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Las transformaciones del libro y la lectura en el contexto cultural del siglo XXI

Leonardo Meza Jara

I.- La alta cultura y la cultura de masas en los debates modernidad-posmodernidad

Una de las preguntas cruciales sobre la modernidad, tiene que ver con los momentos del
surgimiento y el final de esta etapa histórica. En las áreas de la filosofía y la historia de la
cultura no hay un consenso definitivo sobre el inicio y la conclusión de la modernidad. Se
detectan dos tendencias en las formas de concebir a este periodo histórico. Hay autores
que asumen que la modernidad tiene un comienzo y un final determinados. El nacimiento
y la conclusión de la modernidad tendrían fechas específicas, que podrían identificarse
con toda claridad. Pero hay quienes no establecen una periodicidad definitiva, y que
entonces admiten que el inicio y el término de la modernidad son imprecisos. Las
fronteras históricas y culturales de la modernidad tendrían una consistencia porosa y
relativa.

Entre los autores que conciben a la modernidad como un periodo histórico determinado
está Habermas (P. 15 – 22), quien afirma que esta etapa inicia con el renacimiento
(finales del S. XV y principios del XVI), prosigue con la ilustración (S. XVII), continua con
el surgimiento y el desarrollo del capitalismo, hasta llegar al siglo XX. Pero ante una
afirmación tan contundente, queda la pregunta: ¿Puede la modernidad ceñirse histórica y
culturalmente a un intervalo temporal que la defina y la contraiga bajo una periodización
cerrada?

Las conceptualizaciones de la modernidad que se forman a partir de cortes históricos


(periodizaciones) o territoriales (de carácter geográfico, por ejemplo, las concepciones de
occidente y oriente), resultan problemáticas. Paradójicamente, estas conceptualizaciones
tienen que ver con el pensamiento moderno que separa al tiempo del espacio, en la
búsqueda humana por apropiarse de la historia, hacer del hombre el creador de su propia
historia. El hombre se convierte en el centro de la historia. En los hechos, el hombre
busca dominar a la historia para someterla a sus designios. Lo que tiene lugar es un
pensamiento y una historización antropocéntricos. Las maneras de pensar al tiempo
histórico y cultural de la modernidad, tienen que ver con las re-apropiaciones
conceptuales y fácticas que el hombre hace de su propia historia en el mundo. Esta
actitud forma parte del viraje racionalista, que hacia los siglos XVI y XVII lleva al hombre,
consciente o incoscientemente, a ocupar el tiempo y el lugar que antaño le pertenecieron
a Dios. Toda conceptualización de la historia, tal como se concibe la idea de la
modernidad o de otra etapa histórica, trae consigo una actitud racionalista que a la vez
que asume al hombre como creador de su propia historia, torna borrosa la presencia de
Dios en el mundo.

Desde un punto de vista que concibe a la modernidad a partir de los análisis marxistas,
Horkheimer y Adorno (P. 97- 128) sostienen que la figura de Odiseo contiene ya rasgos
identificables con la modernidad occidental, de corte capitalista. A lo largo de su travesía
Odiseo asume innumerables riesgos, al terminar su viaje el personaje arriba al éxito. Esta
condición es comparable con el comportamiento burgués moderno de los empresarios
capitalistas, quienes toman riesgos de distinta naturaleza en sus proyectos económicos
con el fin de convertirse en negociantes exitosos.

Estos mismos autores se refieren al poeta Homero como un “burgués” (P. 128). Desde la
perspectiva de Horkheimer y Adorno, en la Grecia clásica es posible rastrear indicios
culturales de la modernidad en Occidente.

Los dos autores de la escuela de Frankfurt no admiten explícitamente que la modernidad


tiene ya lugar en Grecia, sino que pueden detectarse en la cuna de la civilización
occidental rasgos histórico-culturales de la modernidad. A partir de lo anterior es factible
concebir a Grecia como un pueblo protomoderno1. Esta cuestión problematiza los intentos
por fechar el inicio y el fin de la modernidad.

Por otra parte, hay autores que con osadía pretenden establecer de manera definitiva en
final de la modernidad. Lyotard (P. 13) sostiene que el término de la modernidad sucede
a finales de la década de 1950 y ubica este hecho en Europa. El autor admite que el
fenómeno posmoderno, que emerge al concluir la modernidad, tiene lugar de manera
“discrónica”, es decir, en momentos históricos dispersos. Por lo tanto, resulta difícil
precisar una “visión de conjunto” del surgimiento y desarrollo inicial de la posmodernidad
en una fecha o periodo específicos. En el mismo tono precavido, Lyotard refiere que una

1
Bolívar Echeverría afirma que Horkheimer y Adorno detectan indicios “temprano-modernos” o
“protomodernos” en la cultura griega, a partir de su interpretación de la Odisea de Homero (Un
concepto de modernidad, México: revista Contrahistorias, Num. 11, agosto de 2008, P. 7 – 18,
impreso).
parte de las descripciones sobre la presencia de los rasgos de la pomodernidad, tendrían
un carácter “conjetural”.

¿Por qué sostener de manera rotunda el final de la modernidad y la emergencia de la


posmodernidad hacia mediados del siglo XX, si desde una perspectiva histórico-temporal,
el surgimiento y desarrollo inicial de la posmodernidad en occidente es problemático a
partir de la “discronía” y de la “conjeturalidad” asumidas por Lyotard?

Se requiere ser precavidos al conceptualizar y sujetar a una periodización histórica al fin


de “modernidad” y al comienzo de la “posmodernidad”, los diversos debates que se han
dado en la materia desde la década de 1970 hasta la actualidad, constantemente
advierten que: 1) el asunto no puede tener de manera definitiva un punto final y; 2) toda
periodización histórica está inscrita entre los márgenes de una cierta relatividad, que
toma forma a partir de subjetivaciones a las que es necesario analizar tanto en términos
teóricos como ideológicos.

Retomando a Berman, Arriarán Cuéllar (P. 38) sostiene que para analizar a la
“modernidad” es necesario revisar a la par los conceptos de “modernismo” y
“modernización”.

El modernismo es un movimiento cultural, artístico fundamentalmente, que surge a finales


del siglo XIX en Europa y que transmite a la modernidad una espiritualidad
transformacional fundada en las vanguardias que se sustituyen unas a otras. Por ejemplo,
en las artes plásticas, el postimpresionismo pretende tomar el lugar el impresionismo, en
tanto que el surrealismo desplaza al dadaísmo. A lo largo del siglo XX, los movimientos
artísticos y los manifiestos se suceden hasta llegar a lo que se ha referido como el
agotamiento de las vanguardias, presunto signo de la posmodernidad.

La modernización se basa en los procesos socioeconómicos desatados por el capitalismo


-y por el socialismo-, que durante los siglos XIX y XX coloca como uno de sus ejes a la
utopía del progreso indetenible. Desde la revolución industrial hasta nuestros días el
desarrollo tecnológico y científico han jugado un papel central en la modernización.

La “modernidad” es una etapa histórico-cultural en la que la humanidad se concibe y se


desenvuelve a través del “modernismo” y la “modernización”. Desde una perspectiva
moriniana la conceptualización de la “modernidad” que aquí se plantea, se asume a la
manera de un bucle2:

Modernidad Modernismo Modernización

Figura 1

Es factible concebir a la posmodernidad en los mismos términos del bucle planteado. La


posmodernidad estaría entonces embuclada con el posmodernismo y la
posmodernización.

Posmodernidad Posmodernismo Modernización

Figura 2

El posmodernismo es un movimiento cultural y artístico, que se impregna en lo social a la


manera de la espiritualidad de una época. El desbocamiento y agotamiento de las
vanguardias artísticas -que parte del modernismo a finales del S. XIX- llega a un límite en
el que la alta cultura y la cultura de masas se funden en la obra posmoderna, en la cual el
valor estético del arte se entremezcla con el valor monetario y material. Las fronteras de
lo estético que colocaban a la obra de arte en espacio privilegiado, son desplazadas por
las formas de pensar a la obra desde el mercado.

La posmodernización es el impulso de instauración de la posmodernidad a la manera de


lo que Jameson (P. 77) refiere como un “modo de producción cultural”. La

2
Morín (citado por Grinberg, P. 119) concibe la idea del bucle, la cual es un recurso estratégico
para desarrollar el pensamiento complejo: “Elemento de una red conceptual cuya función consiste
en retraerse y enredar a un elemento contiguo, integrándose e integrándolo al conjunto”.
posmodernización está contenida en las estrategias fácticas y performativas de
instauración de la posmodernidad, como una forma de vida sujeta a una historicidad que
aún no ha tenido lugar a plenitud.

La posmodernidad es una etapa histórico-cultural relativamente imprecisa, hacia el


pasado y hacia el presente, que se pone en marcha a través del posmodernismo y la
posmodernización.

Cabe aclarar que a partir de los bucles modernidad-modernismo-modernización y


posmodernidad-posmodernismo-posmodernización, existen tanto similitudes como
diferencias conceptuales. Las primeras se enmarcan en la sucesión histórico-cultural de
una época a otra. Las segundas tienen que ver con la transformación histórica.

De forma sintética Roa (P. 41 – 46) refiere las cualidades de la posmodernidad:

Pérdida de la vigencia de las ideologías… La realidad para el posmoderno ha


dejado de ser un valor de uso… para convertirse en un mero valor de
cambio… En la ética preocupa sólo la casuística… Búsqueda primaria de lo
hedónico… Percepción de la realidad en superficie, donde el límite de todo
aparece difuminado… Poco respeto por la vida en sí, la cual ya no se mira
como sagrada… La meta de la existencia no es su realización heroica, buena
o feliz, sino… su trivialización, su no crear problemas… La clásica diferencia
sujeto-objeto, típica de la modernidad, se esfuma, no hay ya un sujeto, el
investigador, que como observador imparcial estudia su objeto, sino que,
sobre todo en las tecnociencias, lo que correspondería antiguamente al objeto
se vuelve activamente sobre el sujeto… Con la progresiva desaparición del
binomio sujeto – objeto, típico de la modernidad, que partía de la base de que
el objeto de investigación era una realidad con su propia identidad maciza,
dicha realidad empieza a volatizarse, a perder sus contornos...

Diversos autores han debatido teóricamente la tesis del final de la modernidad y el


surgimiento definitivo de la posmodernidad. Se argumenta que los grandes relatos no han
desaparecido, dado que la posmodernidad ha querido instaurarse como un gran relato
que pretende sustituir a los grandes relatos modernos.

Aún cabe preguntarse si la posmodernidad es un hecho histórico-cultural inminente en el


que hemos quedado capturados sin salida alguna. Jameson (1999, P. 77 y 78) revisa las
“antinomias” de la posmodernidad, a la que concibe como “ideología” y advierte que
puede pensársele como un signo sintomático de las transformaciones estructurales más
profundas de la sociedad y de la cultura, concebidas como un “todo”4 en términos de un
“modo de producción”. El “todo posmoderno” concebido por Jameson, que actúa como
un “modo de producción" que se desenvuelve en un plano cultural e histórico a la vez,
posee una condición fáctica y a la vez performativa, que pretende erigir a la
posmodernidad como una gran narrativa dominante.

Jameson hace notar que la posmodernidad no ha tenido lugar definitivamente –aunque el


autor aspira a que esto suceda de una forma marxista sui generis-. Como ideología que
está contenida en diversos componentes de la cultura (el cine de Hollywood, los mass
media, la literatura, el mundo empresarial e industrial, la tecnología, la moda, algunos
estilos de vida, etc.) esta tendencia es una gran narrativa que a partir de múltiples
espacios y modos de instauración fáctica y performativa, pretende erigirse como
hegemónica. El filósofo neomarxista advierte que: “Toda teoría del posmodernismo es
entonces una predicción del futuro con una baraja defectuosa.” Si “la Guerra del Golfo no
ha tenido lugar”, es factible afirmar que la posmodernidad no ha tenido lugar, aunque en
un sentido muy distinto al no acaecimiento de la Guerra del Golfo5. Las reflexiones de
Jameson abren caminos para cuestionar a la posmodernidad desde sus propios adentros.

Si la posmodernidad no ha tenido lugar de manera definitiva, si consiste en una gran


narrativa, una ideología fáctica y a la vez performativa, que desde hace años pretende
alzarse como faro que de manera dominante determine los destinos de la humanidad,
¿qué está aconteciendo entonces? ¿Cómo tendríamos que pensar a la posmodernidad?
¿Desde dónde cuestionarla? ¿Cuáles son las preguntas que se hacen necesarias en este
“juego de baraja” teórico, ideológico y desde luego, políticamente estratégico?

Uno de aspectos que se conjuga con el asunto de la modernidad-posmodernidad son las


discusiones sobre la alta cultura y la cultura de masas. Entre ambos debates existen
correlaciones históricas y culturales. Se identifican tres de estas correlaciones y se analiza
enseguida sobre cada una de ellas:

4
Se cuestiona la afirmación de Jameson, que asume a la sociedad como un “todo” social, cultural
e histórico, en términos de una maquinaria que da lugar a un “modo de producción”
posmodernizante. Los debates sobre la interculturalidad, el poscolonialismo, el comunitarismo y el
neobarroco desde América Latina y otras regiones del mundo, cuestionan las concepciones
performativas totalitarias de la sociedad, la cultura y la historia.
5
Jean Baudrillard ha sido criticado por diversos autores. Entre estas críticas destacan los
planteamientos de Sokal y Bricmont en: Imposturas intelectuales, España: editorial Paidós, 1999,
P. 151 – 156, impreso.
1) Tanto los debates sobre modernidad-posmodernidad como las discusiones sobre
la alta cultura y la cultura de masas, suceden en un mismo momento histórico.
2) Una parte del debate modernidad-posmodernidad transcurre por una revisión de
los hechos históricos del modernismo y la modernización, similarmente los
alegatos sobre la alta cultura y la cultura de masas son atravesadas por el
modernismo y la modernización.
3) Tanto los debates modernidad-posmodernidad como las discusiones alta cultura-
cultura de masas, se proyectan inconclusos.

La génesis del concepto de “posmodernidad”, que se conjuga con las discusiones del
final de la “modernidad”, se distiende a lo largo del siglo XX y principios del XXI. La
temporalidad en la que tienen lugar los debates sobre la alta cultura y la cultura de masas,
tiene como escenario al mismo siglo XX y prosigue en los primeros años del XXI. Aunque
es posible rastrear indicios conceptuales y teóricos de ambos debates en el siglo XIX y
aún antes.

Bermúdez sostiene que el primero en mencionar el concepto de “posmodernidad” es el


pintor inglés John Watkins Chatman, en 1870, quien pretende impulsar una “pintura
posmoderna” que vaya más allá de los aportes de los impresionistas franceses. Esta
aparición inicial del término en las artes plásticas, tiene lugar dentro del fenómeno de la
sucesión de las vanguardias, que permite construir un hito que une a la modernidad con la
posmodernidad6. Watkins Chatman critica al impresionismo francés y pretende dar pié a
una nueva vanguardia. Sin embargo, el planteamiento del pintor inglés parece no haber
prosperado.

Temporalmente, el surgimiento del concepto de “posmodernidad” se detecta con mayores


indicios durante el S. XX. De Toro (P. 444 – 450) hace una revisión en este plano.

Los primeros en referirse a la “posmodernidad” son Pannwitz y de Onís (citados por de


Toro, Ibidem.). En 1917, Pannwitz (Alemania) define el concepto desde una perspectiva
histórica que refiere al hombre posmodernno como “nacionalista, militarista y religioso”, en
oposición a lo moderno que tiende al “nihilismo y la decadencia.” Por su parte, de Onís
(España) hace uso del vocablo en 1934, en su Antología de la poesía española e
hispanoamericana.

6
Quien revisa de forma mas minuciosa este aspecto es Lipovetsky en La era del vacío (España:
editorial Anagrama, 2002, impreso, P. 79 – 135).
A lo largo de su análisis, de Toro ubica al concepto en varias disciplinas, en autores,
espacios geográficos y fechas que también tienen la cualidad de ser diversos. El
sociólogo David Riesman (Estados Unidos) refiere el término en 1958. En filosofía,
Lyotard (Francia-Canadá) asume el concepto en 1979 y Vatimmo (Italia) en 1980, aunque
las filosofías de Foucault, Derrida y Deleuze (los tres originarios de Francia), que se
desarrollan entre las década de 1960 y 1970, pueden valorarse como posmodernas. Los
teóricos de la arquitectura Pevsner (Alemania-Gran Bretaña) y Venturi (Estados Unidos),
plantean el concepto en 1966, otros autores de la disciplina lo harán posteriormente. En
las artes plásticas se identifica a Warrol (Estados Unidos) como uno de los pioneros
posmodernos, hacia la década de 1960. En el teatro se detectan rasgos posmodernos
también en la década de 1960, con el Living Theatre, el Hapenning, y el Open Theatre en
Nueva York.

