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Vigilar y castigar es un libro de Michel Foucault escrito en 1972, en donde se explica el nacimiento y

desarrollo de las prisiones durante la primera parte de siglo XVII en Europa. Sin embargo, Foucault trata de
indagar que hay detrás de ello, encontrando que la disciplina ayuda a sustituir el viejo principio exacción-
violencia por el de suavidad-producción-provecho, esto explicado a parir de dos contextos relacionados; el
primero, obedece a la Revolución Francesa y las corrientes humanistas y el segundo, obedece al contexto de
la Revolución industrial. En el primero, el hombre ya no puede ser víctima de tan horribles suplicios como los
de Damiens, y en el segundo, se plantea la necesidad de hacer de los presos o los criminales, personas que
contribuyan con trabajos y labores.
En la primera parte del libro: Suplicio, Foucault plantea que entre los siglos XVIII y XIX, desaparecen los
suplicios debido a dos procesos:
1. La desaparición del espectáculo punitivo. El castigo ha cesado poco a poco de ser teatro. El rito que
“cerraba” el delito se hace sospechoso de mantener con él turbios parentescos: de habituar a los espectadores
a una ferocidad de la que se les quería apartar, de mostrarles la frecuencia de los delitos, de emparejar al
verdugo con un criminal y a los jueces con unos asesinos, de hacer del supliciado un objeto de compasión o
de admiración. La ejecución pública se percibe ahora como un foro en el que se reanima la violencia. El
castigo tenderá pues a convertirse en la parte más oculta del proceso penal. Consecuencias: abandona el
dominio de la percepción casi cotidiana, para entrar en el de la conciencia abstracta; se pide su eficacia a su
fatalidad, no a su intensidad visible; es la certidumbre de ser castigado y no ya el teatro abominable. Por esto,
la justicia no toma sobre sí públicamente la parte de violencia vinculada a su ejercicio. Es la propia condena la
que se supone que marca al delincuente con el signo negativo; publicidad, por tanto, de los debates y la
sentencia; pero la ejecución misma es como una vergüenza suplementaria que a la justicia le avergüenza
imponer al condenado; mantiénese a distancia, tendiendo siempre a confiarla a otros y bajo secreto. Es feo ser
digno de castigo, pero poco glorioso es castigar. Lo esencial de la pena que los jueces infligimos no crean
Uds. que consiste en castigar; trata de corregir, reformar, “curar”; una técnica del mejoramiento rechaza, en la
pena, la estricta expiación del mal, y libera a los magistrados de la fea misión de castigar. Hay en la justicia
moderna una vergüenza de castigar. Sobre esta herida, el psicólogo pulula así como el modesto funcionario de
la ortopedia moral.
2. La desaparición de los suplicios es, pues, el espectáculo que se borra; y es también el relajamiento de la
acción sobre el delincuente.
Con ello el suplicio pasa a ser el empleo del tiempo como castigo. Por otro lado, “Si no es ya el cuerpo el
objeto de la penalidad en sus formas más severas, ¿sobre qué establece su presa? La respuesta de los
teorizantes —de quienes abren hacia 1760 un periodo que no se ha cerrado aún— es sencilla, casi evidente.
Parece inscrita en la pregunta misma. Puesto que ya no es el cuerpo, es el alma. A la expiación que causa
estragos en el cuerpo debe suceder un castigo que actúe en profundidad sobre el corazón, el pensamiento, la
voluntad, las disposiciones. Mably ha formulado el principio, de una vez para siempre: "Que el castigo, si se
me permite hablar así, caiga sobre el alma más que sobre el cuerpo."
Castigo:
Durante el siglo XVIII se hacen fuertes críticas contra el actual sistema de suplicios por considerarlos como
vergonzosos, peligrosos, críticas basadas en el naciente concepto de humanidad, aplicables a todos los seres
humanos, incluso a los peores delincuentes y asesinos. Sin embargo Foucault expone que tales críticas
esconden algo más allá, es decir, el surgimiento de una nieva economía del castigo.
“Los cambios sociales del siglo XVIII, y fundamentalmente el aumento de la riqueza, suponen una
disminución de los crímenes de sangre y un aumento de los delitos contra la propiedad. En este contexto, la
burguesía emergente siente la necesidad de un ejercicio más escrupuloso de la justicia, que castigue toda
pequeña delincuencia que antes dejaba escapar y para la que el suplicio resulta totalmente desmedido. Por lo
tanto, lo que piden los reformadores a lo largo de todo el siglo XVIII es «castigar con una severidad atenuada,
quizá, pero para castigar con más universalidad y necesidad»” Es así como el castigo pretende ya modelar las
conductas de la sociedad y prevenirlas; el castigo ya no es una afrenta contra el rey, sino que es una afrenta
contra la sociedad, de ahí lo importante ya no sea castigar por medio de suplicios, sino más bien, el de impedir
ciertas conductas, regular el comportamiento de los sujetos.
“En este contexto, se considera que el delito ataca a la sociedad entera, que tiene el derecho de defenderse de
él y de castigarlo. El castigo ya no puede concebirse como una venganza, sino que se justifica a partir de la
defensa de la sociedad y de su utilidad para el cuerpo social (aparece, así, la importancia de la prevención del
delito). Este nuevo poder de castigar se basa en seis reglas básicas:

Regla de la cantidad mínima: Se comete un crimen porque se espera obtener ventajas. Por tanto, el castigo
tiene que superar, pero sólo un poco, esas ventajas.

Regla de la idealidad suficiente: La eficacia de la pena descansa en la desventaja que se espera de ella. Por
tanto, el castigo tiene que basarse, sobre todo, en la representación que el posible delincuente hace de él.

