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¿COMO GANAR LA AUTORIDAD Y EL RESPETO DE NUESTROS

EDUCANDOS?

Para los docentes de un nuevo siglo, la educación se convierte día a día en un


laberinto que difícilmente podemos recorrer sin contratiempos y es que como
decían nuestras abuelas “Criar, cualquiera puede, pero educar...?” En efecto,
educar, como todos sabemos no es solamente transmitir conocimientos de una
determinada área o asignatura, tampoco es solo mantener la disciplina y reforzar
los valores que en cada sociedad se consideran morales Educar es un término
tan amplio que cualquier definición por extensa que parezca sigue quedando corta
para explicar su verdadero sentido. Por ello, son tantos los tratados que a través
del tiempo se han escrito, por eso son tantas las corrientes que se proponen
para llegar a la excelencia educativa, sin que hasta la fecha, ninguna se haya
llegado a considerar como la mejor; por eso cada vez, los docentes, ensayamos
nuevos métodos y estrategias, empleando incluso los más avanzados recursos
tecnológicos a nuestro alcance; No obstante, nuestro desilusión crece. Sentimos
muchas veces que nuestro papel como docentes no proporciona los frutos
esperados. Vemos con tristeza que aunque se recalque a nuestro alumnos sobre
el valor de la educación, muchas veces encontramos en ellos tan solo la ilusión de
“pasar”. El deseo de superación para enfrentar los retos de la vida, obrando
siempre por el camino correcto sigue siendo una ilusión de muchos.

Con frecuencia, nos preguntamos a cerca de las causas de la pérdida de valores,


del descenso académico, y en general de la baja calidad de la educación y
encontramos que las razones son muy diversas pues existen factores
individuales, familiares y sociales que afectan en gran medida el desarrollo
humano y hacen que la educación sea ese proceso tan complejo, imposible de
definir. “No todo puede solventarse en la escuela ni compensarse con el buen
oficio de los maestros. La escuela no puede actuar al margen del entorno social y
familiar del niño ni mucho menos en contra” (F. Savater)

Educar implica tener los mínimos conocimientos sicológicos, para estudiar y


comprender al individuo que se ha puesto en nuestros manos; conocer la
sociología para estudiar a la persona dentro de un contexto social y poder así
analizar su comportamiento; implica enseñar a aprender y esto como decía el
filósofo y sacerdote español Jaime Balmes “consiste en formar fábricas y no
almacenes"; Educar requiere también aplicar estrategias motivadoras para
despertar en el educando el deseo sincero de aprender; así mismo, implica
establecer una disciplina pues como es lógico, no se puede educar si se carece
de ella. Pero para poder establecer una disciplina, se necesita que el educador se
yerga como autoridad para crear en el estudiante ese “miedo controlado”, que lo
lleva a aprender y formarse como persona.

Y es que aunque parezca contradictorio, aunque a veces el miedo obstaculiza el


aprendizaje y haya quienes piensen que es necesario abolir el miedo de la
educación, no debemos alejarlo del todo del proceso educativo. En la familia, el
niño aprende a obedecer si sus padres muestran su autoridad y esa se logra,
aunque nos parezca extraño, a través de cierto temor. En la escuela, también el
niño obedece las normas, por algún tipo de temor y ya en la sociedad es
consciente de que si infringe las leyes impuestas, tarde o temprano terminará
pagando las consecuencias de su “falta de temor”. “Es preferible infundir el temor
para obrar el bien, que enfrentar el temor de pagar un mal” (Fernando Savater).

El educador debe patentar su autoridad frente al educando, para poder ejercer su


misión; es decir, debe tener la facultad de exigir y lograr obediencia. Si el
educador carece de autoridad, no tiene sentido llamarse como tal. La autoridad es
garantía de que lo que él quiere inculcar en sus alumnos, pueda lograrse; si sus
estudiantes no obedecen, cualquier intento de educar es fallido y si no obedecen
es porque el maestro carece de autoridad.

¿Pero cómo logra el maestro esa autoridad necesaria para ejercer su labor? A mi
juicio, son varios los aspectos que proporcionan autoridad al educador, pero hoy
quiero referirme de manera especial a cuatro de ellos.

