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El Reportero de la Historia: “Se reserva el derecho de admisión” Página 1 de 10

Un ensayo histórico sobre el Baguazo y


la nación en el Perú.

Por Maribel Arrelucea Barrantes (*)


Fotografías: Cortesía de Shane Greene

Mis investigaciones me han centrado en los


temas de etnicidad, esclavitud y género pero
hoy pretendo responder a una aparentemente
simple pregunta que me formuló mi hija
Marietta de 7 años mientras veíamos las
primeras imágenes del cinco de junio: “¿Por
qué matan así a las personas?”, no pude
responder en esos momentos porque sentí
una mezcla de indignación y vergüenza que
fueron creciendo así que decidí escribir sobre
el Baguazo, la nación, los sujetos históricos
que se suponen forman parte del juego
democrático, la discriminación, la violencia
estructural y el rol del Estado. Escribir
también es una forma de participar, romper el silencio y solidarizarme con
todas las víctimas, civiles y policías, porque todos eran peruanos con ilusiones
truncadas y pleno derecho de admisión.

1-El Baguazo, los discursos y las imágenes.

El cinco de junio todos los medios repetían la misma noticia: “nativos” y


policías enfrentados violentamente en la Curva del Diablo, una zona de la
carretera Fernando Belaunde en Bagua, algunos anunciaban un genocidio,
otros remarcaban el ataque a policías. Por la noche los noticieros televisivos
mostraban imágenes del enfrentamiento donde se podía distinguir policías y
civiles, helicópteros, machetes, fusiles, lanzas, gritos, sangre, mucha sangre.
De hecho en los siguientes días la población fue bombardeada con imágenes
de cadáveres con heridas sanguinolentas, cuellos cercenados, tajos abiertos
aun rezumando líquidos, rostros descompuestos en rictus de dolor ¿Quiénes
eran? Se trataba de los policías muertos en ese cinco de junio. Esas imágenes
me recordaron los aciagos días –y aún cercanos- de la violencia terrorista, los
coches bombas estallando en cualquier lado, los atentados, la sangre fluyendo
de los cuerpos de las víctimas, los cientos de rostros evidenciando dolor y
miedo.

Pero los peruanos y peruanas también vimos con estupor una guerra de
imágenes y discursos donde se evidenció el débil concepto de nación, los
sujetos históricos que algunos imaginan como única parte de la nación, los
excluidos del baile, las enormes distancias entre Lima y las provincias, entre el

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Estado y las poblaciones peruanas, las nuevas estrategias de negociación y


presión que están surgiendo en medio de esta coyuntura de crisis, la dinámica
de los partidos y movimientos políticos, los acomodos y reacomodos
mediáticos (1).

Pero vayamos por


partes, primero los
discursos con muchas
perlas: después del cinco
de junio Keiko Fujimori y
Rolando Souza rogaron a
los “nativos” que no se
dejen manipular desde
dentro y fuera del país
por políticos
malintencionados, a lo
cual replicó Jorge Bruce
que “es tan grotesca la
subestimación de la
inteligencia de nuestros
compatriotas que cabe
preguntarse si se busca
enardecerlos más para
prolongar la atmósfera
convulsionada o tal vez
su limitación ideológica les impide darse cuenta de que hay un mundo
complejo fuera de la teoría de la conspiración” (2). Esta tesis con algunas
variantes (poder chavista, boliviano, humalista) milagrosamente puso de
acuerdo a los políticos oficialistas y de oposición, una de las más insistentes
fue la Ministra de Comercio Exterior quien reveló que existirían indicios sobre
la presencia de colombianos, venezolanos y bolivianos azuzando la zona antes
del conflicto y que los humalistas estuvieron camuflados entre los
manifestantes (3).

¿Por qué esta tesis del poder externo tuvo tanto éxito? Porque es preferible
suponer que existe un cerebro fuera y no propio, menos aún en los grupos
amazónicos, ¿Se imaginan? Amazónicos organizados, pensantes, presionando
al Estado y exigiendo la derogatoria de las leyes, “el mundo al revés”, un
miedo ancestral rondando en Lima. Pero también hay otro factor inconsciente:
muchos y muchas piensan que los habitantes de la Amazonía no tienen
capacidad mental, no conocen el mundo civilizado, no son capaces de articular
un proyecto propio, leer las leyes, escribir, hablar el castellano, “entender
nuestro mundo”…en suma, una discriminación cultural enorme(4). Además, en
una coyuntura tan delicada y con torpezas políticas tan evidentes era
necesario encontrar chivos expiatorios, canalizar la tensión hacia otro lado y
qué mejor involucrando a los enemigos más peligrosos como los humalistas,
así se cerraba el círculo: humalistas violentos, nativos violentos.

