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LA PRECIOSA

SANGRE DE CRISTO

Para sobrevivir, todos necesitamos ciertos elementos básicos, como por


ejemplo: agua, oxígeno, alimento, vestido y vivienda. Además, nuestro cuerpo
requiere de cierta cantidad de proteínas, vitaminas y minerales. Sin éstos,
moriríamos, o cuando menos, sufriríamos mucho.

Lo mismo ocurre en nuestra vida espiritual. La vida espiritual, al igual que la


vida física, requiere de ciertos elementos básicos, los cuales son indispensables.
Sin éstos, nos sería difícil sobrevivir como cristianos en un mundo que no
conoce a Cristo. Uno de estos elementos básicos es la sangre de Cristo.

¿Por qué necesitamos la sangre de Cristo? Porque esencialmente, como seres


caídos que somos, tenemos tres problemas fundamentales. De hecho, a pesar de
que somos cristianos, todavía tenemos una vida humana caída. Por tanto, es
posible que cada día nos asedien estos problemas.

Estos tres problemas están relacionados con tres personas: Dios, nosotros y
Satanás. Con respecto a Dios, con frecuencia nos sentimos separados de El; con
respecto a nosotros mismos, a menudo nos sentimos culpables; y con respecto a
Satanás, a menudo nos sentimos acusados. Estos tres —estar separados de Dios,
los sentimientos de culpa y las acusaciones que provienen de Satanás— pueden
constituir tres enormes problemas en nuestra vida cristiana. ¿Cómo podemos
vencerlos? Solamente por medio de la sangre de Cristo.

ESTAR SEPARADOS DE DIOS

Cuando Adán pecó en el huerto de Edén, inmediatamente se escondió de Dios.


Antes que Adán pecara, él disfrutaba a Dios y estaba en Su presencia
continuamente. Pero después que Adán pecó, se escondió de Dios. El pecado
siempre nos separa de Dios.

Aunque seamos cristianos, es posible que tengamos una experiencia semejante.


Después de haber cometido un pecado pequeño, sentimos que ha surgido una
gran separación entre nosotros y Dios. Dios es justo y no puede tolerar ninguna
clase de pecado. A esto se refirió el profeta Isaías cuando dijo: “He aquí que no
se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado Su oído para
oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios,
y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros Su rostro para no oír” (Is.
59:1-2).

Después que Adán pecó, Dios no le dijo: “Adán, ¿qué has hecho?”; más bien,
Dios dijo: “Adán, ¿dónde estás?”. En otras palabras, Dios no se preocupa tanto
por los pecados que cometemos, como por el hecho de que éstos nos separan de
El. Dios nos ama, pero aborrece nuestros pecados. Mientras permanezcan
nuestros pecados, Dios tiene que mantenerse alejado de nosotros. En tal
condición, nos sentimos lejos de Dios. Nuestros pecados deben desaparecer
para que Dios pueda venir a nosotros.

En todo el universo sólo existe un elemento capaz de quitar nuestros pecados: la


preciosa sangre de Cristo. Nuestras oraciones, lágrimas, ritos, penitencias,
promesas, remordimiento o el tiempo mismo, no pueden quitar nuestros
pecados. Solamente la preciosa sangre de Cristo puede quitar nuestros pecados.
Hebreos 9:22 dice que “sin derramamiento de sangre no hay perdón”.

En el libro de Exodo encontramos un buen ejemplo de esto. Es posible que


algunos de los hijos de Israel hubieran sido tan pecaminosos como los egipcios.
No obstante, cuando Dios envió a Su ángel para matar a todos los primogénitos
de la tierra de Egipto, no dijo: “Cuando vea Yo vuestro buen comportamiento,
pasaré de vosotros”. Tampoco les exigió a los hijos de Israel que oraran, que
hicieran alguna penitencia o que prometieran comportarse bien. En lugar de
ello, Dios les mandó que inmolaran un cordero pascual y que untaran su sangre
en los dinteles de las casas. Luego les dijo: “Y veré la sangre y pasaré de
vosotros” (Ex. 12:13). Dios en ningún momento se fijó en qué tipo de personas
eran las que estaban reunidas en cada casa, sino que simplemente, al ver la
sangre, pasó de ellos.

Aquel cordero pascual es un cuadro de Cristo. Cuando Juan el Bautista vio al


Señor por primera vez, proclamó: “¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el
pecado del mundo!” (Jn. 1:29). Jesús es el Cordero de Dios, y por Su preciosa
sangre, todos nuestros pecados han sido quitados.

