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El día después

Una conversación con Rem Koolhaas


Alejandro Zaera Polo

Cuando El Croquis me propuso la posibilidad de una segunda entrevista con Rem Koolhaas,
tuve serias dudas. Pensando en ello, recordé la situación en que se produjo la primera
entrevista, en mitad de la euforia de los proyectos del ZKM y de Lille, cuando la ‘modernización
de Europa’ se estaba forjando en OMA... Recordé un suceso del que fui testigo directo durante
mi estancia en OMA, y que nos hizo muy conscientes de cómo el clima en Europa estaba
cambiando de forma drástica: la muerte del proyecto del ZKM. Había venido oyendo
últimamente que OMA había sufrido cambios estructurales importantes, y pensé que quizá
fuese el efecto inevitable de los cambios en el entorno. Recordé que, después de la primera
entrevista ‘Finding Freedoms’ (Encontrando Libertades), se suponía que Koolhaas escribiría un
epilogo titulado ‘Freedom from Freedoms’ (Libertad de las Libertades), que nunca acabó. Se
me ocurrió que esta segunda entrevista podría ser una oportunidad para explicar que quizá no
es tan sencillo encontrar libertades. Después de todo, la carrera de Koolhaas es la
demostración de que quizá la única posible 'libertad' es la de migrar entre ‘estructuras’,
desarrollar una práctica mutante que opera en base a lo eventual más que a lo esencial. Esta
segunda entrevista era la oportunidad de describir con precisión esta especie de
‘estructuralismo radical nómada’ —una alternativa viable al colapso del post-
estructuralismo— que yo considero la contribución más importante que Koolhaas ha hecho a
nivel teórico. Y éste parecía un argumento suficientemente atractivo para esta segunda
entrevista, a pesar de la alarmante idea de que también justificaría toda una serie de ellas, una
suerte de diagnóstico permanente...

A pesar de las dudas, Koolhaas también encontró razones —que nunca discutimos— para
hacer esta segunda entrevista que fue finalmente grabada —por pura casualidad— el día
después de la presentación al público de S, M, L, XL, su segundo libro, en la Architectural
Association en Londres. El título es un intento de nombrar estas ideas a través de un
acontecimiento, más que como una categoría.

Su trabajo durante los años ochenta estaba profundamente involucrado en una nueva
formulación de una Europa moderna a la luz de los nuevos desarrollos económicos y
políticos del periodo posterior a la guerra fría. Este periodo de desarrollo y de esperanza
política se desvanece repentinamente al comienzo de los noventa, resultando en el
abandono de los proyectos más ambiciosos y el regreso a actitudes más conservadoras. El
deterioro de las condiciones económicas en Europa, y la erosión de las ambiciones de una
Europa modernizada parecen haber tenido un efecto directo en la estructura que OMA había
desarrollado durante los años ochenta. Después de tres años de Incertidumbre, usted ha
realizado cambios sustanciales en la organización de la Oficina. ¿Cuál es la naturaleza de
estas recientes mutaciones en la estructura de OMA?

La erosión en la ‘construcción’ de Europa y el impacto del declive económico han tenido


bastante importancia en estos cambios. En primer lugar, tuvieron un efecto negativo en
nuestros ingresos. Y, dado nuestro profundo compromiso con esta invención de Europa,
debilitó enormemente nuestra base conceptual. Este declive coincidió con la necesidad de
reconsiderar la naturaleza de OMA. La Oficina había estado funcionando durante unos diez
años y estas turbulencias políticas y financieras me hicieron especialmente consciente de su
permanente fragilidad. Fue una toma de consciencia brutal...

