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Hay un esquema detrás de cada

puerta
OCTUBRE 16, 2015 POR JUAN RAMOS CEJUDO 4 COMENTARIOS






En una cena hace algunos años, mi director de tesis, de quien aprendí mucho
y me enseñó casi todo lo que sé sobre psicología y comportamiento
humano, , me preguntó:
— Juan, ¿has visto cómo detrás de cada conducta hay siempre una
creencia?, ¿has visto hasta dónde puede llegar una creencia?. Una creencia
puede hacer que inventes algo genial y también que te quites la vida.
Cuándo empieza todo
Ya en 1932 Bartlett, a través de sus experimentos y habiendo escarmentado
de los errores de su predecesor Ebbinghaus (1850-1909), mostró que es difícil
desligar a los humanos de su conocimiento previo, tanto para experimentar
con ellos, como para hacerse una idea de cómo funcionan. Y así es, amigos,
los humanos funcionamos con esquemas. Pero, ¿qué es un esquema?

Bartlett llamó la atención sobre el hecho de que el conocimiento previo es la


parte más relevante de los procesos de aprendizaje en el ser humano. En sus
propias palabras, “ni siquiera utilizando sílabas sin sentido se elimina el efecto
del aprendizaje previo”. Criticó por tanto el trabajo de Ebbinghaus, por
limitarse demasiado al estímulo, por no tener en cuenta las actitudes y el
conocimiento previo de la persona.

Me gusta Bartlett porque seleccionó precisamente el material que Ebbinghaus


había rechazado: historias, pasajes y dibujos. Comprendió que también el
material con significado podía estudiarse en el contexto del laboratorio.
Diseñó una serie de experimentos inspirándose en el medio natural –el punto
de vista de cada uno y su conocimiento previo– utilizando el método de
reproducción serial con un mismo sujeto. En este método, se le pide al
individuo que cuente sucesivas veces la misma historia y se observa que la
historia va cambiando hasta que se estabiliza. El material que utilizaba eran
historias de culturas lejanas, que resultaban exóticas para los participantes.
Comprobó algo maravilloso: las personas introducimos cambios en las
historias, hasta que ésta adquiere una forma estable tras la repetición –algo
que hoy tienen muy en cuenta los expertos en forense y memoria de testigos,
así como en la práctica clínica. Comprobó, incluso, que las omisiones de las
historias coincidían con aspectos que no eran fácilmente identificables por el
conocimiento previo de los sujetos. Las personas recordamos aspectos que
no son reales, pero que hacen más coherente la historia, y esto es, en mi
opinión, algo que nos hace graciosos y enormemente entrañables. Pequeños
errantes con un cerebro que sale al paso y hace lo que puede, pero que se
equivoca y tan solo rellena huecos.

Aquello demostraba que esos paquetes de información previa –los esquemas


previos–, no se aplican de forma idéntica tras la repetición, sino que son
activos y modificables en función de la experiencia de cada individuo. Aportó
ejemplos donde la memoria es una actividad y que tales esquemas eran
estructuras de conocimiento que guiaban nuestras operaciones mentales.
Bartlett publica su principal trabajo en 1932, pero como a tantos inteligentes
les ha pasado, no recibe reconocimiento hasta años más tarde. Durante un
tiempo fue uno más de esos genios incomprendidos desechados por la
tendencia central. Sus planteamientos sobre el comportamiento humano
marcan que no deberíamos entender la conducta sin la participación de estos
y otros grandes de nuestra arquitectura cognitiva.

Los esquemas como guías de conducta


De modo que detrás de cada comportamiento hay un esquema. En otras
palabras: detrás de los mensajes que le da mi cuñada a sus hijos del tipo “si
sudas, te vas a poner malo”, “no corras, que te caes”, están sus esquemas de
“el mundo es un lugar peligroso para vivir”, olvidando que, evolutivamente
hablando, hemos nacido para vivir y no para morir; detrás de unas votaciones
con animo de cambiar las cosas desde el punto de vista social y político,
están los esquemas de éxito; detrás del miedo a suspender que tiene un
adolescente porque cree que no va a alcanzar la nota suficiente, también lo
están. Detrás de esos jóvenes que han perdido la ilusión por formarse y
aprender están sus esquemas de control de “¿qué voy a conseguir con eso?”.
Pero ¿quién se ha encargado de decirles que estudiar es para conseguir algo
concreto, y no es para entender más este mundo, incluido a ti mismo? Detrás
de ese amigo que tiene un hijo o dos “porque ya va tocando…” también lo
están. Entonces, ¿qué efecto tienen esos esquemas?

