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CAPITULO 4.

PÁGINAS DEL 53-70


DE OROPELES Y ABANDONOS
La línea divisoria entre la élite cajamarquina y el común de los mortales fue
el dinero proveniente de la tenencia de tierras o negocios prósperos, pero,
sobre todo, el apellido y la “conciencia de clase”, que era lo único que le
quedaba cunado un revés la dejaba en la calle. Modales aristocráticos y mirada
entre altiva condescendiente hacia el vulgo, tipificaron a ese círculo cerrado
que buscó matrimoniarse, entre sus miembros para evitar la extinción de la
especie.

La élite vestía, Calzada y se perfumaba de París; discutía sobre la Bolsa de


Nueva York antes que en Cajamarca se instale un banco; comía sobre mantel
largo los guisados del terruño intercalados con delicadezas importadas y envió
a los hijos a seguir carrera Lima. Mientras tanto, los indios seguían arañando
parcelas insignificantes en las laderas pedregosas e improductivas de los
cerros, haciendo el servicio militar y acatando la conscripción vial sin poder
redimirse como lo hacían los señoritingos.

Al interior de su círculo buscó la élite motivos que le permitieran despliegue


de actividad y lucimiento. Todo gran suceso era publicado en los periódicos,
convirtiéndose en una gran suerte de anales sociales de la época. Un error u
omisión en la reseña de tal o cual acontecimiento social, fue rápidamente
emendado en la siguiente edición, bajo pena de caer el cronista en desgracia
los ojos del agraviado. Así, por ejemplo, una dama de copete que enviara a la
muerte de fulano una corona de biscuit, se sentía profundamente perturbada si
le atribuía un arreglo de flores naturales o se omitía su nombre, o si se
confundía con una pajarera la canastita de paja que donó por la tómbola a
favor de cualquier cosa. Pequeños detalles que crecían en importancia en
proporción directa a la estrechez y aislamiento del medio en que vivía.

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Como para sentirse aún más alejado del vulgo y por encima del hedor de la
pobreza, los Caballeros crearon selectos clubes donde podían dedicarse a
ocupaciones gratificantes como los juegos de evite, la degustación de finos
champagnes en alargadas copas de Cristal o de cognac “Napoleón” en copas
barrigudas que se mantenían apoyadas en la palma de la mano hasta que el
licor alcanzara la temperatura
adecuada para beberlo sorbito a sorbito, la lectura de los periódicos, la audición
de piezas musicales interpretadas por pianistas o violinistas en vivo y en directo
y la tertulia sobre todo y sobre nada. De vez en cuando se abrían las puertas
de los clubes al bello sexo para bailes agasajos a personalidades que de tarde
en tarde llegaban a Cajamarca. El primer club fue el Club Cajamarca que fuera
fundado el primer día de enero de 1902 bajo la presidencia de José Manuel
García Bedoya que era en ese momento Prefecto de Cajamarca. Era un club
lujoso y exclusivo. Cualquiera no podía pertenecer y muchos debieron esperar
largos meses para ser admitidos. Casi todos sus socios eran terratenientes o
comerciantes cuya fama y bolsillos les abrían las puertas. Fue en este club
donde los músicos lugareños tuvieron ocasión de demostrar su arte, como la
vez aquella en que se ofreció un banquete Alejandro Castro Mendívil con
ocasión de su reelección como presidente del club en 1923. Tocaron el piano
Clotario Burga y el doctor Julio Madalengoitia y el violín Walter Reichel Prelle y
Flavio Sánchez Olano.

El Club Central fue fundado el 21 de octubre de 1920 y, a falta de local


propio, comenzó a funcionar en un salón del “Gran Hotel”. Fue su presidente
don Pelayo Puga y conformaban la Junta Directiva Atilio Capelli y Fausto
Santolalla entre otros. El primero de marzo de 1926 se fundó el club de la
Unión en los salones del piso alto de la casa Aliaga. Su primer presidente fue
José Mercedes Puga.

Otros clubes fueron el Rotary Club fundado en 1928 bajo la presidencia de


Fernando Luis Castro Agustín y el Club de Leones en 1948. Entre sus
miembros iniciales estuvieron Miguel Albrechet, Luis R. Amorín, Francisco

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Anduaga, Alex Bisiak, Roberto Cacho, Luis Capelli, Elio Sattui y Alberto
Turpaud. El Club leonés reclutaba en sus filas, como hasta ahora, a los que
cumplieran con las exigencias de la sigla: Libertad, entendimiento, orden,
nacionalismo, esfuerzo y servicio.

