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Adrián Gorelik

La grilla y el parque
Espacio público y cultura urbana en Buenos Aires,
1887-1936

Bernal, 2018
UNIVERSIDAD NACIONAL DE QUILMES

Rector
Alejandro Villar

Vicerrector
Alfredo Alfonso

Colección La ideología argentina


Dirigida por Oscar Terán (1938-2008)
Gorelik, Adrián
La grilla y el parque: espacio público y cultura urbana en Buenos Aires 1887-1936 /
Adrián Gorelik. - 1a ed. - Bernal: Universidad Nacional de Quilmes, 2017.

Libro digital, EPUB - (La ideología argentina / Oscar Terán)


Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-558-484-6

1. Urbanismo. I. Título.
CDD 711

Ilustración: Plano de la ciudad de Buenos Aires, 1916 (detalle) (Museo Mitre)


Primera edición en papel, 1998
Primera edición e-book, 2018
© Adrián Gorelik, 1998
© Universidad Nacional de Quilmes, 1998
Universidad Nacional de Quilmes
Roque Sáenz Peña 352
(B1876BXD) Bernal, Provincia de Buenos Aires
República Argentina
editorial.unq.edu.ar
editorial@unq.edu.ar
ISBN: 978-987-558-484-6 (e-book)
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723
Hecho en Argentina
Índice
Índice de ilustraciones

Prefacio. Reconocimientos

Introducción. Una metrópolis en la pampa


La grilla y el parque: una aproximación al espacio público
Paradigmas historiográficos
Ciudad y pampa
¿El parque contra la grilla? El problema del reformismo
Un ciclo reformista: el impulso y su freno

PRIMERA PARTE. Figuraciones [De Sarmiento al fin de siglo]

Capítulo 1. Ciudad nueva: la utopía del “pensamiento argentino”


1. De la Quinta Normal al Parque Central
2. Palermo y Buenos Aires

Capítulo 2. Ciudad concentrada: la forma del orden


1. Centralidad y regularidad: la voluntad de forma
2. Un nuevo espacio público y sus figuras

Capítulo 3. Ciudad extendida: la dimensión metropolitana


1. La cuadrícula como proyecto público
2. Por un sistema de parques: centro y frontera

SEGUNDA PARTE. Omisiones [En torno al centenario]

Capítulo 1. La ciudad y la historia: primer cumpleaños


1. Celebración y representaciones de ciudad
2. La pedagogía de las estatuas
Capítulo 2. Vislumbrando la nueva ciudad
1. Excursiones excéntricas
2. Cuadrícula suburbana: el plano de la pampa

Capítulo 3. Del vecindario al barrio


1. Cuchilleros y paseantes: el parque en la formación de un espacio
público local

TERCERA PARTE. Modernización o reforma [Las décadas del veinte y del


treinta]

Capítulo 1. Por un espacio público metropolitano


1. La búsqueda del Centro
2. Buenos Aires “socialista”

Capítulo 2. “A la sombra de los barrios amados”


1. El “barrio reo” contra el “barrio cordial”
2. Barrio y pampa: una nueva lectura de la cuadrícula

Capítulo 3. Fin de ciclo: segundo cumpleaños


1. La operación De Vedia
2. Las dimensiones confrontadas del espacio público
Índice de ilustraciones
Advertencia

Con respecto a los planos de Buenos Aires, teniendo en cuenta la dificultad


de su lectura, agravada por el hecho de que en el curso del período
estudiado cambiaron los códigos para su orientación (en el siglo XIX se
disponían mayormente con el norte a la derecha y en el siglo XX con el
norte hacia arriba), se decidió colocarlos siempre de acuerdo con la forma
de representación del siglo XIX, lo que significa que en los planos de
Buenos Aires el puerto queda ubicado en la parte inferior de la ilustración
(y el norte a la derecha). Esta homogeneización (que se aplica tanto a los
planos completos como a los planos de sector) busca contribuir a una más
fácil comprensión, aunque desde el punto de vista gráfico obliga a la
aparición invertida de las leyendas de algunos planos históricos.
El procesamiento electrónico de las imágenes ha sido realizado por
Marcelo Parra y Silvana Ferraro, a quien también se deben los esquemas
gráficos.

Figura 1. Plano de 1888 de ensanche de la Capital Federal.


Figura 2. Plano comparativo entre las superficies de Buenos Aires y
Londres, 1904.
Figura 3. Esquema de la ciudad de Buenos Aires en 1887.
Figura 4. Expansión regional de la metrópoli en los años treinta.
Figura 5. Plano del Departamento de Obras Públicas de la Municipalidad,
1904.
Figura 6. Esquema del trazado de los parques hacia 1904.
Figura 7. Detalle del sector del Parque Chacabuco, 1904.
Figura 8. Plano de la rada de Buenos Aires, 1864.
Figura 9. Plano de Filadelfia, Pennsylvania, 1683.
Figura 10. Las azoteas de Buenos Aires, fotografía c. 1880.
Figura 11. Suburbio-jardín de Hampstead, Unwin y Parker, Londres, 1905.
Figura 12. Modelos de calles pintorescas en la manualística de fin de siglo.
Figura 13. Plano de Palermo Chico, Thays, Buenos Aires, 1912.
Figura 14. Los portones de Palermo, 1882.
Figura 15. El Central Park en 1863.
Figura 16. Plano de Manhattan, 1863.
Figura 17. Plano de Berlín de Hobrecht, 1858-1862.
Figura 18. Plano de ensanche de Ámsterdam, 1877.
Figura 19. Manhattan, Plano de los Comisionados, 1811.
Figura 20. Trazados de París, Nueva York y Buenos Aires.
Figura 21. Plano del sector de San Cristóbal Sur/Parque Patricios, 1941.
Figura 22. Juan Manuel Blanes, “Un episodio de la fiebre amarilla en
Buenos Aires”, 1871.
Figura 23. Imágenes del Central Park.
Figura 24. Vista de 1852 de Greenwood Cemetery, Brooklyn.
Figura 25. Plano de Palermo, Wyzocky, c. 1870.
Figura 26. Regent’s Park, Londres, 1864.
Figura 27. Riverside, Chicago, 1869.
Figura 28. Plano de La Plata, 1882.
Figura 29. Plano de Montevideo, Pedro Pico, 1846.
Figura 30. La Avenida de Mayo, fotografía c. 1910.
Figura 31. Fotografías de Palermo en la primera década del siglo.
Figura 32. Fotografías de Palermo en la primera década del siglo.
Figura 33. Plano de Buenos Aires, 1895. Esquema de las intervenciones de
Alvear.
Figura 34. París, plano de las intervenciones de Haussmann.
Figura 35. Proyecto para una nueva Capital del reino de Italia, N.
Tettamanzi, 1863.
Figura 36. Proyecto para Buenos Aires de José Marcelino Lagos, 1867.
Figura 37. Proyecto de avenidas diagonales del intendente Crespo, 1887.
Figura 38. Proyecto de Canal Navegable de Circunvalación, Blot y Ebelot,
1887.
Figura 39. Esquema de densidad de población en Buenos Aires en 1869,
1887 y 1895.
Figura 40. Propuesta de remodelación de la Plaza de Mayo, Blot y
Buschiazzo, 1883.
Figura 41. La Plaza de Mayo hacia 1910.
Figura 42. La Plaza de la Victoria, litografía de C. Bacle, 1829.
Figura 43. La Plaza de la Victoria en 1859.
Figura 44. Caricaturas de intendentes: Haussmann, Alvear y Pereira Passos.
Figura 45. Plano de Buenos Aires, 1895.
Figura 46. Plano de la Ciudad de Montevideo, 1889.
Figura 47. Inauguración del Parque Patricios, 1902.
Figura 48. Plano del sector de San Cristóbal Sur/Parque Patricios, 1895.
Figura 49. Plano del sector de San Cristóbal Sur/Parque Patricios, 1904.
Figura 50. Fotografías del área San Cristóbal Sur/Parque Patricios en 1899
y 1905.
Figura 51. Fotografías del área San Cristóbal Sur/Parque Patricios en 1899
y 1905.
Figura 52. Ejercicios gimnásticos y militares en el Parque de los Patricios,
1908.
Figura 53. Plano de Palermo, c. 1890.
Figura 54. Plano del sector de San Cristóbal Sur/Parque Patricios, 1916.
Figura 55. Caricatura publicada en P.B.T., 1909.
Figura 56. Fotografía de la Plaza Congreso, c. 1910.
Figura 57. Propuesta de Bouvard para la Plaza Congreso, 1907.
Figura 58. Circuito oficial de procesiones y exposiciones; circuito de la
protesta; y monumentos de la Municipalidad durante el Centenario.
Figura 59. Casa de Ricardo Rojas, Ángel Guido, Buenos Aires, 1927.
Figura 60. Casa de Tucumán, reconstruida en 1943.
Figura 61. Propuesta de remodelación de la Plaza de Mayo, Bouvard, 1909.
Figura 62. Concurso para el monumento a Mayo, Primer Premio,
Brizzolara-Moretti, 1907.
Figura 63. Esquema de la progresiva urbanización desde la fundación hasta
los años veinte.
Figura 64. Plano con las secciones censales de Buenos Aires.
Figura 65. Fotografías del suburbio, 1908.
Figura 66. Plano del Departamento de Obras Públicas de la Municipalidad,
1916.
Figura 67. Fotografía del suburbio, Mataderos, c. 1918.
Figura 68. Plan para Buenos Aires, Joseph-Antoine Bouvard, 1909.
Figura 69. Plan para Buenos Aires, Benito Carrasco, 1908.
Figura 70. Fotografía del Tambo criollo en el Jardín Zoológico, c. 1916.
Figura 71. Función de teatro en Parque Avellaneda, c. 1916.
Figura 72. Anteproyecto de avenidas y parques para Buenos Aires, J.C.N.
Forestier, 1925.
Figura 73. Plan para Chicago, Daniel Burnham y E. Bennett, 1909.
Figura 74. Plan para el nuevo centro cívico de Washington, 1902.
Figura 75. Propuesta de remodelación de la Plaza de Mayo, MOP, 1934.
Figura 76. Propuesta para trasladar el centro de gobierno en Buenos Aires,
Otaola, 1933.
Figura 77. Propuesta para trasladar el centro de gobierno en Buenos Aires,
Otaola, 1933.
Figura 78. Fotografías de las casas en el barrio de Fiorito, Hegemann, 1931.
Figura 79. Fotografía suburbana: Chubut y Triunvirato, 1935.
Figura 80. Fotografía del centro: calle Corrientes al 900, 1936.
Figura 81. Jean Jaurés y Paraguay, fotografía de Horacio Cóppola, 1936.
Figura 82. Fotografía del centro: calle Corrientes al 900, 1936.
Figura 83. Avenida del Trabajo y Lacarra, fotografía de Horacio Cóppola,
1936.
Figura 84. Medianeras, fotografía de Horacio Cóppola, 1931.
Figura 85. Una calle de Almagro, fotografía de Horacio Cóppola, 1931.
Figura 86. Dibujo de las casitas de Buenos Aires, Le Corbusier, 1929.
Figura 87. Fotografía de las casitas populares en Buenos Aires, Hegemann,
1931.
Figura 88. Construcción de la avenida 9 de julio, 1937.
Figura 89. Ensanche de la calle Corrientes, abril de 1936.
Figura 90. Esquemas de la región metropolitana, Carlos della Paolera, 1929.
Figura 91. Diseño del Obelisco y la Plaza de la República, Alberto
Prebisch, 1936.
Figura 92. Diagonal Norte, fotografía de Horacio Cóppola, 1936.
Figura 93. Avenida de Mayo, fotografía de Horacio Cóppola, 1936.
Figura 94. Puerto, fotografía de Horacio Cóppola, 1936.
Figura 95. Alfredo Guttero, “Puerto”, 1928 (detalle).
Figura 96. Rodolfo Franco, murales en el subterráneo, c. 1936.
Figura 97. Plaza de Mayo y Diagonal Norte, fotografía de Horacio Cóppola,
1936.
Prefacio
Reconocimientos
Este libro es una versión corregida de la tesis doctoral sobre el proceso de
emergencia y frustración de un espacio público metropolitano en Buenos
Aires, que realicé en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de
Buenos Aires. La investigación contó con el apoyo de una beca doctoral
CONICET entre 1989 y 1994, con sede en el Instituto de Arte Americano e
Investigaciones Estéticas Mario J. Buschiazzo de la Facultad de
Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires. Finalizada la beca, pude
continuar el trabajo gracias a mi ingreso en el Programa de Historia
Intelectual, del Centro de Estudios e Investigaciones de la Universidad
Nacional de Quilmes, donde sigo investigando en la actualidad. Además,
conté para el inicio de la escritura con una estadía en la Akademie Schloss
Solitude de Stuttgart, entre diciembre de 1994 y marzo de 1995. Terminé la
versión definitiva en septiembre de 1996. Con respecto al proceso de
elaboración de la tesis, quiero agradecer especialmente la dirección de Jorge
Francisco Liernur, siempre abriendo caminos. Respecto de su conversión en
libro, he tratado de seguir –aunque no siempre lo haya logrado– las
sugerencias atentas de quienes me ayudaron a leerlo nuevamente una vez
defendida la tesis: Anahi Ballent, Beatriz Sarlo y Graciela Silvestri; las
observaciones de Oscar Terán, director de la colección, y de María Inés
Silberberg, a quien se debe la inteligente edición.
Pero éstos sólo son los agradecimientos más específicos. En realidad,
creo que si todo libro de historia puede pensarse como el resultado de una
serie de intercambios –hipótesis discutidas, influencias recibidas, climas
culturales–, esa condición se exaspera en el caso de una tesis, aunque sólo
sea porque su proceso de gestación es necesariamente más público y, por lo
general, por el hecho de ser parte de una formación guiada, más colectivo.
Es por eso, seguramente, que las tesis suelen ir acompañadas de una larga
lista de deudas y agradecimientos. No pretendo ser original: también en este
caso las principales ideas que estructuran el trabajo fueron presentadas y
sometidas a discusión en artículos, ponencias a congresos e intervenciones
en seminarios, participando y alimentándose del estimulante clima
académico que se fue formando en los años ochenta, con su intensa
permeabilidad hacia otras zonas de la vida cultural; de modo que la lista de
todos aquellos de quienes aprendí en esos intercambios sería interminable.
Pero quisiera señalar, simplemente, el modo en que esos intercambios
quedaron impresos como marca originaria de este libro: la iniciativa
(entonces sorprendente) de que los estudios sobre la ciudad y la arquitectura
que venía realizando debían conducirse hacia una tesis de doctorado en
historia se debió a una sugerencia generosa de Leandro Gutiérrez y Luis
Alberto Romero, realizada en los pasillos de uno de esos congresos.
Y, sobre todo, quisiera señalar que ese clima, en el que este libro se
formó, además del intercambio académico de conocimientos, fundamental
sin duda, le ha dado durante todo este tiempo sentido a mi trabajo desde el
punto de vista de su inserción en una trama cultural y en un proyecto
intelectual: sé que no hubiera escrito esto, ni ninguna otra cosa, sin el
acicate de imaginar que esa escritura podía formar parte de una empresa
colectiva, aun definida en términos laxos, pero de precisas implicaciones
culturales e ideológicas. Por eso, los reconocimientos, más que la simple
mención de esta o aquella lectura que recibieron las versiones preliminares,
toman la forma de una descripción –somera, por cierto– del mapa
intelectual que hizo posible ya no sólo la escritura del libro, sino la propia
formulación de una perspectiva desde donde comenzar a pensar estos
problemas. Se trata de una perspectiva que se ha ido componiendo con tres
tipos de miradas sobre la ciudad, la historia y la cultura, que encarnan en
tres grupos intelectuales (aunque con solapamientos y repeticiones) en los
que venimos compartiendo ya años de trabajo y amistad.
En primer lugar, el grupo de historia y crítica de la ciudad y la
arquitectura formado por la iniciativa de Jorge Liernur hace ya más de
quince años, y en el que el diálogo y la formación siguen siendo incesantes:
el modo de abordar los problemas de la ciudad y la arquitectura que
aparecen en mi investigación son sin duda el producto de una elaboración
colectiva en ese grupo. Especialmente con Liernur, Fernando Aliata, Anahi
Ballent, Graciela Silvestri, Mercedes Daguerre y Alejandro Crispiani me
unen tantas deudas, que por momentos veo mi libro apenas como un
capítulo de una obra que deberíamos firmar en conjunto; de hecho, la
escritura colectiva ha sido siempre una práctica habitual entre nosotros, y en
particular con Silvestri he firmado una cantidad de artículos que a lo largo
del tiempo anticiparon buena parte de las hipótesis que aquí desarrollo.
En segundo lugar, el Programa de Historia de las ideas, los intelectuales
y la cultura, que dirige Oscar Terán en el Instituto Ravignani; han
transcurrido más de diez años de funcionamiento ininterrumpido del
seminario que, mes a mes, ha permitido a un grupo heterogéneo de
investigadores discutir sus trabajos. De modo muy poco ortodoxo, con las
maneras imperceptibles con que se transmite un saber artesanal, en ese
seminario se ha ido construyendo un horizonte común para pensar la
historia cultural que ha marcado de modo decisivo mi perspectiva y mi
escritura. A partir de ese núcleo es que Terán ha formado en la Universidad
Nacional de Quilmes el programa en el que desde 1995 está trabajando, con
un grado ahora más continuo de intercambio, un grupo de investigadores,
entre quienes quiero destacar, por la intensidad de la influencia recibida a lo
largo de este tiempo, a Carlos Altamirano y Jorge Myers.
Finalmente, la revista Punto de Vista, a la que me incorporé en 1992. En
las reuniones y discusiones periódicas con Beatriz Sarlo, María Teresa
Gramuglio, Hilda Sabato, Carlos Altamirano y Hugo Vezzetti, he podido
entrever un modo de la intervención crítica sobre el mundo de las ideas que
ha resignificado por completo mi perspectiva sobre el trabajo intelectual; un
modo de producción política y estética sobre el presente que
necesariamente echa luz sobre las formas de interrogar e imaginar el
pasado, que le confiere sentido. Así, la referencia Punto de Vista se vincula
de modo más amplio –porque me abrió esos caminos– a otro tipo de
experiencias que me han permitido pensar de modo más enriquecedor la
historia de Buenos Aires. Por una parte, una muy particular empresa
estético-intelectual, el ciclo de tres ensayos sobre Buenos Aires que Rafael
Filippelli realizó en video, cuyo guión escribimos con Silvestri y Sarlo: la
mirada del cine, la literatura y el arte me enseñaron una ciudad y una
historia diferentes, que, aunque no sé de qué manera, querría ver operando
en mi trabajo. Por otra parte, una serie de empresas políticas de fortuna más
que incierta, vinculadas con la formación de un campo de nueva izquierda
en la ciudad en el mismo momento en que ésta clausuraba un larguísimo
ciclo para ganar su autonomía institucional: no sé si mi enfoque historicista
y culturalista sobre los problemas de la ciudad contemporánea les ha
servido de algo a mis compañeros en cada oportunidad, pero sí sé que el
conocimiento más cercano de esos problemas, de las mecánicas de
funcionamiento político, social e institucional –conocimiento del cual le
debo tanto a Miguel Cincunegui, director del Centro de Gestión Urbana de
la Oficina del Ombudsman de Buenos Aires, donde colaboré todos estos
años–, me dio innumerables claves que he aplicado en mi investigación de
manera inmoderada.
Deudas, agradecimientos, dedicatorias: tal vez por el tipo de experiencia
que implica la escritura de una tesis, la sensación seguramente ritual de que
en ella se pone en acto todo un período, no sólo de la investigación sino de
la vida, he tenido la necesidad de rendir tributo a todas estas personas tan
cercanas en estos años, tan generosas, de las que aprendí tanto, con las que
disfruté tanto; ojalá acepten esta especie de dedicatoria, puedan verse
aunque sea muy parcialmente reconocidas en el resultado que es este libro.
Por la misma sensación de fin de ciclo, una dedicatoria más puntual a
Graciela Silvestri, que le dio la coloración más completa.
Y a mis padres, por tantas cosas que no quisiera olvidar.

Adrián Gorelik, Buenos Aires, junio de 1998


Introducción
Una metrópolis en la pampa
En 1887, como derivación de la federalización de la ciudad de Buenos
Aires realizada a comienzos de la década, el gobierno de la provincia de
Buenos Aires le cedió al gobierno nacional una parte adicional de territorio
para ampliar la Capital, a partir del cual, un año después, se trazaron sus
límites definitivos (la actual avenida General Paz). El municipio tenía hasta
entonces poco más de 4 mil hectáreas, aunque sus 400 mil habitantes
ocupaban un área edificada bastante menor; a partir de su ampliación pasó a
tener más de 18 mil hectáreas, convirtiéndose en una de las jurisdicciones
municipales más extensas entre las metrópolis más importantes.[1] En el
momento de la ampliación territorial, en las nuevas 14 mil hectáreas no
había más de 25 mil habitantes, y sólo estaban trazadas y edificadas unas
pocas manzanas en los poblados de Flores y Belgrano. Cinco décadas más
tarde, hacia 1936, ese nuevo territorio ya estaba completamente urbanizado,
de modo que no era posible distinguir el municipio original de su anexión, y
se extendían, además, en tres brazos al norte, al oeste y al sur, núcleos de
población por fuera del Distrito Federal, formando una incipiente región
metropolitana. En ese lapso, la población de la capital había ascendido a
dos millones y medio de habitantes, de los cuales aproximadamente un
millón vivía en los sectores correspondientes al viejo municipio y un millón
y medio en el territorio anexado cincuenta años antes.[2]

Figura 1
Plano de 1888 del territorio cedido por la provincia de Buenos Aires para ensanchar la Capital
Federal, con indicación del límite trazado por los ingenieros Blot y Silveyra (actualmente, avenida
General Paz) (Litografía del Departamento de Ingenieros, Museo Mitre). Obsérvese que el límite
trazado busca una regularidad que no se adapta a la forma preexistente de los dos partidos cedidos
(Flores y Belgrano) e incluye un sector del partido de San Martín.

Figura 2
Plano comparativo entre las superficies de Buenos Aires y Londres, publicado en La Nación, 6 de
junio de 1904.

Figura 3
Esquema de la ciudad de Buenos Aires en 1887, señalando las áreas construidas y los tres sucesivos
“Boulevards de circunvalación” durante el siglo XIX: Entre Ríos-Callao (1822), el propuesto por
Alvear (1882) y la avenida General Paz (1888).

Figura 4

Expansión regional de la metrópoli en los años treinta. Plano realizado por Carlos María della
Paolera, Oficina del Plan de Urbanización, 1933.
Este libro aborda como arco temporal y espacial los cincuenta años y las
más de 18 mil hectáreas de esto que podemos llamar el primer ciclo
metropolitano en Buenos Aires: desde la ampliación administrativa del
municipio, cuando el territorio anexado no era más que la extensión sin
límites de la pampa, hasta su casi completa urbanización. ¿Cómo se forma
una metrópolis en la pampa? Para responder, el libro entrelazará dos
historias: la de la ocupación progresiva de la llanura (con la cuestión del
barrio suburbano como centro); y la de la producción de redes de sentido
globales que en un breve lapso modificaron por completo las
representaciones de lo que era la ciudad. No intenta ser una historia de la
expansión moderna de Buenos Aires, de su crecimiento, sino un análisis de
lo que ocurrió en ese tiempo, con ese territorio, con sus habitantes y sus
instituciones, para que podamos hablar de la emergencia de un espacio
público metropolitano en Buenos Aires. Por este motivo, el centro del
trabajo se pondrá en un puñado de relaciones, en cuyo marco se produce la
ciudad como artefacto material, cultural y político: las relaciones entre
ciudad y sociedad, es decir, entre forma y política, entre cultura material e
historia de la cultura, entre los diferentes tiempos que atraviesan la ciudad,
el de sus objetos materiales, el de la política, el de la cultura.
Para la indagación histórica de esas relaciones se ha elegido enfocar
formas, objetos, procesos materiales de la ciudad, las discusiones y los
proyectos que los idearon, a través de sus representaciones y de los restos
que de ellos nos han quedado. Es una elección que responde a razones de
especialidad y gusto, pero también acompaña la certeza de que se trata de
un ángulo por lo menos descuidado en la historiografía local. La pregunta
guía que sintetizaría el enfoque podría simplificarse del siguiente modo:
¿por qué la ciudad es como es?; o, mejor aún, ¿por qué sus formas son las
que son?, ¿de qué modo se relacionan con la cultura, con la sociedad o con
la política?, ¿qué nos permiten vislumbrar de ellas? Aunque parezca
paradójico, la historiografía de Buenos Aires no se ha planteado con
frecuencia esas preguntas: las imágenes urbanas, las formas de los edificios,
la forma de los trazados, la forma de los árboles y de los monumentos, de
las vestimentas y de los artefactos, formas en las que se matriza una cultura
y que a su vez contribuyen a matrizarla, no suelen ser explotadas en su
capacidad informativa. Por el contrario, la forma es rápidamente dejada de
lado, como mera aperiencia cuya superficie debe ser transpuesta, o como
reflejo especular, ideológico, de otra instancia en cuya superficie la clave de
lo real debe leerse invertida.
No se trata, por supuesto, de sostener por contraste que las respuestas a
la indagación histórica pueden encontrarse por completo en esas formas: no
se trata de convertirlas en fuentes únicas, ya que en tantos sentidos son
sencillamente mudas, y sólo mediante numerosos rodeos a través de otras
fuentes es posible interpretarlas, construirlas más bien como hipótesis. Pero
situar formas como protagonistas, dirigirles a ellas las preguntas
principales, es más que una elección de fuentes: aun dando todos los rodeos
que su interpretación demanda, al colocarlas en el lugar privilegiado de la
narración histórica se producen nuevas demandas; vuelven necesaria la
aparición de nuevas canteras documentales, o de nuevas preguntas a
canteras conocidas, o instalan una mirada oblicua sobre los problemas de
siempre. Y esto es fundamental para una historia cultural de la ciudad: una
historia que no separe la historia de la ciudad –en términos materiales– y de
la sociedad –en términos sociales o políticos–, sino que sea una historia del
modo en que la ciudad, como objeto de la cultura, produce significaciones;
es decir, una historia cultural de las representaciones de ciudad, pero
siempre que se advierta que el modo en que los artefactos urbanos producen
significaciones afecta tanto la cultura como revierte sobre su propia
materialidad.
Esto explica una parte del título del libro: la grilla y el parque son
figuras materiales y culturales, es decir, son artefactos materiales que
pueden existir como problema en tanto han sido construidos históricamente
como figuras de la cultura, en cuya forma se basará una serie de
interpretaciones sobre el proceso de constitución de un espacio público
metropolitano. A través de diferentes aproximaciones a esas figuras –a
veces tomadas como instrumentos de intervención pública o de teoría
urbanística, a veces como ideas condensadoras, a veces como metáforas de
procesos sociales y culturales, y muchas veces como meras materialidades,
espacio de realización de prácticas sociales–, se buscará probar una
hipótesis: que en los años que van de finales de siglo pasado a la tercera
década de éste se produjeron modalidades peculiares de organización del
territorio, de transformación cultural, de sociabilidad popular y de políticas
públicas urbanas, que dieron como resultado la emergencia de un espacio
público metropolitano en Buenos Aires. Desde este punto de vista, la
periodización elegida identifica un ciclo, en el que aquella conjunción de
elementos obró de tal modo que puede caracterizárselo como un ciclo
reformista, que hacia inicios de la década del treinta se vería interrumpido
por una configuración ideológico-cultural-urbana opuesta: la del triunfo de
una modernización sin reforma. Éstas son, muy someramente, las premisas
propuestas: una noción particular de espacio público, con el calificativo
metropolitano que busca particularizarla aún más; la ambición de construir
su historia cultural a partir de un par de figuras que aluden a artefactos
materiales, la grilla y el parque; la delimitación de un período histórico a
través de una caracterización de la terminología política, el ciclo reformista,
y su contraposición con una noción como modernización, abordada en los
términos en que lo vienen haciendo los análisis culturales; de modo más
abarcante, el postulado de un modo de aproximarse a la historia a través de
la ciudad, de aproximarse a la cultura a través de sus formas materiales tal
cual se han constituido históricamente.
Tales premisas se despliegan con mayor detalle en esta Introducción,
para lo cual se recorre el ciclo histórico en su conjunto; pero, en el cuerpo
del libro, el procedimiento narrativo busca trazar una historia ordenada:
cada parte aborda períodos consecutivos. La primera parte va de las
formulaciones iniciales de Sarmiento en los años cuarenta al fin de siglo;
analiza las figuraciones contrapuestas de ciudad y espacio público
propuestas por Sarmiento y Alvear, las de este último como punto de
llegada de una larga tradición ideológica; y confronta esas figuraciones con
la batería de acciones públicas (especialmente, la grilla y el parque) que
producen la expansión en el fin de siglo. La segunda parte se centra en el
momento del centenario, como vórtice dador de identidad de un período
que abarca en buena medida las dos primeras décadas: es un período
extraño, en el que contrasta fuertemente la aceleración de los cambios con
su escasa visibilidad; la “ciudad tradicional” desconoce –porque no la
entiende, porque la ve como amenaza o como degradación– la emergencia
de un novedoso suburbio en los territorios anexados; partiendo de estas
“omisiones”, en esta parte se analiza qué ocurre en cada sector de la ciudad
(y la cultura) por separado: el espacio público de la “ciudad burguesa”
durante las celebraciones del centenario (la crisis en el momento de la
apoteosis) y la conversión “silenciosa” en el suburbio de manojos de
vecindarios amorfos y semirrurales en el dispositivo cultural barrio, un
espacio público de nuevo tipo y escala local; como puente entre ambos
sectores, el modo en que algunas pocas figuras vislumbraron lo que estaba
ocurriendo en esos suburbios desgajados en la pampa (algunos viajeros,
algunos intelectuales, algunos técnicos). La tercera parte toma los años
veinte y los treinta; analiza la irrupción explosiva del tema barrial
suburbano, la presencia masiva de su nueva cualidad pública y cultural en la
gestión urbanística, la política, la prensa, la literatura y el tango, y muestra
las diferentes Buenos Aires que esa explosión va configurando como
imaginarios confrontados, pero, sobre todo, la dimensión metropolitana que
parece alcanzar el nuevo espacio público barrial; finalmente, intenta
mostrar el quiebre de esa experiencia expansiva y analizar sus razones en la
política de la intendencia de Mariano de Vedia y Mitre, en la sociedad y la
cultura.
Como se advierte en esta brevísima guía del libro, son muchos los temas
afectados para la reconstrucción de ese ciclo histórico; en algunos casos,
esa variedad se ha traducido en desplazamientos necesarios de enfoques:
algunos capítulos se centran más en cuestiones urbanísticas; otros, en
políticas; otros, en literarias, o institucionales, o sociales. Pero en todos los
casos se buscó que el registro común fuera el de la historia cultural: la
certeza de que todas esas cuestiones toman forma en la cultura es lo que
debería unificar los enfoques; la certeza de que una cita literaria puede
arrojar luz sobre los debates urbanísticos, y un plan urbano, sobre los
debates de la vanguardia literaria. En definitiva, esto explica tal vez la
mayor ambición del libro: dar cuenta de la “cultura urbana” de un período.
Es decir, producir una restitución cultural de la ciudad, mostrando el modo
en que la ciudad y la cultura se producen mutuamente.

La grilla y el parque: una aproximación al espacio público


¿Qué son la grilla y el parque? Literalmente, la parrilla de manzanas que
cuadriculan el territorio de Buenos Aires y el verde urbano realizado en los
parques públicos. Aquí intentarán ser, además, estructuras básicas del
espacio público metropolitano en Buenos Aires; soportes (simbólicos y
materiales) de intervenciones más abarcantes sobre el espacio público o de
representaciones de éste, como monumentos o instituciones; artefactos
históricos en los que aparecen grabadas ideas en pugna sobre cómo debe ser
la esfera pública ciudadana, precisos proyectos culturales y políticos; claves
de tradiciones técnicas e ideológicas de tan larga data como fuerte
imposición presente. Son, al mismo tiempo, instrumentos de intervención
urbanística; es decir, constituyentes pragmáticos de la urbanística en una
ciudad sin tradición teórica en esa disciplina. Por lo tanto, de acuerdo a
cómo se define la urbanística en que se moldean, instrumentos de reforma
social, figuras formadoras de ciudadanía y su propia metáfora: son la
materialización de modelos de estado y sociedad; huellas de conflictos y
proyectos aun cuando todavía no se habían realizado y aun cuando nunca se
realizarían del todo; modalidades, cifras del espacio público, ya que no
espacio público ellos mismos.
En efecto, espacio público no es, en nuestra acepción, el mero espacio
abierto de la ciudad, a la manera en que tradicionalmente lo ha pensado la
teoría urbana. Como se sabe, espacio público es una categoría que carga con
una radical ambigüedad: nombra lugares materiales y remite a esferas de la
acción humana en el mismo concepto; habla de la forma y habla de la
política, de un modo análogo al que quedó matrizado en la palabra polis. Es
una categoría que ha sido revalorizada en los últimos años como la
dimensión propiamente política de la vida social, capaz de iluminar
aspectos hasta entonces desatendidos tanto en la historia política como
social: el espacio público es una dimensión que media entre la sociedad y el
estado, en la que se hacen públicas múltiples expresiones políticas de la
ciudadanía en múltiples formas de asociación y conflicto frente al estado.
La aspiración a una ciudadanía activa políticamente, en el marco de la
reconsideración del problema democrático, es lo que justamente ha vuelto
tan actual la discusión teórica e histórica sobre el espacio público. Pero
también ha sido revalorizado en su cualidad material: el espacio público de
la ciudad, en el que aquella ciudadanía se activa, es hoy motivo de desvelo
de teóricos y urbanistas, y moviliza a amplios sectores de la sociedad en
una lucha que no tiene lo estatal como amenaza, sino lo privado.
Quienes han conceptualizado el espacio público han dado por supuesta
esta conexión entre espacio público urbano y esfera pública política, pero,
tal vez por su ambigüedad constitutiva, no existe una teoría que guíe el
análisis de su producción mutua, la peculiar unidad de forma y política
implícita en tal reciprocidad. Y esta situación ha generado un abordaje
especializado, un uso, digamos, bifurcado: para quienes estudian la esfera
pública como la esfera ideal de mediación entre la sociedad y el estado (la
prensa, las asociaciones, los partidos políticos, la “opinión pública”), la
ciudad, los espacios de la acción pública suelen ser escenarios, más o
menos importantes, pero sólo el fondo sobre el que se desarrollan las
acciones; por el contrario, para quienes estudian los espacios públicos de la
ciudad (así, en plural: las plazas, las calles, los edificios públicos), éstos son
modelos, invariantes, tipologías, artefactos definidos por cualidades físicas
y explicados por la evolución de un discurso disciplinar –la teoría
arquitectónica o urbana– de larguísima duración.
Aquí, en cambio, vamos a considerar el espacio público como el
producto de una colisión, fugaz e inestable, entre forma y política. Si en
determinadas formas aparecen involucrados procesos sociales, culturales o
políticos, es más el producto de un choque –tan fulminante y centelleante
como efímero– que de una relación perseguida y estable. Así, la emergencia
del espacio público podría ser pensada como una coyuntura, en la doble
acepción de coyuntura: como ocasión puntual en la historia y como
contacto de esferas diferentes.[3] Por eso, no está definido de una vez y
para siempre en el espacio abierto y de libre acceso en la ciudad: no hay
nada preformado en la ciudad que responda a tales características de
“espacio público”; no es un escenario preexistente ni un epifenómeno de la
organización social o de la cultura política; es espacio público en tanto es
atravesado por una experiencia social al mismo tiempo que organiza esa
experiencia y le da formas. Se trata, por tanto, de una cualidad política de la
ciudad que puede o no emerger en definidas coyunturas, en las que se
cruzan de modo único diferentes historias de muy diferentes duraciones:
historias políticas, técnicas, urbanas, culturales, de las ideas, de la sociedad;
se trata de una encrucijada. Así, la hipótesis sobre la existencia o no del
espacio público es el producto de una interpretación sobre la relación entre
la forma urbana y la cultura política de un momento determinado de la
historia.
Ese momento, en nuestro caso, está señalado en la propia categoría por
el calificativo metropolitano, con el que nuevamente se busca nombrar
procesos materiales y sociales. A diferencia de la acepción habitual de
metrópolis, que remite al tamaño de las ciudades, aquí se busca señalar el
cambio cualitativo que implicó ese fenómeno urbano, económico, político y
social que es la metropolización, frente a los procesos previos de formación
de una esfera pública en la ciudad tradicional. Es el sentido de la noción de
metrópolis otorgado por Georg Simmel a comienzos de siglo, inspiración de
buena parte de las lecturas culturales y sociológicas de la modernidad: la
metrópolis es la forma general de “existencia” moderna, producida por el
proceso de racionalización mercantilista de las relaciones sociales que
modifican la cualidad de la ciudad tradicional en un universo cuantificado y
abstracto. En el caso de Buenos Aires, ya las avenidas del intendente Alvear
a comienzos de la década de 1880, con sus edificios en altura que
promueven una nueva forma de renta urbana, están planteando un nuevo
escenario que rompe con la ciudad tradicional; pero el cambio fundamental
que permite comenzar a hablar de metrópolis, en esta hipótesis, es la
expansión territorial de 1887 por la transformación y complejización que
produce del mercado –urbano, político y cultural–, introduciendo la
masividad de los nuevos sectores populares a la ciudad y a la ciudadanía.[4]
Ahora bien, esta periodización particular que se adopta para enfocar el
espacio público metropolitano es lo que, de hecho, impediría aplicar de
modo literal a este caso la teoría más difundida en la actualidad sobre el
espacio público –la formulada por Jürgen Habermas con inspiración en el
modelo iluminista–, ya que ésta supone un momento histórico anterior y un
conflicto histórico diferente, el que se produce entre las aspiraciones de una
naciente burguesía y un tipo particular de estado absolutista. En la
Argentina posterior al ochenta, en la noción de espacio público debemos
incorporar, además, el rol fundante del estado en el proceso de
modernización, lo que elimina buena parte de la acepción clásica que se
asienta, justamente, sobre la pertenencia del espacio público a la sociedad
civil, frente al estado. Es decir, aquí debemos entender la formación y el
funcionamiento de un espacio público metropolitano admitiendo que en
buena medida buscó construirse “desde arriba”, con el declarado objetivo
de darle forma a una sociedad que el reformismo estatal percibía en riesgo
de atomización. Esta estatalidad originaria de lo público en la Buenos Aires
metropolitana también iluminará los intentos provenientes de la sociedad,
en su productividad y en sus aporías. De tal modo, la noción de espacio
público no puede sujetarse aquí a ninguna ortodoxia teórica o histórica; será
tomada más como estímulo para enfocar una serie de problemas, que como
un sistema de certezas teóricas; más como acceso a nuevas zonas de
historicidad, que como matriz explicativa de las mismas.[5]
En definitiva, espacio público será comprendido como un horizonte, en
un doble sentido. Un horizonte conceptual, que permita enfocar los
contactos entre las dos dimensiones tan diferentes que supone, la política y
la urbana; que permita introducir una cuña en la intersección de la política y
la forma, para tratar de entender cómo se produce una en la otra, para ver
qué hay de una en la otra. Y un horizonte político, de la política
democrática y del derecho a la ciudad, que implica la tensión permanente
hacia la construcción de una arena pública inclusiva tanto de grupos
sociales y culturales como de temas que amplíen el espectro de lo
establecido como “bien común”.[6]

Paradigmas historiográficos
La grilla y el parque son, entonces, las figuras materiales y culturales que
protagonizan la historia de la producción de ese horizonte político en la
Buenos Aires metropolitana. A lo largo del libro se irá construyendo el
entramado histórico que constituye ambas figuras en una realidad urbana y
cultural de larga duración y efectos múltiples en Buenos Aires; en esta
introducción vamos a proceder al revés: tratar de entender y someter a
discusión su lugar conflictivo en la historiografía para poder recortar del
negativo una figura nueva. La grilla ha sido siempre considerada como el
producto espontáneo de la especulación inmobiliaria; los parques, como el
espacio verde higiénico, de ornato o recreación, siempre insuficiente y
marchando siempre a la retaguardia de otros procesos (renta del suelo,
transporte, infraestructura). Por razones inversas (uno por su exceso y el
otro por su falta), ambos fueron tomados como la demostración palmaria de
la ausencia de voluntad del poder público de incidir en el destino de la
ciudad. Sin embargo, aquí se consideran como espacio público no, como se
dijo, porque lo sean en sí mismos en tanto espacios abiertos y de libre
circulación, sino porque en Buenos Aires funcionaron históricamente como
detonantes de la emergencia de un espacio público metropolitano,
especialmente por su rol como instrumentos de regulación pública de la
forma urbana.
En este sentido, la sola presencia de la grilla y el parque como realidades
públicas pone en cuestión el principal paradigma sobre el cual se constituyó
la moderna historiografía de la Buenos Aires metropolitana: la convicción
de que la expansión de la ciudad fue el producto directo de una
combinación entre la modernización técnica (el puerto, los ferrocarriles y la
electrificación del tranvía) y las necesidades del capital local y extranjero
(la especulación inmobiliaria con sus famosos loteos en cuotas y la
explotación privada de los transportes públicos). Como se sabe, fue James
Scobie, en la década de 1970, quien formalizó magistralmente este
paradigma, en el primer libro de historia de Buenos Aires estructurado a
través de un conjunto de hipótesis coherentes.[7] Se trata de un paradigma
deudor de los postulados habituales en la historia urbana de la época, en los
que la marca del economicismo (de lejanas resonancias marxistas, pero
llevado adelante en las claves del estructural-funcionalismo desarrollista)
llevaba a poner en primer plano los procesos técnicos (también como modo
de adaptación del postulado funcionalista que vincula causalmente
industrialización y metropolización).[8]
Las claves conceptuales desplegadas por la noción de espacio público, el
mundo de problemas y objetos que su enfoque descubre, permiten
identificar procesos que cuestionan severamente ese paradigma. Siguiendo
con el ejemplo de la relación entre público y privado en la expansión
metropolitana, la grilla y el parque muestran que la expansión urbana
llevada adelante por el tranvía y los loteos se movió dentro de muy
estrechos límites impuestos por el poder público, en función de la
definición prioritaria de un tablero público, puntillosamente delineado, en
todo el nuevo territorio de la ciudad. Hay, hacia el fin de siglo, una batería
de acciones públicas que no han sido hasta ahora analizadas en su
especificidad, acciones no concertadas como un plan conjunto y orgánico
pero que coinciden en buscar el control de la expansión urbana, la
construcción de un mercado racional y la definición, a través de la forma de
la ciudad, de las modalidades de sociabilidad para los nuevos habitantes de
un espacio público ampliado. Me refiero a la demarcación de los nuevos
límites de la Capital Federal (1888), y al posterior desarrollo en paralelo,
entre 1898 y 1904, de dos acciones determinantes: el diseño de un plano
público de extensión para ese vastísimo territorio y la disposición de un
sistema de parques perimetrales a la ciudad tradicional, en el espacio de
frontera entre la ciudad consolidada y el área de la expansión. Y
recordemos que el primer ciclo de expansión suburbana privada se dio
precisamente a partir de 1904: recién entonces se generaliza la
electrificación tranviaria (con la consiguiente rebaja de boletos) y comienza
el proceso masivo de la venta en cuotas de terrenos.

Figura 5
Plano del Departamento de Obras Públicas de la Municipalidad, 1904 (Museo Mitre). Es el plano que
publica por primera vez el trazado de la cuadrícula en todo el territorio anexado, realizado por una
comisión municipal dirigida por el director de Obras Públicas, ingeniero Carlos María Morales, en
1898. Nótese la diferencia entre el trazado de las zonas construidas (más oscuras) y las anchas áreas
de cuadrícula uniforme trazadas sobre el territorio vacío (comparar con p. 129). Las manzanas
dibujadas en este plano son las que, prácticamente sin modificaciones, se abrirán y construirán en los
siguientes cuarenta años.

Figura 6
Esquema de la disposición de los parques realizados o propuestos entre finales de siglo y 1904.

Figura 7
Detalle del sector del Parque Chacabuco, plano del Departamento de Obras Públicas de la
Municipalidad, 1904 (Museo Mitre).

Detengámonos, entonces, en esa batería de acciones públicas. En primer


lugar, el nuevo límite de la ciudad, el “Boulevard de circunvalación”, que
descarta adecuar la nueva forma del municipio a la mera sumatoria de la
superficie de los dos municipios anexados con sus bordes irregulares: se
traza una línea regular y artificial (la futura General Paz) que fija una figura
ordenada para la nueva ciudad, buscando preservar, pese al cambio de
escala, la centralidad y la simetría de la ciudad tradicional. Como si se
tratara de proyectar geométricamente hacia la nueva extensión de la ciudad
lo que había sido para Rivadavia el boulevard Entre Ríos-Callao y para
Alvear su propio proyecto de “Bulevard de circunvalación”, aquí se ratifica
una voluntad de forma que busca recortar lo que es ciudad de lo que no lo
es, aunque en este caso la línea se trace en medio de la vastedad de la
pampa. En segundo lugar, el plano público que cuadricula todo ese nuevo
territorio. Publicado en 1904, este plano viario prácticamente idéntico a la
ciudad amanzanada que se materializaría unas décadas más tarde, cubre con
una grilla de pretensiones homogeneizadoras los vastos descampados que
rodeaban la ciudad hasta el flamante límite. Se trata de una manifestación
de la voluntad del estado para que la incorporación al mercado urbano de
esas tierras se hiciera de acuerdo con una delineación pública idealmente
equitativa en todas las direcciones del crecimiento potencial de la ciudad. Y,
en esos mismos años, por último, el proyecto y realización (parcial) de una
serie de parques que buscan formar una cintura verde para la ciudad
concentrada ya consolidada; la idea de un incipiente sistema de parques es
elaborada en el ámbito municipal simultáneamente con la expansión de la
grilla; una cintura verde que coincide con la voluntad de forma del nuevo
límite de la ciudad, pero que se propone abiertamente limitar la expansión
urbana.
Ya analizaremos los impulsos contradictorios que anidan en esta batería
de acciones públicas, pero digamos, en principio, que la grilla y el parque
aparecen allí como la encarnación de una voluntad pública proyectual sobre
la ciudad, una voluntad cuya capacidad y consecuencias son por lo menos
sorprendentes para la época y que produce, en sí misma, modificaciones
enormes a nuestras imágenes de la metropolización. Posiblemente, quienes
no están habituados a la frecuentación de planos urbanos no adviertan de
inmediato la importancia que tuvo para la ciudad esta batería de acciones, la
definición pública temprana de un vastísimo territorio urbanizable en torno
a la ciudad tradicional: muestra que el territorio “inculto” que se anexó en
1887 no fue ocupado al mero designio de la especulación inmobiliaria o la
modernización técnica. Quizás sirva como ilustración el contraste con lo
que fue más común para la época en las ciudades latinoamericanas: en ellas,
ante un estado prescindente, o socio directo de los inversores inmobiliarios,
los loteos nuevos carecieron de toda reglamentación, de todo contacto entre
sí y de toda pertenencia a una imagen global de la futura ciudad que estaban
constituyendo, lo que dio origen a la típica distinción latinoamericana entre
ciudad legal e ilegal. Una de las hipótesis de este trabajo es, en cambio, que
la existencia en Buenos Aires de un tablero público extendido no sólo a
toda la ciudad existente, sino previendo un crecimiento que sólo se daría en
décadas, fue una de las bases materiales urbanas que generó la posibilidad
de un espacio público y que asentó en la estructura urbana uno de los
factores clave de la futura integración social y cultural; un gesto, como
veremos, comparable a muy pocas experiencias internacionales. Esa
voluntad pública no surge de un vacío: habla de la construcción lenta y
asordinada de instrumentos de intervención urbanística, de la construcción
de una administración pública capaz de ponerlos en práctica, de proyectos
políticos y proyectos urbanos que se delinean durante buena parte del siglo
XIX a través de experiencias de gestión de la ciudad pero, sobre todo, a
partir de intensas discusiones intelectuales y políticas que ponen a la ciudad
y su espacio público en el centro del debate cultural sobre la definición de
la nación: siguiendo el programa convertido en sentido común desde el
iluminismo, cambiar la sociedad y cambiar la ciudad son las dos caras de un
mismo proyecto que va a encontrar forma definitiva y definitoria, para la
Buenos Aires del nuevo siglo, en la grilla y el parque.
Ahora bien, así como esta batería de acciones públicas aparece en cuanto
se aplica una perspectiva historiográfica que hace hincapié en la noción de
espacio público, del mismo modo, su ausencia en la historiografía existente
podría explicarse en los límites de su perspectiva conceptual: como en La
carta robada de Poe, no se puede ver lo más evidente cuando es demasiado
evidente –¿y qué más a la vista que la cuadrícula porteña?– o, por decirlo de
modo más próximo al detective Dupin, cuando su evidencia está por fuera
de los presupuestos que guian la investigación. Las historias tradicionales
de Buenos Aires fin de siècle apuntan a mostrar (para alabar o criticar) una
ciudad “europea”, que se moderniza con empréstitos e infraestructura
británicos, con criterios urbanos franceses y con constructores italianos. Son
afirmaciones incontestables y a la vez, al menos hoy, inútiles. Porque no
permiten entender la peculiaridad de lo que aquí se produjo como ciudad y
como sociedad, que está lejos de ser una versión degradada, incompleta o
paródica de “modelos originales”: es la propia noción de influencia lo que
debe ser puesto en cuestión. Contemplando, por una parte, las
peculiaridades que la propia mezcla entraña, tema desarrollado
ejemplarmente en estudios culturales como los de Adolfo Prieto o Beatriz
Sarlo; por otra parte, que esa mezcla se producía en una Buenos Aires que
era también, en todo ese período, como ha mostrado Liernur, una especie de
campamento de frontera provisorio.[9] Pero aquí me interesa ir más atrás,
para mostrar que aquel desconocimiento tiene raíces profundas, que
aparecen en el reverso de una larguísima tradición de repudio a uno de
nuestros dos protagonistas: la grilla, y lo que ésta representaba, la expansión
suburbana ilimitada. Evitando el maniqueísmo simétrico de invertir ahora
ese repudio, propongo articularlo en una nueva visión de la historia de la
ciudad. Descifrar del negativo la presencia constante de la cuadrícula en el
pensamiento sobre la ciudad ha permitido, en este caso, entrever una serie
de características específicas en la constitución de la cultura y la sociedad
de Buenos Aires, porque ese repudio tuvo un costado cultural y otro socio-
económico: el primero habla de las imágenes y los imaginarios de las
relaciones entre la ciudad y la pampa; el segundo, de las peripecias de una
constelación de miradas y de aciones reformistas sobre la ciudad.

Ciudad y pampa
Uno de los efectos paradójicos del repudio a la cuadrícula y a la expansión
suburbana ha sido su más completa naturalización: como si el damero
fundacional de las Leyes de Indias hubiese traído órdenes genéticas para su
desarrollo venidero. Ésta es una de las razones por las cuales no han tenido
visibilidad ni el trazado del límite de la nueva ciudad federalizada, ni el de
la cuadrícula del plano de 1898-1904: ¿acaso no estaban inscriptos en un
destino tan natural como ineludible? En la línea de interpretación
culturalista de la ciudad (es decir, la línea de interpretación que vincula
determinísticamente forma urbana y cultura, la de más larga duración en
nuestro país), se trata de un destino oprobioso impuesto por la doble
barbarie de la tradición española y la naturaleza pampeana. Lo curioso es
que este repudio culturalista, de enorme productividad inicial, reunió una
serie de diagnósticos y los cristalizó como sentido común que subsistió
mucho después de que cambiaran las condiciones y los paradigmas desde
los cuales se formularon.
Sarmiento es uno de los primeros que propone el diagnóstico: la
identificación de la planta vieja de la ciudad con las pervivencias
tradicionales, como el sinónimo de la “imprevisión” y la “incultura”
españolas y de la amenaza anómica de la pampa; la pampa es la metáfora de
la asfixia de una ciudad a la que la grilla convierte en “una vasta prisión”,
en “un cuerpo pletórico que se ahoga”.[10] Es el retrato de una ciudad
tradicional que no podía sino reproducir, en la visión sarmientina, una
sociedad tradicional; a ellas le opone una visión de la ciudad como espacio
público, posibilitada exclusivamente por la carga modernista de la idea de
parque: Palermo, como inicio ex novo de una ciudad nueva para una nueva
sociedad que sólo podría surgir lejos y afuera de la ciudad tradicional. El
parque como espacio de reunión de lo pintoresco y lo sublime, de la cultura
y el civismo democrático, opuestos tanto a la naturaleza informe como al
pasado presente en la cuadrícula.

Figura 8

Plano de la rada de Buenos Aires de la Dirección de Hidrografía del Reino de España, 1864 (detalle)
(Difrieri, Atlas de Buenos Aires, cit.). Plano contemporáneo al proyecto de Palermo, en el que se
distingue con toda claridad el trazado de las plantaciones que pertenecían a la propiedad de Rosas y
sobre las cuales se ubicará el parque (arriba de la ciudad a la derecha, siguiendo el borde del río).
Nótese la distancia que lo separa de los últimos confines de la ciudad.
Pero Palermo no constituyó una nueva ciudad ni fue su centro de gravedad,
sino que, hacia finales de siglo, fue subsumido en la indiferencia de la
nueva cuadrícula. Así, cuando se diseña la grilla para todo el enorme
territorio anexado, parecen alimentarse en abismo las dos acechanzas del
modelo civilizatorio: la ciudad, a través de la cuadrícula, realiza la amenaza
de la pampa; su expansión no puede ser vista como culturización de la
llanura, sino como metamorfosis. Treinta años después Martínez Estrada
verá que “Buenos Aires ha sido engendrada, concebida, superfetada por el
llano. Superficie: ésa es la palabra emblema. Superficie es la misma ciudad,
que carece de tercera dimensión”.[11] Durante esas décadas, infinidad de
testimonios tienden a identificar la ciudad como una prolongación
indeterminada de la pampa: “Una de las particularidades de Buenos Aires
es que no se le puede ver el fin. [...] La pampa no presenta ningún
obstáculo”, escribe Georges Clemenceau en 1910; y dos décadas más tarde
escribe Massimo Bontempelli:
Buenos Aires es un pedazo de pampa traducido en ciudad. Esto explica su construcción por
manzanas [...]. Repitiendo al infinito las manzanas, se hace una ciudad, sin límites necesarios.
[...] El principio de la repetición al infinito, enseñado por la naturaleza con la Pampa, ha sido
repetido escrupulosamente por los hombres cuando tuvieron que construir el mundo humano de
frente al mundo natural.[12]

Pero lo que para algunos de estos visitantes podía ser auspicioso


(entendiéndolo como una peculiaridad de la “ciudad americana”), para los
observadores locales era la demostración de un fracaso: a la ciudad “no se
le puede ver el fin”, la ciudad “no tiene límites necesarios”, porque ya la
pampa no es un obstáculo, sino un medio para la expansión metropolitana:
la ciudad moderna, a medida que avanza sobre la pampa, se vuelve más y
más su propia metáfora. La clave culturalista del repudio a la cuadrícula es
su asimilación a la barbarie que la ciudad estaba llamada a conjurar. Y
veremos cómo toda la discusión sobre la expansión, y todos los proyectos
para los parques públicos, estarán tocados por esta ambición culturalista de
definir fronteras con la pampa.
En la larguísima duración de esta refutación de la cuadrícula por la
pampa (es decir, en la identificación de la cuadrícula con la tradición
bárbara, premoderna) hay varias paradojas que nos informan ricamente
sobre aspectos de la cultura urbana local y de la propia ciudad. La primera
de ellas es que, al contrario que en Buenos Aires, en el mundo occidental la
cuadrícula, por lo menos desde que William Penn creó la versión moderna
del tablero en escuadra para la ciudad norteamericana, fue el instrumento
urbanístico identificado con la racionalidad capitalista más cruda, con la
modernización radical del territorio sin mediaciones culturales.[13] Aquí
hay una paradoja que alimentó cantidad de malentendidos en la relación
triangular Europa-Norteamérica-Buenos Aires, relación siempre mediada
por el prestigio genérico de una idea vaga de ciudad europea frente a la
ausencia de historia y de belleza de la ciudad americana; pero justamente la
vaguedad de esa oposición muchas veces hace parecer iguales las críticas
que se podían hacer, en el siglo XIX, desde criterios absolutamente
diferentes. Comparemos dos viajeros en América: Charles Dickens y Emile
Daireaux. Dickens recuerda en sus American Notes su estadía a mediados
de siglo en la ciudad creada, precisamente, por Penn: “Filadelfia es una
ciudad hermosa, pero de una regularidad que acaba por volver loco.
Después de caminar alrededor de una hora o dos, sentí que habría dado el
mundo por una callecita tortuosa”.[14] Daireaux describe la Buenos Aires
de finales de los ochenta:
Enteramente derechas, las calles continúan siempre, sin otro objeto que el de prolongar en una
misma línea las que fueron trazadas o esbozadas hace tres siglos. Conducen más lejos que
entonces, pero al mismo lugar, a los confines de la ciudad, que retrocede frente a ellas sin
modificarse en nada [...]. Os invade una especie de melancolía al caminar siempre a lo largo de
casas que no aportan más que el sentimiento de haber sido vistas.[15]

Figura 9
Plano de Filadelfia, Pennsylvania, 1683, realizado por William Penn, modelo de infinidad de trazados
posteriores en los Estados Unidos (Reps, The Making of Urban America, citado).

Es evidente que ambos viajeros tienen modelos europeos diferentes como


respaldo a su crítica: el Londres abigarrado de Dickens; la París radial y
barroca de Daireaux. Lo que demuestra que definir unívocamente el
prestigio de la ciudad europea –en un momento en que el diálogo entre
ciudades era intenso y cruzaba complicadamente modelos y miradas– es
muy engañoso, porque según de quién se tratara –o según el momento–
podían pesar elementos absolutamente contradictorios en su celebración:
desde la claridad racional de las intervenciones barrocas, con sus avenidas
circulares y diagonales, hasta la densidad cultural de los centros históricos;
es decir, la ciudad “moderna” decimonónica o, en la clave de la
reivindicación historicista que rechazó aquellas intervenciones, la variedad
y la complejidad de las intrincadas callecitas medievales, su “organicidad”,
su capacidad de formar comunidades que contrastaban con el anonimato de
las nuevas metrópolis. De tal modo, Dickens impugna la modernidad de
Filadelfia y Daireaux la ausencia de modernidad en Buenos Aires, la
prolongación sin cortes de su traza tradicional; pero pueden hacerlo en
términos prácticamente idénticos, haciendo coincidir en la regularidad
exasperante de la grilla sus críticas diferentes sobre ciudades que ellos ven
diferentes pero no precisamente por lo que miran.
El ejemplo debería prepararnos para entender las críticas cruzadas que
encontraremos en la cultura local, porque esta mezcla de motivos es lo que
funda la experiencia de la distancia del viaje en los hombres de la élite,
cuando desde Europa perciban los contrastes con las perspectivas
interminables de las calles siempre iguales de Buenos Aires, cuyas casas
bajas de azoteas planas hacían juego con la regularidad tediosa de la
planicie: “la ciudad más fea que he conocido entre las de primero, segundo
y cuarto orden”, en palabras de Miguel Cané.[16] “Quien llega de otro
continente a Buenos Aires siente la inquietud de su delineación, porque es
realmente inquietante la supresión de la perspectiva...”, decía Enrique Prins
en 1910. Y no es que Prins no tuviera en cuenta que esa delineación
enloquecedoramente monótona se había renovado desde los tiempos de
Cané con un gesto público deliberado y moderno; simplemente engarza su
impresión en una ya asentada tradición culturalista que identifica el “vicio
congénito” desde los colonizadores españoles hasta los municipales de fin
de siglo, como respuesta inevitable impuesta por la pampa:
Terreno llano, borde de la gran sabana pampeana, no brindaba la naturaleza del lugar el modelo
pintoresco del suelo accidentado. Nada era más lógico ante aquel plano imperturbable que
completar la obra existente con la expresión geométrica más simple y elemental: lo recto.[17]

Figura 10
Las azoteas de Buenos Aires, tan repudiadas como símbolo del carácter de ciudad chata y extendida,
c. 1880 (Archivo General de la Nación).

Un diagnóstico que pasaría de la crítica urbana a la literatura y a la crítica


cultural con suma fluidez, reuniendo un manojo de argumentos de honda
receptividad: unos años más tarde Baldomero Fernández Moreno (en uno
de los primeros poemarios urbanos) le agradecería a la “callejuela Rauch”
por ofrecerle “el sencillo misterio de (su) curva” a su “espíritu cansado de
tanta calle recta”; y todavía más tarde Eduardo Schiaffino encontrará la
explicación a tanta monotonía en que Garay hubiese sido ingeniero militar:
“entre él y sus imitadores nos han cuadriculado el suelo de la República”.
[18] Sea por la hegemonía de los modelos de ciudad pintoresquista o por el
posterior rechazo modernista a la rue corridor, las principales figuras que
reflexionaron sobre la ciudad en la primera mitad del siglo XX coincidieron
en esos juicios, y siguieron extrayendo de la forma de tablero de la ciudad
interpretaciones negativas sobre su cultura; la expectante “ausencia de
obstáculos” de Clemenceau se tradujo en “los meandros de la ciudad plana
(y) los desfiladeros monótonos” de la “ciudad visible” de Mallea. Como
para John Ruskin casi un siglo antes, para ellos “esos dameros no son
prisiones para el cuerpo sino sepulturas para el alma”.[19]

Figura 11

Suburbio-jardín y modelos pintoresquistas como alternativas a las expansiones regulares: Diseño del
suburbio-jardín de Hampstead, Unwin y Parker, Londres, 1905 (La Ville, París, Centro Pompidou,
1994).

Figura 12
Suburbio-jardín y modelos pintoresquistas como alternativas a las expansiones regulares: La
generalización de las propuestas de Camilo Sitte en la manualística de fin de siglo: modelos de calles
curvas en K. Henrici, Deustche Bauzeitung, 1894 (en Zucconi y otros, Camilo Sitte e y suoi
interpreti, citado).

Figura 13
Suburbio-jardín y modelos pintoresquistas como alternativas a las expansiones regulares: Plano de
Palermo Chico, Thays, Buenos Aires, 1912 (plano de la Municipalidad, 1980).

La ausencia de obstáculos es la falla primordial: la imposibilidad de fijar un


límite estable entre la ciudad y la pampa es la causa de una expansión
ilimitada que imagina siempre la nueva ciudad como una prolongación lo
más exacta posible de la existente. Contrario sensu, hoy resulta muy
sugestivo pensar que esta ausencia de un borde natural que hacía más
notoria la falta de encantos de la cuadrícula, colaboró con la voluntad
pública para favorecer una suburbanización integrada sin solución de
continuidad material; nuevamente conviene observar otras ciudades
latinoamericanas (como Río de Janeiro, San Pablo o Caracas) en las que la
naturaleza accidentada fue uno de los factores que favoreció la constitución
de barreras entre sectores sociales. En Buenos Aires, naturaleza y voluntad
pública confluyeron en su espíritu aplanador: la imposibilidad tan repudiada
de fijar una frontera estable entre la ciudad y la pampa constituyó uno de
los principales incentivos para imaginar la expansión ilimitada como forma
de resolver las condiciones de hacinamiento del centro y dar lugar a una
expansión que es al mismo tiempo de la ciudad y la ciudadanía. Operación
posible, nuevamente, gracias al vacío cultural de los territorios que se
habían anexado, cargados apenas con los valores que debían ser superados,
la barbarie, la tradición.
Pero suponer que la llanura pampeana favoreció una expansión sin
fronteras no significa suponer una expansión pacífica con su entorno. El
repudio culturalista a la imposición de la pampa combinó extrañamente el
deseo del “modelo pintoresco del suelo accidentado”, con una lucha tenaz
contra todo aquello que se veía como amenaza de la naturaleza contra la
ciudad. Si se piensa en los continuos rellenos del Río de la Plata –la otra
llanura que amenazaba volcarse sobre la ciudad–, en la obra monumental de
levantamiento de La Boca, en los entubamientos de los arroyos o en el casi
total aplanamiento de la barranca que definía la meseta sobre la que se
extiende la parte central de la ciudad, se ve una voluntad de igualación del
territorio encaminada al logro de un plano homogéneo de la ciudad, que
buscó domesticar deliberada y concienzudamente todo resto irregular. Una
voluntad que en cada una de sus manifestaciones no dejaba de lamentar los
bienes escasos (en términos de ruptura de la monótona horizontal) que se
perdían, pero cuyo ideal de regularidad fue constante y sostenido. Y aquí
está el aspecto principal de la paradoja: efectivamente, la cuadrícula intenta
llenar el vacío de la pampa, intenta fundar ciudad sobre la nada. Porque ve
la naturaleza como amenaza material y cultural, funda una forma abstracta,
homogénea, regular: pura cultura (¿y qué otro modo conoce la modernidad
de hacerlo?); pero en esa regularidad, el culturalismo denuncia el triunfo de
la naturaleza (¿y qué más tradicional que ella?), porque lo que aparece
como principal abstracción es la propia inmensidad de la llanura, su
ausencia de organicidad. Como se dijo más arriba, es ésa la restitución que
promete el parque público desde su creación local por Sarmiento. El parque
como creación humana: para eso son los Portones de Palermo, para tomar
distancia de la naturaleza, para crear lugar entre la nada. Y esta marca sigue
presente y da sentido a los parques que se crean simultáneamente con la
grilla a fin de siglo, en un intento explícito por formar una cintura verde
que, a partir de Palermo, bordease la ciudad tradicional en todo su
perímetro.

Figura 14
Los portones de Palermo, construidos en 1875 en el comienzo de la avenida Sarmiento para dar
entrada al Parque (fotografía de Witcomb, Argentina 1880, Buenos Aires, SS&CC Ediciones, 1982).

La otra gran paradoja dentro del mismo marco culturalista es que, como se
sabe bien, a partir del fin de siglo la visión de la pampa se fue
positivizando: puesto en crisis el ideal civilizatorio a partir del crack
financiero y político de 1890 y de la babel de lenguas y de rostros en que se
convierte la metrópolis, la pampa comienza a aparecer como un lugar
incontaminado, reserva de valores puros; junto con el gaucho, que en el
momento en que se extinguía como figura real se convertía en figura mítica,
la pampa pasó a ser emblema de la nacionalidad, la respuesta cultural a la
necesidad de construir una identidad frente al aluvión inmigratorio. Y sin
embargo, la mayoría de los observadores del proceso de modernización
urbana siguieron explicando en términos negativos la ciudad resultante de
la cuadrícula por su asimilación con la pampa.
Con algunas pocas excepciones, como la más notoria de Borges: en un
gesto que caracteriza muchas de sus operaciones culturales, Borges
convirtió esa carencia en valor; por eso imagina la fundación mítica de
Buenos Aires en una manzana cuadrada, “una manzana entera pero en mitá
del campo”, dándole estatuto fundacional, provocativamente, a los dos
símbolos del repudio culturalista.[20] Es precisamente sobre la ausencia de
carácter de la ciudad periférica, del arrabal anómico en sus estribaciones
indiferenciadas con la pampa, donde Borges busca construir la “epopeya”
que le falta al habitante de la ciudad, y donde postula que la construcción
modernista de la identidad cultural puede surgir plena. Pero aquí importa
mostrar que tanto la tradición culturalista como su inversión borgiana no
hacen más que densificar la relación, mediada por la cuadrícula, entre la
ciudad tradicional y su expansión moderna en el territorio: no se trata de
tomar partido por una u otra versión, sino de darle lugar a la cantidad de
problemas que hacen aparecer en sus contrastes y empalmes desajustados.
En especial, la cualidad imaginaria con que la abstracción de la cuadrícula
replica la de la pampa, tema que es posible identificar en la literatura y
desde allí permite entrever la complejidad de los diálogos y las influencias
con los modelos urbanos externos.

¿El parque contra la grilla? El problema del reformismo


Hemos encontrado una específica voluntad pública en el momento de
emergencia de la grilla y el parque, y esa voluntad pública, en primera
instancia, permite postular una vocación reformista. Pero cuando se ponen
en paralelo la grilla y el parque como demostración de una voluntad pública
de reforma, debe quedar claro no sólo que se están reuniendo dos figuras
diferentes, sino que se están haciendo funcionar en una misma dirección
dos verdaderos condensadores de sentido, representativos, en la tradición
del pensamiento urbano, de universos conceptuales enfrentados
inconciliablemente en torno al problema de la reforma: el parque ha sido
siempre entendido como el instrumento privilegiado de reforma –social,
cultural y urbana– frente a la grilla, representativa de los intereses
económicos especulativos. Esta versión surge paradigmáticamente del
proceso de formación del Central Park en Manhattan, a mediados del siglo
XIX, que se constituye en el parque público por excelencia en el imaginario
urbano; porque si bien en Europa el parque ya cargaba con contenidos de
reforma higiénica y política (el saneamiento ambiental en la ciudad
crecientemente congestionada y la apertura al público burgués y plebeyo de
los jardines palaciegos), la construcción del Central Park fue una verdadera
epopeya colectiva de reforma que impuso –a lo largo de más de dos décadas
de debates encarnizados– el interés público sobre el interés de los
propietarios de tierras, los especuladores y los bosses políticos, abriendo en
su propio corazón la rígida grilla que cubría idealmente toda la isla.[21]
Desde ese momento fundacional, el parque queda en el imaginario urbano y
político como el instrumento de la reforma y la grilla como su objeto;
incluso para las versiones paródicamente críticas de la modernización
urbana, el parque decimonónico, casi como si no hubiera sido un
instrumento fundamental de modernización, ha sido siempre el elemento
rescatado como clave de las búsquedas de restauración de una ciudad más
armónica social y ambientalmente.

Figura 15
El Central Park en 1863 (Olmsted Jr. y Kimball, Forty Years of Landscape Architecture: Central
Park, citado).

Figura 16

La consolidación de la grilla en un plano de 1863, en el que ya se ve trazado el Central Park (plano


en Sica, Storia dell’urbanistica, citado).

A tono con la experiencia internacional, en el ciclo en que se proyectan y


realizan los principales parques de Buenos Aires –de Palermo a los años
treinta– la idea de parque irá superponiendo y densificando significados que
le dan esta cualidad de espacio público por antonomasia: referente higiénico
naturalizador de la experiencia metropolitana (el parque como naturaleza
reintroducida en la ciudad); institución cívica de igualación social y libertad
política (el parque como centro cívico, organizador espacial de las
instituciones republicanas y los monumentos patrios); polo de agrupación e
identidad comunitarios (el parque como “nueva catedral” en la ciudad
moderna). Ya veremos la complejidad que la superposición de valencias
organicistas y racionalistas le da a este espacio público y a los reformismos
que lo promueven; pero conviene aquí detenerse en la oposición con la
grilla, oposición en la que ésta queda definida como negativo puntual a cada
uno de aquellos significados: estructura artificial, símbolo de la voluntad
del dominio brutal del hombre moderno sobre la naturaleza; diagrama del
poder omnímodo del mercado y de la sumisión política a su imperio;
esquema básico del anonimato, demostración de la imposibilidad de
agrupación comunitaria.
Es el otro repudio a la manzana, socio-económico y político, que a
diferencia del culturalista identifica a la grilla con lo más moderno y la
critica por ello: la explotación capitalista del territorio y la anomia
metropolitana. Es un repudio constitutivo de la urbanística como tal, ya que
en su versión clásica, centroeuropea, la urbanística se forma como reacción
a los planos de extensión amanzanados de la segunda mitad del siglo XIX,
levantando como alternativa el modelo inglés del suburbio jardín
descentralizado. Pero incluso en el imaginario de esta urbanística clásica,
aquellos planos de extensión que se rechazaban en las ciudades europeas no
hacían más que remitir, nuevamente, a la matriz básica que se encontraba en
el capitalismo americano y en su producto urbano por excelencia: la grilla
universal, abstracta, como dominio económico de la naturaleza. Así que es
en la literatura sobre la ciudad norteamericana donde también se desarrolla
el relato patrón de este repudio, comenzando por el propio Frederic Law
Olmsted, creador del Central Park y, por ende, pionero en la denuncia de la
grilla, y atravesando toda la historiografía americana: desde Lewis
Mumford, para quien el capitalismo “trata el lote individual y el bloque, la
calle y la avenida, como unidades abstractas para comprar y vender, sin
respeto por usos históricos, condiciones topográficas o necesidades
sociales”; hasta el historiador John Reps, que critica la grilla neoyorquina
en términos lapidarios:
Como ayuda a la especulación, el proyecto de la Comisión [del Plano de 1811] es
probablemente sin igual, pero éste es el único motivo por el cual puede ser definido un gran
suceso. Queda el hecho de que esta Nueva York a escuadra, que sirvió de modelo para ciudades
sucesivas, fue un desastre cuyas consecuencias han sido a duras penas contenidas por los
urbanistas más recientes.[22]

Figura 17
Plano de Berlín de Hobrecht, 1858-1862 (el “plano de policía”) (detalle). Véase el tamaño de las
manzanas propuestas para la expansión (en tono claro) al norte de la ciudad consolidada (en tono
oscuro).

Figura 18
Plano de ensanche de Amsterdam, aprobado en 1877. En la reacción contra esos ensanches hacia
fines del siglo XIX se formaría, por una parte, la “urbanística clásica”, y, por otra parte, se produciría
la reivindicación de la cualidad de la ciudad tradicional de la urbanística pintoresquista y del Civic
Art (ambos planos en Sica, Storia dell’urbanistica, citado).

Figura 19

Plano de los Comisionados de 1811 que traza la grilla en toda la isla de Manhattan. (plano en Sica,
Storia dell’urbanistica, citado)
Se trata de un repudio técnico, moral y político que atravesó indemne
diferentes episodios de revisión a lo largo del siglo, para perdurar en lo
sustancial hasta nuestros días.[23] De modo tal que nos encontramos
nuevamente con ese repudio en un reciente análisis histórico de resonancias
marxistas como el de Peter Marcuse, para quien la grilla del capitalismo
temprano (laissez-faire grid) se apropiaba del territorio de modo tal que “el
mercado, no el estado, debía determinar su uso”; y lo encontramos también
en un análisis más fenomenológico y de resonancias existencialistas como
el de Richard Sennett, para quien la grilla es el paradigma de la “ciudad
neutra”, típica de la “ética protestante” del capitalismo americano:
La grilla era un espacio de competición económica en el cual jugar como sobre un tablero de
ajedrez. Era un espacio de neutralidad, neutralidad conquistada negando al ambiente cualquier
valor autónomo. Y, como en aquella victoria de Pirro [...], la grilla desorientó a quienes
jugaban sobre ella, que no podían establecer qué tenía valor en lugares sin centros ni confines,
espacios de infinita, insensata división geométrica. Ésta fue la ética protestante del espacio.[24]

Pero Sennett construye su metáfora sobre una lectura cuanto menos


unilateral de Max Weber, materializando en la grilla la imagen de la “jaula
de hierro” de la racionalidad instrumental; también siguiendo a Weber, sin
embargo, la grilla podría pensarse como la manifestación más plena de la
voluntad estatal de construir una ciudad en la que el mercado encuentra un
reverso necesario en el espacio público. Es sabido que esa relación de
necesidad es constitutiva de la noción weberiana de ciudad moderna: si el
origen de la ciudad debe buscarse en el mercado, se trata de un mercado que
presenta una doble acepción, económica y política, por la cual se subraya la
relación entre “los burgueses en tanto que población económica” y “la
población política de los ciudadanos”, y se define a la ciudad como lugar
del homo oeconomicus tanto como esfera político-administrativa.[25] De tal
modo, en esta definición el mercado existe en tanto permite el intercambio
entre individuos libres, la emergencia de un sujeto económico tal que
implica, al menos, la “ficción de la equivalencia”. Es destruyendo el
carácter cerrado, integrado, de la sociedad tradicional como esto puede
producirse; la moderna “sociedad civil”, de “integración incompleta”,
genera los dos atributos principales para la emergencia del espacio público:
la equidad y la distancia, de la que surge la representación formalizada:
formas sociales, formas urbanas, formas edilicias, formas de presentación
pública (modales, vestimenta), formas políticas. Formas que permiten una
esfera pública capaz de poner “entre paréntesis”, por usar la figura de
Habermas, las diferencias sociales.[26]
Efectivamente, la homogeneidad de la grilla podría pensarse así como la
materialización más extrema de esa suspensión de la diferencia. Es obvio
que se trata de una matriz abstracta y homogénea, manifestación extrema de
la voluntad moderna capitalista de racionalización y control, pero ¿no
corresponde analizar junto a sus implicaciones de dominio sus efectos de
igualación?, ¿junto a su estímulo a la especulación, su imposición de un
marco –formal, jurídico y político– con frecuencia demasiado rígido para
los especuladores? Como anticipamos, sólo es posible dar respuestas en un
plano estrictamente histórico: las componentes reformistas de la grilla
dependen de la coyuntura no sólo porque se definen con arreglo a los
conocimientos técnicos disponibles, a los objetivos y a los efectos de su
trazado, sino porque el propio reformismo no puede sino definirse
coyunturalmente, en tanto su esencia es la oposición a aquello que está
llamado a reformar, de carácter inestable y móvil en el tiempo; de tal modo,
formulamos estas consideraciones generales dentro del horizonte de las
ciudades de cuadrícula producidas en el siglo XIX y comienzos del siglo XX.
Hecha esta aclaración, es posible fundar un abordaje más complejo y
comprehensivo de la grilla, apoyándose incluso en los argumentos de las
más acérrimas críticas que se le dirigieron. Comenzando nuevamente por
Olmsted, que señala un correlato, para él negativo, entre la homogeneidad
que “la rígida uniformidad del sistema” produce “espontáneamente”, y la
imposibilidad de la diferenciación social:
No hay, intencionalmente, ningún lugar mejor que otro en esos bloques [manzanas]. El
oficinista o el mecánico y su joven familia, deseando vivir modestamente en una casa por sus
propios medios, sin sirvientes, es provisto de modo idéntico que el saludable mercader, quien,
con una gran familia y numerosos sirvientes, desea disponer obras de arte, formar una gran
biblioteca, y disfrutar la compañía de muchos huéspedes.[27]

Es indudable que para que esta descripción de los efectos urbanos del
damero siga pareciendo crítica, habría que compartir el rechazo elitista a la
igualación de Olmsted. Pero ¿acaso las razones para ese rechazo elitista no
encuentran su eco local, un siglo después, en el rechazo populista que
realizara Juan José Sebreli de la monotonía de los barrios porteños de la
clase media, como metáfora de su miserabilidad social y política, barrios
cuya uniformidad amanzanada los hace parecerse a “espantosos laberintos
de orden y sentido común donde es tan difícil perderse como encontrarse”?
[28] Al repudio económico se le suma el social e ideológico: la uniformidad
como síntoma y causa de la alienación.
También Marcuse, en el reverso de la uniformidad criticada, nos ofrece
argumentos, ya que debe conceder que “para propósitos representativos, la
grilla es un débil recipiente”, porque no favorece la formación de centros, ni
usos jerárquicos, y porque en ella “todas las parcelas son creadas
equivalentes y similares”.[29] Enfatizando precisamente esta dirección del
análisis se ha podido modificar la interpretación sobre el rol atribuido a la
uniformidad por la Comisión neoyorquina de 1811, viéndola ahora como
parte de una defensa de la preeminencia de lo público sobre lo privado en la
expansión de la ciudad: “Gracias a sus esfuerzos [de la Comisión], la
antigua forma de gobierno [municipal] fundada sobre la gestión de la
propiedad privada, dejó el puesto a una burocracia pública cuya misión se
identificaba con el bienestar colectivo”, se señala en un innovador trabajo,
vinculando la grilla a la aparición de otro de los aspectos de la noción
weberiana de modernidad: la constitución de una burocracia estatal.[30]
Es que la discusión sobre la grilla implica un conflicto interpretativo más
profundo, que abre una cantidad de problemas centrales para nuestro tema.
Principalmente, el carácter político del espacio público: como se sabe, la
pretensión universalista de este concepto ha sido agudamente desmontada
por la tradición marxista, en la línea de las críticas de Marx a la noción de
“sociedad civil”, señalando el doble sentido del término alemán que la
designa: bürgerliche Gesellschaft quiere decir sociedad civil y sociedad
burguesa. El mismo tipo de respuestas que ha recibido en los últimos años
la noción habermasiana de esfera pública, bajo cuya pretendida
universalidad se denuncia ya no sólo el carácter de clase, sino la exclusión
de género y la imposición cultural.[31] Son respuestas que frente a la
reciente generalización de un uso polivalente de nociones como ciudadanía
o esfera pública, recolocan algunos problemas ineludibles sobre sus límites
políticos y sociales. Pero, a su vez, frente a una continuidad literal de esa
tradición crítica, en los últimos años algunos teóricos han comenzado a
adoptar posiciones más heterodoxas, partiendo precisamente de una
revaloración de aquella convicción universalista para cuestionar la
reducción de la ciudadanía en las ciudades occidentales contemporáneas:
más que un instrumento de dominación o, en su opuesto, una utopía ideal de
funcionamiento político –es decir, los términos entre los que ha transcurrido
buena parte del debate entre la acepción liberal y la tradición de izquierda–,
para estos autores la esfera pública –nuevamente, como horizonte político–
puede ser un instrumento eficaz de análisis y crítica sobre los límites de la
democracia existente.[32]
Y si estas cuestiones ya son problemáticas considerando la grilla de
Nueva York, lo son mucho más si analizamos la emergencia de la grilla de
Buenos Aires, más contaminada por diferentes y contradictorias
tradiciones. En principio, porque la herencia del damero español, de
indudable influencia en la determinación formal de la cuadrícula en la
expansión, ha impedido sin embargo su tratamiento específico como
fenómeno moderno.[33] En el caso de los protagonistas de la
modernización urbana, podría pensarse que su imposibilidad de abordar la
cuestión pone de manifiesto la mezcla del repudio culturalista con un
sentimiento de impotencia, vinculado a la incapacidad –ideológica, política,
económica– de los instrumentos del poder público frente a la propiedad
privada y a los mecanismos de la especulación inmobiliaria que actuaron
una vez definida la grilla: casi no hubo gestión municipal que no intentara
modificar, infructuosamente, los sistemas de expropiación en favor de una
mayor flexibilidad para la reforma urbana. De este modo, la cuadrícula se
convirtió en el resumen de todos los males de la ciudad y en la justificación
de la imposibilidad del cambio; siempre un valor negativo, el resultado de
un destino tan oprobioso como inmodificable: la explicación de que Buenos
Aires fuese la ciudad “sin esperanzas” que diagnosticó Le Corbusier en
1929.

Figura 20
Dibujo comparando los tipos de trazado urbano: el París tradicional, Nueva York y Buenos Aires
(original de Le Corbusier, en Benevolo, Diseño de la ciudad, México, Gili, 1978).

Pero en Buenos Aires el propio fenómeno es más complejo porque, hacia


finales de siglo, la superposición de tradiciones y valores se había
acentuado y diversificado: la cultura urbana porteña finisecular debe hacer
las cuentas con la cuadrícula de las Leyes de Indias al mismo tiempo que
con la propia experiencia norteamericana, muy atentamente seguida, en su
mezcla de expansión capitalista y búsqueda de igualación democrática. Y,
sobre todo, debe hacer las cuentas con la larga tradición de proyectación
topográfica “a la francesa”, la tradición de la “ciudad regular”, cuya
impronta iluminista y fuertemente estatal había ingresado de modo directo –
como describió ejemplarmente Aliata– a través de los ingenieros
contratados por Rivadavia, marcando a fuego la formación de una
burocracia técnica a lo largo de todo el siglo XIX, lo que se manifestó con
creces en la fundación de ciudades en la campaña bonaerense por el
Departamento Topográfico.[34] Por último, no puede dejar de considerarse,
también, la influencia determinante de las prácticas internacionales
contemporáneas: los ya mencionados planos de extensión, ensanche, o
planos viarios (desde el de Ildefonso Cerdá para Barcelona, de 1859, hasta
el “Plano de policía” de Hobrecht para Berlín, de 1858-1862), que
afirmaban una voluntad pública de control de la expansión urbana (aunque
de modo muy rústico, porque al definir minuciosamente una malla universal
producían un incentivo a la especulación por un larguísimo período).
Hay, de todos modos, un elemento todavía más específico en la manzana
porteña para abonar el carácter reformista de su trazado finisecular: su
irracionalidad económica. Es posible demostrar que no fue la modalidad
más racional desde el punto de vista de un interés exclusivo por la mayor
explotación de la renta del suelo para los propietarios y especuladores. La
evidencia se obtiene no ya del hecho histórico de que los propios
propietarios se opusieran al trazado nuevo y a la regularización del trazado
existente (son numerosísimas las anécdotas en el cambio de siglo sobre la
oposición de la mayoría de los propietarios a que sus propiedades fueran
mensuradas para la elaboración del plano y el catastro), porque, se sabe, los
actores económicos tampoco actúan siempre de acuerdo con una lógica
racional. Esa evidencia surge, con mayor claridad, de la comparación entre
la manzana porteña y otros tableros en escuadra. Si se la compara con las
enormes manzanas del plano berlinés de Hobrecht, que favorecen la
concentración de grandes operadores en vastas superficies, o con la propia
manzana rectangular neoyorquina, que anula todo elemento residual en la
renta del suelo, la manzana cuadrada pequeña del plano de Buenos Aires
(con su corazón residual, su extrema partición interna y la relación
frente/fondo de los lotes completamente desfavorable desde un punto de
vista económico) demuestra su irracionalidad. Lo que era advertido por una
clase especial de críticas al damero que iban más allá de los reparos de tipo
pintoresco o estético, y acentuaban las desventajas económicas; críticas que
luego fueron homologadas de modo paradójico en el repudio moral contra
la especulación.

Figura 21
Secuencia de planos en el área de San Cristóbal Sur/Parque Patricios: Sector del plano catastral de
1941 (enfoca el ángulo superior izquierdo del parque, llamado Parque Uriburu); se ve el modo en que
el trazado del barrio municipal “La Colonia” se ha forzado a la regularidad de la grilla. También se
ve la típica partición de las manzanas en pequeñas propiedades, que mezcla indistintamente talleres,
comercios y viviendas.

Ya Sarmiento, tomando precisamente como modelo a Nueva York, discutía


la conveniencia de ampliar la ciudad con el esquema del damero
cuadriculado, criticando tanto la extensión irracional de los servicios
públicos que producía, como la poca utilidad no sólo especulativa sino
también impositiva, porque “para la contribución directa desperdician un
terreno central inútil”.[35] Posiciones que seguirán presentes en este siglo,
desarrolladas sobre todo por los técnicos urbanísticos de los años veinte y
treinta: sea que desde una perspectiva de favorecer los procesos
especulativos propongan nuevamente la creación de pasajes a media
manzana, o que desde una perspectiva reformista propongan la prohibición
de construir en el corazón de manzana, apoyándose en el escaso perjuicio
económico que la expropiación de este sector de los lotes acarrearía a sus
propietarios.[36]
Entender que los técnicos que diseñaron el plano de 1898-1904 eran
conscientes de estas críticas también económicas al damero permite
entonces interpretar que la trama amanzanada de Buenos Aires buscó una
racionalidad no idéntica a la del mercado. Es el instrumento público que
crea un mercado pero, en el mismo diagrama, le impone a sus mecanismos
diferenciadores un reaseguro de homogeneidad e integración urbana. Se
trató de una voluntad pública que condensó diferentes tradiciones y que,
hacia finales de siglo, empalmó con –y se alimentó de– la ambición de
universalización racional y equitativa de los derechos públicos, típica del
“reformismo conservador”: homogeneidad equivale, al menos en el
momento inicial, a igualación “desde arriba”, lo que emparenta la grilla con
el parque, mostrando las tensiones internas de ese reformismo público con
su propio modelo organicista.[37] Con el fondo de este conflicto entre la
búsqueda de organicidad del parque y la explosión de toda forma que
conlleva la uniformidad de la cuadrícula, puede tener sentido saltar una
serie de mediaciones para afirmar que estos instrumentos públicos
formalizan en el territorio la ambición pública de reforma que encontramos
en instituciones contemporáneas como la educación y la salud públicas, y
que está en la base de una serie de procesos de socialización, pero también
de ampliación de la ciudadanía, como las reformas electorales que se
suceden desde el inicio de siglo. Si la cuadrícula es la manera de poner en
caja, literalmente, a propietarios de la tierra y a proletarios, proyectándolos
como ciudadanos, el parque es el modelo de comunidad que tales
ciudadanos deben formar.

Un ciclo reformista: el impulso y su freno


Ahora bien, hasta aquí hemos puntualizado el momento de formación de la
grilla y el parque en Buenos Aires como voluntad pública, estatal, y no se
me escapa que voluntad pública no equivale a espacio público. Como
señalamos, aquí aparece uno de los desajustes con la teoría “clásica” del
espacio público: si en la concepción iluminista, el espacio público se
concibe como una arena dialógica construida por ciudadanos autónomos, es
indudable que la centralidad del estado en los procesos de constitución
politica de la sociedad en el caso de Buenos Aires obliga a un atento
examen. En este sentido, creo que la grilla y el parque permiten una
aproximación a esta cuestión clave. La grilla y el parque ofrecen al
despliegue metropolitano, desde su mismo inicio, un tablero público,
formal, institucional, que favorece, potencialmente, la aparición de
impulsos ciudadanos y de incentivos estatales a la creación de diferentes
instancias del espacio público; son el soporte más general, podría decirse,
de la serie de operaciones específicas que irán definiendo la transformación
cualitativa del espacio público de la ciudad tradicional en espacio público
metropolitano, inclusivo de la nueva realidad suburbana: monumentos,
instituciones públicas, asociaciones ciudadanas, modos de sociabilidad y de
participación política, etc. Por ello, la grilla y el parque no pueden –como
artefactos materiales– agotar nuestro análisis de la composición del espacio
público; son, en realidad, el doble marco que nos permitirá, desde sus
respectivas dimensiones simbólicas más abarcantes, interpretar y darle
sentido al conjunto de fenómenos culturales, sociales, políticos y materiales
que lo forman. Y esas dimensiones simbólicas exceden el momento inicial
de voluntad pública: la grilla y el parque portan en sí mismos efectos de
largo plazo, que se irán desenvolviendo e irán actuando desde el momento
en que aparecen como instrumentos de intervención pública hasta su
consolidación material; en esa actuación buscaremos la emergencia de un
espacio público metropolitano; ella señala el ciclo de expansión y apogeo
que se consuma en las tres primeras décadas del siglo.
Se trata de una actuación poblada, como anticipamos, de impulsos
encontrados. La grilla y el parque implican concepciones diferentes del
espacio público y producen efectos contrastantes en su concreción. Tanto el
parque como la grilla, al mismo tiempo que son proyectos públicos,
muestran la impotencia del poder público para controlar las diferentes
variables que producen la ciudad. El poder público interviene sobre una
porción restringida –restringida ideológica, jurídica y políticamente– de
esas variables (precisamente el ámbito de lo público), pero desde allí
ambiciona controlarlas: de tal modo, las intervenciones públicas cargan con
el propósito de servir de modelo global de una ciudad y, al mismo tiempo,
contrarrestar los efectos contrarios a ese modelo que el desarrollo real de la
ciudad produce. En esa dialéctica entre voluntad e impotencia, el poder
público prueba por diferentes caminos y propone instrumentos muchas
veces contradictorios entre sí; instrumentos que terminan cumpliendo roles
completamente diferentes y muchas veces opuestos a los imaginados. La
grilla, al poner en disponibilidad todas las tierras simultáneamente, no sólo
produce un incentivo descomunal a la especulación, sino que conduce muy
parcialmente a la consolidación equitativa y racional de un mercado, y
produce esa forma de metropolización espasmódica, característica de
Buenos Aires, por formación y agregación de fragmentos urbanos aislados
y sin cualidad. A su vez, el parque no sólo no frena el crecimiento de la
ciudad, sino que se convierte en el corazón orgánico de la consolidación
suburbana, en el modelo de un nuevo tipo de intervención puntual,
irradiadora de cualidad en la cuadrícula en que el estado decide no
intervenir una vez que ha sido librada al mercado.
Por eso, en el proceso de formación de estas figuras, y en el proceso por
el cual ambas contribuyen a la emergencia de un espacio público
metropolitano, es donde creo que pueden seguirse las peripecias y las
aporías de un ciclo completo de reformismo en Buenos Aires: “el impulso y
su freno”, de acuerdo con el sugerente título con que Real de Azúa analizó
ese reformismo ejemplar en tantos sentidos que fue el batllismo en el
Uruguay de las primeras décadas del siglo. El impulso y su freno sirve para
caracterizar un ciclo completo de reformismo público porteño no sólo como
los dos polos de un movimiento lineal que encontrará su fin hacia los años
treinta, cuando el poder político redefina reactivamente el sentido de la
modernización de Buenos Aires; también –como en el uso que le da Real de
Azúa– busca identificar las tensiones internas actuantes en los propios
momentos reformistas –a su vez tan diferentes entre sí– y en el propio seno
de la modernización sin reforma de los años treinta. Pero el protagonista del
relato de Real de Azúa es un movimiento político, en cuyos impulsos
encontrados se define un tipo de reformismo; en nuestro caso, en cambio, el
protagonista principal será la propia ciudad, y es en ella donde aparecerán
los impulsos y los frenos, las figuras públicas –la grilla y el parque– en las
que es posible localizar la realización y la lucha por ciertos valores que los
diferentes reformismos portaban y, a su vez, con una lógica análoga a la del
movimiento político, notar cómo
[...] al mismo tiempo que esos valores se realizan en la vida social, su misma afirmación va
revelando insuficiencias y vacíos. Y éstos son los que, sin alterarse la “tabla de valores”,
desencadenan un nuevo proceso, otra secuencia que el realizador de la modalidad consolidada
[...] ya no está en condiciones de capitanear.[38]

La mayor diferencia con el análisis de Real sobre el batllismo, entonces,


quizás sea que la grilla y el parque, portando y simbolizando cada uno
impulsos y frenos, y siendo cada uno de algún modo un freno para el otro,
definen, en tanto artefactos urbanos construidos y transformados a lo largo
del tiempo con incidencia de múltiples actores sociales y políticos, una
dinámica colectiva, más anónima, plural y por eso mismo políticamente
menos aprehensible del reformismo; mejor, de los reformismos públicos de
Buenos Aires.
Reformismos: porque si inicialmente enfocamos en el “reformismo
conservador” producido desde el estado (y esto ya merece ponerlo en
plural, porque observaremos diferencias enormes entre los sectores
técnicos, los políticos y los culturales), a lo largo de los cincuenta años del
ciclo veremos actuar en su marco una variedad de manifestaciones,
comenzando por las de la sociedad, expresadas en una cantidad de
instituciones que florecen en los nuevos suburbios; siguiendo por las de la
política municipal, que se abre a la representación de los nuevos partidos
populares en 1918; avanzando en las todavía más contradictorias de la
cultura. De modo que se pueda ir componiendo un mapa que dé cuenta de la
complejidad de las ideas y los espacios, de los objetos y los actores que
forman y transitan esos diferentes reformismos, políticos, culturales,
profesionales, artísticos y sociales. En realidad, este mapa de los
reformismos debería asemejarse sobre todo a un mapa geológico, ya que en
este ciclo veremos superponerse reformismos como capas, no siempre en
contacto, no siempre de duraciones semejantes ni de densidades parejas, en
las que muchas veces encontraremos actores idénticos, pero cuyos
diferentes contextos institucionales o ideológicos resignifican sus ideas y
sus acciones; en las que muchas veces localizaremos corrientes de ideas
comunes, pero cuya diferente inserción y aplicación genera efectos
completamente disímiles.

