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esde su creación, el Fondo Editorial del Caribe se


caracteriza por ir al encuentro de lo que nos sensibi-
liza, de lo que nos expresa y nos lleva luminosamente
hasta nuestras barrocas e históricas raíces. Esta labor edi-
torial tiene sus razones en el “existirnos”, en el “sabernos”
y “sernos”: mediante la palabra buscamos el desde cuándo
somos, quiénes somos y por qué somos, para entender que
no llegamos hoy, que venimos del realmaravilloso mundo
de nuestros primeros indígenas. Nombrarnos es irnos hasta
la memoria, para volvernos tiempo puro y diluir olvidos,
envueltos en la eterna cotidianidad de las palabras. Ya lo
dijo Unamuno: “El hombre deja en la tierra unos huesos, y al irse un
nombre, un nombre en la memoria de la palabra creadora, en la historia
tejida de nombres; un nombre, si logra buena ventura, más duradero que
los huesos, más que el bronce...¡La palabra y el nombre!”.
Este proyecto editorial busca publicar, difundir, aquellos
libros que sirvan para crear conciencia, para que el pueblo
reaccione a partir de la razón y el sentimiento. La historia,
la literatura, el folklore, el turismo, la crónica, son temas
privilegiados por nosotros, al igual que las manifestaciones
indígenas e infantiles. Sin obviar la intención de editar obras
relacionadas con el petróleo y la artesanía.
Nuestras distintas Colecciones se orientan hacia la conso-
lidación integral de la cultura oriental y son nuestra mejor
ventana al mundo. Por eso tenemos la Biblioteca de Autores y
Temas Anzoatiguenses; de igual modo tenemos la Biblioteca
Básica y Los Cuatro Horizontes del Cielo; nos interesamos
en la incorporación de noveles escritores; queremos rescatar
toda la sabiduría indígena. En síntesis: nos interesa, funda-
mentalmente, reafirmar nuestro gentilicio, nuestra idiosin-
crasia, nuestra identidad para reencontrarnos en el creativo
mapa de las primeras huellas y comprobar que somos un ser
de seres, un alma de almas, una voz de voces, un camino de
caminos, un tiempo de tiempos. Es decir, somos palabras de
un mismo libro, de una misma cultura.
Cien + 20 poetas orientales

Fondo Editorial del Caribe


Gobierno del Estado Anzoátegui
Anzoátegui - Venezuela
Gobierno del Estado Anzoátegui
Gobernador
Tarek William Saab

Fundación Fondo Editorial del Caribe


Director General
Fidel Flores
Consejo Consultivo
Gustavo Pereira
Freddy Hernández Álvarez
Ramón Ordaz
Chevige Guayke
Administración
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Biblioteca Pública Julián Temístocles Maza
Calle Eulalia Buroz con Boulevard 5 de Julio
Barcelona, Anzoátegui - Venezuela.
Telefax: 0281 2762501
fondoeditorialdelcaribe@gmail.com
1a edición, 2010
© Fondo Editorial del Caribe, 2010
Depósito legal:
lf 80920108004288
ISBN
978-980-7362-11-5
Composición de textos
Alquimia Gráfica
Diseño de portada
José Gregorio Vásquez
Ilustración
Pedro Báez
Corrección de pruebas
Chevige Guayke
Editor
Fidel Flores
fidelflores2910@yahoo.es
Impreso en Venezuela por
Editorial Arte
Cien + 20 poetas orientales
Antología

Selección:
Celso Medina
Chevige Guayke
Ramón Ordaz
Fidel Flores
El lector tiene en sus manos Cien + 20 poetas orientales, una obra que intenta
en este primer recorrido dar noticias de la poesía escrita por autores de
esta región del país, ubicados cronológicamente entre 1781 —fecha de nacimien-
to del margariteño Gaspar Marcano—, hasta 1949, e ilustra un largo proceso de
creación, que se inicia con “Poema en que se refieren las acciones campales habi-
das en la Isla Margarita cuando fue invadida por el General Morillo”, de Marcano
y abre cauces para el debate en torno a la poesía fundacional venezolana, en
virtud de que su autor, contemporáneo de Andrés Bello y fallecido en Maracaibo
en 1821, de acuerdo a esta fecha, parece adelantarse a “Alocución de la poesía”,
de Bello, la cual fue publicada en el Repertorio Americano en 1823. Así mismo, sería
necesario desde esta consideración, tener a Gaspar Marcano como el referente
fundacional de la poesía del oriente del país. A su nombre se sumarán Vicente
Coronado (Sucre, 1830), Miguel Sánchez Pesquera (Sucre, 1851) y Tomás Ignacio
Potentini (Anzoátegui, 1859), para constituir figuras solitarias y emblemáticas
del cosmo poético oriental de ese momento, porque no será sino a partir de la
década del ‘70 del siglo XIX, cuando puede hablarse de un movimiento genera-
cional en la región con figuras como: Andrés Mata (1870), Juan Arcia (1872) y José
María Milá de la Roca Díaz (1879), del estado Sucre; H. Albornoz Lárez (1874),
Miguel Ángel Mata (1881) y Pedro Navarro González (1882), margariteños; y los
anzoatiguenses Mercedes de Pérez Freites (1885) y José Tadeo Arreaza Calatrava
(1885), quienes junto a los poetas que nacen en la década del ‘90 del mismo
siglo: José Antonio Ramos Sucre, Ramón David León, Agustín Díaz Silva, Cruz
Salmerón Acosta, Andrés Eloy Blanco, Félix Antonio Calderón, Ramón Pierluissi
Ramírez, Félix Armando Núñez, Jesús Marcano Villanueva, Pedro Rivero, Vicente
Fuentes, Rafael Caballero Sarmiento, coparán en los años posteriores el esce-
nario poético no sólo regional, sino nacional e internacional y donde sobresale
hasta nuestro días la obra auténtica, transparente y majestuosa del cumanés
José Antonio Ramos Sucre.
El siglo XX —iluminado por la obra de los poetas nacidos en las décadas finales
del siglo XIX— se presenta plural; hasta estos rincones del mundo llegarán los
aires de la poesía que se fragua en otros lugares del planeta, bajo esas influen-
cias, nuevas voces consolidarán el universo poético regional, unos, asumiendo
plenamente elementos vanguardistas, otros, ceñidos a la tradición poética que

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los ha precedido y otros, destacando en su obra elementos populares, propios
de cada una de las regiones en las cuales transcurre su vida. Muchos de ellos
aguardando la valoración que los ubique en el justo lugar que merecen dentro
de la tradición literaria nacional.
En el marco de las preferencias y gustos, esta antología reúne, además de aquellos
autores cuya poesía ya es considerada clásica dentro de la literatura venezolana,
a otros que cierta experticia académica ha dejado al margen, nombrándolos
peyorativamente como versificadores, cultores o poetas populares; mujeres y
hombres de Anzoátegui, Monagas, Nueva Esparta y Sucre, que hicieron y hacen
de la poesía su manera de comulgar con el universo mundo. Esta antología no
se agota en estos ciento veinte poetas, se prolonga en una próxima, que desde la
segunda mitad del siglo XX a los días actuales del XXI, reúna la poesía escrita en
ese periodo, dando así una visión totalizadora de la poesía escrita en el oriente
venezolano y sus autores.
Es propicio el momento, para celebrar con esta antología los 20 años de la crea-
ción del Fondo Editorial del Caribe, una experiencia que en todo este tiempo, con
una visión plural se ha caracterizado por ir al encuentro de lo que nos sensibili-
za, de lo que nos expresa y nos lleva luminosamente hasta nuestras barrocas e
históricas raíces. Una labor editorial que tiene sus razones en el “existirnos”, en
el “sabernos” y “sernos”: y mediante la palabra busca del desde cuándo somos,
quiénes somos y por qué somos, para entender que no llegamos hoy, que venimos
del realmaravilloso mundo de nuestros primeros indígenas. Para nombrarnos e
irnos hasta la memoria, volvernos tiempo puro y diluir olvidos, envueltos en la
eterna cotidianidad de las palabras.

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Anzoátegui
Selección:
Fidel Flores
Tomás Ignacio Potentini

Ecos de los llanos


(Glosa)

Cuando estoy a solas lloro


y en conversación me río;
con mi maraca en la mano
divierto los males míos.
(Copla popular)

I
Ya la noche al sol embiste,
y mis tristezas cantando,
voy al paso recordando
los abrazos que me diste,
que coge sabana un toro,
le echo encima el rucio moro,
y al tumbarlo diligente,
repite el eco doliente:
Cuando estoy a solas lloro.

II
¡Vuela, mi caballo, al hato,
que se anubla el horizonte!
Para esa ceja de monte
y descansarás un rato.
Yo me beberé el carato
que me guarda el dueño mío,
espanto penas y frío
del hogar a los calores,
me como mi zamba a amores
y en conversación me río.

III
Y veré al salir la luna,
si es que el aguacero escampa,
si del corral en la trampa
cayó la yegua cebruna;
silla y freno hay por fortuna;
monto a mi zamba y ufano
la llevo al baile cercano;
ella rompe un zapateo
y yo orgulloso la veo
con mi maraca en la mano.

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IV
¡Vaya un joropo de rango!
Bailando a raja campana,
los claros de la mañana
nos sorprenden bajo un mango,
de mi zamba en el fandango,
los guapos sufren desvíos,
pues no hay quien tenga mis bríos,
yo espanto al ánima sola,
y al golpe de la bandola
divierto los males míos.
Barcelona, junio de 1879.

Lejanías

¿Quién te dirá que no llores


madre, viéndome alejar?
Adiós, tierra de mi hogar
urna de dulces amores
¡Adiós, pájaros cantores
de mi boscaje natío!
¡Adiós, aguas de mi río,
lunas de un cielo irisado!
¡Cuánto tesoro adorado
cómo me roban, Dios mío!

I
Suspira el viento en la loma,
y la quilla alzando espuma,
se me pierden entre brumas
las playas de Barcelona.
Ya del recuerdo en la zona
surgirán entre colores,
y allí mi hogar y sus flores
me copiarán mil espejos,
pero, madre, yo tan lejos,
¿quién te dirá que no llores?

II
Todo en la memoria escrito
guardo de la ausencia mía,
cuando tantos a porfía
abrazaban al proscrito.
Oigo el angustioso grito
de mis deudos en azar,
y en tan triste recordar

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sufro, mas ¡ay!, entendiendo,
que te quedaste muriendo,
madre, viéndome alejar.

III
Cuando de los tiernos brazos
y amoroso pecho a pecho,
soltéme en llanto deshecho
y el corazón en pedazos.
Cuando vi roto los lazos
de aquel cariño sin par,
cuando, camino del mar,
medí bien mi desventura,
clamé con honda amargura:
adiós, tierra de mi hogar.

IV
¡Mi hogar! La sombra querida
que me cubrió sin reproches,
el cielo azul de las noches
más lóbregas de mi vida;
quien me arrancó la sentida
primer plegaria entre albores,
quien ecos murmuradores
guarda del blando laúd:
pobre templo de virtud,
urna de dulces amores.

V
Camino del mar rogaba
se dilatara siquiera
el instante en que partiera
la nave que me esperaba.
Y allá el turpial que gorjeaba,
cual diciéndome: no implores
y aumentando mis rigores,
el viento que repetía
lo que del pecho salía:
adiós, pájaros cantores.

VI
Anda, proscrito, ¿a qué ruegas?
dicen los lirios campestres,
urge que valor demuestres,
los músicos de las vegas.
Pues ya caminando a ciegas
pensaba en mi desvarío,

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que en su ternísimo pío
y en sus aromas suaves,
me hablaban flores y aves
de mi boscaje natío.

VII
Camino del mar en tanto
me saludó el Neverí,
y en sus corrientes me vi
vuelta la faz en quebranto.
Las amargué con el llanto
de mi prematuro hastío,
y sentí cerca el vacío
de mis pueriles retozos,
murmurando entre sollozos:
adiós aguas de mi río.

VIII
¡Mi río! Corre sereno
al capricho de tus linfas,
arrullado por las ninfas
que van cantando en tu seno.
Tú no sabes del veneno
ni del martillo acerado
que tortura al desterrado,
que al sol de patrias auroras
no ve tus ondas sonoras,
lunas de un cielo irisado.

IX
Ya escucho la mar rugir;
ya voy a quedarme a solas
mirando furiosas olas
bajo toldo de zafir.
Cielos, río, debo ir
donde me arrebata el hado;
brisas, turpial, flores, prado,
casi se extingue mi voz,
hogar, amigos, adiós
¡cuánto tesoro adorado!

X
Por fin arrastro a la playa
y apuro el crudo momento;
cual sin saber mi tormento
las naves velas ensaya.
¿Quién pondrá a mis penas raya?

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¿Quién me verá sin desvío?
¿Quién solazará mi hastío?
¿Quién consolará mis lloros?
¡Ah!, de mis caros tesoros,
¡cómo me roban, Dios mío!

Carabobo

¡Cobarde Páez! Y Homero


apenas si dibujara
cómo el León de Payara
vengó a su Negro Primero.
Nunca arremetió al ibero
con arranque más fecundo,
y del muerto sin segundo
celebró los funerales
con los cánticos triunfales
de la libertad de un mundo.

Canto a Bolívar
Cuentan que tuvo en su faz
lo que salva y lo que aterra,
rayo de muerte en la guerra
y arco-iris en la paz.
Cuando creyeron quizás
que se cansaba su brazo,
hizo en la América un trazo,
y volando casi loco,
con aguas del Orinoco
fue a regar El Chimborazo.

Y si prueban su pujanza
los infortunios mayores,
Páez le presta los fulgores
de su poderosa lanza.
Todo se enciende y avanza
al conjuro de su acento,
estremece el pavimento
con su bridón el Mellao,
y aquel sol de Niquitao
no cabe en el firmamento.

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Miranda en La Carraca
Hay en este lienzo un drama
de rasgos tan sorprendentes,
que se ven dos continentes
enlazados a su fama.
Honra universal proclama,
y si su numen comparte
entre las musas y Marte,
en el genio que revela
hace reina a Venezuela
en las regiones del arte.

¡Si parece que está vivo!


que el pincel vertió con gloria,
toda la hiel de su historia
en el rostro pensativo.

Vive allí el noble cautivo


en trágica eternidad,
tanto, que mueve en verdad
a pedirle a Michelena
que rompa la vil cadena
y lo ponga en libertad.

Preferencias
Prefiero los rigores de una suerte
veinte veces más negra que la mía;
sentir el dardo de traición impía,
o sin amor ni fe vivir inerte.

Prefiero que el peligro no me alerte;


vegetar entre penas y agonía,
que me dé sarampión, disentería,
o que acabe conmigo pronta muerte.

Prefiero que me lleven a un presidio,


o que ante un juez bien malo y bien astuto
me acusen, sin razón, de infanticidio.

Prefiero a mi familia hundir en luto;


sí, señores, prefiero hasta el suicidio,
a tratar un instante con un bruto.
Barcelona, 2 de noviembre de 1887.

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Mercedes de Pérez Freites

En la noche

Yo he soñado muchas veces con un lago transparente,


donde asoman los nelumbios sus corolas de cristal,
con un lago que refleja las estrellas titilantes,
y las sombras sollozantes,
de los sauces que doblegan su cimera sepulcral…

Y ese lago está en un bosque silencioso y adormido,


Perfumado por los lirios más fragantes del abril,
Donde sienten los arbustos las oleadas de vida,
En la savia poderosa,
Y en la oruga que en sus ramas, convertidas en mariposas,
Con el alba tiende ufana sus alitas de marfil…

Y he soñado que una noche turbadora y estrellada,


bajo un cielo donde flota melancólico fulgor,
una lancha corta el agua, como un cisne enamorado,
y un doncel con voz sonora
va cantando a la que adora,
desgranando con las rimas los ensueños de su amor…

¿Fue en los lindes del ensueño,


o en mirajes de otra vida?...
¿Es tan sólo de mi mente la fantástica visión?

De ese canto dulce y puro hay cadencias en mi oído,


y ese lago transparente y ese bosque adormecido
son refugio ¡cuántas veces! De mi triste corazón.

El ordeño

El alba nace en un calor de luna…


Es el paisaje campesino un cromo,
con el rejo en el brazo el mayordomo,
y en el tranquero del corral “Fortuna”.

Van cayendo las trancas una a una.


Entra la vaca, y por su recio lomo
va pasando la mano el mayordomo
cantando a media voz: “Ponte, Fortuna,

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ponte… ponte”… La vaca, mansa y buena,
la ubre rosada le presenta llena,
enrejado el becerro, triste brama;

y acercando un muchacho la totuma


de leche tibia, borbotando espuma,
¡se llena, se rebosa y se derrama!

Banderas de América
(Nocturno)

¿Qué savia circula y revive los troncos resecos?


¿Qué voces, sagradas, lleva el ara y repiten los ecos?
¡Los líricos bosques de mi patria se agitan en sueños,
y sus lauredales se estremecen a un lírico viento!
El mar resonante sus pañales de blondas extiende,
y como un pentagrama de espumas
trae cifras ignotas de músicas nuevas.
Un soplo sagrado,
¿aliento de Grecia?
en mi pecho se expande y exulta,
y el alma está en vela,
porque siente en la atmósfera cálida
el vuelo potente del alma de América.
¡América! ¡América!
Palestina feliz de la época,
Tierra prometida, ¡bendecida seas!
América al Norte y al Sur otra América,
Como dos amazonas radiantes
De salud, de belleza, de fuerza.
Ambas llevan el Casco de Palas
y a la augusta balanza de Temis;
un pasado que es todo glorioso,
un presente armonioso y sereno,
y un futuro tan grande, tan grande,
¡como nunca lo ha visto la tierra!
Ambas tienen la núbil frescura,
de dos blancas corolas abiertas,
que guardaran el polen fecundo
de las razas futuras que advienen.
Gestación que aguardaban los siglos,
esperada sazón de los tiempos,
cual si tantos anhelos unidos
en un solo titánico sueño
condensara la Atlántida regia
entrevista en platónicos sueños.

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Y en los mares surgió como tienda,
¡abierta a las razas de todos los pueblos!

… Un temblor sagrado
de los Andes conmueve las vértebras,
todo el continente
se estremece con ansia suprema,
y sombras gloriosas: Bolívar y Washington
aureoladas con luz de epopeya,
al presente levantan la diestra
forjadora de pueblos y leyes.
Y a ese gesto, se ven, en las cumbres,
desplegadas cual mil alas trémulas,
y amparando derechos sagrados,
¡las nobles, las libres banderas de América!

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José Tadeo Arreaza Calatrava

Canto al Ingeniero de Minas

Frente al Guayamurí, de cuya testa


melenuda, guedejas de vapores
desgréñanse a los vientos; frente al grande
—arquitectura cíclica de gesta,
cuyos peñascos son libertadores—,
¡Matasiete, triunfal nuncio del Ande!;
frente a las otras cumbres,
las que revisten lujo de verdores,
las que parecen por internas lumbres
calcinadas, tal vez porque del hierro
la prócer veta salta de la entraña
del uno al otro cerro;
en medio el valle soñador que baña
soplo de mar y aliento de montaña,
sonoro en la Conquista y la Colonia,
sonoro en la mudez de mi destierro;
¡Paraguachí, con su dulzor de caña;
aquí donde mi vida testimonia
resabios del asceta y del guerrero,
yo, que pongo mi sangre en lo que digo
y con bravo candor de misionero
vírgenes tierras a sembrar me obligo,
para un hombre del Norte, buen amigo,
cantar mi libre Canto al Ingeniero.

Dios, pastor invisible de las greyes,


agricultor que por la tierra guía
las Estaciones como mansos bueyes;
Dios, que tal vez hace gemir la tierra
cuando la surca su gigante arado:
¡el gemido y la sangre de la guerra!;
Dios, que fecunda el corazón y el prado,
que, de todos los mares navegante,
de todos los caminos caminante,
como un caldeo las estrellas cuenta,
conoce toda ola y toda brisa,
y toda nube lee en el semblante,
y es un lobo de mar, y la tormenta
ata al timón de su bajel, sumisa;
Dios, que sabe secretos de la yerba
y del cedro del Líbano, ventalle

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del palacio real, y cuya sierva,
la humildad del Señor, va por el valle
cogiendo la perfecta florecilla
en la ingenua mañana,
como reina gloriosa que se humilla
ante la Primavera Franciscana;
¡Dios está en toda fábrica, en la interna
palpitación de todo mecanismo!
Ingeniero de mundos, Él gobierna
la energía ecuménica, la eterna
sustancia de sí mismo.
Él medita sus fórmulas y entraña
en las minas solares del abismo
su ojo agudo de gnomo y de Ingeniero.
Él horada el azul de su Montaña
y brota el astronómico venero
la nebulosa, óleo, y el lucero,
áurea pepita. ¡De la veta huraña
salta Canope al pico del Minero!
El férreo corazón de las Metrópolis
trepida. Las eléctricas corrientes
transmiten a remotos continentes
la vibración de nervios de Cosmópolis.
Agítase Mercurio, ata las gentes
al ritmo de su alado caduceo
y al moderno hicocampo aguija el anca.
El Oro, siendo el rayo, es Prometeo.
La Economía, brújula y palanca.
La Bolsa, un Montecarlo, azar de vidas...
El interés, Pegaso, va sin bridas.
Tiende susniji tentáculos la Banca.
Y como en el erótico deseo
salta el felino, así la fiera blanca
engendra en selva de oro los millones;
mientras, como entre un trueno de trompeta,
se va operando en vastas combustiones
la transfiguración de los metales;
y la Química estudia en su probeta
esos febriles tósigos vitales,
como hierro en la sangre del planeta;
delirios de color, que ella interpreta,
de los maravillosos minerales.
¡Los minerales! No heredado imperio
del que va por la tierra y por mi canto
sacándolos de oscuro cautiverio.
¡En carne triste y pensamiento santo
ellos están en cuanto al hombre agita!;

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porque son hiel de vida, sal de llanto,
fósforo de su cráneo de misterio,
ácido que sus goces precipita,
roca y fragancia de su propia tierra,
hueso duro y arteria que palpita,
forman la tonelada sudorosa
de Sísifo y el ánima que encierra
en joya de mujer piedra preciosa.
Son la forja de Potsdam (son tu guerra
misma, ¡Dios de Israel!) y las radiantes
cadenas, radio de ese intenso lirio
yanqui —vigor de razas y martirio
y orgullo de los duros mercadantes—,
que envuelta en pieles, alta, blonda y fina,
atraviesa el olor de gasolina,
con su carne de rosa y sus diamantes.

Un hombre que camina


como un dominador. Al aire el cuello,
recias las botas y el mirar agudo,
la faz mordida y trémulo el cabello
por la brisa fatal y el cierzo rudo
de las distantes y contrarias zonas,
(los fantasmas de Alaska y de Siberia,
los sueños de Himalayas y Amazonas)
penetra en la Metrópolis, en la arteria,
en Wall Street dinámico y sonoro;
penetra como un sabio con su idea,
como una bruja por la chimenea,
penetra con su fórmula de oro
y se aleja después, mágico Orfeo
a sus fieras, avaro a su tesoro.

A su reino se marcha, por la vía


férrea, en transatlántico en trineo,
en dromedario, en avión. Se marcha
a la región más clara o más sombría,
a la antípoda virgen, al pantano
palúdico, a la nieve y a la escarcha,
a la floresta, al tropical verano,
a todos los desiertos
en que el sol niega o dilapida, lumbre,
estepas rusas, horizontes yertos
de la China ancestral, horno africano,
a la meseta, al valle mexicano,
como aquél donde lanza su quejumbre
la hiena, el de morir, el de “Los Muertos”.

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Se va, mas que individuo, muchedumbre,
con la ambición de los más grandes puertos,
tierra más honda en ojos más abiertos.
¡A nuevos socavones, a otra cumbre!
A Haut Katanga, al Rand, donde bravea
el sol negro; a la frígida Klondike,
donde el espectro blanco se pasea;
a las de Chiksan, venas de Corea;
adonde el Gran Mogol por él abdique;
(Transvaal, Brasil); a Tonopah de plata;
a los Goldfields de oro; al seño glauco,
del lago que en petróleo se desata
(mi Zulia), y más allá Chuquicamata
¡bajo los vuelos del cóndor de Arauco!

Adonde la ambición y la fatiga


lo esperan, y otros hombres y otras razas,
y nuevo ardor. . . Ascético, se obliga
a combatir en soledad. Guerrero,
apronta a nuevos monstruos nuevas mazas.
León, serpiente, hormiga,
él va, prudente, previsivo, fiero,
con su rauda falange, pico al hombro.

Va por selva de instintos. Hiende, tala


tenaz. La llama de un impuro asombro
no manchó sus enérgicas pupilas.
Rompe el colmillo a la codicia mala.
Su orden guerrera purga de gorilas.
¡Y qué respiro vigoroso exhala,
cuando el cálculo va cual punta diestra
disparando al filón y da en el blanco,
porque en declive franco
el anticlinio al cálculo se muestra!
Su compañera en túnel y en barranco,
la Dinamita, ¡qué estudianta rusa!...,
con maña, la educa y amaestra.
Y cuando la explosiva siempre estalla,
o el pico muerde, o salta, o se desliza,
y el ermitaño mineral se acusa,
qué brillador espíritu batalla
con la mente y los ojos electriza
del minero, ante hallazgo deslumbrante:
¡suelto bloque de luz, oro gigante,
que un Genio cristaliza
en lecho de volcánica ceniza!
El Ingeniero lastra en un instante

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sus bajeles... ¡por él es más seguro
el ritmo de Cosmópolis, complexo!
¡Mercado-Humanidad, Templo futuro!
En la Naturaleza, enorme fragua
él forja un cinto al mundo, vital nexo,
y se da como el fuego, como el agua...
¡En cerebro, en estómago y en sexo!

Y duro, con dureza de virtudes,


él, que Júpiter lanza en un potente
anudar de infinitas latitudes,
que es de la aldea y es del continente;
él, que vive entre el oso y la serpiente,
y por nocturno al topo maravilla;
él goza en su montaña, donde chilla
el águila y bramando va el torrente
y enfiebra sus dos brasas el leopardo,
esa estrellada infinitud del bardo,
el fluir de balsámicas frescuras
de esa mística flor de las alturas:
¡la Soledad de Corazón de nardo!
Los Nueva Yorks, los Londres, los Berlinés,
quedando atrás, en su pulmón alientan.
El sol de medianoche por confines
blancos, el Can que los desiertos muerde,
en su organismo —urbe febril—, fermenta,
Cosmópolis sensual con él se pierde...
Arrancando ese bloque monstruoso
que el Espíritu labra
—Babel encinta de única Palabra,
en comunión genésica de oso,
se abraza él con la Naturaleza.
¡Un poema coloso,
de mosaica y de búdica grandeza!
Al enorme contacto melodioso,
el Himalaya inclina la cabeza,
rompe a vibrar el arpa de la encina.
Y el gigante se afina
y al ser de las moléculas alcanza.
Hay en sus ojos de animal humano
Iris de espectroscopio. Y en su mano,
pesas de sutilísima balanza.

Los ojuelos del gnomo, la materia


van perforando, agudos y malignos,
mientras Memnón le hace pequeños signos;
pero lo turba la celeste histeria,

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aurora boreal de otros confines,
y el duro Hernán Cortés de los metales
hace arder sus bajeles;
¡sus Nueva Yorks, sus Londres, sus Berlinés!
¡La soledad te amarra con cordeles
de Sutras a sus castos ideales
vestidos de sayales,
hombre de hierro a quien maestra ruda
ata con ligazón de minerales
a la armoniosa Voluntad de Buda!...

Pero tú eres del mundo,


¡ Oh Ingeniero! Mecánico organismo
junta los hombres y hace más profundo
el salmo del varón sobre la Tierra.
¡La Humanidad es máquina en ti mismo
y te pide metal para su guerra!

Trabaja, buen dinamo, fiel obrero;


que en el pan con sabor a levadura
de corazón amargo de minero,
(¡épica hogaza de carbón de piedra!)
en tu pan de peligro y de aventura,
el Leviatán de las Naciones medra.
¿Te desconoce el millonario? ¡Sabe
que el oro está en la mina, si te ignora!
Pero en la hora grave,
en la hora de Dios y, de la Espada,
cuando toda la tierra sangre llora,
y una raza devora
a otra raza, eres tú. Voz angustiada
pide pan de carbón ¡el combustible!;
porque en la guerra es un fantasma horrible
el hambre, no la muerte.. .
Vas, destrozas llanuras y montañas,
purgas de sangre negra sus entrañas,
y es tu carbón rayo del pueblo fuerte.
¡Perforadora, horada!. . . ¡Ya el petróleo
se lanza en chorro altísimo de fuego!
¿Unción de las labores? ¿Áureo Riego?
¿Crisma de Diablo? ¡Es tuyo el virgen óleo
de tus dulces entrañas, Venezuela!.. .

Dios a encender tu lámpara te obliga…


Sobre sus campos vela;
porque la Previsión, abeja, hormiga,
es como el Tiempo (nunca se fatiga)

25
y como el potro que en su escudo vuela...
¡Cava, pico tenaz! El más oscuro
socavón de minero
mientras más hondo entraña más futuro.
Rojea en el activo subterráneo
la canción de las minas, ¡oh Ingeniero!,
topo de uñas de acero,
con los ojos del Sol dentro del cráneo.
Y el pico es tan tenaz, tan impasible,
que el diámetro terráqueo cava entero.
De pronto, al filo préndese un lucero:
la antípoda de luz, el combustible
solar, Dínamo puro indeficiente,
que alumbrará la Casa de los Hombres!
Y yo, clarín del gallo, hacia el Oriente;
yo que bautizo con los nuevos nombres;
que llevo a Galipán, la muchedumbre,
sobre mis fuertes alas no vencidas,
mi espíritu en la cumbre
de ese monte más alto, Leónidas
de la patria legión, a las floridas
copas, a los ganados, a las siembras,
a la humilde labor de pobres vidas,
al buen terrón sin gota de consuelo,
a las minas, que están en el subsuelo
como el fruto en el vientre de las hembras,
a la sublime aspiración del cielo,
a Dios, yo digo, ¡Excelsior!, y levanto,
desde la herida de mi santo suelo
el evangelio de este libre Canto.

26
Rafael Caballero Sarmiento

El bardo
Se precia de saber filosofía
y de seguir las modas parisinas,
y gusta de encender en las esquinas
su discusión sobre filología.

Es pedante y locuaz. Y la Armonía


desbarra como un trágico mundano;
y su perfil de andrógino pagano
lástima sin piedad la Poesía.

Le gusta la pasión: el precipicio


de ver que el buen Apolo, no es propicio
a su numen sutil de bicicleta.

Mas le amilana el aristarco “A. Z.”,


a pesar que proclama ser poeta
del quilate de Nervo y de Darío.

Nocturno en solo de solo


Yo me regué en mi propio Abismo,
como por sobre el muro húmedo de los puentes
el dolor de una rama florecida de asombros.

La noche del espíritu estrellada de movimientos


digitales del ahogado
en las cuatro paredes de las aguas pensativas.

Yo me quedé viéndome y viéndote.


Eras la misma de los primeros años inocentes;
eras la misma de los ojos claros, pero conminatorios.

Llama a llama, carbón a carbón,


nos enredamos en la lengua de una hoguera
que en nuestra propia sangre prendió velas marinas.

Así se viaja a veces


con supuestos dineros de ilusión,
como viaja la avispa sobre alguna azotea;
como viaja la mente cuando niño
sobre el columpio verde del árbol de la casa.

27
Yo estaba otro y con filosofías.

Para resolver el nudo de problemas


de búhos pensadores,
nos bastaba querernos;
y escucharnos el pulso
con el tic-tac remoto
del corazón,
cronómetro
de carne.

Aún no era colmo el odre del destino


de aquel vino de mi viña de sueños;
aún no hervía en la posteridad de tu recuerdo
este mosto de odio de fermento infernal.

Y sin embargo, nos ceñía la frente


los relámpagos trágicos de una pronta ruptura.

Con amargor de tinta —como el pulpo los mares,—


yo ennegrecí este pozo —vorágine infinita—
que los que me conocen no sospechan en mí.

Yo he visto de este pozo agitadas las ondas


concéntricas de una tiniebla enrojecida;
para entonces: ¿Mañana? ¿ Aquí mismo?

Mañana o aquí mismo acogerás el vuelo


con la malla posible y tensa de tus nervios,
anti-antenas de la vida
y antena segura para sintonizar mi marcha,
al darte de signos la partida
leves como en los pasos de una cita.

Así me tendrás puro y sin un silogismo;


y sin ninguna audacia de sistemas complejos;
y sin velos de sofisma;
y sin pugnas de pro y ni contra;
y sin iluminar el candil de una idea
con la fosforescencia del cerebro en presidio.

Así me palparás en la retina


para charlas en los salones de la gente “chic”
sobre si hay o no realidades de espectros.
Mientras te llame con la voz inoíble,
conque —¡se dice!— llaman los fantasmas.

28
Luego algún viejo materialismo petulante,
capitaneando fugas con pruebas improbables,
te recomendará a un psiquiatra vienés
que recetó a una adúltera loca por un amante.

Y hasta habrá un disparo


con una bala mordida en cruz
que tu segundo novio escuchó a sus abuelos.
Receta para disolver espantos.

En tanto yo —desnudo y ya sin filosofías,—


Me morderé en la masa-falsa, de los espiritistas.

Prisión del barco revolucionario


a Luis Barrios Cruz

La hija del pescador


—pescador de luceros, de sirenas y peces,—
vio por dos veces.

Lo vio izar bandera en el crepúsculo,


capitán de mareas.

Después la noche conspiró


ahuecando su garganta de cañones de alba,
tras de los archipiélagos de añil
con zócalos de rojos microcosmos de espuma.

Las olas concibieron en su ofrenda


una lucha de atletas hasta el amanecer.

El barco tenía un puente,


el barco se asombraba de la tierra,
el barco tenía la fe de los mangles fraternales,
el barco ordenaba apagar su fogón a la choza,
el barco lloraba un dolor infinito de playas,
el barco se trajeaba un antifaz caótico,
el barco era doctor en sombra de piratería,
el barco se retorcía a bordo,
el barco venía a hurtarse la quimera
que guardaba en su pecho la niña pescadora.

El sol le vendió luego sus banderas de oro;


un cocotero el tallo de su palo mayor;
y los moriches indios de la llanura triste
los trapecios occiduos de sus áureos cordeles.

29
El barco estaba tras las nubes:
El mar bostezó el gas de sus pulmones;
el barco se alejaba y la gente porteña
se llenaba los ojos de una ilusión vacía.

Tragedia de su popa:
una promesa dulce y un viejo fusil.

Un siglo de esperanza.
Al fin, una mañana indiferente,
con muletas de reo,—
lo trajo un hombre solo.

La multitud agitaba
los remos de su aplauso,
—proclama de emoción ;—
fue un viril espectáculo:
¡cómo un hombre tan mínimo,
capturó nave tan enorme!

30
Pedro Parés Espino

Suicida
a R. Caballero Sarmiento.

Era una tarde cualquiera


de primavera sentida,
en que íbamos, cavilosos,
a sepultar un suicida.

—Fue un cobarde. Estaba loco,


sentenciaba alguno, al paso,
mientras daba su dulzura
sobre la urna el ocaso.

Filosofar de burgueses
de sanchesco vivir serio,
que jamás han comprendido
los números del misterio.

Al pasar bordeando el duro


contorno gris de los cerros,
agujereando la calma,
ladridos foscos de perros.

En el blanco cementerio,
bajo la tarde dorada,
había un olor misterioso
a fosa recién cavada.

Dos hombres, sombríamente,


la caja negra tomaron,
y, en el fondo de la fosa,
impasibles, la dejaron.

Y yo pensaba entre tanto­


en el pálido suicida,
que pasó, callado y triste,
como un muerto por la vida.

(Enterrador pueblerino
que de los sepulcros cuidas,
guarda con noble desvelo
las tumbas de los suicidas;

31
que ellos, bajo el ala roja
de torva fatalidad,
sintieron en esta vida
nostalgia de Eternidad).
1922

La hornacina
Incrustada en el muro de la vetusta esquina,
donde sufre inclemencias de los siglos y el cielo,
expresión acabada de un católico anhelo,
con su santo greñudo, queda en pie la hornacina.

De un Obispo exaltado perpetúa el desvelo,


y al mirarla en la sombra la ilusión me domina:
de las frentes humildes agobiadas de celo,
y las manos tendidas a la gracia divina.

El buen pueblo vasallo, que tributos pagaba,


ante ella sus hambres y sus pestes lloraba.
Hornacina empolvada, lucecita de arcanos,

que al mirarte entre el nuevo de las casas actuales,


evocar me haces siempre caras bulas papales,
y aquellos contrabandos de libros volterianos.

La farola
Farola que en mis sueños la emoción dejas
de tiempos que, por idos, ya son mejores,
cuando en las coloniales casonas viejas
tu tristeza doraba los corredores.

Bajo tus misteriosas luces bermejas,


despertando en las almas vagos terrores,
las esclavas solían urdir consejas
de milagros, hechizos y salteadores.

Y mientras se tornaba todo agorero,


y la voz cristalina del tinajero
goteaba el silencio de la casona.

cerca a tus resplandores alucinantes,


se dormían los fuertes niños de antes
soñando con la sombra de la sayona.

32
Siesta
a Enrique Bernardo Núñez.

Un sol de plomo abruma los viejos caserones,


en que vinosas manchas dibujó el Carnaval.
Se enguirnaldan de tedio los cerrados portones.
Las dos, sonó el gangoso reloj de Catedral.

No turba la infinita calma del mediodía


ni un pregón de frutero, ni un grito de aguador;
sólo un perro errabundo va, con melancolía,
cojeando hacia el silencio de la Plaza Mayor.

En tanto, las casonas dormitan, patriarcales,


seguras a la sombra del antañón alero.
(Caliente brisa sopla del patio con rosales,
y, gota a gota, dice la paz el tinajero).

Y mientras todo adquiere prestigio alucinante


bajo la cegadora somnolencia del sol,
un canónigo pasa, ventrudo y rozagante,
cubierto con la pompa del rojo quitasol.
1934

33
Ángel Celestino Bello

Justo Brito y Juan Tabare

Justo Brito y Juan Tabare,


hombres de vera y peinilla
como no pare otra madre,
por una vieja rencilla,
en el lugar que se vieran
la muerte juraron darse.

Dicen que el primer encuentro


lo tuvieron en un baile,
cuando iba Justo Brito
con Paulina Colmenares,
bailando un zumba que zumba
de esos que entibian la carne.

¡Dame una paloma, Justo!


dame una paloma, vale,
gritóle desde un escaño
el temible Juan Tabare.
Pero Brito en los espasmos
que da la fiebre del baile,
contestóle con la espalda,
sorda expresión del desaire.

—Ten en cuenta, Justo Brito,


te lo juro por mi madre,
que el desprecio que me has hecho
nunca me lo hizo naide;
yo te enseñaré, ¡ca...rrizo!
cómo se ofende a un Tabare.

Pasaron muchos veranos


desde la noche del baile,
mas el rencor en los hombres
es difícil que se acabe.

En un claro de sabana
que dora el sol de la tarde,
se encontraron de repente
Justo Brito y Juan Tabare.
Al mirarse frente a frente
les templó el rencor la sangre;

34
no se dijeron palabras
y en el furor de la lucha,
las peinillas azarientas
casi cortaban el aire.

Dura y larga fue la brega


y al morir de aquella tarde,
ambos estaban de bruces
en un gran charco de sangre.

Mañana dirá el que llegue


al propio sitio del lance:
fue por una “palomita”
de Paulina Colmenares
que aquí se dieron la muerte
Justo Brito y Juan Tabare,
¡dos hombres de pelo en pecho
como no pare otra madre!

Están cantando los gallos...


Al poeta R. Caballero Sarmiento.

Están cantando los gallos


por el dolor de un poeta;
hondo dolor de locura
que idiotiza la conciencia;
dolor —verso— en la palabra,
dolor —verso— por la pena.

Están cantando los gallos


por el dolor de un poeta.
Dolor en la noche triste;
dolor en el alba fresca;
dolor en el lirio blanco,
dolor en la vida nueva;
dolor —verso— en el paisaje;
dolor —verso— en primavera...

Están cantando los gallos


por el dolor de un poeta.
Dolor en la madrugada,
en el desierto y la selva;
dolor —música— que siembra
el erial de la existencia;
dolor en las horas blancas
y dolor en la verbena.

35
Están cantando los gallos
por el dolor de un poeta.
Fue maestro y en la vida
lo dio todo a su manera;
sacrificó el pensamiento
en el altar de la escuela;
su locura no es locura
pues el cielo lo revela...

Están cantando los gallos


por el dolor de un poeta.

Mironianas
1
Todo es sutil y cordial
a mis sueños de poeta;
si alguna pena me inquieta,
me torno sentimental.

2
Yo les abro el corazón
a los que con mal intento,
quieren detener el viento
de mi lírica canción.

3
La negra sombra del vicio
no turba mi voluntad,
mi orgullosa libertad
está sujeta a mi juicio.

4
No me hiere ni me arredra
el gesto brutal y fiero;
en herir soy el primero,
(oculta tengo la piedra).

5
Proseguiré mi camino
con glacial indiferencia,
sometiendo a mi conciencia
los caprichos del destino.

36
6
Ajusto todos mis actos
a la luz de la verdad,
sometiéndome a los pactos
de la gran eternidad.

7
Mi verso noble y sencillo
tiene de espina y de flor,
pero al cambiar de color
se vuelve clavo y martillo.

Saetas

Está escondido en tus ojos


lo que sueña la esperanza;
y por eso los antojos
de mi negra malandanza,
quieren buscar en tus ojos
lo que sueña la esperanza.

Está escondido en tu boca


lo que ambiciona el amor;
y por eso el ansia loca
que palpita en mi interior,
quiere buscar en tu boca
lo que ambiciona el amor.

Está oculto en tu regazo


lo que más ama la vida;
y por eso en el abrazo
de tu mirada querida,
buscar quiero en tu regazo
lo que más ama la vida.

Está escondido en tu pecho


el consuelo del dolor;
y por eso voy derecho
con la flecha de mi amor,
por encontrar en tu pecho
el consuelo del dolor.

37
Luisa del Valle Silva

En la vida

¿Cómo he de sentir odio? ¿Cómo daño he de hacer?


Yo voy de paso... Apenas tengo tiempo de amar.
Este amor hacia todo que aletea en mi ser
es tan sólo el saludo de un viajero al pasar.

Yo sé que están abiertas siempre las alas. Hoy


saludan amorosas para luego partir.
Si sé que a la llegada ya de partida estoy...
¿cómo no amar y sonreír?

Regreso
Vengo de muy lejos...
de no sé qué país...
Vengo de regreso de un sueño...
¿Podré acaso volver a vivir?

Regreso de un sueño...
dejadme en silencio llegar...
¡Qué dura es la piedra negra de la orilla!
¡Qué blando, qué azul es el mar!

Regreso de un sueño... ¿Qué traigo?


Traigo... ¡qué sé yo!
Unas veces pienso que traigo un tesoro
y otras que el tesoro jamás existió.

Regreso... No conozco a nadie...


Nadie me conoce... ¿Cuánto ha que partí?
Hay que caminar por la tierra de nuevo...
¡volver a vivir!

Espera
Ahora sí sé bien lo que es la espera,
¡cómo la estoy viviendo!
Cansancio de la hora interminable,
angustia de la hora que no llega.
Dolor de voz ahogada

38
con bocado de sombra,
en garganta de pájaro que espera
la salida del sol.
Boca con sed, abierta
bajo la gota de agua
que no cae.
Hambre de emoción nueva
recién caída sobre el corazón.
Hambre... y para engañarla
morder la fruta seca del recuerdo.

Hojarasca

Hojarasca de palabras amarillas, inútiles;


hojarasca de ideas secas. Hojarasca
que en todos los caminos
quiebras tu gritería de escándalo
bajo nuestras pisadas.

¿Cuándo soplará el vendaval recio


que te cargue y te deshaga lejos;
y nos deje desnuda, viva
la tierra de los caminos;
anchos y nuevos todos los caminos
para el amor, para la Vida?

Yo recogí mi voz

Yo recogí mi voz de sobre el polvo.


Era un clarín caído y olvidado.
La alcé del polvo y la guardé en mi pecho
mientras se iban sus ecos apagando.
Ecos de aquellas voces que creyeran
grietas de luz abrir en las montañas,
apenas hoy evocador murmullo
de caracoles a la mar lejana.
Guardé mi voz sacudida de gritos
y desnuda de inútiles clamores.
En torno nadie la buscaba. El aire
estaba ahogado en multitud de voces.
Ahora ya en su cuna de silencio,
yace mi voz dormida y olvidada,
soñando a veces que sus ecos puedan
abrir grietas de luz en las montañas.

39
Ada Pérez Guevara

Tú nunca lo supiste

Tú no supiste nunca, madre mía,


de este oscuro dolor.
Tú nunca lo supiste;
este penar continuo, día a día,
me da un minuto triste,
un rato sin amor,
¡oh madre mía!

¿Sabrás acaso ahora,


que mi alma, hora tras hora
siente el penar continuo de tu ausencia?
Y mi triste existencia,
que brilla con fugaces alegrías,
se llena de impaciencia
y se sumerge en estas penas mías.

Tú nunca lo supiste,
y gracias doy que nunca lo supieras.
Es doloroso, madre, lo he sentido,
perder a nuestra madre…
Casi como si el alma se nos fuera.

Y tú te fuiste lejos,
más allá de la vida,
y tan lejos, tan lejos,
que ni siquiera un pálido reflejo
me orienta hacia los rumbos de tu ida.

¿Y te veré otra vez? Así lo quiero.


Mas, no basta querer en estas cosas.
Yo que viviendo muero
y que por vida cierta desespero,
al mirar las estrellas misteriosas
busco ahondar el arcano.
Mas, sólo mi dolor siento profundo
y pienso que en el mundo
todo dolor es atributo humano.

40
Interrogación
Después de la muerte, ¿qué es lo que has sentido?
¿Te absorbió la intensa, la absoluta paz?
¿Estás en lo eterno, en lo definido?
¿Del Dios de las almas miraste la faz?

¿Conoces ahora todos los arcanos?


¿La razón ya sabes de todas las cosas?
Dime si al contacto de las buenas manos
las acciones buenas se tornaron rosas…

Madre, yo te pido, dime esto siquiera:


dime si me miras, dime si me escuchas.
Diariamente marco la interrogación,

¡y siempre el silencio que me desespera!


¡Mira que en la vida las penas son muchas,
y vienen, calladas, a mi corazón!

El rosal del patio


En el pequeño patio enmosaicado
hay un cuadro de tierra
donde crece un rosal.
Siempre está florecido,
tiene la delgadez del tallo hiriente,
cuajado de espinitas,
y leves hojas tersas,
color de vino añejo,
bajo la luz solar.

Encerrando el jardín, la tapia verde,


elevada y hostil,
parece dominar las otras casas.
Desde hace mucho tiempo
lucha el roal por extender sus ramas,
pero la rigidez del muro erguido
no sabe de belleza ni ternura,
y se forma el capullo de la rosa
y las hojitas nuevas
atrofiadas y pobres, contra el muro.

¡Estéril lucha del rosal florido


en el patio pequeño!
Hay agua y sol y cuido,

41
pero existe la tapia,
como una negación de espacio y cielo.

Me da pena el rosal cuando lo miro.


Siempre la tapia erguida
tiende a impedir la floración perfecta;
¡pero quizás un día
la avalancha de ramas florecidas
se extenderá en la tapia,
hasta escalar sus piedras!

42
Miguel Otero Silva

El aire ya no es el aire

El aire ya no es aire, sino aliento;


el agua ya no es agua, sino espejo,
porque el agua es apenas tu reflejo
y ruta de tu voz es sólo el viento.

Ya mi verso no es verso, sino acento;


ya mi andar no es andar, sino cortejo,
porque vuelvo hacia ti cuando te dejo
y es sombra de tu luz mi pensamiento.

Ya la herida es floral deshojadura


y la muerte es fluencia de ternura
que a ti me liga con perpetuos lazos:

tornóse en rosa espléndida la herida


y ya no es muerte, sino dulce vida,
la muerte que me das entre tus brazos.

Tú, poesía,

Tú, poesía,
sombra más misteriosa
que la raíz oscura de los añosos árboles
más del aire escondida
que las venas secretas de los profundos minerales,
lucero más recóndito
que la brasa enclaustrada en los arcones de la tierra.
Tú, música tejida
por el arpa inaudible de las constelaciones,
tú, música espigada
al borde de los últimos precipicios azules,
tú, música engendrada
al tam-tam de los pulsos y al cantar de la sangre.
Tú, poesía,
nacida para el hombre y su lenguaje,
no gaviota blanquísima sobre un mar sin navíos,
ni hermosa flor erguida sobre la llaga de un desierto.

43
Tres variaciones alrededor de la muerte
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar,
que es el morir.
Jorge Manrique

1
¡No! No es posible vivir cual los ríos
cantando entre laderas y lirios
o entre agudos peñascos y ramajes tronchados,
sin presentir el mar que los espera,
el infinito verde y encrespado
en cuyo corazón de sal los ríos se transforman en peces.
No es posible flamear como el fuego,
iluminando rostros de danzantes risueños
o tiñendo vetas de angustias en las caras dolorosas,
sin presentir la brisa que matará su luz
o el agua que tomará sus rosas en ceniza.
En mitad de la vida cantamos a la muerte
que es el mar de los ríos y el agua de las llamas.

2
Símbolos de la muerte no sueñan ser el hueso,
ni las cuencas vacías, ni la mortaja fláccida.
Los huesos son apenas el portal de la muerte.
Cuando los huesos dejan de ser huesos
y entre su blancor rígido hay un temblor de gérmenes,
es que nace la poesía de la muerte,
es que despunta el símbolo creador de la muerte.
La muerte que yo canto no es cruz de cementerio,
ni ilusión metafísica de las mentes cobardes,
ni lóbrego infinito de profundos filósofos.
La muerte que yo canto es una sombra constructora
de blancas mariposas que crucen los caminos del viento,
de tallos que entremezclen la pulpa maternal de la tierra,
de claros manantiales que sacudan las entrañas del mundo.

3
Un niño es la crisálida de un amor y de un llanto,
es la estrofa primera de un poema,
es la cuesta inicial de una montaña.
Y la muerte de un niño es tan absurda
cual la de una mañana que se volviera sombras.
Si ayer se desgarraron las carnes de la madre,
si un rumor de blancura le despertó los senos,
esa sangre, esa leche, ese dolor, han sido

44
la raíz de los pasos de un hombre.
Sólo el leñador loco corta un árbol
cuando el tronco es apenas tierno cogollo inútil.
Sólo loca la muerte ha de matar un niño,
apagar un amor que no ha nacido
y secar unas lágrimas que no han corrido nunca.
Mientras los niños mueran
yo no logro entender la misión de la muerte.

45
Luis José García

El nombre del hombre


A Leoncio Dorta.

La palabra soltó su escupitajo


y escuchó el hombre escarnecido
trocar su nombre en la voz de su sicario;
y se miró las manos —sometidas—
entre hierros degradantes.

Porque estaban de más las palabras


y porque duela la carne herida y tatuada
cuando el miedo circula —todavía
sigiloso en la memoria del animal acoquinado.

Porque duelen también las plantas


horadadas y vencidas
ya reblandecido el ademán de ser quien se era:
porque el hombre había perdido
la certeza de sus piernas
después de haberlas visto
en las patas de los elefantes,
tristes y domesticadas:
y revisado la memoria del resto de su cuerpo
y de cuanto en él quedaba
posible para el escarnio.

Pero esto sólo ocurre


cuando el corazón ya no cuenta
y apenas si suscita
como un hedor de desdorosas náuseas.
Porque el cuerpo da para resistir el látigo
y puede aún —de la sangre resistida—
surgir un ala anonadante:
y hasta la muerte dar tiempo
para escoger la altura del alma.

Si el crimen es sólo una pesadilla superable


y el nombre del hombre
cobra fuerza en la voz de la esperanza.

46
Crepusculares

De un hecho de velamen
bien sé que estoy muriendo.
Como un ardor de sangre
del mar me viene el verso

al crepúsculo almagre
de entre grises inciertos

con luz de eternidades


y un coro de silencios.

Décimas del infortunado amor



A Tomás Antonio Reyes
Ayer pasé por tu casa
me tiraste un limón;
el zumo me dio en la cara
y el golpe en el corazón.
Anónimo

Iba, suspenso, en la brisa,


escala de tu perfume,
con corazón que presume
solazarse en tu sonrisa;
sin pensar cuán indecisa
es, en el sueño sin tasa,
la esperanza cuando abrasa
empeñada en un cariño.
Así, con sueños de niño
ayer pasé por tu casa.

Bajo el alero, en la sombra,


las rosas de tu cercado.
Y en la ventana, azorado,
mi verso pasa y te nombra;
mas, de repente, me asombra
rudo golpe de emoción;
y sentí que el corazón
se me redujo en el pecho,
cuando, llena de despecho,
me tiraste un limón.

Así, un golpe inoportuno


me echó a vagar sin destino,

47
pues, de no ser tu camino,
no me interesa ninguno.
¡Si he repasado uno a uno
pensando que, así, lograra
otro amor me descifrara
lo del limón que tiraste!
Que aunque el tiro no acertaste,
el zumo me dio en la cara.

Y es por eso, sin embargo,


que, pensándolo, repienso,
que el cariño es más intenso
cuando el comienzo es amargo;
hasta llegar a lo largo
conociendo tu intención,
comprender por qué razón
el zumo segó mi anhelo,
el limón cayó en el suelo
y el golpe en el corazón.

48
Matilde Mármol

Después será el viento

Vengo a decir que a ratos me dejo


envejecer de pena o de algo
tan inapelable
como el tiempo trepando hacia la muerte.

Y es que no tengo otra manera


de morir
sino ésta con que a diario
amanezco, con que a diario
me pongo la muerte y dispongo
ordenadamente el día
para seguir muriendo.

Alguna vez soñé que fuera cierto


eso de estar parado en medio
de la vida
y oír la muerte cavando
en el trasfondo…
Después será el viento —dije—
el fuego y la sangre mineral.

Mas el hombre se precave


y, por si acaso, toma la vida
y en ella se arrebuja, circula,
regatea frente al calendario,
habla, procrea.
Pero a la hora del hueso,
a la hora de la víscera esperando,
se desnuda y se acuesta
con la muerte.
Después será el viento —digo—
…Y me quedo frente al terror
mirando cómo la muerte
iza sus señales.

Los solidarios

De pronto todas las palabras


me sobran.
De pronto la angustia de un pueblo

49
Me llena de sal la boca,
Y un jardín que florece
¡qué me importa!

Hoy me importa estar viva


no el viento que sacude mis trapos.
Me importa el niño
y su saliva,
los huesos de mi madre
y la gente
que nunca respiró junto a mí.

Hoy digo aire, lirio, corazón,


y las palabras me pesan
y no las digiere mi alma.

Mas cae un hombre


en medio de la vida
y no puedo quitarme este pensamiento
de las manos,
y no hay manera de evadirse,
y no sabe uno qué hacer consigo mismo.

Deliberadamente

Deliberadamente asumo mi cuerpo,


me bautizo mortal,
verifico mis vértebras, mi sangre,
mi condición humana indeclinable.

Calzo esta frente y la frente


del que siendo hermano es más
mi prójimo inclusive.

Instálome en total, en colectivo,


hombro con hombro
solidariamente.

Ratifico mi modo ahora,


las costillas que opongo al viento,
las manos con que lloro,
la cal en que me integro,
mi destino también y mi fatiga.

50
Introspección

Cuando desciendo hasta mí


las manos se llenan de espanto…

Porque en mi cuarto, junto a mi mesa


que a veces es un barco
y navega,
cae la lluvia, cae el tiempo,
el hombre cae,
cae la pesadumbre y gimo.
El mar amanece a mis pies mordiendo
mi castidad.
Sólo el mar me deslumbra,
sólo el mar permanece
azotándome…
El cuarto y mi mesa
—tributarios del mar—
crujen cuando la noche
me devora las sienes.

Y siempre amanezco desierta;


me acuerdo de mi vestido
aquél, el de lunares,
de mi padre que hacía versos clavado
a su esqueleto,
de mi madre, hermosa ella y descalza
frente al tiempo;
e igualmente
que vengo de un país salobre
donde el clamor es un guijarro
de cólera.
A veces también recuerdo que he nacido
y me pongo a llorar.

Al cabo
Por último
me he quedado sin Cruz,
sin Brahma, sin Buda
y sin oráculo.

Voyme a pie, ligerísima,


huera de dogmas,
ventilada la deuda aristotélica,
gusano en abstracto,

51
dios de mi propio templo,
hermana de mis hijos,
infinita por fin, al fin principio.

Recién
pesa toda mi eternidad…

Monólogo

Esta es la hora en que muero diariamente.


Aquí estoy de rodillas,
con la voz rota
al pie de mi silencio.
Puede venir todo el dolor del mundo
a morderme en las sienes.
Está es la hora en que mi alma
enfila su ejército de penas,
la hora inmensa que me crucifica,
que me deja amapolas en los huesos.

Yo no tengo otra forma de morirme


ni otra hora desangrada y tensa.
Aquí muriendo de destino,
¡qué sé! De transparencia,
de cosa insólita que rasga
con sus nardos el pecho
y se hace luz y luto y polvareda
negro turbión y renovado aliento,
inundando mis calle interiores
con el alto gemir de su presencia.

…Entonces me invade un ángel,


desciende por mi sangre
a la más pura teoría de mi esencia:
pasan rosas… cenizas… siete heridas
me dan su asombro denso,
pasan abismos y lunas…
¡el ángel gime en mis huesos!

Ay que me estoy muriendo y nadie sabe.


Ay que vienen las zarpas en el viento.
Ay que llega mi hora taciturna.

52
Domingo Felipe Maza Zavala

Quinta estación

Es el tiempo abstracto de la poesía:


no tiene calendario en la ruta de los días,
ni color preciso, ni estela en el espacio infinito.

Desfilan las luces y las sombras,


corren las aguas en círculos sin término,
navegan las angustias al despuntar la aurora.

Las simientes se ocultan en los bosques secretos:


brotarán en los versos de un poeta olvidado
cuando la vida pase con su canto inconcluso.

No es la lluvia venida de vertientes lejanas,


ni cálido sol que da luz al planeta:
sólo la quinta estación de un mundo ignorado.

No es la primavera de colores fugaces


ni el otoño que dispersa las hojas desprendidas
de su abrigo vegetal desnudo de fatiga.

Pasan las estaciones en que demoran los ritos


de la ronda que gira en el perfil del tiempo,
renovando la vida para vencer a la muerte.

No son las estaciones que encuentro en mi camino:


es la quinta que agrega imagen y sentido
al abrir los portales del reino prometido.
Caracas, 01/06/03

También soy América*

Grito del negro como una consigna;


mi sudor y mi sangre florecieron
en la corteza roja del cacao,
en la nevada fibra del algodón,
en el hijo mestizo y el cantar jactancioso.

Traje el sol africano y la risa encendida,


el llanto de sal y la herida profunda,
el tambor que es la voz oscura de la selva.

53
Vinieron en mi ancestro las raíces del hombre,
los mitos de la tierra, los secretos del cielo,
la noche que repite la verdad de la piel.

Vertientes de mi angustia fecundaron los surcos,


huellas de mis pasos marcaron los caminos
hacia la encrucijada del mundo americano.

Senos de mi raza nutrieron los sueños


del amor y la lucha, la libertad y el héroe,
banderas levantadas, lanzas enrojecidas.

Ayudé a forjar las patrias y los pueblos


soy América en la sangre y en la historia,
mi risa alumbra los múltiples senderos.

* Langston Hughes.

Origen

Muéstrame el remoto mundo del que soy.


Sé que vengo de alguna lejana sombra,
de alguna oscura estela suspendida en el tiempo,
de algún naufragio en la larga noche del espacio.

¿Por qué este extraño silencio que me agobia?


¿Este vacío entre el principio y la forma?
¿Este estar exiliado de mis propias raíces?

Más allá del azul, del gris, el mundo sin color,


la estela que regresa a su propia gestación,
la impalpable simiente dentro de mí sembrada.

Extraña soledad de este universo mío,


de este verbo hecho luz pero cautivo,
esta esencia ignorada que palpita en mi ser.

Viajero sorprendido en los cruces del tiempo,


la memoria perdida me condena y me salva,
el paso peregrino se ajustó a su sandalia.

Estoy aquí en el olvido de mi antigua raíz,


el mito del origen no conmueve mis sueños:
sé que soy de alguna parte, pero soy.

54
Noticias de la guerra
Hoy el gigante desplegó sus misiles,
se iluminó el limpio amanecer antes del sol,
despertaron las aves y los niños, leyendas infantiles.

Es la danza del fuego, la tierra enardecida,


el fondo del abismo, el mundo estremecido,
la fiesta de la estrella, la palabra perdida.

Rugen las sirenas, tiemblan los desiertos,


cruzan raudos los pájaros de acero:
llevan el mensaje de la muerte enloquecida.

Guerra de galaxias, marcianos en la mira:


es la vieja tierra como siempre en su guerra;
no es tiempo de labranza, es de sangre vertida.

Bagdad de las noches en que la risa domina,


más de mil contadas de vigilia en vigilia;
ahora son muchas, sin auroras ni cirios.

La ciencia de los hombres para destruir la vida,


la vida de los hombres para probar la ciencia:
¡Cuánto progreso logrado para negar lo creado!

La ley del poderoso es la garra del felino,


corre el cervatillo hacia el refugio del miedo,
la presa está al alcance, no hay paz en la selva.

La guerra es el lenguaje de la eterna historia


escrita con polvo de siglos y los huesos
de millones que cayeron de espaldas a la gloria.

¿Cómo explicar a los niños esta magia roja,


esta leyenda surgida de la ruina y la sombra,
este brusco amanecer de fuego con colores de muerte?
20/03/03.

55
Carlos César Rodríguez

La casa

Olvidaba decirte que el silencio


está del otro lado de la casa
esperando que el viento abra las puertas
y se apague la luz de las ventanas.

Después vendrá el recuerdo con sus hiedras


por todos los rincones de la casa
y tendremos que irnos por el bosque
añorando la luz de las ventanas.

Invocación
Oh sol de los cujíes y los cardos,
espíname los huesos, florécelos de blanco;
ven y bebe en las charcas de mis ojos
el agua de mi alma.

Ponme aquí entre las sienes


el aire iluminado de los araguaneyes.

Sol de cauces sedientos, de rojos pedregales,


ya en mis manos crepita
la sal oscura de las hojas secas.

Yo quiero regresar a tu reino encendido,


a tu tierra sonora de turpiales
aunque sea llevando la cabeza
ya casi en ataúd sobre mi hombro.

Barcelona
Un crepitar de cardos y cujíes.
Duele el paisaje
en el costado insomne del recuerdo:
calles caídas
en cruz sobre mi pueblo
y polvorientos árboles
erizados de espinas bajo el cielo.

56
A un lado el Neverí mueve entre guamos
su terrosa tristeza, y ya ni sueña
con las aguas azules de su infancia.

Viejas colinas bajo el sol cansadas


se tienden a lo lejos,
y en la salina tensa
la diminuta llama del salitre
hiere los pies del aire
como un abrojo blanco.
Ahora, al recordarte,
me brilla el corazón
y en claras ondas de luz se van mis ojos
camino de la infancia.

Lumumba

1
El aire en los bambúes.
La garganta del toro.
Y el baobab, redondo bajo el cielo.

Cuando todo dormía se levantó el rey blanco


y orinó larga, interminablemente;
después clavó el puñal en mitad de la sangre
y era como caer a puñaladas en el pecho de un río.

Todo el silencio se empozó en la noche


hasta llegar al borde de la copa
del baobab, de flores siempre blancas;
y el Congo, cabizbajo, de grandes aguas tristes,
bajaba sollozando
las largas, desatadas escaleras
de las vertiginosas cataratas.

¡Ay de las flores blancas del baobab del cielo!

¡La Tierra, avergonzada, llevaba en el costado


la sangre de Lumumba!

2
Al despertar, las lanzas
se pusieron de pie
y el sol les fue encendiendo las metálicas hojas
con las llamas azules del cobalto.

57
El baobab dejaba caer sus flores blancas.
Alguien maldijo el cielo.
Alguien escupió el aire y lo maldijo.
A todos los hermanos les faltaba un hermano.
Había una garza muerta en todos los esteros.

Entonces fue la búsqueda asfixiante.


La ronda desvelada de los astros.
De sol a sol la brisa batallando.
El trueno con el rayo en el costado.
Las nubes apartándose.
Los ríos desbocados.
Disparadas las flechas de las garzas.
En el rugido un ruido de metales.
Hasta que las raíces, deslumbradas,
brillaron como ramas de relámpagos.

3
Y de nuevo Lumumba con su pueblo
a la sombra, ya blanca, del baobab, cantaba.

Guanta

El almendrón del patio


y el mar
se siguen deshojando
en el silencio
de la playa desnuda
a la luz vespertina
del recuerdo.

58
Tomás Alfaro Calatrava

La muerte es una sombra que acogota mis párpados


y mueve mis entrañas con sus dedos de frío.
La muerte es una sombra que rasga mis ventanas
y agiganta sus pasos hacia los pasos míos.

La muerte es una sombra que rompe sus violines


para poner sus notas en mis manos inciertas,
y apresar mis sentidos, y apretar mi garganta,
y cubrirme de sombras fantasmales, inquietas.

La muerte es una pena de alfileres agudos


que traspasa mis huesos y desgarra mis carnes.
La muerte es una torre que olfatea mi destino.
La muerte es una sombra dormida en mis umbrales.

13

Me duelen las macabras visiones de la muerte


cuando te sueño muerta como un sencillo insecto.
No quisiera pensarte en rígidas mortajas,
entre banderas blancas como todos los muertos.

Yo no quiero que tus ojos profundos


y tu sonrisa plácida se incauten de la sombra.
No quiero pensar en el hermetismo de tu voz
ni en la morada angustia de tus párpados.

Yo no quiero que te vistan de blanco


y te pongan coronas de fragancias exhaustas.
Quisiera que te dejen levemente intocada
perfumando la vida con tus doradas flautas.

19

Las rosas de tu sepulcro.


Los pájaros de tus flores.
Los gusanos, gozosos de tu sangre,
han sentido esta tarde el dolor de mil siglos distantes.

59
Se habrán removido tus huesos.
Habrán abierto tus párpados.
Y tu cabellera —inconclusa— habrá salido
del vientre capilar de los gusanos.

Cómo me espinan tus pestañas


cuando lloro tus lágrimas de dimensiones ácidas...

Nunca mis lágrimas de mieles asoleadas


habían llorado en los cauces atormentados,
en las colmenas sin abejas, en las hojas sin verdes.

¡Ay, las piedras anhelantes que, sin embargo, ruedan al abismo!

No sé por qué las heridas palomas de mis manos


me invitan a seguir trayectorias de nardo,
cuando mis brazos me llevan hacia pizarras dolientes,
hacia ríos profundos transitados de fantasmas piratas...

No sé por qué mis cabellos me evocan paisajes europeos,


cuando mis goces y mis manos huyen hacia otros paisajes
trémulos, de plumas, y curare, y cleptómanos vicios...

Hoy —esta tarde— de luceros anónimos


y arruinadas cayenas en los parques,
de fermentada azúcar, y de sexos obstruidos, y naranja podrida,
oigo tu voz adusta repitiendo a mi oído:

¡Encendido lucero!

¡Suave fruta madura...!

Cuando la soledad ancla sus perros


A Pablo Rojas Guardia.

Cuando la soledad ancla sus perros


de azogadas pezuñas
y precipitadas piedras sobre el mundo,
interrogo con las manos cansadas
a los pinos y las palomas;
interrogo la primera corola del amanecer,
a la brisa que deja en mi camino
su palabra liviana de celestes colores:

¿Por qué vale la sombra del chacal fugitivo


más que la bella rosa y el mar con sus estrellas?

60
¿Por qué nace tortuosa la azucena
y se desploma en la cal la golondrina?
¿Por qué llega la muerte con su carga de arañas
cabalgando corceles de veneno y de sangre?

Interrogo a los hombres:


¿Por qué mueren las madres?
¿Por qué los honorables,
los honorables de manos dolosas
que escupen nicotina
y huelen a calzones de hampones despiadados
arden la manzana en la paz?

Odio los desesperados de rabia;


odio sus voces,
ellos los gestadores de los duendes,
ellos con sus huertos de naranjas masticadas:
ascensión ruda de brisa herida de cóndores siniestros;
ellos los barcos de altas luces extinguidas
que se mueven al viento, sin ocasos,
con grises candelabros como patas de plomo
pesadas y sin brillo, velámenes oscuros.

Ellos son la maldición del ciprés,


la canción mutilada de los niños velados;
los que labran la espada con sangre de palomas
y aprietan los cocuyos hasta cegar la luz.

Interrogo y exclamo:
déjenme en mi crepúsculo, sin ecos,
y llévense, si quieren, mi cuerpo en los zapatos.

Glosa a José Martí


Perdido el plomo del tino
sin arma y sin compañero,
caminas el año entero
tejiéndote tu destino.
Pedro Raf. Gilly

Yo que amo tu vida breve


y tu empeño americano
levanto el as de la mano
como un espadín aleve,
para si alguno se atreve
a negarte de “oro fino”
herirlo desde el camino

61
con adolescente plata:
José Martí, de escarlata,
Perdido el plomo del tino.

De mis pueblos muchas lunas


te lloraron en la cara.
Y si el recuerdo te hallara
por fragantes aceitunas,
te contaría cuántas lunas
alumbraron tu sombrero.
Hoy sólo, Martí, yo quiero
llevarte hasta el camposanto
este grito: dueles tanto
¡Sin arma y sin compañero!