Bautismos y matrimonios defunciones y cumpleaños tertulias y bailes,


paseos campestres, agasajos a visitas importantes, despedidas y bienvenidas,
carnavales y procesiones, llenaron la vida de esta clase privilegiada que
gastaba pródigamente para sentirse feliz y realizada, emulando el “savoir faire”
del París de las postales. También se sintió en su salsa organización de rifas,
tómbolas, gimkanas, erogaciones y veladas para techar iglesias, levantar
movimiento y otras obras mantuvieran la pequeña ciudad en los niveles de
cultura y cuidado correspondientes. Y cuando la mirada descendía sobre la
miseria circundante el corazón de la élite sentía alfilerazos de compasión y
delegada en sus matronas la ejecución de obras sociales como paseos para
las huerfanitas, limosnas para los indigentes, cigarros para los encarcelados y
regalitos de Navidad para los niños patita en el suelo. Las damas de rancio
abolengo, algunas con apellidos tan largos con su generosidad al añadir a los
propios los dos del marido, presidieron los comités pro esto y lo otro: Lucila
Castañeda de Castro Agustí organizó la “Gota de Leche” en 1931 y Pola Delia
María Cacho Sousa de Sáenz Sumarán y Elvira Iberico Rodríguez y Vivas
Serra trabajaron codo a codo reuniendo fondos para las refacciones del templo
de San Francisco entre 1935 y 1938. Tal vez los resultados no hubieran sido
iguales de llamarse simplemente Delia de Sáenz o Elvira de Vivas.

Entre los apellidos que sanaron en Cajamarca en la primera mitad del siglo,
fuera cual fuera el origen de sus campanillas: Tenencia de tierras, algún
antepasado que compró título colonial con escudo y todo, dinero ganado o no
honradamente en los negocios o el hecho de ser avecindados de ascendencia
italiana, francesa o alemana, podemos citar, no importando el orden de su
aparición en la escena social: Puga, Iglesias, chávarri, Querzola, Pastor,
Villacorta, Pol, Ibérico, Alzamora, Madalengoitia, Sáenz, Sumarán, Castro,

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Mendívil, Capelli, Barrantes, Maurier, Santolalla, Cacho, Gálvez, Sattui, Revilla,
Hachmeister, Iturbe, Bueno, Esparza, Prelle, Burga, Lecca, Harm, Losno,
Ayulo, Laos, Noriega, Maradiegue, Moreno y Amorín. Esta clase eran muy
importante la diferencia que se establecía entre hijos “legítimos” e hijos
“naturales”.

Los apellidos de nombres cuidaban de unirse matrimonialmente entre ellos,


tanto para asegurar el bolsillo como para no perder la alcurnia. De este afán
resultado una endogamia en que los genes tenían que hacer malabares para
no atraer fenomenitos al mundo. Un día de marzo de 1931 falleció el niñito
Jorge Ernesto Cacho Castro. Sus restos se velaron en capilla ardiente y luego
fueron trasladados a la plazuela Amalia Puga donde el todo Cajamarca se dio
cita para acompañar a su última morada en la hacienda Polloc. Le Fueron
enviadas diez coronas de biscuit, diez artificiales, setenta de flores naturales y
siete ramos de flores. Entre los que acompañaban el féretro estaban los Cacho
Souza, los Cacho Gálvez, los Sáenz Cacho, los Bueno Cacho, los Cacho
Castro, los Castro Castañeda, los Castro Vilar, los Castro Silva, los Castro
Agustí, los Cacho Cacho y los Castro Castro.

Algunas veces fueron para el pueblo “Circo sin pan” las fiestas y otras
diversiones que esta clase permitía observar desde la calle. El espectáculo
incluía profusión de luces, brillo de joyas mesas de exquisitas viandas y
acordes melodiosos que salían de los bandoneones, pianos y violines y
después de las fonolas de la Víctor. Cuando, por ejemplo, se reunían los
contertulios de Hilbeck y Kuntze a llorar la añoranza de la tierra lejana,
mojándola con cerveza endulzándola con el violín, racimos de cabezas
espiaban por las ventanas de la casa en Tarapacá donde, hace poco,
funcionaba el Seguro Social. Cuando en 1924 se celebró el carnaval en el Club
Cajamarca, el espectáculo alcanzó tales proporciones que los mirones
aguantaron estoicos lluvia y frío para llenar por lo menos los ojos de lujo y
despilfarro