1. Su conocimiento: El maestro sienta autoridad cuando muestra seguridad en


lo que hace y sabe transmitir sus conocimientos. Esto supone, como es lógico
una preparación plena del docente. La forma cómo éste transmite sus
conocimientos es un elemento importante para lograr autoridad. Una persona
puede saber mucho, dominar desde los más sencillos conocimientos hasta las
más abstractas ramas de la ciencia, pero si carece de la metodología para
transmitirlos, sus estudiantes, indiscutiblemente no podrán entender, lo cual los
llevará al cansancio, a la desmotivación y a la pérdida de interés. Así mismo, si
el educador no demuestra conocimiento amplio de su área. No se trata de que
el educador sea una biblioteca ambulante que todo lo sabe y todo lo puede
sino que pueda ser un guía eficaz en el proceso enseñanza- aprendizaje; que
esté presto a despejar las dudas que surjan en sus estudiantes y que pueda
complementar los conocimientos que aquellos desean saber. No hay nada más
peligroso para la autoridad del docente, que sus estudiantes lo sorprendan una
y otra vez “empantanado” en un tema correspondiente al área que enseña o lo
que es peor, que el estudiante empiece a perder la confianza en el maestro
porque éste, por aparentar sabiduría, le invente cosas que posteriormente el
alumno descubre erradas. Tenemos que aceptar que no lo sabemos todo y
reconocerlo sinceramente ante nuestros estudiantes si es el caso pero no hay
que decir mentiras porque una vez descubiertas, ellas nos enredarán y harán
que quienes deben confiar en nosotros nos pierdan la credibilidad y con ella, el
respeto y la autoridad.
Por otro lado, debemos reflexionar sobre Cómo y qué enseñamos. Es
importante que descubramos qué es lo que en realidad le interesa al estudiante
y busquemos las estrategias necesarias para hacerlo partícipe de su
aprendizaje no como simple receptor y repetidor de conocimientos, sino ante
todo como artífice de dicho proceso.

Así mismo, el maestro no debe guardar su conocimiento como algo que él solo
debe conservar. De nada sirve que una persona tenga una amplio
conocimiento si no lo transmite o lo utiliza para algo positivo. De nada hubiera
servido a la humanidad que Pasteur, Salk, Cock, Patarroyo, Fleming o tantos
otros científicos hubieran logrado sus avances, si no hubiesen sido dados a
conocer para su aplicación. De nada serviría encontrar la vacuna contra el
SIDA si el científico que la lograra la mantuviera guardada mientras miles de
personas continúan muriendo en el mundo por dicha causa. Por eso, tratemos
de no ser egoístas con nuestro saber, entreguemos a nuestros estudiantes lo
mejor y lo máximo que sepamos que eso es lo que en realidad determina el
valor del conocimiento. El conocimiento es valioso no porque lo tengamos, sino
por lo que podamos hacer con él.

2. Su ejemplo: El maestro siembra autoridad en sus estudiantes a través de su


ejemplo de vida. Los actos valen más que las palabras; De nada sirve regañar
y sancionar si no tenemos la autoridad moral para exigir lo que no damos. De
nada sirve juzgar, censurar y castigar los errores de otros, cuando nosotros
mismos caemos en ellos. ¿Cómo aconsejar que un estudiante no caiga en los
vicios, si ese consejo tiene el aroma del anís o de la malta fermentada?
¿Cómo exigir respeto si somos nosotros los que con nuestras actitudes o
palabras los irrespetamos? ¿Con qué autoridad puede un “educador” hablar de
valores si aprovechando su investidura hace perder la dignidad de las niñas o
jóvenes que le han sido confiadas? ¿Estaremos obrando correctamente
cuando después de un retraso de 10 o 15 minutos iniciamos la clase y
cerramos la puerta del salón a quienes no llegaron “a tiempo” con el maestro
retardado? ¿Qué ejemplo ético damos a nuestros estudiantes cuando
obramos con injusticia y deshonestidad o cuando partiendo de la simple
presentación personal no somos para nuestros estudiantes un prototipo
adecuado a seguir?
Si queremos ser buenos maestros, debemos preocuparnos por ser mejores
personas y esto se consigue mediante la apropiada conducción de nuestras
vidas, irradiando un ejemplo tal que en ellas no haya motivos de vergüenza o
temor por nuestras acciones; buscando la manera de lograr una mejor y mayor
superación personal pues solo siendo mejores como personas podremos
engrandecer el modelo que les brindemos. La búsqueda de la perfección debe
ser permanente. Siempre hay algo que mejorar en nuestra persona porque no
hay nadie en la tierra que no pueda ser mejor día a día. No nos consideremos
perfectos pues eso solo muestra arrogancia e inmadurez. Más vale el ejemplo
digno, el diálogo sincero y calmado que horas y horas de regaños y sermones.

3. Sus relaciones interpersonales: Se ha dicho que absolutamente nadie puede


ganar la aceptación de todo el mundo y vaya que es una verdad irrefutable. Por
muchos esfuerzos que hagamos para tratar de ganar el aprecio y quizás la
admiración de todas las personas, no lo lograremos pues siempre habrá seres
envidiosos a quienes nuestra forma de ser les molesta por más buena que
parezca. No obstante, debemos luchar por minimizar los efectos negativos de
tales actitudes y buscar la manera de conseguir esa aceptación,
especialmente de las personas que más nos interesan, quienes que de una u
otra forma dependen de nosotros y en general de quienes comparten nuestro
diario vivir.

El ser humano está siempre sediento de cariño y aunque a veces el orgullo


infundado nos lleve a decir que no nos importa lo que otros piensen de
nosotros y que no perdemos nada de quienes supuestamente nos detestan,
cualquiera prefiere sentirse respetado, valorado y apreciado a sentirse
rechazado, discriminado y odiado; por eso es importante tratar de mantener
unas buenas relaciones interpersonales cimentadas en la confianza entendida
como la fe y la sinceridad que puedo compartir con el otro y no como el trato
abusivo que conduce al irrespeto.

