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Acefalía, mimetismo y escritura

(o cuando escribir es buscar la suerte)


Natalia Lorio

“El hombre no está aislado en la naturaleza; solamente


para sí mismo es un caso particular. No escapa a la
acción de las leyes biológicas que determinan el
comportamiento de otras especies animales, pero estas
leyes, adaptadas a su naturaleza propia, son menos
aparentes, menos imperativas: no condicionan ya la
acción, sino solamente la representación”.
Caillois

Un hombre decapitado, desnudo, exponiendo sus misteriosos órganos: su corazón en una


mano, sus vísceras que se transparentan en forma de laberinto y un cráneo casi solar en
lugar del sexo. Imágenes del hombre sin cabeza, ser divino y monstruoso, que aparecieron
en las portadas de Acephale y en su interior1. Mencionar Acephale es hacer mención a
autores que se expusieron en una comunicación y una escritura en la que el espacio del
saber desde el cual escribieron no estaba definido y que, tras esa indefinición, buscaban
una imagen de la humanidad que, a veces abismándose en el equívoco, renegaba de la
univocidad de un saber determinado.
El nombre de Georges Bataille es ineludible en este punto así como el de Pierre
Klossowski, Roger Caillois, André Masson, entre otros. Tentación de hablar de proyecto
acéfalo, aunque pareciera ser más fiel a aquella intención hablar de propulsa acéfala, pues
el impulso a la pérdida de cabeza no sólo estaba presente en la publicación mencionada,
sino que se puede rastrear en el devenir que estos autores por separado recorrieron. Se trata
aquí de mostrar que la propulsión está presente en dos de estos autores, Caillois y Bataille,
y además, que sus preocupaciones y ocupaciones pueden ser puestas en relación en una
entramado que dibuja similares formas en el espacio.
En las imágenes que André Masson despunta de este ser acéfalo encontramos una singular
representación del espacio en el que este hombre se encuentra. Se trata de un espacio que
estando allí presente reviste la forma de un medio caótico y fluyente: dédalos violentos que
absorben hacia su centro toda las formas, representaciones irregulares, lugares informes
sobre las que se para el acéfalo, o en las que simplemente está envuelto. Olas, llamas,
ráfagas, cumbres dislocadas. Espacio que se precipita en sí mismo. En las últimas
ilustraciones, se mimetizan las formas de los cuerpos en una conflagración donde el
espacio y el acéfalo dionisíaco parecen confundirse.
Representaciones que están ahí para mostrar los límites de la experiencia humana, los
límites que lindan con el espacio, con su exterioridad y su diferencia. Límites que terminan
por debilitarse, por confundir las líneas de separación y de fusión. Se configura a partir de
este hombre, este cuerpo sin cabeza (que pasa a ser por momentos un cuerpo humano con
cabeza de toro) la dislocación de la autorepresentación humana. Dislocación de la razón al
mismo tiempo que la muerte de una imagen de hombre que se tenía por acabada, que se
entendía desde el cumplimiento de la humanidad centrada en la racionalidad.
Formas de lo humano en su límite que tomaremos para problematizar las relaciones entre
la acefalía, el fenómeno del mimetismo y la escritura batailleana.

Ser decapitado

De modo que en cada hombre hay un animal encerrado


en una cárcel, como un preso, y hay también una puerta,
1
AAVV, (2005), Acephale. Religión, Sociología, Filosofía. 1936-1939, Caja negra, Bs. As.
y si entreabrimos la puerta, el animal se abalanza hacia
fuera como el preso que encuentra la salida; entonces
provisoriamente, el hombre cae muerto y el animal se
comporta como animal, sin preocupación alguna por
suscitar la admiración poética del muerto. En ese sentido
se puede considerar al hombre como una cárcel
burocrática.
Bataille

Roger Caillois en El mito y el Hombre nos introduce a la perspectiva a través de la cual la


continuidad entre las especies, incluido el hombre, se revela como fondo instintivo que
burbujea en cada ser y que se manifiesta de diversas formas en cada una de ellas. Se
trataría, por decir así, de un fluir, de un fondo que está a la base de cualquier acto ( y de la
representación en el caso humano), en el que la diferenciación entre unos seres y otros es
sólo una cuestión de grado. Especialmente en La Mantis Religiosa y Mimetismo y
psicastenia legendaria, ensayos presentes en la obra mencionada, es donde queda claro que
la vida debe leerse sobre todo en términos de continuidad y no de diferenciación: “De la
realidad exterior al mundo de la imaginación, del ortóptero al hombre, de la actividad
refleja a la imagen, el camino es largo quizás, pero sin soluciones de continuidad. En todas
partes, los mismos hilos tejen los mismos dibujos.”2
Un dibujo es el que aparece con mayor preeminencia aquí y, como se adivinará, es la
figura de un ser sin cabeza, tejido extravagante que Caillois se apresta a pensar a partir de
la mantis religiosa. La figura de la mantis es fascinante, reclama el silencio en la atenta
observación de la sutileza de las formas y colores en las que puede encontrarse. Imagen
que fascina y que ejerce temor, que pasma y a la vez somete a la atención, somete a
permanecer alerta. Se trata de un animal que con cierto parecido al hombre, se revela como
su espejo demoníaco, la imagen de su propio temor. Entendemos, luego, el por qué de los
diversos nombres que la mantis religiosa ha recibido en diferentes culturas, atracción que,
motivando encantamiento y terror, la nombra desde una voz que se descifra religiosa.
En este animal hay algo, eso es lo que señala Caillois al contarnos las leyendas, mitos y
fábulas que se encuentran en íntima relación con ese ser, relatos de los que gusta vestirse
su encanto. Se trata del aspecto fascinante y cruel que aún siendo conocido, cabe
mencionar: además del isomorfismo que la mantis presenta con el hombre que da cabida a
que se la compare por su estructura antropomórfica, este insecto se reproduce bajo crueles
costumbres: durante o luego de la cópula el macho es devorado por la hembra.
“Costumbres nupciales” que suelen estar precedidas por la decapitación que sufre el macho
y el consiguiente automatismo de los miembros que siguen moviéndose en pasmo,
copulando, y aún más, defendiéndose.
Comportamiento acéfalo que es un enigma, pues ya muerto, el macho simula defenderse de
lo que lo ha atacado mortalmente, pudiendo llegar al extremo de simular la muerte en pos
de defensa aun estando ya muerto. Nupcias ominosas, que dan la idea a Caillois de que el
comportamiento instintivo y automático de la mantis, puede ponerse en relación con los
diversos relatos que dan cuenta del temor religioso que se desata en torno a la cópula. Bajo
esta sospecha, quiere iluminar la oscura continuidad entre el acto de la mantis y los relatos
en los que cópula no sólo presenta la faz feliz del placer, sino además, el fatal del ser que
es devorado, consumido, aniquilado, por una fuerza que absorbe a la víctima en una nada
sin nombre.

