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Reseña del libro Tender Un Puente del padre James Martin

El libro del padre James Martin, como él mismo lo admite, es un intento de construir
un puente entre los católicos LGBTI y la estructura eclesiástica, puente que
considera roto por una serie de prejuicios sostenidos por ambas partes. En su
introducción, el padre Martin agradece a todos aquellos que hicieron posible la
publicación de su libro, incluyendo al superior de la orden jesuita de su provincia, el
P. Cecero al que agradece “también su aprobación eclesiástica para la publicación
del libro” (pág. 12) y el hecho de haber pasado el Censor Librorum. En el libro, el
padre Martin clarifica que no encuentra sentido en discutir ciertos temas, como el
de las relaciones entre las personas del mismo sexo o el matrimonio homosexual,
porque considera que están en “un terreno en el que ambas partes están,
simplemente, excesivamente distanciadas” (pág. 16). Así que su libro
aparentemente versa únicamente sobre el deseo de acercar a los creyentes de la
comunidad LGBTI a la religión institucional con el propósito de sanar sus heridas y
contribuir a un diálogo constructivo. La Iglesia, según el padre Martin, se encontraría
lesionada y necesitaría un remedio nuevo para poder alcanzar su unidad verdadera.
En lugar de afirmar, como hace el Catecismo citando a Orígenes, que “donde hay
pecados, allí hay desunión, cismas, herejías, discusiones. Pero donde hay virtud,
allí hay unión” (Catecismo de la Iglesia Católica, N.817), el padre Martin culpa más
bien a la intolerancia y desconocimiento de la jerarquía eclesiástica de semejante
problema.

Para el padre Martin “los católicos LGBTI constituyen hoy, probablemente, el grupo
más marginado en la iglesia, y por eso creo que Cristo les ama con un amor
especial” (pág., 131), y por eso considera que es necesario que la Iglesia adopte
una nueva aproximación al tema. El padre jesuita invita a ambos grupos a entablar
un diálogo por medio de una serie de pasajes del Evangelio y documentos
doctrinales de la Iglesia, los cuales permitirían una nueva apertura sobre un tema
polémico y que, al día de hoy, se ha convertido en parte de las “guerras culturales”
entre los creyentes y la sociedad liberal. Es interesante anotar que, la estrategia
usada por el padre Martin para distender semejante tensión polarizadora, recuerda
bastante a la empleada por cierta parte izquierdista de la estructura eclesiástica
para entablar un diálogo activo con el comunismo. Hace más de cincuenta años, el
doctor Plinio Corrêa de Oliveira, en su texto Trasbordo ideológico inadvertido y
diálogo, reveló las estratagemas usadas por el comunismo para infiltrarse en los
medios católicos por medio de la dialéctica. El doctor Plinio planteaba así que, por
medio del diálogo y el uso de “palabras-talismán”, las fuerzas socialistas terminaban
por manipular el significado de los conceptos para irlos acercando a sus propias
posiciones sociales revolucionarias. Esto se lograba gracias al uso de términos que
poseían un significado “residual” que podía ser manipulado a voluntad en una
discusión: “cada palabra constituye una especie de talismán destinado a ejercer
sobre las personas un efecto psicológico propio. Y el conjunto de los efectos de esa
constelación de talismanes nos parecía capaz de operar en las almas una
transformación paulatina más profunda” (1). Del mismo modo, el padre Martin se
vale de una serie de “palabras-talismán”, es decir, de términos que son
reinterpretados con el fin de ajustarse al diálogo productivo entre la Iglesia y la
comunidad LGBTI. “Respeto”, “compasión” y “sensibilidad” son las palabras
favoritas del autor que él mismo extrae del Catecismo de la Iglesia Católica, sobre
todo de su parágrafo 2358 que versa sobre la castidad y los actos homosexuales.
Realizando un verdadero trasbordo ideológico, el padre Martin se dedica a trastocar
todas las categorías doctrinales y tradicionales de la Iglesia para adaptarlas a fines
más acordes con los tiempos modernos. Retomando las palabras de la Iglesia en el
catecismo, el padre Martin plantea una verdadera convergencia entre ambos
sectores con el fin de construir un puente de doble vía que apaciguaría los ánimos
de dos comunidades irreconciliables.

