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SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Doctor de la Iglesia

PARA CONFESARSE
BIEN
Y TENER PAZ EN EL ALMA Y EN LA
FAMILIA

Contiene la teología de la confesión


con ejemplos,
examen detallado de conciencia,
las oraciones de la mañana y de la noche,
el Santo Rosario y la defensa de la Iglesia
Católica.
4ª. Edición enriquecida
por el padre Michel BONIFACE, FSSPX.

Toda familia católica debería tener este libro


y leerlo para tener una conciencia Cristiana

1
COLECCIÓN: CARIDAD DE LA VERDAD
1. FTD y Padre Michel Boniface
Breve Catecismo Católico, Bíblico y Apologético
16ª. edición, Guatemala-Nicaragua-México: 85,000 ejemplares
2. San Alfonso María de Ligorio
Para confesarse bien, y tener la paz en el alma y en la familia
4ª. edición, Guatemala-México: 15,000 ejemplares
3. Padre Pablo Lejeune, La lengua, sus pecados y remedios
Primera edición, Guatemala: 4,000 ejemplares, Nov. 2013
4. Padre Ciriaco Santinelli, SDB
El Catequista Instruido, método para enseñar bien el Catecismo.
Obra útil para los señores sacerdotes, maestros, catequistas,
padres y madres de familia. Con la aprobación de MONS. MATA
Primera edición, Guatemala: 5,000 ejemplares, Enero 2015
5. Padres José Sarto y Francisco Putti
El Movimiento Carismático. Las infiltraciones Protestantes
en la Iglesia Católica.
Segunda edición, diciembre 2018. 10, 000 ejemplares
6. R. Padre Martín de Cochem, O.F.M. Cap.
Explicación de la Santa Misa
Primera edición, Guatemala, 3,000 ejemplares, Abril 2015
7. San Antonio María Claret, Avisos a un Sacerdote, para tener un
apostolado fructuoso y santificarse.
Con la aprobación de MONS. MATA
Segunda edición, Guatemala-Nicaragua, 7,000 ejemplares, 2018
8 Doctor Raúl O. Leguizamón, La Ciencia Contra la Fe darwinista,
Reflexiones sobre la relación entre la verdadera ciencia y la fe evo-
lucionista. Con la aprobación de MONS. MATA
Tercera edición, Guatemala, 3,000 ejemplares, diciembre 2018
9 Padre Luis de la Palma, S.J., La Pasión del Señor
Primera edición, Guatemala-Nicaragua, 6,000 ejem., abril 2018
10 Padre Vicente de PAUL BAILLY
Catecismo Católico Ilustrado y Bíblico
2a. edición, Guatemala-Nicaragua-México, 15,000 ejemplares, 2017
11 San Alfonso María de Ligorio, La Monja Santa, 1000 ejem. 2018.
12 San Antonio María Claret, Los ejercicios espirituales de San Igna-
cio de Loyola explicados. Primera edición diciembre 2018
Se puede pedir una copia electrónica de estos libros a email:
padreboniface3@gmail.com
Impresión
Editorial y Librería Kyrios
24 av. 24-18 Zona 5, La Palmita. Guatemala, Guatemala. C.A.
Tels. (502) 23357652, 23355756
E-mail: edikyrios@gmail.com
servisa90@yahoo.com

2
IMPRIMATUR
Prot. nº 477/2018  
 
 
 

PROVINCIA ECLESIASTICA DE NICARAGUA


DIÓCESIS DE ESTELÍ

En uso de Nuestras Facultades Ordinarias, a


tenor de los cánones del CIC, por las presentes
letras doy mi aprobación para que se imprima el
Libro PARA CONFESARSE BIEN, Y TENER
PAZ EN EL ALMA Y EN LA FAMILIA escrito por
SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO.

Dado en la Sede Episcopal de la Diócesis de


Estelí, Nicaragua, C. A., a los 22 días del mes de
enero de 2018, en la memoria de San Vicente,
mártir.

3
Con las debidas licencias eclesiásticas
Aviso
Quienquiera que sea Ud., que lee este libri-
to: si Ud. pone en práctica lo que está escrito,
tendrá paz en su alma y en su familia; evitará
muchos problemas y sufrimientos, y tendrá
la vida eterna. San Alfonso María de Ligorio
nos explica cómo Cristo confío sus poderes
divinos a la Iglesia Católica, la única Iglesia
que Él mismo fundó para aplicarnos los frutos
de su Pasión. (Juan 20, 21-24; Mateo 16, 18).
Los que pretenden confesarse directamente
con Dios contradicen la orden de Cristo y vi-
ven en la ilusión.
Una reflexión - confesión de G. K.
Chesterton (Ex protestante):
“Cuando me preguntan por qué he entra-
do en la Iglesia Romana, mi respuesta es
siempre ésta: para librarme de mis pe-
cados, porque no hay ninguna otra re-
ligión que sostenga con verdad poder
perdonar los pecados de los hombres.”
(En su diario página 702).

4
DEL SACRAMENTO DE LA
PENITENCIA
1. Es la penitencia el sacramento por el cual
nuestros pecados cometidos después del Bau-
tismo quedan borrados en virtud de la absolu-
ción del confesor, ya que a los sacerdotes es a
quienes Jesucristo dio el poder de perdonar los
pecados cuando dijo: A quienes perdonaréis
los pecados, perdonados les son, y a quienes
los retuviereis, retenidos quedan (San Juan
20, 22). Por eso el Concilio de Trento1 lanza
anatema contra quien osare afirmar que este
1 El Concilio de Trento fue la junta del Papa y de los obispos
católicos donde se reafirmó la FE católica frente a los
negadores protestantes. Este concilio tuvo lugar entre 1545 y
1563 en la ciudad de Trento, en Italia del Norte. Por esta razón
se llama concilio de Trento o Tridentino. Este concilio hizo
la verdadera reforma de la Iglesia, extirpando los abusos y
dando a los católicos la verdadera disciplina, los sacramentos
y la auténtica Biblia completa y correctamente interpretada
por la autoridad legítima. Por su lado, Lutero con su rebeldía
causó una revolución sangrienta y favoreció la explosión del
cristianismo en miles de sectas diferentes y contrarias puesto
que cada uno puede interpretar la Biblia según su capricho
e intereses personales. Esto es una verdadera profanación
del Libro Sagrado, una traición y muy grave desobediencia
a Cristo que dejó lugartenientes a quienes dijo: “Quien a
vosotros escucha, a Mí me escucha, y quien a vosotros rechaza,
me rechaza a Mí; ahora bien, quien me rechaza a Mí rechaza
a Aquel que me envió (Lucas 10, 16; II Pedro 1, 20; Gálatas 1,
8; II Corintios 11, 13-14; Hechos 14, 24; 20,28). La Biblia en
manos de los fundadores de sectas, no puede defenderse, no
tiene boca para desmentir las falsas interpretaciones y malas
aplicaciones.
5
sacramento no tiene la virtud de perdonar los
pecados (Sesión 14, Cánones de Poenitentia,
canones 1 y 3).
Con el sacramento de la Penitencia no sólo
recobra el pecador la divina gracia, mas
también el mérito de las buenas obras he-
chas anteriormente en gracia de Dios y que
por el pecado había perdido.
También recibe el alma nueva fortaleza
para resistir a las tentaciones, pues, como
dice el Tridentino (Sesión 6) nos renovamos
en el espíritu de nuestra mente. Todas estas
gracias que decimos recíbense en virtud de los
méritos de la Pasión de Nuestro Señor Jesu-
cristo.

Nuestro Señor Jesucristo dijo


a los apóstoles:
“Reciban el Espíritu Santo; a
quienes perdonaréis los pecados,
perdonados les son, y a quienes los
retuviereis, retenidos quedan.”
(San Juan 20, 22).

6
TRES CONDICIONES PARA
CONFESARSE BIEN

2. Para recibir el sacramento de la Peniten-


cia tres cosas principalmente se requieren por
parte del penitente:
Primero: que tenga dolor de sus pecados, jun-
to con el propósito de no volver a cometerlos;
Segundo: que manifieste íntegramente las
culpas que cometió;
Tercero: que satisfaga la penitencia impuesta
por el confesor.
Se comprende que para que el penitente pueda
declarar todos sus pecados y arrepentirse de
ellos, necesita hacer previamente un cuidado-
so examen de conciencia.

1 - Del examen de conciencia


3. Consiste ese examen en escudriñar cuida-
dosamente el interior del alma, a fin de recor-
dar todos los pecados cometidos desde la úl-
tima confesión bien hecha (Ver en el final de
este librito, ahí Ud. encontrará un examen de
conciencia detallado página 88-110).
En este examen unos pecan por exceso y otros
por defecto.
7
Pecan por exceso los
escrupulosos, los cua-
les, aunque mucho se
examinen, jamás quedan
satisfechos; y tanto les
preocupa la exploración
de su conciencia, que ya
ni se cuidan de mover la
voluntad al dolor de los
pecados y al propósito de
enmienda. Ilustración 1. San Felipe Neri.

Y sucede además que, a causa de los escrúpu-


los, se les hace la confesión tan enojosa, que
cuando van al confesionario diríase que mar-
chan al tormento. No es necesario hacer un
examen esmeradísimo, basta, sencillamente,
que se haga con esmero, es decir, que el in-
dividuo ponga atención en recordar todos los
pecados cometidos a partir de su última con-
fesión. La diligencia en el examen será mayor
o menor, según el estado de conciencia del pe-
nitente; y así, el que se confiesa a vueltas de
mucho tiempo y ha cometido muchos peca-
dos mortales, deberá examinarse más cui-
dadosamente que aquel otro que se confiesa
a menudo y que sólo rara vez ofende a Dios.
Si hecho el examen con la debida diligen-
cia, quedase olvidado algún pecado grave,
éste también se perdona, siempre y cuando
8
el penitente tenga dolor general de todas
sus culpas; pero le queda la obligación de
manifestarlo en la próxima confesión que
hiciere.
Cuando el confesor dice a un alma escrupu-
losa que no necesita examinarse más o que
basta ya de confesión, el alma debe callar y
obedecer. Dice San Felipe Neri que “aquellos
que desean adelantar en los caminos de Dios
deben obedecer al confesor, el cual represen-
ta al mismo Dios; quien así obra, puede estar
seguro de no tener que dar cuenta a Dios de
sus actos”. Y San Juan de la Cruz decía: “No
someterse a las indicaciones del confesor es
soberbia y falta de fe”. Sí; porque el Señor
ha dicho, hablando de sus ministros: Quien a
vosotros oye, a Mí me oye (Lucas 10,16).
4. Con todo, ¡ojalá hilasen así de fino! Por lo
común, las almas escrupulosas son de con-
ciencia delicada. Con sólo que obedezcan,
van seguras. Lo triste es que la mayor parte
de los cristianos, después de cometer pe-
cados a granel y de echarlos en el olvido,
danse por muy satisfechos si, al confesar-
se, sueltan los pecados que en el momento
les van viniendo a la memoria, con lo cual
se exponen a no declarar ni la mitad de los
pecados que tienen. Semejantes confesiones
no valen nada, y mejor sería no hacerlas.
9
EJEMPLO DE QUIEN NO SE EXAMINA
BIEN: Refiere el historiador Nicio de Eri-
trea que un joven acostumbrado a hacer estas
confesiones, así, a la buena de Dios, mandó
llamar en la hora de la muerte a un confesor;
pero dióse más prisa el demonio, el cual se
le presentó trayéndole una larga lista de peca-
dos que por falta de examen venía olvidando
en sus confesiones anteriores. A la vista de lo
cual el desdichado joven perdió toda su espe-
ranza de salvarse muriendo sin confesión y
desesperado.
5. Un buen cristiano no deja de hacer dia-
riamente su examen de conciencia por la
noche y el acto de contrición.
EJEMPLO DE QUIEN SE EXAMINA
BIEN: Cuéntase de un fervoroso religioso
que, avisado por el Superior de que, en vista
del peligro de muerte en que se hallaba, debía
ir preparando ya cuenta de su alma, exclamó:
“¡Bendito sea Dios! Durante treinta años he
examinado a diario mi conciencia y a diario
he hecho confesión como si cada día fuera el
postrero de mi vida”.
Vosotros, por lo menos, hermanos míos,
cuando vayáis a confesaros, haced esto: bus-
cad en la iglesia un lugar recogido, dad en-
seguida gracias a Dios por haberos sufrido
10
hasta el momento presente y pedidle os ilu-
mine para conocer el número y gravedad de
vuestras culpas. Hecho lo cual, recorred con
el pensamiento los lugares donde estuvisteis,
las personas con quienes habéis tratado, las
ocasiones de pecar en que os visteis desde la
última confesión, y, con estas circunstancias a
la vista, observad las faltas que en ese tiempo
hubierais cometido de pensamiento, palabra u
obra; reparad muy particularmente en los
pecados de omisión, sobre todos si sois jefes
de familia, funcionarios públicos o cosa por el
estilo, ya que estos pecados, generalmente, se
descuidan en la confesión.
Y quien haya incurrido en diversas especies
de pecados y quiera hacer un examen más cui-
dadoso, siga uno a uno los Mandamientos y
vea en cuál de ellos ha faltado y si fue mortal
o sólo venialmente (Ver en el final del librito
cómo hacer bien su examen de conciencia).
6. El que por desgracia tenga sobre su con-
ciencia un pecado mortal, procure confesar-
se inmediatamente, puesto que a cada mo-
mento puede morir y condenarse.
-Es que yo acostumbro confesarme por Pas-
cua o Navidad – dirán algunos.
-Pero ¿y quién te asegura que durante ese in-

11
tervalo de tiempo no te va a sorprender una
muerte repentina?
- Espero que Dios no lo permitirá así.
- Pero ¿Y si lo permite?
Muchos que decían “luego, luego me confesa-
ré”, ahora están en el infierno, porque vino
la muerte sin darles tiempo a confesarse.
EJEMPLO: San Francisco de Asís y el pe-
cador caritativo: Narra San Buenaventura
en la “Vida de San Francisco”, que, hallán-
dose el Santo en sus correrías apostólicas, le
ofreció un distinguido caballero alojamiento
en su casa. Francisco, lleno de agradecimien-
to, puesto en oración, rezaba por él, cuando
he aquí que Dios le revela que aquel su bien-
hechor amigo está en pecado mortal y que la
muerte le ronda de cerca. El santo se lo avisa
inmediatamente y hace que se confiese con su
compañero, que era sacerdote. Poco después
sentábase el caballero a la mesa para comer;
pero no había tomado aún el primer bocado,
cuando repentinamente diole un síncope, en
el cual murió.
7. La misma desgracia tuvo un pecador que,
por diferir la confesión, se perdió para siem-
pre.

12
EJEMPLO: Refie-
re el venerable Beda
que un individuo,
piadoso en un prin-
cipio, fue enfriándo-
se en su fervor hasta
caer en pecado mor-
tal. Quería confesar- Ilustración 2. El venerable Beda
se, pero cada día dejaba traduciendo el Evangelio de San Juan.
la confesión para el siguiente. Cayó grave-
mente enfermo, y aun entonces daba largas a
la confesión, diciendo que ya la haría luego
con mejor disposición.
Pero llegó la hora del castigo: sobrevínole un
mortal desmayo, durante el cual pareciole ver
como el infierno se abría debajo de sus pies.
Recobró el sentido y todos los circunstantes
exhortábanle a confesarse; a lo que él respon-
dió: “¡Ya no es hora, estoy condenado!” y
como continuaban animándole, añadió: “Per-
déis el tiempo; estoy condenado; ya el infier-
no me abrió sus fauces, y en él veo a Judas, a
Caifás y a quienes causaron la muerte de Je-
sucristo, y veo el lugar que cerca de ellos me
está reservado, porque, como ellos, yo tam-
bién desprecié la sangre de Cristo al diferir
por tanto tiempo la confesión”.
El infeliz murió impenitente y con tales mues-
tras de desesperación, que fue enterrado como
13
un perro, fuera de sagrado, sin que nadie reza-
se por él.

Los pecados veniales


8. En cuanto a los pecados veniales, bien está
el confesarlos, ya que también se perdonan por
la absolución sacramental; pero no es necesa-
rio, porque, como dice el Concilio de Trento,
pueden perdonarse por otros medios distintos
al de la confesión, verbi gracia, por ejemplo,
haciendo actos de contrición o de amor de
Dios o rezando con devoción el Padrenuestro.
9. ¿Y se perdonan los pecados veniales con
agua bendita?
- Se perdonan. No es que el agua los borre di-
rectamente y per se, sino indirectamente, por
vía de impetración, en cuanto que la Iglesia,
con la bendición del agua, impetra para los
fieles que de ella se sirven, actos de arrepenti-
miento y de amor, que son los que borran los
pecados. Por eso, al tomar el agua bendita,
conviene hacer un acto de dolor o de amor a
Dios, a fin de que por él nos perdone el Se-
ñor todos los pecados veniales que mancillan
nuestra conciencia. También ayuda el agua
bendita para despertar en nuestro ánimo la

14
devoción y para ahuyentar las tentaciones del
demonio.
Cuenta Surio de un monje que, estando para
morir, rogó a su prior espantase un negro paja-
rraco que estaba posado en la ventana. El prior
la roció con agua bendita, y el pájaro, que no
era sino el demonio, desapareció al instante.
Asimismo, refiere el P. Ferreri de un monje
cluniacense, quien, hallándose próximo a la
muerte, vio su habitación invadida de demo-
nios; se esparció agua bendita y los demonios
desaparecieron como por ensalmo.
10. Pero sigamos. Hemos hablado del examen
que debe hacerse de los pecados mortales y
veniales. Cabe aquí preguntar:
-y ¿qué pecado cometerá quien realiza una
mala acción con la duda de si será pecado
mortal o solamente venial?
Habrá cometido pecado mortal, pues se expu-
so a ofender a Dios gravemente; lo que de-
biera haber hecho era salir de la duda antes
de hacer nada. Si en lo pasado no obró así, es
preciso lo declare en la confesión, acusándose
por lo menos de su falta tal como esté en la
presencia de Dios.
Pero si se trata de escrupulosos, los cuales
en todo tienen duda, la regla que deben se-
15
guir es otra: que obedezcan al confesor. Si
éste les manda hacer caso de las dudas y obrar
en contra de sus escrúpulos, aténganse a ello
exactamente, de lo contrario, harán inútil todo
remedio espiritual.

Un consejo muy importante


11. Antes de proseguir, a todos recomiendo
hacer una confesión general si todavía no
la han hecho.
Y no me refiero únicamente a aquellas perso-
nas cuyas confesiones fueron sacrílegas, por-
que callaron pecados por vergüenza, o nulas,
por haberlas hechos sin examen o sin dolor;
hablo también para todos aquellos que desean
convertirse firmemente a Dios.
La confesión general es un medio poderoso
para lograr un verdadero cambio de vida.
Santa Margarita de Cortona, convertida ya,
consiguió hacerse, por la confesión de todos
sus pecados, tan amada por Dios, que el Señor
le hablaba y le decía:
-¡Pecadora mía, pobrecita mía!
Un día preguntóle ella con humildad:
-¿Cuándo será, Señor que os oiga llamarme
hija mía?
16
Te llamaré hija mía –le respondió Jesucristo-
cuando hayas hecho confesión general de toda
tu vida.
Hízola la santa, y desde entonces siempre le
dio Jesucristo en sus coloquios el nombre de
hija.

2 - Del dolor de los pecados


12. Tan necesario es el dolor para el perdón
de los pecados, que sin él ni el mismo Dios
(por lo menos según su providencia ordinaria)
puede perdonarlos.
Si no hiciereis penitencia, todos igualmente
pereceréis (Lucas 13, 3).
Puede ocurrir que un pecador se salve, aun
muriendo sin examen y sin confesión de sus
pecados. Es el caso del que, no teniendo a
mano un sacerdote o faltándole tiempo para
confesarse, hace un acto de verdadera con-
trición. Mas salvarse sin dolor es totalmente
imposible.
De ahí el gran error de algunas personas que,
al prepararse para la confesión, ponen todo su
afán en recordar los pecados, sin preocuparse
nada de dolerse de ellos.

17
A Dios, pues, debemos pedir insistentemen-
te este dolor; y antes de acercarnos al confe-
sionario, bueno será rezar un Ave María a la
Virgen de los Dolores pidiéndole nos alcance
verdadero dolor de nuestras culpas.
El dolor, para que tenga eficacia de borrar
nuestros pecados, tiene que tener cinco con-
diciones; a saber: que sea verdadero, sobrena-
tural, sumo, universal y confiado.
13. Primero: El dolor debe ser verdadero, es
decir, de corazón y no solamente de palabra.
Así define el dolor el Concilio de Trento: “Un
pesar del alma y un aborrecimiento de los pe-
cados cometidos, con propósito de no come-
terlos más”. Es preciso, pues, que el alma, a
la vista de sus culpas, tenga verdadera com-
punción, pesar y amargura y las deteste y abo-
mine, como hacía el penitente rey Ezequías:
Repasaré delante de Ti con amargura de mi
alma todos los años de mi vida (Isaías 3,15).
14. Segundo: El dolor debe ser sobrenatural,
esto es, animado por un motivo sobrenatural
y no por sentimientos puramente naturales,
como sería arrepentirse del pecado por los
daños que trajo a la salud del cuerpo o a los
bienes de fortuna o a la buena reputación; es-
tos motivos son naturales y nada aprovechan.
Debe ser, pues, sobrenatural el motivo de
18
nuestro dolor, arrepintiéndonos del pecado o
por su fealdad o por la injuria que supone a la
bondad infinita de Dios, o por haber merecido
con él el infierno o haber perdido los derechos
al cielo. Según estos motivos, el dolor será o
de perfecta contrición o dolor imperfecto, lla-
mado también de atrición, como luego dire-
mos.
15. Tercero: El dolor debe ser sumo, lo cual
no quiere decir que haya de ir acompañado de
lágrimas o de aflicción sensible; basta que, en
la voluntad sea apreciativamente sumo, es de-
cir, que estimemos la ofensa hecha a Dios
como el mayor mal que podía sucedernos.
Adviertan esto aquellos espíritus pusilánimes
que se apenan porque no sienten de una ma-
nera sensible el dolor de sus culpas; basta que
se arrepientan con la voluntad, es decir, que
quieran arrepentirse, que prefieran haberlo
perdido todo antes que haber ofendido a Dios.
Santa Teresa daba esta regla excelente para
conocer si un pecador tenía verdadero dolor
de sus pecados: si tiene buenos propósitos y
está dispuesto a perderlo todo antes que la
gracia de Dios, tranquilícese, que su dolor
es verdadero.
16. Cuarto: El dolor debe ser universal, in-
cluyendo todas las ofensas hechas a Dios, de
suerte que no haya en el alma ni un sólo pecado
19
mortal que ella no deteste
sobre todo otro mal. Peca-
do mortal he dicho, pues
tratándose de veniales no
es preciso arrepentirse de
todos, ya que pueden per-
donarse unos sin que se
perdonen los demás, con
tal que haya de aquéllos
verdadero arrepentimien-
to. Ilustración 3. Martirio de
San Sebastián.