Yo siempre había creído que después de la “pelea” inicial — durante la cual es inevitable una
recepción escéptica—, después de diez años de producir proyectos y de realizar ciertos
descubrimientos, llegaría un momento en que seriamos tratados de forma diferente, tanto en
términos de remuneración económica como en las propias condiciones de trabajo. Pero quedó
claro que no existe ese nivel teórico de estabilidad, que se está tan a merced del capricho
político, del mal humor o del desacuerdo fútil e infantil después de diez años como lo puedes
estar al principio. La perspectiva de otros veinte años en las mismas condiciones no era algo
excesivamente atractivo. Empecé a escribir S, M, L, XL. Pretendía ser algo así como una
purificación, un esfuerzo kamikaze. Era una crítica a ciertos aspectos de nuestro trabajo, pero
también y de forma inevitable, era un análisis de la situación en que se encontraba la Oficina.
Habíamos llegado a una situación en la que el 70-80% del trabajo que hacíamos se localizaba
fuera de Holanda, en una increíble multiplicidad de países y culturas. Y cuanto más lejos
estábamos del cliente, más difícil era conseguir cobrar; los contratos tenían un sentido
completamente diferente según las diferentes culturas; los clientes y los contratistas
trabajaban en franjas horarias distintas y el control y las comunicaciones se tornaban en pura
confusión... La logística creció de forma astronómica. Se produjo un efecto de distorsión: por
un lado, la increíble complejidad de las operaciones, por otro, una sensación permanente de
fragilidad y de debilidad que me hacía dudar de la posición de independencia del arquitecto en
estas circunstancias. Y esto no era algo sólo propio de nuestra oficina. Parecía ser la regla
general: los estudios europeos de un cierto tamaño se encontraban en las mismas
condiciones...

Sabíamos que en Asia existe un tipo de arquitecto que se asocia con firmas de ingenieros para
crear estructuras de mayor envergadura, lo que nos llegó a parecer una alternativa
interesante. Durante el proyecto para el IJ-Oevers en Amsterdam, tuvimos la ocasión de
colaborar con la ingeniería holandesa De. Weger. Se quedaron sorprendidos de nuestra
habilidad para resolver problemas de infraestructura; a su vez, a nosotros nos impresionó su
disponibilidad a considerar lo que les proponíamos. Comenzamos a hablar con ellos hace año y
medio y finalmente llegamos a un acuerdo en el otoño de 1995, por el cual ellos compran
parte de nuestras acciones, participan en la dirección de la compañía, forman una unidad de
soporte técnico para nosotros y colaboramos en varios proyectos, aunque nosotros
permanecemos como una entidad completamente independiente’. Aunque son más conocidos
por sus trabajos de infraestructura, están interesados en el desarrollo de su departamento de
edificación. Nuestro atractivo para ellos radica en nuestra experiencia en materia de
infraestructuras: les interesa la posibilidad de que un arquitecto pueda llegar a tener un papel
en la definición del territorio. Lo que es interesante en esta nueva situación son las ventajas
que tiene para ambas partes. Nuestra asociación nos permite cubrir un campo más completo,
desde las infraestructuras a la arquitectura, lo que resulta especialmente atractivo a la vista del
desarrollo de ciertas operaciones que están teniendo lugar ahora en Asia. En general, como
arquitectos, siempre nos es difícil tratar con urbanistas e ingenieros de infraestructuras;
siempre existe una oposición. La idea de que nuestra colaboración pueda convertirse en una
condición de continuidad entre estos campos resulta tremendamente atractiva.
Lo que es interesante de estos cambios es que su práctica como arquitecto parece actuar
como termómetro del clima político y económico. ¿Cuál es su impresión de la situación
actual en Europa?

Creo que la situación europea es sencillamente diferente, más difícil de lo que parecía durante
la euforia de los años ochenta. Quizás fue una euforia autoinducida, alrededor de una idea que
nunca fue realmente popular, pero que ha dejado planteadas muchas cuestiones interesantes.
Y si podemos sacar alguna conclusión de los últimos cinco o seis años es que, si las condiciones
se deterioran rápidamente, también pueden recuperarse con la misma velocidad: puede que
se trate más de signos de inestabilidad que de declive real. Parte de ello es la increíble
irresponsabilidad, casi frivolidad de los círculos financieros, que se han convertido por otra
parte, en la medida de todas las cosas. La increíble falta de paciencia de los que se denominan
—cada vez con menor justificación— promotores. Esta es una de las grandes ironías del
momento presente: los promotores, que son supuestamente la casta que deja su huella en
forma de edificios, están demasiado impacientes o ‘febriles’ como para mantener sus
inversiones durante el tiempo suficiente para que el edificio comience su construcción, por no
hablar de su finalización. Los cambios de humor de los promotores son ahora como las
fluctuaciones del mercado de valores: signos de interés. No existe garantía de que esos signos
se materialicen en algo concreto. Durante los últimos cinco años, hemos sido testigos de cómo
esa excitación se trasladaba de Berlín a Praga, de allí a Shanghai, luego a Filipinas, y ahora se
está mudando a Indonesia, y quizá luego a la India, y puede que retorne a Europa vía Africa y la
antigua Yugoslavia...En ese sentido no creo que, en esta situación, ningún signo de ‘fuerza’ sea
permanente; y por tanto, ninguna ‘debilidad’ definitiva.