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Los medios de comunicación también pusieron su cuota en el manejo de los


discursos e imágenes, en periódicos, revistas, noticieros, reportes de internet
y blogs se referían a los manifestantes como “nativos” palabra que marca la
diferencia entre el limeño/limeña y los habitantes de la Amazonía, es afirmar
un “nosotros los civilizados” frente “al otro, el diferente” Me parece que fue
más que un conflicto lingüístico en los medios, tiene que ver con la percepción
de quiénes somos los peruanos y peruanas: ¿Cómo referirse al otro, al
distante, alejado de Lima y lo que se entiende por “la civilización”? ¿Los
rostros con plumas en la cabeza son iguales a “nosotros”? ¿En qué somos
iguales?

Pero si
de un
triste

concurso racista se trata, tres candidatos se llevan los premios mayores: la


Ministra del Interior Mercedes Cabanillas, el Presidente de la Sociedad Nacional
de Industrias Eduardo Farah y el Presidente de la República, Alan García.

Mercedes Cabanillas es una experimentada política, ex candidata presidencial


y figura importante del Apra, como Ministra del Interior debió enfrentar tensas
entrevistas y ante la pregunta sobre su responsabilidad política en la muerte
de los policías respondió con otra interrogante: “¿Yo he tenido las plumas en la
cabeza y he aniquilado a los policías? ¡Cómo me pregunta eso, ni siquiera he
estado en el lugar!” No contenta con esa frase, en otra entrevista, esta fue
para Prensa Libre, Rosa María Palacios le recordó que no solo habían muerto
policías pero ella respondió en un tono enfático: “Ellos se lo buscaron!” “Ellos
se lo buscaron!” (5).

En esos momentos, para la Ministra solo era importante la muerte de los


policías, los civiles le eran indiferentes, es más sus referencias a las plumas
tienen que ver con la imagen del salvaje que todos y todas tenemos en el
subconsciente, forma parte del discurso maniqueo sobre “civilización” y
“salvajismo” donde se contraponen símbolos culturales como ropa/desnudez,
cocido/crudo, control/descontrol, paz/violencia, solo faltó aducir al estilo
colonial que se lo buscaron porque son idólatras y antropófagos… (6)

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Los cadáveres de policías y civiles aún estaban recogiéndose cuando un


furibundo Presidente de la Sociedad Nacional de Industrias, Eduardo Farah
expresó “¿Por que cuatro sarnosos quieren cerrar una carretera o quemar un
puente van a dejar de comer miles? Están locos!” (7). Muchos investigadores
del racismo estarían felices porque por fin alguien rompe el silencio ante lo que
Max Hernández llamaba la “Sudáfrica solapa” o simplemente el racismo
hipócrita a lo que muchos peruanos y peruanas son adictos.

Pero dejo para el final al Presidente de la República, el mismo viernes 5 de la


tragedia en Bagua declaró “estos 400 mil nativos no son ciudadanos de
primera clase que pueden decir ‘tú no tienes derecho a venir por aquí’ a 28
millones de peruanos” Desde ese momento las frases se cruzaron hasta en el
Parlamento, el lunes 6 la congresista Janeth Cajahuanca cuestionó las
estrategias policiales y la Ministra del Interior respondió: “¿Qué hace una
vendedora de gas en el Congreso?” triste frase acompañada por un coro de
risitas burlonas aprobatorias (8).

Todas estas frases reseñadas tienen un común denominador: la


discriminación, el rechazo total al otro, marcan una clara diferenciación de
clase, cultura y etnicidad, y un poco detrás de escena el de género. Los
complejos nudos del discurso de la nación y sus sujetos históricos se vuelven
más problemáticos porque en una coyuntura de crisis como esta salen a la luz,
no es que aparecen misteriosamente, afloran del subconsciente colectivo y del
pasado histórico para enrostrarnos que la ciudadanía en el Perú está en
construcción, pero en los últimos tiempos nadie de la esfera pública había
empleado categorías diferenciadoras en forma abierta y desembozada como lo
hizo el Presidente de la República.