La emergencia de la “posmodernidad” como concepto y como teoría en desarrollo, tiene


lugar desde 1870 hasta finales del siglo XX. Los debates en la materia prosiguen
actualmente. La temporalidad de la génesis posmoderna puede considerase como
dispersa. Pero también son relativamente dispersos otros aspectos de su surgimiento: las
regiones y países del mundo desde los que brota, que se ubican en occidente (América
del Norte y Europa); las disciplinas humanísticas y de las ciencias sociales desde las que
se postula y; los autores que se asumen como posmodernos y teorizan al respecto.

Aquí se subraya una relativa dispersión en la temporalidad histórica del origen y


desarrollo inicial de la posmodernidad.

Por su parte, los debates sobre la alta cultura y la cultura de masas son ubicables
temporal e históricamente en el transcurso del siglo XX. La estrategia de la que parte
Vargas Llosa para argumentar su defensa de la alta cultura (P. 13 - 59), es un diálogo con
diversos autores que han abordado la temática en el siglo pasado y a inicios del actual.
En el ensayo de Vargas Llosa, publicado en el año 2012, es identificable un hito que va
del siglo XX al XXI en las discusiones sobre la alta cultura y la cultura de masas.

El narrador peruano toma como punto de partida un ensayo de T. S. Eliot publicado en


1948: Notes towards the definition of Culture. Enseguida, Vargas Llosa revisa las
reflexiones de George Steiner en: En el castillo de Barba Azul: aproximación a un nuevo
concepto de cultura (1971). Entre otros autores, el novelista menciona también a Ortega y
Gasset, quien escribe La Rebelión de las masas en 1929 y, a McLuhan, quien publica La
galaxia Gutenberg en 1962.
Entre los autores que publican sobre el tema al final del siglo XX e inicios del XXI, Vargas
Llosa refiere a Lipovetsky, con quien sostiene un debate en 2012, en la revista Letras
Libres.

En el mismo plano de identificación temporal e histórica de las discusiones sobre la alta


cultura y la cultura de masas, Eagleton (P. 214) afirma que la centralidad del tema de la
cultura tiene lugar en las décadas posteriores a la segunda guerra mundial, dado que el
fenómeno de la cultura se ha integrado al proceso de producción de bienes de consumo.
Sin embargo, el filósofo inglés clarifica que el asunto puede rastrearse hasta la primera
mitad del siglo XX.

En efecto, durante las primeras décadas del siglo XX, los debates sobre la
cultura giraron en torno a este enorme proceso de cambio, un proceso que
para muchos parecía presagiar el fin de la propia civilización. El centro de
esos debates fue, en buena parte, la oposición entre cultura “elevada” y
cultura “de masas”. Los tonos elegíacos de este Kulturpessimismus, cuyos
ecos todavía hoy se dejan sentir en la melancolía de la obra de George
Steiner, pasaron de Oswald Spengler a Ortega y Gaset, de E. R. Leavis a Max
Horkheimer, de Lionel Trining a Richard Hoggart… (Ibidem.)

Eagleton (P. 216), al igual que otros autores, sostiene la presencia de una trama cultural
e histórica que configura los debates sobre la alta cultura, la cultura popular y el
posmodernismo, desde el cual emerge la cultura de masas.

La alta cultura se deriva de la herencia griega, medieval, renacentista y de la ilustración


en occidente, que considera a los aportes de las humanidades (filosofía, literatura y arte
en general) como fundamentales en los procesos de la civilización.

En América Latina, la cultura popular tiene que ver con formas de vida basadas en las
tradiciones y costumbres de los pueblos autóctonos y en los diversos mestizajes que han
tenido lugar desde la conquista y la colonización hasta nuestros días. Esta forma de
cultura desarrolla su propia expresión artística y artesanal.

La cultura de masas surge con la posmodernidad y el posmodernismo, que han


convertido al arte y a la formas de vida en general en objetos asediados por la producción
del consumo.

Eagleton sostiene que hacia la década de 1960 el posmodernismo trae consigo el declive
de la confrontación entre la alta cultura y la cultura popular. El arte popular deja de ser
contestatario y subversivo y es capturado por la producción de consumo. A su vez, el arte
de élite es asimilado por el mercado. El posmodernismo, motor de la cultura de masas, se
apropia tanto del arte popular como del arte elevado, reconfigurando culturalmente sus
valores. El juicio de Eagleton parece ser sumario. Desde la perspectiva del filósofo inglés,
el arte popular habría perdido su halo crítico y la alta cultura estaría sumida en un proceso
de degradación y de transformación posmoderno. Cabe preguntarse si el desdibujamiento
de la alta cultura que se atisbó desde principios del siglo XX, ya ha tenido lugar
definitivamente.

De la misma forma en que se afirma que la posmodernidad no ha sucedido de manera


determinante, sino que existe en un contexto histórico-cultural en el que pretende
colocársele como hegemónica mediante diversas estrategias fácticas y performativas;
puede sostenerse que la alta cultura y la cultura popular no han sido desmanteladas
totalmente, sus rasgos siguen presentes en las formas de vida del siglo XXI. Esto último
tiene que ver con la no-conclusión de la modernidad. Tanto la alta cultura como la cultura
popular, que se decantan culturalmente en la modernidad, persisten. En el caso de la alta
cultura, el alegato de Vargas Llosa en La Civilización del espectáculo (2012) nos echa en
cara la presencia de esta tendencia, como una forma de vida que prosigue existiendo, por
momentos, con una influencia significativa.

… la palabra escrita tiene, hoy, cuando muchos piensan que las imágenes y
las pantallas la van volviendo obsoleta, posibilidades de calar mas hondo en el
análisis de los problemas, de llegar mas lejos en la descripción de la realidad
social, política y moral, y, en una palabra, de decir la verdad… las imágenes
de las pantallas divierten más, entretienen mejor, pero son siempre parcas, a
menudo insuficientes y muchas veces ineptas para decir, en el complejo
ámbito de la experiencia individual e histórica, aquello que se exige en los
tribunales a los testigos: “la verdad y toda la verdad”. (Ibidem., P. 219 y 220)

En el tercer capítulo de su libro, Eagleton (P. 95 – 151) refiere la existencia de “guerras


culturales” que han acontecido en el siglo XX. Entre estas guerras están los componentes
de la alta cultura, la cultura popular y el posmodernismo, que da pie a la cultura de masas.
Páginas adelante, el autor finiquita la confrontación entre la alta cultura y la cultura
popular. Ambas serían trastocadas y subsumidas por el posmodernismo y la cultura de
masas.
Aquí se sostiene que las confrontaciones entre las tres formas de cultura continúan. El
posmodernismo, que ha derivado una cultura de masas fundada en la producción y
consumo de bienes culturales, la moda, la televisión y los mass media, no ha borrado por
completo las presencias de la alta cultura y de la cultura popular. Las discusiones
abiertas sobre el libro y la lectura en la actualidad, tienen que ver con “guerras culturales”
que implican a la alta cultura en confrontación con la cultura de masas posmoderna7.

Delimitando la “guerra cultural” entre la cultura de masas posmoderna y la alta cultura,


colocando entre paréntesis a la conflictividad que surge al poner en juego a la cultura
popular, se plantean dos preguntas para cerrar este apartado: ¿Cómo ha sido el
desenvolvimiento de la confrontación entre la alta cultura y el posmodernismo que ha
dado lugar a la cultura de masas? ¿Qué se proyecta a futuro a partir de ello?

En sus argumentaciones Lipovetsky plantea una trama histórica-cultural que va del


modernismo al posmodernismo, que desemboca en el eclipse de la alta cultura y el
alzamiento de la cultura de masas desde la década de 1970 hasta nuestros días.

Izar el posmodernismo al rango de una hipótesis global que describe el paso


lento y complejo a un nuevo tipo de sociedad, de cultura y de individuo, que
nace del propio seno y en la prolongación de la era moderna, establecer el
contenido del modernismo, su árbol genealógico y sus funciones históricas
principales, aprehender el cambio de rumbo del pensamiento que poco a poco
se ha producido en el siglo XX en beneficio de una preeminencia cada vez
mas acusada de los sistemas flexibles y abiertos, tal ha sido nuestro objetivo,
tomando como hilo de Ariadna los análisis de Daniel Bell cuya última obra
traducida al francés tiene el mérito incomparable de proporcionar una teoría
general del funcionamiento del capitalismo precisamente a la luz del
modernismo y de lo que sigue (P. 80)

7
Este asunto se correlaciona con lo que Jameson ha identificado como el “giro cultural”. Eagleton
(P. 217) retoma el concepto de Jameson para poner en claro que una parte de los grandes debates
de finales del siglo XX tiene que ver con la cultura. La cuestión del género, las etnias indígenas, la
contracultura, las culturas populares, la alta cultura, la cultura de masas posmoderna, etc., se
convierten en asuntos de primer orden. “… una prodigiosa expansión de la cultura por el ámbito
social, hasta el punto de que se puede decir que todo lo que contiene nuestra vida social –desde el
valor económico y el poder estatal hasta las prácticas y la propia estructura mental- se ha vuelto
“cultural”, en un sentido original y que todavía no se ha teorizado.” (Jameson citado por Eagleton,
Ibidem.)
A partir de sus lecturas de dos libros de Bell que se citan a pié de página en el capítulo IV
de La era del vacío8, Lipovetsky construye sus argumentaciones para afirmar el paso del
modernismo al posmodernismo.

Lipovetsky revisa el modernismo en las artes plásticas, la literatura y la música a finales


del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX e identifica una serie de rasgos
sustantivos: la producción de lo nuevo que tiene que ver con la invención de las
vanguardias que se suceden unas a otras hasta llegar a un agotamiento; el extravío de las
fronteras entre lo sublime del arte y la vida cotidiana, el acontecimiento y el azar; el
oscurecimiento de la distancia entre la obra y el espectador, que deriva la acentuación en
las sensaciones, lo inmediato y el mero impacto en la percepción de la obra; la
emergencia de un mercado del arte que pone en juego nuevas formas de valorar las
obras desde una perspectiva económica, estética y social.

El filósofo y sociólogo francés argumenta que en la primera mitad del siglo XX tiene lugar
un proceso de “desublimación” del arte. En el afán de abarcar múltiples temáticas y
facetas del mundo cotidiano, en los insistentes intentos por cuestionar al poder y a las
instituciones, el arte moderno se banaliza.

Con Dadá, el propio arte se hunde así mismo y exige su destrucción. Se trata
de abolir el fetichismo artístico, la separación jerárquica del arte y de la vida en
nombre del hombre total, de la contradicción, del proceso creador, de la
acción, del azar. Sabemos que los surrealistas, Artaud y luego los happenings,
las acciones del anti-arte buscarán asimismo superar la oposición del arte y la
vida. Pero cuidado, ese objetivo constante del modernismo, y no del
posmodernismo como ha dicho D. Bell, no es la insurrección del deseo, la
revancha de las pulsiones contra la cuadrícula de la vida moderna, es la
cultura de la igualdad la que arruina ineluctablemente la sacralidad del arte y
revaloriza correlativamente lo fortuito, los ruidos, los gritos, lo cotidiano (P.89 y
90)

El readymade de Duchamp al exponer un urinario como una obra de arte en el museo de


Nueva York en 1917, evidencia el borramiento entre la frontera sublime del arte y la vida

8
El capítulo cuarto de este libro se titula: Modernismo y posmodernismo. Lipovetsky refiere dos
textos de Bell, de los cuáles desprende su argumentación para entramar al modernismo con el
posmodernismo. El primero de los libros de Bell es: Las contradicciones culturales del capitalismo
(citado en la P.80). El segundo texto es El advenimiento de la sociedad posindustrial (mencionado
en la P. 85). Ambos textos de Bell publicados en década de 1970, son un referente teórico e
ideológico de primer plano en los alegatos de Lipovetsky.
cotidiana. Lipovetsky sostiene que en la búsqueda de lo nuevo, al compenetrase con la
vida cotidiana, al buscarse en lo acontecimental y lo azaroso, el arte se profana y se
deconstruye a sí mismo. La belleza y la trascendencia del arte heredadas de la cultura
grecolatina, entran a un territorio de sombras y fantasmas. El abismamiento del arte toma
forma en el paso del modernismo al posmodernismo. La cultura de masas, el arte de
masas, se confunde con la alta cultura, con el arte culto. ¿Qué es arte y qué no lo es? Es
la pregunta que refleja de manera inminente las borrosas fronteras entre la alta cultura y
la cultura de masas.

¿Es el arte el constructor de su propio hundimiento estético? ¿Puede atribuírsele al arte


una responsabilidad mayúscula en el paso de la modernidad a la posmodernidad, tal
como afirman Lipovetsky y otros autores? Son preguntas punzantes que no serán
abordadas en esta investigación.

El hito que une al posmodernismo con el modernismo es la ruptura enfática con la


“unidimensionalidad del arte moderno”. Si el posmodernismo en el arte acude a la hibridez
o a lo retro en una especie de diálogo contestatario con el modernismo, es a partir de una
búsqueda exaltada y descentrada de los preceptos artísticos de los modernos. Toma
forma lo que Lipovetsky refiere como el “descrispamiento de la oposición tradición-
modernidad… el relajamiento del espacio artístico paralelamente a una sociedad en que
las ideologías duras ya no entran… donde papeles e identidades se confunden, donde el
individuo es flotante y tolerante” (Lipovetsky, P. 122).

El posmodernismo no tiene lugar aisladamente en el ámbito del arte, se desdobla en una


serie de jugadas en las que los grandes relatos se tornan borrosos y las individualidades
se exacerban. Es en lo social-político-económico-cultural-histórico, donde acaece el paso
del modernismo al posmodernismo. La cultura de masas que emerge desde los cráteres
del posmodernismo es una especie de paideia posmoderna, una paideia trastocada,
desdibujada, des-sustancializada, que rompe con la tradición y con la alta cultura que
persisten en la modernidad. Es la paideia ligth de la cultura de masas.

Vatimmo afirma que la emergencia de la cultura de masas en la posmodernidad tiene que


ver con “la muerte del arte” y la emergencia hegemónica de los medios de comunicación
masiva a mediados del siglo XX9.

9
En 1985 que Gianni Vattimo publica El fin de la modernidad. Nihilismo y hermenéutica en la
cultura posmoderna, no había surgido aún la presencia avasallante del internet.
La muerte del arte no es sólo la muerte que podemos esperar de la
reintegración revolucionaria de la existencia, sino que es la que de hecho ya
vivimos en la sociedad de la cultura de masas, en la que se puede hablar de
estetización general de la vida en la medida en que los medios de difusión,
que distribuyen información, cultura, entretenimiento, aunque siempre con los
criterios generales de "belleza" (atractivo formal de los productos), han
adquirido en la vida de cada cual un peso infinitamente mayor que en
cualquier otra época del pasado. Claro está que identificar la esfera de los
medios de difusión con lo estético puede suscitar objeciones, pero no resulta
tan difícil admitir semejante identificación si se tiene en cuenta que, además
de distribuir información, esos medios de comunicación de masas producen
consenso, instauración e intensificación de un lenguaje común en lo social (P.
51).

Entre los teóricos de la posmodernidad, la postura de Jameson no declara un


desplazamiento definitivo de la alta cultura por la cultura de masas. El filósofo
estadounidense y neomarxista tampoco acepta la defunción del arte. La portada del libro
El giro cultural (1999) de Jameson, encierra el debate entre la alta cultura y la cultura de
masas posmoderna:

Sobre un fondo café que se percibe nebuloso, se levanta al centro la figura de una musa.
Los trazos de la imagen femenina tienen el toque realista del arte griego y renacentista.
La forma de mirar de la mujer, su color resplandeciente, el pelo suelto que flota y
embellece los rasgos del rostro, la mano y los dedos que asoman enigmáticamente en la
parte inferior de la portada del libro, evocan la presencia de una musa. La tonalidad de la
figura femenina se aproxima al color de una escultura, pero a la vez se fuga de esa
coloración pétrea. Hay un brillo fulgurante en la imagen de la mujer, un espectro de luz
que aparece desde los contornos interiores y que resalta de manera mítica y fantasmal.
Rodeando a la musa están tres latas de sopa Campbells, las mismas latas que de forma
reiterada, semejando un proceso de producción industrial y en serie, fueron pintadas por
Warhol. El triángulo de las sopas Campbells atosiga a la musa. Una parte del hombro y
de su mano están cubiertas por una de las latas, que en la perspectiva se coloca delante
de la mujer. El arte posmoderno de Warhol tiende una celada a la figura de una musa
que significa a la alta cultura. Pero la musa no perece ante los signos posmodernos de las
latas de sopa, su fulgor está al centro del cuadro, sus ojos se alzan sobre dos de las latas
que están al frente, como mirando por encima de ellas.

Jameson (1999, P.15 y 16) precisa dos cualidades del posmodernismo. Por un lado, las
diversas tendencias del posmodernismo (en las artes plásticas, la música, la literatura, el
cine, etc.) brotan como reacciones contra los cánones del modernismo que dominó la
academia universitaria, los museos y las galerías de arte. Por otro lado, el
posmodernismo erosiona a la distinción clásica entre alta cultura y cultura de masas o
popular. Lo segundo sería el problema más “inquietante” desde las valoraciones de la
academia. Pero la erosión de la alta cultura no implica su sometimiento definitivo a la
cultura de masas, tampoco tiene lugar la muerte del arte.

