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Benedicto XVI rehabilita al papa maldito (  Renuncia  11 de febrero de 2013)

Nos encontramos ante un hecho histórico que sólo cuenta con un precedente equiparable, el de San
Celestino V que fue papa tan sólo cinco meses, desde el 7 de julio al 13 de diciembre de 1294, cuando
renunció. En aquella ocasión, además de los ochenta y cinco años del pontífice (una edad casi
desmesurada para la época) pesó mucho en su decisión la falta de preparación para el ejercicio del
gobierno, lo que ciertamente no ocurre en el caso presente.

Rendirá un inédito homenaje en L' Aquila a Celestino V, célebre por ser el único que dimitió y símbolo
del peso del cargo

Ha pasado inadvertido por el natural protagonismo del terremoto, pero la visita de Benedicto XVI a
L'Aquila (29 abril 2009) un momento sorprendente. El Papa rendirá homenaje a los restos de su
predecesor Celestino V, pontífice en 1294, salvados del derrumbe de la basílica de Collemaggio.

¿Qué tiene de especial este papa? En la historia de la Iglesia tiene una controvertida carga simbólica:
es el único pontífice que ha renunciado al cargo, angustiado por la responsabilidad y espantado
de las confabulaciones curiales y políticas. Es el gran precedente de un papa que dimite.

El Papa visita la zona del terremoto, pero sin duda es un gesto inédito. Sobre todo porque Ratzinger
donará el palio, la banda que se coloca sobre los hombros, con el que empezó su pontificado.
«Es un gesto histórico, señal de estima y veneración, y ningún papa había hecho un regalo a
Celestino V.

Aceptó a regañadientes

Celestino V, Pietro di Morrone, era un simple fraile benedictino -orden cuyo fundador inspira el
nombre elegido por Ratzinger- que vivía como un ermitaño en una cueva. Aceptó con 79 años
-uno más que Benedicto XVI- a regañadientes, por sentido del deber, para sacar a la Iglesia del
bloqueo en que se hallaba tras 27 meses de cónclave. Sin embargo, pronto sintió la soledad del
cargo. Duró cinco meses. Su consejero y sucesor, una vez nombrado papa como Bonifacio VIII, lo
hizo arrestar y murió en prisión. Una hipótesis sostiene que fue asesinado. De hecho, en 1988 su
cadáver desapareció misteriosamente tres días y cuando fue hallado alguien había practicado una
TAC en su cráneo, al parecer para comprobarlo.

Asuntos novelescos aparte, la figura de Celestino V es ambigua. Es un santo, pero también el pontífice
'culpable' de haber abandonado, una leyenda de maldito que nace de los famosos versos de Dante
que se interpretan como su descripción: «Aquel que por vileza cometió el gran rechazo». No
obstante, Petrarca le defendió como alguien «libre que no aceptaba imposiciones» y desde luego
ejerce una fuerte empatía en los papas abrumados por su tarea. Este ascendiente emergió con fuerza
en la visita que realizó Pablo VI al lugar de su muerte, el castillo de Fumone, en 1966. Fue una suerte
de rehabilitación. Montini fue un papa atormentado por el peso del cargo y que escribió una carta de
dimisión para ser abierta en caso de que perdiera sus facultades. De su caso y de Celestino V se volvió
a hablar en los últimos años de Juan Pablo II, a la vista de sus problemas de salud, y el propio Wojtyla
pensó en la dimisión.
Pablo VI, que rindió homenaje a Celestino V a los tres años de su elección, le reivindicó así: «Después
de pocos meses, comprende que es engañado por quienes le rodean, que se aprovechan de su
inexperiencia para sacar beneficios. Y aquí brilla la santidad sobre las carencias humanas: el Papa
había aceptado como deber el pontificado supremo, y así por deber renuncia». Según el historiador
del papado Franz Xaver Seppelt, profesor de Ratzinger, el caso de Celestino V demostró «que el jefe de
la Iglesia, además de llevar una vida santa, no debe carecer de la cultura y las capacidades
adecuadas». Benedicto XVI, estudioso y apasionado de la Iglesia primitiva, admirador del ideal
monástico benedictino, cuyos planes eran retirarse a escribir a su tierra natal, que se ha quejado de
una Iglesia en la que «se muerde y se devora», y al que se describe como un hombre aislado en las
tramas de la Curia, es totalmente consciente del simbolismo de Celestino V. Lo que diga ese día puede
ser interesante.

Ésa fue la última renuncia de un papa hasta el caso de Benedicto XVI.