Notas
1 Según el segundo censo municipal de Buenos Aires, realizado en 1904 (Compañía Sudamericana
de Billetes de Banco, Buenos Aires, 1906), en 1888 la zona totalmente edificada del municipio
tradicional comprendía aproximadamente 2/3 de su superficie original de 4 mil ha. Para ponderar
el significado de la ampliación a 18 mil ha conviene tener presente que, con la excepción de las
más de 30 mil ha del Condado de Londres, ninguna de las grandes ciudades europeas tenía
jurisdicciones tan extensas: París contaba con 7.900 ha, Berlín hasta 1914 con 6.300, y Viena con
5.540, aunque en 1890, extendería su jurisdicción a 18 mil; por supuesto que en todos los casos se
trata de ciudades con muchísima mayor población que Buenos Aires (datos tomados del Der
Stadtebau, de Werner Hegemann, Berlín 1910, Düsseldorf 1911-1912, republicado como
Catalogo delle Esposizioni Internazionali di Urbanistica, antología al cuidado de Donatella
Callabi y Marino Folin, Milán, Il Saggiatore, 1973; y de Eugène Hénard, Études sur les
transformations de Paris, obra en fascículos editada en París en 1903 y republicada en Alle origini
dell’urbanistica: la costruzione della metropoli, antología al cuidado de Donatella Calabi y
Marino Folin, Padova, Marsilio, 1972).
2 Son datos del cuarto censo general de población de la ciudad de Buenos Aires, publicado en 1938.
A partir de entonces, la población no tardaría en estabilizarse en los tres millones de habitantes
que se han mantenido hasta la actualidad dentro del Distrito Federal, mientras que sería en los
brazos de suburbanización que exceden sus límites donde se produciría el aumento de población
subsiguiente.
3 Creo estar, de este modo, cerca del registro en que Hannah Arendt desarrolla sus posiciones sobre
el espacio público, cerca de su forma de representárselo (más que de una teoría a cuya
formulación ella se niega); cfr. La condición humana, Barcelona, Paidós, 1993 (Chicago, 1958),
especialmente los capítulos II y VI. Sobre esta posibilidad de leer en el registro arendtiano –es
decir, de un modo lateral a sus propias formulaciones– una aproximación conceptual a los temas
del espacio público en la ciudad, véase el análisis que hacen de su obra Pierre Ansay y René
Schoonbrodt, Penser la ville. Choix de textes philosophiques, Bruselas, AAM Editions, 1989, p.
62.
4 Véase Georg Simmel, “Las grandes urbes y la vida del espíritu” (1903), en El individuo y la
libertad. Ensayos de crítica de la cultura, Barcelona, Península, 1986. Sobre el modo de
conceptualizar el problema desde el punto de vista de las transformaciones en el mercado urbano,
sigo a Italo Insolera, “Europa XIX secolo: ipotesi per una nuova definizione della città”, en
Alberto Caracciolo, Dalla città preindustriale allla città del capitalismo, Bologna, Il Mulino,
1975; Insolera muestra el rol productivo de los boulevards haussmannianos, proponiendo la
reforma parisina como la inauguración, a través de la actividad fundiaria, del modelo de la
industria-ciudad: Haussmann no sólo habría organizado la ciudad como medio eficaz para la
producción y circulación de mercancías, sino que inventó la casa burguesa como mercancía
inmueble; para ello es que nacen los boulevards, y ahí es cuando la industria-ciudad demuestra
que está en condiciones de absorber competitivamente los capitales privados que hasta entonces se
invertían en la producción industrial.
5 Esta flexión ya la han asumido los mejores trabajos de historia que en el ámbito local se inspiran,
sin embargo, en la noción habermasiana de espacio público; me refiero especialmente a los
trabajos de Hilda Sabato sobre el período posterior a Caseros; ha dado de ellos una última versión
abarcante en el libro La política en las calles. Entre el voto y la movilización. Buenos Aires, 1862-
1880, Buenos Aires, Sudamericana, 1998. Para la teoría habermasiana, véase Jürgen Habermas,
Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública,
Barcelona, Gili, 1981 (Darmstadt, 1962). Con respecto a las limitaciones que planteo, el propio
Habermas se había preocupado en subrayar, respondiendo por anticipado a tantos usos
anacrónicos de su teoría, que no se la puede usar como “modelo”: la “esfera pública burguesa”
sólo puede ser entendida históricamente como “categoría típica de época”; Historia y crítica...,
cit., p. 38. En verdad, cada formulación teórica importante sobre el espacio público ha supuesto un
específico momento de realización (la Antigüedad clásica para Arendt, por ejemplo), postulando
en el propio concepto un debate sobre el problema de la periodización en la cultura occidental.
6 En este último párrafo estoy parafraseando aspectos de la intervención de Nancy Fraser en los
debates generados por la relectura del clásico texto de Jürgen Habermas; véase “Rethinking the
Public Sphere: A Contribution of Actually Existing Democracy”, en Craig Calhoun (ed.),
Habermas and the Public Sphere, Cambridge, MIT Press, 1991.
7 James Scobie, Buenos Aires, del centro a los barrios, 1870-1910, Buenos Aires, Solar-Hachette,
1977 (Oxford, 1974). Hay otros dos trabajos muy importantes contemporáneos al de Scobie que
comparten su visión de la expansión, pero avanzan otros aspectos de la investigación y son de
consulta imprescindible: Charles Sargent, The Spatial Evolution of Greater Buenos Aires,
Argentina, 1870-1930, Tempe, Arizona State University, 1974; y Horacio Torres, “Evolución de
los procesos de estructuración espacial urbana. El caso de Buenos Aires”, Desarrollo Económico,
No. 58, Buenos Aires, julio-septiembre de 1975.
8 Hemos desarrollado este tema con Graciela Silvestri en “Imágenes al sur. Sobre algunas hipótesis
de James Scobie para el desarrollo de Buenos Aires”, Anales del Instituto de Arte Americano e
Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo”, No. 27-28, Buenos Aires, FADU-UBA, 1991.
9 Cfr. Adolfo Prieto, El criollismo en la formación de la Argentina moderna, Buenos Aires,
Sudamericana, 1991; y Beatriz Sarlo, Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930,
Buenos Aires, Nueva Visión, 1988. Jorge Francisco Liernur, “La ciudad efímera”, en J. F. Liernur
y Graciela Silvestri, El umbral de la metrópolis. Transformaciones técnicas y cultura en la
modernización de Buenos Aires, Buenos Aires, Sudamericana, 1993.
10 D. F. Sarmiento, “Arquitectura doméstica” (15-10-1879), en Obras Completas (Editor A. Belin
Sarmiento), Buenos Aires, Imprenta y Litografía Mariano Moreno, 1900, tomo XLVI, p. 104.
11 Ezequiel Martínez Estrada, Radiografía de la pampa (1933), Buenos Aires, Hyspamérica, 1986,
p. 197.
12 Georges Clemenceau, Notas de viaje por la América del Sur. Argentina, Uruguay, Brasil, Buenos
Aires, Cabaut y Cía. Editores, 1911, p. 29; Massimo Bontempelli, Noi, gli Aria. Interpretazioni
sudamericane (1933), Palermo, Sellerio editore, 1994, pp. 68-69.
13 13 William Penn proyectó Filadelfia como capital de la provincia cuáquera de Pennsylvania
(1681), con un trazado regular y uniforme que determinó notablemente el curso del diseño
urbanístico sucesivo en los Estados Unidos; véase John Reps, The Making of Urban America: A
History of City Planning in the United States, Princeton, Princeton University Press, 1965.
14 Charles Dickens, Notas de Norteamérica (1842), en Obras Completas, Madrid, Aguilar, 1950,
tomo IV, p. 1729.
15 Emile Daireaux, Vida y costumbres en el Plata, Buenos Aires, Félix Lajouane, 1888, tomo I, p.
119.
16 Miguel Cané, “Carta al Intendente Torcuato de Alvear desde Viena (14-1-1885)”, reproducida en
Adrián Beccar Varela, Torcuato de Alvear. Primer Intendente municipal de la ciudad de Buenos
Aires, Buenos Aires, Kraft, 1926, p. 481
17 Enrique Prins, “Arquitectura de la ciudad de Buenos Aires”, Censo General de Población,
Edificación, Comercio e Industrias de la Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, Compañía
Sudamericana de Billetes de Banco, 1910, tomo 3, p. 374. No deja de ser curioso, e indicativo del
modo en que la historiografía abordó la cuestión, que un historiador como Guy Bourdé retome
literalmente estos argumentos y explique la persistencia de los trazados cuadriculados en términos
del “horror al vacío” que “parece reemplazar a la imaginación arquitectónica” en los hombres del
siglo XIX; cfr. Buenos Aires: urbanización e inmigración, Buenos Aires, Huemul, 1977, p. 96.
18 “Callejuela Rauch” (1917), en B. Fernández Moreno, Ciudad, 1915-1949, Buenos Aires,
Ediciones de la Municipalidad, 1949; Eduardo Schiaffino, Urbanización de Buenos Aires, Buenos
Aires, Manuel Gleizer, 1927, p. 232.
19 Eduardo Mallea, Historia de una pasión argentina (1937), Buenos Aires, Sudamericana, 1990, p.
67. John Ruskin en Elogio del gótico, citado por Françoise Choay, Urbanismo. Utopías y
realidades, Barcelona, Lumen, 1976, p. 30.
20 Jorge Luis Borges, “La fundación mitológica de Buenos Aires”, Cuaderno San Martín, Buenos
Aires, Proa, 1929, p. 10.
21 Hay que destacar que ésta es la “versión heroica”; aquí no interesa ponerla en cuestión
críticamente sino seguir la historia de esa idea acerca del parque como dispositivo reformista. Para
una versión crítica, véase Francesco Dal Co, “De los parques a la región”, en Giorgio Ciucci,
Francesco Dal Co, Mario Manieri Elia y Manfredo Tafuri, La ciudad americana. De la Guerra
Civil al New Deal, Barcelona, Gili, 1976 (Bari, 1973).
22 Lewis Mumford, The City in History: its origins, its transformations and its prospects, Nueva
York, Harcourt Brace Jovanovich, 1961, p. 421; y John Reps, La costruzione dell’America
urbana, Milán, Franco Angeli Editore, 1976, p. 187 (edición italiana con introducción de
Francesco Dal Co). Reps distingue entre la propuesta de William Penn para Filadelfia, que juzga
positivamente, y la grilla de Nueva York, con consideraciones acerca de lo apropiado del sitio
(una planicie en el caso de Filadelfia, mientras que en Manhattan se desconoció la geografía de la
isla); pero de este modo no se hace cargo del peso simbólico que él mismo reconoce que la grilla
tenía para Penn, más allá y antes del sitio, como materialización de un ideal de libertad política y
religiosa, y de igualdad social y económica.
23 Atravesó la reivindicación de la calle tradicional iniciada por Jane Jacobs en los años sesenta,
aunque era en definitiva una reivindicación comunitarista de la vecindad; y sobrevivió al
redescubrimiento formalista de los años setenta, como el que desarrolla Rem Koolhaas en su
“manifiesto retroactivo” de Manhattan. Véase Jane Jacobs, Vida y muerte de las grandes ciudades,
Barcelona, Península, 1974 (Nueva York, 1968) y Rem Koolhaas, Delirious New York. A
Retroactive Manifesto for Manhattan, Rotterdam, 010 Publishers, 1994 (Nueva York, 1978).
24 La primera cita en Peter Marcuse, “The grid as city plan: New York City and laissez-faire
planning in the nineteenth century”, Planning Perspectives, 2, Nueva York, 1987, p. 295; la
segunda, en Richard Sennett, The Conscience of the Eye. The Design and Social Life of Cities,
Nueva York, Alfred Knopf, 1990, p. 55. El trabajo de Marcuse es uno de los primeros que intenta
una clasificación de diferentes tipos de grilla, lo que ya representa un avance enorme frente a la
desconsideración que ha tenido en el pensamiento urbanístico; de todos modos, reafirma la visión
de la grilla como esquema exclusivamente al servicio de la especulación salvaje.
25 Max Weber, La ciudad, Madrid, Ediciones La Piqueta, 1987 (Tubinga, 1921), p. 20. Lecturas más
abarcantes que la que propone Sennett sobre las hipótesis de Weber en estos temas, en Hans Paul
Bahrdt, La moderna metrópoli. Reflexiones sociológicas sobre la construcción de las ciudades,
Buenos Aires, EUDEBA, 1970 (Hamburgo, 1961) y Paolo Perulli, Atlante metropolitano. Il
mutamento sociale nelle grandi città, Bologna, Il Mulino, 1992.
26 Jürgen Habermas, Historia y crítica de la opinión pública..., cit. Sobre las definiciones de equidad
y distancia en la ciudad moderna, véase Hans Paul Bahrdt, La moderna metrópoli..., citado.
27 Citado en Albert Fein, Landscape into Cityscape: Frederic Law Olmsted’s Plans for a Greater
New York City, Nueva York, Van Nostrand Reinhold, 1967, p. 352.
28 Juan José Sebreli, Buenos Aires, vida cotidiana y alienación (1964), Buenos Aires, Siglo Veinte,
1965, p. 69. Más allá de su colocación frente al fenómeno, es evidente que Sebreli acierta en
identificar la cuadrícula con la consolidación de la clase media porteña, vinculación realmente
original para el momento y que retomaremos con diferente valoración.
29 Peter Marcuse, “The grid as city plan: New York City and laissez-faire planning...”, cit., p. 294.
30 Jeanne Chase, “New York City reinventata: utili riflessioni su un ordine in continuo evolversi”, en
Carlo Olmo y Bernard Lepetit (eds.), La città e le sue storie, Turín, Einaudi, 1995, p. 243.
31 Cfr. Craig Calhoun (ed.), Habermas and the Public Sphere, citado.
32 Véase, por ejemplo, P. Perulli, Atlante metropolitano..., cit., y N. Fraser, “Re-thinking the Public
Sphere...”, citado.
33 Como se señaló, esto es así al punto de que hasta la historiografía ha desconocido su propia
formulación pública de 1898-1904. Uno de los pocos textos de historia que se pregunta por el
sentido de la grilla, aunque no repara en su producción deliberada como plano público (de hecho,
no registra la existencia del plano de 1898-1904), es el de Hardoy y Gutman, Buenos Aires.
Historia urbana del Area Metropolitana, Madrid, MAPFRE, 1992. En este texto, la grilla es
explicada en dos razones: la facilidad que representaba la cuadrícula para organismos técnicos
poco preparados, y, ya en una versión más convencional, en que “el damero se ajustaba a los
intereses especulativos que guiaban y densificaban la ciudad en esos años”, pp. 91 y ss. En un
ámbito más específicamente arquitectónico, en las dos últimas décadas ha cambiado la
sensibilidad con respecto a la cuadrícula, en el sentido de la reivindicación de estructuras
compositivas básicas para la ciudad que realizó la tendencia neorracionalista en Italia y España en
los años setenta y ochenta; el ejemplo más serio en esta nueva sensibilidad favorable a una
aceptación de la cuadrícula como estructura básica de la conformación de Buenos Aires, en Tony
Díaz y Damián Quero, Buenos Aires ideal, Madrid/Buenos Aires, 1995 (presentación a la Trienal
de Milán; mimeo).
34 Fernando Aliata, “La ciudad regular. Arquitectura edilicia e instituciones durante la época
rivadaviana”, en AAVV, Imagen y recepción de la Revolución Francesa en la Argentina, Buenos
Aires, GEL, 1990.
35 “El plano de la ciudad de Buenos Aires”, El Nacional, 23-6-1856, en OC (Editor A. Belin
Sarmiento), cit., tomo XLII, p. 30. Lo favorable de la cuadrícula norteamericana en términos de
racionalidad económica ya lo señala Sarmiento en sus Viajes. cfr. por ejemplo, los pasajes donde
comenta largamente los beneficios de la manzana rectangular alargada contra la manzana
cuadrada hispanoamericana, en Viajes por Europa, Africa y América, 1845-1847 y Diario de
gastos, Buenos Aires, Colección Archivos, FCE, 1993 (edición crítica coordinada por Javier
Fernández), pp. 392-393.
36 En el primer caso, en esa búsqueda de aumento de la renta se explica el trazado, en los años
veinte, de los tres barrios ahora tan característicos de la Compañía de Construcciones Modernas,
con sus pequeñas manzanas “tallarín” (Parque Chacabuco, Liniers y Floresta); en el segundo caso,
la tipología de edificación en altura que el arquitecto Antonio Vilar desarrolla entre 1934 y 1936
es un ejemplo característico de la formulación que mezcla una figuración modernista, aspiraciones
de tipo higienista y una búsqueda de mayor racionalización económica en la ciudad.
37 Uso la noción de “reformismo conservador” en el sentido que le da Natalio Botana en El orden
conservador. La política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986
(Sudamericana, 1977); allí vincula el “reformismo conservador argentino” con el
regeneracionismo español, “también de estirpe conservadora”, y lo caracteriza como una “ética
conservadora –audaz en el proyecto político, estratégica en su concreta instrumentación, prudente
en el programa social de apoyo que la acompaña–” que “procura reconciliar un hecho inevitable
de democratización con un puñado de valores cuyo predominio es menester conservar y hasta
acrecentar”, pp. 280 y 281. En el transcurso del libro se irá viendo porqué la caracterización
“conservador” nos parece bastante más apropiada para este reformismo estatal que la de “liberal”,
propuesta por Eduardo Zimmermann en un trabajo reciente: Los reformistas liberales. La cuestión
social en la Argentina, 1890-1916, Buenos Aires, Sudamericana/Universidad de San Andrés,
1995.
38 Carlos Real de Azúa, El impulso y su freno, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1964, p.
102.
PRIMERA PARTE
Figuraciones

[De Sarmiento al fin de siglo]


“Inventar habitantes con moradas nuevas.”
DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO[1]

Cambiar la ciudad, cambiar la sociedad: el programa que enuncia Sarmiento


quedará anclado por décadas a la tradición reformista local en cualquiera de
sus múltiples variantes. Sus dos ambiciones son en verdad una sola:
Sarmiento es una de las figuras más consecuentes con la premisa iluminista
que subraya las virtudes educativas del espacio urbano, y esa convicción lo
dota de una formidable herramienta de análisis para extraer observaciones y
conclusiones sociales, culturales y políticas de la propia forma de la ciudad
y para matrizar en formas –reales o ideales– programas de sociedad y
cultura. Ése es el doble sentido, analítico y programático, en el que la
ciudad entra, casi como tópico, en el horizonte de sus intereses: para
Sarmiento, una ciudad materializa el completo sistema en el que una
sociedad y un estado se organizan, y una ciudad moldea –y por lo tanto
puede cambiarla– a la sociedad que la habita; por eso mismo, una ciudad
debe cambiar ella misma si la sociedad ya lo hizo. La convicción plena
sobre la necesidad de esa sincronización es la que guiará su búsqueda y la
que lo convertirá, al mismo tiempo, en un referente ineludible, en tanto
constructor de los principales motivos con que la ciudad podrá ser pensada
en relación con la política, la cultura y la naturaleza. Tal convicción la
confirma en sus primeros viajes, a través del descubrimiento de la ciudad
norteamericana, pero ya estaba presente en el Facundo, en la comparación
arquetípica entre la Córdoba enclaustrada que no puede sino mirar hacia
atrás y la Buenos Aires abierta al mundo como modelo para una nueva
Argentina –y recordar que cuando Sarmiento escribe el Facundo no conoce
ni Córdoba ni Buenos Aires no hace más que reforzar el carácter
deliberadamente programático de esa sincronización, la funcionalidad
ficcional del artefacto ciudad en la narrativa política sarmientina–.
Es sabido que en Buenos Aires, tal programa encuentra un momento de
condensación inusual en el proyecto del parque de Palermo. “Palermo está
muy lejos todavía, pero llegaremos algún día”, dice Sarmiento en 1882, una
década después de la creación del parque, en una frase en la que más que el
lamento por lo poco que se hizo para alcanzar sus objetivos, resalta la
confianza en una travesía colectiva que va más allá de la distancia real que
separa al parque de la ciudad.[2] Y es que la distancia era más que un
problema, la imposibilidad de que la sociedad porteña asistiera al paseo;
era, fundamentalmente, un programa. Se trataba, para Sarmiento, de una
doble distancia a recorrer: espacial, no por la cantidad estimable de
kilómetros entre el parque y la ciudad, sino porque el diseño del parque
anunciaba un modelo de sociedad que sólo podría desarrollarse en una
nueva ciudad trazada fuera –y en contra– de la ciudad tradicional; temporal,
no por las horas de viaje que se necesitaban para llegar, por un camino
polvoriento en verano y embarrado en invierno, sino porque era un
programa de futuro, un proyecto.
De tal modo, queda delineada en la aspiración de Sarmiento una matriz
única para dos cuestiones que signarán los principales debates urbanos
durante todo el proceso de formación de la ciudad moderna: el problema de
la expansión de la ciudad y el tema del parque como modelo planimétrico,
social y cultural. En esta primera parte del libro recorreremos las diferentes
tradiciones, técnicas y culturales, que permitieron hacia finales de siglo la
materialización respectiva de un modelo de expansión y de un tipo de
relación entre el parque y la ciudad. Las respuestas que se adopten entonces
serán notoriamente diferentes de las formulaciones que anticipa Sarmiento
y, a la vez, habrán perdido entre sí, en la gestión y en los discursos, buena
parte de la tensión proyectual que las hacía una. Pero el acápite de
Sarmiento debería ayudarnos a retener, durante todo el recorrido, hasta qué
punto forman parte de un mismo problema: la construcción de la ciudad
como espacio público productor de ciudadanos. De todos modos, si a
finales de siglo ambos tópicos no forman parte de un discurso orgánico –o
al menos tan organizado como el de Sarmiento–, sino más bien deben
rastrearse parciales y disgregados en modalidades de gestión, estilos
técnicos, residuos ideológicos, esto no significa que en su materialización
no impongan efectos conjuntos ni que los mismos sean del todo ajenos a la
intencionalidad de sus –muchas veces opacos– promotores.
Esta primera parte trata, entonces, acerca de cómo y por qué, entre los
últimos años del siglo pasado y los primeros de éste, se materializan,
encuentran forma –si no definitiva, al menos definitoria de buena parte de
los sucesivos procesos de construcción de la ciudad– dos respuestas al
problema que formula Sarmiento en Palermo: la concreción de un modelo
acabado de expansión sobre el territorio y la disposición de un cinturón de
verde público en torno a la ciudad tradicional: la grilla y el parque.
La lectura de las transformaciones urbanas del fin de siglo como
respuestas a problemas planteados desde muy temprano en el siglo XIX
(porque Sarmiento debe ser enfocado en el marco de tradiciones y
polémicas que le preceden) tiende, por una parte, a disolver el quiebre que
la historiografía ha colocado tradicionalmente en el Ochenta, entre la gran
aldea provinciana y la metrópolis moderna.[3] Por otra parte, busca
enfatizar la importancia del propio fin de siglo en la historia de la ciudad:
no deja de ser curioso que una sistematización tan determinante para el
futuro de la ciudad como la que aquí abordaremos, con tanta capacidad de
reorganizar las tradiciones ideológicas sobre el problema urbano, se
produzca en uno de los momentos menos espectaculares de la historia de
Buenos Aires. En efecto, para la historiografía de la ciudad, los años que se
abren con la crisis del Noventa son una especie de paréntesis entre el
despliegue de la acción enérgica y personalizada del intendente Torcuato de
Alvear en la década anterior y las nuevas discusiones sobre avenidas
diagonales y reestructuración urbana que eclosionan con la visita y los
trabajos del urbanista francés Joseph Bouvard en 1907 y, sobre todo, con la
inminencia de los festejos del Centenario; una especie de transición, a su
vez, en las condiciones materiales de la vida urbana, entre la presencia
dominante del conventillo en el centro y la nueva modalidad de la compra
en cuotas de terrenos en los suburbios que se desarrolla a partir de 1904.
Paréntesis que quedaría confirmado en la propia producción de la ciudad: el
pico de edificación nueva que se verifica en 1888 no se volverá a producir
hasta 1907.[4]
Lo que en general no se advierte cuando se toman en cuenta sólo los
procesos apuntados –la transformación material o la intensidad de las
discusiones de las disciplinas preocupadas por el diseño urbano– es la
dinámica propia de la gestión pública, los procesos de construcción
institucional y administración del fenómeno urbano. En esos mismos años
del final de siglo, la cesión de los municipios de Flores y Belgrano (con el
respectivo aumento de más de cuatro veces del territorio propio de la
ciudad) enfrenta a la gestión municipal, como vimos en la introducción, con
una cuestión mayúscula, producto de una decisión política, que la obliga a
una serie de definiciones que, de otro modo, tal vez hubiesen esperado
también al fin de la crisis.
Normalmente se ha atribuido esta ampliación territorial a una previsión
de Torcuato de Alvear formulada en el mismo momento en que se define la
federalización, hacia el inicio de su gestión, lo que nuevamente colocaría
los años del cambio de siglo en el lugar de la continuidad anónima de
gestiones anteriores; pero más adelante veremos que una extensión así no
estaba contemplada. Ni siquiera era entonces evidente, ni lo fue más tarde
para todos, que la expansión urbana fuese deseable o necesaria. En ese
marco, la cesión de 1888 no pudo sino generar una situación de enorme
incertidumbre para los actores de la gestión municipal; una gestión,
conviene subrayar, que aún no terminaba de organizarse y consolidarse
desde la separación de la ciudad y la provincia de Buenos Aires en 1880. Y
si la anexión de los municipios suburbanos se produjo en un momento
todavía brillante de la ciudad, cuando los emprendimientos de renovación y
reforma se encontraban en pleno despliegue, en apenas un año la crisis
vendría a aumentar todavía más la incertidumbre y a despojar de
financiación incluso a las necesidades básicas planteadas en el viejo
municipio.
Así, en los últimos años de la década, las expectativas abiertas por el
ensanche de la Capital en los especuladores y los propietarios de tierras,
sumadas al clima de la crisis, provocan en algunos protagonistas de la
gestión pública la recuperación militante de un ideal de ciudad pequeña,
poco extendida, que debe definir con precisión sus límites en torno a la
ciudad tradicional: en un punto, esto coloca al pensamiento urbano
“pesimista” del fin de siglo en las antípodas de las ideas de Sarmiento,
aunque para definir esos límites se acuda precisamente al tópico del parque,
a la conversión de Palermo en el boceto de un sistema perimetral de parques
públicos que debería funcionar como borde para la expansión más que
como centro de una nueva ciudad desplazada, y aunque como resultado de
esa búsqueda reformista de control se concluya diseñando una malla
ortogonal de calles para el conjunto del territorio ampliado.
David Viñas ha propuesto la hipótesis de un pasaje temporal del
utilitarismo al consumo estético en el ámbito de las ideas de la élite porteña,
como pasaje de la generación romántica a la del ochenta;[5] en la ciudad,
vemos por el contrario que los dos principales artefactos urbanos que
podrían simbolizar cada una de esas instancias, la grilla “utilitaria” y el
parque de “representación”, se producen juntos en el cambio de siglo: la
figuración como proyecto de futuro y la figuración como atributo de una
élite que busca los espacios en los cuales reconocerse –es decir, la
producción de sociedades figuradas y la reproducción de la figuración
social como espectáculo de la ciudad burguesa–, se tensan en cada uno de
ellos. Pero justamente en ese doble movimiento el reformismo
decimonónico quizás pueda aparecer más completo que en el quiebre
abrupto propuesto por la imagen de Viñas. Y esto se traduce en las
relaciones entre el reformismo y la sociedad.
El reformismo decimonónico es posible como operación ideológica y
cultural mediante la suposición de un estricto y distante control de los
procesos que se propone reformar, pero, a su vez, el control y la distancia
aparecen una y otra vez limitados, desmentidos, frustrados, y es esa aporía,
esa tensión uno de los aspectos que definen el “reformismo conservador” de
fines de siglo; ya sea porque, en el revés del discurso filantrópico, lo que no
logra reformar es la propia clase social que representa, o porque la nueva
sociedad “popular” frente a la cual busca recortarse con ese discurso le
muestra, como en espejo, sus propios fantasmas y la propia endeblez de sus
certidumbres. Ambigüedad anticipada magníficamente en el célebre cuadro
de Blanes sobre la fiebre amarilla: frente a las figuras de los filántropos
higienistas, que aparentan controlar toda la escena desde el marco de la
puerta, introduciendo la luminosidad purificadora del sol y de la ciencia, el
punto de vista del cuadro cambia sutilmente los roles y coloca como
protagonista la penumbra que se llama a reformar, quizás porque sabe que
lo que está por nacer en esta sociedad está en ese mismo espacio oscuro,
espacio de la enfermedad y de lo nuevo.

Figura 22
Juan Manuel Blanes, “Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires”, 1871 (Museo Nacional de
Artes Visuales, Montevideo).
Notas
1 “La Plata”, El nacional, 1886, en Obras Completas, Buenos Aires, Editorial Luz del Día, t. XLII,
1953, p. 225. De ahora en más, esta edición de las Obras Completas se citará OC (LD).
2 “Lago Alvear”, El Nacional, 1883, en OC (LD), t. XLII, p. 157.
3 Gracias a los trabajos recientes de Fernando Aliata sobre el período rivadaviano se han podido
identificar lógicas técnicas, transformaciones institucionales y perspectivas culturales de gran
continuidad en un proceso de modernización que recorre desde el inicio del período
independiente; véase, por ejemplo, “La ciudad regular. Arquitectura, edilicia e instituciones
durante la época rivadaviana”, en AAVV, Imagen y recepción de la Revolución Francesa en la
Argentina, Buenos Aires, GEL, 1990, pp. 159-179; y “Ciudad o aldea. La construcción de la
historia urbana del Buenos Aires anterior a Caseros”, Entrepasados, No. 3, Buenos Aires, fines de
1992, pp. 51-67.
4 Véanse, por ejemplo, los cuadros publicados en el censo de 1910 que relevan el progreso en la
edificación, en los que se pone en relación el aumento de la población con la cantidad de metros
construidos.
5 Cfr. David Viñas, Literatura argentina y realidad política, Buenos Aires, Centro Editor de América
Latina, 1982 (1964), en especial las páginas del capítulo 1 sobre “la mirada” a Europa.
Capítulo 1
Ciudad nueva: la utopía del “pensamiento
argentino”
Desde el punto de vista de la definición de las características principales de
la “Buenos Aires moderna” a finales de siglo, podría decirse que las
decisiones sobre el conjunto del territorio federal que se toman entonces
cierran un período de interrogantes y discusiones que se había abierto en los
años del Estado de Buenos Aires, aunque veremos funcionar también
activamente lógicas y tradiciones que se remontan incluso a las primeras
décadas del período independiente. Cómo debe ser la ciudad, cómo debe
crecer, cuál debe ser la relación entre estado y sociedad en esa definición,
son algunas de las preguntas básicas que recorren todo este período y que
irán encontrando respuestas diferentes a medida que avance el siglo y a
medida que el crecimiento de la ciudad, su cambio institucional y la
organización del estado que la elige como sede, vayan generando problemas
no previstos.
Una de las formulaciones más tempranas y precisas la elaborará
Sarmiento: la “ciudad nueva”. Se trata, en verdad, de un programa que,
como se anticipó, encuentra un momento de altísima condensación en el
proyecto del Parque de Palermo. Palermo se forma muy lejos de la ciudad,
en tierras sobredeterminadas simbólicamente: las tierras desde las cuales
Rosas había organizado y administrado su orden despótico. Enfrentando la
tenaz oposición de quienes veían en esas tierras los emblemas materiales de
un pasado sangriento, Sarmiento destaca el valor catártico del parque:
clausurar justamente aquellos significados, sobreimprimiendo su modelo de
civilización a la barbarie. Barbarie política y geográfica: es la propia pampa
que pende como amenaza sobre el proyecto modernizador la que debía ser
“sometida a la cultura”. Pero, sobre todo, Palermo permite establecer una
distancia programática con la ciudad existente, que debe ser dejada atrás;
Palermo sería así excéntrico sólo coyunturalmente, porque estaba llamado a
ser el Parque central de una ciudad nueva.
De tal modo, Palermo puede recibir contenidos que provienen de la
propia tradición cultural del parque decimonónico, pero, a la vez, expresar
relaciones muy precisas con la ciudad existente y con algunas ideas sobre
ella. Palermo es creado en un cruce de “influencias”: Sarmiento no sólo
conocía directamente la experiencia del trazado de los parques europeos,
continentales e ingleses (y no hay que olvidar que de Europa venían los
técnicos que contrató para iniciar el parque); también le tocó asistir a los
debates generados por el Park Movement norteamericano, presenciando
durante su estadía en Nueva York como ministro plenipotenciario (1865-
1868) los enfrentamientos entre los intereses inmobiliarios de los
developers y los intereses públicos de los reformadores, en los años de
formación y consolidación del Central Park. Así, en la creación de Palermo
están presentes tanto las aspiraciones de igualación social e
institucionalización cívica que aloja el parque en la descomposición de la
ciudad absolutista, como las razones higiénicas que lo van definiendo como
“pulmón” de la crecientemente congestionada ciudad industrial; tanto las
prácticas de figuración y representación burguesas típicas del parque y el
boulevard haussmanniano, como las razones utilitaristas que respaldan las
intervenciones del movimiento norteamericano, acompañando la evolución
del trascendentalismo agrarista en reformismo urbano. Pero si en este
sentido Palermo es el punto de arranque inevitable de una historia de los
parques públicos en Buenos Aires, desde el punto de vista del pensamiento
sarmientino –más aún, de las relaciones entre las ideas de Sarmiento y la
realidad que buscaban afectar– es un punto de llegada. Punto de llegada
doble: es el artefacto en el que cree plasmar el universo complejo de
articulaciones entre educación, modernización productiva e igualación
social, que viene esbozando desde los años del destierro; y es la
encarnación de una conclusión terminante sobre las posibilidades de
transformación modernizadora de la ciudad y la sociedad realmente
existentes, conclusión que se le va apareciendo más y más clara a medida
que avanza su relación con Buenos Aires, desde el momento épico de la
entrada a la ciudad ganada a la Tiranía, hasta los años de su Presidencia.

1. De la Quinta Normal al Parque Central


“Sólo en un vasto, artístico y accesible parque, el pueblo será pueblo; sólo aquí no
habrá extranjeros, ni nacionales ni plebeyos.”
DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO[1]
Integración y nivelación: los ecos de motivos que combinan buena parte de
la tradición occidental moderna de introducción del verde en la ciudad
resuenan notablemente en el discurso inaugural de Palermo. El parque
como dispositivo químico capaz de amalgamar nuevos lazos sociales y
culturales, como máquina educativa para la vida ciudadana moderna, como
principal dinamizador, en fin, del gran crisol en el que pudieran
abandonarse como viejos ropajes las múltiples identidades nacionales, las
persistentes tradiciones rurales, las atávicas prácticas productivas y
políticas, para dar lugar a una síntesis nueva, nacional, social y cultural.
Por eso la elección del sitio donde se instala el parque es emblemática.
Para del Carril es la posibilidad de que, “cubriéndolo de flores, borremos
como con una esponja el recuerdo de ese tirano infame”.[2] Son todavía
más las cosas que se busca superar: borrar como con una esponja es la
mejor metáfora de lo que propone el parque como organización
radicalmente nueva de la vida metropolitana. “No hay espectáculo público –
dice Nicolás Avellaneda en la discusión del proyecto en el Senado–, no hay
ningún espectáculo que nivele tanto las condiciones como un paseo público.
En él y delante de él todas las condiciones desaparecen”.[3] La noción de
espectáculo aparece como nueva percepción de la sociabilidad urbana y,
sobre todo, como puesta en suspenso de toda categorización anterior, como
tabula rasa. Aunque lo realmente interesante del parque, lo que muestra su
ambigüedad constitutiva, es que puede enunciarse como lo más
radicalmente nuevo en tanto se propone como medio para una restauración:
restauración de la ciudad degradada, de la sociedad segmentada;
regeneración de las conductas desviadas, de la naturaleza y la memoria. Es
una creación ex novo de hábitos bajo el manto naturalizador del verde en la
ciudad; es, sobre todo, la recuperación de un nuevo corazón comunitario en
la disgregada metrópoli, un santuario laico e higiénico en torno del cual
alguna unidad pueda ser reencontrada.
En este sentido, la principal tradición que instala Sarmiento con Palermo
es la de definir el parque como un modelo planimétrico de ciudad y
sociedad, ambición típicamente norteamericana. Es decir, coloca a Palermo
en el curso de una ambición que nace con el parque norteamericano en
contraposición al parque europeo, más allá de los recursos específicos de
diseño paisajístico. Mientras el parque europeo deviene público, a través de
una serie de transformaciones políticas y sociales que afectan sólo
parcialmente su organización interna, desde los parques y bosques reales y
de la aristocracia hasta los parques metropolitanos, el parque
norteamericano nace explícitamente como dispositivo de producción
deliberada de esos motivos públicos.
El parque norteamericano busca erigirse no como el sitio en el que una
transformación de las prácticas sociales puede encontrar lugar, sino como el
emergente de una sociedad nueva. Como respuesta a un viajero que
regresaba de Europa sorprendido por sus parques urbanos, Andrew Jackson
Downing, uno de los principales publicistas y reformadores que dieron
origen al Park Movement, señalaba en 1848 en The Horticulturist: “Pero
esos grandes parques públicos [europeos] son fundamentalmente apéndices
de la realeza, y han sido creados con propósitos de representación y
magnificencia, en todo incompatibles con nuestras ideas de simplicidad
republicana”; la alternativa de Downing será la búsqueda de un programa
propio del parque americano, un programa para la “republican simplicity”.
[4]
De todos modos, estos pioneros del landscape americano eran
conscientes de sus deudas con Europa: en el mismo artículo, Downing debe
aceptar el contraejemplo de algunos parques alemanes, como los de las
ciudades de Múnich y Frankfurt, cuyas murallas medievales demolidas a
comienzos de siglo habían sido convertidas en parques diseñados para el
público. Y, por supuesto, los contactos con Inglaterra eran explícitos; su
influencia a través de los movimientos de horticulturistas era reconocida
hasta en el propio nombre del periódico de Downing. Esa influencia
encarna en algunos ejemplos de parque público, como el Birkenhead; ya
que si Hyde Park, Regent’s Park o St. Jame’s Park fueron parques de la
realeza, sólo posteriormente abiertos al público, y también en ese caso
siempre en vinculación directa con proyectos de especulación privada de
los landlords, el Birkenhead Park, en cambio, diseñado por Joseph Paxton y
abierto en 1847, nace específicamente como parque público: su diseño va
más allá de los trazados pintorescos, iniciando un programa de complejas
vinculaciones con los problemas del tráfico metropolitano y con servicios
de uso completamente novedosos, como los equipamientos deportivos y de
uso activo del tiempo libre y sirviendo como modelo para todo el desarrollo
del Park Movement americano.
Se trata, en el caso de Inglaterra, de una influencia que va a reparar
atentamente en los antecedentes institucionales y jurídicos: ya en 1833 se
había realizado en Londres un diagnóstico, en el Report from the Select
Committee on Public Walks, que conviene citar de modo extenso porque
servirá de base a las más modernas representaciones de la función del
parque público:
No es necesario subrayar lo indispensables que son algunos parques públicos o espacios
abiertos en las inmediaciones de las grandes ciudades; sobre todo si se considera la actividad
de la clase trabajadora que en ellas habita; gentes obligadas [a trabajar] durante toda la semana
como artesanos u obreros, y con frecuencia encerradas en fábricas de ambiente más que
recalentado: es evidente que resulta de primordial importancia para su salud el poder gozar, en
sus días de descanso, del aire puro, y poder caminar (sin tener que soportar el polvo y la
suciedad de las calles públicas) con sus familias en condiciones decorosas de comodidad; si se
les priva de toda posibilidad de este tipo, es probable que el único refugio que les quede para
salir de los angostos patios y de los callejones lóbregos [...] no sea otro que la taberna, donde
gracias a una excitación efímera pueden olvidar las fatigas de su agotador trabajo, pero donde
al propio tiempo malgastan los recursos de sus familias y, con bastante frecuencia, destruyen
también su salud. Un hombre que puede caminar con su familia, paseando entre gentes
parecidas a él, de las diversas capas sociales, se mostrará deseoso, naturalmente, de ir vestido
decentemente, y de que vayan bien vestidos su mujer y sus hijos; este deseo, debidamente
orientado y controlado, origina, según enseña la experiencia, el más poderoso de los impulsos
capaces de promover la urbanidad y el civismo, e incluso de estimular la producción.[5]

El Reporte se enmarca en un incipiente movimiento de opinión, de directa


matriz benthamiana, en favor de parques públicos para los sectores más
pobres de la población: “when we say public, we mean public, not
gentility”, decía un artículo periodístico de 1839 que reclamaba parques
para el East End de Londres, para los “pobres artesanos o trabajadores” de
los bajos fondos.[6] Si en sus orígenes el parque barroco había aparecido
como terreno de experimentación de nuevos trazados urbanos, ahora el
parque es pensado como “antídoto natural” frente al hacinamiento de la
ciudad pobre y la insalubridad del trabajo en la fábrica. Pero, además, como
instrumento educativo y moral, de consolidación de la moderna
organización familiar y sus valores: desde el ahorro –con los beneficios
para el incremento del consumo– hasta el modelo del interieur burgués
como parámetro para las nuevas tipologías edilicias –con el intento
explícito de mantener al obrero fuera de la calle, el comité o la taberna–,
pasando por la preservación de la fuerza de trabajo a través de un
mejoramiento de sus condiciones sanitarias; mezcla típica, podría decirse,
de las ambiciones reformistas de la legislación social de los siglos XVIII y
XIX.
El otro foco de atención para la reforma del paisaje urbano es, por
supuesto, París. Pero no sólo es contemporáneo a las propuestas
norteamericanas, sino que en sí mismo ya es producto de la intensa mezcla
que se verifica en las prácticas urbanas durante todo el siglo XIX: es sabido
que buena parte de las propuestas de parques parisinos se inspiran en el
diseño paisajístico inglés. Fue desde su exilio en Londres donde Napoleón
III imaginó el París que quería; apenas asumido el poder, sus instrucciones
para el diseño del Bois de Boulogne fueron precisas: se trataba de hacer una
mezcla entre los principios con que Repton y Nash diseñaron el Regent’s
Park y el Hyde Park, con Serpentine incluida.[7] No es en el diseño
planimétrico de los parques, en todo caso, donde la acción del prefecto
Haussmann tiene originalidad; de hecho, se ha señalado que el diseño que
utilizará el parque público moderno estaba a mediados del siglo XIX tan
sistematizado, como para que desde finales del siglo XVIII se ironizara sobre
lo rutinario de su trazado con la fórmula “belting, clumping, dotting”.[8] Es
indudable, en cambio, la originalidad de Haussmann en la utilización de esa
novedosa tipología como instrumento colectivo de servicio urbano, como
organizador del fluir metropolitano, como intento de control formal del
crecimiento de la ciudad.
De todos modos, no se trata de tomar partido en la improductiva
polémica acerca de los orígenes del parque público; polémica de la que eran
muy conscientes sus creadores de mediados de siglo a uno y otro lado del
océano (y a uno y otro lado del Canal de la Mancha), los que, en general,
adoptaban un doble discurso que vamos a volver a encontrar en otros
tópicos de la cultura urbana: celebraban las virtudes de los ejemplos
extranjeros frente a las carencias locales, apelando al espíritu competitivo
de los orgullos provincianos, cuando se trataba de realizar campañas en sus
propias ciudades para concitar apoyos políticos y económicos para sus
proyectos; y remarcaban las diferencias y las anticipaciones del diseño
propio, el tamaño, las características de uso o el número siempre creciente
de visitantes, cuando se trataba de escribir memorias o de participar en
congresos internacionales. Más allá de esta polémica, entonces, conviene
reconocer que en las primeras décadas del siglo XIX, y especialmente a
partir de las décadas de 1830 y 1840, proliferan en las ciudades europeas y
norteamericanas las campañas públicas en favor de los parques urbanos, así
como proliferan las mutuas contaminaciones estilísticas, las influencias, las
apropiaciones eclécticas de tradiciones muy diversas. Pese a la larguísima
tradición de diseño del paisaje, el parque urbano aparece como un territorio
virgen para las más osadas experimentaciones del diseño, gracias a su
independencia radical, desde el mismo nacimiento como programa público,
de la disciplina que hasta entonces lo contenía como el fondo de la figura:
la arquitectura, cuya crisis seguramente no habría favorecido un desarrollo
tan rápido y certero.[9]
Pero en tal marco de influencias cruzadas y estímulos múltiples, sigue
siendo interesante reconocer cierta especificidad norteamericana, reforzada,
justamente, por la vocación fundacional de estos reformadores
decimonónicos, por su necesidad de diferenciación frente a Inglaterra y
Europa, de construcción de una cultura original montada sobre los valores
de la democracia industrial y plebeya. Vocación no carente de antecedentes
objetivos; porque esa especificidad tiene origen, precisamente, en la
ausencia de residuos “nobles” en el paisaje norteamericano, razón por la
que el parque nace como programa público orientado directamente a los
problemas de la congestión urbana. Pese a los filones “antiurbanos” de
filosofía agrarista y trascendentalista que están en la base del Park
Movement, el parque entra en la ciudad norteamericana no como nostalgia
por una naturaleza perdida, sino como recuperación de una clave “natural”
para intervenir en los “males” de la gran ciudad, para reformarla a partir de
un rediseño radical en el que el verde público hace a la vez de bandera
ideológica y de instrumento operativo.

Figura 23
Diferentes aspectos del parque ensayados en el Central Park: la naturaleza reintroducida en la ciudad
como referente higiénico y pulmón y como contemplación bucólica; el parque como laboratorio de
nuevas técnicas urbanísticas, en este caso, la separación de circulaciones a través de diferentes
niveles, que en el parque se usó para independizar el recorrido “natural” superior de los cruces de las
calles “artificiales” por abajo, y que fue el germen de buena parte de los criterios de la ingeniería vial
en la urbanística modernista (Olmsted Jr. y Kimball, Forty Years of Landscape Architecture: Central
Park, citado).

En estudios ya clásicos sobre el parque norteamericano, se ha señalado


cómo esa relación tensa y creativa entre problemas metropolitanos y
nostalgia por una comunidad perdida (comunidad entre los hombres,
comunidad con Dios y comunidad con la naturaleza), aparece ya en los
cementerios suburbanos, como antecedente directo del Park Movement. Allí
la relación es clara, porque los cementerios que comienzan a diseñarse
afuera de las ciudades en polémica (religiosa y cultural) contra la
disposición tradicional en torno de las iglesias, aparecen justamente como
una propuesta de recuperación de la naturaleza desde afuera de la ciudad,
pero apuntando directamente a sus problemas. Y esto nos permite volver a
Sarmiento, quien demuestra una temprana visión de esos efectos en su
primer paso por Nueva York. Ya era frecuente que los habitantes de la
ciudad concurrieran de paseo al Cementerio de Greenwood, en Brooklyn,
convertido en un verdadero centro de atracción para los nuevos usos del
tiempo libre y el turismo (para ello contaba con una guía impresa).[10]
Sarmiento es llevado a visitarlo y logra identificar con claridad muchas de
las peculiaridades que colocan al cementerio como antecedente directo del
parque. En principio, su carácter romántico y pintoresco, logrado a partir de
la construcción artificiosa de un “estado de naturaleza” y del estudiado
diseño de una serie de gradaciones entre parque artificial y bosque rústico:
Accidentado por ligeras ondulaciones, ofrece una variedad de aspecto que cambia a medida
que se penetra en su solitario recinto. Bosques seculares sombrean los terrenos bajos y aun las
aguas de las lluvias se depositan en lagunatos y zanjas. Un camino espacioso para carruajes
serpentea sin sujeción a merced de los accidentes del suelo [...] y en lo alto de las pequeñas
colinas descuellan, ya aislados, ya en grupos, arbolillos graciosos de los que forman la variada
fauna Norte-Americana.

Figura 24
Vista de 1852 de Greenwood Cemetery, Brooklyn (Ciucci y otros, La ciudad americana, citado).

Pero, además, Sarmiento identifica el rol de la arquitectura en ese paisaje,


mezcla de ruina y de museo mundial (en el estilo provocativamente
ecléctico que asumirá por definición la arquitectura de las exposiciones
internacionales o de los jardines zoológicos aunque, en el caso de los
cementerios, en la búsqueda de un exotismo que quiere ser solemnidad
patética): “A la sombra de una encina secular se abriga una tumba de estilo
gótico, una linterna de Diógenes corona un montículo, y en el fondo de un
vallecito, entre arbolillos vistosos, se muestra un templete griego [...]”. Y,
por último, también destaca su relación de contraste deliberado con la
ciudad: “¿No es cierto que este sistema de cementerios a la rústica,
verdadero campo de los muertos, infunde sentimientos de plácida
melancolía, aligerada por la contemplación de la naturaleza [...]? Al menos
esta impresión me causaba la vista, desde alguna parte elevada del
cementerio, apoyado en un sepulcro, de Nueva York coronada de humo
[...]”.[11] La propia conversión del ámbito sagrado de la muerte en un
espacio de cultura frente a la naturaleza y la ciudad explica en buena
medida la innovación que producen estos cementerios, que ya en el origen
plantean una pluralidad de contenidos que en Europa tardará en
desarrollarse en tal plenitud: la de parque como naturaleza cultivada,
institución cívica, religamiento espiritual y servicio higiénico para
contrarrestar el humo urbano y sus consecuencias.
Sin embargo, y pese a las certeras intuiciones de Sarmiento en este
primer viaje, el camino que recorre hasta llegar a la propuesta de un Parque
Central para Buenos Aires no es el mismo que se ha señalado para el Park
Movement: no es sino hasta mucho más tarde que Sarmiento verá en el
parque una tipología específicamente urbana. Podría decirse que Palermo se
vuelve parque, que no es el resultado de la importación directa de una
tipología ya resuelta en función de los diagnósticos de ciudades a las que
convenía imitar, sino el punto de llegada de otro tipo de búsqueda,
relacionada siempre tangencial y complicadamente con aquellos modelos.
El rol experimental y propagandista que en el norte tuvieron los
cementerios, su función de puesta a punto de una serie de instrumentos
técnicos e ideológicos en la búsqueda de una renovación de las relaciones
entre ciudad y territorio, aquí en cambio será cumplido por una institución
muy particular, que vincula las principales obsesiones de Sarmiento en un
único dispositivo territorial: la Quinta Normal.
La Quinta Normal es, para Sarmiento, una especie de semillero en el que
pudieran crecer y fortalecerse todas las virtudes necesarias para producir el
monumental traspaso de una sociedad tradicional a una moderna. No tiene
nada que ver, en este sentido, con el ya usual Jardín de Aclimatación de la
tradición francesa; se trata de la introducción deliberada de la semilla de un
tipo de organización y modernización que tiene en la mira a los Estados
Unidos, aunque allí no sea necesaria su existencia como institución
justamente porque “en aquel inmenso laboratorio de la riqueza, no hay sin
duda una Quinta Normal sostenida por el gobierno. El país entero es una
Quinta Normal...”.[12] La Quinta Normal, como tantas de las propuestas
públicas de Sarmiento, no es entonces sino un modelo en escala creado por
el estado para el establecimiento de ciertas condiciones que hicieran posible
su expansión en la sociedad; es un instrumento de transición. Las
transformaciones reales y efectivas deberán ser aquellas encabezadas por la
sociedad, no por el estado; pero el estado tiene la posibilidad y la
responsabilidad de crear las condiciones adecuadas para el nacimiento de
esa voluntad en la sociedad: si, por ejemplo, la única manera de producir la
revolución necesaria en la industria agrícola es, para Sarmiento, mediante
“la asociación de todos los agricultores inteligentes, para allanar los
obstáculos e introducir las mejoras en provecho propio” –y es este
fundamento la base de su impulso a la creación de la Sociedad Rural
Argentina–, una Quinta Normal realizada por el poder público “será el
campo de ensayo”.[13]
La idea de este artefacto educativo, social y productivo, la perfecciona
en los años de su última estadía en Chile (1852-1855), como parte de la
formulación institucional para la reorganización del país que nuevamente
había debido abandonar luego de la caída de Rosas. Allí asiste a la
formación de la Quinta Normal en Santiago –cuya existencia en 1854 era,
para Carlos Pellegrini, una de las pruebas de que Chile “nos toma la
delantera” y es el país que “más particularmente se distingue en esta carrera
de progreso”–; incentivará por correspondencia al ministro de Gobierno
mendocino para la creación de una Quinta Normal en Mendoza, enviándole
desde Chile un agrónomo francés para su cuidado, a pesar de “las
resistencias sistemáticas” de la sociedad que condenaba la iniciativa como
“establecimiento de lujo”; y editará su Plan combinado de Educación
común, silvicultura e industria pastoril, aplicable al Estado de Buenos
Aires, en el que la Quinta Normal se define con precisión como un
instrumento básico en la propuesta de modernización integral para el Estado
de Buenos Aires.[14]
En este folleto, Sarmiento propondrá la creación de quintas normales en
terrenos fiscales que debían preservarse de la intensa subdivisión del campo
que él imaginaba para la recepción de los farmers inmigrantes; en esos
terrenos públicos debían disponerse “locales para escuelas, pepineras de
árboles de selva, establos modelos para lecherías, capillas, bibliotecas
locales, casamorada del maestro de escuela agrónomo, posta y
administración de vacuna”. La originalidad de la propuesta sólo se la
atribuye Sarmiento en los aspectos organizativos, porque todo lo que
integrará la Quinta Normal, señala, ya existe en todos los países (escuelas,
hospicios, quintas y jardines de aclimatación, instituciones para expósitos,
bibliotecas populares), pero “no han formado hasta hoy un todo
armonioso”.[15]
La función de la Quinta Normal en la campaña debía ser, entonces, la de
centro educativo y productivo, experimentación de las últimas tecnologías y
vidriera de los avances económicos y sociales; una avanzada de la
civilización en la pampa, es decir, una muestra de lo mejor de la ciudad en
el campo: un “oasis de cultura”.[16] Pero el corazón de todo ese sistema
debía estar en los alrededores de la misma ciudad, en donde su función y la
del parque público comienzan a confundirse. Así había sido con la Quinta
Normal en Chile, que al poco tiempo de creada se convirtió en un parque
urbano. Y así sería cuando en 1862, durante su gobernación, Sarmiento
realice la Quinta Normal en San Juan, para la que había elegido un terreno
muy central, en un barrio deprimido, para el que la Quinta también debía
jugar un rol de promoción y progreso.[17] Esto mismo es lo que sugerirá
para la creación de una Hacienda experimental en Washington un Informe
del Comisionado del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos,
que Sarmiento se ocupa de publicar en Ambas Américas en 1868: la
Hacienda debía estar junto al Jardín de propagación en uno de los caminos
principales “no muy distante de la ciudad [porque] haciéndolo a la vez
atractivo y útil [...] podría llenar la falta que se nota en Washington de un
parque o paseo público”.[18]
Pero en Buenos Aires esta relación entre la Quinta Normal, el parque y
la ciudad se hace más precisa, e involucra desde un comienzo los terrenos
de Palermo. En 1855, en el folleto del Plan combinado, Sarmiento
postulaba en el articulado para la “Base de la Ley de Educación Común”
que
[...] en las cercanías de la ciudad de Buenos Aires, a ambas márgenes del Arroyo Maldonado,
se expropiará por causa de utilidad pública, una legua cuadrada de terreno de panllevar, para la
fundación de una Quinta Central de Aclimatación de plantas y ensayo de agricultura, en cuyo
recinto quedarán comprendidos una Escuela Normal de preceptores de enseñanza común, un
Hospicio de huérfanos, y una casa de reforma de niños abandonados, delincuentes, vagos [...]
[19]

Cuando escribe este folleto en Chile, la ubicación es todavía vaga (a ambas


márgenes del arroyo Maldonado); y recordemos que su primer paso por
Buenos Aires había sido realmente fugaz. Apenas se integre a la vida
política de la ciudad, a su regreso definitivo de Chile, la polémica sobre los
bienes de Rosas le permitirá definir la ubicación ideal ya con total
precisión, inscribiendo la operación de reemplazo en un linaje político
prestigioso y otorgándole un valor simbólico:
Cuando una dinastía sucedió a otra en Francia, la política aconsejó al Emperador confiscar los
bienes del rey caído y destinarlos a la fundación de bancos rurales. Cuando la libertad ha
derrocado a la tiranía entre nosotros, la Legislatura restablecida a su soberanía consagra los
bienes acumulados por la suma del poder público, a la educación del pueblo, porque allá la
pobreza es el mal, como aquí es la ignorancia.
Cuando considero a Palermo Escuela Normal de Preceptores, Quinta Normal de
Agricultura, Casa de Redención para niños mal entretenidos u Hospital de Huérfanos, siento un
profundo recogimiento religioso, porque me parece ver la mano de la Providencia enseñando
con la mano del despotismo, y al genio de la República sirviéndose de los mismos tiranos para
hacer la felicidad de sus hijos.[20]

Las plantaciones y las instalaciones de Rosas en Palermo ya funcionaban,


de hecho, como un paseo, “adonde concurren carruajes elegantes”; pero la
transformación apuntaba a corregir más radicalmente su carácter. Porque
aunque se usara la metáfora de la apertura de los jardines palaciegos en
Europa al público burgués, lo cierto es que los jardines de Rosas ya eran
durante su gobierno un punto atrayente de paseo para los mismos carruajes
que seguían yendo a su caída. De allí que no sea el programa del parque lo
que aparece en primera instancia con capacidad de producir esa inversión
de contenidos, sino la instalación del centro de operaciones productivas y
educativas, ese verdadero comando central desde donde Sarmiento imagina
que podrá modernizarse todo el estado que Rosas habría buscado mantener
en la barbarie tradicional.
La primera exposición agrícola organizada en 1858 y ubicada por el
Gobierno del Estado en Palermo no hace sino confirmar esa voluntad,
porque “al fin se (encontró) destino útil a esa monstruosa construcción
inspirada por el capricho ignorante de un déspota”.[21] En este caso,
Sarmiento vuelve a acudir a la metáfora de las conversiones
revolucionarias, pero si en Versailles fueron salvadas “las inútiles
prodigalidades de Luis XIV” para reunir “todas las glorias artísticas de la
Francia”, aquí, “el Versailles semibárbaro de nuestro rudo tirano va a ser
consagrado a todas las industrias argentinas, llenando así una necesidad de
nuestra situación y un interés primordial en nuestra época”. Nuevamente se
desplazan los contenidos en la trasposición del parque, y el Sarmiento
productivista sigue localizando en Palermo un foco de progreso industrial y
educativo para todo el Estado de Buenos Aires (en verdad, para todo el país
que él no se resigna a ver seccionado). Es esa educación industrial y
agrícola la que debe producir el exorcismo:
Palermo será así transformado en un objeto de interés público, absolviéndolo de la especie de
maldición que pesa sobre él, y que lo condenaba a una destrucción inevitable; y los
monumentos de la tiranía salvaje convertidos como la Escuela Modelo y la Exposición de la
Industria en instrumentos de civilización y progreso, digna venganza del pueblo a quien se
propuso esclavizar.

En este sentido, el espacio de la Exposición permite reunir también varias


de las aspiraciones presentes en la Quinta Normal, con un agregado nada
desdeñable: las exposiciones son, en la segunda mitad del siglo XIX, el lugar
por antonomasia del contacto civilizatorio, el espacio imaginario en donde
las principales metrópolis entran en competencia, el ámbito en que la
circulación mercantil encarna en formas y modelos y, sobre todo, lo que
más las entronca con el rol que tendrán los parques –y que Sarmiento
imagina para su Quinta Normal–, las exposiciones son experiencias en
escala de ideales urbanos para la ciudad industrial y focos de atracción para
la dirección del crecimiento de la ciudad. Palermo ofrece un lugar ya
naturalmente predispuesto para entroncar dos de los tópicos de las
exposiciones, el adelanto técnico y el adelanto paisajístico: no olvidemos
que el Crystal Palace de la Exposición de Londres de 1851 fue realizado
por Joseph Paxton, el creador del Birkenhead Park.[22] Adelanto técnico y
adelanto paisajístico que Sarmiento retendrá siempre como motivo conjunto
de cultura: por ejemplo, cuando realice en 1871 la Exposición de Córdoba,
el palacio de la industria, la multitud de máquinas e instrumentos, en el
marco de “los bellos jardines que el arte ha improvisado a su alrededor”, es
todo lo que en el discurso inaugural le permite tomar distancia nuevamente
de la doble barbarie que lo obsesiona: la de la naturaleza salvaje –“la pampa
que acabo de atravesar”–, y la de la tradición emblematizada en “los
monumentos que decoran esta Córdoba americana”.[23]
Pero en este tiempo, lo que imagina para Palermo es ya un “Parque
Central” que, aunque su formación será discutida y aprobada en el Senado
recién en 1874, Sarmiento viene realizando desde bastante antes, a partir de
un plano del Capitán de Ingenieros Jordan Wysocky, con el trabajo de los
alumnos de la Escuela Militar (instalada por Sarmiento en el Caserón de
Rosas) “como estudio práctico de los cursos de topografía, puentes y
calzadas que siguen”.[24]

Figura 25
Primer plano del parque de Palermo, realizado por el capitán Wyzocky por encargo de Sarmiento
antes de que se aprobara la ley ordenando su construcción, c. 1870. Mantiene los trazados y las
plantaciones de Rosas y convierte al Caserón en Colegio Militar (Biblioteca Holmberg, gentileza de
Pablo Pschepiurca).

El programa del parque es suficientemente explícito acerca del peculiar


artefacto que proyecta, un verdadero “laboratorio técnico”, como con
acierto lo denominó Pschepiurca: establos, viveros, invernaderos,
instalaciones para exposiciones agrícolas e industriales, observatorios,
jardín zoológico, prados para pastoreo, tambos, instalaciones
experimentales para la innovación tecnológica en establecimientos rurales,
como riego artificial; la misma propuesta de que el trazado y la realización
fuese parte del entrenamiento de los topógrafos e ingenieros militares.[25]
Pero en la presentación al Congreso, lo que en el proyecto de Quinta
Normal Central era excluyente, ahora aparece por primera vez desplazado
por los tópicos más habituales del Parque Central:
En medio del asombroso desarrollo de la ciudad de Buenos Aires, cuyos suburbios se
confunden al sur con Barracas y por el oeste alcanzan a San José de Flores, échase de menos
un Parque que dé a población tan grande el ornato y comodidad que el Bois de Boulogne, Hyde
Park o el Parque Central de Nueva York ofrecen, no sólo a las clases acomodadas y al
extranjero, sino a los millares de artesanos y familias que encuentran en el ejercicio y en el
espectáculo de las bellezas naturales auxiliadas por el arte, solaz a sus tareas diarias y recreo
inocente y provechoso para la salud.[26]
Esto es lo novedoso en el discurso de Sarmiento en los años setenta: poner
ahora en el propio parque, como tipología moderna para la recreación y el
espectáculo, los valores civilizatorios; desplazar su carácter de instrumento,
de centro del vasto operativo de transformación de la campaña, y
convertirlo en un fin en sí mismo vinculado por primera vez a las
necesidades “reales” de la sociedad porteña. Reales, entre comillas: porque,
¿qué era más figurado, su imagen de una campaña poblada de farmers
laboriosos y felices e instituciones modernas a las que la Quinta Normal
serviría de usina, o su imagen de Buenos Aires rebasando sus límites
territoriales y sociales?
Para vencer la resistencia a la instalación del parque en Palermo de
figuras como Guillermo Rawson –quien abonaba su antirrosismo con una
profusa mezcla de argumentos higiénicos, políticos y morales–, Sarmiento
va a enfatizar las nuevas necesidades de representación locales, el hecho
práctico (las tierras ya están forestadas y pertenecen ahora al gobierno
nacional) y sobre todo el simbólico: enterrar en el verde cultivado “el
último retoño de la antigua barbarie”, “el resumen de todas las pasadas
épocas [...], el hombre de la época pampeana”.[27] Se trata de una acción
de transfiguración y dominio cultural: cuando las partes restantes de
Palermo, sigue diciendo Sarmiento en la inauguración de la Primera
Sección del Parque, “hayan sido sometidas a la cultura, el parque será un
modelo presentado al público de lo que el país entero puede ser”. Por eso
para Eduardo Wilde, antes del Parque, “alrededor de la gran ciudad no
había más que polvo y desierto, rayos de sol abrasadores o viento
quemante”.[28]
Alrededor de la gran ciudad: vuelve a resonar el desfasaje de origen: si
ahora se trata de un parque, la distancia respecto de uno de los principales
modelos que parecía estar emulando es enorme. Porque el Parque Central se
define, precisamente, por ocupar el centro de la ciudad. Aunque a mediados
de siglo Manhattan estaba muy parcialmente urbanizada, la existencia del
Plano de 1811 que trazó la grilla de manzanas para toda la isla evidenciaba
que el Central Park había operado conscientemente en el corazón de la
futura metrópoli. Y Sarmiento lo sabía bien: “El Parque Central, que hoy
queda fuera de la ciudad de Nueva York, pero que ocupa el centro del vasto
trazado de la futura ciudad”, había descripto en 1867.[29] Palermo, en
cambio, no forma parte de ningún trazado que lo una a la ciudad; sólo está
irremediablemente lejos y afuera. El Central Park es un instrumento
ideológico de recuperación de la naturaleza en el corazón de la ciudad y un
instrumento económico de valorización de la renta urbana; Palermo es un
parque excéntrico a la ciudad, el dispositivo inverso: de civilización de un
hinterland en el que se identifican indistintamente la naturaleza y el pasado
bárbaros. Mumford ha dicho del trabajo de Frederick Law Olmsted en el
Central Park que “al urbanizar la naturaleza, naturalizó la ciudad”;
parafraseándolo, se podría decir que en Palermo, en cambio, al urbanizar la
naturaleza, Sarmiento quiso culturizar la Pampa.[30]

2. Palermo y Buenos Aires


“Buenos Aires es una vasta prisión, un cuerpo pletórico que se ahoga, y no puede
caminar...”
DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO[31]

Pero se dijo que en Palermo también la distancia es programática. No


refleja sólo la impotencia económica e ideológica (la ausencia de
instrumentos jurídicos y políticos en manos del estado) de expropiar las
tierras centrales de la ciudad realmente existente –tema principal para
higienistas y técnicos urbanos recién una década más tarde–. Palermo, en
cambio, necesita esa distancia, hace de ella una afirmación: la promesa y la
suposición de una “ciudad nueva”, nacida de la nada lejos de la ciudad: una
ciudad desplazada. Porque si al Parque se llega desde la utopía
productivista de la Quinta Normal, al mismo tiempo, el cambio de
programa replantea por completo las relaciones con la ciudad. Y aquí
debemos reconocer otro recorrido en el pensamiento sarmientino, en el que
Palermo también representa el punto de llegada: un recorrido que parte de
la consideración de Buenos Aires como “ciudad moderna” opuesta a la
“Córdoba americana”; que pasa por el optimismo sobre las posibilidades de
Buenos Aires de continuar su modernización y de funcionar como faro de la
modernización general –en los años del descubrimiento eufórico de la
ciudad, durante el Estado de Buenos Aires–, para, luego de una progresiva
decepción, culminar en la identificación terminante de Buenos Aires como
“ciudad tradicional”, con los vicios y los defectos de la cultura colonial. El
rol que ocupaba Córdoba en la aplicación urbana de la antinomia clásica
“civilización y barbarie” pasará a ocuparlo la Buenos Aires existente, a la
que se le opondrá una idílica “ciudad nueva”, que debería encontrar su
centro en Palermo.
El parque, entonces, está destinado a oponer su plan civilizatorio no sólo
a la memoria de la barbarie política emblematizada en el terreno que se
llama a conjurar; no sólo a la inmensidad anómica de la pampa a la que sus
plantaciones y artes buscan neutralizar. También se ofrece como alternativa,
plenamente modernista en su radicalidad, a la ciudad tradicional, cuyos
errores y obstáculos vienen de la Colonia y son materiales e institucionales:
[...] la calle de la Ley de Indias, en dameros, el cabildo y la cárcel en la plaza de armas, los
conventos de Santo Domingo y de San Francisco, la Merced, las Catalinas, etc. a una cuadra de
distancia en todos los rumbos. [...] Buenos Aires continuará siendo lo que es hoy con sus calles
tubulares, un suplicio para los transeúntes, y no ha de sorprenderme ver reaparecer a la
mazorca.[32]

Radicalidad con respecto a la ciudad real que abre dos cuestiones: por una
parte, la serie de motivos que llevan a Sarmiento a realizar ese pasaje en su
mirada sobre Buenos Aires, desde la euforia a la decepción; por otra parte,
la serie de obstáculos que le hacen creer que es imposible modificar esta
ciudad, cuando en realidad él conoce perfectamente transformaciones
urbanas mucho más traumáticas que las que aquí se habrían necesitado.
Halperin Donghi ha subrayado la perplejidad de Sarmiento, en su
regreso a Buenos Aires, frente al descubrimiento de que, contra las
previsiones razonables, la ciudad aparecía después de Rosas y en el marco
del colosal caos político de los años cincuenta, como una ciudad pujante,
con una “insolente prosperidad presente y [una] inquebrantable confianza
en su prosperidad futura”.[33] Son los años del regreso definitivo del
destierro chileno, cuando se entusiasma y sorprende con la homogeneidad
social de Buenos Aires en términos prácticamente análogos a los que había
usado en los Estados Unidos; cuando cree ver un continuo civilizatorio que
tiene a Buenos Aires como puerta de transferencia modernizadora: “el
gaucho abandona el poncho y la campaña es invadida por la ciudad como
ésta por Europa”.[34] Son los años, además, de su concejalía en “la culta
Buenos Aires”, en los que destaca una y otra vez la fuerza del “espíritu
municipal”, el desarrollo de la prensa, la transformación de las
instituciones, el desarrollo de la industria, el embellecimiento de la ciudad y
su sintonía con las principales metrópolis del mundo; y en los que realiza
una y otra propuesta de transformación (demolición de la Recova, unión de
las plazas de Mayo y Victoria, arbolados, etc.), demostrando un optimismo
prácticamente ilimitado acerca de la posibilidad de consolidación de una
metrópolis adecuada a los tiempos y a su rol en el país que debía unificarse
bajo su ejemplo.[35]
La perplejidad inicial, en verdad, tenía que ver con un presupuesto: la
relación necesaria entre progreso político y progreso económico. Pero en la
medida en que esa experiencia del progreso que había vivido Buenos Aires
en la regresión política primero y en el caos después venía a probar, contra
todas las lecciones dadas por el Chile conservador, que no era
imprescindible un orden fuerte y estable para garantizar el desarrollo, al
mismo tiempo se convertiría, pasado el idilio inicial, en la prueba
irrefutable de los obstáculos que todo cambio enfrentaría. ¿Cómo cambiar
una ciudad, bajo la advocación de la emergencia de una nueva sociedad, si
Buenos Aires demostraba una y otra vez con sus “desajustes”, estar
ajustada, en realidad, a la verdadera sociedad? Sarmiento irá forjando
progresivamente –desde su concejalía hasta los últimos años de su vida–
una fuerte desilusión sobre la ciudad y la sociedad existentes, sobre la
terquedad de las clases dominantes en oponerse a los cambios que habían
parecido tan naturales y asequibles en el proceso de desarrollo posterior a
Caseros. De tal modo, Palermo, en su pasaje de Quinta Normal Central a
Parque Central, es la manifestación de un doble fracaso, puesto en
evidencia en el cambio de sentido del término “central”: el fracaso de la
nueva organización territorial que tendría a la Quinta Normal como centro
de operaciones nacional, y el fracaso de la transformación de la ciudad
tradicional, que debía ser reemplazada ahora por otra ciudad, con un nuevo
centro ocupado por el Parque.
La ciudad es incorregible, porque Sarmiento mantiene precisamente una
doble correlación: la primera, ya mencionada, entre ciudad y sociedad, y
esta otra entre política y economía; con la realidad de ambas chocarán cada
vez más sus figuraciones. Choque que pone en el centro dos debates
fundamentales, que explican por una parte la configuración sarmientina de
“ciudad nueva” como respuesta a sus postulados de relación necesaria entre
transformación social y transformación urbana, pero que señalan, a su vez,
tópicos de larguísima duración en la cultura urbana local: el debate sobre la
calidad política del espacio “ciudad”, y el debate sobre el rol del estado en
su producción.
La concepción de la ciudad como espacio político va más allá de la
importancia que le dieron la mayor parte de los constitucionalistas del siglo
XIX al régimen municipal como orden básico del sistema político. Porque en
la concepción más extendida y hegemónica, aunque la institución comunal
podía igualmente ser pensada como célula básica de una sociedad
democrática y colocada en el centro de toda proyección de modelos de
desarrollo –de acuerdo con las tan difundidas hipótesis de Tocqueville–; y
aunque la República ideal –siguiendo la inspiración de Echeverría– podía
ser considerada como “una asociación de municipios”, la ciudad dejaba en
los hechos de ser un modelo de organización política en escala para el
conjunto de la sociedad nacional, para convertirse en una particular
institución de naturaleza administrativa, cuyo rol era favorecer la
descentralización de la gestión.[36] Ternavasio ha mostrado cómo en la más
difundida de estas concepciones se distinguía entre un ámbito político, el de
los estados nacional y provincial, y un ámbito administrativo, el del estado
municipal: mientras en el primer ámbito podían actuar ciudadanos de modo
igualitario, en el segundo debían actuar “vecinos” calificados de acuerdo
con la propiedad y la renta.[37] El municipio queda definido así como el
universo de los intereses económicos, cuya gestión sólo puede ser confiada,
en términos de buena administración, a los propios interesados, los
propietarios, sin ingerencia de la política. Desde este punto de vista, en las
formulaciones de muchos pensadores del siglo XIX coinciden una propuesta
de organización tradicional para la ciudad, que se remonta al tipo de
representación estamental, con la propuesta de organización moderna para
el estado nacional, en la que prima la concepción democrático-burguesa de
ciudadanía, con su correlato en el sufragio universal. Es una concepción
tradicional del municipio, como ámbito económico-administrativo, que
tendrá larga vida y fuerte presencia ideológica tanto en el siglo XIX como
durante buena parte del siglo XX, que no sólo explica que el sistema político
de la ciudad se haya modificado y democratizado más tarde y mucho más
parcialmente que el sistema político nacional, sino que respalda, como
veremos, la mayor parte de las posiciones y las acciones de la casi totalidad
de los actores sociales y políticos durante todo nuestro período de estudio,
generando una serie de conflictos en la definición de las relaciones
estado/sociedad y espacio público/ciudadanía política.
Sarmiento invierte la fórmula que privilegiaba la esfera administrativa
como un espacio técnico, es decir, “neutro”, y define al municipio como un
espacio en el que toda medida “implica opción, decisión, elección entre
diversas alternativas”.[38] Esto explica la importancia dada por Sarmiento a
una serie de temas: su visión del rol de la prensa en la formación de una
esfera pública municipal, o su propuesta para la integración de los
inmigrantes al sistema político local, no a través de su mero rol de
contribuyentes, sino a través de su nacionalización y su aceptación de una
ciudadanía plena. Temas en los que su posición no va a sufrir
modificaciones profundas a lo largo del tiempo. A pesar de que en tantos
otros aspectos es posible encontrar grandes cambios, podría decirse que en
la concepción ideal de la ciudad a Sarmiento le ocurre como con la
educación: se trata de convicciones no sólo muy fuertes, sino que no están
sujetas a los vaivenes que la política práctica introduce en la mayor parte de
los postulados originales. Por varias razones, aunque tal vez la principal sea
el carácter proyectual, de apuesta a futuro en que coinciden la educación y
la ciudad. Puede cambiar la mirada sobre la ciudad o la sociedad reales, y
por lo tanto las opiniones de Sarmiento sobre el “estado de civilización”
realmente existente, pero en tanto conceptos, ciudad y educación son
pensados como instrumentos para arribar a otra sociedad, y entonces su
carácter modélico jamás es puesto en duda por las limitaciones de la
verdadera sociedad.
En su necesario completamiento futuro, educación y ciudad desplazan
sus efectos separándose de la actualidad para prometer un mañana diferente
por medio de sus propios valores ideales. La relación no es novedosa: ya
uno de los paradigmas de más largo aliento en la concepción de la ciudad,
el iniciado por la Utopía de Moro, viene marcado por ella: la forma urbana
como acceso pedagógico a una nueva forma social. Sin embargo, la “ciudad
nueva” no es, en la Buenos Aires de la segunda mitad del siglo XIX, una
utopía en el sentido que habitualmente se le da al término; por el contrario,
está fuertemente afincada en dos tipos de registro tomados de la realidad de
ese tiempo. Por una parte, en cierto sentido común catastrofista que toda
gran ciudad genera en sus momentos expansivos; la idea de que la ciudad
tradicional está agotada, de que en el centro “el negocio hace estrecho
todo”, es una idea que surge y resurge periódicamente en estos años: “Es
preciso apurarse a edificar otra ciudad; aquí ya no hay donde vivir”, dice en
repetidas ocasiones el cronista del Correo del Domingo en 1864.[39] Pero,
en Sarmiento, la propuesta de “ciudad nueva” superará la mera negatividad
al apoyarse en procesos urbanos reconocibles; se trata de un modelo preciso
de relación ciudad/sociedad cuya existencia palpable en algunas ciudades
del mundo es la otra razón de la persistencia de la convicción sarmientina:
“las ciudades se renuevan como las culebras dejando el pellejo viejo en
donde hicieron la operación y yéndose a otra parte”, diría más adelante.[40]
Es un modelo que permite dar forma a la utopía de ciudad/sociedad
radicalmente nueva, sin actores sociales que aún la encarnen, pero que
funciona en el imaginario, en rigor, por ser un modelo real, que Sarmiento
ha sabido captar en sus viajes.
En este modelo, la ciudad tradicional debe convertirse en el “centro”, la
“city” burocrática y comercial, pero la residencia, que es donde realmente
se jugaría la apuesta a la construcción de una nueva sociedad, debe
desplazarse: “ingleses y americanos se jactan de que sus esposas ignoran
dónde está situado el escritorio del esposo comerciante”, afirma reiteradas
veces Sarmiento.[41] Así ocurrió en Londres, efectivamente, a partir de un
temprano proceso de suburbanización llevado adelante con el peculiar
sistema de estates residenciales, que había permitido una política privada de
ocupación de tierras favoreciendo un proceso de expansión de las
residencias suburbanas. Así también en Chicago, donde a medida que se
terciariza el Loop se forman los suburbs (Riverside, diseñado por el propio
Olmsted; Oak Park) hacia donde se desplazarán las clases altas y medias
altas a partir de 1870. Y en Nueva York, aunque en esos años se
desenvuelve un proceso diferente de expansión, sujetado por la grilla
pública, en el que tuvo gran influencia la valorización de nuevas áreas en el
corazón de la isla que produjo el Central Park. En eso Palermo no se aparta
tanto de su modelo: “En la concepción de Olmsted y de los representantes
más destacados del Park Movement, el parque entra en la ciudad como
elemento orgánico y de organización, que debe preceder y orientar las
iniciativas especulativas de los particulares”.[42] Y no olvidemos la propia
experiencia de Sarmiento en Santiago de Chile: el barrio de Yungay donde
ha vivido su último exilio, modelo para él de “barrio moderno”, había sido
producto de la típica expansión urbana generada por un parque entre éste y
la ciudad, la urbanización especulativa posibilitada por la apertura de la
Quinta Normal.[43]

Figura 26
Ejemplos de “ciudad nueva”, modelos de desarrollo residencial moderno alejado de los centros
tradicionales: North-West londinense, al norte del Regent’s Park hacia 1864 (Sica, Storia
dell’urbanistica, cit.).
Figura 27

Ejemplos de “ciudad nueva”, modelos de desarrollo residencial moderno alejado de los centros
tradicionales: Riverside, Chicago, 1869, trazado por Olmsted (Ciucci y otros, La ciudad americana,
citado).

Palermo, entonces, fija la posibilidad de un modelo y su orientación; quiere


ser el incentivo de la nueva ciudad y, en su propio trazado, el indicio para su
plan. Es la encarnación puntual de ese “espíritu argentino” que más tarde
Sarmiento vería surgir en La Plata:
Siéntese el visitante de Buenos Aires en el mundo que ha soñado, porque La Plata es el
pensamiento argentino tal como viene formándose e ilustrándose hace tiempo, sin que nadie se
dé cuenta de ello. ¿De dónde sale el Lord Mayor [se refiere a Torcuato de Alvear] con sus
boulevares y sus amplias plazas? De Montevideo que inicia el movimiento [...], de Mendoza,
de Palermo....[44]

Figura 28

Departamento de Ingenieros de la Provincia de Buenos Aires, plano de La Plata, 1882 (De Paula, La
ciudad de La Plata, sus tierras y su arquitectura, Buenos Aires, 1987).

Montevideo, Mendoza: la selección de modelos no es arbitraria y, como


vimos en el caso de Santiago, no se limita a los casos centrales; la “ciudad
nueva” es una modalidad peculiar de la modernización urbana que
Sarmiento es capaz de advertir también en otras ciudades próximas.
Montevideo, por su peculiar historia y ubicación, fue una de las pocas
capitales americanas de origen amurallado, lo que la coloca en una
situación bastante similar a la de las capitales europeas. Pero, a diferencia
de ellas, en el siglo XIX no se moderniza sobre sí misma, renovando y
derribando sectores de la vieja traza, sino que realiza un “ensanche”
realmente novedoso y temprano (1829-1836), al que se denomina
precisamente “Ciudad nueva”, trazando un esquema regular por fuera del
límite de las murallas cuya demolición se decreta.[45] Sarmiento entrevió
este trazado más que nada como promesa, entre el caos del sitio y la guerra,
cuando pasó en su viaje hacia Europa; finalmente, fue la base de la
temprana modernización de Montevideo.

Figura 29

Plano de Montevideo, José María Reyes, 1836; se ve la Ciudad Nueva trazada fuera de las murallas
de la ciudad (la zona oscura de la península es la traza antigua y el trazado claro la Ciudad Nueva).

Mendoza, por su parte, también implicaba una situación excepcional: en


1861 un terremoto había destruido completamente la ciudad existente; en
lugar de emprender la reconstrucción, se decidió crear una ciudad nueva,
desplazada, que aunque no llegó a reemplazar del todo a la vieja ciudad, se
convirtió en un polo moderno con un trazado completamente diferente del
heredado de la Colonia, en el que se le dio especial importancia a la
regularidad, al sistema de acequias y a una profusa forestación. En la vieja
ciudad se quedaron viviendo las clases populares; la clase alta mantuvo allí
sus propiedades y las reconstruyó para alquiler o comercio, pero desplazó
su residencia a la nueva ciudad. Nueva ciudad, nueva sociedad: “los
mendocinos podemos lisonjearnos de habernos levantado casi
transformados de nuestro anterior modo de ser”, declaraba la Legislatura en
1864; “Mendoza revela al viajante que un nuevo tipo de sociedad, que otras
ideas que las coloniales empiezan a prevalecer. Mr Gould al ver las calles y
plazas de Mendoza, se acordó de las ciudades sombreadas de la Nueva
Inglaterra”, dirá Sarmiento en 1886.[46]
La “ciudad nueva”, en este sentido, es una máquina de educar para la
vida política a la sociedad necesariamente nueva que debe surgir, y que
jamás podrá hacerlo en el marco que la ciudad tradicional le ofrece. Es tan
estrecha la relación ciudad/sociedad para Sarmiento que siempre se plantea
en términos circulares: el plan de la “ciudad nueva” sería convertir un
círculo vicioso en virtuoso.
Pero aquí aparece el otro aspecto de esta convicción: la ciudad
tradicional es incorregible no porque en Buenos Aires el gobierno
municipal o provincial carezca de la fuerza, los recursos y los instrumentos
para llevar adelante una reforma como la de Haussmann en París, sino
porque en el paradigma educativo esto sería indeseable. La ciudad es
incorregible, entonces, porque al mismo tiempo que Sarmiento verifica que
la sociedad no hace por sí misma “lo que debe”, no cree que un estado
fuerte deba hacerlo por ella. Es una enseñanza cimentada en la comparación
de los Estados Unidos y Europa: frente a la libertad responsable del
“yanquee”, dice Sarmiento, “el europeo [y está pensando sobre todo en el
francés] es un menor que está bajo la tutela protectora del estado”.[47]
La idea de ciudad como espacio político lleva implícita esta concepción
débil del estado: aunque parezca contradictorio con la estilización más
frecuente de la oposición entre Sarmiento y Alberdi, es precisamente el
espacio político de la ciudad sarmientina el que se presenta como apropiado
para formar, por sí mismo, a los burgueses necesarios en el imaginario
liberal, mientras que el “espacio neutro” más próximo al modelo alberdiano
–en el sentido en que Alberdi proponía mantener separadas las lógicas del
sistema político (el estado) y la sociedad civil– es el que permitió
históricamente, y permite por definición, la consolidación de un cuerpo de
ideas e instrumentos “técnicos” autónomos de fuerte capacidad de
intervención pública en el territorio, y veremos la impronta duradera que
tendrá este último modelo en la conformación de una ideología técnica en la
urbanística.[48] Enfrentado a esa tradición, Sarmiento tentará una visión de
la ciudad que buscaba oponerse simultáneamente a la rebaja cualitativa de
su carácter de espacio político y al crecimiento del instrumento público que
habría posibilitado construir ese espacio “desde arriba”. Pero su problema,
en consecuencia, ya que mantiene como constante la idea de que ciudad y
sociedad deben marchar juntas, es qué hacer con la ciudad existente,
heredada de tiempos en que la sociedad tenía otras costumbres y la vida
otros ritmos y rumbos, y cómo definir una ciudad más adecuada a los
tiempos y las necesidades del progreso moderno, si al mismo tiempo no se
puede intervenir activamente en el nuevo diseño.
En este sentido, Palermo será su respuesta más acabada y la
demostración de todas sus limitaciones: es el punto de partida público para
una nueva ciudad, el impulso a un desarrollo que sólo sería adecuado si a
partir de allí lo emprendiera la propia sociedad; la iniciativa pública con
suficiente fuerza como para orientar e incentivar la privada, a cuya
responsabilidad se dirige como imperativo. Se trata de un atajo o un rodeo:
“[...] sucédenos en Buenos Aires lo que a la Inglaterra, que avanzando en su
construcción política y asegurándose instituciones, ha tenido que describir
rodeos en torno de las más añejas que ya ocupaban el suelo [...]”.[49]
Palermo es un faro colocado para el momento de la emergencia de una
sociedad que concuerde con lo que sí está ya más avanzado, por delante de
la ciudad y la sociedad reales: el “espíritu argentino”, el “pensamiento
argentino”, que sólo podrá manifestarse en un territorio virgen de toda
rémora, como ocurrirá una década más tarde de la creación del Parque con
la fundación de La Plata. Aunque allí también Sarmiento, en sus últimos
años, termine por descubrir otro espejismo, autoconfirmatorio de sus juicios
lapidarios sobre la sociedad y la política locales: que ese “pensamiento
argentino” lo contaba entre uno de los escasísimos y aislados cultores.
Notas
1 “Discurso inaugural del Parque”, OC (LD), tomo XXII, p. 11.
2 Cfr. Congreso Nacional, Cámara de Senadores, Diario de Sesiones de 1874, Buenos Aires, El
Nacional, 1875, p. 165 (sesión ordinaria del 20 de junio de 1874).
3 Ibid., p. 178. Debo señalar las deudas con un agudo e innovador trabajo de Pablo Pschepiurca que
ha abierto una fértil línea de investigación sobre Palermo; cfr. “El parque metropolitano”,
Materiales, No. 2, Buenos Aires, noviembre de 1982; y “Palermo, la construcción del parque”,
Summa “Colección temática”, No. 3, Buenos Aires, 1983.
4 El diálogo de Downing salió publicado en The Horticulturist en octubre de 1848, y está citado por
Frederick Law Olmsted Jr. y Theodora Kimball (eds.), Olmsted: Forty Years of Landscape
Architecture (1928), Cambridge y Londres, The MIT Press, 1973, p. 12. The Horticulturist fue el
periódico dirigido por Downing que colaboró activamente en la construcción del movimiento
público en favor de los parques urbanos. Además de publicista, Downing fue diseñador de paisaje
(diseñó, por ejemplo, el Mall de Washington en 1851), y sus vinculaciones estrechas con el
reformismo trascendentalista bostoniano lo convierten en una figura clave en el nacimiento del
landscape norteamericano. Cfr. Francesco Dal Co, “De los parques a la región. Ideología
progresista y reforma de la ciudad americana”, en G. Ciucci, F. Dal Co, M. Manieri Elia y M.
Tafuri, La ciudad americana de la guerra civil al New Deal, Barcelona, Gili, 1975.
5 En British Parliamentary Papers, vol. 15, 1833, reproducido en Paolo Sica, Historia del
urbanismo. El siglo XIX, Madrid, Instituto de Estudios de Administración Local, 1981 (Roma,
1977), tomo 1, pp. 81 y 82.
6 “The Lungs of London”, en Blackwood’s Edinburgh Magazine, vol. 46, agosto de 1839, pp. 212-
227, reproducido por Frederick Law Olmsted Jr. y Theodora Kimball, Forty Years of Landscape
Architecture: Central Park, cit., p. 9. Sobre la matriz benthamiana del Report, véase, entre otros,
Monique Mosser y Georges Teyssot, “L’architettura del giardino e l’architettura nel giardino”, en
M. Mosser y G. Teyssot (dirs.), L’architettura dei giardini d’Occidente. Dal Rinascimento al
Novecento, Milán, Electa, 1990.
7 Cfr. Françoise Choay, “Haussmann et le sisteme des espaces verts parisiens”, en La Revue de l’Art,
No. 29, París, CNRS, 1975, pp. 83-89.
8 Cfr. Alessandra Ponte, “Il parco pubblico in Gran Bretagna e negli Stati Uniti. Dal genius loci al
‘genio della civilizzazione’”, en M. Mosser y G. Teyssot (dirs.), L’architettura dei giardini
d’Occidente..., cit., p. 374.
9 Cfr. Graciela Silvestri y Fernando Aliata, El paisaje en el arte y las ciencias humanas, Buenos
Aires, CEAL, 1994, especialmente la Tercera parte: “La reorganización del territorio y las ciencias
del espacio”, pp. 115 y ss.
10 En 1849, Downing estimaba que alrededor de seis mil personas lo habían visitado en el verano,
“muchos de ellos por los placeres de su follaje y sus prados”. En F. Law Olmested y Th. Kimball
(eds.), Olmsted: Forty Years of Landscape Architecture..., cit., p. 22. Francesco Dal Co ubica el
cementerio suburbano como un hito muy importante de pasaje entre la tradición americana del
landscape iniciada con Jefferson y los parques urbanos; en “De los parques a la región. Ideología
progresista y reforma de la ciudad americana”, en Ciucci, Dal Co, Manieri Elia y Tafuri, La
ciudad americana..., citado.
11 D. F. Sarmiento, Viajes por Europa, Africa y América, 1845-1847 y Diario de gastos (edición
crítica a cargo de J. Fernández), Buenos Aires, FCE, 1993, p. 372; en adelante, Viajes.
12 D. F. Sarmiento, “Quinta Normal de Aclimatación de plantas en Mendoza”, La Crónica, 19-11-
1853, en OC (LD), tomo X, p. 214.
13 D. F. Sarmiento, “Quinta Normal”, discurso inaugural de la Quinta Normal en San Juan, el 7 de
julio de 1862, en OC (LD), tomo XXI, p. 168.
14 La frase de Carlos Pellegrini en La Revista del Plata, No. 11, Buenos Aires, julio de 1854, p. 160;
la cita sobre la Quinta Normal de Mendoza, en D. F. Sarmiento, “Quinta Normal de Aclimatación
de plantas en Mendoza”, cit., pp. 211-213; el Plan combinado... es un folleto que se edita en la
imprenta de Julio Belin, en Santiago, en 1855, y se reproduce en las OC (LD), tomo XXIII, pp.
202-280.
15 Ibid., pp. 230 y 258.
16 D. F. Sarmiento, OC (LD), tomo XXIII, p. 231.
17 Esto es lo que le dice José María del Carril al ministro de Gobierno en una carta del 26 de abril de
1862, en la que menciona que encontró para la Quinta un terreno ideal. Citado por Natalio J.
Pisano, La política agraria de Sarmiento. La lucha contra el latifundio, Buenos Aires, Depalma,
1980, p. 166.
18 Horace Capron, “Informe del Comisionado del Departamento de Agricultura de los Estados
Unidos”, Ambas Américas, vol. 1, No. 4, Nueva York, J. M. Macías Editor, julio de 1868.
19 OC (LD), tomo XXIII, p. 230.
20 “El proceso de Rosas”, en El Nacional, 11-8-1855, OC (LD), tomo XXIV, p. 61.
21 D. F. Sarmiento, “Exposición agrícola”, El Nacional, 8 de enero de 1858, OC (LD), tomo XXVI,
p. 228.
22 Por esto es interesante la reforma que imagina Sarmiento para el Caserón de Rosas en ocasión de
la primera Exposición agrícola: su conversión en un “Palacio de Cristal”: “Cada una de las
capitales del mundo ha sido dotada en estos últimos años de un Palacio de la Industria, y la
arquitectura de cristal asumido formas permanentes. Palermo es admirablemente adaptado al más
grandioso plan de exposición industrial. Su cuadrado de edificios encerrando un extenso patio con
inmensos aljibes, puede un día recibir una techumbre de cristal para resguardar, sin privarlas de
luz y de calor, las numerosas plantas, flores y arbustos que forman ya nuestras colecciones y los
cuatro galpones que el ingenio del estanciero arquitecto colocó en los extremos de su singular
morada, para dar sombra a solicitantes, soldadera y palaciegos, pueden adaptarse para colecciones
de aves y animales [...]. [...] y la bella vía que a Palermo conduce presentará un atractivo a los
visitantes que no tiene en punto alguno de la ciudad sin contar con los bosques y alamedas vecinas
para alejar la monotonía de estas reuniones...”, ibid anterior.
23 Cfr. “Discurso inaugural de la Exposición de Córdoba”, del 15-10-1871, en OC (LD), tomo XXI,
p. 309.
24 “Proyecto del Poder Ejecutivo”, en Congreso Nacional, Cámara de Senadores, Sesión de 1874, El
Nacional, Buenos Aires, 1875, sesión ordinaria del 20 de junio de 1874, p. 152.
25 Cfr. Pablo Pschepiurca, “Palermo, la construcción del parque”, cit. Véase además el boceto del
proyecto de ley que realiza Sarmiento, en Museo Sarmiento, Archivo, Caja Q.
26 “Proyecto del Poder Ejecutivo”, en Congreso Nacional, Cámara de Senadores, Diario de sesiones
de 1874, citado p. 152.
27 D. F. Sarmiento, “Discurso inaugural del Parque 3 de Febrero”, 11-11-1875, OC (LD), tomo XXII,
p. 13. Sobre la polémica con Rawson, véase Osvaldo Loudet, Ensayos de crítica e historia,
Buenos Aires, Academia Argentina de Letras, 1975.
28 Eduardo Wilde, “A Palermo”, artículo publicado en ocasión de la inauguración del Parque, en
Páginas Escogidas, Buenos Aires, Editorial Estrada, 1939 (selección, prólogo y notas de José
María Monner Sans), tomo IX, p. 206.
29 D. F. Sarmiento, Obras Completas (Editor A. Belín Sarmiento), Buenos Aires, Imprenta y
Litografía Mariano Moreno, 1900, tomo XXX, pp. 277-278. En adelante, esta edición se citará OC
(BS).
30 Lewis Mumford, Las décadas oscuras, Buenos Aires, Infinito, 1960 (Nueva York, 1931), p. 76.
31 “Arquitectura doméstica”, 15-10-1879, OC (BS), tomo XLVI, p. 104.
32 “La Plata”, OC (LD), tomo XLII, p. 223.
33 Tulio Halperin Donghi, Una nación para el desierto argentino, Buenos Aires, CEAL, 1982, p. 51.
34 “Carta al Sr. Mariano de Sarratea”, 29 de mayo de 1855, en OC (LD), tomo XXIV, p. 32. Allí dice
Sarmiento deslumbrado: “mezclándome con las muchedumbres que acuden a los juegos en estos
días y llenan completamente la plaza de la Victoria, no he encontrado pueblo, chusma, plebe,
rotos. El lugar de los rotos de Chile lo ocupan miles de vascos, italianos, españoles, franceses, etc.
El traje es el mismo para todas las clases, o más propiamente hablando, no hay clases”. Sobre la
homogeneidad e integración social, la “educación” y el “orden inalterable” de la sociedad, y el
“adelanto moral y material” de la ciudad, véase también “Sobre el Carnaval de 1857”, El
Nacional, 25-2-1857, en ibid, pp. 207-209.
35 Sobre la gestión de Sarmiento como concejal, cfr. F. García Molina y C. Devia de Ovadía,
Domingo Faustino Sarmiento. Concejal porteño, Buenos Aires, Honorable Concejo Deliberante,
1988.
36 Cfr. Alexis de Tocqueville, La democracia en América, Madrid, Sarpe, 1984 (2 vols.) (París,
1835-1840); sobre su influencia en las ideas de los constitucionalistas argentinos, véase Natalio
Botana, La tradición republicana, Buenos Aires, Sudamericana, 1984. Sobre los
constitucionalistas y las discusiones sobre el régimen municipal, cfr. Carlos Mouchet, “Las ideas
sobre el municipio en la Argentina hasta 1853”, en Honorable Concejo Deliberante, Evolución
institucional del municipio de la ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, 1963, p. 31.
37 La desigualdad entre los “vecinos” contribuyentes pertenecería así al “derecho natural”, que
radica en la esfera económica-administrativa, mientras la igualdad queda circunscripta a la esfera
política que no encuentra manifestación en la ciudad: para Vicente Fidel López, por ejemplo, “la
condición esencial de la vida municipal es que se comprenda que, así como ella es diversa de la
vida política, es muy diversa también de la vida democrática, y que el poder municipal pertenece
sólo y exclusivamente a los que pagan la renta y tienen por eso derecho a manejarla”. Citado en
Marcela Ternavasio, “Municipio y representación local en el sistema político argentino de la
segunda mitad del siglo XIX”, Anales del Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas
“Mario J. Buschiazzo”, Nos. 27/28, Buenos Aires, 1992, p. 59.
38 M. Ternavasio, “Debates y alternativas acerca de un modelo de institución local en la Argentina
decimonónica”, Anuario, No. 14, Escuela de Historia, Facultad de Humanidades y Artes, UNR,
Rosario, 1991.
39 Cfr. Bruno, “La semana” (columna), en el Correo del Domingo, tomo I, pp. 706-707 y p. 162,
respectivamente, Buenos Aires, 1864, citadas en el trabajo de Rodolfo Giunta, “Buenos Aires en
el Correo del Domingo”, Crítica 1994, No. 54, Buenos Aires, Instituto de Arte Americano,
FADU-UBA, noviembre de 1994.
40 Véase “Un gran boulevard para Buenos Aires”, El Censor, Buenos Aires, 20-12-1885, OC (LD), t.
XLII, p. 238.
41 Por ejemplo, en OC (BS), t. XLI, p. 247.
42 Paolo Sica, Historia del urbanismo. El siglo XIX, citado, tomo II, p. 659.
43 Cfr. Armando de Ramón, Santiago de Chile (1541-1991). Historia de una sociedad urbana,
Madrid, MAPFRE, 1992. En p. 169 reproduce la opinión de Sarmiento en 1842 sobre el barrio: un
conjunto residencial hermoso donde “la especulación ha tenido los más felices resultados y una
población numerosa se ha reunido para hacer salir del seno de la tierra, cual si hubiese sido
sembrada, una hermosa villita con calles alineadas y espaciosas”.
44 “La Plata”, El Nacional, 1886, OC (LD), t. XLII, p. 223.
45 La demolición de las murallas de Montevideo se resuelve por decreto en 1829; el diseño del
ensanche regular (la Ciudad Nueva) fue realizado entre 1832 y 1836 por José María Reyes; su
articulación con la ciudad vieja en la Plaza de Independencia fue realizado entre 1836 y 1842 por
el arquitecto italiano Carlo Zucchi, de importante actuación en el Río de la Plata en esas décadas.
Véase Hugo Baracchini, “Evolución urbanística de Montevideo”, en AAVV, [250 años de
Montevideo (Ciclo conmemorativo), Montevideo, GERGU, 1980.
46 Cfr. Jorge Ricardo Ponte, Mendoza, aquella ciudad de barro. Historia de una ciudad andina
desde el siglo XVI hasta nuestros días, Mendoza, Municipalidad de la Ciudad de Mendoza, 1987;
y D. F. Sarmiento, “La Plata”, OC (LD), tomo XLII, p. 220.
47 D. F. Sarmiento, Viajes, pp. 316 y ss.
48 Este tema ha sido desarrollado por Leonardo Benevolo en su clásico Orígenes de la urbanística
moderna, Buenos Aires, Ediciones Tekné, 1967. Con la estilización más frecuente me refiero a la
imagen de la oposición entre Sarmiento y Alberdi sobre el rol del estado y su capacidad de
intervención sobre la sociedad, que se ha impuesto a partir de los debates sobre la educación
pública. Sobre el “modelo alberdiano”, véase Natalio Botana, El orden conservador, Buenos
Aires, Hyspamérica, 1986 (Buenos Aires, 1977).
49 D. F. Sarmiento, “La Plata”, cit., p. 223.
Capítulo 2
Ciudad concentrada: la forma del orden
Comprender qué es lo que esperaba Sarmiento de Palermo, interpretar su
propuesta de “ciudad nueva” es lo que vuelve inteligibles las razones de su
oposición frontal y decidida, una década más tarde de la creación del
parque, a la pieza maestra del proyecto del intendente Torcuato de Alvear:
la Avenida de Mayo, el Boulevard. Sarmiento fue una de las pocas figuras
públicas que se opusieron a ese signo de los tiempos, y seguramente la
única que lo hizo en función de un modelo preciso de ciudad moderna que
ese boulevard refutaba. Porque la Avenida de Mayo, al ratificar el eje
central de la ciudad tradicional, promovía una renovación de la ciudad
existente sobre sí misma: para Sarmiento, era la aceptación de esa ciudad y
esa sociedad y su celebración; era reafirmarle un centro al viejo Buenos
Aires caótico y sin remedio.

Figura 30
La Avenida de Mayo abierta (c. 1910), con el Congreso al fondo (Archivo General de la Nación).

Palermo y Avenida de Mayo, los dos grandes emblemas de la Buenos Aires


fin de siglo pacificados rápidamente como postales complementarias,
fueron en realidad en su momento fragmentos de proyectos de ciudad
mutuamente excluyentes. Y ese conflicto sirve para poner en cuestión
algunas afirmaciones recurrentes en la historiografía de Buenos Aires:
como la explicación “higienista” de la mudanza de las clases altas al norte
de la ciudad; o la explicación “clasista” de que las intendencias –la de
Alvear por antonomasia–, que por supuesto representaban a esas clases,
favorecieron el desarrollo del norte en desmedro del sur.

Figura 31

Palermo en la primera década del siglo (c. 1908): Ronda de carrozas en el “salón aristocrático” de la
Avenida Sarmiento, con los habituales “intercambios de sombreros”.

Figura 32
Palermo en la primera década del siglo (c. 1908): Una mujer con bicicleta: irrupción de nuevas
prácticas recreativas y sociales en el parque (ambas fotos en Buenos Aires anteayer, Manrique Zago,
1981).