Regla de los efectos laterales: Los efectos más intensos no se deben producir en el culpable, sino en los que
pudieran llegar a serlo.

Regla de la certidumbre absoluta: Debe tenerse una seguridad de que el delito va a ser castigado y no quedar
impune. Por tanto, el aparato de justicia debe ir unido a un órgano de vigilancia: la policía y la justicia deben
ir juntas.

Regla de la verdad común: Siguiendo las reglas del método científico, la investigación abandona el antiguo
modelo inquisitorial para adoptar el de la investigación empírica.

Regla de la especificidad óptima: Es necesario que todas las infracciones estén especificadas. Además, debe
haber una individualización de las penas, para que se acomoden a las características de cada delincuente, que
se percibe como un individuo al que es necesario conocer. Aquí tendrán acomodo las ciencias humanas y
sociales aplicadas a la penalidad.”
Las nuevas penas que se buscan para desarrollar esta nueva tecnología del castigo tienen que cumplir varias
condiciones:

Deben ser lo menos arbitrarias posible: el vínculo entre delito y castigo debe ser inmediato.

Hay que basarse en los intereses del posible delincuente: si el interés es la fuerza que mueve al delito, hay que
utilizar esa misma fuerza para evitarlo.

Es necesaria una modulación temporal: Una pena definitiva supondría que el trabajo que se invierte en el
delincuente sería desaprovechado, pues el delincuente regenerado no volvería a la sociedad

El castigo afecta sobre todo a los posibles delincuentes; el culpable no es más que uno de sus blancos.
Además, los castigos pueden ser considerados como una retribución que el culpable da a cada uno de sus
conciudadanos por el crimen que los ha perjudicado a todos.

El castigo público debe ser como un libro de lectura, en donde puedan leerse las propias leyes; los castigos
deben ser una escuela y no una fiesta.

Hay que acabar con la gloria ambigua de los criminales, como la que aparecía en los romances populares.

DISCIPLINA:
LOS CUERPOS DÓCILES

“Ha habido en el curso de la edad clásica un descubrimiento del cuerpo como objeto y blanco de poder.
Cuerpo que se manipula, que se da forma, que se educa, que obedece. El gran libro del Hombre-máquina ha
sido escrito en dos registros:
-el anátomo-metafísico, del que Descartes había compuesto las primeras páginas, y que médicos y filósofos
continuaron (óptica médica y filosófica). Se trata aquí de funcionamiento y explicación; de un cuerpo
analizable.

-el técnico-político, que estuvo constituido por reglamentos (militares, escolares, hospitalarios) y por
procedimientos empíricos y reflexivos. Se trata aquí de sumisión y utilización; de un cuerpo manipulable.

Estos dos registros se hallan unidos por la noción de docilidad. Es dócil un cuerpo que puede ser sometido,
utilizado, transformado y perfeccionado. Estos esquemas de docilidad, de tanto interés para el S XVIII, no son
los primeros en plantear el cuerpo como objeto de intereses, pero hay cosas nuevas en estas técnicas. En
primer lugar, la escala de control: no se trata al cuerpo como unidad indisociable, sino que se lo trabaja en sus
partes, se ejerce sobre él una coerción (sujeción) débil. En segundo lugar, el objeto de control: ya no los
elementos significantes de la conducta o el lenguaje del cuerpo, sino la economía, la eficacia de los
movimientos, su organización interna. En fin, la modalidad implica una coerción constante que vela sobre los
procesos de la actividad más que sobre su resultado.

EL ARTE DE LAS DISTRIBUCIONES

La disciplina procede a la distribución de los individuos en el espacio. Para ellos emplea varias técnicas.

1. La clasura, la especificación de un lugar heterogéneo a todos los demás y cerrado sobre sí mismo. Lugar
protegido de la monotonía disciplinaria. Ejemplos: colegios con el modelo de “convento”, cuarteles, talleres
manufactureros
2. La localización elemental o división en zonas, espacios. A cada individuo su lugar. Evitar las
distribuciones por grupos, analizar las pluralidades confusas. Es preciso anular los efectos de las
distribuciones indecisas. Se trata de saber dónde y cómo encontrar a los individuos, poder en cada instante
vigilar la conducta de cada cual, apreciarla, sancionarla, medir las cualidades. Procedimiento para dominar y
para utilizar. La disciplina organiza el espacio analítico, el espacio celular.
3. Los emplazamientos funcionales van progresivamente a codificar en las instituciones disciplinarias un
espacio que la arquitectura dejaba en general disponible y dispuesto para varios usos. Se fijan lugares
determinados para responder a la necesidad de vigilar, de romper las comunicaciones peligrosas y de crear un
espacio útil.
4. El rango. En la disciplina los elementos son intercambiables, puesto que cada uno se define por el lugar
que ocupa en una serie, y por la distancia que lo separa de los otros. La unidad en ella no es pues ni el
territorio (unidad de dominación), ni el lugar (unidad de residencia), sino el rango: el lugar que se ocupa en
una clasificación. La disciplina, arte del rango y técnica para la transformación de las combinaciones.
Individualiza los cuerpos por una localización que no los implanta, pero los distribuye y los hace circular en
un sistema de relaciones.