Observando su biografía, parece que usted ha desarrollado cierta técnica para escapar de
‘determinaciones estructurales insatisfactorias', emigrando a climas más benignos cuando
era necesario: se mudó a Londres en el 68, a los Estados Unidos en el 72, volvió a Europa en
los 80... ¿Es su reciente interés en Asia una huida de la problemática situación europea?

¡Esta sí que es una curiosa definición de lo ‘benigno’! No, no lo veo en absoluto como una
huida. Pero está claro que, desde una perspectiva realista, Asia se ha convertido en
‘inevitable*. Para empezar, nuestro interés en Asia se inició en el año 1987, cuando tuvimos
nuestro primer encargo en Japón: por tanto, no se trata de una ‘conversión’ reciente. En Asia,
las condiciones son ahora similares a la experiencia que tuvimos en Europa durante los
ochenta: una sensación de identidad emergente. Hay una cantidad inmensa de inversión:
súbita riqueza debida a una especie de fiebre comercial... Se pueden ver los resultados en
Shanghai. En términos de presencia física, esta pasión constructora reproduce, sobre todo,
modelos americanos degradados, hasta el punto que parece que la ‘tipología’ final del siglo
veinte fuera a ser el rascacielos, tanto si está en medio de unos campos de arroz como si se
encuentra en plena metrópolis.

Pero existe un modelo de planeamiento mucho más interesante que se remonta a los años
sesenta, cuando los metabo- listas descubrieron la demografía como fuente de inspiración,
cuando se hizo patente que la relación entre el medio urbano y el medio rural en los países
asiáticos sufriría cambios tan drásticos, que la pura velocidad y los números impondrían un
nuevo concepto de ciudad. En Europa también había gente como Doxiadis, que, con una vaga
clarividencia, se dieron cuenta de esto mismo. Hay consciencia de este problema desde hace
ya treinta años y sin embargo ha sido suprimido por la fascinación que sentimos por los
problemas estrictamente arquitectónicos... El postmodernismo es en realidad un hiato donde
los valores ‘eternos’ de la arquitectura fueron considerados más críticos que el problema de la
demografía. Pero se puede observar cómo en Singapur, Japón y Corea el tema de la cantidad
se utilizó de forma extremadamente racional, llegando a conclusiones nuevas y a la
explotación de lo que antes hubiera sido impensable. Lo que ahora se siente a través de Asia,
por encima del espectacular desarrollo de China, es la apreciación de que dentro de estas
utopías cuantitativas existe una necesidad de redefinición cualitativa de la vida urbana. Y por
tanto aparecen nuevas ambiciones que toman la forma de ‘museos’ o ‘espacios públicos’, es
decir, clásicos ‘signos’ de calidad. Creo que ha sido aquí donde el post-moderno ha sido más
destructivo: puesto que el tema de la cantidad se convirtió en underground, dejó de estar de
moda, perdió su atractivo. Prácticamente no ha habido casi ningún desarrollo en la
investigación de nuevos programas, tipos, modelos urbanos, teoría... Como no hemos
‘inventado’ nada que haga frente a la urgencia demográfica, ahora estamos condenados a un
reciclaje constante: torres, ‘arte’, anticuados modelos urbanos... La parálisis de la invención ha
dejado enormes vacíos en culturas que eran realmente receptivas a anticipar y acoger
situaciones y soluciones radicales, motivadas por un deseo de experimentar.

Creo que estos son temas muy interesantes con los que trabajar, en paralelo a la más evidente
y glamorosa explosión de rascacielos... nuestro interés por Asia, por tanto, no es en absoluto
comercial: finalmente, la razón de mí interés en volver a enseñar de nuevo en Harvard es para
poder analizar e interpretar todos estos fenómenos, no sólo profesionalmente, como
arquitecto, sino también desde una perspectiva más intelectual, como una investigación
propiamente dicha. Y ésta quizá es la segunda parte de mi respuesta sobre la nueva situación
en OMA. Desde la misma azarosa perspectiva de la lucha sin fin como ‘simple’ arquitecto, sentí
que era necesario perseguir ciertos intereses estrictamente a un nivel académico y otros a
nivel arquitectónico.