Sarmiento le achaca a Alvear que proyecta la Avenida de Mayo, reforzando


el centro tradicional, mientras que elige, como lugar para su propia
residencia, Callao al norte.[1] ¿Era ésa, en verdad, una contradicción
flagrante del “Lord Mayor”? En rigor, se deben reconocer dos cosas: que la
significación de los diferentes sitios de la ciudad está en el fin de siglo en
plena mutación; y que se están enfrentando dos tradiciones de pensamiento
urbano, y en este caso Sarmiento estará nuevamente en minoría frente a la
tradición más arraigada en la cultura urbana local, para la que Alvear
representará, de algún modo, un punto de llegada pero también de completa
resignificación.

1. Centralidad y regularidad: la voluntad de


forma
“... Nos es forzozo, pues [...], abrir calles amplias consultando la fisonomía de la ciudad y
la corriente tradicional de hábitos de concentración. Tenemos y tendremos por siglos,
reunidas en un corto espacio, la Plaza de Mayo, todas las causas que congregan al pueblo,
la religión, los tribunales, la municipalidad, las cámaras, los ministerios, el teatro principal,
las estaciones de carruajes, las fiestas cívicas, por fin. Eso es así y modificarlo sería más
difícil que todas las obras proyectadas.”
MIGUEL CANÉ, 1885[2]

El boulevard de Alvear, la Avenida de Mayo, forma parte de un vasto


“plan” de obras que viene a representar una tradición urbana diferente a la
sostenida por Sarmiento, más allá de que puedan coincidir los recursos
técnicos y formales, el tipo de imágenes urbanas a las que apelan y el tipo
de artefactos a través de los cuales se piensa la reforma en el interior de la
ciudad decimonónica (trazados regulares, boulevards, diagonales, parques).
Se trata de una tradición afincada en la experiencia urbana francesa; pero
justamente este caso sirve para refutar la vinculación unilateral que se
realiza, en general, cuando se habla de la influencia francesa en las ciudades
latinoamericanas, con la acción del prefecto Haussmann en París:
normalmente se ven aquí, degradadas, las operaciones que –ya
reductivamente– se le habían adjudicado tradicionalmente a Haussmann
allá: derribar barrios obreros para permitir las maniobras de la represión
militar o embellecer la ciudad burguesa. Por el contrario, se trata de filiar la
reforma de Alvear en una línea anterior de experiencia francesa, en la que
Haussmann sin duda también se inserta (y, en este sentido, es importante la
reciente caracterización de las reformas de Haussmann no como inicio sino
como el resultado de una “larga incubación”), arraigada en Buenos Aires en
los tiempos de Rivadavia y encarnada en instituciones de gran influencia en
el diseño del territorio y la ciudad durante prácticamente todo el siglo XIX.
[3]

Figura 33
Plano de Buenos Aires de 1895 (Atlas de la República Argentina, Ángel Estrada, 1895). En el
esquema se ubican las principales obras del intendente Alvear mencionadas. Nótese en el plano que
las obras de Recoleta han producido un principio de conexión con Palermo, aunque es claro que se ha
operado en una ciudad todavía pequeña y concentrada.

Figura 34
París: modelo por excelencia de la ciudad “concentrada”, que se renueva sobre sí misma. El plano
muestra una síntesis de las obras de Haussmann; se nota que la mayor parte de ellas se encuentran en
el área restringida del viejo límite municipal del siglo XVIII, y sólo unas pocas llegan hasta el nuevo
borde amurallado (Benevolo, Diseño de la ciudad, citado).

Esta tradición “regularizadora”, nacida de las necesidades de la


reorganización del estado francés posrevolucionario, implicó una serie de
transformaciones proyectuales en el sentido de la racionalización y la
sistematización del diseño del equipamiento urbano. Es una tradición
eminentemente ingenieril, opuesta a la tradición Beaux Arts de
“embellecimiento urbano”, que tiende a definir a la ciudad como una
“máquina perfecta”, “capaz de dominar sus propios flujos tanto económicos
como sanitarios”, como señala Aliata en su exhaustivo trabajo sobre la
ciudad rivadaviana.[4] “Buenos Aires debe plegarse sobre sí misma” decía
Rivadavia en 1822, y el boulevard Callao fue entonces –más allá de que
desde la segunda mitad del siglo XIX se lo haya considerado la demostración
de que Rivadavia había ya “previsto” la futura expansión de la ciudad– el
“Boulevard de circunvalación”, el borde necesario para delimitar el espacio
pasible de racionalización y control. Es esa tradición ingenieril, de
resonancia estatal revolucionaria, la que había signado la formación del
Departamento Topográfico de la provincia de Buenos Aires, y la que
explica la pervivencia de una serie de prácticas de ordenación del territorio,
aunque, como vimos en sintonía con la definición de la ciudad como
espacio administrativo, la “neutralidad” técnica que crecientemente se fue
asumiendo implicó un cambio trascendental: desde los postulados del
iluminismo inicial que veía esas practicas como instrumentos de
modificación radical de la sociedad “desde arriba”, hasta la autonomía
técnica en la cual los procedimientos de regularización y organización del
territorio se convierten en matrices de cambios de larga duración por fuera
de la acción social o política.[5]

Figura 35

Proyecto para una nueva Capital del reino de Italia, N. Tettamanzi, 1863 (Sica, Storia
dell’urbanistica, cit.). Aplicación de la tradición de la “ciudad regular”; nótese el anillo verde en
torno al “Boulevard de circunvalación” para disponer los servicios insalubres.
En efecto, si en los tiempos de Rivadavia la experiencia de transformación
técnica iba acompañada de modificaciones institucionales y políticas que
confluían en la voluntad de construir la ciudad revolucionaria como un
espacio político, pasado el período rosista –período que los cuerpos técnicos
ideados por Rivadavia atravesaron sin grandes modificaciones de
concepción– el “reencuentro” con los postulados rivadavianos –a los que la
élite porteña se sentirá gozosa de apelar en el período de su afirmación
autónoma– desvinculará completamente tradición técnica y tradición
política; y será la primera el mayor emblema de la neutra ingerencia estatal
en la consolidación del espacio y el territorio modernos.[6]
La tarea de publicista que, a través de La Revista del Plata, realizará en
los años cincuenta Carlos Pellegrini –uno de los técnicos que habían llegado
convocados por la reforma rivadaviana–, buscando difundir soluciones
técnicas y métodos organizativos para el cuerpo de problemas vinculado
con la modernización de la ciudad y con el conocimiento, la transformación
y la explotación del territorio, es característica de esta transición hacia una
creciente autonomización de la tradición ingenieril. El caso de Pellegrini es
interesante, desde este punto de vista, porque al pertenecer a una generación
anterior todavía muestra los rastros de aquel iluminismo más político, en el
sentido en que es política la capacidad de abordar grandes problemas
generales y no limitarse a las soluciones técnicas parciales, como veremos
que será el hábito hacia finales de siglo entre los ingenieros. Toda su
empresa está destinada a poner al servicio de gobernantes, productores e
inversores una cantidad de iniciativas que se le hacen obvias en este
momento de mística constructiva que sucede a la caída de Rosas. Pero
veamos cómo se va planteando la cuestión de la autonomía técnica.
En principio, su visión de la relación entre técnica y política es
completamente instrumental. Más allá de las diatribas de rigor contra el
gobierno de Rosas y de la recuperación ideológica de la programática
rivadaviana, como si sólo se tratara en la situación presente de salvar un
desgraciado paréntesis en el progreso, el esqueleto de todas las propuestas
tiene que ver con la exigencia de una autonomía creciente de las diferentes
técnicas entre sí dentro del aparato estatal y del conjunto de ellas frente a
las orientaciones y los conflictos políticos coyunturales. En definitiva,
interpreta ahora Pellegrini, tampoco Rivadavia había logrado imponer un
“pequeño ensayo” de “plan de traza” en un suburbio de la capital por no
haber podido deslindar la razón técnica de la política, por no haber sabido
conciliar con la transformación objetivamente necesaria los intereses
económicos de los propietarios.[7] De lo que se trata, entonces, es de
formar cuerpos públicos autónomos: “dividir el trabajo y las profesiones”
creando varios departamentos específicos de acuerdo a cada necesidad en la
obra de construcción del estado; y, sobre todo, resolver de una vez lo que
sucederá con todos ellos “el día que la rueda del estado tropiece con uno de
esos obstáculos imprevistos que frecuentemente desvían las rentas públicas
hacia la destrucción en países revolucionarios”.[8]
Las cuestiones se presentan siempre en términos técnicos, pero las
soluciones de fondo se plantean en el plano administrativo, y es aquí donde
se juega más a fondo la noción de regularidad. Regularidad para organizar
las rentas de la campaña, sin intervenir en la discusión sobre la estructura de
la propiedad, sino como un dispositivo abstracto de control y medición
disponible en cualquier circunstancia; regularidad para organizar los
trazados de la ciudad, en un momento de fuerte expansión de Buenos Aires
y de intensa construcción de edificios públicos y privados sobre un piso
administrativo y jurídico pleno de litigios, típicos de la superposición
histórica de dominios en ausencia total de cualquier tipo de catastro
público. Defendiendo su propuesta de plano para la capital, Pellegrini
ironiza sobre las críticas a la regularidad de la traza, proponiendo la
formación de una comisión
[...] para trazar solemnemente la dirección que cada calle deba seguir: bien sea que esta
dirección se lleve a medio o a lleno rumbo, o que sea del todo recta o algo curva; bien en fin
que sus costados estén perfectamente paralelos o no lo estén. Esta regularidad, convenimos, no
es absolutamente esencial. Lo que es indispensable es la regularidad, la legalidad inequívoca de
los procederes.[9]

Por eso, se trata de una regularidad aún más omnicomprensiva que


involucra también, aunque en última instancia –después de la
administración, la legalidad del dominio y las rentas–, a la propia traza,
pero no como principio o capricho estético, sino como consecuencia
necesaria: “Una vez calculado esta especie de enrejado (la grilla de
manzanas), podremos sentarlo gráficamente en el papel con una precisión
exquisita; y es a él como al fundamento del sistema, que se coordinará el
resultado ulterior de las operaciones de detalle, esto es, los planos de los
frentes de manzanas”.[10] Precisamente, las propiedades en litigio son los
“detalles ulteriores”.
Es contra esta perspectiva que interviene Sarmiento en el debate sobre la
confección del plano de la ciudad, tema en torno al cual se definen
cuestiones como las relaciones espacio público/espacio privado,
estado/sociedad. Sarmiento postula que el plano debe ser ejecutado por la
Municipalidad y no por el Departamento Topográfico, pero no ya por una
reivindicación jurisdiccional –a las que en ese momento de construcción de
la institución municipal era tan afecto–, sino porque la Municipalidad es la
institución en mejores condiciones para realizar el plano exactamente
inverso al que quiere Pellegrini, el más realista y menos abstracto, el que
respondiera palmo a palmo a las necesidades y las posibilidades de los
vecinos concretos en tanto propietarios de las tierras urbanas, por fuera de
las imposiciones del “plano hipotético, ideal de la ciudad, a que el
Departamento Topográfico va conformando la ubicación de los nuevos
edificios. Salvo ensanchar las calles, esa pretensión de regularidad es un
error que trae eternas querellas y cambios”.[11]
Como vimos, el problema de Sarmiento era su oposición simultánea a la
rebaja cualitativa del carácter político del espacio de la ciudad, y al
crecimiento del instrumento público que habría posibilitado su construcción
“desde arriba”. De allí su creciente disgusto con una institución como el
Departamento Topográfico. Desde el exilio había afirmado que “existe
todavía en Buenos Aires una de las más bellas instituciones de otros
tiempos”: imaginaba a ese Departamento nacionalizado, cumpliendo la
esencial tarea de mensura y enajenación de terrenos para el trazado de
nuevas particiones de tierras capaces de alojar a la inmigración en el
interior; pero, sobre todo, lo imaginaba realizando las tareas de exploración
y relevamiento del conjunto del territorio, imprescindibles para la
construcción de un mercado nacional moderno.[12] Unos años más tarde,
frente a las prácticas concretas del Departamento, se referirá a él con un
ácido juego de palabras: “pero metió su cola el Departamento Topográfico,
que en eso de trazado de ciudades tenía, como decía el doctor Ferrera,
mucho de ‘topo’ y poquísimo de ‘gráfico’”.[13] Más allá de la
descalificación ingeniosa, es evidente que lo que Sarmiento no acepta ahora
es la matriz francesa, napoleónica, del Departamento Topográfico, su
concepción y el estado resultante de ella. Pero también es evidente que, a
medida que avanza el siglo, esa tradición ingenieril irá desplegando por
completo sus modalidades de acción, sus lógicas, su visión de la ciudad y el
territorio como un tablero abstracto.
De modo que cuando Alvear asuma como primer intendente de la
Buenos Aires federalizada, tal tradición ya estará muy arraigada en el saber
urbano. El pedido de Alvear de mayor extensión para la ciudad, por
ejemplo, tiende a repetir puntualmente la operación de Rivadavia –aunque
haciéndose cargo de que la ciudad ha crecido en los sesenta años
transcurridos: el nuevo borde lo propone un poco desplazado al oeste de
Callao.[14] Alvear imagina un boulevard de circunvalación que rodee y
contenga la ciudad tradicional manteniendo su centralidad en torno de la
Plaza de Mayo, que permita regularizar la superficie de la ciudad, para
organizar la administración y la percepción de las rentas y para ordenar la
figura urbana; y que estructure una cintura higiénica para una ciudad que se
concibe pequeña y concentrada, rodeada de grandes reservas de verde
cultivado; en fin, que sirva para limitar y controlar el “organismo” urbano
en los términos del pensamiento fisiócrata. Dentro de ese “organismo” se
imagina toda la obra de modernización, lo que implica mantener y
recualificar el centro tradicional, renovándolo sobre sí mismo: en esta
ambición se basa el rediseño de la Plaza de Mayo (la plaza que concentraba
desde la Colonia todas las funciones gubernamentales y comerciales) y el
trazado del boulevard central, la Avenida de Mayo, que ratifica el equilibrio
planimétrico entre el sur y el norte de la ciudad, y que hacia el fin de siglo,
con la decisión de rematar su trazado con el Congreso de la Nación, se
convertirá en el eje cívico principal de Buenos Aires hasta nuestros días.
En el boulevard de cintura, como límite y contención sanitaria, Alvear
propone la disposición alineada entre el verde de todos los artefactos
“insalubres” que caracterizan los servicios y las funciones de una ciudad
moderna: mataderos, industrias, quemas de basuras, hospitales,
cementerios.[15] Un boulevard de cintura regular; otro boulevard en el eje
mismo de la ciudad tradicional recualificando el centro y reequilibrando el
viejo sur con el nuevo norte; y, completando esta visión de la ciudad –y
ahora sí en relación directa con una parte del plan de Haussmann para
París–, un parque público perimetral en cada punto cardinal: al norte el
Parque de la Recoleta (Palermo estaba tan lejos que ni siquiera se lo
consideraba perimetral a la ciudad), al oeste el Gran Parque Agronómico, y
al sur el Parque de la Convalecencia.
Se trata simplemente de aceptar, como lo hace Cané en la cita con que
abrimos este punto, la condensación histórica irremplazable del centro de la
ciudad para la constitución cultural de una sociedad, como su comando y su
guía. Pero en ese texto Cané va más allá: sabe, por una parte, en 1885, que
después de la federalización “la calle, el aspecto, la ciudad, como conjunto,
pertenece a la República”; sabe, además, que un “espacio republicano” es
un espacio puro de representación y reproducción de valores: “puesto que
somos republicanos, pensemos un poco en el humilde pueblo que no posee,
y eduquemos lentamente su espíritu, facilitándoles la contemplación de
objetos elegantes y correctos”.[16] Nuevamente el paradigma educativo
acompaña la figuración, pero ya no la figuración de una nueva sociedad
sino de un orden.
Es un proyecto de contención y control, de regularización y
ordenamiento, de renovación de la ciudad sobre sí misma, que había
encontrado una formalización más acabada –por su grado de
esquematismo– en el Plano de Lagos de 1869; que se encuentra en cantidad
de propuestas privadas de “mejoramiento edilicio” de la década del setenta,
como la de “avenida poligonal” de Felipe Senillosa para un “paseo
periférico del viejo casco urbano y concéntrico con su núcleo mercantil y
cívico tradicional”, y que a partir de Alvear se mantendrá como ideal
urbano.[17] Está presente en el proyecto de avenidas diagonales del
intendente Crespo de 1887 y en el más radical, del mismo año, de un Canal
de Circunvalación navegable que, uniendo los arroyos Riachuelo y
Maldonado, rodearía a Buenos Aires reemplazando –materializando como
corte geográfico– el boulevard perimetral que había imaginado Alvear. Y
no es secundaria la referencia a los autores de este proyecto de neto corte
saintsimoniano: uno de ellos, Alfred Ebelot, era un ingeniero y periodista
francés que había venido a Buenos Aires para participar de una expedición
a la pampa encargada de trazar la “zanja” de Alsina, esa especie de muralla
china local con la que se buscaba consolidar la frontera en la lucha contra el
indio; el otro, Pablo Blot, también ingeniero y también francés, formaba
parte de los equipos municipales desde el momento de la federalización y lo
encontraremos trazando, un año después del proyecto del Canal, el límite
definitivo de la ciudad, a partir de la anexión de los municipios provinciales
de Flores y Belgrano que se estaba concretando ese mismo año de 1887.
[18]

Figura 36
Proyecto para Buenos Aires de José Marcelino Lagos, 1867, que circunscribe la ciudad construida
con un boulevard circular y traza en su interior una serie de diagonales y plazas regulares tomando
como eje de simetría el eje histórico de la ciudad este-oeste (Llanes, La avenida de Mayo, citado).

Figura 37
Proyectos de fines de siglo que mantienen el mismo tipo de propuestas de “encerrar” una ciudad
pequeña y concentrada: proyecto de avenidas diagonales del intendente Crespo, 1887; y proyecto de
Canal Navegable de Circunvalación, reuniendo el arroyo Maldonado con el Riachuelo, realizado por
Blot y Ebelot en 1887 (Museo Mitre).

Figura 38
Proyectos de fines de siglo que mantienen el mismo tipo de propuestas de “encerrar” una ciudad
pequeña y concentrada: proyecto de avenidas diagonales del intendente Crespo, 1887; y proyecto de
Canal Navegable de Circunvalación, reuniendo el arroyo Maldonado con el Riachuelo, realizado por
Blot y Ebelot en 1887 (Museo Mitre).

Este marco de fuerte definición estatal del aparato urbano como un aparato
regular –en el que tanto el control social como la reforma urbana, higiénica,
moral y social podían ser pensados–, no es contradictorio ni con las
operaciones de “embellecimiento” típicas del urbanismo finisecular, ni con
los desplazamientos en el interior de la ciudad de los sectores sociales,
origen de nuevas estratificaciones. Es ése el marco en el que la “buena
sociedad” comienza a elegir el norte como lugar de residencia; y si bien es
indudable que los trabajos de Alvear en Callao y Recoleta, más la atracción
que a su manera también ejercía la presencia distante de Palermo,
consolidan esa tendencia, hay que entender que lo hacen en una ciudad
todavía pequeña (el “norte” se limitaba a la Plaza San Martín y un sector de
Callao) y caracterizada por la homogénea distribución de una población
heterogénea en todos los sectores de la ciudad: en 1898, el cronista
costumbrista Fray Mocho puede hacerle decir “me mudo al norte” a un
personaje netamente popular.[19] Una homogeneidad de las diferentes
zonas de la ciudad –una fuerte heterogeneidad social en el conjunto del
casco viejo– que seguirá siendo una característica de la ciudad, del mismo
modo que, a pesar de los desplazamientos y a diferencia de la mayor parte
de las ciudades que ya estaban experimentando los procesos de renovación
que imaginaba Sarmiento, el centro tradicional de Buenos Aires continuaría
siendo valorado crecientemente. No es sino en rechazo aristocrático de la
generalización del “me mudo al norte” como moda burguesa, que Mansilla
diría hacia la misma fecha:
[El General Alvear] vivía en la calle de la Florida, frente casi a la casa de Bernardo de
Irigoyen. Este barrio es, y continúa siendo, histórico. En pocas manzanas a la redonda, viven
ahora, celebridades de nota, representantes de la gloria, del talento, de la fortuna: Mitre, Roca,
Irigoyen, Pellegrini, Tejedor, Anchorena. ¡No sé qué hace López por Callao![20]

Figura 39

Esquema de densidad de población en Buenos Aires en 1887 y 1895 (Sargent, The Spatial Evolution
of Greater Buenos Aires, cit.). Se advierte el notable mantenimiento de la centralidad tradicional, con
un leve desplazamiento hacia el norte de la ciudad.

Todo desplazamiento, toda elección topológica en la ciudad, tiene


connotaciones sociales, toda definición de posición implica una toma de
partido: como escribía Vicente Quesada con intención opuesta a la de
Mansilla, a propósito de la modernización culinaria en la Buenos Aires
finisecular: “puede marcarse sobre el plano de la ciudad la línea divisoria
entre la burguesía antigua refractaria y la sociedad elegante”.[21]
Nuevamente: ¿tenía razón Sarmiento? ¿era contradictorio Alvear por hacer
el boulevard en el centro e irse a vivir, como López, a Callao –emblema,
entonces, del “norte”–? Está claro que los motivos de la impugnación son
distintos para Mansilla y Sarmiento: para el primero había que abroquelarse
en el centro en torno a la aristocrática y elegante, pero sobre todo histórica,
Florida, como identificación patricia, del grupo social en el que se condensa
el poder y la cultura; para el segundo, en cambio, había que “dejarle el
centro a los tenderos”, cosa que si Alvear impedía con la Avenida de Mayo
era simplemente porque era “porteño hasta los huesos”.[22] Lo cierto, de
todos modos, es que en la ciudad de los últimos ochenta y los noventa, estos
significados sutiles del linaje domiciliar, esta reterritorialización de los
prestigios, es una danza de la que participan pocos entendidos frente a la
masificación de los nuevos procesos de ocupación urbana, y frente a la
enajenación, podría decirse, del protagonismo que sufren esas clases en el
nuevo escenario, ya que, aun manteniendo el poder, verán multiplicarse a su
alrededor, como el fondo continuo y macizo contra el que se recortarán sus
guiños, una ciudad cada vez más extraña; transformación que se hace
explícita en el periplo ejemplar que recorre Cambaceres, desde 1881 con
Potpourri, novela en la que Buenos Aires se descifra en el Club del
Progreso, hasta 1887 con En la sangre, donde la clave explicativa de la
ciudad se desplaza a los conventillos miserables.
Desde este punto de vista, las operaciones sobre el casco histórico
adquieren nuevas connotaciones, de reapropiación y ratificación de los
valores, aunque para ello sea menester cambiar –“modernizar”– sus formas.
En todo caso, la contradicción de modernizar el centro e irse a vivir a
Callao en el caso de Alvear es otra: es la que se plantea entre las lógicas de
un mercado urbano que sí va a valorizar crecientemente el norte, y un
estado que se atribuirá, por una parte, el rol de preservación de los valores
y, por la otra –y más importante para nuestra preocupación por desentrañar
el tipo de reformismo que enfrentamos–, el rol de garantizar la
“compensación urbana”, en busca de recuperar el equilibrio siempre
inestable de la ciudad en torno a su eje fundacional. Por lo tanto, Alvear es
contradictorio de una manera muy especial, encarnando en su doble acción
(de gestión pública y de elección residencial privada) una ambivalencia que
de ahora en más volveremos a encontrar en muchos otros temas como
característica de los gobiernos municipales “modernizadores”: a partir de la
consolidación del aparato estatal –y del municipio como aparato estatal
federal– las figuras como Alvear parecen ganar una considerable
autonomía, en tanto gobernantes, de sus intereses más inmediatos.[23] Lo
que no ocurrirá con los miembros del Concejo Deliberante –por lo menos
hasta que la reforma electoral unas décadas más tarde no modifique su
composición– justamente por la ausencia de mediaciones en el tipo de
representación de intereses de los “notables” concejales: en el nivel local
pesan mucho menos los componentes políticos y mucho más los intereses
económicos directos; y esto es coincidente con la experiencia de la
urbanización decimonónica en casi todos los países, en los que el poder
público central es más innovador que los grupos de gestión locales, atados a
redes de intereses inmovilizadoras.[24] Desde ya, esto no quiere decir que
los intereses inmediatos de los intendentes y de los miembros de los
aparatos burocráticos federales no expliquen nada sobre el sistema social
local; quiere decir que no lo explican todo, que se requiere una mayor
sutileza para ver el plano específico en que los intereses más generales de
una clase se juegan en la ciudad, justamente gracias a que un aparato estatal
y federal moderno y complejo establece mediaciones con los intereses más
inmediatos de sus miembros individuales.[25]
Así, es posible interpretar la Avenida de Mayo y todos los proyectos y
trazados que mantienen el centro en la Plaza de Mayo (a comienzos de siglo
serán las simétricas diagonales) también como la manifestación por parte
del poder público de un modelo de ciudad homogénea y equitativa, contra
los intentos reiterados de diferentes actores sociales privados de definir una
ciudad “especializada”, con un sur industrial y un norte residencial y
comercial. Aporía reformista: para tales objetivos el estado va a contar con
escasos argumentos ideológicos y con nulos instrumentos jurídicos, pero
van a estar presentes cada vez que se realicen intervenciones, siempre
puntuales, siempre fronterizas al asumido universo del laissez-faire. En una
tendencia que va a perdurar durante buena parte del siglo XX, el estado va a
intervenir de modo activo en el sur, buscando compensar el desarrollo
desigual hacia el norte, con el ideal, siempre en fuga, de una ciudad
equilibrada. Pero, insisto, no se trata de poner en el estado finisecular una
genérica vocación humanitaria de equidad urbana, sino de ver hasta qué
punto la elección de un modelo de ciudad evidencia tomas de partido sobre
cuestiones más generales y, al mismo tiempo, obliga a ellas.

2. Un nuevo espacio público y sus figuras


“Yo me explico perfectamente las simpatías con que el pueblo de Buenos Aires
acompañó al Intendente Municipal [Alvear] en el conflicto con el Concejo; y me las
explico, porque sin ser de allí, ni residir allí, yo se las tenía, recordando el celo y
actividad con que más de una, y más de diez veces lo he visto entregado al desempeño
de sus tareas, tomándolas no ya como administrador fiel y estricto en el cumplimiento
de su deber, sino como dueño, vigilando lo de todos, como si fuera lo suyo propio,
como un propietario prolijo y avaro, que examina uno por uno los ladrillos que van a
poner en su edificio, activando aquí, ordenando allí, comunicando a todos la viveza de
su espíritu innovador y progresista.”
SANSÓN CARRASCO, “La gran Capital del Sud”, 1884[26]

Colocar la gestión de Alvear en el andarivel de una tradición ideológica de


intervención en la ciudad no significa, sin embargo, desconocer sus
radicales innovaciones. Para advertirlas, debemos partir del registro de lo
que ha destacado la principal historiografía: Alvear ha quedado identificado
como el arquetipo de intendente, y “su ciudad” como el modelo ideal de
una Buenos Aires que debería ser en todo caso “completada”, pero con
arreglo a esa inicial inspiración. Es evidente que deben ser puestas en
cuestión la originalidad de las propuestas de Alvear y la validez del
apelativo con que, tanto para los que lo celebran como para los que por eso
mismo lo denuestan, ha quedado vinculada su gestión: “el Haussmann
argentino”.[27] Se debe relativizar la validez de ese rótulo a partir de un
análisis filológico de la efectiva inspiración urbanística y de una
ponderación de la escasa radicalidad que tuvieron las reformas
emprendidas; y al mismo tiempo se debe reconocer que en la cultura urbana
decimonónica no sólo era imposible para un intendente reformista no
aparecer como émulo de Haussmann, sino que cada país, cada ciudad,
debían componer, a través principalmente de la prensa, tan ocupada desde
estos años por las cuestiones urbanas en las que encontraba un patrón
privilegiado de comparación en el mercado simbólico del progreso, su
propio Haussmann provinciano. Pero hay, sin embargo, mucho de realidad
en ese carácter fundacional de Alvear en el que conviene detenerse. Si la
ciudad del Ochenta es un artefacto sumamente complejo, en el que se
superponen intereses y jurisdicciones en pleno proceso de reestructuración
del poder público, es indudable que Alvear supo crear en ese marco una
figura con peso propio.
Hay una doble realidad en el carácter fundacional atribuido a Alvear. Por
una parte, el peso que esas representaciones contemporáneas a su obra
tuvieron en la propia conformación de la realidad cuya descripción
intentaban. Por otra parte, la indudable capacidad de Alvear de componer
figuras nuevas para un espacio público que se quiere nuevo: figuras urbanas
que se hacen cargo de la necesidad simbólica latente en la federalización,
proponiendo reconstruir la memoria para configurar un espacio público ya
no de la ciudad sino de la nación; y figuras de gestión pública capaces de
atender simultáneamente y de modo exitoso a la complejización y
burocratización de la administración municipal, y a la apuesta de encarnar
la identidad del “alma de la ciudad” en una intensa personificación de su
gobierno. Es decir, una recomposición radical del espacio público
tradicional, tanto en sus formas urbanas como en sus apelaciones a la
memoria histórica; tanto en la administración anónima del estado, en la que
es posible ver una manifestación municipal de la vasta transformación
roquista, como en la creación de una figura de gobernante que sólo es
posible en la ciudad y que, aunque por eso no necesariamente es
contradictoria con el modelo que aquella transformación presuponía,
plantea una diferencia de grado que le da originalidad.

Combates por la memoria


El primer nivel de transformaciones, el del espacio público urbano, se
vincula con el refuerzo de la centralidad tradicional que analizamos en el
punto anterior. Pero ese refuerzo implicó, en este nuevo marco, operar una
profunda alteración sobre la significación de la centralidad en la ciudad
anterior al Ochenta. La historiografía consagratoria de Alvear ha destacado
de su gestión dos obras como las de mayor fuerza emblemática: la
formación de la Plaza de Mayo –a partir de la demolición de la Recova
Vieja y la consiguiente unión de las plazas de la Victoria y 25 de Mayo– y
la apertura de la Avenida de Mayo. Es evidente por qué esas obras se
destacaron para los contemporáneos y los memorialistas: su altísimo grado
de visibilidad, su eficacia en el corazón mismo de la ciudad. La misma
razón que les permitió pensar a los detractores posteriores la obra de Alvear
en términos de maquillaje “a la Potemkin”, apoyándose en la célebre
metáfora del ministro ruso que construía escenografías majestuosas en
cartón piedra para cubrir las míseras callejuelas de los pueblos por los que
iría a pasar Catalina.

Figura 40

Afiche callejero de la propuesta de remodelación de la Plaza de Mayo, Blot y Buschiazzo, 1883


(Beccar Varela, Torcuato de Alvear, cit.). Se ve el monumento propuesto en el centro de las dos
plazas unificadas, la apertura de la avenida de Mayo (a la izquierda del dibujo), que estaría
flanqueada por la Municipalidad y los Tribunales, y el edificio de la Casa de Gobierno terminado.

Figura 41
Plaza de Mayo hacia 1910. La Pirámide no se demolió y se mantuvo en su lugar (se correría al centro
de las dos plazas en 1914) pero ha cambiado completamente la escala del ambiente urbano, por las
nuevas proporciones y por la apertura de la avenida de Mayo. Nótese el Cabildo mutilado por esa
apertura y ya sin torre (será “reconstruido” en escala más pequeña en los años cuarenta) (Archivo
General de la Nación).

Las dos obras afectaron el centro cívico tradicional y, como vimos,


alentaron el desarrollo del eje principal de crecimiento de la ciudad hacia el
oeste, reforzando la simetría fundacional que concentra toda la actividad
pública y privada en torno a la Plaza de Mayo. Una de esas obras, la
Avenida de Mayo, antecede como proyecto a la gestión de Alvear, ya que su
necesidad se venía planteando en diversas propuestas de renovación urbana
por lo menos desde el Plano de Lagos de 1869; a la vez, recién en 1888, un
año después del fin de la intendencia de Alvear, pudo comenzar a realizarse.
Por otra parte, a diferencia de los boulevards de Haussmann, o incluso de
las avenidas más tardías del “Haussmann brasileño”, el intendente del Río
de comienzos de siglo, Pereira Passos, que abrían vías de comunicación
entre la abigarrada masividad de la ciudad tradicional, conectando puntos
neurálgicos necesarios para el funcionamiento moderno de la ciudad en su
sentido capitalista de aparato productivo (estaciones de ferrocarril, puerto,
etc.); a diferencia de esas modalidades de intervención, la Avenida de Mayo
no sólo refuerza la ortogonalidad existente, sino que se limita a abrirle una
salida a la Plaza de Mayo hacia lo que entonces funcionaba como el límite
de la ciudad consolidada, el boulevard Callao-Entre Ríos, sin buscar
conexiones productivas. Ni siquiera el eje cívico-monumental que luego se
constituyó estaba ya formulado en los planes originales: no debe olvidarse
que la decisión de instalar el Congreso de la Nación en el otro extremo de la
Avenida es posterior a su trazado.
Esta doble evidencia relativiza sin duda la importancia de Alvear, al fin y
al cabo responsable sólo muy parcialmente del trazado de una avenida que,
por otra parte, no modificó estructuralmente la ciudad en la línea de la
acción haussmanniana: la consolidación definitiva de la Avenida como eje
cívico tiene más que ver con la función ceremonial del mall de Washington
que con la circulatorio-productiva de los boulevards de París. Sin embargo,
en ambos sentidos, en una perspectiva como la que proponemos, la
importancia de Alvear es mayúscula: desde el punto de vista de su rol en la
realización de la Avenida, porque produjo la transformación administrativa
y la reforma jurídica que la hicieron posible y que sentaron el precedente –
con todas las limitaciones que veremos– de las principales reformas de la
ciudad; desde el punto de vista de la importancia misma de la avenida y la
plaza en la ciudad, porque estuvo destinada a una fundamental
transformación del espacio público de la ciudad tradicional.
Aquí conviene introducir la otra obra de reforma que había caracterizado
la gestión en la mayor parte de las versiones: la Plaza de Mayo, que Alvear
tampoco pudo ver terminada, pero cuyo símbolo fundacional, la unión de
las dos plazas, llevó adelante personalmente. También poniendo en práctica
proyectos de larga data, Alvear demolió la vieja Recova que separaba las
dos plazas y propuso una remodelación de la plaza unificada a partir de un
proyecto del ingeniero Pablo Blot y el arquitecto Juan Buschiazzo, en el que
sobresalían una rígida composición geométrica, una marcada simetría y la
disposición en el centro del conjunto de un monumento conmemorativo a la
Independencia que debía reemplazar la vieja Pirámide. Proyecto bastante
pobre, por cierto, si nos atenemos a los ejemplos internacionales de diseño
de plazas en los que supuestamente se debían basar Blot y Buschiazzo, pero
que, de todos modos, en el momento de su difusión apareció como el
emblema de la modernización y el afrancesamiento deseados para la ciudad
por la élite gobernante.

Figura 42

La Plaza de la Victoria con la Pirámide y la Recova Vieja en 1829, litografía de C. Bacle.

El nuevo diseño aparecía sobre los escombros humeantes de un pedazo vivo


de la ciudad tradicional –colonial, pero sobre todo criolla–, la Recova, y
proponía una nueva escala, monumental, para el corazón de la ciudad. La
mera ampliación visual, con la duplicación de la escala, y la creación del eje
de simetría central que abriría la avenida proyectada de un ancho de 30
varas (24 metros), puntuado por el monumento en el centro, y rematado por
el arco de triunfo propuesto como entrada para la Casa de Gobierno, ya
cambiaba de raíz el marco, con una novedosa monumentalidad barroca para
Buenos Aires. Marco espacial y de usos: pese a que la plaza había sido
siempre el sitio preferencial de la fiesta cívica, el desfile ceremonial o la
protesta pública, la Recova no sólo circunscribía las visuales, sino que su
función de mercado producía una cotidianeidad y una mezcla de usos que le
otorgaban a la plaza un carácter completamente diferente. A partir de su
demolición, y sobre todo en función de la propuesta difundida ampliamente
en periódicos y afiches en los meses que siguieron a la primera
conmemoración de Mayo sin la Recova, la Plaza de Mayo aparece como el
primer espacio público monumental de Buenos Aires.
Es importante enfatizar las cuestiones de escala y perspectiva para
ponderar con exactitud el cambio propuesto y su impacto, porque ya se
habían producido otras reformas que le habían modificado fuertemente el
carácter colonial a las dos plazas, también en un sentido que genéricamente
podríamos denominar “afrancesado”. Fue en los años del Estado de Buenos
Aires cuando comenzaron a realizarse las primeras instalaciones que
buscaban convertir la plaza tradicional en un paseo. En las escasísimas
plazas existentes entonces en Buenos Aires comenzaron a diseñarse
senderos diferenciados, bordes regulares entre la plaza y la calle, se
plantaron árboles y se introdujo una batería de artefactos que modificaban
radicalmente el sentido del uso y la percepción del ámbito tradicional:
bancos, faroles, quioscos de música, fuentes, monumentos. En la plaza
Victoria, se plantaron en 1856 los primeros paraísos –de acuerdo con las
disposiciones de Prilidiano Pueyrredón– y se instalaron bancos y faroles, y
en 1857 se remodeló la pirámide –también con diseño de Pueyrredón–, se la
coronó con la estatua de la Libertad-República y se le realizó un basamento
con cuatro estatuas –representativas de las Ciencias, las Artes, el Comercio
y la Agricultura–, todas realizadas por el escultor Joseph Dubourdieu, con
gran repercusión pública. Y en la década siguiente se particionó la gran
superficie de cada plaza con jardines geométricos, se colocaron fuentes y
rejas, y se dispuso un sistema perimetral de iluminación que convirtió a las
plazas en un recinto ceremonial y festivo. Hacia mediados de la década del
setenta se instaló, finalmente, en la Plaza 25 de Mayo, la estatua del general
Belgrano. Es decir, la imagen que aparece en las litografías de la primera
mitad del siglo, en las que la plaza es un gran vacío por el que atraviesan en
todas direcciones hombres, carros y animales, transitando o comerciando,
ya había sido completamente modificada, con una cierta reglamentación de
formas, usos y maneras que las clases altas venían ensayando desde
bastante antes en sus jardines particulares. Aquí, como en Europa, esa
transformación ganó el espacio público –y le dio forma– después de una
lenta experimentación en el espacio privado: las quintas y residencias de los
bordes de la ciudad, como el propio Caserón de Rosas en Palermo, o las
Quintas de Lezama y de Moreno o, aun más lejos, la chacra del Dr. Castro
en los Olivos, en cuya barranca Calzadilla recuerda que se ejecutaban
conciertos a los que acudía toda la sociedad, fueron desde muy temprano el
espacio de introducción de la jardinería francesa y el escenario en el que los
nuevos ritos sociales, asociados a la moda “inglesa” en tanto suponían un
disfrute novedoso de la naturaleza y el aire libre, se fueron convirtiendo en
hábitos entre las élites locales.[28]

Figura 43

Una toma similar en 1859. Nótese la transformación del paseo realizado por Pueyrredón, con el
arbolado y las rejas, y el nuevo perfil de la Pirámide realizado por Dubourdieu, con la estatua de la
República-Libertad coronándola, y las cuatro estatuas en la base (ambas en R. Zabala, Historia de la
Pirámide de Mayo, citado).

De tal modo, las transformaciones de Alvear cuentan con una larga


tradición de reforma, también en el sentido del carácter cívico y ceremonial
del espacio público. Pilar González ha señalado recientemente cómo en los
años del Estado de Buenos Aires –paradójicamente, el período de la ciudad
“antinacional por excelencia”– apareció “un civismo histórico de fuerte
connotación local” pero sobre el cual se procuró construir la memoria de la
nación, de modo que la historia nacional se identificara con la gesta de
Buenos Aires, con su historia pero también con su espacio urbano; es decir,
Buenos Aires se convirtió en la localización de la memoria nacional.[29]
Por lo tanto, Alvear actúa sobre un espacio fuertemente connotado y que ya
había perdido buena parte de sus resabios coloniales. Sin embargo, el
cambio de escala que propone va más allá de consumar una tendencia
establecida. Si las plazas ya habían iniciado su conversión en paseos, y si el
“dispositivo de memoria” –en los términos usados por González– ya había
sido puesto en acción, primero para fijar con hitos urbanos la memoria
nacional porteña y en seguida para reconciliar a la ciudad con su destino
nacional, la reforma de Alvear, a su vez, materializa la conversión del
corazón de la ciudad en el corazón de la nación. Lo que Alvear debe
realizar en la plaza es una operación simbólica opuesta a la de veinte años
antes: durante el Estado de Buenos Aires la ciudad se había apropiado de la
memoria de la nación; ahora es la nación la que está en condiciones de
reorganizar la memoria de la ciudad, pero ya no en el sentido anterior de la
polémica interior/Buenos Aires, sino en el sentido de la nueva realidad del
estado-nación, en la medida en que esta reorganización de la memoria viene
a sancionar a nivel urbano la posesión ya establecida y garantizada por la
federalización. Es sobre esa posesión que Alvear realiza una propuesta de
total remoción de los restos de identidad local y de construcción de un
escenario completamente nuevo, capaz de construir en el mismo corazón de
Buenos Aires una nueva memoria para el estado-nación, pero sobre todo de
integrar a sus rituales a las masas de recién llegados. Un escenario que no
sólo interpelase por la carga simbólica de su locus a los iniciados en las
formas de la memoria nacional, sino que a través de la monumentalidad del
propio espacio urbano, se hiciese capaz de reproponer la nueva historia al
conjunto de la nueva sociedad.
Se trató de una cuestión de escala (espacial y simbólica) que fue
advertida con agudeza por los contemporáneos que presenciaban el cambio.
Para alcanzar la monumentalidad espacial buscada, la propuesta afectaba
varios hitos de aquella simbología de la ciudad criolla. No sólo la Recova
ya demolida: también quedaban comprometidos el Cabildo, ya entonces
mutilado y cuya destrucción casi total estaba presupuesta en la apertura de
la avenida como resultado del “excesivo apego a la simetría” –en los
términos condenatorios de Estrada–, la Casa de Gobierno, a la que el
proyecto de Arco de Triunfo buscaba convertir definitivamente en un
edificio unificado que borraba todo resto del Fuerte, y, sobre todo, la
Pirámide, cuyo reemplazo por un nuevo monumento en el centro del
complejo hacía descontar su total remoción.[30]
El Cabildo histórico ya está deformado; y la plaza, que fue el foro del pueblo de 1810, va a ser
despojada de su histórica y severa desnudez, bajo la inspiración de algún extraño que la
transformará en el vulgar remedo de un pequeño jardín o parque de su tierra. Todo lo nuestro se
va! Ya se han ido, para no volver, el Fuerte y el Arco [de la Recova] que eran las páginas
materiales de la historia de la reconquista de 1806 [...]. Todo lo nuestro se va! ¿se irá la
pirámide?

se lamentaba Andrés Lamas en plena discusión sobre la reforma de la plaza.


[31] La pregunta por la Pirámide enfoca el tema más cuestionado y más
discutido en la prensa: cuando en octubre de 1883 Alvear presenta su
proyecto de reforma, debe solicitarle autorización al Concejo Deliberante
para derribar la “mezquina construcción de mampostería cuyo origen no es
bien conocido” y a la cual, dice, por las dificultades y la escasez de fondos
de los primeros gobiernos de la Organización Nacional, se le han ido
“introduciendo reformas y adornos de mal gusto, que colocan esa
construcción fuera de todas las reglas arquitectónicas y muy lejos de las
formas con que debemos conservar en la imaginación de nuestros hijos el
recuerdo glorioso de la obra de nuestros padres”.[32] El Concejo
Deliberante, entonces, tentado de oponerse a Alvear –como se oponía a
prácticamente todas sus iniciativas– pero forzado por una primera
aprobación del Senado, decide realizar una encuesta de opinión sobre el
destino de la Pirámide entre figuras destacadas de la vida política local y
nacional, muchas de ellas, además, protagonistas de todo el ciclo histórico
que entraba en cuestión y, al mismo tiempo, sus intérpretes o historiadores:
Mitre, Sarmiento, Vicente Fidel López, los mismos Estrada y Lamas,
Avellaneda, Carranza, entre otros. En realidad se trata de una notable
ocasión, por la cual se le solicita una opinión sobre la refundación del
espacio histórico de la ciudad a los mismos que estaban fundando las
visiones historiográficas sobre los hechos que ese espacio estaba destinado
a conmemorar. La encuesta, así, pone frente a frente los juicios sobre la
construcción histórica y sobre las transformaciones presentes, sobre la
capacidad del monumento de contribuir a la fundación de esa memoria que
se sostenía en sede literaria y sobre el carácter del espacio público urbano
que podía darle vida. Y las respuestas, divergentes, van mucho más allá de
celebrar o denostar el progreso, de apelar al cambio o a la preservación,
constituyendo un excelente registro de la complejidad de la operación
puesta en marcha por Alvear.[33]
En principio, cabe destacar que el repudio por las “reformas y adornos
de mal gusto” de la Pirámide a los que se refiere Alvear es, en los Ochenta,
universalmente compartido: se trata del rechazo a la reforma de la plaza que
había realizado Prilidiano Pueyrredón y a la remodelación estatuaria de la
Pirámide que había realizado Dubourdieu, aunque no todos las rechazaban
por las mismas razones. No para todos sus “extravagancias arquitectónicas”
se debían a la repudiable “invasión de los albañiles genoveses”, como para
un periodista de El Nacional; ni todos, como Estrada, condenaban en la
estatua que recordara “el arte revolucionario [...] que es más bien el símbolo
del jacobinismo”.[34] Pero es evidente que, resuelta la unidad nacional y
consagrada Buenos Aires capital, todos consideran ilegítimas las
transformaciones ocurridas durante los primeros años del Estado de Buenos
Aires, durante las gobernaciones autonomistas de Pastor Obligado y Alsina,
y ven en la estatua de Dubourdieu el mejor ejemplo de sus “antojos
efímeros y desautorizados”, en los términos de López.[35]
De todos modos, las cuestiones más importantes no radican tanto en las
diferentes miradas sobre el pasado sino en las relaciones con el presente.
Hay una sola voz en la encuesta, la de Manuel Tréllez, que identifica
celebratoriamente la reforma propuesta por Alvear con la idea de progreso,
y que sostiene que sólo esa idea permite actualizar los valores que el
monumento original representa. Coloca, precisamente, la cuestión en la
complejidad de la relación permanencia/cambio que afecta a las naciones
nuevas, producto de la modernidad: no debemos olvidar que si todos
discuten sobre un monumento que reconocen como “fundacional” de la
historia sobre la que se sienten llamados a construir la memoria nacional, se
trata de un monumento que apenas tiene setenta años, y que fue levantado
en nombre de una Revolución que precisamente venía a poner en cuestión
toda precedencia. Si se sostiene una versión revolucionaria de Mayo,
¿cómo, se pregunta Tréllez, puede rendírsele homenaje con el respeto
puntual de la forma de un monumento, a quienes justamente demostraron
que ninguna forma debía ser respetada para construir el futuro? ¿Por qué
“someter la posteridad a límites invariables y estrechos”, si de lo que se
trata es de “rendir culto a las grandes evoluciones de los pueblos”?[36]
Para los opositores más enardecidos a la demolición, en cambio, es la
virtud patriótica y no la voluntad transformadora lo que debe guardarse
como memoria de la Revolución; en este caso, es precisamente la modestia
del monumento, sus “imperfecciones” artísticas lo que, según Estrada,
“realza el mérito de los autores en el acontecimiento que simboliza” y
permite mantener vivo un documento que, de acuerdo con Miguel Estévez
Saguí, es “recuerdo y testimonio histórico de la pobreza y virtudes de
nuestros padres [...] para que comprendan bien los que después han nacido
ricos”. La interpretación de la Revolución a la luz de la Pirámide permite
así someter a juicio el proceso de modernización en términos de moral
pública: es la pobre materialidad del monumento la que interpela la
conciencia ética frente al craso materialismo reinante. Por eso, para Andrés
Lamas, cuanto más rico y artístico fuese el nuevo monumento, menos
representaría a los revolucionarios de Mayo: la verdadera cuestión, para él,
de todo el proyecto de reforma –y su impugnación abarca todo el
“proyecto” del Ochenta– es que “en ciertos momentos de la vida de los
pueblos, el desarrollo de las riquezas materiales suele producir ofuscaciones
que velan la verdad, que pervierten el criterio, que quiebran la brújula”.[37]
Sin embargo, no todos los que defienden la restauración y preservación
del monumento estarían dispuestos a suscribir esos juicios sobre el proceso
de modernización en curso ni, menos aún, todos los que defienden su
demolición se entusiaman con él. La mayor parte de los encuestados son
miembros de una generación que mira con recelo el rumbo que está
manifestando el gobierno roquista, el nuevo estado que surge con plenos
poderes y desconocido grado de autonomía, y la “anómica” sociedad que
deviene cuando todo se coloca bajo el manto del “progreso material”,
coincidencia que nos permite perfilar con mayor precisión los alineamientos
específicos. Porque si todos buscan celebrar Mayo como momento
fundacional, si todos acuden a las mismas figuras ya consagradas en los
años cincuenta y sesenta y todos coinciden en la cualidad nacional del
espacio en que esa celebración debe darse, la disidencia se plantea en los
términos del valor del monumento y del carácter del espacio público que él
mismo contribuiría a forjar.
Nicolás Avellaneda y Andrés Lamas presentan el problema del valor en
términos excepcionalmente claros, exponiendo un conflicto en la definición
de monumento que nace con la modernidad, cuando el monumento
histórico, conmemorativo, tradicional, que pone en juego la memoria viva y
que reúne en una única marca (en un único locus) el acontecimiento y el
signo que lo ha fijado, debe compartir el espacio de la representación de la
memoria y de la construcción de identidad con un monumento de nuevo
tipo, artístico, cuyo valor ya no reside en remitir sin mediaciones a una
memoria compartida, sino en su capacidad para proveer conocimiento y
placer estético.[38] Avellaneda defiende la Pirámide diferenciando
justamente entre estas dos clases de monumento, sosteniendo que si el valor
del monumento artístico radica en su belleza, el valor del histórico, en su
autenticidad; y Lamas señala que mientras al primero es posible exigirle
que acompañe “el desarrollo de la riqueza y el progreso de las artes”, los
monumentos históricos “no están sujetos a las leyes del progreso y de la
perfectibilidad, porque son del pasado, el hecho consumado, irrevocable,
intocable”.
Sin duda es Lamas el que más enfáticamente defiende la necesidad de la
preservación, porque su concepción romántica de que la principal función
de la historia no es hacer magisterio de la vida –como propone la célebre
sentencia de Cicerón que Lamas refuta– sino ligar hacia atrás a una
comunidad, se apoya en una necesidad de monumentos cuya autenticidad
sea capaz de interpelar miméticamente la identidad cultural de un grupo
social, de hacer presente con su propia materialidad una serie de códigos
morales en los que se sintetiza el legado que rememoran. Como para Lamas
“la pobreza ha sido la grandeza de la revolución”, sólo la pobreza del
monumento auténtico ofrece “un curso regenerador de patriotismo, de
virtud...”. Pero esta demanda puede ser formulada exclusivamente por un
grupo social para el cual el monumento no ha perdido una primitiva función
referencial. El espacio público, para este grupo, es un ámbito de signos
familiares, como lo es la propia historia nacional que no sólo se confunde
con la de Buenos Aires sino con la de una clase social o, incluso, la de un
grupo de familias.
Están los que aceptan la reforma propuesta por Alvear a regañadientes,
como Mitre o Avellaneda, suponiendo la posibilidad de convivencia entre
los viejos signos de la comunidad tradicional y los nuevos hitos exigidos
por las nuevas funciones referenciales de la metrópolis. Y están los que,
como López –en actitud análoga a la de los anticuarios que surgieron al
calor de la Revolución Francesa–, no vinculan la conservación de las
tradiciones con los objetos reales, sino con la conservación de un saber,
para el que alcanza con la preservación museográfica y archivística de las
imágenes en un catálogo de la memoria que no obstaculiza la acción, sino
que muestra “el valor histórico de los sucesos que han preparado y
producido el desarrollo y los progresos del presente”.[39] Pero están los
que, como Sarmiento y el propio Alvear que formula la propuesta, además
de no detenerse en el valor de autenticidad del monumento original,
advierten dos cosas: por una parte, y esto en sintonía plena con el espíritu
del roquismo, que las “imperfecciones” de la Pirámide reivindicadas por su
“autenticidad” no hacen más que dejar viva la provisoriedad de la
Revolución, en un momento en el que lo que se busca es dar por cerrado el
ciclo de la provisoriedad y la excepcionalidad; por otra parte, que aquella
familiaridad del locus es un verdadero obstáculo para incluir en el ritual
nacional a grupos más amplios y diversos, para consolidar el carácter
metropolitano de la nueva ciudad y lograr la universalización de las
representaciones y la escenificación de la memoria. Mientras Lamas quiere
mantener la Pirámide como resto del “lugar antropológico” que ve en la
plaza –es decir, un lugar identificatorio, relacional e histórico–, la propuesta
de remodelación quiere convertir a la Plaza en un “lugar de la memoria”: es
decir, un lugar en el que se capta la imagen de lo que una sociedad ya no es,
su diferencia, justamente para producir un nuevo proceso de identificación
y de construcción comunitaria.[40]
En este sentido, si hasta entonces se habían realizado en la Plaza
agregados sobre una base siempre reconocible de signos, a cuya
restauración material incluso se podía apelar, lo que se busca ahora es una
sustitución completa de contenidos y formas: por primera vez en Buenos
Aires se escenifica de tal modo el conflicto entre el tiempo histórico y el
espacio urbano, al ponerse de manifiesto que un nuevo espacio público
debe surgir de la destrucción más completa del anterior. Se trata de un
cambio de escala que intenta hacerse cargo de que la capitalización por una
parte, pero sobre todo la inmigración, han significado un replanteo de
términos en la cuestión de la identidad. La discusión sobre la Pirámide
puede ubicarse así en los prolegómenos de lo que Bertoni mostró como una
verdadera oleada de construcción monumental e histórica entre 1887 y
1891, como reacción de la élite frente al aumento de las celebraciones de
las colectividades, que encuentra sus claves en la creación del Museo como
institución, en el monumento urbano –pero también en la museificación de
la ciudad, en la recuperación pública de sus lugares históricos–, y en la
ritualización de la celebración patria escolar.[41]
La Pirámide finalmente no se demolió (hacia 1914 fue colocada en el
centro de las dos plazas en lugar del otro monumento propuesto por Alvear,
y es la que con algunas variantes todavía persiste), pero el espacio urbano
del corazón de la ciudad –el corazón de la nación– se modificó por
completo. Modificación que indica el momento en el cual el espacio
público se construye como escenografía artificial donde los valores de una
comunidad son redispuestos en función de una efectividad general y no por
su valor de referencia auténtica; el momento en que aparece la necesidad de
redisponer todas las marcas de identidad, porque no hay ningún gesto más
integrativo, pero también más esclarecido respecto de los medios adecuados
para fundar una nueva hegemonía, que el estar dispuesto a fundar de nuevo
la historia y sus señas.

El “Haussmann argentino”: ¿qué cosa es el gobierno de la


ciudad?
Por fin, entre las transformaciones producidas por Alvear, el problema de la
gestión, el problema de la construcción de una burocracia local, pero
también el problema de la construcción de esa figura tan especial que fue
Alvear como intendente, el “Lord Mayor”. En este nivel de
transformaciones que deben ser atribuidas a su gestión conviene, en
principio, insistir en los significados y las implicaciones de la construcción
ex novo de una burocracia local. Apenas federalizada la ciudad, el nuevo
intendente carecía de cuerpos técnicos bajo su mando con alguna tradición
de intervención en la ciudad: el Departamento de Ingenieros de la Provincia
de Buenos Aires (ex Departamento Topográfico) que hasta entonces se
había hecho cargo de la ciudad, dejó de tener jurisdicción sobre ella y, junto
con los técnicos, se llevó toda la documentación, los planos y los proyectos
en los que había venido trabajando para Buenos Aires (por ejemplo, la
nueva oficina de Obras Públicas municipal pedirá infructuosamente durante
años, a su par de la provincia, el plano catastral que éste venía elaborando
de años atrás).[42] Al mismo tiempo, el Departamento de Ingenieros de la
Nación comienza a tener jurisdicción automática sobre toda la capital, pero
sin deberle explicaciones al intendente sobre sus obras y proyectos, con lo
que el poder local queda en una pinza de jurisdicciones superpuestas y
enfrentadas (y este conflicto ha signado la gestión urbana en Buenos Aires
hasta nuestros días). En este marco Alvear debe organizar el conjunto del
aparato estatal municipal, partiendo en casi todos los casos de un vacío
absoluto, aunque contando con la oferta extra de prestigio de que el
gobierno de la ciudad capital pasó a disponer. Los casos más significativos,
en este sentido, son los de la presencia en el equipo de gobierno de José
María Ramos Mejía, creador en 1883 de la Asistencia Pública en el ámbito
municipal, y Guillermo Rawson, asesor de Alvear para la creación del
Registro Civil un año después; pero además se conformó todo el plantel de
oficinas con sus reglamentos, la Oficina de Estadística, la de Obras
Públicas, la Oficina Química, etcétera.
De todos modos, hay un tema “administrativo” en el que Alvear fijó su
identidad como segundo bastión en el linaje de los grandes intendentes que
había iniciado Rivadavia: los conflictos con la propiedad privada y su
expresión en el derecho urbano –las expropiaciones–. Es curioso notar
cómo la cultura liberal ha celebrado siempre como grandes intendentes –y
un gran intendente es siempre modernizador– a aquellos que libraron
batalla contra la manifestación más paradigmática de los derechos
individuales. No por azar: en esa batalla se juega la capacidad de la clase
dirigente por imponer un orden que, en la ciudad moderna, va asociado por
necesidad a la creciente capacidad de intervención sobre la propiedad
privada en nombre del “bien público”. Cuando de lo que se trata es de
reglamentos higiénicos para el interior de la vivienda obrera, el problema se
coloca en los términos clásicos del dominio de clase: el “problema de la
vivienda”, como se llama desde que así tituló Engels su folleto, ha sido
siempre un prerrequisito del orden social. Pero cuando las reformas urbanas
afectan las propiedades de los poderosos, se produce un conflicto mucho
menos estudiado, que afecta el orden de lo simbólico en el seno de los
propios grupos dominantes. Conflicto inevitable, porque no hay reforma
urbana sin batalla contra la propiedad, aunque esa reforma esté destinada a
reproducir y aumentar, a corto, mediano o largo plazo, el valor de la
propiedad en su conjunto, y es por eso que la propia urbanística, como
cuerpo disciplinar, ha permanecido tan asociada a las posiciones del
reformismo político. La batalla será más o menos limitada por la
pertenencia o el respeto mayor o menor de los grupos de gestión pública al
statu quo, y por los límites ideológicos, jurídicos y políticos de la sociedad
en cuestión; esto es obvio. Pero lo que quiero señalar es la circunstancia de
que justamente en el descubrimiento, a veces azorado, de esos límites, es
donde se construye la imagen reformista de la gestión. Y me parece que
esto permite complejizar un poco la caracterización del “reformismo
conservador”: podría decirse que, en este caso, la idea de reformismo viene
más definida por la relación conflictiva que mantiene el grupo de estado
con los intereses de su propia clase –económicos pero también políticos,
como en el caso de la reforma electoral, y sobre todo culturales, como en
los casos de las leyes de educación común y registro civil–, que por la tarea
asistencial y de modernización institucional dirigida a los destinatarios
clásicos de la reforma: los sectores subalternos. Un intendente reformista,
modernizador, es el que advierte que los intereses de su clase en la ciudad
no equivalen a la suma de los intereses individuales de los miembros de esa
clase, y pensar la relación estructural de la serie reformismo-
modernización-urbanística-expropiaciones permite analizar este costado
nada desdeñable –digamos, inverso– del reformismo.
Ya Sarmiento –por no volver a Rivadavia, cuyo gobierno entró en crisis
cada vez que quiso imponer criterios generales sobre la trama de las
propiedades, justamente las crisis que la historiografía memorialista ha
tomado para investirlo como el “primer intendente de Buenos Aires”–; ya
Sarmiento, entonces, en los años de su concejalía, había pedido un sistema
de expropiación como el que en París había permitido construir uno de los
emblemas del urbanismo pre-haussmanniano: la rue de Rivoli.[43] También
en la jurisprudencia internacional se había avanzado muy lentamente: desde
las primeras expropiaciones exigidas casi obligatoriamente por las lógicas
de las nuevas técnicas de comunicación –el ejemplo típico es el de los
ferrocarriles– hasta las expropiaciones por razones de higiene u ornato, se
fue generando un corpus jurídico que permitió las principales reformas
urbanas del siglo XIX, pero que a su vez crecía y se consolidaba con cada
una de ellas, muchas veces realizadas gracias a la capacidad de operar de
modo autoritario sobre la ciudad y la sociedad. No es por eso extraño que
muchos de los principales avances legislativos se hayan realizado durante
los gobiernos de la reacción conservadora en Europa, como los de
Napoleón III, Bismarck o Disraeli, quienes gracias a la recuperación de
poderes absolutos llevaron adelante grandes tareas de reforma urbana, lo
que permite situar la otra cara de la urbanística, el punto en que ha
permanecido fiel a la consigna –en el caso de la ciudad no tan paradójica–
del despotismo ilustrado: poder absoluto para la reforma.
Hacia fines de siglo los avances legislativos en el tema de las
expropiaciones eran notorios, y en Buenos Aires se era tan consciente de
ellos como de su relación con las reformas urbanas a las que habían dado
lugar. En ellos se inspira Alvear cuando propone la ley de expropiación que
debía permitirle abrir calles nuevas en terrenos privados (es decir, planear la
extensión de la urbanización en direcciones fijadas por el poder público y
no por el mercado), imponer retroactivamente a las propiedades
reglamentos de alineaciones que se remontaban a los tiempos de Rivadavia,
con los que no se había cumplido en ausencia de cualquier tipo de control
público, y posibilitar obras específicas como la Avenida de Mayo.
Posibilitar en el doble sentido, jurídico y económico. Porque el gran avance
puesto en práctica en la Rue de Rivoli había sido que el estado ya no
expropiaba solamente las fracciones de las fincas privadas afectadas por la
obra de “necesidad pública”, sino las fincas completas. De tal modo, al
expropiar una franja más grande de lo estrictamente necesario, el mayor
valor que la nueva obra produjese sería aprovechado por el propio estado al
revender a los nuevos valores las tierras sobrantes –o los edificios que allí
decidiese construir–, y así podría financiar con creces la obra pública
realizada. Esto, y fundamental, por una parte. Pero no menos importante es
que, de ese modo, el estado asumía el pleno control de los tiempos, los
costos y los resultados de la operación urbana, también en términos
estéticos, construyendo él mismo los edificios, o imponiendo a las nuevas
construcciones en los terrenos expropiados reglamentos edilicios que
garantizaran la imagen buscada. La homogeneidad de los boulevards
haussmannianos –modelo de todas estas intervenciones– tenía como
instrumento inescindible esa modalidad de expropiación, mostrando la
homogeneidad de la presencia masiva del estado en la regulación de la
sociedad.
En la demolición de la Recova el tema de la expropiación no había sido
el principal, porque la Recova (propiedad de los Anchorena) formaba parte
del litigio de las propiedades de Rosas; las expropiaciones para la apertura
de calles en los suburbios, por su parte, fue en verdad una especie de
hipoteca que se empezó a pagar más tarde. Pero la Avenida de Mayo, en
cambio, por la visibilidad de la operación y por el valor de sus propiedades,
se convirtió en un verdadero leading case. El Congreso aprobó la ley de
expropiación amplia propuesta por Alvear, pero los propietarios iniciaron
demandas que, fracasadas en las primeras instancias, llegaron a través de
apelaciones a la Corte Suprema. Las argumentaciones de Eduardo Costa,
representando los intereses de la comuna, acudieron a todos los
antecedentes internacionales: desde el Código de Napoleón –y el cambio
que había establecido de “necesidad pública” a “utilidad pública”,
ampliando enormemente la casuística para justificar una expropiación–
hasta los casos más recientes de la jurisprudencia norteamericana. Para
Costa, impedir que la Municipalidad consiguiera a través de una ley amplia
de expropiación recursos propios para costear grandes obras, “importa
condenar todo progreso”; pero, sobre todo, lo que estaba en discusión era si
debía ser el poder público o los propietarios privados los encargados “de
decidir si una mejora ha de realizarse o no”.[44]
La Corte Suprema falló en contra sentando uno de los principios que
hizo prácticamente imposible, a futuro, cualquier reforma de magnitud en el
centro de la ciudad; en 1907, defendiendo la necesidad de expropiaciones
amplias para la realización del Plan Bouvard, Joaquín V. González
responsabilizaría a ese principio de que Buenos Aires se hubiese
desarrollado “sin orden ninguno”, llegando a formar “una ciudad despojada
de toda idea estética general”. En el caso de la apertura de calles nuevas,
además, el fallo garantizó, también por mucho tiempo, el sistema perverso
por el cual los propietarios “afectados” eran indemnizados por el estado por
la lonja que cedían para una calle pública que valorizaba enormemente sus
propiedades (las introducía en el mercado urbano), y muchas veces el
estado debía pagar esa lonja de terreno al precio que adquiriría luego de que
él mismo realizara la apertura de la calle.[45] En el caso de la Avenida de
Mayo, la sentencia desfavorable pospuso y retardó las obras en la difícil
negociación caso por caso, obligó a empréstitos cuantiosos para adquirir los
sectores de terreno afectados a precios que crecían día a día –la
perentoriedad de la obra pública con este sistema de expropiación limitada
se le vuelve en contra al estado, que en vez de obligar a los particulares a
aceptar sus condiciones, se ve obligado a aceptar las de ellos por más
absurdas que sean si quiere que la obra se termine–, lo que habría de
repetirse en el futuro en cada intento de avenida diagonal o ensanche, en un
verdadero “negocio de la expropiación” del que solían beneficiarse
propietarios, abogados y funcionarios diligentes que proponían la medida a
sabiendas del curso posterior de los juicios. En rigor, este sistema de
expropiaciones llevó a que la acción pública pudiera realizarse solamente
en los bordes, primero en “las afueras” de la ciudad consolidada, más tarde
en el río.
Pero, al mismo tiempo, el reclamo por una más amplia ley de
expropiaciones, así como las protestas contra “el egoísmo, la codicia, o el
capricho individual delante del bien común”, como se dice en la Memoria
de la Intendencia de 1884, serán características de los intendentes
reformistas, que encontrarán siempre en Alvear su ancla y modelo. Y tal
vez más interesante aún: este conflicto modula diferentes registros, hasta
entroncarse con uno muy caro a la “coalición cultural del nuevo estado” –
como llama Ludmer al grupo de funcionarios-intelectuales de la élite
reformista del Ochenta–: el rechazo a la mezquindad y el materialismo de la
burguesía urbana, características éstas que pueden calificar desde su
incurable rastacuerismo y mal gusto, hasta su negativa prácticamente
principista a pagar impuestos.[46] Sobre todo desde esa óptica, Alvear será
para la élite un abanderado “que tenía que dar una batalla campal, por lo
menos, con cada uno de los propietarios para hacerlos entrar en su plan de
reformas –apunta Calzadilla– [...]. ¡Cuánto afán y cuánta paciencia!”.[47]
En pleno apogeo de su gestión, Cané le escribe desde Europa:
Ud. debe comprender que no es mi esperanza convertir a nuestros honrados vecinos de Buenos
Aires en griegos del tiempo de Pericles [...]. No; pero entre esa perfección acabada del gusto,
jamás repetida sobre la tierra, y nuestro estado actual en punto a educación artística, hay un
abismo, todo el abismo de la historia, toda la distancia entre el instinto primitivo y la armoniosa
concepción de los pueblos llegados a la cumbre intelectual. No; no pido Perícleles [SIC] en
Buenos Aires y aunque los pidiera sería difícil que me los sirvieran. Pero es legítimo que
cuando el señor Salas o el señor Chas deseen hacer una casa, encuentren arquitectos un tanto
más inspirados que aquellos que levantaron las actuales mansiones de esos honorables
ciudadanos. [Aunque] el arquitecto necesita estar sostenido por el gusto público, responder
inconscientemente, si Ud quiere, a la atmósfera intelectual que respira. Y tan es así, que la
mayoría de nuestros convecinos se extasían ante esa edificación sin estilo, pesada, chata,
recargada de figurones de tres metros [...] ¡Pobres arquitectos! A fuerza de aplaudir a los que
gritan, el paraíso acaba por perder a los buenos artistas...[48]

Le escribe Francisco Seeber, también desde Europa:


Nuestro excelente amigo y ministro en París, el doctor Paz, me decía avergonzado de los pocos
atractivos para la vida que presenta Buenos Aires en sus calles y en sus parques y del espíritu
timorato de nuestros municipales, cuando se trata de sacar dinero para hermosear, asear y
agrandar nuestras calles, que convendría establecer que no serán electores municipales aquellos
que no hubiesen pasado por lo menos dos años en Europa. Convinimos en ello, pero a
condición que fuese inmediatamente antes de la elección; porque al poco tiempo se dejan
influenciar por la atmósfera que reina ahí donde nadie quiere pagar impuestos, y todos se creen
recargados de ellos, principalmente los más ricos que nada pagan...[49]

El viaje europeo de la élite es el viaje de la búsqueda de modelos y el


descubrimiento de las razones que le permitan entender por qué, como se
lamentaba Cané, la “pobre y querida Buenos Aires” es una de las ciudades
más feas del mundo. El viajero está en Europa, y no puede recordar a
Buenos Aires sino con ojos de europeo; como dice Viñas, en el viaje
posterior al Ochenta “el gentleman viajero se libera de su país, la Argentina
o Buenos Aires son la materia desdeñable, el cuerpo pecaminoso o el mal”.
[50] Pero ésa es una cara del problema: al mismo tiempo se produce un
efecto de espejo desajustado. “La Europa entera habla de nosotros, porque
nuestro progreso se impone”, dice Cané; a pesar de eso, Buenos Aires está a
años luz de la imagen que ese progreso haría suponer a cualquiera que
tuviese los ojos llenos, como Cané mismo, de las ciudades cuyos hombres,
paradójicamente, lo celebran. Se trata, por tanto, de operar un ajuste: poner
a Buenos Aires a la altura de la imagen que la Europa “que habla de
nosotros” debería poder ver. En la correspondencia de todos estos viajeros
es permanente la apelación retórica a qué diría un turista europeo “atraído
por nuestra fama”, si llegase a ir a Buenos Aires y se encontrara con la
verdad del provincianismo de aldea cuyo recuerdo tanto los avergüenza.
Lo que caracteriza a Alvear y hace de él la figura de importancia en la
historia urbana es representar de la manera más fiel los deseos de reforma
de la élite, en este caso, en términos de la modernización social y cultural;
es ser, precisamente, aquél capaz de no dejarse influir por “los que gritan
desde el paraíso” o por “la atmósfera”. Todos le escriben desde Europa
como el par que es, alentándolo, señalándole novedades y prometiéndole
precisiones (“Cierro los ojos –le escribe Nicolás Avellaneda desde París– y
pienso en la cantidad de agua que se derrama diariamente en las calles y
paseos [para el regado de los árboles], procurando trasladar en imaginación
el hecho a nuestro país. Buscaré el dato y se lo enviaré”); dándole
indicaciones en las que se confunden la técnica, la estética y la moda (“la
última palabra es el adoquinado de madera” o “Nada de palmeras, señor y
amigo, o álamos de follaje tendido, o abetos, o eucaliptos”, le prescribe
Cané desde Viena al mismo tiempo que Eduardo Madero le envía palmeras
desde Petrópolis); incitándolo a medidas enérgicas (“Un úkase, si es
necesario señor Intendente, una medida dictatorial, sabrosa, ya que lo
acusan de tomar tantas”, sigue Cané); pero también demostrándole
comprensión (“Muchos grandes proyectos me indicó el doctor Paz –dice
Seeber desde Londres– como indispensables para la vida civilizada de
Buenos Aires, pero le observé que con una parte de ellos, que Ud. quería
realizar, ya pretendían declararlo loco [...]. Tengo demasiado aprecio por su
persona para proponerle proyectos de esa naturaleza que ponen en peligro
su existencia”); y, sobre todo, ratificándole el apoyo de la élite (“los amigos
[en el Congreso] lo han de ayudar en esto –le escribe Pellegrini desde
París–. Si Ud. consigue interesarlo al Presidente el problema quedará
resuelto”).[51] Un apoyo que se ratificó en cada conflicto, no sólo con el
Concejo Deliberante –que fue cerrado o suspendido cada vez que la
situación política lo demandaba–,[52] sino con el propio parlamento, como
en el caso de la demolición de la Recova: la votación en el Congreso se
ganó apenas por dos votos luego de intensísimas negociaciones llevadas
adelante por el propio ministro del Interior, Bernardo de Irigoyen, quien
para referirse al episodio dijo que había dado “más trabajo que una gran
cuestión de estado”.[53]
Todos esos conflictos Alvear los capitaliza, porque sabe poner de su lado
el nuevo carácter de espectáculo de la ciudad, convirtiendo su propia acción
en espectáculo: la demolición tan conflictiva de la Recova se hizo
ininterrumpidamente, durante la noche con toda la iluminación de la plaza a
giorno, repleta de curiosos, con la prensa participando del conflicto y dando
parte de la reforma día a día y con Alvear, como un general en batalla,
trepado a los escombros dirigiendo personalmente toda la operación. Esta
ciudad que crece caóticamente, finalmente ha encontrado quien vele por
que tal crecimiento no esté regido por la ignorancia de la burguesía local.
Personalmente: como un general o, mejor, como señalaba el montevideano
Sansón Carrasco en la crónica citada al comienzo de este punto, como un
buen patrón: “vigilando lo de todos, como si fuera lo suyo propio”. En una
ciudad, conviene insistir, crecientemente ajena, la élite necesita más que un
administrador un “dueño” que se la restituya, aunque ese dueño
personalizado sea la cabeza de un aparato burocrático en pleno proceso de
complejización y autonomía. Para ello, no es secundario que Alvear sea
visualizado –y celebrado– por el conjunto de la opinión pública como
alguien “de afuera de la política”, lo que nos remite nuevamente a la
tradición que había sentado el carácter no político de la ciudad: la ciudad no
se gobierna, como el país o las provincias, con política, sino más bien como
la estancia o la fábrica, con la sabiduría de los dueños, con presencia. En
esta extendida versión, la política en la ciudad equivale a “politiquería”; los
que la practican son los concejales, que obstaculizan toda acción por
intereses mezquinos de parroquia o comité, o directamente por negociados
personales –y no olvidemos que la “otra” política, la del naciente conflicto
de clase, se va a manejar siempre en un nivel diferente del de la gestión de
la ciudad, aunque cada vez más la ciudad le sirva de escena y motor–.
En esta manera de poner el cuerpo, Alvear se constituye como
intendente paradigmático, porque responde a la necesidad de su grupo
social pero porque es capaz de construirla como necesidad colectiva, de la
opinión pública. Y esto es posible también –y quizás sobre todo– porque ya
cada gesto se inserta en un linaje específico de la cultura urbana
internacional: los caricaturistas de la época lo retratan con una maza en sus
manos, sobre una montaña de escombros, impartiendo enérgicas órdenes,
con técnicas e iconografía prácticamente iguales a las que otros
caricaturistas habían usado para retratar a Haussmann en París primero, más
tarde a Vicuña Mackenna en Santiago y, ya después de Alvear, a Pereira
Passos en Río y a tantos otros. Nuevamente un juego de espejos: ¿los
intendentes posan de acuerdo con aquel linaje prestigioso cuyas imágenes
conocen?, ¿los caricaturistas acuden a ellas porque ya tienen la capacidad
genérica de invocar automáticamente ese linaje? Ahora podemos ponderar
con mayor precisión la “influencia” de Haussmann: mucho más que una
“moda”, mucho más que la aplicación “parcial” o “equivocada” de un
sistema de reforma ubana, el haussmannismo en Latinoamérica fue la
construcción de figuras semejantes de intendentes-administradores-dueños,
los “Lord mayores” de los que Haussmann fundó los tics principales y que
han permanecido, casi podría decirse hasta nuestros días, como ideal de
gobernante para la ciudad. Figuras semejantes porque proponían procesos
de transformación que condensaban motivos similares, pero también porque
se instalaban con comodidad en un género literario-iconográfico ya para la
época muy difundido, en un momento en que la relación ciudad-
periodismo-literatura costumbrista o de viajes, comenzaba en nuestros
países a ser determinante en la construcción de imaginarios sociales.

Figura 44
La figura del “Lord Mayor”: el prefecto Haussmann según dibujo de 1854 (Benevolo, Diseño de la
ciudad, cit.); el intendente Alvear caricaturizado por El Mosquito en 1883 (Bulgheroni, Argentina.
Imagen de un país. Summa Metropolitana, Buenos Aires, 1997); y el prefecto Pereira Passos, de Río
de Janeiro, según O Malho en 1903 (AAVV, O Rio de Janeiro de Pereira Passos, Río de Janeiro,
1985).

Notas
1 “Todo hay que explicárselo a My Lord que se hace un palacio en el Northern de la ciudad, y nos
manda a nosotros a entrar en el boulevard Callao por el Southern”, dice Sarmiento criticándole a
Alvear la disposición de la Avenida de Mayo, en “Un gran boulevard para Buenos Aires”, donde
propone que el boulevard se realice en el norte (la calle Córdoba, por ejemplo), El Censor, Buenos
Aires, 20-12-1885, en OC (LD), tomo XLII, p. 238.
2 Carta de Miguel Cané al intendente Torcuato de Alvear, fechada en Viena el 14 de enero de 1885,
reproducida en Adrián Beccar Varela, Torcuato de Alvear. Primer Intendente Municipal de la
Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, Kraft, 1926, p. 484.
3 En realidad la historiografía ha producido una doble reducción: todas las transformaciones urbanas
de aquí se piensan como haussmannización, y la haussmannización se piensa a través de una
generalización –que la ha vuelto ineficaz– de la caracterización original y de enorme agudeza
realizada por Friedrich Engels sobre el “método Haussmann”: atravesar con boulevards los barrios
obreros para impedir la lucha de barricadas; en “Contribución al problema de la vivienda”,
reimpresión de la polémica que Engels tuvo en 1872 con el proudhonismo, especialmente el
apartado III de la 2ª parte (múltiples ediciones). El análisis, indispensable, ha obrado sin embargo
como obstáculo para enfocar otros aspectos de la reforma urbana. Pero, en los últimos años, la
experiencia parisina no ha cesado de reanalizarse: véase por ejemplo Marcel Roncayolo,
“L’esperienza e il modello”, en Carlo Olmo y Bernard Lepetit (dirs.), La città e le sue storie,
Turín, Einaudi, 1995, p. 62, donde se realiza la caracterización mencionada de Haussmann como
producto de una “larga incubación”; o el trabajo de Insolera citado en la nota 4 de la Introducción,
en la que se explica su hipótesis sobre la invención de Haussmann de la “industria ciudad”.
4 Cfr. Fernando Aliata, “La ciudad regular. Arquitectura, edilicia e instituciones durante la época
rivadaviana”, cit., p. 162.
5 La frase de Rivadavia la he tomado del texto de Aliata citado. Allí ha mostrado la vinculación de la
ambición “regularizadora” de la gestión urbana rivadaviana con tradiciones políticas y técnicas
precisas: la reorganización del estado francés después de la Revolución, los modelos de las
“ciudades de estado” creadas por la administración napoleónica como parte de su consolidación
territorial, y el sistema de Batiments Civils con sus transformaciones proyectuales que se verán
coronadas con la formación de las Escuelas Politécnicas y de Ponts et Chaussés. De esa formación
(en Francia y otros países europeos) provienen los técnicos que trae Rivadavia para actuar durante
su gestión y que permanecen en el país incidiendo en las políticas urbanas y en la consolidación
de las instituciones de gestión durante todo el siglo XIX, como por ejemplo Pellegrini y Bevans.
Sobre ellos puede verse, además, Alberto De Paula y Ramón Gutiérrez, La encrucijada de la
arquitectura argentina, 1822-1875. Santiago Bevans - Carlos Pellegrini, Resistencia, 1974. Sobre
la tradición topográfica francesa, véase Georges Teyssot, “Il sistema dei Batiments civils in
Francia e la pianificazione di Le Mans (1795-1848), en Paolo Morachiello y Georges Teyssot
(comps.), Le macchine imperfette. Architettura, programma, istituzioni nel XIX secolo, Roma,
Officina, 1980, pp. 82 y ss; y sobre el tema administrativo, Eduardo García de Enterría,
Revolución Francesa y Administración contemporánea, Madrid, Taurus, 1981.
6 A partir de 1853, la obra de ordenamiento urbano y territorial recupera la política de la Ley de
Ejidos de 1823, y cuando se reorganiza el Departamento Topográfico, en 1857, su competencia y
sus atribuciones van descriptas por el mismo marco; véase Amílcar Razzori, Historia de la ciudad
argentina, Buenos Aires, Imprenta López, 1945, tomo 3; y Francisco Esteban, El Departamento
Topográfico de la Provincia de Buenos Aires (Actual Dirección de Geodesia). Su creación y
desarrollo, Buenos Aires, Dirección de Geodesia de la provincia de Buenos Aires, 1962.
7 Cfr. “Traza y abertura de calles y plano de la ciudad”, La Revista del Plata, No. 6, Buenos Aires,
febrero de 1854, pp. 82 y ss.
8 “Departamento de Ingenieros”, La Revista del Plata, No. 7, Buenos Aires, marzo de 1854, p. 94.
9 “Traza y abertura de calles y plano de la ciudad”, cit., p. 82.
10 “Plano de la ciudad”, La Revista del Plata, No. 4, diciembre de 1853, p. 82.
11 D. F. Sarmiento, “El plano de la ciudad de Buenos Aires”, El Nacional, 23-6-1856, en OC (LD), t.
XLII, p. 29 (cursivas nuestras). La traza de los pueblos nuevos se realizaba dentro de los
principios de la cuadrícula, imponiendo un orden inicial para el conjunto, y en los pueblos
existentes se llevó adelante una política de “puesta en escuadra” sobre la base de la “pretensión de
regularidad” contra la que reaccionaba Sarmiento. Véase su Nota del 1-6-1860 al presidente del
Departamento Topográfico (en A. Razzori, Historia de la ciudad argentina, cit., tomo 3, pp. 441-
442): en ella indica que las atribuciones del Departamento Topográfico eran inadecuadas porque
le imponían precisas formas territoriales a los particulares, cuando eran propietarios de las tierras
en las que el estado intervenía, o a los futuros vecinos, cuando se trataba de tierras públicas. Así,
en consonancia con lo que vimos para el plano de Buenos Aires, propone que la traza de los
pueblos nuevos la realicen los particulares en sus propios terrenos, o, en todo caso, los jueces de
Paz en las tierras públicas pero a pedido y por indicación del vecindario, limitándose el
Departamento Topográfico “a señalar la plaza y una o dos calles, de veinte varas de ancho”.
12 Cfr. Argirópolis, publicado en 1850 en Chile, en OC (BS), tomo XIII, p. 100.
13 La cita proviene de uno de los artículos que escribe como corresponsal del periódico sanjuanino
El Zonda desde los Estados Unidos en 1865 mientras se desempeña como Ministro
Plenipotenciario; en este caso, la referencia al Departamento Topográfico se genera en los
conflictos por el trazado de Chivilcoy; citada en Eduardo Crespo, Sarmiento y la ciudad de
Buenos Aires, Buenos Aires, Museo Histórico Sarmiento, Serie II, “Monografías y disertaciones
históricas”, No. 9, 1942.
14 Aquí conviene señalar un error tradicional en la historiografía cuando se enumeran las
transformaciones de Alvear. Siempre se ha visto el pedido de mayor extensión para la ciudad que
realizó Alvear como una previsión que anticipaba y buscaba la expansión de la ciudad; y siempre
se ha confundido el boulevard que propuso Alvear (del que no he podido encontrar planos) con el
que se traza en 1888 como límite definitivo de la Capital (la actual General Paz), otorgándole la
autoría. El mero hecho de que ambas propuestas se llamen “Boulevard de circunvalación” y
busquen trazar un límite definitivo y regular ha impedido ver que el que propone Alvear está
apenas desplazado al oeste del límite que el municipio tenía cuando se federalizó. De acuerdo con
la Memoria de 1881, el ensanche de la ciudad que propone Alvear no se vincula con la necesidad
de ampliar el territorio, sino de regularizar el límite del municipio que, en su situación tradicional,
completamente recortado e irregular, dificultaba “la percepción de la renta de éste como de los
municipios circunvecinos”; el error historiográfico parte de que para realizar esa regularización,
Alvear tuvo que solicitar una cesión de tierras de los municipios de Flores y Belgrano, pero es una
pequeña cesión sólo encaminada al trazado de un nuevo borde regular, y no lo que ocurrirá en
1887 en que la Legislatura de Buenos Aires cede completos los dos municipios. Alvear habla todo
el tiempo de “regularización del límite” y no de expansión, y además en la Memoria se describe el
boulevard proyectado por el ingeniero Pastor del Valle (jefe de la oficina de Obras Públicas)
diciendo que atraviesa el “terreno de la Pólvora”, es decir el actual Parque Chacabuco, a mitad de
camino del actual límite de la Capital Federal.
15 Véase Memoria del Presidente de la Comisión Municipal al Concejo de 1881, Buenos Aires,
Peuser, 1882, p. 71. La interpretación de los objetivos de Alvear fue elaborada en colaboración
con Graciela Silvestri: véase nuestro “Imágenes al sur. Sobre algunas hipótesis de James Scobie
para el desarrollo de Buenos Aires”, Anales del Instituto de Arte Americano e Investigaciones
Estéticas “Mario J. Buschiazzo”, Nos. 27/29, Buenos Aires, 1992.
16 Carta de Miguel Cané al intendente Torcuato de Alvear, fechada en Viena el 14 de enero de 1885,
reproducida en A. Beccar Varela, Torcuato de Alvear. Primer Intendente..., cit., p. 487.
17 El Plano de Lagos fue republicado por Adolfo Carranza en La Ilustración Sudamericana, año IX,
No. 204, Buenos Aires, 30-VI-1901; consta de un boulevard perimetral circular con un sistema de
radios diagonales que se cruzan en las actuales Avenida de Mayo y 9 de Julio (ya proponía ambas
avenidas). Sobre la propuesta de Senillosa cfr. Alberto de Paula, “Una modificación del diseño
urbano porteño proyectada en 1875”, en Anales del Instituto de Arte Americano e Investigaciones
Estéticas, No. 19, Buenos Aires, 1966, pp. 71 y ss.
18 El proyecto del Canal navegable planteaba la utilización de ese canal como puerto lineal,
reorganizando la cintura de la ciudad con fines estrictamente productivos (y ya no sólo de
salubridad). Cfr. Blot y Ebelot, Proyecto de un canal de circunvalación de Buenos Aires y Puerto
de Cabotage, Buenos Aires, Imprenta de La Nación, 1884. Sobre el tema de los canales que, con
inspiración saintsimoniana, se proyectan en estos años, véase Graciela Silvestri, “La ciudad y el
río”, en J. F. Liernur y G. Silvestri, El umbral de la metrópolis. Transformaciones técnicas y
cultura en la modernización de Buenos Aires (1870-1930), Buenos Aires, Sudamericana, 1993.
19 Fray Mocho (José S. Álvarez), “Me mudo al norte”, Caras y Caretas, Buenos Aires, 10-12-1898,
en Fray Mocho, Carlos M. Pacheco y otros, Los costumbristas del 900 (selección y prólogo de
Eduardo Romano), Buenos Aires, CEAL, 1980, p. 12; los datos sobre la existencia de conventillos
en la ciudad muestran una proporción pareja al norte y al sur que permanecerá por lo menos
durante las dos primeras décadas del siglo; cfr. Charles Sargent, The Spatial Evolution of Greater
Buenos Aires, Argentina, 1870-1930, Tempe, Arizona State University, 1974.
20 En David Viñas, Literatura argentina y realidad política..., cit., p. 185. Asimismo, Arturo
Jauretche podía señalar como rasgo aristocrático que los Anchorena persistieran en vivir en su
casa de Suipacha 50; en El medio pelo, Buenos Aires, Peña Lillo, 1966, p. 265. En el libro de
Sargent puede observarse el sistema de mudanzas en el interior de la ciudad entre 1887 y 1895: en
1887 el 60% de la población vive en un radio de 2 km de la Plaza de Mayo, mientras que en 1895
allí sólo vive el 34%; el radio de 2-3 km se ha mantenido prácticamente estable; y los mayores
cambios se han producido en el radio de 3-5 km, de 12% a 27%, y por fuera de los 5 km, de 16% a
24%; cfr. The Spatial Evolution of Greater Buenos Aires..., cit., p. 35.
21 Víctor Gálvez (Vicente Quesada), Memorias de un viejo. Escenas de costumbres de la República
Argentina (1889), Buenos Aires, Solar, 1942, p. 436.
22 Las citas de Sarmiento de “Un gran boulevard para Buenos Aires”, El Censor, Buenos Aires, 20
de diciembre de 1885, en OC (LD), tomo XLII, pp. 234 y ss.
23 Francisco Seeber, que después va a ser intendente, no veía tal contradicción sino como una cosa
elogiosa: “He dicho a todos –le escribe a Alvear en 1886– que no sólo como hombre político ha
demostrado sus excelentes condiciones, sino también como hombre privado ha enseñado a
nuestros hombres ricos cómo debe vivirse en palacios fuera del centro del comercio y no como
aquellos que construyen sus casas con almacén abajo, para sacar rentas, recibiendo en cambio el
olor de los ajos y el aceite rancio de las frituras, o colocando sus caballerizas debajo de sus
comedores o dormitorios, para economizar terreno”, en “Carta al Intendente Torcuato de Alvear”,
Londres, 29 de julio de 1886, citado en A. Beccar Varela, Torcuato de Alvear. Primer
Intendente..., cit., p. 511.
24 Cfr. Paolo Sica, Historia del urbanismo. El siglo XIX, cit., especialmente el tomo I, pp. 60-62.
25 Viceversa, Guy Bourdé elimina la cuestión mostrando como evidencia terminante el común
origen social de los intendentes del período; por lo tanto, sus conflictos con la sociedad no son
tales, sino “más bien manifestaciones de las incoherencias de las instituciones que de oposiciones
de clase”, en Buenos Aires: urbanización e inmigración, Buenos Aires, Huemul, 1977, p. 80.
26 Sansón Carrasco es el seudónimo del periodista y político uruguayo Daniel Muñoz. La cita está
tomada de un artículo republicado en El Nacional, Buenos Aires, 12 de junio de 1884,
reproducido por A. Beccar Varela, Torcuato de Alvear. Primer Intendente..., cit., p. 500.
27 Ya la Revue Illustree Du Rio de la Plata en la nota que realiza a propósito de la muerte de Alvear
lo llama “l’Haussmann argentin”, de acuerdo con la cita de Ricardo Llanes, quien por otra parte
continúa sin conflictos esa tradición; véase La avenida de mayo, Buenos Aires, Kraft, 1955.
28 Santigo Calzadilla, Las beldades de mi tiempo (1891), Buenos Aires, Editorial Sudestada, 1969, p.
185. O. Troncoso plantea que fueron los ingleses quienes importaron a Buenos Aires el hábito de
veranear en las quintas, lo que no hace más que confirmar la ya consolidada mezcla de influencias
en el desarrollo de los jardines y parques; cfr. “Las formas del ocio”, en J. L. Romero y L. A.
Romero, Buenos Aires, historia de cuatro siglos, Buenos Aires, Abril, 1983, tomo II, p. 95.
29 Pilar González Bernaldo, “L’Urbanisation de la memoire. Politique urbaine de l’Etat de Buenos
Aires pendant les dix annés de sécession (1852-1862)”, ponencia presentada en el Colloque
International de l’AFSSAL: “Les enjeu de la memoire. L’Amerique Latine a la croisee du
Cinquieme Centenaire. Commemorer ou remorer?” (mimeo), París, diciembre de 1992, p. 2.
30 José María Estrada, carta al Concejo Deliberante del 11 de noviembre de 1883, reproducida en la
Revista Nacional, tomo XIII, Buenos Aires, 1891, p. 19. Sobre las modificaciones del Cabildo y el
Fuerte véanse, entre otros, A. Taullard, Nuestro antiguo Buenos Aires, Buenos Aires, Peuser,
1927. El Cabildo estaba mutilado porque a comienzos de la década se le habían agregado dos
pisos a la torre que le modificaban completamente el perfil estilístico colonial; el proyecto de la
Avenida de Mayo, a su vez, implicaba su demolición completa (como se sabe, el Cabildo
actualmente existente es una reconstrucción en escala del viejo, del que únicamente conserva la
Sala Capitular). El Fuerte fue demolido en 1853 por el Gobierno de Pastor Obligado; en su parte
trasera se construye la Aduana; de la parte de adelante quedaron un pórtico central y uno de los
cuerpos interiores que se siguieron utilizando como Casa de Gobierno en la esquina de Rivadavia
y Balcarce. En 1873 Sarmiento construye en Victoria (Hipólito Yrigoyen) y Balcarce la casa de
Correos y Telégrafos (ya en 1860 el mismo Sarmiento había hecho pintar todo de rosado). En
1882 Roca hace demoler el ala derecha, que eran los últimos restos materiales del antiguo Fuerte,
y construye en su lugar un cuerpo bastante parecido a la Casa de Correos; comienzan a funcionar
las dos alas como Casa de Gobierno. Finalmente, hacia 1885, se colocará el pórtico central que
une las dos alas y se completará hacia atrás la manzana con nuevos cuerpos.
31 En La Nueva Revista de Buenos Aires, año VI, tomo X (nueva serie), Buenos Aires, 1884, p. 413.
32 Mensaje de Alvear al Concejo Deliberante del 18 de octubre de 1883, reproducido en A. Beccar
Varela, Torcuato de Alvear. Primer Intendente..., cit., p. 70. Alvear ya había obtenido una Ley del
Congreso, aprobada el 5 de octubre, que lo autorizaba y le daba presupuesto para la “erección, en
el centro de la unión de las plazas ‘25 de Mayo’ y ‘Victoria’, de una columna de bronce que
conmemore los sucesos que elevaron a la República Argentina al rango de Nación Soberana”;
citado en Rómulo Zabala, Historia de la Pirámide de Mayo, Buenos Aires, Academia Nacional de
la Historia, 1962, p. 79. Como el pedido de Alvear había sido acompañado de la presentación del
plano de Buschiazzo en el que la vieja pirámide directamente desaparece, Alvear se consideraba
autorizado a su demolición, y sobre este tema se desata una fuerte polémica.
33 Las respuestas a la encuesta fueron publicadas por la prensa día a día con gran suceso. En 1891 la
encuesta es reproducida completa en la revista El Nacional, tomo XIII, No. 57, pp. 4 a 67 (las
citas se harán de esta fuente).
34 Véase El Nacional del 15 de noviembre de 1883 y la carta de J. M. Estrada citada.
35 Carta al Concejo Deliberante del 8 de noviembre de 1883, en Revista Nacional, cit., p. 15.
36 Carta al Concejo Deliberante del 7 de noviembre de 1883, en Revista Nacional, cit., p. 17.
37 Cfr. cartas al Concejo Deliberante de Estrada (ya citada), de Miguel Estévez Seguí y Andrés
Lamas, las dos del 11 de noviembre de 1883, en Revista Nacional, citada.
38 Esta distinción la planteó Aloïs Riegl en su clásico trabajo El culto moderno a los monumentos
(1903), Madrid, Visor, 1987.
39 Vicente Fidel López, carta al Concejo Deliberante del 8 de noviembre de 1883, en Revista
Nacional, citada.
40 Estoy siguiendo la diferenciación que establece Marc Augé entre “lugar antropológico” y “lugar
de la memoria”, en Los «no lugares». Espacios del anonimato. Una antropología de la
sobremodernidad, Barcelona, Gedisa, 1993 (París, 1992), especialmente el capítulo “El lugar
antropológico”, pp. 49 y ss. Augé toma, a su vez, la categoría “lugar de la memoria” de la obra
dirigida por Pierre Nora, Les lieux des memoires, París, Gallimard, 1981 (7 tomos a partir de ese
año).
41 Lilia Ana Bertoni, “La educación ‘moral’: visión y acción de la elite a través del sistema nacional
de educación primaria, 1881-1916” (mimeo), Buenos Aires, Instituto Ravignani, abril de 1991; en
pp. 37-38, Bertoni menciona la iniciativa de la Municipalidad en 1889 de realizar un relevamiento
de los edificios significativos para la historia patria, encargándose a Vicente Fidel López la
ubicación de las casas y los sitios donde hubiesen nacido o vivido figuras de la historia o donde
hubiesen ocurrido sucesos importantes, y la redacción de los textos que habrían de ser colocados
en placas señalando esos sitios.
42 Para este ejemplo, véase Memoria de la Municipalidad, Buenos Aires, 1881, pp. 109-110.
43 D. F. Sarmiento, “Plaza de Mayo”, El Nacional, 28-5-57, OC (LD), tomo XXIV, pp. 217-219. La
Rue de Rivoli es una de las principales realizaciones del Imperio; cfr. Louis Bergeron (dir.),
Parigi, Bari, Laterza, 1989, pp. 197-198. La conexión de Alvear con Rivadavia está presente
desde la más temprana historiografía, en general vinculada al tema de los conflictos con la
propiedad; por ejemplo, Ismael Bucich Escobar, Buenos Aires Ciudad, 1880-1930, Buenos Aires,
El Ateneo, 1930.
44 Véase Memoria de la Intendencia Municipal de 1887, p. 150. Allí se reproduce toda la
intervención de Costa y las respuestas de la Corte.
45 Uno de los casos que sentó doctrina en este sentido a partir del conflicto de Avenida de Mayo fue
el de Da. Isabel A. de Elortondo contra la comuna; una descripción exhaustiva del conflicto, con
las listas de todos los propietarios afectados, en Ricardo Llanes, La Avenida de Mayo, cit.,
especialmente capítulos II y III. La frase de Joaquín V. González en La expropiación en el derecho
público argentino, Buenos Aires, Librería La Facultad, 1915, p. 14.
46 La expresión de Ludmer en “Latin American Cultural Coalitions and Liberal States”, Travesia.
Journal of Latin American Cultural Studies, vol. 2, No. 2, Londres, 1993.
47 Las beldades de mi tiempo, cit., pp. 160-161.
48 Carta de Cané a Alvear, Viena, 14 de enero de 1885, en A. Beccar Varela, Torcuato de Alvear...,
cit., p. 482.
49 Carta de Francisco Seeber a Alvear, Londres, 29 de julio de 1886, ibid., p. 510.
50 David Viñas, Literatura argentina y realidad política, cit., p. 50.
51 Las frases están tomadas de las cartas ya citadas.
52 La historiografía laudatoria de Alvear ha mostrado, en general, la ilegitimidad del Concejo y su
defensa de intereses espúreos; viceversa, la historiografía crítica de Alvear ha querido ver en los
cierres sucesivos la demostración del autoritarismo de la gestión, inclinándose, simétricamente,
por una defensa de los concejales que en nada se atiene a sus propuestas o sus prácticas políticas.
En realidad, la relación entre el ejecutivo y el deliberante es muy compleja y lo siguió siendo
durante toda la historia institucional del municipio por el carácter delegado del gobierno que da la
Ley Orgánica Municipal producto de la federalización: el ejecutivo municipal es delegado del
presidente de la Nación y el Concejo dicta ordenanzas por delegación del Congreso Nacional (con
escasa capacidad de imponerle esas ordenanzas al intendente). Pero hay que saber distinguir,
además, cómo estaba compuesto el Concejo en cada momento: antes de la reforma electoral de
1918, la representación la ejercían los “notables” de cada parroquia, en general caudillos políticos
y lobbystas económicos, con lógicas de enfrentamiento con el ejecutivo que pocas veces tenían
que ver con los problemas de la ciudad; a su vez, los intendentes usaban la ciudad como coto de
caza del partido de gobierno. Véase, por ejemplo, cuando en 1901 frente al cierre del Concejo
realizado por Roca por razones de estricta conveniencia política, Joaquín V. González puede
justificarlo con argumentos de moral pública y de ajuste democrático a una institución viciada, en
Congreso Nacional, Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, 25 de octubre de 1901. Una
crónica detallada sobre los cierres del Concejo y sus relaciones con la intendencia, en Eduardo
Antonio y Fernando García Molina, “Las tres clausuras del Concejo Deliberante”, Todo es
Historia, No. 329, Buenos Aires, diciembre de 1994.
53 En A. Beccar Varela, cit., p. 20.
Capítulo 3
Ciudad extendida: la dimensión metropolitana
Homogeneidad y equidad, control y contención: si en algo coinciden los
dos modelos de “ciudad nueva” y “ciudad concentrada” que analizamos es
en esa doble ambición, aunque disientan radicalmente sobre qué clase de
relación estado/sociedad debe producirla y sobre cómo generar un mercado
y un espacio público que la garanticen. Por eso la creación de La Plata
coincidirá tan bien, en un primer momento, con todas las expectativas
acerca de cómo debe ser una ciudad “moderna”, porque parece realizar
ambos modelos de ciudad ideal: en un caso, como la manifestación de la
más pura creación cultural sobre la nada, con todos los beneficios de la
modernidad sobre las preexistencias territoriales y sociales; en el otro, como
una figura regular y acabada, definida por la voluntad pública, cuya
geometría pura ofrece, por añadidura, un tamaño también ideal. Es notable
que la superficie de La Plata coincide estrictamente con la Buenos Aires
“concentrada” que los boulevards o canales intentaban circunscribir.[1]
En este sentido, podría decirse que ninguno de los dos modelos
incorpora plenamente una perspectiva metropolitana, en la medida en que
son modelos “cerrados”, sin una clara posición sobre el gran tema urbano
decimonónico: la expansión metropolitana. Y es que hacia el fin de la
intendencia de Alvear estamos todavía en una ciudad pequeña, “la ciudad
chata por excelencia”, en los términos de Cané compartidos plenamente por
el conjunto de la élite modernizadora: “Una reina opulenta llena de salud y
vigor, vestida de andrajos”.[2] Una ciudad en pleno torbellino
transformador, pero cuya imagen más característica debió ser la de un
campamento provisorio, con casillas y galpones de chapa y madera; la
errónea impresión que ha quedado de una ciudad burguesa consolidada, en
todo caso, demuestra cómo la memoria oficializó lo de “reina opulenta”
impidiendo ver los “andrajos” que los contemporáneos contabilizaban con
espanto.[3]

Figura 45
Plano de Buenos Aires de 1895 (Atlas de la República Argentina, Ángel Estrada, 1895). Compárese
el ejido existente en 1895 de acuerdo a este plano, con el plano trazado en 1898-1904 (véase p. 26).

