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ARQUEOLOGÍA DE VERACRUZ

DE LOS OLMECAS A EL TAJÍN.

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ARQUEOLOGÍA DE VERACRUZ
DE LOS OLMECAS A EL TAJÍN

SARA LADRÓN DE GUEVARA


COORDINACIÓN

INSTITUTO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA E HISTORIA

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ÍNDICE

PRESENTACIÓN
Sara Ladrón de Guevara

I. CARACTERÍSTICAS REGIONALES: EL CENTRO DE VERACRUZ,


UNA CULTURA ÚNICA EN MESOAMÉRICA
Annick Daneels

II. LOS OLMECAS: SUS PREDECESORES Y SUCESORES


Roberto Lunagómez Reyes

III. LOS TUXTLAS, EL TLALOCAN TERRENAL


Lourdes Budar

IV. LA MIXTEQUILLA: HOMBRES DE PIEDRA, MUJERES DE BARRO


Sara Ladrón de Guevara

V. CENTRO Y SUR DE VERACRUZ, ZONA SEMIÁRIDA


Y CULTURA REMOJADAS
Annick Daneels

VI. MALTRATA, UN VALLE INTERMONTANO EN LAS TIERRAS ALTAS


DEL CENTRO DE VERACRUZ
Yamile Lira López

VII. EL TAJÍN, TRADICIÓN E INNOVACIÓN


Sara Ladrón de Guevara

VIII. INVESTIGACIONES ARQUEOLÓGICAS


EN LA COSTA DEL GOLFO
Lourdes Budar, Annick Daneels, Sara Ladrón de Guevara,
Yamile Lira y Roberto Lunagómez

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PRESENTACIÓN
Sara Ladrón de Guevara

Los estudios acerca de la historia precolombina de Mesoamérica suelen comenzar por


explicar, definir y describir a la cultura olmeca. Habitantes del sur del territorio actual
del estado de Veracruz y parte del de Tabasco, los olmecas inauguran una serie de
factores materiales e ideológicos que habrían de conformar lo que hoy llamamos Me­
soamérica. Se trata, de hecho, de una de las pocas cunas de la civilización del mundo
antiguo. Los estudios de etapas posteriores al declive de esta civilización, sin embargo,
suelen dedicar su atención a las corrientes que proceden del área de la meseta central y
su expansión por el resto del territorio mesoamericano, soslayando a menudo los desa­
rrollos de diversas áreas mesoamericanas. Es cierto que es posible reconocer influencias
o similitudes con Teotihuacan, Tula y Tenochtitlan consecutivamente en el resto de las
culturas mesoamericanas; al ser éstas las grandes urbes dominantes, bien puede expli­
carse su injerencia y hasta imposición en tendencias y tradiciones culturales paralelas a
un dominio económico o político, pero también es cierto que, sin estar exentos de estas
tendencias, existen desarrollos regionales que no sólo recibían influencias sino también
generaban ideas y tradiciones.
Tal es el caso del territorio que ocupa la parte central del actual estado de Veracruz,
que suele pasarse por alto desde los olmecas hasta la llegada de los españoles a sus
costas, acontecimiento que ocurrió tres mil años después del florecimiento olmeca. En
efecto, después del llamado periodo Preclásico, suele dejarse de lado el sorprendente
desarrollo regional, acaso por carecer de grandes urbes. La población, a lo largo de esta
fecunda franja de altitudes variables —desde la costa hasta las altas montañas—, estaba
distribuida en centros pequeños y medianos. Si bien ha habido notables avances en
su conocimiento arqueológico, la información con frecuencia se presenta seccionada,
explicando sitios aislados, pero sin revisar la complejidad y diversidad que obedece
por un lado a un desarrollo propio y, por otro, a la dinámica macrorregional que recibe
influencias tanto de culturas del Altiplano Central como del área maya. De hecho, este
territorio constituye un espacio de comunicación entre las dos anteriores, era paso obli­
gado y por lo mismo receptor y difusor de ideas y productos.
Este volumen es propuesta y reconocimiento de un área cultural inserta en Mesoa­
mérica que desarrolló características propias: arquitectura, urbanismo, escultura, jue­
go de pelota, figurillas cerámicas, deidades y tradiciones, particularmente durante el

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periodo Clásico. Reconocemos que esta serie de elementos culturales comunes en este
territorio nos permite identificar, después del ocaso de los olmecas, una unidad cultural
conformada a su vez por una diversidad estilística, seguramente correspondiente a una
diversidad étnica y lingüística, así como a una diversidad ecológica y de paisaje. Por esta
razón hemos dividido el área en regiones.
El volumen comienza con un recuento de elementos materiales e ideológicos que
caracterizan el área y que además se expandieron por el resto del territorio mesoame­
ricano. Así, insistimos en la importancia ritual y simbólica del juego de pelota y de la
parafernalia asociada a su práctica (yugos, hachas y palmas), así como del consecutivo
sacrificio por decapitación vinculado al mismo rito. No sólo su práctica sino su simbo­
lismo y sus metáforas habrían de trascender el tiempo y el espacio que nos ocupa.
Después de esta caracterización, revisamos a lo largo de este libro las regiones que
co­mo mosaicos conforman una riqueza cultural que se corresponde además con una
diversidad ecológica. Por ejemplo, reconocemos elementos en sitios que resolvieron
con campos elevados los problemas de sus tierras inundables y que sorprendentemente
se comparten con otros sitios que vivían, en cambio, en zonas de aridez y sequías. Así,
una tradición cerámica como las llamadas “caritas sonrientes” aparece lo mismo en las
excavaciones en sitios de la verde región de la Mixtequilla que en algún lugar cercano,
pero en un ambiente seco, correspondiente a la zona semiárida central; o bien recono­
cemos cómo la arquitectura de El Tajín, que solemos asociar con el verdor de la selva
circundante, apareció con estilo y modo de construcción similares en las tierras altas
de Yohualichan. Acaso esta expansión por un área ecológicamente diversa era con toda
intención, pues habría permitido el intercambio y aprovisionamiento de productos pro­
pios de distintos ecosistemas.
Para dar cuenta de la riqueza cultural de este área procederemos de sur a norte, re­
visando inicialmente el área nuclear olmeca que, después de vivir el florecimiento de
esta cuna civilizatoria, dio origen a patrones urbanos, monumentos pétreos, complejos
simbólicos y tradiciones que habría de heredar a sus vecinos de Los Tuxtlas, hacia la
zona semiárida central, a la Mixtequilla, a las tierras altas y hasta influir en el desarro­
llo urbano y político de la gran urbe de El Tajín. Aunque con variaciones, veremos a
los señores de la Mixtequilla retratados en bajorrelieve sobre las paredes cerámicas de
las vasijas recibiendo insignias similares a las que se ofrecen a Trece Conejo, señor de
El Tajín, representado en monumentales columnas pétreas legitimando su jerarquía y
poder. Testimoniaremos la gran incidencia de canchas para el juego de pelota y cómo
comparten lo mismo la estructura básica de su construcción y patrón que los símbolos
en su iconografía y su parafernalia. Son estos vestigios comunes los que nos permiten
reconocer la unidad dentro de esta diversidad.
Los autores de este libro son actores activos de la arqueología veracruzana: dirigen
proyectos de investigación en las áreas sobre las que aquí reflexionan; participaron en
estudios que en el pasado cambiaron el panorama de la arqueología veracruzana, al lado
de verdaderos pilares de nuestra disciplina, y participan hoy también en la formación
de jóvenes arqueólogos en el seno de prestigiosas universidades mexicanas: la Univer­
sidad Veracruzana, la Universidad Nacional Autónoma de México (unam) y la Escuela
Nacional de Antropología e Historia (enah). Después de todo, en Veracruz se ha desa­
rrollado una verdadera tradición arqueológica, como se aprecia en el capítulo sobre los
antecedentes de las investigaciones.

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Esperamos que este volumen despierte el interés en un área que conjuntamente con
el resto de las que conforman Mesoamérica explica el desarrollo cultural a partir de una
civilización prístina, la olmeca, y su devenir hasta la grandeza de una urbe exquisita y
sofisticada como lo fue El Tajín.

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Capítulo I
CARACTERÍSTICAS REGIONALES:
EL CENTRO DE VERACRUZ,
UNA CULTURA ÚNICA
EN MESOAMÉRICA
Annick Daneels

El Centro de Veracruz es la región de la abundancia: zona de suelos profundos de se­


dimentos volcánicos de la Sierra Transversal, regados por precipitaciones abundantes
y regulares, con un clima tropical húmedo que va de muy caluroso en la costa a medio
en la sierra. Es una región sorprendentemente libre de los peligros que con frecuencia
acechan en Mesoamérica: los ríos perennes que la cruzan son de cursos medios que
carecen de la violencia de los grandes ríos del sur —el Papaloapan, el Coatzacoalcos y
el Grijalva—; está alejada de los volcanes que en tiempos clásicos afectaron los asenta­
mientos —como el Xitle en el Valle de México o el San Martín en la Sierra de Los Tux­
tlas—, además está abrigada de la trayectoria de los huracanes y sólo excepcionalmente
es víctima de terremotos. Es una tierra donde es bueno vivir. No es sorprendente enton­
ces que haya atraído la ocupación humana desde muy temprano: grupos de cazadores
y recolectores especializados en animales pequeños (aves, peces, reptiles y mamíferos
chicos) y la recolección de plantas y semillas en medios acuáticos y selváticos están pre­
sentes en la costa del Golfo desde Tabasco hasta la Huasteca, desde el octavo hasta el
sexto milenio antes de Cristo, en campamentos virtualmente sedentarios (Smith, 2001;
Wilkerson, 1972, 1873, 1981; Pope et al., 2001). Ya para el quinto y el tercer milenio
los pobladores se inician en la agricultura, cortando y quemando la selva para sembrar
maíz, frijol, calabaza, chile, cacao y algodón (Wilkerson, 1981; Sluyter, 1997; Hebda et
al., 1991; Byrne y Horn, 1989; Goman y Byrne, 1998; Lozano et al., 2007; Pope et al.,
2001; Rust y Leiden, 1994). Cuáles son estas poblaciones y qué idioma hablaban es su­
jeto de conjetura. El hecho de que se haya encontrado ya tanta evidencia de ocupación
arcaica, a pesar de lo poco que sobrevive en la superficie, recubierto por muchas capas
de depósitos de sedimentación recientes, indica que debía tener una densidad de po­
Estela de Vega Aparicio, blación bastante alta, según las normas prehistóricas. Por lo tanto es probable que esta
que representa a un jugador gente esté presente todavía en el segundo milenio, cuando empiezan a manufacturarse
decapitado, con siete
serpientes que le brotan las primeras cerámicas. En el Centro-Norte, las vasijas tempranas tienen un carácter
del cuello, ataviado con la propio, con afinidad a las tradiciones del Altiplano, pero en el Centro-Sur se alinean
parafernalia de yugo, palma desde un principio con las tradiciones del Istmo y del sur de Veracruz, siguiendo las
(y ¿hacha?) y una posible
manopla en la mano derecha,
modas olmecas en la cerámica, las figurillas y la escultura de piedra menor hasta el ocaso
Museo de Antropología de de San Lorenzo y La Venta. Para este periodo los sitios son modestos: no hay nada equi­
Xalapa. parable a las grandes capitales olmecas. Parecen ser pueblos de agricultores, cazadores

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Zona Norte
Zona Norte

Zona
Zona
Centro-Norte
Centro-Norte

Zona
Zona
Altas
Altas
Montañas
Montañas

Zona
Zona
Centro
Centro

Zona
Zona
Centro-Sur
Centro-Sur Los
Los
Tuxtlas
Tuxtlas

ZonaSur
Zona Sur

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y recolectores, asentados en tierras de primera, cerca de fuentes de aguas perennes, al
parecer satisfechos y a sus anchas.
La dinámica cambia después del ocaso de los olmecas. Crece notoriamente el nú­
mero de sitios, empiezan a aparecer los primeros edificios de arquitectura formal. Hay
contacto e interacción con el Istmo, hasta el gran sitio de Izapa, pero ya los modelos de
cerámica y escultura se van distanciando de la tradición que continúa en torno a Tres
Zapotes, sitio del periodo Epiolmeca al pie de Los Tuxtlas. El factor determinante pa­
rece ser la creación del ritual de decapitación asociado con el juego de pelota, que dará
sentido a la cultura del Centro de Veracruz durante el Clásico; un ritual de fertilidad
terrestre que implica la decapitación del jugador ganador, parafernalia en piedra fina
pulida de talla extraordinaria, conocida como yugos y hachas, y estilos de decoración
caracterizados por volutas entrelazadas de doble delineación. La evidencia más antigua
procede del Centro-Sur de Veracruz durante el Protoclásico (100 a.C.-100 d.C.). En
Cerro de las Mesas, un gran sitio sobre el río Blanco, en la Mixtequilla, en una plata­
forma baja adosada a la pirámide oriental del sitio, se halló un entierro dedicatorio for­
mado por tres cuerpos decapitados. El personaje central está ricamente ataviado: collar
de cuentas de concha, aretes de jade, numerosas vasijas decoradas, un yugo liso y varias
figurillas de cerámica. La cabeza seccionada está puesta boca abajo en una concha llena

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Páginas anteriores:
Extensión aproximada de las zonas del Centro de
Veracruz descritas en el texto.

Arriba: río Nautla, a la altura de Cuajilotes.

Abajo: fruto de cacao maduro


(foto: Annick Daneels).

En esta página:
Arriba: yugo del entierro secundario de Carrizal,
Museo de Antropología de Xalapa.

Abajo: yugo liso del entierro II-18 de Cerro de las


Mesas, Museo Nacional de Antropología,
Ciudad de México.

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de cinabrio, con una perla y una figurita de mono tallada en jade en el fondo. A su lado
hay nueve sonajeras de barro en una concha de tortuga tallada, que representa una ca­
beza humana viva de perfil, el ojo bien abierto, enmarcada en un círculo formado por
dos serpientes decoradas con volutas (Stirling y Drucker, 1943; Daneels, 2005a, 2008).
Esta es la primera vez que se halla reunido en un contexto cerrado el conjunto yugo-
decapitación-voluta. Otro hallazgo de la misma temporalidad es Carrizal, donde un
entierro secundario va acompañado de dos yugos matados.
Los cambios que acompañan la aparición de este ritual son grandes: la arquitectura se
vuelve monumental, con arreglos formales en amplias plazas que parecen desproporcio­
nadamente grandes comparadas con las densidades de población, todavía relativamente
bajas, sugeridas por los estudios del patrón de asentamiento. Podemos suponer que fun­
cionan como lugares para grandes actos a los que concurren visitantes de centros vecinos
y lejanos. Amatlán, con su gran plaza cubierta de lajas, sobre el río Blanco, Martín Barra­
das en el río Cotaxtla, Campo Viejo en la ribera el río Antigua y Chalahuite sobre el río
Actopan son algunos de los sitios con grandes conjuntos arquitectónicos de esta época.
Están conformados por pirámides de perfil chato o amplias plataformas monumentales.
La cerámica cambia notablemente: en lugar de los cajetes de silueta compuesta, os­
curos y con diseños geométricos incisos de manera tan fina que son casi imperceptibles
a cierta distancia, dominan ahora vasijas de líneas muy puras, vasos cilíndricos de fon­
do plano, a veces de reborde basal, superficies de colores monocromos intensos: café,
guinda, crema o negro, de pulidos brillantes, lisos o con decoraciones por acanaladuras
que juegan con la luz. Las redes de intercambio también se modifican: se empiezan a
importar los núcleos poliédricos de buena obsidiana oscura obtenida de los yacimientos
controlados por el gran sitio de Cantona, de los que talladores especializados pueden
obtener las navajas prismáticas de plataforma lisa que serán la herramienta de corte
preferida del periodo Clásico —aunque se siguen produciendo las pequeñas lascas de
percusión de usos múltiples, en obsidiana de baja calidad originaria de los derrames
superficiales del Pico de Orizaba, como industria secundaria y barata—. Otra novedad
significativa está representada por la estela de la Mojarra, que proviene de la orilla sur
del territorio; fechada a mediados del siglo ii d.C., es el prototipo de la estela de gober­

Productos de talla prismática


de obsidiana: raspadores,
navajas y núcleo, en
obsidiana negra de Zaragoza-
Oyameles, controlada por
Cantona
(izquierda y abajo), y en
obsidiana verde de la Sierra
de las Navajas, controlada
por Teotihuacan, Museo de
Antropología de Xalapa.

Estela de la Mojarra, Museo


de Antropología de Xalapa.

