacuna, una solución. Y así ha ido
avanzando la vida. Gracias a la ciencia, que es una de las
herramientas, de los talentos, que Dios ha puesto en nuestras manos.
El ser humano, dotado del talento creador que Dios ha puesto en
nosotros, ya encontró en otras épocas soluciones para pandemias y
enfermedades. Gracias a Dios, hay muchas personas utilizando sus
talentos para el bien. Como lo es también la imaginación de quienes
ahora encuentran caminos para mantener la alegría o la resistencia,
la creatividad de tantas iniciativas… El valor de nuestros talentos.
• Quizás, solo quizás también, estemos volviendo a la fe profunda, la
que da sentido a la vida, la que va mucho más allá de polémicas
estériles y se pregunta por el lugar de Dios, el amor, el sufrimiento,
el sentido de la vida, la soledad y los encuentros, la muerte, la
esperanza más allá de la muerte. Quizás haya una esperanza para
una fe reconquistada.
• Por último, esto nos pueda servir para enderezar el rumbo como
sociedades. Para comprender a dónde estábamos yendo. Para
recuperar lo esencial. Para descubrir los destellos de un bien posible
e intuir que el mundo que salga de esta crisis puede ser mejor.
Recuerdo aquí una cita de Etty Hillesum, que pasó los dos últimos
años de su vida en Westerbork, antes de ser enviada a Auscwhitz. En
un contexto de absoluto horror ella dejó escrito en El corazón de los
barracones: «Lo que quiero decir es que sí, la miseria es grande y
aun así me ocurre a menudo por las noches, cuando el día se va
apagando dentro de mí, hondamente, que camino con ágiles
zancadas a lo largo de la alambrada y siento subir de mi corazón
una fascinación –no lo puedo evitar; proviene de una fuerza
elemental–. Esta vida es maravillosa y grande, tenemos que
construir un mundo nuevo después de la guerra. Y a cada infamia, a
cada crueldad, hay que oponerle una buena dosis de amor y buena
fe, que primero habremos de hallar dentro de nosotros mismos.
Tenemos derecho a sufrir, pero no a sucumbir al sufrimiento. Y si
sobrevivimos a esta época ilesos de cuerpo y alma, de alma sobre
todo, sin resentimientos, sin amarguras, entonces ganaremos el
derecho a tener voz cuando pase la guerra. Tal vez soy una mujer
demasiado ambiciosa: me gustaría tener una palabra que enunciar».
Quizás esa ambición sea la que necesitamos todos nosotros. Aprender
a ser eco de tantas palabras de esperanza de quien se ha negado a sucumbir
al desaliento.
SOLO TÚ

Porque nuestros proyectos


se desmoronan y fracasan
y el éxito no nos llena como ansiamos.
Porque el amor más grande
deja huecos de soledad,
porque nuestras miradas no rompen barreras,
porque queriendo amar nos herimos,
porque chocamos continuamente
con nuestra fragilidad,
porque nuestras utopías son de cartón
y nuestros sueños se evaporan al despertar.
Porque nuestra salud descubre
mentiras de omnipotencia
y la muerte es una pregunta
que no sabemos responder.
Porque el dolor es un amargo compañero
y la tristeza una sombra en la oscuridad.
Porque esta sed no encuentra fuente
y nos engañamos con tragos de sal.

Al fin, en la raíz, en lo hondo, solo quedas Tú.


Solo tu Sueño me deja abrir los ojos,
solo tu Mirada acaricia mi ser,
solo tu Amor me deja sereno,
solo en Ti mi debilidad descansa
y solo ante Ti la muerte se rinde.
Solo Tú, mi roca y mi descanso.

Javi Montes, SJ
24 de marzo
¿Testigos o víctimas del coronavirus?

Martes de la cuarta semana de Cuaresma

Ez 47,1-9.12. No se marchitarán sus hojas ni se acabarán sus frutos; darán nuevos frutos
cada mes.
Sal 45. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Jn 5,1-16. Levántate, toma tu camilla y echa a andar.

Acabamos de escuchar el relato de una sanación. Y ciertamente creo que


hoy necesitamos oír relatos de sanaciones. Y ya no solo por fuera, sino por
dentro. Hoy la homilía no es mía, sino de un compañero jesuita. El padre
Seve Lázaro, también jesuita, más o menos de mi edad, vive aquí en
Madrid, en el barrio de la Ventilla, y está convaleciente, recuperándose del
coronavirus. Y escribía a la vuelta del hospital, donde ha pasado unos días
con una neumonía muy fuerte. Su relato es también una enseñanza para
nosotros, sobre si vamos a ser víctimas o testigos. Esto es lo que escribe:

«Me piden que escriba unas letras sobre cómo estoy viviendo este tiempo
de aislamiento. El haber sido tocado por esto del coronavirus y haber visto
sus garras, primero en casa y luego en el hospital, sin hacerme sentir
diferente a nadie, me convierte un poco en víctima y otro poco en testigo,
como muchos otros. Creo que el aprendizaje está en ir del primero al
segundo.
Víctima, como tanta y tanta gente que a mi alrededor lo padece y lo
sufre. Con esa incertidumbre de ver los síntomas aparecer y darme cuenta
de que nada me calma, de que nada alivian esos remedios de paracetamol,
ibuprofeno, nolotil, y tantos otros calmantes. ¡Qué desesperación llegué a
sentir con esa maldita fiebre que no se me iba!
Víctima, porque me sentí esquizofrénicamente desinformado de lo que
realmente me pasaba. Pues los números oficiales de teléfono a los que
llamaba nunca me cogían, o los médicos me lo negaban todo en los pasos
previos al ingreso, quédate en casa, me decían, será una gripe, será un
cuadro viral, bueno, te vamos a hacer unas pruebas y te vuelves a casa…
Cuando por otro lado, los medios me inundaban de información con los
síntomas y día a día en mi domicilio comprobaba que eran los que yo
tenía. ¡Llegué a no entender nada!
Víctima también de verme de repente marcado y señalado, como
alguien al que hay que aislar inmediatamente y del que hay que prevenirse,
del que hay que avisar urgentemente que lo tengo, para que todos aquellos
con los que estuve en contacto se pusieran rápidamente en cuarentena. Lo
que me hizo ver el rostro más amargo de esta pandemia: estoy contagiado
y condenado a estar solo, apartado. Todavía resuena en mi cabeza el grito
de una enfermera diciéndole a otra que se disponía a entrar en mi
habitación: “¡En la 325 no entres por nada del mundo!”. Cuántas
habitaciones y domicilios tienen esa marca y se les habla y mete la comida
desde la puerta, o se les llama por teléfono una miserable vez al día desde
los centros médicos, para poco a poco dejarles morir, como a Pepi, la
sacristana de nuestra parroquia.

Pero esta vivencia de víctima, que tal vez es la primera, tiene que ir
dejando paso a otra, la de testigo, y esta, al menos en mi caso, está siendo
la vivencia más profunda y más fecunda, en lo que puedo alcanzar a ver.
Testigo de ver cómo la debilidad me roza, se instala en mi vida o me
llega a invadir: es muy duro vivirse ahí, durante minutos, horas, días que
se hacen eternos. Pero a la vez es muy fecundo, porque toco el humus y la
tierra de eso que soy realmente, un ser terrenal, finito, fragmentado…
Muy lejos de ese endiosamiento y centro en el que me gusta vivir, y por el
que me afano cada día desde mi pericia personal o profesional. Qué bueno
que este dichoso virus esté haciéndonos sentir débiles a todos: a los
especialistas, a los políticos, a los profesionales de la salud, a los
familiares y, cómo no, a los enfermos. Qué oportunidad está siendo para
aprender a adorar y dar gracias por el misterio de fragilidad y
vulnerabilidad que envuelve esta aventura de mi vida.
Testigo de ver cómo tantas y tantas personas desde diferentes puestos
hacen todo lo que pueden. Se cuenta que Van Eyck y algunos otros pintores
flamencos firmaban sus cuadros con una misma frase que decía: “como
mejor puedo”. Y esa es la firma que todos estamos poniendo en esta
cuarentena. Me gustaría estar mejor de lo que muchas veces me descubro,
vivir mejor este difícil momento, sentirme más útil desde lo que voy
haciendo o querría hacer. Todos estamos lejos o muy por debajo de eso por
lo que tanto se nos mide en las empresas y trabajos: nuestro rendimiento
profesional. Pero, ¿quién nos ha metido eso en la cabeza? Lo que la vida
me pide en esta y en cualquier otra circunstancia es que haga “como mejor
pueda”. Y me ha sido y es tan hermoso verlo en los cuidados de la gente de
la comunidad en la que vivo, y que tan cariñosamente me atienden en el
aislamiento; como en Raúl, el médico que durante esos cinco días que
estuve en casa me llamaba por la mañana, por la tarde y por la noche;
como en todo el equipo del hospital de Asisa en Moncloa donde estuve
ingresado cinco días; como en toda esa corriente de mensajes de ánimo y
oración que he recibido y recibo por el teléfono; como en la sociedad
entera que lo único que puede hacer es quedarse en casa y aplaudir
agradecidamente todos los días a las 8 de la tarde. Qué gran aprendizaje
este de sentirnos todos más torpes, menos eficaces, haciendo solo “como
mejor podemos”.
Testigo, finalmente, de lo incondicional. No tengo dudas de que esta
pandemia me está obligando en todos estos días a mirar de frente a ese
acontecimiento al que siempre intento esquivar: la muerte. Lo veo en las
cifras que cada día se van multiplicando y que ya no son cifras, sino
rostros e historias de personas que quiero, cercanas a la familia, al barrio
en el que vivo, al trabajo, a la parroquia de la que formo parte, a todos los
ámbitos de la sociedad. En mis días de hospitalización, las cuatro noches
me despertaban los gritos del paciente de la habitación de al lado, al cual
con oxígeno y todo le venían ataques de tos que intentaban ahogarle. Y yo
al lado rezaba. Mi madre, que también me llamaba cada día dos veces, el
martes 17 me contaba cómo el domingo 15, cuando les puse por el
WhatsApp familiar que me llevaban al hospital, le dijo a mi hermano con
el que vive que la acompañara a la iglesia a rezar. Yo, sin dejarle terminar,
le pregunté: “¿No le habrás pedido a Dios que me cure sí o sí?”. Y ella,
con su fe de 84 largos años, me dijo: “No, hijo, ¿cómo se te ocurre que voy
a pedirle eso a Dios, si no somos nada? Solo le dije que te curaras si
conviene. Y lo que luego le supliqué todo el tiempo es que donde tú fueras,
que me llevara allí, contigo. Que solo junto a ti querría estar, fuera donde
fuera”. En esa hora, solo acerté a llorar. Pero estos días volviendo a ella,
siento que ahí empezó mi mejoría. Allí, dentro de mí, donde hasta
entonces solo existían el virus y la soledad que le acompañaba, de repente
sentí que más adentro incluso, y saltándose todos los protocolos, se había
metido el amor incondicional de mi madre.
Qué bueno, que esta pandemia nos esté poniendo cerca de lo
incondicional de la vida que es la muerte, pero que es también el amor. Y
que cuando acertamos a expresarlo, como mi madre conmigo, estoy seguro
de que se revelará más fuerte y entrará más adentro que el mismo virus,
hasta arrancarnos de él. Así que no dejemos de gastar en teléfono para
gritar a todos los que se sienten solos y enfermos que no lo están, que hay
algo más fuerte que es el amor que les tenemos».
(Seve Lázaro, SJ)
EL SANADOR

Andábamos sedientos,
agitados por batallas
de esas que te gastan por dentro.
Éramos los tibios,
los desalmados,
los insensibles.
Llevábamos puñales
en los pliegues de la vida,
para conquistar, por la fuerza,
cada parcela de nuestra historia.
Conjugábamos la queja
con la insidia,
sospechando unos de otros.
Ocultábamos las heridas
para no mostrar debilidad.

Alguien, un día, habló de ti.


Prometías paz, sanación,
encuentro.
La promesa despertó anhelos.
Queríamos creerlo.
Salimos a buscarte.

Al encontrarte, deshiciste
los nudos que nos retorcían.
Destapaste las trampas.
Sembraste optimismo,
gratitud, misericordia.
Y ahora somos nosotros
los portadores de un fuego
que ha de encender
otros fuegos,
para iluminar,
el mundo
con tu evangelio.
25 de marzo
Fiesta de la Anunciación

Isaías 7,10-14; 8,10b. Mirad, la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por
nombre Emmanuel, porque con nosotros está Dios.
Sal 39. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Heb 10,4-10. Entonces yo dije: He aquí que vengo –pues está escribo en el comienzo
del libro acerca de mí– para hacer, ¡oh, Dios!, tu voluntad.
Lc 1,26-38. He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

Presidió José Ramón Busto, SJ

El 25 de diciembre celebramos el nacimiento del Hijo Dios en Belén. Hoy,


25 de marzo, nueve meses antes, recordamos que el nacimiento del Señor
fue anunciado a la Virgen María, su madre, por medio del arcángel
Gabriel, para pedirle su consentimiento, que una vez otorgado hizo posible
que comenzara a formarse la humanidad del Hijo de Dios en su seno.
Tres aspectos podemos contemplar en esta eucaristía a la luz de la
Palabra de Dios que hemos escuchado. Primero el designio salvífico de
Dios sobre la humanidad. Dios nos ha creado para que seamos sus hijos en
una vida eterna y feliz junto a él. El pecado de los hombres frustró ese
designio que Dios ha recuperado enviando a su Hijo para otorgarnos
gratuitamente el don de su salvación. Segundo, hemos de contemplar la
figura del Hijo de Dios, que siempre cumple la voluntad del Padre, como
nos dice la lectura de la carta a los Hebreos. La ha cumplido desde toda la
eternidad, la cumplió durante su vida terrenal y la sigue cumpliendo hoy
de modo glorioso en el cielo. Finalmente, podemos contemplar la figura
de María que colabora con la disponibilidad de su persona al designio
salvífico de Dios: «Hágase en mí, según tu palabra». Porque el designio
salvífico de Dios solo puede hacerse realidad con la colaboración del
hombre. Como dijo S. Agustín, «Dios que te hizo sin ti, no te justifica sin
ti» (Sermón, 169). La Virgen María ofrece con su disponibilidad la
colaboración humana para hacer eficaz la salvación divina.
En este día en que la carne del Hijo de Dios comienza a formarse en el
seno de la Virgen María la Iglesia celebra también la Jornada en favor de
la vida. Toda nuestra sociedad se halla en estos momentos comprometida
en una lucha en favor de la vida. Sanitarios y autoridades, trabajadores y
fuerzas de seguridad del estado, familiares y amigos, todos los ciudadanos
estamos tratando de proteger nuestras propias vidas y las vidas de los
demás. De esta pandemia y de las decisiones acertadas o desacertadas que
ahora estamos tomando habremos de sacar muchas enseñanzas cuando nos
pongamos a reflexionar sobre ello una vez que pase el peligro. Me atrevo a
sugerir una de esas enseñanzas. No estaría de más que, cuando la amenaza
haya pasado, continuáramos con un compromiso en favor de la vida
semejante al que tenemos ahora. Ese compromiso a favor de la vida lo
hemos de tener especialmente en las situaciones en que la vida humana se
encuentra especialmente amenazada. Es decir, en su comienzo y en su
final. Que la Virgen María, que durante nueve meses esperó con amor e
ilusión el nacimiento de su Hijo, conceda a nuestra sociedad la gracia de
esperar con amor e ilusión semejantes a los suyos el nacimiento de todos
los niños concebidos y también de cuidar con la dedicación que ahora se
está poniendo de manifiesto la vida de las personas ancianas cuando se vea
amenazada por la vejez o la enfermedad.
MARÍA

Niña con el mundo en el alma.


Sutil, discreta, oyente,
capaz de correr riesgos.
Chiquilla de la espera,
que afronta la batalla
y vence al miedo.
Señora del Magníficat,
que canta la grandeza
velada en lo pequeño.
Y ya muy pronto, Madre.
Hogar de las primeras enseñanzas,
discípula del hijo hecho Maestro.
Valiente en la tormenta,
con él crucificada
abriéndote al Misterio.
Refugio de los pobres
que muestran, indefensos,
su desconsuelo
cuando duele la vida,
cuando falta el sustento.
Aún hoy sigues hablando,
atravesando el tiempo
mostrándonos la senda
que torna cada «Hágase»
en un nuevo comienzo.
26 de marzo
Dejar atrás los ídolos para volverse al Dios
verdadero

Jueves de la cuarta semana de Cuaresma

Ex 32,7-14. Se han hecho un becerro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios
y proclaman: «Este es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto».
Sal 105. Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo.
Jn 5,31-47. ¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis unos de otros y no buscáis la
gloria que viene del único Dios?

Quizás las palabras de Jesús hoy son duras. En un tiempo en el que


estamos necesitando caricias más que palabras duras. Pero también creo
que necesitamos hacer una lectura creyente de lo que está ocurriendo estos
días. Y creo que ese contraste que se nos ofrece hoy entre los ídolos y Dios
es algo a lo que tenemos que atrevernos a mirar.
Nosotros somos muy de hacernos ídolos. La misma palabra está muy
metida (y con sentido mucho más positivo que el que vemos aquí) en el
lenguaje común. Hablamos de ídolos de masas. Ídolos del deporte. Ídolos
de la música, del teatro. Ídolo de la juventud… Alguien idolatrado. Y
quizás no solo son personas. También idolatramos valores, bienes, etc.

¿Qué es lo que ocurre con el ídolo? Y ¿cuál es el sentido que Jesús


denuncia? El ídolo es estéril, te va atrapando, y todo lo vuelve infecundo.
Se agota en sí mismo y al tiempo no permite crecer al otro. Es como en
esas películas fantásticas donde hay un personaje eternamente joven o
eternamente hermoso, pero que consigue eso a base de robar la juventud o
la belleza de otros.
El ídolo es así. En nuestra vida idolatramos algunas cosas –o personas–
que nos pueden dejar muy vacíos, nos pueden encerrar en muchas
esterilidades hasta que lo ocupan todo. Podemos idolatrar algunas
dimensiones de la vida que no es que no valgan, pero hay que darles su
valor justo y en el tiempo justo, sin absolutizarlas: la juventud; la
seguridad; la belleza; el poder; el éxito…, se convierten en ídolos cuando
–como a aquel becerro de oro– se les termina rindiendo pleitesía, y en
lugar de hacernos más libres terminan volviendo nuestras vidas estériles.
Os pongo algunos ejemplos. El culto a la juventud lleva a mucha gente
a temer el paso del tiempo (y a pretender embarcarse en carreras contra
ello). ¿Qué más da si cada uno tenemos una historia y una vida? Si lo
nuestro es ser joven cuando se es joven y adulto cuando se es adulto, como
parte de nuestra historia.
La búsqueda de la seguridad absoluta impide a mucha gente arriesgar.
Y el riesgo es necesario en momentos de la vida. Ahora lo estamos viendo.
La obsesión por una forma de belleza estereotipada nos hace ciegos a
la diversidad.
El poder como ídolo termina llevando a cruzar muchas líneas rojas (la
de la decencia la primera); y a veces las consecuencias pueden ser
devastadoras, como hemos visto una y otra vez.
Las ideologías… Cabría tanto que decir sobre ellas. Todo lo juzga uno
en clave de propios y ajenos. Todo lo aceptas en los tuyos y todo lo atacas
en los otros.
Todo eso pueden ser valores o cuestiones apreciables en algunos
momentos y situaciones de la vida, pero no lo son cuando los convertimos
en absolutos, porque se convierten en prisión. Se convierten en una losa
que impide llegar hasta donde está lo que de verdad importa. ¿Y qué es eso
que de verdad importa? Dios, y la manera en que Dios nos ayuda a
comprender nuestro propio lugar en el mundo. Que es el amor.

Dios no nos quiere estériles, sino fecundos. En los momentos buenos y en


los malos. En la tranquilidad, y en la pandemia. Dios es para nosotros
fuente de vida. Nos hace crecer. Dios es la fuente y, luego, hay en la vida
muchos testigos –a los que tampoco se puede idolatrar–. Nos puede pasar a
cualquiera, que corremos el riesgo de idolatrarnos a nosotros mismos,
pensando que yo soy la buena noticia. Pero no. Los testigos lo son porque
con su vida apuntan a Dios, al Dios que es amor. Como ese Juan Bautista,
que da testimonio de la verdad. Acordaos cuando Jesús reprende a los
discípulos por quedarse extasiados mirando a Juan en vez de mirar en la
dirección a la que su vida apunta.
Una pregunta recurrente es qué va a pasar cuando todo esto acabe.
¿Habremos aprendido algo? ¿Volveremos a cometer los mismos errores?
¿Terminaremos igual que estábamos? Yo os confieso que oscilo, por días,
entre la esperanza y el escepticismo. Este es el momento para intentar
llegar al final de esta etapa un poco más sabios.
Tenemos una oportunidad para preguntarnos por los ídolos que nos han
ido cegando, en los años y en las décadas pasadas, en lo personal y lo
social, y tal vez volvernos más lúcidos en el futuro. Quizás ahora aún no
tengamos la respuesta, pero, ¿no deberíamos intentar encontrarla? ¿No es
este un momento para preguntarnos por lo que de verdad importa? ¿No es
este un tiempo para buscar el amor verdadero? ¿No es este un tiempo para
abrir los ojos y descubrir que quizás hemos estado atrapados en algunas
prisiones, acaso sin saberlo? Quizás sea esta una inesperada y trágica
ocasión para recuperar la fe, para recuperar la vista y para recuperar la
libertad.
UN SIGNO

¿Qué más signo, Señor,


nos hace falta?
Los pobres, en su hambre,
señalan el amor como camino.
Los niños, en sus juegos,
eligen lo sencillo como escuela.
Los profetas, gritando,
reclaman tu verdad y tu justicia.
Las víctimas de guerras
aspiran a la paz como horizonte.
Los presos de un espejo
envuelven en sonrisas la tristeza.
Los ídolos de barro
sepultan bajo fango la belleza.
Los que se hacen preguntas
intuyen tu palabra en el silencio.
Los muertos, en su sueño,
piden la eternidad como respuesta.

¿Qué más signo, Señor,


necesitamos,
para volver
el tiempo sementera,
para apostar la vida al evangelio,
para buscar la tierra prometida,
para elegir tu senda?
27 de marzo
Dios no nos ha engañado

Viernes de la cuarta semana de Cuaresma


Misa de Difuntos

Este fue el primer viernes que optamos por celebrar la eucaristía en


memoria de los difuntos. No dejaban de llegarnos nombres y peticiones
para ofrecer la eucaristía en memoria y acción de gracias por tantos que
iban muriendo en esas trágicas semanas. Todo agravado con la sensación
terrible de no poder despedirlos. No había funerales. Los entierros eran
con solo tres personas, rápidos, casi con sensación de clandestinidad, en
medio de ese tiempo terrible. Por eso quisimos hacer de este momento, los
viernes, una memoria, una oración, una acción de gracias y una puerta
abierta a la esperanza.
Is 25,6-10. En aquel día preparará el Señor un festín de manjares suculentos, enjugará
las lágrimas de todos los rostros.
Sal 116. Caminaré en presencia del Señor en el país de los vivos.
Jn 11,17-27. Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera, vivirá.

Nos encontramos en un momento difícil. Hasta el duelo, en este momento,


se vuelve extraño. Estamos acostumbrados, en mundos de seguridad y
bienestar como los nuestros, a que la muerte va llegando, casi siempre,
despacio, de un modo ordenado. Con tiempo. Que es un final esperado, y
nos da tiempo a prepararnos, a despedirnos y llorarnos. Y, sin embargo,
esto de ahora se vuelve extraño, porque son muchas muertes, y porque
todas –sin importar la edad– parecen prematuras, porque todos tenemos la
sensación de que ese virus no debería estar ahí. Porque quizás
esperábamos que la muerte llegase de otro modo, que llegase con tiempo
para prepararnos, para despedirnos y para llorarnos. Nada de todo esto se
está pudiendo hacer con normalidad. Y hay muchos sentimientos
entremezclados en nosotros ahora…
El dolor (por supuesto), vivido de diferentes maneras, pero dolor.
Quizás el temor también, porque esto sigue, y tenemos familias enteras
asustadas, preocupadas, sin saber lo que viene
Las preguntas, a veces transformadas en culpa tramposa, ¿pude hacer
más? ¿Tenía que haber protegido a los míos? O esa sensación de no saber
si murieron solos. Se agradece tanto a quienes trabajan en los hospitales el
intento que están haciendo para transmitir a los parientes la certidumbre
de que los suyos no murieron solos. O incluso el dolor por no poder decir
adiós aún (cuando todavía no tienes ni los restos de los tuyos, cuando no
has podido hacer un funeral, cuando ahora ni siquiera podéis llorar juntos).
Quizás también, desde la fe, la duda. ¿Por qué, Señor? ¿Por qué?

Me gustaría compartir cuatro reflexiones sobre esto que nos está


ocurriendo.
Lo primero. Dios no nos ha engañado. Siempre supimos que la muerte
estaba ahí. Desde el primer día. Y siempre supimos que puede llegarnos en
cualquier momento, de maneras impredecibles, inesperadas, hasta injustas
para nuestros estándares. Dios no nos lo ha ocultado. Nunca nos prometió
que la eternidad fuera esto de aquí abajo. Quizás al revés, nos ha dado uno
de los regalos más preciados que se puede tener, que es la conciencia de
nuestra finitud. Porque la muerte da perspectiva y nos enseña mucho sobre
la vida. Nos enseña que nuestros días son limitados. Que nuestro tiempo es
finito. Que hay que valorar lo que de verdad tiene valor y no muchos
aspectos superfluos de la vida. Nos recuerda que, mientras estamos aquí,
tenemos que reír más, compartir más, cuidarnos todo lo que podamos…
Nos evita el sueño de la omnipotencia. Nos despierta preguntas. Así que
no, Dios no nos ha engañado. Siempre supimos que la vida era esto.
Lo segundo, la muerte duele (porque hay amor); así que no tengáis
ningún miedo de llorar, y de llorar lo que haga falta. Porque el amor es una
historia, y lo que estamos celebrando son historias de amor. En ellas hay
momentos de pasión, de júbilo, de grandes memorias, y también espacios
de pérdida y de duelo. Lo vivido con aquellos que hemos perdido nadie
nos lo puede arrebatar, aunque ahora hasta el mismo recuerdo duela. Pero
ese recuerdo es parte del equipaje que nadie te puede quitar. ¿Lo he
perdido todo? No hemos perdido el amor, solo se ha transformado. Y
aunque ahora, hasta mirar una foto puede hacer que te derrumbes, llegará
el día en el que sonrías al mirarla, evocando todo lo bueno que esas vidas
dejaron en tu vida. El duelo hay que hacerlo y cada uno necesitará su ritmo
y su tiempo. Pero llegará un momento en que el dolor no es que haya
desaparecido, sino que habrá cicatrizado, y la memoria estará teñida de
gratitud.
Tercero. El apoyo recíproco. Ahora toca cuidarse, acompañarse,
quererse, formar comunidad. Quizás este es el momento en que nuestra
propia fragilidad desnuda y compartida puede ayudarnos en este sentido.
Como amigo y madre ante la cruz, a quienes podemos evocar convertidos
en refugio y apoyo. Y si no puede ser en persona, a distancia. Y también os
invito a pedir a Dios, consuelo, fuerza, coraje, resistencia, lo que cada uno
pueda necesitar. A veces hasta a enfadaros con él y preguntarle: ¿Por qué?
Pues a veces esa es la única oración posible. Dios está al otro lado de
nuestra oración y rezamos desde donde estamos, también desde la
incomprensión. Así que no tengáis miedo de abrirle el corazón, incluso si
es un corazón herido.
Por último, me gustaría hablar de la esperanza. Desde la fe creemos
que la vida –como el amor– no acaba, sino que se transforma. En el
corazón de cada vida hay un anhelo de trascendencia, un deseo de
eternidad. La fe es la convicción íntima y esperanzada de que la vida
también se transforma. La vida es un regalo que un día recibimos y es un
regalo que ahora devolvemos, poniéndolo en las manos del mismo Dios
creador. La esperanza es sentir que Dios ya los ha acogido, que ya tiene en
su abrazo a los nuestros, que forman parte de esa otra Vida, con
mayúsculas, que empezó en Jesús, que ya no termina y en la que un día
nos encontraremos todos. Esa vida que llamamos Resurrección.
AL MORIR MI AMIGO

Al morir mi amigo
algo de mí
que ya era él
se fue.
Algo de mí
resucitó en él.
Algo de él
que todavía es yo
se quedó.
Algo de él
espera en mí resurrección.

El tiempo al andar
parece devorar
todo el amor.
Pero cuanto más aleja
en el pasado mi recuerdo,
más me acerca
al encuentro sin distancia
del futuro.
Aunque en mí
cada día tiene
su poda,
su espera y su cosecha,
para él
ya toda la historia se cumplió,
yo llegué con él,
y allí estoy.

Gracias, Señor.
Benjamín González Buelta, SJ
28 de marzo
Nadie ha hablado como Jesús

Sábado de la cuarta semana de Cuaresma

Jr 11,18-20. El Señor me instruyó, y comprendí.


Sal 7. Señor, Dios mío, a ti me acojo.
Jn 7,40-53. Jamás ha hablado nadie como este hombre.

Presidió Dani Villanueva, SJ

«Jamás ha hablado nadie como ese hombre». Qué suerte haber podido oír
a Jesús hablar en directo. Siempre he tenido esa devoción, esa pregunta,
¿cómo debía de hablar Jesús, para que tantas personas se arremolinaran a
su alrededor, encontrando ahí respuesta a su sed, a sus búsquedas, a sus
inquietudes? ¿Cómo haría arder sus corazones para crear semejante
dinámica de seguimiento? ¿De qué modo hablaría de Dios? ¿Cuánta
esperanza contenida en aquella gente que encontraba descanso en esas
palabras? Sin duda era cobijo, descanso, alivio, encuentro, esperanza,
ilusión…
«Jamás ha hablado nadie como ese hombre». Que ganas de escuchar
algo así en estos días. Creo que, como humanidad, al menos en nuestro
tiempo, nunca habíamos vivido nada igual. Podríamos decir que hemos
tenido crisis y catástrofes, pero ninguna de la porosidad y el alcance de la
actual, que no entiende de fronteras, credos, nacionalidades, ideologías o
razas. A medida que se va expandiendo esta ola de muerte, se van cerrando
ciudades, sociedades y naciones enteras y nos vamos quedando encerrados,
recluidos en nuestras casas (los que las tenemos), esperando que este
enemigo invisible sea vencido, confiando en una mezcla de servicios
públicos, sanitarios, ONG, empresas, políticos y científicos trabajando a
contrarreloj.
«Jamás ha hablado nadie como ese hombre». Esta situación
existencial, de encierro, de derrota y de miedo, es lo más cerca que hemos
estado nunca del contexto en el que el Pueblo de Israel escribe, formula y
expresa su experiencia de Dios. Por eso es consolador, al menos, leer a los
profetas, como Jeremías, en este tiempo, pues entendemos más –si cabe–
el vocabulario, las expresiones, las angustias y las búsquedas que se
plasman en la escritura y el diálogo de los profetas con su pueblo en un
intento de esperanzar sufrimientos, recordando una y otra vez, la promesa
de Dios con su pueblo.
«Jamás ha hablado nadie como ese hombre». Ese era el papel de los
profetas: insistir, una y otra vez, que tras el sinsentido vendrá una
explicación, que tras el sufrimiento y la derrota vendrá una nueva época,
tras la destrucción y el exilio, vendrá un nuevo día, un cielo nuevo y una
tierra nueva… ¿No suenan hoy, estas palabras, de una manera
increíblemente novedosa, distinta y cargada de significado para nosotros,
en medio de esta situación?
Así, esta mañana, al rezar este evangelio, os confieso que la moción
que me surge es: «Ojalá Señor sepamos escuchar tu voz, en medio de todo
este ruido». Como esa gente en el evangelio, que a pesar de todo lo que les
decían supieron entender dónde y a través de quién hablaba Dios. Si algo
me queda claro en el evangelio y en la experiencia del Pueblo de Israel es
que el dolor, el sufrimiento, no son obstáculo para reconocer a Jesús y su
promesa. Que el llanto, el desconsuelo, el miedo, no son obstáculo para
reconocer a Jesús y su consuelo. Todo lo contrario, quizá la vulnerabilidad
nos despierta búsquedas, deseos, esperanzas, que son puertas hacia lo
trascendente. La debilidad y el dolor –lo hemos dicho muchas veces estos
días– nos desmontan espejismos de seguridades y omnipotencias que nos
permiten volver a lo esencial.
Pensadlo, creo que es importantísimo que en este punto de dificultad
en el que estamos, en medio del dolor, del llanto, de la soledad, del miedo,
nos hagamos conscientes de que, probablemente, nunca hemos estado tan
cerca de Dios. Y que quizá más que nunca, ahora, podamos profundizar en
su evangelio, avanzar en nuestra experiencia personal con él y renovar la
promesa, dicha hoy a cada uno y cada una, hoy, de nuevo.
Parece fácil, ¿verdad? El peligro es que ante la experiencia de
vulnerabilidad la tentación es encerrarnos. Como la primera reacción de
los discípulos ante la muerte de Jesús. ¿No os pasa a vosotros? Yo admito
que mi primera reacción ante esta situación es la de la desafección –da
igual lo que haga, yo no puedo cambiar nada–, o la de la indiferencia ante
los otros –solo me importa mi gente (llamo todos los días a ver cómo
están mis padres y mi hermana y me preocupa mi comunidad, y el resto
son como números)– y sin duda la del provincianismo –solo me implico en
aquello que me afecta directamente (solo miro las estadísticas de Madrid,
que es lo que me toca, o las de Asturias, que es donde están mis padres)–.
No sé vosotros, pero yo pido mucho al Señor que me saque de este
aislamiento. No del confinamiento físico, que ya saldremos cuando nos
digan, pero sí de esta tendencia –entendible, pero peligrosa– de reducir mi
mundo a mi propia experiencia y afecto, pues me daría miedo entonces
perderme aquello nuevo que está siendo dicho en el fondo de esta crisis,
aquella voz que quizá esté hablando y pueda despertar mis esperanzas más
hondas, que pueda re-ilusionar mi corazón dolorido, que responda a esta
ansiedad que no me deja. No quiero perderme esa voz. Y, si soy sincero,
esa voz hoy me pregunta:
• ¿Dónde está tu esperanza, Dani? ¿A quién esperas? ¿Dónde está
puesta tu mirada, tu corazón? ¿A qué llamas vida plena? ¿Dónde
encontrarás descanso?
• Y también me pregunta: ¿Quién es tu gente, de los que cuidas?
¿Quiénes te afectan, con quiénes te involucras? ¿Y por qué con esos
otros no? ¿Dónde termina tu sentido de familia?
• Y también me provoca diciendo: ¿Cuál es tu tierra? ¿Hasta dónde
llega tu sentido de pertenencia, la realidad de la que te sientes
responsable? ¿Y por qué más allá de esa frontera, ya no?
No tengo respuesta, pero intuyo que en estas preguntas –en cómo las
respondamos– nos jugamos cómo vamos a reconstruir esta humanidad
herida. Creo firmemente que el encuentro con Jesús nos transforma para
siempre nuestras expectativas sobre la realidad y nuestro sentido de
pertenencia, ayudándonos a ir ampliando nuestro particular ángulo
existencial hacia el horizonte amplio y esperanzados de la gran familia
humana y nuestra casa común.
Ojalá seamos capaces de abarcar esta experiencia de vulnerabilidad
radical, este nuevo miedo que muchos de nosotros estamos viviendo, y que
sea un comienzo de reconstrucción espiritual. Hace años lo decía nuestro
querido Arrupe: «Tan cerca de nosotros no había estado el Señor acaso
nunca, porque nunca nos habíamos sentido tan inseguros».
Ojalá, que al final de este encierro, podamos decir con el
convencimiento del que ha tenido experiencia personal: «Jamás ha
hablado nadie como ese hombre». Ayer lo decía el papa Francisco «El
Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar
y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y
sentido a estas horas donde todo parece naufragar».
Y CUANDO AL FIN VOLVAMOS A ABRAZARNOS

Y cuando al fin volvamos a abrazarnos


propongo, hermanos, no volver los unos
a los otros ni con los mismos ojos
ni con los mismos brazos.

Tras la riada vuelve el río al cauce,


a ser el mismo río, sin memoria
de los ahogados y su cuerpo roto.
Y después del incendio vuelve el bosque
a ser el mismo bosque, sin recuerdo
del llanto de los árboles quemados
ni reconocimiento del mantillo
que desde el dolor nutre las raíces.

Pero tú y yo tenemos almas, mentes.

El hombre que regresa del desierto


jamás vuelve a mirar un vaso de agua
del mismo modo; quien vivió la hambruna
nunca más sostendrá de igual manera
un puñado de trigo entre sus dedos.

Cuando por fin podamos abrazarnos


no volvamos los unos a los otros
con la misma mirada, el mismo verbo,
el mismo corazón, los mismos brazos.

Al volver a abrazarnos, la mañana


plena de besos, lágrimas, caricias,
que sean nuestros brazos brazos nuevos,
más sabios, más clementes, más humanos.
Gonzalo Sánchez-Terán
29 de marzo
Que la vida me estalle en las manos

Quinto domingo de Cuaresma

Ez 37,12-14. Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros


pueblo mío.
Sal 129. Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.
Rom 8,8-11. Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de
Dios habita en vosotros.
Jn 11,3-7.17.20-27.33b-45. Quitad la losa.

Me vais a perdonar que empiece hoy con una historia personal. Yo entré a
la Compañía de Jesús muy joven, con apenas 18 años, y al poco de hacer
los votos, tras el noviciado, con 20 años, fui destinado a estudiar a
Salamanca. Allí coincidí con un compañero del cual inmediatamente me
hice muy amigo. Fue una de estas amistades que surgen al instante,
alguien con quien enganchas de inmediato, y poquito a poco fuimos
teniendo una relación muy cordial, una amistad de esas que se pueden
contar con los dedos de una mano a lo largo de una vida. Éramos
compañeros de mus, que une mucho, jugábamos al frontón, por las noches,
cada noche, salíamos al frío de Salamanca y hablábamos de la vida, la
vocación, los sueños de cada uno. Isidro escribía poemas preciosos,
aunque era de algún modo reservado sobre ello. No los compartía mucho,
no porque no quisiera, sino porque sentía que no valían. Al cabo de un año
le destinaron a Madrid. Y ya en Madrid le detectaron una leucemia, y en 7
meses falleció. Y es verdad que para mí –y para muchos que tenía cerca–
fue devastador.
Un compañero de su comunidad de Madrid empezó a recopilar sus
escritos, que estaban dispersos en notas, cuadernos personales, algunas
cartas –entonces todavía escribíamos cartas–. Y a los pocos meses
teníamos un pequeño libro con esa memoria convertida en palabra. Y,
leyéndolo, me encontré con algo que me gustaría compartir hoy. Mi amigo
se llamaba Isidro. Lo que había escrito, siendo ya un jesuita joven,
teniendo que luchar las luchas que forman parte de todas las vidas, era
esto:

Respétate, Isidro, sé tú.


No te dejes marginar, ni rechazar.
Asúmete como eres, y acéptate.
Cree en tu autoridad.
Piensa por ti mismo, haz por ti, decide por ti.
¡Vive por ti mismo!
Siéntete, trabaja por sentirte para Dios, que te quiere,
mucho.
Déjate ver, déjate hablar, déjate ser.
Libérate de tus prejuicios, de tus normas, de tus leyes,
y de las de otros.
Sal de tu cuna, de tu caverna, de tu nido,
y proyecta tu vida. Y sonríe.
Cree en el cariño de los otros, inmenso.
Atiende… y cuando tengas que gritar…
¡grita! No te defiendas, pero
¡muéstrate! Háblate.
¿Por qué te empeñas en verte
tan pequeño cuando no sabes
complacer al otro?

Ya está bien de dormir muerto


y cuando me despierte,
que la vida me estalle
en las manos…

Isidro Cuervo, SJ
A lo largo de estos casi veinte años, esta oración –y especialmente estos
cuatro versos finales– me ha acompañado muchas veces. Y se ha
convertido en un mantra, una referencia, y un grito de aliento, condensado
en esa última estrofa: «Ya está bien de dormir muerto, y cuando me
despierte que la vida me estalle en las manos».
Dormir muerto. Es una buena imagen. Hay momentos, etapas en la
vida, en las que uno va sucumbiendo a estas pequeñas muertes que te
encierran detrás de losas, te atan a sudarios que no te dejan moverte, te
envuelven en la oscuridad donde parece que no hay nada más. Y te vives
un poco a medio gas, a media vida, a medias ganas. Hay historias que te
matan un poco por dentro (y quizás por fuera). Nos puede pasar a todos
algunas veces. Cuando faltan los motivos. Cuando hay conflictos con otros
que no sabes cómo resolver. Cuando se instala dentro de nosotros alguno
de los venenos que echan raíz y nos muerden por dentro: el rencor, la
envidia, la ira, el miedo… Cuando le fallas a alguien y cuesta aceptarlo.
Cuando te fallan a ti, y cuesta perdonarlo. A veces ocurre. Y entonces
como que te quedas atrapado, en sepulcros cotidianos.
Y no es que sea una vivencia tan solo subjetiva, que solo tiene que ver
con lo que pasa por dentro. Es evidente que las situaciones de fuera
impactan. Fijaos el contexto actual. Como para no estar bloqueados,
heridos, inseguros… Cuántas personas hay en este momento devastadas.
Nos toca lidiar con todo tipo de dificultades. Desde la más dura –que es la
muerte o la enfermedad cercana– hasta otros grandes problemas sociales y
personales que se van generando, consecuencia de la parálisis social, del
encierro, de la dificultad o del miedo al futuro.
Y, sin embargo, y por eso mismo, es importante comprender los dos
elementos que nos enseña Jesús en este relato de Lázaro. Lo primero es
que hay que quitar las losas. Y para eso nos ayudamos unos a otros. Y lo
segundo, hay un «sal afuera», que hoy casi se convierte en profecía.
Llegará un día en que ese «sal afuera» sea literal. Saldremos de nuevo a la
calle, a llenar terrazas, parques, calles, medios de transporte, lugares de
encuentro. Volveremos a salir afuera y a tocarnos, a abrazarnos. Pero hay
un «sal afuera» que también es importante ahora. No nos dejemos sumir
en nuestros pozos –que pueden serlo ahora–. Irán apareciendo. La soledad
de unos, el excesivo contacto de otros, la dificultad de la convivencia, el
miedo al futuro, al no saber qué va a pasar. El dolor ante la enfermedad,
cuando ya es sobrevenida… Todo eso se puede ir convirtiendo en losas que
nos hacen morir un poco. No dejemos que las losas tapen la luz y la vida
de fuera. Porque hay que seguir. Y es que esto es la vida. Es importante ser
conscientes de que nuestro tiempo es para dar vida a borbotones, en las
buenas y en las malas, vivir con hondura, con pasión, con autenticidad,
para amar sin rencor, el tiempo, mucho o poco, que nos toque vivir.

Os invito estos días a hacer tres aprendizajes.


Primero, aprendamos a escuchar ese grito. «Sal afuera». En el ánimo
de otros. En el aliento de los nuestros. En el cariño de quien cuida de
nosotros.
Segundo, ayudemos a quitar las losas de otros. Pero para eso hay que
estar atentos, para detectar y comprender esas losas. Porque oye, a veces
quien está sumido en la oscuridad, por sí solo, no puede. Cada uno
tendremos que encontrar la manera de ayudar. Tal vez nosotros no
podremos devolver la vida, pero podemos quitar la losa, y ese es un primer
paso.
Por último. Aprendamos, también, a decir (a nosotros mismos, y a
otros), «sal afuera». Y lo haremos cada vez que demos cancha a la
reconciliación sobre el rencor. A la esperanza sobre la rendición. Al
servicio sobre el egoísmo. Cuando trabajemos por la paz. Al perdonar. Al
creer en la gente, y al seguir confiando en el Dios de la esperanza. Al
bendecir, con nuestras palabras y nuestras obras… En todos esos
momentos estaremos diciendo, a nosotros mismos y a otros, «sal afuera».

Podemos estar encerrados, pero llevamos dentro de cada uno de nosotros


un torrente de vida. Somos templos vivos de un Espíritu que bulle con
efervescencia, vitalidad, alegría, pasión y fuego en nosotros. Y aunque a
veces sea una pequeña brasa, se volverá a convertir en hogueras. Confiad,
confiemos, no dejemos que las losas nos quiten la esperanza y
escuchemos, una y otra vez, ese grito que no solo es llamada, es también
promesa: saldrás afuera.
LÁZARO

Hay un silencio opresivo,


doloroso, vacío,
congelado.
Nada se mueve.
La vida ha huido,
precipitada en su deserción,
dejando demasiado
por decir.
En la losa
yace, inerte,
un cuerpo derrotado.
Se lamenta, en una quietud
ya eterna.
Me venció el tiempo,
la fragilidad, mi poca fe.
Me paralizó no ver
que el mundo era otra cosa.
Me mató el peso
de un ego insaciable.
Me desangré por la herida
de los sueños incumplidos.

Entonces, de repente,
una voz.
Sal afuera.
Calor.
¿Qué es esto que siento?
¿Será posible
la esperanza?
Sal afuera.
Y sabe, en este silencio
ahora habitado,
que le aguarda
la Vida,
que unos brazos abiertos
le esperan,
para bailar, juntos,
sobre los restos
de su derrota.
Dios mismo,
de nuevo en su horizonte.

Hoy puedes empezar


de nuevo.
30 de marzo
¿Es posible el perdón en estas
circunstancias?

Lunes de la quinta semana de Cuaresma

Dn 13,1-9.15-17.19-30.33-62. Les aplicaron la ley de Moisés y los ajusticiaron. Aquel


día se salvó una vida inocente.
Sal 23. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.
Jn 8,1-11. El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.

Se contraponen hoy para nosotros dos situaciones muy parecidas, con


desenlaces muy diferentes. Hay un cambio de mentalidad muy interesante
entre el Antiguo Testamento de la ley y el Nuevo Testamento de la
misericordia. Hemos asistido a dos juicios, con dos situaciones muy
parecidas, en un caso la de Susana, en el otro la adúltera traída ante Jesús.
Son dos historias que presentan dos maneras muy distintas de entender la
justicia y las relaciones.
A nosotros se nos puede ir muy rápido la imaginación a comparar a
Susana con la adúltera. Pero no es así. A quien hay que comparar es a la
adúltera con esos dos ancianos, esos dos viejos que han hecho el mal. En la
primera historia, Susana se salva porque es honesta, porque no ha
transgredido la ley. Y sus agresores, que se han saltado la ley, perecen por
ello. Y así se restaura el orden de un mundo regido por el cumplimiento.
Un mundo que queda dividido entre los buenos que cumplen y los malos
que no cumplen, los tachables y los intachables, los virtuosos y los
perversos. Fijaos, en esa historia en realidad no hay cambio ni conversión
ni encuentro. Los malos perecen y pagan y los buenos se salvan. Final
¿feliz? Hay justicia, eso sí. Al menos una manera de entender la justicia.
En el segundo relato vemos un avance en la concepción de la justicia.
Esa justicia antigua que premia al bueno y castiga al malo no basta. Con
ella, ninguno pasaríamos el listón. Se nos dice que la mujer es adúltera, y
vamos a imaginar que lo es y que entre la muchedumbre quizás está un
marido herido, y toda esa caterva de hombres furiosos queriendo aplicar la
ley. Si aplicásemos la lógica del Antiguo Testamento, entonces terminaría
apedreada. Fin de la historia. ¿Justo? De acuerdo con esa ley vigente, sí. Y
de acuerdo con muchas mentalidades de ahora, me temo que también.
Sin embargo, en la actitud de Jesús hay un cambio radical que parte de
una triple constatación:
• Primero. Las personas pueden equivocarse, y hasta obrar mal. Todos
lo hacemos. Es más, a veces no es porque te equivocas. Obras mal
sabiendo que lo haces. Esa es la experiencia del pecado, de la que no
nos libramos ninguno. Todos necesitamos misericordia.
• Segundo. Las personas pueden cambiar, hay esperanza, la
posibilidad de retomar el camino después de haber caído y hasta
hecho daño. Es más, podemos querer cambiar, al reconocer lo que
hemos hecho mal. Quizás dicho reconocimiento sea fundamental.
Cuando Jesús dice a la mujer vete y no peques más, en el fondo, lo
que le está preguntando es, ¿estás dispuesta a cambiar?
• Tercera enseñanza de Jesús. El perdón es necesario más allá de la
justicia. Va a haber situaciones en las cuales el perdón es el único
camino. El perdón, por otra parte, no se puede exigir. Solo se ofrece,
se regala –o en todo caso se pide–. Es más, hay gente que, aun
queriendo, no puede perdonar, porque le duele demasiado lo vivido.
Solo que el perdón libera del odio. Y ahí tenemos, en Jesús, al
maestro privilegiado que nos demuestra que, si la última palabra la
tiene la justicia, medida por la ley, no hay demasiado esperanza. Y,
sin embargo, en poco más de una semana veremos a este mismo
Jesús en la cruz pidiendo «Padre, perdónales porque no saben lo que
hacen». ¿Por qué? Porque cree, porque sabe, que la gente puede
cambiar. Quizás el perdón es el único camino para no acabar
destrozándonos.
También hoy, aquí y ahora, en nuestro momento, en nuestro contexto y
en nuestra vida, vamos a necesitar zambullirnos en esta lógica de la
misericordia.
Esas tres experiencias nos vuelven mucho más humanos. Porque
cuando nos relacionamos desde la exigencia de perfección, cuando
pensamos que la gente no puede cambiar y cuando consideramos que el
único camino es el castigo, convertimos la sociedad en una selva.
Estoy seguro de que ahora mismo hay mucha gente –tal vez
compartiendo esta eucaristía– que alberga sentimientos complejos: de ira,
de rabia, de enfado. Que a medida que pasan los días se oyen más.
Buscando culpables –y desgraciadamente también chivos expiatorios–.
Como cristianos ahora tenemos un reto. Mirar al Señor de la misericordia
y pedirle que nos haga misericordiosos. Reconocer que probablemente hay
mucho mal y mucho pecado que ha llevado a la situación en la que nos
encontramos. Reconocer también que podemos cambiar (escuchando aquel
«vete y no peques más»). Es verdad que va a hacer falta mucha asunción
de responsabilidades, va a hacer falta mucha autocrítica en unos y otros
para no convertir el COVID-19 en una herramienta para los
enfrentamientos de siempre. Los muertos merecen justicia. Pero nuestra
justicia ha de estar atravesada por la misericordia y tenemos que mostrar
esa posibilidad. No es fácil.
Son tiempos estos muy complejos. Hay mucho dolor, mucha rabia, y
mucho odio (a veces contenido, y a veces explícito). No nos podemos
exigir nada y menos exigírselo a quienes en este momento sangran por
heridas bien dolorosas, porque cada situación y cada historia es única.
Pero, cuando esto acabe, va a ser necesaria la justicia, va a ser necesaria la
verdad y va a ser necesario el perdón. Ojalá Dios nos ayude, a cada uno, a
encontrar su lógica y su verdad en este camino.
RECONCILIACIÓN

La sangre del justo


y la del malvado
pasan por tu mismo corazón.

La espalda del que golpea


y la que recibe el latigazo
son parte de tu mismo cuerpo.

En tus lágrimas lloran


el dolor del bueno
y la confusión de su agresor.

Tu misma ternura abraza


el rostro de tu madre María
y el del soldado que te clava.

En tu corazón no hay excluidos,


en tu cuerpo todos cabemos,
en tus lágrimas todos lloramos,
en tu ternura todos existimos.

¡Déjame entrar contigo,


Señor, en tu misterio,
y vivir en el hogar de tu pasión
donde reconcilias lo imposible!

Benjamín González Buelta, SJ


31 de marzo
Lo que descubrimos al mirar a la cruz

Martes de la quinta semana de Cuaresma

Nm 21,4-9. Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando


una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida.
Sal 101. Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti.
Jn 8,21-30. Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que «Yo soy», y que
no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado.

Presidió Pablo Guerrero, SJ

Las lecturas de hoy nos hablan de dirigir nuestra mirada. A esta semana,
antiguamente la llamábamos la semana de pasión. Pues bien, en este
«martes de pasión» la Iglesia nos invita a dirigir nuestra mirada: ¿hacia
dónde? Pues hacia la cruz, pero nos invita a mirar a la cruz con ojos
cristianos. Pues de eso vamos a hablar. Vamos a hablar de la cruz, sin
olvidarnos de que hablar de la cruz es hablar de amor.
A veces da la impresión de que, cuando contemplamos la cruz, solo
prestamos atención al dolor, al sufrimiento, y solo nos fijamos en las
torturas que padeció Jesús, como si esto fuera lo importante de ese día;
como si la vida anterior de Jesús fuera una mera anécdota, un añadido,
algo que tiene poco o nada que ver con lo que ocurre en la Pascua del
Señor. Y, sin embargo, la muerte del Señor, la muerte de Jesús, no puede
entenderse sin lo que hizo y lo que dijo hasta entonces. Porque la cruz
revela con todas sus fuerzas que Jesús trató de vivir «como Dios manda»;
la cruz revela cómo vivió Cristo; el modo de morir revela el modo de
vivir. Seguro que habéis oído muchas veces que una prueba de amor es ser
capaz de dar la vida por otra persona, ser capaz de morir por otra persona;
pero también es una prueba de amor el ser capaz de vivir por otra persona.
De desvivirse por otra persona. Decía Lord Byron que es más fácil dar la
vida por la persona que amas que pasar toda la vida con la persona que
amas. Y si algo estamos presenciando en estos tiempos son pruebas de
amor. Cuántas personas se están desviviendo por nosotros, y de tantas
maneras diversas. Cuánto amor hay a nuestro alrededor, en mitad de la
situación tan tremenda que nos toca vivir…
No es solo importante tener motivos por los que dar la vida, sino que
también es muy importante tener motivos por los que VIVIR. El mensaje
de la cruz se puede resumir de muchas maneras, pero, sobre todo, es una
invitación a vivir entregando la vida. En el día de hoy, a mí me gustaría
fijarme en tres realidades, tres realidades que son explicadas con toda su
fuerza y toda su expresión en la cruz a la que hoy somos invitados a mirar:

Primera realidad que se nos explica en la cruz: cómo y quién es Dios.


Dios no es el ausente, Dios es el presente, aunque aparentemente no esté.
Nuestro Dios, el Dios de Jesús, está enamorado de nosotros. Y como
cualquier enamorado no puede sino querer estar con nosotros. En la cruz,
Dios no nos da ninguna explicación sobre el dolor; en la cruz no suprime
el dolor. Pero en la cruz, como nosotros hacemos con nuestros seres
queridos, Dios nos consuela, Dios nos acompaña, Dios nos acaricia, Dios
nos coge de la mano, Dios nos cuida… En la cruz, Dios no nos explica el
dolor porque no se puede explicar el dolor, la enfermedad, los sinsentidos,
nuestras disminuciones, no se pueden explicar, al menos de una manera
convincente.
Dios no nos quita el dolor; Dios nos consuela. Dios no le quita el dolor
al Hijo. El Padre no baja al Hijo de la cruz, pero el Hijo, en la cruz, no
estaba solo, como todos los crucificados de este mundo no están solos en
la cruz, aunque aparentemente la respuesta de Dios sea el abandono, el
silencio… ¡Así es Dios! Dios da sentido, no explicando las cosas, sino
llenándolas. Dios está en cada cama de hospital, en cada profesional, en
cada persona que sufre, en cada persona a la que le dan de alta, en cada
policía que nos cuida, en cada persona que limpia, en cada camionero que
nos trae lo necesario para seguir adelante, en cada familiar que deja a su
ser querido a las puertas de urgencias y tiene que irse llorando.
Dios está en nuestras cruces, pero no enviándonoslas; Dios no quiere
que el ser humano sufra, no caigamos en esa blasfemia. ¡La gloria de Dios
es que el ser humano viva! Dios está en nuestras cruces sirviendo,
consolando sosteniendo, amando… Dios es Padre, Madre, amigo,
hermano, sanitario, limpiador, buen vecino…
Segunda realidad: la cruz nos revela quiénes somos cada uno de
nosotros. La cruz también nos recuerda los dolores que este mundo
padece; nuestros dolores. La cruz me muestra a mí, muestra al ser humano
desfigurado: ecce homo, he aquí al hombre. La cruz revela el sufrimiento
del inocente. La cruz nos enfrenta a la seriedad de nuestras acciones. La
cruz nos revela que no hay nada que hagamos que no tenga repercusión
social; que mis decisiones tienen consecuencias; que no da lo mismo hacer
el bien que hacer el mal, que no da lo mismo ser buen ciudadano que no
serlo… Los resultados son diferentes. La cruz nos revela que estamos
llamados a trabajar para que en este mundo no haya ni cruces ni
crucificados. La cruz nos revela que estamos llamados a ser colaboradores
de Dios a ser, como el padre, madre, amigo, hermano…
Tercera realidad: la cruz me muestra cuál es el fondo de mi vida, qué
es lo importante en mi vida, cuáles son los cimientos de una vida
auténticamente humana. Quedamos retratados.
En la cruz, aunque parezca un contrasentido, Cristo nos está mostrando
el secreto de la vida bien vivida; de la vida buena, de la VIDA. Y el
mensaje, no es que haya que sufrir «con resignación», como si Dios nos
enviara los dolores para probarnos, para ver de qué estamos hechos.
¿Cómo puede haber todavía alguien que se llame cristiano y que piense
que el coronavirus es un castigo de Dios? El secreto de la vida, la
importancia, el cimiento que se nos revela en la cruz es el amor. Es ese
amor que abre los brazos y que se entrega: «En tus manos, Señor,
encomiendo mi espíritu», porque todo lo demás nos lo había entregado ya
a nosotros. Incluso Cristo resucitado también nos va a entregar su Espíritu;
hasta eso.
En la cruz se nos revela que Cristo no nos ha dado cosas: se ha dado él.
En la cruz se nos revela que lo importante de la vida no es dar cosas; lo
importante de nuestra vida es dar-nos, entregarnos. Ese es el fondo de
nuestra vida: «no hay amor más grande que dar la vida por los amigos».
El secreto de la vida es el amor; el sentido de la vida es el amor. El
secreto de la cruz, el sentido de la cruz, es el amor. Nuestra dignidad, las
personas que queremos ser, el tipo de personas que estamos llamados a ser
para siempre, es gente que se da, que no se reserva nada, que «quiere ser
todo para todos», que «quiere ser todo para los demás».
En la cruz se nos revela que lo importante de nuestra vida solo puede
consistir en entregarla. O, como decía Teresita de Lisieux, vivir es des-
vivirse.
Son tres realidades que, entre otras muchas, nos revela la cruz. Pues
bien, en este «martes de pasión» la Iglesia nos invita a dirigir nuestra
mirada hacia la cruz.
Si me dejan barrer para casa, termino con un texto de los Ejercicios de
Ignacio de Loyola:
Imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un coloquio; cómo de
Criador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por
mis pecados. Otro tanto, mirando a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por
Cristo, lo que debo hacer por Cristo; y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir
por lo que se offresciere [Ej 53].