Finalmente, mi interés en Asia también está conectado a mi biografía. Hay una afinidad que se
basa simplemente en un reconocimiento casi subconsciente y que data del tiempo que pasé
cuando era niño en Indonesia.

Es bastante revelador el que su redescubrimiento de la vida académica y literaria se


desarrollen en paralelo a su desilusión con la práctica profesional, y con la reformulación de
OMA como una alianza más viable con una organización más poderosa. ¿Es esto una
capitulación después de intentar construir una práctica arquitectónica que quería ser todavía
experimental o inventiva? ¿Quiere esto decir que ha perdido la esperanza de desarrollar una
práctica de carácter experimental dentro de la práctica profesional?

¡En absoluto, todo lo contrario! No ha habido desilusión sino una complejización. Estaba
bastante claro que la Oficina debía cambiar para convertirse en viable. Pero queríamos seguir
haciendo el mismo tipo de trabajo que hemos estado haciendo: mantener nuestro
compromiso con la invención, con la experimentación... o mejor, con la redefinición, que es
quizá un concepto más interesante que el’ de experimentación... Seguimos totalmente
comprometidos en esto y creo que no hay en absoluto ningún signo de capitulación: para
sobrevivir tuvimos que cambiar las condiciones de trabajo, imaginar otras formas de
organización. No es que deseásemos la estabilidad para podernos permitir una vida más fácil,
sino por el contrario, para poder ser capaces de continuar con nuestras especulaciones...

Su trabajo está muy bien considerado, tanto entre los profesionales como entre los círculos
académicos, quizá gracias a ciertas condiciones estructurales que se daban en Europa y que
hacían posible el desarrollar una práctica relevante en ambos campos. Ahora, cuando esas
condiciones han desaparecido, usted divide su actividad en dos frentes, la investigación
especulativa en el ámbito académico, y una estructura profesional más pragmática y más
eficiente, técnica y económicamente. Esto parece un ‘modelo a escala’ de la condición
esquizofrénica del sistema profesional americano, dividido radicalmente entre la
especulación en el ámbito académico, y la práctica bajo unas condiciones legales y
financieras increíblemente estrictas que dejan muy poco espacio para producir avances
cualitativos.

No, está más relacionado con el tipo de ‘trabajo’ que hace el arquitecto. Su labor puede ser tan
exigente, tan poco sofisticada, tan ‘primitiva’ en sus condiciones casi ‘bestiales’, que se
necesita un dominio paralelo para sostenerla y mantener la frescura. Comencé a escribir S, M,
L, XL, principalmente para tener ‘otra’ vida... Mi relación con la Universidad no está dirigida a
proporcionarme una estabilidad económica, sino para construir una plataforma que me
permite abstenerme del trabajo más ‘comercial’: tenemos a nuestra puerta veinte ciudades en
China que hemos rechazado. Aunque lo encuentro fascinante, yo creo que estos no son
proyectos legítimos; no creo en lo que está pasando en China en la actualidad. Es un proceso
muy destructivo, del que creo que se arrepentirán... Por el contrario, la Universidad nos
permite desarrollar una investigación sin las distorsiones de los intereses comerciales — que la
arquitectura trae consigo de manera inevitable—, una investigación que no obliga a ‘hacer
algo’.

Su interés en Asia se enfoca más hacia el tipo de oportunidades donde el desarrollo no está
en la resolución de problemas demográficos sino en la creación de cierta forma de
conocimiento, o de entorno significativo...

Los asiáticos se han hecho muy ricos, o han tenido mucho éxito, o se han organizado muy bien.
Algunos de ellos sólo quieren hacerse más ricos, otros quieren hacer algo con los nuevos
medios que tienen a su disposición y algunos otros son auténticos visionarios... Quizá el
hallazgo de Asia hoy esté en unas condiciones similares a la invención de Europa durante los
últimos años ochenta: cómo articular todos estos logros dentro del entorno construido, y
cómo capturar, a un nivel sofisticado, lo que es creativo en Asia.

Acaba de decir que está más interesado en redefinir que en experimentar. Sus afirmaciones,
ya sea en ‘Delirious New York' o en sus textos sobre Singapur o Atlanta, son más
redescripciones de hechos que proposiciones proyectivas en el sentido tradicional. ¿Es esta
invención, primero de Europa y ahora de Asia, cierto tipo de interpretación de las
condiciones existentes más que de una creación ex novo?