¿Qué debemos hacer, entonces, cuando hemos pecado y nos sentimos alejados
de Dios? Simplemente, debemos confesar ese pecado a Dios y creer que la
sangre de Jesús lo ha quitado. En 1 Juan 1:9 dice: “Si confesamos nuestros
pecados, El es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de
toda injusticia”. Una vez que hayamos confesado nuestros pecados,
inmediatamente se desvanecerá toda distancia que haya entre nosotros y Dios.

En tal momento, no nos debe preocupar si sentimos o no que hemos sido


perdonados. La sangre de Cristo es derramada primeramente para la
satisfacción de Dios, y no para la satisfacción nuestra. Recordemos que Dios
dijo: “Veré la sangre” (no dijo veréis la sangre). En la noche de la Pascua, los
hijos de Israel se encontraban reunidos dentro de sus casas y la sangre del
cordero estaba afuera. Dentro de la casa, ninguno de ellos podía ver la sangre;
no obstante, tenían paz al saber que Dios estaba satisfecho con aquella sangre.
Una vez al año, en el día de la expiación, el sumo sacerdote entraba solo al Lugar
Santísimo para rociar la sangre sobre el propiciatorio, la cubierta del arca (Lv.
16:11-17). A nadie se le permitía observar. Esto es una sombra de Cristo quien,
después de Su resurrección, entró en el tabernáculo celestial y roció Su propia
sangre delante de Dios como propiciación por nuestros pecados (He. 9:12). Hoy
nadie puede ir a inspeccionar los cielos y ver la sangre; pero ciertamente está
allí. La sangre está allí hablando a favor nuestro (He. 12:24) y satisfaciendo a
Dios por nosotros. Aunque no veamos la sangre, sí podemos creer en su eficacia.
Esta sangre resuelve el problema que tenemos con Dios.

Si Dios considera que la sangre de Cristo es suficiente para quitar nuestros


pecados, ¿por qué no considerarla igual nosotros? ¿Acaso además de esto se
requiere que nos sintamos bien? ¿Pueden ser nuestros requisitos más elevados
que los de Dios? ¡No! Lo único que nos toca hacer es confesar: “Oh, Dios, te doy
gracias porque la sangre de Cristo ha quitado todos mis pecados. Si Tú estás
conforme con esta sangre, yo también”.

LOS SENTIMIENTOS DE CULPA


EN NUESTRA CONCIENCIA

El segundo problema crucial del hombre, tiene que ver consigo mismo.
Interiormente, en su conciencia, el sentimiento de culpa es muy intenso.
¡Cuántos jóvenes hoy en día están agobiados por sentimientos de culpa! Esta
culpa es un gran problema para el hombre.

Nuestros pecados, por una parte, ofenden a Dios, y por otra, nos contaminan.
¿Qué es el sentimiento de culpa? Es la mancha que dejan los pecados en nuestra
conciencia. La conciencia de un niño no está muy manchada. Pero a medida que
crece, las manchas se acumulan. La conciencia es como una ventana que si
nunca se lava, se oscurece cada vez más hasta que finalmente muy poca luz
puede penetrar.

No existe ningún detergente, componente químico ni ácido que pueda quitar las
manchas, los sentimientos de culpa, presentes en nuestra conciencia. Ni
siquiera una bomba nuclear podría hacer desaparecer estas manchas; no,
nuestra conciencia requiere de algo aún más poderoso. Lo que necesita nuestra
conciencia es la preciosa sangre de Cristo.

Hebreos 9:14 dice: “¿Cuánto más la sangre de Cristo ... purificará nuestra
conciencia de obras muertas para que sirvamos al Dios vivo?”. La sangre de
Cristo es lo suficiente poderosa para purificar y limpiar nuestra conciencia de
toda mancha de culpabilidad.
¿Cómo puede la sangre purificar nuestra conciencia? Supongamos que usted
recibe una multa por estacionarse indebidamente. En ese momento usted tiene
tres problemas: primero, ha quebrantado la ley; segundo, debe al gobierno una
multa; y tercero, tiene una nota que le recuerda de la multa. Supongamos
además que usted no tiene dinero y que se le hace difícil pagar la multa. No
puede tirar la nota en la basura, porque la policía tiene copia de ella y
entablarán una acción judicial contra usted si no paga. Así que tiene un
verdadero problema.