Cuando niño te leía


a través de tu amargura:
corcel de noble montura,
limón cayendo del día;
tu patria que es como mía,
por poeta y por sincero
—corazón de jazminero—
Te nombró soldado noble.
Aunque tu ausencia se doble
Caminas el año entero.

Estás aquí en mis desvelos,


en mi pecho que te nombra,
en la sombra de mi sombra,
sin adiós en mis pañuelos:
aquí estás en mis anhelos,
girando como un molino
hacia un Quijote de vino
que es el signo de la idea,
para que el mundo te vea
Tejiéndote tu destino.

62
J. J. Marcano Maza

A Sonia

Dolor de lejanía tiene el jardín


gime por tu ausencia en el alto pino
se desnuda en la acacia
y te llora en las lágrimas
que a las hojas
dejan las sombras

Cómo punzan las pajizas


agujas del pino
en el gris silencio
de los pájaros

En la Mesa el día muere


en su aljaba
las flechas opacas y tristes
mientras
las estrellas oblicuas de los gatos
contemplan las rosas mustias

Te busco en el jardín
y el jardín
me contagia su dolor

A Napoleón

Solíamos navegar
a toda vela
a todo riesgo
esquivando escollos
chocando con islotes

Nuestros barcos se escondían


en la distancia
se los tragaba un remolino
encallaban
o hacían agua
pero nunca faltó
papel
para nuevos barcos
cuando las espinas de la lluvia creaban

63
efímeros ríos
en las calles de la infancia

Batalla de Solferino

Moja la madrugada
con café, aguardiente,
y orina.

Rítmicas explosiones
de tambores de guerra,
relincho de clarines,
silban y pican insectos
de plomo.
Vuelo sin alas
de los obuses;
desdentadas bocas
desbocados caballos arrastran,
ausentes jinetes.
Alaridos, maldiciones, ayes…

Luego el sol
abre las fuentes del sudor,
vano intento de disipar
polvo, humo, fiebre.
Mientras
el campo se va tiñendo
de un rojo
húmedo y tibio.
Escanciada la última gota
de silencio,
Escanciada la última gota
de piedad.

La lluvia no mitiga
tanta sed, tanto hambre, tanta desolación…
Despilfarradas
infinitas vidas,
también agoniza
el sol;
callan fusiles y cañones,
entonces,
el silencio recalca
alaridos, maldiciones, ayes.

64
Nadie advierte

Cuando llegas
nadie se entera
nadie advierte
el paso de tu vida sin rastro

¿Quién ha medido el barranco


de tu herida
o el peso de tu dolor?

¡A bordo!

Alguien dijo
¡A bordo!
alguien…
repletó el túnel
el enjambre,
embarcamos adocenados,
autómatas, fantasmas.

Nadie preguntó
por rumbos, escalas…
simplemente nos activaron
a la voz de
¡A bordo!

Nadie inquirió sobre trasbordos,


nubes, tormentas,
caídas ni Destino…
sólo que alguien dijo
¡A bordo!

Sin garantizar recuerdos,


huesos
ni esperanzas
¡A bordo!
dijo un parlante.

65
Francisco Salazar Martínez

XXII

De soledad, soledades
se puebla el cielo de octubre.
Mientras cumplo mis edades
nadie mi dolor descubre.
De soledad, soledades
¡mi amor terrenal se cubre!

Al amor

Tu corazón en el vuelo
dejó un ala desprendida
y en la mitad de la vida
dejó la mitad del duelo.
Y hoy, enlutecido el cielo
por la huella de tu sombra
el recuerdo no se asombra
por esta triste agonía
donde vivió su alegría
el labio azul que te nombra.

A la muerte

Morir, sí, pero despierto,


el alma en abierta brisa
y en los labios la sonrisa
del que viviendo está muerto.
Y luego partir sin puerto
seguro donde atracar;
que el cielo sea como un mar,
un destino sin llegada
donde mi barca cansada
se muera de navegar.

66
Canto a Ezequiel Zamora
“Cuando estoy a solas lloro
Y en conversación me río”.

Caballo

Desde el nivel del pecho


donde la sangre enciende frescas lámparas
e ilumina los cielos y la tierra del hombre,
yo te canto.
Yo te doy el paisaje de mis manos,
las leguas que te faltan,
el corazón caliente del poema,
para que llegues tú, caballo de alas,
y sientes en la mesa de los labios
el sonoro rosario de tus cascos.
Caballo por el aire.
Caballo por el sueño.

La ventana del verso abre sus alas


para que envuelto llegues en las llamas
con que el héroe sagrado de la tierra
te pobló las pestañas.

Oigo el relincho azul,


la hierba maltratada,
las hormigas dormidas en tus cascos,
el ruido de tu freno,
cuando de noche pasas en las voces
que habitan la sabana.

El agua de los pozos


guarda en su corazón
ancha tu imagen.
Caballo por la tierra.
Caballo en la garganta.
Caballo que de tanto correr
te volviste en el sueño
doméstico fantasma.

Paisaje

Esta es la tierra y este su retrato:


una angustia de pies sobre el paisaje,
agua, cielo, montañas, muchos pájaros
y un hombre entristecido en su palabra.

67
Hay chozas, palmas, vacas, guerreros, pobres,
y un gran sol de verano.
Alguien nombra a Bolívar,
otro calla, y silenciosamente
la tierra va enfriando tibias lágrimas.
Una mujer saluda.
Su pañuelo en el aire es como una gaviota
que invitara a viajar. Es Venezuela.
El guerrero medita.
Ahí, frente a la choza, está el caballo.

Jinete

Comienzo a decir canto.


Canto con los cabellos y los huesos
para que el héroe nazca desde la fiel memoria
y funde sus poblados galopes en el verso.
Ya suenan sus espuelas.
Yo las oigo recorrer todo el aire
y llegar hasta el patio de las casas
y regresar llevando su rebelde cosecha de caballos.

Por estas vivas aguas del recuerdo,


vivo como una lágrima,
llega Ezequiel Zamora,
Capitán saludable.
Porque su nombre huele a bosta fresca,
a corazón sembrado,
a solitario llanto,
yo saludo su nombre y me le inclino
totalmente cantando.

Desde el pueblo venía. Hasta el pueblo llegaba.


Traía toda la luz de la sabana
alumbrándole el alma.
Lo conocían los niños y los árboles,
mariposas y yerbas lo adoraban;
en todos los cenáculos del pueblo
vertical en su voz se presentaba:
—Soy Ezequiel Zamora.
Le admiraban
Y como los abuelos decía cuentos,
hablaba de los astros,
de las reses de cría,
cual un viejo pastor de los corrales
y llevaba en las manos los saludos
frescos de las muchachas.

68
Y tocaba guitarra.
(Esto era cuando el cielo
caía copiosamente ente sus brazos)
Más tarde llegó el diablo, lo sacó de la casa,
lo montó en un caballo
y le puso la patria por delante.
Sus cabellos volaban.

Consigna

Todos eran hermanos en su sueño.


Tanto el negro y el blanco y el indígena
estaban en su sangre bien sentados.
Frente a sus ojos claros
Como un pecho de amor
se le abría la sabana.
Venezuela en las venas le quemaba.
Sobre su frente
la espina del dolor grabó sus mapas.
El mar le vio partir y regresar
metido en la tristeza como un llanto.
Los caminos muy bien lo conocían
y le lamían las huellas como un perro
por doquiera pasara.
Detrás de las ventanas comentaban:
—Allá viene Ezequiel— y se ocultaban.

“En la mesa del pobre


debe estar la comida bien completa.
Todos somos iguales”.
Y su voz se estiraba como un cuero de res
por todo el llano.

Libró muchas batallas.


A veces en la lucha
se quedaba mirando los sembrados.
Contemplando las nubes,
o cantaba.
De ahí que muchas veces
creía en las mariposas de las balas
y por andar cazándolas
se fue hundiendo en la muerte,
como un pájaro.

69
Camilo Balza Donatti

Transformé la corteza en navío de tinieblas,


lancé su ancla a las aguas más profundas
donde reside mi soledad
en espera del temor de algún astro.

De magia candorosa es el sosiego


de los puertos que llegaron después,
cuando la vida inició su linaje,
venció la puerta de arco maravilloso
y se fue por el sueño.

Cazadores ligeros corrieron entonces


por la orilla y lanzaron sus dardos
hacia la vaguedad de la clemencia.

¡Detengan los pasos!


Dijo quizás el viento
escondido en las hojas
de un cielo imaginario.
No busquen la poesía en el alba
ni en el atardecer
ni sobre la piedra que desnuda su imagen.
¡Búsquenla en el día
que hoy habita en ustedes!

Creo que hemos desnudado muchas palabras


como cuerpos, pero ha sido imposible
descubrir los suplicios de su piel.

Polvo, lentitud, memoria de paisajes,


muerte de cazadores lúcidos,
símbolos, metáforas de alguna soledad inencontrable
que llora por la tierra.

Uno de mis antepasados


fue diestro en clasificar piedras
y rosas de marfil y de ámbar;
convocaba los atardeceres más tristes,
esos vestidos con nubes de violeta
cuando tomaba la soledad de sus parques.
Mi pariente vestido de gris

70
en una línea divisoria no encontrada,
despejaba la torpeza del alba.

Vigilias
Cuando salgo
el perro del vecino
cuida mi soledad.

Hoy fui a Mapire a ver la primavera,


tenía cintas de luto en la memoria;
mañana volveré a ver las golondrinas
comer en los graneros de mi voz;
hoy no estaban, habían ido hacia la tarde anterior
en busca de una nube extraviada en mis ojos.

La casa estaba igual,


un poco de la desidia del viento
en las ventanas;
ningún otro camino para volver
sino el de las vigilias
por donde es el regreso.

La casa
Por la casa ronda una medianería sin término.
Muchos dueños ensayan sus visiones desde los marcos
que bordan la pared, con rostros iracundos
y sonrisas de antiguas primaveras.

La puerta mayor tiene aldaba de bronce


y abre de vez en cuando para ver seres
que van despacio entre cortinas multicolores.
Las puertas y ventanas tienen un aire de antigüedad
contagiosa, y nuestros pasos van y vienen como caminantes
de cotidianidad repetida, y nuestros ojos cerca de los cristales
se alejan hacia las colonas del fondo, que son de niebla,
humo, alcándaras que han perdido la razón del espacio.

A cada quien le corresponde su silencio.


Afuera la calle es una línea por donde se marcharon las
piedras de la voz, el azul que repartía en el viento
los presagios de algún acontecer; el traje
del invierno pasado sin una estrella en el ojal,
abandonado ahora en el estuche de alguna mariposa.

71
Por la casa circula un extravío de miradas correctas
que repiten la insensatez del tiempo.
Piedras detienen su conformidad en la penumbra
donde los perros puedan soñar también con las visiones.

Amemos estos círculos, la Dulcamara y el Ebonio florecen todavía


cerca del muro que no permite una evasión no compartida.

Memoria sin rostro


La corteza del viento
—memoria desvelada—
es un texto creado en otras estaciones,
en el infinito que crece y se diluye
en el asombro,
en el buscar la melodía de un puerto
sin ventanas,
en el acontecer de alguien
llegado de un origen sin nombre.

Hay un castillo al oeste de mis ojos


donde un cortejo de dioses invisibles
celebra algo,
quizás la muerte de un emperador
o la vendimia o el regreso de otros dioses,
tal vez mi presencia no advertida
entre los siervos.

El viento trajeado de memoria sin rostro


penetra en las alcobas;
declama epinicios de Píndaro
y anacreónticas,
y después, ebrio,
busca refugio en la montaña.

Mis islas
Los mitos resplandecen desde el génesis.
Apacenté rebaños en las praderas altas
y descendí a los desiertos
por ver si me encontraba.

Bautizado fui en un río memorioso,


la mano del profeta ungió mi servidumbre
y desde entonces voy,

72
siervo de la obediencia,
entre simios que no aprenden a saludar el alba.

Ellos, los simios, son testigos de nuestro advenimiento,


decoraron las aldeas primitivas,
inventaron las primeras canciones del bosque
y lanzaron columpios al viento.
Después dejaron de saludar el alba;
yo estaba allí, navegaba en los ríos de la serenidad
y cada piedra era un texto de historia elemental.

No pude precisar la edad del tiempo,


pasó veloz hacia la sombra
mientras yo me distraía en el arca
con los días brumarios.

Ahora estoy aquí,


ustedes son los huéspedes de mi abandono,
de mi alegría por verlos
y sentir otra vez que me acompañan.

Alguien me dice que debo pastorear


las islas de la infancia,
son mi rebaño antiguo
y están lejanas,
en un país que no encuentra memorias,
pero son mis islas, islotes tal vez,
donde los sueños hacen musgo.

73
Rafael José Muñoz

Exter omiter

Exter omiter cusa sacratísima


ens emeritem anubis masculensis.
Exaltur lumine, cimus stela,
mastum, sofi, omnia deis.

Ye veus vu in ostria regionis


velonsis cimera ánima sácrata.
Y mi coracáo sofia con vostra presencia
y somno poderaco comme il solo.

Io non queuro su númina vesta


nío suo somerio ventis luxo;
nío tampoco sou vento ou queuro
si non veine a mi ánima unko.

Ma vía ve la stela sua


plena de eugracia an cura de matina.
Por eso io queuro perfumarla
con azares frondoisos e soiles ovuros.
Caracas, 16 de noviembre de 1967.

Transmigración de las almas


Quiero volverme a las colinas de allá,
a las colinas que sueñan
con relámpagos de papel;
tengo que volverme a ver si puedes
con esta marcha de anfibios,
marcha batracia y negra.

Antes de que sea ayer,


dame el secreto de las tres puntadas
por donde se llega al abismo;
tengo que irme, va a llover,
y no tendré tiempo de mirar aquello
que se describe en esa columna de humo.

Tengo que mirarme las rodillas


a ver si allí crece mi codo,
mi corno de trasal mandíbulas;

74
tengo que examinar esos molares
y aquellas paredes ruinosas
a ver si está allí la flauta de lo mío.

Déjame que el sol brille, que la nube


apague su tabaco, déjame;
déjame ver qué hay detrás de esas cortinas,
del cielo que enmudece su modo
con una cinta de todo y de mucho.

Yo quiero volver a regresar


entre pastores que voltean las efes
de sus rostros extremidedos;
déjame ir allá, a la otra puerta,
a ver si encuentro el tornillo
con que tú bendecías las almohadas.

Estoy triste de este ojo matemático


y quiero darle de comer a mi yogui.
Caracas, 27 de junio de 1964.

Silbido nº 23
Los huesos de la muerte me persiguen ahora
en que enciendo la vela sin ningún provecho, son las 2:
huele a incienso quemado, a barro de vaca;
el paisaje se incendia como en leguas lúbricas,
dále que dále al silbido veintitrés.

¿Quién será que anda detrás de la cocina a esta hora,


2 de la tarde,
cuando el viento bate sus plumas sobre las tejas?
Tán, tán, tán, suenan las estepas,
y también las estopas, se mueven los almanaques,
vuelan los silencios del péndulo.

Perdón, es que soñaba


que una culebra me había parido ayer.
Caracas, 27 de junio de 1964.

Los paisajes de Leafar

Leafar se fue por el sendero, vio el pollino


volteando una laja, vio los juncos
parecidos a mueryos, vio en trigal.

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Vio que los leones conversaban con las rocas
en un lenguaje jurcio, y se vio a sí mismo
desde aquellas lomas, arriando el ganado,
oliendo las guayabas detrás de las piedras.

Virgen era, —dijo—, y si paso el río


virgen soy.
Detrás de los ceibos están los fantasmas
arrugando estos dédalos, con Stefanía,
están las cóitoras y los manzanos y las queseras.

Volteó hacia Loma Colorada, vio que capaban toros.


Invocó el recuerdo de Agustín y se fue hacia la carpa:
Allí, entre las sombras, un hombre blanco
se escurrió tras el espejo, dejó un 3
gamado con luces fantásticas, dejó un 7
y una ladrillo sobre una topia y una morocota azul.

Bajó hasta las mayas, allí estaba Agustín


con Baltazar, curando las gusaneras a los toros.
Miró hacia las extrañas hondonadas
y sintió que una soga larga se arrastraba entre los peñascales.
Invocó al Ánima de Taguapire
y le puso 13 velinas y se fue a reposar entre los burros.

Era que estaba en la sabana sola


donde se despluman los gallos sexuales
en medio de la laguna donde no hay nadie.
Era la muerte de Agustín, su Padre,
que venía desde la soledad
a traerle una camaza de jobos y un olor a praderas.

No obstante, algo había en el perfil de su nariz,


una cosa ajena, una piedra de extraño.
Caracas, 14 de abril de 1965.

Pastoral

Hemos vuelto acá mismo, como si tuviéramos que volar,


como si tuviéramos que ir al pueblo aquel de un tacto,
ciegos casi, haciendo, onnilupes en el caminar,
mostrándonos las rodillas, como dos pedazos de ceros,
repitiendo en cabizbajo: ¡cuánto durará la caminada, Señor!

Porque es largo este trayecto entre mi ojo


y la esquina de aquel horizonte que allá veo;

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es largo, un camino de garzas, unos polvos de alcatraz,
una sonora nube de espacios enfermos y agriados por mulas.

Para llegar quemaremos el plomo de la entoncera,


el barro a barro, el sendero de hojarasca, los recuerdos,
todo eso que hace llorar en la infancia,
que nos hace descubrir trenzas doradas en la suma del alfabeto,
eso que nos deslumbra cuando entramos al corredor y vemos
sus otoños centrales, sus cuatro esquinas con 8 faroles.

No, no me digas que volvemos a la infancia:


me espera un toro en las 12 lunas del caserío,
y me esperan las gallinas en sempiterna misa de amor
y también los maíces y el olor del jardín cuando llueve.

No me digas que volvemos a la infancia:


tú sabes lo que es caminar 24 soles hacia allá.
Caracas, 12 de abril de 1964.

Ensalmo de las siete hojas


Más vale vestirse de aguacero antes que estar triste
pensando que no existe Dios, Oh, Paracelso,
oh, viejo de lunas de tallos medicinales.

Dáme tus raíces, el folíalo de las Siete Hojas,


el de la visión dorada, el que introduce en la Sala
donde los Siete jeroglíficos se introducen así:
123
456
7

Más el 99 de ofichi en el fondo de la muralla.


Es decir: espejo triangular de Cigni a 100 cien.
Caracas, 3 de marzo de 1965.

Poemas escritos cuando yo viví entre los abarikotos


Él oyó el canto de la cigarra y dijo:
a doscientas leguas tigre comiendo perro mío,
Rito cogiendo cuca mía mañana, mañana.

Su Padre oyó la conversación y bajó al Pozo.


abajo miró: urnas con letras verdes

77
y una hoya donde decía:
Zwichung Eestrum.

Él, volviendo mirar cementerio lejos,


exclamó, ya vestido de luto:
Oh, Sor Astro Grebokren
Korte Zitdhe het geheel.

Ella, retohetique rinke,


pelándose los labios de la kuka para que él viera.

Él, respondiendo: Kuka kokora,


Sta. Anaprotchhki.
Caracas, 25 de abril de 1965.

Contemplando un perro

Estoy contemplando un perro que tiene pronombre,


que llora sin cesar,
que lame una piedra como si hubiera soñado catorce;
estoy contemplando un perro y su pared,
y su sonido de nekra,
y su otra orilla también, y su piedra de ciruelo.

¿Quién dice que contemplar un perro así es vana ilusión?


¿Quién dice que ese perro no toca los muretes
de la sombra, cuando se abren los carriles?
¿Quién afirma que ese perro no está de luto,
que no conoce las puertas de las Tres Marías?
¡Si él mismo se echa de menos cuando son doce pujos
de desaliño, y se desayuna detrás de la puerta de Faiyef!

Yo quisiera, de puro tántalo, de puro zurete,


ir trancando las ventanas cuando el perro aúlla,
cuando abre la nucha y dice con asombro: cuurr unnn.
Yo quisiera verlo ahora, duscenando un tranquilo hoy,
y yéndose por su hijo y vucándolo con trotearentumcurún.

¿Será Mack ese perro dudelado?

Bien hecho, siéntalo, a hacer contacto de doble 00.


Caracas, 7 de julio de 1964.

78
José Antonio Castro

Los espejos rotos

Los espejos rotos multiplican la imagen de la vida.

Puedes muy bien sentarte en tu escritorio y escribir como tarea la palabra “pros-
tíbulo” con el general colgado en la pared.

Puedes girar sobre tu vieja silla y pensar el más deshonesto pensamiento, pues
no estás solo.

Rompe todos los espejos a tu paso, multiplica la imagen de la vida, para entonces
buscar la imagen buena, la que no tiene
generales ni consagrados presidentes, la verdadera imagen
de la vida.

Degenerar sobre una silla giratoria


La degeneración puede tener su célebre morada
para degenerar entonces como un viejo paraguas, como enaguas
de mujer solterona. Dadme cigarrillo o marihuana para que la vida se haga rosa y
ya no sienta más el cansancio que reposa sobre mi silla giratoria. Dadme por fin
plegarias para que pueda visitar los templos en mis horas de asueto, cuando el
tartamudo jefe calle su voz, cuando deje de pensar que no pensaba y la máquina
de escribir, la engrapadora, se vayan de mis ojos y de mi corazón.

Dadme cigarrillo para soñar que pienso, pues la degeneración ha comenzado a


romper mis pantalones y gusanos se abrazan como ligas a mis piernas.

En estos momentos debo gritar un brindis por la vida.

La vida no abandona, sigue aferrada a mí, mientras mi cerebro duerme y la dege-


neración ha quebrado mis fondillos. La vida me consuela, pues sueño que vivo
normalmente, que alguien me ama, que las panteras están muertas en medio
del camino, que el infarto ha segado las palpitaciones de tartamudos jefes, que
el agua limpia nuevamente,
que pienso.

La imponente negrura
Como la noche despojada de bombillos, así debe ser la imponente negrura que
buscamos para perpetrar nuestros extraños aquelarres.

79
Sólo veremos los ojos de los vendedores que queremos matar como unos puntos
brillantes que aparecen en las ventanas del palacio (muy cerca del silencio) y
daremos nuevos aires a nuestros pechos y apretaremos nuestros juguetes como
si fuera lo que amamos en verdad.

Buscamos como perros nuestras noches sin luz para poder gritar (¡al fin!) que si
queremos y poder ver de nuevo las bellas llamaradas.

Mapire
Para este largo camino
tengo mi bolso de viajero.

Color de oro viejo,


hecho de bella fibra.

Allí guardo mi comida


algunas prendas de vestir
algunos libros.

Y unos poemas donde preservo mi memoria

y sin los cuales no podría andar por el camino


pues estaría sin rumbo
no sabría del sitio de partida
ni cuál sería mi destino
ni quién de verdad me dio la vida
y las palabras
y esta larga marcha en que persisto.

El fondo del recuerdo

¿Qué nos quiere decir la casa triste que viene del recuerdo,
frente a un mar de altas olas?

¿O el niño que está perdido, cansado de tanto andar,


y la mujer blanca, hermosa, que sale a la puerta de la casa
y le da de comer?

¿O la música del clarinete, que juega y se interrumpe,


y nunca llega al fin,
y el niño que escucha emocionado,
esperando tal vez ese final que no se encuentra?

80
¿O el río de aguas amarillas que corre turbulento
y el niño que lucha en su interior,
desesperadamente?

¿O ese olor lejano y penetrante


de la mujer a la salida del baño,
y el niño silencioso que la mira?

¿O un alto naranjo que deja caer sus frutos amarillos


en los pozos de agua?
¿O la mirada de una niña que me observa,
me enamora, y no me deja vivir?

¿A dónde va todo ello? ¿Qué sentido es el suyo?


¿Por qué persiste todavía en el fondo del recuerdo?

A Bolívar

Padre que vienes de las profundidades


con tus ojos insomnes
encendido por tu propia luz
y eres el hacedor
el dueño de memorias
el hombre a caballo
y también el fantasma de los lagos, los ríos, las montañas

Padre que llegas cubierto por tu capa de espumas


y triste a veces por tus muchos dolores
y en el secreto de tu fértil odio

Padre que llegas con ojos grandes negros fijos


como ave sin nombre
y arrasas los montes
y desatas tormentas
y levantas las olas en medio de los mares
y marchitas la vida de tus enemigos

Padre que vienes sin saber de tumbas


pues eres cuerpo sin paz
mano en acción
el ángel de los cóndores
el seductor de tiempos

Padre que llegas también desde tus cordilleras


caminando entre mares
con tus botas olorosas a pólvora

81
con tus dientes de metales
para espantar a los malvados
y para que abandonen sus guaridas
y corran confundidos hacia el mar
y no encuentren el mar
ni la tierra
nada
sino un eterno viaje sin retorno
para sellar sus muertes
para que así paguen por las pesadillas
por las bocas abiertas
por los hijos muertos

Padre te ruego que retornes


no tardes más
que es urgente el vivir,
ven
pues tus enemigos saben que no tendrás piedad
que matas con el acento de tu voz
que tu grito ha viajado al fondo de la tierra
para ahuyentar a los demonios escondidos

Padre
que el castigo salga velozmente de tu mano
que decretes la muerte de todos los malditos
de los desalmados
de los hijos del mal
de los que fundaron la traición del verbo
en el verbo
y te cubren con palabras
con cemento
con coronas de flores
pero que te asaltaron diecisiete veces
y no pudieron acabar tu cuerpo
pues nada pueden contra ti
Oh Padre
que vendrás a destruir
la morada de los que escupen en la tierra
para que no crezca más la hierba

Ven pues con tus perros de la muerte


azuza tu jauría contra ellos
y atraviesa los montes
para perseguir a los malditos
que ahora nos ahogan
porque saben que fuimos una vez contigo
tras de ti

82
escribiendo la palabra libertad por todas partes
en las piedras
en las paredes
en los caminos
clasificando plantas, llanuras, pájaros, raudales,
nombrando todo
cada cosa
para que así vivieras para siempre

Oh Padre que llegas por las noches


y estás en los altares del pueblo
y vas en sus pensamientos
en sus almas
pues eres mago
inventor de América
vigilante de sus volcanes
curador de las heridas
santo de tu propia iglesia
elegía de los iluminados
ángel exterminador
cúpula del universo
casa de juego para el amor
fuego del fuego
comienzo de los viajes
sangre que se derrama
para blanquear la tierra

Ven pues Oh Padre


enjaeza tus furias
calza nuevamente tus botas
llega a nosotros
con nosotros
para escribir tus palabras en las paredes de la patria
y condenar otra vez por tu decreto
la oscura vida del maldito.

83
Jesús Enrique Barrios

Otoño

Vendrá el otoño
a sacudir sus penas
en la corriente de mi sangre.
Y más adentro
en la caída de las lágrimas
estallarán mis sueños
antes de iniciar el vuelo.
Y entre las últimas páginas
el sol escribirá los recuerdos
de mis amores muertos.

Conjugación

Alguna vez fui piedra,


hoja en la arboleda,
viento en el bosque y
furia en la llanura.
Fui ángel y desorden
con las rosas del camino
y ya no lo recuerdo.

Soy lo que seré


y también lo olvidé.
Y a solas voy sin
darme cuenta que
el peor castigo
es todo lo que soy.

Fatalidad

Mi niñez
me indicó
la inmortalidad
de la vida
y en la vejez
me acogí
a la inmensidad
de la nada

84
1

Me provocan los finales. Me sobran los orígenes. Cualquier abismo en mi inte-


rior es falso. Hiervo en todas las condiciones. Abro las compuertas de la represa
donde mi vida hincha sus dudas.

No es falta de sol. Laberinto somos. Los sueños abandonan la carne y en azarienta


desbandada frotan su lujuria en los manantiales. Algo va a ocurrir. Resulta que la
ausencia ha derivado en felicidad insoportable. Es difícil orientarse en este paisaje
ebrio de luna. Aún así invento fábulas y sigo creyendo en el principio, cuando
pude izar mis emblemas y hacerme en el resplandor que amanecía.

Limo un sueño. Sus residuos imantan el camino. Leves caricias acondicionan


mi soledad. Ningún suceso se disuelve adentro. Los hechos van de paso y el ser
por una sola vez sigue siendo idéntico. No sé qué venganza cósmica decapita a
la realidad. Todo queda a oscuras. Vacío mi copa y cierro los ojos.

¡Aldea natal!, más bien luz primera. Respiración de un espacio de oro interminable.
Juegos alojados para siempre entre los huesos. Cabalgadura de los sueños y de las
expectativas más lejanas, escritas con la dulzura de un amanecer cuyo sol inventa
hierba, pájaro y fiestas. Calles polvorientas, disueltas en mis ojos, donde mis pasos
recogieron el galope de los caballos y la revelación de la esperanza. Ligero latido de
la noche donde abre sus rosas la ilusión del hombre. Pensamiento erguido hacia
las cumbres donde el mal no se atreve y la justicia custodia la amistad. Y la herida
se lanza al río en busca de su alivio. Y el pueblo reparte el hambre que se hace risa
en la protesta callejera.

7
Me acojo a la sombra del árbol sobre la tierra roja. Mientras tanto tanto no sé
qué pasará. Nunca lo he sabido. He creído que las cosas no fueron hechas para
nadie. Por eso permanezco tanteando, explorando, sin entregarme. Sólo quienes
han domeñado sus propios temores entienden los acontecimientos. Y no soy
uno de ellos.

85
2
Vuelvo a mis desgracias. Vuelvo a las señas del destino. Soporto la desolación que
la falta de fe deposita en los altares de la tierra. Tiro al fogón las equivocaciones
que agitan en mis entrañas. Ciego ante las evidencias, mi pensamiento agrega
más descomposición a los asuntos. Exploro mis padecimientos y el reloj indica
el señorío que me aguarda. Ando perdido y nada más.

12
Y del verbo salió la tropelía a buscar la revelación. No en vano me concilio con
el sol y hasta llego a confundir la igualdad del universo con la pretensión de mis
sueños.

Mi vagancia se hace signo del absurdo. Los sentidos me llevan al punto donde
el silencio predica su creación.

13
Por el resplandor deduzco el tamaño del rigor. Por la escasez intuyo la esencia.
En consecuencia, propongo la revisión de los cimientos y quemo mis oraciones
en el alba recién llegada. Con semejantes pedrerías alumbro el contenido de mi
búsqueda.

Pequeño gesto
Asaltante de mi última miseria, hace tiempo te espero en el desfiladero por donde
debes pasar en busca de tus caballos.

Hubo una mujer a la que nunca una mosca llegó a posársele, pero el viento
soplaba siempre a tu favor. Tus barcos estaban cargados de tentaciones y nada
pude hacer para apropiármelas.

Y esperé las tormentas de la luna para venir a visitarte.

¿Tus caballos son de mercurio o de pan son tus caballos?

Algunos colores
Saco a Dios de su gruta. Pinto el destino a mi gusto: con ese certero celeste de
los agónicos ocasos y el desvaído esmeralda de las aguas lejanas.

86
No sé si soy indiferente en el recuerdo o indispensable en el futuro, pero hago
de la gracia un gesto cotidiano.

Trazo la ruta del tiempo y a fuerza de entregada vocación invento los colores que
mi vida necesita.

Así es

Volvieron
a ensuciar
el silencio.
Contaron hasta cien.
Dijeron un río,
un trago de ron,
una fiesta en color rosado.
Y las limpias matemáticas
se hicieron carne,
refriega manifiesta.

Amor mío, desde hoy iremos a vivir en el olvido.

24

En una antigua tribu de Urica, el pájaro carpintero se lanzaba hacia el fogón, rozaba
con su pico una topia, y producía la chispa necesaria para encender el fuego del
amanecer, con el que se quemaban las penas y se cocinaban los alimentos.

33

De Dios sé que sí y que no. De la muerte sólo sé que sí. Sin embargo, el campesino
de Urica , me dijo “no dejes de andar, porque en algún punto del camino puede ser
que Dios se te aparezca y consigas lo que quieres, antes de llegar al otro punto,
donde la muerte con seguridad te esperará para decirte siempre que sí”.

87
Rafael Petit Jiménez

La gota

Viva
sin miedo
dibuja una serpiente.
Pequeña
en su fuego
de indefensa frontera.

Anima su interior
suspira
resbala
al costado del vaso
o del árbol
en su destino de ancla.

La gota
se deshace en la rama
descuaja
su cuerpo contra el agua
en desahogo.

Una fiebre
Hacia el sol hay una salida
un refugio
un encuentro.

Espera una barca


un deseo
una fiebre
.
Empieza un sacrificio
una señal contra el hielo
tal vez una borrasca.

Hacia allá está mi mente ahora


esperando mi sangre
metida en ese ensueño
caluroso.

88
Tu centro

Anoche
fuiste transparencia
oí tu grito
metido entre las sábanas
tu centro.
Aura…
espuma… río…

Bebí el dolor
de tu salto
cascado
en el lamento
al morder el bosque de tu sombra.

Corriente

El tiempo no ha podido con mi angustia


¡Ha sido tan tenaz!
corriente
siempre
viva.

La distancia
horno donde tiemplo
la espera
también vive.

Las impresiones de ayer


sus fantasías
la herida
vuelven por las ansias
de tenerte
otra vez
viva.

89
Víctor Salazar

Instante

Amo tu voz,
tus manos,
la muñeca que duerme
sepultada en el llanto,
tu soledad inconclusa,
las paredes sin nombre,
la puerta abierta al íntimo
refugio de la noche.

La noche.

El barrio.
Aquí los días se hicieron imborrables.
Aquí un mendigo preguntó por su sombra asesinada.
Detrás hubo ciudades desde donde los viejos vendedores partieron.
Viajaban a lo largo de caricias hundidas.
Se hablaba de posibles encuentros
como de muelles por cuya soledad transitaban los náufragos.

Sonrisas desgarradas que ya no pertenecen a los rostros.


Los caminos mirándose en el grito.
La sed cruzando nuestras voces.
Alguien creyó desenterrar su nombre entre los ademanes solitarios.
No había sino lamentos llegados desde lejos,
cicatrices por las que un río de pájaros regresaba al comienzo.

Retorno sucumbiendo en los suburbios.


Distancias extraviadas.

La pobreza que duerme en las pensiones


donde una ciega soledad repite nuestra muerte.

Conservo siempre, entre mis cosas, una vieja camisa.


No hago más que mirarla. Cada mañana, antes de irme a la oficina,
me detengo ante esa forma suya de acomodarse a cualquier sitio.

90
Estoy hecho a la imagen de esa camisa que se niega a dejarme, y que está allí,
sin desprenderse de lo que he ido acumulando durante tantos años.

Nadie me mira en esta hora. Soy uno más en esta clase de emoción que produce
estar solo.

Aún eres tú sobre todos y cada uno de los objetos vaciados en esta habitación.
Tiemblo, y sé que antes de tú llegar todo estaba invadido y transformado.

Deberías empezar donde la soledad se acerca a los desposeídos.


Mis palabras son demasiado solitarias,
y haces falta.

Has de ocultarlo todo, precisar un instante en que la diferencia sea ciertamente


lo que buscas. Lo que fue se abandona y pasa inadvertido. Nada ni nadie puede
recuperarlo. Lo que no es hace que vuelva contra todo deseo de contenerlo. He
aquí, no obstante, que ni siquiera puedes lamentarte. Todo lo que te ata a la
necesidad de oscurecerte es un desorden que se hace incomprensible, ciego.

La ciudad está poblada de tinieblas, y el desorden te arrastra.


Todo es igual entonces.
Las cartas.
El recuerdo de viajes imprecisos, y el silencio.

19
El puerto y el anochecer interminable sobre el agua.
Algunas de mis cosas y el olor de tus manos en la noche.
La presencia de todo lo anterior.
El mar, Rosalba.
Caracas, 1966

91
8
era de noche, sabías que era de noche porque empezaron a encender las luces
y la gente comenzó a contar cuentos y tú te detenías frente a las lámparas de
kerosén y tú sabías que vendrían a buscarte y que te llevarían hacia otro pueblo
pocos días después era esa lancha y ese poco de mar que te asustaba y tú quisiste
regresar y conversar con Leandro y bajar a la playa y aprenderte los nombres que
le ponían a las embarcaciones y era todos los días que tú bajabas a la playa y te
parabas delante de las redes y mirabas a Leandro,
y otra vez esa lancha, otra vez ese poco de mar, y te santiguas, te metes en la
casa, y ya no sales.

Tengo algo que decir desde este río, Bolívar


Supe de ti temprano.
Cuando mi madre anciana de plegaria
deletreaba tu nombre en mi cuaderno.
Y me volqué en tu sangre,
en tu palabra trajinada de fuego,
tratando de enterrar las playas condenadas a un muelle
de vocales enfermas.

Estoy en medio de algo donde nunca ha llovido,


Bolívar y tu sombra
abre rutas y puntos cardinales al tiempo
detenido en antiguas llamaradas de angustia.

Siento que un signo viste tu voz en el silencio


y avanza sobre mayo para tejer la aurora.
De pie, como un gran mástil
sobre el perenne espacio
de la esperanza, un niño
duerme un temblor de viaje
innumerable y canta.

¿Qué somos sino pasos recogiendo la inerme


soledad de las anclas?

El hombre rozó el mar en su dolor profundo,


creció en la orilla de tu canto,
supo
de un rastro, un dios, un horizonte.

Estuvo junto al viento que detenía tu rumbo,


ahondó en la sal, en la infinita espera,
y derrumbó la incierta

92
renunciación del sueño.
Tu volvías en un vuelo
de humanizada lumbre
para habitar las horas.

Desde el fondo del llanto


crecía un manglar de espasmos.
Allí fue un incesante rumor de claridades.
Allí guardó la noche sus manos fatigadas
y un navío de ternura
te inundó en la propicia mañana del regreso.

La lluvia vino
para agregar su corazón de estrella.
Tengo algo que decir desde este río, Bolívar.
Vi ciudades perdidas en un tropel de laberintos muertos,
en ráfagas de heridas
muchedumbres que hallaron
lo que la débil noche de los dioses no entiende.

Así, bajo los cielos de gris y de silencio,


anduve por los viejos anhelos incumplidos
por la tierra del hombre recostado en su olvido.

Es más. Para alumbrar la mesa acostumbrada al miedo,


empezabas en mí como la voz de un cuento
trabajado en la infancia que nunca se fatiga.
Marino, al fin, en la distante esfera,
busqué tu luz para inundar mi muerte.
Volví al dolor de ahogadas cicatrices,
llegué a la prematura vejez de los crepúsculos,
a un golfo de gastados bergantines, a un cielo
de encanecida ausencia.

Y así junto al bauprés de un tiempo


encadenado al extraviado nombre,
solo en el pulso del delirio, atmósfera
de oleajes sepultado,
llegó tu jubilosa prolongación de savia.
El cielo volvió al mar para cubrir el corazón cansado,
señaló espejos de soledad. Detuvo
las islas habituadas a su dolor de tiempo.

Desde entonces caminas entre el polvo de un día


que se niega a morir porque confía en tu signo.

Todos tenemos barcos perdidos en el fondo.


Podría callar de olvido entre las manos,

93
pero una piel me enseña sus musgos en la tarde.
Vamos hacia un espacio conocido
para mirar la indiferencia de la luz
nevando.

Porque cuando en los senos de la lluvia


ondean melancólicas señales
sólo una fiebre sube a los párpados ahogados de la tarde.

Déjame preguntar la sed de los latidos


para decir: allá, bajo las redes
espiadas por el crimen,
ha de llegar tu mano para ordenar la aurora.

Sé que penetrarás en la deshabitada ternura del sollozo,


que amarás la sencilla semana del retorno,
que dirás: para concluir cenizas
encenderé una lámpara de amor en las miradas.
Enséñanos tu eternidad esparcida
para borrar las áridas memorias de la piedra,
despierta y palpa la oscuridad lanzando sus desgarrados árboles
contra el aliento de las voces
que ahondan en la sacrificada anunciación del día.

Bebe estos labios estremecidos por la sed,


este destruido fondo de la vida,
esta ciudad de abandonada orilla,
devuelve el resplandor, el centro
perdido del amor.
Oh, selva de la luz, cuánta penumbra fecundada,
cuánta
colmada herida sobre el mar y sus naves, cuántos
caminos extraviados...

Aquí, donde la entraña de la tierra soporta


los rigores del látigo, Bolívar,
los hombres han negado tu manantial de sueño.
Los ídolos de arcilla dan a beber tu nombre
sólo en páginas, fechas
irremediablemente calcinadas.
Pero tú sigues, hablas
desde el interrogante verano de los pobres.

94
Teresa Coraspe

Ante la puerta
 
¡Oh puerta!
¡Cuántas sombras habrán pasado a través de ti!
Y cuando tú no eras puerta, sino árbol, ¡Cuántas sombras
descansarían en tu regazo! Mas, cuando tú, aún ni siquiera
Eras árbol, ¿qué mano temblorosa sembraría la tímida semilla
A la tierra, que diera origen a que algún día fueras árbol
Y luego puerta?.¿Dónde están?
  

Moradas
 
De las casas que habité
Sólo tengo fragmentos de recuerdos
¡Fueron muchas!
así mi infancia fue fraccionada por las tantas mudanzas
Pero hay una casa
que se repite en los sueños
quizá porque en ella viví por siete años
y en las noches viene a visitarme poblada de fantasmas
Yo la voy reconstruyendo habitación por habitación
sin omitir ni una puerta o ventana (siquiera)
Pero de todas esas casas
la verdadera es ésta donde habito    leo  y pienso
y donde los hijos y la infancia dejaron huellas profundas
con árboles y flores y el verde y los pájaros y la risa y el
llanto se sientan a la mesa como quien va a misa cotidianamente
Esta casa y las demás casas fragmentadas
son pedazos de vida dejados por ahí
a la par de los días
Y en muchas noches cuando duermo
vuelvo con la llave
a la cerradura que abro con suma facilidad
para habitar en silencio esa casa que se repite
y se niega a ser olvidada
Y la encuentro ocupada
con los mismos muebles que una vez existieron
sólo que voces misteriosas me asustan
quizás son las nuestras
que se quedaron grabadas
en el interior de sus muros
y que la ausencia vuelve entrañas

95
Por eso mi penúltima casa
la cuido y acaricio porque es la morada de este cuerpo
que un día dejará de ser
Yo la miro largamente para darle vida
y que palpite como una lámpara encendida a media noche
una casa donde el sol se las ingenia para entrar
y acurrucarse en silencio en todos sus rincones
y llenarla de luz como un cáliz venido desde lejos.
 

Cántico
 
Vuelvo a mi antigua soledad, A solas voy porque ella es parte
de mí desde todos los comienzos. Voy a tomar limoneros de los
patios de antaño, ciruelos maduros al caer el alba y a transitar
los senderos de una niñez perdidos detrás de los guayabos  y
el viejo dividive. Sentiré nostalgia de seres que no olvido. Sé que
no debo asumir actitudes vacilantes porque la luz volverá del frío
a esta hoguera.
He visto desde aquí que nada nuevo ha sucedido en los tiempos.
Sólo este espíritu divaga sobre catedrales, anda loco detrás de
los vientos y se queda extático ante el río. Yo lo dejo,
aún debo seguir este viaje interminable.
                      

Al vuelo de un colibrí...

Con pausa quizás con tregua


quizás buscando en el latir su esencia
sintiendo sus pasos percibiendo
ese olor inconfundible que has dejado
color que surge al vuelo
palabra rota y sostenida
al calor de una llama deslizándose
la que sostengo y beso quemándome
persistiendo detrás del aire oscuro y vacío
sigilosa mirándote
atreviéndome a no decir que digo nada
que no estoy ni estamos y doy vueltas
entre los torbellinos de olas secas
plagadas de misterios
que me son revelados
desde el tiempo empeñado en azotar
una a una la cáscara de piel
que me recubre
y así voy

96
latiendo torturándome envuelta
en la distancia esperando
esperando un esperar sabiendo
sabiéndote sabiéndonos
ocultos detrás de la centella.
Ciudad Bolívar, 25 de Octubre, 2008.

Yo sostengo el río entre mis ojos

El río está al fondo de las casas


la ciudad es un estallido de colores
a veces unas ruinas sin cansancio
piedras que son el sostén de los cimientos
catedrales y campanas, fotografías diluidas

Yo camino
allá está la gran piedra
debajo la serpiente con fauces que descansan
en el Altar Mayor de las iglesias
Escucho

sigo las empinadas calles lentamente


Agosto llega con sus aguas
yo sostengo el río entre mis ojos.

Caballito de mar

Caballito de mar que se sube a la espuma


al ritmo de la ola y cabalga
encabritándole a uno la piel
(como tú hiciste con la mía anoche)

y, luego
el sabor de los sentidos
imaginando las diferentes maneras
que uno tiene para amarse

y yo, contigo
subiendo, subiendo
por esos laberintos de aguas
mientras el mar, como un inmenso ojo negro
cubría su cara de amante furtivo.

97
Eduardo Lezama

Cubiertos por la sal

Sólo este vacío nos desvela.


Esta zozobra interrogándonos dentro
cuando ya todo está
subyugado por el fuego.
¡Oh lágrimas!
¡Oh sangre sublevada, sangre asesinada!

¡Oh noche donde los cuerpos se desangran


cubiertos por la sal!

Mil veces exhumado


Yo, lobo y aullido
aullido y vino empapando labios
fusil y sangre edificando el tiempo.
Bestias, soldados, pueblo hambriento.
Escombros. Odio abriéndose en los brazos.
Múltiple exilio en la lengua.
Muerte en los ojos desmembrados
por el beso húmedo.

Yo, mil veces coagulado,


mil veces exhumado,
mil veces alucinado al trueque
de la aventura.

Yo, en el siglo amortajado.

Y otra vez
Y otra vez he roto mi equilibrio
hostigando los fuegos infinitos.

Me he fugado de las cenizas


que hambrientas oscilaban
alrededor de mi cuerpo…

¡Ah! El laberinto de mi voz alcohólica


sobre los tímpanos de la desnudez

98
indómita.
¡Ah! Mi coraje, la osamenta,
la daga con que han grabado en mi cerebro
el nombre de las víctimas.

Y darme luego por llorar


llorar y maldecir,
gritar en cada esquina.

Hoy, la muerte se ahoga en mi garganta.

Desde la hierba
Los convoys transitan la avenida.
Los soldados cantan,
lanzan besos a las muchachas
que pasan.

Venían de matar.
Año 1965
un día cualquiera
10 de la mañana:
Pienso en el festín de los zamuros.
En mis camaradas mirando al sol
desde la hierba.

Ahora es un hueso
Ahora es un hueso
una mirada
un golpe en plena soledad
espasmos por donde la sangre
forma caracolas
y profundo es el goce
de pájaros salvajes
contra las oscuridades de la muerte

Alto el reposo
La hoja flotando en los solsticios

Yo sobre la inmensidad del vuelo


dejo caer gotas de amor
zumos de selva virgen
y granitos de cristales
que descienden al río.

99
Desde el fondo del espejo

Desde el fondo del espejo


vuelve el hervor de los sueños
la desesperanza
manos como frutos en la sequedad de mis labios

Hablo de tu carne húmeda


de tu sexo roto en los abismos
como inacabable razón de la existencia

Sobre la desnudez que no escondes


exploro las dudas
que se desvanecen en mis huesos
las puertas con sus días vacíos
el musgo rodeado por las noches de invierno
la estación bañada de duraznos
el acoso de la memoria
constelación de todo cuanto me atormenta.

Como un ritual

Y el chillido hiere a plenitud


Pequeños habitantes
atados al ocaso
desde siempre
Los tejados añejan otra historia
De pronto
la selva en mí
como ritual espléndido
y un río inmenso afilado en el tiempo
Noche deslumbrante e inaccesible
La muerte quebranta los espejos
y despliega sus serpientes
después del sueño.

100
Enrique Hidalgo

La niña de Chiriquí

A Nelly Contreras

La Niña de Chiriquí
tiene un nombre: Esther María;
pero igual puede llamarse
agua, gaviota o semilla.
En el Valle de La Luna,
donde se dice que habita,
juega y juega a ser maestra
y enseña sobre la vida.
Allí en su casita azul
donde muchos la visitan,
ella planifica un mundo
sin tristezas ni mentiras.
La Niña de Chiriquí
ahora que crece y camina,
piensa recorrer el mundo
cantando su poesía.
Ella se ve en el espejo
y de verdad que es muy linda:
sombrerito panameño
y ojitos de aguamarina.
En su piel habita un ángel,
y en sus manos golondrinas,
hay la pasión por trazar
el mapa de la alegría.
La Niña de Chiriquí,
en su fecunda campiña,
cosecha caña y bananos
y la guayaba exquisita.
Luego se adentra en el mar
donde allí también cultiva:
perlas, corales y esponjas
en su granja submarina.
Luego se va por los pueblos
a vender su mercancía,
pidiendo a cambio monedas
de amistad y rebeldía.
La Niña de Chiriquí
desborda la fantasía,
y habla con el ojo de agua

101
y con la pájara pinta;
ayuda a barrer la casa
de las nobles hormiguitas,
y pregunta por su rojo
a la negra semillita.
Después que al ratón goloso
por avaro lo castiga,
ella inventa una oración
y crece más la plantita.
La Niña de Chiriquí
viaja por mil lejanías:
Estambul, Viena y Bruselas,
por Roma y hasta por China.
Pero más le gusta andar
por la América Latina,
porque América es la patria
como ayer dijo Bolívar.
Y así va por Guatemala,
por Cuba o por Costa Rica,
con su mensaje de amor,
de libertad y justicia.
La Niña de Chiriquí,
sin alfombras ni varitas,
se trasladó a Venezuela
donde al fin se quedaría.
Y en ese peregrinar
al Zulia se vino un día,
para hacer las cosas bellas
que los niños le pedían.
Con Elizabeth y Amanda,
con Gerardo y Carolina,
navega en barco velero
por el Lago y con la brisa.
La Niña de Chiriquí
es una excelente amiga,
y por realizar un sueño
sobre las piedras camina.
Los niños que andan con ella
muchas veces la critican,
pues, terminada una cosa
otras inventa en seguida.
Con amor y con trabajo,
que son dos cosas sencillas,
como miel logra la abeja,
ella logra maravillas.
La Niña de Chiriquí
se pasea entre margaritas

102
y el jazmín y el cundeamor
casi se mueren de envidia.
Los encantados ciruelos,
los pájaros amatistas,
le ofrecen canto y perfumes
a cambio de su sonrisa.
Se acerca el caballo bayo
entre la dulce neblina,
y claro se oye que dice:
—¿Cómo estás, Esther María?—
La Niña de Chiriquí
nos muestra su banderita,
tiene blanco, azul y rojo
y también dos estrellitas.
A los amigos que luchan
los apoya y los reanima,
y les dice que la patria
es el punto de partida.
Cuando sueña con su tierra
llora como entredormida
y hace mención de un canal
de aguas azules y frías.
La Niña de Chiriquí
sin anunciar despedida,
tan hermosa y tan valiente
y tan dueña de sí misma,
en su barquito velero,
con el turpial y la hormiga,
se marchó saltando sombras
y cantándole a la vida.
Chiriquí le canta y llora,
llora la América unida,
y Maracaibo le dice:
—¡Hasta siempre, Esther María!—.

103
Eduardo Sifontes

Escolta

Bajo la luz de la luna alguien cuenta mis pisadas,


camina sobre ellas.
Su sombra está pegada a mi sombra.
Camino en zig-zag, corro, freno, ando, en puntillas, a grandes zancadas
y siempre me persiguen.
No sé quién me vigila los pasos. No sé…
Sólo escucho el tronar de los relámpagos lejanos.
Y la soledad múltiple comienza a hipar.

En posición premeditada
Camarada mía, sumisa, levántate y oye
la más dulce música que mea un cadáver que camina.

Levántate
que vengo a adornar tus entrañas con las más hermosas flores
brotadas de mis poros,
con la más grande ternura que me sale de los huesos
para enmudecerte mejor.
Levántate y óyeme
que canto mi fiebre desde tu plexo con los ojos cerrados
muy bajito
muy bajito
un cro-cro de los sapos, mi cuadro sinóptico
mis sueños póstumos,
mis cuestiones de principios ocultos en un lado del cerebro.

Levántate y óyeme, en trance de muerte


ebrio, condenado, con el cuerpo malo
y aullando
y cantando
en posición premeditada, los gemidos bestiales de mis pulmones.

Flauta de huesos
El cielo se nos viene encima
estrepitoso
en forma de corazón
y tocamos flautas de huesos

104
con unos ojos del carajo
hasta que explota la bomba
en el fondo de nuestros espíritus
y la belleza que buscamos
brota de las basuras
en continuos rayos de luz.

Ebriedad de mago

Yo
raza dispersa por tu presencia
muevo un dedo
y desaparece tu imagen
tu forma
la piel blanca que amé
y que amo
y mi sangre del alma pura de arrechera

Yo
viejo monstruo
de continuos sueños que yo soy tú
con ojos llenos de palomas negras y luna menguante
veo el misterio de los tuyos que son brasas
y veo también en mi bola de cristal
una monja que contempla demonios copulando
desplomándose en ruinas
mientras yo no puedo besar tus manos
ni tu amargura
amando otras cosas más que a ti
y secándome la cara con un pañuelo descolorido.

Condenado
Tus sueños nunca se van de los párpados
mientras yo grito abrazado
a tus entrañas que fueron mías
a tus raíces a tus zapatitos rotos
a tu falsa música de caracoles
y evangelios y perros heridos
el suelo me derriba
desde que entendí la palabra amor
el cielo me quema
ebrio
deslizándome por las puertas
cohibido como ladrón

105
sacudo rayos de sol
la negación de la historia de los principios
mi mala cabeza ¿qué sé yo?
condenado desde la edad de la razón
¡Condenado!

Gajes del oficio


A veces
cuando no sé cómo comenzar el poema
barajo monedas falsas
y un sol morado abierto de par en par
clavado en el horizonte
va deteniendo el tiempo
hasta que todo queda inmóvil
entonces yo me quedo
con esta risa no sé de qué
que rueda constantemente
por mis sueños interminables.

Canción de otro tiempo


Desde los barrotes veo caer
la lluvia blanca muy fina
el siglo que transcurre en toque de queda
como un espectro del pasado
hay un silencio perdido en la memoria
y hasta aquí llega el olor quemado
de un sapo flotando entre las flores.

Campo de maniobra
Por sobre todas las cosas y debajo del aire mudo
hay un compás de espera en nuestros propios funerales
trato de identificarme, buscar mi sitio
encontrar el aire que me falta
mi pequeña momia reclamando su presa
mi pequeña memoria capturada en el sexo
enmudezco pero soy testigo
sobre el campo de maniobra explotan las estrellas
un pedazo de mí ha muerto
y de pie
glorificados
nos espaturran los testículos

106
los muertos lanzan sus plegarias-mentadas-de-madres
con sus primeros aromas y los párpados cerrados
logran vencer gestos inesperados.

Cocollar
Me identifico
soy mi propio testigo
con brazos en jarra tratamos de asir imágenes al azar
venimos a socorrernos huimos de las canciones
nos convertimos por un instante en nuestros propios verdugos
buscamos desesperados la luna que nos hiere los ojos
ni las pulsaciones
ni la música que brota de nuestras heridas
conmueve este instante
trato de asir tu rostro perdido
en los días duros de mi infancia
tiemblan mis manos blancas
el sentido del tiempo
camino suspendido
en círculo
pesadamente suspendido
te devuelvo el amor
y se nos escupió la lengua
y se nos hizo brotar espuma y sangre del sexo
bajo tableteo de metralletas
en este instante nuestra historia es la resistencia
y yo con los labios morados y las nostalgias
fundido a los barrotes
cantando viejas canciones.

Declaración de un civilizado
No hay lugar donde detenerme a tocar
el clarinete
o no soy digno de mi silbido entre dientes
de los días del fin del mundo
o mi condición de civilizado
el horizonte desciende
y yo cabeceo
con los olores del mar metidos en el cuerpo
mientras salgo al rescate de mi propio cadáver.

107
Ramón Ordaz

He querido llegarte

he querido llegarte
cuidar tus hojas
de los que secan con la mirada
el brote
testigos sin horas
no supieron verme
hecha la ascensión por tu savia llameante
cuando el orgasmo es flor
sin nombres de la ciencia
te oigo respirar
entonces comprendo
creces en silencio
ignorada de todos
tapas el sol
y corre el trashumante
a meterse en tu sombra
entregas todo
agua que va al mar
para volver mAs nube
mAs lluvia
cargada de amor en el reparto

El libro que tU habitas

el tiempo nos camina a las espaldas


coordenadas del sueño
nos abren al ocaso de ventanas ocultas

ha quedado la ofrenda
del minuto milenio de tu voz
no ha mudado en nada
el libro que tU habitas
las lecturas que hago
son maneras de verte
toco el concreto de los espejismos
atado fatalmente
a una dulce procesión de palabras
destinadas al luto
no hay sinónimo en los diccionarios
que pueda cotejar a esta alegría

108
nocturno
en viaje permanente
hacia la mAquina de sueños
desarmo el canto en el mundo de afuera

Para tocar contigo la eternidad

¿Dónde te venden?
¿Cuál es tu nombre en el mercado?
¿En cuál capilla de pueblo
quemas tus inciensos?

¿En cuál ola de sangre


arrojas la poesía?

¿En qué parte del viento


tienes el cuerpo interrumpido?

¿Cuánto tienes de lluvia


Tierra sola
amando girasoles?

Qué hago yo aquí


Qué hago yo aquí
Qué me hago yo contigo
y este asco sonoro que dejan las ausencias
Cansado de ser centro de un paralelo bueno
cultivando una flor sin resultados
Qué hago yo aquí
qué me hago yo conmigo
y no poder decir te quiero cien por ciento
Magnolia Pleamar Alba o Quimera.
Te quiero así, juglar
Quiéreme tú, no importa
con tu juicio final entre las manos
y esa ebriedad de signos que paseas por las calles
Qué me hago yo conmigo
yo y mi palabra, mi destino, mi cosmos,
si entre cielo e infierno
me siento fallecer, sin mí y mi deseo

109
Marzo

Esta brisa es del mar


¿o del norte?
Su paso restituye la fugaz geografía,
construye con el hombre este paisaje
de inhóspita calendas.

Golpea ahí,
se clava aquí
en el ijar que desvaría.
Corre,
se extiende hacia la estirpe
adolescente del perfume
y muere fecundada entre los ríos
y las sementeras.

Esta brisa
¿De qué fábrica es?

La ciudad no amanece.
Acaece de recio perfil.

Minuta de un recién llegado que se va


Obra de naufragios,
navegué siempre contra la corriente.

Un exceso de luz cegó mi luz.


Con mis restos alcancé la orilla,
otros reveses.

Sin pasaporte,
entré en la ciudad que volvía de sus ruinas.

Mis cartas de referencias fueron


poemas en la memoria
de bardos olvidados.
Fragmentos donde el cronista
celebraba la épica de anónimos.
Y un fraile con nombre de pájaro
exorcizaba la incertidumbre de los nuevos credos.
Mitos por nacer
Genealogías
Reinos de perdición

110
Prevaricaron quienes habían dado su palabra
durante el exterminio.

Poética

Ambiguo,
oscuro,
críptico,
que no se entienda,
escribe tu poema, Hermes.

Déjalo rodar entre la inculta plebe.

Yo fundaré las claves para conocerlo;


seré el puente de tanta necedad;
tantos gatos buscándole cinco patas a un hombre;
tanta ambigua, oscura, críptica teoría
para decirnos algo de la indecible nada.

Transparente,
solar,
nido de pájaro,
escribe tu poema, Homero.

El tiempo se encargará de oscurecerlo.

Albacea
A la izquierda, a la izquierda, Albacea ¿qué ves?

Los mismos nuevos hombres que suben,


bajan todos los días torcidas, estrechas
escaleras de viento.

Los mismos simples hombres que veneran a Sirio


y tienen por misión y demanda un crucifijo.

A la derecha, a la derecha, Albacea ¿qué ves?

Los mismos viejos hombres de la izquierda,


afanosos, subiendo, bajando el mismo ascensor
de nuestra Torre de Babel.

Los mismos epilépticos señores de duras teorías


y un calvario de luces que van por el retrete.

111
Al centro, al centro, Albacea ¿qué ves?

—Viejos y nuevos horizontes—


de lesa humanidad por lo callado.

Una vocinglería sotto voce


¡oh, paradoja!
que va de los parterres al Café con la misma congoja,
las mismas asmas; las mismas miasmas;
algunas úlceras clavando su aguijón en los olvidos.

Tantas hambres, tantas hambres sin un dios que las finan-


cie.

Mala conciencia
No murieron por esa cosa abstracta, la patria
sino por un patrón casual, una ira o
por la invitación de un peligro.
Jorge Luis Borges.

¡Frágiles,
ahora sabemos,
somos frágiles!

Nos creímos fuertes,


altavoces sobre la espesura,
indoblegables hombres del petróleo
contra todo pronóstico.

Siempre en el pedestal de las finanzas,


el big business, el cálculo inconfeso
repartido en la tierra de fugaces ganancias.

Frágiles,
Ahora más que nunca,
frágiles,
en la cola del diablo, entre monedas sucias,
mangueras inhalando el último residuo
de nuestro propio combustible;
en terapia intensiva, stercus demonis,
con una herida abierta por viejos huracanes.

¡Frágiles,
ay dolor,
frágiles!
a la cola de tantas utopías.

112
Julio César Sánchez

Dora

Eres
horizontal
emanación de fuego
figura de espada.

Aún me hechiza
tu boca
el aire apresurado de tu pecho
el momento laberíntico del deseo
que alucinó tu desesperación.

Me hechiza tu recuerdo
la noche de mi sueño
habitado de serpientes.

Sombra de tu sombra
Invisible
sombra de tu sombra
sorda
muda
rondaba tu ventana
instante tras instante
cantaba el tiempo
de tu vida
temías
y llorabas
era el hambre del hambre
y llorabas hambre
y sólo veías
el hambre que llorabas
porque era visible
hasta la muerte.

Vivo y existo
Vivo y existo
persiguiendo el minuto
de la desesperación,

113
la hora de la nada,
el llanto,
el frío tormentoso
de silbos impredecibles.

Vivo,
cabalgando llamas que reviven
odio en los sepulcros.
Existo,
donde yace la historia,
raíz meditativa del silencio,
luz parábola
del tiempo.

Supervivencia

Amo
a silencio,
a soledad,
concibo con ellas
cada noche
y
perpetúo la especie
que me libera de la muerte.

114
Earle Herrera

Guarda el as

Haz del as
de la espada y del oro
tu naipe favorito
A tu hora
cuando te toque el turno
o toquen a tu puerta
verás
que hasta la misma muerte es
sobornable.

El cansancio del Fénix


Muchos dicen que lo han visto pasar
persiguiendo relámpagos
estas tardes de invierno
Dicen los que dicen que lo han visto pasar
frente al alto museo de las ruinas antiguas
que el pájaro inodoro lleva
peso de siglos y dolores y lágrimas
en sus ojos y alas
Dicen que es el Ave Fénix que desea
cansado de su viajar eterno
de su vuelo infinito
retornar para siempre a sus cenizas.

El deseo de los pájaros


De nuevo
de las más hondas brumas
volvió el orgulloso pájaro a mi sueño
y me dijo
Soy el fusilado de Granada
y le dije
Eso desearías
y me dijo
Soy aquel de un patio de Sevilla
y le dije
Eso desearías
y me dijo

115
Soy el que cultivó la rosa blanca
y le dije
Eso desearías
y me dijo
Y tú quien eres y le dije
Ninguno de ellos. Un pájaro
nomás con el deseo
de todos los pájaros

La rosa sobre la roca

Sobre la roca
ha podido florecer la rosa
La ígnea hostilidad
venció e impuso
sus límpidos colores al verano
¿Qué debilidad conmovió a la roca
para albergar la rosa?
¿Puso acaso el abono y la semilla alguna mano?
¿Fue acaso
la mano clandestina de los vientos?
¿O la mano de mil dedos de la lluvia?
¿De dónde extrae la savia
de sus venas polícromas?
¿Una rosa en el campo
bajo el sol
sobre una roca
que la ampara quién?
En el pétalo más pálido
se borra una respuestas.

Oculto

El hombre
oculto de sí mismo
cubre con tela negra
los espejos.
Teme descubrirse
e ignorarse
al descubrirse.

116
Piedra derramada

Golpes de piedras
aprehendidas
de cristales opacos en la noche.
Ni brazos cansados
ni frente caída.
La sangre ofrendada
partícula de sal fue
piedra derramada de vida
pequeña cosa.

El muro

Aquella indecisa adolescente


hundida en mi memoria
pugna por salir.
Araña
noche y día
el muro que la encierra.
Sólo en sueños noche a noche
veo una paloma
volar eternamente
hacia un difuso horizonte
que huye.

117
Arnulfo Quintero López

Sólo tempestades
A Alberto José Pérez.

Cuántas veces reemprendemos un camino, cuántas noches viendo luceros sen-


timos el paso de la brisa indiferentes, y sentados en alguna plaza reconstruimos
sueños, así, a veces, la lluvia es un ente lejano que llena las calles de pequeños
mares y sólo pensamos en el cuerpo nuestro cómodamente acostado en el se-
pulcro, y no es extraño robarse una flor o sentarse también en una iglesia.
Cuántas veces regresamos al punto de partida, y miramos lo andado con triste-
za.
Cuántas veces alguien a nuestro lado dice que dos y dos suman un siglo, pero
un ruido extraño nos despierta, y entonces son sólo tempestades que asustan
los fantasmas, reiniciando el camino hacia los sueños...

Soledad
Es fácil desprenderse al infinito, navegar selvas oscuras descendiendo hasta
los redobles de campanas que presagian la tormenta. Todo es sencillo, basta
con romper un grano de arena y remontarnos a los orígenes del sueño, el teatro
cotidiano cuando entrecruzas la puerta de la noche y me enseñas tu rostro de
canción difusa.

Pórtico
“Bébete la vida…
No hay que dejar
que el camello de la tristeza
pase por el ojo de nuestros corazones”
Víctor Valera Mora.

A esta edad
pasado los cuarenta
alto, gordo y hermoso
me celebro

Desnudo
me muestro
al mundo
como grano
de trigo
e invito
a mis amigos

118
que embriaguen
sus sentidos
y dignifiquen
por favor
la irreverencia

A esta edad
en que me juego
las señales
llamo a subvertir
el orden
de los cuerdos
y en nombre del amor
declaro formalmente
que éste sea el año
de pasiones abiertas
para que los muchachos
puedan amarse
en los jardines

Ahora
cuando ya nadie
combate mi destino
y conviven el pez
y la tortuga
espero
que cada poema
se recicle en ternura

Por eso
y porque me da la gana
reclamo mi derecho
a reírme de los necios
y a embriagarme
con el licor
que me brindan
los labios
de la mujer
que amo

Mientras puedas

Mientras puedas cantar una canción


ve al corazón de la serpiente

Cuando no haya lugar para tu risa

119
que cada quien cargue
su sueño

En el ataúd
el grito es más simple
si ocultas el temor
en el animal que sangra

Abre pues la puerta


y dispara a la sombra
pero antes que nada
ve al corazón de la serpiente
pues la bestia
desde su sueño
no entiende de canciones
pero acecha

Postfacio
“Ya no soy la claridad del regreso
sino mueca de despedida
hierba marchita con el cansancio
que me dejó la espera”
S.M.

Pudo haber sido


presidente
rico
o cualquier cosa importante
según los patrones
de éxito
que venden en mi pueblo
Pero optó por las noches de frío
el desamparo
y las malas costumbres
Pudo haber sido muchas cosas
según dicen
pero prefirió ser pájaro
lobo de los montes
morir en libertad
y amar en ti
las cosas más sencillas de la vida

120
Epílogo

Entonces
resulta que muerto
valdré más
que vivo
y dirán
qué hombre
tan bueno
y los honores
con banderas
y todas esas cosas
que dicen
cuando muere
un poeta.
Pero en verdad
tu mirada
y tu rostro
lloroso
sobre mi catafalco
me harán
feliz
si hacen
sonar
una ranchera
y traen una mujer
que dance
será mejor
la fiesta.
Después
de todo
seré
un gran muerto
aunque
algunos
piensen
que fui
un gran
hijo de puta.

121
Monagas
Selección:
Celso Medina
Félix Antonio Calderón

La voz del antro

¡Salud, quien quiera que tú seas, viajero!


¿Eres acaso de región extraña?
Yo soy la maravilla del sendero
que resiste en su dorso la montaña.

¿Te amedrenta el negror, frío y severo?


Yo no guardo en mi seno la alimaña,
ni el hirsuto león, ni el lobo fiero,
ni el ángel infernal que el alma empaña.

Penetra sin temblar hasta mi fondo


en donde el alma del silencio escondo,
y aunque el misterio el corazón te asombre.

Haz como Humboldt, el varón valiente,


que en mis entrañas esculpió su nombre
y con mis linfas se signó en la frente.

Sonata del crepúsculo

A mi novia.

Zoraida Mercedes; Zoraida Mercedes,


también con tus penas de penas me obsedes
y acrece terrible mi mal.

Mi vida se muere de angustia secreta...


Qué pena tan grande sentirse poeta
y en el alma una espina llevar.

Zoraida Mercedes ayer cuando niño,


envuelto en cendales más blancos que armiño,
triunfalmente llevaba mi ser,
pero hoy que he bajado del duelo al infierno
se han tornado grises cual nubes de invierno
los cendales triunfales de ayer.

Mi alma es un templo de melancolía


donde se refugia la esperanza mía
al sentir el cansancio mortal;

125
mi alma es un templo donde sólo reza,
callada y sombría, mi negra tristeza
en un negro y roído misal.