Será recién a comienzos de 1888, durante la corta intendencia de Antonio


Crespo, cuando al concretarse la anexión de los municipios provinciales de
Flores y Belgrano, cuadruplicando la superficie de la Capital, el problema
de la expansión aparezca en toda su magnitud: ¿qué son esas tierras que se
agregan?, ¿cómo deben ser gestionadas?, ¿cómo se relacionan con la ciudad
y con las ideas existentes acerca de cómo debe ser y crecer? En este clima
de incertidumbre pública y euforia privada –era el mercado urbano lo que
se cuatriplicaba– deben interpretarse las acciones públicas del fin de siglo,
para ver hasta qué punto la expansión que se produce en Buenos Aires se
vincula conflictivamente con los dos modelos que analizamos, mostrando,
en realidad, sus propios límites y contradicciones.

1. La cuadrícula como proyecto público


“Yo no deseo que se haga una Buenos Aires de obreros y otra de gente acomodada.
Yo deseo enclavar en la ciudad grupos más o menos grandes, en continuo contacto
con las demás gentes, por su trabajo, por las vías de comunicación, por cien otras
causas.”
DOMINGO SELVA, 1904[4]

La primera acción que debe considerarse en su especificidad es el trazado


del nuevo borde de la ciudad. Dijimos que el pedido de cesión de tierras de
los municipios de Flores y Belgrano a la provincia de Buenos Aires que
había realizado Alvear en 1881 para trazar su proyecto de Boulevard de
circunvalación no había sido, en rigor, un proyecto de “extensión”, sino de
regularización, en tanto los nuevos territorios solicitados sólo estaban
destinados a racionalizar el quebrado y caprichoso límite tradicional del
municipio de Buenos Aires, y a formar una cintura higiénica que, por
supuesto, debía tomar cierta distancia del casco consolidado (porque,
además, un proyecto de esa naturaleza era inviable económica y
jurídicamente si debía afectar tierras ya urbanizadas y de gran valor), pero
justamente para servirle de límite y contención. Por eso se proponía a un
radio de distancia de aproximadamente siete kilómetros de la Plaza de
Mayo (digamos, en línea recta por la avenida Rivadavia, a la altura de la
actual calle Acoyte, en Caballito). Aprobada la cesión por el Congreso
Nacional, pero detenida en la Legislatura de la provincia de Buenos Aires
desde 1884 por diferentes conflictos de índole política, cuando se resuelve
en junio de 1887 ya es con la incorporación de los municipios completos de
Flores y Belgrano bajo el razonable argumento de que ambos eran en
verdad apéndices de la capital, municipios despoblados y no desarrollados
productivamente, prolongaciones que servían a las clases acomodadas
urbanas para la recreación y el descanso de temporada –no olvidemos que
los mismos legisladores de la provincia que discutían la cesión vivían en
Buenos Aires y varios de ellos tenían en las afueras de la ciudad sus
quintas–, con lo cual el radio de la capital pasó a ser de más de quince
kilómetros tomando la misma recta desde Plaza de Mayo; más del doble de
lo imaginado por Alvear.[5]
No se hubiese producido la misma respuesta de la provincia en el caso
de haberse solicitado la anexión aún más lógica –y, en términos de
superficie, más pequeña– de Barracas al Sur (Avellaneda), ligada
indisolublemente a la producción y el comercio de la Capital, y que
formaba con Barracas al Norte un único y homogéneo sector urbano –es
notable cómo hasta muy avanzado el siglo XX, ya definidos los nuevos
límites, los planos usuales, del comercio o la industria de la capital, se
empeñan en continuar la tradición histórica de representación de una
Buenos Aires apaisada sobre el Río de la Plata, que incluye Barracas al Sur
y no las tierras nuevas al oeste–.[6] Pero, apenas restañadas las heridas
producidas por la federalización, la provincia no iba a renunciar también a
su principal radicación industrial y a la salida al Riachuelo que todavía
hacia finales de siglo funcionaba como el principal puerto; por eso, pese a
lo que hubiese indicado cierta lógica productiva –de pensar la ciudad como
un artefacto productivo y en consonancia definir sus formas
administrativas–, y pese a los reiterados intentos desde la misma
federalización por ampliar la capital hacia el sur, el Riachuelo se mantuvo
como límite jurisdiccional dificultando la estructuración local del puerto y
una consolidación más vinculada con los desarrollos urbanos del eje
industrial metropolitano.[7]
Así que la extensión jurisdiccional se realizó sólo hacia el oeste, de
hecho la dirección “natural” de expansión del mercado residencial en
Buenos Aires principalmente por razones topográficas (las “tierras altas”),
aunque ahora favorecida todavía más por esta decisión que abría la ciudad
hacia la pampa. Pero la cesión de la provincia fue de dos municipios y, sin
embargo, el límite que se trazó para la capital descartó adecuar la nueva
forma del municipio ampliado a la mera sumatoria de la superficie de
aquellos dos con sus bordes irregulares; concretamente, el nuevo límite
recortó parte de Flores y Belgrano e incorporó un sector del municipio de
San Martín. Ésta es una decisión formal en la que conviene detenerse. Los
ingenieros Pablo Blot (por el gobierno nacional) y Luis Silveyra (por el
provincial) terminaron en febrero de 1888 el trazado y la mensura del
Boulevard de circunvalación de 100 metros de ancho que dividiría hasta
nuestros días la capital y la provincia: repitiendo mucho más hacia el oeste
el gesto regularizador iniciado por Rivadavia con el boulevard Callao y
seguido por Alvear con su proyecto de Boulevard de circunvalación, los
ingenieros trazaron una línea regular y arbitraria (la actual avenida General
Paz), que fija una figura ordenada para la nueva ciudad, buscando preservar,
pese al cambio de escala, la centralidad y la simetría de la ciudad
tradicional, manteniendo aquella voluntad de forma que, como mostró
Silvestri, también hace pendant con la aspiración de la nueva cabecera
urbana que estaba materializando contemporáneamente el Puerto Madero.
[8]
Pero, mientras este gesto se inscribe sin conflictos dentro de la tradición
regularizadora, la segunda gran decisión pública requiere un análisis más
detenido. Se trata del diseño que realiza una comisión municipal en 1898, y
que será publicado oficialmente como plano en 1904, de una grilla
cuadriculada mayormente uniforme para todo aquel inmenso territorio,
definiendo con precisión manzana por manzana la futura ciudad, cubriendo
con una malla de vocación homogeneizante los vastos descampados que
rodeaban la ciudad tradicional hasta el nuevo límite. Con sólo comparar el
plano topográfico de 1895, que reproduce más o menos fielmente el ejido
existente, con el del Departamento de Obras Públicas municipal de 1904,
que presenta la traza de la nueva grilla, se puede ver la desmesura de éste,
en momentos en que sólo la ciudad tradicional estaba muy relativamente
densificada, el primer cordón suburbano (San Cristóbal Sur, Almagro,
Palermo) recién comenzaba a lotearse, y toda la periferia (con excepción de
los pequeños núcleos preexistentes de Flores y Belgrano) era una gran
prolongación de la pampa.[9] En una primera aproximación, podría decirse
que este plano está cumpliendo, como veíamos en el caso de La Plata, con
ambas tradiciones: con la tradición de “puesta en escuadra”, la “ambición
de regularidad” de la línea maestra de la ingeniería urbana local; y, a la vez,
con el llamado a la “descentralización” de Sarmiento, para construir la
nueva ciudad afuera de los límites de la vieja.
Sin embargo, este plano es producido por la Municipalidad en los
mismos años en que aquella voluntad pública de control de la expansión,
señalada una y otra vez por la definición de boulevares de circunvalación,
se había hecho más notoria. Porque a la estruendosa crisis pública del
Noventa, no sólo de recursos sino, sobre todo, de buena parte de los
postulados del proyecto civilizatorio expansivo, debe sumarse el efecto que
causan en el poder público las expectativas que abre la propia anexión en
los especuladores y propietarios de tierras: entre 1887 y comienzos de siglo
se multiplican los pedidos particulares de aprobación de trazados para la
venta de lotes y las propuestas privadas de “Planos de extensión” para la
Capital, lo que potencia en la gestión municipal la recuperación militante
del ideal de ciudad pequeña y concentrada, ahora, a tono con el clima
ideológico del Noventa, condimentado con una fuerte condena “moral” a la
especulación inmobiliaria. Pero así como conviene advertir cómo el poder
público comienza a depositar en esa especulación todos los males de la
ciudad, dando el primer paso que la convertirá en un “mal metafísico”,
como si el negocio inmobiliario no tuviese protagonistas y razones
concretas y, sobre todo, como si tuviese un desempeño independiente de las
propias acciones del poder público; al mismo tiempo, no debe descuidarse
el valor de aquella condena, para poder evaluar sus implicaciones en las
políticas urbanas que se deciden e identificar, como comenzamos a ver con
el tema de las expropiaciones, la progresiva consolidación de cuerpos de
funcionarios públicos que, en su rol estatal, tenderán a autonomizarse,
mediante una ideología de lo público, de los propios sectores e intereses de
la élite a la cual pertenecen, colocándolos más de una vez en situación de
conflicto.[10] Aquí se ve cómo de las acciones que en Alvear aparecían
todavía reunidas, se desprenden hacia finales de siglo diferentes tipos de
“reformismo conservador”: en el caso de los funcionarios del plano,
debemos hablar de “reformismo técnico” para indicar motivaciones e
instrumentos muy diferentes de los reformismos políticos y, a su vez, de los
culturales.
En la dirección de las contradicciones de este “reformismo técnico” es
que hay que interpretar buena parte de los objetivos del diseño, a caballo
del cambio de siglo, de una serie de parques públicos rodeando el área de
edificación consolidada de la ciudad tradicional: como la expresión de la
búsqueda (impotente) de poner una frontera capaz de limitar la expansión y
estabilizar una figura urbana; y del mismo modo debe verse la larga
campaña, retomada una y otra vez por las intendencias de estos años, por
detener el proceso de apertura de calles en los suburbios, proceso que
funcionaba como un verdadero subsidio público a los loteadores y, por
ende, como un aliciente a la expansión. Pero estos temas aparecerán en el
siguiente punto. Aquí quiero analizar las razones por las cuales, en pleno
clima antiexpansivo y de condena a la especulación, se realiza el plano
público de 1898-1904, que resulta la más rotunda refutación a esa misma
condena al poner en disponibilidad simultánea todas las tierras en el
mercado; y, sobre todo, las razones por las cuales se universaliza para esa
expansión la cuadrícula, como única posibilidad de trazado. Es decir, los
motivos por los cuales, frente a la pronunciada y ratificada voluntad de
forma, se realiza un plano con una grilla abstracta que anula, por definición,
toda posibilidad de forma. Porque si favorecer en grados extremos la
expansión edilicia es la primera disonancia del plano de 1904, la segunda, y
quizás mayor, es la elección para ello de la repudiada cuadrícula
“española”.
En principio, debe analizarse el tema de la expansión. Efectivamente, el
aval público a un territorio federal completamente urbanizado resultó un
explosivo dinamizador de la actividad inmobiliaria. Pero no deberían
confundirse efectos con objetivos: la contradicción entre la desconfianza
generalizada en la expansión y la confección de este plano es, en rigor, una
manifestación más de la impotencia por impedir los loteos suburbanos, ya
que el plano podría interpretarse como un instrumento, inadecuado por
cierto, de control de la expansión.[11] Un instrumento de búsqueda de
orden urbano, primitivo y tosco es cierto, pero cuyos resultados negativos
estaban recién comenzando a ser diagnosticados y combatidos por la
urbanística centroeuropea: el plano “de ensanche”, “de policía” o “de
alineación”, que intenta conducir y controlar el mercado inmobiliario
definiendo minuciosamente una malla viaria universal, aunque lo que así
logra es un incentivo a la especulación para un larguísimo período, ya que
al poner en disponibilidad simultáneamente toda la tierra urbanizable, sin
distinguir entre vías principales de expansión y tejido, produce un aumento
artificioso del valor.[12]
Por eso, por su carácter de instrumento de control de la expansión, más
allá de los antecedentes que podrían buscarse en todo el siglo XIX –desde el
ensanche de todas las avenidas desde Callao hacia el oeste decretado por
Rivadavia, hasta la discusión de Pellegrini con Sourdeaux y el
Departamento Topográfico en la década del sesenta para realizar un plano
de extensión de la ciudad–, este plano debe verse en directo diálogo y
respuesta a las diferentes avanzadas privadas sobre la definición del nuevo
ejido urbano desde el momento mismo en que la certeza de la
federalización modificaba las reglas de juego en la ciudad. Ya durante la
década del setenta eran frecuentes propuestas de ensanche elevadas por
particulares, como la mencionada de Senillosa, pero a partir de 1880 lo que
se produce es un verdadero aluvión. Ahora bien, así como el “plano de
ensanche” es en la segunda mitad del siglo XIX el instrumento básico de
diseño de la expansión urbana, para su realización era imprescindible un
primer paso: el levantamiento topográfico de la ciudad existente, su
conocimiento vial y catastral. Como vimos, por razones de competencia
administrativa, a partir de la federalización la ciudad carecía de los
relevamientos que había venido haciendo el Departamento Topográfico de
la provincia; es decir, carecía del conocimiento básico que el poder público
debe tener en una ciudad para definir operaciones tan cotidianas como
aprobar la alineación de un terreno cuyo propietario quiere vender o
fraccionar. Frente a esa situación, comienzan a aparecer propuestas privadas
que ya no son de simple loteo de un sector de la ciudad; en marzo de 1881,
por ejemplo, se presenta Carlos Hernández y Cía para realizar un “Plano
triangulado del municipio de Buenos Aires con su ensanche y
mejoramiento”.[13]
Vale la pena detenerse en la argumentación que realiza este empresario
en defensa de su proyecto, ya que supone una fuerte crítica al modo en que
se estaba dejando librado al azar –al mercado, en rigor– el crecimiento de la
ciudad: todo lo que se continúe edificando sin conocimiento real de la
situación de la ciudad y sin plan, dice, constituye enormes “obstáculos para
mejorar y ensanchar Buenos Aires”. Propone levantar el plano de lo que
existe, rectificar “el sin fin de imperfecciones de nuestras calles” (como
Venezuela, que se junta con Rivadavia “y sin embargo se llaman paralelas”)
y, sobre todo, conocer la realidad para proceder a un ensanche adecuado:
¿cuál es la traza más lógica?, ¿cuál la expropiación más beneficiosa?
¿Acaso hoy el municipio puede decidirlo?, se pregunta. Los únicos planos
que se hacen, contesta, no tienen ninguna exactitud por más bellos que
parezcan: “es muy socorrido, para dibujarlos, tomar la escuadra y tirar
líneas paralelas a 150 varas que digan Este es Buenos Aires”. Los gobiernos
han concentrado los edificios públicos, y tras ellos va el comercio, describe,
con lo que se produce un fabuloso incremento del valor de la propiedad
urbana que imposibilita toda reforma en el futuro. Por eso mismo son los
gobiernos, sigue la propuesta,
[...] los llamados a marcar el nuevo rumbo de ensanche inspirándose en la justicia y
conveniencia públicas. Sabido es que si el gobierno señala las trazas de nuevas calles de
ensanche de la Capital en dirección A o B, y establece edificios públicos, allí instantáneamente
se eleva el valor de la propiedad. Ahora, cuando Buenos Aires posea doble y cuádruple
población, resta saber cuál será la dirección más conveniente de ensanche, cuáles sus grandes
arterias, plazas, calles, edificios públicos...

Creo que los considerandos de esta propuesta señalan en qué medida había
diferentes tipos de actores con una conciencia de la situación que no se
agota en el interés por el negocio propuesto. En este caso, la compañía pide
a cambio de su trabajo en la triangulación y la elaboración del plano, la
concesión del adoquinado de 150 mil metros cuadrados de calle a un precio
fijo por metro. El negocio demuestra el tipo de interés que despierta la
nueva situación de la ciudad –el presupuesto para las obras públicas se
incrementa notablemente a partir de que el gobierno nacional toma
jurisdicción sobre ella–, y es evidente que la aproximación al problema que
tiene esta empresa se explica en buena medida en que su negocio es el
contrato de obra pública, por lo tanto depende precisamente de que sea el
estado el que fije las pautas de la expansión; situación muy diferente a la de
actores privados con interés en el loteo de tierras a quienes les interesa que
la ciudad se desarrolle en el área de sus propiedades para valorizarlas. Pero,
de todos modos, la argumentación con que defienden la propuesta
demuestra que el conocimiento del tema urbano no se limita a los viajes de
la élite y su epistolario informativo: aquí comienzan a aparecer algunos de
los otros que construyen la ciudad.
Y no es menos significativa la respuesta de la Municipalidad a apenas un
año de su formación: el informe de la recién creada Comisión de Obras
Públicas que encabeza el ingeniero Pastor del Valle considera que la
propuesta acierta en el diagnóstico, y coincide con la necesidad del plano de
ensanche, pero la rechaza porque precisamente la importancia de ese plano
confirma que no lo debe hacer “un particular movido por el lucro” sino la
Municipalidad.[14] La Comisión de Obras Públicas sienta de ese modo un
principio que veremos guiar desde aquí hasta la realización definitiva del
plano de 1898-1904 a la acción pública: no tiene los instrumentos para
llevar adelante una empresa de tamaña naturaleza, una y otra vez le reclama
infructuosamente al Departamento de Ingenieros de la provincia –que sí los
tiene– la cesión de los documentos y la colaboración en la realización de
una nueva traza, intenta formar recursos propios para realizarlo, pero
mientras tanto no cede la voluntad de control absoluto sobre cada calle que
se abre o cada alineación que se aprueba, sobre cada rincón del territorio.
[15]
Situación que podríamos definir como de impasse, complicada de por sí:
un estado que tiene como modelo un control estricto de la expansión y su
sujeción a una traza predeterminada, pero carece de los instrumentos para
ejercer el control y diseñar la traza. Estamos todavía a comienzos de los
años ochenta; cuando en 1888 se definan los nuevos límites y las propuestas
de fraccionamiento de tierras ahora urbanas se multipliquen, porque lo que
se ha multiplicado es su valor potencial, la situación ya no va a ser de
impasse, sino sencillamente caótica: ¿sobre la base de qué criterios se debe
aprobar o desaprobar una propuesta de loteo en medio de los descampados
de Flores?, ¿cómo se le da alineación? Mientras no se realice el plano
definitivo –insisto, en una situación que informe tras informe los
funcionarios de Obras Públicas no cesan de calificar como provisoria–, los
criterios que priman como sentido común extendido, digamos, como
ideología pública, son los de garantizar la mayor continuidad con los
sectores de traza preexistentes o con los caminos principales y garantizar la
regularidad de los trazados, que en general eran realizados, como
encomienda privada, por ingenieros y agrimensores formados en la
tradición del Departamento Topográfico o directamente por la Oficina de
Obras Públicas municipal a pedido de los propietarios. Por ejemplo, el 24
de abril de 1889 una sociedad propietaria de los terrenos que rodean los
Nuevos Mataderos presenta un proyecto de trazado del “Pueblo de Nueva
Chicago” levantado por Chapeaurouge, un agrimensor destacado que por
esos años realiza encomiendas de planos públicos en varias ciudades; la
justificación del trazado desarrollada en el pedido de aprobación municipal
es mostrar que se tuvieron en cuenta las direcciones de traza del Boulevard
de Circunvalación (Av. General Paz), de los caminos de Cañuelas y
Campana y el proyecto de los Mataderos, procurándose la mayor cantidad
de calles que accedieran a ellos “y la mayor regularidad en las manzanas”.
Continuidad y regularidad: es la clave para defender un proyecto de traza
frente a la autoridad pública. La aprobación de la Municipalidad, de todos
modos, repara en que la continuidad no es la deseada pensando en la ciudad
futura, ya que el trazado no es la prolongación imaginaria “en ningún
rumbo” de las calles existentes en el municipio; pero como se trata de una
extensión grande y en la que se levantará en breve “un centro urbano (muy)
importante”, se debe aprobar con criterio similar, dice el informe, al que ya
se ha aplicado para casos como los de Villa Catalinas, Villa Devoto, Chacra
de White, Villa Ortúzar, etcétera.[16]
En todos esos casos se trataba de emprendimientos importantes, capaces
de ejercer una fuerte presión económica y política; la Comisión de Obras
Públicas los ve como males inevitables frente a la ausencia “provisoria” de
un plano general. Carlos María Morales, un personaje clave en todos estos
años como director de la Oficina de Obras Públicas, en el filo del siglo, en
la ponencia con que describe en la Sociedad Científica Argentina los
trabajos de la comisión que diseñó el plano de 1898-1904, explicará por qué
el trazado de la ciudad se aparta, fuera de la parte central “delineada por
don Juan de Garay”, de la regularidad del damero:
La causa de esta irregularidad responde evidentemente a la falta de un proyecto general de
trazado; a medida que los propietarios de terrenos pedían la delineación de las calles que
debían cruzarlos, se hacían esos trazados parcialmente, sin relacionar, por lo general, unos con
otros y obedeciendo únicamente al criterio individual del empleado encargado de la operación.
Basta observar en el plano de la ciudad el trazado seguido en diferentes barrios, para
convencerse que las cosas han pasado como queda dicho.

El trazado definitivo debió realizarse, precisamente, “a fin de salvar este


inconveniente y adoptar un criterio uniforme”.[17]
La comisión de expertos para el proyecto de traza definitiva “de las
calles, plazas y avenidas, de acuerdo con el cual debía procederse en el
futuro”, es formada por la Intendencia luego de realizado el levantamiento
topográfico de 1894 como “plano oficial del municipio” (publicado en
1895), y su proyecto fue aprobado por el Concejo Deliberante en noviembre
de 1898, publicándose como plano, como vimos, en 1904.[18] Es decir,
desde 1898 hasta 1904 los funcionarios municipales ya tenían el
instrumento que necesitaban desde por lo menos una década atrás, y podían
dar alineación de loteos de acuerdo con un plano maestro, pero no era
público el diseño de la futura ciudad que nacía en esa gran extensión de la
pampa; asimismo, cuando se publique en 1904 será como documento
administrativo, desprovisto de la relevancia y la publicidad de un “proyecto
de ciudad”. Y esta opacidad, que en cualquier otro acto burocrático no
llamaría demasiado la atención, en este caso me parece plena de
significados. Sólo basta comparar la difusión pública a través de la prensa,
incluso callejera, con afiches publicitarios, que Alvear le dio a la propuesta
de reforma de la Plaza de Mayo, o la que luego tendrían las propuestas de
Joseph Bouvard en 1907 o el Plan Noel en 1925, con polémicas públicas en
todos los periódicos, para advertir la magnitud del hecho de que la traza del
futuro de la ciudad se manejase desde una perspectiva absolutamente
“técnica”, en oficinas burocráticas, al margen del debate y el conocimiento
públicos.
Esta opacidad explica, a mi juicio, la poca trascendencia que tuvo una de
las medidas más importantes y de mayor consecuencia futura que se han
tomado en la historia de esta ciudad. Así como no fue motivo de debate
para sus contemporáneos, el plano de 1898-1904 no existió jamas para la
historiografía posterior como el producto de un deliberado acto de diseño
público, sino apenas como el dibujo de lo que la ciudad estaba resultando a
partir de acciones privadas: lo que no se advirtió es que había diseñado con
una precisión milimétrica la traza de una ciudad completa sobre el desierto.
Pero si esa opacidad “técnica” podría explicar tamaña omisión, es la propia
opacidad, en cambio, lo que debe intentar interpretarse.
En principio, vale la pena insistir en la comparación con la publicidad de
la acción de Alvear. Dijimos que él funda un modelo de intendente, hombre
público modernizador y reformista, y pone a andar una burocracia técnica
local con creciente autonomía. Ambas cosas van a seguir funcionando, el
modelo y la burocracia, pero mientras el primero formará parte de un
imaginario siempre irrealizable, la segunda garantizará la continuidad
anónima de la gestión. La permanencia como ideal irrealizable del modelo
de Alvear no se explica –al menos no sólo– porque su figura fuese
irreemplazable, sino en razones políticas y de las propias lógicas de la
gestión urbana: Alvear gobernó la ciudad alrededor de siete años (primero
como presidente de la Comisión Municipal, entre 1880 y 1882; a partir de
entonces, hasta 1887, como intendente), la mayor parte del tiempo durante
la presidencia estable de Roca, en quien encontró gran apoyo para medidas
conflictivas; durante los siguientes doce años se suceden nueve intendentes,
de los cuales sólo dos terminan un mandato de dos años, en un marco de
inestabilidad política, crisis financieras y penuria presupuestaria, en el cual
el lugar de la intendencia pasa a ser un casillero más, y no de los de mayor
importancia, en un tablero comandado por las lógicas de la coyuntura de la
política nacional.[19]
En el mismo período, la burocracia técnica –al menos en lo que hace a la
gestión material de la ciudad– permanece prácticamente estable,
consolidando equipos de funcionarios y una serie de prácticas cuyo
horizonte necesariamente debía ser ganar un máximo de autonomía de los
efímeros climas políticos y del cambiante ejecutivo de la ciudad. Y esto
quiere decir, precisamente, buscar la continuidad de obras estructurales que
tienen tiempos largos de realización, mantener el funcionamiento de los
proyectos iniciados, gestionar las lentas reformas administrativas, pero con
un bajo perfil, en el sentido de que es prácticamente imposible, desde ese
ámbito de la gestión, llevar adelante un plan ambicioso –y por ende
conflictivo– de reforma urbana, es decir, lo que normalmente es
considerado un Plan.[20] Por eso el plano de 1898-1904 es un plano y no
un Plan: está planteado como solución a un problema de gestión y de
administración y no como un proyecto de ciudad.
Los autores del plano eran evidentemente conscientes de esta diferencia
y la contabilizaban dentro de las limitaciones con las que tenían que
realizarlo: “la comisión tuvo que respetar los trazados existentes, mejorando
únicamente lo que era susceptible de corregir para hacer un trabajo práctico
y de posible ejecución”, es el balance de Morales.[21] Desde el punto de
vista de un plano, los “trazados existentes” seguían siendo irrelevantes en
comparación con la superficie virgen sobre la que la comisión dispuso la
grilla para toda la capital, pero ¿cómo compatibilizarlos con la idea de Plan,
que requiere justamente de una gran capacidad de maniobra sobre toda
preexistencia? El plano de 1898-1904 realiza un trabajo de bordado que
busca evitar todo conflicto: su centro no está puesto en la reforma de la
ciudad existente sino en el completamiento de la ciudad futura. Por
ejemplo, el plano incorpora algunos pocos residuos de Plan: la Avenida de
Norte a Sur, proyecto de larga data, una avenida ribereña y cuatro
diagonales que deberían partir del Congreso (todavía sin construir)
cruzando toda la ciudad, como parte de un proyecto de diagonales más
ambicioso realizado durante la gestión del intendente Crespo. Sin embargo,
el diagnóstico de Morales sobre su factibilidad es más que cauteloso –y
apuntemos que está presentando su diagnóstico en uno de esos congresos
internacionales a los que los funcionarios concurrían a mostrar los
“progresos” de sus ciudades–: las dos diagonales proyectadas que parten
desde la plaza hacia el sudeste y noroeste, es decir, hacia la parte
consolidada de la ciudad, “quizás [...] no se lleven a cabo”; las otras dos,
que parten hacia donde la ciudad se abre sobre la pampa, “creo que llegarán
a ser una hermosa realidad [...] porque afectan terrenos y edificaciones
menos valiosas”; y la avenida Norte a Sur, sería de fácil realización porque
sigue el criterio de la Avenida de Mayo de atravesar el corazón de las
manzanas, pero “siempre que el Honorable Congreso sancione la ley pedida
por la Municipalidad y sin lo cual será muy difícil que esta gran obra [...] se
lleve a cabo”, se previene Morales, cuando todavía no ha terminado el
conflicto jurídico, legislativo y económico acarreado por la Avenida de
Mayo.[22] Es evidente que una parte de la opacidad a la que nos referíamos
debe vincularse a que la Comisión visualiza el plano como una solución de
compromiso, y a que no puede mostrar con orgullo los logros de un Plan, a
pesar de que, visto desde hoy, la magnitud de lo realizado de modo
“realista” por el plano reduzca aquellos intentos de Plan a un simple gesto
vacío.
Ahora bien, ése es el plano que signó el futuro completo de la ciudad
capital en todo el territorio anexado. Su carácter administrativo, su opacidad
burocrática, su realismo de patchwork, ¿realmente indican que no se trata
de un proyecto de ciudad? Esta pregunta es capital para avanzar nuevas
direcciones en nuestra preocupación por caracterizar este “reformismo
conservador”. Mi hipótesis es que justamente en tanto no puede ser Plan, lo
que aparece más fuerte en el plano, al ser el saldo de sus “concesiones”, lo
que resiste, es la serie de supuestos sobre los que no se discute: continuidad,
regularidad, homogeneidad, integración. Por eso es que debe hablarse, para
esos años, de un rol reformista del plano de extensión: frente a la
inexistencia de alternativas técnicas más avanzadas y en una coyuntura de
inestabilidad política y crisis económica, el trazado del plano fue el
mecanismo con que el estado cubrió su reflejo de control, como garantía de
la renta pero también como respaldo público de una potencial urbanidad. El
plano funciona como una promesa de equidad e integración, por el simple
trámite de suponer, frente a la pluralidad de actores que intervienen en la
realización de la ciudad, un tablero común, público, que busca asegurar la
comunicación futura de múltiples e incontrolables operaciones privadas. El
plano, así, pone en acto la tradición de reforma pública porque es lo único
que no puede dejar de hacer en medio de los compromisos con lo existente;
pero se trata de una tradición devenida técnica de estado: el plano es el
producto de una “máquina reformista”.
Pero quizás el significado estricto de esta “promesa de equidad” a la que
me refiero, como algo implícito en la propia estructura urbana, pueda
advertirse mejor en la comparación con otros procesos de expansión.
Ciudad de México y Santiago de Chile, por ejemplo, son dos paradigmas de
expansión opuestos entre sí, que muestran respectivas modalidades
alternativas a la de Buenos Aires y sus efectos. En México, la expansión
metropolitana se produjo a través de Colonias extraurbanas, realizadas
sobre todo en las primeras décadas del siglo por fraccionadores privados
con acceso directo a los resortes de poder (los “portafolieros”, muchas
veces testaferros locales de inversores extranjeros), sin ningún plano
público general en el cual esas colonias se vieran obligadas a insertarse y
sin ningún control público sobre sus trazados. En Santiago, en cambio, el
Plan de Vicuña Mackenna de 1873 había trazado un “camino de cintura”
dentro del cual el poder público establecía sus normas; pero, a diferencia de
los sucesivos “boulevards de circunvalación” de Rivadavia, Alvear y el
definitivo de 1888 en Buenos Aires, tal cintura, lejos de incorporar todo lo
realmente existente en torno a la ciudad tradicional, se propuso como
recorte diferenciador –de acuerdo con el enunciado del autor– entre “la
ciudad propia sujeta a los cargos y beneficios del municipio, y los
suburbios, para los cuales debe existir un régimen aparte, menos oneroso y
menos activo”: la ciudad “propia, ilustrada, opulenta, cristiana”, debía
oponerse así a los arrabales, “inmensa cloaca de infección y de vicio, de
crimen y de peste”; “la ciudad propia –remataba Vicuña Mackenna–
necesita deslindarse de la ciudad potrero”.[23] En un caso por ausencia de
políticas públicas y en el otro por su carácter segregatorio, en las dos
ciudades se impusieron desde un comienzo barreras estructurales entre
sectores sociales, separando la ciudad propia de la ajena, la legal de la
ilegal.
La referencia obligada, por el contrario, a un gesto público de la
envergadura del plano de 1898-1904 es el plano ya mencionado de los
Comisionados de Nueva York de 1811: la grilla que trazó la expansión en
todo Manhattan cuando apenas estaba edificada la vieja ciudad holandesa
en la punta inferior de la isla, el lower Manhattan.[24] En Latinoamérica, a
su vez, en el siglo XIX es posible homologar el plano de Buenos Aires con
contados casos, como el del trazado del Boulevard Artigas en Montevideo
en 1878, aunque define una superficie menor que la extensión de Buenos
Aires (dejando afuera algunos suburbios ya desarrollados), y aunque la
grilla que diseña para la “Ciudad novísima” debe competir con la
preexistencia de muchos más trazados, lo que da el recorte peculiar de
algunos barrios montevideanos.

Figura 46
Plano de la Ciudad de Montevideo de 1889, trazado de la “Ciudad Novísima” a partir del “Boulevard
de propios” (Boulevard Artigas) que rodea a la ciudad buscando incluir en ella buena parte de lo
preexistente en el suburbio con un trazado regular (ambas imágenes en AAVV, [250 años de
Montevideo, Montevideo, GERGU, 1980).

Pero estos dos casos nos conducen al otro tema presente en el plano de
1898-1904 en Buenos Aires: la elección de la cuadrícula como grilla
universal ideal para todo el nuevo trazado. Si bien es cierto que tal elección
puede filiarse en aquella tradición ingenieril “regularizadora”, hacia fines
de siglo el diseño urbano había incorporado modelos bastante más
sofisticados que la mera continuación de la grilla, como bien probaba
localmente el ejemplo de La Plata. En realidad, la opinión negativa sobre la
cuadrícula ya era completamente hegemónica hacia finales de siglo,
también entre los técnicos de los equipos municipales. Sintéticamente, se
continuaba con el criterio que Sarmiento había expuesto, aunque ya no era
corriente el desprecio por la herencia española típico de unos años antes:
por ejemplo, Alberto Martínez –otro de los funcionarios de larga carrera en
la Municipalidad– criticando en 1887 el damero de Garay, ya no lo explica
por la “imprevisión” y la “incultura” españolas a las que solía remitir
Sarmiento, sino que lo justifica en la medida en que ese trazado habría
buscado contestar “lo tortuoso, estrecho y caprichoso” de la traza medieval
de las ciudades europeas de las que partieron los colonizadores.[25] Es
decir, desde el paradigma urbano barroco que perduraba desde mediados de
siglo (amplias avenidas, diagonales, rond points), la cuadrícula se critica,
pero es un mal menor frente al trazado completamente irregular; éste, en
cambio, en muy poco tiempo más sería reivindicado por el paradigma
pintoresquista, dándole el tono al clima de ideas urbanas hegemónico desde
la primera década del siglo, en el cual la crítica a la cuadrícula será
implacable en términos de búsqueda de un modelo de ciudad menos
“monótona” y más “variada”. Variaciones y superposiciones que
demuestran otro de los temas centrales en el problema de las “influencias”:
¿qué veían los viajeros, en realidad, de las ciudades de Europa que querían
imitar? En el siglo XIX sólo pueden verse los trazados que buscan
regularizar, modernizar y ampliar la ciudad medieval, cuyos “encantos”
podrán ser descubiertos recién cuando se conviertan (a través, sobre todo,
de la obra de Camilo Sitte) en teoría urbana.[26]
Lo que persistía de Sarmiento a fin de siglo no era tanto la matriz
cultural del repudio, por la cual la cuadrícula era la materialización de la
amenaza anómica de la pampa, la propia metáfora determinista de la
llanura, sino sus argumentos funcionales y económicos: la crítica funcional
a la cuadrícula porque alarga las distancias, que implica como contracara
indefectible la propuesta de diagonales que unan “más racionalmente”
diferentes puntos de la ciudad. La crítica económica, a su vez, se
desplegaba en dos líneas de argumentación: por un lado, la “irracional”
extensión de la infraestructura a que obliga el damero; por otro, la
“irracionalidad”, nuevamente, del módulo cuadrado, en términos de la
pérdida de valor de renta del centro de manzana. Lo interesante de este
argumento es que permite relativizar lo que será la muletilla más recurrida
contra la cuadrícula en todo el siglo XX: la acusación contra su directa y
exclusiva funcionalidad a la especulación, como modalidad más favorable a
la explotación de la renta del suelo. Como vimos, para criticar el damero
Sarmiento tomaba justamente el ejemplo de la grilla neoyorquina, cuyas
manzanas rectangulares y no cuadradas evitan el “inconveniente”
económico de la ausencia de valor en el fondo de los lotes, y proponía en
consecuencia “partir las manzanas de Norte a Sur o de naciente a poniente
por calles de veinte varas”.[27] A su vez, también es evidente la
“irracionalidad” del damero universal en función de la ciudad industriosa
que imaginaba Sarmiento en sus años productivistas; la cuadrícula
indiferenciada no favorece, por ejemplo, la definición de áreas industriales,
que ya a finales de siglo presuponían la disponibilidad de superficies mucho
más amplias y flexibles: el amanzanamiento ratifica y prescribe el carácter
burocrático y sobre todo residencial de la ciudad Capital.
Por estas razones, porque los técnicos que realizaron el plano de 1898-
1904 eran conscientes de estas críticas también económicas al damero, es
necesario abordar el diseño de la trama amanzanada de Buenos Aires desde
la perspectiva de que buscó una racionalidad diferente a la económica y una
homogeneidad no homologable exclusivamente con el mercado. La grilla
tuvo una doble connotación: generar un marco uniforme, en el que no
cualquier operación especulativa fuese posible, y tender los lineamientos
para un tipo de distribución social integrativa; por ello creo que debe leerse,
más que como instrumento del incremento especulativo, como vía de
expansión del espacio público hacia toda la ciudad, como medio de
integración social de los nuevos sectores populares al corazón urbano.
Quiso ser, por supuesto, la manera de guiar una sociedad convulsionada
hacia el ideal de una comunidad de pequeños propietarios; pero no sólo eso.
En su proyecto de solución del problema de la habitación obrera, Domingo
Selva vinculaba, precisamente en 1904, ambos aspectos: por una parte, la
pequeña propiedad, porque “contribuye al deseo de pasarlo con cierta
holgura, le vincula [al obrero] al suelo generoso que le hospeda, le
convierte en un cuasi ciudadano, no indiferente ya a los dolores y a las
alegrías del país en que vive; le sustrae a toda agitación partidista o gremial
mal entendida, haciéndolo eminentemente conservador”; pero, por otra
parte, junto a esa idea conservadora del rol de la propiedad –que ratifica la
pertenencia de este “reformismo técnico” al horizonte político del
“reformismo conservador”–, Selva da por obvias las condiciones para la
ubicación de esos obreros “cuasi ciudadanos” en la ciudad: una búsqueda de
integración que descarta los modelos ya en boga de “suburbio jardín” –cuyo
aislamiento favorece la estratificación social–, y que presupone la máxima
continuidad entre los diferentes sectores urbanos y sociales –”por su
trabajo, por las vías de comunicación, por otras cien causas”, dice en la
frase con que abrimos este punto–, coincidente con la forma en que el
estado procuraba contemporáneamente una distribución homogénea en el
territorio de los servicios públicos.[28] Búsqueda de homogeneidad que,
entonces, al menos en un momento inicial, es también una búsqueda de
igualación, una más de las vías de ciudadanización inducida que se ponen
en práctica en instituciones públicas de reforma como la escuela o el
hospital público, y que está en la base de una serie de procesos de
socialización, pero también de consolidación de las propias instituciones,
como las reformas electorales que se suceden entre principios de siglo y
1912. De este modo, la grilla, como una máquina reformista, metaforiza y
materializa una variedad de expresiones de esa ambición de
universalización racional y equitativa de los derechos públicos típica del
ciclo reformista.
Pero veamos algunas de sus peculiaridades en el fin de siglo. El Noventa
ha quedado estigmatizado por el síndrome de La Bolsa: especulación y
corrupción pública, ascenso social sin cohesión, anomia y descontrol. Es
por lo menos inquietante imaginar en esos mismos años babélicos a este
grupo de técnicos y burocrátas diseñando “silenciosamente” el trazado de
un plano que encarna, por una parte, el intento de domesticar una sociedad
convulsionada y heterogénea, pero que en ese mismo movimiento produce
el principal gesto material para favorecer la más completa ciudadanización;
la realización, “desde arriba”, de la conjunción necesaria de espacio público
y mercado. Volviendo entonces a nuestra pregunta sobre la cualidad
proyectual del plano de 1898-1904: posiblemente no sea un proyecto, en el
sentido en que la noción de proyecto involucra una cierta idea de la
voluntad localizada en sujetos específicos y en un momento individualizado
y puntual. Pero entonces tal vez convenga pensar el plano como una
estructura o, mejor aún, como un dispositivo, retomando la inspiración
(aunque, como puede observarse, no todas sus implicaciones) con que
Foucault ha planteado la noción de dispositivo: el plano puede pensarse
como la encarnación de un dispositivo de reforma en tanto pone en juego,
condensa, una suma de prácticas y de convenciones formadas a lo largo del
tiempo por un colectivo de actores diversos, y a la vez tiene la capacidad –
imposible de advertir para sus autores y para sus contemporáneos– de
definir hacia el futuro una densa malla –y en este caso es bastante más que
una metáfora– de condiciones y consecuencias que tenderán a seguir
obrando de acuerdo con lógicas propias, más allá de actores concretos. Se
trata, podríamos decir, abusando, de un reformismo sin sujeto.
2. Por un sistema de parques: centro y frontera
“El parque de los Patricios en los Corrales tenía a la una de la tarde una enorme
concurrencia de grandes y chicos. Allá a lo lejos, un crespón de humo hediendo indica
la quema de basuras. En ninguna parte como allá se necesita purificar el aire con una
buena vegetación...”
Crónica de El Diario, sobre la inauguración del Parque de los
Patricios, 1902[29]

Desde el pequeño prado que en 1902 anticipa y promete los futuros jardines
del Parque de los Patricios, el grupo de asistentes a la inauguración percibe,
“allá a lo lejos”, el crespón de humo hediendo de la quema. Se reproduce
casi puntualmente el contrapunto entre el cementerio de Brooklyn y la
Nueva York coronada de humo que más de cincuenta años atrás había
impactado a Sarmiento. El humo aquí no es el producto de esa “máquina
infernal” que es la moderna metrópoli, sino el de una de sus excrecencias
periféricas, la quema de basuras; el motivo del rechazo se ha desplazado de
la ciudad moderna en tanto tal a sus arrabales insalubres, pero el ciclo se ha
cerrado y el parque como motivo higiénico, convertido en fórmula universal
del reformismo urbano, ha hecho su irrupción en la ciudad.

Figura 47
Inauguración del Parque Patricios, 1902: el intendente Bullrich rodeado de escolares en la
inauguración (Archivo General de la Nación).

La nueva remisión a Sarmiento no es fortuita: en Buenos Aires se trata de


un ciclo que guarda memoria de cada uno de sus pasos, que como
contrapunto o reflejo busca reproducir la función simbólica del parque con
la minuciosidad de un rito. Adolfo Bullrich, el intendente que inaugura el
Parque de los Patricios en el extremo opuesto de la ciudad, es el mismo que
había dinamitado, en el inicio de su gestión cuatro años antes, el Caserón de
Rosas, resto aislado y ya desfigurado de la Tiranía en Palermo, para erigir
en su lugar la estatua de Sarmiento realizada por Rodin.[30] El nuevo
parque, a su vez, se levanta sobre otros restos bárbaros: los restos de los
Viejos Corrales del Sur, los Mataderos, tan ligados como el Caserón a ese
pasado y a esa naturaleza pampeana que la ciudad debía dejar atrás y
afuera, apelando a un idéntico acto de exorcismo: a la barbarie se la sepulta
bajo el verde. Y, para no dejar margen a la interpretación, la inauguración
del nuevo parque al sur de la ciudad se realiza el 11 de septiembre,
aniversario de la muerte de Sarmiento, día de la “fiesta del árbol”, más
adelante “del maestro”, volviendo a plantear la analogía entre la ciudad, el
verde y la educación.

Figura 48
Secuencia de planos en el área de San Cristóbal Sur/Parque Patricios (el borde sur, a la izquierda, es
el Riachuelo): Plano de la ciudad de Buenos Aires de 1895 (sector), en el que se ve el
establecimiento de los Mataderos del sur (o Corrales del sur) en la parte superior de la barranca, el
ferrocarril “de las basuras” y la quema municipal (sobre las tierras de Lezama). Plano de 1904 (el
mismo sector), con la grilla proyectada por la Comisión de 1898 y el trazado de Thays para el Parque
Patricios sobre las tierras del matadero desalojado. Puede verse la relación del parque con la grilla, y
también las “preexistencias” del plano anterior: caminos, barranca, ferrocarril, quema, etc. (ambos
planos en el Museo Mitre).

Figura 49
Secuencia de planos en el área de San Cristóbal Sur/Parque Patricios (el borde sur, a la izquierda, es
el Riachuelo): Plano de 1904 (el mismo sector), con la grilla proyectada por la Comisión de 1898 y el
trazado de Thays para el Parque Patricios sobre las tierras del matadero desalojado. Puede verse la
relación del parque con la grilla, y también las “preexistencias” del plano anterior: caminos, barranca,
ferrocarril, quema, etc. (ambos planos en el Museo Mitre).

Figura 50
Imágenes del cambio en San Cristóbal Sur / Parque Patricios: Pulpería en la esquina de los
mataderos, 1899 (Archivo General de la Nación).

Figura 51
Imágenes del cambio en San Cristóbal Sur / Parque Patricios: Construcción del parque hacia 1905; al
fondo, las nuevas fábricas que comienzan a poblar el área (Archivo General de la Nación).

En esta fiesta del árbol de 1902 cinco mil alumnos del Consejo Escolar de
San Cristóbal plantaron mil seiscientos árboles como punto de partida del
parque que venía a higienizar la zona más insalubre de la ciudad, pero que,
además, venía a ofrecer un manto normalizador a los vecinos de un área
postergada y marginal, a quienes el humo de la quema “en las raras veces
que vienen al centro los hace reconocer en seguida como habitantes de San
Cristóbal por el olor acre que llevan consigo”.[31] El parque contra el aire
viciado; como la educación pública, contra la cultura tradicional y la
segregación social pero, también, contra las conductas desviadas: otros
niños asisten a la fiesta como protagonistas involuntarios: reclusos de la
Cárcel Correccional de Varones, serán los encargados de convertir con su
trabajo los Antiguos Mataderos en un Parque, para ser “regenerados” por el
verde. De acuerdo con las palabras inaugurales del intendente reformista,
“estos niños, más desgraciados que culpables, reciben también el fruto de
este parque. Sus instintos, su perversidad [...] serán reemplazados por
hábitos de trabajo, por la instrucción de la arboricultura y se convertirán en
ciudadanos útiles para el país y la familia”.[32]
Del humo de la industria al humo de las basuras; de los soldados que
hacían su aprendizaje topográfico en el parque a los niños-reclusos que
deben ser regenerados por el verde; del norte al sur de la ciudad; de la
búsqueda de un nuevo corazón verde para una nueva ciudad a la
higienización de sus bordes miserables. Sobre el fondo continuo de una
serie de motivos de larga duración, resaltan los contrastes y
desplazamientos: entre Palermo y los parques del cambio de siglo se
establece un sistema de identidades y simetrías ideológicas, al tiempo que
se invierte gran parte de sus propósitos y sentidos más específicos como
instrumentos de intervención urbana. Es decir, se refuerza una línea cultural
y un uso ideológico del parque en la ciudad, mientras se invierte su función
urbana.

Figura 52

“Ejercicios gimnásticos y militares en el Parque de los Patricios”: ilustraciones de una nota de Caras
y caretas sobre el Patronato de la Infancia que funciona en el parque, 3-10-1908.

El parque es uno de los nuevos artefactos urbanos en los que más


ambiciones reformistas se depositan; en este sentido, a diferencia de la
grilla, debemos hablar, aquí sí, de un reformismo con actores, de un
reformismo elaborado discursivamente que se apoya y se proyecta en el
parque dándole una densidad semántica sin igual. Aunque esos discursos no
deben ocultarnos que, a la vez, el parque es el artefacto urbano que, al
menos en Buenos Aires, más activo se demuestra en la reorganización
silenciosa de modalidades de ocupación del suelo: en una ciudad sin
grandes tradiciones de reflexión urbanística y sin instrumentos públicos
afinados de intervención, el parque será también una de las modalidades de
transformación cualitativa de la ciudad a través de la cual el poder público
realizará una progresiva experiencia de gestión metropolitana. El parque se
irá constituyendo así, desde Palermo hasta los parques del nuevo siglo, en
un instrumento privilegiado de intervenciones puntuales “correctoras” del
curso de un laissez-faire en el que los límites para la reforma se hacen sentir
con fuerza jurídica e ideológica; pero, por todos esos mismos motivos, el
parque se constituye, a su vez, en un ideal siempre incompleto: un
instrumento que en los objetivos explícitos va siempre a la zaga de la
“realidad” de la ciudad, pero cuyos efectos “silenciosos” no siempre son
interpretados.
Lo primero que conviene analizar es cómo funciona el parque, qué clase
de espacio público forma en la Buenos Aires finisecular. A diferencia de la
grilla, de oscura filiación y cuya elaboración se oculta con pudor, el parque
es uno de esos artefactos urbanos de linaje, que se incorporan con un
dispositivo cerrado de discursos completamente elaborado y disponible al
que resulta imposible sustraerse en la época. En este vendaval
modernizador que parece en el siglo XIX incontenible, porque cada una de
sus piezas remite infaliblemente a las demás como en un mecanismo de
relojería que se arma vertiginosamente bajo la vista de los protagonistas,
con su completa certeza de que el funcionamiento aceitado provocará una
transformación definitiva de la sociedad; en este torbellino del progreso,
pocos artefactos vienen tan saturados de sentido, de interpretaciones y
diagnósticos como el parque. Sarmiento advierte con fervor modernista ese
movimiento, esa coincidencia no por inevitable menos fantástica de los
sucesos y las transformaciones que llevan a la propagación del progreso:
Nunca hay una idea útil en el mundo, que sea abandonada a la posibilidad y aconsejada por el
sentimiento del bien que no vaya como la lluvia o el rocío a fecundar toda la extensión del país
a donde esa idea alcanza [...]. La plaza de San Luis está, os decía, plantada de árboles. Cuando
visité la recóndita ciudad de Santa Fe, la encontré plantada de árboles; estábalo la de Mendoza;
estábalo la de Tucumán, y las de Santiago de Chile y Buenos Aires estábanlo ya, o se cubren de
árboles de un año a otro. ¿Qué Gobierno, qué Congreso ha mandado plantar de árboles las
plazas públicas en todas partes de América? Una insinuación os haré. Cuando abandoné la
Europa en 1848, dejaba a todas las naciones que la componen, plantando de árboles los
caminos públicos, los bulevares y plazas que aún no estaban sombreadas, y es de maravillarse
cómo San Luis, San Juan y Tucumán, tan apartados, siguen un movimiento impreso a la
humanidad por los progresos de la higiene pública.[33]

Pero que en el caso del parque el artefacto sea inescindible de sus discursos
hace que, junto con los árboles, la plaza de San Luis se pueble de
interpretaciones y diagnósticos sobre la “higiene pública” que fueron
realizados para metrópolis con problemas radicalmente diferentes. Si no se
quiere hacer ni una historia de “los progresos” ni otra simétrica de “los
desatinos” de una modernización urbana periférica, lo que queda por ver en
el tema del parque es ese desajuste, el funcionamiento de un dispositivo que
traba solidariamente tipología y discursos, en ciudades y sociedades en las
que los procesos a los que buscó dar respuesta no estaban aún activados.
Por ello este nuevo artefacto, este nuevo componente del mecanismo,
debe instalarse con instrucciones para su uso en la moderna metrópoli. No
es sólo un problema de transculturación. También los parques de las
ciudades centrales tienen guías para su recorrido, como la que había
recibido Sarmiento en el Cementerio de Brooklyn: sirven para ratificar el
carácter cultural del paseo natural, para convertir todo su recinto en museo
en el que puedan disfrutarse por igual como obras de arte las bellezas
naturales y los monumentos. La diferencia es, como siempre, apenas de
grado: en los parques de nuestras ciudades, las guías serán pensadas,
además, como manuales de uso de una metrópoli futura. Así es la que
realiza el intendente Vicuña Mackena en 1874 para el paseo del cerro Santa
Lucía en Santiago, y así es la que propone Juan de Cominges en 1882 para
Palermo.[34] Es el mismo sentido de los Portones del parque: la
construcción del recinto dentro del cual ese ritual anticipatorio pudiera ser
realizado. En los parques parisinos, las verjas y el sistema continuo de
decoración con la ciudad (faroles, desaguaderos, bancos, bebederos) son el
símbolo de urbanidad y desnaturalización que constituye al parque en
unidad metropolitana, en componente estructural de la ciudad; en Palermo,
en cambio, los Portones no sólo separan al parque de la pampa como a la
cultura de la naturaleza, sino que, además, lo separan de la ciudad real para
vincularlo a una ciudad ideal de la que ese sistema cerrado de decoración –
importado con dificultad y empeño por Sarmiento y las posteriores
Comisiones del parque– quiere ser anticipación y guía.
Es la combinación del carácter fronterizo de Palermo y las virtudes
anticipatorias que se le adjudican con respecto al futuro de la ciudad lo que
explica el otro desajuste: que se adopten plenamente los modelos
divulgados por la jardinería francesa aun cuando a esa altura el discurso
ideológico que primaba sobre el verde era el anglosajón. Las necesidades
son diferentes. Olmsted podía afirmar en la Nueva York de 1870 que
[...] el parque debería, lo más posible, complementar la ciudad. Amplitud es lo único que no se
consigue en la edificación. Pintoresquismo se consigue. Dejen a los edificios ser todo lo
pintorescos que sus artistas puedan hacer de ellos. Esa es la belleza de la ciudad.
Consecuentemente, la belleza del parque debería ser otra. Debería ser la belleza de los campos,
de la pradera, de los verdes pastizales y de las aguas quietas.[35]

Aquí, en cambio, no se trata de complemento sino de reemplazo, y el


parque francés es el más irresistiblemente urbano, al mismo tiempo que su
“urbanidad” es la más irresistible, la de París. Perdida la batalla original por
instalar en Palermo un centro productivo, subordinadas todas las propuestas
iniciales a la función dominante de “parque”, el plano seguirá la
manualística de Alphand –el jardinero de Haussmann– en la que, de todos
modos, como vimos, ya vienen procesados los tres modelos que se
reconocen en el origen del parque público: el parque paisajístico del
Setecientos, con su idea de fruición estética de la naturaleza; el jardín
botánico, con sus impulsos educativos que luego continuarán zoológicos y
museos; y el jardín de placer tipo Vauxhall, con su prolongación lúdica en
los parques de diversiones y las instalaciones deportivas.[36] No es en el
trazado, entonces, donde podamos esperar aportes originales de Palermo,
tanto en los trabajos iniciales de Jules Dormal como en las ampliaciones
posteriores de Charles Thays, el diseñador de la mayor parte de los parques
porteños durante su larga gestión al frente de la Dirección General de
Parques y Paseos (1891-1914).

Figura 53
Detalle plano c. 1890 con el diseño de Thays para Palermo (nótese la permanencia del Caserón de
Rosas como Colegio Militar, en la esquina noroeste de la Primera Sección del Parque), incluyendo el
Jardín Zoológico y el Jardín Botánico en las disposiciones que mantienen hasta la actualidad, e
incluyendo también la Exposición Rural (Berjman y otros, El tiempo de los parques, Buenos Aires,
IAA, 1992).

Desde el comienzo el parque tiene enormes dificultades para realizarse,


para llevar adelante las obras de ingeniería, de ornamentación y jardinería,
pero también para que la sociedad incorporase los nuevos usos que se le
proponían. En 1882, en el marco del impulso general a la construcción de
parques que produce la gestión de Alvear, Juan de Cominges haría, a través
de un paseo imaginario, la enumeración ideal de lo que debería haber en
Palermo, reuniendo ecuménicamente todos los modelos y todas las
aspiraciones con que se cargaba el rol del parque en la sociedad: desde
baños públicos mixtos hasta cable carril, desde feria de diversiones (con
montaña rusa y viaje en globo) hasta teatros y coros populares, desde
acuarios y estanques para piscicultura hasta gimnasios y parques deportivos
(con juegos nacionales, como la sortija), desde salones bailables para
“costureras y estudiantes” hasta huertas productivas y lecherías, desde
zoológico y botánico con gran despliegue de arquitectura pintoresca hasta
tranquilos prados para la práctica de la caminata, desde el “gran salón
aristocrático” que es la Avenida Sarmiento hasta los clubes y sociedades
nacionales de inmigrantes.[37] Ambición ecuménica de la que no es ajeno
el tema de la financiación, ya no sólo del parque –hasta entonces inviable–
sino, a través de él, de la ciudad: “Es necesario que Buenos Aires sea una
ciudad divertida –escribe Pellegrini en 1883–, que atraiga al pasajero. Estos
son generalmente ricos y gastadores, y es necesario darles algo por su plata.
Museos, paseos, teatros, jardines, etc., etc., se convierten en dinero para el
comercio y prosperidad para la ciudad”.[38] La propia formación de
Comisiones directivas de los parques es la solución internacional del
momento para resolver el problema de la gestión y la financiación, pero en
Buenos Aires, la que integran Sarmiento y Pellegrini (los mismos nombres
indican la importancia inicial que se le dio), no resulta demasiado exitosa en
conseguir aportes desinteresados de la sociedad.
La creación del parque de la Recoleta, llevada adelante por Alvear en los
años ochenta, es el primer cambio importante que afecta a Palermo, ya que
lo incorpora a un circuito más complejo y variado que parte de la ciudad.
Recordemos que Recoleta era uno de los tres parques perimetrales de
Alvear, uno en cada punto cardinal, y recordemos que la suerte de cada uno
es emblemática de la compleja relación entre las teóricas aspiraciones
homogeneizadoras del poder público y la realidad del desarrollo de la
ciudad a la que él mismo contribuía: mientras el parque del Sur –los
jardines de la Convalecencia– quedan restringidos a pulmón interno de un
espacio de servicio y reclusión, completamente marginal a la vida urbana, el
paseo de la Recoleta, con sus estribaciones hacia Palermo, se convierte en
el lugar de encuentro y representación por excelencia de la burguesía
porteña, indicando una dirección precisa a la modernización de la ciudad.
Aunque, como anticipamos, si esa modernización del norte debía ser o
no aristocrática no era algo todavía evidente en esos años. Cuando
Sarmiento imagina la expansión al norte, lo hace siguiendo un lógica
económica que le parece irrebatible: en todas las ciudades el desarrollo
inmobiliario tiene que ver con las preexistencias en las que se combina el
valor económico y el prestigio del poder; si se sigue la lógica de los buenos
negociantes, razona Sarmiento, se va a entender cuál es el sentido “natural”
de la expansión de Buenos Aires.[39] Pero ése debe ser el sentido para el
conjunto de la sociedad: también si al lado del parque se acomodan las
residencias más lujosas, porque ese lujo no hace sino de aliciente a la
educación estética de los menos favorecidos por la fortuna. Y lo mismo
podemos decir de Alvear, como contracara del evidente desequilibrio con
que impulsa algunas obras en el norte: además de su ya analizada búsqueda
de equilibrio en el plan general (el boulevard de Avenida de Mayo, por
comenzar), incluso su impulso al norte es tan contradictorio como para que
en su misma estela se viese llevado a disponer allí el primer barrio obrero
de la ciudad.[40]
Y es que estos artefactos –el parque, en primer lugar, y la expansión
urbana que produciría– no habían sido pensados como mera reproducción
de las prácticas sociales existentes. Como vimos, el nuevo parque estaba
llamado a imponer en su propio trazado nuevos usos, a los que no se
rendirán fácilmente las clases altas de la sociedad: antes que el ejercicio, se
quejaba amargamente Sarmiento, las gentes parecen preferir “ejercitar las
miradas ajenas, haciéndoles admirar sus caballos y carruajes”.[41] Ejercicio
o miradas: se trata siempre, como lúcidamente había planteado Avellaneda
en las discusiones parlamentarias, de un espectáculo, el “espectáculo
público” en el que “todas las condiciones desaparecen”. Pero esta
contradicción entre el espectáculo de la vista (los intercambios de
sombreros en el corso del parque) y la transformación espectacular de lo
viejo en nuevo en el escenario igualador del aire y de la luz, es un conflicto
siempre presente desde la formación del parque moderno: en su estadía en
Londres, Hippolyte Taine se había encargado de remarcar el uso peculiar,
moderno, de los parques ingleses como contracara crítica de los modos de
disfrute del verde de las clases altas parisinas: las amazonas “acuden (a los
parques londineneses) no para ser contempladas sino para tomar el aire”.
[42] Aquí es donde pesa el ejemplo anglosajón: contra la tradición francesa
de reforzar el carácter representativo del parque, como un “teatro de
comportamientos regulados”, todos los publicistas de la renovación del uso
del parque en la ciudad acudirán casi excluyentemente a aquél en su
búsqueda explícita por producir una relación directa, física, con un
ambiente “natural”, y en su capacidad de afectar la vida de todos los
sectores sociales.[43] Por eso en 1882 Vicente Quesada considera adecuado
escudarse en la autoridad de una “viajera norteamericana” para criticar el
escaso uso del parque:
El Parque 3 de Febrero es un paseo muy bueno [pero] está solitario todos los días, y sólo los
domingos y días de fiesta hay notable concurrrencia en excelentes carruajes con troncos de
precio, pero ¿por qué no hay gente todos los días? Esos paseos no son simple lujo, es la higiene
que exige el salir a respirar el aire puro. Estos paseos no pueden tomarse como una mera
exhibición del buen tono; preciso es pensar que las señoras, los jóvenes, los niños y los
hombres de toda edad y condición, necesitan descanso y distracción [...]. La obesidad de las
señoras tiene por origen la falta de ejercicio: las jóvenes no adquieren el desarrollo que la
naturaleza exige, por la misma causa, y si los niños son pálidos es porque viven encerrados en
las casas.[44]

Nuevamente enfrentamos una pregunta sobre el tipo de reformismo que


entra en juego en el parque: ¿puede acaso deslindarse fácilmente el
reformismo del higienismo filantrópico del reformismo con que la élite
apunta a la propia burguesía? Por una parte encontramos el típico discurso
de matriz benthamiana que veíamos en el Report londinense de 1833 y que
se introduce en Buenos Aires desde el momento inaugural del parque como
su sentido último, dando lugar a una familia de discursos que no cesará de
alimentarse a sí misma hasta que la realidad de la ciudad y de la sociedad se
ajusten a ella, aunque en ese momento no será fácil entender qué en esos
discursos es reiteración genérica y qué diagnóstico o respuesta. Al punto de
que cuando los socialistas adopten reivindicativamente el tema de la
ampliación de los parques públicos, por ejemplo, va a ser difícil saber
cuánto en el reclamo corresponde a un análisis cierto del tipo de vida de las
masas urbanas que, en Buenos Aires, vivirán todavía por mucho tiempo en
una ciudad pequeña rodeada de campo o, más adelante, en lotes suburbanos
semirrurales, y cuánto corresponde a la mecánica reproducción ideológica
sobre las virtudes higiénicas, sociales y morales del verde urbano,
elaboradas en rigor para la socialización pacífica de esas masas en la
sociedad capitalista.
No es sólo Sarmiento el que comienza promoviendo el parque por sus
virtudes integradoras (para que ya no haya “extranjeros, ni nacionales, ni
plebeyos”) y apaciguadoras del conflicto de clases latente en las
democracias de masas. En la misma discusión de la Ley que promulga la
creación del parque en Palermo, en 1874, dice Avellaneda:
Por eso es que estos paseos públicos sirven finalmente hasta para suavizar, mejorar, purificar,
ennoblecer los sentimientos de las multitudes, dando formas más suaves a estas luchas duras y
severas que engendra la democracia, de tal modo que el Presidente de la Comisión del Parque
Central de Nueva York ha podido decir, en uno de sus discursos: “cuando nuestros paseos
públicos sean más concurridos, nuestras elecciones serán menos agitadas”.[45]

Esa es la otra cara del tema de la distancia: la dificultad para llegar


caminando a Palermo no afecta sólo la posibilidad de transformar los
hábitos sedentarios de la alta sociedad (“se dice que está lejos, lo que no es
cierto; la verdad es que no sabemos caminar y que es necesario que
sepamos”, escribe, precisamente desde Londres, Pellegrini), sino que
dificulta el acceso de los sectores a los que presumiblemente va dedicado.
[46] De hecho, la distancia de los parques en las grandes ciudades se
convierte en el gran motivo de crítica del reformismo, porque pone de
manifiesto el insalvable obstáculo implícito en el propio funcionamiento
económico de la ciudad moderna: la imposibilidad de “abrir pulmones” en
los sectores más congestionados por sus altos valores de renta, y, por
consiguiente, la imposibilidad de que los parques actúen social e
higiénicamente allí donde más se necesitan. Todos los intendentes y
reformadores se quejarán amargamente de esta limitación impuesta por una
especulación inmobiliaria que sin embargo no cesan de beneficiar, incluso
con los parques lejanos que imponen con dificultad. Por eso la importancia
simbólica del nombre Parque Central, como batalla ganada contra la
especulación y a favor de la reforma social e higiénica. En ella se escuda
Olmsted cuando explica, en 1870, que si los pobres todavía no llegan al
parque neoyorquino es porque está pensado para el futuro, para cuando la
ciudad llegue hasta él y lo rodee. De la ausencia de esa centralidad del
verde en París se lamenta el gran promotor del “parque representativo”,
Haussmann, que en sus Memoires usa términos significativamente similares
a los del reformismo inglés o americano:
A pesar de todos mis esfuerzos por hacer fácilmente accesible a todas las clases de la población
de París estos dos espléndidos Paseos [...] no pude conseguir que se generalizara su uso
excepto los domingos y los feriados [...] a causa de la distancia, del tiempo y del costo del
transporte [...]. Pensados y realizados en función de las satisfacciones que debían procurar al
conjunto de los habitantes de nuestra capital, estas dos creaciones se convierten durante la
semana –el Bois de Boulogne, sobre todo– en usufructo casi exclusivo de los más afortunados,
en particular de quienes, considerándose demasiado nobles como para no hacer nada, dedican
la mayor parte de su querida ociosidad a la cotidiana exhibición de su lujo.[47]

El mismo tema que vuelve tan desfavorable para los reformistas locales la
comparación ya no con las ciudades centrales, sino con Santiago de Chile:
por lo poco que se ha hecho aquí, ya que a finales de la década del setenta
Santiago ya cuenta con la Alameda, el Parque Cousiño, la Quinta Normal y
el cerro Santa Lucía frente al aislado y nunca terminado Palermo; pero,
sobre todo, porque el cerro Santa Lucía se encuentra en pleno centro de
Santiago, lo que lo convierte en “el paseo favorito de las clases medias, es
decir, de las familias que no pueden tener siempre un carruaje a la puerta” –
y que esto se lo computaran los santiaguinos, acusados tradicionalmente por
los porteños de aristocráticos, convertía la comparación en escándalo para
los reformistas locales–.[48] Así, la primera obra pública de importancia, el
pavimento de la Avenida Sarmiento, se justifica en función de que pone en
contacto inmediato el parque con la calle Santa Fe, que por estar iluminada
en toda su extensión y recorrida por tranvías, “daría fácil acceso a las
personas de modestas condiciones de existencia”.[49] Y en el mismo
sentido Sarmiento defenderá la iniciativa de Alvear de imponer el feriado
dominical en la ciudad, estableciendo tempranamente la típica vinculación
reformista entre el parque y la disminución de las horas de trabajo de los
sectores populares.[50]
El balance sobre los avances en estos usos del parque a comienzos de los
ochenta, de todos modos, como es de imaginarse, es demoledor para su
propio creador:
Frecuentado casi exclusivamente por equipajes de gala [...] los niños no llegan a Palermo. Los
artesanos, las madres con hijos y sin equipajes, se contentan con saber que existe [...]. ¿De
quién la culpa? [...] Hay en la ciudad cien mil europeos de todas las clases y en todas las
situaciones. En el Parque no se encuentran ciento, ni más que americanos, lo que prueba que
vienen a este respecto tan mal educados como nos encuentran aquí. El Gobierno ha puesto de
su parte cuanto era indispensable. El público no ha puesto nada, ni las costumbres públicas han
cambiado en nada, o en muy poco.[51]

Las culpas vuelven a la sociedad: Cominges, el gran defensor del parque


frente a las críticas de derecha e izquierda, a pesar de que admite que no se
ha hecho demasiado por atraer a las clases populares, concluye en que todo
se debe a la ausencia irremediable de cultura de esas clases, ratificando en
definitiva una función poco “moderna” para el parque: “si las clases
proletarias no asisten [...] no culpemos a la distancia que lo separa de
Buenos Aires; culpemos, en primer lugar, a su estado de cultura, que aún no
les permite disfrutar de los purísimos goces que proporciona el espectáculo
de la belleza”.[52] En esta acepción generalizada, ya muy alejada de la
inspiración inicial, el parque es un punto de llegada, de disfrute y
apreciación refinada, es una ratificación de la cultura de los que ya la tienen
más que un transformador químico de hábitos y tradiciones. Es el elemento
que le faltaba a la sociedad elegante de Buenos Aires, y en todo caso lo que
podría sorprender es que no se notara su necesidad antes:
¿Cómo la culta capital de la República Argentina –sigue Cominges– ha podido darse por
satisfecha hasta Junio de 1874 con sus clubs, su Colón y su calle Florida? ¿Por ventura bastaba
tan estrecha órbita para que en ella pudieran girar, con la majestad de que son dignos, esos
astros deslumbradores de lujo, de hermosura, de elegancia, de gracia y cortesía que hoy
embellecen y vivifican el Parque de Palermo?

Ésa es la visión que recibimos de las principales descripciones del parque


en los años ochenta: su función como “salón de verdura”, por usar el
término con que Alphand había caracterizado los parques parisinos. “La
Avenida Sarmiento es, en fin, un salón aristocrático, de proporciones
suficientes para contener dentro de sí a la alta sociedad de Buenos Aires”,
remataba Cominges.[53] En la descripción ejemplar de Adolfo Bioy, por su
parte, no es posible encontrar diferencias, en el ejercicio ritualizado de la
representación social, entre el corso de Palermo y el de la calle Florida:
En los días comunes de la semana, poca gente iba al paseo de Palermo [...]; pero los domingos
y los jueves, el corso de Palermo se colmaba: las señoras, con sus hijas, luciendo trajes y
sombreros de la última moda, iban en sus cupés, victorias y landós, tirados por yuntas selectas
y manejados por cocheros lujosamente uniformados, entre los que sobrevivía algún negro de
los tiempos anteriores, en que la mayoría de los aurigas lo era. Cuatro hileras de coches
llenaban la avenida. Los hombres o jóvenes, que manejaban sus coches, llevaban a algún
amigo, del sexo feo, de compañero y los desprovistos de carruaje, jóvenes en su mayoría,
andaban, de a tres, en victoria de plaza. El asunto se reducía a dar vueltas durante una hora
larga por la avenida, al paso de los caballos, alternando cada vez las hileras centrales con las
laterales, a fin de que nadie dejase de encontrarse. La primera vez de la tarde que se cruzaban
los conocidos entre sí, se saludaban ceremoniosamente, con inclinación y sonrisa, y gran
sacada de sombrero los hombres; las veces siguientes que se encontraban no debían saludarse;
cuando más podían mirarse de reojo. Se admitía un saludo de despedida, en la última vuelta.
Terminada la hora del corso, salían todos los coches al trote largo por la Avenida Alvear, que se
veía de golpe cubierta por vehículos que rivalizaban en ligereza, en inconfesada justa de
carrera, para llegar a la calle Florida, en la que el corso se reproducía, en dos hileras, una hacia
el sur, hacia el norte la otra.[54]

La misma igualación encontramos en Ricardo Hogg: los clásicos corsos de


Palermo y Florida fueron hasta el fin del siglo “el más romántico atractivo
social de la época”.[55] De allí que Palermo haya podido ser también
metáfora adecuada para la condena moral de esa sociedad en dos autores
tan diferentes –y con obras de tan diferentes propósitos– como Lucio V.
López y Julián Martel: es el escenario que en La gran aldea sirve para
representar la duplicidad de la sociedad moderna, cuando el protagonista
concurre con don Benito en profana excursión romántica apenas terminado
el entierro de la tía Medea; y también es el sitio que en La Bolsa sirve para
reunir en hilera admonitoria todos los personajes, para escenificar la mezcla
babélica que Martel repudia y, sobre todo, para pronosticar en el corso “la
inmensa visión apocalíptica” de una carrera desenfrenada hacia el abismo
en el que se despeñarán, “en confusión horrible y desgarradora, jinetes,
caballos, magnates, prostitutas...”.[56]
La incorporación de Palermo a un circuito que comparte con Florida y
Recoleta hace llegar hasta allí la típica flânerie que se realiza en el
boulevard parisino y la promenade neoyorquina desde mediados de siglo.
Pero los mismos memorialistas nos alertan sobre lo inadecuado que sería
extraer para Buenos Aires las observaciones ya célebres que se han
realizado para esas ciudades, en el sentido inaugurado por Baudelaire y
utilizado como categoría de análisis por Benjamin para entender las
transformaciones culturales y sociales en la metrópoli moderna: el carácter
todavía provinciano del circuito social –ya que no de la propia ciudad– en la
Buenos Aires fin de siglo, elimina la condición de anonimato indispensable
en esos nuevos rituales del espacio público metropolitano. Según Bioy,
“todos (los que paseaban en el corso de Palermo) sabían quiénes eran los
otros. Un forastero que se presentara un día, llamaba tanto la atención, que
al rato habían averiguado todos quién era...”.[57] No son distorsiones de la
memoria: los propios contemporáneos señalaban con disgusto ese carácter
provinciano a la luz de lo que veían en sus viajes. Por ejemplo Vicente
Quesada, que le hace decir despectivamente a su “viajera norteamericana”:
A la caída del día, es decir, a las 4 p.m., hora en que cesa la actividad de los negocios, me
entregaba al agradabílisimo placer de la flânerie, costumbre inveterada de los que han
frecuentado Broadway en Nueva York, el Strand en Londres, el Boulevard des Capucines o des
Italiens en París, Ringstrasse de Viena, la Unter den linden de Berlín, la Newsky Prospect de
San Petersburgo, la Via del Corso de Roma o la Puerta del Sol de Madrid. En Buenos Aires,
eso está representado débilmente por la calle de la Florida, que es estrecha, de veredas
angostas; adornada de edificios algunos suntuosos y otros modestos; interrumpida la
circulación de los coches por el tranvía que ocupa la mitad del empedrado y por los carros del
tráfico. [...] Poco se asemeja a las grandes arterias a que antes me he referido [...]. Allí habitan
familias ricas, que gustan de mostrarse en los balcones en los lindos días, costumbre española,
pues ni en Londres, París, Viena, Berlín ni Roma, se usa tal cosa. Las americanas paseamos,
pero no nos exhibimos en nuestras casas.[58]

Y en el mismo sentido observaba Cané: “Nos falta la aglomeración de gente


indispensable para que el individuo y sus actos desaparezcan en el
conjunto”.[59] Ausencia de multitudes equivale aquí a ausencia de hábitos
metropolitanos en la sociedad, a ausencia, entonces, de una sociedad
moderna. La imagen de la multitud aparece en el discurso reformista del
parque ya no como amenaza o sujeto de la reforma, sino como el disparador
del cambio de los hábitos tradicionales de la alta sociedad. Entusiasmados
con el espectáculo idílico de unas masas metropolitanas pacificadas por el
verde, los reformistas locales de fin de siglo apuestan a una transformación
que cuando ocurra los espantará, pero que mientras tanto funciona como
disparador de figuraciones urbanas y, sobre todo, como instrumento crítico
de la sociedad realmente existente. Si las quejas de los reformadores se
dirigen por igual al tipo de uso “representativo” que las clases altas hacen
del parque y al hecho de que los sectores populares no llegan a él, es
indudable, al mismo tiempo, que en la primera época de Palermo el énfasis
se pone en el primero de los términos: como veíamos con las
expropiaciones, para la élite reformadora son los sectores altos de la
sociedad lo primero que se debe reformar, porque sus hábitos son
percibidos como el obstáculo más difícil de remover para producir la
transformación deseada, cuya sola expansión, de ser posible, llegaría a
afectar sin trabas, naturalmente, al resto de la sociedad.
Lo importante, de todos modos, es percibir este juego de espejos, ver que
en los ochenta todavía les resulta posible pensar que ambas intenciones
reformistas son en verdad una sola. La advertencia de que las cosas están
cambiando vendrá de uno de los principales funcionarios municipales del
período, Juan Buschiazzo, que en 1893, como presidente de la Comisión de
Parques y Paseos Municipales, sostiene que los sectores humildes de la
ciudad necesitan otro parque como Palermo, en el que no tengan que sufrir
la afrenta de la riqueza a la que no pueden acceder.[60] Al mismo tiempo
que está aceptando, en los hechos, el carácter aristocrático de Palermo –lo
que implica alterar esta tradición ideológica fundacional que pone en el
parque un conversor alquímico del conjunto de la sociedad–, Buschiazzo
está planteando una pregunta que equivale a aceptar la creciente
complejización de la ciudad: ¿puede cumplir su misión de reforma
filantrópica un parque alejado, excéntrico, al que se debe ir especialmente
“para cambiar”? Se trata, en última instancia, aunque a partir de una elitista
propuesta de especialización social en la ciudad, de invertir el problema de
la distancia: cuando los proletarios y los inmigrantes no deban ir hasta
Recoleta-Palermo para “integrarse”, sino que sean los parques los que
salgan a integrar todos los sectores de la ciudad como un abanico abierto
equitativamente –aunque con gradaciones– desde la Plaza de Mayo en todas
las direcciones de la nueva ciudad, se estará intentando dosificar, para
generalizarlo, el mismo manual de instrucciones para el uso de la metrópoli;
se estará buscando, nuevamente, extender a través del verde unificador un
mismo modelo de vida. En principio, partiendo de la realidad incontrastable
de los usos sociales consolidados y definiendo, en consecuencia, los nuevos
parques como espejos degradados, como “Palermo de los pobres”; pero, en
el mismo movimiento, aceptando que es el poder público el responsable de
acercar los “goces de la belleza” para producir la transformación radical del
“estado de cultura” de las nuevas multitudes urbanas. Tal el precio que el
reformismo municipal está dispuesto a pagar para que el parque comience a
funcionar del modo “moderno” que, con más idealismo, perseguía el
reformismo fundacional: como regenerador higiénico y cívico, como
aglutinador moral y económico. Si lo importante es enfatizar el rol
educativo del parque, entonces debe estar en todas partes, como la escuela,
repartida homogéneamente en el plano municipal; y si esto supone que no
todos van a la misma escuela, sino que en cada una hay una representación
de la sociedad de cada sector de la ciudad, al mismo tiempo supone la
presencia universal de la institución: todos van a la misma institución,
garantizada equitativamente por el poder público. De algún modo, entonces,
podríamos decir que con la serie de parques del cambio de siglo, con su
búsqueda de articulación de un todavía muy fragmentado “sistema de
parques”, se estaría pasando del parque como artefacto modernizador al
parque como institución de la ciudad moderna, completando
definitivamente en Buenos Aires el ciclo de reemplazo del contenido
tradicional del parque (la búsqueda de lo bello, lo sublime y lo pintoresco)
por el nuevo contenido definido por el concepto, mucho más abarcante y
mucho más ambiguo, de civilización.[61]
Como vimos en la apertura de este punto, ése es el sentido principal de la
inauguración del Parque de los Patricios, uno de los más emblemáticos de la
nueva serie de parques, justamente porque a lo largo del tiempo va a
materializar esa ambición de un “Palermo de los pobres”, con zoológico,
botánico y distracciones en escala para los barrios del sur. En términos del
intendente Bullrich, sus objetivos fueron “combatir la despoblación [...],
aliviar la miseria [...], vencer la ignorancia [...] y evitar las enfermedades”.
[62] Y no es el único: toda la serie de parques que se proyecta en los bordes
de la ciudad tradicional, contemporáneamente a la realización y publicación
del plano con el trazado de las calles en todo el nuevo territorio federal,
tiene idénticos propósitos: además del propio Parque de los Patricios, el
Parque Rivadavia (hoy Florentino Ameghino, sobre el antiguo Cementerio
del Sur), la quinta del Perito Moreno (aunque los esfuerzos por comprarla
son infructuosos), el Parque Chacabuco (el primero programado
específicamente para “ejercicios físicos”), el Gran Parque del Sur (sobre los
terrenos de “La Tablada” en el bajo Flores), el Parque Lezica (comienza en
estos años el larguísimo proceso de compra que finalizará varias décadas
más tarde), el parque en el centro del territorio federal (que más adelante
será llamado Centenario), el Parque Rancagua, el Parque del Oeste (Quinta
Agronómica). Parques que buscan constituir un “sistema” detrás de la
ambición explícita por formar una cintura verde que, a partir de Palermo,
bordease la ciudad en todo su perímetro.

Figura 54

Secuencia de planos en el área de San Cristóbal Sur/Parque Patricios: Sector del plano del
Departamento de Obras Públicas de la Municipalidad de 1916 (Museo Mitre). En el parque se
destacan el Jardín Zoológico, el vivero, el parque deportivo, las “Escuelas Patrias” y el conjunto
municipal de viviendas “La Colonia” (en el borde izquierdo). Unas cuadras hacia el río, a la izquierda
del parque, se destaca el cuadrilátero del conjunto de viviendas San Vicente de Paul.
Nuevamente se trata de parques periféricos, pero, como a su manera
Sarmiento en el momento fundacional de Palermo, se busca convertir esa
carencia en un valor. En primer lugar, porque aceptada con resignación la
imposibilidad de abrir los “pulmones” necesarios en el centro
congestionado, las voces del reformismo higienista ya hacía tiempo que
enfocaban sus campañas a la compra pública de tierras baratas en las
afueras de la ciudad para reservas de parques, en previsión del crecimiento
de la ciudad. En el fin de siglo ya se sabe que en la expansión urbana, lo
que hoy es borde mañana será parte de la ciudad, y el rol que se le demanda
al poder público es que sepa anticiparse. Por supuesto, estamos lejos de los
planteos del urbanismo centroeuropeo, que en estos mismos años ya está
planteando la necesidad de que los municipios transformen en públicas
todas las tierras que rodean los cascos urbanos, para definir los “greenbelt”,
pero sobre todo para controlar la dirección de la expansión urbana,
reservándole al poder público ya no sólo la posibilidad de diseñar la traza –
como ocurrió en Buenos Aires con la grilla de 1898-1904–, sino la más
completa decisión sobre qué tierras se libran al mercado y en qué momento.
En Buenos Aires, estos parques perimetrales se ven como un incipiente
cinturón verde, pero no tanto para dirigir el crecimiento sino para evitarlo, a
través de la definición de un borde estable y definitivo para la ciudad.
Ese borde tiene como una de sus tareas centrales la higienización de los
asentamientos insalubres, en el marco de la tradición “regularizadora”
(recordemos las funciones propuestas para el “boulevard perimetral” de
Alvear), aunque con sus connotaciones productivistas ya completamente
debilitadas. Se trata de reemplazar con la cintura verde del parque el
cinturón negro de los desechos urbanos:
El arroyo Maldonado, los bañados de Flores, los Mataderos, el Riachuelo, la Boca y las
lagunas del puerto, la circundan [a la ciudad] como una cadena de la que los eslabones son
pantanos, lagunas, charcos de aguas estancadas y depósitos de basuras, reforzados por un
rosario de fábricas, talleres y otros establecimientos industriales, que no tienen cómo
deshacerse de sus residuos insalubres sin perjudicar la higiene pública.[63]

Pero, sobre todo, se trata de detener el crecimiento: nuevamente el gran


problema de Buenos Aires, la imposibilidad de una definición neta de un
borde con la pampa. La idea de un “sistema de parques” se elabora en el
ámbito municipal simultáneamente con la expansión en el plano de la trama
urbanizable, pero como parte del intento explícito por oponerse al
crecimiento de la ciudad. A diferencia de la función originaria de Palermo,
el cinturón de parques no se propone como un dinamizador urbano, sino
como freno espacial, como frontera, como límite a la “irracional edificación
chata de Buenos Aires”, como la caracteriza la Memoria Municipal de
1902. Como anticipamos, en contraste con el diseño de la grilla, el modelo
de ciudad pequeña y concentrada está más vivo que nunca en el imaginario
municipal del fin de siglo: “el más grave defecto de nuestra ciudad [...] es
su gran extensión”, escribe el arquitecto Víctor Jaeschké en “carta abierta”
al intendente Bullrich en 1898; y los parques van a ser uno de los
instrumentos principales para intentar –infructuosamente– arribar a ese
modelo.[64]
Precisamente en 1904, año de publicación del plano de calles, la Revista
Municipal pone en boca de un ficticio “viajero neoyorquino” el mismo
ideario: “[Buenos Aires] es una gran ciudad con un gran defecto. Está
acostada en vez de erguirse. Nosotros que nada hacemos sin consultar su
aspecto práctico, [densificamos] la edificación buscando su altura. Ustedes
se diseminan y desprecian el espacio aéreo”. Diagnóstico sobre el que la
revista –de directas vinculaciones con el ejecutivo municipal– lanza su
propuesta: “¡Cuánta razón y sentido práctico revela este juicio! [Aquí] los
servicios se hacen más caros, las distancias imponen a los habitantes
pérdidas de tiempo traducidas en pérdidas de dinero, los impuestos se
recargan [...]. Ha llegado ya el momento de modificar nuestras tendencias”.
[65] Dos años antes, el intendente Bullrich había publicado en su Memoria
anual una propuesta de densificación de la capital que circunscribía el área
edificada a un cuadrilátero inscripto en el centro tradicional –cuadrilátero
que significativamente responde a las medidas “ideales” de la planta urbana
de La Plata–; en ese esquema, los parques que se estaban creando debían
funcionar como “bosques” perimetrales, a la manera del rol que en las
ciudades europeas tenían las trazas de las viejas murallas convertidas en
rings verdes.[66]
Nuevamente las paradojas de la gestión pública: en momentos de intensa
subdivisión del suelo, en los inicios de la expansión de la ciudad, es
Antonio Bullrich, conocido martillero devenido intendente, quien propone
frenar la irracional “aglomeración de casas de familia” en el suburbio. Para
ello, interrumpió las indemnizaciones por apertura de calles (como vimos,
el problema que se venía arrastrando desde la derrota judicial de la
Municipalidad en el caso de la Avenida de Mayo, y que no se resolvería
todavía), planteando que “la ciudad se extiende demasiado con lo que se
perjudican los servicios que ella presta”, y enfatizó la necesidad de
“acaparar” todo espacio disponible para parques públicos en los bordes de
la ciudad: “Es absurdo lo que se está permitiendo [...]. Todo se edifica; cada
terreno baldío se entrega a la especulación y cuando la densidad reclame
estos pulmones o jardines públicos, será necesario pagarlos a precios
exorbitantes y, con justicia, los administradores de hoy recibirán las críticas
agudas de los hombres de mañana”.[67] Ya lo planteamos en el caso de
Alvear, cuando señalamos la creciente diferenciación, en el marco de la
consolidación del estado, entre intereses individuales y figura pública. Y no
es simple coincidencia que Bullrich sea intendente del presidente Roca: en
esto también Bullrich cumple una especie de ritual, pero que no tiene a
Sarmiento como modelo sino a Alvear. Roca volvió a elegir para el cargo de
intendente a alguien de “fuera de la política”, no sólo porque reafirma la
idea administrativista del gobierno de la ciudad, sino porque esto permite
una vinculación sin mediaciones partidarias entre el presidente y el
intendente y, sobre todo, entre éste y la sociedad.[68] Así, distanciado
relativamente de las turbulencias de la política chica, Bullrich se convierte
en el primer intendente desde Alvear en cumplir dos mandatos completos,
sumando una gestión de cuatro años al frente de la Municipalidad después
de innumerables gestiones efímeras: su capacidad de propuesta, la energía
de sus reclamos, son también proporcionales a su distancia de las presiones
e intereses del caudillismo político, al apoyo presidencial a su gestión y a la
continuidad de sus proyectos.[69]
La misma continuidad es lo que le permite al comerciante Bullrich,
apoyándose en un aparato burocrático mucho más aceitado y
fortaleciéndolo, comenzar a entender algunas lógicas del funcionamiento de
la ciudad. Y, a la vez, es el propio funcionamiento de la ciudad lo que hace
que sus propuestas generen efectos impensados que van más allá de los
discursos que los sostienen. Es decir, Bullrich, como figura individual,
apenas si puede repetir como lugar común los discursos higienistas y
reformadores que daban sustento al parque como artefacto público: su
discurso frente a los niños-reclusos no es sino una vulgarización de los
discursos de un Wilde o un Ramos Mejía.[70] Sin esos discursos el parque
no podría realizarse y no es precisamente un Bullrich quien les dé nuevos
aires. Pero, viceversa, la materialidad del parque, posibilitada por el lugar
que Bullrich logra ocupar en el estado y por el fortalecimiento de la
burocracia pública, está preñada de consecuencias imprevistas para el
futuro de la ciudad, generadoras de otros discursos y otras prácticas, cuando
al compás de una nueva expansión urbana en el universo descualificado de
la grilla, el parque comience a jugar un rol completamente diferente del que
le habían asignado como límite y frontera.
Si, como muestra el cuadro de Blanes que recordamos al inicio, el
reformismo higienista se propone llevar la luz del sol y de la ciencia al
hogar inmigrante, la tarea va a estar recién cumplida cuando sea el hogar
del inmigrante el que se disponga en una nueva ciudad alrededor del
parque, traicionando sus objetivos urbanos de frontera de la ciudad. Es
decir, en este punto, y más allá de los discursos que le dan un carácter tan
diferente de la grilla, el parque también actuará como una máquina
reformista. Y las diferentes expresiones que hemos recorrido para llegar a
ese resultado son significativas del desarrollo hacia el fin de siglo del
reformismo urbano: hemos pasado de las figuraciones de Sarmiento a las
figuras de Alvear y, finalmente, a los rituales más o menos mecánicos de un
Bullrich, acompañado por las acciones de facto de un grupo de anónimos
burócratas municipales. Creo que es este pasaje, precisamente, lo que
permite ver “funcionando” el proceso de metropolización de Buenos Aires
en su doble aspecto: como formalización urbana de la incorporación masiva
de nuevos sectores sociales producto de la inmigración, y como
transformación radical de los viejos hábitos de la ciudad tradicional, cuando
la política deja de ser un “viril deporte” y se convierte en la “ordenada
administración del estado”.[71]
Lo que se irá puntuando hasta el fin del siglo con las diversas
modificaciones del lugar del parque como artefacto urbano, y la
importancia en éstas de la aparición de la grilla pública. Aunque más no
fuera en potencia –porque la distancia con la “ciudad real” seguiría siendo
grande por mucho tiempo–, el trazado del plano de calles había colocado a
Palermo dentro de una estructura urbana abarcante, y no más como
apéndice elegante de la ciudad. Post facto, la grilla de 1904 le ofrece a
Palermo el marco que la grilla de 1811 le había proporcionado al Central
Park ab initio, como sentido mismo de su función “central”. Palermo queda
así finalmente integrado si no al presente, al menos a un futuro previsible de
la ciudad, aunque, como vimos, ya no en el sentido sarmientino como
corazón de una “ciudad nueva”, sino apenas como llamada de atención,
como ruptura y distracción puntual: ya sea de la realmente existente
extensión monótona y sin límites de la pampa; ya sea del universo
homogéneo de la cuadrícula idealmente extendida en todas las direcciones
del plano. Es decir, como distracción de la rutina cegadora de lo más viejo y
de la anomia mercantil de lo más nuevo.
Pero la confección hacia el cambio de siglo de un “sistema de parques”
rodeando la ciudad evidencia algunos cambios de sentido. No sólo la
vocación por definir una frontera verde frente al crecimiento especulativo
que, como repetimos, desmiente el trazado de la grilla, sino la conversión
de Palermo en el inicio de una cadena sanitaria, moral y cívica que debía
bordear toda la ciudad de norte a sur. El parque niega la grilla en su
potencialidad expansiva, pero la acepta en su puesta en disponibilidad de
todo un nuevo borde con la pampa, y es ese borde el que busca ratificar,
culturizar, con una frontera verde. De este modo, prácticamente al mismo
tiempo que Palermo se integra a una grilla que diseña la ciudad del futuro,
se integra a una corona de verde público que comienza a formar sistema –
que busca nuevamente restaurar el desequilibrio del sistema– con la
Avenida de Mayo: la frontera de una ciudad tradicional que se renueva
sobre sí misma, renovando ante todo su espacio público. La disposición de
los parques perimetrales es la que le da al parque en Buenos Aires una
función pública “moderna”, de modo análogo a la que propuso la reforma
de la función simbólica de la Plaza de Mayo: una disposición urbana que
pone en acto la voluntad integradora. Pero también, en esta primera etapa,
ratifica la estratificación del espacio público en un ámbito central, la Plaza
de Mayo y el boulevard, al que se restringe la discusión sobre la renovación
del espacio público, sobre las relaciones entre espacio cívico, monumento y
memoria de la nación; y un ámbito periférico, borde o frontera, en el que el
parque, los parques, comenzarán su tarea de renovación radical de la figura
urbana y de los hábitos metropolitanos, poniendo en cuestión toda noción
de centralidad tradicional. Un ámbito que, al compás de la ocupación de la
grilla que buscó originariamente contener, va a ser alternativamente centro,
frontera y nuevo centro de una dimensión novedosa del espacio público, ya
no de la ciudad moderna, sino de la moderna metrópoli.

