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Algunos textos de literatos hipanoamericanos

LUIS ZAPATA

Nace en Chilpancingo, Gro. en 1951. Estudia Letras. Novelista y cuentista. Finalista del Concurso Premio Internacional de Novela México en 1974 Y
Premio Quetzalcoátl en 1976 por Hasta en las mejores familias. Su novela más conocida es El vampiro de la Colonia Roma, Premio Juan Grijalvo
1978. UNA DE CAL, cuento antologizado por Gustavo Sainz en Jaula de Palabras, es un retrato fatalista de la marginalidad y la violencia urbana.

UNA DE CAL

¿Qué por qué lo hice? Pues no le sabría decir correctamente el porqué. Nomás fue como una necesidad
¿ve? No, no lo veía como algo malo, sino más bien como algo ¿cómo le diré? justo ¿no? algo que tenía
que pasar a huevo, perdonando la expresión. Algo que tenía que empezar y seguir creciendo hasta que
me detuvieran... pero no sé, a lo mejor otras gentes lo hacen por otros motivos. Es decir, para mí no era
tan importante robar ¿ve? sino sólo emparejar las cosas.

¿Que cómo me decidí? Pues verá. ¿Quiere que le cuente desde el principio, o sea lo que estaba
haciendo yo antes de eso? Estaba trabajando en una fábrica de aparatos eléctricos ¿quiere que le diga el
nombre? ¿no es necesario? Bueno, era un trabajo muy pesado; digo, se suponía que estábamos
trabajando ocho horas, pero qué ocho horas; había días en que trabajábamos las veinticuatro horas del
día; no le exagero, palabra, ¿qué caso tiene ahora exagerar? Bueno, nos pagaban horas extras, pero era
una miseria; de por sí el sueldo era miserable. Como armador ¿ve usted? No era ni el salario mínimo. Yo
no sé si la ley esté enterada de eso, pero el caso es que no nos pagaban ni el salario mínimo; aunque, lo
que sea de cada quien, el patrón sí era buena gente con nosotros. No nos tenía asegurados, pero, si
alguien se enfermaba, él pagaba de su bolsillo las consultas y las medicinas del doctor; inclusive si había
que internar a alguien, pues no lo desamparaba ¿no? Le daba una ayudadita, aunque, naturalmente, no
le pagaba todos los gastos. Pero no era de eso de lo que le estaba hablando ¿verdad? le decía que
trabajábamos muchísimas horas y en un ambiente muy aglomerado ¿no? lleno de gentes y el cuarto
muy chico y el aire... casi no se podía respirar porque el cuarto no tenía ventanas y hacía mucho calor;
pero... este... bueno, los primeros días sí estaba contento, porque ya llevaba mucho tiempo que no
trabajaba y iba a buscar trabajo y en ningún lugar me daban ¿no? porque en todas partes le piden que la
secundaria, que la preparatoria, que estudios comerciales, la primaria de perdis; yo, pos no había
estudiado más que hasta cuarto y no tenía certificado de primaria; digo, eso si quiere usted conseguir
un trabajo decente, que deje dinero, porque si no, está el campo ¿no? pero ¿quién cree que se va a ir al
campo? No, el que llega aquí, pos como que ya se queda aquí de por vida, ya se acostumbró, ya tiene su
familia o su ambiente, digamos. Los amigos, mi familia, pues sí me ayudaban, me daban a veces dinero,
pero era vergonzoso ¿no? Digo, para mí.

¿Que cómo fue la primera vez? Pues le digo, iba yo saliendo del trabajo y necesitaba dinero porque mi
mujer acababa de perder un niño y estaba grave ¿no? de que la llevaran al hospital, y el patrón no me
quería prestar porque decía que él sólo se responsabiliza por los accidentes que pasan en el trabajo, que
lo demás ya no le... le tocaba; eso era ya nuestro cuento; si podíamos arreglarnos con lo que
ganábamos, bien, y si no, ni modo ¿no?

¿Que me concrete a los hechos? Pos es que esos son los hechos, señor. Salí del trabajo ese día. Ya era
tarde y tuve que caminar porque ya no había camiones y iba caminando por una calle grande y oscura.
Estaba un coche estacionado ¿no? una pareja. Yo venía bien cansado, veía todo nublado; no nublado
exactamente, pero algo así; como que no podía respirar bien; mareado, no había comido en todo el día,
y yo siempre cargo mi navaja porque, allá en el barrio, usted sabe, nunca falta quien le busque a uno
bronca.

Estaban fajando, muy en lo oscurito, y que le toco en el cristal de la ventana. El, bien trajeado, elegante,
con corbata y todo, y ella, una muñeca, rubia, parecía artista, con sus pestañas largas y bien pintada;
demasiado pintada, diría yo. Se quedaron azorados. Han de haber pensado que era de la Judicial o algo
así, digo, en el primer momento, porque ya después que me vieron bien, ya no. Y que me dice él, el
señor: qué quieres. Y yo: deme un cerillo ¿no? y ha de haber sospechado algo porque yo no traía cigarro
en la boca ni nada, y que dice: lárgate, no tengo. Tratándome mal ¿no? Le digo: présteme su
encendedor, caray, no sea ojete; y cuando le dije ojete se me quedó viendo de una manera muy rara,
como enojado; no, más bien yo creo que era miedo, que me dice: no tengo, vete. Y encedió el motor, de
seguro para irse ¿no? y que hago como que me voy. Entonces volvió a apagar el coche y quién sabe qué
le dijo a la güera: estos quién sabe qué, y me dio más coraje ¿no? que me viera menos. No, pero no fue
por eso. Entonces que voy y que agarro una piedra, grandota, deveras, no sé ni cómo me la aguanté, y
que se la voy a estrellar en la ventanilla del carro; ni tiempo le di de que arrancara. Rompió el cristal; le
di con tanta fuerza, que hasta a él le pasó a tocar; le empezó a salir mucha sangre de la cabeza. La
muchacha estaba rete asustada; él ya no se movía y ella estaba como muerta, sin poderse mover;
después me empezó a gritar cosas ¿no? asesino, nomás así, cosas; de los puros nervios ni siquiera
pensaba lo que decía o lo que debía de hacer, y que agarro y abro la puerta del carro y le doy tres
puñaladas en el pecho a él y ella empezó a gritar pidiendo auxilio, ya no gritándome a mí; pero nadie
venía por la calle.
No, le digo que no sentí nada; digo ¿yo por qué había de odiarlo si no me había hecho nada
directamente? Nomás veía como se hundía en su pecho la navaja, mientras ella gritaba; pero yo sin
sentir nada. Sentía como que tenía que pasar eso, pues; y a ella no se le ocurrió abrir la portezuela, sino
que nomás gritaba, y en ese momento sí pensé. Digo, sentí lástima por ella ¿no? tan bonita, tan güerita.
Era muy blanca. Pero dije, o más bien razoné: si la dejo ir, al día siguiente ya estoy sentenciado, si no es
que muerto ¿verdad? dependiendo de quién fuera el difunto ¿no? algún influyente o algo así, figúrese. Y
ni modo, también a ella le tocó; manoteaba, me arañaba la cara, pero ya ve usted que el hombre es
superior a la mujer, y no pudo contra mí. Al ratito estaban ahí los dos muertos; ella todavía movía una
mano o un pie, pero ya sin respirar, y ya me iba, cuando me acuerdo de que se me había olvidado lo que
quería. El dinero. Me regresé y lo saqué de su cartera: ochocientos pesos. Yo me imaginaba que iba a
traer más, pero no; nomás ochocientos pesos, que de todos modos ni sirvieron porque mi mujer se
murió esa misma noche. Mientras yo me cargaba a esos dos, ella se moría, a la misma hora, según me
dijeron después; pero sirvieron para pagar parte de los gastos del entierro. Sus papás y unos amigos
acompletaron para la caja y el servicio. Ese día no fui a trabajar, no me sentía con ánimos; no por lo que
había hecho, sino por la muerte de mi señora, y mis hijos estuvieron chille y chille todo el día; ahorita ya
están con sus abuelos, ellos los están cuidando, y yo ya sin poder hacer nada. Hasta al otro día fui a
trabajar. El asunto ya había salido en el periódico y sentí no sé qué. No arrepentirniento, otra cosa.
Luego vi que decía que ya andaban tras la pista del asesino y me dio risa. Para mí, las cosas seguían
siendo iguales: el mismo trabajo, el mismo trato con los demás hombres que trabajaban allí, todo igual;
ya no tenía nada de los ochocientos pesos. Otra cosa que me dio risa fue que en el periódico dijeron que
habían robado dos mil quinientos pesos y el radio del coche, figúrese, el radio del coche; yo, con la
apuración que tenía de largarme de ahí, iba a estar llevándome el radio. De seguro lo agarró otro vivales
que pasó por ahí, pues, según dicen, los descubrieron hasta como a las seis de la mañana; o a lo mejor
uno mismo de los que hicieron la investigación ¿no cree? Ya después de haber hecho lo mismo varias
veces, fíjese qué curioso, a todos los había matado de tres puñaladas en el pecho; digo. Yo no las estaba
contando en esos momentos, pero así fue. Y, le decía, después de haberlo hecho varias veces, me di
cuenta de por qué lo hacía. Era como una especie de venganza ¿no? Como ya le dije, sentía que era algo
que tenía que pasar; yo no me sentía criminal, como ponían en los periódicos, ni nada por el estilo... y...
este... , algunas de las personas que tuve el gusto, bueno, no el gusto, se oye feo, ¿cómo le diré...la
oportunidad; la oportunidad de asesinarlas, eran gentes que salían de un cabaré que quedaba cerca de
donde yo trabajo, o bueno, trabajaba, y siempre pasaba por ahí; gentes que tenían posibilidades
económicas ¿no? Yo los veía salir de allí, bien borrachos, bien vestidos, bien contentos y siempre con
buenas viejas con pieles y pelucas ¿no? y entonces pensaba que no era justo, que ellos tuvieran todo:
coche, casa, buen trabajo, dinero, buenas viejas y todo y uno no tuviera nada. Que ellos estaban tirando
el dinero que a nosotros nos hacía falta, que ya no encontraban la forma de malgastarlo, y sentía que no
tenían derecho de seguir viviendo y entonces los seguía, y lo mismo; de tres puñaladas, como dijeron
los periódicos. Sólo las dos primeras veces robé, pero ya después le juro que no toqué un pinche quinto;
digo, no iba a ser un vulgar ladrón: solamente estaba haciendo justicia, según yo creo. Y, pues...

¿No quiere que le cuente cómo me agarraron? Tiene razón, ya lo sabe todo el mundo; salió en todos
los periódicos, también. También salió todo lo que había robado en todas esas veces, pero no fue cierto;
ya ve que los periódicos inventan cosas para que se vendan más. De veras, yo sólo robé las dos primeras
veces.

¿Que si me importa? ¿Qué? ¿Estar aquí? No. En este momento ya no me importa nada. Nada. Me
siento como más tranquilo; siento que ya cumplí, en cierta forma, con lo que tenía que hacer. Tampoco
me preocupa cuántos años voy a pasar aquí, y además... no sé cómo decirle; cómo que ya no soy el
mismo Rubén de antes ¿sabe? hasta me he vuelto famoso y esto empareja las cosas. Todos los
periódicos han sacado un chorro de veces mi nombre y hasta fotografías. Está bien ¿no cree?

Andele, sí. Que le vaya bien. Nomás no vaya a aumentarle nada ¿eh?

LUIS ZAPATA
LOS "CONTEMPORANEOS"

En 1928 aparece en México una nueva revista literaria -Contemporáneos- que bajo la dirección de Bernardo Ortiz de Montellano reune a un grupo
de escritores con unas propuestas literarias diferentes y novedosas respecto a las ya existentes. El nombre de la revista servirá también para
denominar a estos jóvenes literatos, condiscípulos todos ellos de la Escuela Nacional Preparatoria . Fue una generación muy controvertida debido a
la decepción que en ellos produjo la Revolución, y es interesante comprobar como, a pesar de la importancia de este hecho histórico, ninguno de
ellos aborda el tema revolucionario o nacionalista para su creación literaria. Sus componentes, Xavier Villaurrutia, Jaime Torres Bodet, Bernardo
Ortiz de Montellano, Carlos Pellicer, José Gorostiza, Jorge Cuesta, Salvador Novo, Gilberto Owen, Elías Nandino y Enrique González Rojo, fueron
grandes estudiosos del mundo clásico, de las vanguardias europeas y de las demás corrientes intelectuales y artísticas del momento. Tuvieron como
meta alcanzar la universalidad con su literatura para, por ese conducto, llegar a la esencia de lo mexicano. Sostenían que la validez de la literatura
mexicana estaría dada por su efectividad ante otras literaturas de reconocida calidad. Esta actitud del grupo ("el grupo sin grupo") fue muy criticada
por algunos intelectuales del momento, tachándoles de indiferentes ante los problemas del país y considerándolos afrancesados y autores de una
literatura amanerada y nada comprometida. En realidad fue a los "Contemporáneos" a quienes les tocó buscar la universalidad que ya pregonaba
Alfonso Reyes, integrante y pilar del Ateneo de la Juventud. Unicamente el tiempo se ha encargado de darles la razón y señalarlos como los
iniciadores de la nueva poesía mexicana.

SALVADOR NOVO
Esta de cutis depilado

de leche y sangre, o de salmón;

esta de pelo enmarañado

tiene helado,

ESTA tiene helado el corazón.

Esta que tiene un leve andar Llamas de amor son sus guedejas...

y unos ojos color de mar;

esta que tiene unas guedejas Mas para apagar ese fuego,

de raras tintas bermejas; esta de andar ondulado

esta que tiene ojos de mar, tiene luego,

no sabe amar, no sabe amar. tras las cavernas de sus cejas,


de sus pupilas todo el mar...

Y tiene el mármol de su cara, El profesor no me quiere;

y si todo esto no bastara, ve con malos ojos mi ropa fina

tras de los senos en botón, y que tengo todos los libros.

esta que tiene un leve andar

tiene de hielo el corazón... No sabe que se los daría todos a los muchachos

por jugar como ellos, sin este

Poemas de adolescencia pudor extraño que me hace sentir tan inferior

cuando a la hora del recreo les huyo,

cuando corro, al salir de la escuela,

hacia mi casa, hacia mi madre.

Espejo

LA ESCUELA

A horas exactas

nos levantan, nos peinan, nos mandan a la escuela.

Vienen los muchachos de todas partes,

gritan y se atropellan en el patio

y luego suena una campana

y desfilamos, callados, hacia los salones.

Cada dos tienen un lugar

y con lápices de todos tamaños

escribimos lo que nos dicta el profesor

o pasamos al pizarrón.
AMOR

Amar es ese tímido silencio

cerca de ti, sin que lo sepas,

y recordar tu voz cuando te marchas

y sentir el calor de tu saludo.

Amar es aguardarte

como si fueras parte del ocaso,

ni antes ni después, para que estemos solos

entre los juegos y los cuentos

sobre la tierra seca.

Amar es percibir, cuando te ausentas,

tu perfume en el aire que respiro,

y contemplar la estrella en que te alejas

cuando cierro la puerta de la noche.

Espejo
Este perfume intenso de tu carne

no es nada más que el mundo que desplazan y mueven

globos azules de tus ojos

y la tierra y los ríos azules de las venas que aprisionan tus

brazos.

Hay todas las redondas naranjas en tu beso de angustia

sacrificado al borde de un huerto en que la vida se suspendió

por todos los siglos de la mía.

Qué remoto era el aire infinito que llenó nuestros pechos.

Te arranqué de la tierra por las raíces ebrias de tus manos

y te he bebido todo, ¡oh fruto perfecto y delicioso!

Ya siempre cuando el sol palpe mi carne

he de sentir el rudo contacto con la tuya

nacida en la frescura de una alba inesperada,

nutrida en la caricia de tus ríos claros y puros como tu abrazo,

vuelta dulce en el viento que en las tardes

viene de las montañas a tu aliento,

madurada en el sol de tus dieciocho años,

cálida para mí que la esperaba.


Nuevo amor

BREVE ROMANCE DE AUSENCIA Otro se fue, que no tú,

amor que clama el silencio

Unico amor, ya tan mío si mis brazos y tu boca

que va sazonando el Tiempo; con las palabras partieron.

¡qué bien nos sabe la ausencia

cuando nos estorba el cuerpo! Otro es éste, que no yo,

mudo, conforme y eterno

Mis manos te han olvidado como este amor, ya tan mío

pero mis ojos te vieron que irá conmigo muriendo.

y cuando es amargo el mundo

Nuevo amor
para mirarte los cierro.

No quiero encontrarte nunca,


SALVADOR NOVO
que estás conmigo y no quiero

que despedace tu vida

lo que fabrica mi sueño.

Como un día me la diste

viva tu imagen poseo,

que a diario lavan mis ojos JOSÉ GOROSTIZA

con lágrimas tu recuerdo.


como se pierden las nubes

¿QUIEN ME COMPRA y las barcas, me perdí.

UNA NARANJA?
Y pues nadie me lo pide,

ya no tengo corazón.
¿Quién me compra una naranja

¿Quién me compra una naranja


para mi consolación?

para mi consolación?
Una naranja madura

en forma de corazón.
Canciones para cantar en las barcas

La sal de mar en los labios

¡ay de mí!
LA ORILLA DEL MAR
La sal de mar en las venas

y en los labios recogí.

No es agua ni arena

la orilla del mar.

Nadie me diera los suyos

El agua sonora
para besar.

de espuma sencilla
La blanda espiga de un beso

el agua no puede
yo no la puedo segar.

formarse la orilla.

Nadie pidiera mi sangre

Y porque descanse
para beber.

en muelle lugar,
Yo mismo no sé si corre

no es agua ni arena
o si deja de correr.

la orilla del mar.

Como se pierden las barcas

Las cosas discretas,


¡ay de mí!
amables, sencillas;

las cosas se juntan

como las orillas.

Lo mismo los labios,

si quieren besar.

No es agua ni arena

la orilla del mar.

Yo sólo me miro

por cosa de muerto;

solo, desolado,

como en un desierto.

A mí venga el lloro,

pues debo penar.

No es agua ni arena

la orilla del mar.

Canciones para cantar en las barcas

SE ALEGRA EL MAR Se alegra el mar.

Iremos a buscarlas en el camino,

Iremos a buscar padre de las madejas de lino.

hojas de plátano al platanar.

Se alegra el mar.
¡No se vuelvan oscuras por ser de mí!

Porque la luna (cumple quince años a pena)

se pone blanca, azul, roja, morena. Se alegra el mar.

Se alegra el mar. Canciones para cantar en las barcas

Porque la luna aprende consejo del mar,

en perfume de nardo se quiere mudar.

Se alegra el mar.

PAUSAS I

Siete varas de nardo desprenderé

para mi novia de lindo pie.

¡El mar, el mar!

Se alegra el mar. Dentro de mí lo siento.

Ya sólo de pensar

Siete varas de nardo; sólo un aroma, en él, tan mío,

una sola blancura de pluma de paloma. tiene un sabor de sal mi pensamiento.

Se alegra el mar. Canciones para cantar en las barcas

ROMANCE

Vida -le digo- blancas las desprendí, yo bien lo sé,

para mi novia de lindo pie.

La niña de mi lugar

Se alegra el mar. tiene de oro las cejas,

y en la mirada, desnudas,

Vida -le digo- blancas las desprendí. las luces de las luciérnagas.
el tañido de una estrella.

¿Has visto pasar los barcos

desde la orilla? Robinsón y Simbad, náufragos

Recuerdan incorregibles, ¿mi queja

sus faros malabaristas, a quién la podré confiar

verdes, azules y sepia, si no a vosotros, apenas?

que tu mirada trasciende Que yo naufragara un día.

la oscuridad de la niebla ¡Las luces de las luciérnagas

-y, más aún, la ilumina iban a licuarse todas

a punto de transparencia. en un hilo de agua tierna!

¿Has visto flechar las garzas Canciones para cantar en las barcas

a las nubes?

Me recuerdan

si diste al aire los brazos

cuando salimos de tierra,

y el biombo lila del aire

con tus adioses se llena. ELEGIA

Y si cantas -¡canta, sí!-

tu voz anula mi ausencia; A veces me dan ganas de llorar,

mástiles, jarcias y viento pero las suple el mar.

se confunden con tan lenta

sencilla sonoridad, Canciones para cantar en las barcas

con tan pausada manera

que no sería más claro

ORACION
mi fuego

La barca morena de un pescador, y mi aire,

cansada de bogar, tengo transida de rumor el alma

sobre la playa se puso a rezar: como el árbol de pino la madera,

¡Hazme, Señor, y tengo más:

un puerto en las orillas de este mar! las raíces

anudadas a tí,

Canciones para cantar en las barcas porque tus ojos eran

mi aire

mi fuego

y mi agua,

pero también

mi tierra.

ELEMENTOS

Del poema frustrado

Tus ojos eran mi aire

y el aire para sí

jugaba a ser redondo, rodando.

Tus ojos eran mi aire y mi fuego, PRESENCIA Y FUGA (IV)

y los dos entre sí

jugaban uno a mantener el otro, consumiéndose. ¡Agua, no huyas de la sed, detente!

Tus ojos eran mi aire y mi fuego, Detente, oh claro insomnio en la llanura

pero también mi agua, de este sueño sin párpados que apura

y los tres entre sí el idioma febril de la corriente.

jugaban uno a consumir el otro, manteniéndose.

Porque tus ojos eran No el tierno simulacro que te miente,

mi agua entre rumores, viva, no madura,


ama la sed esa tensión de hondura con que tu fuga construyó su reja.

con que saltó tu flecha de la fuente.

Inmensidad azul, donde mi queja

Detén, agua, tu prisa, porque en tanto tiende su mudo vuelo de agonía,

te ciegue el ojo y te estrangule el canto, para buscar el verde que tenía,

dictar debieras a la muerte zonas; verde en azul, allá donde se aleja...

que por tu propia muerte concebida, Mi angustia en horizontes liberada,

sólo me das la piel endurecida corporiza en tu azul de transparencia

¡oh movimiento, sierpe! que abandonas. el verde que persigue la mirada;

y en el color que brota de la esencia

Del poema frustrado de gozarte en un ritmo de llegada:

yo sufro la presencia de tu ausencia.


JOSE GOROSTIZA

Sonetos

ELÍAS NANDINO
A UN POETA DIFUNTO

No te captan mis sentidos

EL AZUL ES VERDE QUE SE ALEJA pero te tengo presente

en el silencio insistente

El azul es verde que se aleja del hueco de tus latidos.

-verde color que el trigal tenía-, Como roces sumergidos

en el aire que me roza,


azul de un verde preso en lejanía
la existencia misteriosa

de tu muerte, me rodea Triángulo de silencios

con la invisible marea

de tu verdad victoriosa. ELIAS NANDINO

JAIME TORRES BODET


Pero no lo advierto.

Alguien está preso

aquí, en este frío

DEDALO lúcido recinto,

dédalo de espejos...

Alguien, al que imito.

Si se va, me alejo.
Enterrado vivo
Si regresa, vuelvo.
en un infinito
Si se duerme, sueño.
dédalo de espejos,
"¿Eres tú?" me digo...
me oigo, me sigo,

me busco en el liso
Pero no contesto.
muro del silencio.

Perseguido, herido
Pero no me encuentro.
por el mismo acento

-que no se si es mío-
Palpo, escucho, miro
contra el eco mismo
por todos los ecos
del mismo recuerdo,
de este laberinto,
en este infinito
un acento mío
dédalo de espejos
está pretendiendo
enterrado vivo.
llegar a mi oído...
ROMANCE
Cripta

Era de noche tan rubia

como de día morena.

RIO
Cambiaba a cada momento

de color y de tristeza,

y en jugar a los reflejos


¡Río en el amanecer!
se le iba la existencia,
¡Agua de tus ojos claros!
como al niño que, en el mar,
Caer -¡subir!- en lo azul
quiere pescar una estrella
transparente... casi blanco.
y no la puede tocar
Cielo en el río del alba
porque su mano la quiebra.
-mi amor en tus ojos vagos-

oh, naufragar
De noche, cuando cantaba,
-¡ascender!-
olía su cabellera
¡siempre más hondo!
a luz, como un despertar
¡Más alto!
de pájaros en la selva;
... Río en el amanecer...
y si cantaba en el sol

se hacía su voz tan lenta,


Poemas
tan íntima, tan opaca,

que apenas iluminaba

el sitio que, entre la hierba,

alumbra al amanecer

el brillo de una luciérnaga.


¡Era de noche tan rubia La quise sin comprenderla

y de día tan morena! porque de noche era rubia

y de día era morena.

Suspiraba sin razón

en lo mejor de las fiestas Biombo

y puesta frente a la dicha JAIME TORRES BODET

se equivocaba de puerta.

Entre el oro de la miés

y el oro de la hoja seca

nunca se atrvió a escoger.

BERNARDO ORTIZ DE MONTELLANO


A treinta pisos del agua

verde cicatriz del viento,

la hojita de la retama

CANTAR condecora tu silencio.

A treinta pisos del agua, Poesías no coleccionadas

gitana de los espejos,

la hojita de la retama

-verde cicatriz del viento- MUJER DE MEDIA NOCHE

¿quién la señala perdida,

en el aroma que anuncia Antes del amanecer

a las flores amarillas? tengo tus manos

-anclas bajo mi bajel-.

Perdida como la vi, Atan la nube móvil y viajera

en la profunda mañana de mis oscuros pájaros.

de tus ojos de agua clara,

comprendí...
Antes del amanecer

tengo tus ojos. A reflejar el sol

Finas guadañas iremos,

que recortan la luz a reflejar el sol

en tus en los espejos.

pestañas, Cristales hay, cristales

y el anuncio del sol para los buques ciegos,

en la sonrisa cristales para los ojos

que pones a dorar sobre la sábana. marineros.

Cuando llegamos

Vivas sombras del insomnio al puerto,

perfilan el silencio. las aguas del mar apacible

cristal se volvieron.

¡Oigo pasar, en tu color, el alba! Por reflejar el sol en la ciudad,

quisimos luego,

Te miro, así, desnuda, con un poco de azogue del agua,

blanca, pintar el reverso

en la profunda apagado

sombra: ¡antes de amanecer del cielo...

diamante y ancla!

Espacio

Poesías no coleccionadas

BERNARDO ORTIZ DE MONTELLANO MUJER DESNUDA

ENRIQUE GONZÁLEZ ROJO Nevó toda la noche

sobre el jardín de tu cuerpo;


mas todavía hay rosas en las magnolias impasibles

y botones abiertos. de tus senos.

Las dóciles hebras sutiles Y más oro

de la última rama del árbol en los muslos,

caen como lluvia de oro porque pinta el sol la seda

sobre la firme blancura de los tallos. de los musgos.

Violetas, Y tus pies y tus manos,

que se ocultan menudas y largas raíces,

en la hierba de tus pestañas, ahondan la tierra

apasionadas y profundas. temblorosa de amor de los jardines.

Hay dos rosas dormidas Espacio

con turbador ensueño ENRIQUE GONZALEZ ROJO

como en un prado fresco.

¿Nos juntará la vida


XAVIER VILLAURRUTIA
como el sueño?

En el sueño reíamos

al sol naranja, agrio

en los ojos, húmedo


SUEÑO
en las sienes.

Rodaba el sueño

Nos juntó un sueño. y nosotros rodábamos

En el sueño rodábamos en el verde increíble


del prado. ¿De qué agua?

¿Agua de sueño? No.

Reflejos De amanecer.

Reflejos

LUGARES (II)

NOCTURNO GRITO

Llévame contigo tan lejos

que, en el camino, olvide Tengo miedo de mi voz

las palabras. y busco mi sombra en vano.

Llévame contigo tan cerca ¿Será mía aquella sombra

que, sin camino, no tenga sin cuerpo que va pasando?

palabras. ¿Y mía la voz perdida

que va la calle incendiando?

Reflejos

¿Qué voz, qué sombra, qué sueño

despierto que no he soñado

serán la voz y la sombra

y el sueño que me han robado?

AGUA

Para oír brotar la sangre

de mi corazón cerrado,

Tengo sed. ¿pondré la oreja en mi pecho


como en el pulso la mano? este naufragio invisible.

Mi pecho estará vacío Nostalgia de la muerte

y yo descorazonado

y serán mis manos duros

pulsos de mármol helado. NOCTURNO MAR

Nostalgia de la muerte Ni tu silencio duro de cristal de roca,

ni el frío de la mano que me tiendes,

ni tus palabras secas, sin tiempo ni color,

NOCTURNO SOLO ni mi nombre, ni siquiera mi nombre

que dictas como cifra desnuda de sentido;

Soledad, aburrimiento,

vano silencio profundo, ni la herida profunda, ni la sangre

líquida sombra en que me hundo, que mana de sus labios, palpitante,

vacío del pensamiento. ni la distancia cada vez más fría

Y ni siquiera el acento sábana nieve de hospital invierno

de una voz indefinible tendida entre los dos como la duda;

que llegue hasta el imposible

rincón de un mar infinito nada, nada podrá ser más amargo

a iluminar con su grito que el mar que llevo dentro, solo y ciego,

el mar antiguo edipo que me recorre a tientas El mar que sube mudo hasta mis labios,

desde todos los siglos, el mar que se satura

cuando mi sangre aún no era mi sangre, con el mortal veneno que no mata

cuando mi piel crecía en la piel de otro cuerpo, pues prolonga la vida y duele más que el dolor.

cuando alguien respiraba por mí que aún no nacía. El mar que hace un trabajo lento y lento

forjando en la caverna de mi pecho


el puño airado de mi corazón. Nocturno mar amargo

que humedece mi lengua con su lenta saliva,

Mar sin viento ni cielo, que hace crecer mis uñas con la fuerza

sin olas, desolado, de su marea oscura.

nocturno mar sin espuma en los labios,

nocturno mar, sin cólera, conforme Mi oreja sigue su rumor secreto,

con lamer las paredes que lo mantienen preso oigo crecer sus rocas y sus plantas

y esclavo que no rompe sus riberas que alargan más y más sus labios dedos.

y ciego que no busca la luz que le robaron

y amante que no quiere sino su desamor. Lo llevo en mí como un remordimiento,

pecado ajeno y sueño misterioso,

Mar que arrastra despojos silenciosos, lo arrullo y lo duermo

olvidos olvidados y deseos, y lo escondo y lo cuido y le guardo el secreto.

sílabas de recuerdos y rencores, Nostalgia de la muerte

ahogados sueños de recién nacidos,

perfiles y perfumes mutilados,

fibras de luz y náufragos cabellos. AMOR CONDUSSE NOI AD UNA MORTE

Nocturno mar amargo

que circula en estrechos corredores Amar es una angustia, una pregunta,

de corales arterias y raíces una suspensa y luminosa duda;

y venas y medusas capilares. es un querer saber todo lo tuyo

y a la vez un temor de al fin saberlo.

Mar que teje en la sombra su tejido flotante,

con azules agujas ensartadas Amar es reconstruir, cuando te alejas,

con hilos nervios y tensos cordones. tus pasos, tus silencios, tus palabras,

y pretender seguir tu pensamiento


cuando a mi lado, al fin inmóvil, callas. en que tu piel busca mi piel despierta;

saciar a un tiempo la avidez nocturna

Amar es una cólera secreta, y morir otra vez la misma muerte

una helada y diabólica soberbia. provisional, desgarradora, oscura.

Amar es no dormir cuando en mi lecho Amar es una sed, la de la llaga

sueñas entre mis brazos que te ciñen, que arde sin consumirse ni cerrarse,

y odiar el sueño en que, bajo tu frente, y el hambre de una boca atormentada

acaso en otros brazos te abandonas. que pide más y más y no se sacia.

Amar es escuchar sobre tu pecho, Amar es una insólita lujuria

hasta colmar la oreja codiciosa, y una gula voraz, siempre desierta.

el rumor de tu sangre y la marea

de tu respiración acompasada. Pero amar es también cerrar los ojos,

dejar que el sueño invada nuestro cuerpo

Amar es absorber tu joven savia como un río de olvido y de tinieblas,

y juntar nuestras bocas en un cauce y navegar sin rumbo, a la deriva;

hasta que de la brisa de tu aliento porque amar es, al fin, una indolencia.

se impregnen para siempre mis entrañas.

Canto a la primavera y otros poemas

Amar es una envidia verde y muda,

una sutil y lúcida avaricia.


XAVIER VILLAURRUTIA

Amar es provocar el dulce instante

CARLOS PELLICER
ESTROFAS DE LINDO LINDE
Ven al poema, lindero,

a limitar la hermosura

Linderos. con tus trazos verdaderos.

Linderos de toda linde,

¿Cuáles son los verdaderos?

Ven lindero

a levantar obeliscos;

¡A colindar! discóbolo con tus discos

¿Y las manos y los ojos límites impón a Eros.

y lo que se dé en cantar?

Ven al poema lindero.

Colinde

mi voluntad con mi sueño

y muera yo en esa linde. El mar espiral desnuda

negro baño sideral;

en la frontera espacial

Amarrado suavemente suelta sus números muda

por la brisa la nebulosa espiral.

está el paisaje de enfrente.

Lindo lindero

Todos sus límites son cuando lo que linda linda

brisa lindera con la cintura que quiero.

con razón y sin razón.

Por la cintura primero,


con la cintura después. Hora de junio

Cintura, cinta, lindero.

Por sentir esa cintura

junto a la mía,

cánticos en noche oscura;

poesía.

SONETO NOCTURNO

Ay, la cintura morena,

¿mi vida limitará?


Tiempo soy entre dos eternidades.
Vivo lindero ya está
Antes de mí la eternidad y luego
entre la espuma y la arena.
de mí, la eternidad. El fuego;

sombra sola entre inmensas claridades.

Vivo lindero;
Fuego del tiempo, ruidos tempestades;
por vivir junto a ese linde
si con todas mis fuerzas me congrego,
nada quiero y nada espero.
siento enormes los ojos, miro ciego
¡Morir en ese lindero!
y oigo caer manzanas soledades.

Dios habita mi muerte, Dios me vive.


Ladrón de límites, ven
Cristo, que fue en tiempo Dios, derive
a llevarte esquinas de oro;
gajos perfectos de mi ceiba innata.
yo he robado mi tesoro

y tengo en el alma cien.


Tiempo soy, tiempo último y primero,

el tiempo que no muere y que no mata,


templado de cenit y de lucero. Práctica de vuelo

SONETO POSTRERO

Esta barca sin remos es la mía.

Al viento, al viento, al viento solamente

le ha entregado su rumbo, su indolente

desolación de estéril lejanía.

Todo ha perdido ya su jerarquía.

Estoy lleno de nada y bajo el puente

tan sólo el lodazal, la malviviente

ruina del agua y de su platería.

Todos se van o vienen. Yo me quedo

a lo que dé el perder valor y miedo.

¡Al viento, al viento, a lo que el viento quiera!

Un mar sin honra y sin piratería,

excelsitudes de un azul cualquiera

y esta barca sin remos que es la mía.


Villahermosa, mayo de 1952

Práctica de vuelo

DESEOS

Trópico ¿para qué me diste

las manos llenas de color?

Todo lo que yo toque

se llenará de sol.

En las tardes sutiles de otras tierras

pasaré con mis ruidos de vidrio tornasol.

Déjame un solo instante

dejar de ser grito y color.

Déjame un solo instante

cambiar el clima del corazón,

beber la penumbra de una casa desierta,

inclinarme en silencio sobre un remoto balcón,

ahondarme en el manto de pliegues finos,

dispersarme en la orilla de una suave devoción,

acariciar dulcemente las cabelleras lacias

y escribir con un lápiz muy fino mi meditación.


¡Oh, dejar de ser un solo instante

el Ayudante del Campo del Sol!

Trópico ¿para qué me diste

las manos llenas de color?

Seis, siete poemas


TU ERES MAS QUE MIS OJOS

Tú eres más que mis ojos porque ves

lo que en mis ojos llevo de tu vida.

Y así camino ciego de mi mismo

iluminado por mis ojos que arden

con el fuego de ti.

Tú eres más que mi oído porque escuchas

lo que en mi oído llevo de tu voz.

Y así camino sordo de mí mismo

lleno de las ternuras de tu acento.

¡La sola voz de ti!

Tú eres más que mi olfato porque hueles

lo que mi olfato lleva de tu olor.

Y así voy ignorando el propio aroma,


emanando tus ámbitos perfumes,

pronto huerto de ti.

Tú eres más que mi lengua porque gustas

lo que en mi lengua llevo de ti sólo,

y así voy insensible a mis sabores

saboreando el deleite de los tuyos,

sólo sabor de ti.

Tú eres más que mi tacto porque en mí

tu caricia acaricias y desbordas.

Y así toco en mi cuerpo la delicia

de tus manos quemadas por las mías.

Yo solamente soy el vivo espejo

de tus sentidos. La fidelidad

del lago en la garganta del volcán.

Recinto

CARLOS PELLICER
MARIO VARGAS LLOSA

Creador de un impresionante universo literario con referencias permanentes a su país, a su propia vida y a su relación entre ambos entes, "...Vargas
Llosa a través de sus novelas reivindica, desde la inteligencia y la renovación, la tan alicaída escuela realista..." (Ricardo Cayuela Gally). Mario
Vargas Llosa nace en Arequipa, Perú en 1936. Se da a conocer con una colección de cuentos de juventud, publicada bajo el título de Los jefes en
1958, alcanzando fama mundial con la novela La ciudad y los perros (1962), Premio Biblioteca Breve, que retrata, desde dentro, el ambiente
cerrado y opresivo de una escuela militar limeña, en una estructura narrativa de alta complejidad técnica, desarrollada en múltiples planos de
acción, personajes y tiempos y con audaces mezclas de líneas argumentales. Este hallazgo estructural es llevado por Vargas Llosa a la práctica en el
resto de casi toda su producción posterior, como en La casa verde (1966) y Conversación en la Catedral (1969), obra maestra con ribetes de
diatriba política. En Pantaleón y las visitadoras (1973) y La tía Julia y el escribidor (1977), Vargas Llosa, sin renunciar a la experimentación formal
y la exigencia estilística, incursiona con notable acierto en una línea fundamentalmente lúdica. Otras novelas destacadas son Los Cachorros
(1977), La guerra del fin del mundo (1981), Historia de Mayta (1984), ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986), y El hablador (1987). Sus textos
ensayísticos han sido reunidos en Contra viento y marea (1983) y sus memorias, fundamentalmente políticas, en El pez en el agua (1993).
Ultimamente ha publicado Elogio a la madrastra, colección de relatos alrededor del género erótico. Presentamos en esta antología un cuento de
su primera época, pleno de rasgos autobiográficos, sobre el tema de la amistad adolescente.

DIA DOMINGO

Contuvo un instante la respiración, clavó las uñas en la palma de sus manos y dijo, muy rápido: "Estoy
enamorado de ti". Vio que ella enrojecía bruscamente, como si alguien hubiera golpeado sus mejillas,
que eran de una palidez resplandeciente y muy suaves. Aterrado, sintió que la confusión ascendía por él
y petrificaba su lengua. Deseó salir corriendo, acabar: en la taciturna mañana de invierno había surgido
ese desaliento íntimo que lo abatía siempre en los momentos decisivos. Unos minutos antes, entre la
multitud animada y sonriente que circulaba por el Parque Central de Miraflores, Miguel se repetía aún:
"Ahora. Al llegar a la avenida Pardo. Me atreveré. ¡Ah, Rubén, si supieras como te odio! Y antes todavía,
en la Iglesia, mientras buscaba a Flora con los ojos, la divisaba al pie de una columna y, abriéndose paso
con los codos sin pedir permiso a las señoras que empujaba, conseguía acercársele y saludarla en voz
baja, volvía a decirse, tercamente, como esa madrugada, tendido en su lecho, vigilando la aparición de
la luz: "No hay más remedio. Tengo que hacerlo hoy día. En la mañana. Ya me las pagarás, Rubén". Y la
noche anterior había llorado, por primera vez en muchos años, al saber que se preparaba esa innoble
emboscada. La gente seguía en el Parque y la avenida Pardo se hallaba desierta; caminaban por la
alameda, bajo los ficus de caballeras altas y tupidas. "Tengo que apurarme, pensaba Miguel, si no, me
friego". Miró de soslayo alrededor: no había nadie, podía intentarlo. Lentamente fue estirando su mano
izquierda hasta tocar la de ella; el contacto le reveló que transpiraba. Imploró que ocurriera un milagro,
que cesara aquella humillación. "Qué le digo, pensaba, qué le digo". Ella acababa de retirar su mano y él
se sentía desamparado y ridículo. Todas las frases radiantes, preparadas febrilmente la víspera, se
habían disuelto como globos de espuma.

-Flora -balbuceó-, he esperado mucho tiempo este momento. Desde que te conozco sólo pienso en ti.
Estoy enamorado por primera vez, créeme, nunca había conocido una muchacha como tú.

Otra vez una compacta mancha blanca en su cerebro, el vacío. Ya no podía aumentar la presión:
la piel cedía como jebe y las uñas alcanzaban el hueso. Sin embargo, siguió hablando, dificultosamente,
con grandes intervalos, venciendo el bochornoso tartamudeo, tratando de describir una pasión
irreflexiva y total, hasta descubrir, con alivio, que llegaban al primer óvalo de la avenida Pardo, y
entonces calló. Entre el segundo y el tercer ficus, pasado el óvalo, vivía Flora. Se detuvieron, se miraron:
Flora estaba aún encendida y la turbación había colmado sus ojos de un brillo húmedo. Desolado,
Miguel se dijo que nunca le había parecido tan hermosa: una cinta azul recogía sus cabellos y él podía
ver el nacimiento de su cuello, y sus orejas, dos signos de interrogación, pequeñitos y perfectos.

-Mira, Miguel -dijo Flora; su voz era suave, llena de música, segura-. No puedo contestarte ahora.
Pero mi mamá no quiere que ande con chicos hasta que termine el colegio.

-Todas las mamás dicen lo mismo, Flora -insistió Miguel-. ¿Cómo iba a saber ella? Nos veremos
cuando tú digas, aunque sea sólo los domingos.

-Ya te contestaré, primero tengo que pensarlo -dijo Flora, bajando los ojos. Y después de unos
segundos añadió-: Perdona, pero ahora tengo que irme, se hace tarde.

Miguel sintió una profunda lasitud, algo que se expandía por todo su cuerpo y lo ablandaba.

-¿No estás enojada conmigo, Flora, no? -dijo humildemente.

-No seas sonso -replicó ella, con vivacidad-. No estoy enojada.

-Esperaré todo lo que quieras -dijo Miguel- Pero nos seguiremos viendo, ¿no? ¿Iremos al cine esta
tarde, no?

-Esta tarde no puedo -dijo ella, dulcemente-. Me ha invitado a su casa Martha.

Una correntada cálida, violenta, lo invadió y se sintió herido, atontado, ante esa respuesta que
esperaba y que ahora le parecía una crueldad. Era cierto lo que el Melanés había murmurado,
torvamente, a su oído, el sábado en la tarde. Martha los dejaría solos, era la táctica habitual. Después,
Rubén relataría a los pajarracos cómo él y su hermana habían planeado las circunstancias, el sitio y la
hora. Martha habría reclamado, en pago de sus servicios, el derecho de espiar detrás de la cortina. La
cólera empapó sus manos de golpe.

-No seas así, Flora. Vamos a la matiné como quedamos. No te hablaré de esto. Te prometo.

-No puedo, de veras -dijo Flora-.Tengo que ir donde Martha. Vino ayer a mi casa para invitarme.
Pero después iré con ella al Parque Salazar.