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nante: figura ricamente ataviada, mostrada de perfil, acompañada de un texto glífico y
de fechas de cuenta larga.
Todos estos cambios se presentan durante el ocaso de la cultura olmeca, como si la
muerte de la progenitora liberara a la hija para que ésta
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busque
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en los desarrollos epiol­
mecas su propio camino, que girará en torno al juego de pelota. Es el juego antiguo
con pelota de hule, jugado con la cadera, en canchas sin aros de meta. Su presencia
está atestiguada en las tierras bajas tropicales desde el año 1600 a.C., por las figurillas
de El Opeño en Michoacán, la cancha de Paso de la Amada en Chiapas y las pelotas de
hule de Manatí en Veracruz. La importancia del juego, no obstante, adquiere ahora un
matiz nuevo. Por el ritual con el que se le asocia se ubica como una religión de Estado:
las canchas se encuentran en los centros de mayor jerarquía, la iconografía del rito de
decapitación o del juego se restringe a ámbitos de élite —pinturas murales en templos,
relieves en arquitectura monumental de ciudades capitales, vasijas moldeadas o escul­
pidas—, la parafernalia de yugos y hachas es producida en piedra importada, tallada
por especialistas.
Los otros cambios que mencionamos apuntan hacia lo mismo: surgen gobernantes
que logran organizar a la población para construir grandes espacios arquitectónicos,
integrar redes de comercio a larga distancia y hacer estelas. Al parecer la base de su

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poder radica en que usan el atractivo del juego de pelota milenario, para erigirse en
patrocinadores de la construcción de la cancha, organizadores del juego y oficiantes del
ritual, que por sus implicaciones de fertilidad es el medio para asegurar la ventura de su
comunidad. El sacrificio humano, en varias religiones del mundo, ha servido de ritual
de purificación y redención que fortalece el tejido social.
Una vez iniciado en el Protoclásico, el ritual engloba al Centro de Veracruz en una
gran unidad cultural durante todo el Clásico, agrupando tanto el Centro-Sur, de sustra­
to olmeca, como el Centro-Norte, de sustrato norteño. Más o menos al mismo tiempo
se produce otro fenómeno de integración ideológica: en el Altiplano surge Teotihua­
can, pero ahí son las poblaciones las que se mueven y convergen, en aras de una idea,
hacia la que será la mayor ciudad del mundo de la época. En el Centro de Veracruz se
observa asimismo cómo una ideología integra a un gran número de personas de tradi­
ciones originalmente distintas, pero en este caso la gente se queda en su lugar y adopta
conscientemente este nuevo sistema de valores que modificará su forma de vida. Ambas
regiones comparten la presencia de canchas de pelota en los espacios principales de
los sitios de mayor jerarquía, asociadas a las pirámides más altas, la parafernalia de fina
piedra pulida tallada en forma de yugos y hachas, la decoración de volutas entrelazadas
y la iconografía de decapitación, donde el sacrificado es representado con la misma con­
sideración que el sacrificador y no como el vencido humillado de las escenas guerreras
(sobre las volutas véase Proskouriakoff, 1954, 1971; Stark, 1998; sobre la iconografía
Olla de uso funerario de decapitación, Agüero y Daneels, 2009). La forma en que se insertan las canchas en
del periodo Protoclásico
encontrada en el entierro los sitios varía según las regiones, pero s����������������������������������������������
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lo en el Centro de Veracruz se asocian siste­
secundario de Carrizal, que máticamente con los espacios principales (a diferencia de otras áreas de Mesoamérica).
estaba asociado a los yugos, Además, las canchas son muy numerosas: donde existen estudios del patrón de asen­
Museo de Antropología de
tamiento suficientemente extensos para analizarlo, es posible ver que nadie vivía a más
Xalapa.
de 6 km de una cancha, o sea menos de una hora de marcha, y la mayoría vivía a media
Pintura mural del Templo hora o menos. Se trataba de un espacio popular y un acontecimiento recurrente en la
Higueras, con una escena de vida de las poblaciones.
decapitación en la cancha del
juego de pelota, Museo de
Este aspecto obliga a ponderar la frecuencia del sacrificio humano. Viendo la can­
Antropología de Xalapa. tidad de canchas, es evidente que no todos los juegos terminaban en un sacrificio, ¡se
hubieran quedado muy pronto sin jugadores! Además, la atracción de participar en un
Páginas siguientes: partido hubiera bajado notablemente. Es probable que el sacrificio sólo ocurriera en
Tablero NE del Juego de
Pelota Central de El tajín, casos excepcionales, en circunstancias de crisis, cuando situaciones internas o externas
con la escena de decapitación amenazaban la estabilidad o la supervivencia de la comunidad. Así, es posible que mo­
en medio de la cancha. rir sacrificado tras haber ganado un partido crucial puede haberle parecido aceptable al

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jugador si con ello garantizaba la supervivencia de su comunidad y alcanzaba su propia
inmortalidad. Hay que considerar aquí el concepto mesoamericano de la vida después
de la muerte, según el cual es posible entender que los jugadores hayan participado de
buen grado aun contemplando la posibilidad de su muerte. En la idea mesoamericana,
el que moría de muerte natural, por vejez o debido a la mayoría de las enfermedades, se
iba a sufrir a un más allá oscuro y húmedo. Se escapaban de tan triste destino, por un
lado, los muertos en la señal del agua —ahogados, hidrópicos, suicidas y sacrificados a
la lluvia—, que se iban al paraíso de Tl�������������������������������������������������
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loc, de verdura, flores, juego y comida abundan­
te y, por otro, quienes obtenían el privilegio de acompañar al Sol en su recorrido diario
por el cielo: las mujeres muertas en el parto y los hombres muertos en batalla o sacrifi­
cados. Así, el sacrificado alcanzaba un estatus semidivino, al acompañar a los dioses en
sus dominios. Que este fue el caso del jugador de pelota del Centro de Veracruz parece
confirmarse en los relieves de El Tajín, donde se le ve encarándose con los dioses para
pedirles el líquido vital que ellos resguardan. Su éxito implica que el dios mismo tenga
que practicarse el autosacrificio, atravesándose el pene con una espina para que su san­
gre vuelva a llenar la reserva de líquido. ¡Un dios no estaría dispuesto a tal sacrificio en
favor de un perdedor! Por eso parece probable que el sacrificado sea el ganador y no el
perdedor, como parecería más lógico desde la perspectiva occidental.
Que este ritual cohesionó a la sociedad del Centro de Veracruz está claro, pero su
éxito también tuvo una repercusión importante en todo el mundo mesoamericano.
Esto se observa en la distribución de sus artefactos y estilos característicos en las altas
civilizaciones del Clásico: Teotihuacan tiene yugos y volutas entrelazadas y hasta posi­
blemente una cancha de juego de pelota en sus etapas más tempranas (Daneels, 1997,
2002b; Gómez y Gazzola, 2010). Luego, durante el Clásico medio, pero sobre todo en
el Clásico tardío, después del ocaso de Teotihuacan, los yugos, hachas y para entonces
también las palmas, las volutas y la iconografía de decapitación se encuentran en los
sitios principales, desde el Norte de México (San Luis Potosí) hasta la zona maya (Pa­
lenque, Copán, Chichén Itzá), Centroamérica (Escuintla en Guatemala, Quelapa en El
Salvador), alcanzando una distribución y un prestigio que sólo se pueden comparar con
la irradiación de los elementos teotihuacanos en el Clásico medio.
En estas sociedades el ritual nunca adquiere la preponderancia que tiene en el Centro
de Veracruz. Las canchas pueden edificarse en lugares públicos o restringidos, pero
raras veces se asocian con los espacios sagrados principales. Parece más bien como si
las élites de las otras culturas mesoamericanas asimilaran el ritual como una estrategia
para afianzar y legitimar su estatus, en un periodo de reorientación ideológica. También
es en este momento cuando se ve la distribución del culto a Quetzalcóatl, que retoma
elementos de prestigio de Teotihuacan, pero reinterpretado y asociado a un ritual que
incluye jades y braseros, compartido por muchas de las élites mesoamericanas, entre
ellas la de El Tajín (Ringle Gallareta y Bey, 1998). Tal vez es bajo la influencia de este
culto a Quetzalcóatl como el juego de pelota centroveracruzano empieza a cambiar y
adquiere, además de los significados de fertilidad terrestre, aspectos astrales, como en
El Tajín; pero la práctica del juego se mantiene igual. La introducción del aro de metal,
que aparece en el Clásico tardío en Chichén Itzá y en Xochicalco, cambia las reglas del
juego (de un tipo de voleibol se transforma en uno de basquetbol) y es ajeno a la tradi­
ción centroveracruzana. El aro no aparecerá en el Centro de Veracruz sino durante el
Postclásico, asociado a los grupos totonacas (Vega de la Peña, Zempoala).
¿Cómo es posible que una sociedad que creó un ritual que logró cohesionar toda
un área cultural e influyó en toda Mesoamérica, no haya producido sitios del tamaño

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de Teotihuacan, Monte Albán o Tikal? Los sitios más grandes, como El Tajín o Cerro
de las Mesas, son sólo una fracción de los grandes sitios del Clásico, por lo menos en
superficie y en volumen constructivo. Los Estados que gobiernan tienen territorios muy
pequeños, contados en decenas o escasos cientos de kilómetros cuadrados, no en miles.
A pesar de todo son Estados: tienen una jerarquía de asentamiento de varios rangos, sus
capitales tienen alta densidad de población, sustentada en agricultura intensiva en los
llamados campos levantados, un ingenioso sistema para explotar áreas anegadas, y con
control sobre extensas tierras de monocultivos de algodón. Hay centros subordinados
cuyo arreglo urbano y atribuciones administrativas y ceremoniales repiten los de la
capital, pero a escala menor, sin la densidad de población equivalente ni el mismo te­
rritorio. En un nivel inferior, hay centros de tercer rango que pueden estar organizados
según el principio de la asamblea, dominados por un modesto complejo de estructuras
en torno a una plaza (pero sin cancha de juego de pelota) o sobre el principio de do­
minación, con una plataforma grande como residencia de un gobernante menor (sin
plaza ni cancha). Además, los territorios más antiguos, que surgieron desde el Preclási­
co a lo largo de las terrazas aluviales, tienen una organización de sistema centralizado,
con una capital muy grande y pocos centros secundarios. Por otra parte, las entidades
de creación más reciente tuvieron que colonizar terrenos de menor potencial agrícola,
formando territorios más amplios, con una capital en el centro, pero también un gran
número de centros secundarios que a su vez controlan varios centros menores. En estas
entidades los centros secundarios son potenciales rivales de la capital, por lo que la
organización es afín a lo que se ha llamado Estados-segmentarios. No obstante, ambos
sistemas comparten los mismos arreglos arquitectónicos, los mismos símbolos del ritual
del juego de pelota, lo mismos niveles de jerarquía. Son sistemas muy estructurados,
que tienen todas las características formales y funcionales de los Estados, salvo su tama­
ño (Ringle Gallareta y Bey, 1998).
Para comprender el tamaño tan modesto de estos Estados hay que ver el medio am­
biente en el que surge el ritual del juego de pelota. Tierra fértil, abundante, donde la
población vive dispersa en las parcelas que necesita para su sustento: patrón de asenta­
miento característico del trópico húmedo, que comienza en el Preclásico y continúa a
lo largo de todo el Clásico. En un ambiente así, la población tiene poca necesidad de un
gobierno que la organice, coordine sus esfuerzos para la siembra y el almacenamiento
en caso de crisis. El juego de pelota, por su poder de atracción, consiste en un mecanis­
mo útil para el control, pero sólo hasta cierto punto: de ahí el tamaño reducido de los
territorios.
La resistencia de la población a someterse a un dominio político se refleja en el hecho
de que de manera paralela al ritual del juego de pelota —que funciona como una reli­
gión de Estado controlada por la élite—, hay una fuerte adherencia a cultos populares,
representados por la gran variedad de figurillas de cerámica. Éstas ya se conocían desde
tiempo atrás como otra característica del Centro de Veracruz. Las figuras sonrientes, las
cihuateteos, los dioses narigudos, aparecen en todas las colecciones de piezas de esta
región. Sin embargo, poco se ha reflexionado sobre el porqué de tanta producción y
variedad; para empezar, el registro iconográfico de las figurillas cerámicas es distinto
del de la escultura de piedra o la pintura mural, lo que muestra que pertenece a un dis­ Páginas anteriores:
curso simbólico diferente. Se hallan en todos los ámbitos, desde la casa del campesino Juego de Pelota Norte de El
Tajín, visto desde el oeste.
hasta la capital, lo que muestra que atraviesan todas las capas de la sociedad. Aunado
a su materia prima accesible y su ocurrencia por miles, se entiende que pertenecen a Figurilla sonriente, Museo de
un ámbito distinto, más popular, que contrasta con la religión de Estado. Casi siempre, Antropología de Xalapa.

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las figurillas se encuentran en ofrendas, ya sea de consagración, de construcción o de
ajuar funerario; sin embargo, y en esto otra vez se distingue el Centro de Veracruz de
las demás civilizaciones mesoamericanas del Clásico, su presentación se da no sólo en el
ámbito doméstico (sea éste modesto o lujoso), sino también como parte de las grandes
ofrendas de consagración de edificios públicos o ceremoniales. De Teotihuacan a la
zona maya, las grandes ofrendas de consagración contienen objetos de piedra, madera,
concha, vasijas, sacrificios humanos y animales, pero no figurillas de barro. En el Centro
de Veracruz las mismas figuras que se localizan en la casa del campesino aparecerán
en las grandes ofrendas: las cihuateteos y las sonrientes de Zapotal están asociadas a
la gran ofrenda de terminación que sella el uso del adoratorio del Mictlantecuhtli y a
entierros de mujeres probablemente sacrificadas, al lado de yugos, sonajeras y conchas.
Unas figuras monumentales, dioses narigudos y centenas de figuras femeninas silbato,
decoradas en rojo sobre crema, al parecer son parte de la ofrenda dedicatoria de la
pirámide principal de El Faisán. En La Joya, los dioses narigudos forman parte de
ofrendas dedicatorias de construcción de todas las etapas de uno de los palacios y de la
pirámide principal. En Cuajilotes y en El Tajín, las figurillas de tipo San José Acateno
se enterraron por cientos en ofrendas de consagración de altares o canchas de pelota.
Así, en el Centro de Veracruz el culto popular, representado por las figurillas de barro,
trasciende el ámbito doméstico para participar en actos solemnes de consagración de
edificios públicos, un patrón ajeno al del resto de Mesoamérica. Esto refleja una inje­
rencia por parte de la población en general en tomas de decisión de nivel político a una
escala raras veces percibida en el Clásico. Consideramos que aquí la autonomía de la
población tiene que ver con su dispersión en un medio particularmente abundante y de
bajo riesgo. No hay posibilidad de coerción directa: el poder tiene que atraer (el juego
de pelota) o negociar (cooptando el culto popular).
Este equilibrio entre la población dispersa y los esfuerzos de concentración de poder
de las élites a través del juego de pelota le da a la cultura del Centro de Veracruz su sello
tan particular. Conformada por una multitud de estados pequeños que comparten una
religión estatal que les da identidad como área cultural: arquitectura, escultura, icono­
grafía del juego de pelota, estilos de volutas, tiene por otro lado una constelación de es­
tilos de figurillas distintas que refleja la importancia del culto popular o las prioridades
de la población local. Las figuras sonrientes son el mejor ejemplo de esta relación par­
ticular. La representación de la risa es un fenómeno excepcional en la historia del arte
de la humanidad: en Europa hay sonrisas leves: las estatuas griegas tempranas, los lla­
mados kouroi y korè, la Mona Lisa de Leonardo…, en Asia están los budas sonrientes,
pero la franca risa representada en las figuras de Veracruz no tiene paralelo en el mundo
y sólo podría haberse dado en una sociedad integrada de forma tan particular como la
del Centro de Veracruz en el Clásico, donde la expresión de los valores de la población
en el medio más común, el barro, puede tener un lugar de tanta consideración.
Regresando a la idea con la que comenzamos el capítulo, hay que pensar en el Cen­
tro de Veracruz como una tierra de abundancia. Esta abundancia es la que atrae a los
pobladores arcaicos y la que permite su asentamiento sedentario desde muy temprano,
con agricultura ya desde el quinto milenio a.C. Esta misma abundancia puede ser la
que hace que los pobladores acepten las innovaciones de la cerámica y de la ideología
olmeca en el Preclásico, sin por eso aceptar la supraestructura de capitales y gobernan­
tes que se desarrolló en el sur, ambiente de elevados riesgos debido a las inundaciones
anuales y las erupciones volcánicas que varias veces afectaron los asentamientos. Es
la misma abundancia que permite el desarrollo de este particular equilibrio entre una
población dispersa y autosuficiente que defiende su identidad regional y una clase de
nobles legitimados y sostenidos a través del juego de pelota, que organiza e integra la
amplia región del Centro de Veracruz a través de una red ideológica, artística, política y
económica. Así se forma una sociedad que funciona cerca de mil años, desde principios
de nuestra era o un poco antes, hasta 900 o 1000 d.C.,��������������������������������������
revelándose como una de las cul­
turas más longevas del Clásico y con una repercusión en el resto de Mesoamérica que Figurilla de tipo San
sólo es comparable a la de Teotihuacan. Sin embargo, el equilibrio se empieza a perder José Acateno, Museo de
desde finales del Clásico. Antropología de Xalapa.

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El enriquecimiento económico de aquellas áreas sobre la ruta de intercambio del río
Blanco, que une el área maya del Clásico terminal con los sitios del Epiclásico del Alti­pla­
no: Cacaxtla, Cholula, Xochicalco y luego Tula, los aleja de la tradición y los abre a nue­
vas influencias. Así, en la Mixtequilla y los valles de Córdoba y Maltrata aparecen gran­des
cantidades de objetos de cerámica de pasta fina importados, figurillas mayoides, sim­bo­lo­ 15. ???

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gía de Quetzalcóatl, sahumadores con mango. Por su parte, en el Centro-Norte, El Tajín
crece y un nuevo discurso se inserta primero en la iconografía del juego de pelota,­con la
presencia de Quetzalcóatl, y luego en las columnas del palacio del gobernante 13 Conejo:
escenas de sometimiento, soldados, gobernantes entronizados, todo refleja un creciente
militarismo y una expansión que ejerce la coerción, pero cuyo éxito será breve.