Tengan esto presente los que sólo llevan a la


confesión faltas veniales: que si no tienen do-
lor, sus confesiones son nulas, y que si quieren
recibir la gracia de la absolución, deben tener
dolor, por lo menos, de alguno de los pecados
que confiesan u ofrecer materia cierta decla-
rando alguna culpa de la vida pasada y de la
cual tengan verdadero dolor.
17. Esto en cuanto a pecados veniales se re-
fiere. Pues en cuanto a los mortales, es ne-
cesario que el dolor se extienda a todos; de
lo contrario, ninguno quedaría perdonado.
La razón es que ningún pecado mortal se
perdona sin la infusión de la gracia divina
en el alma, pero esta gracia es incompatible
con el pecado mortal; de ahí que no pueda
perdonarse uno si no se perdonan todos.

20
EJEMPLO: Cuéntase de San Sebastián már-
tir que, como tuviese la virtud de curar las en-
fermedades con la sola señal de la cruz, fue
cierto día a buscarlo el prefecto de la ciudad,
Cromacio, para que lo curase de su enferme-
dad. El santo le prometió la salud, pero a con-
dición de que antes quemase los ídolos que
en su casa tenía. Quemolos el enfermo, que-
dándose con uno solo, al que tenía particular
estima.
Como la enfermedad no desaparecía, quejose
de ello a San Sebastián, el cual le dijo que,
pues se había reservado un idolillo, de nada
le valía haber tirado al fuego todos los demás.
Lo mismo pasa con el pecador: nada importa
que se arrepienta de algunos pecados mortales
si no se arrepiente de todos. Pero no es necesa-
rio que el pecador que tiene muchos pecados
graves vaya detestándolos uno por uno, basta
que extienda a todos ellos un dolor general, en
cuanto que son ofensas graves a Dios; y así,
aunque algún pecado quedase olvidado, se le
perdonará también.
18. Quinto: El dolor debe ser confiado, es de-
cir, acompañado por la esperanza del perdón;
de lo contrario, sería como el dolor de los con-
denados, quienes también detestan sus culpas
(no por ofensas a Dios, sino por ser causa de
21
sus tormentos) pero sin esperanza ninguna
de perdón. También Judas se arrepintió de su
traición: pequé entregando la sangre del Justo
(San Mateo 27,4). Más como no confió en el
perdón, murió desesperado colgándose de un
árbol.
Caín reconoció igualmente su delito de haber
matado a su hermano Abel, pero desesperó del
perdón diciendo: Mi pecado es tan grande,
que no puede haber para mí perdón (Génesis
4,13); y así, murió condenado.
Dice San Francisco de Sales que el dolor de
los verdaderos penitentes está lleno de paz
y de consuelo, porque cuanto más les pesa
haber ofendido a Dios, tanto más confían
en su perdón y tanto más crece el consuelo.
Por eso decía San Bernar-
do: “Señor, si tan dulce es
llorar por Ti, ¿qué será go-
zar por Ti? Estas son, pues,
las condiciones que ha de
tener el dolor para que por
él pueda alcanzar el alma
en la confesión el perdón
de Dios.
19. El dolor puede ser de
dos clases: perfecto o im- Ilustración 4. San
Francisco de Sales.

22
perfecto. El perfecto se llama de contrición, y
el imperfecto, de atrición.
Dolor de contrición es el que tenemos por ha-
ber ofendido a la divina bondad. Enseñan los
teólogos que la contrición es un acto formal
de perfecto amor a Dios, puesto que el alma
contrita, si se arrepiente de haberle ofendido,
es precisamente por un impulso de amor a
su bondad infinita. De ahí que una excelente
manera de prepararse a la contrición sea ha-
cer previamente actos de amor para con Dios,
diciendo: “Dios mío, porque sois la bondad
inmensa, yo os amo sobre todas las cosas, y
porque os amo, me pesa sobre todo mal habe-
ros ofendido”.
20. El dolor de atrición es un pesar de haber
ofendido a Dios por un motivo menos perfec-
to, como sería, por la fealdad del pecado o por
los males que del pecado se siguen, como son

San Francisco de Sales dice:


“El dolor de los verdaderos penitentes
está lleno de paz y de consuelo, porque
cuanto más les pesa haber ofendido a
Dios, tanto más confían en su perdón y
tanto más crece el consuelo.”

23
perder la gloria eterna y hacerse reo del in-
fierno. Tenemos, pues, que la contrición es un
pesar de haber pecado por la injuria que hi-
cimos a Dios, y la atrición, un pesar de haber
ofendido a Dios por el mal que acarreamos
sobre nosotros mismos.
21. Con la contrición recíbese al punto la gra-
cia, aun antes de recibir el sacramento de la
absolución del confesor; pero esto a condición
de que el penitente tenga intención, por lo me-
nos implícita, de confesarse. Así lo enseña el
Concilio de Trento: “Aunque a veces acon-
tezca que la contrición sea un perfecto acto
de amor y que reconcilie al hombre con Dios
antes de recibir este sacramento”.
Con la atrición no se recibe la gracia sino
cuando ella se une a la absolución sacramen-
tal, como declara el mismo Santo Concilio:
“Aunque (la atrición) de suyo, sin el sacra-
mento de la penitencia, no baste para justifi-
car al pecador, sin embargo lo dispone para
recibir la divina gracia en este sacramento”
(Sesión 14). La palabra “dispone” entiéndese,
según explica Gonet y es sentencia comuní-
sima de los doctores, de aquella disposición
próxima con la cual comunícase la gracia en el
sacramento, y no de una disposición remota,
ya que la atrición, aun fuera del sacramento,

24
es un acto bueno que dispone a la gracia; aho-
ra bien, el Concilio habla de una disposición
en orden al sacramento (in sacramento Pœni-
tentiæ); luego necesariamente debe entender-
se de una disposición próxima.
22. Muévese aquí la cuestión de si para recibir
la absolución de los pecados es preciso que la
atrición vaya unida con un acto de amor ini-
cial, esto es, con un comienzo de amor.
No cabe duda de que para la justificación se
requiere este amor inicial, pues el citado Con-
cilio declara que una de las disposiciones para
que el pecador se justifique es que comience a
amar a Dios: “Empiezan a amar a Dios como
a fuente de la justificación” (Sesión 6).
Pero ¿en qué ha de consistir este comienzo del
amor? Ahí está la dificultad. Según unos, en
un acto de amor a Dios predominante, es de-
cir, que el pecador ame a Dios sobre todas las
cosas. Mas no dicen bien, porque quien ama
a Dios sobre todas las cosas, ya lo ama con
amor perfecto, y el amor perfecto borra todo
pecado.
Por Urbano VIII fue condenada la siguiente
proposición de Miguel Bayo, según la cual el
amor de Dios podía coexistir con el pecado: es
falso decir que, “la caridad, que es plenitud

25
de la ley, no siempre va unida a la remisión de
los pecados”. Pero ¿cuál es ese amor a Dios,
con el cual está cumplida la ley, sino el amor
predominante por el cual amamos a Dios so-
bre todas las cosas? Enseña Santo Tomás que
amando a Dios sobre todas las cosas ya está
cumplido el precepto de Jesucristo: Amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón (San Mateo
22,3). He aquí las palabras del santo: “Cuan-
do se nos manda amar a Dios con todo el co-
razón, entiéndase que debemos amarle sobre
todas las cosas”. Por consiguiente, quien ama
a Dios sobre todas las cosas no puede estar
en pecado. Y lo confirma el Angélico San-
to Tomás de Aquino en otro lugar diciendo:
“El acto del pecado mortal es contrario a la
caridad, que consiste en amar a Dios sobre
todas las cosas”. De donde concluye: “La
caridad no puede permanecer junta con el
pecado mortal”. Tenemos además muchos
textos de la Sagrada Escritura donde se afirma
que quien a Dios ama es amado por Dios: Yo
amo a los que me aman (Proverbios 8, 17);
Quien me ama, será amado de mi Padre, y Yo
también lo amaré (San Juan 14, 21); Quien
permanece en el amor, en Dios permanece y
Dios en él (Jn. 4, 16); La caridad cubre mu-
chedumbre de pecados (1 Pedro 4, 8).

26
23. De ahí se sigue que toda contrición (la
cual como acabamos de decir, es también un
acto de caridad) aunque sea remisa, con tal de
que sea contrición, perdona todas las culpas
graves. Por eso escribe el maestro Angélico,
Santo Tomás de Aquino:
“Por pequeño que sea el dolor, si es tal llega
a ser contrición, borra todo pecado” (Suple-
mento a la Suma Teológica 9. 5 a 3).
24. Esto supuesto, si por amor inicial, unido
a la atrición, se quisiese entender el amor pre-
dominante, es cosa descaminada, porque, aun
siendo amor remiso y no intenso, siempre se-
ría amor perfecto y, por tanto, no sería atrición,
sino contrición; y si la atrición necesaria fuese
ésa, todo pecador iría ya justificado al confe-
sionario, y tendríamos que el sacramento de
la Penitencia no sería sacramento de muertos,
sino de vivos, y la absolución no sería absolu-
ción propiamente, sino mas bien una simple
declaración de una absolución verificada ya
en el alma, como pretendía Lutero. Lo cual no
puede afirmarse, según declaró el Concilio de
Trento (Sesión 14).
En conclusión, el amor inicial que debe acom-
pañar a la atrición, no es necesario sea un
amor predominante, sino que basta un simple
principio de amor, cual es el temor de los cas-
27
tigos eternos. El temor de Dios es el principio
del amor (Eclesiástico 25, 16). Asimismo, la
voluntad de no ofender más a Dios ya es un
principio de amor, y lo es también la espe-
ranza del perdón y de los bienes eternos que
el Señor promete. “Por el mero hecho –dice
Santo Tomás- de esperar de otra persona al-
gún bien, ya empezamos a amarla”. Por eso,
al confesarnos conviene unir al acto de dolor,
un acto de esperanza de que por los méritos
de Jesucristo seremos perdonados. “Con esta
esperanza –dice el Concilio de Trento– debe
prepararse el penitente a recibir de Dios la
remisión de sus culpas”.
25. Notaremos todavía que, para que haya do-
lor de atrición, no basta el temor de los casti-
gos temporales con que a veces el Señor cas-
tiga en esta vida a los pecadores. Los doctores
enseñan que así como la pena del pecado mor-
tal es eterna, así también el motivo del dolor
deben ser los castigos eternos. Adviértase ade-
más que en el acto de atrición no basta que el
pecador se arrepienta única y exclusivamente
de haber merecido el infierno, sino que debe
arrepentirse de haber ofendido a Dios, por el
infierno merecido.
Recordemos también lo que dice el Concilio
de Trento: que el acto debe ir acompañado no

28
sólo de la esperanza del perdón, sino además
de la resolución de no pecar más: “Con la
esperanza del perdón excluya la voluntad de
pecar”.
He aquí, pues, cómo se hace el acto de atri-
ción: “Dios mío, me arrepiento sobre todo
otro mal de haberos ofendido, porque con mis
pecados he perdido el cielo y me he hecho me-
recedor de los castigos del infierno”.
Y el acto de contrición: “Dios mío, porque
sois bondad infinita, os amo sobre todas las
cosas; y porque os amo me pesa y me arre-
piento sobre todo mal de cuantas ofensas os
hice a Vos, sumo bien. No más pecar, Dios
mío; prefiero morir antes que volver a ofen-
deros”.
Y adviértase, finalmente, que aunque la sola
atrición baste, como se ha dicho, para conse-
guir la gracia en este sacramento, conviene,
sin embargo, que todos los que se acercan a
la confesión añadan, para mayor seguridad y
provecho, el acto de atrición al de contrición.

3 - Del Propósito
26. Dolor y propósito van inseparablemente
unidos; por eso el dolor se define una detesta-

29
ción del pecado cometido, con propósito de no
volver a cometerlo más.
No se concibe en el alma verdadero dolor de
sus pecados sin un propósito de no volver a
ofender a Dios.
Pero para que el propósito sea verdadero, ha
de tener estas tres condiciones: que sea firme,
universal y eficaz.
27. Primero: El propósito ha de ser firme, de
suerte que el penitente esté resuelto a padecer
cualquier mal antes que ofender a Dios.
Hay quienes dicen:
–Padre, yo no quisiera ofender a Dios, pero
las ocasiones, mi propia debilidad, me harán
caer; yo quisiera…, pero me va a ser difícil
mantenerme fiel.
–Hijo mío, tú no tienes un propósito verdade-
ro, y por eso dices quisiera, quisiera. Pues has
de saber que de estos “quisiera” está lleno el
infierno. Esa tu disposición se llama veleidad
y no propósito.
El verdadero propósito, como acabo de decir,
es una firme resolución de la voluntad de su-
frir cualquier mal antes que tornar al pecado.
Es cierto que nos rodean ocasiones malas y

30
que somos débiles, sobre todo si hemos con-
traído la costumbre de algún vicio; y es cierto,
por otra parte, que el demonio tiene mucho
poder, pero mayor es el de Dios, y con su ayu-
da podemos vencer todas las tentaciones del
infierno. Todo lo puedo –decía San Pablo– en
Aquel que me conforta (Carta a los Filipenses
4, 13). Es verdad: siempre debemos temer de
nuestra debilidad y desconfiar de nuestras pro-
pias fuerzas; pero también debemos confiar en
Dios, con cuya gracia triunfaremos de todos
los asaltos de nuestros enemigos. Invocaré a
Yahvé… - exclama David - y de mis enemigos
seré salvo (Salmo 18, 4). Quien a Dios se en-
comienda en las tentaciones, nunca jamás
caerá.
–Padre, yo me encomiendo a Dios y, sin em-
bargo, la tentación insistió.
–Pues insiste tú también en implorar el auxilio
divino mientras dure la tentación, y no caerás.
Dios es fiel y no permitirá que seamos tenta-
dos sobre nuestras fuerzas: Fiel es Dios –dice
San Pablo– y no ha de permitir que seáis
tentados más de lo que podéis (1ª. Corintios
10, 13). Él ha prometido dar su ayuda a quien
se la pide: Todo el que pide, recibe (San Ma-
teo 7, 8). Y esta promesa la hace a todos: Todo
el que pide (sea justo o pecador) recibe. Así

31
es que no hay excusa para el pecador, puesto
que si a Dios acude, Dios extenderá su mano
y lo sostendrá para que no perezca. Por eso el
que peca, peca por su culpa, porque, una de
dos, o es que no quiere implorar el auxilio de
Dios, o es que no quiere servirse del auxilio
que Dios le ofrece.
28. Segundo: El propósito ha de ser univer-
sal, extendiéndose a todo pecado grave. Saúl
recibió del Señor la orden de matar a todos los
amalecitas y a todos sus ganados y quemar to-
dos sus ajuares. Pero ¿qué hizo Saúl? Mató, sí,
muchos hombres y muchas bestias y quemó
gran cantidad de cosas, mas perdonó la vida
al rey y guardó lo más precioso del botín. Esta
desobediencia le costó la maldición de Dios.
Hay muchos pecadores que imitan a Saúl: re-
suélvense a no pecar, pero se reservan ciertas
amistades peligrosas, ciertos rencores con el
prójimo con deseos de venganza. Es como si
quisieran partir su corazón y dar la mitad a
Dios y la otra mitad al demonio, con lo cual
alegran al demonio, pero no a Dios.
Conocida es la historia de Salomón y la de las
dos madres que altercaban sobre la propiedad
de sus hijos, uno muerto y otro vivo. Salomón
decreta: córtese el niño vivo en dos partes y
entréguese la mitad a la una y la mitad a la

32
otra. La falsa madre callaba y holgábase de
la sentencia, pero la verdadera madre excla-
mó: De ninguna manera, señor, antes que ver
muerto a mi hijo, prefiero que lo lleve ella en-
tero (3er libro de los Reyes 3, 26). Por don-
de comprendió Salomón cuál era la verdadera
madre del niño vivo y a ella se lo entregó. De
la misma manera el demonio, que no es padre,
sino enemigo nuestro, alégrase de llevarse
parte de nuestro corazón; mas a Dios no le
place el reparto; lo quiere todo para sí. Nadie
–dice Jesucristo– puede servir a dos señores
(San Mateo 6, 24). Dios no admite servidores
que pretendan servir a dos señores. Él quie-
re ser nuestro único Señor, y con toda justicia
niégase a compartir la posesión del hombre.
29. Estamos, pues, en que el propósito debe
ser universal, por manera que se extienda a
todos los pecados mortales. Digo mortales
porque, tratándose de veniales, puede darse
propósito de evitar unos sí y otros no, y, con
tal propósito, ser buena la confesión. No obs-
tante, las almas temerosas de Dios resuélvan-
se también a evitar todo pecado venial deli-
berado cometido a sabiendas, y de las faltas
indeliberadas y hechas sin pleno conocimien-
to, su propósito es de cometer las menos posi-
bles, porque querer evitarlas todas es imposi-
ble, dada nuestra natural flaqueza. Sólo María
33
Santísima se vio libre de toda culpa venial
aún indeliberada, según declaración del Con-
cilio de Trento cuando dice “ser imposible
evitar durante la vida todos los pecados, aun
los veniales, si no es por especial privilegio
de Dios, como de la bienaventurada Virgen
afirma la Iglesia”. Esta es una de las razones
más poderosas que demuestran la Concepción
Inmaculada de la Madre de Dios, porque, de
haber contraído la mancha original, no hubie-
ra podido, naturalmente, verse libre de todo
pecado venial, por lo menos de alguno indeli-
berado. Pasemos adelante.
30. Tercero: El propósito ha de ser eficaz, es
decir, que mueva al alma a tomar los medios
para evitar el pecado en lo venidero.
Uno de los medios más necesarios es apar-
tarse de las ocasiones de pecar. Aquí hay
que poner atención. ¡Si los hombres cuidasen
de evitar las malas ocasiones, no caerían en
tantos pecados y muchas almas se librarían
de caer en el infierno! Poca ganancia hace
el demonio sin la ocasión por aliada; pero
cuando la persona métese en ella volunta-
riamente, sobre todo en materia de impure-
za, la caída es moralmente inevitable.
31. Hay que distinguir aquí la ocasión próxi-
ma y la remota.
34
Remota es la que en todas partes se presenta
o, dicho de otra forma, aquella en que rara vez
el hombre peca.
Próxima es la ocasión que de por sí y de ordi-
nario induce a pecar, como sería, por ejemplo,
para un joven el trato frecuente y sin necesidad
de mujeres procaces o de dudosa reputación.
También es próxima aquella en que uno mu-
chas veces pecó.
Hay ocasiones que no son próximas para la
generalidad y si en particular para alguna per-
sona que en ellas, sea por mala inclinación,
sea por la fuerza de un hábito vicioso contraí-
do, cayó con frecuencia.
Hállanse, pues, en ocasión próxima:
a) los que retienen consigo en casa alguna
persona con la que a menudo pecaron; (con el
celular o peliculas);
b) los que concurren a aquellos lugares, públi-
cos o particulares, donde muchas veces ofen-
dieron a Dios con riñas, borracheras o desho-
nestidades;
c) los que con ocasión de juego cometieron
con frecuencia fraudes, provocaron altercados
o blasfemaron.