Esto es un cuadro de lo que sucede cada vez que pecamos. Primero, hemos
quebrantado la ley de Dios, es decir, hemos hecho algo que ofende a Dios. En
segundo lugar, debemos algo a la ley de Dios. Romanos 6:23 dice que la paga del
pecado es muerte. Esta es una multa muy cuantiosa, imposible de pagar. Y en
tercer lugar, tenemos un sentimiento de culpa en nuestra conciencia, semejante
a la nota que guardamos en el bolsillo, la cual persistentemente nos recuerda del
delito.

Ahora anunciaremos las buenas nuevas. Cuando Jesucristo murió en la cruz, Su


muerte satisfizo plenamente todos los requisitos de la ley de Dios. En otras
palabras, la deuda que teníamos a causa de nuestros pecados ya fue pagada.
¡Alabado sea el Señor! ¡Jesucristo pagó todo por medio de Su muerte en la cruz!

Los primeros dos problemas han quedado resueltos: Dios ya no tiene nada
contra nosotros, y la deuda del pecado ha sido pagada. ¿Y qué de nuestra
conciencia? La mancha de culpabilidad, igual que la nota, aún permanece con
nosotros como una constancia de nuestro pecado.

Es aquí donde la sangre de Cristo opera, limpiando nuestra conciencia. Debido a


que la muerte de Cristo pagó la deuda por el pecado, Su sangre puede ahora
borrar la constancia de esa deuda. Al igual que una multa —después que la
pagamos, podemos romper la nota y echarla en la basura—, así también
nosotros podemos ser limpios en nuestra conciencia de cualquier culpa.

Es muy fácil experimentar esto. Cada vez que usted peque y sienta culpa,
simplemente abra su ser a Dios y ore así: “Oh Dios, perdóname por lo que hice
hoy. Te doy gracias, Señor, por haber muerto en la cruz por mí y por haber
pagado la deuda de este pecado que acabo de cometer. Señor, creo firmemente
que Tú me has perdonado este pecado. Ahora mismo reclamo Tu preciosa
sangre, para que me limpie de toda mancha de culpa que haya en mi
conciencia”.

Recordemos 1 Juan 1:9, que dice: “Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y
justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda injusticia”.
También en Salmos 103:12 dice: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo
alejar de nosotros nuestras transgresiones”. ¿Quién puede decir cuán lejos está
el oriente del occidente? Asimismo, cuando confesamos nuestros pecados, Dios
pone una distancia infinita entre ellos y nosotros. Ya no tienen nada que ver con
nosotros. Por consiguiente, podemos obtener reposo en nuestra conciencia.

Cuando Dios nos perdona, El olvida la falta cometida. No piense que después de
que Dios perdona nuestros pecados, algún día vendrá a recordárnoslos. ¡No!
Con respecto a nuestros pecados perdonados, Dios tiene muy mala memoria; en
cuanto a esto, algunas veces usted quizás tenga mejor memoria que Dios.
¿Puede Dios verdaderamente olvidar? Esto es precisamente lo que dice
Jeremías 31:34: “Perdonaré la iniquidad de ellos, y no me acordaré más de su
pecado”. Si Dios olvida nuestros pecados, entonces nosotros podemos olvidarlos
también. No le recordemos a Dios algo que El ya ha olvidado.

Cristo murió hace casi dos mil años. Su sangre ya fue derramada y ahora está
disponible a nosotros las veinticuatro horas del día para limpiar nuestra
conciencia. Cuando pequemos, no tenemos que dejar pasar cierto tiempo. Esto
no mejorará el poder de la sangre. La sangre de Cristo es todopoderosa.
Dondequiera que estemos y a cualquier hora del día, en cuanto tengamos la
menor sensación de culpa en nuestra conciencia, simplemente debemos
reclamar la preciosa sangre de Cristo. En Salmos 32:1-2 dice: “Bienaventurado
aquel cuya transgresión ha sido perdonada ... Bienaventurado el hombre a quien
Jehová no culpa de iniquidad”. Por medio de la preciosa sangre de Cristo, el
problema de la culpa queda resuelto.

LAS ACUSACIONES
QUE PROVIENEN DE SATANAS

No obstante, a veces sucede que después de haber confesado nuestros pecados y


haber aplicado la sangre, seguimos sintiéndonos mal interiormente. ¿Sería esto
un indicio de que nuestro pecado no ha sido perdonado? ¿Será que la sangre de
Cristo no ha sido eficaz? ¿Será que necesitamos de algo más? A todo esto
tenemos que contestar: “¡No!”.