Valiéndose del lenguaje de la corrección política y de los medios a su alcance, el


jesuita se explaya en explicar la necesidad de ajustar los nombres de las cosas a
los tiempos modernos y abandonar el uso de elementos anticuados en el lenguaje
que no hace ningún bien. Cuando habla de “respeto”, el padre Martin ataca términos
como “«aquejado de la atracción por personas del mismo sexo», que ninguna
persona LGBTI utiliza, e incluso «persona homosexual», por ser excesivamente
fríos y que no tienen sentido”, en cambio recomienda usar términos como “nuestros
hermanos gais, nuestras hermanas lesbianas y nuestros hermanos y hermanas
transexuales como prefieren llamarse” (pág. 36). De este modo, crea las
condiciones para la aceptación semántica de los nombres usados por la ideología
de género y los grupos feministas en su lucha contra las “estructuras lingüísticas”
que consideran opresivas, prejuiciosas y mal intencionadas. Sin embargo, el padre
Martin va aún más lejos: destaca el “respeto” como un valor propio de la comunidad
LGBTI, a la que considera dotada naturalmente de otras evangélicas: fidelidad,
amor, abstinencia, “perseverancia”, “comprensión” y “caridad”. Hablando del trato
hacia personas con discapacidades físicas, el padre Martin cita a una doctora en
cuya “experiencia, son muchos los que tienden a juzgar a las personas con
discapacidades físicas, mientras que las personas LGBTI no parecen sentir de tal
modo la necesidad de juzgar” (pág. 38). Es más, en su libro llega afirmar que en su
propia experiencia religiosa ha conocido “a muchos sacerdotes gais célibes,
religiosos gais y religiosas lesbianas. En ocasiones, ellos han sido mis directores
espirituales, mis confesores e incluso mis superiores religiosos” (Ibid.). Y a
continuación escribe sobre la posibilidad de que muchos santos canonizados por la
Iglesia fueron en realidad hombres y mujeres enamorados de personas de su mismo
sexo. “¿Quiénes? Es difícil decirlo. Tal vez imposible, teniendo en cuenta cuán
escasamente se habría comprendido, admitido y ni siquiera hablado sobre la
homosexualidad en el pasado. Sin embargo, a mi modo de ver, hay algunos santos
que, al menos basándonos en sus escritos y en lo que sabemos acerca de sus
vidas, parecen haber sido lo que hoy llamaríamos gais o lesbianas. Pero repito que
es muy difícil saberlo con absoluta seguridad” (pág. 40). Y como prueba para
quienes pasen a la otra vida, el padre Martin especula que quienes muestran su
intolerancia en la tierra contra estos grupos terminaran por sorprenderse “al ser
recibidos en el cielo por un montón de santos gais y santas lesbianas. Y quienes se
sienten ofendidos tal vez descubran que su actitud ha sido perdonada por esos
mismos santos” (pág. 41).
En cuanto a la “compasión”, el padre Martin no se queda atrás: plantea una Iglesia
que se convierta en “arca de salvación” y aceptación de los católicos LGBTI. La
Iglesia, como institución, se convertiría en un lugar de acogida para las
comunidades perseguidas y los “pobres de este mundo”, esta vez ya no
representados por el proletariado mundial oprimido por las fuerzas del capitalismo
internacional, sino por los grupos discriminados por su orientación sexual: “Si
escuchamos atentamente, oiremos también las llamadas en petición de ayuda y de
oración, especialmente en tiempos y lugares de persecución. Y si nuestros
hermanos y hermanas LGBTI son perseguidos, los dirigentes de la iglesia están
llamados a permanecer a su lado. En muchos lugares del mundo, las personas
LGBTI están expuestas a sufrir las más terribles formas de prejuicios, violencias e
incluso asesinatos” (pág. 47). Citando numerosos ejemplos, el padre Martin nos
habla de una Iglesia compuesta por hombres homosexuales que cuidarían entre sí
en la enfermedad, abuelos con nietos “gais”, mujeres casadas con hombres
castrados y vestidos de mujeres, jóvenes que experimentarían libremente su
sexualidad, etc. Para él, todas estas formas de vida “postmodernas” no serían el
resulta de apetitos e inclinaciones desordenados que perderían a las almas en el
pecado, sino verdaderos ejemplos de vida a seguir. Por eso, mientras critica a los
conservadores por tener puntos de vista muy cerrados, invita más bien a la Iglesia
“celebrar y atesorar algo más que los meros dones de los católicos LGBTI. Podemos
celebrar y atesorarlos a ellos” (pág. 51), este sería el verdadero llamado evangelio,
pues Cristo no criticaba “a quienes eran débiles pero solidarios. A quienes criticaba
Jesús era, más bien, a quienes eran fuertes pero insolidarios” (pág. 49)