35
Ahora bien, ninguno de
éstos puede ser absuelto
si no promete huir de toda
ocasión, pues el mero he-
cho de exponerse a ella,
aunque ningún acto malo
llegase a perpetrar, ya
constituye para él pecado
grave.
Y si la ocasión voluntaria
es actualmente in este2, Ilustración 5. San Carlos
no puede ser absuelto el Borromeo.

penitente, como enseñó San Carlos Borromeo


en su Instrucción a los Confesores, si antes no
quita de hecho la ocasión, pues siendo esto
cosa de muchos esfuerzos, si el penitente no
lo hace antes de recibir la absolución, difícil-
mente lo hará después de absuelto.
32. Mucho menos capaz de absolución es el
que se resiste a dejar la ocasión, contentándose
con prometer no volver a las andadas. Dime,
hermano, ¿pero tú crees que no va a arder la
estopa puesta al fuego? Entonces ¿cómo te las
prometes de no caer si te pones en la ocasión?
2 La ocasión próxima voluntaria llámase in este o continua,
cuando uno habitualmente o de continuo la tiene en sus
manos, verbi gracia, vivir con una manceba, tener en su propia
biblioteca un libro pornográfico, tener Internet o el televisor
en su cuarto o casa sin ningún control, etc.
36
Vuestra fortaleza –dice Isaías (1,31)– será
igual a la pavesa de la estopa… Una y otra
arderán en el fuego que nadie apagará. Nues-
tra fuerza será como la estopa, que arde en el
fuego sin resistencia.
Obligado una vez el demonio a responder cuál
era el sermón que más le disgustaba, dijo: “El
sermón de las ocasiones”. Al demonio le bas-
ta con que no abandonemos la ocasión; todo
lo demás –propósitos, promesas, juramen-
tos– le tienen sin cuidado, porque mientras
no se deje la ocasión se seguirá pecando. La
ocasión, sobre todo en materia de impudicia,
es a manera de venda en los ojos, que no nos
deja ver nada, ni Dios, ni cielo, ni infierno. En
suma, la ocasión nos ciega; y un ciego ¿cómo
podrá atinar con la senda del cielo? Marchará
por el camino del infierno sin saber a dónde
va. ¿Y por qué? Porque nada ve.
Quien se halla en ocasión debe esforzarse
por apartarse de ella; de lo contrario, nun-
ca romperá con el pecado.
33. Insistimos en advertir que para ciertos indi-
viduos de torcidas inclinaciones o habituados
a algún vicio, principalmente de lujuria, las
ocasiones in este son próximas o casi próxi-
mas; y de ellas tienen que alejarse si no quie-
ren volver de continuo al vómito de su culpa.
37
34. Pero Padre –dirá quizá alguno–, yo no
puedo desprenderme de tal persona, no puedo
salir de aquella casa sin grave perjuicio mío.
–Bien; esto quiere decir que la ocasión en que
estás no es voluntaria, sino necesaria. Y si es
necesaria y no la quieres dejar, debes procu-
rar, por lo menos, convertirla en remota en el
empleo de las oportunas cautelas.
¿Y cuáles son esas cautelas? Tres: frecuen-
cia de sacramentos, oración y evitar toda fa-
miliaridad con el cómplice de tu pecado.
a) La frecuencia de los sacramentos de la
Confesión y Comunión sería, por una parte,
el mejor remedio; pero hay que tener presente
que en las ocasiones próximas necesarias de
incontinencia es gran remedio diferir la abso-
lución, a fin de que el penitente ponga mayor
empeño en el uso de las otras dos cautelas,
es decir, en encomendarse mucho a Dios y en
huir del trato familiar a que antes aludimos.
b) También es muy conveniente renovar, ya
desde la mañana al levantarse, el propósito
de no pecar, y luego, no sólo por la mañana,
sino a menudo durante el día, invocar al Señor
delante del Sagrario o a los pies de un cru-
cifijo, así como también a María Santísima,
pidiéndoles su auxilio para no reincidir.
38
c) De suma importancia es la tercera caute-
la, que consiste en evitar toda familiaridad
con la persona cómplice, no quedándose a
solas con ella, procurando no fijar en su rostro
la mirada y evitando hasta su conversación. Y
si por necesidad hay que tratar con ella algún
asunto, sea como a la fuerza y fingiendo re-
pugnancia con cualquier pretexto. Esto es lo
más importante para lograr que una ocasión
próxima venga a ser remota; pero en la prácti-
ca será cosa difícil si el penitente recibió ya la
absolución. Por lo cual conviene que en casos
semejantes la difiera el confesor hasta tanto
que la ocasión próxima no se haya trocado en
remota, cosa que no se consigue ni en ocho ni
en quince días, sino que hace falta un mayor
espacio de tiempo...
35- Y si acontece que, a pesar de cuantos re-
medios hemos dicho, continuara el penitente
siempre igual en sus recaídas, ¿qué habría que
hacer?
El único remedio que entonces queda es el
que indica el Evangelio: Si tu ojo derecho te
es ocasión de tropiezo, arráncalo y échalo le-
jos de ti (San Mateo 5, 29) porque es preferi-
ble –dice Jesucristo– quedar sin un ojo por ir
al cielo, que con los dos irse al infierno. Por
consiguiente, la disyuntiva en estos casos es o

39
alejarse de la ocasión, cueste lo que cueste, o
condenarse.

Nuestro Señor Jesucristo dijo:


“Si tu ojo derecho te es ocasión de
tropiezo, arráncalo y échalo lejos de ti”
(San Mateo 5, 29)

4 - De la Confesión
Y vengamos ya a la confesión de los pecados.
La confesión, si ha de ser buena, tiene que ser
íntegra, humilde y sincera.
Sección 1ª.
Integridad en la confesión
36. A quien ha ofendido a Dios gravemente,
no le queda más remedio, si quiere escapar de
la condenación eterna, que confesar su peca-
do.
–Pero ¿y si me arrepiento de todo corazón?
¿Y si hago penitencia durante mi vida entera?
¿Y si me voy a un desierto a alimentarme de
hierbas y a dormir sobre el santo suelo?

40
–Puedes hacer lo que quieras; pero si no con-
fiesas el pecado que cometiste y que tienes en
tu memoria, no habrá perdón para ti. Digo que
tienes en tu memoria, porque si lo olvidaste sin
culpa tuya, y al confesarte tuviste dolor gene-
ral de todas tus ofensas hechas a Dios, quedó
indirectamente perdonado; basta que, cuando
te acuerdes, lo declares en la confesión. Pero
si lo callaste voluntariamente, sigues con la
obligación de confesar ese pecado y de confe-
sar de nuevo todos los demás que confesaste,
pues tu confesión fue nula y sacrílega.
37. ¡Maldita vergüenza! A cuántas pobrecitas
almas arrojas al infierno. Por eso Santa Teresa
recomendaba a los predicadores: “Predicad,
predicad, sacerdotes, contra las malas confe-
siones, pues por malas confesiones se conde-
nan la mayor parte de los cristianos”.
38. EJEMPLO: Cierto día un discípulo de
Sócrates entró en casa de una mala mujer. Al
salir ya a la calle, como advirtiese que pasaba
su maestro, quedose dentro para no ser vis-
to. Pero Sócrates, que de todo se había dado
cuenta, asomose al portal y le dijo: “La ver-
güenza debieras tenerla para entrar en este
lugar, no para salir de él”.
Lo mismo digo yo a quienes cometen un
pecado y luego no se atreven a confesarlo:
41
“Hijo mío, lo
vergonzoso es
el pecar, no el
salir del pecado
confesándolo”.
Dice el Espíritu
Santo: Hay una
confusión que es
fruto del pecado
y una confusión
que trae gloria
y gracia (Ecli. 4, Ilustración 6. Santa Margarita de Cortona.
25). Juzguemos como deshonra hacernos ene-
migos de Dios por el pecado; mas no tenga-
mos por tal recobrar la gracia divina y el cielo
por la confesión de nuestras culpas.
39- ¡Vergüenza!, pero ¿por qué? ¿Fue por ven-
tura un baldón para María Magdalena, María
Egipciaca, Margarita de Cortona y tantas otras
penitentes la confesión que de sus culpas hi-
cieron? Precisamente por eso conquistaron el
paraíso, donde, como princesas de tan glorio-
so reino, gozan delante de Dios y gozarán de
Él por eternidades sin fin.
San Agustín, después de su conversión, no
sólo confesó su mala vida, sino que la consig-
nó en un libro, para que el mundo conociera
todos sus extravíos.

42
40. EJEMPLO: Cuenta San Antonio que
un prelado vio en cierta ocasión al demonio
al lado de una mujer que esperaba turno para
confesarse. Preguntóle aquél qué hacía, y el
demonio respondió: “Cumplir el precepto de
la restitución. Cuando incité a esta mujer a
pecar, le robé la vergüenza para que pecara;
ahora se la estoy restituyendo para que calle
su pecado”.
Sí. Este es el ardid de que se sirve el demonio,
como escribe San Juan Crisóstomo: “Puso
Dios vergüenza en el pecado y confianza en
la confesión; el demonio invierte las cosas,
poniendo en el pecado confianza y en la con-
fesión rubor”. El lobo ahoga los gritos de la
oveja atenazándole con sus garras la garganta,
logrando así llevársela y devorarla.
Esto cabalmente hace el demonio con algunas
pobrecitas almas: las sujeta por la garganta
para que no declaren sus pecados y poder lle-
várselas tranquilamente al infierno.
41. EJEMPLO: Refiérese en la vida del Je-
suita Padre Juan Ramírez que, predicando en
una ciudad, fue llamado a confesar a una jo-
ven moribunda. Era ésta de buena familia y
había llevado una vida aparentemente santa,
pues comulgaba a menudo, ayunaba y hacia
otras penitencias. Confesose con muchas lá-
43
grimas a dicho confesor, el cual salió de allí
sumamente consolado. Mas he aquí que mien-
tras caminaba de retorno a su casa, díjole el
compañero que consigo había llevado.
–Padre, mientras vos confesabais a la joven,
vi que una mano negra le apretaba la garganta.
Al oír esto, el Padre Ramírez tornó a la casa
de la enferma; pero al llegar ya la joven había
muerto. Retiróse el Padre a su convento, y, es-
tando en oración, apareciose la difunta en for-
ma horrible, rodeada de llamas y arrastrando
cadenas, la cual le dijo que estaba condenada
por acciones deshonestas con un hombre; que
nunca había descubierto al confesor esos pe-
cados; que en la hora de la muerte quiso con-
fesarlos, pero que el demonio, como de cos-
tumbre, puso en su ánimo grande empacho,
induciéndole a callarlos. Y desapareció, dan-
do espantosos alaridos en medio de un fuerte
estruendo de cadenas3.
42. Hija mía, si ya has cometido algún pecado,
¿por qué no lo confiesas en seguida?
– Es que me da vergüenza.
3 Refiere este suceso la Historia Manuscrita del Colegio de
Valencia. C. 23, según anota el ilustre historiador P. Antonio
Astrain en su Historia de la Compañía de Jesús, t.ll p. 513
Sucedió en Valencia el año 1562, residiendo allí el P. Juan
Ramírez, célebre predicador de la Compañía en España.
44
–¡Desventurada de ti –exclama San Agustín–,
únicamente piensas en que tienes vergüenza,
y no piensas en que, si no te confiesas, es-
tás condenada! ¡Qué te da vergüenza! “Pero
¡cómo! –insiste el mismo santo–, ¿no la tie-
nes para hacerte la herida y la tienes para
ponerte la venda que te la puede curar?” “El
médico –dice el Concilio de Trento-, si no co-
noce la enfermedad, no la puede curar.”
43. ¡Oh qué estrago hace dentro de sí el alma
que, al confesarse, calla por vergüenza algún
pecado mortal! “Lo que para el pecado era
remedio –dice San Antonio–, se convierte en
victorioso trofeo de Satanás”.
Cuando en la guerra se gana una batalla, pa-
sean los soldados con orgullo las armas toma-
das al enemigo. ¡Oh, qué aires de triunfo se
da el demonio con las confesiones sacrílegas,
gloriándose de haber arrebatado al cristiano
aquellas mismas armas con que podía él ha-
berlo vencido!
¡Pobres almas, que así convierten la medicina
en veneno! Aquella infeliz mujer sólo tenía un
pecado en su conciencia; callándolo en la con-
fesión, cometió un sacrilegio, que es pecado
mucho mayor. Ese es el triunfo del demonio.

45
44. Dime hermana, si por no confesar tu pe-
cado tuvieras que verte abrasada viva en una
caldera de pez hirviendo, y supieras que luego
iba a ser conocido tu pecado por todos tus pa-
rientes y vecinos, dime: ¿lo callarías? Segu-
ramente que no, sabiendo, por otra parte, que
con sólo confesarlo quedaría oculto tu pecado
y tú libre de la ardiente caldera.
Pues bien, es cosa certísima que, si callas tus
pecados, irás a arder en el infierno por toda
la eternidad y tus pecados quedarán al descu-
bierto el día del juicio, no sólo delante de tus
parientes y paisanos, sino a la faz del mun-
do entero. Todos nosotros hemos de aparecer
de manifiesto delante de Cristo (2ª Carta a
los Corintios 5, 10). Yo te desnudaré alzan-
do hasta la cara tus vestidos, descubriré a los
pueblos tu desnudez, mostraré a los reinos tus
vergüenzas (Nahúm 3, 5).
45. ¿Has cometido el pecado? Pues si no lo
confiesas, te condenas. Luego, si quieres sal-
varte, alguna vez tendrá que ser la confesión
de tus culpas. Y si algún día habrá de ser, ¿por
qué no ahora? Si alicuando –dice San Agus-
tín– cur non modo? ¿A qué esperas? ¿A que
te sorprenda la muerte, después de la cual ya
nunca podrás hacer confesión? Convéncete
de que cuanto más tardes en confesar tu pe-
cado y cuanto más multipliques los sacrile-
46
gios, más crecerá tu vergüenza y la obstina-
ción en no confesarte. “De la retención del
pecado –escribe San Pedro Blesense– nace la
obstinación”. ¡Cuantas almas desventuradas
se acostumbraron a callar sus pecados dicien-
do: “Cuando llegue la muerte los confesaré”!
Pero llegó aquel momento y… ¡tampoco los
confesaron!

La confesión es una liberación


46. Ten presente, además, que si no confiesas
tu pecado, ya no tendrás paz en toda tu vida.
¡Dios mío, y que infierno tiene que experi-
mentar dentro de sí el pecador que se retira
del confesionario sin haber declarado su cul-
pa! Lleva siempre metida en el seno una víbo-
ra, que sin cesar le está picando en el corazón,
¡Infeliz, un infierno aquí en la tierra, y otro
después en la eternidad!
47. Ea, pues, hermanos, si por desgracia al-
guno de vosotros se halla en el triste caso de
haber callado pecados por vergüenza, tenga
buen ánimo y confiéselos cuanto antes. Dígale
al confesor: “Padre, me da vergüenza decir
un pecado que tengo”, o más sencillamente:
“Tengo ciertos escrúpulos acerca de la vida
pasada”. Esto sólo bastará para que el con-
fesor tome por su cuenta el sacarte del cora-

47
zón la espina que lo mata y dejar totalmente
tranquila tu conciencia. ¡Qué alegría tendrás
después de haber arrojado del corazón aquella
víbora!
48. Pero además, ¿es que por ventura tienes
que manifestar tu pecado a muchas personas?
No; con que se lo digas a una sola, al confesor,
y se lo digas una sola vez, está todo remedia-
do.
Y para que el demonio no te engañe, has de
saber que únicamente es obligado declarar los
pecados mortales. Por consiguiente, si no fue
mortal tu pecado, o si al cometerlo no lo tenías
por tal, no estás obligado a confesarlo. Por
ejemplo: una persona hizo en los días de su
niñez cosas deshonestas; no lo tenía entonces
por pecado ni le pasaba por el pensamiento
que pudiera serlo; no está obligada a confesar-
lo. Pero sí, por el contrario, cuando hizo esas
cosas, sentía en la conciencia el remordimien-
to de pecado mortal, no le queda entonces más
remedio que confesarlo o condenarse.
49. -Pero… ¿y si el confesor descubre a otras
personas mi pecado?
–¿Descubrir? ¿Qué dices? Has de saber que si
el confesor hubiera de ser quemado vivo por
no manifestar un solo pecado venial oído en

48
confesión, estaría obligado a dejarse quemar
antes que decirlo. El confesor no puede hablar
de lo que oyó en confesión ni siquiera con el
mismo penitente.
50. Temo que el confesor me riña al oír mis
faltas.
–¡Qué te va a reñir! Todo eso son falsos temo-
res que te mete en la cabeza el demonio. El
confesor se sienta en el confesionario no para
escuchar éxtasis y revelaciones, sino para oír
los pecados de quien se arrodilla a sus pies, y
su mayor consuelo es tener delante a un peca-
dor que le descubre llanamente sus miserias.
Si en tu mano estuviera librar, sin esfuerzo, de
la muerte a una reina herida por sus enemigos,
¿qué alegría no tendrías en salvarla merced
a tus cuidados? Pues esto hace el confesor
cuando se le acerca un alma pecadora a decir-
le sus pecados; él entonces, dándole la absolu-
ción, cúrala de la herida que le abrió el pecado
y arráncala de la muerte eterna del infierno.
51. EJEMPLO: En la Vida de San Francis-
co trae San Buenaventura el hecho siguiente.
Una mujer, en su lecho de muerte, acaba de
expirar en presencia de sus familiares. Mas he
aquí que al ir a amortajarla se incorpora re-
pentinamente en la cama y, agitada de pies a

49
cabeza, presa de espanto, ma-
nifestó que su alma, en el mo-
mento de expirar, estaba ya
para hundirse en los infiernos
por haber callado un pecado
en la confesión; pero que por
las oraciones de San Francis-
co había vuelto a la vida. In-
mediatamente hizo venir a un
sacerdote; se confesó deshe-
cha en lágrimas y luego reco-
mendó a todos los circunstan-
tes que se guardasen de callar San Francisco de Asís.
ningún pecado en sus confesiones, porque la
misericordia que Dios había usado con ella no
la tendría con todos. Y dicho esto, de nuevo
expiró.
52. Si el demonio te tienta a ocultar algún pe-
cado, respóndele como lo hizo cierta señora
llamada Adelaida. Había tenido relaciones
deshonestas con otro señor, el cual, en un mo-
mento de desesperación, se había estrangula-
do con sus propias manos, muriendo con sig-
nos de réprobo. La mujer, entonces, retirose a
hacer penitencia en un convento. Y aconteció
que, yendo un día a confesarse de todos sus
pecados, se le apareció el demonio y le dijo:
“Adelaida, ¿A dónde vas?” “Voy –respondió
ella– a confundirme yo y a confundirte a ti,
50
confesándome”. Esa debe ser también tu res-
puesta cuando el enemigo te tiente a ocultar
algún pecado en la confesión: “Voy a confun-
dirme yo y a confundirte a ti”. 4
Sección 2ª.
La confesión debe ser humilde
53. Cuando el penitente se dirige al confesio-
nario, imagínese ser un reo condenado a muer-
te, cargado de tantas cadenas cuantos son los
pecados que lleva sobre su conciencia, y que se
presenta al confesor, que, como lugarteniente
de Dios, es el único capaz de romperle esas
ataduras y librarlo de la muerte eterna.
Por consiguiente, debe hablar al confesor con
mucha humildad. El emperador Fernando, ha-
ciendo confesión en su propia habitación, él
mismo se adelantó a ofrecer la silla al confe-
sor y lo hizo sentar en ella. Como el confesor
4 Advierta el catequista que esto de callar pecados por
vergüenza en la confesión es un mal muy común que se da
en todas partes, sobre todo en poblaciones pequeñas. De ahí
que al hacer la instrucción catequística no ha de contentarse
con hablar de esta materia una sola vez, sino vuelva sobre ello
muchas veces y con mucho encarecimiento, para que el pueblo
comprenda la ruina que causan en el alma las confesiones
sacrílegas. Y como los ejemplos suelen impresionar mucho
a la gente, he puesto más adelante una porción de ellos
de personas que, por callar en la confesión pecados por
vergüenza, se condenaron.

51
se maravillara de un acto de tanta humildad,
díjole el emperador: “Padre, ahora yo soy el
súbdito y vos el superior”.
Hay quienes van a discutir con el confesor y
hablan con altanería, como si el confesor fue-
se el súbdito y ellos fueran los señores. ¿Qué
provecho van éstos a sacar de sus confesio-
nes?
Tratad, pues, al confesor con sumo respeto.
Habladle siempre con humildad y obedeced
humildemente todos sus mandatos. Si os re-
prende, callad y recibid sumisos sus amones-
taciones. Aceptad con humildad los remedios
que os indica para la enmienda, y nunca os
indignéis contra él tratándole de indiscreto o
poco caritativo. ¿Qué diríais de un enfermo
que, mientras el cirujano le extirpa el tumor
canceroso, lo tratase de cruel y de hombre de
malos sentimientos? Diríais que estaba loco.
– ¡Pero es que me hace ver estrellas!
– Sí; pero ese dolor precisamente es el que te
sana; de lo contrario, morirías.
54. Si el confesor se negara a absolverte en
tanto no hayas devuelto lo que robaste, obe-
dece y no pretendas ser absuelto a la fuerza.
¿Ignoras por ventura que, una vez recibida la
absolución, nadie restituye?
52
Si el confesor te dice que vuelvas dentro de
ocho o quince días por la absolución, y que
entretanto alejes de ti la ocasión, te encomien-
des a Dios, te hagas fuerte contra las recaídas
y emplees los medios que te indica, obedece,
y así te verás libre de tus vicios. ¿No ves, por
la experiencia de tu pasado, que siempre que
te absolvieron sin dilación, volviste a los po-
cos días a las andadas?
– Pero ¿y si entre tanto me sorprende la muer-
te?
– No te envió Dios la muerte durante tanto
tiempo como estuviste en pecado, sin pensar
lo más mínimo en corregirte, y ahora, que tra-
tas de enmendarte, ¿es cuando temes que te la
pueda enviar?
– Pero lo cierto es que entre tanto me puedo
morir.
– Sí que puedes morir; haz, por consiguiente,
a cada paso actos de contrición, que ya te
he dicho anteriormente que a quien tiene
intención de confesarse y hace un acto de
contrición Dios lo perdona.
55. ¿De qué sirve recibir inmediatamente la
absolución siempre que te confiesas, si no re-
medias tu pecado? Todas esas absoluciones

53
serán nuevo combustible para el fuego eterno.
Oye el siguiente ejemplo: cierto señor habi-
tuado en el vicio, había escogido un confesor
que siempre lo absolvía; y él, claro está, torna-
ba siempre a recaer. Murió el dicho caballero
y fue visto cabalgar por el infierno a espaldas
de otro condenado.
Preguntando quién era aquel que lo llevaba a
cuestas, respondió: “Es mi confesor, quien,
por absolverme en todas mis confesiones, me
ha conducido al infierno. Yo me he condena-
do, pero se ha condenado también él, que me
trajo aquí”.
Por eso, hermano mío, no tomes a mal si el
confesor difiere la absolución para ver cómo
te portas entre tanto. Si, a pesar de confesar-
te, vuelves a caer siempre en la misma culpa,
no puede el confesor absolverte si no llevas
algún signo extraordinario y manifiesto de tu
buena disposición, y si te absuelve, os conde-
náis los dos, tú y el confesor.
Obedece, pues, si te difiere la absolución, y
haz todo lo que él te indique, que luego, cuan-
do hayas cumplido sus indicaciones, te absol-
verá sin duda alguna, y conseguirás así verte
libre del pecado.