Zoraida Mercedes, también yo te he visto


entrar silenciosa, llegar hasta el Cristo
de mi largo y amargo dolor
y en las tenebrosas naves solitarias
he visto volando tus blancas plegarias
al llorar por tu amor y mi amor.

Y así nos amamos: tú, lejos; yo, lejos;


y al vernos de cerca quedamos perplejos
cual culpables de mal criminal.

¡Qué pena tan grande la que Dios me envía


de verte arrastrando tu pena y la mía
como un denso e inmenso cendal!

Zoraida Mercedes, sigamos la senda


hasta que la dicha su velo nos tienda
como un manto sutil de zafir;
sigamos sufriendo los rudos dolores,
tú, triste; yo, triste; muriendo de amores,
sin dejar nuestro amor extinguir.

Canto a la noche
Para el álbum de Lucía.

Pensativa, ante la luna,


hay una garza hilvanando,
románticamente, una
historia que está soñando,
pensativa, ante la luna...

Por las gramíneas salvajes


pasa el viento, dulcemente,
llevándole a los celajes
perfumes, besos de oriente,
por las gramíneas salvajes...

El cielo es de un azul pálido;


parece que está sintiendo
la emoción de un beso cálido
y que se está destiñendo.
El cielo es de un azul pálido...

126
Mientras que sueña la luna
por el éter que opiatiza,
también yo sueño con
una mirada que me hipnotiza,
mientras que sueña la luna...

En un éxtasis profundo
quédase todo... parece
que hasta en tu alma hay un mundo
de ilusión que se adormece
en un éxtasis profundo...

Negro y Blanco

Tiré el libro infamante...


¡Aquella prosa tan diserta pudo
con su bíblico estilo seducirme!...
y tomando la pluma
quise también, hacer del ser mas bello
un ser de corrupción, un ser de espuma.

Y la pluma temblaba, suspendida


sobre el níveo papel.
¿Aguardaba la frase infamatoria?
No sé; mas, de repente
surgió una imagen, conturbó mi mente y,
arrepentido, se asomó a mis ojos
una lágrima ardiente;
la lágrima rodó, cayó en la pluma,
se mezcló con la tinta que era roja
y rósea la tornó.

Entonces en mi ser hubo un reclamo,


y donde iba a estampar la frase hiriente,
Avergonzado, recliné la frente
y murmuré: ¡la amo!

Dísticos
Imitación de Alejandro Fuenmayor

a la Srta. Carmen Yolanda Giliberti.

Al evocar tu nombre, tu dulce nombre, ansío


que se desborde en versos el pensamiento mío;

127
que surjan, como el humo que arroja el incensario,
estrofas perfumadas formándote un santuario;
estrofas que te digan ternezas infinitas
sin modular querellas de dolorosas cuitas.

Al pronunciar tu nombre, que es música divina,


se escapa de mis labios la estrofa peregrina,
tú eres mujer y ángel y luz y poesía,
casta flor de poema para la mente mía.
Por eso, cuando evoco tu dulce nombre, ansío
que se desborde en versos el pensamiento mío;
que brote en mis cantares, al ritmo de mi acento,
lo más sagrado, todo, ... lo que en el alma siento...

Perlas dolorosas

Dicen los sabios que la hermosa perla,


se forma del dolor en el molusco
que al ser herido se contrae de pena
y aprisiona al intruso transformándolo en gema.

Así también cuando la mano aleve


de alguna, decepción, terrible, y negra,
se alza, en la sombra, y sin piedad nos hiere,
el espíritu, al golpe, se conmueve,
aprisiona al dolor y lo hace perla.

Oye, adorada mía:


sin que nadie en el mundo logre verlas
como en el fondo de una mar bravía,
llevo dentro del alma muchas perlas.

128
Ramón Pierluissi Ramírez

Ten calma

¡Ten calma! ¡No te exaltes, que no es hora!


¡La urdimbre no ha calado todavía!
Y la sutil neblina de la aurora
oculta el brillo del anciano día.

¡Ten clama! ¡No le exaltes! ¡Ten paciencia!


Mientras llega el momento apetecido
nada te importe el can, en su impotencia,
de cara al sol inútilmente enfurecido.

¿De qué vale la turba encarnizada


si hace el comento de su negro encono?
A mí ella misma no me importa nada
y aunque se ensañe más yo la perdono.

Precaverse es vivir... La lucha fiera


sin táctica, sin orden y sin tino,
no es para el hombre que confiado espera
seguro de vencer en su camino.

¡Deja que sacien su apetito insano


de loca incomprensión, de orgullo necio...!
Que el agresivo encontrará mi mano
y el vocinglero mi brutal desprecio.

A un amigo

Dices que la verdad es cruel e impía


cuando se dice sin ningún ropaje;
porque mata su luz al gris celaje
de la apariencia chic existiera un día.

Que muerta la apariencia quedaría


al descubierto el infamante ultraje,
que se ocultaba tras el tenue
encaje tejido con sutil hipocresía.

Y yo prefiero más bien esa inclemencia


a sufrir el reproche en la conciencia
de quien dice a sabiendas, lo contrario.

129
Más denigrante es la frase envilecida,
que halagando emponzoña nuestra vida,
que la amarga verdad, sin comentario.
Aguasay, Febrero 1940.

Epístola
Al deslavado Profesor Félix Ángel Losada,
en sus bodas de plata magisteriales.

Maestro:
En mí también reamaneció un anhelo...
Su titánica lucha me embeleza;
y, aunque discrepo en paridad de vuelo,
no se comete ningún agravio al cielo
con admirar su celestial belleza.

Su fecunda labor de patriotismo


propulsa los anhelos más latentes,
y es cátedra que obliga, el dinamismo
que requirió la lucha de usted mismo,
por cinco lustros modelando mentes.

Me siento todo suyo. —Fuerza es que le hable


de tanta gratitud que me eterniza
en un hermoso débito impagable...
Muy pálida es la ofrenda; pero, encomiable
si la oportunidad la valoriza.

Cuénteme con usted en este día


de justo regocijo, que por vuestro
ha de ser mío también: si, su alegría
comprende a sus discípulos, y es mía,
pues yo soy su discípulo, maestro.

No olvides la simiente

No olvides, caro niño, la simiente;


horada el sucio y deposita el grano;
que no está en desacuerdo con la mente
la destreza que adquieras con la mano

Toma el arado, trabaja diligente,


con la presteza de muchacho sano.
haz que se moje de sudor tu frente
para sembrar un árbol, que es tu hermano.

130
Aleja de su tronco la maleza
y no te afrente cultivar la tierra,
ni practiques la siembra con tristeza;

pues, quien se apena, rabia y se alborota,


desteta al árbol y le declara guerra,
todo serlo podrá, menos patriota.
El Tigre, Mayo 1955.

Otro lauro

A la maestra Teodolinda de Salazar, retribuyo

Conmueve al ave un maternal arrullo


la sutil neblina a la simiente;
al conventual silencio hasta un murmullo;
el más le recuerdo a quien lo siente.

Cómo no conmoverme el canto tuyo,


tan espontáneo, en ocasión reciente:
si tiene de la alondra, el arrullo,
y del agua sutil, todo su aliento.

Hablas en él de cardos y tic abrojos,


de punzante dolor, de dulcedumbre,
como hablar de un gigante minotauro,

que no amilana a quienes con arrojo


se lanzan presurosos a la cumbre...
Te agradezco un canto: ¡Es otro lauro!
El Tigre, 1955.

131
Félix Armando Núñez

Altaflor
Sin ruido te deslizas a hacerme compañía,
cautiva de la tarde, del silencio amadora
y sabia en soledades te complace ser mía
entregándome tu alma en cada sitio y hora.

Ni riquezas, ni nombre, ni juventud, ni gloria


es la fuerza secreta que hacia mí te encamina:
es el sino que pone su intención en la historia
su delicia en el verso y el día que declina.

Hecha del suave pétalo de una flor escogida


o la más alta rama de un follaje lustroso
aspirando tu esencia se le acaba la vida
en un milagro eterno de dulzura y reposo.

Te viste tu blancura en túnicas de cielo


y no puedo tocarte, sin romper el encanto
de estar contigo, encanto de no tener anhelo
porque me envuelves toda como un sagrado canto.

Dentro de un año acaso no volverás tan bella.


Mientras tanto hablo poco y tú no dices nada.
Entre los tilos eteros aparece una estrella
y mi charla retorna augusta y serena.

El Viento de la Tarde
Brisa crepuscular en el estío...
¡Qué dulcemente danzan tus ramajes
a la luz de los globos opalinos!...
Se ha poblado de espíritus la tarde.

El ambiente se vuelve puro, íntimo,


al vaivén cadencioso de los árboles...
Hace pensar nuestra actitud, que oímos
narraciones de un vago y dulce viaje.

Parece que un viajero conocido


que fuimos a esperar hace un instante,
habla en voz baja como en un suspiro
de un silencioso e inmaterial paraje.

132
Se hace más rumoroso el viento; y tibio,
puro, trascendental, flota en el aire
un perfume de incienso diluido...
Siento un beso en la frente... Mas, no hay nadie.

Nada más que los globos opalinos...


la danza cadenciosa de los árboles...
las primeras estrellas... los caminos
color de ámbar... Y la sombra cae.

133
Tiburcio Aparicio Lozada

Pesimismo
A Rubén García, cordialmente.

La tarde triste simboliza


en mi alma, los sufrimientos
de un mañana doliente...
porque dolor será el futuro!

Oh, pretérito fugado


tras del invierno gris
en la mañana fría...!

Tu recuerdo en mi alma
se eterniza,...

Y hoy espero
con la paciencia de Job, en el Destino!

Él habrá de traerme
algo extraño a este vivir tirano,
o tal vez nada,
porque recíproco el dolor,
siempre será mi hermano !

La fusta del desengaño


golpióme en el corazón
y dejó mi ensueño trunco...

Que de amarga es la vida


y que doliente el amor...!

En el gran lomo del Tiempo,


soy Filósofo cansado,
que en la soledad dialoga
un poema taciturno...

La Mariscala
A Mercedes Mejías.

Fue con el día, ya cayendo la luna con la noche:


y por el camino que era un río de plata;

134
ella sencillamente me brindaba el derroche,
de su estirpe gloriosa, de gentil Mariscala...!

No es cumanesa, pero sí de Sucre, y en el broche


matutino de una rosa de mayo, gentilmente arrebata
con su piedad inmensa, escondida al reproche,
el encanto a la vida, con su ensueño escarlata!

No fue con Sucre en su corcel de lucha a la batalla,


pero sí está con él en el recuerdo de la historia,
porque lleva en sus venas la sangre que avasalla!

Y ante la real gentileza de su gracia ducal,


el tiempo va diciendo la grandeza y la gloria,
que su nombre eslabona al del Gran Mariscal...!

Blasón
A Sara Mejías.
En ti todo se adhiere a la grandeza:
porque tu suave rostro de hermosa sulamita,
lleva en alto relieve blasones de pureza:
esa modestia tuya, de amable princesita!

Seguid siempre esa ruta de grácil gentileza,


que es tu mejor prestancia oh, divina Sarita!
A la mujer sencilla, Dios le da la riqueza
de ser bella y virtuosa, con bondad infinita!

No te obsesiones nunca con locas vanidades,


porque vas por la senda hacia el triunfo a la vida,
llevando un argentino canto de suavidades...!

Y así serás por siempre la diosa de la gracia,


que da dulzor de amores, sin dejarnos la herida
de un aguijón traidor, prendido en la falacia!

135
José Antonio Ramírez Rausseo

Luna de marzo en el bosque

En esta noche, la luna


es más luna y es más blanca;
sin valladares de nubes
que le trastornen la marcha,
por los caminos del cielo
va caminando tranquila
como si fuera una santa,
y en los distintos confines
donde se integran las patrias,
prende su leve corpiño
con alfileres de plata!

... El bosque tiene un silencio


tan infinito, que espanta!

De los ojos de los búhos


salen fulgores siniestros;
las sabandijas dormitan
reducidas por el miedo,
y una ternura de brisa
en las copas de los ceibos
me hace olvidar un minuto
la cara de los luceros...
Por delante y a los lados
se atropellan los caminos:
cruzan unos; siguen otros
desarreglados y viejos;
otros se mueren cansados
habiendo apenas nacido,
y otros cual buenos hermanos
se apartan así de pronto
para encontrarse más luego...

Los cocuyos se congregan


junto a las rosas, que pintan
el infinito silencio
de esta fría noche de marzo.
(Los cocuyos y las rosas viven idilios eternos)

Por entre el bosque circula


la voz de una agua perdida,

136
Qué dulces son esas aguas
encontradas en los bosques,
aguas que nadie comprende
cómo tomaron la vida!

...El bosque se ha puesto lindo:


tiene un matiz de nostalgia!

En esta noche, la luna


es más luna y es más blanca;
sin valladares de nubes
que le trastornen la marcha,
por los caminos del cielo
va caminando tranquila
como si fuera una santa,
y en los distintos confines
donde se integran
las patrias,
prende su leve corpiño
con alfileres de plata!

137
Julián Padrón

Noche

Voy con las ideas amontonadas en la frente.


Mi frente está lisa
y en la noche quiere sembrar en su terreno.
Para eso
ha empezado por hacer cangilones
por donde pueda correr el agua de riego.
De repente no pienso
y vuelve mi frente a ser plana
como en los días en que la tierra es un agujero
por donde entra el sol.
estoy calado de noche,
traigo toda la noche en los hombros:
cobija impermeable
contra el aguacero de luz
disparan todos los cañones
desde el castillo del cielo.
Ahora siento una frescura sobre la frente
porque la noche no cabe dentro de la casa:
se ha venido conmigo,
pero al querer entrar
he tropezado con la puerta
y se ha quedado afuera.
Yo me siento luminoso,
liviano de sombra,
con la luz que mi madre encendió la noche que yo venía.
Caracas, mayo de 1929.

Hoy me iré de mi pueblo para volver

Me levanté esta mañana a las tres,


caminé íntegra la calle larga.
La luna estaba redonda
y ponía en el medio de la calle
la sombra de una hilera de casas
y en las paredes blancas del frente
pasaba su película amarilla de diez noches.

El sereno caía granulado,


el frío era agudo como un canto de grillo.
Por la falda del cerro

138
pasaba ese canto de las bestias
cuando les llega a las narices el olor de la hembra.
El agua del río estaba dormida
para no despertar a las piedras.

El corazón me dice las veces que se ha paralizado


ante esta visión dormida de mi pueblo;
pero esas veces me he ido solo,
me he ido sabiendo que en su casa
la novia está durmiendo,
me he ido pensando que esa misma noche estábamos cerca
y la otra noche estaríamos lejos.

Entonces sentía mi dolor


como una palabra tierna atravesada en la garganta
y las palabras me salían en mitades,
porque todas me parecían un sentimiento.
Era yo sólo que sentía esto.
(Quizá, también mi madre sentiría las palabras partidas.)

Así me iba siempre,


mi caballo iba siempre de primero
y por todo el camino llevaba prendida a las espaldas
la mancha blanca del pueblo
como lleva la cobija un soldado.
Pero nunca se me salía una lágrima
y el beso de mi madre
era el único dolor que llevaba en el cuerpo.

Hoy es distinto: me iré con la novia que se va a su tierra


y al mediodía volveré saboreando sus besos
porque llevo en la boca
una despedida infinita
y podré darle todos los que ella quiera.
En cada recodo del camino
detendré mi caballo y el de ella
y mi deseo será el colorete de sus labios helados de sereno
que dejará una huella rosada
y será el ascenso de su pecho.

Será después cuando sienta nostalgia.


Hoy no diré palabras partidas
ni mi madre tampoco.
Saldré sin despedirme
de este pueblo que me tiene las manos en el corazón
y es mi sangre roja.
Volveré en mi caballo al mediodía

139
después de despedir a la novia en el camino
trayendo en los labios
el milagro de otros labios que me dijeron adiós y se fueron.
Caracas, 1930.

Los hombres del campo

Los hombres del campo


tienen el honor y el orgullo
intactos.
No dejan de oír el desafío
que en cualquier parte
les lance la boca altanera de otro hombre.
Y les importa muy poco la vida
porque no se la deben sino a la tierra,
y como sus mujeres
saben trabajar para los hijos pequeños,
ellos ponen la vida
frente al puñal de quien se crea más hombre.
Y dicen a los hijos
que no huyan del puñal
que traiga en sus labios una ofensa.
Y echan el hijo de la casa
cuando da los pulmones
y no el corazón
en la lucha.
Caracas, mayo de 1929.

Anoche bebía una estrella

Anoche puse bajo el cielo


los dos lagos cercanos de tus ojos,
trampa para la cacería,
atarrayas
para la pesca del pez celeste de escamas con luz.

Desde la playa de tus pestañas


marinero de tu amor en tormenta
hago la maniobra para tu naufragio en mí.
Marinero de tu amor en calma
soy la vela amplia de brisa
recostada del horizonte.

140
Esta madrugada abrí la atarraya
y me acosté en tu playa
a escamar con besos
¡la estrella que tenías prisionera en los ojos...!
Caracas, enero de 1930.

Poemas de tierra y mar

Anhelos en los belfos y en las manos,


y en la pulsación del sol sobre los élitros
de la chicharra.

Anhelos en el corazón.

Hachazos de tristeza en la noche


talando latigazos.

Hombres tostados de intemperies


echan a volar canciones.

Las bocas llenas de agujas


y de papilas raciales
con vibraciones deslenguadas
apuntalan la noche de gritos.

Esta luna es paloma de anhelos


quebrantados
entre la selva.

***

Ya hemos amanecido frente al mar,


frente a cara o cruz
Vez que podríamos llamarnos Aventura.

Una vela viene blanca sobre la palabra,


otra, vela que se va blanca.
Una vela se desmaya de júbilo en brazos del palo mayor,
otra vela que se infla con la palabra adiós.
Hoy sobre la superficie azul
amaneció el color vegetal de toda la selva
cuajada por el invierno.
Los peces tienen la vivacidad de las algas
y los pescadores los han devuelto al mar.

141
Sobre el espectáculo atardecer
ha caído hoy todo el bronce del sol.
Los cuerpos de los hombres desnudos y húmedos
empapan de astro sobre la playa
hasta quedar secos y sonoros como un tambor.

Contra la pupila esa línea recta


enhebrando de istmos de agua las costas.

Tórax de sol indio en cayuco de vientos


mar afuera pescando la palabra horizonte.

***
Nació alba y ocaso.

Alba y ocaso niños,


con los barcos y las estrellas
y las olas y las nubes
en el subeibaja del horizonte.

Tú también niña,
niña de agua —sirena—
amanecida sobre la playa
junto a peces arcoíris de la tarde víspera.
Y tus ojos,
la bóveda azulosa de los cocos de agua.
Eras de transparencia vibrátil
sobre la arena.

Tú, carne de brisa


y yo, nervio de mar.
Caracas, 1934.

Ausencia de Luis Castro


La luz de este valle donde estamos enterrados veinte muchachos,
después de estarla envasando todo el día en nuestras pupilas
porque sabemos que a la noche lloraremos de una sed luminosa,
se derrama hacia el mundo por las abras de los cerros.

Debajo sentimos el río contra las piedras de las riberas,


que al irse succiona lo que nosotros defendemos llorando,
hasta que un gran pájaro del alba aleteó sin ruido entre los montes
y se ha quedado sobre los veinte muchachos con las alas abiertas.

142
Mis compañeros —porque fuimos cien jóvenes la redada de hoy—
están lo mismo que yo, silenciados en una hiperestesia afilada
y creen como todos que la luz deseada la tienen ellos,
pues juntos nuestras palabras se encendían contra los oídos
y el deseo de gritar en todas las almas alumbra una antorcha de sexos
la lumbre primitiva sobre los millones de árboles del camino.
Los cerros —los cuatro cerros cardinales— son permeables a los ruidos
de las cadenas que Dios trae contra el pecho como un brazado de leña
y a los gritos de los compañeros arrojados contra nuestros pechos
y que chocan en el trayecto con blasfemias viriles,
mensajes de que el Diablo nos ha calzado unos barrotes de hierro,
De pronto,
Luis Castro, el más joven, se ha puesto a gritar despiadadamente,
en medio de todos pensativos del delirio infinito
y el fin —porque invoca a Chora, la madre—, aguantáis mes al muchacho
que dice:
¡Siento que las entrañas se me incendian de una sombra irrespirable,
porque es como un trapo negro que se hubiera quemado bajo el sol;
me estoy volviendo un grito caliginoso y moriré calcinado adolescente
sin que ustedes puedan aliviarme esta herida delicuescente!

Toda la noche hemos velado al pobre muchacho acostados en tierra


alumbrándole el alma con los mínimos cirios de nuestras voces
que vacilaban entre la ronda de sus gritos infernales
como si el cielo se le hubiera borrado cuando niño
y creía en los ángeles.

La luz ha vuelto por la misma obra que ayer se llevó al camarada


y nos ha encontrado a todos con las miradas echadas soltaré el campo
sacando estas calcomanías de savia en la montaña.

¡Joven morir, maldita sea! ¡Joven morir, maldita sea!


Caracas, 1934.

143
Alarico Gómez

Objeciones al soneto
para Fernando Cabrices.
Es un ir y venir, como de mar
y breve tallo entre la brisa undosa:
ir de la espuma por besar la rosa
y venir de la rosa por besar.

Es un sacar de adentro lo que afuera


no es más que nube, y convertirlo en nube
de dulce poesía verdadera:
pie liviano que al blando cielo sube.

Es un buscar la forma en el abismo,


a través del Dolor y la Alegría,
para saber, con hondo pesimismo,

que fue (es y será) la Poesía


olvido, muerte, amor, ¡siempre lo mismo!
No hay nada nuevo bajo el sol del día.
Mayo de 1946.

Notas para un breviario del amor


Salgo al encuentro de su perfume y de su risa.
Si palabra canta como el hilo musical de la quebrada que discurre en penumbra
y cielo
bajo los árboles, todos verdes y tiernos,
cargados de frutas amarillas y de alegres pájaros matutinos.

Su palabra sale, como sus manos, al encuentro de mi voz y de mis manos.


Es el día inicial del viento que arrastra las barajas con sus figuras de reyes caídos
que se lleva en remolino las pobres hojitas secas, a no sé dónde;
y que arranca pesarosos mundos de pañuelos blancos en despedida
a todas las muchachas del bosque y del mar.
Escucho caer el hacha en los montes, sin cesar.
Oigo el río internarse con sus sorprendidas barcazas en el mar poderoso;
y la ola seguir a la ola sin fin, ininterrumpidamente,
en sucesivos viajes de espumas alrededor de las islas cimbreantes.
Ahora sudoroso y cantando,
vengo del África tropical y enigmática.
Tan alto y tan fuerte es mi cuerpo que el propio baobab se ha vuelto una brizna
de hierba entre mis dedos.

144
Y porque ante los asombrados ojos de mi compañera tiendo fascinantes paisajes
ignotos,
y lanzo a volar aves extrañas,
y descubro formas, figuras, imágenes insinuantes, mágicas;
y el mar lejano a mi conjuro revienta las uñas
y esponja y abre las frutas en plenitud,
ella —mi compañera—
busca entre mis brazos que la ciñen amorosamente el alba inusitada, la colina
en tensión,
la derramada cabellera de fuego,
el pez de plata.
Bajo mis brazos el Misterio hace y deshace de ella
Regresos, brumas, espumas, mares.

Es el día inicial de la tormenta desencadenada en sus sienes y en las mías.


Todavía en mis manos el calor de sus manos.
El temblor de sus labios en mis labios.
Y un amable perfume como de limpieza de agua fresca,
de rosada carne primaveral.

Ella, a mi lado, duerme.


Como una rosa que se asoma al Cielo.
Caracas, mayo de 1946.

1
Como si destrenzara
mi zapato derecho
para entrar en la cama,
hago el poema y entro,
con emanante gracia,
por la raíz del verso;
la luz del hombre canta
como la luz del cielo.

2
Es medianoche.
El hijo y la madre duermen.
Más allá se arrebuja un olvido.
Todo empezó a las doce:
me dolían los íntimos peces
y el nudo que he dicho.
Entonces cogí el cuaderno
y entré en la caza. Oh misterio.

145
3

A veces los relojes


son óleos nazarenos;
pero llegan las iguanas
y los dejan secos.
Por eso en las guitarras
—cielo para los dedos—
las mujeres de axilas perfumadas
lloran sus cristos imperfectos.

Ideas para un mural

Yo establecí fronteras, tracé límites, hice leyes.


Porque hay que decir que la luna es un triángulo
y regresar a una calle sombría, a la media noche,
y ver que es rigurosamente cierto. Una pluma de llanto
naufraga en nuestros mares. Es necesario, pues,
botar el mensaje de amor o de odio
en una piedra suave o en un bosque aparentemente cordial.
Por eso establecí fronteras. La manzana será siempre
la manzana. La serpiente será siempre la serpiente.
No es nada nuevo. Porque somos embusteros de
nacimiento. Y tracé los límites, con ríos y con
mapas, pues nos duele muy a fondo, muy
hacia la izquierda, en el músculo preciso,
cuando nos engañan esos amables seres complejos
en quienes depositamos nuestra confianza,
la fe, o el abanico éxtasis del amor.
Hice entonces los códigos. Podéis ver el códice.
Y dije: “La ley es igual para todos”
e impuse la pena del talión. Porque la ley
entra por casa
y hay que decir que en cada nube danza un reloj,
y es necesario buscar por las raíces
—antes que la cura de una lepra de oro—
el origen de todo veneno amoroso
y de toda caída con resistencia.
Una talega de luceros puede ser
el programa del domingo
para la burbuja del asco. Y un cigarrillo incesante
puede ser en realidad el origen del cáncer y del médico
Esto es poesía en bóveda, a la redonda,
con agujeros para la lluvia y para el sol,
donde la oración entra con sangre de jardines.
Y si aún tengo los labios rabiosamente llenos

146
de una pintura cálida y corrediza como nudo al cuello,
y si aún recuerdo las dulces frases del embuste
y los ojos lascivos que van
de un lado al otro
sin llegar a ser fuente ni manzana real,
no menos cierto es que todavía puedo
recrearme en el recital y en la comida íntima,
y renacer para la verdad del Poema
hasta la altura menos limitada del hombre.
Hay que mentir, oh Vida, es necesario,
y te aborrezco y te amo,
soy tu esclavo embrutecido a media voz,
con tristísimas canciones hacia el Oeste
—lamentos que todos escuchan
por la melodía de hueso, y no por comprenderlos,
ni mucho menos por identificarse con el alma de donde salen.
Sí. Esta calle se ha vuelto loca de salud
Y corre como Ofelia —río abajo— dejándose arrastrar por la corriente

Anotación al margen

Mi cigarrillo dice que no.


Mi fósforo dice que no.
Mi máquina dice que no.
Y si le preguntara al viento en la colina
y al agua en las pupilas
y a la boca en las fáciles orillas
también dirían: —No.

Pero yo que me guío


por el instinto
y jamás por el cigarrillo, ni por el fósforo,
ni por las luces horizontales,
ni por el bostezo deseoso,
ni por el color blanco
que muestra la espalda dulce
y el fresco nacimiento de los senos;
yo, auxiliar y velludo, malicioso y volcán
loco de atar,
pero muy bien dotado,

recurro al corazón, y le pregunto.,


—de todos es conocida la nobleza de este músculo-
y él me dice que “sí”, a boca llena.
Y siento ganas de llorar,
de veras,

147
como cuando la muerte nos lleva un ser querido
y nos sentimos solos en la tierra

En el aljibe del sueño tardío

En el aljibe del sueño tardío


hay una rosa, un caballo, un lucero.
Mientras la rosa suspira un te quiero
busca el caballo la boca del río.

La medianoche corona de frío


de lejos viene con arcos de enero
por donde danzan —violeta y acero—
una violeta, un lucero, el gentío.

Es el amor que ha llegado de lejos


con sus mazorcas, sus nubes y espejos
a la ventana jugosa y obscura.

Y es el amor —dulce y cálida brega—


quien va cantando la gaita gallega:
“tanto bailé que me dio calentura”.

148
Benito Raúl Lozada

Bozo a la hondonada

El único buceo,
profundidad ilímite,
concéntrico, sin plazo.

De cristales pacientes y afanes minuciosos,


fortalecido en golpes
de incógnitos asaltos, en atracos
de buque turbio, en panes
de amarga levadura,
depurado de afanes lumínicos
y juegos por inútiles trofeos.

Penetra más adonde las presiones


superan resistencias de tímpano.
Ausculta más hasta la heroicidad
del grito sin sonido.
Rasga más y más las túnicas estáticas
que hacen mayor la soledad.
Desdobla el vano de la noche.
Sigue por la ranura del espejo
y busca reposar en la Presencia
que llena los caminos.

Pequeñas alegrías
“Humildes felicidades acorraladas”
A, Saint Exupery. Correo del Sur.

Recrean las pequeñas alegrías


burbujas en el cerco. Límite
suficiente al esplendor.
No falles con un soplo desmedido,
una pista extraviada.

Dentro de la frontera relámpagos ahogan


el angustioso desamor
y penden crisálidas y bulbos
de la rama del alba.

149
Nómada de los surcos:
ellos fecundan al conjuro
humilde de tu silbo
contenido.

Vulnerado latido

Vulnerado latido
prosterna la apariencia
en dignidad de ruego hondo
de humilde linaje retornado a su origen,
de rayo débil que pugna por resquicio.

Lentos peldaños en la escala larga


alivian del cansancio la súplica
despejado el peligro del anterior abismo.

Apuntalas el garfio para un sostén rocoso,


quieres el pie en el corte necesario,
soslayas cicatrices inestables
dejando uñas en picos, piel en desfiladeros,
riegas lo puro de la sangre
para que cada paso tenga el fervor supremo
lleno de máximas ofrendas.
Y el vocablo final, meta del sacrificio,
inaugure un aliento recobrado.

Advertencia

Tu retención de soplo congelado,


de aroma contenido,
repasa la suerte de su celda.

Mira
si repites martillos
en cercados idénticos
podrías encontrar un gigante sin rostro
que no abrirá la puerta.

Entonces
no podrás inventar
la duración del alba
ni el destino del color de la orquídea.

150
Luisa Teresa Sosa

El gato

Tengo en la casa un amigo


muy limpiecito y decente
que se va cuando le place
pues es muy independiente

No es como el perro, que viene


sumiso, cuando le llamo,
es un gato presumido
que dice: no tengo amo

Llega cuando se le antoja


ronroneando, zalamero,
llora para que lo mimen
es un gato callejero

Come lo que se le antoja


alborota las gallinas
y luego va a visitar
las casas de las vecinas

Recorre toda la casa,


¡mí madre no lo soporta!
él me mira sonreído
como quien dice ¡qué importa!

Es caprichoso este gato,


quizás no es de buena raza,
pero le gusta dormir
en el sofá de mi casa

En las noches va de fiesta


y viene de rato en rato,
es muy malagradecido
pero... yo quiero este gato

Ven a la escuela

Ven a la escuela, amigo


ven a estudiar,

151
a aprender cosas lindas
y a jugar

Ven con tus hermanitos,


ven a cantar
porque la escuela tiene
sabor de hogar

Ven a la escuela, amigo,


hay pajaritos
que fabrican, alegres
lindos niditos

Y los pájaros dicen


en su canción
que la escuela es un nido,
para el amor .

Van cantando los pájaros


lindos... ufanos,
y dicen que los niños
somos hermanos

Si vienes a la escuela
vas a sentir
que un niño alegre y sano
sabe vivir

Los alimentos

Ayer dijo la maestra


que hay tres grupos de alimentos
que permiten a los niños
crecer sanos y contentos

Carnes, huevos y la leche


siempre debemos comer,
son fuentes de proteínas,
nos ayudan a crecer

Las hortalizas y frutas


son sabrosas, nutritivas,
nos hacen fuertes,
alegres
y alargan nuestras vidas

152
Las verduras y el pan,
los granos, los cereales,
sirven para el desarrollo
y también los vegetales.

El árbol
El árbol es mi hermano,
el árbol es mi amigo;
él me da medicinas;
me da sombra y abrigo.

Cuando entre su ramaje


la brisa hace rumores,
en el aire se esparce
un suave olor a flores.

Y para ir al cielo,
como faro de luz,
tiene brazos tendidos
convertidos en cruz.

153
Simón Sáez Mérida

II

Ayer,
las mariposas se fueron hacia el mar
bajaron a la espuma,
al color,
al blanco,
al azul,
a la oscuridad.
Nada que hacer,
el horizonte desasta grandes ojos
sobre el vendaval
y las viejas aves negras
pululan en los molinos de viento.
La historia es la misma,
las mariposas ya no son más,
la ceniza regresó con la arena.

VII

El horizonte
carga techos de piedra,
nubarrones de pan,
junta los peces rojos
y una espiga blanca,
otra,
otra,
miles.
La luz se muere lenta.

XVII

Me duelen
estas flores sobre la piel
este humo rojo en plena calle.
A la intemperie,
reclamo la luz del mediodía
y oigo a los caracoles
repetir su canción.
Nada más que decir,

154
sobre la vida
brillan los alquitranes.

XVIII

Íngrimo,
veo que dios cabalga
en los gusanos
y la vida regresa
en grandes mariposas,
que hay un alambre
bajo la luna
y la noche se muere
con los pájaros

XXI

Ya es hora,
una palabra sobre la soledad.
Qué paradoja,
uno desborda la alegría,
inventa que las piedras
tengan su primavera,
Que los pájaros llenen el amanecer,
y luego la soledad continúa,
anónima, perpleja,
quieta sobre el vacío.
La piedra está allí.

155
José Lira Sosa

Fiat-Lux de mediodía
ebrio de miel roja
Fiat-Lux entre los dientes
de la boa constrictor.

Fiat-Lux para flagelar mariposas


en las uñas de las brujas. Fiat-Lux
hembra y macho como la voz del cocodrilo
de cristal amarillo. Fiat-Lux uno puede
llevarte del dedo como a una galera encantada
uno puede abrazarte como a un hada
que danza
porque tú eres de harina blanca.

Fiat-Lux bella proclamando destrucción


a grandes pasos
de ratón blanco. Fiat-Lux terrible
a medianoche sin alas
Fiat-Lux uno puede andar contigo
sin puñal de luciérnaga
en la espalda
uno puede convertirse en un lagarto
a tu solo contacto.

Fiat-Lux repetido mil veces


Fiat-Lux entre elefantes
de rodillas de goma

Fiat-Lux que no ha abandonado nunca


los ojos de arena de Jannine
Jannine de ojos de Fiat-Lux
de ojos de noche
de lluvia como manos de Fiat-Lux

Fiat-lux de nalgas de látigo


de nalgas de hostia bendita
de nalgas de Jannine
Jannine de días
como piernas de lagartos
Jannine de noches
como ojos de luciérnagas
y Fiat-lux.

156
Fábula para revelar el misterio

Había el recuerdo de la edad de piedra


y cada paso que tú dabas era
sacrificado
a la caricia fascinante
de estos dedos reptiles.

Había este vaso que contiene


la máscara que tú alimentas con tu miedo
y el hongo de tus aletas subpétreas
entregado a su vicio secreto. Había entre este
jinete de cenizas blancas y este bosque
sometido al influjo hechizante de tu risa
la mano de este criminal de sueño hecha
especialmente para retenerte a mi lado
como una estatua.

Inútil decir qué fiera descansa a tu derecha


ahora que tu cuerpo es cada vez menos sólido
y expone sus senos de arcilla
de arcilla intrasmisible
y el terremoto en medio de su centro
levanta el paso de tus piernas
como un acantilado
sin ríos ni manos ni tú nadando en ese río
con tus manos de frutos prohibidos.

Había una jirafa apuñaleada por mis dedos


de víboras
para revelar el misterio
y yo en medio de este campo
como un nuevo diluvio para tu odio primitivo

Había el recuerdo de la edad de piedra.

Ahora
ahora una jaula
para la bella desconocida
una jaula desplegando sus garras
como tijeras en el desastre

ahora una jaula inútil para


la ceguera de los verdugos

157
recuerda en el vértice de mis dedos
una jaula

recuerda en la llave corroída


por los guantes
una jaula sin salida

recuerda ahora entre mis pies


una jaula rodeada de llamas

¿dónde entonces
acorralado el antifaz avanza?

¿dónde entonces
bajo el herrumbre la daga alucinante
avanza?

¿dónde entonces
el amor definitivo?

ni el antifaz acorralado
bajo el orín
ni la daga alucinante
sobre tu espalda
nada
sólo odio
odio para los pararrayos
odio para las jaulas inútiles
odio arrastrándose como un lobo hambriento
odio como una catedral para animales
tentados por la guerra
odio para la antorcha que nos persigue
nada

Voz cortada
a Juan Sánchez Peláez.

nada brilla, nada reluce en este grito


el despojo amoroso de tu rostro cayendo en este pecho
bestia adorable, tu máscara es una nueva conquista
ágil para la lucha tu sombra es una antorcha
ágil para el amor tu mano es una antorcha
refrena el navío del nuevo descubrimiento
en un llamarada
la frágil corteza que apacienta mis caricias

158
es una llamarada
una sola bajo la noche
tu raíz violenta es una máscara
recuerda bestia adorable,
tu máscara es una nueva conquista

agita tus garras consanguíneas


y que no escuchen tu voz cortada
que no escuchen tu acento desconocido
ni el brillo reluciente de este grito
este grito
retorna a grandes pasos a tu origen

Este hermoso país

Este país restituido a su propia dimensión, abandonado a su suerte, impedido;


ahogándose en el desprecio de la muchedumbre; este país contorsionándose
convulsivamente en el marasmo desencadenado en sus prostíbulos, achicha-
rrado de ademanes grotescos, reventado de cadáveres diseminados; víctima del
desfile sangriento de sus perversiones; este país inútil, asombrado, buscando un
refugio, un escondrijo profundo, un agujero donde agazaparse como una bestia
acobardada; este país encadenado a la pestilencia trepidante de convenios vi-
tuperables; este país inutilizado por la infatigable avilantez de sus soñolientos
supernumerarios.

Así es este país inquieto, arrastrado por el agua hirviente; vomitando sus mie-
dos antiguos, perforados; este país dinamitado por el odio, estremecido por el
hambre, arrasado por los fogonazos indóciles de la vieja miseria; este país ahora
encabritándose.

este país mío


enrojecido por oleadas de cólera
encontrándose a sí mismo
este país ascendido resueltamente a la cresta de las colinas
este país descendiendo a los sótanos de las penitenciarías
este país rebelde con sus manos desplegadas
este país gritando en la calle
este país hermoso como el estallido de una granada
este país brotado de orquídeas desafiantes
y feroces animales indómitos
este país antiguo
inquieto
dinamitado
este país mío...

159
Incertidumbre

Tal vez no sea cierto que el ave de rapiña rasga el


corazón del alba del aluminio incendiado con el Mar
Caribe lamiéndole la punta de flecha envenenada
Tal vez no sea cierto
Encontrarnos en la Isla hecha de jirones antiguos
de algas transparentes hundidos en la playa como un
pedazo de quilla fuera de la ruta de los ciclones
Tal vez no sea cierto
No es un problema de lengua ni de saliva
ni de labios
verdaderamente ese no es el problema
Ello ocurre
Ello no ocurre
El cielo de tu frente entre mis piernas
construyendo el mundo
levantando las pirámides más verosímiles
tampoco es el problema

Siete es divisible por sí mismo

Pregono el hallazgo
siete veces
la pasión montaraz caída
siete veces
el encuentro en medio del follaje rudimentario
la cicatriz efímera
perseguida en la humareda sigilosa
disparada siete veces en el arco
fluyendo en las ramas inusuales
sonámbula
sustraída al ojo y al olfato
crispada de caricias transparentes
Proclamo la jabalina nupcial
sobreviviente en el Diluvio
de tu sexo
alimentado de leños incandescentes
llameando siete veces
su enseña tutelar entre cenizas embelesadas
Promulgo la ofrenda ineludible
de tus muslos de azogue
como una Estrella del Sur
en el cielo de mi boca

160
una efigie pagana vivaqueando
para saquear en el fango consagrado
siete veces
Proclamo el hallazgo precursor
de la carne
el relieve alucinado de la piel
de tus senos de mercurio
en los espejos
encontrados en número de siete
a ras del suelo
cubierto por el follaje rudimentario.

Marina

El mar culebra incesante serpiente tropical reptando


entre espumas blancas
atrapado por la isla sometido a una invasión de yodo
y de salitre
perfumado de viejas algas despedazadas por el ir y venir
del mar que se mueve sobre sí mismo en una
autocomplacencia sigilosa
el mar serpenteante rodeando con sus anillos
esta tierra salobre
empequeñecido de sus dimensiones oceánicas
recostado a los terrones mugrosos de una costa
deshilachada
desplegando sus caricias ancianas venerables
en un esplendor desparramado escurrido en las redes
sangrando por los arponazos de esos mediodías
que vulneran su lomo reluciente
el mar siempre el mar
aplastado por un cielo de plomo.

Palabra

Palabra leve efímera


breve y desnuda
qué bella surges
a veces
inesperada en el poema

161
César Suppini

Esta casa

Esta casa se erigió en solaz y penumbra


El Tiempo puso su estrella en los rincones
Anduvo en sus resquicios

Amilanó mis pasos esta techumbre casi siniestra


La hondura de la calle de polvo
La luna desquiciada de la esquina

Los bordes inflamados del estío desgajaron sus flancos


Por eso es como el vino que olvidamos
O como el hilo de arena mudado en viento

Era más gris y cancina


Más humosa y recostada del azar
Tenía algunos adobes de jaula de vidriosa greda
Unas columnas casi triangulares como de espuma

En sus pisos trazaban surcos las lámparas


Que mis tías guardaban en inalcanzables lugares

Esta casa era el aire que ahora tañe de otra parte


Con la misma ventana de furgón
Parecida a los gajos plúmbeos del invierno antiguo

Sus raíces y sus visajes


Dicen de un Tiempo solemne
Amalgaman un ayer de óxidos y visos elegidos
Destinan los días a sus memorias de olvido
A sus perennes e insondables vestigios
1964.

Búho

Grito oscuro que horada los sueños


Quiebra sus láminas
Burila el vidrio impávido de las estrellas

Se hunde en lo más denso

Ladrido corto que azora la noche

162
Búho-Mito-Fantasma-Búho que ríe en agua y relámpago

Búho-Imán mágico-Búho piedra negra arisca—

Búho de antenas magistrales

En el gran espacio muerdes la desolación

En el vacío remontas las uñas prestas

Búho fuego apagado-Búho sombra violácea


en el costado
1980.

Nací al borde de la montaña. El grito nostálgico del Pájaro Ligero ofrendó el cáliz
de la soledad y coronó el naciente hechizo. Los fuegos celestes desbastaron mi
frágil memoria. Dilapidé mi infancia entre los muros invernales y al trasluz de
remotas reminiscencias. Recuerdo haber visto caer la furia de la tempestad sobre
los techos ateridos y la fronda de las golondrinas en los vacíos crepusculares.
Tejiendo sus signos bajo la tarde y elevando la espiga hacían infranqueables las
últimas luces.
1966.

Un día
Un día
voy a irme
de vuelta
sobre mi paso
Debajo de mi sombra
Entre las mismas palabras de antes
borradas de olvido
Por la orilla de la vida
huraño
insomne
cabizbajo

Sólo cruces de golondrinas


Esa ceniza celeste que cae
Esas voces que trae el viento ciego

Un día
1970.

163
Sonámbula
Así como los pájaros coronan cada día la ciudad
Comienza a nacer desde sus muros
Desde sus flancos

El bello gesto de los manes silenciosos


En los desiertos de la altura

Sus alas que enhebran la armonía, y se renuevan


Como si algo los dirigiera
Como si algo cavara en sus filas torvas
Colmadas de profundidad

La ciudad
mientras tanto se sumerge lentamente
en los filos feroces
Deambula y sueña sin sentido
Enciende sus bosques y apaga sus estrellas

La ciudad
mientras tanto
Fulmina esa pesadumbre
Ese postrer resuello

Bordea el linde levísimo de su destino

De mis cartas nocturnas


Coged nuestro fruto de distancias
Nuestra herencia de fuego que sorprende como una mujer sin voz
La fotografía descompuesta entre las pestañas del vino perplejo
Entre los inmóviles altavoces del silencio consumido

Coged vuestros ojos y arrojadlos a las más agudas sombras como


aquellas palomas envenenadas de suspiros
Permitid que por mí la puerta permanezca cerrada a la manera del
último meridiano
Y reventad en la calle con el sentido de este anillo que nos
comunica corporeidad y hastío y color de infinitivo

Yo poseo la moneda de agua originaria .


La cifra indeclinable mojada en el vagido del vacío
La columna consagrada por el primero que leyó las grandes luces del sueño

Espero cobijar esta cabeza entre todos y esto implica el deseo

164
de eliminar los vertiginosos camellos de dulzura
Las palabras blancas alistadas a la orden del hombre que se revela por los dedos
Las detenciones al regreso de las estatuas cerradas por la noche
Confundidas en las breves añoranzas

¿Cómo desaparece el mundo bajo mis sombras y cómo espanto peces


antiguos en los ojos todavía sorprendidos por el alba?
¿Cómo consigo levantándome mi estatura y mi sonora jaula de lejanía
destrozada de terrones que guardan el hervor
del último distanciamiento con el día?
¿Cómo camino sin sospechas ni algodones entre mis enemigos imposibles?

Mi última voluntad es estar entre los ciegos que escuchan


las operaciones secas en las tinieblas
La diligencia hacia los grandes osarios cercanos al corazón
Y por lo tanto definitivamente hermosos de miseria invisible
1951

Ahora
en mi pueblo
Con las remecidas del viento primaveral
de los árboles caen estrellas

Extiende una ancha y fresca alfombra


sobre la hierba

En ellas los pájaros alcanzan otro fuego


y se deslizan por los hilos de un sol perenne
Que les nubla los ojos
1995.

Semblanza del abuelo


para Laura, mi hermana.

Mi abuelo era alto y delgado como una palma


Tenía la frente amplísima de pensador
o de poeta
Amaba la casa
los árboles
las aves canoras
y las cosas viejas

Era laborioso y silencioso

165
Apenas me llamaba dos veces al día
Para que le comprara el vino
mientras leía echado en un delgado chinchorro
con piernas cruzadas
libros y revistas de otros países
en idiomas desconocidos para mí

Algunas veces me los prestaba


Para que viera en ellos figuras y paisajes

Tejía a ratos alpargatas multicolores


En una máquina-telar de su propia invención
Y usaba una alacena grande como biblioteca
Y lugar de otros asuntos personales
—una brújla, un reloj de arena, un pararrayos—
Hechos por él mismo
Muy contadas veces me refirió instancias de su vida
y de la de otros parientes desaparecidos
o lejanos
Y yo que sólo tenía ocho años
lo escuchaba con interés y delectación
porque me gustaba su forma de narrar las cosas

Muchas veces le oí hablar largamente a solas


con él mismo
Como en un sueño en el que era un personaje más
entre otros
Ahora sé que muchas frases extrañas dichas
en esos trances
eran en francés e italiano
lenguas que leía y escribía con cierto dominio

Un día percibí que me alejaban de su compañía


Y fue que el abuelo
—probablemente hablando largo a solas con él mismo
como en los trances de mediodía—
se marchó en el viaje sin regreso
1995.

166
Carlos Ríobueno

En caso de que El
Supremo Juez
me incluya en el listado
de los resurrectos
quiero ver el muro
de Fernando Paz Castillo
caminando lentamente al infinito
bendecido de tejas
que oren al milagro
de la resurrección

Octubre 1997

En caso de que El único y Gran Actor


me traiga de nuevo al cine
le exigiré que lleve también
a Sofía Loren
para decirle cuánto la amé
en el espacio infinito que cursaba
entre mi alma
y la pantalla arrugada
del cine parroquial

Llanto y voz
En tus ojos
renace mi hijo
con llanto y voz
Son tuyos palpitar y canto
Dos amores
para alumbrar un retoño
apaciguado de musgos
y profundidad de raíz

Duele el mar
Entre infértiles raíces
duele el mar
trinitarias hieren al viento
Besos zarpan a mi destino

167
Cultivo surcos
de mi sangre
Persiste la sal
mas allá de la savia

Con nostalgias de rebalse


Al caño Simara.

Vine en el sur
con musica de canalete
y caballo
botalón y bandolín moriche y merecure
Sabanas abiertas
al sacrificio oceánico de canos lastimados
con nostalgias de rebalse
He retornado
al canto de las curariaras

168
Ligia Elena Rojas Millán

Cósmico

La vida me suspendió
En un punto
Donde antes había visto
Brillar soles.

Pudo haber sido un siglo


Tal vez un largo rato.
Allí me bifurqué infinitamente.

… Ayes y adioses
Tristezas y alegrías.

Luego supe
que de mis pies habían brotado
raíces... de mis manos ,
goteaba la miel.
Mis labios estaban secos, muy secos
Mi pelo blanco, muy blanco.
Mi piel
solitariamente petrificada,
mi corazón seguía siendo el mismo,
sí...dolorosamente el mismo.
Divisé un mar
que alguna vez estuvo huracanado.
Aún flotaban trozos
que me eran familiares.
Comencé a rearmar las piezas
de lo que una vez fue mío.
Imposible hallar la que faltaba.
Entonces volví de nuevo
a mis dilatados confines
para seguir cohabitando
entre mis sueños.

Interminables…
A Mario Torrealba Lossi, Intelectual de claros lineamientos.

Sombras cruzan...
sombras pasan...
entre ellas

169
un extraño centelleo
que no logro atrapar.
Las horas
no se deslizan
como algunas otras veces.
Se suceden como repugnante fila
formando un largo y sombrío túnel.
Son crueles en su lentitud
me mascullan morbideces al oído,
yo intento alejarlas,
pero ellas... están allí..., vengándose.
¡Oh! ¡venganza de la vida
filtrada en esas horas!
no te escondas en esa oscuridad
acércate a mis sentidos.
Haz sonar tus clarines o doblar tus campanas.
Hay algo que sigilosamente
se escurre entre mis noches.
Se detiene en el tiempo aplastantemente
para caer como círculos
en la somnolencia de mis ojos
pesados y nocturnos.
Allí me castigan lastimosamente.
Si supiera cómo es tu figura
sí supiera cuál es tu esencia
entonces
sentidos y razón tranquilizarían
su extraña inquietud,
porque haría bajar del firmamento un lucero
y alumbrarte el camino con su luz.
O reinventaría palabras,
las más demoledoras para
hacerte partir en mil pedazos.

170
J. M. Villarroel París

La estampida

Veníamos de un viaje Otras tierras


en una misma geografía montes y sabanas
El sol más cálido prendía en los bucares
al fondo de las picas
Veníamos de un viaje Uno en sí es un profundo viaje
para recordarse muerto en los velorios cachos y aguardiente
Nada más grato que conquistar el monte donde reinan la cuaima
la tigra los pantanos y las plagas
Mudarse por las trochas de un pueblo a otro
Una gran aventura
Tomar los burros montaña abajo montaña arriba
Mañanita despertando los gallos los corrales
y seguir con el ruido palanganas
Noches tras noches gitanos de en campo a otro
De Caripito a San Juan allí en el Delta
vadeando el Tonoro el Guarapiche el Tigre
Así salieron mis primeros viajes en medio de la noche
Otro viaje cadena en el tiempo

Buenaventura había muerto en la calle Maturín de Quiriquire


La vi tendida sobre la mesa con una sábana blanca
mientras las chivas comían berenjenas en el patio
El viaje continuaba nutriéndose en cada campamento
Una cuadrilla de perforadores margariteños chistosos
jugadores de truco y de dados
Todos costeños venidos de las haciendas de cacao
Grandes plantaciones de Cariaco de Soro
Conuqueros del Turimiquire peones de los bajos llanos Orientales
Una cuadrilla para el viaje una más para morirse de paludismo
en Maturín Caripito El Sinco Campo Rojo
La estampida del sueño en un juego cerrado

El viaje era por rutas trazadas en un mapa sin huellas


traído en las valijas de un mister un jurungo cualquiera
Una visión esclavista como en la colonia con gente de color
traída de todas partes
Era para no regresar jamás al sitio de partida
Era como si nunca nos hubiéramos mudado
Caer enfermo Suicidarse Envenenarse en las juergas domingueras
con los bolsillos repletos de dinero entre barro y petróleo

171
Caminar madrugadas veinte kilómetros de monte lleno de miedo y frío
Viajar Viajar hasta el encuentro de la tierra prometida

Esta meseta esta llena de taladros


Desde El Tejero Santa Bárbara Jusepín
Los apamates están llenos de petróleo
Muertos con una tristeza de país en ruina
Esta meseta está llena de taladros
Sembrada de hombres muertos
Un largo cementerio viene desde Caripito
y no tiene fronteras
Es la gesta la nueva conquista entre pueblos
que viven y mueren
La estampida del sueño en un juego cerrado
Con una legión de mutilados rodando de campo en campo
Con mujeres raptadas y violadas
Es la historia de la nueva conquista
hecha por jurungos y torpucios
La nueva historia —una versión curiosa del desarrollo—
del atraso como para engañarnos repitiéndonos
un adelanto lleno de carros neveras artefactos casaquintas
Edificios Hombres que mueren como perros
Esta meseta está llena de taladros balancines y mechurrios
Esta meseta está llena de todo y de nada

Caripito
En los manglares el agua está tranquila
El tiempo queda estático y el viento muere
Caripito es un manglar y cada casa guarda para sí
esa visión pretérita del hombre

Por allí pasamos en cuadrillas rumbo a Guanoco


donde los mangles tienen su cementerio
En esas calles se grabó un lenguaje soez
La vida entonces giraba en los burdeles

Caripito pueblo flotante frente al río


Marcó sobre su escudo un hierro para que toda piel
fuera al desastre
Nosotros no escapamos viento errante
Porción atlántica para vivir los requerimientos de la época
Caripito es un manglar Un pueblo
Un aletazo Un golpe Un derrumbe

172
Manresa
Conocimos el reino de Manresa
La misma fiebre de Sodoma y Gomorra marcaba el inicio
toda explotación
El Campo Norte y el Campo Sur signaban una sola estrategia
En todo lugar fundado se hacían límites Señales para diferenciar
una clase de otra
Los señores del petróleo hacia el Norte
Los esclavos del petróleo en el Sur

El reino Manresa con su corte rubios texanos


Los torpucios con sus bragas kaki leyendo cartas sismográficas
Un idioma para ser superiores machacado entre largos tabacos
Un jurungo Un indio sin ninguna correspondencia

Bajamos por las charcas carreteras


en un continuo ir y venir campos y horas
Largas barracas del Campo Sur entre hierros y muertes
Manresa era el reino vigilando su olvido
Un zarpar y no volver sobre las hileras de sus casas

Caño San Juan

Caño San Juan Plaga San Juan tu odio


pegado en las agallas del Delta
Yo asistí al bautizo de tu primer taladro
Una profundidad millonaria de pies
Mecha sobre la piel que perfora los huesos

Boca del Orinoco


Caño San Juan cayena putrefacta
Tierra del aluvión de la malaria
Allí estuvo mi padre encuellador
En lo alto de la torre temblando como un pájaro

173
Domingo Rogelio León

La búsqueda

Salí a buscarte amor una mañana


pincelada de flores y vestida de pájaros,
bajo un cielo que estrenaba el azul que
hice para tus sueños.
Hallé tu nombre entre los arrendajos
que arrullaban gallitos de bucares,
y me encontré tu imagen en las orquídeas
en los enhiestos páramos.
Eras rocío en la flor de los naranjos,
terso dulzor en la pulpa de las guamas;
cristalino rumor entre las piedras
del manantial que baja por las montañas.
Te busqué un mediodía caminando impasible
por la monótona senda de las chicharras,
hago un flamear de banderas en los camburales
y en el sabor intacto de los mangos.
Te busqué por las tardes caminando el ocaso
jineteando los cerros embriagados de sol,
y tras cada celaje que se alzaba a mi paso
giraba tu silueta prendiendo un arrebol.
Y en la noche limpísima lavada por la luna
sobre los cafetales de alba floración,
tu silueta esbeltísima se prolongaba en una
sonata de cristales de aromada emoción.
Salí a buscarte amor, una mañana larga
y te hallé recostada en el crepúsculo.

El hallazgo

Recostada a la orilla del crepúsculo


Espero,amor, que pases,
para iniciar, cogidos de las manos,
un viaje alrededor de las palabras,
y en una sonatina de colores
conversarnos, amor, que nos amamos.
Contarte que al clamor de la mañana
trinan tu nombre los cucaracheros,
le perfuman en lila las orquídeas
y lo adorna de perlas el rocío.
Decirte que lo zumban las abejas

174
en las campanas de los tabaqueros,
y que lo endulzan en las pomalacas
en goloso trinar los azulejos.
Decirte que las fresas maduraron
con un sabor que ha de tener tu boca;
que ya abrieron bellísimas las dalias
y hay una loca floración de rosas.
Decirte que ese sol que hay en mi pueblo
(el sol más bello en el más bello cielo)
graba en oro tu imagen en mis ojos
con sus límpidos rayos mañaneros.
Contarte que te amo en cada cosa,
Que en todo, amor, revive tu recuerdo;
que a cada instante todo lo que existe
me susurra al oído que te quiero.
Oírte que me amas en la tibia
soledad de tu almohada,
y que dices mi nombre suavemente
con cálidas palabras.
Platicar que tus manos traen la tibia
suavidad que yo ansío,
y oferentes tus ojos luz y brillo
traen para los míos.
Que la gran noche nuestra se inicia con tu pelo
y se prolonga más allá del sueño,
y se distiende sobre todo un mundo
de silencio y de anhelos.
Que hemos hallado al fin el ansiado camino
por donde andar sin fatigar los pasos,
paseando auroras de color de grana
del brazo de bellísimos ocasos.
Maturín, 1980

La madre elemental

Madre, mujer elemental,


río vertical
fuego y luz que circunda
Tierra fértil que de amor se fecunda:
aire sin horizontes.
Madre, mujer elemental,
árbol universal, tronco multiplicado,
eco de cualquier grito
mirada, voz, gesto infinito
de afecto y de ternuras,
corazón donde llegan un millón de caminos

175
y sobre cada cual
la ajena angustia viene,
porque tu corazón para ella tiene
de tu consuelo el pan y de tu amor el vino.

agua miel
que ambarizó la aurora
irisado llovizno
estrella de Belén
libélula celeste
manó de Sinaí
lira de Orfeo
aroma del Edén
niña de albo cisne
en duermevela
acurrucada
en el umbral de la ternura

llegaste a mí.

yo también amé la hondura


de las horas

igual que tú
naufragué en el silencio

hoy
desando pasos herrumbrosos
me pierdo
hecho parábola inconclusa
véndame por caminos que regresan

176
Elba Rosa Albertini

Evocación

Atardece.
Puerto de recuerdos
donde han ido a morir viejas embarcaciones,
derrumbadas, deshechas,
abandonadas.
Sólo el ir y venir de las olas,
incesantes viajeras de espumas
esperan el amanecer.
Allí,
el inconstante, amor como las olas,
una vez pobló de promesas
y crecieron ilusiones.
Allí,
Algún enamorado adolescente
con su mano febril
trazó con firmes rasgos en la arena
corazones y flechas...
después,
otras olas viajeras,
en su afán de llevar a su mar
como trofeo,
borraron inclementes corazones y flechas
y las huellas de aquel amor.

Noches insomnes

Noches insomnes,
luciérnagas ebrias de luces
invaden mi privacidad.
¿Qué buscan?
Es como una burla su inquietud
de ir y venir sin rumbo y sin destino,
y ríe el verde azul e intermitente
de su callada luz,
siempre presente en mí,
como alucinación de mi tristeza,
agazapada entre las rendijas
de las horas,
también insomnes
porque tú no estás.

177
Madrigal I
A mi nieta Cristina en sus cuatro años.

Hoy he visto florecer


la primavera de tu vida,
y tú la vas poblando
con la canción de plata
de tus ciegas palabras
que dicen no sé qué
y con tu sonrisa de cristal,
Y ríes de felicidad,
porque la vida para ti
es el instante en que vives,
porque en ti no hay ayer, ni mañana,
porque vives suspendida
por los hilos invisibles
de tu inocencia de niña feliz
que canta y ríe.
Toda tú eres amor.
tú hablas con la brisa,
tú juegas con las flores
y con las mariposas de tus sueños
Y en ese laberinto de palabras
dialogas con ellas
y les regalas besos y sonrisas.
¡Oh! dulce niña mía,
hecha de miel y besos,
te has prendido en mi alma
como hiedra de anhelos

Espigas del silencio


Deja que yo te cante
una canción de besos,
deja que yo te meza
con un vaivén muy tierno
en mis brazos de abuela,
en mis brazos de cielo
en mis brazos cansados
bordados de recuerdos.

178
Conchita Abreu Rescaniere

Y, qué importa que el azul de mi cielo


convirtiérase en gris.

Y, que se queden mis labios destrozados


sangrando sobre el rostro.

Y, qué importa que el calor de mis ojos


se apague entre los párpados.

Y, que me corten las manos


que en busca de justicia levanté.

¡No me importa, lo juro, no me importa!

Después de mi fatiga y mi tristeza


sufriré mil derrotas,
me alcanzará el fracaso.
Y, ¡qué importa!

Al levantar los ojos


en el último esfuerzo,
encontraré la imagen
de mi propia conciencia
retratada en el cielo infinito.

Y, a pesar del fracaso,


de la vida y del tiempo,
gritaré convencida:
—Y, ¿qué importa...? ¿Qué importa...?
¡Soy la dueña de mi propio destino...¡

Desesperanza

¡Estoy sola frente al mundo que no sabe mi dolor,


Frente al mundo que no puede comprender mi corazón!
Que me mira indiferente,
que razona
sin razón.
Que no supo de mis sueños.
Que no supo de mi amor.
¡Este mundo que no sabe sentir como siento yo!

179
Ya la noche con su manto de azabaches y de sombras
me cubrió.
Vida negra...
Noche oscura,
sin estrellas que iluminen mi sendero de crisol.
do se funda la esperanza que la muerte me quitó.
Ya mi vida
solitaria peregrina,
se perdió.
Se perdió como se pierden los brillantes del rocío
al primer beso del sol.

La madeja de ilusiones, que los rayos luminosos


de la luna con paciencia me tejieron,
se enredó...
Y los hilos que se cruzan
van cambiando lentamente
de color...
Y enredados se parecen:
al silencio que se rasga
cuando en noche solitarias,
en las rejas de su amada
cuenta un hombre
las pasiones
y las quejas
y ternuras
de su amor.
Y la brisa juguetona,
por el campo florecido, la serenata esparció.
Serenata que mi amado, también junto a mi ventana
me cantó.

Nocturno de navidad
Esta noche,
esta, noche, arrodillada ante el niño que ha nacido en Navidad,
he llorado...
He llorado largamente
deplorando mis pecados,
y pecados
de toda la humanidad.
Esta noche,
he llorado, como nunca había llorado, ni podré llorar jamás,
ante el niño
que ha nacido
entre paja y sin abrigo,

180
y en su cara reflejado,
lleva el signo de la cruz y del amor.
Esta noche
he llorado,
he llorado largamente...
desahogando mi dolor.

Esta noche,
esta noche bulliciosa,
las estrellas y luceros brillan más,
ante el gesto del Dios-Niño
que naciendo en un pesebre nos enseña la humildad.
Esta noche,
esta noche quejumbrosa
mis pecados pesan más.
¡Cómo duelen!
¡Cómo duelen mi soberbia y mi necia vanidad!
Esta noche
ante el gran recién nacido,
he pedido suplicante el madero de mi Cruz.
Y sus ojos cariñosos
me han mirado dulcemente. . .
Y las sombras que me ahogaban se disipan
lentamente...
Y mi alma
respondiendo a su mirada se ha llenado de su fuego y de su luz
Esta noche,
esta noche silenciosa,
para Ti, mi Salvador,
he forjado con mi llanto,
muelle cuna dentro de mi corazón.
He bordado tus pañales
con los hilos de esperanza
y tejido tus zapatos
con estambres
de contrita confesión.
Esta noche...
¡Nochebuena!
¡Noche Santa!
Ha nacido entre pastores
el Divino Nazareno Redentor.
Esta noche...
¡Nochebuena!
¡Noche Santa!
Ha nacido ante un pesebre
a la vida de la gracia, un pecador.
Maturín, Navidad de 1965.

181
Miguel Tineo

Frente a la iglesia

Cada vez que pasaba


frente a la iglesia de mi pueblo
no sé por qué
unas veces alegres
y otras quejumbrosas
doblaban sus campanas

juro que no sé porqué


a no ser que el sacristán me amara
pero pudo ser que su odio fuese tal
que en el repicar de las campanas
me mandara para la gloria o el infierno

no sé
porque dependería de si era amor u odio
lo que por mí sentía

pero
de nada valieron los dobles de campana
aquí estoy en cuerpo y alma
con ángeles de carne y hueso
y demonios que espantan.

Apuro el paso

La arena habla de tus pasos


Inconfundibles

mañana no estarán
porque una ventisca fuerte
iracunda
sostenida
borrará todo vestigio

apuro el paso para darle


alcance porque luego será tarde.

182
Como una daga

Frontal
sin duplicaciones morales
erguido como una daga
mostraba mis manos
salía un grito de mi pecho de hierro
un yunque de piedra
resistía cualquier furia

de repente un silencio
como nunca un silencio

contemplaba
apretaba mis labios
las hojas secas se iban
el tiempo lanzaba un alarido
lloraba sin secarse las lágrimas
que rodaban inquietas
y desaparecían en la tierra
que dormía a mis pies.

En mi comarca

En mi comarca
tranquila como mi conciencia
un valle impresionante
por su belleza
reposa sobre la tierra fértil y generosa
fértil como mis sentimientos
generosa como la mano derecha de mi alma

allá
entre la frescura de una montaña verde tierno
y un entramado de riachuelos transparentes
busco en mi soledad tranquila
artilugios de una realidad que llega
para escaparse por los predios
de mi comarca consentida

cuando despierto en mi comarca


enclavada donde reposa el valle
donde la Naturaleza fue obsequiosa
miro al cielo sin lavar mi cara
y a la comarca doy gracias

183
por apurruñarme en su regazo
y tararear sus mimos en mi alma

Atravieso un desierto

Quiero agua
atravieso un desierto
una inmensidad de arena calcinante
lugar de ausentes
por donde la brisa pasa
se oculta y no regresa
por donde arden las espaldas
la noche pasa un largo rato
pero al amanecer
recoge sus sombras y se ausenta.

184
Perucho Aguirre

Desde el silencio habitado de esta casa de hojas


pretendo comunicarme contigo
hacerte creer que existo.
Desde esta desnudez sin pena
lluvia
o acequia
desde donde las palabras pueden decirse

Deberíamos escribir para entendernos


acercarnos.
Y tantos años de lenguaje.
El temor nos corta las imágenes

El temor jamás ha sentido temor

Montañas
mar
ríos.

¿No recuerdas los cuadernos de apuntes?

¿Tu mesa recién servida?

Siento calor y frío en mis espermas


¿Por qué pronunciar tanto silencio si encintas criaturas
Ovacionan tu afinado y remero recuerdo?

Oh, el viento.
Canturrero y burlón.

Azules no dejan de anunciar mis contradicciones


pasos de lunas angustiados
y arde.

Cuánto arde.

Esta letanía de gris que no admite remiendos


En mis pensamientos de reclusión
Esta música letal que no evoluciona mis raíces sollozadas.

185
Angustia.
Oh, angustia.

En la orilla de todo verso sin pausas de paz y sin caramelos


En mis oscuros y silentes planetas.

Sé de tu nostalgia de rocíos
descanso que no te permite
lunes
amaneceres

Eres de sol y sal


amigo
soldado de claridad meridiana

Estrella sin oscuridades

Mancha de arcoiris
ahí
Cientizando
increíbles
ademanes
fugitiva rebeldía

Y tan humano

186
Carlos Báez

La Palabra

Primero fue el grito


verbo horizontal sin horizonte
palabra vertical sin vértigo
trueno sagrado y trino canoro
sonidos paralelos
que aflorando en quejumbrosos presagios
delimitaban la fónica geometría del alma
luego de aquella alegre anunciación
el ave los animales marinos la piedra y el árbol
recogieron la esencia que esparcida en la brisa
evocaba la lluvia y la caída del agua entre los riscos
entre los animales la confusión fue mayor
desde entonces nuestro miedo
no encontró un espejo mejor para reflejarse
que la palabra.

Elegía
a: Oswaldo Arenas.
“botas, botas, botas.
arriba, abajo, otra vez
y no hay descanso en la guerra”
R. Keepling

“somos un bosque de manos hacia el futuro”


somos un manojo de voces que claman tu presencia
somos una historia despojada del hombre
el mismo hombre despojado de su historia
Dime
¿quién irá a buscar lo que yace en el vientre del verano
si hasta ti llegó la muerte armada
de colmillos garras y fusiles
devorando tu primavera a hora tan temprana?
la impía-eterna-pálida-desgarbada-insobornable
apagó tu mirada cercenó tu voz se llevó tus manos
jAh! tus manos tus manos hermano mío
tus manos eran dos ánforas para beber la vida
nos despojaron de tu cuerpo
pero tu nombre es presencia viva en el recuerdo
tu estampa se grabó en los corazones y
como un ángel rebelde como un fantasma iluminado

187
recorre barrios pobres de tu infancia
pregonando voces que convocan a luchar
por el mundo que soñaste
miles de soles te alumbrarán la ruta
y nos despejarán el camino
para seguir el ejemplo que dejaste.