2
La Mantis Religiosa en Caillois, R., (1939), El Mito y el Hombre, Sur, Bs. As., p. 105.
Llamamos la atención a acerca de la fecha en que se publicó El mito y el hombre, que data de 1937, aunque
los ensayos que tomaremos de este texto se publicaron por primera vez en Minotaure en 1935.
Pero más allá de los relatos que disfrazan el temor y la fascinación ante la cópula,
estaríamos ante relatos que dan cuenta de la fascinación y el pavor que ejerce cualquier
fuerza aniquiladora, la fuerza de seducción de aquello que mata toda posible conservación
y autonomía de los movimientos dirigidos y controlados. Fascinación ante la absorción en
un fondo que destituye la vida separada del individuo.
La amenaza se representa como tal porque es cercana. Aquello que vive la mantis es
próximo a los hombres, pues entre estos y aquella sólo hay una diferencia de grado. Los
hombres y los insectos forman parte de la misma naturaleza. En grado mayor o menor, las
mismas leyes rigen a unos y otros. Por ello, los más que abundantes ejemplos que el autor
da, quieren mostrar que la biología comparada comprende a ambos y más aún, que sus
conductas respectivas pueden explicarse mutuamente, teniendo en cuenta las diferencias,
teniendo a la vista que el hombre y el insecto, se sitúan en extremos divergentes, “pero en
el mismo grado de evolución del desarrollo biológico”.
Mientras que la existencia del insecto está dominado por el instinto y el automatismo, la
existencia del hombre está abierta a la representación y a la laxitud entre ésta y la acción.
Continuidad y oposición, a la vez, entre dos grados del instinto: uno real y otro virtual. De
un lado de la vida, la operación, del otro el mito, la fábula, la ficción.
La simulación de la muerte (del ser que ya muerto, paradójicamente, se hace el muerto) en
los mantídeos no es la única simulación que señala Caillois, pues la vida de estos insectos
presenta otro aspecto ligado a la disolución o al ser que es consumido por un espacio de
fusión: ser devorado por la hembra es un aspecto, pero el otro, es el mimetismo que operan
en relación al espacio, donde el que devora es el espacio mismo en el que por un momento
se reintegra y se confunde el ser vivo. Los mantídeos miman ramas, flores, cortezas,
metamorfoseándose en su medio con una exactitud que escandaliza.
No pasar en silencio frente al mimetismo de los mantídeos, es lo que permite establecer
una continuidad entre la acefalía que la mantis revela, el fenómeno del mimetismo y ese
alucinante deseo humano de reintegración a la insensibilidad original.