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La Crónica social empleó todos los recursos del lenguaje para ponderar al
refinamiento, la distinción y la cultura, ayudando a que el sentimiento de grupo
selecto calara hasta la médula y el vulgo lector distinguiera la línea divisoria.
Con ocasión de un bautismo escribió: “Se dio cita cuanto de bello y distinguido
tiene la sociedad cajamarquina, pues con rarísimas excepciones estaban
presentes las familias de lo que se puede llamar a élite”. Con ocasión de unas
Bodas de Oro: “Se les atendió con exquisita cultura”. Con ocasión de un
cumpleaños: “… felicitada por sus numerosas relaciones sociales.” Con
ocasión de un retorno: “Los salones y el comedor de la casa, profusamente a
giorno, recibieron a los numerosos invitados, quienes después de tomar un
cocktail pasaron al refectorio a hacer los honores de las diferentes y exquisitas
viandas, para seguir en amena y alegre expansión una soairé donde el
entusiasmo, la elegancia y la refinada cultura se habían dado cita”. No puede
negarse que los cronistas sociales fueron diestros en el arte de adjetivar y
ponderar al infinito.

Abrió la página social del siglo el gran banquete que organizó la distinguida
matrona Carolina Puga de Puga, madre de la poetisa Amalia Puga de Losada,
con ocasión de la visita del Ilustrísimo Obispo Monseñor Purreidón. “El
Ferrocarril” del primero de octubre de 1901 lo reseñó así: “….un suntuoso
banquete, al cual fueron invitados el Ilustrísimo Obispo de Chachapoyas
Monseñor Risco, el Presidente del Tribunal Superior de Justicia doctor de la
Rosa Aranda y otros magistrados, del canónigo doctor Herrera, secretario del
señor Obispo Purreidón, los directores del Colegio Nacional San Ramón,
algunos profesores, miembros de la prensa y otras personas notables de la
localidad. El cóctel fue servido a las 7 de la noche en el salón donde se recibió
los invitados.
Momentos después se pasó al comedor, el cual estuvo decorado con esa
sencillez y elegancia características del buen gusto. El menú del banquete,
confeccionado con verdadera maestría, no dejó nada que desear, así por lo
exquisito de los manjares como por lo excelente y escogido de los licores. A los
postres, después de librarse la primera copa de champagne, brindaron con

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esmerada cortesanía Monseñores Purreidón y Risco y el Presidente de la
Ilustrísima Corte. A las 10 de la noche se levantó la mesa, pasando enseguida
los invitados a distinto salón, en donde las señoritas Carolina y Florinda Puga
ejecutaron al piano escogidos trozos de música…” Lo que nadie imaginó
entonces fue que Monseñor Purreidón dejaría tal fragancia a obispo que con el
correr del tiempo la casa de doña Carolina acabaría siendo el Obispado de
Cajamarca.

Un salto de 42 años nos lleva a otro gran acontecimiento social de la


década del 40: Las Bodas de Plata del matrimonio de Cacho Sousa - Castro
Agustí, reseñado por el periódico “La Razón” y en febrero de 1943: “El día 8 del
presente mes se cumple el 25 aniversario de la formación del hogar
cajamarquino de los esposos Teresa Castro Agustí y Manuel Cacho Sousa,
nombres pertenecientes a respetables y antiguas familias de la localidad…. la
fecha del matrimonio fue el 8 de febrero de 1918, habiendo nacido de esta
unión Delia, Graciela, Carlos Manuel, Luis Jaime…” Dos días después
continuaba la información: “Esta mañana viajaron en dirección al fundo “La
Quispa”, con objeto de presentar su saludo a los esposos Cacho Sousa -
Castro Agustí, el prefecto Ernesto Moreno; el sub prefecto Artemio Delgado; el
director de este diario Emiliano Pereyra; el jefe departamental de caminos
Manuel Zariquey; el tesorero fiscal Guillermo Barreto…” Tras una larga lista de
autoridades y notables continuaban la reseña: “En varios automóviles llegaron
a la hacienda a la una de la tarde. Instantes después de la llegada, los
excursionistas fueron atendidos gentilmente por los dueños de la casa con
varios cocktails y viandas frías. En seguida, a invitaron del señor Cacho Sousa,
los viajeros recorrieron las secciones más mediatas e importantes de “La
Quispa”. A las dos de la tarde se sirvió un magnífico almuerzo. A las seis de la
tarde se sirvió el lunch, después de lo cual los excursionistas regresaron a esta
ciudad.”