EL CONTROL DE LA ACTIVIDAD

1) El empleo del tiempo es una vieja herencia (las comunidades monásticas habían sugerido su modelo
estricto y rápidamente se difundió). Sus tres grandes procedimientos –establecer ritmos, obligar a ocupaciones
determinadas, regular los ciclos de repetición– coincidieron muy pronto en colegios, talleres, hospitales. El
rigor del tiempo industrial ha conservado durante siglos un ritmo religioso. Durante siglos, las órdenes
religiosas han sido maestras de disciplina: eran los especialistas del tiempo, grandes técnicos del ritmo y de
las actividades regulares. La exactitud y la aplicación son, junto con la regularidad, las virtudes fundamentales
del tiempo disciplinario. Pero esto no es lo más nuevo. Otros procedimientos son más característicos de las
disciplinas.
2) La elaboración temporal del acto. Se ha pasado de una forma de conminación que medía o ritmaba los
gestos a una trama que los coacciona y los sostiene a lo largo de todo su encadenamiento. Se define una
especie de esquema anátomo-cronológico del comportamiento. El acto queda descompuesto en sus elementos;
la posición del cuerpo, de los miembros, de las articulaciones se halla definida. El tiempo penetra el cuerpo, y
con él todo los controles minuciosos del poder. (para ilustrar, ver ej. de la marcha de una tropa en el S XVII y
en el S XVIII).
3) Establecimiento de correlación del cuerpo y del gesto. El control disciplinario no consiste simplemente en
enseñar o en imponer una seria de gestos definidos; impone la mejor relación entre un gesto y la actitud global
del cuerpo. En el buen empleo del cuerpo, que permite un buen empleo del tiempo, nada debe permanecer
ocioso o inútil. Un cuerpo disciplinado es el apoyo de un gesto eficaz. Ejemplo: una buena letra supone toda
una rutina cuyo código riguroso domina el cuerpo por entero (Foucault aquí cita un par de “reglas” de postura
y posición que solían enseñarse en colegios para escribir clara y rápidamente).
4) La articulación cuerpo-objeto. La disciplina define cada una de las relaciones que el cuerpo debe mantener
con el objeto que manipula. (Aquí Foucault da el ejemplo de la división en tres tiempos que se debe seguir
para el manejo de un arma, según una ordenanza de 1766). Este ejemplo consiste en una descomposición del
gesto global en dos series: la de los elementos del cuerpo que hay que poner en juego, y la de los elementos
del objeto que se manipula; después pone en correlación los unos con los otros según ciertos gestos simples.
El poder viene a deslizarse sobre toda la superficie de contacto entre el cuerpo y el objeto que manipula; los
amarra el uno al otro. Constituye un complejo cuerpo-arma, cuerpo-instrumento, cuerpo-máquina. Se está
lejos de aquellas formas de sujeción que no pedían al cuerpo otra cosa que signos o productos, formas de
expresión o el resultado del trabajo. La reglamentación impuesta por el poder es al mismo tiempo la ley de
construcción de la operación. Este carácter del poder disciplinario tiene una función de síntesis, de vínculo
coercitivo (que sujeta, que contiene) con el aparato de producción.
5) La utilización exhaustiva. El principio subyacente en el empleo del tiempo en su forma tradicional era
esencialmente negativo; principio de no ociosidad (no derrochar el tiempo). La disciplina procura una
economía positiva; plantea el principio de una utilización teóricamente creciente siempre del tiempo:
agotamiento más que empleo. Hay que tratar de intensificar el uso del menor instante, como si pudiera unirse
el máximo de rapidez con el máximo de eficacia. Cuanto más se descompone el tiempo, mejor se lo
desarticula desplegando sus elementos internos bajo una mirada que los controla, más se puede acelerar
entonces una operación. Ejemplo: la escuela de enseñanza mutua como aparato para intensificar la utilización
del tiempo; su organización permitía eludir el carácter lineal y sucesivo de la enseñanza del maestro. Cada
instante estaba lleno de actividades múltiples, pero ordenadas, y el ritmo estaba regido por señales; imponía a
todos unas normas temporales que debían acelerar el proceso de aprendizaje y enseñar la rapidez como virtud.

LA ORGANIZACIÓN DE LA GÉNESIS

En 1667 la creación de la manufactura de los Gobelinos preveía la organización de una escuela. Se elegían 60
niños y se los confiaba a un maestro que les daría educación e instrucción, y después serían colocados como
aprendices con los diferentes maestros tapiceros. Después de seis años, cuatro de servicio y una prueba de
suficiencia, tenían derecho a “levantar y abrir establecimiento” en cualquier ciudad del reino.

Se encuentran aquí las características del aprendizaje corporativo: relación de dependencia individual y total a
la vez respecto del maestro; duración estatutaria de la formación que termina por una prueba calificadora,
pero que no se descompone de acuerdo a un programa precioso; intercambio global entre el maestro y el
aprendiz que debe dar sus servicios, y con frecuencia una retribución. La forma de servidumbre va mezclada
con una transferencia de conocimiento.
La escuela de los Gobelinos es el ejemplo de un fenómeno importante: el desarrollo, en la época clásica, de
una nueva técnica para ocuparse del tiempo de las existencias singulares. Las disciplinas, que analizan el
espacio, que descomponen y recomponen las actividades, deben ser también comprendidas como aparatos
para sumar y capitalizar el tiempo utilizando cuatro procedimientos (claramente ejemplificados en la
organización militar).
Dividir la duración en segmentos, sucesivos o paralelos, cada uno de los cuales debe llegar a un término
especificado. Descomponer el tiempo en trámites separados y ajustados. Por ej. Aislar el tiempo de formación
y el período de la práctica (como en nuestra facultad).
Organizar estos trámites de acuerdo con un esquema analítico: sucesiones de elementos tan simples como sea
posible, combinándose según una complejidad creciente. Lo cual supone que la instrucción abandone el
principio de repetición analógica.
Finalizar estos segmentos temporales, fijarles un término marcado por una prueba que tiene por triple función
indicar si el sujeto ha alcanzado el nivel estatutario, garantizar la conformidad de su aprendizaje con el de los
demás y diferenciar las dotes de cada individuo.
Disponer series de series; prescribir cada una, según su nivel, su antigüedad y su grado, los ejercicios que le
convienen; los ejercicios comunes tienen un papel diferenciador y cada diferencia lleva consigo ejercicios
específicos. Al término de cada serie, comienzan otras, forman una ramificación, y se subdividen a su vez.
Cada individuo está incluido en una serie temporal, que define específicamente su nivel o su rango.