En un libro posterior , Jameson (2004, P. 172 – 175) pone en claro la persistencia de la


alta cultura. Lipovetsky refiere que “lo cotidiano” y “el azar” son dos de los componentes
que entrecruzan la transición del modernismo al posmodernismo en el proceso de
banalización del arte (P. 89). En el mismo campo semántico que los conceptos de
Lipovetsky, Jameson plantea el término de “contingencia” (Ibidem.). Lipovetsky sostiene
sus conceptos en un plano moderno-posmoderno que va del siglo XIX al XX.
Distintamente, Jameson asume a la “contingencia” en una operación que va de la
teología medieval al arte tardomoderno, que se produce entre 1920 y 1960.

… el problema de la contingencia puede advertirse mucho antes, en todos los


modernismos originales, como un signo del fracaso de la forma en su intento
de dominar y apropiarse por completo del contenido que se ha asignado a la
obra… El concepto de contingencia es, por supuesto, aún más antiguo: surge
en la teología medieval, en la cual es la existencia única de una cosa
escandalosamente inadsimilable a ese universal que es su idea y está
asociado a lo divino. Así, «contingencia» es la palabra utilizada para aludir a
un fracaso de la idea, el nombre de lo que es radicalmente ininteligible, y
pertenece al campo conceptual de la ontología y no al de las diversas
epistemologías que sucedieron y desplazaron a una filosofía ontológica en el
período «moderno» (o desde Descartes) (P. 172).

En la modernidad, tanto en la filosofía como en el arte, la verdad y el ser son arrojados a


un extravío del cual no han logrado reponerse. En el arte, la forma que se coloca ante el
contenido, se convierte en un asunto de primer orden. Las vanguardias modernistas
jugaron un papel de experimentación en el cual la forma se enfrasca de manera
determinante en una lucha contra el contenido.

La forma del urinario de Duchamp, puede ser pensada desde un vaciamiento del
contenido a partir de los conceptos de “lo cotidiano” y el “azar” de Lipovetsky. La cultura
de masas que pondera la forma sobre el contenido, se alzaría entonces por sobre la alta
cultura que pone en juego equilibrios entre la forma y el contenido.
El mismo urinario de Duchamp puede analizarse desde el concepto de “contingencia” de
Jameson. En este segundo caso, la forma no implicaría un vaciamiento del contenido.
Hay una allende de la obra, un excedente que no puede encerrarse conceptualemente ni
en la forma ni en el contenido. Es una territorialidad que no se subsume en la relación
dialéctica forma-contenido. Un espacio estético, metafísico y trascendental que Jameson
refiere a partir del concepto de “contingencia”. A partir de ello, la dialéctica forma-
contenido puede repensarse y reconfigurarse artísticamente.

¿Por qué, a partir de la estética dominante de la modernidad-posmodernidad el contenido


tendría que quedar sometido a la forma, tanto en su condición epistemológica (de
portación de verdad) como ontológica (de portación del ser)?

Jameson (Ibidem.) sostiene que los existencialistas y otros tardomodernos que enfatizan
a la vida cotidiana y al acontecimiento se cuestionan como es que la forma puede
replantearse dialógicamente ante el ser del mundo. El concepto griego de mimesis,
imitación de la vida por el arte y viceversa, es puesto en juego. A lo largo del siglo XX, los
debates filosóficos y artísticos sobre la mimesis serán relevantes. En este plano la
“contingencia” que viene de la filosofía medieval y el “acontecimienmto” que se acentúa
en los tardomodernos y los posmodernos toman un lugar central según Jameson.

Tanto en Nabokov como en Beckett el signo de esa nueva contingencia


estética puede leerse en la nueva categoría de la anécdota. Un núcleo o dato
anecdótico siempre marca el contenido empírico inasimilable que ha de ser el
pretexto de la pura forma… La forma misma -autonomía- y el contenido
anecdótico del cual depende pero que no logra incorporar a su propia
sustancia mantienen entre sí una relación dialéctica necesaria y, en verdad, se
producen uno a otro. La contingencia tardomodernista, entonces, es
precisamente ese proceso y constituye la experiencia del fracaso de la
autonomía en ir hasta el final y realizar su programa estético (P. 174).

Lo acontecimental, lo anecdótico, lo contingente y lo azaroso no trastocan al arte al grado


de subsumirlo en una “desublimación” a la manera de Lipovetsky. Sino que tiene lugar
una sacudida teórica y experimental en la que “lo “contingente” y “lo anecdótico” inscriben
al arte en una búsqueda alternativa.

Se trata, sin embargo, de un fracaso afortunado: pues el reemplazo de los


variados e incomprensibles Absolutos del modernismo por las autonomías
estéticas mucho más modestas y comprensibles de los tardomodernos no solo
abre el espacio y la posibilidad de la teorización que hemos caracterizado
como la ideología del modernismo; también permite y autoriza la producción
de una literatura mucho más accesible de un tipo que es posible calificar
entonces de nivel medio. Ya no puede decirse que es una literatura popular,
en el antiguo sentido estricto del término; de todos modos, por entonces, en la
situación de posguerra de una cultura comercial o de masas emergente, esa
literatura popular ya no existe. No parece indebidamente restrictivo, en una
época de educación masiva, sugerir que el público de esa literatura y cultura
tardomodernistas de nivel medio puede identificarse como el sector de clase
de los estudiantes universitarios (y sus instructores académicos), cuyos
anaqueles de libros, tras su graduación en «la vida real», conservan los
recuerdos de ese consumo históricamente distintivo que los esteras e
intelectuales alto modernistas supervivientes han bautizado “el canon” o la
Literatura como tal. Pero el canon es simplemente modernismo, tal como los
tardomodernistas lo seleccionaron y reescribieron a su propia imagen. Su
“grandeza” y permanencia intemporal son el signo mismo de su transitoriedad
histórica; y los intentos de ruptura radical del posmodernismo se concentran
en ese tardomodernismo, pues de ese modo imagina romper con el
modernismo clásico e incluso con la modernidad, en general y como tal (P.
174 – 175).

El posmodernismo “imagina” romper con el tardomodernismo y con el modernismo


clásico. La “imaginación” de la ruptura posmoderna pretende levantarse sobre las ruinas
de la modernidad. ¿Pero, se ha concretado esta ruptura o su conformación se desplaza
entre lo imaginario y lo concreto, entre su realización y su no-realización imaginaria-
fáctica?

Existe un canon tardomoderno persistente. Es el canon que aún llena las currículas de las
carreras humanísticas en las universidades. El canon que entrelaza a la tradición clásica
que viene desde Grecia con la modernidad tardía, aún inconclusa. El canon de la alta
cultura que Vargas Llosa defiende en La civilización del espectáculo (2012). El canon
depositado en la materialidad de las bibliotecas y de los libros. Es una tradición que
reclama su no-muerte desde la defensa de la alta cultura y del libro impreso en papel. Es
una historia-cultura de la humanidad que aun respira y que lanza diatribas y manotazos
que intentan atrapar a la verdad y al ser del mundo.

En los discursos sobre el libro y la lectura en México, se hacen presentes debates sobre
la configuración de un canon literario. Es un canon tardomoderno que conjuga a las obras
clásicas con la producción literaria del siglo XX, de escritores mexicanos y extranjeros. La
promoción del libro y de la lectura en nuestro país tiene que ver con condicionamientos
canónicos sobre qué leer y porqué leerlo. Cuando en el gobierno foxista se definieron los
textos a incluir en las Bibliotecas de aula, que han tenido tirajes millonarios 10, varios
intelectuales escribieron artículos en revistas y periódicos de circulación nacional,
denunciando que no incluían obras de Carlos Fuentes, Octavio Paz y otros autores. En
nuestro país la lucha por la formación de una canon tardomoderno está en proceso, y los
discursos por la defensa del libro y la lectura llevan en sus entrañas batallas de esta
lucha.

II.- De Gutenberg al e-book, los futuros del libro o los libros del futuro

Las preguntas en torno al libro son difíciles de contestar. Estos cuestionamientos se


replantean en el mismo momento histórico en el que emergen otras preguntas que
pertenecen al mismo plano reflexivo y de sentido. Cuestiones como: ¿qué es el lector?,
¿qué es el autor11, etc., son líneas de investigación que se entrecruzan cuando surgen las
preguntas por el libro 12.
Los entrecruzamientos entre estas preguntas –y otras más- tienen lugar a partir del “giro
cultural” analizado en el apartado anterior (Jameson, 1999). El giro cultural que Jameson
analiza en el plano de la filosofía, tuvo lugar en otras disciplinas. El ejemplo mas palpable
se percibe en los vuelcos de la historiografía durante la segunda mitad del siglo XX. Los
trabajos de Roger Chartier sobre el libro y la lectura en occidente forman parte de una
tendencia historiográfica que se desprende del campo de investigación generado por los
Annales de la antropología histórica y de las mentalidades. Chartier critica y supera estas
tendencias. El historiador francés revalora la importancia de la historia cultural ante la
historia política y la social, que fueron ponderadas por los primeros Annales (Bloch,
Frebvre y Braudel). Los aportes de Chartier parten de una crítica historiográfica a los
Annales de las mentalidades.

10
Haciendo cálculo de las publicaciones de libros pretendidas en los programas Bibliotecas de
aula y Bibliotecas escolares por parte de la SEP, Zaid contabiliza la publicación de 172.5 millones
de volúmenes (Bibliotecas sin libros, artículo publicado en la revista Letras Libres. agosto de 2012,
año XIV, México, P. 60 – 63).
11
El tema del autor y su muerte ha sido analizados en la filosofía y en la teoría literaria: La muerte
de autor (Barthes, 2009), ¿Qué es un autor? (Foucault, 1969), El autor como gesto (Agamben,
2005).
12
Esta reflexión se deriva de Chartier (2011, P. 16), quien en el prólogo de Historia de la lectura
en el mundo occidental, afirma que la pregunta “¿Qué es un libro?”, que toma forma en la
modernidad, está correlacionada con las preguntas “¿Qué es un autor?” y “¿Qué es la literatura?”,
planteadas por Foucault y Sartre respectivamente.
… es esta la primera lección de la historiografía francesa de los últimos quince
años, resulta interesante el nuevo modelo de historia cultural que esta cuarta
generación de Annales ha promovido, y que es el modelo de una nueva
historia cultural de lo social. Una historia que, frente al substantivismo
autosuficiente de los estudios históricos de las mentalidades… va en cambio a
representar un verdadero esfuerzo de una historia otra vez materialista, y otra
vez profundamente social de los fenómenos culturales.
Así, y asociada muy de cerca a los trabajos de Roger Chartier, esta historia
social de las prácticas culturales nos propone analizar todo producto cultural
como “práctica”, y por ende, a partir de las condiciones materiales específicas
de su producción, de su forma de existencia, y luego de su propia difusión y
circulación reales (Aguirre Rojas, P. 69).

En los últimos años fundamentado y desarrollado un territorio de investigación histórica,


que a partir de una dialéctica que conjuga a lo cultural con lo social, coloca como centro
al libro y a la lectura. Las investigaciones en la materia, desarrolladas por historiadores
herederos de los Annales franceses y por otras corrientes historiográficas, muestran que
al investigar al libro y a la lectura, se exploran territorios que no habían sido tomados en
cuenta con suficiencia y que aportan respuestas alternativas a la comprensión de la
historia.

Existe la necesidad de “superar dos limitaciones” respecto a la investigación del libro y de


la lectura (Chartier, 2006, P. 35 – 40). A partir de la tradición de la historia de la literatura
y de la crítica literaria, se ha dejado a lado la existencia concreta tanto del libro como de la
lectura. A su vez, las investigaciones sobre el libro y la lectura deben sobrepasar los
planteamientos de la teoría de la recepción alemana, que resulta insuficiente para restituir
la dimensión dialéctica entre el texto y el lector. Para el historiador francés, la existencia
del libro y de la lectura se correlacionan de fondo. Los procesos de producción de textos
escritos y orales, y los procesos de lectura que reciben e interpretan estos textos, poseen
una existencia histórica y cultural concreta.

Se pretende entonces “restituir la dimensión dialéctica del texto y el lector”, desde una
perspectiva historiográfica que conjugue a lo cultural con lo social (Charier, Ibidem.).
¿Pero, qué implicaciones tiene esta postura, que estudia la existencia histórica concreta
tanto del libro como de la lectura, sin dejar de tomar en cuenta otros procesos culturales y
sociales como el papel del autor, la textualidad de la literatura, los medios de
comunicación, etc.?
El libro y la lectura son pensados desde un plano en el que se conciben complejamente,
como objetos históricos, culturales y sociales, más allá de su sola condición literaria, más
allá de su pura textualidad (estructuralista, semiótica o posestructuralista) y más allá de
su cualidad de portar ideas que se conciben ahistóricamente.
Junto a lo anterior, las preguntas sobre el libro han sido respondidas desde distintos
campos disciplinarios. La colección Espacios para la lectura del Fondo de Cultura
Económica, es una de varias que en México se publican en torno al libro y la lectura. Esta
colección que reúne más de 25 libros, existe desde 1999 hasta la fecha. El libro y la
lectura son analizados desde diversos campos disciplinarios: la historia, la sociología, la
filosofía, la antropología, la psicopedagogía, etc. Una nota preliminar incluida en diversas
ediciones de los libros de esta colección afirma:

La colección Espacios para la lectura, quiere tender un puente entre el campo


pedagógico y la investigación multidisciplinaria actual en materia de cultura
escrita, para que maestros y otros profesionales dedicados a la formación de
lectores perciban las imbricaciones de su tarea en el tejido social y,
simultáneamente, para que los investigadores se acerquen a campos
relacionados con el suyo desde otra perspectiva. (1999)

Hasta aquí se deja en claro que al ser replanteadas en los años recientes, las preguntas
sobre el libro poseen una serie de cualidades identificables:

 Se correlacionan complejamente con otras preguntas como: ¿qué es la lectura?,


¿cuál es el papel del lector?, ¿qué es el autor?, ¿qué es la literatura?, etc.
 Toman forma en un contexto teórico en el que las humanidades, las ciencias
sociales y la historia, ponen el acento en los componentes culturales.
 Se ubican en un plano de interpretación alternativo, que rebasa las posturas
estructuralistas, semióticas y posestructuralistas, que cuestiona el papel de la
historia de la literatura y de la crítica literaria y, que historiza y socializa los
significados y los sentidos del libro como objeto cultural concreto.
 Se han respondido desde diversas disciplinas humanísticas, de las ciencias
sociales y de las ciencias duras.

Hasta aquí se han identificado las cualidades que caracterizan a las preguntas sobre el
libro. Estas cualidades que caracterizan a las interrogantes sobre el libro, parten de una
revisión somera, que desde el punto de vista de la historia de las ideas, intenta encuadrar
las discusiones en torno al el libro material y el libro virtual (ebook).

En los debates sobre el libro material y el e-book se detectan tres tendencias. Por un lado
hay autores que resaltan al e-book por sobre el libro material. Esta primera postura aboga
por una hegemonía del e-book sobre el libro tradicional. Por otro lado hay quienes
defienden la persistencia del libro material por sobre el texto virtual. Finalmente, hay
autores que proyectan una mezcla entre ambos.

Desde una perspectiva biológica, antropológica y cibernética, Bartra (2009, P. 165-169)


responde a la pregunta sobre el libro. Este autor refiere que el “libro es una exitosa
prótesis que ha permitido durante siglos sustituir funciones que el cerebro es incapaz de
realizar mediante los recursos naturales de que dispone.” Esta concepción se refiere
tanto al libro material como al libro virtual. Ambos son concebidos como componentes
culturales “exocerebrales”, en tanto portan memorias y pensamientos que son una
extensión del cerebro humano. Esta idea se relaciona con la concepción antropológica del
cerebro de Edgar Morín18 y con la teoría epistemológica y psicopedagógica del
procesamiento de la información, que concibe al cerebro como funcionalmente análogo a
una computadora19.

El antropólogo y sociólogo mexicano refiere la preocupación de la “República de las


Letras” sobre la posible desaparición del libro físico avasallado por el e-book y toma una
postura irónica ante ello. El investigador termina pronunciándose por un acoplamiento
positivo entre los aportes del libro de papel y los recursos tecnológicos computacionales.

Esta concepción de Bartra en una de las mesas del Congreso Internacional del Mundo del
Libro, celebrado en la ciudad de México en septiembre de 2009, tiene como antecedente
los contenidos del libro Antropología del cerebro. La conciencia y los sistemas simbólicos,
que el Fondo de Cultura Económica publica en su primera edición en 2006. En este texto
Bartra es radical al concebir una relación sustantiva entre el cerebro y lo exocerebral, que
significa tanto al libro como al e-book.