Notas
1 Debo la observación a Jorge F. Liernur.
2 Miguel Cané, “Carta al Intendente Torcuato de Alvear desde Viena (14-1-1885)”, reproducida en
A. Beccar Varela, cit., p. 486.
3 Sobre la idea de la Buenos Aires finisecular como “campamento provisorio”, véase Jorge F.
Liernur, “La ciudad efímera”, en Jorge F. Liernur y G. Silvestri, El umbral de la metrópolis...,
citado.
4 Domingo Selva, “La habitación higiénica para el obrero” (trabajo presentado al 2º Congreso
Médico Latinoamericano), Revista Municipal, Nos. 46, 47 y 49, Buenos Aires, 5, 12 y 19 de
diciembre de 1904.
5 Sobre la definición de los límites en cada momento, sus debates parlamentarios y sus respectivas
leyes, véanse los dos textos clásicos de Arturo B. Carranza: La cuestión Capital de la República,
1826-1887, Buenos Aires, Talleres Gráficos Rosso, 1927; y La Capital de la República. El
ensanche de su municipio, 1881 a 1888, Buenos Aires, Talleres Gráficos Rosso, 1938.
6 En este tema sigo las hipótesis que desarrollamos junto con Graciela Silvestri en “Imágenes al sur.
Sobre algunas hipótesis de James Scobie para el desarrollo de Buenos Aires”, citado.
7 Carranza menciona que el presidente Roque Sáenz Peña pidió años después la anexión de
Avellaneda a la Capital como algo “impostergable por razones de orden político, económico, de
higiene y seguridad” en su mensaje ante la Asamblea Legislativa de 1912; véase La Capital de la
República. El ensanche de su municipio..., cit., p. XXXIV.
8 Graciela Silvestri, “La ciudad y el río”, en Jorge F. Liernur y G. Silvestri, El umbral de la
metrópolis..., cit. En su informe del 17-[1-1888, Blot y Silveyra dicen que realizaron el trazado
para el futuro boulevard “que conjuntamente con los Ríos de la Plata y de Matanza encerraría una
zona de terreno bastante regular”, citado en Arturo B. Carranza, La capital de la República. El
ensanche de su municipio..., cit., p. 197, cursivas nuestras.
9 Cfr. Carlos María Morales, “Algunos datos relativos al trazado general del Municipio”, Anales de
la Sociedad Científica Argentina, tomo 46, Buenos Aires, segundo semestre de 1898. Véase
además, del mismo autor, Las mejoras edilicias de Buenos Aires (memoria presentada al Segundo
Congreso Científico Latino-Americano reunido en Montevideo), Buenos Aires, 1901.
10 Giorgio Piccinato señala con lucidez la relación conflictiva y circular que se establece entre dos
lógicas: la lógica del complemento “expropiación/mayor valor de la propiedad privada” y la
lógica inversa del complemento “expropiación/racionalidad autónoma del plano urbanístico”: “La
exigencia de la expropiación nace de la necesidad de sustraer a la propiedad privada el control del
suelo necesario para garantizar la ordenada expansión de la ciudad. Y siendo, como se ha visto,
uno de los objetivos de una ordenada expansión un gradual aumento de los valores del suelo, la
expropiación aparece en definitiva como un instrumento de sostén de la propiedad privada. Pero si
ésta es la philosophy que está en la base de una de las más debatidas cuestiones, no hay duda de
que la exigencia de un diseño racional del plano urbanístico lleva a más de un técnico a extender
siempre más los confines de las áreas sujetas a expropiación”, en La costruzione dell’urbanistica.
Germania 1871-1914, Roma, Officina, 1974, p. 87.
11 De hecho, para Carlos María Morales, el nuevo borde continuo alrededor del territorio federal –el
camino de la ribera, la avenida de circunvalación y el Riachuelo rectificado– permitiría un circuito
que “encerraría” a la ciudad “en este hermoso marco”; véase “Algunos datos relativos al trazado
general del municipio”, cit., p. 316.
12 Ésta es, en rigor, la crítica que le hará a tales planos la naciente urbanística europea; de hecho,
podría decirse que es en la práctica de ese diagnóstico y de ese combate como se constituye en tal
la urbanística clásica. Será recién en la serie de exposiciones internacionales de urbanística de
1910 (Berlín y Londres) cuando se sistematicen las respuestas a los planos viarios. Aceptando que
la expansión de la ciudad es irreversible y que los intentos “autoritarios” por controlarla (como el
plano de policía) son contraproducentes, la naciente urbanística “clásica” se opone a la
especulación en tanto implica una deformación del “crecimiento natural” al explotar la “renta de
espera” (que se basa en la adquisición de terrenos en torno a la ciudad y su sustracción al mercado
en espera de su valorización). De ahí en más se volverá frecuente, en las ciudades europeas y
norteamericanas, el mecanismo de la compra de las tierras agrícolas extraurbanas por parte del
poder público, para luego utilizarlas como parte de una política de “garantía de la naturalidad” de
la expansión, librándolas al mercado gradualmente y en sectores específicos, reservando además
grandes sectores verdes. Cfr. Werner Hegemann, La Berlino di pietra. Storia della piú grande
cittá di caserme d’afitto, Milán, G. Mazzotta, 1975, pp. 246 y ss. (Lugano, 1930). Los análisis
más sugerentes sobre este momento de la urbanística, en Giorgio Piccinato, La costruzione
dell’urbanistica..., cit.; Donatella Calabi, “Nota introductoria”, en Werner Hegemann, Catalogo
delle esposizioni internazionali di urbanistica. Berlino 1910-Düsseldorf 1911-12, Milán, Il
Saggiatore, 1975; Francoise Choay, The Modern City: Planning in the 19th Century, Nueva York,
Braziller, 1969.
13 Propuesta de Plano Triangulado del Municipio de Buenos Aires con su Ensanche y Mejoramiento,
de Carlos Hernández y Cía, marzo de 1881, en Archivo Histórico Municipal, Caja 12, 1881, Serie
Obras Públicas.
14 Informe de la Comisión de Obras Públicas del 13 de abril de 1881, en Archivo Histórico
Municipal, Caja 12, 1881, Serie Obras Públicas.
15 Beccar Varela cita una ordenanza de 1881: “Desde la fecha, toda venta de fracción de terreno
perteneciente a otro mayor, o la división en lotes de terreno del municipio, deberá hacerse con la
intervención de la Municipalidad, para lo cual deberán presentar el plano respectivo, levantado
por Agrimensor o Ingeniero patentado. La Municipalidad indicará sobre los referidos planos las
calles que deban abrirse con arreglo a las trazas aprobadas y será obligación del propietario ceder
gratis para calle el terreno destinado a la misma”, en Torcuato de Alvear..., cit., p. 239.
16 Cfr. Archivo Histórico Municipal, Legajo 10, 1889, Obras Públicas.
17 La primera cita en Carlos María Morales, “Algunos datos relativos al trazado general del
municipio”, cit., p. 305. La segunda, en C. M. Morales, Las mejoras edilicias de Buenos Aires,
cit., p. 5. Morales nació en el Uruguay en 1860; era agrimensor, ingeniero civil y doctor en
ciencias físico-matemáticas; fue socio honorario de la Sociedad Central de Arquitectos y varias
veces presidente de la Sociedad Científica Argentina. Hacia el fin de su carrera en Buenos Aires
vuelve al Uruguay, donde se convierte en destacado miembro del Partido Nacional y ocupa el
cargo de presidente del Senado; muere en 1929.
18 Carlos María Morales, “Estudio topográfico y edilicio de la ciudad de Buenos Aires”, en Censo
General de Población, Comercio e Industrias de la Ciudad de Buenos Aires (2° Censo municipal
levantado en septiembre de 1904), primer tomo, Buenos Aires, Compañía Sudamericana de
Billetes de Banco, 1906. La Comisión está integrada por el ingeniero Carlos Olivera (ex miembro
del Departamento de Ingenieros y del Consejo de Obras Públicas), el arquitecto Juan Buschiazzo
(ex director de Obras Públicas de la Municipalidad), los agrimensores Juan Girondo y Eduardo
Castex (ex vicepresidente de la Comisión de Caminos de la Provincia de Buenos Aires y ex
presidente de la Sociedad Rural Argentina), Carlos Thays (director de la Oficina de Parques y
Paseos de la Municipalidad) y el propio Morales como director de la Oficina de Obras Públicas.
La mayor parte de ellos eran miembros de la Sociedad Científica Argentina, sede en ese entonces
de los principales debates e iniciativas sobre la ciudad. El plano, además del completamiento de la
cuadrícula, reunía un conjunto de proyectos puntuales para el centro de la ciudad que se habían
propuesto en las dos últimas gestiones (intendentes Crespo y Seeber): la avenida de Norte a Sur
(actual 9 de julio, propuesta con un recorrido más corto); cuatro diagonales que saldrían cada una
de una esquina del futuro Palacio del Congreso; la avenida de la Ribera desde la Dársena Norte
hasta la Av. Sarmiento (actual Costanera Norte, proyectada por Morales); el arreglo del Paseo de
Julio; la conversión en parques de los terrenos de la Chacarita, el Parque del Oeste (Rancagua), el
Gran Parque del Sur (en los terrenos de La Tablada), y el parque en los terrenos de Piñero (futuro
parque Centenario). Además, se proponía el saneamiento del bañado de Flores, el arroyo Medrano
y, como se dijo, la rectificación del Riachuelo.
19 Conviene hacer una rápida enumeración para ver la imposibilidad prácticamente material, por el
poco tiempo de mandato, de que esos intendentes llevaran adelante una tarea memorable: apenas
les alcanzaba para presentar algún proyecto –imposible de llevar a la práctica– y ponerse al tanto
de los vericuetos administrativos, cuando lo lograban. A la salida de Alvear –que no quiere
renovar su mandato con otro presidente: en octubre de 1886 había asumido Juárez Celman– es
nombrado Antonio Crespo, que se mantiene en el cargo un año y tres meses (mayo 1887-agosto
1888) hasta que renuncia. Durante la presidencia Juárez Celman se suceden dos intendentes más:
Guillermo Cranwell (agosto 1888-mayo 1889), que asume en reemplazo de Crespo por ser el
presidente del Concejo Deliberante y debe renunciar a los siete meses en medio de un escándalo
público por sospechas sobre su manejo de las finanzas públicas; y Francisco Seeber (mayo 1889-
junio 1890) que al año de su nombramiento viaja a Europa para hacer gestiones financieras para la
Intendencia y desde allí se entera de la Revolución del 90, por lo que renuncia. En agosto de 1890,
recién asumido, el presidente Carlos Pellegrini nombra nuevamente a Alvear en una búsqueda por
represtigiar el gobierno de la ciudad –el ministro del Interior es nuevamente Roca–: Alvear acepta
desde Europa con gran suceso público, pero cumple el récord de tiempo de gestión: muere antes
de hacerse cargo de la intendencia. En diciembre de 1890 nombran en su reemplazo a Francisco
Bollini, que debe asumir en plena crisis y logra una administración prolija hasta que renuncia por
el cambio presidencial en octubre de 1892. El presidente Luis Sáenz Peña nombra a un connotado
hombre de la “coalición cultural del Ochenta”, Miguel Cané, que dura ocho meses. Lo sucede
Federico Pinedo, durante un año y dos meses hasta que renuncia (agosto de 1894). Y recién allí se
suceden los primeros dos intendentes que cumplen su mandato de dos años: Emilio Bunge
(septiembre de 1894/1896), por añadidura el primer intendente que atraviesa una crisis
presidencial sin ser removido (en enero de 1895 renuncia Sáenz Peña y asume José Evaristo
Uriburu), y Francisco Alcobendas (septiembre 1896/1898), pero ambos en un contexto de fuertes
restricciones presupuestarias. Finalmente Roca, nuevamente presidente en 1898, nombra al
intendente que va a cumplir dos mandatos, Adolfo Bullrich, logrando sumar cuatro años
ininterrumpidos de gestión, y va a haber que esperar, luego de esto, ocho años más hasta que otro
intendente logre permanecer tanto tiempo en el cargo: Joaquín de Anchorena. Es cierto que podría
razonarse al revés: como ningún intendente se puso a la altura de una figura como la de Alvear,
sucumbían ante los obstáculos de la gestión o de la política; sin embargo, creo que el ejemplo de
Cané, figura de indudable prestigio, es demostrativo del lugar que había pasado a ocupar la
Intendencia: a los ocho meses de iniciada su gestión es convocado como ministro al gabinete
nacional. No me parece que esté desligado de este cuadro temporal el hecho de que, más allá de
Alvear, Bullrich y Anchorena hayan sido los intendentes de obra más notable durante el período
de las intendencias conservadoras: los tiempos de la ciudad, los tiempos lentos en que las obras
públicas pueden ser realizadas, son incompatibles con gobiernos efímeros.
20 Entre otras medidas administrativas, en 1892 se dicta el Reglamento General de Reparticiones,
que reorganiza el organigrama municipal, y el mismo año se inicia el Catastro; en 1895 se realiza
el primer censo municipal de población. La continuidad en obras estructurales de largo aliento es
notable en el marco del cambio incesante de intendentes: el relleno de La Boca o la propia avenida
de Mayo, por ejemplo. Mientras que esos intendentes efímeros han dejado pocas marcas en la
ciudad y la cultura urbana, figuras como Blot, Morales, Thays, etc. fueron constituyendo un
equipo de gestión que desarrolló algunos tópicos centrales para el desarrollo de la ideología
técnica y profesional –fundamentalmente en la ingeniería– en el siglo XX.
21 En “Estudio topográfico y edilicio de la ciudad de Buenos Aires”, cit. Con “los trazados
existentes” se refiere a los poblados preexistentes de Flores y Belgrano y a las subdivisiones
parciales ya aprobadas por el municipio antes de la existencia del plano.
22 En Las mejoras edilicias de Buenos Aires, cit., p. 6.
23 Véase Benjamín Vicuña Mackenna, La transformación de Santiago. Notas e indicaciones
respetuosamente sometidas a la Ilustre Municipalidad, al Supremo Gobierno y al Congreso
Nacional por el Intendente de Santiago, Santiago, Imprenta de la Librería del Mercurio, julio de
1872. Véase, además, sobre Santiago, Armando de Ramón, Santiago de Chile. Historia de una
sociedad urbana, Madrid, MAPFRE, 1992; sobre México, Jorge H. Jiménez Muñoz, La traza del
poder. Historia de la política y los negocios urbanos en el Distrito Federal, de sus orígenes a la
desaparición del Ayuntamiento (1824-1928), México, Dédalo-Códex, 1993.
24 Uno de los argumentos de los miembros de la comisión que trazó este plano resulta sugestivo para
nuestro caso: “Puede ser fuente de risa que los comisionados hayan previsto espacio [el informe
está redactado en tercera persona] para una población mayor de la que existe en cualquier
localidad del mundo si se excluye la China. En ese aspecto han sido influenciados por la
configuración del terreno. No es improbable que un considerable número de habitantes se instale
en Harlem [la otra punta de la isla] antes de que las colinas al sud sean edificadas como parte de la
ciudad; y es improbable que (en los siglos futuros) los terrenos al norte de la llanura de Harlem
sean cubiertos de casas. Entonces, un área menor de aquella proyectada habría contradicho las
justas previsiones, y un área más vasta habría favorecido el pernicioso espíritu de la
especulación”. Véase “Commissioner’s Remarks”, en William Bridges, Map of the City of New
York and Island of Manhattan, Nueva York, 1811, citado en John Reps, La costruzione
dell’America urbana, Milán, Franco Angeli Editore, 1976, p. 184.
25 Alberto Martínez, “Estudio topográfico de Buenos Aires”, Censo General de Población,
Edificación, Comercio e Industrias de la Ciudad de Buenos Aires (levantado en 1887), Buenos
Aires, Compañía Sudamericana de Billetes de Banco, 1889, tomo I, p. 67.
26 En 1904, cuando el plano sale publicado, el propio Morales revisará su propio trazado
cuadriculado desde la perspectiva de la crítica pintoresquista (desde comienzos de siglo se conocía
en Buenos Aires el texto de Sitte en su traducción francesa, y ya en 1897 la Revista Técnica había
publicado unas conferencias de Cornelius Gurlit, uno de sus principales divulgadores). Haciendo
una muy interesante relectura del rol que cumplieron en el trazado “las preexistencias” (caminos y
trazados anteriores) a las que hubo que someterse y que muy poco tiempo antes le habían parecido
la principal limitación del plano resultante, Morales considera ahora que esas preexistencias
permitieron que el plano tuviera algo de las irregularidades que se celebran en las ciudades
europeas como su belleza urbana. En pocos años, al influjo de los cambios en la teoría, los
“obstáculos” se habían transformado en vehículos de una mayor “belleza”. Véase Carlos María
Morales, “Estudio topográfico edilicio de la ciudad de Buenos Aires”, citado.
27 “El plano de la ciudad de Buenos Aires”, El Nacional, junio 23 de 1856, en OC (LD), tomo XLII,
p. 30.
28 Domingo Selva, “La habitación higiénica para el obrero”, citado.
29 El Diario, Buenos Aires, 11-9-1902 (edición vespertina).
30 Sarmiento no estaba de acuerdo con la decadencia del edificio, “notable y digno de conservarse,
como por su importancia histórica la guarida de Luis Once”, y se quejaba, en 1885, de que “han
hecho [del Caserón] un palomar, para habitaciones, cerrando los arcos de la galería, mostrando al
extranjero que visita Palermo [...] no ya la morada de Rosas [...] sino la barbarie de la generación
que le ha sucedido exenta aun como los indios de toda noción y pudor arquitectónico”, en
“Arquitectura y paisajes isleños”, en OC (LD), tomo XLII, p.181.
31 El Diario, Buenos Aires, 15-9-1902.
32 “Discurso del Intendente Bullrich”, El Diario, Buenos Aires, 11-9-1902.
33 “Quinta Normal”, San Juan, 7-9-1862, en OC (LD), tomo XXI, p.159.
34 Véase El Santa Lucía. Guía popular y breve descripción de este Paseo para el uso de las
personas que lo visiten, Santiago, Imprenta de la Librería del Mercurio, 1874, y Juan de
Cominges, “Informe sobre Palermo”, Buenos Aires, 1882, republicado en Revista del Jardín
Zoológico, Buenos Aires, 1916.
35 F. L. Olmsted, “Public Parks and the Enlargement of Towns”, American Social Science
Association, Cambridge, Riverside Press, 1870. Republicado en N. Glazer y M. Lilla, The Public
Face of Architecture. Civic Culture and Public Space, Nueva York y Londres, The Free Press,
1987, p. 246.
36 Cfr. el clásico libro de G. F. Chadwick, The Park and the Town. Public Landscape in the 19th and
20th Centuries, Londres, The Architectural Press, 1966.
37 Cfr. Juan de Cominges, “Informe sobre Palermo”, cit. Cominges era un funcionario de la
Dirección Nacional de Agricultura al que le encomiendan el Informe. Debo agradecer a la
gentileza de Pablo Pschepiurca haber podido consultar este Informe.
38 Carlos Pellegrini, carta a Torcuato de Alvear, Londres, 18 de julio de 1883, en Becar Varela, cit.,
pp. 300-302.
39 Dice Sarmiento, en su prédica contra la ciudad vieja: “El arte de comprar terrenos en las grandes
ciudades es un arte profundo que tiene en cuenta la historia del país, la marcha de los
acontecimientos, y la acción individual. Veíamos en Chile una vereda ancha de piedra que salía
fuera de la ciudad, y nos dijimos: por aquí ha vivido un Ministro. Sí, nos dijeron, va a la Quinta de
Portales. Las ciudades son como el agua, la corriente sigue la inclinación del plano. Buenos Aires
se inclina al Norte, un poco nor-noroeste y el talento está en conocerle las agachadas para
ponérsele en el camino”; en “Un gran boulevard para Buenos Aires”, El Censor, 20-12-1885, en
OC (LD), tomo XLII, p. 237.
40 El primer barrio obrero se realiza de acuerdo con los planos de Juan Buschiazzo en 1887-1889, en
las calles Larrea, Melo, Azcuénaga y Las Heras; véase, entre otros, Samuel Gache, Les logements
ouvriers à Buenos Aires, París, 1899.
41 “El parque”, El Nacional, 12-10-1882, en OC (LD), tomo XLII, p. 78.
42 Hippolyte Taine, Notas sobre Inglaterra, citado en Mónica Charlot, “El spleen de los exiliados
franceses”, en M. Charlot y R. Marx (dirs.), Londres 1851-1901. La era victoriana o el triunfo de
las desigualdades, Madrid, Alianza, 1993, p. 60.
43 La definición del parque como “teatro de comportamientos regulados” es de Françoise Choay,
“Haussmann et le sistème des espaces verts parisiens”, La Revue de l’Art, No. 29, París, CNRS,
1975, pp. 83-89. La inspira César Daly, para quien el espectáculo urbano del parque equivale al de
una ópera en la que cada uno hace su parte: “contemporáneamente espectador y actor, debe
conformarse a las reglas de la puesta en escena” (cit. de C. Daly, Revue génerale de l’architecture,
tomo XXI, París, 1863, p. 249).
44 Lucy Dowling (Vicente Quesada), “La ciudad de Buenos Aires. Apuntes de una viajera”,
publicado originalmente en la Nueva Revista de Buenos Aires en 1882 y republicado en Víctor
Gálvez (Vicente G. Quesada), Memorias de un viejo. Escenas de costumbres de la República
Argentina, cit., p. 65.
45 Congreso Nacional, Cámara de Senadores, Sesión ordinaria del 20-6-1874, Buenos Aires, 1875,
p. 178.
46 Carlos Pellegrini, Carta a Torcuato de Alvear desde Londres, en Beccar Varela, citado.
47 Georges-Eugène Haussmann, Memoires, París, 1890-1893, pp. 224-225, citado por F. Choay,
L’orizzonte del posturbano, cit., p. 84.
48 La cita es de Benjamín Vicuña Mackenna, El Paseo de Santa Lucía. Lo que es y lo que deberá
ser. Segunda Memoria de los trabajos ejecutados desde el 10 de septiembre de 1872 al 15 de
mayo del presente año, presentada a la Comisión Directiva del Paseo por el Intendente de
Santiago, Imprenta de Santiago, Librería del Mercurio, 1873, p. 83. En el proyecto que Sarmiento
presenta al Congreso en 1874 ya hace la comparación desfavorable con los parques de Santiago, a
la que recurrirá en incontables artículos; cfr. Proyecto de Ley del Poder Ejecutivo, en Cámara de
Senadores, Sesión de [1874, Buenos Aires, 1875, p. 151.
49 “Primer informe de la Comisión del Parque ‘3 de Febrero’”, Buenos Aires, 11 de noviembre de
1875. Domingo Faustino Sarmiento, presidente, y Carlos Pellegrini, secretario. Museo Sarmiento,
Archivo, Caja Q. También Rawson, en su oposición radical a la instalación del parque sobre las
tierras de Rosas, había utilizado en el debate legislativo el argumento de la distancia, señalando
que impediría el acceso a la masa de población pobre, hacinada en los conventillos del centro;
véase Escritos y discursos, Buenos Aires, 1891.
50 Cfr. carta de Sarmiento a Alvear del 10-10-81, en Beccar Varela, cit., pp. 373 y ss.
51 D. F. Sarmiento, “El Parque”, El Nacional, 12-10-1882, en OC (LD), tomo XLII, p. 77.
52 Juan de Cominges, “Informe sobre Palermo”, cit., p. 47.
53 La frase de Alphand en F. Choay, L’orizzonte del posturbano, cit., p. 74; la de Cominges en su
“Informe sobre Palermo, cit., pp. 42 y 61.
54 Adolfo Bioy, Antes del Novecientos (Recuerdos), Buenos Aires, 1958, pp. 265-266.
55 Ricardo Hogg, Recuerdos del siglo pasado, citado por Ricardo M. Llanes, Historia de la calle
Florida, Buenos Aires, MCBA, 1976, tomo II, p. 178.
56 Lucio V. López, La gran aldea, Buenos Aires, 1884 (múltiples ediciones), pp. 112 y ss. en la
edición del CEAL, 1980; Julián Martel, La Bolsa, Buenos Aires, 1891 (varias ediciones). Cito del
capítulo 9 “Corriendo al abismo”, pp. 146 y ss. en la edición de Editorial Huemul, s/f.
57 Adolfo Bioy, op. cit., p. 264.
58 Lucy Dowling (Vicente Quesada), cit., p. 69. En ese párrafo, Quesada opina a través de su viajera
en términos muy parecidos a Sarmiento sobre la necesidad de una “ciudad nueva” capaz de
separar la residencia del trabajo; de hecho, en su prédica contra la Avenida de Mayo, Sarmiento va
a citar esta nota atribuyéndosela erróneamente a una “viajera norteamericana”.
59 Miguel Cané, “Sobremesa”, Archivo General de la Nación, sala VII, 2.214, Leg. 13, citado por
Elisa Radovanovic, “El modelo ideal y la realidad de la traza. Buenos Aires en el pensamiento de
Miguel Cané”, en Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, Pensar Buenos Aires (X
Jornadas de Historia de la ciudad de Buenos Aires), Buenos Aires, 1994, p. 175.
60 Juan Buschiazzo, “El parque Tres de Febrero”, La Prensa, Buenos Aires, 21 de marzo de 1893,
citado por Sonia Berjman, Los espacios verdes de Buenos Aires, 1887-1925, Tesis de Doctorado
de la Universidad de Buenos Aires (mimeo), 1987, p. 153.
61 Sobre la noción de civilización en el parque decimonónico, véase Alessandra Ponte, “Il parco
pubblico in Gran Bretagna e negli Stati Uniti. Dal genius loci al ‘genio della civilizzazione’”, en
M. Mosser y G. Teyssot (dirs.), L’architettura dei giardini d’Occidente..., cit., pp. 369-382.
62 169 “Discurso del Intedente Bullrich”, El Diario, Buenos Aires, jueves 11 de septiembre de 1902.
63 Revista Municipal, año III, No. 263, 8 de enero de 1896, p. 2, citado por James Scobie, Buenos
Aires del centro a los barrios, 1870-1910, Buenos Aires, Solar, 1977, pp. 231-232.
64 Víctor Jaeschké, A propósito de Mejoras y Embellecimientos Urbanos en Buenos Aires. Carta
abierta dirigida al Nuevo Intendente Municipal de la Capital de la República Argentina, Señor D.
Adolfo Bullrich, Buenos Aires, Imprenta y Encuadernación de Juan Schurer Stolle, 1898, p. 5.
65 Revista Municipal (Segunda etapa), año I, No. 2, Buenos Aires, 1º de noviembre de 1904. Ya en el
Censo General de 1887, primer censo municipal y nacional, cuando se acababa de incorporar los
municipios de Flores y Belgrano pero todavía no se había definido el límite definitivo, Alberto
Martínez, a cargo del “Estudio Topográfico de Buenos Aires” citado, confía que en las 59
manzanas ganadas al río por las obras del Puerto Madero “podrá alojarse una masa considerable
de población” y esto permitirá que se detenga “el inconsciente crecimiento que hasta ahora [la
ciudad] ha operado hacia el occidente”, en Censo General de Población..., cit., tomo I, pp. 59 y
60.
66 MCBA, Memoria de la Municipalidad 1898-1901, Buenos Aires, 1901.
67 Ibid., p. 34.
68 Cfr. Natalio Botana cuando define el “control presidencial” de las gestiones de Roca en la ciudad,
en “Conservadores, radicales y socialistas”, en J. L Romero y L. A. Romero, Buenos Aires,
histroria de cuatro siglos, cit., p. 113.
69 La comparación de Bullrich con Alvear ya la hace Ismael Bucich Escobar, Buenos Aires Ciudad,
1880-1930, Buenos Aires, El Ateneo, 1930. Véase en el capítulo anterior la nota 126 (p. 139) en la
que se hace referencia a la continuidad de los intendentes. Por el contrario, en su búsqueda de
probar a través del origen social de los intendentes el sentido de sus acciones públicas, Bourdé
dice de Bullrich apenas que estaba “mezclado en asuntos de especulación inmobiliaria”. Véase
Bourdé, Buenos Aires: urbanización e inmigración, cit., p. 80. No contempla que la función
comercial de la Casa Bullrich estaba todavía bastante más vinculada a los remates de campos y de
animales que a las tierras urbanas (lo que aparece con claridad siguiendo los avisos de remates de
la época en los periódicos) pero, además, que la función del rematador todavía se concebía
incompatible con la especulación con inversiones inmuebles propias. En este último sentido, véase
José Bianco, Transmisión inmobiliaria, Buenos Aires, G. Mendesky e Hijo, 1912, en donde se
retrata el rol de los martilleros en los procesos de especulación inmobiliaria.
70 La esperanza de Bullrich en la regeneración de esos niños-reclusos podría verse así en sintonía
con la mirada simpática de Ramos Mejía sobre los “niños de la calle”, simpatía que como bien
señaló Terán, comentando Las multitudes argentinas, atenúa el componente biologista de su
discurso y le hace hasta depositar en ellos “el sentimiento futuro de la nacionalidad en su
concepción moderna”; cfr. Oscar Terán, Positivismo y nación en la Argentina, Buenos Aires,
Puntosur, 1987, p. 24.
71 Tulio Halperin Donghi, “Un nuevo clima de ideas”, en A. Ferrari y E. Gallo, La Argentina del
ochenta al Centenario, Buenos Aires, Sudamericana, 1980, p. 20.
SEGUNDA PARTE
Omisiones

[En torno al centenario]


“Una de las particularidades de Buenos Aires es que no se le puede ver el fin. [...] La
pampa no presenta ningún obstáculo.”
GEORGES CLEMENCEAU, 1911[1]

“[Buenos Aires...] aquella inmensa incógnita que desde hace veinte años crece en
silencio.”
JULES HURET, 1911[2]

¿Cómo se produce lo radicalmente nuevo en la ciudad? ¿De qué región de


lo viejo salen las fuerzas que lo componen? ¿Qué grado de evidencia
alcanza su novedad? Durante las dos primeras décadas del siglo la
cuadrícula va a guiar una continua ocupación del territorio recientemente
incorporado a la jurisdicción federal, y en torno a los parques, que buscaron
en vano limitarla, se va a gestar la novedad más rotunda de la sociedad
urbana moderna en Buenos Aires: la aparición de un espacio público de
nuevo tipo, local y acotado, como ámbito de producción de una cultura
barrial y germen de la más completa transformación del espacio público en
la ciudad tradicional. Sin embargo, es llamativo el modo silencioso en que
esto ocurre, completamente a espaldas de los problemas y los usos de la
ciudad, de sus debates y de las propuestas para su transformación. Si para
un observador como Clemenceau, en 1910 la expansión de la ciudad en la
pampa no encontraba ningún obstáculo, ¿cuáles eran los otros obstáculos,
los que impedían que ese proceso tuviera visibilidad en la ciudad
tradicional?
En unas breves páginas plenas de sugerencias, José Luis Romero
caracterizó la ciudad de estas primeras décadas como “el Buenos Aires de
las dos culturas”: una cultura constituida, la “cultura del centro”, de las
clases altas, las clases medias tradicionales y las nuevas clases medias; y
una cultura inédita, “marginal”, la cultura de los barrios, en la que se
entremezclaban grupos muy diferentes: los grupos de inmigrantes e hijos de
inmigrantes, incómodos en su marginalidad, y un abanico de sectores
criollos e inmigrantes que se hicieron fuertes en ella, “un formidable
experimento, forzado por la presencia y el contacto de grupos diferentes
puestos en una misma situación, y para quienes la segregación actuó como
agente catalizador”.[3]
Una lectura apresurada del breve texto de Romero podría remitir a la
categoría de “ciudad segregada”, tan en boga en la sociología urbana que le
era contemporánea en la que se inspiraron las principales historias de
Buenos Aires escritas en los años setenta. Sin explicitar una polémica, la
riqueza del texto de Romero radica sin embargo en una intuitiva oposición a
esa categoría –y a la literatura que la produjo–: al desplazar el eje del
conflicto económico al cultural, Romero puede advertir que la peculiaridad
de la Buenos Aires de las primeras décadas del siglo, su más acuciante
enigma, no consiste en la progresiva cristalización de una exclusión, sino en
una conflictiva pero creciente integración, que él va a localizar en el
entrecruzamiento de “mil sutiles hilos entre las dos culturas que
concluyeron por crear una trama común para las dos en el Buenos Aires de
1930”. No se trata, conviene aclarar, de una idea de integración como
extensión lineal de los valores dominantes que, en reacción a las versiones
de la “segregación”, las versiones historiográficas neoliberales comenzaban
a enarbolar también en los años setenta: la simpatía de Romero por la
pujanza de las culturas nuevas, populares y marginales, le hace señalar en
esa trama común las huellas de su triunfo. Se trata, simplemente, de un
cambio completo de perspectiva frente a las interpretaciones polares.[4]
Cambio de perspectiva para el que no fue en absoluto secundaria la
diversa selección de fuentes que hace Romero. Muy buen lector de
Martínez Estrada, en pocos textos se mostrará tan fiel a sus interpretaciones
como en éste, tomando del ensayista su manera original de definir los
conflictos de Buenos Aires modificando su tradicional orientación
geográfica.[5] En efecto, si toda la literatura especializada –en una visión
simplificada del conflicto estructural– había girado tradicionalmente en
torno a la denuncia de las desigualdades entre el norte y el sur de la ciudad
(aquella eficaz frase de Mario Bravo sobre la ciudad seccionada en dos
partes, los barrios ricos del norte y los barrios pobres del sur), en
Radiografía de la pampa ya se planteaba que para entender el conflicto más
profundo de la Buenos Aires moderna se debe modificar el rumbo,
enfocando el conflicto del este contra el oeste, que es el de Europa contra el
interior, manifestado en la ciudad como el conflicto del río contra la pampa,
el centro contra los “barrios frontera”. El norte y el sur serían partes
relativamente no homogéneas de una ciudad homogénea: la ciudad
tradicional (“uno es rico y el otro pobre, como sucede en el seno de
cualquier familia” precisará más tarde en La cabeza de Goliath); el oeste,
en cambio, se opone al conjunto. Y es precisamente en la tensión que se
produce en ese nuevo territorio entre la expansión de la ciudad y la
resistencia –y la persistencia– de la pampa, donde se comprende mejor la
Buenos Aires de la metropolización.[6] Hoy es posible precisar más aún las
iluminaciones de Martínez Estrada, planteando que mientras el primer
conflicto más que remitir a la tensión económica y de clase remite a las
tensiones establecidas y contenidas en los marcos urbanos y sociales
tradicionales, el segundo, poniendo en evidencia la producción de lo nuevo
en la ciudad, permite volver desde la interpretación cultural a la económica,
porque pone luz en el fenómeno estructural más complejo y más
característico de la sociedad porteña, la emergencia en esos años, gracias a
la expansión de la ciudad sobre la pampa, de unos nuevos sectores
populares en camino a clase media.
De tal modo, el conflicto norte/sur omite lo nuevo: a sus espaldas,
insisto, silenciosamente, comieza a formarse esa olla a presión de mezcla
continua de la que la ciudad saldrá transfigurada, incubándose en una
frontera que es geográfica y cultural mucho más que social. Porque es fácil
advertir que en estas primeras décadas del siglo los bordes, por ejemplo,
entre las “nuevas clases medias” de la cultura constituida y los grupos de
inmigrantes ávidos de ascenso social de la cultura marginal son muy tenues
y en constante redefinición. Pero lo que es fluido en lo social es mucho más
rígido en lo geográfico y cultural: esas regiones periféricas y esas prácticas
culturales no van a formar parte, en estas dos primeras décadas, del
universo de lo visible para el centro. Las “dos culturas” se afincan
irreductiblemente en el centro y en el nuevo barrio fronterizo, aunque
muchas veces sus integrantes compartan espacios y franjas de la sociedad:
más que dos culturas, entonces, estrictamente, se trata de modalidades
diferentes de estar en la ciudad. Quiere decir esto que los sujetos sociales no
funcionarán de idéntica manera en uno y otro ámbito: que el burócrata
criollo que en la oficina accede a los temas y problemas de la cultura central
y de la ciudad tradicional, el artesano inmigrante que se integra en el taller o
el hijo de inmigrantes que se integra primero en la escuela y en la
Universidad después, todos ellos, en el barrio forman parte –junto a
aquellos otros que no se mueven de allí– de la producción de un compuesto
social y cultural que, a la vez que va a operar como un sistema de
traducción cultural, en estos primeros años va a permanecer ignorante de
esos otros puntos de contacto y, sobre todo, va a ser ignorado por ellos. La
construcción de lo nuevo es silenciosa, y recién cuando esté muy
francamente desplegada su potencialidad y definidos sus rasgos, en la
década del veinte, vamos a ver funcionar los “mil sutiles hilos” que
recompongan el escenario urbano, con lo que éste tiene de geográfico,
cultural y social; recién allí van a aparecer los efectos de la formación del
barrio como dispositivo de traducción y como rearticulador del conjunto de
la ciudad.
En esta segunda parte intentaré mostrar cómo se producen, en mutua
ignorancia, esos procesos: cómo en “la ciudad” –la que incorpora el
conflicto metaforizado en el norte versus el sur– se termina de definir el
circuito de un espacio público tradicional, con sus claras jerarquías y
estratificaciones heredadas de la modernización urbana del ochenta,
mientras en “la periferia” se forma simultáneamente el nuevo espacio
público “barrio”. Entre ambos procesos, intercalaremos el modo en que
algunos pocos observadores –los visitantes extranjeros, en primer lugar,
quizás por su mirada descentrada capaz de notar la “ausencia de obstáculos”
o de apreciar procesos silenciosos para los lugareños– vislumbraron, en el
amasijo informe de la expansión sin límites sobre la pampa, algunos rasgos
de la metrópoli emergente. A contrapelo de lo que nos dice buena parte de
la literatura sobre el centenario, aquella mutua ignorancia no implica el
contraste estereotipado: la cultura “central” está atravesada hasta la parálisis
por conflictos decisivos, frente a los cuales la “periférica” se revelará como
una cantera de respuestas innovadoras. Allí se verifica la principal de las
omisiones de la cultura “central”: no entender las lógicas con que el
dispositivo de la grilla y el parque se había lanzado hacia el futuro, no
entender la ciudad que contenía. Ese dispositivo había formado parte de una
política de estado, reformista, integradora y conservadora, que también
mostró rápidamente sus efectos en el entramado del conflicto social: es
notorio, en esos años, que la ciudad, abriendo sus fronteras a la residencia
periférica, ofrece un espacio de amortiguación que desplaza y desvía el
conflicto social desgranándolo sobre el territorio, produciendo una fabulosa
experiencia en que la geografía le impone leyes a la sociedad y mostrando
la otra “función” de la expansión, contribuyendo a destrabar los conflictos
de la sociedad tradicional.
Notas
1 Georges Clemenceau, Notas de viaje por la América del Sur, Buenos Aires, Cabaut y Cía, 1911
(versión española de Miguel Ruiz de las Notes de voyage que Clemenceau escribió para
L’Illustration), p. 29.
2 Jules Huret, De Buenos Aires al Gran Chaco (París, 1911), Buenos Aires, Hyspamérica, 1988, vol.
1, p. 27.
3 José Luis Romero, “Buenos Aires: una historia”, en AAVV, Historia Integral Argentina, vol. 7: “El
sistema en crisis”, Buenos Aires, CEAL, 1972, p. 105.
4 El mejor ejemplo de las interpretaciones polares lo da la única polémica abierta registrada en estos
temas, la que sostuvieron en la década del ochenta, en las páginas de Desarrollo Económico,
Francis Korn y Lidia de la Torre contra los trabajos de Oscar Yujnovsky de una década atrás; las
autoras defienden la hipótesis de un éxito sin fisura del modelo de “crecimiento hacia afuera” del
orden conservador, frente a los análisis de inspiración marxista de Yujnovsky que enfocaban con
exclusividad los procesos de segregación social y urbana. Fue, en verdad, un ajuste de cuentas en
el marco de la nueva hegemonía neoliberal en el clima de ideas; véase, Oscar Yujnovsky,
“Políticas de vivienda en la ciudad de Buenos Aires, 1880-1914”, Desarrollo Económico, No. 54,
Buenos Aires, julio-septiembre de 1975; Francis Korn y Lidia de la Torre, “La vivienda en
Buenos Aires, 1887-1914”, Desarrollo Económico, No. 98, Buenos Aires, julio-septiembre de
1985.
5 Adolfo Prieto ha desarrollado en un bello artículo las relaciones de Romero con Martínez Estrada,
en “Martínez Estrada, el interlocutor posible”, Boletín del Instituto de Historia Argentina y
Americana Dr. E. Ravignani, No. 1, FFYL-UBA, Buenos Aires, primer semestre de 1989.
6 Radiografía de la pampa es de 1933; una sola de sus seis partes está específicamente dedicada a
Buenos Aires, uno de cuyos capítulos comienza con el subtítulo “Oeste contra este”, bajo el cual
desarrolla estas hipótesis que luego ampliará como base general del texto ya dedicado
íntegramente a Buenos Aires, La cabeza de Goliath, de 1941.
Capítulo 1
La ciudad y la historia: primer cumpleaños
Todo aniversario impone un balance. En febrero de 1909, en plena euforia
pública por los preparativos de la celebración del centenario de mayo de
1810, el semanario ilustrado P.B.T. publica una página de humor en la que
se contraponen dos imágenes: en la primera emerge soberbio de una aldea
muy pequeña y primitiva un grupo de figuras gigantescas, los patriotas de
1810; en la segunda, en medio de una ciudad moderna y poderosa delibera
desorientado un grupo de pigmeos, los gobernantes de 1910. Una leyenda
encabeza, categórica en su obviedad: “¡Quantum mutatur ab illo!”. El
centenario, se sabe, fue un momento consagratorio para la ciudad y para la
cultura establecida. Un país joven y, sobre todo, su joven capital, buscaron
mostrar al mundo el grado de adelanto realizado en apenas una treintena,
para presentar un balance orgulloso y optimista; también se sabe, ese “juicio
del siglo” –como tituló su obra Joaquín V. González– fue complejo y se
realizó en medio de contradicciones y conflictos. El notable crecimiento
económico distaba de impedir la desigualdad y la tensión social y política, y
ésta se hacía pública en huelgas, manifestaciones y atentados callejeros, lo
que llevó a la máxima paradoja de la celebración del “aniversario de la
libertad”: que se realizara en el marco del estado de sitio. El esplendor del
régimen oligárquico no alcanzaba a ocultar el fraude, la corrupción y la
pequeñez de sus dirigentes (satirizados, como en P.B.T., por toda la opinión
pública), pero ello no impedía el desenvolvimiento de una reforma política
que llevaría en 1912 a la Ley Sáenz Peña y unos años más tarde, en virtud
del éxito electoral del radicalismo, a la extinción de su ciclo. La
anatematización del inmigrante como responsable de la “importación” del
conflicto social y de la disolución de la nacionalidad (puesta en acto por el
estado, además, con la Ley de Residencia), se producía en el curso de un
exitoso proceso de integración social emprendido activamente por el estado
a través de la educación pública. El exitismo materialista del establishment
era contestado con dureza por el regeneracionismo espiritualista de un
amplio sector de la élite cultural y política, muchos de cuyos miembros
participaban de ese mismo establishment en altos grados de compromiso.
Figura 55
”¡Quantum mutatur ab illo!”: caricatura publicada en P.B.T., 13-2-1909; la imagen superior señala:
“El 1810 dejó un pueblo muy pequeño con hombres muy grandes”; y la inferior: “Y el 1910 va a
encontrar un pueblo muy grande con hombres muy pequeños”.

Optimismo oficial y progreso económico, desigualdad y movilidad social,


crítica moral, renacimiento nacional, espiritualismo, conflicto social: este
“clima” del centenario, en sus ideas, en su complejidad social, política y
económica, ha sido tratado en algunos de los mejores textos de nuestra
literatura crítica e historiográfica y difícilmente pudiera, al menos por
ahora, agregarse demasiado.[1] Sin embargo, podría afirmarse que apenas si
han comenzado a verse –por fuera de la comprobación primaria del
contraste entre los esplendores del palacio y la sordidez del conventillo– los
roles que jugó la ciudad en la composición de ese clima, el modo en que el
espacio público de la ciudad tradicional completó su articulación definitiva
en sus pliegues. La “ciudad burguesa” cuyo inicio se coloca en la gestión de
Torcuato de Alvear, se hace visible hacia los años del centenario; esa fecha
condensa los conflictos urbanos del “centro” de las dos primeras décadas.
La imagen de la ciudad que se consolida para esos años se apoya en algunos
“palacios” de la aristocracia criolla en la zona norte de la ciudad y en una
serie de edificios públicos de magnitud, que, como bien señalan los
observadores del período, intentan dar albergue “respetable” a un estado
nacional y otro local que no cesaban de crecer en un puñado de edificios
inadecuados, las más de las veces en oscuras dependencias alquiladas.[2]
Esos edificios diseñan una política del espacio público para la ciudad
tradicional, pero veremos sobre todo cómo ese espacio público muestra sus
principales modulaciones en tres temas que en el momento ocuparon todas
las atenciones: los debates sobre la reforma urbana, la ocupación masiva de
las calles por la celebración o la protesta y la erección de monumentos
conmemorativos a figuras o acontecimientos del pasado. En los tres se
define un sistema público y se presentan sus conflictos, encarnando los
roles de la ciudad en la constitución del clima del centenario.
La ilustración de P.B.T. nos introduce a algunos de esos roles. Para todos
los observadores, la ciudad fue la materialización más emblemática de ese
progreso que se caracterizaba, para celebrarlo o estigmatizarlo,
precisamente como “material”. Para quienes se entusiasmaban con él, como
el caso de la revista, la ciudad era el ámbito por excelencia para ejercitarse
en el “regodeo de las cifras” –como acertó a definir Real de Azúa el modo
en que se expresaba el optimismo de la época–; lo que les asombraba,
entonces, era el contraste entre ese desarrollo y la pequeñez de los sectores
dirigentes, como si ese resultado fantástico se hubiese producido por fuera
de su voluntad y capacidad (y acá no cabe sino recordar al Sarmiento de los
primeros años del Estado de Buenos Aires, asombrado por la pujanza y el
desarrollo de la ciudad a pesar de la tiranía y el caos político: esa visión,
que es toda una definición de las relaciones entre ciudad, sociedad y
política, ha demostrado tener larga duración).[3] Para quienes encontraban
en ese progreso “material” el mejor ejemplo del fracaso rotundo de todo el
proyecto modernizador, en cambio, la ciudad aparece como símbolo por
excelencia del “filisteísmo”, la marca objetiva de la extranjerización, con su
babel de lenguas y rostros “exóticos” y su carnaval de estilos
arquitectónicos y urbanos que reemplazaban con insolencia rastacuera el
patrimonio histórico de la nación; por añadidura, como el sitio a cuya
riqueza creciente y ostentosa debía computarse el empobrecimiento
proporcional de un “interior” en el que empiezan a vislumbrarse valores que
en poco tiempo invertirían la antinomia de la civilización y la barbarie; lo
que les asombraba, entonces, por el contrario, era que todo eso pudiera
ocurrir frente a la pasividad y complacencia de los sectores dirigentes,
como si ese resultado hubiese formado parte premeditada de un designio
público.
Ambas posiciones, de todos modos, tienen más puntos en común de lo
que parece. En primer lugar, porque debe registrarse la cantidad de
posiciones intermedias que tocan aspectos de una y otra: por ejemplo, la de
quienes defienden el progreso material –y por lo tanto son capaces de
enorgullecerse de la ciudad que produjo– pero como parte de un proceso
que debería completarse con una etapa de “progreso espiritual”;[4] o la de
quienes en nombre de un progreso material más efectivo señalan y
denuncian que la fachada de riqueza urbana en puntos muy localizados del
centro sólo intenta ocultar sin lograrlo las pústulas que afloran por detrás –y
aquí aparece uno de los temas más recurrentes en la discusión estético-
ideológico-urbana del período: el que convirtiendo la estética en parábola
moral, enfrenta fachada y verdad, apariencia y contenido, como cualidades
opuestas de la sociedad–. En segundo lugar, porque debe registrarse el gran
elemento común a las dos posiciones extremas: el desprecio por los
dirigentes políticos del régimen, acusados por ineptos e inmorales en el
curso de un proceso que quedaría por muchos años estigmatizado en la
memoria política colectiva como el de “los escándalos del Centenario”.
Pero, sobre todo, tienen muchos puntos en común porque en el propio seno
de cada una de esas posiciones extremas es fácil encontrar una similar
ambigüedad frente a la ciudad.
Es evidente que en la ilustración de P.B.T. las relaciones entre la ciudad y
los hombres en ambos cuadros son mutuas: no es independiente de la
humildad material la grandeza de los patriotas de 1810, así como la
pequeñez de los hombres de 1910 no se puede entender sin el tamaño
desproporcionado de una ciudad cuyo desarrollo les parece fuera de control.
De modo simétrico, la crítica regeneracionista usa la ciudad como metáfora
de todos los males que le diagnostica a la sociedad, pero una y otra vez la
preferirá como el territorio más apropiado para batallar por la memoria y la
identidad, y no sólo porque así lo dispusiera la fatalidad de la concentración
en Buenos Aires de todo el movimiento político y cultural, sino porque,
lejos de aceptarla resignados, también para ellos Buenos Aires es la suma,
material y, en potencia, espiritual, de la argentinidad que buscan. No es un
mero ejemplo la actitud de Ricardo Rojas en Eurindia, ya en 1924 pero de
un modo completamente afín al clima del centenario: en un capítulo titulado
“La vida cosmopolita” reproduce todos los lugares comunes de la crítica
moral contra “el progreso de Buenos Aires”; muy pocas páginas después,
en el capítulo “La ciudad armoniosa”, desarrolla su tesis de que Buenos
Aires es “la ciudad predestinada de Eurindia”, aclarando que llegará a serlo
a pesar de “su actual mercantilismo individualista [y del] mote de
Cosmópolis o Cartago con que a veces los artistas, en nuestra sed de ideal,
solemos censurarla”, pero sin preocuparse por explicar cómo ocurrirá ese
milagro o por qué debería suceder necesariamente en la ciudad que provoca
sus excesos.[5] La ambigüedad en ambos casos reconoce diferentes causas,
pero genera una ancha zona de contactos en la que el nacionalismo y la
historia se van a vincular complicadamente con la ciudad; la celebración del
centenario, lejos de ocultar esos conflictos tras sus “máscaras”, los va a
poner en el lugar más visible: el espacio público.

1. Celebración y representaciones de ciudad


“Se impone llamar a concurso de ideas [...] para el trazado general de las avenidas,
parques, plazas, etc.; en una palabra: el plano de rectificación y embellecimiento de la
Capital. Esto será a mi juicio el mejor legado que la Capital puede hacer en honor de
las fiestas que se celebrarán dentro de cuatro años.”
ALEJANDRO CHRISTOPHERSEN, 1906[6]

“[...] algunos embriagados quizá por la danza de millones que los proyectistas han
hecho desarrollar ante sus ojos, quizá entregados a desenfrenada chirigota, se atreven
a proponer: ‘Ya que de algo grande se trata, ¿por qué no fundar una ciudad modelo,
que se llame Independencia o 25 de Mayo, o con algún otro nombre conmemorativo,
y que reúna cuanto perfeccionamiento pueda desearse, desde los grandes barrios
obreros hasta los más hermosos edificios públicos? Los nombres de las calles, los de
los palacios, paseos, plazas, todo se referiría a aquella fecha gloriosa... Sería, al propio
tiempo, una ciudad y un libro de historia’...”.
ROBERTO PAYRÓ, 1906[7]

A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX las exposiciones universales


sellaron una relación entre celebraciones patrióticas y demostraciones del
progreso nacional fundada en las necesidades simbólicas de la expansión
imperial (la consolidación de industrias nacionales compitiendo en
mercados mundiales); esta relación no sólo encarnó siempre en ciudades,
sino que tendió a convertir cada ciudad-sede en la manifestación última de
esa relación, en verdadera exposición. París es, por supuesto –en tanto
“capital del siglo XIX”–, el caso emblemático: en 1889, el primer centenario
de la revolución fue la ocasión para la exposición que logró su éxito más
resonante en la torre construida por Gustave Eiffell, convirtiendo por
primera vez en monumento la pura tecnología y poniendo, además, como
objeto único de esa tecnología la posibilidad de un disfrute inédito de la
ciudad como espectáculo de una visión en altura. Pero no es el único caso:
en 1876 había sido la exposición de Filadelfia para el centenario de la
independencia norteamericana; en 1893 sería la de Chicago para el cuarto
centenario del descubrimiento de América; en 1904 la de Saint Louis para
el centenario de la compra de Louisiana; en 1911, un año después de la de
Argentina, las de Roma y Milán para el cincuentenario de la unificación del
reino de Italia, y a lo largo del siglo XX los ejemplos no cesarán de
multiplicarse. En todos los casos, las exposiciones fueron la ocasión de
importantes renovaciones urbanas, anexando nuevas áreas y sistematizando
la expansión de la ciudad, experimentando los avances tecnológicos
urbanos que se aplicarían luego masivamente o poniendo plazo a la
finalización de proyectos de larga data y difícil realización.[8]
Desde el punto de vista de la cultura urbanística, entonces, era razonable
suponer, como lo hace en el acápite Christophersen –uno de los más
reputados arquitectos locales del período–, que la mejor celebración de las
fiestas debía ser la propia puesta a punto de la ciudad, como monumento y
como legado, en una ecuación irrebatible en el período para la mirada
oficial: ciudad capital/imagen de nación. Desde la perspectiva de alguien
como Payró, ajeno a este encadenamiento de lógicas que sólo en parte son
exclusivas de las disciplinas urbanas, la cuestión es la inversa: “La
celebración del centenario debe ser más moral que material”, argumenta;
para ello bastaría con que “el pueblo tome parte con toda su alma” y que,
luego, “cualquier cosa tangible [...] monumento o simple inscripción”,
perpetuase su memoria. Si, como Payró, se parte de que “lo ensalzable es el
25 de mayo de 1810 [y] no el 25 de mayo de 1910”, se vuelve insensata la
“danza de millones” de proyectos urbanos, de los cuales “los menos
descabellados vienen a ser los que, so pretexto del centenario,
comprometerían las finanzas del país durante otra centuria...”; de allí la
descripción irónica de la “ciudad modelo” en el acápite. Veremos en el
punto siguiente que la relación “ciudad modelo/libro de historia” sobre la
que Payró ironiza, encierra en verdad uno de los principales dilemas del
centenario. Aquí me interesa señalar el abanico de posiciones que se abre
respecto del carácter de la vinculación ciudad/celebración, una vez que la
inminencia del centenario coloque a la ciudad en el centro del balance. Y
esto será apenas se inicie el siglo: todos los debates urbanos de la primera
década se organizan con el centenario como plazo fijo, y durante casi toda
la segunda mantienen por inercia el mismo eje.
¿Entre quiénes se da la discusión? El clima del centenario produce la
paradoja de que un progresista urbano como Payró ya haya dejado de ver en
el progreso de la ciudad la tarea primordial de gobierno: la “desenfrenada
chirigota” de proyectos para el centro de la ciudad repropone de uno u otro
modo la discusión sobre las expropiaciones tan cara al reformismo urbano –
y es por eso que comprometería las finanzas por otra centuria–; su pedido
de cordura en esta coyuntura no hace sino tomar distancia del reformismo
conservador decimonónico para coincidir con los reclamos
antimodernizadores que igualarán transformación urbana y corrupción
política o, por lo menos, necesidades espúreas de representación del
régimen, lo que confina a las voces oficiales y a los debates técnicos la
discusión sobre la reforma de la ciudad. Ésa es otra consecuencia de las
omisiones: hasta que en los años veinte el socialismo encuentre en los
temas de la expansión suburbana un campo de desarrollo de posiciones
sobre la ciudad afines con sus posiciones políticas, el foco del progresismo
político se cerrará sobre “la cuestión de la vivienda”, por fuera de los
problemas más globales del espacio público urbano, de modo que el debate
de la reforma urbana permanecerá restringido.
Doblemente restringido, porque se establece una peculiar simetría con
otro ausente del debate: el capital privado. Es notorio que en la
modernización de la Buenos Aires tradicional no hay iniciativas privadas de
envergadura por fuera de la renovación edilicia puntual (el capital privado
se restringe a operar en la especulación en lotes periféricos y en la
infraestructura de transportes). Las últimas iniciativas de sociedades
privadas para realizar grandes obras de transformación urbana que
involucraran sectores completos de la ciudad tradicional (apertura de
boulevards y avenidas, renovación de edificios públicos, etc.) son de finales
del siglo XIX; ya en el siglo XX, crecerá hasta el abismo la distancia entre un
estado que realiza todas las operaciones de envergadura y construye un
tablero de reglas fijas, y un capital privado que se limitará a moverse en él
con operaciones “minoristas”, sin mostrar interés por homologar sus
propias lógicas a la variedad de aspectos que conforman el espacio y la
economía urbanas, por fuera del aprovechamiento máximo del incremento
de la renta inmobiliaria.[9]
La reforma urbana en las primeras décadas sigue proponiendo
modernizar la ciudad tradicional, en términos casi idénticos a los de los
tiempos de Alvear; hay una serie continua de propuestas desde finales de
siglo que coinciden en un limitado stock de recursos: boulevards y avenidas
diagonales, sobre cuyo trazado se discutirá incansablemente. Al mismo
tiempo, se debe reconocer que aparecen una serie de desajustes y
desplazamientos con respecto al debate urbano decimonónico. Por una
parte, porque se agregan dos temas que demuestran un cambio progresivo
del clima de ideas urbanas: los edificios públicos y, en vinculación con
éstos, la monumentalización del espacio público en un circuito ampliado,
temas puestos en el tapete por las nuevas líneas de la urbanística
pintoresquista, de rápida difusión en el período. Por otra parte, porque se
filtra una y otra vez lo otro omitido, la gran novedad con respecto a la
ciudad de Alvear: el territorio ampliado y su grilla pública; aunque estas
filtraciones las veremos en el capítulo siguiente, conviene señalarlas para
mencionar aquí una de las principales dificultades del debate urbano,
agravada en períodos como éste, de marcada transición: la acumulación en
un único debate de visiones diferentes de ciudad, que responden cada una a
momentos teóricos diferentes y a momentos diferentes de la ciudad, y que,
por lo tanto, remitiendo a objetos que parecen iguales, se mueven en verdad
en dimensiones conceptuales completamente incompatibles.
El diagnóstico de la reforma céntrica es más o menos común para todos
los protagonistas del debate urbano. Se resume en una ambición genérica:
ponerle límites al laissez-faire, que se traduce en las polémicas sobre el
reglamento de edificación, las alturas y la densidad. Y en la identificación
de tres aspectos negativos de la ciudad heredada, que dan lugar a propuestas
específicas de intervención: las calles son estrechas para un tránsito que
crece día a día; la regularidad del damero no permite perspectivas
pintorescas; no hay conjuntos monumentales de valor en la ciudad. El
primer ítem ya lo habíamos visto diagnosticado desde la segunda mitad del
siglo XIX; en estos años remite unilateralmente a las propuestas de matriz
haussmanniana: abrir avenidas que favorezcan la circulación como una
malla racional que se superponga al fondo continuo de la ciudad tradicional.
En una ciudad como Buenos Aires, donde ese fondo continuo es ya
“racional”, en el sentido de ortogonal y regular, las propuestas de este tipo
no dejan de plantearse paradojas, ciñéndose en general a ensanchar calles y
trazar diagonales que unan puntos importantes de la ciudad de modo
directo, a través de un sistema de focos públicos monumentales (el
equivalente a las etoiles parisinas).[10]
El segundo ítem, el reclamo por la ausencia de perspectivas, también
tiene larga data; pero si antes significaba exclusivamente ausencia en la
homogeneidad cuadriculada de ejes destacados, en el sentido barroco
parisino, ahora remite a una sensibilidad pintoresquista que no se conforma
con el sutil cambio de ritmo de la avenida ancha en el damero ni con la
directa ruptura de la diagonal. De todos modos, las paradojas que el damero
del Buenos Aires céntrico le planteará a este pintoresquismo no van a ser
menores. Así como el sistema barroco buscaba superponer su nueva
racionalidad sobre un fondo informe (la ciudad medieval), el
pintoresquismo centroeuropeo parte de la reivindicación de ese fondo, que
se convierte en dador de forma histórica y cultural; por lo tanto, para los
centros históricos, propone el respeto por los monumentos y una
modernización que busque puntos de contacto con su lógica histórica –
entendida de modo literal a través de un compendio de claves formales
adaptables miméticamente a nuevos diseños: avenidas curvas, perspectivas
siempre limitadas, espacios públicos y monumentales recoletos y cerrados a
las visuales francas, etc.–, y para los suburbios, propone reemplazar los
ensanches ortogonales con una tipología de barrios pintorescos que será
desarrollada por la línea de la ciudad-jardín anglosajona. En el centro viejo
de Buenos Aires, la lógica pintoresquista implicaría superponer una malla
“irracional” de avenidas dentadas o curvas sobre el damero existente, con
una carga esteticista aun menos tolerable que la del ya repudiado urbanismo
francés, en el que las claves higiénicas y funcionales permiten todavía, pese
al descrédito creciente en el campo urbanístico de comienzos de siglo, una
mayor capacidad de respuesta en ciudades como Buenos Aires; de tal
modo, en el centro consolidado, a este pintoresquismo no le queda más
remedio que renunciar a las propuestas globales, planteando proyectos
sumamente puntuales, de difícil integración en la malla, y discutiendo
interminablemente por detalles. Podría desarrollar las típicas propuestas de
la urbanística pintoresquista de barrios-jardín para el suburbio, discutiendo
la expansión cuadriculada; pero el que apenas lo haga –y sólo de modo
retórico– demuestra mejor que nada la imposibilidad del debate urbanístico
de observar con atención lo que ocurría fuera del centro tradicional: en este
caso, las omisiones le generan al pintoresquismo la paradoja principal de no
poder discutir lo único sobre lo que podría ofrecer instrumentos globales, la
expansión.[11]
El tercer ítem, por fin, la necesidad de conjuntos monumentales,
responde bien tanto a la lógica racionalista como a la sensibilidad
pintoresquista, aunque difieran notablemente en la resolución concreta del
diseño y en su disposición general en la ciudad. Sobre este punto, a su vez,
se centrarán principalmente las expectativas públicas, ya que estos
conjuntos mantienen la capacidad de emblematizar, condensando
significados de orden político y cultural, el adelanto urbano y la
representación estatal, englobando la discusión más estricta sobre los
monumentos conmemorativos, en los que se produce uno de los puntos de
unión más característico entre celebración nacional, exposición
internacional y reforma urbana. De hecho, la resolución de la plaza
Congreso es sin duda el acontecimiento urbanístico principal del centenario.
En primer lugar porque vuelve a actualizar la discusión sobre las
expropiaciones, mostrando los obstáculos profundos para cualquier
transformación urbana, al punto de que se llega a plantear, frente a la
tradicional obstrucción de la Corte Suprema al sistema amplio de
expropiaciones, una convocatoria a una asamblea constituyente.[12] En
segundo lugar, por su realización rapidísima, que no sólo contrastaba con la
inoperancia del conjunto de las previsiones para el centenario, sino que
permitía recordar los buenos tiempos de Alvear, después de décadas en las
que cada transformación pública había encontrado sólo obstáculos y
demoras, recuperando la imagen que tanto buscaba cultivar el progresismo
municipal.[13] En tercer lugar, por su éxito compositivo, que se impuso en
realidad como evidencia a una durísima oposición inicial (la “plaza
longaniza”, la llamaba burlón el ingeniero Barabino); lo cierto es que este
proyecto de gran dimensión longitudinal resuelve de modo magistral el
remate de la Avenida de Mayo en el Congreso, planteando un tipo de
perspectiva mucho más americana que europea y otorgándole una
coherencia de la que carecía la avenida originalmente, constituyendo desde
la plaza de Mayo el eje cívico-monumental unitario más representativo de
la ciudad durante todo el siglo.[14]

Figura 56
La plaza Congreso recién inaugurada para la celebración del Centenario (nótese que el Congreso está
todavía en construcción) de acuerdo con la propuesta de la Comisión municipal, 1910 (Archivo
General de la Nación).

Figura 57
La propuesta de Bouvard para la misma plaza, de acuerdo con los criterios más extendidos entre los
urbanistas locales sobre la necesidad de acotar las perspectivas, 1907 (Revista de Arquitectura, 15-2-
1909).

Pero seguramente la plaza Congreso es la iniciativa más importante porque


logra reunir las dos ambiciones casi nunca confluyentes en la Buenos Aires
que se preparaba para las fiestas del centenario: las necesidades
representativas de la élite gobernante y las ambiciones reformadoras del
debate urbano. Podría decirse que en casi todo lo demás, estas ambiciones
marcharon separadas, no porque el debate urbano no contemplase las
cualidades representativas de sus propuestas, sino porque ya las sujetaba
ineliminablemente a la resolución de los problemas de la ciudad
comprendidos en un plan general que atendiera primordialmente el
problema de la circulación; la élite política, por el contrario, estaba más
urgida por una resolución escenográfica del espacio público monumental
que acompañara lo que se consideraba el adelanto vertiginoso de la ciudad.
Pero aquí se plantea una de las principales paradojas de un balance posible
sobre qué le dejó el centenario a la ciudad: mientras los urbanistas, detrás
de sus debates técnicos y funcionales, mantenían el esquema idealmente
simétrico del plano de la ciudad cada vez más desmentido por el desarrollo
urbano real, el gobierno, preocupado por las disposiciones efímeras de la
celebración, los pabellones de las exposiciones y los monumentos
conmemorativos, le dejó un sello indeleble a la ciudad, ratificando el
impulso definitivo a la expansión cualificada del norte. Como dije, es sólo
hacia el centenario que la “ciudad burguesa” comienza a delinearse en
algunos edificios importantes, y esto se hace ya definitivamente en “el
norte”, completando su espacio paradigmático, la plaza San Martín, y
comenzando su expansión en un progresivo despliegue por las calles que
conectan con Recoleta.

Figura 58
Esquema con los recorridos de los desfiles oficiales y las marchas de protesta hacia el Centenario,
con las ubicaciones de las exposiciones y de los monumentos dispuestos por el gobierno nacional y el
municipal.
Esta relación entre debate urbanístico y necesidades representativas del
gobierno va a mostrar su doble cara en la visita del urbanista francés Joseph
Antoine Bouvard, contratado en 1907 por la intendencia de Carlos Alvear
(hijo de Torcuato) para la realización de un plano de mejoras. Los
resultados de este plano los analizaremos en el capítulo siguiente, pero
conviene destacar aquí que, en lo que hace al centro de la ciudad
tradicional, confirman en términos generales las principales tendencias del
debate local, continuando o reinterpretando proyectos existentes y
manteniendo en esencia todas las características del desarrollo del espacio
público tradicional, con su fuerte axialidad y simetría y su centralidad sobre
la plaza de Mayo. En cambio, los pocos proyectos puntuales que se le
encargaron y que en definitiva se realizaron (o al menos que tuvieron en
cuenta sus indicaciones) se ubican en el eje norte de la ciudad: la
urbanización de la Quinta de Hale, el diseño del Hospital Alvear y de la
Exposición Industrial del Centenario.[15]
En este sentido, el principal rol urbano de las celebraciones del
centenario fue legitimar y dinamizar esa línea de expansión de modo
definitivo, saturando de contenido simbólico el área ya más prestigiosa de
la ciudad. Fue evidentemente una actitud conservadora, frente a los
ejemplos de ciudades que aprovecharon estas ocasiones para generar áreas
nuevas de expansión o activar zonas deprimidas; digamos, para imponer
con un gran evento urbano una lógica diferente a la del mercado, que en
Buenos Aires estaba privilegiando espontáneamente la zona norte. Pero lo
que tal actitud revela de modo más drástico es la escasa disposición del
gobierno nacional para poner en marcha un plan urbano general: si esa
variable se descarta, era lógico apoyarse en la zona más moderna de la
ciudad para realzar la celebración. Zona que, conviene reiterarlo, estaba de
todos modos lejos de ser homogéneamente moderna: todos los observadores
del período destacan la mezcla descualificada de “palacios”, comercios
precarios, barracas, basurales y conventillos que bordean la avenida Alvear
(del Libertador) en el camino a Recoleta y Palermo, así que la celebración
resulta un modo de dinamizar y completar el sentido de esa modernización.
Es más, hubo posiciones aun más conservadoras, que temían que la
disposición de las exposiciones en “el lejano” Palermo limitara la
asistencia, proponiendo su realización en zonas más céntricas y
consolidadas.[16]
Todas las exposiciones se instalan finalmente entre plaza San Martín y
Palermo: la Exposición Internacional de Arte en la plaza San Martín, donde
ya funcionaba el pabellón argentino de la Exposición Universal de París de
1889 (rearmado) como museo de Bellas Artes; la Exposición Internacional
de Higiene en la avenida Alvear y Tagle; la Exposición de Productos
Españoles en avenida Alvear y Castex; la Exposición Internacional de
Agricultura y Ganadería en el predio de la Sociedad Rural, en Palermo; la
Exposición Industrial (nacional) sobre la avenida Alvear en una nueva
sección de Palermo; la Exposición Internacional de Ferrocarriles y
Transportes Terrestres, a la vera del arroyo Maldonado en la actual avenida
Bullrich. Todas implicaron algún tipo de consolidación del área urbana
adyacente: la ampliación y rediseño de la plaza San Martín, la anexión de
nuevos sectores parquizados a Palermo, la realización de obras de
infraestructura en el arroyo Maldonado para unir las exposiciones de
Agricultura y Ferrocarriles a través de un puente que dio continuidad a las
avenidas Santa Fe y Cabildo (favoreciendo el saneamiento y la
urbanización de una de las zonas más degradadas de la ciudad del
novecientos), la utilización de la parquización de la Exposición Industrial
para el proyecto en 1912 del primer Barrio-parque.
Las principales atracciones se presentaban, por supuesto, en esa misma
área, como la reconstrucción escenográfica de la vieja plaza de Mayo que
realizó la Sociedad de Beneficencia en el Pabellón de las Rosas, en
Palermo, con representaciones estudiantiles de escenas históricas, en el
marco de una característica ya impuesta en las exposiciones universales: las
recreaciones nostálgicas de escenarios urbanos del pasado.[17] También se
encontraban en esa área los principales monumentos inaugurados por el
gobierno, como la renovación completa del basamento del monumento al
general San Martín y todas las donaciones de las colectividades extranjeras:
el monumento de los españoles y el de los alemanes en diferentes puntos de
la avenida Alvear, el de los franceses en la Recoleta, la torre de los ingleses
en la plaza Británica de Retiro. Y la principal visitante, la Infanta Isabel, fue
alojada en una nueva residencia vecina a la Recoleta, la de De Bary, lo que
generó en la zona una movilización pública permanente. Desde ya que el
eje de la avenida de Mayo, con el Congreso y su plaza recién inaugurados,
fue un atractivo principal para los actos públicos y las marchas cívicas y
militares, pero ya no como eje de simetría de una ciudad que se
representaba concéntricamente, sino como el borde sur de un espacio
público que ahora se extendía definitivamente hacia el norte. Todo el
circuito público se estructuró allí, desde la plaza de Mayo por Florida hasta
la plaza San Martín, y desde allí hasta Recoleta y Palermo por Santa Fe y
Alvear: paradas militares en honor a los visitantes extranjeros,
concentraciones de los batallones escolares, ofrendas florales de las
“juventudes del centenario”, manifestaciones cívicas de las colectividades
extranjeras y marchas patrióticas. Aunque parezca ratificar el espacio
público ya consolidado, el centenario provoca un sutil desplazamiento al
reunir dos circuitos relativamente diferentes en uno: el ceremonial y cívico
(Avenida de Mayo y Florida) y el lúdico y festivo (de plaza San Martín a
Recoleta y Palermo); ambos quedaron ya definitivamente cristalizados
como el circuito monumental y a la vez elegante de la ciudad.
Hay, por supuesto, otras formas de ocupación del espacio público, otras
maneras de marcar recorridos, crear legitimidades y disputar jerarquías en
la ciudad del centenario, las de la protesta obrera y social; pero desde el
punto de vista de las representaciones urbanas que genera no son tan
diferentes. Las manifestaciones obreras, socialistas y anarquistas, irrumpen
en la ciudad del novecientos con su carga amenazante, pero también con su
modernidad irrecusable, como emblema de una sociedad que a través de la
industria urbana completa su carácter metropolitano. Esto es claro en el
modo en que se ocupan del tema algunos periódicos y las revistas
ilustradas. Caras y caretas, por ejemplo, cultora entusiasta de toda
expresión de la “vida moderna”, no sólo le va a reservar un espacio
importante –en una sección prácticamente fija que se llama ”Movimiento
obrero”–, sino que va a mostrar una marcada simpatía por las
manifestaciones de protesta a lo largo de la década, como un espectáculo
que despierta análogo entusiasmo que el de los desfiles militares y
patrióticos. Así, se destacará la legitimidad de los reclamos pero, sobre
todo, se resaltará la seducción del espectáculo arrasador de la multitud en la
calle, la participación “civilizada” de mujeres y niños, las banderas al
viento, su paso acompasado e informalmente marcial, y se ironizará sobre
“los sustos sufridos por algunos tímidos burgueses y por algunos
sacerdotes” que se quedan al costado de la manifestación mirando “a los
socialistas con recelo, intentando descubrir el sitio donde llevaban
guardadas las bombas de dinamita” –y si esta frase es de 1901, cuando
todavía no ha habido expresiones de violencia, el tono no cambiará en lo
sustancial ni en los momentos más álgidos de los atentados y la represión–.
[18]
En todo caso, de lo que se trata es de sostener diferentes legitimidades en
la ocupación del espacio público: ¿cómo se entroncaba la multitud de puños
en alto con la multitud de banderas argentinas? Hay todo un cúmulo de
respuestas que ha dado la historia social y política, en un tema que
constituye el emblema más perfecto de las contradicciones del país en el
centenario: represión oficial y organización de grupos de represión
informales, estado de sitio, ley de Residencia, la bomba en el Colón en la
función de gala de la celebración, la muerte del jefe de policía Falcón, etc.
Pero desde el punto de vista de las demarcaciones en el espacio público
creo que se pueden plantear dos cuestiones. La primera, que hay una
componente estrictamente urbana en la represión, que se vincula con una
tradición de “jóvenes patriotas” que salen en defensa de un espacio público
que sienten ultrajado: se trata de un combate por imponer una determinada
visibilidad y representatividad en la calle, que debe ser filiado en la nueva
identidad patriótica del espacio público construida de modo agresivo con
las marchas de los batallones escolares. No parece desacertado vincular los
grupos de exaltados que incendian los locales anarquistas y socialistas en el
centenario o que rompen manifestaciones públicas, con los estudiantes que
alimentan su espíritu patriótico “corrigiendo” decisiones que consideran
desacertadas en el diseño de las instalaciones festivas: era habitual que los
estudiantes, “en representación de la cultura metropolitana agraviada” –
como celebra una publicación en tono similar al de cierta cobertura de los
incendios contra anarquistas y socialistas–, “participaran” en las decisiones
oficiales del ornato urbano para las festividades patrióticas, demoliendo a
golpes o incendiando las instalaciones que consideraban de “mal gusto”.
[19]
La otra componente urbana de la protesta se vincula con la demarcación
de territorios a partir de los recorridos de las diferentes manifestaciones. Y
aquí podría decirse que el circuito habitual complementa el de las
celebraciones oficiales: mientras se mantiene virtualmente la centralidad del
eje cívico de la avenida de Mayo, el peso de las representaciones
contestatarias se vuelca al sur. Así termina de construirse la imagen de la
ciudad partida en dos: al sur la ciudad obrera, de la protesta; al norte la
ciudad elegante, de la celebración. La simetría tradicional parece ser
reemplazada por una imagen de partes desiguales, aunque complementarias,
que comparten, por diversas razones, el eje céntrico. Esto muestra la
búsqueda de ocupación del centro por los sectores contestatarios; una y otra
vez intentará ser impedida por reglamentaciones o por represión, pero
durante todo el período crecerá en importancia como objetivo explícito de
la manifestación, lo que sin duda se ve favorecido por la cristalización del
eje cívico Congreso-plaza de Mayo, ya que previamente las
manifestaciones podían dirigirse indistintamente hacia otros puntos (las
socialistas desde plaza Constitución hacia la plaza Rodríguez Peña,
atravesando el eje cívico, y las anarquistas desde plaza Lorea hacia plaza
Once, al oeste del eje cívico).[20] Y muestra, a su vez, la identificación
creciente de la protesta con el sur obrero: ya tradicionalmente las
concentraciones socialistas se realizaban en plaza Constitución y desde allí
marchaban hacia el centro, pero algunos acontecimientos de la primera
década ratificarán esta identificación, aunque no se haya modificado
sustancialmente la tradicional homogeneidad social en la ciudad: el primer
triunfo electoral del socialismo en la Boca en 1904, la concentración en San
Telmo y la Boca de la principal actividad organizativa en la huelga de
inquilinos de 1907, convierten al sur no en un punto más de concentración,
sino en la región desde la cual “vienen” los obreros a la ciudad.

El sur como ideología


Pero si nos quedáramos simplemente con esta ratificación de los términos
del conflicto norte/sur no entenderíamos buena parte de lo que va a ocurrir
luego en la ciudad, y no sólo en su viejo centro tradicional. Porque es
también para el centenario, y como reacción a esta cristalización de la
ciudad tradicional en dos universos enfrentados, que se va a formalizar una
suerte de mirada municipalista, en demanda de una intervención pública
activa en el sur como contrapeso del desarrollo del norte. Si toda la acción
privada y todo el esfuerzo representativo público se concentran en el norte,
para mantener el viejo esquema simétrico de la ciudad ya no alcanza con
ratificarlo una y otra vez de modo abstracto en los planes urbanísticos como
pretende el debate técnico. ¿Quién se hace cargo de que la ciudad se está
desarrollando de un modo diverso del ideal, del que indican los planos y los
proyectos urbanísticos? En estos años, esa verificación produce dos
posiciones. Una, que busca legitimar esa diferencia proponiendo las
ventajas de la complementación entre un sur industrial y un norte
burocrático y comercial; apoyándose en propuestas de larga data que
buscaban consolidar el Riachuelo como canal industrial complementario a
las funciones comerciales del Puerto Madero, esta posición va a presentarse
ahora con el prestigio de un nuevo concepto técnico del urbanismo, la
zonificación, una clave de la urbanística moderna que en Buenos Aires va a
justificar paradójicamente los procesos de segregación espacial que ese
urbanismo rechaza.[21] La otra posición es la de la mirada municipalista
mencionada, que es el modo que va a asumir el reformismo técnico en esta
década, denunciando cada acción pública que tienda a favorecer el norte y
demandando una creciente dedicación gubernamental al sur.
Es una posición que encarna en muchos sectores, especialmente en los
directamente afectados (vecinos organizados de la zona sur), en los partidos
políticos de oposición y, podría decirse, en la opinión pública,
constituyendo a partir de entonces uno de los tópicos principales del sentido
común urbano de todo el siglo XX. Pero aquí interesa ver cómo, en el
centenario, esa posición va mucho más allá de un reclamo de justicia urbana
y, en realidad, para un sector, se convierte en el núcleo motorizador de una
ideología, como cristalización de representaciones que organizan una
experiencia colectiva. Se trata de un sector de la municipalidad, los cuerpos
técnicos y burocráticos, en los que esa ideología será componente
estructural de algo que conviene llamar, usando una expresiva
caracterización de Martínez Estrada, “nacionalismo municipal”.[22] En este
sector, reformismo técnico y nacionalismo municipal serán figuras
intercambiables de difícil discriminación. Lo veremos manifestarse
paradigmáticamente en un episodio que involucra uno de los aspectos más
importantes y urgentes del centenario, la conmemoración monumental:
frente a la evidente preferencia por el norte de la ciudad para concentrar las
celebraciones oficiales organizadas por la Comisión Nacional del
Centenario, la municipalidad decide distribuir homenajes como modo de
restituir el equilibrio territorial. El Concejo Deliberante, por sugerencia de
Adolfo Carranza, director del Museo Histórico (entonces municipal),
aprueba en 1907 una Ordenanza para la erección de estatuas a los miembros
de la Primera Junta (con el agregado posterior de las estatuas de Rodríguez
Peña, Garay y Vieytes); la argumentación se mueve en el registro típico del
centenario, como veremos en el punto siguiente, de constituir la recordación
histórica en clave del enfrentamiento entre nacionalismo y cosmopolitismo.
Pero lo más interesante es que la ubicación de las estatuas se vuelca
manifiestamente al sur de la ciudad: los pocos actos oficiales de homenaje
que se hagan en ese sector de la ciudad serán para la inauguración de estas
estatuas. Con la excepción de la de Rodríguez Peña, en la plaza del mismo
nombre, y Alberti, en las Barrancas de Belgrano, el resto se ubica de
Rivadavia al sur: Castelli en plaza Constitución, Paso en plaza
Independencia, Larrea en plaza Herrera (Barracas), Vieytes en plaza
Moreno, Matheu en la plaza del mismo nombre (La Boca), y Moreno,
Azcuénaga y Garay en el mismo eje céntrico de la ciudad, las plazas
Congreso y Primera Junta los dos primeros, y la intersección de Rivadavia
con el bajo la tercera.[23]
La decisión no es atribuible a una mera casualidad: cada ubicación y
cada encargo implicó discusiones entre las comisiones Nacional y
Municipal de organización del centenario. Para la revista Atlántida, vocera
oficiosa de la Comisión Nacional, el Concejo Deliberante se excedía en sus
funciones al tratar de ser “intérprete del pensamiento nacional”: no debía
corresponderle ni la colocación de monumentos ni la decisión sobre la
toponimia urbana, “usurpaciones” municipales que crean “el riesgo [...] de
someter al país entero a una docilidad localista”.[24] Para la principal
vocera del nacionalimo municipal, la Revista Municipal, en cambio, los
homenajes consagrados por la Municipalidad son lo único que puede
“salvar a la metrópoli del ridículo que se le prepara con la insignificancia de
las fiestas organizadas” por la Comisión Nacional, que acumuló iniciativas
fastuosas para terminar con un pobre puñado de actos oficiales.[25] El tono
del enfrentamiento es inusualmente violento, sobre todo si consideramos el
carácter oficial de la Revista Municipal: “estamos fatalmente destinados a
lucirnos con el Centenario”, ironiza una y otra vez ante la inminencia de la
celebración. Lo único que salvará la celebración es lo que hace la
municipalidad: “la plaza del Congreso, los jardines públicos, las estatuas, la
iluminación, el embanderamiento”, es decir, las representaciones de la
propia ciudad como espectáculo; todo lo que hace la Comisión Nacional le
parece horrible: “Buenos Aires así ornamentado –dice sobre un proyecto de
ornamentaciones florales– presentaría el aspecto de las piezas principales de
un conventillo en día de fiesta; el snobismo del habitante caracolea sobre el
ridículo más espantoso, en su afán de aproximarse a la caracterización de un
salón aristocrático”.[26]
Para la revista municipal, las actividades de la “gran comisión pomposa”
del centenario son una intrusión del gobierno nacional en la ciudad. Aquí se
plantea por primera vez de modo tan frontal un conflicto que marcará la
gestión urbana durante todo el siglo XX, el de la definición de competencias
entre el gobierno municipal y el nacional, en el marco de una legislación
que, como vimos, desde la capitalización, auspicia un territorio difuso y
superpuesto de atribuciones con una subordinación explícita del municipio.
En torno al centenario es cuando en todas las expresiones municipales se
comienza a señalar con creciente incomodidad cada situación en que las
instituciones nacionales impiden u obstaculizan la gestión urbana municipal
(el Ministerio de Educación que no blanquea las escuelas o que exige un
aporte muy alto del municipio, la Dirección de Obras de Salubridad que no
acepta hacer desagües donde indica la Intendencia, el Ministerio de Obras
Públicas que proyecta edificios sin consultarla, etc.), al punto de que en la
Revista Municipal se plantea la necesidad –en pleno debate de las nuevas
leyes electorales– de una reforma de la Constitución que consagre
autonomía municipal con elección directa del Intendente, rompiendo el
sistema de equilibrios que buscaba la federalización. Pero aquí también se
hará manifiesta la carga ideológica del nacionalismo municipal, en su
intento de distinción, imposible en la práctica, de las responsabilidades del
gobierno nacional y las del municipal: para la Revista Municipal las
“autoridades edilicias” serán a veces víctimas impotentes del gobierno
nacional, a veces cómplices, a veces será conveniente distinguir entre
intendente y concejales, a veces representarán lo mismo; en esto mantendrá
un tono de deliberada ambigüedad en el que la única certeza inamovible es
que los intereses municipales están representados por los cuerpos técnicos y
burocráticos.
A pesar de esa obligada ambigüedad de la denuncia, lo interesante es que
a partir de este conflicto se cristaliza una cadena de asociaciones por las que
el gobierno nacional queda como culpable del desarrollo desigual del norte
frente al ideal de un desarrollo equitativo. Celebrando el incendio del circo
de Frank Brown vecino a la plaza San Martín como la “reacción popular”
frente a otro desatino de la Comisión Nacional, la revista va a plantear
irónicamente que los incendiarios no tenían derecho “de salvar el decoro
nacional a costa de la tranquilidad del barrio aristocrático: precisamente del
barrio de donde emerge la expresión de suprema cultura argentina
estereotipada en la comisión de notables [del Centenario]”; el sur, por el
contrario, será en esta ecuación la “pobre cenicienta [...] condenada a
vestirse con los despojos de su aristocrática hermana”.[27] La instalación de
las estatuas municipales al sur se produce entonces en plena elaboración de
este cuerpo ideológico que, con una carga inusual de violencia en el
discurso, va a autoadjudicarse todas las virtudes que le niega al adversario:
moralidad, sensibilidad social, patriotismo. Se trata de la resurrección de
una mezcla confusa de consignas porteñistas del ochenta, consignas
rebeldes del noventa, populismo urbano y nacionalismo técnico, en la que el
sur comenzará a encarnar una constelación precisa de significados
múltiples. Principalmente, el sur será todo aquello que la intrusión del
gobierno nacional, aristocratizante y corrupta, descuida: el sur propiamente
dicho y los nuevos suburbios obreros que rodean con su miseria la ciudad
tradicional en toda su extensión, desde el Maldonado hasta el Riachuelo –es
decir, tanto la ciudad vieja, el sur tradicional, como los arrabales en que se
mezcla lo más viejo y lo más nuevo. En el marco de ese ya franco
desequibrio entre la ciudad aristocrática y moderna y el resto, lo interesante
de esta mirada municipalista es que va a construir un sur muy especial: sur
y norte aparecen ya claramente como metáforas mucho más abarcantes de
los conflictos de la ciudad, y es con ese contenido que van a trascender al
sentido común urbano, como una representación ideológica de esos
conflictos, el armado de un imaginario municipalista de buenos y malos.
Por último, el sur también pasará a ser metáfora de un modo equitativo,
probo, popular y correcto técnicamente, de realizar las prácticas urbanas;
modo del que –como ha demostrado Silvestri– el proyecto derrotado de
Huergo para el puerto en la década de 1880 será el emblema más completo:
el norte es la política de bambalinas, la corrupción del gobierno, los
negocios imperiales, las finanzas, el formalismo hueco de los aristocrátas;
el sur, en cambio, la técnica apropiada a nuestra pobreza, la industria, el
proyecto de un desarrollo moderno y autónomo. Quizás la mejor muestra
del carácter de construcción ideológica de este sur la dé el hecho de que
Huergo fue siempre partidario del modelo de ciudad complementada contra
el que reacciona el nacionalismo municipal; pero lo importante aquí no es
señalar sus contradicciones sino su eficacia como representación.[28] Y es
que este nacionalismo municipal de técnicos y burocrátas porteños va a ser
también manifestación de los intereses de los nacientes campos
disciplinares de la ingeniería y la arquitectura, que justamente se van a
definir en el marco puesto por las grandes obras públicas urbanas y la
consolidación de cuerpos técnicos estatales; siguiendo en buena medida la
prédica iniciada por la Sociedad Científica Argentina en las últimas décadas
del siglo, pero con una fundamental potenciación dada por la condensación
de tópicos ideológicos y la complejización de campos disciplinares del
centenario.
La ciudad será para ellos el epicentro de una acción reformista y, por
ende, nacionalista, ejemplificadora. En principio, para que los que
construyan la ciudad sean argentinos; ésta es, como se sabe, la primera
función de las instituciones que se forman en el filo del siglo: Centro
Argentino de Ingenieros, Sociedad Central de Arquitectos, Escuela de
Arquitectura –función común y común ideología, aunque rápidamente
aparezcan conflictos de todo tipo en su propio seno: entre arquitectos e
ingenieros, entre técnicos de oficinas públicas y profesionales liberales,
etc.–.[29] En segundo lugar, para que la propia ciudad que construyan sea
argentina. En plena crisis del eclecticismo y en pleno malestar nacionalista
del centenario, esto va a significar centralmente dos cosas. Por una parte, la
prédica enfática por la utilización de materiales nacionales y por la
experimentación técnica que permitiera el desarrollo de industrias locales:
Carlos María Morales proponiendo el uso de maderas del país para el
adoquinado, Domingo Selva aprovechando mínimas obras de
infraestructura para experimentar el hormigón armado, Carlos Thays
seleccionando ejemplos de la flora nacional para el arbolado. Por otra parte,
la búsqueda de un estilo arquitectónico y urbano que exprese un “arte
nuevo”, propio, nacional, desde las búsquedas coloristas de Alejandro
Christophersen hasta los relevamientos de arquitectura colonial de Juan
Kronfuss.[30] Nacionalismo municipal, nacionalismo técnico, nacionalismo
profesional: no deja de ser ilustrativa la aparición de diferentes vertientes
nacionalistas en el seno mismo de quienes construyen y dan forma a la
ciudad, la quintaesencia –para los nacionalistas– de la desorientación
extranjerizante de la sociedad porteña. ¿Qué son esos nacionalismos tan
naturalmente establecidos como premisa del reformismo técnico?; ¿cómo se
vinculan entre sí y con otras expresiones del nacionalismo del centenario?
La riqueza de las respuestas posibles aparece en el tema más específico de
los monumentos, ya no enfocados como disputa territorial, sino como
campo de definición y deslinde de diferentes visiones del nacionalismo:
aquí la disputa será por el rol de la historia en la nacionalización de la
ciudad y la sociedad.
2. La pedagogía de las estatuas
“La historia no se enseña solamente en la lección de las aulas: el sentido histórico, sin
el cual es estéril aquélla, se forma en el espectáculo de la vida diaria, en la
nomenclatura tradicional de los lugares, en los sitios que se asocian a recuerdos
heroicos, en los restos de los museos y hasta en los monumentos conmemorativos,
cuya influencia sobre la imaginación he denominado la pedagogía de las estatuas.”
RICARDO ROJAS, 1909[31]

Al menos desde que en 1902 se lanza la idea de un concurso internacional


para el monumento conmemorativo de mayo, como modo de comenzar con
tiempo las tareas organizativas para la celebración, podría decirse que toda
la polémica estética, cultural y política sobre el presente se hará inseparable
de una perspectiva sobre el pasado, ya que el foco del centenario favorecerá
una cantidad de iniciativas vinculadas con la historia y, sobre todo, con su
apropiación monumental en la ciudad. Esto se verifica en un movimiento
expansivo doble del tema. Por una parte, todos se ven convocados a opinar,
discutir o proponer alternativas en el marco de un consenso sumamente
extendido sobre la necesidad de monumentalizar el pasado en la ciudad. Por
otra parte, el monumento, las estatuas y especialmente las piedras
fundamentales, se convierten en una suerte de alegoría de gran
representatividad de los conflictos políticos o sociales: desde el humor en
las revistas ilustradas, que a medida que se acerque la fecha apelará
crecientemente a la figura del monumento para satirizar los temas de la
política cotidiana, hasta las polémicas ideológicas en las revistas literarias.
El monumento parece el modo socialmente más efectivo para tomar partido,
a la vez que es indispensable tomar partido sobre los monumentos porque
esta vez, como vimos, finalmente se están construyendo.
Habría que precisar, de todos modos, cuál es la especificidad en el
centenario de un tema que en la literatura especializada reciente se ha
desplazado hacia atrás. Vimos en la discusión sobre la pirámide, en el
capítulo 2 de la primera parte, cómo desde inicios de los ochenta la
discusión monumental había implicado los temas de la conservación de la
memoria y su articulación con el progreso, en el marco de una redefinición
–una modernización radical– del espacio público tradicional en su propio
corazón, la Plaza de Mayo; ese debate fue presentado como el prolegómeno
de todo un ciclo que ya hacia fines de siglo se manifestaba en una
ritualización de las prácticas de la memoria, apuntando a la capacidad
reproductiva de la escuela y encontrando en la ciudad el espacio por
excelencia para materializarla: plaquetas conmemorativas en los solares
históricos, nueva nomenclatura recordatoria de figuras o acontecimientos
patrios para calles y plazas, un centro articulador en el Museo Histórico
para dar coherencia de red a esa multitud de signos dispersos, y las
procesiones cívicas, masivas y marciales, de los batallones escolares como
modalidad de insuflarle sentido periódicamente.[32] Desde este punto de
vista, la preocupación que Rojas manifiesta en La restauración nacionalista
no implica, en 1909, una innovación en el clima de ideas oficial. Pero, a lo
largo de la primera década, la mutua alimentación entre esta tendencia y las
iniciativas para la organización del centenario venían produciendo una
verdadera saturación historicista de la cual su libro sí es sintomático.
Algunos datos son muy conocidos: en 1908 se formaliza para la escuela
una “liturgia cívica de intensidad casi japonesa”, como designa Halperin el
diseño de la “enseñanza patriótica” pormenorizado por el Consejo Nacional
de Educación; en ella ocuparán un lugar destacado las visitas a museos y
monumentos y la provisión masiva de iconografía histórica, junto a la
celebración uniforme de las efemérides y el saludo diario a la bandera.[33]
Para ello el estado encarga una serie de informes que serán referentes del
debate sobre la educación, la historia y la nacionalidad, como el libro de
Rojas citado, los de Ernesto Quesada o Leopoldo Lugones; directamente
vinculado a los preparativos de la celebración se produce una secuencia de
encargos oficiales que dan como resultado los primeros textos sobre el
patrimonio arquitectónico e histórico en el país, especialmente en Buenos
Aires –y podría decirse que una completa línea de la historiografía
nacionalista nace en esos encargos oficiales–; un análogo salto cualitativo
encontramos, por fin, en la toponimia, con una masiva renominación de
calles y paseos con motivos de la historia patria.[34]
En el tema de los monumentos pasa algo similar: el cambio es
cuantitativo, pero la proliferación espectacular de iniciativas en muy poco
tiempo lo volverá cualitativo. A pesar de que el problema ya estaba
enunciado, a comienzos de siglo seguían siendo muy pocos los
monumentos erigidos en lugares públicos para la conmemoración histórica
y patriótica que, por añadidura, aquella ritualización en creciente
perfeccionamiento demandaba. A la Pirámide de Mayo y las estatuas
ecuestres de San Martín (1862) y Belgrano (1873), se habían agregado
apenas sus propios mausoleos (el de San Martín en la catedral y el de
Belgrano en la iglesia de Santo Domingo), la estatua de Adolfo Alsina en la
plaza Libertad (1882), la columna de Lavalle en la plaza del Parque (1887),
la estatua de Falucho en Florida y Charcas (1897) y la de Sarmiento en
Palermo que, realizada por Rodin e inaugurada el 25 de mayo de 1900, se
convierte en el primer gran episodio escultórico local al movilizar a toda la
opinión pública reproduciendo, en escala, el suceso y el escándalo que el
escultor francés había generado en París con su Balzac.[35] Cada
monumento se integraba con gran pompa a esa red en formación, pero
todavía seguían siendo muy pocos para que la misma tuviera la densidad
buscada. Hay algunas otras esculturas, pero o no cuentan en este rubro o,
por el contrario, aparecen como amenazas a la construcción de la
nacionalidad con que deberían colaborar. En el primer caso, la profusa
estatuaria de la Recoleta, punto de arribo de cantidad de demostraciones
públicas y el primer ámbito en que los porteños se educaron en la polémica
escultórica, entre la admiración general y el desprecio elitista por los
muchos “mamarrachos de la marmolería criolla” (como describía irritado
López en La gran aldea), pero que no cuenta para la tarea nacionalizadora
porque la concentración en un único sitio de la profusión monumental tiene
el sentido opuesto al de una didáctica distribuida en el espacio público de
toda la ciudad.[36] En el segundo caso, el de las esculturas que aparecen
como amenaza a la identidad nacional, la estatua de Mazzini, en la plaza
Roma frente al Puerto, que desde su inauguración en 1878 generó
polémicas, ya que la legislatura de Buenos Aires sancionó su erección con
oposición del gobierno porteño, y que luego será emblema para Rojas de la
política cosmopolita de Buenos Aires (junto con la estatua de Garibaldi que
se levanta en 1907 en plaza Italia).
Pero, a partir de comienzos de siglo, ya en el cauce de la celebración del
centenario, las estatuas se multiplican, en muchos casos de modo literal, ya
que desde que en 1902 se realiza la primera reproducción de la estatua de
San Martín por pedido del gobierno de la provincia de Santa Fe, las plazas
de las ciudades de provincia no tardarán en poblarse de duplicados.[37] En
Buenos Aires se reabre la discusión sobre el monumento a Mayo que
reemplazaría a la Pirámide, para el que se convoca a un concurso
internacional de gran repercusión; se disponen las donaciones
monumentales de las colectividades extranjeras; se encargan las estatuas de
los miembros de la Primera Junta, de Rodríguez Peña, Garay y Vieytes, y se
reforman muchas de las existentes, en una especie de carrera contra reloj
para poblar de actos inaugurales el centenario. En el resto del país, la
proliferación se repite, no siempre con copias, sino con emprendimientos de
gran magnitud, como el del monumento al Ejército de los Andes en el Cerro
de la Gloria en Mendoza.[38]
La proliferación produce cambios. En primer lugar, el efecto de la propia
potenciación: en cuanto se amplía el panteón de los héroes pasibles de
representación monumental, la demanda de nuevos reconocimientos asume
la forma de un espiral indetenible, al punto de que aquí se inicia algo tan
común desde entonces pero inimaginable sólo unos años antes, la
conversión de la toponimia y los monumentos en evidencia polémica. Es
significativo que, a la hora de confrontar con las tesis de La restauración
nacionalista, Roberto Giusti decida precisar sus diferencias eligiendo
monumentos diferentes, proponiendo “no sólo a Moreno, a Rivadavia, a
San Martín, adalides respetables de un ideal ya antiguo, no sólo al
simbólico Dante que Rojas admite, no sólo a Garibaldi y Mazzini que él
propone arrojar a un desván, sino también, ¿y por qué no?, a Carlos Marx, a
Emilio Zola, a León Tolstoi, campeones de los nuevos ideales”.[39] Del
mismo modo, el hecho de que Olegario V. Andrade no tenga estatua, ni
calle con su nombre, “mientras nuestra prodigalidad de gloria levanta
monumentos a todos los generales subalternos de nuestra guerras y
denomina las calles de la ‘Atenas del sud’ con los nombres de cuanto
político mediocre ha producido nuestra fecunda democracia”, le sirve a
Manuel Gálvez en 1910 como clave retórica para demostrar que Buenos
Aires desprecia a sus poetas y, por supuesto, todo lo espiritual. El rechazo a
la ciudad-puerto y su “fecunda” democracia se debe manifestar, para
Gálvez, también en una lista de monumentos, diferente a la oficial; como en
el caso de Giusti, lo que no se cuestiona es que sea ésa la manera de
representar los valores.[40]
En segundo lugar, la proliferación monumental produce una
extraordinaria difusión “patriótica” en la sociedad. Además de la propia
comisión del centenario que se ocupa de los encargos oficiales, estos años
son pródigos en la formación de comisiones de homenaje a la búsqueda de
suscripciones públicas y privadas (a las que, en este clima ideológico, debía
ser difícil resistirse) para las más variadas iniciativas monumentales. De
acuerdo con la importancia del prócer o del acontecimiento, las comisiones
estarán formadas por miembros más o menos distinguidos, desde el
establishment político y cultural hasta las celebridades de parroquia;
encargarán su monumento a artistas extranjeros o nacionales, famosos o
desconocidos y verán realizada o postergada por años su propuesta. La
proliferación favorece todo tipo de prácticas: la Revista Técnica denuncia a
escultores mediocres que forman comisiones ad hoc de poco prestigio con
el chantaje del debido homenaje a un prócer olvidado, para conseguir
fondos para sus propios proyectos monumentales; el argumento patriótico,
se sabe, ha sido en todas partes origen y sostén material de las artes
plásticas locales, pero lo que no siempre se considera es el rol de estas
comisiones cívicas en la ampliación del espacio público tradicional: ese
ambiguo espacio de gestión intermedio entre el estado y la sociedad, que se
ocupa de iniciativas irrecusables que ni uno ni otro puede encarar pero que
frente a ambos dignifican, y que en sus bordes menos prestigiosos ilumina
precisamente su capacidad expansiva hacia nuevos sectores sociales. El
artista local, por una parte, y, por la otra, el político de comité, el notable de
barrio, comerciante en ascenso o nuevo profesional, encuentran en estas
iniciativas mixtas de las comisiones cívicas una función social práctica del
culto a la patria que no hace sino garantizar su reproducción.[41]

El monumento contra la ciudad


Ya vimos la polémica sobre el emplazamiento de las estatuas, en la que una
suerte de nacionalismo municipal busca contrarrestar los efectos “nortistas”
de la ocupación del espacio urbano por el gobierno nacional. Pero hay otro
uso de los monumentos, el que realiza el “nacionalismo cultural”, cuyos
postulados podría decirse que se desarrollan a la sombra del nacionalismo
optimista oficial –a la sombra en un doble sentido parasitario: alimentado
por y enfrentado con él–. Para este nuevo nacionalismo ya no se trata de la
preferencia por uno u otro sector de la ciudad: toda la ciudad es un territorio
enemigo, y ésta es la diferencia principal con la discusión monumental
precedente, no sólo con el nacionalismo municipal. Desde Caseros en
adelante, todas las polémicas monumentales –los intentos por identificar la
gesta de Buenos Aires con la historia nacional, como en el Estado de
Buenos Aires; o, inversamente, por reapropiar la ciudad para un espacio
público nacional, como en los años ochenta– partían de un reconocimiento
identitario con la ciudad. Ésta es la primera vez que una voluntad de cambio
en la ciudad opera desde el extrañamiento más radical. Para Manuel Gálvez,
por ejemplo, en El diario de Gabriel Quiroga, la ciudad es, en tanto ciudad,
la encarnación de todo lo que la sociedad tradicional ha perdido por la
modernización. Una y otra vez denuncia su esencia de mercancía, su
materialidad comercial y extranjera, estructurando la serie blindada Buenos-
Aires/ciudad-puerto/ciudad-fenicia: “No se nos importa que nuestras casas,
pasando de mano en mano y vendiéndose diariamente, tengan algo de
prostitutas”. Pero la metáfora puede ser aún más abarcante, porque toda
Buenos-Aires (con guión, como escribe Gálvez con gesto arcaizante, como
si quisiera hacer presente el contraste con la ciudad tradicional) es, en
verdad, “una hermosa prostituta que está aprendiendo a embellecerse y que
bajo el esplendor de su carne cosmopolita y el mimetismo de su lujo
complicado y estrepitoso, deja percibir a cada instante su burda condición”.
[42] Materialismo versus espíritu artístico, veneración fetichista hacia el
dinero versus culto de los valores nacionales, cosmopolitismo versus
nacionalismo, falsedad versus honestidad, complicación del lujo versus
simplicidad de la belleza verdadera, aristocracia versus rastacuerismo: una
secuencia de oposiciones que no cesará de reproducirse y ampliarse en las
siguientes décadas, dando el tono a un clima de ideas antiurbano tan
extendido como para que aparezcan muchos puntos de contacto con el
nacionalismo técnico, tan diferente en tantas cosas (lo que significa que
cuando aparezca esta secuencia, completa o en partes, no necesariamente va
a venir acompañada del conjunto de la argumentación de un Gálvez, con su
chauvinismo guerrero, su antisemitismo y su discriminación aristocrática de
“mulatos” y “gringos”).[43]
Se ha escrito mucho sobre esta generación intelectual de la que salen las
principales figuras del “renacimiento nacional”: el idealismo, el
espiritualismo, la condición de provincianos pobres y bohemios en la
metrópoli indiferente –a la que, por añadidura, algunos de ellos podían
responsabilizar por el ocaso de las glorias familiares en provincia–.[44] Un
miembro en muchas cosas diferente de ese grupo, como Alberto
Gerchunoff, va a recordar unos pocos años después hasta qué punto habían
alimentado una ideología antimetropolitana: “éramos increíblemente
injustos con Buenos Aires”, dirá precisamente en un banquete a Gálvez.[45]
¿Qué son, entonces, los monumentos para ellos? Una redención: la red de
monumentos es vista ahora como un manto purificador sobre la metrópoli
ajena y desmemoriada. Por primera vez, la trama de signos históricos y
nacionales se piensa como algo extraño a la ciudad, que debe ser impuesta a
ella: la implantación a la fuerza de un esqueleto espiritual que le tuerza el
rumbo a la “carne cosmopolita”; un plano sensible de claves que
superponiéndose a la ciudad homogénea organice y cualifique su anomia
mercantil.
Éste es el tono de La restauración nacionalista. Como queda claro en el
acápite con que iniciamos este punto, Rojas sabe que los monumentos y el
arte público en general son el modo en que la ciudad garantiza la tarea
nacionalizadora, como uno de sus instrumentos fundamentales; lo aprendió
en Europa, donde el arte público es abundante y su calidad, sedimentada
por siglos y por siglos asociada indisolublemente a la ciudad, ya le había
dado al romanticismo los argumentos para una ligazón entre historia y
folklore, arte culto y popular, nacionalismo político y cultural. El problema
para Rojas es que en Buenos Aires se encuentra en una situación muy
precaria: una ciudad que primero debe ser transformada ella misma para
que pueda contársela en esa tarea. Para salvar la impasse producirá el
manual más detallado de la relación necesaria entre los monumentos nuevos
y la conservación patrimonial, entre el museo y la escuela, el arte y la
arquitectura, la toponimia y los archivos municipales, como reapropiación
simbólica de una ciudad afectada hasta su disolución por “la prolongación
de nacionalidades extranjeras, que, al enviar con sus ejércitos de hombres
sus penates, realizaba, como en un rito antiguo, la ocupación simbólica de
nuestro territorio”.[46] Pero esta frase puede prestarse a confusión:
preocupado en la elaboración de una política cultural más que en la
denuncia espiritualista a la manera de Gálvez, Rojas no centra su reacción
contra los propios inmigrantes. Su diagnóstico y sus recomendaciones lo
colocan mucho más cerca de un Ramos Mejía, de modo que permite
entender el periplo del propio liberalismo local en su mirada a la ciudad;
incluso, o sobre todo, por el cambio que señala Halperin, desde la irónica
instrumentalidad de Ramos Mejía (típica de un intelectual del ochenta), que
lo lleva a formalizar un programa que cree tan necesario como ridículo,
hasta el candor romántico con que Rojas asume la empresa.[47]
Rojas no invierte, como Gálvez, los valores de la antinomia sarmientina
de civilización y barbarie; lo que ha cambiado para él es el escenario y la
forma, pero sigue definiendo los valores de esa lucha en los mismos
términos: “su teatro es la ciudad, ya no es el campo, y los montoneros ya no
emplean el caballo sino la electricidad: Facundo va en el tranvía”,
ejemplifica.[48] El problema, en todo caso, es que ese cambio de escenario
no es neutro con respecto a la antinomia, porque lo que se va a producir en
la ciudad es una mezcla indiferenciada entre sus términos: eso es la babel
metropolitana, la imposibilidad de decidir qué es civilización y qué
barbarie, el ocultamiento permanente de una en otra. Y aquí conviene
detenerse en otro tema monumental, principal en el centenario y de por sí
muy complicado en Buenos Aires: la preservación del patrimonio histórico
edilicio, tema que nos permite identificar la ancha zona gris de contactos
entre el regeneracionismo nacionalista y otras modalidades del
nacionalismo hasta llegar a su expresión oficial, mostrando las típicas
ambivalencias que han señalado los teóricos del nacionalismo entre las
vertientes esencialistas y epocalistas.[49]
Una primera zona de coincidencias se abre a partir de lo que parece una
oposición irreductible. Hay un enemigo emblemático de la reacción
nacionalista, la prensa, porque es el medio por antonomasia que refleja y
reproduce –de modo fatalmente eficaz, a juzgar por su crecimiento– la
“exótica” vida metropolitana. Los intelectuales nacionalistas establecen una
relación estructural entre la prensa y lo que repudian en la ciudad. “Lo que
fue sacerdocio y tribuna, es hoy empresa y pregón de la merca”, dice Rojas:
anuncios de servicios que reflejan “la inmigración famélica que congestiona
la ciudad”; avisos comerciales que reflejan “nuestra anormal vida
económica de especulaciones y remates”; retratos y pormenores de la
nobleza europea; crónica social frívola; cablegramas con nimios sucesos de
aldeas italianas y rusas; página de carreras para satisfacer la curiosidad de
las muchedumbres urbanas que “dan a un caballo o a su jockey la
admiración que otros pueblos dispensan a su gran poeta o a su primer
trágico”.[50] Se trata, sin duda, de la reacción de la élite cultural contra la
masividad de la prensa periódica; pero lo que además concita la reacción
antimoderna es la nueva estructuración de modos de experiencia análoga a
la de la ciudad que aparece en la prensa, y que por lo tanto reproduce al
infinto sus nuevos valores disolventes: como señala Ramos, el periódico y
la ciudad están atravesados por la misma lógica, “desjerarquizadora,
constituida por una acumulación de fragmentos de códigos”. Y si esto es
asumido por el periódico, que encarna cada vez más explícitamente un
carácter urbano hasta llegar a los formatos “para leer en el tranvía”, el
“sistema misceláneo del magazine” –como lo denominó Sarlo– lo llevará al
paroxismo, porque en la crónica urbana las revistas ilustradas encuentran el
vehículo para la construcción de sus nuevos públicos exasperando la
fragmentación y la multiplicidad de sentidos.[51]
La revista ilustrada hace de su cosmopolitismo materialista un baluarte;
toma como una empresa militante promover como clave del espíritu del
tiempo los valores del progreso y la modernidad urbana. En su serie
“Buenos Aires moderno”, Caras y caretas propagandiza en 1900 la
construcción de un hotel en la Avenida de Mayo en los siguientes términos:
Buenos Aires se ha transformado en cinco años. Y si bien es cierto que “tal progreso es casi
exclusivamente material”, no hay que olvidarse de que esta frase es tan hueca como la mayor
parte de las frases: no hay cuerpo sin alma; no hay forma que no envuelva su correspondiente
idea. Si nuestra capital progresa en su estética exterior, responde a un sentimiento quizá poco
definido pero que es un progreso real y efectivo. Las construcciones de la Avenida de Mayo
han hecho más por nuestra cultura y por nuestra educación, que doce mamotretos de doctrina
artística o de pedantería pedagógica.[52]

La clara impronta polémica muestra que las acusaciones contra el “progreso


material” que la revista considera su deber levantar, son tempranas. Rojas
parece retomar la discusión en el mismo punto: protestando por la
despreocupación oficial por el patrimonio arquitectónico, señala cómo
Enrico Ferri, “extranjero y campeón del internacionalismo”, se indignó sin
embargo con ese desinterés y planteó que la casa de Sarmiento, “como
arquitectura y como reliquia histórica”, le había causado “una impresión
estética y cívica más grande que la Avenida de Mayo...”.[53]
No sólo para Rojas, para toda la élite la Avenida de Mayo estaba dejando
de ser emblema de la modernidad para convertirse en emblema del baile de
máscaras estético de una nueva barbarie cívica: la de la burguesía rastacuera
y los nuevos ricos inmigrantes; en su caos ecléctico, la Avenida de Mayo es
sinécdoque de esa Buenos Aires metropolitana, mientras que la casa
sanjuanina de Sarmiento lo es de la historia y la nación. Así, Rojas
desprende un programa de preservación patrimonial en el que los
monumentos son pensados como una intrusión de la memoria civilizadora
en un territorio bárbaro. No importa la “autenticidad” de esa memoria, ni su
localización original: su objetivo es transformar el espacio público de la
ciudad, “turbar la fiesta de su mercantilismo cosmopolita”.[54] Dos décadas
más tarde, Rojas le encargará a Ángel Guido su casa de la calle Charcas
(hoy museo), cuya fachada externa reproduce la de la casa de Tucumán,
entonces demolida, como forma de enfrentar brutalmente a la ciudad
desmemoriada con un icono del pasado patriótico. El pasado como icono
patriótico: así ve Rojas la historia en la ciudad.
Figura 59

Casa de Ricardo Rojas en la calle Charcas, arq. Ángel Guido, Buenos Aires, 1927.

