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COMENTARIO NACIONAL

El estallido
social de Chile:
piezas para un
rompecabezas

pedro güell* | Profesor del Departamento


de Sociología de la U. Alberto Hurtado,
e investigador del Centro de Estudios
Regionales de la Universidad Austral de
Chile.

Nuestros esfuerzos deben apuntar hoy a Lo ocurrido es la manifestación de


encauzar democráticamente el conflicto un extendido malestar con diversos
social y a lograr los cambios que permitan aspectos de la vida social, sobre el cual
superar sus causas, así como a examinar una pregunta esencial es por qué no lo
las tendencias de largo plazo que nos advertimos en su real magnitud.
trajeron hasta el punto actual.

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a revuelta social que comen- fue previsto, muchas cosas son inéditas.
zó hace más de un mes, y que Por eso estas notas son fragmentarias y
desde entonces se mantiene con el sabor de lo provisorio: se ofrecen
sin ritmo previsible, sin peti- como piezas para el rompecabezas que
torio organizado ni conducción formal, ha aún debemos armar.
trastocado nuestras normalidades. Las
certezas que guiaban las decisiones polí- LOS MALESTARES DE LA SOCIEDAD
ticas, económicas e incluso policiales pa-
recen haber perdido solidez. También se ha Se ha formado un nuevo sentido común,
trizado la imagen que teníamos de noso- expresado por la gente en las calles y en las
tros mismos y del orden en que vivíamos. encuestas, por intelectuales, columnistas
Por eso, desde el 18 de octubre en la y políticos: lo ocurrido es la manifestación
tarde estamos llenos de preguntas e incer- de un extendido malestar subjetivo con di-
tidumbres sobre lo público en Chile. ¿Qué versos aspectos de la vida social, el cual se
quiere la gente? ¿De dónde viene el ma- venía incubando hace tiempo.
lestar? ¿Por qué ahora? ¿Qué alimenta la Ha habido una discusión de más de
violencia? ¿Puede la democracia asegurar veinte años acerca de este malestar, tan-
el orden público? ¿Somos tan civilizados, tas veces afirmado como negado; pero
desarrollados y ordenados como creía- esta vez parece alcanzar la forma de un
mos? ¿Quiénes son los que marchan, los consenso básico. Se trata de un diagnós-
que saquean o los que queman, y cuáles tico difuso y fragmentado, pero que tiene
son las diferencias entre ellos? ¿Puede ca- la fuerza de aquello que se describe no
nalizarse la energía de este conflicto hacía como interpretación sino como experien-
un nuevo orden legítimo, y cómo se hace? cia. Por eso la pregunta que circula hoy
En esta hora las preguntas y empeños no es, como tantas veces antes, si acaso
más urgentes tienen que enfocarse en los el diagnóstico es correcto, sino por qué
caminos para encauzar democráticamen- no lo vimos.
te el conflicto social que ha estallado en Descrito en el nivel de las experien-
Chile y para hacer los cambios que per- cias, y apoyado en las investigaciones
mitan superar sus causas. Pero también previas, pero también en las actuales
es bueno comenzar a dialogar sobre las pancartas de los movilizados, en las afir-
historias más profundas y las tendencias maciones de los líderes de opinión y en
de largo plazo que podrían explicar lo las opiniones del mundo político hoy se
que estamos viviendo y contribuir a dar reconocen al menos cuatro vivencias que
perspectiva a los cambios que sin duda originan malestar.
transitaremos a partir de ahora.
No es fácil hacer esta tarea, porque no la primera experiencia es la desigual-
se trata solo de mostrar tendencias pre- dad. Chile es un país muy desigual, más
vias, diagnosticadas y conocidas. También que otros que exhiben los mismos indi-
hay hechos nuevos que se están creando cadores de desarrollo. Pero —y hay que
al calor de las movilizaciones y reacciones insistir en esto— no se trata solo ni princi-
del mundo político. Y estos transcurren si- palmente de un problema de distribución
multáneamente en diferentes planos de la del ingreso. Es, sobre todo, la experiencia
realidad: lo subjetivo, lo político, lo econó- de falta de reciprocidad que hay en las
mico, lo legal, lo cultural, lo comunicacio- distintas formas de distribución de los
nal. Las movilizaciones y sus reacciones bienes comunes: el crecimiento econó-
han remecido las categorías intelectuales mico, por cierto, pero también el espacio
con las que pensábamos a Chile. Esta es urbano, la recreación, la protección social,
una hora de humildad intelectual: no todo el deporte, el respeto y la dignidad, la se-
guridad. Las personas sienten que le dan
a la sociedad más de lo que reciben de
* Agradezco a Raimundo Frei y a Tomás Undurraga por sus
acertados comentarios y sugerencias. Los posibles errores
ella, o que han cumplido sus obligacio-
son responsabilidad del autor. nes en un pacto social tácito, pero la otra

