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Testimonios

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Ruido Blanco IV:

Carta abierta a los medios

Nota:

Estas notas se las dejo a usted, han sido recojidas en dis-


tintas instituciones estatales aún antes del brote mayor.
No puedo decir que son todas mías, doctores, gendarmes, en-
fermeras y psicólogos las han realizado gratis y poniendo
en peligros su vida y su trabajo, ¿por qué? Eso tendrá que
averiguarlo leyendo esto. Angélica y yo las hemos escon-
dido lo más posible. Estos textos pueden parecerle peligro-
sos, tóxicos, pero son reales y verá en ellos el poder de
la honestidad, de la inocencia.

Usted verá lo que hace con ellos, casi todos los en-
trevistados aquí han dado su verdadero nombre, y los que en
un comienzo han escondido su identidad hoy se atreven a
hablar.

Sí Flimman encuentra estos textos antes de que ustedes


los publiquen, estaremos todos en peligro, ese imperante
que la gente sepa lo que sucede. No sólo en las Puertas de
Perla, también en las cárceles y en los hospitales. El mie-
do camina entre nosotros, y esta es la historia de los que
hablaron, pero muchas más van a quedar en el silencio y el
olvido. Esa es para siempre nuestra gran culpa.

C. Gajardo

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Primera Parte: Convulsiones de la realidad

Nombre: Miguel Ángel Ferrada


Relación: Paciente
Diagnostico: Paciente Nivel 3. Esquizofrenia Catatónica

Lo primero fue el fuego que se incrustó en la boca del es-


tomago.

Obviamente no apareció de la nada. Era uno de esos do-


lores a los que te acostumbras, que son parte del traqueteo
del cuerpo y que crecen lentamente, sin que te des cuenta,
los asumes normales y luego ya ni los notas, convirtiéndose
en parte del ruido ambiente.

Pero el ruido, eso que hasta entonces era un monótono


traqueteo, se multiplicó, estalló, incendió en un instante
la boca de mi estomago. La comida mal digerida se revolvió
en mis tripas, licuándose. Apreté el esfínter para no defe-
car ahi mismo. Algo subió por el esófago y lo detuve ahi.

Cerré los ojos y contemplé el blanco más puro y abso-


luto posible. Como si mi cabeza se apagara, como si las ba-
terías se vaciaran y no hubiese combustible para continuar.
Fue maravilloso. El último recuerdo agradable que me queda.
Y entonces lo sentí, como un golpe de costado, un musculo
que se tensiona en la parte inferior de la nuca y reactiva
mi consciencia.

Vuelvo en mí. Aún estoy aquí y caigo de rodillas.


Lloré. El fuego, ese fuego frio crecía, subiendo por el
nervio vago. Mis dedos comienzan a temblar. La habitación
en la que estoy (no puedo reconocer el lugar) no es más que
volcanita endeble, yeso y papel. La mentira cae y me siento
desnudo y a la intemperie.

Empezaron a golpear la puerta. La puerta no es más que


unos palos y una plancha de algún aglomerado, incapaz de
protegerme. Alguien llamó lo que supongo es mi nombre. El
sonido de su voz retumbó en los pane-
les, multiplicándose, volviéndose más grande, abismal. El
sonido puede destruirlo todo. En ese momento lo supe. Basta
una nota que retumbe de manera perfecta y todo se vendrá
abajo.

Mis dedos siguen temblando, mis manos, mis brazos, to-


do mi cuerpo se descontrola. Grité. Grité desgarrando mi

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garganta, intentando sacar el fuego por la laringe, inten-


tando reconocer en el dolor mi propio cuerpo, intentando
tener control sobre algo, sobre mis cuerdas vocales, sobre
mi lengua, sobre mi boca, mis dientes.

Fue lo último que intenté hacer y fue en vano."

II

Nombre: Jorge Marcos Baradit Morales


Relación: Desconocida
Diagnostico: Paciente Nivel 2. Contaminación máxima, degra-
damiento generalizado.

No sé lo que pasa, recuerdo cosas del futuro. A veces creo


recordar que me abrieron el cráneo y alguien orinó por la
fractura. Creo que me sacaron un trozo y se hicieron un
sandwich. O lo soñé. Siento que pienso con la mano izquier-
da, miro con la mano derecha, veo mi cara cuando pongo la
palma hacia arriba. La cabeza comienza a hundirse entre mis
hombros, no puedo moverme, la boca se hunde entre mis hom-
bros, luego la nariz, lentamente como un enorme transatlán-
tico en un mar de carne cruda.

Ahora me inclino, los recuerdos caen desde mi cara y


se quiebran contra el suelo como platos de loza. Ahí va mi
infancia, más allá pedazos de alguna pelea con mi padre,
los recojo intento comerlos, alguien intenta detenerme, le
grito en la cara y una ola revienta contra sus pómulos, una
ola de palabras enrojecidas que se quiebran hechas de made-
ra vieja, pintadas de rojo y las pongo en un plato como
desayuno porque ya no quiero seguir perdiéndome. Un plato
lleno de mi, diluyéndose. no quiero diluirme, el cerebro se
derrite por mis narices y oídos. Recojo todo lo que soy,
mis fotos y mis deposiciones, todo lo que sale de mi, las
escamas de lo que soy, las recojo desesperado, que nada se
pierda, me como todo, me amordazan, el pelo, las uñas. Me
desvanezco, se me cae un brazo, se me caen los órganos por
el ano y me los afirmo, busco hilo y aguja para coserme los
orificios, ya no quiero seguir olvidando. Tengo que coserme
todos mis agujeros, empezando por la uretra.