Y entre ambos sucesos se dieron otros cientos que no interrumpieron ni


desastres naturales, epidemias de tifoidea ni muerte de obispos. Cuando en

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1939 Europa se debatía en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial,
por acá seguían las champañadas, los bailes, las reuniones en los clubes
Cajamarca y de la Unión, los cocktails y todo aquello que llenara la agenda
social para no acordarse que se era no más que un pueblo grande aislado
entre montañas.

Algunas familias tenían en sus casas oratorios particulares donde salían a


celebrarse matrimonios y bautismos, previa autorización de la autoridad
eclesiástica. Por ejemplo, en 1919, en el oratorio particular de la familia Losno,
Fray Serafín María Ugarte Bautizó al niñito César Humberto, hijo de los
esposos Arce – Losno. En esta época no había la costumbre de despedir de la
vida de soltera a las novias, por lo menos no como se estila en nuestros
tiempos regalándole dólares o cacharros de cocina; más bien se despedía a los
novios en una reunión de amigos. Cuando en 1922 Fausto Santolalla contrajo
enlace con Irene Silva, un gran banquete le fue ofrecido en los comedores del
Gran Hotel. Hasta un lance de honor o una anulación matrimonial, podían ser
motivo de revuelo social: En 1919 César O. Villanueva, dueño de la Hacienda
“Huayrapongo”, y Segundo Sergio Rodríguez, dueño de la “Droguería Central”
en el 49 del jirón de Lima, cada uno con dos padrinos, se batieron a duelo.
Terminó el lance sin un rasguño quedando el honor lavado y probados honra y
coraje, como correspondía entre caballeros. Una historia de amor que terminó
en anulación matrimonial fue la de Alejandro Castro Mendívil y Ana Castro
Cabada de Castro de Mendívil. En septiembre de 1925 ella erogaba con fuerte
suma para la realización del Plebiscito sobre Tacna y Arica. En mayo de 1928
ambos celebraron en “La Colpa”, con gran animación y baile hastas altas horas
de la madrugada, el cumpleaños del marido. Tres años y medio más tarde la
Corte Superior confirmó la sentencia que declaraba nulo el matrimonio civil de
los esposos, que lo fue la comidilla de su círculo. La hermosa campiña que

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rodeaba la ciudad invitaba al paseo campestre. Con frecuencia las familias
organizaban un día merienda en el campo de excursión al fundo de una
amistad, para gozar la naturaleza, de la sombra de los árboles, del aire puro y
cristalino. En junio de 1916 “El Ferrocarril” informó, por ejemplo: “...a iniciativa
del señor doctor don José del Carmen Gallardo, que manifestó el deseo de salir
a una merienda a la campiña, secundaron la idea con entusiasmo los doctores
Urteaga y Zambrano, siendo este último el encargado de hacer las invitaciones
a determinadas familias y formular el programa de la fiesta. Las matronas
fueron “multadas” con un potaje y los caballeros con cerveza y cola y otras
bebidas refrescantes.... Partieron a las 2 pm a la deliciosa finca del señor José
L. Alva que se llama “El Paraíso”, Álamos, jardines, pampa llana en que
alternan sitios cubiertos de verdura cercos con portillos, arroyos que pudieron
vadearlos poniendo piedras…Algazara, risas, niñas, un derroche de
recreo. Llegaron a la bella casa de la citada granja al compás de la guitarra. La
gran merienda se prolongó hasta las primeras horas de la noche”.

     Hacia 1929 el periódico “El Perú” publicaba la columna “Lucífugas” firmada


por “Plinio”, desde la que deliciosamente se tomaba el pelo a la élite. He aquí la
descripción de los preparativos para una salida al camino: “Las chicuelas de
casa están agilísimas. Han amanecido con caritas de Pascua. Las sirvientas se
han puesto su traje de percal y lucen sombreros nuevos de paja. Canastas que
vomitan frutas, maletas de panza redonda, hinchadas de no sé qué cosas….
trastos diversos...Domingo. Paseo al campo.