Devastador desde el punto de vista de la intensidad con la que guían nuestro


comportamiento. Sin embargo, ¿cuánto saben de esquemas mis alumnos de
último curso de carrera? Los esquemas son como guiones, de hecho los
guiones o scripts son un tipo de esquema. Cuando vamos a un restaurante y
seguimos un determinado comportamiento no declarativo, dicho
comportamiento lo guía un esquema de “cómo ir a un restaurante”. De modo
que actúan como scripts que guían nuestra conducta y nuestras emociones
sin apenas darnos cuenta de que están ahí. De hecho, parece incluso que
detrás de las estrategias de regulación emocional inadecuadas que presentan
las personas que sufren trastornos emocionales, están los esquemas acerca
de sus propias emociones y acerca de sus propios procesos de pensamiento.
Si me lo permitís, se trata de un pequeño programa instalado en
nuestro hardware que monitoriza nuestro comportamiento y que, a su vez, es
actualizado por este. Si esto es así, ¿cuánto debería estudiar los esquemas
un político?, ¿cuánto debería aprenderlos un publicista?, ¿cuánto debería
utilizarlos un padre?, ¿un medico o un líder?. Y más en concreto, ¿cómo
deberíamos usarlos?

Pero más importante aún, ¿qué tipo de esquemas estamos desarrollando en


nuestro ciclo vital? ¿qué tipo de esquemas estamos diseminando en nuestras
sociedades? ¿qué tipo de esquemas estamos transmitiendo a los pequeños?

El impacto de nuestros esquemas en la sociedad


Tengo la sensación de que en los últimos años ha bajado la edad media de
mis pacientes. Y esta sensación se confirma con los datos epidemiológicos
(Haro et al., 2006). Cuando antes diagnosticábamos el primer episodio de
depresión a los 40 años, ahora lo estamos diagnosticando a los 14. ¿Qué
estamos haciendo mal? Les pregunto a mis alumnos, y ellos sí saben qué
responderme: me dicen que “estamos desarrollando un entorno muy exigente
en el que crece un niño con creencias desajustadas”.

No creo que el entorno sea más exigente. Creo que entornos previos lo
han sido mucho más, pero nos hemos confundido en algo crucial, en el cómo,
y los esquemas no están al margen de esto. En las sociedades
industrializadas, en general, hemos situado la clave del éxito en conseguir
aquellas cosas que no dependen realmente de nuestras capacidades o
habilidades, y eso nos hace sufrir. Hemos situado la clave del éxito en acertar
cuando abramos una puerta, en lugar de transmitir que la clave del éxito
reside en el propio proceso de abrir puertas. Hemos premiado a los niños
cuando sacaban buenas notas, en lugar de hacerlo cuando estudiaban. Si le
decimos a alguien que trate de controlar el movimiento de la marea en una
playa, o si le decimos que trate de apagar el fuego entero en un edificio que
arde en llamas, lo más probable es que no pueda hacerlo, y si algo se sale de
sus expectativas o esquemas de control, entonces este se lo atribuirá, lo cual
hará que aumente su sensación de falta de control y se deprima
progresivamente desde el punto de vista de la indefensión aprendida
(Abramson, Seligman, & Teasdale, 1978).
Así que la sociedad no es más exigente, el problema es que exige algo que
no debe ni puede exigir: el resultado. Y el resultado no depende solo de
nosotros. Hace unos días, el padre de una paciente me decía, al hilo de todo
esto –una paciente de 16 años que se deprime por no alcanzar su esquema
de logro- que en cualquier trabajo “te van a pedir y exigir esos resultados”. Y
ahora mismo probablemente muchos de vosotros estaréis pensando que este
padre tiene razón.