El tercer término que explora el padre Martin es el de “sensibilidad”, que él mismo


define como “el encuentro, el acompañamiento y la amistad”. Para el padre James,
la falta de “sensibilidad” de la Iglesia institucional hacia las comunidades LGBTI
sería resultado de “que muchos de sus dirigentes aún no conocen a muchas
personas gais o lesbianas” (pág. 52), por lo que esta falta de convivencia seria fruto
de un fariseísmo teológico, el cual se contentaría con reglas externas y dejaría de
lado la voluntad y el valor moral de los miembros del cuerpo eclesiástico. Esto habría
causado una ruptura al interior del mismo cuerpo de la Iglesia que se expresaría en
el lenguaje oficial como la carencia de “una aguda conciencia de lo que puede
causar daño u ofender a alguien” (pág. 57). En nombre de la “sensibilidad” el padre
Martin incluso invita a reescribir el catecismo para usar un lenguaje menos cruel
para con los vicios y pecados: “denominar como «objetivamente desordenada» la
sexualidad de una persona significa decirle a una persona que todo cuanto tiene
que ver con su amor, aún el más casto, es desordenado. Lo cual parece
innecesariamente cruel” (pág. 58), y a continuación cita una conversación con una
madre de un joven gay para quien este lenguaje no era apto para un niño:
«¿Entiende la gente lo que puede significar para un muchacho gay de catorce años
leer un lenguaje como ese? Podría destruirlo». Tales correctivos nos recuerdan a
ciertos comentaristas bíblicos y teólogos que abogan por censurar o eliminar ciertos
pasajes de la Biblia donde se denuncian los vicios humanos, y, en nombre de los
niños y jóvenes, pretenden tachar escenas como las de Noé desnudo frente a sus
hijos o los adulterios del rey David por ser dañinas a la mentalidad juvenil.
A todo esto, vale la pena preguntarse, ¿cuáles son los textos bíblicos y doctrinales
que el padre Martin usa para justificar sus enseñanzas? El padre Martin deja claro
que sus intenciones parten de una comprensión de la teología moral, para eso cita
constantemente a San Pablo y los Evangelios Sinópticos que para él revelarían la
verdadera praxis a seguir por parte de los obispos, sacerdotes y diáconos de la
Iglesia. Cita sobre todo la primera Carta de San Pablo a los Corintios, con su
metáfora orgánica que compara a la Iglesia a un cuerpo humano sometido al dolor,
a esto agrega las parábolas del “Buen Samaritano”, el llamado de “Jesús a Pedro”,
la aparición de “Cristo a María Magdalena”, los discípulos en el “Camino a Emaús”
y algunos Salmos, pero deformando por completo el significado de las Escrituras.
El padre Martin obvia por completo las enseñanzas de San Pablo sobre la sodomía
y los desórdenes sexuales que él observaba en los paganos de su tiempo. En la
misma Epístola a los Corintios que cita el padre Martin, San Pablo nos habla sobre
la inequidad y la maledicencia del género humano y los terribles efectos del pecado:
“¿No sabéis que los inicuos no heredarán el reino de Dios? No os hagáis ilusiones.
Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los
sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los
que viven de rapiña, heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6, 9-10). Y repetimos
nosotros: ni los afeminados ni sodomitas heredaran el reino de los cielos. Más aún,
en su famosa Epístola a los Romanos, San Pablo incluso realiza un diagnóstico del
origen de este mal en la sociedad: San Pablo culpa al paganismo, a la incredulidad
y a la mentira como el origen de los desórdenes morales de los griegos y romanos,
explicando como estos males no solo afectaron sus almas sino que también
“afearon sus cuerpos”, precipitándolos en el pecado: “Ellos trocaron la verdad de
Dios por la mentira, y adoraron y dieron culto a la creatura antes que al Creador…
Por esto los entregó Dios a pasiones vergonzosas, pues hasta sus mujeres
cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza. E igualmente los varones,
dejando el uso natural de la mujer, se abrazaron en mutua concupiscencia,
cometiendo cosas ignominiosas varones con varones, y recibiendo en sí mismos la
paga merecida de sus extravíos” (Romanos 1, 25-27). Para el padre Martin no se
trata, por tanto, de oponerse al pecado como lo hizo realmente San Pablo, sino dejar
entrar el “humo de Satanás” en la Iglesia y quemar los altares.