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parte, no. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la experiencia del
incumplimiento de la promesa del mérito, que es la que se ha
pronunciado como justificación para exigir esfuerzo.

la segunda es la experiencia de unas elites distantes,


abusivas e impunes. La desconfianza de los chilenos en sus
elites es muy alta e incluye a todos los que ocupan posiciones
de poder, cualquiera sea el ámbito. Es la experiencia de que el
poder es fuente de abusos, de privilegios, de desconocimiento
de dignidades e igualdades. El poder institucional es ampiamente
percibido como el lugar del desprecio y la humillación. Y ello se
agrava con la expriencia de que esos agravios quedan impunes.

la tercera experiencia es la de un conjunto de institu-


ciones que se perciben como ineficaces, clasistas, cultu-
ralmente conservadoras y centradas en su rentabilidad
económica antes que en las necesidades sociales. Es la ex-
periencia que surge de la relación cotidiana con los servicios de
salud, la educación, la previsión, la gestión urbana, la seguridad
ciudadana, la cultura. Allí la experiencia no es la del derecho y de
la dignidad común, sino de las diferencias en capacidad econó-
mica, en origen, en opciones sexuales o culturales, en contactos
sociales o en apariencia física.

la cuarta, es la experiencia de abandono y agobio que


provoca un sistema que privatiza la mayoría de los bienes
públicos, haciendo a los individuos responsables de su adquisi-
ción, normalmente mediante estrategias insostenibles, como el
endeudamiento, la autoexplotación en trabajos múltiples o los
traslados extenuantes.

En la subjetividad de las personas y en las conversaciones coti-


dianas estas cuatro experiencias tienden a reforzarse entre sí.
De ello deriva una sensación explosiva de falta de cohesión y so-
lidaridad social, de ilegitimidad de las autoridades, de ineficacia
del orden institucional y de sobreexigencia personal.
Esas experiencias son ambivalentes, y se distribuyen de mane-
ra diferenciada entre diferentes grupos de la población. No todos
viven todo el tiempo esas mismas experiencias. Pero uno de los
rasgos comúnes y, tal vez, de creciente intensidad, es que esas
experiencias no eran reconocidas, acompañadas ni asociadas
Vivencias que originan el malestar: de ellas deriva a horizontes creíbles de largo plazo y a ofertas de conducción
confiables. Hace ya un tiempo la sociedad chilena ha venido
una sensación explosiva de falta de cohesión quedándose sin relato cultural y político acerca de sus propias
y solidaridad social, de ilegitimidad de las experiencias y de sus horizontes de futuro, más allá de las expli-
caciones y recetas tácticas o de la naturalización de los hechos.
autoridades, de ineficacia del orden institucional
y de sobreexigencia personal. LAS DEMANDAS SOCIALES Y SUS DISTINTOS NIVELES

Uno de los rasgos de las actuales movilizaciones ha sido la enor-


me fragmentación y escasa articulación discursiva de sus de-
mandas. Sin embargo, un recorrido por las marchas, una mirada
a sus pancartas y a los gestos de los cuerpos, a las formas de