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III

Nombre: Ralf (Luis Saavedra)


Relación: Encuentro ocasional
Diagnóstico:______________

No recuerdo desde cuando, pero para mí la experiencia de la


vida es una observación lejana desde el balcón. No sé si es
la naturaleza de la memoria, porque ella puede darnos alti-
bajos sonados, pero mi infancia fue la bicicleta de otro
que no me importaba y las fiestas sabatinas a las que no
fui. No hay queja, fue una decisión tomada con tiento, me
la merecía para hacer lo que tenía planeado. Por supuesto,
las consecuencias no son evitables. Nunca lo son porque la
ley de la física en este universo es implacable. Miro des-
conectado a la gente, mi sabiduría respecto de la piel
humana es mínima, no soy un ser humano. Muchos no lo son y
no lo saben durante toda su vida, no es culpa de nadie,
porque la vida no está hecha para la mascarada humana que
hemos construido durante siglos. No hay vida gentil, no
existe la comunicación en el amor ni misterios dolorosos,
la vida es un largo rollo de fotografías de cada instante
aburrido y algunos, unos pocos, de intensa necesidad, como
sangrar, como ser amado, como matar. Algo leí sobre un
físico que decía lo mismo, raro en él. El cambio es solo
ilusorio y cada fotograma es eterno. Pero no hay que creer
a nadie que sea matemático, así lo decía Malba Tahan, cada
uno de ellos es un loco sádico que busca hacer las cosas
más complicadas. En cierta manera, salir del mundo, mirarlo
como una pecera oscura y caótica, es una forma de encontrar
un punto dorado de equilibrio, para evitar el dolor o la
decepción, después de haberlos conocido. Quién me puede
acusar de cobarde si me respaldan sistemas de pensamiento y
paladas de filósofos ocasionales que saben que la sabia Na-
turaleza elige siempre el camino más directo. Pero contra-
dictoriamente, excluirme del mundo también fue un acto de
amor a mí mismo, de salvaguardar la piedra bruta que com-
prendí que era y tomar el cincel para hacerlo a mi modo. El
proceso no fue perfecto pero fue mío.

El miedo, algo sobre su anatomía. Aunque siempre estu-


vo presente, en sus formas más saludables como evitar ser
comido, ahora forma parte de la base de todo. A alguien le

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interesa que consumamos el miedo y lo incorporemos a tamaño


molecular. Fue una de las razones de mi decisión. El miedo
estuvo bien como esquema adaptivo, pero también es disrup-
tivo porque modifica la conducta moral, y cuando se socia-
lizó se convirtió en arma preventiva, y cuando se hizo con
el poder de la cotidianeidad se transformó en control cons-
tante. De nuevo una referencia científica, aquella que
apunta que en realidad el miedo ya no es más una reacción
fisiológica sino producto de la expansión de la conciencia,
pero esa expansión es supervisada, desvelando solo eso que
quieren que sepamos. Crecer ya no es más un enfrentamiento
al dolor, ahora es un aprendizaje para evitarlo. Pero no
soy yo quién lo destruya, solo me salvé a mí mismo, no me
interesa enfrentarme a nada.

CG vino y se fue una mañana sin mucho qué hacer, du-


rante una caminata alrededor de la cuadra. Vivo en medio
del miedo, lleno de niños que quieren ser imitadores de
hombres crueles que solo existieron en la literatura y la
música popular. No tienen mucha más alternativa, funcionan
como los perros sin dueño que crecen viendo dentelladas de
colmillos, en departamentos de ladrillo rojo y tejado de
zinc que deja retumbar la lluvia en cada tarro de pintura
desde la cocina al dormitorio. Aquí vivo, entre ellos y
jardines bastardos de cactus polvorientos y cardenales de
tallo grueso como un dedo, caminando cada mañana y cada
tarde delante de rejas de rojo y verde de hierro colado por
las que se dejan ver gatos congelados y los hocicos de los
perros. CG no pertenecía a ese mundo, lo vi de inmediato a
través de los costrones de sangre de su cara. Estaba tirado
al sol en un islote de pasto verde esperando recuperar las
fuerzas, la espalda apoyada en un escuálido árbol. Tenía la
misma edad de los niños que veía a diario, pero no había
nada de la puesta en escena que despliegan. Era un momento
calmo que me contagió.