Es este tiempo disciplinario el que se impone poco a poco a la práctica pedagógica, especializando el tiempo
de formación y separándolo del tiempo adulto, del tiempo del oficio adquirido; disponiendo diferentes
estadios separados por pruebas graduales; determinando programas que deben desarrollarse cada uno durante
una fase determinada, y que implican ejercicios de dificultad creciente; calificando a los individuos según la
manera en que han recorrido estas series. El tiempo disciplinario ha sustituido el tiempo “iniciático” de la
formación tradicional (tiempo global, controlado únicamente por el maestro, sancionado por una prueba
única). Fórmase toda una pedagogía analítica, muy detallista (decompone hasta en sus elementos más simples
la materia de enseñanza, jerarquiza en grados próximos cada fase del progreso).

La disposición en “serie” de las actividades sucesivas da la posibilidad de un control detallado y de una


intervención puntual (de diferenciación, corrección, depuración, eliminación) en cada momento del tiempo;
posibilidad de caracterizar, y por tanto de utilizar a los individuos según el nivel que tienen en las series. El
poder se articula directamente sobre el tiempo, asegurando su control y garantizando su uso.

El pequeño continuo temporal de la individualidad-génesis parece ser como la individualidad-célula o la


individualidad-organismo, efecto y objeto de la disciplina. Y en el centro de esta seriación del tiempo se
encuentra un procedimiento que es, para la disciplina, lo que era la disposición en “cuadro” para la
distribución de los individuos y el recorte celular; o también lo que era la “maniobra” para la economía de las
actividades y el control orgánico. Se trata del “ejercicio”: técnica por la cual se imponen a los cuerpos tareas a
la vez repetitivas y diferentes, pero siempre graduadas. Influyendo sobre el comportamiento, el ejercicio
permite una perpetua caracterización del individuo. Garantiza un crecimiento, una observación, una
calificación.

LA COMPOSICIÓN DE FUERZAS
Aparece así una exigencia nueva para la disciplina: construir una máquina cuyo efecto se llevará al máximo
por la articulación concertada de las piezas elementales de que está compuesta. La disciplina no es ya
simplemente un arte de distribuir cuerpos, de extraer de ellos y de acumular tiempo, sino de componer unas
fuerzas para obtener un aparato eficaz. Esta exigencia se traduce de diversas maneras.

El cuerpo singular se convierte en un elemento que se puede colocar, mover, articular sobre otros
(combinación de los cuerpos). Su fuerza no es ya la variable principal que lo define, sino el lugar que ocupa,
la regularidad. El hombre de tropa es un fragmento de espacio móvil, antes de ser una valentía o un honor.
Reducción funcional del cuerpo, pero también inserción de este cuerpo-segmento en un conjunto sobre el cual
se articula. El cuerpo se constituye como pieza de una máquina multisegmentaria.
Piezas igualmente, las diversas series cronológicas que la disciplina debe combinar para formar un tiempo
compuesto, de manera que la cantidad máxima de fuerzas pueda ser extraída de cada cual y combinada en un
resultado óptimo. Ejemplo: se apela en los grandes talleres a niños y ancianos como mano de obra barata.
También se ha comenzado por confiar a los escolares mayores tareas de simple vigilancia, después de control
del trabajo, y más tarde de enseñanza: todo el tiempo de los alumnos ha quedado ocupado en enseñar o en ser
enseñado, contribuyendo así al proceso general de enseñanza.

Esta combinación cuidadosamente medida de las fuerzas exige un sistema preciso de mando. Toda la
actividad del individuo disciplinado debe ser sostenida por órdenes terminantes cuya eficacia reposa en la
brevedad y la claridad; la orden es precisa y basta que provoque el comportamiento deseado. Ejemplo: entre
el maestro que impone la disciplina y aquel que le está sometido, la relación es de señalización: se trata no de
comprender la orden, sino de percibir la señal. Situar los cuerpos en un mundo se señales a cada una de las
cuales está adscrita una respuesta obligada. El soldado disciplinado comienza a obedecer mándesele lo que se
le mande. La educación de los escolares debe hacerse de la misma manera: pocas palabras, ninguna
educación. El alumno deberá aprender el código de señales y responder automáticamente a cada una de ellas.

EL PANOPTISMO
El Panóptico de Bentham es la figura arquitectónica de esta composición. Es una construcción en forma de
anillo, tiene en el centro una torre con anchas ventanas que se abren en la cara interior del anillo. Está dividida
en celdas, cada una de las cuales atraviesa toda la anchura de la construcción; estas tiene dos ventanas, una
que da al interior (correspondientes a las ventanas de la torre) y la otra que da al exterior permite que la luz
atraviese la celda. Basta con situar un vigilante en la torre y en cada celda un loco, un enfermo, un condenado,
etc. Se recorta sobre la luz las pequeñas siluetas cautivas en cada celda de la periferia. El dispositivo
panóptico dispone unas unidades espaciales que permiten ver sin cesar. La plena luz y la mirada de un
vigilante captan mejor que la sombra, que en último término protegía. La visibilidad es una trampa.