18
Morín E., El método 3. El conocimiento del conocimiento, España: editorial Cátedra, 2006,
impreso.
19
Los pormenores de la teoría del procesamiento de la información planteada por Klahr,
MacWhinney, Newell y Simon pueden consultarse en el libro: Psicología del desarrollo. Infancia y
Adolescencia, Cap. 8 Desarrollo cognoscitivo: perspectivas del procesamiento de la información,
Shaffer D., México: Editorial Thomson, 2000, P. 270 – 311, impreso.
La idea de que el exocerebro es un puente entre hemisferios cerebrales no
implica una interpretación dualista. Este puente es parte de un proceso
neurocultural continuo cuyas características y mecanismos es necesario
estudiar. No se trata de redes exteriores informáticas enchufadas al hardware
del cableado nervioso. La información circula a lo largo de todo el cableado
neurocultural y tanto dentro como fuera del cerebro hay un hardaware material
que consume energía. El hecho de que se trate de un circuito continuo no
quiere decir que sea homogéneo… (2012, P. 202)

Retomando a Wittgenstein, Bartra (Ibidem., P. 210 y 211) se pregunta: “¨¿Cómo


deberíamos imaginar una prótesis del pensamiento?” De forma apresurada se responde
que a partir del concepto de la conciencia que arroja claridades, que no se encierra
cranealmente y que permite revisar las prótesis de la acción cerebral en espacios
culturales, es posible imaginar cómo el pensamiento se desdobla positivamente hacia la
cultura. En este desdoblamiento del pensamiento, los seres humanos “perdemos el alma
pero ganamos conciencia.” El e-book, más que el libro físico, tendería radicalmente a un
posible extravío del alma, tal como lo plantea Bartra. Ha llegado a afirmarse que no es
posible pensar al hombre sin una máquina. En occidente el aparato celular y el ordenador
se han convertido en una extensión corporal y del pensamiento de los seres humanos. Lo
maquínico y lo computacional de estos aparatos está adherido externa-internamente a lo
que el ser humano va siendo a inicios del siglo XXI. Estos avances tecnológicos
presuntamente le otorgan lucidez a la racionalidad del ser humano, pero a la vez
oscurecen su alma. La posibilidad de que el libro material se convierta en un artefacto
maquínico y computacional, que instalado en un chip pueda ser conectado e introducido
al cerebro dando forma a un cyborg, es un escenario que camina entre la ciencia ficción y
las posibilidades concretas del desarrollo científico en este siglo.

En la concepción de Bartra está implícito un pragmatismo para posicionar una transición


sustitutiva que va del libro material al libro virtual, sin nostalgias ni lágrimas de por medio.
Esta transición no ha tenido lugar todavía. El investigador mexicano aprueba y aboga
para que esto suceda.

Resulta notorio que Bartra no clarifique cómo la circulación neurocultural del pensamiento
y de la memoria, que iría del cerebro al exocerebro, ya sea en formato de libro impreso o
en formato de libro electrónico, construye una relación humana con un objeto cultural
específico, en un contexto y bajo una serie de condiciones determinadas. ¿Cómo se ha
concebido la relación del hombre con el libro material por un lado y con el libro virtual, por
el otro? ¿Qué implicaciones de diversa naturaleza transcurren esta doble relación del
hombre con los textos?

No hay un concepto suficientemente claro y preciso del e-book, en cuanto a la relación


que se establece entre éste y los seres humanos. Briggs y Burke (P. 357) admiten que el
concepto de “interfaz”, que se deriva del inglés “interface”, se usa para señalar la posición
recíproca entre los hombres y las computadoras, así como la interrelación que tiene lugar
entre las computadoras mismas.

Se llama interfaz a la parte del software del ordenador que tiene por misión la
comunicación con el usuario. Básicamente existen dos tipos de interfaz: las
gráficas y las de texto… Se llama interfaz a los dispositivos de hardware que
se encargan de interconectar a diferentes dispositivos entre sí. (Diccionario de
informática Edilar, P. 167).

La interfaz textual estaría atravesando la relación que tiene lugar entre los hombres y el e-
book, ya sea en un dispositivo computacional de escritorio, una laptop, una tablet, un
kindle de Amazon o un aparato celular. La “interfaz” ha sido concebida solo en términos
físicos y funcionales. Tal parece que este concepto resulta limitado e insuficiente para
analizar la relación que se establecería entre el texto computacional del e-book y los seres
humanos. La investigación empírica en este campo que surge hace unos cuantos años,
es aún incipiente.

En una conferencia en el marco de la XXXV Semana del Humanismo en la Facultad de


Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua, el escritor y comentarista
cultural, Nicolás Alvarado, pondera que el e-book trae consigo un cúmulo de beneficios
inmediatos20. A partir de una anécdota personal, el comunicador refiere que al escribir un
ensayo durante la noche, no le era posible acceder a una cita de Sontag que requería
para clarificar y argumentar una idea. Conocía el libro del cual podía tomar la cita, pero no
lo tenía a disposición. A esas horas de la noche no era posible acceder a él
consultándolo en una biblioteca, pidiéndolo prestado a un amigo o comprándolo
materialemente en un una librería. El problema se resolvió mediante una compra

20
La conferencia magistral de Alvarado abrió los eventos de la XXXV Semana del Humanismo en
la FFyL de la UACH (La literatura y las humanidades en los medios audiovisuales: retos y
oportunidades, 21 de octubre de 2013).
electrónica en una liberaría virtual. “Es una maravilla la disponibilidad que tenemos en
internet de libros, discos y películas”, refirió el conferencista.

Al hacer esta mención Alvarado citó el libro La economía Long Tail. De los mercados de
masas al triunfo de lo minoritario (Anderson, 2007). A partir del concepto de “long tail”,
“larga cola” en su traducción al español, Anderson (P. 11 – 26) hace una defensa de las
supuestas bondades que el internet ha desarrollado en la compra y la venta de productos
culturales. La “larga cola” son una serie de productos culturales (miles de películas, discos
y libros) alojados en el mercado de internet, en espera de ser vendidos. Desde una
perspectiva estadística que gráficamente analiza la curva de ventas de productos
culturales en internet, la “larga cola” no es parte de la recta vertical que se desprende de
la curva y que indica los productos mas demandados y vendidos. Se forma por la recta
horizontal en la que los productos de supuesta calidad cultural, se venden despacio pero
consistentemente. La “larga cola” de productos culturales comercializables en internet no
forma parte del top ten, tampoco son necesariamente productos de éxito, sino que son
productos con nichos de mercado específicos comercializables a largo plazo.

El libro de Sontag que Nicolás Alvarado afirma haber comprado en un apuro nocturno de
un escritor en busca de la cita correcta, estaría formando parte de las compras virtuales
de “long tail” referida por Anderson. El autor defiende una democratización de los
productos culturales que se comercializan a través de internet. Los libros virtualizados
estarían entrando a un plano en el que como objetos culturales vendibles y comprables,
beneficiarían a los autores, los editores, los comercializadores de libros y los lectores.

Cada Book Boutique tendrá acceso al catálogo mundial del libro, que posee
archivos electrónicos de todos los textos habidos y por haber, para nosotros,
los ávidos de Babel.
Llegó el funesto momento: el elector será el editor.
Cuando le pido al librero imprimir y encuadernar juntos estos textos advierto
que no le gustó mi combo.
Todos los libros estarán sujetos a rediseño. Por ejemplo, en una Book
Boutique yo puedo hacer un libro mixto. Elegir unos ensayos de Habermas en
las primeras 120 páginas, luego 20 páginas de poemas de Vallejo y como
apéndice unas páginas de un número clásico de Playboy…
La Book Boutique pondría el libro digital al servicio del nuevo libro impreso
(Yépez, 2010).
Yépez no sostiene que tendrá lugar una sustitución del libro físico por el virtual, sino que
expone una extraña hibridación de ambos, que sucedería en el plano comercializable de
la literatura a través de internet. Aunque, en la postura del escritor tijuanense se detecta
una preferencia del libro virtual por sobre el material. Una librería se convierte en una
“Book Boutique”, el lector es un “elector” que como “editor” arma y compra virtualmente su
libro a placer y lo imprime después, el libro es un “combo” que puede ser formado de
manera arbitraria por texto e imágenes a la vez. Yépez se refiere a lo anterior como “mi
utopía privada”.

La utopía del escritor y crítico literario se centra en el lector y sus posibilidades de


convertirse en armador y comprador de sus propios libros, mediante la selección de un
menú de textos preexistentes virtualmente. Este planteamiento es próximo
conceptualmente al del “zapping”, en el que el televidente cambia de forma acelerada e
ilimitada de canales con el control remoto a la mano. El alegato de Yépez es cercano
también al concepto de “hiperlink”, dispositivo internauta que permite a los navegantes de
la red conectarse de un texto a otro veloz e ilimitadamente.

La “Babel” de Yépez es una “Book Boutique” que se derrumba al momento de concebirse


en los términos del mercado cultural capitalista. La utopía de Alvarado se concibe también
en los términos del mercado cultural capitalista, que mediante la oferta y la demanda de
un “long tail”, concibe una supuesta democracia de los bienes culturales como los libros.

Desde la perspectiva de Alvarado es discutible que los beneficios recaigan


específicamente en los autores, los editores, los comercializadores de libros y los lectores.
Desde la visión de Yépez es cuestionable que los beneficios recaigan en el lector. Las
posturas de Alvarado y Yépez en defensa del e-book, parten de la tesis capitalista de la
“mano invisible” (Smit, 1794). La capacidad autorreguladora del libre mercado, estaría
construyendo una democratización de los bienes culturales fundada en una distribución
justa, tanto en términos de acceso a los bienes culturales como en términos monetarios.
La argumentación de ambos autores posee una connotación utópica y mítica, que
posiciona al e-book por sobre el libro material, o que intenta darle forma a un espacio de
hibridación entre ambos. Esto no es más que un romance cibernético y capitalista,
centrado en el e-book e ideado a partir de las desconocidas posibilidades futuras de
comercialización y distribución de los bienes culturales.

El problema de accesibilidad a internet y a los bienes culturales que ahí circulan,


conceptualizado con el término de “brecha digital”, echa abajo las pretensiones
románticas y utópicas de Alvarado y de Yépez. En el tercer mundo la brecha digital es
monstruosa. Según Trejo Delabre (citado por Fernández, P. 51) hacia finales del siglo XX
sólo 3.11 millones de habitantes de África tenían acceso a internet. En América Latina
únicamente 16.45 millones podían navegar en la red.

Las utopías y las mitificaciones de Alvarado y de Yépez, toman forma también en un


plano lingüístico y conceptual, al surgir un nuevo campo semántico de significaciones en
torno al internet, sus usos y sus posibilidades. Algunos de los conceptos que giran en
torno al internet, han sido generados desde la literatura o poseen un significado de
naturaleza metafórica.

La palabra “ciberespacio”, clave en el vocabulario siempre cambiante de


Silicon Valley, con constante necesidad de glosarios actualizados, parece
haber sido utilizada por primera vez por un autor de ciencia ficción, William
Gibson. La primera oración de su Especial de Ciencia Ficción de la New Age,
titulado Neuromancer y editado como “ciberpunk” en 1984, el año orwelliano
del juicio final, decía: “Sobre el puerto, el cielo tenía el color de la televisión
sintonizada en un canal vacío”. Gibson vislumbró el siglo XXI, en el que el
sistema telefónico del mundo habrá sido reemplazado por Matrix, la suma
interconectada de todas las redes de ordenadores del mundo. (Briggs y Burke,
P. 358)

Hay coincidencias entre los conceptos de: “ciberespacio”, planteado inicialmente en la


literatura de ciencia ficción por Gibson; “long tail” (“larga cola”), que Alvarado toma de
Anderson y; “Book Boutique”, referido por Yépez. Los tres términos poseen un origen
eurocéntrico o norteamericano y tienen un significado literario y metafórico de
connotaciones utópicas y míticas. Los tres conceptos poseen un fondo perlocutivo, que
pretende instaurar el reino del internet y del e-book en el siglo XXI.

“El acto perlocutivo es aquel en que la fuerza ilocutiva del enunciado produce
un efecto sobre el oyente y quizá un cambio de dirección en sus acciones
como cuando se sugiere, se solicita, se aconseja, se ordena algo, aunque sea
indirectamente… ya que su caracterización no está ligada a su contenido ni a
su forma lingüística, sino a su efecto sobre el interlocutor, producido a través
del acto de hablar y no en él mismo. Los actos perlocutivos muchas veces
requieren, para ser interpretados como tales, de un amplio contexto
situacional… el acto ilocutivo y el perlocutivo se oponen. Mientras la ilocución
es realizada por el hablante y ejerce sobre él mismo una presión por una
especie de compromiso, la perlocución es realizada sobre el oyente y ejerce
sobre él una presión porque se traduce en un efecto. Se trata de un hacer
hacer.” ( Austin citado por Beristain, P. 15 y 16)

Pero el libro material no ha sucumbido aún ante el libro virtual. Distintos autores asumen
la defensa del libro material y critican las posibles fallas del e-book. La psicóloga, lingüista
y pedagoga, Emilia Ferreiro (P. 96), admite que en la actualidad prevalece el dominio del
papel por sobre la virtualidad del texto. “Quizá estemos en un periodo de transición pero,
por ahora, la escritura poderosa se expresa de preferencia en papel.” La autora refiere
que nuestros documentos de identidad como el acta de nacimiento y el pasaporte aún se
emiten físicamente, en formato de papel. De la misma manera prevalecen los títulos
académicos y los documentos notariales. Enseguida, Ferreiro (P. 98) critica la fugacidad
del texto en internet: “En internet se encuentra todo. Pero en la web todo es fugaz. Nada
me garantiza que voy a encontrar un mes después la misma información, presentada de
la misma manera. Los sitios aparecen y desaparecen… La permanencia está en los
libros.”

Si Alvarado aplaude la posibilidad de que internet albergue una cita que puede resolverle
a un escritor, la argumentación sólida de un ensayo en el proceso de escritura a
medianoche, al comprar un e-book, Ferreiro critica la fugacidad de los textos de internet
que parecen existir espectralmente desde la virtualidad en permanente cambio y
desarrollo. La antinomia parecería resolverse en los términos de conservar textos
aprobados por la comunidad académica e intelectual, que resultarían accesibles en todo
momento en determinados sitios y que se resguardarían de ser modificados de manera
arbitraria.

Pero la sentencia de Ferreiro: “La permanencia está en los libros”, tiene implicaciones
pragmáticas y románticas, que se entremezclan. La investigadora argentina admite líneas
adelante:

La fascinación de los niños por la relectura del mismo cuento tiene que ver
con este descubrimiento fundamental: la escritura fija la lengua, la controla de
tal manera que las palabras no se dispersen, no se desvanezcan ni se
sustituyan unas a otras. La lectura no admite la paráfrasis. Las mismas
palabras, una y otra vez: gran parte del misterio reside en esta posibilidad de
repetición, de reiteración, de re-presentación…
Es posible dormirse abrazando un libro, porque el libro tiene algo semejante a
los sitos de peluche. ¿Dormirse abrazado a una laptop o algo similar? Por
ahora no me parece verosímil. (P. 98 y 99)

Entre quienes defienden la persistencia del libro material hay dos líneas argumentativas.
En la primera se recurre a argumentaciones prácticas en el uso de los libros concretos. En
la segunda se hace uso de argumentos de naturaleza romántica, que espiritualizan y
mitifican la relación entre el hombre y el libro material.

En la primera línea argumentativa, Eco (P. 21) valora que hay casos en los que es
preferible el formato virtual que el material en un texto. Por ejemplo, para un juez que
tiene que leer miles de páginas del expediente de un juicio, es más práctico llevarlas
virtualmente en un dispositivo computacional que físicamente impresas en hojas. Pero
enseguida el italiano se pregunta si al leer La guerra y la paz de Tolstói, es mejor el
formato electrónico que el libro material. Al preguntarse si el libro desaparecerá a causa
del surgimiento del internet, Eco (P. 19 y 20) responde: “Para leer es necesario un
soporte. Este soporte no puede ser únicamente el ordenador. ¡Pasemos dos horas
leyendo una novela en el ordenador y nuestros ojos se convertirán en dos pelotas de
tenis!”

Paradójicamente, en la defensa del libro material está la postura de William Gates,


presidente y director ejecutivo de la compañía Microsoft, quien en un discurso a principios
del siglo XXI, admitió que cuando se trata de leer demasiadas páginas es mejor el soporte
en papel.

La lectura en la pantalla sigue siendo muy inferior a la lectura en papel. Yo


mismo, que tengo pantallas muy caras y me considero un pionero del estilo de
vida electrónico, cuando tengo que leer algo de más de cuatro o cinco
páginas, lo imprimo y me gusta guardarlo para llevarlo a todas partes y hacerle
anotaciones. Y alcanzar ese nivel de utilidad representa uno de los grandes
obstáculos para la tecnología. (Gates citado por Darnton, 2003, P. 357).

En la segunda línea argumentativa, los contactos físicos entre el hombre y el libro son
concebidos bajo una aureola que evoca una trascendencia espiritual y mítica. Es común
definir al acto de la lectura a partir del “placer”, de la “pasión” o de otro tipo de estados
sensitivos, emocionales o espirituales que implican al gozo. El escritor y editor Alberto
Manguel (P. 31) describe su experiencia lectora: “Me di cuenta de que… leer es una
ocupación plácida, sensual, cuya intensidad y ritmo son pactados entre el lector y el libro
elegido…” ¿Cómo es que un libro como objeto material, carente de voluntad y decisión
propias, puede dar lugar a un pacto con lector? ¿Qué no un pacto se construye entre dos
seres políticos que tienen voluntad propia y capacidad en la toma de decisiones? Son
preguntas que Manguel no responde.