Vibración
Vacío que se disgrega entre peces y osarios
santuario de una insólita estancia almibarada
moltedumbre entre resplandores florecer de sueños
letanía de campánulas y camándulas que estallan
viento sobre viento recipiente de colores insalados
que se congregan y esculpen en armonía de un solo
trazo
un vacío que no se expande y se llena de vacío.

Reo de reos
Yo crecía imbuido en la flor y nata del desperdicio
infuso
mientras los amaneceres plenos de amor derramaban
sobre mí un suave rocío decapitado.
Los días pedían a gritos paz para mis huesos
pero mi sombra
y mi máscara
sacudían sus donaires entre voraces tumultos de
escaleras y túneles que en vértigo emergían entre
tatuajes y candelabros que limitaban el horizonte vital
de las querencias.
Yo estaba plantado inocentemente en un torbellino
de furias cierta noche, los vicios ancestrales emocionaban
mi mente y corroían las entretelas de la carne.
¿Y el alma?
entonces yo tenía alma, si bien es cierto que vagaba
y divagaba entre destinos minerales que me enseñaron el
camino y la fórmula mágica de clasificar
los crepúsculos. Y de esta suerte encontré por fin un espejo
roto que me reveló que el amanecer había pasado, y sólo
el viento me consolaba.
Con voces agoreras que refulgían presagiando el camino
de la nueva aurora, donde acuario, viejo arquero
bebedor volcaba su cántaro de agua sobre las almas
de buena voluntad.

188
Experiencia

En el espejo me sumergí
no con mi cuerpo
sino con las espadas de mis ojos
me entretuve ensayando
todas las miradas posibles
la de los árboles los peces y los pájaros
hasta que al fin descubrí
la mirada de la muerte y
la despojé de todas las edades
desde entonces cada vez
que quiero resucitar
recurro a mirarme en el espejo.

189
Jacinto Ramírez Noriega

La ciudad de frente y de perfil

La ciudad
de frente y de perfil
proyecta los mismos efectos

Sigue oscura
como la dejé
al iniciar mi viaje
de proscrito

Destila los mismos zumos

Aún exhala humores


de siglos

Se estira igual
en la borrasca de sus barrios
que todavía guardan
afrentas y olvidos

La veo gris
en las oquedades
donde moran ostensibles
los lamentos

La calle muerta

La calle muerta

Resucitada en la palabra

Desnuda el alma
la lloro
invadida en su vesperal
de toboganes

Agobiados
los viejos ventanales
desafiaron la tormenta en
el rostro musical
del aguacero

190
Agonizante en el destello
de filosos oropeles
La calle de mis sueños

Bárbara expresión de abismos


La calle muerta

Resucitada en la palabra

VII

De España vino un día


taciturno y bondadoso
un padre alto
Yo lo veía subiendo
los peldaños del hotel
abstraído y corpulento
Su mirada siempre anduvo
tras los recuerdos de Guayo
y los temiches solitarios
de la misión de Araguimujo.
Sus manos eran manos de hacer, de oblación
Mis ojos infantiles
seguían sus pasos silenciosos,
pausados, hasta la mesa de comer.
Su sotana me parecía el sudario de los huérfanos
¡tela de Dios para enjugar el llanto!
Lo recuerdo:
¡era Rodrigo el misionero
más allá de bulas y cansancios,
era el reverendo Padre Blanco!

XXIX

Yo conversaba con la virgen


de la gruta
de la vieja iglesia.
Le anunciaba las visitas
y las velas encendidas que tenía
con pedidos de milagros
A veces le confesaba mis pecados
de andar queriendo besos
y de retar bajo el corpiño
a los ebúrneos polluelos despiertos

191
de la chica orgullosa que vivía
más allá de los linderos de mi cuadra.
Desde la gruta,
igual mirba el paso de Casimirita,
en calma.
Parecía ella, hecha de cera de los cirios,
delgada, transparente y santa
con el mismo misticismo del sagrado recinto
Y también Ana Teresa
que hablaba con la voz del misal
anudada y devota en la garganta:
¡siempre fueron los ciriales vivos
del solemne oficio!

XXXV

Todos fuimos pegones


frente al mostrador
de aquella guarapera del viejo Betancourt
que olía a cítricas esencias
y a barriles de maderas viejas
Guarapo de papelón con limón
y cuca negra, ¡de la buena!
¡Fue la merienda de siempre
en la esquina de mi escuela!

192
Luis Segundo Renaud

Pedimento
a Coromoto Renaud.
Tráeme París a tu regreso
Tráeme una sonrisa libre clandestina
Tráeme un pesar una historia un cuento sin amante
Una calle horizontal así de grande
para caminar por ella en la mañana
y terminar con el poniente a mi costado
Que tenga un café como tú dices
para sentarme en él toda la tarde
y tranquilamente como el gusano de seda
saber por qué es negro el café que me he bebido
Tráeme un paisaje de los que mis ojos sueñan
Tráeme un puño de esa tierra a la que pertenezco
para sembrar en ella mis semillas
Tráeme esa fuerza que trabaja
ese vino que se bebe diariamente
esa pasión que rumia por la calle
ese andar ligero parisino
Tráeme un poeta que me hable y enseñe de la vida
Tráeme un amor alucinante
para que mi corazón no perezca

Flama de amistad
a Rubén e Ishelia.
¡Bebe vino y tendrás la vida entera!
Divina estación de las rosas del
vino y de los amigos sinceros.
Omar Khayyam

¡Haz que resida en ti Como pequeña luz!


¡Avívala!
¡Cuídala!
Como el pastor apacenta sus rebaños
No tengas prisa. ¡Espera
A que llegue al árbol la madurez del fruto!
Encuentra la nota
para que aflore en ti
la música
Sé como el pequeño manantial
que siempre vive
en la agitada vida

193
Cantos del viaje
¡Qué buscan en su viaje nuestras almas?
Yorgos Seferis

¡Sobre qué piedra hemos de escribir la historia?

Como sonámbulos nos alejamos


del uno del otro de los hijos
como la vida parda sin refugio
¡Y de nuevo el maíz sobre la tierra!

Despiértame cuando veas la flor del cafeto


arbusto de porte glorioso
abundante ramificado
flores blancas como duelas del alma

¿Y qué haremos cuando quedemos solos?


Cuidar el verdor del jardín
regar las plantas los hijos
Han de venir nuevas cosechas

¿Adónde la esperanza?
Haremos de caminos el mundo
Como ilusiones ciertas
y lo que tú cantas
será canción de otro

A veces
se van saliendo las cosas de las manos
hasta quedar vacías
y el alma vive la miseria

La vida ha de ser
como el batir de brisa
renovándose
brotando
como retoños de árboles
en ciclos de lluvia

Paraulata
¿Por qué tan hondo cantas
paraulata
en el tranquero?
¿Es tu soledad

194
o esperas un cambio de brisa
para anidar
la broza del camino?

Dame una tregua


paraulata
tu adiós encima de mi tarde
es el arrebol de un rezo

En ese corral ya viejo


sin mugir de vacas
sin potros
sin tropel
sin caporal

Dime paraulata
¿quién oirá tu canto?
¿Qué viento llevará tus penas?
Vente a mi cerezo
tendrá flores todo el año
estaremos tan cerca
sentiremos languidecer el día

Habité un cerro de señuelos

El yagrumo
me hizo un hombre triste
los ojos del café
me hicieron ver el árbol luminoso

los plátanos
mecían el cerro
con su sombra de pereza

en los juegos
los niños
fueron dioses en la niebla

las noches
silenciosas y frías
traían luces
de pueblos cercanos

quizás nada quede


o haya sido siempre un sueño

195
El pasto comienza a verdecer
cae el crepúsculo
como un sueño de Dios
ellas caminan entrelazadas
hacia el viejo río
pliegan sus manos en el agua
en sus ojos la continuidad de la vida
¿quién las hace verse una en las otras
como espejo de los sueños?
¿quién las hace amantes generosas?
¿quién les cuenta cuentos permeables
de largas noches y días en pena?
¿quién las abraza calmándoles el alma
en las noches de frío de amor de tormento?
ellas llevan alas de un pájaro
un duende que las vigila
desde la torre de un corral
que cae
sobre una tarde
gris en el cuerpo y en el alma
ellas no saben
que el amor entre sus manos
es puerta azul
abierta
para siempre
tiempos de sueños al borde de un río
donde los rostros se disipan

Mi vida transcurre en el tedio


de una frasquería
vendo cosas para curar almas enfermas
algodón yodo algunas veces gasa
otras incienso mirra
flores de saúco
a diario existo
en el olor de los frascos olvidados
en la sensación que dejan los elíxires
en el vaho del formol la trementina
el amoniaco
y en ese color rojo oxidado
como de sangre seca
del yodo derramado
frío violento
pastilla en mano
dejo lentas manchas

196
de mi cuerpo de mi angustia
en los rostros amarillos
de los clientes
ellos son como carteles de películas
o noticias de periódicos
porque irrumpen de pronto
en la frasquería
el olor de las almas enfermas
es el mismo olor de los remedios
y el mismo olor que llevan
esos récipes intraducibles
de los médicos
todo en la frasquería
tiene un amarillo pálido

197
Ramonetta Gregori

Mi pueblo era de viento


áspero viento
soplando el viento
en los brotes vivos
de la permanencia
Al atardecer
me llevaban las alas
de los muertos
por los campos de
cerezos y olivares
Y por raíz
cauce
alimentaba tu cuerpo nuevo
sorbido por el sueño.

Unas

Lloran para ser felices


cosen para olvidar el adultero
recuerdan al amante imaginario

Con la precisión de un péndulo


reiteran sus ardores

Tocan sus piernas


apretadas en la asfixia

Fijan su atención
en cualquier reproche
capaz de volverlas
poderosamente secas

Otras

Se juntan para intercambiar alientos


distinguen la rebeldía
son previsoras
sobre sus rostros untan cremas
cocinan con vehemencia
Con obstinación de un planeta
reproducen sus días

198
en la cama y en la plancha
del quirófano se entregan
con la misma disciplina

Alguna

Busca idiomas ocultos


y absoluciones
Quiere canción de amor
Sucumbir ante la fuerza del deseo
y al final
Orgías plasmadas en sus versos

Eva

La primera
tuvo que cubrirse
Luego de copular hasta el cansancio
durmió en el suelo
Quiso conquistar el cáliz de Dios
Eva premonitoria
sencilla y solitaria
amazona campal en coitos y praderas
No le importó el castigo
tan sólo la mirada

Cuando llega el amor

Qué hacer con toda su hermosura


Cómo colocarlo sin prisa
en el lugar que le corresponde
Cómo vigilarlo sin que sienta mi presencia
sin oprimirlo sin asustarlo
qué hacer con él
el resto de mi vida
y qué hacer con el resto de mis amores

199
Coromoto Renaud

Quiero tocar tu puerta


y verte quizás un lunes

Iniciar un capítulo
sin saber el guión

Llovía
cuando te fuiste
en marzo

Todavía no escampa

Tender la cama
como hacer el amor
con la misma ternura
Servir la mesa
con delicadeza de porcelana

Cuidar la rosa
Repetir el discurso

Es parecido al amor
mas no lo mismo

Enero es una promesa


un nuevo inicio

sin fuegos artificiales


es más fácil ver la transparencia del cielo

sin estridencias
podemos oírnos a nosotros mismos

la vida fluye silenciosa


detrás de las hojas

es el momento de comenzar

Si no fuera por los árboles

200
el concreto cubriría esta ciudad
en el muro de una casa crece un samán
una acacia en una esquina

un bucare se mira sorprendido


en los cristales de una torre
y se pregunta
¿dónde va este río humano
tan de prisa?

si no fuera por los árboles


no conoceríamos los colores

araguaney
flamboyán
pomalaca
araucaria
eucalipto
yagruno
los pájaros estarían lejos
estaría sola

“siempre llegarás a la misma ciudad”


Cavafy

La ciudad de lluvia
le dicen los poetas

los recién llegados no advierten


su rostro húmedo
el cielo horizontal
los nidos en los árboles

hacen falta años


sudor
noches frescas

llevarla dentro
dondequiera que vayas

201
Carlos López

Húmeda
antes
del amanecer
pronunciaré
tu
esfigie
si me queda
un suspiro
capaz
de enredarte

Me amortaja tu piel
sudor
que gime

Cómo será de lento


el infinito
que de un trago
a la muerte
ni la nada
se asoma
cuando te teso
a ti

Ahuesado
atado al tormento
consagrado
a ser fuego
que te alimenta
el agua

a ser gota de luz


que te alienta la entraña
espíritu en batalla
que te entibia la sombra

ahuesado
hecho imagen
de afilado lamento

religiosa cadencia
de tus labios de loba

202
haciendo arder mi hueso
como una puñalada
que te cierra la boca

con la terca palabra


que humedece y salva
y me deja
goteando

hambres
soledades
y sangre de nostalgia

Unidad lo diverso
de pensarnos
tocándonos

como si yo fuera
tus adentros
y tú
el corazón que busco
cuando me interno
ardiéndote

y anclamos
en lo inconmensurable
moviéndonos

barquichuelos
un solo
sentimiento

un solo golpe
remo que detiene
abriendo el oleaje
de la vida

con la quilla del ángel


que navega
incesante

Decirte las palabras


Del amor
Hacértelas
A lengua en pasodoble

203
Por la espalda
A ritmo
De saliva
Y flor de espina
Dejarte en pura piel
Sobre la cama

El agua del amor


Lame tus sendas
Te entregas a la huella
Y a la sombra
La lengua te estremece
De inclemencias
Gozas como si hubieras
Entrado al paraíso
Con la mano de un dios
Entre las piernas
Y el calor de un temblor
Inseminándote

204
Omar Velásquez

Perseguiré otros sueños


quizas la poesía dibuje otros gestos
digo adiós a mis sueños no más imitación de las cosas
no más apego a este vacío del proyecto total
envolveré mis pensamientos
en el pasado entre presencia y olvido
sin importarme el lenguaje de los hombres
si algo ha terminado no es la vida
perseguiré otros sueños quizás la poesía.

Juntar cosas sobre cosas


es formar una línea en otra línea
caminar en la raya es encontrar la curva
la vida no es recta
tiene cosas
tiene Iíneas
tiene rayas
tiene curvas
total la vida es un círculo intermitente
se apaga dondequiera.

Agotado
recojo angustias
detrás del callejón deshabitado
entre memorias
regresan nombres ocultos en efigies
cuerpos incógnitos
pronuncian letras estúpidas
en carreteras sin orillas
sombras estrafalarias
tienen citas en muros altaneros.

Transido tiempo alcahuete de sueños


Ianguideces sosegado en viejos refugios
pasos taciturnos esconden vestigios irónicos
en rostros soberbios
tierras mojadas rompen primavera
en cielos histéricos relámpagos nefastos
tocan tu cuerpo vetusto.

205
Zoilo Abel Rodríguez

Si no tengo ángel que me guarde

Si no fumo
Si no bebo
Si sólo tomo café de vez en cuando
Si me podo la barba cada cierto tiempo
Si mis zapatos siempre están lustrosos
Si me baño al menos dos veces al día
Si mis lentes no son perfectamente redondos
Si no luzco suficientemente pálido y desalentado
Si me visto de negro sólo en raras ocasiones
Si no tengo nada contra las corbatas
Si no estoy obsesionado con Maríaconchita
Si no hablo en murmullos inaudibles
Si no soy una lechuza
Si me levanto temprano
Si desconfío de los noctámbulos
Si no quiero saber cómo paró en puta la hija de un comisario
Si me gusta más el pop que la Nueva Trova
Si primero iría a Liverpool que a París
Si no salgo a la calle desprovisto
Si cuando camino lo hago raudo y con destino
Si no soy especialista en eludir acreedores
Si no voy blandiendo el sable por doquier
Si no suelo ser el primer chicharrón de todo ágape
Si no cortejo al traserito que reparte pasapalos
Si no me enamoro de toda hembra de aceptables tetas
Si no me orino en los tiestos del traspatio
Si acostumbro despedirme cuando parto
Si ya no me acuerdo de Florencia ni menciono a Ponte Vecchio
Si reniego de toda metafísica
Si no tengo ángel que me guarde
Si nada milagroso espero del azar
Si no he saltado a la derecha y ni siquiera al centro
Si soy aficionado al beisbol por TV
Si no soy vegetariano
Si en la ciencia y el arte de los vinos soy un ignorante
Si me importa un coño cómo tienen las mujeres los pies
Si nunca hice el amor a una sirena
Si no soy un entendido en Rimbaud, Mallarmé y Baudelaire
Si me parece que la erudición de Octavio Paz atormentó su poesía
Si la palabra desalmada de Cadenas me aburre
Si no respeto a quienes amansan el lenguaje para ser sus majos

206
Si pienso que la poesía no es una vaina sagrada o cosa de genios
Si me río de los iluminados
Si adoro al panfletario Jacques Prévert
Si entre Andrés Eloy y Ramos Sucre prefiero al cumanés
Si me cuesta meditar o parecer meditativo
Si no me rasco las criadillas cada treinta segundos
Si como es obvio me divierte asombrar al papel con
palabrejas y oraciones plebeyas
Si para no escribir en servilletas siempre llevo folio a rayas
Si no tengo memoria para recordar ni aun mis propios versos
Si soy un tardío militantemente inédito
Si no creo en los laboratorios literarios
Si nunca dejaré que un colectivo me conduzca la mano
Si mis textos parecen poco convincentes a quienes
organizan recitales
Si no pertenezco a cenáculo alguno
Si soy un intrigante bastante predecible
Entonces ¿cómo
carajos pretendo ser poeta?

Qué más nos queda

En estos dìas
por estos pagos
entre cierta gente
por supuesto desocupada
escribir poesía
se ha puesto de moda
Cualquier cantidad
de escribidores
de toda laya y variopinta pelambre
plebe sin oficio como he dicho
ha descubierto el truco
para hacer de palabras
malabares
Se ha desatado pues
el gran alboroto:
decenas de urdidores de versos
giran por doquier
blandiendo estrofas libres
disparando metáforas
a diestra y siniestra
impunemente
Entre tales alucinados insurgentes
Yo
Qué mas me queda

207
No comprendo

como pueden algunos


obscenamente acaudalados
sin apremios horarios
y encima saludables
prescindir sin más
así como si nada

de

un velero en el Mediterráneo
un óleo de Van Gogh
veinte trajes cortados por Cassini
una novia en la Corte
un cilindro idéntico al de Michael Jackson
un castillo en Fiesole
la primera guitarra de John Lennon
la llave del haren de un amigo Sultán
cinco Ferrari rojos uno en cada continente
licencia incaducable para il dolce far niente

mientras yo
que atesoro delirios
marras y obligaciones
no comprendo
porque no es al revés

208
William Torcátiz

Sin domicilio

Me acentuaste la crisis habitacional


aunque he fabricado
casas apartamentos
chozas ranchos y afines
sobre los terrenos de otros vientres
vivo a la intemperie
llevando sol y agua
sin el techo de tus caricias

Mercado de valores

Yo no sé cómo estás
pero de lo que sí estoy convencido
es que me tiene arrinconado un dolor sabroso
No he encontrado manera de emparentarme con la risa
ni cómo embarrarme de fe
Ando con la economía colapsada
con las instalaciones de entusiasmo destartaladas
dispuesto
incluso
a apoyarme en cualquier privatización
que revitalice mi bolsa de valores

Pruebas piloto

Amparados por la alquimia


y otras ciencias
uno sobre el otro
cuerpos entremezclados
ensayando
sudores emulsionados
manando a borbotones
en busca de divinas
reacciones secundarias

209
Toma de poder

Cuando se muere dentro de ti


cabalgando sobre tu vientre
para resucitar en tus labios
más que alcanzar la gloria
se toma el cielo
se le da un golpe de estado
al Sumo Creador

Sobre la alfombra mágica de tu vientre


En esta noche cuando te desvistes en mi pensamiento
quiero meterme en los pliegues de tu cuerpo
incentivar el más escondido rincón de tu piel
acariciarte con mis manos encallecidas
mientras te recorro con los labios entreabiertos
En esta noche de calor seco
ruidos de motores y cargada de insomnio
quiero excursionar tu cuerpo
calmar la sed con el jugo de tus entrepiernas
apagar el fuego de tu vientre
En esta noche con ganas de llover
me gustaría por lo menos clausurar el día
con un apoteósico sueño húmedo contigo

Con las posibilidades rotas deambulo hacia lo inalcanzable


Tengo el llanto agolpado
congelado a la altura del dolor
cómo lo descongelo con rabia
para que brote con fiereza de cascada
Engatillo los lagrimales
me aprieto la vida
y la desgraciada maltrecha y todo
se me desgrana por entre los dedos
bataqueándome contra los pliegues de la noche
me embadurna con semen de penumbra
me otorga licencia para la miseria
me obstruye la posibilidad de alcanzar
la más apagada de las estrellas

210
Rosa Anka

Aleichem

¿Cómo somos?
figuras tendidas al espejo
fotografías quietas
depredadores al acecho
bellas moscas chupadoras
rubor mutante sin espera
y cada vez más mil formas distintas

Siendo el que fue


sin retorno
continuo fluir en los otros
Aventuras astilladas de penas

Devela

Tocaste mi claustro escogido


vida con templo fugaz
Esta locura doliente
lúcida
abre cae
sube peldaños
Sin parar
sella callejones cansados
Mi extravío
aparente cordura
calma juegos deseados
Ahora eternas velas
alumbran mi único rincón

Dana centinela

Ya no hay campo para mí


las sequías aumentan

Aprietan tan hondo claras esquinas


tejen perdidos corazones
enloquecen pobres cuerpos escarlatas

211
¿Para qué robar retazos a la noche
y sentirse cada vez más desnudos?

Vestido

Ya no más arranques
tormentos
ni calor entre rayos
ya mis ansias abrazan
alta mar
Las salidas
torrentes anónimos
plasmaron más goces
naciendo
sepultura total

Heráclito

Territorio amado

volcán tormentoso

todas las edades


en un instante

cruel desatino
calla
habla
muere

bebe animal herido


de este cuello
permanente

salimos con la aurora


escuchando

All

Tus huellas descienden del Ávila


y las llevo cuando amanece
Septiembre lunar

212
nos enmudece
equinoccio amante

existencia mía
levanta mis párpados

Sonaikan

Luna de aguas
vine a cerrar
las sombras

la casa
se mantiene
cálida
olvida la estupidez

eterno es el frailejón
y la amada serranía
nos ofrece su regalo

todas las mañanas


tomar un café
saboreando
los pezones
con tu caída azabache

Omkar

Ya no quiero nada
vuelta a la serenidad
un profundo sentimiento
me acompaña

estás aquí
sin agotar mi vida

213
Nueva Esparta
Selección:
Chevige Guayke
Gaspar Marcano

Poema en que se refieren las acciones campales habidas en la


Isla Margarita cuando fue invadida por el General Morillo.

Carta 1ª
(Fragmento)

Hoy que mi entendimiento despejado


De funestas imágenes guerreras,
De continua fatiga descansado
Y alegre con noticias placenteras;
Hoy que el cañón no suena á mi costado
Ni oigo zumbar las balas pasajeras:
Hoy en fin en quietud como te digo,
Te escribo este papel querido Amigo.

No es bastante mi pluma mal cortada


Si, una imaginación fogosa y viva
Para que bien descrita, bien pintada,
Vaya la idéa clara y expresiva;
La verdad, en los hechos respetada,
Y envuelta en los renglones que te escriba,
Pues que esto y mucho más se necesita
Para elogiar la Isla Margarita.

Esta Isla en el Mapa es una gleba


Escasa y que jamás hizo figura,
Y hoy por sus proezas yá se eleva
Ufana, á grados de suprema altura,
Y á los historiadores les releva
De escribirnos de Esparta la pintura,
Puesto que de los héroes en el Templo,
De valor, Margarita es el ejemplo.

Por tres veces sacude valerosa


El yugo férreo, que feroz !a oprime,
Quedando siempre libre y victoriosa
Con nuevos triunfos con que se redime
De sufrir servidumbre vergonzosa,
Para que el mundo entero más la estime
Distinguiéndola así por su estandarte
Mansión segura del airado Marte.

217
Carta 2ª
(Fragmento)

¡Oh Júpiter Divino y Poderoso!


Préstame tu influencia sacrosanta,
Para que con mi plectro sonoroso,
Acierte á describir la acción que espanta;
No dije bien, el hecho portentoso,
Que Venezuela en sus victorias canta,
La acción en que la Isla Margarita,
Casi difunta, vence y resucita.

Treinta y uno de Julio: día terrible


Para nosotros siempre memorable,
Día en que aquel Ejército temible,
Por sus infandos hechos detestable,
Penetró la maleza inaccesible,
Con energía y orden admirable,
Y se acampó en las lomas y copete,
Del escarpado cerro Matasiete.

Día terrible vuelvo a repetir,


Día de sangre, muertes y de horror;
Desde las nueve que empezó a gemir,
La madre, el hijo, el padre en su dolor,
Desde que en torno se escuchó rugir,
El bronce a discreción del invasor:
Por el mar y por tierra artillería,
Pareció que la Isla ya se hundía.

¿No viste reventar la parda nube,


Después de largo tiempo que amenaza,
Que como que de abajo á lo alto sube,
Aquel estruendo en que se despedaza?
Así me figuró, cuando yo estuve,
Oyendo tal tronar desde mi plaza:
Salgo de pronto á ver que ser podía
Y observo que ya auxilio se pedía.

Mientras se disponía pues la marcha,


Hacia mí se acercaba una persona:
“Ya, me dijo, á tu honra no la mancha
“Que subas á esta cumbre, soy Belona;
“El servicio, el auxilio no se empacha,
“Hoy no eres necesario, me perdona:
“Mira como se baten tus paisanos,
“Mira como rechazan los tiranos.

218
“Aquel que ves allá de tapasol
“Relucir de la cúspide en la cima,
“En mucho aprecio tiene y grande estima;
“En mucho aprecio tiene y grande estima;
“Aquel que toca un blanco caracol
“Y que á su tropa exhorta y reanima,
“Francisco Esteban es, el valeroso
“Que se ha salido yá fuera del coso”.

¿Será acaso un espectro o ilusión vana?


¿Podrá ese Jefe con tan poca gente,
Contener en el cerro, en tierra llana,
De cuatro mil soldados el torrente?
¿Podrá contrarrestar la furia insana
Con doscientos ochenta que hace frente?
Yo preguntaba. y respondía la Diosa,
Sí puede, que su tropa es valerosa.

Carta 3ª
(Fragmento)

Debí yo comenzar mi primer carta,


Pintándote la Isla Margarita,
Esta que llaman hoy la Nueva Esparta,
Siempre estéril, escasa y pobrecita;
Por que soplando Eolo, de ella aparta
Las pocas lluvias de que necesita,
Para abundar en hatos de ganados,
En granos y otros frutos sazonados.

Sus habitantes: unos Labradores


De pequeñas porciones de terreno,
Y otros de animales son criadores
Incluso el alazán que tasca el freno;
Y la tercera parte pescadores,
Que excusan el buscar auxilio ajeno;
Las mujeres que allí son laboriosas,
Tejen hamacas, medias y otras cosas.

Siete pueblos abrazan su circuito,


Y todos en muy buena proporción
Por comunicarse, al oir el grito
Del bronce retumbante en su explosión;
Doce o trece mil Almas el distrito
Se supone tener de población:

219
El cual pasearse puede en pocas treguas,
Pues de largo le dan diez y ocho leguas.

Carta 4ª
(Fragmento)

Margarita afligida se lamenta


Al ver sus hijos con rigor tratados,
Sus templos sus altares profanados
Del brutal enemigo propia afrenta.
La orfandad contristada se presenta
Los pueblos al furor sacrificados,
Inocentes también martirizados
Con los que, al mundo lastimar intenta.

Mas después que repara en sus victorias,


Después que se ven libres del tirano,
Y después que se escribe en las historias

El nombre augusto del Venezolano,


En vez de lamentar, canta sus glorias,
Y bendice al Eterno y Soberano.
Fin.

220
H. Albornoz Lárez

Lumen

Cristo, el predicador sublime, aparece en Judea. y su doctrina, como lluvia de


soles, cae sobre la conciencia de las turbas corrompidas.
El paganismo se estremece luego en sus zócalos de piedra. Atila, el sembrador
de razas y de ideas nuevas, se empina sobre el dorso de su caballo de conquista,
y el águila romana tiembla de miedo en el vértice de la pirámide imperial.
Napoleón, el gran Capitán, traza con la punta de su espada el arco de triunfo que
desde el Sena al Nilo y desde el Nilo al Volga, debe conducirlo por entre un haz
de naciones esclavas, y la cripta de los faraones se conmueve. En la Historia todo
proceso es doloroso.
Así la creación como la muerte se esfuman en un amplio escenario de tragedia.
Empero, por ley suprema de estética, el sentimiento no se compadece con la
razón.
Cuanto culmina tiene un límite preciso.
Y el ocaso es el punto negro de las órbitas.
Desde la manifestación rudimentaria de la vida individual en sus relaciones con el
derecho escrito; desde Nemrod hasta los fanáticos revolucionarios de la Gironda,
la consigna es la misma.
Nínive desaparece y surge Babilonia.
Bajo el hacha de Roma, perece Cartago.
En todos los climas las ideas emigran al modo que aves prisioneras: sedientas
de luz.
La libertad tiene culto en todas las conciencias y por eso cuando el despotismo
la estrangula, ruge con el alma de las divinidades salvajes.
En la serie de los acontecimientos humanos nada hay comparable al triunfo de
ese ideal que se llama civilización: síntesis que compendia en sí cuantas luchas
ha librado el hombre en la senda de la perfección moral.
Luchas de religión;
luchas de raza;
luchas de partidos;
luchas de principios;—
Pero la civilización es un pulpo que se alimenta de cadáveres.
Y su vientre como el del océano, no se sacia jamás. Entre la tiara pontificia y la
espada, existe un abismo.
¡Abismo de sangre!
Entre el derecho divino y el pueblo, un lago.
¡Lago de sangre!
Entre la Cruz y la Media-Luna, un torrente.
¡Torrente de sangre!
Entre Europa y las Colonias de América,
un mar.
¡Mar de sangre!

221
Entre la Inquisición y el libre pensamiento,
un río.
jRío de sangre!
Entre la fuerza bruta y el derecho universal, un diluvio.
¡Diluvio de sangre!
Pero así como en el fondo de ese cuadro sombrío se alzan la silueta de los crímenes
rojos de la historia, así también se ve aparecer en él, el ala de un ave mensajera:
—ave sobre cuyos remos persigue la humanidad la cumbre radiosa en donde ha
de cantar la última victoria.
El instante se aproxima.
Nada importa que el sacrificio sea de odios.
Toda ofrenda es sagrada cuando la sinceridad la engendra. La raza del Cáucaso,
avergonzada de sí misma, ya no arrojará sus metrallas contra la frente de la que
creyó ayer débil raza amarilla.
Ni las aguas del Yabú se teñirán con la púrpura de las hecatombes moscovitas.
En nombre de la justicia, es ya tiempo de restañar esa corriente de matanzas
estériles.
El dolor físico, el dolor de la carnicería, es propio de las fieras, que se destrozan
sin otro fin que el del hartazgo.
No arrebatemos a las fieras su derecho.
El dolor moral, que es el que purifica, es propio del hombre: su culto es el culto
del progreso.
Hagamos uso de ese derecho.
En la portada del siglo están de pie los heraldos del pensamiento.
La prensa es el ariete poderoso de la civilización.
Cuando ella cruje, deben enmudecer los cañones.
1907.

Canción

Ya sé que inhumana la suerte bien mío,


desde hoy nos separa por fin a los dos:
Ya sé que el destino, terrible e impío
te ordena me digas tu último adiós!

Ya sé que te ausentas!... mas ¡ay! a tu oído


las brisas que giran en torno de mí,
irán a contarte que yo no te olvido,
que sueño contigo distante de ti.

Tu labio callado, tu frente serena


tus ojos que miran con tanta bondad,
rendido me tienen con dulce cadena
cual dócil esclavo de regia deidad.

222
Graciosa trigueña que llevas mi alma
prendida en las redes de inmensa pasión;
con sólo un recuerdo devuelve la calma
que al tuyo le exige mi fiel corazón.

Mañana, a la hora que inunde el vacío


la noche estrellada, con plácida voz,
te ruego pronuncies mi nombre, bien mío,
en una plegaria que eleves a Dios…

Graciosa trigueña, si el aura festiva


te cuenta algún día mi acerbo dolor,
no olvides que dejas mi alma cautiva
en medio a las ondas de un lago de amor.

A la amazona del Caribe


En la rememoración del 4 de mayo.

Un rosal es tu escudo, que se enflora


bajo el fulgor de tu virtud guerrera.
Del iris un jirón, es tu Bandera
I tu bandera, un rayo de tu aurora.

En la fronda no hay sol, ni ave canora;


Pero bulle en tu sien la Primavera,
Que al oído te dice: lucha; espera!...
I batallaste y fuiste vencedora.

Del Inca al Dios airado, altiva ofrenda


Juraste, Patria mía! En la contienda,
O libre ser, o perecer con gloria!

I premiado tu vuelo de gigante,


Por Imperio aquel Dios te dió el Atlante,
I por cetro, el laurel de la Victoria.

223
M. A. Mata

Los robles florecidos

Todos los años, cuando grato sientas


el olor de los robles florecidos
y los mires con áureas vestimentas,
piénsame mucho y en los tiempos idos.

Yo, cual los robles, soporté tormentas,


atraje el rayo y acallé gemidos,
oponiendo a las cóleras violentas
corazón de oro y musicales nidos.

Viví tiempos felices, todo amores;


di fresca sombra, y si doblé mis ramas
fue con el peso de fragantes flores.

Y mi alma, en primaveras rumorosas,


nutrió, en nube de alas y de llamas,
abejas, colibríes, mariposas....

A un árbol poblado de nidos

Poblado de mil nidos musicales,


el árbol es alegre pajarera
de donde se derrama, hecha raudales
de música y color, la primavera.

¡Alas multicolores y triunfales!


¡Canciones de parvada vocinglera!
¡Es como un iris roto en madrigales,
o un madrigal que en iris se rompiera!

¡Animación, bullicio y alegrías!


¡La vida en su poema de colores!
¡El amor en su idilio de armonías!

¡Tal el poeta y su vivir fecundo!


¡Una constante exultación de amores,
y un musical y pintoresco mundo!

224
El suspiro y el beso
El suspiro es un beso que aletea,
y el beso es un suspiro que se posa:
éste, como la abeja, pica y crea,
y aquél vuela como ave temerosa.

Uno de lejos mira y titubea;


otro persigue dulce flor hermosa:
por eso aquél padece y forcejea,
y éste triunfa y apura miel sabrosa.

Gemelos del amor, Suspiro y Beso,


beso alado y suspiro que no exhalas,
¿cuál preferir? ¡Lo ignora mi embeleso!

¡Sueña el suspiro ser beso en su giro,


y el beso añora cuando tuvo alas,
y nuevamente quiere ser suspiro!
Abril de 1924.

Sin testigos
Calla ... No es la verdad deja que acabe
mi triste vida, sola como empieza.
Tú no puedes querer, el alma sabe
que ya en tu inmenso corazón no cabe
ni otra muerta pasión ni otra tristeza.

Conozco las escenas de tu drama.


He comprendido el doloroso enredo.
Sé que hubo un soplo que apagó la llama
y hoy que mi corazón te grita: —¡Ama!
Tu corazón responde: —¡Ya no puedo!

Calla... No es la verdad. Está cerrado


el templo del amor; sólo despojos
en el desierto altar abandonado,
en el doliente fantasma del pasado,
en la visión perpetua de tus ojos.

No hay expresión que conmoverte pueda.


No me digas que crea, sí, calla.
Quedó la flor en el espíritu cual queda
la espada rota que en la lucha rueda
sobre el sangriento campo de batalla.

225
Mas, déjame a tu lado; me fascinas.
Me haces soñar, me aterras y me asombras.
Seré un rayo de luz en tus neblinas.
Seré un festón de hiedras en tus ruinas.
Seré un lucero pálido en tus sombras.

La perla venezolana
Colón soñó una perla soberana
para adornar la frente de Castilla,
y por tercera vez la audacia hispana
puso al Ocaso la cortante quilla.

Tesonero indagaba en sombra arcana,


y su proa, cual rápida cuchilla,
rompía el mar de la costa americana
buscando la soñada maravilla.

En ese nuevo mundo de portentos


dudaba ya encontrar, hora tras hora,
la gema de sus ricos pensamientos.

Pero la quilla al fin abrió bendita,


la gran concha de rosa de la Aurora,
y apareció la perla: ¡Margarita!

Mar o cielo
Del líquido zafiro se me antoja
el de aguas perlíferas formado,
celeste mar que suspirando moja
de Margarita el litoral dorado.

No el mar azul al cielo azul enoja:


antes lo muestra en modo tal copiado
que hará dudar al que en belleza escoja,
si el cielo es mar, o el mar cielo licuado.

Y, pues marino es el color celeste,


y, pues celeste es el color marino
—que ambos se adornan con la misma veste—,

ignora quien navega en mansos vuelos,


si flota entre dos mares su destino
o si está suspendido entre dos cielos!

226
El alma de Miranda

-V-
Psiquis vuelta colores, mariposa divina,
prodigio de tres siglos, incubada en dolor:
¡a las almas desciende, tricolor peregrina,
a beber sus fragancias y su néctar de amor!

¡Ilumina sus senos, oh visión mirandina,


con la lumbre que irradias, en sagrado temblor,
y haz que prenda en las almas, de tu luz, una y trina,
el incendio glorioso, para dicha y honor!

¡Baja, baja un momento, mariposa del cielo,


que nacer te dignaste cual lumíneo tesoro:
no a los astros te vayas, por temor a la cruz;
y al bajar —las rodillas, con fervor, en el suelo,
y los labios tendidos para el beso canoro—,
multiplica en las almas tu milagro de luz!

Montañas margariteñas

Sobre el cielo de la tarde, las montañas y colinas


asemejan una larga caravana de camellos
que al Oriente se dirigen, y , a las luces vespertinas
se detienen, estirando la gran curva de sus cuellos.

Hacen alto bajo un cielo de turquesas argentinas


en su gran marcha de gloria los fantásticos camellos,
que la Noche —la de negras carnes dulces, como endrinas—
en su carro se adelanta, alfilerada con destellos.

Y parece que reposan en su gran carga de gloria,


que son monte de laureles y de palmas en la Historia,
granos de oro, mirras, lágrimas y rubíes, a miríadas…

¡Matasiete, empurpurado con el último arrebol,


se destaca a la cabeza con sus dos gibas sagradas,
cual si fuera a seguir viaje al rayar el nuevo sol!
1917.

227
Pedro Navarro González

¡Oh, imbéciles!
¿Estoy loco?... Tal vez las multitudes
podrán llamarme así; me importa poco...
El genio tiene siempre excelsitudes
que semejan los ímpetus de un loco.

Fue loco Napoleón, cóndor gigante


que hasta los astros levantó su vuelo;
y loco fue Colón, cruzó el Atlante
y unió dos mundos bajo un mismo cielo.

Loco Bolívar, que en la selva obscura


disparataba en incesante arrobo,
y el producto final de su locura
fueron Junín, Pichincha y Carabobo.

Montalvo un loco, porque nunca pudo


humillarse al Tirano, aunque pudiendo.
En Guernesey fue loco Víctor Hugo
hablando solo y como el mar rugiendo.

Cavour, Gladstone y Castelar; Gambetta,


Pí y Margall, Salmerón, Conto, Sainte-Beuve,
Uribe, Vargas Vila, Mitre, Arrieta,
son los locos del siglo diez y nueve.

¡Nada me importa su ladrido estulto!


Nada me importa que me llamen loco:
el honor no les hago de mi insulto,
ni domino mis ímpetus tampoco.

¿Quiénes son? Cuántos son? ¡Procaz trahilla


que hidrópica de sangre se revela...
Se enfada contra todo lo que brilla
y ladra contra todo lo que vuela!

Es verdad que es así, ya es un precepto:


siempre lo vil en la virtud se posa.
Es por eso que el vuelo del insecto
tiende hacia el cáliz de la blanca rosa.

Es un derecho que lo vil se abroga


de mirar en todo hombre un homicida;

228
mientras ellos, allá bajo su toga,
aún empuñan la daga enrojecida.

De lo procaz y vil en el éxodo


siempre aparece en el postrero rango
esa espantosa floración de lodo,
esa podrida exaltación de fango.

¡Oh, dejadlos ladrar! Por ese ejemplo


una inmensa distancia nos separa.
¡Echados fueron sin piedad del templo!
¡Yo estoy de pie, sereno, junto al ara!

¡Presuntos hierofantes de otro culto


donde es la dignidad una rareza,
entonaban el himno del insulto
de pie, sobre el altar de la bajeza!

Estulticia es querer de ese rugido


dilucidar la causa de otro modo.
En el físico mundo siempre han sido:
la luz del cielo, y el reptil del lodo.

Y dejadlos rugir... Por futileza


no me espanto: el desprecio va consigo.
¡Cuando encuentro en mi senda una maleza
la arrojo lejos, o la aplasto y sigo!

Yo soy el astro de este obscuro éxodo;


ellos el cieno pútrido del suelo:
¡nadie se inclina para ver el lodo
y todos se alzan para ver el cielo!
Porlamar, 1898.

La balada del bosque


I
¡El bosque han recorrido los labriegos
y no han dado contigo! ¡Fatigados,
han vuelto con los pies ensangrentados,
y al rogarles volver, no oyen mis ruegos!

¡Mis ojos engañados por los juegos


de rayos de oro en el confín regados,
de tanto ver la selva están cansados,
y de tanto llorar casi están ciegos!

229
¡Se va el sol y no vuelves a tu nido!...
¿Qué harás en esta noche tan silente
en que escucho tu voz en cada ruido?

Hasta el pobre Milord se alza impaciente


y al ver que no eres tú lanza un gemido
y se vuelve a dormir, calladamente...

II
¡Si vieras cómo está la enredadera!
Se argentan los cromáticos matices
en el paisaje, en flor, de los tapices
y en el esmalte azul de la vidriera.

El piano, como un huérfano te espera:


sueña cuando mis sueños electrices
con los sollozos del Adiós de Ulises
o el cálido vaivén de la Habanera.

Entro a tu alcoba: mira la almohada


donde tu cabecita destrenzada
tuvo castas memorias de ternura;

y al besar los revueltos cobertores


brota un aroma de marchitas flores,
como de una reciente sepultura

III
¡Aún me queda valor para aguardarte!
¡Algo le dice al corazón: espera!
Y obediente a esa voz, hasta que muera,
vendré todas las tardes a esperarte...

No cesará mi corazón de amarte


ni ha de soñar tu ausencia una quimera,
y entregara mil vidas que tuviera
por tener la ventura de encontrarte.

¡Quizás regreses cuando estén desiertos


mis ojos ya de vida; cuando el día
ya no caliente mis delirios muertos!

Y, en prueba de mi trágica agonía,


aún hallarás, entre la sombra, abiertos,
mis ojos, que te esperan todavía...

230
IV
Milord, pobre Milord, ¿temes, acaso,
que ya no torne más mi nazarena
y que sus manos blancas de azucena
ya nunca ciñan a tu cuello un lazo?

Acurrucado sobre el chal de raso


que aún el efluvio de su carne llena,
esperas verla aparecer, serena,
con las prístinas sombras del ocaso.

No hay rincón del jardín que no has mirado;


cavas, dando ladridos, impaciente,
la arena del sendero abandonado;

oteas el gramal, ahullas doliente


y vuelve, cada vez más angustiado,
a dormirte a mis pies, calladamente...

V
¡Y yo también te busco, bienamada!
Ayer le pregunté a unos labradores
si habían visto en el bosque algunas flores
o alguna cinta azul, abandonada.

Bajaron, pensativos, la mirada.


Al verlos mudos, fuime a los alcores,
busqué en los sotos llenos de rumores,
en los remansos, en la riba, ¡y nada!

Pájaros graves a la noche alertos,


anunciaron los límites del día
y abandoné los páramos desiertos.

Me volví a tu jardín, gacela mía,


pero aún perduran en la sombra, abiertos,
mis ojos, que te esperan todavía...

VI
¡Qué solo y triste el corazón se queda!
¡Cómo la noche su dolor imprime!
Se oye en la sombra su latir de seda,
lo mismo que una tórtola que gime,

Dócil a la tristeza que lo oprime,


sin que al impulso de la angustia ceda,

231
fácil se acoge a la caricia leda
de cualquiera ilusión que lo reanime.

Guarda para el Destino sus rencores;


transforma en esperanza su tortura
y hace un dolor con todos sus dolores ...

¡Oh, mi Dios, cómo es honda mi amargura!


Ya tengo el corazón mudo y sin flores,
como una abandonada sepultura.

Post vitam

Cuando todo sea nada,


cuando el alma más muerta que tranquila,
se halle por los dolores desgarrada
y finja melancólica y cansada
el último fulgor de una pupila;
cuando ya no haya ojos que nos vean,
ni bocas adorables que nos besen,
ni almas inocentes que nos crean,
ni labios purpurinos que nos recen;
cuando no haya otra mano
que nos quite las zarzas del camino
y sea más triste que el dolor humano
todo el ensueño del amor divino;
¡ah!, cuando todo muera, hasta el empeño
de ser así, como una lira rota
a la que sólo queda el pobre ensueño
de que aún hay noches que su ingrato dueño
roba a sus cuerdas una pobre nota...
No queda sino darle —en la batida
que nos hace, satánica, la suerte—
un formidable puntapié a la vida
¡y entregarnos en brazos de la muerte!
Porlamar, 1944.

232
Jesús Marcano Villanueva

El milagro de la perla

Margarita se perfuma
con los jazmines del alba
se ilumina con sus perlas,
y se viste de esmeralda
cuando el capricho celeste
la bendice con el agua;
pero nada le sonríe
y le dora la esperanza
como la Virgen cautiva
en El Valle de la gracia.

La aurora suelta su trenza


sobre la mar desgreñada
y va rompiendo zafiros
la marinera piragua;
capitán de mar y viento
es el marino de Juana,
la mujer más hilandera
que se conoce en la playa.

Dicen las gentes que ella


cuando el hombre se quejaba
del dolor de aquella pierna
herida por una raya,
a la Virgen del Oriente
y ardida de fe cristiana,
la fe del margariteño
que al hijo del diablo espanta,
ofreció la perla fina
que su marido pescara,
si le otorgaba el milagro
de que la dolencia mala,
dejara al pobre Domingo
ganarse la vida honrada.

Y es lo cierto que un día


de setiembre y con el alba,
cuando a Domingo el café
le llevó su noble zamba,
ambos vieron que la pierna
estaba buenita y sana.

233
Voló el grito de Domingo
sobre la Isla bizarra
y hacia El Valle desde Punda
como loca se fue Juana.

Era el ocho de setiembre,


cuando Carúpano lanza
su cariño a Margarita
por la Virgen de la gracia,
cuando El Valle está enfiestado
con las muchachas de Irapa,
de El Pilar y Río Caribe:
toda gente noble y sana.

La Virgen está en su trono,


junto a su trono está Juana,
los ojos clávanse en ella
y ella reza arrodillada,
con una vela encendida
y en la Virgen puesta el alma:
se le va la vida toda
hacia la flor de la gracia.

Afuera y cerca del río


el galerón se desgrana
entre bandolas y cuatros,
acordeones y maracas;
toda la gente se alegra
cuando abre sus labios Juana,
para decir el milagro
de la Virgen de la gracia.

Al otro día temprano


de viento y de mar picada,
iba rompiendo zafiros
la marinera piragua;
capitán de mar y viento
es el marido de Juana,
la mujer más tejedora
que se conoce en la playa.

Ella se queda contenta


en el patio de su casa,
sentada en el viejo ture,
que es herencia de su mama,
dándole vueltas al huso
para el hilo de la hamaca,

234
que son las margariteñas
mujeres de alma tan blanca
como el algodón en copos,
como la espuma del agua.

Domingo también es buzo


de cabeza como llaman
a esos hombres que no temen
a cuarenta brazas de agua;
y cumpliendo lo ofrecido
a la Virgen por su Juana
desde la borda del barco
se tira desnudo al agua.
A poco surge el cristiano
con su carga de esperanza,
y es un héroe bajo el cielo
sobre su rauda piragua.

Abre una concha y desea


encontrar la perla cara,
la perla de la promesa
que a la Virgen hizo Juana,
y sus ojos se deslumbran
cuando el milagro resalta:
el barroque era una pierna
y era la pierna tallada,
como en la suya, la forma
de aquella dolencia mala.

Cuando a su casa llegó


el hombre de la piragua,
la mujer tenía tres onzas
de hilo para la hamaca;
y fue un día de aleluyas
sobre el oro de la playa,
el Milagro de la Virgen
como un lucero alumbraba,
y en Porlamar y Juangriego,
La Asunción y Santa Ana,
el milagro florecía
volando de casa en casa.

La gente así lo comenta


en aquella tierra brava
que con Fajardo se vino
al Valle de Los Caracas
y fulgura en la bandera

235
en una estrella muy alta;
así lo cuenta el marino
de aquella Isla bizarra,
que tiene a Vicente Fuentes
para vivirla en el alba,
y a la Virgen milagrosa
para encenderla de gracia.

Elegía marina

Taciturna la mar. Sobre la arena


dorada de las playas las gaviotas
y cabe el alma de la mar serena
mi verso: un ave con las alas rotas.

Abre la tarde su triunfal violeta


entre el paisaje que de amor solloza
y en la ternura del jovial poeta
el arte surge convertido en rosa.

Corónase el occiduo de fulgores;


el ritmo de la bruma en mis dolores
se ha desmayado milagrosamente;

Y al adiós de la tarde: la piragua


de mi estrofa se aleja sobre el agua
Buscando al Sol que se tragó el Poniente…

La procesión

Dios bailaba su música


a la sombra pensativa de los árboles.

En el pico de un pájaro
una espiga marchita
volaba a completar la melodía del nido;
la eucaristía de una rosa
se desmayaba sobre el ara de la tarde,
y en la boca de los corderos
florecían aleluyas de nieve;
en el cáliz de la gracia infinita
se desangraban las uvas del crepúsculo,
y mis ojos se apagaban
sobre el dolor de la mirada ausente.

236
Qué amable estaba Dios aquella tarde,
cuando entre músicas y soledades
yo seguía la procesión de tu recuerdo.

Psalmo

Estás en mi dolor como un lucero.


Ritma la vida su canción y canta
mi corazón la fe de su ternura,
mientras el cielo se adormece en albas.
El amor de tus ojos en mi pena
deja un beso de luz y, como un ala
caída de la gloria, tu sonrisa
dora mi corazón cada mañana.

Estás en mi dolor como una lira.


El agua intacta de tu nombre canta
despertando el ensueño de los nidos
y endulzando el silencio de mi alma.
Quiebro en la noche mi cristal de duelos,
baño mi vida de celeste gracia
y alumbra mi camino tu recuerdo
como una espiga en el trigal del alma.

Estás en mi dolor como una rosa.


Nevando un beso la paloma blanca
de mi cariño a tu ilusión fragante
entre el encanto de la tarde viaja.
Florece un nardo de ilusión mi senda,
rebosa fresca de pasión mi ánfora
y cae ante la cruz de mi camino
tu evocación en azucenas blancas.

Estás en mi dolor eterna y única.


Aunque la vida aliente mi esperanza,
aunque el destino amargo se pronuncie
negándome la miel de tu mirada:
¡sea tu nombre mi oración profunda,
perseguiré tu forma y en tu gracia
enjoyaré mi estrella pensativa,
y tu recuerdo espigará en mis lágrimas!

237
Pedro Rivero

Isla

En tu sed infinita del verano


te cubres en verdor de terciopelo,
cuando el agua pristina es don del cielo
y lágrima piadosa del arcano.

Así flotas, jardín del océano.


De tus playas asciende grácil vuelo,
como el albor de nítido pañuelo,
suspiro de la espuma y lo lejano.

Oro solar y argento de la luna


se irisan en la prez de tu fortuna.
Pero el cardo es corona de tu vida.

La espina pertinaz te punza hondo.


Y en el claro misterio de tu fondo
sangra perlas el nácar de tu herida.

Margarita

Hiende los aires. Hiende el mar la proa.


Gira y se da multicolor el mundo.
Aro tu vivo azul, Paraguachoa.
Y el corazón abismo en lo profundo.

Te exhumo del recuerdo. Alza la roa


encallada en el fondo sitibundo.
Y prolonga tu cuerpo como boa
de impasible reptar, reptar fecundo.

Esmaltan cielo y mar tu maravilla.


Por tu vela triunfal corta la quilla.
Tu rumbo innumerable cifra el viento.

Perlas cual tú también ciñe Cubagua.


Tu heroísmo solar fraguó el portento.
El agua te circunda. Y pides agua.

238
Rumbo

Leva el ancla profunda, oh marinero.


Y al ascender su cruz, sigue la prora.
A zarpar. Sopla el viento. Ya es la hora.
Mira tu innumerable derrotero.

Tuyos son cielo y mar. Tuyo el velero.


Tuya la noche. Sí. Tuya la aurora.
Tuyo el faro de luz orientadora.
Y tuya la mirada del lucero.

Al timón, capitán de tu destino.


El agua, sortilegio del marino,
oculta una sirena fascinante,

entre los albos rizos de la espuma.


Disipa su cantar, como a la bruma,
con tu voz de poeta, oh navegante.

Ancla
Roída por el óxido inclemente,
yaces ahí en el muelle abandonada.
Te ven como un estorbo, como nada.
Aunque de ti se apiade alguna gente.

El cepo horizontal cruza tu frente.


La uña desprendiste de la rada
en el cansado fin de tu jornada,
después de medir hondo el mar ingente.

Esperanza del buque y del marino,


dura desesperanza es hoy tu sino
bajo el sol claro y noche de misterio.

Si heriste a la sirena en lo profundo,


signe tu cruz a orillas de este mundo
la fosa de su oculto cementerio.

Gaviota
Con la medioenlutada golondrina
en vuelo circundante ornas el puerto,

239
minúscula semblanza del mar muerto,
en gloria matutina y vespertina.

Alba de oro y tarde encarnadina


te ven pillar en el marino huerto
un pétalo de plata, vivo, cierto;
el azogue fugaz de una sardina.

En ímpetu ascendente un grito exhalas,


sesgas veloz en un batir de alas
y lenta salvas el vecino monte.

Oh mensajera de los dioses mudos,


si no te abisman huracanes rudos,
devuélvele a mi alma el horizonte.

Ola

Surge del horizonte inalcanzable,


gaviota a la distancia azul y sola.
Y culmina, se encrespa y aureola
en la gracia del iris deleznable.

Cima y sima del ponto innumerable,


huye del huracán en batahola.
Y proteico zafir se tornasola
bogando a derrotero ineluctable.

Trampolín del bajel si no sirena.


Al arribar declina la melena
y súbito desplómase en la orilla.

Se devora al caer. Expira en bruma.


La hirió tal vez el surco de la quilla.
Y yace al fin en sábana de espuma.

240
Vicente Fuentes

Cuando haya caído la noche inmensa

Vamos, compañeros, sobre la mar resonante.


En la nueva alborada veremos extrañas costas,
y porque nos anima un espíritu fuerte
cantaremos cuando haya caído la noche,
cantaremos cuando haya caído la noche inmensa!
Ella suele llegar furtivamente,
y su invasión silenciosa es rauda —¡muy rauda!—
y majestuosa como no lo es la del día.
Corre hacia todos los vientos del mundo
y nos embarga con una grave inquietud:
entonces, a proa o a popa,
pensamos en los distantes hogares,
en las mujeres y en los niños ausentes...

Cantaremos, oh compañeros,
nuestras canciones ignoradas
cuando haya caído la noche inmensa.

Desde la hora en que partimos


en las casas nuestras se hizo el silencio,
y nuestras mujeres viven temerosas
de tener malos pensamientos
que descubra mañana, al regreso,
el hombre rudo de pupila franca.

Y en esta noche, y en otras noches,


en los hogares arderán pequeñas luces,
y se conversará dulcemente,
con palabras puras,
porque el recuerdo del marino distante
está presente, en la penumbra,
como una severa conciencia...

Cantaremos, oh compañeros,
nuestras canciones ignoradas
cuando haya caído la noche inmensa.

El agua, el salitre,
el olor de las húmedas costas
que traen los vientos terrales
nos dan sus caricias profundas,

241
y la noche, la noche inmensa...
Vamos hacia los puertos poblados
de mástiles y de extrañas voces,
hacia aquellas mujeres frágiles
que a menudo y sonriendo
dejamos llenas de angustia en los puertos…

Cantaremos, oh compañeros,
nuestras canciones ignoradas
cuando haya caído la noche inmensa.

Las estrellas

En el horizonte
hace horas que pausadamente
hundióse Venus,
esplendorosa y apacible.

Tendido en la playa
miro cintilar las estrellas.
Viven los espacios,
vibra el firmamento en un solo temblor.
La Estrella Polar, las Cabrillas,
Orión, el ancho Camino de Santiago…
La que orienta a los marineros
en el desierto de altar mar;
la que dice a los pescadores:
¡Arriba! ¡Arriba!
que ya se inclinó hacia el poniente;
la que dice a los viajadores:
Es la hora. Sopla la fresca brisa
que aligera los caminos
Y suenan las velas desplegadas
y las seguras voces
que se van mar afuera
y las que van por los senderos olorosos.
Trazando el claro signo,
convención entre almas y estrellas,
inicia cada hombre su faena.
Alguna vez se oye una voz temblando:
Cuando murió
andaban las Cabrillas por medio cielo…

Viven, palpitan…

242
¡Qué infinita amargura,
hermanos de la isla,
a la disciplina de las estrellas
no puedo someter mi oscura vida!

Nocturno

En exploración nocturna
no dormido, ni despierto,
me doy a pescar visiones
en las riberas del sueño.
Vestigios espirituales
van a la deriva inmersos,
perdidos en el abismo,
libres de espacio y de tiempo:
Tímidas revelaciones.
Señales frustradas. Ecos.
Consignas para escalar
el balcón de los secretos.
Torres, solitarias torres,
anegados de silencio.
Y ríos que no son ríos.
Y puertos que no son puertos.

Corro las playas del alba


con mi botín de misterio
para fijar su sentido
bajo el más puro destello.

Oh luz violenta, luz mala,


sol, encantador perverso,
mi tesoro has disipado:
no me quedan ni recuerdos.

Mis turbios o claros días


no me duele, no, perderlos
ni la opulencia de junio
ni los diamantes de enero.

Ya no amo sino la noche,


la noche de terciopelo.
Y aún más la noche infinita
descargada de luceros.
Cuya recóndita luz
iluminará mis sueños.

243
Escucha, Flor...

Escucha, Flor, la dulce resonancia


de los pasos de abril sobre la tierra.
Anoche los oí, casi temblando,
solo ante las estrellas;
ansiada en la sombría ribera de mi alma,
como un claro navío, tu presencia.

Son las ondas sutiles


que hacen viajar la savia en primavera
cargada con los gérmenes florales
que en los campos sin fin darán su esencia.

Es la invasión vibrante
que atravesando cielos de azucenas
derramará sobre la tierra oscura
la sonora alegría con la tierna
fulguración de un transitorio imperio
de fragancia, de amor y de belleza ...

Anoche los oí, temblando,


presente tu recuerdo y las estrellas.
Tú en mí, presente siempre,
criatura de abril fragante y fresca.
Sed generosa, como abril conmigo.
Oh, Flor, si tú me besas,
victoriosa invasora de mi vida,
me besará toda la primavera.

Oración

Señor de grave acento:


guía mis pasos por esta cumbre plena,
por los desfiladeros que miro más abajo
y por el negro valle.
No sé aún lo que he sido:
si germen vivo cumpliendo su destino,
si hoja caída que el viento arrastra
por los campos divinos.

244
Francisco Lárez Granado

Si soplara norte franco

—Si soplara Norte franco


anclaríamos en el puerto
por la mañana temprano…

Al capitán enfermo
lo querían los marinos
porque era un hombre bueno.

—Si soplara Norte franco…

La Luna linda en el cielo


del agua inquieta volcaba
la plata de sus destellos.

Ante la Virgen del Valle


la mano de un marinero
prendió un lucero de esperma
por el capitán enfermo.

En su vigilia los hombres


mordían peces de silencio.
Y sólo el mar en la proa
gritaba de espuma ebrio.

—Si soplara Norte franco…

Al capitán enfermo
lo querían los marinos
porque era un hombre bueno.

En la alta madrugada
cambió su camino el viento.
La luna en el horizonte
arrió su vela de sueño.
A los pies de la Patrona
temblaba aún el lucero.
Y en la mañana temprano,
con Norte franco el velero
llegaba al puerto de escala
con el capitán enfermo.

245
Umbral de ausencia

Entre su ágil anillo


azul de salobres besos
va quedando atrás la tierra.
Ante la proa del velero
crece el mar. Y sus caminos
sonoros, anchos, ligeros
se extienden ebrios de abismos
y fulgurantes de cielo.

En el umbral de la ausencia
los hombres se ponen serios
mirando hacia atrás la tierra
que se va empequeñeciendo.

Y uno dice:

—Es triste dejar la tierra.


La tierra donde nacimos,
cuando se nos queda en ella
sembrado todo el cariño.

Y dice otro:

—Por ser tan pobre la tierra


es preciso abandonarla,
aunque se nos quede en ella
sembrada por siempre el alma…

Y les replica un tercero:

—La tierra no queda atrás.


La tierra no se ha perdido,
porque adonde yo me vaya
irá la tierra conmigo.
La tierra querida y buena.
La tierra que soy yo mismo,
porque su pena es mi pena
y la pena de mis hijos .. .

Oeste, cuarta al Noroeste


fija el rumbo el timonero.
La brisa ancha y alegre
vibra en el cordaje tenso.
Contra el filo de la proa
se rompe el cristal del cielo.

246
Y flechando el horizonte
navega raudo el velero.

En tanto que hacia la tierra


desvanecida a lo lejos,
por el blancor de la estela
van remando los recuerdos.

Azul
Mar: cuando me vaya
no borres el camino
que la nave al partir
grabe en tus aguas.

Déjalo intacto
hasta que yo regrese,
y así verás por él
todos los días
una mirada triste
y un recuerdo
que viajan juntos
tras la ausencia mía.

En la costa de tu cariño
Niña:
en la costa de tu cariño
quiero olvidarme de que soy marino.
Rasgar mis velas
cancelar mis rutas
¡y no volver a navegar más nunca!

II
Niña:
en la costa de tus encantos
quiero olvidarme de que existen barcos.
Sembrar mi árbol,
musicar tus lunas
¡y no volver a navegar
más nunca!

III
Niña:
en la costa de tu ideal

247
quiero olvidarme de que atrae el mar.
Beber tu vino,
saborear tus frutas
¡y no volver a navegar más nunca!

IV
Niña:
en la costa de tu cariño
¡ya me he olvidado de que soy marino!

Pañuelos en el mar
1
Por la ternura del aire,
rosada, con pies ligeros,
cazadora luz del alba
viene flechando luceros…

2
Niña, me voy. En la rada
me espera listo un velero.
Me voy porque el mar me llama
y yo soy un marinero.
No sé si habré de volver
a amarte bajo tu alero;
yo navego por el mar
y el mar es traicionero.

3
Por la ternura del aire
rosado y de azul-acero,
entre flecha y flecha vuelan
los ayes de los luceros…

4
Niña, me voy. En la rada
me espera listo un velero.
Te juro que desde todos
los puertos del mundo entero,
por la ternura del aire
te acercaré en un “te quiero”.
No sé si habré de volver
a amarte bajo tu alero.
Me voy porque el mar me llama
y yo soy un marinero.

248
5
Por la ternura del aire
sin flechas y sin luceros,
vuelan ángeles de adioses
con gorras de marineros.

249
Luis B. Prieto F.

El caracol marino
El caracol marino
se tuerce en espiral
dentro del cuenco de nácar barnizado
donde pasa la vida
para que el mar no lo penetre
ni le claven sus clavos las estrellas,
la luna cuando sale
ni el sol cuando se va.

Las dádivas del mar


Te dejó el mar en los ojos
viento salino en lágrimas cuajadas
y un miraje de azul y esmeraldas,
puso en tu oído, sonoro y musical
canto de ola con rumor de espumas,
deshechas al contacto de la arena.

Y te sembró ambición de inmensidad,


horizontes abiertos, lejanías, distancias,
profundidad de sueños, altitud de luceros,
y ese rielar de luna, plata sobre la ola,
resquebrajado espejo en el agua deshecho.

Mi mar, tu mar, sereno para el viaje;


de la nave en el puente pensativo
soñar, soñar y en la distancia quieta,
encontrar, encontrándose,
el objeto final del viaje y del regreso.

Isla de Coche
Desde el barco en la proa
mirábamos distante
hilos blancos de arena.

Sobre la mar avanza la nave marinera.


En aguas de esmeralda sumergida,
cual cetáceo tendido entre las olas
se anuncian los repechos de la isla.

250
En la cercana playa columbramos
el brillo deslumbrante de un desierto de sal
con miseria de pueblo sembrado en los costados.

Desolada visión del mundo de la espina,


de veredas tortuosas dentro de la maleza,
que llevan con el viento en la arena reseca
un pálpito de angustias a morir en la playa.

El grito desgarrado se deslizó en la brisa,


la palabra era un eco del corazón dolido,
canción para los sueños sin espera
y tú poniendo aromas sobre el viento salino,
regadas de mi mano sembradora,
canto de rosa en desgajado pétalo.

El alcatraz

Largo el pico,
como punta aguzada
del elástico cuello,
corta la cola,
cuerpo deforme,
que en pesado vuelo
la amplia envergadura de las alas
hace sombra en la ola.

La pupila avizora
atisba desde arriba
sobre el mar que se mueve sin reposo
y cuando inquieta salta una sardina
zambulle entre la espuma,
llevando el pez de plata
como un brazo de cruz
del pico pescador,
el alcatraz.

Cordilleras andantes

Las gibas del camello


son erectas y firmes
cordilleras que andan.
Nacimiento del ala

251
En un revuelto mundo de hojas
nace el ala,
camina sobre el viento
con volubles giros,
tornadizo fulgor
junto a la luz
de una hoja que vuela.

El camino

El camino no es más corto


porque tú corras con él.
Caminar tiene su ciencia,
caminar tiene su magia:
un paso detrás da un paso,
uno más y otro paso.
Caminando va el camino,
pero no pasas, pasamos:
paso a paso, paso a paso
sobre él pasan los pasos.
Cuando se acaba el camino
se termina el caminar.

Matasiete

En medio del camino por donde cruza el sol


cuando viene del mar hacia el oeste
y remojado en el celeste azul,
se empina entre los flancos de rocío,
estalla la mañana, aurora y canto,
se desparrama desde la copa blanca
para caer en la ciudad dormida
que amanece despierta entre su flama.

Sus laderas nacieron de la ola


que salpica de espumas sus peñascos
en la marina sal rebautizados
de Guacuco hasta el linde de Guarame,
raíces que se hunden en el agua
y florecen zafiros en las nubes
que empenachan las cumbres.

Desde la explanada del Castillo lo diviso


fincado a la distancia junto al cielo,

252
unido con la mar en una mole
incendiada en el pleno mediodía,
mecido en el cocal de sus laderas
metidas en el río.
Montaña, mar y cielo en la distancia quieta
dan la visión ignota de la unidad fraterna
mediante el istmo de la empinada cresta.

De tarde con el sol de los venados


la claridad se tiñe en Matasiete
de violetas y claros tornasoles
que van disfuminándose en la sombra
hasta que todo queda de ceniza
en la mortal agonía del crepúsculo
y vienen con la noche las estrellas
y la luna empavona en lumbre nueva
sus morriones de nubes volanderas,
palomas con las alas desplegadas
para formar un nido
de arrullos con rocío estremecido
en la fragancia pura
de la flor entreabierta con la noche.

Matasiete, de muerte tiene el nombre,


su adjetivo es de gloria resonante,
los muertos que murieron en sus flancos
lapidados de piedra arrojadiza
fueron soldados bruscos
que empeñaron batalla entre Los Cocos
para hacer sobrevivir la tiranía.

Tu nombre de montaña, ¡Matasiete!


es viva libertad, gallarda brega
de los nombres sencillos del terruño
para hacer restallar resplandeciente
en amoroso abrazo compañero
la independencia de la Isla.

253
José Oliveira

Conseja de Francisco Adrián

Sin que nadie me lo cuente


para que yo, con el habla
«que Dios me dió», lo repita
recostado de esta jarcia;
por que lo vi con los ojos,
que vale más que palabras,
es por lo que lo revelo
sin quitarle ni una traza.

I
Tumbada ya media noche
tras el cerro de La Guardia,
desde El Remate, que nunca
cede ante el mar, el fantasma
de Francisco Adrián se tira
una vez por año al agua.

II
Calma chicha de luceros.
Achote azul se desgrana.
Cautiva sierpe de espuma
continuamente se alarga.
Patrullas de tigüitigüis.
Insomnio de “mujas” garzas.

III
A nado pasa el espectro,
casi fuera de la rada,
por entre grávidas «burras»
que p’alante i p’atrás andan.
A brazo i pico del Morro
al resuello pone tapa
i vira hacia La Galera
sin compás, sin pies, sin branquias.
Toca arena tan seguro
que ya no parece un alma.
I cuando de sus pupilas
se “desvarillan” dos ascuas,
del costado se despega
un geme y medio de guaica.

254
IV
Avanzando con sigilo,
que es gemelo de su audacia,
hijo’er diablo escala el muro
i se le pone a horcajadas.
¿Qué le dice el moriquite
que le roza con el ala?