Ni siquiera vio en esas últimas palabras una esperanza. Un rato después contemplaba el lugar donde
había desaparecido la frágil figurita celeste, bajo el arco majestuoso de los ficus de la avenida. Era
posible competir con un simple adversario, no con Rubén. Recordó los nombres de las muchachas
invitadas por Martha, una tarde de domingo. Ya no podía hacer nada, estaba derrotado. Una vez más
surgió entonces esa imagen que lo salvaba siempre que sufría una frustración: desde un lejano fondo de
nubes infladas de humo negro se aproximaba él, al frente de una compañía de cadetes de la Escuela
Naval, a una tribuna levantada en el Parque; personajes vestidos de etiqueta, el sombrero de copa en la
mano, y señoras de joyas relampagueantes lo aplaudían. Aglomerada en las veredas, una multitud en la
que sobresalían los rostros de sus amigos y enemigos, lo observaba maravillada, murmurando su
nombre. Vestido de paño azul, una amplia capa flotando a sus espaldas, Miguel desfilaba delante
mirando el horizonte. Levantando la espada, su cabeza describía media esfera en el aire: allí, en el
corazón de la tribuna estaba Flora, sonriendo. En una esquina, haraposo, avergonzado, descubría a
Rubén: se limitaba a echarle una brevísima ojeada despectiva. Seguía marchando, desaparecía entre
vítores.

Como el vaho de un espejo que se frota, la imagen desapareció. Estaba en la puerta de su casa,
odiaba a todo el mundo, se odiaba. Entró y subió directamente a su cuarto. Se echó de bruces en la
cama: en la tibia oscuridad, entre sus pupilas y sus párpados, apareció el rostro de la muchacha -"Te
quiero, Flora", dijo él en voz alta- y luego Rubén, con su mandíbula insolente y su sonrisa hostil: estaban
uno al lado del otro, se acercaban, los ojos de Rubén se torcían para mirarlo burlonamente mientras su
boca avanzaba hacia Flora.

Saltó de la cama. El espejo del armario le mostró un rostro ojeroso, lívido. "No la verá decidió. No
me hará esto, no permitiré que me haga esa perrada".

La avenida Pardo continuaba solitaria. Acelerando el paso sin cesar, caminó hasta el cruce con la
avenida Grúa; allí vaciló. Sintió frío: había olvidado el saco en su cuarto y la sola camisa no bastaba para
protegerlo del viento que venía del mar y se enredaba en el denso ramaje de los ficus con un suave
murmullo. La temida imagen de Flora y Rubén juntos le dio valor, y siguió andando. Desde la puerta del
bar vecino al cine Montecarlo, los vio en la mesa de costumbre, dueños del ángulo que formaban las
paredes del fondo y de la izquierda. Francisco, el Melanés, Tobías, el Escolar lo descubrían y, después de
un instante de sorpresa, se volvían hacia Rubén, los rostros maliciosos, excitados. Recuperó el aplomo
de inmediato: frente a los hombres sí sabía comportarse.

-Hola -les dijo, acercándose-. ¿Qué hay de nuevo?

-Siéntate -le alcanzó una silla el Escolar-. ¿Qué milagro te ha traído por aquí?

-Hace siglos que no venías -dijo Francisco.

-Me provocó verlos -dijo Miguel, cordialmente-. Ya sabía que estaban aquí. ¿De qué se
asombran? ¿O ya no soy un pajarraco?

Tomó asiento entre el Melanés y Tobías. Rubén estaba al frente.

-¡Cuncho! -gritó el Escolar-. Trae otro vaso. Que no esté muy mugriento.

Cuncho trajo el vaso y el Escolar lo llenó de cerveza. Miguel dijo "por los pajarracos" y bebió.

-Por poco te tomas el vaso también -dijo Francisco-. ¡Qué ímpetus!

-Apuesto a que fuiste a misa de una -dijo el Melanés, un párpado plegado por la satisfacción,
como siempre que iniciaba algún enredo-. ¿ O no ?.

-Fui -dijo Miguel, imperturbable-. Pero sólo para ver a una hembrita, nada más.

Miró a Rubén con ojos desafiantes, pero él no se dio por aludido; jugueteaba con los dedos sobre
la mesa y, bajito, la punta de la lengua entre los dientes, silbaba "La niña Popof", de Pérez Prado.

-¡Buena! -aplaudió el Melanés-. Buena, don Juan. Cuéntanos, ¿a qué hembrita?

-Eso es un secreto.

-Entre los pajarracos no hay secretos -recordó Tobías-.¿Ya te has olvidado? Anda, ¿quién era?

-Qué te importa -dijo Miguel.

-Muchísimo -dijo Tobías-. Tengo que saber con quién andas para saber quién eres.

-Toma mientras -dijo el Melanés a Miguel-.Una a cero.


-¿A que adivino quién es? -dijo Francisco-.¿Ustedes no?

-Yo ya sé -dijo Tobías.

-Y yo -dijo el Melanés. Se volvió a Rubén con ojos y voz muy inocentes-.Y tú, cuñado, ¿adivinas
quién es?

-No -dijo Rubén, con frialdad-. Y tampoco me importa.

-Tengo llamitas en el estómago -dijo el Escolar-.¿Nadie va a pedir una cerveza?

El Melanés se pasó un patético dedo por la garganta:

-I haven't money, darling -dijo.

-Pago una botella -anunció Tobías, con ademán solemne-. A ver quién me sigue, hay que
apagarle las llamitas a este baboso.

-Cuncho, bájate media docena de Cristales -dijo Miguel.

Hubo gritos de júbilo, exclamaciones.

-Eres un verdadero pajarraco -afirmó Francisco.

-Sucio, pulguiento -agregó el Melanés-, si, señor, un pajarraco de la pitri-mitri.

Cuncho trajo las cervezas. Bebieron. Escucharon al Melanés referir historias sexuales, crudas,
extravagantes y afiebradas y se entabló entre Tobías y Francisco una recia polémica sobre fútbol. El
Escolar contó una anécdota. Venía de Lima a Miraflores en un colectivo; los demás pasajeros bajaron en
la avenida Arequipa. A la altura de Javier Prado subió el cachalote Tomasso, ese albino de dos metros
que sigue en Primaria, vive por la Quebrada ¿ya captan?; simulando gran interés por el automóvil
comenzó a hacer preguntas al chofer, inclinado hacia el asiento de adelante, mientras rasgaba con una
navaja, suavemente, el tapiz del espaldar.

-Lo hacía porque yo estaba ahí -afirmó el Escolar-. Quería lucirse.

-Es un retrasado mental -dijo Francisco-. Esas cosas se hacen a los diez años. A su edad, no tiene
gracia.

-Tiene gracia lo que pasó después -rió el Escolar-. Oiga chofer,¿no ve que este cachalote está
destrozando su carro?
-¿Qué? -dijo el chofer, frenando en seco. Las orejas encarnadas, los ojos espantados, el cachalote
Tomasso forcejeaba con la puerta.

-Con su navaja -dijo el Escolar-. Fíjese cómo le ha dejado el asiento.

El cachalote logró salir por fin. Echó a correr por la avenida Arequipa; el chofer iba tras él,
gritando:"agarren a ese desgraciado".

-¿Lo agarró? -preguntó el Melanés.

-No sé. Yo desaparecí. Y me robé la llave del motor, de recuerdo. Aquí la tengo.

-Sacó de su bolsillo una pequeña llave plateada y la arrojó sobre la mesa. Las botellas estaban
vacías. Rubén miró su reloj y se puso de pie.

-Me voy -dijo-. Ya nos vemos.

-No te vayas -dijo Miguel-. Estoy rico hoy día. Los invito a almorzar a todos.

-Un remolino de palmadas cayó sobre él, los pajarracos le agradecieron con estruendo, lo
alabaron.

-Anda vete nomás, buen mozo -dijo Tobías-. Y salúdame a Marthita.

-Pensaremos mucho en ti, cuñado -dijo el Melanés.

-No -exclamó Miguel-. Invito a todos o a ninguno. Si se va Rubén, nada.

-Ya has oído, pajarraco Rubén -dijo Francisco-, tienes que quedarte.

-Tienes que quedarte -dijo el Melanés-, no hay tutías.

-Me voy -dijo Rubén.

-Lo que pasa es que estás borracho -dijo Miguel-. Te vas porque tienes miedo de quedar en
ridículo delante de nosotros, eso es lo que pasa.

-¿Cuántas veces te he llevado a tu casa boqueando? -dijo Rubén-. ¿Cuántas te he ayudado a subir
la reja para que no te pesque tu papá? Resisto diez veces más que tú.

-Resistías -dijo Miguel-. Ahora está difícil. ¿Quieres ver?

-Con mucho gusto -dijo Rubén-. ¿Nos vemos a la noche, aquí mismo?
-No. En este momento -Miguel se volvió hacia los demás, abriendo los brazos-: Pajarracos, estoy
haciendo un desafío.

-Dichoso, comprobó que la antigua fórmula conservaba intacto su poder. En medio de la ruidosa
alegría que había provocado, vio a Rubén sentarse, pálido.

-¡Cuncho! -gritó Tobías-. El menú. Y dos piscinas de cerveza. Un pajarraco acaba de lanzar un
desafío.

Pidieron bisteces a la chorrillana y una docena de cervezas. Tobías dispuso tres botellas para cada
uno de los competidores y las demás para el resto. Comieron hablando apenas. Miguel bebía después
de cada bocado y procuraba mostrar animación, pero el temor de no resistir lo suficiente crecía a
medida que la cerveza depositaba en su garganta un sabor ácido. Cuando acabaron las seis botellas,
hacía rato que Cuncho había retirado los platos.

-Ordena tú -dijo Miguel a Rubén.

-Otras tres por cabeza.

Después del primer vaso de la nueva tanda, Miguel sintió que los oídos le zumbaban; su cabeza
era una lentísima ruleta, todo se movía.

-Me hago pis -dijo-. Voy al baño.

Los pajarracos rieron.

-¿Te rindes? -preguntó Rubén.

-Voy a hacer pis -gritó Miguel-. Si quieres, que traigan más.

En el baño, vomitó. Luego se lavó la cara, detenidamente, procurando borrar toda señal
reveladora. Su reloj marcaba las cuatro y media. Pese al denso malestar, se sintió feliz. Rubén ya no
podía hacer nada. Regresó donde ellos.

-Salud -dijo Rubén, levantando el vaso.

"Está furioso, pensó Miguel. Pero ya lo fregué".

-Huele a cadáver -dijo el Melanés-. Alguien se nos muere por aquí.

-Estoy nuevecito -aseguró Miguel, tratando de dominar el asco y el mareo.

-Salud -repetía Rubén.


-Cuando hubieron terminado la última cerveza, su estómago parecía de plomo, las voces de los otros
llegaban a sus oídos como una confusa mezcla de ruidos. Una mano apareció de pronto bajo sus oídos,
era blanca y de largos dedos, lo cogía del mentón, lo obligaba a alzar la cabeza; la cara de Rubén había
crecido. Estaba chistoso, tan despeinado y colérico.

-¿Te rindes, mocoso?

Miguel se incorporó de golpe y empujó a Rubén, pero antes que el simulacro prosperara,
intervino el Escolar.

-Los pajarracos no pelean nunca -dijo, obligándolos a sentarse-. Los dos están borrachos. Se
acabó. Votación.

El Melanés, Francisco y Tobías accedieron a otorgar el empate, de mala gana.

-Yo ya había ganado -dijo Rubén-. Este no puede ni hablar. Mírenlo.

Efectivamente, los ojos de Miguel estaban vidriosos, tenía la boca abierta y de su lengua
chorreaba un hilo de saliva.

-Cállate -dijo el Escolar-. Tú no eres un campeón que digamos, tomando cerveza.

-No eres un campeón tomando cerveza -subrayó el Melanés-. Sólo eres un campeón de natación,
el trome de las piscinas.

-Mejor tú no hables -dijo Rubén-; ¿no ves que la envidia te corroe?

-Viva la Esther Williams de Miraflores -dijo el Melanés.

-Tremendo vejete y ni siquiera sabes nadar -dijo Rubén-. ¿No quieres que te dé unas clases?

-Ya sabemos, maravilla -dijo el Escolar-. Has ganado un campeonato de natación. Y todas las
chicas se mueren por ti. Eres un campeoncito.

-Este no es campeón de nada -dijo Miguel, con dificultad-. Es pura pose.

-Te estás muriendo -dijo Rubén-. ¿Te llevo a tu casa, niñita?

-No estoy borracho -aseguró Miguel-. Y tú eres pura pose.

-Estás picado porque le voy a caer a Flora -dijo Rubén-. Te mueres de celos. ¿Crees que no capto
las cosas?
-Pura pose -dijo Miguel-. Ganaste porque tu padre es Presidente de la Federación, todo el mundo
sabe que hizo trampa, descalificó al Conejo Villarán, sólo por eso ganaste.

-Por lo menos nado mejor que tú -dijo Rubén, que ni siquiera sabes correr olas.

-Tú no nadas mejor que nadie -dijo Miguel-. Cualquiera te deja botado.

-Cualquiera -dijo el Melanés-. Hasta Miguel, que es una madre.

-Permítanme que me sonría -dijo Rubén.

-Te permitimos -dijo Tobías-. No faltaba más.

-Se me sobran porque estamos en invierno -dijo Rubén-. Si no, los desafiaba a ir a la playa, a ver si
en el agua son tan sobrados.

-Ganaste el campeonato por tu padre -dijo Miguel-. Eres pura pose. Cuando quieras nadar
conmigo, me avisas nomás, con toda confianza. En la playa, en el Terrazas, donde quieras.

-En la playa -dijo Rubén-. Ahora mismo.

-Eres pura pose -dijo Miguel.

El rostro de Rubén se iluminó de pronto y sus ojos además de rencorosos, se volvieron


arrogantes.

-Te apuesto a ver quién llega primero a la reventazón -dijo.

-Pura pose -dijo Miguel.

-Si ganas -dijo Rubén-, te prometo que no le caigo a Flora. Y si yo gano tú te vas con la música a
otra parte.

-¿Qué te has creído? -balbuceó Miguel-. Maldita sea, ¿qué es lo que te has creído?

-Pajarracos -dijo Rubén, abriendo los brazos-, estoy haciendo un desafío.

-Miguel no está en forma ahora -dijo el Escolar-.¿Por qué no se juegan a Flora a cara o sello?

-Y tú por qué te metes -dijo Miguel-. Acepto. Vamos a la playa.

-Están locos -dijo Francisco-. Yo no bajo a la playa con este frío. Hagan otra apuesta.
-Ha aceptado -dijo Rubén-. Vamos.

-Cuando un pajarraco hace un desafío, todos se meten la lengua al bolsillo -dijo Melanés-. Vamos
a la playa. Y si no se atreven a entrar al agua, los tiramos nosotros.

-Los dos están borrachos -insistió el Escolar-. El desafío no vale.

-Cállate, Escolar -rugió Miguel-. Ya estoy grande, no necesito que me cuides.

-Bueno -dijo el Escolar, encogiendo los hombros-. Friégate, nomás.

Salieron. Afuera los esperaba una atmósfera quieta, gris. Miguel respiró hondo; se sintió mejor.
Caminaban adelante Francisco, el Melanés y Rubén. Atrás, Miguel y el Escolar. En la avenida Grúa había
algunos transeúntes; la mayoría, sirvientas de trajes chillones en su día de salida. Hombres cenicientos,
de gruesos cabellos lacios, merodeaban a su alrededor y las miraban con codicia; ellas reían mostrando
sus dientes de oro. Los pajarracos no les prestaban atención. Avanzaban a grandes trancos y la
excitación los iba ganando, poco a poco.

-¿Ya se te pasó? -dijo el Escolar.

-Sí -respondió Miguel-. El aire me ha hecho bien.

En la esquina de la avenida Pardo, doblaron. Marchaban desplegados como una escuadra, en una
misma línea, bajo los ficus de la alameda, sobre las losetas hinchadas a trechos por las enormes raíces
de los árboles que irrumpían a veces en la superficie como garfios. Al bajar por la Diagonal, cruzaron a
dos muchachas. Rubén se inclinó, ceremonioso.

-Hola, Rubén -cantaron ellas, a dúo.

Tobías las imitó, aflautando la voz:

-Hola, Rubén, príncipe.

La avenida Diagonal desemboca en una pequeña quebrada que se bifurca: por un lado, serpentea
el Malecón, asfaltado y lustroso; por el otro, hay una pendiente que contornea el cerro y llega hasta el
mar. Se llama "la bajada a los baños", su empedrado es parejo y brilla por el repaso de las llantas de los
automóviles y los pies de los bañistas de muchísimos veranos.

-Entremos en calor, campeones -gritó el Melanés, echándose a correr. Los demás lo imitaron.

Corrían contra el viento y la delgada bruma que subía desde la playa, sumidos en un emocionante
torbellino; por sus oídos, su boca y sus narices penetraba el aire a sus pulmones y una sensación de
alivio y desintoxicación se expandía por su cuerpo a medida que el declive se acentuaba y en un
momento sus pies no obedecían ya sino a una fuerza misteriosa que provenía de lo más profundo de la
tierra. Los brazos como hélices, en sus lenguas un aliento salado, los pajarracos descendieron la bajada
a toda carrera, hasta la plataforma circular, suspendida sobre el edificio de las casetas. El mar se
desvanecía a unos cincuenta metros de la orilla, en una espesa nube que parecía próxima a arremeter
contra los acantilados, altas moles oscuras plantadas a lo largo de toda la bahía.

-Regresemos -dijo Francisco-. Tengo frío.

Al borde de la plataforma hay un cerco manchado a pedazos por el musgo. Una abertura señala el
comienzo de la escalerilla, casi vertical, que baja hasta la playa. Los pajarracos contemplaban desde allí,
a sus pies, una breve cinta de agua libre, y la superficie inusitada, bullente, cubierta por la espuma de las
olas.

-Me voy si éste se rinde -dijo Rubén.

-¿Quién habla de rendirse? -repuso Miguel-. ¿Pero qué te has creído?

Rubén bajó la escalerilla a saltos, a la vez que se desabotonaba la camisa.

-¡Rubén! -gritó el Escolar-. ¿Estás loco? ¡Regresa!

Pero Miguel y los otros también bajaban y el Escolar los siguió.

En el verano, desde la baranda del largo y angosto edificio recostado contra el cerro, donde se
hallan los cuartos de los bañistas, hasta el límite curvo del mar, había un declive de piedras, plomizas
donde la gente se asoleaba. La pequeña playa hervía de animación desde la mañana hasta el
crepúsculo. Ahora el agua ocupaba el declive y no había sombrillas de colores vivísimos, ni muchachas
elásticas de cuerpos tostados, no resonaban los gritos melodramáticos de los niños y de las mujeres
cuando una ola conseguía salpicarlos antes de regresar arrastrando rumorosas piedras y guijarros, no se
veía ni un hilo de playa, pues la corriente inundaba hasta el espacio limitado por las sombrías columnas
que mantienen el edificio en vilo, y, en el momento de la resaca, apenas se descubrían los escalones de
madera y los soportes de cemento, decorados por estalactitas y algas.

-La reventazón no se ve -dijo Rubén-. ¿Cómo hacemos?

Estaban en la galería de la izquierda, en el sector correspondiente a las mujeres; tenían los rostros
serios.
-Esperen hasta mañana -dijo el Escolar-. Al mediodía estará despejado. Así podremos
controlarlos.

-Ya que hemos venido hasta aquí que sea ahora -dijo el Melanés-. Pueden controlarse ellos
mismos.

-Me parece bien -dijo Rubén-.¿ Y a ti?

-También -dijo Miguel.

-Cuando estuvieron desnudos. Tobías bromeó acerca de las venas azules que escalaban el vientre liso
de Miguel. Descendieron. La madera de los escalones, lamida incesantemente por el agua desde hacía
meses, estaba resbaladiza y muy suave. Prendido al pasamanos de hierro para no caer, Miguel sintió un
estremecimiento que subía desde la planta de sus pies al cerebro. Pensó que, en cierta forma, la neblina
y el frío lo favorecían, el éxito ya no dependía de la destreza, sino sobre todo de la resistencia, y la piel
de Rubén estaba también cárdena, replegada en millones de carpas pequeñisimas. Un escalón más
abajo, el cuerpo armonioso de Rubén se inclinó: tenso, aguardaba el final de la resaca y la llegada de la
próxima ola, que venía sin bulla, airosamente, despidiendo por delante una bandada de trocitos de
espuma. Cuando la cresta de la ola estuvo a dos metros de la escalera. Rubén se arrojó: los brazos como
lanzas, los cabellos alborotados por la fuerza del impulso, su cuerpo cortó el aire rectamente y cayó sin
doblarse, sin bajar la cabeza ni plegar las piernas, rebotó en la espuma, se hundió apenas y, de
inmediato, aprovechando la marea, se deslizó hacia adentro; sus brazos aparecían y se hundían entre
un burbujeo frenético y sus pies iban trazando una estela cuidadosa y muy veloz. A su vez, Miguel bajó
otro escalón y esperó la próxima ola. Sabía que el fondo allí era escaso, que debía arrojarse como una
tabla, duro y rígido, sin mover un músculo, o chocaría contra las piedras. Cerró los ojos y saltó, y no
encontró el fondo, pero su cuerpo fue azotado desde la frente hasta las rodillas, y surgió un vivísimo
escozor mientras braceaba con todas sus fuerzas para devolver a sus miembros el calor que el agua les
había arrebatado de golpe. Estaba en esa extraña sección del mar de Miraflores vecina a la orilla, donde
se encuentran la resaca y las olas, y hay remolinos y corrientes encontradas, y el último verano distaba
tanto que Miguel había olvidado cómo franquearla sin esfuerzo. No recordaba que es preciso aflojar el
cuerpo y abandonarse, dejarse llevar sumisamente a la deriva, bracear sólo cuando se salva una ola y se
está sobre la cresta, en esa plancha líquida que escolta a la espuma y flota encima de las corrientes. No
recordaba que conviene soportar con paciencia y cierta malicia ese primer contacto con el mar
exasperado de la orilla que tironea los miembros y avienta chorros a la boca y los ojos, no ofrecer
resistencia, ser un corcho, limitarse a tomar aire cada vez que una ola se avecina, sumergirse -apenas si
reventó lejos y viene sin ímpetu, o hasta el mismo fondo si el estallido es cercano-, aferrarse a alguna
piedra y esperar atento el estruendo sordo de su paso, para emerger de un solo impulso y continuar
avanzando, disimuladamente, con las manos, hasta encontrar un nuevo obstáculo y entonces
ablandarse, no combatir contra los remolinos, girar voluntariamente en la espiral lentísima y escapar de
pronto,en el momento oportuno, de un solo manotazo. Luego, surge de improviso una superficie
calma, conmovida por tumbos inofensivos; el agua es clara, llana, y en algunos puntos se divisan las
opacas piedras submarinas.

Después de atravesar la zona encrespada, Miguel se detuvo, exhausto, y tomó aire. Vio a Rubén a
poca distancia, mirándolo. El pelo le caía sobre la frente en cerquillo; tenía los dientes apretados.

-¿Vamos?

-Vamos.

A los pocos minutos de estar nadando, Miguel sintió que el frío, momentáneamente desaparecido, lo
invadía de nuevo, y apuró el pataleo porque era en las piernas, en las pantorrillas sobre todo, donde el
agua actuaba con mayor eficacia, insensibilizándolas primero, luego endureciéndolas. Nadaba con la
cara sumergida y, cada vez que el brazo derecho se hallaba afuera, volvía la cabeza para arrojar el aire
retenido y tomar otra provisión con la que hundía una vez más la frente y la barbilla, apenas, para no
frenar su propio avance y, al contrario, hendir el agua como una proa y facilitar el desliz. A cada brazada
veía con un ojo a Rubén, nadando sobre la superficie, suavemente, sin esfuerzo, sin levantar espuma
ahora, con la delicadeza y la facilidad de una gaviota que planea. Miguel trataba de olvidar a Rubén y al
mar y a la reventazón (que debía estar lejos aún, pues el agua era limpia, sosegada, y sólo atravesaban
tumbos recién iniciados), quería recordar únicamente el rostro de Flora, el vello de sus brazos que en los
días de sol centelleaba como un diminuto bosque de hilos de oro, pero no podía evitar que, a la imagen
de la muchacha, sucediera otra, brumosa, excluyente, atronadora, que caía sobre Flora y la ocultaba, la
imagen de una montaña de agua embravecida, no precisamente la reventazón ( a la que había llegado
una vez hacía dos veranos, y cuyo oleaje era intenso, de espuma verdosa y negruzca, porque en ese
lugar, más o menos, terminaban las piedras y empezaba el fango que las olas extraían a la superficie y
entreveraban con los nidos de algas y malaguas, tiñendo el mar), sino, más bien, en un verdadero
océano removido por cataclismos interiores, en el que se elevaban olas descomunales, que hubieran
podido abrazar a un barco entero y lo hubieran revuelto con asombrosa rapidez, despidiendo por los
aires a pasajeros, lanchas, mástiles, velas, boyas, marineros, ojos de buey y banderas.

Dejó de nadar, su cuerpo se hundió hasta quedar vertical, alzó la cabeza y vio a Rubén que se
alejaba. Pensó llamarlo con cualquier pretexto, decirle "por qué no descansamos un momento", pero no
lo hizo. Todo el frío de su cuerpo parecía concentrarse en las pantorrillas, sentía los músculos
agarrotados, la piel tirante, el corazón acelerado. Movió los pies febrilmente. Estaba en el centro de un
círculo de agua oscuro, amurallado por la neblina. Trató de distinguir la playa, o cuando menos la
sombra de los acantilados, pero esa gasa equívoca que se iba disolviendo a su paso, no era
transparente. Sólo veía una superficie breve, verde negruzca, y un manto de nubes, a ras de agua.
Entonces sintió miedo. Lo asaltó el recuerdo de la cerveza que había bebido, y pensó "fijo que eso me
ha debilitado". Al instante pareció que sus brazos y piernas desaparecían. Decidió regresar, pero
después de unas brazadas en dirección a la playa, dio media vuelta y nadó lo más ligero que pudo. "No
llego a la orilla solo, se decía, mejor estar cerca de Rubén, si me agoto le diré me ganaste pero
regresemos". Ahora nadaba sin estilo, la cabeza en alto, golpeando el agua con los brazos tiesos, la
vista clavada en el cuerpo imperturbable que lo precedía.

La agitación y el esfuerzo desentumecieron sus piernas, su cuerpo recobró algo de calor, la


distancia que lo separaba de Rubén había disminuido y eso lo serenó. Poco después lo alcanzaba; estiró
un brazo, cogió uno de sus pies. Instantáneamente el otro se detuvo. Rubén tenía muy enrojecidas las
pupilas y la boca abierta.

-Creo que nos hemos torcido -dijo Miguel-. Me parece que estamos nadando de costado a la
playa.

Sus dientes castañeteaban, pero su voz era segura. Rubén miró a todos lados. Miguel lo
observaba, tenso.

-Ya no se ve la playa -dijo Rubén.

-Hace mucho rato que no se ve -dijo Miguel-. Hay mucha neblina.

-No nos hemos torcido -dijo Rubén-. Mira. Ya se ve la espuma.

En efecto, hasta ellos llegaban unos tumbos condecorados por una ola de espuma que se
deshacía y, repentinamente, rehacía. Se miraron, en silencio.

-Ya estamos cerca de la reventazón, entonces -dijo, al fin, Miguel.

-Sí. Hemos nadado rápido.

-Nunca había visto tanta neblina.

-¿Estás muy cansado? -preguntó Rubén.

-¿Yo? Estás loco. Sigamos.

-Inmediatamente lamentó esa frase, pero ya era tarde. Rubén había dicho "bueno sigamos".
Llegó a contar veinte brazadas antes de decirse que no podía más: casi no avanzaba, tenía la
pierna derecha seminmovilizada por el frío, sentía los brazos torpes y pesados. Acezando, gritó
"¡Rubén!" Este seguía nadando. "¡Rubén, Rubén!" Giró y comenzó a nadar hacia la playa, a chapotear
más bien, con desesperación, y de pronto rogaba a Dios que lo salvara, sería bueno en el futuro,
obedecería a sus padres, no faltaría a la misa del domingo y, entonces, recordó haber confesado a los
pajarracos "voy a la iglesia sólo a ver a una hembrita" y tuvo una certidumbre como una puñalada: Dios
iba a castigarlo, ahogándolo en esas aguas turbias que golpeaba frenético, aguas bajo las cuales lo
aguardaba una muerte atroz y, después, quizás, el infierno. En su angustia surgió entonces como un
eco, cierta frase pronunciada alguna vez por el padre Alberto en la clase de religión, sobre la bondad
divina que no conoce límites, y mientras azotaba el mar con los brazos -sus piernas colgaban como
plomadas transversales-, moviendo los labios rogó a Dios que fuera bueno con él, que era tan joven, y
juró que iría al seminario si se salvaba, pero un segundo después rectificó, asustado, y prometió que en
vez de hacerse sacerdote haría sacrificios y otras cosas, daría limosnas y ahí descubrió que la vacilación
y el regateo en ese instante crítico podían ser fatales y entonces sintió los gritos enloquecidos de
Rubén, muy próximos, y volvió la cabeza y lo vio, a unos diez metros, media cara hundida en el agua,
agitando un brazo, implorando: "¡Miguel, hermanito, ven, me ahogo, no te vayas!".

Quedó perplejo, inmóvil, y fue de pronto como si la desesperación de Rubén fulminara la suya;
sintió que recobraba el coraje, la rigidez de sus piernas se atenuaba.

-Tengo calambre en el estómago -chillaba Rubén-. No puedo más, Miguel. Sálvame, por lo que
más quieras, no me dejes, hermanito.

Flotaba hacia Rubén, y ya iba a acercársele cuando recordó, los naúfragos sólo atinan a prenderse
como tenazas de sus salvadores y los hunden con ellos, y se alejó, pero los gritos lo aterraban y
presintió que si Rubén se ahogaba él tampoco llegaría a la playa, y regresó. A dos metros de Rubén,
algo blanco y encogido que se hundía y emergía, gritó: "no te muevas, Rubén, te voy a jalar pero no
trates de agarrarme, si me agarras nos hundimos. Rubén, te vas a quedar quieto, hermanito, yo te voy a
jalar de la cabeza, no me toques". Se detuvo a una distancia prudente, alargó una mano hasta alcanzar
los cabellos de Rubén. Principió a nadar con el brazo libre, esforzándose todo lo posible por ayudarse
con las piernas. El desliz era lento, muy penoso, acaparaba todos sus sentidos, apenas escuchaba a
Rubén quejarse monótonamente, lanzar de pronto terribles alaridos, "me voy a morir, sálvame,
Miguel", o estremecerse por las arcadas. Estaba exhausto cuando se detuvo. Sostenía a Rubén con una
mano, con la otra trazaba círculos en la superficie. Respiró hondo por la boca. Rubén tenía la cara
contraída por el dolor, los labios plegados en una mueca insólita.

-Hermanito -susurró Miguel -, ya falta poco, haz un esfuerzo. Contesta, Rubén. Grita. No te
quedes así.
Lo abofeteó con fuerza y Rubén abrió los ojos; movió la cabeza débilmente.

-Grita, hermanito -repitió Miguel-. Trata de estirarte. Voy a sobarte el estómago. Ya falta poco,
no te dejes vencer.

Su mano buscó bajo el agua, encontró una bola dura que nacía en el ombligo de Rubén y ocupaba gran
parte del vientre. La repasó, muchas veces, primero despacio, luego fuertemente, y Rubén gritó: "¡no
quiero morirme, Miguel, sálvame!".

Comenzó a nadar de nuevo, arrastrando a Rubén esta vez de la barbilla. Cada vez que un tumbo
los sorprendía, Rubén se atragantaba, Miguel le indicaba a gritos que escupiera. Y siguió nadando, sin
detenerse un momento, cerrando los ojos a veces, animado porque en su corazón había brotado una
especie de confianza, algo caliente y orgulloso, estimulante, que lo protegía contra el frío y la fatiga.
Una piedra raspó uno de sus pies y él dio un grito y apuró. Un momento después podría pararse y
pasaba los brazos en torno a Rubén. Teniéndolo apretado contra él, sintiendo su cabeza apoyada en
uno de sus hombros, descansó largo rato. Luego ayudó a Rubén a extenderse de espaldas, y
soportándolo en el antebrazo, lo obligó a estirar las rodillas; le hizo masajes en el vientre hasta que la
dureza fue cediendo. Rubén ya no gritaba, hacía grandes esfuerzos por estirarse del todo y con sus
manos se frotaba también.

-¿Estás mejor?

-Sí, hermanito, ya estoy bien. Salgamos.

Una alegría inexpresable los colmaba mientras avanzaban sobre las piedras, inclinados hacia
adelante para enfrentar la resaca, insensibles a los erizos. Al poco rato vieron las aristas de los
acantilados, el edificio de los baños y, finalmente, ya cerca de la orilla, a los pajarracos, de pie en la
galería de las mujeres, mirándolos.

-Oye -dijo Rubén.

-Sí.

-No les digas nada. Por favor, no les digas que he gritado. Hemos sido siempre muy amigos,
Miguel. No me hagas eso.

-¿Crees que soy un desgraciado? -dijo Miguel-. No diré nada, no te preocupes.

Salieron tiritando. Se sentaron en la escalerilla, entre el alboroto de los pajarracos.

-Ya nos íbamos a dar el pésame a las familias -decía Tobías.


-Hace más de una hora que están adentro -dijo el Escolar-. Cuenten, ¿cómo ha sido la cosa?

Hablando con calma, mientras se secaba el cuerpo con la camiseta, Rubén explicó:

-Nada. Llegamos a la reventazón y volvimos. Así somos los pajarracos. Miguel me ganó. Apenas
por una puesta de mano. Claro que si hubiera sido en una piscina, habría quedado en ridículo.

Sobre la espalda de Miguel, que se había vestido sin secarse, llovieron las palmadas de
felicitación.

-Te estás haciendo un hombre -le decía el Melanés.

Miguel no respondió. Sonriendo, pensaba que esa misma noche iría al Parque Salazar; todo
Miraflores sabría ya, por boca del Melanés, que había vencido esa prueba heroica y Flora lo estaría
esperando con los ojos brillantes. Se abría, frente a él, un porvenir dorado.

Los Jefes

MARIO VARGAS LLOSA


PABLO NERUDA

Chileno universal. Nace en Parral en 1904, en la porción central del país andino, pero desde muy pequeño se traslada con su familia a Temuco, en la
región austral de La Araucanía. Su verdadero nombre fue Neftalí Ricardo Reyes. Hijo de un obrero ferroviario, inicia desde su adolescencia su labor
poética con participaciones en revistas literarias de Santiago. Sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, publicados antes de
cumplir los veinte años, han alcanzado tirajes conjuntos de más de un millón de ejemplares, caso único en la literatura mundial. Desde muy joven es
destinado por su gobierno a actividades consulares en sitios tan remotos como Birmania, Singapur y Ceilán. Durante su estancia en oriente escribe
Residencia en la tierra (1934 y 1935), obra hermética de corte surrealista y gran profundidad lírica. La guerra civil española, que vive de cerca, lo
impacta y repercute en una toma de conciencia política, presente en sus obras posteriores, hasta desembocar en Canto General publicada en
México en 1950, obra desigual, ambiciosa, totalizadora de su compromiso social. En su etapa final deriva hacia una poesía íntima y canta a las
cosas sencillas de la vida. Por el conjunto de su obra es distinguido con el Premiol Nobel de Literatura en 1971. Muere en su casa de Isla Negra,
frente a las costas de Valparaíso, en septiembre de 1973, a los pocos días del asesinato de Salvador Allende durante el golpe militar pinochetista.

POEMA 15

Me gustas cuando callas porque estás como ausente

y me oyes dede lejos, y mi voz no te toca.

Parece que los ojos se te hubieran volado

y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma


emerges de las cosas, llena del alma mía.

Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,

y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.

Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.

Y me oyes dede lejos, y mi voz no te alcanza:

Déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio

claro como una lámpara, simple como un anillo.

Eres como la noche, callada y constelada.

Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.

Distante y dolorosa como si hubieras muerto.

Una palabra entonces, una sonrisa bastan.

Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

Veinte poemas de amor y una canción desesperada


FAREWELL

1 Para que nada nos amarre

que no nos una nada.

Ni la palabra que aromó tu boca,

ni lo que no dijeron las palabras.


Desde el fondo de ti, y arrodillado,

un niño triste como yo nos mira.


Ni la fiesta de amor que no tuvimos,

ni tus sollozos junto a la ventana.


Por esa vida que arderá en sus venas

tendrían que amarrarse nuestras vidas.

Por esas manos, hijas de tus manos,

tendrían que matar las manos mías. 3

Por sus ojos abiertos en la tierra

veré en los tuyos lágrimas un día.

(Amo el amor de los marineros

que besan y se van.

2 Dejan una promesa.

No vuelven nunca más.

Yo no lo quiero. Amada.
En cada puerto una mujer espera:
los marineros besan y se van.

Una noche se acuestan con la muerte Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos,

en el lecho del mar. ya no se endulzará junto a ti mi dolor.

Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada

y hacia donde camines llevarás mi dolor.


4

Fui tuyo, fuiste mía. ¿Qué más? Juntos hicimos

un recodo en la ruta donde el amor pasó.

Amo el amor que se reparte


Fui tuyo, fuiste mía. Tú serás del que te ame,
en besos, lecho y pan.
del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo.

Amor que puede ser eterno


Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste.
y puede ser fugaz.
Vengo desde tus brazos. No sé hacia donde voy.

Amor que quiere libertarse


...Desde tu corazón me dice adiós un niño.
para volver a amar.
Y yo le digo adiós.

Amor divinizado que se acerca.

Amor divinizado que se va.)

5
ALTURAS DE MACCHU PICCHU (XII)

Sube a nacer conmigo, hermano.

Dame la mano desde la profunda

zona de tu dolor diseminado.

No volverás del fondo de las rocas.

No volverás del tiempo subterráneo.

No volverá tu voz endurecida.

No volverán tus ojos taladrados.

Mírame desde el fondo de la tierra,

labrador, tejedor, pastor callado:

domador de guanacos tutelares:

albañil del andamio desafiado:

aguador de las lágrimas andinas:

joyero de los dedos machacados:

agricultor temblando en la semilla:

alfarero en tu greda derramado:

traed a la copa de esta nueva vida

vuestros viejos dolores enterrados.

Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,

decidme: aquí fui castigado,

porque la joya no brilló o la tierra

no entregó a tiempo la piedra o el grano:

señaladme la piedra en que caísteis


y la madera en que os crucificaron,

encendedme los viejos pedernales,

las viejas lámparas, los látigos pegados

a través de los siglos en las llagas

y las hachas de brillo ensangrentado.

Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.

A través de la tierra juntad todos

los silenciosos labios derramados

y desde el fondo habladme toda esta larga noche,

como si yo estuviera con vosotros anclado,

contadme todo, cadena a cadena,

eslabón a eslabón, y paso a paso,

afilad los cuchillos que guardasteis,

ponedlos en mi pecho y en mi mano,

como un río de rayos amarillos,

como un río de tigres enterrados,

y dejadme llorar, horas, días, años,

edades ciegas, siglos estelares.

Dadme el silencio, el agua, la esperanza.

Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.

Apegadme los cuerpos como imanes.

Acudid a mis venas y a mi boca.

Hablad por mis palabras y mi sangre.


Canto general
HERMANO PABLO

Mas hoy los campesinos vienen a verme:

"Hermano,

no hay agua, hermano Pablo, no hay agua, no ha llovido.

Y la escasa corriente

del río

siete días circula, siete días se seca.

Nuestras vacas han muerto arriba en la cordillera.

Y la sequía empieza a matar niños.

Arriba muchos no tienen qué comer.

Hermano Pablo, tú hablarás al Ministro."

(Sí, hermano Pablo hablará al Ministro, pero ellos no saben

cómo me ven llegar

esos sillones de cuero ignominioso

y luego la madera ministerial, fregada

y pulida por la saliva aduladora.)

Mentirá el Ministro, se sobará las manos,


y las ganaderías del pobre comunero,

con el burro y el perro, por las deshilachadas

rocas, caerán, de hambre en hambre, hacia abajo.

Canto general

PABLO NERUDA
GABRIEL GARCIA MARQUEZ

La figura cumbre de la nueva narrativa hispanoamericana nace en 1928 en Aracataca, provincia de


Magdalena, Colombia. Entre 1955 1962 publica las novelas La hojarasca, El Coronel no tiene quien
le escriba, y La mala hora, y una colección de cuentos titulada Los funerales de la Mamá Grande
relatos, todos ellos, espléndidos, que giran en torno al mítico pueblo de Macondo. La vida de este
pueblo -real e imaginario al mismo tiempo- adquiere tales proporciones que toma cuerpo en Cien años
de soledad (1967), sin duda, la mejor novela en lengua castellana desde El Quijote, "una gran saga
americana", en palabras de Vargas Llosa: los avatares de la estirpe de los Buendía, anclada en las
realidades humanas más elementales y, al mismo tiempo, inmersa en un universo sobrenatural, son
contados -nunca mejor empleado el término- con una calidad de estilo y una fuerza inigualables; la
combinación de elementos humorísticos y trágicos, de lo cotidiano y lo mágico, de las vivencias y los
mitos, configuran una poética epopeya, que proyecta al mundo la identidad de este continente y su
otredad. A este libro siguen El otoño del Patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981),
la magnífica novela El amor en los tiempos del cólera (1985), los Doce cuentos peregrinos (1992), y
el delicioso relato titulado Del amor y otros demonios (1994). En 1982 es merecidamente distinguido
con el Premio Nobel de Literatura. Gabriel García Marquez -"Gabo"- continúa felizmente escribiendo y
asombrándonos. Muy recientemente acaba de salir a la luz su novela testimonial Noticia de un
secuestro.

UN DIA DE ESTOS

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete
a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un
puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin
cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido,
enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.
Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la
dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa
incluso cuando no se servía de ella.

Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se
secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a
llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.

- Papá.

- Qué.

- Dice el alcalde que si le sacas una muela.

- Dile que no estoy aquí.

Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar.
En la salita de espera volvió a gritar su hijo.

- Dice que sí estás porque te está oyendo.

El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:

- Mejor.

Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de
varias piezas y empezó a pulir el oro.

- Papá.

- Qué.

Aún no había cambiado de expresión.

- Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.

Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del
sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.

- Bueno -dijo-. Dile que venga a pegármelo.

Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde
apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba
de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta
de los dedos y dijo suavemente:
- Siéntese.

- Buenos días -dijo el alcalde.

- Buenos -dijo el dentista.

Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor.
Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con
pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que
el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca.

Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la
mandibula con una cautelosa presión de los dedos.

-Tiene que ser sin anestesia -dijo.

-¿Por qué?

-Porque tiene un absceso.

El alcalde lo miró en los ojos.

-Está bien -dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con
los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la
escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero
el alcalde no lo perdió de vista.

Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se
aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no
soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:

-Aquí nos paga veinte muertos, teniente.

El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandibula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta
que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo
entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se
desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.

- Séquese las lágrimas -dijo.

El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado
y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos.
"Acuéstese -dijo- y haga buches de agua de sal". El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo
militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.
- Me pasa la cuenta -dijo.

- ¿A usted o al municipio?

El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica.

-Es la misma vaina.