Rodríguez Ledesma (P. 45) concibe analógicamente al contacto físico entre el lector y el
libro en una librería. Según el ensayista hay un “cachondeo” al tener lugar este contacto.

… los libros se ofrecen libremente al comprador para que éste, sabiendo o no


previamente de su existencia, los conozca de carne y hueso, los tome en sus
manos, los revise al derecho y al revés para, finalmente, abrirlos separando
sus páginas y llevar a cabo ese primer acercamiento a su interior que puede
terminar, si se da la química necesaria, en la posesión. (Ibidem., P. 46)

En una operación comparativa se modifica el texto de Rodríguez Ledesma, cambiando la


palabra “libro” por la de “cuerpo” y la palabra “páginas” por la de “piernas”:

… los cuerpos se ofrecen libremente al comprador para que éste, sabiendo o


no previamente de su existencia, los conozca de carne y hueso, los tome en
sus manos, los revise al derecho y al revés para, finalmente, abrirlos
separando sus piernas y llevar a cabo ese primer acercamiento a su interior
que puede terminar, si se da la química necesaria, en la posesión.

Al referir el contacto físico entre el libro y el lector en una librería, Rodríguez Ledesma
acude a una analogía que sublima el acto. Esta idea sublimada del contacto físico entre
un lector y un libro, es muy próxima al planteamiento de Ferreiro, quien concibe la
posibilidad de abrazar a un libro como si se abrazara a un osito de Peluche. En un plano
similar al anterior, Carrière (P. 128) concibe:

Una vez acompañé a mi amigo Gérard Overlé, un conocido librero y un


excelente escritor, a algunas librerías de viejo. Entró en una, miró muy
despacio las estanterías, en silencio. En un determinado momento fue hacia
“el” libro que lo estaba esperando. Fue el único que tocó y el único que
compró. La última vez se trataba del libro que Samuel Beckett escribió sobre
Proust, difícil de encontrar en edición original. (P. 128)
La concepciones de Ferreiro, de Rodríguez Ledesma y de Carrière, que asumen de
manera sublime al contacto físico entre un libro y un lector, están atravesadas por la idea
de la “posesión” del libro. ¿Son los libros y las lecturas los que son “poseídos” por los
lectores? ¿O son los lectores quienes son “poseídos” por los libros y las lecturas?

La “posesión” es un estado físico, mental y espiritual de embrujo, que toma forma


espiritualmente en la interrelación que se establece entre los libros y los lectores asiduos.
Los lectores compulsivos quedan embrujados por los contenidos de diversa naturaleza de
los libros. Son perseguidos y acechados por los contenidos de los libros, a la vez que
persiguen a estos contenidos.

A su vez, la “posesión” es un estado materializante, que en primer término implica tener


un libro entre las manos como un signo de pertenencia. ¿Al poseer materialmente un libro
se logra tener el saber que contiene? La posesión material de un libro no da lugar
directamente que alguien pueda tener su saber entre las manos, como si éste fuera un
objeto. Pero esta posesión es la primera abertura hacia la posesión espiritual del saber
contenido en un texto. En este plano, los libros materiales que acrecientan las bibliotecas
particulares y las públicas, ocupan espacios cada vez mayores en su acumulación. Entre
los lectores asiduos es común la compulsión por comprar y acumular libros. Los lectores
compulsivos son también bibliófilos que hacen crecer su biblioteca, a veces
desmesuradamente. Acumular libros que hacen bibliotecas que ocupan un cuarto de la
casa y luego la sala, las recámaras, los pasillos, y que después literalmente se meten
hasta la cocina. Acumular ideas en la cabeza a través de los libros, interminablemente
acumularlas hasta la orilla en que la muerte lo permita.

En síntesis, la “posesión” posee tanto implicaciones materiales como espirituales en la


interrelación que tiene lugar entre el libro y el lector asiduo.

En un plano alterno al de la “posesión”, Chartier reflexiona a partir de los conceptos de


“materialidad” e “inmaterialidad” de los libros.

Hace poco David Kastan, un crítico shakesperiano, calificó de “platónica” la


perspectiva según la cual una obra trasciende todas las posibles
encarnaciones materiales, y de “pragmática” la que afirma que ningún texto
existe fuera de las materialidades que le dan a leer u oír… Es una misma
tensión entre la inmaterialidad de las obras y la materialidad de los textos la
que caracteriza las relaciones de los lectores con los libros de que se
apropian, aunque no sean ni críticos ni editores. En una conferencia
pronunciada en 1978 titulada “El libro”, Borges declaró: “Yo he pensado
alguna vez escribir una historia del libro”. Pero, de inmediato, diferencia
radicalmente su proyecto de todo interés por las formas materiales de los
objetos escritos: “No me interesan los libros físicamente… sino las diversas
valoraciones que el libro ha recibido”. Para él, los libros son objetos cuyas
particularidades físicas no importan mucho. Lo que cuenta es la manera en
que el libro, sea cual fuere su materialidad específica, fue apreciado… Lo que
importa es la lectura, no el objeto leído: “¿Qué es un libro si no lo abrimos? Es
simplemente un cubo de papel y cuero con hojas; pero si lo leemos ocurre
algo raro, creo que cambia cada vez.” (Chartier, 2011, P. 17 y 18)

El historiador heredero de los Annales franceses, critica la postura platónica de Borges,


que margina la importancia de la materialidad del texto.

A diferencia de Chartier, en lo que hasta aquí se ha reflexionado sobre Ferreiro,


Rodríguez Ledesma y Carrière, se hace notar una postura que concibe platónicamente a
la materialidad del libro. El dormir con un libro como si fuera un osito de peluche, el
contacto físico entre un lector y un libro como si fuera un acto en el que se hace el amor y
el hallazgo material de un libro como un golpe que el destino nos aguarda, son
concepciones espiritualizadas que parten de la materialidad de los libros y que se anclan
ahí. Entre los defensores de la materialidad del libro tiene lugar un platonismo que se
enraíza en lo material del texto, como si el cubo de hojas de papel contuviera
espiritualmente lo que las pastas encierran desde la primera grafía hasta el punto final. El
concepto de “posesión” que se ha planteado, intenta poner en claro como es que los
autores que defienden a la materialidad del libro, lo hacen a partir de supuestos
espirituales y míticos. Vargas Llosa admite a este respecto:

… no creo que el cambio del libro de papel al libro electrónico sea inocuo, un
simple cambio de “envoltorio”, sino también de contenido. No tengo cómo
demostrarlo, pero sospecho que cuando los escritores escriban literatura
virtual no escribirán de las misma manera que han venido haciéndolo hasta
ahora en pos de la materialización de sus escritos en ese objeto concreto,
táctil y durable que es (o nos parece ser) el libro. (P. 205).

Vargas Llosa fundamenta su falta de fe en el libro virtual a partir de las derivaciones que
se generarían en el acto de escritura del autor. Es posible que las maneras de escribir se
modifiquen con la aparición del ordenador, del internet y del libro virtual. Una evidencia al
respecto es la literatura huiqui, en la que se borran las fronteras entre el papel del autor y
la tarea del lector. El Manifiesto de Literatura Huiqui. Versión 3.1, sostiene:
1.- Toda lectura es escritura: todo lector, un escritor.
2.- Los derechos de escritor terminan en el punto inicial de la lectura. A partir
de este punto, sólo existen los derechos de lector.
3.- El primer derecho de lector consiste en despojar al escritor de su texto para
reescribirlo. Llamaremos a este acto huiquificación, al conjunto de sus
producciones literatura huiqui y al derechohabiente, huiqritor.
4.- El segundo derecho de lector consiste en publicar la referida huiquificación
de manera inmediata, tantas veces y en tantas versiones como el
derechohabiente considere necesario.
5.- El papel del Internet es el papel natural de la literatura huiqui. (Solares,
citado por Raphael, P. 206)

Tal como refiere Vargas Llosa, es posible que el papel del autor se modifique.
Considerando los contenidos del Manifiesto Huiqui, también puede afirmarse que el papel
del lector cambiaría. El lector jugaría el papel de deconstructor y re-escritor de los textos
por la vía del internet. Desde una postura estricta de la literatura, de la historia y la crítica
literaria, la huiquiliteratura sería un sacrilegio, un juego de apropiaciones y re-
apropiaciones de los textos por parte del lector, que estaría rayando en el pastiche
posmoderno. Por el momento no hay evidencias empíricas de los impactos del Manifiesto
Huiqui en el papel del escritor y ni en la tarea desempeñada por el lector.

Vargas Llosa admite hablar a ciegas al referir que su argumentación es una “sospecha”
sobre los impactos de la computadora, el internet y el libro virtual, en el mundo de los
libros. Podríamos preguntar si las argumentaciones de Ferreiro, Rodríguez Ledesma y
Carrière, estarían también fundadas en una sospecha, y admitir como lo hacen los
detractores del libro material: que el libro moderno es un fetiche. Pero una operación
como esta es un reduccionismo. ¿Cómo es que nuestras maneras de pensar y de convivir
con el libro concreto, han dado lugar a una resistencia de su pérdida? ¿Por qué nos
resistimos a la posible hegemonía del libro virtual en detrimento del libro material? ¿Cómo
es que permanece con cierta fortaleza, una valoración espiritual de los libros que está
atravesada por su materialidad?

Chartier (2009, P. 174 y 175) refiere que las concepciones conflictivas en torno a la
“materialidad” y la “inmaterialidad” del libro a finales siglo XX y principios del XXI, tienen
raigambres histórico-culturales, que puede rastrearse hasta los inicios de la era cristiana.
El historiador francés precisa tres innovaciones que son claves en el “orden de los
discursos”, que estarían redefiniendo las relaciones entre los tipos de objetos que portan
el texto, las categorías textuales, y las maneras de leer y los usos de lo escrito. La primera
innovación se da entre los siglos II y IV, cuando en la era romana se pasa del rollo al
libro códex. El segundo cambio sucede en la edad media en los siglos XIV y XV, antes de
Gutenberg. Aparece entonces el “libro unitario”, un texto escrito por un mismo autor en
lengua vulgar, que rompe con las obras canónicas de la religión católica. La tercera
novedad surge con la imprenta de Gutenberg y sus desarrollos en los siglos XVI y XVII.

En este momento histórico estaríamos viviendo una cuarta innovación al pasar del libro
impreso sobre papel, al e-book. Cabe anotar que desde el libro en formato de códex, no
ha sido modificada de fondo la materialidad del libro. Tanto el códex como el libro actual,
materialmente son un cubo de papel encuadernado con pastas. Desde luego que pueden
establecerse diferencias entre el códex y el libro actual, al tomar en cuenta las cualidades
del papel, el tamaño, el diseño y los contenidos. Pero una cuestión que los equipara es la
existencia concreta de sus pastas y sus hojas, como portadoras de un discurso y
generadoras de formas de lectura fundadas en la materialidad.

Con el surgimiento de e-book, se está dando lugar a una ruptura con la materialidad del
libro que viene desde el pergamino en Grecia y oriente, y desde el libro códex en Roma,
hasta nuestros días. Son siglos de convivencia humana con la materialidad del libro. Decir
de manera simplista que el libro concreto es un fetiche, marginarlo y minimizarlo ante la
prominencia idealizada del texto virtual, es una operación riesgosa. La espiritualidad que
toma forma a lo largo de los siglos, a partir del contacto físico entre el libro y el lector,
tiene su génesis en una historia-cultura en la que el libro material ha sido pilar como
portador del saber. En la emergencia del e-book, el posible extravío de la espiritualidad
existente entre el lector y el libro material, se entrama con el desplazamiento de la alta
cultura ante la cultura de masas. Ambos fenómenos tienen lugar en el mismo momento
histórico. La sensación espiritual de la pérdida del libro material ante el e-book, pertenece
al mismo territorio de sentido que el extravío de la alta cultura ante la cultura de masas. El
libro material es un símbolo cultural y espiritual de la alta cultura. El e-book es un artefacto
tecnológico que resulta próximo a la cultura de masas.

Contrariamente a lo que sucedía en el pasado, hoy en día la lectura ya no es


el principal instrumento de culturalización que posee el hombre
contemporáneo; ésta ha sido desbancada por la cultura de masas, por la
televisión, cuya difusión se ha realizado de un modo rápido y generalizado en
los últimos treinta años. En Estados Unidos, en 1955, el 78por ciento de las
familias tenía un televisor; en 1978 este porcentaje creció hasta el 95 por
ciento y en 1985 llegó al 98 por ciento. Al mismo tiempo, en la sociedad
norteamericana disminuía el número de periódicos: en 1910 había mas de
2,500, que descendieron a 1,750 en 1945 y a 1,676 en 1985. La situación
europea y japonesa son, desde este punto de vista, similares a la
estadounidense… (Petrucci, P. 443)

Junto a los alegatos que defienden la materialidad del libro, está la defensa de las
bibliotecas como espacios arquitectónicos de resguardo del saber. Vargas Llosa (2012)
refiere que hacia 1990, la “matriarca de escritores” Carmen Balcells habló en diversas
ocasiones de un proyecto bibliotecario en Barcelona, que estaría reuniendo los acervos
de escritores como García Márquez, Cortázar, Fuentes, etc. El proyecto pretendía
transformar los antiguos cuarteles de Barcelona en un sitio para albergar los archivos y
bibliotecas de escritores. La encomienda no tuvo lugar en Barcelona, sino en la ciudad de
México, durante la gestión de Consuelo Sáizar en el Consejo Nacional para la Cultura y
las Artes. En el año 2012 se inauguró en la Ciudadela, en el Distrito Federal, La Ciudad
de los Libros, que reúne las bibliotecas particulares de los escritores: José Luis Martínez,
Antonio Castro Leal, Jaime García Terrés, Alí Chumacero y Carlos Monsiváis. El total
aproximado de libros reunidos es de 350 mil.

Vargas Llosa alude que la “materialización” del proyecto tuvo lugar gracias al apoyo
político y financiero del presidente panista en turno, Felipe Calderón Hinojosa. La
construcción de la Ciudad de los Libros, un espacio arquitectónico de dimensiones
considerables, tiene lugar en el momento histórico en el que se ha vaticinado el posible
fin del libro material. Esta audacia cultural y arquitectónica es una defensa sólida y
ostentosa de la materialidad de los libros y el saber que residen en los recintos
bibliotecarios.

En 2006 el gobierno panista de Vicente Fox inauguró la Megabiblioteca José


Vasconcelos. Un edificio colosal de arquitectura moderna construido en la ciudad de
México. La Megabiblioteca tuvo que cerrar a los pocos meses de inaugurada debido a
fallas en la construcción. Los señalamientos por el manejo indebido del presupuesto y de
la obra, dieron lugar a un escándalo mediático. En una conferencia en el marco de la
Feria del Libro 2013, en la ciudad de Chihuahua, Javier Aranda admitió que la biblioteca
construida durante el gobierno de Vicente Fox “se ha convertido en el cibercafé mas
grande del mundo”21. La arquitectura colosal de la biblioteca foxista se refleja en lo
desmesurado de su denominación: “Megabiblioteca”. Pero en los hechos, según Aranda,
esta arquitectura ha venido a menos al convertirse en un sitio de mero entretenimiento de
navegación internauta. La paradoja es evidente.

En los años recientes se ha generado un debate a partir del proyecto Google, que
pretende digitalizar millones de libros de acervos bibliotecarios y de editoriales, para
enseguida ponerlos a disposición en internet. Hay quienes reprueban el proyecto y
quienes lo defienden. Entre los primeros se argumentan razones de acceso y control del
saber. El proyecto Google tiene tendencias monopólicas (Darnton, 2009, P. 29 y 30).
Entre los segundos están los mismos impulsores del proyecto. Marinucci (2009, P. 278),
quien trabaja para Google, admite que después de años de litigio que tuvieron detenido al
proyecto, se llegó al fin a un acuerdo entre los editores, los autores y la compañía:

… el enfoque de este acuerdo es el siguiente: no solo podemos mostrar


algunas líneas de estos libros descatalogados, sino que podemos mostrar el
20 por ciento de las páginas, tal como hacemos hoy en día con los libros que
nos pasan los afiliados. Pero vamos a agregar la posibilidad de comprar el
acceso en línea, con la que un usuario que esté interesado en ver todo el libro
pueda efectivamente comprar el acceso total en línea, de manera que el titular
de los derechos fije el precio de este acceso. Típicamente, ala editor o al
autor, desde el punto de vista transaccional, nosotros le daremos el 63 por
ciento de esta transacción. El propósito es aprovechar el mercado de estos
libros descatalogados, o sea, libros que por definición no tienen un mercado.