V
Les va clavando uno a uno
gris relámpago de rabia.
I todos, todos se quedan
como vi que se quedaran
en noches calamitosas
los peces que el “turbio” vara.
Sangre en almenas, garitas,
celdas, escaleras. Hasta
los propios cimientos llega
el pleamar de roja savia.
Nadie allí queda, ninguno
—¡ningunito!— con garganta.
El totem macanagüero,
con un lauro en cada zarpa,
está suelto, íngrimo i… Sólo
dos testigos lo acompañan:
el arcángel de la muerte
i la miel de la venganza.

IV
Francisco hacia el otro mundo
desde la explanada salta:
cohetón que se hace trizas
al primer claror del alba.
El aire se despereza,
i por sobre milenaria
ruta de sal, esmerila
San Telmo su pompa vacua.

VII
Matasiete mató Ocho
en la juangrieguera playa.
Caracas, 1952.
¨

255
Conseja de Ana Rojas

Lope de Aguirre, El Tirano,


no quiere dejar las islas.
(¿Es cierto que Ana de Rojas
ayunándole vigilias,
ha puesto todas las perlas
a salvo de su codicia?)
Para encontrarlas, don Lope
suelta a su rigor las bridas.
(Del nacarino tesoro
diz que consiguió noticia
por propia boca de alguna
endemoniada chinigua).

I
Los indios en el tormento
espantosamente gritan:
—Enterramos... Uno i uno...
Saco i saco... Pisa i pisa...
Mas, ¿dónde los enterraron?
No saben de eso ni pizca.
El ama los llevó lejos
i sólo estaban con vista
ella, la mula cargada
l Dios que todo lo mira.
Coléricos marañones
ascuas de acero les hincan,
pero por más que los cuerpos
se retuercen i se crispan,
lo que solamente logran
es que los labios repitan:
—Enterramos ... Uno i uno....
Saco i saco... Pisa i pisa...
se sale por las heridas
l cuando agónico paro
en los corazones brinca,
todo el antillado cielo
se cubre de mostacillas.

II
—Atiéndeme, Ana de Rojas;
te perdonaré la vida.
Así, bien mirado, mucho
sales ganando, i mezquina
será tu pérdida, porque
tú seguirás siendo rica.

256
¿Acaso puedo llevarme
tus barcas, siervos i fincas?
Te perdonaré; no dudes,
que mi palabra es consigna.
¿Dónde enterraste las gemas?
¿Dónde están las margaritas?
¡Por Satanás! ¿Hablas? ¡Habla!
El furor se me desquicia.
Ana de Rojas, no puedo
esperar más, llevo prisa.
¿En dónde las sepultaste?
¿En cuál infernal centina?
¿Me guiarás allí? Responde.
¡Maldición con esta harpía!

III
Pincel de menguada luna
el inmóvil rostro limpia
de sombras de muerte i noche,
i pavorosa sonrisa,
que se sujeta a los labios
con airada esterotipia,
muestra su lívido triunfo
ante las miradas indias.
Ana cuelga de la rama
en mudez definitiva.
Un cocuyo pasajero
la frente de azul le nimba.
La mortaja caudalosa
de su cabellera tinta
forma con su saya blanca
un contraste que da grima.
De pronto, así, tal parece
una inmensa golondrina.

IV
Toda la noche estuvieron
llorándola las guarichas,
los chinchorreros, los piones,
los que custodian la linfa
i los buzos de cabeza
que ignoran lo que es asfixia,
i que si resuello toman
es sólo de aire una ñinga.

257
V
Ana de Rojas, el rumbo,
que mi pensamiento siga,
cuando de tu fortaleza
indague la esencia viva,
ha de ser hacia el distante,
imperecedero clima
en el que la huella heroica
de tu espíritu culmina.
I si cuando toque el aura
con que la gloria te nimba
quieres, Ana, darme perlas ...
¡Dame las de tu sonrisa!
Caracas, 1953.

Ñero arbolario
Es antes de que el sueste se remonte.
Ya se ha quedado muda la chulinga.
Ven, sirenita, ven... En La Restinga
puntual estoi, con Mano Saltamonte.

Guiña su ojo lunar el horizonte.


El tabú no me arredra ni una ñinga.
Un sismo se desguaza en el mandinga,
porque un pez celestial cae del monte.

Comboyada conmigo está en su mata


una luz-de-santelmo de hojalata.
Los moriquites rozan mi aventura.

(Acaba de llegar Mano Conejo)

I cuando el agua, al fin, vara su espejo,


añingotado aguaito su figura.
Caracas, 1958.

258
P. C. Vásquez Vásquez

El ansia grande de mi pueblo


En su rancho frente al mar,
porque la tierra está seca,
está triste Antonio Vásquez.
Con toda el alma quisiera
transformar el agua azul
para la sed y las siembras.

De pronto nace su canto:


es la suave malagueña
que el marino de la Isla,
cuando el horizonte otea,
desgrana como un rosario
desde su pobre vivienda,
el barco o desde la playa
hundida en la blanca arena,

Y va diciendo su copla:
Porque esta tierra está seca
tengo en el mar mi “conuco”
que me da en ruda faena
para mi ropa y mi vida,
para mi familia entera.

Este terrón tan hermoso


sólo se convierte en gema
de verdor y da sus frutos
cuando la lluvia lo riega
¡por un capricho de Dios,
por un capricho cualquiera!

Empujada por la brisa


es una porción de seda
ese canto del marino,
que es su dolor y su queja
por no poder su “conuco”
trasbordarlo para tierra.
Así subiendo hasta el cielo
va esa angustia sincera.

259
*
Ante el anhelo del hombre
la compañera que es buena
y que llaman Ana Flor,
guaiquerí de pura cepa,
lo arropa con su mirada
¡y así se rompe la queja
y el corazón del marino
es cual la noche serena!

*
Las horas fáciles pasan
y la aurora que se acerca
les hace ver el capricho
del que todo lo gobierna.
—Mira, dice a la mujer,
de donde el agua orillea
hasta morir muy adentro,
se ve una mancha morena
en el azul de la mar.
—¡Es que ha llovido y la tierra
con apremio de muchacha
se ha lavado sus tristezas!

*
El marino ve la barca,
mas quiere dejar la pesca:
piensa que ya su “conuco”
¡debe plantarlo en la tierra!
1942.

Presentimiento

En pie de sentimiento
deslicemos la barca ...
Tan azul está el mar
como el ensueño que nos nutre.
En conjunción de afectos
adentrémonos firmes
y cuando regresemos
lucirá en nuestro puerto
la luz de un mundo nuevo
¡tan grande y armoniosa como el mar!
1945.

260
Renacer
Hojas secas
en desechos.
Peces muertos
fosforescentes en !a playa
que el mar
—ayer viejo cantor—
inconsciente
va arrojando
—como un gigante indigesto—
en cada Plenilunio.

Bellezas enlutadas,
hedor envolvente.
Paisajes desvaídos,
obscuros, perdidos ...
Gentes que huyen
en tropel
de tanta podredumbre.

La Esperanza
es el asidero de la angustia,
Se agita el corazón
como una ola,
y cuando todo parece naufragar
nace un nuevo Cosmos
como Dios mismo
sin guarismos ni cálculos.
1956

Frustración
Se fueron por caminos distintos
con ansias sembradoras.
En las alforjas simientes
de ideales fecundos.

Viajaron por variados senderos


y al final se encontraron
decepcionados y fríos.

Las pasiones tremendas,


al contacto disímil,
ensuciaron sus almas
y ahora son tan diferentes.

261
Luis Castro

El lugar donde pienses, allí


es tu ciudad.
Conciencia.

Normal

Estoy hecho un hombre normal.

Mi ideal por un instante me deja solo


y se encarama en el techo de mi pobre vivienda.

—He comido. He bebido.

Cuando está conmigo me agobia


y llevo los hombros hundidos.

Costa

El mar.
Cínico,
no hace más que reír
reír.

Sátiro,
posee la playa histérica.
Las olas voluptuosas
copulizan las rocas.

Hay espasmos de espumas.

Parque

En los puertos de verano


las cigarras día tras día
barcos sin carga
movilizaron sus grúas
(interminablemente)

262
Sombra

Cae la noche cristalina.


La culebra de hombres se alarga,
se acorta
se despereza
jadea…
Mi alma va sombría.
Mi rostro va sombrío.
Soy todo yo una figura tétrica
bajo la manta flácida.

Al lado mío marcha también mi sombra


Sobre ella
voy hilvanando una leyenda heroica.

Un… Dos…

La culebra de hombres ha enfilado hacia oriente.


Un… Dos… Un… Dos…
Marchando encasillado
entre paredes de fusiles
me siento como la piedra:
Hombre-idea que se fuese incrustando en la tierra.
Martillan mis oídos
los taconazos de las botas férreas.
Un… Dos… Un… Dos…

Balneario
Sobre la superficie como sobre una cuerda,
Ella
—acróbata horizontal-
hace gimnasia

Me he sumergido.
Pez lívido, en sus ojos
he bebido sus ojos.

¡Floto!
Al verla se empañan mis pupilas luminosas.
Su melena lacia de olas,
marinera de brisa
me destrenza los músculos.

263
Y naufragando en ella, flaqueo sobre las ondas.
¡Comprendo ahora la fascinación de las sirenas!

La compañera
¡Podemos ir juntos los dos, por esta senda, compañera!
Nos encontramos sin habernos visto.
Tienes tú, como yo, la pupila tranquila
ante el peligro que es la vida siempre.

Por esta senda, sin la inquietud primera,


podemos ir juntos los dos,
al paso firme de una vida nueva.

Lo presiento en tus ojos: escudos hechos a una misma des-


dicha.
No se alterará el ritmo de esta etapa bella.
Me lo dicen tus manos sin esquiveces, secas, sedosas
como la piel de .las frutas maduras.
Me lo dices tú misma, caminando a mi lado, despreocupa-
da,
porque esto es como un sueño que se sabe que es sueño.

Tu voz extraña y tímida


me acerca a ti y me hace vivir algún paisaje ausente.

Aferrados el uno contra el otro: ¡qué color el del cielo!


a ambos lados ¡cuán magníficos verdes!

Sobran palabras.
Llevándote a mi lado toda íntegra,
puedo ver a mis anchas, pensar si quiero...

¡Y, tú, niño mimado, paladeando tu propio corazón!

Ayer se murió Luis Castro


Gloria tocan las campanas
porque los dobles le duelen.

Lo mató una pena dulce


que se le pegó del alma.

En andas de su penita
se va camino del valle.

264
Ignoran su itinerario
porque cantó a las estrellas
y amó la mar profunda.

No tuvo tumba en la tierra:


los vientos para llorarlo
hacen lutos de vacíos.

¡Se va despacito y solo!

En su casa no encontraron
sino unas pocas palabras.

Dejó una fila de amigos


y una esfera de hermanos.

Los campos en sus responsos


pasan rosarios de espigas.

Lo amortajaron las brumas


con serafines de estrellas.

—Lucerito, lucerito
dijeron las fuentes claras,
Ayer se murió Luis Castro
cantemos porque su alma
trae una lágrima viva.

Caminito, caminito
—las rosas ,y hierbas verdes—
caminito, caminito
hoy tendremos nuevo ocaso.

La luna fría, indiferente


paseaba en otros lugares,
no desveló los senderos
al paso del que se iba…

¡Y el alma de Luis Castro


vivió solamente un día!

265
Heraclio Narváez Alfonzo

Prevención para el viaje

Con maderas de árboles recién nacidos


en el corazón del bosque inexplorado,
construiré un navío
para ir en tu búsqueda.

Lo adornaré con jazmines de mar,


cortinas martilladas de brisa,
calcomanías de sol sobre paredes viajeras
y variados jarrones de plata de peces.

En las bodegas hondas


donde un cocuyo sería un astro
y una abeja una orquesta del bosque
llevaré sal y miel para las libaciones.

En la angustia del viaje


pienso cómo será tu cuerpo:
¿pulido como piedra de playa?
¿Tendrá la suavidad de la espuma,
la armonía de la ola
y el remoto fulgor de la estrella?

¿Cómo será el instante


cuando te descubran mis ojos náuticos?
¡Cuando te acaricien mis manos marineras!
¡Cuando escuche tu voz de sirena!

Pero si no te encuentro,
en alta mar mi brújula se quedará loca
y yo estaré siempre
con los ojos agudos de clavar horizontes.
1938.

El viejo marinero

El viejo marinero —desgastado


el fulgor de los ojos navegantes,
no firme el pulso, el corazón cansado—
sueña con tiempos idos, ya distantes.

266
El mar inmenso, el mar de los gigantes
sintió su paso recio en el costado,
cuando las tempestades inquietantes
bullían movidas por un Dios airado.

El viejo marinero, vida aciaga,


pálida luz que el huracán apaga
en el anochecer de la esperanza.

Es hoy como el navío abandonado,


como el cauce por siempre desechado,
como una sombra que la noche alcanza.
1952.

Se va la Virgen del Valle

Nubes teñidas de luto


visten el cielo en la tarde
mientras se borra la grana
del crepúsculo distante.

El mar se lanza a la costa


como furia de abordaje,
el viento es viento que silba
en las drizas de la nave.
Dicen los viejos marinos:
no es buen tiempo para el viaje
sin embargo, pobre Ñero,
¡se va la Virgen del Valle!

Rompieron la tradición
cuenta el hombre de la calle
y sus palabras resuenan
con un acento que es grave.
No respetaron los siglos
ni la leyenda del Piache,
ni el sentimiento del pueblo
que estas cosas bien las sabe.
Contra el querer popular,
con el viento de la tarde
en su viaje a Tierra Firme
¡se va la Virgen del Valle!

Rostros tristes, ceños duros


que la noticia contrae,
palabras de desconsuelo,

267
miradas como en desaire.
Expresiones de la angustia
que a todos el alma invade:
dolor traducido en lágrimas
que sobre la playa cae.
Marineros de Juangriego,
pescadores del Guamache,
guaiqueríes del Poblado,
¡se va la Virgen del Valle!

La Isla quedó vacía,


sin luz, sin vida, sin aire,
hueca de toda esperanza
como si no hubiera nadie.
Toda el alma de esta tierra
al mar se ha ido de viaje;
quedamos a la deriva
sin tener ya quien nos salve.
Contra la voz popular,
con el viento de la tarde
sin quererlo, pobre Ñero,
¡se fue la Virgen del Valle!

268
Margarita Esparta

Cayuco
(coplas marineras)

Mi cayuco es el caballo
en el que salgo a galopar:
cuando parto como .un rayo
por los caminos del mar.

Cayuco, indio guayquerí,


pintado de verde limo,
¡cómo te quiero yo a ti!
¡cómo te quiero y te estimo!

Cayuco, indio caribe


con capa de sol y sal,
tu nombre de rey lo escribe
la reina espuma del mar.

En mi cayuco de plata
yo pesco mi corocoro
cuando la red se desata
¡ya mi cayuco es de oro!

Estatua de sal
La emoción
—alta marea—
Asciende por mis nervios…
Lo cubre todo en su oleaje manso…

Yo era estatua de sal, que hoy se deshace


entre el agua salobre de tus manos.

Cae lentamente la tristeza mía;


se ha deshecho en tu mar la fría estatua.

No hay que mirar atrás:


¡Desde hoy, la vida
tendrá para los dos un mismo cauce!

269
Ansias de amar

¡Cómo siento mi cuerpo estremecerse


con el ansia de amar!
cómo me envuelve en sus sutiles velos
y acaricia y arrulla
toda la inmensidad!

El sol, que enciende chispas en mi pelo;


el viento, que me lanza las hojas de los árboles
y abulta, revolando,
los pliegues de mi traje...

El mar, que arroja bocanadas tibias


con olores de limos y de algas;
el golpe de sus olas en mi oído
tiene músicas raras...

¡Cómo siento mi cuerpo estremecerse


con el ansia de amar!...
¡Cómo me envuelve en sus sutiles velos
y acaricia y arrulla
toda la inmensidad...!

Reencuentro

Renegué de mi sangre,
me olvidé de mi origen,
desorientada caminé por el mundo
y regresé a mí misma.

Sólo ahora cuando me encuentro


—planta marina en auroral renuevo—
puedo sentirme fuerte.

Es mi sangre india,
que volvió por sus fueros
y me grita: «cobarde»...
cuando evadirme anhelo.

Soy presa de ella.


Mis venas son juncos que me atan
y dominarme quieren.

270
Sólo ahora puedo llegar a las playas de mi isla
y llamar míos los guijarros
y las conchas marinas.

Con sus nácares puros


fabricaron collares mis abuelos
y se engalanaron en las noches de luna
para bailar en sus fiestas,
en los tiempos remotos
cuando aún no habían llegado las carabelas.

Después...
los hombres blancos se llevaron las perlas.
No más collares, no más fiestas.
Se llevaron también la sangre
y la mezclaron para formar la raza nueva.

La raza india se sintió dominada


e inclinó la cabeza.
Pero la sangre estaba alerta.
¡Algún día sería más fuerte!
Y le quitó el valor al que se fuera,
al que quisiera renegar de ella.

Por eso he vuelto


a buscar en mis playas nuevos bríos,
a bucear en mi mar la fortaleza.
En ese mar zalamero que me cuelga
collares de verdes musgos
cual esmeraldas inmensas...
Yo los luzco como atributos indios,
en las fiestas de sol, cuando me baño
o en la arena descansa mi cabeza,
coronada de menudas algas
que se enredan en mi revuelto pelo.
¡Ahora puedo correr por las playas de mi isla
y llamar míos los guijarros
y las conchas de nácar!

271
Francisco N. Castillo

Alba en la playa

El alba puso sobre la playa


tajadas de melón
y en las crestas de los pájaros
un sin fin de amarillas latitudes.

Los crustáceos fumaron


en boquillas de nácar
y dejaron ceniza dorada
en las axilas de las caracolas.

Sin el auxilio de una estrella


A la espuma
le duele el arco-iris
de su cielo.

A la espuma
que navega al lado del velero.

A la espuma
que morirá andando
sin el auxilio de una estrella.

Agonía del lucero en el pozo


No era amor ni sed. Angustia era
de mirarse en las aguas desde el cielo
Era en la superficie una quimera,
herido en la distancia y en el vuelo.

Tejió de luz su araña marinera,


hizo red de hojas secas. Tuvo celo
de la brisa que espiaba pasajera
su inquietud, su dolor y su desvelo.

Bajel a la deriva. Otro lucero


lo creyó astro ahogado, prisionero,
semejante a un pálido guijarro.

272
El pozo hundió sus ojos para verlo,
en la orilla sin luz quiso cogerlo
y se ensució las manos con el barro.

Elegía a un barco encallado


Otrora
inquieto caminante
sobre el azul ilímite.

Hoy
de espaldas al mar.
El bauprés en un punto muerto.
Muerto el horizonte.

En la playa quedó
una herida profunda.

Atrás todos los rumbos,


todos los puertos,
todas las latitudes.

Fríamente el espacio
—partida en dos la brújula
Muerto el grito del hombre.

En el estradivario
se han puesto a secar los horizontes.

El viento dejó sobre la playa


un túmulo de espumas
y una espiga de sal en la serviola.

Alegorías
1
Ni para angustiarse
sirve uno.
Ni para pedirle al viento
la frustración de la palabra
ni ser necio
para que lo entiendan las paredes.
Restaurar el deseo
como para hacer inútil el viaje

273
2
Ante el grito del náufrago
claudicaron los vientos.
Y claudicó tu voz
ante lo inesperado de tu ausencia.
Uno a uno, mis pasos,
uno uno resentidos,
dolientes...
Y me juego el último camino
y tú vences
porque sueñas con barcos imposibles.

3
Si te toco
es porque quiero poner
en la punta de mis dedos
la hostia de tu carne
y bendecir con ella
todos mis sentidos.

Poema para el amor y el viaje


a Gladys
Mujer,
sobre tu humana geografía, toda isla:
Puerto de mis ansias.
Un gallardete rojo en el cordaje.

Tu cabellera presta como el viento


para atar mis navíos.

Busco en la piel de tu pecho


islas arrodilladas,
frutas con sabor a guarura,
a caracol de playa.
Mujer
en tu cuerpo marejadas de angustias
flotando como veleros sin capitanes.

Esta tarde hubo leva en el puerto,


hice de marinero y en la noche
un lucero me guiñó la pupila.

Tú estabas junto a mí
toda montaña, toda latitud,

274
tú y el deseo
ardiendo en lámparas de vendaval.

Mujer
por esta ruta desolada
—cauce de mi suerte—
azul y cielo a la deriva.

Atrás la isla con inmigrantes y extraños,


aquí un puerto
con un faro de aceite
girando como un hombre.

¡Qué le importa a la vida


si en mi pipa no hay humo
y mi bolsillo tenga un agujero
por donde se puedan escapar tus ojos!

En esta noche de tormenta


juntos haremos de capitanes
y anclaremos en el puerto del alba.

Vengo de la remota herida...

Amo desesperadamente
tu quietud mancillada.
Paz soy.
Vengo de la remota herida
que abrió el acero a los altivos camaradas,
para descender
a la raíz íntima de los árboles,
y fundir nuevo aliento,
nueva savia,
para que haga perdurable el sonido
y la paz en los hombres.

275
Francisco Gutiérrez

El mar de oscuro fondo

Redondo abismo trazó un arco de luz


en los días de infancia, el Mar de Oscuro Fondo.

Suave la brisa traía olores de arrecifes amanecidos


que embriagaban la batalla del cangrejo
y envolvían el clamor de los buzos
que huían de la codicia de los mercaderes de perlas.

El hombre lavaba su pellejo curtido por la sal


y se comían sus ansias desvelos tras desvelos
evidenciando el porvenir.

Era cuando mi padre se perdía en las altas mareas


nocturnas para bajar al fondo de los acantilados.

Yo le seguía mordiéndole los pies en la alborada


hasta tocar el justo límite de las madréporas.

Azulosa la noche alumbraba un toro desbocado


y tempestuoso que cuajaba en desolación
la inmensidad marina.

Hombres y veleros rizaban el viento de la muerte


y encadenaban el dolor y la amargura para arribar
airosos a las playas del llanto y de mis días.

Del fondo iba emergiendo como un parto,


como una floración el lanchón de la pesca
que entumecidas manos rescataban
de la profundidad secreta.

Con su rescate púrpura esperanza alumbraron


mis deudos del olvido sus noches preñadas
de desamparo y hambre.

Él y yo éramos una aventura heredada


de la primera huella que roturó las rutas
de mi Isla encantada; encantada por su embriagante luz.

276
Este nombre
Arcángeles de barro
en el costado
lamen ácidos huesos diluidos

mientras en el muro áspero


de la noche aúllan
perros encarcelados.

Caballos enlunados trotan


sobre la desvergüenza
de estos días.

Se percibe el murmullo
chorreante del festín,
expulsando... quebrantando.

A la mesa se alinean
los que no fueron convidados.
Y en jardines del aire queda
colgando el vaho de la afrenta.

Este nombre transcurre, palpita,


está en la sopa cotidiana,
y estalla al paso de las lunas menguadas.

Mis calcetines rotos


se han quedado vacíos.
Mis zapatos del olvido continúan
la rutina del escarabajo.

Quema el sol en estas latitudes.


Desde mi ventana miro caer la lluvia.
El fulgor de las aguas limpias
la infamia de las horas.

Alguien pregunta por este nombre.

Recordando a Langston Hughes

“Sobre el inmenso mar” boga


la agonía de Langston Hughes.
Apretados entre sus manos lleva
un libro de relatos y un canto
triste como mi corazón de infierno.

277
Cada mañana recorre las calles
de su ciudad retorcida en hierros fríos.
Por sus ojos y su piel cruza la orfandad
que le quema y sube en espiral
y baja lentamente para ser pan de muerte.

Alguna vez le vi en la Quinta Avenida


en una tertulia de la tarde neoyorquina.
Tenía el rostro afable de los niños
y dialogaba sobre una inmensa crueldad.
Había en sus palabras y pensamientos
el designio de un decir elegido y claro
como su inmenso mar.

Era —si se quiere—, el auriga de la esperanza


de una humanidad dolida hasta los tuétanos.
Un acento global caía sonoro y revestía
la tarde de infinitos presagios.

Yo iba de América del Sur. En mis pupilas llevaba


retenida toda la furia del mar y sus criaturas.
Era un marinero en puerto que recorría
la turbia y triste noche de Harlem.

El abandono nocturno traía lejanas ansias


en medio del turbión humano.
Los de su raza se embriagaban de tanto soportar un espeso dolor.
El clamor torturaba al poeta.
Por su voz se escapaban tristísimos lamentos
de los negros como esgrimiendo desde un oscuro fondo.

Bajo la noche tensa se esparcía


una angustia ronca que viene de los siglos.
Un grito hondo retumbaba contra los murallones
de su ciudad y estremecía el verde
de los campos de Louisiana.

Un viento de cenizas recorría la noche de Harlem


Y secaba el llanto y apagaba
las voces acorraladas.

Bajo una atmósfera gris, de habitación deshabitada


y diluido por un laberinto deshumanizado
que fluye a la orilla del Hudson,
transcurre la vida de Langston Hughes.

278
Mariposa nocturna

Gira
Revoletea sobre el azul del humo
las alas sin cesar abanican el vaho
de licores ardientes
La luz traspasa el cortinaje opaco

Transcurren las horas


la medianoche Y continúa girando
como danza inconclusa.
Sus alas no se pliegan
al cono de la noche

Finos hilos de encaje avivan las miradas


que la asedian ....

Con música de carne su cadera describe


círculos en el aire
Va y viene acompasando el filo de las horas
Vende el licor Brinda sonrisas y escapa girando girando...

Se derrama el licor Ya es tiempo de partir


Sus alas casi no aletean

Ha sellado la noche la ebriedad


Y camina
hacia la calle

Bajo el rumor una estrella lejana


pinta el amanecer.

279
José Elías Villarroel

Tragedia marina
Punto Margariteño
Se fue la linda barquilla
Al impulso del deseo
Y en su incansable traqueo
Dejó muy lejos la orilla.
Levan anclas y la nave
Luce su blanco velamen
Hacen del rumbo un examen
Juega la ola en su estrave.
Como una mística clave
La estela en su timón brilla
Un triste fulgor la humilla
Por un mar vasto y desierto
Y dejando triste el puerto
Se fue la linda barquilla.

Cual cendal en leve bruma


La barquilla se estremece
Anida el cuerpo, se mece
Y besa la rizada espuma
Un fuerte fulgor la abruma
Por un oleaje muy feo
En un cruento besuqueo
Se abre paso en la negrura
Conquistando su aventura
Al impulso del deseo.

El viento la desvanece
Con su violento furor
Y va engendrando el terror
Do la barquilla perece.
Su frágil mástil se mece
Lidiando en el balanceo
Los lampos del burbujeo
No cesan su conmoción
Vi en el mar esta pasión
En su incansable traqueo.

Mas de pronto, por levante,


Un punto negro acrecienta
Se desata una tormenta
Y ruge el mar como un gigante

280
Perdida y agonizante
voló del mástil la astilla
Rompe el huracán su quilla
Y en la espantosa faena
La nave en la cruel escena
Dejó muy lejos la orilla.
1942.

Amanecer venezolano
El sol dorando el espacio
con sus reflejos de oro
se ostenta cual meteoro
en nubes color topacio.

Llega el alba mensajera


Con sus poéticas tintas
Y las mañanas son distintas
Allá en la fresca ribera.
El rocío cae e impera
su frescor como un prefacio.
Encrespan su pelo lacio
Los herbáceos parajes
Más tarde va entre celajes
El sol dorando el espacio.

Besa el páramo la nieve


Que nidifica en la flora
Y son lágrimas de aurora
Lo que en las mañanas llueve.
En el horizonte se mueve
La melancolía que adoro
Mas al contemplar demoro
Cuando en la celeste gruta
Marca el sol su tenue ruta
Con sus reflejos de oro.

Bordean las nubes raudales


Dulces y frescos lentiscos
Cuando amortiguan sus discos
Las estrellas aurorales.
Los pintorescos cristales
Nidifican su tesoro
Ante el tintineo sonoro
Que la campana ejecuta
Y allá en la celeste ruta
Se ostenta cual meteoro.

281
Juguetean lindos destellos
En los fondos azulinos
Espejismos ambarinos
Saturando fiordos bellos.
Efluvian lampos y sellos
A bullir en el espacio
Mágico, dórico palacio
Do el sol radiante y pirático
Siembra su disco enigmático
En nubes color topacio.
1948.

Mi bahía
Punto Margariteño

Se oye cantar el viento


Entre las redes de malla
Y flamean en la playa
Las velas de un pensamiento.

Entre conchas nacaradas


Remos y anclas de barco
Yo vivo sobre un arco
De armonías resaladas
Contemplo velas doradas
Mástiles en movimiento
Y aves que del firmamento
Bajan al cristal marino
En ese mismo camino
Se oye cantar el viento

En las horas vespertinas


De mi preciosa bahía
Efluvia la poesía
Sobre las ondas marinas.
Ellas se hacen cantarinas
Con su vaivén que no falla
Y al salpicar la muralla
Del rocalloso remate
Ya han librado otro combate
Entre las redes de malla.

Viviendo entre caracoles


Algas y ostras abiertas
Sueño que estoy a las puertas
De un paraíso de soles.

282
Me inspiran los arreboles
Cuando una gaviota ensaya
Su raudo vuelo y desmaya
Devorando sardinitas
Sus alas son dos velitas
Y flamean en la playa.

En esa náutica perla


De velas, besos y alas,
Se encuentran también las galas
Del dolor y la miseria.
Seres en contienda seria
Buscan el diario sustento
El erizo suculento
La almeja y el mejillón
Y estos versos que son
Las velas de un pensamiento.

283
Rosauro Rosa Acosta

Tono, el vigía

Es de madrugada grande,
—fiesta de luz en el cielo—,
del camino de Santiago
cuelgan maduros luceros.
I la brisa clava espinas
¡sobre la carne del puerto…!

Tono sacude el bostezo


para desterrar el sueño
y se encamina a la playa
por la hebra del sendero.

La Salina le sonríe
con la humedad del sereno,
y un perro estira un ladrido
para el saludo fraterno.

Vigía de aguaje y cardumen


—alcatraz del ver certero—
viene puliendo su “A bordo”
con el trapo del silencio.

La ardentía pone en sus ojos


gotas de avaros destellos
y su voz de caracol
nimba de angustias el cerro.

Mundos de botes y redes


—volcán de músculos tensos—
persiguen en la penumbra
el rumbo del grito recio.

La voz de “¡Caló el mandinga!”


afinca garras de anhelos
y canciones jubilosas
alegran la faz del puerto.

A Tono lo encontró el sol


feliz y firme en el cerro
izando trapos de triunfo
sobre las manos del viento!

284
Cuando el chubasco
En la alta madrugada, bajo la furia del viento,
en la negrura espesa de las nubes,
los ojos te buscaron
¡Estrella del Norte ... !

Iba loca la brújula ...


El foque se retorcía de cólera...
El chubasco zapateaba —borracho— sobre la arboladura...

Un golpe de mar
le apagó la pipa al viejo contramaestre, un golpe de mar
que contestó la ofensa con un escupitajo ...
Al pinche, el bautizo de tormenta
lo acunó en la bodega
¡abriéndole los ojos desmesuradamente ... !

Raudas flechas de luz cruzaron el espacio


y loca marejada se quebró en las espaldas de los marinos atribu-
lados...

Entonces,
más fuerte aún que el viento
se oyó la voz de mando:

—¡Arria las velas...!

I en pleno corazón de la noche


quedó el palo mayor
¡como una virgen tísica ...!

Playeras
Ay, novia del Mar, Marina.
Novia del Mar, marinera.
Tus ojos en la alta noche
trazan rumbos de recuerdos...

Un pañuelo de alta nube


te buscaré en algún puerto:
pañuelo de hondo suspiro
donde anudar este anhelo:

De ver tus ojos, Marina


como reliquia en mi cuerpo.

285
De ver tus labios, Marina,
tatuados sobre mis besos...

Ancla firme en tu cariño.


Puerto tranquilo en tu sueño.
Un gallardete de dicha
enarbolado en mi pecho.

I un ansia de no irse nunca


de la bondad de tu alero.
Borrando en tus ojos negros
los puertos del derrotero.

Ay, novia del Mar, Marina.


Novia del Mar, marinera.

De estrellas, perlas, corales


que jugaron con luceros:
te haré, Marina, un collar
para anudar el recuerdo:
de aquel adiós que fue un beso
en la penumbra del puerto...

Aquel llanto, aquel gemido...


Aquel volar del pañuelo:

gaviota de eterno adiós,


tijereta de tu duelo…

Desde la borda del barco


voló mi adiós lastimero.
Mi adiós en cinta de llanto
y en nudos de sentimientos.

Un adiós de “no te vayas”.


Una promesa: “Yo vuelvo”.
I un suspiro navegando
entre mi pecho y tu pecho.

Mas los años han pasado,


Marina, y tu marinero,
¡no regresó por la ruta
que le trazaron tus besos...!

286
Pleamar

Esta noche, el mar tiene el corazón desbocado.


Conversa y ríe con las viejas goletas,
mientras corre descalzo como un niño en la playa.

Los marineros beben luces en el remanso


y entonan coplas de lejanas querencias.

En faros de ardentía viene la madrugada.


(Cuchillo azul de sueño, semilla de faena).

Alto crisol de luna va fundiendo velámenes;


y al gritar sus adioses las drizas y estayes,
el viento corta sombra, estelas y espumas
y siembra carcajadas en los surcos del puerto.

Invitación en la alta madrugada

De madrugada grande nos iremos


cantando silenciosamente...
¡A nuestro paso estirarán los perros
en lánguidos ladridos sus ensueños
y afinarán los gallos sus gargantas
como heraldos del matinal concierto…!
Ven a mirar conmigo los remansos
donde buscan corales los luceros…!

¡De madrugada grande iremos


como dos sombras por la orilla del puerto!

¡En esa hora el mar cuenta sus penas


y sueñan los balandros lejanos derroteros!
¡Y el viento se hace niño
poniéndose a jugar sobre las velas...!
¡De madrugada grande iremos
a arrancarle a la noche sus presagios
y a escuchar la canción de los cantiles
y a sentir el bostezo de las piedras...!
¡Vamos a ver de cerca a Venus
que se prendió un brillante de hermosura
para coquetearle a los luceros…
y para que admires la Cruz del Sur
que es una flor de fe que adorna al cielo!

287
Oye el eco de pasos en la arena:
¡Son los marinos que viajan a la ausencia!

¡Y ese eco, esa voz, ese latido,


son los fuertes latidos de mi anhelo...!

Escucha:
Dentro del pecho me crece este cariño
¡Dámele tu cariño para el riego...!
¡Que esta noche me nace este deseo
de que nazcas conmigo en el ensueño...!

Por la sangre me está corriendo ahora


esta mezcla de limo y de silencio;
¡y me golpea la sangre apresurada
el aroma del alga anochecida
que se ha puesto a dormir en tu cabello...!

¡Vamos junto a las piedras...¡


¡Vamos a hollar la arena...!
¡Vamos que los suspiros
quieren quebrarme el pecho...!
¡Ya tengo siete mares en la sangre
y tengo mil estrellas en los ojos
y tengo un huracán en las arterias
y en los oídos furiosos me golpean
los apretados puños de los vientos…!
¡Qué dulce fruta de tus labios!
¡Qué aroma el de tu cuerpo…!
¡Qué divinas las gotas de rocío
que brillan como perlas en tu noche!

¡Vamos!
¡Cuando venga la aurora
con su sonrisa fresca
yo tendré de tu cuerpo apagado el anhelo,
e irá en tu pecho navegando
el amor maternal que te ha nacido
entre aromas de mar y de luceros…!

¡Deja que el aire se perfume


con la apretada flor de tu silencio…!

288
Emira Rodríguez

La casa de alto

Cuando en la isla se acabaron las perlas


Marval arrió las velas
y partió hacia la tierra verde
que detenía las nubes en el norte

espejismos de sal
fueron poblando Nueva Cádiz
que poco a poco se desmoronó en sus fantasmas
escudos toscamente tallados en la piedra porosa
con sus muros de adobes deslizándose al mar
de donde no emergieron más los de recios pulmones
estallados frente a la codicia
como anémonas

buceaban hasta las siete brazas


con el resuello fácil
por la cosecha de no bastarles nunca a los colonos
las mujeres agachadas abren ostras
en torno a las pequeñas pirámides
de podredumbre y nácar

Fueron partiendo todos


Algunos llevaban sus escasos aperos y unas bolsas de esparto
llenas de margaritas como si fueran
suspiros de los indios muertos
otros se alejaron con una canción
o con un hijo

Cada vez rinde menos


ya se fueron Juan López y Ramón Melgar
para occidente y el agua en tierras de caribes
nos cuesta dos días de navegación y sangre
y estas casas vacías
está rondando la muerte en Cubagua
viene del mar también como la vida
subir y respirar un rato
más perlas quiere el blanco más perlas
en el fondo se enrojece el mar

Por la mañana pasa


un aire de afilada transparencia

289
un olor como de algas podridas ,
brotadas en la playa después de la tormenta
y un zumbido de insectos
le despiertan
y aparecidos son
los sueños
los escorpiones que solían habitar
entre las cañas bravas y las tejas
la extensa soledad del mar
argentado que hablaba
desde el fondo del silencio
y las medusas y las fosforescencias
que encendían la noche de allá abajo
porque a veces la noche
se quedaba prendida de las ostras

y aquella luz no la de Nueva Cádiz


le fue creciendo dentro mientras crecían
a media legua de la costa
en pasando unas colinas redondas que parecen tetas
despacio los tallos
de la fanega de maíz que le habían dado
naturales de la Punta de Piedras

que también compañía le dieron

En los charcos dejados por las lluvias


que comenzaron a llamar los nortes
se miran pájaros rojos de altas patas
blancos y cenizos
que vuelan agrupados por colores
con una cierta lentitud que al mentado Marval
le pone la nostalgia lejos

le va naciendo un alma
gallego canario o extremeño
marino de ocasión porquero soldado de fortuna
ya no maneja el arcabuz ni rema

que apacentar carneros


le procura carne cecina y pieles
y un queso curtido como
la guayquerí que le parió
seis hijas hembras todas
que han de ser paridoras
como conviene para sembrarse definitivamente
más allá del cardón y de los arenales

290
en la casa que no es ya caney ni rompevientos
sino que levantada con sus propias manos
tapiando entreverados de caña de los pantanos
con unos muros de barro amasados con hojarasca y paja
que los del lugar terminan recubriendo
con un techo de palmas
y llaman bahareque

No sabe que está fundando


Hato
Solar
Combates
tropa sangre
que trigo no
porque hay frutos nuevos en la isla
de pulpa como carne de indios
y la de los cardones rojas
coronadas de espinas
y los mameyes y los cotoperíes
y el mango de cachetes jugosos
que chorrean dulzor y trementina
y hasta se quema el cuero con el sol

A veces un canto remonta el olvido


las cosas permanecen
y pasa un aire cargado de arenisca.

*
Llegando desde el mar se va subiendo
una cuesta empinada
anubarrada a veces que refresca
el trote de las caravanas de muleros
en las trochas y picas holladas antes
por pisadas silenciosas
en la sierra que los naturales llaman Guararia Repano
y se divisa desde lo alto del mar
con un techo de cirros suspendido
sobre el desierto azul
y en bajando la visión la costa sur del monte
aquesta villa recién nacida en la idea
que impulsara la conquista del valle
a regir “el real o los reales de minas que estuvieren
pobladas en todos los términos de esta ciudad”
que había nacido fundación minera
en pos del oro sobre los restos del hato que poblara
Francisco Fajardo pero su destino había de ser
de rurales fatigas

291
al amparo del cerro que la defendía de las embestidas
de corsarios y ciclones
que barrían poblaciones enteras de la costa
Ines just coming a 150 kilómetros por hora y están evacuando las gentes de los litorales a tierra
adentro en las plantaciones de café de las laderas de la sierra y en los cacahuales de Barlovento
que los barcos soltaron amarras todos en los puertos

no sabemos aún cuáles daños en las refinerías de oriente y del carguero que debía atracar en el
puerto no hay noticias

Preston el pirata encontró solitaria la ciudad y al caballero de mula Alonso An-


drea de Ledesma
quien le hizo frente solo armado de su lanza
y la humedad bajando desde las vertientes
en forma de neblina
y la bondad del suelo
mitigando las fiebres de conquista
al tiempo que se enciende el trigo en las cosechas
por las hondonadas y el molino en las orillas del Anauco

un poco más arriba de Las Vueltas


crecerán las barracas
que la Compañía de Guipúzcoa
construirá en lugar de frescura
para la harina de los monopolios

y se techen las casas con cogollo porque tejas no hay en el lugar


y las acequias que corriesen por “la calle se abra e se enlosse e pase por debajo
de las dichas lossas” el agua de las vertientes

A Gabriel de Ávila le entregaron


la vara de Alcalde y las tierras
que costean la serranía
las aguas que de ella iban bajando
en murmullos a nuevas consecuencias
y la realidad de la inmensa muralla
que significa el cerro que separa
a la ciudad del mar
y le llamaron Ávila

que para llegar a la costa


camino obligado de vituallas para los colonos
y papeles con el sello del Rey
habían convertido en picas las pisadas de indios
—que conocían todos los recodos del monte en trajín silencioso—

292
angosta bordeando precipicios
pegados como liendres a las rocas
y hendeduras de cuarzo
entretejido de granates rojos y verdes
costeando las hondonadas y las culebras
cargados para el trato del contrabando con la isla
de donde vienen pesquerías de perlas hamacas pencas de sisal
para las cuerdas y lienzos de algodón y sal de Araya
y el Procurador General dio aviso al Ayuntamiento
“que los caminos que van a la costa de la mar y lugares
de esta Gobernación están muy arruinados y perversos
y que se andan con mucha dificultad” y eran las picas
de los indios escondidas de piratas
y algunas cómodas para el camino de Santiago de León

el rumor de la espesa muchedumbre de avispas


que puebla el día de la playa se ha de ver confundido
con el de seres que despiertan de hibernación después
de siglos el capitán Juan de Rivero y aquel Galeas
“marañón” que volvía del tirano Aguirre
mientras pasan bólidos rojos niquelados revestidos
de cuero y exotismo desde donde los ruidos parten
sin lograr apagar el que fabrican los centauros miedosos
de las motocicletas
el Coppertone bronceador en crema o en spray
lo compraremos al salir de la autopista
que partiendo del abra de Catia
—ya lo habían ideado los constructores del camino
empedrado que pasaba por los Castillos y por la vuelta de Pedro García
con un radio de visión de veintidós leguas—
atraviesa los viaductos hechos por franceses
y los dos túneles de Boquerón iluminados
tal que parecerá la luz del día
nos hallaremos en minutos en el club del litoral
para el week-end de lagartos al sol
y almorzaremos en “El Rey del Pescado”.

Cuando comienzan a morir los días del año


la sierra se viste de una yerba color de amaranto
que llaman capinmelao
y produce al ordeño una leche muy dulce
cuando los ganados usan pacer en ella
al declinar el día
con los rayos oblicuos del sol en los salientes
se inaugura un incendio calmoso que ilumina el tiempo
de los cañaverales las altas chimeneas de las moliendas

293
los edificios en propiedad horizontal
y hasta los anuncios al neón de la publicidad
que será dueña de todos los sentidos
el funicular ascenderá diagonalmente hasta la cumbre
y esos lirios azules que crecen espontáneos
y que veré también en Orotava
parecerán estalagmitas en los bordes del inmenso boquete
que en la selva penetra ascendiendo

la serranía de Guararia Repano


a la que dieron por nombre Ávila.

Regresé al puerto
cuando los alcatraces
volvían al farallón aquella noche

olí despacio los aromas que


cortaban el aire
el hombre de los ojos rasgados
me dijo:
tú eres la hija de gaudio
yo no sabía por qué
después de tantos años
cuando los faroles encendían
las esquinas
frente a las cancelas me eché a reír conmigo.

Nota: Los textos históricos entrecomillados han sido tomados del libro Camino
de la Mar, de Manuel R. Rivero. Lees just coming es el título de una novela excelente
del escritor español Alfonso Grosso. N. del A.

294
Juan Salazar Meneses

Caballo muerto en la playa


Cuando una araña teje bajo el relámpago
es más bello que galope de faisán
bajo la lluvia.
Y la rosa tras los telégrafos
emprende sus caballos al oeste,
siempre al oeste.
¡Viento estéril de la roca!
Sal blanca y rosa de los acantilados,
duerme, tu más puro sueño.
Duermes, cuando el viento asciende
un naipe a un antiguo velero
donde reposa una guitarra muerta.
Duermes, cuando el mar semeja un dios
y muere un caballo hechizado por un astro.
Caen los párpados. En la playa un anciano
silba una extraña balada, en tanto, veo
tu rostro impasible de cielo.

Un día cuando el viento fue joven


Un día cuando el viento fue joven,
subió al cactus y a su fruto
de encendida furia.

Un día claro de abril


llegó al estuario
y dio rienda hacia el agua,
moviendo las flores y el vientre
de dócil nieve de los gansos.

Las canoas volaban y los peces


sobre la esmaltada laguna
volaron también.

El viento como un alto bajel


entre las lianas sin historia,
enredándose en el mangle
donde el verde mejillón
espera una boca para morir
en sorbos lentos y delicados.

295
Y fue el viento
buscando en sueño
lo que no existe.

Hurgando las colinas,


rondando los nopales
crecidos por la Luna.
Recitando a los árboles muertos,
al verde ausente
y al apagado manantial
su fábula ya antigua:

Constrúyeme una casa alta y blanca.


Constrúyeme un jardín
de amapolas sangrientas.

Fue el viento en acecho


de todo aquello que le concierne:
Los muros y las rosas.

Levantando en la espuma
un paso hacia la luz.

Fue el viento
sobre mi isla
extendiendo su red,
su sueño de piedra pómez.

Fue el viento
levantando la tierra escarlata,
rodeando la salina
como una gran luna.

Tuvo el viento
un sueño todo blanco
con los jirones de la ropa
y el humo de la cocina
donde se quema el erizo,

El viento
no cesa de darle
vueltas al nopal
y a la exaltada rosa.

Hombre de la península,
hombre de mano dura

296
y dedos ágiles
de contar estrellas.

Yo te he visto caminar
por todos los caminos de la luz
inundado de tristeza.
Yo te he visto soñar
en el tedio del mediodía,
(bajo el oboe de las colinas)
con campos de algodón
y viñas más verdes que las olas.

Inclínate, recoge la amable profusión


de tus cabellos, riega los geranios
y vuelve tus miradas al azul deslumbrado.
Bellas hijas del estío.
¡Cuántas hambres!
¡Cuántas lunas de hambre
llevas en tu vientre!

Grácil y divina paciencia


de transmutar a la red un sueño.

Todavía el mar
no ha cambiado de azul al verde
cuando tus gritos salen del mangle.

Me quito la sal
de los párpados y miro:
El perro en el aire blanco
olfatea la ortiga,
una perdida música.
¡Tierra blanca!
Sosegada dulzura.
“Belleza castigada y risueña”.
No conoces sino la luz.

No conoces sino la piedra.


No conoces sino el viento
que llega dos veces
y no dice su nombre.
El cactus: candelabro azul.

No conoces sino el polvo


que rodea la iglesia
como una corona de murmullo.

297
No viene la ausente, la tácita,
La voz de los manantiales segados.

Tu única fuente es la luz.


Te envuelve como nieve alada.
Te crea jardines,
flores para tu sueño.
Tierra ¡Yo te beso el alma!
Tus árboles muertos
donde alguna vez
se abre la flor en un ruido de alas.

Y el viento puro entre las ramas


despojando los pájaros
y la sal de las rosas.

Hombre de mar, el aire de mar


sube a tu frente y tus sueños vuelan.

Y el viento que vuelve, único,


desafiando los rojos desfiladeros
y las hierbas sin memoria.

¡Cómo evitar la mudez


de esta tierra que no hace sino soñar!
¡Cómo calmar su sed
si la madrépora y el caracol marino
sólo son los gozosos amantes de la luz.

Es la mañana la que yo aspiro.

Bien quisiera volver a este lugar


después que la lluvia despeje
el sueño de la tierra,
y la cubra de renovado verdor,
y pueda montar a la palma,
abrevar mi sed con los dorados frutos.

El ciego

El ciego duerme. Un viento blanco


lame sus ojos grises.
El pudo ver los astros
que se esconden en los árboles huecos,
las piedras negras que lanza

298
la tempestad a la llanura.
¡Piedad, Señor! “El mar oxida las espadas”,
¡en la noche mi cráneo se evade en un fuego azul!
No veo nada... Legiones, banderas, la luz
huye a un bosque abandonado.
Mi cráneo está seco. Vienen naciones victoriosas,
balandros en un fuego de oro
rechazan las sombras,
mas yo nada tomaré que no sean mis espectros.
¡Piedad, Señor! Eleva esta corneta roja,
devuelve al diluvio el arco-iris.
Adiós, la ciudad te abandona,
incéndiase como un navío, adiós.

Alba

Entonces memoria, yo podría


ver el alba
en un pueblo de pescadores.

El gusano del sol vomita su blanca seda.


Largos cuerpos de oliva
extraen del mar: sábalos, salmones.

Peces con boca de mujer


cantan en su jaula de plata.

Siemprevivas, nomeolvides que flotan,


y la sal pegada a nuestros labios.

Esta es mi tierra. Esto es lo que amo.


Gente cándida que blasfema
al filo de luna y los naranjos.

El tejido del viento


me conduce a la infancia.
Niños juegan con tierra color de manzana.
Sobre sus cabezas un diluvio de azul.

299
José Rosa Acosta

El viaje

Me voy.
Llana, sencillamente me marcho con el viento.
Me voy porque la protesta del cangrejo no pudo descifrarse.

Porque en vano las palmas se rasgaron el pecho con la brisa.

Porque hasta la piel del paisaje ha sido mercantilizada.

Porque cuesta moneda hasta el último matiz de las escamas.

Me voy porque el caracol es un niño imbécil


que se tragó un bombillo de linterna,
dejó la quietud de los acantilados,
se dio baños de ácido muriático y se vino
a vivir en las vitrinas entre deformes niñas de cachipo.

Me voy porque el brazo que lanzaba el arpón


se curva servil sobre las maletas.

Me voy porque las rockolas se tragaron el polo


con sus fauces de ballena horripilante.

Volveré con la tempestad.

Volveré a decir a los cangrejos


que no han alzado en vano su macana iracunda

Convoco desde hoy al tiburón,


al pez-espada,
a todas las aguamalas del océano
y a toda la genealogía de los tembladores.

Los convoco para el día del juicio final en los acantilados.

Para el día de sacar la canoa de los museos.

Para el día de quitar esa ridícula cinta de nylon a los sombreros de cogo-
llo.

Para el día de romper las hojas de almanaque,


las guías de viaje

300
donde se vende la imagen del hombre
que remienda la red,
a quien no le pagaron por retratarse.

Me voy porque la mano que ganaba una parte


se extiende para pedir una propina.

Me voy porque la imagen abandonó


sus vestiduras sencillas,
sus modestos haberes y maneja grandes,
exhorbitantes cifras controladas
en máquinas I.B.M.

Me voy porque la gaviota ya no me pertenece.

Ni siquiera levaré el ancla en este viaje.

Cortaré a ras de borda las amarras.

De un manotazo soberbio romperé la choza


que construyó mi amor sobre la arena
para que nuestra hospitalidad no continúe
sirviendo de cartel a los vendedores de paisaje.

Para que nuestro múltiple, profundo amor al prójimo


no sirva de cuña radial a los traficantes.

Me voy porque la atarraya se ha prostituido


y está ahora pescando telarañas a la entrada
de los hoteles y de los aeropuertos.

Me voy con el grito prepotente de los vigías.


Con el resuello monstruoso de los buzos,
me marcho en esta leve brisa que desteje la bruma.

Los convoco para el día de sacar


la comparsa del pent house
y traerla a las esquinas.

Para el día de abaratar el milagro.

Para el día de sacar al hombre del sótano


y de los lavaplatos
para sentarlo en el banco de mura.
Tempestad de tempestades
será nuestro regreso.

301
Será el día de rescatar la luz.
El día en que los ociosos
que se han apoderado del mar
sabrán lo que es una marejada.

Será su hora y punto de saber


lo que duele el silencio de los moluscos.

La noche de la noche

1
La noche de la noche
es una grieta
Fosforescente gota persistente.

2
Engendro de la arcilla
y del relámpago
Eterna noche.
Aurora fugitiva
Todo se ha vuelto desleída luna
Ya todos los rincones de la tierra
congregaron su sombra amenazante

3
La soledad da brincos prepotentes.
Concurro a mis altares devastados.
Testigo soy de mí. Frente a la sombra
rindo mi testimonio sin palabras.

4
Desdibuja en mis manos las caricias.
Cercena aquí los labios que besaron.
La noche de la noche salta y ruge.
Ni siquiera migajas de cocuyos
ha colocado el viento en los tejados.

5
Habito un duro pueblo solitario.
Pueblo sin agua, ni óleos de bautismo
Sobre excesiva sal pueblo sembrado.
Limitado por ángeles y cuevas.
Limitado por alas y abismos.
Prisionero de lobos sedentarios
y una falsa esperanza en el ombligo.

302
6
Ya el camino no es ida ni regreso
Tan sólo nos sentamos a su orilla.
Lo demás es la sangre con su urgencia.
El viento pasa susurrando angustias
hacia su eterna soledad vacía.

7
Mueren también las hojas.
Inoído boquear de las estomas.
De color a color mueren las hojas.

Canto final para la isla verdadera


Sumergida ciudad. Ciudad perdida
perdida y rescatada para el sueño.
Ahora dejo mi voz, mi luz, mi odio
para ir a vivir a tus escombros.
Sólo me llevo un canto, canto mudo.
—cadáver de mi canto sólo llevo—
Yo seré el habitante de tus ruinas,
ahogado para siempre de silencios.
Desnudo de mi vida y de mis gritos,
me voy todo quietud, puro, sereno.

Congrega tus fantasmas submarinos


para la bienvenida que ya llego.
Encuerda una guitarra milenaria
con la sal más amarga de tu pecho
y pulsa en la mudez de tus balcones
sus bordones de siglos y misterios.

Qué bien será la vida de mi muerte


en tus parques de algas predilectos.
Recostaré la frente de una ola
para pensar olvidos en tu seno

Desandaré tus calles y tus patios.


Sepultaré mi paso en tus veredas.
Me beberé tu mar como una copa,
Isla-Verdad. ¡Oh, gracia verdadera!

Balandra prisionera entre dos aguas


el todo de mi ser a ti se aferra.
Acógeme en tu amor Cubagua mía.
Hártame de tu paz, madre serena.

303
Arrúyame este sueño sin mañana,
que ya el llamado oí de mi sirena.

La sirena
La muerte frente al mar, no es esa sombra inútil
que emerge de la espuma, se adormece en la arena;
La muerte frente al mar es una gracia antigua
que emerge de la espuma, se adormece en la arena;
se cuelga de los ojos amaneceres claros,
se perfuma los senos con marinas esencias.
Corales milenarios le custodian la risa
y un ecuador de nácar le ciñe las caderas.
La muerte frente al mar es una niña loca
que liberta las anclas, rompe cascos y velas.
Se acuesta por las noches con marinos borrachos
y le arruya con cantos la final borrachera.
Hoy estuvo pulsando su canción en mi barca
y enloqueció la aguja de mi rosa viajera.
Preciso es pues que parta para este inmenso viaje
hacia un puerto de olvido con la antigua sirena.

Discurso incoherente para retornar a la bohemia


Perdón, perdón, se ha terminado el humo
¡Oh! Dios, ¡Oh! cantinero,
trae hasta mí ese cáliz de espumas
y por favor, ¡Oh! Dios, no me lo apartes nunca.
Dejadme con mis huesos llorar hasta la muerte del vino.
Mi cielo está en la uva.
Hoy vuelvo con mis pasos hasta la doncellez
de las palabras tontas…
…¡¡Fraternidad infinita!!
Para inventar hermanos.
Para tener mil novias por el mundo,
hacedme un Rocinante de espumas.
Quiero manos morenas que me enciendan la pipa.
Quiero senos morenos que me enciendan la sangre.
Quiero mi novia gorda de saliva viscosa
la más borracha y triste de las hembras del Bar.
Hermano, acerca a mí este cáliz.
Mujer, acerca a mí tu infinita, tu verdadera tristeza.
¡Oh! Dios. ¡Oh! Cantinero,
acerca a mí este cáliz
y por favor, ¡Oh! Dios no me lo apartes nunca.

304
Jesús Rosas Marcano

El caracol de las horas

Una cobija de arena


y una sirena de sal,
dijiste que te trajera
de su viaje, el capitán.

Ojitos de café tinto


que se bebieron el mar.

El muelle mojó el retrato


de toda su antigüedad.
la tarde —flor de agonía—
se desprendió del ojal.

Se durmieron las gaviotas


y no llegó el capitán.

Llegó la sombra a la playa


y no llegó el capitán.

El faro abrió cien caminos


y no llegó el capitán.

Ojitos de café tinto


¡qué humedecidos están!
Sin la cobija de arena
sin la sirena de sal.

El caracol de las horas


en su furtivo cristal
dejó cautiva la noche
y toda el agua del mar.

Llevo chipichipe en concha

El sol dijo adiós al mar,


son las seis de la mañana,
las dulces chipichiperas
fortalecieron sus maras
y van regando el camino
con el amor de sus playas.

305
El aire amplio y absoluto
lleva música y plegarias
y en festiva romería
va voceando la muchacha:
—¡Llevo chipichipe en concha!...
—¡Llevo guacuco ejuyao!...

La sonora entonación,
el rumbo indica Agua’e Vaca,
muy atrás se quedó Atamo
para buscar La Portada.
Pasa a El Mamey, a El Copey
y se interna en La Otrabanda.
El Otro Lado del Río
pone límites a su marcha.

Casi está lista al regreso


la muchacha de la playa
y muestra a una compradora
que lo sobrado remata:
—¡Fíjate, mujer de Dios,
cómo se me hinchan las patas!

Con un nuevo peso encima


emprende el regreso a casa:
cuatro cocos, treinta mangos,
un torno rojo de caña,
un casabe fresco y blanco
con una cruz apagada
y un ancho sufrir ignoto
en el interior del alma.

Empieza a sacar la cuenta,


pero la cuenta se escapa.
Recurre a la tradición
de sus cortas manos anchas,
mientras su mente feliz
lleva gentes de confianza
que fiado tomaron hoy
pero que pagan mañana.

Hizo magias la playera


con las míseras ganancias.

Reservará en la alcancía,
el “porsi-acaso” que llama,

306
que será de dos centavos,
cuatro o seis, según le vaya.

De allí saldrá la promesa


del Valle, virgen de gracia,
de allí saldrá la peineta
y la falda colorada
y los zapatos de goma
y la franela mareada
que el barco contrabandista
descargó a mitad de playa.

Así transcurre su vida


mientras los años se arrastran,
con su eternidad a cuestas
que es el voceado y la mara:

—¡Llevo chipichipe en concha!...


—¡Llevo guacuco esguyaoo!
Margarita: Agosto de 1952.

Canción
I
Rumor de madreperlas y chinchorros
bajo el ansia nocturna de la pesca.

Plata y azul confuso y amarillo


sobre la plenitud de la marea.

Buzo-pastor, te duele la escafandra


de tanto repetir palabras viejas.

El mar juntaba su canción de hondura


con los comunes ayes de la tierra.

II
Era un bordón de arena de Cubagua.
Era una tropa de tardones recios.
Iba Antón de Jaén por mi memoria,
definitivamente triste y bueno,
sin su saco de perlas sobre el hombro.
Margarita, 1956.

307
Explicación
Porlamar en el rumbo y la ardentía
en la mañana inaugural de agosto.
El costillar de la balandra inútil
ampara los remiendos del chinchorro
y el sol zahiere y canta y se regresa
en la apretada fibra del cogollo.

Cansado azul, el pantalón viajero


monta el paisaje elemental, redondo.
Hombre fundamental en la atarraya,
el árbol navegante viene, el lobo,
parcelador de cielos y de aljibes,
de cobre recio y familiar el rostro.

Cada nostalgia germinó una arruga,


fragua lunar de sueños y despojos,
Las ofrendas del mar y las distancias
se vuelcan en los brazos del chinchorro:
el huso de coral, las madreperlas,
la esencia de profundos corocoros,
diez reales del pez sierra estrangulado
sobre el cristal del hontanar remoto
y guarda en la talega clandestina
que encallece de siglos junto al hombro
todo el ron de las fondas antillanas
contrabandeado en el dolor del golfo.

Romance del juego de truco

Desanda la tarde en fin


y ancla en el bar “Pandelaño”.
una baraja española
de arabescos apretados
y dos palitos de fósforo
y un puñado de “máis” blanco.

Cuatro látigos de acero,


cuatro pellejos de barro.
Son Alejandro Rodríguez,
más bien, el Tuerto Alejandro;
Narváez, José Isabel,
es decir, Chabé el de Atamo;
Alejandro Figueroa:

308
Calle larga por lo magro,
y, en fin, Francisco Tabasca,
Chico-Chingo desde cuando.

Calle larga va con Chico


y Chabé con Alejandro.

La mesa: latón antiguo.


Las sillas: hierro plegado.

Alejandro rumia un chicle,


Chico, un cabo de cigarro,
Calle deja por ahora
sus dos planchas sin trabajo
y Chabé la lengua turbia
por el bolo de tabaco.

Coimes prevaricadores
en silletas a caballo.
Junto a noticias de ayer
que se agitan en el patio
el viento mueve a la vez
cenizas y escupitajos.

Cerveza en vasos de esperma


y ron en casquillos blancos.
Pereza en las gaseosas
de los mirones baratos.
Birrias denuncian apuestas
entre bendito y profano,
sobre el yunque de latón
fingen mandobles los bastos,
mientras los oros mezquinos
pujan las copas al raso
y en las voces las espadas
sesgan soberbios sablazos,
un vendedor de tequiche
—en el mirar inexacto—
con los ojos amarillos
donde debieron ser blancos,
tiene una alpargata sucia
y asiste la mesa impávido.

En cruces sobre el bostezo


se anarquiza el comentario.
Todos los tantos son buenos
incita el del mirar pálido.

309
Público el reto concluye
con ocho puntos por cráneo.

Y así se juega el bonito


y Chico en la voz de mando
lanza un bello tres de copas
con las copas hacia abajo.
El siete de las espadas
hacer rugir a Alejandro
y envidar sin abstraer
de los puntos que está falto.

Calle Larga con un rey


deja el envite en el rastro
al gritar ¡quiero y envido!
El coime que apura el canto
califica al anterior
de torpe y extemporáneo.
Mientras que Chabé en silencio
con la primera en la mano,
deja el cinco que le sobra
para burla del contrario.

Con el radiante dos de oros


reanima el juego Alejandro.
¡Truco! grita Calle oculto
que le aceptan en el acto
y sobre los naipes muertos
triunfa el perico de bastos.

Chabé con un as de copas


puya malicias a labio.
Sacrifica Chico otro as
por la segunda... En su escaño
Calle suelta el otro rey
—ligó el perico pelado—
mientras que sobre él, Chabé
con terribles tres de bastos,
entre agónicas premuras
quiebra en retruco zamarro.
Y Chico que la perica
para el final ahorró zafio
la descubre tan seguro.
al par que escupe el cigarro.

¡Ganamos truco y envite!


Y Chico que la perica

310
amasa un buen treinta y dos
hecho en la copa milagro
que el truco es gloria ofrecida
por el perico de bastos.

Y fue entonces cuando el Tuerto


guiado por su solo faro
zarandeó la mesa atrás
y entre los rumbos cruzados:
¡Le ganamos el envite!
—¡Treinta y tres pa’ mucho rato!
¡Siete— espadas que jugué
y este seis que arde en mi mano!

Fue tan solemne su enojo,


tan decisivo su amago,
que el enfermo de ictericia
quedó con los ojos claros.

311
Efraín Subero

Puerto

I
La noche sobre el puerto.
El pescador siente el mar
en su carne desnuda;
no obstante abre sobre los peces
fugaces paraguas inútiles
y la paneta de la embarcación
se moja de reflejos,
agua, contrariedad y desconcierto.

José la Cruz ya tiene tres horas esperando


sujeto con pequeñas anclas de acero su anhelo.
Y baja un hilo azul de su mano izquierda,
y un hilo blanco de su mano derecha,
y un hilo oscuro de su pie izquierdo
y un hilo claro de su pie derecho.
Las olas tocan los costados de la orejeta
y el bote se pone a gemir.

He aquí que las estrellas construyeron en el cielo


innumerables caminos amarillos
que confundieron a los hombres.
Y se fue a pescar a El Piache
cuando ha debido hacerse en El Farallón.
Y Cuín fondeó la lancha en Guanare
cuando ha debido hacerlo en Piedras Negras.
Y Currututa ancló en la Rama de la Ballena
cuando ha debido hacerlo en Los Testigos.

Es el regreso…
Abordo está el silencio de los hombres
acurrucados junto al banco de mura,
sobre el ensay
o tirados en las panetas, simplemente.
Abordo está el silencio:
la cuenta de la bodega que no se puede cancelar,
la aguja sin hilo para remendar la atarraya,
la enfermedad del hijo,
los rumbos del peñero que no se podrán coger,
es la presencia de la vida…

312
II
—Mañana viene el Gobernador,
mañana vienen los turistas…
( Juan Ramón oye y escupe ).

III
La noche había huido como un conejo asustado
y el día lanzaba de nuevo sus anzuelos.
Los pescadores achicaban totumas de rocío
e izaban sus húmedas banderas sin himnos ni ceremonias.
Petra María lavaba medio pescado salado.
Yeo caminaba por la playa viendo qué había varado.
Loño contemplaba el mar con la misma indiferencia de siempre.
Y el viejo José Na le ponía a las ventanitas de la atarraya
las puertas que habían roto las sardinas.

IV
Llegó el Gobernador acompañado de los turistas.
Entonces le preguntaron a los pescadores
cosas absurdas.
Las mujeres pugnaban por ocultar los rotos del vestido.
Los muchachos no podían ponerse el pantaloncito de dril
porque no era domingo;
ni mucho menos el único parcito de zapatos
porque no era Fiesta del Cristo.

Pero los turistas los querían retratar así


como si estuvieran en la presencia
de exóticos animales.
Y uno le quitó el sombrero a Tono —su sombrero
que era monedero y bolsa de tabaco y cigarrera
y caja para los anzuelos
y se hizo tomar una foto con él.
Los turistas decían que la Isla de Margarita
era preciosa
y que no sabían qué admirar más:
lo maravilloso del paisaje
o la hospitalidad de los margariteños.

Ya cansados de tomar fotografías en la playa


—silenciosa como si estuviera sucediendo una desgracia—
le pagaron a Melitón cinco bolívares
para que se zambullera.
Querían tomar fotografías submarinas.
El pescador tenía días que no hacía un centavo
y por otros cinco bolívares fue más a fondo
hasta que salió a flote chorreando sangre por los oídos.

313
Los turistas tomaron rápidamente más fotografías:
con el rostro bañado en sangre
les parecía…“¡very interesting…!”

(¡El viejo José Na recogió su ture y su atarraya


y escupió hacia el lado del Gobernador y los turistas!)

V
El día en el puerto fue más triste.
Los pescadores buscaban ansiosamente
ya en el mar, ya en el cielo,
los signos liberadores...

VI
En la noche,
otra vez,
los hombres eran
silenciosos fantasmas…
1954-1974

Texto

Habla,
pero no olvides
el silencio.

Calla,
pero no olvides la palabra.

47
Ese verde propone
su palabra amarilla.
Ese azul me saluda
con su palabra blanca.
Ese rojo señala
el color de la tierra.

Es la pobre palabra
prisionera en las cosas.

314
53

El poeta es un hombre
que vive en la nostalgia
mucho más que en la sabiduría.
Lo que el poeta sabe,
no lo sabe.
Lo sabe la palabra.

Del adiós en el puerto


A mí me gusta, compadre,
mi vida alegre y sufrida.
Lo que nunca me ha gustado
es dar una despedida.
Popular.

El barco preso en su sombra,


la nieve en la marejada,
la virgen-Dios sublimada
por el hombre que la nombra.
El alcatraz que se asombra
que el mar su figura encuadre,
el abanico que abre
en la gaviota sus dedos;
de la estela el blanco enredo
a mí me gusta, compadre.

Mil levísimos encajes


la brisa prende en el pecho
del mar, que regala helechos
a la arena en cada viaje.
El sol cuelga su celaje
oloroso a despedida,
una gaviota perdida
naufraga en una balandra,
y sobre el puerto desanda
mi vida alegre y sufrida.

El caracol en la arena
descolora sus encías
y a esperar mejores días
la piragua se condena.
Los pescadores con pena
las redes han resguardado,
el botuto, amordazado,

315
su canción no suelta al viento,
es ese dolor, que siento,
lo que nunca me ha gustado.

La cadena trepa abordo


por el ojo del navío,
la maniobra quita el frío
que había debajo del toldo,
la bandera su rescoldo
de sombra da a la partida,
y la canción más querida
salta en la garganta ruda:
—Cosa que precisa ayuda
es dar una despedida.
1957.

Todo lo abandoné
Necesito un madero,
una tacarigua,
una tabla,
necesito.
Quiero irme.
Tengo necesidad de irme.
Por el mar.
Como un náufrago que no le pierde detalle,
que va tocando su piel en todas las latitudes.
Y más abajo,
hurgándole su remota raíz.
Conociendo el secreto de la espuma.
Los lejanos afluentes de la onda.
Nadando entre algas florecidas.
Entre guaritotos.
Sobre ciriales anclados eternamente.
Tengo necesidad
de asomarme a la orilla
llevado por el agua,
alzado en vilo por la ola,
y gritar:
¡todo lo abandoné! ¡Todo!
Si no me conocen me hago el conocido.
Allá quedó el escritorio patas arriba.
El teléfono arrancado de cuajo.
El tintero derramado.
Los papeles por el suelo.
Allá quedaron las calles

316
pegadas a la tierra con sucios adhesivos
Los castillos de acero.
Las campanas ventrílocuas.