Hacerse espacio

La comunicación de dos seres que pasa por una


pérdida de ellos mismos es el dulce fango que les es
común...
Bataille

El fenómeno del mimetismo, vastamente ejemplificado por Caillois, quizá logre su


definición más acabada en la idea de una metamorfosis que vuelve al ser a un grado
inferior al que él se halla en la escala de los seres. Son tomados como ejemplos ciertos
animales, como moluscos e insectos, que simulan seres del reino vegetal o incluso, seres
inanimados. Caillois presenta al mimetismo, entonces, como la posibilidad de tornar al
reino de grado inferior. Un posible que está atravesado por lo imposible. Un hacer como si,
una impostura verosímil, he ahí lo posible de ese regreso, cuya imposibilidad está en que la
diferencia de grado sigue estando presente. Diferencia que quiere el retorno a un grado
menor en la vida, en la desindividuación posibilitada por la simulación. Paradójica
operación: simulación de la vida en el automatismo de los miembros (ya mencionamos que
la mantis sigue moviéndose frenéticamente aunque está muerta) y simulación de la muerte
en la inmovilidad cadavérica que se da en algunas especies que miman seres inanimados o
desechos.
Caillois se fascina con el mimetismo desde el espejo de la vida continua que sin
separaciones o discontinuidades entre los seres, pero diferenciada cada forma de la vida
por grados, tiende al retroceso de la vida en la vida, jugando con la muerte, poniendo en
peligro la futilidad del juego. Asomo de retorno a lo inanimado o al puro espacio, que es
comparable a ciertas tendencias humanas en donde la dimisión de la vida y de sus
diferencias seduce. Dimisión de lo otro en la simulación de lo mismo.
Es la diferenciación, la individuación, la distinción del individuo y su distancia con el
medio la que Caillois quiere repensar y hacer ver a través del fenómeno del mimetismo.
Ver desde este fenómeno, significará atravesar una barrera, transgredir una sutura de la
vida (o la vida suturada), y abrir ante las diferencias de lo que se pretende estable las
formas de la vida que no pueden pensarse sólo desde la diferenciación.
Así comienza el artículo Mimetismo y psicastenia: “De cualquier lado que se aborden las
cosas, el problema último que resulta, en fin de cuentas, es el de la diferenciación:
diferenciación de lo real y lo imaginario, de la vigilia y el sueño, de la ignorancia y el
conocimiento, etc.; diferenciaciones todas cuya conciencia exacta y cuya exigencia de
solución debe mostrarse en toda actividad valedera. Entre estas diferenciaciones, ninguna
seguramente más marcada que la del organismo y el medio; ninguna, por lo menos, en que
la experiencia sensible de la separación sea más inmediata”3.
Si lo que vale es la diferenciación, la transgresión a esa diferencia segura aparece como
una patología. El mimetismo entonces como lo patológico de una vida que quiere
internarse en el espacio y no distinguirse de él. Internación que mima colores, formas, que
presenta ciertos rasgos para un otro y para sí mismo. ¿Cuerpo que busca la metamorfosis?
¿que la desea? ¿en pos de qué? ¿de defensa? ¿o cuerpo que es invadido por el espacio ante
el que no se defiende en absoluto?
Veamos. Dos manifestaciones del fenómenos se acentúan: el mimetismo por homocromía
y el mimetismo por homomorfia. En ambas manifestaciones se trata de una acción
automática ordenada por la visión. Es decir, un elemento vinculado a la visión desprende
en otras características cromáticas o morfológicas, y es este el punto que Caillois considera
al señalar la acción invasora (directa) del medio sobre el organismo.
Pero en la Homomorfia, es la forma y no sólo el color lo semejante, y aqui no sólo otro
grado de la vida es la mimada, sino también el medio inerte: animales que simulan piedras,
insectos que se disfrazan de semillas y granos, seres que simulan cortezas de árboles,
pétalos, excremento de aves, ramas, yemas, espinas. Incluso se da en este mimetismo con
el medio que ciertos insectos pueden llegar a aparentar el leve movimiento de una hoja
terminal en una rama. Más aún, la simulación es tan perfecta que puede llegar a simular la
imperfección o la falta de aquello que se mima: las imitaciones pueden tomar la forma de
hojas comidas, infecciones o cicatrices.
Descartada su utilidad para la defensa, Caillois, toma al mimetismo en tanto imitación
voluntaria. De tratarse de una reacción de defensa sería inútil, pues los agresores no se
dejan en modo alguno engañar por la simulación de color o de forma (se han encontrado en
el estómago de estos agresores numerosos restos de insectos miméticos) y, por otro lado,
especies no comestibles, que de nada se defienden, son miméticas.
Ante la perplejidad que el mimetismo despierta, el autor estima que “tenemos, pues, que
habérnoslas con un lujo, y hasta en lujo peligroso, pues hay ejemplos de que el mimetismo
haga caer al animal de mal en peor: las orugas agrimensoras simulan tan cabalmente los
retoños de arbustos, que los horticultores las cortan con la podadera; el caso de las Phyllias
es aún peor: se mordisquean unas a otras, tomándose por hojas de verdad, de suerte que
podría creerse en una especie de masoquismo colectivo, con la homofagia mutua por
consecuencia: la simulación de la hoja resultaría una provocación al canibalismo, en esta