Tiene que ver claramente con una interpretación; por ejemplo, si hablamos de Singapur, a
primera vista parece una ciudad en excelente forma: interesante, exótica, se han construido
promociones colosales de viviendas, pero se ha occidentalizado completamente; en otras
palabras, una absoluta banalización. Pero hay más. Lo que resulta fascinante es que esta
arquitectura —que en otras condiciones hubiéramos considerado copia degenerada del
mundo occidental— allí ha sido en realidad interpretada y concebida por los arquitectos
locales como arquitectura asiática. He descubierto que en estos procesos hubo una influencia
muy importante de los metabolistas durante los años sesenta... Lo que es asiático aquí es la
complejidad de los programas, las mezclas, las densidades que llegan mucho más allá de
nuestros sueños europeos más salvajes. Por ejemplo, el atrio, que aquí solo alcanza una forma
bastante degradada, adquiere en alguno de los edificios de Singapur auténtico potencial como
espacio público. Comprar es una actividad que aquí es decadente, un signo de una sociedad
que se está anquilosando. Pero en Asia, comprar es en realidad una de las actividades públicas
más respetables históricamente. Hay muchas razones para entender esta forma de actividad
pública como una condición específicamente asiática.

Me pregunto si estas lecturas alcanzan realmente un valor instrumental para la producción


real de arquitectura o de urbanismo. ¿No cree que el conjunto de técnicas que finalmente
utilizamos para producir arquitectura es al final más decisivo que la redescripción de los
hechos?

Quizá para otros, no necesariamente para nosotros. Para mí la interpretación es el detonador


tanto de nuevas formas de instrumentalidad, como de nuevos contenidos. Hay un desfase
interesante entre lo que puedes hacer en términos puramente intelectuales y lo que puedes
hacer como arquitecto. La diferencia esencial es que un arquitecto puede ‘pensar’ sólo en
forma de nueva y mayor cantidad de arquitectura. No importa cuán inteligente pueda ser, —él
o ella—, la obligación de ser operativo le da a cualquier producto de este régimen una
irrelevancia esencial. Asia provoca una avidez casi obscena por construir con la que quiero ser
capaz de mantenerme a una cierta distancia. Pronto estaremos trabajando en un encargo para
una Fábrica del Futuro en Singapur. Estamos aun intentando definir lo que significa, y esto nos
permite pensar a otro nivel.

Está describiendo las condiciones emergentes en Asia como una búsqueda de un entorno
urbano de mayor calidad. Sin embargo, este fenómeno parece estar produciendo también
un fuerte interés en la recuperación de la especificidad local asiática. ¿Qué piensa de los
intentos de revivir directamente ciertas tradiciones culturales, en forma casi concreta? ¿Son
estas recuperaciones adecuadas para enfrentarse a estos retos? ¿Cómo piensa que esta
identidad emergente puede ser identificada o construida?

Está claro que las ambiciones actuales de una nueva identidad asiática no siempre se realizan
de forma apropiada. Si lo quieres caricaturizar, oscilan entre la adopción deformas
occidentales, completamente obsoletas, de espacios Públicos, arte Público, vida Pública... con
P mayúscula, o el recurrir a un vocabulario casi extinguido de emblemas asiáticos, resucitados
a una escala enorme, con parecido efecto demoledor. Si multiplicas muerte por muerte, no
consigues vida. Respecto a esto, veo poca diferencia entre el nivel de ansiedad en Europa y en
Asia. Hay la misma obsesión de encontrar las huellas que puedan generar una presencia del
contexto y de la historia a pesar de los nuevos comienzos, y dar pistas sobre qué direcciones
deberían seguir los nuevos desarrollos... En el fondo, creo que esta búsqueda de expresiones
vernáculas explícitas y de elementos históricos es tan kitsch en el Este como en el Oeste. La
referencia al contexto y a la historia no son nunca suficientemente plausibles o auténticas. Es
ahí donde creo que podemos contribuir como arquitectos europeos, porque acabamos de
pasar por una fase similar y podemos atestiguar del tremendo fraude en que se ha convertido.