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Capítulo II
LOS OLMECAS:
SUS PREDECESORES Y SUCESORES
Roberto Lunagómez Reyes

El territorio de los actuales estados de Veracruz y Tabasco fue la región de asentamiento


de los primeros pobladores prehispánicos: los olmecas, considerados como la “primera
civilización mesoamericana” (Bernal, 1968; Coe, 1968), y de sus sucesores en tiempos
más tardíos de la historia antigua de México.
El territorio olmeca ha constituido, desde la antigüedad hasta nuestros días, una re­
gión fisiográficamente muy cambiante. En forma general, la dinámica del medio am­
biente se debe a factores de orden geológico, como los movimientos tectónicos y la
actividad volcánica de la sierra de Los Tuxtlas, con sus cumbres más altas, como San
Martín Tuxtla, Santa Martha, El Vigía y San Martín Pajapan, así como a la actividad
geomorfológica producida por los enormes deltas de los ríos Coatzacoalcos, Uxpana­
pa, Grijalva y Mezcalapa, que nacen en la estribaciones de la Sierra Atravesada en los
estados de Chiapas y Oaxaca.
Estos ríos forman grandes cuencas caracterizadas por extensas planicies aluviales o
llanuras de inundación de tipo pantanoso donde se encuentran importantes depósitos de
azufre y petróleo, cuya explotación intensiva ha generado la contaminación de áreas eco­
lógicas y urbanas, así como la destrucción de una gran cantidad de sitios arqueológicos.
En conjunto, la sierra de Los Tuxtlas y las amplias planicies aluviales de los grandes
ríos forman una faja continental denominada istmo veracruzano, que representa una
ruta terrestre obligada y de carácter estratégico para el movimiento poblacional hacia
otras regiones de México y Centroamérica desde el pasado hasta nuestros días (Lunagó­
mez, 2008a).

Breve semblanza de los olmecas

El territorio del sur de Veracruz y norte de Tabasco se denomina, en la literatura ar­


queológica, “región olmeca” (Gómez Rueda, 1996), “área nuclear o zona metropolita­
na” (Bernal, 1968), Olmec heartland (Coe 1965) y Ollman (Diehl y Coe, 1995). En este
lugar surgió y se desarrolló la cultura olmeca, que destacó sobre otras culturas mesoa­
mericanas tempranas debido a sus múltiples logros en la escultura monumental realiza­
El príncipe de Cruz
del Milagro, Veracruz. da en rocas volcánicas, como la andesita y el basalto; la arquitectura de modificación del

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Lago
13 Catemaco
Sierra de
Santa María
Golfo de México

11
12
1
cos
oal
zac

2
at

3
Co
Río
Río San Ju

Principales sitios
5 4 arqueológicos
an

de la región Olmeca
ito

  1 La Venta
iqu
Ch

  2 Arroyo Pesquero
o

  3 Los Soldados
  4 Las Choapas
Río

6
  5 Cruz del Milagro
Usp

9 8
  6 San Lorenzo
ana
pa

  7 El Manatí
7   8 Loma del Zapote
  9 Medias Aguas
10 Las Limas
11 Hueyapan de Ocampo
12 Cautotolapan
Zona Sur
13 Tres Zapotes
10

0 5 10 15 20 
km

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paisaje mediante la construcción de rampas y terrazas; un exitoso modo de subsistencia
basado en la explotación de recursos acuáticos complementado por la agricultura del
maíz y tubérculos; un patrón de asentamientos con una compleja jerarquización; la
precoz iconografía como discurso político y religioso; la cosmovisión totémica asociada
a los felinos salvajes como el jaguar, las aves rapaces, los reptiles, etc.; el control e inter­
cambio de bienes y productos a gran escala y distancia, como la obsidiana, la magnetita
y la ilmenita, y las piedras metamórficas como el esquisto, el jade o piedra verde y la ce­
rámica decorada, entre otros elementos (Lunagómez, 2010). Todas estas manifestacio­
nes evidencian una complejidad cultural sui generis que para algunos estudiosos pudo
haber alcanzado la categoría de civilización o Estado (Caso, 1942; Covarrubias, 1961;
Coe, 1968; Coe y Diehl, 1980; Drucker, 1981; Cyphers, 1997; Diehl, 2004).
Por todo esto, el fenómeno olmeca es reconocido en el registro arqueológico como
un sistema de representación formal o estilístico con una amplia distribución espacial
Zona pantanosa del Sur de
Veracruz. desde el estado de Colima, en el Occidente de México, hasta Costa Rica, en Centroa­
mérica, durante el periodo Preclásico o Formativo mesoamericano, entre los años 2000
Mapa de los sitios principales a.C.-100 d.C. (Paradis, 1990: 33).
del Sur de Veracruz y Tabasco
El lapso correspondiente a la cultura olmeca se denomina periodo Preclásico o For­
Sierra de Los Tuxtlas, mativo mesoamericano y se divide en: inferior, medio, tardío y terminal o Epiolmeca.
Veracruz. El Preclásico inferior se estima entre los años 2000 y 900 a.C. y se asocia con el auge

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El Monumento 14 (trono)
y el Monumeno 1-cabeza
colosal “El Rey”,
de San Lorenzo, Veracruz.

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(1200-900 a.C.) de San Lorenzo Tenochtitlan y Laguna de los Cerros, Veracruz; más
tarde siguió el Preclásico medio, durante los años 900 a 400 a.C., asociado al desarrollo
de La Venta, Tabasco. Por último, los periodos Preclásico tardío y terminal, que corres­
ponden a los años 400 a.C.-200 d.C., distinguidos por los sitios de El Marquesillo, Tres
Zapotes y Cerro de las Mesas en Veracruz.
Cabe mencionar que el estilo escultórico típicamente olmeca suele clasificarse grosso
modo en tres etapas u horizontes: se inicia en el horizonte temprano en sitios como San
Lorenzo Tenochtitlan y Laguna de los Cerros, y se caracteriza por la escultura en bulto
o tridimensional, como las cabezas colosales y los tronos que antes se llamaban altares
(Grove, 1973), así como por múltiples esculturas de figuras humanizadas y fantásticas.
El horizonte medio está caracterizado por escultura en bajo y altorrelieve, como las
estelas y espigas halladas en La Venta y Tres Zapotes. Finalmente, el horizonte tardío o
epiolmeca está representado por escultura similar al estilo Izapa de la costa de Chiapas
o tradición istmeña, que consiste en el tallado de grecas y volutas en estelas, clavas y
cajas-sarcófagos; además de por el empleo de la cuenta numérica en sitios como Tres
Zapotes, El Mesón, La Mojarra y Cerro de las Mesas en Los Tuxtlas y la cuenca del río
Papaloapan.
Por otra parte, en cuanto a la clasificación sociopolítica de los centros poblacionales
olmecas de San Lorenzo Tenochtitlán y La Venta, antes llamados “centros ceremonia­
les” (Bernal, 1968; Drucker, 1961, 1981; Drucker y Contreras, 1953; Drucker y Heizer,
1960; Drucker et al., 1959), se les ha dado la connotación de verdaderas capitales o
ciudades (Coe y Diehl, 1980; González, 1994; Gómez, 1996; Cyphers, 1997; Symonds
et al., 2002). Asimismo, la cultura olmeca se ha denominado con varias categorías, como
civilización (Bernal, 1968; Coe, 1968), imperio (Caso, 1965), cacicazgo (Sanders y Pri­
ce, 1968; Flannery y Marcus, 2000) y Estado (Clark, 1994, 2007; Coe y Diehl, 1980;
Drucker, 1981; Cyphers, 1997; Symonds et al., 2002).
Anteriormente la olmeca había sido caracterizada como la “cultura madre” de las
sociedades mesoamericanas tardías, ya que algunos rasgos estilísticos reconocidos en su
iconografía eran similares a aquellos plasmados en las representaciones de las culturas
mesoamericanas más tardías, como la teotihuacana, la mexica y la maya (Coe, 1965; Co­
varrubias, 1961; Joralemon, 1990). Sin embargo, otros investigadores han cuestionado
la supremacía de los olmecas sobre otras culturas del periodo Preclásico o Formativo,
por lo que han propuesto varias hipótesis sobre su origen y desarrollo, como migra­
ciones e invasiones en la región olmeca desde otras regiones o la existencia de culturas
arcaicas como origen de los olmecas, por ejemplo la cultura mokaya (Clark, 1994),
el Complejo X (Grove, 1989), un complejo enrejado de interacción cultural (Marcus,
1989), los múltiples centros de innovación cultural (Demarest, 1989), el horizonte tem­
prano o fenómeno panmesoamericano (Flannery y Marcus, 1994) y el de las culturas
hermanas (Hammond, 1988).
Resulta innegable, con los datos ofrecidos por las investigaciones recientes, que los
olmecas mostraron un elevado grado de evolución cultural respecto a otras culturas
preclásicas o formativas en Mesoamérica, evidenciado en varias facetas de su desarrollo
tecnológico, así como en sus múltiples manifestaciones culturales. Por esta razón, algu­
nos especialistas han expresado su consenso en que esta cultura arqueológica no tuvo
comparación dentro del ámbito mesoamericano durante el Preclásico inferior y medio
(Clark, 1994; Diehl y Coe, 1995; Lowe, 1998b).
En retrospectiva, los olmecas crearon las bases para la vida compleja y urbana del pe­
riodo Formativo o Preclásico mesoamericano, tanto por lo que se refiere a los aspectos

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de carácter simbólico como a la cosmovisión totémica, la iconografía en tanto discurso
del poder gobernante y más tarde el inicio de la escritura jeroglífica (Justeson y Kau­
fman, 1992), así como por sus notables logros tecnológicos, evidentes en la escultura
megalítica, la arquitectura de modificación del paisaje y el intercambio y control de
bienes y recursos. Su éxito se basó en la adecuada adaptación a su entorno fisiográfico,
en la explotación de los recursos naturales por medio de la recolección, la pesca y la
caza, y más tarde en la agricultura del maíz y otros productos. Todo esto permitió que
las culturas arqueológicas sucesoras de los olmecas, asentadas en la Costa del Golfo de
México, recibieran el legado que fue la base de la civilización mesoamericana.

Los olmecas y sus predecesores

Las primeras ocupaciones humanas registradas en el sur de la Costa del Golfo de Mé­
xico se iniciaron hace unos 4 000 años, aunque de forma variable en algunas regiones
como las cuencas de los ríos Coatzacoalcos y Uxpanapa, en Veracruz (Symonds et al.,
2002; Ortiz et al., 1997), y en los pantanos del delta del río Grijalva en Tabasco (Gon­
zález, 2001; Pope, 2001; Raab, 2001; Rust y Sharer, 1988; Von Nagy, 1997). También
en la vertiente occidental de la sierra de Los Tuxtlas existe evidencia de poblamiento
temprano (Arnold, 2000; VanDerwarker, 2006).
Estas ocupaciones prehispánicas llamadas preolmecas se caracterizaron por la apa­
rición de caseríos o campamentos de carácter semipermanente, asentados en las cerca­
nías de los pantanos y los ríos, donde era posible explotar los recursos de las selvas y los

Leyenda

1 San Lorenzo 5 Río Tatagapa


2 Tenochtitlan 6 Loma del Zapote
3 Río Chiquito 8 Las Carnelias
4 Río Coatzocoalcos 9 El Remolino

Antiguos cauces fluviales

Principales rasgos fisiográficos


de la región de San Lorenzo.
(Modificado de Ortiz y
Cyphers, 1997).

Página siguiente:
El gran felino de Loma del
Zapote-El Azuzul, Veracruz.

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cuerpos acuáticos, como lagunas y esteros. Los habitantes se dedicaron a la recolección
de frutos silvestres, la caza de presas salvajes, la pesca y el trampeo de tortugas, así como
a la captura de mariscos y crustáceos para su subsistencia (Lunagómez, 2008b).
Tiempo después, aproximadamente 1 200 años a.C., los olmecas tuvieron un notable
y precoz crecimiento poblacional en la cuenca del río Coatzacoalcos, en el complejo de
sitios denominado San Lorenzo Tenochtitlan, que incluye los centros secundarios de
Loma del Zapote, también conocido como El Azuzul, Tenochtitlan, El Bajío-El Remo­
lino y el vecino Estero Rabón-San Isidro, así como decenas de sitios de menor jerarquía,
como aldeas, caseríos e islotes. Este sistema de asentamientos floreció posiblemente
gracias al éxito del modo de subsistencia previo, basado en la recolección, la pesca y la
caza, complementados con el cultivo y uso intensivo del maíz y de tubérculos como la
yuca (Stirling, 1955; Lunagómez, 1995; Cyphers, 1997; Borstein, 2001; Symonds et al.,
2002; Wendt, 2005, 2010).
La complejidad sociopolítica olmeca de ese momento se centró en el sitio más grande
y especializado de todo Mesoamérica: el centro regional de San Lorenzo, una extensa
meseta con un área de casi 7 km2, modificada artificialmente y rodeada de cauces fluvia­
les que le confirieron una posición estratégica dentro del patrón de asentamientos en la
región o hinterland (Cyphers, 1997; Cyphers et al., 2010; Lunagómez, 1995; Symonds,
2000; Symonds et al., 2002).
En particular, San Lorenzo muestra grandes obras de infraestructura hidráulica,
como los sistemas de acueductos (Coe y Diehl, 1980; Krotser, 1973), la arquitectura
de modificación del paisaje con la creación de amplias terrazas para habitación y terra­
plenes empleados como caminos y embarcaderos para el transporte acuático (Cyphers,
1994, 1997a; Cyphers et al., 2010; Lunagómez, 1995), unidades habitacionales comunes
o casas y construcciones de élite como el Palacio Rojo (Cyphers, 1994, 1997a, 1997b),
áreas �����������������������������������������������������������������������������
para talleres de reciclaje de monumentos pétreos y para almacenamiento de he­
rramientas fabricadas en ilmenita (Coe y Diehl, 1980; Cyphers, 1997b, 2004a, 2004b;
Cyphers y Di Castro, 1996), y los “patios hundidos” en asociación con el complejo es­
cultórico de la cabeza colosal 8 y el trono mayor de San Lorenzo o monumento 14 como
sinónimo de área administrativa o de poder gobernante (Cyphers et al., 2006).
Otro ejemplo de la complejidad de San Lorenzo se refleja en los distintos tipos de si­
tios en su región o hinterland, que son heterogéneos y muchos tienen funciones redun­
dantes en cuanto a la agricultura. Los sitios únicos en su tipo, con funciones especiales,
tipifican la expansión del sistema de San Lorenzo, sobre todo por su ubicación estraté­
gica muy favorable, que aprovecha las características de su medio ambiente inmediato
y muestra una gran habilidad para manejar un hinterland amplio, al constituirse como
un puerto que conectaba una región con otra y manejar la ideología a través del arte
monumental y la iconografía a nivel regional a su favor. Por ejemplo, en la replicación
de monumentos olmecas en menor escala, como tronos y monumentos de personajes
humanizados y fantásticos en los sitios dependientes de San Lorenzo, como Laguna de
los Cerros, Llano del Jícaro, Estero Rabón-San Isidro, Cruz del Milagro y Antonio Pla­
za-Santa María Uxpanapa, entre otros (Cyphers, 1997, 2004a, 2004b; Gillespie, 2000;
Symonds, 2000; Symonds et al., 2002).
La posición estratégica de San Lorenzo dentro del ambiente ribereño y deltaico per­
mitió que la élite llegara a controlar el sistema de transporte e intercambio en toda la
región. Así, llegó a ser el centro de mayor tamaño y población de la región y ejerció el
control sobre los recursos agrícolas y también sobre los recursos y bienes importados
desde regiones como Los Tuxtlas, el Altiplano Central, la sierra de Chiapas y el valle de

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Los gemelos de Loma
del Zapote-El Azuzul.

Trono de Loma del Zapote,


antes Potrero Nuevo.