La deformación de los textos eclesiásticos por parte del padre Martin no conoce
tampoco límites. Para sustentar sus innovaciones hermenéuticas no recurre ni a la
patrística o la escolástica, ni mucho menos a la Sagrada Tradición o al Magisterio
de la Iglesia, sino a la imaginación ignaciana y a los Ejercicios Espirituales del
fundador de la Compañía de Jesús: “Este método de oración puede resultarle
extraño al lector; pero, dado que la imaginación es uno de los dones que Dios nos
ha concedido, Él puede actuar a través de ella” (pág. 81). Al parecer el padre Martin,
arrebatado por el furor místico neomodernista, es incapaz de diferenciar el uso de
la imaginación simbólica para comprender el universo profundo del sentido de los
símbolos y el delirio psíquico individual. Por medio de imaginación uno puede
“imaginarse a sí mismo en la escena y observar la clase de sentimientos, recuerdos,
intuiciones, deseos y emociones que brotan en él” (Ibid.), y de este modo
reinterpretar una serie de escenas evangélicas que estarían adaptadas al nuevo
público de la Iglesia: la comunidad LGBTI. Siguiendo a los exegetas modernistas en
su afán por alterar las escrituras y abandonar por completo la Sagrada Tradición, el
padre Martin llega a afirmar que la mujer samaritana (identificada por la Tradición
como María Magdalena) que conoció Jesús se convirtió en un “apóstol” (pág. 106),
señalando los paralelismos entre la escena del cántaro de agua y el llamado de los
apóstoles que pescaba en sus balsas. Destaca el papel activo de María Magdalena,
convirtiéndola a ella “en la Iglesia en la tierra”, pues “únicamente a ella le había sido
revelado el «Misterio Pascual», es decir, la vida, muerte y resurrección de Jesús”
(pág. 108), papel que los teólogos y místicos habían reservado a la Virgen María.
También reinterpreta la aparición de Cristo en el camino de Emaús, señalando que
los discípulos a los que se le apareció, al menos uno de ellos, de sexo incierto,
podría ser mujer: “Algunos especialistas en Nuevo Testamento han hecho notar que
no se menciona el sexo del segundo discípulo (el que acompaña a Cleofás). De
modo que ese otro discípulo puede perfectamente haber sido su mujer” (pág. 110).
Quizás el lector pueda hacerse a la idea de que el padre Martin, con todos estos
textos y su imaginación descarriada, parece insinuar el sacerdocio femenino, la
abolición del celibato eclesiástico y quizás incluso las relaciones afectivas y carnales
entre María Magdalena con Jesucristo.