54
Sección 3ª.
La Confesión debe ser sincera
56. Ser sincera quiere decir que se haga sin
engaño ni excusas.
a) Sin engaño: Las mentiras leves que se di-
cen en la confesión, aunque por el hecho de
ser dentro del sacramento tengan una mayor
gravedad, nunca, sin embargo, constituyen
pecado mortal. Son mortales cuando la ma-
teria es grave, por ejemplo, si el penitente se
confiesa de un pecado mortal que no cometió
o niega un pecado mortal que cometió y no
tiene confesado todavía o, diciendo el pecado,
asegura falsamente no estar habituado en él.
Habría en estos casos grave engaño cometido
con el ministro de Dios.
57. b) Sin excusas: En el tribunal de la peni-
tencia el reo es acusador de sí mismo; acu-
sador y no abogado que disculpa su delito.
Quien mejor se acusa, sin buscar paliativos a
su culpa, es quien más abundantemente recibe
la misericordia de Dios. Cuéntase a este pro-
pósito que, visitando un día el duque de Osuna
sus galeras, detúvose a preguntar a los galeo-
tes de una de ellas por qué crímenes estaban
allí condenados. Todos decían ser inocentes;
uno solamente respondió que eso y mucho

55
más merecía por sus maldades. El virrey, en-
tonces, le dijo: “Pues no está bien que tú,
siendo criminal, estés aquí en medio de tanto
inocente”. Y dio orden de ponerlo en libertad.
Pues mucho mejor perdona Dios a quien, en
el tribunal de la penitencia, se confiesa reo y
no se excusa.
58. ¡Y cuánta imperfección en muchas confe-
siones! Porque hay quienes, en vez de hablar
de sus pecados al confesor, van contándoles
cuatro cosas buenas que hacen: “Padre, yo
voy a misa todos los días y rezo el rosario;
blasfemias no digo, ni juro, ni tampoco robo”.
Bueno, y todo eso ¡para qué! ¿Para que te ala-
be el confesor? Confiésate de tus pecados,
examínate y verás si no hay en tí miles de
faltas que debes corregir: murmuraciones
palabras deshonestas, mentiras, imprecacio-
nes, rencores, sentimientos de venganza.
Otros hay que, en vez de acusarse, van a de-
fender sus pecados y a justificarse delante
del confesor: “Padre, he dicho blasfemias,
pero es que tengo un amo insoportable; ten-
go odio a una vecina, pero es que me insultó;
he pecado con un hombre, pero es que no te-
nía que comer…” ¿Piensas que te va a servir
para nada una confesión semejante? ¿Qué es
lo que pretendes? ¿Buscas por ventura que
56
el confesor apruebe lo malo que hiciste? Es-
cucha estas palabras de San Gregorio: “Si te
excusas, Dios te acusará; si te acusas, Dios
te excusará”. Quejose amargamente el Señor
a Santa María Magdalena de Pazzi de aque-
llos penitentes que en la confesión se excusan
de sus pecados echando la culpa a los demás:
“Fulanito me puso en la ocasión; zutanito me
tentó…” con lo cual hacen de la confesión
fuente de nuevos pecados, pues por excusar
los suyos, quitan la fama al prójimo sin nece-
sidad. Habría que hacer con estas personas lo
que se cuenta que hizo un confesor con una
mujer que, para disculpar sus pecados, confe-
saba todos los de su marido.
– De penitencia –díjole el confesor– rezará
usted por sus pecados una Salve y ayunará
durante todo un mes por los pecados de su
marido.
– Pero, Padre, ¿por qué he de hacer penitencia
por los pecados de mi marido?
– Hija, ¿y por qué los confiesa, buscando
vuestra defensa a costa de él?
Hermanas mías, desde hoy confesad única-
mente vuestras propias culpas y no las culpas
de los demás, y decid: Padre, no fue el com-
pañero, ni la ocasión, ni el demonio; he sido

57
yo, quien por mi propia malicia he ofendido
a Dios.
59. Cierto que a veces es necesario manifes-
tar al confesor la falta del prójimo para que
se entienda la especie del pecado cometido o
para que el confesor se dé cuenta del peligro
en que se halla el penitente y pueda darle los
consejos oportunos. Pero, aun en estos casos,
cuando podáis ir a otro confesor que no co-
nozca a aquella otra persona, debéis hacerlo.
Ahora que, si el cambiar de confesor os fuese
muy difícil y molesto o juzgaseis que el con-
fesor ordinario, como mejor conocedor del
estado de vuestra conciencia, puede daros un
consejo más acertado, no estáis entonces obli-
gados a buscar otro confesor. En todo caso,
procurad ocultar lo más posible la persona del
cómplice, callando su nombre y diciendo sim-
plemente su estado o condición, por ejemplo,
una joven soltera, una mujer casada, una per-
sona consagrada a Dios, etc.
60. No hagáis tampoco en la confesión –como
advierte San Francisco de Sales– ciertas acu-
saciones inútiles o rutinarias: “Me acuso de
no amar a Dios con todas mis fuerzas”, “de no
recibir los Sacramentos con el debido fervor”,
“de haber tenido poco dolor de mis pecados”.
Todo esto es palabrería inútil y tiempo perdi-

58
do. Como también lo es decir: “Me acuso de
haber faltado en los siete pecados capitales o
en todos los sentidos de mi cuerpo contra los
diez mandamientos de la Ley de Dios”. Dejaos
de tan resabidas cantinelas. Mejor es que ma-
nifestéis al confesor alguno de esos defectos
en que venís faltando desde hace tanto tiempo
sin ninguna enmienda. Seguramente tenéis al-
gún defecto del cual deseáis corregiros; pues
confesaos de él. ¿De qué sirve decir: “Me acu-
so de todas las mentiras que he dicho, de todas
las murmuraciones contra el prójimo, de todas
las maldiciones que he lanzado”, cuando nada
hacéis por enmendaros de semejantes faltas,
pretextando encima que no podéis prescindir
de ellas? ¿Para qué, pues, las confesáis? Eso
es burlarse de Jesucristo y del confesor. Ea,
hijos míos, cuando os confeséis de estos de-
fectos, aunque sólo sean veniales, confesaos
con el propósito firme de no caer más en ellos.

5 - De la Penitencia que impone el


confesor
61. La satisfacción, que llamamos penitencia,
es también parte necesaria de la confesión; no
parte esencial, pues sin ella puede ser válida,
como en el caso de un penitente en trance de
muerte que no la puede cumplir; pero sí es

59
parte integrante, de suerte que si el penitente
no tiene en el momento de confesarse inten-
ción de satisfacer la penitencia, la confesión
sería nula. Es, pues, necesaria en el peniten-
te la voluntad de cumplir la penitencia que le
imponga el confesor. Si tiene esta voluntad,
pero luego no la cumple, la confesión es váli-
da; ahora que, si la penitencia omitida era por
materia grave, el penitente cometería pecado
mortal.
62. Debéis saber que, cuando el hombre peca,
contrae, además de la culpa, la pena que la
culpa merece. En virtud de la absolución, se
perdona la culpa, y con ella la pena eterna.
Y si el penitente tuviese intenso dolor de con-
trición se le perdonaría también toda la pena
temporal. Si la contrición no es tan grande,
quedará por satisfacer esta pena temporal, la
cual debe pagarse o en esta vida o en el purga-
torio. Con la penitencia sacramental –enseña
el Concilio de Trento– no sólo se satisface la
pena merecida por nuestras culpas, sino que
quedan remediados los malos efectos que de-
jaron en nosotros el pecado, las pasiones, los
malos hábitos y la dureza de corazón y, ade-
más, se adquiere fuerza para no volver a pecar.
Así, pues, hijos míos, confesaos cada sema-
na o, a más tardar, cada quince días, y nun-
ca dejéis de confesaros más de un mes.
60
63. ¿Qué pecado comete el que deja de cum-
plir la penitencia?
–Si ésta es ligera, peca venialmente–, si es
grave, comete pecado mortal.
En caso de resultarle al penitente muy difícil
el cumplimiento de la penitencia, puede acu-
dir al confesor que se la impuso o a otro cual-
quier confesor y pedir que se la cambien.
64. ¿En qué plazo debe cumplirse la peniten-
cia?
–Dentro del tiempo señalado por el confesor.
Si no determinó tiempo ninguno, debe cum-
plirse cuanto antes, ya que si la penitencia es
grave y, sobre todo, si es medicinal, diferirla
por mucho tiempo sería pecado mortal.
–¿Y si, por desgracia, después de la confesión
tornase el penitente a recaer en culpa grave,
estaría, no obstante, obligado a cumplir la pe-
nitencia que se le dio?
–Sí, está obligado.
–Pero, ¿satisface, estando como está en des-
gracia de Dios?
–Satisface, ciertamente.

61
65. Lo malo es que muchos se confiesan, acep-
tan la penitencia y luego no la cumplen.
–Es que no me siento con fuerzas para hacer
lo que me ha impuesto el confesor.
–Pues si veías que no ibas a poder cumplir la
penitencia, ¿por qué la aceptaste? Yo os reco-
miendo que cuando el confesor os ponga una
penitencia que, a vuestro juicio, no podréis
cumplir fácilmente, le digáis con franqueza:
“Padre, temo no poder cumplir lo que me
manda; déme otra penitencia más hacedera”.
¿De qué vale decir a todo. “sí, padre, sí”, si
luego no lo vais a cumplir?
Consejo de un santo:
“Hijos míos, confesaos cada semana o, a
más tardar, cada quince días, y nunca dejéis
de confesaros más de un mes.”

66. Por lo demás, sabed que la penitencia que


no se haga en esta vida, habrá de hacerse y
mucho más grave, allá en el purgatorio.
EJEMPLO: Oíd lo que refiere Turlot. Un en-
fermo llevaba ya un año en cama, sufriendo
agudísimos dolores; tantos, que, al fin, pidió a
Dios le enviase la muerte. Dios le mandó a de-
cir por medio de un ángel que escogiese entre
62
pasar tres días en el purgatorio o sobrellevar
sus dolores un año más. El enfermo escogió
los tres días de purgatorio. Murió y, estando
ya en aquella cárcel, recibió de nuevo la visita
del ángel, al cual se quejó de haberle engaña-
do, pues en vez de tres días eran ya muchos
años los que allí llevaba padeciendo.
–¿Dices muchos años? –repuso el ángel–
¡pues no ha pasado ni siquiera un día, ni ha
recibido todavía sepultura tu cadáver!
Aquella alma rogó entonces al ángel se dig-
nase devolverle a la vida para padecer un año
más de los dolores de su antigua enfermedad.
Habiendo vuelto a la vida, exhortaba desde su
lecho de dolores a todos cuantos venían a vi-
sitarle que aceptasen de buen grado todas las
penas de esta vida antes que tener que sufrir
los tormentos de la otra en el purgatorio.
67. ¡Ojalá se dieran arte los penitentes para
satisfacer totalmente en esta vida la penitencia
merecida por sus pecados! De ordinario, casi
todos dejan sin satisfacer alguna partecita de
la pena temporal que les corresponde pagar.
De muchas almas se lee que, no obstante
haber vivido santamente, permanecieron
en el purgatorio por algún tiempo.

63
Procuremos, por consiguiente, además de
cumplir la penitencia sacramental, practi-
car otras buenas obras, como limosnas, re-
zos, ayunos y mortificaciones.
Y tengamos afán por lucrar cuantas indul-
gencias podamos. Las santas indulgencia nos
abrevian las penas que tendríamos que pasar
en el purgatorio.

CASOS FUNESTOS
De confesiones sacrílegas.
I
(De las crónicas benedictinas). Era un ermita-
ño llamado Pelagio.
Ya desde niño, mientras ayudaba a la pobreza
de sus padres guardando ovejas, era su vida
tan ejemplar, que todo el mundo lo apellidaba
santo.
Así vivió muchos años.
Muertos sus padres, vendió los escasos bie-
nes que éstos le dejaron y retirose al yermo.
Tuvo allí un día la desgracia de consentir en
un pecado deshonesto. Viéndose en pecado,
apoderose de él una profunda tristeza, pues,
64
por no perder el buen concepto en que todos
le tenían, avergonzábase de confesar su culpa.
Acertó aquellos días a pasar por allí un pere-
grino, el cual le dijo:
–Pelagio, confiésate, que Dios te perdonará y
recobrarás la paz de tu alma.
Y despareció.
Pelagio, entonces, quiso hacer penitencia de
su pecado, pero sin resolverse a confesarlo,
forjándose la ilusión de que, aun sin esto, Dios
se lo perdonaría.
Llamó a las puertas del monasterio, donde,
precedido como venía de fama, fue admitido
al instante.
Hizo allí una vida áspera, llena de mortifica-
ciones, ayunos y penitencias.
Llegole la hora de la muerte e hizo su últi-
ma confesión. Pero el pecado que en todas las
confesiones anteriores había callado por ver-
güenza, también lo calló en esta postrera.
Recibió el Santo Viático, murió y sepultáronle
con honores de santo.
Mas he aquí que aquella misma noche topó
el sacristán con el cuerpo de Pelagio fuera de

65
la sepultura. Lo volvió a enterrar. Pero como
el extraño fenómeno volviera a repetirse otras
dos noches seguidas, dio aviso de ello al abad,
el cual, acudiendo al lugar con todos los mon-
jes, exclamó:
-Pelagio, tú que en vida fuiste siempre obe-
diente, sélo igualmente en la muerte. Dime,
en nombre de Dios, si es por ventura volun-
tad suya que coloquemos tu cuerpo en sitio de
más honor.
A lo que el muerto respondió con espantosa
voz:
“-¡Ay, mísero de mí! Estoy en el infierno por
no haber confesado un pecado. Mira, padre
abad, mira mi cuerpo.
Y el cuerpo apareció como un hierro rugien-
te que lanzaba chispas de sí. Como todos hu-
yeran espantados, llamó Pelagio al abad para
que, acercándose, le sacase de la boca la par-
tícula consagrada que aún tenía dentro de ella.
-Y ahora –añadió Pelagio- sacadme de la Igle-
sia y arrojadme a un muladar. Y así se hizo.

66
II
(De los anales de Padres. Capuchinos). Cuén-
tase de un religioso (narrando este caso al
pueblo, dígase de un caballero) que, aunque
con fama de fervoroso, hacía sus confesiones
sacrílegamente. Cayó gravemente enfermo; le
hablaron de prepararse a bien morir; trajéron-
le un confesor. Pero cuando lo tuvo delante de
sí, le dijo:
-Decid, padre, cuando salgáis, que me he con-
fesado; pero la verdad es que no quiero con-
fesarme.
-¿Y por qué?
-Porque ya estoy condenado. Nunca hice con-
fesión íntegra de mis pecados y ahora Dios me
niega, en justo castigo, la gracia de confesar-
me bien. Y diciendo esto, mordíase rabiosa-
mente la lengua mientras gritaba:
-¡Lengua maldita, que no quisiste declarar mis
pecados cuando pudiste hacerlo!
Y así, arrancándose la lengua a pedazos y lan-
zando alaridos, entregó su alma al demonio.
El cadáver tornose negro como tizón, y oyose
un ruido espantoso acompañado de insoporta-
ble fetidez.

67
III
Cuenta el P. Serafín Razzi que en una ciudad
de Italia vivía una distinguida señora, al pare-
cer virtuosísima.
Recibió en trance de muerte los últimos Sa-
cramentos dejando a todos los presentes su-
mamente edificados. Y murió.
A vuelta de unos días, una hija suya, que reza-
ba y encomendaba al Señor, como de costum-
bre, el alma de su madre, oyó un ruido extraño
a la puerta. Miró y vio la horrible figura de un
puerco que ardía y apestaba.
Tal espanto se apoderó de la pobre niña, que
corrió a tirarse por la ventana. Más oyó una
voz que le decía:
–Detente, hija mía, detente; soy tu desventura-
da madre, a quien todos tenían por santa, pero
a quien Dios ha condenado al infierno por pe-
cados que cometí con tu padre y que por rubor
nunca confesé. No reces, pues, por mí, que tu
oración aumenta mi tormento.
Luego, entre alaridos, desapareció.

68
IV
Era –refiere el célebre doctor fray Juan de Ra-
gusa– una mujer de vida muy espiritual. Fre-
cuentaba la oración y los Sacramentos, y hasta
el propio obispo teníale por santa.
Fijó en cierta ocasión sus ojos en uno de sus
criados, y tuvo la desgracia de consentir en
malos pensamientos.
Como sólo se trataba de un pecado mental, ha-
cía por convencerse de que no sería necesario
confesarlo. Con todo, los remordimientos de
conciencia no la dejaban en paz.
Enfermó de gravedad; aumentaron los remor-
dimientos, pero ni aun entonces tuvo valor
para confesar su culpa. Y así murió. El obis-
po, que era su confesor y que la tenía, como se
dijo, en concepto de santidad, hizo pasear pro-
cesionalmente el cadáver por toda la ciudad,
dándole luego sepultura en la capilla particu-
lar de su palacio para satisfacer así a la mucha
devoción que le tenía.
Mas sucedió que, al día siguiente del entierro,
el señor obispo, entrando en la capilla, vio so-
bre la losa sepulcral un cuerpo extendido y cu-
bierto en muchas llamas. Conjuróle por Dios a
que dijese quién era.

69
-Soy su penitenta –respondió–, que por un
solo pecado de pensamiento se ha condenado.
Y con gritos desgarradores maldecía la falsa
vergüenza causa de su eterna desgracia.

V
Cuenta el P. Martín del Río, que en la provin-
cia del Perú vivía una joven india, llamada
Catalina, sirvienta en la casa de una piadosa
señora, la cual la indujo a bautizarse y a fre-
cuentar los sacramentos. La joven confesaba a
menudo, pero callaba ciertos pecados.
Enfermó de muerte. Nueve veces confesó
durante la enfermedad, pero siempre sacrí-
legamente. Ella misma enteraba de su sacrí-
lego procedimiento a las demás muchachas
de casa, las cuales, a su vez contáronselo a
la señora. Pudo ésta entonces enterarse por
la misma moribunda de que los pecados que
ocultaba eran ciertas faltas de impureza. Puso
en autos al confesor, el cual, llegándose a la
enferma la exhortó vivamente a declarar todas
sus culpas. Pero Catalina seguía obstinada en
su reserva, y hasta al fin de tanta insistencia
dijo al confesor:
–Dejadme, señor, en paz y no me molestéis
más, porque perdéis el tiempo.
70
Y volviéndose la espalda, púsose a cantar ai-
res profanos.
Estando ya para agonizar, como las compañe-
ras intentaran poner en sus manos un crucifijo,
exclamó:
–¡Déjame de crucifijo! ¡Ni sé qué es eso ni lo
quiero saber!
Y con estas palabras en los labios expiró.
Desde aquella misma noche se oyeron tales
ruidos y tan mal olor se derramó por toda la
casa, que la dueña viose en la necesidad de
cambiar de domicilio.
Posteriormente apareciose a una de sus anti-
guas compañeras, diciéndole que se hallaba
en el infierno por sus malas confesiones.

VI
Refiere el P. Francisco Rodríguez que en In-
glaterra, cuando aún reinaba allí la fe católica,
el rey Egbert tuvo una hija de rara hermosura.
Muchos príncipes pretendían su mano.
Preguntada por su padre si quería contraer
matrimonio, respondió que tenía hecho voto
de castidad perpetua. Obtúvole el rey dispen-

71
sa de Roma, más ella se mantuvo firme en no
querer a otro esposo que a Jesucristo. Pidió a
su padre licencia para vivir retirada en un pa-
lacio solitario, y el padre, por el grande amor
que le tenía, accedió a su deseos, señalándole
una pequeña corte de servidores, conforme a
su alta dignidad.
Entregose a una vida santa de oración, ayu-
nos, penitencias, frecuencia de sacramentos y
visitas a los hospitales, donde ella misma ser-
vía a los enfermos.
En este género de vida y en la flor de sus días
vino a sorprenderle la muerte.
Cierta noche, estando en oración una de las
damas que había sido aya de la princesa, oyó
un gran estruendo y vio en seguida un alma en
figura de mujer, rodeada de fuego y cargada
de cadenas, entre una nube de demonios, la
cual le dijo:
–Soy la hija infeliz de Egbert.
–¡Cómo! –repuso el aya–, ¿condenada tú des-
pués de una vida tan santa?
–Condenada, sí y muy merecidamente por mis
pecados.
–¿Pues qué?