Entonces, ¿de dónde provienen todos estos sentimientos después que hemos
confesado nuestras transgresiones y aplicado la sangre? El origen de tales
sentimientos es Satanás, el enemigo de Dios. Para entender esto debemos ver
quién es Satanás y qué es lo que él hace.

Satanás es el “diablo”, que significa acusador según el idioma original de la


Biblia. Por eso Apocalipsis 12:10 lo llama “el acusador de nuestros hermanos, el
que los acusa delante de nuestro Dios día y noche”. Satanás, el enemigo de Dios,
dedica la mayor parte de su tiempo a acusar al pueblo de Dios día y noche. Esa
es su ocupación. Por supuesto, Dios no le ha pedido hacer esto. Más bien,
Satanás, de su propia cuenta, ha decidido acusar al pueblo de Dios sin cesar.

Esto se revela en la historia de Job, quien era un hombre recto y temeroso de


Dios (Job 1:1). No obstante, leemos que Satanás se presentó ante Dios para
acusar a Job, diciendo: “¿Acaso teme Job a Dios de balde? ... Al trabajo de sus
manos has dado bendición; por tanto, sus bienes han aumentado sobre la tierra.
Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no te maldice en
tu cara” (Job 1:9-11). En otras palabras, Satanás acusó a Job de temer a Dios
solamente porque Dios le había bendecido. Satanás le dijo a Dios que había
sobornado a Job y que si El le quitaba a Job todas sus riquezas, éste le
maldeciría. Esto es un ejemplo de la manera en que Satanás nos acusa en la
esfera espiritual.

En el libro de Zacarías, el sumo sacerdote, Josué, estaba delante de Dios y


Satanás estaba a su mano derecha “para acusarle” (3:1). Josué estaba “vestido
de vestiduras viles” (v. 3), lo cual se refiere a su condición pobre y pecaminosa.
¡Cuán frecuentemente nuestra deplorable condición le da ocasión a Satanás
para acusarnos! Esto implica que Satanás no solamente es el enemigo de Dios,
sino que también es nuestro enemigo. Cuando nos acercamos a Dios, Satanás
nos resiste acusándonos.

Nada paraliza tanto espiritualmente a un cristiano como la acusación. Cuando


escuchamos las acusaciones de Satanás, quedamos completamente impotentes.
Es como si perdiéramos toda la fuerza de nuestro espíritu. Cuando un cristiano
está bajo acusación, le es difícil tener comunión con otros, y más que eso, se le
dificulta orar. Siente como si no pudiera acercarse a Dios.

Esta es la sutileza del enemigo. El nunca se nos aparece vestido de rojo y con un
tridente, diciéndonos: “¡Yo soy el diablo! ¡He venido a condenarte!”. El es
mucho más astuto. Lo que él hace es acusarnos interiormente y nos engaña
haciéndonos pensar que es Dios mismo quien nos habla.

¿Cómo podemos distinguir entre la verdadera iluminación que Dios trae a


nuestra conciencia y la acusación de Satanás? A veces es difícil distinguir entre
ambas, pero hay tres maneras de saberlo:

En primer lugar, la luz de Dios nos abastece, mientras que la acusación de


Satanás nos agota. Cuando Dios nos muestra nuestros pecados, quizás nos
sintamos descubiertos y heridos; sin embargo, al mismo tiempo nos sentimos
abastecidos y motivados a acercarnos a Dios y aplicar la preciosa sangre de
Cristo. Las acusaciones de Satanás, por el contrario, son totalmente negativas.
Cuanto más uno las escucha, más difícil le es orar. Nos sentimos vacíos y
desanimados.

En segundo lugar, cuando Dios nos habla, siempre lo hace de una manera muy
específica, mientras que la condenación que proviene de Satanás es
frecuentemente (aunque no siempre) ambigua. A veces nos hace pensar que
estamos cansados, o que hemos tenido un día difícil. Otras veces, tenemos la
vaga impresión de no estar bien con Dios. Pero al examinar nuestra conciencia,
no encontramos ningún pecado en particular que pudiera crear una separación
entre Dios y nosotros. Incluso es posible que otras veces nos despertemos con
sentimientos de depresión o de desasosiego con respecto a Dios. Todos estos
sentimientos inciertos de condenación que no parecen ser causados por el
pecado, provienen de Satanás y tenemos que rechazarlos. Cuando Dios nos
habla, El lo hace de manera específica y positiva. Pero cuando es Satanás quien
nos habla, frecuentemente lo hace de una manera ambigua y negativa.