Figura 60
Casa de Tucumán, reconstruida en 1943 con proyecto de Mario Buschiazzo (summa, No. 215/216,
Buenos Aires, agosto de 1985).

Pero es aquí donde las distancias con la revista ilustrada comienzan a


achicarse, en un doble sentido. Por una parte, porque las revistas y la prensa
fueron las grandes constructoras y difusoras, en estos años, de la
iconografía patriótica que ha perdurado casi hasta nuestros días. La
proximidad del centenario, las demandas figurativas del programa de
nacionalización por la escuela, llevan a maximizar la necesidad, planteada
desde fines de siglo, de fijar una imaginería patriótica oficial: retratos,
símbolos, recreación de escenas, reproducción de objetos para un nuevo
consumo nacionalista, marcando los inicios de una industria cultural que
plantea una relación fetichista con la historia y produciendo los principales
motivos con que se poblará de imágenes la liturgia patriótica.[55] Esta
necesidad tan moderna de imágenes “claras”, reconocibles, para un
consumo patriótico masivo y eficaz, le plantea estrechos límites a una
búsqueda de modernidad en la otra cara, por decirlo de algún modo, de la
función histórica de la representación monumental: el arte. Son reiteradas,
en cada encargo y en cada inauguración, las polémicas sobre el parecido de
los héroes y la verosimilitud de las escenas. Pero no sólo en los términos de
una demanda de realismo tradicional frente a las “distorsiones” de la
expresión artística; se trata de una demanda de figuras arquetípicas para las
necesidades fundacionales de una imaginería que se piensa en su capacidad
no representativa sino de reproductibilidad icónica: como las columnas
torsas de la casa de Tucumán en la casa de Rojas.[56]
Y hay todavía otra cuestión: las distancias entre el nacionalismo y la
revista ilustrada disminuyen, sobre todo, porque la revista encarna de modo
emblemático esa ancha zona gris extendida desde el optimismo oficial hasta
el regeneracionismo nacionalista, que se manifiesta en la ambigüedad
radical con que todos enfrentan las aporías de una articulación imposible:
entre la celebración del progreso civilizatorio y el culto al pasado que el
centenario ha puesto a la orden del día. ¿Qué debe hacer la ciudad frente a
la doble demanda de preservación y cambio? Caras y caretas tramita la
ambigüedad a través de una creciente esquizofrenia: mientras el tipo de
notas de “Buenos Aires moderno” sigue definiendo el tono general, irán
ganando terreno en los años previos al centenario notas críticas sobre la
pérdida del patrimonio urbano, en las que se reproducen todos los
argumentos del regeneracionismo (de hecho, en 1913 la revista publicará la
primera revaloración operativa de la arquitectura colonial ríoplatense en un
artículo de Christophersen). “Ya no nos va quedando más que el remedo de
lo que fuimos”, se lamenta un cronista frente a la tugurización de un viejo
caserón en el barrio sur, al mismo tiempo que en otras páginas se lee
cotidianamente la crítica –muy extendida en el período– de que el sur no
“progresa” porque los propietarios, manteniendo sus viejas casas de un
piso, se aseguran una muy buena renta, difícilmente mejorable en los azares
de la renovación edilicia que la revista reclama.[57]
Veamos un caso en el que la tensión entre ambos valores es máxima: se
demuele un caserón en Belgrano entre Bolívar y Defensa para construir un
“palacete moderno”. “Las modernizaciones frecuentes que sufren nuestras
calles, plazas y paseos –apunta el cronista– van destruyendo poco a poco
todos los rincones arcaicos.” La ambigüedad de esta frase, en el contexto de
la revista que más brega por la modernización urbana y que
simultáneamente más busca en sus “paseos por el municipio” los rincones
pintorescos, hace que sea indecidible la valoración asignada a los términos
modernización y arcaico.[58] Ésta es, por añadidura, una demolición
especial: en el caserón nació el general Belgrano, y el propietario es Julio
Peña, político e historiador, un “notable” de Buenos Aires comprometido
directamente con la restauración historicista en la ciudad (cumplirá
misiones oficiales en Europa para adquirir estatuas y publicará
recopilaciones de documentos antiguos para la historia urbana).[59]
Además, pasaron cinco años desde la demolición tan repudiada de la casa
de Rodríguez Peña, y podría decirse que el alerta sobre el tema está
generalizado. ¿Cómo se resuelve el conflicto? De la ambigüedad de la
revista volvemos a la de la mirada “oficial” sobre la ciudad y la historia: la
demolición se “inaugura” con un acto público prácticamente igual al de la
inauguración de un monumento, con el gabinete municipal en pleno
encabezado por el propio intendente, que recibe en donación solemne, de
manos del propietario, las piezas de herrería de la casona que se exhibirán,
como muñones de pasado protegidos ya del progreso edilicio, en el Museo
Histórico. La tensión entre las dos certidumbres igualmente poderosas en el
centenario se resuelve precariamente, de un modo ya notoriamente
desgarrado, aceptando que el lugar de la memoria en la ciudad sea el icono
o el Museo, y dándole a esa renuncia el carácter de donación patriótica.

Del clasicismo a la abstracción


La escisión, de todos modos, es menor que en el caso de los especialistas
urbanos. En 1905, en plena efusión historicista, en plena búsqueda de un
nacionalismo técnico militante, en plena expansión, por añadidura, de las
teorías pintoresquistas que ya traen como valor agregado la articulación
entre el nuevo historicismo urbano y el nacionalismo de los círculos
intelectuales y artísticos centroeuropeos sumamente funcional al clima del
centenario, y que desde finales de siglo le han dado al monumento histórico
una centralidad metodológica en el diseño urbano; en ese marco, la revista
de la naciente corporación de los arquitectos reacciona con unanimidad
contra una propuesta legislativa, a tono con las múltiples reconstrucciones
iconográficas de finalidad educativa, de reconstruir el cabildo para
convertirlo en museo histórico.[60] La revista se opone del modo más
contundente: con una encuesta entre los arquitectos de renombre que se
considerará un verdadero “plebiscito técnico”.
Entre los encuestados aparecen posiciones muy divergentes, pero que
confluyen en la oposición. Los menos afectados por las nuevas teorías
urbanísticas directamente no pueden ver la relación entre restos materiales,
historia y ciudad: el cabildo les parece un adefesio y no tiene sentido
conservar la memoria de adefesios. Por lo tanto, se debe demolerlo y, si se
quiere conmemorar la historia, se debe realizar una construcción nueva,
adecuada a su función moderna: “los grandes pueblos deben conmemorar
sus ideales cívicos, pero deben también evitar el ridículo”, dice un
arquitecto encuestado.[61]
Quienes ya advierten, en cambio, la íntima unidad entre restos
materiales, memoria urbana y urbanística moderna, pondrán en el centro de
su negativa a la reconstrucción la ausencia de autenticidad: desde este punto
de vista no tiene sentido conservar fragmentos y menos aún realizar
reconstrucciones; la respuesta, en definitiva, será la misma: mejor demoler,
construir un edificio monumental y realizar una maqueta en yeso de toda la
vieja Plaza de Mayo, para recrear el ambiente completo. Víctor Jaeschké,
principal introductor del pintoresquismo sitteano en Buenos Aires, se
encolumna en esta posición: después de tantas reformas, ese resto informe
es cualquier cosa menos el cabildo. Pero es indudable que en Jaeschké la
ausencia de autenticidad es una verificación desproblematizada, un rápido
expediente para sacarse de encima un problema que le resulta secundario, lo
que se reafirma cuando en 1908 discuta las diagonales del plano Bouvard
que se unen en Plaza de Mayo: lo que le va a criticar al urbanista francés no
es su desapego formalista a la tradición local, sino su “espíritu mezquino y
timorato” que le impidió “atacar francamente a nuestra vetusta catedral para
llegar [con el trazado de la Diagonal Norte] al centro de la plaza”.[62] Pero,
entonces, ¿es admisible un pintoresquismo sin historia? ¿Leían tan mal a
Sitte? ¿Es lógico que en el paroxismo del historicismo nacionalista del
centenario se desaproveche esa veta, tan principal y tan funcional, del
pintoresquismo urbanístico?

Figura 61
Propuesta de remodelación de la Plaza de Mayo por Joseph-Antoine Bouvard. Nótese que se ha
demolido la Casa de gobierno para abrir la plaza a las vistas al río, se ha reemplazado el Cabildo para
realizar dos edificios simétricos a la entrada de la Avenida de Mayo, se han abierto las dos diagonales
y se ha dispuesto el primer premio para el monumento en el centro. Son reformas en las que coincidía
prácticamente todo el campo profesional en Buenos Aires (ambas ilustraciones en Censo Municipal,
1910).

Un primer intento de respuesta debería, ante todo, reconocer la versatilidad


de la teoría de Sitte, la historia plural de sus diversas recepciones. Mientras
en Europa continental fue predominante la lectura historicista y esteticista,
reivindicadora del valor de los monumentos singulares –como lo
demandaba el creciente disgusto por las destrucciones y renovaciones de los
centros históricos–, en Inglaterra, de más larga tradición historicista, el
pintoresquismo se tradujo en fórmula para la resolución ex novo de barrios-
jardín, tomando de Sitte la revaloración de la “plaza” como espacio
articulador de la comunidad suburbana y como instrumento específico de
resolución técnica de una nueva malla viaria.[63]
Otra línea de respuestas debe apartarse de la lógica urbanística: parte de
la pregunta sobre el valor de la arquitectura colonial en la ciudad moderna
pero nos lleva mucho más lejos, al debate prototípico del centenario sobre
la relación, en un país nuevo, entre modernidad y tradición. ¿Qué significa
que el cabildo sea un “adefesio”? Lo primero que hay que descartar es que
se trate de simple europeísmo, por el cual los monumentos valiosos serían
los de allá: se discute bajo el impacto de la reconstrucción del campanile del
palacio ducal en Venecia, recientemente derrumbado, y, por ejemplo, para
Santiago Barabino –uno de los ingenieros más enfáticos en su nacionalismo
técnico–, el campanile también es un “mamarracho [...] que como homenaje
al buen gusto se vino abajo”; su reconstrucción es un error tan grueso como
el que se cometería con la del cabildo.[64] Hay una explicación sencilla y
tautológica para estas posiciones: el cabildo es un adefesio porque la
“pobre” arquitectura colonial rioplatense todavía no puede ser valorada; se
sabe, recién hacia 1915 la revaloración colonial adquirirá forma de
manifiesto neocolonial. Pero esto sería suponer que el neocolonial le ofrece
a la cultura arquitectónica una verdadera salida para el problema planteado
y ya veremos que no es así. Además, son muy pocos años de diferencia y es
claro que enfrentamos un mismo clima de ideas: como vimos, desde 1904,
con el viaje de Lugones a las misiones guaraníticas se ha comenzado a
relevar sistemáticamente el patrimonio colonial, la revaloración hispanista
ya ha dado sus primeros frutos revisionistas, los viajes a los Archivos de
Indias comienzan a hacerse frecuentes; asimismo, la revaloración de otras
arquitecturas de la colonización hispánica ya ha ganado su lugar: no se
celebra ya sólo la densidad artística y cultural de los barrocos peruanos o
mexicanos, sino también el colonial norteamericano, tan “pobre” como el
rioplatense, y que bajo el influjo de los Arts and Crafts ruskinianos –de
tanta influencia también en Buenos Aires– ha producido desde finales de
siglo toda una moda de revival hispánico en California.[65]
El problema es otro, y queda planteado ejemplarmente en la respuesta a
la encuesta de 1905 que da Christophersen –recordemos, maestro de los
arquitectos académicos, uno de los primeros, en 1913, en proponer una
relectura operativa del colonial–:
El antiguo cabildo, aparte de los recuerdos y tradiciones que encierra, no ha tenido nunca un
verdadero mérito artístico, por cuanto este edificio, como la mayoría de los que se levantaron
en la época colonial en la Capital, fueron obras de modestos “alarifes” y no inspiración de los
muchos y buenos artistas que vivían en la madre patria. Y sea dicho de paso que de deplorar es
que todas esas obras coloniales no tuviesen real y verdadero mérito arquitectónico, por cuanto
muchas o casi todas ellas fueron construidas con sensatez y quizá con más adaptabilidad al
clima y al medio ambiente que muchos de los edificios nuevos de los cuales se vanagloria
Buenos Aires.[66]

El nacionalismo técnico constitutivo de los nacientes campos disciplinares


involucrados en la construcción de la ciudad ya permite leer en positivo la
“sensatez” y la “adaptabilidad al clima y al medio ambiente” como plus
distintivo frente a la ciudad moderna: el espíritu del lugar, la naturaleza, los
materiales originarios, como canteras donde buscar una expresión artística y
arquitectónica propia. En ese contexto, la ausencia de “mérito
arquitectónico” que se señala para el colonial revela la imposibilidad de la
disciplina arquitectónica (marcada por los parámetros académicos) de
buscar en la figuración colonial una respuesta adecuada a los problemas
metropolitanos, como bien lo fundamentará el mismo Christophersen más
adelante, cuando proponga el neocolonial como figuración sólo posible, por
su carácter pintoresco, para el campo y el suburbio. Lo que significa, en
resumidas cuentas, que la arquitectura y el urbanismo no pueden aceptar la
respuesta de la iconicidad a la pregunta –que también se formulan con
angustia desde comienzos de siglo– por una expresión auténtica y nacional:
la ciudad no puede ser vista por ellos como un escenario para la
representación patriótica.
Así quedamos enfrentados a una imposición estrictamente disciplinar: la
historia, para el nacionalismo técnico, no puede entrar en la ciudad, ni como
distribución urbana –porque aquí la historia es la cuadrícula moderna que
para el pintoresquismo impide la historia–, ni como imagen –porque la
cuestión a resolver es la que plantea la profusión de imágenes del
eclecticismo–. En efecto, el gran problema que enfrenta la cultura en
Buenos Aires –y en este diagnóstico ya coinciden prácticamente todos hacia
el centenario– es el eclecticismo entendido como caos estilístico y
pluralidad de lenguajes. El problema dista de ser local: la crisis del
academicismo a nivel internacional ha instalado desde finales de siglo en la
propia Academia de Beaux Arts francesa, bajo la influencia de las teorías de
Taine, la necesidad de desarrollar “estilos nacionales” como contrapartida
de la indiferenciación ecléctica; pero en Buenos Aires ese problema se
agrava, porque también las élites de las colectividades extranjeras
comparten esa necesidad, que desarrollarán contratando arquitectos de su
propia nacionalidad o exigiendo imágenes alusivas, lo que si bien no se
traduce en eclecticismo técnicamente hablando, desarrolla una imagen
urbana de creciente heterogeneidad.[67] Esto significa que el problema de
los arquitectos argentinos no puede resolverse con el genérico reclamo
caracterizador de los “estilos nacionales”: aquí hay que encontrar un estilo
de los argentinos, imponiéndolo a las otras figuraciones.
Lo cierto es que en el mismo momento en que la “ciudad burguesa”
finalmente parece consolidarse, es difícil encontrar quién se enorgullezca de
su imagen: con excepción de unas pocas voces “oficiales” que van a
celebrar inmoderadamente el centenario –para ellos la pluralidad de
lenguajes será sinónimo de la generosidad de esta tierra que abre los brazos
a todas las razas y a todas las culturas y, por ende, a todos los estilos–, la
imagen de la ciudad pasa a formar parte de ese debe espiritual que la
materialidad de la ciudad desoye con prepotencia.
Entre el espíritu ausente y la materia prepotente: para resolver ese hiato
se desarrolla el funcionalismo naturalista de este nacionalismo técnico: la
imagen de las cosas debe responder a aquello que las cosas sean, sin afeites
ni máscaras. La demanda de transparencia como reacción moderna al
desfasaje también moderno entre forma y contenido se manifiesta una y otra
vez en campos que van bastante más allá del consabido reclamo
arquitectónico de coincidencia entre forma y función: la crítica que
Chanourdie le hace en 1900 al Sarmiento de Rodin se grafica en su
propuesta irónica de ponerle un cartel que diga “Éste es Sarmiento”; para
Augusto Bunge, en 1916, en el mezquino engendro de “barrio-parque” de
Palermo (hoy Palermo Chico) sólo un árbol “representa” al parque como en
una escenografía de teatro alegórico: “Ese árbol está diciendo a los
paseantes: ‘este es un barrio-parque, no confundir’”.[68] Las máscaras
eclécticas producen un espacio público irreal, en el que es imposible
distinguir verdad y apariencia. Lo único que lo consuela a Julio Molina y
Vedia en el balance terminante que realiza en ese mismo año de 1916 es que
esa ciudad presente “no es nuestra”, porque fue realizada por arquitectos y
constructores extranjeros. Pero ¿qué arquitectura deberán hacer estos
flamantes arquitectos argentinos en nombre de quienes Molina y Vedia
postula su balance? Aquí el regeneracionismo le juega una mala pasada al
funcionalismo y a su demanda de transparencia: porque mientras no se
acepte el fondo material de la ciudad, mientras se sostenga que ese
eclecticismo da las claves de los males profundos de la ciudad y la sociedad
(“esta arquitectura ostentosa es el espejo de la falsedad y vacuidad en que
todos vivimos” dice Molina y Vedia en sintonía con Rojas) ¿qué si no
ocultar debería ser la tarea de una imagen nueva?
La respuesta icónica a este dilema es sencilla y va a concluir en el estilo
neocolonial con un oxímoron: como “máscara verdadera”. Ya se puede
comprender mejor por qué eso da cuenta de una parte muy limitada del
problema: si el espacio público de la ciudad burguesa se les presenta como
una polifonía insoportable, el cocoliche vuelto piedra, lo que ofrece el
neocolonial con sus alusiones historicistas son más imágenes, dobla la
apuesta del eclecticismo por un hípereclecticismo. La pedagogía icónica de
Rojas puede servir para una educación patriótica, para una noción de
espacio público como escenario didáctico, pero ni se aproxima a una
respuesta utilizable en el campo del lenguaje en la ciudad, porque la propia
tradición de la disciplina arquitectónica lleva a una aporía de la que el
neocolonial no se hace cargo: si en plena crisis de los lenguajes académicos
se puede acudir al clima, los materiales, el lugar, para buscar el núcleo duro
donde anclar un estilo nacional, al mismo tiempo esas referencias son
mudas, todavía no constituyen lenguaje, envían al futuro. Es evidente que
estamos frente a un debate y una búsqueda análogos a los del “idioma
nacional de los argentinos”, como tituló su polémico libro Lucien Abeille
en 1900; pero, a diferencia de lo que pueden sostener los diferentes
nacionalismos en el debate idiomático, el nacionalismo técnico no puede
encontrar sus respuestas para la ciudad en ningún pasado, sino que debe
apelar a la construcción futura de un “estilo nuevo”, como con dramática
lucidez planteará Christophersen.[69]
Este momento de “transición” –es fácil hablar de transiciones desde el
futuro–, de irresolución, de malestar, de situación en que lo viejo no da
respuesta y lo nuevo no comienza a aparecer, va a traducirse en las
disciplinas que construyen la ciudad en un llamado al orden, en la
formación de un “partido de la sobriedad” –según la feliz denominación de
Liernur– que tentará diferentes caminos de búsqueda estilística: retorno a
un clasicismo severo, colorismo, arquitectura “técnica”; en este terreno
ambiguo, el neocolonial será apenas una cantera más.[70]
Planteado este debate podemos volver, entonces, al rol del monumento,
para terminar de analizar los problemas en la configuración del espacio
público de la ciudad tradicional. Porque sólo a partir de la comprensión más
cabal de la peculiar encrucijada del debate estético, cultural y urbano del
centenario, puede advertirse la excepcionalidad de las propuestas de
Leopoldo Lugones para los monumentos conmemorativos de mayo.[71]
Como vimos, uno de los aspectos fundamentales de la celebración fue la
convocatoria que realizó en 1907 la Comisión Nacional del Centenario a un
concurso internacional para la realización del principal monumento que se
ubicaría en la Plaza de Mayo. El concurso tuvo una respuesta considerable,
con mayoría de presentaciones francesas e italianas; en mayo de 1908 se
realizó la exposición en la Sociedad Rural con gran resonancia. Con
mejores o peores resoluciones, todos los trabajos presentados respondieron
en los estrictos marcos de la tradición académica.[72] Se designaron en una
primera selección seis trabajos que –con modificaciones solicitadas por el
jurado entre las que figuraban la preservación de la pirámide tantas veces
condenada– debían competir en un concurso final del que saldria el
ganador.[73]

Figura 62
Primer premio del concurso para el monumento a Mayo, arqs. Brizzolara-Moretti, 1907-1910.

En el curso de este proceso Lugones escribe dos artículos, “El templo del
himno” y “El monumento del centenario”, que publica en 1910 en el libro
Piedras liminares con su conferencia “La cacolitia (ensayo sobre
antiestética moderna)”, en la que rechaza la construcción de la basílica de
Luján en estilo neogótico.[74] Estas incursiones en el debate monumental
se ligan a preocupaciones muy básicas de su proyecto estético-político, que
lo llevan a proponer un nuevo monumento a Sarmiento en 1911 y otro a
José Hernández en 1913: para Lugones, sólo la arquitectura monumental
ofrece idéntica capacidad que la poesía para encarnar la patria. Aquí se
vuelven claras las deudas con Ruskin de Piedras liminares: más allá del aire
de familia del título y de la citación de autoridad en la argumentación sobre
el gótico, en aquella conclusión principal se resume su inspiración: “No hay
más que dos grandes conquistadores del olvido de los hombres –había
señalado Ruskin en Las siete lámparas de la arquitectura–: la poesía y la
arquitectura”.[75] El problema es que, por obra de este punto de partida
ruskiniano, Lugones queda enfrentado al grado cero del debate sobre el
carácter nacional en la arquitectura, porque ya ni siquiera alcanza con
buscar una arquitectura nacional –el problema de los arquitectos–, sino –el
problema del poeta nacional– una arquitectura en la que todo exprese la
nación.[76]
Desde esa perspectiva juzgará la exposición de trabajos, con una
conclusión terminante: se trata de un conjunto de “proyectos para
sepulcros”; lo que es peor, “sepulcros para militares” (y el antimilitarismo
de Lugones es en estos textos del centenario sólo comparable a su
anticlericalismo y a su antirrepublicanismo).[77] En gran medida, la
ausencia de propuestas de calidad es el resultado natural, para Lugones, del
tipo de convocatoria realizada: el concurso como institución y las
comisiones de notables como sus obligadas instancias burocráticas de
decisión (como ejemplo perfecto del fracaso de la democracia, agregará,
que hace depender todo valor de las “virtudes quiméricas” del sistema
parlamentario).
La institución del concurso presenta dos contradicciones en el desarrollo
de una cultura técnica y artística periférica. La primera, entre la calidad y la
generación de oportunidades: la calidad viene asociada al artista de genio
extranjero que se contrata especialmente, porque nunca se “rebajaría” a
competir en un concurso, mientras que la apertura transparente de las
oportunidades es fundamental para quienes están preocupados por la
construcción de un sistema estable de legitimidad disciplinar; por eso
artistas como Lugones o Cané, ajenos a los problemas institucionales de la
constitución de campos profesionales, eran partidarios de los encargos
directos, mientras los arquitectos e ingenieros van a hacer del concurso
público la condición sine qua non de todo el andamiaje institucional de la
profesión liberal. La segunda, más crítica, es la contradicción entre el
prestigio otorgado por un concurso internacional (prestigio al que estaban
asociados la mayoría de los emprendimientos en las exposiciones
universales) y el nacionalismo que preside por definición las iniciativas
monumentales, contradicción que ya había generado escándalos de
magnitud en otros países, como en el caso del monumento a Vittorio
Emmanuelle: “¿Pero por qué habría de ser mundial el concurso cuando lo
que se pedía era lo más italiano?”, justificaba un crítico de ese país la
anulación del primer premio otorgado al francés Nénot.[78]
Por eso, mientras la Revista Técnica, en su consecuencia por garantizar
un sistema de concursos, va a rechazar la inclusión del único argentino
entre los seis preseleccionados –Rogelio Irurtia–, porque su proyecto no
cumple con las bases (“el triunfo de un artista nacional no puede ser
preferido al triunfo de la Justicia”), Lugones va a fundamentar buena parte
de su crítica en la incomprensión de la finalidad del monumento que
demostraron los proyectos extranjeros: su principal desajuste fue
representar “independencias y libertades para todo servicio”, no advertir,
por ejemplo, que si el león es el símbolo de la monarquía cuya derrota se
celebra, “era un rasgo de elemental buen gusto evitar el león. [...] Aquello,
sin embargo, hormiguea de leones”.[79]
Independencias, libertades y leones abstrusos: una crítica similar hará
Rojas al basamento a San Martín realizado para el centenario por el escultor
alemán Eberlein, por sus escenas “disparatadas” en las que las jóvenes
criollas han resultado “una Margarita de corpiño alsaciano y de altos
tacones, y el criollo ganadero, un rubio mancebo de la guardia prusiana”.
[80] Pero, más allá de estas similitudes, Lugones señala el desajuste apenas
como primer paso para subvertir por completo la lógica de la retórica
académica. En efecto, mientras todo el debate local sobre el monumento se
mantiene en el marco de la legitimidad académica –señalando aciertos o
errores compositivos y la mayor o menor propiedad de las resoluciones
alegóricas–, Lugones desconoce, en un gesto completamente vanguardista,
su referencialidad convencional y, con una mirada externa a su norma,
convierte la alegoría en parodia:
En un individuo sano y sincero, el espectáculo de personas que deliberan gravemente,
habiéndose trepado para ello sobre una cornisa, un ábaco o un dintel, resulta absurdo desde
luego; [...] “¿Qué harán allá esos tipos?” será la pregunta obligada y natural, seguida por la risa
consiguiente. Ése es, en efecto, el procedimiento fundamental de la parodia: héroes o dioses
que representan escenas extrañas a su carácter, o se sitúan en lugares inadecuados al mismo.
Cuando vemos, entonces, trepadas sobre un pilar o dintel a las personificaciones de la libertad,
de la patria, de la gloria, sin causa racional ninguna, y sólo porque una posición tan inadecuada
se le antojó al proyectista [...] podemos calificar eso de parodia, y preguntarnos sin
irreverencia: “¿Pero qué demonios se han subido a hacer allí la Patria, la Libertad y la Gloria?
¿No es eso ir a disputar absurdamente y en solemne conciliábulo sus maulladeros de amor a los
gatos de la gotera?...”.[81]

Sin causa racional ninguna: la crítica de Lugones al academicismo se


deposita en su punto más débil, en el sentido de que el monumento es el
programa más sujeto a convenciones: al ser pura condensación retórica, rota
su racionalidad intrínseca nada lo justifica, todo en él es pasible de burla.
Pero, además, el monumento es el punto más débil del academicismo
porque, justamente por su convencionalismo, no puede ser un campo de
innovación lingüística: a diferencia de la arquitectura, su único sentido es la
comunicación de sentido. Y mientras no se quiera comunicar el sentido del
progreso técnico –a lo que la torre de Eiffell ya ha dado una respuesta–, en
1910 el rechazo al academicismo enfrenta al artista a un vacío completo de
referencias. Piénsese que estos años son los de los primeros esbozos de un
arte monumental posacademicista en el mundo, como el que puede verse en
los bocetos de Sant’Elia o en los espacios escenográficos de Adolphe
Appia.
Ya en el terreno de las sugerencias formales para el monumento, toda la
propuesta de Lugones es un intento por salir de esa encrucijada, la misma
que enfrentan, sin demasiado éxito y con una conciencia todavía difusa, las
búsquedas de un “estilo nuevo” de los arquitectos.[82] Es notorio que se
apoyan en los mismos recursos. En primer lugar, la apelación a “la función”
como anclaje social del arte: “en la estética del pueblo, es necesario
conciliar lo útil, porque en el pueblo los pobres son muchos más que los
ricos, y por lo tanto la necesidad es siempre superior al placer”, dice
Lugones para proponer que el monumento sirva al mismo tiempo como
panteón y museo. En segundo lugar, la apelación a los materiales, la
naturaleza y el espíritu del sitio para establecer la propiedad argentina de la
obra: “un monumento levantado con los materiales más valiosos del país
sería también más carne de su carne“. Para ello podría comenzarse “por ese
bello asperón rosa de Misiones que ensayaron los jesuitas en sus antiguas
iglesias”, y que Lugones conoció gracias al encargo oficial del relevamiento
de 1904:
Un palacio del color natural de esa piedra, con esculturas blancas, llevaría, por ese solo detalle,
positiva originalidad en sí, hallándose destinado por nuestra luz y por nuestro ambiente, a
adquirir con los años una pátina dorada, especie de permanente tibieza solar, como el temple de
ciertas nubes tardías, que es quizá la belleza suma de la piedra ordenada por el hombre. [...] La
sola idea de un friso colosal que luciera nuestros ónices y jaspes más bellos, comporta una
pompa estupenda, a la cual podrían agregar sus maravillas nuestras maderas en composiciones
adecuadas.[83]

También de idéntico modo que el nacionalismo técnico, Lugones ve aquí


además una ocasión para la industria local: “¿Me atreveré a añadir para
satisfacción de escrúpulos comerciales, que eso sería a la vez una
exposición permanente de nuestros productos?”, agrega en una nota al pie.
Por último, la propuesta lugoniana va a coincidir con las búsquedas
arquitectónicas en el recurso a las formas más severamente clásicas, en su
llamado al orden. Pero aquí comienzan sus diferencias.
En un nivel, por el rigorismo con que apelará a la geometría más
elemental, al punto de remitir a ciertas imágenes de los arquitectos
revolucionarios franceses del siglo XVIII; por ejemplo, cuando para el
Templo del Himno, luego de descartar los “estilos” griego y egipcio,
propone un cuadrado inscripto en un círculo gigante. La apelación a las
geometrías primitivas tiene en estos años el encanto adicional de las claves
ocultistas, pero esa vinculación entre materiales nacionales y rigorismo
geométrico ya aparece en otras propuestas anteriores, como la del diputado
Aldao, que en 1905 imaginaba el monumento del centenario como “una
aglomeración de piedras anónimas traídas de todas partes de nuestro
territorio”, apiladas como los obeliscos egipcios, ya que “es en la pureza y
sencillez geométrica que puede darse expresión simbólica al culto de los
antepasados”.[84] Claro está, se trata de un rigorismo descomprometido ex
profeso con cualquier realismo constructivo (“no se tiene que construir
nunca”, dice Lugones para remarcar el necesario idealismo de su Templo),
pero tal vez sea ese descompromiso lo que les permitía tomar completa
distancia del punto ciego al que parecía haber arribado el debate
arquitectónico local.
De todos modos, la más innovadora sugerencia de Lugones se da en otro
nivel, al plantear una relación de mayor complejidad: entre los materiales
nacionales, el rigorismo geométrico y una cualidad geográfico-cultural, que
le permite pasar de la sobriedad ya generalizada como reclamo de orden, a
una celebración de la abstracción geométrica como representación cabal de
las características del paisaje pampeano. Si el monumento, como el poema,
debe ser la patria, su materia esencial debe ser capaz de encarnar la esencia
material de la patria, buscada taineanamente en el espíritu del lugar:
[...] aquí tenemos elementos naturales de valía extraordinaria para la inspiración de nuestras
realizaciones estéticas. Tres gigantescas unidades surgen, por decirlo así, de nuestra topografía.
Primeramente la pampa, cuya horizontalidad inmensa bastaría para engendrar todo un arte
reservado y filosófico. Después la colosal afluencia de las aguas internas, que el Plata mezcla
en su nudo formidable. Después la tierra se pone a ascender, hasta presentar en el horizonte,
como esbozada para gigantes futuros, la inmesa ciudad azul de los Andes. Los argentinos
tenemos, pues, hecho el ojo a la grandeza; y esas tres unidades, a las que debe añadirse todavía
el prodigio de la selva, son elementos estéticos que no es posible desconocer cuando se trata de
proyectar monumentos conmemorativos de la nación donde se encuentran. Sin duda en todo
país existen montañas, aguas y llanuras; pero no todos los países tienen la pampa, el Plata y los
Andes.[85]

Relación genérica –grandes dimensiones, formas geométricas puras–


precisada todavía más en Buenos Aires, que también “presenta
peculiaridades dignas de tenerse en cuenta”: es “baja y extensa”, lo que
hace resaltar “la claridad de su ambiente”; “sus horizontes son más vastos;
sus masas de aire más poderosas”. Son las peculiaridades de la pampa, y es
la primera vez que la analogía entre ciudad y pampa comienza a celebrarse
y, más aún, que en la búsqueda de representación de su cualidad se recurre a
motivos abstractos, a “un arte reservado y folosófico”.[86]
Cabe aclarar que esta relación original entre cualidad de la pampa
positivizada en la ciudad y abstracción geométrica clasicizante no va a ser
tenida en cuenta en absoluto en los debates sobre el monumento –ni en la
discusión arquitectónica y urbana inmediata–; el premio del monumento se
decidió por un voto a favor del proyecto de los italianos Brizzolara y
Moretti frente al de los belgas Lagae y Dhurcque, en la consabida
resolución academicista.[87] A pesar de ello, las posiciones de Lugones
abren el camino al planteo más radical con que, más de una década después,
la vanguardia arquitectónica y literaria buscará dar sus nuevas respuestas al
mismo problema. Y si vale la pena anticipar que eso significa, entre otras
cosas, la poesía y la ensayística de Borges de los años veinte, es
simplemente para dejar apuntado que así como el debate sobre la
cristalización final del espacio público tradicional ha puesto sobre el tapete
un tema principal de la especificidad de la cultura moderna en la Argentina,
será también el nuevo suburbio “periférico” –todavía omitido en la década
del diez– el encargado de ofrecerle a esta encrucijada clave de la “cultura
central” una de las salidas más notables de la cultura local en el siglo XX.

Notas
1 Los textos que más me han influido en la comprensión de los diferentes aspectos del período son:
Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo, “La Argentina del Centenario: campo intelectual, vida literaria
y temas ideológicos”, Ensayos argentinos. De Sarmiento a la vanguardia, Buenos Aires, CEAL,
1983; Jorge Liernur, “Buenos Aires del centenario: en torno a los orígenes del movimiento
moderno en la Argentina”, Materiales, No. 4, Buenos Aires, CESCA, diciembre de 1983; José
Luis Romero, Las ideas políticas en Argentina, México, FCE, 1956; Natalio Botana, El orden
conservador, Buenos Aires, Sudamericana, 1977; Tulio Halperin Donghi, El espejo de la historia.
Problemas argentinos y perspectivas latinoamericanas, Buenos Aires, Sudamericana, 1987;
Adolfo Prieto, El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna, Buenos Aires,
Sudamericana, 1988; Hugo Vezzetti, La locura en la Argentina, Buenos Aires, Folios, 1983;
Oscar Terán, En busca de la ideología argentina, Buenos Aires, Catálogos, 1986.
2 El problema de la falta de edificios públicos aparece en multitud de fuentes; Víctor Julio Jaeschké
realiza una enumeración despiadada de los pocos existentes hacia el centenario en “Ver para creer.
¿A dónde están nuestros edificios públicos?”, El Tiempo, 21 de abril de 1909, p. 5. Algunos de los
que se construyen en esos años son: Teatro Colón, proyecto de F. Tamburini, 1890, comenzado
por V. Meano hasta su muerte, 1904, concluido en 1908 por Julio Dormal; Congreso Nacional,
proyecto de V. Meano, concluido hacia 1906; Palacio de Tribunales, Correo Central y Colegio
Nacional Buenos Aires, N. Maillart, 1906-1910; Aduana, Lanús y Hary, 1909-1911. Con respecto
a las residencias privadas, pueden destacarse la residencia Fernández de Anchorena (actual
Nunciatura, Av. Alvear y Montevideo), Le Monnier, 1909; Palacio Quintana (Rod. Peña 1874),
Prins, 1907; Palacio Salas (Callao 1451) y Palacio Devoto (Plaza Lavalle), Buschiazzo, 1904 y
1913 respectivamente; Palacio Anchorena (actual Cancillería), Christophersen, 1909; Palacio
Ortiz Basualdo (Arenales y Maipú), Dormal, 1905; residencias Le Breton (Arenales 982) y Vivot
(Uruguay 1288), de Lanús y Hary, 1904 y 1908; Residencia Mihanovich (Maipú 720), Morra,
1905; Residencia de Bary (Av. Alvear), Nordmann, 1907; Plaza Hotel (Plaza San Martín), Zucker,
1910. Para una visión global de ejemplos de arquitectura del período, véase F. Ortiz, J. Mantero,
R. Gutiérrez y A. Levaggi, La arquitectura del liberalismo en la Argentina, Buenos Aires,
Sudamericana, 1968.
3 La frase de Real de Azúa, en El impulso y su freno, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental,
1964, pp. 102 y ss.
4 Esta posición podría verse como emblemática de la élite cultural del ochenta decepcionada
parcialmente del curso del “progreso”; por ejemplo, Miguel Cané en 1902 le escribe a Quesada:
“Le aseguro a V. que hace 30 años, la aldea que se llamaba Buenos Aires, con su pavimento de
piedra bravía, sus escuelas de techo de teja, sus aceras con postes y sus carretillas fluviales, era un
centro incomparable de cultura, moral e intelectual, al lado de la suntuosa capital del mismo
nombre, con su pavimento central superior al de toda otra ciudad del mundo, sus palacios
escolares, sus amplias avenidas y su puerto maravilloso”. Citada en Alfredo Rubione, En torno al
criollismo. Textos y polémica, Buenos Aires, CEAL, 1983, p. 239.
5 Ricardo Rojas, Eurindia (1924), Buenos Aires, CEAL, tomo 1, pp. 86-87 y 105-106
respectivamente.
6 “Conmemoración del gran centenario. Proyecto sometido a la Comisión Nacional”, Arquitectura.
Suplemento de la Revista Técnica, No. 39, Buenos Aires, julio y agosto de 1906.
7 “Las píldoras del centenario” (4-8-1906), en Crónicas, Buenos Aires-Barcelona, Editorial Minerva,
s/f .
8 Para una aproximación general al problema de las exposiciones universales, véase Paolo Sica,
Historia del urbanismo. El siglo XIX, Madrid, Instituto de Estudios de Administración Local,
1981 (Roma, 1977), vol. 2, pp. 1064 y ss.; estudios más específicos: E. Schils, Dal palazzo di
cristallo al Palais des Illusions, Florencia, 1971; y John Alwood, The Great Exhibitions, Londres,
Studio, 1977. Francisco Foot Hardman, en Trem fantasma. A modernidade na selva, San Pablo,
Companhia Das Letras, 1988 (especialmente cap. 2: “Exposições universais. Breve itinerário do
exibicionismo burguês”, pp. 49 y ss). desarrolla el tema de la relación entre las exposiciones y las
celebraciones nacionales, enfocando la contradicción entre los objetivos explícitos de “hermandad
de los pueblos” que se trazaban las exposiciones, la competencia imperial y la guerra.
9 Como observaba agudamente el escritor cadaqués Rahola y Tremols en su visita de 1905, la gran
libertad para los negocios urbanos privados (que conocerían una expansión desenfrenada en toda
la primera década) se manifestaba en la escala del lote, lo que generaba una imagen notoria de
provisoriedad, mientras que “todo lo que implica acción del estado o del municipio, es decir,
cuando alcanza a la colectividad o a la salud del pueblo [la pavimentación, las cloacas, el
alumbrado, el servicio de limpieza, las aguas corrientes], es en cambio sólido o definitivo [...]: las
casas son provisionales, pero las calles son definitivas”; véase Federico Rahola y Tremols, Sangre
nueva (1905), Buenos Aires, Institución Cultural Española, 1943, p. 21. De todos modos, en esta
actitud estatal no hay que ver sólo filantropía, ya que las más de las veces los trazados de calles
favorecen –por el sistema de expropiaciones, como vimos– a los grandes propietarios; como se
quejaba el intendente Bollini en la Memoria municipal de 1892: “[…] a ello se debe que en
muchas partes donde no existen edificios ni tráfico alguno observemos grandes superficies
adoquinadas”.
10 Esto es lo que intentaba el Plano de Lagos de 1869, el proyecto del intendente Crespo de 1887, los
proyectos puntuales incorporados en el plano de 1898-1904, las diagonales de Desplats, de
Chanourdie, de Jaeshcké y las variantes de avenida Norte-Sur de Eugenio Badaro y Emilio Mitre,
todas ellas propuestas en torno a 1906-1908 y de las que finalmente se realizarán, a lo largo de un
lapso de treinta años, la conversión de las calles principales este-oeste en avenidas, las diagonales
que convergen en plaza de Mayo, y la avenida Norte-Sur (actual 9 de julio).
11 El caso emblemático es Víctor Jaeschké, principal difusor de las ideas pintoresquistas: frente a
una propuesta parlamentaria de 1911 de realizar tres barrios-parque “en las afueras de la Capital”
(así dice él, aunque se trata de Palermo, Parque Centenario y San Cristóbal, en el primer cordón
suburbano dentro de la Capital), Jaeschké señalará que “es plausible como obra de previsión para
el porvenir, pero hay otra obra similar que no es menos útil y que es seguramente de mayor
urgencia que aquélla: el ensanche y la creación de nuevas plazas [...] no en las afueras o en la
periferia, sino en la parte más densamente poblada de la ciudad” (cursivas del autor), Las
Avenidas, Buenos Aires, 25 de enero de 1912, p. 18. En función de estas prioridades, los
profesionales de la urbanística se dedicarán a discutir obsesivamente sobre el ángulo y los puntos
de encuentro de las avenidas diagonales en el centro tradicional.
12 La convocatoria en el editorial de La Prensa del 24 de junio de 1907: “La ciudad de Buenos
Aires”, p. 3. Es para esta discusión que Joaquín V. González realiza la intervención en el Congreso
mencionada en el capítulo 3 de la primera parte.
13 Escribe Jules Huret en su crónica de viaje: “Dos frases llegan sin cesar a los labios de los porteños
que revelan su orgullo ante el camino recorrido y su confianza en sí mismos: ‘¡Si usted hubiese
visto!’ y ‘¡Usted verá!’ [...] Al salir de Buenos Aires para hacer una excursión al interior, la Plaza
del Congreso era pequeña, formada por una simple avenida y cuatro calles que la limitaban.
Delante había un teatro, un cuartel, un mercado y algunas calles en las cuales se levantaban casas
de varios pisos. Cuando volví a los tres meses, el intendente municipal, el simpático Sr. Güiraldes
me condujo a ella. ¡En lugar de las calles, de las casas, del teatro, del cuartel y del mercado, había
jardines!”, Jules Huret, De Buenos Aires al Gran Chaco, cit., pp. 40-41.
14 Su disposición alargada frente al edificio del Congreso había sido propuesta por Carlos María
Morales ya en el plano de 1898 como solución más económica (en función de las expropiaciones a
realizar) anexando la plaza Lorea; las preferencias mayoritarias de la opinión especializada están,
en cambio, por una solución que acotara las perspectivas, dejando el edificio exento rodeado por
jardines en todo su perímetro. La frase de Barabino en “La Plaza del Congreso”, Arquitectura.
Suplemento de la Revista Técnica, Nos. 9 y 10, SCA, Buenos Aires, 30-9-1904.
15 Sobre estos proyectos puntuales de Bouvard véase Sonia Berjman, “Proyectos de Bouvard para la
Buenos Aires del centenario: barrio, plazas, hospital y exposición”, DANA, No. 37/38, Buenos
Aires, 1995.
16 Por ejemplo, véanse las críticas de Enrique Chanourdie a la Comisión del Centenario por la
localización “excéntrica” de las exposiciones en Barrio Norte y Palermo, en Arquitectura.
Suplemento de la Revista Técnica, No. 45, agosto de 1907.
17 Sobre la reconstrucción en cartón piedra de la plaza de Mayo, véase Caras y caretas, Nos. 583 y
589, Buenos Aires, 4-12-1909 y 15-1-1910; en la exposición de 1884 de Turín ya se había
reconstruido un pueblo medieval que fue largamente celebrado por Camilo Boito, en la línea de
recreaciones Art & Crafts, y en la exposición de 1900 de París se reconstruyó un sector del viejo
París. Estas reconstrucciones tenían gran aceptación en un público que había aprendido a valorar
el pasado como reliquia entre todas las novedades del progreso de la exposición.
18 La cita en Caras y caretas, No. 136, 11-5-1901; véase, además, Donato Chaquesien, Los partidos
porteños en la vía pública, Buenos Aires, Talleres Gráficos Araujo, 1919.
19 Cito dos ejemplos a lo largo de la década: el 25 de mayo de 1903 cuando los estudiantes del
Colegio Nacional demolieron a golpes los quioscos con que la Municipalidad había “afeado” la
plaza de Mayo; y el 25 de mayo de 1910 cuando otro grupo incendia el circo de Frank Brown que
se había instalado en la calle Florida como parte de las atracciones dispuestas por la comisión del
centenario; el primero, en Caras y caretas, No. 242, Buenos Aires, 23 de mayo de 1903; el
segundo, en Revista Municipal, No. 328, Buenos Aires, 9 de mayo de 1909.
20 He analizado las manifestaciones con datos de La Vanguardia y Caras y Caretas, ambas a lo largo
de la primera década del siglo; sobre las del Primero de Mayo, véase Aníbal Viguera, “El primero
de mayo en Buenos Aires, 1890-1950: revolución y voz de una tradición”, Boletín del Instituto de
Historia Argentina y Americana Dr. E. Ravignani, No. 3, Buenos Aires, 1º semestre de 1991.
21 Sobre la propuesta del Riachuelo, véase Graciela Silvestri, “La ciudad y el río”, en J. Liernur y G.
Silvestri, El umbral de la metrópolis. Transformaciones técnicas y cultura en la modernización de
Buenos Aires (1870-1930), Buenos Aires, Sudamericana, 1993.
22 Martínez Estrada utiliza la expresión en Radiografía de la pampa, enumerando entre las
oposiciones de la ciudad la del “nacionalismo municipal contra [el] snobismo”, cit., p. 209.
Aunque no lo hace con idéntico sentido que aquí (ya que se refiere a la oposición oeste-este), sin
embargo creo que está acertando con un clima que estos cuerpos técnicos también van a
manifestar en este momento en su definición del sur como metáfora de otros conflictos.
23 Véase Memorándum sobre las estatuas inauguradas en 1910, Buenos Aires, Talleres Gráficos
Rinaldi, 1912 (aunque no lo firma en tapa, se trata de un memorándum realizado por Adolfo
Carranza); allí se narran las peripecias para el encargo y la erección de las estatuas. La comisión
designada estaba formada, entre otros, por el mismo Carranza, Vicente Fidel López, José María
Ramos Mejía, C. Saavedra Lamas, José Luis Cantilo y Ernesto de la Cárcova.
24 “Crónica del centenario”, Atlántida, tomo 2, No. 6, Buenos Aires, 1911, p. 407. La revista estaba
dirigida por David Peña, miembro de la Comisión Nacional del Centenario (y, podría decirse,
intelectual puente entre el establishment oficial y la nueva generación nacionalista que lo va a
reconocer como un mentor fundamental). La Comisión Nacional del Centenario estaba integrada
por el ministro del Interior Marco Avellaneda como presidente, el intendente Manuel Güiraldez
como vice primero, el ex presidente Quirno Costa como vice segundo, A. Z. Paz como tesorero y
D. Peña como secretario; los vocales eran: B. Terán, V. Casares, J. de Apellaniz, Gral. Garmendia,
F. P. Moreno, C. Estrada, E. Pellegrini, J. de Guerrico, P. Olaechea y Alcorta y C. Pereyra Iraola;
véase [1810-1910. La República Argentina en el primer Centenario de su Independencia, Buenos
Aires, Talleres Gráficos Rosso, 1911, en donde se relatan también todas las inauguraciones
monumentales; y la documentación del Archivo General de la Nación organizada bajo el título
“Comisión Nacional del Centenario”, Sala 7, Legajos 18-1 a 18-6.
25 Revista Municipal, No. 315, Buenos Aires, 7 de febrero de 1910.
26 Revista Municipal, Nos. 328 y 322, 9-5-1910 y 28-3-1910, respectivamente.
27 Cfr. Revista Municipal, Nos. 328 y 340, del 9-5-1910 y 1-8-1910.
28 Graciela Silvestri, “La ciudad y el río”, citado.
29 El Centro Argentino de Ingenieros se forma en 1897; en 1895 la Sociedad de Arquitectos y
Constructores de Obras; la Sociedad Central de Arquitectos se forma definitivamente (después de
un intento fallido en 1866) en 1901 y en 1904 comienza a publicar Arquitectura, al comienzo
como suplemento de la Revista Técnica; también en 1901, finalmente, se crea la Escuela de
Arquitectura dentro de la Facultad de Ciencias Exactas. Jorge Liernur ha desarrollado estas
cuestiones en un artículo imprescindible: “Buenos Aires del centenario. En torno a los orígenes
del Movimiento Moderno en la Argentina”, Materiales, No. 4, citado.
30 Sobre las propuestas para un “arte nuevo” de Christophersen, véase el sugerente trabajo de
Alejandro Crispiani en el que se profundiza sobre las aporías conceptuales de esa búsqueda,
“Alejandro Christophersen y el desarrollo del eclecticismo en la Argentina”, Cuadernos de
Historia, No. 6, Buenos Aires, Instituto de Arte Americano, FADU-UBA, abril de 1995; sobre los
relevamientos de Kronfuss, véase Marina E. Tarán, “Juan Kronfuss: un registro de nuestra
arquitectura colonial”, Summa, No. 215/216, Buenos Aires, agosto de 1985.
31 Ricardo Rojas, La restauración nacionalista (1909), Buenos Aires, Peña Lillo, 1971 (edición
realizada sobre la segunda edición ampliada por Rojas en 1922), p. 139.
32 Cfr. Lilia Ana Bertoni, “La educación ‘moral’: visión y acción de la elite a través del sistema
nacional de educación primaria, 1881-1916” (mimeo), Instituto Ravignani, Buenos Aires, abril de
1991.
33 La cita de Tulio Halperin Donghi: “¿Para qué la inmigración? Ideología y política inmigratoria en
la Argentina (1810-1914)”, El espejo de la historia. Problemas argentinos y perspectivas
latinoamericanas, cit., p. 226. Para advertir la novedad y la radicalidad de esas prácticas tan
naturalizadas en el siglo XX en la escuela argentina, es útil acudir al asombro de un visitante
extranjero: señalando el carácter patriótico de la enseñanza en la Argentina, evidente en los
“cuadros y (las) inscripciones de los muros” de las escuelas, Clemenceau demuestra en una nota
aclaratoria la sorpresa que le producen sus prácticas: “Hasta parece que, con ocasión de la fiesta
nacional, se hace prestar a los niños de la escuela primaria una especie de juramento que se llama
la Jura de la Bandera, acompañada de discursos y de cantos patrióticos que no pueden dejar de
impresionar a los niños”, en Notas de Viaje por la América del Sur, cit., p. 66.
34 Es muy extensa la lista de textos encargados para el centenario; menciono sólo algunos de los más
importantes. Sobre la educación: Ernesto Quesada, La enseñanza de la historia en las
universidades alemanas, La Plata, Universidad Nacional de La Plata, 1910 (2 vols.); J. P. Ramos,
Historia de la instrucción primaria en la Argentina. 1809-1909, Atlas escolar, Buenos Aires,
Peuser, 1910 (2 vols.); Leopoldo Lugones, Didáctica, Buenos Aires, Otero y Cía., 1910. Sobre el
patrimonio arquitectónico y urbano colonial: Enrique Peña, Documentos y planos relativos al
período colonial en la ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, Peuser, 1910 (5 tomos); José
Antonio Pillado, Buenos Aires colonial. Edificios y costumbres, Buenos Aires, Compañía
Sudamericana de Billetes de Banco, 1910; Serafín Livacich, Buenos Aires. Páginas históricas
para el primer centenario de la Independencia, Buenos Aires, Compañía Sudamericana de
Billetes de Banco, 1907. Ése es el marco en el que Paul Groussac envía al Archivo de Indias a
Gaspar García Viñas para formar la Colección de copias de Documentos para la Biblioteca
Nacional de Buenos Aires (desde 1492 a 1680); Lugones había sido enviado en excursión
informativa a las Misiones Jesuíticas (publica El imperio jesuítico en 1904) y la Facultad de
Filosofìa y Letras de la Universidad de Buenos Aires profundizaba sus expediciones
arqueológicas al noroeste con los trabajos de Ambrosetti (iniciados desde fines de siglo) y
Debenedetti (que comienza precisamente hacia 1909). Con respecto a la toponimia, véase Adolfo
Carranza, Origen del nombre de las calles de Buenos Aires, Buenos Aires, Kraft, 1910, y Beccar
Varela y Udaondo, Plazas y calles de Buenos Aires (significación histórica de sus nombres),
Buenos Aires, 1910, ambos libros editados para el centenario.
35 La estatua es encargada a Rodin por Miguel Cané y se instala en el terreno del recién demolido
Caserón de Rosas. Sobre el disgusto generalizado que causó en Buenos Aires la estatua de
Sarmiento, volveremos más adelante; en el escándalo no fue de menor importancia que Cané
aprovechara la ceremonia inaugural para realizar duras críticas a las reformas educativas que
estaba llevando adelante el gobierno de Roca.
36 Cfr. Lucio V. López, La gran aldea. Costumbres bonaerenses (1884), Buenos Aires, CEAL, 1980,
p. 112.
37 Sobre los calcos, cfr. la polémica de Eduardo Schiaffino con Ernesto de la Cárcova en La Nación,
21 y 22 de mayo de 1926, reproducida en el “Apéndice documental” de E. Schiafino,
Urbanización de Buenos Aires, Buenos Aires, M. Gleizer, 1926, pp. 271 y ss; allí ofrecen datos
sobre los primeros calcos de estatuas, echándose mutuamente las culpas por no haberlos impedido
en razón del perjuicio obvio para los escultores.
38 La ley que decide la erección del Monumento en Mendoza es de 1888, pero su proyecto se
encarga al escultor Juan Ferrari recién para el centenario, momento en que se inicia la obra,
aunque su finalización será bastante más tarde; cfr. Comisión Nacional del Centenario,
“Expedientes relativos a monumentos del Centenario con intervención del Ministerio de Obras
Públicas, 1911-1920”, Archivo General de la Nación, Sala 7, legajo 18-4-9.
39 Revista Nosotros, tomo V, No. 26, Buenos Aires, p. 151.
40 Manuel Gálvez, El diario de Gabriel Quiroga, Buenos Aires, Arnoldo Moen y Hno., 1910, pp.
191-192. Vale la pena señalar cierta peculiaridad en este reclamo ecuménico de monumentos: en
un país de mucha más larga y prolífica tradición monumental como Francia es posible reconocer –
de acuerdo con los estudios de Agulhon– una divisoria de aguas ideológica entre los partidarios de
la representación monumental, que a lo largo de todo el siglo XIX pueden ser ubicados en la
izquierda –con la ratificación en el monumento laico de su vocación pedagógica modernizadora–
y quienes se oponen sistemáticamente, ubicados en la derecha política –con su voluntad
conservadora reacia a ampliar el culto a “los nuevos dioses” de la política, la ciencia o la milicia–
(cfr. Histoire vagabonde, París, Gallimard, 1988).
41 Sobre el rol de las comisiones, se encuentran en las notas costumbristas ácidas críticas en cuyo
revés es posible entender su sentido social nivelador: por ejemplo, Santiago Rusiñol, Un viaje al
Plata (traducido del catalán por G. Martínez Sierra), Madrid, V. Prieto y Compañía, 1911, capítulo
XXX: “Las comisiones”, pp. 161 y ss.; Roberto Gache, Glosario de la farsa urbana, Buenos
Aires, Cooperativa editorial Ltda, 1919, capítulo: “La estatua de un general desconocido”, pp. 29
y ss. La continuidad de estas prácticas sociales aparece con claridad –nuevamente en tono
fuertemente crítico– en una sugestiva aguafuerte de Roberto Arlt, “La gran manga”, diario El
Mundo, 24-3-1929, recopilada por Sylvia Saítta en Tratado de la delincuencia. Aguafuertes
inéditas de Roberto Arlt, Buenos Aires, Biblioteca Página/12, 1996.
42 El diario de Gabriel Quiroga, cit., pp. 204 y 64-65 respectivamente.
43 Su propuesta de ir a la guerra con el Brasil como paso indispensable para la formación de un
sentimiento nacional es sólo menos escandalosa a nuestros ojos actuales que el motivo por el cual
termina considerándola innecesaria: la “revelación trascendente” de los incendios “patrióticos”
contra anarquistas y socialistas, realizados por estudiantes “mientras echaban a vuelo las notas del
himno patrio” (en p. 232). Esto ha sido destacado por Oscar Terán en “El decadentismo
argentino”, Buenos Aires, mimeo, 1990.
44 Cfr. Carlos Payá y Eduardo Cárdenas, El primer nacionalismo argentino en Manuel Gálvez y
Ricardo Rojas, Buenos Aires, Peña Lillo, 1978; Adolfo Prieto, “Gálvez. Una peripecia del
realismo”, Estudios de literatura argentina, Buenos Aires, Galerna, 1969; y Carlos Altamirano y
Beatriz Sarlo, “La Argentina del centenario: campo intelectual, vida literaria y temas ideológicos”,
Ensayos argentinos..., citado.
45 En revista Nosotros, tomo 22, No. 85, mayo de 1916, p. 220.
46 R. Rojas, La restauración nacionalista, cit., p. 222. Como se vio en la respuesta de Giusti, Rojas
propone el traslado de la estatua de Mazzini, porque “la estatua de un extranjero [...] no puede
seguir a las puertas mismas de Buenos Aires”.
47 Tulio Halperin Donghi, “¿Para qué la inmigración? Ideología y política inmigratoria en la
Argentina (1810-1914)”, El espejo de la historia..., cit., pp. 229 y ss.
48 Revista Nosotros, tomo III, Nos. 13 y 14, Buenos Aires, agosto y septiembre de 1908, p. 126.
49 La fórmula es de Clifford Geertz, La interpretación de las culturas, Madrid, Gedisa, 1987,
especialmente capítulo “Después de la revolución: el destino del nacionalismo en los nuevos
estados”; véase, además, Tom Nairn, Los nuevos nacionalismos en Europa, Barcelona, Península,
1979, especialmente capítulo “El Jano moderno”.
50 La restauración nacionalista, cit, p. 134.
51 Julio Ramos, Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en el siglo
XIX, México, FCE, 1989, p. 124. Sobre la reacción de la élite contra la masividad de la prensa, cfr.
Adolfo Prieto, El discurso criollista..., cit. La referencia a Sarlo, de El imperio de los
sentimientos. Narraciones de circulación periódica en la Argentina (1917-1927), Buenos Aires,
Catálogos, 1985.
52 “En la Avenida de Mayo. Metropole Hotel”, Caras y caretas, año III, No. 68, 20-1-1900.
53 La restauración nacionalista, cit., pp. 56-57.
54 La restauración nacionalista, cit., p. 22.
55 Sobre la relación fetichista con la historia que genera esta nueva industria cultural, un buen
ejemplo es el del Aceite Bou, que regala “a los niños argentinos” en homenaje al centenario una
copia del plato del general San Martín expuesto en el Museo Histórico, haciendo suya la consigna
con que los ingleses reproducían, a su vez, la vajilla del almirante Nelson: “comer en el plato de
un héroe es inflamarse en la llama del más acendrado patriotismo”; véase, entre otros, Caras y
caretas, No. 642, Buenos Aires, 21 de enero de 1911. Como ejemplo del tratamiento –y la
relevancia– que le daba esta revista a la historia, véase el número especial (607) del 21 de mayo
de 1910; aquí ya es posible encontrar el tipo de representación que luego desarrollará y
popularizará la revista Billiken.
56 El episodio del Sarmiento de Rodin es un buen ejemplo: a diferencia del escándalo que el escultor
había tenido con su Balzac en París, aquí casi nadie discute su estatura artística ni la hermosura y
expresividad del monumento en su conjunto; el problema es sólo uno –y “doblemente capital”,
como diría Lugones–: no se le encuentra parecido a la cabeza. La sensibilidad simbolista de Rodin
puede ser aceptada en todo el monumento, pero no alcanza que la cabeza sea un símbolo de la de
Sarmiento –como dirían sus defensores–; lo que se demanda para el panteón icónico que se está
construyendo son imágenes sintéticas, fácilmente aprehensibles, reproducibles. Es curioso que
muchos años despues el mismo monumento sea motivo de discusión por motivos análogos:
Eduardo Schiaffino, defensor del Sarmiento desde su inauguración, propone hacia 1926 que frente
a la profusión de escudos “mal traducidos en lata” en los frentes de los edificios públicos, se
universalice el escudo argentino “tan felizmente estilizado” por Rodin en el basamento; Ernesto
de la Cárcova –entonces presidente de la Comisión Nacional de Bellas Artes–, aun reconociendo
la belleza del escudo de Rodin, responde que la imagen del escudo nacional “no puede entregarse
a la fantasía más o menos genial de artistas extranjeros ni aun argentinos; ello producirá, con el
andar del tiempo, el no saber a cuál [imagen] atenernos”. En la moderna industria de imágenes
patrióticas que se monta desde los años previos al centenario, lo principal es saber a qué atenerse;
véase Eduardo Schiaffino, Urbanización de Buenos Aires, cit. Su propuesta en p. 160; la respuesta
de De la Cárcova en p. 272.
57 La cita en Caras y caretas, No. 607, 21-5-1910.
58 Véase Caras y caretas, No. 544, 6-3-1909.
59 Cfr. Vicente Cutolo, Nuevo diccionario biográfico argentino, 1750-1930, Buenos Aires, 1978,
tomo V.
60 El cabildo estaba entonces completamente desfigurado no sólo, como vimos en la primera parte,
por la apertura de la Avenida de Mayo; antes de ella ya se había cambiado su torre por una mayor,
en estilo academicista, que se derrumbó luego. Pero además, numerosos proyectos preveían
construir para la plaza un ingreso monumental, con un edificio en el sitio del cabildo que
produjera un efecto de simetría con el edificio de La Prensa (uno de los más celebrados de las
nuevas construcciones de la avenida). El proyecto de reconstrucción fue presentado en la Cámara
de Diputados por el general M. Campos y publicado en Arquitectura. Suplemento de la Revista
Técnica, Nos. 26 a 28, Buenos Aires, junio-julio de 1905, p. 47.
61 Respuesta del arquitecto Ernesto Moreau a la encuesta realizada por Arquitectura, op. cit. La
encuesta se completa en el número siguiente de Arquitectura: No. 29, 31-8-1905.
62 La cita en Arquitectura. Suplemento de la Revista Técnica, No. 47, mayo 1908, p. 110.
63 Véase Donatella Calabi, “L’arte urbana e i suoi teorici europei”, en Guido Zucconi (dir.), Camilo
Sitte e i suoi interpreti, Franco Angeli, Milán, 1992, especialmente pp. 37 y ss. En la cultura
urbanística norteamericana, por su parte, la teoría de Sitte, despojada de todo pintoresquismo
historicista, fue leída como resolución formal de conjuntos monumentales, que si acude a los
ejemplos históricos es sólo para traducirse en tipologías clásicas en disponibilidad; esta versión
servirá precisamente para oponerse al antiurbanismo de la ciudad-jardín, como aparece
ejemplarmente en la obra de Werner Hegemann y Elber Peets, The American Vitrubius: An
Architects’ Handbook of Civic Art, Nueva York, Architectural Book Pub. Co., 1922 (cfr. el estudio
introductorio de Christiane Crasemann Collins a la reedición de la Princeton Architectural Press,
Nueva York, 1988).
64 Respuesta del ingeniero Santiago Barabino, Arquitectura..., Nos. 26 a 28, cit., p. 49.
65 Sobre el tema de los diferentes usos de la inspiración colonial, véase Jorge Liernur, “¿Arquitectura
del Imperio español o arquitectura criolla? Notas sobre las representaciones ‘neocoloniales’ de la
arquitectura producida durante la dominación española en América”, Anales del Instituto de Arte
Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo”, No. 27-28, Buenos Aires, 1992.
66 Respuesta de Alejandro Christophersen a la encuesta, en Arquitectura..., No. 29, cit., p. 65.
67 Véase Jorge Liernur, “Buenos Aires del centenario...”, cit. Es importante no confundir esa
profusión de estilos con el eclecticismo, ya que en realidad en muchos casos son una contestación;
eclecticismo es cuando en una misma obra se usan indistintamente motivos provenientes de
diferentes estilos históricos; véase Mercedes Daguerre, “Eclecticismo”, en J. Liernur y F. Aliata
(dirs.), Diccionario histórico de arquitectura, hábitat y urbanismo en la Argentina, Buenos Aires,
Proyecto Editorial, SCA-FADU-UBA, 1992 (edición preliminar), tomo 1.
68 La cita de Chanourdie en “Sarmiento y su estatua”, Revista Técnica, Nos. 104 y 105, 15-6-1900,
p. 72; la de Augusto Bunge en “El anticarrasco”, Nosotros, tomo 21. No. 81, enero de 1916, p. 81.
69 Sobre el libro de Abeille, la polémica en que se inserta y la que a su vez generó, véase En torno al
criollismo. Textos y polémica, estudio crítico y compilación por Alfredo Rubione, Buenos Aires,
CEAL, 1983.
70 Véase Jorge Liernur, “Buenos Aires del centenario...”, citado.
71 Debo a María Teresa Gramuglio el conocimiento de la prolífica preocupación de Lugones por la
cuestión monumental; como se verá en las próximas páginas, esa indicación ha resultado
sumamente importante para mi trabajo. Me he basado, además, para el análisis de Lugones, en su
texto “Sobre literatura y nacionalismo”, Prismas, No. 1, Buenos Aires, UNQ, 1997.
72 El monumento arquitectónico es a comienzos de siglo uno de los temas más rígidamente pautados
del academicismo, con su restringido universo de posibilidades formales y alegóricas. Como
ejemplo de escala mayor, pero que presenta analogías importantes, vale la pena tener en cuenta
que en estos años se está construyendo el monumento a Vittorio Emmanuele en Roma, concursado
varios años antes pero que recién se inaugurará (incompleto) en la exposición de 1911 para el
cincuentenario del reino de Italia.
73 Véase el Álbum organizado por la Comisión Nacional del Centenario para la exposición de los
proyectos, con las bases de la convocatoria y todos los trabajos presentados con sus respectivas
memorias descriptivas, Concurso para el Monumento de la Independencia Argentina, Buenos
Aires, Kraft, 1908; véanse también los documentos de la Comisión en Archivo General de la
Nación, Sala 7, Leg. 18-4-8; y “Resultado del Concurso del Monumento a Mayo”, Arquitectura.
Suplemento de la Revista Técnica, No. 49, junio y julio de 1908, pp. 134 y ss., con los dictámenes
de los jurados.
74 Leopoldo Lugones, Piedras liminares. Las limaduras de Hephaestos, Buenos Aires, A. Moen y
Hno., 1910.
75 John Ruskin, Las siete lámparas de la arquitectura (1849), Barcelona, Editorial Alta Fulla, 1987,
p. 207.
76 Jorge Monteleone ha analizado la búsqueda de Lugones en los textos del centenario por “dar
Sentido” a la nación secular; véase “Lugones: canto natal del héroe”, en Graciela Montaldo y
otros, Yrigoyen, entre Borges y Arlt (1916-1930), Buenos Aires, Contrapunto, 1989.
77 “El monumento del centenario”, Piedras liminares, cit., pp. 201 y ss.; sobre su antimilitarismo,
cfr. su Didáctica, cit., que además hoy podría leerse como uno de los análisis educativos más
plenamente liberales y sarmientinos del período, sobre todo en comparación con las reformas de
Ramos Mejía y el texto de Rojas (Lugones no acepta la noción de “educación patriótica” y
propone la de “educación democrática y racionalista”); sobre su anticlericalismo, “La cacolitia”
fue escrita entre otras razones para evitar que se celebrara mayo en la basílica de Luján. No es mi
intención proponer, desde la lectura de estos textos relativamente marginales, un Lugones
diferente al que nos habituó la crítica de las últimas décadas; valga simplemente para recordar que
Lugones puede verse en el centenario como una figura bastante más compleja que el intelectual
fascista de los años veinte y treinta.
78 El escándalo producido por el triunfo de un extranjero motivó que se llamara de nuevo a concurso
y ganara un italiano; la cita en Paolo Sica, Historia del urbanismo. El siglo XIX, citado.
79 La cita de la Revista Técnica, en “Resultado del Concurso del Monumento a Mayo”, cit,, p. 135.
La de Lugones, en Piedras liminares, cit., p. 207.
80 Cfr. Eurindia (1924), cit., tomo 2, p. 41.
81 Piedras liminares. Las limaduras de Hephaestos, cit., pp. 210-211.
82 Las analogías con la sensibilidad antiecléctica y antihistoricista de los arquitectos son
extremadamente precisas en cada caso en que Lugones se refiere a la ciudad real. Por ejemplo el
disgusto estético que les causaba la Plaza de Mayo: sobre la inconveniencia de colocar el
monumento en esa plaza, Lugones dice que “ninguna creación estética resistiría semejante
vecindad [...], la sola casa de gobierno bastaría para enfermar al coloso de Rodas”; la plaza es “el
viejo pozancón de los virreyes”; al edificio del Congreso lo llama “montonazo bastardo”, etc.
(Piedras liminares…, cit., pp. 214-215).
83 Piedras liminares…, cit., pp. 228-229.
84 Cfr. Honorable Cámara de Diputados, Diario de sesiones, 1905, sesión del 20 de septiembre.
85 Piedras liminares…, cit., pp. 217-218.
86 Ibid., p. 218.
87 En el epílogo del libro, Lugones escribe sobre el resultado: “El panteón de sociedad de socorros
mutuos, con sus nichos fatales. Ese será el monumento de la Revolución liberadora. El consabido
tolondrón de ladrillo enchapado, erigiendo su arroba de mazapán sobre la bandeja de la plaza de
Mayo”, ibid., p. 239. En realidad los dos primeros premios habían empatado, por lo que fue
necesario el voto de desempate del ministro del Interior y presidente de la Comisión Nacional,
Marco Avellaneda; del primer premio sólo se colocó la piedra fundamental; el segundo fue el que
finalmente se construyó en la plaza Congreso.
Capítulo 2
Vislumbrando la nueva ciudad
Uno de los tantos visitantes del centenario, el catalán Santiago Rusiñol, al
regresar a Buenos Aires luego de realizar la típica gira por el interior del
país, muestra su asombro por una de las características más subrayadas por
todos los observadores del período, la expansión vertiginosa de la ciudad:
“parece que hubiese crecido”, escribe:
[...] crece a todas horas, crece a cada momento, se diría que se la ve crecer, o mejor, que se la
oye crecer: que se va llanura adelante llenando de fichas el inmenso tablero, enfilándose hasta
lo infinito, numerándose hasta lo infinito decimalmente, como un problema de casas; haciendo
meridianos de las calles y arcos de meridianos de las plazas; y la siente uno tan grandiosa, que
llega un momento en que lo que se ve no parece ser una gran ciudad, sino el plano de una
ciudad en proyecto hecho sobre tela por un geómetra soñador.[1]

Y es que, en efecto, mientras las principales atenciones públicas se dedican


al debate sobre la monumentalización y la reforma del espacio público
tradicional, la ciudad ha crecido y, podría decirse, ha cambiado su
composición en apenas cinco años volcándose en forma masiva al nuevo
suburbio, iniciando una tendencia que no haría sino incrementarse en las
siguientes décadas. El censo levantado en octubre de 1909 para la
celebración del centenario –nada mejor que un censo para alimentar “el
regodeo de las cifras”– mostró datos contundentes en comparación con el
de 1904. Por una parte, el crecimiento poblacional: un índice anual sólo
levemente menor al de Hamburgo, mayor, también levemente, al de Nueva
York, casi el doble del de Berlín y tres veces el de Londres.[2] Pero, sobre
todo, lo que resalta es la novedad en la distribución de esa población: de las
casi trescientas mil personas que se incorporaron en los cinco años, el
noventa por ciento se instaló en el nuevo suburbio, lo que implica que
mientras la población de la ciudad tradicional se mantuvo prácticamente
estable, la de los nuevos suburbios se duplicó.

Figura 63
Esquema de la progresiva urbanización del territorio desde la fundación hasta los años veinte
(Sargent, The Spatial Evolution of Greater Buenos Aires, cit.). Nótense los grandes espacios vacíos
todavía a mediados de la década del veinte.

De todos modos, esta división tajante entre municipio antiguo y nuevo


oculta en verdad una recomposición de la ciudad que los índices
poblacionales por circunscripción transparentan. La densidad poblacional
sigue mostrando la tradicional simetría, con su punto máximo de
concentración en torno al eje central de la ciudad consolidada, pero la
variación del crecimiento muestra un nuevo plano en el que los procesos de
cualificación del centro-norte se han traducido en un desplazamiento del
foco hacia la plaza San Martín. En el área limitada por la calle Córdoba, la
avenida Callao y el río (zonas centro-norte y Retiro) encontramos el pico de
decrecimiento poblacional de la ciudad (cerca de un 10% menos de
habitantes que en 1904); en el área adyacente, tomando como límite externo
las calles Independencia y Boedo-Medrano (zonas centro, Once y Recoleta)
el crecimiento fue casi nulo (apenas un 5%); en el sur de la ciudad
tradicional (San Telmo, San Cristóbal Norte, La Boca y Barracas) el
crecimiento fue mínimo (cerca de un 10%); en el primer cordón que rodea a
la ciudad tradicional (San Cristóbal Sur, Almagro y Barrio Norte) el
crecimiento promedio fue del 50%; y en todo el nuevo perímetro (el
sudoeste –Bajo Flores, Mataderos–, Flores, el noroeste –Colegiales,
Chacarita, Villa Urquiza, Devoto–, Belgrano y Palermo) el crecimiento
promedio fue del 140%, con los picos del 200% en el noroeste y el 180% en
el suroeste.[3] Es decir que la ciudad tradicional tiende a descongestionarse
a partir de su zona más valorizada, mientras la ciudad nueva tiende a
poblarse masivamente a partir de sus zonas menos valorizadas; lo que
muestra un proceso de suburbanización completamente peculiar, tanto por
su homogeneidad en todos los puntos cardinales, como porque, en su
marco, el centro tradicional –con un leve desplazamiento hacia el norte– ha
acrecentado su valorización.

Figura 64
Secciones censales de la Capital Federal desde 1904. Referencias: 1. Vélez Sársfield; 2. San
Cristóbal Sur; 3. Santa Lucía; 4. San Juan Evangelista; 5. Flores; 6. San Carlos Sur; 7. San Carlos
Norte; 8. San Cristóbal Norte; 9. Balvanera Oeste; 10. Balvanera Sur; 11. Balvanera Norte; 12.
Concepción; 13. Montserrat; 14. San Nicolás; 15. San Bernardo; 16. Belgrano; 17. Palermo; 18. Las
Heras; 19. Pilar; 20. Socorro. Con respecto a la nominación más habitual de esos barrios, podría
decirse, aproximadamente –ya que se trata de una nominación que sólo en años recientes la
Municipalidad intentó fijar pero que no necesariamente es la que se reconoce como tal–, que la
sección 1. son los barrios del sudoeste, Nueva Pompeya, Villa Soldati, Villa Lugano, Mataderos y
Flores sur; la 2. es Parque Patricios con un sector de Barracas y otro de Nueva Pompeya; la 3.
Barracas; la 4. La Boca; la 5. Caballito y Flores; las 6. y 7. Boedo, Almagro y parte de Villa Crespo;
las 8., 9., 10. y 11. Once y Congreso; las 12. y 13. San Telmo; las 14. y 20. el centro y Retiro; la 19.
Barrio Norte; las 18. y 17. Palermo; la 16. Belgrano y Núñez; y la 15. los barrios del noroeste, desde
Villa Crespo y Chacarita hasta Villa del Parque y Villa Devoto.

El censo muestra asimismo el movimiento económico que se ha registrado


en el nuevo suburbio, tanto en transacciones inmobiliarias como en
infraestructura de transporte, ya que si en 1904 sólo se habían incrementado
las líneas de tranvía a caballo en la zona de Once y Barrio Norte y se había
realizado el trazado de tranvías eléctricos hacia Flores-Mataderos y hacia
Belgrano, en 1910 la densificación de líneas –ya todas eléctricas– se había
completado en el primer cordón suburbano y el servicio a las zonas más
alejadas del oeste y noroeste ya tenía su trazado principal.[4]
Estos cambios notables fueron obviamente registrados y, a tono con el
optimismo oficial, celebrados con profusión; no es el desconocimiento del
proceso lo que genera el efecto de omisión, sino, como veremos, la
imposibilidad de aceptar que el mismo está produciendo una nueva ciudad y
no meros suburbios de la ciudad tradicional. Para ver cómo se forma esa
nueva ciudad se puede acudir a pocas voces en estas décadas: por una parte,
a quienes describen lo que sucede, ya sea porque su rol público se los
impone –en el caso del gobierno municipal–, porque su ideología reformista
les lleva a interesarse por la suerte de estos nuevos colonos urbanos, o
porque su carácter de visitantes ocasionales les facilita una mirada,
precisamente, descentrada con respecto a la de sus anfitriones; por otra
parte, se puede acudir a los todavía menos numerosos que en el mismo
inicio del movimiento ya prevén la ciudad que está produciendo y proponen
obrar en consecuencia.
La frase de Rusiñol con que abrimos el capítulo reúne la mayor parte de
los problemas que esa expansión genera en la cultura urbana del centenario
a quienes describan o propongan. En primer lugar, la metáfora matemática
para aludir a todo el proceso, que le permite a Rusiñol establecer una serie
de homologaciones entre especulación inmobiliaria, grilla cuadriculada y
provisoriedad mercantil de la ciudad moderna, llevando al suburbio los
tópicos principales del regeneracionismo; en segundo lugar, la relación
simbiótica entre ese estilo de crecimiento ilimitado, su grado de
abstracción, las dimensiones infinitas y la pampa, como condición para
entender a Buenos Aires.

1. Excursiones excéntricas
“La ciudad se forma, en aquella zona de su expansión, como surgen, en medio de la
Pampa, los futuros pueblos.”
ADOLFO POSADA, 1912[5]

Aunque no todos le dedican muchas páginas, el suburbio nuevo es uno de


los temas más significativos en la relación de los viajeros del centenario con
Buenos Aires, porque tratándose de relatos de contrastes –todo relato de
viajeros, por definición, registra con un ojo atento lo que ve y con el otro las
condiciones de lectura de su propio público– no hay peculiaridad mayor en
Buenos Aires, frente a la experiencia urbana europea, que la del
surgimiento de ciudad sobre la nada. Pero conviene puntualizar, ante todo,
qué tipo de relatos de viajeros encontramos en el centenario, para recién
entonces ponderar el espacio que en ellos ocupa el suburbio. Como se sabe,
el relato de viajes es un género ya muy formalizado a mediados del siglo
XIX, a partir de textos rápidamente célebres sobre naturalezas y culturas
extraeuropeas como los de Humboldt (1809-1825) o Darwin (1839), entre
otros; a diferencia de la literatura memorialista, estos textos se ofrecían –
como señala Adolfo Prieto sobre el libro de Humboldt– “como un poderoso
montaje textual en el que la anotación científica, la efusión estética, la
preocupación humanística, podían acoplarse o desglosarse,
alternativamente, de la voz del narrador y de su cautivante relato de
revelaciones y accidentes personales”.[6]
A lo largo del siglo XIX los relatos de viajeros sobre la Argentina no
cesarán de multiplicarse en el marco de esa tradición genérica, pero para
leer los relatos que se producen en torno al centenario es necesario
reconocer algunos cambios importantes. En principio, el carácter del
encargo: en el centenario ya encontramos muy consolidada la figura del
viajero profesional, que vive de publicar sus relatos, pero, además, en
muchos casos el relato de viajes se les encarga a literatos, sociólogos o
políticos reconocidos, con lo que se reafirma la importancia en el texto no
tanto de la descripción informativa como de la cualidad narrativa y el
enfoque interpretativo; para el público, se trata ahora de evaluar cuál es la
mirada de tal autor en una relación ya densamente canonizada y en un
mercado cultural muy especializado. El otro cambio importante es la
nacionalidad: podría decirse que en el centenario adquieren principal
relevancia los visitantes latinos frente a la preponderancia anglosajona del
siglo anterior. Hay un aumento considerable de visitantes sobre todo
peninsulares, en el marco de una reconsideración de lo latino que incluye
también el interés francés, de presencia constante desde el siglo anterior, y
el italiano, que junto con el español ya se había hecho manifiesto desde
finales de siglo en función de orientar, organizar y capitalizar en la medida
de lo posible el flujo inmigratorio.[7]
El estímulo adicional para la componente latina hacia el centenario es la
emergencia de Buenos Aires como metrópoli mundial, lo que permite
imaginar una contraparte latina a Nueva York: si los Estados Unidos ya
demostraron que América es el futuro, Buenos Aires permite pensar “el
futuro de la raza”. Es en buena medida en la Europa latina donde se
construye la relación especular Nueva York/Buenos Aires, triangulada con
su propia cultura insuperable pero que no se oculta a sí misma los rasgos de
decadencia frente a la emergencia americana o el poderío alemán. Esto es
importante tenerlo en cuenta cuando encontramos en las fuentes de época
ciertas voces críticas locales que, con razón, denuncian como delirio de
grandeza argentina la representación tan recurrida en el centenario de
Buenos Aires como “la segunda ciudad latina después de París”, mostrando
que tras ese eufemismo sólo se logra ocultar que entre Buenos Aires y París
están las inalcanzables Berlín, Viena o Nueva York; lo cierto es que ese
eufemismo fue alimentado cuidadosamente por los visitantes extranjeros,
no como deferencia de huésped –en muchos rubros habitual, por otra parte–
sino como propia necesidad de formar parte en alguna medida de ese
fenómeno nuevo que desearían tanto como los argentinos que Buenos Aires
encarnase.[8]
Algunos pasajes del libro de viaje de Georges Clemenceau son
ilustrativos en alto grado de las cuestiones de la hora; en el capítulo “Los
‘latinos’ de la América del sur”, se pregunta:
El idealismo latino ha mantenido a las poblaciones sudamericanas orientadas hacia las grandes
naciones modernas salidas de la conquista romana. No estoy seguro que hayamos sacado de
esta situación favorable todo el beneficio que ella lleva consigo, tanto para las jóvenes
repúblicas de ultramar cuanto para la latinidad, fatigada de un enorme esfuerzo de civilización
y vigorosamente asaltada, en todos sus dominios, por la energía metódica de las razas del
Norte. La gran república anglo-sajona de la América del Norte [...] se ha apoderado de un
continente para hacer de él el asiento de una nación moderna cuyo poder tendrá cada vez más
representación en los negocios del mundo. La América del Sur, reglamentada en su evolución
por un conjunto de lecciones donde las razas del Norte tienen su justa parte, ¿puede facilitar a
su vez un desarrollo de civilización latina que corresponda al que cuya acción ha contribuido
tan poderosamente a hacer la Europa de nuestros días?[9]

Y si así se percibe desde Francia, para un español como Posada la situación


presenta menos dudas:
Recuérdese que no hay en España una ciudad de aquella posición, ni de aquella fuerza juvenil,
ni de tan enorme acción expansiva. Sólo París, entre las ciudades latinas, supera a Buenos
Aires en población; en lengua castellana no hay ninguna que la iguale. [...] Y por eso, para
nosotros los del solar europeo, que conservamos su pasado y que podríamos –¡qué admirable
programa!– ser los guardadores de su espíritu, como depositarios del alma de la raza, Buenos
Aires ofrece el excepcional y curiosísimo fenómeno de una ciudad enorme, que camina sin
cesar [...] formando, sobre la base de cuanto hemos sido, uno de los centros propulsores más
poderosos con que hoy la humanidad se honra, [que] canta su epopeya de grandezas, de
expansión económica [...] en el idioma que se habla en la austera y despoblada y a veces
desolada llanura castellana.

Es por intermedio de Buenos Aires, entonces, que podría volver a creerse


que el espíritu de España, pese a su descenso actual, “tiene y tendrá su
futuro en el mundo”:
Los grandes negociantes ingleses, los comisionistas y viajantes de Alemania, los importadores
franceses, tienen que aprender la lengua del buen hidalgo manchego, para enriquecerse en la
orilla del Río de la Plata. El momento actual de Buenos Aires tiene mucho de simbólico, de un
simbolismo subjetivo en grado extremo. Es el símbolo de un imperio posible que se dibuja aun
como un ideal, pero de realidad segura.[10]

Las diferencias de énfasis entre Clemenceau y Posada no son mero


producto de que comparativamente Buenos Aires sea más importante en
relación con España que con Francia; también es evidente que en la primera
década de este siglo se han abierto canales novedosos entre Buenos Aires y
la península como para entender que las posibilidades de un contacto
enriquecedor aparezcan con tanta fuerza: aquí se ha avanzado ya mucho en
una reconsideración positiva de la herencia hispana, y una generación
completa de intelectuales argentinos está buscando responder las típicas
preguntas del centenario sobre la identidad cultural acudiendo al arsenal de
cuestiones planteado por el regeneracionismo del 98 español.
Así que los dos cambios en relación con la tradición del relato de viajes
–el nuevo perfil intelectual de los viajeros y su origen latino– producen,
asimismo, una novedad ulterior: estos artistas o intelectuales se vinculan en
una relación de paridad intensa con intelectuales y artistas locales, toman
partido en sus conflictos y dialogan con sus obras, lo que implica una nueva
responsabilidad del autor del relato frente a un específico público local que
toma como referencia, y la generación de una red intertextual mucho más
directa y, a la vez, diversificada que en el siglo anterior.[11] Desde este
punto de vista se puede organizar, entonces, una serie productiva dentro de
la multitud de viajeros del centenario, tratando de entender, en el específico
punto de sus miradas sobre el suburbio, qué posiciones y debates
encarnaban.
Santiago Rusiñol demuestra reactivamente la fuerte preponderancia del
enfoque latino, cuando se define como alguien que con su relato no quiere
“estrechar los lazos, ni unir fronteras, ni acoplar razas latinas”; afirmación
que necesita, por otra parte, como preámbulo a una de las más lapidarias
conclusiones sobre la Argentina prodigadas en un relato de viajero.[12]
Autor teatral, poeta y pintor reconocido, Rusiñol es el perfecto partner
intelectual del regeneracionismo nacionalista local, con la diferencia nada
desdeñable en favor de sus certidumbres de que no necesita caer en las
contradicciones y ambigüedades de quienes se proponen regenerar a
Buenos Aires. Simplemente se dedica a llevar hasta las últimas
consecuencias el tipo de críticas que veíamos en un Gálvez o un Rojas, con
quienes mantiene asiduo contacto, pero que a la hora de las propuestas se
las ingeniaban para encontrarle salidas a la “ciudad-fenicia”. Rusiñol no
cesará de mostrar una deferencia compasiva frente a esos intentos, que ve
tan desesperados como inútiles; para él, la única salida es el puerto, el
regreso a la tierra donde se encuentra el verdadero alimento del espíritu,
“eso que llamamos tradición”: catedrales, arte, belleza, sentimientos, “todo
lo que no se compra ni se vende”.[13]
Volvamos, entonces, a su excursión saliendo de la ciudad hacia el
suburbio:
Sigue uno andando y andando, y encuentra calles: primero de dos pisos, después de uno; anda
más y ya no encuentra más que pisos bajos; sigue andando y los pisos se van aplastando, y
después de aplastarse, aclarándose; y cuando se han aclarado encuentra empalizadas, y después
de las empalizadas alambres que marcan la ciudad, hasta la de mañana, y cuando se han
acabado, la inmensa pampa deslindada también con la intención como un sueño de grandezas.
[14]

La ciudad es un continuo homogéneo en el que la única diferencia entre el


centro y el suburbio está dada por la altura de las casas o su aglomeración
más o menos compacta; pero lo que sobresale en su observación es que tal
homogeneidad es producida por el plano virtual que guía la ciudad hacia su
futuro, que Rusiñol adivina en cada alambrada como designio universal y
que sus interlocutores locales directamente no perciben. Lo que sí es común
en todos ellos, y en los otros viajeros, es el repudio a la manifestación más
sensible de ese plano: la cuadrícula. Si en la introducción pudimos jugar
con el malentendido típico de finales de siglo XIX entre la crítica romántica
y la crítica racionalista a la cuadrícula (encarnadas respectivamente por la
crítica de Dickens a la grilla norteamericana y la de Daireaux a la porteña),
en estos textos del centenario ya no hay malentendido: la completa
hegemonía de la sensibilidad pintoresquista hace que todos repudien en la
cuadrícula su monotonía y su ausencia irremediable de cultura; que, a
diferencia de Sarmiento, ya no se vea en ella la herencia de hierro de la
ciudad colonial sino la presencia de lo más radicalmente nuevo, la ciudad
capitalista.[15]
Pero tal vez sea más importante el otro cambio que muestra la frase de
Rusiñol, directamente vinculado con el de la cuadrícula: la inmensa pampa
también está deslindada con esa “intención cuadriculada”. Uno de los
principales tópicos del género de viaje en el Río de la Plata, la pampa, ha
dejado de ser el ámbito arcaico, misterioso por definición, y se ha
convertido en el territorio de la expansión capitalista. En el caso de
Clemenceau, para mostrar la disposición “natural” de la llanura para una
extensión ilimitada de la ciudad; en el de Rusiñol, aprovechando el
contraste con el tópico romántico del siglo XIX y ya sensibilizado por la
literatura criollista local, para denunciar que aquella extensión indómita ha
sido finalmente domesticada por la grilla cuadriculada de la ciudad, que ha
sido mercantilizada. Así como la cuadrícula es ahora repudiable por ser el
instrumento de la modernización depredadora, su par tradicional en el
repudio sarmientino, la pampa, también invierte su valoración, y pasa a
constituirse en el verdadero baluarte de la cultura argentina: ahora la
cuadrícula es la jaula que se tiende implacable sobre lo más auténtico de la
cultura de esta tierra, la pampa y su habitante, el gaucho. Es en el suburbio,
precisamente, donde este conflicto de dominación cultural aparece en toda
su crudeza, donde todo se convierte “al negocio”:
Figuraos un país de zinc, donde todo un pueblo, que se ha alojado en solares que subirán de
precio, se hubiese convertido en guardaagujas, sin tener agujas que guardar. Las calles, de lo
que será ciudad dentro de unos cuantos años, están señaladas en la intención, y la intención son
unas cercas de alambre galvanizado, que cercan... eso; un pueblo que espera a ser y que
mientras está esperando, como lo ha gastado todo en pies y metros y no tiene dinero para
edificar, se ha construido unas barraquitas, que no son casas; son garitas de centinela que
vigilan la ciudad que ha de llegar a ser. Esas casas (y las llamamos casas porque es costumbre
llamárselo a los sitios dentro de los cuales se duerme) están construidas (y decimos construidas
porque algo hemos de decir) de toda la hoja de lata, con todo el zinc, con toda la galvanoplastía
que la importación de galletas, de sardinas y de petróleo, han traído a este país desde la época
colonial a la era colonizada. [...] Rodeando estas, que llamaremos casas, la fantasía del
habitante ha plantado su jardín, pero como se sabe que con el tiempo ese jardín se ha de
edificar, no pone mucho cuidado al plantarlo [...]. Este es el barrio que atravesamos, pero lo
que le da más carácter, y lo que tiene gran trascendencia, son las cercas de esos terrenos, las
estacas que los separan y ese alambre galvanizado, que vamos a irnos encontrando en toda la
pampa...[16]

Figura 65

Chubut y Camargo

Álvarez Thomas (Flores)

Imágenes del artículo de Benito Carrasco, “La ciudad del porvenir”, Caras y Caretas, 22-2-1908:
Fotografías de las zonas en las que Carrasco imagina “la ciudad del porvenir”: esas calles a través de
la pampa son los “boulevards” de Bouvard o los “caminos vecinales” del subintendente Mohr.