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Oaxaca. Fue así como el sitio de San Lorenzo se convirtió en el nodo principal de la Estela 1 de La Venta, Tabasco
(foto: Pierre Masson).
región que utilizó la ideología para promover sus intereses económicos y políticos de
control en la cuenca del río Coatzacoalcos y posiblemente en otras regiones vecinas en Cabeza colosal 3 de San
el sur de la Costa del Golfo (Cyphers, 1997; Symonds et al., 2002). Lorenzo.
Otra faceta de la complejidad cultural de San Lorenzo es evidente en la calidad y
cantidad de esculturas monumentales talladas en rocas volcánicas; sólo en este sitio se
han hallado diez cabezas colosales (La Venta cuenta con cuatro cabezas y Tres Zapo­
tes-La Cobata con tres) y más de un centenar de monumentos menores como tronos,
lápidas, columnas esculpidas y figuras en bulto; así como la temprana iconografía plas­
mada como discurso político y religioso de legitimación del poder de los gobernantes
olmecas (Stirling, 1955; Coe y Diehl, 1980; Cyphers, 2004a, 2004b; Joralemon, 1990).
Mención especial merecen los sitios El Manatí, El Macayal y La Merced, en don­
de desde tiempos anteriores a San Lorenzo —fases Ojochi y Bajío de Coe y Diehl
(1980)— se depositaron ofrendas masivas de bustos de madera con forma humana,
pelotas de hule y cientos de hachas y objetos de jade o piedra verde en asociación con
posibles ritos de sacrificio humano (Ortiz et al., 1997; Rodríguez et al., 2000).
Cuando el centro regional olmeca de San Lorenzo y los sitios en su hinterland inme­
diato empezaron a perder importancia, alrededor del año 900 a.C., La Venta, Tabasco,
asentada sobre una isla rodeada de pantanos, creció en tamaño e incorporó otros sitios
cercanos y distantes dentro de su esfera de poder, como Arroyo Pesquero, Los Sol­
dados y Arroyo Sonso, en Veracruz; La Encrucijada, Tabasco, y San Isidro-Malpaso,
Chiapas, entre otros (Drucker y Contreras, 1953; Gómez, 1996; Gómez y Courtes,
1988; Lowe, 1998a; Wendt y Lunagómez, en prensa).
El nuevo centro regional olmeca de La Venta, también con decenas de monumentos
tallados en roca —que incluyen cuatro cabezas colosales y varios tronos y estelas—,
se transformó en un sitio urbano, como lo refleja su traza arquitectónica, con un eje
norte-sur 8° al oeste del norte magnético, y la construcción en tierra apisonada de
un edificio troncocónico de más de 30 m de altura conocido como C1, considerado
una de las estructuras arquitectónicas más tempranas de Mesoamérica (Drucker et al.,
1959; González, 1994; Rust y Sharer, 1988). Además, en La Venta se depositaron ma­
sivas ofrendas de objetos de jade o piedra verde en contextos funerarios, como en un
sarcófago de roca arenisca adornado con un rostro felino o en una tumba de prismas
basálticos, en los complejos A y en la acrópolis Stirling, de tipo público-ceremonial, y
en los costados del montículo mayor del sitio o C1 (Porter, 1992; Stirling, 1943, 1947).
En lo que respecta a la paleosubsistencia en el hinterland o zona de apoyo de La
Venta se han propuesto dos hipótesis: la primera, sostenida por Drucker y Heizer
(1960), quienes argumentan que las tierras elevadas al oeste del río Tonalá fueron óp­
timas para la agricultura del maíz; la segunda, propuesta por Acosta (2005), se apoya
en la idea de Coe y Diehl (1980) de que las tierras inundables de las riberas de los ríos
fueron muy productivas para la agricultura de temporal, pero también susceptibles a
los cambios fluvio-lagunares en la zona oriental del río Tonalá. Por lo tanto, es factible
que la capacidad de carga para el sostenimiento de la población de La Venta como
centro urbano y su hinterland estuvo basada en la agricultura del maíz en zonas bajas
de humedales pantanosos muy fértiles debido a las inundaciones de las corrientes flu­
viales, pero con un alto riesgo de pérdida de los cultivos.
En suma, a diferencia de la etapa temprana olmeca de San Lorenzo, cuya subsisten­
cia se basaba en la explotación de recursos acuáticos, la agricultura del maíz y otros
cultivos fue determinante para el crecimiento poblacional de La Venta, tal como lo
propone Taube (1996), debido a la marcada presencia de representaciones del maíz en
la iconografía del periodo Preclásico medio en los monumentos de La Venta y otros si­
tios cercanos y lejanos bajo su influencia, como Las Limas en el Istmo de Tehuantepec
(Medellín, 1965; Gómez, 1996), Arroyo Pesquero y La Merced en el sur de Veracruz
(Wendt y Lunagómez, en prensa; Rodríguez et al., 2000), La Yerbabuena en la sierra
central veracruzana (Castro y Cobean, 1996), El Viejón en la costa Centro-Norte de
Veracruz (Medellín, 1971), Los Mangos y San Martín Pajapan en Los Tuxtlas, entre
otros (Bernal, 1968).

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El gran montículo C1
de La Venta.

El Señor de Las Limas,


Veracruz.

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Los olmecas exportaron y quizá controlaron el movimiento de algunos bienes, pro­
ductos y conceptos de su cosmovisión basada en aspectos totémicos a otras regiones
mesoamericanas, como Zohapilco-Tlapacoya y Tlatilco en la cuenca de México, Chal­
catzingo en el valle de Morelos, Izúcar de Matamoros y Las Bocas en Puebla, Juxtlahua­
ca, Oxtotitlán y Teopantecuanitlán en Guerrero, Tierras Largas y San José Mogote en
el valle de Oaxaca, Cantón Corralito y Paso de La Amada en el Soconusco, entre otras
regiones; así como Chalchuapa en El Salvador y Río Tinto en Honduras y otros lugares
en la distante Centroamérica (Clark, 1994; Diehl, 2004; Lowe, 1998b; Pool, 2006).
Tanto los olmecas de San Lorenzo Tenochtitlan como los de La Venta se dedicaron
a la importación y exportación de bienes y productos, como el jade mesoamericano o
piedra verde, desde el valle del río Motagua en Guatemala (Jaime, 2003), la obsidiana
del Altiplano Central y El Chayal, Guatemala (Cobean et al., 1991; De León, 2008),
la ilmenita-magnetita desde la sierra de Chiapas (Agrinier, 1989; Cyphers y Di Castro,
1996), el chapopote de la Costa del Golfo (Wendt y Cyphers, 2008; Wendt y Lu, 2006),
la cerámica decorada con motivos como la Cruz de San Andrés o de bandas cruzadas,
la decoración Calzadas o excavada, la “U” invertida y diseños vinculados a seres fantás­
ticos como el dragón olmeca, etc. (Blomster et al., 2005; Flannery et al., 2005; Flannery
y Marcus, 1994; Di Castro y Cyphers, 2006).
Otro logro importante de los olmecas del Preclásico medio es sin duda la transición de
la iconografía temprana hacia los primeros registros de escritura, como lo muestran los
hallazgos fortuitos de un sello cerámico con la imagen de un ave con la vírgula de la pala­
bra, aparecido en los alrededores de La Venta (Pohl et al., 2002), y el reporte del contro­
vertido bloque de El Cascajal en la cuenca del río Coatzacoalcos (Rodríguez et al., 2006).
Así, para el año 400 a.C., el sistema de representación olmeca dejó de tener presencia
en el sur de la Costa del Golfo de México; diversos autores mencionan que dicha proble­
má­tica pudo deberse a distintos factores, como invasiones —fase Nacaste de Coe y Diehl
(1980)—, drásticos cambios climáticos (Cyphers, 1997; Symonds et al., 2002), o múltiples
factores,­como agotamientos de recursos, modificación de las rutas de intercambio, etc.
(Acosta, 2005; Borstein, 2001; Coe y Diehl, 1980; Cyphers, 1997; Symonds et al., 2002).
Siglos después, al principio de la era cristiana, emergió de forma aparentemente pau­
latina en el sur de Veracruz y el Istmo de Tehuantepec un nuevo estilo escultórico de­
nominado epiolmeca, también llamado tradición istmeña (Justeson y Kaufman, 1992),
quizá compartida con los sitios de la costa chiapaneca como Izapa en Chiapas y Takalik
Abaj en Guatemala. Este estilo consiste en la talla en bajorrelieve de grecas y volutas
y, sobre todo, en la aparición de la escritura jeroglífica y la cuenta numérica o cuenta
larga —en la que la barra es igual a cinco unidades y el punto a una unidad— plasmada
principalmente en estelas y figuras como la famosa estatuilla de Los Tuxtlas (Blom y
La Farge, 1926-1927), las estelas de Cerro de las Mesas en el Centro-Sur de Veracruz
(Stirling, 1943; Stark, 1991), El Mesón, en las estribaciones de Los Tuxtlas (Loughlin,
2004), y La Mojarra en la cuenca del río Papaloapan (Winfield, 1991).
Mención aparte merece Tres Zapotes, enclavado en la vertiente noroccidental de Los
Tuxtlas, que aunque presentó una importante ocupación durante los periodos Preclá­
sico inferior y medio, nunca alcanzó el estatus de un centro regional de la talla de San
Lorenzo o La Venta, de hecho sólo fue entonces cuando alcanzó el rango de centro
rector, con una superficie de 500 hectáreas en su momento de mayor auge (Pool, 2000).
Tres Zapotes compartió algunas características escultóricas con algunos sitios como
San Lorenzo, Laguna de los Cerros y El Marquesillo. En la escultura monolítica pro­
dujo tres cabezas colosales (más una reportada en las cercanías del rancho La Cobata)
y varias estelas, entre ellas la enorme Estela A, considerada una de las más grandes de
la cultura olmeca (Stirling, 1943). Otra obra escultórica de relevancia histórica es la
Estela C, con una fecha en la cuenta larga: 32 a.C., que fue considerada en su momento
la inscripción calendárica más antigua de Mesoamérica (Stirling, 1968). Desafortunada­
mente la Estela C de Tres Zapotes está fragmentada en dos secciones, una se encuentra
en el museo de sitio y la otra en el Museo Nacional de Antropología, por lo que no ha
sido vista la inscripción completa hasta hoy (Beverido, 1971; Stirling, 1943; Pool, 2000). Máscara de jade esgrafiada de
Durante la etapa Epiolmeca, entre 400 a.C. y 200 d.C., ya no existía un gran territorio Arroyo Pesquero, Veracruz.

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integrado como durante la época olmeca de las grandes capitales de San Lorenzo Teno­
chtitlan y La Venta, durante el Preclásico inferior y medio; más bien hubo un proceso
de regionalización en el que los sitios mayores, como Cerro de las Mesas y Tres Zapotes,
dominaron su área inmediata como áreas rectoras o “zonas capitales” (Stark, 1999).
Sin lugar a dudas, el territorio del sur de la Costa del Golfo de México fue testigo del
crecimiento poblacional prehispánico desde las ocupaciones preolmeca y olmeca hasta
la etapa Epiolmeca, cuando se originaron y consolidaron las bases de la complejidad so­
cial y política que sirvieron de preámbulo a las sociedades mesoamericanas más tardías
del Clásico y el Posclásico.

Los sucesores de los olmecas: el periodo Clásico

En términos generales, para el sur de Veracruz y el noroeste de Tabasco, el periodo Pre­


clásico o Formativo se caracterizó por el fenómeno olmeca. Posterior a este desarrollo
se presentó una etapa intermedia entre los periodos Preclásico y Clásico, estimada entre
los años 400 a.C. y 200 d.C., denominada periodo Protoclásico o Epiolmeca. Respecto
al periodo Clásico, éste se define como el lapso asociado a la hegemonía cultural de
Teotihuacan en el área mesoamericana, y es considerado un “sistema mundial” durante
los años 300 a 600 d.C.( Sanders et al., 1979; Sanders y Price, 1968). Por otro lado, se
plantea un periodo intermedio entre los horizontes Clásico y Posclásico, definido por
la literatura arqueológica del centro de México como Epiclásico (Jiménez, 1959). Final­
mente, el periodo Posclásico corresponde a la última etapa del desarrollo prehispánico,
durante los años 900 a 1519-1521, y se asocia con las primeras manifestaciones de la
presencia española en México.
Cabe destacar que existen diferentes cronologías para la regi����������������������
ón Sur
�������������������
de Veracruz du­
rante el horizonte de transici���������������������������������������������������������
������������������������������������������������������
n entre los periodos Clásico tardío y Posclásico tempra­
no, respaldadas en su mayor parte por tipologías cerámicas y ocasionales fechamientos
absolutos. Estas cronologías se han propuesto para varios sitios y regiones, como Tres
Zapotes, Matacapan, El Picayo, El Salado y San Lorenzo Tenochtitlan (Drucker, 1943;
Coe, 1965; Ortiz y Santley, s/f; Ortiz, 1975; Santley et al., 1988; Coe y Diehl, 1980; Sy­
monds et al., 2002).
Particularmente, la fase Villa Alta de San Lorenzo Tenochtitlan se ha considerado
como una reocupación tardía de toda la región Sur de Veracruz, caracterizada por la
casi ausencia de monumentos tallados en roca, la marcada presencia de cerámicas de
pastas finas de colores crema, naranja y gris, así como por la construcción de montícu­
los arreglados en conjuntos arquitectónicos que forman recintos denominados plazas
(Drucker, 1943; Coe, 1965; Ortiz y Santley, s/f; Ortiz, 1975; Santley et al., 1988; Coe y
Diehl, 1980; Symonds et al., 2002).
Durante la etapa Villa Alta, entre los años 600 y 1100 d.C., prácticamente cesó el in­
terés por esculpir monumentos en roca, como se hacía durante la época olmeca, y una
de las contadas excepciones es el “mascarón de Medias Aguas”, que parece representar
un rostro descarnado asociado a prácticas funerarias (Lunagómez et al., 2005), así como
esculturas de tipo espiga enclavadas en las plazas de los sitios Guayabal y Dagamal San­
ta Rosa, en los alrededores de Los Tuxtlas (Urcid y Killion, 2008).
Por otro lado, la cerámica característica de la etapa Villa Alta, con una distribución
espacial desde Los Tuxtlas hasta la Chontalpa tabasqueña, destaca por la aparición de
formas como vasijas de silueta compuesta, sellos, sahumerios, etc., así como pastas finas
de colores crema, naranja y gris de manufactura local, pero con posibles semejanzas con
tipos cerámicos del centro de Veracruz, el Istmo de Tehuantepec e incluso el área maya
(Borstein, 2001; Coe y Diehl, 1980; Lunagómez, 2002; Pool, 1995; Symonds et al., 2002).
Una característica muy importante de la fase Villa Alta del sur de Veracruz fue la Páginas anteriores:
construcción de montículos de tierra apisonada con un patrón común de distribución o Hacha de jade esgrafiada de
Arroyo Pesquero.
arreglo arquitectónico, caracterizado por conjuntos que forman plazas. Estos conjuntos
arquitectónicos se componen de varios edificios, en general dos de ellos son montículos Estela de El Viejón,
alargados paralelos. Las plazas que forman estos conjuntos en general están rematadas Veracruz.

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por uno o dos montículos de perfil cónico y planta circular u oblonga, uno más grande
que otro, hacia los extremos del eje longitudinal del conjunto arquitectónico. La fun­
ción de estos conjuntos puede relacionarse con el ejercicio del poder de orden religioso-
secular, sociopolítico o económico-administrativo.
El patrón de conjuntos arquitectónicos ha recibido varios nombres: “VAQA-Villa
Alta Quadripartite Arrangement o arreglo cuatripartito Villa Alta” (Borstein, 2001: 37),
“conjunto plaza” (Domínguez, 2001: 104), “plaza” (Lunagómez, 2002: 60), “TZPG-
Tres Zapotes Plaza Group o grupo plaza Tres Zapotes” (Pool, 2008: 128), y “plano est���
�

dar” para el Centro-Sur de Veracruz (Daneels, 2002). Este patrón o modelo de arqui­
tectura monumental se ha identificado en cientos de sitios en el sur de Veracruz, desde
algunos considerados como “centros rectores” o “capitales regionales” —como Laguna
de los Cerros a pie de monte, El Picayo y Piedra Labrada en Los Tuxtlas, El Garro en
la cuenca del río Tesechoacán, Ahuatepec en la cuenca del río Coatzacoalcos y Jonotal
en la cuenca del río La Lana-Ilama—, sitios de orden secundario —como Quiamolapan
a pie de monte, El Marquesillo en la cuenca del río San Juan Evangelista, Tenochtitlan
y Las Galeras en la región de San Lorenzo, La Merced en la cuenca del río Coatzacoal­
cos, Medias Aguas y Las Limas en el Istmo de Tehuantepec—, hasta sitios de menor
jerarquía regional y dimensiones tanto en la sierra de Los Tuxtlas como en las planicies
aluviales de los ríos San Juan Evangelista, Coatzacoalcos y Uxpanapa (Arnold y Pool,
2008; Borstein, 2001; Gómez, 1996; Lunagómez, 2008a; Symonds et al., 2002; Urcid y
Killion, 2008).
En general se puede hablar de dos formas en la planta de las plazas que forman estos
conjuntos arquitectónicos: la rectangular, definida con una proporción entre su ancho
y su largo mayor a 1:2, y la cuadrangular, con una proporción menor a 1:2. Es impor­
tante reconocer que la forma de la planta de las plazas está determinada por el arreglo
del conjunto arquitectónico. Estas dos variantes en la planta de las plazas se encuen­

El Mascarón de Medias
Aguas, Veracruz
(foto: Hirokazu Kotegawa).

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tran distribuidas en una amplia zona, que va desde el área noroccidental del estado
de Tabasco (Drucker y Contreras, 1953), hasta la zona central del estado de Veracruz
(Daneels, 2002).
Respecto a la presencia de dos estructuras alargadas paralelas adosadas a los conjun­
tos arquitectónicos que forman las plazas, se ha sugerido su función como canchas para
el juego de pelota (Coe y Diehl, 1980; Cobean, 1996; Domínguez, 2001; Gómez, 1996;
Lunagómez, 2002; Symonds et al., 2002). Sin embargo, en el sur de Veracruz no existen
marcadores tallados en roca asociados a tales canchas, como en el centro de ese estado,
ni evidencia iconográfica del ritual como en El Tajín, en el norte de Veracruz (Ladrón
de Guevara, 1999).
Vale la pena destacar las enormes dimensiones de la arquitectura de Laguna de los
Cerros, El Garro, Ahuatepec y El Picayo, con montículos tan grandes que a veces se
confunden con cerros, y plazas tan amplias como dos campos de fútbol juntos. Aunque
la gran mayoría de los sitios del sur de Veracruz fueron ocupados desde la época olmeca
y reocupados durante los periodos Clásico tardío y terminal, su arquitectura en super­
ficie es tardía. En consecuencia, los conjuntos arquitectónicos de escala monumental se
fechan para la ocupación de la etapa Villa Alta (Lunagómez, 2002, 2008a).
Dado que se ha definido un prolongado hiato o despoblamiento entre las ocupa­
ciones de los periodos Preclásico y Clásico tardío y terminal o etapa Villa Alta (Coe y
Diehl, 1980; Gómez, 1996; Symonds et al., 2002), la tradición posterior no tiene sus
raíces directas en la ocupación olmeca, lo cual se ha confirmado gracias a excavaciones
estratigráficas realizadas en varios sitios, como Tenochtitlan, San Lorenzo, Paso de los
Ortices y Las Galeras en la cuenca del río Coatzacoalcos (Coe y Diehl, 1980; Cyphers,
1997b; Symonds et al., 2002; O’Rourke, 2002).
La colonización del sur de Veracruz durante la etapa Villa Alta pudo haberse produ­
cido mediante migraciones provenientes de regiones vecinas como La Chontalpa tabas­
queña, el Istmo de Tehuantepec o el centro de Veracruz; por lo que resulta muy difícil
establecer su filiación étnica y lingüística (Lunagómez, 2002; Symonds et al., 2002).
El lapso de la ocupación Villa Alta de los periodos Clásico tardío y terminal, entre los
años 600 y 1100 d.C., estuvo caracterizado por una organización sociopolítica segmen­
tada en “pequeños señoríos” rivales o aliados de acuerdo con las circunstancias, a di­
ferencia de la época olmeca, de carácter estatal hegemónico; se sugiere que las razones
del abandono de la región radican en los problemas de la estructura de la sociedad, es
decir, en la debilidad inherente de un sistema regido posiblemente por el parentesco e
incapaz de sostener y mantener la cohesión sociopolítica en las poblaciones del sur de
Veracruz antes del final del mundo mesoamericano.