"Son dos casos distintos. La renuncia de Gregorio XII ocurrió en un contexto para poner fin al
Cisma de Occidente".

Durante dos años existió lo que se conoce como "sede vacante": en 1417 fue elegido Martín V como
legítimo papa, cuando Gregorio XII falleció. A su vez, Juan XXIII también renunció a su aspiración papal
y se sometió al gobierno de Martín V.

De hecho Juan XXIII no fue tomado en cuenta en la lista de pontífices y casi 500 años después fue ese
nombre el que tomó el cardenal italiano Angelo Giuseppe Roncalli cuando resultó elegido papa el 28
de octubre de 1958.

Benedicto XIII, considerado después como uno de los "antipapas", fue depuesto por el Concilio de
Constanza en 1417.

Celestino V
"Cuando Benedicto XVI renunció, se comenzaron a divulgar otros casos supuestamente similares,
pero que, stricto sensu, no pueden equipararse, a excepción de la renuncia de Celestino V en 1294.

Celestino V, de nombre secular Pietro Angeleri di Murrone, era un monje benedictino italiano que
había dedicado sus años a la contemplación y el aislamiento de eremita (vivió cinco años en una
cueva).

Pietro Angeleri di Murrone nacio en Molise, una región del norte de Italia que ingresó en la orden
benedictina como monje en 1232, en el monasterio de Santa María in Faifoli. Desde un principio se
mostró afín a la purificación de su espíritu por medio de la privación de los placeres materiales y la
abstinencia.

En 1239 decidió hacerse ermitaño, y situó su vivienda en una cueva del monte Morrone, donde se
mantuvo durante 5 años completamente aislado del mundo.
Posteriormente se trasladó a otra cueva en una montaña de la región de Abruzos, donde fundó junto a
dos compañeros, la orden de los Celestinos en 1244.

En aquella época existió en la iglesia católica un vacío papal al no haber consenso de quién debía
ocupar la silla de San Pedro. Tras arduas deliberaciones decidieron que la persona más indicada para
acceder al puesto era Pietro Angeleri, que fue coronado en la ciudad de L´Aquila. Trató de huir de su
fatal destino, pero no le fue posible, ya que al monte acudieron cerca de 200.000 personas tras enterarse
de su nombramiento. No quiso trasladarse a Roma, como era la tradición papal, e instaló su sede en
Nápoles.

Hasta que su vida cambió cuando, en julio de 1294, fue elegido papa tras dos años de cónclave.

Murrone, quien llegó a Roma montado en un asno, aceptó el resultado de la elección y después de
que se le nombrara obispo -apenas era presbítero- se convirtió en el papa Celestino V.

Pero, debido a su falta de experiencia y vocación para el manejo de los asuntos de Estado de la Iglesia
católica de aquellos años, a los cinco meses renunció por "enfermedad, por falta de conocimientos y
para retornar a la vida de ermitaño".

En ese momento, tras un cónclave expeditivo que apenas duró un día, fue elegido Bonifacio VIII.

Se vino a denominar Celestino V, pero su pontificado fue muy breve. Tras cinco meses decidió que no
estaba preparado para ejercer de Papa y deseaba volver a su vida ermitaña anterior. Consultando con
un experto en derecho canónico su renuncia, decidió que la única manera consistía en crear una ley
que le permitiera abdicar. Así lo hizo. Su puesto fue rápidamente ocupado por el cardenal Benedicto
Caetani, que cogió el nombre de Bonifacio VIII.
El nuevo papa decidió trasladarse a Roma, pero su deseo era que Celestino le acompañara, ya que temía
que sus enemigos se revelaran ante su ascenso. Tras la negativa de Celestino y su fallido intento de
escapar al monte Morrone, fue detenido y encarcelado en el Castillo de Fumone. Mal vivió en su zulo
durante diez meses, hasta su muerte.

- Como signo hoy le encontramos su verdadero significado: en 2010 el papa Benedicto XVI visita dicho castillo donde san
Celestino V estuvo recluido y deja su palio sobre su tumba.
El «loco» contra el «monstruo»: así fue el
rocambolesco rapto de Felipe IV al Papa Bonifacio
VIII
La acción fue más propia de un «thriller» actual de Hollywood que de una disputa política entre los dos
hombres más poderosos del medievo, pero sucedió de verdad en Agnani (Italia) en 1303

La Francia de finales del siglo XIII y principios del XIV estuvo gobernada por  Felipe IV. Un
monarca polémico, intransigente, retorcido y severo que gobernó en uno de los momentos más
violentos de la historia de la humanidad: las cruzadas, los enfrentamientos feudales,
las epidemias, las grandes hambrunas, las persecuciones religiosas y los complots
políticos. Algunos, incluso, le consideraban preso de su locura. Quizá por eso, además, planeó
y ordenó uno de los episodios más rocambolescos de la Edad Media, al enviar en 1303 a un
grupo de mercenarios a secuestrar al Papa Bonifacio VIII .