De modo que los esquemas se transmiten y se diseminan, se propagan y se


hacen fuertes, como las ramas de un bonsái que damos forma con alambres.
Es fácil cortar una rama recién salida que aún esta verde, es fácil darle forma,
es fácil configurar aquello que vemos que es adecuado, sin embargo es difícil
quitarle al bonsái una buena rama que le permite vivir cuando ya ha cambiado
de color. Si existe un comportamiento es porque es adecuado para un
determinado contexto, de modo que modificar conductas en contextos
inmóviles nos va a resultar un problema. Si persiste una cognición, una
conducta, una estrategia de afrontamiento, es en parte porque nos es útil o
nos ha resultado útil, porque nos ha servido para algo. A mi paciente le sirve,
porque su entorno comparte sus esquemas.Mis pacientes están hartos de
escucharme decir, que si nuestros esquemas no se ajustan a las condiciones
del entorno, en lugar de querer cambiar dichas condiciones, deberíamos
cambiar nuestros esquemas.

Los esquemas sobre nosotros mismos


Un cuerpo importante e interesante de teorías giran en torno a lo que se han
conocido como teorías implícitas de la emoción y de la inteligencia. En
particular, el punto de vista que tenemos o adoptamos sobre nosotros
mismos, nuestras capacidades y hasta dónde podemos llegar con ellas
(Dweck, 2007). La visión que adoptamos sobre nosotros mismos puede
afectar a nuestros logros en nuestra vida. Pero, ¿cómo una simple creencia
puede tener el poder de transformar nuestra psicología y, como resultado,
nuestra vida?

Creyendo que tus cualidades están talladas en una piedra y son


inmodificables, tales como tu forma de ser o tus emociones, tienes contadas
las metas que buscar. De hecho, todos hemos visto personas a lo largo de
nuestra vida que ponen a prueba este mindset. Para estas personas, cada
situación es evaluada del tipo: “¿tendré éxito?”, “¿pareceré tonto?”, “¿seré
aceptado?”, “¿ganaré o perderé?”. Incluso nuestra sociedad parece estar
diseñada para ello, para evaluar nuestra inteligencia, nuestra personalidad y
nuestro carácter. Mis alumnos no preguntan en clase por este motivo.
Existe otra forma de pensar en el que se parte de la hipótesis contraria. Desde
este punto de vista, los errores no son entendidos como fracasos sino como
oportunidades de aprendizaje y tus cualidades básicas pueden ser cultivadas
con el esfuerzo y el aprendizaje. ¿Se trata de pensar que cualquiera puede
hacer cualquier cosa, como algunos investigadores han interpretado? No,
pero sí asumir que el potencial de cada uno es totalmente desconocido.

Sigo pensando en las palabras de ese amigo que tanto me ayudó a alcanzar
mis objetivos, desmontando mis esquemas inadecuados, y me sigo
cuestionando cómo podemos ayudar un poquito más a la gente cada día, en
este maravilloso viaje llamado vida. Al menos, que podamos transmitir que
detrás de cada problema a resolver encontraremos un esquema que
desmontar.

Un esquema mental es un patrón organizado de pensamiento e ideas preconcebidas, es nuestra


forma particular de pensar y de ver el mundo que guía nuestras emociones y condiciona nuestra
conducta de manera inconsciente. Durante nuestros primeros años de vida comenzamos a formarnos
ideas sobre nosotros mismos y el mundo mediante nuestro aprendizaje por observación y
experimentación, y durante nuestras vivencias vamos construyendo de forma inconsciente
nuestras creencias nucleares sobre la vida, las cuales están insertadas en estructuras mentales
más o menos estables, los denominados esquemas. La manera de evaluar una situación depende
del esquema de cada persona, que selecciona de forma automática los datos que penetran en su
conciencia, los que mejor encajen con sus expectativas e ideas aprendidas; sin embargo los datos
que no se ajustan a sus estereotipos los considera sospechosos, y tiende a rechazarlos o a
modificarlos para que sean coherentes con sus prejuicios. Los esquemas son estructuras
dinámicas que codifican lo que percibimos del entorno, instrumentos que asimilan y transforman
de forma individualizada nuestra experiencia social.