Cada cual en su lugar, está bien encerrado. Es visto, pero él no ve, objeto de una información, jamás sujeto en
una comunicación. La disposición de su aposento, frente a la torre central, le impone una visibilidad axial;
peor las divisiones del anillo, las celdas bien separadas implican una invisibilidad lateral. Y está es garantía
del orden (no hay peligros de revueltas ni de contagios). La multitud, masa compacta, lugar de intercambios
múltiples, individualidades que se funden, efecto colectivo, se anula en beneficio de una colección de
individualidades separadas.

De ahí el efecto mayor del panóptico: inducir en el detenido un estado consciente y permanente de visibilidad
que garantiza el funcionamiento automático del poder. Hacer que la vigilancia sea permanente en sus efectos,
incluso si es discontinua en su acción. Este aparato e una máquina de crear y sostener una relación de poder
independiente de aquel que lo ejerce.

Bentham ha sentado el principio de que el poder debe ser visible e in-verificable:

-Visible - El individuo tendrá sin cesar frente a los ojos la elevada silueta de la torre de donde es espiado.

-In-verificable – El detenido no debe saber jamás si en aquel momento se le mira, pero debe estar seguro de
que siempre puede ser mirado.

Es polivalente en sus aplicaciones. Es un tipo de implantación de los cuerpos en el espacio, de distribución de


los individuos unos en relación con los otros, de organización jerárquica, de disposición de los centros y de
los canales de poder, de definición de sus instrumentos y de sus modos de intervención. Es aplicable a todos
los establecimientos donde, en los límites de un espacio que no es demasiado amplio, haya que mantener bajo
vigilancia cierto número de personas (bajo reserva de las modificaciones necesarias.)
-Permite perfeccionar el ejercicio del poder porque:

-Puede reducir el número de los que lo ejercen, a la vez que multiplica el numero sobre quienes se ejerce

-Permite intervenir a cada instante, y la presión constante actúa aun antes de que las faltas, los errores, los
delitos, se cometan.

-Su fuerza estriba en no intervenir jamás directamente, en ejercerse espontáneamente y sin ruido, en constituir
un mecanismo cuyos efectos se encadenan los unos a los otros.

-Actúa directamente sobre los individuos sin otro instrumento que una arquitectura y una geometría.

“Da al espíritu poder sobre el espíritu” – el esquema es un intensificador para cualquier aparato de poder:
garantiza su economía, su eficacia a través de su carácter preventivo, su funcionamiento continuo y sus
mecanismos automáticos. Actúa de modo que el ejercicio del poder no se agrega del exterior como una
coacción rígida sobre las funciones en las que influye, sino que está en ellas lo bastante sutilmente presente

Hay dos imágenes de la disciplina: la disciplina-bloqueo (institución cerrada, establecida en los


márgenes y vuelta toda ella hacia funciones negativas) y la disciplina-mecanismo, “el panoptismo”,
(dispositivo funcional que debe mejorar el ejercicio del poder volviéndolo más rápido, más eficaz, más
ligero.)

El movimiento que va de un proyecto a otro reposa en una transformación histórica: la extensión progresiva
de los dispositivos de disciplinas a lo largo de los S. XVII y XVIII. Toda una generalización disciplinaria.
Esta extensión de las instituciones disciplinarias es el aspecto más visible de transformaciones más profundas:

-La inversión funcional de las disciplinas: Antes se les pedía que neutralizaran los peligros (detener el mal)
Se les pide, desde ahora, el desempeño de un papel positivo, haciendo que aumente la utilidad posible de los
individuos. Las disciplinas hacen crecer la habilidad de cada cual, coordina estas habilidades, acelera los
movimientos, multiplica la potencia de fuego, ensancha los frentes de ataque sin disminuir su vigor, aumenta
la capacidad de resistencia, etc... Funcionan cada vez más como unas técnicas que fabrican individuos útiles;
de ahí que abandonen su posición de marginalidad, exclusión, encierro; y pasen a ocupar un lugar importante
dentro de la sociedad en sus funciones esenciales.

-La enjambrazón de los mecanismos disciplinarios: Mientras que se multiplican los establecimientos de
disciplinas, sus mecanismos tiene cierta tendencia a “des-institucionalizarse”, a salir de las fortalezas cerradas
en que funcionaban y a circular en estado “libre”; las disciplinas masivas y compactas se descomponen en
procedimientos flexibles de control, que se pueden transferir y adaptar. Se ven también difundirse los
procedimientos disciplinarios, a partir no de instituciones cerradas, sino de focos de control diseminados en la
sociedad (“organización de disciplina” de la población)
-La Racionalización de los mecanismos de disciplinas: Eran grupos privados de inspiración religiosa las
que realizaban las funciones de la disciplina social; ahora han sido recobradas por el aparto de policía. La
organización de una policía centralizada ha pasado durante mucho tiempo, por la expresión más directa del
absolutismo monárquico: el soberano. La policía como institución ha sido realmente organizada bajo la forma
de un aparato de estado (ctro. de soberanía política); el tipo de poder que ejerce, los mecanismo que pone en
juego y los elementos de un aparato de Estado. Es un aparto que debe ser coextensivo al cuerpo social entero
por la minucia de los detalles de que se ocupa. El poder policiaco debe actuar “sobre todo”, peor no es en
absoluto la totalidad del Estado ni del reino. El objeto de la policía son esas cosas de cada instante, un control
que trata idealmente de llega a lo más elemental, al fenómeno más pasajero del cuerpo social. Para ejercerse,
este poder debe apropiarse de instrumentos de una vigilancia permanente, exhaustiva, omnipresente, capaz de
hacerlo todo visible, pero a condición de volverse ella misma invisible. Y a diferencia de los métodos de la
escritura judicial o administrativa, lo que se registra aquí son conductas, actitudes, virtualidades, sospechas –
una toma en cuenta permanente del comportamiento de los indivivudos. La organización del cuerpo policiaco
del S XVII sanciona una generalización de las disciplinas que alcanza las dimensiones del Estado. La
“disciplina” no puede identificarse ni con una institución ni con un aparto. Es un tipo de poder, una modalidad
para ejercerlo, implicando todo un conjunto de instrumentos, de técnicas, de procedimientos, de niveles de
aplicación, de metas: es una “física” o una “anatomía” del poder; una tecnología (de poder.