En este momento en mi vida, en mi familia, con mis seres queridos, en


mi comunidad, por mi país, viendo a la gente a mi alrededor, pregúntate:
qué he hecho por Cristo, qué hago por Cristo, qué debo hacer por Cristo…
NO TE RINDAS

No te rindas, aún estás a tiempo


de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,
liberar el lastre, retomar el vuelo.

No te rindas, que la vida es eso,


continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.

No te rindas; por favor, no cedas,


aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el Sol se esconda y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños,
porque la vida es tuya y tuyo también el deseo.
Porque existe el vino y el amor, es cierto,
porque no hay heridas que no cure el tiempo,
abrir las puertas, quitar los cerrojos,
abandonar las murallas que te protegieron.

Vivir la vida y aceptar el reto,


recuperar la risa, ensayar el canto,
bajar la guardia y extender las manos,
desplegar las alas e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos.
No te rindas; por favor, no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el Sol se ponga y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños,
porque cada día es un comienzo,
porque esta es la hora y el mejor momento,
porque no estás solo,
porque Dios te ha dicho:

Hijo, yo te quiero.

Adaptación de un poema atribuido erróneamente a Mario Benedetti


1 de abril
Libertad y verdad

Miércoles de la quinta semana de Cuaresma

Dn 3,14-20.91-92.95. Si nuestro Dios a quien veneramos puede librarnos del horno


encendido, nos librará, oh rey, de tus manos.
Salmo (Dn 3). A ti gloria y alabanza por los siglos.
Jn 8,31-42. Si el Hijos os hace libres, seréis realmente libres.

Las palabras de Jesús nos invitan a zambullirnos en una promesa y una


conquista que hoy cobra mucho sentido. La conquista de la libertad. Me
gustaría poder hablar un momento sobre la libertad, que en el fondo es una
conquista que se va haciendo toda la vida. Libertad no es poder hacer lo
que uno quiere, cuando uno quiere, como uno quiere. Eso es fantasía, y no
existe.
Libertad tampoco es no tener límites, que para bien o para mal, todos
tenemos. No están mal. Son las coordenadas en las que aprender a
movernos. Entonces libertad es, más bien, la capacidad de ensanchar los
límites, o bien por fuera, o bien por dentro, y todo ello para poder elegir
el bien y abrazar la verdad. En ese sentido, tampoco diría que somos
libres o no lo somos. Sino que podemos ir conquistando parcelas de
libertad. Es decir, ojalá vayamos creciendo y ganando en libertad a lo
largo de toda la vida.
Estos días utilizamos algunas palabras que la mayoría nunca
imaginamos tener que usar en presente y en primera persona. Estar
encerrado, confinado, cuarentena… Vamos padeciendo restricciones (hasta
donde sabemos, necesarias, pero restricciones). Y uno puede sentirse por
ello mismo más vulnerable, más atado, menos libre.
¿Hemos perdido libertad? Yo diría que no. Como he dicho, la libertad
profunda es la capacidad para elegir el bien y abrazar la verdad dentro de
los límites que tenemos. Y es cierto que hay mucha gente que no puede
elegir. Nosotros nos preguntamos estos días, cuánto tiempo más estaremos
así. ¿Dos semanas? ¿Un mes? Dentro de lo dramático que puede ser, para
la mayoría que no viva de cerca una agonía, enfermedad, o pérdida –que es
un escenario distinto–, si el único problema es el encierro durante uno o
dos meses, quizás podríamos pensar en la gente que –en otras situaciones–
al preguntarse, «¿Cuándo acabará esto?» tiene que responderse: nunca…
Es cierto que estos días tenemos muchas restricciones de movimientos.
Pero somos libres. Y quizás, más que nunca, precisamente estos días
podemos intentar conquistar la libertad por varios caminos.

Libertad es ensanchar las paredes de dentro. Viéndonos en un


espacio con límites bien definidos, somos capaces de ensancharlos por
varios caminos. Es tiempo para cultivar la imaginación, la creatividad, el
ingenio… Estos días está siendo bien emocionante ver la aparición de
iniciativas de todo tipo. Y todo lo que ni siquiera vemos. Formas de poner
luz en estas sombras, esperanza para quien anda alicaído. Hace unos años,
la película La vida es bella emocionó por ser un canto a la libertad de
quien se niega a sucumbir al desaliento. Y aquel hombre que, encerrado en
un campo de concentración, consigue proteger igualmente la inocencia de
su hijo, se convierte en metáfora para nosotros. El hijo vivía en la fantasía.
Pero el padre no. Y al final ese padre vencía. No se trata de la evasión,
sino de la libertad. No del autoengaño, sino de la resistencia. No de la
locura, sino de la alegría verdadera.
Libertad es la búsqueda de la verdad personal. Vivimos tan deprisa
y acelerados, con reglas sociales y rutinas instaladas, que este cambio de
ahora podría ayudar a que aflore lo mejor y lo peor de nosotros mismos.
Tal vez es momento de preguntarnos qué descubrimos de nosotros mismos
en estas circunstancias. Y seguramente descubriremos fortalezas que no
imaginábamos. Y otras veces nos veremos débiles. Tenemos que darnos
permiso para mirarnos con ternura. También en esos días en que uno llega
a decir: «Hoy no me aguanto ni yo». La verdad de uno mismo ha de ser
humilde, ha de ser consciente de límites y capacidades. Y ha de ser muy,
muy honesta.
Es la búsqueda de la verdad social. Pese a que todo venga filtrado
por la pandemia y el coronavirus. Quizás estamos descubriendo una nueva
perspectiva. Podemos entender mejor a quienes viven situaciones de
dificultad o encierro. Si esto se convierte tan solo en una forma más de
ignorarnos o no entendernos sería una pena. Y, lo segundo, podemos
quitarnos por una vez las gafas de la ideología y los prejuicios. Ayer, una
famosa periodista publicaba un tuit en tono dramático, en el que venía a
decir: por favor, Iglesia, haced algo que sois los únicos que no estáis
haciendo nada. La conferencia episcopal le contestaba con un tuit en el que
la remitía a la página de la propia conferencia, donde hay algo de lo
mucho que entidades de Iglesia están haciendo. La respuesta de la
periodista, entonces venía a ser: «bueno, no me refiero a eso, me refiero a
la institución». Pero es que la institución es todo esto. Miles y miles de
personas, familias, diócesis, familias religiosas, seminarios, Cáritas,
haciendo y aportando lo que pueden. Yo no digo que tengamos que
ponernos medallas, ni más ni menos que otros. Porque en este momento
muchas personas están dando lo mejor de lo que pueden. Pero sí creo que
este es un momento en que las personas podemos intentar quitarnos los
prejuicios y mirar a la realidad intentando entenderla.
Tenemos también la posibilidad de conquistar la libertad en nuestro
conocimiento de Dios. Esto nos tiene que plantear problemas, preguntas y
búsquedas. Es una oportunidad. Quizás llevábamos demasiado tiempo
perdidos y perdiendo la energía en debates que no conducen a ninguna
parte. No es momento para reproducirlos porque no aportan nada. Es
momento para entender y descubrir la misericordia, al Señor crucificado,
este Jesús que habla como nadie habló. ¿Qué Dios se nos está revelando en
este lado de la historia? Un Dios que está con nosotros y especialmente
con los más frágiles, los más vulnerables, de parte del amor; en cada
lágrima, en cada herida; en cada esfuerzo; en cada esperanza; en cada
sonrisa; en cada momento en el cual alguien es capaz de vencer el egoísmo
y ofrecer un brazo tendido ahora.
Por último. Conquistar la libertad es aceptar los límites que no
podemos cambiar. Dos de ellos se nos han presentado con claridad. El de
la muerte y el del tiempo. No podemos conquistar ni una ni otro. Al final
llegará de una manera u otra. Tenemos una vida. Quizás vivíamos de
espaldas a esas dos realidades. Libertad no es vencer en esas batallas, que
nadie vence. Lo que venga después, Dios nos lo tiene preparado. Libertad,
es, comprendiendo que la vida es esto, hacer de nuestro tiempo un tiempo
fecundo para abrazar la verdad del Dios de la misericordia.
Ojalá podamos hacer real lo que Jesús propone en el evangelio.
Abrazar la verdad y que la verdad nos haga libres. Quizás nunca podremos
decir que somos libres del todo, pero al menos podremos decir que
estamos en camino.
JESÚS

¡Señor Jesús!
Mi Fuerza y mi Fracaso
eres Tú.
Mi Herencia y mi Pobreza.
Tú, mi Justicia,
Jesús.
Mi Guerra
y mi Paz.
¡Mi libre Libertad!
Mi Muerte y Vida,
Tú,
Palabra de mis gritos,
Silencio de mi espera,
Testigo de mis sueños.
¡Cruz de mi cruz!
Causa de mi Amargura,
Perdón de mi egoísmo,
Crimen de mi proceso,
Juez de mi pobre llanto,
Razón de mi esperanza,
¡Tú!
Mi Tierra Prometida
eres Tú…
La Pascua de mi Pascua.
¡Nuestra Gloria por siempre
Señor Jesús!

Pedro Casaldáliga
2 de abril
La alianza, un concepto para hoy

Jueves de la quinta semana de Cuaresma

Gn 17,3-9. Esta es mi alianza contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos.


Sal 104. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.
Jn 8,51-59. Quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre.

Estos días se están tomando tantas decisiones por nosotros que valoramos
más, si cabe, nuestra autonomía. Y estamos deseando recuperar parcelas
de esta autonomía ahora más limitada. Las lecturas hoy nos ayudan a
reflexionar sobre un término bien importante cuando llega el momento de
decidir qué hacer con esa autonomía, o con esa libertad que hablábamos
ayer: la alianza.
Una alianza no es una imposición ni una orden ni una obligación. Una
alianza es un compromiso adquirido libremente, y puede darse por muchos
motivos, desde las más puntuales, estratégicas (por ejemplo, políticas o
económicas), a otras más profundas, hondas y personales que tienen que
ver con lo más esencial, como el amor.
Porque, mirad, hay un tipo de pactos (o contratos o acuerdos) que son
duraderos, que afectan algún aspecto concreto de la vida, que cuando dices
sí te estás comprometiendo del todo, sin puertas abiertas a la espalda y con
un elemento de incertidumbre, de riesgo, de apuesta. Hay pocas alianzas
así en la vida, que lo engloben todo.
Quizás un ejemplo radical lo tenemos en el matrimonio (y por eso el
anillo se llama alianza, por lo mucho que quiere expresar). En una alianza
así pones toda la vida en juego.
La que hoy contemplamos entre Dios y Abrán y la que Jesús pone como
ejemplo es de este tipo. Es una alianza que lo afecta todo, necesariamente,
y tiene varios elementos… Y nos plantea una pregunta, ¿qué tipo de
alianza estás tú dispuesto a tener con Dios? En la alianza hay dos partes.
Lo que Dios promete, y lo que pide.
• La promesa de Dios. ¿Qué nos ha prometido? Sin contrapartida.
Sabiendo que su parte la va a poner al margen de lo que nosotros
hagamos. Su promesa es querernos. Yo te voy a querer, dice Dios,
no tienes que conquistar mi afecto, que ganar mi aprecio. Eres
precioso para mí, yo te amo (como dice Isaías). También promete
estar con nosotros en el camino todos los días hasta el fin del
mundo. Sin imponerse, sin invadir, sin incordiar. Yo estaré, nos dice.
Si me necesitas, estaré. Si me llamas, estaré. Si me buscas,
responderé. Si me pides, te daré, aunque a lo mejor no de la manera
que tú esperas. Pero estaré. Cuenta con ello. También nos ha
prometido darle sentido a la vida. Hay muchos sentidos posibles.
Aunque quizás estos días estamos descubriendo que muchas cosas
que pensábamos que llenaban de sentido la vida no son tan estables
ni las promesas eran tan definitivas ni le dan el mismo sentido a
nuestros días en la época de tormenta. Pero el evangelio sí le da
sentido a la vida, la promesa de Dios da sentido a la vida. Un sentido
que es dirección, finalidad y saber para qué, y eso es respuesta para
los días radiantes, pero también para las noches de tormenta. Y eso
no es poco en este mundo. No nos ha prometido que la vida vaya a
ser un camino de rosas, sino que el que vaya con él, que camine con
él, le seguirá en la pena y la gloria. Compartirá su camino, su vida,
su mesa, y su comunidad. Su promesa es que vendrá cruz, vendrán
dificultades, vendrán tormentas, pero al final la última palabra la
tiene la vida. Esta es su parte de la promesa. Esta es la alianza que
nos propone Dios.
• ¿Qué nos pide, por nuestra parte? ¿Qué nos propone? Guardar su
palabra. Como dice en el evangelio de hoy. Pero guardar su palabra
no es memorizar unas reglas o una serie de versículos y saberlos. La
palabra es Jesús, una palabra viva. Y guardar su palabra no es
ponerla bajo llave en un sitio intocable. Guardar su palabra es
acogerla, abrazarla, vivirla, hacerla carne, encarnarla. Eso es
seguirle. Y entonces, solo entonces, ver.
¿Qué nos toca a nosotros? En este prolegómeno de la alianza que es la
vida, nos tocan cuatro pasos.

Escuchar su buena noticia. Escuchar lo que promete. Escuchar esa


palabra que vuelve a nuestra vida en las circunstancias de cada día.
Escuchar el evangelio desde el mundo en que nos toca vivir. Escuchar
cómo suenan hoy las bienaventuranzas o la invitación a la conversión o la
llamada a vivir aquí y ahora la parábola del buen samaritano o tantas otras
palabras que siguen siendo válidas hoy.
Segundo, nos toca aceptar (y ahí entra nuestra libertad de la que
hablábamos ayer). Se requiere de nosotros un «sí», un «hágase». Dios no
nos quiere imponer su alianza. Lo que nos quiere regalar nos lo ofrece
gratuitamente. Pero lo que nos viene a decir también es: si tú quieres vivir
esto, tienes que empeñarte, elegirlo, decidirlo tú. Dios no lo va a imponer.
En el fondo hay algo bien sorprendente. La escucha nueva también nos
puede llevar a decir un «sí» o un «hágase» nuevo, aquí y ahora, hoy. Tal
vez en nuestra vida algunos momentos en que hemos dicho sí han pasado
un poco desapercibidos, con un poco de rutina. Tal vez algo así nos haya
podido ocurrir con la confirmación u otros espacios de alianza. Sin
embargo, hoy es momento de recordarlo, y al recordarlo, decirme, ¿estoy
yo dispuesto, o dispuesta, a decir sí al Señor, a su evangelio, en este
mundo, en esta vida?
Si estoy dispuesto, la tercera llamada es a ser consecuente. Porque
decir sí implica actuar y obrar en consecuencia. A esto lo llamamos
conversión. En el fondo todos estamos invitados a convertirnos, que es
crecer, cambiar a mejor, mejorar en aquello que podemos mejorar,
abandonar aquellas lógicas que no son las del evangelio. Probablemente
hay muchas cuestiones que se tienen que estar replanteando en nuestras
vidas, en nuestros hábitos, en nuestra manera de relacionarnos, en las
prioridades que hemos ido poniendo en nuestra historia. Hoy en día
miramos al mundo y ya no puede ser el mundo de ayer. Hay una invitación
a ser consecuentes si escuchamos el evangelio.
Por último, y entonces, al seguir sus pasos, ver. Y al ver llenarnos de
una alegría diferente, una alegría como la que podemos tener incluso
ahora, que no es ni ñoña ni fácil ni simple. Una alegría que es capaz de reír
en los momentos de júbilo y de llorar por tantas cosas que tienen que ver
con el amor, con la vida, con nuestra historia y con el evangelio.
TIEMPO DE ALIANZAS

Hagamos un pacto:
Tú tenme paciencia,
que yo tendré valor,
y entonaremos un canto
como nunca se ha oído.

Tú pones la fortaleza,
yo la debilidad.
Y envueltos en tu abrazo,
nos lanzaremos
a buscar la justicia.

Tú pones el horizonte,
yo la pasión.
Y hombro con hombro,
hacia ese destino
orientaremos la vida.

Hagamos un pacto:
Tú pones la Verdad,
yo la inquietud.
Tu verdad
y mi inquietud
se enlazarán
en la búsqueda más eterna.

Tú pones la Palabra,
y yo el balbuceo.
Y entre escuchas,
eco y silencios
daremos voz al misterio.
Tú pones la ternura,
yo, cinco panes
y dos peces.
Se saciará el hambre de tantos,
y aún sobrarán doce cestos.

Tú pones la misericordia,
yo algunos aciertos,
y bastantes tropiezos.
Y en la escuela del perdón
brotará la sabiduría.

Hagamos un pacto:
tú quédate a mi lado,
y yo bailaré contigo.
3 de abril
Al otro lado de la muerte hay un encuentro

Viernes de la quinta semana de Cuaresma (viernes de Dolores)


Eucaristía en memoria de los difuntos

Jr 20,10-13. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libera la vida del pobre de las manos
de la gente perversa.
Sal 17. En el peligro invoqué al Señor y Él me escuchó.
Jn 10,31-42. Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque
no me creáis a mí, creed a las obras.

Presidió Pablo Guerrero, SJ

A todos nos convoca nuestra fe, pero hoy, de un modo especial, nos
convoca también el cariño hacia personas muy queridas que han fallecido.
Que estos minutos que compartimos sean recuerdo agradecido por su vida
y abrazo cariñoso de unos a otros.
Estamos aquí para dar gracias por sus vidas. Por las vidas de personas
que nos han sostenido, nos han acompañado, nos han reunido, nos han
cuidado, pero, sobre todo, que nos han querido.
Y damos gracias ante el Señor, el mismo que ya se ha encontrado para
siempre con nuestros seres queridos y que ha hecho que estén ahora más
vivos que nunca, porque han dejado atrás ya todo dolor, toda enfermedad,
toda preocupación… Esta es la fe de la Iglesia.
Las vidas de nuestros familiares y amigos fallecidos ya están
sembradas para siempre en el corazón de Dios. Ya están en las mejores
manos. Ya están en casa.
Sin duda, estos días han fallecido no solo seres queridos y conocidos,
también han fallecido personas que han vivido y han estado solas.
Sabemos que Dios hoy es su compañía, su amigo, su verdadero amigo, su
consuelo y su paz. Tengamos presentes, de manera especial, a las personas
que están solas.
Hoy celebramos cristianamente la muerte de muchas personas, es
decir, celebramos su Vida; hoy damos gracias por la vida que pudimos
compartir con ellos y, a la vez, damos gracias por ese encuentro único,
irrepetible, que habrán tenido con Dios. Damos gracias por esos abrazos
que ya han recibido y que les habrán curado de todo.
Es curioso cómo, todavía, demasiadas personas se imaginan que lo que
nos espera al final de nuestra vida es un juez con un código debajo del
brazo (o con un catecismo), para ver qué hemos hecho bien y qué hemos
hecho mal y para ver qué castigo hay que aplicar. ¡Qué ganas, casi
morbosas, tienen algunos de que Dios sea un castigador! ¡Con qué
mezquino corazón proyectamos a veces en Dios nuestra dificultad para
perdonar!
Dios no es un castigador, nosotros a veces lo somos. Dios no es un juez
implacable, nosotros a veces lo somos. ¡Cuando entenderemos que Dios no
nos quiere porque seamos buenos, nos quiere porque él es bueno! Dios nos
quiere como somos, aunque nos sueña mejores y nos llama e invita a ser
cada día más humanos, más buena gente, más solidarios, más libres, más
respetuosos, más hermanos. Pero es llamativo las imágenes de Dios que
aún tienen muchas personas.
Sin embargo, ese encuentro final va a ser con el Dios que se nos revela
en Cristo: un Padre, una Madre, el mejor de los padres y la mejor de las
madres. Con quien nos vamos a encontrar es con quien deja a las noventa y
nueve ovejas y se va a buscar a la oveja perdida y, no sé si han caído en la
cuenta, en la parábola de la oveja perdida no se nos dice ni lo lejos que se
marchó la oveja perdida ni cuantos días tardó el Buen Pastor en
encontrarla… Y ¿saben por qué no lo dice el evangelio? Porque Jesús
sabía que su Padre va a ir a buscar al extraviado a dónde haga falta y
dedicando todo el tiempo del mundo.
Ese encuentro final va a ser con el padre del hijo pródigo que, viéndole
venir de lejos, se fue corriendo a abrazarle… Y ¿recuerdan las palabras de
ese padre a sus criados? «Traed un vestido»: los animales van desnudos, al
pedir un vestido para su hijo el padre le reconoce como un ser humano.
«Traed unas sandalias»: los esclavos iban descalzos, al pedir unas
sandalias para su hijo, el padre le reconoce como un ser libre. Finalmente,
«Traed un anillo»: el anillo es señal de familia, el padre reconoce que el
hijo es de su familia, que sigue siendo su hijo al que ama.
Con este Dios, con este Padre, se han encontrado nuestros seres
queridos. Y en ese encuentro se habrán reconocido, ya para siempre, como
verdaderamente humanos, como completamente libres, como
auténticamente hijos.
Nos vamos a encontrar cara a cara con quien nos ha creado y con quien
nos ha sostenido y defendido día a día por amor. Esa ha sido la persona con
la que ya se han encontrado las personas que hoy recordamos. Nuestros
familiares, amigos, todas las personas que hoy recordamos,
probablemente, como nosotros, creían que Dios era bueno. Ahora ya no lo
creen, ahora lo saben. Ahora saben que Dios es bueno.
Todos estamos en camino, y en ese camino Dios mismo nos va
poniendo personas que son auténticos regalos en nuestra vida. Recordad a
las personas que nos han sido mirada de Dios, caricia de Dios, abrazo de
Dios. Todos ellos, ahora ya pueden decir en absoluta verdad: «El Señor es
mi luz y mi salvación», «El Señor es mi pastor», «De oídas te conocía,
pero ahora te han visto mis ojos».
Que el ejemplo de nuestros seres queridos nos sirva a todos para estar
más cerca de Dios. Que su recuerdo nos ayude a todos a querer estar más
cerca de Dios y de la humanidad. Que su recuerdo nos haga personas
mejores.
Por el modo en que ellos vivieron, viven ahora la vida de Dios. Por el
modo en que nosotros vivamos, ellos permanecerán vivos en nosotros.
DANOS TU CORAZÓN

Que el Señor nos acompañe al partir de este lugar.


Que vaya delante de nosotros para iluminar el camino.
Que camine a nuestro lado para ser siempre nuestro amigo.
Que vaya detrás de nosotros para protegernos de cualquier daño.
Que sus brazos cariñosos estén debajo de nosotros para sostenernos
cuando el camino sea duro y estemos cansados.
Que esté con nosotros para cuidar a todos los que amamos.
Que viva en nuestro corazón para darnos su alegría y su paz.

Padre bueno:
Danos un corazón de POBRE; capaz de amar, para abrirse y entregarse.
Danos un corazón PACIENTE; capaz de amar, viviendo esperanzados.
Danos un corazón PACÍFICO; capaz de amar, sembrando la paz en el
mundo.
Danos un corazón JUSTO; capaz de amar la justicia.
Danos un corazón MISERICORDIOSO; capaz de amar, comprendiendo
y perdonando.
Danos un corazón SENSIBLE; capaz de amar, llorando sin desalientos.
Danos un corazón PURO; capaz de amar, descubriendo a Dios en el ser
humano.
Danos un corazón FUERTE; capaz de amar, siendo fiel hasta la muerte.
Danos tu corazón.
Anónimo
4 de abril
La comunidad plural
en un mundo de sectarismos

Sábado de la quinta semana de Cuaresma

Ez 37,21-28. Los haré una sola nación en mi tierra.


Salmo (Jr 31). El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.
Jn 11,45-57. Aquel día decidieron darle muerte.

Llegamos hoy al final de nuestra Cuaresma. Desde mañana, Domingo de


Ramos, entraremos en la Semana Santa y en la vivencia de la Pasión del
Señor. Hemos ido acercándonos lentamente a Jerusalén y hemos ido
haciendo un camino que nos ha ido mostrando muchas dimensiones de la
vida personal y colectiva. Hoy, en este trampolín o en esta antesala de la
Pasión, se nos plantea el motivo último que lleva a que la verdad de Jesús
sea inaceptable por muchos de sus contemporáneos.
Existe una tentación –existía en tiempos de Jesús, existió después y
sigue existiendo hoy– muy universal, que es la de refugiarse en entornos
que uno siente como más seguros, porque son entornos de afines. Entornos
humanos. Básicamente, la gran tentación es rodearme de gente que piensa
como yo, opina como yo, actúa como yo, comparte mi misma visión sobre
el mundo, mis expectativas, mis creencias… Esta búsqueda de
homogeneidad y afinidad puede afectar a lo relacional, puede afectar a lo
eclesial, a la política… Y tiene algunas consecuencias que yo diría que no
son muy buenas:
1) Creer que tienes toda la perspectiva y por tanto toda la verdad (el
mundo es tal y como yo lo veo).
2) Ir sustituyendo la pluralidad, la variedad y la diversidad tan buena y
necesaria en toda comunidad, por la homogeneidad (todos cortados
por el mismo patrón, todos como yo). Clavaditos unos a otros, y
quien se mueva no sale en la foto.
3) Dar el paso, consecuencia de todo lo anterior, de convertir al «otro»
–que ve las cosas de modo distinto– en el enemigo. Es peligroso y
con él hay que acabar.

A lo largo de los últimos días la lectura nos ha ido ayudando a ver


algunas dimensiones muy claras del seguimiento de Jesús: la alianza, la
escucha, la libertad, el perdón… Hoy, en la antesala de la Pasión, lo que
está en juego es cómo entender la comunidad. Dios, dice el profeta, no
quiere la división, sino la unión de su pueblo en una gran familia. Y
probablemente la visión de la unidad que va a traer Jesús es lo que le va a
traer hasta Jerusalén.
El pueblo de Israel había estado dividido en el pasado. La división le
había traído muchas penalidades. Por eso ahora lo consideraban una
amenaza y por nada estaban dispuestos a romperse otra vez. La Ley y el
Templo, grandes instituciones de la religiosidad judía, eran los pilares de
la unidad. Les daban cohesión entre ellos y unidad frente a los demás,
frente al enemigo (los romanos, por ejemplo). Jesús, de golpe, anuncia una
unidad muy distinta, porque no se construye por oposición a otros. Es una
unidad en la que todos caben. Dios ama a todos. En ella cabe el que
cumple y el que no, el puro y el impuro, el fariseo y la prostituta. También
hoy. ¿Quién cabe?
Esto no significa que todo valga. Porque Jesús de hecho es muy libre y
muy crítico con todo aquello que se aleje del proyecto de Dios. Pero es la
suya una crítica muy poco convencional. Una crítica muy necesaria, que
nunca va contra las personas, sino contra determinadas acciones. Esto
muchos, en tiempo de Jesús, no lo entendían. Si Dios es un Dios de todos –
parecen pensar– ¿qué nos queda a nosotros para sentirnos pueblo elegido?
Conviene que muera.
Esto hemos escuchado hoy. La comunidad de Jesús no es la comunidad
de los que piensan igual. Lo curioso es que, trayéndolo al presente, esto
sigue siendo profético y transgresor.
Nosotros también tenemos la tentación de rodearnos de gente que
piensa como nosotros, de rodearnos de gente similar y de exigir la
homogeneidad en nombre de una mal entendida fidelidad que evita algo
que es una riqueza, la diversidad. Porque la diversidad es fuente de vida.
Nos complementamos. A veces hasta en la contradicción hay semilla de
seguir avanzando y encontrándonos. El reto es no convertir la diversidad o
la diferencia en enemistad. No atrincherarnos en una mentalidad de secta,
yo con los míos y contra el resto.
Hay cuatro ámbitos de la vida en que esta mentalidad sectaria es un
peligro. Lo era en tiempos de Jesús, y lo es hoy.
Primero, en las relaciones personales. Uno puede refugiarse en núcleos
muy estrechos, porque es donde te sientes seguro. Es un peligro, si ante
determinadas diferencias, etiquetas, etc., siempre estás con la muralla
puesta.
Como sociedad, también podemos ser sectarios (cada uno en su secta,
la que sea).
Como Iglesia tenemos esa misma tentación, que es la de pensar que
solo existe una manera de ser Iglesia, que es la propia. Y en ella se
contiene toda la verdad, y cualquiera que piense distinto es (y aquí entra
cualquier etiqueta).
Incluso como humanidad podemos caer en lo mismo.
Todo esto no es solo una reflexión piadosa para pasar la tarde del
sábado, pensando que sería bonito estar más unidos –para a continuación
poner una canción sobre la amistad o el amor en Spotify antes de pasar a
otra cosa–. Con esto nos estamos jugando mucho. Con nuestra manera de
entender y aceptar la diferencia está en juego ahora mismo, por ejemplo,
el futuro de Europa; nuestro futuro como sociedad (si somos capaces de
dejar de jugar al juego de los enfoques sectarios de la vida). Avergüenza
un poco cuando estos días lees análisis de lo que está pasando en todo el
mundo y uno de los análisis dice que España es el único país donde la
beligerancia en vez de disminuir aumenta (y no sirve pensar que esto es
culpa de «ellos» –siempre, los otros–).
Quizás seamos todos los que tenemos que dejar de pensar en clave
alineada y aunque tendrá que haber muchos momentos para la crítica,
centrémonos en lo esencial. ¿Qué es lo esencial? Las víctimas de una
pandemia que está llevándose por delante muchas vidas, las víctimas de
una pandemia que va a generar unas situaciones brutales de precariedad,
las víctimas de una pandemia que pone en juego muchos puestos de
trabajo y perjudica a muchos, también a muchos que están tirando de
otros. Dejémonos de discursos maniqueos y de miradas polarizadas a la
vida. Empecemos a empujar juntos, que es mucho lo que nos estamos
jugando.
También como Iglesia nos estamos jugando mucho. Una Iglesia que
solo entienda la diversidad como problema es una Iglesia condenada a ser
una secta. Aquí cabemos todos, pero si empezamos a plantear que quien
piensa distinto a mí es un hereje o un fundamentalista o un… Quizás
tenemos que hacer el esfuerzo por escuchar este mensaje: Dios es el Dios
de todos. Y si cualquiera de nosotros es capaz de abrir su vida a quienes
son diferentes, tal vez se tendrá que dejar sorprender y tocar y hasta herir
por muchas realidades para las que no estamos preparados. ¿Es verdad que
esto puede enriquecer mucho la vida? Sí. ¿Es verdad que la puede
complicar? También. Y, si no, que se lo digan al Señor, cuya Pasión
contemplaremos esta semana. Que por defender que Dios ama a todos por
igual, sin barreras, sin exclusiones, sin estigmas ni etiquetas, terminó
crucificado.
DE PUENTES Y ABISMOS

Porque hay tanto abismo,


hacen falta puentes
que acorten distancias
y salven barreras.
Los hay de palabras,
tendidos
sobre torrentes furiosos
de insultos y ofensas.
Los hay de miradas,
que al encontrarse
rompen muros invisibles
de soledad y rechazo.
Los hay de anhelos
que, sin saberlo,
nos conectan
con quienes amamos.
Los hay virtuales
que frente a distancia y tiempo
permiten aquí y ahora.
Los hay de caricias
y gestos serenos,
que apagan miedos.
Somos nosotros,
a Tu manera,
esos puentes.
Solo que, demasiado a menudo,
nos ponemos en modo levadizo
y elegimos la lejanía.
Pero hacen falta puentes,
porque hay tanto abismo.
Segunda parte

SEMANA SANTA
PASIÓN DE CRISTO
Y PASIONES HUMANAS

La Cuaresma –o la parte de la Cuaresma que había sido tiempo de


confinamiento– tuvo un profundo sentido y permitió establecer muchos
paralelismos entre el camino hacia Jerusalén y el camino interior que nos
tocaba hacer.
La Semana Santa se convertía para nosotros en un reto. En esta semana
se concentran algunas de las celebraciones más profundas y más hermosas
de la liturgia. ¿Cómo conseguir mantener su hondura y su sentido,
sabiendo que tocaba celebrar también a distancia? ¿Cómo mantener el
clima de silencio, de oración y de devoción cuando la gente estaría
celebrando desde su habitación, la sala de estar o tantos espacios donde las
distracciones son mucho mayores? Más aún, ¿cómo conseguir que las
personas se sintieran participantes, y no espectadores? ¿Y cómo ayudar a
que se viviera no como un sucedáneo o una alternativa resignada para las
vivencias de Semana Santa que para tantas personas son muy especiales en
sus vidas y su fe?
La verdad es que la Semana Santa se convirtió en una oportunidad de
transmitir con delicadeza y cuidado el sentido de la Pasión. Con ese deseo,
fuimos imaginando las celebraciones, pensando en símbolos o formas de
participación. O haciendo de la necesidad virtud, y pensando en las
posibilidades que la tecnología nos daba para contar las cosas de otra
manera. Así, surgió la posibilidad de implicar a las personas invitándoles a
estar presentes de otro modo. Y la procesión de Ramos se vio sustituida
por un precioso montaje con fotos hechas en las casas, con palmas
manufacturadas y muchas personas que, de golpe, sentían estar en la
capilla, aun encontrándose a cientos de kilómetros de distancia. Esto se
multiplicaría con la procesión de velas de la vigilia pascual, donde la
respuesta fue tan masiva y desbordante que solo pudimos poner una
pequeña porción de las fotos que recibimos. Vaya desde aquí, una vez más,
nuestra gratitud a tantos y nuestra disculpa por no haber podido poner
todo.
Las imágenes permitirían también sustituir el lavatorio de los pies, tan
central en la liturgia del Jueves Santo, por un lavatorio muy real, en el que
el servicio se veía plasmado en los rostros y gestos de tantas personas
trabajando por el bien común y al servicio de los más vulnerables en la
pandemia. Limpiadores, fuerzas de seguridad, personal sanitario,
capellanes… Todos ellos iban convirtiéndose en reflejo de la invitación de
Jesús a ceñirse la toalla a la cintura y ponerse a servir. La invitación
evangélica: «Haced vosotros lo mismo», tenía en estos hombres y mujeres
de hoy una respuesta concreta y real. O las calles vacías de lugares
significativos del mundo entero, que se convertían en escenario de la
angustia del Huerto en la Hora Santa. La lectura de la Pasión el Viernes
Santo la acompañamos con imágenes de la imaginería procesional más
bella. Y de golpe estaban aunados la religiosidad popular, las procesiones
pendientes y la Palabra que seguía contando nuestra historia. La historia
de la creación, leída en la vigilia pascual, se veía multiplicada con
imágenes reales de este mundo hermoso tan lleno de posibilidades.
Junto a las eucaristías y los oficios del Triduo Pascual, una celebración
de la reconciliación y la hora santa en la noche del Jueves Santo fueron
momentos para el encuentro.
La idea de fondo, tender un puente desde la Pasión de Jesús a nuestras
pasiones cotidianas, nuestras historias de vida, muerte y resurrección,
nuestras encrucijadas… Cada uno de nosotros elige en qué lado de la
Pasión va a ponerse. Y lo que intentamos, estos días fue recordar la
importancia de hacerlo de manera consciente y lúcida.
5 de abril
Domingo de Ramos. Cara y cruz

Is 50,4-7. Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una
palabra de aliento.
Sal 21. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Flp 2,6-11. Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de
Dios.
Pasión según san Mateo (Mt 26,14–27,66). Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.

El Domingo de Ramos es un día que, de algún modo, es como el pórtico de


la Pasión y una especie de pregón. Ese pregón en el que se contiene todo.
Desde la alegría en la memoria de esa entrada triunfal de Jesús en
Jerusalén que hemos celebrado al principio de la misa, para acabar
contemplando al crucificado. Este contraste nos invita a celebrar la cara y
la cruz de la vida. Es verdad que el próximo domingo, si Dios quiere,
estaremos celebrando con júbilo la resurrección. Nuestra memoria de fe,
cada eucaristía, cada ciclo litúrgico, es hacer este recorrido entre vida,
muerte y resurrección. Un recorrido en el que nos asomamos a lo más
fecundo, gozoso y alegre, pero también a lo más difícil y lo más árido.
¿No es sorprendente el contraste entre el «Hosannah» de la muchedumbre
enardecida hoy y el «Crucifícalo» que pedirán en unos días? Quizás
porque es fácil sumarse al entusiasmo de los momentos buenos, pero no es
tan fácil seguir cuando la vida se pone cuesta arriba.
Estamos invitados entonces a contemplar la vida en todas sus aristas y
vértices. La alegría, el júbilo, el éxito, el sentido… Sí; pero también la
dificultad, la soledad, el fracaso… La cara y la cruz. La cruz y la
resurrección.
La Semana Santa es una invitación a contemplar, pero también a saber
de qué lado queremos estar. Es evidente que a todos nos atrae lo que
parece ir bien, la aceptación, la acogida, la alegría, el que las cosas salgan
bien, la diversión, las certezas… En cosas cotidianas y también en lo
profundo. Buscamos la fe sólida. Buscamos seguridad. Buscamos
respuestas. Eso es fácil de comprender. La trampa es cerrar los ojos o
escapar a lo que también la vida tiene de dificultad, de cruz, de renuncia.
No es que haya que perseguirla o buscarla masoquistamente. Es que todo
eso viene. ¿Qué podemos decir, a la luz del tiempo que nos toca vivir? Y
ahí tenemos el reto. Aprender a vivir a fondo es, de alguna manera,
aprender a abrazar la cara y la cruz de la vida. Aprender a estar con él en el
hosannah, pero aprender a seguir con él también al pie de la cruz.
Quizás estos días estamos siendo más conscientes de los límites. Estos
días las circunstancias nos han venido a recordar que la vida no es solo la
cara brillante. Porque como nos descuidemos, nos podemos sumar a una
sociedad donde se valora mucho el triunfo sin historia, cuando la historia,
toda historia, es una historia con éxitos y fracasos. Y el triunfo es solo un
momento de una historia en la que habrá de todo.
También nos puede gustar a todos el amor en lo eufórico, lo sublime,
lo especial, pero mucho menos en la rutina. Y, sin embargo, el amor, todo
amor, tiene días de vino y rosas, pero tiene también momentos grises,
espinas, conflicto, dificultad.
También estamos acostumbrados a valorar una belleza sin heridas ni
cicatrices.
Y, por último, estamos acostumbrados a la fe de lo bonito, de lo
emotivo. No a la fe que se pone cuesta arriba a veces. La fe es dar la vida,
tan sencillo y tan complejo como esto.
La realidad es que hay cara y cruz en muchas realidades. El amor
implica mucha alegría, pero también buenas dosis de incertidumbre e
inseguridad. El compromiso con los otros, cuando es compromiso
auténtico, implica arriesgar por ellos y con ellos. Las decisiones que
tomamos implican perseguir aquello que quieres cuando el viento te viene
por la espalda, pero también cuando te da de cara. Seguir a Jesús es
echarte al camino con las renuncias que esto implica. Lo que vamos a
celebrar esta semana es todo, lo bueno y lo malo, la luz y la sombra. Es
verdad que en el horizonte está la resurrección. Pero no podemos llegar a
ella sin pasar por la cena, por Getsemaní y por la Pasión. Del mismo modo
que en la vida no podemos llegar a la plenitud sin abrazar la cara y la cruz.
Quizás lo que nos toca decidir estos días, en nuestra contemplación, en
nuestras celebraciones y oficios, es de qué lado vamos a estar. Si vamos a
estar del lado de quienes abandonan o del de quienes siguen. Si vamos a
estar del lado de quienes huyen o de quienes arriesgan, aunque estén
muertos de miedo. Si vamos a estar del lado del Cireneo que ayuda a
cargar con la cruz o vamos a estar del lado de quienes, encerrados en sus
comodidades, dentro de la ciudad, ni se dan cuenta de lo que está
ocurriendo.
Ojalá esta semana nos conduzca hacia la Pascua y ojalá lleguemos de
verdad a contemplar el triunfo, el amor, la belleza y la fe. Pero la
resurrección será un triunfo con historia. Será el amor que ha sido capaz
de atravesar la vida y la muerte. Será la belleza con cicatrices. Y será la fe
que se ha arriesgado a salir a la intemperie y ha vencido a la tormenta.
¿SERÉ YO?

¿Seré yo, Maestro,


quien afirme
o quien niegue?

¿Seré quien te venda


por treinta monedas
o seguiré a tu lado
con las manos vacías?

¿Pasaré alegremente
del «hosannah»
al «crucifícalo»,
o mi voz cantará
tu evangelio?

¿Seré de los que tiran la piedra


o de los que tocan la herida?

¿Seré levita, indiferente


al herido del camino,
o samaritano conmovido
por su dolor?

¿Seré espectador
o testigo?

¿Me lavaré las manos


para no implicarme,
o me las ensuciaré
en el contacto con el mundo?

¿Seré quien se rasga las vestiduras


y señala culpables,
o un buscador humilde de la verdad?
6 de abril
Lunes Santo.
Cuatro maneras de estar en Betania

Is 42,1-7. Mirad a mi siervo a quien sostengo, mi elegido, en quien me complazo.


Sal 26. El Señor es mi luz y mi salvación.
Jn 12,1-11. ¿Por qué no has vendido este perfume por trescientos denarios para dárselo
a los pobres?

Presidió José Ramón Busto, SJ

Estamos en Semana Santa. La semana que media entre el domingo de


Ramos, en el que meditamos la pasión y muerte de nuestro Señor, y el
domingo de Pascua, en el que celebraremos su resurrección. Durante esta
semana la liturgia nos invita a reflexionar sobre algunos de los hechos y
las circunstancias que tuvieron lugar alrededor de su muerte.
Una de esas circunstancias es la unción en Betania. Cuatro grupos de
personajes aparecen en este evangelio que acabo de leer. Por un lado, la
familia amiga de Jesús que le muestra su cariño acogiéndolo y
ofreciéndole una cena. Destaca entre ellos María que realiza un gesto
inusitado mostrando un amor desbordado por Jesús. Le unge los pies con
un perfume costoso cuyo valor equivalía aproximadamente al salario de un
obrero durante un año. Cuando amamos, todo nos parece poco para la
persona amada.
Otro personaje es Judas, retratado aquí por el evangelista como un
egoísta que solo piensa en sí mismo y critica la acción de la mujer no
porque le importen los pobres, sino porque hubiera aprovechado la ocasión
para sisar algo si el precio del perfume hubiera acabado en la bolsa de
todos, que él administraba.
Aparecen también los curiosos descomprometidos que han ido a ver a
Lázaro y representan la superficialidad de quienes solo buscan novedades
y entretenimiento.
Finalmente están los sumos sacerdotes que ya habían decidido matar a
Jesús (Jn 11,53) y ahora deciden eliminar también a Lázaro, que nos
representa a todos los cristianos a quienes Jesús ha salvado de la muerte.

La aventura vital de Jesús es un trasunto de nuestra propia vida. Jesús


entregó su vida en la cruz, como la había ido entregando a lo largo de toda
su existencia mientras cumplía la misión que el Padre le había
encomendado, y la recobró en la resurrección, en una existencia nueva
gloriosa y feliz para sentarse a la derecha del Padre. Este misterio pascual
de Jesús es también nuestro misterio pascual. Pues nuestra aventura vital
consiste, como la de Jesús, en desarrollar nuestra existencia entregando la
vida en el servicio hasta confiarla a las manos de Dios en nuestra muerte
para recobrarla en la vida eterna, en la que Jesús nos ha precedido como
nuestro hermano mayor.
En estos momentos la pandemia del COVID-19 está poniendo de
relieve de un modo patente que nuestra existencia es misterio pascual, es
decir, misterio de entrega de la vida hasta la muerte para recobrarla en la
resurrección. Misterio es una palabra griega que significa lo que está
encerrado. Lo encerrado no se aprecia a primera vista, sino que es
necesario profundizar, penetrar en ello para ver lo que está oculto y
comprender su sentido. Lo que está encerrado en el misterio pascual es el
amor, el amor de Dios que nos atrae a la vida eterna y feliz junto a él, una
vez cumplida nuestra existencia terrera, que ha sido el tiempo de nuestra
preparación para la vida eterna, y nuestro propio amor que nos lleva a
entregar la vida.
Los personajes que aparecen en el relato de la unción en Betania los
podemos ver hoy también entre nosotros. Vamos a dejar de lado a los
egoístas como Judas, que aprovechan la ocasión para timar, hackear o
extorsionar a los más débiles o menos avispados; también a los
descomprometidos como los visitantes curiosos, que solo se preocupan de
sí mismos, o quienes, como los sumos sacerdotes, en lugar de esforzarse
en favor de la vida conspiran para quitar de en medio a los que les
estorban.
Vamos a fijarnos solo en los que, como María de Betania, con amor
desbordado entregan lo que tienen y pueden. Así, los profesionales de la
sanidad, los que atienden a familiares, amigos o vecinos enfermos en sus
casas y todos los que con su esfuerzo y su competencia están trabajando
para vencer la pandemia, a veces, incluso con riesgo de su vida.
En la historia de la Iglesia no es la primera vez que algunos de sus
mejores hijos han entregado la vida sirviendo a los que lo necesitaban.
Podemos recordar al joven jesuita san Luis Gonzaga, que murió, víctima
de la peste que asoló Roma en 1591, a sus 23 años, no porque se
contagiara, sino de agotamiento por haber atendido hasta el extremo a los
enfermos.
Entregar la vida como Jesús es la mejor y yo diría incluso que la
verdadera manera de celebrar la Semana Santa. Este año no se van a sacar
los pasos en las procesiones y las celebraciones litúrgicas van a tener lugar
sin que la comunidad cristiana pueda reunirse, pero lo que sí vamos a
poder hacer es entregar nuestro tiempo en favor de los que tenemos cerca
y nos necesitan.
ANSIAS DE VIVIR

¡No sé qué hacer, Señor,


con estas ansias de vida,
que me van devorando
cada día!
Si pretendo frenarlas,
ya no vivo.
Si las dejo correr,
¿dónde me llevan?
Tú eres la vida.
Yo solo un hilo de tu fuente.
Manar, correr, verterme…
Sin mirar dónde,
cómo y a quiénes,
derramarme.
Y a los pies de mi hermano,
de cualquiera,
estrellar mi alabastro
y dejar que la casa
se empape toda del perfume
barato, que te traigo.

¿Eso es vivir?
Pues eso ansío.
El morir a mi muerte,
el no acabarme
con algo tuyo, por dar, entre mis dedos.

Y, cuando haya partido,


continuaré, manando de tu fuente,
lo aprendido:
muero, siempre que vivo;
vivo, siempre que muero.
Ignacio Iglesias, SJ
7 de abril
Zaqueo. Oración penitencial

El Martes Santo, además de la eucaristía, tuvimos una oración penitencial.


Un rato para invitar a poner la vida en manos del Señor de la misericordia.
Incorporamos en este apartado su reflexión al hilo del evangelio de
Zaqueo, así como el examen de conciencia que se propuso.
Lc 19,1-10. Zaqueo, hoy ha llegado la salvación a esta casa.

Presidió Pablo Guerrero, SJ

Acabamos de escuchar el relato de Zaqueo. ¿Veis lo que ha hecho Jesús


con Zaqueo? Pues es lo que hace con nosotros cada día. Lo que Jesús nos
ofrece día a día, minuto a minuto.
Os invito a repasar despacio el texto evangélico e intentar ver lo que
ocurre, escuchar lo que dicen, «como si presente te hallases».
• un hombre llamado Zaqueo, jefe de recaudadores y muy rico tenía
curiosidad por ver a Jesús; pero a causa del gentío, no podía porque
era bajo de estatura.
• se subió a un árbol para verlo, Jesús llegó donde estaba, le vio y le
dijo: «Zaqueo, baja aprisa, pues hoy tengo que hospedarme en tu
casa».
• muy contento recibió en su casa a Jesús.
• murmuraban sobre Jesús porque entra a hospedarse en casa de un
pecador.
Palabras de Zaqueo: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la daré
• a los pobres, y a quien haya defraudado le devolveré cuatro veces
más».
• Palabras de Jesús: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues
también él es hijo de Abrahán. Porque este Hijo del Hombre vino a
buscar y salvar lo perdido».
En el icono de Zaqueo descubrimos cómo, si nos dejamos, Jesús puede
cambiar nuestra vida. No tengas duda que Dios está queriendo decirte:
«hoy ha llegado la salvación a esta casa».
Déjate mirar por Jesús como Zaqueo y escúchale decir «quiero
hospedarme en tu casa». Recibe al Señor con alegría como Zaqueo lo
recibió en su casa.
Deja que el encuentro con Jesús te conmueva y te convierta.
Deja que crezca en ti la conciencia profunda de que eres una criatura
amada y un pecador salvado.
Y, si aceptas un consejo de alguien que, como veis, ya peina muchas
canas, pedidle al Señor que os ayude a perdonaros a vosotros mismos.
Porque muchas veces el tema no es ya que no sintamos el perdón de Dios,
el problema radica en que no nos perdonamos a nosotros mismos, por
muchos motivos posibles, por perfeccionismos, por narcisismos, por una
errónea imagen de Dios… Cada uno sabemos de qué pie cojeamos.
Hoy, de manera especial, cuando te acerques a tu pecado no olvides las
palabras de Pablo de Tarso: «Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni
los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni la altura ni la
profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro».
Al acercarnos al Señor desde nuestro pecado, te invito a que recuerdes
la letra de una conocida canción:

«no hay montaña lo suficientemente alta,


no hay valle lo suficientemente profundo,
no hay rio lo suficientemente ancho que me pueda apartar de ti».

Así es nuestro Dios.


Examen en la esperanza

Tomemos ahora unos momentos para dejarnos mirar por Dios, con esa
mirada sanadora, cariñosa, de Padre, que mira el corazón y no las
apariencias; un Padre que se deja conmover por la humildad y la verdad de
sus hijos. Un Padre que conoce el tesoro que llevamos dentro y el barro del
que estamos hechos. Que nos está diciendo, allí en lo íntimo de cada uno:
«Hoy ha llegado la salvación a esta casa».
Vamos a rezar despacio la oración que Jesús nos enseñó. Al terminar
de rezarla dejaremos que sus palabras nos ayuden a mirar nuestro interior
y a examinar nuestra conciencia.

PADRE NUESTRO…

¿Experimento a Dios como Padre querido y cercano? ¿Pongo en él mi total


confianza? ¿Oriento todo mi ser hacia él, que nos ama, comprende y
perdona? ¿Vivo en el temor o en la confianza? ¿Trato a los demás como
hermanos, hijos del mismo Padre?

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE…

¿Deseo vivir de tal manera que los demás alaben y glorifiquen a Dios por
mis obras de justicia y santidad? ¿Respeto el nombre de Dios, acepto su
presencia misteriosa en todas las personas? ¿Le hago sitio en mi vida, en
mi pensar, sentir y actuar? ¿Es mi vida transparencia de Dios?

VENGA A NOSOTROS TU REINO…

¿Estoy dispuesto hacer realidad el sueño de Dios en mi vida? ¿Trabajo por


el Reino de Dios? Siguiendo a Jesús también yo estoy llamado a realizar
gestos liberadores, creadores de vida que puedan ser recibidos como
Buena Noticia. Los gestos pueden ser diversos:
¿Ofrezco esperanza a quienes no tienen nada que esperar? ¿Acojo a
quienes no tienen sitio ni nadie les mira? ¿Defiendo a quienes no pueden
defenderse? ¿Hago justicia a quienes son tratados injustamente? ¿Pago un
salario justo? ¿Soy honesto en mi trabajo? ¿Recuerdo a quienes son
olvidados y marginados? ¿Soy manos de ternura en los tiempos duros que
nos toca vivir? ¿Amo, deseo y hago la paz?

HÁGASE TU VOLUNTAD…

¿Estoy abierto al querer de Dios o me pongo a la defensiva? ¿Soy libre en


el discernimiento para buscar y aceptar la voluntad de Dios? ¿Llamo
«voluntad de Dios» a cosas que no lo son? ¿Confundo la «voluntad de
Dios» con «hacer mi voluntad»?

DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DÍA…

¿Sé agradecer el alimento que recibo y todas las posibilidades que el Señor
me ofrece cada día? ¿Estoy dispuesto a reducir mis exigencias para poder
compartir con los demás el pan material y el pan de la cultura, de mi
tiempo, de mi cariño y cercanía? ¿Ayudo lo que puedo a las personas que,
a mi alrededor o en lugares lejanos del mundo, están pasando necesidad?

PERDONA NUESTRAS OFENSAS…

¿Estoy convencido de que Dios es Padre y Madre, de que es un Dios de


perdón? ¿Me siento pecador y necesitado del perdón gratuito de Dios?
¿Me cuesta perdonar generosamente como Dios me perdona? Digo que no
tengo nada ni a nadie a quien perdonar y, sin embargo, ¿juzgo? ¿Critico?
¿Dejo de lado a la persona que, de alguna manera, me ha contrariado o
molestado? ¿«Saco la lengua a pasear»?

NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN…

¿Qué tendencias contradictorias siento en mi interior? ¿Me mantengo


vigilante y despierto o me dejo ir «justificándome» en mi psicología y mi
modo de ser? ¿Acudo confiado a Dios para pedir su protección bondadosa
frente al mal que me acecha de formas distintas?

LÍBRANOS DEL MAL…


¿Considero como mal solo aquello que amenaza mi vida, mi salud, mi
seguridad, mi bienestar? Solo hay una manera de luchar contra el mal y es
hacer el bien: ¿es esa mi actitud? ¿Pienso bien de los demás?

Tengo tantas cosas de qué acusarme, Señor, que llego a pensar que no
merezco tu perdón. Perdona este pensamiento, Señor, pues tú lo perdonas
todo y nos perdonas siempre.
¡Perdóname, Señor, y hazme descubrir que tengo futuro porque tú me
amas, como solo una Madre, como solo un Padre, pueden amar!
7 de abril
Martes Santo. Las negaciones de Pedro

Is 49,1-6. El Señor me llamó desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre, y


pronunció mi nombre.
Sal 70. Mi boca contará tu salvación, Señor.
Jn 13,21-33.36-38. No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces.

Me gusta decir que la Pasión es, por supuesto, la pasión de Jesús, pero es
también la historia de muchas otras pasiones, las de los distintos
personajes que participan en este camino. Historias que van en paralelo.
Este final del evangelio, sabiendo lo que sabemos que viene después,
impresiona más. Todos sabemos que Pedro es uno de los grandes amigos
de Jesús. Y creemos que sus palabras: «Daría mi vida por ti», son ciertas,
las dice de corazón. Por eso sus negaciones se convierten en mucha más
provocación para nosotros que la traición de Judas (de la que hablaremos
mañana). Porque nos enfrentan con nuestra propia fragilidad.
Probablemente todos diríamos a Jesús que queremos seguirle y aprender
su evangelio. Y quizás en un momento de temeridad, con nuestra pobre
verdad –a veces más frágil de lo que creemos– nos atreveríamos a decir:
«Yo daría mi vida por ti». Tal vez también nosotros tendríamos que
escuchar un «¿Estás seguro? ¿De verdad crees en eso que dices? Yo te
aseguro que antes de que cante el gallo me negarás tres veces».
En realidad, la noche trágica de Pedro en la Pasión será esa noche del
jueves al viernes, en la que no solo va a tener las tres negaciones en la casa
de Caifás, sino que verá tres maneras de darle la espalda a Jesús.
Primero, se dormirá en el huerto de Getsemaní. Cuando Jesús pide a
sus amigos más cercanos que velen con él. Podría decirles: «Yo que
normalmente no os pido que estéis, hoy os lo pido». Y sin embargo se
duermen. Quizás porque no le dan demasiada importancia al momento.
Seguro que en una mirada retrospectiva exclamará aquello de «¡Ay! Si
hubiera sabido…». A veces nos falta atención para saber.
Segundo, este Pedro que afirma seguirle hasta el final, no le sigue en la
paz, sino que elige el camino de la violencia cuando vienen a arrestarle. Y
no mata al criado de Caifás porque Jesús lo frena.
Tercero, las negaciones en casa de Caifás, que también son
comprensibles. ¿Es que Pedro se ha echado para atrás, ha cambiado de
opinión, ha descubierto que Jesús no es el Mesías? Nada de eso. Pedro
sigue creyendo en Jesús. Pero tiene miedo. Tiene miedo de lo que le pueda
ocurrir si lo reconoce, si lo confiesa. Y es comprensible.