Todo lo abandoné. Todo.


Hasta la corbata y el paltó y las palabras.
He regresado,
apenas con la mínima diferencia
de que soy más joven.
Por favor, enséñeme a hablar,
a caminar,
a ver,
a mudar la cara.
Préstenme un pantalón de dril
y una franela.
Es todo lo que necesito.
Porque todo lo demás lo salvé.
1963.

Inventario del hombre


Un caballo galopa la tierra de la angustia
a la hora que parte su pan el marinero.
Llega. Se va. Regresa a las espumas
que impulsan en la noche la decisión del hombre.
¿Cuándo traerá la risa que le encargó la amada
por dársela al amado muerto de amor y niebla?
¿Cuándo traerá las piedras que le encargamos, cuándo
se quedará juntando las voces destrozadas?

Ya nos queda el caballo nada más.


Y el instante cuando parte su pan el marinero.
Cuando los pulpos duermen y la música engaña
la esperanzada tierra del corazón.

¡Hermano!: ¡qué no duerma la voz de tus campanas!


¡Anciano mar!: ¡prepara tus bajeles sonoros!
Mañana cuando rompan las palabras sus cápsulas
desplegaremos juntos las manos sumergidas.

¡Será por fin la noche una iluminada soledad!


1953.

317
Jesús Ramón Villarroel

Un despertar de crisálidas

Pasa y sombrea la nube


Sobre el estanque inmóvil
Reflejando en su faz móvil
Órbitas color querube
Su ósculo piélago sube
Entre visiones ninfálidas
Sombras que aparecen ávidas
En las márgenes estériles
Con coloraciones débiles
De un despertar de crisálidas.

En tus límpidos destellos


Límpidas fuentes dibujas
Tus blanquecinas burbujas
Que retratan soles bellos
También se irradian en ellos
Esqueletos de hojas pálidas
En donde fulguran grávidas
Las oscilaciones mágicas
Que saturan horas trágicas
De un despertar de crisálidas.

Cuando el sol con sus fulgores


Tú húmeda alfombra adorna
En tus cristales se torna
Su amalgama de colores
Las frondas y sus candores
Al soplo del viento inválidas
Dejan limpideces cálidas
En tonalidades frágiles
Vertiendo espejismos ágiles
De un despertar de crisálidas.

También el pintor admira


En tus cristalinos bordes
Y una sinfonía de acordes
Mezcla el músico en su lira
Canta el poeta y te inspira
Poéticas notas válidas
Y en tu cauce de aguas pávidas
Se perfila tu floresta

318
Con los matices de tiesta
De un despertar de crisálidas.

319
Ángel Fernando Guilarte

Sangre

Todo lo expresamos con sangre:


Sangre que hierve,
sangre derramada en las calles,
sangre fermentada.
Sangre del blanco,
sangre del negro,
sangre del indio:
la misma sangre.
Humo de sangre; humo de la voz quemada.
Hilo de sangre que labra su cauce sobre las piedras
Sangre de niños descalzos
tiñe el plumaje del viento.
Sangre del hombre,
sangre de la mujer,
sangre que une las voluntades de los que aman.
Gotas de sangre van al fondo del mar
en la mirada del pescador.
Sangre fría de los que odian,
sangre tibia de los que aman.
Sangre judía,
sangre árabe:
la misma sangre.
Sangre del rico,
sangre del pobre:
la misma sangre.
Sangre de la madre, derramada al parir.
Sangre coagulada en los labios de la noche.
Sangre joven,
diluente de ideas viejas.
Espuma de sangre.
Sangre proletaria corre por mis venas.
Sangre evaporada dentro de las piedras.
La sangre del campesino
llora en el surco de la miseria.
Eco de sangre que sube a las montañas goteando.
Sangre vertida en vano.
Sangre de Cristo,
veneno de los esclavizadores.
Sangre donde nacen mis gritos.
Sangre que arrastra mis ojos hacia adentro.
Olas de sangre,

320
en sus hombros cargan ferrocarriles.
La sangre cristaliza sus gemidos
en la espalda del obrero.
El viento tiene sus raíces en la sangre de los pájaros.
Ideas incubadas en la sangre del huérfano.
El río de la sangre
mueve la turbina de las ideas
y su rumor electrizado alumbra las calles
donde transitan niños y árboles descalzos.
Ceniza de sangre rellena los cauces de las viejas ideas.
La sangre nueva saluda al mendigo.
Sangre de árboles jóvenes, dormidos
sobre los bancos en las plazas deseando la muerte.
Sangre de árboles trashumantes con sus trapos a cuestas.
Sangre de árboles ciegos mendigando en las esquinas.
Sangre de árboles recién nacidos,
lamiendo pezones de tetas vacías.
Sangre de árboles adolescentes
lustrando zapatos
o fumando marihuana en los sótanos del cielo.
Sangre de senos jóvenes,
que hierve al frote de manos ásperas.
Sangre de árboles ciegos, de pie
en las puertas de las iglesias
embalsamándose con humo inciensado.
Manchas de sangre se desplazan en el aire
graznando como gavilanes.
Las raíces del viento me perforan las sienes
y me chupan el rencor. Camino de espalda
al país del odio. En mi espíritu,
las vías dialogadas están en luz verde.
Me horroriza llevar sangre bajo la piel,
en cambio, otros,
alegres saborean la sangre ajena:
la sangre del niño
que sin malicia ríe,
o duerme su inocencia
en el chinchorro del llanto;
y la sangre del indio
que se resiste a perder la choza,
la tierra
y la flecha.
Con sangre expresan “los más”
su sed de justicia social.
Sobre piedras de sangre
sostienen “los menos”, el esqueleto de sus privilegio:
Cuando el río de la sangre

321
duerme en el fondo de la tierra,
sus peces vuelan y silban en la madrugada.
Es mía la sangre que ladra en la noche
y frente a la mesa espera un hueso.
El corazón que odia
con sangre amasa sus pasiones bajas.
El río de la sangre se desborda en la noche
y arrastra hojas que abonan labios estériles.
Submarinos cargados de odio
y veleros cargados de amor
surcan el mar de la sangre.
La sangre alimenta faroles
que alumbran los caminos de las ideas nuevas.
Sangre joven, mira al cielo.
Sangre vieja, abriga el llanto de tus retoños.
Sangre joven, sueña, lucha y vive sin derramarte.
Sangre culpable, en tus garras se enrollan lamentos
Sangre víctima: fragua de rebelión.
Sangre envejecida, reverdécete.
En el río de la sangre
los peces son las ideas.
Vengo de la sangre que creó el viento
y viste harapos bajo los puentes.
La sangre de todas las heridas
es mi sangre.

Valle del Espíritu Santo


Valle de mi padre, labriego de mar y tierra,
Charaima te llamó el indio que hizo de nácar tu cielo.

Pueblo mío,
tu sombra me persigue con su riachuelo a cuestas.
Nací como uno de tus musgos,
moriré en la Cueva del Piache
y no habrá quien recoja los tiestos de mi sangre.

Las torres de tu iglesia se ausentan en verano.

Bajo tus puentes se congregan los árboles de noche.

En la plaza, bajo la sombra que tejen los samanes,


descansan el viento y el héroe.

En el cementerio
los muros detienen los osarios que zigzaguean como canoas.

322
Tu montaña verde, como de agua marina,
y cerros grises como de nubes lluviosas.

Tu riachuelo, donde en invierno fluye la vida,


donde en verano corre la ceniza de los árboles,
lágrimas de mis amistades
y sudor de las piedras.

Valle de la gracia,
hondonada que mi madre rellena con el rumor del rezo.

Naufraga

Sobre rocas te pusieron los músculos del mar


con las piernas mordidas por los dientes de las olas
y los ojos entreabiertos
para ver los muros de la eternidad derrumbarse.

Te venía buscando
desde las tinieblas en que viví
desde mi existencia en el corazón de la pequeña piedra.

Un día asomaste tu belleza en el crepúsculo,


más allá de la lluvia;
palomas recogieron mis lágrimas en tus manos,
el viento te llevó mis gemidos y las uvas de la angustia.

Desde entonces,
en mi tristeza han nacido musgos
y en sueños
te he visto tatuada en las mejillas del dolor.

Ahora salto sobre las tapias de la madrugada


y te encuentro en la playa murmurando mi nombre,
desnuda, sobre una túnica que un día perteneció a la no-
che.

El silencio te cubre con su voz arrugada y temblorosa.

Mi dolor tiene la forma de tus pechos,


la luna es una de tus cejas.

Aún eres el arca de mis ilusiones

323
José Ramón Villarroel

Trovo
Un relámpago lejano
Y un trueno aterrador
Hizo despertar mi amor
Una noche de verano.

Recorriendo la arboleda
vi que a la margen de un río
se alisaba el amor mío
su pelo como una seda.
Yo seguí por la vereda
para llegar más temprano,
al verme me dio la mano
y en la frente un tierno beso
siendo fiel testigo de eso
Un relámpago lejano.

II
Muy suave se oía el murmullo
del agua sobre su lecho
cuando aferrada a mi pecho
ella libaba de orgullo;
también el místico arrullo
de un pájaro ruiseñor
cuando de golpe un temblor
nos truncó la odisea aquélla,
junto con una centella
Y un trueno aterrador.

III
Calmó todo y enseguida
a un árbol se recostó
y al instante se quedó
profundamente dormida.
Ella era toda mi vida
mi ensueño enloquecedor,
me le acerqué con primor,
con ternura y con delicia,
pero una suave caricia
Hizo despertar mi amor.

324
IV
Emprendimos el regreso
ya la noche era avanzada
y a orillas de una quebrada
me dio un abrazo y un beso;
y me dijo: “Te confieso
no creas, mi amor, que es en vano,
que aun cuando seas anciano,
siempre recordaré yo
esto que nos sucedió
Una noche de verano”.

325
Ángel Félix Gómez

14

Uno ha vivido todas esas muertes del puerto


La saledumbre le arde los poros la cara crece sus secretos en la intimidad del
limo Los huesos calados de fríos resurreccionan cada amanecer cuando el hombre
taciturno pasa camino del agua silenciosa arrastrando la vida
Uno sabe en esos precisos momentos que es uno mismo que se lleno de sole-
dades Busca los viejos refugios y en las noches enciende las palabras de cocuyos
para mortificar las noches de los que cuentan las ganancias diarias

16
En los callejones del puerto
la salumbre
es presencia
olor de mar en los viejos maderos arrinconados
en las jarcias abandonadas donde anidan los pájaros
y las arañas tejen nuevas velas sobre las distancias olvidadas

24

Regresamos al puerto
en la noche cerrada que oscurece sus presagios
y ahondamos sus tristezas
nuestras tristezas de siempre
nos devuelven al amanecer sobre los troncos de los uveros
donde despiertan los pájaros de tierra
y se asoma el mar por entre los dulce cuajados
Entonces sabemos
que el día ha llegado
con el niño que pesca cangrejos sobre las rocas
con la vieja mujer que escarba la arena
buscando sortijas y dijes
de la buena suerte
de la noche cálida derramada en oro
La vieja mujer ríe
cuando encuentra mis palabras
guijarros lamidos por las aguas
mis palabras que en tu oído
resbalaron peces adormecidos
Y así siempre

326
25
Mi palabra sigue en tu oído
viento orbitando la noche
que cae sobre nosotros con su llamar de las voces del puerto
Se abren las puertas y desfilan
los mejores ajuares por las calles oscuras
que encierran los pequeños amores
En la arena mi palabra se acurruca en tu oído
y remontamos viejas rutas de mar
onda salvaje
a las cuatro rosas abiertas
en tu entraña inagotable
rocío verdemar
agigantado en el susurro
del viento cuaresmal
que arde
que escruta tus poros

41

Uno sabe que padre


volverá a tomar los vericuetos del puerto
y ondeará sus banderas
y clavará sus palabras
fuego de redención
sobre todos los malditos
sobre todos
los
grandecarajos habitantes fortuitos
de todos estos vientos

Profeta náufrago
Profeta que has destruido ciudades
Que por todos los ojos has pasado tus vientos metálicos
Que por todos los vientres has pasado tus armas de asalto…
Encontraste que esta ciudad era oscura a tu siglo
La ciudad era sólo eso
Una ciudad fósil
(Los moradores ancianos elementales ya ni cantaban
A los dados se jugaban las mujeres
De aquí el por qué la ciudad repleta de cansancio)

327
Un sol escapó y como un náufrago trepó las montañas
Pájaro que vuela cada año
Y vuelve a la ciudad

Para verla como una diosa vengativa engullendo cadáveres


Y la llamó la ciudad carnívora

Profeta náufrago que ha reinado por lustros rey de su soledad


Y ha adiestrado las fieras (Nadie como él para adiestrar fieras)

Y les ha sacado el corazón y construido redes gigantescas


Un día el menos pensado de los días
Bajará como un alud de las montañas
Y vengará los cadáveres de la ciudad
De la Carnívora Ciudad

Día de buen viaje

Día de buen viaje


para alejarse
de esta ciudad del diablo
de estos ciertos conjuros
de esta cierta mansedumbre
de estos buenos días
tenga usted le regalo mi corazón
pero mía es la palabra
que no entrego
ni a los buenos vecinos

Las brujas

En los viejos manuscritos de las brujas


estaba anunciada esta renuncia
a la palabra cotidiana
Las brujas en las noches del puerto
espiaban los escondrijos de mi memoria
sorbían mi memoria
arriaban mis banderas desteñidas
y jugaban con mis huesos
y reían reían

328
Gustavo Pereira

Hermosa noche en el puerto


La hermosa noche del puerto con olas como
calles blancas sobre las que andan descalzas monjas
La hermosa noche poseída por el fraile
La hermosa noche se vio turbada por el sereno.

La hermosa noche del puerto me duele


tan hondo que con labios morados no alcanzo a nombrarla.
El cielo verde descerraja sus cruces de vidrio
y yo mi plexo que finge callar y llorar.
La noche del puerto
es el ojo de un hombre que huye
perseguido de oscuridad.
La hermosa noche del puerto
cerró párpados, piernas, boca, laringe, sexo.

IV
Otra vez los pómulos del abuelo salían a buscarme
cuando sólo me reconfortaban sus cuentos de mar
y sus manos inacabales sobre el tejido del chinchorro y aquel sombrero
que no largaba
Y otra vez la travesía a la minúscula estrella caída
a mis pies de tarde en tarde cuando como un hachazo todo volvía
a ser real.

VIII
Las huellas dejadas los pies descalzos
El pelo espeso rubio alterando sobre una cabeza melancólica
Las calles del pueblo que se metían como diablos en mí cada mañana
La orilla del mar con botes blancos y azules
incitándome a vagar
Memoria duplicada en mi cabeza reproducida en mis ojos cuánta
travesía hubimos de hacer
después que las noches de julio trajeron el invierno
Detrás de mí la tía cargaba los juguetes
Con agua tibia por las tardes bañábame la hermana mientras peinaba mis largos
cabellos
Mi madre me entalcaba al cabo que la luz se iba yendo y todo
quedaba a oscuras en la casa humana.

329
¡A casa!

De vuelta a casa otra vez el cielo y las aguas


Nuevamente el movimiento de la marea frente a mi ventana empañada
No hay reloj
que pueda acortarme las horas.

Saqué los ojos al aire

Saqué los ojos al aire y descubrí el día


Ocupa el lugar de mi corazón.

El pájaro posado en la boya

El pájaro posado en la boya otea el agua


con una inclinación de cabeza
Sé que me ve cuando me acerco a nado
Silencioso bate las alas y se aleja.

Escrito en la arena

Única misión
dejar rastros…

En la otra orilla de mi casa a oscuras

Como en la arena más querida en la difusa


luz del anochecer en la otra orilla de mi casa a oscuras
A solas con el peso de mis tinieblas
Apuro el último incendio
antes que sea demasiado tarde para mí.

A la cabaña de la playa llegan los pájaros

A la cabaña de la playa
llegan los pájaros al amanecer
Todo el día
se lanzan al agua
En el crepúsculo levantan vuelo
y ni una gota chorrea de sus alas.

330
Navego

Ninguna palabra La tela blanca sacude


sus caminos
La ciudad se desborda sobre el agua
Aquí se empuja el corazón a puertos misteriosos
Se echan anclas adentro cavilaciones mundos nuevos penetran
haciendo arder sus grandes ojos
tras la corriente.

Entrada la noche cuando no hay nubes

Entrada la noche cuando no hay nubes


el agua oscura lame la madera
El motor se detiene y a los costados
se pega el silencio marino
Oteo en el aire un delicado olor a hoja
Un chasquido de cuerpo en el agua la exclamación humana
y de nuevo el silencio torpe.

No son estos barcos de altos mástiles

No son estos barcos de altos mástiles estos enormes vientres


No son estos maderos enterrados estas ramas flotando
Eres tú la que regresa en la noche descendiendo de un suelto
brazo de luz blanca eres tú quien sobre un costado
de mi cuerpo deja este nostálgico perro.

Las lluvias llenan todo de soledad

Mi cabaña de la playa es asediada por los vientos del norte


De noviembre a mayo es la temporada de los grandes vientos
Pero después vienen las lluvias
y llenan todo de soledad
En los rincones húmedos buscan refugio las alimañas y las arañas
Se esconden de los truenos y de las furias del cielo
El piso de madera se llena de manchas como países
y yo me lleno de temores y presentimientos.

331
El viento que eriza la piel del agua

El viento que eriza la piel del agua


El pedazo de madera húmeda que flota
El cangrejo en la rendija
de los peñascos a pleno sol
¿Son el lenguaje que siempre he esperado
La respuesta que nunca quise oír?

Centellas sobre el techo de la casa de las palomas

Anoche cayeron centellas sobre el techo de la casa de las palomas


De madrugada
en medio del fragor de la lluvia
sentí caer del cielo
las grandes piedras
Cuando me levanté al amanecer no encontré ninguna
y el palomar no había sufrido daños.

Relación del día

Una golondrina tras una mariposa


Una nube tras otra
Una hoja desprendida
La vida contemplativa
Una muchacha desnuda a mediodía en punto
Un zapato en la arena abandonado por su dueño.

Otra vez la nube sola escogió su rumbo

Apareció la señal Otra vez la nube sola escogió su rumbo


Ambos coincidimos en separarnos por algunos días de los pájaros de la costa.

Somari del color del agua


No sé cuál es el color del agua lejos de aquí
pero cerca de aquí tampoco sé.

332
Somari

La poesía debe ser vista como un cuerpo


al que todos desean besar
(aunque quema)
y poseer
(aunque se deshace en las manos).

Somari

No entiendo por qué escribo estos versos


si sé muy bien que otros los escribieron por mí

pero ellos
¿en qué pensaban cuando los escribían?

Manifestaciones de cariño

“Gracias por las manifestaciones de cariño


Gracias por hacerme ver formalidad, orden
y buenas costumbres donde creí ver porquería
Yo que soy malcriado y grosero
he recibido mi lección
Gracias por haberme enseñado la compostura correcta
No debe hablarse con la boca llena
Hay que presentar
a la dueña de casa
una reverencia muy inclinada
Hay que alisarse el pelo, hablar
Hay que hacerse el tímido y servirse el último
sin dar muestras de apetito
Hay que bailar con decencia, sin apretar el paso, sonriendo
Hay que fregarse, amigos míos, forrado
en manifestaciones de cariño”

333
Magaly Salazar

III

Eres
vigencia al presentirte
soporto
la ansiedad de tu llegada
amado posible
te mido
por el éxtasis irrepetible.

VI
Entre el infinito y la tierra
mis cimientos se amotinan
pretendo alisar la pena más cercana
y la distancia me desgarra.

XIV

Ese pronto de tu ojo


devuélvemelo
a mi alto vuelo.

XV

¿El fulgor sobre el mar


meterá en la noche
al ojo del pescador?

XXI

Después de la lluvia
la brasa sobre el mar
aún se llama ardentía.

334
XXXIV

El polen va flotando
y se me hace más vuelo
el ala en la gaviota
más espuma la mar

No recuerdo el ángulo del ojo


sino tus migraciones
explorándome.

Cuando llegó el temblor


ya estaba sobre mi piel
tu mirada

II
Después de la mirada,
al secreto del cuerpo,
dile que ya vuelvo.

VI
El turpial que picaba los mereyes
no concebía el canto,
le presté mis oídos y
trinó hasta el amanecer

XVIII
A Gladys Meneses

Desnuda piedra
tus tonalidades de silencio
no sólo de palabras
vive la poesía

335
XIX

La arena dijo a la piedra:


¡Búscate un Dios que te redima!

XXIV
Jura fidelidad
el azul del cielo que se abraza
para siempre a la mar

XXVI

Cuando alguien requería


sobre mi ars poética
se arriesgaba en mi escritura
el saber solitario de la vida

336
Cruz Ávila

En cada hombre

En cada hombre un ruedo de alcaravanes.


En cada hombre un canto de resignadas víboras,
una tormenta inagotable; y una ciudad hermética
de palabras.

Así es la historia

¿Para qué asombrarnos


si en cada época, la historia
vomita su iscariote
si una palabra es un acto? Decídete.
El que piensa mucho las cosas
termina por suicidarse con sogas de contemplaciones.

Oraciones absurdas

En cada sueño y acto: marranadas y podredumbre.


Nuestras travesías son largas jornadas de cansancio y aire.
La falsa bondad enciende las rutas perdidas
Estas voces son remolinos de miedo y tempestades de euforia.
El viento llegará de nuevo y entregará sus ropajes
inflados de recuerdos.

Libertad dudosa

Ahí donde está el silencio oscuro,


donde la figura humana camina con
su saliva seca, sabor a muerte,
hay una angustia disfrazada
que deja aún sus huellas frescas.

Ahí donde el esfuerzo


es sostén de lucha para salvarnos,
existe un lugar para la inconformidad,
razón que nos conduce a una libertad dudosa.

337
A Fabricio Ojeda

Ha llegado el día con capas agónicas para


los revolucionarios de este pueblo.
La masturbada opresión se apoderó de Fabricio,
¡el hombre-pueblo, el revolucionario constante!
¡Allá lo llevan a un lugar distante de la tierra misma!
Ahí reposará siempre hasta el exterminio
de su cuerpo, huesos, cenizas.
El mensajero popular enmudeció
y se unirá a una sepultura, caja vacía que conformará
lo que fue.
Y en su pueblo una huella o vestigio de vida
y obra, sacrificio imborrable.

Noches sombrías

Noches de pájaros encendidos de furias y miedo.


Ahora la atmósfera es una inválida soledad
atada a los cuerpos escoriados de estos puertos vacíos.

A veces los ruidos que rozan nuestras fronteras


son tambores ahogados de perplejidades y
tropeles
abatidos
de cansancio y arrepentimiento.

A veces la espera fulgurante es un desafío


de insomnios y sueños entrecortados
Noches frías de papagayos humanos prendidas
a las crestas de cada espacio maldito.
Noches encadenadas de vinos y aburridos
monólogos.
Noches de sangre, de meditación y con puerto
a la deriva desdentada.
La bondad abandonó la invención de los sueños
y la injuria embandera guaridas de adulados y
aduladores.
¿Quién podrá encontrar abrigo y oro en toda esta escoria?

338
Sucre
Selección:
Ramón Ordaz
Vicente Coronado

El cóndor

En la empinada roca
que los valles domina,
de enhiesta frente que a las nubes toca,
he allí el águila andina,
el soberbio cóndor, rey del espacio.
pisar con altivez la excelsa cumbre,
medir la inmensidad, bañarse en lumbre
del etéreo palacio.
Alza el desnudo cuello
y cresta y corvo pico luce ufano,
y con ojos de vívido destello
penetra la extensión, el bosque, el llano,
bate las alas de potencia suma,
arrójase a escalar el firmamento,
devora espacio y a través del viento
lleva rizada la morena pluma.
Atrás deja la nube
donde el rayo se forja y brama el trueno,
y en ondulante giro sube y sube
a las regiones del azul sereno.
La horrenda tempestad no teme altivo,
ni éter sin ambiente, ni la llama
del astro abrasador —vívida hoguera
que los mundos inflama—
arrebatado en su triunfal carrera.
Nada este ardor ataja y osadía:
Inmensidad y luz busca en su anhelo,
y luz e inmensidad le brinda el cielo
y hacia el cráter del sol el rumbo guía.
Allá se cierne en estupenda altura,
por los desiertos del espacio avanza,
y leve punto en la extensión figura
que humano ser a distinguir no alcanza.
No más pronto del mar en lontananza
alígero bajel corta la espuma
y se disipa en lejana bruma.
Ya es dueño altivo de la ardiente Zona
y su ambición la intrepidez corona:
Ve orgulloso los vivos resplandores
en que se ciñe el luminar del día
y debajo los mares luchadores

341
y por doquiera la región vacía:
En esta soledad goza su pecho,
rey de los seres que el espacio encierra:
Todo el azul para volar estrecho,
el sol delante y a sus pies la tierra,
tal se encumbra el ingenio peregrino
y a la gloria inmortal se abre camino.

El laurel de la discordia

Sonó la hora: formidable avanza


legión contra legión: el bronce truena,
un mar de fuego los espacios llena:
¡A vencer o morir! ¡A la venganza!

De bando a bando intrepidez, pujanza;


luchan, se embisten con furor de hiena;
muerden mil bravos la tremante arena;
lo que el plomo perdona, el filo alcanza.

No hay ceder, no hay respiro: estrago, muerte,


sangre doquier... horrísono fulmina
el campo todo; incierta la victoria.

Injusto lauro al fin ciñe el más fuerte


y aplaude el odio y la ambición domina.
¡Y esta barbarie cruel se llama gloria!

La vida humana
(de Metastasio)

¿A qué la vida apetecer? ¿qué encanto


o placeres nos brinda? No hay fortuna
que no arrastre su pena; edad ninguna
de afanes libre, o de miseria y llanto.

Al niño, miedo una amenaza imprime;


va el joven del amor juguete vano
y de la instable suerte, y el anciano
al grave peso de los años gime.

El ansia de adquirir nos atormenta,


da el temor de perder hondo disgusto,
con el fraude y la envidia brega el justo,
vive el rey con el rey en lucha cruenta.

342
Esta del hombre la mezquina suerte;
sólo es pura ilusión el bien que ansiamos,
sueño, delirio, y cuando ya empezamos
el error a palpar, ¡llega la muerte!

Ramillete

I
Si las penas y las culpas
que lleva el pecho guardadas
libres de quejarse fueran...
¡Qué gritos y qué plegarias!

II
Infiero que somos todos
como la flor matizada
que lleva pétalos puros
y en el corazón las manchas.

III

¡Qué espectáculo, si el hombre


viviera un día sin máscara!
¡Cuántos reptiles y lobos!
¡Qué de panteras de Java!

IV

Pasaron templos, creencias


y ritos y sectas varias,
pero este culto al dios oro...
este sí que nunca pasa.

Con el hombre es la justicia


una tan esquiva dama,
que ha de arruinarse por verla
y morir sin alcanzarla.

VI

Son las dichas de este mundo


como celajes del alba:
Un rayo de luz las pinta
y las deshace una ráfaga.

343
VII

Linda, inquieta mariposa,


imagen de la esperanza:
Lo infinito en el anhelo
y la impotencia en las alas.

Vanidades

Allá va de Dios bendito,


de una edad en otra edad,
un bajel a lo infinito:
En la popa lleva escrito
su nombre: Inmortalidad.

Allí admiración extática


infunde el verbo divino:
Los sabios todos en plática,
toda la belleza ática,
todo el esplendor latino.

En sonidos y en acentos,
los dioses de la armonía
dan los sublimes portentos
que suspenden los tormentos
y pasman la fantasía.

Bajo inmortales cinceles


mármol y bronce respiran;
y ceñidos de laureles
los cuadros y los pinceles
que las edades admiran.

Los poetas creadores


vencen del tiempo las brumas
y lucen vivos fulgores,
como el verde campo flores,
como el ave ricas plumas.

De cuanto el hombre en su audacia


conquistó lauro que viva,
por genio, saber o gracia,
la mente allí no se sacia
en los modelos cautiva.

344
Y tanta sublime gloria
va con los siglos luchando,
que vuelven la más escoria,
y las de eterna memoria
siguen más puras brillando.

Y obras y obras hacinan


los mortales en su afán,
que a la bella nao destinan.
¡Ay! ¡cuán pocas peregrinan
y cuántas muriendo van!

¡Qué de nombre esclarecido,


soles de gloria y luceros,
pasan como vano ruido!
Para vencer el olvido
¡Cuán pocas Biblias y Homeros!

Que aun las obras inmortales


de lo caduco nacieron,
y en los remotos anales
acaso ni las señales
dejarán de lo que fueron.

Sepulcros del pensamiento,


de las naciones y edades;
polvo que se lleva el viento,
por epitafio y comento:
¡Vanidad de vanidades!

345
Miguel Sánchez Pesquera

A Cumaná

Puerto el mejor del mundo te brindara


mar que te ciñe en pavoroso anhelo:
Humboldt, enamorado de tu cielo,
no halló más terso y limpio el de Bacará.

Cuando a la ibera gente fuiste cara


dirán los que pregonan hoy tu duelo.
Ruinas que cubren tu plutonio suelo
y el heredado ingenio en muestra rara.

En ti nació el varón de alta memoria


que del mundo invenido entre dos mares,
es la más pura inmaculada gloria.

Igual es tu infortunio a tu fortuna.


Sacras linfas del nuevo Manzanares
corred diciendo al mar cuál fue mi cuna.

Sunt lacrimae rerum


Alegre ruiseñor que en la espesura
ajeno de pesar vuelas ligero,
¿por qué encierra tu canto más ternura
cuando te ves del hombre prisionero?

Y tú, lirio gentil, cerrado el broche,


bello egoísmo de la selva umbría,
¿por qué exhalas tu aroma con la noche
y lo recoges al rayar el día?

¡Ay! del poeta el canto más fecundo


es aquel que entre lágrimas espacia:
la dicha mata el genio en este mundo
sólo se canta bien en la desgracia.

Panteísmo
¿No ves del rudo pedernal herido
brotar la chispa súbita y arcana?

346
Tal es la que en la mente soberana
reside como el pájaro en su nido.

¿Ves en la mina el cobre renegrido?


Lira vibrante, címbalo o campana,
al beso de los céfiros, mañana,
hermoso alado engendrará el sonido.

Venus latente yace en la cantera


de mármol páreo, y brotará al conjuro
de animador cincel, viva hechicera...

Porque una voz en la materia habita,


y tiene una mirada al ciego muro,
y en la forma un espíritu palpita.

El perro del herrero

Arde la fragua: el suelo se estremece,


el yunque vibra al golpe del herrero,
y al monótono són de su martillo
duerme a sus pies indiferente un perro.
Pero llegó la hora del descanso
al rebelde trabajo del obrero;
cesa el ruido, el perro se despierta:
almas errantes, desolados genios
que sin sombra ni norte ni camino
marcháis con vuestra carga de recuerdos;
sacerdotes del bien, si la algazara
del necio mundo invade vuestro templo,
cuando tienda la noche su penumbra
de casta soledad, sed como el perro:
dormid entre el estruendo de la vida
y despertad al ruido del silencio.

Melodía hebraica

Pastores que abreváis vuestro ganado


junto a la fuente en la verde loma,
decid en qué desierto en qué collado
ha posado su vuelo la paloma.

Volverá la cercana primavera


y tú no volverás sol de mi día;

347
te aguardo del Cedrón en la ribera:
¡Ven sin temor, levántate alma mía!

Porque, sin verte, a mi pesar yo muero,


porque yo siento sin calor la vida,
y el arpa del amor, porque te quiero,
la tengo de los sauces suspendida.

Aquí te aguardo en tardes y mañanas


y cuento mi dolor a las estrellas,
viendo las tiendas de Cedar lejanas,
al blanco cabalgar de mis camellas.

Si yo la esencia de tu ser no aspiro,


junto a las aguas del Jordán risueño,
no hay olas que suspiren si suspiro,
y no hay almas que sueñen cuando sueño.

Lirios de Edón y de Gessén palmeras,...


campos de Jericó, llenos de rosas,
viñedos de Engandí, verdes praderas,
ricas en flor y mieles olorosas.

Altos cedros que el Líbano levanta,


palomas que allí vierten su querella,
suspenden su arrullar cuando ella canta,
inclinan su dosel si pasa ella.

Porque caminas como hermosa nube,


y con tu acento el alma me recreas,
y es más dulce que el arpa del querube,
el canto de las vírgenes hebreas.

Porque a tus ojos, luz de la alborada,


para mirar tu corazón me asomo,
y tu boca cual flor de la granada,
para mí guarda cipro y cinamono.

No soy la pecadora Magdalena,


que vierte el vaso del aceite santo,
a los pies de Jesús: una azucena
ofrezco sólo a tu celeste encanto.

Mas si pudiera verte yo, a despecho


del mundo entero, humilde volaría
hasta tus pies, y el óleo de mi pecho,
rico vaso de amor, dimanaría.

348
Como flor agostada del desierto
mi bellos días pasarán sin verte,
y como el hombre-Dios allá en el huerto,
triste llevo mi alma hasta la muerte.

Nadie en el valle por mi mal me nombra,


mi cielo está cubierto de tinieblas,
y tú misma tal vez sólo eres sombra
de aire y de luz, de aromas y de nieblas.

¡Un beso! no...que en sus volubles giros


tus blancas alas empañar pudieras:
Yo besaré en el viento tus suspiros,
besaré tu recuerdo cuando mueras.

¡Si eres una ilusión que se evapora


y oculta sólo en mis entrañas arde,
huye con la sonrisa de la aurora,
vuelve con los suspiros de la tarde!

349
Andrés Mata

Rojo
A Vargas Vila.

Sus primeras canciones, cuando niño,


tenían la pureza del armiño
y la albura del mármol de Carrara.
Campánulas de efímera existencia,
evaporóse su fragante esencia
como la mirra en derredor del ara.

Adolescente aún, sintió que ruda


en su alma virgen se ensañó la duda,
madrastra indigna del dolor. Entonces
vistió la estrofa con crespón de luto
y rindió a sus creencias el tributo
que a un muerto rinden los dolientes bronces.

No es poeta del siglo quien no lucha


ni su pesar olvida cuando escucha
que la justicia a combatir le llama.
Acompañadle a que su triunfo selle,
y al himno triste, femenil y muelle,
suceda el canto que la edad reclama.

Surja el verso ignescente, el verso rojo,


el que traduce el comprimido enojo
de los que sufren y sus penas callan.
¿No miráis que a los pueblos vilipendian?
¡Pues broten esos cánticos que incendian
y como un trueno tempestuoso estallan!

El himno rojo, la candente estrofa,


del poder de los déspotas se mofa
y a sus legiones áulicas golpea
¡Que el pueblo en yambos encendidos vibre,
y noble y grande y generoso y libre,
árbitro excelso de los mundos sea!

350
Consonancias

Tú eres la fuentecilla que retrata


la blanca nube y el azul sereno;
y yo la mugidora catarata
que remeda el escándalo del trueno.

Cuando el verano cruel con sus rigores


esterilice el cauce de la fuente,
para poblar sus márgenes de flores
le prestará sus aguas el torrente.

Psalmos
Cantemos el dolor que magnifica
y en nuestro pecho la pasión enciende.
¡Esperar es vencer! Sólo suplica
quien de su fuerza en el combate abdica
¡y por escala de vergüenza asciende!

La ausencia no es remota lontananza,


ni tampoco la noche del afecto.
En el profundo caos, ¡la esperanza
abre sendas de luz por donde avanza
hasta llegar al linde del trayecto!

¿Separados? ¡Oh, no! Que siempre a solas


resistimos las rudas tempestades;
y en medio a las borrascas te aureolas
porque pasa el recuerdo por las olas,
¡como pasaba Cristo el Tiberiades!

Cuanto en tiempo y por el tiempo nace


y en el seno del tiempo vive y crece,
en el seno del tiempo se deshace.
Deja que el mundo nuestro amor emplace:
¡Lo eterno dura, lo demás perece!

La canción de los sótanos


A Luis Lugo.
Di audacia schiere...

Numerosa falange, audaz y fuerte,


que el furor desafiáis del poderoso;

351
sombríos legionarios de la muerte
que seguís combatiendo sin reposo,
¡no haya miedo jamás! Harto sabemos
que con valor podemos
ofrendar la cabeza al miserable
verdugo que la alcanza,
y ofrecer nuestro espíritu indomable
al porvenir que tempestuoso avanza.

Suprímanse fronteras;
agrúpense los pueblos como hermanos
y fundamente la igualdad sus leyes.
Sosteniendo con fe nuestras banderas,
ya besarán nuestras callosas manos,
burgueses, nobles y soberbios reyes.

Luchemos contra toda tiranía;


luchemos porque venza la anarquía
sin que se manche el pabellón que ondea;
mas si la obligan a que sufra y calle,
que se arme el brazo y que la bomba estalle,
¡que así más pronto triunfará la idea!

Del seno de los sótanos, obscuro


como el rincón más hondo del abismo,
surgía la canción del anarquismo.

¡El canto fue un conjuro!

Y a través de la sombra del misterio


que ennegrecía la siniestra comba,
¡Vaillant cargaba la segunda bomba,
y desnudaba su puñal Caserio!

352
Juan E. Arcia

Hojas

Cuando tristes los árboles se hielan


alza el laurel sus galas vividoras;
siempre feliz lo miran las auroras
y sobre su verdor los astros velan:

pero las hojas que marchitas vuelan


ya del otoño pálido en las horas,
llevadas por las brisas gemidoras
mustias y frías reposar anhelan.

Orgulloso laurel, tu rama erguida


tributo rinde a triunfadora gente
y no a la sien por el dolor vencida...

hojas que el cierzo arrebató inclemente,


hojas humildes que vagáis sin vida
¡tened el vuelo y coronad mi frente!

Excidio

Yo también fui bohemio,


también me arrastró el vino
al jardín purpurino,
templo alegre del gremio.

Dijimos un proemio
como canto esquilino,
y fue el cabro divino
nuestro báquico premio.

El coro era argentino,


los compases, apremio,
la danza, torbellino.

Se fueron los del gremio,


enlutaron el vino;
me dejaron abstemio.

353
Desagravio

Un lirio rojo, el cielo;


el bosque, una esmeralda,
y la avilesca falda,
un blanco terciopelo.

Ondula el arroyuelo
sobre la arena gualda;
su margen es guirnalda,
su rumor, violonchelo.

En la gris lejanía
palidece un diamante
de la niebla al trasluz.

Perdona, Poesía,
si en doloroso instante
me llevaste a la cruz.

Las aguas
(Job. Cap. XXVI)

Por el agua umbría


se alejan las naves.
Siempre son más suaves
las sombras que el día

Del piélago arcano


no torna el viajero.
El hombre e más fiero
quizá que el gusano

La nave enmarada
no da en orco adusto.
Quizá menos justo
es Dios que la nada.

La canción de la bruma
Para Gabriel E. Muñoz.

Soy la novia del mar, soy la indecisa,


misteriosa beldad de tardo vuelo;
yo despliego mi túnica de plata

354
cuando el cansado pescador divisa
en el jardín fantástico del cielo
gardenias de oro y lirios de escarlata.

Si mi amado, sultán adormecido,


me ve como un ensueño en las serenas
y lejanas regiones del espacio,
siente celos del sol, lanza un rugido,
baña la costa, y fingen las arenas
una inmensa guirnalda de topacio.

Todo tiembla a la furia del monarca:


el alga verde que brisa azota,
el argentado lino de la barca,
el moreno plumón de la gaviota,
y el pelícano amante que en su anhelo
busca el peñón donde impalpable lluvia
entumece las carnes del polluelo;
tan sólo yo coqueta caprichosa,
ante el sultán airado me sonrío,
y de la luz en la saeta rubia
una mirada de placer le envío.

Después la media noche: en fácil vuelo


el cadencioso viento se desata
sobre la comba gris; brotan los sones
de vago y suspirante violonchelo;
son sus tristes canciones,
es su tierna y doliente serenata!...

Y cedo al fin: cuando la luna arroja


el tenue rayo de su blanca lumbre
y traspasa mi túnica flotante,
me siento herida de mortal congoja,
abandono la cumbre,
y al descender sumisa y vacilante,
soy un lirio de luz que se deshoja
¡sobre el trémulo seno de mi amante!

Muy casta es la caricia: frágil beso


como de labios de sonriente niño,
beso fugaz de vaporoso armiño
sobre una frente de cristal impreso.

Nada turba el encanto de la cita;


el alma de la vida, en la serena

355
tranquilidad de la silente noche
es un ave cansada que dormita.

Si la blanca silueta de un velero


la cinta gris del horizonte corta,
y es alado corcel que se abalanza
por la infinita lámina de acero;
yo me engarzo en la vela y el cordaje,
acecho al marinero que tendido
yace en la tabla húmeda del puente
y finjo ante sus ojos el paisaje
de la bahía y del hogar sonriente.

Huyo después... con mi indeciso velo


la visión fascinante se retira,
y el nauta soñador tan sólo mira
un diamante en el ópalo del cielo.

Soy la reina del aire: mi palacio


es la bóveda azul; tranquilo vaga
mi trono sideral en el espacio;
yo soy un viejo mito, soy la maga
de las vivas leyendas populares;
soy etérea, radiante epifanía
que suelta el rayo que la luna envía
su manto de lucientes alamares.

Al fin llega la hora, triste hora,


en que de mi adorado la pupila
es un cristal que trémulo refleja
los lirios y gardenias de la aurora:
¡la nube es cortinaje que vacila,
la luna es un esquife que se aleja!...

¡Es hora de partir! El beso brota,


y por la nieve de la onda esfuma
el deslice de un ala de gaviota
sobre errantes anémonas de espuma.

Y tiemblo de dolor: granate en lumbre


desgarra el tul del pabellón sombrío;
y me alejo... y sollozo... y por la cumbre
desgránanse las perlas de rocío...
1906

356
José María Milá de la Roca Díaz

Miseria

Tembló Saint-Pierre; crujieron sus montañas,


lanzaron sus entrañas
cataratas de fuego y lava y lodo...
Cuarenta mil mortales perecieron,
y con Saint-Pierre ardieron
un breve instante... y acabóse todo...

¿Todo? ¡No! vióse al fanatismo luego


gritando que ese fuego
fue la venganza de un poder divino...!

Señor Dios, el humano fanatismo


haciendo en su egoísmo
de ti, “todo bondad”, un asesino..!

¿Qué dios es ese que en matar se goza,


ese que así destroza
cuando al haber querido enmendar pudo..?
Será el Dios de la sangre y la matanza,
el Dios de la venganza..
¿pero un Dios de bondad..? ¡mucho lo dudo!

El brindis del recluta

Era el festín después de la victoria,


casi todos habían ya brindado,
quién por la patria, quién por la bandera,
quién por un ser amado...
—“Brinde el recluta que aún no ha hablado” —todos
de repente exclamaron,
y apuraron las copas, y de nuevo
las copas rebosaron.

Levantóse el recluta del asiento


que callado hasta entonces ocupaba,
y luego así exclamó, alzando la copa
que el alcohol llenaba:

—“Yo brindo por nosotros los reclutas


cazados en los campos como fieras;

357
brindo por nuestras chozas incendiadas,
por nuestras amorosas compañeras
muertas villanamente o ultrajadas.

“Yo brindo por nosotros ‘los de abajo’,


por los humildes hijos del trabajo:
la carne de cañón y de metralla,
brindo por nuestra sangre derramada,
yo brindo por nosotros, ‘la canalla’
víctima a ser del fuerte destinada.

“Yo brindo por nosotros, los malditos


tristes hijos del pueblo, los jirones
de una casta infeliz, que, pide a gritos
justicia de sus bárbaros sayones...

“¿Quién nos ha de vengar? ¡Desesperanza!


¿Quién hartará jamás nuestros deseos,
si, en nuestras propias cunas, condenados
fuimos, para servir de Prometeos...?

“Brindo por el dolor de nuestras madres,


por la triste orfandad de nuestras viudas,
por el sino cruel de nuestros hijos,
que crecen hoy, para servir mañana
de sangriento escabel al poderoso;
por el «noble» y el «burgués», por la inhumana
sociedad, que contempla el doloroso
martirio de una «casta» y ríe ufana...”

Calló el recluta, y apuró la copa,


los demás comensales,
al apurar las suyas, exclamaron:
—“¡Por la justicia y la verdad sociales...!”

La nave
Pasó a mis ojos la nave...
Sobre las olas saltar
yo la vi: rauda marchaba,
rauda cual la tempestad.
Y, al pasar ante mi vista,
surcando el lomo del mar,
segura, velera, rápida,
yo me dije: “El Capitán,
si el viento no lo abandona,

358
pronto al puerto ha de llegar
donde anhelosa lo aguarda
alguna esposa quizás,
o unos hijos amorosos”.
Y la nave vi pasar.

Y, a los pocos días, supe


que ante un violento huracán
naufragó la nave aquella
que a mis ojos vi pasar
sobre las olas, saltando
rauda cual la tempestad.

Y entonces fue cuando supe


que, el ya muerto Capitán,
era un prometido esposo
que iba un sueño a realizar,
sueño de dicha y de amores
cuya hermosa realidad
él acaso entreveía,
allá en su amoroso afán,
como un fin que en sí encuadraba
segura felicidad...

Y, al saber aquel naufragio,


yo me dije: “El Capitán,
de seguro, no contaba
que no ha importado jamás
nada a la Naturaleza
la dicha de algún mortal,
ni su ilusión, ni sus sueños,
ni su vida, ni su paz...

“¿Qué vale, qué pesa el hombre


en el infinito plan
de esa gran Naturaleza
madre y verdugo a la par?

—¡Oh! Capitán en tu lecho


de arenas, ¡descansa en paz!

Originalidad

Como aromas a las flores,


como a la lumbre colores,
como al mar diafanidad,

359
como olor al aura inquieta,
al poeta
pido originalidad.
¿A qué el juicio esclavizar?
¿Por qué el poeta expresar
no puede, con libre acento,
sin trabas, su pensamiento
tal cual lo siente vibrar?

No entiendo en mi convicción
la servil anulación
del «yo» en aras de una secta:
¡Libre ha de ser la razón
que haga su labor perfecta!

Poema corto
Principio

La mariposa luchó
un punto y abrió el capullo,
y esbelta y llena de orgullo
de su envoltura salió...

¡Qué hermosa: de alas de grana


de oro y negro moteadas,
con amor tornasoladas
por el sol de la mañana..!

Como un niño temblorosa,


como un niño vacilante...
y era un niño aquel instante
la galana mariposa.

¿Quién daría la experiencia


de la vida a aquel insecto
que, en su niñez, imperfecto
llegábase a la existencia..?

El aura llena de olores,


alegre en torno bullía,
y el insecto al par lucía
su belleza y sus colores...

360
Fin

¿Por qué el insecto se mueve,


por qué sus alas menea..?
Quizá el aura que le orea
incitante aroma lleve...

Súbito lánzase al aire


la mariposa galana...
¡A aquel sol de la mañana
era de ver su donaire..!

Parecido al paso incierto


del niño que a andar empieza,
de aquella gentil belleza
era así el vuelo inexperto.

Y ya incauto choca aquí,


ya va a dar un tumbo allá,
y sube y baja, quizá
sin darse cuenta de sí...

Niño: tiene que ignorar


lo que debiera saber...
Quien tiene alas ¿cómo hacer
otra cosa que volar..?

Y alegre el recién nacido


y ufano y dichoso vuela,
y de una araña en la tela
presto se le ve cogido...

Epílogo

-¡Oh! madre Naturaleza


exclamé tal fin al ver-
¿para eso hiciste nacer
tal lozanía y belleza?

¡Muéstrate madre amorosa


con el ser a quien das vida!
-dije- y mi mano extendida
dio suelta a la mariposa.

Y al verla lejos huir


dando tumbos por doquier,

361
pregunté: ¿por qué nacer
para tan pronto morir..?

¡Oh! joven mariposuela,


ve a gozar tu galanura,
juventud y hermosura,
¡vuela, mariposa, vuela!

Pero sin mí tu belleza,


tu vida, ¿qué hubieran sido,
si a luchar sólo has venido
en plena Naturaleza?

¿No demuestra tu prisión


que en la vida, la hermosura,
la belleza y galanura
datos pasajeros son..?

Sólo existen vida y muerte,


muerte y vida nada más,
y es mentira lo demás
que en la existencia se advierte.

Son mentira el bien y el mal,


y es mentira la belleza...
¡Salud, oh, Naturaleza,
—vida y muerte— la Inmortal..!

362
Juan Miguel Alarcón

Canción de noviembre
(En la muerte del poeta J.M. Milá de la Roca Díaz)

Era lluviosa la mañana,


estaba triste la sabana
y a lo lejos gemía el mar,
cuando el poeta cuyo anhelo
no era de aquí sino del cielo,
se lo llevaron a enterrar.

Y lo llevaron cuatro amigos


de toscas blusas, los testigos,
del infortunio de su amor,
y allí dejaron en la fosa
al fiel amigo de la rosa,
del verso de oro y del dolor.

Martí en Caracas
Ante la efigie Augusta se descubrió el viajero
Y le pidió, en su lengua de héroe y trovador,
“un consejo de bronce”. Era un vibrante acero
la voz del Peregrino frente al Libertador.

La inmensidad nocturna reflejó en el reguero


de sus soles al Padre con el Hijo menor;
y en los ojos del Padre leyó el bardo-guerrero
el “consejo” nimbado de su astral resplandor.

Vuélvese Martí a Cuba: la Libertad lo guía;


y lucha y truena y canta, ¡y es cual tu Epifanía,
oh, “Estrella Solitaria”, porque Él fulgura en ti!

Cuando el Poeta-Apóstol diadema su Victoria,


el Mundo vio que era —milagros de la Gloria—
el “bronce” de Bolívar, oro en José Martí.

363
El gaucho y el llanero
El llanero y el gaucho: olas del mismo
torrente huracanado de bravura;
luz sobrenatural frente al abismo,
vuelo de redención en la llanura.

Hierro que se empenacha de idealismo,


terno que espanta, copla de ternura;
y la furia del potro (un cataclismo
que ve pasar, atónita, la Altura).

Bolívar, San Martín: en Venezuela


y la Argentina el bronce se consuela
por los Héroes de omnímodas pujanzas,
cuyo brazo se irguió de tal manera,
que la América libre surge entera
en el deslumbramiento de sus lanzas.

Cruz
En su lánguida calle se dan cita
un sol, una canción, un florilegio,
cuando por la mañana, vestidita
de negro se dirige hacia el colegio.

Ego sum via, veritas et vita,


podría decirnos con su voz de arpegio,
como Jesús, pues todo resucita
ante su poderoso sortilegio.

Verla es soñar con todo lo que exhala


perfume y resplandor: cántico, ala,
jardín, ternura, adoración, consuelo...

y nadie olvida ante su faz de santa


que el lunar de su angélica garganta
¡es un celaje que atraviesa un cielo..!

364
Andrés Eloy de la Rosa

Canciones naturales

Que cese la amarga ausencia


y torne el ensueño ido,
ya no sé qué estoy sintiendo
viéndome solo en el nido.

Necesito como el ave


que busca la primavera
tener por todo una rama
y una dulce compañera.
Tener la esperanza viva
que es vida de la cabaña,
y bajo el cielo un idilio
y el idilio en la montaña.
Y sentirme menos triste
en la fuente de la vida,
donde el agua no se presta
para lavar ni una herida.
Vuelve de tu viaje amada,
con las manos todas flores
y el corazón como siempre
florido por mis amores.
Porque las flores fatales
que transcurren sin yo verte,
me separan de la vida
y me acercan a la muerte.
¡Tan apartado de ti!
La promesa que me hiciste
me tiene el alma más buena
y el corazón menos triste.
Si quebrantan tus acciones
de mañana, la promesa,
moriré como un mendigo
abrazado a mi tristeza.
Ya no tengo porvenir
porque la suerte no quiere,
el dolor me llama hermano,
la vida me dice: muere.
Mas, como fuerte he nacido
a la usanza de un guerrero,
venceré, porque la vida
se rompe contra mi acero.

365
La conciencia de los otros
no dañará mis acciones.
La voluntad es más recia
que los mismos corazones.
El destino de dos almas
no los tuerce otro destino,
son dos vías a la gloria
tu camino y mi camino.
Y si muriese mañana
sin la dicha de mi anhelo
te esperaré reclinado
contra una nube del cielo.
Allí bajará mi estrella
por un mandato de Dios,
de esa estrella todo el oro
caerá sobre los dos.

Nocturno
Esta noche no quiero a nadie. Pasa
en mí lo que en el tigre cuando acecha
y el lunático perro cuando ladra:
pura rabia en los ojos y los dientes,
hondas ferocidades en la garra.

Algo en he visto en las sombras: el espanto


de otra sombra en las sombras de un fantasma.
Algo he sentido: angustia en el cansancio
de pisadas nostálgicas que pasan;
sucias conversaciones de los hombres
de pueblo comentando cosas malas;
funestos traqueteos de los carros
de mano que atraviesan con su carga
de barriles de a cuarto la calleja
mojada a hilos por un filtro de agua.
(Es el pobre aguador que viene al río
en la apacible y fresca madrugada.)

¡Ah! veo y siento: anuncio de presagios


en el patio cuadrado de la casa;
una llama rojiza que se extiende
sobre la superficie de una laja;
un cuerpo que se mueve por el aire
rozando los rosales con las alas;
un ruido y otro ruido, son cadenas;
son huesos de esqueletos que se arrastran.

366
Con todo esto que pasa tengo el miedo
muy fuera de los músculos y el alma.
En el alma y los músculos hay siempre
¡orgullo y ambición, fuerza y audacia!
Esta noche se alumbra la tristeza
de mi vida, con una antigua lámpara
de luna llena, desde el manso cielo,
y de aceite otra lámpara en mi estancia.

Qué borrón tan oscuro es esta noche


donde mi vida es una mancha, blanca
como el cuerpo y el alma de la hostia
en la mano papal que la levanta;
como el cuerpo y el alma de los lirios
flotantes en las aguas estancadas;
como sueños de gloria que se abaten
a la triste invasión de las nostalgias;
como disco de nube que estuviese
a manera de un ala en la montaña;
como un ruego, un suspiro y una perla,
y como todas las blancuras, blanca.

La hora en mi hora
Hora de lo perenne,
condúceme al camino
que me lleve hacia todos .

Hora de lo impalpable,
de ti todo me viene
hasta la eternidad de no estar solo.

¡Oh ráfaga del siglo!,


me estoy llenando de luz tenue
tamizada a través de mil cristales,
cual si dentro de mí se hubiese roto
el vaso que encerró tus claridades.

Enlazo, fijo, tejo


en tu honor mis pensamientos.
Ellos se mueven en la trama,
ora en la adversa o la buena fortuna.
Entrecruzada de ceñidas mallas
borda la seda en su telar el lienzo.
Con la puntada igual marca la aguja
su compás de silencio.

367
Sin pronunciar una palabra
me voy llenando de luz tenue
desde los pies hasta las sienes.

Sin una mancha


dibujarse presiento
allá en el fondo de mis sueños
algún secreto en la virtud de un ansia.

En la crucifixión de mi cansancio
no quisiera valerme de lo externo
para darle espacio
a lo que se lleva adentro.

No quisiera en tu instante,
en el instante más supremo
de tu hora en mi hora,
vivir horas del tiempo.

Así mi mundo en tu órbita no cabe


ni podría en mi mar verse tu cielo,
porque así la esperanza se va lejos
y hasta la gloria... llega tarde.
(Poema copiado a Ramón Imery)
Cumaná, 1988-Montevideo, 1947
Publicado en: Renacimiento Nº 4707, 7 de noviembre de 1947.

368
Rosa Alarcón Blanco

No rompas los palacios

¡Qué triste la mañana; el cielo está sombrío!


ni un eco en la enramada, ni un amoroso pío
que anuncie de la aurora el dulce despertar;
deshechos en la arena plumones y pajitas,
jazmines y claveles y blancas margaritas
dispersos por el suelo se ven, lentos, rodar.

¿Qué pasa? ¿Qué puñado de negra desventura


lanzó sobre las cosas la triste noche oscura
celosa de las galas que pueblan el jardín?
¿Por qué rompió las liras amantes y sonoras,
que cantan la triunfante beldad de las auroras
y aduermen en su cáliz el alma del jazmín?

¿El ábrego iracundo de envidia y rabia lleno


batió sus negras alas sobre el boscaje ameno
y se llevó en su loca, terrible agitación
envuelta en su melena potente y tenebrosa
la luz, y las sonrisas y el alma de las rosas
que pálidas cayeron en triste confusión?

No fue la noche oscura ni el ábrego iracundo,


fue el brazo de un malvado, de un chico vagabundo,
quien despobló de pompas el mágico jardín.
Entró callado y quieto, y oculto entre las sombras
Rompió los bellos nidos, y locas las alondras
Huyeron espantadas, mirando destrozado su regio camarín.

¡Oh luces, rimas, perlas!¡Oh alados trovadores!


¡Oh liras primorosas, hermanas de las flores!
¡Volad, volved piadosas! ¡Colgad en el ramaje
orladas de claveles, las cunas caprichosas,
para que resuciten las almas de las rosas
en el profundo y místico silencio del boscaje!

¡Oh lindo rapazuelo! no rompas los palacios


cuajados de plumitas, diamantes y topacios
que el pájaro inocente formó como un altar;
si lo haces, en el cielo se apagará tu estrella,
e irás como las aves sin nido en pos de ella,
cual barca que resbala sin rumbo sobre el mar.

369
El trigo

En la riente campiña
bajo el palio del cielo,
se doblegan graciosas
cual penachos de plumas,
las espigas doradas
por el oro del sol.

Y a la dulce caricia
de las brisas ligeras,
se columpian hermosas
como vírgenes tímidas,
ofreciéndole al hombre
su tributo de amor.

Ya comienza la siega:
cada grano de oro
es promesa de gloria
para el alma sencilla
del feliz labrador,
que al poner en el surco
la semilla bendita,
puso en ella el anhelo
de su gran corazón.

Y la siega termina:
y después de la trilla
se lo llevan en sacos
para el viejo molino,
que al sentir la tersura
de la rica cosecha,
se estremece gozoso,
rechinando en sus goznes
y apretando en sus ruedas
el divino tesoro.

Y lo torna en cascada
de nevada blancura,
que en el mudo lenguaje
de su polvo sutil,
va diciendo: “Doy vida
material y eterna,
soy el pan de los ricos.
A los pobres sustento;
¡y soy pan de las almas
en la mesa de Dios”!

370
Il poverello

Se fue por el camino pedregoso y sombrío.


Dejó atrás la llanura abierta a pleno sol:
que transiten por ella los de vida mundana,
el va por la otra senda, señalada por Dios...
¿Quién es él? Lo delata su sonrisa divina
que se inicia en el raso de sus labios en flor,
abrazó el sacrificio su alma dolorida
y se fundió en su carne, temblorosa de amor.
¿Quién es él? Las alondras le salieron al paso
y en sus manos piadosas apagaron la sed,
y las rubias abejas, creyéndolas dos lirios,
en su cáliz de nieve libaron vino y miel.

Es hermano del agua, del viento y la montaña,


del lobo y de la oruga, de la brisa y la flor,
hermano es de todo cuanto Dios ha creado
en su alma sensible cabe sólo el amor.

Su cabello es dorado cuando la luz lo irisa


y se enreda en sus hebras un destello del sol,
sonríe si a sus plantas las punzan las espinas
porque son criaturas del milagro de Dios.

Y la gente lo sigue tras el surco de estrellas


que su noble silueta va dejando al pasar,
y le siguen las fieras, las aves y las nubes
que le brindan su sombra y protegen su andar.

Nacido bajo el tibio, claro cielo de Italia


transitó desde niño la vía de la Cruz,
para glorificarlo grabó Dios en sus manos
y sus pies los estigmas sagrados de Jesús.

371
José Antonio Ramos Sucre

Elogio de la soledad

Prebenda del cobarde y del indiferente reputan algunos la soledad, oponiéndose


al criterio de los santos que renegaron del mundo y que en ella tuvieron escala
de perfección y puerto de ventura. En la disputa acreditan superior sabiduría
los autores de la opinión ascética. Siempre será necesario que los cultores de
la belleza y del bien, los consagrados por la desdicha se acojan al mudo asilo
de la soledad, único refugio acaso de los que parecen de otra época, descon-
certados con el progreso. Demasiado altos para el egoísmo, no le obedecen
muchos que se apartan de sus semejantes. Opuesta causa favorece a menudo
tal resolución, porque así la invocaba un hombre en su descargo:
La indiferencia no mancilla mi vida solitaria; los dolores pasados y presentes
me conmueven; me he sentido prisionero en las ergástulas; he vacilado con los
ilotas ebrios para inspirar amor a la templanza; me sonrojo de afrentosas escla-
vitudes; me lastima la melancolía invencible de las razas vencidas. Los hombres
cautivos de la barbarie musulmana, los judíos perseguidos en Rusia, los mise-
rables hacinados en la noche como muertos en la ciudad del Támesis, son mis
hermanos y los amo. Tomo el periódico, no como el rentista para tener noticias
de su fortuna, sino para tener noticias de mi familia, que es toda la humanidad.
No rehuyo mi deber de centinela de cuanto es débil y es bello, retirándome a
la celda del estudio; yo soy el amigo de los paladines que buscaron vanamente
la muerte en el riesgo de la última batalla larga y desgraciada, y es mi recuerdo
desamparado ciprés sobre la fosa de los héroes anónimos. No me avergüenzo de
homenajes caballerescos ni de galanterías anticuadas, ni me abstengo de recoger
en el lodo del vicio la desprendida perla de rocío. Evito los abismos paralelos de
la carne y de la muerte, recreándome con el afecto puro de la gloria; de noche
en sueños oigo sus promesas y estoy, por milagro de ese amor, tan libre de lazos
terrenales como aquel místico al saberse amado por la madre de Jesús. La his-
toria me ha dicho que en la Edad Media las almas nobles se extinguieron todas
en los claustros, y que a los malvados quedó el dominio y población del inundo;
y la experiencia, que confirma esta enseñanza, al darme prueba de la veracidad
de Cervantes que hizo estéril a su héroe, me fuerza a la imitación del Sol, único,
generoso y soberbio.
Así defendía la soledad uno, cuyo afligido espíritu era tan sensible, que podía
servirle de imagen un lago acorde hasta con la más tenue aura, y en cuyo seno
se prolongaran todos los ruidos, hasta sonar recónditos.

Discurso del contemplativo

Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa espaciosa y antigua donde no
haya otro ruido que el de una fuente, cuando yo quiera oír su chorro abundante.
Ocupará el centro del patio, en medio de árboles que, para salvar del sol y del

372
viento el sueño de sus aguas, enlazarán las copas gemebundas. Recibiré la única
visita de los pájaros que encontrarán descanso en mi refugio silencioso. Ellos
divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario y el canto natural; su simpleza de
inocentes criaturas disipará en mi espíritu la desazón exasperante del rencor,
aliviando mi frente el refrigerio del olvido.
La devoción y el estudio me ayudarán a cultivar la austeridad como un asceta,
de modo que ni interés humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi me-
ditación, que en la cima solemne del éxtasis descansarán del sostenido vuelo;
y desde allí divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la verdad inal-
canzable.
Las novedades y variaciones del mundo llegarán mitigadas al sitio de mi reco-
gimiento, como si las hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré
sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz llegará hasta mí después de
perder su fuego en la espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el ruido
antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad servirá de resguardo a mi
quietud; las cortinas de la sombra circundarán el lago diáfano e imperturbable
del silencio.
Yo opondré al vario curso del tiempo la serenidad de la esfinge ante el mar de
las arenas africanas. No sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de sol, que
comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los opacos días de lluvia
que ostentan la ceniza de la penitencia. En esa disposición ecuánime esperaré
el momento y afrontaré el misterio de la muerte.
Ella vendrá, en lo más callado de una noche, a sorprenderme junto a la muda
fuente. Para aumentar la santidad de mi hora última, vibrará por el aire un beato
rumor, como de alados serafines, y un trasparente efluvio de consolación bajará
del altar del encendido cielo. A mi cadáver sobrará por tardía la atención de
los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de mis sencillos
funerales, el beso virginal del aura despertada por la aurora y el revuelo de los
pájaros amigos.

La vida del maldito

Yo adolezco de una degeneración ilustre; amo el dolor, la belleza y la crueldad,


sobre todo esta última, que sirve para destruir un mundo abandonado al mal.
Imagino constantemente la sensación del padecimiento físico, de la lesión or-
gánica.
Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia, rememoro la faz marchita
de mis abuelos, que murieron en esta misma vivienda espaciosa, heridos por
dolencias prolongadas. Reconstituyo la escena de sus exequias, que presencié
asombrado e inocente.
Mi alma es desde entonces crítica y blasfema; vive en pie de guerra contra los
poderes humanos y divinos, alentada por la manía de la investigación; y esta
curiosidad infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida
atolondrada y maleante al dejar las aulas.
Detesto íntimamente a mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas
inhumanos; y confieso que, en los días vacantes de mi juventud, mi índole des-

373
templada y huraña me envolvía sin tregua en reyertas vehementes y despertaba
las observaciones irónicas de las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de
diversión y peligro.
No me seducen los placeres mundanos y volví espontáneamente a la soledad,
mucho antes del término de mi juventud, retirándome a esta mi ciudad nativa,
lejana del progreso, asentada en una comarca apática y neutral.
Desde entonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. A sus
espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído de la luz por la espesura de ár-
boles crecidos, en pie sobre las márgenes, azotados sin descanso por un viento
furioso, nacido de los montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena
a veces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de una cam-
piña etrusca.
La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, y casé improvisamente con
una joven caracterizada por los rasgos de mi persona física, pero mejorados por
una distinción original. La trataba con un desdén superior, dedicándole el mismo
aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Pronto me aburrí de aquel
ser infantil, ocasionalmente molesto, y decidí suprimirlo para enriquecimiento
de mi experiencia.
La conduje con cierto pretexto delante de una excavación abierta adrede en el
patio de esta misma casa. Yo portaba una pieza de hierro y con ella le coloqué
encima de la oreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de la fosa,
emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubrí de tierra, y esa tarde me senté
solo a la mesa, celebrando su ausencia.
La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada, un brusco resplandor ilu-
minaba mi dormitorio y me ahuyentaba el sueño sin remedio. Enmagrecí y me
torné pálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme, contraje la
costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de la ciudad, por las campi-
ñas libres y llanas, y paraba el trote de la cabalgadura debajo de un mismo árbol
envejecido, adecuado para una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullos
dispersos y confusos, que no llegaban a voces. Viví así innumerables días hasta
que, después de una crisis nerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavado por
la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de un fiel servidor que defendió
los días de mi infancia.
Paso el tiempo en una meditación inquieta, cubierto, la mitad del cuerpo hasta
los pies, por una felpa anchurosa. Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres,
y a mi lado arde constantemente este tenebrario, antes escondido en un desván
de la casa.
En esta situación me visita, increpándome ferozmente, el espectro de mi víctima.
Avanza hasta mí con las manos vengadoras en alto mientras mi continuo servidor
se arrincona de miedo; pero no dejaré esta mansión sino cuando sucumba por el
encono del fantasma inclemente. Yo quiero escapar de los hombres hasta después
de muerto, y tengo ordenado que este edificio desaparezca, al día siguiente de
finar mi vida y junto con mi cadáver, en medio de un torbellino de llamas.

374
El lego del convento
Al recorrer los caminos de Italia, yo tuve la fortuna de recibir los consejos del
mismo Amor, disfrazado de peregrino. Ningún mortal, sino Dante, pudo contar
ese privilegio.
Me anunció una vida solitaria y me felicitó por haber escuchado a la mujer de voz
infantil, sin llegar hasta su presencia. La plegaria, un himno eucarístico, nacía en
la oscuridad del campo y volaba a perderse en el éter inmaculado.
Yo me separé del mundo y dirigí mi contemplación al mismo objeto del cántico
sagrado. Renuncié al aplauso terrenal y olvidé el devaneo del arte cuando mis
maestros, los poetas contemporáneos, expresaban el cansancio de una generación
diezmada por las guerras napoleónicas y Leopardi recogía en su obra el acento
de la patria ofendida.
Conservé la admiración noble por la mujer del linaje de Beatriz y vine a servir
en una sociedad franciscana, profesando en su beneficio la santa mendicidad.
Yo imito al hermano insipiente, administrador del asno de la cuestación en la
novela perfecta de Manzoni.

El ramo de la sibila
El canto de la salud vuela sobre el mar jocundo, sube al cielo de ópalo. Sirve
para distinguir los momentos de la maniobra. No se requiere el portavoz ni el
mandamiento lacónico.
He despedido los vestigios de una visión infeliz al incorporarme del regazo de la
noche. Una voz inmortal había insinuado en mis oídos el verso canoro de Virgilio,
para describirme el naufragio de un timonel vencido por el sueño.
Yo reconstituí los pormenores del episodio al despertar y volver en mi acuerdo.
Reconocí inmediatamente el litoral donde fue sacrificado el náufrago después
de salir a salvo.
Tenía a mi alcance un ramo de olivo, el árbol místico y virtuoso. Lo sumergí en
las aguas lívidas y lo agité sobre mis compañeros indiferentes.