      “De pronto el auto que estornuda la puerta. Agitación, preguntas, llamadas,


la chiquillería que suena como una campanilla, el perrito faldero que husmea
los canastos, la Manuela que corre de un lado a otro del comedor, la
Sebastiana que envuelve paquetes a granel, la María que suda el dolor de un
callo mordido por los chámarros. Un perro vecino se lleva una salchicha
íntegra. La mamá sale bien polveada. En las cuerdas de su garganta se han
canalizado los polvos de arroz. Luce un sobresaquito negro y sombrero de

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picos. El hecho es que la vieja asoma sonándose las narices y moviéndose
como un torpedo.

“¡María, Manuela, Sebastiana, si habrán arreglado todo!, dice la vieja. ¿Y el


pavo, si habrán cubiertos, platos, aceituna, cebolla?

“El papá asoma curvado, echando humo. “Eso ahora”, dice. Las niñas están
ya zapateando en el vientre del auto. La vieja ha perdido ya dos embestidas
para trepar al auto. El marido y el chofer han tenido que hacer de ascensores.
Al fin cae de ancas haciendo un esfuerzo formidable. Las sirvientas se ríen
disimuladamente. El culillo ha visto cosas prohibidas.

“Claxon. El movimiento inicial ha hecho de la vieja una mazamorra. Las


calles, las casas, pasan a todo trote. Las gentes se descarmenan en la calle y
en la plaza. El auto alza el rabo en la Recoleta y retoza bajada abajo. La mamá
abre tamaños ojazos. La campiña se mueve como una gelatina…”

La tertulia fue una de las formas de reunión más frecuente. Familiares y


amigos se congregaban al caer la tarde para conversar, escuchar a las niñas
tocando el piano o recitando poesías, alabar alguna manualidad confeccionada
por las mujeres de la casa, comer pastitas, y dejar pasar las horas hasta que
un primer bostezo anunciaba la retirada. “Plinio” describió también una tertulia
con su pluma de divertida y mordaz: “Mesitas, consolas, chineros en los
ángulos del salón, soportan las coqueterías de los ramos de flores, de los
tapetes y cargan con unos cuantos retratos del abuelo, generalmente del dueño
de casa cuando estuvo de teta, o de diez años pañuelo al pescuezo. Que
conste que en la parte principal del salón está el retrato oficial matrimonial, en
que la novia aparece con tamaño tupé y poniendo el brazo derecho sobre el
hombro del infortunado. Mecedoras, espejo, sombrerera, chucherías: todo está
distribuído convenientemente.

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“Diez de la noche. Los visitantes abren la boca desaforadamente. Bostezan.
Han hablado de infinidad de cosas: de la familia tal, de las lisuras de la familia
cuál, de las prosas del fulano, de la aristocracia de sutano, de la hipocresía del
mengano, de los noviazgos, de la petulancia y de todo un poco, pero, eso sí,
del bien de nadie. Ellos son los únicos decentes, los honrados, los que no fían
y, al hablar así, se yerguen levantando la voz, dan palmotazos sobre los
muslos y se suenan la nariz. Dos enamorados se entregan cartas de amor
disimuladamente.

“ La dueña de casa se hace hilas y trota y más trota, como un camión viejo,
haciendo preparar el famoso chocolate. El marido ríe sin ganas. Las niñas dan
cuerdas a sus risas y a la Víctor.

“Silencio. Los visitantes, olfateando el espumoso chocolate, se mueven y


pregunta por la dueña de casa para despedirse. A esto asoma ella un poco
agitada, llenando con sus caderas el recinto, exhibiendo un hermoso
robacorazón sobre su frente y como el trajín ha sacudido el polvo de arroz que
se pusiera, muestra la nariz brillosa y un embadurnamiento en la frente y el
pescuezo.

“Sorpresa: “¡¿Cómo es eso?! ¡Un momento más!” Y se encorva frente a su


marido a quién le extraña de su pasividad. Alegría en el alma de todos menos
en la del papá….

“Chocolate adentro. La servidumbre irrupciona el salón: una con quince


tacitas de chocolates en un azafate, otra con servilletas de dos tamaños, otra
con cucharaditas, un cholito con azafate de queso tajadeado, y así un
chocolate de sirvientes y de servilletas; más servilletas y sirvientes que
chocolate. Movimiento, gazuza. Las viejas han despertado. Hablan fuerte,
tosen, bostezan haciendo una cruz en la boca. Una de ellas sorbe el chocolate
que da miedo, mientras la otra de un manotón a las galletas ha hecho soltar el
azafate al sirviente…El galán brinda una galletita en corazón a la rubita que

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sonríe. Los azafates hacen el reclutamiento de tazas. Las servilletas se
enarbolan en la boca de todos. Una de ellas ha ido a parar al bolsillo de un
viejo …

“El hambre ha sido bestial. El sueño de las viejas ha sido de hambre. Los
silencios se hacen cada vez más silencios…Murmullo, despedidas y los dos
enamorados tienen la oportunidad de rascarse con un dedo la palma de las
manos”.