“Qué quieres, viejo”, me dijo pero no entendí al tiro,


la boca hinchada le impedía modular bien. No respondí y me
quedé viéndolo. “¿Te gusta? Esto es lo que le hacen a los
que somos diferentes.” Esa arrogancia era pura vitalidad,
continuó: “La gente como tú me hizo esto. Me tienen miedo
los culiaos, pero se va a acabar pronto…” Se levantó afir-
mando una mano en el tronco del árbol y me acercó su ros-
tro. “¿No tenís lengua, viejo aweonao?” Para qué usarla sin
tener motivo. “¿No me tenís miedo? No” y pareció calmarse,

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se acomodó la raída chaqueta de jeans y ofreció de nuevo el


rostro al calor del sol. “Cuando era chico, me gustaba que-
darme dormido al sol en la mañana.” No, no era contemplati-
vo, pero todos tenemos esos arranques de renuncia. “¿Sabís,
viejo, que el ruido blanco sirve para volver loca a la gen-
te?” No, no sabía, pero puede ser y ahora lo creo más que
nunca. El ruido blanco es un proceso estocástico y el cere-
bro siempre se esfuerza por buscar patrones, más de alguno
puede salirse de mollera buscando algo que no hay. El soni-
do aleatorio sabotea también las áreas de la audición y el
lenguaje en los niños. “¿No sabís? Por supuesto que no, ni
tú ni nadie, pero acuérdate de mi cara, viejo.” Y después
se alejó, medio cojeando para fundirse con la trama de la
ciudad que comenzaba a despertar, ese hermoso hijo de puta.

Después de todas las cosas que han pasado en mi vida,


puedo decir lo siguiente: nunca hice nada por nadie, y aho-
ra me doy cuenta qué viejo egoísta y estúpido soy. Después
de lo que él hizo, puedo decir: hubo una forma de destruir
el miedo encallecido y nunca se me ocurrió, y que era tan
sencillo como el viejo principio de la anulación de vibra-
ciones superpuestas. Es tan obvio: al miedo, Ruido Blanco.

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Archivos Carcelarios

Nombre: Guajars (Daniel Guajardo


Relación: Reo.
Diagnostico: Paciente Nivel 2. Proceso Alucinatorio, tras-
torno paranoide.

Entiendo que usted es un experto en estas cosas, pero ser


tan experto lo convierte en ignorante. Mire, todo lo que
sabe no es nada comparado con todo lo que realmente existe,
pero ahí está usted doctor con su cara de conchadesumadre
mirándome como a un bicho raro que le va contar una histo-
ria de fantasías animadas.

No mire a sus gorilas, ¡no me estoy portando mal! Y


váyase a la mierda un rato…

Está bien, si la historia ya la sabe, la tiene ahí en


mi ficha. Eso me despertaba toas las noches, me hablaba,
pero no decía nada. Era como estar con parálisis de sueño,
esa sensación, pero yo sabía que estaba totalmente despier-
to. Y eso me decía cosas, frases al azar, eran como cancio-
nes de niño, poemas, trozos de película. Y nada tenía sen-
tido.

Eso se quedaba en un rincón de la pieza, yo lo veía


clarito, dos ojos que parpadeaban en la negrura absoluta.
Al principio le arrojaba cosas y se iba, pero con el tiempo
su discurso se hizo furioso, me gritaba, decía esas cosas
sin sentido.

Y me producía un miedo tremendo, pero eso no es lo que


me tenía cagao, lo que me tenía a saltos todo el día es que
no me dejaba dormir. Igual que usted doctorcito y su mari-
coneo nocturno, me despierta a cualquier hora sólo para
agarrarme la pichula, eso no se hace. Y esa weá en la oscu-
ridad no me dejaba dormir, de día no podía descansar, ni
una siesta, nada, y de noche me despertaba la weá y me si-
coceaba con sus palabras cuáticas y la puta que lo reparió.

¿Para qué es esa jeringa? ¿De nuevo? Por favor, cuando


me duerma no me culee. Después duele mucho para cagar.

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Segunda Parte: Yo y tú.

Nombre: Paloma Soto Carmona


Relación: Hija
Diagnóstico: Paciente Nivel 1. Esquizofrenia tipo paranoide

Nunca he entendido a las personas que quieren ser diferen-


tes. No veo el objetivo en querer ser prejuiciado, despre-
ciado y catalogado por elección. ¿Por qué cree usted que
todos quieren ser distintos? Porque se saben iguales, ¿y
sabe lo que es para alguien saber que es diferente? Un in-
fierno. Todo se cierra ante ti, te bloquea, te apunta. Ton-
tos los que buscan eso… Tontos.

De pequeña aprendí a camuflarme. Observé, estudié cómo


se movían, cómo hablaban, y reconozco que a ratos me volví
un poco excesiva cuando moría de miedo al ver que en la me-
sa me había tocado el único plato distinto. Pensaba que si
pasaba algo, todos los iguales se transformarían y me que-
daría sola otra vez. Y bueno… algo como eso nos atacó. Y mi
papá sabía, siempre lo supo.

No sé explicarlo bien, ¿sabe? De un momento a otro na-


die tenía rostro. Nadie. Terrible. Era mi pesadilla de ni-
ña, ¿sabe? Todos esos rostros mudos mirándome, lisos, per-
fectos, y yo tratando de ocultar mis ojos, mis imperfeccio-
nes, mi boca. ¿Qué hice mal que no me convertí también? ¿En
qué fallé? Dios.