suerte de festín totémico.”4
Lujo peligroso que, según Caillois, no sólo es propiedad de las especies miméticas, sino
que subsiste en el hombre como virtualidad psicológica que se corresponde a los hechos
señalados. Puede leerse en el hombre y en la asociación subjetiva de ideas leyes que
3
Mimetismo y Psicastenia Legendaria en Caillois, R., (1939), El Mito y el Hombre, Sur, Bs. As., p. 107.
4
Op. Cit., p. 132.
gobiernan la asociación objetiva de los hechos, donde el mimetismo podría, pues, definirse
correctamente como un encantamiento fijado en su punto culminante y que hubiese cogido
al hechicero en su propia trampa.
El fin del mimetismo parece ser la asimilación al medio. Se da la tentación del espacio
sobre el individuo; en insectos, cangrejos, arañas de mar, moluscos, el disfraz aparece
como un acto de automatismo puro, que no es más que la necesidad de contacto de cuerpos
extraños. Comportamiento que depende de la visión... lo cual apuntala más aún la idea de
que se trata de una perturbación de la percepción del espacio.
Perturbación, en la que “el espacio es indisolublemente percibido y representado. Desde
este punto de vista es un doble diedro cambiando a cada movimiento y situación”. Podría
decirse que se trata de una percepción del espacio que hace del mismo no una estructura
estable, sino un deslizamiento inestable, del que el ser vivo, el organismo “no es ya el
origen de las coordenadas, sino un punto entre otros; queda desposeído de su privilegio y,
en el sentido fuerte de la expresión, no sabe ya dónde meterse”5.
Seres desposeídos de sus privilegios, de sus atributos de ubicación, de su forma y sus
coordenadas, sin estabilidad de puntos de referencia: todo el espacio, el medio, aparece
como un elemento tan opresivo como seductor, tan transfigurador como hipnótico, ante el
que no hay más que respuestas automáticas que llevan al disfraz. No hay identidad, hay
necesidad de contacto y de identificación, necesidad de semejanza.
Minado el sentimiento de personalidad, minada la diferenciación de la conciencia y del
espacio, se pasa, según Caillois de la psicología a la psicastenia; es decir, se abre paso a la
debilidad de la personalidad, del individuo y su conciencia. Perturbación de las relaciones
entre la personalidad y el espacio, que son entrevistas por el autor a través de experiencias
personales (y que describe como próximas a la experiencia de esquizofrénicos) donde el
espacio aparece con toda su fuerza devoradora. Es el espacio el que persigue, acosa, cerca,
devora.
Más aún, el individuo se siente devenir espacio... “es semejante, pero no semejante a algo,
sino simplemente semejante.” Despersonalización por asimilación al espacio, que rastrea
en la influencia mágica de la noche y de la oscuridad, donde el miedo es indicador del
peligro de asimilación del organismo y el medio. Así, la noche, la oscuridad no es sólo
negativa, entendida como falta de luz y distinción, sino también se aparece en su
positividad, desde el momento en que hace contacto con el individuo. “Mientras el espacio
claro se borra ante la materialidad de los objetos, la oscuridad, por el contrario, toma
cuerpo, toca directamente al individuo, lo envuelve, lo penetra y hasta pasa a través.”6
Cabe llamar la atención sobre un punto: la asimilación al espacio acompañada de una
disminución del sentimiento de la personalidad, trae como su sombra, la disminución del
sentimiento de la vida. En las especies en las que se da la mimesis, el fenómeno se da en
un sólo sentido: la vida siempre retrocede un grado, disimulando o abandonándose las
funciones propias para ese retroceso.
Regresión a lo inorgánico que no tiene más que una finalidad puramente estética. Lujo e
inutilidad que desconciertan, que tienden hacia el arte, que se presenta con una lógica
íntima y misteriosa que hace patentes las características de la hipertelia, en tanto fenómeno
que rebasa su finalidad, yendo más allá de lo creíble.7 Indistinción lujosa, sin sentido, que
escapa de su propia meta y finalidad: la individualidad también se escapa de sí misma y se
da la indistinción en sus relaciones con el medio. Lo vivo aparece, desde esa cierta
5
Op. cit., p. 137.
6
Op. cit., p. 139, 140.
7
Lujo e hipertelia que se demuestra por la presencia de elementos decorativos miméticos que sólo se revelan
como tales en el momento en que ya no es verosímil. Un insecto que se mima una hoja, pero cuyos detalles
se ven cuando emprende el vuelo. Mímesis que pareciera nos servir para nada, puesto que no hay ajuste a lo
esperable.
ubicuidad viviendo en el ultra espacio: aparece como “extraño espacio al que el ultra-
espacio da el ser”.
Sin embargo, es el espacio (ultra espacio) el que sigue ejerciendo seducción sobre ese
espacio que es el ser vivo. Aunque espacio inorganizado, la seducción pareciera no ser más
que desparramo del espacio dentro del espacio. Espaciamiento en el espacio que sigue
actuando en esa mínima diferencia que aísla lo orgánico y lo inorgánico. Diferencia que
aunque pequeña es la que funda la seducción, el deseo, pues es la distancia que no puede
salvarse hasta que se salva en la uniformidad mortal donde no hay vida. Solicitación del
espacio, bajo cuyo efecto la vida parece perder terreno.