Es mucho más interesante descubrir lo que hoy es auténtico en Asia. Ese es el origen de mi
obsesión por mirar la arquitectura que allí se ha desarrollado durante los últimos treinta años,
por encontrar los signos de una autenticidad asiática. Si elevas algo sobre pilotis en Europa,
obtienes un vacío; en Singapur cualquier cosa que se eleve del suelo se llena inmediatamente
con formas de vida pública, una especie de invasión multitudinaria de ‘chinesidad’. No es solo
el efecto de regímenes autoritarios o de la amabilidad Confuciana, o de cualquier otra historia
que queramos ensayar para explicarlo. Es sencillamente la asombrosa eficiencia y persistencia
de un modelo asiático de actividad pública formalmente indefinido, que se puede infiltrar en
cualquier lugar. En Indonesia solía haber unos individuos que acarreaban carne y fuego en
equilibrio sobre los hombros, y circulaban por la ciudad montando restaurantes instantáneos
en cualquier sitio. Esto también ocurre en Singapur y coexiste con las promociones de
viviendas Corbuserianas. ¡La belleza de estos procesos radica en cómo estas etapas históricas
tienen lugar de forma simultánea, no de forma secuencia! como en Europa. Hay calles en Seúl
donde primero ves edificios de cinco plantas iluminados con neón, luego das un giro de
noventa grados y son de dos plantas —iluminados con bombillas colgadas de un cable— y
luego, giras otros noventa grados y de repente, todo se convierte en barro y cartón. Esto,
claro, es un modelo completamente diferente de la metrópolis que hemos construido en
Occidente. En Occidente, siempre hay una homogeneidad globalizadora. En Asia la belleza está
en la simultaneidad en el tiempo. En Kuala Lumpur lo que es particularmente asiático es la
falta de ansiedad por la coexistencia de elementos completamente diferentes, en relaciones
claramente definidas, a través del ‘paisaje’. También hay otras invenciones producidas por
factores puramente económicos. En Tokio puedes encontrar áreas robotizadas increíbles, en
las inmediaciones del aeropuerto, donde se tiene la sensación de estar en una ciudad del
futuro, hecha como un depósito de contenedores, con muy escasa presencia humana. Este es
otra área donde la capacidad asiática o el éxito asiático se transforma en un modelo capaz de
generar nuevas autenticidades.

¿Es decir, que para usted hay una construcción histórica con la que es importante lidiar...?
¿Una construcción radicalmente antimoderna, contextual y anti-tabularasa...?

Me resisto a la noción de que la globalización conlleva a la homogeneización. El mismo proceso


de modernización conduce en cada lugar a resultados diferentes, a nuevas especificidades, a
nuevas singularidades. Incluso si escarbas la tierra, la ‘pizarra’ no estará nunca completamente
limpia, porque hay una historia previa: la gente que en algún momento vivió allí, que vivirá allí
en un futuro, las nuevas comunidades que traerán singularidades... La ironía es que la obsesión
con la historia y la especificidad se han convertido en un obstáculo en el reconocimiento de
estas nuevas realidades.

Hay un dominio de manipulación increíblemente interesante que es, precisamente, el de los


motivos iconográficos asiáticos. En las Viviendas de Fukuoka, por ejemplo, trabajamos
abiertamente con estas semánticas, utilizando kitsch japonés de la peor especie. Usamos
hormigón moldeado como si se tratase del perímetro mural de un castillo japonés donde el
‘basamento’ estuviera levitando. Esto se convirtió en el tema fundamental de nuestro edificio.
Fue recibido con sorpresa, en parte positiva en parte negativa… La gente estaba realmente
furiosa, porque estábamos manipulado el material genético de la arquitectura japonesa. ¿Por
qué ignorar que Asia es un campo donde existe la más increíble riqueza de permutaciones
semánticas? Los temas surgen por razones equivocadas, planteados por personas equivocadas
en lugares equivocados. Pero esto permite una enorme capacidad de elección del tipo de
manifestaciones que puedes hacer...

¿Cómo se relaciona este interés en los juegos semánticos, en el juego con los significantes,
con su interés en la demografía, en la infraestructura, en la ingeniería social... y en demás
temas ‘estructurales’?

Tendríamos que volver al impulso metabolista y al descubrimiento, compartido en todo el


mundo durante los años sesenta, de que similares demografías alarmantes podrían ser un
argumento convincente para empezar de cero, para emplear la ‘tabula rasa’. Pero hay un
vínculo entre la ‘tabula rasa’ y el significado: el significado de la ‘tabula rasa’.

Aquí hay una divergencia drástica entre el Este y el Oeste: en el mundo occidental,
descubrimos muy pronto que la ‘tabula rasa’ o bien conduce a convulsiones sociales, o bien a
drásticas sectorizaciones de población tipo ‘gueto’. En el Oeste, tuvimos que arrasar partes
enteras de ciudad antes de llegar a entenderlo; en cambio en el Este, la ciudad es mucho más
débil, más provisional...