Ahora bien, ¿cuál es la base filosófica del pensamiento del padre James Martin?
Como el mismo deja en claro a lo largo de su libro, ya no se trata de una pastoral
contemplativa que partiría de los principios metafísicos de la Eternidad y el Cielo,
sino de una nueva “praxis” eclesial que pone por encima la acción sobre la doctrina.
Para justificar sus puntos de vista el padre Martin cita la exegesis neomodernista de
sus maestros de la Compañía de Jesús, sobre todo del padre Daniel J. Harrington
y John R. Donahue que ven en el Evangelio una especie de manual socialista del
siglo primero. De este modo interpretan ambos teólogos el episodio de Zaqueo,
publicano corrupto y pecador que se arrepiente frente al Salvador, como un ejemplo
de esta tendencia: «La praxis de Jesús aquí descrita manifiesta una innegable
preferencia por los marginales… La iglesia se enfrenta hoy al desafío de emplear
sus energías y sus recursos no solo en los “bien vistos” y en los fuertes, sino también
(y especialmente) en los que tienen necesidad de ser sanados y sentirse aceptados
por Dios» (pág. 56). En este sentido, el autor parece dar la bienvenida al gran temor
de S.S. Juan Pablo II cuando advertía al clero que “inmersos en el ´relativismo´
intelectual y moral, y por esto, en el permisivismo, los cristianos se ven tentados por
el ateísmo, el agnosticismo, el iluminismo vagamente moralista, por un cristianismo
sociológico, sin dogmas definidos y sin moral objetiva” (2). Precisamente, al hacer
primar la acción sobre la contemplación el padre Martin, que durante todo el texto
se cuida de criticar la doctrina de la Iglesia, a la cual “como sacerdote católico, jamás
he puesto en duda tal doctrina, y jamás lo haré” (pág. 131), realiza en la práctica
una subversión total. Nos recuerda mucho al proceder de Marx que, al tratar sobre
los orígenes y fundamentos del “sentimiento religioso”, encontraba que los
conceptos tenían su origen en prácticas sociales: “después de descubrir la familia
terrenal como el secreto de la Sagrada Familia, hay que aniquilar teórica y
prácticamente la primera” (3). Con ello Marx quería hacer énfasis en que una vez
destruida la práctica también era destruido el concepto, y para realizar semejante
transformación es necesario cambiar la praxis institucional y social. Quizás siendo
consciente de semejantes principios, el padre James intenta anestesiar la opinión
de sus críticos al declarar que no hace innovación alguna: el “temor a que cualquier
intento de «tender un puente», de escuchar las experiencias de personas
anteriormente consideradas como «otros», o de animar a la gente a reflexionar
sobre un nuevo modo de praxis eclesial equivalga a propugnar un cambio radical
en la doctrina de la iglesia” (pág. 18). Al hablar del Derecho Natural, base de la
teología y de la interpretación filosófica de la Iglesia Católica, solo lo cita dos veces:
la primera para dar un ejemplo de un obispo contrario a los grupos LGBTI que se
aferra a la “a la ley natural, por encima de las ciencias y las propias Escrituras” (pág.
64), y la segunda vez para referirse al origen de la doctrina eclesiástica sobre los
afectos desordenados partiendo de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, que para
él no hace referencia a “una descripción psicológica, sino proveniente de la
perspectiva filosófica y teológica” (pág. 132) que la Iglesia siempre ha defendido.