72
–Has de saber que, cuando yo era niña, gusta-
ba sobremanera de que uno de mis pajes, por
el cual sentía grande inclinación, me leyese
hazañas en algún libro. Una vez, después de
la lectura, me tomó la mano y dejé que me la
besara, lo cual fue abrir la puerta a las tenta-
ciones del demonio, hasta que los dos al fin
terminamos pecando.
–Fui a confesarme; comencé a declarar mi
culpa, mas he aquí que el indiscreto confesor
me atajó diciendo:
“¡Cómo! ¿Pero es posible que esto haga una
reina?” “Corrida de vergüenza, yo le dije en-
tonces que todo había sido cosa de un sueño.
“Desde entonces hice penitencias y limosnas,
a fin de que Dios me perdonase, pero sin deci-
dirme nunca a confesar mi pecado. “En la hora
de mi muerte, dije al confesor que había sido
una gran pecadora, a lo que él me respondió
que arrojase de mí tal pensamiento como una
tentación. “Al expirar, fue arrojada mi alma a
la condenación eterna”.
Esto dijo, y desapareció; pero fue con tal es-
trépito que parecía derrumbarse el mundo en-
tero, y dejando en la habitación un olor pesti-
lente, que duró varios días.

73
VII
Nos cuenta el jesuita P. Juan Bautista Manni
de una señora que durante muchos años es-
tuvo callando en sus confesiones un pecado
deshonesto.
Por el lugar donde vivía esta señora pasaron
dos religiosos de Santo Domingo, y ella, que
siempre aprovechaba las ocasiones de tener
a mano un confesor forastero, rogó a uno de
ellos la oyese en confesión.
Cuando luego continuaron su camino los dos
frailes, uno de ellos le dijo al otro, al que había
confesado a la señora, que mientras la estaba
confesando, había visto él salirle de la boca
muchas víboras y que ya estaba para vomitar
también un culebrón, pero que éste volvió a
esconder la cabeza y a meterse todo dentro
de la mujer, cosa que entonces hicieron igual-
mente todas las víboras expulsadas anterior-
mente.
El confesor, sospechando lo que aquello podía
significar, tornó a la casa de la señora; pero al
llegar dijéronle que, mientras se retiraba a sus
habitaciones, había muerto repentinamente.
Más tarde, haciendo el dicho fraile oración, se
le apareció la infeliz condenada.

74
–Yo soy– le dijo– la mujer que usted confesó
el otro día. Vivía mi alma en pecado y siempre
tuve reparo de confesarme con los sacerdotes
del lugar. Dios le envió a usted para mi reme-
dio, pero también esta vez me venció la falsa
vergüenza.
Y Dios me ha enviado de improviso la muerte
al entrar en mi aposento y con toda justicia me
ha condenado al infierno.
Dijo; y, abriéndose la tierra, desapareció en
sus abismos.

VIII
Refiere San Antonio que una viuda, persona
de mucha devoción, habiendo tomado amis-
tad con un joven, acabó por pecar con él.
Diose a penitencias y a hacer limosnas y hasta
llegó a ingresar en un convento.
Pero nunca se resolvía a confesar su pecado.
La hicieron abadesa y acabó sus días en olor
de santidad. Una noche, una monja, hacien-
do oración en el coro, oyó un fuerte fragor y
vio una sombra envuelta en llamas. Preguntó
quién era y la sombra respondió:

75
–Soy el alma de la abadesa; estoy en el infier-
no.
–¿Y por qué?
–Por no haber querido confesar un pecado que
cometí cuando vivía en el siglo. Ve y díselo a
todas las monjas, y que ninguna rece por mí.
Hízose entonces un gran estruendo y desapa-
reció.

IX
(De los anales de los PP. Capuchinos). Cuén-
tase que una madre pregonaba a gritos en su
lecho de muerte su condenación eterna a cau-
sa de sus muchos pecados y de sus malas con-
fesiones.
Entre otras cosas, lamentábase de su descuido
en satisfacer ciertas restituciones.
Como una hija suya se acercara a decirle:
“Pues mire, madre, restituya todo lo que
debe; no me importa que haya que venderlo
todo, lo único que quiero es que su alma se
salve”, ella respondió: “¡Ah, hija maldita!
También por ti, por los escándalos que te di
con mis malos ejemplos, me condeno”.

76
Y todo era vocear desesperadamente. Hicie-
ron venir un Padre Capuchino, el cual la ex-
horto a confiar en la misericordia divina. A lo
que la infeliz respondió:
–¡Nada de Misericordia! ¡Estoy condenada!
¡Ya se me ha dado sentencia, y ya he comen-
zado a sentir los tormentos infernales!
Viose entonces su cuerpo levantado en alto
hasta las vigas del techo y ser arrojado desde
allí violentamente contra el suelo; y expiró.
Hasta aquí el texto de San Alfonso María de
Ligorio.

Una reflexión de
G. K. Chesterton:
(Ex protestante)
“Cuando me preguntan por qué he entrado
en la Iglesia Romana, mi respuesta es
siempre ésta: para librarme de mis
pecados, porque no hay ninguna otra
religión que sostenga con verdad poder
perdonar los pecados de los hombres.”
(En su diario página 702).

77
78
APÉNDICES

LA CONFESIÓN DE LOS PECADOS


(Por el R. Padre Remigio Vilariño, S. J.)
1.- La confesión es un sacramento necesario
a los hombres, muy conveniente, muy di-
vino y muy humano.
2.- Su principal provecho es quitar los peca-
dos mortales y veniales cometidos des-
pués del bautismo.
3.- El pecado mortal es una ofensa a Dios,
quebrantando gravemente alguno de sus
mandamientos.
4.- El pecado mortal es el mayor mal que
hay ni puede haber, porque es ofensa a
Dios, nos priva de la gracia santificante,
nos hace perder la gloria, nos condena al
infierno, nos causa remordimientos y, a
veces, sobre todo repetido, nos trae mu-
chos males en esta vida.
5.- El pecado venial, aunque es mucho me-
nor mal que el mortal, es también en esta
vida muy malo; mas ni nos hace enemi-
gos de Dios, ni nos priva de la gloria, ni
nos condena al infierno, pero enfría el
79
amor que Dios nos tiene, dispone al peca-
do mortal y nos condena al Purgatorio o a
otras penas.
6.- El pecado mortal es muerte del alma.
7.- El pecado venial es enfermedad del alma.
8.- El pecado mortal se quita con la confe-
sión.
9.- También se quita por un acto de perfecta
contrición, pero con propósito de confe-
sarse luego.
10.- El pecado venial se quita por la confe-
sión, por la comunión y, sin confesión,
por algún acto de dolor.
11.- La confesión es un precioso sacramento
que Jesucristo nos adquirió de su Padre
con su sangre.
12.- La confesión es una institución que ade-
más de perdonarse en ella los pecados,
tiene muchas ventajas.
13.- En el confesor nos ha dado Jesucristo:
Un consultor gratuito, imparcial y secre-
to.
Un educador constante que nos guíe al
bien.
80
Un padre bondadoso que nos anime y co-
rrija.
Un médico que cure nuestros vicios y de-
fectos.
Un amigo íntimo, fiel, reservado, compa-
sivo.
Un juez bondadoso que nos absuelve
siempre.
14.- Mejor es que sea hombre que no ángel,
porque así entenderá mejor lo que es mi
corazón por el suyo.
15.- Aunque fueses incrédulo, un confesor te
serviría muchísimo; algunos incrédulos
así lo entienden.
16.- Los que se confiesan frecuentemente, di-
fícilmente se harán malos, y si lo son, se
harán buenos.
17.- Los que son malos y quieren serlo, no se
confiesan o dejan de confesarse. No resis-
ten la confesión.
18.- Para confesarse bien se necesita:
1) Examinarse antes.
2) Dolerse de los pecados cometidos.
3) Proponer enmendarse de ellos.
4) Confesar al sacerdote los pecados
mortales.
81
5) Cumplir la penitencia que le diga el
confesor.
19.- El examen debe hacerse con seriedad,
pero no con apuros ni congojas, de modo
que resulte un tormento; aunque se que-
dase algún pecado olvidado, después de
puesta seria diligencia, no importa.
20.- Si hace poco que te has confesado, te hace
falta poco examen; si mucho, examínate
con más detención.
21.- Dolor es pesar de haber ofendido a Dios,
por ser Él tan bueno, por habernos Él
amado tanto y habernos hecho tantos be-
neficios, o por temor de sus castigos en
ésta o en la otra vida, como el infierno, o
por la fealdad del pecado.
22.- Propósito es una firme resolución de no
volver a pecar en adelante y de apartarse
de los peligros.
23.- No hay obligación de confesar más que
los pecados mortales; los veniales hay
libertad de confesarlos o no.
24.- No hay obligación de confesarlos más
que una vez bien. Aunque se puede con-
fesarlos muchas veces, si se quiere.

82
25.- Basta decir la sustancia del pecado y las
circunstancias que mudan la especie. Pero
no es preciso contar el modo, la historia,
etc.
26.- Después de haber hecho examen con
diligencia para acordarse de lo que uno
buenamente pueda, lo olvidado queda
perdonado, y puedes comulgar, aunque
luego de confesado te acuerdes de algo,
dejándolo para otra confesión.
27.- Se debe decir el número de pecados mor-
tales de cada clase.
28.- Para que un pecado sea mortal, se nece-
sitan tres condiciones:
1ª Que la materia del pecado sea gra-
ve, o que uno la conciba como grave
al tiempo de cometer el pecado.
2ª Que tenga advertencia completa de
que lo que va a hacer es gravemente
malo.
3ª Que tenga libertad completa de hacer-
lo o no hacerlo.
Si falta una de estas tres cosas, el peca-
do no es grave.

83
29.- Todo lo que se hace sin querer, sin pleno
consentimiento, sin plena advertencia, sin
caer en la cuenta, por simple descuido, en
sueños, o medio en sueños, o en un arre-
bato imprevisto o inevitable, no es peca-
do mortal.
30.- Si sólo después de hecha una acción y no
antes, has caído en la cuenta de que aque-
llo era pecado, no has cometido pecado.
31.- Los pecados dudosos no hay obligación
de confesarlos, aunque es bueno confe-
sarlos como dudosos. La duda puede ser
de si cometiste o no el pecado, de si fue
grave o leve, de si lo has confesado ya
o no lo has confesado, y en ninguno de
los tres casos estás obligado a confesarlo.
Pero por si acaso, al confesar los otros,
arrepiéntete en tu corazón de todos los ol-
vidados o que tú no sepas.
32.- El que calle algún pecado grave por su
culpa en una confesión, todas las que
después haga no le valen, y está obliga-
do a repetirlas todas y a confesarse desde
que calló el pecado, confesando también
éste y los que entonces tenía.
33.- Es una tontería callar pecados por ver-
güenza. El confesor te tratará con tanto
84
más cariño y bondad cuanto tú tengas en
él más confianza, y no le dirás nada de
nuevo. Nunca calles por vergüenza un
pecado, porque tendrás después que
sufrir mucho, y al fin lo tendrás que de-
cir, y te costará más cuanto más tardes;
y si no lo dices, te condenarás.
34.- Para que la confesión valga, no es nece-
sario ni haber rezado el Yo pecador, ni
el Señor mío Jesucristo, y ni aun haber
sentido dolor cuando te confesabas; basta
haberlo tenido antes, aunque sea algunos
días antes, con tal que después no hayas
cometido algún otro pecado nuevo, aun
cuando al confesarte no te vuelvas a acor-
dar. Pero es mejor tener dolor actual al
mismo tiempo de confesarse o recibir la
absolución.

ORACIÓN PARA PREPARARSE


A LA CONFESIÓN
Omnipotente y Sempiterno Dios, perdónanos
a los que nos arrepentimos, sé bondadoso con
los que te suplicamos, y dígnate enviarnos tu
gracia que sea remedio saludable a los que
humildemente invocamos tu Santo Nombre,
nos acusamos de nuestros delitos según es-

85
tán en nuestra conciencia, lloramos nuestros
pecados postrados ante tu divina clemencia,
y pedimos instante y humildemente tu serení-
sima piedad; y concédenos, por la invocación
de tu Santísimo Nombre, que todos los que
nos acercamos al Sacramento de la Penitencia
para remisión de nuestros pecados, obtenga-
mos salud del alma y protección del cuerpo.
Por Jesucristo Nuestro Señor.
Señor, que no quieres la muerte del pecador,
sino la penitencia de sus pecados: mira benig-
no la fragilidad de nuestra condición huma-
na y haz que por esta confesión a la que nos
acercamos para obtener perdón, obtengamos
la absolución de nuestras culpas y el premio
de la penitencia. Por Jesucristo Nuestro Señor.
Amén.

ORACION PARA EXAMINARSE BIEN


“Santísima Virgen María, Madre Mía,
dignaos obtenerme la gracia de ver claro
en mi conciencia, de verla tal como la ve
Dios, objetivamente y un verdadero dolor de
haber ofendido a Dios, el firme propósito de
corregirme y la gracia de hacer una buena
confesión.

86
ORACIONES PARA EL DOLOR
Vergüenza.- ¡Oh, Señor Mío y Dios Mío!
Dios Santo, Dios Justo, que aborreces todo
pecado: yo pecador, avergonzado con las
manchas de mis delitos, me presento ante Ti
humildemente a pedirte perdón de mis faltas,
y que por medio de la confesión te dignes la-
varme con la Sangre de tu Hijo, que vive y
reina contigo y el Espíritu Santo por los siglos
de los siglos. Amén.
Temor.- ¡Oh Señor Mío y Dios Mío! Justo
Juez de las iniquidades y conductas de los
hombres, que castigas en esta vida o en la
otra todo pecado: yo pecador, que he mereci-
do el infierno y el castigo por mis culpas, me
presento humildemente ante tu divina miseri-
cordia a pedirte me des la absolución de mis
pecados y me los perdones por los tormentos,
pasión y muerte que te ofreció por mí tu Hijo
Santísimo, que vive y reina contigo y el Espí-
ritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
Agradecimiento.- ¡Oh Señor Mío y Dios
Mío! ¡Oh mi Señor Jesucristo hecho hombre
por redimirme!: tanto me amaste, que para
obtener el perdón de mis pecados quisiste ser
crucificado y dar la vida por mis culpas; yo me
postro humildemente a tus pies y te pido per-
87
dón por haber vuelto a ofenderte despreciando
tu Sangre y el amor con que diste la vida por
mí; dame la gracia de confesarme, arrepentir-
me y enmendarme, ¡oh mi Señor!, que vives y
reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Amor.- ¡Oh, Señor Mío y Dios Mío! ¡Oh buen
Padre, Creador, Bienhechor nuestro! ¡Oh Altí-
simo y Benéfico Señor de todos los hombres!:
yo me arrepiento de haberte ofendido siendo
Tú tan bueno y me presento humildemente
ante tu bondad infinita, y como el hijo pró-
digo, te pido que me perdones y me recibas
de nuevo en tus brazos y admitas en tu casa
reconciliándome por medio de la penitencia.
Por Jesucristo Nuestro Señor, verdadero Hijo
tuyo, que contigo y el Espíritu Santo vive y
reina por los siglos de los siglos. Amén.

Para hacer una buena confesión se


requieren cinco pasos:
1.- Examen de conciencia: esfuerzo sincero
en recordar todos y cada uno de los peca-
dos graves.
2.- Dolor de los pecados: reconocer que se ha
ofendido a Dios que nos ama tanto.
3 - Propósito de no volver a pecar: la simple
88
y sincera determinación de no volver a pe-
car por amor a Dios.
4.- Decir los pecados al sacerdote: de una
manera concisa, concreta, clara, completa
incluyendo el número de veces cometidos.
5.- Cumplir la penitencia: cumplirla cuanto
antes con humildad y dolor en desagravio,
reparación y satisfacción de la culpa con-
traída al ofender a Dios.
El confesor siendo instrumento de Dios,
bajo pena de pecado mortal y excomu-
nión, tiene la obligación de guardar un si-
lencio absoluto sobre la confesión.

San Juan Bosco

Se aconseja de escuchar en
You Tube Los Sueños de
Don Bosco y bajar de internet
Mons. Segur El Infierno

89
LOS MANDAMIENTOS DE LA
LEY DE DIOS
¿Qué pecados debemos confesar?
Debemos confesar todos los pecados mortales
cometidos después del bautismo, o después
de nuestra última confesión bien hecha. ¿Me
quedé tranquilo en confesiones anteriores?

I. YO SOY EL SEÑOR TU DIOS, NO


TENDRÁS OTRO DIOS FUERA DE MÍ
Ordena: Adorar a Dios; tener Fe, Esperanza
y Caridad; reverencia por las cosas sagradas;
oración.
Prohíbe: Idolatría, superstición, espiritismo,
sesiones espiritistas, astrología, cartomancia
(tirar las cartas) güija y ocultismo; tentar a
Dios, cometer sacrilegio, participar en cultos
falsos de otras religiones.
1. ¿Sabes lo necesario para salvarte y cum-
plir tu deber?
2. ¿Crees todo lo que enseña la Iglesia Ca-
tólica?
3. ¿Has sostenido ideas contrarias a la fe ca-
tólica?
90
4. ¿Has consentido dudas contra la fe?
5. ¿Has leído libros de las sectas protestan-
tes?
6. ¿Has creído en supersticiones, adivinado-
ras, espiritistas, horóscopos?
7. ¿Has leído libros o visto películas en con-
tra de la religión?
8. ¿Has pasado mucho tiempo sin rezar?
¿Has rezado mal, de prisa o por rutina?
9. ¿Te has desesperado o has hablado contra
la Providencia?
10. ¿Has criticado al Papa, a los Obispos o a
los Sacerdotes cuando cumplen bien con
su deber?
11. ¿Has cometido sacrilegio: callándote pe-
cados mortales en confesiones a sabien-
das; comulgando en pecado mortal o reci-
biendo así algún otro Sacramento; profa-
nando el templo, los objetos o las personas
consagradas a Dios?
12. ¿Has abusado de la bondad de Dios?
13. ¿Te has avergonzado de ser católico: no
atreviéndote a proceder como tal ante los

91
demás por respeto humano; dejándote
arrastrar al mal por cobardía?
14. ¿Cumples con tu deber de estado cristia-
namente por amor a Dios o eres negligen-
te y flojo?

PRIMER MANDAMIENTO: otro examen


Amar a Dios sobre todas las cosas y no
tendrás otro Dios fuera de mi.
¿Amas a Dios? Pasar días y meses sin hacer
actos de amor de Dios. Olvidarse de Dios.
Faltar a sus oraciones o hacerlas mal. Negar
o dudar de alguna verdad de la Fe Católica.
Descuidar su formación religiosa.
Ir a actos de cultos de sectas falsas o a reunio-
nes de sociedades prohibidas que profesan
doctrinas impías como el naturalismo huma-
nista, el protestantismo, la masonería, el
liberalismo, el marxismo, el evolucionismo,
el socialismo, el comunismo, el pacifismo
(es considerar que nunca existen guerras
justas, Pio Xll 19-10 1953) el democratisimo
(considerar que el 51% decide la verdad)
relativismo (todas las religiones y todas
las ideas son iguales) laicismo (separación
entre la religión y la política) ecologismo
neopagano (por ejemplo creer que es pecado
92
cortar un árbol o matar un animal) ani-
malismo (igualitarismo entre el hombre y el
animal: el animal tiene solo un alma vegetal
y mortal) vegetarianismo, panteísmo (creer
que la naturaleza es Dios. Lo correcto es:
Dios es el creador de la naturaleza pero es
distinto de ella) animismo (considerar que
la naturaleza sea casi divina o tenga un alma
racional) homosexualismo, sectas heréticas y
esotéricas, filosofías orientales neopaganas o
de todo modo anticatólicas, etc.; error acerca
del origen del poder político: afirmar que la
soberanía nace del pueblo y no de Dios.
Afirmar que la mayoría política decide
la verdad, el error, lo justo y lo injusto,
negar la doctrina de la Iglesia sobre las tres
formas legítimas de gobierno: monarquía,
aristocracia, democracia.
¿Reconozco que Dios ha establecido legítimas
desigualdades entre los hombre? ¿He prac-
ticado supersticiones…, consultado las cartas,
y participado en prácticas mágicas? ¿He
tentado a Dios? ¿He perdido tiempo en cosas
inútiles (espectáculos, internet, videojuegos,
etcétera)?
PECADOS CONTRA LA FE: ¿Creo todas
las verdades de la Fe? ¿He repetido todos
los actos de Fe, Esperanza y Caridad para
93
fortalecer estas virtudes, especialmente contra
los errores modernos? ¿He rehusado admitir
una o más verdades reveladas por Dios y
enseñadas por la Iglesia…o de aceptar la
Revelación una vez conocida… o de estudiar
sus pruebas de credibilidad?
¿He renunciado a la verdadera Fe? ¿Creo
que solamente la Iglesia Católica Romana
es la única divina, fuera de la cual no hay
salvación?¿Que el magisterio Romano de los
Papas es el único intérprete legítimo de las
verdades naturales y sobre naturales?¿Rechazo
el igualitarismo de las religiones o creo que
ellas tienen los mismos derechos frente a la
sociedad y al estado? ¿Creo que solamente la
verdad objetiva tiene derecho a la libertad o
profeso el relativismo ideológico religioso?
¿Creo a mi manera? ¿Me he hecho una
religión a mi gusto? ¿Subjetivismo? ¿Moder-
nismo, ecumenismo (buscar la unión de
las religiones bajo cualquier pretexto) he
participado o consentido a tal iniciativa?
¿He practicado cultos falsos? ¿He apostatado
de la verdadera Fe? ¿Creo que el estado, sus
leyes y sus instituciones deben ser Católicas,
lo que es reconocer los derechos de Cristo
Rey sobre la sociedad? (Pío XI, Quas Primas,
sobre el reinado social de Cristo).

