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IV.

El Gran Rechazo de Marcuse

¿Qué quiso expresar realmente Marcuse con su Gran Rechazo? En su libro El hombre
unidimensional (1964), extensamente difundido en Francia durante los años previos a la
publicación de Historia de la sexualidad de Foucault (1976), Marcuse ubicó la oposición
revolucionaria al capitalismo moderno, no entre los sectores empleados de la clase obrera,
sino entre los bohemios, los desempleados, y las minorías raciales, quienes desafiaban “las
reglas del juego”:

“Sin embargo, bajo la base popular conservadora se encuentra el sustrato de los proscritos y
los extraños, los explotados y los perseguidos de otras razas y de otros colores, los parados y
los que no pueden ser empleados…… Así, su oposición es revolucionaria aún si su conciencia
no lo es. Su oposición golpea al sistema desde el exterior y por lo tanto no es derrotada por el
sistema…… La teoría crítica de la sociedad no posee conceptos que puedan tender un puente
sobre el abismo entre el presente y su futuro; sin sostener ninguna promesa, ni tener ningún
éxito, sigue siendo negativa. Así, quiere permanecer leal a aquellos que, sin esperanza, han
dado y dan su vida al Gran Rechazo”(9).

Por más que mucho de esto fuera expresado en un lenguaje de profundo pesimismo sobre las
perspectivas futuras de la humanidad, está claro que la visión revolucionaria de Marcuse
incluía la necesidad de una completa abolición de las relaciones capitalistas, de la clase social
sobre las que se basan y sus nocivos subproductos, desde el militarismo hasta el embrutecedor
conformismo de la sociedad de consumo. En resumen, él veía la necesidad de una revolución
total, por más improbable que pudiera parecer su posibilidad histórica.

El principal desacuerdo entre Marcuse y Foucault fue el siguiente: a menos que esas formas de
resistencia se transformasen en formas de emancipación, ligadas a una visión de nuevas
relaciones humanas, serían la fundación y el logro de poco o nada más que ese gesto de Gran
Rechazo.

En gran parte, el Gran Rechazo marcusiano estuvo basado en la noción hegeliana de


negatividad, de absoluta negatividad, donde se construye lo positivo al tiempo que lo viejo
está siendo negado. Esto es, desde luego, lo que Marx afirmó en los Manuscritos cuando
calificó a la negatividad de “principio motor y generador” de la filosofía de Hegel (10).

Pero el Gran Rechazo marcusiano también nos trae ecos del “deber ser” kantiano, donde lo
normativo y lo descriptivo son separados radicalmente. Esto puede verse en la bastante
abstracta crítica kantiana de la guerra. Donde los absolutos hegelianos son concretos, en el
sentido de ligarse a reales posibilidades en un mundo dado, Kant fue más abstracto, por
ejemplo con panaceas como la Paz Perpetua, que aconsejaba a las naciones en guerra desde
su pedestal filosófico, sin señalar ninguna fuerza social concreta capaz de llevar a cabo
semejante transformación.

El grito generalizado contra la injusticia y la opresión con el que Holloway comienza Cambiar el
mundo sin tomar el poder también padece de algunos de estos problemas, como cuando
afirma: “La pérdida de la esperanza en la posibilidad de una sociedad más humana no es
resultado de que las personas estén ciegas a los horrores del capitalismo, es, simplemente,
que parece no haber ningún otro lugar adonde ir, ninguna otredad a la que volverse……
Entonces, quizás no deberíamos abandonar nuestra negatividad sino que, por el contrario,
deberíamos intentar teorizar el mundo desde la perspectiva del grito” (11).