Los esquemas están formados por conceptos (palabras como ‘política’, ‘educación’ o ‘vergüenza’)


que son ideas o símbolos que representan un conjunto de ideas relacionadas en nuestro sistema
de procesamiento mental de la información. A través de nuestro aprendizaje vamos formando los
diferentes conceptos, agrupando los objetos que comparten similares características. Y poco a poco
vamos organizando e integrando conceptos de una palabra en conceptos de varias palabras que
forman frases, y después en conceptos cada vez más amplios que forman párrafos, argumentos,
planteamientos… Diferentes planteamientos se integran en modelos mentales que van conformando
nuestros esquemas, las unidades básicas para entender e interpretar el mundo en nuestro lenguaje
mental. El esquema es la representación organizada de nuestra experiencia basada en la
repetición de acontecimientos similares, que finalmente establece los patrones que organizan la
personalidad humana. Los esquemas son las unidades fundamentales de la personalidad; la
forma en que afrontamos las diferentes situaciones vitales basadas en nuestros esquemas mentales
determina en gran medida nuestra personalidad.
Cómo se crean los esquemas mentales
El concepto de esquema fue desarrollado por el psicólogo y biólogo suizo Jean Piaget (1896-1980),
cuya teoría sobre el desarrollo cognitivo en la infancia del ser humano lo fundamenta en dos
procesos innatos básicos: la asimilación y la acomodación. Según Piaget los seres humanos
nacemos con un repertorio de conductas reflejas, heredadas, que tras ejercitarlas se van convirtiendo
en esquemas mentales que sirven de base para elaborar las posteriores conductas, y después se van
modificando de forma continua según las experiencias vividas. Mediante ciertas acciones efectuadas
por el infante que le son productivas, se van desarrollando sus esquemas, va asimilando o
interiorizando cómo comportarse ante un acontecimiento o un objeto particular. Poco a poco, a
través de la experiencia, el niño irá de un esquema a otro, modificándolos para poder incorporar
nuevos objetos y habilidades, acomodando esos nuevos esquemas o estructuras cognitivas a
nuevas situaciones. La acomodación consiste en la transformación del esquema cognitivo y
comportamental del aprendiz para incluir nuevos elementos y experiencias que le eran desconocidas
hasta ese momento. A partir de estos procedimientos responsables del desarrollo de la conducta, la
asimilación y la acomodación, se establece el proceso adaptativo entre el esquema del niño y el
medio en que vive para intentar controlar su entorno, con el objetivo de sobrevivir.

El filósofo y psicólogo Juan Delval, en su libro “El desarrollo humano”, describe cómo evoluciona un
bebé con reflejos innatos y conductas rígidas y mínimamente diversas, hacia la persona adulta que
conseguirá ser, después de ensayar multitud de actividades nuevas y aprender conductas más
complejas y flexibles que poco a poco va adaptando a sus diferentes situaciones vitales. Los reflejos
heredados genéticamente son difíciles de cambiar, y cuando empiezan a modificarse mediante
la experiencia entonces se habla de esquemas, que son más flexibles y complejos. Esa sucesión de
formas de actuar parcialmente automatizadas va conformando el esquema mental del individuo, que
tiende a repetir las mismas acciones en situaciones similares. Los esquemas mentales tienen
un elemento aperturista (un factor del entorno elige un esquema) y un elemento efector (que lo
ejecuta). Son esquemas de acción que se automatizan por la repetición.

Delval pone varios ejemplos de cómo se crean y transforman los esquemas. Un niño de tres años
trata de abrir una puerta moviendo el picaporte y empujándola. Si se abre sabrá que ese esquema
que ha puesto en marcha es el más adecuado. Pero cuando el niño se topa con una nueva puerta
que se abre hacia él, tendrá que tantear hacia dónde dirige su fuerza y después desplazarse hacia un
lado para no entorpecer la apertura de la puerta. En ese momento habrá adquirido un nuevo esquema
mental que le permite resolver un nuevo problema. Si un tiempo después se halla ante una puerta
corredera, no podrá emplear el mismo esquema de acción que utilizaba con las puertas con bisagras,
aunque al principio lo intente sin éxito. Entonces pondrá en marcha nuevas estrategias, o repasará en
su memoria cómo otra persona abría una puerta corredera e intentará reproducirlo basándose en
esquemas anteriores. Si acaba consiguiendo abrir esa puerta habrá desarrollado un nuevo esquema
para abrir puertas en general, sin necesidad de volver a emprender diferentes ensayos. Pero si no
logra abrir esa puerta corredera, si no encuentra en su repertorio cognitivo ningún esquema
adecuado, no será capaz de solucionar esa situación. En ese caso no se habrá establecido un
esquema nuevo, el niño no ha podido asimilar, ni después acomodar, la nueva realidad o situación, y
por tanto no habrá promovido ningún progreso en su desarrollo.