La conducta de Pedro se convierte en un espejo que nos enseña también las


actitudes que nosotros podemos tener en nuestra manera de abrazar el
evangelio, de seguir a Jesús, de vivir la fe y de estar en el mundo.
En primer lugar, podemos dormirnos. Dormirse es confundir el
evangelio con ensoñaciones. Perder pie en la realidad para andar evadidos.
Podemos vivir una espiritualidad hecha de ilusiones. Confundir lo esencial
con lo accesorio. Quizás esta pandemia ha venido a zarandearnos también
a nosotros de algunas de esas ensoñaciones, para ayudarnos a recordar y
espabilarnos para darnos cuenta del valor del tiempo, de la gente, de la
vida. Y demasiadas veces andamos dormidos, perdidos, divagando,
olvidando lo esencial, que es que Jesús nos necesita, hoy, aquí y ahora,
para trabajar por su Reino, para compartir la Buena Noticia, para que su
palabra se convierta en palabra de misericordia, de justicia, de esperanza.
Nos necesita y a veces nos dormimos. Hay aquí una llamada a despertar.
Elegir otras lógicas. Es fácil ser cristianos de boquilla, pero a la hora
de la verdad, cuesta. ¿Serlo todo el tiempo? ¿Serlo en momentos en que se
hace muy duro? ¿Serlo cuando se nos llama a perdonar? ¿Cuándo se nos
pide poner la otra mejilla? ¡Ponla tú! –decimos–. Nosotros nos vemos
tentados de defendernos. Decimos que hay que ser bueno, pero no tonto (y
así ¿justificamos el no ser buenos?). Yo no me imagino a Jesús diciendo
eso. Cuesta elegir el evangelio sobre otras buenas noticias. Cuesta la paz
sobre la violencia, el perdón sobre el rencor, la misericordia sobre el
rechazo, la acogida universal sobre la acogida a unos pocos. Hay aquí una
llamada radical a la coherencia.
La negación. ¿Sabéis? Pedro no va a negar a Jesús por que se desdiga
o se arrepienta. Sigue creyendo en él. Pero le pasa algo muy humano.
Tiene miedo. El miedo es compañero del camino. El problema es darle al
miedo el poder para paralizarnos. Y el miedo puede asomar también en
nuestro seguimiento de Jesús. Nos da miedo que nos pida demasiado. Nos
da miedo salir a la intemperie. Nos da miedo la cruz. Nos da miedo ser
señalados por seguirle. Nos da miedo abrir demasiado la puerta y que el
prójimo no solo asome, sino que nos invada la vida. Nos da miedo este
amor que puede doler. Un miedo que puede llevar a negarlo. Hay aquí una
llamada a afirmar, con nuestras palabras y nuestra vida, el evangelio

Pero, ¿sabéis una cosa? Creo que hay una doble esperanza en Pedro. A
pesar de fallarle, a pesar de dormirse, a pesar de elegir mal y a pesar de
negarle, Pedro lleva dentro la llama de una pasión profunda por Jesús. Hay
esperanza para Pedro. Porque va a confiar en que no son sus propias
fuerzas, sino la misericordia del Señor la que puede devolverle la
esperanza y el camino. Tal vez ahora no le siga, pero como anuncia Jesús
en el evangelio, le seguirá más tarde.
Quizás nosotros tengamos que descubrir cual es nuestro momento de
afrontar un cambio. Y tal vez el tiempo presente invita a la reflexión, a la
conversión, a una mirada más honesta y auténtica a nuestra vida, al
prójimo y a Dios. Y quizás en medio de todo lo que está ocurriendo nos
está llegando una llamada: a no dormirnos y despertar; a elegir el
evangelio; y a tener valor para vivirlo.
DESPIÉRTAME

Antes de que cante el gallo


te fallaré mil veces,
y acaso sin saberlo.

Confundiré seguir con soñar,


y así, en fantasías sin sentido,
olvidaré la dirección que me señalas.
Me distraeré en peleas sin causa,
defendiendo trincheras
que a nadie importa tomar.
Perderé el tiempo
en laberintos absurdos,
mientras tú esperas fuera.
Me dormiré, distraído por canciones,
mientras tu voz, clamando en mil gargantas,
no consigue abrirse paso
hasta mi ruido controlado.
Buscaré atajos
para evitar la dureza.
Tal vez te niegue.

Pero tú sabes
que no es rechazo,
es solo miedo.
Miedo a perder.
Miedo a sufrir.
Miedo a arriesgar.
Miedo a vivir.

Despiértame,
y que, al abrir los ojos,
tu gesto me muestre el camino.
8 de abril
Miércoles Santo. La pasión de Judas

Is 50,4-9a. Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado para saber decir al abatido una
palabra de aliento.
Sal 68. Señor, que me escuche tu gran bondad el día de tu favor.
Mt 26,14-25. Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les
propuso: «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?». Ellos se ajustaron con él
en treinta monedas.

Las lecturas de esta semana nos van proponiendo distintas aproximaciones


a la última cena. Esa cena que mañana celebraremos en el día del amor
fraterno, centrando entonces la mirada en el Jesús que se entrega. La
Pasión se hace también historia en otros personajes. Si ayer veíamos el
drama de Pedro, hoy nos toca mirar a Judas. También ahí necesitamos
hacer justicia para no caer demasiado rápido en una mirada maniquea, que
identifique muy rápido los personajes y los etiquete como buenos y malos,
como si esto fuera una película de Disney o una de estas grandes sagas
literarias y cinematográficas donde los buenos son muy buenos y los
malos muy malos. Muchas de estas sagas juegan con la idea de la bondad
y la maldad puras. Así, en los últimos años hemos visto a Voldemort y
Harry Potter, o a Sauron y Frodo, en ese tipo de relatos fantásticos donde
no hay matices, solo héroes y villanos.
En la Pasión sería fácil crear el bando de los villanos, en el que
pondríamos a Caifás, Herodes, Pilato y a este Judas tan maldito.
Sin embargo, creo que hace falta otra lectura. La Pasión nos muestra
ambigüedad en muchos personajes. Sería más fácil pensar que los
malvados son malvados que quieren hacer el mal. Pero es más provocador
intentar comprender que cada uno de ellos tiene sus motivos, aunque sean
motivos equivocados, y hasta creen estar haciendo lo que deben. Caifás
que cree estar haciendo lo bueno para su pueblo, quizás sea un cínico, pero
quizás también cree de verdad que está haciendo el bien. Pedro que niega a
su amigo. Pilatos que intentará salvarle, pero al final se deja convencer por
miedo a las consecuencias.
¿Qué decir de Judas? Judas es también amigo de Jesús. Por lo menos lo
es hasta cierto momento, en que se va viendo defraudado. Judas se va
desencantando, porque Jesús no es lo que esperaba y no hace lo que Judas
quiere. Porque Judas esperaba que Jesús fuera rey a la manera de ese rey
poderoso que derriba enemigos. Esto no es lo que esperaba, no respondes a
mis expectativas, esto no es lo que yo entendí…

¿Por qué vende Judas a Jesús?

¿Por dinero? Si ese fuera el caso, entonces ¿por qué arroja las monedas y
termina ahorcándose? Bueno, podría ser que le venda por dinero y luego se
arrepienta.
Pero vamos a intentar recorrer otro camino. Judas quiere a Jesús. Lo
valora, lo aprecia, lo necesita. Pero le pasa algo demasiado frecuente. No
quiero a Jesús como es. Me has fallado porque no haces lo que yo quiero.
Ahí tenemos algo muy contemporáneo. El deseo de que el mundo se
amolde a uno mismo. Hasta Jesús se debería a amoldar a los deseos de ese
Judas expectante. Pero no es así. Jesús nos pide algo, invita una y otra vez
a abrirnos al Reino, a su novedad, y dejarnos fascinar por eso. Lo que no
podemos pretender es tener un Jesús a medida.
Tal vez también nosotros, hoy, en las 30 monedas de Judas, vemos
pequeñas negaciones y traiciones a Jesús.
Es difícil vivir el estilo de vida de Jesús y es muy fácil acomodarse. El
estilo de vida de Jesús, con lo que tiene de intemperie, de inseguridad, de
renuncia, de apuesta, de amor desnudo, es difícil.
Es difícil también vivir la vocación. Yo he acompañado a mucha gente
en procesos vocacionales y demasiado a menudo ves que la gente está
deseando decirle a Dios lo que tiene que pedirnos. Cuantos procesos
vocacionales se cortan por eso, porque la gente en el fondo lo quiere todo.
Y si hay algo claro es que no se puede tener todo en la vida. Estos tiempos
precisamente nos lo están recordando. Y quizás es una lección necesaria.
Es difícil, por último, amar a su manera. Porque amar todos lo
queremos. Pero amar a la manera de Dios es mucho más complejo. El suyo
es un amor generoso, radical, incondicional, primero, fiel, que no negocia
ni lleva cuentas. Es un amor capaz de salir de uno mismo para abrirse al
encuentro de otro. Es un amor ¡capaz de amar a los enemigos! (Señor, no
nos lo pones fácil). Todos querríamos, como Judas, que a veces Dios se
adaptase un poco.

Pero, aunque los dos –Pedro y Judas– lo niegan –o le fallan o lo


traicionan– la diferencia es que al darse cuenta Pedro será capaz de volver
a mirar a Jesús y acordarse de la misericordia. Se acuerda de que Jesús ha
pasado por el mundo tocando las vidas de gente que ha metido la pata
tanto o más que el propio Pedro y Jesús una y otra vez les ha dicho: «Hay
esperanza». En cambio, Judas no es capaz de dar ya ese paso. Se queda
cerrado, vuelto sobre sí mismo y sobre su propia traición.
Y aquí me gustaría señalar cómo, al descubrir nuestra limitación,
podemos reaccionar de maneras diferentes…

1) Siempre es culpa de alguien más (de Jesús, de los discípulos, del


gobierno, de la oposición, de los que viven conmigo, de…). La
atribución de culpas a los otros tiene un elemento muy tramposo. Y
es que nunca hay espacio para la autocrítica y la responsabilidad. Y
eso, por ejemplo, en estos tiempos de pandemia, debería ser
inexcusable.
2) Otra manera equivocada de afrontar la fragilidad es refugiarse en
propósitos que nacen del voluntarismo. A partir de hoy, todo va a ser
perfecto –te dices–, esto no va a volver a pasar, voy a ser ejemplar…
Y al final acabamos domesticando la piedra con la que tropezamos
de tantas veces como caemos. El cambio es posible, pero lleva
tiempo.
3) Hay quien, ante la percepción de su propia debilidad, no puede con
ello. Quizás el ejemplo paradigmático sea el de Judas, que, incapaz
de aceptar lo que ha hecho, termina suicidándose. Hay gente que es
incapaz de convivir con una imagen débil de sí misma.
4) Pero nos queda un camino posible, que es el de mirar y confiar en el
Jesús de la misericordia… Lo que hará Pedro. Ninguno somos
perfecto, ni falta que hace. Lo que estamos es en el camino de
aprender a amar a su manera, de aprender a vivir con su lógica,
anunciar su buena noticia.

Al final, Judas es para nosotros el que nos recuerda que hay caminos
que solo conducen a callejones sin salida. Que hay vidas que se quedan tan
solo en una pálida versión de lo que podrían haber sido. Que hay gente
que, pudiendo cantar, se queda en silencio. Pudiendo volar, se encadena al
suelo. Pudiendo caminar con Jesús, a veces nos quedamos encerrados en la
celda de las vidas grises.
Pero aún estamos a tiempo. De quedarnos a la cena con él. De
sentarnos a compartir su pan, su paz y su palabra. De sentir que nos invita
tal y como somos, confiando en nuestra fragilidad para poder ser su
reflejo. Aún estamos a tiempo de compartir su camino.
30

30 monedas de plata;
30 sacos de razones;
30 gestos de egoísmo;
30 reflejos vacíos.

30 miradas hirientes;
30 silencios cómplices;
30 perdones negados;
30 ofensas gratuitas.

30 piedras arrojadas;
30 mentiras;
30 desprecios;
30 objeciones.

30 golpes injustos;
30 veces fallar al amigo;
30 decepciones;
30 promesas incumplidas.

Eterna incomprensión
de tu evangelio,
de tu Reino.
Y una pregunta, necesaria,
para no caer en la ceguera
de quien no quiere ver…
¿Soy yo, Maestro?
9 de abril
Jueves Santo. La respuesta
de Jesús: amar y servir hasta el final

Ex 12,1-8.11-14. Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta al


Señor, ley perpetua para todas las generaciones.
Sal 115. El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo.
1 Cor 11,23- 26. Haced esto en memoria mía.
Jn 13,1-15. Habiendo amado a los suyos, que estaban en este mundo, los amó hasta el
extremo.

Hoy es un día muy especial. La memoria y celebración de la Cena del


Señor, que la Iglesia nos propone al comienzo del triduo, en estas
circunstancias extrañas, a distancia, tendiendo puentes desde la vida de
Jesús a lo que nos está ocurriendo.
Hacer memoria de una cena festiva en un día como hoy no solo es
necesario, sino muy importante. Necesitamos recordarlo más si cabe en
momentos complejos.
Si cada uno de nosotros echamos la vista atrás y miramos a algunos
momentos de nuestra historia, hay instantes en que te ves como al borde
de un abismo. Y te preguntas ¿Qué habrá si caigo? Da vértigo.
Tener que cruzar una puerta sin saber qué hay al otro lado. Tener que
saltar desde un lugar alto, sin saber calcular muy bien la caída
¿Alguna vez nos hemos sentido así? Probablemente Jesús en este
tiempo es lo que va sintiendo. Presión, la acusación de quien no
comprende su mensaje, rechazo, amenazas que oye «hay que acabar con
él», miedo, irritabilidad de los discípulos, ¿cierta sensación de soledad?
Todo esto forma parte del «hoy» de Jesús, en esta tarde del Jueves Santo.
Sabiendo Jesús que había llegado el momento.
En ese tiempo de decisiones, vértigo, riesgo y peligro, las opciones
más fáciles, frecuentes y comprensibles son:

Huir, abandonar la ciudad, esperar a un momento favorable, mejor irse


hasta que se calmen los ánimos. La línea que separa la prudencia del temor
es tenue. Muchas veces justificaremos las huidas como sensatez, nos
decimos que no es el momento.
Luchar es también una opción. Si vienen a por mí, me encontrarán, me
defenderé, plantaré cara. ¿Cuántas veces no nos vemos diciendo esto
mismo y siendo combativos? ¿Cuántas veces no oímos –o decimos– eso de
que si nos atacan a la Iglesia vamos a plantar cara, y queremos luchar? Y
nos descubrimos tentados de acudir a la violencia, aplicar el ojo por ojo,
diente por diente… Morir matando. Que no parece algo muy cristiano.
En tercer lugar, también podemos tener la tentación de negar todo lo
dicho hasta ahora, cambiar el tono, suavizar el mensaje. A ver cómo lo
cuento de modo que no sea tan hiriente.

Pero Jesús no hace nada de esto, sino que va a hacer algo muy diferente.
Dos pasos muy distintos.
Junta a sus amigos para celebrar una cena. Sí, la cena de la pascua
judía, pero con una trascendencia bien especial. Junta a sus amigos. Les va
a hablar de amistad, de amor, les va a abrir su corazón. Celebrar la vida, el
amor y la amistad. Celebrar como en las grandes ocasiones. Celebrar como
intentamos celebrar tantas cosas con tanta gente a la que queremos. Eso es
amar. Hoy cobra especial fuerza esta memoria de una fiesta donde se
celebra la amistad y el amor. Precisamente porque no podemos, nos damos
cuenta de lo importante que es, de lo esencial que es, de lo imprescindible
que es en la vida tener gente a la que poder llamar hogar. Ahora que nos
falta, ahora que nos echamos de menos y nos vemos solo a través de una
pantalla, pasa a primer plano la importancia de la comensalidad, de
juntarnos, de esos banquetes que forman parte de la vida como símbolo del
amor. Eso es lo que hace Jesús. Una fiesta. Antes de ponernos dramáticos,
veamos esa dimensión. La Pasión empezó con una fiesta. Cantan, hablan,
ríen, brindan, discuten también, y al final van a salir cantando himnos
hacia el Monte de los Olivos. Jesús no solo no se rinde, sino que recuerda
lo importante. Y lo importante es amar.
Lo segundo que Jesús hace. Se levanta, se ciñe una toalla y comienza a
lavar los pies de los discípulos. Ese gesto tiene la fuerza de una imagen
poderosa. El contenido de un rey que elige servir. Jesús no busca lo mejor
para él en este momento. Vuelve a recordar, con un gesto, lo que ha sido su
enseñanza constante. Yo estoy aquí como el que sirve.
Y ahí tenemos la doble enseñanza de Jesús, en el momento más
trascendental de su vida: Amar y Servir. Esas son las respuestas de Jesús
ante las encrucijadas de la vida, en coherencia radical con lo que ha ido
haciendo en todo su camino.
En un mundo como el nuestro es una enseñanza muy necesaria, porque
nos habla del amor verdadero, y de un servicio que le da la vuelta a
categorías que tenemos, y al darles la vuelta se convierte en una muy
buena noticia, si somos capaces de acogerla. Ese servicio:
• Nace de la mirada que ve lo que las cosas pueden llegar a ser.
Servir es cuidar, ayudar, apoyar, desde la libertad, querer… Jesús
sabe que sus discípulos llegarán a poder hacer lo mismo. Tal vez
ahora aún no están preparados. Pero Jesús sabe que podrán. Es capaz
de ver las posibilidades, y cree en las personas. También en
nosotros.
• Es un acto de una lógica invertida. En nuestro mundo sirves más
cuanto más bajo estás. Cuanto más poder tienes más gente te sirve.
Cuanto más mandas más te obedecen. Y de golpe nos encontramos,
otra vez, con la lógica de Dios, que nos recuerda que la altura solo
sirve para agacharse, y, con más perspectiva, ver mejor lo que
puedes hacer por otros. Cuantos más talentos, más capacidad de
ponerlos a rendir. Cuanta más bendición ha habido en nuestra vida,
más llamada a compartir. Cuanto más hemos recibido, más estamos
llamados a sembrar. Eso es el servicio, la lógica profunda que Jesús
nos enseña.
• Es un acto que nos libera del cálculo, la exigencia o la negociación y
nos adentra en la de la gratuidad, que es mucho más liberadora.
Nosotros estamos acostumbrados a que todo tiene un precio, para
todo hay un quid pro quo. Jesús lo transforma. Sirviendo igual al
amigo más querido, que sabe que va a estar al pie de la cruz, y a ese
otro amigo que sabe que le está vendiendo por treinta monedas de
plata. Pero a ambos sirve igual. Porque si amáis solo a vuestros
amigos, ¿qué bien es este? El amor que propone Jesús es una puerta
abierta a la libertad más profunda. No tenemos por qué ser esclavos
de lo que otros piensen de nosotros para amarnos. Tantas veces nos
vivimos presionados por lo que otros piensan, viven, exigen,
mandan.
• Por último, el servicio nos abre a la vida en segunda persona. En un
mundo muy egocentrado, de golpe la mirada se descentra y se abre a
los otros. Pone un «tú» delante. El gesto de Jesús nos descentra y
nos invita a abrirnos a los otros. Es la actitud de quien acoge, de
quien da la bienvenida, de quien prepara la mesa para que otros se
alimenten. Es más, de quien, de alguna manera, se da, se parte, y se
comparte.
¿Estamos nosotros a la altura? No lo sabemos, pero de alguna manera
estamos invitados a participar en la cena. ¿Somos capaces de beber el cáliz
que él beberá? Supongo que todos decimos, en parte, quisiera, y en parte,
me veo tan incapaz…
Pero ahora de lo que se trata es de aceptar su invitación. De aceptar
que, con nuestros pies de barro, él nos invita a sentarnos a su mesa; de
dejar que sea él quien nos enseñe el camino del servicio; y de fiarnos de
esa llamada que para nosotros hoy es, a la vez, profecía y horizonte:
Podréis hacer esto, como yo lo hago. Y cuantas veces lo hagáis, lo estaréis
haciendo en memoria mía.
PAN

Pan para saciar


el hambre
de todos.
Amasado despacio,
cocido en el horno
de la verdad hiriente,
del amor auténtico,
del gesto delicado.

Pan partido,
multiplicado al romperse,
llegando a más manos,
a más bocas,
a más pueblos,
a más historias.

Pan bueno,
vida
para quien yace
en las cunetas,
y para quien dormita
ahíto de otros manjares,
si acaso tu aroma
despierta en él la nostalgia
de lo cierto.

Pan cercano,
en la casa que acoge
a quien quiera compartir
un relato,
un proyecto,
una promesa.

Pan vivo,
cuerpo de Dios,
alianza inmortal,
que no falte
en todas las mesas.
10 de abril
Viernes Santo.
Contemplar la cruz que nos hace humanos

Is 52,13-53,12. Él soportó nuestro sufrimiento y aguantó nuestros dolores.


Sal 30. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.
Heb 4,14-16; 5,7-9. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a
la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación
eterna.
Pasión según san Juan (Jn 18,1–19,42). Y así se cumplió lo que había dicho Jesús,
indicando de qué muerte iba a morir.

Presidió Dani Villanueva, SJ

Estaréis conmigo en que nunca antes habíamos vivido un contexto que


ayudase tanto a acercarnos al Viernes Santo como el actual.

1. Ante esta pandemia, todos somos víctimas. De una manera u otra


estamos viviendo dolor y miedo. Esta celebración es, en el fondo,
una oportunidad para reposar y acoger desde el corazón, a los ojos
de Dios, y en comunión con tantas personas, lo que estamos
viviendo como humanidad.
2. Y no podemos decir que sea sorpresa, pues este sufrimiento es viejo
compañero de la humanidad: restricción de movimientos,
incertidumbre sobre el futuro, muerte de familiares, falta de acceso
a servicios básicos, inseguridad incluso física, la pérdida de
trabajos, etc., llevan mucho tiempo entre nosotros.
3. La novedad es la escala, lo abrumador del alcance y lo que ello dice
de nuestra aparente seguridad en el sistema. Nunca habíamos estado
tan inseguros (Arrupe). Es como si de golpe, nuestras vidas se
hubieran dado de bruces con la fragilidad y con la muerte. La
humanidad se ha parado y se duele, desorientada y confusa.
4. Por eso es un tiempo excepcional para hacerse las preguntas de
fondo, reflexionar sobre el sentido último de la vida, sobre dónde
está lo importante, ¿qué merece la pena? O, mejor dicho, ¿qué
merece la vida? Nadie está hoy ajeno a estas preguntas.
Probablemente lo que nos diferencie es lo que hacemos con ellas.

Desde este hondón existencial en el que estamos todos, obligados por


las circunstancias, nos acercamos a celebrar el Viernes Santo que no es
celebrar la muerte de Jesús y su agonía, esto sería masoquismo. Celebrar
el Viernes Santo es celebrar que en la muerte de Jesús y su agonía se
desvela, se revela, se muestra, se nos dice, el Dios cristiano.
• Se trata de un Dios que se revela en la historia, se encarna, se
manifiesta en los acontecimientos, es Dios-con-nosotros. Un Dios
para quién nada de lo humano es ajeno. Os decía esta mañana en la
motivación del día, con palabras de Toño García, que Dios está en la
realidad: «la realidad no es atea». Dios está ya ahí habitando y
operando hasta en las realidades oscuras, dolientes, en las que no
nos gusta mirar… Ya está Dios ahí incluso antes de que hagamos la
pregunta por su existencia.
• Y se trata de un Dios que tiene una opción por los más pequeños,
algo que nos cuesta mucho entender. Es Dios de todos –por
supuesto–, pero que tiene una preferencia, que se revela y habita con
especial densidad en la vulnerabilidad, en lo enfermo, lo excluido, lo
pequeño, lo sufriente, y hasta en la muerte.
• Es un Dios que no quiere el sufrimiento, que no quiere esta
pandemia. Nada más lejos del Dios de Jesús, principalmente amor y
misericordia. Jesús nos enseñó a superar visiones arcaicas de Dios
que no es momento de despertar. Nada más lejos de nuestro Dios que
el odio y el castigo.
• Y precisamente es un Dios, que, por ser todo lo anterior, no quiere el
sufrimiento, pero tampoco lo evita –pues en él están sus preferidos–;
no quiere la pandemia, sino que la habita –pues esperanzándonos
saldremos–. Es un Dios-todo-amor, que por ello es un Dios-todo-
entrega. Que en esa cruz nos grita su palabra más alta y más clara
sobre el misterio del sufrimiento. Palabra que solo se entiende desde
la lógica del trigo, de la muerte que da fruto, de la entrega total que
nos hace fecundos. Lógica del amor.
Es la lógica que nos llama a enfrentarnos a lo más hondo de nuestro ser
hombres y ser mujeres. Esa lógica que nos habla de que el sentido de
nuestra vida nace de la debilidad y no del poder, de la derrota y el fracaso
y no de la fuerza o la violencia, del servicio y de la entrega y no de la
dominación. Esa lógica que vamos aprendiendo con los años, que nos dice
que el dolor, el sufrimiento e incluso la muerte, por mucho que nos
asusten y los evitemos, no son el criterio de nuestra vida. Por eso la cruz
también nos libera: porque tras contemplar la cruz, Dios nos invita a
colocar en medio de nuestra vida su sueño sobre cada uno y cada una, la
voluntad del Padre, que es el horizonte más auténtico y pleno al que puede
aspirar el ser humano. Al contemplar la cruz perdemos el miedo y
podemos buscar así la VIDA en mayúsculas sin ningún tipo de pudor,
puesto que vamos comprendiendo que el sufrimiento y el dolor son
compañeros de camino, pero no tienen la última palabra.

Aún recuerdo en el año 89 el impacto que me generó saber de la muerte de


6 jesuitas y 2 mujeres en el Salvador. Yo pensaba que eso de los mártires
era algo del pasado, de la historia. Para mí fue muy chocante descubrir que
en mi propio tiempo había gente dando la vida por la justicia que brota del
evangelio. Entender con 16 años que entre todas las cosas que uno puede
hacer con su vida también está el darla, que había cosas más valiosas y
más importantes que la propia vida, cambió para siempre mi forma de
concebir lo que es mi propia vocación y las posibilidades de la vida. Ahí
está el comienzo de mi búsqueda, que años después termina con mi
entrada a la Compañía.
Más tarde, ya siendo jesuita, descubriría que en mis 46 años de vida
(desde el año 1973) han sido no solo los mártires del Salvador, sino 57
compañeros jesuitas los que han dado su vida –literalmente– a raíz su
seguimiento de Jesús y su evangelio. Algunos los conocéis, seguro: Rutilio
Grande (El Salvador), Lluis Espinal (Bolivia), Vicente Cañas (Amazonía
brasileña), Frans Van Der Lugt (Siria, 2014), por nombrar a algunos.
Son 57 compañeros, que igual que cualquiera de nosotros hoy, también
celebraron Semanas Santas, hicieron ejercicios y en su día rezaron junto al
crucificado y pidieron luz ante el misterio del sufrimiento, y que –al igual
que hacemos nosotros hoy– fueron configurando su vida a ejemplo de este
Cristo y terminaron compartiendo la suerte de Jesús, y se solidarizaron
con los últimos de este mundo en su fracaso, y en su muerte.
La sangre de estos mártires es hoy semilla de nuestra esperanza, es
testimonio vivo y concreto de que en esa cruz se nos revela el camino al a
la vida plena. Lluis Espinal lo decía «Somos antorchas que tienen sentido
cuando se queman; solo entonces seremos luz». Lo importante, la vida,
solo puede estar en entregarla.
Pensad cuanta gente tenemos hoy en nuestras ciudades, ahora mismo,
personas que se están sosteniendo, sanando, cuidando, acompañando…
Poniendo en riesgo su salud, su seguridad e incluso su vida, por motivos
que consideran más importantes. Y, sobre todo, daros cuenta de cómo su
entrega alimenta nuestra esperanza, saca lo mejor de nosotros mismos y
nos hace creer de nuevo en que es posible un renacer conjunto. Pensad
conmigo ¿qué hay en esa entrega que nos conmueve, nos fascina y que
aviva lo mejor y más trascendente de nuestra humanidad compartida?
Hoy no es día de explicaciones, sino de profunda contemplación y
reposo en el misterio del Dolor, en el que todos estamos desconcertados.
Miremos a este hombre humillado, abatido y fracasado y dejémonos
sobrecoger por ese Amor que sustenta este misterio. Ojalá nuestros
sufrimientos se sustenten también en este Amor, que nuestras muertes
lleven en sí la semilla de la esperanza, como la de Jesús y la de tantos
mártires de nuestra historia.
Lo decía preciosamente Carlos Domínguez ayer: «No nos salva el
dolor, no nos salva el sufrimiento, no nos salva la cruz, sino el amor que es
capaz de llegar hasta la cruz. No nos salva la cruz, nos salva el crucificado,
nos salva el amor». Hoy tenemos una tremenda oportunidad de llegar a
Dios a través de nuestra vulnerabilidad y nuestras muertes. Nunca hemos
tenido tanta necesidad de estar acompañados.
Os invito a que, desde nuestra fragilidad, confusión e inquietud,
miremos a esa cruz, y recemos con las palabras de Unamuno: «Dinos, “Yo
soy”, para que en paz vivamos, no en soledad terrible sino en Tus manos».
Quizá hoy, la respuesta solo sea el silencio. Pero no apartemos la
mirada porque en esa cruz está el camino que nos hace plenamente
humanos, plenamente hijos de Dios, plenamente fecundos y hondamente
felices.
TARDE DE VIERNES SANTO

Tu vida se veía destruida,


pero tú alcanzabas la plenitud.

Aparecías clavado como un esclavo,


pero llegabas a toda la libertad.

Habías sido reducido al silencio,


pero eras la palabra más grande del amor.

La muerte exhibía su victoria,


pero la derrotabas para todos.

El reino parecía desangrarse contigo,


pero lo edificabas con entrega absoluta.

Creían los jefes que te habían quitado todo,


pero tú te entregabas para la vida de todos.

Morías como un abandonado por el Padre,


pero él te acogía en un abrazo sin distancias.

Desaparecías para siempre en el sepulcro,


pero estrenabas una presencia universal.

¿No es solo apariencia de fracaso


la muerte del que se entrega a tu designio?

¿No somos más radicalmente libres,


cuando nos abandonamos en tu proyecto?

¿No está más cerca nuestra plenitud,


cuando vamos siendo despojados en tu misterio?
¿No es la alegría tu última palabra,
en medio de las cruces de los justos?

Benjamín González Buelta, SJ


11 de abril
Vigilia Pascual.
Una fe que nos abre a la esperanza

Gn 1,1–2,2: Y vio Dios que era bueno.


Sal 103: Envía, Señor, tu Espíritu y repuebla la faz de la tierra.
Ex 13,15–15,1. Aquel día salvó el Señor a Israel de las manos de Egipto.
Interleccional (Ex 15). Cantaré al Señor, sublime es su victoria.
Rom 6,3-11. Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él.
Lc 24,1-12. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado.

Presidió José Ramón Busto, SJ

Esta noche celebramos la verdad central de nuestra fe y de nuestra


esperanza, la resurrección de Jesús de Nazaret, nuestro Señor. Os invito a
vivir la celebración con una alegría semejante a la que embargó a las
mujeres que fueron al sepulcro, al despuntar la mañana del domingo, y a la
que llenó el corazón de los primeros discípulos, cuando a lo largo del día
se les apareció el Señor vivo, vencedor de la muerte, a quien habían visto
padecer, unas horas antes, la injusticia de los hombres y el aparente
abandono de Dios.
Los hombres sabemos que hemos de morir; lo vemos continuamente
en otras personas cercanas y queridas. Estas últimas semanas lo hemos
percibido de modo patente y especialmente doloroso. Incluso hemos
tenido miedo de que la epidemia nos alcanzara a nosotros mismos o a
algunos de nuestros familiares y amigos. Hemos visto la muerte no solo
lejana, como la solemos ver habitualmente, sino de cerca y amenazadora,
como una dimensión de la injusticia y desigualdad que tantas veces reina
sobre el mundo –¿por qué unos sí y otros no?– e incluso nos hemos
rebelado contra Dios, preguntándonos por qué Dios, si es amor y
todopoderoso, lo permite.
La fe en el Señor resucitado nos abre a la esperanza de que, aunque
hemos de morir, la muerte no es la última palabra que Dios dirige a
nuestra existencia humana. Pues nuestro Dios es un Dios de vida y su
palabra es una palabra que nos da vida y salvación.
Por eso esta celebración no puede ser para nosotros un mero recuerdo
del testimonio de los primeros discípulos, ni solo una proclamación de la
verdad de nuestra fe de que el Señor ha resucitado. Es necesario que algo
de la experiencia de aquellas mujeres y de aquellos discípulos de la
primera hora sea también experiencia que vivamos cada uno de nosotros.
Esa experiencia ha de provocar también en nosotros una transformación
semejante a la que experimentaron Pedro, las mujeres y los primeros
discípulos. Porque al encontrarse con el Señor resucitado su vida cambió.
El encuentro con el Señor resucitado esta noche, en su Espíritu, ha de
cambiar también nuestras vidas.
Ante todo, hemos de adorar a Dios en su misterio. No entendemos a
Dios. Sabemos por la fe que Dios es misericordioso y nos ama, pero no lo
hace a nuestra manera, sino a la suya. Los discípulos habían esperado que
Dios Padre librara a su Hijo de la muerte, quizá el mismo Jesús lo pensó
también en algún momento. Y Dios lo libró de la muerte, pero no lo hizo
como los discípulos, e incluso el mismo Jesús quizá, habían esperado, sino
que lo hizo de un modo distinto, es decir, después de haber pasado por
ella. En esta noche la fe en la resurrección de Jesús nos lleva a poner
nuestra confianza en Dios, por encima de nuestros deseos y nuestras
expectativas pues nuestros caminos no son los caminos de Dios ni nuestros
pensamientos coinciden con los suyos (cf. Is 55,8-9).
Por otra parte, cuando los discípulos vieron al Señor resucitado, se
sintieron perdonados por él de su defección del viernes y de todas las
defecciones de su vida. Vieron al Señor vivo tras la muerte, que no les
tomaba en cuenta lo miedosos que habían sido, las negaciones de Pedro y
la infidelidad que los discípulos habían tenido con Jesús, al huir y
abandonarle. Al sentir el perdón del Señor resucitado sintieron, en la
hondura de ese perdón, el perdón de Dios ofrecido en la muerte de Jesús a
toda la humanidad.
A los discípulos se les cambió también la idea que tenían de Dios.
Ellos habían oído a Jesús hablarles de Dios como Padre y, ahora, al ver la
gloria de Dios en el rostro del crucificado cayeron en la cuenta, no solo de
que Dios era como Jesús les había dicho, sino de que Dios era como Jesús
había sido. Habían convivido con Jesús, Jesús era su amigo, como les
había dicho en la última cena. Pero cuando se encontraron con él, vivo en
la vida de Dios, cayeron en la cuenta de que en Jesús Dios era también su
amigo.
Dios era su Padre, que los amaba a ellos como amaba a su Hijo Jesús.
Entonces cayeron en la cuenta de que, si Dios era su Padre, todos ellos y
todos los demás hombres eran hermanos. Sintieron que no podían creer en
Dios como Padre sin creer al mismo tiempo en la fraternidad universal.
Porque son términos correlativos. Todos los hombres somos hermanos
precisamente porque tenemos todos el mismo Padre. Al saberse hijos del
mismo Padre y hermanos de todos los hombres su vida también se
transformó. A partir de entonces vivirían amando a todos los demás como
hermanos. Ya no podrían tener nunca enemigos, ni siquiera adversarios.
Solo podían tener hermanos.
Esto que habían descubierto al encontrarse con el Señor resucitado era
preciso darlo a conocer. Desde ahora tenían que vivir de una manera
nueva. Su nueva forma de vivir, a partir de ese momento, era anunciar por
todas partes, hasta los confines de la tierra, que Dios los amaba como
Padre y que todos los hombres eran hermanos. En consecuencia,
abandonaron las redes definitivamente, dejaron de ser pescadores de peces
y comenzaron a ser pescadores de hombres. Empezaron a predicar la
buena noticia del evangelio. La buena noticia de que Dios era como Jesús
les había enseñado, de que Dios los había perdonado sin condiciones y de
que Dios estaba en Jesús. Lo que habían visto y vivido con Jesús era la
forma de ser de Dios. Y por eso, a pesar de haberse dispersado el Viernes
Santo, volvieron a reunirse. Se habían dispersado y habían huido porque se
habían quedado sin ilusión y habían perdido, en el fondo, la fe y la
confianza en el mensaje de Jesús. Encontrarse con Jesús, vivo tras la
muerte, les hizo renacer la fe, la confianza y la esperanza y se unieron para
formar comunidad.
Si esta noche, durante esta eucaristía, hemos abierto nuestro corazón a
adorar el misterio del amor de Dios, aunque muchas veces no lo
comprendamos; si nos hemos sentido perdonados por Dios con la única
condición de volvernos a él y de intentar vivir como Jesús vivió; si hemos
crecido en amor y cercanía hacia todos los hombres al saber que Dios es
nuestro Padre y Padre de todos; si esta noche, en esta eucaristía, han
surgido en nuestro espíritu deseos de testimoniar ante los demás lo que
vivimos en la fe, habremos tenido un encuentro con el Señor resucitado en
el Espíritu, como tantas veces ocurrió a la primitiva comunidad. Porque
habremos reconocido al Señor, como los primeros discípulos, al partir el
pan.
RESUCITAR

Resucitar,
no es una piel envejecida
que se estira en el quirófano,
sino una presencia que ilumina
cada arruga con su historia,
no es un golpe en el alma
que se anestesia con drogas,
sino una caricia que sana
la memoria y la carne,
no es un desencuentro entablillado
para salvar apariencias,
sino un abrazo infinito
que teje las diferencias,
no es un robo a los pobres
legalizado con indultos,
sino un fuego que separa
la justicia de la escoria,
no es el oasis final
para olvidar pesadillas,
sino un vino añejado
en las bodegas del camino.
Porque todo lo que nos golpea
a ti también te hiere,
y al abrirse en ti a la vida
también en nosotros resucita.

Benjamín González Buelta, SJ


12 de abril
Resurrección

Hch 10,34a.37-43. Dios lo resucitó al tercer día.


Sal 117. Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.
Col 3,1-4. Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba.
Jn 20,1-9. Hasta entonces no había entendido la Escritura: que él había de resucitar de
entre los muertos.

Presidió Antonio España, SJ

¡Feliz Pascua para todos en este confinamiento! Cada año, celebramos este
punto de esperanza para la historia: la muerte, la injusticia, la traición, la
soledad, el abandono, la violencia…, no es el final. A esto nos apegamos
cada año los cristianos: aunque el paisaje actual y futuro sea sombrío,
aunque nuestros políticos aquí y en el mundo no se pongan de acuerdo,
aunque quede un trecho por delante de pérdidas humanas: la palabra
definitiva no está en ello. Está escondida en Dios.
Me imagino la situación de cada hogar en el que estamos celebrando la
eucaristía: grande o pequeño, personas desperdigados por la sala de estar,
o solos junto a la tele o a la tableta, en un sillón tranquilo… Tratando de
no distraerse ante un ambiente tan doméstico y tan de cada día. Los más
pequeños tratarán de descifrar lo que dice el sacerdote y no sé si lo
llegaremos a hacer bien del todo para ellos. Ahí, en nuestras vidas, es
donde ocurre el Misterio que se nos invita a vivir, oculto en Dios.
Recordamos a tantas personas que ya no están con nosotros, que han
partido a la casa del Padre: padres, madres, hermanos o hermanas,
familiares, amigos o amigas, gente del vecindario, compañeros, miembros
de nuestras comunidades respectivas… Es un ambiente de quiebra del
corazón, de pérdida, de vulnerabilidad y de sepulcro vacío. Cara a cara al
Misterio humano y trascendente. El mensaje de Jesús puede hoy ocupar un
lugar, reservado en nuestro corazón, sepultado en Dios.
Parece que Dios juega al escondite. Sabemos a quién buscamos.
«Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea,
después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret».
¿Qué le distinguía a Jesús? Hacer el bien, curar a los oprimidos por el
demonio, vivir la cercanía de Dios («Dios estaba con él»). Las
bienaventuranzas, las parábolas, los diálogos profundos, el perdón, la
confianza, el futuro de la humanidad en el Reino. Todo eso parece que ha
desaparecido en Dios.
Va María Magdalena al sepulcro y no lo encuentra. Una búsqueda que
comenzó cuando se encontró a Jesús, todavía continúa. Su corazón le decía
que no era suficiente con haberle seguido, con haberle escuchado, con
haberle acompañado hasta la cruz… Había que continuar en el sepulcro
donde todo parece que se termina, se agota y se pudre. «Se han llevado del
sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». La verdad es que no
lo sabemos y, por eso, necesitamos iniciar un itinerario de rastreo.
María Magdalena va a la comunidad. ¿Dónde está nuestra comunidad?
La familia, los amigos, las personas cercanas… Los grupos donde se
comparte fe y misión. ¿Dónde está Jesús? Quizás, tendríamos que
mirarnos más unos a otros por dentro, quizás tendríamos que escucharnos
un poco más por dentro, quizás nos queda por encontrar que los otros
buscan lo mismo: Jesús, aquel ya nos sorprendió alguna vez por darnos un
modo de vivir para otras personas, una felicidad que consiste en dejar lo
mío, un corazón amasado por la realidad.
Pedro y el otro discípulo van a la tumba y se abren un poco más.
Acostumbrados a lo que pasa siempre, nunca sabremos qué pasaría si la
historia fuera de otra manera. Ellos se abren al vacío de quien ha sido
derribado y roto. Ellos se abren a un Misterio mayor que no llegamos a
poner plenamente con palabras. Ese vacío y ese silencio nos van
aproximando a la lentitud de Dios, a la marcha de Dios, a la acción de
Dios.
Comunidad, silencio y misión: todo ello nos lleva a pedir esa experiencia
de Jesús resucitado. Acercarnos a la persona que ha agujereado la tierra
para llegar al cielo. La persona que es Señor, por haberse dejado traspasar
por los hombres. Esa experiencia desde la comunidad y el silencio nos
lleva a la misión: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de
allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios». Ayer el papa
nos recordaba que hay mucho por hacer, desde los más pequeños a los más
grandes, de los jóvenes a los ancianos: «Hoy conquistamos un derecho
fundamental, que no nos será arrebatado: el derecho a la esperanza». Y
continuaba: «Acallemos los gritos de muerte, que terminen las guerras.
Que se acabe la producción y el comercio de armas, porque necesitamos
pan y no fusiles. Que cesen los abortos, que matan la vida inocente. Que se
abra el corazón del que tiene, para llenar las manos vacías del que carece
de lo necesario».
Termino: «Vuestra vida está con Cristo escondida en Dios». Con la
muerte y el dolor, con la enfermedad y la angustia, también se abre la cara
oculta del Misterio: comunidad, silencio y misión en esperanza. Nuestra
vida, también hoy, escondida en Dios. ¡Feliz Pascua de Resurrección!
SIN MORTAJA

Quien diga que Dios ha muerto


que salga a la luz y vea
si el mundo es o no tarea
de un Dios que sigue despierto.
Ya no es su sitio el desierto,
ni en la montaña se esconde;
decid, si os preguntan dónde,
que Dios está sin mortaja
en donde un hombre trabaja
y un corazón le responde.

José Luis Blanco Vega, SJ


Tercera parte

NO BUSQUÉIS ENTRE LOS MUERTOS AL


QUE VIVE

Así llegamos al tiempo pascual. La Semana Santa fue intensa, y para


muchas personas una vivencia muy distinta del triduo y de los oficios.
Distinto no significa en este caso ni mejor ni peor. Pero muchos de los
ecos que íbamos recibiendo señalaban que muchas personas estaban
haciendo un camino interior precioso. Un camino profundo que tenía
mucho de redescubrimiento, o de despertar de algo que estaba adormilado.
Empezábamos a recibir el mensaje de muchas personas que decían que
habían redescubierto la eucaristía diaria –o que la descubrían por primera
vez–. Era emocionante, y al tiempo un reto, pensar en cómo mantener ese
camino.
Si la Cuaresma había sido un tiempo en el que el paralelismo con lo
que nos tocaba vivir era más evidente, en cambio la Pascua tenía cierto
sabor a contradicción. Se supone que la Pascua es el tiempo de la alegría,
del júbilo, de salir a la luz. Pero ahí seguíamos, nosotros –y todos–
encerrados entre cuatro paredes.
Curiosamente, esto nos permitió empezar a proponer un camino
pascual mucho más ajustado a la experiencia descrita en los evangelios.
Porque la resurrección no es algo que se descubra en un día. Los relatos de
las apariciones hablan de intuición y distancia, de miedo y valor, de
inseguridad a la hora de reconocer al Resucitado, de una transformación
progresiva, en la que la duda da paso a la certeza y la huida se transforma
en compromiso firme. Quizás era una oportunidad el tener tiempo para
hacer ese camino con más calma que en otras ocasiones, cuando abril y
mayo invitan ya al desahogo y las largas tardes al aire libre. Ahora
seguíamos encerrados.
La Pascua fue también tiempo para ir experimentando algo que no
intuíamos antes que pudiera llegar a ser tan intenso. En verdad se estaba
forjando una comunidad virtual, pero de alguna manera unida en torno a
estas celebraciones. Una comunidad en la que participaban personas de
muchas latitudes. Recibíamos ecos de todos los puntos de España, pero
también de casi todos los países de habla hispana. Qué experiencia eclesial
tan gozosa y profunda. La conciencia de cómo se iba gestando una
comunidad tuvo un momento muy bonito –dentro de la dificultad– cuando
la mayor parte del equipo que estaba colaborando en las retransmisiones
dio positivo en una prueba del coronavirus. Andy, lector fiel desde el
primer día, y Dani y Pablo, que presidían periódicamente alguna de las
celebraciones, tuvieron que aislarse. Desde ese momento las muestras de
cariño, la oración, la preocupación por ellos se haría presente en mensajes,
en oraciones y en palabras de aliento y de cariño.
Pablo Martín –que había llevado la parte técnica hasta que se decretó
el cierre total– tuvo que empezar a venir de nuevo para apoyar las
retransmisiones. Es verdad que teníamos un poco más de precariedad, pero
el ánimo no fallaba. Y está bien aprovechar también para sacar alguna
lección de lo virtual. El mundo de las retransmisiones online es muy
interesante también. Hemos tenido en ocasiones dificultades y días
críticos. Algún día llegó a ser épico, como el 27 de abril, tercer lunes de
Pascua, en que nos falló a la hora crítica todo nuestro sistema de
retransmisión. Tras varios intentos fallidos, terminamos retransmitiendo
la eucaristía con un solo móvil, tratando de no perder demasiada calidad.
Daría para un estudio el ver los comentarios en el chat. La respuesta ha
sido abrumadoramente positiva, de apoyo, de aprecio y de gratitud. Al
tiempo, uno percibe también cómo hay personas que a la mínima
dificultad reaccionan con una queja, como asumiendo que lo que es don se
ha convertido en derecho. Te intriga esa manera de reaccionar. También
hemos tenido nuestras dosis de gente que entra a provocar, de personas
que se asoman a la eucaristía y al chat solo para decir que no soportan la
eucaristía online o que no creen en Dios. Y tú te preguntas si no tendrán
nada mejor que hacer. También es curiosa la dinámica de likes y dislikes.
Había días que en cuanto comenzaba la retransmisión ya había dos manos
con el dedo hacia abajo. Antes siquiera de que empezara la música. Y, de
nuevo, te preguntabas cómo funcionará el secreto regocijo de quien se
dedica a descalificar. Con todo, sobre todo hubo apoyo, cariño y ánimo
para seguir. Porque también es verdad que se iba haciendo largo el
confinamiento para todos.
13 de abril
En estado de búsqueda

Lunes de la octava de Pascua

Hch 2,14.22-33. A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con
milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros sabéis, a
este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y provisto, lo matasteis,
clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo
de los dolores de la muerte.
Sal 15. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Mt 28,8-15. No temáis, id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me
verán.

El recorrido que se hace hoy desde el evangelio a la primera lectura es casi


como un anuncio de lo que va a ocurrir en la Pascua. Desde esa primera
noticia de la resurrección en el evangelio, cuando aún pesa más el miedo
que la consciencia de lo que ha ocurrido, hasta la valentía y seguridad que
advertiremos en el relato de Pentecostés tal y como aparece en los Hechos
de los Apóstoles, cuando llenos de valentía y olvidadas sus resistencias
anteriores, se atreven, con Pedro a la cabeza, a salir a la plaza pública,
hablar con valentía y defender lo que antes han negado, la verdad de Jesús
y su evangelio. ¿Qué ocurre en todo este tiempo?
Lo que ha ocurrido es la Pascua. Un proceso, un paso, que podemos
describir de muchas maneras. Del miedo a la valentía. Del ocultamiento al
hablar en la plaza pública. De la tristeza –que han sentido y es posible que
aún la sientan un poco por lo que no terminan de entender– a la alegría
profunda. Y de la duda a la confianza. Me gustaría invitaros a que en las
próximas semanas podamos hacer este camino, o parte de él, al menos,
juntos.
La Pascua es un proceso largo. Y es un proceso que, curiosamente, nos
puede resultar difícil de vivir, por dos razones. Una se da año tras año, y
otra es más particular de este momento. La que se da año tras año es que
pareciera que la Cuaresma es fácil de vivir porque caminas hacia la
Semana Santa, y entonces es un tiempo que va ganando en intensidad hasta
que llegas a la vivencia de la Pasión, tan central, tan intensa, tan llena de
verdad, de reto, de encrucijadas, que la vives con mucha hondura. Sin
embargo, en la Pascua, puede ocurrir que nos vamos alejando de la
intensidad. Cualquier que haya ido a pascuas juveniles lo sabe. Llegas
«como una moto», entusiasmado, incendiado de vida y evangelio, te vas a
comer el mundo, Dios lo es todo… Pero luego llega la vida normal, la
primavera (al menos aquí en España); los días son más largos, se va
difuminando la intensidad, y a veces como que lo que va siendo fuerte
queda a la espalda en lugar de en el horizonte. Es una pena, porque si este
tiempo es para algo es para dar un paso adelante (que eso es la Pascua).
Digo que, además de este motivo que se da año tras año, hay otro
motivo que tiene que ver con el momento puntual que nos toca vivir. En el
contexto del coronavirus era fácil identificar Cuaresma y cuarentena. El
ayuno de lo que hemos tenido que dejar. La experiencia de la limosna que
identificamos con el cuidado de unos con otros. Parece que en ese contexto
las actitudes eran más fáciles de identificar. Sin embargo, llegas hoy a la
Pascua, y la primera invitación es a la alegría. Y te cuesta eso. No sé si es
fácil ponerse en modo alegría, o si se puede cambiar de la incertidumbre a
la certidumbre, de la duda a la certeza, del miedo a la valentía, y de la
tristeza o la preocupación a la alegría tan fácilmente. Es más, me imagino
que para tantas personas que estáis viviendo en primera persona y desde
muy cerca los duelos, esto necesita su tiempo. No cambia uno a la alegría
solo porque ayer celebrásemos el Domingo de Resurrección, cuando a
veces hay mucho que llorar todavía. Los duelos necesitan su tiempo.
Pues bien, creo que tenemos la oportunidad de vivir una verdadera
Pascua. De convertir de verdad este tiempo en un tiempo tranquilo para
dar ese paso que los discípulos llegaron a dar –y no sabemos si les llevó
cinco minutos, cincuenta días o cincuenta años–. Para ellos es un tiempo
en el que fueron descubriendo la resurrección, que les fue ganando,
reconquistando y devolviendo de un modo distinto a la causa del
evangelio.
En este sentido, lo que me gustaría hoy es anticipar tres de los
elementos que ya se nos anuncian aquí, y que van a estar muy presentes en
toda la Pascua.
El primero es la alegría. La alegría no es un sentimiento que cambia
por decreto, con la fecha del calendario. No es que ahora toque sonrisa, y
antes lamento. No. La alegría profunda, evangélica, es la que es capaz de
mantenerse en los días buenos y en los difíciles. Es una alegría que
llamamos sentido. Y es saber de verdad que merece la pena aquello por lo
que apuestas. Es la alegría de amar, sabiendo que a veces amar te llevará a
las cimas del júbilo y la dicha, pero otras veces te hará atravesar
momentos de pérdida y de dificultad. Pero, ¿quién preferiría no amar?
Entonces, la primera invitación es a descubrir esta alegría verdadera. Que
no creamos que la alegría es simplemente llenar las redes de memes con
comentarios fáciles sobre sonrisas, cantos y júbilo impuesto. La alegría
que estamos llamados a vivir es mucho más profunda. Si uno, en este
momento, dice: «Yo no estoy para fiestas», yo le diría que ni falta que
hace. Porque hay que estar en el momento que toca vivir. La alegría
profunda necesita memoria de todo lo bueno vivido, y esperanza en lo
bueno por vivir, aunque el presente pueda ser complicado. En el tiempo de
Pascua veremos a los discípulos muchas veces en situaciones sombrías. De
pena, tristeza, no entender, añoranza, duda… Porque ha resucitado, pero
ellos aún no lo han descubierto. Esto me lleva a la segunda actitud.
Creo que la Pascua es una búsqueda. Y eso define muy bien al
cristiano de hoy en día. Somos buscadores de Dios, buscadores de
respuestas, buscadores del Resucitado. Es bonito darse cuenta de que la
Pascua va a estar llena de esas búsquedas –no siempre conscientes–. La
resurrección son apariciones, destellos, intuiciones del que está vivo y nos
sale al encuentro en el camino. Pero ni le puedes aferrar ni lo puedes
retener. Lo que hace hoy Jesús en el evangelio es enviar a los discípulos a
buscarle: «Que vayan a Galilea y allí me verán». Quizás esa puede ser una
actitud bien bonita para nosotros, convertida en pregunta desde hoy:
¿Dónde está el Resucitado? ¿Dónde está en nuestras vidas? ¿Dónde está en
nuestro mundo? ¿Dónde está en esta situación que nos toca atravesar
ahora? ¿Dónde está en nuestra sociedad, en nuestras familias, en nuestras
historias? ¿Dónde está en nuestra oración? ¿Dónde está en nuestra manera
de celebrar? ¿Dónde está en la palabra que volvemos a escuchar con oídos
nuevos? ¿Dónde está en lo que sentimos, en lo que pensamos, en lo que
creemos, en lo que lloramos, en lo que amamos, reímos, celebramos?
¿Dónde? No importa si no tenéis las respuestas ahora. Ninguno las
tenemos. Solo alguna respuesta alguna vez. Y luego, a seguir buscando,
que es de lo que se trata.
Lo tercero. Si hay que mirar en alguna dirección, la Pascua nos invita a
mirar hacia los testigos del Resucitado. La buena noticia se la van
transmitiendo unos a otros, empezando por esta Magdalena, la primera. La
primera testigo del Resucitado, que va a llevar la buena noticia a los
discípulos, que la reciben con una mezcla de perplejidad, escepticismo y
esperanza. Pero si consigue moverlos es porque es una testigo creíble. Y
tras ellos habrá otros. Y así se va transmitiendo la buena noticia, y así, de
unos a otros, en una cadena que llega hasta hoy. Si creemos es porque ha
habido gente que nos ha hablado de Dios de una manera creíble. O gente
cuya vida era testimonio creíble del evangelio de Jesús resucitado.
Así que, esos tres elementos: la alegría verdadera, la búsqueda de
respuestas y el mirar dónde están los verdaderos testigos que nos hablan
del Dios creíble, esa es nuestra Pascua. No se trata entonces de que
estemos ahora ya en modo Pentecostés, ya llegará. De lo que se trata ahora
es de que podamos decirnos: a pesar de la cruz, a pesar de la tormenta, a
pesar de las heridas, a pesar de los golpes; o más allá de todo ello, sigue,
pujante, la Vida.
PARA RESUCITAR CON VOS

Ilumina nuestras sombras para llevar tu luz.


Ilumina nuestras sonrisas para abrazar tus resurrecciones.
Ilumina nuestras impotencias para fortalecernos en tu amor.
Ilumina nuestro andar, hoy quedándonos en nuestros hogares, para
crecer en la entrega.
Ilumina nuestras palabras para no tener miedo a tus silencios.
Ilumina nuestras lágrimas para seguir sembrando.
Ilumina nuestros errores para aprender de vos.
Ilumina nuestra oración para no ser sordos a tu llamada.
Ilumina nuestro latir para no perder el ritmo del Reino.
Ilumina nuestras necesidades para animarnos a vivir más allá de ellas.
Ilumina nuestro amor para que sea incondicional y hasta el extremo
como el tuyo.
Ilumina nuestro soñar para despertar contigo.
Ilumina nuestra música para cantar con los demás.
Ilumina nuestras heridas para regarlas desde tu manantial.
Ilumina nuestros carismas y nuestras espiritualidades, para que sean
plenitud de vida.
ilumina nuestras distancias para construir nuevas cercanías.
Ilumina nuestra eucaristía, para hacerla en memoria tuya.
Ilumina nuestra paz, que es la tuya,
para resucitar contigo.