Nuestra sociedad es la de la vigilancia, bajo la superficie de las imágenes, se llega a los cuerpos en
profundidad, detrás de la gran abstracción del cambio, se persigue el adiestramiento minucioso y
concreto de las fuerzas útiles. El individuo se halla cuidadosamente fabricado, de acuerdo con toda una
táctica de las fuerzas y de los cuerpos.
La formación de la sociedad disciplinaria remite a cierto número de procesos históricos:
Puede decirse que las disciplinas son unas técnicas para garantizar la ordenación de las multiplicidades
humanas. Lo propio es que intentan definir respecto de las multiplicidades una táctica de poder que responde
a tres criterios: hacer el ejercicio del poder lo menos costoso posible; hacer que los efectos de este poder
social alcancen su máximo de intensidad y se extiendan lo más lejos posible, sin fracaso ni laguna; aumentar a
la vez la docilidad y la utilidad de todos los elementos del sistema. Este triple objetivo responde a una
coyuntura histórica: el gran impulso demográfico del S. XVII (un cambio de escala de los grupos que se trata
de manipular o controlar) . Y el crecimiento del aparato de la producción, cada vez más extenso, complejo,
costoso y cuya rentabilidad se trata de hacer crecer. El desarrollo de los procedimientos disciplinario responde
a estos dos procesos, o más bien, sin duda, a la necesidad de ajustar su correlación.

Las disciplinas sustituyen al viejo principio “exacción-violencia” que regía la economía del poder, por el
principio “suavidad-producción-provecho”. Técnicas que permiten ajustar, según este principio, la
multiplicidad del os hombres y la multiplicación de los aparatos de producción (económica, de saber, de
aptitudes.)

La disciplina tiene que resolver cierto número de problemas para los cuales la antigua economía del poder no
estaba lo suficientemente armada. Dominar todas las fuerzas que se forman a partir de la multiplicación
organizada. Debe neutralizar los efectos de contrapoder que surgen de ella y que forman resistencias al poder
que quiere dominar. Debe igualmente hacer que crezca la utilidad singular de cada elemento de la
multiplicidad pero por unos medios que sean los más rápidos y los menos costosos, es decir utilizando la
propia multiplicidad como instrumento de este crecimiento. Es necesario que hagan crecer la utilidad de las
multiplicidades y que se vuelvan cada una de ellas más útiles que la simple suma de los elementos.

Define unas tácticas de distribución, de ajuste reciproco de los cuerpos, de los gestos y los ritmos, de
diferenciación de capacidades; la disciplina tiene que hacer jugar las relaciones de poder no por encima, sino
en el sentido mismo de la multiplicidad. De la manera más discreta que se pueda.

A estos objetivos responden unos instrumentos de poder anónimos y coextensivos a la multiplicidad que
regimientan, como la vigilancia jerárquica, el registro extensivo, etc. Sustituye un poder que se manifiesta por
el esplendor de los que lo ejercen, por un poder que objetiva insidiosamente aquellos a quienes se aplica:
fundar un saber a propósito de estos, más que desplegar los signos fastuosos de la soberanía.

Son el conjunto de minúsculas invenciones técnicas que han permitido hacer que crezca la magnitud útil de
las multiplicidades haciendo decrecer los inconvenientes del poder que las rige. Es el procedimiento técnico
unitario por el cual la fuerza del cuerpo esta con el menor gasto reducida como fuerza política, y maximizada
como fuerza útil. El crecimiento de una economía capitalista ha exigido la modalidad especifica del poder
disciplinario, cuyas formulas generales, la “anatomía política” puede ser puesta en acción por los regímenes
políticos.

La modalidad panóptica del poder no está bajo la dependencia inmediata ni en la prolongación directa de las
grandes estructuras jurídico-políticas de una sociedad; no es, sin embargo, absolutamente independiente. El
desarrollo y la generalización de los dispositivos disciplinarios han sido una vertiente oscura de los procesos
por los cuales la burguesía a llegado a ser en el cursos del S XVIII la clase políticamente dominante.

De una manera formal, el régimen representativo permite que directa o indirectamente, con o sin enlaces, la
voluntad de todos forme instancia fundamental de la soberanía; las disciplinas dan, en la base, garantía de la
sumisión de las fuerzas y de los cuerpos. Han constituido el subsuelo de las libertades formales y jurídicas. El
“panoptismo”, elemento universal de coerción, no ha cesado de trabajar en profundidad las estructuras
jurídicas de la sociedad para hacer funcionar los mecanismos efectivos del poder en oposición a los marcos
formales que se había procurado.

Las disciplinas no constituyen más que un infra-derecho. Desempeñan el papel preciso de introducir unas
disimetrías insuperables y de excluir reciprocidades. Porque la disciplina crea entre los individuos un vínculo
“privado”, una relación de coacciones enteramente diferentes de la obligación contractural. Además, en tanto
que los sistemas jurídicos califican a los sujetos de derecho según unas normas universales, las disciplinas
caracterizan, clasifican, especializan, distribuyen a lo largo de una escala, reparten en torno de una norma,
jerarquizan recíprocamente los cuerpos; y en el límite, descalifican e invalidan. Las disciplinas (el
panoptismo) refleja la genealogía de la sociedad moderna, con la dominación de clase que la atraviesa, la
contrapartida política de las normas jurídicas según las cuales se redistribuía el poder.