La visión de Marinucci que refleja la postura del consorcio Google, se centra en el


enfoque del mercado capitalista de productos culturales -esta cuestión ya a ha sido
analizada a partir de Alvarado y Yépez-. Lo que es innegable es un proceso acelerado
de digitalización de libros materiales. La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos,
considerada poseedora del mayor acervo bibliográfico de documentos y libros, ha iniciado
la digitalización (Dorn, 2009, P. 180 – 192). Muchas otras bibliotecas en el mundo están
en este proceso.

En el contexto histórico-cultural transformacional que va del libro material al e-book, y de


la biblioteca arquitectónica a la biblioteca virtual, surgen una serie de paradojas que por el
momento no es posible poner en claro:

21
Conferencia pronunciada por Aranda el 7 de octubre de 2013, en la Feria del Libro de la Ciudad
de Chihuahua, Del analfabetismo funcional al ciberespacio sin pasar por la lectura.
 El internet es un fabuloso almacén que puede facilitar el acceso a la información y
al conocimiento a un mayor número de personas. Pero los manejos libertarios de
la red, pueden echar abajo la conformación de un saber legítimo para la
comunidad de intelectuales y académicos. La democratización informativa y del
conocimiento es un arma de dos filos.
 Los supuestos beneficios de accesibilidad a la información y al conocimiento en
internet con el surgimiento del e-book, han venido a resolverse desde una
perspectiva capitalista y monopólica, tal como ha sucedido con el proyecto de
digitalización de libros de Google.
 La lectura internauta de un texto permite abrir múltiples puertas de conocimiento y
de conectividad a partir del hiperlink. Pero esto ha dado lugar a una lectura
fragmentaria y dispersa que se compara con la práctica del zapping. Los lectores
internautas pueden perder la capacidad de concentración y profundización en la
lectura de textos que ameritan ser analizados acuciosamente.
 El diseño de libros y de productos culturales novedosos que porten el saber,
puede tener extraordinarios desarrollos haciendo uso de las nuevas tecnologías.
Pero el contenido de imágenes y de efectos seductores y espectaculares en el
diseño, puede ir en detrimento del saber depositado en el discurso escrito.
 La biblioteca total de Borges ha pasado de ser una utopía a una probabilidad
concreta. Pero ésta se levanta a partir de la posible pérdida de una espiritualidad
occidental del saber que ha sido significada histórica y culturalmente en la
materialidad del libro. Simple nostalgia por el declive del libro material. O eros
profundo del saber depositado en el libro material, que se resiste a ser des-
significado o trastocado en su significación.
 Al paso de los años y los siglos, los libros materiales se encaminan a la
desaparición. Al haber sido fabricados con material orgánico, los viejos libros de
papel habrán de extinguirse deteriorados por el clima y por las bacterias. Esta
condición podría preservarse al escanear los libros físicos y tornarlos virtuales.

Podrían seguirse enumerando paradojas que nos llevarían a concebir en estos términos la
mutación cultural que se vive hacia finales del siglo XX y principios del XXI. El libro como
signo cultural y como portador del saber está atravesado por transformaciones que no
concluyen todavía. Hay quienes imaginan una cordial síntesis que en los años venideros
tendrá lugar entre el libro material y el e-book. Resulta difícil imaginar un escenario en el
que los choques culturales sean menores y limitados. Los efectos de la transformación
del libro y de la lectura en los años venideros, serán pensados de una u otra forma como
afecciones culturales.

III.- Del libro al lector y a la lectura, correlatos abiertos

Entre las cualidades que caracterizan a las preguntas sobre el libro, analizadas en el
apartado anterior, se mencionó que estas preguntas se correlacionan complejamente con
otras como: ¿qué es la lectura?, ¿cuál es el papel del lector?, ¿qué es el autor?, ¿qué es
la literatura?, etc. Esta parte complementa lo abordado en el apartado anterior a partir de
la correlación que tiene lugar entre el libro, el lector y la lectura. Ramírez Leyva (P. 39)
asume que estos tres elementos se “asocian metonímicamente”, de tal manera que hay
relaciones de implicación entre ellos. Alternamente a la conceptualización de Ramírez
Leyva, aquí se sostiene que entre los tres elementos toma forma un bucle:

Libro Lector Lectura

Figura 3

Hablar de uno de los elementos del bucle lleva a hablar de los otros dos de manera
directa o indirecta. Este bucle está presente de forma determinante en la historia cultural
de lo social que recientemente se ha comenzado a desarrollar en occidente. La historia
del libro se conecta de fondo con la historia de los lectores y del ejercicio de la lectura.

Junto a los tres componentes del bucle de la Figura 3, está el elemento del autor. Desde
luego que al autor estaría formando parte de un mismo entramado junto con el libro, el
lector y la lectura. Pero es detectable un cierto distanciamiento del autor respecto a los
componentes del bucle. Esto no tiene que ver con una conceptualización analítica que
separa a la triada del bucle de otros términos que le son correlativos. Se debe más bien,
a que a lo largo del siglo XX y principios del XXI, las figuras del autor y del lector han
tenido desarrollos que por un lado los aproximan y por el otro los alejan.

Desde una perspectiva histórica, Iser (P. 143) refiere la “indeterminación de los textos
literarios” que se ha acentuado desde el siglo XVII hasta nuestros días. El teórico de la
literatura afirma que el proceso en el cual los textos literarios entran a un plano
hermenéutico de “indeterminación”, tiene lugar a partir de la preponderancia que
adquieren el lector y el acto de la lectura, por sobre el mismo autor.

… la indeterminación del Ulises de Joyce parece que está fuera de control…


En el Ulises no hay mundos ideales de fondo. En lugar de ello el texto
despliega una riqueza de puntos de vista y de modelos de exposición
desconocidos hasta entonces, que confunden al lector. Las perspectivas
ofrecidas chocan entre sí directamente, se solapan, se fragmentan, y con su
espesor fatigan la mirada del lector. El texto de Ulises prepara las condiciones
para la representación de esa jornada que cada lector llevará a cabo a su
manera. (Ibidem., P. 145 y 146)

La novela escrita en el siglo XX a partir de Joyce, Faulkner, Onetti, Vargas Llosa y otros
autores que experimentan escrituras complejas, exige un alto perfil por parte del lector en
los procesos interpretativos. Esto no significa que toda la literatura escrita en el siglo XX,
exija de parte del lector un alto desempeño interpretativo. Pero las novelas más
reconocidas por la crítica literaria y la academia, han configurado la exigencia de un alto
perfil interpretativo en la lectura. Esto significa que el lector asume un papel
preponderante que ha sido derivado de las escrituras complejas de novela y de otro tipo
de textos literarios. En el contexto de desvanecimiento de la figura del autor y
preponderancia de las figuras del lector y la lectura, podemos encontrar como un primer
indicio a las estrategias de escritura que complejizan la trama en la novela y de otros
textos literarios.

Entre las diversas posturas teóricas que minimizan a la figura del autor, están los
posicionamientos de los filósofos estructuralistas y posestructuralistas. En 1968, Barthes
publica su ensayo La muerte del autor. Foucault hace lo propio al pronunciar la
conferencia ¿Qué es un autor?, en 1969 en la Sociedad Francesa de Filosofía. La teoría
deconstructivista de Jacques Derrida, minusvalora también a la figura del autor. Desde un
flanco filosófico que subraya la importancia discursiva del texto, los estructuralistas y
posestructuralistas, han aportado al oscurecimiento de la figura del autor. Directa o
indirectamente, el lector y la lectura son ponderados por las posturas de Barthes,
Foucault y Derrida.

En 1938 en Estados Unidos, Lousie M. Rosenblat publica el libro La literatura como


exploración, que puede considerarse el primer texto canónico que desde el ensayo de
corte pedagógico, aboga por una defensa del lector y del acto de la lectura. Rosenblat (P.
329) hace una crítica de las posturas psicoanalíticas que analizan la “respuesta del lector”
desde un enfoque psicologista. A su vez, sostiene que los estructuralistas y
posestructuralistas enfocan de manera sesgada los contenidos del texto, dejando a lado
los componentes contextuales en torno al lector y al acto de la lectura. El enfoque
“transaccional” de la autora le otorga un papel activo tanto al lector como al texto, de tal
manera que la interpretación tiene lugar en un momento específico, en un contexto social
o cultural también sui generis. La teoría transaccional es uno de los aportes teóricos que
empoderan al lector y al acto de la lectura.

Junto a lo anterior, es necesario tener en cuenta los procesos sociales y políticos que han
dado lugar al desvanecimiento de las figuras del autor y del intelectual 22. Esta cuestión
tiene que ver con lo analizado en el primer apartado de este capítulo. Mientras se
encumbran los mass media y se margina a la alta cultura, las figuras del espectáculo y los
deportistas , empiezan a tomar el lugar que antes tenían los escritores, filósofos y
académicos.

Pareciera que, en tiempos de democracia, la legitimidad y la popularidad que


antes se buscaba en los intelectuales hoy se busca en las figuras del
espectáculo, de la televisión, del deporte y del cine, fundamentalmente y en
ese orden. La tendencia global, denunciada entre otros por Mario Vargas
Llosa, de apostar a la cultura del espectáculo por encima de los valores
estéticos y trascendentes ha encontrado en la “transición democrática”
mexicana un gran espacio. (Estrada Rodríguez, P. 482)

Hay una serie de hechos que de forma ostensiva parecen indicar el enaltecimiento de
deportistas y personalidades del espectáculo, a costa de la marginación de autores e
intelectuales que son parte de la alta cultura. Aunque sostener de manera determinante

22
En este trabajo se hace un uso indistinto de los conceptos de “autor” e “intelectual”. Se tiene
claro que entre ambos hay diferencias. Pero a fin de cuentas, los dos desarrollan su labor desde la
esfera de la alta cultura propia de la modernidad, que ya ha sido analizada en el primer apartado
de este capítulo. A su vez, ambos forman parte de la “ciudad letrada” analizada por Rama (1998).
que los primeros han sustituido a los segundos es una afirmación riesgosa. De ahí que
Estrada Rodríguez admita precavidamente, que “pareciera” que el proceso de sustitución
está teniendo lugar. No hay argumentos suficientes para admitir que los autores e
intelectuales han sido desplazados por los deportistas y personajes de la farándula. El
poder de la “ciudad letrada” analizado por Rama (La ciudad letrada, 1998), sigue teniendo
una importancia social y política significativa, aunque deteriorada. Lo que resulta notorio
es el lugar prominente que han tomado el lector y el acto de la lectura durante la segunda
mitad del siglo XX y hasta la actualidad. Paradójicamente, mientras la cultura de masas va
dominando la mayor parte de los espacios culturales y sociales, las figuras del lector y de
la lectura toman una importancia que antes no habían tenido. Pero, ¿cómo han sido
conceptualizados el lector y la lectura en los años recientes? Entre las concepciones
sobre el lector y la lectura, encontramos diversas líneas:

 Las tendencias cuantitativas y cualitativas sobre el lector y la lectura.


 La idealización de las figuras del lector y la lectura.
 Las concepciones dialécticas sobre la individualidad y la colectividad del lector.
 El “lector” concebido como “ciudadano” en un “estado escritural.”
 Las configuraciones del canon relacionadas con la dominación de la lectura.
 Las resistencias en torno a la imposición de la lectura.
 La “transfiguración” del lector y del acto de la lectura a partir del surgimiento del
ebook y el internet.

Las formas de pensar al lector y a la lectura no actúan aisladamente, separadas unas de


las otras. Las categorías planteadas se entrecruzan de maneras diversas, se traslapan, se
condicionan, se conjugan. Esto se hará notar brevemente en los análisis que a
continuación se realizan.

Los métodos de investigación de las ciencias sociales y la historia han jugado un papel
significativo en las maneras de pensar al lector y a la lectura. La metodología cuantitativa
que va de las ciencias exactas a las ciencias sociales, ha tenido un mayor peso que los
métodos cualitativos. Este segundo enfoque comenzó a desarrollarse y a ser aceptado
por la comunidad de investigadores hasta la segunda mitad del siglo XX, teniendo un
auge que se mantiene hasta nuestros días. Pero entre los investigadores y los
diseñadores de políticas culturales, los datos numéricos sobre los lectores y la lectura
han tenido un peso más determinante.

Desde una perspectiva historiográfica, Darnton (1996, P. 182 y 184) afirma que hay dos
modalidades de investigación sobre la historia del libro y la lectura. Los “estudios
macroanalíticos” de corte cuantitativo y los “estudios microanalíticos” que son cualitativos.
Sobre los primeros, el historiador norteamericano realiza una crítica admitiendo que la
“historia cuantitativa del libro tendrá que afinar sus categorías y precisar su enfoque antes
de poder producir un impacto mayor en las tendencias del mundo académico”. Darnton
critica la generalización y la vaguedad del enfoque cuantitativo. Respecto a los segundos,
afirma que quienes “prefieran la precisión pueden recurrir al microanálisis, si bien este
suele caer en el extremo opuesto: un detalle excesivo.”

En la actualidad en México, se observan tendencias de investigación sobre los lectores y


la lectura en las dos líneas. Dentro de lo cuantitativo, de algunos años a la fecha, es
notoria la inclinación de organismos gubernamentales y ciudadanos a la realización de
encuestas que indagan sobre el comportamiento lector en grandes segmentos
poblacionales del país. En 2006 se realizó la Encuesta Nacional de Lectura elaborada por
el CONACULTA con el apoyo de la UNAM. Ese mismo año se realizó la Encuesta
Nacional de Prácticas Lectoras a cargo del INEGI y la SEP. En 2012, la Fundación
Mexicana para el Fomento a la Lectura (FunLectura) realiza su Encuesta Nacional de
Lectura. Esta última está dividida en ocho líneas sobre las que se trazan las preguntas del
instrumento:

I.- Datos Socioeconómicos.


II.- Capital Cultural.
III.- Tipos de materiales y frecuencia de lectura.
IV.- Creación de Hábitos de lectura y socialización.
V.- Capacidades y actitudes en relación con la lectura.
VI.- Usos sociales de la lectura.
VII.- Capacidades y actitudes en relación con la escritura.
VIII.- Uso de tecnologías de información y comunicación.
IX.- Asistencia a espacios culturales: Bibliotecas y Librerías.
La encuesta de FunLectura se aplicó en 200 secciones electorales del país, realizando 10
entrevistas casa por casa en cada sección electoral, entre el 25 y el 28 de agosto de
2012. En total se realizaron 2000 entrevistas.

De los resultados de este tipo de encuestas, el dato que se subraya con mayor
contundencia es el número de libros per cápita leídos al año en México. El promedio de
libros que los mexicanos leen al año según la encuesta del 2012, es de 2.94.
Comparando los resultados de 2012 con las encuestas aplicadas en 2006, no se observa
un cambio en esta este rubro. El dato estadístico del número de libros leídos por cada
mexicano al año, es una cifra generalizante y vaga, que resulta reduccionista en su
interpretación del fenómeno lector. Sin embargo, este dato es el que ocupa los titulares
de la prensa escrita y las notas transmitidas por los noticiarios de radio y televisión. Hay
un culto mediático y socioeducativo sobre el número de libros que cada mexicano lee por
año. A partir del manejo que se realiza de este tipo de datos cuantitativos, es observable
un sesgo interpretativo sobre el comportamiento lector.

Entre las premisas del documento de FunLectura, se sostiene que los estudios
estadísticos realizados en diversos países del mundo, “confirman la importancia central de
la lectura para el desarrollo político, económico y social de las naciones.” El documento
no explica cómo es que el impulso de la lectura estaría aportando al “desarrollo político,
económico y social de las naciones.” Esta apreciación del documento de FunLectura, es
parte de las tendencias que idealizan a la lectura.

Por otro lado, en la educación básica en México hay una inclinación a encuadrar el
desempeño lector a partir del comportamiento de la velocidad lectora. Para evaluar la
competencia lectora en primaria y secundaria, El Manual de procedimientos para el
fomento y la valoración de la competencia lectora en el aula, emitido durante el sexenio
calderonista, marca tres líneas a seguir: velocidad, fluidez y comprensión. La SEP
estableció un estándar para calificar la velocidad lectora:
Nivel de Logro para Velocidad Lectora
Palabras Leídas por Minuto
Primaria
Grado Requiere Se acerca al Estándar Nivel
escolar apoyo estándar avanzado
Primero Menor que 15 De 15 a 34 De 35 a 59 Mayor que
59
Segundo Menor que 35 De 35 a 59 De 60 a 84 Mayor que
84
Tercero Menor que 60 De 60 a 84 De 85 a 99 Mayor que
99
Cuarto Menor que 85 De 85 a 99 De 100 a 114 Mayor que
114
Quinto Menor que 100 De 100 a 114 De 115 a 124 Mayor que
124
Sexto Menor que 115 De 115 a 124 De 125 a 134 Mayor que
134
Secundaria
Primero Menor que 125 De 125 a 134 De 135 a 144 Mayor que
144
Segundo Menor que 135 De 135 a 144 De 145 a 154 Mayor que
154
Tercero Menor que 145 De 145 a 154 De 155 a 160 Mayor que
160

Figura 4

Entre los especialistas en la materia, ha surgido un debate sobre ponderar o no a la


velocidad lectora entre los componentes para desarrollar la comprensión. Por lo pronto,
Emilio Chuayfet, Secretario de Educación Pública en el sexenio de Peña Nieto, emitió una
crítica ácida respecto a los estándares de velocidad lectora que se establecieron en el
sexenio anterior: “Hoy por ejemplo, a nuestros niños se les exige que lean 70 palabras
por minuto, pero pregúntenme ustedes por la comprensión. Raquítica, pobre, lamentable.
Y lo que tenemos que hacer es que el niño, a través del maestro, sepa leer, comprenda
lo que lee y se forme un hábito de lectura” (2013).
¿Velocidad lectora cuantificada o comprensión lectora de orden cualitativo? ¿O tal vez
ambas correlacionadas y equilibradas? ¿Pero, de qué formas estarían sustentándose esta
pretensión de mixtura? ¿Cómo impulsar esto desde la educación?