La escritura acéfala y mimética

Oh transparencia de huesos/ mi corazón ebrio de sol/


es el astil de la noche
Bataille

Las reflexiones precedentes acerca de las relaciones del individuo con el medio nos
servirán de punto de apoyo y de centro en un movimiento en torno a una de las formas de
la representación. Nos referimos a la escritura y especialmente, una escritura que, creemos,
se inscribe desde el inicio en la propulsa acéfala. Nos referimos a la escritura y su
experiencia en la obra de Georges Bataille. Creemos que desde la extraña descripción de la
vida que se hace patente en los ensayos mencionados de Roger Caillois, se pueden tramar
relaciones en torno a esa escritura que es crítica de la separación del sujeto y el mundo.

Es sabido que Acephale, nace de la fascinación de Bataille ante una imagen en metal donde
aparecía un dios sin cabeza, representación de la gloria decapitada, que se vuelve para él
una obsesión. Obsesión que comunica a Masson, que hace de esa figura el emblema y el
punto de irradiación de sentido de los que participaban de esa comunidad de escritura y
experiencias secretas. Obsesión por la vida decapitada que no se aquieta tras el contagio:
Bataille tomará al sol como símbolo de la personalidad acéfala y la figura misma de la
soberanía tendrá sentido en tanto que es pérdida de sí en un brillo solar que se dona sin
para qués.
La evocación del hombre descabezado y desnudo que se repite en Acephale, a la que
hicimos mención al comienzo de este escrito, se dibuja o se teje bajo otras formas en la
obra de Georges Bataille.
Tras el recorrido de las sinuosidades descriptivas de Caillois, se muestra hasta qué punto el
organismo vivo forma cuerpo con el medio en que vive, hasta qué punto la voluntad de
preservarse en su ser se tienta por la uniformidad (informe?) que le atrae, hasta qué punto
la vida acéfala persevera escandalizando la imperfecta autonomía del individuo. Es en
estos puntos que dos trayectos, dos pensamientos parecieran confundirse, pues, el paisaje
de Caillois, parece conducirnos al recorrido batailleano.8
Veamos. Frente a la idea de un hombre completo de pies a cabeza, la obra de Georges
Bataille se acerca sin repulsión a ver qué queda del hombre decapitado. Así, la locura y la
experiencia mística serán formas de perder la cabeza, la risa que estalla y que conmueve
será otra, la nostalgiosa semejanza con la animalidad, la transgresión en el erotismo y una
escritura que quiere decir esta experiencia de pérdida serán el reverso del hombre sin
cabeza...
8
Es llamativo que en la introducción a El mito y el hombre, Caillois hable de la unidad de la vida espiritual,
que él quiere reintegrar tras el desmenuzamiento que se da en el tratamiento de saberes específicos; en tanto
que Bataille, hace mención a la misma unidad del espíritu, en El Erotismo. Ambos autores son concientes de
que su intento va a contramano del desarrollo de los saberes científicos, pero aún así se empeñan en
reunificar la visión en torno a la experiencia humana.
Según Caillois, entre los insectos y los hombres no hay más que una diferencia de grado en
un universo continuo, donde la representación es una forma continua al instinto y a lo que
él pone en acto, pero que a la vez dista del mismo. Si es así, podría decirse que la escritura
puede entenderse, en tanto representación, como ese grado de distancia, como una puesta
en representación, una puesta en distancia de aquello que ocurre en las formas de vida más
elementales.
Así, la fascinación ante la mantis, puede extrapolarse a la fascinación de (en) la escritura.
Lo acéfalo de su atractivo comportamiento nos llevan a tejer relaciones entre el
automatismo de la vida de este insecto y el automatismo de la escritura: decapitada la
mantis sigue actuando, decapitado el sujeto sigue escribiendo.
No es novedad que Bataille violentó los límites mismos de los saberes en la tradición se
hallaban bien demarcados, y esto no sólo desde el intento de pensar la unidad del espíritu
humano, en esa obra asistemática que conformó, sino también a partir de un tipo de
escritura que es ejercicio automático, frenético. Pensar o escribir la unidad de la
experiencia humana, del espíritu humano, se constata al mismo tiempo que la herida de
ese espíritu. Antropomorfismo desgarrado, en la que confluyen el acéfalo y Hegel, pues
sabe desde éste último que “la vida del Espíritu no es vida que se asusta ante la muerte y se
preserva de la destrucción, sino que soporta la muerte y se conserva en ella. El Espíritu no
obtiene su verdad sino encontrándose a sí mismo en el desgarramiento absoluto”9.
Unidad del espíritu que ya está rota, agrietada. Unidad que ya es fragmento, que tiene la
pérdida, la negatividad en sí. Escritura, entonces, que responde a esa verdad del espíritu,
que no es otra que la de su desgarramiento. Escribir como desgarrarse, ese pareciera ser el
automatismo en Bataille. Una experiencia del pensamiento y de la escritura que, sufriendo
la distancia (de la representación, de la escritura, de los seres) la sabe, pero que se afana en
revolcarse sobre ese fondo de heridas.
Automatismo acéfalo que, ya sin centro es ejercicio de un espaciamiento del decir en el
decir. Ante el espacio de las palabras, la escritura rueda y se revuelca sin cabeza: es
ensayo, poesía, confesión, silencio, puntos suspensivos, arrebato, grito, rezo.
Su obra es acéfala y quizá por eso, como la mantis, fascina. Obra que es fragmento que se
reparte en diversos espacios no fácilmente clasificables: poéticamente describe la
economía planetaria, con un tono de científico describe el paso metafísico de la
discontinuidad a la continuidad, cita a Nietzsche y lo comenta desbordándose en
confesiones de un diario de secretos propios, habla de la vida íntima de las gónadas
sexuales y toma por Dios, en una de sus novelas, a una prostituta que se funde en la noche.
En este recorrido cabe decir, que la última obra que Bataille preparase es un libro donde la
escritura va de la mano con obras de las artes plásticas y fotografías.
Obra acéfala en la que está el cuerpo representado, pero que sin embargo es experiencia
interior. Es órgano hinchado, cabeza doliente, dedo gordo del pie, muela que sangra, partes
peludas que recuerdan al animal, ojo desorbitado, desnudez que se precipita a la violenta
comunicación en la herida, la boca que remite al interior del animal. Pero también es mano
muriente que escribe. En su escritura está el cadáver, la muerte, eso cuya presencia en la
ausencia es fascinante, eso que perturba hasta el punto de la inmovilidad. Contacto que se
quiere y se esquiva, que asusta.
Espacio de la palabra en la que se va perdiendo ubicación, no sabemos dónde nos
hallamos, ante el discurso de quién, e incluso, ante la duda del para qué de su escritura.
¿Qué es lo que allí se dice, qué es lo que en su obra se escribe más allá de lo que escribe?
La relevancia del espacio en la escritura acéfala, se nos revela al presentarse la im-potencia
de quien tomaríamos como su hacedor. Escritor que habla de su experiencia interior, pero
que quiere borrarse. Paradoja del pensador sin cabeza. Un escritor como el macho de la
9
Hegel (La Fenomenología del Espíritu) citado en Bataille, G., (2003), La Felicidad, el Erotismo y la
Literatura, Adriana Hidalgo editora, Bs. As., p. 290
mantis, que, luego de las nupcias ha quedado desprotegido de las coordenadas que le
permitirían un orden, que le brindan una finalidad y una diferenciación en cada espacio de
la escritura. Poniéndose en la escritura se pierde, puesto que no hay coordenadas en ese
espacio informe si no se tiene cabeza...