El resfrío
He leído en mi niñez las memorias de una artista del violoncelo, fallecida lejos
de su patria, en el sitio más frío del orbe. He visto la imagen del sepulcro en un
libro de estampas. Una verja de hierro defiende el hacinamiento de piedras y la
cruz bizantina. Una ráfaga atolondrada vierte la lluvia en la soledad.
La heroína reposa de un galope consecutivo, espanto del zorro vil. El caballo es-
tuvo a punto de perecer en los lazos flexibles de un bosque, en el lodo inerte.
La artista arrojó desde su caballo al sórdido río de China un vaso de marfil, sujeto
por medio de un fiador, e ingirió el principio del cólera en la linfa torpe. Allí mis-
mo cautivó y consumió unos peces de sabor terrizo. La heroína usaba de modo
preferente al marfil eximio, la materia del olifante de Roldán.
Un sol de azufre viajaba a ras del suelo en la atmósfera de un arenal lejano y un
soplo agudo, mensajero de la oscuridad invisible, esparció una sombra de terror
en el cauce inmenso.

375
El monólogo
El caballero de los pensamientos desvariados registra el mar. Se apoya de espaldas
en una roca perenne. Deja de la mano y en el suelo el sombrero y la espada.
Un ave feudal, de librea cenicienta, domina el aire desierto. ¡Cuántas batallas se
libraron a la vista de las torres!
El caballero descubre la imagen de su vida en la soledad del pájaro altivo. ¿No
sucumbe en la amargura y rehusa la sociedad desde el rapto de su amada, el día
de una incursión de los infieles?

La alianza

Yo escuchaba sollozos a través del sueño ligero y variable. No podían venir de mi


casa desierta ni de mi vecindario diseminado en un área espaciosa.
Yo vivía delante de una plaza vieja, sumida en la penumbra de unos árboles
secos, de un dibujo elemental. Mostraban una corteza de escamas y sus hojas
afiladas y de un tejido córneo, semejantes a cintas fláccidas, habían cesado de
criar savia.
Un mensajero llegó de lejos, al rayar el día, a decirme la nueva infausta. Había
devorado la distancia, montado sobre un caballo impetuoso, de arnés galano.
Admiré el estribo de usanza arábiga.
Las hijas de mi ayo y consejero me recordaron al verse desvalidas. La muerte lo
hirió sigilosamente en medio de la espesura de la noche y los sones de su flauta
burlesca de ministril revelaron la desgracia y propagaron la consternación.
Yo había olvidado en una cámara de muebles pulverulentos el carruaje de mis
excursiones juveniles. Alcancé el hogar visitado por el infortunio, después de
restablecer el armazón y las ruedas en más de un sitio de la campiña reseca.
Las mujeres vinieron a mi encuentro. solemnes y demacradas a la manera de
las sibilas. Me habían reservado la ceremonia de esparcir el puño de cal sobre
el rostro del difunto, semejanza de algún rito de los gentiles en obsequio del
piloto infernal.
Yo sellaba de tal modo el convenio de un pesar inmutable, sin esforzar mi len-
guaje exento de efusión y de gracia. Asisto fielmente al responso cotidiano en el
oratorio familiar y añado mi voz a una salmodia triste.

La jornada del eremita

Yo asistí en su agonía al ciervo de edad prolongada y recogí el collar de bronce,


de monedas romanas, soltándolo de su cerviz.
Los gentiles habían atribuido al ciervo una longevidad prodigiosa, según se refiere
en muy doctos escritos, y Nuestro Señor despertó por medio de uno de ellos la
vocación de San Huberto.
Nadie había logrado seguir la pista del ciervo de edad prolongada. Las zarzas
humildes y sin nombre dejaron de trabarse delante de mí, el día de hallarlo en su

376
última hora. Unas flores se prendieron en mi raya monástica, tejiéndole una franja,
y me turbaron con su belleza. Yo sé defenderme del hechizo de las criaturas.
Tuve entre mis manos la cabeza del ciervo caduco y su ruina se manifestó cuando
solté de su cerviz el collar antiguo, de labor secreta y efecto pasmoso, por donde
se volvía invisible.
Una vez despojado de aquella prenda de su fuerza, espiró la vida gimiendo.

377
Ramón David León

Campos de Cumaná

Silenciosa dormita la campiña,


vamos muy juntos por la carretera
que suave luz de plenilunio baña.
La brisa juega con tu cabellera
y el perro familiar nos acompaña.

Ante los dos se alarga taciturna


la extensión de los campos, donde el viento
rompe lejano en augural lamento
bajo la inmensa solidad nocturna…

De repente el animal el cuello enarca,


el horizonte su pupila abarca
y con aullido prolongado y fuerte
ladra a la luna, misteriosa barca
de una viajera pálida, la muerte.
Cumaná, 1922

Viejo navío anclado


a Vicente Dávila.

La oscura mole del navío recorta


sobre la perspectiva su silueta;
anclado está, reposa
en los muelles del puerto...
Su vieja chimenea abre la boca
en perenne bostezo...
¿De dónde viene?, ¿Adónde irá? Intriga
su maltrecho aspecto...

Tantas tierras ha visto


como mares cortara con su hélice.
Bajo cielos distantes
lo mecieron borrascas tropicales,
y en el helado norte
la escarcha lo envolvió con su mortaja…

Acodado a la borda un marinero


contempla la infinita lontananza;

378
otro medita ante el vaivén del agua...
El viejo navío sueña,
quizá que rinde un crucero alucinante…

Su casco ha desafiado
trombas y vendavales;
contra su fuerte herraje
la tempestad golpea con loca furia,
más él siguió su ruta, imperturbable...

¡Hombre al agua! gritaron una noche


cuando a alguien se lo llevó la marejada;
la bruma en otra le ocultó un escollo,
y hubo un paro en la marcha…
Cierta ocasión una viajera escuálida
embarcó cautelosa, y finó el viaje
anclado en estación cuarentenaria.
La torva polizón era la peste,
y la muerte su puerto de arribada…

¡Viejo navío que á bordo


lució tan heterogéneo pasaje!
Rompiendo mar y cielo
sobre el tumulto de la marejada
cuántas veces cargó su humano lastre…

Tras el amor algunos;


los más, tras el dorada vellocino.
¡Todos tras la esperanza!

Viejo navío anclado


de azul inmenso y horizonte abierto,
donde cielo y océano se confunden
en inconmensurable acoplamiento...

Acaso un día cualquiera


eche por siempre el ancla
en las inmensidades submarinas,
entre corales y madréporas...
Y será entonces verdaderamente
cuando comience el viaje
del cual ningún navío ha regresado...
1924

379
Síntesis
a Guillermo Austria.

¿Mi vida?, pues todo, nada


cotidiana pesadilla
que en virtud de complicada
se torna historia sencilla…

De la diaria mascarada,
huyendo a la vil traílla
siempre la tuve apartada
extraña a dolo y mancilla.

Si variable con los años


por triunfos y desengaños
mi vida, en síntesis, es,

que por ironías constantes


o llegué momentos antes
o llegó instantes después…
1926

El poema de los espejos

Colgados del muro duermen los espejos…


Aquel de gran luna y ornada cañuela
copió muchas veces los trajes complejos
que en noches de fiesta llevara una abuela.

Movidas pavanas, pesados minuetos,


gavotas tocadas a violín y clave,
todo vio ese espejo que guarda secretos
de remotas cosas que ya nadie sabe…

Ese otro al que enmarca dorada moldura,


cristal veneciano de nobles reflejos,
reprodujo un día la grácil figura
que hacia él avanzara con mimos y dejos.

Una blanca novia se miró en su clara


lámina argentada llena de rubores;
y él copió el inquieto mohín de su cara
y vio tras el velo sus dulces temores...

380
Este, que ventana parece a lo lejos,
supo de una, hoy muerta, que a él se asomó,
palpó de sus senos los suaves bosquejos
se alejó sonriente, pero no volvió…

(Es ojo que espía de un rincón oscuro


y el recuerdo acrece de influjos funestos:
único, en la alcoba, colgado del muro,
no atisbó más nunca femeniles gestos)
Pendiente del clavo yacen los espejos…
Otros sobre el mármol de los tocadores.

¡Fueron los testigos de tantas angustias!...


¡Fueron confidentes de tan hondo ensueño!...

(Los espejos miran con sus lunas mustias


como si mirasen a través de un sueño).
1929

Síntesis de Año Nuevo


a Antonio Briceño Rossi

¿Un año más de vida o un año menos de ella?


Que lo responda el tiempo, que sabe más que yo…
Abrigo el mismo tedio, me alumbra igual estrella
y por un sí dudoso suelo escuchar tres no...

Atrás, de la jornada, queda la errátil huella


de un rumbo apresurado carente de intención
histeria dislocada que la inconciencia sella
pero con sangre escrita del propio corazón…

Marchamos hacia el futuro demoro en el recuerdo,


es el pasado selva dentro la cual me pierdo
sin lograr, evocando, de ella salir jamás...

Y así me encuentra el año que del misterio llega,


con una íntima angustia que todo olvido niega
una esperanza menos y un desengaño más…
1929

381
Agustín Silva Díaz

Responso

Árbol sin armazones,


árbol seco
que pones tu silueta de aquelarre
en el camino escueto;
eres trasunto fiel de uno de tantos
impulsos fracasados
por el miedo.

Maniquí que vistió la primavera


en su ira ficticia
y que luego el tahúr del otoño
te robó de la planta hasta el moño
mintiendo caricias.

Fuiste pasto del pulpo


de las nubes
que en la abstracta absorción de sus tentáculos
se bebieron el vino
que en tus cordajes arteriales hubo
y se fueron borrachas dando tumbos.

Tu influencia en la vida
va pasando
Yankilandia lo afirma
de una manera tal,
que te venció el petróleo en la cocina,
y en la mueblería
por snobismo o por economía
te sucede el metal.

Árbol seco,
de savia no te queda ni una mínima dosis,
condenado a morir pareces reo
el viejo mal de la arterioesclerosis
te puso enteco y feo.

Eres casi inútil


en la marcha moderna de las cosas.
Eres un fracasado
en estos tiempos;
ya no sirves de ejemplo

382
ni sirves, como antaño, de picota,
que en este siglo yanquilandizado
Judas se ha civilizado
y no piensa en la horca.

Eres trasunto fiel de uno de tantos


esfuerzos fracasados.

Tránsito

Hoy se me murió mi alma,


están doblando en mi vida,
sin compasión me taladra
la campanada sombría.

Ni latines de plegaria
ni una mano compasiva,
qué sola murió mi alma
en esta mañana fría.

Se me asomó por los ojos


en medio de la agonía,
aleteó sobre mis sienes
y se quedó suspendida
como esas manos crispadas
al fin de la despedida.
Hoy se me murió mi alma,
están doblando en mi vida.

Yace de cuerpo presente


de mi pecho en la capilla
donde la alumbran mis ojos
como invertidas bujías
y le he puesto algunas flores
-mis ilusiones caídas-.

Cuando el sol se haya borrado


y la sombra sea propicia,
yo la enterraré muy hondo
dentro de mi selva oculta.
¡Qué florecerá mañana
de esta difunta alma mía!

383
In memorian
Humano ruiseñor que ya caíste
en la siniestra jaula,
con las alas cerradas para siempre
y un nudo en la garganta.

Quizá en ese nudo contraído


la palabra secreta
que no tuviste tiempo de decirnos
y se torció en protesta.

Pero quedan eternas las canciones


de tu sistro de plata,
que supo difundir sus vibraciones
más allá de la patria.

Caíste cuando el árbol de tu vida


daba su florescencia,
se mustiaron las rosas de tu carne
pero quedó la esencia.

¿Qué nueva floración dará la tierra


con el abono de tu corazón?
Alguna flor con resplandor de estrella,
alguna estrella-flor.

En el parcial eclipse de tu fosa


habrá invierno de lágrimas,
y ante el enigma sordo que te envuelve
con sus fúnebres sábanas
el recuerdo de todos tus amigos
será como una lámpara.

Luz victrix

Nazareno: tu Calle de Amargura


hoy se viste de fiesta;
se trocaron en salmos las injurias
y en flores las piedras.

Ya no es una Verónica que acude


a enjugar con sus tocas tu cabeza;
son millones de almas suspendidas
para besar tus pies, cual Magdalena.

384
Tus pies, las navecillas irreales
que trazaron caminos con estrellas
¡sobre la luna azul del Tiberiades!

Ya no es de Nazaret de donde vienes


sino de todas partes,
de la tierra y del mar, y de los cielos
de la luz impalpable
de todo el universo.

La corona que llevas en las sienes,


de espinas que era, se ha trocado en rosas,
y todas tus heridas sangran mieles.

¿Qué importa que una racha dolorosa


marchitara los campos de laureles
de tu vida inocente para los fieles
por siempre y para siempre?

Sobre tu hombro de marmórea albura


el símbolo funesto del suplicio
como tú en el Tabor, se transfigura
y lo que ayer fue signo de pavura,
hoy lo miran los hombres como indicio
de la eterna ventura.

A la luz que irradiaron tus palabras


se encendieron las cuatro extremidades
de tu cruz de dolores:
faro de las perpetuas claridades
que hoy derrama tu amor en resplandores
hacia los cuatro puntos cardinales.

385
Cruz Salmerón Acosta

Infortunio*

Nunca mi mente acarició el ensueño


de vivir solo, frente a un mar bravío,
sino en un campo en flor siempre risueño,
viendo correr junto a mis pies un río.

Por más que en alegrarme yo me empeño,


en presencia del mar vivo sombrío
tan lejos de la dicha con que sueño
como tú estás de mi dolor, Dios mío.

Yo sufro ante el verdor de primavera


de la eterna visión de la ribera
de donde ayer por siempre hube partido,

la nostalgia del pájaro enjaulado


que desde su prisión ve el ramo amado
donde un día, cantando, formó el nido.
*El soneto Infortunio aparece, en el manuscrito
dictado por el autor, con el título de Descontento.

Desolación espiritual

Todo en mi derredor dice alegría,


la aurora tras el monte se levanta,
el pájaro en la fronda anuncia el día
con la flauta que oculta su garganta.

Quiero cantar a tanta poesía


que habla a los ojos, y a la muerte encanta,
pero la alondra de la musa mía
aun sin querer, solloza cuando canta.

Nací del mar en infeliz ribera,


y esta aflicción que mi alma desespera
cuando empiezo a rimar lo que he vivido,

me hace pensar, por el sufrir inquieto,


que acaso llevo en mi interior secreto
el paisaje del suelo en que he nacido.

386
Cielo y mar
A José Antonio Ramos Sucre

En este panorama que diseño


para tormento de mis horas malas,
el cielo dice de ilusión y galas,
el mar discurre de esperanza y sueño.

La libélula errante de mi ensueño


abre la transparencia de sus alas,
con el beso de miel que me regalas
a la caricia de tu amor risueño.

Al extinguirse el último celaje,


copio en mi alma el alma del paisaje
azul de ensueño y verde de añoranza;

y pienso con obscuro pesimismo,


que mi ilusión está sobre un abismo
y cerca de otro abismo mi esperanza.

Perspectiva

Un pedazo de mar y otro de cielo


y una montaña de un azul profundo,
forman la vista que, en mi eterno duelo,
contemplo yo desde un rincón del mundo.

Por el límpido azul de terciopelo


pasa a veces un pájaro errabundo,
como por mi perenne ensueño, el vuelo
de un tierno pensamiento vagabundo.

Esta mañana gris, espesa bruma


que el cielo, el mar y la montaña ahuma,
me vela mis poéticas visiones;

mas, se disipa sobre el mar en calma,


igual que el humo de mis ilusiones
en la honda amargura de mi alma.

387
II

Se va volviendo todo claro el día


con el sol que en la cumbre centellea,
y en la paz de la inmensa serranía
el incensario de una rosa humea.

Ya está ebria de azul y poesía


mi alma dolida, que volar desea
cuando la enseña de la patria mía
en el bastión de Cumaná flamea.

Como en la lejanía la bandera


se me presenta alba toda entera
igual que leve garza blanquecina

que va volando con cansado vuelo,


o el ala amorosa de un pañuelo
que de decirme adiós nunca termina.

El perro
A Dionisio López Orihuela

Cuando me vine para mi destino


un can vino conmigo,
y siempre para mí fue un buen amigo
y un compañero fiel, el pobre perro.

Él, que calles alegres recorría


a mi lado, en mis días de ventura,
vino también a hacerme compañía
en la tan prolongada y tan sombría
calle de mi amargura.

Largas horas pasó junto a mi puerta


echado sobre el suelo
en perenne desvelo
y hasta al más leve ruido, siempre alerta.

Otras veces, después de vana espera


el perro se dormía
como si por instinto comprendiera
que ninguno vendría
a consolar mi vida prisionera.
Y en las noches tan claras como el día,

388
a la luna lanzaba sus aullidos,
mientras yo prorrumpía
en versos a sollozos parecidos.

Hoy lo he visto morir, y no he llorado


por su viaje sin vuelta, ni siquiera
una lágrima, y he sufrido
pensando cuánto no habría aullado,
por un viaje cualquiera
que yo hubiese emprendido.

Me parece mirarlo todavía


fijando en mí con gran melancolía
su mirada de enfermo moribundo,
cual queriendo decirme que sentía
más dejarme en el mundo,
que la vida azarosa que él perdía.

¡Ah! Yo habría querido


pobre y noble animal,
en mis brazos tomarte
y cerrarte los ojos tan humanos
y cavarte una fosa con mis manos
y yo mismo enterrarte.

Y enterrándote echar sobre tu frío


cuerpo, puñados de tierra, perro mío,
con besos y lágrimas mojados,
cual solemos hacer con los despojos
de esos humanos seres adorados
que enterramos con llanto en nuestros ojos.

Mas, como nada de eso yo he logrado


hacerte, sobre el lecho donde herido
estoy, muy triste un rato me he quedado
viendo la playa donde te has hundido.

Duerme por siempre junto al mar sombrío,


que para mí tanta poesía encierra,
en tu lecho de tierra
por el cual con placer cambiaría el mío.

389
Humberto Guevara

Salutación al Viejo

¡Oh Don Simón Rodríguez! ¡Oh viejo vagabundo


del grito y de la antorcha por todos los caminos!
¡Galileo sin apóstoles de su verbo profundo!
¡Almirante sin brújula ni barcos ni marinos!
¡Quijote a pie en la andanza de componer el mundo!

¡Oh viejo paradójico: colérico y sonriente,


feliz e infortunado, ilógico y prudente!
¿Lo recuerdas? A prisa por la senda tortuosa,
en noche obscura huías disfrazado de arriero...
I con la aurora el mar, celeste epifanía,
y el milagro en las alas henchidas del velero!

Por donde tú pasaste, dolor de las derrotas,


España saturnina despedazaba a España,
y exhibía su carne mártir en las picotas,
los zamuros y perros devoraron la entraña,
y los huesos blanquearon en las grutas ignotas.
Truncaba tu discurso un destino siniestro;
pero absorto entre lágrimas y horrores de cadalsos,
el discípulo amado siguió tus pies descalzos...
¡Alelulya! ¡Aleluya! ¡Por fin halló al Maestro!

¡El águila entrenada por tu facundia homérica


volaba omnipotente por los cielos de América!

¡Oh mentor peligroso, magnético y jocundo!


¡Generador de todas las energías! ¡Piloto
que sentado en incógnita playa del Viejo Mundo,
invisible y callado, noblemente remoto,
registe de la Atlántida el supremo alboroto!
Ya lo ves: aquel voto que tu sabiduría
en la cima plebeya de Monte Sacro arranca,
se ha cumplido, así como la hermosa profecía
del inca sacerdote, ¡pastor de Choquehuanca!

Luego volviste a América, no por nacer en ella,


sino por serle útil con tu enseñanza bella,
y en el Sur te quedaste del timbo al tambo hasta
que saliéndote al paso, la Muerte dijo: ¡basta!
Como en sitios inhóspitos levantabas la tienda,

390
florecieron tus huellas en amarga leyenda:
según las santas lenguas de frailes y beatos,
a quien la tuya a diario causa tan malos ratos,
porque la letanía de sus vicios pregona,
¡eres tú nada menos que Belcebú en persona!
Tu habías fundado logias, trotamundos eterno,
¡y cada logia es una sucursal del Infierno!
I por eso se dice que en urgencias sexuales,
a media noche asaltas los claustros conventuales
y te raptas las monjas por semanas enteras...
Ladrón, aunque das cuenta hasta de cuatro reales;
tahúr, y tantas cosas absurdas y groseras.
I como del Discípulo defiendes la memoria,
íngrima contra todos tu paternal figura,
sobre tu ancianidad caiga toda la escoria
que no puede caer sobre la sepultura.
¡I por doquier la fábula que adultera tu historia,
y por doquier el índice acusador de un Cura!

Bajo el signo de Momo regresas a Caracas,


lapso de bambalinas y pitos y matracas.
Acaso en Amotape, ¡oh viejo extraordinario!
volteriano y travieso, previste el centenario,
cuando ya fastidiado de emociones ingratas,
Diablo comiendo hostias, te quedaste tendido
entre mimos y rezos de dos viejas beatas.
¡He aquí que te sales con las tuyas, bandido!

Después fueron buscándote a tu rincón serrano,


y en hombros te metieron en el Panteón peruano.
(No yerro si supongo que dijo tu ironía:
Dios le pague el servicio al amigo Leguía.)
Pero es el caso que hoy el duelo es soberano,
y anticipan tu entrada para que no coincida
el severo homenaje con la farsa de Antruejo,
por más que prefirieras, ¡oh sarcástico viejo!
-confites, papelillos,- la tarde divertida
del sábado, y que fuera de locura el cortejo.
I en barba y espejuelos bromas de serpentinas,
y en mano el cetro bobo que rige la algazara,
reirte a carcajadas de todas las espinas
con que la incomprensión ayer te acribillara.

I puesto que de loco te tildara la gente,


es muy justo que ahora, en la hora sonora
cuando la apoteosis te declara consciente,
esa tu sonrisita sutil, torturadora,

391
se dibuje a la ráfaga agria de los recuerdos,
¡oh Don Samuel inmenso, claro e incomprendido!
Pobre Judío Errante, mofado y perseguido
por todos los imbéciles y por todos los cuerdos.
¡Oh viejo! estarás riendo de aquellos malandrines
que a las torpes infamias aldeanas adeptos,
te inventaron ridículos banquetes con bacines,
y atribuyeron frases y torcieron conceptos,
y así también de esos cuya miopía insólita
equipara tu mérito al de la Negra Hipólita.
Un maestro es cualquiera que con un libro abierto
repite a los muchachos lo que ni él mismo entiende:
tú eres la palabra que no clama en desierto,
el faro que no en vano en la tiniebla esplende.

¡Hoy vuelves! El desquite es portentoso y cierto;


¡naves empavesadas aclaman en el puerto
de La Guayra el arribo cordial de la fragata
con que El Perú magnífico fraternidad protesta!
¡I con el mismo espíritu que tal gesto delata,
glorioso estandarte, nieve y fuego, contesta
gualda, azul y rojo, con estrella de plata!

¡Oh fugitivo anónimo que retornas dormido


y te incorporas! ¡Oye el laudatorio ruido
de las aclamaciones! ¡Tiende al cerro la vista,
y ve cómo el baluarte, hostilidad antaño,
se manifiesta en salvas en el primor de hogaño,
y realza tu marcha triunfal por la Autopista!

No es Pedro Carbonell, ni el otro, Vasconcelos,


quien te captura, reo de sublimes anhelos,
¡Marcos Pérez Jiménez, que es la Patria, te llama;
y con el puro afecto, y la espléndida pompa,
y la noble justicia que tu gloria reclama,
hace que el gran silencio del olvido se rompa!
¡A él le bastaría con decirte; contempla!
para que el gozo te haga llorar en este día
como lo hiciera en Lima tu paterna alegría.
La lira, por cantarte, sus graves cuerdas templa;
de pie se halla el Congreso; de pie el Ayuntamiento;
de pie los niños blancos y negros de tu escuela;
¡y en marcha todo aquello que el patriotismo anhela!
¡I un pueblo fuerte y grande, en alto el pensamiento,
el corazón en alto y el reconocimiento,
a quien labor anima y democracia escuda,
estrepitosamente, a una vez, te saluda!

392
¡Oh Don Simón Rodríguez, fallido polvorista!
Comisario de Guerra que hoy le pasas revista
a nuestro ilustre ejército, ¡mírale bien la cara
a cada hombre, y sabe cómo efectivamente
es aquél que Bolívar por Los Andes llevara!
¡No se ha arado en el mar, oh viejo providente!

I pues que alto y olímpico llegas hoy a tu tierra


con el santo derecho de todo cuanto hiciste,
compara este gran día con la noche en que huiste:
contigo las banderas y los tanques de guerra;
las limpias bayonetas y lanzas; los bridones
audaces del asombro; las flotillas de aviones,
cóndores de tu escolta, heroísmo que vuela;
las solemnes espadas; los tremendos cañones.
I toda esa soberbia que ante ti se revela,
por la paz y las leyes y honor de Venezuela!

¡Oh desacreditado velero y jabonero


de Luces y Virtudes! ¡Humilde conuquero!
¡Director majadero que hubo de salir malo!
¡Mayordomo en conflictos con el inglés y el galo!
ya ves: tu cola fuerte pega los cartelones
donde los ciudadanos aprenden tus lecciones.

¡Viejo polifacético! Debes de estar contento,


porque todo se hace según tu mandamiento,
y porque tu Discípulo filial, y triple amigo,
aguarda el gran momento de encontrarse contigo
para exclamar de nuevo que tenías razón.
¡A ti, que vivo siempre, (¿caprichoso?) y jocundo,
disfrazado de muerto entras en El Panteón!
¡Oh Don Simón! Oh Robinson! ¡Oh viejo vagabundo!
Cumaná, febrero de 1954.

Doña Fita, la Maestra


La comadre Encarnación,
quien se da mucho postín,
es tan fina en la dicción,
que suele decir: Jazmón,
como si fuera: jazmín

También dice: mancarrón,


iluminio, cuerpo-espín,
ermuerzo, regolución,

393
y tantas otras, en fin,
de las que no haré mención.

Pero la señora Fita,


refitolera viejita
que en lo de gramatical
cree que no la supedita
Doña Gabriela Mistral,
—porque tuvo una escuelita
por allá por Palotal—
adviértele doctoral
y amablemente: Mijita,
noto que pronuncias mal:
para hablar se necesita
aprender en el Manual.

Y pues en lo intelectual
La vieja Maestra Fita,
como tánta maestrita
en funcionamiento actual,
es una especie de atún,
su sapiencia no común
(en cuanto a lo garrafal)
del modo más natural
le afloja a la comadrita
una que otra palabrita:
bacalado, simoún,
Gabriel, esperencia, orita,
sinvergüenzo, precepita,
afigúrese, asigún.

La lección del lorito


(escena paradisíaca)

Un erudito yanqui
que aún investiga con sapiencia vana
quién fue en la antigüedad prediluviana
el primer saltimbanqui,
ha conseguido, en cambio, convencerse
de qué individuo cometió el dislate,
o tuvo el heroísmo, de comerse
el primer aguacate.

A pesar de ser fruta americana


la persea gratísima,
o como dice un médico, ingratísima,

394
debido a que no es del todo sana,
sobre todo de noche,
resulta que fue Adán el caballero,
sin miedo y sin reproche,
que la probó primero.

¿Que el Paraíso estaba en Asia? ¡Bueno!


Qué Adán no vino a América? No importa!
Pero fue él, y Misia Eva, absorta,
lo acompañó al estreno.
(Ella no se quedó comiendo torta).

La deducción del yanqui es elocuente:


a Adán le agradó mucho la manzana,
por lo que muy ufana
de haber interpretado a la Serpiente,
lo invitó a repetir su bella esposa.
¡Oh, manzana...! ¡Manzana es muy sabrosa!

Como fuera pecado


original, bastante original,
haberse la tal fruta merendado,
semejante a la mona del nogal
que cogió la nuez verde,
la pasaron muy mal:
pues cuando el pobre Adán la fruta muerde,
la halló un tantico desabrida y vana,
con cierta densidad de mantequilla,
y murmuró como de mala gana:
Eva: ¿eso no será más bien patilla?
Y su dulce costilla
dijo convencidísima y sencilla:
¡Cométela, mijito, sí es manzana!
Fíjate en la semilla.

No obstante, dirigieron la mirada


al árbol de la poma mencionada...
Y, ¡oh, sorpresa! inquietante maravilla,
vieron las ramas llenas
de unas frutas verdosas,
extrañas, periformes y hermosas,
muy parecidas a las berengenas.

Nuestros primeros padres, pensativos,


comprendieron los mágicos motivos
de aquella metempsicosis frutal:
era la eterna pena prometida

395
¡a quien tocara el Árbol de la Vida
y del Bien y del Mal!

Sin embargo, pasando el primer susto,


a la poma, por fin, le hallaron gusto,
y su nombre quisieron conocer.
Más curiosa que el hombre, la mujer
preguntó a la Serpiente...
y ésta dijo: comadre, francamente
no lo sé, porque en Francia es abogado,
y según el primario lo asegura,
es palta en El Perú tan renombrado,
y allá en Colombia, cura.
Y Adán, mortificado,
exclamó: ¡qué diablura
esa nomenclatura que has mentado!

En tanto Eva, que lo consolaba,


vio un lorito llanero,
que muy conocedor y picotero
una fruta de aquella picoteaba.
Y preguntóle así: lorito lindo,
¿será eso lo que llaman tamarindo?
Y el ave, toda llena de malicias,
contestó, pero ¡qué escasa de noticias!
Esto como se llama es aguacate.
Renacimiento, 24-2-1954

Palomitas de Amor
Modisto de París, según Lancero,
augura que en el siglo venidero
las mujeres allá serán rasitas.
Ya lo véis: a los niños del futuro
no habrán de alucinar las señoritas
«con la turgencia del anón maduro».

Por lo que a mí respecta,


del couturier los vaticinios creo,
aunque así no me conste por tanteo
u otra experiencia personal, directa:
deduzco nada más, por cuanto he visto
en las cintas artísticas francesas,
cómo las compatriotas del modisto
ya no exhiben manzanas sino fresas.

396
Pretender abolir en absoluto
las magnolias de pico sonrosado,
es triste aberración, torpe atentado,
porque además de ser bello atributo
de femínea elegancia,
suelen prestar servicios ideales,
de suprema importancia.
No sé, pues, cómo en Francia,
romántico país de intelectuales,
miran con repugnancia,
los deliciosos timbres pectorales.

Referente al machismo en las mujeres,


y sus despampanantes procederes,
por ser materia tan antigua y boba,
no es motivo de alarma:
¿Habráse visto arma
más seria y humillante que la escoba?
Preferiblemente es morir por un balazo
a subsistir después del escobazo.

Volvamos a los pechos inquietantes,


blancos, tibios, redondos y erectos
como dos palomitas desafiantes.
¡Oh! ¡los senos fragantes y perfectos,
complementos directos
de la ilusión en todos los amantes!

¡Oh! ¡los senos eurítmicos, trigueños


cual nísperos de azúcar, tentadores!
¡Flor de canela fina en los ensueños!
¡Balitas de cañón de los amores!

¡Nada tan lindo y adorable, como


esos soutiens de ahora, paraditos
y amenazantes, tersos pitoncitos!
Confieso: ¡con los ojos me los como...
Son tan perturbadores y bonitos!

Cuánto primor denota


el aparato de los toporitos,
que uno cree, ¡santo Dios!, por templaditos,
¡van a rasgar la tela de la cota!

Paréceme ridículo, zoquete,


procurar adquirir por el destete
y los destetamientos criminales,

397
formas esculturales:
Venus no fue por ningún lado angosta:
lo escultural, lo artístico, es la posta
que ofrecen las “Pilules Orientales”.

El Tío Sam, por fortuna,


no siente por la mística francesa
simpatía alguna,
y dictamina, como norma expresa
de hermosura, los pechos abultados,
pero de natural abultamiento:
ni así como escarpines remojados,
ni como un par de sacos de cemento.

Y pues que en la cuestión soy otro tío,


comparto el juicio del colega mío
en femenina estética:
la mujer, ni atestada ni amazónica;
pues si resulta horrenda la teutónica,
es otra horripilancia la sintética.
Renacimiento. Nº 5.882, 18-julio 1954.

398
Diego Córdova

Vida de provincia

Triste vivir este vivir que evoco,


oscuro ayer en la provincia mía
cuando mi limpio corazón rompía
como alegre turpial en trino loco.

Comer mal, dormir mal y ser un poco


dado al amor y a la chismografía;
respetar lo que se hace cada día
y no soñar porque te llaman loco.

Tener cuidado con la Dictadura.


El domingo asistir más de una hora,
devoto, a misa con el flux de dril...

Estar atento a lo que diga el cura,


y ser lo más cortés con la señora
de la Primera Autoridad Civil.

Yo y mi corazón

Guardo un santo silencio junto al río,


el agua pensativa está conmigo,
y triste, lleno de emoción, le digo
¿Qué te impulsa a soñar, corazón mío?

Ausente el viento, pensativo el río


sufre una honda turbación conmigo,
y triste, lleno de inquietud, le digo
¿Qué te impulsa a temblar, corazón mío?

Lucho porque el dolor que está conmigo


conmigo esté sin el dolor del río;
mas llora el agua como un fiel amigo

por mi dolor romántico y sombrío,


y oyendo al agua sollozar le digo:
¿Qué te impulsa a llorar, corazón mío?

399
Epinicio

Pasaron los poetas en legiones


por cima de la turba de la envidia,
y al arrojar su dardo la perfidia
los aires enfloraron de canciones.

Flameando los simbólicos pendones


despreciaron los gritos de la insidia,
mientras los irredentos de la envidia
bramaban en su fiebre, cual leones.

Ascendió la legión por las escalas


con los áureos penachos de sus alas
al impulso sublime del anhelo;

y al ósculo de luz de la quimera


como una sugestiva primavera,
abrió sus rosas el azul del cielo.

400
José Agustín Fernández

El cóndor

Frente al soberbio y alto


azul de una montaña,
abrió sus grandes ojos
el Cóndor de la Guerra,
después batió las alas
por diferentes cielos
y combatió mil veces
la racha del destino,
la furia de los hombres,
del rayo de los vientos...

Y fue de triunfo en triunfo


proyectando su sombra sobrehumana
por la gran cordillera
que a la América enlaza,
y con extraño asombro
le vieron las llanuras,
los montes, las cascadas..

Alzaron los volcanes a su paso


las palmas de sus llamas
y ante la majestad de dos océanos
le aclamaron ¡cien pueblos libertados!

Luego, enfermo y herido


por la perfidia humana,
lanzó en silencio el vuelo
a un pródigo solar,
y perdonando a todos
a voz de unión y patria,
en la mitad del día
cerró sus grandes ojos
frente al azul del mar.

Evocación

Bajo el amor de la tarde


abril canta una romanza,
cuya cadencia se pierde
por el azul de la Patria.

401
El canto bajo el ensueño
de la tarde enamorada,
fraterniza con el ritmo
de las líricas cigarras
que rompen la paz de oro
de las quintas virgilianas.

La tarde —novia de abril—,


es una niña encantada
que va enjoyando a lo lejos
su traje de rosa y gualda,
y mientras vibra en el aire
la canción de las cigarras,
evoco a un dulce poeta
que fue espiga de la Patria
¡y derramó sus dulzuras
desde los valles de Aragua!

Responso lírico
Árbol:
¡cómo te voy a olvidar,
si soy tu fruto
y te vi caer!

Erguido
sobre el recio collado de la vida,
a la hora que empieza
la agonía de los astros
yo vi caer un árbol,
en cuya vieja copa
habían abierto
una estela de surcos insondables
los inviernos del tiempo.

Al momento
se hizo grande la nube
de mi hermano dolor,
y frente a la armonía de la luz,
que Dios puntual nos brinda
después de su gran sueño,
se enmarañó de sombras
la visión inefable
de ese extraño país
que sólo ven los ojos
de algunas almas en su azul locura.

402
Ante el árbol inmóvil,
el suspiro del mundo
se confundió al instante
con el ritmo sensible de mi angustia,
y en mi propio universo
se hizo todo indeciso,
porque el descenso de aquel viejo árbol
para mí fue una sombra
que se extendió por mi pequeño mundo
bajo la blanca bendición del sol.

Luego...
tras de una grave vibración de bronces,
al amor del silencio
y ante la misericordia de la tarde,
ocultaron el árbol
a los ojos volubles
de la Humana Comedia,
y, desde entonces,
he comprendido mucho más al hombre
y descifrado la luz de su destino.

Hoy,
por el duro collado de la vida,
vaga el recuerdo intacto de aquel árbol
en conjunción fraterna con mi pena...

A un jagüey
Jagüey distante del rumor del pueblo
y del lírico embrujo de las rosas,
jagüey de la hondonada y del camino
que conduce a los campos de mi tierra:
cuántos hay
que al mirar, de repente,
la quietud de tus aguas,
te arrojan frases
a modo de reproche,
sin comprender tal vez
en su ignorancia,
que eres útil al fin;
que en tu habitual mudez y soledad,
tú tienes tus momentos
de bien y de belleza:
cuando aplacas la sed de los ganados
y la sed de los pájaros del monte,

403
y reflejan tus aguas, siempre en paz,
¡el oro del silencio de los astros!...

Lienzo de la tarde

Ondea la visión del espejismo


sobre la urente faz de la sabana,
y por sobre la calma de los mangles
vuela un bando de garzas.

Hacia el Norte, la costa a la distancia


figura una fantástica barrera
que aprisionara la elación del mar;
y decorando la quietud del puerto
se aleja la blancura de un velamen.

La ternura del sol va declinando


sobre el golfo y la playa;
se borra la visión en la llanura
y las garzas descienden al manglar;
al envolverse todo, en lumbre vaga,
fingen las garzas copos de algodón
cayendo sobre un campo de esmeralda.

Campanas
¡Campana!, triste campana
que desde la torre vieja,
dices la profunda queja
del ayer y del mañana.

Pausada, sensible, arcana,


tu voz hasta mi ser llega,
y sólo a evocar se entrega
extinta historia lejana.

Bajo la melancolía
de este luctuoso día
vagan tus notas amargas;

plañes al caer la vida,


y hoy, en duelo, nos embargas
¡oh, campana dolorida!

404
Andrés Eloy Blanco

Versos para el hijo de un poeta

Y tú, que ahora empiezas, ¿qué destino


tendrás que transitar? ¡Cuánto sendero
para tu pie! ¿Tribuno o bandolero?
¿carne de pena o sueño de Aladino?

¡Abordo, timonel! tu derrotero


no te preocupe. Haz noble tu camino;
siembra la quilla en el azul marino
y en el azul celeste el mastelero.

Pero si alguna vez, ante tu prora


surge una playa donde el viento llora
y el oleaje azul calma su guerra

y una mujer sin paz tañe una lira,


vuelve la prora hacia lo ignoto, vira,
¡vira de bordo hacia la mar sin tierra!

A Florinda en invierno

Al hombre mozo que te habló de amores


dijiste ayer, Florinda, que volviera,
porque en las manos te sobraban flores
para reírte de la Primavera.

Llegó el Otoño; cama y cobertores


te dio en su deshojar la enredadera
y vino el hombre que te habló de amores
y nuevamente le dijiste: —Espera.

Y ahora esperas tú, visión remota,


campiña gris, empalizada rota,
ya sin calor el póstumo retoño

que te dejó la enredadera trunca,


porque cuando el amor viene en Otoño,
si le dejamos ir no vuelve nunca.

405
La renuncia

He renunciado a ti. No era posible.


Fueron vapores de la fantasía;
son ficciones que a veces dan a lo inaccesible
una proximidad de lejanía.

Yo me quedé mirando cómo el río se iba


poniendo encinta de la estrella...
hundí mis manos locas hacia ella
y supe que la estrella estaba arriba...

He renunciado a ti, serenamente,


como renuncia a Dios el delincuente;
he renunciado a ti como el mendigo
que no se deja ver del viejo amigo;

como el que ve partir grandes navíos


con rumbo hacia imposibles y ansiados continentes;
como el perro que apaga sus amorosos bríos
cuando hay un perro grande que le enseña los dientes;

como el marino que renuncia al puerto


y el buque errante que renuncia al faro
y como el ciego junto al libro abierto
y el niño pobre ante el juguete caro.

He renunciado a ti, como renuncia


el loco a la palabra que su boca pronuncia;
como esos granujillas otoñales,
con los ojos estáticos y las manos vacías,
que empañan su renuncia, soplando los cristales
en los escaparates de las confiterías...

He renunciado a ti, y a cada instante


renunciamos un poco de lo que antes quisimos
y al final, ¡cuántas veces el anhelo menguante
pide un pedazo de lo que antes fuimos!

Yo voy hacia mi propio nivel. Ya estoy tranquilo.


Cuando renuncie a todo, seré mi propio dueño;
desbaratando encajes regresaré hasta el hilo.
La renuncia es el viaje de regreso del sueño...

406
El pescador de anclas

Yo te quiero desde un día


en que vi junto a la playa
un barco de un pescador
que andaba pescando anclas.

Yo era un niño; tú no habías


nacido tal vez, de modo
que te quiero antes de ti
y te quiero antes de todo.

No caviles; te diré
toda la historia del barco
y naceré pescador
y te pescaré, pescando.

Era un pescador que había


navegado tantos mares
que ya tenía redonda
el alma, de tantos viajes.

Pero andaba su navío


remolcando despedidas
y apenas llegaba a tiempo
para saber que se iba.

Aquel pescador de adioses


llegaba por la mañana
y a medio mirar del puerto,
su nave rompía el ancla.

Se compraba un ancla nueva


entre bolina y bolina
y en el primer fondeadero
la dejaba al otro día.

Y así fue sembrando anclas


en todo fondo de mar,
a estribor de un «hasta luego»
y a babor de un «¿volverás?»

Y ahora, vieja la nave,


viejo, viejo el pescador,
iba pescando sus anclas
y cosechando su adiós.

407
Yo le vi aquella mañana
tender sus redes al puerto
y vi los ojos del hombre
tirar lances de recuerdo.

Y amé, mientras navegaba,


y amé, norte y sur de amor,
y sembré anclajes y anclajes,
azul de navegación.

Y en la expedición de vuelta
te vi, como regresada,
y en la red sumida a proa
me pesaste, como un ancla.

Yo te sembré en aquel puerto,


junto al barco pescador
y desde aquella mañana
te quiero, como un adiós

y te recobro en el aire
que cupo en los dos pañuelos
y en la izada de las velas
y en la arriada de los puertos

y en el gozo de escucharte
antes de nacer tu voz,
de verte antes de tus ojos,
de amarte antes del amor.

Y mañana dormiremos,
yéndonos, como un adiós,
viejo el mar, vieja la nave,
viejo, viejo el pescador...

Giraluna canta en la ausencia

Con cuatro días sin carta,


de la ventana a la alcoba,
de la alcoba a la ventana
y entre si duerme o no duerme,
Giraluna canta y canta:

Allá va... me dejó sola,


allá va... sola quedé.

408
Déjame cerrar los ojos,
que ya no hay nada que ver.

Tengo los ojos cerrados,


me pongo a mirar caminos,
me los prendo al corazón,
empiezo a hacer un ovillo;

voy tirando de los hilos,


los voy enrollando en mí;
los caminos en las manos
se me vienen a morir,

y tanto tiro de ellos,


que se robaron mi afán,
que se vienen devolviendo
y me lo hacen regresar.

Yo tengo en el corazón
una madeja de atajos,
para salirle adelante
al que me tiene esperando.

Vuelve, novio, vuelve, amante,


que se me olvidó en la prisa
darte el sueño de mis ojos
para las malas dormidas.

Vuelve, que se me olvidó


que te iba a colgar del cuello
este escapulario rojo
que me rompe el lado izquierdo;

vuelve. que tengo los ojos


cerraditos, de buscar
adonde se fue aquel beso
que me acabas de dejar;

me lo pusiste en la boca,
por verte, se me olvidó,
y anda perdido de angustia
entre boca y corazón.

Vuelve a que me lo sujetes,


regresa a que me lo des;
seré menos en el beso
que en irte dejando en él.

409
Quédateme un poco más,
márchateme un poco menos,
véteme yendo de modo
que me parezcas viniendo
y no que grites: ¡adiós!
ni digas «hasta la vuelta»;
vete marchando de espaldas
para creer que regresas.

Regreso al mar

Siempre es el mar donde mejor se quiere,


fue siempre el mar donde mejor te quise;
al amor, como al mar, no hay quien lo alise
ni al mar, como al amor, quien lo modere.

No hay quien como la mar familiarice


ni quien como la ola persevere,
ni el que más diga en lo que vive y muere
nos dice más de lo que el mar nos dice.

Vamos de nuevo al mar; quiero encontrarte


la hora más azul para besarte
y el lugar más allá para quererte,

donde el agua es a la par agua y abismo,


en la alta mar, en donde el aire mismo
se da un aire al amor y otro a la muerte.

Los hijos infinitos


Cuando se tiene un hijo,
se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera,
se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga
y al del coche que empuja la institutriz inglesa
y al niño gringo que carga la criolla
y al niño blanco que carga la negra
y al niño indio que carga la india
y al niño negro que carga la tierra.

Cuando se tiene un hijo; se tienen tantos niños


que la calle se llena
y la plaza y el puente
y el mercado y la iglesia
y es nuestro cualquier niño cuando cruza la calle

410
y el coche lo atropella
y cuando se asoma al balcón
y cuando se arrima a la alberca;
y cuando un niño grita, no sabemos
si lo nuestro es el grito o es el niño,
y si le sangran y se queja,
por el momento no sabríamos
si el ay es suyo o si la sangre es nuestra.

Cuando se tiene un hijo, es nuestro el niño


que acompaña a la ciega
y las Meninas y la misma enana
y el Príncipe de Francia y su Princesa
y el que tiene San Antonio en los brazos
y el que tiene la Coromoto en las piernas.
Cuando se tiene un hijo, toda risa nos cala,
todo llanto nos crispa, venga de donde venga.
Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro
y el corazón afuera.

Y cuando se tienen dos hijos


se tienen todos los hijos de la tierra,
los millones de hijos con que las tierras lloran,
con que las madres ríen, con que los mundos sueñan,
los que Paul Fort quería con las manos unidas
para que el mundo fuera la canción de una rueda,
los que el Hombre de Estado, que tiene un lindo niño,
quiere con Dios adentro y las tripas afuera,
los qué escaparon de Herodes para caer en Hiroshima
entreabiertos los ojos, como los niños de la guerra,
porque basta para que salga toda la luz de un niño
una rendija china o una mirada japonesa.

Cuando se tienen dos hijos


se tiene todo el miedo del planeta
todo el miedo a los hombres luminosos
que quieren asesinar la luz y arriar las velas
y ensangrentar las pelotas de goma
y zambullir en llanto los ferrocarriles de cuerda.
Cuando se tienen dos hijos
se tiene la alegría y el ay del mundo en dos cabezas,
toda la angustia y toda la esperanza,
la luz y el llanto, a ver cuál es el que nos llega,
si el modo de llorar del universo
o el modo de alumbrar de las estrellas.

411
Los grillos me han hecho callos

Por la mañana me encuentro


la sábana a media pierna.
—¡Qué frío hace!
—dicen todos, y se meten
entre burbujas de trapo.

Pero, yo no siento frío,


ni calor, ni piel siquiera;
los grillos me han hecho callos
en las piernas.

La reja se vuelve arado


sobre el cielo de la puerta
y ya el tablón de la noche
retoña copo y candela.
Vienen olores de casas
y de gentes que trafican,
vahos de luz de ciudad
suben
y se podrían mirar.

Pero yo no veo nada


sobre el surco de la reja
en flor de luces y copos;
los grillos me han hecho callos
en los ojos.

Andan cantos de soldados


rondando por las terrazas;
oyéndolos, bien podría
gustarse un poco de calle,
un poco de serenata,
de novia,
de excursiones por la noche,
bajo árboles,
junto a ríos injertados
con guitarras.
Oyéndolos, bien podría
cantarse un poco la noche.

Pero, yo no canto nada


ni recuerdo mi canción,
los grillos me han hecho callos
en la voz.

412
Alguien se queja: algún preso,
un moribundo, una ola;
tal vez un poco más lejos
se queja la muchedumbre.
Duele un dolor de pobladas,
duele un dolor de dolores;
alguien se queja; en la queja
se quejan millones de hombres.

Esta noche se podría


llorar;
en esta noche tan clara,
tal vez se podría hacer
mejor que nunca una lágrima.

Pero yo no lloro nunca;


los grillos me han hecho callos
en la Angustia.

Callar… Se ha puesto la noche


como para estarse en ella
entre callado y dormido,
callado, quieto, callado ...
destilado gota a gota,
desleído sueño a sueño,
marchado por una arena
de recuerdos.

¡Se podría estar callado,


callado ... pero no puedo!
Los grillos le han hecho callos
al Silencio.
Castillo de Puerto Cabello, 1931.

413
J. M. Rondón Sotillo

Canto a la América Latina

¡Arriba, el Cóndor, y a los pies la Boa,


y Colón a la diestra y a la zurda Balboa!
Tal la América nuestra, la América española,
la del rosal y el cántico,
la que se moja el pecho en el Atlántico
y hunde en el Pacífico la cola.

Región de Eldorado
en la campiña plena
y en el bosque inexplorado;
en El Plata, que es la vena
que vitaliza el costado;
y en México minero
y el Ecuador vertebrado
y Argentina del pampero,
y en Bolivia: el mismo barro
peruano,
por donde van de la mano
Benalcázar y Pizarro;
y en Colombia, siempre en vela
frente a la llaga del istmo;
y en Chile, que es una espuela;
y en Venezuela,
que es un grito de optimismo!

Vasta región agraria


de las cosechas en flor,
buen refugio del Paria,
Canaán del luchador;
espaciosa tierra eximia
de la multiplicación
del ganado; zona de la vendimia
y de la eterna floración,
hoy, con el rumbo seguro
y con tu propia producción,
marchas, nave latina, hacia el futuro
sobre los oleajes del gran mar de Platón!

Y hay que ver a la nave bajo el latino cielo


empavesada de luz;
lleva como piloto la sombra del abuelo,

414
y en el más alto mástil, como una garza en vuelo,
abre sus alas blancas el ave de la Cruz.

Y progresivamente resopla el viento suave


sobre la arboladura que corre hacia el confín,
destácase entre auroras el Ande, altivo y grave,
y desde lo más alto sonríenle a la nave
la sombra de Bolívar y la de San Martín.

¡Oh! ¡la nave fragante que la luz tornasola


y a quien ríe en dos sombras una sombra de augur!
¡Oh! ¡la nave que marcha por las mar española
y a quien hinchen las velas frescos vientos del Sur!

¡Seguirá majestuosa por el mar colombino,


con la prora tan alta como ahora se ve,
porque fueron sus jarcias de bramante latino
y porque sobre el puente va Cervantes de pie!

¡Los inquietos gavieros que en los topes se erigen,


avistaron un témpano en el frente polar;
mas, la nave que lleva timonel aborigen
que conoce las costas y peligros del mar,
la nave de los indios, que tan sólo se erigen
por la rosa solar,
orzará hacia la zona similar del origen,
si no quiere encallar!

¡Orzará mientras pasa la marea que sube


con halagos de espuma cortejando el bauprés,
y será como el agua que retorna a la nube,
para, limpia de cieno, fecundar otra vez!

¡Y hallará el viejo puerto, con la misma terneza


conque hace cinco siglos lo dejara al zarpar;
que la madre es la madre, y por naturaleza
espera al hijo siempre; si el hijo tarda, reza
pero si el hijo torna sólo sabe cantar!

¡Oh! ¡esa fiesta gloriosa de la madre y la hija,


que no habrá una palabra fija
que concrete en español,
cuando la antigua madre adusta,
sienta que le besa la altiva frente augusta
la boca fragante de la hija del sol!

415
¡Y entonces, hablarán, de testa a testa,
la que lanzó la protesta
y la que tuvo que ceder,
la que rasgó en tres barcas las densas brumas,
y la que recibió en testas de plumas
las joyas de la mujer!

Y se hablará de la disgregación
de las hermanas del Sur,
y del peligro del halcón
y las jugadas del tahúr...

¡Y verá la Madre en el puerto,


que sobre la mar en flor,
ya se inicia un solo pendón abierto
por sobre el palo mayor!

¡Porque allí, redivivos los sueños bolivianos


bajo un soplo de amor,
todos los marineros seremos hermanos
sobre la nave del Libertador!

¡Y mirará la Europa, con cansancios de abuela,


a Chile, Perú, Bolivia, Colombia, Ecuador, Venezuela,
Brasil y Argentina: Una Patria conjunta
llenando el Continente de una a la otra punta!

¡Que no es la Patria límite y estrecha


la gran Patria futura que yo abarco,
sino la Patria nuevamente hecha,
desde México, curvo como un arco,
hasta la Patagonia, que es la flecha!

¡Oh! ¡América, unificante que el huracán arrecia!


¡Sé como Italia y como Helvecia
una blanca unidad!
¡Haz el milagro bíblico a la inversa
unificando los panes de tu fuerza dispersa
en estas Bodas de la Libertad!

¡Y entonces veremos que el progreso se activa


bajo el vuelo del Ave de la Rama de Oliva!
y podremos gritarle al vecino asombrado:
—¡Cosechamos los frutos en el propio cercado!
—¡Somos fuertes! Tenemos una triple coraza
porque somos tres razas engranando una raza...

416
¡Nuestra América integra, en el centro y el flanco,
la pujanza del indio y del negro y del blanco!
Tres potencias que, unidas, no hay un brazo que tuerza,
pues tres músculos juntos multiplican la fuerza.

Se dirá que tenemos la nobleza lejana;


mas nosotros sabemos de la Loba Romana,
y por eso la testa de los Andes se empina
para darle las gracias a la abuela latina.

¡Ah! ¿y nuestra génesis? Nuestro comienzo bello?


Nuestra aurora de sangre tiene su propio sello
característico, y su Biblia está en pie:
La Atlántida fue el mundo que Platón buscó a tientas,
un mundo que desapareció entre tormentas,
pero sobre las aguas quedó a flote Noé.

El filósofo egino no supo de estas cosas:


La Atlántida era la América de las rosas
que no podía desaparecer;
sólo sufrió un diluvio de sangre humana,
mas, como tras el riego la espiga grana,
la Atlántida tenía que florecer.

Y fue tras el diluvio de la Conquista


cuando surgió de tres razas la raza mixta,
generosa y heroica y tricolor;
porque aquí en nuestra América posó el Arca,
las proles genitoras del Gran Patriarca
como tres mariposas sobre una flor!

¡Oh! ¡hagamos de esa triple raza que viene


desarrollando toda su acción motriz,
el uso taumaturgo que nos conviene,
¡oh! ¡árbol que tiene
hundida en el océano la raíz!

Y se verá el milagro que aún no ha dado


nuestra amplitud activa,
donde ahora es cuando afílase el arado
para la plantación definitiva.

Porque ahora es cuando América ha encontrado,


en el tesoro de su propia entraña,
la senda que conduce al Eldorado,
que inútilmente persiguió el soldado
victorioso de España.

417
Y Eldorado es la tierra americana,
plena de sol y trémula de lluvia,
la tierra victoriosa del mañana,
la que cuaja el theobroma y la manzana
y el café pardo y la mazorca rubia.

La tierra en que simulan bocas vivas


los claveles sangrientos del sendero,
y donde, entre las frondas emotivas,
nos sugieren cabezas pensativas
los copos blancos del algodonero.

La que forma los robles milenarios


propicios al encanto de las citas,
y hace de las neblinas incensarios,
y enflora los jardines solitarios
con el ensueño de las margaritas!

La tierra brava, en que el pampero rudo


simplifica los ímpetus del toro,
la tierra india del coraje mudo,
donde Atahualpa, prisionero, pudo
alzar la diestra prodigando el oro.

La tierra de la pampas y los llanos


que forjaron pretéritos destinos,
la patria de los potros colombianos,
la patria de los potros argentinos.

La que da un golpe olímpico de maza


al León castellano,
y la que prueba el temple de la raza
sobre el cadalso de Maximiliano.

La de Ojeda y Cortés y Solís y Pizarro,


caballeros de los arcabuces,
la que multiplicó en indiano barro
los potros andaluces.

La que se puebla de intrigas


ante las perspectivas codiciosas,
y atrae al héroe plantador de ortigas
y al Misionero sembrador de rosas!

La que es con Nervo un piélago en bonanza


y con Montalvo un fiero desafío,

418
y con Rodó un camino de esperanza
y un amuleto con Rubén Darío!

La que aún conserva el ritmo y la elocuencia


de las bellas canciones,
en Guillermo Valencia,
y en Leopoldo Lugones!

La de Venecia moza
y la de los incaicos donaires,
y la que puso Pedro de Mendoza
Nuestra Señora de los Buenos Aires!

Y la que floreció también latina


bajo el arado hermano,
que erigió entre la selva colombina
el airoso penacho lusitano.

Gloria a América toda!


a la española y a la portuguesa.
América gentil que muerde y besa!
América del Sur para ella sola!

Sembradores de América: al arado!


Abrase el surco en flor;
y vendrá la cosecha para cada sembrado,
y bajo la cosecha se hablará del amor.

Y cuando redivivos los sueños bolivianos,


cuaje el fruto mejor,
todos los sembradores seremos hermanos
en la vendimia del Libertador!

Ardentía sin luna


Al fino y diáfano Agustín Silva Díaz,
poeta de todas las horas

¡No es de luna el paisaje: es de tinieblas!


pero la barca que zarpó en las sombras
se va alumbrando con sus propios remos.

¡Qué hermoso drama el de las aguas negras:


rompe el carbón en chorros de blancuras
contra la horizontal fosforescencia!

419
Rielante es el camino; pero absurda
es la noche del agua, y gigantesca...
y el remo huella en lumbre la negrura.

No hay en el arco de la noche estrellas;


pero el dantesco azufre de las ondas
tiene atomizaciones de luciérnagas.

Y es sinfónica el agua. Y va la copla,


con música de estrobo y chumacera
y tintineante cáncamo, a la borda.

Vibra cadente la canción del remo;


y el remero -¡murciélago!- a ras de ola
moja el ala en la punta con luceros.

En la noche redonda. A barlovento,


pestaña el espinazo de la costa
su kerosén lejano en la tiniebla.

Y el guiñapo de luz que se disloca


de la curva esfumada de las crestas
habla de cosas tiernas y recónditas.

¡Cuenta cosas recónditas y tiernas!


-¡Relato azul, que en el negror de la onda
encanece vibrando entre las piedras!-

¿Ardentía sin luna. ¡Qué de auroras


en el jardín de asfalto de tus perlas,
en el cobalto ardiente de tus olas!

Tu luz es luz sin fuego. Es la pavesa


que en el diamante endrino paradoja
la luna en el negror de la faceta.

¡Lingote sideral que se deshoja,


turbión de enloquecidas cocuyeras,
sartal de lentejuelas que te adornan!

Conflagración glacial! Funambulescas


suertes de refulgencias taciturnas
en tu noche dramática se quiebran.

Todos los aerolitos se conjuntan


en la cauda orquestal de tus estelas.
Eres negra y ardiente. Eres como una

420
lámpara de basalto en cuya espira
fosforecen corpúsculos fantasmas;
pero cuando las lunas cristalinas

argentan el espejo de tus aguas,


todas las siete vértebras del Iris
articulan la lumbre de tu lámpara!

Y esta noche, eres negra y eres fría!


pero sobre tus muslos va una barca
orfebre de la prora y de la quilla!

Ardentía sin luna. ¡Cómo es blanca


la carcajada etíope de tu espuma!
(Cada ola negra tiene su garganta,
tiene su nacarada dentadura,
tiene mórbidas curvas de guitarra,
y olor sexual en la epidermis turbia).

La ola es una hembra que naufraga!


Soñadora de abiertos derroteros,
duerme en el lecho verde de las algas!

¡Ardentía, tan negra! Se te esfuman


todos los horizontes! Se te cierran
todos los panoramas de la luna!

Todas las alegrías te abandonan


Pero una estrella insomne te navega!
Y en la pista de azogue de tus sombras
patina un pez de plata su centella!

421
Ramón Imery

El pachaco de la plaza del cementerio

Enloquecido de celos
quemó el rancho de su amada,
la que murió debatiéndose
presa de dolor y llamas.
Mujer de injertos raciales
robusta y tierna calaña,
vientre para formar hombres
afirmadores de castas.
Mestiza de ojos lejanos,
descendiente de una esclava
liberta de un godo rico
enemigo de Monagas.
Hembra de pecho opulento
y duras caderas amplias;
sus labios sensuales eran
el pecado de dos razas.
Enloquecido de celos
quemó el rancho de su amada;
venda de ira en los ojos,
ira y pasión desvendadas.
Sucedió en tiempos de guerra,
cuando es la clemencia escasa
y ejerce sólo justicia
la carabina o la lanza.
El era un indio de bronce
alimentado de playas,
con ímpetus de Caribe
y libertad de piraguas.
Hábil en la cacería
y diestro en las pesca diaria,
ardilla subiendo un árbol
y pardo pez en el agua.
Culpable, se dio a la fuga
camino de la montaña.
Como el ojo de Caín
era el lucero del alba.
Pero presto fue aprehendido,
y aquella misma mañana
pena de muerte impusieron
sobre su cobarde hazaña.
En frente del cementerio,

422
al extremo de la plaza,
lo amarraron a un pachaco
cerca de una pila de agua.
Seis hombres se colocaron
a diez metros de distancia
y seis carabinas negras
hicieron una descarga.
Un fiero grito salvaje
se le rompió en la garganta,
tras los disparos unánimes,
certera muerte instantánea.
Y así murió el bravo indio
entre lo que más amaba:
bajo los brazos de un árbol,
junto a la oración del agua.
El pachaco siempre verde,
lleno de historia y de ramas,
es sobresalto nocturno
progenitor de fantasmas.
Yo miré en su tronco duro
la cicatriz de una bala
y abrí de nuevo la herida
al filo de mi navaja.
Palpé un pedazo de plomo
tras la corteza rasgada,
uno de aquellos que el pecho
del infeliz taladrara.
El viejo pachaco fuerte
ni se doblega ni cambia,
árbol que nutrió con sangre
la robustez de sus ramas.
Dicen que el plomo homicida
que se ha quedado en su entraña,
con la roja transfusión
dio más vigor a su savia.
Y en frente del cementerio
está el pachaco que guarda
el recuerdo de una época
en el plomo de una bala.

Autobiografía

Venezolano soy
nací en el Este de mi patria altiva,
por donde el sol madruga y se lava la cara
en el Caribe —aljofaina marina—.

423
En la circunferencia que determina un siglo
un centenar de grados no cuento todavía.

Yo soy de los que sueñan sin que se trabe el brazo,


hábil en la faena de todos los días.

Oración del retorno

Padre mío que estás en la tumba


y no obstante has quedado viviendo,
en estímulo de alto decoro,
como un índice fijo, en la paz del recuerdo.

Después de largos años


de peregrinar lejos
vengo a poner sobre tu tumba, padre,
la flor intacta de mi afecto,
que he llevado prendido a tu memoria
sin que pudiera deshojarla el tiempo.

Retorno de mi ausencia
y, como enantes, hoy vuelvo al cementerio
a decirte que he cuidado tu nombre
con religioso amor de jardinero.

Nunca sentí desfallecer mi espíritu,


nunca sentí desfallecer mis nervios
cuando la infame mueca de la envidia
traidoramente me salió al encuentro;
y en la aridez de todos los caminos
siempre tuve el honor por compañero.

Cada uno de mis actos se ha plasmado


en la clara honestidad de tu ejemplo.

Mi vida, limpia de sombras,


es la mejor oración a tu recuerdo.

Luz

Cómo reflejan tus ojos


—luz de un mundo que nos llega—
la soledad de los campos
bajo las mañanas tiernas.

424
Cómo se siente en tu voz
—voz que en la tarde navega—
la insinuación de un lucero
mirando a la mar inmensa.

Cómo se siente en tu vida


—río de luz que se aleja—
por entre estrellas de palmas
y bajo palma de estrellas.

Cómo recuerdas al oro:


el que se esconde en la tierra,
el de los soles distantes,
hermanos de la hoja seca
que va errando con la brisa
por donde la brisa quiera
y con luces imprevistas
para las almas alertas.

Eres paisaje en la vida:


paisaje de amor que espera;
y eres río de silencio
que entre palmares se enreda,
y eres vena de oro puro
y luz verde en las palmeras
y luz blanca en las espumas
y de plata en las estrellas;
y eres, cuando estás mirando,
toda la luz de la tierra.

425
Luis Mariano Rivera

Mi luz y mi sombra
A Iván Gómez, todo corazón para conmigo

Qué triste tener que dejar, sin querer,


el arado de la siembra abandonado en el camino.

¡Ay! lo que me duele.


Mi vista se acorta
mis pasos son lentos
fallas que me obligan
a ponerle freno
a mis emociones
a guardar silencio
y buscar retiro
con mis sinsabores
en mi pobre rancho
junto a mi negrita
la fiel compañera
en mis alegrías
y desilusiones.

¿Y de qué te quejas?
dicen mis amigos.
No vemos motivos
a esos clamores.
Tú que de la nada
saliste un día
con un cargamento
de lindas canciones
y sencillos versos
con sabor a tierra
a la tierra nuestra
con olor a flores
a flores silvestres
a decirle al pueblo
que sólo lo propio
debe ocupar sitio
sitio preferido
en los corazones.
¡Esa fue tu siembra!
y el pueblo sano
te extendió la mano

426
dándote cariño
rindiéndote honores.
Además, Mariano,
ya tú no eres tuyo,
no te perteneces
eres patrimonio
de la patria noble
del pueblo que siente
que defiende y ama
sus propios valores.

Y esas palabras,
sin envanecerme,
me dieron aliento
a seguir sembrando
la misma semilla
que un día feliz
me entregó el amor
para que plantara
en los corazones...

¡Ay! qué bueno fuera


¡Ay! qué bueno fuera
si yo por esfuerzo
éxito obtuviera
y tú por mi triunfo
cariño sintieras.

¡Ay! qué bueno fuera


si cuando yo busque
subir la escalera
y fuerza me falte
tu mano me dieras.

Pero no es así
si voy adelante
hundirme quisieras
si atrás me quedo
entonces te burlas
porque del camino
me quedé a la vera.

Es el egoísmo
que tu alma enreda
en ruin mezquindad

427
y piensas las cosas
como a tu manera.

Mas aquel que luz


irradie hacia fuera
y esa claridad
al bien le sirviera
que no le preocupe
de que el egoísta
piense como quiera
trayendo a recuerdo
esa mensajera
frase sabia y noble:
“sólo al árbol bueno
que produce fruto
se le tira piedra”.

Yo para ti
Mi rancho
donde sus árboles
es sombra para el que llegue
donde la fruta que cuelga
es del niño que la quiere
donde no hay puertas ni vallas
que al paso digan espere.

Ruego
Saca la cruz mi María
ponla en el patio ligero
pa’ pedile un aguacero
que morimos de sequía.

Esto Valerio decía


y como cosa mandada
en la tarde de ese día
se transformó en alegría
tanta angustia acumulada.

Las nubes se convidaron


para abrir sus regaderas
y sus hilos de bonanza
tejieron luz de esperanza
en el valle y las laderas.

428
Y tanto tanto llovió
que salieron las quebradas
y los pozos se llenaron
a extremo que rebasaron
sus orillas resecadas.

La noche fue algarabía


sonaban flautas tambor
y otros mil instrumentos
¡eran los sapos contentos
que se unían en amor!

Y al despuntar el alba
cuando abría su abanico
la guacharaca bullera
fue entre todas la primera
en abrir sonoro el pico.

Y se contagió de arpegios
tanto el claro y la espesura
era el amor era el beso
de las aves que un rezo
elevaban a natura.

Después surgieron primores


vistió apamate su lila
abrió su seda el peinillo
la maya lució su encaje
y araguaney su ramaje
¡se lo pintó de amarillo!

429
Julio Zerpa

VIII

Cuando la mano de pintar te pinta,


fija en la tela el paso de tu paso.
Cómo dudar que el arte es una cinta
que ata a perennidad con leve trazo.

Cuando la mano de pintar, la pinta,


la alborada se niega a ser ocaso,
y queda allí grabada, luz y tinta,
tatuaje de color, piel del brochazo.

Esta mano, Dios mío, ¿cómo puede


eternizar lo que tú leve hiciste,
si es ley tuya que todo se sucede?

Mano que así te reta, no rechaces,


porque si busca amor en lo que existe
es porque quiere todo lo que haces.

La pajarita de papel

La pajarita de papel
pica la flor
en la miel.

La pajarita de papel
no tiene alas para volar,
pero tiene un piquito para comer.

La pajarita de papel
la hizo un niño de ojos azules
y los ojos le puso como los de él.

La pajarita de papel
que tiene pico para comer
unos ojos para mirar
se siente triste sin comprender
su falta de alas para volar.

430
Dónde te vi con esa misma angustia

¿Qué le pasa a la luz de la mañana


que ha bajado tan tímida hasta el pino,
sumergida en la piel de la campana
que da su acento al viento y al camino,

con derramada paz samaritana,


como alondra fugándose en el trino,
o desolado mar o esencia vana
o vaso donde ya no queda vino..?

Despedazada luz, pálida huella,


vas de la sombra al rumbo de la estrella
con el costado en sangre, el alma triste.

¿Dónde te vi con esa misma angustia,


en qué lívido sol, en cuál flor mustia,
que tu ternura en mi dolor prendiste..?

A la vida

No te riño. Me siento equilibrado


si lo que me descose me sutura.
Yo te conozco bien. Y un golpe dado
no lo convierto en torpe desventura.

Mi itinerario ha sido despejado


por tus estancias y tu arquitectura;
y no reniego por lo no alcanzado
porque aún ciño con sueños tu cintura.

Muerdo tus uvas y no pido más


de lo que necesito y tú me das
complaciente de verte apetecida.

Mas si la muerte acecha es porque ignora


que a mí nada de ti me desamora
porque tú eres la gracia prometida.