En cualquier campo de la vida, las relaciones interpersonales juegan un papel


decisivo para lograr el éxito; de ahí que muchos vendedores inexpertos hayan
llegado a ser grandes empresarios; y desconocidos ciudadanos lleguen a ser
políticos de gran renombre. La labor del maestro exige también unas
excelentes relaciones interpersonales con todos y cada uno de los miembros
de la comunidad educativa: Estudiantes, padres de familia, colegas, superiores
etc... y esas relaciones suponen un trato amable y respetuoso.
Muchas veces creemos que para ganar el respeto debemos gritar y humillar.
Consideramos que “nos revestimos de autoridad” si hablamos más y lo
hacemos con energía, o si denigramos de la condición humilde de algunos de
nuestros estudiantes; pero no siempre esas actitudes nos llevan a lograr
nuestros propósitos, pues cuando gritamos o tratamos mal a un estudiante, nos
exponemos a

que él nos conteste de igual o peor manera o lo que es más grave, nos
exponemos a formar niños y jóvenes resentidos y potencialmente violentos,
que aplicarán con su familiares y con la sociedad en general, los mismos
patrones de conducta que han recibido en sus hogares y/o en sus
establecimientos educativos.

4. Su justicia e imparcialidad: Un sabio pensador de la antigüedad afirmaba:


“Ser bueno es fácil; lo difícil es ser justo” y en la labor del docente, como
quizás en muchas otras, esta frase cobra especial importancia pues en verdad
no hay tal vez nada más difícil que ser justo, porque aun queriendo obrar con
la mayor rectitud y ecuanimidad, muchas veces no sabemos apreciar con
justicia el trabajo de nuestros estudiantes; otras muchas, dejamos que los
sentimientos personales se inmiscuyan en nuestros juicios y como resultado el
criterio de valoración puede verse afectado. En ocasiones y muy seguramente
desconfiando de los niños y jóvenes, algunos de los cuales acuden con gran
frecuencia a mentiras, excusas y evasiones para justificar su lógica falta de
responsabilidad y madurez –que en muchas oportunidades también nosotros
demostramos- no creemos absolutamente nada de los que ellos nos dicen y
sancionamos arbitrariamente sin habernos cerciorado de que lo dicho por
determinado estudiante en un momento dado era la verdad. En otras, faltando
a los requerimientos éticos de la noble profesión docente, aprovechamos
nuestro “poder” para “cobrar” con sanciones y conceptos evaluativos
deficientes, fallas disciplinarias y errores diversos de nuestros educandos y
hasta presumimos que si quisiéramos perjudicar a un estudiante sería lo más
sencillo. Pero ¿Es eso justo? Es justo que valoremos más el trabajo hecho
por una experta secretaria a quien los más irresponsables y perezosos del
grado pudieron pagar su desempeño, a que reconozcamos el esfuerzo de un
joven humilde que a falta de dinero no tuvo otra alternativa que la de
presentar su trabajo elaborado con su puño y letra? ¿ Es justo que con una
sonrisa a flor de labios atendamos a la chica más bonita mientras con una
mirada de rechazo “saquemos olímpicamente” a la que no fue premiada por la
naturaleza con los mismos atributos?. ¿Es justo que nos dejemos amedrentar
de ciertos estudiantes viciosos y agresivos, mientras humillamos a quienes
por su inexperiencia o timidez no se atreven a reclamar sus derechos? ¿Es
justo ignorar o tolerar a algunos sus considerables y repetidas faltas de
conducta y recriminar a otros sus leves y esporádicas muestras de
indisciplina?

Si dedicáramos algunos minutos para reflexionar sobre muchas de nuestras


actitudes frente a los estudiantes, seguramente nos daríamos cuenta que a
diario cometemos injusticias con ellos. Tal vez, reconoceríamos que en varias
caemos casi de manera inconsciente, y que aun así esos desafueros son
frustrantes y dolorosos; pero ¿Qué se espera cuando intencionadamente
incurrimos en un acto injusto? ¿Será que ganamos autoridad y respeto
cuando algunos de nuestros estudiantes advierten una y otra vez que son
víctimas de nuestra parcialidad o del favoritismo que a veces mostramos por
unos, dejándonos llevar, como ya se dijo por sentimientos personales ya sean
éstos positivos o negativos?

Pensemos que a pesar de que nuestros alumnos son casi siempre menores y
menos experimentados que nosotros, ellos juzgan con precisión y objetividad
nuestros actos. Ellos los son defensores o acusadores de nuestra labor frente
a la sociedad, y aunque quizás nos parezca ilógico o ridículo, ellos son los que
en últimas deciden cuál es el grado de respeto y autoridad que nos
merecemos, de acuerdo a nuestros actos y desempeño. Ellos son los que
darán testimonio de nuestras enseñanzas y recogerán los frutos de las semillas
que plantamos en su campo de formación como personas.

ROSA ESTHER FONSECA CIFUENTES


RECTORA INSTITUCION EDUCATIVA RANCHO GRANDE
RONDÓN (BOYACÁ)