La acción fue más propia de un «thriller» actual de Hollywood que de una disputa política
entre los dos hombres más poderosos del medievo. Pero sucedió de verdad. El enfrentamiento
comenzó a finales del siglo XIII por cuestiones fiscales, después de que Felipe IV exigiera al
clero francés el pago de una serie de impuestos para afrontar los gastos de su guerra contra
Inglaterra.

El Papa se opuso y, en 1296, promulgó la «Bula Clerecis», en la que amenazaba con


condenar a la excomunión a los que cobraran dichos tributos sin su autorización.
Bonifacio VIII tampoco era precisamente un santo. Nacido en una familia noble de Agnani
(Italia), en 1235, estudió derecho antes de convertirse en cardenal, en 1281, y Papa, en 1294.
No tardó mucho en defender que su autoridad era suprema, superior a la de los poderosos
reyes europeos. Se dice que era autocrático, vengativo y tendente a abusar de su posición para
enriquecerse. En su corte, de hecho, le conocían como el «monstruo». Y según sus enemigos
hizo gala del apodo, puesto que creen que para acceder a su puesto había asesinado a su
predecesor, Celestino V . ¿Cómo? Clavándole un clavo en la cabeza.

Un tira y afloja
Ante la amenaza de excomunión, Felipe IV reaccionó limitando el envío de dinero de las
diócesis francesas a Roma y Bonifacio se vio obligado a aceptar las demandas del Rey.
Además, el monarca arrestó a un obispo francés cercano al Vaticano. Aunque el Pontífice
exigió su liberación mediante un documento oficial en el que declaraba su poder legítimo sobre
el Rey, no lo consiguió. Este documento fue la «Ausculta fligi» (1303), cuyo objetivo era
reprender públicamente la actitud del monarca. Después le ordenó que acudiera a Roma para
celebrar un concilio junto al episcopado francés. También se negó y, además, prohibió la
asistencia de los clérigos. la reacción de Bonifacio VIII fue promulgar una nueva bula, « Unam
Sanctam» (1302), que una vez más no consiguió ablandar ni amedrentar al Rey.
La escalada de violencia entre ambos aumentó hasta el punto de que Felipe IV acusó al Papa de
herejía, blasfemia, sodomía, brujería y simonía (intención de negociar con los asuntos
espirituales), según recogía la historiadora Barbara W. Tuchman en su libro «A Distant
Mirror: The Calamitous 14th Siglo» (1978). Pero este contraatacó con la excomunión del
monarca de la Iglesia, lo que supuestamente le liberaba oficialmente a él y los súbditos
franceses de rendir obediencia al monarca. Y cuando parecía que la tensión no podía
alcanzar niveles más alto, sucedió lo inesperado: un grupo de mercenarios al servicio de
Felipe IV acudió a Agnani (Italia) para secuestrar al Sumo Pontífice.

El Rey galo se había cansado de la guerra dialéctica y decidió pasar a la acción militar. Se dejó
asesorar por su canciller, Guillermo de Nogaret, que encontró a un aliado, Sciarra
Colonna. Este último era miembro de una poderosa familia romana cuyas tierras habían sido
confiscadas por el Papa. No le faltaba, pues odio hacia el Vaticano. Juntos consiguieron reunir
a un pequeño ejército de varios cientos de soldados con el objetivo de raptar al Papa Bonifacio
en su propia residencia de Agnani y llevarlo a Francia para que fuera juzgado por sus
enfrentamientos con la Monarquía gala. La opción inicial de Colonna era matarlo, pero su idea
no se impuso.

Sin oposición
A principios de septiembre de 1303, los soldados de Nogaret y su aliado llegaron a la pequeña
población italiana donde residía el Pontífice, situada a 65 kilómetros de Roma. El día 7
atravesaron las puertas de la ciudad sin la más mínima oposición, y gracias a los traidores
que habían comprado en el interior, para llegar hasta los límites del palacio del Papa. Junto a
él solo quedaban dos cardenales y algo del personal servicio. El resto, había huido.