El sitio de El Picayo,
Los Tuxtlas, Veracruz
(foto: Roberto Lunagómez).

Patrones arquitectónicos
del periodo Clásico tardío-
terminal de Sur de Veracruz.
Tomado de Lunagómez,
2011.

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Capítulo III
LOS TUXTLAS,
EL TLALOCAN TERRENAL
Lourdes Budar

Plutón: ¿Alguna vez alguien te ha pensado desde la selva?

Los Tuxtlas es el nombre de una pequeña región que se encuentra precisamente entre
el centro y el sur de Veracruz. Desde las perspectivas histórica, biológica y arqueológica
se ha considerado como una región que merece un trato especial en términos de desa­
rrollo social, cultural y ecológico debido a las características particulares que presenta.
Delimitar Los Tuxtlas en términos geográficos y culturales ha representado un proble­
ma mayor de lo esperado, ya que la noción de Los Tuxtlas como espacio geográfico y
cultural se ha modificado por las concordancias y discordancias que presenta no sólo
con la Costa del Golfo sino con el resto de Mesoamérica.
La formación de Los Tuxtlas puede remontarse a la era Cenozoica, ya que tiene conos
volcánicos activos que datan del periodo Terciario (Geissert K., 2004); la biodiversidad
de esta región es muy relevante, rica en ecosistemas tropicales, mastofauna y diversidad
de otras especies, y es una de las últimas reservas de germoplasma de México.
La necesidad de particularizar sobre aspectos económicos y sociales específicos ha
originado la división en dos subregiones: la de San Martín Tuxtla comprende los mu­
nicipios de Santiago Tuxtla, San Andrés Tuxtla y Catemaco; la de Santa Marta abarca
los municipios de Soteapan, Mecayapan, Tatahuicapan de Juárez y Pajapan. Cada su­
bregión presenta sus propias dinámicas étnicas, sociales, económicas y políticas (inegi,
2006), y es posible apreciar distintos procesos de aprovechamiento, utilización y mane­
jo de los recursos naturales (Olavarrieta Marenco, 1977).
La conformación ecológica, topográfica, hidrográfica y biológica de la región de Los
Tuxtlas tiene tres espacios microrregionales, que constituyen la plataforma para la zoni­
ficación de la propuesta de conservación y manejo de la reserva de la biosfera (áreas de
zonificación, Semarnat, 2006).
En términos estrictos, Los Tuxtlas actualmente no forman una unidad político-admi­
nistrativa —y en época prehispánica tampoco—, pero s������������������������������
í ����������������������������
presentan una unidad geográ­
fico-cultural en donde, desde nuestro punto de vista, la unidad tiene que ver con una
tradición de pensamiento compartida por las diferentes sociedades que han habitado la
región desde tiempos remotos: el culto y el aprovechamiento del paisaje.
Si pensamos en la región de Los Tuxtlas de forma fragmentada, encontraremos en
las diferentes áreas que la conforman creencias y tradiciones aisladas de los diversos
grupos étnicos, leyendas y cuentos acerca de serpientes gigantes que guardan el agua
en depósitos en la cima de las montañas, sirenas que lloran en una laguna, chaneques

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Golfo de México

I
Volcán San
Martín Tuxtla

9
2
4 6 Lago
5 8 Catemaco
II 10
1
Sierra de
Principales sitios
Santa Marta
arqueológicos de Los Tuxtlas

11   1 Tres Zapotes
 2 Totogal
III  3 Picayo
Volcán San  4 Ranchoapan
Martín Pajapan  5 Comoapan
 6 Matacapan
  7 Laguna de los Cerros
 8 Agaltepec
 9 Teotepec
10 Piedra Labrada
11 San Martín Pajapan

7
0 5 10 15 20 
km

Los
Tuxtlas

que viven en las cuevas, la virgen que apareció en un lago, hombres que hablan con
serpientes y saben curar sus mordeduras, mujeres que curan con piedras antiguas, la
importancia de recordar los sueños, rituales para pedir permiso de entrar en la selva,
ofrendas de flores y ceras al pie de los árboles, gente quemando copal en las milpas, re­
latos de ancianas que muelen a niños de cabellos dorados para convertirlos en alimento,
los nombres verdaderos o el Señor del Monte.
Sin embargo, si pensamos en Los Tuxtlas como una unidad de pensamiento, pese a
las etnias y los idiomas, encontraremos una región en la que los diversos sistemas reli­
giosos, mágicos y medicinales del mundo mesoamericano han sobrevivido por medio
de mecanismos de la tradición, fragmentándose, mezclándose y adaptándose a las ideas
y costumbres de las diferentes épocas, resultando sincréticos sistemas contemporáneos
que, en su mayoría, están y han estado durante siglos relacionados con la forma en que
el hombre vive inmerso en la naturaleza.
Si existiera un paraíso terrenal, indudablemente estaría en Los Tuxtlas, no sólo por la
exuberancia sino por la abundancia de agua y vegetación: la precipitación media anual
alcanza 4 500 mm (Castillo-Campos, 2004), y se pueden distinguir nueve tipos de vege­
tación en la región: selva alta perennifolia, selva media caducifolia, bosque mesófilo de
montaña, bosque de encino, bosque de pino, sabana, selva baja inundada, manglar y
dunas costeras (Castillo-Campos, 2004).
Tlalocan es el vocablo que utilizaron los nahuas para describirle a fray Bernardino de
Sa­ha­gún el lugar de donde vienen los olmecas, un lugar paradisiaco ubicado al este de Te­
noch­ti­tlan, con una gran riqueza de alimentos, animales y otros productos, incluido el hule:

[…] Y son muy ricos porque sus tierras son muy ricas, fértiles y abundosas, donde se da
todo género de bastimiento en abundancia; allí se da mucho cacao, y la rosa o especie aro­ Mapa de ubicación geográfica.

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20 
km

mática llamada teonacaztli, y el otro género de cacao que llaman quapatlachtli; dase tam­
bién allá el ulli, que es una goma negra de un árbol que se llama ulli y la rosa que llaman
yoloxóchitl, y todas las demás rosas que son muy parecidas. [De] allí es la madre de las aves
que crían pluma muy rica, y papagayos grandes y chicos, y el ave que llaman quetzalpapá­
lotl. También se traen de allá las piedras muy ricas de chalchihuites y las piedras turquesas;
allí se halla también mucho oro y plata; tierra cierto fertilísima, por lo cual la llamaron los
antiguos Tlalocan, que quiere decir, tierra de riquezas y paraíso terrenal (Santley, 2007 ).
[…]
[…] nunca jamás faltan las mazorcas de maíz verdes, y calabazas y ramitas de bledos,
y ají verde y jitomates, y frijoles verdes en vaina y flores; y allí viven unos dioses que se
llaman Tlaloque, los cuales se parecen a los ministros de los ídolos que traen cabellos
largos. […] Y así decían que en el paraíso terrenal que se llamaba Tlalocan había siempre
verdura y verano (VanDerwarker, 2006).

Si bien es cierto que en esta región no existen minas de oro, plata o turquesas, es
cierto también que debido a su ubicación geográfica Los Tuxtlas sirven como corredor
para pasar del Altiplano Central a las tierras bajas mesoamericanas, en donde sí existen
estos productos. Pensemos en esta región como un punto estratégico para el control
de los recursos y de la economía entre los pueblos del centro y el sur de Mesoamérica.
Manifestación gráfico- Sin duda debemos pensar la zona costera de la región como una ruta alterna para el
rupestre prehispánica traslado de productos, ya que se encuentra amurallada naturalmente por la Sierra de
de Mirador Pilapa, Veracruz. Santa Marta y por el océano Atlántico, hecho que facilita el control del camino. Los
Representa un venado
estudios acerca de la navegación en Mesoamérica son aún incipientes, sin embargo se
elaborado mediante abrasión
sobre roca basáltica, Museo ha demostrado que esta actividad se llevaba a cabo. Gracias a la magnitud de los asen­
de Antropología de Xalapa. tamientos de la zona costera y a la cantidad de esteros que existen, no es difícil pensar

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que esta actividad se realizó con objeto de trasladar productos a otros puertos ya iden­
tificados de la Costa del Golfo de México e incluso de la península de Yucatán.
En 1960, el paisaje de la zona costera de la Sierra de Santa Marta no estaba tan modi­
ficado como hoy, no había caminos y las barrancas profundas impedían el acceso en au­
tomóvil. Por lo tanto, hay que suponer que el traslado de la Estela 1 de Piedra Labrada
y un trono en forma de jaguar se realizó desde las faldas del Volcán de Santa Marta, pri­
mero por los ríos hasta la playa de Tecuanapa y posteriormente por mar abierto, hasta­
el puerto de Coatzacoalcos, en una lancha de madera con motor. Este hecho motiva la
idea de la factibilidad de puertos y del traslado de productos en época prehispánica.
Para lograr entender la dinámica cultural que se dio en esta región, es necesario ha­
blar del exuberante escenario para la conformación de esta unidad propiciada por el
culto a tres elementos de la naturaleza asociados entre sí: la montaña, la selva y el agua.
El culto a las montañas, al agua y a los espíritus del bosque o la selva no es exclusiva­
mente mesoamericano, diferentes sociedades han venerado estos elementos en el mun­
do. Sin embargo, sí es un culto fuertemente arraigado y extendido a lo largo y ancho
de Mesoamérica. Los estudios arqueológicos han demostrado la presencia de ofrendas
rituales en Los Tuxtlas asociadas a estos contextos desde épocas tempranas.
Un lago de grandes dimensiones: el de Catemaco; cinco lagos volcánicos: El Majahual,
Chalchoapan, Los Manantiales, El Verde y El Mogo; once lagunas: La Escondida, Son­

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tecomapan, La Delicia, La Joya, El Pizatal, La Colorada, Nixtamalapan, Asmolapan, La
Palma, La pompal y El Ostión; más de sesenta ríos que entrecruzan la región, el océano
Atlántico al este, y siete volcanes que van de 640 a 1 680 metros de altitud, el Cerro
Blanco, el Vigía, San Martín Pajapan, Mono Blanco, el Campanario, San Martín Tuxtla
y el Santa Marta conforman no sólo el paisaje ritual de Los Tuxtlas, sino el entorno que
sirvió para la explotación, el aprovechamiento y el florecimiento de centros rectores de
regulación de estos recursos tangibles e intangibles tan abundantes.
La mayor parte de los datos arqueológicos con los que contamos provienen de
investi­gaciones realizadas sobre todo en la zona Centro-Oeste de Los Tuxtlas, en los
municipios­de Santiago, San Andrés y Catemaco. Las investigaciones realizadas allí
por Robert Santley y su equipo de trabajo a lo largo de treinta años, más las efectuadas
desde 1922 por sus antecesores, han articulado un conjunto de datos que se refuerzan
y que sirven para entender la dinámica de la región. Sin embargo, cabe señalar que
debido­a la falta de investigaciones en las zonas núcleo II, III y sus áreas de amorti­
guamiento, las explicaciones acerca de la historia arqueológica de Los Tuxtlas aún son
parciales. Durante­mucho tiempo se pensó que estas dos zonas carecían de importan­
cia y en materia arqueológica no se incluían dentro de la región. Las investigaciones
recientes­en la zona costera del núcleo II, Sierra de Santa Marta, demuestran lo con­
trario.

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Según los estudios arqueológicos, en Los Tuxtla ha habido una intensa actividad
desde los periodos formativos hasta la actualidad. A través de los resultados de las
muestras de polen analizadas por Goman en la laguna Popal, se puede saber que las
fechas más tempranas en Los Tuxtlas datan del año 2300 a.C. (Santley, 1980; Cyphers,
1997). Sin embargo, no hay sitios arqueológicos de esa fecha. Se cree que la repercu­
sión de una organización social con presencia cerámica en la selva se produjo en 1500
a.C. y que la fecha de 2300 a.C. denota sólo la presencia de grupos precerámicos que
realizan labores de recolección, caza y pesca en los alrededores de la laguna. El asenta­
miento más antiguo del que se tienen datos seguros en la zona centro-oeste es La Joya
(1200-900 a.C.); gracias a los análisis químicos realizados por VanDerwarker (2006)
podemos saber que estos grupos explotaban su entorno con poco impacto ambiental.
La cerámica, las figurillas y artefactos recuperados en La Joya denotan una relación con
las sociedades del centro y el sur de la Costa del Golfo, posiblemente olmecas. Sin em­
bargo, a pesar de las similitudes, en la zona central de la región no hay una producción
de escultura monumental como sucede en los principales centros olmecas. Como ya se
ha expuesto en otro capítulo, los pobladores de San Lorenzo Tenochtitlan y La Venta,
al sur de la Costa del Golfo, y los de Tres Zapotes, al noroeste de Los Tuxtlas, esculpían
grandes monolitos basálticos durante el periodo Preclásico medio (800-600 a.C.) con
rasgos específicos que han servido para definir la tradición escultórica e iconográfica
conocida como olmeca.
Se piensa que, gracias a la conformación geológica que presenta la región, los bloques
de rocas basálticas que utilizaron los olmecas para esculpir sus cabezas colosales y sus
productos domésticos de molienda fueron extraídos del volcán San Martín Tuxtla y
trasladados a kilométricas distancias para ser materializados (Santley, 2007; Cyphers,
1997). Sin embargo, al caminar por la zona costera del volcán de Santa Marta, es co­
mún observar, rodear y trepar grandes rocas de basalto, incluso algunas con preformas
y manifestaciones gráfico rupestres, motivo por el cual no es difícil pensar que no sólo
el San Martín Tuxtla sirvió como yacimiento de basalto en la región.
En general, para la región de Los Tuxtlas los datos indican que durante el Preclásico
medio (900-500 a.C.) se produjeron una serie de asentamientos pequeños en valles cer­
canos a los ríos principales. En este periodo las sociedades comienzan a volverse com­
plejas y se establecen redes sociales y económicas con otros lugares de Mesoamérica, lo
que intensifica el comercio de productos, entre los que la obsidiana es el más notorio.
La Joya era uno de los principales centros económicos a partir del cual irradiaba una
organización compleja y estratificada de asentamientos más pequeños (Navarrete, co­
municación personal), lo que originó cambios significativos en la organización social de
Los Tuxtlas.
A pesar de la poca investigación que se ha realizado en las zonas núcleo II y III de la
reserva de la biosfera, existen evidencias de presencia olmeca, que posiblemente per­
tenezcan al Preclásico tardío (400 a.C.-200 d.C.). Tal es el caso de tres monumentos
basálticos registrados y que presentan rasgos fácilmente atribuibles a la tradición escul­
tórica olmeca.
El primer caso es el que podemos observar en el volcán de San Martín Pajapan, en
cuya cima fue hallada, en la década de los sesenta, una escultura antropomorfa en posi­
ción sedente. La presencia del Monumento 1 de Pajapan podría interpretarse como una
ofrenda para que el volcán se mantuviera en calma.
De las excavaciones realizadas por los arqueólogos Torres, Pelayo, Sánchez y Nava­
rrete en 1966, se recuperaron cerca de ocho mil tiestos y seis hachas de jade que servían
como ofrenda para el monumento. En el mismo año, el Señor de San Martín o Monu­
Traslado de la Estela 1 de mento 1 de Pajapan, de 1 200 kg de peso, fue trasladado desde la cima del volcán hasta
Piedra Labrada por el río
Piedra Labrada (foto: Eraclio la ciudad de Xalapa; incluso se improvisó un teleférico con cables de acero para sortear
Zepeda, 1960). las barrancas profundas que rodean el volcán (Budar, 2010). Ya en el siglo xxi, se instaló
una réplica de este personaje en el volcán. Los pobladores de las faldas de San Martín
Traslado de la Estela 1 de
Piedra Labrada por la playa
Pajapan organizaron un ritual durante el cual danzaron alrededor del monumento con
Tecuanapa (foto: Eraclio atavíos alusivos al jaguar, dándole alimentos y bebidas como ofrendas. Este monumento
Zepeda, 1960). ha sido asociado y es venerado por los lugareños, sobre todo por los ancianos, como el

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G Messico esp.indb 61 5/29/12 12:28 AM


Manifestaciones gráfico-
rupestres prehispánicas
de Piedra Labrada,
elaboradas mediante abrasión
sobre rocas basálticas, Piedra
Labrada, Veracruz foto:
de Gibránn Becerra Álvarez.
Archivo fotográfico
del PiLaB).

Preformas basálticas
de la zona de Santa Marta, Señor del Monte o Señor de
Huazuntlan Veracruz foto: San Martín,
de Sergio Vásquez Zárate. Monumento 1 de Pajapan,
Archivo Fotográfico del Museo de Antropología
PiLaB). de Xalapa.