Los funerales de la Mamá Grande

CIEN AÑOS DE SOLEDAD (fragmento)

El nuevo Aureliano había cumplido un año cuando la tensión pública estalló sin ningún anuncio. José Arcadio
Segundo y los dirigentes sindicales que habían permanecido hasta entonces en la clandestinidad, aparecieron
intempestivamente un fin de semana y promovieron manifestaciones en los pueblos de la zona bananera. La
policía se conformó con vigilar el orden. Pero en la noche del lunes los dirigentes fueron sacados de sus casas y
mandados con grillos de cinco kilos en los pies, a la cárcel de la capital provincial. Entre ellos se llevaron a José
Arcadio Segundo y a Lorenzo Gavilán, un coronel de la revolución mexicana, exilado en Macondo, que decía haber
sido testigo del heroísmo de su compadre Artemio Cruz. Sin embargo, antes de tres meses estaban en libertad,
porque el gobierno y la compañía bananera no pudieron ponerse de acuerdo sobre quién debía alimentarlos en la
cárcel. La inconformidad de los trabajadores se fundaba esta vez en la insalubridad de las viviendas, el engaño de
los servicios médicos y la iniquidad de las condiciones de trabajo. Afirmaban, además, que no se les pagaba con
dinero efectivo, sino con vales que sólo servían para comprar jamón de Virginia en los comisariatos de la
compañía. José Arcadio Segundo fue encarcelado porque reveló que el sistema de los vales era un recurso de la
compañía para financiar sus barcos fruteros, que de no haber sido por la mercancía de los comisariatos hubieran
tenido que regresar vacíos desde Nueva Orleans hasta los puertos de embarque del banano. Los otros cargos eran
del dominio público. Los médicos de la compañía no examinaban a los enfermos, sino que los hacían pararse en
fila india frente a los dispensarios, y una enfermera les ponía en la lengua una píldora del color del piedralipe, así
tuvieran paludismo, blenorragia o estreñimiento. Era una terapéutica tan generalizada, que los niños se ponían en
la fila varias veces, y en vez de tragarse las píldoras se las llevaban a sus casas para señalar con ellas los números
cantados en el juego de lotería. Los obreros de la compañía estaban hacinados en tambos miserables. Los
ingenieros, en vez de construir letrinas, llevaban a los campamentos, por Navidad, un excusado portátil para cada
cincuenta personas, y hacían demostraciones públicas de cómo utilizarlos para que duraran más. Los decrépitos
abogados vestidos de negro que en otro tiempo asediaron al coronel Aureliano Buendía, y que entonces eran
apoderados de la companía bananera, desvirtuaban estos cargos con arbitrios que parecían cosa de magia.
Cuando los trabajadores redactaron un pliego de peticiones unánime, pasó mucho tiempo sin que pudieran
notificar oficialmente a la compañía bananera. Tan pronto como conoció el acuerdo, el señor Brown enganchó en
el tren su suntuoso vagón de vidrio, y desapareció de Macondo junto con los representantes más conocidos de su
empresa. Sin embargo, varios obreros encontraron a uno de ellos el sábado siguiente en un burdel, y le hicieron
firmar una copia del pliego de peticiones cuando estaba desnudo con la mujer que se prestó para llevarlo a la
trampa. Los luctuosos abogados demostraron en el juzgado que aquel hombre no tenía nada que ver con la
compañía, y para que nadie pusiera en duda sus argumentos lo hicieron encarcelar por usurpador. Más tarde, el
señor Brown fue sorprendido viajando de incógnito en un vagón de tercera clase y le hicieron firmar otra copia del
pliego de peticiones. Al día siguiente compareció ante los jueces con el pelo pintado de negro y hablando un
castellano sin tropiezos. Los abogados demostraron que no era el señor Jack Brown, superintendente de la
compañía bananera y nacido en Prattville, Alabama, sino un inofensivo vendedor de plantas medicinales, nacido
en Macondo y allí mismo bautizado con el nombre de Dagoberto Fonseca. Poco después, frente a una nueva
tentativa de los trabajadores, los abogados exhibieron en lugares públicos el certificado de defunción del señor
Brown, autenticado por cónsules y cancilleres, y en el cual se daba fe de que el pasado nueve de junio había sido
atropellado en Chicago por un carro de bomberos. Cansados de aquel delirio hermenéutico, los trabajadores
repudiaron a las autoridades de Macondo y subieron con sus quejas a los tribunales supremos. Fue allí donde los
ilusionistas del derecho demostraron que las reclamaciones carecían de toda validez, simplemente porque la
compañía bananera no tenía, ni había tenido nunca ni tendría jamás trabajadores a su servicio, sino que los
reclutaba ocasionalmente y con carácter temporal. De modo que se desbarató la patraña del jamón de Virginia,
las píldoras milagrosas y los excusados pascuales, y se estableció por fallo del tribunal y se proclamó en bandos
solemnes la inexistencia de los trabajadores.

La huelga grande estalló. Los cultivos se quedaron a medias, la fruta se pasó en las cepas y los trenes de
ciento veinte vagones se pararon en los ramales. Los obreros ociosos desbordaron los pueblos. La Calle de los
Turcos reverberó en un sábado de muchos días, y en el salón de billares del Hotel de Jacob hubo que establecer
turnos de veinticuatro horas. Allí estaba José Arcadio Segundo, el día en que se anunció que el ejército había sido
encargado de restablecer el orden público. Aunque no era hombre de presagios, la noticia fue para él como un
anuncio de la muerte, que había esperado desde la mañana distante en que el coronel Gerineldo Márquez le
permitió ver un fusilamiento. Sin embargo, el mal augurio no alteró su solemnidad. Hizo la jugada que tenía
prevista y no erró la carambola. Poco después, las descargas de redoblante, los ladridos del clarín, los gritos y el
tropel de la gente, le indicaron que no sólo la partida de billar sino la callada y solitaria partida que jugaba consigo
mismo desde la madrugada de la ejecución, habían por fin terminado. Entonces se asomó a la calle, y los vio. Eran
tres regimientos cuya marcha pautada por tambor de galeotes hacía trepidar la tierra. Su resuello de dragón
multicéfalo impregnó de un vapor pestilente la claridad del mediodía. Eran pequeños, macizos, brutos. Sudaban
con sudor de caballo, y tenían un olor de carnaza macerada por el sol, y la impavidez taciturna e impenetrable de
los hombres del páramo. Aunque tardaron más de una hora en pasar, hubiera podido pensarse que eran unas
pocas escuadras girando en redondo, porque todos eran idénticos, hijos de la misma madre, y todos soportaban
con igual estolidez el peso de los morrales y las cantimploras, y la vergüenza de los fusiles con las bayonetas
caladas, y el incordio de la obediencia ciega y el sentido del honor. Ursula los oyó pasar desde su lecho de tinieblas
y levantó la mano con los dedos en cruz. Santa Sofía de la Piedad existió por un instante, inclinada sobre el mantel
bordado que acababa de planchar, y pensó en su hijo, José Arcadio Segundo, que vio pasar sin inmutarse los
últimos soldados por la puerta del Hotel de Jacob.

La ley marcial facultaba al ejército para asumir funciones de árbitro de la controversia, pero no se hizo
ninguna tentativa de conciliación. Tan pronto como se exhibieron en Macondo, los soldados pusieron a un lado los
fusiles, cortaron y embarcaron el banano y movilizaron los trenes. Los trabajadores, que hasta entonces se habían
conformado con esperar, se echaron al monte sin más armas que sus machetes de labor, y empezaron a sabotear
el sabotaje. Incendiaron fincas y comisariatos, destruyeron los rieles para impedir el tránsito de los trenes que
empezaban a abrirse paso con fuego de ametralladoras, y cortaron los alambres del telégrafo y el teléfono. Las
acequias se tiñeron de sangre. El señor Brown, que estaba vivo en el gallinero electrificado, fue sacado de
Macondo con su familia y las de otros compatriotas suyos, y conducidos a territorio seguro bajo la protección del
ejército. La situación amenazaba con evolucionar hasta una guerra civil desigual y sangrienta, cuando las
autoridades hicieron un llamado a los trabajadores para que se concentraran en Macondo. El llamado anunciaba
que el Jefe Civil y Militar de la provincia llegaría el viernes siguiente, dispuesto a interceder en el conflicto.

José Arcadio Segundo estaba entre la muchedumbre que se concentró en la estación desde la mañana del
viernes. Había participado en una reunión de los dirigentes sindicales y había sido comisionado junto con el
coronel Gavilán para confundirse con la multitud y orientarla según las circunstancias. No se sentía bien, y
amasaba una pasta salitrosa en el paladar, desde que advirtió que el ejército había emplazado nidos de
ametralladoras alrededor de la plazoleta, y que la ciudad alambrada de la compañía bananera estaba protegida
con piezas de artillería. Hacia las doce, esperando un tren que no llegaba, más de tres mil personas, entre
trabajadores, mujeres y niños, habían desbordado el espacio descubierto frente a la estación y se apretujaban en
las calles adyacentes que el ejército cerró con filas de ametralladoras. Aquello parecía entonces, más que una
recepción, una feria jubilosa. Habían trasladado los puestos de fritangas y las tiendas de bebidas de la Calle de los
Turcos, y la gente soportaba con muy buen ánimo el fastidio de la espera y el sol abrasante. Un poco antes de las
tres corrió el rumor de que el tren oficial no llegaría hasta el día siguiente. La muchedumbre cansada exhaló un
suspiro de desaliento. Un teniente del ejército se subió entonces en el techo de la estación, donde había cuatro
nidos de ametralladoras enfiladas hacia la multitud, y se dio un toque de silencio. Al lado de José Arcadio
Segundo estaba una mujer descalza, muy gorda, con dos niños de unos cuatro y siete años. Cargó al menor, y le
pidió a José Arcadio Segundo, sin conocerlo, que levantara al otro para que oyera mejor lo que iban a decir. José
Arcadio Segundo se acaballó al niño en la nuca. Muchos años después, ese niño había de seguir contando, sin que
nadie se lo creyera, que había visto al teniente leyendo con una bocina de gramófono el Decreto Número 4 del
Jefe Civil y Militar de la provincia. Estaba firmado por el general Carlos Cortes Vargas, y por su secretario, el mayor
Enrique García Isaza, y en tres artículos de ochenta palabras declaraba a los huelguistas cuadrilla de malhechores y
facultaba al ejército para matarlos a bala.
Leído el decreto, en medio de una ensordecedora rechifla de protesta, un capitán sustituyó al teniente en el
techo de la estación, y con la bocina de gramófono hizo señas de que quería hablar. La muchedumbre volvió a
guardar silencio.

-Señoras y señores -dijo el capitán con una voz baja, lenta, un poco cansada-, tienen cinco minutos para
retirarse.

La rechifla y los gritos redoblados ahogaron el toque de clarín que anunció el principio del plazo. Nadie se
movió.

-Han pasado cinco minutos -dijo el capitán en el mismo tono-. Un minuto más y se hará fuego.

José Arcadio Segundo, sudando hielo, se bajó al niño de los hombros y se lo entregó a la mujer. "Estos
cabrones son capaces de disparar", murmuró ella. José Arcadio Segundo no tuvo tiempo de hablar, porque al
instante reconoció la voz ronca del coronel Gavilán haciéndoles eco con un grito a las palabras de la mujer.
Embriagado por la tensión, por la maravillosa profundidad del silencio y, además, convencido de que nada haría
mover a aquella muchedumbre pasmada por la fascinación de la muerte, José Arcadio Segundo se empinó por
encima de las cabezas que tenía enfrente, y por primera vez en su vida levantó la voz.

-¡Cabrones! -gritó-. Les regalamos el minuto que falta. Al final de su grito ocurrió algo que no le produjo
espanto, sino una especie de alucinación. El capitán dio la orden de fuego y catorce nidos de ametralladoras le
respondieron en el acto. Pero todo parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas
con engañifas de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se veían sus escupitajos
incandescentes, pero no se percibía la más leve reacción, ni una voz, ni siquiera un suspiro, entre la muchedumbre
compacta que parecía petrificada por una invulnerabilidad instantánea. De pronto, a un lado de la estación, un
grito de muerte desgarró el encantamiento: "Aaaay, mi madre." Una fuerza sísmica, un aliento volcánico, un
rugido de cataclismo, estallaron en el centro de la muchedumbre con una descomunal potencia expansiva. José
Arcadio Segundo apenas tuvo tiempo de levantar al niño, mientras la madre con el otro era absorbida por la
muchedumbre centrifugada por el pánico.

Muchos años después, el niño había de contar todavía, a pesar de que los vecinos seguían creyéndolo un
viejo chiflado, que José Arcadio Segundo lo levantó por encima de su cabeza, y se dejó arrastrar, casi en el aire,
como flotando en el terror de la muchedumbre, hacia una calle adyacente. La posición privilegiada del niño le
permitió ver que en ese momento la masa desbocada empezaba a llegar a la esquina y la fila de ametralladoras
abrió fuego. Varias voces gritaron al mismo tiempo:

-¡Tírense al suelo! ¡Tírense al suelo!

Ya los de las primeras filas lo habían hecho, barridos por las ráfagas de metralla. Los sobrevivientes, en vez
de tirarse al suelo, trataron de volver a la plazoleta, y el pánico dio entonces un coletazo de dragón, y los mandó
en una oleada compacta contra la otra oleada compacta que se movía en sentido contrario, despedida por el otro
coletazo de dragón de la calle opuesta, donde también las ametralladoras disparaban sin tregua. Estaban
acorralados, girando en un torbellino gigantesco que poco a poco se reducía a su epicentro porque sus bordes iban
siendo sistemáticamente recortados en redondo, como pelando una cebolla, por las tijeras insaciables y
metódicas de la metralla. El niño vio una mujer arrodillada, con los brazos en cruz, en un espacio limpio,
misteriosamente vedado a la estampida. Allí lo puso José Arcadio Segundo, en el instante de derrumbarse con la
cara bañada en sangre, antes de que el tropel colosal arrasara con el espacio vacío, con la mujer arrodillada, con la
luz del alto cielo de sequía, y con el puto mundo donde Ursula Iguarán había vendido tantos animalitos de
caramelo.

Cuando José Arcadio Segundo despertó estaba bocarriba en las tinieblas. Se dio cuenta de que iba en un
tren interminable y silencioso, y de que tenía el cabello apelmazado por la sangre seca y le dolían todos los
huesos. Sintió un sueño insoportable. Dispuesto a dormir muchas horas, a salvo del terror y del horror, se
acomodó del lado que menos le dolía, y sólo entonces descubrió que estaba acostado sobre los muertos. No había
un espacio libre en el vagón, salvo el corredor central. Debían de haber pasado varias horas después de la
masacre, porque los cadáveres tenían la misma temperatura del yeso en otoño, y su misma consistencia de
espuma petrificada, y quienes los habían puesto en el vagón tuvieron tiempo de arrumarlos en el orden y el
sentido en que se transportaban los racimos de banano. Tratando de fugarse de la pesadilla, José Arcadio
Segundo se arrastró de un vagón a otro, en la dirección en que avanzaba el tren, y en los relámpagos que
estallaban por entre los listones de madera al pasar por los pueblos dormidos veía los muertos hombres, los
muertos mujeres, los muertos niños, que iban a ser arrojados al mar como el banano de rechazo. Solamente
reconoció a una mujer que vendía refrescos en la plaza y al coronel Gavilán, que todavía llevaba enrollado en la
mano el cinturón con la hebilla de plata moreliana con que trató de abrirse camino a través del pánico. Cuando
llegó al primer vagón dio un salto en la oscuridad, y se quedó tendido en la zanja hasta que el tren acabó de pasar.
Era el más largo que había visto nunca, con casi doscientos vagones de carga, y una locomotora en cada extremo
y una tercera en el centro. No llevaba ninguna luz, ni siquiera las rojas y verdes lámparas de posición, y se
deslizaba a una velocidad nocturna y sigilosa. Encima de los vagones se veían los bultos oscuros de los soldados
con las ametralladoras emplazadas.

Después de medianoche se precipitó un aguacero torrencial. José Arcadio Segundo ignoraba dónde había
saltado, pero sabía que caminando en sentido contrario al del tren llegaría a Macondo. Al cabo de más de tres
horas de marcha, empapado hasta los huesos, con un dolor de cabeza terrible, divisó las primeras casas a la luz del
amanecer. Atraído por el olor del café, entró en una cocina donde una mujer con un niño en brazos estaba
inclinada sobre el fogón.

-Buenos- dijo exhausto-. Soy José Arcadio Segundo Buendía.

Pronunció el nombre completo, letra por letra, para convencerse de que estaba vivo. Hizo bien, porque la
mujer había pensado que era una aparición al ver en la puerta la figura escuálida, sombría, con la cabeza y la ropa
sucias de sangre, y tocada por la solemnidad de la muerte. Lo conocía. Llevó una manta para que se arropara
mientras se secaba la ropa en el fogón, le calentó agua para que se lavara la herida, que era sólo un
desgarramiento de la piel, y le dio un pañal limpio para que se vendara la cabeza. Luego le sirvió un pocillo de café,
sin azúcar, como le habían dicho que lo tomaban los Buendía, y abrió la ropa cerca del fuego.
José Arcadio Segundo no habló mientras no terminó de tomar el café.

-Debían ser como tres mil -murmuró.

-¿Qué?

-Los muertos -aclaró él-. Debían ser todos los que estaban en la estación.

La mujer lo midió con una mirada de lástima. "Aquí no ha habido muertos", dijo. "Desde los tiempos de tu
tío, el coronel, no ha pasado nada en Macondo." En tres cocinas donde se detuvo José Arcadio Segundo antes de
llegar a la casa le dijeron lo mismo: "No hubo muertos." Pasó por la plazoleta de la estación, y vio las mesas de
fritangas amontonadas una encima de otra, y tampoco allí encontró rastro alguno de la masacre. Las calles
estaban desiertas bajo la lluvia tenaz y las casas cerradas, sin vestigios de vida interior. La única noticia humana
era el primer toque para misa. Llamó en la puerta de la casa del coronel Gavilán. Una mujer encinta, a quien había
visto muchas veces, le cerró la puerta en la cara. "Se fue", dijo asustada. "Volvió a su tierra." La entrada principal
del gallinero alambrado estaba custodiada, como siempre, por dos policías locales que parecían de piedra bajo la
lluvia, con impermeables y cascos de hule. En su callecita marginal, los negros antillanos cantaban a coro los
salmos del sábado. José Arcadio Segundo saltó la cerca del patio y entró en la casa por la cocina. Santa Sofía de la
Piedad apenas levantó la voz."Que no te vea Fernanda", dijo. "Hace un rato se estaba levantando." Como si
cumpliera un pacto implícito, llevó al hijo al cuarto de las bacinillas, le arregló el desvencijado catre de Melquíades,
y a las dos de la tarde, mientras Fernanda hacía la siesta, le pasó por la ventana un plato de comida.

Aureliano Segundo había dormido en casa porque allí lo sorprendió la lluvia, y a las tres de la tarde todavía
seguía esperando que escampara. Informado en secreto por Santa Sofía de la Piedad, a esa hora visitó a su
hermano en el cuarto de Melquíades. Tampoco él creyó la versión de la masacre ni la pesadilla del tren cargado de
muertos que viajaba hacia el mar. La noche anterior había leído un bando nacional extraordinario, para informar
que los obreros habían obedecido la orden de evacuar la estación, y se dirigían a sus casas en caravanas pacíficas.
El bando informaba también que los dirigentes sindicales, con un elevado espíritu patriótico, habían reducido sus
peticiones a dos puntos: reforma de los servicios médicos y construcción de letrinas en las viviendas. Se informó
más tarde que cuando las autoridades militares obtuvieron el acuerdo de los trabajadores, se apresuraron a
comunicárselo al señor Brown, y que éste no sólo había aceptado las nuevas condiciones, sino que ofreció pagar
tres días de jolgorios públicos para celebrar el término del conflicto. Sólo que cuando los militares le preguntaron
para qué fecha podía anunciarse la firma del acuerdo, él miró a través de la ventana del cielo rayado de
relámpagos, e hizo un profundo gesto de incertidumbre.

-Será cuando escampe -dijo-. Mientras dure la lluvia, suspendemos toda clase de actividades.

No llovía desde hacía tres meses y era tiempo de sequía. Pero cuando el señor Brown anunció su decisión
se precipitó en toda la zona bananera el aguacero torrencial que sorprendió a José Arcadio Segundo en el camino
de Macondo. Una semana después seguía lloviendo. La versión oficial, mil veces repetida y machacada en todo el
país por cuanto medio de divulgación encontró el gobierno a su alcance, terminó por imponerse: no hubo
muertos, los trabajadores satisfechos habían vuelto con sus familias, y la compañía bananera suspendía
actividades mientras pasaba la lluvia. La ley marcial continuaba, en previsión de que fuera necesario aplicar
medidas de emergencia para la calamidad pública del aguacero interminable, pero la tropa estaba acuartelada.
Durante el día los militares andaban por los torrentes de las calles, con los pantalones enrollados a media pierna,
jugando a los naufragios con los niños. En la noche, después del toque de queda, derribaban puertas a culatazos,
sacaban a los sospechosos de sus camas y se los llevaban a un viaje sin regreso. Era todavía la búsqueda y el
exterminio de los malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos del Decreto Número Cuatro, pero los militares
lo negaban a los propios parientes de sus víctimas, que desbordaban la oficina de los comandantes en busca de
noticias. "Seguro que fue un sueño", insistían los oficiales. "En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni
pasará nunca. Este es un pueblo feliz." Así consumaron el exterminio de los jefes sindicales.

Cien años de soledad

LA LUZ ES COMO EL AGUA

En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.

- De acuerdo - dijo el papá-, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.

Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.

- No - dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.

- Para empezar - dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.

Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle
sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretujados en el piso quinto
del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido
un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían
ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego.
Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.

-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el
ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.

Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las
escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.

- Felicitaciones - les dijo el papá- ¿ Y ahora qué ?

- Ahora nada - dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.

La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores
de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro
de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llegó a
cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la
poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón,
y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.

- La luz es como el agua -le contesté-: uno abre el grifo, y sale.

De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la
brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses
después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y
escopetas de aire comprimido.

- Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-.
Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.

-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.

-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.

El padre le reprochó su intransigencia.

- Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son
capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años
anteriores,se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde,
sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De
modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta
la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muelles y las camas, y rescataron del
fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas
de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron
tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.

El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.

-Es una prueba de madurez -dijo.

-Dios te oiga -dijo la madre.

El miércoles siguiente,mientras los padres veían La Batalla de Argel, la gente que pasó por la Castellana vio
una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a
raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el
Guadarrama.

Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de
luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las
botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro.
Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los
instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores
liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En
el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la
dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el
último episodio de la película de media noche prohibida para niños.
Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los
remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel
flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus
treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el
himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de
brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y
todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del
número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos
helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

Doce cuentos peregrinos

GABRIEL GARCIA MARQUEZ


JOSE EMILIO PACHECO

Narrador, poeta y crítico literario. Nace en la Ciudad de México en 1939. Su vena narrativa inicia con La sangre de Medusa (1958) y El viento
distante (1963), ambos, libros de cuentos; les siguen las novelas Morirás lejos (1967) y Las batallas en el desierto (1981), nostálgica visión del
México de barrio del fin de los cuarentas, en una crítica reflexión sobre nuestras señas de identidad; entre estas dos novelas Pacheco publica en
1972 el libro de relatos El principio del placer. Como poeta inicia con Los elementos de la noche (1963), para proseguir con El reposo del fuego
(1966), No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), Irás y no volverás (1973), Islas a la deriva (1976) y Desde entonces (1980), todos estos
títulos reunidos en el volumen Tarde o temprano (1980); posteriormente, han aparecido Los trabajos del mar, Miro la tierra, Ciudad de la
memoria y una compilación de poemas traducidos: Aproximaciones; en sus poemas iniciales Pacheco incursiona con soltura en formas clásicas
(sonetos, églogas) y muestra preocupación por el ser de la poesía para, posteriormente, en obras más maduras ir derivando hacia composiciones de
estructura más libre y con mayor profundidad lírica y humana. El gran tema de José Emilio Pacheco es la paradoja del tiempo: lo permanente a
través de lo cambiante, lo eterno en función de lo fugaz. Como crítico literario, destaca la producción semanal, durante casi treinta años de su
columna INVENTARIO en diversos suplementos culturales y actualmente en la revista Proceso, así como sus antologías del modernismo y de la
poesía mexicana del siglo XIX.

LAS BATALLAS EN EL DESIERTO (fragmento)

I. El mundo antiguo

Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél? Ya había supermercados pero no televisión,
radio tan sólo: Las aventuras de Carlos Lacroix, Tarzán, El Llanero Solitario, La Legión de los
Madrugadores. Los Niños Catedráticos, Leyendas de las calles de México, Panseco, El Doctor I.Q., La
Doctora Corazón desde su Clínica de Almas. Paco Malgesto narraba las corridas de toros, Carlos Albert
era el cronista de futbol, el Mago Septién trasmitía el beisbol. Circulaban los primeros coches
producidos después de la guerra: Packard, Cadillac, Buick, Chrysler, Mercury, Hudson, Pontiac, Dodge,
Plymouth, De Soto. Ibamos a ver películas de Errol Flynn y Tyrone Power, a matinés con una de
episodios completa: La invasión de Mongo era mi predilecta. Estaban de moda Sin ti, La rondalla, La
burrita, La múcura, Amorcito Corazón. Volvía a sonar en todas partes un antiguo bolero
puertorriqueño: Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, no habrá una
barrera en el mundo que mi amor profundo no rompa por ti.
Fue el año de la poliomielitis: escuelas llenas de niños con aparatos ortopédicos; de la fiebre
aftosa: en todo el país fusilaban por decenas de miles reses enfermas; de las inundaciones: el centro de
la ciudad se convertía otra vez en laguna, la gente iba por las calles en lanchas. Dicen que con la
próxima tormenta estallará el canal del desagüe y anegará la capital. Qué importa, contestaba mi
hermano, si bajo el régimen de Miguel Alemán ya vivimos hundidos en la mierda.

La cara del Señor presidente en dondequiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas,
alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monumentos.
Adulación pública, insaciable maledicencia privada. Escribíamos mil veces en el cuaderno de castigos:
Debo ser obediente, debo ser obediente, debo ser obediente con mis padres y con mis maestros. Nos
enseñaban historia patria, lengua nacional, geografía del DF: los ríos (aún quedaban ríos), las montañas
(se veían las montañas). Era el mundo antiguo. Los mayores se quejaban de la inflación, los cambios, el
tránsito, la inmoralidad, el ruido, la delincuencia, el exceso de gente, la mendicidad, los extranjeros, la
corrupción, el enriquecimiento sin límite de unos cuantos y la miseria de casi todos.

Decían los periódicos: El mundo atraviesa por un momento angustioso. El espectro de la guerra
final se proyecta en el horizonte. El símbolo sombrío de nuestro tiempo es el hongo atómico. Sin
embargo había esperanza. Nuestros libros de texto afirmaban: visto en el mapa México tiene forma de
cornucopia o cuerno de la abundancia. Para el impensable 1980 se auguraba -sin especificar cómo
íbamos a lograrlo- un porvenir de plenitud y bienestar universales. Ciudades limpias, sin injusticia, sin
pobres, sin violencia, sin congestiones, sin basura. Para cada familia una casa ultramoderna y
aerodinámica (palabras de la época). A nadie le faltaría nada. Las máquinas harían todo el trabajo.
Calles repletas de árboles y fuentes, cruzadas por vehículos sin humo ni estruendo ni posibilidad de
colisiones. El paraíso en la tierra. La utopía al fin conquistada.

Mientras tanto nos modernizábamos, incorporábamos a nuestra habla términos que primero
habían sonado como pochismos en las películas de Tin Tan y luego insensiblemente se mexicanizaban:
tenquíu, oquéi, uasamara, sherap, sorry, uan móment pliis. Empezábamos a comer hamburguesas,
páys, donas, jotdogs, malteadas, áiscrim, margarina, mantequilla de cacahuate. La cocacola sepultaba
las aguas frescas de jamaica, chía, limón. Unicamente los pobres seguían tomando tepache. Nuestros
padres se habituaban al jaibol que al principio les supo a medicina. En mi casa está prohibido el tequila,
le escuché decir a mi tío Julián. Yo nada más sirvo whisky a mis invitados: Hay que blanquear el gusto de
los mexicanos.
II. Los desastres de la guerra

En los recreos comíamos tortas de nata que no se volverán a ver jamás. Jugábamos en dos
bandos: árabes y judíos. Acababa de establecerse Israel y había guerra contra la Liga Arabe. Los niños
que de verdad eran árabes y judíos sólo se hablaban para insultarse y pelear. Bernardo Mondragón,
nuestro profesor, les decía: Ustedes nacieron aquí. Son tan mexicanos como sus compañeros. No
hereden el odio. Después de cuanto acaba de pasar (las infinitas matanzas, los campos de exterminio, la
bomba atómica, los millones y millones de muertos), el mundo de mañana, el mundo en el que ustedes
serán hombres, debe ser un sitio de paz, un lugar sin crímenes y sin infamias. En las filas de atrás sonaba
una risita. Mondragón nos observaba tristísimo, seguramente preguntándose qué iba a ser de nosotros
con los años, cuántos males y cuántas catástrofes aún estarían por delante.

Hasta entonces la fuerza abolida del imperio otomano perduraba como la luz de una estrella muerta:
Para mí, niño de la colonia Roma, árabes y judíos eran "turcos". Los "turcos" no me resultaban extraños
como Jim, que nació en San Francisco y hablaba sin acento los dos idiomas; o Toru, crecido en un
campo de concentración para japoneses; o Peralta y Rosales. Ellos no pagaban colegiatura, estaban
becados, vivían en las vecindades ruinosas de la colonia de los Doctores. La calzada de la Piedad,
todavía no llamada avenida Cuauhtémoc, y el parque Urueta formaban la línea divisoria entre Roma y
Doctores. Romita era un pueblo aparte. Allí acecha el Hombre del Costal, el Gran Robachicos. Si vas a
Romita, niño, te secuestran, te sacan los ojos, te cortan las manos y la lengua, te ponen a pedir caridad
y el Hombre del Costal se queda con todo. De día es un mendigo; de noche un millonario elegantísimo
gracias a la explotación de sus víctimas. El miedo de estar cerca de Romita. El miedo de pasar en tranvía
por el puente de avenida Coyoacán: sólo rieles y durmientes; abajo el río sucio de La Piedad que a veces
con las lluvias se desborda.

Antes de la guerra en el Medioriente el principal deporte de nuestra clase consistía en molestar a


Toru. Chino chino japonés: come caca y no me des. Aja, Toru, embiste: voy a clavarte un par de
banderillas. Nunca me sumé a las burlas. Pensaba en lo que sentiría yo, único mexicano en una escuela
de Tokio; y lo que sufriría Toru con aquellas películas en que los japoneses eran representados como
simios gesticulantes y morían por millares. Toru, el mejor del grupo, sobresaliente en todas las
materias. Siempre estudiando con su libro en la mano. Sabía jiu-jit-su. Una vez se cansó y por poco hace
pedazos a Domínguez. Lo obligó a pedirle perdón de rodillas. Nadie volvió a meterse con Toru. Hoy
dirige una industria japonesa con cuatro mil esclavos mexicanos.

Soy de la Irgún. Te mato: Soy de la Legión Arabe. Comenzaban las batallas en el desierto. Le
decíamos así porque era un patio de tierra colorada, polvo de tezontle o ladrillo, sin árboles ni plantas,
sólo una caja de cemento al fondo. Ocultaba un pasadizo hecho en tiempos de la persecución religiosa
para llegar a la casa de la esquina y huir por la otra calle. Considerábamos el subterráneo un vestigio de
épocas prehistóricas. Sin embargo en aquel momento la guerra cristera se hallaba menos lejana de lo
que nuestra infancia está de ahora. La guerra en que la familia de mi madre participó con algo más que
simpatía. Veinte años después continuaba venerando a los mártires como el padre Pro y Anacleto
González Flores. En cambio nadie recordaba a los miles de campesinos muertos, los agraristas, los
profesores rurales, los soldados de leva.

Yo no entendía nada: la guerra, cualquier guerra, me resultaba algo con lo que se hacen películas.
En ella tarde o temprano ganan los buenos (¿ quiénes son los buenos ?). Afortunadamente en México
no había guerra desde que el general Cárdenas venció la sublevación de Saturnino Cedillo. Mis padres
no podían creerlo porque su niñez, adolescencia y juventud pasaron sobre un fondo continuo de
batallas y fusilamientos. Pero aquel año, al parecer, las cosas andaban muy bien: a cada rato suspendían
las clases para llevarnos a la inauguración de carreteras, avenidas, presas, parques deportivos,
hospitales, ministerios, edificios inmensos.

Por regla general eran nada más un montón de piedras. El presidente inauguraba enormes
monumentos inconclusos a sí mismo. Horas y horas bajo el sol sin movernos ni tomar agua -Rosales
trae limones; son muy buenos para la sed; pásate uno- esperando la llegada de Miguel Alemán. Joven,
sonriente, simpático, brillante, saludando a bordo de un camión de redilas con su comitiva. Aplausos,
confeti, serpentinas, flores, muchachas, soldados (todavía con sus cascos franceses), pistoleros (aún
nadie los llamaba guaruras), la eterna viejecita que rompe la valla militar y es fotografiada cuando
entrega al Señorpresidente un ramo de rosas.

Había tenido varios amigos pero ninguno le cayó bien a mis padres: Jorge por ser hijo de un general que
combatió a los cristeros; Arturo por venir de una pareja divorciada y estar a cargo de una tía que
cobraba por echar las cartas; Alberto porque su madre viuda trabajaba en una agencia de viajes, y una
mujer decente no debía salir de su casa. Aquel año yo era amigo de Jim. En las inauguraciones, que ya
formaban parte natural de la vida, Jim decía: Hoy va a venir mi papá. Y luego: ¿Lo ven? Es el de la
corbata azulmarina. Allí está junto al presidente Alemán. Pero nadie podía distinguirlo entre las
cabecitas bien peinadas con linaza o Glostora. Eso sí: a menudo se publicaban sus fotos. Jim cargaba los
recortes en su mochila. ¿Ya viste a mi papá en el Excélsior? Qué raro: no se parecen en nada. Bueno,
dicen que salí a mi mamá. Voy a parecerme a él cuando crezca.
Las batallas en el desierto

LA MATERIA DESHECHA
Vuelve a mi boca, sílaba, lenguaje

que lo perdido nombra y reconstruye.

Vuelve a tocar, palabra el vasallaje

que con tu propio fuego te destruye.

Regresa pues, canción hasta el paraje

en donde el tiempo acaba mientras fluye.

No hay monte o muro que su paso ataje:

lo perdurable, no el instante, huye.

Ahora te nombro, incendio, y en tu hoguera,

me reconozco: vi en tu llamarada

lo destruido y lo remoto. Era

árbol fugaz de selva calcinada,

palabra que recobra en el sonido

la materia deshecha del olvido.

Los elementos de la noche

ALTA TRAICION
No amo a mi patria.

Su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (auque suene mal)

daría la vida

por diez lugares suyos,

cierta gente,

puertos, bosques de pinos,

fortalezas,

una ciudad desecha,

gris, mounstrosa,

varias figuras de su historia,

montañas

-y tres o cuatro ríos.

No me preguntes cómo pasa el tiempo

YA TODOS SABEN PARA QUIEN TRABAJAN

Traduzco un artículo de Esquire

sobre una hoja impresa de Kimberley-Clark Corp.

en una antigua máquina Remington.

Corregiré con un bolígrafo Esterbrook.


Lo que me paguen

aumentará en unos cuantos pesos las arcas

de Carnation, General Foods, Heinz,

Colgate-Palmolive, Gillette

y California Packing Corporation.

No me preguntes cómo pasa el tiempo

DISERTACION SOBRE LA CONSONANCIA

Aunque a veces parezca por la sonoridad del castellano

que todavía los versos andan de acuerdo con la métrica;

aunque parta de ella y la atesore y la saquee,

lo mejor que se ha escrito en el medio siglo último

poco tiene en común con La Poesía llamada así

por académicos y preceptistas de otro tiempo.

Entonces debe plantearse a la asamblea

una redefinición que amplíe los límites

(si aún existen límites);

algún vocablo menos frecuentado por el invencible desafío

de los clásicos.

Un nombre, cualquier término (se aceptan sugerencias)


que evite las sorpresas y cóleras de quienes

-tan razonablemente- leen un poema y dicen:

"Esto ya no es poesía."

No me preguntes como pasa el tiempo

AUTOANALISIS

He cometido un error fatal

-y lo peor de todo

es que no sé cuál.

No me preguntes cómo pasa el tiempo

MAR ETERNO

Digamos que no tiene comienzo el mar

Empieza donde lo hallas por vez primera

y te sale al encuentro por todas partes

Irás y no volverás

CONTRA LOS RECITALES


Si leo mis poemas en público

le quito su último sentido a la poesía:

hacer que mis palabras sean tu voz

por un instante al menos

Irás y no volverás

ESCRITO CON TINTA ROJA

La poesía es la sombra de la memoria

pero será materia del olvido

No la estela erigida en plena selva

para durar entre sus corrupciones

sino la hierba que estremece el

prado por un instante

y luego es brizna polvo

menos que nada ante el eterno viento.

Irás y no volverás

EL MAR SIGUE ADELANTE


Entre tanto guijarro de la orilla

no sabe el mar

en donde deshacerse

¿Cuándo terminará su infernidad

que lo ciñe

a la tierra enemiga

como instrumento de tortura

y no lo deja agonizar

no le otorga un minuto de reposo?

Tigre entre la olarasca

de su absoluta impermanencia

Las vueltas

jamás serán iguales

La prisión

es siempre idéntica a sí misma

Y cada ola quisiera ser la última

quedarse congelada

en la boca de sal y arena

que mudamente

le está diciendo siempre:


Adelante

Islas a la deriva

CIUDAD MAYA COMIDA POR LA SELVA

De la gran ciudad maya sobreviven

arcos

desmanteladas construcciones

vencidas

por la ferocidad de la maleza

En lo alto el cielo en que se ahogaron sus dioses

Las ruinas tienen

el color de la arena

Parecen cuevas

ahondadas en las montañas

que ya no existen

De tanta vida que hubo aquí

de tanta

grandeza derrumbada

sólo perduran

las pasajeras flores que no cambian

Islas a la deriva
UNA ROSA, LAS ROSAS

Nadie corte a la rosa que está allí

detenida en su trémulo esplendor

para el que no hay mañana

Nadie la corte

Déjenla morir

para que exista siempre en el jardín

una rosa

otra rosa

Islas a la deriva

NOMBRES

El planeta debió llamarse Mar

Es más agua que Tierra

Desde entonces
TRADICION

Aquí yacen tus pasos:

en el anonimato de las huellas

Desde entonces

LOST GENERATION

Otros dejaron a la "posteridad"

grandes hazañas o equivocaciones

Nosotros

Nada dejamos

Ni siquiera espuma

Desde entonces

ANTIGUOS COMPAÑEROS SE REUNEN

Ya somos todo aquello


contra lo que luchamos a los veinte años

Desde entonces

FIN DE SIGLO

La sangre derramada clama venganza.

Y la venganza no puede engendrar

sino más sangre derramada.

¿Quién soy:

el guarda de mi hermano o aquel

a quien adiestraron

para aceptar la muerte de los demás,

no la propia muerte?

¿A nombre de qué puedo condenar a muerte

a otros por lo que son o piensan?

Pero ¿cómo dejar impunes

la tortura y el genocidio y el matar de hambre?

No quiero nada para mí.

Sólo anhelo

lo posible imposible:
un mundo sin víctimas.

Cómo lograrlo no está en mi poder.

Escapa a mi pequeñez, a mi pobre intento

de vaciar el mar de sangre que es nuestro siglo

con el cuenco trémulo de la mano.

Mientras escribo llega el crepúsculo.

Cerca de mí los gritos que no han cesado

no me dejan cerrar los ojos.

Desde entonces

JOSE EMILIO PACHECO


FEDERICO ARANA

Biólogo, maestro universitario, rocanrolero profesional, dibujante. Nacido en 1942. Arana ha publicado originales y creativos textos de divulgación
científica de su quehacer profesional. El rock es su pasión: ha trabajado el tema desde el punto de vista histórico en Guaraches de ante azul,
documentada y desenfadada crónica del rock mexicano y Las jiras, novela publicada en 1973, ácido retrato de una generación -la suya-
desorientada en la búsqueda de unos inalcanzables rasgos de identidad

LAS JIRAS (fragmento)

Creo -empecé a contarle a Margaret- que la culpa de todo la tuvo el ambiente de la música pop. Hace
años formé el grupo con unos compañeros de la escuela. Entonces nos llamábamos "The Happy Boys
Blues Band Revelation", pero el baterista se separó robándonos el nombre, así que nos convertimos en
"Los hijos del Ácido". Este nombre lo sugirió el Foco, como ocurrencia suya, pero después descubrimos
que en Acapulco había un grupo homónimo en el que tocaba un primo suyo; por ello, cuando íbamos
por aquellos lares, actuábamos con el nombre de "La Tropa Maldita".

Dedicarse a rocanrolero es agradable, por el dinero (fácil), las chicas (predispuestas), la


popularidad, los viajes... Lo malo es que hay que rozarse con tipos como el Blondidudi, el Cerdo y el
Foco, verdaderos indeseables.

El Cerdo era el baterista del grupo; se llama Guillermo Reyes y es hijo de un mesero que gana
mucho. Su hermano mayor es agente de tránsito y el otro líder de la porra en la Escuela Nacional
Preuniversitaria de la Universidad Nacional Independiente de la Nación; ambos ganan también mucho
dinero.

El Cerdo toca la batería con bastante soltura. Entró en el conjunto cuando se salió el Javier; está
casado y tiene tres cerditos iguales a él; es decir, gordos, morenos, cínicos y maleducados.
Ultimamente le había dado por el maoísmo y el cheísmo, pero lo que más ama en el mundo son sus
tambores. Tenía, además, un fetiche, una obsesión: las cruces gamadas, lo cual no es ninguna
originalidad, sino lo más corriente en aquellos pagos. Hasta hace poco llevaba una enorme en el parche
delantero del bombo, pero el padre del Foco dijo que no le dejaría tocar si no quitábamos "esa
monstruosidad". -¿Sabe -le dijo- lo que hubieran hecho los nazis con usted? ¿Sabe que nos
consideraban en el último grado de la escala racial y que nos hubiera ido peor que a los judíos? Piense
un momento, jovencito, piense.

Hay que decir que el señor Huicochea es un ferroviario comunista, hombre muy honrado, cuya
mayor desgracia es que su hijo Ulianov sea rocanrolero.

Ulianov es el Foco y toca el bajo eléctrico. Su personalidad mimética, inmadura y cínica es


comprensible; su padre, cuando no está en la cárcel, se pasa la vida en mítines y reuniones de partido, y
su madre es, según sus amigas, una ninfómana sin sombra de pudor. Una vez nos la encontramos en un
cabaret con un muchacho de nuestra edad y tuvo la "decencia" de presentárnoslo.

El Blondidudi es un tipo asimétrico, flaco y feo como él solo y granujiento además; debe medir uno
cincuenta, cuando mucho. Sufre una especie de tartamudeo capaz de irritar a la paciencia misma y le
sudan las manos exageradamente. Su morbosa devoción por el conjunto le llevó a hacer toda clase de
méritos para ser nuestro secretario. Al principio nos hacía obsequios, conseguía mota, limpiaba los
instrumentos y no paraba de lambisconear, luego ofreció su casa para los ensayos, pues nos habían
echado de todas partes. Allí conocimos a su hermana, la Mandriluca, y allí la pasamos por las armas a
causa de su golfería, sobre todo, de sus escasos catorce años y de su extraña debilidad ante un "¡ A que
no lo haces !". Primero la retamos a quitarse la blusa y el sostén y lo hizo; desde aquel día le teníamos
muchas ganas. Como de costumbre, el Tamal resultó el predilecto y fue el primero; luego me tocó a mí,
pero hubo ciertas dificultades; para los demás resultó imposible por la buena y, de hecho, tuvieron que
emborracharla. Esto les sentó muy mal, sobre todo al Cerdo.