Marcos Alemán, SJ
14 de abril
Me llamas por mi nombre, y todo cambia

Martes de la octava de Pascua

Hch 2,36-41. Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el
Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo.
Sal 32. La misericordia del Señor llena la tierra.
Jn 20,11-18. Mujer, ¿por qué lloras?

Decía ayer que vamos a intentar irnos acercando a los testigos de la


resurrección en esta Pascua, a ver qué podemos aprender de ellos, de los
distintos procesos de descubrimiento que van a hacer. Esta María que llora
junto al sepulcro hace un recorrido que va de la pérdida al reencuentro. La
vemos, en un primer momento, encerrada en su dolor, en la ausencia, en la
pérdida. Cuando encuentra a Jesús, en el primer momento es incapaz de
salir de esa misma sensación (ella sigue con su drama; se lo han llevado,
lo han puesto en algún sitio, quiero ir a llorarlo…).
En el caso de María hay un momento muy especial, dentro de lo
dramático. Es el momento en que escucha su nombre pronunciado por el
Resucitado. Y al escucharlo comprende que quien le habla lo hace desde
un amor que va más allá de la muerte. El Dios vivo pronuncia nuestro
nombre con ternura, con hondura, y con verdad. Y, ¿quién no aspira a
escuchar alguna vez su nombre así dicho?
Porque, si somos sinceros, demasiadas veces vivimos con miedo a los
otros, a lo que digan, a cómo hablen de nosotros, a que opinen, a cómo
interpreten, miedo a si su juicio es demasiado duro; o incluso miedo a que
sea un juicio demasiado verdadero con los baremos con que a veces nos
medimos.
Muchas veces interpretamos miradas, silencios, palabras, y todo nos
lleva a sentir estar siendo evaluados: ¿Qué pensarán de mí? ¿Qué dirán?
¿Qué opinarán? Incluso tenemos miedo de Dios, pensando que también
Dios nos esté juzgando, exigiendo, amenazando, y tenemos miedo de no
estar a la altura, de defraudarlo siempre.
A veces hablamos «mal» de otros, y cuando lo hacemos sus nombres
se dicen con dureza.
Sin embargo, alguna vez en la vida podemos tener la experiencia de
que alguien nos quiere tal y como somos. Alguien que me quiere
pronuncia mi nombre, y en la manera en que lo dice hay toda una
declaración de amor, de aceptación, de encuentro. Es tener la experiencia
de que alguien que nos conoce está ahí para nosotros. De que alguien nos
mira y ve lo que somos, y lo cuida, y lo quiere, y lo acoge.
Justo eso es lo que experimenta María en el encuentro con el
Resucitado. El Resucitado es capaz de vernos y mirarnos con ternura
radical. Y es capaz de vernos y pronunciar nuestro nombre de una manera
única, distinta, como solo lo pronuncia quien te ama incondicionalmente.
Hay cuatro elementos en la mirada del Resucitado, que nos juzga con
mucha mayor acogida de la que nosotros mismos nos juzgamos.

1) Conocimiento. Dios me llama conociéndome. Tal y como soy.


Luces y sombras. Aciertos y errores. Luchas, desvelos, talentos y
límites. Capacidades. Posibilidades… Lo que me enorgullece y lo
que me asusta… Lo que no tengo miedo de mostrar y lo que me
parece que forma parte de mis brumas. Todo eso Dios lo conoce,
mejor que yo mismo.
2) Perspectiva. Dios no solo me conoce tal y como soy ahora, sino que
conoce mi historia, y además ve mi futuro, ve las posibilidades que
hay en mí. A veces uno se pregunta: «¿Dónde voy a ir yo?». Y la
realidad es que Dios mira, y donde ve que puedo ir es bueno. Ve, de
cada uno, las posibilidades y capacidades, con mucha más amplitud
de la que yo puedo tener. Al llamarme por mi nombre, Dios me da
perspectiva, porque me da un horizonte.
3) Aceptación, acogida, amor… No es solo que Dios me conozca, sino
que lo que está diciendo es, yo te amo (recordemos aquellas palabras
de Isaías: no tengas miedo, que yo te he elegido, te he llamado por
tu nombre, tú eres mío y yo te quiero). ¿Quién no necesita alguna
vez oír su nombre, dicho con amor? Con ese amor que no exige, no
pone condiciones, no escatima, no negocia y no hay que ganárselo,
sino que viene a decirnos: «Yo creo en ti». Y eso nos hace sanar de
muchas heridas.
4) Y todo eso desemboca en misión. Dios, porque me conoce, porque
ve mi historia con perspectiva, y porque me ama, por todo eso que
ve, me da una misión. Como a María. Jesús no le dice a María:
«Quédate aquí, adorándome». La envía, la manda a donde están los
discípulos. Le pide que vaya a anunciar lo que ha visto. Dios, en
cada uno de nosotros, al decir nuestro nombre también nos está
dando una misión. Hay algo que está por hacer en este mundo. Hay
una buena noticia que hay que llevar. Y hay una alegría verdadera
que está por comunicar. Y cada uno de nosotros estamos llamados
ser quienes la transparenten.

Ojalá dejemos que Dios nos llame por nuestro nombre. Porque esa es
una de las primeras maneras de aparecer el Resucitado. Ojalá seamos
capaces de sentarnos e intuir que Dios, como quiera que murmure, que
hable, que susurre, susurra nuestro nombre con infinita ternura, con
infinita confianza. Y, salvando la distancia, nos sigue enviando, hoy, a este
mundo, porque cuenta con cada uno de nosotros. Tal y como somos.
Magdalena, con sus tristezas. Pedro, con sus heridas. Tomás, con sus
dudas. Y tú, y yo, con nuestras sombras.
MI NOMBRE EN TUS LABIOS

Escuché de ti mi nombre
como nunca antes.
No había en tu voz reproche
ni condiciones.
Mi nombre, en tus labios,
era canto de amor,
era caricia, y pacto.
Con solo una palabra,
estabas contando mi historia.
Era el relato de una vida,
que narrada por ti
se convertía en oportunidad.

Descubrí que comprendías


los torbellinos de siempre,
las heridas de antaño,
las derrotas de a veces,
los anhelos de ahora,

y aún sin saber del todo


en qué creía yo,
tú creías en mí,
más que yo mismo.

Así, mi nombre
en tus labios
rompió los diques
que atenazaban
la esperanza.
15 de abril
El Resucitado es un compañero de viaje que
nos abre los ojos

Miércoles de la octava de Pascua

Hch 3,1-10. No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo
Nazareno, levántate y anda.
Sal 104. Que se alegren los que buscan al Señor.
Lc 24,13-35. ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos
explicaba las escrituras?

Presidió Pablo Guerrero, SJ

La muerte de Jesús dejó en los apóstoles dolor, miedo y desesperanza. Son


sentimientos, sensaciones vitales que es más que posible que aniden en
nuestros corazones. La sensación de soledad, de desconcierto, de preguntas
sin respuesta que tuvieron los discípulos, puede que también lo estemos
viviendo ahora. Se nos han muerto seres queridos, hay personas muy
importantes en nuestra vida que están enfermos, que están yendo a trabajar
en situaciones de riesgo. Podemos sentir, y de hecho lo hacemos, dolor,
miedo y desesperanza.
Puede que muchos de nosotros estemos hoy volviendo a Emaús como
los protagonistas de la historia que acabamos de leer. Los de Emaús ven lo
que ha pasado y regresan a donde estaban; regresan derrotados al lugar en
el que estaban antes de conocer a Jesús. «Nos ilusionó, pero nos falló,
estábamos equivocados. ¡Cómo iba a ser verdad lo que decía Jesús!».
Decía Florencio Segura que estos dos que se van han puesto su «detrás»
delante, han renunciado a sus sueños, a escuchar su corazón.
También nosotros somos discípulos de Emaús cuando pensamos que
«fue bonito mientras duró», en vez de pronunciar la auténtica frase
cristiana: «es hermoso porque dura». Así somos nosotros; esperábamos
que iba a salvar a Israel… Ya teníamos nuestro esquema, nuestra imagen
de lo que es la vida verdadera, de lo que es ser humano, de lo que es ser
católico… Ya lo teníamos todo bien calculado.
Y resulta que hoy recordamos cómo en mitad de ese éxodo, de esa
huida, el Señor se aparece, se hace presente y, empezando por Moisés y
continuando por los profetas, les explicó todo lo que se decía sobre él en la
Escritura.
Permite que Jesús sea tu compañero de viaje, que te indique cómo ha
formado y forma parte de tu historia. El Señor siempre ha estado ahí, en tu
vida, incluso cuando no lo ves. Desde Cristo resucitado, desde la
experiencia de la resurrección, se nos permite leer nuestra historia como
historia de salvación. Dios siempre ha estado ahí; no nos ha dejado solos
nunca. Y, si dejamos que Jesús sea nuestro compañero de camino, es más
que posible que nos ocurra como a estos dos discípulos, que «se les (nos)
abren los ojos y le reconocen (reconocemos)» y desde ese reconocimiento
vuelven a la comunidad, para anunciar que Jesús ha resucitado.
Uno de los posos que dejaba la muerte del Señor en los que le seguían,
era la desesperanza. Correlativamente, Cristo resucitado, en su oficio de
consolar, el poso que va a dejar en el corazón de esos hombres y de esas
mujeres, va a ser la esperanza.
Porque eso es el pasaje de Emaús, un canto de esperanza.

Imagínate en esa historia. Solo uno de los discípulos aparece por su


nombre, Cleofás, tú puedes ser ese discípulo anónimo…
Permitidme una digresión, solo un experimento para ver cómo todos,
también los curas (no creáis) damos ya por sabido el evangelio y no
dejamos que nos sorprenda del todo. ¿Cuántos os imagináis la escena de
Emaús como el encuentro de Jesús con dos hombres que iban de camino?
En ningún momento se dice que fueran dos hombres. El cardenal Carlo
María Martini, recogiendo una antigua tradición de las iglesias orientales,
nos recuerda el nombre de las tres mujeres que acompañaban a Jesús en su
ministerio. Ellas eran María la Magdalena, María la de Santiago y
María… la de Cleofás. Los dos de Emaús ¿no podrían haber sido María y
su esposo Cleofás?
En no pocas ocasiones damos por conocidas las lecturas y ya tenemos
fijadas nuestras imágenes mentales. Pero, gracias a Dios, las Escrituras
siguen siendo capaces de sorprendernos. Suelo decir que la Biblia no es
machista, pero sí pueden ser machistas los ojos y los corazones de algunos
de los que la lean.
Pero volvamos a dónde lo habíamos dejado. Imagínate en esa historia.
Solo uno de los discípulos aparece por su nombre, Cleofás, tú puedes ser
ese discípulo anónimo… Pon tu nombre ahí, porque en ese discípulo o
discípula de la cual no se recuerda el nombre, ahí estás tú; tú eres esa
persona. Y esta es una verdad «teologal», no simplemente una
consideración piadosa. Jesús aparece en mitad de nuestra vida para
acompañarnos, consolarnos y señalarnos el camino hacia la comunidad,
hacia nuestros hermanos.
Y como los de Emaús, es momento de preguntarte: ¿qué esperanzas
necesitas reconstruir en tu vida? ¿A qué fidelidades, deseos, sueños,
necesitas mostrar atención?
En los discípulos de Emaús vemos lo que produce en el creyente la
presencia de Jesús resucitado. Y sabemos que nos va a pasar lo mismo.
¿Qué ha hecho Jesús con estos dos discípulos? Porque es lo que está
deseando hacer con nosotros si nos dejamos: de dos personas que huían
(cobardes), Jesús hace dos testigos; de dos escépticos, dos creyentes; de
dos decepcionados, dos personas esperanzadas; de dos individuos
separados del grupo (y mirándose al ombligo), Cristo resucitado hace
comunidad, hace Pueblo de Dios.

Deja que Jesús te acompañe en tu camino a Emaús… Escúchale y mírale


partir el pan… También te digo que, si lo haces, estás perdido, porque ya
nada va a ser igual en tu vida, porque tendrás la experiencia profunda que
hizo a Carlos de Foucauld pronunciar una frase que todos estamos
llamados a pronunciar con verdad algún día: «Desde el momento en que
entendí, cómo era Dios para mí, supe que ya solo podía vivir para él».
ENVÍANOS LOCOS

¡Oh, Dios! Envíanos locos,


de los que se comprometen a fondo,
de los que se olvidan de sí mismos,
de los que aman
con algo más que con palabras,
de los que entregan
su vida de verdad y hasta el fin.
Danos locos,
chiflados,
apasionados,
hombres capaces
de dar el salto hacia la inseguridad,
hacia la incertidumbre
sorprendente de la pobreza;
danos locos,
que acepten diluirse en la masa
sin pretensiones de erigirse un escabel,
que no utilicen
su superioridad en su provecho.
Danos locos,
locos del presente,
enamorados de una forma de vida sencilla,
liberadores eficientes del proletariado,
amantes de la paz,
puros de conciencia,
resueltos a nunca traicionar,
capaces de aceptar cualquier tarea,
de acudir donde sea,
libres y obedientes,
espontáneos y tenaces,
dulces y fuertes.
Danos locos, Señor, danos locos.

Louis Joseph Lebret


16 de abril
La paz, la caricia y la mesa compartida.
Gestos de la comunidad

Jueves de la octava de Pascua

Hch, 11-26. Matasteis al autor de la vida; pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y
nosotros somos testigos de ello.
Sal 8. Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
Lc 24,35-48. Se presentó en medio de ellos y les dice: Paz a vosotros.

«Vosotros sois testigos de esto». Creo que es una afirmación recurrente, en


este tiempo de Pascua, en esta primera semana, en la contemplación que
vamos haciendo de las apariciones a los primeros discípulos. Nos
encontramos a Pedro hoy en el pórtico de Salomón, y hablando con una
autoridad que verdaderamente sorprende de esa escritura que ha
comprendido al fin y dando un mensaje claro: es Dios quien sana.
Nosotros solo actuamos en su nombre.
Una y otra vez seguimos contemplando los frutos de la resurrección.
Vamos viendo estos días el contraste entre los personajes que al principio
de la Pascua buscan, y están atormentados, encogidos, atribulados, hasta
aterrorizados se llega a decir en el evangelio en algún momento. Pero se
van convirtiendo. Lo vimos en las mujeres, primeras testigos de la
resurrección que salen corriendo del sepulcro a anunciar que vive. Lo
hemos visto en María, que al escuchar su nombre pronunciado con un
amor diferente al que podía haber imaginado hasta ese momento, descubre
que la mirada del Resucitado es la mirada de un Dios que ve nuestra
verdad y nos invita a convertir esa verdad en el testimonio profundo de
vivir enraizados en Dios. Lo veíamos ayer en los de Emaús, el contraste
entre el camino de ida, entristecidos y sin entender nada, y el camino de
vuelta, cuando por fin han comprendido al Señor que se pone en medio de
ellos y que hace que arda su corazón.
Lo vemos hoy en Pedro, al que intuimos en el relato de Lucas como
uno de esos hombres aterrorizados y llenos de miedo y que, sin embargo,
en el pórtico de Salomón habla ya con convicción, elocuencia y profecía.
Es bien bonito el comprender que la experiencia de la resurrección es que
Dios nos da fuerzas para salir a anunciar su buena noticia. Es recordar lo
que él nos enseñó, y creer que era verdad.
Estamos llamados a eso mismo. Este tiempo que nos toca vivir es
especialmente pascual, porque estamos como esos discípulos de los
primeros momentos de la Pascua. Encerrados, preocupados, asustados…
Es verdad que no por la falta de fe, pero sí por el mundo que nos rodea; sin
saber cómo nos hemos ido viendo envueltos en esta situación. Estamos
como aves enjauladas que no pueden volar, deseando salir a la luz, a la
primavera.
Pero hay una pregunta necesaria. Salir, ¿para qué? ¿Y cuándo?
Estamos llamados a llevar palabras y gestos que hablen del Dios vivo que
se convierte en vínculo de unión entre nosotros, del Dios que sana, del
Dios que salva. De algún modo, el relato de hoy, ese mensaje, gestos y
palabras de Jesús a los discípulos, nos habla de la invitación a formar
comunidad, por tres caminos, que eran válidos entonces y los siguen
siendo ahora. Tres caminos que ojalá seamos capaces de hacer reales
ahora.

1) El camino de la paz. Pueden parecer palabras bonitas. Pero la


realidad es que vivimos en un contexto donde es tan fácil quebrar la
paz, la concordia, los vínculos… A veces estremece ver cómo
hemos tardado muy poco en pasar de ir todos a una a vencer al virus
para volver al mundo de trincheras. Vemos la hostilidad de nuevo,
los bloques de siempre, y es agotador. En este mundo de
camorristas, mamporreros, polemistas, diálogos de sordos,
descalificaciones, cobra más sentido que nunca la invitación a ser
hombres y mujeres de paz, llamados a decir una palabra de
concordia y encuentro, capaces de trenzar redes donde tengan cabida
todas las debilidades, las historias, las heridas… Porque eso es ser
comunidad.
2) El tacto. Jesús los invita a tocarle. Estos días echamos mucho de
menos el contacto. Estamos lejos, hay que evitarse. Ya no solo no
nos tocamos, sino evitamos tocar donde otros han tocado. Quizás
por eso nos damos más cuenta de la importancia del tacto. El
lenguaje lo recoge. Nos tratamos con tacto. Jesús toca. Su toque es
caricia, sanación, acogida…, demostrando que no hay nadie
intocable. Nosotros tenemos en nuestro mundo dos tipos de
intocables. Por una parte, los parias, que son intocables por miedo,
por rechazo, por impuros, por contagiosos… Por otra parte, también
son intocables quienes son inalcanzables (sería el extremo
contrario). El que marca distancia. Frente a ello, hay algo muy
bonito. Necesitamos que nuestras vidas se toquen. Ya sea
físicamente, ya metafóricamente.
3) La mesa compartida. Jesús aparece e invita a los discípulos a
reconocerse y a reconocerle en la mesa compartida. Hoy lo podemos
entender muy bien. Porque estamos lejos de nuestros seres queridos.
Porque no podemos juntarnos a comer, a celebrar… Nos falta la
comensalidad, que es un lugar de encuentro.

La paz, el tacto y la comensalidad son tres dimensiones de la vida y de


las relaciones que nos están hablando de la experiencia de comunidad. El
creyente en Jesús resucitado genera y se siente parte de una comunidad.
Una comunidad que es todo el mundo al que hay que anunciar el
evangelio. Una comunidad llamada a crecer, que es familia, es parroquia,
es comunidad religiosa, grupo… En definitiva, el mundo en que vivimos.
Ojalá cuando salgamos de este confinamiento, hayamos tenido la
oportunidad de, gracias a la distancia, valorar la cercanía; gracias al no
poder tocarnos, comprender mejor las caricias; gracias al no vernos en
persona, comprender que cuando tengamos esa oportunidad tenemos que
dedicarnos tiempo, sin darnos por sentado. Que generar comunidad es
darnos cuenta de lo mucho que nos necesitamos unos a otros.
Ese mismo Pedro al que ahora vemos sanando a otros ha sido sanado
por Jesús. Esta es la dinámica de la comunidad. Una mano extendida para
sanar y otra mano extendida para pedir ayuda. Y así todos, cuidar unos de
otros y construir juntos una sociedad un poco mejor. Encontrarnos,
teniendo como referencia común a ese Señor de la vida que nos dice: Paz a
vosotros. Aquí están mis manos. Sentaos y comed conmigo.
HOY LA RESURRECCIÓN

Hoy un rayo, un grito y un canto


atraviesan las vidas.
Rumores de esperanza
acunan los sueños, ya tranquilos,
de quienes dejaron atrás la hora del miedo.
Brillan los ojos que han intuido
un Rostro familiar,
presente en semblantes cercanos,
en guiños cómplices, en gestos amigos.
Hoy las cargas pesan menos
y las ilusiones pueden más.
Una buena noticia se propaga,
y anuncia la paz en la tormenta,
la palabra en el vacío,
el pan en cada mesa.
Vuelve la alegría después de la pena.
Hoy, un hoy eterno de resurrección
y fiesta, el Amor ha vencido.
17 de abril
Examinar la vida a la luz de la muerte
y en la espera de la resurrección

Viernes de la octava de Pascua

Hch 4,1-12. Él es la piedra que desechasteis vosotros, y que se ha convertido en piedra


angular.
Sal 117. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.
Jn 21,1-14. Aquel discípulo a quien Jesús amaba dice a Pedro: «es el Señor».

Querer hacer memoria de los difuntos en este tiempo de Pascua, cuando


nos acompañan relatos de las apariciones del Resucitado tiene un sentido
muy claro. No hablamos de la muerte, sino de la vida, eterna, resucitada,
para siempre.
Hoy queremos traer a la eucaristía muchas vidas, la memoria de
muchas personas que forman parte de nuestra historia, de nuestra vida, de
nuestro pasado, y, desde la fe, también de nuestro futuro. Creo que, al
menos aquí y ahora, abstrayéndonos de lo global, del contexto, tenemos
que decir que no son cifras ni números en una estadística; no son curvas de
evolución de una pandemia; no son datos. Son personas a las que hemos
amado y que nos han amado. Son padres y madres, abuelos hijos,
hermanos, amigos… O personas a las que queremos y que ahora están
sufriendo por la muerte de seres queridos cercanos. No son rostros
anónimos, sino rostros concretos. Sus fotos están en nuestras casas en
nuestros álbumes y están presentes en nuestras vidas. Son compañeros de
congregación, de comunidad, de trabajo. Son gentes con las que hemos
compartido partes muy importantes del trayecto. ¡No son cifras!
Necesitamos un momento para reflexionar y para leer la presencia de
Dios en cada una de estas vidas. Me voy a apoyar para eso en una
propuesta que san Ignacio hace para cada día, pero que se puede hacer
también para la vida en su conjunto, y es el examen ignaciano. Un examen
de nuestra historia. La palabra puede engañar, porque nosotros
inmediatamente asociamos un examen con una evaluación, una prueba. Si
te examinan, parece que hay que demostrar si estuviste a la altura, si lo has
hecho bien, si rendiste lo suficiente.
Examinar la vida desde la fe no es esto. No es preguntarse si uno
estuvo a la altura (quizás porque ninguno lo estaríamos). Examinar la vida
desde la fe es tratar de hacer una lectura creyente de nuestra historia. Es
una mirada contemplativa para descubrir dónde y cómo ha estado Dios.
Dónde le hemos dejado estar y dónde puede seguir estando. (Como esos
discípulos que descubren que ese extraño es el mismo Señor resucitado, y
al darse cuenta experimentan los sentimientos más hondos: alegría,
esperanza, confianza…).
El primer paso, y el más importante, es agradecer. Agradecer la vida
de quien se va. No su muerte, sino su vida. La memoria es gratitud por
tanto compartido. Porque si ahora les lloramos es por todo lo bueno que
han aportado a nuestra historia. Ahora seguramente es la nuestra una
memoria un poco herida por el vacío que puede quedar, por la tristeza, por
acostumbrarse a la nueva situación. Pero eso no debería hacernos ciegos a
la gratitud. Sus historias no son sus muertes, sino sus vidas compartidas
con nosotros. Por eso podemos agradecer el amor que nos ha unido, la
alegría, tantos buenos momentos que ya nadie nos puede arrebatar. Porque,
aunque no los vivamos, son parte de nuestra memoria, nuestro equipaje, de
lo que somos. Nos construyen. Los recuerdos nadie nos los puede quitar. Y
siguen vivos en nosotros. Creo que los primeros momentos de un duelo –y
estos lo son para muchas personas– pesa mucho más el dolor. Pero el
tiempo ayuda a poner perspectiva. Y la mirada, que ahora está herida y tal
vez solo puede llorar, rescatará la gratitud. A nadie lo podemos poseer en
nuestra vida. Nos pasa como a esta María a la que contemplábamos hace
unos días queriendo aferrar al Resucitado, que le decía: «Déjame, que
tengo que irme». No podemos aferrar a nadie. Pero sí tenemos claro que lo
que vivimos juntos forma parte de una historia que nadie puede
arrebatarnos. Por lo tanto, agradecer tanta bendición que Dios pone en
nuestras vidas a través de tantas personas cuyos caminos se cruzan con los
nuestros.
Lo segundo, aprender desde la fragilidad. Ante la muerte surgirán
memorias más complejas. Seguro que hay también en la vida –y en la vida
compartida– algunos momentos complejos. No hay que mitificar a las
personas. Ninguno es perfecto. No lo éramos en la vida, y nos morimos
como somos. Tenemos bastantes limitaciones cada uno. Pero no es la
perfección lo que nos une, sino la disposición a querernos tal y como
somos. Creo que hay un planteamiento equivocado, que es el pensar en la
cantidad de cosas que quedan por hacer. Siempre quedarán cosas por hacer
en la vida con los otros. Pero la muerte acaba un poco con las asignaturas
pendientes. Da paso a que las palabras que no dijimos ya estén en el
abrazo con Dios. La vida eterna es vida plena. Este es el momento de
perdonar las heridas, y de pedir perdón por lo que hayamos podido hacer
mal. Desde la confianza en el Dios misericordia que ya acoge a quienes se
nos han ido.
Un tercer momento es el de pedirle a Dios desde donde estamos. En
el duelo no hay recetas. Hay situaciones y vivencias distintas. Hay gente
recia como rocas –al menos por fuera, aunque por dentro esté devastada–.
Hay gente que se rompe, y tiene todo el derecho. No hay caminos únicos.
Cada uno le hablaremos a Dios desde donde estamos. Uno pedirá más fe,
otro tendrá una fe incombustible y pedirá paciencia, esperanza,
tranquilidad, acostumbrarse, ánimo para seguir tirando de otros… Lo que
se tercie. Pero sea lo que sea, pedirlo como Jesús en el Huerto: Señor, esto
es lo que te pido, pero hágase tu voluntad.
Por último, examinar la vida es mirar la presencia de Dios hecha
bendición, y aprender para seguir caminando. Porque la vida sigue y no
queda otra que continuar. Hay que seguir cuidando y caminando. Hay que
seguir, porque nosotros seguimos. Es, quizás, momento para replantear
algunas cosas. El mañana cambia ante las ausencias y ante algunas
pérdidas. Seguro que el mañana es diferente para cada uno de nosotros.
Ante la muerte hay propósitos que tienen que pasar a primer plano. Hay
que darles un tiempo.
Parte del proceso que tenemos que hacer es el de valorar más lo
importante y menos lo prescindible. Cuidarnos unos a otros y dedicarnos
tiempo, un tiempo que ahora somos conscientes de que no lo tenemos
garantizado. Saber acompañar a quien ahora anda más herido. Creo que la
muerte también nos ayuda a aceptar que la vida no es un camino de rosas.
Me gusta citar un verso de Emily Dickinson, que dice: «Saber llevar
nuestra porción de noche». También eso nos toca. Por último, siendo
conscientes de lo limitado de nuestro tiempo, hacerlo fecundo.

Por lo tanto, estos son los cuatro pasos: agradecer, reconocer la fragilidad,
pedir a Dios lo que necesitemos, y hacernos propósitos. Y una vez hecho
todo esto, poner la vida –también la de quienes se han ido– en manos de
Dios. Desde la confianza en que en esas manos ya está. Ya se ha
convertido en abrazo, en acogida, en encuentro para siempre. Así los
dejamos en sus manos, desde la confianza en que la muerte es otro paso,
otra puerta, otra manera de estar en el tiempo y en la eternidad. Y que,
quienes quedamos aquí, la mejor manera que tenemos de honrar a quienes
ya se han ido es aprender a vivir cada día con la plenitud a la que estamos
llamados.
ECHA LAS REDES

Desde que Tú te fuiste


no hemos pescado nada.
Llevamos veinte siglos
echando inútilmente
las redes de la vida,
y entre sus mallas
solo pescamos el vacío.
Vamos quemando horas
y el alma sigue seca.
Nos hemos vuelto estériles
lo mismo que una tierra
cubierta de cemento.
¿Estaremos ya muertos?
¿Desde hace cuántos años
no nos hemos reído?
¿Quién recuerda
la última vez que amamos?

Y una tarde Tú vuelves


y nos dices:
«Echa la red a tu derecha,
atrévete de nuevo a confiar,
abre tu alma,
saca del viejo cofre
las nuevas ilusiones,
dale cuerda al corazón,
levántate y camina».

Y lo hacemos
solo por darte gusto.
Y, de repente, nuestras redes rebosan alegría,
nos resucita el gozo
y es tanto el peso de amor
que recogemos
que la red se nos rompe cargada
de ciento cincuenta esperanzas.
¡Ah, Tú, fecundador de almas: llégate a nuestra orilla,
camina sobre el agua
de nuestra indiferencia,
devuélvenos, Señor, a tu alegría!

José Luis Martín Descalzo


18 de abril
Lugares donde aparece el Resucitado

Sábado de la octava de Pascua

Hch 4,13-21. Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y
hemos oído.
Sal 117. Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.
Mc 16,9-15. Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación.

Presidió Pablo Guerrero, SJ

Hace una semana, estábamos preparándonos para celebrar la vigilia


pascual. Hace siete días teníamos el corazón, teníamos la mente, teníamos
lo que somos, dispuesto para recibir la Buena Noticia (el eu-angelion),
para recibir el Evangelio que consiste, ni más ni menos, en que Jesús ha
vencido a la muerte. Porque la respuesta del Padre a la muerte del Siervo
es la resurrección del Hijo.
Y esto es algo tan importante que la Iglesia nos ofrece un tiempo de
cincuenta días para que vayamos profundizando, para que vayamos
cayendo en la cuenta de lo que significa esa victoria de Cristo sobre la
muerte.
Y en este tiempo, en que nos toca vivir la victoria de Cristo, la
celebramos, la recordamos (es decir, la volvemos a pasar por el corazón)
en momentos de dolor, en momentos de dudas, en momentos de
incertidumbre.
El evangelio de hoy parece que nos propone una especie de resumen de
aquellas primeras apariciones de Jesús a sus primeros discípulos.
La repetición es algo muy ignaciano. Los que hayáis hecho ejercicios
espirituales, sin duda sabéis lo que es la oración de repetición: volver allá
donde hemos encontrado desolación, dificultad, sequedad…; y también,
volver allí donde he experimentado consolación, paz…
Hoy la Iglesia, en este sábado de la octava de Pascua nos invita a
volver a pasar por nuestro corazón los grandes relatos de las apariciones
de Jesús resucitado.
Podemos correr un riesgo, el de pensar que los relatos de las
apariciones son algo que sucedió y ya está, «¡fue bonito mientras duró!».
Sin embargo, los relatos de la resurrección están escritos, por así decirlo,
«en clave». Porque no solo nos relatan lo que paso, lo que ocurrió, sino
que también nos dicen lo que ocurre. Y, lo que es más importante, cada
uno de los relatos de las apariciones de Jesús resucitado nos señala
situaciones, lugares, actitudes, dónde podemos seguir encontrando hoy a
Cristo resucitado.
Recordemos los cuatro grandes relatos de apariciones que hemos
contemplado los pasados martes, miércoles, jueves y viernes de esta
octava de Pascua.
El martes recordamos la aparición a María Magdalena. Cómo lo que
sus ojos no perciben, lo perciben sus oídos. María descubre que es Jesús al
escuchar una palabra, su nombre pronunciado por Jesús. La palabra le
muestra a Jesús. Eso ocurrió, pero eso continúa ocurriendo, porque Cristo
sigue presente en su Palabra, y en su Palabra podemos seguir encontrando
hoy a Jesús resucitado.
No es malo, todo lo contrario, es muy bueno, que, de vez en cuando,
recemos con la Biblia, leamos la Biblia, con atención especial a los
evangelios, porque en su Palabra podemos sentir presente a Cristo
resucitado.
El miércoles, contemplábamos a los dos discípulos de Emaús, que
volvían derrotados, que volvían desesperanzados y cómo descubren al
Maestro, cuando lo invitan a su casa y Jesús parte el pan ante ellos. El
texto nos narra algo que ocurrió, pero también nos señala dónde podemos
encontrar hoy a Cristo resucitado. Lo podemos encontrar en la fracción del
pan, en la celebración de la eucaristía. Lo encontramos en su Palabra, lo
encontramos en la eucaristía.
El jueves de la octava de Pascua, escuchábamos el tercero de los
grandes relatos de apariciones de Jesús. El Señor de la vida se hace
presente en mitad de aquella comunidad que estaba reunida, con miedo,
con ansiedad, también con cobardía. No solo se hizo presente entonces el
Resucitado, también ahora está en medio de nosotros. A Cristo también le
podemos encontrar presente en la comunidad, en la Koinonía. Y no
pensemos que le vamos a encontrar tan solo en la comunidad que celebra
con alegría, en la comunidad de afortunados por la vida, en la comunidad
de quienes son siempre felices y la vida les sonríe. También Jesús
resucitado está presente en ese grupo que se reúne lleno de dolor, o en ese
grupo atenazado por el miedo, o en ese grupo donde se puede palpar la
tristeza…
Y, finalmente, ayer viernes, la Iglesia no ponía frente a un cuarto relato
de apariciones. Pedro invita a sus compañeros a salir a pescar. Y es en
mitad de esa pesca cuando aparece Jesús. Ocurre lo mismo que con los
otros tres relatos: no es tan solo lo que ocurrió entonces, el evangelista nos
está diciendo también dónde podemos encontrar, dónde está presente
Cristo resucitado. Y está presente en nuestro trabajo, en nuestro esfuerzo,
está presente en nuestro compromiso, en nuestra capacidad de salir de
nosotros mismos y darnos a los demás.

Esto es lo que la Iglesia nos invita a celebrar en la octava de Pascua.


Celebrar que Cristo vive, ¡verdaderamente vive! Y celebramos y
recordamos lo que ocurrió, pero, al mismo tiempo, damos gracias porque
Cristo sigue estando presente en su Palabra, en la eucaristía, en la
comunidad y en el trabajo, en nuestro compromiso diario.
Que el Señor de la vida, que el Señor de la historia nos ayude a
reconocerle mejor cada día. Que nos ayude a entender, a leer su Palabra y
a leerla con los ojos del corazón. Que el Señor nos ayude a celebrar la
eucaristía, el don del Pan partido, repartido y compartido. Una eucaristía,
como diría Pierre Teilhard de Chardin, que sea una auténtica Misa sobre el
mundo; una eucaristía que abarque toda la realidad, toda la Tierra. Que el
Señor resucitado nos siga convocando y le podamos seguir encontrando en
la comunidad, donde, como el mismo nos dijo, está presente: «Donde
están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»
(Mt 18,20). Y, finalmente, que el Señor Jesús nos ayude a encontrarle en
los trabajos, nos ayude a encontrarle en nuestros esfuerzos, en nuestros
afanes…
Que el Señor de la vida, que el Señor de la historia, nos siga invitando,
se nos siga apareciendo y nos siga recordando dónde podemos encontrarle.
¡Qué así sea!
FUTURO TAN PRESENTE

Ya no te preguntaré más

cuándo llegará tu día


sino por dónde atraviesas el presente,

por qué existe el malvado


sino de qué manera lo salvas ahora,

cuándo sanará mi herida


sino cómo la curas en este instante,

cuándo acabarán las guerras


sino dónde construyes la justicia,

cuándo seremos numerosos


sino dónde está hoy la cueva de Belén,

cuándo acabará la opresión


sino cómo pasar por las grietas del sistema,

cuándo te revelarás,
sino dónde te escondes.

¡Porque tu futuro es ahora,


es este instante universal
donde todo lo creado da un paso
dentro de tu misterio compartido!

Benjamín González Buelta, SJ


19 de abril
Tomás y la duda

Segundo domingo de Pascua

Hch 2,42-47. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común.
Sal 117. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
1 Pe 1,3-9. Bendito sea Dios, Padre de nuestro señor, Jesucristo, que, por su gran
misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha
regenerado para una esperanza viva.
Jn 20,19-31. ¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber
visto.

Ha pasado ya una semana de Pascua, y es bien bonito nuestro itinerario,


acompañando el proceso, o la Pascua de esos primeros discípulos, que van
pasando de la sombra a la luz por distintos caminos. El descubrimiento de
que te llaman por tu nombre; compartir la mesa; echar la red a la derecha
y descubrir que el mismo Señor vuelve de un modo diferente a donde
estuvo antes. Hemos visto en la mayoría de los discípulos el paso del
miedo a la valentía. De estar asustados, a estar en medio de la plaza. De
estar escondidos a salir a la luz. O incluso una comprensión nueva (de
estar derrotados a comprender al fin las escrituras y las promesas).
El caso de Tomás, con quien compartimos el camino de hoy, es
distinto. Tomás es alguien que duda.
Pero, de nuevo, yo creo que no debemos caer en una mirada simple que
critique a Tomás. Y lo llame escéptico, como si nosotros no tuviéramos
dudas alguna vez. Porque en realidad, ¿quién no lleva a un Tomás dentro?
Quién no se pregunta algunas veces: ¿Señor, de verdad has resucitado?
¿Estás ahí? ¿Por qué no nos lo pones más claro? ¿Cómo nos explicamos lo
que ocurre? Ahora mismo estamos en una situación en la que, depende de
la concepción que tengamos de Dios, pueden surgir preguntas. La duda
está ahí. Es más, la duda es muy humana.
Yo entré jesuita muy joven. Durante años pensé que lo que más
ayudaba a la gente era pensar que uno lo tenía todo claro. Y, en ocasiones,
hablando en grupos juveniles, etc., creía que tenía que mostrar una fe sin
fisuras, como empeñado en demostrar absoluta convicción. Pero con el
tiempo descubrí que eso no ayuda. Eso solo hace que, en el mejor de los
casos, alguien termine diciéndote, qué suerte tú, que lo tienes todo claro.
Con los años, ¿qué vas ganando? Un poco de autoconocimiento y de
honestidad. Y te vas dando cuenta de que no lo tienes todo claro y de que
la duda es parte de tu fe. No es que a veces tengas fe y a veces dudes. Es
que la duda es parte del propio camino de la fe. Con el tiempo lo que he
descubierto es que ayuda mucho más compartir que en las propias
convicciones, en la propia vocación, en la propia entrega, vida, y
seguimiento de Jesús, no es que tengas certidumbre al cien por cien, sino
que hay un punto de arriesgar.

¿Qué aporta la duda? ¿Qué le aporta al propio Tomás? Y después de él a


tantas mujeres y hombres como nosotros, que nos hemos visto abocados a
la noche oscura de la fe.
• Aporta humildad. La de no pensarse que somos poseedores de la
verdad sin fisuras, portadores de certezas inamovibles y, al final,
revestidos de superioridad moral, convirtiendo la verdad en arma
arrojadiza. Porque sí, la verdad es Jesucristo, pero ¿quién
comprende del todo el misterio de Cristo, lo que implica hoy, aquí y
ahora? Claro que hay muchas preguntas. Y necesitamos la humildad
de no pretenderse en posesión de una verdad que te haga mirar a los
otros por encima del hombro.
• Aporta hondura, porque la duda te lleva a buscar respuestas, no te
conformas con dos líneas y un eslogan. Tampoco te conformas con
un «siempre ha sido así». La duda suscita preguntas, y estas llevan a
encontrar algunas respuestas que van ayudando a avanzar. Gracias a
tantas personas que han dudado, la Iglesia ha ido entendiendo,
desplegando y formando una tradición que va permitiendo al
evangelio desplegarse en diálogo con la cultura y con la historia.
Gracias a la duda de muchos.
• Aporta libertad. Porque como esperes a tener todas las seguridades,
certidumbres o certezas, nunca darás un paso y jamás arriesgarás,
jamás te echarás al camino tras sus huellas. El ser capaz de decir:
«Creo, pero ayuda mi poca fe», hace que no exijas a Dios más
pruebas, más signos, más demostraciones. ¿Qué más necesitamos
que el testimonio de tantos que van delante mostrándonos el
camino? Las dudas pueden estar ahí, pero que no nos paralicen. Eso
es la libertad.
• Aporta encuentro. Quien piensa que vive en el castillo de las
certezas absolutas solo se relacionará con la gente que entra dentro
de esa misma manera de ver la realidad. O se relacionará con otros a
la defensiva, intentando vencer. Pero hay mucha más posibilidad de
encuentro cuando entiendes que los otros también tienen mucho que
enseñarte. Hay posibilidad de encuentro porque no tenemos el cien
por cien de las respuestas.
Aceptando esto. Aceptando que la duda es parte del camino. Y aceptando
que Tomás no es que sea discípulo a pesar de sus dudas, sino que es,
sencillamente, un discípulo que duda, como tantos de nosotros, se le
plantea una encrucijada.
La encrucijada de Tomás se nos va a plantear a todos en algún
momento. Y es, ¿qué hacer con la duda? Tomás va a tener que elegir entre
uno de estos dos caminos.
• Ver para creer. Tomás en un cierto momento va a esperar a ver para
creer. Ver al Resucitado para creer que ha resucitado. (Algo que, de
distintas maneras, muchos podemos exigir hoy, cuando decimos eso
de «si no lo veo no lo creo»). Pruebas, signos, evidencias… (y
tenemos la respuesta de Jesús, ¿qué más signos queréis?). Solo hay
que cambiar la manera de mirar.
• Hay otro camino mucho más arriesgado, valiente, audaz y libre.
Jesús va a proponer a Tomás (y a nosotros) un camino diferente para
lidiar con la duda. «Cree y verás». Da el salto al vacío de la fe.
Creer para ver. Cuentan de un compañero que un día en que surgió
una conversación sobre estos temas de la duda, de golpe lanzó un
sorprendente y nostálgico «Mira tú que si Dios no existe…». En ese
momento todos hicieron silencio, un poco abrumados por el abismo
de esa afirmación. Al instante, quien había lanzado la primera
afirmación sonrió, y dijo, «Recemos un padrenuestro para que
exista». Y es que, ¿quién no tiene alguna vez ese punto de duda?
Hace unos años en un debate entre Richard Dawkins (máximo
representante del ateísmo radical) y el arzobispo de Canterbury,
figura clave de la Iglesia anglicana, llegaron al punto de la duda. El
arzobispo reconoció dudar, lo que aprovechó Dawkins para atacarlo.
Sin embargo, el arzobispo se volvió a él y le dijo: «¿Me puede decir,
al cien por cien, que está convencido de que no existe Dios?».
Dawkins se quedó callado, sonrió y respondió: «Al noventa y
nueve». Lo cual, en el fondo, es reconocer ese resquicio para la duda
presente en nuestros caminos. Pero hay la posibilidad de arriesgarse
a creer, y entonces ver.
Es decir, arriésgate. Arriésgate a pensar que el amor es posible y verás
que es posible. Aprenderás a descubrirlo alrededor. Arriésgate a creer que
merece la pena dar la vida por el evangelio y verás que no solo enriquece
la vida, sino que la hace profundamente fecunda y recibes el ciento por
uno. Arriésgate a creer que el perdón nos hace libres y nos ayuda a sanar y
verás cómo en la vida muchas de las historias que te toca vivir son sanadas
por el perdón, y verás la profunda libertad de quien vence al odio y al
rencor. Arriésgate a creer que Dios está contigo y verás que estaba, incluso
cuando no lo percibías. Es la opción no por la certeza, sino por la
confianza. Tener fe es confiar. Incluso cuando dudas, confiar.
No tengas miedo de dudar. Pero, aun así, arriesga. En todo caso
preocúpate si las dudas te paralizan. Porque tal vez, si eliges el camino de
ver para creer, y solo te fías de lo que ves, te dejarás engañar mucho más
fácilmente, porque no todo lo que vemos es real, hay mucha apariencia y
mucha fachada. Si eliges el camino de creer para ver podrás llegar a la
hondura de la realidad, podrás ver el espíritu y no solo la forma. Ojalá
todos nos atrevamos a arriesgar, a confiar, a elegir la fe, y entonces, el día
más inesperado, cuando no nos demos cuenta, nos encontraremos con que
aquellas dudas que pesaban tanto ahora pesan mucho menos, y lo que brota
es un corazón agradecido, capaz de reconocerle, y de decir: «Señor mío y
Dios mío».
CONSEJOS AL TOMÁS QUE TODOS LLEVAMOS DENTRO

Tocar para ver. Ver para creer.


Enrocarte en la sospecha,
en garantías y cautelas.
Pensar mal, y acertar.

¿De verdad quieres ese camino?

Tú, de la gente, piensa bien,


y acertarás,
aunque te equivoques.

Tú elige creer para ver.


Creer en el amor,
que es posible, aunque a veces
se haga el escurridizo.
Creer en el vecino, que es persona,
y siente, come, ríe y pelea,
como tú, con sus razones y sus errores.
Creer en el futuro, que será mejor
cuanto mejor lo hagamos.
Creer en la humanidad,
capaz de grandes desatinos,
pero también de enormes logros.
Creer en la belleza, individual,
única, que se sale de los cánones
y se encuentra en cada persona.
Creer en las heridas de Dios,
nacidas de su pasión por nosotros.

Entonces verás,
con el corazón desbocado
por la sorpresa y el júbilo,
al Señor nuestro
y Dios nuestro
que se planta en medio,
cuando menos te lo esperas.
20 de abril
¿En qué consiste nacer de nuevo?

Lunes de la segunda semana de Pascua

Hch 4,23-31. Pedro y Juan, puestos en libertad, volvieron a los suyos y les contaron lo
que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos.
Sal 2. Dichosos los que se refugian en ti, Señor.
Jn 3,1-8. Tenéis que nacer de nuevo.

Nacer de nuevo. Qué imagen tan bonita. Porque, por una parte, nacer
nacemos una vez, como morir moriremos una vez. Pero esa expresión, en
el contexto del diálogo entre Jesús y Nicodemo, inmediatamente evoca
varias cosas.
Nacer de nuevo evoca cambio –una transformación, un giro de timón–
y evoca comienzo, el principio de algo. Creo que son dos elementos
necesarios en la vida y en la fe.
El cambio es parte de la vida. Hay momentos en que el cambio es
necesario y, a veces, hasta algún cambio radical. Cambiar puede ser
reorientar el rumbo. Dejar de hacer lo que estabas haciendo y empezar
algo distinto. Todos hemos cambiado a veces en la vida y comenzado de
nuevo, trabajos, relaciones, etapas. Dejas a la espalda un camino y
empiezas algo distinto.
Hay otro sentido del cambio que es el de crecer. Hay aspectos en los
que crecemos y en ese sentido cambiamos. Cuando le decimos a alguien
«qué cambiado estás», es la misma persona, pero en algún sentido ha
crecido, puede ser físico, puede ser de carácter… Además de cambio,
nacer de nuevo evoca también novedad. Una etapa nueva que comienza.
Si hablamos de nacer de nuevo, desde el contexto de la fe, inmediatamente
resuenan para nosotros los sacramentos de la iniciación cristiana.
Suponen, en un momento de la vida, entrar a formar parte de la
comunidad, acoger una vivencia explícita de la fe.
Para nosotros, los sacramentos de la iniciación cristiana son ese
momento de «nacer de nuevo, en agua y Espíritu». Pero la realidad es que,
por los tiempos que corren, esto no es fácil. Es posible que en la historia
de la Iglesia haya habido momentos en que estos sacramentos de la
iniciación cristiana se hacían de manera consciente y adulta, tras un largo
catecumenado personal. Pero hoy, en nuestro contexto, al menos el
contexto de España desde donde hablo, los sacramentos de la iniciación
pasan sin mucha huella por quien los recibe. El bautismo, porque se da en
los primeros días o semanas de la vida –y son padres o padrinos quienes
son conscientes–. Incluso la confirmación, en muchos casos, no pilla con
una madurez que te haga demasiado consciente de a qué estás diciendo que
sí. Más cuando, en las últimas décadas y por algunas opciones pastorales,
se viene adelantando la edad de confirmación.
Un «sí» maduro a veces no nos llega con los sacramentos de la
iniciación. Pero hay momentos en la vida en que puede llegar. Hay
momentos en la vida en los que descubres que el evangelio no es una serie
de relatos, parábolas que todos conocemos, pero contado para niños. El
evangelio de niños es para los niños, y está muy bien. Pero el evangelio va
ganando hondura, carga existencial y vital, trascendencia, llamada,
provocación, profecía. Sería una pena si lo dejamos en una lectura infantil
de la realidad.
Hay momentos en la vida en que toca replantearse la fe. Toca decirse,
¿de verdad quiero abrazar este evangelio? Pueden ser momentos en los que
tienes una crisis existencial, vital, de fe. Puede ser que, tras una época de
lejanía, de distancia, tras haber sentido que la fe infantil ya no te llegaba,
pero no haber buscado nada más, por el motivo que sea, empiezas a buscar.
Intuyes que el evangelio tiene detrás una verdad que nunca has vivido con
hondura, con pasión, con radicalidad. Descubres que cabe en tu vida una
relación profunda con Dios a la que se te llama y que nunca has vivido de
manera consciente. Creo que hay momentos en cada vida y cada historia
en los que tenemos la oportunidad de dar el salto de confianza a la fe
adulta (recordemos a Tomás).
La situación que nos está tocando atravesar. Esta pandemia del
COVID-19. Tantas situaciones novedosas podrían suponer, en nuestras
vidas, un nacer de nuevo. Si cuando salgamos del confinamiento todo
sigue igual para nosotros, nuestras relaciones, nuestros valores, nuestras
rutinas, o nuestra fe, tal vez tendremos que preguntarnos si la vida está
pasando por nosotros o si solo somos espectadores distantes.
Al menos en tres áreas de la vida personal y de su dimensión religiosa
quizás se nos está llamando a nacer de nuevo.
• En concreto, la vivencia de la comunidad (el valor de estar juntos).
La fe no es una historia íntima y exclusiva entre Dios y yo. Es una
experiencia de amor compasivo y samaritano, de tejer vínculos.
Incluso esta manera tan especial que estamos teniendo de celebrar
en la distancia, unidos a gente muy diversa, todos
sorprendentemente unidos. Nacer de nuevo será volver a ponerle
nombre a los vínculos (de familia, de amistad, de solidaridad).
También al sentirnos parte de una comunidad mucho mayor que un
grupo de amigos. Y a la verdadera compasión (padecer con otros).
Ojalá la soledad de ahora nos haga más capaces de abrirnos al
encuentro. Y entonces estaremos naciendo de nuevo.
• La fe. Hay momentos –como ahora– que nos piden una lectura
creyente de las circunstancias. Nuestra práctica religiosa también ha
de hacerse preguntas en este momento. Qué celebro. Qué añoro. Qué
he descubierto que ya no es rutina. Ojalá nuestra práctica religiosa,
cuando volvamos a la normalidad, esté llena de sentido, de
significado y de vida. Ojalá nuestra escucha sea activa, hambrienta
de sentido. Y ojalá tengamos tiempo, a la luz de esta situación, para
hacernos algunas preguntas necesarias: ¿Dónde está Dios en medio
de este sufrimiento? Hay un modo de responder, y es que Dios está
del lado de los que sufren ¿Quién es mi prójimo? Ahora que tantos,
de tantos modos, estamos golpeados por las consecuencias de esta
pandemia, podemos unirnos al sufrimiento de otros que a veces nos
resulta distante, lejano, del que solo somos espectadores y no
prójimos. ¿A qué quiero dedicar mi tiempo? Eso es la vocación a la
que estamos llamados ¿En qué consiste el amor verdadero? Intentar
empezar a responder a estas preguntas de una manera distinta y
atravesada por lo que nos está ocurriendo es nacer de nuevo. Buscar
respuestas en Dios y su evangelio es nacer de nuevo. Buscar
respuestas compartidas en comunidad es nacer de nuevo.
• Nacer de nuevo es replantearse el uso del tiempo. Todos tenemos
un tiempo limitado. Ahora somos muy conscientes de ello. Todos
tenemos una historia. Solo una, que es la que vamos forjando,
escribiendo y construyendo con nuestros pasos y decisiones.
Nuestras historias serán reflejo de la historia de la salvación en la
medida en que sean reflejo del Dios del amor. Cuántas de nuestras
historias han sido, hasta ahora, historias de eficacia, de prisa, han
sido carreras vertiginosas por vivirlo todo. Y miramos al presente y
descubrimos que aspiramos a algo diferente.
Saldremos de esto. Antes o después. Ojalá antes. Y ojalá salgamos
transformados, convertidos, cambiados, verdaderos discípulos de este
evangelio, que vivido de una manera adulta es buena noticia para nosotros
y para el mundo.
HAY QUE NACER DE NUEVO

Nací una vez,


a la luz, a la vida,
al ruido, a los olores,
al calor y al frío,
a los abrazos,
al hambre,
a los sabores,
a la saciedad,
al gusto,
a la música,
a la ternura,
a los encuentros.

Después,
pequeñas muertes
fueron matando sueños,
anhelos, inocencia
y pasión.

Si tú tiras de mí,
naceré de nuevo,
al reino y al evangelio,
al amor y la esperanza,
a la voz de los profetas,
a una misión.

Cada vez que muera,


volveré a nacer.
La verdad
se irá curtiendo
en mil duelos.
El espíritu
irá renovando
mi yo gastado.
El agua viva
lavará
cada herida vieja.

Hasta esa muerte final,


que será antesala
de un último nacimiento,
a la Luz, a la Vida,
y al Amor.
Y esta vez ya para siempre.
21 de abril
Unidad, solidaridad y testimonio, tres
dimensiones de la comunidad

Martes de la segunda semana de Pascua

Hch 4,32-37. El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie
llamaba suyo propio a nada de lo que tenía, pues todo lo poseían en común.
Sal 92. El Señor reina, vestido de majestad.
Jn 3,5a.7b-15. Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido,
pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.

Presidió José Ramón Busto, SJ

El evangelista Lucas, autor también del libro de los Hechos, nos presenta
en la primera lectura una foto fija de la primitiva comunidad en la que
subraya dos aspectos: la unión de los ánimos «todos pensaban y sentían lo
mismo» y la solidaridad en la caridad, lo que los llevaba a compartir los
bienes. La comunidad cristiana ha nacido de la resurrección del Señor.
Lucas presenta en su libro varias instantáneas de la primitiva comunidad
parecidas a esta, aunque probablemente un poco idealizadas, que nos dan a
entender cuál es el ideal de la comunidad cristiana: vivir unidos en la fe y
solidarios y caritativos con los necesitados.
Nos dice también que los apóstoles daban testimonio de la
resurrección del Señor con mucho valor. La palabra testimonio conecta
esta primera lectura con el pasaje evangélico de hoy, que forma parte del
diálogo de Jesús con Nicodemo relatado en el evangelio de Juan.
Nicodemo es un magistrado, por lo que representa al pueblo judío, pero
que no llega a creer, como la mayor parte del pueblo judío no creyó en
Jesús. Por eso el evangelio no dice que Nicodemo llegara a la fe, aunque
tras la muerte de Jesús contribuyera a darle sepultura junto con José de
Arimatea.
Jesús invita a Nicodemo a renacer de nuevo del agua y del Espíritu. El
pueblo judío creía en Dios creador y salvador, pero Jesús invita a
Nicodemo a creer en su persona y acoger su mensaje. He aquí el nuevo
nacimiento. Pues Jesús ofrece al pueblo judío una nueva idea de Dios, que
estaba ya recogida parcialmente en el Antiguo Testamento, pero que Jesús
lleva a una radicalidad que la convierte en novedosa. En el Antiguo
Testamento se dice que Dios es clemente y misericordioso, lento a la
cólera y rico en piedad, que no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas (cf. Sal 103,8-10), es decir, que el
Antiguo Testamento proclama la misericordia de Dios. Esa misericordia
de Dios ha llegado a su punto culminante al entregar a su Hijo en nuestro
favor.
Jesús le dice a Nicodemo que, si no entiende las cosas de la tierra,
¿cómo creeréis cuando os hable del cielo? A mi modo de ver las cosas de
la tierra se refieren al reconocimiento de los beneficios salvíficos que Dios
ha hecho al pueblo de Israel a lo largo de la historia, pero las cosas del
cielo se refieren a la salvación que Dios ha hecho de toda la humanidad
gracias a la entrega cruenta y generosa de Jesús. Creer que para llegar a la
resurrección es preciso entregar la vida pasando por la muerte corresponde
al designio salvífico de Dios. A los hombres no se nos hubiera ocurrido.
Nosotros hubiéramos pensado que la salvación solo podía venir del
triunfo. Pero Dios piensa que la salvación puede nacer de la cruz si la cruz
está llena de amor.
Jesús elevado en la cruz es la salvación, como la serpiente de bronce
que elevó Moisés en el desierto sanaba a los antiguos israelitas con solo
mirarla. Mirar con los ojos de la fe al Señor elevado sobre la cruz nos da la
salvación y nos lleva a configurar nuestra actuación con la suya, imitando
su modo de pasar por el mundo que consistió en hacer el bien.
Encontrarnos con el Señor muerto y resucitado nos hace renacer de
nuevo cada día, en cada circunstancia. Un nuevo nacimiento que nos lleva
a vivir de una manera nueva, que se caracteriza por la unión de los ánimos
en la fe y la solidaridad con los necesitados.
Este es el testimonio que Jesús primero y los cristianos con él damos
en nuestra existencia. Fijémonos que esta palabra de Jesús está en plural
en el evangelio: de lo que sabemos hablamos, de lo que hemos visto
damos testimonio. El evangelista ha puesto en boca de Jesús el testimonio
que él dio primero y que los cristianos continuamos dando a lo largo de la
historia con él.
NADIE NI NADA

Nadie estuvo más solo que tus manos


perdidas entre el hierro y la madera;
mas cuando el pan se convirtió en hoguera
nadie estuvo más lleno que tus manos.