Para Juan Delval lo importante de observar el desarrollo del bebé y su infancia es que nos
enseña cómo se produce el progreso psíquico del niño, que va asimilando su entorno al
tiempo que actúa sobre él, acomodándose, ya sea creando nuevos esquemas o combinando los
existentes. Mediante la acción basada en la inquietud del niño por aprehender el mundo (atraparlo y
comprenderlo), los esquemas del infante se reproducen y diversifican continuamente mientras
experimenta y asimila la vida. También ocurre que cuando un niño está en una situación que ya ha
vivido, simplemente aplica los esquemas de que dispone, y cuando los emplea repetidamente llega a
automatizarse ese proceso, formándose el conocido hábito. Cuando se automatiza un esquema es
difícil olvidarlo, como difícil es que nos olvidemos de montar en bicicleta, escribir o cepillarnos los
dientes después de haber aprendido a hacerlo con soltura. Si estamos dispuestos a aprender
conocimientos nuevos y vivir experiencias desconocidas, la cantidad de nuestros esquemas
aumentará a lo largo de nuestra vida, facilitando el proceso de expandir y flexibilizar nuestra
tendencia a crear hábitos rígidos.

Los esquemas mentales se van modificando según nuestra experiencia


Para interactuar con nuestro entorno necesitamos elaborar patrones o ideas de él. Esas
representaciones de nuestra realidad pueden aludir tanto a grandes temas, como el mundo físico,
biológico o social, como a cuestiones más banales como el funcionamiento de una puerta, la
organización de un evento deportivo o la conducta más apropiada para los diferentes contextos
sociales. Estas representaciones o modelos particulares del mundo albergan tanto las dependencias
que tenemos con el ambiente, como también los impedimentos que la realidad nos pone para utilizar
nuestros esquemas, nuestras habilidades sociales; todo nuestro saber y experiencia está instalado y
dispuesto en estos esquemas mentales, que nos permiten comprender la realidad e intervenir sobre
ella. Pero los diferentes esquemas o modelos mentales no cubren uniformemente la realidad, de
hecho pueden ser parcialmente contradictorios entre sí, y se van modificando conforme
ampliamos nuestra experiencia, sustituyendo unos esquemas por otros con mejor poder explicativo.
A menudo las personas interpretamos un mismo hecho de forma contradictoria dependiendo
de nuestra edad, religión, sexo o nacionalidad, sin llegar a activar un esquema racional que facilite
una explicación lógica entre el hecho y su contexto. Esquemas diferentes provocan que los lectores
de un mismo libro lo entiendan de manera diferente.

La psicología cognitiva trabaja esencialmente con los pensamientos y esquemas mentales del individuo
que originan y dirigen su conducta. Confiamos excesivamente en nuestras creencias arraigadas
porque nos resulta molesto cuestionarnos a nosotros mismos, es menor el esfuerzo mental de
mantener nuestros esquemas almacenados que el trabajoso proceso de cambiarlos. Prestamos
atención hacia aquellas partes de la realidad que coinciden con nuestras motivaciones básicas; es
decir, nuestros esquemas nos ordenan percibir lo que nos conviene. También recordamos más
fácilmente todo lo que se acomoda a nuestras creencias almacenadas, a nuestros esquemas
actuales. Por ejemplo, si yo me considero incompetente, recordaré mejor las situaciones en las que
me sentí inútil que en las que fui competente o habilidoso. Pero tenemos el poder de cambiar
nuestra forma de pensar y de crear esquemas más beneficiosos, que nos permitan evolucionar
hacia una realidad más satisfactoria y adaptada a nuestro proyecto de vida. Para ello debemos desear
cambiar nuestra forma de pensar sobre ciertos aspectos que nos perturban, con voluntad, pero también
siendo conscientes de que el cambio provocará ansiedad porque sacudirá nuestra identidad.
Debemos estar dispuestos a renunciar a la definición que hemos construido de nosotros mismos
durante años en determinados contextos, y mentalizarnos de que la ansiedad e incomodidad del
principio son necesarias para remover nuestros esquemas y lograr cambiar los pensamientos
negativos, responsables de las emociones destructivas, por otros esquemas resistentes a las
enfermedades psicológicas.