A pesar del posicionamiento del secretario de la SEP, en las escuelas de educación


básica en México, se sigue midiendo la velocidad lectora de manera estandarizada. Esta
es una tendencia que reduce al lector y al acto de la lectura a parámetros meramente
numéricos. La comprensión lectora no se circunscribe fundamentalmente a lo numérico.
Kintsh y van Dijk (citados por Jamet, P. 39- 40) plantean uno de los modelos teóricos
sobre la comprensión lectora más aceptados actualmente. Este modelo se fundamenta en
un enfoque más cualitativo que cuantitativo y considera “tres niveles de representación:
microestructura, macroestructura y modelo de situación.”

En la microestructura, el lector analiza por ciclos las distintas listas de preposiciones.


Este nivel requiere permanentes idas y vueltas entre la memoria a corto plazo y la
memoria a largo plazo. Comienzan a operar los datos nuevos, que van conjugándose con
el conocimiento enciclopédico del lector. Algunas preposiciones son memorizadas y otras
no, estableciéndose una forma de organización en el que las preposiciones son
jerarquizadas en orden de importancia.

En el nivel de la macroestructura opera una “suerte de resumen mental” que no queda


reducido a ello. Las macroposiciones y su estructura, son un índice para recuperar en la
memoria los contenidos de las microposiciones. La macroestructura es lo que se conserva
de forma global en la memoria. Este nivel toma forma al conectarse el conocimiento
previo del lector con los contenidos del texto, dando lugar a una representación global.

En el último nivel tiene lugar una imbricación compleja que es activada a través de la
lectura. Se da lugar a una especie de trama o esquema de representación del material
leído.

Los planteamientos de Kintsh y van Dijk sobre la comprensión lectora no hacen


referencia alguna a la velocidad. Esta concepción se centra en capacidades mentales que
tienen que ver con las aptitudes, la memoria y las experiencias del sujeto, que al
momento de leer se entraman complejamente.

En el plano cualitativo se han desarrollado en México diversas investigaciones sobre la


lectura. Los estudios más comunes se centran en entrevistas que pretenden un
acercamiento biográfico a lectores calificados, narrativas de experiencias lectoras y
narrativas de estrategias exitosas en la promoción de la lectura.

Juan Domingo Arguelles ha publicado en México dos libros de entrevistas a lectores:


Historias de lecturas y lectores (2011) y Lectoras (2012). Ambos libros incluyen
entrevistas a escritores que son considerados como modelos de lector.

Entre las narrativas de experiencias lectoras y de estrategias exitosas en la promoción de


la lectura, destacan las publicaciones que desde el 2009 hasta la fecha se han dado a
partir del Premio al Fomento a la Lectura: México Lee, organizado por el CONACULTA.
Este premio va dirigido a los promotores del libro y la lectura, quienes narran sus
experiencias en la materia.

Hasta aquí se aborda el primero de los puntos sobre las maneras de concebir al lector y a
la lectura. Se pasa enseguida al segundo punto: la idealización de las figuras del lector y
la lectura.

La idealización de la lectura en la modernidad posee diversas aristas. Ingarden (P. 56 –


60) plantea los conceptos de “lectura activa” y “lectura pasiva”. La primera no intenta
aprehender los contenidos del texto, sino que opera superficialmente y de manera
mecánica. “Uno sabe lo que está leyendo, aunque el alcance de su entendimiento casi
siempre está limitado a la oración que se acaba de leer.” En cambio, la segunda pretende
una aprehensión profunda del texto.

Solamente una lectura activa… le permite al lector descubrirlo en su peculiar


y característica estructura en pleno detalle. Pero esto no se logra por una
mera aprensión (como distinta de “aprehensión”) de los conjuntos de
circunstancias individuales que pertenecen a las oraciones. Tenemos que
progresar desde estos conjuntos de circunstancias hacia sus diversas
interconexiones y, entonces, hacia los objetos (cosas, eventos) que son
proyectados y/o representados en los conjuntos de circunstancias. Pero, a fin
de que podamos lograr una aprehensión estética del estrato de los objetos en
su estructura sumamente compleja, el lector activo, después de que haya
descubierto y reestructurado este estrato, tiene que, como veremos, ir más
lejos… Y al hacerlo, el lector, en cierto grado llega a ser un “co-creador” de la
obra de arte literaria.

El lector asumido como “co-creador”, lo mismo opera en un plano de interpretación


discursiva que en uno estético. El texto le pertenece de alguna forma al poder interpretarlo
idealmente, aprehendiéndolo como si lo sujetara con su pensamiento. No es un lector
común el pretendido por Ingarden, sino un lector “aprehendido” teóricamente en el sentido
de ser predeterminado, y un lector “estetizado” en el sentido de ser embellecido.

También desde la postura teórica de la estética de la recepción, Fisch (P. 124) plantea las
cualidades de su “lector ideal”:

¿Quién es el lector? Evidentemente, mi lector es un constructo, un lector ideal


o idealizado, algo así como el “lector maduro” de Wadhaugh o el lector
“adecuado”, o, en mi terminología, el lector es el lector informado. El lector
informado es alguien que:
1. Es un hablante competente del lenguaje en el que está construido el texto.
2. Está en posesión completa de “los conocimientos semánticos que un lector
adulto aporta a su tarea de comprensión”. Ello incluye el conocimiento (es
decir, la experiencia como emisor y receptor) de las unidades léxicas, las
posibilidades combinatorias, expresiones idiomáticas, profesionales,
dialectales, etc.
3. Posee competencia literaria. Es decir, tiene suficiente experiencia como
lector por haber interiorizado las propiedades del discurso literario…

Lector competente, lector informado, lector capaz, lector adecuado, lector ideal. Las
formas de nombrarlo pueden variar, pero implican a la misma idealización que conlleva
tanto argumentaciones teóricas como metafísicas. ¿Hasta qué grado la idealización de la
figura del lector puede resultar desmesurada, sujeta de aspiraciones no terrenales? En
gran medida la idealización del lector se deriva de abstracciones que se entretejen con
cuestiones prácticas que tienen que ver con competencias escolares, laborales y de la
vida cotidiana. Pero a fin de cuentas, la idealización opera en un plano en el que lo
práctico se abstrae y es absorbido por la idealización.

Ramírez Leyva (P. 48) hace un análisis de la Encuesta Nacional de Lectura aplicada por
el CONACULTA y la UNAM en 2006. La revisión se centra fundamentalmente en dos
categorías: la de los “no lectores de libros” y la del “poco lector o lector esporádico de
libros”. Ambas categorías se focalizan en las personas que no leen o que leen muy poco.
La primera de ellas “representa el 43% del total de los encuestados y se divide en dos
grupos: poco menos de la tercera parte (30.4 %) reportó haber leído libros en algún
momento de su vida, en tanto que el 12.7 % declaró no haber leído nunca libros.” Desde
el inicio de su texto, la autora refiere como objetivo analizar las causas de la escasa
lectura en México. Aunque no se lo propone, la autora construye su texto a partir de una
jerarquización sociolectora, en la que la figura del lector tiene un estatus superior o inferior
centrado en las prácticas lectoras. Los “no lectores” o los “poco lectores” pertenecen al
estrato más bajo. Esta pudiera ser la contraparte del lector idealizado por Ingarden y
Fisch. En las encuestas sobre la lectura, la figura del lector idealizado estaría ocupando el
rango más alto al leer más libros, de forma más variada y más sistemáticamente. En tanto
su contraparte, ocuparía el rango más bajo, al no leer.

Es de observarse que en las encuestas sobre la lectura, leer un libro es mucho más
valorado que leer una revista, un periódico o un texto de otra naturaleza. La idealización
del lector y de la lectura está entonces atravesada por una valoración que maximiza al
libro y que minimiza otro tipo de portadores de texto.

Se revisa enseguida el tercer punto, que trata las concepciones dialécticas sobre la
individualidad y la colectividad del lector.

Durante el siglo XVIII las transformaciones en el acto de la lectura dan lugar a la


emergencia del lector anónimo e individual. Aunque es difícil establecer un momento
histórico exacto del suceso, como lo es también explicar el hecho con argumentaciones
causales y lineales. Wittman (P. 359) asume que durante el siglo XVIII “se observa una
disgregación y anonimización de la población lectora tanto en lo social como según
parámetros temporales y geográficos… La lectura se convirtió en un proceso socialmente
indiferente e individual. La pertenencia a una clase ya no condicionaba el acceso a la
lectura…” Wittmann nos habla de dos procesos que acontecieron de manera simultánea,
la individualización y la democratización de la lectura. Al momento en que la lectura se
convierte en un acto individual, en ocasiones solitario al grado del anonimato, tiene lugar
una democratización del libro y de la lectura, que rompe con el elitismo que esta actividad
guardaba desde la edad media, y aún antes.

Aunque las afirmaciones Wittmann pueden ser contradichas a partir de las investigaciones
de otros historiadores.

La institución más importante de la lectura popular en el Antiguo régimen era


una reunión en torno al hogar, conocida en Francia como veillée y en
Alemania como Spinnstube. Mientras los niños jugaban, las mujeres cosían y
los hombres reparaban las herramientas, uno del grupo capaz de descifrar un
texto como las aventuras de Les Quatre fils Aymon, Till Eulenspiegel o alguna
otra obra favorita del repertorio común de libros baratos y populares… En el
siglo XIX ciertos grupos de artesanos sobre todo cigarreros y sastres, se
turnaban en la lectura o contrataban a un lector para entretenerse mientras
trabajaban. (Darnton, 1996, P. 191)
Darnton refiere que desde la edad media y hasta el siglo XIX la forma más común de la
lectura no consistía en un acto individual ni aislado, sino que se leía en voz alta y en
grupos familiares, de amigos o de trabajo. Esta afirmación contrasta lo sostenido por
Wittmann. Resulta complicado rastrear históricamente el surgimiento de la lectura como
un acto individual. Ante ello está la colectividad familiar y social próxima de los lectores. Al
contrastar lo sostenido por Wittman y Darnton, se hace visible la dialéctica del acto lector,
que va de lo individual a lo social en el círculo familiar, de amigos y laboral.

Petit (P. 123) asume positivamente la conexión entre lo individual y lo comunitario de la


lectura, al afirmar que lo “íntimo y lo compartido están ligados de modo indisoluble en el
acto de leer”. En el acto de la lectura “experimentamos al mismo tiempo nuestra verdad
más íntima y nuestra humanidad compartida.” El acto de la lectura es un darse de lo
individual a lo comunitario y viceversa. La concepción de Petit es romántica, idealiza la
dialéctica entre lo “intimo” y lo “compartido por la humanidad” en la lectura.

Revisando la relación dialéctica entre lo individual y lo colectivo del acto lector en la


modernidad, Álvarez Zapata (P. 20 y 21) refiere:

La lectura, de esta forma, se vuelve tanto una práctica que configura al


hombre en lo privado, es decir, en la conciencia individual que le dicta la
decisión por lo religioso, lo sexual y lo estético; como también una práctica
que le configura relaciones de integración en la unidad social.
Correspondiente a la primera configuración, se puede ver la imagen del lector
metido en su privacidad, sumido en el refugio de su intimidad. En la segunda
configuración, podrá verse al lector en la ardua tarea de la discusión pública,
asistiendo al foro público de los “ilustrados”.

Hay un avistamiento crítico en la postura de Álvarez Zapata, el lado privado de la lectura


posee una tendencia formativa y disciplinaria en los planos de la religión, la sexualidad y
el arte, mientras que lo público se abre hacia la reflexión y la discusión que son propias de
la clase “ilustrada”. Es notorio que el aspecto público que el autor liga al sector de los
“ilustrados”, posee una connotación elitista y de idealización de la lectura. La idealización
toma forma en el plano dialéctico que va de lo individual a lo social. Esta cuestión nos
lleva al cuarto punto por abordar: el “lector” concebido como “ciudadano” en un “estado
escritural.”
En la modernidad, el tercero y cuarto de los puntos tratados se conjugan. En la dialéctica
que va de lo individual a lo colectivo en el acto de la lectura, se hace presente el “estado
escritural”23 (Álvarez Zapata, P. 23). El “lector” es “ciudadano” de una sociedad letrada y
escritural, que ha tomado forma a través del estado, la educación y el papel que han
jugado los intelectuales. La alfabetización y la promoción de la lectura están ligadas a los
procesos de racionalización política del estado moderno. Pudiera afirmarse que un “lector”
estaría aspirando a ser un “e-lector” que razone cuidadosamente su participación política
y su voto. El lector-ciudadano es también una forma de idealizar al lector, que aspiraría a
ser activo, informado, partícipe directo de los procesos sociales y políticos de su
comunidad. Reiteradamente se afirma la posible correlación de ambas variables: de la
misma manera en que los lectores ideales son escasos, también son unos cuantos los
ciudadanos ideales.

En el Programa de Fomento para el Libro y la Lectura, diseñado en el sexenio de


Calderón, al responder a la pregunta: “¿Por qué México apuesta por la lectura?” (P. 3), se
responde:

Pero, sobre todo, reconocemos el fomento a la lectura como un ejercicio de


democracia social y cultural y tenemos la firme convicción de que quien lee, es
alguien partícipe del desarrollo de su comunidad y país.
Reconocemos que una comunidad lectora, es un grupo fuerte que puede
proponer y accionar cambios a su alrededor. (P. 5)

En este fragmento que justifica las políticas públicas en materia de promoción lectora, es
notoria la presencia del concepto de “comunidad lectora”, que se entiende en términos de
“comunidad política”. El referente de ambos es el “estado mexicano”, un “estado letrado y
escritural” que toma a la lectura como un territorio de compromisos y de luchas políticas.
El “lector” y el “e-lector” parecen confundirse, al menos en el discurso.

Las paradojas resultan obvias. El “estado escritural” es mas un imperativo para trazar
dominios y sujeciones que van de la clase ilustrada a la clase no ilustrada, de los
altamente alfabetizados a los no alfabetizados, de los lectores asiduos a los no lectores.
La lucha de clases también puede leerse en términos de preparación académica y de
comportamiento lector.

23
Este concepto es deriva de Ángel Rama (La ciudad letrada, 1998).
En 1932, Alfonso Reyes veía en el mundo “un paulatino advenimiento al poder
de las clases universitarias”… En 1987, según el Diccionario biográfico del
gobierno mexicano, de los 1156 funcionarios más altos del poder ejecutivo, el
98 % tenía estudios superiores (más de la mitad en la UNAM) y el 48 %
posgrados (más de la mitad en el extranjero); el 70 % tenía experiencia
académica (docencia, investigación), el 60 % pertenecía a academias y
organismos semejantes, el 30 % había publicado libros… la mitad había
nacido en la capital, y no había hijos de campesinos ni de obreros:
predominaban los hijos de profesionistas y eran comunes los matrimonios con
otros profesionistas… Nunca jamás se había llegado a tanta preparación en el
poder. Con resultados, sin embargo, que obligan a preguntarse de qué ha
servido tanta preparación. (Zaid, 1998, P. 27)

Los universitarios ilustrados por el aparato educativo fundado en el libro y en la lectura,


parecen ser los culpables de los desastres políticos, económicos y sociales de nuestro
país. Aunque en la actualidad ser universitario no es garantía de acceso a una vida digna,
con un empleo justo y bien remunerado, con condiciones de vida decorosas. La paradoja
se desdobla hacia otros territorios.

Lo anterior nos lleva al quinto punto: las configuraciones del canon relacionadas con la
dominación de la lectura.

El canon se desarrolla a partir del encumbramiento de las humanidades, en específico de


la literatura y la filosofía. El reconocimiento social y político de estas actividades traza un
espacio de empoderamiento de los autores, los libros y sus contenidos. Esto ha tenido
lugar desde el surgimiento de la literatura y la filosofía en Grecia. Pero, toma un cauce
alterno cuando la lectura se democratiza en el siglo XVIII. Los libros y la lectura se
popularizan, dejan de ser parte de los privilegios de aristócratas y burgueses. En este
mismo momento, el autor de libros pasa del mecenazgo privado a la competencia por el
mercado lector y a la búsqueda de la protección por parte del estado y sus políticas
culturales. Toma forma entonces una relación simbiótica entre los intelectuales y el
estado.