Para nadie es novedad decir que en el Perú predomina una discriminación


hipócrita que se vuelve evidente en situaciones nacionales de tensión como la
del Baguazo o situaciones de tensión personal y social como cuando se
“reserva el derecho de admisión” en restaurantes y discotecas, el segundo
caso pasa desapercibido porque lo hemos asimilado como parte de nuestras
relaciones sociales violentas “normales” aceptadas mientras el segundo nos
confronta en tanto rompe el escenario político y social, no pasa desapercibido,
duele, remece a todos y todas.

En palabras del antropólogo Shane Greene debería analizarse “quién cuenta y


quién no cuenta en la arena multicultural contemporánea” Pero como estas
nociones son complejas, implica afinar el análisis y para eso es necesario
entrar al terreno histórico: ¿Quiénes son considerados ciudadanos y
ciudadanas? ¿Cuál fue el difícil proceso de construcción de la ciudadanía? ¿Por
qué en el Perú la Democracia no significa igualdad? (9).

2-Democracia y exclusión: la nación y los sujetos históricos

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Para Jorge Basadre el


punto de inicio es la
república temprana, con
la instalación del Primer
Congreso Constituyente
se institucionalizaron dos
prácticas políticas
fundamentales: primero
la cuestión de la
representación política
nacional (unos cuantos
elegidos a dedo sin
remordimientos por no
consultar ni escuchar a
“los otros”) y en
segundo lugar una
consecuencia natural, la
ciudadanía restringida,
unos cuantos podían
decidir por todos y
todas. A decir de Flores
Galindo el nuevo estado se estableció en una sociedad en la que no existía
vida pública ni ciudadanos (10).

En esa línea también reflexionó Nelson Manrique: “En la fundación de la


República se quería constituir una nación firme y feliz por la unión, y se
pretendía conseguir tales dones para los peruanos, o, más propiamente, para
quienes eran reputados por tales. Por sucesivos recortes éstos eran cada vez
menos. Los esclavos, a quienes se prometió la libertad para sus vástagos,
fueron puestos bajo tutela por 20 años, primero, y por 50, después (es decir,
toda una vida). A los indios, a quienes San Martín decidió que en adelante se
les debía llamar únicamente “peruanos”, volvió a cargárseles con el tributo y
los trabajos forzados coloniales, con apenas un ligero cambio de nombres. Los
peruanos terminaron siendo menos de una décima parte de la población,
mientras que la gran mayoría fue excluida del proyecto nacional. La
cuadratura del círculo, una República sin ciudadanos. El resto es historia: la
agotadora gesta de mantener privilegios coloniales y al mismo tiempo tratar
de ser modernos, según la pauta de Madrid, primero, París, después, y, más
recientemente, Miami. Todo revestido por un majestuoso edificio de leyes y
debates doctrinarios sin mayor significación, porque hablan de una sociedad
ideal que no es el Perú” (11).

La naciente sociedad republicana no construyó ciudadanos y ciudadanas, en


abierta oposición a los discursos democráticos mantuvo las diferencias
estamentales, étnicas y de género que se vinculaban con las oposiciones Lima-
provincias, costa-sierra (en el modelo no existía ni remotamente la selva) y
complejizó más aún el problema de la nación. El siglo XIX también es el del
discurso académico de la “raza” que tanto éxito tendrá para justificar el

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divorcio entre el discurso democrático y la realidad colonial, en ese proceso las


desigualdades que se pretendían raciales también se relacionaron con la clase,
la etnicidad y la cultura, en ese contexto se empalma el discurso colonial con
el decimonónico, tiene algunas variantes pero igual sirve y mucho.