Y para volver al problema de los castigos legales, la prisión, con toda la tecnología correctiva de que va
acompañada, hay que colocarla ahí: en el punto en que se realiza la torsión del poder codificado de castigar,
en un poder disciplinario de vigilar. Lo que generaliza entonces el poder de castigar no es la conciencia
universal de la ley en cada uno de los sujetos de derecho, es la extensión de regular, es la trama infinitamente
tupida de los procedimientoS panópticos.

Estos procedimientos alcanzan, desde el S XVIII un nivel en el que formación del saber y aumento de poder
se refuerzan regularmente según un proceso circular. Las disciplinas franquean entonces el umbral
“tecnológico”. Hay un doble proceso: desbloqueo epistemológico a partir de un afinamiento de las relaciones
de poder; multiplicación de los efectos de poder gracias a la formación y a la acumulación de conocimientos
nuevos.

El S. XVIII invento las técnicas de las disciplinas y el examen, un poco sin duda, como la Edad Media
invento la investigación Judicial. La investigación era el poder soberano arrogándose el derecho de establecer
la verdad por medio de cierto número de técnicas reguladas. La investigación, en efecto, ha sido la pieza
rudimentaria, pero fundamental para la constitución de las ciencias empíricas; ha sido la matriz jurídico-
política de este saber experimental. Lo que esta investigación fue para las ciencias de la naturaleza, el análisis
disciplinario lo ha sido para las ciencias del hombre. Estas ciencias con las que nuestra “humanidad” se
encanta desde hace más de un siglo tienen su matriz técnica en la pequeñez puntillosa y perversa de las
disciplinas y de sus investigaciones. “Otro poder, otro saber”. Si bien es cierto que la investigación, al
convertirse en una técnica para las ciencias empíricas, se ha desprendido del procedimiento inquisitorial (de
inquisición) en que históricamente enraizaba, en cuanto al examen, ha quedado muy cerca del poder
disciplinario que lo formo. Es todavía y siempre una pieza intrínseca de las disciplinas. Estas técnicas no
hacen sino remitir a los individuos de una instancia disciplinaria a otra, y reproducen el esquema de poder-
saber propio de toda disciplina. El examen sigue inserto en la tecnología disciplinaria.
Lo que en adelante se impone en las justicia penal como su punto de aplicación, su objeto “útil”, no será ya el
cuerpo del culpable contra el cuerpo del rey, el punto ideal de la penalidad hoy día sería la disciplina
indefinida: un interrogatorio que no tuviera termino.

El sometimiento a “observación” prolonga naturalmente una justicia invadida por los métodos disciplinarios y
los procedimientos de examen.

“A partir del siglo XVIII hay un descubrimiento de técnicas que permiten un control minucioso del cuerpo y
le imponen docilidad y que se recogen en reglamentos militares, escolares y hospitalarios. Foucault denomina
a estas técnicas “disciplinas”

Las disciplinas basan su éxito en la utilización de instrumentos simples:


-Vigilancia jerárquica: La vigilancia debe ser una mirada que vea sin ser vista. Por ejemplo, empezarán a
construirse edificios que no estén hechos para ser vistos (palacios) ni para ver el exterior (fortalezas), sino
para permitir un control interior. De esta forma se van constituyendo el hospital-edificio (como instrumento
de la acción médica), la escuela-edificio (como máquina-pedagógica), etc.

-Castigo disciplinario:

En todos los sistemas disciplinarios funciona algún tipo de mecanismo penal: sus propias leyes, sus castigos
especificados, sus normas de sanción...

Lo que la disciplina castiga realmente son las desviaciones. Los castigos disciplinarios están para hacer
respetar un orden artificial (un reglamento), pero también un orden “natural”, definido por unos procesos
naturales y observables, como la duración de un aprendizaje o el nivel de aptitud alcanzado.

Dado que el castigo disciplinario tiene por función reducir las desviaciones, debe ser fundamentalmente
correctivo.

Todas las conductas y las cualidades se califican a partir de los dos polos del bien y el mal, y sobre ello se
puede establecer una cuantificación que permite obtener un balance. De esta forma, lo que se califica ya no
son las acciones, sino a los individuos mismos.

Esta contabilidad de premios y sanciones permite establecer con exactitud el rango de cada uno, de modo que
la disciplina es capaz de premiar simplemente concediendo ascensos y de castigar degradando.

Por tanto, el castigo del poder disciplinario no tiende a la expiación, sino a la normalización.

-Examen: El examen «es una mirada normalizadora, una vigilancia que permite calificar, clasificar y
castigar».3 El examen, que va a ser absolutamente esencial en la constitución de las ciencias humanas y
sociales, se basa en los siguientes mecanismos:

Tradicionalmente, el poder es lo que se ve, y aquello sobre lo que se ejerce permanece en la sombra. Sin
embargo, el poder disciplinario se ejerce haciéndose invisible, y en cambio ejerce sobre quienes se ejerce una
visibilidad obligatoria.

El examen va acompañado de un sistema de registro y de acumulación documental. De esta forma, el


individuo se constituye en objeto descriptible, analizable, que se estudia en sus rasgos particulares y en su
evolución individual; y por otra parte se constituye un sistema comparativo que permite el estudio de
fenómenos globales y la descripción de grupos.
El examen hace de cada individuo un “caso”. Antes, el ser descrito y seguido detalladamente era un
privilegio; con el examen, en cambio se hace de esta descripción detallada un medio de control y dominación.