Por otro lado, el mimetismo. Este fenómeno abre a pensar las formas que, bajo la
representación, y bajo la escritura, tiene el mimetismo en la obra de Bataille. Simulaciones
de la muerte y del espacio, que la vida animal presenta a nuestros ojos, ilustrando el
aspecto a veces alucinante del deseo humano de reintegración a la insensibilidad original.
Simulación de muerte que la mantis realiza y simulación que se da en la escritura desde el
tejido en el que el instinto en acto en los animales, en los insectos, es relevado por la
representación. La mantis puede revelar algo acerca de la vida humana, algo sobre ese
cariz enigmático de la simulación, dibujo enigmático del engaño, de la ficción, que sin
embargo es real en acto. La escritura, entonces, como un hacer como si, que no es un
simple juego, sino que es la puesta en juego de la vida: representación que se da ya sin
cabeza, ante el peligro de la muerte y seducida por la muerte.
Recordemos, pues, que el simular no es lo mismo que el copiar: la copia es una
reproducción del modelo, de sus proporciones exactas y sus características. La simulación
está antes bien ligada a “dar la ilusión” al modelo, producción de verosimilitud que dotada
de un parecido, está puesta en perspectiva, utilizando la posición del que ve, del
observador, incluyéndolo en la impostura.10
La representación es la peligrosa simulación que en regodeo de las formas y las imágenes
de la palabra, puede ser mortal y atrapar a quien juega con el fuego de las palabras.
Simulación de muerte que deja de ser simulación en la escritura. Se está ahí, tirado,
muerto, desecho, en la escritura. Es el desgarramiento como experiencia y la escritura
inscrita en ese antropomorfismo desgarrado “lo que hace que, en el instante en que escribo,
el “fondo de los mundos” se abra ante mi, que no haya en mi ya diferencia entre el
conocimiento y la “pérdida de conocimiento” extático”.11
Fondo de los mundos, que es quizá, lo que el medio para los animales que miman. Un
espacio donde la identidad se ve deshecha, donde la coraza cerrada se ve traspuesta, donde
el ser completo tropieza con el inacabamiento. Aparece el peligro, el lujo peligroso del
pensamiento y la escritura que se descubren en el espacio como el lugar de la herida. La
asimilación al espacio es asimilación al fondo de los mundos, asimilación a una
inestabilidad de las formas que es ruina y vacío.
Pero la vida quiere individualizarse y preservarse (la mantis copula, pero sabe que en ese
nuevo paso a la vida también está el paso a la muerte, y esto de forma indiscernible) y a la
vez se pierde en el espacio informe de un universo continuo. La escritura puede pensarse
desde aquí como aquel acto de representación en el que se juega la individualidad que,
puesta en juego, se revela como su propia pérdida. Renuncia, abandono a la diferenciación
que es pérdida en el espacio de las palabras, que es éxtasis. Estar fuera de sí que es su
manifestación hipertélica, su peligro. Escribir para comunicar, escribir desde la herida,
desangrándose en esa puesta en juego que no quiere un individuo cerrado.
“ No comunico más que fuera de mí, soltándome o arrojándome fuera. Pero fuera de mí, no
soy yo. Tengo esta certeza: abandonar el ser en mí, buscarlo fuera, es arriesgarme a
malograr –o aniquilar- aquello sin lo que la existencia del exterior no se me habría
aparecido siquiera, ese “mí” sin el que nada de lo que es para “mí” sería.”12
Escribir y fundirse en el espacio de la escritura, perderse luego de que en la cópula de las
palabras se ha perdido la cabeza, en el límite de la ubicuidad de ese “mi”. Bajar un grado

10
Sarduy, S., (1982) La Simulación, Monte Avila Editores, Caracas, p. 19.
11
Bataille, G., (1981) El Culpable, seguido de El aleluya y fragmentos inéditos, Taurus, Madrid, p. 33.
12
Bataille, G., (1972) Sobre Nietzsche, Taurus, Madrid, p. 53.
en la vida es aquí, simular la vida en la muerte y la muerte en la vida de la escritura.
Bataille escribe en “lo que vivo es estar muerto”. Pero es una simulación que es puesta en
juego, tal como la de los insectos que miman tan verosímilmente que son tocados por la
muerte que toca a lo que simulan.
¿Cómo no ver el parecido con el macho de la mantis que va hacia el fin de su vida y simula
defenderse cuando ha ido sin defensa en busca de su muerte? Pequeña reserva que puede
ofrecer la escritura, pero que no por ello deja de ser puesta en juego del yo en un perderse.
Apuesta a la suerte que es apostar a perder... “Al escribir, recibo de la suerte, un toque
ardiente, arrebatador, que dura pocos instantes, en la cama en que escribo; permanezco
fijo, no pudiendo decir nada sino que es preciso amarla hasta el vértigo: ¡hasta qué punto la
suerte se aleja, en esta aprehensión, de lo que percibía mi vulgaridad!”.13
Perder en la escritura es perder las palabras para ganar, en la pérdida, el silencio. Pero hay
aquí una trampa.

Noche y silencio

Negro/ silencio invado el cielo/ negro mi boca es un


brazo/ negro/ escribir sobre un muro de llamas/ negras/el
viento vacío de la tumba/ silba en mi cabeza.
Bataille

Tal como ese hechizo que se cumple en el mimetismo en tanto “encantamiento fijado”,
aquí también esa tramposa ley que arrebata al hechicero se cumple: la escritura a partir de
esta idea, puede tomarse como aquel juego, lujo, seducción con el espacio, con el fondo de
los mundos, espacio de la escritura que abre a la pérdida de forma, de la individualidad de
quien escribe. Quien se presta a escribir, a comunicar, a decir algo, cae en la trampa del
espacio de la escritura, con la inmovilidad que le es propia y con la puesta en escena de
una imagen de la que no puede escapar, imagen que es fascinante. La trampa es, para el
hechicero del lenguaje, su propia tela de araña de palabras... juega a decir y ya no puede
decir, y si quiere callar ya no puede callar, quiere comunicar y termina su vida deseando el
silencio que no pudo tomar para sí.
Escribir desde el exceso dando cuenta de aquello que se escapa a la palabra. “No rechazo
el conocimiento, sin el cual no estaría escribiendo, sino a esta mano que escribe y que es
muriente o moribunda, y que, por esta muerte prometida a ella, escapa a los límites
aceptados al escribir (aceptados de la mano que escribe pero negados a la mano que
muere)”.14
“Ten cuidado: jugando al fantasma, se llega a serlo”, advertía Caillois en un epígrafe
Caillois, mostrando la gravedad de todo juego de representación, pues no escapa del
peligro. Juego mimético, que puede abrir a la despersonalización del que juega, a su
desindividuación y puede incluso perderse en ese espacio con el que juega. Encantamiento
fijado en su punto culminante... ¿y allí la escritura? Encantamiento del espacio que invade
a quedarse ahí, atrapado por el espacio, por el juego, por el espacio de juego que supone la
escritura y el decir. Fascinación en el punto culminante que hace ir más allá. Por eso el
mimetismo puede ser considerado un fenómeno de hipertelia, de trasbasamiento de los
límites, de las formas, de los fines. Un hechizo que se va de las manos, que se pierde en la
noche. Escritura mimética, que nunca es copia de un fondo verdadero, único, sino que es