No podía soportarlo. Es simple. Es un sentimiento


humano. La pertenencia. Psicología pura, ¿esa es su área,
no? Y bueno, si la naturaleza no te ayuda, la ayudas. Pensé
que la solución más similar sería ese frasquito de ácido,
como lo había visto tantas veces en las películas. Splash y
listo. Una más del resto… pero no era tan simple, nunca lo
es.

Claro que lo pasé mal, pero más que por el dolor, que
es algo obvio, fue porque no era el resultado esperado. To-
dos seguían con sus rostros impecables, imperturbables, sin
rasgo alguno, y yo me paseaba con los tristes restos del
mío.

Es curioso como al final las soluciones son las más


evidentes. Mi papá compró esta máscara de porcelana hace

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años. Él sabía lo que pasaría, repito. Ahora soy una más,


¿ve? Al menos por fuera, pero eso es lo que importa, ¿no?
Al menos a los demás, y con eso ya estoy más tranquila. Lo
que me importa a mí está aquí, pero de eso no le voy a
hablar porque ya no es necesario.

II

Paciente: Jorge Vergara (G. Merida)


Relación: Periodista
Diagnóstico: Paciente Nivel 2. Intoxicación con Ruido Blan-
co.

Verosimilitud. La cualidad de parecer verdadero. No de ser-


lo, sino de parecerlo.

Se dice que la ficción debe ser verosímil, pero que la


realidad no tiene que serlo. Tras cinco años como periodis-
ta había llegado a una conclusión: la realidad también es
verosímil. Por eso todo el mundo va al cine a consumir
ciencia ficción. Por eso existen la lucha libre y los pro-
gramas de farándula. Porque la realidad es verosímil, ajus-
tada, aburrida como cualquier fiesta donde la gente tiene
que levantarse temprano a trabajar al día siguiente, sin
poder matarse de la borrachera.
Hasta el ruido blanco.

Me impliqué demasiado, y eso lo comprendo. Estaba abu-


rrido. Las declaraciones rimbombantes con las que se justi-
ficaba el estado general del país. Los índices macroeconó-
micos que subían y subían. Las luchas de poder que más bien
eran partidos de golf de poder en esa taza de leche rancia
de la política nacional. Las cuñas. ¿Cómo no cambiarme a la
primera oportunidad? Lo decidí de la noche a la mañana, en
medio de una borrachera, y tras mi primer día en la revista
y con mi nuevo tema me arrepentí de inmediato. La resaca de
las decisiones. Iba a estar cinco meses cazando a ufólogos,
a nerds de los archivos equis, a personas que me daban la
entrevista en un living desde donde podía ver sus habita-
ciones de treinteañeros con repisas cargadas de monos de
star wars. Mentiras. Inverosimilitud hasta el límite.

No existía tal cosa como el ruido blanco. Como no


existen los ovnis. Ni la telepatía ni nada de esas mierdas.
Seudociencias. Seudomierdas, diría yo, pero convengamos en

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que eran mierda cabal, pura y dura y hedionda. Ruido blan-


co: un concepto de guerrilla marketing inventado por un
profesor de publicidad que aún no se resignaba a que sus
días de gótico habían terminado. Ruido blanco.

Investigaba y los conocía. Me concentraba en sus ros-


tros de pendejos malcriados mientras dejaba que la grabado-
ra se encargara de sus palabras. Comencé a perder plata
porque la fuerza de voluntad se me fue a la cresta y no
tenía ganas de hacer nada. En la revista no se notaba, pero
parte de mi sueldo se iba a pagarle a un pendejo para que
descaseteara las entrevistas. Volví a tomar pastillas. Usa-
ba mi tiempo libre en darle al vodka y conocer gente. Me
daba vergüenza contar en qué trabajaba. Otros seguían hue-
llas de contratos, de negociaciones con nueve ceros, de de-
claraciones perdidas en archivos de la Biblioteca Nacional.
Yo entrevistaba al freakismo anárquico subnormal de Santia-
go.

Ruido blanco, ruido blanco... Las únicas veces que me


hacía sentido eran con Mariana. Y con Claudia. Con Lucía,
una vez, y con Catalina. En la cama, siempre medio vodka
más allá del que quería, lo que había no era ruido blanco.
No, para nada, absolutamente no. Era un fuego confuso y un
sudor medio amargo y finalmente, después de tanto esfuerzo
y tantas conversaciones que prometían ese sabor que queda
en la boca después de dormir sin lavarse los dientes, des-
pués de las mentiras siempre verosímiles y el desastre co-
tidiano y correcto, finalmente, en el instante del orgasmo,
llegaba el premio.

El silencio blanco.

Y en ese silencio blanco lograba escapar del peso y


del sudor y de los años y de la obsesión con el trabajo, y
volar. Sólo un segundo. Volar. En el vacío. Y en ese vacío
comenzaban a repetirse las palabras.

Miedo. Mente. Acero. Sónico. Ondas. Quiebres. Desor-


den. Revolución.