La muerte de un miembro de la élite dio para mucha tinta y lucimiento. No


era costumbre que las mujeres fueran al entierro, pero se hacían presentes con
el envío de flores y acudiendo al velorio a rezar y llorar con los deudos. De
acuerdo a la prosapia del finado era el número de cuadras del
acompañamiento fúnebre masculino a la última morada, vestido de estricto
negro, arrastrando el duelo y tomando las cintas que caían del ataúd. No
pasaba mes sin que muriera alguien importante de manera que un rubro
insoslayable del presupuesto eran las cruces o coronas de flores de biscuit,
artificiales o naturales cuando. Cuando falleció Elena De Castro Mendívil en
1920 se juntaron 110 aparatos florales y al morir en 1908 Wenceslao Montoya,
presidente de la Ilustrísima Corte Superior, el acompañamiento, formado por
las personas más respetadas de Cajamarca, ocupaba varias cuadras y una
enorme pirámide de madera conducía la multitud de coronas y aparatos florales
enviados a la casa mortuoria.

La crónica social ensalzaba, como siempre porque la muerte todo lo borra,


las virtudes de los difuntos y describía la consternación y el pesar de los
familiares con los términos más emotivos. Cuando falleció el 28 de julio de
1924 don Francisco Maurier, “El Heraldo” escribió: “…un respetable anciano,
un padre modelo, un amigo leal, un vecino irremplazable, un caballero sin
tacha. El ciudadano francés don Francisco Maurier nunca esquivó su concurso
para las obras de bien”. Cuando tras un parto desgraciado falleció en 1920
Carmen Elena Esparza de Castro Mendívil, esposa de Mariano Castro

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Mendívil, escribió “El Ferrocarril”: “Este ángel de bondad baja a la sepultura sin
haber llegado a los cinco lustros de vida, dejando sumidos en el dolor…”

El fallecimiento de doña Edelmira Villacorta de Querzola produjo profunda


consternación a los muchos que la conocieron. Desde días antes de su deceso
“La Tribuna” informó sobre su estado de salud hasta el primer día de abril de
1920 en que expiró. Cómo sería de querida está buena señora, que Eloy
Santolalla donó una cantidad al Hospital de Belén con una nota dirigida a su
directora, Sor Vicenta Ureta: “Tengo a bien adjuntarle la cantidad de 50 soles
para que se sirva usted aplicarlos en obras de caridad en sufragio de su
alma…” Y el 12 de abril, en la capilla de las Hermanas de la Caridad de Belén,
empezaron a celebrarse Misas Gregorianas en sufragio de su alma, las que se
extendieron por treinta días. Domingo Querzola cambió el nombre de su
hacienda camino a San Marcos por el de “Edelmira”. No pudo don Domingo
sobrevivir por mucho tiempo a su recordada esposa y falleció en junio de 1924.

Fuera de serie fueron algunas columnas necrológicas por desatinadas o


pueriles: El 25 de agosto de 1934 yacía en su lecho de dolor la señora Susana
de Dávila. No esperó el cronista a que exhalara el último suspiro y se adelantó
a la parca escribiendo en “Renovación”: “Se encuentra en estado de agonía la
señora…quien ha sufrido larga enfermedad. En breves instantes enlutará su
hogar, así como el corazón de sus hijos y demás miembros de su familia.
Bajará a la tumba la que fue una buena madre de familia…” O la manera cómo
destacó en 1922 un cronista de “El Heraldo” la muerte de una virgen de 90
años, doña Petronila Villanueva: “A pesar de la brillante posición social de que
gozó siempre, ya por la familia a que pertenecía, ya por sus medios de fortuna,
jamás quiso contraer matrimonio ni nadie se atrevió jamás a poner en duda su
honor, de modo que baja a la tumba con la pureza de las vírgenes”.