Nadie estuvo más muerto que tus manos


cuando, llorando, las besó María;
mas cuando el vino ensangrentado ardía
nadie estuvo más vivo que tus manos.

Nadie estuvo más ciego que mis ojos


cuando creí mi corazón perdido
en un ancho desierto sin hermanos.

Nadie estaba más ciego que mis ojos.


Grité, Señor, por qué te has ido.
Y Tú estabas latiendo entre mis manos.

José Luis Martín Descalzo


22 de abril
Luz y tiniebla

Miércoles de la segunda semana de Pascua

Hch 5,17-26. En aquellos días, el sumo sacerdote y todos los suyos, que integran la
secta de los saduceos, en un arrebato de celo, prendieron a los apóstoles y los metieron
en la cárcel pública. Pero, por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la
cárcel y los sacó fuera.
Sal 33. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.
Jn 3,16-21. El que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están
hechas según Dios.

He tenido la oportunidad de hacer bastantes veces el camino de Santiago.


Ahora, en tiempo de confinamiento, uno evoca hasta con cierta nostalgia
ese estar al cielo abierto, caminando, con un horizonte amplio… Una
experiencia que tienes, cuando peregrinas, es lo que ocurre si, por algún
motivo, sales muy temprano, y la primera hora vas prácticamente a
oscuras. Ese primer tramo que haces en la noche puede ser un poco más
incómodo. Vas a oscuras. No ves el camino. Y vas entumecido,
preocupado por no ver las señales. Cuando lentamente empieza a
amanecer, van ocurriendo al tiempo tres cosas con la llegada de la luz:
• Descubres la belleza de lo que está alrededor. Lo que estabas
perdiéndote, sobre todo en jornadas en que a primera hora hay una
subida y de golpe se te desvela un paisaje que te rodeaba y que no
estabas percibiendo.
• Puedes ver más lejos. Cuando vas con una pequeña linterna ves lo
que dé de sí el halo de luz de la linterna. Pero cuando la luz del sol
lo cubre todo, te da mucha más perspectiva.
• Tienes más claro el camino (y eso te da seguridad). Ya no es tan
fácil que dejes de ver las flechas.
La belleza, la perspectiva, y el sentido (¡qué tres dimensiones tan
necesarias en la vida!). Son las tres dimensiones que nos aporta la luz. Hoy
el evangelio nos habla de descubrir la luz y no quedarnos en la tiniebla.
Bueno, creo que, en la vida, aun intentando no caer en una mirada
maniquea a la realidad (porque hay matices), sí podemos entender que en
nuestro horizonte personal, social, vital, comunitario, hay un reto desde la
fe: elegir aquellas dinámicas en que la luz (de Jesús) lo ilumina todo, nos
da perspectiva, nos ayuda a entender la belleza y nos ofrece un horizonte
de largo tiempo y ancho espacio. Creo que muchas realidades de nuestra
vida, nuestro mundo y el momento presente que nos toca vivir, se pueden
entender en esta clave de lucha entre la luz y la tiniebla.
Seguramente todos podríamos hacer un balance de luces y sombras que
asoman en lo personal, en lo social, en lo colectivo, en lo comunitario…
Luz, desde la fe, es lo que nos acerca al sueño de Dios para nuestra vida.
Tiniebla lo que nos aleja.
Y he querido hacer una pequeña enumeración de alguna de las luces y
sombras que voy descubriendo. En mí, en otros (cercanos o lejanos) y en
el mundo del que formo parte. Con el deseo de que elijamos y nos dejemos
abrazar por la luz.
LUZ es la actitud de servicio de mucha gente que va mucho más allá
de una profesión, una tarea o un sueldo; se convierte en vivencia de una
vocación y hace de la atención al prójimo una seña de identidad.
TINIEBLA es la ceguera y el egoísmo de quien, en este momento, solo
se preocupa de lo suyo (especialmente cuando hay muchas historias, vidas
y situaciones tan golpeadas). Hay que ser capaces de mirar afuera. Pero el
egocentrismo de mirar solo por uno mismo está ahí también.
LUZ es el sentido del humor, para plantar cara a los problemas sin
renunciar a reír, o a sonreír si uno puede animar a otros. Y la actitud de
quien hasta para criticar –y hay mucho que criticar sobre todo lo que está
ocurriendo– lo hace sin añadir hostilidad, amargura, violencia o
descalificaciones personales.
TINIEBLA es la falta de transparencia, que demasiadas veces se
convierte en el último fallo, la última traición y el último abandono a las
víctimas de esta pandemia.
LUZ es la imaginación, la creatividad, las maneras de reinventarse al
usar el tiempo, de encontrarnos en la distancia.
TINIEBLA es ver en esto solo otra excusa para las polémicas de
siempre (a favor o en contra de los de siempre, sean los que sean), sin ser
capaces de entender y dar relevancia a lo excepcional de esto que nos está
pasando.
LUZ es la honestidad de quien pone primero, y delante, a las víctimas,
y antepone eso a intereses particulares, estrategias o estadísticas.
TINIEBLA es la corrupción de quien solo se pone delante a sí mismo,
sus intereses y su conveniencia.
LUZ es el amor que ha pasado a primer plano. Amor porque tenemos
tiempo para pensar en la gente a la que queremos ver, en la familia, en los
amigos. Amor incluso cuando es amor herido por la pérdida, pero de
golpe, cuanto amor.
LUZ es la comprensión del Dios-con-nosotros, ¿con quién Ahora con
los enfermos, con los más frágiles, con los más heridos, con los más solos,
con los que sirven, con los que aman, con los que buscan respuestas…
Siempre y en todo caso del lado de los crucificados.
TINIEBLA es la religión del miedo que quiere ver en la pandemia la
acción de un Dios castigador y aprovecha para ajustar cuentas con un
mundo que no le gusta.
LUZ es el descubrimiento de que somos comunidad (también en la
dispersión), y el sentirnos unidos tantos hombres y mujeres de muchos
lugares, sensibilidades, situaciones –pensad en esta misma comunidad
virtual de tantos miles de personas de diferentes edades y lugares, unidos
en la misma fe–.
TINIEBLA es la indiferencia hacia el prójimo.
LUZ es, en fin, la lectura creyente que estamos pudiendo hacer cada
uno de esto que está ocurriendo y que quizás implica redescubrir la fe, el
amor, la vida, la muerte, el sentido de lo que hacemos, lo que entendamos
por felicidad, y la esperanza.
Todo esto es muy genérico, pero luego en cada vida se aterriza y se
convierte en algo real. A mí me gustaría compartir con vosotros algunas
luces de estos últimos días. Muchos preguntáis, con cariño, con la mejor
intención, con delicadeza, por nuestra comunidad[1].
Somos una comunidad de 19 personas. Hay 8 confinados por haber
dado positivo, aunque casi todos asintomáticos. Lo que nos está
ocurriendo está siendo una experiencia comunitaria preciosa y de mucha
luz, que me gustaría compartir con vosotros. Yo tengo el privilegio de
hacerlo desde aquí, pero estoy seguro de que si cualquiera de vosotros
pudierais dar vuestros propios testimonios todos tendríais historias
semejantes de luz que contar.
Las palabras de ánimo y de aliento y de buen humor que se
intercambian en nuestro grupo de WhatsApp. Cómo, a veces, la persona
que más motivos podría tener para sentirse con miedo, por su perfil de
riesgo, es la que tiene palabras más cálidas, más generosas, más atentas
con los otros. La disposición de quienes estamos sanos para ayudar y
cuidarse. No podéis imaginar la cantidad de propuestas de la gente de casa
para ayudar, repartiendo comidas, tomando temperaturas o pulsaciones,
acompañando, encargándose de las tareas que nos vamos repartiendo entre
todos. Incluso quien, por salud, no puede hacer más, lo expresa con pena…
La esperanza inquebrantable del que, ante el confinamiento, en lugar de
añorar su ritmo habitual imparable, le da la vuelta a la situación y se
alegra, y dice «qué bien que por fin tengo tiempo para escribir», sin perder
el humor. La devoción con que alguno pide que se le lleve la comunión, ya
que tenemos el privilegio de ser una comunidad religiosa donde está a su
alcance. El servicio silencioso de tantos. Nuestra manera de ser comunidad
de oración y encomendarnos allá donde vamos celebrando. En la debilidad
nos reconocemos mucho más hermanos, mucho más amigos, mucho más
creyentes.
Yo os confieso una cosa. Llevo muchos años de jesuita, y he tenido
muchas vivencias y muchas comunidades. Pero, quizás, nunca me he
sentido tan orgulloso de ser jesuita, de la comunidad y de las vivencias
compartidas, como en esta época. No solo mi comunidad, sino tantas
personas que están desviviéndose unos por otros. Eso es luz. Ojalá
nosotros, como dice san Juan, podamos preferir la luz a la tiniebla. Y al
dejarnos envolver por la luz de Dios, haremos entonces, gracias a él, que el
mundo brille.

[1] Unos días antes había contado, en la eucaristía, que varios miembros de la comunidad
habían dado positivo en las pruebas del COVID-19, entre ellos los que habitualmente estaban
ayudando en la retransmisión.
MENTIRAS

La paz sin tormenta


la pasión sin Pasión
la encarnación sin carne
el amor sin historia
la risa sin alma
… mentiras.

El desprecio en Tu Nombre,
la virtud arrojadiza,
la justicia inhumana,
la palabra sin misericordia,
la promesa sin lazo,
la renuncia sin nostalgia
… mentiras.

El amor sin zozobra,


la pregunta sin riesgo,
la fe sin duda,
la seguridad sin resquicios,
lo que «siempre ha sido así»
… más mentiras.

Pero tu Verdad
ilumina nuestras sombras,
desmonta nuestros engaños
y despierta la esperanza.
23 de abril
Jesús, testigo de Dios

Jueves de la segunda semana de Pascua

Hch 5, 7-33. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.
Sal 33. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.
Jn 3,31-36. El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con
medida.

Si algo tienen en común las dos lecturas que acabamos de escuchar es la


referencia a los testigos creíbles. Jesús, testigo del Padre, y Pedro o los
apóstoles, testigos de Jesucristo.
En nuestra vida todos necesitamos testigos. Gente que se convierte en
referencia para que podamos creer en algo que no hemos visto. Son gente
de la que nos fiamos, y su testimonio a veces es crucial en algunas
decisiones que tenemos que tomar. Para que un testigo sea válido ha de
tener tres rasgos.
• Uno, que sea creíble.
• No basta con ser creíble. Para nosotros ha de ser también veraz. Y
quien dice veraz, dice coherente. Desgraciadamente estamos hartos
de gente que nos miente con naturalidad y de la manera más
convincente.
• Tampoco basta credibilidad y veracidad. Es también necesario que
su mensaje nos importe. Que lo que cuente sea interesante, necesario
o valioso para nosotros.
¿A quién seguir en la vida? Hay gente que parece que ya se lo sabe
todo. Gente que parece que desde un punto de autosuficiencia enorme
parece decir: «Yo es que conozco mi camino, yo es que no tengo nada que
aprender, yo es que marco la medida de todas las cosas (esos diríamos que
solo confían en sí mismos)». Es muy pobre, muy triste, e insuficiente.
Todos hemos experimentado que hay momentos en que claro que vamos a
necesitar a alguien más.
Pero a veces la respuesta la buscamos en testigos bastante
insuficientes. Hay mucho gurú por ahí, y no solo en la política, que se
quiere convertir en maestro de vida (del veganismo, del deporte, del éxito
empresarial, del coaching…). Cuánta gente ofreciendo dar respuestas.
Queremos que sean creíbles y coherentes. Hace unos meses se produjo un
escándalo en Instagram cuando «por error» una amiga subió la foto de una
gurú del veganismo comiendo carne. Fue una decepción para sus
seguidores por la incoherencia manifiesta.
Luego, hay algo que no es seguimiento, sino seguidismo. Esto, por
ejemplo, se da mucho en la política. Es el seguir a alguien y convertir
dicho seguimiento en ceguera. No importa la coherencia, no importa la
credibilidad y no importa la veracidad. Solo importa si es de «los míos» o
de «los otros». Al final, cuando hacemos seguidismo, no buscamos
testigos fiables, no exigimos coherencia, hay un doble rasero por el que la
gente acepta en unos lo que critica en otros, y con el mismo entusiasmo.
Yo os confieso que estoy bastante desengañado de los líderes de nuestro
mundo. (y creo que necesitamos hoy líderes que de verdad sean creíbles,
coherentes y que muestren un horizonte y tengan un discurso que merezca
la pena, sin tratarnos como necios).

Pero nosotros, cristianos, tenemos a Jesús como el testigo de la verdad.


Jesús, que da testimonio del Padre. Es a quien seguimos. Su vida para
nosotros es testimonio, apunta hacia el Padre, y nos muestra un horizonte
deseable y posible. Nos habla de un cielo que empieza aquí. Y su Espíritu
en nosotros, si le dejamos, nos convertirá también a nosotros en testigos
creíbles. ¿De qué es testigo Jesús para nosotros?

1) De que Dios está con nosotros. En Jesús Dios quiso expresar que no
es un Dios distante, lejano, ajeno. Que no es un Dios que haya
abandonado a sus hijos. No estamos solos. Hay un Dios que
acompaña nuestra historia y nuestros pasos, que sostiene nuestra
vida, que cuando lo sentimos, está, y cuando no lo sentimos,
también. Que en nuestros días radiantes brilla con nosotros y en
nuestras noches oscuras nos sostiene y alivia las heridas. Que nos
ofrece dirección y camino. Que es Espíritu vivo en cada ser humano,
un Espíritu que se da sin límite y con abundancia.
2) Jesús es testigo de que el amor verdadero es posible. Cuando digo
esto del «amor verdadero», me tengo que recordar que yo soy de la
generación marcada por La princesa prometida, aquella búsqueda
del amor verdadero, para no caer en una visión demasiado
edulcorada. Porque, con los años, he comprendido que el amor
verdadero es mucho más que aquel amor romántico allí descrito, que
tal vez era verdadero, pero muy limitado. El amor verdadero es el
que mostró Jesús, el Hijo amado, el testigo de una forma de acoger a
las personas. Es estar ahí para el prójimo. Y convertir en prójimo a
todo aquel que pueda necesitarme. Es desear el bien del otro. Es
donarse en el servicio cotidiano y concreto. Es el amor capaz de
perdonar y, al hacerlo, vuelve a abrir la puerta a la esperanza. Es la
lógica diferente de un mundo donde los últimos son los primeros
porque necesitan serlo. Es un amor preferencial a los más pobres,
los más frágiles y los más débiles. No es que esa preferencia excluya
a los demás, sino que cuida más de quien más necesita ser cuidado e
invita a cuidar más de quien más lo necesita. Es un amor radical,
que dura, que se compromete, que ni negocia ni calcula. Todo esto lo
vimos en Jesús. Es un amor que es posible. Muchos de los que
compartís esta eucaristía tenéis hijos y seguro que podríais darme
lecciones de lo que es un amor radical, generoso, e incondicional,
capaz de darse hasta el final y de querer lo mejor para los tuyos.
3) Jesús es testigo de un Espíritu que nos habita sin medida. Que se
da a cada ser humano. Eso es una provocación. Jesús se relaciona
con todo tipo de personas. A todos acoge. Eso no significa que tenga
palabras fáciles para todos. Jesús habla con ternura y amabilidad
para los que las necesitan. Pero a veces también es duro con quien
ha de escuchar una verdad incómoda. Pero lo hace desde la
conciencia de que todos los seres humanos podemos ser habitados
por el Espíritu. Eso es radicalmente transgresor.

Yo imagino que, como la mayoría, soy mucho más cicatero en los


juicios. Conmigo mismo y con los otros. Hay gente en la que me cuesta
ver el Espíritu. De esta persona digo que es un caso perdido. De esta otra,
noto que no me gusta. De aquella, que me cae mal. Y terminas tratando
mejor o peor a las personas por afinidades. Pero no es ese el testimonio
que da Jesús. Jesús es testigo de que Dios está con nosotros, de que el
amor verdadero es posible en nuestras vidas, y de que cada uno de
nosotros somos amables porque estamos habitados por el Espíritu.
Afortunadamente, tenemos mucho que aprender y crecer (cada uno). A
eso lo llamamos conversión. Y quizás lo aprenderemos dejando que Jesús
nos cuente quién es Dios, cómo es el mundo y cómo nosotros mismos
podemos llegar a ser. Ojalá, escuchándole y creyéndole, decidamos
seguirle.
APLICANDO SENTIDOS

Señor, déjame ir contigo


solo quiero caminar
detrás, pisar donde pisas
mezclarme entre tus amigos.
Recorrer esas aldeas
que habitan los olvidados
los que no recuerda nadie
ver como los recuperas.
Quiero escuchar tu palabra
simple y preñada de Dios
que aunque a muchos incomode
a tanta gente nos sana.
Quiero sentarme a tu mesa
comer del pan compartido
que con tus manos repartes
a todos los que se acercan.
Y un día tocar tu manto
como esa pobre mujer
suave, sin que tú lo notes
arrancarte algún milagro.
Esa que todos marginan
se atreve a abrazar tus pies
y derrama su perfume
porque en ti se ve querida.
Que de tanto ir junto a ti
pueda conocerte más,
tú seas mi único amor
y te siga hasta morir.

Javi Montes, SJ
24 de abril
Equipaje vital: cinco panes y dos peces

Viernes de la segunda semana de Pascua

Hch 5,34-42. Habiendo llamado a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en
nombre de Jesús, y los soltaron.
Sal 26. Una cosa pido al Señor: habitar en su casa.
Jn 6,1-15. Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces, pero ¿qué es eso
para tantos?

Otro día, como venimos haciendo estos viernes, nos toca hacer una lectura
creyente de la Palabra. Y hacerlo en el contexto que nos toca vivir, y en
este intento de hacer una memoria agradecida de las vidas de nuestros
difuntos. Empiezo recalcando algo que decía la semana pasada. No son
cifras. No son estadísticas. No son curvas. No son números. Son vidas de
personas, hombres y mujeres, a quienes hemos querido y queremos. Rara
es la familia, comunidad o grupo de amigos donde la muerte no haya
tocado cerca estos días. Decía el otro día que la mirada a las vidas que se
nos han ido es como hacer un examen –es decir, una mirada creyente– a
esas vidas, marcado por la gratitud, por la necesidad ya de reconciliar lo
que ha podido quedar a medias, por la petición y la conciencia de que hay
que seguir viviendo con la memoria de esas personas como un tesoro.
Hoy me gustaría dar un paso más, y profundizar un poco en lo que la
muerte nos enseña de la vida. Porque la muerte supone hacer balance de la
vida de quienes se van, pero también nos invita a hacer un balance –
aunque sea provisional– de las nuestras. Mirad, se me ocurría una
interpretación un poco particular de este relato de la multiplicación de los
panes y los peces (también por el contexto de una eucaristía que quiere ser
memoria de tantos difuntos); y es esta: que la vida es ir preparándonos
para ofrecer, al final, cinco panes y dos peces. Ese es el equipaje que al
final llevaremos.
Desde la fe, la vida es ir definiendo ese equipaje vital, eso que
llevamos. Lo que tienen en común esos panes y peces que ese muchacho
ofrece es…
• que son valiosos (porque son necesarios). Porque hay hambre en ese
contexto;
• que compartidos se multiplican. Cinco panes y dos peces que
parecen poco para tantos, se multiplican al repartirse;
• que generan encuentro, fiesta y alegría. Podemos imaginar esa
comida de la multitud, fraterna y alegre. Como una romería. Quizás
ahora que estamos tan separados valoramos más ese ambiente de
encuentro y fiesta.
Lloramos a nuestros seres queridos porque en su vida, de algún modo,
han puesto sobre la mesa panes y peces, sus talentos, capacidades, su
amor; su presencia para nosotros fue valiosa, porque se compartieron, se
nos dieron, y al hacerlo fueron fecundos. Y por eso, agradecer su historia,
aunque duela, es celebrar sus vidas. Por eso llorarlos es reconocer lo
mucho que los amamos. Y por eso recordarlos es al tiempo afirmar que
han dejado una huella importante en nosotros.
Ellos ya están en el Padre. Ellos ya han hecho ese último viaje. Ellos
han llegado a Dios y le han presentado sus panes y sus peces, que forman
parte de ese banquete eterno, compartido por tantos, y al cual nos
incorporaremos algún día.
Pero creo que su partida es un toque de atención para nosotros. Porque
se nos vuelve pregunta. Y tú, ¿qué quieres dejar cuando te vayas? ¿Qué
quieres haber construido, llevado? Fijaos, pienso ahora que la muerte es un
poco como el último viaje, la última mudanza. Cuando haces una mudanza
es llamativa la cantidad de cosas que descubres que has ido incorporando a
tu vida y que en realidad serían prescindibles. Que ya solo las mueves de
un lugar a otro, pero en realidad libertad sería saber desprenderte de ellas.
Hay muchas cosas que habría que ir dejando atrás. Pero, dicho eso,
también eres consciente, al hacer una mudanza, de que hay algunas cosas
que sabes que estarán siempre ahí. Algunas fotografías (que hablan de
vida); algunas cartas (que hablan de amor, de amistad, confidencias,
dificultades); algunos libros; algunos objetos (a menudo vinculados a
memorias y personas); la fe (tan batallada y buscada en nuestras
historias); y los nombres de la gente cuya vida se entrelaza con la tuya de
modo inextricable, nombres que sabes que siempre irán contigo porque no
puedes entender tu vida sin esas otras vidas, con las que hay comunión y
encuentro.
Creo que la muerte, tan en primer plano, es un momento para hacer
balance. Del equipaje que estamos armando, llevando, de lo prescindible
que deberíamos dejar porque no aporta nada, ni al mundo ni a los otros ni
a nosotros. De lo que podemos compartir porque es valioso, y al
compartirlo hacerlo fecundo y convertirlo en fiesta.
La muerte en el horizonte, en el presente la de nuestros seres queridos
y en el horizonte la nuestra, pues todos pasaremos por ella, se tiene que
volver una llamada. Todos moriremos un día –no sabemos si pronto o
tarde–. Aprovechemos el tiempo (mucho o poco) que se nos ha dado para
compartir nuestros panes y peces; nuestros talentos, nuestro afecto y
compasión, una compasión que tiene que hacer del mundo un lugar más
justo, más humano también para aquellos a quienes las circunstancias de
la vida les ponen en situaciones verdaderamente inhumanas; nuestra
alegría de vivir y nuestra determinación por dejar el mundo un poco mejor
de lo que lo encontramos. Porque al final, la vida son dos días. Pero que
sean dos días llenos de amor.
BALANCE

Al final del camino


cosecharemos
amor,
sembrado
en desvelos, palabras,
silencios y gestos.
Compartiremos,
en cena festiva
la mesa
en que un día
dejamos unos panes
y unos peces,
y descubriremos
a nuestro lado
a quienes tanto hemos querido.

Contemplaremos
nuestra historia
como la ve Dios.
Él nos dirá quiénes fuimos.
En su relato,
verdad
y misericordia
bailarán entrelazadas,
para mostrarnos
luces y sombras.
Volverá a arder el corazón
como en tantos instantes
en que fuimos suyos.
Quizás duela un poco
el bien que no hicimos.
La Vida, mayúscula,
eterna, e invencible,
acogerá la muerte
en su abrazo.
Al fin habremos llegado.
A casa.
25 de abril
Preguntas para hoy y conciencia del mundo

Fiesta de san Marcos, evangelista

1 Pe 5,5b-14. Revestíos de la humildad en el trato mutuo, porque Dios resiste a los


soberbios, mas da su gracia a los humildes.
Sal 88. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.
Mc 16,15-20. Se apareció Jesús a los once y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad
el evangelio a toda la creación».

Presidió Seve Lázaro, SJ

Más que como víctima o testigo del coronavirus, que eso no deja de ser
otra de las peripecias que la vida nos depara y de las que nadie puede
sentirse a salvo, sí me gustaría ser testigo de la buena noticia que estamos
celebrando en este tiempo pascual, de la resurrección de Jesús. Y en la que
nos coloca esta festividad de san Marcos. Volviendo los discípulos allá a
Galilea, donde empezó todo, el lugar de los sueños, el lugar de la relación
con Jesús, el lugar del anuncio y del seguimiento de tanta y tanta gente. Es
ahí donde me quiero situar.
Porque qué buenas oportunidades abren tiempos intempestivos como
estos que estamos viviendo para volver a hacernos las preguntas
importantes de la vida, esas que tan olvidadas y aparcadas solemos tener
cuando todo nos sonríe. Para ello tenemos que dejar que la prepotencia o
los prejuicios dejen paso a ese silencio que es la antesala de la experiencia
de fe.
A eso te quiero invitar. Ahí donde te encuentres ahora mismo, en el
silencio de tu casa abre tu mísera y pequeña existencia ante este gran
misterio de la vida que nos rodea… Así, como en cualquier otro momento
de tu vida pudiste hacerlo sentado o arrodillado en cualquier banco de la
iglesia.
Y una vez en silencio, pide a Jesús la gracia, que es a la vez locura, de
sentirte escuchado en esas preguntas o gritos que salgan de tu corazón.
Vive esa gracia de sentir que todo eso que te susurra o conmueve en tu
corazón es Dios quien lo está poniendo ya en ti… Y ábrete a él.
Simplemente, ábrete por dentro y déjale ser dentro de ti. Remienda las
heridas de tu alma a la luz de narraciones como la que hemos escuchado…
Y siente que Dios está a tu lado, te quiere, confía en ti… Y te envía…
Mira, a quien hace esta experiencia de Dios, Dios lo saca de sí y lo
empuja hacia los demás. Lo pone a eso que decía san Ignacio: a amar y
servir.
Dice el papa Francisco, en Evangelii gaudium, que uno de los
principios que puede servirnos para hacer frente a las tensiones sociales
propias de toda convivencia es que la realidad siempre es superior a la
idea. Creo que esto, aplicado a la realidad de una crisis como la que
vivimos es muy importante, porque tenemos una tendencia muy grande a
fabricarnos pompas imaginarias e instalarnos en ellas. Por eso creo que la
pregunta que me gustaría hacerte hoy sería:
¿Hasta dónde llega tu conciencia de realidad de lo que está pasando
en nuestro mundo?

a. Tal vez solo a celebrar el hecho de no haber sido tocado por esta
pesadilla del coronavirus o el miedo a cogerlo. Pues pregúntate
como puedes ir un paso más allá…
b. Y empieza a informarte bien de lo que está pasando. Ya sé que da
pereza, pero es necesario en nuestro mundo estar bien informado de
las cosas. Un gran teólogo del siglo pasado decía que todos los días
teníamos que tener en una mano la Biblia, o Palabra de Dios, y en la
otra el periódico.
c. Quizás tu perímetro de contacto con la realidad solo llega a estar
bien informado, haber leído bastantes artículos, estar enterado de las
cifras de muertos diarios, de los ERTES que múltiples empresas han
hecho, etc. Pregúntate cuál es el siguiente paso, cómo puedes
romper ese círculo e ir un poco más allá.
d. Uniéndote por ejemplo a cualquiera de las muchas campañas e
iniciativas solidarias que en tantos y tantos lugares se están
poniendo en marcha. Y disponte para echar una mano, para ser
voluntario, para colaborar económicamente con alguna de ellas.
e. Yo esta semana he estado un par de días en el cementerio de la
Almudena. Y os confieso que después de haber estado en el hospital
con el virus, ha sido la experiencia de mayor realidad durante este
tiempo de pandemia. Acercarme a esa dura realidad de la pérdida de
seres queridos, de los que no nos hemos podido despedir, a los que
no hemos podido dar la mano en el último suspiro, a los que no
podemos enterrar acompañados de familia y amigos. Este es el lugar
en el que se encuentran miles de personas. A ellas me quiero dirigir
para terminar este breve reflexión y decirles que se sientan
acompañadas por este buen Dios en el que creemos, en su dolor, que
desechen la culpabilidad sentida por no haber podido estar en el
último momento acompañando a su ser querido y que sientan que
sus seres queridos, aun a falta de toda muestra de afecto por nuestra
parte, están en buenas manos y habrán recibido todo el consuelo que
no pudieron encontrar en este trágico final de su vida.
VOLVERNOS PEQUEÑOS

Que la vida nos vuelva pequeños,


frágiles, vulnerables.
Que se lleve como agua del río
nuestros secretos orgullos,
nuestras grandes ambiciones.
Que nos conmuevan, como de niños,
las palabras y gestos de ternura,
los sucesos y gritos del dolor
Desandemos ya los pasos
que nos llevaron equivocadamente
a creernos reyes empinados
sobre todos los valles
y escenarios de este mundo.
¡Cuántos desengaños, traiciones
y magulladuras en nuestro corazón!
Vuélvenos, como en la infancia,
la atención hacia la fantasía,
hacia los secretos del universo,
hacia las cosas anodinas.
Y entre risas, juegos y silencios
perder sin más nuestro tiempo,
y ganar, al fin, nuestra vida.

Seve Lázaro, SJ
26 de abril
El ciclo de Emaús

Tercer domingo de Pascua

Hch 2,14.22-33. Lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos.
Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte.
Sal 15. Señor, me enseñarás el camino de la vida.
1 Pe 1,17-21. Dios lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que
vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios.
Lc 24,13-35. Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.

Del mismo modo que hay otros lugares cargados de significados en


nuestro camino de fe (Belén, Nazaret, Jerusalén, Betania…), creo que
Emaús refleja muy bien un ciclo que forma parte de todas nuestras vidas.
Un ciclo por el que pasamos, no una vez, sino muchas. Es un recorrido que
casi podemos hacer semana a semana, en la vida habitual.
Alrededor de la mesa cargamos las pilas, compartimos, nos llenamos
de buenos propósitos. Nos ilusiona el evangelio y su proyecto, intuimos
que la vida puede ser mejor así, queremos seguirle, le decimos: «qué bien
se está aquí», y nos lanzamos a vivirlo.
Pero luego, en la vida diaria, hay veces en que este fuego se va
apagando o convirtiendo en brasas y a veces en rescoldo. Momentos en
que uno como que tiene muchas ganas, mucha fuerza, muchos motivos, y
hay otras ocasiones en las que no parece encajar todo tan bien. La vida se
te pone cuesta arriba y la fe, un poco, también. Y van brotando las
historias cotidianas. Al menos tres tipos de heridas:
• Las inseguridades y heridas personales, cada quién sabe cuáles
son, que te muerden y te descolocan. No todos tenemos las mismas,
pero todos tenemos alguna. Algún zarpazo que nos ha pegado la
vida, los otros, o nosotros mismos.
• Los conflictos entre las personas, las incomprensiones, el egoísmo
en acción –propio o ajeno– que no son fáciles de afrontar; la
sensación de ver que esto del evangelio suena muy bien, pero luego
uno no lo ve por ninguna parte en las relaciones humanas.
• Las estructuras inamovibles que hacen que uno pierda la fe en el
mundo y en sus posibilidades. Incluso en lo eclesial nos ocurre. Y
así, por el camino, se nos va apagando la ilusión, las fuerzas, las
ganas.
Así que alguna vez te descubres como estos peregrinos, camino de
Emaús: comentando la jugada, quejándote, tal vez con tristeza. Abatido.
Casi rendido. Con ganas de tirar la toalla. Es que no hay forma, es que yo
no puedo, es que los otros… Lamentando que las cosas no fueran como
antes. Y esa tristeza se va convirtiendo en rendición o en conformismo o
en aceptación de una vida que es menos de lo que un día soñaste que
podría llegar a ser. Entonces uno va rindiendo la esperanza. Y, por el
camino, Dios se nos apaga un poco. Y calla. Y acaso desaparece. Y
abandonamos la fe como algo de otra época, de una juventud más
idealista. O convertimos la nostalgia –de tiempos pasados– en exigencia.
Y le exigimos a Dios que actúe como nosotros pensamos que actúa (sin
pensar que Dios puede entrar en nuestra vida de tantas maneras…).
Pero Dios nos va a seguir saliendo al camino de las maneras más
insospechadas. Porque hay, en el camino, en todos los caminos, destellos
de resurrección. Una palabra de aliento; una presencia acogedora; la letra
de una canción; una palabra inesperada que nos toca dentro, un rato de
oración, una foto en el Facebook de algo que me parece verdad (pero no
termino de darme cuenta); un acto de compasión que nos recuerda a qué
aspiramos los seres humanos; un instante de oración en que percibes algo
más, y ese algo es Dios; una conversación con alguien; y acaso, algún
domingo, aquí, alrededor de esta mesa común, uno vuelve a acordarse, al
ser consciente de lo que aquí celebramos, del amor incondicional de un
Dios que sigue creyendo en cada uno de nosotros. Y entonces el rescoldo
se vuelve llama de nuevo. Y entonces uno se carga de propósitos y de
motivos. Y decide intentarlo de nuevo. Y volver a casa. Y contarlo, y
compartir lo mejor que tienes con otros…
Este tiempo de pandemia también puede tener algo de Emaús. ¿Hay
motivos para el desaliento? Sin duda los hay. No solamente la tragedia del
virus. Pero incluso desde la fe, hay discursos que evocan la decepción de
Emaús. Por ejemplo, la pregunta que hay quien lanza: «¿Por qué Dios
permite esto?», que tiene detrás una teología que comprende muy mal de
qué lado está Dios en esta historia. O las batallas centradas en la forma y
no en el fondo. Las descalificaciones. El peligro que tenemos de no
abrazar la realidad en que nos estamos moviendo y quedarnos en un
mundo de idealismos estériles. Todo eso hace que te vayas apagando.
Sin embargo, al mismo tiempo, si prestamos atención, veremos que
hay muchos espacios que son como esa mesa de Emaús. Muchos espacios
donde se ve en acción el amor que se entrega, la vida fecunda, el pan
partido y compartido. Fijaos, si no, en tantos motivos para la esperanza: el
amor que ha pasado a primer plano; quizás hacía tiempo que no
dedicábamos tanto espacio en la vida a caer en la cuenta de lo importantes
que son las personas a las que amamos, y que nos aman; la fe,
sorprendentemente reavivada en tantos casos, tras demasiada rutina e
inercia, porque quizás la inercia y la distancia de una fe rendida se vuelve,
en estas circunstancias, pregunta, búsqueda o palabra escuchada como por
vez primera, y de nuevo arde el corazón; la conciencia de que Dios está en
nuestras vidas; la generosidad convertida en entrega, de tantas personas
que en este momento se preguntan cómo ayudar y se dan mucho más allá
de lo exigible, poniendo en riesgo su salud y su vida; la conciencia del
valor de tantas cosas que hasta ayer dábamos por sentadas, creíamos que
siempre estarían ahí, y hoy redescubrimos desde el prisma del
agradecimiento: la libertad, el simple hecho de pasear, la posibilidad de
encontrarnos, la gratuidad de tantas vivencias…
Estamos, como los de Emaús, redescubriendo tanto que en nuestra vida
es don y llamada. El ciclo de Emaús no termina diciendo: «¡Ay! Qué
contento estoy, que arde mi corazón». El ciclo de Emaús termina
poniéndose en camino para ir a contar lo que uno ha visto. Y se es testigo
con obras y con palabras. Contando lo que hay, pero también haciéndolo
real en la propia vida. Tenemos que ser testigos creíbles del evangelio. De
nada sirve decir «creo en Dios» si luego desprecio al hermano. De nada
sirve decir «creo al Dios del amor» si luego mis palabras son de odio, de
juicio, de insensibilidad. De nada sirve decir «creo en el Dios que se da en
el pan partido y compartido» si luego yo no me doy a su manera, hasta el
final, dándolo todo.

¿Por qué digo que esto es un ciclo y no es de una vez para siempre?
Porque creo que esto vuelve a empezar una y otra vez. ¿Creéis que los
discípulos de Emaús fueron felices, comieron perdices y ya nunca más
tuvieron dudas, preguntas y ausencias? ¡Venga, por favor, que el evangelio
no lo escribió Disney! Si una de las cosas que el mismo evangelio nos dice
es que cuando lo reconocieron ya no estaba. ¿Volverán a tener los de
Emaús días malos, noches inquietas, jornadas de queja? Es posible que sí.
¿Volverán a tener momentos de nostalgia? Es posible que sí. Y otra vez les
saldrá al camino el Señor. Lo que pasa es que cuanto más largo va siendo
el camino y más se repite el ciclo, más profundas van siendo las
respuestas, porque vamos avanzando a través de noches de búsqueda y de
días radiantes, a través de distancias y de encuentros, y ojalá siempre
haciendo real el evangelio.
Para esto solo se nos pide una cosa: Mantener la puerta de casa abierta
y ser capaces de decirle: «Quédate».
QUÉDATE

A veces iré distraído,


y a mi vera serás
peregrino ignorado.
Tú hazte notar.

Puede que vaya


sumido en fracasos,
rumiando derrotas,
lamentando golpes,
arrastrando penas,
sin ver el sol radiante,
la vida que bulle,
tu mano tendida.
Tú toca mi hombro,
e importúname.

Acaso, perdido en palabras,


no escuche tu voz
desvelando lo escrito
en el cielo, en la historia,
en el acontecer de cada día.
Tú grita.

Quizás no te lo pida,
no te abra la puerta,
ni me dé cuenta
del hambre
que nos atenaza.
Pero tú quédate.

Tal vez, al conocerte,


te quiera retener
en mi casa, a mi mesa,
apresando el instante.
Tú te irás, de nuevo,
dejando en mi pecho
el fuego de mil hogueras,
y la alegría de un reencuentro.
27 de abril
A Dios lo amamos amando al prójimo

Lunes de la tercera semana de Pascua

Hch 6,8-15. Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en
medio del pueblo.
Sal 118. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.
Jn 6,22-29. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el que perdura para la vida
eterna, el que os dará el Hijo del Hombre.

Presidió José Ramón Busto, SJ

El Dios del pueblo de Israel es el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Pero


la relación de los cristianos con él no tiene lugar del mismo modo que la
establecen los judíos. Por eso el cristianismo y el judaísmo son dos
religiones distintas, aunque adoren al mismo Dios. La primera lectura nos
habla de las discusiones entre los judíos de habla griega que vivían en
Jerusalén con Estaban, uno de los siete recién elegidos para ocuparse de la
actividad caritativa de la Iglesia, también judío de lengua griega, cuyo
martirio leeremos en la eucaristía de mañana. Esteban, nombre griego que
significa Coronado, es el primer mártir de la Iglesia, cuyo martirio tuvo
lugar muy probablemente el año 33, tres años después de la muerte de
Jesús.
La relación del judaísmo con Dios se establecía mediante el culto del
Templo de Jerusalén y el cumplimiento de la Ley de Moisés. Por eso en la
primera lectura los judíos acusan a Esteban de blasfemar contra Moisés y
contra Dios, que luego se concreta en «hablar contra el Templo y la Ley».
Es decir que Esteban mantiene que la Ley de Moisés y la presencia de
Dios en el Templo de Jerusalén han perdido su virtualidad salvífica. A
partir del año 70 en el que el Templo fue destruido por los romanos al
mando del emperador Tito, hasta el día de hoy, la relación del judaísmo
con Dios se establece únicamente por el cumplimiento de la Ley tal como
es interpretada por el Talmud. Pero lo que une a los cristianos con Dios es
la fe en Jesucristo. Esas han sido las últimas palabras del pasaje del
evangelio de hoy. «La obra que Dios quiere es esta: que creáis en el que él
ha enviado».
La fe consiste en abrir nuestro corazón a Jesucristo, el enviado de
Dios, para entregarle nuestras vidas a él y con él, por él y en él entregarlas
a Dios Padre. En el evangelio de hoy, las gentes que seguían a Jesús, a las
que él había dado de comer con la multiplicación de los panes, le buscan y
le siguen a la otra orilla del lago porque buscan obtener algo de su poder.
Y Jesús se lo echa en cara: «Me buscáis porque habéis comido pan hasta
saciaros». La fe no es un medio para obtener beneficios de Dios o ventajas
de ser creyentes, sino una entrega, un obsequio, como formulaba la
definición clásica de la fe. La fe es el obsequio que hacemos a Dios de
nuestra existencia.
¿Es esto demasiado exigente? Quizá nos lo parezca. Pero Dios nos lo
ha dado ya todo. En esto consiste el amor, como dice la primera carta de
Juan: no en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que él nos amó
primero. Por la fe nos abandonamos y nos entregamos al amor de Dios que
nunca se deja ganar en generosidad. Como nos dice Jesús en el evangelio
de Mateo: «Vuestro Padre celestial sabe qué os hace falta antes de que se
lo pidáis» (Mt 6,8).
El amor siempre desea ser correspondido. El amor que Dios nos tiene
no es una excepción. Por eso Dios espera que correspondamos al amor que
nos ha tenido primero con nuestro amor. Pero a Dios no le podemos hacer
nada directamente. Nuestro amor a Dios se juega en el amor a los demás.
Por eso la primera carta de Juan, tras decir que el amor consiste en que
Dios nos amó primero, añade «por eso debemos amarnos unos a otros» (1
Jn 4,11). La fe no se agota pues en un conocimiento intelectual ni en un
mero sentimiento devoto. La fe se muestra operativa por la caridad como
escribió san Pablo (Gal 5,6). Todo lo que hacemos a los demás se lo
hacemos a Dios. Siendo verdad que a Dios no le podemos hacer nada
directamente, sin embargo, indirectamente le hacemos todo lo que
hacemos a los demás y no solo a los demás, sino también todo lo que
hacemos a la creación. Pues Dios en su Hijo Jesucristo ha asumido nuestra
naturaleza humana y nuestra condición creatural, de modo que toda la
humanidad y la creación entera son ya cuerpo de Cristo. Gracias a nuestra
fe y a nuestra caridad Jesús nos podrá decir en el juicio final: «Venid
benditos de mi Padre porque cuanto hicisteis a uno de estos, mis hermanos
más pequeños, me lo hicisteis a mí» (cf. Mt 25,40).
COMPARTID

«Haced esto en memoria mía».


Compartid el pan,
el vino y la palabra.
Cuando el fracaso
parezca desmembrarlo todo,
cada persona, cada grupo,
como cuatro caballos al galope tirando del vencido
hacia los cuatro puntos cardinales,
cuando el hastío
vaya plegando cada vida aislada sobre sí misma,
contra su propio rincón, pegadas las espaldas
contra muros enmohecidos,
cuando el rodar de los días
arrastrando confusión, estrépito y consignas,
impida escuchar
el susurro de la ternura
y el pasar de la caricia,
cuando la dicha
te encuentre
y quiera trancar tu puerta
sobre ti mismo,
como se cierra en secreto una caja fuerte,
cuando estalle
la fiesta común
porque cayó una reja
que apresaba la aurora,
amanece más justicia,
y la solidaridad crece,
reuníos y escuchad,
compartid el pan, compartid el vino,
dejad brotar la dicha común y sustancial,
el futuro escondido
en este recuerdo mío
inagotablemente vivo.

Benjamín González Buelta, SJ


28 de abril
Dar la vida

Martes de la tercera semana de Pascua

Hch 7,51–8,1a. Como un solo hombre, se abalanzaron sobre Esteban, lo empujaron


fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo.
Sal 30. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
Jn 6,30-35. Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en
mí no tendrá sed jamás.

Hay relatos que la liturgia nos propone en distintos momentos durante el


año. Este del martirio de Esteban que acabamos de escuchar, lo oímos en
el año litúrgico dos veces. Curiosamente la primera es el día 26 de
diciembre (justo después de Navidad, en el día de san Esteban), y la
segunda hoy, en el tiempo de Pascua. Es curioso pensar en ese arco, desde
el nacimiento a este tiempo en el que estamos celebrando la memoria de la
resurrección. Es ese eterno baile de contrarios. Vida y muerte. Martirio y
resurrección. Principio y final. Cara y cruz…
Hay ahí una llamada. A dar la vida. Dar la vida no es morir. No es la
manera en que exhalamos nuestro último aliento. Dar la vida es vivir. De
una manera determinada. La vida no la das en el momento de espirar.
Cuando Jesús dijo en la cruz «todo está cumplido», lo que estaba era
terminando un camino. Pero un camino que había vivido cada día de su
historia. Cuando Esteban es asesinado, no es más que el final de un tiempo
en el que ha estado actuando –como veíamos ayer– lleno de gracia y
poder, sabiduría y espíritu.
¿Qué es dar la vida? Es ser coherente con el evangelio. Una coherencia
que muchas veces va a provocar incomprensión, reproches, ataques y
muchas situaciones difíciles.
Es elegir repartir, con la propia vida, el alimento que no perece: el pan,
la paz y la palabra. Es servir. Al mundo y a la sociedad, a los más pobres,
en defensa del Reino de Dios. Es decir, un mundo donde las relaciones
humanas sean dignas. Donde la fe sea vivencia libre y motivo de hondura
y sentido. Donde el amor sea nuestra lógica. Donde de verdad creamos en
la misericordia y la hagamos creíble. Donde celebrar sea encontrarse,
acoger y hacer presente a Dios donde dos o tres se reúnen en su nombre.
¿Cómo se da la vida? Depende de contextos. Hay lugares donde esa
coherencia, ese testimonio, y esa fidelidad, implican persecución y
muerte. Porque sí, he dicho que dar la vida no es morir. Pero a veces es
vivir de tal manera que arriesgas (y hasta pierdes) la vida. Hoy, hay en
nuestro mundo muchos cristianos perseguidos. Muchos millones de
personas que, por creer, por celebrar, por defender la fe, se exponen a ser
asesinados. Y desgraciadamente, muchos lo son. Egipto, Sudán, Níger, la
India, Pakistán… En muchos contextos. Es una persecución enorme,
silenciosa y a veces silenciada, cuando por distintas razones la prensa no
se hace mucho eco de esta dimensión de la fe en nuestro mundo.
Hay también lugares donde no es el mero hecho de ser cristiano, sino
el de pelear por la justicia que nace de la fe, lo que pone en riesgo la vida.
También hay hoy en día muchos hombres y mujeres perseguidos, y a veces
asesinados, por defender la justicia que nace de la fe. Por ponerse de parte
de los pobres en la defensa de los derechos humanos y de la dignidad de
las personas. Pensemos, por ejemplo, en la cantidad de sacerdotes
asesinados en México por su defensa de las comunidades y por negarse a
dejar que en esas comunidades que tienen encomendadas los narcos actúen
impunemente. La persecución a la Iglesia en Nicaragua o Venezuela por
plantar cara a las violaciones de los derechos humanos y a la impunidad de
un poder que actúa contra la población. La cantidad de agentes de pastoral
asesinados en la Amazonia por defender los derechos de la población
indígena y oponerse a la explotación indiscriminada de la tierra, del medio
ambiente o de la creación. Así se nos recordaba en el reciente Sínodo, solo
que esa dimensión quedaba invisibilizada tras algunas polémicas
artificiales.
Podríamos poner muchos ejemplos. Muchos. Yo, en ocasiones, cuando
veo los dramas que hacemos aquí por pequeñas contrariedades, no sé qué
pensar, la verdad. En muchos de nuestros ámbitos tal vez el rechazo es
más bien ignorancia, indiferencia o prejuicio. O es también rechazo
basado en el desconocimiento. Pero cuidado con no ponernos demasiado
alegremente la etiqueta de mártires, porque con eso estaremos tomando a
la ligera las vidas entregadas de tanta gente que verdaderamente la da
hasta el final, por defender su fe y la justicia que nace de la fe.
¿Qué nos toca a nosotros en contextos donde no hay esa persecución o
amenaza de martirio? Nos sigue tocando dar la vida. Ser coherentes.
Tomarnos en serio el evangelio. Y si nos quejamos, que sea en nombre de
las verdaderas víctimas de nuestro mundo, de nuestras sociedades y de
nuestra Iglesia.
No se trata de quejarnos porque no nos tomen en serio, sino tomarnos
nosotros en serio el evangelio. Tan en serio que nuestra historia se
convierta en testimonio creíble del amor, en pelea por la justicia que nace
de la fe, que también aquí hay que defenderla. Tenemos que convertir
nuestras vidas en transparencia de Dios. Que quien nos vea intuya su
lógica y su evangelio. Y eso incomodará, inquietará, descolocará. Pero
probablemente también transmitirá pasión y verdad. Vivir a la manera de
Dios. Creer en el que él ha enviado. Entonces sí. Si somos capaces de
hacer esto, de trasladar la coherencia entre la palabra que escuchamos y la
palabra que vivimos. Si nuestra vida es reflejo de ese pan bajado del cielo.
Si nuestros gestos, nuestras palabras y nuestra ternura se convierten en
alimento de tantas hambres cotidianas, concretas y reales en nuestro
mundo; entonces sí comprenderemos lo que es dar la vida. Que no es
morir, sino vivir el amor, todos los días.
TESTIGO

Si te atacan, déjame ser


testigo de la defensa.
Quiero gritar al mundo
nuestra amistad
aunque demasiadas veces
te he fallado.
Intentaré,
esta vez,
soltar la piedra
y escribir, en la arena
palabras de amor,
como Tú me enseñaste.
Déjame mostrar el barro
que tú vuelves tesoro
si te dejo ser
alfarero de mis días.

Contaré las historias


que aprendí de Ti.
Expondré tu lógica
que trastoca protocolos
Y aunque mi palabra
sea solo balbuceo,
basta un eco de tu voz
para despertar, en otros,
nostalgias de infinito.
Sé que Tú no necesitas
mi defensa,
pues tu evangelio
ya venció.
Soy yo, que necesito
ser más discípulo,
aprendiendo, de Ti,
a hacer de la vida
hogar y fiesta.

Que quien me escuche, Te oiga


y quien me busque, Te halle.
Que quien me encuentre Te abrace,
Y quien me mire, Te vea.
29 de abril
Hambre de Dios

Miércoles de la tercera semana de Pascua

Hch 8,1-8. Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro anunciando la
Buena Nueva de la Palabra.
Sal 65. Aclamad al Señor, tierra entera.
Jn 6,35-40. Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en
mí no tendrá sed jamás.

Hace años, haciendo el camino de Santiago, íbamos dos jesuitas con un


grupo de estudiantes jóvenes. Iban quejándose porque no les gustaba la
comida que había aquel día. Llevaban horas refunfuñando, protestando.
Hasta que uno de ellos en un momento dijo algo así como: «Es que
nosotros no hemos venido aquí a pasar hambre». Entonces, el jesuita que
lideraba la marcha, que ya debía estar harto de la situación –con razón– se
dio la vuelta y les gritó, indignado: «¡Vosotros! Vosotros en la vida nunca
habéis pasado hambre. Como mucho apetito». Lo dijo de tal modo y con
tal contundencia que allí se acabó toda la protesta.
Siempre he recordado este contraste entre el hambre y el apetito. Es
muy inspirador cuando lo aplicamos a la vida. Porque en realidad tenemos
apetito de muchísimas cosas, dependiendo de momentos y situaciones.
Pero hambre, verdadera hambre, de menos. Y esas realidades de las que
tenemos hambre son las que verdaderamente convertimos en prioritarias,
las que tiran de nosotros, las que son innegociables… El hambre vuelve,
viene, invade, necesitas responder, no puedes alejarte mucho de ella.
Incluso ahora podemos pensar que tenemos ya hambre de
desconfinamiento, pero yo me atrevo a decir que aún es solo apetito.
Hambre de libertad quizás la tiene quien lleva años encarcelado. Nosotros
tenemos muchas ganas de salir, de empezar la normalidad…, pero,
¿hambre?
¿Por qué digo esto? Porque quizás la pregunta a la que apunta Jesús es
si tenemos apetito o hambre de Dios y de su evangelio. Hasta qué punto el
evangelio en nuestra vida, la centralidad de Jesús en nuestra historia y la
presencia del Espíritu dentro de nosotros es un apetito puntual o es un
hambre que de verdad tira de nosotros en la vida.
Hay distintos ámbitos donde nos podemos preguntar si nuestra fe es
hambre o apetito de Dios. Se me ocurren tres grandes «hambres» en las
que se materializa nuestra hambre del pan vivo.
Por una parte, el hambre de justicia es evangélica. La
bienaventuranza lo dice: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de
la justicia». Más aún, hablamos de la justicia de Dios, que es siempre la
protección de cada ser humano, pero con especial predilección y cuidado
por los más débiles y frágiles, los indefensos, los que nada tienen. Pero la
justicia de Dios va más allá de la de este mundo. La justicia de Dios tiene
dos elementos necesarios: verdad (que nos hace libres) y misericordia (una
mirada que a cada ser humano lo salva). Nosotros podemos confundir el
hambre de justicia evangélica con un grito por una justicia mucho más
revanchista, ideológica, teñida de odio. Entendedme, yo estoy igual de
enfadado que muchos. Y con ganas de gritar airado, con frustración y
enfado, por todo lo que no terminas de entender, por lo que crees que se
podría hacer de otra manera, y claro que quiero justicia. Pero tengo que
examinar dentro de mí cuando la justicia que pido es la que nace de la fe.
Cuando es la que busca la verdad con todos sus matices y no una verdad
sesgada, ideológica, que salva a unos y condena a otros, siempre en
función de las mismas perspectivas, más cargada de agresividad que de
misericordia. Claro que tenemos hambre de justicia. El mundo y sus
víctimas lo necesitan. Por eso, bienaventurados los que tienen hambre y
sed de justicia, que es hambre de Dios.
En segundo lugar, hambre de Dios. ¿Qué es el hambre de Dios? Es
hambre de trascendencia, de que el Espíritu de Dios nos habite. Es la
necesidad de una mirada creyente a nuestro mundo para entender cómo la
realidad remite a Dios, nuestro principio y fundamento. Creo que reducir
el hambre de Dios al hambre de participar en la eucaristía es de una
pobreza enorme. No digo que no sea importante, pero el hambre de Dios es
muchísimo más amplia. Se puede tener desde tu casa, cada uno de los días
de tu vida, estando confinado… Es la pregunta por el sentido, la felicidad,
el sufrimiento, la vida, la muerte, el Dios que nos sostiene, lo que puede
ser la vida si nos entendemos como hijos amados de un Dios que a cada
uno sostiene en la palma de su mano, hambre, en fin, de eternidad.
Por último, hambre de amor. Tiene un verso muy bonito Dulce María
Loynaz que dice algo así como «hambre de amor para esta sed de mundo».
Del profundo. Del que describíamos hace unos días como amor verdadero.
Del que tiene tiempo para el otro. Del que se da. Del que se parte y se
comparte. Ese amor radical, primero, incondicional, generoso. No de
cualquier cosita a la que llamamos amor.
Creo que hoy se nos hace una invitación a mirarnos por dentro y ver de
qué tenemos hambre en la vida, en nuestra historia, en nuestros días. Y a
preguntarnos si tenemos hambre de evangelio, de fe y de Dios. Quizás al
haber frenado estos días uno se puede dar cuenta de que, en lo personal, en
lo comunitario y como sociedad, y a veces también como Iglesia,
estábamos engañando el hambre con golosinas que nos tenían
entretenidos, pero mal alimentados. Amores egoístas. Un mundo de mucha
evasión. Entretenimiento o hiperocupación para no pensar. El exceso de
experiencias y vivencias de consumo que van pasando, pero no dejan
demasiada huella. El ruido que enmascara la necesidad que tenemos de un
silencio habitado. Las espiritualidades sin contenido. De golpe, cuando
todas esas golosinas han desaparecido, descubrimos al fin que detrás había
un hambre mucho más profunda: del pan vivo, de la palabra llena de
sentido, y de la paz construida entre todos.
HAMBRE

El mundo entero está inquieto,


como si un ruido de fondo
impidiera el silencio necesario.
Como si una larga sequía
negara sus lágrimas a la tierra.
Como una agenda vacía.
Como una fiesta sin risas.
Como un pájaro que choca
con el cristal al buscar la luz,
ciego al obstáculo
contra el que se estrella
una y otra vez.

El mundo, agitado,
no se atreve a frenar.
Disfraza su congoja de burla,
y enmascara el vacío
con historias anodinas,
con personajes planos,
con relatos sin huella,
con vidas en bucle.