Lo entendía. Por fin lo entendí. Lo que ellos llamaban


ruido no era más que la vida que otras personas habían
construido para nosotros.

En las declaraciones algo se repetía. Los adultos hac-


ían tal cosa. Nuestros padres no nos quieren ver. Las per-

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Testimonios

sonas mayores tendrán que aprender de lo que hicieron. Pero


era absurdo. ¡Nosotros no hicimos nada!

Alguien puso la mesa donde comimos. Nosotros estamos


cotidianamente arrancando y esa huida es lo que ellos lla-
man ruido blanco. Para mí, un ruido multicolor y humeante
del que sólo me escapo en el lugar del silencio.

Tuve que contratar a otro pendejo que descaseteara las


entrevistas. El primero se mató. Me robó un Stolichnaya sin
abrir el mismo día, el hijo de puta. Ni siquiera avisó.

Dicen que digitalizó mis cintas y las subió mezcladas


en un solo sonido superpuesto a YouTube y a Grooveshark.
Algunas declaraciones histéricas dicen que eso ayudó a dis-
tribuir el blah blah blah. Absurdo. Tengo declaraciones de
psiquiatras explicando que esas ideas son seudociencia.

Declaraciones que están en ese video en YouTube, por


lo demás. Hablando al mismo tiempo que quince mil pendejos.

Este es un lugar de paz. Un lugar donde descansar. Pe-


ro yo diría más aún: es un lugar donde recomenzar. Pienso
reencontrarme conmigo mismo, buscar ese espacio interior de
tranquilidad y amor, de autoestima y ritmo pausado, y salir
de acá. Cuando las cosas recomiencen...

Pendejos. Tengo sólo diez años más que ellos. “Los


adultos aquí, los adultos allá, los adultos nos la van a
pagar...” Escúchame, pendejo sobrenatural: tengo diez años
más que tú y no tengo idea de nada de lo que ustedes nos
culpan. “La sociedad que ustedes han formado...” ¿Aló, yo,
mis amigos, la gente con la que me tomo un copete después
de la oficina, las maracas que me buscan para que olvidemos
juntos que no somos tan jóvenes? ¿Cuándo hemos sido sujeto
de algo, nosotros? Aprendan historia. Ni los líderes mun-
diales, ni los presidentes, ni el Bill Gates de mierda pue-
de decir que ha influido en algo. El mundo es como es. El
ruido es el nombre del mundo.

Nadie puede hacer nada. Mátense si quieren, jódanla


con sus drogas. La peste sónica se va a controlar. Después
de unos seis meses acá saldré y de nuevo me darán una tar-
jeta de crédito para que me compre un traje y consiga tra-
bajo y me case con una mujer que también pasará una jornada
acá, con ustedes.

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Seis meses encerrada entre pendejos. Un año entrevis-


tando pendejos. Una vida entrevistando niños que se creen
telépatas, que tienen algo que ver con el caos social que
vivimos por temporadas acá en el supermercado de la mano de
obra barata.

¿Dónde están esas devueltas de mano, dónde está esa


revolución que nunca llega?

Es la única pregunta que me queda tras haber escuchado


dos días el puto video en YouTube de mi descaseteador de
luca por hora. ¿De quién cresta se van a vengar ustedes,
niños?

Ahora que estamos en el mismo espacio, compartiendo el


vodka invisible que tengo guardado para no volverme loco,
ahora se los digo.

¿Dónde está la verosimilitud de este movimiento? No me


digan que es verdad, que está ocurriendo. Esos datos no me
importan. Son sólo datos. ¿Cómo quieren que me lo crea si
no me parece verosímil?

¿Cómo quieren que me sorprenda del ruido blanco si lo


conozco desde que salí del colegio?

¿Dónde están los adultos?

III

Nombre: Mariano Neira Iturrieta (Emilio Araya)


Relación: Fonoaudiólogo/Amigo
Diagnostico: Paciente Nivel 2. Delirio de Persecución,
Síndrome de Capgras. Alucinaciones.

Mi hermano no hablaba así. En la Escuela de Teatro le ense-


ñaron a modular muy bien. Nunca se saltaba las eses. Por
eso hablaba a dos por hora, para poder articular bien. En
cambio, el de ahora habla rápido y a veces se las salta. El
Martín de siempre jamás habría hecho eso.

Cuando le pregunté si le ocurría algo que justificara


su inusual apremio, me respondió una que otra tontera vaga
sobre el trabajo y el fin de año, sobre los regalos de na-
vidad y la fiesta en casa de nuestra hermana. El Martín de
siempre jamás se habría excusado de esa manera. El Martín

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Testimonios

de Siempre es Testigo de Jehová y no celebra a fin de año


porque aborrece el origen pagano de la festividad.

Se lo digo: éste no es mi hermano. Me lo cambiaron.

El otro día lo espié mientras se desvestía. A simple


vista, parecía el mismo cuerpo de siempre. Sin embargo,
cuando tuve la oportunidad de examinar más cuidadosamente
su espalda, vi una mancha que no estaba allí. Era una cosa
horrible, un tumor, una mórula, un forúnculo negro tapizado
de pelos en la región sacra de su espalda. ¿Qué, quería
pruebas? Ahí las tiene.