13 13
Bataille, G., (1981) El Culpable, seguido de El aleluya y fragmentos inéditos, Taurus, Madrid, p. 92.
14
Notas al Prefacio del Autor en Bataille, G., (1985), Madame Edwarda, Premiá editora, México D.F., p.
32.
disfraz de espacio, disfraz tras disfraz o un decir que quiere silencio, que dice para
reservarse el silencio: “hablar para ya no decir nada”15

Psicastenia y la esquizofrenia, dice Caillois, son las formas que cobra el mimetismo en el
hombre: estados de la personalidad herida, desgarrada que hablan de un yo permeable a la
oscuridad, cuya debilidad y permeabilidad se hacen experiencia. Desnudez interior que
propicia el contacto con el espacio que es la noche... en la escritura de Bataille
encontramos un encantamiento fijado en el punto culmine de la oscuridad, fondo de los
mundos que es vacío.
No hay yo en la noche, hay una in-fancia del decir que se pierde “como niño en la noche”.
Es en ella que hay indistinción, hay experiencia interior y no-saber que es el extremo de la
vida que se representa en sus propios límites. Si la luz mantiene a salvo la distancia (a no
ser que la luz enceguezca), permitiendo distinguir entre una cosa y otra, no hay contacto
directo, no hay contagio, sino la posibilidad de una enumeración. El contacto que hace
semejante, se da en la noche donde hay indistinción del yo. En la oscuridad, la indistinción
penetra al cuerpo, penetra la letra, penetra la escritura, que termina mimetizando las formas
y el espacio, tomando las formas de todo aquello con lo que entra en contacto.
En la obra de Bataille, encontramos que el sujeto de la escritura, es invadido por la noche,
la noche es ese espacio que consume, que devora. Pensamiento y saber que son devorados
en/por ese espacio de la experiencia. Escribe :
“Pero cuando la muerte llama, aunque el ruido del llamado colme la noche, es
una especie de profundo silencio. La misma respuesta es silencio despojado de
todo sentido posible. Es exasperante: la mayor voluptuosidad que el corazón
soporta, una voluptuosidad morosa, aplastante, una pesadez sin límites.
(...)
Prendí la luz en medio de la noche, en la habitación para escribir: a pesar de eso,
la habitación es oscura; la luz despunta en las tinieblas completas, no menos
superficial que mi vanidad de escribir que la muerte absorbe como la noche
arrebata la luz de mi lámpara. Si escribo, es a duras penas, apenas si abro los
ojos. Lo que vivo es estar muerto y hay que haberse hundido muy adentro del
vicio para asegurase de estar así en el fondo de la voluptuosidad”16

Noche y muerte que invaden al sujeto, que lo arrastran o lo entregan a un silencio que,
paradójicamente, escribe. Estados tan reales que suponen “el desvanecimiento de la
realidad del mundo”, invasión del espacio nocturno y mortal sobre el individuo, que
suponen el desvanecimiento de lo que creía saber y la entrada al no-saber. Invasión que en
Bataille es también entrar en contacto con la incertidumbre que le hace preguntarse si lo ha
dicho todo o si debe seguir diciendo (mal) lo que ya ha dicho (mal). Escritura perdida,
desgarrada en la noche del no-saber que es también la noche de la voluptuosidad.
En su novela Madame Edwarda, la noche es una presencia opresiva y seductora que sólo
puede ser nombrada como algo que cae. Noche que es dicha entre el silencio, donde los
puntos suspensivos que, o bien la anteceden anunciándola o bien la preceden dando cuenta
de la mudez invasiva tras su caída, tras su aparición. Noche desnuda que desnuda: invasora
presencia oscura que es, a la vez, angustia y goce embriagadores.
Noche. Disfraz del yo debilitado que ya no es el punto que ordena el espacio en sus
coordenadas y que sabe dónde está. En ella no se está, en la noche se cae: el yo cae en ella,
cuyo espacio es propiciatorio para la simulación de muerte a partir de la que puede
entenderse el erotismo y su violencia al ser separado. “Adivinaba las risas a través del
tumulto de voces, de luces, del humo. Pero ya nada contaba. Estreché a Edwarda en mis

15
Bataille, G., (2003), La Felicidad, el Erotismo y la Literatura, Adriana Hidalgo editora, Bs. As., p. 245.
16
Op. cit., p. 246.
brazos, ella me sonrió; en ese instante, transido, sentí un nuevo estremecimiento. Una
especie de silencio cayó sobre mí y me heló. Ascendía en un vuelo de ángeles que no
tenían cuerpos ni cabezas, hechos de deslizamientos de alas”17
Debilidad del yo al que le cae encima la noche y el silencio. Ambos parecieran ser dos
sombras que proyecta, desde diferentes luces, un mismo objeto; noche ante la que el
hombre es absorbido cual animal por el espacio y silencio que inmoviliza su espíritu hecho
de palabras y que lo reintegra a un fondo sin palabras. Sombras voluptuosas del erotismo,
donde la plétora de los cuerpos se resiste el espíritu, que calla. Hay silencio, abandono,
ceguera y olvido.
Cuerpos hinchados de sangre que gozan en oposición al equilibrio en el que se funda la
vida. Instantes en los que la personalidad está muerta, dejando lugar a la animalidad que se
asoma con sus silencios o sin la articulación de la palabra. Es el espíritu el que calla en el
silencio y el que se reencuentra en la verdad de su desgarramiento. Voluptuosidad de
amantes perdidos en la una noche de vendaval frente al mar.
La asimilación al espacio nocturno y silente se da tras una visión. Una mujer, Edwarda,
que señalando sus partes secretas dice “debes mirar”, y nuevamente el imperativo de la
mirada, de la imagen para la mímesis, para el perderse, para la absorción, para esa
asimilación al espacio, a su noche, para la fusión. Así como la mímesis es una reacción
automática ordenada por la visión, la pérdida del yo es también reflejo ante la imagen de
un fondo inacabado, fondo de los mundos.
Escribir es volver al escalofrío y a la tentación de asimilación a la noche, al vacío. “Este
libro tiene su secreto; pero debo callarlo: está más allá de todas las palabras” Quizá esta
frase hacia el final de Madame Edwarda, dé cuenta de la tensión en la escritura de Bataille:
un decir que es secreto, que como todo secreto se vive desde la ambigüedad de aquello que
se quiere callar y reservar y, que a la vez, es necesario decir a alguien, pues reclama ser
contado.
Escritura que se arriesga a abrir, ante el mundo de la representación, la representación
misma de la apertura a todo lo posible. Lujo peligroso, vida que retrocede un grado, que es
desnudez bestial, silencio y noche. Escritura y pensamiento que deja como un niño de
noche, desnudo en lo más espeso del bosque.