- Estoy arrepentido - dijo el Tamal -, si no hubiera sido quinto...

- ¡ Qué pendejo eres ! - contestó el Cerdo -, lo que pasa es que estás enamorado. ¡ El Tamal está
enamorado de la Mandriluca !

- Estoy enamorado de tu mamá, buey, pero ya la voy a mandar a la goma.

Las atenciones de Blondidudi se acentuaron día con día. Llegó a fabricar pancartas y a exhibirlas él
mismo por las calles. "Los Hijos del Acido son los amos", "El Cerdo es el mejor baterista del mundo" y así
por el estilo. No obstante, cada día sentíamos más antipatía por nuestro lacayo, pero al prestar casa y
hermana pasó a ser secretario gratuito del conjunto.

II

Terminamos de tocar con bastante mal humor. La acústica de la Pista de Hielo era terrible y la música
sonó como un ruido homogéneo, apelmazado, indescifrable. La gente nos había escuchado con
indiferencia mientras patinaba y algunos jóvenes sentados en las gradas cercanas al estrado, nos
miraban con aire de estar poco convencidos, como dando a entender que "Los Rockin Sputniks" habían
tocado mejor.

- Orale, pinche Blondidudi, apúrate a desarmar la batería - dijo el Cerdo.

- ¿ Quién es el encargado del grupo ? - preguntó un tipo de aire siniestro que subió al estrado
dejando en retaguardia a diez simios de parecida catadura.

- ¡ Cómo que el encargado, si no es panadería ! - contestó el Cerdo.

- Bueno, el director o lo que sea.

- Habla con el cantante. ¡ Oye, Tamal !, este chavo te busca.

Dijo que era jefe de la porra de la Preuniversitaria número 3 y que querían que fuéramos a tocar el
próximo sábado. Respondió el Tamal que cobrábamos tres mil pesos y el tipo repuso que no había
dinero pero que nos convenía ganar adeptos y que nadie nos fuera a romper los instrumentos y la cara.

- No te preocupes por eso, compadre, nadie nos la va a romper. Ese cuate del pantalón verde es
hermano del Margarito, así que no te azotes, no vengas con amenazas. ¡ Oye, Cerdo!

- ¿ Qué onda ?

- Nada, que este cuate dice que es porro y quiere que toquemos a la mala.

Nuestro baterista se dirigió a él con aires de perdonavidas:

- ¿ De qué porra eres, chavo ?


- De la tres - respondió nervioso.

- Estás jodido, mano; el jefe de la tres es el Chelelo y es cuate mío; yo soy hermano del Margarito,
así que no te adornes y ponte aguzado, no te vaya a dejar motorolo de un tremendo descontón.

- Siendo así no hay bronca, manito, y ya saben que cuando quieran ir a tocar a la escuela estamos a
su disposición.

- Andale, compadre, yo te aviso por telegrama - contestó el Cerdo con zumba.

Este incidente ayudó a que el mal humor se disipara; nos sentíamos satisfechos de nuestra
invulnerabilidad y el Cerdo henchido de orgullo: era el influyente, el protector.

- Te cagaste pa'rriba con tener un hermano en la porra, cuate - dijo el Foco.

- Simón - respondió -. Si vieras la vida que se dan los líderes te quedabas con los ojos cuadrados.
Sacan lana de todas partes, son respetados por todo el mundo, hasta por la policía; quitan y ponen a los
maestros que les da la gana, suspenden las clases cuando quieren y tienen garantizada la inscripción en
la Facultad de Leyes. Cuando un profesor se pone perro le dan una madriza o le hablan por teléfono a su
mujer y se acabó el problema. Claro que la mayoría de los maestros son unos culeros que en cuanto les
sacan la navaja o les amenazan la familia se ponen como el papel. Sí, para ser de la porra hay que tener
unos huevos muy grandes, no como ese mono que acaba de irse.

Cuando estuve a solas con el Tamal, me dijo:

- Eso que contó el Cerdo es cierto, y se quedó corto. Las porras son lo más "sano" que te puedas
imaginar; son los amos de las escuelas y se la viven fumando mota y cruzándose con pastillas.

- ¿ Y no les echan la tira ?

- Nel, hijo. Tienen el respaldo de peces muy gordos. Además son muchísimos y ya te digo, son
verdaderos trogloditas. El año pasado vi dos cosas que pueden darte idea. La primera es que íbamos a
hacer las elecciones para la Sociedad de Alumnos; había dos planillas fuertes, la azul - rosada que era de
la porra y la verde, del "Grupo Cultural Mao Tse - tung". Una tarde estaban los del grupo haciendo sus
carteles de propaganda en la oficina del mimeógrafo, pues llegaron los porros y les pusieron una
madriza del carajo; tres de ellos fueron a dar al hospital, y a las muchachas - una estaba en mi grupo y
era tesorera de la planilla - les rompieron la ropa, se las quisieron tirar y las insultaron como a
burdeleras.

- ¿ Y qué les hicieron ?


- Lo más que hacen es decir que van a llamar un grupo de psicólogos para que los orienten. Además
mandaron porristas de otras escuelas evitando meterse en líos; algún día pagarían el favor. Otro caso:
una tarde, varios porristas que iban hasta la madre de mota, destrozaron la cafetería. ¿ Sabes cómo
rompieron los cristales ? ¡ A cabezazos !, fíjate si serán bestias. Por si fuera poco le mentaron la madre a
todo el mundo: empleados, muchachos, muchachas. A un maestro lo agarraron de los huevos y se los
apretaron hasta que hizo lo que le ordenaron: gritar que la mamá del director era puta. Luego se supo
que la dueña del café se había negado a seguir pagando protección; por eso fue el ataque. Hacen como
gángsters de Chicago. Pero lo más jodido es que fueron a la Delegación de Policía a denunciar el hecho
y, ¿ sabes qué les dijeron ?, que mejor lo olvidaran, que no se buscasen más problemas.

- No me extraña, a mí me han pasado cosas parecidas. ¿ Recuerdas aquella vez que la grúa de
Tránsito se llevó mi nave ? Pues lo primero que hice fue averiguar si lo habían llevado al "corralón";
como dijeron que no, fui a la Delegación y dije: "Quiero levantar un acta por robo de automóvil." "No se
puede, el licenciado está durmiendo." "Pues despiértelo." "No nos está permitido...Es un profesionista."
"¿ Así que estoy pagando impuestos para que el señor profesionista duerma ?"

Interrumpió el Tamal: - Y tú, ¿ cuándo has pagado impuestos ?

- Nunca, pero de todos modos se dice eso. El caso es que me preguntaron dónde había sido el robo
y les dije que en la Alameda, en una calle que está entre Juárez e Hidalgo. "Pero, ¿ cómo se llama esa
calle ?" "Pues no recuerdo, pero ahorita se la busco en el mapa". "No se puede, el licenciado está
durmiendo debajo del mapa." Si hubiera tenido una bomba ni dudes de que la tiro allí, pero lo que hice
fue largarme, no fuera que me acusaran de insultos a la autoridad y me saliera cola. Luego fui a
Tránsito, guiado por vaga intuición. Allí estaba mi máquina, sólo que le faltaba la caja de herramientas y
la llanta de refacción. No dije nada por que ya sé que es inútil; además, era posible que me las hubieran
robado antes, en la calle.

- Es cierto, esto es un desmadre, pero el país va progresando y esas cosas tienden a desaparecer.

- ¿ Por qué no nos vamos de dioses a los Estados Unidos mientras acaba de progresar? Vivir en un
país que no es el propio es lo máximo; sólo por ser extranjero te dan un trato especial, allí son más
condescendientes y amistosos; además, si quieres protestar contra tu gobierno apedreas la embajada y
no te expones; al revés, pasas por patriota revolucionario, por el papá de los pollitos.

- Sí, compadre, en Estados Unidos van a darte un trato especial, puedes estar seguro, no tan
especial como a los negros, pero por el estilo.
- Como quieras, pero aquí estamos estancados, cada vez peor. Te aseguro que no vuelven a
llamarnos para la Pista de Hielo, en cambio, fíjate lo bien que le va al Javier.

- Sí, la cosa está redura, pero no puedo largarme, tengo que pensar en mis hijos; además no quiero
ir a Vietnam.

- Pues yo voy a largarme; lo de Vietnam no me preocupa. Si me llaman regreso a México como bala
y a otra cosa. Eso, en caso de que se deshaga el grupo, lo que no me extrañaría nadita.

- No seas tan pesimista, pinche Amarillo, vas a ver cómo mejoran las cosas. La semana que viene
tenemos jira a Tijuana.

Las jiras

FEDERICO ARANA
JOSE ALVARADO

Nace en Lampazos, Nuevo León en 1911 y muere en la Ciudad de México en 1974. Es más conocido por su labor periodística, en la que a lo largo de
casi sesenta años se distingue como luchador infatigable, socialmente comprometido y ejemplo de honestidad. Participa como estudiante de Leyes
en las luchas por la autonomía universitaria de 1929. Destaca particularmente como cronista, centrado en "... impresiones y contrastes de épocas,
atmósferas, individuos..." (Carlos Monsivais). Su estilo es depurado, ameno, con gran capacidad de síntesis y de selección del adjetivo preciso.
Colabora en su juventud en la fundación de revistas literarias de tanto significado como Taller, Romance, Letras de México y Tierra Nueva. En el
campo de la narrativa cultiva, con singular ingenio y sentido del humor, el cuento, publicando Memorias de un espejo, El personaje y Cuentos.
Abre esta antología un artículo periodístico de Alvarado, como referencia indispensable al hecho que marca el parteaguas histórico de la segunda
mitad del presente siglo en nuestro país.

UN DIA UNA LAMPARA VOTIVA

Iba a escribir acerca del acuerdo de las Academias de Lengua Española sobre el uso de la X en la palabra
México, por razones, según se dijo, de orden lingüístico, histórico y sentimental. Es un tema alegre y da
ocasión para jugar un poco a costa de un académico mexicano, con la mente fruncida y llena de
telarañas, empeñado en escribir el nombre de nuestro país con J, al estilo de los tradicionalistas
españoles y en justificar dicho empleo sólo por mantener un modo grato a los más rancios
conservadores, esos todavía partidarios de la Inquisición, de Iturbide y de Maximiliano y quienes sufren
de cólicos cuando ven la efigie de Juárez o pasan por el Hemiciclo.

Iba a escribir sobre eso con buen humor y el deseo de hacer unas cuantas travesuras con el estilo
y buscar en el vocabulario algunas palabras parpadeantes. Pero a última hora sentí vergüenza ante los
lectores, pues hoy jueves tres de octubre a los cuarenta y un años, por cierto, de la muerte del general
Serrano en Huitzilac, la tinta de los periódicos parece oler a sangre. Se alude a 24 civiles muertos
anoche durante un mitin estudiantil en Nonoalco, más de 500 heridos y centenares de presos.

¿ Qué pasa en México ? ¿ Se han desatado funestos manes olvidados ? ¿ Vuelve nuestra historia a
teñirse de rojo y llenarse de sombras ominosas ? Abel Quezada, en su cartón de Excelsior, ofrece hoy
sólo un cuadro negro y arriba una patética interrogación: ¿Por qué?
La expresiva, dramática tiniebla de Quezada parece ser una mezcla de confusión y de luto. Y eso,
luto y confusión, es lo que flota hoy en la ciudad y, sin duda, por todos los ámbitos del país. A nadie
impresiona, como hubiera ocurrido en otras circunstancias, el derrocamiento del presidente Belaúnde
en el Perú por un grupo de militares. Todos somos presas del dolor y el desconcierto y a estas horas no
se sabe todavía cuál será la suerte de los Juegos Olímpicos ni es posible advertir cómo será la situación
nacional dentro de una semana, cuando este artículo aparezca en las páginas de Siempre!

En otros años, y en esta misma fecha, al señalar el aniversario de la matanza de Huitzilac, los
comentaristas indicaban, satisfechos, la forma de que esos días de violencia, venganza y barbarie
hubieran pasado para México y cada vez que se ha glosado un tumulto sangriento en algunas ciudades
de América Latina, se insistía en mostrar nuestra vida pacífica como un ejemplo en el continente y un
beneficio derivado de largos y penosos sacrificios anteriores. Ahora todo ha cambiado y ya no sirven
para nada las viejas palabras y las imágenes antiguas. En la Plaza de las Tres Culturas, orgullo de la
nueva ciudad y muestra soberbia de nuestra historia, se ha derramado la sangre. Y es sangre de
muchachos y de muchachas, de hombres y mujeres del pueblo. ¿Por qué?

La pregunta de Abel Quezada sigue sin respuesta, pues para encontrarla habría que esconder el
dolor, apaciguar la ira, poner en claro el desconcierto. Y ello no es fácil en estas horas aciagas, cuando
tantos cuerpos jóvenes yacen sobre planchas heladas y tantas madres con los ojos húmedos y en
silencio de condena se disponen a encender velas humildes. Sólo queda, impotente, la protesta.

Había belleza y luz en las almas de esos muchachos muertos. Querían hacer de México la morada
de la justicia y la verdad. Soñaron una hermosa república libre de la miseria y el engaño. Pretendieron la
libertad, el pan y el alfabeto para los seres oprimidos y olvidados y fueron enemigos de los ojos tristes
en los niños, la frustración en los adolescentes y el desencanto de los viejos. Acaso en algunos de ellos
había una semilla de un sabio, de un maestro, de un artista, un ingeniero, un médico. Ahora sólo son
fisiologías interrumpidas dentro de pieles ultrajadas. Su caída nos hiere a todos y deja una horrible
cicatriz en la vida mexicana. No son, ciertamente, páginas de gloria las escritas esa noche, pero no
podrán ser olvidadas nunca por quienes jóvenes hoy, harán mañana la crónica de estos días nefastos.
Entonces, tal vez, será realidad el sueño de los muchachos muertos, de esa bella muchacha, estudiante
del primer año de medicina y edecán de la Olimpiada, caída ante las balas con los ojos inmóviles y el
silencio en sus labios que hablaban cuatro idiomas. Algún día una lámpara votiva se levantará en La
Plaza de las Tres Culturas en memoria de todos ellos. Otros jóvenes la conservarán encendida.
Ayer parecía fácil escribir acerca de la X y la J. Hoy resulta imposible pues quedó enlutada la X de
México.

Revista Siempre!, 16 de octubre de 1968

JOSE ALVARADO
ALEJO CARPENTIER

Cubano, hijo de padre francés y madre rusa. Nace en La Habana en 1904 y muere en París en 1980. Escritor, periodista y musicólogo. Carpentier es el
creador de la teoría de "Lo real-maravilloso", que sostiene que las invenciones de la ficción literaria palidecen frente a las maravillas de la realidad del
continente americano, tanto en su naturaleza, como en su historia. Su producción literaria se centra fundamentalmente en la novela. Vivió en México,
España y Francia, en permanente contacto con las vanguardias culturales. Destacan entre sus novelas: El reino de este mundo (1949), Los pasos
perdidos (1953), El siglo de las luces (1962), Concierto barroco (1974) y El recurso del método (1974), sobre el eterno problema de los dictadores
latinoamericanos. El relato VIAJE A LA SEMILLA, incluido a continuación, fue originalmente publicado en 1944.

VIAJE A LA SEMILLA

-¿Qué quieres, viejo...?

Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a
otro, fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían
descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos
desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales
y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían -despojados de su
secreto- cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos, astrágalos, y papeles encolados
que colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una
Ceres con la nariz rota y el peplo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se erguía en el traspatio,
sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del
estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre
clado cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo se había sentado, con el cayado
apuntalándole la barda, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos
apreciables. Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban, sobre
ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de aves desagradables y pechugonas.

Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se despoblaron. Sólo quedaron escaleras de mano,
preparando el saldo del día siguiente. El aire se hizo más fresco, aligerado de sudores, blasfemias, chirridos
de cuerdas, ejes que pedían alcuzas y palmadas en torsos pringosos. Para la casa mondada el crepúsculo
llegaba más pronto. Se vestía de sombras en horas en que su ya caída balaustrada superior solía regalar a
la fachadas algún relumbre de sol. La Ceres apretaba los labios. Por primera vez las habitaciones dormirían
sin persianas, abiertas sobre un paisaje de escombros.

Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las hierbas. Las hojas de acanto
descubrían su condición vegetal. Una enredadera aventuró sus tentáculos hacia la voluta jónica, atraída
por un aire de familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba más cerca de la tierra. Un marco de puerta se
erguía aún, en lo alto, con tablas de sombra suspendidas de sus bisagras desorientadas.

II

Entonces el negro viejo, que no se había movido, hizo gestos extraños, volteando su cayado sobre
un cementerio de baldosas.

Los cuadrados de mármol, blancos y negros, volaron a los pisos, vistiendo la tierra. Las piedras, con
saltos certeros, fueron a cerrar los boquetes de las murallas. Hojas de nogal claveteadas se encajaron en
sus marcos, mientras los tornillos de las charnelas volvían a hundirse en sus hoyos, con rápida rotación. En
los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus fragmentos, alzando
un sonoro torbellino de barro, para caer en lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció, traída
nuevamente a sus proporciones habituales, pudorosa y vestida. La Ceres fue menos gris. Hubo más peces
en la fuente. Y el murmullo del agua llamó begonias olvidadas.
El viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal, y comenzó a abrir ventanas. Sus
tacones sonaban a hueco. Cuando encendió los velones, un estremecimiento amarillo corrió por el óleo de
los retratos de familia, y gentes vestidas de negro murmuraron en todas las galerías, al compás de
cucharas movidas en jícaras de chocolate.

Don Marcial, Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte, el pecho acorazado de medallas,
escoltado por cuatro cirios con largas barbas de cera derretida.

III

Los cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron su tamaño, los apagó la
monja apartando una lumbre. Las mechas blanquearon, arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes
y los carruajes partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y abrió los ojos.

Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su lugar. Los pomos de medicina, las
borlas de damasco, el escapulario de la cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de
sus nieblas. Cuando el médico movió la cabeza con desconsuelo profesional, el enfermo se sintió mejor.
Durmió algunas horas y despertó bajo la mirada negra y cejuda del Padre Anastasio. De franca,
detallada, poblada de pecados, la confesión se hizo reticente, penosa, llena de escondrijos. ¿Y qué
derecho tenía, en el fondo, aquel carmelita, a entrometerse en su vida? Don Marcial se encontró, de
pronto, tirado en medio del aposento. Aligerado de un peso en las sienes, se levantó con sorprendente
celeridad. La mujer desnuda que se desperezaba sobre el brocado del lecho buscó enaguas y corpiños,
llevándose, poco después, sus rumores de seda estrujada y su perfume. Abajo, en el coche cerrado,
cubriendo tachuelas del asiento, había un sobre con monedas de oro.

Don Marcial no se sentía bien. Al arreglarse la corbata frente a la luna de la consola se vio
congestionado. Bajó al despacho donde lo esperaban hombres de justicia, abogados y escribientes,
para disponer la venta pública de la casa. Todo había sido inútil. Sus pertenencias se irían a manos del
mejor postor, al compás de martillo golpeando una tabla. Saludó y le dejaron solo. Pensaba en los
misterios de la letra escrita, en esas hebras negras que se enlazan y desenlazan sobre anchas hojas
afiligranadas de balanzas, enlazando y desenlazando compromisos, juramentos, alianzas, testimonios,
declaraciones, apellidos, títulos, fechas, tierras, árboles y piedras; maraña de hilos, sacada del tintero,
en que se enredaban las piernas del hombre, vedándole caminos desestimados por la Ley; cordón al
cuello, que apretaba su sordina al percibir el sonido temible de las palabras en libertad. Su firma lo
había traicionado, yendo a complicarse en nudo y enredos de legajos. Atado por ella, el hombre de
carne se hacía hombre de papel.

Era el amanecer. El reloj del comedor acaba de dar las seis de la tarde.

IV

Transcurrieron meses de luto, ensombrecidos por un remordimiento cada vez mayor. Al


principio, la idea de traer una mujer a aquel aposento se le hacía casi razonable. Pero, poco a poco, las
apetencias de un cuerpo nuevo fueron desplazadas por escrúpulos crecientes, que llegaron al flagelo.
Cierta noche, Don Marcial se ensangrentó las carnes con una correa, sintiendo luego un deseo mayor,
pero de corta duración. Fue entonces cuando la Marquesa volvió, una tarde, de su paseo a las orillas del
Almendares. Los caballos de la calesa no traían en las crines más humedad que la del propio sudor.
Pero, durante todo el resto del día, dispararon coces a las tablas de la cuadra, irritados, al parecer por la
inmovilidad de nubes bajas.

Al crepúsculo, una tinaja llena de agua se rompió en el baño de la Marquesa. Luego, las lluvias de
mayo rebosaron el estanque. Y aquella negra vieja, con tacha de cimarrona y palomas debajo de la
cama, que andaba por el patio murmurando: "¡Desconfía de los ríos, niña; desconfía de lo verde que
corre!". No había día en que el agua no revelara su presencia. Pero esa presencia acabo por no ser más
que una jícara derramada sobre vestido traído de París, al regreso del baile aniversario dado por el
Capitán General de la Colonia.

Reaparecieron muchos parientes. Volvieron muchos amigos. Ya brillaban, muy claras, las arañas del
gran salón. Las grietas de la fachada se iban cerrando. El piano regresó al clavicordio. Las palmas
perdían anillos. Las enredaderas soltaban la primera cornisa. Blanquearon las ojeras de la Ceres y los
capiteles parecieron recién tallados. Más fogoso, Marcial solía pasarse tardes enteras abrazando a la
Marquesa. Borrábanse patas de gallina, ceños y papadas, y las carnes tornaban a su dureza. Un día, un
olor de pintura fresca llenó la casa.
V

Los rubores eran sinceros. Cada noche se abrían un poco más las hojas de los biombos, las faldas
caían en rincones menos alumbrados y eran nuevas barreras de encajes. Al fin la Marquesa sopló las
lámparas. Sólo él habló en la obscuridad.

Partieron para el ingenio, en gran tren de calesas -relumbrante de grupas alazanas, bocados de
plata y charoles al sol. Pero, a la sombra de las flores de Pascua que enrojecían el soportal interior de la
vivienda, advirtieron que se conocían apenas. Marcial autorizó danzas y tambores de Nación, para
distraerse un poco en aquellos días olientes a perfumes de Colonia, baños de benjuí, cabelleras
esparcidas, y sábanas sacadas de armarios que, al abrirse, dejaban caer sobre las losas un mazo de
vetiver. El vaho del guarapo giraba en la brisa con el toque de oración. Volando bajo, las auras
anunciaban lluvias reticentes, cuyas primeras gotas, anchas y sonoras, eran sorbidas por tejas tan secas
que tenían diapasón de cobre. Después de un amanecer alargado por un abrazo deslucido, aliviados de
desconciertos y cerrada la herida, ambos regresaron a la ciudad. La Marquesa trocó su vestido de viaje
por un traje de novia, y, como era costumbre, los esposos fueron a la iglesia para recobrar su libertad.
Se devolvieron presentes a parientes y amigos, y, con revuelo de bronces y alardes de jaeces, cada cual
tomó la calle de su morada. Marcial siguió visitando a María de las Mercedes por algún tiempo, hasta el
día en que los anillos fueron llevados al taller del orfebre para ser desgrabados. Comenzaba, para
Marcial, una vida nueva. En la casa de altas rejas, la Ceres fue sustituida por una Venus italiana, y los
mascarones de la fuente adelantaron casi imperceptiblemente el relieve al ver todavía encendidas,
pintada ya el alba, las luces de los velones.

VI

Una noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío, dejados por sus
amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro
y media, luego las cuatro, luego las tres y media... Era como la percepción remota de otras
posibilidades. Como cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo
raso con el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo. Fue una
impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su espíritu, poco llevado, ahora, a la meditación.

Y hubo gran sarao, en el salón de música, el día en que alcanzó la minoría de edad. Estaba alegre, al
pensar que su firma había dejado de tener un valor legal, y que los registros y escribanías, con sus
polillas, se borraban de su mundo. Llegaba al punto en que los tribunales dejan de ser temibles para
quienes tienen una carne desestimada por los códigos. Luego de achisparse con vinos generosos, los
jóvenes descolgaron de la pared una guitarra incrustrada de nácar, un salterio y un serpentón. Alguien
dio cuerda al reloj que tocaba la Tirolesa de las vacas y la Balada de los Lagos de Escocia. Otro embocó
un cuerno de caza que dormía, enroscado en su cobre, sobre los fieltros encarnados de la vitrina, al lado
de la flauta travesera traída de Aranjuez.. Marcial, que estaba requebrando atrevidamente a la de
Campoflorido, se sumó al guirigay, buscando en el teclado, sobre bajos falsos, la melodía del Trípili-
Trápala. Y subieron todos al desván, de pronto, recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el
repello, se guardaban los trajes y libreas de la Casa de Capellanías. En entrepaños escarchados de
alcanfor descansaban los vestidos de corte, un espadín de Embajador, varias guerreras emplastronadas,
el manto de un Príncipe de la Iglesia, y largas casacas, con botones de damasco y difuminos de
humedad en los pliegues. Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto, miriñaques amarillos,
túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero con redecilla de borlas nacido en una
mascarada de carnaval, levantó aplausos. La de Campoflorido redondeó los hombros empolvados bajo
un rebozo de color de carne criolla, que sirviera a cierta abuela, en noche de grandes decisiones
familiares, para avivar los amansados fuegos de un rico Síndico de Clarisas.

Disfrazados regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con un tricornio de regidor,
Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y se dio comienzo a la danza de la valse, que las madres
hallaban terriblemente impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por la cintura, recibiendo
manos de hombre sobre las ballenas del corset que todas se habían hecho según el reciente patrón de
"El Jardín de las Modas". Las puertas se obscurecieron de fámulas, cuadrerizos, sirvientes, que venían
de sus lejanas dependencias y de los entresuelos sofocantes, para admirarse ante fiesta de tanto
alboroto. Luego, se jugó a la gallina ciega y al escondite. Marcial, oculto con la de Campoflorido detrás
de un biombo chino, le estampó un beso en la nuca, recibiendo en respuesta un pañuelo perfumado,
cuyos encajes de Bruselas guardaban suaves tibiezas de escote. Y cuando las muchachas se alejaron en
las luces del crepúsculo, hacia las atalayas y torreones que se pintaban en grisnegro sobre el mar, los
mozos fueron a la Casa de Baile, donde tan sabrosamente se contoneaban las mulatas de grandes
ajorcas, sin perder nunca -así fuera de movida una guaracha- sus zapatillas de alto tacón. Y como se
estaba en carnavales, los del Cabildo Arará Tres Ojos levantaban un trueno de tambores tras de la pared
medianera, en un patio sembrado de granados. Subidos en las mesas y taburetes, Marcial y sus amigos
alabaron el garbo de una negra de pasas entrecanas, que volvía a ser hermosa, casi deseable, cuando
miraba por sobre el hombro, bailando con altivo mohín de reto.

VII

Las visitas de Don Abundio, notario y albacea de la familia, eran más frecuentes. Se sentaba
gravemente a la cabecera de la cama de Marcial, dejando caer al suelo su bastón de ácana para
despertarlo antes de tiempo. Al abrirse, los ojos tropezaban con una levita de alpaca, cubierta de caspa,
cuyas mangas lustrosas recogían títulos y rentas. Al fin sólo quedó una pensión razonable, calculada
para poner coto a toda locura. Fue entonces cuando Marcial quiso ingresar en el Real Seminario de San
Carlos.

Después de mediocres exámenes, frecuentó los claustros, comprendiendo cada vez menos las
explicaciones de los dómines. El mundo de las ideas se iba despoblando. Lo que había sido, al principio,
una ecuménica asamblea de peplos, jubones, golas y pelucas, controversistas y ergotantes, cobraba la
inmovilidad de un museo de figuras de cera. Marcial se contentaba ahora con una exposición
escolástica de los sistemas, aceptando por bueno lo que se dijera en cualquier texto: "León", "Avestruz",
"Ballena", "Jaguar", leíase sobre los grabados en cobre de la Historia Natural. Del mismo modo,
"Aristóteles", "Santo Tomás", "Bacon", "Descartes", encabezaban páginas negras, en que se
catalogaban aburridamente las interpretaciones del universo, al margen de una capitular espesa. Poco
a poco, Marcial dejó de estudiarlas, encontrándose librado de un gran peso. Su mente se hizo alegre y
ligera, admitiendo tan sólo un concepto instintivo de las cosas. ¿Para qué pensar en el prisma, cuando la
luz clara de invierno daba mayores detalles a las fortalezas del puerto? Una manzana que cae del árbol
sólo es incitación para los dientes. Un pie en una bañadera no pasa de ser un pie en una bañadera. El día
que abandonó el Seminario, olvidó los libros. El gnomo recobró su categoría de duende; el espectro fue
sinónimo de fantasma; el octandro era bicho acorazado con púas en el lomo.
Varias veces, andando pronto, inquieto el corazón, había ido a visitar a las mujeres que
cuchicheaban, detrás de puertas azules, al pie de las murallas. El recuerdo de la que llevaba zapatillas
bordas y hojas de albahaca en la oreja lo perseguía, en tardes de calor, como un dolor de muelas. Pero,
un día, la cólera y las amenazas de un confesor le hicieron llorar de espanto. Cayó por última vez en las
sábanas del infierno, renunciando para siempre a sus rodeos por cales poco concurridas, a sus cobardías
de última hora que le hacían regresar con rabia a su casa, luego de dejar a sus espaldas cierta acera
rajada -señal, cuando andaba con la vista baja, de la media vuelta que debía darse para hollar el umbral
de los perfumes.

Ahora vivía su crisis mística, poblada de detentes, corderos pascuales, palomas de porcelana,
vírgenes de manto azul celeste, estrellas de papel dorado, Reyes Magos, ángeles con alas de cisne, el
Asno, el Buey, y un terrible San Dionisio que se le aparecía en sueños, con un gran vacío entre los
hombros y el andar vacilante de quien busca un objeto perdido. Tropezaba con la cama y Marcial
despertaba sobresaltado, echando mano al rosario de cuentas sordas. Las mechas, en sus pocillos de
aceite, daban luz triste a imágenes que recobraban su color primario.

VIII

Los muebles crecían. Se hacía más difícil sostener los antebrazos sobre el borde de la mesa del
comedor. Los armarios de cornisas labradas ensanchaban el frontis. Alargando el torso, los moros de la
escalera acercaban sus antorchas a los balaustres del rellano. Las butacas eran más hondas y los sillones
de mecedora tenían tendencia a irse para atrás. No había ya que doblar las piernas al recostarse en el
fondo de la bañadera con anillas de mármol.

Una mañana en que leía un libro licencioso, Marcial tuvo ganas, súbitamente, de jugar con los
soldados de plomo que dormían en sus cajas de madera. Volvió a ocultar el tomo bajo la jofaina del
lavabo, y abrió una gaveta sellada por las telarañas. La mesa de estudio era demasiado exigua para dar
cabida a tanta gente. Por ello, Marcial se sentó en el piso. Dispuso los granaderos por filas de ocho.
Luego, los oficiales a caballo, rodeando al abanderado. Detrás, los artilleros, con sus cañones,
escobillones y botafuegos. Cerrando la marcha, pífanos y timbales, con escolta de redoblantes. Los
morteros estaban dotados de un resorte que permitía lanzar bolas de vidrio a más de un metro de
distancia.

-¡Pum...! ¡Pum...! ¡Pum...!

Caían caballos, caían abanderados, caían tambores. Hubo de ser llamado tres veces por el negro
Eligio, para decidirse a lavarse las manos y bajar al comedor.

Desde ese día, Marcial conservó el hábito de sentarse en el enlosado. Cuando percibió las
ventajas de esa costumbre, se sorprendió por no haberlo pensado antes. Afectas al terciopelo de los
cojines, las personas mayores sudan demasiado. Algunas huelen a notario -como Don Abundio- por no
conocer, con el cuerpo echado, la frialdad del mármol en todo tiempo. Sólo desde el suelo pueden
abarcarse totalmente los ángulos y perspectivas de una habitación. Hay bellezas de la madera,
misteriosos caminos de insectos, rincones de sombra, que se ignoran a altura de hombre. Cuando llovía,
Marcial se ocultaba debajo del clavicordio. Cada trueno hacía temblar la caja de resonancia, poniendo
todas las notas a cantar. Del cielo caían los rayos para construir aquella bóveda de calderones -órgano,
pinar al viento, mandolina de grillos.

IX

Aquella mañana lo encerraron en su cuarto. Oyó murmullos en toda la casa y el almuerzo que le
sirvieron fue demasiado suculento para un día de semana. Había seis pasteles de la confitería de la
Alameda -cuando sólo dos podían comerse, los domingos, después de misa. Se entretuvo mirando
estampas de viaje, hasta que el abejeo creciente, entrando por debajo de las puertas, le hizo mirar entre
persianas. Llegaban hombres vestidos de negro, portando una caja con agarraderas de bronce. Tuvo
ganas de llorar, pero en ese momento apareció el calesero Melchor sonrisa de dientes en lo alto de sus
botas sonoras. Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. El era Rey. Tomando las losas del
piso por tablero, podía avanzar de una en una, mientras Melchor debía saltar una de frente y dos de
lado, o viceversa. El juego se prolongó hasta más allá del crepúsculo, cuando pasaron los Bomberos del
Comercio.

Al levantarse, fue a besar la mano de su padre que yacía en su cama de enfermo. El Marqués se sentía
mejor, y habló a su hijo con el empaque y los ejemplos usuales. Los "Sí, padre", y los "No, padre", se
encajaban entre cuenta y cuenta del rosario de preguntas, como las respuestas del ayudante en una
misa. Marcial respetaba al Marqués, pero era por razones que nadie hubiera acertado a suponer. Lo
respetaba porque era de elevada estatura y salía, en noches de baile, con el pecho rutilante de
condecoraciones; porque le envidiaba el sable y los entorchados de oficial de milicias; porque, en
Pascuas, había comido un pavo entero, relleno de almendras y pasas, ganando una apuesta; porque,
cierta vez, sin duda con el ánimo de azotarla, agarró a una de las mulatas que barrían la rotonda,
llevándola en brazos a su habitación. Marcial, oculto detrás de una cortinas, la vio salir poco después,
llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo, pues era la que siempre vaciaba las fuentes de
compota devueltas a la alacena.

El padre era un ser terrible y magnánimo al que debía amarse después de Dios. Para Marcial era
más Dios que Dios, porque sus dones eran cotidianos y tangibles. Pero prefería el Dios del cielo, porque
fastidiaba menos.

Cuando los muebles crecieron un poco más y Marcial supo como nadie lo que había debajo de las
camas, armarios y bargueños, ocultó a todos un gran secreto: la vida no tenía encanto fuera de la
presencia del calesero Melchor. Ni Dios, ni su padre, ni el obispo dorado de las procesiones del Corpus,
eran tan importantes como Melchor.

Melchor venía de muy lejos. Era nieto de príncipes vencidos. En su reino había elefantes,
hipopótamos, tigres y jirafas. Ahí lo hombres no trabajaban, como Don Abundio, en habitaciones
obscuras, llenas de legajos. Vivían de ser más astutos que los animales. Uno de ellos sacó el gran
cocodrilo del lago azul, ensartándolo con una pica oculta en los cuerpos apretados de doce ocas asadas.
Melchor sabía canciones fáciles de aprender, porque las palabras no tenían significado y se repetían
mucho. Robaba dulces en las cocinas; se escapaba, de noche, por la puerta de los cuadrerizos, y, cierta
vez, había apedreado a los de la guardia civil, desapareciendo luego en las sombras de la calle de la
Amargura.

En días de lluvia, sus botas se ponían a secar junto al fogón de la cocina. Marcial hubiese querido tener
pies que llenaran tales botas. La derecha se llamaba Calambín. La izquierda, Calambán. Aquel hombre
que dominaba los caballos cerreros con sólo encajarles dos dedos en los belfos; aquel señor de
terciopelos y espuelas, que lucía chisteras tan altas, sabía también lo fresco que era un suelo de mármol
en verano, y ocultaba debajo de los muebles una fruta o un pastel arrebatados a las bandejas
destinadas al Gran Salón. Marcial y Melchor tenían en común un depósito secreto de grageas y
almendras, que llamaban el Urí, urí, urá con entendidas carcajadas. Ambos habían explorado la casa de
arriba abajo, siendo los únicos en saber que existía un pequeño sótano lleno de frascos holandeses,
debajo de las cuadras, y que en desván inútil, encima de los cuartos de criadas, doce mariposas
polvorientas acababan de perder las alas en caja de cristales rotos.

XI

Cuando Marcial adquirió el hábito de romper cosas, olvidó a Melchor para acercarse a los perros.
Había varios en la casa. El atigrado grande; el podenco que arrastraba las tetas; el galgo, demasiado
viejo para jugar; el lanudo que los demás perseguían en épocas determinadas, y que las camareras
tenían que encerrar.

Marcial prefería a Canelo porque sacaba zapatos de las habitaciones y desenterraba los rosales
del patio. Siempre negro de carbón o cubierto de tierra roja, devoraba la comida de los demás, chillaba
sin motivo, y ocultaba huesos robados al pie de la fuente. De vez en cuando, también, vaciaba un huevo
acabado de poner, arrojando la gallina al aire con brusco palancazo del hocico. Todos daban de patadas
al Canelo. Pero Marcial se enfermaba cuando se lo llevaban. Y el perro volvía triunfante, moviendo la
cola, después de haber sido abandonado más allá de la Casa de Beneficencia, recobrando un puesto que
los demás, con sus habilidades en la caza o desvelos en la guardia, nunca ocuparían.

Canelo y Marcial orinaban juntos. A veces escogían la alfombra persa del salón, para dibujar en su
lana formas de nubes pardas que se ensanchaban lentamente. Eso costaba castigo de cintarazos. Pero
los cintarazos no dolían tanto como creían las personas mayores. Resultaban, en cambio, pretexto
admirable para armar concertantes de aullidos, y provocar la compasión de los vecinos. Cuando la bizca
del tejadillo calificaba a su padre de "bárbaro", Marcial miraba a Canelo, riendo con los ojos. Lloraban
un poco más, para ganarse un bizcocho, y todo quedaba olvidado. Ambos comían tierra, se revolcaban
al sol, bebían en la fuente de los peces, buscaban sombra y perfume al pie de las albahacas. En horas de
calor, los canteros húmedos se llenaban de gente. Ahí estaba la gansa gris, con bolsa colgante entre las
patas zambas; el gallo viejo del culo pelado; la lagartija que decía urí, urá, sacándose del cuello una
corbata rosada; el triste jubo, nacido en ciudad sin hembras; el ratón que tapiaba su agujero con una
semilla de carey. Un día, señalaron el perro a Marcial.

-¡ Guau, guau! -dijo.

Hablaba su propio idioma. Había logrado la suprema libertad. Ya quería alcanzar, con sus manos,
objetos que estaban fuera del alcance de sus manos.

XII

Hambre, sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción a la de estas realidades esenciales,
renunció a la luz que ya le era accesoria. Ignoraba su nombre. Retirado el bautismo, con su sal
desagradable, no quiso ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la vista. Sus manos rozaban formas
placenteras. Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo le entraba por todos los poros. Entonces
cerró los ojos que sólo divisaban gigantes nebulosos y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de
tinieblas, que moría. El cuerpo, al sentirlo arrebozado en su propia sustancia, resbaló hacia la vida.

Pero ahora el tiempo corrió más pronto, adelgazando sus últimas horas. Los minutos sonaban a
glissando de naipes bajo el pulgar de un jugador.

Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los peces cuajaron la hueva, dejando una
nevada de escamas en el fondo del estanque. Las palmas doblaron las pencas, desapareciendo en la
tierra como abanicos cerrados. Los tallos sorbían sus hojas y el suelo tiraba de todo lo que le
perteneciera. El trueno retumbaba en los corredores. Crecían pelos en la gamuza de los guantes. Las
mantas de lana se destejían, redondeando el vellón de carneros distantes. Los armarios, los bargueños,
las camas, los crucifijos, las mesas, las persianas, salieron volando en la noche, buscando sus antiguas
raíces al pie de las selvas. Todo lo que tuviera clavos se desmoronaba. Un bergantín, anclado no se sabía
dónde, llevó presurosamente a Italia los mármoles del piso y de la fuente. Las panoplias, los herrajes,
las llaves, las cazuelas de cobre, los bocados de las cuadras, se derretían, engrosando un río de metal
que galerías sin techo canalizaban hacia la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición
primera. El barro volvió al barro, dejando un yermo en lugar de la casa.

XIII

Cuando los obreros vinieron con el día para proseguir la demolición, encontraron el trabajo
acabado. Alguien se había llevado la estatua de Ceres, vendida la víspera a un anticuario. Después de
quejarse al Sindicato, los hombres fueron a sentarse en los bancos de un parque municipal. Uno recordó
entonces la historia, muy difuminada, de una Marquesa de Capellanías, ahogada, en tarde de mayo,
entre las malangas del Almendares. Pero nadie prestaba atención al relato, porque el sol viajaba de
oriente a occidente, y las horas que crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya
que son las que más seguramente llevan a la muerte.

Cuentos

ALEJO
ROSARIO CASTELLANOS

Novelista, poeta y ensayista. Nace en la Ciudad de México en 1925, pero pasa su niñez y adolescencia en Comitán, Chiapas, junto a la frontera
guatemalteca, donde experimenta vivencias que marcan profundamente su obra, en especial por lo que se refiere a la novelística: el entendimiento
cabal del problema actual de Chiapas en toda su dimensión pasa, necesariamente, por la obligada referencia de Balún Canán (1957), Ciudad Real
(1960) y Oficio de tinieblas (1962). En su obra poética, de carácter predominantemente intimista y con ribetes de inquietud social, busca la sencillez
de la palabra y muestra preocupación por su condición de mujer-madre-poeta. Entre su obra crítica destaca Mujer que sabe latín (1973), colección
de ensayos alrededor de la temática del feminismo, cuya tesis central es la revaloración de la condición de mujer en un lúcido enfrentamiento a
dogmas de siglos, no exento de humor e ironía. Rosario Castellanos muere violentamente, al parecer en un accidente casero, en Tel Aviv en 1974,
durante su gestión como embajadora de México en Israel.

AUTORRETRATO

Yo soy una señora: tratamiento

arduo de conseguir, en mi caso, y más útil

para alternar con los demás que un título

extendido a mi nombre en cualquier academia.

Así, pues, luzco mi trofeo y repito:

yo soy una señora. Gorda o flaca

según las posiciones de los astros,

los ciclos glandulares y otros fenómenos que no comprendo.


Rubia, si elijo una peluca rubia.

O morena, según la alternativa.

(En realidad, mi pelo encanece, encanece.)

Soy más o menos fea. Eso depende mucho

de la mano que aplica el maquillaje.

Mi apariencia ha cambiado a lo largo del tiempo

-aunque no tanto como dice Weininger

que cambia la apariencia del genio-. Soy mediocre.

Lo cual, por una parte, me exime de enemigos

y, por la otra, me da la devoción

de algún admirador y la amistad

de esos hombres que hablan por teléfono

y envían largas cartas de felicitación.

Que beben lentamente whisky sobre las rocas

y charlan de política y de literatura.

Amigas... hmmm... a veces, raras veces

y en muy pequeñas dosis.

En general, rehuyo los espejos.


Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal

y que hago el ridículo

cuando pretendo coquetear con alguien.

Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño

que un día se erigirá en juez inapelable

y que acaso, además, ejerza de verdugo.

Mientras tanto lo amo.

Escribo. Este poema. Y otros. Y otros.

Hablo desde una cátedra.

Colaboro en revistas de mi especialidad

y un día a la semana publico en un periódico.

Vivo enfrente del Bosque. Pero casi

nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca

atravieso la calle que me separa de él

y paseo y respiro y acaricio

la corteza rugosa de los árboles.

Sé que es obligatorio escuchar música

pero la eludo con frecuencia. Sé

que es bueno ver pintura


pero no voy jamás a las exposiciones

ni al estreno teatral ni al cine-club.

Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo

y, si apago la luz, pensando un rato

en musarañas y otros menesteres.

Sufro más bien por hábito, por herencia, por no

diferenciarme más de mis congéneres

que por causas concretas.

Sería feliz si yo supiera cómo.

Es decir, si me hubieran enseñado los gestos,

los parlamentos, las decoraciones.

En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto

es en mí un mecanismo descompuesto

y no lloro en la cámara mortuoria

ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.

Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo

el último recibo del impuesto predial.


En la tierra de en medio

LIMITE

Aquí, bajo esta rama, puedes hablar de amor.

Más allá es la ley, es la necesidad,

la pista de la fuerza, el coto del terror,

el feudo del castigo.

Más allá, no.

Lívida luz

MEMORIAL DE TLATELOLCO

La oscuridad engendra la violencia

y la violencia pide oscuridad

para cuajar en crimen.


Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche

para que nadie viera la mano que empuñaba

el arma, sino sólo su efecto de relámpago.

Y a esa luz, breve y lívida, ¿quién? ¿Quién es el que mata?

¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?

¿Los que huyen sin zapatos?

¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?

¿Los que se pudren en el hospital?

¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?

¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.

La plaza amaneció barrida; los periódicos

dieron como noticia principal

el estado del tiempo.

Y en la televisión, en la radio, en el cine

no hubo ningún cambio de programa,

ningún anuncio intercalado ni un

minuto de silencio en el banquete.

(Pues prosiguió el banquete.)

No busques lo que no hay: huellas, cadáveres,


que todo se le ha dado como ofrenda a una diosa:

a la Devoradora de Excrementos.

No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.

Ay, la violencia pide oscuridad

porque la oscuridad engendra el sueño

y podemos dormir soñando que soñamos.

Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.

Duele, luego es verdad. Sangra con sangre.

Y si la llamo mía traiciono a todos.

Recuerdo, recordamos.

Esta es nuestra manera de ayudar que amanezca

sobre tantas conciencias mancilladas,

sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,

sobre el rostro amparado tras la máscara.

Recuerdo, recordemos

hasta que la justicia se siente entre nosotros.

En la tierra de en medio
BALUN CANAN (fragmentos)

Vamos caminando entre el gentío. Nos pisan, nos empujan. Muy altas, por encima de mi cabeza, van las
risotadas, las palabras de dos filos. Huele a perfume barato, a ropa recién planchada, a aguardiente
añejo. Hierve el mole en unas enormes cazuelas de barro y el ponche con canela se mantiene
borbollando sobre el fuego. En otro ángulo de la plaza alzaron un tablado y lo cubrieron de juncia
fresca, para el baile. Allí están las parejas, abrazadas al modo de los ladinos, mientras la marimba toca
una música espesa y soñolienta.

Pero este año la Comisión Organizadora de la Feria se ha lucido. Mandó traer del Centro, de la
Capital, lo nunca visto: la rueda de la fortuna. Allí está, grande, resplandeciente con sus miles de focos.
Mi nana y yo vamos a subir, pero la gente se ha aglomerado y tenemos que esperar nuestro turno.
Delante de nosotras va un indio. Al llegar a la taquilla pide su boleto.

-Oílo vos, este indio igualado. Está hablando castilla. ¿Quién le daría permiso?

Porque hay reglas. El español es privilegio nuestro. Y lo usamos hablando de usted a los
superiores; de tú a los iguales; de vos a los indios.

-Indio embelequero, subí, subí. No se te vaya a reventar la hiel.

El indio recibe su boleto sin contestar.

-Andá a beber trago y dejate de babosadas.

-¡Un indio encaramado en la rueda de la fortuna! ¡Es el Anticristo!


Nos sientan en una especie de cuna. El hombre que maneja la máquina asegura la barra que nos
protege. Se retira y echa a andar el motor. Lentamente vamos ascendiendo. Un instante nos
detenemos allá arriba. ¡Comitán, todo entero, como una nidada de pájaro, está a nuestras manos! Las
tejas oscuras, donde el verdín de la humedad prospera. Las paredes encaladas. Las torres de piedra. Y
los llanos que no se acaban nunca. Y la ciénaga. Y el viento.

De pronto empezamos a adquirir velocidad. La rueda gira vertiginosamente. Los rostros se


confunden, las imágenes se mezclan. Y entonces un grito de horror sale de los labios de la multitud que
nos contempla desde abajo. Al principio no sabemos qué sucede. Luego nos damos cuenta de que la
barra del lugar donde va el indio se desprendió y él se ha precipitado hacia adelante. Pero alcanza a
cogerse de la punta del palo y allí se sostiene mientras la rueda continúa girando una vuelta y otra y
otra.

El hombre que maneja la máquina interrumpe la corriente eléctrica, pero la rueda sigue con el
impulso adquirido, y cuando, al fin, para, el indio queda arriba, colgado, sudando de fatiga y de miedo.

Poco a poco, con una lentitud que a los ojos de nuestra angustia parece eterna, el indio va
bajando. Cuando está lo suficientemente cerca del suelo, salta. Su rostro es del color de la ceniza.
Alguien le tiende una botella de comiteco pero él la rechaza sin gratitud.

-¿Por qué pararon? -pregunta.

El hombre que maneja la máquina está furioso.

-¿Cómo por qué? Porque te caíste y te ibas a matar, indio bruto.

El indio lo mira, rechinando los dientes, ofendido.

-No me caí. Yo destrabé el palo. Me gusta más ir de ese modo.

Una explosión de hilaridad es el eco de estas palabras.

-Mirá por dónde sale.

-¡Qué amigo!

El indio palpa a su alrededor el desprecio y la burla. Sostiene su desafío.


-Quiero otro boleto. Voy a ir como me gusta. Y no me vayan a mermar la ración.

Los curiosos se divierten con el acontecimiento que se prepara. Cuchichean. Ríen cubriéndose la
boca con la mano. Se hacen guiños.

Mi nana atraviesa entre ellos y, a rastras, me lleva mientras yo me vuelvo a ver el sitio del que nos
alejamos. Ya no logro distinguir nada. Protesto. Ella sigue adelante, sin hacerme caso. De prisa, como si
la persiguiera una jauría. Quiero preguntarle por qué. Pero la interrogación se me quiebra cuando miro
sus ojos arrasados en lágrimas.

(...)

Mi nana me lleva aparte para despedirnos. Estamos en el oratorio. Nos arrodillamos ante las
imágenes del altar.

Luego mi nana me persigna y dice:

-Vengo a entregarte a mi criatura. Señor, tú eres testigo de que no puedo velar sobre ella ahora que va a
dividirnos la distancia. Pero tú que estás aquí lo mismo que allá, protégela. Abre sus caminos, para que
no tropiece, para que no caiga. Que la piedra no se vuelva en su contra y la golpee. Que no salte la
alimaña para morderla. Que el relámpago no enrojezca el techo que la ampare. Porque con mi corazón
ella te ha conocido y te ha jurado fidelidad y te ha reverenciado. Porque tú eres el poderoso, porque tú
eres el fuerte.

Apiádate de sus ojos. Que no miren a su alrededor como miran los ojos del ave de rapiña.

Apiádate de sus manos. Que no las cierre como el tigre sobre su presa. Que las abra para dar lo
que posee. Que las abra para recibir lo que necesita. Como si obedeciera tu ley.

Apiádate de su lengua. Que no suelte amenazas como suelta chispas el cuchillo cuando su filo
choca contra otro filo.

Purifica sus entrañas para que de ellas broten los actos no como la hierba rastrera, sino como los
árboles grandes que sombrean y dan fruto.
Guárdala, como hasta aquí la he guardado yo, de respirar desprecio. Si uno viene y se inclina ante
su faz que no alardee diciendo: yo he domando la cerviz de este potro. Que ella también se incline a
recoger esa flor preciosa -que a muy pocos es dado cosechar en este mundo- que se llama humildad.

Tú le reservaste siervos. Tú le reservarás también el ánimo de hermano mayor, de custodio, de


guardián. Tú le reservarás la balanza que pesa las acciones. Para que pese más su paciencia que su
cólera. Para que pese más su compasión que su justicia. Para que pese más su amor que su venganza.

Abre su entendimiento, ensánchalo, para que pueda caber la verdad. Y se detenga antes de
descargar el latigazo, sabiendo que cada latigazo que cae graba su cicatriz en la espalda del verdugo. Y
así sean sus gestos como el ungüento derramado sobre las llagas.

Vengo a entregarte a mi criatura. Te la entrego. Te la encomiendo. Para que todos los días, como
se lleva el cántaro al río para llenarlo, lleves su corazón a la presencia de los beneficios que de sus
siervos ha recibido. Para que nunca le falte gratitud. Que se siente ante su mesa, donde jamás se ha
sentado el hambre. Que bese el paño que la cubre y que es hermoso. Que palpe los muros de su casa,
verdaderos y sólidos. Esto es nuestra sangre y nuestro trabajo y nuestro sacrificio.

Oímos, en el corredor, el trajín de los arrieros, de las criadas ayudando a remachar los cajones.
Los caballos ya están ensillados y patean los ladrillos del zaguán. La voz de mi madre dice mi nombre,
buscándome.

La nana se pone de pie. Y luego se vuelve a mí, diciendo.

-Es hora de separarnos, niña.

Pero yo sigo en el suelo, cogida de su tzec, llorando porque no quiero irme.

Ella me aparta delicadamente y me alza hasta su rostro. Besa mis mejillas y hace una cruz sobre
mi boca.

-Mira que con lo que he rezado es como si hubiera yo vuelto, otra vez, a amamantarte.

(...)
-Hoy estuvieron tocando la campana desde antes que amaneciera.

-Para despertar a los peones. Mi padre me decía que antes, cuando los indios oían las campanadas,
salían corriendo de los jacales para venir a juntarse aquí, bajo la ceiba. El mayordomo los esperaba con
su ración de quinina y un fuete en la mano. Y antes de despacharlos a la labor les descargaba sus buenos
fuetazos. No como castigo, sino para acabar de despabilarlos. Y los indios se peleaban entre ellos
queriendo ganar los primeros lugares. Porque cuando llegaban los últimos ya el mayordomo estaba
cansado y no pegaba con la misma fuerza.

-¿Ahora ya no se hace así?

-Ya no. Un tal Estanislao Argüello prohibió esa costumbre.

-¿Por qué?

-El decía que porque era un hombre de ideas muy avanzadas. Pero yo digo que porque notó que a
los indios les gustaba que les pegaran y entonces no tenía caso. Pero lo cierto es que los otros rancheros
estaban furiosos. Decían que iba a cundir el mal ejemplo y que los indios ya no podían seguir
respetándolos si ellos no se daban a respetar. Entonces los mismos patrones se encargaron de la tarea
de azotarlos. Muchos indios de Chactajal se pasaron a otras fincas porque decían que allí los trataban
con mayor aprecio.

(...)

Un kerem venía de la caballeriza jalando por el cabestro dos bestias briosas, ligeras, ensilladas
como para las faenas del campo. César y Ernesto descendieron los escalones que separan el corredor de
la majada. Montaron. Y a trote lento fueron alejándose de la casa grande. El kerem corría delante de
ellos para abrir el portón y dejarles paso libre. Todavía cuando iban por la vereda que serpentea entre
los jacales, su paso despertaba el celo de los perros, flacos, rascándose la sarna y las pulgas, ladrando
desaforadamente. Las mujeres, que molían el maíz arrodilladas en el suelo, suspendieron su tarea y se
quedaron quietas, con los brazos rígidos, como sembrados en la piedra del metate, con los senos
flácidos colgando dentro de la camisa. Y los miraron pasar a través de la puerta abierta del jacal o de la
rala trabazón de carrizos de las paredes. Los niños, desnudos, panzones, que se revolcaban jugando en
el lodo confundidos con los cerdos, volvían a los jinetes su rostro chato, sus ojos curiosos y
parpadeantes.

-Ahí están las indias a tu disposición, Ernesto. A ver cuándo una de estas criaturas resulta de tu
color.

-A Ernesto le molestó la broma porque se consideraba rebajado al nivel de los inferiores.


Respondió secamente:

-Tengo malos ratos pero no malos gustos, tío.

-Eso dices ahora. Espera que pasen unos meses para cambiar de opinión. La necesidad no te deja
escoger. Te lo digo por experiencia.

-¿Usted?

-¿Qué te extraña? Yo. Todos. Tengo hijos regados entre ellas.

Les había hecho un favor. Las indias eran más codiciadas después. Podían casarse a su gusto. El indio
siempre veía en la mujer la virtud que le había gustado al patrón. Y los hijos eran de los que se apegaban
a la casa grande y de los que servían con fidelidad.

Ernesto no se colocaba, para juzgar, del lado de las víctimas. No se incluía en el número de ellas.
El caso de su madre era distinto. No era una india. Era una mujer humilde, del pueblo. Pero blanca. Y
Ernesto se enorgullecía de la sangre de Argüello. Los señores tenían derecho a plantar su raza donde
quisieran. El rudimentario, el oscuro sentido de justicia que Ernesto pudiera tener, quedaba sofocado
por la costumbre, por la abundancia de estos ejemplos que ninguna conciencia encontraba
reprochables y, además, por la admiración profesada a este hombre que con tan insolente seguridad en
sí mismo, cabalgaba delante de él. Como deseoso de ayudar guardando el secreto, preguntó:

-¿Doña Zoraida lo sabe?

Pero su complicidad era innecesaria.

-¿Qué? ¿Lo de mis hijos? Por supuesto.

Habría necesitado ser estúpida para ignorar un hecho tan evidente. Además toda mujer de
ranchero se atiene a que su marido es el semental mayor de la finca. ¿Qué santo tenía cargado Zoraida
para ser la única excepción? Por lo demás no había motivo de enojo. Hijos como ésos, mujeres como
ésas no significan nada. Lo legal es lo único que cuenta.

(...)

-¿Qué tal te va en la escuela, Ernesto?

-Bien.

El tono de la respuesta era cortante y Ernesto lo escogió deliberadamente para cerrar la puerta a
otra pregunta, a ningún comentario. Ernesto no ignoraba que detrás de la aparente indiferencia de
César había no sólo curiosidad, sino verdadera preocupación por saber cómo se las arreglaba su sobrino
en su tarea de maestro rural. Porque la actitud de los indios no era un secreto para nadie. Al día
siguiente de la fiesta de Nuestra Señora de la Salud, Felipe se había presentado en la casa grande -con
una cortesía que no ocultaba bien la firmeza de sus propósitos y su ánimo de no dejarse convencer por
las argucias de César-, a poner a las órdenes del patrón la escuela que ellos habían levantado y que
Ernesto podía utilizar inmediatamente. No había ya ningún pretexto que aducir, ningún plazo
justificado que invocar y las clases comenzaron.

-Parece que te comió la lengua el loro.

-Ernesto sonrió forzadamente, pero no se sintió inclinado a hablar. En el tiempo que llevaba junto a
César había aprendido que el diálogo era imposible. César no sabía conversar con quienes no
consideraba sus iguales. Cualquier frase en sus labios tomaba el aspecto de un mandato o de una
reprimenda. Sus bromas parecían burlas. Y además, elegía siempre el peor momento para preguntar.
Cuando estaban reunidos, como ahora, alrededor de la mesa. Entre el ruido de los platos y de las
masticaciones; el gemido de la puerta de resorte al ser soltada. Quizá antes, cuando aún no desconfiaba
de la benevolencia de César, Ernesto hubiera contado lo que acontecía por las mañanas, durante las
horas de clase. Quizá ahora, aún ahora, la confidencia hubiera sido posible de mediar otras
circunstancias. Pero no así, ante el rostro vigilante, maligno, desdeñoso, de Zoraida. Y ante la faz
devastada de Matilde. Parece que la hubiera arrastrado el diablo, pensó.

-¿Cuántos alumnos tienes?.


César otra vez. ¿Qué ganaba con averiguarlo? Pero la ansiedad había enraízado en él ya tan
profundamente que se delataba en su pregunta por más cautela que tuviera al formularla.

Y este disimulo y todo lo que dejaba entrever fueron los que impulsaron a Ernesto a responder
con ambigüedad:

-No los he contado.

Y cada vez con menos pudor, la insistencia.

-Serán veinte.

-Serán.

-O quince. O cincuenta ¿No puedes calcular?

-No.

-Vaya.¿Y llegan únicamente los niños o también hombres ya mayores?

-El primer día llegó Felipe. Ya se lo conté.

-¿Y ahora?

-Ahora ya no va. También se lo había yo dicho.

El primer día Felipe llegó para ver cómo era la clase. Se sentó en el suelo, con los niños que olían a
brillantina barata y relumbraban de limpieza. Ernesto tragó saliva nerviosamente. Le molestaba la
presencia de Felipe como la de un testigo, como la del juez que tanto odiaba tener enfrente. Pero tuvo
que terminar por decidirse. Tenía que dar la clase de todos modos. Estaba seguro de que cuando
quisiera hablar no tendría voz y que todos se reirían del ridículo que iba a hacer. Y sacando un ejemplar
del Almanaque Bristol, que llevaba en la bolsa de su pantalón, se puso a leer. Con gran asombro suyo la
voz correspondió a las palabras y hasta pudo elevarla y hacerla firme. Leía, de prisa, pronunciando mal,
equivocándose. Leía los horóscopos, los chistes, el santoral. Los niños lo contemplaban embobados,
con la boca abierta, sin entender nada. Para ellos era lo mismo que Ernesto leyera el Almanaque o
cualquier otro libro. Ellos no sabían hablar español. Ernesto no sabía hablar tzeltal. No existía la menor
posibilidad de comprensión entre ambos. Cuando dio por terminada la clase, Ernesto se acercó a Felipe
con la esperanza de que se hubiera dado cuenta de la inutilidad de la ceremonia y renunciara a exigirla.
Pero Felipe parecía muy satisfecho de que se estuviera dando cumplimiento a la ley. Agradeció a
Ernesto el favor que les hacía y se comprometió a que los niños serían puntuales y aplicados.

Los niños permanecieron atentos mientras los maravilló la sorpresa del nuevo espectáculo que se
desarrollaba ante sus ojos. Pero después comenzaron a distraerse, a inquietarse. Se codeaban y luego
asumían una hipócrita inmovilidad; reían, parapetados tras los rotos sombreros de palma; hacían ruidos
groseros. Ernesto se obligaba, con un esfuerzo enorme, a no perder la paciencia. Y como la ley no fijaba
el número de horas de clase, Ernesto las abreviaba todo lo que le era posible.

-No van a aguantar el trote mucho tiempo. Ahora van porque en realidad no es época de
quehacer. Pero los indios necesitan a sus hijos para que los ayuden. Cuando llegue el tiempo de las
cosechas no se van a dar abasto solos. Y entonces qué escuela ni qué nada. Lo primero.

-Yo que usted no me hacía ilusiones, tío. Parecen muy decididos.

-Es pura llamarada de doblador. Están como criaturas con un juguete nuevo. Pero pasada la
embelequería ni quien se vuelva a acordar. Yo sé lo que te digo. Los conozco.

Balún Canán

ROSARIO CASTELLANOS
RUBEN DARIO

"Fundador de leones" y "marido deslumbrante de la vida" lo llamó Neruda. García Lorca dijo de él que "como poeta español, enseñó en España a los
viejos maestros y a los niños, con un sentido de universalidad y de generosidad que hacen falta en los poetas actuales". Rubén Darío (Félix Rubén
García Sarmiento) nace en Metapa, Nicaragua en 1867, país al que regresa a morir en 1916, con su salud totalmente deteriorada a causa del
alcoholismo, después de haber vivido en El Salvador, Chile, Argentina, Francia, España y los Estados Unidos. Principal representante y eje del
Modernismo, proyecta a Iberoamérica hacia Europa y ejerce profunda influencia en las poesías hispánicas de principios de siglo. La propuesta
literaria y estética de Azul..., publicada en 1888 en Chile, marca el necesario contrapunto a un neoclasicismo académico, decadente y agotado. El
exotismo y sensualidad modernistas, la adopción de elementos temáticos y formales tomados de corrientes tan extrañas entre sí como el
simbolismo francés, el renacimiento italiano y la poesía barroca española, sintetizados magistralmente por el genio de Darío, con toda la fuerza
expresiva del nuevo Continente en la búsqueda de su identidad propia, confluyen a la creación de una literatura original y revolucionaria. Otras
obras importantes de Darío son Prosas profanas y otros poemas, editada en Argentina en 1896 y Cantos de vida y esperanza, publicada en 1905
en España.

EL REY BURGUES

( Canto alegre )

¡Amigo!, el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un canto alegre... así como para distraer las
hermosas y grises melancolías, helo aquí:

Había en una ciudad inmensa y brillante un rey poderoso, que tenía trajes caprichosos y ricos,
esclavas desnudas, blancas y negras, caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos y
monteros, con cuernos de bronce, que llenaban el viento con sus fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No,
amigo mío: era el Rey Burgués.

Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran largueza a sus músicos, a sus
hacedores de ditirambos, pintores, escultores, boticarios, barberos y maestros de esgrima.
Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía improvisar a sus
profesores de retórica canciones alusivas; los criados llenaban las copas del vino de oro que hierve, y las
mujeres batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en su Babilonia llena de
músicas, de carcajadas y de ruido de festín. Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza
atronando el bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves asustadas, y el vocerío
repercutía en lo más escondido de las cavernas. Los perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza
en la carrera, y los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían ondear los mantos
purpúreos y llevaban las caras encendidas y las cabelleras al viento.

El rey tenía un palacio soberbio, donde había acumulado riquezas y objetos de arte maravillosos.
Llegaba a él por entre grupos de lilas y extensos estanques, siendo saludado por cisnes de cuellos
blancos, antes que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera llena de columnas de
alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados leones de mármol, como los de los tronos
salomónicos. Refinamiento. A más de los cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía,
del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu, leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos
libros sobre cuestiones gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la
corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; alma sublime, amante de la lija y de la
ortografía.

¡Japonerías! ¡Chinerías!, por lujo y nada más.

Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y de los millones de un
Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas y las colas enroscadas, en grupos fantásticos y
maravillosos; lacas de Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y animales de
una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a las paredes; peces y gallos de colores;
máscaras de gestos infernales y con ojos como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y
empuñaduras con dragones devorando flores de loto; y en conchas de huevo, túnicas de seda amarilla,
como tejidas con hilos de araña, sembradas de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores,
porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros tártaros con una piel que les cubre hasta
los riñones, y que llevan arcos estirados y manojos de flechas.

Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: dioses, musas, ninfas y sátiros; el salón de
los tiempos galantes, con cuadros del gran Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¡cuántos salones!
Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad, el vientre feliz y la
corona en la cabeza, como un rey de naipes.

Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se hallaba rodeado de
cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación y baile.

-¿Qué es eso? -preguntó.

-Señor, es un poeta.

El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, sinsontes en la pajarera: un poeta era algo
nuevo y extraño.

-Dejadle aquí.

Y el poeta:

-Señor, no he comido.

Y el rey:

-Habla y comerás.

Comenzó:

"Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas al huracán, he nacido
en el tiempo de la aurora: busco la raza escogida que debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la
mano, la salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de
perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa
adulona de las cuerdas débiles, contras las copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que
embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me hacía parecer histrión o mujer, y he vestido de
modo salvaje y espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la selva donde he quedado vigoroso y
ahito de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la
fuerte y negra tempestad, como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el
yambo dando al olvido el madrigal.

"He acariciado a la gran Naturaleza, y he buscado el calor del ideal, el verso que está en el astro
en el fondo del cielo, y el que está en la perla en lo profundo del Océano. ¡He querido ser pujante!
Porque viene el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo agitación y potencia,
y es preciso recibir su espíritu con el poema que sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de
oro, de estrofas de amor.

"¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los cuadros lamidos, ni en el
excelente señor Ohnet! ¡Señor!, el arte no viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en
todas las íes. El es augusto, tiene mantos de oro o de llamas, o anda desnudo, y amasa la greda con
fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes de ala como las águilas o zarpazos como los leones.
Señor: entre un Apolo y un ganso, preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el otro de
marfil.

"¡Oh, la poesía!

"¡ Y bien ! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres y se fabrican jarabes
poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis endecasílabos, y el señor profesor de farmacia pone
puntos y comas a mi inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto!... El ideal, el ideal..."

El rey interrumpió:

-Ya habéis oído. ¿Qué hacer?

Y un filósofo al uso:

-Si lo permitís, señor, puede ganarse comida con una caja de música; podemos colocarle en el
jardín, cerca de los cisnes, para cuando os paseéis.

-Sí -dijo el rey; y dirigiéndose al poeta-: Daréis vueltas a un manubrio: Cerraréis la boca. Haréis
sonar una caja de música que toca valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre.
Pieza de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas ni de ideales. Id.

Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes, al poeta hambriento que daba
vueltas al manubrio; tirirín, tirirín... ¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las
cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín!... ¿Había que llenar el estómago? ¡Tiririrín! Todo entre las burlas de los
pájaros libres que llegaban a beber rocío en las lilas floridas; entre el zumbido de las abejas que le
picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas... ¡lágrimas amargas que rodaban por sus mejillas y
que caían a la tierra negra!

Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y su cerebro estaba como
petrificado, y los grandes himnos estaban en el olvido, y el poeta de la montaña coronada de águilas no
era sino un pobre diablo que daba vueltas al manubrio: ¡tiririrín!
Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él el rey y sus vasallos; a los pájaros se les abrigó, y a él se
le dejó al aire glacial que le mordía las carnes y le azotaba el rostro.

Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas cristalizadas, en el palacio había
festín, y la luz de las arañas reía alegre, sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los
mandarines de las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los brindis del señor profesor de
retórica, cuajados de dáctilos, de anapestos y de pirriquios, mientras en las copas cristalinas hervía el
champaña con su burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de fiesta! Y el infeliz, cubierto
de nieve, cerca del estanque, daba vueltas al manubrio para calentarse, tembloroso y aterido, insultado
por el cierzo, bajo la blancura implacable y helada, en la noche sombría, haciendo resonar entre los
árboles sin hojas la música de las galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, pensando en que nacería el
sol del día venidero, y con él el ideal... y en que el arte no vestiría pantalones, sino manto de llamas de
oro... Hasta que el día siguiente lo hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como
gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y todavía con la mano en el manubrio.

¡Oh, mi amigo!, el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Flotan brumosas y grises
melancolías...

Pero, ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo! Hasta la vista.

Azul...

CAUPOLICAN

Es algo formidable que vio la vieja raza;

robusto tronco de árbol al hombro de un campeón

salvaje y aguerrido, cuya fornida maza


blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.

Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,

pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,

lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,

desjarretar un toro, o estrangular un león.

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,

le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,

y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.

"¡El Toqui, el Toqui!", clama la conmovida casta.

Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo "Basta",

e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.

Azul...

LOS MOTIVOS DEL LOBO

El varón que tiene corazón de lis, Rabioso ha asolado los alrededores,

alma de querube, lengua celestial, cruel ha deshecho todos los rebaños;

el mínimo y dulce Francisco de Asís, devoró corderos, devoró pastores,

está con un rudo y torvo animal, y son incontables sus muertes y daños.

bestia temerosa, de sangre y de robo, Fuertes cazadores armados de hierros

las fauces de furia, los ojos de mal: fueron destrozados. Los duros colmillos

el lobo de Gubbia, el terrible lobo. dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos. no hallé qué comer; busqué el ganado,

y en veces comí ganado y pastor.

Francisco salió:

al lobo buscó en su madriguera.

Cerca de la cueva encontró a la fiera ¿La sangre? Yo vi más de un cazador

enorme, que al verle se lanzó feroz sobre su caballo, llevando el azor

contra él. Francisco, con su dulce voz, al puño; o correr tras el jabalí,

alzando la mano, el oso o el ciervo; y a más de uno vi

al lobo furioso dijo: "¡Paz hermano mancharse de sangre, herir, torturar,

lobo!" El animal de las roncas trompas al sordo clamor,

contempló al varón de tosco sayal; a los animales de Nuestro Señor.

dejó su aire arisco, Y no era por hambre que iban a cazar".

cerró las abiertas fauces agresivas, Francisco responde: "En el hombre existe

y dijo: "¡Está bien, hermano Francisco!" mala levadura.

"¡Cómo! -exclamó el santo-. ¿Es ley que tu vivas Cuando nace viene con pecado.

de horror y de muerte? Es triste. Mas el alma simple de la bestia es pura.

¿La sangre que vierte Tú vas a tener

tu hocico diabólico, el duelo y el espanto desde hoy qué comer.

que esparces, el llanto Dejarás en paz

de los campesinos, el grito, el dolor rebaños y gentes en este país.

de tanta criatura de Nuestro Señor? ¡Qué Dios melifique tu ser montaraz!"

¿No han de contener tu encono infernal? "Está bien hermano Francisco de Asís".

¿Vienes del infierno? "Ante el Señor, que todo ata y desata,

¿Te ha infundido acaso su rencor eterno en fe de promesa tiéndeme la pata".

Luzbel o Belial?" El lobo tendió la pata al hermano

Y el gran lobo, humilde: "¡Es duro el invierno, de Asís, que a su vez le alargó la mano.

y es horrible el hambre! En el bosque helado Fueron a la aldea. La gente veía


y lo que miraba casi no creía.

Tras el religioso iba el lobo fiero,

y, baja la testa, quieto le seguía

como un can de casa, o como un cordero.

Francisco llamó la gente a la plaza

y allí predicó.

Y dijo: "He aquí una amable caza.

El hermano lobo se viene conmigo;

me juró no ser ya nuestro enemigo,

y no repetir su ataque sangriento.

Vosotros, en cambio, daréis su alimento

a la pobre bestia de Dios". "Así sea!",

contestó la gente toda de la aldea.

Y luego, en señal de contentamiento,

movió testa y cola el buen animal

y entró con Francisco de Asís al convento.

Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo

en el santo asilo.
Sus vastas orejas los salmos oían

y los claros ojos se le humedecían.

Aprendió mil gracias y hacía mil juegos

cuando a la cocina iba con los legos.

Y cuando Francisco su oración hacía,

el lobo las pobres sandalias lamía.

Salía a la calle,

iba por el monte, descendía al valle,

entraba en las casas y le daban algo

de comer. Mirábanle como a un manso galgo.

Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo

dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,

desapareció, tornó a la montaña,

y recomenzaron su aullido y su saña.

Otra vez sintióse el temor, la alarma,

entre los vecinos y entre los pastores;

colmaba de espanto los alrededores,

de nada servían el valor y el arma,

pues la bestia fiera

no dió tregua a su furor jamás,

como situviera

fuegos de Moloch y de Satanás.


Cuando volvió al pueblo el divino santo,

todos lo buscaron con quejas y llanto,

y con mil querellas dieron testimonio

de lo que sufrían y perdían tanto

por aquel infame lobo de demonio.

Francisco de Asís se puso severo.

Se fue a la montaña

a buscar al falso lobo carnicero.

Y junto a su cueva halló a la alimaña.

"En nombre del Padre del sacro universo,

conjúrote" dijo, "¡oh lobo perveso!,

a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?

Contesta. Te escucho".

Como en sorda lucha, habló el animal,

la boca espumosa y el ojo fatal:


"Hermano Francisco, no te acerques mucho...

Yo estaba tranquilo allá en el convento,

al pueblo salía,

y si algo me daban estaba contento

y manso comía.

Mas empecé a ver que en todas las casas

estaban la Envidia, la Saña, la Ira,

y en todos los rostros ardían las brasas

de odio, de lujuría, de infamia y mentira.

Hermanos a hermanos hacían la guerra,

perdían los débiles, ganaban los malos,

hembra y macho eran como perro y perra,

y un buen día todos me dieron de palos.

Me vieron humilde, lamía las manos

y los pies. Seguía tus sagradas leyes,

todas las criaturas eran mis hermanos:

los hermanos hombres, los hermanos bueyes,

hermanas estrellas y hermanos gusanos,

y así, me apalearon y me echaron fuera.

Y su risa fue como un agua hirviente,

y entre mis entrañas revivió la fiera,

y me sentí lobo malo de repente;

mas siempre mejor que esa mala gente.

Y recomencé a luchar aquí,

a me defender y a me alimentar.

Como el oso hace, como el jabalí,


que para vivir tiene que matar

Déjame en el monte, déjame en el risco,

déjame existir en mi libertad,

vete a tu convento hermano Francisco,

sigue tu camino y tu santidad".

El santo de Asís no dijo nada.

Le miró con una profunda mirada,

y partió con lágrimas y con desconsuelos,

y habló al Dios eterno con su corazón.

El viento del bosque llevó su oración,

que era: "Padre nuestro que estás en los cielos..."

Canto a la Argentina y otros poemas


TODOS LOS CUENTOS

Horacio Quiroga

El ALMOHADÓN DE PLUMA

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus
soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, aunque a veces con un ligero
estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta
estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. El, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a
conocer.

Durante tres meses -se habían casado en abril-, vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella
deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor; más expansivo e incauta ternura; pero el
impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos,
columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacios encantado. Dentro, el brillo
glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de
desapacible frío. Al cruzar de un pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largó
abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. Había concluido, no obstante, por echar un velo
sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil sin querer pensar en nada hasta que
llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y
días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de su marido.
Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó muy lento la mano
por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente,
todo su espanto callado, redoblando el llanto a la más leve caricia de Jordán. Luego los sollozos fueron
retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni pronunciar una palabra.

Fue ése el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida, El médico de
Jordán la examinó con suma atención, ordenándolo calma y descanso absolutos.
-No sé -lo dijo a Jordán en la puerta de calle-. Tiene una gran debilidad que no me explico. Y sin vómitos,
nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme en seguida.

Al día siguiente Alicia amanecía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima,
completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el
día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin que se oyera el
menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase
sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos
entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, deteniéndose un instante en
cada extremo a mirar a su mujer.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego
a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno
y otro lado del respaldo de la cama. Una noche quedó de repente con los ojos fijos. Al rato abrió la boca
para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia lanzó un alarido de horror.

-¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta
confrontación, volvió en sí. Sonrío y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola por media
hora temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide apoyado en la alfombra sobre los dedos, que
tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose
día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor
mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en
silencio, y siguieron al comedor.

- Pst... -se encogió de hombros desalentado el médico de cabecera-. Es un caso inexplicable... Poco hay
que hacer...

- ¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.


Alicia fue extinguiéndose en subdelirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las
primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en
síncope casi.

Parecía que únicamente de noche se lo fuera la vida en nuevas oleadas de sangre. Tenía siempre al
despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer
día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza, No quiso que la tocaran la
cama, ni aun que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaban ahora en forma de
monstruos que se arrastraban hasta la cama, y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban
fúnebremente encendidas en, el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que
el delirio monótono que salía de la cama, y el sordo retumbo de los cienos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, cuando entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato
extrañada el almohadón.

-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente y se dobló sobre aquél. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del
hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó; pero en seguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin
saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban,

-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.

-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán
cortó funda y envolturas de un tajo. Las plumas superiores colaron, y la sirvienta dio un grito de horror
con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandas. Sobre el fondo, entre las plumas,
moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa.
Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa,
mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándolo la sangre, la picadura era casi imperceptible. La
remoción diaria del almohadón sin duda había impedido al principio su desarrollo; pero desde que la
joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había el monstruo
vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones
proporciones enormes. La sangre humana parece series particularmente favorables, y no es raro
hallarlos en los almohadones de pluma.

Horacio Quiroga, 'El almohadón de pluma", en Napoleón Baccino Ponce de León y Jorge Lafforgue,
coords., Todos los cuentos, Madrid, Archivos-CSIC, 1993 (colección Archivos, 26), 97- 101.
JUAN JOSÉ ARREOLA

El guardagujas

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su valija, que nadie quiso conducir, le había fatigado
en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían
en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.

Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse, el forastero se halló
ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan
pequeña, que parecía de juguete.

Miró sonriendo al viajero, y éste le dijo ansioso su pregunta:

-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?

-¿Lleva usted poco tiempo en este país? -Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme

en T. mañana mismo.

-Se ve que usted ignora por completo lo que ocurre. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar
alojamiento en la fonda para viajeros. -Y señalo un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un
presidio.

-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en tren.

-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo
por mes, le resultará más barato y recibió mejor atención.

-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.

-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.

-Por favor...

-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos
debidamente, pero se han hecho ya grandes casas en lo que se refiere a la publicación itinerarios y a la
expedición de boletos. Las guías ferroviarias comprenden y enlazan todas las poblaciones de la nación;
se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes
cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los
habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su
patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.

-Pero ¿hay un tren que pase por esta ciudad? -Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como
usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están
sencillamente indicados en el suelo, mediante dos rayas de gis. Dadas las condiciones actuales, ningún
tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar
muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera
convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable
vagón. -¿Me llevará ese tren a T.?

-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si
pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente algún rumbo. ¿Qué importa, si ese
rumbo no es el de T.?

-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?

-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la ronda para viajeros podrá usted hablar con personas que
han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes
previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una
verdadera fortuna...

-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto.

Mírelo usted. ..

-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona
que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario cuyos
planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la
empresa.

-Pero el tren que pasa por T. ¿ya se encuentra en servicio?

-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con
relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras
palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.

-¿Cómo es eso?

-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa se ve en el caso de tomar medidas desesperadas.
Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios
años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los
fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes
un vagón capilla ardiente Y un vagón cementerio. Es razón del orgullo para los conductores depositar el
cadáver de un viajero -lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto.
En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los
vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los
viajeros de primera --es otra de las previsiones de la empresa se colocan del lado en que hay riel. Los de
segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles: allí los
viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.

-!Santo Dios!

-Mire usted, la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno
impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto
tiempo juntos, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de
esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena
de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.

-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!

-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en un héroe. No crea que
faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. En una
ocasión, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales
ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los
constructores de la línea. En la ruta faltaba un puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el
maquinista, en vez de poner marcha hacia atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo
necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza Y
conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su
fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció
definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las
tarifas de los pasajeros que se atrevan a afrontar esa molestia suplementaria.

-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!

-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de
convicciones. Alójese por de pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando
menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, exasperados por una
espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación.
Frecuentemente provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir
ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden mutuamente el
abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados Y
furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.

-¿Y la policía no interviene?

-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los
trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron
muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les
daban a cambio de ese servicio todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de
un tipo especial de escuelas, don de los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un
entrenamiento adecuado, que los capacita para que puedan pasar su vida en los trenes. Allí se les
enseña la minera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento Y a gran velocidad.
También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan
las costillas.

-Pero, una vez en el tren, ¿está uno a cubierto de nuevas dificultades?

-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que
usted creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones
demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que
son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad
importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones
del teatro, y las personas que figuren en ellas están rellenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente
los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las
señales de un cansancio infinito.

-Por fortuna T. no se halla muy lejos de aquí.

-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, bien podría darse el caso de que
usted llegara a T. mañana mismo, tal corno desea. La organización de los ferrocarriles, aunque
deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se
dan dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Pasa un tren, suben, y al día siguiente
oyen que el conductor anuncia: "'Hemos llegado a T." Sin tomar precaución alguna, los viajeros
descienden y se hallan efectivamente en T.

-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?

-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras.
Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No converse con ninguno de los
pasajeros. Podrían desilusionarlo con sus historias de viaje, hasta se daría el caso de que lo
denunciaran. -¿Qué está usted diciendo?
.En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su
mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo
que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede
tener una frase, por sencilla que sea.

"Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor
imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel, en caso de que
no le obligaran a descender en una falsa estación, perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma
la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna
cara conocida."

-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona. -En ese caso redoble usted sus precauciones.

Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto
a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean
toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos
aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está
en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar
cautivadores paisajes a través de los cristales.

-¿Y eso qué objeto tiene?

-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular
en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar,
en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber a dónde van ni de dónde vienen.

-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes? -Yo, señor, sólo soy guardagujas. A decir verdad, soy un
guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he
viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han
creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los
tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los
vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les
habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: "Quince minutos para que admiren ustedes la gruta
tal o cual", dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren
escapa a todo vapor-.

-¿Y los viajeros?

-Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se
establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda
civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lotes selectos, de gente joven, y sobre
todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted acabar sus días en un pintoresco lugar
desconocido, en compañía de una muchachita?

El viejecillo hizo un guiño, y se quedó mirando al viajero con picardía, sonriente y lleno de bondad. En
ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, lleno de inquietud, y se Puso a
hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.

-¿Es el tren? -preguntó el forastero.

El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para
gritar:

-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice usted que se llama?

-¡X! -contestó el viajero.

En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió
corriendo y saltando entre los rieles, imprudentemente, al encuentro del tren.

Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.


JULIO CORTAZAR

estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires, mismos que abandona


enseguida, para dedicarse durante cinco años a profesor de enseñanza media en el
ámbito rural. Allí comienza a escribir sus primeros cuentos. Por discrepancias
ideológicas con el peronismo emigra a Europa en 1951, donde permanece hasta su
muerte. Cortázar, considerado por una buena parte de la crítica como el mejor
cuentista del siglo, amante del cine, del jazz, de la lectura, pone en entredicho el
género novelístico tradicional con obras como Rayuela (1986), revolucionaria,
desconcertante, provocativa. Cortázar se divierte escribiendo, juega con el lenguaje y
su tratamiento, con sus posibilidades de mutación. Los protagonistas de sus obras son
seres en situaciones límite. Sus narraciones son abiertas, admiten diversos niveles de
lectura, permiten todo género de interpretaciones. CARTA A UNA SEÑORITA EN PARÍS está
tomada de Bestiario (1951); de Historias de cronopios y de famas (1962)
presentamos una serie de breves y curiosos relatos. Hemos seleccionado también dos
ejemplos de la obra poética de Cortázar -faceta poco conocida del autor-, publicados
en Salvo el crepúsculo en 1984 pero escritos al principio de la década de los
cincuentas.

Hijo de diplomáticos argentinos, nace en


Bruselas en 1914 y muere en París en 1984. A los
cinco años de edad regresa con la familia a
Buenos Aires, al barrio de Banfield "...no guardo
un recuerdo feliz de mi infancia...una sensibilidad
excesiva, una tristeza frecuente, asma, brazos
rotos, primeros amores desesperados...". En
1932 se recibe de maestro normalista e inicia
CARTA A UNA SEÑORITA EN PARIS

Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien
porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su
casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto
de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una
reiteración visible de su alma, aquí los libros ( de un lado en español, del otro en francés e inglés ), allí los
almohadones verdes; en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de
jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas
con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del
propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de
metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios
ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo
inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se
rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de
Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento
de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir
apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafío me
pase por los ojos como un bando de gorriones.

Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como
siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha,
elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua conveniencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a
Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra cosa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a
causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.

Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi
vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día
lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos
de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a su
mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a
vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a
ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido
estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer)
en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un
conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar
aislado y andar callándose.