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G Messico esp.indb 63 5/29/12 12:28 AM


Señor del Monte, numen que habita, controla y cuida la selva. Es común observar ceras
derretidas, flores marchitas, comida en jícaras y alcohol de caña en botellas trasparentes
de plástico cuando uno visita la réplica del Señor de San Martín.
El segundo monumento se encuentra en las tierras bajas, al noreste del volcán Santa
Marta, en la comunidad de Los Laureles; a finales de los años ochenta, tras las labores de
mejora de un camino rural, un trascabo halló un bloque de basalto que representa un ser
antropozoomorfo. En su cara frontal pueden distinguirse la cabeza y el torso de un perso­
naje, mientras que en sus caras laterales se aprecia que el cuerpo del personaje es el de un Monumento 1 de Los
Laureles, Los Laureles,
animal, posiblemente un felino, ya que la forma de sus muslos, sus patas, así como la cola Veracruz (foto: Gibránn
que se pliega en el lado derecho, hacen ver que se encuentra en posición sedente (Budar, Becerra Álvarez. Archivo
2010). Actualmente el monumento se encuentra en la entrada de la casa del dueño del te­ fotográfico del PiLaB).

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rreno donde fue hallado. Carecemos de estudios sistemáticos del sitio que puedan arrojar
una temporalidad específica.
Otra evidencia de presencia olmeca en esta zona es el Monumento 6 de Piedra Labra­
da, denominado La Gorila por los lugareños. La Gorila fue hallada en el sitio 1 de Pie­dra
Labrada, localizado en una meseta natural elevada y flanqueada por los ríos Piedra La­
bra­da y Sochapa. La presencia de este monumento en la superficie del sitio no es un in­di­
ca­dor suficiente para asegurar la ocupación temprana. Debido a sus dimensiones, pudo
“La Gorilla”, Monumento ha­ber sido trasladado hasta este lugar, ya que en este mismo sitio se encontró la Estela 1
6 de Piedra Labrada (foto: de Piedra Labrada, un paralelepípedo con inscripciones atribuidas a la escritura del Clá­
Sergio Vázquez Zárate.
Archivo fotográfico del sico medio (400-700 d.C.). Sin embargo, el patrón arquitectónico del sitio es totalmente
PiLaB). diferente en los espacios en los que se encuentran los monumentos (Budar, 2010).

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La plaza donde se encontraba la estela presenta una alineación general más definida
sobre un eje de desviación de 23° NE. Las estructuras que conforman el patrón son
cónicas y alargadas, de gran volumen; los antiguos habitantes construyeron tres niveles
terraceados separados por largas escalinatas, mientras que en la plaza donde se en­
cuentra La Gorila, dicho patrón arquitectónico no está muy definido, aunque presenta
montículos de tipo silueta cónica en su mayoría, los cuales alcanzan una altura máxima
de 16 m desde el desplante hasta la cima. El resultado de las excavaciones hace pensar
que el sitio 1 de Piedra Labrada cuenta con dos secciones: en la primera, la sur, el mate­
rial cultural refleja una evolución gradual desde contextos preclásicos hacia los clásicos;
mientras que en la segunda sección, la norte, se pueden percibir únicamente materia­
les del periodo Clásico, motivo que justificaría la convivencia de ambos monumentos
(Ladrón de Guevara, 2008). Este hecho podría servir también como sustento para la
hipótesis de Ladrón de Guevara, quien propone:

[…] la estela de Piedra Labrada constituyó durante el Preclásico una estela que pudo haber sido
lisa o bien que tuvo inscripciones que fueron borradas al trabajar una de sus caras, que fue rebastada­
bajo técnicas y formas muy distintas, las que ocurrían en el Preclásico tardío y que consistían en el
tallado en bajorrelieve sobre una superficie absolutamente plana […]. Así, las caras posteriores del
monumento muestran un pulido muy distinto a la talla que sirve de soporte a la inscripción, mien­
tras que el primero es suave y redondeado el segundo busca la planimetría (Santley et al., 2000).

Entre los años 100 y 300 d.C., un fenómeno natural obligó a los pobladores de Los
Tuxtlas a realizar una movilización social dentro de la región, propiciando así cambios
en la organización sociopolítica y económica. La erupción del volcán San Martín Tuxt­
la generó una gruesa capa de cenizas que cubrieron el oeste de Los Tuxtlas (Arnold
III, 2008a). Posiblemente haya sido en ese momento específico cuando se produjo un
reacomodo de la población hacia la zona de Santa Marta y de San Martín, lo que originó
la formación de nuevos centros políticos en esta parte de la región, ya que en general
los patrones de asentamiento, así como los materiales arqueológicos, muestran que el
desarrollo principal de las poblaciones que habitaron la región de Los Tuxtlas ocurrió
durante el periodo Clásico, siendo la economía y la política los factores principales que
motivaron las relaciones con otras áreas de Mesoamérica, especialmente con el Altipla­
no Central, específicamente con Teotihuacan.
La conformación ecológica y la riqueza de Los Tuxtlas pudo haber sido la manzana
de la discordia entre diversos grupos sociales mesoamericanos, ya que era el lugar idó­
neo para la regulación de productos endémicos y externos que se movían en Mesoa­
mérica. Durante el despoblamiento que sucedió tras la catástrofe volcánica, los grupos
teotihuacanos tuvieron una mayor presencia en la región. Matacapan fue uno de los
centros políticos que adquirió gran importancia después de la erupción del volcán,
convirtiéndose en el principal centro de la zona oeste.

[…] gran parte de este crecimiento regional era consecuencia de una inmigración adicional. El
río Catemaco proveyó una ruta de transportación mayor en el oeste de Los Tuxtlas y era usada
para importar materiales en la región y exportar bienes producidos en Los Tuxtlas. Las importa­
ciones incluían obsidiana desde varias fuentes, incluyendo la muy apreciada obsidiana verde de
Hidalgo (Pachuca). Las exportaciones incluían cerámica manufacturada en el centro de produc­
ción intensiva local de Comoapan, mientras que la tela de algodón, el liquidámbar y las plumas de
aves tropicales pueden haber sido transportados más allá de Los Tuxtlas (Arnold III, 2008b).

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Santley y Arnold (2008b) plantean la posibilidad de que tras los disturbios e inesta­
bilidad social que se vivieron en Teotihuacan hacia el año 300 d.C., un grupo emigró
hacia la región de Los Tuxtlas. Tomaron como evidencia la profanación del Templo
de Quetzalcóatl a través de túneles de saqueo y el incendio de un adoratorio que se
encontraba en la cúspide del templo, que fueron reportados por Sugiyama para el 300
d.C., fecha que podría coincidir con el repoblamiento del occidente de Los Tuxtlas. En
términos generales, la profanación de un templo implica un cambio social, en el que las
estructuras políticas y religiosas se ven seriamente afectadas por motivos económicos,
sociales o ideológicos, al grado de ejecutar a los gobernantes, destruir edificios o bien
mutilar esculturas.

Pensamos que no es una simple coincidencia que el siglo iv marque la primera presencia
teotihuacana en Matacapan. Parece extraño que Teotihuacan haya experimentado una
convulsión potencialmente significativa en su organización política y al mismo tiempo
haya establecido un enclave distante para mantener el control sobre un sistema econó­
mico y político a gran escala. Es razonable, sin embargo, que un pequeño grupo de resi­
dentes teotihuacanos, posiblemente huyendo de la inestabilidad reinante en el Altiplano,
haya dirigido sus pasos a la Costa del Golfo. […] El establecimiento de Matacapan no
fue un caso simple de colonización teotihuacana, ya que involucró a individuos directa­
mente identificados con la metrópoli. Es notable que las serpientes emplumadas hayan
aparecido entonces en la cerámica Rojo anaranjado de pasta fina de Matacapan. Aunque
Quetzalcóatl pudo haber sido persona non grata en Teotihuacan, fue aparentemente bien
recibido en Los Tuxtlas (arnold III y Stanley, 2008a: 309-320).

La incursión de estos nuevos grupos en Los Tuxtlas trajo consigo nuevas formas de
“saber hacer”: elementos arquitectónicos característicos del Altiplano, como el talud-
tablero y las unidades habitacionales de cuartos múltiples; el uso de pastas finas de co­
lores naranjas, grises y bayos se hace presente junto con nuevas formas en la producción
cerámica, destacando las vasijas cilíndricas trípodes de soportes rectangulares en pasta
fina, candeleros, braseros con soportes antropomorfos, incensarios, figuras efigie, sellos
rectangulares, metates con soportes en talud-tablero, esculturas de Tl��������������
������������
loc y Huehue­
téotl; nuevas formas de enterrar a los muertos y estilos iconográficos diferentes.
Además, Santley observa que en el registro arqueológico de Matacapan se puede
apreciar un cambio en la materia prima que se comerci�����������������������������
��������������������������
en un momento histórico es­
pecífico, mismo que resulta ser también el momento en que despunta la presencia de
la obsidiana verde en la región, así como otros caracteres estilísticos en la construcción
que evidencian una presencia claramente teotihuacana. Por eso, es muy probable que la
obsidiana que circuló en ese tiempo en la región proviniera no del Cerro de las Navajas,
sino de Zaragoza, otro yacimiento igualmente controlado por Teotihuacan o de un sitio
relacionado estrechamente con la metrópoli, como Tajín o Cantona (Santley, 2001).
Ya desde la década de los treinta Valenzuela (1945b: 81-94), al ver de cerca los sis­
temas constructivos de las estructuras prehispánicas de Matacapan, sospech����������
�������
esta re­
lación debido a la presencia arquitectónica del talud-tablero y del glifo ojo de reptil
representado en algunas vasijas. Eduard Seler atribuyó a este glifo el valor de agua o de
lluvia, Alfonso Caso (1960: 158-161) lo asoció con el estilo teotihuacano y afirmó que
era un glifo calendárico de Ehécatl, el viento, y reconoció este símbolo en Xochicalco
registrado junto al numeral nueve; esta fecha fue interpretada durante algún tiempo
como la fecha de nacimiento de Ehécatl–Quetzalcóatl. Florescano (2007) se suma a

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la propuesta de Virginia Smith, quien piensa que el ojo de reptil es el emblema de un
gobernante, ya que en la Estela 1 de Xochicalco aparecen esculpidas las hazañas de un
personaje llamado “Siete Ojo de Reptil”.
Sin embargo, esta representación iconográfica la podemos ver más claramente en la
zona de Santa Marta. En 1925, en el sitio Piedra Labrada, Frans Blom y Oliver La Far­
ge registraron una Estela de 2 m de altura que presenta algunas inscripciones, entre las
cuales se puede observar el glifo ojo de reptil asociado al numeral siete.
Medellín, Melgarejo y Coe atribuyeron a esta estela una filiación olmeca, sin embargo
en 1973, el arqueólogo Carlos Navarrete comenzó a trabajar en el sitio Cerro de Bernal,
situado en el municipio de Tonalá, en la zona costera de Chiapas, donde localizó una
estela que presenta similitud con algunos de los glifos de la de Piedra Labrada. Se trata
de un bloque en forma de espiga de 4.73 m de alto trabajado en los cuatro lados. Lo
que más llama la atención en esta estela, además de la repetición constante del símbolo
de la trama —que se encuentra también en la de Piedra Labrada—, es la indudable
asociación con Tláloc y la posible representación de agua o divinización de la misma.
En el mismo año se realizaron excavaciones alrededor de la base de la Estela 1 de Pie­
dra Labrada con el fin de obtener mayor información. El arqueólogo Marco Antonio
Reyes localizó al frente de la base una ofrenda que consistía en algunos elementos es­

Glifo Ojo de Reptil de la


Estela 1 de Piedra Labrada
(dibujo: Marco Antonio
Reyes. Archivo gráfico del
PiLaB).

Estela 1 de Piedra Labrada,


Museo de Antropología de
Xalapa.

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culpidos en piedra, así como un conjunto de cajetes y piezas cerámicas; no se realizaron
los análisis de estos materiales.
Navarrete refutó con datos las propuestas de Medellín, Melgarejo y Coe con respecto
a la temporalidad y filiación étnica de la Estela 1 de Piedra Labrada, y ubic�����������
��������
la tempo­
ralidad de la estela de Los Horcones dentro del periodo Clásico medio, gracias a las
tipologías cerámicas y a los patrones de asentamiento que pudo observar mediante la
realización de un plano topográfico del sitio; también determinó que ambas estelas son
de estilo teotihuacano. Actualmente se realizan los análisis de los hallazgos de Reyes de
1976, para contextualizar la Estela 1 de Piedra Labrada. Hasta hoy, estos análisis dejan
entrever que se trata de tipos cerámicos del Clásico medio.
Se piensa que el glifo ojo de reptil es netamente teotihuacano, pero la evidencia ar­
queológica ha demostrado desde hace mucho tiempo que Teotihuacan fue una ciudad
pluriétnica, por tal motivo es muy difícil aseverar que los símbolos que en ella conver­
gieron hayan sido locales o de influencia de otras regiones mesoamericanas. Tal vez este
símbolo podría ser una abstracción de una deidad transitoria del Preclásico al Clásico o
bien una síntesis de algún concepto originado en el sur de la Costa del Golfo.
Los datos que reflejan la influencia teotihuacan en el área se pueden separar en dos ca­
tegorías. Por un lado hay elementos importados (anaranjado delgado, obsidiana verde) o
que imitan claramente prototipos teotihuacanos (candeleros y soportes rectangulares ca­
lados) que se distinguen de los complejos regionales. Estos elementos son escasos y están­
dispersos, pero reflejan indudablemente la influencia de Teotihuacan. Por otro, exis­te un
paralelismo en ciertos aspectos de la secuencia cerámica en el nivel tecnológico y tipoló­
gico (tanto en vasijas como en figurillas) que sugiere que Teotihuacan asimiló for­mas ve­
racruzanas (vaso cilíndrico trípode, que modifico con soportes rectangulares), mientras­
en el centro de Veracruz se ponen de moda formas teotihuacanas (cajetes-cóncavo diver­
gentes y tazas de base anular). Ambas regiones además comparten modos de manufactu­
ra y de decoración, sin que sea posible determinar dónde se originaron. Es mucho más
difícil evaluar la naturaleza de la influencia teotihuacana en este tipo de evidencias, ya que
se trata de elementos que forman parte integral del complejo cultural local, pero también
es este tipo de evidencia la que sugiere una compenetración más profunda entre ambas
regiones, la cual es más difícil de definir y aún más de interpretar (Daneels, 2002: 674).
La caída de Matacapan nada tuvo que ver con Teotihuacan; el surgimiento de nue­
vos centros provocó una competencia de mercado y Matacapan perdió fuerza, ya que
Ranchoapan era el principal importador de obsidiana de Zaragoza-Oyameles, y fue pre­
cisamente esta obsidiana la que más se utilizó durante todo el Clásico; Matacapan era
sólo un distribuidor de este producto. En algún momento, las relaciones políticas entre
Matacapan y Ranchoapan se tensaron y la segunda consiguió limitar el abastecimiento
de este producto a la primera, lo que provocó su paulatina decadencia y fragmentación
en varios centros pequeños. La pregunta es ������������������������������������������
¿�����������������������������������������
por qué y cuáles son los motivos que pro­
piciaron dicha tensión?
Hacia el noroeste del lago de Catemaco se encuentra el sitio El Picayo, que durante
el Clásico tuvo un crecimiento importante y se ha llegado a pensar que es el sitio más
grande de Los Tuxtlas. El Picayo, a diferencia de Matacapan, no muestra una influencia
tan marcada de Teotihuacan.
Si se compara con Matacapan, el recinto ceremonial de El Picayo revela una mayor
inversión en la arquitectura y la modificación del terreno; los edificios fueron dispuestos
en una forma más jerárquica y sugieren un acceso muy restringido a su centro ceremo­
nial. Además, la élite de El Picayo aparentemente se basaba fundamentalmente en la
ideología del juego de pelota de las tierras bajas del Golfo para reforzar su estatus: de
hecho, El Picayo tiene por lo menos cuatro canchas para el juego de pelota, mientras
que en Matacapan sólo había una (Arnold III, 2008-b). Para finales del Clásico, a pesar
de la importancia política del sitio, comenzó su fragmentación en varios pequeños cen­
tros autónomos, igual que sucedió con Matacapan.
El la zona de Santa Marta ocurrió un fenómeno interesante. En un área de 14 km2
se ubica una serie de catorce sitios monumentales unidos entre sí por medio de terra­
zas habitacionales; este sitio se denomina Piedra Labrada, cuenta con 257 montículos,

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algunos alcanzan 25 m de altura y el que sobresale por su monumentalidad es el deno­
minado Estructura 2 o Palacio, que tiene cerca de 140 m de ancho por 170 m de largo
y una altura de 20 m. Sin embargo, la peculiaridad del sitio no radica en la monumen­
talidad sino en la cantidad de juegos de pelota que tiene. En el área de estudio existen
hasta ahora quince juegos de pelota registrados, algunos no se encuentran a más de diez
metros de distancia uno del otro, la mayoría de las canchas tienen seis metros de ancho;
las orientaciones varían, los juegos más alejados presentan un eje norte sur, mientras
que los que se encuentran en los núcleos del asentamiento presentan un eje SW-NW
que corresponde a la topografía natural del terreno. Los estudios de esta zona son aún
demasiado recientes y no se cuenta con antecedentes de investigación arqueológica, por
lo tanto es difícil proporcionar una interpretación. No obstante, las interrogantes son
muchas: ¿qué papel jugó Piedra Labrada, y en general los asentamientos del área de
Santa Marta en la dinámica cultural de la zona centro-oeste de Los Tuxtlas?, ¿participó
acaso en los conflictos por el control de los recursos o permaneció relativamente aislado
y aprovech���������������������������������������������������������������������������
������������������������������������������������������������������������
los propios?, �����������������������������������������������������������
¿a���������������������������������������������������������
caso los juegos de pelota servían como mecanismos regula­
dores de conflictos internos que evitaron la disgregación del grupo?
En las etapas de ocupación correspondientes al periodo Clásico tardío y terminal
(600 a 1000 d.C.) se pueden encontrar los materiales asociados a la fase Villa Alta, defi­
nida por Coe y Diehl para San Lorenzo; esta fase consiste en cerámica de pastas finas de
colores naranja, crema, negro, gris y blanco burdo. Asimismo, se incorpora a los sitios
el arreglo arquitectónico denominado por Borstein (2001) “arreglo cuatripartita Villa
Alta” y por Domínguez (2002) “conjunto plaza”.
En los sitios con arquitectura monumental en el sur de Veracruz existe un patrón co­
mún de distribución o arreglo arquitectónico caracterizado por conjuntos que forman
plazas. Estos conjuntos arquitectónicos se componen de varios edificios, en general dos
de los cuales son montículos alargados paralelos. Las plazas que forman estos conjun­
tos generalmente están rematadas por uno o dos montículos de perfil cónico de planta
circular u oblonga, uno más grande que el otro, hacia los extremos del eje longitudinal
del conjunto arquitectónico (Lunagómez, 2002).
En la porción occidental de Los Tuxtlas este conjunto puede observarse en Teotepec,
Matacapan y El Picayo (Lunagómez, 2002), sin embargo en la zona de Santa Marta este
arreglo también es común. Al parecer es una marcada influencia de los grupos de las
zonas bajas del sur de Veracruz. Este patrón arquitectónico marca el fin del periodo
Clásico.