Si tan solo tomase un instante


para escuchar el grito de dentro,
el clamor que le brota en la entraña,
la ausencia que habla de encuentro.
Si tan solo pusiera nombre
al hambre de Dios…
30 de abril
Pan vivo

Jueves de la tercera semana de Pascua

Hch 8,26-40. Felipe se puso a hablarle, y tomando pie de este pasaje, le anunció la
Buena Nueva de Jesús.
Sal 65. Aclamad al Señor, tierra entera.
Jn 6,44-51. Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y
murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

La oportunidad que estamos teniendo de compartir día a día la liturgia nos


permite hacer un recorrido que se va enriqueciendo. Ayer hablábamos del
hambre. Y decíamos que quizás el hambre que nace de la fe es el hambre
de Dios, el hambre de justicia y el hambre de amor. Hoy volvemos sobre
esta cuestión y damos un paso más. Tenemos que preguntarnos, ¿con qué
se sacia esa hambre? ¿Dónde podemos encontrar respuestas para estos
anhelos profundos? ¿Dónde encontrar el pan vivo del que habla Jesús En la
medida en que vemos a Jesús presentándose como pan de vida, promete
saciar nuestra hambre de trascendencia, de plenitud y de sentido. ¿Dónde y
cómo saciar esa hambre sin alimentarnos con sucedáneos o con pequeñas
mentiras –también pequeñas mentiras religiosas– que engañan el hambre,
pero nos siguen dejando un poco vacíos?
Mirad, en primer lugar, en el participar de su mesa. O, dicho de un
modo más amplio, en la práctica religiosa. Participamos de su vida y de la
vida de la Iglesia. Entre nosotros hay muchos católicos practicantes, otros
no practicantes. Hay quien es de cumplir y quien es de vida más intensa,
hay quien mantiene cierto vínculo a través de bodas, bautizos y
comuniones.
Pero debemos preguntarnos: Practicar, ¿por qué? A veces uno oye a
personas que dicen que han abandonado la práctica religiosa porque ya no
les aporta nada. Dándole la vuelta a esa afirmación, tal vez el
confinamiento sea una oportunidad para repensar nuestra práctica. El tener
que repensar nuestra forma de celebrar o el buscar una manera diferente de
compartir la mesa del Señor está despertando algo nuevo en mucha gente –
tal vez por la novedad, por el contexto, por la sorpresa de celebrar desde el
propio hogar, o por la sed y el hambre de sentido del momento presente–.
Y muchas personas expresan que este itinerario está siendo ocasión de
renovar algo que estaba adormecido, aparcado o vivido con inercia.
La realidad es que la práctica religiosa es importante, no por cumplir.
No porque el rito en sí sea mágico. La práctica religiosa es importante
porque es un camino para convertirnos no en espectadores, sino en
protagonistas de la vida de Dios en nosotros. Cuando participamos de la
eucaristía no lo hacemos como espectadores, sino como protagonistas.
Personas que entendemos que nuestra vida está llamada a ser eso mismo
de lo que estamos participando. Cuando escuchamos la Palabra no lo
hacemos como quien oye llover, quien escucha una canción. No basta
decir «Me gusta». No basta decir: «Padre, qué bonita la homilía». En el
fondo hay una pregunta: Esta palabra que he escuchado; este evangelio que
se me plantea –y que en la homilía tan solo se intenta traducir– ¿está
hablando de la propuesta de Dios para mi vida? ¿De la llamada, del don de
Dios para este mundo, y para mí? La práctica religiosa no es un paréntesis
en medio de la vida, sino un puente entre la fe y la vida diaria. La práctica
religiosa es una manera de alimentar de sentido mi vida diaria, para
ayudarme a vivir en esa vida cotidiana lo que propone el evangelio.
Por eso, de golpe, el paréntesis en la práctica religiosa habitual se
vuelve pregunta y recordatorio. Y la pareja que tiene que posponer su
matrimonio tiene ocasión de profundizar en el amor que quiere celebrar.
No estamos bautizando. Pero podemos preguntarnos por qué es tan
importante esta puerta de entrada en la Iglesia. No está habiendo
confirmaciones. Y de golpe nos preguntamos a qué decimos que sí cuando
damos ese paso. No estamos pudiendo participar de la manera habitual en
la eucaristía. Y sin embargo tal vez nunca como ahora hemos pensado en
el sentido de juntarnos alrededor de la mesa compartir el pan, la paz y la
palabra, y qué implica formar comunidad.
Hay una oportunidad en esto que nos ha ocurrido. De golpe, nos hemos
dado cuenta del sentido, hondura y posibilidades de la eucaristía. Como
espacio de encuentro, de escucha, de comunión, como espacio en el que
traemos y ponemos en el altar nuestras vidas, historias, heridas. Como
lugar donde rezamos por nuestra gente, donde le confiamos a Dios
nuestras preocupaciones. Y donde, al participar en la comunión de su
cuerpo entregado por nosotros, también vamos comprendiendo que «hacer
esto en memoria mía» no es solo repetir un ritual, sino hacer de la propia
vida una eucaristía.
En segundo lugar, el alimento de la fe es buscar una comprensión
vital y honda de aquello en lo que creemos. Demasiadas veces nos
hemos conformado con visiones insuficientes, infantiles, muy simples.
Como que bastase con lo aprendido en la catequesis de pequeños. En otros
ámbitos de la vida no nos conformamos con un conocimiento infantil para
la vida adulta. Porque comprendemos que necesitamos algo más. Y, sin
embargo, en cuestiones de fe en demasiadas ocasiones nos conformamos
con un par de pinceladas muy simples. Porque la fe pone en jaque nuestras
concepciones de la vida y la muerte, el amor, la felicidad, el sentido de la
vida, nuestro uso del tiempo, la posibilidad y plausibilidad de un Dios-
con-nosotros. Las preguntas sobre dónde está, cómo habla, qué quiere de
nosotros… Todo eso es muy necesario. Cuando vemos el encuentro de
Felipe con el etíope hay algo profundo. La búsqueda honesta e intelectual
de respuestas. La fe es también un viaje intelectual. Un viaje en el que
intentamos comprender.
Necesitamos formarnos. A veces, por ejemplo, te encuentras con
fundamentalismos bíblicos que cogen un versículo aislado y con ese
versículo justifican todo. Y eso no es otra cosa que ignorancia y
pensamiento infantil. ¿No debemos entender la Biblia de un modo adulto?
La Verdad para nosotros es Jesucristo y la Biblia es Palabra de Dios en la
medida que nos ayuda a entenderlo.
O te encuentras con personas que se resignan a que sean otros los que
sepan, por falta de tiempo, conciencia, o ganas. ¡Cuántas veces no hemos
siquiera leído un libro sobre nuestra fe!
Todos necesitamos hacernos preguntas, beber de las palabras prestadas
de otros que han ido buscando respuestas. No podemos conformarnos con
dos simplezas –con perdón– que en cuanto alguien nos cuestiona no
sabemos cómo responder. Alimentar la fe también es un alimento
intelectual. Que no es pura razón desencarnada, pero sí pasa por la razón.
Tenemos que entender quién es Dios, el Dios que nos revela Jesucristo. Y
llegar a entender el misterio de la vida, muerte y resurrección de Jesús.
Ese es el segundo camino.
Tercer camino, el amor en acción se convierte en alimento. El amor
en acción desde la perspectiva de la fe se llama servicio. Hay aspectos de
la vida en los que parece que lo que das se va gastando (una botella llena
de líquido, pues se va vaciando a medida que lo viertes). Pero hay otros en
los que cuanto más cultivas, más haces, más pones, de algún modo más
tienes. Por ejemplo, el entrenamiento de un deportista. Cuanto más
entrena, más fácil le resulta alcanzar determinados resultados. El servicio
evangélico responde más a esta segunda lógica. No es que das hasta que te
agotas, sino que cuanto más das, más tienes por dar. Cuanto más das, más
creces. Porque en el propio proceso de abrirte a la necesidad del hermano
descubres que vas creciendo por dentro. Y eso es alimento.
Os propongo, de verdad, que alimentemos nuestra fe. En la vida, en
nuestra práctica religiosa con sentido, en nuestra búsqueda de respuestas
adultas, y en la disposición a servir, a tiempo y a destiempo, a quien pueda
necesitarnos que es nuestro prójimo.
EL BANQUETE

La mesa está llena.


Se sirven manjares exquisitos:
la paz, el pan, la palabra
de amor
de acogida
de justicia
de perdón
Nadie queda fuera,
que si no la fiesta no sería tal.
Los comensales disfrutan
del momento,
y al dedicarse tiempo
unos a otros,
se reconocen,
por vez primera, hermanos.

La alegría se canta,
los ojos se encuentran,
las barreras bajan,
las manos se estrechan,
la fe se celebra…

…y un Dios se desvive
al poner la mesa.
1 de mayo
Nacemos con ojos, pero no con mirada

Viernes de la tercera semana de Pascua


Memoria de difuntos
Día del Trabajo

Hch 9,1-20. Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?


Sal 116. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.
Jn 6,52-59. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida.

Presidió Antonio España, SJ

Hoy celebramos el Día del Trabajo. Y la Iglesia celebra el día de san José
Obrero. Día de recordar a tantos movimientos sociales que han luchado y
luchan por la justicia. También hoy comienza el mes de María: aquella que
aceptó a Dios y amó a Dios en su vida.
Y hoy, como en estas eucaristías de los viernes, vamos a celebrarla por
todas estas personas fallecidas, sobre todo a raíz de esta pandemia del
coronavirus.
Las cifras nos hablan de más de 25 000 muertos en España, más de 230
000 en el mundo. Si miramos a los jesuitas, han fallecido 40 en lo que va
de año natural y 20 en el último mes. No son números, son personas
queridas, cercanas y próximas: padres, madres, esposos, esposas, hijos e
hijas, abuelos, abuelas, vecinos…, personas que amueblan nuestra alma.
Estamos hechos de personas, no de cosas, de títulos o de prestigio. Son
las personas que nos han amado las que nos acaban y nos configuran por
dentro. Esas personas nos han hablado, escuchado, comprendido. Y son
personas que pasan a ocupar un lugar distinto ante nuestros ojos y también
ante los ojos de Dios.
San Agustín, en las Confesiones, decía de la muerte de un amigo suyo:
«¡Con qué dolor se entenebreció mi corazón! Cuanto miraba era muerte
para mí» (Confesiones, L. IV, c. IV). Y es que, al pasar cerca de la muerte,
todo se convierte, precisamente, en ocaso y en final.
Junto con María y José, junto a todos los santos y santas que nos
acompañan desde el Cielo, hay una invitación desde la fe: mirar a Dios en
cada persona, presente y ausente.
Mirar a Dios nos puede hacer ver los dones y, por tanto, agradecer el
paso de Dios por todas esas personas que nos han acompañado (seguro que
Dios puso a esa persona ahí –con su amor peculiar– para que nos demos
cuenta de algo); imaginar a esa persona acompañada ya por Dios,
sostenida por Dios, y quedarnos nosotros mirando a Dios, tratando de
descubrir qué dones puso Dios para cada uno de nosotros a través de esa
persona que ahora tenemos presente en nuestra oración.
También mirar a Dios nos puede convertir hacia él, no hacia nosotros
mismos. La primera lectura cuenta la conversión de Pablo (Hch 9,1-20):
«una luz lo envolvió», vio a Cristo. Y Jesús le dijo: «Soy Jesús, a quien tú
persigues». Tenía los ojos abiertos, pero no veía. Como decía un jesuita,
[José María] Fernández Martos, SJ: «nacemos con ojos, pero no con
mirada».
Convertirnos hacia Dios es cambiar la mirada. No podemos cerrar los
ojos a la realidad, a la dureza enorme de esta enfermedad, a tanta
desesperación. Pero puede haber una nueva mirada: tratar de ver un
misterio que nos traspasa, tratar de ver que Dios no nos abandona, que hoy
hay esperanza en Dios.
Precisamente hoy viernes, celebrando aquel Viernes Santo de la Iglesia
y del mundo, ¿cuál puede ser mi nueva mirada ante todo esto que sufrimos
y ante la ausencia que vivimos? Y mirar a Dios puede aproximarnos a
Jesús. Y, curiosamente, así nos aproximamos a Dios: con este Jesús.
El evangelio dice hoy que Jesús nos da a comer su carne (Jn 6,52-59).
Y quienes lo escuchaban, dudaban de ello. Porque comer su carne y beber
su sangre es participar de su vida y de su muerte. Aprender a vivir como
Jesús es, realmente, comer su pan. Por eso su pan es vida y muerte, como
celebramos en la eucaristía, donde hacemos presente a todas las personas
queridas: porque han participado también de la muerte y resurrección de
Jesús.
Comer de su pan es vivir para siempre. Mesa que se abre más allá,
como dice el mismo Jesús. Es un proceso de acercamiento a Jesús, de
conversión personal y de reconocer todo lo recibido. Hoy miramos a tantos
fallecidos en Jesús muerto y resucitado. Y a través de él participamos
también de su muerte y resurrección.
En un libro de Javier de la Torre, Pensar y sentir la muerte (2012),
decía: «Esa esperanza y confianza, solo se encuentran en este mundo
vinculadas al amor». «Todo lo consumado en el amor, no será nunca gesta
de gusanos» (Ángel González). Porque «el amor es fuerte como la
muerte», como decía el Cantar de los cantares. Y «amar a un ser es
decirle: tú no morirás» (G. Marcel).
Desde el amor y el cariño; desde el recuerdo y el respeto por tantas
personas que han sufrido y a día de hoy sufren la ausencia, pidamos por
ellos a Dios, junto con los santos que nos han precedido y por intercesión
de María.
Y, precisamente por empezar hoy el mes de María, os invito a rezar
juntos un Avemaría.
GUÍAME, SEÑOR

Guíame, Señor, mi luz,


en las tinieblas que me rodean,
¡guíame hacia delante!
La noche es oscura y estoy lejos de casa:
¡Guíame tú!
¡Dirige Tú mis pasos!
No te pido ver claramente el horizonte lejano:
me basta con avanzar un poco…
No siempre he sido así,
no siempre Te pedí que me guiases Tú.
Me gustaba elegir yo mismo y organizar mi vida…
pero ahora, ¡guíame Tú!
Me gustaban las luces deslumbrantes
y, despreciando todo temor,
el orgullo guiaba mi voluntad:
Señor, no recuerdes los años pasados…
Durante mucho tiempo tu paciencia me ha esperado:
sin duda, Tú me guiarás por desiertos y pantanos,
por montes y torrentes
hasta que la noche dé paso al amanecer
y me sonría al alba el rostro de Dios:
¡tu Rostro, Señor!

John Henry Newman


2 de mayo
Seguir a Jesús no es seguir una idea

Sábado de la tercera semana de Pascua

Hch 9,31-42. En aquellos días, la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y
Samaría. Se iba construyendo y progresaba en el temor del Señor, y se multiplicaba con
el consuelo del Espíritu Santo.
Sal 115. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?
Jn 6,60-69. Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros
creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.

Es bien bonito ir recorriendo, en una de las líneas que atraviesa estos


meses, el itinerario de Pedro. Lo hemos visto entusiasta, frágil, tocando
fondo, negando a Jesús, atormentado por la duda, la tormenta, la culpa…
Y ahora, en la primera lectura, lo vemos, en ese relato de los Hechos,
como un verdadero discípulo del maestro. Y lo vemos también en el
evangelio, pronunciando una de las grandes expresiones de fe: Señor, ¿a
quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna.
Creo que ahí vemos, en Pedro, la verdadera grandeza del discípulo.
Quizás su actitud muestra el corazón de la fe. Nuestra fe no es una idea,
una teoría, una ética, una doctrina de vida o una filosofía. No es un
humanismo. Ni una psicología. Nuestra religión no es sobre hacer. No es
sobre pensar. No es sobre saber.
Es sobre creer…
Pedro no pregunta «¿a dónde iremos?» ni «¿a qué?». No pregunta,
«¿cuándo?» ni «¿por qué?». No dice «¿en qué creeremos?». Dice, «¿a
quién?». Porque nuestra religión, la fe cristiana, el seguimiento de Jesús,
es una relación personal con Jesucristo. No es extraer lecciones de su vida.
Si solo fuera eso, sería insostenible, porque no tenemos suficiente fuerza
para vivirlo.
La fe es comprender el corazón de la revelación, que viene a ser (de un
modo muy esquemático): creemos que existe Dios. Y Dios no es, sin más,
un principio, un algo cósmico que está por ahí y de algún modo alienta.
No. Creemos que existe un Dios personal, cuya mejor imagen es la de un
Dios Padre, que ama lo que ha creado, que somos nosotros, que es el
mundo. Todo el universo es, desde la fe, creación. Creemos que Dios, una
vez creado el mundo, no lo ha dejado huérfano, sino que sigue presente,
cuidándolo, cuidándonos. Pero al mismo tiempo respeta la libertad que nos
ha dado. Y quiere ayudarnos a construir, con esa libertad, el sueño de lo
que puede ser realmente la vida del ser humano y de la creación entera.
Precisamente por eso eligió en Jesús la manera de comunicarse con
nosotros respetando nuestra libertad. Dios, en Jesús, se hizo hombre, para
decirnos que no se ha desentendido de nosotros, que nos sueña mejores, y
que abraza nuestra debilidad; que sigue teniendo un proyecto para cada
uno de nosotros. Esto genera contradicción en un mundo donde otras
lógicas persiguen otros sueños u otras pesadillas. Por eso a Jesús lo
mataron. Pero Dios lo resucitó. Y está vivo. Lo que pasa es que ahora
estamos en el tiempo del Espíritu, y es el Espíritu de Jesús, el Espíritu de
Dios, la manera en que Dios sigue relacionándose con nosotros. Pero sigue
siendo un «quién». En el fondo la pregunta básica para cualquier cristiano
es, ¿de verdad crees que Dios es un «Tú»? ¿De verdad crees que te ama,
que cree en ti, que está contigo, te apoya y sostiene? La pregunta no es si
lo sientes. Puede que alguna vez lo sientas. Otras veces lo sabes. Otras lo
esperas y hasta lo deseas. La fe incluye una mezcla de todo eso.
Pero creer es varias cosas al tiempo.
Es confiar (en el sentido de fiarse). Confiar en la promesa, en lo que
nos han dicho los testigos. En lo que dijo Jesús. Confiar y a veces saltar al
vacío.
Creer es también seguirle. En el sentido del discípulo, (¿a quién
iremos? ¿A quién seguiremos? ¿De quién aprenderemos?). Ser cristiano es
seguir a Jesús queriendo aprender de él para vivir a su modo de la mejor
manera que cada uno podamos.
Falta un paso más. Ese paso es amarle, como respuesta, tal vez pobre,
al amor que sabemos que nos tiene. Hay una pregunta clave que alguna vez
tenemos que hacernos. ¿Tú sabes que Dios te ama? ¿Sabes que te ama tal y
como eres? ¿Sabes que te ama más de lo que tú te quieres? ¿Sabes que te
ama en tus luces y tus sombras? No a pesar de quién eres, sino tal y como
eres. Esto es lo que experimentaron sus discípulos. Es lo que aprendieron
en su vida con Jesús. Es lo que lleva a Pedro a exclamar: «Señor, ¿a quién
iremos, si tú tienes palabras de vida eterna?», las palabras de un amor
capaz de atravesar la muerte.
La pregunta entonces es si nosotros estamos en disposición de plantear
esas mismas cuestiones: Señor, ¿a quién iremos? O, ¿a quién estamos
yendo? O, de una manera más aterrizada, ¿tú en tu vida, estás siguiendo a
Jesús? No como una idea, una teoría, un manual o un código de conducta,
sino, ¿estás teniendo de verdad una relación con Dios?
Ante esta pregunta la reacción puede ser de escepticismo o perplejidad.
Porque sí, son palabras bonitas, pero pueden quedar etéreas. ¿Dónde se
vive esa relación?
La respuesta es que hay muchos caminos.
A Dios lo amas, y te dejas amar por él en el mundo, que lo
transparenta: historias concretas, personas concretas, vidas concretas.
Lo amas en la creación.
Lo amas al descubrir que el amor es una de las dimensiones profundas
de nuestra vida. Anda que no nos está importando, en este tiempo de
confinamiento, el peso de las relaciones humanas; especialmente aquellas
que son innegociables para nosotros.
También lo amas en los pobres, como parte herida y crucificada de este
mundo, reconociendo que en ellos Dios abrazó al mundo más herido, y
desde ese mundo herido nos abrazó a todos.
Lo amas dentro de ti, en ese Espíritu que habita en nosotros. Sin
invadir, sin anular, sin imponerse. Pero muchas veces hay una presencia en
nuestras soledades, una intensidad en nuestras fatigas, una vida en nuestras
pequeñas muertes cotidianas, una Alegría que multiplica nuestras alegrías,
un horizonte de trascendencia hacia el que a veces anhelamos ir. Ese es el
Espíritu de Dios tirando de nosotros y mostrándonos que una vida más
plena está a nuestro alcance.
Lo amamos, y nos ama, en su Palabra. ¿Por qué la centralidad de la
Palabra en nuestra fe? Porque es Palabra viva, que se nos sigue diciendo
hoy. No es el eco de una voz del pasado, sino una Palabra viva hoy.
También hoy, aquí y ahora, nos pregunta: «¿Me amas?» o, como hace hoy
con los discípulos: «¿También vosotros queréis marcharos?». Tendremos
que aprender a responder.
Por último, también lo amamos y nos ama en nuestra celebración.
Algo bien bonito en este proceso de mantener viva nuestra necesidad de
celebrar, también ahora, es pararnos y repensar bien qué significa ser
comunidad, ser hijos del mismo Dios, qué significa el amor al que Dios
nos invita.
Si de verdad, como Pedro, llegamos a decir: «Señor, ¿a quién iremos si
tú tienes palabras de vida eterna?», si es nuestra relación con Jesús lo que
tira de nosotros, si es una historia de amor, de amistad, una relación
personal y la escucha del Espíritu que está dentro de nosotros; entonces
nuestra fe no estará construida sobre el odio, la crítica, el desprecio, el
deber, la norma o la Ley, sino sobre el amor y el seguimiento de un Dios
que, en Jesús, nos sigue diciendo a cada uno de nosotros que vayamos con
él. A eso, a ese ir con él, que se materializa de manera diferente en cada
vida, lo llamamos vocación. Este fin de semana se celebra la Jornada por
las vocaciones consagradas y por las vocaciones nativas (en muchos países
donde no había antaño tanta tradición de consagraciones).
Consagrar la vida a Dios es una manera de vocación concreta, es dar
una respuesta concreta a esa pregunta: «¿Quieres venir conmigo?». En el
fondo, cada uno, en nuestra vida, tendremos que responder. La vocación es
llamada. Nuestra respuesta pasa por saber si en lo esencial que elijo para
mi vida, Jesús es quien le da sentido. Si da sentido al amor que vivo, a los
votos con que me consagro, al ministerio que ejerzo, a la historia que
construyo formando una familia…
Dejemos que esa pregunta lo sea hoy personal y para cada uno de
nosotros: ¿También tú quieres marcharte, o quieres venir conmigo, toda la
vida?
SEÑOR, ¿A QUIÉN IREMOS?

Un día decidimos
subir a tu barca,
confiarte el timón.
Desde entonces
navegamos por la vida
y escuchamos sonidos diversos,
el ruido del trueno
que anuncia la tormenta,
los cantos de sirena
que prometen paraísos imposibles,
el bramido de un mar poderoso
que nos recuerda nuestra fragilidad,
las conversaciones al atardecer
con distintos compañeros de viaje,
los nombres de lugares
que aún no hemos visitado,
y los de aquellos sitios
a los que no volveremos.
A veces nos sentimos tentados
de abandonar el barco,
de cambiar de ruta,
de refugiarnos en la seguridad
de la tierra firme.
Pero, Señor,
¿a quién iremos…
si solo tú puedes ayudarnos
a poner proa
hacia la tierra del amor
y la justicia?
3 de mayo
Puertas cerradas y puertas abiertas

Cuarto domingo de Pascua

Hch 2,14a.36-41. Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de


Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo.
Sal 22. El Señor es mi pastor, nada me falta.
1 Pe 2,20-25. Andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor
y guardián de vuestras almas.
Jn 10,1-10. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y
encontrará pastos.

Este cuarto domingo de Pascua es el domingo que se viene a llamar del


Buen Pastor. Porque así se presenta Jesús, enseñándonos cómo aprender a
cuidar unos de otros. Hoy utiliza una imagen especialmente actual, como
es esta imagen de la puerta. Creo que en este tiempo de confinamiento y
encierro cobra especial significado hablar de puertas. Quizás porque
llevamos un tiempo en el que estamos encerrados y se podría decir que es
un tiempo de muchas puertas. Puertas que cuando se cierran nos protegen,
y cuando se abren nos permiten acceder a algunos lugares (dos
dimensiones, defensa y guía, que son dos de las funciones de ese Buen
Pastor con el que Jesús se identifica). Cuando Jesús dice «Yo soy la
puerta» está hablando de esos dos sentidos y está haciendo dos promesas:
protegernos y guiarnos.
¿Para qué se cierran las puertas? Para protegernos. Fijaos en este
tiempo. Las puertas cerradas, que ni nos permiten salir a un mundo donde
podemos contagiar y/o contagiarnos; puertas cerradas que también nos
defienden de que ese mundo entre, con todos sus peligros (en forma de
virus). Bueno, cuando pensamos en Jesús como puerta, se me ocurre
pensar que esto tiene mucho que ver con nuestra necesidad de protección.
¿De qué necesitamos ser protegidos? ¿En qué sentido necesitamos que
Jesús sea esa puerta cerrada que nos protege de los malos pastores o de las
malas dinámicas que hay en nuestro mundo? Seguramente hay muchos
peligros en este mundo, muchas amenazas, muchos riesgos. Cada uno
tenemos que descubrir los nuestros, en relación con la vivencia de la fe. A
mí se me ocurre enumerar unos pocos…
• La banalidad que impide la hondura. La banalidad es vivir
atravesando la superficie sin zambullirse nunca en la hondura. Es
verdad que en ocasiones puede ser hasta atractiva. ¿Para qué me voy
a complicar la vida? En realidad, nos tenemos que complicar la vida,
porque el mundo es complicado. También nuestra historia lo es.
Nuestro camino es profundo y hay una llamada verdadera a la
hondura. Pero mucha gente elige el camino de la banalidad, y quizás
solo demasiado tarde se pregunta si la vida no hubiera podido ser
otra cosa.
• Necesitamos que Jesús nos proteja de la agresividad, la
intransigencia y la violencia, tan frecuentes hoy en día, que rompen
la posibilidad de comunión y encuentro, y terminan poniéndonos por
encima del otro. Jesús, una y otra vez, va a enviar a los suyos con un
mensaje de paz. El insulto, el oprobio, el cinismo, la agresividad o la
violencia no son nuestro camino. Necesitamos que Dios nos proteja
de ello, porque la tentación está ahí.
• Necesitamos que Jesús nos proteja del egoísmo, tentación universal
donde las haya. Convertirse uno en el centro del mundo. Yo soy yo,
mis circunstancias y mis intereses, y ande yo caliente, ríase la gente.
Mucha gente no vería problema en esa actitud. ¿Por qué no voy a
preocuparme de lo mío? Sin embargo, un mundo de gente peleando
cada uno solo por lo suyo es una selva. Necesitamos un espacio
donde la generosidad que trascienda los intereses particulares rija
las relaciones humanas.
• También necesitamos que Jesús nos proteja de algo tan
contemporáneo como la incapacidad de renunciar. Querer vivirlo
todo, probarlo todo, experimentarlo todo, probar todos los caminos,
no cerrarse ninguna puerta… Esto nos hace incapaces del
compromiso –y de la vocación–. Cuando lo quieres vivir todo
terminas no viviendo a fondo nada.
• Necesitamos que Jesús nos proteja de la religión del miedo, que nos
hace esclavos. Miedo a Dios. Jesús mostró un rostro distinto de
Dios: el Dios Abbá que ama con ternura. Hoy –día de la madre–
diríamos también el Dios Madre.
• Por último, creo que Jesús nos tiene que proteger de nosotros
mismos. A veces somos nuestro juez más implacable. Ni nos
conocemos bien ni nos queremos bien ni confiamos en nuestros
propios talentos –que no son nuestros, sino que Dios nos los ha
dado–. A veces no vemos todas las posibilidades que Dios ha puesto
en cada uno de nosotros. Y necesitamos a alguien, el Dios de Jesús,
que nos dice: «Yo creo en ti».
Por lo tanto, Jesús es una puerta que necesita cerrarse a todas esas
dinámicas que destruyen la vida.
Pero, al mismo tiempo, es una puerta abierta que hay que atravesar, y
nos conduce hacia un mundo mejor. Una puerta abierta facilita el acceso a
algún sitio (un edificio, la calle). Estamos en un momento de desescalada,
desconfinamiento o algo parecido, en el que lentamente se empiezan a
abrir puertas. Con condiciones, con horarios, con ciertos límites (que por
otra parte son parte de la vida). Es curioso, estos días, salir a la calle y
verla un poco como con ojos nuevos. Atraviesas la puerta que has
atravesado miles de veces, pero ahora como que ves de modo distinto lo
que está fuera. No es el mundo habitual. No hay el tráfico de siempre. Está
la gente con mascarillas. Estás preparado para la sorpresa. El mundo que
espera fuera es distinto, y hay que aprender a conocerlo. Pues bien, Jesús
es la puerta hacia la verdad de Dios. Y la verdad de nuestras propias vidas.
Una verdad distinta.
¿A dónde nos conduce la puerta abierta que es Jesús, y su evangelio?
• Es, por una parte, la puerta de la esperanza hacia un futuro mejor
(el mundo puede serlo). Estos días todos –yo el primero– estamos
asustados, con miedo, vemos nubarrones en el horizonte desde todos
los puntos de vista. Pero, desde el punto de vista evangélico, no
debemos perder la esperanza, la fe en el ser humano, en nuestra
capacidad para encontrar caminos para construir una sociedad
mejor, para abrirnos a la trascendencia y hacernos de verdad
discípulos.
• Jesús es la puerta abierta al respeto, a la concordia, al encuentro en
una sociedad de tantos desencuentros, de tantas banderas y
trincheras, bandos y descalificaciones. Jesús invita a encontrarse, a
compartir una misma mesa. Nos recuerda –lo mostró en su vida–
que nadie está excluido. Todos necesitamos conversión, pero, con
nuestros pies de barro, tenemos sitio.
• Jesús es la puerta abierta a un mundo libre de prejuicios. Todos
tenemos prejuicios. ¿Cómo se acaba con ellos? Conociendo la
realidad, que desmonta casi siempre muchas de nuestras etiquetas, y
nos pone delante de historias, vidas y nombres. Ojalá nos
reconozcamos todos como personas, hijos de Dios, hermanos. Ese es
el camino al que nos llama Jesús.
• Por último, Jesús es la puerta abierta hacia la fe adulta, no hacia el
miedo, sino hacia la fe en un Dios presente, revelado en Jesús, que
sostiene nuestro camino al tiempo que nos invita a recorrerlo desde
la libertad profunda. Ojalá sepamos zambullirnos en esa imagen de
Dios, y no en visiones incompletas o en tristes sucedáneos.
Creo entonces que esta imagen se nos convierte hoy en una doble
pregunta. Yo he contestado a esa pregunta con algunas generalizaciones.
Pero, cada uno de nosotros, que estamos en distintos momentos de la vida
y con diferentes perspectivas –porque contestaremos de distintos modos
en distintos momentos de la vida– necesitamos responder: Primero, ¿de
qué necesito que Dios me proteja, o me ayude a protegerme? Y segundo,
¿cómo tengo que atravesar la puerta que es Jesús y su evangelio, por dónde
hacerlo, y en qué mundo me llama a habitar?
¿POR QUÉ NO YO?

¿Quién regará las posibilidades,


si se seca la imaginación?
¿Quién anunciará el baile
si perdemos las ganas de vivir?
¿Quién tocará la música
que nadie compone?
¿Cuándo habrá tiempo
para el amor verdadero?
¿Dónde habitará la justicia,
si en nuestra tierra campa la fuerza?
¿Cómo escuchar
a un Dios silenciado?
¿Quién reavivará
tanta compasión adormecida?
¿Cuándo saldremos
de la celda?

La puerta está abierta

Es hora de que los soñadores


silencien a los falsos profetas.
Hay que volver a danzar,
trenzando a nuestro paso
guirnaldas de verdad desnuda.
Que el cantor se quite la mordaza
y la prudencia,
que ha de encontrar la forma
de gritar la buena noticia
a todos
a cada uno.
Es la hora del buen pastor.

Es tu hora.
4 de mayo Fiesta de san José María Rubio

Adora y espera

Hch 2,28-38. Cuidad de vosotros mismos y de todo el rebaño, del que os constituyó
pastores el Espíritu Santo, para apacentar a la Iglesia que Dios adquirió con la sangre de
su Hijo.
Sal 144. Bendeciré tu nombre para siempre, Dios y rey mío.
Jn 14,23-29. El que me ama cumplirá mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él
y haremos en él nuestra morada.

Presidió Seve Lázaro, SJ

El padre Rubio nació en Dalías, un pueblo de Almería, en 1864. Como al


niño le gustaba estudiar, por sugerencia de un tío suyo canónigo, ingresó a
los once años en el seminario de Almería y poco después pasó al de
Granada. Para terminar ordenándose y ejerciendo en Madrid, primero
como sacerdote diocesano y después como jesuita. Murió en Aranjuez, el 2
de mayo de 1929.
Nos puede hacer bien el saber que por estas calles que nosotros
pisamos pasó uno al que sus contemporáneos y la misma Iglesia considera
santo, uno que fue plantando las bases de una ciudadanía responsable y
una comunidad cristiana. Todos somos miembros de una cadena de
antecesores gracias a los que hoy somos lo que somos. El Reino de Dios va
creciendo poco a poco mediante pequeños brotes que apenas percibimos.
Si pudiéramos diseccionar la vida del padre Rubio, y mirarle,
metafóricamente, por dentro, tres serían las cosas que nos encontraríamos.
En el centro de la vida del padre Rubio, como de la vida de muchos de
sus santos, no está sino un fuego incombustible que un día se encendió y
ya no se apaga. Es el fuego de Dios. Madrugaba mucho por las mañanas y
a la noche se quedaba hasta altas horas en oración para regresar cuando ya
todos dormían. En esta relación con Jesús se iba fraguando una amistad
con él y una cercanía a todos que es lo que la gente percibía. «No sé lo que
tiene este señor, decía uno de sus colaboradores, pero sé que andamos
irresistiblemente en torno suyo como imantados; tiene una humildad y una
santidad que te fascina».
Lo que más puede fascinar de nosotros es aquello que tengamos de
Dios. ¿Qué es lo que tenemos de Dios, que tendríamos que multiplicar y
hacer visibles? Porque eso que llamamos la santidad no es cosa de curas y
monjas, sino de todo bautizado. Y todos somos imagen de Dios, todos
tenemos algo de Dios. La semejanza la podemos perder por nuestra
finitud, egoísmos u otras manifestaciones de nuestro pecado, pero la
imagen no la perdemos nunca. Hemos sido creados a su imagen. Descubre
qué es aquello precioso que tienes de Dios para darlo a los otros, porque
eso es un don recibido, algo que no te puedes guardar. Y piensa que es algo
muy distinto de tus cualidades, tiene que ver más con la calidad que con la
cualidad. El padre Rubio sabía diferenciar esto cuando al final de su vida
sintiendo el golpe fuerte de la angina de pecho, pidió que le llevaran
primero a la capilla y después a la habitación, y allí se dedicó a romper los
cuadernos de sus escritos, pidiendo al enfermero que lo cuidaba que
terminara de hacer esa labor, porque todo eso que ahí estaba escrito: «¡Son
misericordias de Dios y miserias mías!». Esta es nuestra vida, esa
mezcla…
En el horizonte de la vida del padre Rubio siempre estuvo el buscar y
hacer la voluntad de Dios: hacer lo que Dios quiere, querer lo que Dios
hace, era su lema. Y la voluntad de Dios se le manifestó muy pronto en
dos direcciones:
Una, que no aspiraría a grandes cargos y carreras, aunque una y otra
vez sintió la invitación a ello. Se le propuso ser canónigo, llegó a ser
doctor en Derecho Canónico, dio clases en el Seminario de Metafísica y
Latín. Pero a pesar de todas esas cosas, él siempre tuvo claro que su
cátedra única no sería la de los títulos, carreras o dignidades, sino la del
púlpito para hablar a la gente de Dios y el confesionario para escuchar y
aliviar con la misericordia de Dios sus miserias.
Dos, que su camino y la voluntad de Dios para su vida sería ser jesuita,
primero de afición, que lo fue durante muchos años, y después de
vocación. Y por más que se resistió su protector, acabó alcanzándolo.
Pues bien, conseguir las dos le costó y mucho, porque la voluntad de
don Joaquín Torres, su padrino y protector, siempre le estorbaba. Quería
hacer de él un canónigo y después un doctor en Derecho Canónico y un
profesor del Seminario… Y le impidió por todos los medios que entrara en
los jesuitas, mientras él vivió.
Todos tenemos un Joaquín Torres en nuestra vida, cuando de buscar la
voluntad de Dios se trata, que nos estorba en ese camino de hacer lo que
Dios quiere para nuestra vida: a veces es una persona cercana, a veces
unos ideales grandiosos que tenemos, otras unas formas de vivir y unos
valores que nos dispersan y diluyen eso que un día fue un sueño grande y
que nos creímos de verdad: hacer lo que Dios quiere, lo que Dios sueña
para nosotros. Que tengamos la firme voluntad del padre Rubio y no nos
cansemos de buscar y hallar esa voluntad de Dios.
En el quehacer cotidiano de la vida del padre Rubio siempre estuvo la
gente, y entre la gente, siempre lo más pobres. Cuidar de los enfermos y
los pobres, esa fue hasta su muerte la dedicación fundamental de su
energía. Pronto empezó a reunir a grupos marginados. Visitaba un refugio
de mendigos, convocaba a los traperos, que acudían con aquellos carros
suyos tan típicos. A las empleadas de hogar les daba clases dominicales, a
los golfos que andaban por las calles se acercaba hasta hacerlos amigos y
poder orientarlos. A las Marías de los Sagrarios, aquella asociación que a
tantas mujeres agrupaba, les decía: «El Cristo del sagrario es el mismo
que el Cristo de los pobres». También tenía muchos colaboradores varones
a los que iba implicando en su labor social y que le apoyaban con sus
medios de transporte. «Pobres y sagrario, un único itinerario», repetía a
los que querían limitarse a prácticas piadosas.
Que en esta desescalada no nos olvidemos de los más pobres, que
compensemos todas esas ganas que tenemos de volver a las iglesias con
una voluntad determinada, como la del padre Rubio por socorrer a tanta y
tanta gente que va a quedar en la cuneta, porque ahora empieza otra
pandemia, que no es médica, que va a ser social. Que cada vez que
miremos al sagrario recordemos como el padre Rubio que «el Cristo del
sagrario es el mismo que el Cristo de los pobres».
Que el padre Rubio nos ayude a ello.
ADORA Y ESPERA

«Adora… y espera. Si no sabes decir nada, no importa, ese silencio basta;


aunque sientas el corazón seco, árido, incluso molestado de tentaciones;
no temas, sigue adorando, que esa es la puerta por la que Dios puede entrar
en tu vida; y si luego consientes aquello que Dios va despertando en ti,
afectos de gratitud, de más inmolación, de mayor servicio y entrega…
Toma todos estos afectos que el Espíritu Santo te da y preséntaselos
también a Jesús. Esta es una práctica muy principal que hemos de tomar
en nuestra vida creyente».
Adaptación de un texto del padre Rubio.
5 de mayo Buenas noticias

Martes de la cuarta semana de Pascua

Hch 11,19-26. Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados
cristianos.
Sal 86. Alabad al Señor, todas las naciones.
Jn 10,22-30. Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí.

Escuchando a los discípulos que proclaman la Buena Noticia, uno se da


cuenta de que lo hacen bien. Porque no se anuncian a sí mismos. Es
evidente que lo que dicen apunta a Cristo. Tanto es así que los empiezan a
llamar cristianos. Viendo también a quienes preguntan a Jesús y se
encuentran con la respuesta un poco exasperada de este: «Os lo estoy
diciendo, y no termináis de entenderlo, os lo estoy mostrando, y no
termináis de verlo», me pregunto, ¿qué nos ocurre que no somos capaces
de entender o acoger la buena noticia? Quizás que lo primero es ser
conscientes de la necesidad que tenemos de ella. Lo vemos con un
ejemplo. Cuando empezaron las noticias sobre el COVID-19 las
escuchábamos con cierta curiosidad, pero distancia. Si el 6 de enero nos
hubieran dicho que se había encontrado la vacuna, habríamos sacudido los
hombros y pensado, pues qué bien para los chinos de Wuhan. En cambio,
si nos lo dicen hoy, haríamos una fiesta, sería una gran alegría y daríamos
a su descubridor los galardones que estuvieran en nuestra mano. Porque el
6 de enero era algo ajeno, lejano, pero ahora es algo nuestro. ¿Quién está
preparado para escuchar y acoger la Buena Noticia? Quien es consciente
de que la necesita.
Esto nos ocurre con el evangelio, con la Buena Noticia de Jesucristo.
La Buena Noticia de Jesús es la salvación de Dios, universal, abierta a
todos, que todos necesitamos. Una salvación que Dios nos ofrece
gratuitamente. Que no nos impone, pero nos da. Para ser capaces de
acogerla tenemos que necesitarla (o más exactamente, tenemos que ser
conscientes de necesitarla).

Voy a compartir cinco dimensiones de la vida en las que pienso que las
circunstancias nos preparan más para recibir la Buena Noticia que nos trae
Jesús.
Primero, solo si somos conscientes de nuestros pies de barro
estaremos capacitados para entender la universalidad de la salvación (de
otro modo iremos dispensando carnets de merecedores). Esto no es una
cuestión de méritos, sino de amor. Quien construye la lógica de la
salvación como una carrera virtuosa de la cual van quedando eliminados
los pecadores, se engaña. En esa hipotética carrera, el puro no necesitaría
ser salvado, sino que se salva a sí mismo (o eso cree). Esta conciencia de
la universalidad de la salvación es justo la consecuencia de eso. ¿Por qué
los fariseos no acogen a Jesús y en cambio los publicanos, la prostituta, el
recaudador sí? Porque estos últimos son conscientes de necesitar ser
sanados, mientras los primeros se creen un dechado de virtudes. Quien va
por la vida mirando con arrogancia y caminando dos palmos por encima
de los demás al final cree que no necesita la misericordia y la buena
noticia se le escapa.
Segundo, la vulnerabilidad. El que se cree invulnerable tampoco
necesita ser sanado de nada. Nuestro mundo nos urge a mostrar siempre
fortaleza, no mostrar debilidad porque estás mucho más expuesto. Pero la
verdad es que somos débiles. Somos frágiles. Todos. Confundimos en
algún momento valor con fuerza, y parece que si muestras debilidad estás
mucho más expuesto. Pero sí, a veces necesitamos decir, no puedo más, no
llego, no tengo fuerza… Y nadie me necesita invulnerable. Jesús trae la
fuerza que se realiza en la debilidad. En nuestra debilidad somos capaces
de acoger su fortaleza. En nuestra propia fortaleza, en cambio, nos
envolvemos en burbujas que nos aíslan. No nos necesitamos invulnerables,
sino humanos. Y en nuestra debilidad capaces de acogernos unos a otros
como Dios nos acoge. Eso es buena noticia.
Tercero, la valentía de pedir ayuda, frente a la autosuficiencia del «yo
me basto». Cuidado con el apóstol que solo tiene una mano extendida para
ofrecer ayuda, pero no extiende otra para pedirla. Que no necesitamos
superhéroes. Quien va por la vida con complejo de todopoderoso se
equivoca. Ese es el pecado original de querer ser igual a dioses. A veces
pedir ayuda es abrirse a la buena noticia de que te la ofrezcan y te la den.
Cuarto, la compasión. Cuando uno tiene un corazón de piedra, cerrado
al prójimo. Cuando el otro no es tu problema. Cuando te refugias en una
burbuja de justificaciones «no puedo ocuparme de todos» (que nadie te lo
pide). En realidad, lo que Dios nos pide es: «Descubre que el prójimo es tu
hermano». A eso lo llamamos compasión, que es la capacidad de que
nuestro corazón sufra con el otro. El ejemplo primero sobre la enfermedad
–que cuando se ve como algo ajeno y lejano, no te preocupa–. Cuando te
importa, descubres la buena noticia de la fraternidad.
Quinto, la conciencia de no ser libres. Creo que ninguno lo somos
totalmente. Tenemos muchas ataduras, muchas pequeñas tentaciones que
nos envuelven. Muchas dinámicas que nos atrapan en lógicas que no nos
dejan vivir. La libertad no es una cuestión de todo o nada. Es una conquista
que se va haciendo durante toda la vida. Más aún, es un don (para la
libertad nos liberó Cristo). La libertad se alcanza saliendo de esas
prisiones que nos encadenan a vidas raquíticas para abrirse a un mundo
más amplio. Quizás una buena metáfora de esto sea el desconfinamiento.
El paso de la vida encerrada a la calle y el horizonte amplio; de las puertas
cerradas a las puertas abiertas; de la mirada a una pared a los paisajes; de
no ver al prójimo a verlo caminando por las calles y pensar en sus vidas.
La buena noticia de la libertad lo es porque nos sabemos esclavos.

Así que hoy quisiera convertir estas llamadas en oración, y pedirle a Dios
que nos ayude a abrir los ojos, los oídos y los brazos para acogerlo como
Mesías.
Que nuestros pies de barro nos hagan humildes.
Que nuestras heridas nos hagan sensibles hacia el dolor de los otros.
Que nuestra limitación nos haga valientes para pedir ayuda.
Que la compasión nos enseñe a descubrir lo pequeño como espacio de
salvación y de buena noticia.
Y que, desde el anhelo de libertad, acojamos su mano tendida, con la
alianza que nos ofrece, eterna e inmortal.
REVELACIÓN

Miré en el espejo,
y descubrí una ausencia.
No estabas conmigo.
No estaban tus manos
para mis heridas.
No estaban tus gestos
disipando miedos.
No estaba tu fuego
domando el invierno.

Me lancé a buscarte,
te echaba de menos.
Pregunté a las calles
si te habían visto.
«No está aquí»
dijeron.
Pronuncié tu nombre,
solo obtuve el eco
de mi angustia
y tu silencio.

Entonces, de golpe,
cuando más desvelos
rompían mis noches,
cuando la tormenta
bramaba en mi cielo,
comprendí que estabas.

Tú eras esa hambre


que me removía.
Eras el anhelo
llamándome lejos.

Eras la presencia
tras de mis nostalgias,
el deseo vivo
de mesa y encuentro.
Eras la mirada
en ojos amigos.

Eras la palabra
garabateada
con letra insegura
en este cuaderno.
6 de mayo
El «secreto» de los jesuitas

Miércoles de la cuarta semana de Pascua

Hch 12,24–13,5. La palabra de Dios iba creciendo y se multiplicaba.


Sal 66. Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Jn 12,44-50. El que me ve a mí, ve al que me ha enviado.

Presidió Pablo Guerrero, SJ

Si recuerdan, en la lectura del libro de los Hechos que acabamos de


escuchar, se nos habla de cómo la Iglesia de Antioquía, reunida en oración,
envía a Pablo y a Bernabé a predicar la Buena Noticia del Evangelio. Para
nosotros la Iglesia de Antioquia, uno de los patriarcados de la Iglesia de
los primeros siglos, debería estar siempre en nuestro corazón, porque fue
precisamente en aquella ciudad donde, por primera vez, se nos llamó
cristianos. El nombre es muy importante, porque nos dice quiénes somos,
a qué estamos llamados, cuál es nuestro horizonte. Y, en nuestro nombre,
en el nombre de cristianos, tenemos, nuestra identidad, nuestra vocación,
nuestra misión… Y lo que somos, lo que da sentido a nuestras vidas, lo
que nos envía hacia el futuro no es ni más ni menos que Cristo muerto y
resucitado. Ser cristiano, llevar ese nombre significa que hemos querido
poner nuestra esperanza en Cristo, que nos ha seducido, de tal manera, que
queremos ser como él, que queremos configurarnos con él, queremos
seguirle y, lo que es aún más importante, queremos imitarle.
Los jesuitas tenemos fama de no ser muy humildes, de no expresar
nuestros sentimientos, de ser «técnicamente perfectos y no mostrar nuestra
debilidad, nuestra vulnerabilidad». De tener muchos secretos. Pues casi
voy a revelaros cuál es el gran secreto de los jesuitas. Y es un secreto muy
sencillo. Hasta el jesuita más desastre, más incoherente, más pecador, al
menos una vez en su vida, sin duda muchas más, se ha emocionado e
incluso llorado al rezar una parte de los Ejercicios que se llama las Tres
Maneras de Humildad:
«La 3 a es humildad perfectíssima, es a saber, quando incluyendo la primera y segunda,
siendo igual alabanza y gloria de la divina majestad, por imitar y parescer más actualmente
a Christo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Christo pobre que riqueza,
oprobrios con Christo lleno dellos que honores, y desear más de ser estimado por vano y
loco por Christo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo»
[Ej 167].

Este es el «secreto de los jesuitas» (secreto que a veces nosotros


mismos olvidamos). Queremos ir a la misión de la misma manera que el
Padre envía al Hijo. Queremos identificarnos con Cristo: pobre, lleno de
oprobios, estimado por vano y loco… Y lo queremos porque llevamos el
nombre de Cristo. No es solo el secreto de los jesuitas, también es el
centro de la espiritualidad ignaciana: seguir a Jesús, e imitándole. No solo
contigo, también como tú.
Hoy todos nosotros, como Pablo y Bernabé hace 2000 años somos
convocados para anunciar al mundo que Jesús ha resucitado. Pero este
anuncio estamos llamados a realizarlo no «a lo bruto», no como si
pensáramos que nosotros somos los buenos, no despreciando a los que
piensan de otra manera. El mismo Nuevo Testamento nos lo dice: «Estad
siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os lo
pida; pero con ternura y respeto» (1 Pe 3,15).
Esperanza, ternura y respeto. Y no puede ser de otra forma, porque los
cristianos llevamos el nombre de Cristo, le llevamos a él mismo.
Queremos configurarnos con él. Con esperanza, con ternura y con respeto.
El tiempo de Pascua nos invita de una manera amable, pero clara, a dar
razón de nuestra esperanza, a anunciar la Buena Noticia de que Cristo
vive, de que Jesús está en medio de nosotros.
El tiempo de Pascua nos invita de una manera amable, pero clara, a
acariciar nuestra fe. Y también a preguntarnos no ya en qué creemos, que
sin duda es importante, sino cómo creemos. Mirad, podemos creer de
muchas maneras y no todas son cristianas: podemos creer
autoritariamente, acríticamente, ideológicamente, machistamente,
racistamente, homófobamente… Podemos creer de manera narcisista, de
manera fundamentalista, podemos creer de manera farisea… ¿Cómo
crees? ¿Cómo el fariseo o como el publicano de la parábola?
No sé si conocéis el trabajo de José Luis Cortés, alguien que es capaz
de hacer poesía y profecía a través del comic religioso. Cuanto bien me
hizo leer Un Señor como Dios manda, o Qué bueno que viniste, o El Señor
de los amigos, Teresa la de Jesús, Francisco el buenagente. Sin duda,
muchos de los que me escucháis conocéis su obra. En una de sus viñetas
de hace muchos años se ve a una persona, de porte altivo, con escapulario
y con una vela. Las palabras que se leían eran: «Su fe era como una roca:
dura, fría y completamente estéril».
Pues bien, tengamos cuidado en cómo creemos. Estamos llamados a
que nuestra fe en Cristo resucitado sea tierna, cálida y vivificadora. Pablo
y Bernabé llevarán el mensaje de Jesús a lo ancho del Mediterráneo.
¿Dónde lo vas a llevar tú? Con nuestra vida estamos llamados a anunciar
el mensaje de Jesús. Estamos llamados a ser como Jesús. Y hoy le hemos
escuchado en el evangelio decirnos: «no he venido para juzgar al mundo
sino para salvar al mundo». ¿Cómo le puedes ayudar en esta misión? ¿De
qué manera puedes ser caricia de Jesús, ternura de Jesús, justicia de Jesús,
mirada de Jesús? Es lo único que merece la pena, ser como Jesús y
anunciar el rostro de su Padre. Un Padre que, como leemos en el libro de
Judith, es «el Dios de los humildes, el defensor de los pobres, el apoyo de
los débiles, el refugio de los desvalidos, el salvador de los desesperados»
(Jdt 9,11). A ese Dios anunciamos.
Comenzaba la eucaristía citando a un obispo, Pedro Casaldaliga[1].
Quisiera terminar con las palabras de otro buen pastor, de monseñor
Helder Cámara. Él nos dijo: «Tengan cuidado de cómo viven. Sus vidas
pueden ser el único Evangelio que sus hermanos y hermanas leerán».

[1] Al comienzo de la eucaristía, Pablo evocó el conocido verso del sacerdote poeta: «Al f inal
del camino me dirán, “¿Has vivido? ¿Has amado?”. Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno
de nombres».
PORQUE SÉ QUE NACÍ PARA SALVARME…

Porque sé que nací para salvarme


y tengo que morir –es infalible–,
porque dejar de verte y condenarme
solo con otro dios será posible,
por eso río, duermo, quiero holgarme,
Señor, y tengo amor a lo visible.
Y solo me pregunto en qué me encanto
cuando huyo de la vida por ser santo.

José Luis Blanco Vega, SJ


7 de mayo
Enviados. La hora de tomar el relevo

Jueves de la cuarta semana de Pascua

Hch 13,13-25. Pablo se puso en pie y, haciendo seña con la mano de que se callaran,
dijo: «Israelitas y los que teméis a Dios, escuchad».
Sal 88. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.
Jn 13,16-20. El que recibe a quien yo envíe me recibe a mí; y el que me recibe a mí
recibe al que me ha enviado.

La palabra de hoy gira en torno a la idea del enviado. Así aparece Pablo, y
en el evangelio también Jesús recuerda a los discípulos que son sus
enviados, llamados a anunciar y hacer transparente a Dios. Es bonita esta
idea de que existen emisarios (enviados) de Dios. Fijaos cómo nosotros,
cuando decimos de alguien «es que es un ángel» (sabiendo que ángeles son
los emisarios de Dios), en el fondo lo que queremos decir es que su
bondad remite a una Bondad mayor. Que es un testigo, un enviado. Ahí hay
una llamada, una invitación y una pregunta, y es si nos sentimos enviados
a este mundo.
Claro, cuando uno lo piensa, inmediatamente surgen objeciones. Por
una parte, es fácil pensar: yo no tengo la sensación de haber sido enviado,
de tener una misión, de ningún tipo de mandato; bastante hago con vivir.
Lo segundo, con la conciencia de la propia limitación, uno se puede sentir
francamente indigno. ¿Cómo voy a anunciar yo a Dios, si ni siquiera me
siento suficientemente coherente, justo? Estoy yo como para considerarme
enviado de Dios…
A las dos objeciones me gustaría contestar con la imagen de una
carrera de relevos. En la carrera de relevos la gente se va transmitiendo el
testigo, unos a otros, se van pasando esa misión. Jesús envió a sus
discípulos («Id al mundo entero, a proclamar el evangelio»). Ellos a otros,
y así, una cadena que sigue hasta nosotros hoy. Podemos decir que no
queremos, pero el testigo lo hemos recibido. Somos parte de una historia.
Si hoy podemos sentir, saber o vivir que tenemos una palabra que
escuchar, un evangelio que anunciar y un reino que construir, es porque
otros nos lo han comunicado. En una cadena que se remonta a los primeros
enviados.
Segundo, a la segunda objeción hay que responder señalando que esto
no es una cuestión de perfección, sino de disposición. La pregunta que
Jesús nos hace no es si valemos para esto (porque todos valemos), sino si
estamos dispuestos. Entendedme. Estar dispuesto no es ¿te apetece? ¿Te
gustaría? Es mucho más. Es, ¿te atreverás a intentarlo? Y me atrevo hoy a
convertir y traducir esa disposición en pregunta, sabiendo que quizás no es
una pregunta que se conteste en un momento. Son preguntas que hemos de
ir contestando, no en un momento, sino en toda nuestra vida.
¿Estás dispuesto, estás dispuesta a hacer espacio en tu vida a la
Palabra, desde la escucha, desde la disposición a aprender (que eso es ser
discípulo), y desde la consciencia de que esa palabra tiene mucho que
enseñarte sobre ti, sobre el prójimo y sobre Dios?
¿Estás dispuesto a abrir tu vida al prójimo, sabiendo que prójimo es
quien te puede necesitar en un momento determinado cuando tú estás en
situación en la que de verdad puedes ayudar? ¿Vencerás la comodidad, la
resistencia, la inercia, el miedo a ser invadido? ¿Le abrirás tus brazos, le
darás tu tiempo, compartirás lo que tienes y lo que eres?
¿Estás dispuesto a ir tejiendo, con tu palabra, con tu vida y relaciones,
espacios de comunidad? Comunidad a la manera de Dios, que es un
espacio de diversidad, de vida compartida, de concordia, donde toca ir
excluyendo la violencia, el odio, el rencor o el egoísmo, que son lógicas
que solo terminan generando dolor y muerte.
¿Estás dispuesto a perdonar, o al menos intentarlo, cuando te hieran,
cuando te fallen, cuando te ataquen, a la manera de Aquel que en una cruz
habló con palabras de misericordia?
¿Estás dispuesto a hacer del amor a la manera de Dios tu lógica, tu
horizonte y tu camino?
¿Estás dispuesto a contarle al mundo que tienes un fuego dentro, que
ese fuego es Dios y que se convierte en calor, en luz y en motivo para la
esperanza?
¿Estás dispuesto a defender la vida, y a trabajar para que toda vida sea
digna, especialmente la de los más vulnerables, de los más débiles, de los
más indefensos, porque la vida es un regalo precioso de Dios?
¿Estás dispuesto a aceptar la libertad profunda que te ofrece Dios, una
libertad que no se deja encadenar por modas o ídolos, por ideologías o
guerras vanas, por batallas absurdas, por riquezas o miedos?
Tal vez asusta la grandeza de estos propósitos. Tal vez da miedo decir
«sí» por lo que podría implicar. Tal vez, como decía antes, no nos sentimos
dignos, preparados, capaces… Pero la verdad es que Dios nos ha hecho
mucho más capaces de lo que pensamos, mucho más grandes de lo que
vemos, mucho más fuertes de lo que imaginamos. Lo único que nos pide
es ser lámparas que brillen con su luz. Para que el mundo vea.
Y TENGO AMOR A LO CONCRETO

No basta un «habría que»


para dar forma a los sueños.
Pintar el amor
en muros de piedra
no garantiza vivirlo.
Conformarse
con listas de canciones tristes
es jugar a los náufragos.
La profecía no puede ser tan solo
un eslogan de camiseta.
No hay expertos en todo.