Cuando siento que voy a vomitar un conejito, me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y
espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e
higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a
un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño,
pequeño como un conejito de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la
mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el
hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la
piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco
conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito
alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e
irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

Entre el primero y el segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que
iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso)
porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por
cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los
conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un
mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de
Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo
aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el
nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas
concretas del ritmo, son la cuota de ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que
se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo
ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que
vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto
mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos
pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta. Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el
minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros
minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y
distante en su llano mundo blanco tamaño carta.

Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá,
con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar
instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen,
aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un paquete sumándose a los
desechos.)
Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a
entrar las valijas...¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo
puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda
conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un click
final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.

Sara no vió nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-
ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión "por ejemplo".
Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era
blanquísimo y creo que más lindo los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más
horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no
infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.

Comprendía que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después
uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.

Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas
vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería.
Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis
días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de
mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y
grandes rumores de la profundidad.

De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna
solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a
mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que
está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a
diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es
también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos
transcurre ya la noche y el descanso.)

Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de
tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las
buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi
deber y mi tristeza.

Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y
ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien,
callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil
en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted
en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.

Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de
su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están
contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente
constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño
de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de
Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis
u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la
presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.

No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando
en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia,
solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted
esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.

Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen. ¡Qué
alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! ¡Qué alivio, qué
paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas,
es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento
prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión. Y cuando regreso y subo
en el ascensor -ese tramo, entre el primero y segundo piso- me formulo noche a noche irremediablemente la vana
esperanza de que no sea verdad.

Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo,
usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre
de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un
cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores
cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo
les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco;
además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la
pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).

A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera
afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a
veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración de la alfombra,
y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que
nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino
entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles loco de
sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará
preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y
entrevistas.

Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de
la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y
naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo
(¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living donde sus movimientos
crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca
horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces... Solamente diez, piense
usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos
cielos del primero y el segundo piso.

Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée,
bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será
para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo
todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado
del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a
una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no
ahora- En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier
ahora de los que me quedan.

Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fuí tan culpable en el destrozo insalvable de su
casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París.
Anoche di vuelta los libros del segundo estante; alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos
para afiliarse los dientes- no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del
escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron
de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como
adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.

He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de
nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe Sara. Es casi
extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que
muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que
pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez
estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir
once es seguramente doce, Andrée, doce que será trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que
caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los
primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal
vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros
colegiales.

Bestiario

INSTRUCCIONES PARA SUBIR UNA ESCALERA

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en
ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una
nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables.
Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal
correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños,
formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da
sentido a la escalera, ya que cualquier otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero
incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La
actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no
tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y
regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo,
envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el
primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda
(también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le
hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero
descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria.
La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al
mismo tiempo el pie y el pie.)

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta
encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio,
del que no se moverá hasta el momento del descenso.

Historias de cronopios y de famas


EL DIARIO A DIARIO

Un señor toma el tranvía después de comprar el diario y ponérselo bajo el brazo. Media hora más tarde
desciende con el mismo diario bajo el mismo brazo.

Pero ya no es el mismo diario, ahora es un montón de hojas impresas que el señor abandona en un banco
de plaza.

Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que
un muchacho lo ve, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas.

Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que
una anciana lo encuentra, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Luego se lo lleva a su casa y
en el camino lo usa para empaquetar medio kilo de acelgas, que es para lo que sirven los diarios después de estas
excitantes metamorfosis.

Historias de cronopios y de famas

VIAJES
Cuando los famas salen de viaje, sus costumbres al pernoctar en una ciudad son las siguientes: Un fama va
al hotel y averigua cautelosamente los precios, la calidad de las sábanas y el color de las alfombras. El segundo se
traslada a la comisaría y labra un acta declarando los muebles e inmuebles de los tres, así como el inventario del
contenido de sus valijas. El tercer fama va al hospital y copia las listas de los médicos de guardia y sus
especialidades.

Terminadas estas diligencias, los viajeros se reúnen en la plaza mayor de la ciudad, se comunican sus
observaciones, y entran en el café a beber un aperitivo. Pero antes se toman de las manos y danzan en ronda. Esta
danza recibe el nombre de "Alegría de los famas".

Cuando los cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a
gritos, y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen
firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: "La hermosa ciudad,
la hermosísima ciudad". Y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados. Al
otro día se levantan contentísimos, y así es como viajan los cronopios.

Las esperanzas, sedentarias, se dejan viajar por las cosas y los hombres, y son como las estatuas que hay
que ir a ver porque ellas no se molestan.

Historias de cronopios y de famas

CONSERVACION DE LOS RECUERDOS

Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: Luego de fijado
el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la
pared de la sala, con un cartelito que dice: "Excursión a Quilmes", o: "Frank Sinatra".

Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre
alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: "No
vayas a lastimarte", y también: "Cuidado con los escalones". Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y
silenciosas, mientras en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre
de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su
sitio.
Historias de cronopios y de famas

PAÑUELOS

Un fama es muy rico y tiene sirvienta. Este fama usa un pañuelo y lo tira al cesto de los papeles. Usa otro, y
lo tira al cesto. Va tirando al cesto todos los pañuelos usados. Cuando se le acaban, compra otra caja.

La sirvienta recoge los pañuelos y los guarda para ella. Como está muy sorprendida por la conducta del
fama, un día no puede contenerse y le pregunta si verdaderamente los pañuelos son para tirar.

-Gran idiota -dice el fama-, no había que preguntar. Desde ahora lavarás mis pañuelos y yo ahorraré dinero.

Historias de cronopios y de famas


RICARDO GARIBAY

Nacido en Tulancingo, Hidalgo en 1923. Ha incursionado en ensayo, novela, crónica, guiones cinematográficos, teatro, cuentos, relatos, artículos
periodísticos, programas de televisión. Ha publicado más de cuarenta libros entre los que destacan La casa que arde de noche y Beber un cáliz
como novelas, Lo que es del César y Diálogos mexicanos como guiones o viñetas y, netamente dentro de la crónica, Las glorias del Gran Púas y
Acapulco. Crítico. Enfático. Marginal a grupos y corrientes. Grandilocuente. Irónico. Agresivo. Polémico. Intransigente. Certero en la recreación de
diálogos, como pocos.

DIRECTOR GENERAL

ABRE A:

1: OFICINA

Oficina de prensa de una secretaría de Estado.

Empleados y empleadas entregados a comer sándwiches y beber cocacolas, tejer, conversar, ver
desde los pringosos escritorios la luz de la mañana. Un día cualquiera.

Entra Domínguez huracán. Entra en mangas de camisa. Entra casi gritando: - ¡Ya vienen!

Va rodeando escritorios hasta el suyo; arrebata del respaldo de su silla su saco, se tironea el
chaleco, se ajusta la corbata y se precipita hacia la puerta del PRIVADO; la abre y queda contra ella rígido,
reverente, religioso. Todo mientras de mala gana los otros suspenden sus asuntos y teclean,
traspapelan papeles, hurgan en cajones; es decir, trabajan.

De un solo golpe abate Domínguez la cabeza y pega las palmas de las manos a los pantalones
cuando hacen su entrada dos personajes: un viejo de facha licenciosa y un joven alto y gordo, de voz
barítona y miradas impacientes.

Funcionario de Voz Barítona: Buenos días, compañeros. Sólo un momento para comunicarles, dentro
de mis funciones de Secretario Particular del C. Oficial Mayor, que el Señor Secretario ha tenido a bien
designar a El Señor Licenciado aquí presente Director General de esta Dirección de Prensa y Publicidad
de la Secretaría al muy digno cargo del Señor Secretario...

Pausa. Inclinaciones de los empleados. Inclinaciones de El Señor Licenciado Nuevo Director Ojillos de
Víbora manoseando los brasiers de las empleadas, ojillos lengüeteros, y, con leve mohín de los viejos
labios, olvidando, borrando, sepultando ya el polvoso hacinamiento de percheros, restiradores,
escritorios, máquinas de escribir, caballetes para periódicos, amodorrados rostros al borde del bostezo.

Funcionario de Voz Barítona:... Eeeel Señor Secretario espera de ustedes su cordial colaboración con
Eeeel Señor Licenciado para, de acuerdo con los derroteros y programas que los postulados y principios
de las planeaciones y metas revolucionarias...

El Licenciado cruzando el umbral de su PRIVADO, y Domínguez casi incrustándose en la puerta, de tan


respetuoso y eficiente en plan de portero, y yéndose girón de oblicuo viento detrás de El Licenciado.

La puerta se cierra sola. Automáticamente el personal de la Dependencia vuelve a sus sándwiches,


cocacolas, tejidos, contemplaciones.

2: PRIVADO

Repatingado en su sillón-ejecutivo, dejando vagar los distraídos párpados, El Licenciado escucha


líquidos informes de Domínguez, que como ante el altar o la bandera, habla de pie, los zapatos muy
juntos, la vista hacia un lado y al suelo, ligeramente curvada la espalda, ligeramente respingado el vuelo
del saco.

Domínguez:...Fundamentalmente diría yo la falta de presupuesto, Señor Licenciado, que nos obliga a


hacer equilibrios...

El Licenciado: ¿Cuál es el presupuesto de esta Dirección?

Domínguez: Dirección. Es por calidades, Señor Licenciado. Como tenemos varios Departamentos...

El Licenciado: Sin pormenores.

Domínguez: Pormenores. Departamento de Prensa, de Fotografía, de Imprenta, Administrativo y Caja


Chica que maneja su servidor, una nadita de nada...

El Licenciado: Global.

Domínguez: Global. A mayor abundamiento, Señor Licenciado, estos dineros de la caja chica que
maneja su servidor...

El Licenciado: Lo otro.

Domínguez con alivio: Lo otro.

Coloca con muchísimo cuidado una carpeta bajo los ojos de su jefe, y retirándose le espía voraz el
gesto.

El gesto de El Licenciado se aguza, sus ojillos se afilan, su hociquillo procura no sonreír mordiendo la
larga boquilla en cuyo extremo humea constantemente un cigarrillo.

Domínguez tentaleante: El señor Licenciado ordenará programas y presupuestos como su buen criterio
lo determine...y...también...

El Licenciado: ¿Sí?

Domínguez: Sí... Sólo a mayor abundamiento, el Señor Licenciado Morales, su antecesor, no soy yo
quién para juzgarlo pero había instaurado un sistema cual de ninguna manera de... diría yo... ¿ingresos,
Señor Licenciado?

El Licenciado: Embutes y cochupos; o trinques, para más aprisa.

Domínguez : Aprisa. Yo éste no me atrevería...


El Licenciado: Pero yo sí. Y éste no es lugar para hablar de esas cosas.

Domínguez abrumado: ¡Cosas! No no. Perdón Señor Licenciado, cual debe ser...

El Licenciado doble sentido: ¡Este no es el lugar para hablar de esas cosas!

Domínguez nuevo alivio: Cosas. Perfectamente Señor Licenciado. Entendido, Señor Licenciado. Paso,
si el Señor Licenciado no dispone en contrario, paso a renglón de personal...

El Licenciado inicia bostezo: Abrevie, ya lo vi.

Domínguez abreviando: Lo vi. Eeeeh... abrevie sí... cual debe convenir, personal deficiente, gente
ordinaria, si el Señor Licenciado me faculta...

El Licenciado pensando qué estoy haciendo aquí: Lo faculto, pero sin crearme problemas. No quiero
reclamaciones ¿entendido? Debemos sostener el ritmo de esta Dependencia dentro de los lineamientos
de la política revolucionaria que el Señor Secretario, proyectado hacia las clarificaciones que en vías de
futuro ha definido...

Tres leves golpes en la puerta y entran dos fotógrafos. Escena muda. Rápidamente Domínguez,
haciendo sonar los dedos, eficientísimo, dictatorial, coloca a los fotógrafos en ángulos diferentes,
escombra el escritorio, coge el auricular del teléfono y lo pone en mano de El Licenciado, señala a uno
de los fotógrafos; éste imprime una placa. Domínguez levanta a El Licenciado, le pone un libro abierto
en las manos y le arregla las solapas, algo pardas de caspa; se imprime otra placa. Con exquisiteces de
sastre o bañero, Domínguez lleva a El Licenciado hasta la ventana, le arma la pose asomándose al sol y
a la cara del vejete, le alisa un par de pelos sobre la frente, le quita una mota de un rincón de la papuda
nariz, le plancha el saco aquí y acá: solapas, mangas faldones, le empareja las valencianas, se alza
congestionado, y dando un paso hacia atrás como artista que busca perspectiva para ver sus hechuras,
truena los dedos. Simultáneos, los chicos de la cámara imprimen sendas placas.

Domínguez y El Licenciado están otra vez solos en el PRIVADO.

Domínguez: Paso a renglón secretaria particular de El Señor Licenciado.

Oprime un timbre y se retira prusiano a su exclusivo lugar.

El picaporte hace clic cloc y El Licenciado se vuelve girando sobre su sillón ejecutivo, y sus ojitos
brincan, chisporrotean.
Viene entrando, de espaldas porque entrando cierra con humildad la puerta, una mujer de
hirsuta greña crepé, caderas abultadísimas y hoyuelos exactamente arriba de los abombados
chamorros.

Un horizonte de camas sabanea lechosamente en el PRIVADO, en el involuntario lengüetazo que se


le escapa al Director General, fuera de cuadro.

Y ahora, en cuadro, en close-up, iba a sonreír y se le muere la sonrisa, se le apaga el gusto y se le


azora el rostro, se le atufa.

La secretaria está saludando con devoción -block taquigráfico y lápiz en ristre-. Es ella de ojos
saltones, de los llamados de rana, y pelos por la cara toda, es vieja, es dientona, y entera provoca una
sensación de vaca o de jaletina; es horrible.

Se ven El Licenciado, la secretaria y Domínguez, se ven, simplemente se ven: la secretaria esperando,


inflándose y desinflándose, como hígado sorprendido infraganti; El Licenciado disimulando furor;
Domínguez clavando una muequecilla traicionera, nada culpable, en el furor de El Licenciado. Y un
silencio idiota se desparrama desde los vidrios polvorientos, luminosos. Nunca una ventana desnudó
tan impúdicamente a tres personajes.

3: CORREDORES DE LA SECRETARIA

Domínguez presuroso, cargado de periódicos, revistas, folders. Mucha gente en los corredores.

Un tipo lo ve venir, dobla el diario que leía recargado en el barandal y se apresta a recibirlo. Llega
Domínguez. Aquí es altanero, y su sintaxis, autoritaria y teñida de fastidio. Habla sin ver al otro o como
si no lo conociera.

Domínguez: Qué pasó.

Líder: Ya traigo el sobre.

Domínguez: Cuánto.
Abre una revista, el líder mete furtivamente un sobre entre las páginas.

Líder: Los trescientos que pediste. Pero te traigo otra movida.

Domínguez: Qué.

Líder: Sección 42. García. No lo conoces.

Domínguez: Qué.

Líder: Es el nuevo secretario de la sección, y para el caballazo que se viene...

Domínguez: Escúpele.

Líder: Nomás partirle la madre. Sácale dos o tres notas la semana quentra.

Domínguez: Quinientos.

Líder: ¡Cómo quinientos!

Domínguez: No discuto. Y de qué lo acusan o qué.

Líder: Ps es tu chamba ¿no?

Domínguez: ¡Hmm! Para lunes y martes en los periódicos en la tarde.

Líder: No, no chingues, en los de la mañana.

Domínguez: En los de la mañana, mil.

Líder: ¡Ah cómo te cargas!

Domínguez: No discuto. Y que no te vean por aquí, ¡cuándo van a entender! Yo no tengo que ver nada
con el sindicato.

Y sigue su camino.

4: ESCALINATA
En la escalinata central de la secretaría tropieza con tres jóvenes reporteros, de aspecto desastrado y
evidente disgusto.

Primero: Mira dónde te apareces, Domínguez.

Segundo: Coño, te estuvimos esperando más de una hora.

Tercero: Oyes Domínguez somos tus chícharos o qué chingaos o qué, siempre es lo mismo.

Domínguez jovialísimo: ¡Compañeros reporteros, compañeros reporteros, qué pasó vamos ái, por acá,
por acá, sin que se me alebresten!

Los aparta de la gente que sube y baja. Les habla sin puntos ni comas, meloso, camarada
compinche.

Domínguez al Primero: Ya vio su reportaje el Secretario sí sí ¡se enchiló! vamos bien el viernes le
arrimamos otro cerillito para que respingue y luego le arreglo su audiencia compañero habrá lana no se
me desespere sí.

Se vuelve como mono de cuerda al Segundo: Ya escupieron los del sindicato sí.

Segundo: De a cómo.

Domínguez: Ciento cincuenta no se pudo más no no.

Segundo: ¡Uquelá!

Domínguez dándole un billete: Pero yo le doy cien compita ¡como estos! quiero que quede a gusto sí sí
me quedo con cincuenta y los amigos por delante.

Domínguez girando hacia el Tercero: La semblanza del Licenciadito: cañón, tá usté cincho ñerazo
cincho cincho orita se la estoy llevando al licenciadito y ora mismo le saco su embutido ya ve que si hay
modo hay modo los amigos por delante.

Domínguez de pronto meditabundo: Sí, bueno, otra cosa... Hay que "querer" a García.

Tercero: ¿García?

Domínguez: Sección 42 del sindicato.


Segundo: Qué o qué.

Domínguez: En toda la chapa. Ustedes búsquenle, no ha de faltar. Un cien caduno, pero en los
matutinos.

Primero: No pero si no adelantas algo no, Domínguez. ¡Nos tráis de tus pendejos!

Domínguez: ¿No le digo, compañerito? ¿Cuándo les fallo? ¿Adelanto? ¡Adelanto pa los ñiz, de a cómo
no!

Segundo: Siquiera un cincuenta...

Domínguez: Trabajan azules pa la prensa. Nos vemos a las seis en la Bavaria ¿sale? ¿qué pasó? ¿así sí?

Y riendo de veras, contento, sigue su camino.

5: PRIVADO

Dos íntimos nudacitos en la puerta. El picaporte hace clic cloc. Se va asomando el uncioso Domínguez,
ya agachado, a la altura de una reverencia profunda.

Domínguez: ¿Señor Licenciado?

-Ya se fue -le contesta una muchacha groseramente apetitosa, que se maquilla recargada en el
escritorio: es decir, la rica nalga encaramada, el vestido harto arriba de las rodillas, los ojos prendidos a
un espejillo de mano. Devorándola entra Domínguez con su cargamento de papeles y cierra la puerta.

Domínguez: ¿Ya se fue?

Virginia: Que lo alcances donde siempre, si hay algo que firmar.

Domínguez desencanto y enojo: Que lo alcance... ¿Qué soy su gato?

Virginia: ¿Qué no?


Domínguez: Y tú dónde vas.

Virginia: Qué timporta.

Domínguez: ¿Qué mimporta? Se te olvida lo que te conviene.

Sin dejar de arreglarse, acomodando las ésas en el escritorio, empujando con ellas el teléfono,
de modo que sus muslos -que no tienen fin- quedan más y más descubiertos, murmura Virginia: -Tás
loco.

Domínguez: Lo prometiste. Noteagas que te duele.

Virginia decidiéndose a mirarlo: No, no me duele. Qué te prometí. Tú inventaste, yo no te prometí


nada. Qué te debo.

Domínguez: ¿Qué me debes? Eres la secretaria particular ¿no?

Virginia vuelta al espejo: No podré...

Domínguez: Yo te traje ¿no?

Virginia otra vez suspende el maquillaje: ¡Mira! Te convino, ques otra cosa. El puesto me lo gané yo.

Domínguez se le arroja airadamente, porque la ingratitud saca de quicio al más paciente o


comprensivo: ¡Con qué te lo ganaste tú, con qué te lo ganaste!

Virginia palméase léperamente el trasero: ¡Con éstas, para que no tengas que decirlo! A ti no te debo
nada.

Domínguez: Te puedo echar ¿quieres verlo?

Virginia se le asoma a la cara mostrándole sus hileras de dientes perfectos y emitiendo uno como
gorgoreo de contralto: o sea, que se ríe de él.

Domínguez, con un parpadeo, cambia su gesto agresivo por otro, de perro apaleado, y se le acerca
como tropezando, como empujándose a sí mismo, y le pone una mano en el muslo, al nivel del broche
del liguero: Por qué eres así conmigo, Virginia...

Virginia: ¡Te quemas, menso, es mucho pa ti! Y ya salte que al licenciado no le gusta que se quede nadie
en su privado.
6: OFICINA

Con un portazo y graznando recorre amo Domínguez la oficina: Esos boletines, compañero Froylán;
hasta qué horas cree que van a esperar los periódicos. La conferencia de prensa del Señor Secretario,
señor Méndez, ¿ya está en máquina? ¿también yo tendré que hacer eso? Usté, compañerito Rocha,
muévase, lo veo dormido. A ver, señoritas, dejen de juzgolear, parecen culecas. Tú, muchacho, Prócoro,
no comas babas, no comas babas, limpia mi escritorio en vez de estártelos cascaroleando. Se acabó la
flojera. El Señor Licenciado quiere eficiencia y diligencia, y yo no puedo responsabilizarme con tanto
güegüenche aquí metido...

Se aplasta en su silla, siempre cargando el papelerío, y ve, impotente y torvo, cómo Virginia sale del
PRIVADO y la oficina, columpiando su bolso y todo lo demás.

Los tacones de Virginia resuenan dolorosamente en las orejas de amo Domínguez burlado, por
arriba del ajetreo de los empleados.

7: BAR

Con ese taconeo vamos hasta unas zapatillas enjoyadas, hasta unas pantorrillas negras que bailan al
compás de un quinteto caliente. CAMARA retrocede encuadrando la bruñida desnudez de la bailarina,
monumento de ébano -o canela, que también se usa-, de meneos de serpiente, de pechos como
toronjas. Ambiente de mediodía de bar de lujo. Y CAMARA acaba encuadrando a Domínguez hecho un
idiota, periódicos, folders y revistas en sus brazos, pegado a una columna, hipnotizado por los quiebros
de la negra. Y termina el baile. Y despierta Domínguez. Y echa la ácida vista por las mesas. Y algo ve
porque su agrura se transforma en dulce rictus de mesero. Y ya va veloz, ondulando entre mesas, la
espalda encorvada, el cuello ladeado, listo en todos sus ángulos el silvestre acatamiento.
Sí, aquí está El Licenciado, con Virginia y dos amigos, curándose la pítima de ayer; habladores,
reidores y ajenos a Domínguez que lleva varios minutos esperando que alguien se entere de que
Domínguez existe y de que tiene petrificado el dulce rictus y la unción a punto de descoyuntársele y los
impulsos asesinos bulléndole en los charcos de los ojos: porque a pesar de que Virginia -pintadona,
arremangada, chile en salsa- ya lo ha visto y sabe de sus devociones y berrinches, haga usted de cuenta
que Domínguez es transparente o de plano invisible. Pero espera, baratera, porque el licenciadito no es
eterno; vas a andar regalándomelas hasta en el excusado y para entonces no sé si se me antojen.

Al fin, el licenciadito se vuelve hacia el héroe de esta historia, como si fuera a escupir por encima del
hombro. El héroe de esta historia se abalanza: ¡Señor Licenciado!

Torrentes de palabras, folders, periódicos y revistas brotan de Domínguez y medidos ademanes,


cuchicheos, cabezadas, risas a medias y gravedades enteras, todo sumido en el mar de las
conversaciones y alegrías de bar y en la reventazón de El Licenciado, su pato Virginia y sus cuates que ni
por un momento suspenden su jolgorio mediodía. De Domínguez sale un chaca chachaca sin
respiración, ahogado de saliva, que El Licenciado, ausente de lo que le pone aquél bajo los ojos, oye de
cuando en cuando respaldándose, ladeando la cabeza, haciendo glu-glús de wisqui y no dejando de
explorar, un poco bajo la mesa, un poco descaradamente, la cintura, las asentaderas, los muslos de la
señorita Virginia Blanca R. Viuda de Fragoso, su secretaria particular. ¡Un segundo de silencio... cuando
Domínguez saca un sobre! El Licenciado lo abre y cuenta billetes, con destreza de cajero o de tahur, se
los va a guardar, recuerda prerrogativas y derechos de la esclavitud de hoy día, zafa del fajo dos, tres,
cuatro medianos y los entrega, hagámonos de cuenta que los echa a un caño, a su segundo de a bordo,
ocupado en reunir y cargar folders y periódicos y revistas desparramados entre jaiboles y diminutas
fuentes colmadas de entremeses.

Todavía Domínguez permanece, semiborrado en segundo término, a mitad de una exquisita


mesura de despedida, en espera de algo, algo, quién sabe qué, siquiera una mentada de madre. CAMARA
va hasta gran acercamiento, rostro borroso que balbuce: Con su permiso, Señor Licenciado, Señorita
Virginia, Señores... Buen provecho...

Y se da vuelta, huérfano, y sus ojos tropiezan con la bailarina, que negrea otra vez en el oasis.

Viene saliendo Domínguez ciego y sordo a los encontronazos que se da con mesas, sillas, meseros,
alucinado por la víbora de lengua roja. Y tuerce su camino, sube a la pista, ya no carga papeles, está
untado al sinuoso vientre de ombligo milimétrico, entre haces de luz, anegando de hambre los
obsidianos pechos. Y la negra que sin dejar de bailar se retuerce de delicias, oprime la cabeza de macho
Domínguez, la pasea por sus temblorosas colinas y montañas, se ahoga, se muerde con desmayado y
agradecido asombro los enormes labios.

8: LA BAVARIA, CANTINA BARATA

Los ardorosos labios de Domínguez mascando espuma de cerveza. Deja el tarro, o lo azota, más bien,
sobre la mesa y se limpia el hocico con el dorso de la mano. Fastidio.

Los compañeros reporteros, sumisos, amedrentados, beben también lo mismo.

Ambiente de burócratas a medios chiles; cantina parda, estruendosa, calurosa.

Domínguez echando por delante tres billetes: No dio más el viejo pinche; áista; y las notas las quiero
lunes o martes en la mañana, lo que les dije del sindicato.

Primero: Te ves cabriado, Domínguez.

Domínguez deja errar sus ojos y hace sonar su lengua, se chupa los dientes: puro disgusto de estar
en este mundo de mierda. Se lleva el tarro a la boca.

9: CASA. COMEDOR

Cuando se quita de la boca el tarro está en su casa, triturando a lo perro lo que su mujer, toda vientre y
senos, le acarrea silenciosamente de la cocina al comedor.

Cruza la escena un niño de seis años, corriendo y gritando, perseguido por otro, más pequeño.
Domínguez paterfamilia da un puñetazo entre los platos: ¡No corra ca..brón, no está en un chiquero!

La esposa se apresura hacia los hijos. Hablándoles en voz baja los lleva fuera de la escena.

Tragando con ruido el jefe de la casa mira y mira el montón de folders, periódicos, revistas, que ha
cargado durante todo el día.

Domínguez aullido cascado, a su mujer: ¡Quítame eso de ái!

10: RESTORAN

Horrísonos mariachis. Risas. Voceríos. Banquete.

Embijado de mole Domínguez tarasquea y saluda, a diestra y siniestra.

Mesa de ágape grande. Frente a Domínguez, en el lugar de honor, El Licenciado y El Funcionario de


Voz Barítona beben coñac y se cuchichean secretos de alta política. A sus lados los empleados y
empleadas más viejos y humildes, verdaderos cachivaches de museo, comen con desdentada lentitud y
azorados por la envaselinada, sudorosa, incomodísima distinción de que han sido objeto. Virginia por
allá cubriendo apariencias, como una más, cualquiera, del personal de Prensa y Publicidad que engulle y
empina buscando desquitar la cuota banquetera.

Callan los mariachis. CAMARA en grúa asciende, para ver el banquete desde arriba. Y con la CAMARA
sube un coro estrábico de tenedores y cucharas, chupar de dientes, gañotes sedientos. Acá y allá
carcajadas súbitas, medrosas, se cortan bruscamente. Lento, solemne, limpiándose con la servilleta
ojos, oídos, nariz y garganta Domínguez se pone en pie.

Bajamos en CORTE DIRECTO: Domínquez acabando de limpiarse, disimulando un viento tachonado de


erres y disponiéndose a hacer uso de la palabra. Es evidente que ya se trae media lagartijera.

Domínguez: Comp... añeros... or favor...

Voces: -Shssst.

-Cállensen.

-Va blar Domínguez.


-El Licenciado está esperando.

-Que mejor hable El Tejón.

-Que las mueva Virginia.

El Licenciado, a mediagua o acaso un poco más, alza los soñolientos brazos, y el silencio se hace en
menos de ¿mocos, buey?

Domínguez: Señor Licenciado Director General de la Dirección General de Prensa y Publicidad de la


Secretaría; Señor licenciado Secretario Particular del C. Oficial Mayor de la Secretaría; compañeros y
compañeras del personal de la Dirección General de Prensa y Publicidad de la Secretaría... Eeeee.
Eee...n nombre de todos nosotros y del mío propio, y por considerarlo así los compañeros en su
totalidad, me voy a permitir y no por considerarme idóneo sino por la... por el... como ya decía, me voy
a permitir ofrecer al Señor Licenciado Director General de Prensa y Publicidad de la Secretaría y al
Señor Licenciado Secretario Particular del C. Oficial Mayor de la misma, estiágape questamos
disfrutando a más no poder o como lo diría el inmortal Cicerón "que entre amigos el tiempo no pasa",
estiágape como una muestra de solidaridad y de adhesión y respaldo y acatamiento a sus decisiones y
atinada dirección de los asuntos de la Secretaría que son de su competencia como lo son los muy
graves de la Prensa que informa y de la Publicidad que ilumina, como ya lo dijera ese titán del Coloso
del Norte que fue... el imperecedero... ese titán que todos recordamos... Los cuales asuntos, dentro de
los cauces que el C. Licenciado Secretario del Ramo ha impreso como marca de fuego conforme a los
dictados del Señor Presidente de la República, quien inspirado en las fuentes mismas de la Revolución
eee... cual debe de ser... (aire, tambaleo). Perdón... Directamente de la Revolución que ilumina las rutas
de la Patria... sí... De la Patria... ¡Porque no debemos olvidar nuestra historia en esta hora sublime de
convivir y camaradería!, el gran Sócrates y su discípulo el divino Platón, en esta hora en que
desaparecen las jerarquías y no... compañeros, silencio, por favor, sile(aire)...ncio... Perdón...

Funcionario de Voz Barítona medio dormido: ¿Ques..tá dic...iendo estecab...resto?

El Licenciado: Nnno'ntiendo ni madr...

Voces: -Ya, al grano.

-Siéntate, lambiscón.

-No leaga caso Licenciado.

-Ya deja de erutar, Domínguez.


El Licenciado y El Funcionario Barítono, ojos de buey, cabezas pendulares, casi recargados uno en
otro, fijos en Domínguez, tiesos, gravemente enfermos, inician a la vez sendos bostezos cocodrilos.

En CORTE DIRECTO y cambiando de ángulo la CAMARA vemos a Domínguez arrebatado de inspiración,


tironeándose la corbata, pidiendo perdón por el alud de ahogos y regüeldos que lo hinchan y
deshinchan en pleno clímax oratorio. Mientras tanto sus compañeros hablan entre sí, ríen, beben,
protestan:

-Ya charros.

-Que se calle.

-Céselo, Licenciado.

-Pásenle el pinole.

-Te hablan allá afuera, Domínguez.

-Ya se durmió El Licenciado.

-No te duermas, güevón.

Domínguez: ...Ya el gran Pitágoras, aquel genio de la tortuga, y más aún, ya el gran Demóstenes, aquel
orador inmortal de la, cual se diría en rigor, ya él mismo lo decía cuando decía que los ideales de la
democracia, porque si hubo alguna vez democr... Perdón...acia como la que ahora disfrutamos en el
¡ámbito libertario que ha costado al pueblo de México lágrimas de sangre y que usted Señor Licenciado
y usted Señor Secretario Particular, con mi...sss res... Perdón... petos, porque nunca en la historia de
nuestra querida Secretaría, nunca, aunque lo afirmen los enemigos emboscados, las fuerzas negativas!,
aquí los compañ...eros ¡ay chn! ...p...erdón... lo pueden testimoniar porque una cosa sí quiero que
quede clara, como decía el gran Empédocles...

Voces: -Te... resuelvo.

-A... flojo nadie me gana.

-T'echaste un ocho, pinche Domínguez.

-Los mariachis, los mariachis.

-Que toquen los mariachis.

Domínguez: Compañeros, su atención orfvor... El gran Empédocl...es...


Arrancan los mariachis ¡y atáscate ora que hay lodo! ¡El baile! ¡Arrastren las sillas, bótenlas pallá,
repeguen las mesas! ¡Tira esa chingadera para fuera! ¡Hagan espacio! ¡Hagan espacio! ¡El baile!

Todos bailando. No todos: Domínguez abre y cierra la boca y mueve los brazos y ni quién le oiga
sílaba.

No todos: El Barítono duerme. Y El Licenciado, completamente hipnotizado por Demóstenes, le


sigue los movimientos de boca y brazos, como niño decrépito o viejo muy borracho que de repente,
recordando algo, se incorpora con ansia fiera.

Calma. Allá está Virginia, sola, sonriéndole, esperándolo. ¿Quién iba a atreverse a? Y allá va El
Licenciado portento de resbalones y caderazos al filo de la mesa.

El cuórum de Demóstenes ha quedado reducido al Barítono muerto sobre su plato de mole.

Domínguez se deja caer en la silla. Se siente aislado, de verdad aislado entre el vocerío del Personal
de la Dependencia y el trompeterío guitarrónico de los mariachis; de veras solo. Coge la botella y la
copa de El Licenciado y se sirve con furia generosa, y de un solo giro, como queriendo descoyuntarse o
proyectarse fuera de su asiento, se vuelve hacia el espacio del baile.

El espacio del baile está vacío y en penumbra. Y borracho Domínguez, sentado al revés, bebe
coñac. Se oyen los ronquidos del Barítono. Y tenues, de pronto, y crecientes, unos tacones, iguales a
aquéllos de Virginia aquella vez, en la oficina. Se alza Domínguez, sobreviviente en campo de sobras,
sillas derribadas, manteles arcoiris.

Sí, es Virginia taconeando hacia el baño. Y El Licenciado echado, fardo entre hilos de cerveza, en el
extremo opuesto de la mesa.

¡Domínguez, Domínguez, levántate y anda!

11: BAÑO RESTORAN


Viene Virginia saliendo del cuchitril del excusado, acomodándose la falda, restirándose las medias,
cuando entra Domínguez desencajado.

Después de una instantánea sorpresa Virginia no se asusta, no retrocede, al contrario, se yergue


alzando mucho el pecho, casi divertida.

Domínguez: ¡Puta cabrona!

Y se arroja. La envuelve en torpe abrazo, le busca el cuello, busca forcejeando alzarle la falda. Jadea,
gruñe, eructa, hasta que de un empellón Virginia lo estrella contra la pared y le da con la bolsa en la
cabeza: ¡Pendejo de mierda, ni que supieras qué hacer si lo agarras!

Voz Licenciado (gritando): ¡Virginiaaa!

Domínguez: Virginia, pérate, no le hagas caso... mira... te doy...

Se busca en las bolsas. Se oye el portazo. Buscándose Domínguez comienza a llorar.

12: BAÑO CASA

Un retrato de Virginia. Una respiración seca, suspirosa. Es Domínguez, sentado en el excusado de su


casa, Domínguez abultándose, la cabeza más y más temblorosa, apretando los dientes.

13: RECAMARA

Viene entrando, asiéndose de lo que encuentra. La recámara está a oscuras. Llega hasta la cama. De un
iracundo tirón bota lejos las cobijas y cae encima de su mujer. Hágase de cuenta puerco que en su
chiquero cae encima de etcétera.
14: CORREDORES SECRETARIA

Domínguez huracán como nunca, cargado de folders y periódicos, con sonrisa de oreja a oreja, plena,
feliz.

15: OFICINA

Así entra en la oficina, y al ver a Virginia tecleando a toda velocidad y con aire sumiso, el júbilo se le
agranda.

Domínguez: ¿Ya está el boletín?

Virginia: Lo estoy terminando.

Domínguez: Pues que sea ya, señorita. No tardan los reporteros.

Llega a su escritorio, tarareando. Le dice su secretaria, la fea que no admitió El Licenciado: Que pasara
usted con El Licenciado en cuanto llegara, señor Domínguez.

Domínguez tarareando, acomodando sus periódicos: Que no puedo atenderlo ahora.

Entran tres o cuatro reporteros.

Domínguez: ¿Ese boletín, señorita Virginia?

Virginia deja su escritorio y viene hacia el de Domínguez. Su andar, su aspecto, no tienen ni asomo
de altanería.
Domínguez le arrebata de las manos los papeles.

Domínguez: Aquí está, compitas. La renuncia de El Licenciado y la aceptación por el C. Secretario del
Ramo.

Reportero 1: Quién viene en su lugar.

Domínguez: No sé, compita. A su tiempo el C. Secretario del Ramo nombrará la persona adecuada,
alguien mejor, me imagino, que nuestro querido Licenciado.

Reportero 2 arrimándose, en secreto: Por qué...

Domínguez alzando la voz: No sé, compañero. Yo sólo sé que esto se había convertido en una
pachanga. Sí. Punto. Ahora, con permiso, compitas; tengo mucho trabajo.

Se abre la puerta del PRIVADO y sale el licenciado. Parece que quisiera despedirse del personal.

Pero el personal parece demasiado embargado en sus quehaceres; el licenciado sale despacio.

En CORTE DIRECTO al mismo sitio: entra Domínguez reptando entre escritorios: ¡Ya vienen!

Se pone el saco, se ajusta la corbata y se lanza a abrir la puerta del PRIVADO.

Entran a escena dos personajes de pasos ampulosos. Uno es alto y corpulento, muy joven y de voz
barítona. El otro es un vejete de mirar lascivo y ropa juvenil. Es el mismo Licenciado, exactamente El
Mismo Licenciado.

Funcionario de Voz Barítona: Buenos días, compañeros. Sólo un momento para comunicarles que el
señor Secretario ha tenido a bien designar al Señor Licenciado aquí presente...

CORTE DIRECTO

El Licenciado cruzando el umbral de su PRIVADO, y Domínguez casi incrustándose en la puerta, de tan


respetuoso y eficiente en plan de portero, y yéndose catapulta detrás de El Licenciado.
Lo que es del César

LAS GLORIAS DEL GRAN PUAS (fragmento)

- ¿ El pleito está arreglado, Rubén ? ¿ Tongazo ? .

Estábamos en los vestidores, a quince minutos de la pelea donde el ídolo de la Bondojo destazara en
quince segundos al tailandés Paget Lupicanete, flan de encargo, mucho antes de que las lámparas
acabaran de alumbrar completamente el enlonado del drama. El drama era de Olivares. Victoria
relámpago que no creyó nadie entre los diez mil fanáticos que el imán del Púas y el colmillo del
promotor gringo embodegaran en las graderías del Sports Arena, en Los Angeles, aquella maliciosa
noche del 22 de junio del 76: arranque del derrumbe definitivo de una maciza gloria mexicana,
derrumbe que se vaticinara banderazo hacia el quinto campeonato mundial del otrora aclamado Mister
Knock Out por la prensa deportiva del Imperio.

Sísifo casi de veras, inagotable casi, Rubén Olivares emprendía esa noche una nueva ascensión, a
cuestas su fardo de mujeres, de alcohol de mariguana, de parásitos, de coca, de vagancia, de tedio, de
impaciencia, de desamor, de anarquía, de nota roja, carnitas y totopos y fatalismos y resignaciones y
prodigiosas facultades naturales para el arte de desmadrarse entre las doce cuerdas.

- ¿ Cuánto tiempo más de este tren ? - le pregunté dos semanas después en México.
- Ps lo que dure - dijo empujándose el tercer farolazo del día, poniéndole con fe a los de moronga.
Eran las once a.m.

- ¿ Y luego ?.

- Ps luego ya nos preocuparemos de a ver qué ¿ no crees ? ¡ Pero acábatela, no la platiques ! Y qué
vamos a hacer, a dónde vamos de aquí o qué vamos a hacer o qué. ¿Ya te la acabaste ? Señor, aquí lo
mismo por favor.

- ¿ Lo mismo, Rubencito ? Cómo de que no. ¿ No quieres chicharroncito, Rubencito ? En verde, va


saliendo orita, te va gustar, regalo de la casa, mi Rubén.

- No señor, muchas gracias, nomás bebidas por favor.

- Ora mismo, Rubencito. Qué buenos chingadazos le acomodaste al chale ese, pa que se le quite
¿no mi Rubén?

- Es un boxeador como yo, señor, de eso vivimos.

Eso es rasgo saliente del Púas. No acepta familiaridad que no pida él mismo. Cuando lo llevó
Nacho Castillo a la desvencijada suite monumental que me habían dado en el Alexandria Hotel, no lo
bajé de "señor Olivares esto" y "señor Olivares lo otro", hasta que se rió y pidió permiso para pedir algo.

- Por supuesto, señor Olivares, dígame.

- Pues... que usted me hable de tú... porque... como que no checa... lo de señor Olivares me
chivea.

- Sale. Tú eres Rubén y yo soy Ricardo.

Se rió con ganas, largamente.

- Qué pasa .

- Qué pasa.

- No ps me descontó, así no, nome la estire tanto, estuvo rudo.

- Por qué. Cómo entonces.

- Usté me habla de tú y yo le hablo de usted.


- No, no. Lo que es parejo, Rubén y Ricardo. Somos lo mismo. Aparte, yo también he andado en
esto de las trompadas.

Nueva risa, como si hubiera yo dicho algo muy gracioso. Y se soltó ya en confianza: - Bueno. Sale.
Si no, vamos a seguir de mamones... Y entns qué, cómo está este rollo, digo, qué pedo saco. Digo, con
todo respeto ¡ ay sí !.

- Lo dicho. Tú me cuentas tu vida, tal cual; yo la escribo; el periódico la edita; y vendemos un


millón de ejemplares.

- ¿ Un millón ? Dónde fue el truene ¡ ay sí ! Y eso qué a cuánto .

- Chingo de luz.

- Para mirármelo a gusto ¡ ay sí ! ¿no? Chingo de luz para mirármelo a gusto...

Acabamos amigos entrañables esa primera reunión. Había llegado con "la señora de la
Lindavista" y había estado conversando tumbado en el sofá, los pies sobre la mesita del centro, los ojos
entrecerrados, la voz soñolienta, extenuado por los bárbaros ejercicios del entrenamiento, y sobre todo
por la dieta de agua.

- Ni un centílitro de alcohol, ni el asiento de un vaso de agua - dijo Rubén - . Es la cantinela del


pinche doctor. No se sabe otra. Como el ojete lo único que hace es chupar en los bares y chuparme a mí
la lana, pos qué le apura. "¡ Ni un centílitro de alcohol ! ¡ Ni el asiento de un vaso de agua !" Jo de su
pinche madre. "Hay que dar el peso naturalmente". Cómo no, si al cabo el que ladra es el buey, y
alrededor los chingones cobra y cobra.

- ¿ Y cómo te sientes ahora, Rubén ?

- No ps bien, para pelear, bien. De lo demás, bien jodido, bien pero del carajo.

- ¿ Principalmente el agua ?

- Llegas a vender el alma por un trago de sidral. Me cai que anoche empecé con la mamada de los
botellones.

- Los botellones...

- Putamadral de garrafones de electropura, inchs camionzotes hasta el tope de garrafones, y


unos méndigos charcos ¡ divinos ! Cascadas y cascadas por todos lados. Me cai que cierras los ojos y ya
estas soñando agua, y parece que estás sudando a madres, frío frío y no te sale ni una puta gota de
sudor.