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Hace ya un tiempo la sociedad chilena ha venido afirmación visible de la existencia de nuevos valores y formas de
quedándose sin relato cultural y político acerca relacionamiento. Se muestran las sociabilidades transversales y
espontáneas, no regidas por autoridad ni organización, la libertad
de sus propias experiencias y de sus horizontes en la composición de las relaciones de pareja, la superación de
de futuro, más allá de las explicaciones y recetas las barreras simbólicas en la ocupación del espacio, la irreve-
rencia frente a los símbolos tradicionales y las autoridades. Y
tácticas o de la naturalización de los hechos. se muestra especialmente, y esto ha sido una sorpresa, en la
ausencia de miedo allí donde creíamos que anidaba más fuerte:
la violencia militar.
El quinto tipo son las demandas simbólicas. Ellas apuntan a
ocupación del espacio, así como una lectura de las declaraciones satisfacer en el plano emocional y de manera pública la herida
de las organizaciones que las apoyan, dejan entrever una cierta de la reciprocidad que se expresa en las múltiples formas de des-
textura común de las demandas. igualdad. Esta herida es desde antiguo la más importante fisura
Pueden reconocerse los siguientes tipos o ambitos de deman- que puede sufrir la cohesión social. Y ella puede ser reparada de
da en las movilizaciones, las que están asociadas a los malestares muchas maneras, pero exige siempre una expresión pública y
descritos y que operan como su justificación. simbólica de castigo. En las demandas y acciones del movimien-
El primero son las demandas de bienestar económico coti- to social la demanda de reparación simbólica se expresa en la
diano y apuntan a superar un agobio muy concreto y extendido: exigencia de rebaja de los sueldos y privilegios parlamentarios,
no poder llegar a fin de mes, no saber si se podrán enfrentar en que las reformas del sistema tributario les «duela» a los ricos,
imprevistos. Se trata de exigencias sobre el salario mínimo, los en la evasión del pago del transporte y está presente también
costos de los medicamentos, los montos de las pensiones, el en ciertos componentes expresivos de la violencia ejercida en la
CAE, el transporte. forma de destrucción de bienes públicos y privados.
El segundo son las demandas políticas, asociadas a las re-
laciones entre ciudadanos e instituciones. Apuntan a lo «es- ALGUNAS PREGUNTAS SUELTAS
tructural», a lo que está más allá y por debajo de las relaciones CON RESPUESTAS PROVISORIAS
económicas. El horizonte es el cambio de la Constitución.
El tercero son las demandas ambientales, en las cuales se El ordenamiento anterior de tendencias y demandas permite
exige un reconocimiento de la mutua dependencia que tene- enmarcar algunas preguntas que han surgido frente a la sorpresa
mos los humanos con todas las especies y fuerzas del planeta. de la protesta social y al calor de su evolución: ¿Por qué ahora?
A partir de ahí se denuncia el uso irracional de los recursos y ¿De dónde proviene y qué significa la violencia? ¿Por qué no
el abuso del ecosistema, el cual habría llegado a un límite de vimos venir este estallido ni reconocimos los síntomas del males-
sustentabilidad. Lo que se demanda es respeto por la dignidad tar? ¿Estamos frente a una derrota cultural del neoliberalismo?
de los otros habitantes no humanos de la tierra y una conciencia ¿Cómo se transforma esta protesta en cambio social y en un
de los límites del uso humano. nuevo orden institucional? Son interrogantes que no pueden ser
El cuarto es una demanda cultural implícita. Frente a una élite respondidos apelando solo a la preexistencia del malestar social,
conservadora, se exige reconocimiento de los cambios culturales pues también hay hechos nuevos que explicar. Como es obvio, en
que ha experimentado el país. Esto se expresa menos en los estas breves notas no se pueden abordar todas esas preguntas,
discursos y más en los cuerpos, estéticas, y en el humor. Es una ni responderlas de manera acabada, pero valga el esfuerzo para
aportar elementos a la discusión.
Uno de los aspectos más sorprendentes desde la perspectiva
de nuestra autoimagen y de nuestros temores ha sido la violencia
ejercida en algunos momentos y lugares de la protesta social. Ha
sido extensa y profunda; no hay manera de negarla, ni valores
a partir de los cuales justificarla. Este es uno de los hechos que
requerirá dialogo pausado y desprejuiciado, porque hay mucho
en juego en entender la violencia que nos habita.
La violencia se opone al ideal democrático; pero en el plano
de los hechos la democracia institucional no alcanza nunca a
contener las fuerzas reales de la lucha política, entre ellas, la
violencia. Por eso la democracia está siempre pugnando contra
su posible desborde, al tiempo que muchos de sus actores in-
tentan usarla, de manera material o simbólica. De esta manera,
la violencia no habla solo de los vándalos, sino también de las