Estela 3 de Los Horcones,


Cerro de Bernal, Tonalá,
Chiapas. (Imagen tomada de
Navarrete, 1976).

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Sección 1 del Sito 1 de Piedra Labrada (foto: Lourdes Budar. Archivo
fotográfico del PiLaB).

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Hasta este momento la gran interrogante de Los Tuxtlas sigue siendo el periodo Pos­
clásico. Existe una falta de evidencia arqueológica que aporte datos para establecer
secuencias cronológicas que se extiendan hasta dicho periodo. Los dos sitios que pre­
sentan una ocupación posclásica inequívoca son Agaltepec y Totogal.
La cerámica que se puede encontrar para este periodo es la azteca imperial, incensa­
rios almodados-texcoco, cerámica tres picos II estilo taza, y pueden localizarse restos de
obsidiana verde proveniente de Hidalgo, con las plataformas pulidas.
Las evidencias de ocupación posclásica en la región son pocas; sin embargo, se encuen­
tran referencias en las fuentes etnohistóricas sobre tributos de hule, cacao, plumas pre­
Juego de pelota del Sitio 4 de
cio­sas, jade y turquesa que el señorío de Toztlan enviaba al centro en la época de Moc­te­
Piedra Labrada (foto: Lourdes
zu­ma I. Incluso en 1520 Cortés se reservó la región para sí, integrándola a su mar­que­sa­do Budar. Archivo fotográfico del
debido a la riqueza que en ella veía, lo que dio lugar a la primera plantación de caña de PiLaB).

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azúcar en la Nueva España. Las encomiendas y corregimiento comenzaron a explotar la
región y para finales del siglo xix prácticamente toda la región, tras la formación de la­ti­
fun­dios, era propiedad privada. Sólo Pajapan se mantuvo bajo la posesión de los indíge­
nas. El Bastonal, Cuautotolapan, Temoloapan y Corral Nuevo eran algunas de las enor­
mes haciendas que conformaban la región y en donde comenzó la extracción de maderas
preciosas, lo que condujo a la deforestación tan pronunciada que hoy puede observarse.
Los Tuxtlas hoy sigue siendo un centro de producción y distribución de productos
endémicos y externos, continúa controlando industrias importantes en el ámbito re­
gional y nacional, como la producción de azúcar, tabaco y madera, y sigue ocupando
un lugar importante en la concepción mágico religiosa. Es una de las regiones que ha
innovado en materia ecológica y es un centro importante de yacimientos minerales para
la construcción.

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Capítulo IV
LA MIXTEQUILLA: HOMBRES
DE PIEDRA, MUJERES DE BARRO
Sara Ladrón de Guevara

Las planicies del sur de Veracruz, entre las cuencas de los ríos Blanco y Papaloapan,
han sido consideradas por los estudiosos como una subárea cultural (Torres, 1970: 13)
desde hace ya varias décadas. Este medio de tierras inundables, fértiles, adecuadas para
la agricultura, fue propicio para el desarrollo de grupos humanos a lo largo de varios
siglos en etapas precolombinas. Se trata de tierras bajas y llanas, sabanas fértiles y áreas
pantanosas. Esta característica explica la construcción de montículos de tierra como
base de sus habitaciones lo mismo que de sus templos. Reconocemos aquí los patrones
urbanos de montículos alrededor de plazas, en época de lluvia apreciamos plataformas
habitacionales elevadas que permitirían la construcción de viviendas por encima de
la subida del agua. Podemos imaginar que sus ocupantes podrían desplazarse con la
ayuda de embarcaciones durante las inundaciones. Las características de la región le
permiten disfrutar de una producción agrícola excelente. Varios tributarios del Papa­
loapan forman pantanos y lagunas crecientes durante la época de lluvias y dejan tierras
fértiles para la siembra.
Desde los inicios de la exploración arqueológica de este espacio (Torres, 1979: 19) se
reconoce una continuidad de montículos a lo largo de toda la subárea, lo que dificulta en
ocasiones reconocer los límites de cada sitio. Temporalmente, es evidente el desarrollo
de dos tradiciones consecutivas: la más temprana presenta un elocuente complejo de es­
telas, erigidas como monumentos conmemorativos, muchas de ellas con fechas inscritas
en cuenta larga o en su expresión corta. É���������������������������������������������
����������������������������������������������
stas fueron talladas durante el periodo deno­
minado como Epiolmeca, por mantener algunas de las características de los olmecas,
tales como, precisamente, la erección de esculturas monolíticas monumentales, pero en
periodos considerados fuera de la cronología olmeca, hacia principios de nuestra era.
La segunda es una tradición que desarrolló la escultura cerámica con tal maestría
que se ha descuidado el estudio de otras de sus manifestaciones, y sólo recientemente
se reconoce su importancia en términos de arquitectura de tierra, patrones urbanos y
pintura mural.
En la iconografía de las esculturas primero pétreas, en la tradición de las estelas y
luego en las esculturas cerámicas reconocemos una importante distinción estilística y al
mismo tiempo un continuum en la utilización de insignias que parecen corresponder al
Joven sedente, terracota. ámbito de lo sagrado y del poder político, que sin duda estaban asociados simbólica­
El Zapotal. mente y de facto.

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Golfo de México

4
2
3

n
apa
7 5

alo
6

Pap
Río
8

Principales sitios
arqueológicos de la Mixtequilla

1 Piedras Negras
2 Cerro de las Mesas
3 El Zapotal
4 El Cocuite
Zona
5 Dicha Tuerta Centro-Sur

6 Los Cerros
7 Nopiloa
8 Tierra Blanca
9 La Mojarra

0 5 10 15 20 
km

Cerro de las Mesas y la tradición de estelas de la cuenca del Papaloapan

Cerro de las Mesas se encuentra en el delta del río Blanco, lo que le permite el apro­ve­
cha­miento de tierras fertilizadas por las crecientes cíclicas de las aguas.
La región de La Mixtequilla carece de canteras de roca, de tal manera que las piedras­
que sirvieron para ser esculpidas y erigidas como estelas debieron ser transportadas
des­de importantes distancias, para seguir la tradición olmeca de erigir esculturas monu­
men­ta­les como marcadores y mementos en el paisaje urbanizado de sus centros impor­
tantes.
Pero si los olmecas retrataron a sus gobernantes en colosales cabezas y monumentales
retratos, en Cerro de las Mesas vemos coronada una tradición que, también iniciada por
los olmecas, se transformó en la región de la cuenca del río Papaloapan. Si los olmecas
pre­fe­rían columnas basálticas y esculturas de bulto, ahora se opta por la escultura de es­
telas paralelepípedas que retratan en bajorrelieve, sobre la superficie plana de sus caras,

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a sus gobernantes, junto a una inscripción que daría la ubicación temporal precisa del
acon­te­ci­mien­to a conmemorar, seguramente la ascensión al poder del señor representado.­
El sitio de Cerrro de las Mesas fue a dado a conocer a partir de los trabajos de Stirl­
ing y Drucker, quienes pusieron particular interés en las estelas del lugar. Además de
estos monumentos, Cerro de las Mesas se distingue en la región por haberse constituido
como el sitio de mayor en extensión territorial. Stark (2008: 90) reporta 160 montículos,
entre los que incluye tanto los ceremoniales como los habitacionales; este importante
Vista aérea del río número de montículos se explica como respuesta a la elevación del nivel freático al que
Papaloapan.
nos hemos referido. Cada construcción, cada habitación, por humilde que fuera, había
Páginas siguientes: de estar en una zona elevada para evitar las inundaciones de estas tierras bajas.
Estela 6 de Cerro de las Se trataba sin duda de un centro rector de sitios subsidiarios más pequeños en la re­
Mesas. gión. Su arquitectura compleja muestra construcciones de tierra que funcionaban como
Mascarón y Estela 8 de Cerro plataformas para sostener templos, edificios administrativos y palacios que habrían sido
de las Mesas. construidos con materiales perecederos. Estas estructuras conforman plazas en un es­

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quema que se reconoce como estandarizado en el sur de Veracruz y que consiste en la
alineación de un montículo cónico alto, flanqueado por dos montículos largos, y con
un juego de pelota conformado también por montículos largos paralelos en el extremo
contrario al del montículo cónico. De acuerdo con los trabajos realizados por Barbara
Stark en el sitio, hay también un sistema de estanques artificiales que se corresponde
con los montículos para equilibrar las masas construidas con los cuerpos de agua que se
formaban en las pozas al llenarse de los mantos freáticos apenas a ras del suelo. Así se
equilibra conceptualmente la conformación del paisaje, al contrarrestar las elevaciones
de los montículos con las depresiones de los estanques.
Las estelas que retrataban a sus gobernantes, junto con el registro temporal en cuen­
ta larga, muestran cada una a un solo personaje de complicados atavíos, con algunas
recurrencias que nos permiten asumir que tales eran las insignias de los gobernantes:
un cinturón con hebilla en forma de flor, del que pende una banda que termina en una
forma lanceolada como hoja; una larga cauda cae a su espalda y el rostro está parcial­
mente oculto por una máscara bucal. A su lado suele estar registrada una fecha que
seguramente celebraba su ascensión al poder, como después habrá de suceder en las
inscripciones mayas.
Las fechas en las estelas de Cerro de las Mesas corresponden a los años 468, 528 y 533
de nuestra era inscritas sobre las Estelas 6, 5 y 8, respectivamente, por eso se ha ubicado
el periodo de su florecimiento es el Protoclásico. El formato no es privativo de Cerro
de las Mesas; aunque con variantes estilísticas, en otros sitios de la misma cuenca del río
Papaloapan, se han encontrado estelas con fechas incluso más tempranas, como la de
La Mojarra, cuyas inscripciones registran los años 143 y 156 de nuestra era, o escenas
más complejas, como la llamada Estela del Papaloapan esculpida en cuatro de sus caras.

La estela de La Mojarra

A diferencia del sitio de Cerro de las Mesas, donde se encontró una serie, en el sitio de
La Mojarra sólo ha aparecido una estela hasta el momento, a pesar de una exploración
sistemática y magnetométrica encabezada por Richar Diehl en 1995. El tratamiento del
personaje esculpido sobre una de sus caras muestra un estilo muy particular: su tocado
y capa son sumamente complicados y recuerdan la laboriosidad de las representaciones
de los gobernantes mayas. Pero sin duda lo más relevante de esta estela es la serie de
glifos esgrafiados sobre la superficie que, con un total de 611, muestran una escritura
congruente con la que previamente había aparecido en dos artefactos, un fragmento de
cerámica esgrafiado procedente de Chiapas y la famosa estatuilla de Los Tuxtlas. Los
trabajos de John S. Justeson y Terence Kaufman (2008a: 55) han propuesto el desci­
framiento de una escritura que correspondería a una lengua protomixe o protozoque.
En todo caso, reconocemos ya un registro gráfico complejo que antecede a la escritura
maya y comparte con ésta el preciso sistema de registro del tiempo.

La estela del Papaloapan

Esta estela, a diferencia de las anteriores, está esculpida en sus cuatro caras. La escena
que se desarrolla en bajorrelieve muestra una compleja narración en la que participan
Estela de La Mojarra. cinco personajes humanos. El principal, de mayor tamaño que el resto, muestra las

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Estela del Papaloapan.

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insignias de gobernante que caracterizan a los personajes de las estelas de Cerro de las
Mesas (cinturón y cauda) y ha llevado a cabo la decapitación de un personaje represen­
tado acéfalo en una de las caras laterales; lleva en la mano derecha la cabeza decapitada
agarrada por los cabellos y en la izquierda el cuchillo sacrificial. Un personaje, a su es­
palda, ocupa la otra cara lateral y muestra la vírgula de la palabra. En la cara posterior
dos personajes se enfrentan: uno es anciano, el otro, joven, de cuya boca surgen vírgu­
las que representan sus palabras. Entre los dos un par de tiras, hoy erosionadas, acaso
alguna vez tuvieron representada la cuenta larga que caracteriza la inscripción de estas
estelas. Bajo los pies de los personajes aparecen dos monstruos telúricos fantásticos con
complicados rostros y cuerpos de saurios.
Acaso ésta sea la primera representación de un ritual que más tarde reconoceremos en
documentos gráficos a todo lo largo de la Costa del Golfo: el sacrificio por decapitación.
Grabado en palmas y hachas, en estelas como la de Aparicio, sobre murales como
el de Las Higueras, en tableros como los de El Tajín o en pectorales de caracol de la
Huasteca, el impresionante acontecimiento quedó registrado para rememorar el escalo­
friante momento en que la sangre mana de un cuello ya decapitado por un sacrificador.
Pero volviendo a la tradición de las estelas, reconocemos en ellas una compleja pa­
rafernalia de los señores que da indicios de una economía bullente y de la producción
de vestimentas de algodón y ornamentos de plumas y pedrería. La primera, congruente
con la factible producción de algodón en estas tierras fértiles, que seguramente consti­
tuyó un factor importantísimo para el desarrollo económico de la región y la segunda,
heredera de la estima por las piedras verdes que iniciaran los olmecas, que evidencia la
consecución del comercio con el valle de Motagua en Guatemala a través del Istmo de
Tehuantepec, para proveer a los señores de estas insignias. Las excavaciones de Stirling
y Drucker en el sitio revelaron una magnífica ofrenda de objetos de jade que demuestra
la continuidad del aprecio por estos materiales, como ocurrió entre los olmecas.

El Zapotal y la tradición de esculturas cerámicas

Barbara Stark, quien ha trabajado sistemáticamente la región de La Mixtequilla, propo­


ne la existencia, durante el periodo Clásico, de sociedades con organizaciones plurales
basadas en la creciente producción local de algodón y textiles que habrían de propiciar
intercambios importantes con otras regiones. Del mismo modo, la producción de otros
productos manufacturados reforzaría las actividades comerciales y fortalecería la orga­
nización de pequeños Estados. Sus investigaciones demuestran también la continuidad
durante el Clásico tanto de los patrones urbanísticos como de los restos cerámicos.
En todo caso, lo que sí podemos reconocer es el inicio de una tradición que se agrega
a las anteriores y que desarrolla con maestría la producción de figurillas y esculturas cerá­
micas, lo que corresponde seguramente a modificaciones en el discurso religioso y en las
prácticas rituales asociadas con lo sagrado y el poder, y que se hacen evidentes en el caso
de la gran ofrenda-cementerio dedicada al Señor de la Muerte en el sitio de El Zapotal.

El Zapotal
Mictlantecuhtli, Señor de los
Un equipo de investigadores de la Universidad Veracruzana, dirigidos por el maestro Muertos, en barro sin cocción
Manuel Torres, trabajó en los años setenta en este sitio, donde fue hallada la sorpren­ y policromado.

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dente y monumental ofrenda dedicada al Dios de la Muerte, Mictlantecuhtli, que se
compone de innumerables esculturas cerámicas, así como entierros y ofrendas.
La figura principal del adoratorio es el dios Mictlantecuhtli, esculpido en barro maci­
zo, sin cocción y policromado. Tanto esta escultura como su adoratorio bien pudieron
esculpirse aprovechando una acumulación natural de arcilla; así, el esculpido de muros
y deidad fue modelado sobre el barro in situ, por eso la escultura no fue cocida, a dife­
rencia de las esculturas huecas cocidas que conforman su ofrenda.
Además de la sorprendente escultura cerámica de este sitio, vale la pena observar los
murales que rodean dicha figura y que fueron elaborados sobre los muros interiores y
exteriores que rodean al Mictlantecuhtli central. Seguramente la fuerte erosión sufrida
por los mismos hace difícil su lectura, allende la menor calidad aparente del dibujo, que
contrasta con la exquisitez y maestría de la escultura cerámica, condenó a estos murales
a un buen grado de olvido.