Figura 66
Plano del Departamento de Obras Públicas de la Municipalidad, 1916. Nótese el “crecimiento
espasmódico” de vecindarios en el suburbio.

Figura 67
Una imagen suburbana de la misma época: Mataderos, c. 1918 (Colección Dirección de Paseos,
Imágenes de Buenos Aires, 1915-1940, Ediciones Fundación Antorchas, 1997).

Para una sensibilidad antimoderna como la de Rusiñol, en el suburbio está


lo peor de esta “nueva” sociedad, allí la abstracción de la grilla universal de
alambre galvanizado encarna su materialismo irredento, su interés exclusivo
por el negocio y la riqueza, su incapacidad de ver en la tierra “la patria”,
sino apenas “el lote”: la desacralización de lo más caro para la cultura
tradicional, la tierra, el hogar, arrastrados en el torbellino del movimiento
perpetuo de la mercancía.

Todos los viajeros establecen, en verdad, esa misma vinculación entre


nuevo suburbio y fiebre especulativa, que coinciden en señalar como
característica saliente de la sociedad porteña del centenario. Pero para un
reformista como Adolfo Posada, se trata de una vinculación que comienza a
presentar ribetes problemáticos: “[...] todo el vivir lujoso, el movimiento
bancario y financiero y el crédito mundial de la república, descansan en el
supuesto de que la tierra se valoriza. Por eso la atmósfera de Buenos Aires y
de toda la república es una atmosféra de especulación”, dice en plena
sintonía con el tono general de crítica moral. Pero a partir de allí debe
hacerse cargo de un aspecto de la entente especulación/expansión urbana
que complejiza el juicio: la posibilidad de vivienda digna y accesible a
todos los sectores sociales: “Pero la tierra no se valoriza sin gente. [...] El
interés, pues, de los especuladores de terrenos de la ciudad está en hacer
que el remanso de Buenos Aires se vierta por la Pampa [...]. Ellos pueden
repetir siempre, con Alberdi, que ‘gobernar es poblar’”.[17]
Posada es, en muchos aspectos, una contrafigura de Rusiñol: sociólogo,
académico de Oviedo –sede intelectual del reformismo social en España–,
viene invitado por la Universidad de La Plata como parte de un programa
de intercambio inaugurado con la visita de Rafael Altamira; su
interlocución local describe un arco ideológico acotado entre Joaquín V.
González y Juan B. Justo, entre el reformismo público de los miembros del
Departamento Nacional del Trabajo y el Partido Socialista; sus problemas
son institucionales y políticos.[18] Su visión, por lo tanto, de la “nueva
ciudad” que crece a espaldas de Buenos Aires, conecta con las posiciones
reformistas de los funcionarios y técnicos que están buscando, con los datos
del censo, sacar las primeras conclusiones locales sobre el fenómeno
suburbano. Hay dos informes que explican y desarrollan, en muchos
sentidos, las posiciones de Posada: los de F. R. Cibils y Domingo Selva, dos
figuras representativas del reformismo técnico que se ha venido
consolidando en el estado conservador. Con diferencia de tonos, lo que
dicen ambos autores es que el mercado (la especulación y las compañías de
tranvías) resolvió por sí solo el problema de la habitación obrera que
parecía al borde del estallido pocos años atrás, dando “naturalmente” por
terminados los factores que mantenían viva la necesidad económica y social
del conventillo. “El desalojo y demolición de esos viejos y sucios antros de
infecciones y de degeneración física y moral, se ha impuesto, pues, sin leyes
ni ordenanzas”, escribe Cibils en la publicación del Departamento Nacional
del Trabajo.[19]
Por supuesto que, luego de celebrar todo lo que ha ganado la población
obrera con la mudanza al suburbio (luz, sol, espacio, comodidades), Cibils
se dedica a una incisiva crítica sobre todo lo que ha perdido
(principalmente, las cloacas y el agua corriente, pero más en general la
infraestructura urbana con que contaba en el conventillo céntrico) y a una
descripción indignada de las nuevas condiciones de degradación impuestas
por esas carencias. Pero no es posible ignorar el nuevo marco en que esa
crítica se da: tales carencias están en el debe del estado, al que se le exige
que amplíe sus servicios como complemento indispensable de una
transformación positiva que ha sido operada por el mercado. Podría decirse
que, de acuerdo con la versión de Cibils, por fin ha aparecido el capitalismo
tan esperado por el reformismo público en Buenos Aires: el que inicia la
acción y luego debe ser secundado por el estado; el especulador tan
criticado encuentra en esta hipótesis un costado de nobleza inesperada, al
tiempo que nos conecta con las preocupaciones de todo un sector del
reformismo que intenta modernizar las reglas de la especulación fundiaria,
incluso apoyándose en sus aspectos menos “modernizadores” en términos
clásicos: la “especulación hormiga”, típica del proceso de expansión urbana
porteña, no se lee sólo como generalización de prácticas no productivas a
toda la sociedad, o directamente como corrupción moral y cultural, a la
manera del regeneracionismo, sino como proceso social que debe ser
alentado.[20]
Cambio de énfasis en la crítica al proceso de suburbanización que
aparece con mucha mayor claridad en Selva, promotor, como vimos en la
primera parte, de soluciones públicas para la vivienda obrera desde finales
de siglo. Para él, “el problema de la vivienda”, definido en los términos
dramáticos en que lo había planteado apenas seis años antes, en 1910 “está
resuelto de hecho”; fue el mercado de tierras el que realizó por sí mismo la
tarea fundamental de la vivienda popular: convertir al obrero en propietario.
La descripción que realiza de los nuevos propietarios, de valoración
completamente opuesta a la de Rusiñol, demuestra una agudísima visión
sobre un proceso que a partir de entonces no haría sino desenvolverse,
transformando la composición social de la población urbana:
Con estas construcciones, reducidas a la mínima expresión de la economía y representando el
summum de lo diminuto como casa de habitación, se han poblado todos los alrededores de la
parte densamente edificada de la Capital [...]. Es evidente que ellos no son lo que el higienista
y el sociólogo han ideado para la vivienda obrera. Allí la higiene, la comodidad, el confort no
tienen cabida y la Inspección Municipal debería haberse hecho sentir de una manera eficaz [...].
Pero, con ello, el problema de la casa propia está resuelto. Su ocupante sabe que ese pedazo de
tierra que ha cercado –tal vez con duelas de barriles viejos– y la pieza donde habita –
desempeñando funciones de comedor, de dormitorio, de enfermería, de depósito y a veces de
cocina–, es suyo, y bien suyo. Sabe que lo ha adquirido sin esperar los 20 años –o en el mejor
de los casos los 15 años– que necesitan las Compañías ad hoc para asegurar a un inquilino la
propiedad de la casa que habita. Y si bien distingue y comprende que esta última sería más
confortable, con más higiene, con más comodidades, y situada tal vez en condiciones más
ventajosas para las comunicaciones con el centro de la actividad comercial e industrial,
también piensa que él tiene con lo que ha logrado adquirir en la tercera parte de ese tiempo,
una base sobre la cual se desenvolverán sus futuros anhelos de propiedad.[21]

A partir de esta constatación, Selva disparará también su reclamo al estado:


además de infraestructura, debe exigírsele salud, educación y recreación,
distribuidos equitativamente en todas las áreas del nuevo suburbio, y un
sistema de viviendas estatales céntricas de alquiler como punto final
definitivo para el conventillo (reclamos que, conviene aclarar, se mantienen
dentro del marco de las cuestiones ya asumidas por el estado –no en vano
Selva y Cibils vienen de su seno–: de hecho, en 1908 se había proyectado,
por ejemplo, la ampliación de las obras de salubridad a todo el radio nuevo,
donde los diferentes servicios se irán inaugurando por etapas a lo largo de
las tres siguientes décadas). Pero lo importante es señalar en Selva el
descubrimiento azorado de las consecuencias encomiables de un proceso
por tantos motivos repudiable. Descubrimiento que, si ya en un reformista
estatal como él genera ambigüedades, marcará a fondo el futuro del
reformismo socialista en la ciudad, indeciso durante las décadas siguientes
entre la crítica a la especulación y el reconocimiento de su incidencia
directa en la formación de su propio público, la clase media porteña.

El caso de Jules Huret es diferente: periodista y viajero profesional, cuando


viene a Buenos Aires ya ha realizado relatos de viaje de gran repercusión
para Le Figaro sobre los Estados Unidos y Alemania; su combinación
literaria es posiblemente la más convencional, entre cuadro de costumbres,
descripción natural y urbana, retrato minucioso de los aspectos económicos,
productivos e institucionales, con la doble mirada puesta en el interés de un
público ávido de literaturas de viaje, y en el de potenciales mercados para
su país en la búsqueda de protagonismo en la puja interimperialista. A esto
último se reduce su interés por lo latino, presente en todo el libro más como
necesidad de integrar a la órbita francesa una economía floreciente como la
argentina del centenario, que a las preguntas sobre “el futuro de la raza” que
veíamos en Posada.
Con la avidez de quien quiere verlo todo para relatarlo todo (y si es con
abundantes cifras, mejor) Huret va al suburbio y allí encuentra dos paisajes:
por una parte, el de la miseria pintoresca del “barrio de las ranas”, que sirve
como contracara retórica del éxito económico, como metáfora de los
conflictos latentes en el vértigo del progreso –y vale la pena decir que la
mayor parte de los viajeros acuden a esta fórmula de encarnar en ejemplos
puntuales la cara “oscura” de la Argentina: es significativo que Rusiñol y
Clemenceau coincidan en cerrar sus relatos con el suicidio desde el barco
de un inmigrante que regresa fracasado a su tierra–; por otra parte, el
paisaje de campamento provisorio e inacabado, pero que sigue los
lineamientos invisibles y férreos del orden de la grilla, lo que le garantiza
un futuro integrado a “la ciudad”. Ambos paisajes forman parte, de todos
modos, de un cuadro unitario, porque el propio pintoresquismo del barrio de
las ranas, con su carácter excepcional, sirve en el relato para resaltar la
normalidad del proceso masivo de suburbanización:
Nos encontramos en los barrios excéntricos, en medio de todo aquello provisonal e inacabado
de que hablé antes como característico de ciertas partes de Buenos Aires. Aquí, calles sin
pavimentar aún están, sin embargo, bordeadas casi enteramente de casas nuevas. Algunas son
de hermoso aspecto, pero las más, modestas, son habitaciones de empleados o de obreros, de
planta baja, con fachadas pintadas de color rosa o blanco, y casi todas con adornos “arte
nuevo”. Hay otras construidas con latón estampado, imitando la pizarra, que dan la impresión
de un campamento “nómada” de colonos. [...] Las separan terrenos sin urbanizar y campos de
alfalfa y maíz. Grandes anuncios blancos con letras colocados sobre altas estacas indican que el
domingo siguiente tendrá lugar un “remate”. Subastados los lotes de terreno, y adquiridos por
obreros que deberán pagarlos mensualmente, antes de seis meses estarán cubiertos de casas en
construcción. Así se formó en quince años la mayoría de los arrabales o barrios excéntricos de
Buenos Aires, las “villas”, Malcolm, Santa Rita, las Catalinas, Devoto, etc. En estos barrios
apartados son muy anchas las calles, pero están poco animadas. Se pueden encontrar allí
todavía los lecheros con boina vasca que ordeñan sus vacas, en medio de la calle, distribuyendo
luego la leche a su clientela. [...] En esos barrios extremos hay centenares de calles, a veces
próximas a avenidas muy populosas, que no existen más que en los planos, distinguiéndose por
lo profundo de las calzadas.[22]

Nuevamente, como en Rusiñol, es la omnipresencia del plano, percibida por


estos viajeros con extrema agudeza, la que da sentido a esa multitud de
vecindarios deshilachados en la llanura: los centenares de calles que no
existen más que en los planos señalan críticamente los retardos de la acción
municipal frente al desenvolvimiento inmobiliario, pero al mismo tiempo
tejen la red sólo a medias visible de contención de ese estallido de terrenos
y casas; señalan el paso potencial del campamento nómada a la villa, y de
allí a la ciudad.
Pero tal vez el caso más interesante para completar la serie sea el de
Enrique Gómez Carrillo, escritor y periodista guatemalteco que desarrolló
su carrera en los círculos artísticos de Madrid y París: con El encanto de
Buenos Aires no busca entender ni explicar el conjunto del país; lo propone
como crónica urbana en continuidad con su libro anterior, El encanto de
París, colocándose frente a sus interlocutores locales no como experto ni
como intelectual, sino como artista urbano, un exquisito degustador de
ciudades. Quién mejor que un latinoamericano formado en París –es decir,
alguien que conoce muy bien los dos extremos posibles de la cultura
urbana– para juzgar imparcialmente los grandes problemas de identidad de
los porteños: ¿tiene cultura Buenos Aires? ¿a qué ciudades se parece? ¿cuál
es su carácter propio? Todo el libro de Gómez Carrillo coquetea con estas
preguntas, en realidad respondidas por anticipado desde la semejanza de los
títulos: Buenos Aires pertenece a la familia cultural de París, con muy poco
que envidiarle. Tiene muchas características de otras “ciudades nuevas”
como Nueva York o Berlín, pero a diferencia de esas “capitales
improvisadas” en las que sólo reina lo económico, tiene cultura, belleza y
elegancia.[23]
Así como Rusiñol es el partner ideal del regeneracionismo, Gómez
Carrillo lo es del establishment cultural al que le obsequia en el relato su
ciudad deseada; también como Rusiñol, su carácter de extranjero le permite
doblar todas las apuestas, en este caso para rebatir el complejo de
inferioridad cultural porteño frente a Europa precisamente en los tópicos
que los porteños cultos califican como defectos: el diletante extranjero es el
que puede descubrir la riqueza de la cultura urbana en sus pliegues frívolos,
porque en tanto artista no corre el riesgo de confundirse con la frivolidad
que celebra. Y es que frente a las preocupaciones esencialistas de los
intelectuales porteños, Gómez Carrillo repara en el valor de las apariencias
como peculiaridad de la sociedad moderna: la belleza de las mujeres
extendida a todas las clases sociales y que él conecta, sugestiva y
deliciosamente, con la de los caballos de carrera para sostener la
superioridad de las mezclas raciales, el gran problema porteño; la absoluta
integración social en los recintos otrora sagrados de la aristocracia, el teatro
Colón y Palermo. No prestar atención a la autenticidad de los linajes, sino
meramente al “encanto” de lo que ve, le permite celebrar la mezcla étnica y
cultural de Buenos Aires como construcción de una nueva síntesis y como
democratización plena del espacio público.[24]
Gómez Carrillo es el último de la serie: viene a Buenos Aires en 1914 y
el libro se edita el mismo año como resultado de sus tertulias en La Nación
con García Velloso; su interés adicional es que se vincula consciente y
polémicamente con sus antecesores:
Pero luego, reflexionando, pensé que sí había algo que decir, o, por lo menos, aún había que
decir ciertas cosas de un modo que los Huret, los Clemenceau, los Baudin y demás publicistas
graves no han empleado en sus libros. Y pensé también que ese “algo”, un algo en apariencia
frívolo, en el fondo trascendental, tal vez yo podía escribirlo mejor que mis predecesores, no
por tener más talento que ellos, no, sino porque mi alma siente la gracia de ciertas ciudades con
una intensidad que los grandes ministros y los grandes periodistas desdeñan.[25]

De modo que el lugar de autoridad o documentación que en los otros libros


ocupan las referencias internas a la serie, en Gómez Carrillo se invierte para
dar paso a la ironía o, frente al caso de Rusiñol, a la polémica abierta: todo
el libro es una gran refutación de las críticas del catalán.
Las únicas dos veces que Gómez Carrillo salga del centro de la ciudad,
de sus paisajes y sus tipos, para dirigirse al suburbio –y hay que insistir en
que, como corresponde al sector social con que se relaciona, se trata de
verdaderas excursiones, presentadas como tal–, lo hará para probar su tesis
sobre la equivalencia urbana y cultural de Buenos Aires con las ciudades
europeas, con el plus de la originalidad democrática, imposible de encontrar
en las “viejas” culturas estratificadas. En la primera excursión es guiado por
el intendente Anchorena, “rico, joven, activo, con una sed de progresos y
reformas que no le deja dormir, diríase que encarna el alma insaciable de
esta ciudad”. Como para los apologistas más entusiastas del progreso
argentino, lo que encuentra a su paso le indica una movilidad urbana y
social sin fisuras ni conflictos:
El automóvil rueda por calles pavimentadas de tal modo que París y Berlín podrían envidiarlas.
Ya no estamos, empero, en los barrios elegantes. Hemos atravesado inmensos espacios en los
cuales la edificación es modesta. De vez en cuando, una enorme chimenea de fábrica nos deja
ver que nos hallamos en los arrabales obreros. Nada, empero, de lo que en Europa indica la
pobreza de las clases bajas nos choca. Los “almacenes”, aunque más pequeños que en el
centro, ostentan las mismas vituallas tentadoras. Los chiquillos que juegan en las aceras están
vestidos como los hijos de los burgueses. Sólo de tarde en tarde, un hombre sucio, con el
sombrero deformado y los zapatos rotos, fuma su pipa en alguna esquina: es un emigrante
recién llegado que, dentro de un mes, ya trajeará tan bien cual los obreros criollos. Al cabo de
veinte minutos llegamos a un suburbio en formación. Todavía no están asfaltadas las calles y
ya hay tiendas.[26]
Es mucho más que un relato de lo que ve, como podíamos encontrar en un
Huret; es la radiografía de un proceso social que Gómez Carrillo cree
adivinar in nuce en la ropa de los chiquillos o en las vituallas tentadoras de
los almacenes. Del mismo modo que éstos, todo el vecindario es como el
centro en escala, con su movilidad social en escala (el emigrante
desocupado podrá llegar a obrero en un mes), su edificación en escala, y sus
calles pavimentadas que lo conectan con su futuro: la propia ciudad.
La segunda excursión al suburbio, no podía ser de otro modo en un
miembro de la bohemia periodística como Gómez Carrillo, será para visitar
en su propia cuna el producto cultural que en una década más se va a
reconocer como uno de los principales “hilos” que cosieron la cultura “de
las dos ciudades”: el tango, ya famoso en París y todavía con la aureola de
proscripción en Buenos Aires. Se forma un grupo con otros visitantes –
Blasco Ibáñez es de la partida– que, como corresponde, va guiado por un
baqueano. Se trata esta vez de “un barrio lejano, sórdido y casi desierto”.
Todo aquí es ordinario: las calles, poceadas y llenas de agua; el antro en el
que será el baile, “apenas iluminado por unos cuantos mecheros de gas” y
poblado por “unas cuantas mesas sucias”; los “harapos vistosos” de las
mujeres, a quienes por única vez en todo el libro se permite describir como
feas, patéticas o infames. La claridad diáfana y progresista del barrio obrero
encuentra su reverso exacto en la sordidez del barrio de tango. Es claro que
en este caso se trata de La Boca que, como veremos, justamente ocupa ese
lugar en el imaginario, opuesto al suburbio nuevo. Pero en Gómez Carrillo
la intención del contraste apunta a otro objetivo: nada más lejos del autor
que iniciar aquí una descripción crítica “a la Huret”, porque todo este
descenso a los infiernos del arrabal no es sino el preámbulo retórico
necesario para que la aparición maravillosa del arte produzca la revelación
más contrastante: “En el bouge donde antes no veíamos sino miseria y
vicio, crispación y sordidez, [el tango] ha creado, en el acto, con la magia
de su ritmo pausado y señorial, que parece alargar las siluetas y afinar los
talles, una atmósfera de fiesta galante, mundana y comedida”.
La transfiguración es total:
No reconozco, en efecto, en estas parejas ni a los compadritos del hongo sobre la oreja ni a las
tristes pecadoras de los harapos disparatados. Sin enlazarse, casi sin tocarse, mirando más sus
pasos que sus rostros, sonríen con una sonrisa grave, igual en todos los labios, y ondulan en
pasos complicados, como si estuvieran celebrando un rito de ceremoniosas armonías.
Para un espíritu refinado como el de Gómez Carrillo, lo que debe admirarse
del tango no es ninguna naturalidad “americana”, imposible en una danza
tan elegantemente artificiosa; nada de apelación al salvajismo de la “tierra
cubierta de sudor amoroso”: “el pueblo del campo y la plebe de las
provincias, no tienen tiempo para aprender danzas complicadas”. Se trata,
entonces, del producto más alto de la cultura europea: “un hermano de
aquellas lánguidas pavanas y de aquellos ceremoniosos minués del siglo
XVIII. Es un baile de corte...”.[27] En el fondo, siempre está París como
contrapunto elogioso; y tanto el suburbio obrero diurno, integrador y
aseado, como el nocturno, sórdido y marginal, vienen a probar, cada uno a
su manera, que, como querría creer la élite porteña, Buenos Aires no tiene
nada que envidiar.

2. Cuadrícula suburbana: el plano de la pampa


“En el plano se ve que la verdadera ciudad, la grandiosa ciudad del futuro no lejano,
la ciudad que llenará de orgullo a la América y a la raza, tiene que desarrollarse de
Callao y Entre Ríos al oeste, donde el trazado responde a las exigencias de las
ciudades modernas.”
BENITO CARRASCO, “La ciudad del porvenir”, 1908.[28]

Hay otro suburbio en los años del centenario, el de los pocos –poquísimos–
que distraen su atención de la reforma céntrica e imaginan, en esos bordes
informes de la ciudad con la pampa, “la ciudad del porvenir”. Cuando se
ven las ilustraciones con que Caras y caretas publica en 1908 el artículo de
Carrasco, se advierte la dificultad de tal operación: empedrados desiertos
cruzando la llanura, alambradas, algunos árboles; los únicos rasgos urbanos
son los nombres de las calles debajo de las fotografías y, en una de ellas, la
imagen de un tranvía a lo lejos, enmarcado en una perspectiva de postes de
alumbrado. ¿Eso, la ciudad del porvenir?
El tratamiento del suburbio por las revistas y los diarios en estos años es
realmente escaso: “los barrios apartados” son los lugares de los
acontecimientos pintorescos y las grandes catástrofes naturales, nunca parte
de “la ciudad”. Las quejas del intendente Güiraldez en las Memorias de
1908 y 1909 están plenamente justificadas: “para el concepto general, el
municipio de Buenos Aires es la zona de sus grandes calles y paseos”, pero
la ciudad que debe ser atendida prácticamente con los mismos recursos es
cuatro veces más grande, y los trabajos en los nuevos suburbios
(pavimentos, alumbrado, desmontes, puentes, desagües) nadie los aprecia.
Por supuesto que también para la intendencia el principal problema es que
el municipio ha adquirido una “extensión exagerada [...] que atenta
indiscutiblemente contra los servicios municipales y contra la estética por
ese océano de casas de un piso perjudiciales a la renta y al valor”, lo que
muestra hasta qué punto se mantenía vigente el ideal de la ciudad
concentrada en el imaginario municipal, aunque ahora no quedase más
remedio que aceptar con resignación “los hechos consumados”.[29]
La propuesta de mayor envergadura que en estos años contempla el
conjunto de la nueva ciudad es el plano de Bouvard (1907-1909); se trata de
un plano muy conocido en la literatura especializada, pero sólo por su
propuesta de diagonales céntricas, sin que haya sido habitual un análisis
enfocando sus propuestas para el suburbio. El opacamiento del plano de
1898-1904 sometió al plano de Bouvard a una doble incomprensión: la de
los contemporáneos, que lo discutieron como una propuesta más de
diagonales; la de los historiadores, que siempre lo catalogaron como un
plano que pretendía imponer un modelo haussmanniano inapropiado (por
utópico o colonialista), o, en el mejor de los casos, como una iniciativa que
simplemente arbitró entre las propuestas locales en danza para el centro de
la ciudad.[30] Cuando el plano de Bouvard se coloca, en cambio, en
relación con el plano de 1898-1904, y cuando se advierte que en la
comisión local que formó la intendencia para acompañar al francés en su
trabajo sobresale el nombre de Carlos María Morales, principal responsable
del plano anterior y posiblemente, luego de veinte años de dirigir la
Comisión de Obras Públicas de la Municipalidad, quien más conocía la
ciudad, comienza a percibirse que la importancia del plano Bouvard está en
su propuesta para el suburbio, y que se trata, en verdad, de un ajuste de la
grilla de 1898-1904 a la realidad del primer ciclo expansivo de Buenos
Aires: el intento de ajustar el plano a la ciudad real.

Figura 68
Plano Bouvard, 1909 (Biblioteca del Concejo Deliberante). En esta lámina de la presentación de
Bouvard se destacan sólo sus intervenciones sobre el fondo de la grilla apenas visible. De este modo,
se resalta el carácter puntual de sus propuestas para el suburbio, destinadas a conectar lugares
específicos de la grilla, en un trabajo de “bordado” a gran distancia de las operaciones “utópicas” por
las cuales se lo critica cuando se enfoca sólo en el circuito de diagonales del centro de la ciudad. Al
mismo tiempo, se percibe mejor que en buena parte de las áreas que se proponen reformar la grilla
aún era apenas un dibujo sobre la pampa.

Ya vimos que Bouvard fue contratado por la intendencia de Carlos Alvear


para realizar el plano de mejoras del centenario; el urbanista francés se
había comprometido a realizar trabajos preparatorios en Buenos Aires a
partir de 1907 (estará aquí tres meses ese año, tres meses en 1909 y otros
tres en 1910). En esos momentos de formación del cuerpo disciplinar de la
urbanística en todo el mundo, tal tipo de contrataciones no era infrecuente
ni siquiera en países menos periféricos como los Estados Unidos o España,
apelándose a urbanistas franceses y, en menor medida, alemanes; el
intercambio de experiencias entre los técnicos de los diferentes países era
muy intenso, en el marco del inicio del ciclo de los congresos
internacionales que comenzarán a definir la urbanística como una profesión
y una ciencia. Para entender la contratación específica de Bouvard en
Buenos Aires, cabría aclarar que no se trata de ningún modo del profesional
más expectable del momento a nivel internacional, pero tiene una larga
experiencia de gestión en la París poshaussmanniana, sobre todo en relación
con la organización urbana de las exposiciones universales, tópico
específico con que se lo convoca en los prolegómenos del centenario.[31] Y
esta evaluación es muy importante frente a las muchas veces caprichosas
imputaciones de la época que, en realidad, estuvieron movidas por
rivalidades o despecho profesional: el caso paradigmático es Jaeschké, pero
no deja de ser ilustrativo Schiaffino, que varios años después todavía oscila
entre referirse al plano Bouvard como “los rumbosos proyectos de Bouvard
y Pécuchet”, o como “el hermoso proyecto Bouvard”, de acuerdo a que los
temas que le interesa defender en cada caso coincidan o no con sus propias
propuestas.[32] Tal vez la mejor demostración de la aceptación media del
campo profesional de esa contratación en particular y del mecanismo en
general sea, en cambio, que la revista Arquitectura, órgano de la Sociedad
Central de Arquitectos, celosa como pocas del reconocimiento y la
jerarquización de los profesionales locales, no impugna la contratación sino
apenas las condiciones, el escaso tiempo de permanencia en Buenos Aires
exigido a Bouvard, postulando que en tales condiciones debió ser llamado
simplemente como asesor y para colaborar con la formación de un equipo
local, pero ratificando que en estos temas todavía son necesarios los
expertos extranjeros.
Creo que una lectura productiva de todo el episodio de la contratación de
Bouvard radica, entonces, en advertir que en la realidad ocurrió algo
bastante parecido a lo que reclamaba el órgano de los arquitectos: de alguna
manera Bouvard funcionó como consultor, ya que el peso que tuvo en la
elaboración del plano la comisión local, encarnada en la figura de Morales,
fue decisivo.[33] Para percibir este cambio de valoración se debe desplazar
el foco del debate sobre las avenidas y diagonales céntricas y prestar
atención al plan global de Bouvard para el conjunto de la ciudad: llama la
atención la precisión y el extremo realismo de cada una de las reformas
propuestas para el suburbio, al punto de producir, más que la imagen de un
ambicioso proyecto urbano, la de un mezquino zurcido de microproyectos
de avenidas y parques.
Pero ¿qué significa realismo en el contexto suburbano que presentamos,
cuando el conjunto del plano era aún en su mayor parte un trazado
imaginario proyectado sobre la pampa, el delirio de grandeza de un
geómetra soñador, en los términos de Rusiñol? En ese contexto, realismo
puede significar cosas diferentes. En sentido amplio, significa la aceptación,
detalle por detalle, de la grilla de 1898-1904, es decir, la aceptación de las
condiciones de un plano que la municipalidad impuso sobre el mercado de
tierras como base jurídica. Para ver la excepcionalidad de este realismo en
el debate urbano del período, basta con comparar el plan Bouvard con la
propuesta contemporánea de reformas de Chanourdie, el único de los
técnicos activos en el debate que no rechaza la idea de la expansión
cuadriculada de la ciudad, sobre la que propone un sistema geométrico de
diagonales regulares, pero al que nunca define ni diseña por fuera del radio
de la ciudad tradicional, como si el suburbio todavía pudiese ser motivo de
libre disposición de calles al margen de los compromisos jurídicos
implicados en la grilla del plano de 1898-1904.[34]
En sentido más específico, realismo significa operar conscientemente
sobre ese plano en función de reformas muy puntuales. Un tipo de
intervenciones propuestas va en la dirección de una mayor abstracción de la
grilla: busca aumentar la universalidad de las comunicaciones,
obstaculizada parcialmente en el plano de 1898-1904 por los loteos
preexistentes y los sectores de traza ya materializados (a ambos obstáculos
se refiere Morales como limitaciones del plano de 1898-1904; a ambos
objetivos se refiere la memoria del plano de Bouvard). El otro tipo de
intervenciones propuestas va en la dirección de una mayor concreción:
busca favorecer la mutua comunicación entre los escasos núcleos ya
poblados de la grilla homogénea. En el primer caso, se busca perfeccionar
el abanico de la grilla y, sobre todo, la continuidad de las comunicaciones
transversales, en sentido norte sur; en el segundo caso, se busca concretar
con avenidas y centros de articulación puntuales contactos específicos
demandados por la ocupación real del suburbio. Y es en este tipo de
realismo donde encontramos la constatación más interesante del sentido
coyuntural del plan Bouvard, porque proviene de una fuente que señala el
exacto reverso de las recusaciones de que fue objeto, mostrándonos cómo
podía entender el plano una mirada desde el suburbio, una mirada,
nuevamente, descentrada: se trata de la visión del plan desde una
“subintendencia” suburbana.
Desde la gestión Güiraldez (1908-1910) había exisitido un esbozo de
descentralización administrativa en tres subintendencias que respondían a
los “pueblos” tradicionales de La Boca, Flores y Belgrano; en la gestión
Anchorena (1910-1914) se forma la cuarta, Vélez Sársfield, para atender la
expansión del sudoeste. El funcionario municipal nombrado al frente de
esta flamante subintendencia, Luis Mohr, en su Memoria de 1912 presenta
una de las escasísimas fuentes que, en el período, muestran el otro lado de
la visión de la expansión, el de los problemas concretos de los
asentamientos reales en el damero universal: en el capítulo “Caminos
vecinales” reclama que se cumpla con el “plan de caminos diagonales” de
Bouvard, de modo de abrir y pavimentar aquellos que permitirían unir Villa
Devoto con el centro de Vélez Sársfield, y Liniers con Nueva Chicago. En
defensa de su reclamo, Mohr señala que el amanzanamiento universal que
aparece en los planos del Departamento de Obras Públicas (la grilla de
1898-1904) por ahora sólo está en el trazado, ya que muy pocas calles
existen realmente; asimismo, materializar esas calles (y mantenerlas luego)
sería mucho más caro que hacer sólo las “diagonales” que él ve en el plano
Bouvard, que conectan directamente los puntos poblados (la típica crítica
economicista al damero, que lo ve como una enorme super-estructura de
gran costo sólo para trazar una ciudad virtual, ya que en realidad sólo se
desarrollan algunos núcleos urbanos). Para Mohr, entonces, el plano
Bouvard permitiría “remover las dificultades que, para toda comunicación,
ofrecen los campos existentes entre las villas Urquiza, Devoto, Real, del
Parque y Liniers”.[35]
El reclamo de Mohr nos muestra el malentendido inverso que genera la
relación del plano Bouvard con la cuadrícula de 1898-1904, porque, en
definitiva, nos muestra otro aspecto de las omisiones: la incomprensión de
los efectos de la grilla por parte de los mismos funcionarios que debían
administrar su desarrollo. Para la mirada “de coyuntura” de la
subintendencia, los pocos centros realmente poblados en el suburbio son
“villas” aisladas, separadas entre sí por enormes “campos”, y a las que no
imagina expandiéndose necesariamente hasta unirse unas con otras; y en
esto es completamente coherente con la perspectiva con que las sub-
intendencias fueron creadas, tomando como modelo los pueblos que
Londres anexó a la administración municipal manteniendo su
individualidad.[36] El único obstáculo en la analogía es que el modelo
londinense no sólo supone la existencia en el contorno de la ciudad de
poblados muy antiguos, resistentes a la absorción de la expansión
metropolitana –el contraste con el vacío de la pampa no podría ser mayor:
el “pueblo” de Belgrano había sido creado apenas cincuenta años atrás, por
no hablar del conjunto del suburbio que es producto directo de la expansión
metropolitana de comienzos de siglo–, sino que también implica un
dispositivo de expansión exactamente opuesto al de Buenos Aires, no a
través de la cuadrícula universal, que presupone la futura ocupación
homogénea de todo el territorio, sino a través de los “suburbios jardín”, con
su sistema de instalación de urbanizaciones conclusas en un territorio rural.
La utilidad que les ve Mohr a las “diagonales” del plano Bouvard da
cuenta de que no ha comprendido su operación de bordado sobre la grilla de
1898-1904, pero al mismo tiempo nos habla del cuidadoso diseño con que
cada una de esas “diagonales” había buscado resolver cuestiones precisas
de la expansión realmente existente: el hecho de que Mohr las pueda
entender como “caminos vecinales” que resuelven situaciones acuciantes
demuestra implícitamente que esas reformas puntuales no fueron trazadas al
azar (y por eso sólo pueden ser atribuidas a alguien como Morales). Lo que
también llama la atención, si contrastamos ese “realismo de la grilla” con la
incomprensión de los propios funcionarios de la administración municipal
sobre sus efectos, es la continuidad de gestión y de concepción que un
grupo de funcionarios técnicos, aquí representado por la persistencia de
Morales, ha logrado imponer, por fuera de cambios políticos y de
contrataciones extranjeras.
Por eso, desde el punto de vista de la autonomía exigida a un “plan
urbano”, el plan Bouvard es incomprensible: porque reforma con
minuciosidad algo inexistente. Traza una abstracción sobre otra: no deja de
ser perturbador, al ver los dibujos, reconocer que las avenidas y diagonales
que en los modelos europeos de origen se destinaban a abrir densos sectores
de ciudades compactas, históricas, aquí se piensan como caminos rurales
para conectar centros poblados, o como un cuidadoso bordado en una grilla
regular sobre el desierto, para regularizar aún más, conectar aún más y
universalizar aún más la cuadrícula de 1898-1904, ratificando la
imposibilidad material y conceptual (en el sentido de la teoría urbanística y
del significado cultural que la sostiene) de un Haussmann en la pampa.

Una segunda intervención sobre el futuro del suburbio que conviene


analizar es la del propio Benito Carrasco, con cuya cita abrimos este punto.
Carrasco es un ingeniero agrónomo dedicado a los temas de urbanismo;
durante las intendencias de Arturo Gramajo (1914-1916) y Joaquín
Llambías (1916-1919) sucederá a Carlos Thays en la dirección de Parques y
Paseos (de 1914 a 1918: a él se debe la realización del Balneario Municipal
en la Costanera Sur y el Rosedal de Palermo) y en la década del veinte
tendrá un importante rol en el debate público sobre la ciudad, desde la
Asociación Amigos de la Ciudad o las columnas de La Nación, o
colaborando con la bancada demoprogresista en el Concejo Deliberante.
[37] Su artículo de 1908 forma parte del debate abierto por la contratación
de Bouvard y la consiguiente propuesta de realización del plano de mejoras
para el centenario; la publicación en Caras y caretas no sólo indica la
difusión y el interés público del tema, sino una constante en la carrera de
Carrasco: su exclusión consecuente de los medios profesionales de la
arquitectura, donde nunca encontrará legitimación como urbanista. Y no
sería desacertado suponer que, en 1908, tal distancia de los cenáculos de la
discusión urbana profesional sea directamente proporcional a la
originalidad –excentricidad, podría reiterarse– de su enfoque:
Todos los proyectos y planes presentados [para la modificación de la planta urbana de Buenos
Aires] se concretan a la apertura de avenidas costosas y de difícil realización, o al ensanche de
calles por procedimientos lentos y poco prácticos; todo dentro del radio comprendido por
Callao y Entre Ríos [...] como si esos boulevares fueran los límites infranqueables del
municipio.[38]

Figura 69
Imágenes del artículo de Benito Carrasco, “La ciudad del porvenir”, Caras y Caretas, 22-2-1908:
“Plan de la futura Buenos Aires”, trazado al oeste de la avenida Callao-Entre Ríos, con un sistema de
parques-centros zonales (en círculos) y con una cruz en el baricentro de la nueva ciudad para situar el
centro de gobierno.

Pero si esa excentricidad le permite ver el conjunto del plano de la ciudad


sin prejuicios y entender como miopía, entonces, el seguir considerando “al
núcleo que llamamos ‘centro’ como la ciudad de Buenos Aires”, al mismo
tiempo es importante reconocer que una mirada así está posibilitada por una
posición teórico disciplinar nada marginal; por el contrario, se trata de la
asunción más plena en el medio local de los postulados de la urbanística
pintoresquista en su versión de ciudad jardín, posición, como vimos,
completamente hegemónica en la ideología profesional del período.
Más allá de la propia heterodoxia y precariedad con que Carrasco, de
todos modos, asuma las teorías de la ciudad jardín, lo interesante es que lo
llevan a encontrarse inevitablemente con las posiciones del primer gran
descentralizador de Buenos Aires, Sarmiento, quien no casualmente se
apoyaba en la experiencia de la ciudad anglosajona, en la que encarna con
naturalidad el tipo de expansión suburbana que teorizaría luego la
urbanística pintoresquista.[39] Como Sarmiento treinta años antes, Carrasco
defiende su posición en función del costo económico de la reforma céntrica;
aquí vemos cómo la aceptación del nuevo clima de ideas en el debate
técnico le permite convertir la reacción moral contra las “fantasmagorías
tan costosas como irrealizables” de las expropiaciones céntricas –que en un
Payró queda limitada necesariamente a postular un quietismo, malgré lui,
conservador– en una apuesta reformista a favor de la expansión. También
como Sarmiento, Carrasco organiza la posible expansión excéntrica en
torno a grandes parques combinados con edificios públicos, como núcleos
generadores de cualidad urbana y estructuración cívica y comunitaria,
distribuidos equitativamente en el conjunto del plano.
En el subrayado está la diferencia, obvia, con los tiempos de Sarmiento:
ahora la descentralización tiene como referencia inevitable el nuevo límite
del municipio ampliado en 1887, lo que implica considerar como ciudad
futura una figura ya diseñada en el territorio, que propone por sí misma una
expansión regular en abanico desde el núcleo de la ciudad tradicional hacia
todos los puntos cardinales. Novedad respecto a Sarmiento que genera el
principal aporte de Carrasco al debate descentralizador, la innovación que
volverá, en los años veinte y treinta, una y otra vez como demanda
reformista: si se acepta la nueva figura territorial del municipio ampliado
como unidad urbana, entonces se hace evidente la necesidad de una
“recentralización” física y simbólica; por eso Carrasco propone la ubicación
del palacio municipal “en el centro del ‘verdadero’ municipio y no en un
extremo como el presente”. A diferencia de Sarmiento, para quien la
descentralización implicaba la realización de una “ciudad nueva” lejos y
afuera de la ciudad tradicional, como dos entidades independientes, lo que
está diciendo Carrasco es que la ciudad nueva es el conjunto del nuevo
territorio generado por la ampliación jurisdiccional; por eso, sólo con una
mirada excéntrica se la puede entender, porque es esa ampliación la que
descentró a la ciudad tradicional dejándola en un extremo de la futura
ciudad.
Es difícil sobreestimar la radicalidad de un planteo como éste en 1908,
cuando las propuestas descentralizadoras más audaces del campo
profesional se limitaban a la erección del palacio municipal en plaza Once.
No se trata sólo de unos kilómetros más o menos al oeste; se trata de la
comprensión del significado hacia el futuro de la nueva figura urbana y su
aceptación más rotunda: la necesidad de una completa recomposición
simbólica de la ciudad tradicional. Al mismo tiempo, Carrasco ofrece una
salida para los postulados municipalistas de discriminación clara entre
ciudad y nación: al plantear que el municipio se haga cargo de la nueva
figura completa de la ciudad, instalando su gobierno en el “verdadero”
centro, se está planteando también la separación del gobierno municipal del
centro tradicional del gobierno nacional, la Plaza de Mayo, proponiendo
una resolución en el plano del conflicto de poderes y atribuciones que,
como vimos, comienza a plantearse con crudeza hacia el centenario. Sólo
hace falta volver a ver las fotografías ya mencionadas con que Carrasco
ilustra el artículo para entender cómo podía recibirse una propuesta como la
suya: la fotografía que muestra la intersección de las calles Chubut y
Camargo, con su sendero de árboles como si fuera el acceso privado a una
chacra en medio del campo, es la imagen más cercana al punto céntrico del
“verdadero municipio”: se trata de colocar el nuevo “centro” en el mismo
vórtice del campamento provisorio que todos repudian o intentan ignorar.
Pero Carrasco no se hace cargo por igual de todas las consecuencias del
plano de expansión: atiende a la nueva figura urbana creada en 1888, pero
es incapaz de aceptar que ella además ha sido cubierta, desde el plano de
1898-1904, por la grilla cuadriculada en toda su extensión. Y éste es el
punto en que las omisiones se hacen más interesantes, porque ya no
implican la incomprensión de todo el proceso de expansión urbana, sino
que aparecen en alguien extremadamente alerta a algunas de sus novedades.
No es sólo que Carrasco no vea la grilla; lo más importante es la aporía que
anida en esta omisión: las razones por las cuales no puede aceptar la
cuadrícula radican, precisamente, en su concepción pintoresca, que es la
que le permite aceptar la expansión suburbana en algunas de sus
consecuencias más radicales. El territorio al oeste de la ciudad tradicional
puede ser para él campo de experimentación de una ciudad verdaderamente
moderna por una serie de razones que hacen a la estética pintoresca: porque
allí encuentra “desniveles y ondulaciones que hacen desaparecer la tan
criticada ‘chatura’ de la capital”; porque toda su extensión está atravesada
por un arroyo como el Maldonado, cuya canalización y ensanche
“contribuirá en mucho a hermosear la ciudad”; y, principalmente, porque
allí el trazado “abandona la famosa disposición de ‘damero’”, lo que
permitirá “la formación de barrios modelo –tipos ‘cottage’ u otros”.
Carrasco se abstrae de la grilla y en el plano sólo ve lo que coincide con su
imagen de “ciudad moderna”: un paisaje más variado –con lo que
demuestra una destacable imaginación, vale aclarar– y un sistema de
avenidas (Chiclana, Santa Fe-Cabildo, Camino Puente Alsina, Alvear)
“como diagonales perfectas que se abren en abanico”.
A su manera, como Mohr con el plano Bouvard, Carrasco selecciona del
plano de 1898-1904 sólo algunos elementos, como si el territorio vacío
pudiese también convertirse en un plano vacío, sin ver cuánto han sido
afectados mutuamente por la grilla o, por lo menos, sin plantear ningún
camino de alternativa para permitir superarla, superando no sólo sus
implicaciones jurídicas sino también su concepción de la ciudad como un
todo universalmente comunicado. Esa grilla ominosamente presente para
los viajeros como diagrama universal inapelable es simplemente ignorada
por Carrasco, porque su idea de modernidad ya no puede aceptar la
modernidad de la cuadrícula. Y si éste es el punto en el que coincide con
todo el debate urbanístico del centenario más allá de los límites teóricos con
que se asumían las hipótesis pintoresquistas, el contraste entre la
modernidad de los “trazados variados” y la realidad de la grilla no hará sino
profundizarse: en 1916, en una de sus primeras intervenciones públicas, el
muy joven Carlos María della Paolera, renovador del debate urbanístico
local y continuador en los años veinte y treinta de posiciones
descentralizadoras como las de Carrasco, escribe en la Revista de ingeniería
que “el monótono damero ideado por don Juan de Garay [...] ha sido
transplantado sin modificación a los diversos barrios en que se ha ido
extendiendo [la ciudad]”; un “criterio estrecho” que no da intervención “a la
parte estética” porque tiene “horror a la diagonal y a la curva”. La línea
recta y la manzana sólo se transgreden por “mezquinas condiciones”: “por
la conveniencia de los propietarios, por la dirección de un antiguo camino”,
es decir, privilegios tradicionales o rémoras de la ciudad antigua; esta
“desolante monotonía” combina en verdad el respeto a la tradición y la
“aplastadora supremacía de las tendencias utilitarias” y sólo se ve
contrariada por la “pequeña mancha de modernización” del trazado curvo
de las calles del “barrio-parque” en construcción de Palermo Chico.[40] De
modo tal que estos juicios sobre la cuadrícula, estas omisiones con respecto
a su rol público en el suburbio, se repetirán una y otra vez y son en buena
medida corresponsables de la perduración, una y otra vez, del plano
cuadriculado, que apenas se limitó, entre tanto, a cumplir sin obstáculos su
designio regularizador, completándose lote por lote, manzana por manzana,
frente a un repudio genérico pero impotente, que convertirá la ausencia de
alternativas en víctima inocente de una especulación depredadora, a la que
más y más se le atribuirá la autoría y la responsabilidad del damero, por
fuera de todo designio público.

Por último, una tercera aproximación a la expansión porteña en estas


primeras décadas; su interés, en cuanto a su capacidad de iluminación y
proyecto de una nueva ciudad, radica exactamente en lo opuesto que
Carrasco: la comprensión de la cuadrícula, su incorporación a una lectura
capaz de celebrarla como marca esencial de la Buenos Aires moderna. La
encontramos en un artículo de Alberto Gerchunoff, en el que de algún modo
traslada a la ciudad el optimismo a toda prueba sobre el porvenir argentino
que ya había manifestado en su libro más famoso, Los gauchos judíos. Paz,
prosperidad e integración: como señala Viñas, el libro, desde la propia
reunión de términos que propone el título, entronca sin fisuras en el
optimismo oficial del centenario, y lo mismo puede decirse, también
comenzando por el título, del artículo “Buenos Aires, metrópoli
continental”, publicado en París en 1914.[41] Hay un punto en el que,
efectivamente, Gerchunoff se limita a modular variantes de los cantos
inmoderados al progreso argentino que se encuentran en algunos álbumes o
poemarios conmemorativos; pero hay, en cambio, otros rasgos que
muestran una operación sumamente diferente. El primero, en todo caso, es
romper con el clima de pesimismo antimoderno y antimetropolitano de su
generación literaria: ya lo citamos retractándose, en 1916, por las
“injusticias” cometidas contra Buenos Aires por su grupo juvenil;
recordemos simplemente que la circunstancia era el banquete de homenaje
a un Gálvez cristalizado cada vez más en aquella sensibilidad
antimetropolitana, para advertir hasta qué punto se trató de una petición de
principios.[42] Pero la novedad más importante es que su modo del
optimismo llevará en el artículo a una de las primeras formalizaciones
literarias de un imaginario moderno futurista para Buenos Aires.
En “Buenos Aires, metrópoli continental” Gerchunoff va a buscar
levantar uno a uno los cargos, habituales en la élite local y en la gran
mayoría de los visitantes extranjeros, contra la ausencia de cultura de la
ciudad, entendida como ausencia de tradición, tal cual es percibida por una
mirada desde Europa. Pero a diferencia de Gómez Carrillo que, como
vimos, persigue el mismo objetivo, Gerchunoff no va a intentar mostrar que
Buenos Aires comparte con la cultura europea refinamiento y belleza, sino
que va a postular su más extrema “americanidad”, en el sentido en que el
término estaba connotado desde el siglo pasado en el mundo centroeuropeo.
Allí, con Amerikanismus se hacía referencia, entre la admiración y la
desconfianza, al utilitarismo norteamericano, al universo de progreso
técnico, a su peculiar manera de extender sin obstáculos “culturales” los
procesos de apropiación del territorio y de racionalización de las relaciones
sociales: digamos, el modelo social y cultural que hace posible el capitalista
weberiano, modelo del cual un importante sector de las vanguardias
artísticas y arquitectónicas europeas tomaría elementos muy diversos –
desde la cadena de montaje hasta el rascacielos– para traducirlos en
poderosísimos motivos estético-ideológicos, en íconos y, a la vez, en
metáforas condensadoras de un imaginario de la modernidad. Dice
Gerchunoff:
Buenos Aires carece, no de tradición histórica, sino de tradición lugareña. No hay castillos
medioevales que evoquen el vivir de príncipes y leyendas de amores dramáticos y crímenes
tenebrosos; no hay rincones de sombría tristeza, callejas torcidas de barriadas lúgubres que
sinteticen ante el espectador contemporáneo viejos episodios. [...] Todo es joven en Buenos
Aires, todo es de ayer, todo será de mañana. Y hacer desdeñosos mohínes por eso es como
mirar con desdén a un adolescente robusto y pletórico porque, en su belleza viril, no ofrece las
huellas de la vejez, melancolía de canas, melancolía de arrugas...[43]

En realidad, la operación de Gerchunoff es doblar la apuesta sobre el


paralelo ya trazado entre Buenos Aires y Nueva York. Ahora no se trata de
mostrar a la primera como “contraparte latina”, es decir, espiritual, del
utilitarismo de la segunda, como querían los visitantes peninsulares y, sobre
todo, como proponía la dicotomía divulgada en América Latina a partir de
1900 por el Ariel de Rodó. Ahora se trata de identificarlas en su
americanidad, de modo tal de capitalizar en favor de Buenos Aires los
cargos del vitalismo futurista contra Europa: los mismos motivos que
postulan la decadencia de occidente son los que pueden revertirse de modo
optimista para señalar las virtudes de los pueblos “jóvenes”, “sanos”,
“robustos”, para lo que Gerchunoff va a utilizar toda la artillería de la
retórica sincopada del “progresismo maquinista”:
Ciudad que amontona fábricas, que acumula usinas, que aglomera cómodas viviendas para el
grueso público, que rompe sus callejas y las convierte en avenidas, que teje en lo alto pisos y
pisos para oficinas, que yergue universidades, colegios, hospitales, donde los mecánicos
combinan acueductos, puentes, guinches, donde los químicos estudian fórmulas, es la ciudad
moderna, la ciudad del hombre que anda en ferrocarril, que comercia en raudos transatlánticos,
que inventa la aviación.[45]

Como la ciudad, en este imaginario, debe definirse por “el progreso técnico
y científico aplicado al bienestar”, la superioridad de Buenos Aires, gracias
a su ausencia de tradiciones, no conoce límites:
No tiene tradición, se dice, y esto es su beneficio inmediato. ¿Cómo derrumbar una vieja
columna, un viejo paredón que impide el desarrollo lógico de una calle, de una ciudad, si esa
columna, si ese paredón revive para el somnoliento erudito y para el turista distraído un
sombrío poema o un hecho supuesto? No poseemos por allí columnas antiguas, muros
evocadores;

las ruinas, explica Gerchunoff, que hacen interminables las vacilaciones a la


hora de modernizar esas viejas ciudades, más que tradicionalistas, que
viven enclaustradas en su prejuicio “y son por eso, bajo el aspecto del
progreso técnico, incompletas y estrechas”. Pues bien: “Nosotros no
conocemos esos obstáculos. Realizamos lo maravilloso cotidianamente. [...]
Somos los bárbaros, los hermosos y rudos bárbaros de la civilización”.[46]
La refutación del regeneracionismo es lo que aparece en primerísimo
lugar: si para Rojas el gran problema de la babel metropolitana, lo que
debía abolirse, era la confusión entre civilización y barbarie, la mezcla
ecléctica y sin cultura; y si en todo caso para Gálvez debía invertirse en la
fórmula sarmientina la valoración entre sus términos para descubrir nuevas
virtudes en la barbarie, pero entendida entonces como “verdadera” cultura,
la fórmula de Gerchunoff propone una reutilización de la antinomia que
rechaza toda variante espiritualista, proponiendo la positivización de
aquello doblemente demonizado. “Somos los bárbaros de la civilización” es
la distorsión de la fórmula del Facundo como recuperación plena de la
celebración sarmientina de los Estados Unidos: es la recuperación de un
Sarmiento que permite trazar relaciones con otro bárbaro americano, Walt
Whitman; como el propio Gerchunoff admite, la recuperación de su
“idioma de bramidos”. Para entender la excentricidad del planteo hay que
recordar que, como mostró Terán, desde fines de siglo el
antinorteamericanismo espiritualista se ha renovado políticamente con un
perfil antiimperialista.[47] De todos modos, ésta es la manera de oponerse
de Gerchunoff tanto al regeneracionismo como al positivismo local, que
aunque llegara a denunciar la “decadencia” europea, nunca había llegado a
celebrar el utilitarismo norteamericano como valor; basta recordar las
observaciones de Cané sobre Nueva York en 1884 o ver la salida “idealista”
que intenta el positivismo tardío de José Ingenieros y la Revista de Filosofía
en los años posteriores al centenario, para advertir que la reivindicación
materialista de Gerchunoff lo lleva por otros rumbos.[48]
Quien mejor registra las implicaciones de esta neoyorquización de
Buenos Aires es Gómez Carrillo: al comienzo de su libro explica que la
lectura de “Buenos Aires, metrópoli continental” en París, justo antes de
embarcarse, le hizo creer con disgusto durante todo el viaje que iba a llegar
a otra de esas ciudades “parecidas a las famosas ‘casas eléctricas’ de las
Exposiciones Universales”: “¡Ir a ver otro Nueva York, otro Chicago; ir a
vivir entre tumultos de hierro, entre vértigos de ascensores, entre
vibraciones de rieles!... ¡Ah, no!”. El artículo de Gerchunoff le pareció
escrito más que por un artista “por un maquinista”; afortunadamente, dice
Gómez Carrillo, advertiría alborozado a su arribo a la ciudad que
Gerchunoff había inventado una Buenos Aires inexistente, que buscaba
ocultar, por afán provocador, su expresa familiaridad con París, Roma o
Viena, esos “amores retrógrados” del dilettante exquisito que “tienen la
osadía de ser menos cómodos que Chicago o Berlín”.[49] Si Gómez
Carrillo describe la Buenos Aires que el establishment cultural quiere ver,
Gerchunoff hace la paradójica celebración de una ciudad en la que muy
pocos querrían reconocerse. Por supuesto que en un punto también el
argentino se reserva el lugar aristocrático del artista que puede celebrar la
voracidad juvenil e inculta del pioneer americano porque comprende al
mismo tiempo la alta cultura europea, proponiéndose como puente entre las
dos, como traductor; pero lo cierto es que en su defensa de una modernidad
sin raíces para Buenos Aires, da forma a un gesto plebeyizante que
prácticamente lo aísla de la cultura intelectual, vinculándolo con la
adoración por el progreso norteamericano que en el período sólo se
encuentra –también con matices y contradicciones– en las revistas
ilustradas y que comenzaría a desplegarse a través de los medios masivos y
el cine en la cultura popular. Se trata, en síntesis, de la confrontación de un
imaginario aristocrático contra otro progresista, en un sentido lato.
Y el punto de fricción más alto entre ambos imaginarios se va a producir,
justamente, en el tema de la cuadrícula: Gerchunoff se apoya en el cambio
de caracterización ya generalizado de la grilla, pero para reivindicar ahora
en ella la modernización radical que todos han descubierto horrorizados.
Esto reúne en la vereda de enfrente, como vimos, a todos los observadores,
desde Rusiñol hasta Gómez Carrillo: la única diferencia entre ellos en este
punto es que mientras para Rusiñol la cuadrícula instalada “en las calles, en
los corazones y en las costumbres” es además la explicación de que
“Buenos Aires es triste”, para Gómez Carrillo no se trata de tristeza sino de
“una fealdad urbana innegable e insuperable”: “En Buenos Aires, tan limpio
y tan alegre, la belleza resultaría enteramente parisiense de no ser por las
malditas líneas rectas, que hacen imposible las perspectivas y que imponen
la monotonía [...] ¡Ah, las manzanas, las odiosas manzanas de las
Américas!”.[50] Si en la grilla se repudia ahora la descaracterización y la
anomia de la sociedad metropolitana y la explotación capitalista del
territorio, y si para las disciplinas que se ocupan de la ciudad, por
añadidura, se trata de una modernización que debería ser corregida por la
acción de la urbanística “moderna”, la pintoresca, la originalidad de
Gerchunoff radica, simplemente, en completar la inversión, invirtiendo
también la valoración: en la Buenos Aires progresista y utilitarista que él
retrata, todas las implicaciones modernas del damero son motivo de
celebración:
Eso es Buenos Aires. No tiene las encrucijadas pintorescas de las ciudades añejas, no tiene la
pátina, como el “Pensador” de Rodin, no tiene las grietas de la Venus de Milo. Las calles son
rectilíneas, largas, y la ciudad se dispone en los cuadrados perfectos de un damero. ¿Es feo?
¡Es bello! La línea recta es hermosa cuando es infinita, y Buenos Aires se tiende sobre líneas
rectas e infinitas, porque sus fundadores, sus continuadores y sus hombres de hoy, conciben la
belleza en lo infinito.[51]

El cambio de óptica es completo: no sólo se abandona el repudio, no sólo se


abandona también la aceptación resignada del hecho consumado, de la
fatalidad, sino que se convierte la cuadrícula en un valor que caracteriza lo
más potente de Buenos Aires; pero, sobre todo, se lo hace ahora no desde
un racionalismo decimonónico sino desde la pasión vanguardista por la
abstracción y la geometría: muy pocos años después, uno de los principales
oponentes a la hegemonía de la urbanística pintoresquista, Le Corbusier,
acuñaría su célebre frase “la línea curva es la línea de los asnos, la línea
recta es la línea de los hombres”. También es pasión por la claridad de
funciones, extraída de la lógica maquinista:
[...] el cuadrado exacto y sucesivo evidencia la simetría fácil, el orden riguroso, que permite
desarrollar sin complicación artificial, las actividades de un pueblo hacendoso. Imaginaos una
industriosa dueña de casa que lleva a cabo en la jornada las múltiples tareas del hogar [...]
¿Puede ella desempeñarse en una casa de escaleras complicadas y de pisos superpuestos? Ella
necesita la casa de cuartos contiguos, que es lógica porque es fácil, que es bella porque es
limpia. [...] Así, Buenos Aires, ciudad populosa, hirviente, industriosa, fabril, necesita el orden
estricto, que no excluye la infinitud, que no rechaza, sino caracteriza a la grandiosidad. Es
suntuosa porque el progreso, que es aprovechamiento de la acción, es suntuario, como lo
demuestra la observación de una locomotora o de un transatlántico: el adorno de bronce es un
remache, es un refuerzo; sirve a lo primordial siendo ornamento. Empleamos ciegamente la
mecánica. Canalizamos la elaboración de todos los talleres científicos del mundo y por esa
causa, Buenos Aires, es tan cómodo, tan elegante, tan airoso en su simplicidad absoluta.[52]

Con la retórica típica del “modernismo de la modernización” –como tan


bien caracterizó Merquior el modernismo brasileño– Gerchunoff se asoma
al filo revulsivo de la vanguardia estética.[53] Sabemos que se trata de un
tipo de vanguardia estética que no tendrá demasiados cultores en Buenos
Aires, donde más bien se va a desarrollar masivamente el tipo de
modernismo que deriva de la abstracción clasicizante esbozada en las
diferentes variantes del “partido de la sobriedad” –sólo basta señalar que
aquello más unánimemente repudiado aun que la cuadrícula por la
renovación urbana y arquitectónica local en las primeras décadas del siglo
es el rascacielo–. Sabemos también que Gerchunoff mostró escasa
consecuencia en su práctica artística e intelectual posterior con esta
colocación; pero es sumamente sugestivo que adopte esa postura para
referirse, en completa soledad, precisamente a la cuadrícula.[54]
Podría decirse que, en 1914, el utilitarismo americanista de Gerchunoff,
más que una deliberada opción estética por las vanguardias artísticas, es una
provocación ideológica contra el espiritualismo hegemónico en Buenos
Aires; encuentra en la cuadrícula el mejor instrumento de defensa de una
cultura progresista y plebeya, sin raíz, porque él mismo, como inmigrante,
advierte que todos los otros caminos de búsqueda de la identidad ensayados
por sus compañeros de generación dejan afuera los rasgos de la cultura y la
sociedad locales que hacen posible su propia existencia. Obviamente, se
trata entonces de una reivindicación abstracta de la cuadrícula, que omite su
rol efectivo en el suburbio real, el que en esos mismos momentos se
desperdigaba por la pampa realizando la forma cuadriculada de la manzana;
pero abre el camino a una contemplación completamente nueva de ese
mismo fenómeno. Si Carrasco marca un punto de inflexión con respecto a
la percepción del conjunto del territorio metropolitano, Gerchunoff lo marca
con respecto al damero que convierte ese territorio en objeto cultural;
ambas miradas son completamente marginales y no es claro que hayan
recibido demasiada atención, incluso menos que los “caminos vecinales”
del plan de Bouvard. Vistas desde ahora son, con sus limitaciones,
omisiones más parciales sobre el proceso de suburbanización que las de la
cultura establecida, nos permiten entender otros aspectos de esa nueva
ciudad que se estaba construyendo, agazapada detrás de los bordes de la
ciudad tradicional.

Notas
1 Santiago Rusiñol, Un viaje al Plata, cit., p. 295.
2 La población de Buenos Aires pasó de 950.891 habitantes en 1904 a 1.231.698 habitantes en 1909,
lo que significa un 29% de crecimiento, contra el 30.5% de Hamburgo, el 28.5% de Nueva York,
el 16.9% de Berlín o el 9% de Londres en el mismo período; la información está procesada por
Alberto Martínez en el Censo General de Población, Edificación, Comercio e Industrias de la
Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, Compañía Sudamericana de Billetes de Banco, 1910,
tomo 1 (el censo fue levantado el 16 y 24 de octubre de 1909).
3 Los datos están elaborados a partir de los que provee el mismo Censo en su análisis circunsripción
por circunscripción. He preferido nombrar las áreas de la ciudad con sus nombres convencionales
y no con el nombre estricto de las circunscripciones o su numeración.
4 Sobre los trazados tranviarios en 1904 y en 1914, véase Charles Sargent, The Spatial Evolution of
Greater Buenos Aires, Argentina, 1870-1930, Tempe, Arizona State University, 1974, pp. 67-68.
Más adelante, en el capítulo 3 de la tercera parte, me detengo específicamente en ciertos
problemas del desarrollo del transporte.
5 Adolfo Posada, La República Argentina. Impresiones y comentarios (Madrid, 1912), Buenos Aires,
Hyspamérica, 1986, p. 54.
6 Adolfo Prieto, Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura nacional argentina. 1820-
1850, Buenos Aires, Sudamericana, 1996, p. 17.
7 Para establecer cantidades relativas de viajeros, he trabajado con el muy completo estudio de
Susana Santos Gómez, Bibliografía de viajeros a la Argentina, Buenos Aires, FECIC/IAHH,
1983, 2 tomos.
8 Rómulo Carbia escribe una dura nota sobre el patrioterismo de los argentinos en su relación con los
viajeros y sobre la absurda pretensión de que Buenos Aires sea llamada “la segunda ciudad latina
después de París”, en “El alma nuestra”, Nosotros, tomo 3, Nos. 16 y 17, Buenos Aires,
noviembre y diciembre de 1908, pp. 270 y ss.
9 Georges Clemenceau, Notas de viaje por la América del Sur, cit., pp. 48-49.
10 Adolfo Posada, La República Argentina. Impresiones y comentarios, cit., pp. 33, 30 y 34,
respectivamente.
11 Tomo la noción de “red intertextual” para pensar los relatos de viajes del libro de Adolfo Prieto
citado.
12 S. Rusiñol, Un viaje al Plata, cit., p. 77.
13 Ibid., pp. 305 y ss. Son las páginas finales del libro en las que recomienda enfáticamente a sus
compatriotas no ir a Buenos Aires.
14 Ibid., p. 69.
15 “Claro es que con tanta línea recta llega un momento en que el espíritu querría encontrar delante
de los ojos una calle estrecha o negruzca”, dice Rusiñol en p. 69 casi parafraseando a Dickens en
la cita que reprodujimos en la introducción: la “línea recta” se ha convertido en la característica
principal de América, en el cambio fundamental que define el viaje desde Europa.
16 S. Rusiñol, Un viaje al Plata, cit., pp. 188-189.
17 Adolfo Posada, La República Argentina.., cit., p. 66.
18 Sobre el viaje de Posada y el reformismo español, cfr. Eduardo Zimmermann, Los liberales
reformistas. La cuestión social en la Argentina, 1890-1916, Buenos Aires,
Sudamericana/Universidad de San Andrés, 1995, pp. 73-74.
19 F. R. Cibils, “La descentralización urbana de la ciudad de Buenos Aires”, Boletín del
Departamento Nacional del Trabajo, No. 16, Buenos Aires, 31 de marzo de 1911, p. 88 (la
cursiva es nuestra).
20 Sobre este tema son interesantes las posiciones de José Bianco –director del Registro de la
Propiedad desde 1908– proponiendo la elaboración de una ley de Registro Nacional de la
Propiedad para darles garantías a los compradores de pequeños lotes en cuotas. Según Bianco, las
subastas públicas hasta entonces difundían valores falsos de los terrenos para inflar el mercado,
cosa que se evitó con el sistema de escrituras y la publicación del Boletín del Registro de la
Propiedad con los valores reales. Pero el principal problema a resolver por la ley que propone es
que, al venderse en cuotas, los lotes no se escrituraban por varios meses, manteniéndose como
único elemento probatorio por el comprador durante las cuotas el boleto de compra-venta y la
“libreta” de las cuotas, desprovistos de toda formalidad legal. Esto favorecía los fraudes. Los
especuladores que loteaban y vendían por mensualidades raras veces eran los propietarios:
compraban a plazos grandes extensiones pagando una parte y garantizando el resto con hipotecas,
en seguida loteaban y vendían a su vez, y con las mensualidades que recibían iban pagando su
propia deuda, proceso que con frecuencia fallaba, al no poder cubrirla, y dejaba sin ningún título a
todos los pequeños compradores. La ley propone la escrituración en el momento de la compra y la
reglamentación de la profesión de martillero. Véase, al respecto, Transmisión inmobiliaria,
Buenos Aires, G. Mendersky e hijo, 1912, especialmente en cap. VI: “Venta de inmuebles por
mensualidades. Proyecto de Ley”, pp. 107 y ss.
21 Domingo Selva, “Edificación obrera”, Arquitectura. Suplemento de la Revista Técnica, No. 63,
SCA, Buenos Aires, mayo-junio de 1910, p. 52 (primera parte de una ponencia al Congreso
Científico Internacional Americano que se realizaría en Buenos Aires como parte de la
celebración del centenario; la segunda parte se publicó en el número siguiente de la misma
revista).
22 Domingo Selva, “Edificación obrera”, cit., pp. 58-59.
23 Enrique Gómez Carrillo, El encanto de Buenos Aires, Madrid, Perlado, Páez y Comp., 1914.
24 E. Gómez Carrillo, El encanto de Buenos Aires, cit., especialmente los capítulos “En los grandes
teatros”, pp. 71 y ss., y “Entre flores y sonrisas”, pp. 201 y ss.
25 Ibid., pp. 6-7. Gómez Carrillo había traducido en Francia el libro de Huret al castellano.
26 E. Gómez Carrillo, El encanto de Buenos Aires, cit., pp. 154-155.
27 Todas las citas, en El encanto de Buenos Aires, cit., pp. 220-221.
28 Caras y caretas, No. 490, Buenos Aires, 22-2-1908.
29 Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, Memorias de la Intendencia, Buenos Aires, 1908,
pp. VII y ss.
30 Las principales versiones historiográficas a las que me refiero: Jorge Tartarini, “El Plan Bouvard
para Buenos Aires (1907-1911). Algunos antecedentes”, Anales del Instituto de Arte Americano e
Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo”, Nos. 27-28, Buenos Aires, 1992; Jorge Enrique
Hardoy, “Teorías y prácticas urbanísticas en Europa entre 1850 y 1930. Su traslado a América
Latina”, en Hardoy y Morse (comps.) Repensando la ciudad de América Latina, Buenos Aires,
GEL, 1988; Sonia Berjman, “Los espacios verdes en la ciudad de Buenos Aires”, tesis inédita,
Buenos Aires. Sin salirse del marco que limita su consideración a los proyectos céntricos, Alicia
Novick ha realizado el análisis más mesurado de la visita de Bouvard al considerarlo un “árbitro”,
en “Técnicos locales y extranjeros en la génesis del urbanismo argentino. Buenos Aires, 1880-
1940”, Área, No. 1, Buenos Aires/Lausanne, FADU-UBA/EPFL, 1992.
31 Joseph Antoine Bouvard fue director de la muestra parisina en las exposiciones universales de
1878 y 1889, para las cuales diseñó el Campo de Marte, y en la exposición de 1900 fue director de
parques y jardines; la noticia más completa y precisa sobre Bouvard y sobre las circunstancias
específicas de su contratación en Buenos Aires, en Anne-Marie Châtelet, “Joseph Antoine
Bouvard, 1840-1920”, en Programa Internacional de Investigaciones sobre el campo urbano,
Documento de Trabajo No. 1. Seminario Internacional Vaquerías, Buenos Aires, 1996.
32 Eduardo Schiaffino, La urbanización de Buenos Aires, cit., pp. 22 y 115, respectivamente.
33 La Comisión que nombró la intendencia estuvo formada por Carlos María Morales, Francisco
Beazley, Carlos Thays, Fernando Pérez y Ramón Bravo. En las acusaciones de Jaeschké contra el
Plano Bouvard es claro que responsabiliza a Morales por sus líneas principales, estableciendo la
continuidad con el plano de 1898-1904: del “desarrollo fenomenal y deforme” de la ciudad tiene
la culpa “uno de los miembros más conspicuos, el único técnico de la comisión de aficionados que
acompañó a M. Bouvard en sus estudios [...]. Recordaremos, de paso, que en 20 años de dirección
de Obras Públicas, el ingeniero mencionado no supo hacer nada, sino dejar hacer todo a
rematadores y especuladores...”, en Las avenidas, cit., p. 3.
34 Cfr. el proyecto de Chanourdie en “Conferencia sobre transformación edilicia de Buenos Aires”,
Arquitectura. Suplemento de la Revista Técnica, No. 39, Buenos Aires, julio y agosto de 1906, pp.
57 y ss.
35 Véase Memoria de la Subintendencia “Vélez Sársfield”, Buenos Aires, MCBA, 1912.
36 Dice la el intendente Güiraldez en la Memoria de 1908, justificando las sub-intendencias: “En una
palabra, Buenos Aires requerirá con el tiempo a semejanza de Londres, una serie numerosa de
subintendencias, dependientes de la administración central por el momento, y que poco a poco,
dada su importancia permitirá una división absoluta, de completa vida municipal (en cada
subintendencia) de que hoy se carece”, p. VIII.
37 Para una biografía de Benito Carrasco (Buenos Aires, 1887-1958) véase Sonia Berjman,
“Carrasco, Benito”, voz en Jorge Liernur y Fernando Aliata (dirs.), Diccionario histórico de
arquitectura, hábitat y urbanismo en Argentina, citado.
38 Caras y caretas, No. 490, citado; todas las citas siguientes remiten al mismo artículo.
39 La heterodoxia de Carrasco en su asunción de las teorías pintoresquistas se ve sobre todo en que
cita “en defensa” de su posición los ejemplos de los ensanches “modernos” de Berlín, Barcelona y
Viena, todas expansiones planeadas a través de las grillas regulares –los “planos de policía”–,
repudiados por la nueva urbanística en su versión pintoresca de ciudad jardín o en sus versiones
clásicas de la teoría de la expansión, confusión que es atribuible a su escasa formación, pero,
como vimos cuando analizamos otras posiciones, también a la precariedad del campo.
40 Carlos María della Paolera, “Servidumbres estéticas en las construcciones edilicias”, La
Ingeniería, año XX, No. 5, Buenos Aires, CAI, 1-9-1916, pp. 293 y ss. Palermo Chico fue
trazado, como ya se mencionó, sobre una de las sedes de la Exposición del centenario realizadas
por Bouvard; en 1916, su realización era en buena medida responsabilidad de Carrasco, entonces
director de Parques y Paseos; sobre su parquización ironizaba Bunge en “El anticarrasco”, como
recordamos en el capítulo 1 de la segunda parte, con lo que se demuestra que el pintoresquismo
hegemónico permitía acepciones bastante contrastadas; cfr Augusto Bunge, citado.
41 Véase David Viñas, Literatura argentina y realidad política, cit., cap. “Gerchunoff: gauchos
judíos y xenofobia”, pp. 295 y ss. “Buenos Aires, metrópoli continental” fue publicada en dos
partes en La revista de América, París, en los números 23 y 24, de enero-abril y mayo de 1914
respectivamente (véase M. E. Gover de Nasatsky, Bibliografía de Alberto Gerchunoff, Buenos
Aires, Fondo Nacional de las Artes y Sociedad Hebraica Argentina, 1976).
42 Cfr. Nosotros, tomo 22, No. 85, Buenos Aires, marzo de 1916, p. 220.
43 “Buenos Aires, metrópoli continental”, cito de su reedición en Alberto Gerchunoff, Buenos Aires,
la metrópoli de mañana, Cuadernos de Buenos Aires, No. XIII, Buenos Aires, MCBA, 1960, p.
15.
45 “Buenos Aires, metrópoli continental”, cit., p. 17.
46 Ibid., pp. 18-19.
47 Véase Oscar Terán, “El primer antiimperialismo latinoamericano”, en Punto de Vista, No. 12,
Buenos Aires, julio-octubre de 1981.
48 Véase Miguel Cané, En viaje (1884), Buenos Aires, Claridad, 1995; también ha sido recordado
por Oscar Terán en “El decadentismo argentino”, cit., donde menciona párrafos de Groussac sobre
Chicago que apuntan en la misma dirección. Sobre la “salida idealista” en la Revista de Filosofía,
véase Luis Rossi, “Los primeros años de la Revista de Filosofía, Cultura, Ciencias y Educación:
la crisis del positivismo y la filosofía en la Argentina” (mimeo), Buenos Aires, CEI-UNQ, 1996.
49 En El encanto de Buenos Aires, cit., Gómez Carrillo dedica casi completo uno de sus capítulos
iniciales, “Las calles de la City”, a refutar el texto de Gerchunoff; pp. 37-53.
50 Véase Rusiñol, Un viaje al Plata, cit., p. 185; y Gómez Carrillo, El encanto de Buenos Aires, cit.,
pp. 38-39.
51 “Buenos Aires, metrópoli continental”, cit., p. 21.
52 Ibid., pp. 21-22.
53 Cfr. Jose Guilherme Merquior, “El otro Occidente”, en Felipe Arocena y Eduardo de León (eds.),
El complejo de Próspero. Ensayos sobre cultura, modernidad y modernización en América
Latina, Montevideo, Vintén, 1993, p. 112.
54 Gerchunoff cultivó esas posiciones en temas muy específicos, arquitectónicos y urbanos, lo que
subrayó en la década del treinta con sus relaciones estrechas con la revista Nuestra Arquitectura y
con el arquitecto ruso emigrado a la argentina en 1930 Wladimiro Acosta.
Capítulo 3
Del vecindario al barrio
Provisoriedad, extensión y movimiento infinitos: una representación
generalizada del suburbio en estas dos primeras décadas; más aguda aun en
quienes adivinan por debajo de todo el proceso la rígida matriz de la grilla,
porque eso es justamente lo que produce por definición: una matriz
abstracta, inflexible, sobre la que cualquier expresión de lo concreto no
puede sino ser contingente; una estructura. Recién hacia finales de la
década del diez va a aparecer con claridad que sobre esa estructura
abstracta, mejor, que sobre el torbellino modernizador que ella permite y
estimula, se ha formado una nueva unidad urbana, el barrio. Barrio no es,
en este sentido, una definición jurisdiccional, aplicable a sectores de la
ciudad en cualquier momento de la historia, sino la aparición de un
fenómeno preciso en Buenos Aires: es el barrio suburbano moderno, como
fenómeno material, social y cultural; la novedosísima producción de un
espacio público local que reestructurará la identidad de los heterogéneos
sectores populares en el suburbio.
El proceso de constitución del espacio público local “barrio” nos lleva,
entonces, a una primera pregunta: ¿cómo se produce sobre aquella
estructura homogénea y universal, en medio de aquel vértigo modernizador,
una forma? Porque así podría pensarse la construcción del barrio: como la
agregación de manojos de vecindarios dispersos y semirrurales, amorfos y
descaracterizados, en un nuevo compuesto urbano, una forma reconocible,
social y cultural. Por eso puede afirmarse que el barrio como artefacto
público no es el producto de la expansión cuantitativa de la ciudad sobre la
pampa: la expansión produce esas pequeñas comunidades fronterizas que
aquí prefiero llamar “vecindarios”, núcleos tan próximos a veces como
separados por barreras infranqueables, materiales y sociales; corpúsculos
mínimos del proceso espasmódico que genera la grilla al convertir
abruptamente en mercado urbano un territorio inmenso. En esos vecindarios
se dan relaciones sociales inmediatas, producto de la necesidad y el
aislamiento, relaciones privadas en un sentido clásico: las relaciones del
oikos. Son las avanzadas domésticas de ese campamento provisorio que a
todos los observadores sorprende, sus instalaciones de frontera. El barrio,
por el contrario, es su reconversión pública, la producción, sobre la
expansión cuantitativa de los sectores populares al suburbio, de un territorio
identitario, un dispositivo cultural mucho más complejo en el que participa
un cúmulo de actores y de instituciones públicas y privadas, articulando
procesos económicos y sociales con representaciones políticas y culturales.
Se trata de un artefacto moderno producido sobre el mismo curso de la
modernización, la aparición de una forma sobre la indiferenciación anónima
de la grilla.
Desde esta acepción es necesario revisar la posición tan influyente de
Scobie sobre la expansión de Buenos Aires, su visión de la suburbanización
como un continuo modernizador –guiado por el tranvía y los loteos– que
avanza desde la ciudad tradicional a los barrios. En la versión de Scobie no
es importante distinguir entre suburbio y barrio –de hecho, en los títulos en
inglés y castellano se produce la sobreposición: Buenos Aires, Plaza to
Suburb/Buenos Aires, del centro a los barrios– pero, sobre todo, el período
de su estudio finaliza hacia 1910, es decir, interrumpe la narración
precisamente cuando el principal cambio que afecta al suburbio apenas
comienza a esbozarse, con lo cual no llega a establecer las diferencias con
el dispositivo cultural barrio. De tal modo, la imagen que da del suburbio es
la de un territorio homogéneo de expansión económica continua que
prolonga como mancha de aceite la ciudad tradicional –podríamos agregar:
una visión muy acorde con la posición urbanística del funcional-
desarrollismo de su tiempo–, y no la de un territorio producido social y
culturalmente.[1] Si respetamos el corte sincrónico en los años del
centenario nos resulta imposible encontrar formado en el suburbio algo
parecido a un barrio; simplemente vecindarios, en los que nada indica que
una agregación cultural como la que la idea de barrio supone, pudiera
producirse.
Pero llegados a este punto enfrentamos una segunda pregunta,
fundamental para la precisión que pretendemos (y fundamental para
contestar la bibliografía inversa al economicismo de Scobie, la más
abundante sobre el barrio, la bibliografía memorialista que se sostiene en la
alimentación anacrónica del mito comunitario): ¿es pertinente para el caso
de Buenos Aires la noción de barrio?[2] Evidentemente no, al menos si
adoptamos el término tradicional de acuerdo con su acepción en las viejas
ciudades europeas. La diferencia la describió magistralmente, movido por el
contraste, ese viajero tan especial que fue Jean Paul Sartre cuando llegó en
1945 a Nueva York. Una de las primeras cosas que descubre azorado frente
a la ciudad moderna y regular americana es que no puede distinguir barrios;
así descubre también algo sobre su propia ciudad: los europeos tienen
“ciudades redondas”, reconoce, “divididas en barrios igualmente cerrados y
redondos” en los que “las casas amontonadas, entremezcladas, gravitan
pesadamente sobre el suelo”.[3] Gravitan pesadamente: pocas imágenes
ilustrarían tan bien esa peculiaridad existencial atribuida al locus en la
ciudad tradicional: como una vertical trascendente que conecta la historia
humana con un designio originario; es el peso no ya de la historia sino de la
tradición, en la que es posible reconocer a los propios antepasados, los
materiales del lugar, la suma del trabajo humano, los acontecimientos
familiares y de la comunidad. En el barrio de la ciudad europea las casas
son pesadas porque forman un plano de consistencia urbano y social en el
que todo reconduce al mismo lugar:
Las calles se arrojan en otras calles y, cerradas en cada uno de sus extremos, no llevan
directamente hacia las afueras de la ciudad, sino que dan vueltas en redondo. Son algo más que
simples arterias, pues cada una de ellas constituye un medio social. Los habitantes se detienen
en las calles, se encuentran allí con otros, beben, comen y viven allí.

Podríamos agregar: repitiendo un ritual ancestral que les devuelve la


representación de un origen común; por eso los europeos, puntualiza Sartre,
“nos apegamos a un barrio, a un grupo de casas, a una esquina, y jamás nos
liberamos de ellos”.
La dimensión de la ciudad americana, en cambio, no permite la
diferenciación interna de círculos identitarios: es una estructura abstracta.
Sus calles son carreteras sin límites, infinitas, que llevan siempre afuera de
la ciudad; son calles surgidas de la nada, producidas en un brevísimo
tiempo a través de un territorio sin historia, en las que no puede reconocerse
esa dimensión existencial del “lugar”. La moderna ciudad de cuadrícula
surge como parte del proceso modernizador que clausura aquella
experiencia circular, y nada mejor que la grilla, homogénea en todas
direcciones, para graficar la ruptura. Todos los viajeros que llegaban a
Buenos Aires desde las callejuelas “estrechas y negruzcas” de la ciudad
europea que añoraba Rusiñol, acarrearon el peso del contraste entre la
claridad racional de la grilla y su indiferencia existencial; Sartre en Nueva
York la retrató como ninguno: “el hombre no se siente jamás extraviado
pero se siente siempre perdido”.
Con excepción de “los pueblos” de La Boca, Flores y Belgrano, que
nacieron separados de la ciudad –aunque no debe olvidarse que también lo
hicieron en razón de una vinculación estructural con su modernización–, los
“barrios suburbanos” en Buenos Aires son el producto más directo de aquel
proceso fulminante. ¿Cómo encontrar “barrio”, entonces, en un lugar en
que, como dijo Arturo Cancela, las casas viven menos que los hombres?
Ese territorio cambiante día a día, “insípido lugar de tejas anglizantes ahora,
de hornos humosos de ladrillos hace tres años, de potreros caóticos hace
cinco”, como señaló no sin ironía Borges mostrando la dificultad de
encontrar la esencia lugareña a la cual aferrarse.[4] Sin embargo, al mismo
tiempo, la existencia de los “cien barrios porteños” se ha vuelto desde casi
el mismo inicio del proceso algo tan innegable como para que se haya
convertido en lugar común la afirmación de que son lo más característico de
esta ciudad. Lo que indica que enfrentamos un problema: ¿de qué barrio se
trata? La distinción que propongo radica en que la producción de ese barrio
suburbano de Buenos Aires no es la producción de un lugar antropológico –
imposible por definición– sino de un lugar político (en el sentido más
amplio del término): no es la producción de un espacio comunitario sino de
un espacio público: como se sabe, el espacio público moderno, con su carga
de comportamientos convencionales y formalizados y con su
funcionamiento social de “integración incompleta”, es exactamente lo
opuesto a ese lugar de “integración completa” que el barrio tradicional
emblematizaría.[5] En Buenos Aires, los vecindarios pueden transformarse
en barrio cuando ese territorio es resignificado radicalmente por la
aparición de un espacio público de escala local, constituido en un complejo
proceso de formación de instituciones vecinales y producción de una
moderna cultura popular, algunas de cuyas características han desarrollado
los estudios pioneros de Leandro Gutiérrez y Luis Alberto Romero.[6]
Pero establecer la distinción entre espacio comunitario y espacio público
y, en función de ella, desmitificar el barrio de Buenos Aires, es demasiado
sencillo (a diferencia del libro de Scobie, el memorialismo barrial no se
preocupa por la sutileza o el rigor en las hipótesis); lo interesante, en todo
caso, es ver que el artefacto barrio no podría haber nacido tampoco en
Buenos Aires sin una relación mitificada con tradiciones originarias: en
tanto barrio, el barrio porteño es producto de la modernización a la vez que
está condenado a negarla. Y así como el proceso de construcción pública
del barrio queda en manos de ese cúmulo de instituciones sociales que lo
constituyen en un espacio público novedoso, podría decirse que el proceso
de su construcción mítica quedará en manos de la literatura y, sobre todo,
del tango, con todas las vinculaciones con la naciente cultura popular
masiva. En capítulos posteriores veremos cómo se relacionan entre sí los
aspectos políticos y los mitológicos en el momento de surgimiento del
barrio suburbano como tópico cultural; sólo importa anticipar aquí que la
rapidez con que se producen ambos lo convierte en un fenómeno
especialmente interesante: pocos mitos tan firmes y tan productivos en el
orden cultural han nacido en tan breve tiempo y con tan pocos atributos
originales o distintivos. En este capítulo veremos cómo se vincula con
ambos procesos el rol del parque en la expansión suburbana, como tipología
urbana y como tópico ideológico: del mismo modo que el barrio, también el
parque es un espacio público producto de la modernización urbana, social y
política de la ciudad, al tiempo que convoca a una restitución orgánica, y en
ese sentido su impacto será decisivo en las representaciones futuras del
imaginario barrial.

Cuchilleros y paseantes: el parque en la formación


de un espacio público local
“El arrabal en decadencia se refugió en el Parque de los Patricios. Ya no es un hecho
de sangre. Se despojó de su fama de guapo lograda en pendencias y en discusiones
donde tallaba la daga; guardó los laureles del compadrito orillero en la caja de la viola
que enmudece en el ropero; transformó en fondines ‘uso Nápoli’ sus bodegones
orilleros [...]; ahorcó su abulia con las seis cuerdas de la guitarra y se dipuso a
regenerarse en el trabajo.”
ENRIQUE GONZÁLEZ TUÑÓN, 1925[7]

De acuerdo con lo que González Tuñón escribe en estas líneas sobre Parque
Patricios, parecería que en las dos décadas que pasaron desde que lo vimos
crear en 1902 sobre los restos de los Corrales del Sur, el parque ha
cumplido acabadamente la tarea civilizadora con que había sido concebido.
Regenerar: significativamente, el escritor utiliza términos idénticos a los
que ya había usado el intendente reformador en la inauguración y antes que
él todavía, Sarmiento; pero no tanto los términos como sus significados
urbanos se han modificado sutilmente. En 1900 se trataba de incorporar a
los hábitos urbanos una población marginal, la de San Cristóbal Sur;
convertir en ciudad aquel “rincón de vida característica a la antigua criolla”,
como describía con ambigua nostalgia Caras y caretas dando cuenta del
traslado de los mataderos.[8] El parque no se ofrecía, a comienzos de siglo
en Buenos Aires, ni como antídoto natural contra los males de la gran
ciudad, a la manera de los parques norteamericanos, ni como nuevo centro
para la creación de una nueva ciudad desplazada, como había imaginado
Sarmiento en Palermo, sino como última frontera de la ciudad consolidada,
un escudo modernizador contra los restos del sistema urbano tradicional
que debía permanecer fuera, un borde nítido entre la ciudad y la pampa,
entre el presente y el pasado.
Dos décadas más tarde, cuando González Tuñón escribe, casi
inadvertidamente el parque ha vuelto a ser centro de otra cosa: de un “barrio
cordial”.[9] La expansión había superado en breve tiempo cualquier idea de
borde, desparramando manchas de urbanización por toda el área antes
caracterizada por las industrias de la matanza; en tal proceso, el parque
jugaría un rol novedoso para el cual no había sido proyectado: convertirse
post facto en corazón público resignificando todo el sector. La regeneración
no ha sido sólo la de una población marginal que a través del ejemplo del
verde civilizador ha cambiado la daga por el trabajo moderno, fabril; el
parque ha regenerado también un tejido urbano fragmentado, vaciado de
sentido con el desalojo de su centro productivo tradicional, el matadero,
sobreponiéndole un sentido nuevo, una de cuyas principales
manifestaciones será la propia nomenclatura: el nuevo “barrio” que surge al
final de este proceso en el tradicional San Cristóbal Sur se llamará Parque
Patricios.[10] El cuchillero y el paseante son los tipos sociales que
encarnan cada extremo del proceso de modernización, y éste es uno de los
elementos que le da interés al estudio de la formación del barrio en esta
zona específica del suburbio: a diferencia de otras zonas de la expansión, en
San Cristóbal Sur/Parque Patricios hay un “pasado”, fundamental a la hora
de construir el mito, aunque veremos que sólo podrá realizarse como
nostalgia una vez cumplida la completa remoción de lo viejo. Pero ¿qué
transformaciones materiales y qué cambios en las representaciones
permiten ese nuevo lugar del barrio en los años veinte? ¿Cuál es el
entramado urbano sobre el que se asienta el extraordinario florecimiento en
las décadas de 1920 y 1930 de una nueva cultura popular barrial?
En verdad, el pasaje del cuchillero al paseante encierra en su parábola
otras razones que justifican el intento de explicar tales transformaciones a
través del ejemplo puntual de un barrio, por añadidura, bastante
excepcional: Parque Patricios es excepcional por la centralidad que en su
formación asume el parque –ya que es obvio que no todos los barrios de la
ciudad se formaron en torno a parques–, y por su carácter
preeminentemente “obrero” –como veremos, aunque una de las principales
características del barrio suburbano como sede de formación de la clase
media porteña es su heterogeneidad étnica, social y laboral, la
representación de “barrio obrero” era común en todo el suburbio en estas
primeras décadas–. Lo cierto es que en este sector de la ciudad la
construcción de la figura del paseante implica un plus, un triple pasaje en
las representaciones urbanas: del área marginal tradicional del cuchillero al
barrio fabril del obrero, y de allí al “barrio cordial” de la familia humilde y
trabajadora moderna: el “barrio obrero modelo” que retrata Tuñón en su
crónica es un dispositivo de integración y normalización contra estratos
diferenciados de la otredad amenazante.
En este sentido, podría decirse que es su situación de rótula de la
modernización urbana lo que vuelve a San Cristóbal Sur un observatorio
privilegiado para la formación del barrio porteño: rótula en tanto frontera
de la ciudad consolidada, lo que permite ver la formación del barrio en el
territorio más complejo del primer cordón suburbano; y rótula en tanto
punto de clivaje dentro del eje sur-suroeste –el eje de desarrollo de un
incipiente sistema industrial metropolitano–, entre los dos barrios obreros
tradicionales (La Boca y Barracas) y un “nuevo sur”, los barrios que irán
surgiendo a partir de San Cristóbal Sur en la línea del Riachuelo y el borde
oeste de la ciudad. En ese territorio fronterizo se produce el pasaje completo
de cuchillero a paseante, transformación modélica que sólo pudo ser
realizada con una condensación poco corriente de intervenciones públicas
de las que el parque es a la vez consecuencia y fundamento. Y éste es el
punto en que lo “excepcional” puede explicar lo “normal”: por su carácter
de laboratorio de un modelo, el pasaje de vecindario a barrio en esta área de
la ciudad es un pasaje asistido públicamente, lo que implica intervenciones
y representaciones potenciadas de lo que un barrio deba ser: el “barrio
obrero modelo” se convierte, así, no desde el punto de vista de su proceso
de formación material sino del imaginario que generó en su resultado
exitoso, en la quintaesencia del barrio de clase media y en su horizonte
simbólico.

La modernización sin cualidad: el “barrio obrero”


Los corrales de matanza se trasladaron desde la Convalecencia (donde
funcionaba el Matadero en que se inspiró Echeverría) hasta el borde de la
barranca de San Cristóbal Sur entre 1867 y 1872; ya en 1888, cuando estos
Nuevos Mataderos del Sur apenas estaban terminados, se decide un nuevo
traslado más al oeste, a los Nuevos Mataderos de Liniers, que se efectiviza
en 1900, por lo que, a pesar de la tradición que sentaron, los Mataderos de
San Cristóbal Sur funcionaron en el área menos de treinta años y en
permanente inestabilidad.[11] El traslado sucesivo indica con un ejemplo
concreto el tipo de relación propuesto por los criterios higiénicos en
vigencia durante el siglo XIX entre la ciudad y sus “servicios insalubres”:
desplazar los servicios hacia los bordes siempre cambiantes de la ciudad, a
la vez que imponerles, en cada traslado, una transformación modernizadora.
Durante su permanencia en San Cristóbal Sur, la actividad de la matanza
estructuró toda la zona a través del desarrollo de una variedad de
establecimientos: curtiembres, graserías, fábricas de velas, etc. La
coherencia no sólo era productiva: era también territorial, por las formas de
ocupación del suelo y la morfología de esos establecimientos que
modificaban en poco la geografía natural del área asomada a la barranca
(disposiciones abiertas y poco formalizadas, estructuras rurales
rudimentarias); y social, por las exigencias de las peculiares modalidades de
un trabajo “donde tallaba la daga”.
Otros dos elementos completan este “sistema tradicional”, coloreando el
carácter legendario del área: la quema de basuras y su “Barrio de las ranas”,
y la traza del Ferrocarril Oeste, el “Tren de las basuras”, que cosía
transversalmente el área señalando una temprana conexión productiva con
el eje fabril del Riachuelo. Se trata de una coherencia productiva y de
servicios aceptable más allá de los bordes de la ciudad consolidada, pero
que deja de ser percibida como tal cuando, hacia finales de siglo, la
expansión de la ciudad tiende a modernizar sectores del área, creando la
imagen de un avance de lo urbano sobre un territorio primitivo; el
reemplazo de los restos del matadero por el parque en 1902, por añadidura,
la vaciará del centro neurálgico de su coherencia tradicional.
Ese mismo año, en una serie de notas de denuncia sobre la situación de
los habitantes de la quema, la reformadora higienista Gabriela Coni al
describir su recorrido por el área muestra cómo en su interior se puede
percibir ya una división tajante entre sector moderno y sector tradicional:
“De un lado electricidad bajo sus diferentes formas, pavimentación lisa,
provisión de agua y cloacas; y del otro lado, pantanos, humo infecto y acre
de la quema, olores pestíferos de las graserías, curtiembres, porquerizos y
mataderos”.[12] Para la mirada desde la ciudad moderna y progresista, el
suburbio se ha dislocado: los establecimientos del proceso de la carne que
permanecen en la zona a pesar de la mudanza del matadero (permanecerán
por mucho tiempo aún), el barrio de las ranas y la quema se han convertido
en resabios pampeanos extraños, en pústulas que urge erradicar; se han
perdido los códigos para entender su antigua coherencia, la lógica social y
territorial de esas funciones urbanas –funcionales a un tipo previo de
modernización de la ciudad–, detrás de las cuales no se percibe sino caos y
sordidez, obstáculos para la modernidad que busca preeminencia. De hecho,
las lógicas de estas áreas afectan a toda la ciudad, expandiendo una mezcla
de usos que cada vez será más inaceptable: el ferrocarril que llevaba las
basuras desde plaza Once hasta la quema, al mismo tiempo servía para
trasladar los animales carneados desde el Matadero hasta el borde del
Riachuelo, desde donde continuaban en barcazas hasta el Mercado Central
de Frutos en Barracas al Sur para ser comercializados; y la quema incidía en
el desenvolvimiento de un área mucho más vasta, como muestran
descripciones de su funcionamiento en las que aparece que “poco menos de
mil carros” convergían en la primera mitad del día, primero por la larga
calle Caseros y después por Rioja, pintados de rojo y avanzando en fila,
“con lentitud de crustáceos, semejan los carros una procesión de
gigantescas y pesadas centollas”.[13]
Así, el Barrio de las ranas será durante toda la primera década la
encarnación del “vestigio persistente, tenaz, del Buenos Aires de antaño”,
en las palabras de Jules Huret.[14] Como contracara del parque, allí se
deposita la demonización de la marginalidad y la miseria, pero también la
celebración de lo pintoresco en una ciudad empeñada en arrasar todo resto
de su “pasado”. Esto muestra que hay otra mirada que enfoca en esas
transformaciones: no se puede entender de otro modo el interés que
despierta este barrio de casas de latas de querosene en el periodismo y los
visitantes extranjeros, interés al que sólo se le acerca, aunque a considerable
distancia, el de la “Tierra del fuego”, en los bordes de Palermo al otro
extremo del suburbio. De hecho, en el Barrio de las ranas se describen
desde los consabidos bajos fondos del hampa y la prostitución, la “mala
gente que lleva en la sangre el instinto del crimen” –así lo condenará
también García Velloso en una obra teatral puesta en 1910–, hasta la
leyenda de una organización anarquista autónoma y automarginada, de
“libertarios que prefieren la miseria y la independencia a la solicitud oficial
o burguesa”, que recogerán algunos hacia el centenario.[15]
Se trata de la producción costumbrista que encuentra la posibilidad de
una recuperación de rasgos singulares de la tradición criolla en los
márgenes de la ciudad moderna en el momento de su transformación. Como
vimos con el tema de la preservación edilicia, en este tópico aparece con
toda claridad la ambigüedad entre el creciente aprecio por el pasado
pintoresco que se pierde en aras de la modernidad –y que en aras de esa
modernidad puede apreciarse–, y las ambiciones modernizadoras; de tal
modo, toda la actividad vinculada al área caerá en una zona contradictoria,
entre las críticas a la manera de Coni y las celebraciones de la peculiaridad
lugareña, que aparecen emblemáticamente en un artículo de Caras y caretas
en el que con el mismo énfasis se celebran las nuevas instalaciones del
Matadero de Liniers y se lamenta su traslado, con el agravante de que aquí
no se trata sólo de tradiciones monumentales o pintorescas que se pierden,
sino del final de un tipo social que está en pleno proceso de recuperación
ideológica y cultural: el gaucho. Así, el articulista puede afirmar que
Es una obra de vasto empuje la de los mataderos de Liniers, y una vez vencidas las dificultades
naturales de tan complejo mecanismo y las que le ponen los intereses arraigados en el viejo y
nauseabundo teatro de las cruentas matanzas, los mataderos de Buenos Aires podrán enseñarse
como uno de los detalles más ostensibles de la cultura y el progreso de nuestra gran metrópoli.