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Un recorrido por las marchas, una mirada a debilidades institucionales del orden político y de las estrategias
sus pancartas y a los gestos de los cuerpos, a las no democráticas de algunos de sus actores. La reflexión sobre
la violencia no ha de dirigirse a los «otros», sino al «nosotros».
formas de ocupación del espacio, así como una La violencia tiene una dimensión simbólica y sus motivos sue-
lectura de las declaraciones de las organizaciones len mostrarse más nítidamente en ese plano. Ella puede ser, para
algunos pequeños grupos organizados, un medio instrumental y
que las apoyan, dejan entrever una cierta textura racional para obtener sus fines políticos o ideológicos. Pero para
común de las demandas. las mayorías que la ejercen en alguna de sus innumerables formas
es vivida como parte de un ejercicio simbólico: el castigo. Esto
no surge en ellas de una reflexión jurídica ni de una conciencia
política, sino de una regla social profunda: la reciprocidad heri-
da siempre busca ser restituida. La sensación de impunidad en
que han quedado los muchos atentados a la fe y reciprocidad
pública —como colusiones, privilegios, corrupciones y abusos
de poder— ha sido un aliciente de la demanda de ejercer formas
directas del castigo.
Pero hay también una dimensión histórica y cultural en el uso
y significado de la violencia. Buena parte de nuestro orden tradi-
cional descansa en el peso de la noche que ejerce el miedo a las
pulsiones sociales: al castigo brutal que ejercen los poderosos y
a la revancha a la que aspira el resentimiento popular. Y ello se
ha canalizado políticamente hasta hoy en el uso de una forma
de violencia simbólica: la amenaza con destruir las condiciones
de vida del otro.
Hay que reconocer que, desde el retorno a la democracia,
muchos de los intentos de reforma —precisamente, aquellos que
hoy lamentamos no haber realizado— han sido combatidos des-
de el ejercicio de la amenaza. Amenaza de pérdida del empleo
(y todas las consecuencias dramáticas que eso tiene), amenaza
de fuga de capitales, amenaza de encarecimiento de los bienes
y servicios, amenaza de pérdida de los frutos del esfuerzo, etc.
Amenazas que, además, cuando se han hecho las reformas, se
han revelado como falsas.
Nuestra cultura política tiene enquistada la idea de que una
forma eficaz de frenar un cambio o de movilizarlo es ejercer la
amenaza de la destrucción, porque apela a un fondo de miedos
ancestrales con plena vigencia. Lo que hemos visto en estos días
por parte de la protesta social es el uso de la amenaza como arma
política. Y hay que reconocer que si las elites, especialmente las
económicas y las de gobierno, no se hubieran sentido amenaza-
das, no habrían cedido todo lo que han cedido. Pero han cedido
por miedo y no por convencimiento.
En un plano distinto, algunos se han apresurado a decretar la
derrota cultural del neoliberalismo, apoyándose especialmente
en la aparente demanda de comunidad y solidaridad que se ex-
presaría en las movilizaciones y en el contenido político y eco-
nómico de sus demandas. Lo cierto es que es muy temprano
para sacar conclusiones y, aunque hay signos evidentes de un
fortalecimiento de la resistencia cultural a una sociedad de mer-
cado, hay también algunos signos importantes de persistencia
de los valores culturales que están a la base de ese modelo. No
parece que hubiera una demanda de comunidad en las movili-
zaciones, pues la reafirmación de la autonomía individual y de la