Todo esto supone una construcción distinta de la individualización. En el Antiguo Régimen, cuanto mayor
poderío se tiene más marcado se está como individuo (mediante rituales, representaciones...). En cambio, en
un régimen disciplinario el poder se vuelve más anónimo y funcional y por el contrario se individualiza más a
aquellos sobre los que el poder se ejerce con más fuerza. Es precisamente el que se sale de la norma (el niño,
el enfermo, el loco, el condenado) el que se describe y registra más rigurosamente.

Prisión
Aunque la prisión no era algo nuevo, en el paso del siglo XVIII al XIX comienza a imponerse como castigo
universal debido a que presenta ciertas ventajas respecto a las anteriores formas de pena:

En una sociedad en la que la libertad es el bien por excelencia, su privación también aparece como un mal
para todos, por lo que aparece como un castigo “igualitario”.

-La prisión permite cuantificar exactamente la pena mediante la variable tiempo.

-La prisión asume un papel de aparato para transformar los individuos y para ello reproduce, acentuados,
todos los mecanismos disciplinarios que aparecen en la sociedad.

Los principios fundamentales sobre los que se asienta la prisión para poder ejercer una educación total sobre
el individuo son los siguientes:

-El aislamiento del condenado, que garantiza que el poder se ejercerá sobre él con la máxima intensidad, ya
que no podrá ser contrarrestado por ninguna otra influencia.

-El trabajo, que está definido como un agente de la transformación penitenciaria. No es la producción en sí lo
que se considera intrínsecamente útil, sino los efectos que ejerce sobre el penado, que se ha de transformar en
un individuo que sigue las normas generales de la sociedad industrial.

-La modulación de la pena, que permite cuantificar exactamente las penas y graduarlas según las
circunstancias. Además, la duración de la pena debe ajustarse a la transformación del recluso a lo largo de
dicha pena. Ahora bien, esto implica que tiene que haber una autonomía del personal que administra la pena:
el director de la prisión, el capellán, y más adelante psicólogos o asistentes sociales. Es su juicio, en un
sentido de diagnóstico científico, el que debe llevar a la modulación o incluso suspensión de la pena.

De esta manera aparece dentro de la prisión un modelo técnico-médico de la curación y de la normalización.


La prisión se convierte fundamentalmente en una máquina de modificar el alma de los individuos. Lo penal y
lo psiquiátrico se entremezclan. La delincuencia se va a considerar como una desviación patológica que puede
analizarse como otro tipo de enfermedades. A partir de aquí puede establecerse el conocimiento “científico”
de los criminales: aparece la criminología como ciencia. Así, la prisión se convierte en una especie de
observatorio permanente de la conducta: en un aparato de saber.

Foucault señala que la crítica a la prisión comienza ya a principios del siglo XIX, y utiliza los mismos
argumentos que podemos encontrarnos hoy en día: las prisiones no disminuyen la tasa de la criminalidad, la
detención provoca la reincidencia e incluso fabrica delincuentes, los ex-presos van a tener mucha dificultad
para que la sociedad los acepte, la prisión hace caer en la miseria a la familia del detenido… Ahora bien, a
pesar de estas críticas, la prisión se ha seguido defendiendo como el mejor instrumento de pena siempre que
se mantengan ciertos principios (que ya aparecían a mediados del siglo XVIII):
-Principio de la corrección: La detención penal debe tener como función esencial la transformación del
comportamiento del individuo.

-Principio de la clasificación: Los detenidos deben estar repartidos según criterios como su edad, sus
disposiciones, las técnicas de corrección que se van a utilizar con ellos y las fases de su transformación.

-Principio de la modulación de las penas: El desarrollo de las penas debe poder modificarse de acuerdo con
la individualidad de los detenidos.

-Principio del trabajo como obligación y como derecho: El trabajo debe ser uno de los elementos
esenciales de la transformación y de la socialización progresiva del detenido.

-Principio de la educación penitenciaria: La educación del detenido es una precaución en interés de la


sociedad a la vez que una obligación frente al detenido.

-Principio del control técnico de la detención: El régimen de la prisión debe ser controlado por un personal
especializado que posea la capacidad moral y técnica para velar por la buena formación de los individuos.

-Principio de las instituciones anejas: La prisión debe ir seguida de medidas de control y de asistencia hasta
la readaptación definitiva del antiguo detenido.

Según Foucault, progresivamente las técnicas de la institución penal se transportan al cuerpo social entero, lo
que tiene varios efectos importantes:
Se produce una gradación continua entre el desorden, la infracción y la desviación respecto de la regla. En
realidad, la desviación y la anomalía (que lleva consigo el desorden, el crimen, la locura) obsesionan a las
distintas instituciones (escuela, hospital, prisión...).
Aparecen una serie de canales a través de los cuales se recluta a los “delincuentes”, que con frecuencia pasan
a lo largo de sus vidas por las instituciones que están destinadas precisamente a prevenir y evitar el delito:
reformatorios, instituciones de asistencia, cárceles...
En la gradación continua de los aparatos de disciplina, la prisión no supone más que un grado suplementario
en la intensidad del mecanismo que actúa ya desde las primeras sanciones. «En su función, este poder de
castigar no es esencialmente diferente del de curar o el de educar».
En todas partes nos encontramos jueces de la normalidad: el profesor-juez, el médico-juez, el trabajador
social-juez...
El tejido carcelario de la sociedad es a la vez el instrumento para la formación del saber que el poder necesita.
Las ciencias humanas han sido posibles porque se acomodaban a esta forma específica de poder.

Bibliografía
Foucault, M. (2009). Vigilar y castigar (Segunda ed.). México: Siglo veintiuno editores.