No es mi hermano. No, no mi Martín querido. Este


huevón vino de fuera, me lo cambiaron los intrusos, y lo
hicieron porque ellos si cumplen sus promesas. Ellos dije-
ron que vendrían a buscarlo para dejar entrar al tercero,
al que no alcanzó a llegar, y lo hicieron. Están aquí. Uno
de ellos me sonríe irónicamente desde el cuadro del Niño
Llorón que tiene ahí. ¿Qué que cuadro? No me venga a decir
que no lo ve. Usted…

Mierda. Nunca debí haber venido.

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Testimonios

Tercera Parte: Autodiagnóstico

Nombre: Raúl Pinto


Relación: Hermano Mayor
Diagnostico: Paciente Nivel 1. Trastorno de identidad diso-
ciativo.

No hay mayor información acerca del paciente. Al parecer


este no sería su nombre real sino una coraza que lo protege
de un evento traumático. Al momento de ingresar no portaba
identificación y no hay registros de su familia. A menudo
tiende a vagar por la clínica con la mirada perdida y tien-
de a ocultarse en rincones sombríos balbuceando “ahí vie-
nen”. A continuación se ha transcrito un relato del pacien-
te en uno de sus momentos de calma.

“A veces... (pausa). A veces despierto en cualquier lugar y


no recuerdo como llegué allí. Es como ser viajero en el
tiempo ¿sabe?... no me malinterprete, no es que realmente
“crea” que viajé en el tiempo, es sólo que hay espacios que
se borran, como en esa película de Bruce Willis, la de los
monos... ¿cómo se llamaba?...

¡Ah!. ¡Los dolores de cabeza!, eso es un síntoma de que voy


a “perderme”... ¿que cuando comenzó?...(pausa larga)... no
estoy seguro... cuando intento recordarlo empiezo a escu-
char ese sonido... como el de las teles antiguas no tenían
señal en los ochenta ¿recuerda?, antes del cable y los
plasmas.

Sí, a veces sueño, pero estoy como... como dentro de otra


persona y corro despavorido, muy asustado. Huyo de mis her-
manos menores, pero, al despertar, no recuerdo tener herma-
nos. Ese sueño es...tan vívido... (el paciente mira el te-
levisor que está apagado en la consulta). ¿Doctor?, ¿Tiene
algo para el dolor de cabeza?.”

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Testimonios

II

Nombre: Armando Rosselot.


Relación: Conocido.
Diagnostico: Paciente Nivel 3. Proceso Alucinatorio esqui-
zofroide.

Hace algunos días empecé con la sensación. Llegó sin aviso


y me provocó la terrible revelación, una, que hasta ese mo-
mento me había estado golpeando la mente hace tantos, pero
tantos años.

Algunos dirán que estoy chalado, o algo por el estilo,


pero ya verán. Van a recibir sus propias revelaciones. Cru-
das y terribles, vivas; más vivas que ellos mismos, que to-
dos nosotros, y sabrán que ese día, es el día del inicio
del fin.

No hay escape. Se lo aseguro, como tampoco hay posibi-


lidad de revertirlo, está llegando para quedarse para siem-
pre, hasta el momento en que se quiera pegar un tiro o,
sencillamente tirarse de un edificio, total, qué más da. Si
todo lo que nos rodea ha comenzado a burlarse de nuestra
frágil humanidad, de nuestra sagrada humanidad. ¿O no sabe
que somos seres sagrados?, no, cómo lo va a saber, si para
ustedes solamente somos un manojo de carne y huesos que se
mueve por que sí y punto. ¿Pero sabe?, la cosa no es nada
así, ya lo va a ver, y tendrá miedo. Ese miedo que te borra
del mundo y que te hace pensar si éste alguna vez realmente
existió.

Yo ahora voy a esperar por los otros y por el guía. Si


no, yo voy a ser el guía de mi propio camino, ¿entiende?,
aunque el miedo me haga gritar desesperado.

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Nombre: Sergio Alejandro Amira Álvarez