94
¿He faltado a la Fe y al respeto de la Sma.
Eucaristía asistiendo a misas inventadas,
además con aplausos, bailes al ofertorio,
música profana, no poniéndome de rodillas,
comunión de pie, en la mano, etc.? ¿Me he
avergonzado de mostrarme cristiano en
público?
Pecados contra la esperanza: ¿Confío en
Dios? ¿Pienso con frecuencia en los bienes
eternos, los deseo ardientemente?
¿Creo que Dios es infinitamente amoroso
aunque en esta breve vida existan los dolores,
la muerte, las catástrofes, etc.… creo que “no
existen proporciones entre las penas de esta
vida y la recompensa en la otra” (Romanos
8,18) y entre el tiempo de la eternidad?
¿He faltado de confianza en la bondad y
providencia de Dios?
¿He desesperado de la posibilidad de vivir
como verdadero cristiano aunque yo pida
la gracia? ¿Creo verdaderamente a las
promesas de Dios de ayudar a quien le reza
humildemente y confía en su Paternidad y
omnipotencia? ¿Al contrario he pecado de
presunción creyendo que me puedo salvar sin
merecerlo, abusando de la bondad de Dios,
confundiendo su bondad con el abuso de la
misma?...
95
Pecados contra la Caridad
1) Amor de Dios: ¿Amo a Dios? ¿Hago actos
de amor de Dios?¿Me olvido que Dios me ha
dado el ser, me ha redimido, me ha dado tantas
gracias particulares? (el bautismo, una familia
cristiana, la verdadera Fe católica).
¿Me doy cuenta que de la mañana a la noche
Dios me hace gozar con sus criaturas?
¿Me olvido de la belleza de la naturaleza?
¿Deseo estar con Aquel que da el ser a las
criaturas? ¿Vivo en Su presencia, trato de
agradarle, servirle con alegría?
¿He rehusado de amar a Dios sobre todas las
cosas? ¿He pasado semanas y meses sin hacer
el mínimo acto de amor a Dios, a lo menos de
amor de gratitud por todas las cosas que Él
me da?
Indiferencia religiosa. Ateísmo, Materialismo,
Impiedad, Relativismo.
¿He profanado las cosas santas? ¿Sacramentos
recibidos en pecado mortal, confesiones y
comuniones sacrílegas (es decir, callar peca-
dos en la confesión y comulgar en pecado
mortal)?
2) Amor del prójimo. ¿Veo en el prójimo
un alma hecha a imagen de Dios, redimida
96
por su sangre? ¿Lo amo por amor de Dios
Nuestro Señor, trato de sobrenaturalizar el
amor natural? ¿He despreciado, odiado, me
he burlado del prójimo?
¿Trato de ayudarlos, asistirlos, soportar sus
defectos, llevarlos a la verdadera Religión?

II. NO TOMARÁS EL NOMBRE DE DIOS EN


VANO
Ordena: Reverencia al hablar de Dios y de las
cosas santas, no jurar el nombre de Dios.
Prohíbe: Blasfemia, el uso irreverente de
Dios y del nombre de Jesucristo, hablar irres-
petuosamente de cosas santas, jurar en falso y
el quebrantar los votos.
1. ¿Has jurado con mentira o con duda?
2. ¿Has jurado vengarte? No debes cumplir
este juramento.
3. ¿Has dicho blasfemias (contra Dios, la Sa-
grada Hostia, la Virgen, los Santos y las
cosas sagradas)?

III. SANTIFICARÁS LAS FIESTAS


Ordena: Asistir a Misa los domingos y los
días de precepto.
97
Prohíbe: El dejar de asistir a Misa por cul-
pa nuestra, trabajar innecesariamente en esos
días, comprar o vender esos días.
1. ¿Has dejado la Misa por tu culpa en do-
mingo o día de fiesta?
2. ¿Has llegado con retraso a la Misa?
3. ¿Te has distraído en Misa voluntariamente
y has distraído a los demás?
4. ¿Has trabajado los domingos o días de
fiesta?
5. ¿Haces tus grandes compras los domingos?

IV. HONRARÁS A TU PADRE Y MADRE


Ordena: Amor, respeto, obediencia de parte
de los hijos; cuidado por parte de los padres
por el bienestar espiritual y temporal de sus
hijos, obediencia a los superiores civiles y re-
ligiosos.
Prohíbe: Odio hacia los padres y superiores;
falta de respeto; desobediencia.
1. ¿Manifiestas respeto y cariño hacia tus pa-
dres, familiares y superiores?
2. ¿Atiendes bien tu hogar y procuras el bien
98
material y espiritual de tu esposa o esposo,
y de tus hijos?
3. ¿Los has inclinado o ayudado a cometer
algún pecado?
4. ¿Corriges con enojo o injustamente a tus
hijos o a otras personas?
5. ¿Has hecho llorar a tu madre?
6. ¿Te has avergonzado de tus padres ante
los demás?
7. ¿Los socorres en sus necesidades?
8. ¿Les ocultas parte de lo que ganas?
9. ¿Tienes odio o aversión a tus hermanos?
10. ¿Has reñido seriamente con ellos?
11. ¿Has estado varios días sin hablarles?
12. ¿Has encubierto sus faltas a tus padres?
13. ¿Cumples fielmente con tus obligaciones
trabajando el tiempo debido?

V. NO MATARÁS
Ordena: El salvaguardar nuestra propia vida
y el bienestar del cuerpo de otros, controlar

99
nuestro mal genio; manejar con cuidado res-
petando la ley de tránsito.
Prohíbe: Matar injustamente, cometer suici-
dio, aborto, eutanasia, practicar el control de
la natalidad, esterilización, “operación”, va-
sectomía, sostener pleitos o reñir, poner en pe-
ligro la vida de uno o parte de nuestro cuerpo
y lo mismo hacia otros; emborracharse, dro-
garse; calumniar al prójimo.
1. ¿Has matado, herido o maltratado grave-
mente a otro?
2. ¿Has insultado o deseado mal al prójimo;
te has burlado o alegrado de la desgracia
ajena?
3. ¿Tienes odio, rencor, aversión a alguna
persona o deseo de venganza?
4. ¿Has abusado de la bebida hasta perder la
razón?
5. ¿Has pecado en lo referente al aborto?
6. ¿Has dado mal ejemplo a quienes te ro-
dean?
7. ¿Has escandalizado, es decir inducido al
pecado, con tu forma de vestir, conversa-
ciones, posturas, diversiones etc.?

100
8. ¿Remedias a los necesitados con tu cari-
dad y tus limosnas?

VI. NO FORNICARÁS:
Sexto y Noveno mandamiento
Ordena: Castidad de palabra y de hecho, evi-
tar ocasiones de pecado.
Prohíbe: La pornografía, películas indecen-
tes, hablar obscenamente, acciones impuras a
solas o en compañía, masturbación, fornica-
ción, homosexualidad, incestos.
1. ¿Has consentido pensamientos impuros?
2. ¿Has mirado con mirada lujuriosa?
3. ¿Has leído algo deshonesto, pornográfico
o peligroso?
4. ¿Has hecho algún acto impuro: solo o con
otra persona soltera o casada?
5. ¿Has usado medios anticonceptivos?
6. ¿Te pones en peligro u ocasión próxima de
pecar: películas, espectáculos, personas,
“noviazgo”, cines, Internet, televisión, no-
velas, etc...?
7. Si vas al matrimonio, ¿has tenido un trato

101
inconveniente con tu novio o novia? (Be-
sos, abrazos, etc.).

VII. NO HURTARÁS:
Séptimo y décimo mandamiento
Ordena: Respeto por la propiedad y el dere-
cho de los demás; el pagar nuestras deudas; el
pagar salarios justos a los empleados; ordena
la honradez y justicia en los funcionarios pú-
blicos.
Prohíbe: Robar, hacer daño a propiedad aje-
na, violar el contrato; el no pagar las deudas;
el no devolver artículos encontrados o presta-
dos; el alterar el peso de los artículos que se
venden; el no pagar salarios justos; el pagar
sobornos; obtener dinero mal habido; hacer
trampa, cometer fraude, aceptar propiedades
robadas; el no pagar un precio justo por el tra-
bajo hecho o no trabajar el tiempo convenido.
1. ¿Has robado algo ajeno?
2. ¿Has cooperado de alguna manera a los
robos ajenos?
3. ¿Has comprado a sabiendas lo robado; has
comprado o vendido con engaño?
4. ¿Te has dejado sobornar?

102
5. ¿Retienes el dinero ajeno?
6. ¿Has restituido lo robado?
7. ¿Has resarcido el daño hecho?
8. ¿Has descuidado el pago de tus deudas?
9. ¿Has tramado algo para apoderarte de lo
ajeno?
10. ¿Has despilfarrado tu dinero?

VIII. NO LEVANTARÁS FALSOS


TESTIMONIOS NI MENTIRAS
Ordena: Decir la verdad, respeto de la fama
del prójimo; guardar en secreto lo que es re-
querido.
Prohíbe: El mentir, difamar el buen nombre
de los otros, calumniar, murmurar, hacer jui-
cios temerarios, hablar de manera desprecia-
ble (desdeñable) y violar un secreto.
1. ¿Has mentido?
2. ¿En materia grave?
3. ¿Has difamado o ridiculizado al prójimo?
(De palabra, por escrito, por insinuacio-
nes, infundiendo sospechas)
4. ¿Has descubierto sin causa justificada
103
faltas, aunque fueren verdaderas, de los
otros?
5. ¿Has exagerado los defectos ajenos; has
traído cuentos o chismes de unos a otros?
6. ¿Has juzgado mal al prójimo sin motivo;
has oído murmurar con gusto?
7. ¿Has restituido la fama?

IX. NO DESEARÁS LA MUJER DE TU


PRÓJIMO
Ordena: Pureza de pensamiento y respeto ha-
cia todas las mujeres.
Prohíbe: Pensamientos y deseos impuros vo-
luntarios.

X. NO CODICIARÁS LOS BIENES AJENOS


Ordena: Respeto por los derechos de los de-
más.
Prohíbe: El deseo de tomar, guardar o des-
truir propiedad ajena.

104
LOS MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA
1º. Oír misa entera todos los domingos y
fiestas de guardar (que son en Guatema-
la: 1º de enero, 1º de noviembre, todo los
santos, 8 de diciembre, la Inmaculada, 25
de diciembre, Navidad). ¿Has dejado esos
días de oír misa sin causa justificada?
2º. Confesarse por lo menos una vez al año
o en peligro de muerte.
3º. Comulgar por Pascua florida.
1. ¿Cumpliste la Pascua todos los años,
comulgando bien a su tiempo para
participar de los frutos de la victoria
de Cristo?
2. Y si no, entonces, ¿comulgaste lo an-
tes posible?
4º. Ayunar cuando lo manda la Santa Ma-
dre Iglesia (miércoles de ceniza y viernes
santo).
1. ¿Has ayunado los días señalados?
(Ayunar es comer una sola comida
fuerte por día y algo ligero en la ma-
ñana y noche).
2. ¿Has guardado abstinencias, es decir,
no comer carne?
105
3. ¿Has guardado abstinencia en estos
días señalados y todos los viernes del
año?
5º. Pagar diezmos y primicias a la Iglesia
de Dios.
1. ¿Has dado para el culto lo que se acos-
tumbra?
2. ¿Eres generoso en sostener las buenas
obras: apostolados, misiones, defensa
y propagación de la fe católica?

LOS 7 PECADOS CAPITALES


1. Soberbia: ¿Te dejas dominar de ella y fo-
mentas sentimientos de vanidad y de or-
gullo? ¿Te contemplas con vanagloria?
¿Te envaneces por el puesto que ocupas?
¿Desprecias a los que te rodean?
2. Avaricia: ¿Piensas sólo en los bienes de
este mundo? ¿Sientes un ansia excesiva de
enriquecerte por la codicia? ¿Tienes de-
masiado apego al dinero o lo despilfarras?
3. Lujuria: ¿Buscas con afán los placeres y
comodidades? ¿Eres blando en tus cos-
tumbres, dejándote llevar de la carne en

106
tus diversiones? ¿Abusas de la vida de bar,
cine, baile?
4. Ira: ¿Te dejas llevar del genio y te enfadas
con facilidad? ¿Soportas con paciencia las
adversidades y molestias de los demás, y
todo lo que te contraría?
5. Gula: ¿Procuras guardar orden y modera-
ción en el comer y beber? ¿Eres sensual y
refinado con exceso?
6. Envidia: ¿Te domina la envidia y llevas a
mal el que otros tengan más, o sean mejo-
res o más felices que tú? ¿Tienes amplitud
de corazón para saber alegrarte del bien
ajeno?
7. Pereza: ¿Te dejas llevar de la pereza: al le-
vantarte, en el trabajo, en tus descansos?
¿Has sido negligente y comodón en tus
obligaciones? ¿Malgastas el tiempo con la
televisión, internet, juegos, etc?

Escucha en YouTube Catecismo


Católica tradicional.
Toda la fe Católica explicada

107
LOS PECADOS NUEVOS
Mucha gente se ha quedado con el examen
de conciencia de 1950. Pero la revolución
anticristiana ha avanzado y enseña a pecar
especialmente contra la Fe, la Esperanza y
la Caridad.
EL DEMONIO QUIERE SER RESPETA-
DO. Quiere que los católicos respeten sus
ideas y sus obras. Por esto el Liberalismo es
pecado. La Santísima Trinidad, al contrario,
puso la enemistad entre la mujer y la serpiente,
sus ideas y sus hijos. Cuando uno dice que
respeta las otras religiones y las otras ideas
anticatólicas, por ejemplo la homosexualidad,
entonces respeta las ideas del demonio y
peca contra la voluntad de Dios que quiere
que mantengamos nuestra enemistad con el
enemigo.
Las virtudes de Fe, Esperanza y Caridad son
las virtudes que unen directamente a Dios,
y quien peca en contra de ellas se separa
indirectamente de Dios.
La virtud de la Fe, además, es necesaria
para pertenecer a la Iglesia Romana y,
como dice el papa Pío XII, en la encíclica
Mystici Corporis, los otros pecados no te
separan de la Iglesia, pero quien peca contra
108
la Fe se separa de Ella. (www.mscperu.
org/biblioteca/1magisterio/1Pio%20XII/
blcuerpo_mistico_Pio12.htm).
En este momento se está haciendo un cambio
de mentalidad, una deformación de las
conciencias por lo cual la gente cree que es
pecado lo que NO es pecado, por ejemplo,
cortar un árbol, matar un animal, la justa pena
de muerte, etc.
Y NO cree que es pecado lo que ES pecado,
por ejemplo, pecando contra la Fe, cuando uno
dice: “En cualquier religión uno se salva…”,
“yo respeto todas las religiones”…, “tenemos
el mismo Dios”…, etcétera.
Llamamos pecados nuevos los pecados que
la gente ya no advierte como pecado porque
son víctimas de la filosofía liberal.
Especialmente en contra de la Fe: “Yo respeto
todas las religiones”, “todas las religiones son
iguales”, “tenemos un mismo Dios” (los judíos
y los musulmanes no creen en la Trinidad,
creen en un dios con una persona y nosotros
los católicos en un Dios con tres personas:
no es lo mismo ), “yo soy por la separación
del Estado y de la Iglesia, soy por el Estado
aconfesional, neutro o laico”, “yo me puedo
confesar directamente con Dios, y no delante
109
del sacerdote” (esto es protestantismo). Cristo
dio poder a sus sacerdotes para perdonar los
pecados (San Juan 20, 22-23).
También negar que la Misa es un sacrificio;
o decir que todo el mundo se salva; duda
voluntaria sobre la Divinidad de Jesucristo;
negar la transubstanciación, es decir, que la
Hostia consagrada es Cuerpo, Sangre Alma y
Divinidad de Cristo, etc.
Es pecado negar que existe la verdad objetiva
con todas sus consecuencias (religiosas, polí-
ticas, sociales y económicas) y afirmar que
todo es relativo con todas sus consecuencias
(religiosas, políticas, sociales y económicas)
entonces si todo es relativo todo es posible:
libertad de culto y de cualquier idea, igua-
litarismo, por ejemplo entre la pareja hete-
rosexual y la homosexual, igualitarismo entre
el hombre y el animal, gusto por todo lo
monstruoso, lo sanguinario, por el homicidio
(en la televisión y películas) y por todo lo
satánico…etc.

110
ORACIONES PARA DESPUÉS
DE LA CONFESIÓN
Señor, Dios Mío, que te ofendes con el pecado
y te aplacas con la penitencia: atiende propi-
cio las oraciones de mi corazón arrepentido y
aparta ya de mí los castigos de tu ira que había
merecido. Por Mi Señor Jesucristo. Amén.
Señor; Dios Mío, que haces que todas las co-
sas aprovechen a los que te aman: derrama en
nuestros corazones el incorruptible afecto de
tu amor, para que todos los deseos y propósi-
tos que he formado con tus inspiraciones, no
se muden en adelante con ninguna tentación.
Abrasa en el fuego del Espíritu Santo nuestro
corazón y nuestras entrañas, para que te sirva-
mos con castidad en el cuerpo y con pureza en
el corazón.
Señor, Dios Mío, que a ninguno rechazas, sino
que, aunque haya pecado, te aplacas por su
penitencia con piadosa misericordia: atiende
propicio a los ruegos de nuestra humildad e
ilumina nuestros corazones, para que poda-
mos cumplir tus mandamientos.
Señor, Dios Mío, que justificas al impío y
no quieres la muerte del pecador: invocamos
suplicantes tu divina majestad para que, así
como tus siervos confiamos en tu misericor-
111
dia, así nos protejas benigno con tu auxilio y
nos conserves con tu asidua protección, para
que continuamente te sirvamos y por ningunas
tentaciones nos separemos de Ti. Por nuestro
Señor Jesucristo. Amén.

Oración para pedir con la intercesión de


la Santísima Virgen
Concédenos, Señor Misericordioso, tu auxilio
en nuestra fragilidad, para que los que invo-
camos la memoria de la Santa Madre de Dios,
por el auxilio de su intercesión, resucitemos
de nuestras iniquidades. Por el mismo Jesu-
cristo Nuestro Señor. Amén.

112
ORACIONES DE LA MAÑANA
Se aconseja hacer estas oraciones
cada día

Pongámonos en la presencia de Dios y


adoremos su Santo Nombre
¡Oh Santísima y Augustísima Trinidad, Dios
uno en tres Personas! Creo que estás aquí pre-
sente. Te adoro con sentimientos de la más
profunda humildad, y te ofrezco de todo co-
razón, los homenajes que son debidos a tu So-
berana Majestad.
Acto de fe
Dios Mío, creo firmemente todo lo que cree
y enseña la Santa Iglesia Católica, Apostóli-
ca, Romana, porque eres Tú, Verdad infalible,
quien se lo ha revelado.
Acto de esperanza
Dios Mío, espero con firme confianza, que me
has de dar, por los méritos de Jesucristo, tu
gracia en este mundo, y, observando tus man-
damientos, tu gloria en el otro; porque así me
lo has prometido y eres todopoderoso, bueno
y fiel a tus promesas.

113
Acto de caridad
Dios Mío, te amo con todo el corazón, con
toda mi alma, con todas mis fuerzas y sobre
todas las cosas, por ser infinitamente bueno e
infinitamente amable; y a mi prójimo como a
mí mismo, por tu amor.
Demos gracias a Dios por los beneficios
que nos ha hecho y ofrezcámonos a Él
Te doy, ¡Oh Dios! humildemente gracias por
todos los beneficios que hasta aquí me has
dispensado, y si he llegado a este día, es por
un afecto nuevo de tu bondad. Quiero, por lo
mismo, emplearlo únicamente en tu servicio;
Te consagro todos los pensamientos, acciones
y trabajos. Bendícelos, Señor, a fin de que no
haya ninguno que no éste animado de amor y
no atienda a tu mayor gloria.
Hagamos una firme resolución de evitar
el pecado y practicar la virtud
Adorable Jesús Mío, divino modelo de perfec-
ción a que debemos aspirar, quiero hacerme
semejante a Ti, en cuanto sea posible: dulce,
humilde, casto, celoso, sufrido, caritativo y
resignado como Tú. Procuraré especialmente
no caer hoy en las faltas que más a menudo
cometo, y de las cuales deseo sinceramente
corregirme.
114
Pidamos al Señor las gracias que
necesitamos
Dios Mío, Tú conoces mi flaqueza. Yo no
puedo nada sin el auxilio de tu gracia. No
me la rehúses, ¡oh Dios mío! concédemela
según mis necesidades. Dame fuerza bastante
para evitar todo el mal que Tú prohíbes, para
practicar todo el bien que de mí esperas, y
para sufrir con paciencia todas las penalidades
que a bien tengas enviarme.
Padre Nuestro
Padre Nuestro, que estás en los cielos, santifi-
cado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad así en la tierra como en el
cielo.
El Pan nuestro de cada día dánosle hoy; per-
dónanos nuestras deudas, así como nosotros
perdonamos a nuestros deudores; y no nos
dejes caer en tentación; mas líbranos del mal.
Amén.
Ave María
Dios te salve María; llena eres de gracia; el
Señor es contigo; bendita tú eres entre todas
las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre
Jesús.