El Pontífice, sin que se sepan muy bien las razones, consiguió que Colonna le
concediera una tregua de nueve horas con respecto al sitio. Bonifacio esperaba que
los propios vecinos del pueblo lo rescataran, pero eso no ocurrió, por lo que le fueron leídas
desde el exterior las demandas de Felipe IV. Entre ellas estaban, por supuesto, que renunciara
al cargo. Aunque parecía que no tenía la más mínima posibilidad de escapar, Bonifacio se negó
a dimitir y se encerró en su fortificado palacio a esperar la muerte.

Sin embargo, los mercenario de Felipe IV encontraron otra entrada a través de la Catedral
adyacente y, después de destruirla, se introdujeron en el palacio asesinando a varios sirvientes,
entre ellos, el arzobispo de Estrigonia, Gregorio Bicskei.

Los detalles de lo ocurrido a continuación varían según la fuente. La mayoría, sin embargo,
coinciden en que el Papa se sentó a esperarles en su trono con la diadema pontificia
perfectamente colocada en su cabeza. Cuando aparecieron, Colonna y De Nogaret privaron a
Bonifacio de agua y comida durante tres días. El objetivo era que se debilitara tanto
como para tener que dimitir, pero el pontífice resistió y se negó rotundamente. Cuentan que
Colonna, lleno de odio, incluso llegó a abofetearlo con un guante de hierro. En «Los
templarios: el ascenso y la espectacular caída de los guerreros sagrados de Dios» (2017),
de Dan Jones, no menciona ninguna bofetada, pero asegura que los secuestradores lo
«maltrataron».
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El pueblo, al rescate
Durante aquellos tres días, los mercenarios de Felipe IV saquearon todo el palacio y
discutieron qué hacer con el Pontífice. Fue en ese momento cuando a los lugareños les
dio un ataque de conciencia y, preocupados por que los abusos de los captores en
la ciudad, acudieron en ayuda del Papa Bonifacio y forzaron a los invasores a
huir.

La noticia llegó a Roma y un contingente de caballeros acudió rudo para acompañar al


Pontífice de vuelta al Vaticano. Este, sin embargo, se había debilitado tanto por los
tres días de torturas y humillación que falleció de repente un mes después sin
haber podido vengarse o cobrarse justicia.

El odio de Felipe IV contra Bonifacio y el Vaticano no se detuvo con la muerte del segundo,
puesto que este inició una campaña de desprestigio en la que se dedicó con ahínco a borrar la
memoria del Papa. El sucesor, Benedicto XI, murió ocho meses después de ser nombrado.

Algunas hipótesis dicen que fue envenenado por órdenes del monarca, quien presionó a
continuación para que el arzobispo galo Bertrand de Got fuese elegido Sumo Pontífice. Fue
nombrado en 1305 como Clemente V  y se convirtió en el primer Papa de la historia en residir
de forma estable en Aviñón.

No eran dos papas, sino tres

Los observadores e historiadores vaticanistas coinciden en señalar la crisis de los tres papas como la
más crítica en este sentido.

El problema había comenzado en 1378, con el llamado Cisma de Occidente, cuando en cónclaves
separados se eligieron dos papas: Clemente VII y Urbano VI. Ambos reclamaban ser los legales
sucesores de Pedro.

"Lo que ocurrió es que cardenales que habían participado en la elección de Urbano VI, señalaron que
no lo habían hecho en libertad. Entonces, bajo la protección de Francia, eligieron otro papa: Clemente
VII, que instaló su corte en Aviñón”.

El 30 de noviembre de 1406, con 80 años, Gregorio XII, quien pertenecía a la aristocracia veneciana,
fue elegido papa legítimo para reemplazar a Urbano VI. Eso, a pesar de la existencia de otro papa,
Benedicto XIII, quien había sido elegido como reemplazo de Clemente VII, tras su muerte en 1394.

Juan XXIII fue uno de los papas que reclamó que era el digno sucesor de Pedro como jefe de la Iglesia
católica. En 1409, para intentar resolver la situación, un grupo de cardenales convocó un concilio -o
reunión de todos los obispos- en la ciudad de Pisa.

Éste depuso a ambos papas, declarándolos herejes y cismáticos, a la vez que eligió a un nuevo
representante máximo: Alejandro V, quien murió un año después y fue sucedido por Juan XXIII.

Dado que ni Gregorio ni Benedicto renunciaron, el problema se agravó: la Iglesia católica


contaba con tres papas. Dicha crisis institucional duró 39 años.
Gregorio XII, que es considerado actualmente el único papa legítimo de aquellos turbulentos años,
renunció el 4 de julio de 1415 para facilitar la solución del cisma, tras alcanzar un acuerdo con los
gobernantes de la época.

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