Finalmente, el padre Martin propone un cuestionario diseñado no para escudriñar


en la conciencia el pecado, sino para aceptar la homosexualidad como una realidad
humana. La segunda parte de todo el libro se dedica exclusivamente a esto. La
metanoia, la conversión de una persona, que en el lenguaje eclesiástico iba dirigida
por completo a la transformación psicología y total de un alma que se unía a Dios,
ya no va dirigida a los pecadores o a las personas con afectos desordenados, sino
que debe aplicarse a los creyentes que no aceptan esta nueva pastoral y praxis y
que, cargados de prejuicios, siguen aferrándose a conceptos anticuados: “Por tanto,
no pretendo decir que las únicas personas llamadas a la conversión sean las
personas LGBTI, o que estas estén llamadas a una «terapia de conversión», una
ridícula y desacreditada metodología que trata de «transformar» a las personas
LGBTI en personas heterosexuales. La conversión –metanoia– es para todos” (pág.
56). Como al parecer para el padre Martin no existe objetivamente el pecado, y no
considera las tendencias desordenadas como parte del mismo, silencia por
completo esta categoría fundamental de la Iglesia. Para el padre Martin tampoco
parece existir la apostasía, pues para él en virtud de “vuestro bautismo, tenéis tanto
derecho a estar en la iglesia como el papa, como vuestro obispo y como yo” (pág.
78). Sin embargo, guarda por completo silencio acerca de las enseñanzas de los
Apóstoles y los Padres de la Iglesia quienes consideraban que la salvación era
posible sólo a través de la perseverancia, viendo en las tentaciones, el engaño y las
persecuciones las causas profundas del rechazo completo de la fe cristiana. En su
lugar, el padre Martin parece empeñado en construir una religión a la medida del
hombre de hoy, que ya no sería el cristianismo, sino “la impostura religiosa suprema
del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a
sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne”
(Catecismo de la Iglesia Católica, N. 675).

A modo de conclusión , podríamos decir que para el padre Martin el Pontífice


romano, cuya etimología, Pontificex, significa “constructor de puentes”, es decir
aquel cuya misión simbólica es la unir el cielo y la tierra, debe dejar de lado la
búsqueda de la unión del alma con Dios, la Comunión de los Santos o la
preservación del “Tesoro de Verdad” custodiado por la Iglesia latina, en cambio
debe buscar crear una Iglesia igualitaria, horizontal, humana, al servicio de las
causas sociales. La Iglesia convertida en una gigantesca ONG que velaría por los
derechos sociales de las minorías sexuales y los marginados en un mundo
fragmentado por las riquezas, la tecnología, los prejuicios y las injusticias de todo
tipo. Sin duda, esta nueva eclesiología y misiología, propuesta por este miembro de
la Compañía de Jesús, es una especie de manifiesto que pretende unir a ciertos
sectores de la estructura eclesiástica con las minorías sexuales y culturales de la
sociedad civil, forjando de este modo una alianza que buscaría activamente una
reestructuración total de la misión histórica de la Iglesia. El libro del padre Martin se
sumaría así a otro libro de actualidad como el publicado por Frédéric Martel,
Sodoma, que invita a los prelados de la Iglesia Católica a declarar abiertamente su
propia orientación homosexual y cambiar su doctrina sobre tal tema (4). Será de
esta “nueva alianza” ideológica de los sectores neomodernistas de la Iglesia y del
movimiento progresista de la sociedad civil de donde saldrán los nuevos sujetos de
la revolución cultural en marcha, nueva ola revolucionaria que pretende derribar el
último muro de contención del mal para instaurar en el mundo el Reino de la
Iniquidad.

Notas:

Para este trabajo usamos la edición del libro del padre James Martin, Tender un
puente, Ediciones Mensajero, versión digital, 2018.
Plinio Correa de Oliveira, Trasbordo ideológico inadvertido y diálogo, Centro
Cultural Cruzada, Medellín, 2016, pág. 25.
S.S. Juan Pablo II, ‘Misiones al pueblo para los años 80’, viernes 6 de febrero de
1981, consultado en http://w2.vatican.va/content/john-paul-
ii/es/speeches/1981/february/documents/hf_jp-ii_spe_19810206_missioni.html
Karl Marx y Frederic Engels, La ideología alemana, Ediciones Pueblo Unido,
Montevideo, 1974, pág. 667.
Roberto de Mattei, Un panfleto LGBT contra la Iglesia, consultado en Adelante la
Fe, https://adelantelafe.com/un-panfleto-lgbt-contra-la-iglesia/.