Y, al mismo tiempo, sin solución de continuidad, puede lamentar que lo que


se pierde en San Cristóbal Sur junto con “el viejo y nauseabundo”
Matadero, es “un rincón de vida característica a la antigua criolla”: “La
vieja alma paisana, refugiada en el enredijo de cercos y bretes, entre las
emociones acres y sanas de la vida de los corrales [...] se encoge ahora,
cohibida y huraña, al verse llevada a un médium enemigo, donde la
mecánica impera y el coraje no hace falta”.[16] El que esa “alma paisana”
fuera fundamental en las acciones de la Unión Cívica durante la revolución
del 90 y en la fundación mítica del radicalismo, es decir, el partido de las
clases medias urbanas, no hace sino mostrar las múltiples expresiones de la
misma relación paradójica entre tradición y modernidad en el imaginario
porteño, en medio de las cuales se produce el barrio.
Frente a la contundencia de este polo simbólico de degradación y color
local, durante la primera década el parque no logra ofrecer una alternativa
real, ya que se consolida con mucha dificultad, permaneciendo largos años
como un potrero oscuro y peligroso, un obstáculo más a la transformación,
lo que ratifica, por defecto, aquella visión ideológica de comienzos de siglo:
el parque como freno a la especulación; de hecho, en su demora, el parque
no permite valorizar la calle Caseros, manteniéndola como borde
descualificado del desarrollo urbano. Curiosamente, esta función
“antiespeculativa” que parecía guiar los postulados iniciales se articula con
el fuerte rechazo de los grandes propietarios del área al reemplazo del
matadero por el parque; desde muy temprano, este sector del suburbio
muestra una aceitada organización de los propietarios de tierra tras un
proyecto productivo para toda el área suroeste de la ciudad, a través de la
consolidación de un eje que uniera Barracas-Flores, con centro en los
establecimientos de la carne de San Cristóbal Sur y en su nudo
ferroportuario: la “vieja alma paisana” encuentra un correlato en las
resistencias a la modernización –o, en todo caso, en las resistencias a un
modelo en que modernización equivale a urbanización– de los propietarios
tradicionales del área. No se trata sólo de una posición localista: los
Moreno, los Navarro Viola, los Gowland, forman parte de un nutrido grupo
de intereses que, como ya se adelantó, defiende una visión complementaria
de la ciudad, con un sur industrial y un norte residencial y comercial; lo
cierto es que ellos se erigirán en defensores de los “intereses del sur”,
aunque en esa defensa no persigan un desarrollo urbano, sino territorial y
productivo a gran escala, demostrando gran influencia para incidir en
decisiones de infraestructura urbana, como el trazado ferroviario o la
apertura de tierras al mercado.[17] A medida que avance la urbanización,
esas posiciones se opondrán a la visión homogeneizadora de la
municipalidad –y por eso se opondrán a la propuesta del parque y a la
cuadrícula universal–, pero generarán una relación complicada con los
intereses más inmediatos de los nuevos pobladores suburbanos, que
objetivamente necesitan un modelo de ciudad más parecido al municipal,
pero que en aquella “defensa del sur” encontrarán banderas recuperables
para su lucha por las mejoras del área.
Por estas demoras, resistencias e indecisiones en la consolidación del
parque, el centro neurálgico del antiguo sistema quedará como detenido, un
centro ciego en el marco de un territorio que sufre en cambio una
transformación acelerada, pero discontinua y fragmentaria: en estos
primeros años del siglo, diferentes sectores del área se desarrollan de modo
autónomo, separados entre sí por obstáculos naturales (la barranca, en
primer lugar, pero también la multitud de arroyos que surcan el bajo), por
trazas de infraestructura de servicios (como la red ferroportuaria que se
densificará en toda la década con una lógica diferente de la del desarrollo
urbano), por terrenos retenidos al mercado por sus propietarios (con
motivos de especulación o, como vimos, por diferentes proyectos de
ocupación territorial), o por diferencias en la trama cuadriculada (al ser un
área de borde con el río, el plano tiene severos obstáculos para su extensión
homogénea, y cada cambio de trama produce sectores diferenciados). Así,
la modernización produce la fractura de un área antes homogénea,
convirtiéndola en un mosaico en el que cada una de sus piezas adquiere
vida y fisonomía propia en torno a un multitud de pequeños “focos
dinamizadores” de la suburbanización: una fábrica, una calle por la que
pasa el tranvía, una estación de tren.[18] Cada uno de estos vecindarios se
autoabastecía en todo lo referente a la vida cotidiana, como mínimo con un
almacén a la manera de las tiendas de ramos generales de la campaña, de
modo tal que aparecían como núcleos dispersos, incomunicados y aislados
materialmente; en sus desarrollos contrastados formaban un paisaje extraño,
en el que se intercalaban sectores de alta consistencia urbana con otros en
los que la pequeña vivienda improvisada sobre lotes sin infraestructura
generaba una imagen todavía semirrural; si se tiene en cuenta que muchos
de sus pobladores en realidad jamás habían vivido en una gran ciudad, se
entenderá que en ese vecindario aislado lograran recrear costumbres que se
entremezclaban de modo confuso con las nuevas rutinas del trabajo fabril y
de la metrópoli en formación.[19]
El proceso descripto tan sucintamente está lejos de ser específico de San
Cristóbal Sur; en realidad, podría generalizarse en estos primeros años del
siglo a todo el primer cordón del suburbio que rodea la ciudad tradicional:
las áreas que señalamos con el 50% de aumento poblacional entre los
censos de 1904 y 1909 –además de San Cristóbal Sur, Almagro y Barrio
Norte–, que desde finales de siglo habían comenzado su modernización
sobre territorios parcialmente ocupados.[20] Cuando se procesan las pocas
fuentes que dan cuenta de este proceso silencioso –actas municipales en las
que se piden apertura de calles, planos, memorias de funcionarios, noticias
desperdigadas en los periódicos–, se ve la extrema similitud de esta
modernización en Villa Crespo, en Palermo o en San Cristóbal Sur. En
todas esas áreas se verifica este proceso que cabría llamar de modernización
sin cualidad, en la que cada uno de los fragmentos en que estallaron los
sistemas tradicionales se producen con una relativa espontaneidad de los
actores sociales que intervienen en el mercado urbano: no se reconocen
intervenciones reguladoras ni elementos cualificadores de suficiente
impacto como para restablecer un carácter hegemónico a toda el área, y los
vecindarios proliferan con absoluta autonomía. En todo caso, la diferencia
que es importante marcar dentro de este primer cordón suburbano estaría
dada por la mayor o menor regularidad de la cuadrícula, es decir, del tablero
público sobre el cual se dan todas las operaciones: en el eje de expansión al
oeste, de Once hacia Flores, la regularidad del trazado es casi perfecta, lo
que produce que los diferentes fragmentos se vayan completando con
esquemas muy similares; en los casos de borde, como San Cristóbal Sur y
Barrio Norte, las imperfecciones del trazado y los obstáculos naturales
tienden a cristalizar la fragmenación con paisajes urbanos muy
contrastantes.
Y si destaco el aspecto más crudamente morfológico frente al social para
este esbozo de tipología de la expansión, es porque creo que, en una ciudad
de crecimiento fulminante como Buenos Aires, la morfología urbana fue
muchas veces determinante: la homogeneidad social, reconocible en poco
tiempo en todo el eje oeste de la expansión y más tarde –con diferencias y
contrastes– en los bordes sur y norte de la ciudad, fue una construcción
social producida sobre los resultados de la expansión suburbana. En efecto,
es notorio que en un primer momento todo el nuevo suburbio (con las
contadas excepciones de las urbanizaciones producidas tempranamente en
torno a las primeras estaciones de ferrocarril al noroeste) comparte las
características sociales que explican la representación generalizada en esos
años de “barrio obrero”: un barrio compuesto por sectores medios bajos, de
origen inmigratorio, artesanos y pequeños comerciantes, y por empleados
estatales normalmente de origen local. A eso se agrega la pareja presencia,
en todo el suburbio, de la producción y los servicios, con su mezcla
moderna y tradicional: el eje noroeste es sensiblemente simétrico al
suroeste, con sus fábricas y talleres, con sus quemas y sus usinas, sus
“Tierra del fuego” y sus “Bajos”; el oeste, diferente en su mayor
regularidad, mantiene sin embargo zonas fuertemente marcadas por la
presencia de fábricas grandes o medianas y por multitud de pequeños
talleres. Frente a la representación de “ciudad burguesa” del centro
moderno que se consolida en el centenario, esta distribución de “lo obrero”
en todo el suburbio queda ratificada por el primer reglamento industrial de
1914. El Reglamento reparte simétricamente en todo el suburbio las zonas
para industrias: de máxima peligrosidad al sudoeste de la Capital y al oeste
de la Chacarita; como “barrios industriales” designa a Parque Patricios,
Nueva Pompeya, Villa Urquiza y Villa del Parque.[21] Frente a esta
homogénea heterogeneidad inicial suburbana, la sociedad y la ciudad irán
trabajando sus diferencias, construyendo sus particulares homogeneidades,
eso que más tarde se definirá como un degradé desde las clases medias altas
en el eje noroeste hasta las medias bajas en el suroeste.
Pero la cuestión radica en ver cómo se vinculan lo social y lo
morfológico: aceptada esta caracterización del suburbio en sus inicios, es
indudable que sobre el primer momento de la expansión la homogeneidad
morfológica favoreció la social. Como vimos en la primera parte al analizar
los significados de la grilla de Buenos Aires, la pequeña manzana regular
impulsa un modelo de ciudad residencial y comercial, por lo menos por dos
razones. La primera, porque no favorece la instalación de grandes conjuntos
fabriles: los “barrios obreros” se componen de establecimientos
manufactureros de baja industrialización, “talleres” que todavía en 1930
representan el 70% del total de la industria y que, como ha planteado
Silvestri, por su bajo índice de maquinización, su baja concentración de
mano de obra y de capital, su especialización en el consumo y la ausencia
de una organización taylorista, conforma un tipo de ciudadano-productor
fuertemente integrado; podríamos decir que así como la cuadrícula produce
un tipo de “especulación hormiga” que involucra a toda la sociedad, este
tipo de industrialización produce también una “modernización hormiga” de
tan baja intensidad como alta extensión.[22]
La segunda razón es que la manzana pequeña favorece un fácil recambio
edilicio, y por lo tanto una rápida adecuación de lo material a los cambios
sociales: en los sectores de más rápido ascenso social, la residencia puede ir
ganando preeminencia sobre los talleres y comercios sin cambios
traumáticos; esto genera un tipo de barrio, de los cuales Almagro o Villa
Crespo son buenos ejemplos, en los que la regularidad morfológica se
traduce en regularidad de precios en el mercado y en regularidad social: son
los sectores donde “naturalmente” se produce la clase media-media porteña.
En las zonas de borde del suburbio, en cambio, la fuerte heterogeneidad
morfológica –causada por la barranca, la dificultad de urbanización del
bajo, las preexistencias, etc.–, tiende a producir saltos en los valores del
mercado, “bolsones” que cristalizan la fragmentación social; con una fuerte
inversión en el norte, consecuencia del desarrollo cualitativo de la ciudad
tradicional en esa dirección, estos saltos tienden a generar la “diferencia”
sobre la que se irá asentando la mayor riqueza de la ciudad, pero también
los fuertes contrastes de los tardíos conventillos en la Recoleta, la
degradación del Maldonado en Palermo, el Bajo Belgrano; en el sur, en
cambio, estos contrastes serán menores porque se producirán entre la clase
media-baja y baja. Esto explica el valor modernizador atribuido en este
primer momento de la suburbanización a la regularidad urbana en su más
clara expresión, la manzana: la manzana garantiza “normalidad” hacia el
futuro, es un módulo de una ciudad mayor. La sociedad “aluvial” de
comienzos de siglo ve en la integración homogénea un reaseguro del
ascenso social que borre completamente las huellas de su pasado miserable:
en estos años, el “barrio parque” pintoresco tan mentado por la urbanística
es una oferta aceptable sólo para los sectores altos de la sociedad. Así se
comprende no sólo la predilección por la manzana regular de los sectores
populares y medios, sino también el empecinado borramiento de toda
“irregularidad” natural –la barranca, el bajo, los arroyos–, vistas como
obstáculos a una expansión homogénea: lejos de ser producto exclusivo de
una mirada “desde arriba”, este aplanamiento de las diferencias territoriales
también tuvo su expresión “hormiga” en la proliferación de pequeños
hornos de ladrillo que combinaban la regularización topográfica con la
especulación inmobiliaria y la autoproducción privada de la vivienda
popular.[23]
De tal modo, frente a la mayor homogeneidad de la meseta central de la
ciudad, en el mosaico que produce la modernización en un área de borde
como San Cristóbal Sur es posible encontrar diferentes formas y tiempos de
la conversión de la grilla abstracta en tejido urbano, por lo cual en un solo
sector podría analizarse el completo fenómeno de expansión metropolitana.
Desde el punto de vista de su articulación tipológica, es posible encontrar
en el área por lo menos cuatro tipos de expansión: sectores que por estar
más próximos a la ciudad consolidada y en continuidad perfecta con su
traza se desarrollan del modo habitual en la línea de expansión principal de
la ciudad, a través de un tejido denso de residencias y pequeños talleres y
comercios (al norte del parque, entre la avenida Caseros y San Cristóbal
Norte); sectores donde la instalación temprana de fábricas modernas, como
grandes “palacios de la industria” que ocupan manzanas completas, cambia
la escala, convirtiendo la manzana urbana en unidad monumental de medida
y representación de lo urbano (al este del parque); y sectores, ya en
vinculación directa con el Riachuelo, donde enormes complejos fabriles se
desarrollan con una disposición tipológica y territorial que responderá
directamente a las necesidades de la circulación productiva desde el río, sin
búsqueda de representación “urbana”. En los intersticios de estos grandes
sectores es donde surgirán, a su vez, los vecindarios más vinculados con la
mecánica especulativa que articula estación de tren o tendido de tranvía con
loteos populares. Asimismo, desde el punto de vista de los tiempos de la
modernización, a medida que los problemas de infraestructura de este
primer cordón suburbano se vayan desplazando hacia el oeste (hacia el
nuevo cordón de barrios suburbanos: Villa Soldati y Villa Lugano,
Mataderos, Villa Urquiza), simultáneamente dentro del área quedarán
“bolsones” que pueden remitirnos a una segunda suburbanización y aun a
una tercera.

El parque y el “barrio obrero modelo”


Sobre esa modernización sin cualidad, sobre ese mosaico de fragmentos
espaciales y temporales, en un segundo momento vemos actuar al parque,
tanto en su propio rol de parque, a medida que se va consolidando, como en
la compleja trama de intervenciones públicas cualificadoras que comienza a
concentrar, a la manera de un poderoso imán cuya capacidad atractiva se
reforzara con cada intervención impulsando otras, para convertir,
finalmente, el “barrio obrero” en “barrio obrero modelo”. Pero, en primer
lugar, ¿de qué clase de parque se trata ahora? ¿qué clase de parque en este
rincón sur de la ciudad?
En principio, es un parque que en su consolidación se aproxima
ejemplarmente al programa fundacional: un verde para cobijar en su manto
normalizador instituciones del estado y la sociedad civil. Al mismo tiempo,
como se planteaba ya en su inauguración, se trata de una idea de parque
como complemento público de la cualificación que el mercado produce en
otras zonas de la ciudad: un parque popular, un “Palermo de los pobres”.
Doble programa que estaba además afectado por algunos cambios
producidos en las representaciones y los usos del parque en estas dos
primeras décadas. Por una parte, la ampliación del público usuario del
parque en toda la ciudad, comenzando por el propio Palermo: si ya en el
centenario los visitantes extranjeros veían en las muchedumbres que lo
frecuentaban el mejor ejemplo de la integración social de Buenos Aires,
desde 1916 un autor como Roberto Gache podrá deplorar que Palermo se
haya convertido en “la fiesta absurda” de una nueva clase media,
denunciando en ello un síntoma más de la “farsa urbana” –y es significativo
que en el año del ascenso del radicalismo como representación cabal de
esas nuevas clases medias, Gache inaugure una serie de tópicos
rápidamente generalizados del costumbrismo urbano, presentando el
“domingo en el parque” ya no como un ideal de cultura para toda la
sociedad, sino como expresión del tedio y la mediocridad incurables de la
pequeña burguesía porteña–.[24]
Por otra parte, se debe registrar la generalización de un concepto
diferente de parque, como parque de uso y no de representación; vimos que
ese concepto buscaba imponerse desde finales de siglo, pero cada vez más
marcará tanto el diseño de parques nuevos como la propia consolidación de
los parques existentes. Con la búsqueda más explícita de un “parque de la
reforma”, el discurso reformista les irá haciendo lugar a las propuestas
utilitarias que imponen el consenso sobre la necesidad de una distribución
equitativa de los parques en la ciudad, pero sobre todo de un diseño que se
concentre en los “verdaderos” beneficios del verde frente al carácter
superfluo y dispendioso de los modelos de parque convencionales. Se trata
de una discusión análoga a la que se desarrollaba sobre el carácter de los
edificios escolares, entre los defensores de los “palacios educativos” y los
defensores de una austeridad republicana: no es simple coincidencia que ya
en 1890 la publicación oficial de la Comisión Nacional de Educación tome
la delantera en el debate sobre los parques con un artículo que insta a la
multiplicación de “parques de juego” para los niños. Si debe procurarse que
el parque cumpla un rol educativo complementario al de la escuela, el
artículo propone –en absoluta sintonía con los más avanzados movimientos
de reforma norteamericanos– que su diseño sea simple y económico, con
recursos paisajísticos limitados a
[...] lo estrictamente necesario: espacio y árboles. No nos dejemos conmover por los que
reclaman efectos de vista. Estamos prevenidos contra los que se valen de ese hermoso pretexto
para embarazar los lugares de recreo [...]. Una plaza de tal especie podría establecerse en un
barrio nuevo o transformado.[25]

Frente a la realidad de un parque todavía aristocrático a finales de siglo, los


“parques de juego” aparecen como una “escuela de igualdad”, en un doble
sentido: por su capilaridad espacial, que permite su reproducción en los
barrios obreros, y por su capacidad para fomentar, nuevamente como la
escuela, actividades sociales y culturales comunitarias. En 1906, en pleno
proceso de consolidación del primer cinturón de parques, la Revista
Municipal publica un artículo del paisajista francés J. C. N. Forestier –de
larga influencia en Buenos Aires– donde propone la noción de “jardines de
barrio”, no ya para embellecimiento o higiene solamente, sino para “salvar
a los niños de las malas influencias y de las asociaciones criminales”.[26] Si
todavía en 1908 Benito Carrasco podía estructurar toda “la ciudad del
porvenir” en torno a cuatro grandes parques, cada vez más esta idea ya
tradicional del “parque metropolitano” equitativamente distribuido
compartirá lugar con las propuestas de pequeños parques de juego/jardines
de barrio, destinados a organizar comunitariamente nuevos corazones
barriales.

Figura 70
Lechería Tambo criollo en el Jardín Zoológico Central, c. 1916; similar a la “Cabrería municipal”
que funcionaba en el Jardín Zoológico de Parque Patricios y en el resto de los parques.

Figura 71

Una función de teatro infantil en Parque Avellaneda, c. 1916 (ambas imágenes de la Colección
Dirección de Paseos, Imágenes de Buenos Aires, 1915-1940, citado).

Esta transformación de usos y de representaciones acompaña y es


alimentada por el desarrollo de un parque como el Patricios, justamente por
su doble condición institucional y de complemento urbano: a diferencia, por
ejemplo, del Parque Chacabuco, que se crea con fines exclusivos de
“ejercicios físicos”, en Parque Patricios la combinación de las diferentes
prácticas y de las diferentes calidades de espacios institucionales y
representativos buscará un equilibrio más complejo. A partir de un diseño
convencional –el realizado por Carlos Thays en 1902 como un pequeño
Palermo con su trazado pintoresco–, a medida que los diferentes fragmentos
del parque y sus sucesivas ampliaciones se van realizando en el curso de los
primeros quince años, sufre el impacto de las nuevas concepciones guiadas
por una fuerte presencia pública. Desde su misma inauguración, comienza a
ser sede de instituciones, como la Asociación Popular de Educación, que se
instala en 1903 para la práctica deportiva; de todos modos, hasta el final de
la década el parque no sería mucho más que el cuadrilátero inaugurado en el
sector oriental, sobresaliendo como una plaza en el descampado, entre tierra
virgen, monte silvestre y restos de barranca.
Entre 1909 y 1916 se produce la cualificación material principal del
área, asociada a una cantidad de iniciativas públicas y filantrópicas. En
primer lugar, paseo, educación y beneficencia: se construye el Jardín
Zoológico del Sur, “sucursal” creada sobre el hemiciclo del viejo matadero
por el director del zoológico central, Clemente Onelli, que rápidamente se
convierte en “el paseo instructivo, obligatorio y frecuente de las numerosas
escuelas del estado y asilos, numerosísimos en esos barrios populares”.[27]
Una de esas instituciones, y sin duda la más importante, funciona desde
1908 consolidando el brazo sur del parque: las Escuelas Patrias del
Patronato de la Infancia; para su inauguración, Caras y caretas publicó un
artículo que narraba cómo el Patronato “sustrae de la vagancia y de una
existencia miserable” a más de mil chicos y chicas de “la quema”,
encabezando con una frase más que elocuente del modo en que se
representa la combinación de parque e institución en la acción
regeneradora: “Dios ha bajado al parque”.[28] Aún más al sur, a las puertas
de la quema, la Municipalidad cede una manzana para la construcción del
monumental pabellón de la Sociedad Madres Argentinas, vanguardia del
saneamiento que se completará en 1911 con el desalojo del Barrio de las
ranas.[29]
En segundo lugar, vivienda para obreros: en 1911 se inaugura el primer
barrio obrero municipal La Colonia, cuya construcción había comenzado en
1909 en el extremo sur del parque, y en 1912 se inaugura el conjunto de
vivienda obrera realizado con fondos del Jockey Club por la Sociedad San
Vicente de Paul unas cuadras más allá. La presencia en esta segunda
ceremonia de una comitiva oficial encabezada por el presidente de la nación
Roque Sáenz Peña y el intendente Joaquín de Anchorena, más los selectos
integrantes de la comisión de damas vicentinas y del Jockey Club, es
ilustrativa de la importancia otorgada por el establishment a estas
iniciativas; que la ceremonia se haya continuado en un recorrido por el
parque, visitando el jardín zoológico y tomando una copa de leche en la
“cabrería municipal” que también se inauguraba, indica con mayor
elocuencia aún que la obra filantrópica se pensaba en relación con la
modernización del parque y con su capacidad expansiva al conjunto del
área.[30]
El tema de las iniciativas de vivienda en el área excede, de todos modos,
esos dos ejemplos: entre 1907 y 1919, una cantidad considerable de
realizaciones y proyectos de vivienda popular –los primeros pasos oficiales
en política de vivienda, con excepción del aislado conjunto obrero de
Alvear en el siglo anterior– se van a concentrar en las inmediaciones de
Parque Patricios: además de los conjuntos La Colonia y San Vicente de
Paul, la manzana Buteler (1907-1910), el proyecto no realizado de barrio
municipal diseñado por Thays en los terrenos de la Quema (1911), y la
primera Casa colectiva de la Comisión Nacional de Casas Baratas frente al
parque (1919). En una ciudad en la que hasta los años cuarenta
prácticamente no hubo realizaciones públicas de vivienda, esta
concentración de iniciativas –en algunos casos de alta calidad
arquitectónica y urbana, y en todos los casos de notoria solidez en la
dilusión agreste del suburbio– podría explicar casi por sí sola la
identificación hacia los años veinte de Parque Patricios como un “barrio
cordial”. Así como en la cuestión de la vivienda popular se asiste desde
comienzos de siglo a un proceso de debate tipológico y experimentación
para la construcción de la “familia moderna”, la concentración de
experiencias en este sector de la ciudad lo convierte en un laboratorio de
escala urbana para el mismo propósito: por eso, en 1922, en el “mapa
moral” que Manuel Gálvez diseña en Historia de arrabal, “una casita con
dos piezas frente al parque” ya podrá representar el único espacio de
salvación para su protagonista –el futuro de una familia y la integración a
una comunidad–, frente a los peligros encarnados por La Boca y Barracas o
por el centro.[31] La combinación de vivienda moderna y parque funciona
en la representación del barrio activando un difuso imaginario de “ciudad
jardín”, con su promesa de una domesticidad amable para el suburbio,
rescatado de las consecuencias de una cristalización “obrera”.
Pero, a diferencia de las imágenes clásicas del barrio-jardín, lo que
sobresale de estos conjuntos de vivienda es su compromiso activo con la
materialización de la cuadrícula en zonas todavía vacantes: un compromiso
que le impide llevar adelante cualquier experimentación en los prototipos
de vivienda –donde se debía formar la familia moderna– porque en última
instancia los somete a la prueba última de la disposición general en la grilla
–donde se debía formar el barrio moderno–, mostrando así una
preocupación extrema por cumplir un rol de vanguardias de la
regularización, asumiendo en medio de verdaderos descampados el
protagonismo pleno en una consolidación urbana del suburbio. Estos
conjuntos, que vistos en su momento de surgimiento podrían parecer
fortalezas autosuficientes contrastadas con el suburbio informe, en verdad
figuran la integración hacia el futuro de un medio que sólo existe como
promesa en los planos del municipio; a diferencia de las tipologías del
suburb anglosajón, la idea de una familia moderna es en Buenos Aires
indisociable, más que del hogar, de la integración en la cuadrícula que
permitirá el barrio.[32]
Hacia mediados de la década del diez, entonces, sobre la modernización
general del primer cordón suburbano (es decir, la densificación privada del
tejido urbano y el tendido público de las redes cloacales y pluviales, la
iluminación y la pavimentación, que en nuestra área encuentra una
manifestación puntual y simbólica en el desalojo del Barrio de las ranas y el
reemplazo de la quema por una usina incineradora); sobre esa
modernización, la concentración de iniciativas públicas y filantrópicas en
torno al parque ha producido de modo no planificado un plus cualitativo. La
consolidación del parque, con sus conjuntos de vivienda moderna, sus
viveros, su zoológico y su lechería, su biblioteca municipal, sus escuelas y
campos deportivos; la correlativa conversión de la calle Caseros en
boulevard, con el crecimiento y la complejización de la residencia y el
comercio, y la proliferación de nuevas instituciones públicas y privadas crea
un nuevo centro de referencia que reorganiza la identificación del barrio:
conforma el cañamazo básico, material e institucional, sobre el cual se irá
tramando el conjunto de vecindarios en el artefacto barrio, como un espacio
público de escala local.
Detengámonos en la composición de ese espacio público en el pasaje de
vecindario a barrio. La primera transformación se produce en la puesta en
contacto de los diferentes vecindarios a partir del reconocimiento de un
centro común: el parque. Mientras en cada vecindario la unión forzada de la
pequeña comunidad en torno a las carencias materiales reproducía los lazos
familiares típicos de los poblados tradicionales, la integración de esos
vecindarios en una unidad mayor los involucra en una serie de instituciones
mediadoras, que fracturan el espacio familiar ampliado de la “comunidad”:
si en el vecindario la calle puede pensarse todavía como una prolongación
del espacio privado, en el barrio, en cambio, la calle abre sus fronteras
haciendo explícita su pertenencia a un sistema público mayor, en donde es
posible la aparición de lo desconocido y donde, por lo tanto, es necesaria la
producción institucional de mecanismos de integración y diferenciación, de
formas de reconocimiento y distancia; producción que mezcla dimensiones
políticas, sociales y urbanas.
En ella es fundamental el rol de tres tipos de instituciones que
construyen en estos años de transición una variedad de relaciones posibles
entre sociedad civil y estado, con la peculiaridad de que les dan forma
territorial y urbana: son instituciones localizadas. Una institución producida
“desde arriba” por el estado, la escuela; las otras dos producidas por la
sociedad local, aunque una de ellas se reconoce por su capacidad de
establecer un diálogo con el estado, la sociedad de fomento, mientras que la
otra, el club, aparece como un producto asociativo con mayor autonomía de
la política, cuyo suceso se afirma en el desarrollo de una novedosa cultura
de masas en estas décadas, al amparo de la creciente disponibilidad de
tiempo libre de los sectores populares. Cada una de ellas aporta diferentes
ingredientes a la formación del espacio público local.[33] La escuela tiene
un rol protagónico en la constitución de identidades socio-espaciales, en
función de su capacidad simbólica y material de encarnar un conjunto de
valores públicos, como cadena de transmisión e inclusión en ellos: los más
importantes, la integración social y nacional, ofrecida explícitamente por el
programa de “argentinización” de la escuela; y el ascenso social, en la
medida en que para esta sociedad en movimiento, la “cultura” se ha
convertido en uno de los principales capitales, como queda demostrado por
el auge de las bibliotecas populares y de la institución de los cursos y
conferencias que ha estudiado Romero, pero además por el lugar
privilegiado de la maestra normal en el mundo provinciano del barrio, de
acuerdo a lo que ha probado Sarlo.[34]
La sociedad de fomento, por su parte, estructura la sociedad local en
función de necesidades que hacen a la propia definición de pertenencia de
un ámbito urbano, recortada contra un estado que, en la confrontación,
también encuentra una identificación territorial: la “ciudad tradicional”, “el
centro”. Su emergencia, sus modos de producción social, cultural e
ideológica, han sido analizados muy convincentemente por la más reciente
historiografía.[35] Como práctica en escala de funcionamiento institucional,
como agregación de actores sociales en pos de objetivos que los igualan de
frente al estado, y como eficiente aparato de organización de la sociedad
local, este tipo de institución aparece con nitidez a mediados de la década
del diez, cuando al compás de la densificación del suburbio comienza a
deslindar el ambiguo campo de intereses con las “comisiones de mejoras”
que vimos reuniendo a los grandes propietarios desde el siglo anterior. Su
florecimiento espectacular, como veremos, se producirá en las décadas del
veinte y el treinta al compás de la complejización de la política municipal y
de una creciente capacidad de negociación con el estado. Pero en estos años
iniciales, cuando la democratización política apenas prometía alcanzar a los
nuevos habitantes del suburbio, la sociedad de fomento produce una
práctica concreta de ejercicio ampliado de la ciudadanía, en el sentido de
efectivizar una titularidad de derechos en la acepción más tradicional de
“derecho a la ciudad”; una avanzada de la integración cívica en tanto su
capacidad inclusiva está garantizada por la necesidad de autogestionar
colectivamente mejoras para las condiciones materiales de vida en un
entorno inmediato.[36]
El club, finalmente, presenta dos aspectos: desde el punto de vista de la
complejización de un tipo de sociabilidad, cumple una finalidad similar a la
sociedad de fomento, compartiendo una serie de actividades, como las
culturales (la existencia de una biblioteca se hace imprescindible en ambas
instituciones), y ofreciendo un escenario de mayor envergadura para el
florecimiento de un aspecto central en la cultura popular de estos años, los
bailes. Pero presenta además una diferencia fundamental a la hora de la
definición del propio barrio como espacio público localizado: el equipo de
fútbol, esa creación barrial de gran capacidad para cristalizar identidades
territoriales. Se trata de una peculiaridad de Buenos Aires, ya que siendo
común en todas las ciudades modernas la construccción identitaria en torno
al deporte de masas, lo frecuente es la competencia regional entre ciudades
o, a lo sumo, la presencia de dos grandes equipos por ciudad, y no esta
proliferación de equipos rivales en una misma ciudad. Los principales
clubes de fútbol en Buenos Aires son una creación territorial, surgida de un
piso de centenares de iniciativas favorecidas por el tipo de urbanización
fragmentaria de los vecindarios: todas las historias fundacionales de los
primeros equipos de fútbol son historias épicas de jóvenes vecinos
impedidos, por aislamiento material o social, de participar en otras
instituciones deportivas o culturales; una vez consolidados algunos de esos
clubes en el marco de la profesionalización del deporte y de la fabulosa
explosión de los medios masivos en la década del veinte, su trascendencia
volverá a repercutir en el barrio favoreciendo la composición de identidades
de enorme capacidad referencial.[37]
Por diferentes razones, entonces, estas instituciones vienen matrizadas
con una importante componente urbana, en el sentido de que constituyen
sociedades definidas localmente en términos de un territorio concreto y de
un lugar en/contra una ciudad mayor; al producir un espacio público
localizado, un espacio surcado por relaciones sociales y culturales mediadas
y formalizadas por ellas, transforman el pequeño universo cotidiano de
calles y edificios del barrio en un espacio histórico. Pero este espacio
histórico no va a estar definido por una tradición, como el barrio de la
ciudad tradicional europea, ni por un destino, como el vecindario de la
modernización sin cualidad, sino por un proyecto: en los primeros años de
la formación de los barrios, la patria chica está hecha de promesas, de
integración, de ascenso, de mejoras, de triunfos; es, en este sentido expreso,
progresista.
Vocación pública, estructuración social, identificación territorial: en ese
espacio público local, el parque ofrece una tradición identitaria ya
construida: un corazón, moderno y orgánico a la vez. Las componentes
cívica y natural, que oscilan ambiguas en cada una de estas instituciones,
encuentran en el parque una articulación sancionada, porque también está
fuertemente sancionada, a lo largo de una historia mucho más densa que la
de ese novedoso espacio histórico que nace, la capacidad del parque de
matrizar en ciudad, en formas urbanas, una experiencia de derechos cívicos.
Todas las instituciones son constructoras de ciudadanía como derecho a la
ciudad; el parque es derecho a la ciudad. Por eso las contiene, por eso las
imanta, las significa y las potencia; por eso todas giran, en este primer
momento de la suburbanización, en torno a su modelo, configurándolo
explícitamente en ideal de lo público suburbano, experiencia que se repite
en la fuerza ejemplificadora de cada uno de los parques que forman este
incipiente “sistema”: Patricios, Chacabuco, Centenario o Avellaneda, así
como en los debates posteriores sobre el “Gran Parque del Sur”. El modelo
de intervención que se origina con el parque es el que más rápido se
identifica con los aspectos “progresistas”, cívicos y orgánicos, de la idea de
barrio, conformando la primera dimensión de lo público suburbano.
En este sentido, si Palermo se pensó primero como un laboratorio
técnico y luego como un laboratorio de prácticas públicas de la ciudad
tradicional, Parque Patricios debe pensarse como un laboratorio de
producción de una nueva categoría metropolitana, el “tiempo libre”; como
un ámbito de experimentación para la producción del parque como foco
recreativo, sanitario, trascendente, educativo y moral, de una moral del
trabajo que paradójicamente se puede establecer en su modo moderno
cuando el trabajo es desalojado del centro (el matadero) y es reemplazado
por la representación suprema del tiempo libre (el parque). En este arrabal
periférico primero, luego área descualificada de vecindarios suburbanos, la
propia noción de tiempo libre, como tiempo radicalmente opuesto al trabajo
aunque funcional a su reproducción, es introducida por el parque. El parque
produce una primera homogeneización del barrio como sociedad local,
reuniendo en torno al uso del tiempo libre una multitud de experiencias
dispersas: justamente las “instituciones del tiempo libre” –parque, club,
biblioteca, sociedad de fomento, la propia familia moderna que puede
reconocerse como tal en un novedoso tiempo compartido por fuera del
trabajo–, como nuevos organizadores de la experiencia cotidiana en la
ciudad y como estructuración ahora global del tiempo de los sectores
populares, son las que pueden reestablecer un “sistema”, llenar el hueco que
se había abierto con la mudanza del matadero y producir el barrio moderno.
El cuchillero se convierte en paseante, es decir en ciudadano moderno y no
en “obrero” moderno, por el rol del tiempo libre en la definición de su
nuevo lugar en la ciudad: en la producción de ese entramado institucional –
separado del trabajo no sólo por la movilidad que permite radicar el hogar
obrero lejos de la fábrica, sino porque el sistema de pequeños talleres en el
propio barrio no forma una cultura obrera– es donde la idea de espacio
público puede densificarse, porque el derecho moderno a la ciudad será
equivalente cada vez más a disponibilidad de tiempo libre para ejercitarlo.
No se trata sólo de la generalización a toda la ciudad de nuevas formas de
sociabilidad que encuentran sus patrones de conducta pública en el paseo
familiar, las prácticas deportivas y culturales, y la agregación vecinal para
las mejoras materiales del área. Se trata de que todas esas formas se
entrelazan en instituciones localizadas y consolidan la representación de un
territorio histórico y cultural.
Laboratorio, entonces, de un nuevo tipo de espacio público suburbano;
pero éste es sólo un aspecto. En Parque Patricios, por su carácter explícito
de complemento urbano, por su rol de “barrio obrero modelo”, este proceso
tendrá consecuencias sobre representaciones más vastas de la ciudad y el
suburbio, el parque se convertirá en laboratorio de otras prácticas: cuando
hacia finales de los años diez y comienzos de los veinte se haga pública –en
la literatura, en la prensa, en las representaciones municipales– esa
transformación silenciosa, la conversión en “barrio cordial” de lo que
todavía en 1913 se representaba como “un barrio extremo, sucio, maloliente
y por el que no se atreven las familias por temor al mal encuentro con
alguna patota de compadres y malevos”, se habrá puesto de manifiesto el
éxito de un dispositivo para repensar toda la producción de la ciudad.[38] El
poder público descubre, al final de un proceso, que una serie de
intervenciones puntuales sin vocación global, producto de la superposición
institucional, del rol “natural” del parque como condensador de
representaciones, pero también de la impotencia del municipio de intervenir
más decididamente en el conjunto de la grilla, han mostrado capacidad de
convertir un artefacto pensado originariamente como freno a la
urbanización, en un dispositivo capaz de irradiar una cierta cualidad urbana
como alternativa a la “anomia” que produce el mercado librado a sus
propios impulsos: la modernización sin cualidad no produce barrio ni
ciudad; lo que el poder público comienza a descubrir, en este aspecto, es
una nueva capacidad potencial de imponerle modelos al mercado sin
necesidad de intervenir en él drásticamente, sino concentrando
intervenciones al margen, digamos, del laissez-faire para el cual destina la
porción principal de la grilla. Se trata de una modalidad de intervención
reformista que veremos afirmarse a lo largo de la década del veinte como
instrumento urbanístico; una modalidad que propone avanzar sobre la
equidad abstracta de la cuadrícula, ya convertida en mercado homogéneo, a
través de la producción de focos cualitativos para una reorganización de la
experiencia popular en la ciudad. El “no hacer” municipal (dato de partida
si se piensa que las intervenciones se concentran en un foco muy reducido
en comparación con los sectores en los que no se interviene) podría
pensarse, entonces, como un “hacer” diferente, una cualificación a través de
elementos de punta de la urbanización que funcionan en períodos largos,
que ponen las representaciones simbólicas al comando de la transformación
urbana.
De tal modo, aparece otro rol reformista del parque en el suburbio, un rol
más urbano que social: ya no es sólo “parque de la reforma” porque
regenera hábitos, pone en acto el derecho a la ciudad o salva a los niños de
las amenazas de la calle, sino porque se demuestra capaz de cambiar por
completo la fisonomía urbana de un sector que, en el caso de San Cristóbal
Sur por añadidura, en este proceso de deslinde entre el suburbio
considerado globalmente “obrero” y la creciente concentración de fábricas
en el sur de la ciudad, se convierte en lugar de redención del sur, donde se
repite como muestra todo lo mejor que la ciudad puede ofrecer y a partir de
cuya emulación debe crecer el eje industrial moderno. Pero además de la
generación de políticas urbanísticas que esto supone –y que analizaremos
en la tercera parte de la tesis–, aquí aparece un cambio fundamental en las
representaciones públicas del sur, que va más allá tanto de la visión
simplista de la oposición norte/sur, como del sur como ideología que
ofrecía el nacionalismo técnico municipal en el centenario para tramitar los
conflictos de la ciudad tradicional. Esta nueva representación de la ciudad
supone, en primer lugar, una partición dentro de aquel sur ideológico,
abstracto, que reunía en un mismo bando “marginado” el sur de la ciudad
tradicional con el nuevo suburbio “obrero” como las áreas olvidadas del
proceso de modernización “nortista”; ahora el progresismo del “barrio
cordial” permite una diferenciación más sutil entre los viejos barrios
obreros (La Boca y Barracas) que, como veíamos en la novela de Gálvez, se
perciben como incorregibles, y un “nuevo sur” que comienza para el poder
público en Parque Patricios, donde el dispositivo económico-moral ha
mostrado sus efectos en el ideal de un “suburbio obrero decente”. El plus
del parque convierte el “barrio obrero” en “barrio obrero modelo” y diseña
un ideal de agregación que va a ser fundamental en el imaginario de todos
los nuevos barrios que surgen al sur y al oeste del suburbio, como contraste
con los viejos barrios obreros: conviene volver a recordar el Reglamento
Industrial de 1914, esta vez para reparar en que si por un lado engloba como
“industriales” a barrios de todo el abanico suburbano, al mismo tiempo
omite toda mención a los únicos barrios obreros realmente existentes, La
Boca y Barracas, destinatarios naturales de cualquier reglamentación
industrial. Frente a las concepciones mecanicistas que ven en la
Municipalidad un mero “agente” sin mediaciones del capital, también en la
legislación es posible encontrar huellas de la búsqueda pública de modelos,
proyectos y figuraciones que se separan de lo sancionado por el mercado.
Ahora bien, este proceso de diferenciación ideológica que recorta sur
viejo y nuevo con el cartabón del “suburbio obrero decente”, permite
entender en segundo lugar otra transformación fundamental en las
representaciones públicas: el “nuevo sur” ya no es simplemente el lugar de
la compensación, sino el lugar de la experimentación más avanzada de
modelos de ciudad. A raíz de que estos “barrios progresistas” se ven como
desligados de todo pasado –nuevamente, como proyecto–, durante la
primera mitad del siglo y buena parte de la segunda, el eje suroeste de la
ciudad, desde Parque Patricios hasta el Gran Parque del Sur primero, y –
como mostró Ballent– hasta Ezeiza después, será representado como tabula
rasa, como lugar donde pueden ser experimentados los modelos más
avanzados de ciudad moderna que la saturación del mercado en el norte
hace inimaginables; al mismo tiempo que es el lugar de la pobreza
simbólica y material –y paradójicamente por eso mismo–, el “nuevo sur”
será el lugar de la vanguardia urbanística.[39]
Finalmente, el ejemplo de San Cristóbal Sur/Parque Patricios nos sirve
para entender en qué medida la formación del barrio como espacio público
se produce en un doble proceso de diferenciación y generalización marcado
por una tensión pública. El aspecto diferenciador se realiza territorial y
socialmente: el barrio recorta territorios para volver a nombrarlos, reúne
vecindarios y los reorganiza como nuevas unidades internas de acuerdo con
ciertas pautas sociomorfológicas de identidad; asimismo, el barrio
estratifica con nuevos valores a la sociedad local en una compleja pirámide
de acuerdo con criterios específicos, ligados a los prestigios de escala
parroquial, por fuera de los conflictos globales de la política y el trabajo,
colocando en el centro el tiempo libre y, en función de él, una precisa
representación de la cultura. El aspecto generalizador es el que multiplica
esta experiencia y la convierte en modelo ideal en cada uno de los barrios,
imponiendo en el poder público una estrategia de intervenciones puntuales
cualificadoras del conjunto de la cuadrícula, y en la sociedad una
representación privilegiada de cómo debe producirse la agregación
comunitaria. Diferenciación y generalización que encuentran su
representación urbana en la grilla y el parque: en primer lugar porque, para
producirse, la forma barrio debe distinguirse de la estructura abstracta de la
grilla, y ahí funciona la capacidad referencial y disruptiva del parque; pero,
al mismo tiempo, hemos visto que en el ámbito restricto del barrio, la
manzana, como módulo de una unidad mayor, produce cualidad urbana para
un primer nivel de identidad en el espacio público local: el de la regularidad
urbana como garantía de la integración social. Será recién en un segundo
momento de la metropolización cuando aparezcan los roles contradictorios,
cuando se vean las dificultades de mantener el delicado equilibrio entre la
diferenciación y la generalización: así como el parque organiza y cualifica,
la cuadrícula no favorece ninguna nostalgia sobre la recuperación de un
centro. Conviene resaltarlo: al prefigurar la nueva ciudad como
prolongación exacta de la ciudad tradicional, suponiendo para un futuro
ideal la desaparición de los límites entre ciudad nueva y vieja, pero también
entre barrio y barrio o entre barrio y centro, la cuadrícula proyecta, anuncia
y sienta las bases de la pérdida de toda cualidad de ciudad en la regularidad
cuantificada de la metrópoli.
Entonces aparece la importancia del mito: pero ya no sólo el mito
comunitarista, apoyado en los aspectos orgánicos del parque como
institución regeneradora, sino, sobre todo, el mito literario. Ésta será, como
veremos, la principal paradoja del “barrio progresista” y su desgarro
interno: si hasta aquí vimos su producción silenciosa, en tanto no fue
registrada como narración sino que debimos reconstruirla en documentos
dispersos y fragmentarios, cuando analicemos su producción narrativa
como barrio en los años veinte –central en la propia configuración del
barrio como dispositivo cultural– se verá que partiendo de esa
modernización terminará por contradecirla punto a punto. En efecto, cuando
la modernización borre los últimos resabios del área tradicional, cuando las
promesas del espacio público progresista se realicen, recién allí la nostalgia
mostrará su eficacia en la construcción de una “tradición” inescindible de la
producción identitaria. Enrique González Tuñón, festejando todavía los
logros del progreso “cordial”, fue capaz de preveerlo en 1925, en el mismo
momento en que comenzaba a ocurrir: “Con las chapas de zinc oxidadas
que cubrieron sus ranchos, Parque Patricios ha de levantar un día el panteón
de su pasado malevo, donde guardará devotamente el recuerdo del
compadrito que bordeaba de cortes la vereda en los acordes quejumbrosos
del organito del arrabal”.[40]

Notas
1 James Scobie, Buenos Aires, del centro a los barrios, Buenos Aires, Solar, 1977, especialmente el
capítulo “El tranvía y los barrios”.
2 La bibliografía barrial memorialista en Buenos Aires se ha manifestado sobre todo en la colección
Cuadernos de Buenos Aires que la Municipalidad viene editando desde los años sesenta sobre
diferentes barrios de la ciudad. El espíritu participacionista de la naciente democracia en los años
ochenta, con un nuevo énfasis en lo local, puso también su acento en una recuperación del barrio,
y de allí salieron emprendimientos como los talleres de historia oral organizados por el Instituto
Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, que en los hechos produce materiales no muy diferentes
desde el punto de vista del contenido a aquellos Cuadernos. Por fuera del memorialismo, desde un
enfoque que abreva en una defensa comunitarista del barrio como lugar existencial, Mario
Sabugo, por su parte, ha venido produciendo una serie de trabajos que buscan la recuperación del
barrio a través de la puesta en circulación de sus motivos mitológicos; cfr. especialmente
“Placeres y fatigas de los barrios”, Anales del Instituto de Arte Americano e Investigaciones
Estéticas “Mario Buschiazzo”, No. 27-28, Buenos Aires, 1992.
3 Jean Paul Sartre, “Nueva York, ciudad colonial” (Town and Country, 1946), en La república del
silencio, Buenos Aires, Losada, 1960, pp. 74-81 (todas las notas siguientes de Sartre provienen de
esta edición del artículo).
4 Véase Arturo Cancela, “Buenos Aires a vuelo de pájaro”, en Municipalidad de la Ciudad de
Buenos Aires, Homenaje a Buenos Aires en el Cuarto Centenario de su Fundación, Buenos Aires,
1936; y Jorge Luis Borges, Evaristo Carriego (1930), en Obras completas, Buenos Aires, Emecé,
1989, tomo 1, p. 107.
5 Utilizo las categorías sociológicas clásicas siguiendo la formulación de Hans Paul Bahrdt, La
moderna metrópoli. Reflexiones sociológicas sobre la construcción de las ciudades, Buenos
Aires, EUDEBA, 1970 (Hamburgo, 1961).
6 Véase la compilación de sus artículos sobre el tema en Sectores populares. Cultura y política.
Buenos Aires en la entreguerra, Buenos Aires, Sudamericana, 1995.
7 Enrique González Tuñón, “Parque Patricios”, Caras y caretas, No. 1419, Buenos Aires, 12-12-
1925. El desarrollo de este capítulo está basado en un trabajo colectivo reflejado previamente en
los siguientes escritos: Graciela Silvestri y Adrián Gorelik, “San Cristóbal Sur entre el Matadero y
el Parque: acción municipal, conformación barrial y crecimiento urbano en Buenos Aires, 1895-
1915”, publicado en el Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. E. Ravignani,
No. 3, Buenos Aires, primer semestre de 1991; Jorge Liernur (dir.), “Formación y desarrollo del
barrio de San Cristóbal (1870-1940)” (mimeo), Informe Final PID-CONICET, Buenos Aires,
1991.
8 Martín García, “Inauguración de los nuevos mataderos”, Caras y caretas, No. 78, Buenos Aires, 31
de marzo de 1900.
9 Cfr. Enrique González Tuñón, “Parque Patricios”, Caras y caretas, citado.
10 La vieja denominación San Cristóbal Sur englobaba la circunscripción electoral nº 2, cuya parte
principal pasa a llamarse Parque Patricios, mientras que el sector sur, lindero al Riachuelo, se
divide entre Barracas y Nueva Pompeya.
11 “De hecho, el edificio de los Nuevos Mataderos del Sud es casi un edificio fantasma: siempre que
las Memorias nos anuncian que está construido, encontramos una nueva licitación o un nuevo
proyecto al año siguiente. Sin embargo, su huella en el barrio fue tan fuerte que, aún hoy, muchos
habitantes creen recordar la época en que Parque Patricios, entonces San Cristóbal Sur, se
caracterizaba por el matadero”, Fernando Aliata y Graciela Silvestri, “Continuidades y rupturas en
la ciudad del Ochocientos. El caso de los mataderos porteños (1820-1900)”, Anales del Instituto
de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo”, No. 26, Buenos Aires,
1988. La formación de tradiciones en Buenos Aires es así de fulminante; de hecho hoy en
Mataderos se celebra todo un ritual de memoria campera, cuando los establecimientos que allí se
instalaron en 1900 fueron el producto de una radical modernización de las prácticas de la matanza.
12 Gabriela L. de Coni, “El barrio de las ranas”, La Prensa, Buenos Aires, 7 de febrero de 1902, con
una continuación sobre la quema al día siguiente.
13 La cita es de M. Bernárdez, “La quema de las basuras”, Caras y caretas, 21 de enero de 1899.
Véase también el “Primer informe de la Comisión de Estudio de las Basuras”, de 1899, con
profusión de datos y fotografías, en MCBA, Tratamiento y eliminación de las basuras. Informe
teórico práctico de la Comisión especial, Buenos Aires, junio de 1904.
14 Jules Huret, De Buenos Aires al Gran Chaco, cit., tomo 1, p. 55.
15 La frase de “la mala gente” en “Un pueblo misterioso”, Caras y caretas, Buenos Aires, 4 de
noviembre de 1905. La obra de Enrique García Velloso, En el barrio de las ranas, la puso la
compañía Podestá-Vittone en noviembre de 1910 en el teatro Apolo con gran éxito de público
(vale la pena recordar el auge teatral en Buenos Aires en estas décadas). La cita sobre la leyenda
anarquista del barrio, en Jules Huret, cit., p. 55. Sobre la fascinación de la visión costumbrista por
lo marginal, R. I. Ortiz escribe en P.B.T., No. 109, 15-12-1906, precisamente sobre la quema, que
si “el arrabal es la mueca de la ciudad”, al mismo tiempo es lo que le da “colorido”: “Son los
gestos diversos de la gran metrópoli”; entre todos “forman ese panorama inmenso, burbujeante,
poliforme llamado ciudad de Buenos Aires”.
16 Véase Martín García, “Inauguración de los nuevos mataderos”, Caras y caretas, No. 78, cit. El
artículo desarrolla la idea de que por culpa de la modernización del matadero no sólo se pierde el
rasgo artesanal del trabajo, vinculado al coraje, sino que ahora va a poder trabajar allí cualquier
extranjero recién llegado, con lo cual la pérdida es doble: “El gaucho de áspero ceño y garrón
duro, que miraba con irónico desdén al nación torpe para el cuchillo y arisco para la guampa,
ahora se ve humillado, emparejado a cualquier faenero chambón y primerizo”. Y le hace decir a
uno de los trabajadores desplazados señalando a un inmigrante ahora hábil en la faena que “hasta
los mesmos animales han cambiao”, porque ahora obedecen hasta a un “italiano bozal”, con lo
que el cronista se larga a una descripción del efecto de la modernización en hombres y animales
por medio de la cual explica el final del gaucho.
17 Por ejemplo, por gestiones de Lezama, el ramal del Ferrocarril Oeste proyectado en 1867 para
unir Once de Septiembre con el Mercado Central de Frutos de Barracas al Sur modificó la traza
inicial resolviendo un nuevo trazado que atraviesa San Cristóbal Sur hasta el Riachuelo entre los
terrenos de Lezama y Pereyra; el cambio de trayecto, además de agregar a la original función de
transportar las mercaderías del oeste al Mercado, la de transportar la carne desde el Matadero y la
basura hacia la quema –lo que le dará nombre al ramal–, señala la vocación productiva de los
grandes propietarios que no veían mal que la zona se definiera como zona de servicios para la
ciudad; véase “Antiguo ramal al Riachuelo y Mercado Central de Frutos”, MOP. Leyes, contratos
y resoluciones referentes a los ferrocarriles y tranvías, tomo IV, parte II, recopilado por Eduardo
Schlatter, Buenos Aires, 1902.
18 Para el caso de San Cristóbal Sur, cfr. Jorge Liernur (dir.), “Formación y desarrollo del barrio de
San Cristóbal (1870-1940)”, cit., en donde se desarrolla el análisis de uno de estos vecindarios, el
de las tierras de Coronel. Sobre el sector aledaño de Nueva Pompeya, debo agradecer a Mabel
Scaltriti que me facilitó generosamente su investigación inédita realizada en el PEHESA; véase,
por ejemplo, de la autora, “Surgimiento de las sociedades barriales en Buenos Aires. El caso de
Nueva Pompeya”, VII Jornadas del Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, septiembre
de 1990.
19 El origen rural de buena parte de la inmigración radicada en Buenos Aires es una hipótesis
generalizada en los estudios de inmigración, por ejemplo, véase Fernando Devoto, “Los orígenes
de un barrio italiano en Buenos Aires a mediados del siglo XIX”, Boletín del Instituto de Historia
Argentina y Americana Dr. E. Ravignani, No. 1, Buenos Aires, 1º semestre de 1989.
20 Específicamente en el área de San Cristóbal Sur se pasó de 36.985 habitantes en 1904 a 53.466 en
1910, según los respectivos censos.
21 Véase J. Auza, “Buenos Aires y sus reglamentos industriales desde 1900 hasta la actualidad”, II
Jornadas de Historia de Buenos Aires, IHCBA, Buenos Aires 1988. Véase también sobre la
instalación industrial en la ciudad, Fernando Rocchi, “La armonía de los opuestos: industria,
importaciones y la construcción urbana de Buenos Aires en el período 1880-1920”, Entrepasados,
No. 7, Buenos Aires, fines de 1994.
22� Véase Graciela Silvestri, “1880-1910: la federalización de Buenos Aires y la construccción de
los barrios”, en A. Ballent, A. Gorelik y G. Silvestri, “Para un estudio de la ciudad y sus barrios”,
Actas de las Primeras Jornadas del Instituto de Historia Mario J. Buschiazzo, FADU-UBA,
Buenos Aires, 1985. Con estas conclusiones también coincide Fernando Rocchi para sostener que
“la ciudad desarrolló un entramado peculiar, libre de definiciones tajantes”, en “La armonía de los
opuestos: industria, importaciones y la construcción urbana de Buenos Aires en el período 1880-
1920”, cit., p. 44.
23 Los hornos de ladrillo funcionaban arrendando los terrenos a los propietarios que buscaban
regularizar la topografía, por lo que con la misma tierra que le ganaban producían los materiales
con los cuales luego se construían las viviendas en el suburbio.
24 Roberto Gache, Glosario de la farsa urbana, especialmente el capítulo IV: “La historia de un día
domingo”, cit., pp. 66 y ss. Este libro de crítica costumbrista se compone mayormente de una serie
de artículos que Gache comienza a publicar en la revista Nosotros hacia 1916 con el título
genérico de “La vida de Buenos Aires”. Con un decadentismo fuertemente aristocrático, Gache
construye una serie de motivos y tópicos del análisis del “alma porteña”, que perdurarán cuando
en los años veinte y treinta se expanda el ensayo de costumbrismo urbano como género.
25 El Monitor de la Educación Común, año XI, No. 184, Buenos Aires, 15 de julio de 1890, pp. 244-
245.
26 J. C. N Forestier, “Los parques de juego o jardines de barrio en las grandes ciudades”, Revista
Municipal, No. 146, Buenos Aires, 5-11-1906.
27 Véase Revista del Jardín Zoológico, tomo XII, No. 48, diciembre de 1916, p. 507.
28 “Los chicos de la Quema”, Caras y caretas, No. 522, Buenos Aires, 3-10-1908. Los métodos de la
regeneración no parecen ser muy diferentes de los del intendente Bullrich con los niños-reclusos:
“No se espera a que sus padres los lleven ni a que ellos vayan por cuenta propia –explica el
cronista–: se les da caza en la calle [porque] el Patronato cuenta con la desinteresada ayuda de
personas que recogen a los chicos pordioseros y los conducen a la casa del Parque de los
Patricios”.
29 La Sociedad Madres Argentinas se forma en 1905 para atender a los hijos de madres solteras
(vinculadas de alguna manera con asuntos escabrosos de las “familias decentes”); en 1908 la
Municipalidad le cede un terreno en Monteagudo y Ambato, frente a la quema, y en 1910, con
donaciones públicas, el ingeniero Arturo Prins construye el enorme edificio de tipología panóptica
que perdura parcialmente hasta la actualidad.
30 Cfr. R. Llanes, El barrio de Parque de los Patricios, Cuadernos de Buenos Aires, No. XLII,
Buenos Aires, MCBA, 1974.
31 En un análisis agudo de las implicaciones urbanas de la novela de Gálvez, Anahi Ballent propuso
la noción de “mapa moral” que aquí utilizo; cfr. “Manuel Gálvez: barrio y reforma social. Algunas
relaciones entre literatura y ciudad”, en Ballent, Gorelik y Silvestri, “Para un estudio de la ciudad
y sus barrios”, cit. La hipótesis sobre los debates de vivienda popular como parte de la
construcción de la “familia moderna” es de Jorge Liernur, “La estrategia de la casa
autoconstruida”, AAVV, Sectores populares y vida urbana, Buenos Aires, CLACSO, 1984.
32 En el caso de los barrios municipales, la aceptación de la cuadrícula como matriz
homogeneizadora con el futuro de la ciudad es una elección consciente, que a todas luces impide
la experimentación tipológica de la célula de vivienda y que no se desprende de imposiciones
jurídicas, ya que estos conjuntos se realizaban en terrenos municipales, que podrían haber sido
trazados con bastante libertad compositiva hacia modelos más “orgánicos”, como de hecho va a
ocurrir en el caso de Palermo Chico.
33 No he estudiado otra institución indudablemente “localizada”: la Parroquia, de gran importancia
en la producción de identidades barrriales en algunas áreas de la ciudad. Sería importante
confrontar su funcionamiento con el de éstas que menciono. Para ello, remito al estudio de Luis
Alberto Romero, “Nueva Pompeya, libros y catecismo”, incluido en L. Gutiérrez y L. A. Romero,
Sectores populares. Cultura y política. Buenos Aires en la entreguerra, citado.
34 Véase L. A. Romero, “Buenos Aires en la entreguerra: libros baratos y cultura de los sectores
populares”, en ibid.; también Carlos Mangone, “La república radical entre Crítica y El Mundo”,
en Graciela Montaldo y cols., Yrigoyen, entre Borges y Arlt..., cit. Beatriz Sarlo, “Cintas
argentinas y cabezas rapadas”, Prismas, No. 1, Buenos Aires, Editorial de la Universidad
Nacional de Quilmes, 1997.
35 Además de los textos ya citados de Gutiérrez y Romero, con las hipótesis más abarcantes, véanse
los trabajos de Ricardo González, “Lo propio y lo ajeno. Actividades culturales y fomentismo en
una asociación vecinal. Barrio Nazca (1925-1930)”, en Diego Armus (comp.), Mundo urbano y
cultura popular. Estudios de Historia social argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 1990;
Luciano de Privitellio, “Inventar el barrio: Boedo 1930-1940. Origen y desarrollo de una
modalidad urbana”, Buenos Aires, PEHESA, 1993 (mimeo); Mabel Scaltriti, “Surgimiento de las
sociedades barriales en Buenos Aires: el caso de Nueva Pompeya”, citado.
36 Esta distinción entre ciudadanía política y ciudadanía como titularidad de derechos, en este caso
como “derecho a la ciudad” (que, entre otras cosas, es inclusivo de todos aquellos que no votaban,
como las mujeres, los extranjeros o los niños), también la veremos funcionar en el parque y en el
conjunto de problemas que definen al barrio; es una distinción fundamental porque más adelante
nos permitirá entender el deslinde entre el carácter “social” de la ciudadanía del espacio público
local barrio, y el “político” en el espacio público ampliado de la metrópolis. Es una precisión que
le debo a las observaciones de Beatriz Sarlo y para la que me he apoyado en el clásico libro de
Henry Lefebvre, El derecho a la ciudad, Barcelona, Península, 1973 (París, 1968).
37 En el área de Parque Patricios y Boedo habrá dos clubes emblemáticos de la primera época,
Huracán y San Lorenzo, con su origen en grupos juveniles de vecindarios pequeños que se
consolidan y sobreponen por encima de una densa red de clubes menores –todavía hoy es notable
la compacta trama de clubes “sociales y deportivos” que subsiste en el área–; estos dos definirán
por décadas las identidades y las rivalidades en esta zona del suburbio; sobre el rol de los clubes
en la ciudad, véase Mario Sabugo, “Las canchas, monumentos bohemios”, Ambiente, No. 40, La
Plata, 1984; sobre el fútbol y la identidad véase Eduardo Archetti, “El imaginario del fútbol: estilo
y virtudes masculinas en El Gráfico”, Punto de Vista, No. 50, Buenos Aires, noviembre de 1994.
38 La frase citada en Revista municipal, Buenos Aires, 19-1-1914.
39 Anahi Ballent, “Las huellas de la política. Arquitectura, vivienda y ciudad durante el peronismo”
(mimeo), Tesis de Doctorado, FFyL-UBA, 1997.
40 Enrique González Tuñón, “Parque Patricios”, Caras y caretas, citado.
TERCERA PARTE
Modernización o reforma

[Las décadas del veinte y del treinta]


“La urbanización de Buenos Aires dentro de los actuales límites administrativos sería
una ficción, pues tales límites son ficticios dentro del organismo integral de la
aglomeración. De poco serviría resolver problemas para organizar el tráfico, suprimir
los pasos a nivel, construir viviendas sanas y económicas, crear espacios libres y
embellecer algunos barrios de la capital, si tales soluciones [...] suponen la traslación
y la subsistencia de dichos problemas en la dilatada zona de influencia que rodea a la
ciudad.”
CARLOS MARÍA DELLA PAOLERA, 1929[1]

“Florida no resistirá el avance de esas legiones que se incuban en los barrios-


frontera.”
EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA, 1933[2]

En el mismo momento en que el barrio va adquiriendo su perfil más pleno


como espacio público local, se produce el salto casi abrupto desde su
formación silenciosa y su lugar subalterno a la publicidad más rotunda y
diversificada. En muy poco tiempo, entre los últimos años diez y los
primeros años veinte, el suburbio avanza sobre el centro ocupando
rápidamente las principales atenciones políticas, culturales y urbanísticas;
ya no las abandonará, hasta que quede claro que el crecimiento urbano no
había sido un fenómeno independiente de las cualidades de la ciudad
tradicional, sino que las había afectado al punto de disolver su propio
sentido, replanteando las bases mismas sobre las que hasta entonces se
había considerado el espacio público. Así, en los años veinte y treinta, será
en el pensamiento sobre el suburbio donde se jueguen las posiciones
ideológicas acerca de la definición de Buenos Aires y su futuro.
El primer ámbito de producción cultural del barrio suburbano como
problema metropolitano es el político. Desde la reforma electoral que en
1916 lleva a la presidencia a Hipólito Yrigoyen comienza a discutirse la
necesidad de una reforma democratizadora de la ciudad: “la administración
del sufragio calificado construye avenidas diagonales y resuelve el
ensanche de calles, descuidando la atención de las necesidades más
elementales de gran parte de la ciudad”, escribe Mario Bravo en 1917. Para
Bravo, impulsor en la Cámara de Diputados de la reforma municipal, como
para buena parte de la opinión pública, el sufragio calificado representaba el
espacio público tradicional, el centro modernizado con su tradicional
ciudadanía de propietarios y su correspondiente urbanística de ostentación;
por lógica oposición, la ampliación democrática debería atender las
aspiraciones postergadas de la otra ciudad, el suburbio, permitiendo que sus
nuevas voces populares se escuchen, ciudadanizándolas.[3] Cuando se
realicen en 1918 las primeras elecciones comunales con sufragio universal,
la absoluta mayoría que logran socialistas y radicales efectiviza aquel
pronóstico, convirtiendo al Concejo Deliberante en una eficaz caja de
resonancia de los problemas barriales, no tanto porque esos problemas se
resuelvan de modo inmediato, como porque se instalan en el tope de la
agenda pública. Como parte de un imaginario que reclama la expansión del
“progreso” y la “integración” de los nuevos sectores populares en la ciudad,
el barrio encuentra un campo para proyectarse públicamente hacia toda la
ciudad en su cualidad de espacio público, coincidiendo esa trascendencia
metropolitana con la puesta en contacto material de todos los barrios entre
sí y con “la ciudad” por la efectivización de la grilla universal; el espacio
público local barrio estalla y afecta decisivamente la emergencia de un
espacio público metropolitano.
La prensa del período cumple un papel destacado en esa proyección. En
el proceso de publicidad política del barrio, el suburbio se convierte en un
tema periodístico de primer orden: del mismo modo que los partidos
políticos, el nuevo periodismo construye allí su principal clientela, por lo
que comenzará en los años veinte a darle un espacio privilegiado. Entre la
modalidad de “excursión a un territorio desconocido” con que la prensa
tomaba el tema suburbano en las dos primeras décadas, para narrar
desastres naturales o exóticas epopeyas de frontera, y el “Buenos Aires se
queja” con que Roberto Arlt titula su columna diaria en El Mundo en 1934
para denunciar la desatención de los barrios por el poder municipal, media
una transformación espectacular en la producción y la orientación de la
noticia, en la que los barrios ganarán una presencia creciente ya como parte
inescindible, si no la más característica, de la ciudad. Frente a la ahora
extendida sensibilidad por la situación de los barrios suburbanos, la prensa
será una caja de resonancia para la denuncia fomentista, los conflictos y los
reclamos socialistas en el Concejo Deliberante o las políticas de las
intendencias radicales. No hay diario que no tenga su sección municipal,
que no encargue series de notas a especialistas (como La Nación a Eduardo
Schiaffino o a Benito Carrasco), que no salga a reconocer la nueva ciudad
popular (como La Prensa en su rotrograbado semanal), o que no realice
encuestas sobre las transformaciones en curso (como Crítica, que
interrogará tanto a figuras notables como a desconocidos transeúntes,
inaugurando la primera columna periódica sobre temas urbanos con
opiniones de “la gente de la calle”).[4]
Se trata, en todos estos casos, de la publicidad del barrio como “barrio
cordial”, el barrio progresista y laborioso que vimos formarse
silenciosamente en los primeros años del siglo; es decir, la representación
homogénea del barrio moderno que levantará el reformismo político a tono
con las razones y los objetivos del fomentismo al que buscaba interpelar y
representar. Pero casi de modo simultáneo surge otra línea de
representaciones del barrio que será fundamental en su producción cultural
y en su nuevo lugar “central”, aunque veremos que se opone punto a punto
a la del progresismo vecinal: el barrio pintoresco de la literatura y el tango.
También en un brevísimo lapso, este barrio cumple el pronóstico de Tuñón
con que cerramos el capítulo anterior: convertirse en reservorio de un
pasado cuya extinción había sido, sin embargo, prerrequisito para su propia
existencia. Y en los resultados culturales de esa misma operación radican
algunas de las claves principales para entender el avance sobre el centro:
Martínez Estrada identifica como “instrumentos de asalto” culturales de las
“legiones” de los “barrios-frontera” la letra de tango, la “novela infame”, la
“crítica de cachiporra”, a los que cabría agregar el creciente éxito del fútbol.
[5] Por ellos, toda la moderna cultura popular en los años veinte y treinta va
a girar en torno del dispositivo cultural “barrio”, convirtiéndolo en un
espacio de producción y consumo cultural de tanta innovación como
capacidad de reproducción social.
¿Cómo afecta a la ciudad esta abrupta y masiva publicidad del suburbio,
esta proliferación de representaciones, este avance del espacio público local
barrio sobre toda la ciudad, esta universalización de sus temas y
problemas? En un doble sentido, tal como apunta el aparente contraste entre
los acápites de Della Paolera y Martínez Estrada: el centro tradicional, “la
ciudad”, debe reconocerse como parte en la nueva cualidad de la ciudad
extendida, al mismo tiempo que el suburbio avanza sobre el centro. Es
decir, tienden a disolverse las fronteras hacia afuera en el territorio y hacia
adentro en la sociedad, produciendo dos impulsos complementarios en el
ciclo clásico de la expansión reformista de la ciudad: expansión
metropolitana e integración social. A su vez, ambos implican un tercer
impulso, hacia adelante en el tiempo: la idea de proyecto y la primacía de lo
nuevo. En el marco de esa triple tensión reformista, modernizante,
progresista en sentido estricto, no sólo crecen las ciudades, sino que
proliferan en occidente los socialismos municipales y la urbanística como
profesión, como gestión e ideología pública; ese marco de expansión
continua define las propias hipótesis fundacionales de la modernidad
urbana: una idea de progreso expansiva en la que continuamente algo
novedoso “se agrega a aquello que preexiste hasta sumergirlo, sustituirlo,
transformarlo, eventualmente negarlo”.[6]
Los orígenes de este ciclo expansivo en Buenos Aires se remontan,
como vimos, a las propuestas sarmientinas de mediados del siglo XIX. El fin
de siglo, con su batería de acciones públicas, representa, en la larga
duración de este proceso, un parteaguas, porque entonces se define como
proyecto la estructura material de la expansión donde la integración será
posible; por eso inscribimos la producción de la grilla y el parque en el
proceso de constitución de instrumentos públicos y debates urbanos,
políticos y culturales de todo el siglo XIX, como inflexión, como punto de
llegada y, a su vez, como condición de un nuevo momento reformista. La
aparición pública del barrio en los años veinte, por su parte, convierte la
cuestión de la expansión en un problema político y cultural apremiante: eso
explica su capacidad de condensar todo el debate reformista. La existencia
del barrio le da carnadura social a la expansión, le pone nombre a la nueva
ciudad. A partir de entonces podrán manifestarse una pluralidad de
reformismos pugnando por incidir en la producción de una ciudad
democrática y popular, enfrentando a otra pluralidad de intereses
conservadores que buscarán formas de restitución de la ciudad y el espacio
público tradicional. La aparición pública del barrio como artefacto social,
cultural y político, como novedoso espacio público local que entra en
competencia con las cualidades del espacio público tradicional, le da una
connotación completamente diferente a la polémica entre expansión y
concentración que vimos presidir todo el debate urbano desde el siglo
pasado: si entonces podía considerarse como una polémica interna a
diferentes tradiciones reformistas, ahora se ha convertido por primera vez
en una polémica transparente entre reformismo y conservadurismo.
Desde el punto de vista de la cultura urbana, esa transformación de los
términos de la polémica ha tenido consecuencias decisivas: el barrio
conlleva la encarnación del problema social en una forma urbana, y esta
identidad permite un acercamiento inédito del reformismo político a la
ciudad. Gracias a ello, por primera vez tenderán a aparecer por fuera del
aparato estatal actores conscientes de sus programas de reforma urbana, que
van a interpretar e interpelar el programa implícito en la “máquina
reformista” de la grilla y el parque desde otros paradigmas reformistas,
diferentes del de la tradición técnica estatal que lo alimentaba; en algunos
casos para reafirmarlo, en otros para negarlo, pero siempre como parte
inescindible del mismo impulso expansivo. De tal modo, por obra de los
cambios que introduce el barrio en el debate político-urbano, los años
veinte se constituyen en el momento reformista por excelencia dentro del
ciclo clásico de la reforma.
La grilla y el parque jugarán allí sus roles contradictorios. La necesaria
identificación de los reformismos con la expansión implicará la aparición
de actores políticos y técnicos que desarrollarán una relación más
comprometida con el plano amanzanado de 1898-1904; así podrá tenderse a
una crítica superadora, que contempla el impacto territorial de la grilla y
que se organiza en torno al nuevo rol que una distribución de parques
regionales, como nuevos centros orgánicos y cívicos, pueda promover. Lo
cierto es que la nueva articulación entre reformismo técnico estatal, teoría
urbanística y reformismo político, colocará a la grilla y el parque en su
momento de concordancia más plena, como clave de interpretación y
proyección de los procesos de transformación progresista de la ciudad.
¿Qué es lo que cambia hacia mediados de los años treinta para que
veamos agotarse este ciclo, justamente en la gestión de Mariano de Vedia y
Mitre (1932-1938), el intendente que va a mostrarse como el más fiel
realizador del “proyecto Alvear”, el que va a “completar” la Buenos Aires
moderna cristalizando sus principales motivos? En realidad, hay una
cantidad de cuestiones del debate de los años veinte que siguen vigentes en
los treinta, pero lo que observaremos es una reorganización general de los
tópicos y las posiciones que confluye en una nueva coloración, que ya no
será reformista, sino modernizadora, como si encontráramos que con los
mismos componentes ideológicos y materiales preexistentes se va
estructurando, casi desapercibidamente, una constelación diferente,
nuevamente nucleada en torno a los cambios de humor de las políticas
estatales. Lo que se modifica es la relación de las políticas públicas con la
triple tensión reformista en cada uno de sus aspectos: expansión,
integración y cultura del proyecto. Mientras muchos de los debates y las
propuestas continúan, comienza a primar una lógica global diferente que se
sobrepone a la anterior y que tiende a aparecer como característica
dominante del momento: la lógica del dislocamiento entre debate reformista
(político, cultural y técnico) y política urbana, que es el dislocamiento entre
el debate reformista y la gestión real de la ciudad, anulando la tensión que
había caracterizado hasta entonces a la gestión pública urbana entre
concentración y expansión, entre modernización y reforma. Y veremos
cómo este dislocamiento es análogo al que se produce en forma creciente
entre la dimensión local del espacio público barrio y la dimensión global
del espacio público metropolitano, en el que la evolución de las relaciones
entre sociedades vecinales y política municipal jugará un rol decisivo. Así,
mientras en muchos de los campos específicos y en muchas propuestas
particularizadas se mantienen temas e intenciones reformistas, una
intervención gobal, política, le da un sentido completamente diferente a la
modernización urbana.
Modernización o reforma: hasta entonces, modernización había sido
sinónimo de lo que ocurría, lo que el propio devenir de la ciudad había
establecido, un deber ser como “naturaleza” de la ciudad: el mercado, cuya
pujanza ya sorprendía a Sarmiento en los años del Estado de Buenos Aires;
la reforma, en cambio, era la manera en que el estado y, a partir de la
reforma electoral, el sistema político, debían controlar y regular el sentido
de esa modernización. La modernización acontecía: en los años veinte son
los loteos que se multiplican, las casitas que se levantan, el tejido urbano
que se densifica y consolida; es decir, el progreso radicado en la sociedad
civil. La reforma, en cambio, era una necesidad pública, la de construir
instrumentos urbanísticos y políticos que vincularan la esfera del progreso
civil con la de la integración política ciudadana. En la pulsión por la
transformación de la realidad del mercado que había guiado hasta entonces,
pese a las contradicciones, a la gestión pública, se estructuraba la compleja
gama de compromisos entre modernización y reforma, las relaciones entre
la política reformista y la triple tensión expansiva; la eficacia de De Vedia y
Mitre radica en anular esa tensión desde la órbita estatal, poniendo, a su
vez, blanco sobre negro las aporías del reformismo político.
En este trabajo, la oposición entre modernización y reforma intenta,
además, abrir un camino de interpretación sobre el complejo universo de
transformaciones culturales que se producen en los años treinta,
pensándolos desde la evidencia del replanteo del ciclo “progresista” de la
expansión en el marco de una brutal modernización. La propia distinción
entre modernización y reforma se apoya en muchos de los aportes
producidos en las últimas décadas en el debate sobre la modernidad, que
han terminado por complejizar nuestra concepción por fuera del gesto
simplificador de las primeras teorías –sobre todo en el campo
arquitectónico y urbano– de la posmodernidad.[7] Desde allí es que puede
proponerse una figura paradójica como la de modernización reactiva, para
aplicar a la peculiar operación producida en la década del treinta en Buenos
Aires. Es decir, hasta ahora la interpretación historiográfica del período ha
venido confrontando imágenes unilaterales, por las cuales cuando se
subraya la cesura del año treinta aparece una sociedad y una cultura política
en grave crisis, y cuando se subrayan los procesos de modernización
continua de la ciudad y la sociedad aparece una sociedad integrada y en
ascenso construyendo una nueva cultura de síntesis; por el contrario, quizás
una figura más multifacética y, precisamente, paradójica, como la de
modernización reactiva, permita un camino de interpretación capaz de
incorporar el desajuste entre los diferentes procesos –y sus diferentes
temporalidades– de la ciudad, la sociedad, la política y la cultura.

Notas
1 Urbanismo y problemas urbanos de Buenos Aires (folleto), Buenos Aires, 1929, p. 13 (conferencia
del 13-9-1929 en el Instituto Popular de Conferencias, publicada también en La Ingeniería, No.
660, octubre de 1929).
2 Radiografía de la pampa (1933), Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 209.
3 La ciudad libre, Buenos Aires, Ferro y Gnoatto, 1917, pp. 17-18. En este libro el diputado
socialista Mario Bravo reproduce sus intervenciones en el Parlamento desde 1913 en favor de la
democratización de la ciudad en el sentido en que a nivel nacional había tenido la reforma
electoral de la Ley Sáenz Peña.
4 Por ejemplo, la columna “Qué haría si fuera Intendente”, aparecida a mediados de los años veinte,
o la encuesta “¿Qué se le ocurre a usted para embellecer Buenos Aires?” con que desde el 16 de
enero hasta el 14 de febrero de 1926 interroga a una lista de notables, desde el presidente Alvear
hasta Alfonsina Storni. Cfr. Richard J. Walter, Politics and Urban Growth in Buenos Aires: 1910-
1942, Cambridge, Cambridge University Press, 1993, p. 100; la información sobre la encuesta a
los notables debo agradecérsela a la generosidad de Sylvia Saítta, que compartió sus datos mucho
antes de publicarlos en su libro Regueros de tinta. El diario Crítica en la década de 1920, Buenos
Aires, Sudamericana, 1998.
5 Radiografía de la pampa (1933), Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 209. Ya en La cabeza de
Goliath (1940) Martínez Estrada desarrollará el tema del fútbol.
6 Bernardo Secchi, “Le condizione sono cambiate” (1984), en Un progetto per l’urbanistica, Turín,
Einaudi, 1989, p. 49. He desarrollado la hipótesis de la triple tensión expansiva a partir de una
fértil sugerencia de este breve ensayo.
7 La distinción entre modernización y reforma intenta desbloquear la relación unívoca entre la
modernidad, el modernismo y ciertos valores y principios ideológicos, contestando
simultáneamente al modernismo canónico, que entendía el modernismo como sinónimo del
progresismo, y al posmodernismo, que postuló simétricamente la relación inversa. Esta distinción
ha sido el motor de todo el trabajo de reinterpretación del ciclo de la modernidad llevado adelante
por Manfredo Tafuri; véase, por ejemplo, La esfera y el laberinto. Vanguardias y arquitectura de
Piranesi a los años setenta, Barcelona, Gili, 1984 (Turín, 1980). Asimismo, aunque no tomo
literalmente su argumentación, está presente en el propio título del libro de Jeffrey Herft, El
modernismo reaccionario, México, FCE, 1990.
Capítulo 1
Por un espacio público metropolitano
Mil sutiles hilos: mejor que ninguna otra, la figura con que José Luis
Romero graficó las ricas relaciones que comienzan a tramarse entre las “dos
culturas” en Buenos Aires se presta para la metáfora capilar de la ciudad
cuadriculada: mil sutiles calles.[1] La grilla encarna precisamente la puesta
en comunicación universal, entre sí y con el “centro”, de todas las
experiencias de construcción inicialmente enclaustradas de una cultura
barrial. La consolidación del espacio público barrio enfrenta a la cultura
urbana en los años veinte a la evidencia de que aquellos descampados no
sólo se están convirtiendo en ciudad, sino que en ella no es posible
diferenciar con claridad “centro” y “periferia”, ya que aquel trazado
abstracto, la grilla, casi desapercibidamente los ha trabado sin retorno,
empujando hacia la conformación de un nuevo espacio público
metropolitano. Se puede celebrar ese cambio o denostarlo, pero ya no
ignorarlo: la “búsqueda del Centro” que se desata en los años veinte
marcando el debate político hasta mediados de los años treinta, es producto
de la comprensión de que hay una pérdida que reparar. El debate se
organizará en torno a la cuestión de las prioridades para la inversión de
recursos, el énfasis en la ación pública, pero connotará diferentes posiciones
con respecto a la cualidad del espacio público de la nueva ciudad
expandida: ¿cómo atender, en la propia figura urbana, a la realidad de la
expansión territorial de la nueva ciudad?
En este capítulo veremos diferentes expresiones de ese debate. En
principio, las iniciativas públicas para un plan de urbanización a partir de
comienzos de los años veinte, que se materializarán en el Proyecto orgánico
para la urbanización del municipio de la intendencia Noel en 1925: se trata
del primer intento sistemático por pensar y dar respuesta a la nueva ciudad,
por comprender el estatuto urbano de ese fenómeno hasta entonces
“espontáneo” de suburbanización, por reunir en una interpretación conjunta
los dispositivos de la grilla y el parque en función de la propia experiencia
de sus resultados en la cualificación de la expansión y en la constitución del
espacio público barrio.

Figura 72
Anteproyecto de avenidas y parques para Buenos Aires de Forestier (MCBA, Proyecto Orgánico de
Urbanización del Municipio, 1925). Nótese el “doble sistema de parques”: el proyecto del parque que
rodea a la ciudad, y el proyecto de conexión interna de todos los parques a través de “avenidas
paseo”, con baricentro en el Parque Centenario, centro geométrico de la Capital. Cada parque está
pensado como nuevo centro barrial.

No hay tradición en nuestra historiografía para ponderar política y


culturalmente las ideas urbanísticas de un plan: la historiografía de la
ciudad más bien nos ha acostumbrado a considerar los planes como
artefactos eminentemente técnicos o, las más de las veces, como productos
ingenuos o interesados, abstractos y desajustados respecto a la realidad
local, ratificadores de visiones elitistas y europeístas de los problemas de la
ciudad y la sociedad. Querría mostrar, en cambio, que el plan y las
polémicas que genera en los años veinte preparan el terreno de una nueva
concepción reformista sobre la ciudad: podría decirse que si por primera
vez el reformismo puede llegar a interpretar el presente y a postular un
futuro para la ciudad, no es sólo porque se produjeron las condiciones
políticas para un nuevo tipo de representación, sino, también, porque
estarán por primera vez disponibles instrumentos técnicos y conceptuales
que hacen aparecer nuevas preguntas y generan la necesidad de nuevas
respuestas. Es decir, en el mismo momento en que la ciudad se constituye
en terreno político para el reformismo, la teoría urbanística funciona como
una usina de problemáticas que hasta entonces no cabían en el horizonte de
la política, sin las cuales no habría podido tener una existencia urbana la
cuestión de la expansión como emergencia de un nuevo espacio público.
Creo que el itinerario descripto por el socialismo municipal en Buenos
Aires, con sus avances y sus aporías, es una buena demostración de que las
ideas urbanísticas se configuran en los años veinte como condición de
posibilidad para la interpretación del proceso de modernización de la
ciudad y para la generación de instrumentos para imaginar su
reconfiguración global en espacio público metropolitano, como modo de
democratizar la ciudad integrando la nueva metrópoli y sus nuevos
habitantes. Pero, en todo caso, lo que indica la relación entre este itinerario
y el debate urbanístico es que el proceso de socialización y politización de
lo urbano en Buenos Aires está mediado por la gestión pública: de allí salen
los planes sobre los cuales se organiza el debate; es ella la que combina
ideología, política y saber técnico y lo formaliza en una concepción de
espacio público, y veremos que esta primacía estatal no dejará de tener
consecuencias en la propia definición de ese espacio.

1. La búsqueda del Centro


“El papel de las autoridades resulta poco airoso. Se distraen centenas de millones en
paseos y vías externas de posible postergación, mientras el centro, el corazón de la
urbe, el foco de la vida comercial y administrativa se sofoca y oprime.”
GERÓNIMO DE LA SERNA, ingeniero, 1927

La reforma electoral en la ciudad trajo como correlato inmediato el


enriquecimiento y la complejización de la vida política municipal, con la
aparición de una multiplicidad de actores nuevos. Para advertirlo, basta
observar a los jóvenes políticos socialistas, radicales y hasta
demoprogresistas (a pesar del origen conservador del partido) que llegan en
1919 al Concejo Deliberante no sólo como representación genuina de todos
los sectores de la nueva sociedad urbana, sino como cadena de transmisión
de las ideas y los conflictos de sus partidos nacionales al ámbito municipal,
y compararlos con la composición de los anteriores concejos de “notables”,
elegidos por representación censitaria, en los cuales se alternaban las
prácticas “de bambalinas” de la política del gobierno nacional con los más
directos intereses de grupos patronales y pools comerciales.[2] Al mismo
tiempo, junto con la nueva trascendencia de los intereses que defendían, las
organizaciones vecinales se convierten ellas mismas en actores políticos
destacados en la escena municipal: el proceso que analizamos, por el cual
construyen nuevas redes de sociabilidad en los barrios, demuestra su otra
cara al convertirlas en interlocutores reconocidos frente al estado; el doble
proceso por el cual “los habitantes se constituyen simultáneamente en
miembros plenos de la ciudad y del sistema político”, tal cual señalaron
Gutiérrez y Romero.[3] Las relaciones de los sectores políticos con las
instituciones vecinales, devenidas representantes “naturales” de los
intereses suburbanos, no dejarán de complejizarse y variar en los años
veinte, desde el pragmatismo radical que, expandiendo su sistema de
caudillos barriales y utilizando todos los instrumentos que otorga el poder
municipal, busca incorporarlas a su aceitada maquinaria electoral, hasta la
oscilación entre reconocimiento y desconfianza con que el socialismo verá
no sólo las instituciones, sino la propia expansión urbana que les daba
sentido y por la cual los sectores sociales que buscaba interpelar habían
encontrado lugar en la ciudad.
La lucha política municipal se transforma, en gran medida, en lucha por
responder a los problemas “urbanísticos” del suburbio. En el Concejo
Deliberante, esto se verifica en un verdadero aluvión de propuestas para
pavimentación de calles, construcción de puentes, higienización de lagunas,
desmontes, desagües, en función de una compulsa en la que cada sector
político establece un heterogéneo listado de prioridades de acuerdo con su
visualización de los problemas urbanos, sus relaciones clientelares con
sociedades de fomento o caudillos barriales, su mayor o menor
permeabilidad para las presiones locales, ya que comienza a producirse el
fenómeno de las comisiones de fomento que acuden al Concejo o invitan a
los políticos a visitar su zona para interiorizarse de sus problemas y
reclamar por ellos. Podría decirse que este aluvión de necesidades múltiples
y de diferente entidad funcionó de modo análogo al aluvión de pedidos de
alineación para loteos provocado en la década del ochenta por la expansión
territorial: entonces se había tratado de los múltiples y diversificados
intereses puntuales de un mercado inmobiliario abierto explosivamente
hacia el suburbio; en este caso, se trató de la apertura explosiva hacia el
suburbio del espacio político con la multiplicación y diversificación de las
clientelas. Como en aquella oportunidad, su contraparte necesaria resultó la
demanda de una respuesta “orgánica” de la gestión pública.
Así, las voces que comenzaron a reclamar un “Plan regulador”
ampliaron un coro formado hasta entonces exclusivamente por el universo
de la disciplina urbanística: en 1921 la bancada demoprogresista del
Concejo presenta un esbozo de “plan” para el suburbio realizado por Benito
Carrasco y en 1924 se forma la asociación Los Amigos de la Ciudad, que
funda su razón de ser en la difusión de la necesidad de un “plan” para la
ciudad.[4] Para atender ese reclamo, la intendencia realiza en 1923 dos
movimientos que le garantizan la iniciativa y el control: formula un plan de
obras “de higiene de los barrios suburbanos”, que serían financiadas por un
empréstito municipal, y crea una Comisión de Estética Edilicia –con parte
de los fondos de ese empréstito–, para cuyo asesoramiento contrata en París
al paisajista Jean Claude Nicolas Forestier. La comisión quedó integrada
con representantes de diferentes instituciones vinculadas con la
construcción de la ciudad: Sociedad Central de Arquitectos, Ministerio de
Obras Públicas de la Nación, etc.[5] No se participó al Concejo Deliberante,
generando su previsible oposición, ya que la propuesta excluía todo tipo de
control político. Lejos de ser un descuido de la intendencia, la exclusión
señala buena parte de sus objetivos: una política agresiva de vinculación
directa con los problemas de la ciudad a través de las instituciones sociales
y profesionales, sin la mediación de un Concejo casi completamente
adverso –además de la fuerza del socialismo, ya era clara la división
inminente del radicalismo entre alvearistas e yrigoyenistas– al que, en todo
caso, debía asignársele el rol de obstruccionista frente a la energía
progresista del ejecutivo. La política del radicalismo de incorporar en lo
posible al fomentismo a su maquinaria electoral en el caso del intendente
Noel se volvió una práctica imprescindible como legitimación de su acción
por fuera de los manejos “de la política” (del Concejo): así, desde el
comienzo de su gestión designó funcionarios para mantener contacto
directo con las asociaciones vecinales y convirtió la recorrida personal por
los barrios en un ritual periódico ampliamente celebrado por medios
populares como Crítica o Caras y Caretas, que centraban en la
“politiquería” del Concejo sus principales blancos de ataque. La situación –
que se repetirá con frecuencia en estas dos décadas– de un Concejo opositor
en muy poco tiempo dejó en evidencia los límites del escenario institucional
implícito en la reforma electoral: un deliberante popular y un ejecutivo
delegado; como ha observado De Privitellio, en ese marco la lucha
partidaria se convierte en enfrentamiento institucional (Concejo vs.
Intendencia) a partir de lo cual entran en disputa diferentes criterios de
legitimidad y representación.[6] Más adelante desarrollaremos esta
cuestión; lo cierto es que, vinculado más directamente al tema de los planes
urbanos, este escenario deja casi exclusivamente en manos del ejecutivo la
posibilidad de realizar propuestas de la envergadura de un “plan”; la propia
posibilidad de tener una visión global de la ciudad y traducirla en
instrumentos técnicos de intervención.
Esta disputa por la legitimación de la representación popular es,
entonces, una de las explicaciones de la centralidad que los “barrios
suburbanos” tienen en el paquete de medidas de 1923: el “plan de obras de
higiene” para el suburbio y el mismo Programa edilicio con el cual la
intendencia convoca a la Comisión de Estética Edilicia, uno de cuyos
puntos se dedica al ítem “Barrios obreros, jardines y stadiums deportivos,
embellecimiento suburbano”. Al mismo tiempo, el modo de enunciar el
problema que aparece ya en el título de este ítem programático nos habla
del sentido común urbanístico sobre el suburbio, previo aun a la idea de
espacio público metropolitano que a partir de 1925 este mismo “plan”
colaborará a instalar como parte de la nueva centralidad de la cuestión
suburbana. Barrios obreros, jardines y stadiums deportivos,
embellecimiento suburbano: en consonancia con un difuso imaginario de
“ciudad jardín”, en 1923 todavía podía pensarse el suburbio como un collar
de barrios nuevos, dispuestos en torno a la ciudad como “unidades”
autónomas (precisamente las neighborhood units anglosajonas) en donde
debían situarse los “barrios obreros” (planificados y de construcción pública
o filantrópica) y los parques, como recurso para su “embellecimiento” y su
salud física; la adición de los “stadiums deportivos” habla de un imaginario
también extendido sobre el tiempo libre de los sectores populares. Es
evidente que la experiencia de formación silenciosa del artefacto público
barrio en las dos primeras décadas influye en el diagnóstico: el programa
inicial propone la articulación de barrio obrero y parque como centros
cualificadores de la anomia metropolitana, capaces de reestructurar en torno
suyo nuevas identidades. Pero también es evidente que no se puede
visualizar todavía la homogeneización potencial de esas “unidades” en el
universo de la grilla que no ha cesado de consolidarse, o que, al menos,
reconocerla implicaría una contradicción flagrante con el sentido común
imperante del “suburbio jardín”.[7]
Sobre esas contradicciones trabajará el Proyecto orgánico, en el marco
de un pragmatismo que le permitirá articular las dos características
espontáneas del desarrollo suburbano previo, la trama universal y la
conformación de espacios públicos locales que emulan el modelo del
parque, para abrir el debate sobre la necesidad de que en ellos se base un
nuevo dibujo urbano capaz de incorporar estructuralmente el suburbio a la
ciudad –y sus habitantes a la ciudadanía–, cualificando esa nueva unidad
mayor a través de la jerarquización de centros locales comunicados entre sí.
El Proyecto orgánico es el punto más alto de enunciación urbanística de la
expansión de la ciudad a través de un modelo de conjunción entre la grilla y
el parque, articulando la experiencia de formación espontánea de los barrios
con nuevas aproximaciones teóricas que permiten proyectarla a una
dimensión regional.
En verdad, el Proyecto orgánico se demuestra así como el punto más
alto de desarrollo de las líneas del reformismo técnico público. Hasta
entonces, en lo que va del siglo XX –es decir, a partir de la evidencia de la
ampliación jurisdiccional de la ciudad–, dentro de la gestión pública nos
habíamos encontrado con dos modalidades de ese reformismo técnico. Una
modalidad defensivo-conservadora, encarnada en una figura como la del
intendente Bullrich, que buscaba impedir la expansión con un modelo de
ciudad pequeña y concentrada en la tradición regularizadora maestra en la
cultura urbana local, y otra modalidad, expansivo-progresista, encarnada en
figuras como Cibils o Selva, que identificaron tempranamente la expansión
como solución al problema de la vivienda de los sectores populares a través
del mercado habitacional en la grilla pública. Es obvio que los términos
conservador y progresista para calificar las diferentes vertientes de este
reformismo técnico público son relativos, y pueden ser manejados
advirtiendo su pertenencia a un mismo marco conceptual de la mentalidad
pública: en el primer caso, por ejemplo, se puede hablar de una vocación
reformista porque la mayor oposición a la expansión se centraba en la
imposibilidad de controlar el rol de los especuladores y radicaba, por
oposición, en el parque, el núcleo orgánico de trascendencia cívica para
restaurar la comunidad; y se la puede calificar como conservadora por su
búsqueda de resolver su impotencia reformista con una reconcentración
sobre la ciudad tradicional. En estos casos, el conflicto que emblematizan la
abstracción de la grilla y el organicismo del parque servía como un papel de
tornasol –uno de los tantos posibles– para testear las posiciones reformistas
dentro de una gestión pública que acepta como marco temporal el desarrollo
capitalista: reformismos que miraban hacia adelante, apostando a la
modernización, la abstracción y racionalización de las relaciones, la
ampliación de los derechos urbanos y políticos, aceptando el fracaso del
laissez-faire y la necesidad de fundar un estado moderno de gran capacidad
interventora; reformismos que miraban hacia atrás, hacia la recuperación
de la cualidad y la totalidad perdida contra la alienación metropolitana, la
recuperación de un último residuo de comunidad.
Frente a esas tradiciones públicas, el Proyecto orgánico parte de la
expansión como dato auspicioso, combinando aquellas posiciones
reformistas que, ya en las décadas de entreguerra, oscilarán entre el impulso
a un espacio público cívico y metropolitano y la defensa de modelos
comunitaristas de expansión suburbana: al devolverle al parque su carácter
cívico, el Proyecto orgánico impone una solución de compromiso para la
oposición entre progresismo y comunitarismo, articulando el individualismo
igualitarista de la grilla con el republicanismo cívico del parque en un
esquema de tenso equilibrio, garantizado “desde arriba” por la intervención
selectiva de un estado regulador. Lo cierto es que al tomar la iniciativa en la
aceptación de las condiciones específicas de la metropolización de Buenos
Aires, el Proyecto orgánico construye, dentro de la tradición pública, una
nueva escala para pensar la ciudad. Pero detengámonos en el tipo de
combinación teórica que propone y en las diferentes polémicas que
involucra.
Para fundamentar sus propuestas, la Comisión de Estética Edilicia
analiza lo ocurrido en la ciudad desde 1900, concentrándose en torno a dos
momentos: la elaboración del plano de 1898-1904 y el Plan Bouvard,
principal antecedente con que se ve llamado a hacer cuentas.[8] A pesar de
que en 1925 la cuadrícula está lejos de haber sido ocupada por completo, y
a pesar de las premisas Garden City de su convocatoria, lo primero que
llama la atención en el modo en que la Comisión considera el plano de
1898-1904 es la naturalidad con que da por sentado su cumplimiento: no se
trata del análisis de un hecho administrativo, artificial, que ha fundado
forma sobre el vacío, sino de la aceptación de una realidad de la ciudad. La
Comisión reemplaza de modo casi brutal el voluntarismo de las propuestas
realizadas en sede urbanística hasta entonces, que siempre suponían una
ilimitada capacidad de maniobra sobre la estructura de la propiedad urbana,
y se instala en el realismo de la tradición técnica que ejemplificaba en el
cambio de siglo una figura como Morales: la grilla, como pacto público
originario de la nueva ciudad, es irreversible e inmodificable. Si se toma en
cuenta que el Proyecto orgánico diseñó la Costanera Norte, es decir, una
operación de relleno del Río de la Plata de 10 km de longitud y un
movimiento de 15 millones de metros cúbicos de tierra, es fácil advertir
hasta qué punto para este reformismo estatal la intangibilidad de una
cu