115
Santa María, Madre de Dios, ruega por noso-
tros, pecadores ahora y en la hora de nuestra
muerte. Amén.
Credo de los Apóstoles
Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador
del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su
único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido
por obra y gracia del Espíritu Santo; nació de
Santa María Virgen; padeció bajo el poder de
Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y se-
pultado; descendió a los infiernos; al tercer
día resucitó de entre los muertos; y subió a los
cielos; está sentado a la derecha del Padre, y
desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a
los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la San-
ta Iglesia Católica, la Comunión de los San-
tos, el perdón de los pecados, la resurrección
de la carne y la vida eterna. Amén.
El “Yo pecador”
Yo, pecador, me confieso a Dios todopodero-
so, a la bienaventurada siempre Virgen Ma-
ría, al bienaventurado San Miguel Arcángel,
al bienaventurado San Juan Bautista, a los
Santos Apóstoles Pedro y Pablo, a todos los
Santos, y a vos, padre, que pequé gravemen-
te con el pensamiento, palabra y obra, por mi
culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa;
116
por tanto, ruego a la bienaventurada siempre
Virgen María, al bienaventurado San Miguel
Arcángel, al bienaventurado San Juan Bau-
tista, a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, a
todos los Santos, y a vos, padre, que roguéis
por mi a Dios Nuestro Señor.
Invoquemos a la Santísima Virgen, a San
José, a nuestro Ángel Custodio y a nuestro
Santo Patrón
Virgen Santísima, Madre de Dios, madre y
patrona mía, yo me pongo bajo tu protección;
me arrojo confiado en el seno de tu miseri-
cordia. Sé, Madre de bondad, mi refugio en
mis necesidades, mi consuelo en mis penas y
mi abogada cerca de tu adorable Hijo, hoy y
todos los días de mi vida, y sobre todo en la
hora de mi muerte.
¡Oh San José!, Padre virginal de Jesús, purí-
simo Esposo de la Virgen María, rogad cada
día por nosotros al mismo Jesús, para que, de-
fendidos con las armas de vuestra gracia y lu-
chando legítimamente durante la vida, seamos
coronados por Él mismo en la muerte.
Ángel de Dios, que sois mi custodio, bajo
cuya tutela me ha encomendado la divina pie-
dad, en este día iluminadme, guardarme, re-
gidme, gobernadme. Así sea.

117
Celestial patrono, con cuyo nombre me glo-
río, rogad siempre a Dios por mí: confirmad-
me en la fe; robustecedme en la virtud; de-
fendedme en la lucha, para que vencedor del
maligno enemigo, merezca conseguir la gloria
eterna. Amén

ORACIONES PARA HACER


DURANTE EL DÍA
Ofrece a Dios cada obra en particular rezan-
do una Avemaría al principio de cada una y
diciendo:
Dios Mío, os ofrezco esta obra que voy a ha-
cer por vuestro amor. Bendecidme, Señor, y
Vos ¡oh, Jesús!, y Vos también, ¡oh María!
bendecidme.
EN LA TENTACIÓN.- Reza a la Virgen, al
Ángel de la Guarda e invoca los nombres de
Jesús y de María.
BENDICIÓN DE LA MESA ANTES DE
LA COMIDA
Bendícenos, Señor, y bendice los alimentos
que por tu infinita misericordia vamos a to-
mar, para que manteniendo nuestro cuerpo

118
se emplee en tu santo servicio. Por Jesucristo
Nuestro Señor. Amén (Padrenuestro).
Acción de gracias Te damos gracias, Señor,
por todos los beneficios que nos has hecho
y por los alimentos que acabamos de tomar,
esperando de tu bondad recibir un día la bi-
enaventuranza eterna, así como ahora recibi-
mos el sustento corporal. Por Cristo Nuestro
Señor. Amén (Ave María).
EN LOS MOMENTOS DE IMPACIEN-
CIA.- No blasfemes ni reniegues; reza, pide
a Dios o bien exclama: ¡Dios Mío, dadme pa-
ciencia!; ¡Madre Mía, refrena mi lengua!
REZA EL ÁNGELUS TRES VECES AL
DÍA, como es costumbre, y así merecerás las
bendiciones de tu Madre del Cielo.

119
ORACIONES DE LA NOCHE
Se aconseja rezar estas oraciones cada noche
En el nombre del Padre, y del Hijo y del
Espíritu Santo, amén.
Pongámonos en la presencia de Dios, y ado-
rémosle
Te adoro, Dios Mío, con el acatamiento que
me inspira la presencia de su soberana grande-
za. Creo en Ti, porque eres la Verdad misma;
espero en Ti, porque eres infinitamente bueno.
Te amo con todo mi corazón, porque eres su-
mamente noble, y amo al prójimo como a mí
mismo y por amor tuyo.
Demos gracias a Dios por todos los favores
que nos ha prodigado
¿Cómo agradecerte, Dios Mío, todos los bie-
nes que he recibido de Ti? Tú has pensado en
mí desde toda la eternidad, me has sacado de
la nada, me has dado tu vida para rescatarme y
me colmas a diario de infinitos favores.
¡Ah Señor!, ¿Qué puedo hacer en agradeci-
miento por tanta bondad?
Uníos a mí, espíritus bienaventurados, para ala-
bar al Dios de las misericordias, que no cesa de
hacer el bien a la más ingrata de sus criaturas.
120
Pidamos a Dios conocimiento de nuestros
pecados
Fuente eterna de Luz, Espíritu Santo, disipa
las tinieblas que me ocultan la fealdad y la
malicia del pecado. Hazme concebir un horror
tan grande.
¡Oh Dios Mío! que le odie, si es posible, tanto
como le odias Tú mismo, y que nada tema tan-
to como el cometerlo en lo venidero.

Examen de Conciencia
Para con Dios: Amor de Dios sobre todas
las cosas
Negligencias y omisiones en mis deberes de
religión -Irreverencias en la Iglesia- Santi-
ficación del domingo- Falta de respeto a las
personas y cosas santas- Dudas sobre La Fe-
Respeto humano- Blasfemias- Murmuracio-
nes- Falta de Confianza o de resignación- Re-
sistencias a la gracia.

Para con el prójimo: Amor al prójimo por


Dios
Falta de solicitud -Falta de obediencia -Per-
tinacia -Aspereza -Desprecio -Frialdad -Odio
-Envidia -Injurias -Burlas -Calumnias -Male-

121
dicencias -Perdón de las injurias -Falsos tes-
timonios -Violencias -Mentiras -Malos ejem-
plos -Incitación al mal -Escándalo -Injusticias
-Deudas -Hurtos -Deberes para con la patria
-Deberes Sociales.

Para consigo mismo: Santificación


Enmienda de mi principal defecto -Practica de
mi virtud dominante- Sencillez- Generosidad-
Orgullo – Vanidad – Avaricia – Sensualidad
en deseos, miradas, lecturas, palabras, accio-
nes – Intemperancia – Gula - Molicie- Falta
de mortificación – Ira – Impaciencia – Pereza
en el cumplimiento de mis deberes de estado.
Acto de Contrición
Señor Mío Jesucristo, Dios y Hombre verda-
dero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser
vos quien sois, bondad infinita y porque os
amo sobre todas las cosas, me pesa de todo
corazón haberos ofendido, también me pesa
porque podéis castigarme con las penas del
infierno.
Animado con tu divina gracia, propongo fir-
memente nunca más pecar, confesarme y
cumplir la penitencia que me fuera impuesta,
para el perdón de mis pecados.

122
Os ofrezco mi vida, obras y trabajos en satis-
facción de todos mis pecados, confío en vues-
tra bondad y misericordia infinitas que me los
perdonareis por los méritos de vuestra Precio-
sísima Sangre, pasión y muerte; y me daréis
gracia para enmendarme y para perseverar en
vuestro santo servicio hasta el fin de mi vida.
Amén.

Hagamos un propósito firme de nunca más


pecar
¡Cuánto desearía, Oh Dios Mío, no haberte
ofendido jamás! Mas, ya que he tenido, Señor,
esa desgracia, te quiero mostrar el dolor que
siento con una conducta del todo contraria a
la que hasta aquí he observado. Renuncio des-
de ahora al pecado y a la ocasión del pecado,
sobre todo aquél en que caigo con más fre-
cuencia. Y si Te dignas concederme tu gracia,
como yo te la pido y la espero, he de cumplir
fielmente con mis deberes, y nada será capaz
de detenerme cuando se trate de tu servicio.
Amén.
Padre Nuestro (ver página 115).
Ave María.
Yo Pecador (ver página 116).

123
Encomendémonos a Dios, a la Virgen Ma-
ría y a los Santos
Bendice, ¡Oh Dios Mío! el descanso que voy
a tomar para reparar mis fuerzas, a fin de ser-
virte mejor. Virgen Santísima, Madre de Dios
y mi única esperanza después de Él; San José,
Santo Patrono Mío, interceded por mí; prote-
gedme durante la noche, todo el tiempo de mi
vida y en la hora de mi muerte. Así sea.
Oración al Ángel de mi Guarda
Ángel de Dios, que sois mi custodio, a mí, que
os he sido encomendado por la celestial pie-
dad, en esta noche iluminadme, guardadme,
regidme, gobernadme. Así sea.
Roguemos por los vivos y por los fieles difuntos
Derrama, Señor, tus bendiciones sobre mis
padres, mis hermanos, mis amigos y mis ene-
migos. Protege a todos aquellos que me has
dado por maestros, así espirituales como tem-
porales. Socorre a los pobres, prisioneros,
afligidos, caminantes, enfermos, agonizantes.
Convierte a los herejes e ilumina a los infieles.
Dios de bondad y de misericordia, ten pie-
dad también de las Almas de los fieles que se
hallan en el purgatorio. Acelera el fin de sus
penas, concede el descanso y la luz eterna a
aquéllos por los cuales tengo más obligación
de orar. Amén.
124
PROMESAS DE LA VIRGEN
MARÍA A LOS DEVOTOS DEL
SANTO ROSARIO
La Santísima Virgen le hizo al Beato Fray Ala-
no de la Roche, O. P., las siguientes promesas:
1ª.  Quien me sirviere rezando constantemen-
te mi Rosario recibirá cualquier gracia
que me pida.
2ª.   Prometo mi especialísima protección y
grandes beneficios a los que rezaren de-
votamente mi Rosario.
3ª.  El Rosario será un escudo fortísimo con-
tra  el infierno, destruirá los vicios, librará
de pecados y abatirá la herejía.
4ª.  El Rosario hará germinar las virtudes y
que las almas consigan copiosamente la
misericordia divina; sustituirá en el cora-
zón de los hombres el amor de Dios al
amor del mundo, y los elevará a desear
las cosas celestiales y eternas. ¡Cuántas
almas por este medio se santificarán!
5ª. El alma que se me encomiende por el
Rosario se salvará (los moribundos; los
expuestos a graves peligros; los niños re-

125
cién concebidos que van a morir a manos
de nuevos Herodes u otras causas, etc.).
6ª.  El que con devoción rezare mi Rosario,
considerando sus misterios, no será opri-
mido por la desgracia, ni morirá de muer-
te repentina. Se convertirá si es pecador,
perseverará en la gracia si es justo, y en
todo caso será admitido a la vida eterna.
7ª. Los verdaderos devotos de mi Rosario no
morirán sin los auxilios de la Iglesia.
8ª.  Quiero que todos los que rezan mi Rosa-
rio tengan en vida la luz y la plenitud de
la gracia y sean partícipes de los méritos
de los Santos.
9ª.  Yo libro muy pronto del Purgatorio a las
almas devotas del Rosario.
10ª. Los verdaderos hijos de mi Rosario goza-
rán en el Cielo de una gloria singular.
11ª.  Todo cuanto se pidiere por medio del Ro-
sario se alcanzará prontamente.
12ª.  Socorreré en todas sus necesidades a los
que propaguen mi Rosario.
13ª. He impetrado de mi Hijo que todos los
cofrades del Rosario tengan en vida y en
muerte como hermanos (benefactores) a
todos los bienaventurados de la corte ce-
lestial.
126
14ª. Los que rezan mi Rosario son todos hijos
míos muy amados, y hermanos (asimis-
mo predilectos) de mi unigénito Jesús.
15ª. La devoción del Santo Rosario es una se-
ñal manifiesta de predestinación a la glo-
ria.
Fuente: López, Jeremías. Grandes Promesas de la Vir-
gen. Divulgaciones Benéficas. Cáceres, España, 1988.

EL SANTO ROSARIO
modo tradicional de Santo Domingo de rezarlo

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros ene-


migos, líbranos, Señor, Dios Nuestro. En el
nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu
Santo, amén.

Luego se reza el Acto de Contrición

ACTO DE CONTRICIÓN:

Señor Mío Jesucristo, Dios y Hombre verda-


dero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser
vos quien sois y porque os amo sobre todas
las cosas, me pesa de todo corazón de haberos
ofendido, propongo firmemente nunca más

127
pecar, apartarme de las ocasiones de ofende-
ros, confesarme y cumplir la penitencia que
me fuera impuesta. Os ofrezco, Señor, mi
vida, obras y trabajos en satisfacción de mis
pecados y confío en vuestra Bondad y Miseri-
cordia infinita me los perdonareis por los me-
recimientos de vuestra preciosísima sangre,
pasión y muerte y me daréis gracia para nun-
ca más pecar, enmendarme y perseverar en
vuestro santo servicio hasta el fin de mi vida.
Amén.
Luego se reza el Credo de los Apóstoles

CREDO DE LOS APÓSTOLES:


Creo en Dios Padre Todopoderoso creador del
cielo y de la tierra. Y en Jesucristo su único
Hijo, nuestro Señor; que fue concebido por
obra y gracia del Espíritu Santo; nació de
Santa María Virgen; padeció bajo el poder de
Poncio Pilatos; fue crucificado, muerto y se-
pultado; descendió a los infiernos; y al tercer
día resucitó de entre los muertos; subió a los
cielos y está sentado a la diestra de Dios Pa-
dre; desde allí ha de venir a juzgar a los vi-
vos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo,
la Santa Iglesia Católica, la comunión de los

128
Santos, el perdón de los pecados, la resurrec-
ción de la carne y la vida eterna. Amén.

Luego el Padre Nuestro.

PADRE NUESTRO:

V. Padre Nuestro, que estás en los cielos, san-


tificado sea tu nombre; venga a nosotros tu
reino; hágase tu voluntad así en la tierra como
en el cielo.
R. El Pan nuestro de cada día dánosle hoy;
perdónanos nuestras deudas, así como noso-
tros perdonamos a nuestros deudores; y no
nos dejes caer en tentación; mas líbranos del
mal. Amén.

Luego un Gloria al Padre.

GLORIA AL PADRE:

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu San-


to.
R. Como era en el principio, ahora y siempre,
por lo siglos de los siglos. Amén.
Y las jaculatorias:

129
V. ¡Oh Jesús mío!
R. Perdonad nuestros pecados, libradnos del
fuego del infierno, llevad al cielo a todas las
almas, y socorred especialmente a las más
necesitadas de vuestra divina misericordia.
Amén.
V. Ave María Purísima,
R. Sin pecado concebida.
Nota: El Gloria al Padre y las jaculatorias se
rezan después de cada misterio.
Ahora vienen los Cinco Misterios que le co-
rresponden a cada día. En cada misterio se
reza un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un
Gloria al Padre y las Jaculatorias.

MISTERIOS GOZOSOS:
(SE REZAN LOS DÍAS LUNES Y JUEVES)
Primer Misterio: la Anunciación del Ángel y
la Encarnación del Verbo. Fruto de este mis-
terio: la virtud de la humildad (Lc 1, 26-38).
Segundo Misterio: la Visitación de María a
su Prima Sta. Isabel. Fruto: la caridad fraterna
(Lc 1, 39-56).
Tercer Misterio: el Nacimiento del Salvador.

130
Fruto: el espíritu de pobreza (Lc 2, 1-20; Mt
2, 1-12).
Cuarto Misterio: la Presentación del Niño
Jesús en el Templo y la Purificación legal de
María Santísima. Fruto: la obediencia y la pu-
reza (Lc 2, 21-40).
Quinto Misterio: el Niño Jesús perdido y ha-
llado en el Templo. Fruto: buscar a Dios en
todas las cosas (Lc 2, 41-52).

MISTERIOS DOLOROSOS:
(SE REZAN LOS DÍAS MARTES Y VIERNES)
Primer Misterio: la Agonía. Fruto: la contri-
ción de nuestros pecados (Lc 22, 39-46).
Segundo Misterio: la Flagelación. Fruto: la
mortificación corporal (Jn 18, 36-19).
Tercer Misterio: la Coronación de Espinas.
Fruto: la mortificación del espíritu y del cora-
zón (Mt 27, 27-31).
Cuarto Misterio: Jesús lleva su Cruz a cues-
tas. Fruto: la paciencia en las pruebas (Lc 23,
26-32).
Quinto Misterio: la Crucifixión. Fruto: el
don de sí mismo a la obra de la redención (Lc
23, 33-49).
131
MISTERIOS GLORIOSOS:
(SE REZAN LOS DÍAS MIÉRCOLES, SÁ-
BADOS Y DOMINGOS)
Primer Misterio: la Resurrección de Nuestro
Señor Jesucristo. Fruto: la fe (Lc 24, 1-12).
Segundo Misterio: la Ascensión de Nuestro
Señor Jesucristo a los cielos. Fruto: la espe-
ranza y el deseo del cielo (Hech 1, 4-11).
Tercer Misterio: la venida del Espíritu Santo
sobre Nuestra Señora y los Apóstoles. Fru-
to: la caridad y los dones del Espíritu Santo
(Hech 2, 1-13).
Cuarto Misterio: la Asunción de la Santísima
Virgen María en cuerpo y alma al cielo. Fruto:
la gracia de una buena muerte (Lc 1, 48-49).
Quinto Misterio: la Coronación de la Santí-
sima Virgen en el Cielo como Reina y Señora
de todo lo creado. Fruto: la verdadera devo-
ción a la Santísima Virgen María (Ap 12, 1).
Ahora se reza la Salutación, con las tres Ave
Marías, como sigue.
Dios te salve, María Santísima, Hija biena-
mada de Dios Padre, Virgen purísima antes
del parto, en tus manos encomiendo mi fe
para que la alumbres, llena eres de gracia…
132
Dios te salve, María Santísima, Madre admi-
rable de Dios Hijo, Virgen purísima durante
del parto, en tus manos encomiendo mi espe-
ranza para que la alientes, llena eres de gracia…
Dios te salve, María Santísima, castísima Es-
posa de Dios Espíritu Santo, Virgen purísima
después del parto, en tus manos encomiendo
mi caridad para que la inflames, llena eres de
gracia…
Dios te salve, María Santísima, Templo, Trono
y Sagrario, de la Santísima Trinidad, Virgen
concebida sin mancha de pecado original, al-
cánzanos Madre Mía, la perseverancia final,
no nos dejes vivir, ni mucho menos morir en
pecado mortal. Amén.

DIOS TE SALVE:
Dios te salve, Reina y Madre de misericor-
dia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te
salve. A ti clamamos los desterrados hijos de
Eva. A ti suspiramos gimiendo y llorando en
este valle de lágrimas. ¡Ea, pues! Señora abo-
gada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos
misericordiosos. Y después de este destierro
muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vien-
tre. ¡Oh clemente! ¡oh piadosa!
¡Oh dulce virgen María! Amén.
133
LETANÍAS DE LA SANTÍSIMA
VIRGEN MARÍA:
Son las letanías más antiguas después de las
de los Santos.
V. Señor, ten piedad de nosotros.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
V. Cristo, ten piedad de nosotros.
R. Cristo, ten piedad de nosotros.
V. Señor, ten piedad de nosotros.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
V. Cristo, óyenos.
R. Cristo, óyenos.
V. Cristo, escúchanos.
R. Cristo, escúchanos.
V. Dios Padre celestial,
R. Ten piedad de nosotros.
V. Dios Hijo Redentor del mundo,
R. Ten piedad de nosotros.
V. Dios Espíritu Santo,
R. Ten piedad de nosotros.
V. Trinidad Santa, un solo Dios,
R. Ten piedad de nosotros.
Santa María,..................... ruega por nosotros.
Santa Madre de Dios,....... ruega por nosotros.
Santa Virgen de las vírgenes, ruega por nosotros.
Madre de Cristo, .............. ruega por nosotros.
Madre de la divina gracia, ruega por nosotros.

134
Madre purísima, .............. ruega por nosotros.
Madre Castísima, ............ ruega por nosotros.
Madre virginal, ................ ruega por nosotros.
Madre incorrupta, ............ ruega por nosotros.
Madre inmaculada, .......... ruega por nosotros.
Madre amable, ................. ruega por nosotros.
Madre admirable, ............ ruega por nosotros.
Madre del buen consejo, .ruega por nosotros.
Madre del Creador, ........ ruega por nosotros.
Madre del Salvador, ....... ruega por nosotros.
Virgen prudentísima, ....... ruega por nosotros.
Virgen digna de veneración, ruega por noso-
tros.
Virgen digna de alabanza, ruega por nosotros.
Virgen poderosa, ............. ruega por nosotros.
Virgen clemente, ............. ruega por nosotros.
Virgen fiel, ....................... ruega por nosotros.
Espejo de Justicia, ........... ruega por nosotros.
Trono de sabiduría, ......... ruega por nosotros.
Causa de nuestra alegría, .ruega por nosotros.
Vaso espiritual, ................ ruega por nosotros.
Vaso digno de honor, ....... ruega por nosotros.
Vaso insigne de devoción, ruega por nosotros.
Rosa mística, ................... ruega por nosotros.
Torre de David, ............... ruega por nosotros.
Torre de marfil, ................ ruega por nosotros.
Casa de oro, ..................... ruega por nosotros.
Arca de la alianza, ........... ruega por nosotros.
Puerta del cielo, ............... ruega por nosotros.
Estrella de la mañana, ..... ruega por nosotros.
135
Salud de los enfermos, .... ruega por nosotros.
Refugio de los pecadores, ruega por nosotros.
Consuelo de los afligidos, ruega por nosotros.
Auxilio de los cristianos, .ruega por nosotros.
Reina de los Ángeles, ...... ruega por nosotros.
Reina de los Patriarcas, ... ruega por nosotros.
Reina de los Profetas, ...... ruega por nosotros.
Reina de los Apóstoles, ... ruega por nosotros.
Reina de los Mártires, ..... ruega por nosotros.
Reina de los Confesores, .ruega por nosotros.
Reina de las Vírgenes, ..... ruega por nosotros.
Reina de todos los Santos, ruega por nosotros.
Reina concebida sin pecado original,
......................................... ruega por nosotros.
Reina elevada al cielo, .... ruega por nosotros.
Reina del Santísimo Rosario, ruega por nosotros.
Reina de la paz,................ruega por nosotros.
V. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo.
R. Perdónanos, Señor.
V. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo.
R. Escúchanos, Señor.
V. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mun-
do.
R. Ten piedad y misericordia de nosotros.
V. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las
promesas y gracias de nuestro Señor Jesu-
cristo. Amén.
136
Oremos
V. Te rogamos, Señor Dios, que nos concedas
a nosotros, tus siervos, gozar de perpetua sa-
lud de alma y cuerpo, y por la gloriosa inter-
cesión de la bienaventurada siempre Virgen
María, seamos librados de las tristezas pre-
sentes y disfrutemos de la eterna alegría. Por
Jesucristo, Nuestro Señor.
R. Amén.
AVE MARÍA
V. Dios te salve María; llena eres de gracia; el
Señor es contigo; bendita tú eres entre todas
las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre
Jesús.
R. Santa María, Madre de Dios, ruega por no-
sotros, pecadores ahora y en la hora de nuestra
muerte. Amén.