El “indio” sigue siendo


un ser inferior, con las
mismas atribuciones
dadas por Unanue al
comenzar el siglo y se
seguirá repitiendo en el
siguiente (12). Seguirá
invocándose la vieja
tesis lascasiana del indio
como ser incapacitado y
necesitado de tutelaje,
en algunos casos bajo
un modelo patriarcal y
en otros abiertamente
autoritario pero que en
fondo constituyen dos
caras del mismo
problema, el rechazo a
incorporarlo a la nación
como sujeto histórico
pleno. Lo mismo sucede con los afrodescendientes, simplemente no entran al
juego por vincularlos a la imagen del esclavo salvaje e inferior. Las mujeres
afrontan los mismos prejuicios, consideradas como criaturas pasionales y por
tanto necesitadas de tutelaje no fueron invitadas al modelo democrático, nadie
debatió para considerarlas, no hubo ni siquiera alguien que se pregunte si ellas
deberían estar en el baile liberal y la adquisición de la ciudadanía femenina fue
un largo proceso que aún hoy tiene resistencias de allí que sea necesario leyes
de apoyo como la cuota de género en los partidos políticos. Si en algo estaban
de acuerdo los padres de la patria de la república temprana es que las mujeres
debían permanecer en la esfera de los afectos, el matrimonio y la maternidad.

Para Jorge Basadre un campesino del sur, otro de Piura y alguien de Lima
estaban unidos más allá de la geografía, las diferencias culturales, los
enfrentamientos étnicos y la desigualdad de ingresos, lo que tenían en común
era la condición jurídica: ser peruanos bajo la óptica del Estado que construye
la idea de nación, ahora bien su argumento era optimista pues para el viejo
maestro este sentimiento estaba en construcción. Sin embargo, los
convulsionados y dolorosos años 80s hicieron reflexionar a Flores Galindo
como una relación de violencia: “podríamos decir que la nación –si
identificamos esta palabra con los habitantes de un país- se ha constituido en
lucha contra el Estado. Nación contra Estado: en otras palabras, relaciones
conflictivas entre sociedad civil e instituciones políticas. En contra del

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monopolio oligárquico del poder, la sociedad civil recurrió a antiguas y nuevas


organizaciones…el movimiento campesino primero, los movimientos obrero,
estudiantil, de pobladores de barriadas, después, resquebrajan el edificio
aparentemente sólido de la dominación oligárquica” (13).

En el siglo XIX el debate entre conservadores y liberales terminó por restringir


la ciudadanía aludiendo a la discriminación étnica, económica, cultural y de
género. Un tema colateral fue entender el atraso del país culpando a los otros,
los excluidos, en ese entonces el sujeto aludido era el "indio" tildado de ser el
atraso, la carga, el elemento cultural y biológico que impedía el desarrollo y la
modernidad, con las mismas se acusaba al negro y hasta al chino. Ahora se
usan los mismos argumentos en plena época de multiculturalismo, tolerancia,
políticas públicas multiculturales, la idea de nación construida a partir de la
diferencia pero la selva estalló literalmente demostrando que solo hemos
avanzado en discursos pero no en la práctica. El Perú sigue siendo un país
complejo y con acomplejados. Para muestra basta las tristes frases del
Presidente de la Sociedad Nacional de Industrias. Ahora ya no son las mujeres
mal educadas, ni los indios brutos y los negros sensuales, tampoco los chinos
viciosos, ahora son los nativos con plumas violentos…

Pero ese argumento ha sido rebatido por el apu Santiago en Somos: “no
estamos en contra del desarrollo ni de la inversión, los necesitamos. Pero
queremos saber, nunca somos consultados, nunca nos dicen qué quieren hacer
con nosotros y nuestras tierras. No nos dicen cómo va a ser el futuro que se
imaginan para nosotros, cuál va a ser nuestro beneficio, como se asegura que
nuestros hijos sigan viviendo del bosque. Necesitamos una inversión bien
trabajada, un desarrollo pensado desde la selva y a favor de la selva, que
también va a ser lo mejor para el Perú” (14)

La respuesta del apu Santiago contiene varios puntos interesantes: en


principio una forma diferente de relacionarse con el Estado y Lima, la frase
“nunca somos consultados…no nos dicen como va a ser el futuro que se
imaginan para nosotros” indica claramente el cuestionamiento a la política
tradicional que funciona a partir del centralismo y el paternalismo, por otro
lado emerge una identidad autónoma con planteamientos propios sobre el
desarrollo, se podría decir “a la manera de la selva”

Definitivamente después del Baguazo se ha dado una nueva forma de relación


entre el Estado central, muy limeño y distante con los proyectos regionales,
según Manuel Burga es un esquema novedoso porque ahora el Estado envía
un mensajero para plantear el diálogo y llegar a acuerdos con las poblaciones
que reclaman, sería “el triunfo de la descentralización” (15).