Escribir o buscar la suerte

¿Y si un día las frases reclamaran la tempestad y la


alteración forzada de las masas de agua? ¿Si las frases
reclamaran la violencia de las olas?

Bataille

Caillois y Bataille. Recorridos que si bien son puestos en relación, se separan a la vez.
Aquello que para Caillois no es más que una diferencia de grado, es para Bataille una
interrupción inaugural que está dada por la conciencia del hombre (conciencia que es
negatividad y separación respecto del mundo que el animal vive como agua en el agua).
Distancias, entonces, entre Bataille y Caillois, que sin ser estables, da cuenta de esa
obsesión por pensar los límites de lo humano.
Para Bataille, la vida es verdaderamente humana, es decir diferentes de la existencia de las
piedras, insectos y pájaros, en la medida en que logra darse un sentido. Sin esa posibilidad
de darse sentido, la vida sería ese fluir indistinto, donde vida y muerte sólo serían un
aparecer y desaparecer en un espacio tan vasto como indiferente. Frente a ello el individuo
humano encuentra su vida y lo que le rodea como teniendo un lugar para su existencia, hay

17
Bataille, G., (1985), Madame Edwarda, Premiá editora, México D.F., p. 42
sentido, porque hay un situar en el espacio. Pero, a la vez, el sentido no es una línea de la
que penden todos los actos y representaciones. En Bataille, el sentido, la ubicación se
encuentra por suerte.18
Pero si es encontrado por suerte, es decir, de forma escasa y rara, como una caída y no
como un descubrimiento, pareciera haber una indecisión o un retorno a la idea de la fluidez
del medio en que el organismo no humano habita. Juego de distancias y cercanías que se
revela también en la escritura. Si comúnmente el sentido está ligado a la figura del hombre
no fragmentado, no acéfalo que logra distinguir entre él y los otros y ubicarse en un
espacio que es el propio, pero que aún domina; la imagen del sentido que Bataille aporta es
casi su opuesta. Sentido que se da en la suerte, que se da como sin sentido, en tanto es salir
de las contradicciones y de los límites de la vida.
Sentido que es la máscara del sinsentido. Día, luz y separación que es el disfraz de la
noche, de la oscuridad y de la comunicación. Fondo de los mundos y silencio que se
disfraza de escritura. Sinsentido o sentido acéfalo que está iluminado por una exploración
en profundidad de lo posible, un acaecer que siempre va más lejos y que, hipertélico,
desconcierta rompiendo la linealidad del pensamiento. Desorden del pensamiento y
escritura que no quiere disimular nada, que quisiera ser transparente. Pero hay separación.
Escritura que se interna con avidez en el reverso de la seriedad que exige el sentido, en su
revés que es juego y suerte.

“ Escribir es buscar la suerte


La suerte anima las partículas más pequeñas del universo: el centelleo de las
estrellas es su poder, una flor del campo sin incantación.
El calor de la vida me había abandonado, el deseo ya no tenía objeto: mis
dedos hostiles, doloridos, tejían siempre la tela de la suerte.
Al dar a la suerte una angustia tan desgraciada, tenía el sentimiento de
llevarle el hilo que faltaba.
Feliz, yo era jugado, era su cosa, ELLA era el sol en la espesa bruma de mi
desgracia.
La había perdido, pero conociendo los secretos de las palabras, mantenía
entre ella y yo el lazo de la escritura.
La punta de la suerte está velada en la tristeza de este libro. Sería inaccesible
sin él.” 19

Exploración de la escritura que encuentra su incómodo lugar. Por un lado exige las
renuncias que implica un trabajo y escribir es aquí dar sentido (esa es la escritura de la que
Bataille reniega), trabajo en la temporalidad regular de las frases. Pero por otro lado, la
escritura es buscar la suerte, el reverso del trabajo y de la separación. Así, llega a
preguntarse por aquel día en que la escritura reclame otra temporalidad, la de tempestad, la
de la alteración violenta de las olas.
Escritura en la que se juega quien escribe, se juega a pérdida, aniquila su sentido y el
sentido del yo, en una gozosa tristeza que es signo de la suerte. Escritura que extrañamente
es el lazo con la suerte, con esa caída y desencadenamiento que nos excede. Suerte que
anima las más pequeñas partículas del universo. Suerte que tienta a escribir, que anima a
perderse en la escritura.

18
Bataille, G., (2003), La Conjuración Sagrada, Adriana Hidalgo editora, Bs. As. p. 208.
19
Un poco más tarde en Bataille, G., (1977), El pequeño, Pre-Textos, Valencia, p. 45.