- Ya estás en el peso...

- Ya casi. Para mañana voy a estar. Y ya nada más pasado mañana el pesaje a las diez, y a las diez
y media ¡ chingó a su madre ! ¡ me cai que me voy a tragar un pinche botellón de electropura yo solito,
me cai. Y qué, cómo va estar la repartición.

- Veinte por ciento de las ventas para ti, quince para mi, diez para Nacho.

- ¿ Y el otro sesenta y cinco ?

- Papel, edición, talleres, voceadores. El periódico no gana casi nada.

- Ta raro el pedo. Pa qué etons.

- Lanzar un libro que puede ser apasionante. Ganar algún dinero.

- Como cuánto, así en números al chile.

- Pues... para ti... como seiscientos mil, por ejemplo.

- Aaaaay ora sí me la restiraste, Garibay. Pura pasión y dinero y sin que rompan el hocico...
Bueno, que sea. Si tú también me transas no serás el primero. Aguanta ¿ no ? - se volvió a la señora de la
Lindavista. La señora de la Lindavista, agachó la cabeza, miró hacia la ventana, sonriendo -. Mi
mujercita siempre está de acuerdo con su señor. Aaay me azoté, ¡ me azoté de tan mamón !

- Y rió durante un buen rato, repitiendo la frase.

A partir de ese momento la conversación tomó el rumbo de un verdadero campeonato de


palabrotas. Me esforcé por superarlo, y cuando salió dijo:

- ¡ Eres un viejo a toda madre !

¿ Viejo ? Pensé. Y me adivinó Rubén, porque añadió aprisa: - No no, ps qué pasó ¿ ya mandándome ?
qué pasó. Eres un señor de mucho respeto pero a toda madre.

Ahora, en los vestidores, cuando afuera ruge la bestia con la primera estelar de la noche, vuelvo a
preguntarle:
- ¿ La pelea está arreglada ?

Rubén hace un poco de calentamiento. Sombra, sentadillas, abdominales, cuello. Y con tanto, no
sé si asiente respuesta.

- ¿ En qué round se va a caer el tailandés ? - pregunto.

Se acuesta en la banca y hace respiraciones profundas. Levanta un brazo y con el índice señala el
techo.

- ¿ No es mucha bronca, en el primero ? - pregunto

- Hay que regresar a tambor batiente, como dicen tus cuates periodistas. "¡Olivares enrachado y
en plenas facultades!" ¿ no ves que mi público quiere verme otra vez en el pináculo ? ( Ríe ) ¡ Buitres
ojetes !

- ¿ Y de ésta, Rubén ?

- Dos más.

- ¿" Chambas "?

- Seguro, chambas. Al rey hay que cuidarle el físico.

- Y de ahí al cuarto campeonato...

- ¡ Tas pendejo ! ¡ Perdóname, Garibay ! Quinto, al quinto campeonato.

- ¿ Te lo darán ?

- A güevo.

- ¿ Por qué a güevo ?

- ¡ Porque conmigo se hinchan los cabrones ! A poco voy a pensar que soy muy bueno o que me
quieren mucho. Mira ¿ no te digo ? ni siquiera acabó de vendarme el viejo ojete. ¡ Mira cómo me dejó las
vendas el hijo de su puta madre !

- ¿ Quién ? ¿ Qué tienen las vendas ?

- El viejo ojete del Rosales. Deténme aquí, jálale fuerte.

- Pero estás mejor con Rosales que con el Cuyo...


- También te roba, sólo que más finolis. Viejo cábula. Echame ese extremo, eso, gracias, Garibay.

Estamos solos en los vestidores. Un pasillo largo, bancas metálicas enmedio, espejos, casilleros
de metal atornillados a las paredes. Huele a pintura fresca y a sudor rancio.

- ¿ Cómo te sientes ?

- Cada vez mejor. Ya la sed me la peló, ya viste en la mañana.

- ¿ No hay miedo ?

- No, ya orita no, ya que estás al filo de los chingadazos se te quita el miedo. En los
entrenamientos a ratos sí se te arruga, por la bajada de peso ¿ no ? que te jode, y la espera, piensas ¡
chingao, faltan semanas ! y que no comes, no puedes beber, y siempre hay alguien que te está chinga y
chinga: "que no, que cuídate, que este cuate sí tiene con qué", sientes que no va a acabar nunca el
pinche entrenamiento. Pero ya después del pesaje te calmas. Tú me viste en la mañana cómo estaba
yo. A lo macho que un minuto más y madreo al pinche comisionado.

En la mañana pasaron por mí a las diez en punto. Cruzamos de punta a punta la feísima ciudad. A las
once al centavo estábamos en la ceremonia del peso. Habíamos llegado en una camioneta último
modelo y en un coche último modelo; al Púas le gustan los automóviles último modelo ( "No sólo me
cobran hasta el último centavo de impuestos los rateros de la aduana en México, sino que todavía le
inventan y le inventan, quesque cada tornillo extra es de lujo ¡y métele! Estos botes me han costado
tres veces lo que cuestan de este lado". "Y ¿ por qué no pides ayuda a alguna autoridad, Rubén ? No te
sería difícil conseguirla". "Chinguen a su madre. Pa qué. Si me roban que me roben los ojetes. Con otra
madreadita cae la pachocha y me recupero". "Rubén, puede dejar de caer..." . "Entonces empezaré a
chingar a mi madre, Garibay. Ps qué le haces " ).

En la camioneta íbamos Rubén, Ignacio y sus cámaras, el Jarocho, el boxeador Enrique García y
yo. Rubén echado atrás, adormecido, pálido, cenizo, la boca abierta, helado y de endemoniado mal
humor. Preguntaba, moviendo apenas los labios:

- ¿ El jugo de carne ?

- Ya biene, ya biene, ái, Rupén - contestaba el Jarocho.

- ¿ El jugo de naranja ?

- Ya biene ai Rupén; yo mismo me ocupé.


- ¿ El agua ? ¿ Las cervezas ? ¿ El coñac ?

- Ya bienen, ya bienen, ai, no te apures por nada.

- ¿ Los chiles ?

- Ya bienen ai, ya bienen, todo lo rebisé con tiempo. Rupén.

- Entonces por qué no le aprietas, hijo de la chingada, vas a vuelta de rueda.

- Ya le aprieto Rupén ya le aprieto, es que hay mucho tráfico, pero ya vamos a llegar, tú no te
apures.

El Jarocho habla con descarado acento yucateco, y es el encargado del "Bradley's", el bar de
Rubén, cerca de la mexicanada y con clientela de negros y ancianos alcohólicos sobrevivientes de Corea
y Vietnam. Una de las meseras allí es la "señora del Bradley's", rubita, bilingüe, señalada, de dulces
sílabas.

Y en un lugar cualquiera bajo las graderías coloca una mesa, varias sillas y una báscula. Llegan médicos,
comisionados, empresarios, mánagers, entrenadores, apostadores, vagos de banqueta, periodistas,
fotógrafos, y arman todos una vocería ensordecedora y nadie comienza nada de nada. Los púgiles son
fácilmente discernibles: éste que está acá, ése, aquél que camina enjaulado, aquel otro, como estatua.
Se ven sombríos, pálidos, agrios, lacios e impacientísimos, conteniendo con mucha dificultad impulsos
evidentes de venganza criminal. Un pequeño ejército de especialistas los ha preparado minuciosamente
durante semanas y semanas, y los ha convertido en maquinarias casi perfectas para la violencia y el
destrozo; del hígado a las manos, de la frente a los pies de cada uno de ellos es un hombre
tranquilamente mortífero, matar a un ser natural de su peso les llevaría menos de un minuto; son muy
jóvenes y son viejos maestros en humillaciones y pobrezas; son humildes, un poco estrábicos ya, ya un
poco entontecidos; los amenazan la ceguera, la idiotez y la mendicidad y poseen todos el campeonato
indiscutible de la explotación parecida en la sociedad de consumo. Hoy en la noche ganarán algún
dinero del que verán aparecer en su bolsa, si bien les va, la tercera parte. Tienen párpados duros y orejas
tapiadas de carne cocodrila. Son reminiscencia aberrante de aquellos Ayax y Diomedes - gloriosos
asesinos - a quienes Aquiles interrumpió el combate para que no quedara humillado ninguno de los dos.

Y aquí llega, el último, como conviene a su categoría, basilisco entre marañas de brazos y gritos.
Rubén Olivares, El Púas, El Grande de la Bondojo, Mister Knock Out, El Alarido de la Raza Allende el
Bravo, El Monstruo de la Taquilla, El Aloque Hecho Existencia Diaria...
Las glorias del gran Púas

RICARDO GARIBAY
MARTIN LUIS GUZMAN

Nace en la capital del estado de Chihuahua en 1887. Participante directo en episodios clave de la Revolución Mexicana, desde sus orígenes hasta
sus consecuencias inmediatas, su testimonio de primera mano -fué colaborador directo de Madero, de Obregón, de Carranza y, principalmente, de
Villa- en crónicas que trascienden de lo meramente anecdótico para alcanzar planos de dimensión superior en la descripción de acontecimientos y
de ambientes y en el retrato psicológico de los protagonistas de los hechos, con sus grandezas y contradicciones. El águila y la serpiente y La
sombra del caudillo, ambas publicadas originalmente en España, donde residió Martín Luis Guzmán de 1925 a 1936, son dos obras cumbre de la
novelística de la Revolución, centradas, la primera, en la lucha armada y, la segunda, en el Maximato Callista. Fecundo escritor y periodista, fundó
y dirigió diversos diarios y revistas de opinión en España y México. Obtiene el Premio Nacional de Literatura en 1958. Muere en la ciudad de México
en 1976.

EL AGUILA Y LA SERPIENTE ( fragmento )

La fiesta de las balas

Atento a cuanto se decía de Villa y el villismo, y a cuanto veía a mi alrededor, a menudo me preguntaba
yo en Ciudad Juárez qué hazañas serían las que pintaban más a fondo la División del Norte: si las que se
suponían estrictamente históricas, o las que se calificaban de legendarias; si las que se contaban como
algo visto dentro de la más escueta realidad, o las que traían ya tangibles, con el toque de la exaltación
poética, las revelaciones esenciales. Y siempre eran las proezas de este segundo orden las que se me
antojaban más verídicas, las que, a mi juicio, eran más dignas de hacer Historia.

Porque, ¿dónde hallar, pongo por caso, mejor pintura de Rodolfo Fierro -y Fierro y el villismo eran
espejos contrapuestos, modos de ser que se reflejaban infinitamente entre sí- que en el relato que
ponía a aquél ante mis ojos, después de una de las últimas batallas, entregado a consumar, con fantasía
tan cruel como creadora de escenas de muerte, las terribles órdenes de Villa? Verlo así era como sentir
en el alma el roce de una tremenda realidad cuya huella se conservaba para siempre.
** *

Aquella batalla, fecunda en todo, había terminado dejando en manos de Villa no menos de
quinientos prisioneros. Villa mandó separarlos en dos grupos: de una parte los voluntarios orozquisas a
quienes llamaban colorados; de la otra, los federales. Y como se sentía ya bastante fuerte para actos de
grandeza, resolvió hacer un escarmiento con los prisioneros del primer grupo, mientras se mostraba
benigno con los otros. A los colorados se les pasaría por las armas antes de que oscureciese; a los
federales se les daría a elegir entre unirse a las tropas revolucionarias o bien irse a sus casas mediante la
promesa de no volver a hacer armas contra la causa constitucionalista.

Fierro, como era de esperar, fue el encargado de la ejecución, a la cual dedicó desde luego la eficaz
diligencia que tan buen camino le auguraba ya en el ánimo de Villa, o, según decía él: de "su jefe".

Declinaba la tarde. La gente revolucionaria, tras de levantar el campo, iba reconcentrándose


lentamente en torno del humilde pueblecito que había sido objetivo de la acción. Frío y tenaz, el viento
de la llanura chihuahuense empezaba a despegar del suelo y apretaba los grupos de jinetes y de
infantes: unos y otros se acogían al socaire de las casas. Pero Fierro -a quien nunca detuvo nada ni
nadie- no iba a rehuir un airecillo fresco que a lo sumo barruntaba la helada de la noche. Cabalgó en su
caballo de anca corta, contra cuyo pelo oscuro, sucio por el polvo de la batalla, rozaba el borde del
sarape gris. Iba al paso. El viento le daba de lleno en la cara, mas él no trataba de evitarlo clavando la
barbilla en el pecho ni levantando los pliegos del embozo. Llevaba enhiesta la cabeza, arrogante el
busto, bien puestos los pies en los estribos y elegantemente dobladas las piernas entre los arreos de
campaña sujetos a los tientos de la montura. Nadie lo veía, salvo la desolación del llano y uno que otro
soldado que pasaba a distancia. Pero él, acaso inconscientemente, arrendaba de modo que el animal
hiciera piernas como para lucirse en un paseo. Fierro se sentía feliz: lo embargaba el placer de la victoria
-de la victoria, en que nunca creía hasta consumarse la completa derrota del enemigo-, y su alegría
interior le afloraba en sensaciones físicas que tornaban grato el hostigo del viento y el andar del caballo
después de quince horas de no apearse. Sentía como caricia la luz del sol -sol un tanto desvaído, sol
prematuramente envuelto en tormentosos y encendidos fulgores.

Llegó al corral donde tenían encerrados, como rebaño de reses, a los trescientos prisioneros
colorados condenados a morir, y se detuvo un instante a mirar por sobre las tablas de la cerca. Por su
aspecto, aquellos trescientos huertistas hubieran podido pasar por otros tantos revolucionarios. Eran de
la fina raza de Chihuahua: altos los cuerpos, sobrias las carnes, robustos los cuellos, bien conformados
los hombros sobre espaldas vigorosas y flexibles. Fierro consideró de una ojeada el pequeño ejército
preso, lo apreció en su valor militar -y en su valer- y sintió una pulsación rara, un estremecimiento que le
bajaba desde el corazón, o desde la frente, hasta el índice de la mano derecha. Sin quererlo, la palma de
esa mano fue a posarse en las cachas de la pistola.
-Batalla, ésta -pensó.

Indiferentes a todo, los soldados de caballería que vigilaban a los prisioneros no se fijaban en él. A
ellos no les preocupaba más que la molestia de estar montando una guardia fatigosa -guardia
incomprensible después de la excitación del combate- que les exigía tener lista la carabina, cuya culata
apoyaban en el muslo. De cuando en cuando, si algún prisionero parecía apartarse, los soldados
apuntaban con aire resuelto y, de ser preciso, hacían fuego. Una onda rizaba entonces el perímetro
informe de la masa de prisioneros, los cuales se replegaban para evitar el tiro. La bala pasaba de largo o
derribaba a alguno.

Fierro avanzó hasta la puerta del corral; gritó a un soldado, que vino a descorrer las trancas, y
entró. Sin quitarse el sarape de sobre los hombros echó pie a tierra. El salto le deshizo el embozo. Tenía
las piernas entumecidas de cansancio y de frío: las estiró. Se acomodó las dos pistolas. Se puso luego a
observar despacio la disposición de los corrales y sus diversas divisiones. Dio varios pasos hasta una de
las cercas, sin soltar la brida. Pasó ésta, para dejar sujeto el caballo, por entre la juntura de dos tablas.
Sacó de las cantinas de la silla algo que se metió en los bolsillos de la chaqueta, y atravesó a poca
distancia de los prisioneros.

Los corrales eran tres, comunicados entre sí por puertas interiores y callejones angostos. Del que
ocupaban los colorados, Fierro pasó, deslizando el cuerpo entre las trancas de la puerta, al de en medio;
en seguida, al otro. Allí se detuvo. Su figura, grande y hermosa, irradiaba un aura extraña, algo superior,
algo prestigioso y a la vez adecuado al triste abandono del corral. El sarape había venido resbalándole
del cuerpo hasta quedar pendiente apenas de los hombros: los cordoncillos de las puntas arrastraban
por el suelo. Su sombrero, gris y ancho de ala, se teñía de rosa al recibir de soslayo la luz poniente del
sol. Vuelto de espaldas, los prisioneros lo veían desde lejos, a través de las cercas. Sus piernas
formaban compás hercúleo y destellaban; el cuero de sus mitasas brillaba en la luz del atardecer.

A unos cien metros, por la parte exterior a los corrales, estaba el jefe de la tropa encargada de los
prisioneros. Fierro lo vio y le indicó a señas que se acercara. El oficial cabalgó hasta el sitio de la cerca
más próxima a Fierro. Este caminó hacia él. Hablaron. Por momentos, conforme hablaban, Fierro fue
señalando diversos puntos del corral donde se encontraba y del corral contiguo. Después describió,
moviendo la mano, una serie de evoluciones que repitió el oficial como con ánimo de entender mejor.
Fierro insistió dos o tres veces en una maniobra al parecer muy importante, y el oficial, seguro de las
órdenes, partió al galope hacia donde estaban los prisioneros.

Entonces tornó Fierro al centro del corral, atento otra vez al estudio de la disposición de la cercas
y demás detalles. Aquel corral era el más amplio de los tres y, según parecía, el primero en orden -el
primero con relación al pueblo-. Tenía en dos de sus lados sendas puertas hacia el campo: puertas de
trancas más estropeadas -por mayor uso- que las de los corrales posteriores, pero de maderos más
fuertes. En otro lado se abría la puerta que daba al corral inmediato, y el lado último no era una simple
cerca de tablas, sino tapia de adobes, de no menos de tres metros de altura. La tapia mediría como
sesenta metros de largo, de los cuales veinte servían de fondo a un cobertizo o pesebre, cuyo tejado
bajaba de la barda y se asentaba, de una parte, en los postes, prolongados, del extremo de una de las
cercas que lindaban con el campo, y de la otra, en una pared, también de adobe, que salía
perpendicularmente de la tapia y avanzaba cosa de quince metros hacia los medios del corral. De esta
suerte, entre el cobertizo y la cerca del corral próximo venía a quedar un espacio cerrado en dos de sus
lados por paredes macizas. En aquel rincón, el viento de la tarde amontonaba la basura y hacía sonar
con ritmo anárquico, golpeándolo contra el brocal de un pozo, un cubo de hierro. Del brocal del pozo se
elevaban dos palos toscos, terminados en horqueta, sobre los cuales se atravesaba otro más, y desde
éste pendía una garrucha con cadena, que sonaba también movida por el viento. En lo más alto de una
de las horquetas, un pájaro grande, inmóvil, blanquecino, se confundía con las puntas torcidas del palo
seco.

Fierro se hallaba a cincuenta pasos del pozo. Detuvo un segundo la vista sobre la quieta figura del
pájaro, y, como si la presencia de éste encajara a pelo en sus reflexiones, sin cambiar de expresión, ni de
postura, ni de gesto, sacó la pistola lentamente. El cañón del arma, largo y pulido, se transformó en
dedo de rosa a la luz poniente del sol. Poco a poco el gran dedo fue enderezándose hasta señalar en
dirección del pájaro. Sonó el disparo -seco y diminuto en la inmensidad de la tarde- y el animal cayó al
suelo. Fierro volvió la pistola a la funda.

En aquel momento un soldado, trepando a la cerca, saltó dentro del corral. Era el asistente de Fierro.
Había dado el brinco desde tan alto que necesitó varios segundos para erguirse otra vez. Al fin lo hizo y
caminó hacia donde estaba su amo. Fierro le preguntó, sin volver la cara:

-¿Qué hubo con ésos? Si no vienen pronto, se hará tarde.

-Parece que ya vienen "ai" -contestó el asistente.

-Entonces, tú ponte allí. A ver, ¿qué pistola traes?

La que usted me dio, mi jefe. La mitigüeson.

-Dácala pues, y toma estas cajas de parque. ¿Cuántos tiros dices que tienes?.

-Unas quince docenas, con los que he arrejuntado hoy, mi jefe. Otros hallaron hartos, yo no.

-¿Quince docenas?... Te dije el otro día que si seguías vendiendo el parque para emborracharte
iba a meterte una bala en la barriga.

-No, mi jefe.

-No mi jefe, qué.


-Que me embriago, mi jefe, pero no vendo el parque.

-Pues cuidadito, porque me conoces. Y ahora ponte vivo para que me salga bien esta ancheta. Yo
disparo y tú cargas las pistolas. Y oye bien esto que te voy a decir: si por tu culpa se me escapa uno
siquiera de los colorados, te acuesto con ellos.

-¡Ah, qué mi jefe!

-Como lo oyes.

El asistente extendió su frazada sobre el suelo y vació en ella las cajas de cartuchos que Fierro
acababa de darle. Luego se puso a extraer uno a uno los tiros que traía en las cananas de la cintura.
Quería hacerlo tan de prisa, que se tardaba más de la cuenta. Estaba nervioso, los dedos se le
embrollaban.

-¡Ah, qué mi jefe! -seguía pensando para sí.

Mientras tanto, tras de la cerca que limitaba el segundo corral fueron apareciendo algunos
soldados de la escolta. Montados a caballo, medio busto les sobresalía del borde de las tablas. Muchos
otros se distribuyeron a lo largo de las dos cercas restantes.

Fierro y su asistente eran los únicos que estaban dentro del corral: Fierro, con una pistola en la
mano y el sarape caído a los pies; el asistente, en cuclillas, ordenando sobre su frazada las filas de
cartuchos.

** *

El jefe de la escolta entró a caballo por la puerta que comunicaba con el corral contiguo y dijo:

-Ya tengo listos los primeros diez. ¿Te los suelto?

Respondío Fierro:

-Sí, pero antes entéralos bien del asunto: en cuanto asomen por la puerta yo empezaré a
dispararles; los que lleguen a la barda y la salten quedan libres. Si alguno no quiere entrar, tú métele
bala.

Volvióse el oficial por donde había venido, y Fierro, pistola en mano, se mantuvo alerta, fijos los ojos en
el estrecho espacio por donde los prisioneros iban a irrumpir. Se había situado bastante próximo a la
valla divisoria para que, al hacer fuego, las balas no alcanzaran a los colorados que todavía estuviesen
del lado de allá: quería cumplir lealmente lo prometido. Pero su proximidad a las tablas no era tanta que
los prisioneros, así que empezase la ejecución, no descubriesen, en el acto mismo de trasponer la
puerta, la pistola que les apuntaría a veinte pasos. A espaldas de Fierro, el sol poniente convertía el cielo
en luminaria roja. El viento seguía soplando.

En el corral donde estaban los prisioneros creció el rumor de voces -voces que los silbos del viento
destrozaban, voces como de vaqueros que arrearan ganado-. Era difícil la maniobra de hacer pasar del
corral último al corral de enmedio a los trescientos hombres condenados a morir en masa; el suplicio
que los amenazaba hacía encresparse su muchedumbre con sacudidas de organismo histérico. Se oía
gritar a la gente de la escolta, y, de minuto en minuto, los disparos de carabina recogían las voces, que
sonaban en la oquedad de la tarde como chasquido en la punta de un latigazo.

De los primeros prisioneros que llegaron al corral intermedio, un grupo de soldados segregó diez.
Los soldados no bajaban de veinticinco. Echaban los caballos sobre los presos para obligarlos a andar;
les apoyaban contra la carne las bocas de las carabinas.

-¡Traidores! ¡Jijos de la rejija! ¡Ora vamos a ver qué tal corren y brincan! ¡Eche usté p'allá, traidor!

Y así los hicieron avanzar hasta la puerta de cuyo otro lado estaban Fierro y su asistente. Allí la
resistencia de los colorados se acentuó; pero el golpe de los caballos y el cañón de las carabinas los
persuadieron a optar por el otro peligro, por el peligro de Fierro, que no estaba a un dedo de distancia,
sino a veinte pasos.

Tan pronto como aparecieron dentro de su visual, Fierro los saludó con extraña frase -frase a un
tiempo cariñosa y cruel, de ironía y de esperanza:

-¡Andenles, hijos: que nomás yo tiro y soy mal tirador!

Ellos brincaban como cabras. El primero intentó abalanzarse sobre Fierro, pero no había dado
tres saltos cuando cayó acribillado a tiros por los soldados dispuestos a lo largo de la cerca. Los otros
corrieron a escape hacia la tapia: loca carrera que a ellos les parecería como de sueño. Al ver el brocal
del pozo, uno quiso refugiarse allí: la bala de Fierro lo alcanzó el primero. Los demás siguieron
alejándose; pero uno a uno fueron cayendo -en menos de diez segundos, Fierro disparó ocho veces-, y
el último cayó al tocar con los dedos los adobes que por un extraño capricho separaban en ese
momento la región de la vida de la región de la muerte. Algunos cuerpos dieron aún señales de vida; los
soldados, desde su sitio, tiraron sobre ellos para rematarlos.

Y vino otro grupo de diez, y luego otro, y otro, y otro. Las tres pistolas de Fierro -dos suyas, la
otra de su asistente- se turnaban en la mano homicida con ritmo perfecto. Cada una disparaba seis
veces -seis veces sin apuntar, seis veces al descubrir- y caía después encima de la frazada. El asistente
hacía saltar los casquillos quemados y ponía otros nuevos. Luego, sin cambiar de postura, tendía hacia
Fierro la pistola, el cual la tomaba casi al soltar la otra. Los dedos del asistente tocaban las balas que
segundos después tenderían sin vida a los prisioneros; pero él no levantaba los ojos para ver a los que
caían: toda su conciencia parecía concentrarse en la pistola que tenía entre las manos y en los tiros, de
reflejos de oro y plata, esparcidos en el suelo. Dos sensaciones le ocupaban lo hondo de su ser: el peso
frío de los cartuchos que iba metiendo en los orificios del cilindro y el contacto de la epidermis lisa y
cálida del arma. Arriba, por sobre su cabeza, se sucedían los disparos con que su jefe se entregaba al
deleite de hacer blanco.

El angustioso huir de los prisioneros en busca de la tapia salvadora -fuga de la muerte en una sinfonía
espantosa, donde la pasión de matar y el ansia inagotable de vivir luchaban como temas reales- duró
cerca de dos horas, irreal, engañoso, implacable. Ni un instante perdió Fierro el pulso o la serenidad.
Tiraba sobre blancos móviles y humanos, sobre blancos que daban brincos y traspiés entre charcos de
sangre y cadáveres en posturas inverosímiles, pero tiraba sin más emoción que la de errar o acertar.
Calculaba hasta la desviación de la trayectoria por efecto del viento, y de un disparo a otro la corregía.

Algunos prisioneros, poseídos de terror, caían de rodillas al trasponer la puerta: la bala los
doblaba. Otros bailaban danza grotesca al abrigo del brocal del pozo hasta que la bala los curaba de su
frenesí o los hacía caer heridos por la boca del hoyo. Casi todos se precipitaban hacia la pared de adobes
y trataban de escalarla trepando por los montones de cuerpos entrelazados, calientes, húmedos,
humeantes: la bala los paralizaba también. Algunos lograban clavar las uñas en la barda de tierra, pero
sus manos, agitadas por intensa ansiedad de vida, se tornaban de pronto en manos moribundas.

Hubo un momento en que la ejecución en masa se envolvió en un clamor tumultuoso donde


descollaban los chasquidos secos de los disparos, opacados por la inmensa voz del viento. De un lado de
la cerca gritaban los que huían de morir y morían al cabo; de otro, los que se defendían del empuje de
los jinetes y hacían por romper el cerco que los estrechaba hasta la puerta terrible. Y al griterío de unos
y otros se sumaban las voces de los soldados distribuidos en el contorno de las cercas. Ellos habían ido
enardeciéndose con el alboroto de los disparos, con la destreza de Fierro y con los lamentos y el
accionar frenético de los que morían. Saludaban con exclamaciones de regocijo la voltereta de los
cuerpos al caer; vociferaban, gesticulaban, reían a carcajadas al hacer fuego sobre los montones de
carne humana, donde advertían el menor indicio de vida.

El postrer pelotón de los ajusticiados no fue de diez víctimas, sino de doce. Los doce salieron al
corral de la muerte atropellándose entre sí, procurando cada uno cubrirse con el grupo de los demás, a
quien trataban de adelantarse en la horrible carrera. Para avanzar hacían corcovos sobre los cadáveres
hacinados; pero la bala no erraba por eso: con precisión siniestra iba tocándolos uno tras otro y los
dejaba a medio camino de la tapia -abiertos brazos y piernas- abrazados al montón de sus hermanos
inmóviles. Uno de ellos, sin embargo, el último que quedaba con vida, logró llegar hasta la barda misma
y salvarla... El fuego cesó de repente y el tropel de soldados se agolpó en el ángulo del corral inmediato
para ver al fugitivo.
Pardeaba la tarde. La mirada de los soldados tardó en acostumbrarse al parpadeo interferente de
las dos luces. De pronto no vieron nada. Luego, allá lejos, en la inmensidad de la llanura medio en la
sombra, fue cobrando precisión un punto móvil, un cuerpo que corría. Tanto se doblaba el cuerpo al
correr, que por momentos se le hubiera confundido con algo rastreante a flor de suelo.

Un soldado apuntó:

-Se ve mal -dijo, y disparó.

La detonación se perdió en el viento del crepúsculo. El punto siguió su carrera.

** *

Fierro no se había movido de su sitio. Rendido el brazo, lo tuvo largo tiempo suelto hacia el suelo.
Luego notó que le dolía el índice y levantó la mano hasta los ojos: en la semioscuridad comprobó que el
dedo se le había hinchado ligeramente; lo oprimió con blandura entre los dedos y la palma de la otra
mano. Y así estuvo, durante buen espacio de tiempo, entregado todo él a la dulzura de un masaje
moroso. Por fin, se inclinó para recoger del suelo el sarape, del cual se había desembarazado desde los
preliminares de la ejecución. Se lo echó sobre los hombros y caminó para acogerse al socaire del
cobertizo. A los pocos pasos se detuvo y dijo al asistente:

-Así que acabes, tráete los caballos.

Y siguió andando.

El asistente juntaba los cartuchos quemados. En el corral contiguo, los soldados de la escolta
desmontaban, hablaban, canturreaban. El asistente los escuchaba en silencio y sin levantar la cabeza.
Después se irguió con lentitud. Cogió la frazada por las cuatro puntas y se la echó a la espalda: los
casquillos vacíos sonaron dentro con sordo cascabeleo.

Había anochecido. Brillaban algunas estrellas. Brillaban las lucecitas de los cigarros al otro lado
de las tablas de la cerca. El asistente rompió a andar con paso débil, y así fue, medio a tientas, hasta el
último de los corrales, y de allá regresó a poco trayendo de la brida los caballos -el de su amo y el suyo-,
y, sobre uno de los hombros, la mochila de campaña.

Se acercó al pesebre. Sentado sobre una piedra, Fierro fumaba en la oscuridad. En las juntas de
las tablas silbaba el viento.
-Desensilla y tiéndeme la cama -ordenó Fierro-; no aguanto el cansancio.

-¿Aquí en este corral, mi jefe?...¿Aquí?...

-Sí, aquí.

Hizo el asistente como le ordenaban. Desensilló y tendió las mantas sobre la paja, arreglando con
el maletín y la montura una especie de cabezal. Minutos después de tenderse allí, Fierro se quedó
dormido.

El asistente encendió su linterna, dio grano a los animales y dispuso lo necesario para que
pasaran bien la noche. Luego apagó la luz, se envolvió en su frazada y se acostó a los pies de su amo.
Pero un momento después se incorporó de nuevo, se hincó de rodillas y se persignó. En seguida volvió a
tenderse en la paja.

** *

Pasaron seis, siete horas. Había caído el viento. El silencio de la noche se empapaba en luz de
luna. De tarde en tarde sonaba próximo el estornudo de algún caballo. Brillaba el claro lunar en la
abollada superficie del cubo del pozo y hacía sombras precisas al tropezar con todos los objetos: con
todos, menos con los montones de cadáveres. Estos se hacinaban, enormes en medio de tanta quietud,
como cerros fantásticos, cerros de formas confusas, incomprensibles.

El azul plata de la noche se derramaba sobre los muertos como la más pura luz. Pero
insensiblemente aquella luz de noche fue convirtiéndose en voz, también irreal y nocturna. La voz se
hizo distinta: era una voz apenas perceptible, apagada, doliente, moribunda, pero clara en su tenue
contorno como las sombras que la luna dibujaba sobre las cosas. Desde el fondo de uno de los
montones de cadáveres la voz parecía susurrar:

-Ay...

Luego calló, y el azul de plata de la noche volvió a ser sólo luz. Mas la voz se oyó de nuevo:

-Ay... Ay...

Fríos e inertes desde hacía horas, los cuerpos apilados en el corral seguían inmóviles. Los rayos lunares
se hundían en ellos como en una masa eterna. Pero la voz tornó:

-Ay... Ay... Ay...


Y este último ay llegó hasta el sitio donde Fierro dormía e hizo que la conciencia del asistente
pasara del olvido del sueño a la sensación de oír. El asistente recordó entonces la ejecución de los
trescientos prisioneros, y el solo recuerdo lo dejó quieto sobre la paja, entreabiertos los ojos y todo él
pendiente del lamento de la voz, pendiente con las potencias íntegras de su alma.

-Ay... Por favor...

Fierro se agitó en su cama...

-Por favor... agua...

Fierro despertó y prestó oído...

-Por favor... agua...

Entonces Fierro alargó un pie hasta su asistente.

-¡Eh, tú! ¿No oyes? Uno de los muertos está pidiendo agua.

-¿Mi jefe?

-¡Que te levantes y vayas a darle un tiro a ese jijo de la tiznada que se está quejando! ¡A ver si me
deja dormir!

-¿Un tiro a quién, mi jefe?

-A ese que pide agua, ¡imbécil! ¿No entiendes?

-Agua, por favor -repetía la voz.

El asistente tomó la pistola de debajo de la montura y, empuñándola, se levantó y salió del


pesebre en busca de los cadáveres. Temblaba de miedo y de frío. Uno como mareo del alma lo
embargaba.

A la luz de la luna buscó. Cuantos cuerpos tocaba estaban yertos. Se detuvo sin saber qué hacer.
Luego disparó sobre el punto de donde parecía venir la voz: la voz se oyó de nuevo. El asistente tornó a
disparar: se apagó la voz.

La luna navegaba en el mar sin límites de su luz azul. Bajo el techo del pesebre, Fierro dormía.

El águila y la serpiente
MARTIN LUIS GUZMAN
ENRIQUE KRAUZE

Nace en 1947 en el Distrito Federal. Ingeniero Mecánico de la UNAM, a la que ingresó en 1965, deriva hacia las humanidades llevando a cabo
estudios doctorales de Historia en EL COLEGIO DE MÉXICO. Actual Subdirector de la revista Vuelta. Investigador especialista en México como nación
independiente, ha analizado el Porfirismo y la Revolución en la serie de ensayos de divulgación histórica Biografía del poder (1987), en ediciones de
elevados tirajes y con amplio y selecto material iconográfico. En 1993 publicó un documentado estudio sobre el novecentismo mexicano titulado
Siglo de Caudillos. Inteligente y crítico, su conocimiento de nuestra historia y la frescura de sus textos lo han llevado a constituirse en uno de los
más lúcidos analistas políticos del México actual, de lo que son ejemplo, entre otros, Por una democracia sin adjetivos (1986) y su libro más
reciente, Tiempo contado (1996).

POR UN HUMANISMO INGENIERIL

Estamos acostumbrados a pensar que existen dos territorios básicos del saber humano: por un
lado las ciencias y la técnica, por otro las humanidades. El primero se ocupa de los aspectos
cuantitativos e instrumentales de la vida, el segundo de lo cualitativo e irreductible. Si hubiese que
concentrar en una sola fórmula común al que me refiero, cabría decir, para simplificar, que los
científicos y técnicos conocen y experimentan con el cuerpo del mundo, mientras que los humanistas
son los exploradores del alma.

Aunque esta división del saber es útil, quisiera mostrar que no se trata de territorios alejados o
ajenos sino íntimamente comunicados, sobre todo si la ciencia, la técnica y las humanidades de las que
estamos hablando son auténticas. El teorema que me propongo demostrar se formularía, entonces, del
siguiente modo: el buen científico, el buen técnico, debe ser un humanista e, inversamente, el buen
humanista, sobre todo el universitario, tiene por fuerza que abrevar de la ciencia y la técnica.

Para abordar el teorema no acudiré a fórmulas sino a un par de biografías representativas. La


primera es de mi primer maestro de matemáticas en la Facultad de Ingeniería. La segunda es la de un
historiador que he leído desde hace décadas. Los dos fueron, a un mismo tiempo, indisolublemente,
científicos, técnicos y humanistas.
Era una fría mañana de febrero de 1965. Don Enrique Rivero Borrel estaba sentado al lado del
escritorio. Vestido de manera impecable, tomaba paciente y minuciosamente la lista de sus futuros
alumnos. Tendría entonces poco más de setenta años. Fue la única vez en su curso que tomó asiento.
Como los oradores romanos, daba su cátedra de pie, pero su cátedra no tenía un ápice de retórica. Era
sustancia pura. No faltó una sola vez a su clase. Con letra "palmer", de izquierda a derecha del pizarrón
y sin jamás voltear a mirar a su público, literalmente dibujaba las demostraciones matemáticas. Desde
los pupitres, los jóvenes rapados, los famosos y sufridos "perros", seguíamos aquella melodía
matemática con silencio respetuoso y hasta con fascinación. Lo que nos fascinaba era la claridad, el
rigor, la sencillez con que el maestro nos guiaba para entender, desde su esencia -no mecánicamente-,
los conceptos.

El pizarrón era una especie de mural matemático. Un elemento estético nos atraía a él. El rigor, el
equilibrio, la pulcritud de aquel pensamiento era una experiencia de clasicismo. Nadie, que tomase en
serio la teoría y el método intelectual de Rivero Borrel, podía salir al mundo de otras disciplinas, por más
remotas que fueran, sin una estructura, o al menos una exigencia de estructura. Lo que el maestro
transmitía no era sólo un conocimiento sino una ética y una estética del conocimiento.

A través del año, su método de ponderar el aprovechamiento no consistía en palomear o tachar


exámenes, sino en ver el desempeño de los estudiantes frente al pizarrón. Al final de los cursos nos
reunió en el auditorio -éramos más de cien- y nos dictó el único examen que formuló en el año.
Inmediatamente después abandonó aquel gran salón dejándonos solos. Hubo, como es de imaginar, un
copiadero copioso. Los que sabían casi voceaban las respuestas a los ignorantes. Todos salieron
soñando en su pase automático y hasta en una alta calificación. A los pocos días, en la entrega de las
boletas, nos dimos cuenta que el maestro había aprobado a un 30 ó 40% del salón. Las calificaciones
que había puesto eran sencillamente perfectas. Nos conocía a todos. No nos había juzgado por un papel
sino por una trayectoria en el salón de clases y frente al pizarrón. No sé si conocía aquella "Oda a las
matemáticas" del célebre filósofo y doctor porfiriano Porfirio Parra, pero sé que nos enseñó a amar a las
matemáticas como se ama a la poesía o a la historia. Como una musa que no exige inspiración sino
imaginación, precisión, constancia, diafandad, coherencia. Nos trasmitió un código ético cuyos dos
pilares son la observación y la fundamentación. Nos regaló, en suma, el método científico, predicando
en cada clase el amor a la verdad.

El Maestro Rivero Borrel era un científico humanista. Mi otro biografiado fue un humanista
científico: el ingeniero e historiador Francisco Bulnes. Nacido en 1847, se destacó como maestro en la
escuela Nacional Preparatoria y la Escuela Nacional de Ingeniería. En 1874 fue mienbro de una comisión
que viajó a Japón para transcribir el tránsito de Venus por el disco del Sol. Fue miembro de varias
comisiones sobre cuestiones bancarias, mineras, hacendarias. Pero la verdadera fama de este maestro
de mineralogía se fincó en sus obras de historia polémica. Con la misma precisión matemática con que
describió el tránsito de Venus, Bulnes investigó los temas centrales de la historia mexicana. Los títulos
hablan por sí mismos. El verdadero Juárez, El verdadero Díaz y la Revolución, Los grandes problemas
nacionales y, sobre todo, Las grandes mentiras de nuestra historia.

Las humanidades en tiempos de Bulnes incurrían frecuentemente en lo que él bautizó como "los
caramelos literarios", libros dulces, románticos, idealizantes, fantasiosos y, a fin de cuentas, mentirosos
sobre la realidad nacional. Su afán de ingeniero e historiador -o de ingeniero de la historia- fue aplicar el
método científico al sujeto de la historia. Y hacerlo, además, como buen ingeniero, con un propósito
práctico: el de modificar y mejorar la vida del país. No siempre las teorías a las que se afilió resultaron
válidas -creía, por ejemplo, en el determinismo racial por las diferencias de alimentos entre las etnias-.
Pero a lo largo de su obra el impulso dominante fue siempre la búsqueda de la verdad demostrable. Fue
polémico y hasta iracundo porque reaccionó frente a un entorno caracterizado por inmensos vicios
intelectuales que enturbiaban la comprensión clara y cabal de la realidad y la historia. Aún ahora, el
extraño lector que se asoma a sus textos percibe un tono y un propósito refrescante. Pocos mexicanos
se han atrevido, como Bulnes, a llamar al pan pan y al vino vino. Era un destructor de mitos. Tengo para
mí que su entrenamiento de ingeniero se integró orgánicamente a su labor historiográfica. No eran dos
vocaciones separadas sino complementarias.

La conclusión es sencilla. Claro que los ingenieros requieren abrir ventanas a las humanidades. De
hecho, en México ya lo están haciendo. Hace mucho tiempo me tocó en suerte ser de los primeros
alumnos de la cátedra de "Recursos y Necesidades de México" que discurrió mi querido maestro Adolfo
Orive Alba y recuerdo el entusiasmo que provocó en muchos de nosotros esa inclusión humanística en
el curriulum de Ingeniería. La celebración de una Feria del Libro en Minería, auspiciada por la Facultad
de Ingeniería, es ya una tradición que beneficia a las humanidades en su corazón mismo: la lectura. Pero
si este puente con las humanidades es sano y necesario para los ingenieros, tengo la convicción de que
en México sus contrapartes, los llamados cientificos sociales, están mucho más necesitados de una
auténtica apertura a la ciencia y la técnica. No exagero al afirmar que un porcentaje altísimo de lo que
se circula en México como "ciencias sociales" - en libros, en artículos, en revistas especializadas, en
cafés, en programas de televisión- no es más que un cúmulo insustancial hecho de vaguedad,
imprecisión, fantasía, doctrina, ideología, revestidas de una falsa autoridad de conocimiento. No
caramelos literarios sino purgantes intragables; incomprensibles. Catálogos de opiniones o mentiras
con pie de imprenta respetable. Quizás es excesivo pensar que esta enfermedad afecta en general, a las
humanidades en México. Quizá fuera más justo atribuirla sólo a las pedantes ciencias sociales. Con
todo, creo que cabe aplicarla a la mayor parte de nuestros intelectuales. "Quiero el Latín para las
izquierdas", escribió Alfonso Reyes. Se podría parafrasearlo de este modo: "Quiero la ciencia y la
técnica para los intelectuales".

No sé si estas dos biografías y sus respectivos escolios merezcan las tres palabras mágicas con
que Rivero Borrel rubricaba sus murales matemáticos, "queda esto demostrado". Espero, cuando
menos, haber demostrado que los humanistas mexicanos requieren de una ética de la verdad científica
y una sensibilidad para ver los problemas en términos prácticos. De ser así, uno de los papeles sociales
del ingeniero es intervenir intelectualmente en la vida pública confiando en sus propios instrumentos de
observación y análisis. Olvidarse de las falsas sociologías y aplicar, resueltamente, la ingeniería de la
sociedad.

Tomado de El futuro de la enseñanza de la ingeniería.