De poco sirve un quizás


cuando nos pides un «sí»;
de nada, un «alguien lo hará»
cuando tú esperas un «yo»

Es la constante tensión
que atraviesa nuestros días.
sobrevolar, o zambullirnos

Tú pones la encrucijada,
y nos dejas la decisión.
Vender aire
o ser testigos del Reino.
8 de mayo
Encuentros con el Resucitado: experiencia
personal, comunidad y sufrimiento

Viernes de la cuarta semana de Pascua

Hch 13,26-33. Os anunciamos la Buena Noticia de que la promesa que Dios hizo a
nuestros padres, nos la ha cumplido a nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús.
Sal 2. Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.
Jn 14,1-6. No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí.

Presidió Dani Villanueva, SJ

«No se turbe vuestro corazón…». Sois conscientes de que llevamos así las
4 semanas del tiempo de Pascua, en el que el Resucitado una y otra vez
nos está intentando animar con comienzos como este. Parece que en las
apariciones su objetivo no es otro sino animarnos y convencernos de la
buena noticia de la resurrección.
Y os confieso que creo que, por naturaleza, somos pesimistas. Es como
si nos costase más creer lo bueno, mientras que las noticias malas y los
bulos entran en nosotros como Pedro por su casa. Tengo un compañero
jesuita, buen amigo, que muchas veces, cuando nos vemos, lo que me dice
es «qué tal va todo, mal, ¿verdad?». Siempre me sorprende ese pesimismo
por defecto, creo que en tiempo de Pascua debemos de ser especialmente
conscientes de este peligro. Tenemos que evitar esa especie de «realismo
depresivo» que viene a decir que, a pesar de lo vivido en Semana Santa, en
realidad, nada ha cambiado, todo vuelve a ser normal.
Habitualmente no discuto esto, porque siempre, siempre, en todas las
vidas hay motivos para el desánimo. Os imaginareis que más aún en medio
de esta crisis:
• Vivimos rodeados de una atmósfera de dolor e incertidumbre que
nos desgasta y agota.
• Oímos constantemente noticias que anuncian y proyectan graves
consecuencias económicas y sociales que están por venir y sumarse
a la ya compleja situación que vivimos.
• Estamos desorientados por el dolor y luto de seres queridos.
• Estamos ya, al menos aquí en España, comenzando la semana
número 9 de cuarentena, que ya no hay quien lo aguante.
Nuestro peligro en este tiempo de Pascua es que la realidad se imponga
en nuestra vida de tal manera que creamos que las cosas no pueden
cambiar, que la realidad se nos muestre tan descarnada que lleguemos a
creer que es imposible que lo extraordinario pase. Podemos entrar en una
dinámica tal que no nos convence ni el Resucitado.
Creo que justo esta es la pedagogía de Dios en este tiempo de Pascua
hasta Pentecostés. En el fondo es ir poco a poco entendiendo cómo vivir en
este tiempo del Espíritu, aprendiendo a sintonizar y comprender dónde y
cuándo nos está hablando el Resucitado.
Y fijaos, porque es en medio de la situación que estamos viviendo
cuando el Resucitado se aparece y nos dice: «Alegraos», «no tengáis
miedo», «que no se turbe vuestro corazón». Siempre el Resucitado
comienza con estas palabras, porque ahora su oficio es de consolar, su
principal misión es transformar el duelo en alegría, tocar el corazón y
despertar a su gente con la buena noticia, que no quiere decir que el dolor
sea mentira o que el dolor no sea real, sino que él, Jesús, nos dice «estoy
vivo, voy por delante, no estáis solos». Esta es la buena noticia y la razón
de nuestra esperanza. Dicha para nosotros hoy.
Nuestro confinamiento, nuestro dolor, nuestra ansiedad, nuestro
miedo, no impiden en absoluto las dinámicas del Resucitado en nuestra
vida. Lo llevamos escuchando en los Hechos y en los evangelios de estas
últimas cuatro semanas. No importan nuestras puertas cerradas ni que esté
atardeciendo ni que vayamos cabizbajos ni que el miedo mande… El
Resucitado siempre se abre paso, aparece en medio de ellos y transforma
la comunidad. Las escrituras nos dan pistas interesantes en estas semanas
sobre este paso de la comunidad confinada y desesperanzada a convertirse
en los cimientos de una Iglesia evangelizadora de la que hoy somos
consecuencia y parte. No sé si os suena de algo, comunidad confinada y
desesperanzada, ahí es donde el Resucitado es un especialista. Y estos
evangelios de Pascua nos han ido dando pistas para entender la
experiencia del Resucitado.
Es una experiencia personal. No vale que me la cuenten. He de
experimentarla. He de tener mi propio momento de revelación, para poder
explicarlo con mis propias palabras, no vale repetir lo que otros dicen.
Se da en comunidad. El Señor se aparece la mayoría de las veces al
grupo de discípulos, cuando están juntos. Cada uno tiene la experiencia del
Resucitado a su manera, pero somos enviados como comunidad, como
Iglesia. Nadie se salva solo.
El sufrimiento. Las llagas es lo primero que muestra Jesús. La
resurrección no ha eliminado las marcas del dolor. El sufrimiento y la
debilidad son compatibles con la resurrección. «Lo que mata la vida es la
tristeza, no el sufrimiento», dice Toño García. No hay que tener
«supervidas» para resucitar. No es una noticia para los que les va bien,
sino al revés, para los que portamos llagas. A los que estamos encerrados y
atemorizados. A los que estamos decepcionados, a los pequeños, a los
normales, a los del montón… El límite, la debilidad, es la herida, el
espacio de comunión con el Resucitado.
Así que… Qué lujo creer en un Dios que nos abre el futuro de esta
manera, ¿verdad? Yo me preguntaba, si esto es así, ¿qué podemos hacer
nosotros para estar más atentos al Resucitado? La fe es una gracia, no está
en nuestra mano, pero sí que hay pistas, elementos que podemos trabajar
para afinar nuestra atención y nuestra vida de forma que seamos más
sensibles, más porosos, más armónicos con las frecuencias en las que
opera el Resucitado.

1) La experiencia personal. Si sigo con mi fe de la primera comunión


o del tiempo del colegio, si mi fe no ha crecido conmigo, si no tengo
oración personal, no he personalizado mis creencias, no tengo una
dimensión de relación con Cristo… Aquí tengo una línea de trabajo
enorme. La fe es una experiencia personal, una relación, insustituible por
dogmas o tradiciones, estos son clave en nuestra Iglesia, pero son medios
y ayudas para una relación con mi Dios, mi Creador y mi Señor. Sin
experiencia personal de Dios, es bien difícil experimentar al Resucitado.

«Cuando me llamas por mi nombre


ninguna otra criatura vuelve hacia ti su rostro en todo el universo.
Cuando te llamo por tu nombre
no confundes mi acento con ninguna otra criatura de todo el universo».

Benjamín González-Buelta

2) La comunidad. Si mi fe es exclusivamente mía y no la contrasto


con nadie. Si soy de esos que dicen que creo en Dios, pero no en la Iglesia.
Si no tengo comunidad donde vivir la fe, experimentar la fraternidad y
poner en práctica el servicio. Aquí tengo otra línea de crecimiento
importante. La fe se alimenta, crece, se celebra en comunidad; se
contrasta, se enriquece, se madura en comunidad; no tiene sentido si no es
vivida para otros, desde otros, junto con otros. Arrupe decía que «es
imposible pensar un amor de Dios que no incluya el amor por el menor de
los prójimos».

3) El sufrimiento. Si sigo pensando que la fe es solo un extra para los


momentos de intimidad gozosa, si la oración es un refugio para la
búsqueda de paz, si no he logrado aún mostrarme como soy, con mis luces
y mis sombras, si no reconozco que dentro de mí hay muchas partes
esperando la resurrección y no dejo al Resucitado entrar en mis heridas…
Aquí tengo otra línea enorme para seguir preparándome.

Amor es amar lo que nos duele, lo que nos sangra por dentro.
Es entrar en la entraña de la noche y adivinar la esperanza de la estrella.
Amor es abrazarse a la cruz, amor es resucitar.

Dulce María Loynaz

Así que estas son tres condiciones de posibilidad para estar más
atentos al Resucitado: buscar una experiencia de Dios cada vez más
personal, una fe cada vez más compartida en comunidad (y vinculada a
personas y relaciones), y una progresiva integración y aceptación de
nuestras heridas y dolor como espacio encuentro sanador con Dios.
Quizá tengan razón los pesimistas y es verdad que no ha cambiado
nada, pero quizá a la vez esté empezando a cambiar todo. Si avanzamos en
esta progresiva alineación con las frecuencias del Espíritu iremos
descubriendo esas presencias esperanzadoras, ese efecto consolador de
Dios, del que muchas veces oímos hablar a otros.
Notaremos entonces como que es posible vivir con más esperanza, que
estamos más en sintonía con Dios, más llenos de su presencia, capaces de
ir más allá de donde llegaríamos solos. Que, aunque el pecado no
desaparece y es una realidad en mi vida, no es la realidad definitiva. Y
entonces nos sentiremos un poco más libres de las ataduras, un poco más
ligeros ante lo de siempre, un poco más optimistas con las posibilidades
de la vida.
Os aseguro que cuando estamos en esta dinámica de consolación, el
Señor hace verdaderos milagros con nuestra historia. Así que estemos
atentos a su Espíritu. Porque abrazando al Resucitado, abrazamos la
esperanza, y en ella se abre el futuro de toda la humanidad. Y creyendo en
este Dios es fácil entender la buena nueva que supone escuchar «Yo soy el
Camino, la Verdad y la vida». Y así, sí que es posible cruzarse con los
amigos y decirnos, «¿Qué tal? Bien ¿verdad?».
LÍBRANOS, SEÑOR, DE LA TRISTEZA

Líbranos, Señor, de la tristeza.


Mana desde heridas viejas
y desde nuevos golpes repentinos
no bastante llorados
en lo que tienen de despojo,
ni bastante acogidos
en lo que tienen de nueva libertad.

Se infiltra astuta en la mirada


y apaga el brillo
de las realidades cotidianas.
Va depositando
en la coyuntura de los huesos
su rigidez y su torpeza.
Un aire inasible
empapa de desazón indescifrable
los recuerdos luminosos.
Las certezas cálidas de ayer
parecen arqueología ajena,
esculturas sin nombre
en plazas olvidadas.
Como nube empujada por el viento
con formas grotescas y cambiantes
nos oculta el horizonte
con su amenaza fantasmal.

La tristeza se esconde
bajo el deber cumplido
y la respuesta esperada por la gente.
Maquilla su rostro
con arrugas de ayuno.
Se disfraza de sensatez
que todo lo calcula bien.
Va doblando las espaldas
con el ancho escapulario
de los «cofrades resignados»,
que han visto y saben todo,
y ya no esperan nada nuevo
que valga la pena celebrar.

Al pasar las siluetas juveniles


con sus risas de colores,
va quedando un poso de nostalgia,
de oportunidades nunca atrapadas
en el puño ya sin fuerza.
La tristeza nos deja en el alma
un residuo de vida usada,
de Dios de catecismo
con las preguntas y respuestas
ya sabidas de memoria,
repetidas hasta el tedio.
¡Líbranos de la tristeza,
Señor de la alegría!

Benjamín González Buelta, SJ


9 de mayo
Aprender, orar, luchar y encontrarse. Cuatro
modos de mostrar a Dios

Sábado de la cuarta semana de Pascua

Hch 13, 44-52. Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero
como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos
dedicamos a los gentiles.
Sal 97. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.
Jn 14,7-14. El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores,
porque yo me voy al Padre.

«Muéstranos al Padre». Esta petición, propia de la búsqueda de Dios, es


comprensible y es parte de la experiencia creyente. Cuando los discípulos
piden a Jesús ver a Dios, Jesús les invita a fijarse en él y en sus obras (y
les dice, si lo comprendéis, haréis estas mismas obras). Me gustaría hoy
hacer este viaje hacia las obras en tres pasos.

El primer paso es el propio Jesús. ¿Qué vemos en Jesús?


Alguien que aprende (lo que es necesario). Jesús va creciendo a la vez
que crece su misión. Es el maestro que aprende. No es un sabelotodo que
todo lo tiene claro desde el principio. Es el que deja que el mundo lo
interpele, lo inquiete y lo cuestione. Tenemos dos ejemplos: las imágenes
con las que habla de Dios están tomadas del mundo alrededor y, así, las
parábolas son el resultado de dejarse interpelar por el mundo que le rodea;
y la manera en que el contacto con la gente le hace comprender que la
buena noticia no es para unos pocos, un pueblo elegido, sino para todos.
Como aquella cananea que le ayuda a formular la universalidad de la
buena noticia.
Alguien que ora. Ese es un espacio donde alimenta su fe, su intimidad
con Dios, y la profundidad. La oración es parte de su tiempo y de su vida.
Tan necesaria como las obras. Es el espacio para la conciencia de estar
sostenidos por Dios. El Dios que revela Jesús no es un Dios ausente, sino
un Dios presente que se comunica con nosotros. La oración es un espacio
para alimentar la fe y la intimidad con Dios.
Alguien que lucha, y cuando es necesario, planta cara. Sí, Jesús no es
un pánfilo al que le parezca que todo está bien. Tiene que pelear con otras
lógicas y con otras maneras de entender la realidad. Sabe mantenerse
firme, es severo cuando hace falta, y en ocasiones tiene esa resistencia
propia de los profetas. Pero el tema clave no es la actitud. Si solo fuera eso
cualquiera podría utilizar el episodio de los mercaderes del templo para
justificar formas de agresividad que son injustificables. La clave es el por
qué (y sobre todo por quién) luchar. Jesús lo hace por los desamados de
este mundo. Para demostrarles, una y otra vez, que son dignos de ser
amados. Y que cualquiera que les diga lo contrario se equivoca.
Alguien capaz de ir trenzando encuentros. Jesús no revela un Dios
solitario, sino el Dios de los encuentros, que genera comunidad. Pues bien.
Es difícil imaginar a Jesús solo (otra cosa es que en momentos se retire a
la soledad, pero básicamente lo vemos con otros). Jesús aglutina alrededor
una comunidad. Y en esa comunidad hay diferencias, hay acogida. Hay
sensibilidad. Hay variedad. Hay fragilidad, ternura, pluralidad,
tensiones… La vida misma. Pero, por encima de todo eso, está el vínculo
del amor.

El segundo paso es ver a María. María es un buen ejemplo a la vez todas


esas cosas. Quien se deja tocar por la encarnación reproduce esa misma
lógica. En ella se hace realidad lo de «el que cree en mí hará las obras que
yo hago».
Es la discípula que aprende. Sabemos de ella que lo que va viviendo la
desborda, pero guarda todas esas cosas en su corazón (tiempo, silencio y
profundidad aparecen aquí como los tres elementos de ese ser discípula).
Es la mujer que ora. La anunciación es quizás el primer momento de
oración que nos cuentan los evangelios. En la oración su vida se refiere a
Alguien más.
Es una mujer que lucha. Su resistencia queda plasmada en el
Magnificat, quizás el himno más profético puesto en boca de un personaje
evangélico que no sea Jesús. Probablemente el testimonio de María en
medio de los discípulos mostró que creía profundamente en esa lógica del
Dios que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, y por
eso Lucas lo plasmó en ese canto puesto en sus labios.
Por último, la veremos como fuerza aglutinadora de la acogida que
genera comunidad. Su encuentro temprano con Isabel, su mirada atenta en
Caná, su testimonio al pie de la cruz, hasta su presencia con los discípulos
en ese tiempo del surgimiento de la Iglesia. Todo ello son ejemplos de esta
capacidad de vivir el encuentro.

El tercer paso nos toca darlo a cada uno de nosotros. Y nosotros, ¿qué?
¿Pueden nuestras obras ser reflejo de esa misma lógica? ¿Pueden ser
reflejo del Dios que aprendemos a ver en Jesús? Quizás hay algún
momento en la vida en que nuestras propias obras tienen que ayudarnos a
ver si vamos por el buen camino. Si están siendo reflejo de que hemos
empezado a vislumbrar a Jesús. Y ahí tenemos varios caminos para
examinar nuestra propia vida, y si es reflejo del Dios que nos habita. Tal
vez necesitamos examinar cómo andamos de:

1) La capacidad de aprender (pero no solo en temas de fe, sino en


tantos temas). Dios nos ha creado ignorantes, pero capaces de
aprender, de conocer, de entender. Pero aprender no es fácil, requiere
tiempo, dedicación y voluntad. Desgraciadamente, vivimos en un
mundo que aplaude a los ignorantes que se creen lumbreras. No
tengo nada contra los ignorantes –yo lo soy en muchas cosas–. Pero
es mucho mejor un ignorante que sabe que lo es y ambiciona
respuestas.
2) Nuestra vida de oración es el recordatorio de la presencia de Dios en
nuestras historias. Si algo ha podido tener de bueno este tiempo en
medio de tanta tragedia es el ayudarnos a hacer un espacio de
silencio y volvernos hacia Dios desde nuestras preguntas, heridas,
búsquedas, o desde la gratitud por lo que hemos descubierto que
teníamos.
3) ¿En qué consiste nuestra resistencia y nuestra lucha? Claro que
tenemos que luchar. Pero ojo con confundir cualquier batallita con el
evangelio. Decía antes que la clave no es la actitud, sino la causa.
Hay mucha gente que lo único que ve de Jesús es la actitud de un
momento sin contexto. La eterna tentación de los violentos –y los
hay, también en la Iglesia, que se convierten en matones, en troles en
las redes, en insultadores profesionales, gente que en lugar de
construir comunión la destruye–, es justificar su violencia en la
imagen del Jesús que expulsa a los mercaderes del templo. Pero la
resistencia de Jesús es mucho más noble. Siempre salva a las
personas. No confunde sus intereses con los del Reino. Y no
equivoca las batallas por la vida y la dignidad de los seres humanos
con batallas por sus propias obsesiones. No insulta. No descalifica.
No odia.
4) La capacidad de vivir con otros y romper la burbuja del
individualismo (personal o colectivo) en el que estábamos
instalados para crear espacios de encuentro. Hoy quizás este es el
mayor reto para los cristianos. Hoy, cuando nuestro mundo está
crispado. Cuando la división es un arma de propaganda y de
distracción masiva. Cuando el sectarismo hace que asistamos,
también en esta pandemia, a episodios que harían sonrojar a
cualquiera con un poco de decencia y a batallas políticas que son ya
una ofensa a la memoria de más de 30 000 muertos, necesitamos
convertirnos en muñidores de un nuevo tipo de sociedad, de
comunidad, de familia humana. No podemos dejarnos atrapar en
este juego del odio. Debemos dar el mensaje de una comunidad
plural que pelea, a brazo partido, por la dignidad humana en todas
sus circunstancias. Tenemos que ser libres para buscar la verdad,
para plantar cara a los abusos y para aplaudir y apoyar los pasos
humanos, más allá de trincheras y bloques ideológicos. Y os
garantizo que no está fácil.

Termino donde empezaba. No en nosotros, sino en Jesús. El que nos


enseña, al aprender, que Dios es maestro. Al orar, que Dios es refugio. Y al
luchar, que Dios es nuestra justicia. Y en su amor, nos presenta y nos
invita a vivir con el Dios de los encuentros.
HABLA LA VIDA

Habla la Vida,
no en palabras ni versos,
no en poemas ni cantos,
no en susurro,
no en grito.

Habla, primero,
al abrazar al herido
y dar agua al sediento,
al partirte un poco la espalda
para cargar con los abatidos
(¿quién, si no, tirará de ellos?).
Habla la Vida,
en el perdón sincero,
en el respeto,
en un amor de hermano,
de amigo,
de amante eterno
en la mesa dispuesta
para saciar al hambriento.

Si la Vida calla,
el poema, el grito, el canto…
…es verbo hueco.

Pero si cantan las obras,


si recita el gesto,
si grita la vida,
eso es evangelio.
10 de mayo
Camino, verdad y vida

Quinto domingo de Pascua

Hch 6,1-7. Escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de
sabiduría, y los encargaremos de esta tarea. Nosotros nos dedicaremos a la oración y al
servicio de la palabra.
Sal 32. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
1 Pe 2,4-9. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.
Jn 14,1-12. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí.

Entre las imágenes que Jesús toma de la vida para describir cómo se
entiende, quizás una de las más atractivas es esta en la que se define como
el camino, la verdad y la vida. ¿En qué sentido lo podemos interpretar así?
¿Qué significa decirle tú eres mi camino, tú mi verdad y tú mi vida?
Empiezo hablando de la relación entre el camino y la vida. Una vez
más me sale la memoria de tantas peregrinaciones.
Creo que el camino es una buena metáfora de la vida. Varias veces he
aludido a historias del camino de Santiago en estas semanas. Creo que el
camino, la experiencia de peregrinar, tiene muchísima fuerza en nuestras
historias precisamente por ese aprendizaje para la vida. Dejadme, antes de
aplicarlo a Jesús, hacer algunos paralelismos. El camino tiene su comienzo
y su fin. Pero no es únicamente salir o llegar lo importante. Lo importante
es todo lo que hay entre medias. Lo que disfrutas de una peregrinación son
todos los buenos momentos, pero también tienen sentido los malos. Todo
lo que se va convirtiendo en memoria, historia y vida. Hay días mejores y
otros peores. Los disfrutas todos. El camino no está hecho solo de buenos
momentos.
Las personas, en el camino, somos un pozo de sorpresas. A veces te
encuentras que quien te parecía más frágil camina sin ningún tipo de
problema y quien parecía poco menos que se iba a comer el mundo se
viene abajo porque una ampolla le parece un mundo. Y es que la fuerza y
la debilidad, en el camino –como en la vida– tienen sus propias dinámicas,
que no siempre son las más aparentes. En el camino –como en la vida– se
puede pasar como peregrino o como turista. Lo deseable es estar como
peregrino. El turista se disfraza de peregrino (y lleva todo el equipamiento
exterior), pero ninguna de las actitudes que uno necesitaría por dentro. El
peregrino, en cambio, sabe a dónde va, a qué, y con quién. El buen humor
es fundamental –en el camino y en la vida–. Necesitas reírte y hacer reír a
otros. Y, a veces, más aún cuando las cosas están peor. Hay días que solo
puedes aguantar y esperar que pasen. Otros, en cambio, se te pasan
volando.
En el camino no vas solo. Vas con otros. A veces es el grupo con el que
comienzas. También gente que vas encontrando, aunque hayas empezado
por tu cuenta. Y, por un tiempo, la marcha coincide y te conviertes en
compañero de camino. Pero, al tiempo, sabes que hay que respetar ritmos,
tiempos y motivos. Por eso el buen peregrino acompaña, pero no invade.
Comparte unos momentos, pero no los impone. Ayuda unos días y se deja
ayudar otros.
Hay algunas cosas que controlas y dependen de ti (el equipaje, los
planes que haces, la información que puedes necesitar). Hay otras que no
(el clima, o la geografía). En cuanto al equipaje, hay que llevar poco
(cuanto menos mejor, eso sí, lo necesario). Cuanto más exceso llevas más
pesado se hace.
En el camino sale lo mejor y lo peor de las personas. Hay momentos y
detalles de verdadera solidaridad en el camino, cuando ves a alguien que
va peor –pero también los puede haber de puro egoísmo–. Y puedes ir
mirando lo que te rodea y disfrutando de la vista, o puedes ir tan
obsesionado con llegar que no te das cuenta de lo que tienes alrededor.
Decir que Jesús es nuestro camino y nuestra vida tiene mucho de esto
mismo. La fe, como el camino, es una relación que va creciendo. Cada día
importa. A medida que avanzas, te va resultando más fácil lo que tal vez al
principio era tremendo (un puerto de montaña, una larga marcha…). En la
fe también vas aprendiendo a caminar y lo que al principio te cuesta, no
comprendes o te resulta extraño, luego te vas haciendo más recio y quizás
lo integras de un modo mucho más normal. En la fe también tienes que
aprender a prescindir del equipaje superfluo. Y tenemos mucho.
Adornamos la fe con tantos envoltorios, que hay que tener cuidado de no
absolutizar lo que no tenemos que absolutizar; no dogmatizar lo que no es
dogma; no convertir en eterno lo que nace en un momento, un contexto o
una cultura, pero ni estuvo desde el principio de la historia de la Iglesia ni
prevemos que vaya a durar mucho más. En cambio, hay otro equipaje
(creencias, verdades de fe) que son imprescindibles para caminar. En la fe
también puedes tener días buenos y malos. De hecho, hay días en que
aguantas solo pensando en la meta (que es la vida plena). Y puedes ser
turista o peregrino. Eres turista cuando ni profundizas ni aterrizas ni
comprendes. Eres peregrino cuando la fe te va transformando. Las
actitudes del camino que nacen de la fe son las del amor, la capacidad de
hacerse prójimo y la alegría profunda que llamamos sentido.
Y, hablando de sentido, una palabra sobre la verdad. En el camino (de
Santiago) hay flechas amarillas que te van indicando por dónde va la ruta.
Te llevan, te guían, te ayudan. Si pierdes alguna, puede ser que termines
extraviado, dando rodeos o metiéndote en sitios en los que querrías no
estar. A veces también pasa que es más goloso dejar las flechas e ir por la
carretera –incluso hay quien prefiere ir en coche–, pero no te das cuenta de
que te pierdes el precioso paisaje reservado a quien acepta el camino con
sus costes. Subir la montaña y ver el paisaje que se despliega alrededor es
parte de la esencia del camino y los atajos o los caminos alternativos
hacen que te lo pierdas. Con Jesús ocurre lo mismo. Él nos muestra el
camino, la verdad que necesitamos. La fe tiene también sus indicadores,
sus flechas amarillas. Diría tres: el evangelio. Una tradición viva que es el
despliegue de la verdad de Jesús. La tradición no es algo muerto y cerrado,
sino que sigue nutriéndose de preguntas, de búsquedas y del diálogo con la
realidad. Y testigos, cuyas vidas apuntan a Jesús (cuya vida apunta al
Padre).
¿Qué nos enseña Jesús? Jesús nos muestra una triple verdad: la verdad
de Dios, porque nos ayuda a conocerlo (como decíamos ayer). Nos
muestra la verdad del mundo, porque nos enseña a entender sus heridas y
nos enseña también, en el horizonte, lo que podría llegar a ser. No un
análisis, sino una mirada creyente. Y nos muestra la verdad de nuestra
propia vida. Que, curiosamente, vista por sus ojos, resulta mucho más
atractiva, profunda, noble y llena de posibilidades de lo que nosotros
mismos creemos en ocasiones. Hoy me decía alguien: «Últimamente en
las homilías nos estáis poniendo el listón muy alto», como diciendo, «esto
es muy exigente». Y lo que pensaba yo es que a veces no nos creemos
capaces de vivir el evangelio. Pero Dios sí, Dios nos sabe capaces. Dios
nos ve capaces de volar. Y, pudiendo volar, ¿quién querría quedarse en
tierra?
MI EQUIPAJE

Mi equipaje será ligero,


para poder avanzar rápido.
Tendré que dejar tras de mí
la carga inútil:
las dudas que paralizan
y no me dejan moverme.
Los temores que me impiden
saltar al vacío contigo.
Las cosas que me encadenan
y me aseguran.
Tendré que dejar tras de mí
el espejo de mí mismo,
el «yo» como únicas gafas,
mi palabra ruidosa.
Y llevaré todo aquello que no pesa:
Muchos nombres con su historia,
mil rostros en el recuerdo,
la vida en el horizonte,
proyectos para el camino.
Valor si tú me lo das,
amor que cura y no exige.
Tú como guía y maestro,
y una oración que te haga presente:

«A ti, Señor, levanto mi alma,


en ti confío, no me dejes.
Enséñame tu camino.
Mira mi esfuerzo.
Perdona mis faltas.
Ilumina mi vida,
porque espero en ti».
11 de mayo
Abandonad los ídolos

Lunes de la quinta semana de Pascua

Hch 14,5-18. Os anunciamos esta Buena Noticia: que dejéis los ídolos vanos y os
convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo, la tierra y el mar y todo lo que contienen.
Sal 113b. No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria.
Jn 14,21-26. El que me ama guardará mi palabra, y mi padre lo amará, y vendremos y
haremos morada en él.

Presidió Pablo Guerrero, SJ

«Os predicamos el Evangelio, para que dejéis los dioses falsos y os


convirtáis al Dios vivo». Esta es la misión a la que los primeros cristianos
fueron invitados. Predicar el evangelio de Jesús para dejar los dioses
falsos, para invitar a la conversión al Dios vivo. Entonces, como ahora, es
muy importante separar a los dioses falsos del Dios vivo. Separar los
ídolos, los fetiches, del Dios que se revela en Cristo, del Dios Padre y
Madre que nos aparece en Jesús.
Si leemos el AT (el libro del Éxodo, muchos de los libros de los
profetas) vemos que hay una tentación que recorre continuamente la
historia del pueblo de Israel: la de adorar y dar culto a los dioses de los
pueblos vecinos. Se trataba de dioses atractivos y cómodos, los vemos, los
podemos manipular, comprar… «Ídolos de oro y plata, obra de manos de
los hombres que tiene boca y no hablan, ojos y no ven». Las religiones
idolátricas van a amenazar continuamente el culto a Yahvé.
Si recordáis cuando el pueblo se enfrenta a la prueba en el desierto,
abandona al Dios que los había sacado de Egipto, que les había dado la
libertad frente a la esclavitud; y este pueblo pide a sus líderes:
«Haznos un dios que vaya delante de nosotros…» (Ex 32,1).

«(…) fundieron un becerro y exclamaron: este es tu dios, Israel, el que te sacó de Egipto»
(Ex 32, 4).

Idolatría entonces, idolatría ahora… Adorar algo hecho por mano de


hombre. Somos incapaces de estar con la Vida y estamos con algo inerte
(muerto) a quien llamamos Dios y a quién adoramos. La idolatría es muy
peligrosa, porque los ídolos (así nos lo enseña la historia comparada de las
religiones), más tarde o más temprano acaban exigiendo sacrificios
humanos. Esos diosecillos, esos fetiches palpables, maleables, hechos a
nuestra imagen y semejanza, a nuestra medida, siempre acaban exigiendo
sacrificios humanos.
Quizás hoy sea un buen día para preguntarnos: ¿a quién llamamos
Dios?, ¿a quién adoramos? ¿Quién es Dios para mí, a quién llamo Dios en
mi vida? ¿A qué Dios ofrezco sacrificios u holocaustos? ¿En qué Dios creo
y contra qué ídolos combato?
Sin duda al hablar de ídolos, de fetiches, de realidades a las que
llamamos y consideramos Dios, más de uno ha pensado en cosas como el
dinero, el afán de ser más que los demás, la vida fácil, las ideologías… Y
es verdad; sin duda, podemos hacer que nuestro Dios sea el dinero o el
placer o la comodidad, o mi YO. Todo eso es verdad.
Pero yo os invitaría y me invitaría a repasar nuestras imágenes de
Dios, porque quién sabe si se nos ha colado de rondón algún ídolo, algún
fetiche, algún dios falso. Por si a alguien le ayuda, voy a señalar las cinco
falsas imágenes de Dios que creo que más daño nos pueden hacer. Pueden
ser algunos ídolos a los que podemos estar adorando sin saberlo:
El dios sádico, que exige sangre, cosas que nos duelan. Un dios que
nos hace sentir que la virtud es difícil y cuesta mucho sacrificio. Se
presenta como un dios que nos entrega a su hijo para que lo matemos y,
así, aplacar su ira (¿qué tipo de padre puede querer el sufrimiento de su
hijo?). Adoramos a este ídolo cuando creemos que el dolor es bueno e
incluso lo pedimos. Pero no debemos olvidar que el masoquismo es una
disfunción sexual, no una virtud cristiana. La actitud cristiana no es la de
pedir a Dios sufrimientos. Debería, más bien, tomar esta forma: ¡Señor,
que cuando llegue el sufrimiento (que llegará sin duda) no huya, ayúdame
a vivirlo como tú lo hiciste, ayúdame a no bajarme de la cruz! Frente al
dios sádico, confesamos que el Dios de Jesús es el Dios de la misericordia,
el Dios de Jesús es el Dios del amor incondicional. El Padre de Jesús no es
un sádico, es un Dios de vivos.
El dios negociante, con el que se puede comerciar. Adoramos a este
ídolo cuando prometemos una misa, un regalo, una donación, un sacrificio,
etc., si me concede lo que le pido: una curación, un beneficio económico,
un trabajo, una novia, etc. En el fondo es un dios manipulable, que
«obedece» a las oraciones, a los ritos o a los conocimientos más o menos
esotéricos. Y puede ser también, en el fondo, un dios personalista e
intimista, dios de mi propiedad, al que manejo a mi gusto, hecho a mi
imagen y semejanza («mi diosito»), que defiendo frente a la posibilidad de
que me lo ataquen, y así tenga que cambiarlo. Con este tipo de ídolo
podemos llegar a mantener la misma relación que Gollum tenía con el
anillo de poder («mi tesoro»). Frente al dios negociante, confesamos que
el Dios de Jesús es el Dios de la gratuidad. El Padre de Jesús no es un
negociante, es todo gracia, es todo gratis. Nos quiere no porque seamos
buenos, nos quiere porque él es bueno.
El dios juez implacable, que está listo para juzgarnos y castigarnos,
sobre todo en lo que respecta a todo aquello que tiene que ver con el sexto
mandamiento y la sexualidad. Es el dios que mira solo a las categorías
abstractas y a las normas, nunca a las personas concretas. Es el dios que
nos «etiqueta» y para el que la ley es antes que el ser humano. Frente a ese
dios juez, confesamos que el Dios de Jesús es el Dios del perdón, de la
reconciliación, es el Dios que no se queda en la superficie, sino que mira
al corazón, es un Dios que nos da un abrazo tan fuerte que es capaz de unir
todas nuestras partes rotas. El Padre de Jesús no es un juez. Es Abbá.
El dios placentero y «facilón» que es, en realidad, una proyección
infantil de nuestras imágenes y miedos, que excluye el dolor y se lo ahorra
a sus fieles devotísimos. Es un dios «creado» por nuestro principio del
placer. Adoramos a este ídolo cuando prestamos oídos sordos a palabras de
Jesús tales como: «niégate a ti mismo», «carga con tu cruz», «si el grano
de trigo no muere…». Un dios de la falsa conciliación y la falsa paz, un
dios de paz sin justicia, de bienestar sin conflicto, de ideología sin
compromiso, de religión sin sacrificio. Un dios que no quiere ver la
realidad. Frente a este dios placentero y facilón, confesamos que el Dios
de Jesús es el Dios del Reino, es decir, de un proyecto histórico suyo para
con la humanidad, que implica paz, justicia, concordia, solidaridad,
igualdad, respeto entre todas las personas, respeto con su creación… El
Padre de Jesús no es cómodo ni facilón. Es un Dios apasionadamente
comprometido con su creación.
Y, finalmente, el dios «arbitrario», frente al cual no nos explicamos
que no actúe para acabar con el mal en el mundo y en la historia humana.
Un dios que ayuda a unos sí y a otros no; a unos los cura y a otros no; hace
que a unos les toque la lotería y que otros pierdan al amor de su vida; ha
querido que unos hayan nacido en un país pobre y otros en un país rico.
¡Qué mala suerte! Mucho ojo porque este diosecillo se nos ha colado de
rondón. Un dios que entra en crisis frente al dolor y al mal en el mundo.
¡Cuántos ateos ha producido este dios! Si pensamos que Dios puede hacer
todo, siempre y en cualquier momento, cuando le plazca, mucho me temo
que, si un niño de África muere de hambre o una persona muere de cáncer
o una persona padece el COVID-19, «ese dios es un malvado». Adoramos
a este ídolo cuando olvidamos que Dios es todopoderoso en el amor; es
todopoderoso porque nos quiere más allá de lo que podemos pensar,
porque nos quiere tanto que nos da la libertad y respeta la creación. No
olvidemos nunca que el poder de Dios se manifiesta plenamente en la
cruz. Pero que nadie crea que el Padre de Jesús no hace nada ante el dolor,
ante el pecado, ante la muerte. Ante el mal, ante el dolor, está actuando
continuamente, sin descanso. Sabemos lo que Dios ha hecho, te ha hecho a
ti, me ha hecho a mí. Confesamos que el Padre de Jesús es el Dios de la
esperanza, que provoca en nosotros la capacidad de creer y de esperar, que
hace posible, que colaboremos en la movilización de la historia.
«Dios no cumple todos nuestros deseos sino todas sus promesas» (Dietrich Bonhoeffer).

Ante la cruz me invito y te invito a que te hagas dos preguntas: ¿en qué
Dios crees? ¿Contra qué ídolos combates? Quizás así podamos decir con
verdad, lo mismo que hemos oído hoy en boca de Pablo y Bernabé: «Os
predicamos el Evangelio, para que dejéis los dioses falsos y os convirtáis
al Dios vivo».
BENDICE MIS MANOS

Bendice mis manos


Señor, bendice mis manos
para que sean delicadas y sepan tomar
sin jamás aprisionar,
que sepan dar sin calcular
y tengan la fuerza de bendecir y consolar.

Señor, bendice mis ojos


para que sepan ver la necesidad
y no olviden nunca lo que a nadie deslumbra;
que vean detrás de la superficie
para que los demás se sientan felices
por mi modo de mirarles.

Señor, bendice mis oídos


para que sepan oír tu voz
y perciban muy claramente
el grito de los afligidos;
que sepan quedarse sordos
al ruido inútil y la palabrería,
pero no a las voces que llaman
y piden que las oigan y comprendan
aunque turben mi comodidad.

Señor, bendice mi boca


para que dé testimonio de Ti
y no diga nada que hiera o destruya;
que solo pronuncie palabras que alivian,
que nunca traicione confidencias y secretos,
que consiga despertar sonrisas.
Señor, bendice mi corazón
para que sea templo vivo de tu Espíritu
y sepa dar calor y refugio;
que sea generoso en perdonar y comprender
y aprenda a compartir dolor y alegría
con un gran amor.
Dios mío, que puedas disponer de mí
con todo lo que soy, con todo lo que tengo.

Sabine Naegeli
12 de mayo
El conflicto y la paz verdadera

Martes de la quinta semana de Pascua

Hch 14,19-28. Reunieron a la Iglesia, le contaron lo que Dios había hecho por medio de
ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.
Sal 144. Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado.
Jn 14,27-31a. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo.

Las palabras de Jesús, sobre una paz que da el mundo, distinta a la que da
Dios, invitan a preguntarse e intentar entender cuál es una y cual es otra.
La paz es, de algún modo, el reverso del conflicto. Hay una triple
fuente de conflicto en la vida. Con Dios (por muchos motivos, porque no
entendemos, porque no te encontramos, porque no nos lo pones claro,
porque a veces te necesitamos y pareces no responder, porque la duda
muerde, o porque tu evangelio es exigente…). Con los otros (por distintos
motivos, y cada quién sabe cuáles son sus conflictos). Con uno mismo. A
menudo te enfadas contigo mismo. No te puedes, no te aguantas, y te
peleas por dentro.

¿Cómo se conquista la paz según la da el mundo?

Con Dios, o bien sucumbimos al temor, u optamos por la manipulación


(amoldo a Dios a mis necesidades), o por volverle la espalda (todo lo que
ayer nos recordaba Pablo sobre los ídolos encajaría de nuevo en esta
mirada). En definitiva, distintos caminos para intentar vivir cómodamente
con un Dios domesticado.
Con el prójimo, hay distintos caminos para conquistar la paz según el
mundo. Uno podría ser la violencia y el dominio –ya que tenemos
conflicto, yo voy a vencer–, utilizando mis recursos, elocuencia,
capacidades, dureza, cinismo, poder… Lo que sea. La sumisión es justo lo
inverso: todos conocemos gente que no es capaz de disentir y decir lo que
piensa, no vaya a molestar; y tendrías ganas de pedirles que reaccionaran
un poco. También cabe la distancia que pones con otros problemáticos,
para no complicarte la vida (y a esa distancia a veces la disfrazamos de
seguridad y en nombre de la seguridad estamos dispuestos a renunciar a
muchas cosas). También hay manipulación en la relación con los otros.
Por último, con uno mismo (esa es la más difícil), también hay
caminos incompletos y no evangélicos para alcanzar ciertas dosis de paz.
Ahí está la evasión: para no pensar o no afrontar las guerras de dentro,
saltar de vivencia en vivencia, de diversión en diversión, probar todo sin
echar raíz, porque quizás sea ese echar raíz lo que te exige crujirte un
poco. También hay todo un mundo de psicologías del bienestar,
autoestima, etc., que pueden ayudar, pero que hay que tener cuidado de
que no se conviertan en una forma de pensamiento positivo que te vuelve
un egoísta integral.

¿Cómo se luchan esas tres batallas a la manera de Dios?

La actitud con Dios es la obediencia, dice Jesús. Entendamos bien.


Obediencia nos suena mal y tiene muy mala prensa en la era de la
autonomía. Pero en realidad obedecer significa saber escuchar. Es cierto,
necesitamos escuchar a Dios. Darle espacio en nuestra vida a su palabra y
a su voluntad. Escuchar es una actitud de búsqueda, interesada, de quien
necesita de verdad ir encontrando respuestas…, que abrirán la puerta a
nuevas preguntas. Entonces, quizás la actitud fundamental con Dios es la
escucha de su palabra, la contemplación de su vida y el seguir sus huellas.
Eso muchas veces conduce a una paz, como canta el poeta, armada.
La actitud con el prójimo es la fraternidad. Somos hermanos y
hermanas. Y eso pasa por querer bien (la benevolencia). Es más, implica
contribuir a trabajar por ese bien. No solo te deseo el bien, sino que intento
favorecer que lo alcances. Con palabras, talentos, recursos, actitudes… A
veces ese querer el bien del prójimo implicará conflicto –con quien
defiende otras lógicas–. Ahora bien, el conflicto que nosotros estamos
llamados a vivir con otros, en nombre de la fe, no es el que muchos
defienden. No responde a la lógica del evangelio la actitud de los
violentos, la actitud de los troles que se dedican en redes sociales a
insultar, calumniar, humillar o descalificar, o la de los sobrados que van
pisando fuerte y queriendo acabar con otros. No me imagino a Jesús
queriendo acabar con nadie. Solo con el mal. La actitud de Jesús, una y
otra vez, pasa por la defensa firme y humana de lo que considera justo. Y
cuando eso implica conflicto, es desde la compasión, y la misericordia.
En cuanto a uno mismo, los conflictos internos tienen tantas fuentes…
La paz no es que no haya problemas. Estamos vivos. Lo contrario sería –
como se dice coloquialmente– la paz de los cementerios. Esa, cuando
llegue, ya veremos lo que es. Pero por el mero hecho de estar vivos
pasaremos días buenos y malos, ilusiones y decepciones, tormentas y días
de calma. Nos miraremos unos días con confianza y otros sin soportarnos
a nosotros mismos. Pero, al final, la paz interior según la da Dios, creo que
es tres cosas:

1) Tener la conciencia tranquila (saber que uno está actuando de


manera coherente, consciente y evangélica en la vida). Saber que
hay líneas rojas en la vida que no estás dispuesto a cruzar, peleando
por vivir el evangelio, también cuando está difícil.
2) El amor a uno mismo (como al prójimo, dándole la vuelta a la
expresión). Claro que necesitamos querernos. Como Dios nos ama.
Pero eso no es ni una autoestima desmesurada ni lo que un buen
amigo llamaba, en una expresión un poco cruel pero muy gráfica,
los egos viscosos. Quererse a uno mismo es conocerse, aceptarse,
pero saber también ver las propias posibilidades. Es reconocer, con
ternura, los pies de barro. Y, en realidad, aprender a verse como nos
ve Dios, que es con amor.
3) El sentir la propia vida como vocación o, dicho de otro modo,
encontrar el propio lugar en el mundo. Permitidme evocar a Rose
Castorini, personaje de la película Hechizo de Luna. Rose es una
mujer mayor, casada con un hombre que la engaña, entrando en el
otoño de la vida y que siente que su familia se tambalea. En un
cierto momento se ve tentada a tener una aventura extramatrimonial.
Aunque lo tiene todo a favor para poder lanzarse, dice que no. El
hombre que la corteja la acompaña a casa y le pregunta si puede
subir para tomar una última copa. Ella declina la propuesta. Él
pregunta: «¿Es que hay alguien en tu casa?». Ella responde: «No,
creo que no habrá nadie en toda la noche». Él entonces la mira
sorprendido, como sin entender entonces cuál es el problema. Y ella,
con una sonrisa tranquila, le dice: «Yo sí sé quién soy». Eso es
descubrir la propia vocación. Saber quiénes somos. Encontrar el
propio lugar en el mundo.

Ojalá podamos encontrar la paz a la manera de Dios. Escuchando su


palabra, que para nosotros es llamada. Contemplando al prójimo, que para
nosotros es hermano. Y mirándonos como Dios nos mira, ayudándonos a
descubrir quiénes somos de verdad.
LA BATALLA NUESTRA DE CADA DÍA

Es una guerra que dura una vida


la que enfrenta, en mí, dos mundos.
Entre el algo y el todo,
entre el «por ahora»,
y el «para siempre»,
entre «yo» y «Tú»…

La seguridad se enfrenta al riesgo,


las garantías a la confianza,
el ruido a un silencio
no siempre poblado,
las pequeñas miserias
se oponen al Amor
y el orgullo
quiere pisar a la verdad.

Dame, Señor,
capacidad para luchar.
Toca pelear cada día,
hasta esa jornada última
en que Tú vencerás por los dos.
Dame fe para no rendir el evangelio,
la bondad, el sacrificio o la cruz.
Dame alegría para sobrellevar
cada revés, cada caída,
cada tormenta.

Yo, por mi parte, aquí estoy,


dispuesto a seguir remando
con mis pocas fuerzas,
con mis pobres brazos.
No sé si basta,
pero hay que intentarlo.
13 de mayo
Permanecer

Miércoles de la quinta semana de Pascua. Fiesta de la Virgen de


Fátima

Hch 15,1-6. Unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no
se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un
altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé.
Sal 121. Vamos alegres a la casa del Señor.
Jn 15,1-8. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que
deseáis y se realizará.

Presidió José Ramón Busto, SJ

El argumento del libro de los Hechos consiste en narrar la historia de los


acontecimientos que dieron como resultado que nosotros estemos aquí hoy
reunidos, aunque sea virtualmente, para celebrar la cena del Señor. Dicho
de otra manera, los acontecimientos que condujeron a que nosotros seamos
cristianos.
El pasaje que nos ha servido como primera lectura nos ha recordado el
mayor problema que hubo de superar la primitiva comunidad cristiana. No
se discutía que la salvación que Dios había realizado en Jesucristo era
universal, que alcanzaba a todos los hombres. Lo que los primeros
cristianos discutieron era si todos los hombres para alcanzar la salvación
debían hacerse judíos o si la gratuidad de la salvación era tal que todos, sin
hacerse judíos, es decir, sin pasar por la circuncisión y sin estar obligados
al cumplimiento de la le ley de Moisés, podían acceder a la salvación. Hoy
hemos escuchado el planteamiento del problema y mañana leeremos el
modo que la Iglesia primitiva tuvo de solucionarlo y la solución que
dio[1]. Este es el mensaje central del relato de los Hechos, que ocupa por
eso el centro físico del libro. Gracias a esa solución nosotros somos
cristianos y estamos celebrando la cena del Señor. Como cristianos somos
herederos de lo mejor de la experiencia espiritual del judaísmo sin
habernos hecho judíos. Somos el nuevo pueblo de Dios anunciado por los
profetas del Antiguo Testamento y partícipes de la nueva y eterna alianza
anunciada ya por Jeremías (31,31-34).
Precisamente del nuevo pueblo de Dios, nacido de la alianza nueva,
nos ha hablado el pasaje del evangelio de Juan con la alegoría de la vid.
Pues esta alegoría describe la Iglesia. Lo habitual en el evangelio de Juan
es presentar la relación del discípulo, individualmente considerado, con el
Señor. Pero en la segunda parte del discurso de la cena, que comienza
precisamente con esta alegoría, nos habla de la comunidad de los
discípulos en su conjunto, es decir, de la Iglesia.
En la tradición bíblica la vid –y la viña– es imagen de Israel, como
encontramos con frecuencia en los profetas (Is 5,1-7; 27, 2-4; Jr 2,21; 6,9;
Ez 15,1-8; 17,1-10; 19,10-14). En este pasaje, Jesús se presenta a sí mismo
como la vid verdadera, es decir, la vid en quien se revela y se realiza la
verdad de la salvación.
Pues el verdadero pueblo de Dios es Jesucristo, ya que únicamente él
realizó en su existencia lo que el pueblo de Israel estaba llamado a ser.
Solo él realizó la vocación a la que Dios llamó a Israel. Pero en Jesucristo
se enraíza un nuevo pueblo de Dios, los que formamos parte de su Cuerpo,
que es la Iglesia. En Jesucristo todos los hombres estamos llamados a
realizar en nuestra existencia la vocación con la que Dios distinguió a
Israel. En la alegoría Jesús nos compara a los sarmientos, ya que unidos a
él recibimos la savia que nos da la vida y nos hace fecundos. En el pasaje
aparece siete veces el verbo permanecer. Si estamos unidos a él por la fe,
como los sarmientos a la vid, él permanece en nosotros y nosotros
permanecemos en él. Por eso podemos dar fruto. Dios se había quejado por
boca del profeta Isaías de que, a pesar de todo lo que Dios había hecho por
su pueblo, este no había dado fruto: «¿Qué más podía hacer yo por mi viña
que no hubiera hecho? ¿Por qué cuando yo esperaba que diera uvas dio
agrazones?» (Is 5,4). Que demos fruto es la obra de Dios Padre. Por eso
dice Jesús que Dios es el labrador, que poda y prepara los sarmientos para
que, unidos a la vid, sean capaces de dar frutos de justicia y caridad.
Agradezcamos hoy lo que Dios ha hecho por nosotros llamándonos a
formar parte de su Iglesia, injertándonos en la vid como sarmientos,
haciéndonos miembros del Cuerpo de Cristo, podándonos a veces para que
demos más fruto, vivificándonos por medio de su Espíritu; y pidámosle
por intercesión de la Virgen María que continúe permaneciendo en
nosotros para darnos la fuerza que nos haga capaces de permanecer unidos
a él.

[1] Sería así si en la liturgia se leyera el relato del jueves de la quinta semana de Pascua. En
realidad, al ser el 14 de mayo la f iesta de san Matías, apóstol, no serán esas las lecturas de la
homilía de mañana.
ELOGIO DEL SARMIENTO A LA CEPA

Como el Amor es la fuente


de ternura y siembra,
de besos sinceros,
de promesas ciertas.

Como la Justicia es fuente


de miradas limpias,
de normas humanas,
de opciones honestas.

Como la Paz es fuente


de armas olvidadas,
de muros caídos,
de puertas abiertas.

Como la Palabra es fuente


de verdad desnuda,
de la fe intuida,
de memorias plenas.

Como el Pan es fuente


de estómagos llenos,
de días de encuentro
en mesa fraterna…

Tú eres la vid,
y nosotros los sarmientos,
que han de florecer
con frutos de amor y justicia,
de paz y palabra,
de pan
que saciará
el hambre de todos.
14 de mayo
El rostro amigo de Dios

Fiesta de san Matías, apóstol

Hch 1,15-17.20-26. Repartieron a suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once


apóstoles.
Sal 112. El Señor lo sentó con los príncipes de su pueblo.
Jn 15,9-17. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor. A
vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a
conocer.

Es curioso cómo la definición que mejor cuadra a los apóstoles no es la de


aprendices, seguidores, siervos, súbditos, trabajadores, nada parecido.
Cuando Jesús quiere definir la relación que le une con ellos les dice: «No
os llamo siervos. Os llamo amigos». No colegas, compañeros de farra,
conocidos, vecinos, o socios…, sino amigos.
Hoy vivimos en un mundo donde la palabra «amigos» puede perder su
sentido fácilmente. Precisamente porque se llama amistad a cosas que no
necesariamente lo son. Un «amigo de Facebook» puede ser alguien a quien
ni siquiera conoces, pero por las razones que sean, de afinidad, curiosidad
o intereses comunes, se establece un vínculo ligero que rápidamente puede
desvanecerse (de hecho, con un clic). De muchas personas puedes decir
algo así como «somos amigos», pero en realidad quiere decir que os
conocéis, que tenéis conocidos comunes o que salís con la misma gente.
Pero los verdaderos amigos, esos, en la vida, son menos. Y, sin
embargo, hoy Jesús nos propone la amistad –esa amistad– como modelo
en las relaciones y como mejor expresión de nuestra relación con él. Nos
propone que aprendamos de la amistad para tratarnos unos a otros. Aquí
una confidencia personal. A mí de pequeño me parecía tan cursi aquella
cancioncilla de catequesis que decía algo así como «Yo tengo un amigo
que me ama, me ama, me ama. Yo tengo un amigo que me ama, su nombre
es Jesús»; tanto es así que durante bastante tiempo me rechinó pensar en la
amistad para definir a Dios. Prefería otras categorías. Solo después, ya en
mi vida adulta, y comprendiendo la hondura, el valor y el significado
profundo de la amistad verdadera, he aprendido a ver cómo se aplica ese
término a la relación con Dios. ¿Qué es, en qué consiste, cómo identificar
la amistad verdadera? Vaya por delante que no hay dos amistades iguales.
Así que todas las generalizaciones son insuficientes. Pero, dicho eso:
• Amigos son las personas con quienes, cuando estás, te sientes en
casa. Suelo decir que el hogar no son las paredes, sino las personas.
Pues amigos son la gente que es hogar al que volver.
• Es con quienes puedes mostrarte tal y como eres. No necesitas
«gustarles», convencerles, cautivarles, porque, al revés, te conocen
con tus luces y tus sombras, con tus valores y tus defectos, con tus
capacidades y tus manías. Eso no significa que no te puedan
reprochar nada. Al revés, precisamente porque te quieren, a veces
son los amigos los únicos que se van a atrever a decirte:
«¡Espabila!». Pero, al mismo tiempo, sabes que no te exigen que
cambies como condición de su amistad.
• Los amigos están ahí para ti. Es la gente a la que piensas en llamar
cuando necesitas hablar con alguien. Es la gente que a veces te llama
para contarte qué tal va todo. Son relaciones que van más allá de lo
práctico. En este tiempo y esta sociedad, en que demasiadas
llamadas son productivas, prácticas, vinculadas al hacer o la
eficiencia, hay un punto de gratuidad en estas relaciones. Puede que
te comuniques a menudo o puede que menos, pero sabes que de
veras se preocupan, que tu vida les importa.
• Cada amistad es una historia. Porque la amistad, como las buenas
cosas de la vida, requiere tiempo. Va ganando memorias, pero
también está abierta al futuro. Y no es una relación ni lineal ni
bucólica. Hay momentos buenos y malos, baches, etapas
complicadas, puedes fallar a tus amigos –o ellos a ti– y es posible
que el perdón sea necesario, porque eso es la vida. Pero con los
amigos sabes que, pase lo que pase, van a continuar ahí.
• Los amigos se alegran con las cosas buenas que te ocurren. Y se
apenan con las cosas malas. Pero de verdad, se alegran y se apenan
(no es un mero amago educado de empatizar). Vibran con lo que te
ocurre. Porque te quieren.
• La amistad verdadera es una forma de amor. No es interés, no es
simpatía, no es cariño (aunque pueda tener todo eso). Es una forma
de amor como nos propone Jesús.
• La amistad es quizás la relación más gratuita que existe. Con los
verdaderos amigos la relación no funciona a base de obligaciones,
exigencias, dependencias… Puedes pasar tiempo sin hablar. Pero
cuando retomas, están ahí como el día anterior. Dicho eso, también
ocurre algo. Y es que hay que cuidarse unos a otros. Que no haya
exigencia no significa que no haya necesidad. Claro que nos
necesitamos.
¿Por qué cuento todo esto? Porque Dios, en Jesús, para nosotros, se
define como amigo. Es una buena imagen. Con Jesús te puedes sentir en
casa. Nos acepta como somos –eso ha mostrado una y mil veces en la
gente con la que se ha ido encontrando–. Jesús no exige conversión como
paso previo al encuentro. Él sale al encuentro y acoge. Y si invita al
cambio es después, pero no como requisito para que exista una relación.
Está ahí, trenzando con cada uno de nosotros una historia única –que pasa
por distintos momentos–. Es un amigo que se alegra con nuestra alegría y
sufre con nuestras tristezas. Un amigo incondicional y gratuito, que ofrece
su amistad sin imponerla. Que da su amor sin exigir respuesta (pero claro
que deseándola). Que yo responda o no lo haga no impide que Jesús tenga
el brazo tendido para ofrecerme apoyarme en él.
Permitidme compartir una reflexión, a modo de epílogo, sobre la
amistad en estos tiempos del COVID-19. ¿Qué nos puede enseñar esta
pandemia sobre la amistad? ¿O qué nos puede recordar?
Hasta hace un par de meses dábamos por sentado que a los amigos los
teníamos ahí. Que podías quedar con ellos. Ir al cine, charlar un rato,
tomar algo, dar un paseo, hacer deporte, compartir actividades, lo que
fuera. Incluso si estaban lejos, sabías que podrías desplazarte e ir a verlos
en algún momento. Tal vez no lo hacíamos mucho, porque sabíamos que
podíamos. Pero ahora no podemos. Es verdad que lo sustituimos por
encuentros por Zoom, chats, y emoticones en el WhatsApp, pero no es lo
mismo. A lo mejor en esto se me nota ya la edad, y a algún millennial le
basta una conversación virtual, pero yo diría que hay palabras que piden
encuentros y hay gestos que piden presencias.
Este tiempo de distancia forzada nos recuerda que no podemos dar por
sentado que nos tenemos. El tiempo que tenemos con los nuestros es
limitado. Dejamos pasar demasiadas oportunidades de vivir el amor
aterrizado en historias concretas. Tenemos que cuidarnos. Porque hay
demasiados «algún día» en nuestros horizontes. Estamos demasiado
volcados en el trabajo, en la eficacia, o en un ocio que no implica
encontrarse con otros. Es tiempo para recordar que uno de los mayores
regalos que nos ha dado Dios es la amistad.
Así que, hoy termino invitándoos a que penséis en los amigos. A que
los cuidéis. A que en el momento de la paz de hoy les mandéis un fuerte
abrazo, recordándoles que ahí estáis. Que, en una sociedad como la
nuestra, demasiado dura, demasiado acelerada y en ocasiones demasiado
fría, nos necesitamos.
NECESIDADES

Necesitamos una dosis de ternura,


un reencuentro sin reproche,
una habitación en calma,
y una canción de esperanza.