Pero el Baguazo no es algo aislado, forma parte de muchísimos e intensos


conflictos sociales que están estallando en el país, según la Defensoría del
Pueblo existen 268 conflictos sociales, de los cuales 212 están activos, 56 en
estado latente y 94 en mesas de diálogo. Según un reporte de La República
(16), los conflictos sociales de mayor presencia en el país son los llamados

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socioambientales (50%) pero dicho así podría llevarnos a pensar que se trata
de conflictos nuevos, de reciente data que estallan por el crecimiento de las
inversiones en las actividades extractivas pero eso no es tan cierto. Son
conflictos que arrastran mucho tiempo atrás, el mapa de los conflictos sociales
coincide con los de pobreza y exclusión: Amazonas, Cerro de Pasco,
Moquegua, Tacna, Andahuaylas, Ancash, Huancavelica…

Sin duda alguna también es un punto critico en la idea de nación que pretende
igualar a todos y todas bajo una raza, idioma, religión, costumbres, Estado y
territorio ¿Qué hemos conseguido hasta ahora con ese concepto? Algunos
siguen repitiendo las frases aprendidas en el colegio, por ejemplo, un
comentarista escribió en la página de La República: “yo soy simplemente un
peruano que ama su raza, su tierra, su pueblo y sus tradiciones y que vive de
su trabajo” (17). Es la interiorización del concepto, el honor basado en la
identidad étnica, regional y nacional.

Pero creo que después del Baguazo muchos se han convencido que el
concepto de nación es viejo y obsoleto, que somos diferentes, somos un país
peculiar conformado por diversas identidades y más aún en estos tiempos
sacudidos por una ola latinoamericana y local de multiculturalismos. Por eso
Manuel Burga exhorta a “entender el momento, saber por dónde caminar.
Abandonar esa tesis del siglo XIX que trata de entender el Perú solo desde el
centro metropolitano. Hay avances, algunos procedentes de universidades
pero es la sociedad civil la que ha hecho los mejores esfuerzos por entender el
país en las últimas décadas” (18).

3- Derecho de admisión en la nación peruana

El Baguazo ha remecido los diferentes planos de la vida pública, por un lado


los escenarios políticos, por otro los individuales y colectivos. En estos
momentos se discute una interpelación al gabinete ministerial en el Congreso,
algunos grupos políticos están esforzándose por encontrar puntos
coincidentes, otros quieren construir alianzas coyunturales mientras la
oposición se relame por una buena faena política que dejaría excelentes
créditos en la próxima campaña electoral. Sin dejar de considerar que en
medio de toda esta coyuntura critica también han surgido proyectos, reclamos
y rostros regionales fuertes que también remecerán la balanza política. En los
planos individuales y colectivos el Baguazo nos ha obligado a mirarnos al
espejo, reflexionar sobre el concepto de nación que nos han machacado
durante once años de escolaridad, preguntarnos ¿Quiénes somos “nosotros y
nosotras”?

Las diferentes investigaciones antropológicas, históricas y sociológicas de los


80s en adelante han revelado la conformación multicultural del Perú pero al
mismo tiempo han formalizado un “esquema tripartito multicultural” de
andinos, amazónicos y afro-peruanos generando un efecto colateral: un
complejo problema cultural que obliga a preguntarse ¿Quiénes son los sujetos
históricos dignos de formar parte de la nación peruana? ¿Quiénes tienen el

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derecho de admisión?

Según Shane Greene “históricamente, los incas (y, más tarde, por extensión,
todos los andinos) han sido valorados como portadores de una ‘cultura’ muy
distintiva e ilustre, cultura con frecuencia representada como una verdadera
‘civilización’ en la apreciación europea y colonial del término. Siguiendo la
misma lógica colonial, sin embargo, los pueblos amazónicos y los
descendientes de africanos están inscritos respectivamente en la historia
colonial de la civilización como ‘salvajes’ y ‘esclavos’, desafortunadamente
representados como la antítesis misma de seres culturales. En la lógica
colonial de la civilización, por definición los pueblos amazónicos no tienen una
cultura porque supuestamente pertenecen más bien a la ‘naturaleza’; y los
afro-peruanos tampoco en virtud a su supuesta sumisión total al sistema
esclavista que los ha desculturalizado totalmente. En este sentido, si bien
puede argumentarse que el reconocimiento multicultural oficial es una
novedad relativa para los pueblos amazónicos y afro-peruanos, no lo es en el
caso de los andinos. Estos han sido representados desde hace tiempo (y en
ocasiones se representan a sí mismos) como los herederos “legítimos” de la
“civilización inca,” un tipo de civilización que los europeos y sus descendientes,
los criollos, no sólo reconocieron históricamente como legitimo sino también la
admiraron, imitaron e incluso trataron de apropiarse constantemente de
ella” (19).