Congreso internacional. Conclusiones y compromisos.


BREVE HISTORIA DE LA CORRUPCION

"El poder corrompe, el poder absoluto

corrompe absolutamente"

Lord Acton.

"¿De dónde viene la corrupción?" La pregunta de mi hijo mayor me tomó por sorpresa. Cuando tenía su
edad, no se me ocurrió formular a mi padre una cuestión similar. La corrupción debió parecerme tan
mexicana como los nopales. En si misma, su inquietud denota un progreso político: cada vez más
mexicanos se percatan de que la corrupción no es un rasgo cultural antiguo e idiosincrático
relativamente reciente, susceptible de ser controlado y, en gran medida, superado.

Se ha dicho que sus raíces están en la época colonial. El poder patrimonial absoluto de los
monarcas españoles sobre sus dominios, transferido casi intacto a sus representantes en las Indias, los
virreyes, habría convertido el ejercicio de los puestos públicos en un negocio privado, hábito que a su
vez habría persistido a través de los siglos. Es verdad que el enriquecimiento de los oficiales con sus
puestos no estaba mal visto por la Corona que incluso propiciaba la "venta de oficios". Es verdad
también que sólo ahora comienza a desvanecerse la idea de que los políticos son los dueños del país.
Pero la vida política colonial era menos opresiva de lo que se cree y su herencia menos decisiva de lo
que parece. Piénsese, por ejemplo, en la maravillosa institución del Juicio de Residencia. Cuando los
virreyes cesaban en sus funciones o eran transferidos a otros reinos, sufrían un arraigo forzoso para
enfrentar, y en su caso reparar, los agravios que hubiesen inflingido a particulares o corporaciones. Si el
virrey moría en funciones, el resarcimiento recaía sobre su sucesión. En este sentido, la Colonia era más
democrática que la época actual: ningún ex presidente ha tenido que responder, no se diga resarcir a la
nación, por sus faltas, robos o asesinatos.

Los criollos -escribía Alamán- eran "prontos para emprender y poco prevenidos en los medios a
ejecutar, entregándose con ardor a lo presente y atendiendo poco a lo venidero...". Iturbide hizo
negocios turbios en sus años de general invicto, Santa Anna tuvo haciendas en México y Colombia, pero
ambos fueron despilfarrados, desidiosos, descuidados. Buscaban menos el poder que el amor de sus
compatriotas. Soñaban con guirnaldas de oliva y un sepulcro de honor. El dinero no estaba en su
horizonte práctico ni axiológico. Además, de haber querido enriquecerse, el pobre erario se los hubiese
impedido.
Los liberales de la Reforma tuvieron todas las cualidades cívicas incluida, por supuesto, la
honradez. (Juárez pedía préstamos personales para sobrevivir). Pero como sabían que los hombres son
falibles, crearon una Constitución que limitaba las fallas de un posible Ejecutivo dispendioso o corrupto,
por tres vías: la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados, la Suprema Corte de Justicia y una
prensa libérrima. Estas instituciones llamaron a cuentas al ex presidente Manuel González en 1885.
México había vivido su primer momento de apertura económica caracterizado sobre todo por la febril
construcción de los ferrocarriles. Al amparo del gobierno se hicieron negocios ilícitos que se tradujeron
en un déficit fiscal escandaloso para esos tiempos y que estuvo a punto de provocar la consignación del
secretario de Hacienda y el tesorero de la Federación. Don Porfirio, pérfido instigador de la maniobra,
terminó por absolver a su compadre y de ese modo se enfiló, sin rival alguno, hacia la reelección
perpetua, pero el precedente se había sentado. El Presidente, dueño de un dominio político absoluto,
podía otorgar mercedes, prebendas, concesiones con la liberalidad de un rey, pero en lo personal tenía
que ser, y parecer, honrado. Para que la Cámara, la Corte y la prensa no tuvieran que llamar a cuentas,
las cuentas quedarían a cargo del ministro de Hacienda, quien ejercería un manejo financiero
responsable y autocontenido en el cual cabían ciertos favores y preferencias, pero no la corrupción. Por
lo demás, cosa que con frecuencia se olvida, en tiempos porfirianos los niveles medios del aparato
judicial funcionaban con eficacia y honestidad.

En el río revuelto de la Revolución muchos humildes pescadores se hicieron millonarios. El pueblo de la


ciudad de México inventó el vocablo carrancear como sinónimo de robar y llamaba consusuñalistas a los
constitucionalistas. Pero no hay que confundir el botín de una guerra y los "cañonazos de 50 mil pesos"
que disparaba Obregón con la corrupción moderna. Es verdad que al grito de "la Revolución me ha
hecho justicia" buena parte de la nueva clase militar cobró generosamente su participación
revolucionaria mediante la incautación de haciendas. Es verdad también que el promisorio Banco
Nacional de Crédito Agrícola fundado en 1926 desvirtuó su vocación y arruinó sus finanzas otorgando
los famosos e irrecuperables "préstamos de favor" a generales como Escobar, Amaro, Valenzuela y
sobre todo Obregón. Pero la Reforma Agraria cardenista revirtió en buena medida el saqueo. Por lo
demás, comparada con la corrupción de la etapa institucional, la de los generales parecería juego de
niños.

La corrupción moderna en México está cumpliendo en estos días el medio siglo. La crearon los
licenciados, esos universitarios preparados, esos civiles de traje y corbata, a quienes el público llamó los
"tanprontistas" porque tan pronto como se sentaron en sus puestos públicos, comenzaron a servir con
diligencia a sus negocios privados. El catálogo era amplio: un ministro establecía una compañía ad hoc
para surtir a precios inflados los requerimientos de su propia Secretaría; desde el poder se alentaban
monopolios de distribución de gasolina y transportes; se hacían fortunas gigantescas mediante la
especulación monetaria e inmobiliaria. Y la desgracia es que no había límites, sólo las voces aisladas de
los débiles partidos de oposición, algunos viejos revolucionarios honrados (o casi honrados), un puñado
de escritores independientes (Bassols, Cosío Villegas), la revista Presente que el gobierno reprimió, y
"Palillo", el eterno denunciante de los "pulpos chupeteadores del presupuesto nacional".

A pesar de sus proporciones (millonarias en dólares) la corrupción se hallaba en un estado


rudimentario y no mostraba aún sus efectos más perversos. Cuidando todavía ciertas formas, los
licenciados alemanistas habían accedido a los dineros públicos a través de arbitrios y mediaciones.
Además, debido a la nueva vigencia del paradigma industrial, aquella riqueza mal habida solía quedarse
en México, creando nueva riqueza y empleo. En 1952, la propia desmesura de los licenciados creó su
antídoto. Ruíz Cortines ejerció una administración honesta y eficaz que si bien no castigó penalmente a
los pillos ni estableció diques institucionales contra la corrupción (cosa que sólo el equilibrio de poderes
y la democracia podían hacer) volvió al precedente porfiriano de autocontención y consolidó la
respetuosa separación entre los "neoporfirios" en la Presidencia y los "neolimantoures" en Hacienda y el
Banco de México. La corrupción creció en tiempos del bohemio López Mateos y tendió a limitarse un
tanto en los del austero Díaz Ordaz, pero no mostraba todavía su rostro verdadero. En un país que
crecía casi al 10 por ciento anual con un 2 por ciento de inflación, la corrupción parecía un "lubricante
natural del sistema".

Con Echeverría se inauguró la etapa de los economistas en el poder, esos cachorros de los cachorros de
la Revolución, becados en universidades norteamericanas y perfectamente preparados para servir a la
Patria destruyendo su economía y cobrando millones de dólares por el trabajo de demolición. Con la
expansión del sector público (en casi dos millones de plazas, cientos de organismos, programas,
fideicomisos, y un presupuesto "apalancado" con 20 mil millones de dólares de deuda externa) la
corrupción cambió de escala. Ahora no sólo el amigo del Presidente amasaba fortunas: bastaba un
puesto menor en un nivel estatal para echar mano a la colación de la piñata pública. El catálogo se
volvería infinito, pero para muestra baste un botón cercano. Un brillante alumno de ingeniería, cuya
numerosa familia vivía en una casa de dos recámaras, aprovechó sus contactos personales en el círculo
presidencial para alcanzar un puesto en el sureste petrolero, amasar una fortuna, y retirarse a los 29
años en una suntuosa casa Tudor que mandó construir. En los tiempos petroleros de López Portillo,
esas historias de enriquecimiento incomprensible se volverían lugar común.

Un sector de la opinión pública comenzó a percatarse de la relación funcional entre el poder y el


dinero y abrigó desde entonces un agravio moral contra el sistema. Por eso el lema de De la Madrid
sobre la "renovación moral" le ganó una votación masiva. Era el momento de actuar jurídicamente
contra los ex presidentes y abrir el sistema político, pero De la Madrid tomó la tímida opción de volver al
ejemplo de Ruíz Cortines. No era suficiente. Se requería nada menos que un cambio en el contrato
político de México. Gabriel Zaíd lo formuló en 1986 en su ensayo "La propiedad privada de los puestos
públicos":
La corrupción no es una característica desagradable del sistema político mexicano: es el sistema... La corrupción desaparece
en la medida en que las decisiones de interés público pasan de la zona privada del Estado a la luz pública.

Estaba claro que la corrupción no era una falla moral inherente al mexicano. Era y es universal, y
no se combate con prédicas sino con los mismos controles que los liberales introdujeron en la
Constitución de 1957: diputados que revisan las cuentas, jueces independientes, una prensa libre, veraz
y honrada que llama a los pillos por su nombre, partidos de oposición alertas a cualquier pifia de sus
adversarios en el poder, y ciudadanos que a través del sufragio efectivo otorgan, revisan o revocan su
mandato sobre los políticos. Esto, que poco a poco se está volviendo realidad en el México actual, debió
haberse instituido en los años ochenta y pudo habernos librado de los vergonzosos extremos de
corrupción a que se llegó -ahora lo sabemos, y lo sabremos cada día más- en tiempos de Salinas.

Ruiz Cortines declaró sus bienes al comenzar su sexenio. Ernesto Zedillo podría hacerlo ahora y
seguir haciéndolo cada año hasta el 2000. Pero se necesita más. Hay que asegurar en vistas a 1997 la
Reforma Política, ampliar el debate público, y volver al precedente colonial en un sólo aspecto:
reinstituir el Juicio de Residencia en la persona del ex presidente Salinas de Gortari, que quiso hacer su
real gana y tiene mucho que aclarar, reparar, resarcir a los mexicanos.

Columna editorial Memorial, diario Reforma, 3 de diciembre de 1995

ENRIQUE KRAUZE
OCTAVIO PAZ

De enorme talla intelectual y aguda inquietud artística, desaparecidos ya Vallejo y Neruda, Octavio Paz representa la máxima figura viva de la
poesía hispanoamericana contemporánea. Nació en la ciudad de México en 1914. Su principal obra poética está recogida en tres volúmenes:
Libertad bajo palabra, que agrupa su producción de 1935 a 1957, Salamandra (poemas de 1958 a 1961) y Ladera Este (obra poética de 1962 a
1968). Su poesía es fundamentalmente de corte metafísico, con influencias surrealistas en su primera época y de las culturas orientales en su
madurez. Paz busca, ante todo, la liberación del lenguaje en una permanente experimentación. Como ensayista destacan entre sus libros El
laberinto de la Soledad (1950) sobre el ser de México y El arco y la lira (1956), acerca de la creación poética. Sus actividades como fundador e
impulsor de revistas literarias y de opinión como Taller, Plural y, actualmente, Vuelta han sido trascendentales para la difusión de la cultura en
nuestro país. Ha obtenido numerosos reconocimientos entre los que destacan el Premio Nacional de Literatura en 1978, el Premio Cervantes en
1981 y el Nobel de Literatura en 1990.

EL ARCO Y LA LIRA (fragmento)

Poesía y poema

La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la


actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación
interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une.
Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío,
diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía,
presencia. Exorcismo, conjuro, magia. Sublimación, compensación, condensación del inconsciente.
Expresión histórica de razas, naciones, clases. Niega a la historia: en su seno se resuelven todos los
conflictos objetivos y el hombre adquiere al fin conciencia de ser algo más que tránsito. Experiencia,
sentimiento, emoción, intuición, pensamiento no-dirigido. Hija del azar; fruto del cálculo. Arte de
hablar en una forma superior; lenguaje primitivo. Obediencia a las reglas; creación de otras. Imitación
de los antiguos, copia de lo real, copia de una copia de la Idea. Locura, éxtasis, logos. Regreso a la
infancia, coito, nostalgia del paraíso, del infierno, del limbo. Juego, trabajo, actividad ascética.
Confesión. Experiencia innata. Visión, música, símbolo. Analogía: el poema es un caracol en donde
resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía
universal. Enseñanza, moral, ejemplo, revelación, danza, diálogo, monólogo. Voz del pueblo, lengua de
los escogidos, palabra del solitario. Pura e impura, sagrada y maldita, popular y minoritaria, colectiva y
personal, desnuda y vestida, hablada, pintada, escrita, ostenta todos los rostros pero hay quien afirma
que no posee ninguno: el poema es una careta que oculta el vacío, ¡prueba hermosa de la superflua
grandeza de toda obra humana!

¿Cómo no reconocer en cada una de estas fórmulas al poeta que las justifica y que al encarnarlas les da
vida? Expresiones de algo vivido y padecido, no tenemos más remedio que adherirnos a ellas -
condenados a abandonar la primera por la segunda y aésta por la siguiente. Su misma autenticidad
muestra que la experiencia que justifica a cada uno de estos conceptos, los trasciende. Habrá, pues, que
interrogar a los testimonios directos de la experiencia poética. La unidad de la poesía no puede ser
asida sino a través del trato desnudo con el poema.

Al preguntarle al poema por el ser de la poesía, ¿no confundimos arbitrariamente poesía y poema? Ya
Aristóteles decía que "nada hay de común, excepto la métrica, entre Homero y Empédocles; y por esto
con justicia se llama poeta al primero y fisiólogo al segundo". Y así es: no todo poema -o para ser
exactos: no toda obra construida bajo las leyes del metro- contiene poesía. Pero esas obras métricas ¿
son verdaderos poemas o artefactos artísticos, didácticos o retóricos? Un soneto no es un poema, sino
una forma literaria, excepto cuando ese mecanismo retórico -estrofas, metros y rimas- ha sido tocado
por la poesía. Hay máquinas de rimar pero no de poetizar. Por otra parte, hay poesía sin poemas;
paisajes, personas y hechos suelen ser poéticos: son poesía sin ser poemas. Pues bien, cuando la poesía
se da como una condensación del azar o es una cristalización de poderes y circunstancias ajenos a la
voluntad creadora del poeta, nos enfrentamos a lo poético. Cuando -pasivo o activo, despierto o
sonámbulo- el poeta es el hilo conductor y transformador de la corriente poética, estamos en presencia
de algo totalmente distinto: una obra. Un poema es una obra. La poesía se polariza, se congrega y aísla
en un producto humano: cuadro, canción, tragedia. Lo poético es poesía en un estado amorfo; el
poema es creación, poesía erguida. Sólo en el poema la poesía se aísla y revela plenamente. Es lícito
preguntar al poema por el ser de la poesía si deja de concebirse a éste como una forma capaz de
llenarse con cualquier contenido. El poema no es una forma literaria sino el lugar de encuentro entre la
poesía y el hombre. Poema es un organismo verbal que contiene, suscita o emite poesía. Forma y
sustancia son lo mismo.

El arco y la lira
ELEGIA

A un compañero muerto en el frente de Aragón

Has muerto, camarada, que no diga tu muerte, tu silencio,

en el ardiente amanecer del mundo. el callado dolor de no tenerte?

Y brotan de tu muerte, Y alzándote,

tu mirada, tu traje azul, llorándote,

tu rostro sorprendido entre la pólvora, nombrándote,

tus manos sin violines ni fusiles, dando voz a tu cuerpo desgarrado,

desnudamente quietas. sangre a tus venas rotas,

labios y libertad a tu silencio,

Has muerto. Irremediablemente has muerto. crecen dentro de mí,

Parada está tu voz, tu sangre en tierra. me lloran y me nombran,

Has muerto, no lo olvido. furiosamente me alzan,

¿Qué tierra crecerá que no te alce? otros cuerpos y venas,

¿Qué sangre correrá que no te nombre? otros ojos de tierra sorprendida,

¿Qué voz madurará de nuestros labios otros ojos de árbol que pregunta,

otros negros, anónimos silencios.

II trcando en luces sombras,

paso en danza, quietud en escultura

y la violencia tímida del aire

Yo recuerdo tu voz. La luz del Valle en cabelleras, nubes, torsos, nada.

nos tocaba las sienes, Olas de luz, clarísimas, vacías,

hiriéndonos espadas resplandores, que nuestra sed quemaban como vidrio,


hundiéndonos, sin voces, fuego puro, un claro sonreír, un alba pura.

en lentos torbellinos resonantes.

Te imagino cercado por las balas,

Yo recuerdo tu voz, tu duro gesto, por la rabia y el odio pantanoso,

el ademán severo de tus manos; como tenso relámpago caído,

yo recuerdo tu voz adversaria, como blanda presunción del agua,

tu palabra enemiga, prisionera de rocas y negrura.

tu pura voz de odio,

tu tierno, fértil odio, Te imagino tirado en lodazales,

tu frente generosa como un sol caído para siempre,

y tu amistad abierta como plaza sin máscara, sonriente,

de cipreses severos y agua joven. tocando, ya sin tacto,

Tu corazón, tu voz, tu puño vivo, las manos de otros muertos,

detenidos y rotos por la muerte. las manos camaradas que soñabas.

Has muerto entre los tuyos, por los tuyos.

A la orilla del mundo

III

INTERMITENCIAS DE OESTE (2)

Has muerto, camarada,

en el ardiente amanecer del mundo. (Canción mexicana)

Has muerto cuando apenas

tu mundo, nuestro mundo, amanecía.

Llevabas en los ojos, en el pecho, Mi abuelo, al tomar el café,

tras el gesto implacable de la boca, me hablaba de Juárez y de Porfirio,


los zuavos y los plateados. No es límpida:

Y el mantel olía a pólvora. Es una rabia

(amarilla y negra

Mi padre, al tomar la copa, Acumulación de bilis en español)

me hablaba de Zapata y de Villa, Extendida sobre la página.

Soto y Gama y los Flores Magón.

Y el mantel olía a pólvora. ¿Por qué?

La vergüenza es ira

Yo me quedo callado: Vuelta contra uno mismo:

¿De quién podría hablar? Si

Una nación entera se avergüenza

Ladera este Es león que se agazapa

Para saltar.

(Los empleados

Municipales lavan la sangre

INTERMITENCIAS DEL OESTE (3) En la Plaza de los Sacrificios.)

Mira ahora,

(México: Olimpiada de 1968) Manchada

Antes dehaber dicho algo

Que valga la pena,

la limpidez.

LA LIMPIDEZ

(Quizá valga la pena Ladera este

Escribirlo sobre la limpieza

De esta hoja)
P I E D R A D E S O L (Fragmento)
(...) son llamas

los ojos y son llamas lo que miran,

llama la oreja y el sonido llama,

brasa los labios y tizón la lengua,

el tacto y lo que toca, el pensamiento

y lo pensado, llama el que lo piensa,

todo se quema, el universo es llama,

arde la misma nada que no es nada

sino un pensar en llamas, al fin humo:

no hay verdugo ni víctima...

¿y el grito

en la tarde del viernes?, y el silencio

que dice sin decir, ¿no dice nada?,

¿no son nada los gritos de los hombres?,

¿no pasa nada cuando pasa el tiempo?

- no pasa nada, sólo un parpadeo

del sol, un movimiento apenas, nada,

no hay redención, no vuelve atrás el tiempo,

los muertos estan fijos en su muerte

y no pueden morirse de otra muerte,

intocables, clavados en su gesto,

desde su soledad, desde su muerte

sin remedio nos miran sin mirarnos,

su muerte ya es la lectura de su vida,

un siempre estar ya nada para siempre,

cada minuto es nada para siempre,


un rey fantasma rige tus latidos

y tu gesto final, tu dura máscara

labra sobre tu rostro cambiante:

el monumento somos de una vida

ajena y no vivida, apenas nuestra,

-¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?

¿cuándo somos de veras lo que somos?,

bien mirado no somos, nunca somos

a solas sino vértigo y vacío,

muecas en el espejo, horror y vómito,

nunca la vida es nuestra, es de los otros,

la vida -pan de sol para los otros,

los otros todos que nosotros somos-,

soy otro cuando soy, los actos míos

son más míos si son también de todos,

para que pueda ser he de ser otro,


salir de mí, buscarme entre los otros,

los otros que no son si yo no existo,

los que me dan plena existencia,

no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,

la vida es otra, siempre allá, más lejos,

fuera de ti, de mí, siempre horizonte,

vida que nos desvive y enajena,

que nos inventa un rostro y lo desgasta,

hambre de ser, oh muerte, pan de todos


EMILIO CARBALLIDO

Veracruzano, de Córdoba, nacido en 1925. Aunque ha cultivado el cuento y la novela,


es en el teatro donde sus aciertos literarios brillan con más fuerza. Rosalba y los
Llaveros y Rosa de dos aromas son de sus obras más conocidas. El censo, pieza que
por su brevedad podría clasificarse como entremés o paso, es una comedia
costumbrista de fina crítica social, donde se retratan hábilmente rasgos muy
característicos de la idiosincrasia del mexicano. Obra ingeniosa y agradable que, no
obstante su aparente simplicidad, manifiesta oficio escénico y dominio del lenguaje.

EL CENSO

Comedia

PERSONAJES:

REMEDIOS

DORA

HERLINDA

CONCHA

EL EMPADRONADOR

PACO
Una vivienda por el rumbo de La Lagunilla. 1945.

DORA es gorda y HERLINDA flaca. CONCHA está rapada y trae un pañuelo


cubriéndole el cuero cabelludo. EL EMPADRONADOR es flaco y usa lentes; tiene
cara y maneras de estudiante genial.

Habitación de una vivienda pobre, convertida en taller de costura. Es también


recámara. Tiene una cama de latón al fondo, muy dorada y muy desvencijada,
con colcha tejida y cojines bordados. Un altarcito sobre ella, con veladoras y
Virgen de Guadalupe. Cuatro máquinas de coser. Ropero con lunas baratas,
que deforman al que se mire en ellas. El reloj (grande, de doble alarma) está en
el buró.

REMEDIOS está probándose un vestido. Es una señora generosamente


desproporcionada por delante y por detrás. DORA la ayuda; HERLINDA corta telas
sobre la cama; CONCHA cose en una de las máquinas. La ropa anteriormente
usada por doña REMEDIOS cuelga de una silla.

REMEDIOS : Pues... Me veo un poco buchona, ¿no?

DORA (Angustiada.) : No, doña Remedios. Le queda muy bien, muy elegante.

HERLINDA : Ese espejo deforma mucho. Tenemos que comprar otro.

REMEDIOS : ¿No se me respinga de atrás?

CONCHA : Sí.

REMEDIOS : ¿Verdad?

HERLINDA : No se le respinga nada. Esta Concha no sabe de modas.

REMEDIOS : Pues yo me veo un respingo...


HERLINDA va y da a la falda un feroz tirón hacia abajo.

HERLINDA : Ahora sí. Muy bonito. Realmente nos quedó muy bonito.

DORA : Es un modelo francés.

Tocan el timbre, DORA va a abrir.

REMEDIOS : Pues creo que sí está bien. ¿Cuánto falta darles?

HERLINDA : Doce pesos.

REMEDIOS : Me lo voy a llevar puesto.

Vuelve DORA aterrada.

DORA : ¡Ahí está el hombre del gobierno!

HERLINDA : ¿Qué quiere?

DORA : No sé.

HERLINDA : Pues pregúntale.

DORA : ¿Le pregunto?

HERLINDA : Claro.

Sale DORA.

HERLINDA : ¿Cuándo se manda a hacer otro?


REMEDIOS : Pues anda pobre la patria. A ver.

HERLINDA : Doña Remedios, nos llegaron unas telas preciosas. No tiene usted idea.

REMEDIOS : ¿Si?

HERLINDA : Preciosas. Hay un brocado amarillo...(Abre el ropero.) Mire, palpe. Pura


seda.

REMEDIOS : Ay, qué chula está. ¿Y esa guinda?

HERLINDA : Es charmés de seda. Me las trajeron de Estados Unidos. A nadie se


las he enseñado todavía .

CONCHA dice por las señas que no es cierto.

"Qué va, son de aquí". REMEDIOS la ve sorprendidísima.

REMEDIOS : ¿De Estados Unidos?

CONCHA insiste: "No, no, de aquí".

HERLINDA : Sí. Me las trae un sobrino, de contrabando.

Entra DORA, enloquecida.

DORA : Que lo manda la Secretaría de Economía, y ya averiguó que cosemos.


¡Esconde esas telas!

HERLINDA : ¡Cómo!

DORA : Trae muchos papeles.

REMEDIOS : ¡Papeles!. Ay, Dios, lo que se les viene encima. ¿Ustedes no están
registradas?
DORA : ¿En dónde? Ah, no, doña Remedios, figúrese.

HERLINDA (Codazo.) : Claro que sí, sólo que Dora no sabe nada, siempre está en la
luna.

DORA : Ah, sí, sí estamos.

REMEDIOS : Leí que ahora se han vuelto muy estrictos. Pobres de ustedes. Ya me
voy, no me vayan a comprometer en algo. Adiós ¿eh? ¡Qué multota se les espera!

Sale. Se lleva su otro vestido al brazo.

HERLINDA : Qué tienes que informarle a esta mujer ...

DORA : Virgen, qué hacemos.

HERLINDA : ¿Lo dejaste allá afuera?.

DORA : Sí, pero le cerré la puerta.

HERLINDA : Tú eres nuestra sobrina, ¿lo oyes?

CONCHA : Yo no, qué.

HERLINDA : Las groserías para después. Tú eres nuestra sobrina, y aquí no hacemos
más ropa que la nuestra...

DORA : ¿Y el letrero de la calle?

HERLINDA : ... Y la de nuestras amistades. Y ya.

DORA : Ay, yo no creo que ...

HERLINDA : ¡Esconde ese vestido! (El de la cama.)

Toquidos en la puerta.

EL EMPADRONADOR (Fuera.) : ¿Se puede?


DORA (Grita casi.) : ¡Ya se metió! (Y se deja caer en una silla.)

HERLINDA duda un instante. Abre.

HERLINDA (Enérgica.) : ¿Qué se le ofrece, señor?.

EL EMPADRONADOR (Avanza un paso.) : Buenas tardes. Vengo de la ...

HERLINDA : ¿Puede saberse quién lo invitó a pasar?

EL EMPADRONADOR : La señora que salía me dijo que ...

HERLINDA : Porque ésta es una casa privada y entrar así es un ...ama - a -


llamamiento de morada.

EL EMPADRONADOR : La señora que salía me dijo que pasara y ...

HERLINDA : ¡Salga usted de aquí!

EL EMPADRONADOR : Oiga usted ...

DORA : ¡Ay, Dios mío!

HERLINDA (Gran ademán.) : ¡Salga!

EL EMPADRONADOR ( Cobra ánimos.) : Un momento, ¿Echa usted de su casa a


un empadronador de la Secretaría de Economía? ¿Y enfrente de testigos?

HERLINDA : No, tanto como echarlo, no. Pero ... ¡yo no lo autoricé a entrar!

EL EMPADRONADOR : Mire: estoy harto. El sastre me amenazó con las tijeras, en la


tortillería me insultaron. ¿Ve usted estas hojas?. Son actas de consignación. Si
usted se niega a recibirme, doy parte.

HERLINDA : ¿Pero qué es lo que quiere?

EL EMPADRONADOR : Empadronarlas. ¿Qué horas son? (Busca el reloj.) ¡Es


tardísimo! (De memoria, muy aprisa.) En estos momentos se está levantando en
toda la República el censo industrial, comercial y de transportes. Yo soy uno
de los encargados de empadronar esta zona. Aquí en la boleta dice ( Se
apodera de una mesa, saca sus papeles.) que todos los datos son confidenciales y
no podrán usarse como prueba fiscal o...

HERLINDA : Entonces esto es del Fisco.

EL EMPADRONADOR : ¡No, señora! ¡Todo lo contrario! (Aprisa.) La Dirección


General de

Estadística y el Fisco no tienen nada que ver. Un censo sirve para hacer ...

HERLINDA : Pero usted habló del Fisco.

EL EMPADRONADOR : Para explicarle que nada tiene que ver ...

HERLINDA (Amable, femenina.) : Pues esto no es un taller, ni ... mire, la jovencita


es mi

sobrina... (Por lo bajo, a DORA.) Dame cinco pesos. (Alto.) Es mi sobrina, y la


señora es mi cuñada, y yo...

DORA : ¿Que te de qué?

HERLINDA (Con los dedos hace "cinco".) : Somos una familia, nada más.

CONCHA niega con la cabeza. EL EMPADRONADOR no la ve.

EL EMPADRONADOR (Preparando papeles y pluma.) : Un tallercito familiar ...

HERLINDA (Menos por lo bajo.) : ¡Cinco pesos!

DORA : Ah. (Va al ropero.)

HERLINDA : No, taller no... ¡Dora! (Se interpone entre DORA y el ropero.) Si ni vale la
pena que pierda su tiempo ...

DORA : (Horrorizada de lo que iba a hacer.) Ay, de veras. Pero... (Azorada ve a


todos.) Concha, ¿no tienes...? ¿Para qué quieres cinco pesos?

HERLINDA (Furiosa.) : ¡Para nada!

DORA : A ver si Paco ...(Sale.)


HERLINDA : Es muy tonta, pobrecita. Perdóneme un instante.

Sale tras la otra. CONCHA corre con EL EMPADRONADOR.

CONCHA : Sí es un taller, cosemos mucho y aquí, mire esto está lleno de telas, y
las venden. Dicen que son telas gringas, pero las compran en La Lagunilla. Me
pagan remal, y no me dejan entrar al sindicato. ¿Usted me puede inscribir en el
sindicato?.

EL EMPADRONADOR : No, yo no puedo, y... No sé. ¿Qué sindicato?

CONCHA : Pues... no sé. Si supiera me inscribiría yo sola ¿Hay muchos sindicatos?.

EL EMPADRONADOR : Sí, muchos. De músicos, de barrenderos, de choferes de... Hay


muchos.

CONCHA : Pues no. En esos no.

EL EMPADRONADOR (Confidencial.) : A usted le ha de tocar el de costureras.

CONCHA : Ah, ¿si?. Déjeme apuntarlo. Nomás entro y me pongo en huelga. Esa
flaca es

mala. Ayer corrió a Petrita, porque su novio la ... (Ademán del vientre.) Y ya no
podía coser. Le quedaba muy lejos la máquina. Y a mi me obligó a raparme.
Figúrese, diz que tenía yo piojos. Mentiras, ni uno. Pero me echó D.D.T ¡y arde!.

EL EMPADRONADOR : Ah, ¿y no tenía? (Retrocede, se rasca nerviosamente.)

CONCHA : Ni uno. (Entra HERLINDA.)

HERLINDA : ¿Qué estás haciendo ahí?

CONCHA : Yo, nada. Le decía que aquí no es taller.

HERLINDA : Bueno, joven (Le da la mano.), pues ya que ésta es una casa decente y
que ...

(Le sonríe como cómplice, le guiña un ojo.) Que todo está bien.

EL EMPADRONADOR : ¿Y esto? : (HERLINDA le puso en la mano un billete.) ¿Diez pesos?


HERLINDA : Por la molestia. Adiós. Lo acompaño.

EL EMPADRONADOR : Oiga, señora ...

HERLINDA : Señorita, aunque sea más largo.

EL EMPADRONADOR : Señorita, esto se llama soborno. ¿Qué se ha creído? Tenga.


Con esto

bastaba para que levantara un acta y la encerraran en la cárcel. Voy a hacer como
que no pasó nada, pero usted me va a dar sus datos, ya. Y aprisa, por favor. (Ve el
reloj, se sienta, saca pluma.)

A HERLINDA le tiemblan las piernas; se sienta en una silla. Ahora sí está


aterrada.

HERLINDA : ¿Cómo?

EL EMPADRONADOR : ¿A nombre de quién está esto?

HERLINDA : No está a nombre de nadie.

EL EMPADRONADOR : ¿Quién es el dueño de todo esto?

HERLINDA : El jefe de la casa es Francisco Ríos.

EL EMPADRONADOR (Escribe.) : ¿Cuánta materia prima consumen al año?

HERLINDA (Horrorizada.) : ¡Materia prima!

EL EMPADRONADOR : Sí. Telas, hilos, botones. Al año, ¿cuántos carretes de hilo


usarán?

HERLINDA : Dos o tres.

EL EMPADRONADOR : ¡Cómo es posible! ( Entra DORA, ve los diez pesos sobre la


mesa. Desfallece.)

DORA : ¡Jesús!
EL EMPADRONADOR (Mueve la cabeza.) : Habrá que calcular ¿hacen trabajos de
maquila?

HERLINDA : No, señor. Cosemos.

EL EMPADRONADOR : Eso es. Pero, ¿con telas ajenas? ¿O venden telas?

DORA (Ofendida, calumniada.) : Ay, no. ¿Cómo vamos a vender telas?

HERLINDA : No vendemos

EL EMPADRONADOR : ¿Podría ver lo que hay en ese ropero?

HERLINDA : ¿Ahí?

EL EMPADRONADOR (Feroz.) : Sí, ahí.

HERLINDA : Nuestras cosas: ropa, vestidos...

DORA (Pudorosa.) : Ropa interior.

HERLINDA : Comida

EL EMPADRONADOR : ¿Comida?

HERLINDA : Cosas privadas.

EL EMPADRONADOR : Bueno, pues déjeme verlas. (Truculento.) Eso está lleno de


telas, ¿verdad?

DORA grita.(Pausa.)

HERLINDA : (Ve a CONCHA.) ¡Judas!

CONCHA se sonríe, baja la vista. DORA empieza a llorar en silencio. HERLINDA se


pasa la mano por la frente.
HERLINDA : Está bien (Va y abre.) Aquí hay unas telas, pero son nuestras, de nuestro
uso. Y no las vendemos. Son puros vestidos nuestros.

CONCHA hace señas de "mentiras".

EL EMPADRONADOR : ¿Cuántos cortes? ( Va y cuenta .) ¿Treinta y siete vestidos


van a hacerse?

HERLINDA : ¡Nos encanta la ropa!

DORA empieza a sollozar cada vez más alto.

DORA : Ay, Herlinda, este señor parece un ser humano. ¡Dile, explícale! Señor, somos
solas, mi marido está enfermo, no puede trabajar.

CONCHA : Se emborracha.

DORA : Mi cuñada y yo trabajamos. Empezamos cosiendo a mano, y ve usted que


tenemos buen gusto, a las vecinas les parecieron bien nuestros trabajitos. Ay,
señor, nos sangraban los dedos, ni dedal teníamos. Mire estas máquinas, estas
telas, así las ganamos, con sangre. ¿Como puede usted? (Se arrodilla.) Yo le
suplico, por su madre, por lo que más quiera ... (Aúlla.) ¡No nos hunda usted! ¡No
podemos pagar contribuciones! ¡Si casi no ganamos nada! ¡No podemos! ¡Acepte
los diez pesos!

HERLINDA : ¡Dora! ¡Cállate ya!

DORA : ¡Acéptelos! ¡No tenemos más! ¡Se los damos de buena voluntad! ¡Pero
váyase, váyase! (Va de rodillas a la cama y ahí sigue sollozando.)

EL EMPADRONADOR (Gritando.) : ¡Pero señora, no entiende! Esto es para


Estadística, de Economía. Los impuestos son de Hacienda. Esto es confidencial,
es secreto. Nadie lo sabrá. ¿Qué horas son? ¿Dónde pusieron el reloj? ¡Van a dar
las dos y no hemos hecho nada! ¡A ver! ¡Contésteme!
Más aullidos de DORA, HERLINDA se seca dignamente dos lágrimas.

HERLINDA : Pregunte lo que quiera.

EL EMPADRONADOR : Por favor, entienda. ¿Cómo cree que les iba a hacer un daño?
¡Pero debo entregar veinte boletas cada día y llevo seis! ¡Seis boletas! ¡Y ayer
entregué nada más quince! Yo estudio, necesito libros, necesito ropa. Mire mis
pantalones. ¿Ve qué valencianas? Mire mi suéter, los codos. Y no quiero que me
corran antes de cobrar mi primera quincena.

CONCHA (Coqueta.) : ¿No tiene un cigarro?

EL EMPADRONADOR : ¡No tengo nada!

Una pausa. Sollozos de DORA. EL EMPADRONADOR saca un cigarro y lo enciende


inconscientemente.

EL EMPADRONADOR : El censo es... Ya le expliqué es un... ¡No tiene nada que ver
con los impuestos! ¡No les va a pasar nada!

Entra PACO, adormilado, con leves huellas alcohólicas en su apariencia y voz..

PACO : ¿Qué sucede? ¿Por qué lloran?

EL EMPADRONADOR : Señor. ¿Usted es el jefe de la casa?

PACO (Solemne.) : A sus órdenes.

EL EMPADRONADOR : Mire usted, sus esposas no han entendido.

HERLINDA : No es harén, señor. Yo soy su hermana.

EL EMPADRONADOR : Eso. Perdón. Mire...¿usted sabe lo que es un censo?


PACO : Claro, el periódico lo ha dicho. Un recuento de población. Todos los grandes
países lo hacen.

EL EMPADRONADOR (Ve el cielo abierto.) : Eso es. Y un censo de industria,


comercio y transporte, es un recuento de... Eso mismo.

PACO : Sí, claro. Muy bien. ¿Y por eso lloran? No se fije. Son tontas. Concha, tráeme
una cerveza.

CONCHA : No soy su gata.

PACO (Ruge.) : ¡Cómo que no! (La arrastra por el brazo.) Toma, y no te tardes. (Le
aprieta una nalga. Intenso:) Una dos equis, fría. (De mala gana.) Usted toma una,
¿verdad?

EL EMPADRONADOR : No puedo, trabajando...

PACO : Me imaginé. (Ruge.) ¡Anda!

CONCHA sale, muerta de risa.

EL EMPADRONADOR : Los datos del censo son confidenciales. La Dirección


General de Estadística es una tumba, y yo otra. Nadie sabrá lo que aquí se escriba.

PACO : ¿Y para qué lo escriben, entonces?

EL EMPADRONADOR : Quiero decir... Lo saben en Estadística.

PACO : Como pura información.

EL EMPADRONADOR : Sí.

PACO : Nada personal.

EL EMPADRONADOR : Nada. Todo se convierte en números.

PACO : Archivan los datos.

EL EMPADRONADOR : Sí.

PACO : Y se los mandan al fisco.


EL EMPADRONADOR : Sí. ¡No! Pero... usted entendía (Azota los papeles.) Usted sabe
lo que es un censo. Es..., es ser patriota, engrandecer a México, es... ¿No lo leyó en
el periódico?

PACO (Malicioso, bien informado.) : Los periódicos dicen puras mentiras. Vamos a
ver, si no es para ganar más con los impuestos, ¿para qué van a gastar en sueldos
de usted, papel muy fino, impreta...?

EL EMPADRONADOR (Desesperado.) : Es como... Mire, la nación se pregunta: ¿Cuáles


son mis riquezas? Y hace la cuenta. Como usted, ¿no le importa saber cuánto dinero
hay en su casa?

PACO : No.

EL EMPADRONADOR : Pero..., tiene que contar cuánto gasta, cuánto ganan...

PACO : Nunca.

EL EMPADRONADOR : ¡Pero cómo no! Bueno, ustedes no, pero un país debe saber...
cuánta riqueza tiene, debe publicarlo...

PACO : ¿Para que cuando lo sepan los demás países le caigan encima? ¡Yo no voy a
ayudar a la ruina de mi patria!

EL EMPADRONADOR : Es que... ¡Es que ya son casi las dos! ¡A las dos y media debo
entregar mi trabajo!

PACO : Ah, pues vaya usted. Ya no le quito el tiempo.

EL EMPADRONADOR (Grita.) : ¿Y qué voy a entregar? Nadie me da datos, todo el


mundo llora. Me van a correr, hoy no llevo más que seis boletas. Usted, déme
los datos. De lo contrario, es delito, ocultación de datos. Puedo levantar un acta y
consignarla.

Nuevos aullidos de DORA.

HERLINDA : Consígneme. Se verá muy bien arrastrándome a la cárcel. Muy varonil.


PACO : No se exalte, no se exalte. Nadie le oculta nada. ¿Pero usted cree que vale la
pena hacer llorar a estas mujeres por esos datos?

EL EMPADRONADOR : ¡Pero si no les va a pasar nada!

PACO : Les pasa, mire (Patético.) ¡Sufren! (Tierno.) Ya no llores, mujer, ya no llores,
hermana. (Las muestra.) Aquí tiene, siguen llorando.

EL EMPADRONADOR (A punto de llorar.) : Tengo que llenar veinte boletas, y llevo seis.

PACO : Pues llene aprisa las que le faltan, yo le ayudo. ¿Qué hay que poner?

EL EMPADRONADOR (Escandalizado.) : ¿Pero quiere que inventemos los datos?

PACO : Yo no. Usted. (Le da un codazo.) Ande. Primero es uno, después los papeles.

Entra CONCHA.

CONCHA : Tenga. (Le da la cerveza.)

PACO : ¿Una poca? ¿Un vasito? ¿O algo más fuerte? ¿Un tequilita?

EL EMPADRONADOR : ¿Qué horas son? (Duda.) ¿Usted me ayuda?

PACO : ¡Claro, hombre!

EL EMPADRONADOR : Pues aprisa. Dejen la mesa. Sólo así. Señora, señorita... Ya


no voy a llenar la boleta de ustedes, pero... ¿Pueden ayudarme, con unos datos?

PACO : A ver, vieja, ayúdennos. Hay que ayudar a mi señor censor. ¿Un tequilita, mi
censor?

EL EMPADRONADOR : Muy chico.

Las mujeres ven el cielo abierto, corren a servirlo.

PACO : Y una botanita. A ver. ¿Se puede con lápiz?


EL EMPADRONADOR : Con lápiz tinta, nada más.

DORA (Tímida.) : ¿Los ayudamos?

EL EMPADRONADOR : Pues... A ver si pueden. Si no, yo las corrijo.

HERLINDA (Cauta, sonríe.) : ¿Rompemos ésta?

EL EMPADRONADOR : ¿La de ustedes? Póngale una cruz grande y "Nulificada".


Ahora imagínese que tiene un taller con... 15 máquinas. Y vaya escribiendo:
cuántos vestidos haría al año, cuánto material gastaría... Haga la cuenta por
separado. Y usted..., imagínese un taller más chico, con 8 máquinas. Las
preguntas que no entiendan, sáltenlas. Yo las lleno después.

Se sientan en él. Trabajan velozmente

HERLINDA : Mi taller va ser precioso. Se va a llamar: "Alta Costura", S. en C. de R. H.

DORA : ¿Qué dirección le pongo a mi taller?

EL EMPADRONADOR : Cualquiera de esta manzana. Salud. (Bebe.)

DORA (Se ríe.) : Le voy a poner la dirección de doña Remedios.

PACO : Yo preferiría un taller mecánico. Eso voy a hacer. "La Autógena", S. A.


(Pellizca a CONCHA.)

CONCHA : ¡Ay!
HERLINDA : Cállate, Judas.

EL EMPADRONADOR : Con esos diez pesos... podrían mandar a Judas a comprar


unas tortas. Para todos, ¿no?

T E L O N D.F.

26 obras en un acto

EMILIO CARBALLIDO

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