Relación: Desconocida
Diagnóstico: Hiperlucidez

¿Sabe?, esa expresión de desconcierto que pone es lo que


más profundamente me molesta. Cómo si usted no fuese capaz
de hacer lo que yo he hecho, cómo si ningún otro ser humano
fuese capaz de hacerlo cuando no soy el primero ni tampoco
seré el último que haya violado, torturado y asesinado. Sé
que muchos delincuentes le echan la culpa a la sociedad de
cometer sus delitos al punto que se ha vuelto un cliché
desgastado y risible, pero déjeme decirle una cosa: es ab-
solutamente cierto, es más que una verdad, es un axioma. La
existencia de un solo criminal demuestra que la raza entera
está corrupta. Es imposible eliminar el aspecto criminal
del ser humano interviniendo quirúrgicamente a la sociedad
porque el crimen es prenatal. Radica en la consciencia mis-
ma de la humanidad y no podrá extirpársele hasta el adveni-
miento de una nueva consciencia, de lo que Nietzsche llamó
el übermensch que está tan lejos del ser humano como éste
lo está del simio. Se lo dije a Carlos Pinto cuando me en-
trevistó para su programa: “desde su punto de vista”, le
dije “usted se considera un hombre, pero para mí es un si-
mio... menos que un simio, un periodista, un patético y vil
periodista”. La prensa es como el clima, pero un clima ar-
tificial, un clima confeccionado por la humanidad. El ase-
sinato en cambio es puro. Los periodistas y los noticieros
lo hicieron impuro con la violencia. Vendiendo el miedo que
inyecta jugos amargos en la carne de las víctimas haciéndo-
las incomibles. ¿Me pregunta por qué maté a esas veintinue-
ve personas? Pues porque los periodistas lo venden, porque
ustedes lo compran y lo venden. La violencia es un bien de
consumo, se celebra en los medios y se tranza en la bolsa.
Los medios de comunicación son los responsables, les dicen
a los niños “oigan, no tomen pastillas rojas” y los pende-
jos ni siquiera sabían que existiesen las pastillas rojas
hasta que ustedes les dicen “dile no a las pastillas ro-
jas”, y entonces el niño piensa “no sabía que podía decir
que sí”. Y cuando están más grandes, les dicen que pueden
elegir entre la pastilla roja y la azul como en Matrix, en-
tre la ilusión y la realidad... pero eso tampoco es cierto.

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Testimonios

Claro que Matrix es una maquinaria de ficciones, pero se


trata de las ficciones que estructuran la realidad en la
que ustedes viven. Yo no elegí la pastilla roja ni la azul,
yo elegí una tercera pastilla que no es ninguna suerte de
pastilla trascendente que nos otorge una pseudoexperiencia
religiosa de mierda sino una pastilla que me permite perci-
bir, no la realidad detrás de la ilusión, sino la realidad
dentro de la ilusión misma. ¿Me entiende? Yo desperté y us-
tedes siguen dormidos, y la violencia que ejerzo sobre us-
tedes es para depertarlos, y mientras más dormidos estén
más fuerte debo sacudirlos para sacarles de sus ilusorios
pequeños mundos de Bilz y Pap. Sólo así dejan de escuchar-
los a ustedes, a los médicos, la prensa, la televisión, el
cine, a lo que Charlie Manson llamó la factoría del crimen.
Cuando ustedes dicen “este tipo hizo esto y aquello y mató
a ésta o éste otro”, eso no es lo que yo soy, ese no soy
yo. Es lo que ustedes ignorantes hijos de puta necesitan
que yo sea, lo que ustedes quieren que yo sea. Necesitan
que sea un abusador en el patio del colegio porque quieren
que los humillen y les pateen el culo, necesitan que sea un
violador porque sus mujeres quieren ser poseídas por una
fuerza animal y primigenia, necesitan que los asalte y les
robe porque en el fondo no quieren tener y acumular rique-
zas, porque en el fondo quieren ser como yo, quieren tomar
la tercera pastilla y ser libres pero tienen miedo y quie-
ren que yo sea violencia y sea muerte y los libere de su
miseria. Quieren morir e irse al cielo y sentarse al lado
de diosito y yo me pregunto, ¿qué mierda tiene todo eso que
ver conmigo? ¿Qué carajo tiene que ver conmigo? ¡Dígame!,
porque yo no puedo hacerme cargo de eso. Yo soy sólo un
instrumento y estoy libre de toda culpa. Cuando Carlos Pin-
to me preguntó: “¿Cómo puede mirar a un padre de familia
inocente a los ojos y luego matarlo a balazos?, yo le pre-
gunté si acaso él era inocente. Porque la verdad es que na-
die lo es. “Al menos soy inocente de asesinato”, me respon-
dió Pinto, pero déjeme que le diga algo, doctor, el asesi-
nato está sobrevalorado. No es nada tan especial, mucho me-
nos una de las bellas artes como decía Thomas de Quincey.
Es algo tan trivial como ir al baño o comer, trivial pero
sumamente necesario como son la mayoría de las cosas bana-
les después de todo. A menos que un grano de trigo caiga al
suelo y muera continúa solo. Pero si muere de él surgen mu-
chos frutos. Todos contribuimos a ser asesinados, Plauto
decía, hace ya 2200 años: Lupus est homo homini, non homo,

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Testimonios

quom qualis sit non novit. El hombre es el lobo del hombre


y el lobo no sabe porqué es lobo, Dios lo hizo así. El mun-
do es predatorio y cuando un lobo mata a un cordero simple-
mente es la hora de la muerte del cordero. Ni el lobo ni el
cordero ni el puto Dios tienen la culpa. Ese es el orden de
las cosas, la manera en que funciona el Universo y es mejor
que se vayan enterando de una vez por todas. La tercera
pastilla está allá afuera, pero no la obtendrán en una far-
macia.