Frente a esto se puede argumentar que el proceso tiene más tiempo y no es


solo a partir de una iniciativa gubernamental pues hay una difundida imagen
del Perú como un país de historia milenaria e ininterrumpida desde el Lítico
hasta nuestros días, desde los primeros pobladores nómades hasta hoy, eso se
ha relacionado con la pretendida concepción cultural de progreso que vincula
territorio-nación-estado en un solo proceso exitoso.

Pero esta percepción nos entrampa con imágenes falsas, nos envuelve en
discursos históricos que involucran emociones y sentimientos de inferioridad,
pongamos dos ejemplos emblemáticos: la conquista del Tahuantinsuyo y la
guerra del Pacífico (20). Son los temas más lacrimógenos, de honda
inferioridad, de desgarro. En contraste los temas de Culturas Prehispánicas e
Incas son de brillo y luminosidad, de éxito (21). Esto no es algo extraño como
aducía Walter Twanama (22), al contrario, obedece a una lógica primaria, la
búsqueda de un pasado grandioso ante un presente incierto. Para Burga se
trata de la “memoria del bien perdido”: lo que perdimos en diferentes etapas
históricas (Tahuantinsuyo, oro, plata, guano, salitre, Tarapacá y Arica)
alimenta la utopía andina y es la trampa mental que nos lanza a la ucronía en
vez de conducirnos a una historia como explicación científica (23).

¿Qué es lo novedoso entonces? Por un lado la llamada “cultura de la


confrontación” que ha abierto nuevos canales de negociación entre el Estado y
las poblaciones peruanas y por el otro la violencia institucional para reprimir al
otro, triste herencia de los años del conflicto terrorista. El Baguazo también ha
roto el esquema de lo que se considera el otro, el subalterno o ciudadano de

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tercera categoría: se supone que no habla, no exige, no pesa en el juego


político sin embargo ellos y ellas han logrado derogar los decretos legislativos
cuestionados desde hace mucho tiempo atrás. El saldo es muy grande: más de
30 muertos, una coyuntura política crispada, nueva ola de movimientos de
protesta social, nuevas voces y rostros interiores…

Como bien afirma Rocío Silva Santisteban, somos una sociedad tan compleja
que la violencia, una vez más, empodera al subalterno (24) pero hasta qué
punto es válida/efectiva esta nueva forma de visibilizarse frente a Lima, el
Estado y los sujetos históricos considerados parte de la nación. ¿Vale la pena
optar por la violencia y la sangre? ¿Vale la pena replantear instituciones y
organizaciones ciudadanas? ¿Vale la pena hacernos un psicoanálisis colectivo
para hurgar en nuestros subconscientes por qué tenemos algo de tanáticos?

Como bien afirma Fernando Tuesta, los lamentables sucesos ocurridos en


Bagua han puesto sobre el tapete el tema de las minorías y sus posibilidades
no sólo de representación, sino de acción ante lo que pudieran considerarse
situaciones peligrosas (25). Claro que hay que preguntarse quién decide quién
es minoría en este país y con qué criterios.

Quiero terminar con las palabras de Nelson Manrique: “Hemos demostrado que
tenemos la capacidad de rebelarnos frente a la iniquidad. Se trata ahora de
aprender a construir la democracia. Vivir, según la precisa fórmula de uno de
los colectivos creados en la lucha contra la dictadura, una ciudadanía activa.
Las promesas alimentan ilusiones. Pero las verdaderamente bellas son
aquellas que nos impulsan a comprometernos y a actuar” (26). En nuestro
Perú post Fujimori-Montesinos-Sendero, la resolución de conflictos en forma
democrática, y más aún, en el marco de una cultura de paz siguen siendo los
retos más grandes pero las imágenes de la marcha del 11 de junio
demuestran que estamos aprendiendo el camino. Esas son algunas de las
dolorosas lecciones del Baguazo.

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