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espontaneidad de las formas de orgnanización apunta en sentido preservación de la modernidad capitalista, como mostraban las
contrario. Lo mismo puede decirse de la apelación al mérito — cifras de consumo y el interés en los créditos.
negado como experiencia, pero reafirmado como valor— o a la La tercera forma de ceguera fue la indolencia frente a los sín-
movilidad social. Está por verse si el malestar, la solidaridad y las tomas de irritación y asocialidad que mostraban segmentos im-
esperanzas de las víctimas de la sociedad de mercado, que ha portantes de jóvenes. La exclusión de los NINIS fue trivializada,
movilizado y agrupado a millones, se transformará en un principio las transformaciones en los sentidos de la autoridad y del trabajo
cultural que adquiera hegemonía. En cualquier caso, hoy tiene de los millenials fueron reducidas a un asunto simpático de los
más posibilidades que antes. matinales o de las estrategias del marketing, las nuevas carreras
biográficas y nuevas formas de violencia surgidas en el contexto
NUESTRAS FORMAS DE CEGUERA del tráfico de drogas fueron minimizadas como «micro»-tráfico, y
así por delante. La ceguera fue alimentada por la baja relevancia
Finalmente, ¿por qué no vimos venir el estallido social? Clara- electoral de los jóvenes y por la escasa renovación generacional
mente no era por falta de antecedentes y diagnósticos, porque, en el poder de las instituciones.
como todos hoy reconocen, ellos estaban disponibles y a la vista. La cuarta forma de ceguera es la que ha atravesado a una
El problema era de ceguera. No se quiso ver, o bien las perspec- parte importante del ejercicio académico de las ciencias socia-
tivas escogidas no permitieron ver. les. Es una de las cegueras con mayor impacto, porque aquellas
La primera forma de ceguera ha sido la descalificación de tienen entre sus roles clásicos precisamente contribuir a iluminar
la subjetividad personal y social en nombre de una supuesta e interpretar, más allá de prejuicios e intereses, las realidades
«evidencia» objetiva. Todavía hoy escuchamos la prédica que sociales en el espacio público. Desde hace un tiempo, buena
dice que no hay fundamento para el malestar social porque los parte de la producción de las ciencias sociales se ha organizado
índices objetivos de crecimiento, reducción de la pobreza, au- bajo criterios de productividad e impacto que las alejan de lo
mento del consumo y otros similares no lo avalan. Las percep- público, de lo político e incluso del espacio chileno de debate.
ciones subjetivas serían efecto de distorsiones síquicas, exceso Se trata de la idea y la práctica del ejercicio académico que pri-
de expectativas o de incapacidad —especialmente, de las nuevas vilegia la difusión en los espacios mercantilizados de los circui-
generaciones— para tolerar las normales restricciones y males- tos editoriales y de los eventos globales antes que el impacto
tares de la modernidad real. en las conversaciones públicas locales. Allí el énfasis se pone
Esta ceguera y descalificación proviene en gran parte de una en los temas que interesan a grupos especializados del mundo
tecnocracia que no conoce la diferencia entre evidencia y ex- desarrollado, en los aspectos formales y metodológico antes
periencia, lo que explica su desdén hacia la vida real tal cual es que en los contenidos sustantivos. Las universidades locales y el
vivida. La acción social, las percepciones y valoraciones no se sistema de financiamiento de la ciencia, por su parte, han hecho
definen a partir de indicadores del rendimiento de los sistemas propios estos criterios de productividad, que además favorecen
e instituciones, sino a partir de la experiencia que las personas la acumulación individual y desincentivan la interdisciplina. El
hacen de ellos. Y las personas no leen primeramente resultados relativo silencio o tardanza de reacción de muchos centros de
económicos, sino las formas y los significados de las relaciones investigación para interpretar, desde su investigación sistemá-
sociales que se dan ahí, como dignidad, reconocimiento, mérito tica, el actual estallido social muestra que parte importante de
o legitimidad. Y, como dice uno de los más antiguos teoremas nuestra academia está en deuda con el debate público del país y
de la sociología, «lo que las personas definen como real, es real que sus formas e incentivos de producción deben ser discutidos.
en sus consecuencias».
A esta ceguera contribuyó también la forma en que se desa- DEFINIR UN NUEVO HORIZONTE
rrolló la disputa sobre el diagnóstico del malestar entre columnis-
tas en los medios: se trató más de caricaturas para descalificar al Al terminar estas notas, el país sigue movilizado y sus actores
adversario que de diálogos para entender y describir la realidad. políticos y sociales debaten y dan pasos para construir una salida
Caricaturas que además no se tomaron la molestia de revisar política e institucional hacia una nueva, más legítima y más justa
los resultados de los estudios sociales que hacían esfuerzos por normalidad democrática. No sabemos aún con certeza en qué
entender qué es lo que subyace al malestar. dirección evolucionará y con qué resultados. Pero esta es nuestra
La segunda forma de ceguera fue la excesiva confianza en el tarea del presente. En el camino, debemos ir revisando critica-
avance lineal del progreso y el crecimiento. No todos tuvieron mente qué nos trajo hasta aquí y qué se expresa en la acción
la ceguera tecnocrática; muchos reconocían la existencia de un social despelgada en las protestas. Ello podría ayudar a corregir
malestar problématico. Pero lo imputaban a un déficit de mo- algunos defectos de perspectiva y aportar señales para definir
dernidad o a un lento crecimiento. Más sociedad de mercado un nuevo horizonte común para Chile. Ese, con la humildad que
—más de lo mismo— permitiría cerrar las brechas, y si ellas exige el momento, ha sido el objetivo de esta reflexión. MSJ
no se cerraban rápido no sería políticamente tan problemático,
porque las personas tendrían un compromiso y un interés en la artículo recibido el 20 de noviembre

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