Está claro que en Tokio, Seúl o Singapur hay promociones masivas construidas a singular
velocidad, cuando en el Oeste prácticamente no existe un ritmo comparable de construcción.

Las formas de operar y planificar, caídas en un creciente descrédito en el Oeste, permanecen


viables y verosímiles en algunas partes del Este. Esto ya nos da ciertas pistas de que, a pesar de
la similitud formal entre estos lenguajes, el contexto político y el contexto cultural colorean y
distorsionan completamente esas formas y las hacen únicas: un edificio en altura en Londres y
un edificio en altura en Hong Kong son entidades absolutamente diferentes; mientras una
representa la melancolía la otra representa el principio de una nueva vida.

¿No existe una contradicción entre la afirmación de que en Asia existen semánticas
culturales y precedentes culturales a tener en cuenta, —o a introducir en el juego—, y el
interés en la demografía, el crecimiento o la infraestructura como nuevas formas de
autenticidad?

No. Lo que digo es que, especialmente al ignorarlos, y de forma inevitable, contaminan lo


nuevo, dan color a lo que era neutral, insisten en su valor. No hay novedad en una forma pura,
así es que el tema no existe en realidad. Singapur era una isla con una colina en el centro, y
ahora es una dilatada extensión de tierra: cortaron la colina para echar la tierra alrededor de la
isla y ganar terreno al mar. Tomaron como concepto de planeamiento territorial de la isla el
importado directamente del Randstad Holandés. Construyeron enormes áreas de viviendas
siguiendo los modelos occidentales más modernos. Y, sin embargo, los ves ahora y todo el
terreno que se suponía limpio y neutro, está ya completamente habitado. Cuando entras, ves
la iluminación de los fluorescentes; las plataformas llenas de chiringuitos de comida,
lavanderías... Es como si la ciudad antigua hubiera sobrevenido y se hubiera asentado
exactamente de la misma vieja manera en estos nuevos territorios. En todas estas topografías
masivas, sin ningún tipo de referencia cultural, es donde la misma vieja cultura se ha
establecido de nuevo. Lo inerte no puede nunca rebasar la semántica.

Para decirlo de forma sencilla, tanto la necesidad de tener motivos tradicionales en Japón,
como ¡a necesidad en Occidente —incluso en los círculos neo-modernos más sofisticados— de
ampliar / hacer que resuenen las huellas de una pasada ocupación, muestran la misma
incapacidad de leer como auténtica la construcción actual. Ambas son muletas, refuerzos, o
certificados de una pasada autenticidad, que parece ser necesaria porque, no importa lo que
construyamos, ya nunca será auténtico. Nos estamos volviendo ciegos a un enorme dominio
de lo auténtico que se desarrolla delante de nuestros ojos y que sencillamente por no tener
ninguna referencia explícita se convierte en algo inaccesible.

Y hablando de esta búsqueda potencial de especificidades que no son todavía visuales o


materiales, que ni siquiera son concretas, —como la demografía, el crecimiento económico,
los mercados internacionales...—¿Cómo se conecta esto con el problema de ‘Bigness’, que
ha sido parte de sus escritos recientes? ¿Es ‘Bigness’ un caso donde desarrollos puramente
cuantitativos pueden dar lugar a avances cualitativos, significativos, o a mutaciones que
superan la presencia de la historia o la localización? ¿Es ‘Bigness’ una forma de condición
‘estructural’ para el cambio?
‘Bigness’ también se escribió como reafirmación. Creo que ‘Bigness’ es útil para contrarrestar
la obsesión por las huellas y los fantasmas; y, por tanto, útil para superar la obsesión por el
fragmento o por lo caótico. Lo que hemos estado intentando hacer, tanto en nuestro trabajo
como en nuestra argumentación, es estar alerta a las fragilidades que puedan existir dentro de
ese mundo burocrático e instrumentalizado. Quizá esas formas monolíticas que
aparentemente nos amenazan, son más auténticas y generan más diferencias que actitudes
más específicamente contextúales, o que la más escrupulosa fragmentación.

Por un lado, hay un enorme desprecio por estas operaciones, y por otro, absoluta
inevitabilidad. Y dadas estas demografías a gran escala, podemos esperar que se dé una
necesidad continua de estructuras a gran escala que precisarán instrumentos de arquitectura
inarticulados en el sentido clásico de la disciplina. Mi texto investiga sobre si lo inevitable
puede contener lo sublime.