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Testimonios

Apéndice, los autores/Pacientes (en orden de aparición):

Miguel Ángel Ferrada: Guionista, escritor y director del


Proyecto Doctor Mortis, es uno de los motores más incansa-
bles del cómic nacional. Pocos encarnan tan bien un estilo,
un tiempo, y viajan con tanta honestidad a través de los
géneros. Su trabajo es una constante inspiración para este
proyecto por lo que recomendamos que visiten su Web:
http://www.mortis.cl/

Jorge Baradit: Sí hay alguien que no necesita introducción


es este sujeto. Comunicador visual y escritor, ex integran-
te de banda punk rock y uno de los creadores del Canon
fantástico chileno. Sus novelas Ygdrasil, Synco y Kalfukura
son obligatorios a que quienes quieran entender lo que pasa
en Chile literariamente hablando. Recientemente ha lanzado
Chil3 junto a Mike Wilson, Francisco Ortega y Alvaro Bis-
ama, con ayuda de algunas plumas que encontrarán en estas
páginas. Visiten su Web, lean la raíz del delirio:
http://www.baradit.cl/

Luis Saavedra: Escritor y gestor literario, ha encabezado


movimientos literarios como Fobos y es uno de los fundado-
res del grupo Poliedro, una de las fuerzas más estables en
le tradición de la ciencia ficción y la fantasía chilena.
Sus relatos han sido publicados en distintas revistas del
género como Axxón, entre otras. Pueden visitar el enlace
del grupo para conocer más de su obra y la importancia de
este personaje tanto en su rol como escritor, como gestor
http://www.grupopoliedro.org/index.php?blog=6

Daniel Guajardo (Guajars): Es periodista, pero debemos


agregar a esto que es uno de los viajeros literarios más
interesantes dentro del grupo Poliedro. Su pluma se ha cru-
zado con la de Sergio Amira, y juntos publicaron Psique,
una de las novelas del género (y fuera de este), que deben
leer. Su estilo de ficción “Flyte” o “Cuma” es un aporte
interesante en cualquier compilación, ojo con este mucha-
cho: http://guajars.wordpress.com/

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Testimonios

Paloma Soto: Periodista, fotógrafo y escritora. Ha estado


presente en el mundo de la fantasía, la ciencia ficción y
el comic como una fuerza motora, aportando desde distintos
lados de las trincheras. Ha sido editora de revistas del
género como “Capsula” Conozcan parte de su trabajo más per-
sonal y dense el tiempo de entrar en su universo:
http://avecilla.deviantart.com/

Gabriel Merida: Periodista, escritor y guionista. Es una de


las fuerzas jóvenes más encendidas de la literatura nacio-
nal. Ha incursionado tanto en el teatro, como en el cine, y
ha escrito relatos tan potentes como “Los Que No Vuelven”,
corto que realizó con Raúl Pinto. Es también uno de los es-
critores que dio su aporte en Chil3. Si se atreve a asomar
su cabeza a la obra de Gabriel, aquí podrá hacerlo:
http://thelifeofthemind.gabrielmerida.cl/

Emilio Araya: Escritor, estudiante de letras, y oriundo de


Osorno es autor de la novela corta Schmetterlinge y una de
las fuerzas vivas en la fantasía, dirige el espacio virtual
de Fantasía Austral, donde poco a poco comienza a refundar-
se la fantasía épica chilena. Además de incursionar en el
mundo del Steampunk y otros géneros, siempre está aportando
nuevos textos en la red, los que usted debería de ver. Les
recomiendo empezar por su blog más personal y después visi-
tar el resto de sus ramas
http://elhuevomundano.blogspot.com/

Raúl Pinto: Comunicador audiovisual, profesor y escritor.


Es la esencia visual de la fantasía, la ciencia ficción y
el “New Weird” chileno. Su presentación en sociedad fue el
corto llamado “Punctum”, su pasión por el cine y lo que es-
te produce lo ha llevado a colaborar con autores como Ga-
briel Merida en Los que No Vuelven, actualmente se encuen-
tra trabajando en la versión para cine de la novela de Mike
Wilson, Zombie. Comience su exploración justo aquí:
http://www.raulpinto.cl/

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Testimonios

Armando Rosselot: Narrador y poeta autor de la novela Te


llamarás Konnalef. Es cultor de una fantasía surrealista,
que algunas veces mira al humor, y otras al drama. Es in-
cansable autor de historias pequeñas, novelas cortas, y
grandes sagas. No hay frase que podamos poner aquí para
describir los viajes y los caminos recorre nuestro colabo-
rador, aquí les dejamos su blog:
http://labruma.blogspot.com/

Sergio Alejandro Amira: Escritor y artista visual. Es uno


de los fundadores del canon fantástico nacional actual, es
autor de la novela Identidad Suspendida, y coautor de Psi-
que junto a Daniel Guajardo. También es creador del perso-
naje Atómica y colaborador de editorial Mythica. Pero nada
de lo que he dicho es suficiente para hablar de un hombre
que busca la novela total, la obra completa. Así que puedes
emprender tu viaje aquí:
http://sergioalejandroamira.wordpress.com/

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pia de esta licencia, visite
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una carta a Creative Commons, 171 Second Street, Suite 300,
San Francisco, California 94105, USA.

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