Y ya que hablamos de defunciones, hagamos un paréntesis para referir el


caso de mayor longevidad que registra Cajamarca en la primera mitad del siglo:
Fue el de doña Dominga C. de Pérez fallecida el 12 de mayo de 1922 a los 108

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años. “El Heraldo” escribió: ”Falleció en uso casi completo de sus facultades
físicas e intelectuales y después de haber visto reproducirse a cinco
generaciones cuyas, o sea dejando vivos a dos hijos de los 14 que tuvo en
matrimonio con el señor Fermín Pérez, 14 nietos, 52 biznietos, 18 tataranietos
y 2 chorlos, nombre con que así califica la ciencia médica a los hijos del
tataranieto, o sea un total de 88 miembros de familia…Nació en San Pablo en
1814 y recordaba con precisión los acontecimientos y los personajes que
tomaron parte en la en la guerra de la independencia”. Cientos de Pérez
acudieron a la capilla ardiente, entre ellos la entonces abadesa del Monasterio,
Sor Salomé Pérez.

En 1926 el periódico “El Perú” hizo un intento de democratización insertando


defunciones de la gente común y corriente, pero esto apenas si duró un par de
años y después los pobres siguieron muriéndose como lo habían hecho
siempre: sin flores de biscuit, sin reseña social y apenas llorados por sus
deudos cercanos. Aparecieron entonces no sólo la defunción sino la causa del
deceso en estilo de telegráfico: “Corpus Taita, adulto 54 años, casado, natural
de Shultín, de neumonía…Manuela Teresa Aguilar, párvula, de tres meses de
edad, de Cajamarca, de escarlata…María Correa, adulta, de 75 años, soltera,
natural de Luichipucro, de ¿¡parto!?...(Suponemos que hubo error aunque todo
es posible)… del hígado, de bronquitis, de derrame al corazón…”

Como decíamos al comienzo de este capítulo, la élite ocupó su tiempo libre


en obras sociales. Mencionaremos algunas para que la clase de la que
hablamos no parezca absolutamente indiferente a la desgracia ajena. En
realidad no lo fue aunque su enfoque, de acuerdo al proverbio “Es mejor
enseñar a pesar que regalar pescado”, no fuera el más atinado; pero eso vale
para hoy y no para entonces, así que vamos con los ejemplos: Hacia 1905 se
formó en Cajamarca la “Hermandad de las Señoras de la Caridad” con 75
inscritas. Distribuía entre los pobres arroz, azúcar y sal, repartía raciones de
comida entre los mendigos, asistía enfermos y recaudaba fondos para pagar
las recetas de los indigentes en la botica del Hospital de Belén. En noviembre

[Escriba aquí]
de 1920 algunos caballeros, presididos por Nicanor chávarri, formaron la
“Asociación de Caballeros de Caridad” que repartió regalos a los niños pobres
en la Navidad de ese año.

Sor Vicenta Ureta, quien fuera hasta su muerte Superiora de los Hospitales
de Belén, se movía incansablemente no sólo por los enfermos sino por todos
los que Dios le pusieran en el camino, aprovechando el aprecio que le tenía las
familias importantes para conseguir fondos. Un sólo ejemplo de lo mucho que
hizo por los pobres fue la Navidad de 1921 cuando repartió entre los presos
butifarras, chocolate caliente y dinero con los aportes que le proporcionó la
clase favorecida.

Con el título de “Las huerfanitas pasan por primera vez un buen día en
Cajamarca” reseñó “El heraldo” del 11 de enero de 1926 el esparcimiento
ofrecido gracias a las erogaciones de la sociedad: “A las 9 de la mañana
salieron de Belén seis carros… Acompañadas por las Madres de la Caridad y
los miembros de la comisión, recorrieron el jirón Amalia Puga y dieron una
vuelta por la Plaza de Armas para tomar enseguida el camino a los Baños del
Inca. Los carros de la plaza iban llenos de tiernas criaturas…Ya en los Baños,
con encantadora algarabía, se bañaron en el pozo viejo y gozaron del agasajo
que el conductor de ese balneario ofreció a las desheredadas de la fortuna.
Terminaron el baño y después las huerfanitas se recrearon algún tiempo con
los acordes de las bandas de músicos de esta ciudad y Llacanora. Se sirvió
casi a la 1 de la tarde el suculento almuerzo preparado con el dinero
proveniente de las erogaciones de la sociedad de Cajamarca que ha dado una
nota de cultura y nobles sentimientos”. Las damas de los apellidos de siempre:
Capelli, Sattui, Noriega, Sáenz, Cacho, Maurier, chávarri, Gallardo, Burga,
Larrea…se emocionaron hasta las lágrimas más que por la felicidad de las
huerfanitas, por su propia generosidad, convencidas de que el recuerdo del
glorioso día haría más llevadera la vida de mandiles a cuadritos, trenzas,
tirantes, sopa de coles y futuro de domésticas.