En tercer lugar, cualquier sensación de intranquilidad que persista en nosotros


después de haber confesado y reclamado la sangre, proviene de Satanás. No es
necesario confesar y reclamar la sangre más de una vez. Los requisitos de Dios
son satisfechos de inmediato por la sangre. Quien nunca está satisfecho es
Satanás. El quiere vernos confesar una y otra vez. Proverbios 27:15 dice: “Gotera
continua en día de lluvia y la mujer rencillosa, son semejantes”. Así son las
acusaciones de Satanás —como una gotera continua o como una mujer
rencillosa—, y no nos dejan descansar. Pero la manera en que Dios nos habla es
diferente. Cuando confesamos nuestros pecados y declaramos que la sangre nos
limpia, Dios inmediatamente queda satisfecho. Cualquier otra voz que
escuchemos es la de Satanás.

Si a pesar de haber confesado nuestros pecados y haber reclamado la preciosa


sangre de Cristo, todavía nos sigue perturbando alguna inquietud interior,
inmediatamente debemos dejar de orar y de confesar nuestros pecados. En
lugar de ello, debemos volvernos a Satanás, la fuente de las acusaciones, y
decirle: “Satanás, yo ya confesé mi pecado a Dios”. El me perdonó y la sangre de
Jesucristo me limpió. Esta intranquilidad que siento no proviene de Dios sino
de ti, ¡y la rechazo! Satanás, mira la sangre de Cristo. Esta sangre responde a
cada una de tus acusaciones”. Trate de hablarle a Satanás de esta manera.
Cuando usted aplica la sangre de este modo, Satanás es derrotado y él lo sabe.
Apocalipsis 12:10-11 dice: “Ha sido arrojado el acusador de nuestros
hermanos ... y ellos le han vencido por causa de la sangre del Cordero y de la
palabra del testimonio de ellos”. La palabra de nuestro testimonio es nuestra
declaración de que la sangre de Jesucristo nos ha limpiado de todo pecado y que
esa sangre ha derrotado a Satanás. Cuando hablamos con esta clase de denuedo,
obtenemos victoria sobre las acusaciones de Satanás.
La vida cristiana es como una batalla. Satanás, “vuestro adversario ... como león
rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 P. 5:8). Para pelear esta
batalla, requerimos de armas apropiadas. Un arma importante que nosotros
debemos utilizar, es la sangre de Cristo.

Una vida diaria llena


de la presencia de Dios

Por el poder de la preciosa sangre de Cristo, los cristianos podemos vivir


continuamente en la presencia de Dios. Cada vez que algún pecado, por
insignificante que sea, estorbe nuestra comunión con Dios, podemos de
inmediato confesarlo y reclamar la sangre prevaleciente del Señor, y al instante,
nuestra comunión será restaurada. ¿Para qué perder tiempo? La sangre de
Cristo está disponible para nosotros cada momento y cada día. Nunca podemos
agotar el poder limpiador de la sangre de Cristo. Su sangre no solamente es
capaz de limpiarnos de todo pecado que hayamos cometido en el pasado, sino
también de todos aquellos pecados que podamos llegar a cometer.

Por el poder de la preciosa sangre de Cristo, podemos gozar de una conciencia


libre de toda mancha de culpa y, por ende, podemos acercarnos confiadamente
a Dios. “Acerquémonos al Lugar Santísimo con corazón sincero, en plena
certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia” (He. 10:22).
Por la sangre de Cristo, nuestra conciencia puede ser liberada de toda culpa y, al
igual que una ventana recién lavada, puede quedar transparente,
resplandeciente y llena de luz.

Finalmente, por el poder de la preciosa sangre de Cristo, podemos vencer todas


las acusaciones de Satanás. Aunque Satanás nos acuse con vehemencia, la
sangre de Cristo siempre prevalece y responde a cada una de dichas
acusaciones. La sangre es nuestra arma. Con esta arma jamás seremos
derrotados por Satanás; por el contrario, nosotros le derrotaremos.

¡Cuánto amamos y apreciamos la sangre de Cristo! Por esta sangre podemos


vivir en la presencia de Dios día tras día.

“Si andamos en luz, como El está en luz, tenemos comunión unos con otros, y
la sangre de Jesús Su Hijo nos limpia de todo pecado.” 1 Juan 1:7