Está en la página 1de 2

■ LA MEDIACIÓN DE LA IGLESIA SACRAMENTO

■ LG 8: hace una descripción amplia y articulada sobre la modalidad del ejercicio de su


misión a ejemplo de Cristo, siervo obediente hasta la muerte de cruz.
■ Profundiza en la óptica de la sacramentalidad la no débil analogía, para dar tres
aproximaciones que dicen como se deba dar la asimilación de la Iglesia a Cristo.
■ Primero: Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual
modo la Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los
frutos de la salvación a los hombres (LG 8).
■ Segundo: Como Cristo se despojó de sí mismo, haciéndose siervo en la pobreza, así
la Iglesia, “así también la Iglesia, aunque necesite de medios humanos para cumplir
su misión, no fue instituida para buscar la gloria terrena, sino para proclamar la
humildad y la abnegación, también con su propio ejemplo”.
■ Tercero: precisa los destinatarios de la misión. “Cristo fue enviado por el Padre a
«evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos» (Lc 4,18), «para buscar y salvar
lo que estaba perdido» (Lc 19,10); así también la Iglesia abraza con su amor a todos
los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que
sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus
necesidades y procura servir en ellos a Cristo”.
■ Sin embargo, la correspondencia entre Cristo y la Iglesia está trazado por el hecho de
que la Iglesia “comprende pecadores en su seno”, por ello es “santa y necesitada de
purificación”.
■ Sino fuese pecadora se realizaría lo que dice LG 2: “todos los justos desde Adán,
«desde el justo Abel hasta el último elegido», serán congregados en una Iglesia
universal en la casa del Padre”.
■ De esta comunión plena y definitiva la Iglesia es “allá arriba” “signo e instrumento”,
tanto más eficaz y fecundo cuanto más sus miembros viven la pertenencia al cuerpo
eclesial con el corazón y no sólo con el cuerpo.
■ En el caso contrario, la capacidad de la Iglesia de ser “sacramento” de salvación sufre
una distracción dramática, con la consecuencia que la humanidad no recibe en los
términos debidos el servicio de aquel “signo e instrumento” constituido por Cristo
mismo como signo “elevado entre las naciones” (LG 9).
■ LG manifiesta con aguda conciencia el riesgo derivado entre eso que la Iglesia es y
eso que debería de ser: “Está fortalecida, con la virtud del Señor resucitado, para
triunfar con paciencia y caridad de sus aflicciones y dificultades, tanto internas como
externas, y revelar al mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras,
hasta que se manifieste en todo el esplendor al final de los tiempos” (LG 8).

■ Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve


confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no
desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario,
persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no
cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso.
(LG 9)
■ Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve
confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no
desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario,
persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no
cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso.
(LG 9)
■ Concluyendo: la Iglesia es sólo “germen e inicio” del Reino (LG 5), y si lo hace
presente, es in mysterio (Cfr. LG 3).
■ El reino es performativo para la naturaleza de la Iglesia: no hay Iglesia sino para el
Reino.
■ Excluye toda absolutización de la Iglesia: todo de la Iglesia es relativo al Reino, que
constituye la medida y el criterio de ser y quehacer.
■ Todo lo que no se refiere al Reino, que no lo anticipa y no lo construye en el agape
es distracción de la Iglesia de su fin último, y por lo tanto de su misión por cual su
Señor la ha constituido y por el Espíritu continuamente la renueva con sus dones.
■ La Iglesia del consejo, sí, se ha interesado, no sólo con ella misma y la relación que
une a Dios, el hombre tal como ahora en realidad se presenta: el hombre viviente, el
hombre, todo ello envuelto de sí mismo, el hombre que se convierte en el centro de
todos los intereses, pero se atreve a decir el principio y la razón de cada realidad.
■ Porque amar al hombre es amar a Dios, amar al hombre, digamos, no como un
instrumento, sino como el primer término hacia el supremo término trascendente, el
principio y la razón de todo amor.
■ Por eso la Iglesia se tendrá que dirigir en una única dirección: servir al hombre. Al
hombre, digamos, en cada una de sus condiciones, en cada una de sus enfermedades,
cada una de sus necesidades.
■ «Epilogo del Concilio Ecumenico Vaticano II: Allocuzione durante l’ultima Sessione
Pubblica (7 dicembre 1965) | Paolo VI».