Necesitamos un puñado de motivos,


una palabra de aliento,
una verdad que nos sane
y un rincón donde sentirnos en casa.

Necesitamos promesas sinceras,


un silencio habitado,
amigos que sepan dar abrazos
y una puerta abierta.

Necesitamos lugares comunes,


conversaciones gratuitas,
besos en las cicatrices,
y el espejo de unos ojos benévolos.

Necesitamos bailar, cada día,


al ritmo de la Música callada.
15 de mayo
El mundo en que vivimos, una creación
herida

Solemnidad de san Isidro Labrador

Sant 5,7-8.11.16-17. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras


recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes.
Sal 1. Su gozo es la ley del Señor.
Jn 15,1-7. Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador.

Hoy, en esta fiesta de san Isidro Labrador, convergen tres elementos que
me parecen muy significativos (y de algún modo complementarios) este
año. Por una parte, celebramos el santo patrón de una ciudad y, como
tantas ciudades, nos vemos encerrados por esta pandemia. Supongo que ni
en los mejores pronósticos imaginábamos los madrileños –y todos los que
aquí vivimos terminamos siéndolo un poco, por nacimiento o por
adopción– que la Pradera de San Isidro este año iba a ser el salón de casa,
que no habría verbena, chulapas, fiestas de barrio, chotis, ni ninguno de los
tópicos asociados (y ya que estamos, tampoco habría puente de mayo,
cines, teatro u otras celebraciones menos castizas, pero igualmente
agradables). Hoy Madrid (como tantos lugares de nuestro mundo) está en
otra batalla. Una batalla que no debería ser de unos contra otros, sino de
todos contra una enfermedad. Desgraciadamente, la tentación de politizar
todo nos puede hacer perder de vista lo importante: la lucha para trabajar,
juntos, por el bien común; para frenar los efectos de una pandemia que ha
golpeado esta ciudad de un modo implacable, durísimo, y que puede
volver antes de haberse ido del todo; la necesidad de ser muy responsables
en nuestra manera de reaccionar y protegernos unos a otros, buscando el
bien común; y la responsabilidad que tenemos para no abandonar a
quienes lo han perdido todo (especialmente quienes han perdido a sus
seres queridos –esto no tiene arreglo–, pero también a quienes van a tener
que afrontar precariedad, inseguridad y un horizonte difícil). A medida
que entremos en las fases del desconfinamiento lo importante no es solo
qué podemos hacer, sino cómo hacerlo de tal manera que estemos
cuidando unos de otros. En el fondo, este es un momento para ver si
además de una ciudad podemos descubrirnos como comunidad. A los
cristianos se nos tendría que notar ese ser comunidad.
Por otra parte, san Isidro Labrador es también patrono del mundo
agrícola. En el último año pareció que, durante un tiempo
(desgraciadamente un breve intervalo y quizás más asociado a las
campañas políticas que a nada más), se volvía un poco más la vista a la
España vaciada, esa España del campo, donde especialmente las tareas de
labranza han tenido tanta importancia. Sin embargo, ya pasó el eslogan, ya
pasaron los hashtags, pero ahí sigue la realidad. Un desequilibrio en el que
las ciudades van absorbiendo la población. Y una mirada caricaturizada al
campo –y especialmente al mundo agrario–. Necesitamos aprender a
conocer y valorar mejor el mundo del campo. Un compañero jesuita, Félix
Revilla, que además de jesuita es un hombre de campo y muy
sensibilizado, describía hace poco algunos retos que hemos de afrontar
como sociedad en la relación con el mundo del campo. Y al hablar de los
agricultores, describía su trabajo de una manera muy sugerente.
Insistiendo, entre otros puntos, en:
• La conciencia de la labor cocreadora de la propia actividad agrícola.
El campo es la parte de la parcela común que les ha sido
encomendada.
• La mirada con otro ritmo y otra óptica a la realidad. El mundo del
campo tiene otros ritmos, que deberían ser escuela para quienes
vivimos acelerados por el vértigo de la vida urbana.
• Una visión de la labor agrícola capaz de salir de estereotipos y una
mirada al campo y sus gentes que no se quede en tópicos ni visiones
trasnochadas –que, por ejemplo, en el ámbito del humor se
convierten en estereotipos muy gastados sobre el mundo del
campo–.
• Los retos, posibilidades y responsabilidad, tanto de la gente del
campo como de las instituciones del estado, para promover una
agricultura limpia, sostenible.
Esto se relaciona con el tercer punto que quiero mencionar. Tiene que
ver con la interrelación entre ciudad y campo. Hace cinco años, el 24 de
mayo de 2015, el papa Francisco publicó Laudato si’. En aquella carta
encíclica sobre el cuidado de la casa común quiso dejar claro, desde el
primer momento, que la preocupación por cómo nos relacionamos con el
mundo que nos rodea no es esnobismo para gente que no tiene otras
preocupaciones. Tiene que ver con la justicia, con la economía, con los
pobres, con el futuro, y puede ser motivo de esperanza o de desolación, de
sanación o destrucción, y puede abrirnos la puerta a un futuro mejor o, por
el contrario, conducirnos a un callejón sin salida. A partir de mañana, el
papa ha invitado a celebrar una semana de memoria de esta encíclica,
releyéndola, recuperando su enseñanza, profundizando en la mirada al
mundo que propone. Hay estudios que vinculan la velocidad de
propagación de las pandemias con la destrucción de hábitats naturales, la
disminución de la biodiversidad y la alteración de ecosistemas; desde la
década de los 80 se han cuadruplicado los brotes infecciosos y con más
posibilidades de convertirse en pandemia.
Traigo estos tres elementos: la celebración de la gran ciudad como
comunidad; la memoria de un mundo rural necesario, pero incomprendido
y semiabandonado; y la constatación de que cabe una lectura creyente de
nuestra relación con el medio-ambiente. Porque la figura del labrador, hoy
personalizada en san Isidro, pero mucho más en ese Dios que es así
descrito en el evangelio, se convierte, para nosotros, en llamada a cultivar
una serie de actitudes básicas.
El respeto (y la paciencia) ante la realidad. No podemos seguir a este
ritmo. O arruinaremos el mundo, como se arruinan los campos.
El cuidado de la naturaleza. El labrador –a la manera de Dios– no es
descrito como alguien que, sacando rendimiento como sea, mata la vida.
Es el viñador, el que la cuida. Nosotros nos relacionamos con la naturaleza
en términos de explotación, pero tenemos que recuperar la dimensión de
cuidado y la búsqueda de armonía.
Una mirada contemplativa a la realidad. Nuestras miradas son a
menudo políticas, económicas, o sociológicas. Pero también nos hace falta
una mirada contemplativa (y desde la fe diríamos también creyente). Hay
una sabiduría en la mirada, que el papa Francisco describe así en Laudato
si’:
«Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla,
si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y la belleza en nuestra relación con el
mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador
de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos
sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de
modo espontáneo» (LS, 11).

La conciencia de nuestra interdependencia. Si esta pandemia pone algo


de relieve es la tremenda densidad de la red humana. Una red global. No
podemos seguir mirando a las cosas de lejos y decir, «no es mi problema».
Todo es problema común. Todo esto, entonces, lo ponemos en las manos
de Dios y sus testigos.

San Isidro Labrador, ruega por nosotros.


SEMILLAS

Todo se reduce a sembrar.


Guerra o paz.
Libertad o cadenas.
Comunión o soledad.
Sembramos, aun sin saberlo,
en miradas, silencios,
opiniones, gestos…

Plantamos,
a base de golpes o caricias,
semillas
que enraízan en otras tierras,
y se riegan
con el paso de los días,
con memoria
y nuevos encuentros.

Lo sembrado germina, crece,


se hace árbol, y sus frutos
alimentan las ansias
de otras gentes,
el hambre de otras bocas,
el latir de otros corazones.

Cada fruto es distinto.


Está el que aquieta
y el que fustiga.

Está el que sacia,


o el que vacía,
el que sosiega
y el que desquicia.

Pero todo empezó


con la pequeñez de la semilla
que un día sembramos,
aun sin saberlo.
16 de mayo
Vivir abiertos al Espíritu que todo lo renueva

Sábado de la quinta semana de Pascua

Hch 16,1-10. Las iglesias se robustecían en la fe y crecían en número de día en día.


Sal 99. Aclama al Señor, tierra entera.
Jn 15,18-21. Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes de vosotros.

Presidió Dani Villanueva, SJ

Sabéis que trabajo en cooperación internacional y me paso el día visitando


proyectos educativos en África, Latinoamérica y Asia. En estos viajes
tengo el privilegio de celebrar eucaristías en zonas empobrecidas, remotas,
campos de refugiados donde los jesuitas estamos promoviendo escuelas en
las fronteras. Así, en muchas ocasiones me encuentro con comunidades
cristianas jóvenes que no están tan asentadas como las nuestras, ni
ahormadas por un peso de años o de una tradición ya parte de la cultura
dominante. Os confieso que me fascina celebrar la fe en estos contextos,
pues existe una pasión admirable, una irrupción de lo religioso en la vida,
una fuerza envidiable y contagiosa. Es cierto que muchas veces me resulta
hasta violento pues me piden constantemente bendiciones o tengo que
levantar las manos y gesticular cuando invocamos al Espíritu y lo paso
fatal –en España somos menos expresivos– pero en el fondo me dan
envidia. Llevo tiempo dándole vueltas a lo que caracteriza dichas
comunidades y por qué se da esta radical diferencia con algunas de las
nuestras. Y leyendo Hechos en estos días, he ido encontrando muchas
pistas.
La primera lectura nos muestra a los discípulos más vivos que nunca,
aprendiendo a ser guiados, entendiendo nuevas formas de relacionarse con
Jesús, su proyecto y la tarea de construir Reino. Pablo y Timoteo tienen
una especie de conversación continua con el Espíritu que les lleva de un
lado a otro incluso a lugares y personas en contra de la lógica judía –que
había regido hasta ese momento su vida– y, sin embargo, ellos estaban
«seguros de que Dios nos llamaba a predicarles el Evangelio».
Y es que no sé si somos conscientes de que costó muchísimo a la
primera Iglesia romper con la exclusividad judía y la autoimagen de
pueblo elegido y, por lo tanto, único destinatario de la promesa del Reino.
Es precisamente este Espíritu, el que Jesús promete, el que inaugura el
cristianismo, movimiento espiritual de los seguidores de Jesús
caracterizado por su apertura, su universalidad, su catolicidad. Vivían
convencidos de que estaban comenzando algo nuevo, que suponía ir más
allá, romper fronteras, incluir a lo excluido. Que exigía descubrir y
escuchar de forma continua al Espíritu de Jesús, pues los llevaba
constantemente más allá de donde ellos hubieran ido. Hay un precioso
paralelismo en todo este tiempo de Pascua entre la irrupción del Espíritu y
la progresiva apertura y salida de la comunidad.
Por eso creo que lo que me llama la atención de estas comunidades
jóvenes que voy encontrando en el terreno es su capacidad de apertura al
Espíritu y, por lo tanto, de crear lo nuevo desde lo que Dios susurra. Creo
que tiene que ver con la libertad del que tiene que recrear su particular
forma de seguimiento porque lo que hay no vale ya o no es suficiente.
Tiene que ver con la audacia del que se sabe en contacto con la fuente de
verdad y por lo tanto no repite esquemas, sino que siente llamado a
encarnarlos. En todas estas comunidades jóvenes hay una fuerte
conciencia de novedad y de responsabilidad sobre lo que estamos
construyendo hoy.
No puedo evitar pensar que hay enormes paralelismos entre estas
comunidades jóvenes y la primera Iglesia tras la muerte y resurrección de
Jesús. Y creo también que hay un tremendo paralelismo con nuestro
momento de desescalada progresiva en el que nos toca imaginar cómo
volver a la vida ordinaria y reconstruir nuestro ser Iglesia en este nuevo
contexto.
Quizá esta sea nuestra llamada hoy. Ante una situación sin precedentes.
Ante un mundo en shock, aún anonadado con esta terrible pandemia y en
previsión de lo que se viene, nuestra pregunta ha de ser –como los
primeros discípulos– qué significa ahora seguir a Jesús y cómo vivir a la
escucha del Espíritu de Dios.
Pensad, ¿en qué sentido nuestra comunidad se caracteriza por su
apertura y universalidad? ¿Cómo podemos reinventar el sentido de
comunidad? ¿Qué hemos aprendido sobre el cuidado o la
interdependencia? ¿Cómo podemos ser Iglesia-levadura en esta nueva
mezcla? ¿Cuál es nuestro aporte en esta normalidad? ¿Qué va a significar
a partir de ahora celebrar la vida, acompañar la muerte, valorar el cuidado,
relacionarse con el distinto, entender la pluralidad, estar en comunión,
aplaudir la entrega, encarnar el servicio…? ¿Hasta qué punto nos toca
recrear todo esto? Tenemos una oportunidad preciosa de renovar nuestra
forma de ser Iglesia a la luz del Espíritu en este nuevo escenario.
No tengo ni idea a dónde nos llevará el Señor. Todo apunta a que
viviendo desde este Espíritu no deberíamos tener miedo a salir de nuestra
tierra, seguir a ese Buen Pastor del evangelio de hace dos semanas –ese
Dios nómada que nos mueve a mejores praderas–. Creo que, siempre
hablando en el plano espiritual, estamos llamados a la itinerancia, la
movilidad, el desanquilosamiento… No quiere decir que tengamos que
estar todos moviéndonos por el mundo sin parar –hay mucho de huida en
eso–, sino que, probablemente, a nivel espiritual, estamos llamados, como
los primeros cristianos, a la posibilidad de crearlo todo nuevo.
Así que pensaba yo, ¿qué claves o herramientas podemos identificar
para esta «vida itinerante en el Espíritu» que nos ayuden en el
desconfinamiento? Y creo que podría resumirlo en tres habilidades:

1. La capacidad de interpretar los signos de los tiempos desde Dios.


Estar en el mundo, no aislados, salir, aprender, leer, conectarse, descubrir,
dialogar, abrir, inculturar, probar, mezclar, etc., en un mundo
paradójicamente tan global y a la vez fragmentado, «necesitamos
fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana» dice
Francisco en la Laudato si’. Estamos llamados al mestizaje. El Espíritu
siempre nos llama desde «fuera», desde más allá, donde no le
esperábamos, en las fronteras, las heridas, los espacios de riesgo, donde se
nos mueve el piso, ahí es donde el Espíritu habla con mayor claridad y nos
ayuda a entender lo que sucede e interpretar esos signos de los tiempos.
Obviamente a la luz de la tradición y de nuestra historia, pero sin usarlas
como barreras o defensas ante todo lo que pareciera distinto o nos
despierte preguntas.
2. Capacidad de discernimiento. De elegir y optar a la escucha del
Espíritu. Tenemos que lograr tener sensibilidad a lo trascendente, ser
místicos. Decía Karl Rahner «el cristiano del futuro o es un “místico” o no
será cristiano». La doctrina y la racionalidad no son suficientes,
necesitamos una relación inmediata con Dios y con su Espíritu para intuir
que en esa manifestación silenciosa de Dios está el misterio de mi propia
existencia. Necesitamos conocimiento del lenguaje interior, hondura y
formación espiritual, y comunidad para el contraste, acompañamiento y
diálogo hondo para evitar engaños y confusión con otras voces.
Permitidme que os pregunte: ¿hasta qué punto hemos desarrollado esta
sensibilidad al espíritu para que realmente Dios pueda construir a través
de nuestra vida? ¿Cuánto de atento estoy a mis movimientos interiores y
lo que significan? En terminología de Emaús, ¿cuándo fue la última vez
que me ardió el corazón?, y ¿qué hice con ello? Así es como el Señor va
dirigiendo la historia en este tiempo del Espíritu. Ojalá sea este Espíritu el
sostenedor de nuestras vidas y no otras identidades o fronteras camufladas
muchas veces bajo lenguaje espiritual o religioso. Por eso necesitamos
también el discernimiento.
3. Capacidad de vivir desde la esperanza. Dice Francisco en la Laudato
si’: «La gente ya no parece creer en un futuro feliz». Tenemos un reto en
cómo alimentar una fe optimista con la vida y con el ser humano, basada
en la confianza (no en la sospecha), y en el convencimiento de que
estamos hechos para este seguimiento, que esa promesa del Reino es la
vida en plenitud que late en el fondo del deseo de toda persona. Dice
Francisco: «El Creador no nos abandona, nunca dio marcha atrás en su
proyecto de amor». «Todo el universo material es un lenguaje del amor de
Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros». ¿Cómo poder cultivar
esta visión del mundo que permita una fe que nos abre hacia el futuro?
Dice Benjamín González Buelta en uno de sus poemas «lo más importante
no es que yo tenga proyectos para ti, sino que tú me invitas a caminar
contigo hacia el futuro».
Creo que con estas tres herramientas –capacidad de inculturación,
capacidad de discernimiento y capacidad de esperanza– es posible vivir
cada día como si fuera nuevo y salir al mundo a recrear nuestra Iglesia
bajo el soplo del Espíritu. Ojalá podamos sentir algo de esta conciencia de
novedad y de la responsabilidad que tenemos para con la Iglesia en este
momento histórico de recreación colectiva. Hoy, más que nunca, es tiempo
de recordarnos que seguimos a un Dios vivo. Escuchémosle.
Que así sea.
DANOS TU ESPÍRITU

Danos tu Espíritu, Señor.


Donde no hay Espíritu, no puede brotar la vida.
Danos tu Espíritu, Señor.
Donde no hay Espíritu, lo único posible es el miedo.
Danos tu Espíritu, Señor.
Donde no hay Espíritu, aparecen los fantasmas.
Danos tu Espíritu, Señor.
Donde no hay Espíritu, la rutina lo invade todo.
Danos tu Espíritu, Señor.
Donde no hay Espíritu, no podemos reunirnos en tu nombre.
Danos tu Espíritu, Señor.
Donde no hay Espíritu, se olvidan las cosas esenciales.
Danos tu Espíritu, Señor.
Donde no hay Espíritu, no puede haber esperanza.

Anónimo
17 de mayo
¿En qué consiste vivir?

Sexto domingo del tiempo de Pascua

Hch 8,5-8.14-17. La ciudad se llenó de alegría.


Sal 65. Aclamad al Señor, tierra entera.
1 Pe 3,15-18. Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre
para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza.
Jn 14,15-21. Vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo.

Permitidme citar tres películas. En La invasión de los ladrones de cuerpos


(Don Siegel, 1956) –y en todas las versiones posteriores–, una invasión
extraterrestre va haciendo que los seres humanos sean suplantados por
alienígenas. Hemos visto muchas películas parecidas. A menudo esas
suplantaciones suponen que de la persona solo queda lo externo, pero
interiormente están invadidas. También hemos visto infinidad de películas
de zombis, ¿verdad? Muertos vivientes.
En El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989) unos jóvenes se
ven confrontados por un profesor que los anima a no aplazar siempre, al
futuro, las responsabilidades, retos y conflictos que en algún momento han
de afrontar.
En Matrix (Lilly y Lana Wachowski, 1999) la humanidad (casi en su
totalidad) ha elegido la evasión a la realidad. Ante una realidad demasiado
atroz, es mejor vivir soñando que el mundo es otra cosa.
¿Qué tienen en común esas tres películas? Que la vida que viven las
personas es solo una sombra de lo que podría ser. O bien porque están
muertos en vida. O bien porque se vive en la evasión, eligiendo mundos
ficticios. O bien porque da miedo afrontar los conflictos y las
complejidades del presente.
Cuando Jesús dice a sus discípulos: «Vosotros me veréis y viviréis»,
¿qué les está diciendo? Que vivir no es solo respirar, no es solo pasar por
el mundo día tras día. Que vivir no es inercia, no es una suma de días
desencadenados. No es tan solo alimentarse, vegetar, consumir. Y tampoco
es seleccionar, de la vida, solo la parte conveniente. La vida tiene que ser
algo más.
Antes de intentar dar una respuesta a esta cuestión, dejadme
formularlo como preguntas. Preguntas, estas u otras parecidas, que, ojalá,
en este tiempo de encierro, hayamos tenido ocasión de hacernos o aún
podamos plantearnos a la luz de este tiempo extraño.
¿Por qué y para qué –y más aún, para quién– vivo?
¿Qué es importante y qué es superfluo en mi vida?
¿Cómo gasto el tiempo?
¿A quién amo de verdad?
¿Qué lugar ocupan los otros en mi horizonte? Y, más aún, ¿quiénes son
esos otros? Desde la conciencia de la finitud, de la muerte, de la
limitación, ¿se ilumina algo mi vida?
¿De qué sociedad quiero formar parte?
La vida con mayúscula, la vida en Cristo, la vida a su manera, tiene
toda una serie de elementos que creo que se convierten para nosotros en
escuela y llamada.

1) Las palabras y las obras han de ir unidas. Vivimos en una época en


que las palabras lo aguantan todo. Pero pueden ser mentira, pueden
ser fantasía, presunción o manipulación. Pueden ser una herramienta
al servicio del propio ego. En Jesús palabra y vida se funden. Ojalá
en nosotros también. Que no adulteremos las palabras. Que no
juguemos con los pobres, con la justicia, con el amor. Que en
nosotros hablen más las obras que las palabras.
2) La vida verdadera es una vida encarnada. Es decir, aterrizada en la
realidad. Se puede vivir en una burbuja. Evadidos en mundos
irreales. Engañados pensando que la vida es tan solo una versión
cómoda. Rehuyendo los conflictos. Pero desde la fe, vivimos en un
mundo complejo, amplio, y tenemos que conocerlo, sentirlo, amarlo
y aprender a trabajar en él para hacerlo mejor. El mundo no es solo
el escenario de nuestra vida, sino también el proyecto de Dios, en el
que tenemos un papel cada uno de nosotros.
3) La vida no es un puro juego hedonista para hacer lo que a uno le da
la gana. Cuando hoy Jesús habla de mandamientos, ¿qué quiere
decir? Es verdad que a nosotros mandamiento inmediatamente nos
suena a prohibición, imposición y freno, y las tres cosas tienen muy
mala prensa hoy en día. Pero entendámoslo más bien como
proposición, horizonte y llamada. Una sociedad donde esas
propuestas de Dios sean de verdad abrazadas por el ser humano,
sería un lugar mejor. Una sociedad con aspiración ética, capaz de
defender la vida, de respetar al prójimo, de ponerse límites para
favorecer una convivencia cordial. Sí, dicho de otro modo. Vivir es
no conformarse con una vida sin valores. Sino tener valores que sean
humanos, que sean nobles (y desde la fe, que sean evangélicos).
4) Por último. El amor es el gran regalo de Dios a los seres humanos.
Sí, es un regalo complicado. No es fácil. Hay muchos sucedáneos
del amor, muchas propuestas que se parecen bastante, pero que en el
fondo son formas de egoísmo cómodo o compartido. El amor es algo
mucho más liberador. Es abrir la vida a otros. En las últimas
semanas hemos podido hablar de fe, de compasión, de justicia, de
amistad, de familia, de comunidad, de pérdida, de misión… Pues
bien, el amor es lo que da verdad a todos esos conceptos. Un amor a
Dios, al prójimo y a uno mismo, que nos muestra Jesús de una vez
para siempre.

Dejadme terminar con una cita que hacían en El club de los poetas
muertos, sobre la vida bien vivida. Y que sea también un deseo para
nosotros.
Fui a los bosques porque quería vivir a conciencia. Quería vivir a fondo, y extraer todo el
meollo de la vida. Dejar de lado todo lo que no fuera vida. Para no descubrir, en el
momento de mi muerte, que no había vivido.
FRONTERAS

Donde acaba la seguridad y empieza el vértigo,


allí, justo allí, tu mano tendida, invitándome a cruzar.

Donde acaba el ruido y empieza la soledad,


allí, justo allí, tu palabra, protegiéndome.

Donde acaba el egoísmo y empieza la justicia,


allí, justo allí, tu compasión, transformando la mirada.

Donde acaba la nostalgia y empieza el futuro,


allí, justo allí, la esperanza.

Donde acaban las heridas y empiezan las cicatrices,


allí, justo allí, la ternura que nos sana.

Donde acaba la memoria y empieza el olvido,


allí, justo allí, lo eterno, defendiéndonos de la ingratitud.

Donde acaba la risa y empieza el llanto,


allí, justo allí, la caricia. Y el llanto es de alivio.

Donde acaba la fiesta y empieza la rutina,


allí, justo allí, la música de dentro.

Donde acaba la noche y empieza el día,


allí, justo allí, tu amanecer.

Donde acaba la fuerza y empieza la debilidad,


allí, justo allí, un trozo de pan.

Donde acaba la rabia y empieza la paz,


allí, justo allí, tu abrazo.
24 de mayo
Haced contagioso el sueño de Jesús

La Ascensión del Señor

Hch 1,1-11. Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que
ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto
marcharse al cielo.
Sal 46. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.
Ef 1,17-23. El Padre de la gloria os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo,
e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la
que os llama.
Mt 28,16-20. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os
he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el final de los
tiempos.

Presidió Pablo Guerrero, SJ

En el tiempo de Pascua, la liturgia nos presenta, domingo a domingo, entre


otras cosas, el retrato de la primera Iglesia. No en vano, en estos domingos
la primera lectura siempre está extraída del libro de los Hechos de los
apóstoles (el evangelio de la Iglesia). Pues bien, hoy que celebramos la
Ascensión del Señor, también la liturgia nos hace referencia a la Iglesia, a
la comunidad reunida (es decir convocada y fundada) en el anuncio del
Señor resucitado. Y es que, hablar de Jesús resucitado es hablar de su
pueblo, es hablar de cómo necesita ser la Iglesia para ser de Jesús.
Hay relatos de los evangelios que nos llegan antes por los ojos que por
el corazón o por la cabeza. Y los tenemos ya representados con una
imaginería, bien propia o bien tomada del mundo del arte.
Lo admitamos o no, muchos de nosotros nos imaginamos la Ascensión
como una especie de «despegue» desde la tierra hacia el cielo que,
evidentemente, está «arriba» (frente al infierno que, evidentemente, «está
abajo»). Si leemos los cuatro evangelios vemos que la descripción es muy
diferente en unos y en otros; es más, en alguno de los evangelios no
aparece el relato de la Ascensión. Si tuviéramos que hacer una línea
cronológica, también, sin duda, muchos diríamos que Jesús resucita, 40
días después sube al cielo y 10 días después, a los cincuenta de la
resurrección nos envía a su Espíritu.
La Iglesia no celebra cosas distintas la vigilia de Pascua, el día de la
Ascensión y la vigilia de Pentecostés. Podríamos decir que litúrgicamente
son un solo día. Si se entiende la expresión, sería algo así como un
domingo de Resurrección, un domingo de Pascua, que dura 50 días. Lo que
ocurre aquel «primer día de la semana», la victoria de Jesús sobre la
muerte, es algo tan grande que la Iglesia para celebrarlo nos invita a un
tiempo litúrgico, el pascual, en el que destacan tres fiestas: Resurrección,
Ascensión y Pentecostés.
Los primeros discípulos se encuentran con algo completamente nuevo:
cómo pasar del Jesús de antes de la cruz, con el que habían convivido, al
que habían escuchado, al que habían visto (al que también habían
malinterpretado, negado, dejado solo), al Jesús resucitado por Dios y
Señor de la creación (Señor de la Vida y de la Historia). Nosotros es
posible también que nos armemos un lío. ¡Anda que no se ha escrito sobre
el «Jesús histórico» y el «Cristo de la fe»! Este es un tema básico en la
Cristología. Pero si algo tenemos que tener claro los cristianos es que «el
Crucificado es el Resucitado».
Hoy, como los cristianos que nos precedieron, somos invitados a
entender lo que se nos comunica en la Resurrección del Señor:
• que Jesús está vivo para nunca más morir; está vivo en el ser de
Dios; y eso es anuncio y promesa de que también nosotros
estaremos, como Jesús, en la vida de Dios;
• que Dios es como Jesús dijo que era; como él nos reveló;
• que Cristo nos revela cual es el sentido de nuestra vida; nos ha
salvado, y no solo nos ha mostrado cómo es Dios, también nos
muestra qué ser humano podemos ser en nuestro camino hacia Dios;
Jesús es el ser humano que Dios quiere que seamos;
• que es muy importante rezar a Cristo, qué duda cabe, pero es más
importante imitarle; «ser como Jesús». En eso consiste ser cristiano,
no en comulgar de esta o de aquella manera; no en poner pingando
bajo capa de apologética cristiana a los que piensan de una manera
diferente; no en ser más papista que el papa (aunque parece que los
papistas de antes, ahora no son tan papistas). Perdonad el desahogo,
pero estoy tan cansado de las personas que reparten carnés de
cristianos… Y bajo eso, en más de una ocasión, lo que se está
escondiendo es racismo, homofobia, machismo;
• que Dios nunca nos abandona, que siente pasión por sus hijos, que
como dirían en Andalucía «pierde el sentío» por sus hijos, sobre
todo por los más pobres;
• que Cristo resucitado reúne a la Iglesia. En el anuncio de Jesús
resucitado y en la celebración de la eucaristía se funda la Iglesia, el
grupo de personas que no somos perfectas, pero que queremos soñar
el mismo sueño que Jesús;
• que esto no se ha terminado, que Jesús está con nosotros todos los
días hasta el final de los tiempos, que como Arrupe decía: «Cristo
nos interpela desde toda la creación, desde todos los seres humanos,
desde ellos nos ama y en ellos desea ser amado y servido».
Resurrección, Ascensión, Pentecostés. Viene el tiempo de la Iglesia, de
los hombres, nuestro tiempo, el tiempo de hacer ascender la creación, el
tiempo de resucitarla, el tiempo de confesar que el Espíritu de Jesús está
por todas partes. El tiempo de poner el amor más en las obras que en las
palabras. El tiempo de poner manos a la obra con Jesús que, con nuestra
ayuda y nuestra vida, está empujando la creación entera hacia los cielos
nuevos y la tierra nueva. El tiempo de recordar para qué nos llama Jesús:
para estar con él, para anunciar su palabra y para expulsar demonios.
La Ascensión es una invitación de Dios a que nos dejemos de
pamplinas: «haced el favor de dejar de estar ahí pasmados mirando al
cielo»; «salid de vosotros mismos y predicad con vuestra vida mis
palabras»; «haced contagioso el sueño de Jesús»; «que la gente cuando nos
vea no piense ¡vaya, otra vez estos pesados intransigentes y meapilas!»;
«que lo que vea quien nos mire sea personas que se quieren, personas que
aman el mundo, personas para las que nada humano nos es ajeno»; «que
vean en nosotros que Dios está dando y dándose, que Dios habita en su
creación, que Dios trabaja por nosotros en su creación, que está siempre
con nosotros».
Porque el Dios Padre-Madre que confiesa Jesucristo, no es un Dios
muerto ni es el opio del pueblo ni es una proyección de nuestros traumas,
ni es un invento de los curas… El Dios que confiesa Jesús está vivo, nos
llama a compromisos concretos, nos ayuda a salir de nosotros mismos y de
nuestras «cadaunadas», no es un invento de nadie.
A lo largo del tiempo de Pascua se nos ha anunciado, por activa y por
pasiva, que, al resucitar a su Hijo, el Padre nos muestra que Jesús tenía
razón, que lo que él hacía y decía era verdad. Era verdad que los pobres,
los que sufren, los que trabajan por la paz, los mansos, los limpios de
corazón, los misericordiosos…, son bienaventurados. Era verdad que hay
más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y
nueve justos.
Era verdad que Jesús es el camino, la verdad y la vida. Era verdad que
los últimos serán los primeros. Era verdad que las prostitutas y los
publicanos entrarán antes en el Reino de los cielos. Era verdad que
estamos llamados a servir y no a ser servidos. Era verdad que Dios nos
quiere entrañablemente, como solo un buen padre, una buena madre,
pueden querer.
Era verdad que el Reino de Dios está cerca. Era verdad que no hay
amor más grande que dar la vida por los amigos. Era verdad que si el
grano de trigo no muere no da fruto. Y era verdad que Jesús es «Enmanuel:
Dios con nosotros».

Viví hace unos años en Rumanía, allí aprendí que el saludo pascual en las
iglesias orientales es un diálogo en el que uno de los interlocutores
aclama, «Cristo ha resucitado» y el otro le responde, «verdaderamente ha
resucitado». Es proclamación, es asentimiento y es profesión de fe. Pero,
ante todo, es alegría compartida tras haber contemplado la vida y la
muerte de Jesús y haber recibido el regalo de la resurrección del Señor. Es
la alegría de quien ha descubierto que la vida no termina, que lo que
termina es la muerte. Es el júbilo que grita: «gracias Señor porque has
muerto, pero no estás muerto», el júbilo de quien vive, en primera persona,
que Cristo resucitado viene con el oficio de consolar (como diría Ignacio
de Loyola). Como les ocurrió a los apóstoles aquel primer día de la
semana (ellos reciben la consolación y son enviados a consolar y a curar)
nosotros recibimos la consolación y somos enviados a consolar y a curar.
Y si lo hacemos, si llevamos consuelo y curación a nuestro alrededor,
entonces podremos decir, con honestidad, que somos parte de la Iglesia del
Señor; que nuestra vida se va acercando al sueño de Dios. Podremos decir,
con honestidad, que hemos vivido la Pascua del Señor.
ESPERANZA

Cuando la tormenta pase


y se amansen los caminos
y seamos sobrevivientes
de un naufragio colectivo.
Con el corazón lloroso
y el destino bendecido
nos sentiremos dichosos
tan solo por estar vivos.
Y le daremos un abrazo
al primer desconocido
y alabaremos la suerte
de conservar un amigo.
Y entonces recordaremos
todo aquello que perdimos
y de una vez aprenderemos
todo lo que no aprendimos.
Ya no tendremos envidia
pues todos habrán sufrido.
Ya no tendremos desidia.
seremos más compasivos.
Valdrá más lo que es de todos
que lo jamás conseguido.
Seremos más generosos
y mucho más comprometidos.
Entenderemos lo frágil
que significa estar vivos.
Sudaremos empatía
por quien está y quien se ha ido.
Extrañaremos al viejo
que pedía un peso en el mercado,
que no supimos su nombre
y siempre estuvo a tu lado.
Y quizás el viejo pobre
era tu Dios disfrazado.
Nunca preguntaste el nombre
porque estabas apurado.
Y todo será un milagro,
y todo será un legado,
y se respetará la vida,
la vida que hemos ganado.
Cuando la tormenta pase
te pido Dios, apenado,
que nos devuelvas mejores,
como nos habías soñado.

Alexis Valdés
31 de mayo
Entre Babel y Pentecostés. No tengáis miedo

Pentecostés

Hch 2,1-11. Se llenaron todos de Espíritu Santo, y empezaron a hablar otras lenguas.
Sal 103. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
1 Cor 12,3b-7.12-13. Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay
diversidad de ministerios, pero un mismo Señor.
Jn 20,19-23. Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan
perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Contemplemos por un instante a los discípulos. Lo llevamos haciendo


todas estas semanas de la Pascua. Lentamente hemos ido viendo cómo el
Resucitado va plantando en ellos la semilla del valor. Fijaos en ese
precioso recorrido que hemos ido haciendo, semana a semana, viendo
cómo se vuelve a encender un fuego, una llama, en los corazones de los
discípulos: María que oye su nombre, Pedro perdonado, Tomás acogido
con sus dudas, los de Emaús, compartiendo la mesa. Pablo, que pasa de
perseguidor a testigo. Todos, cada vez más libres, plantando cara a la
persecución y al conflicto.
Los discípulos han experimentado todo tipo de miedos (a la
persecución, al fracaso, a haberle perdido y ahora quizás un poco a que
todo se desvanezca). Sin embargo, el Resucitado primero, y ahora el
Espíritu de una manera definitiva, les va a dar valor. Una valentía que los
lleva a salir a la plaza pública para proclamar la buena noticia de
Jesucristo. La mayoría de edad en la fe solo puede darse cuando uno
decide plantar cara al miedo. ¿Cómo entender nosotros eso hoy?
Hay una experiencia muy universal que es la del miedo. Miedo que es
mirar adelante y pensar que las cosas pueden salir mal. Y esto, en el
tiempo que corre, lo podemos comprender más que bien. Antes teníamos
algunos miedos (al futuro, al desconocido, a que las cosas salieran mal en
nuestra vida…). Pero ocurre que, en los últimos meses, es como si esos
fantasmas posibles se hubieran materializado mucho más. Como que
hubieran tomado cuerpo para convertirse en monstruos cercanos y
tangibles.
Mirad, es normal que ahora tengamos miedos. Tenemos miedo al
COVID-19. A sus efectos devastadores. Ya hemos visto lo que puede hacer
en una sociedad. Un repunte no parece descartado –más bien muchos
avisan en esa dirección–. Tenemos miedo no solo a sus consecuencias, en
salud y en vidas (claro, ese es el mayor miedo, perder a quienes amamos).
Pero también hay miedo al futuro (una preocupación que se cuela a diario
en nuestras conversaciones: las consecuencias económicas, la precariedad,
la pobreza, el rescate…). Miedo a un mundo que quizás sea muy distinto
(y lo desconocido siempre tiene un punto de incierto que asusta). Miedo,
también, a la conflictividad social (unos a otros, ¿es que no somos capaces
de hacerlo mejor?). Miedo a aislarnos más en lugar de encontrarnos más.
Tenemos, por delante, una tarea descomunal. Si queremos ser de
verdad levadura en la masa. Si queremos contribuir a marcar una
diferencia. Si queremos ayudar a gestar el mundo que salga de esta crisis
global, no podemos conformarnos con permanecer encerrados en nuestros
miedos. Tenemos que contribuir a sembrar en esta sociedad un mensaje de
justicia, de esperanza y de comunión.
Y aquí nos toca elegir entre dos lógicas: la de Babel y la de
Pentecostés. La lógica de Babel tiene tres ingredientes principales: (1) el
sueño imposible y temerario. «Hagamos una torre que llegue hasta Dios»;
(2) la incomunicación, que lleva a no ser capaces de hacer las cosas juntos;
(3) la división es consecuencia de lo anterior. Esa lógica de Babel es algo
muy humano y se puede dar en muchos niveles en una sociedad: entre
países, entre ciudades, entre grupos humanos divididos por la ideología y
los colores políticos; incluso dentro de nuestra Iglesia.
Frente a ello, la lógica de Pentecostés es todo lo contrario. Primero,
vemos un sueño ambicioso, pero posible, que se gesta en lo pequeño. Esa
comunidad minúscula que, sin embargo, no tiene miedo de dar un primer
paso, de salir a la plaza pública. Y es que, es verdad, el Reino se empieza a
construir con el primer paso. Y aunque hoy pensemos que la Iglesia ya
pinta poco, esto lo empezaron un puñado de hombres y mujeres sencillos,
en una provincia lejana de un imperio para el que no contaban.
Segundo, esa capacidad de comunicación (simbolizada en ese hablar y
que todos entiendan en su idioma). Hay un idioma universal para el ser
humano: todos nos estremecemos con el sufrimiento, tenemos entrañas de
misericordia, aspiramos al amor, al bienestar, a la salud de cuerpo y alma
de los nuestros; todos queremos la paz; es tanto lo que nos une… Quizás
es momento de aprender a hablar de nuevo. Y a escucharnos. De
comprender que todos tenemos algo que decir y que la diferencia no tiene
por qué ser motivo de enemistad, porque es una forma de riqueza cuando
se entiende bien (y ahí encajan las palabras de Pablo sobre los carismas).
Por último, no podemos seguir dejando que las diferencias pongan
abismos entre nosotros. Nos toca ser artífices de encuentro y comunión.
No podemos seguir dejando que sembradores de cizaña nos conviertan en
enemigos unos de otros.
¿Da miedo afrontar esta tarea? Sí. Pero Pentecostés ya fue una vez para
siempre, y estamos en el tiempo del Espíritu. Escuchémoslo, susurrando
en nuestro interior, y escuchemos una vez más, atravesando el tiempo, las
palabras del amigo, el maestro, el Señor: «En el mundo pasaréis aflicción,
pero tened valor: yo he vencido al mundo».
RESISTENCIA

No te rindas,
aunque a veces duela la vida.
Aunque pesen los muros
y el tiempo parezca tu enemigo.
No te rindas,
aunque las lágrimas
surquen tu rostro y tu entraña
demasiado a menudo.
Aunque la distancia
con los tuyos
parezca insalvable.
Aunque el amor sea, hoy,
un anhelo difícil,
y a menudo te muerdan
el miedo, el dolor, la soledad,
la tristeza y la memoria.
No te rindas.
Porque sigues siendo capaz
de luchar, de reír, de esperar,
de levantarte las veces que haga falta.
Tus brazos aún han de dar
muchos abrazos, y tus ojos
verán paisajes increíbles.
Acaso, cuando te miras al espejo,
no reconoces lo hermoso,
pero Dios sí. Dios te conoce,
y porque te conoce
sigue confiando en ti,
sigue creyendo en ti,
sabe que, como el ave herida,
sanarán tus alas y levantarás el vuelo,
aunque ahora parezca imposible.
No te rindas.
Que hay quien te ama
sin condiciones,
y te llama
a creerlo.
Apéndice

EN LA PARROQUIA VIRTUAL…
Colaboran…

JOSÉ MARÍA RODRÍGUEZ OLAIZOLA (Oviedo, 1970) es jesuita desde


1988, y sacerdote desde 2001. Es escritor y sociólogo, y desde hace años
intenta ofrecer una mirada a nuestra sociedad que conjugue la fe y la vida
cotidiana. En la actualidad es secretario de comunicación de la Compañía
de Jesús en España. Entre otros títulos, ha publicado: En tierra de nadie
(2006), Ignacio de Loyola nunca solo (2006), La alegría, también de noche
(2007), Contemplaciones de papel (2008), Hoy es Ahora: Gente sólida
para tiempos líquidos (2011), La Pasión en contemplaciones de papel
(2012), Los forjadores de historias (2014), El corazón del árbol solitario
(2016), Bailar con la soledad (2018) y, recientemente, En tierra de todos
(2020).

ANTONIO JOSÉ ESPAÑA SÁNCHEZ (Madrid, 1966) es jesuita desde


1984, y sacerdote desde 1998. Estudió Historia en la Universidad
Autónoma de Madrid, bachillerato de Teología en la Universidad Comillas
y la licenciatura en Weston (Cambridge, EE.UU.) junto con un master de
Educación en Harvard. Ha trabajado en diversos colegios en Madrid y
Asturias como coordinador de tutorías, formación y director general hasta
2017. En ese año fue nombrado provincial de los jesuitas, servicio que
desempeña hasta la actualidad.

JOSÉ RAMÓN BUSTO SAIZ (Burgos, 1950) es jesuita desde 1968 y


sacerdote desde 1978. Licenciado y doctor en Filosofía y Letras.
Licenciado en Teología. En la actualidad es Profesor Ordinario de Sagrada
Escritura en la Universidad Pontificia Comillas, director de la revista Sal
Terrae y párroco en San Francisco de Borja (Madrid). Ha sido decano de la
Facultad de Teología (1986-89 y 1994-2002), director de la revista
Estudios eclesiásticos (1999-2004) y rector de la Universidad P. Comillas
(2002-2012). Entre sus libros, se cuentan Cristología para empezar
(1991), La justicia es inmortal (1992), El edificio de las letras y el modo
de usar de ellas (2012).

PABLO GUERRERO RODRÍGUEZ, (Gijón, 1963) es jesuita desde 1981 y


sacerdote desde 1994. Profesor de Teología Pastoral y Teología Moral en
la Universidad Pontificia Comillas y director del Máster en Atención
Pastoral a la Familia de la misma universidad. Trabaja en Pastoral
Familiar y es psicólogo general sanitario y terapeuta familiar y de pareja.
Colaborador habitual de la revista Sal Terrae y de Rezando voy. Ha
publicado en esta misma editorial los libros: Mucho más que dos:
Acercamiento pastoral a la pareja y la familia (2016) y Convertirse es ser
atraído. Una propuesta para ocho días de ejercicios ignacianos (2019).

DANIEL VILLANUEVA LORENZANA (Oviedo, 1973) es jesuita desde


1996 y sacerdote desde 2007. Licenciado en Teología Moral Social
(Boston College), Ingeniero de Sistemas de Información (Universidad de
Valladolid) y Máster en Administración de Empresas (Georgetown y
ESADE). Ha trabajado con Fe y Alegría y el Servicio Jesuita a Refugiados
y desde 2008 trabaja en Entreculturas. En la actualidad es el responsable
del Área de Cooperación del Sector Social de la Compañía de Jesús en
España y es el vicepresidente ejecutivo de Entreculturas y Alboan. Forma
parte de cuerpos de gobierno internacionales como la Federación de Fe y
Alegría, Red Javier o la Universidad de Georgetown.

SEVERINO LÁZARO PÉREZ (Segovia, 1969) es jesuita desde 1994 y


sacerdote desde 2004. Es licenciado en Filosofía y Teología por la
Universidad Pontificia de Salamanca y máster en planificación pastoral
por la Universidad Javeriana de Bogotá. Dirige la Casa San Ignacio en
Madrid. Acompaña dos fundaciones del sector social de la Compañía de
Jesús en el barrio de La Ventilla y colabora en la Unidad Pastoral Padre
Rubio. Es asistente nacional de las Comunidades de Vida Cristiana.
Homilías por autor

José María R. Olaizola

15 de marzo. La samaritana en tiempos del coronavirus


Tercer domingo de Cuaresma
16 de marzo. Lepras de hoy
Lunes de la tercera semana de Cuaresma
17 de marzo. Tenemos tanto que perdonar…
Martes de la tercera semana de Cuaresma
18 de marzo. ¿Qué es dar plenitud a la ley?
Miércoles de la tercera semana de Cuaresma
20 de marzo. El amor en los tiempos del coronavirus
Viernes de la tercera semana de Cuaresma
21 de marzo. Fariseos y publicanos de hoy
Sábado de la tercera semana de Cuaresma
22 de marzo. Buscadores de luz en tiempos de ceguera
Cuarto domingo de Cuaresma
23 de marzo. La esperanza en tiempos turbulentos
Lunes de la cuarta semana de Cuaresma
26 de marzo. Dejar atrás los ídolos para volverse al Dios verdadero
Jueves de la cuarta semana de Cuaresma
27 de marzo. Dios no nos ha engañado
Lecturas propias de la memoria de difuntos
29 de marzo. Que la vida me estalle en las manos
Quinto domingo de Cuaresma
30 de marzo. ¿Es posible el perdón en estas circunstancias?
Lunes de la quinta semana de Cuaresma
1 de abril. Libertad y verdad
Miércoles de la quinta semana de Cuaresma
2 de abril. La alianza, un concepto para hoy
Jueves de la quinta semana de Cuaresma
4 de abril. La comunidad plural en un mundo de sectarismos
Sábado de la quinta semana de Cuaresma
5 de abril. Cara y cruz
Domingo de Ramos
7 de abril. Las negaciones de Pedro
Martes Santo
8 de abril. La pasión de Judas
Miércoles Santo
9 de abril. La respuesta de Jesús: amar y servir hasta el final
Oficios de Jueves Santo
13 de abril. En estado de búsqueda
Lunes de la octava de Pascua
14 de abril. Me llamas por mi nombre, y todo cambia
Martes de la octava de Pascua
16 de abril. La paz, la caricia y la mesa compartida. Gestos de la
comunidad
Jueves de la octava de Pascua
17 de abril. Examinar la vida a la luz de la muerte, y en la espera de la
resurrección
Viernes de la octava de Pascua
19 de abril. Tomás y la duda
Segundo domingo de Pascua
20 de abril. ¿En qué consiste nacer de nuevo?
Lunes de la segunda semana de Pascua
22 de abril. Luz y tiniebla
Miércoles de la segunda semana de Pascua
23 de abril. Jesús, testigo de Dios
Jueves de la segunda semana de Pascua
24 de abril. Equipaje vital: cinco panes y dos peces
Viernes de la segunda semana de Pascua
26 de abril. El ciclo de Emaús
Tercer domingo de Pascua
28 de abril. Dar la vida
Martes de la tercera semana de Pascua
29 de abril. Hambre de Dios
Miércoles de la tercera semana de Pascua
30 de abril. Pan vivo
Jueves de la tercera semana de Pascua
2 de mayo. Seguir a Jesús no es seguir una idea
Sábado de la tercera semana de Pascua
3 de mayo. Puertas cerradas y puertas abiertas
Cuarto domingo de Pascua
5 de mayo. Buenas noticias
Martes de la cuarta semana de Pascua
7 de mayo. Enviados. La hora de tomar el relevo
Jueves de la cuarta semana de Pascua
9 de mayo. Aprender, orar, luchar y encontrarse. Cuatro modos de
mostrar a Dios
Sábado de la cuarta semana de Pascua
10 de mayo. Camino, verdad y vida
Quinto domingo de Pascua
12 de mayo. El conflicto y la paz verdadera
Martes de la quinta semana de Pascua
14 de mayo. El rostro amigo de Dios
San Matías, apóstol
15 de mayo. El mundo en que vivimos, una creación herida
San Isidro Labrador
17 de mayo. ¿En qué consiste vivir?
Sexto domingo de Pascua
31 de mayo. Entre Babel y Pentecostés. No tengáis miedo
Pentecostés

Antonio España

22 de marzo. Buscadores de luz en tiempos de ceguera


Cuarto domingo de Cuaresma
12 de abril. Resurrección
Domingo de Resurrección
1 de mayo. Nacemos con ojos, pero no con mirada
Viernes de la tercera semana de Pascua

Pablo Guerrero

19 de marzo. San José


31 de marzo. Lo que descubrimos al mirar a la cruz
Martes de la quinta semana de Cuaresma
3 de abril. Al otro lado de la muerte hay un encuentro
Viernes de la quinta semana de Cuaresma
7 de abril. Zaqueo. Oración penitencial
Martes Santo
15 de abril. El Resucitado es un compañero de viaje que nos abre los
ojos
Miércoles de la octava de Pascua
18 de abril. Lugares donde aparece el Resucitado
Sábado de la octava de Pascua
6 de mayo. El «secreto» de los jesuitas
Miércoles de la cuarta semana de Pascua
11 de mayo. Abandonad los ídolos
Lunes de la quinta semana de Pascua
24 de mayo. Haced contagioso el sueño de Jesús
La Ascensión

José Ramón Busto

25 de marzo. Fiesta de la Anunciación


6 de abril. Cuatro maneras de estar en Betania
Lunes Santo
11 de abril. Una fe que nos abre a la esperanza
Vigilia pascual
21 de abril. Unidad, solidaridad y testimonio, tres dimensiones de la
comunidad
Martes de la segunda semana de Pascua
27 de abril. A Dios lo amamos amando al prójimo
Lunes de la tercera semana de Pascua
13 de mayo. Permanecer
Miércoles de la quinta semana de Pascua

Dani Villanueva

28 de marzo. Nadie ha hablado como Jesús


Viernes de la cuarta semana de Cuaresma
10 de abril. Contemplar la cruz que nos hace humanos
Oficios de Viernes Santo
8 de mayo. Encuentros con el Resucitado: experiencia personal,
comunidad y sufrimiento
Viernes de la cuarta semana de Pascua
16 de mayo. Vivir abiertos al Espíritu que todo lo renueva
Sábado de la quinta semana de Pascua

Seve Lázaro

24 de marzo. ¿Testigos o víctimas del coronavirus?


Miércoles de la cuarta semana de Cuaresma
25 de abril. Preguntas para hoy y conciencia del mundo.
San Marcos Evangelista
4 de mayo. Fiesta de san José María Rubio
Poemas por autor

Marcos ALEMÁN, SJ
Para resucitar con vos (13 de abril)
José Luis BLANCO VEGA, SJ
Porque sé que nací para salvarme… (7 de mayo)
Sin mortaja (12 de abril)
Pere CASALDÁLIGA
Jesús (1 de abril)
Benjamín GONZÁLEZ BUELTA, SJ
Al morir mi amigo (27 de marzo)
Compartid (27 de abril)
Futuro tan presente (18 de abril)
Líbranos, Señor, de la tristeza (8 de mayo)
Reconciliación (30 de marzo)
Resucitar (11 de abril)
Tarde de Viernes Santo (10 de abril)
Pablo GUERRERO, SJ
Examen en la esperanza (7 de abril)
Ignacio IGLESIAS, SJ
Ansias de vivir (6 de abril)
Seve LÁZARO, SJ
Volvernos pequeños (25 de abril)
Louis Joseph LEBRET
Envíanos locos (15 de abril)
Dulce María LOYNAZ
Amor es… (20 de marzo)
José Luis MARTÍN DESCALZO
Echa las redes (17 de abril)
El Dios de la fe (22 de marzo)
Nadie ni nada (21 de abril)
Gabriela MISTRAL
Solo sé cómo se llama (19 de marzo)
Javier MONTES, SJ
Aplicando sentidos (23 de abril)
Solo tú (23 de marzo)
Sabine NAEGELI
Bendice mis manos (11 de mayo)
John Henry NEWMAN
Guíame, Señor (1 de mayo)
José María RODRÍGUEZ OLAIZOLA, SJ
30 (8 de abril)
Balance (24 de abril)
Como un torrente (15 de marzo)
Consejos al Tomás que todos llevamos dentro (19 de abril)
De puentes y abismos (4 de abril)
Despiértame (7 de abril)
El banquete (30 de abril)
El sanador (24 de marzo)
Elogio del sarmiento a la cepa (13 de mayo)
Fronteras (17 de mayo)
Habla la Vida (9 de mayo)
Hambre (29 de abril)
Hay que nacer de nuevo (20 de abril)
Hoy la resurrección (16 de abril)
La batalla nuestra de cada día (12 de mayo)
La ley (18 de marzo)
Lázaro (29 de marzo)
María (25 de marzo)
Mentiras (22 de abril)
Mi equipaje (10 de mayo)
Mi nombre en tus labios (14 de abril)
Nadie está solo (16 de marzo)
Necesidades (14 de mayo)
Pan (9 de abril)
Perdón (17 de marzo)
¿Por qué no yo? (3 de mayo)
Publicano (21 de marzo)
Quédate (26 de abril)
Resistencia (31 de mayo)
Revelación (5 de mayo)
Semillas (15 de mayo)
Señor, ¿a quién iremos? (2 de mayo)
¿Seré yo? (5 de abril)
Testigo (28 de abril)
Tiempo de alianzas (2 de abril)
Un signo (26 de marzo)
Y tengo amor a lo concreto (7 de mayo)
José María RUBIO
Adora y espera (4 de mayo)
Gonzalo SÁNCHEZ-TERÁN
Y cuando al fin volvamos a abrazarnos (28 de marzo)
Alexis VALDÉS
Esperanza (24 de mayo)
(Sin autor conocido)
Danos tu corazón (3 de abril)
Danos tu Espíritu (16 de mayo)
No te rindas (31 de marzo)
La música

Decía Santa Teresa que quien canta ora dos veces. Compartimos esa
apreciación. Y por eso hemos querido utilizar también en las celebraciones
la música de cantautores y grupos que hacen de sus canciones una forma
de evangelizar. Gracias a todos ellos –y a tantos más– por poner sus
talentos al servicio del Reino. Por su sensibilidad, el tiempo dedicado, y su
generosidad para cantar la fe, la esperanza, y el amor.

Gracias, entre otros, a Cristóbal Fones, SJ, Jesús Cabello, Maite López,
Ain Karem, Ixcís, el movimiento de Schoenstatt, Nico Montero, Juan
Ignacio Pacheco, Juan Susarte & Confía2, Enrique da Fonseca, Athenas,
Martín Valverde, Pedro Pablo Celis, Santiago Benavides, Misión País,
Luis Guitarra, Jesed, María José Bravo, Pablo Coloma, el Colegio Mayor
José Kentenich, Fray Nacho, Emilia Arija, Amanecer, Brotes de Olivo y
Tere Larraín.

Hemos creado una playlist en Spotify recopilando la mayoría de las


canciones que hemos puesto en algún momento en las celebraciones. Que
sea también un recordatorio de este tiempo y este recorrido. La lista se
llama «La Palabra desencadenada» https://spoti.fi/3bDlLyh

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