[Escriba aquí]
En 1931 Lucila Castañeda de Castro Agustín invito a la ceremonia de
instalación de la “Gota de leche”, acompañando de este anuncio: “La
inscripción comprende niños y niñas de hasta un año y medio de edad. Para
ser inscritos es necesario presentar un certificado de persona notable
avecindada en la ciudad, por el que conste el estado de pobreza en que se
hallen los padres, que estos observan inmejorable conducta y que la madre
está en la imposibilidad de lactar a su bebé”.

La eterna necesidad de esta clase de hacer de conocimiento público el


monto de sus óbolos, donaciones o erogaciones, lindaba en ocasiones con la
ridiculez, como cuando en 1939, al realizarse una colecta a favor de los presos,
apareció en “El sol” está rectificación: “En la lista de erogantes para obsequiar
a los presos de la cárcel pública, aparecer el señor Wenceslao Valera Villacorta
con una libra de azúcar cuando en realidad ha construido con la suma de cinco
Soles Oro”.

Tal vez el caso de mayor desenfoque para solucionar un problema social


fue el de la “Asociación Progreso Cajamarca” que se constituyó en 1944, Su
intención era terminar con la mendicidad callejera porque la élite estaba hasta
la coronilla de ver su ciudad plagada de indigentes harapientos estirando la
mano para recibir una limosna. Creyó que empadronándolos, congregándolos
un día a la semana y dándoles unos centavos, los mendigos se irían a sus
casas, si es que las tenían, a vivir siete días de la limosna que a ella le
alcanzaba para los huevos de la semana. Dos años duró el entusiasmo y
después cayó de su nube al constatar que la mendicidad no se acaba ni con
limosnas organizadas. Claro que tampoco aterrizó en la justicia social ni en el
cambio de estructuras porque para esas nociones era dura de meollo, a pesar
de que ya Mariátegui y Haya de la Torre habían hablado y dado que hablar.
Arrancaron en abril de 1944 con una gran Kermesse en la que participaron casi
todas las damas de copete de esa década como Elvira de Esparza, María de
Capelli, Olga B. de Amorín, Carmela de Turpeaud, Celinda de Querzola, Rosa
Cacho de Bueno, Aurora de Sousa Iglesias, María de Caballero y, en fin, las de

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siempre aunque con otros nombres y otros apellidos. Los kioskos de la
Kermesse, que se realizó el primero de mayo, se distinguían por los colores
celeste, blanco, rojo, rosa y verde. Se vendieron toda clase de viandas, dulces,
refrescos y licores. La concurrencia fue nutrida y selecta. El ilustrísimo Obispo
de la Diócesis, Monseñor Teodosio Moreno Quintana, bendijo los kioskos y una
orquesta amenizó la fiesta. Se recaudaron 919.35 Soles que comenzaron a
repartirse el sábado 13 mayo entre los mendigos. Con la ayuda de los
miembros de la comisaría se les congregó en el municipio y cada uno recibió
70 centavos. Acabado el dinero de la kermesse y para asegurar una cantidad
fija, se hicieron suscripciones por 240 soles mensuales. Cuando los
suscriptores empezaron a olvidar su compromiso, se desinfló el entusiasmo y
los mendigos pudieron seguir por las calles y plazas paseando sus harapos y
desnutriciones. En noviembre del 45 la “Voz del Pueblo” comentaba: “Un buen
día, y teniendo en cuenta el triste espectáculo que presentaba por nuestras
calles los desheredados de la fortuna, un grupo de distinguidos caballeros que
pertenecían a la entonces flamante “Asociación Progreso Cajamarca”,
acordaron poner término a la mendicidad callejera mediante empadronamiento
de los mendigos y la protección de los mismos con fondos adquiridos por
donación de personas altruístas y que se les reparte semanalmente los días
sábados…Muchos de los contribuyentes, pasado el momento de entusiasmo,
han fallado en su promesa. Quedan muy pocos de los que siguen pagando.
Esta es la lista de los que han dejado de pagar para el sostenimiento de los
mendigos...” Y seguirán 50 nombres de personas ilustres, distinguidos y
altruístas. Lo único que nos quedó hasta la fecha de las buenas intenciones de
la Asunción, es la costumbre de los mendigos de pedir los días sábados con
más derecho e insistencia que cualquier otro día de la semana.

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