431
Aquiles Certad

Manifiesto

Para partir,
tengo tu voz llamándome en el mar.

Para dejar este mundo sordo,


me basta solamente besar las olas,
que es como besar tus manos mismas.

Allí está el mar.


Diciéndome con palabra rizada
que él me puede llevar hasta ti:
mostrarme tu rostro
pleno de dulce sonreír.

El mar me dice
que tú estás toda en él:

Que más allá de él mismo


-en otro mar azul y tranquilo-
está tu angustia llamándome;
y las ciudades hirviendo
bajo el alero con luces y árboles
de los muchos boulevares.

El mar me dice que en él están


los humos de muchos cigarrillos
que grises agonizan
en gestos de calma femenina
en la tibieza de los Cafés;
que en él están tus zapatos
de grandes lazos negros;
y el claxon llamándote a mirarme
en la noche de invierno,
y las vidrieras que nunca fueron tuyas
en el oasis de los grandes magazines.

En el mar están las últimas flores nocturnas


que manos pasionales deshojan
en los cines de una gran ciudad de puerto,
y están las sábanas limpias
que nos unen en los cuartos de hotel.

432
En el mar tengo tu voz,
alma total de la ola,
llamándome a partir,
y están flotando todos nuestros viajes,
perfectos de no realizarse.

Tú eres por siempre el mar.


La brisa misma trae hasta mí
tu voz de angustia,
y aquel perfume frutal de tus cabellos
que hacía transparentes las ciudades.

Para partir,
tengo tu voz llamándome en el mar.

Y yo mismo quedo sin saberlo


No sé con qué decirlo, porque aún
no está hecha mi palabra.
Juan Ramón Jiménez

Con voces o silencios


muchos me han preguntado por Ella en mi ser mantenida.
Muchos me han preguntado por Ella
y sus signos de apagados calvarios.
Por Ella y sus noches sin sombras, con sombras,
con fríos de puñales y muertes resurrectas.

Y mi palabra para todos ha sido


una inmensa cadena de soñar y soñar hasta el misterio.

Y decirles, entre mis voces expectantes:


No sé por qué se halla en mi ser, viva y muerta,
tierna y amarga, como la sal y el lirio,
como heridas de lluvia por la luz traspasada.

Y clara la hallo algunas horas,


y en mi ser se revela su imagen de milagro,
y por mis heridas brota entonces el agua de su angustia
toda en mí destilándose.

Yo, que así la he sentido, y en mis rotos espejos


su voz se multiplica en número infinito,
yo, que ahora mismo soy habitante de sus blancas parcelas,
y siento sus frías coordenadas atravesar mis poros
gritando su fuga de la tierra ante el dolor

433
de los que aún no han soñado con la muerte;
y corre por mis sienes el frío de las aguas que mantienen
el color de sus lirios, de sus luces dispersas,
yo, que soy suyo como ella mía ha sido en un minuto,
y que he mirado el mundo por sus vitrales de opaca o clara nie-
bla,
yo, que la he visto estremecida en mis cabellos
al roce sedoso de viajes campesinos,
yo, que la he oído decirme entre vigilias
que la muerte nos multiplicará en savia de cielo
o en canto insospechado de abejas entre mieles,
yo que la siento y gozo, y en mí se agranda y me limita,
os puedo ya decir. ¡No sé que es Ella!

Voz desolada

Aquí estoy otra vez, deshabitado,


bañando con mi llanto las ciudades,
tocando puertas como can sin amo,
pronunciando tu nombre entre las rosas,
con una cruz inmensa decorándome el pecho.

Herido estoy y no sangran mis manos.


Cal y ceniza, mina de cloruro,
son para mis pies las sendas.

No hay agua para esta sed terrosa.


Vienen los días a debilitar los almanaques,
fortaleciendo su presencia cruel.

Aquí estoy otra vez, deshabitado,


caminante de calles de Sahara
en pleno corazón de Buenos Aires.

Ninguna puerta se abre a mis preguntas,


todos los labios crecen de silencio,
moliendo espinas para tu recuerdo.

Tus pasos hieren el cuerpo de las rosas


y mi sangre tropieza en las espinas.

¿En cuál rumor de estatuas he aprendido a llorarte?

434
Imposible renunciación
Dame, Señor, la fuerza de un pétalo de rosa
capaz de sostener el perfume de un bosque.
Jaime Torres Bodet

Como si renunciara a escuchar la palabra del mar,


como si de pronto dejase de sentir
el frío de las estrellas en primavera,
me pides entre recién nacidos sueños
que sea el caminante con sed eterna
y plantas destruidas.

Como si dejase de sentir el afilado grito


de los hombres que detienen sus vidas entre aceros
y noches sin ternuras;
como si dejase de saber que existen tiernos ángeles
sobre los astros
y manos que otras manos oprimen
avivando los lirios de la sangre,
me ruegas que destruya tu imagen
y quede solitario entre eternos naufragios.

Tal como si tu voz me dijera:


¡Lo bello del mundo ha terminado!
No más cantos de pájaros
ni campos con sol sobre sus hierbas,
me dices que sea entre tus sueños
un despertar sin besos, sin horas con tus ojos
ni adioses con ternuras.

Entonces
¿no podré junto a ti mirar jamás
la luz azul del mundo?
¿Ni en olas de tranquilos mares
ver flotar entre mis manos tus cabellos?

Pero tu voz no sabe que más allá del ruego,


del grito cruel del mundo,
te ha de esperar la mía junto a mustios volcanes
y lobos macilentos bajo mis pies vencidos.

435
Luisa Esther Larrazábal

Desolación

A mi horizonte rubio
bajó el cuarto menguante
segando las espigas.

Un colchón alado
pendía del espacio.

Se enredaba a mis pies la hilacha clara,


se anudaban al viento los crujidos.
La esperanza transitaba del mar al pozo llano,
el azul se aprisionaba en los cristales.

Llovía, llovía exactamente, sobre el límite de oro.

Potro sin bridas, la brisa galopaba


campo abierto, su sed de lejanías.

Yo me quedé como una piedra rara


prendida al haz dorado.

Mil aves han surcado los espacios,


fardos de trigo ha dado cada espiga,
el potro está ensogado a cada tallo,
el cielo está en la tierra reflejado;
¡Hay verde, tánto verde!

Mas yo sigo prendida al haz dorado,


como una piedra rara.

Campesino te espero

Estoy frente al camino por donde has de llegar.


Campesino, te espero.
Marcharé con mi mano enlazada a la tuya,
un solo paso fuerte nuestros pies marcarán,
dejaremos las huellas como signos de rutas,
a las masas ansiosas que después seguirán.

Tú y yo iremos al frente,
¡Campesino, te espero!

436
Abriremos caminos,
romperemos murallas,
labraremos la tierra.

Le diremos al niño en lenguaje sencillo


la verdad tan sencilla de vencer o morir.

Hablaremos en rueda como viejos amigos,


de la lucha incansable por un mundo mejor,
donde no existan negros, blancos, ricos ni pobres,
donde todos los ritmos sean un corazón.

Echaremos raíces a la sombra de un árbol,


cada hoja en la brisa una historia dirá
de mujeres y niños, y de ancianos caídos,
de miserias muy grandes...

Y de pronto nosotros sentiremos su savia


como sangre en las venas.

Qué dolor, campesino,


qué dolor centenario de sentirnos pequeños
bajo el árbol crecido.

Estoy frente al camino por donde has de llegar.


Campesino, te espero.

Ya soy árbol con sombra escuchando a las hojas,


a las hojas que quieren en la brisa volar,
como yo estoy queriendo con mi voz, campesino,
¡hacer hoja en la brisa mi sencilla verdad!

Mientras llega el olvido


Mientras llega el olvido,
¿qué haré yo de este fardo de pesadas ausencias?

Esta noche eres noche de silencios y sombras,


esta noche palpitas en mi largo desvelo.

Yo te siento lucero asomado a mi cauce;


un lucero que crece donde el agua se agita.

Esta noche el silencio tiene todas las voces


y las sombras la forma de tu cuerpo en acecho.

437
Te han llamado mis ojos, te han buscado mis manos,
los esteros del llanto han segado el insomnio;
mas tu cuerpo en acecho,
sigue sombra, en las sombras.

¿Por qué pesa la vida cuando es frágil y vana?


¿Por qué duele la muerte siendo calma y olvido?

Diluida en tus ojos me he quedado contigo,


suspendida en tus brazos he cruzado horizontes
sobre lomas en brote, donde el verde verdea,
donde en flor la esperanza nos perfuma y deshoja.

¡Qué silencio más hondo se destroza en mi oído!


¡Qué aleteo surgido de algún ave sin nido
abanica la noche! ¡Qué de escombros!
Acunada en mis brazos, ¡pesa tánto la vida!...

Extraños

De nuevo extraños y en la misma senda.


Después de tanto, ¡nada!
Tu indiferencia en espiral de olvido
mis añoranzas, caracol de anhelos.

Tú te vas yendo mientras yo me quedo


anclada en el misterio de tus verdes.
Mirando en el espacio tus luceros;
¡mis peces asombrados!

Hiciste de mi todo poca cosa,


yo de tu poca cosa hice mi todo;
y así vivimos nuestro propio engaño
y así plasmamos nuestra propia glosa.
Tu indiferencia en espiral de olvido.
Mis añoranzas caracol de anhelos.
Tú te vas yendo mientras yo me quedo,
¡anclada en el misterio de tus verdes!

438
Rafael José Gómez

Viejo rey caracol

¡Cómo te penetró el tiempo por tu nácar


de poros imposibles!

En tu marinería,
en el afán de reservarte algo
en ese aire de afuera,
sorbiste de la espumas las burbujas.

Siglos más tarde,


tu corazón de cal y carbonatos
explotó haciendo efervescencia.
Y fueron tantos aires los de dentro,
que dejaron tu manto perforado
como celdillas de colmena.

¡Caracol de mil años!


¡Viejo rey caracol!
¡En el ayer, un mar!
¡Un fósil hoy!

Viejo rey caracol. Barreno de las aguas.


Mil y mil caras
para inquilinos de una sola pata,
y baba en las entrañas.

Yo te hallé disfrutando
de la terciaria majestad de tu silencio,
donde la tierra te brindó su pecho
para tu sueño largo y seco.

Y en mi mesa de estudios
te puse la corona de mi verso.
Y en mi imaginación te volví nuevo,
recién dado de alta por las aguas,
recién dado de baja por el cerro.

Por eso tú, rey fósil, rey eterno,


con tu canto de viento,
serás mi auricular para el murmullo
del mar que llevas en tu concha envuelto.

439
¡Viejo rey caracol! Tú volverás al mar.
Y el mar volverá a ti con tu inquilino.
Y te lavarás toda tu tierra.
Y te penetrará la espuma con su aire y su sal.
Tú volverás al mar, como volverá al mar
el cerro, tu sarcófago de tierra.

Porque al mar, nadie le dice adiós,


sino ¡hasta luego!

Descansa aquí en mi mesa de rey viejo,


que yo te daré el alga de mi lecho
y el yodo de mis versos.
¡Jorobado de nácar!
tal vez en tu retorno
serás el compañero de mis huesos.

Tengo que amar así


Tengo
que amar a los escasos
y pequeños gigantes
de posturas
incólumes, libres, impertérritas.

A los que echan a un lado la Academia.


A los que escriben porque no los leen.
A los que hacen muñecos de papel
y máscaras grotescas.

Al que es prudente al definir el arte.


Al que lava sin pena su camisa.
Al que hace teatro sin taquilla.
Al que libera el dedo del brillante.

Al que no dice adiós, y no regresa.


Al que sabe dormir en su desorden.
Al que trata de hermanos a los muertos.
Al vate que olvidó la cinta métrica.

Al que vive su hambre sin miseria,


A los que no hablan, ni chillan, pero piensan.
Al sabio que no es bruto...
Al bruto que no es sabio...
Al que entierran de balde.
Al mal poeta.

440
Sí. Amo a cuantos no sean como yo,
en todo lo que fallo
y en cuanto soy.

Amo al loco que entiende su locura,


y al pobre cadáver, que no sabe
que luce acicalado en su velorio,
o que yace olvidado
hediendo a campo abierto.

Tanto no sé
No sé por qué —sino adverso—
efectos y apetencias
se me va algo en cada bocanada.

Tengo rabia de mí.


Y grito, y me sumerjo en mi impostura.
¿Estaré loco yo de tanto pan y letras
sin sosiego?

¿Por qué creerme bueno o malo?


¿Por qué tanta pregunta sin respuesta?
¿Por qué tanta arrogancia circundante
y tanto yo no sé?

Alguien dirá de mí: «Buen muchacho»


y me toma por ingenuo,
—vale decir, por “bolsa”—

Alguno, a la ligera,
juzgará mis estados perceptibles;
pero nunca podrá juzgarme a fondo,
porque yo no doy fondo
ni hallo mi propio fondo.

Lo cierto es que me angustian,


mi neofobia,
tanto no sé disimulando estragos
y este soberano compromiso
de enfrentarme con Dios y con el hombre
sin encontrarme aún conmigo mismo.

441
Porque voy a escribir
Me hacen reír los huesos florecidos
de Adanes y Caínes,
en tanto paraíso excrementado.
Y los poemas:
Los de todo poeta usufructuario
del acervo mental de los provectos.

Me hacen reír las crisis hidrofóbicas


de canes literarios,
sin máxima razón, y a dentelladas;
el ansia de concursos, y el flagelo
de pálidos jurados,
torpeando la emoción de un nuevo acento.

En cambio, me atosiga,
el pérfido frustrado, teorizante,
que se da a todo dar, y lo acotejan;
y en cada hueco corazón espeta
su lágrima oclusiva.

Mejor discrecionarse
de tanta improcedencia sublimada,
y acatar al protervo, aunque uno quede
algo muerto de todo, y no de muerte.
Porque voy a escribir...Aunque me envaine.

442
Luis Beltrán Mago

VI

Será mejor el viaje


que podrirse en la sombra.
Mejor andar, andar.
Yo creo en el comienzo
mas nunca en el final,
los caminos son los ríos
para el buen navegar
y las sombras pendientes
de más nunca acabar.
Será mejor el viaje.
¿Es acaso delito
protestar contra el morbo
de la gris permanencia?
Los caminos son ríos
para el buen navegar.
¿Conviene estar de pie,
apegado a la tierra,
como la sombra del árbol
o la muerte a la vida?
Las sombras son pendientes
de más nunca acabar.
Será mejor el viaje.
Yo recojo las últimas
expresiones del día.
La noche ya comienza
a enseñarnos los dientes.

XVII

Soy un hombre de América.


Aquí nací todas las veces
que morí;
nazco todos los días,
muero todas las noches;
a cada instante
pienso que renazco
cuando en verdad
remuero;
siento que ya no tengo
la rosa entre los

443
labios;
que se me fue el clavel
de la sonrisa
y todo porque muero
todos los días, a cada
instante,
siempre,
como las amapolas,
como los eucaliptos
que en función
de los vientos
en la angustia
del hombre
vuelven su rostro
al mundo,
miran hacia
el futuro,
a pleno rostro, a pleno sol,
a pesar de la
muerte,
como los eucaliptos
que en esta hora
del mundo
ya miran hacia
el Sur.

La noche
En fin que son las sombras
huéspedes permanentes,
habitantes de un mundo
tan ancho y silencioso
que no lo alcanza el tiempo.

Las puras sombras llegan


a mirarnos de frente,
o alcanzarnos el paso
que llega por la espalda.
Son las sepulturas de las horas
más altas,
tan profundas
y tiernas
que a veces se regresan.

Las horas sí comprenden


la existencia del hombre.

444
Desde todos los siglos
hablan su propia
lengua,
traducen los recuerdos,
escriben su mensaje
en la pared lejana
y en la cal de la aldea
lo entregan sin premura...
Las horas se me entregan
delgadas y azules.
Saltan de los relojes
multiplicando espacios,
en tanto que al final
fijan su voz llamando
a todos los rincones
donde las quiebra el eco.

Así pasan los días.


De pronto se diluyen
en signos y parábolas,
en páginas abiertas,
en gritos desolados,
en metales sombríos,
en huellas espaciales,
en rito trashumante
hasta que al fin
las horas
de regreso al segundo
pasan hasta cansarse.

Llega el momento
exacto
en que la luz se opaca.
Entonces se produce
el milagro total.
Saltan de las tinieblas
las ramas que nos llaman,
del corazón del cieno
las voces nos alertan
como si fueran fantasmas
florecidas las angustias.

Por el bosque se asoman


los grillos saltarines,
un olor de agua fresca
rebasa la pradera,
mientras el campo pierde

445
su silueta de siempre
y el perfil que resume
los siglos de su vida.

Por el camino antiguo


se repliegan los pasos
como si fueran duendes
tomados de la mano.

Hay un coro lejano


donde se pierde el viento,
una estancia sin nombre
que llama a la plegaria.
Se juntan los mastines
para llamar llorando,
en tanto en la sabana
se perfila el lamento.

Somos hijos del aire,


del canto y la nostalgia.
Así nos refugiamos en el denso
Follaje,
en la gota que brilla
más allá de la hoja,
en el primer relámpago
donde miré tus ojos,
en el último abrigo
que el tiempo me brindara.

Somos nietos del humo


que crepita en el monte,
hermanos del aullido
que estrujó el socavón;
primos de la tertulia
doblada en silabario,
bisnieto de la estrella
que el agua bautizó.

Ya las sombras comienzan


a desvestirse todas.
Desde lo más remoto
llegan
hasta mi encuentro.
Se deslizan furtivas
por todos los rincones,
alzan sus pasos finos
hasta tocar el aire,

446
remontan los paisajes
donde mi huella anduvo,
se pierden en silencio
junto a las oquedades,
en fin que se remontan
desde la tierra al cielo.

Sin embargo comienza a esparcirse


la luz.
Desde lo más remoto
nos llaman las estrellas.
Llegan a la ventana del aire
que murmura
los tiernos resplandores
del tiempo que se va.

Entonces me ilumino
junto con los cocuyos.
Te ilumina mi canto
frente al fogón despierto.
Un cirio de agua clara
resbala por tus manos
mientras yo te descubro
a través de la luz.

A la orilla del viento


deseando tus parrales.
La noche se hizo niña
para jugar contigo.

La lluvia entre su piel renace


A Dionisio Aymará

Que diga la palabra


si la espiga
es tan sólo la luz
mirando el cielo.
O si es por siempre Enero
jugando
con el río
mientras la lluvia
entre su piel
renace.

447
Ramón Badaracco

La vi crecer
Desde su tallo ínfimo,
Cubrir de flores
Toda la pradera.
Las garzas de regreso
Me miraron
Al perderse en el poniente
Mi estatura.

Más flores vi
En el virginal camino
Desde lo alto
El relieve de la playa
El sol quemaba
Las espumas nítidas
Hay algo tuyo
En mi pensamiento;
Elevación del hombre
Sobre la materia
¿Qué pequeña
Esta cárcel podrida!
Soy tan alto como las estrellas
Y desde allí miro las hormigas.
¡Qué testigo más fiel
Este yo presente
En todas mis intenciones!
¡Qué hermoso este capullo,
Este aroma!
¡Qué absoluto
El vuelo de la gaviota!

Poema V

Puedo rescatar
De las palabras
Tu ausencia
Y tu nombre
Y recorrer con ellos
Las cosas donde yo existo
Puedo recordar
en la noche
tus ojos inmensos

448
mirándome desorbitados
puedo recordar
mi propia angustia
al sentirte lejana,
dolorosamente lejana.

Partir sin pensar en el regreso


Caminar bajo la bruma
Bajo los copos blancos
Al lado de los esqueletos
Partir de lo mío
Y de lo tuyo
Del eterno presente
Al pasado que vive
Adiós, recostada al espacio
Pegada a mis ojos
Anudada en mi garganta
Y en cada onda
Adiós besada
En mis sollozos
Buscada en mis lágrimas
Y en el eterno
Regresar de las olas.

Te tengo prisionera

En el milagro del río


El molino y el cerezo

Te sentí mi prisionera

En mis pupilas
En el cántaro rubí
Quebrado en la cintura
De la negra
En el golpe de agua tibia
Más allá de la acequia
Del parral y el nido
En el canto tempranero
De la paraulata
El vocerío y el aljibe
Y el olor a estiércol
Llegando a los corales

Te sentí mi prisionera.
Desde mi nacimiento

449
Te tengo prisionera
En mis pupilas
Tú sabes que fui goloso
Y en tu seno bebí
Todo lo que ahora te prolonga.

Te tengo prisionera
Bajo las uvas y almendrones,
En todo tejado
En el musgo de los rincones
En cada grito
Que pronuncia tu nombre
En cada gesto
Que te devuelve intacta.

Mahatma Gandhi

Ni una gota de sangre


Pero tampoco lágrimas…

Caminaré hasta el Himalaya


Allí colocaré mi bandera.

En el corazón de cada hombre


Prenderé claveles
En una orgía sin nombre
Agitaré pañuelos blancos
Desde un monte de olivos
Repetiré sermones y parábolas
Pero eso sí…
Ni una gota de sangre
Pero tampoco lágrimas.

Robaré un puñado de sal


Y todos podrán hacerlo
Cuando esté lista la conciencia
Y los hombres desarmados
Cuando haya multitudes quietas
En caminos sin fronteras.

Cuando una bala inocente


Haga raíces en mí
Y entregue mi cuerpo a la buena tierra
De las cenizas surgirá un ejército
Que enarbolará claveles

450
Pañuelos y palomas
Pero eso sí…
Ni una gota de sangre
Pero tampoco lágrimas.

IV

Indagué en el pasado
de toda piedra
sus lados verticales
semejan agujas
incrustadas
en el pasado
que me grita y
dialoga conmigo.
Puedo leer las edades
todos los arcanos
grabados como una cinta
y repasarlos así
desde la previda cámbrica
dormida y somnolienta
Escuché las trompetas
De Marte
Advertí la pesadilla
Dolorosa y alucinante
Los fantasmas se sumergen
En éxtasis incomparable
Y lujuriante.
No puedo dejar de sentir
La tristeza einsteniana
Por el hongo de fuego
Los mil millones
de años del cactus
y mi propio camino olvidado,
porque no me gusta estar
entre perros rabiosos
si no en los espacios luminosos
en la tarde y el tiempo
cuando danzan las estrellas

451
Helí Colombani

La gente pertenece a mi cuerpo


se incorpora al tejido
se hace carne en mi carne
y a veces llega al hueso
¿Desde cuándo?

Has sido culpable del sentimiento noble


Tal vez me has hecho daño sin haberlo querido
Volviste espuma de pronto la coraza
que me servía de escudo
de freno
de distancia
me has hecho más humano

Es peligroso a veces ser tan humano entonces

Vibrar violentamente a la voz del afecto


Volcarse desde adentro desde su mismo inicio
desprevenido el paso

Sin embargo no temo la historia de los días


no temo la nostalgia
la noche compañera
la soledad del viento
o la lejana estancia donde vive el insomnio.

Hay un olor a ti limpiando los cristales


prendido a las manillas de mi cuarto
hilando sin sentido el cubrecama

Las paredes vacías de tu risa


atardecen los íntimos momentos

Tu voz se vuelve huidiza a los espejos


como un reflejo ausente y trastocado

452
Tu fogaje
ese fogaje tuyo
con vehemencia presagia los deseos

Hay ausencia total


cuando te pienso

y una locura más cuando apareces

De todo ti se llenan los espacios


De todo ti mi cuerpo se recubre

¡Cómo saltan los músculos inquietos!


¡Cómo busco el respiro en tus pulmones!

VI

Al paso de la tarde tempranera


unos ranchos cerrados se aproximan
al fogón de cenizas encendido.
Sobre los hilos de alambre vuelan
en colores variados y diversos
remiendos de textura caprichosa.
Los perros azarientos
esconden su temor en el ladrido
y manchan de pelambre los rincones.
Imaginar que el hacha o el machete
se encuentran deshierbando en el conuco
las hileras de mártires verdores.
Apenas en el patio aquel silencio
de escoba que ha limpiado sobre el polvo
la dureza de brosas inquietantes.
-Y sentirse de pronto.
Con una lejanía que se adentra
se agolpan los vacíos.
Sentir que el mundo es grande
y que un átomo es mucho.
Volver a la medida requerida,
saberlo y constatarlo
donde el quejido sordo de la espera
retumba en el lamento.
Vivir lejanos. Presentir la vida
y ser ajenos a nosotros mismos.
El perro ladra en su rincón cobarde.
Y pasar. Y pasar. Hacia lo inútil

453
de ir derramando vida por cortadas.
El vacío desborda el tinajero
y hace charco de ausencias al camino.

XIV
Contemplativo, callado, casi ausente.
El hombro va aguantando los pilares
uno a uno, sin prisa, sin angustia.
Las luces apagadas nos distancian
de otros seres que habitan los perfiles.
Descalzos van los pies y el torso pleno
mientras llegan los brazos de algún astro
a volverme liviano y casi etéreo.
Diluida la espera que no existe
el suelo se hace un trozo efervescente.
Y dejar que se eleven las ideas
más alto que la brisa trasnochada
y quizás más allá de los luceros.
La mente se hace cóncava por ratos
que se escapa a volar por los recuerdos.
El mundo que nos puebla le acompaña
y nos quedan tan solo los espectros.
Pensar en el amor y estar atados
inventando los sueños y los sueños
más allá del espacio y de la noche.
Tan solo aquellas luces parpadeantes
son cercanas y me hacen compañía.
Tan solo la extensión que me circunda
conversa con idioma intraducible
y arropa por momentos la nostalgia.
¡Qué de cosas inútiles se antojan
de venir a la mente y rebasarla!
Y disfrutar entonces de que el aire
se agolpe en los pulmones, los inflame,
y los párpados se inclinen y se vuelvan
un cerrojo que niegue la existencia.

XVIII
Ya quisiera que fuese en el paisaje
que estuviese tan solo la nostalgia.
Ya quisiera que afuera solamente
la soledad andara y desandara.
Sucede sin embargo que las vísceras

454
padecen desde adentro los vacíos
y lo vuelcan completo por los poros.
No hay huella donde el pie pueda caberme.
Son angostos o son anchos los caminos
y el mismo sentimiento queda estrecho.
El humo que lastima las cenizas
se le escapa a la brasa del cigarro.
Un ladrido que llega desde lejos
se estira en el mantel recién tendido.
Y tortura los tímpanos el ritmo
de una esfera marcando sus compases
en agujas livianas y precisas.
Un diapasón de soledad resuena
como un recuerdo vago y traicionero.
Se vienen, aleteando, los paisajes
como a traer de lejos en las plumas
el aroma y el aire de otros sitios.
Marejada de bruma son las cosas
que llegan susurrantes al oído.
Y se establece el diálogo tranquilo
de adentro a afuera y otra vez adentro
haciendo un equilibrio de tristezas.
Un océano inmenso se detiene
en la quietud del lacrimal dormido.

455
Jacinto Gutiérrez Coll

Flor del mal

Recuerdo que la quería


pobre mas bueno doncel;
que la llamaba su gloria,
y su esperanza también.
Pero ella puso el oído
a los cantos del placer;
miró relucir el oro...
y adiós la jurada fe.
Loca mujer.

II

¡Qué salón! no vi más regia


voluptuosa esplendidez:
un sultán lo envidiaría
para aposentar su harén.
Allí está la cortesana
turba rendida a sus pies;
y ella ahí fascinadora:
Oro, más oro es su ley.
Rica mujer.

III

¡Cuánta rosa en las mejillas!


En el talle ¡qué esbeltez!
Túrgido el seno redondo,
la boca como un clavel.
En la nívea dentadura
nacarina brillantez,
y en la voz la arrulladora
queja de tórtola fiel.
Bella mujer.

IV

De tálamo suntuoso
bajo artístico dosel,
en el lino perfumado

456
reclina la blanca sien.
Y el coro de los amores,
que pasa en raudo tropel,
derrama sobre sus labios
de hondo goce la embriaguez.
Feliz mujer.

En festines deleitosos
en que dicha todo es,
suspiros enamorados
que hacen soñar y creer;
aplausos aduladores;
súplicas de la altivez:
¿por qué entonces esa furtiva
lágrima ardiente? ¿Por qué?
Triste mujer.

VI

Nadie en la sima profunda


de los corazones ve:
Acaso vertió ese llanto
por su inocencia de ayer;
quizá de su amor vendido
el remordimiento fue...
o de su beldad ya mustia,
el De profundis tal vez.
Pobre mujer.

Voz sin eco


¿Por qué canto? Lo ignoro.
Mas si la tarde silenciosa expira
el arpa triste en que mis penas lloro,
lentamente suspira
como la flébil rama
de sauce melancólico. La fama
nególe su laurel; mas el gemido
que en el seno insonoro
exhala del olvido,
tiene el acorde trémulo y sentido
del corazón que ama
y el rayo puro de su fe derrama.

457
Y cual en tierno lirio, suspirante,
la noche mustia sus recuerdos posa
del rocío en la chispa del diamante
que fulgura temblorosa,
así de mi arpa amante
sobre las cuerdas, que el dolor agita,
mi corazón callado deposita,
como en urna piadosa,
la lágrima infeliz que en ti rebosa.
Y, arpegio triste o nota de esperanza,
siempre alivio me dio su blanco acento,
como el soplo que lanza
en pos del aura el fatigado aliento.

Cuando en la comba sideral sus huellas


deja caer la oscuridad, en tanto
que se anubla el fulgor de las estrellas,
¿Por qué suena mi canto?
Nunca lo supo el pensamiento mío;
sólo sé que ese vago murmurío
muere ignorado al soplo que lo toca,
cual la espuma que el piélago sombrío
rompe sin eco en solitaria roca.

Pregunta al ruiseñor de la arboleda


por qué llora escondido su fortuna,
y al disco amarillento de la luna
por qué en el éter silencioso rueda;
y al humo leve que en la espira sube
por qué en la llama vívida no yace,
y a la del cielo vaporosa nube
por qué en hilos de lluvia se deshace;
y a la temprana y púdica azucena
por qué entrega a los céfiros su aroma;
y al arroyo que baja de la loma,
por qué se agota en la abrasada arena;
y pregunta por qué del alto asiento
se destrenza la hirviente catarata;
y pregunta a la rauda voz del viento
por qué de su lamento
los invisibles átomos dilata.

¡Ay! del profundo arcano


nada en su anhelo adivinó la mente;
y el hombre sueña descifrar, en vano,
el acorde que en ritmo soberano
renace en el espacio eternamente.

458
Plegarias del dolor, ledos rumores,
nubes, astros y flores,
el raudal que en sus ondas precipita,
el melodioso cántico del ave,
cuanto en redor palpita,
cuanto el suspiro de la vida llena,
en ese acorde misterioso cabe,
en ese canto universal resuena:
notas fugaces del eterno clave,
en el coro solemne del conjunto,
sólo vibran un punto;
y luego, ¿a dónde van? nadie lo sabe.
Del tiempo en la corriente
nacen y mueren sin dejar memoria...
Así también se pagará mi frente,
desnuda de los lauros de la gloria.

Mas ¡quién sabe! Tal vez en ese canto


soy la humilde cadencia fugitiva
a quien tocó, vasalla del quebranto,
en el acorde del dolor cautiva,
vibrar la nota lúgubre del llanto:
nota que se desprende gemidora
como ruina que al viento se derrumba;
yerta flor inodora
colocada en la piedra de una tumba;
última luz que arde
en el rayo postrero de la tarde;
infausta prometida a quien la suerte
le dio en el ara el beso de la muerte.

Después, cuando mi espíritu sacuda


su túnica mortal, y a la áurea puerta
de la eterna verdad sereno acuda,
do en gloriosa armonía
el sol divino del amor despierta,
¿qué de mí quedará...sombra de un día?
Un arpa rota en el espacio muda,
¡una voz más en el olvido muerta!

XVI
Un guerrero famoso y muy valiente
echó a correr del enemigo en frente,
tanto brío poniendo en la corrida,
que salvó nada menos que la vida.

459
Desde luego barrunto
que tal carrera fue muy acertada,
pues de antiguo sabemos que un difunto
es cosa que no sirve para nada.

XXX
Leyendo cierto día
Demócrito y Heráclito la brava
contienda en que la heroica patria mía
(allá en los tiempos de hispana tiranía)
hizo pedazos su dogal de esclava,
sin tenerse Demócrito reía
y sin consuelo Heráclito lloraba.

Esta fábula advierte,


por advertir al cabo alguna cosa,
que en lo que uno ve suerte dichosa,
el otro alcanza miserable suerte.

Nuevo sol
¡Un año más que rinde su jornada!
¡Un año más que para siempre ha muerto!
A recibirle, su ámbito desierto
abre el eterno abismo de la nada.

Pero las horas viven. La alborada


en trono de zafir ve el Sol despierto.
¿Qué dulce bien como apacible puerto
promete el nuevo día en su morada?

Brilla la claridad serena y pura:


La tierra, que gloriosa resplandece,
sigue su rumbo por la luz escrito...

Y el hombre en el placer o en la amargura


no sabe, contemplando que amanece,
para qué vuela el Tiempo en lo infinito.
1898

460
Josefina Urbáez de Flores

Los cuatro horizontes de la tierra


A Gustavo Pereira

Sacude la tierra el peso de la noche


los pájaros reviven el uso de sus alas
la alegría inunda los caminos
las jaulas aprisionan soledades.

Las campanas escaparon gritando


el duro barco cabecea de grillos
los navegantes dispersan sus cuerpos
por los cuatro horizontes de la tierra.

El ajuar

Las madres ponen abalorios


en los tiernos oídos:
—el día llegará de ser como las aves,
nadie les dice anida en esa rama.
—No, como las aves no.
Como los hombres laboriosos
con la fuerza en las manos
y la llama encendida
del amor en el pecho.

No te duermas ahora
tú rezarás conmigo.
Si mi tiempo se agota
sal a buscar el día.
Perfora la tiniebla
hasta encontrar la luz.

Estoy llorando
A Salvador Allende

Tendida, mis brazos a los lados,


una profunda ira posesiona
mi cuerpo y mis sentidos
un laberinto bulle en mi cerebro

461
y a mis ojos febriles
los encuentro llorando.

No estoy llorando a un hombre


la muerte es la más firme
de todas las promesas
lloramos el momento,
por siempre inoportuno.
No estoy llorando a un hombre
estoy llorando a un mundo

llorando por la muerte


de la fe en su destino
de un pueblo muy lejano
que pudo ser el mío.

Holocausto al vacío
A la poetisa Lucila Velásquez

Se queman en un altar sin Dios


el río se los bebe como el mar
¿para quién es la ofrenda de sus vidas?
¿qué invidente tomó luz de esos ojos?
¿en qué pecho, unos días, latió su corazón?
¿dónde duermen las manos y pies de los perdidos?
¿dónde las sepulturas de los «nunca jamás»?

La pureza violada
en el bolsillo roto
de un diablo sin memoria.
El vuelo de la paz se atemoriza
del horror de la vida.
La casa de los ángeles
abarrota de penas.
Los poetas apresuran el viaje.

462
Luis José Bonilla

VIII

Ah estación escuálida. Donde se pliegan las manos de la muerte.


Los escalones de la muerte.
Los émulos incógnitos.
Por eso, vosotros, nosotros, haraposos del siglo: alejad,
alejad las cuencas, los vacíos; que los sueños buenos
y malos son vuestros, son nuestros.

Ah litigante memoria. Pálida, desencajada, arañada.


Inmensamente. Inmensamente. Inmensamente.

Cantaba: Ilusión, estamos aquí. Oyendo las entonaciones de los


grillos, la maledicencia humana, la insolencia de los depravados
y de los anestesiados por la gonorrea, el escorbuto, la miseria.
Salvado.
Ah animales sedientos, que habitan en las aguas muertas.
Y en los callejones. Lastimosos.
Donde se levanta la crueldad de los trenes sanguinolentos.
Decorados por la placidez de las pústulas. Asesinas.
“Huid, huid, huid que sobre la tierra se levanta la daga asesina.
El vil diagnóstico del siglo. El Juicio bíblico”.
Ah las lluvias, los alimentos. Salvación.
Ah el siglo, mi cráneo despedazado.
Dictado para la sedición ante los tiempos.
Mi cráneo.
MI cráneo inutilizado.
Fosilizado.

Made in Barcelona

He echado a la basura mis trajes.


He violentado mis ataduras.
He gritado para que no crean que soy
de la legión de los místicos y los
sepultureros.
He abierto mi vientre para que los gusanos
hagan su festín y cuezan su mejor comida.

He maniatado los cuadrángulos de los


días y las noches.
He tomado la longitud de la caja para

463
ocultar, cuando la estrella de la mañana
trace su declinación, mi cadáver.
He oído la historia de la gente más
triste, más desarrapada, más destrajada,
más descamisada, más despiojada, de las
gentes que habitan acá abajo, en el alcantarillado,
en el hueco donde tú no habitas.

He visto:
que la balanza no es de los mismos usos
ni de las mismas medidas. Y que los verdugos
mastican chicles MADE IN USA;
iguales a los que tú masticas.

Iniciación a la palabra
Yo no pronunciaré más una sola palabra.
Ni una incompleta oración.
La piel se destiñe
porque el sol fornica cada día más con la tierra.
Y los gusanos transitan sobre ella, porque la
muerte usa diariamente su sombrero de fieltro y su paraguas.
le pregunta la hora a los pregoneros, Le pregunta
si venden buenos dulces en las confiterías;
si hay mermelada de durazno.

Y la palabra, ¿para qué la palabra?


si no hay sueño que no tenga aunque sea un solo
latigazo de araña.
No hay ni un solo acto de paz. Ni un solo mitin de paz.
Y no hay uno que se levante y espere en la cola de
los autobuses para pobres. Y diga:
Las moscas han iniciado su consecutiva bandada.
Su ataque a los aposentos donde ejecutan autopsias.
A Dios lo enviaron al exilio
los falsificadores de monedas de veinte centavos.
Un día de primavera abrirá anchamente su ojo, su pupila.
No le saldrá ni una lágrima. Le hará guiños al que inventó
La bomba H.

Lo importante

Lo importante después de todo es que te hayas


levantado

464
y señalado a los anunciadores de utilería barata,
para entusiasmar la fantasía de los pobres.

Lo importante después de todo esto


es que te hayas elegido el juez, el ministro, y
hayas maldecido mutilado a los propagandistas
de la infelicidad. A los que consideran que la miseria
es la mejor consigna de tu civilización. Hayas pisoteado
a los que
prefieren en las celebraciones, la últimas
bandejas, los platos rellenos de aceitunas,
el humo de las colillas.
Y toda esta menudencia
enlazada a tu bocina, a la sirena de tu automóvil;
para que los traficantes y no traficantes de almas, callen.
Y elijan en la amplitud territorial,
el área para su sepultura.

Lo importante después de todo


es que con este aviso no habrá nadie que ya no te conozca.
Por tu acertada decisión en las pronunciaciones,
en la agudeza
lineal, horizontal de tu lenguaje.
Tus enemigos se han alineado uno a uno, han tomado su
posición y se han hermanado con los enterradores,
han apartado de sus libretas, de sus libros, los
cuentos de pájaros y mariposas.

Lo importante es que en la región han balanceado los


hallazgos de tu sabiduría.

465
Silene Sanabria

Soy simplemente sueño


un halo de distancia en el decir
rosa húmeda olvidada en los armarios
Fragmento del polvo de su tiempo
amorfa sin aliento
disuelta en su fragancia
Soy palabra descubierta
desplazada figura en su intermitencia
imagen desvaneciéndose en el vacío
lo inaprensible

**
Tengo la boca húmeda de tiempo
la entraña desgarrada de palabras
los huesos calcinados de existencia
el rostro encendido
deseos que abrazan la vida
y el amor

**
Camino con el peso de mi sombra
con mi propia semejanza
en la crepitante caída de las hojas
con un vago deseo
y entretejidos motivos
evocando emociones contradichas
y un gemido de siglos
embriagada
de licenciosos cantos
restituidos
en la vehemente intimidad
de frases y pasos
indecisos

**

El poema está en la ausencia


en la múltiples facetas
viste de palabras

466
se sumerge en avatares
graba soledades repercutidas
voces apartadas
agoniza en el filo de la noche
vuelve a su nivel para decir lo mismo
canta historias
revuelo de aves discontinuo
días invernales
soles oscuros
estrellas apagadas
pronuncia espacios
aprehende minutos perdurables
amanece dentro de ti
bosteza destellos invisibles
miradas hacia otra parte
punto donde se revierten los opuestos
donde es más fría la estación del hombre
y el reloj se detiene

**

Habrá un día para conciliar silencios


rescatar efímeros vocablos
ir de espaldas sin volver el perfil
ver el eterno brillo de la aurora
pálidos rostros inexpresables
y el indecible sonido de los vientos
acariciar la belleza escapada
otro día volverá
de encendidos lenguajes
de sol en otras puertas
incesantes momentos
páginas que sostienen memorias
imágenes que surgen aparentes
habrá luz en la palabra nueva

467
Anzoátegui: Matilde Mármol
Barcelona, 1921. Obra poética: Confín de sueños
(1948); Humana dimensión. (1956); Humo del tiempo
Tomás Ignacio Potentini (1969); Sólo la noche (1969).
Píritu, 1859 - Barcelona, 1906. Obra poética:
Ensayos poéticos (1889). Domingo Felipe Maza Zavala
Barcelona, 1922 - Caracas, 2010. Obra poética:
Mercedes de Pérez Freites Quinta estación (2006).
Cantaura, 1885 - 1921. Obra poética: Versos (1916);
Naturaleza y alma (1941). Carlos César Rodríguez
Guanta, 1922. Obra poética: Los espejos de mi sangre
José Tadeo Arreaza Calatrava ( 1944); Follaje redimido (1959); Aire iluminado (1963);
Aragua de Barcelona, 1885 - Caracas, 1970. Hora íntima (1987); Anubizajes (2004).
Premio Nacional de Literatura 1963-1964. Obra
poética: Canto a Venezuela (1911); Cantos de la carne Tomás Alfaro Calatrava
y del reino interior. Cantos civiles (1911); Odas. La El Chaparro, 1922 - Barcelona, 1953. Obra poéti-
triste y otros poemas (1913); Poesías (1964); Canto a la ca: Afortunado náufrago (1942); Octavillas de la vigilia
Batalla de Carabobo (1971); Selección Poética. 1911- y la melancolía (1945); Décimas de amor y de muerte
1947 (1976). (1954); Poemas (1963).

Rafael Caballero Sarmiento J. J. Marcano Maza


Barcelona, 1898 - Caracas, 1967. Obra poética: Barcelona, 1924. Obra poética: El turno de la
Lámpara opaca (1929); Motivos de ayer (1935); Postes sangre (1989). Poemas vitales (2007), Canto a Henry
y líneas (1941). Dunant (2007).

Pedro Parés Espino Francisco Salazar Martínez


Aragua de Barcelona, 1900 - Caracas, ¿?. Obra Aragua de Barcelona, 1925. Obra poética: Como
poética: Ayer (1937); Poemas coloniales (1963). quien va llorando (1958); La guitarra ministra (1954);
El mendigo del sol (1956); Plenitud del llanto (1963);
Ángel Celestino Bello Los delirios (1967); Poesías (1969).
El Chaparro, 1902 - Barcelona, 1963. Obra poé-
tica: Cantas de mi cántaro (1950); Copa de barro Camilo Balza Donatti
(1950); Chamizos (1953); Ventura del tiempo (1955); Mapire, 1927. Obra poética: Canto al Lago (1950);
Furruco (1956). Tierra del corazón (1950); Reino de soledad (1955); Los
días abandonados (1965); Las vertientes (1973); Zumba
Luisa del Valle Silva que zumba (1973); Sonetos del campo y del amor (1975);
Barcelona, 1902 - Caracas, 1962. Obra poética: Trópicos (1998); Arquero de la noche (2003).
Ventanas de ensueño (1930); Humo (1941); Luz
(1941); En silencio (1961); Poesía (1962); Sin tiempo Rafael José Muñoz
y sin espacio (1963); Amanecer (1968). Guanape, 1928 - Caracas, 1981. Obra poética:
Los pasos de la muerte (1953); El círculo de los 3 soles
Ada Pérez Guevara (1968 / 2005).
Cantaura, 1905 - Caracas, 1997. Obra poética: En
ausencia tuya (1926); Horizontes (1931). José Antonio Castro
Barcelona, 1930. Obra poética: Álbum para delin-
Miguel Otero Silva cuentes (1966); Mapire (1994).
Barcelona, 1908 - Caracas, 1985. Obra poética:
Jesús Enrique Barrios
Agua y cauce (1937); La mar que es el morir (1965);
Urica, 1937. Obra poética: Apremios de soñar (1977);
Poesía hasta 1966 (1966).
Preparativos para el cansancio (1978); En calidad de hu-
mano (1980); Cualquier itinerario (1992); Rigor del ocio
Luis José García
(1992); Mutilaciones (s/f.); Usada poesía (1994); Por
Aragua de Barcelona, 1912 - Caracas, 1978. Obra
rastros y raudales (1994); Con mis errores (2005).
poética: Niebla de la nube y de la estrella (1940); Vivac
de sueños (1942); El sueño sorprendido (1949); Cuaderno
Rafael Petit Jiménez
de revelaciones (1963).
Lecherías, 1937 - Villa de Cura, 1990. Obra poé-
tica: La luz posible (1990).

469
Víctor Salazar Monagas:
Barcelona, 1940 - Cabimas, 1983. Obra poética:
Piragua (1960); Sequía de las palabras (1961); Semejan-
te al principio (1965); Cartas de la calle Victoria (1967); Félix Antonio Calderón
El desterrado (1967); Una elegía para Rosalba (1967); Caripe, 1890 - Aragua de Maturín, 1932. Obra
Rebelde y cotidiano (1969) Y ese tropel de luces (1973). poética: Lirio salvaje (1963).
Teresa Coraspe Ramón Pierluissi Ramírez
Soledad, 1941. Obra poética: Las fieras se dan golpes Aguasay, 1892-1979. Obra poética: Semblanzas,
de pecho (l975); Vuelvo con mis huesos (1978); Vértice del versos y prosas (2000).
círculo (1987); Este silencio siempre (l991); Tanta nada
para tanto infierno (l994). Félix Armando Núñez
Maturín, 1897 - Chile, 1972. Obra poética: La Luna
Eduardo Lezama de otoño ( (1919); La voz íntima (1919); El Corazón
Barcelona, 1941 - 1985. Obra poética: Bajo la abierto (1922); Canciones de todos los tiempos (1943);
refriega (1964); Desde la hierba (1968); Poesía inédita Moradas imprevistas (1945); El Poema de la tarde
(1990). (1952); Poema filial (1953).
Enrique Hidalgo Tiburcio Aparicio Lozada
El Tigre, 1942. Obra poética: Acri lacre (1973); El Maturín, 1906. Obra poética: Graníticos (1960).
libro de Sacha (1978); Canción del agua buena (1983);
Vos si que sois arbolario (1998). José Antonio Ramírez Rausseo
Maturín, 1909 - Caracas, 1976. Obra poética: San-
Eduardo Sifontes gre de quimeras (1932); Riña de gallos (1955); Oda a
Barcelona, 1949 - 1974. Obra poética: Las conju- Venezuela (1963); El espejo de los bosques (1969).
raciones (1975); Señas y contraseñas (1985); La poesía
está en juego (1991). Julián Padrón
San Antonio de Maturín, 1910 - Caracas, 1954.
Ramón Ordaz Obra poética: Poemas Inéditos, en Obras com-
El Tigre, 1948. Obra poética: Esta ciudad, mi sangre pletas (1957).
(1977); Potestades de Zinnia (1979); Antología del otro
(1990); Entreveros (1985); Grafopoemas (1992); Kuma Alarico Gómez
(1997); Albacea (2003). Barrancas, 1922 - Caracas, 1955. Obra poética:
Júbilo del regreso (1947); Poema para inmigrantes y
Julio César Sánchez turistas (1950); Unidad hacia la rosa (1963); Las armas
El Tigre, 1948. Obra poética: La palabra aparente de Odiseo (1953); La técnica del cielo (1953); Antología
(1977). inédita (1955); Los dominios visuales (1956).
Earle Herrera Benito Raúl Losada
El Tigrito, 1949. Obra poética: Penúltima tarde Maturín, 1923. Obra poética: Casimba (1943); So-
(1978); Piedra derramada (1990). ledad y angustia (1945); Canciones y luz menor (1952);
Campanada hacia el alba (1954); Nacerán los caminos
Arnulfo Quintero López (1955); Más allá del relámpago (1960); Poemas 1960);
Barcelona, 1949. Obra poética: Del lado allá del vuelo, Poesías (1964); Los espejos baldíos (1980); Dentro y fuera
del lado allá del canto, del lado allá del tiempo (1990); del hombre (1982); Lebab o los despojos (1983); Por la
Versos de la Taberna del Camino del Olvido (1995); Como redoma azul (1987); A fondo perdido (1988); Tiempo
un rayito de luna (2000); La esencia del hueso perdido transitado (1989); La magia desnuda (1991); El rostro
(2004); Adverbios y azares (2004); De la noche y otros sumergido (1993).
lugares (2004); Los días contados (2005).
Luisa Teresa Sosa
Teresén, 1923. Obra poética: Descalzo y andariego
(1988).

Simón Sáez Mérida


Aragua de Maturín, 1928 - Caracas, 2005. Obra
poética: El adiós (1982); Las piedras, nada más
(1987).

470
José Lira Sosa Jacinto Ramírez Noriega
Maturín, 1930 - Isla de Margarita, 1995. Obra Maturín, 1943. Obra poética: Desde el fondo de la me-
poética: Fiat lux y otros poemas (1954); A la gran moria (publicado con el pseudónimo J. A. Marzier,
aventura (1960); Vicios ceremoniales (1965); Por mi 1988); La ciudad y otros bemoles (2006).
cuenta y riesgo (1967); Oscuro ceremonial (1975);
Contraseña (1982); Enseres y atavíos (1989); Con la Luis Segundo Renaud
palabra en la boca (1994); Poesía (1998); Alrededor de 1944. Obra poética: Las flores del saúco (1990); Casa
la fogata (2006). (1992); Mastranto (2007).

César Suppini Ramonetta Gregori


Maturín, 1930. Obra poética: Comenzar a morir 1944. Obra poética: Las sucesoras (1995); Cantos
(1987); Pozo de cuervos (1988); Hasta el cielo se cansa (1998).
(1996); El olvido de Dios (2006).
Coromoto Renaud
Carlos Ríobueno 1944. Obra poética: Azares (1994); Enero (2004).
Caño Simara, 1930. Obra poética: Veinte plegarias
para mi resurrección (2003); Huellas (2007). Carlos López
1946. Obra poética: Tragos y mortajas (1987); Palabra
Ligia Elena Rojas Millán en celo (1997); Poemas para vírgenes desnudas (2008).
Maturín, 1931. Obra poética: Espacios del silencio
(1983). Omar Velásquez
1947. Obra poética: El lenguaje de las sombras
J. M. Villarroel París (2006).
San Antonio de Maturín, 1932 - Valencia, 1995.
Obra poética: Arquero de la nada (1969); Cantos Zoilo Abel Rodríguez
(1955); Campos de fuego (1974); Dos elegías (1975); El Furrial, 1949. Obra poética: Efectismos y otras
Kerygma (1974); La estrella jubilosa (1958); Pájaros, vainas (1999).
pájaros (1972); Poemas (1972); De un pueblos y sus
visiones (1979). William Torcátiz
Maracaibo, 1949. Obra poética: Armado de amor
Domingo Rogelio León hasta los dientes esculcaré los rincones de tu cuerpo (1996);
El Perú de Caripe, 1935. Obra poética: Kara Sobre la alfombra mágica de tu vientre (1996).
Marú y otros poemas (1961); Poemas y relatos (1982);
Alicascos (1997). Rosa Anka
Lima, Perú, 1949. Obra poética: Mimetismo pendular
Elba Rosa Albertini (1987); Huidos de Saturno (1999)
Caripe, 1936. Obra poética: Presencia de la soledad
(1957); Pétalos al viento (1998); Espejos del silencio
(2006).

Conchita Abreu Rescaniere


Maturín, 1938. Obra poética: Astillas de mi horizonte
(1975).

Miguel Tineo
Mata Negra, 1938. Obra poética: Sed de nubes
(2001); Como una daga (2008).

Perucho Aguirre
La Asunción, Nueva Esparta, 1940. Obra poé-
tica: El mar visto desde mis años (1979); Lastres de
soledad (1991); El canto a las aguas (1991); Papagayo
(2000).

Carlos Báez
Quiriquire, 1943-1997. Obra poética: Palabras
(1997).

471
Nueva Esparta: Luis Castro
Porlamar, 1909 - Caracas, 1933. Obra poética:
Garúa (1969).
Gaspar Marcano
San Juan Bautista, 1781 - Maracaibo, 1821. Obra Heraclio Narváez Alfonzo
poética: Poema del Teniente Coronel y Licenciado Santa Ana del Norte, 1909 - ¿?. Obra poética: En
Gaspar Marcano y otras producciones patrióticas de Poesía margariteña (1967).
1816 y 1817 relativas a la Guerra de Independencia de
Margarita (1917). Margarita Esparta
Porlamar, 1918 - ¿?. Obra poética: Cayuco (1961);
Voces del mar (1965); Tiempo y espacio (1970).
H. Albornoz Lárez
La Asunción, 1874 - 1946. Obra poética: “La
Francisco N. Castillo
esfinge yankee” y “Águilas triunfales” en Poesía
Porlamar, 1920 - 2008. Obra poética: Terruño-Isla y
margariteña (1967).
otros poemas (1957); Espuma migratoria (1957).
Miguel Ángel Mata
Francisco Gutiérrez
La Asunción,1881 - Caracas, 1954. Obra poética:
Porlamar, 1922 - Caracas, 1991. Obra poética: El
Rojos épicos (1917); Isla del mar y de la sangre (1957).
mar de oscuro fondo (1965).
Pedro Navarro González
José Elías Villarroel
Porlamar, 1882 - 1944. Obra poética: “La voz del
Los Millanes, 1924.
muro”. en Poesía margariteña (1967)
Rosauro Rosa Acosta
Jesús Marcano Villanueva
Pampatar, 1925 - Porlamar, 2001. Obra poética:
La Asunción, 1892 - Caracas, 1943. Obra poética: En Poesía margariteña (1967).
El corazón que sabe amar (1924).
Emira Rodríguez
Pedro Rivero Porlamar, 1929. Obra poética: Relaciones (1971);
Porlamar, 1893 - Madrid, 1959. Obra poética: El La casa de alto (1972); Malencuentro pero tenía otro
mar de las perlas (1943); El mar de Ulises y Porlamar nombre (1975).
(1952); El pescador de ánforas (1954); Poemas del mar
(1956). Juan Salazar Meneses
Porlamar, 1929 - Caracas, 1982. Obra poética: Los
Vicente Fuentes huéspedes del verano (1954); El conquistador (1960); Un
Isla de Coche, 1898 - Caracas, 1954. Obra poética: día cuando el viento fue joven (1974).
Poemas (1974).
José Rosa Acosta
Francisco Lárez Granado Pampatar, 1930 - ¿?. Obra poética: Playa feliz
Juangriego, 1903 - 1938. Obra poética: Playas (1971); Aldea sobre el júbilo (1973).
(1936); Cuaderno de mar (1943); Velero-Mundo (1948);
Umbral de ausencia (1955); Grímpolas (1956). Jesús Rosas Marcano
La Asunción, 1931 - Caracas, 2001. Obra poéti-
Luis B. Prieto Figueroa ca: Proclama de la espiga (1958); Pompas y alegrías
La Asunción, 1904 - Caracas, 1993. Obra poéti- (1961); A medio mar (1965); Clavel de muerto y otros
ca: Mural de mi ciudad (1975); Del hombre al hombre claveles (1968).
(1977); Porlamar en el viento (1978); Verba mínima
(1978). Efraín Subero
Pampatar, 1931 - Caracas, 2007. Obra poética:
José Oliveira Estancias del amor iluminado (1956); Todavía la noche
Juangriego, 1905 - ¿? En Poesía margariteña (1964); Casi letanía (1965); Razones (1970).
(1967).
Jesús Ramón Villarroel
P. C. Vásquez y Vásquez Los Millanes, 1932 - 1963.
Porlamar, 1907 - Caracas, 1993. Obra poética:
Renuevos (1987). Ángel Fernando Guilarte
El Valle del Espíritu Santo, 1934 - Caracas, 1990.
Obra poética: Espigas de amor (1960); Tiestos de mi
sangre (1965); Cantamar (1978).

472
José Ramón Villarroel Sucre:
El Valle de Pedro González, 1937 - 1995.

Ángel Félix Gómez Vicente Coronado


Porlamar, 1938. Obra poética: Siete cantos a toda voz Cumaná, 1830 - Caracas, 1896. Obra poética: La
(1963); Juegos proféticos (1971); Los olvidos (1977). victoria de Carabobo (1859); Ensayos poéticos (1887);
Composiciones literarias (1892).
Gustavo Pereira
Punta de Piedras, 1940. Obra poética: Preparativos Miguel Sánchez Pesquera
de viaje (1964); En plena estación (1966); Hasta reventar Cumaná, 1851 - Barcelona, España, 1920. Obra
(1966); El interior de las sombras (1968); Poesía de qué poética: Primeras poesías (1880); Sonetos (1900).
(1970); Los cuatro horizontes del cielo (1973); Libro de
los somaris (1973); Segundo libro de los somaris (1979); Andrés Mata
Vivir contra morir (1988); La fiesta sigue (1992); Escrito Carúpano, 1870 - París, 1931. Obra poética:
de salvaje (1993); Oficio de partir (1998); Dama de El decálogo (1884); Pentélicas (1896); Idilio trágico
niebla (1999). (1898); Poesías escogidas (1930); Poesías (1932);
Selección de poesías (1932); Arias sentimentales y otros
Magaly Salazar poemas (1942).
La Asunción, 1940. Obra poética: No aptos para los
ritos de sacralización (1978); Ardentía (1992); La casa Juan Arcia
del vigía; Bajío de sal; Levar fuego; Siete. Cumaná, 1872 - Caracas, 1931. Obra poética:
Vestigios (1901); Sangre del trópico (1904); Almas y
Cruz Ávila ruinas (1907); Versículos profanos (1921); Versos y
Los Robles, 1944-1987. Obra poética: Libertad prosas (1974).
dudosa (1970); Rendijas del tiempo (1974); Los rieles
del silencio (1978). José María Milá de la Roca Díaz
Cumaná, 1879 - 1911. Obra poética: Aljaba (1907);
Aristas y facetas (1907).

Juan Miguel Alarcón


Cumaná, 1887 - 1932. Obra poética: La fuente de
Castalia (1954).

Andrés Eloy de la Rosa


Cumaná, 1888 - Montevideo, 1947. Obra poética:
Carnes y porcelanas (1929).

Rosa Alarcón Blanco


Cumaná, 1890 - Caracas, 1967. Obra poética:
Pajaritos de aserrín (1972).

José Antonio Ramos Sucre


Cumaná, 1890 - Ginebra, 1930. Obra poética: Trizas
de papel (1921); La torre de Timón (1925); Las formas
del fuego (1929); El cielo de esmalte (1929).

Ramón David León


Cumaná, 1890 - Caracas, 1980. Obra poética: Sol
de invierno (1978).

Agustín Silva Díaz


Cumaná, 1891 - Caracas, 1988. Su obra quedó
dispersa en periódicos y revistas de la época.
Incluido en De poetas olvidados (1994).

Cruz Salmerón Acosta


Manicuare, estado Sucre, 1892 - 1929. Obra poé-
tica: Fuente de amargura (1952).

473
Humberto Guevara
Cumaná, 1892 - 1954. Canto a Sucre (1945); Voces Luis Beltrán Mago
de primavera . Antología poética (1995). Cumaná, 1924. Obra poética: Bajel hacia la estrella
(1956); Sonetos a la isla (1956); Los pasos de la noche
Diego Córdova (1965); Sonetos a Caracas (1966); No es tiempo de callar
Cumaná, 1892 - 1972. Obra poética: Agua errante (1969); Y había una muchacha (1973); Los eucaliptos
(1913); Poemas de ayer y de hoy (1942); Carta de amor miran hacia el sur (1976); El mar donde nací (1985);
a Venezuela y doce poemas a la libertad (1962). Presencia del aire (1993); Morada en el mar (1993);
Poemas devocionales (1998); Poemas de enero (1997);
José Agustín Fernández Del agua y de la lluvia (1998); Canciones del amor y el
Cumaná, 1895 - ¿? Obra poética: Motivos (1941); viento (1999); Itinerario de la sombra (2002).
Pentagrama (1952); Musa traviesa (1957); Música de mi
mundo (1965); Romances de la ciudad luminosa (1970); Ramón Badaracco
Arpa y caney (1973). Cumaná, 1932. Obra poética: Formas.

Andrés Eloy Blanco Helí Colombani


Cumaná, 1896 - México, 1955. Obra poética: Tie- Irapa, 1932 - Caracas, 1992. Obra poética: Poemas
rras que me oyeron (1921); Las cuatro puertas (1924); para rezar de noche (1953); Irapa, dios de las iras (1957);
Poda (1934); Barco de piedra (1937); Baedeker 2000 Voz que rasga el silencio (1960); Hoy me levanto y digo
(1938); A un año de tu luz (1951); Giraluna (1955); (1963); En ejercicio de mí (1968); Desandando soledades
La Juanbimbada (1959). (1982); Poemas de alcoba (1988).

Juan Manuel Rondón Sotillo Jacinto Gutérrez Coll


Macarapana, 1900 - Caracas, 1966. Obra poética: Cumaná, 1935 - Caracas, 1901. Obra poética:
Sinfonía del sur (1928); Poemas anacrónicos (1940); Poesías selectas (1870); Poesías (1926, 1965).
Ardentía (1952); Saludo y elogio de los Andes (1954);
Selección de poemas (1955); Antología poética (1990). Josefina Urbáez de Flores
Tunapuy, 1936. Obra poética: La vida es hoy (1991);
Ramón Imery Tres majaderos y sus cantos (2005).
Carúpano, 1902 - Caracas, 1977. Obra poética:
Poesías completas (1978). Luis José Bonilla
Río Caribe, 1937 - ¿? Obra poética: Bajo la refriega
Luis Mariano Rivera (1964, coautor); Cráneo fosilizado (1965); Libro de
Carúpano, 1906 - 2002. Obra poética: Volveremos lamentaciones (1967).
por esos caminos (1981); Cantos de fragancia amor y
tierra (1991); El universo de mi amor (1994); Siembra Silene Sanabria
de sueños (1996); Canto a las flores, a los pájaros, a la Cumaná, 1941. Obra poética: Incomunicable (1981);
tierra y a mi pueblo (2006). Velada perdurable (1996); Con el polvo de las hojas
(1999); Yo soy la tarde de café (1999).
Julio Zerpa
Cumaná, 1910 - Caracas, 1983. Obra poética:
Canto a Sucre (1974); Veinticinco sonetos a las manos y
un soneto prólogo ((1975); Cumaná, sus poetas y otras
figuras (1980); Décimas (1986).

Aquiles Certad
Cumaná, 1914 - Caracas, 1986. Obra poética: Voces
desnudas (1932); Alma en el viento (1939); Ternura de
hallarte (1940); Territorio del sueño (1954).

Luisa Esther Larrazábal


Río Caribe, estado Sucre, 1916 - Caracas, 1945.
Obra poética: 20 poemas (1947).

Rafael José Gómez


Cumaná, 1920 - ¿? Obra poética: Cruz y arco
(1974).

474
Índice
Anzoátegui
Tomás Ignacio Potentini...........................................................................................11
Mercedes de Pérez Freites........................................................................................17
José Tadeo Arreaza Calatrava...................................................................................20
Rafael Caballero Sarmiento......................................................................................27
Pedro Parés Espino...................................................................................................31
Ángel Celestino Bello................................................................................................34
Luisa del Valle Silva..................................................................................................38
Ada Pérez Guevara.....................................................................................................40
Miguel Otero Silva.....................................................................................................43
Luis José García.........................................................................................................46
Matilde Mármol.........................................................................................................49
Domingo Felipe Maza Zavala...................................................................................53
Carlos César Rodríguez.............................................................................................56
Tomás Alfaro Calatrava.............................................................................................59
J. J. Marcano Maza.....................................................................................................63
Francisco Salazar Martínez.......................................................................................66
Camilo Balza Donatti................................................................................................70
Rafael José Muñoz.....................................................................................................74
José Antonio Castro..................................................................................................79
Jesús Enrique Barrios................................................................................................84
Rafael Petit Jiménez..................................................................................................88
Víctor Salazar.............................................................................................................90
Teresa Coraspe...........................................................................................................95
Eduardo Lezama........................................................................................................98
Enrique Hidalgo......................................................................................................101
Eduardo Sifontes.....................................................................................................104
Ramón Ordaz...........................................................................................................108
Julio César Sánchez.................................................................................................113
Earle Herrera............................................................................................................115
Arnulfo Quintero López..........................................................................................118

Monagas
Félix Antonio Calderón...........................................................................................125
Ramón Pierluissi Ramírez.......................................................................................129
Félix Armando Núñez..............................................................................................132
Tiburcio Aparicio Lozada........................................................................................134
José Antonio Ramírez Rausseo..............................................................................136
Julián Padrón...........................................................................................................138
Alarico Gómez..........................................................................................................144
Benito Raúl Lozada.................................................................................................149

477
Luisa Teresa Sosa....................................................................................................151
Simón Sáez Mérida..................................................................................................154
José Lira Sosa..........................................................................................................156
César Suppini...........................................................................................................162
Carlos Ríobueno......................................................................................................167
Ligia Elena Rojas Millán.........................................................................................169
J. M. Villarroel París.................................................................................................171
Domingo Rogelio León...........................................................................................174
Elba Rosa Albertini.................................................................................................177
Conchita Abreu Rescaniere....................................................................................179
Miguel Tineo............................................................................................................182
Perucho Aguirre.......................................................................................................185
Carlos Báez...............................................................................................................187
Jacinto Ramírez Noriega.........................................................................................190
Luis Segundo Renaud.............................................................................................193
Ramonetta Gregori..................................................................................................198
Coromoto Renaud...................................................................................................200
Carlos López............................................................................................................202
Omar Velásquez.......................................................................................................205
Zoilo Abel Rodríguez...............................................................................................206
William Torcátiz.......................................................................................................209
Rosa Anka.................................................................................................................211

Nueva Esparta
Gaspar Marcano.......................................................................................................217
H. Albornoz Larez....................................................................................................221
M. A. Mata................................................................................................................224
Pedro Navarro González..........................................................................................228
Jesús Marcano Villanueva.......................................................................................233
Pedro Rivero.............................................................................................................238
Vicente Fuentes.......................................................................................................241
Francisco Lárez Granado........................................................................................245
Luis B. Prieto F.........................................................................................................250
José Oliveira.............................................................................................................254
P. C. Vásquez Vásquez.............................................................................................259
Luis Castro...............................................................................................................262
Heraclio Narváez Alfonzo........................................................................................266
Margarita Esparta....................................................................................................269
Francisco N. Castillo...............................................................................................272
Francisco Gutiérrez..................................................................................................276
José Elías Villarroel.................................................................................................280
Rosauro Rosa Acosta..............................................................................................284
Emira Rodríguez......................................................................................................289
Juan Salazar Meneses..............................................................................................295
José Rosa Acosta.....................................................................................................300
Jesús Rosas Marcano..............................................................................................305

478
Efraín Subero...........................................................................................................312
Jesús Ramón Villarroel............................................................................................318
Ángel Fernando Guilarte.........................................................................................320
José Ramón Villarroel..............................................................................................324
Ángel Félix Gómez...................................................................................................326
Gustavo Pereira.......................................................................................................329
Magaly Salazar.........................................................................................................334
Cruz Ávila.................................................................................................................337

Sucre
Vicente Coronado....................................................................................................341
Miguel Sánchez Pesquera.......................................................................................346
Andrés Mata.............................................................................................................350
Juan E. Arcia.............................................................................................................353
José María Milá de la Roca Díaz.............................................................................357
Juan Miguel Alarcón................................................................................................363
Andrés Eloy de la Rosa...........................................................................................365
Rosa Alarcón Blanco...............................................................................................369
José Antonio Ramos Sucre ....................................................................................372
Ramón David León..................................................................................................377
Agustín Silva Díaz....................................................................................................381
Cruz Salmerón Acosta.............................................................................................385
Humberto Guevara..................................................................................................389
Diego Córdova.........................................................................................................398
José Agustín Fernández...........................................................................................400
Andrés Eloy Blanco.................................................................................................404
J. M. Rondón Sotillo................................................................................................413
Ramón Imery............................................................................................................421
Luis Mariano Rivera................................................................................................425
Julio Zerpa................................................................................................................429
Aquiles Certad.........................................................................................................431
Luisa Esther Larrazábal..........................................................................................435
Rafael José Gómez...................................................................................................438
Luis Beltrán Mago...................................................................................................442
Ramón Badaracco...................................................................................................447
Helí Colombani.......................................................................................................451
Jacinto Gutiérrez Coll..............................................................................................455
Josefina Urbáez de Flores.......................................................................................460
Luis José Bonilla......................................................................................................462
Silene Sanabria........................................................................................................465

479
Cien + 20 poetas orientales, se terminó de imprimir en el mes
de diciembre de 2010. En su composición se utilizaron los
tipos digitales Novarese Book de 8, 10, 12 y 15 puntos. El
texto fue impreso en pliegos Tamcremy de 55 grs. y para
las tapas se utilizó sulfato sólido 0,14. La edición consta
de 1.000 ejemplares.

20 años
1990 - 2010
En el principio era el verbo

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