En México, desde los tiempos de su fundación como nación moderna, los


intelectuales han jugado un papel importante en el mundo de la política,
particularmente en algunas áreas: el servicio exterior y la educación. El
recuento de la política cultural de México, desde el porfiriato hasta nuestros
días, nos muestra cómo los gobernantes se han apoyado en la actividad
cultural para alcanzar fines políticos. (Estrada Rguez. P. 454)
De la misma forma en que los gobernantes se apoyan en los intelectuales para lograr
fines políticos, los intelectuales procuran a los políticos para buscar beneficios propios. La
simbiosis ha sido evidente. Numerosos ensayistas han tratado el tema. En México,
Octavio Paz es un caso sui generis. La conformación del canon está atravesada por las
relaciones de poder que los intelectuales mantienen con el estado. En el sentido
foucaltiano, el canon es un dispositivo de control, que está ligado al “estado escritural”
(Álvarez Zapata, P. 23). A partir de las relaciones de poder que se establecen entre el
estado y los autores es posible determinar lo escribible y lo no escribible, lo publicable y lo
no publicable. En este sentido, la configuración del canon opera desde la censura externa
que se le impone al autor y desde la autocensura, mediatizadas por el “estado escritural”.
De antemano, los contenidos de los libros y de otras publicaciones que los lectores
tienen, o no, la posibilidad de leer, pasan por este proceso de dictaminación que configura
lo leíble y lo no leíble.

Junto al “estado escritural” que se desdobla hacia un “estado lectural”, operan otros
mecanismos de configuración del canon: las instituciones educativas y los libros de texto;
las bibliotecas y los catálogos de lectura; las relaciones que se establecen entre los
medios de comunicación y los intelectuales; las agrupaciones de autores en torno a los
consejos editoriales de la revistas y los procesos de arbitraje para aceptar a o no la
publicación de un texto; los grupos de académicos que se forman desde las universidades
y otros espacios; las redes de autores que se generan por motivos diversos.

La ideología del canon se configura a partir de la antinomia que toma forma entre la
democracia cultural y el control del saber. La legitimación del canon puede entenderse
entonces en términos antinómicos.

… la ideología del progresismo democrático americano era conscientemente


entendida como instrumento de formación y de control social justamente
porque se limitaba a un “canon” reconocido y homogéneo de autores y de
obras fundado en la autoridad de una tradición… De una actitud cultural e
ideológica de esta naturaleza derivaron y derivan los elencos de obras
aconsejadas en las bibliotecas de lectura pública y a los lectores individuales,
los verdaderos “cánones” propuestos en catálogos y en revistas
especializadas, todo el aparato normativo y pedagógico que los operadores
del libro (autores, editores, intelectuales, periodistas, bibliotecarios, etc.)
transcriben cotidianamente tanto en Roma como en París, en Nueva York y en
Londres, o en Tokio y Nueva Delhi para el lector real o potencial, que está
siempre guiado e informado, e incluso formado en el uso de una cultura
escrita que quiere ser por encima de todo vendible y por ello sustancialmente
homogénea. (Petrucci, P. 431)

Política y socialmente, el canon es democrático y no lo es, se inviste de libertad e


imposición. La presunta democracia del canon opera a partir de un consenso inducido y
resguardado, “fundado en la autoridad de una tradición”.

De entre los componentes analizados por Petrucci, que conciben al canon como un
dispositivo de control de la lectura, resalta el elemento del mercado, referido por el
concepto de lo “vendible”. En los procesos de democratización de la lectura que han
tenido lugar en los márgenes del capitalismo, los libros se conciben como productos
culturales que entran a un mercado en el cual se venden y se compran. Los autores han
comenzado a desarrollar su labor a partir de las líneas dictadas por el mercado cultural,
que ha reconceptualizado a lo estético de la literatura. Los autores de libros son
productores de un objeto cultural comercializable, que es vendible a través de las
editoriales y los procesos de mercadeo. Los lectores son clientes potenciales que pueden,
o no, comprar estos productos. El mercado editorial ha trastocado al canon tradicional.

En la actualidad se observan variaciones del canon. Zaid (2013, P. 92) identifica tres tipos
de canon distintos: el de las obras clásicas, que tarda siglos en configurarse y que se
fundamenta en la tradición; los libros de texto, que son acordados por las autoridades
gubernamentales y educativas y; los bestsellers, que son definidos por la oferta y la
demanda del mercado editorial. Cada una de estas tres tendencias se define a su
manera. Aunque es posible que una obra clásica se convierta en un bestseller.

El planteamiento de Zaid refiere una diversificación del canon. Los mecanismos para
establecer el canon de los bestsellers, a partir de la oferta y la demanda del mercado, no
se apegan a las formas de selección de las obras clásicas. Las concepciones de la
literatura son trastocadas. Este fenómeno reciente aún no ha sido investigado con
detenimiento. Tal vez no existan aún elementos suficientes para hacerlo.

Revisando las luchas de reconfiguración del canon, Petrucci (P. 438 y 439) analiza como
los estudiantes extranjeros en las universidades estadounidenses han modificado al
canon tradicional eurocéntrico:
… pasamos a Stanford, la prestigiosa Universidad de California (Estados
Unidos), donde en 1998 ha tomado forma la protesta explícita contra el
“canon” de lecturas obligatorias requeridas para la matrícula en casi todas las
universidades norteamericanas y que representa una síntesis del paradigma
clásico de la cultura europea desde Homero hasta Goethe. ¿Qué reclamaban
los estudiantes de Stanford? ¿Qué piden los estudiantes, sobre todo los
negros, los asiáticos y los hispanos, cuyo ejemplo están siguiendo en la
mayoría de los estados? Pues bien, quieren que este “canon” sea modificado,
tenga menos elementos centroeuropeos y más “americanos” y que en él se
incluyan también autores africanos o latinoamericanos; que los cursos de
literatura sean menos cerrados y tradicionales en el programa y más abiertos
a la actualidad y la contemporaneidad…

Al cierre del primer apartado de este capítulo se habló de la existencia de una lucha por la
configuración de un canon tardomoderno -en México específicamente-. Este canon se
forma por las obras clásicas, y la producción literaria de escritores mexicanos y
extranjeros durante el siglo XX. En el caso de las universidades de Estados Unidos
analizado por Petrucci, se observa un fenómeno similar. Los estudiantes exigen un canon
tardomoderno no eurocéntrico, que incluya la producción de autores estadounidenses y
de otros países de África, Latinoamérica -y Asia-, un canon “abierto a lo actual y a lo
contemporáneo”. Es detectable entonces una transformación del canon en occidente, que
ya ha comenzado a tener lugar y que continuará a lo largo de la primera mitad del siglo
XXI. Este fenómeno se relaciona con las transformaciones de la lectura y del lector.

Se revisa a continuación el sexto punto: las resistencias en torno a la imposición de la


lectura.

A partir del surgimiento del estado moderno y de la educación, desde el siglo XIX la
lectura ha sido materia de imposición escolar y social. El canon eurocéntrico analizado por
Petrucci en la universidad de Stanford, posee esta condición impositiva. Una de las fallas
más subrayadas por los especialistas en la materia, es la condición de obligatoriedad que
se impone a la lectura desde la escuela. De hecho, algunas de las políticas públicas que
se implementan para promover al libro y la lectura, implican un mandato gubernamental
en pos de la lectura. El programa de incentivación lectora desarrollado por el gobierno de
Vicente Fox, fue denominado: “Por un país de lectores”. El imperativo está implícito:
todos los mexicanos deben ser lectores. La manera de nombrar a este programa tiene la
forma de un decreto, que sintetizado en un solo enunciado, opera performativamente,
como un mandamiento.
Álvarez Zapata (P. 24 – 26) establece cuatro posturas que de formas distintas “responden
a las pretensiones de configuración moderna del lector”: los sujetos que se integran de
manera plena al orden y la unidad social mediante la apropiación de la lectura como virtud
pública, que reconocen y adoptan el canon establecido; quienes impugnan a la sociedad
letrada desde una postura contracultural y disfuncional alejada del canon; los que
responden sumidos en la vergüenza al saberse no lectores, que estando desintegrados
buscan integrarse y; las personas a quienes no les interesa de forma alguna la lectura,
que estarían siendo representadas como “hordas de ignorantes que hay que ilustrar…”

Las posturas ante la sociedad escritural y lectural, analizadas por Álvarez Zapata, son
una manera de concebir al fenómeno lector en términos cualitativos. Pueden establecerse
paralelismos entre las categorías cuantitativas derivadas de las encuestas de lectura, que
van de los lectores extensivos a los no lectores y, las categorías cualitativas de Álvarez
Zapata, que consideran, por un lado, a los integrados plenamente a la sociedad libresca, y
por otro, a los desinteresados en los libros y la lectura. A diferencia de las posturas
cuantitativas, la postura de Álvarez Zapata abre pautas a una crítica de la sociedad que
toma al libro como piedra de toque en varios sentidos.

Es muy común que ante la problemática de los poco lectores se repartan culpas.

Y si el proceso no es contra la televisión o el consumo en cualquier instancia,


será contra la invasión electrónica; y si la culpa no es de los pequeños juegos
hipnóticos, será de la escuela: las enseñanzas aberrantes de la lectura, el
anacronismo de los programas, la incompetencia de los docentes, la vetustez
de los locales, la carencia de bibliotecas… el presupuesto del ministerio de
Cultura… (Pennac, P. 28)

Repartir culpas no significa aceptarlas, sino deshacerse de las presuntas


corresponsabilidades problemáticas depositándolas en los demás. La culpa no es mía
sino de otros. Pero más allá de lo anterior, en las culpas lanzadas se hace notar la
idealización de la lectura, a la vez que la impotencia por resolver el problema de la
escasez de lectores. Gran parte del fondo problemático reside en la idealización de la
lectura, que como ya se ha revisado, tiene implicaciones que no son solo educativas y de
desarrollo social, sino que se relaciona con la instauración de una cultura dominada por
los libros y el “estado escritural y lectural”. Según se ha revisado hasta aquí, estos dos
últimos elementos están en crisis, puestos en duda desde diversos flancos.
Se afirma que los pocos lectores son demasiados. ¿Pero, en alguna parte del mundo, en
algún momento de la historia, puede demostrarse con evidencia suficiente que la mayor
parte de los integrantes de la sociedad, han sido grandes lectores?

Hace unos cuantos años Pennac (P. 141) estableció los 10 derechos del lector:

1) El derecho a no leer.
2) El derecho a saltarse las páginas.
3) El derecho a no terminar un libro.
4) El derecho a releer.
5) El derecho a leer cualquier cosa.
6) El derecho al bovarismo (enfermedad de transmisión textual).
7) El derecho a leer en cualquier lugar.
8) El derecho a hojear.
9) El derecho a leer en voz alta.
10) El derecho a callarnos.

Es muy significativo que el primero de los derechos sea la aceptación de no leer. Los
derechos del lector de Pennac constituyen un decálogo que nos lleva a repensar a la
lectura. Respecto al séptimo derecho lector, Petrucci (P. 447) revisa las transformaciones
en los lugares y las posiciones que se adoptan al leer, que rompen con los
condicionamientos tradicionales de sujeción corporal del lector. Es común en la actualidad
“leer tumbado en el suelo, apoyado en una pared, sentado debajo de la mesa de estudio,
poniendo los pies encima de la mesa. En segundo lugar, los “nuevos lectores” rechazan
casi en su totalidad o utilizan de manera poco común o imprevista, los soportes
habituales de la operación de lectura: la mesa el asiento, el escritorio.”

Otros autores critican los velos políticos e ideológicos que se esconden en las posturas
que siguen defendiendo y tratando de imponer a la lectura como una cuestión crucial para
la sociedad y el estado:

… lo que es de interés público es la existencia de ese conjunto de minorías de


lectores habituales y no el hecho de que, en promedio, en general se lea un
poco más o un poco menos. Sin embargo, es una idea difícil de decir, difícil de
justificar en el programa político. No solo contraría a la inercia igualitaria de la
retórica de los tiempos recientes y al renovado populismo del mercado, sino
que pone en evidencia un conjunto de contradicciones que afecta a la idea de
que las sociedades modernas se hacen de sí mismas, el nudo que forman: la
utilidad, la verdad y la belleza, la ilustración y el mercado, la igualdad y la
cultura.
En cualquier caso, si los lectores han sido siempre una minoría, ¿qué se
quiere decir cuando se dice que hay pocos lectores? (Escalante Gonzalbo, P.
96)

La postura de Escalante Gonzalbo es categórica. La lectura ha sido en todo momento


tarea de una minoría, constituyente al lado de otras estrategias discursivas y educativas,
de dominio político y social. Convocar a los pocos lectores a que lean más y mejor, es
una estrategia para justificar el ethos moderno de la cultura escritural y lectoral. Una parte
de la espiritualidad política y cultural del estado moderno, respira a través de la defensa
del libro y la lectura. El cúmulo de políticas culturales y de discursos que defienden al libro
y la lectura de algunos años a la fecha, es un síntoma de una respiración jadeante, de un
espíritu que parece perder fuerzas y que se sujeta del aire que le queda, ante el embate
de la cultura de masas y el fracaso de la educación como posibilidad real de desarrollo
individual y colectivo. La reflexión es pesimista. ¿Por qué tendría que ser optimista?

Queda por revisar el último punto: la “transfiguración” del lector y del acto de la lectura a
partir del surgimiento del ebook y el internet. Esta cuestión vendría a redondear los
contenidos de los apartados 1. 2 y 1. 3 del capítulo, dando una conclusión de ambos.

Retomando el título de un ensayo de Chartier (Muerte o transfiguración del lector),


Ramírez Leyva (P. 79) anota que prefiere tomar el concepto de “transfiguración” del lector
en lugar de “muerte” del lector, para analizar el fenómeno que está teniendo lugar en las
transformaciones del libro, el lector y la lectura en los años recientes. La autora aboga
entonces por una no-muerte del lector. La extinción de los lectores no tendrá lugar.
Según las afirmaciones de Ramírez Leyva, esa rara especie intelectual de seres humanos
que intima profunda y profusamente con los libros y la lectura, habrá de persistir. Entre el
mandato y el deseo, con un toque de realismo eminente, la sentencia a manera de
afirmación, resulta convincente. La autora sostiene que a partir del surgimiento del ebook
y el internet, surgirá un lector híbrido, que leerá tanto en soporte de papel como en
formato electrónico.

La lectura podríamos considerarla, una especie de metalectura; y a los


lectores practicantes híbridos, puesto que consumen medios impresos que
todavía predominan sobre el capital digital, aunque tienden sin embargo, ante
el crecimiento progresivo y exponencial de éste, a frecuentarlo cada día más.
Los textos digitales todavía guardan enormes semejanzas con los de la página
impresa, pero pronto serán distintos como se avizora en el hipertexto… Ante
las hipertextualidades integradas por texto, imagen y sonido, ciertos límites
empiezan a diluirse. Saber leer libros y saber leer otras modalidades de texto
propias de la comunicación de masas y de los medios digitales que no siguen
la lógica de la superficie impresa no solo implica modificar procesos
intelectuales de lectura, sino también integrar nuevas sociabilidades y
comunidades. (Ramírez Leyva, P. 98)

En el apartado 1.2 de este capítulo se reflexionó que la postura de Yépez afirma una
hibridación entre el libro material y el virtual a partir concepto de “Book Boutique”. Ramírez
López sostiene un concepto más precavido sobre la hibridación. Pero no queda claro
como las maneras de leer sobre papel y en dispositivos digitales, se conjugarán
“híbridamente”. El concepto de “hibridación” refiere dos formas de leer que están siendo
concomitantes, pero que no llegan a conjugarse. Las formas de leer sobre papel, por un
lado, y sobre dispositivos digitales, por otro, parecen resguardar especificidades propias.
El concepto de “hibridación” es difuso. La única cualidad de “hibridación” que la autora
detecta, es que los “textos digitales todavía guardan enormes semejanzas con los de la
página impresa”. Pero enseguida se afirma que el desarrollo tecnológico hipertextual
“integrado por texto, imagen y sonido” trastocará los límites de la lectura acotada al
formato plano del papel.

¿Qué habrá de ser del libro, del lector y la lectura en los años y siglos por venir? Es una
pregunta que ha funcionado como tablero de ajedrez para lanzar prospectivas sobre el
mundo libresco. Son jugadas que se mueven entre la certidumbre y la incertidumbre, en
defensa, no solo del libro, del lector y la lectura, sino de la espiritualidad cultural e
intelectual de una época en la que la alta cultura se consagró ideológicamente.

El futuro es un espacio abierto e indeterminado. Hubo un tiempo, persistente aún, en el


que el mundo y el pensamiento parecían caber entre las páginas de un libro de papel,
estructurados, en un espacio con los márgenes suficientes para no saturar la blancura de
la página, ordenados, matemáticamente, de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha.
Un mundo y un pensamiento dentro de un libro, pendiendo de las manos que sujetan ese
libro y que se niegan a soltarlo, de los ojos que lo leen fervorosamente. Ahora el mundo y
el pensamiento parecen haberse salido de las páginas y las pastas que los resguardaron
largo tiempo, y se desplazan, tan solo se desplazan hacia un lugar que no sabemos
todavía.
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