137
ANGELUS
3 veces al día se reza esta oración para
agradecer a Nuestro Señor de haberse he-
cho hombre y felicitar a la Virgen Santa de
haber sido elegida como madre de Jesu-
cristo
V. El ángel del Señor anunció a María.
R. Y concibió por obra y gracia del Espíritu
Santo.
Dios te salve, María…
V. He aquí la esclava del Señor.
R. Hágase en mí según tu palabra.
Dios te salve, María…
V. Y el Verbo se hizo carne.
R. Y habitó entre nosotros.
Dios te salve, María…
V. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las pro-
mesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo.

ORACIÓN
V. Te suplicamos, Señor, derrames tu gracia en
nuestras almas para que los que por el anuncio
del ángel, hemos conocido la encarnación de
138
tu Hijo Jesucristo, por su pasión y su cruz, lle-
guemos a la gloria de su resurrección.
Por el mismo Cristo Nuestro Señor.
R. Amén.
EN TIEMPO DE PASCUA:
en lugar del ángelus se reza lo siguiente:
Reina del cielo, alégrate, aleluya: El que
mereciste engendrar, aleluya:
Resucitó, como lo había dicho, aleluya: Rue-
ga a Dios por nosotros. Aleluya.
V. Regocíjate y alégrate, Virgen María, ale-
luya.
R. Porque verdaderamente ha resucitado el
Señor. Aleluya.

ORACIÓN.
V. ¡Oh Dios!, que por la resurrección de tu
Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, te has dignado
llenar de alegría al mundo, te suplicamos nos
concedas que por su Madre, la Virgen María,
participemos de los gozos de la vida eterna.
Por el mismo Cristo Señor nuestro. R. Amén.
Para no perder la fe católica y la salvación de
Cristo.

139
Hace 2000 años…
CRISTO FUNDÓ UNA SOLA IGLESIA:
LA IGLESIA CATÓLICA
Pruebas bíblicas e históricas
Folleto católico no. 5
Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios he-
cho Hombre, dio su vida en la Cruz para sal-
var a los hombres del pecado y del poder del
demonio. Fundó Su Iglesia para continuar su
obra de Salvación. Única y exclusivamente a
esta Iglesia, que Él mismo fundó, confió su
misión, su Evangelio, su autoridad y sus po-
deres divinos para predicar, bautizar, hablar
en su Nombre y salvar a los hombres. Sin
embargo, dieciséis siglos después de Cristo,
Martín Lutero, un sacerdote católico exco-
mulgado por sus graves errores en materia de
Fe, inventó la teoría de la libre interpreta-
ción de la Biblia. Este libre examen produjo
unas 36,000 sectas diferentes y opuestas, que
sin ningún derecho se apropiaron del Evan-
gelio, utilizándolo contra la Iglesia Legítima.
Para hacerse aceptar, todas estas sectas, des-
tructoras de la Iglesia Legítima, pretenden ser
de Jesucristo. Hoy en día muchos fundan “su

140
iglesia” y “predican la Biblia” a su modo,
haciendo “discípulos” y sembrando confu-
sión y división entre los católicos ignorantes.
¿Acaso todo esto puede ser fruto del Espíri-
tu Santo de Cristo? ¿Reconoce Cristo a estas
36,000 iglesias como suyas o las rechaza,
puesto que Él no las fundó y a nadie dio au-
toridad para fundarlas? Frente a la confu-
sión y desorientación provocadas por las sec-
tas y los falsos profetas, para no dejarse enga-
ñar y para no perderse eternamente (Mateo 7,
15-23) ¿cómo saber con certeza cuál es la ver-
dadera Iglesia que Cristo fundó? Este asunto
necesita reflexión, mucha buena voluntad y
humildad.

Cristo fundó la Iglesia católica


Toda persona que es lógica, que cree en lo que
dice la Biblia y que quiere hacer la voluntad
de Dios debería aceptar los principios siguien-
tes:
1. Cristo no escribió una Biblia, sino que
fundó una Iglesia: formó hombres y los
mandó a hablar y actuar en Su Nombre
(Mateo 28, 19; II Timoteo 2, 2; Lucas 10,
16; Juan 20, 19-23; Hechos 15, 24; 20,28;
I Timoteo 3, 15; Efecio 4, 4-6).

141
2. La Iglesia que Cristo fundó debe necesa-
riamente tener veintiún siglos de existen-
cia, puesto que Cristo vivió hace más de
2000 años en esta Tierra.
3. Únicamente la Iglesia que tiene veintiún
siglos es la Iglesia fundada por Cristo,
es la Iglesia Legítima, la que escribió la
Biblia, la que recibió el Espíritu Santo, la
que salva.
4. Ahora bien, la historia nos dice que la
Iglesia Católica, es decir, la Iglesia Cris-
tiana Universal, es la única Iglesia que
tiene veintiún siglos, y que esta misma
Iglesia viene de los Apóstoles, a través
de sus legítimos sucesores. Desde San
Pedro, martirizado en el año 67 en Roma
por el emperador romano Nerón, hasta el
Papa Francisco I, esta Iglesia tiene un jefe,
que es el representante de Cristo en la Tie-
rra y sucesor legítimo de San Pedro, ahora
llamado Papa.
5. Únicamente la Iglesia Católica y Apos-
tólica, que ha tenido 266 papas, puede
proporcionarnos una lista de sus jefes,
desde San Pedro hasta el Papa actual.
Ninguna otra iglesia puede ofrecernos esta
lista de la sucesión apostólica. Si no pue-
de mostrarnos este documento, significa
142
que fue fundada después. Y si fue funda-
da después, no es una Iglesia legítima, ni
verdadera, ni bíblica; no puede ser obra
de Cristo. Y si no es obra de Cristo, esta
“iglesia”, fundada por supuestos profetas,
no puede predicar correctamente el Evan-
gelio, ni santificar, ni salvar, aunque afir-
me a la ligera ser de Cristo (Mateo 7, 15-
23). Es un instrumento de perdición que
confunde a la gente, ya que Cristo afirma
que “Surgirán muchos falsos profetas y
extraviarán a muchos.” (Mateo 24, 11).
Esto es lo que está pasando hoy con la pro-
liferación de las sectas.
6. Cristo, por ser Dios, no puede equivocarse
ni engañarnos: prometió a sus Apóstoles
y a sus sucesores que Él estaría con ellos
hasta el fin del mundo y que las fuerzas
del mal no podrían prevalecer contra
su Iglesia (Mateo 28, 17-19). Por consi-
guiente, pretender que la Iglesia verdadera
se acabó en el siglo cuarto y que el empe-
rador Constantino “fundó la Iglesia cató-
lica” es antibíblico y antihistórico; es una
afirmación indigna de un hombre sensato.
7. Los que inventan supuestas iglesias des-
obedecen a Cristo y a Sus legítimos re-
presentantes, a quienes Él dijo: “Quien

143
a vosotros escucha, a Mí me escucha y
quien a vosotros rechaza, me rechaza a
Mí; ahora bien, quien me rechaza a Mí
rechaza a Aquel que me envió.” (Lucas
10, 16).
8. La Iglesia Católica y la Biblia son inse-
parables. A los que rechazan a la Iglesia
Católica y Apostólica, pero se sirven de
la Biblia, que la misma Iglesia Católica
recibió, escribió y nos transmitió duran-
te dieciséis siglos, decimos: Cristo, por
ser Dios, es sabio y prudente; no dejó la
Biblia como una manzana de la discor-
dia entre sus discípulos y los que se ha-
cen pasar por sus discípulos, fundando
sectas. Cristo fundó una Iglesia, dejó un
representante, que fue San Pedro y luego
sus legítimos sucesores, para predicar, in-
terpretar y defender Su Evangelio contra
los manipuladores de la Biblia (II Pedro 1,
20; Gál. 1, 8; II Cor. 11, 13-14). La Biblia
en manos de los fundadores de sectas no
puede defenderse, no tiene boca para
desmentir sus falsas interpretaciones y
malas aplicaciones.
9. La Iglesia verdadera necesariamente es
UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓ-
LICA y debe tener 2000 años. Debe tener
la misma fe, la misma moral, la misma
144
autoridad mediante la legítima sucesión
apostólica y la misma enseñanza, desde
Cristo hasta hoy. Ahora bien, aparte de
la Iglesia Católica, ninguna de las 36,000
“iglesias” protestantes cumple con estas
condiciones (Juan 17, 20).

La Biblia nos habla de una Iglesia


San Pedro, después de haber declarado que
Cristo es el Hijo de Dios vivo, recibe del pro-
pio Cristo esta respuesta: “Yo te digo que tú
eres Pedro y sobre esta piedra edificaré MI
IGLESIA, y las puertas del infierno no pre-
valecerán contra ella. A ti te daré las llaves
del reino de los cielos: todo lo que atares so-
bre la tierra será atado en los cielos, y todo lo
que desatares sobre la Tierra será desatado
en los cielos.” (Mateo 16, 17-19).
Nuestro Señor dice Mi Iglesia; no dice Mis
iglesias. Aunque la Iglesia esté en el mundo
entero, es una. Nuestro Señor jamás habla de
varias Iglesias. Al contrario, nos advierte de
no dejarnos engañar por supuestos profetas
que hacen su negocio con la Biblia.
La Iglesia debe ser católica y apostólica
Así como Cristo es el único mediador entre
Dios y los hombres (1 Timoteo 2, 5), así la
145
Iglesia católica es la única Iglesia que condu-
ce a Jesucristo, puesto que ella sola fue fun-
dada por Él, para continuar su obra. Ella sola
recibió al Espíritu Santo y la promesa de
ser asistida por Él hasta el fin del mundo
(Hechos 1, 8; Mateo 28, 20). Ella sola es “la
Iglesia del Dios vivo, columna y apoyo de
la verdad” (I Timoteo 3, 15). Ella sola es la
Iglesia de los Apóstoles, la Iglesia de la cual
habla la Biblia. Separarse de ella es renunciar
a Cristo. Que esta Iglesia tenga hijos o minis-
tros buenos o malos es otro asunto.
Cristo, Pontífice y Sacerdote Supremo del
Nuevo Testamento (Hebreos 4 y 5) formó a
los Apóstoles y les comunicó sus poderes.
Los Apóstoles, que son los enviados y depo-
sitarios exclusivos de la autoridad de Cris-
to, antes de morir dejaron sucesores legí-
timos, esto es, formaron otros presbíteros y
obispos, a quienes dieron el poder y la misión
de predicar conforme a la Fe que ellos recibie-
ron, predicaron y transmitieron ( II Timoteo 2,
2). Desde el siglo I hasta el XXI, siempre la
Iglesia Católica ha tenido sacerdotes, obispos
y papas. Ella sola tiene esta sucesión apostóli-
ca legítima. San Pablo escribe a su discípulo,
el obispo Tito: “Te he dejado en Creta [isla
griega] para que arregles las cosas que faltan
y para que constituyas presbíteros en cada
146
ciudad, como yo te ordené” (Tito 1, 5). Los
presbíteros son los sacerdotes. El mismo San
Pablo dice a los fieles de la ciudad de Corinto:
“Os alabo porque observáis las tradiciones
conforme os las he transmitido” (I Cor. 11, 2).
“Mantened firmemente las tradiciones en las
que fuisteis adoctrinados, ya sea de viva voz,
ya sea por carta nuestra” (II Tesalonicenses
2, 15). Una secta que nació 2000 años después
de Cristo no vio nada, no recibió nada, no es-
cuchó nada, no tiene ninguna tradición apos-
tólica ni legitimidad. La palabra tradición vie-
ne del latín y significa transmisión y entrega
“del mensaje de Cristo, comunicado ver-
balmente o por escrito– (II Juan 12; III Juan
13). Por ejemplo, por la Tradición sabemos
que hay cuatro Evangelios canónicos. En la
Iglesia Católica, los fieles con sus presbíteros
observaron lo que les fue transmitido y ellos a
su vez lo transmitieron, bajo la vigilancia de
los obispos, a la generación siguiente; así fue
desde el siglo I hasta hoy.
La más antigua secta protestante fue fun-
dada por el mencionado sacerdote católico
excomulgado, Martín Lutero, 1521 años
después de Cristo. Ahora bien, los protes-
tantes, que nacieron dieciséis siglos después
de los Apóstoles, nunca los conocieron, ni los
escucharon, ni recibieron una Biblia ni una
147
misión de ellos. De ninguna manera pueden
saber la correcta interpretación de la Biblia,
que es el libro sagrado de la Iglesia Católica y
Apostólica. San Pablo dice: “Aun cuando no-
sotros mismos, aun cuando un ángel del cie-
lo os anuncie un evangelio distinto del que
os hemos anunciado, sea anatema [maldito].
Lo dijimos ya, y ahora vuelvo a decirlo: Si al-
guno os predica un evangelio distinto del que
recibisteis, sea anatema.” (Gálatas 1, 8-9).
Toda interpretación de la Biblia que contradi-
ce la Fe Católica y Apostólica de 2000 años
es un evangelio distinto. Todas las sectas, in-
cluso las evangélicas, por desgracia predican
un evangelio diferente del que predicaron los
Apóstoles y sus legítimos sucesores. Esto es
sumamente grave para ellas y sus víctimas.
Al referirse a los predicadores no autorizados
por la Iglesia Legítima, San Pablo dice: “Esos
tales son falsos apóstoles, obreros engaño-
sos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo.
No es maravilla, ya que el mismo Satanás se
disfraza de ángel de luz. No es mucho, pues,
que también sus ministros se disfracen de
ministros de justicia; su fin será el que co-
rresponde a sus obras” (II Cor. 11, 13-14).
Esto es algo tremendo e increíble. Sin embar-
go, Cristo dijo: “Se levantarán muchos fal-
sos profetas que engañarán a muchos […]
148
y obrarán grandes señales y prodigios...”
(Mateo 24, 11, 24). Los falsos profetas harán
incluso falsos milagros.
La verdadera Iglesia debe ser católica y
apostólica
Cristo mandó a sus Apóstoles y sucesores
anunciar su Evangelio (Mateo 28, 20). Los
Apóstoles predicaron y dejaron representan-
tes. San Pablo escribe a Timoteo, a quien con-
sagró obispo: “Lo que oíste de mí transmítelo
a hombres fieles, los cuales serán aptos para
enseñarlo a otros” (II Timoteo 2, 2). En la
Iglesia católica, desde San Pablo, los obispos
transmitieron a otros obispos lo recibido y los
dejaron como guardianes de este depósito
de la Fe (I Timoteo 6, 20) para evitar el robo
y la confusión. (Hechos 15, 24; 20,28).
Las palabras iglesia y católica vienen del grie-
go y significan la asamblea universal de to-
dos los fieles cristianos. Decir católico y decir
cristiano es la misma cosa. “La Iglesia, dice
San Agustín, es el pueblo cristiano esparcido
por toda la redondez de la Tierra”. Desde el
año 107, San Ignacio mártir, segundo obispo
de Antioquía de Siria, después de San Pedro,
utilizó el término Iglesia Católica para referir-
se a las iglesias fundadas por los Apóstoles.

149
La historia nos dice que los rusos y los grie-
gos “ortodoxos”, por ejemplo, se separaron
de la Iglesia católica en el año 1054. Los pro-
testantes y los evangélicos empezaron con
Martín Lutero a partir de 1521. Los anglica-
nos fueron fundados en 1534 por el Rey de
Inglaterra, Enrique VIII, porque el Papa no le
permitió divorciarse. Todas las demás sectas
nacieron de la revolución luterana. Los tes-
tigos de Jehová fueron fundados en Estados
Unidos en 1871 por Charles Taze Russell; los
mormones en 1830 por Joseph Smith; los de
la supuesta “Luz del mundo” en 1926 por
Eusebio Joaquín González en México. Los
que falsamente se llaman “cristianos” son
protestantes disfrazados. De todas estas sec-
tas ninguna tiene 2000 años, ninguna viene
de los Apóstoles. Ahora bien, si Cristo no las
fundó, ¿qué garantía de veracidad y legitimi-
dad pueden tener? Absolutamente ninguna.
Al contrario, la Biblia, la historia, el senti-
do común y la justicia las condenan como
usurpadoras de misión y de función (Jere-
mías 23, 21, 25; Mateo 7, 15-23).
Para concluir, Nuestro Señor Jesucristo, el
Fundador de la Iglesia Católica y Apostólica,
nos advierte: “Guardaos de los falsos profe-
tas, que vienen a vosotros con vestiduras de

150
ovejas; mas por dentro son lobos feroces.… No
todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en
el reino de los cielos; mas el que hace la vo-
luntad de mi Padre, que está en los cielos, éste
entrará en el reino de los cielos. Muchos me
dirán en aquel día [del Juicio]: Señor, Señor,
¿acaso no profetizamos en tu nombre, en tu
nombre lanzamos demonios, y en tu nombre
obramos muchos prodigios? Y entonces les
declararé: nunca jamás os conocí; apartaos
de Mí los que obráis la iniquidad” (Mateo 7,
15-23).
En la crisis actual, muchos de buena fe están
en las sectas, pero pensando estudiar la Biblia
pierden la verdadera Fe Cristiana. Se separa-
ron de la Iglesia de Cristo para seguir iglesias
ilegítimas, que no tienen la auténtica interpre-
tación de la Biblia, ni legítimos ministros y
que no pueden salvar. La solución es regresar
a la Iglesia fundada por Cristo mismo, la que
es Una, Santa, Católica y Apostólica.
Padre Michel Boniface

LES ACONSEJO VISITAR LA PÁGINA: 


http://propagandacristianacatolica.blogspot.com/
sitios: fsspx.org.mx / fsspx-sudamerica.org/

151
Para saber más…
http://defiendetufe.org/sitio/respuestas-cato-
licas-inmediatas/curso-en-cd-s-de-defensa-
de-la-fe-apologetica/pastores-evangelicos-se-
convierten-al-catolicismo
Se aconseja leer:
1. Padre F. Amatulli, Diálogo con los protes-
tantes www.padreamatulli.com y Daniel Gag-
non, No todo el que dice: Señor, Señor. Ed.
Parroquial de Clavería, México D.F.
2. FTD y Padre Michel Boniface, Breve Cate-
cismo Católico Bíblico y Apologético. Contie-
ne 282 preguntas y respuestas acerca de la fe
católica respaldadas con muchas citas bíblicas
que defienden la fe católica frente a los pro-
testantes.
Tels.: (00502) 2212-4508
padreboniface3@gmail.com
3. P. Ciriaco Santinelli, sdb.
El Catequista Instruido, Método para ense-
ñar bien el catecismo, obra útil para los se-
ñores sacerdotes, maestros de escuela, cate-
quistas, padres y madres de familia.
Con la aprobación de Mons. Juan Abelardo
Mata Guevara, sdb.
En YouTube se puede escuchar el catecismo
católico tradicional todo esta explicado a
base del catecismo Mayor de San Pio X
152
ÍNDICE
DEL SACRAMENTO DE
LA PENITENCIA…. ..................................5
Tres condiciones para confesarse bien.........7
1. Del examen de conciencia.......................7
Los pecados veniales............................14
Un consejo muy importante.................16
2. Del dolor de los pecados........................17
3. Del Propósito.........................................29
4. De la Confesión......................................40
Integridad en la confesión...................40
La confesión es una liberación............47
La confesión debe ser humilde.............51
La Confesión debe ser sincera.............55
5. De la Penitencia que impone
el confesor..............................................59
CASOS FUNESTOS
de confesiones sacrílegas...........................64

APÉNDICES

LA CONFESIÓN DE LOS PECADOS


Por el R. Padre Remigio Vilariño, S. J.......79
153
Oración para prepararse a la confesión......85
Oración para examinarse bien....................86
Oracion para el dolor.................................87
Los mandamientos de la Ley de Dios........90
Los mandamientos de la Iglesia ..............105
Los 7 pecados capitales........................... 106
Los pecados nuevos.................................108
Oraciones para después de
la confesión.............................................. 111
Oración para pedir con la intercesión
de la Santísima Virgen............................. 112
Oraciones de la mañana y de la
noche, y el Santo Rosario........................ 113
Oraciones para hacer durante el día........ 118
Oraciones de la noche..............................120
Promesas de la Virgen María a los
devotos del Santo Rosario .......................125
El Santo Rosario......................................127
Angelus....................................................138
Para no perder la fe católica y
la salvación de Cristo: hace 2000 años
Cristo fundó una sola Iglesia: la
Iglesia católica, pruebas
bíblicas e históricas..................................140

154