Pero, ¿no cree que la semántica es cada vez menos relevante dentro de las condiciones de
cambio rápidos, crecimiento, o exceso de información, ya que los significados o los signos
tienden a volverse obsoletos con mayor rapidez? ¿En esta situación, no sería más adecuado
el revelar estructuras emergentes, el construir o generar más que representar? ¿No cree que
el potencial real de ‘Bigness’ y de ‘Generic City’ es la sustitución de la semántica y la
significación como técnicas apropiadas para la producción de una cultura material
contemporánea?

Creo que eres increíblemente ingenuo con respecto a los signos. Para ti, los signos cesan de
existir después de su muerte, es decir, cuando ya no son genuinos. Pero la semántica es la
ciencia que explora la vida después de la muerte de los signos. Singapur es un ejemplo de esto:
ha erradicado toda la autenticidad para así poder manipular mejor los signos. Por ejemplo, la
pena de muerte, la prohibición de fumar o de mascar chicle... Creo que estas son técnicas
fundamentalmente semánticas, una manera inteligente de poner un país en el mapa; más
barato que contratar a Saatchi & Saatchi para que ponga un anuncio en ‘Time’. Diciendo que
mascar chicle está prohibido, tocan la fibra sensible a nivel internacional. En Singapur, hubo un
momento en que el gobierno decidió que la única forma de unificar el país era haciendo que
todo el mundo hablase la misma lengua: el inglés. Diez años más tarde, decidieron que es más
interesante el que cada uno recobre su identidad, de modo que la lengua se volvió de nuevo
específica.

¿No es esta atención a la semántica más un residuo de su carrera pasada— escritor de


guiones, AA-arquitectura narrativa? Surrealismo, Barthes...—que una explicación de su
práctica más objetiva, basada en datos, ¿en OMA?

Creo en la inteligencia acumulativa, y no en la necesidad de deshacerse sucesivamente del


aparato intelectual...Quizá haya dos formas en las que expreso mi más básica antipatía o, al
menos, escepticismo por la arquitectura. En la primera, he intentado hacer arquitectura
partiendo de una serie de ambiciones vacías y recuperar un tipo de habilidad operativa, o por
lo menos glamour. Desde ¡o casi místico o filosófico, la arquitectura se convierte en un aparato
esencial que es parte de un proceso más extenso de modernización, y que puede ser discutido
como tal, desmitificado — o quizá es sólo la sustitución de una mística por otra. La otra debe
de ser que soy todavía escéptico, y, por tanto, no quiero que se me identifique por completo
con la profesión. Eso es lo que provoca mi insistencia en la utilidad de ‘encarnaciones’
anteriores, y no quiero abandonar el papel de escritor, simplemente porque representa otros
mundos, otra noción de vida, otra perspectiva...
S, M, L, XL muestra y desvela su práctica arquitectónica a través de un con-junto de
relaciones increíblemente ricas y complejas, muy raras entre las descripciones objetiva que
es convencional en las publicaciones de arquitectura. Esto parece la conclusión lógica del
compromiso en la redefinición del papel del arquitecto contemporáneo a través de la
disolución de la idea del ‘creador original’ y del tema ‘inspirador’ en un sujeto que hace
surfing en un océano de banalidad, burocracia, política, negocios... Lo más chocante de S, M,
L, XL es que, a pesar de sus pasados intentos de borrar la subjetividad arquitectónica, el libro
contiene un contenido autobiográfico muy intenso, casi como si fuese un intento para
reconstruir la subjetividad del arquitecto en medio de todas estas duras determinaciones...

Al cabo de un tiempo, yo también me di cuenta. Al principio, me alarmé bastante e intenté


resistirme. Prefiero infinitamente la discreción aparente del escritor fantasma. Pero luego,
tengo que admitir que S, M, L, XL es en parte un libro sobre experiencias. Había proclamado la
legitimidad de hacer surfing... sentía que debía de describir qué sensación producía y dónde
terminaba. El propósito principal de este libro es la accesibilidad y la des- mitificación; en
primer lugar, de la arquitectura; y sentí que no podría llegar lejos si de alguna forma no me
incluía en la des- mitificación, si no me exponía. Si la arquitectura es problemática, yo formo
parte de ella, a pesar de mis intentos por disimularlo...