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Tenemos aquí representado al sol en los muros exteriores, tanto al este como al oeste
del recinto; si bien la alusión al inframundo es clara: recordemos que cada tarde el sol
desciende al inframundo para volver a nacer cada mañana en el oriente.
En los muros interiores, que corresponden precisamente al espacio donde se repre­
sentaron los soles, encontramos un personaje sedente en cada lado. Se trata de un ser
descarnado que alude a la muerte tanto al este como al oeste, como ocurre en los ba­
jorrelieves del Juego de Pelota Sur de El Tajín, donde en cada esquina, las de los lados
este y oeste, se representa también a esta deidad de la muerte. A excepción de otro
personaje en la parte posterior del recinto, el resto de los personajes representados
están de pie; se dirigen en procesión hacia el Mictlantecuhtli. Sólo los seres sedentes
descarnados miran en dirección opuesta, la misma hacia donde ve Mictlantecuhtli: el
norte. El personaje de pie a la diestra del Señor de la Muerte, que se dirige hacia el oes­
te, parece ser una mujer encinta; en este sentido, podemos acaso identificar al personaje
del lado opuesto con un guerrero. Así, no sólo la arquitectura y la ofrenda, sino también
los murales, evocan la disposición mítica del reino de los muertos.
En efecto, además de los tres lugares míticos adonde van los muertos: el Mictlan, des­
tino general; el Tlalocan, lugar al que se dirigían quienes morían por ahogamiento o por
enfermedades asociadas con el agua, y el Cincalco, donde iban los niños muertos, hay
un destino principal constituido por el trayecto del sol. Allí iban los guerreros muertos
en batalla y las mujeres muertas durante el parto; tanto guerreros como parturientas
muertos eran deificados, asignándosele a los primeros el honor de acompañar al sol
cada día desde el oriente hasta el cenit y a las segundas, desde el cenit hasta el ocaso. En
El Zapotal se representó entonces el reino de los muertos, el sol nocturno en su recorri­
do por el inframundo, junto con numerosos personajes nocturnos.
Las evidencias arqueológicas del área de La Mixtequilla muestran que en otros sitios
de la región pueden haberse escenificado otras ofrendas de similar importancia y de­
dicación. Eso explica el hallazgo de la magnífica Cihuateteo de El Cocuite o las piezas
halladas en Dicha Tuerta.
Pero volviendo a la arquitectura del recinto construido alrededor del Mictlante­
cuhtli de El Zapotal, observamos que los muros que lo rodean y enmarcan describen
dos escuadras­que dividen los muros en paneles. No se trata de un muro corrido, sino
que se trazan ángulos rectos que recortan en desniveles los distintos paneles; de esta
forma se representa a un solo personaje en cada encuadre. Los personajes están ata­
viados con complicada parafernalia que incluye enormes tocados. Una franja inferior
constituye el piso donde posan los pies las figuras representadas siempre de perfil, con
un pie delante­del otro. La paleta parece escasa: rojo es el fondo de la pared y crema
los personajes.
Lo que salta a la vista es que el encuadre de los personajes tiene mucho que ver con
el de los que fueron representados en bajorrelieve en las estelas de la región de La Mix­
tequilla, en la que se encuentra El Zapotal; de hecho, el sitio de Cerro de las Mesas, de
donde proceden las magníficas estelas con personajes y cuentas largas, se ubica a tan Cihuatetéotl, mujer muerta
sólo unos cuantos kilómetros de El Zapotal. Asimismo, reconocemos otros elementos durante el parto y deificada.
Cerámica policromada. El
comunes a estas dos manifestaciones, como las posturas corporales, las proporciones y Cocuite.
los enormes tocados.
Tanto los personajes que están de pie como los sedentes nos recuerdan el encuadre y Páginas siguientes:
Cihuatetéotl de El Cocuite.
postura de las mencionadas estelas. Incluso, en varias ocasiones se ha hecho notar que
la hebilla en forma de flor que porta el Mictlantecuhtli de El Zapotal es idéntica a la de Cihuatetéotl de Dicha Tuerta,
algunos señores representados en las estelas de Cerro de las Mesas, con lo que asumi­ ataviada como guerrera.

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mos que la parafernalia que distingue a los dignatarios permanece como un elemento
de larga duración, a pesar de los cambios evidentes entre un periodo y otro, manifiestos
en cada sitio por sus particularidades estilísticas.
Consideramos que la tradición estética, simbólica y mítica de El Zapotal durante
el periodo Clásico corresponde con toda claridad a la que se desarrolló en la región
de La Mixtequilla en periodos más tempranos, particularmente durante el periodo
Epiolmeca,­palpable en la talla de las estelas de Cerro de las Mesas. Así, si bien las
estelas­son anteriores­al desarrollo del sitio El Zapotal y se ubican, según sus fecha­
mientos inscritos en cuenta larga, en los años 468, 528 y 533 de nuestra era, reconoce­
mos la herencia de su estilo en la pintura mural de El Zapotal, localizado temporalmen­
te hacia el Clásico tardío. Después de todo, estos monumentos permanecieron erectos
durante varios siglos y estaban aún a la vista cuando Stirling realizó sus exploraciones.
Simplemente, los formatos se siguieron utilizando y conformaron una verdadera tra­
dición.
Frente al Señor de los Muertos y su adoratorio fueron explorados 235 entierros hu­
manos (Torres Guzmán, 2004: 203), de los cuales 187 son primarios, 39 secundarios y
nueve no determinados. La mayoría de los entierros fueron de adultos, casi todos fue­
ron enterrados en posición sedente mirando hacia el sur —hacia donde se encontraba
la escultura de Mictlantecuhtli que, por su parte, mira hacia el norte—; pocos contenían
ofrendas, más bien formaban parte de un arreglo en el que las ofrendas constituían con­
juntos de piezas que reproducían un espacio mítico correspondiente al lugar adonde
iban los muertos.
Así, sobresale la procesión de figuras cerámicas llamadas Cihuateteo: se trata de re­
presentaciones de mujeres que, al morir durante el parto como hemos mencionado,
eran consideradas diosas y se podían equiparar con la jerarquía de los guerreros muer­
tos en batalla. Se puede decir que en El Zapotal, frente al Señor de los Muertos, se re­
produce su reino. Como ofrendas también se encontraron piezas de diversos complejos
cerámicos y líticos llenos de significación. Revisaremos a continuación algunos de estos Caja de cerámica
complejos. de El Zapotal.

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Las esculturas de Cihuateteo

Estas sorprendentes figuras son las que siempre han atraído mayor atención. Trece pie­
zas se hallaban formadas en hilera del lado oeste. El viaje de las Cihuateteo como acom­
pañantes del sol ocurría míticamente cada tarde, desde el cenit, donde lo recibían de los

Cihuatetéotl
de El Zapotal.

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guerreros muertos en batalla, y seguía hasta el ocaso y más allá de la línea del horizonte
se prolongaba a través del oscuro dominio del Señor de los Muertos cada noche. Las
piezas en cuestión corresponden a figuras casi de tamaño natural en cuanto a su altura,
aunque de exageradas proporciones que agrandan significativamente el rostro, siempre
coronado por complicados tocados.
Desde que se llevó a cabo su hallazgo se identificó a las mujeres con las Cihuateteo
(Torres, 1975), acompañantes del sol descendente: su rostro denota el rictus de la muer­
te: con los ojos cerrados, la boca entreabierta, una mueca de dolor. Su cuerpo es siem­
pre ancho en la parte baja y está cubierto por una falda desde la cintura hasta el suelo,
pero que deja asomarse los dedos de los pies descalzos. El pecho, siempre desnudo,
adornado sólo por un collar de grandes cuentas, suele ser angosto en proporción con
la parte cubierta por la falda. El vientre se presenta algo abultado, aunque sin exagerar
el grosor característico de una parturienta y está ceñido por un cinturón amarrado que
recuerda el ceñidor usado por embarazadas y parturientas en la tradición mesoameri­
cana, pero que en estas piezas resulta en dos cabezas de serpiente que cuelgan sobre la
falda y hacen alusión al simbolismo de este reptil, que tiene que ver tanto con aspectos
ligados a la fertilidad, al representar la energía creadora, como con otros que lo asocian
al ámbito de la muerte como fuerza ciega, irracional y caótica (Garza, 1984: 140). Los
pechos no revelan la hinchazón típica de la mujer en el periodo inmediato posterior al
parto. Son más bien discretos, en ocasiones parecen describir los pechos de una púber.
Sus enormes y complicados tocados constituyen una fuente iconográfica importante. Se
ha propuesto que algunas de ellos representan animales que corresponden a las fechas
en que solían aparecerse a los vivos, según los cronistas.
La postura de las mujeres es erguida, la mano izquierda en posición de llevar algún
asta, acaso una flecha, si consideramos su valor equiparable a los guerreros. En la mano
izquierda llevan un objeto que, hemos propuesto, corresponde al cadáver de su hijo,
también muerto durante el trance del parto. En algunos casos el bulto del cuerpo amor­
tajado del bebé bajo su cabeza es anatómicamente explícito, en otros, es menos claro,
y la cabeza, en lugar de humana, es de un animal o de un ser fantástico. En todo caso,
estos objetos los lleva siempre en la mano izquierda, que constituía en sí un amuleto, de
acuerdo con supersticiones precolombinas relatadas por los cro­nistas, pero también­es
la mano izquierda la conveniente para portar el escudo, como un guerrero­lleva su arma
con la diestra y el escudo con la siniestra. Sahagún se refiere a las mujeres­muertas de
parto como guerreras. Así se lo hacía saber la partera a la parturienta­después­de haber
pasado el trance: “este negocio es como tributo de muerte,­que nos echa nuestra madre
Cihuacóatl Quilaztli” (Sahagún, 1982: 388). E incluso­se afirmaba­de las parturientas
que habían peleado “varonilmente con la rodela y la espada” (Sahagún,­1982: 395),
venciendo en la batalla mortal que significaba el parto.
De hecho, en otro sitio de La Mixtequilla, Dicha Tuerta, algunos ejemplares de escul­
turas de Cihuateteo, menores en tamaño y calidad que las de El Zapotal, portan en la
mano izquierda un escudo de guerra. Estos ejemplares con escudo en lugar del objeto
ceremonial revelan la sustitución posible de uno por otro, lo que resultaría en la metáfo­
ra de un escudo con la forma de un infante muerto o su nagual. De esta forma, la mujer
se muestra a sí misma como guerrera, al igual que aquellos que, muertos en batalla, son
Tlazoltéotl, deidad de las
parturientas, acompañantes del sol de la mañana, sólo que ellas habrán de acompañar al sol hacia el
de El Zapotal. ocaso, armadas con la defensa ocasional de su hijo como escudo.

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Las caritas sonrientes

Seguramente el complejo cerámico que más ha llamado la atención como característico


del territorio veracruzano es el de las caritas sonrientes.
La representación de la risa en la historia del arte universal es un fenómeno escaso
y Mesoamérica no es la excepción. Las figurillas sonrientes se constriñen a un espacio
específico y a un periodo determinado, si bien la difusión de sus imágenes ha tenido Caritas sonrientes de
tal éxito que incluso los especialistas suelen otorgarles lapsos y espacios mucho más la región Río Blanco-
amplios. Papaloapan.

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Estas figurillas se hac���������������������������������������������������������������
�������������������������������������������������������������
an con moldes. Los diseños de sus ropas muestran grecas y sím­
bolos asociados a deidades. Se ha propuesto que su dedicación corresponde a las deida­
des de la danza, a Macuilxóchitl, a Xochipilli y, en general, al goce señorial, sin embargo
llama la atención que sus hallazgos ocurran generalmente en contextos funerarios.
Así, en los entierros de El Zapotal observamos estas figuras intercaladas entre los hue­
sos largos y al lado de figurillas de otros complejos, como las estilo Nopiloa o las figurillas
tipo juguete que representan a animales cuadrúpedos con ruedas en lugar de patas.
De algún modo, en El Zapotal se agregaron a la parafernalia que acompaña a los
muertos imágenes de sonrisas acaso para aligerar el tétrico paso al más allá.

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Las figuras Nopiloa

También hechas con molde, estas figurillas de pastas de color claro y muy finas muestran
una importante deformación craneana y complejos vestidos ornados con diseños de grecas.

Otras esculturas cerámicas de El Zapotal

Además de las figurillas moldeadas, en la ofrenda de El Zapotal se hallaron cientos de


fi­gu­ri­llas modeladas que representan a personajes humanos. Muchas de ellas de forma­
to pe­que­ño, tenían además la función de instrumento musical y servían como sonajas,
pues tenían bolitas de barro en su interior, y al mismo tiempo como silbatos, pues cuen­ Figurilla de cerámica
articulada y su molde,
tan con em­bo­ca­du­ra en su parte trasera. Así, se trata de objetos utilitarios independien­ Nopiloa; Gemelos cargando
temente de su función decorativa. una urna de El Zapotal.

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Los personajes masculinos representados en la ofrenda de El Zapotal suelen ser de
menor tamaño que las Cihuateteo, a escala 1:2 aproximadamente, pero mayores que las
figuras silbato, que miden unos treinta centímetros de altura. Sólo un personaje mascu­
lino rompe esta regla y resulta de mayor altura que las Cihuateteo: apareció como figura
prin­ci­pal de una ofrenda que contenía una gran cantidad de figurillas. Cada personaje
es único, como si se tratase de retratos. Son figuras modeladas una por una y represen­
tan se­res importantes, algunos están sentados en el piso, otro sobre un banco, algunos
más lle­van braseros en las manos; un par, como gemelos, comparten la carga de una
caja; uno está ataviado con las anteojeras que caracterizan al dios de la lluvia, uno más
porta un jaguar.
Los personajes pequeños que funcionaban además como instrumentos musicales son
silbatos cuya embocadura queda en su parte trasera, de tal forma que para tañerlos es
Personaje ataviado con
insignias de Tláloc, el dios de necesario cubrirse la cara con los mismos, casi como si se tratase de una máscara, lo que
la lluvia, El Zapotal. permite imaginar estremecedores rituales de procesiones rituales de músicos.

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Cerámica Río Blanco-Papaloapan

También producto de moldes, se distinguen por su calidad en la región las vasijas traba­
jadas en bajorrelieve. Estas vasijas eran pulidas y modificadas después de cocidas.
Si bien siempre se emplearon pastas finas para su manufactura, éstas pueden ser de
diversos colores y a veces presentan engobe. En cuanto a las formas, se trata siempre de
cajetes, pero pueden tener paredes más o menos convergentes o divergentes y algunas
cuentan con soportes trípodes.
Sin duda, el trabajo más acucioso sobre estas vasijas es de la autoría de Hasso Von
Winning y Nelly Gutiérrez Solana (1996) y en él se denomina a la cerámica de vasijas de­
coradas en relieve como complejo Río Blanco. Más tarde, El Tajín habría de heredar esta
tradición y allí se manufacturó una vajilla en bajorrelieve que celebraba a un gobernante.
En El Zapotal apareció una pequeña vasija correspondiente a esta tradición. Fue
hallada como ofrenda de un entierro doble, que contenía a un adulto femenino y a uno
masculino. Su ofrenda incluía un yugo, un hacha y tres vasijas.
El entierro se halló colapsado a partir de una posición sedente, similar a la que des­
criben Torres, Reyes y Ortega (1975) como patrón de posición inhumatoria recurrente.
Los hue­sos mostraban aún restos de cinabrio. El yugo está decorado con tres huellas de
pies hu­ma­nos levemente ahondadas y pintadas de color rojo; fue hallado con los brazos
hacia abajo.
La vasija tiene forma de cajete trípode; la imagen está dividida en tres cuadretes o
tableros: hemos ubicado al centro el encuentro frente a frente de dos personajes de pie,
vistos de perfil, que llevan tocados complejos, collares, pulsera y faldellín; entre ambos
se encuentra un elemento vertical con punta como flecha hacia abajo y con corchetes en
forma de U superpuestas, similar a un instrumento identificado en otras fuentes como
Figurillas silbato instrumento musical de percusión. Los dos corchetes laterales presentan a un personaje
de El Zapotal. cada uno; si observamos solamente el tipo de faldellín, es posible que reproduzcan a los

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personajes centrales; el de la izquierda está conformado por tres cuadretes separados
y el de la derecha, por una franja corrida subdividida también en tres secciones, pero
que aquí están unidas; es decir, en el tablero central se unen los dos mismos personajes
representados por separado en los dos tableros a los lados. También es evidente que el
personaje con el faldellín de tres cuadretes separados aparece en las dos ocasiones con
la boca abierta, mientras que el otro personaje está representado dos veces con la boca
cerrada.
Cada personaje en su cuadrete se enfrenta a un diseño estilizado de perfil de águila;
en el caso de la izquierda, el águila es ascendente y en el de la derecha es descendente.
Sabemos que el águila en Mesoamérica está asociada simbólicamente con el sol y en ese
sentido creemos que aquí se insiste en el sol ascendente y el descendente. La unión de
Vasija moldeada con
los personajes al centro acaso celebraría el encuentro de los acompañantes del sol en bajorrelieve, región Río
el cenit. Si esto es así, es posible que se trate de un guerrero y una parturienta, ambos Blanco-Papaloapan.

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muertos y acompañantes por ello del sol en su trayecto diario. Este suele ser el men­
saje comúnmente aceptado para el enorme santuario de El Zapotal: es la celebración
del viaje del sol por el inframundo cada noche. Así lo expresa la monumental ofrenda
escultórica cerámica y así lo ratifica la representación pictórica del sol en los muros que
rodean a Mictlantecuhtli, precisamente los que están orientados al este y al oeste de
dicho templo. De hecho, mostrar el yugo colocado como U invertida y marcado con
huellas de pies, acaso insista en la representación metafórica del camino que describe la
eclíptica cada día en la bóveda celeste.
Además, el hecho de acompañar esta vasija única un entierro de un hombre y una
mujer, ratifica el mensaje plasmado que equilibra la oposición de los elementos masculi­
no-femenino, este-oeste, día-noche, dualidad que sintetiza el discurso de la cosmovisión
Vasija con bajorrelieve mesoamericana y que se plasmó con dramatismo en la arquitectura, la escultura y la
de El Zapotal. cerámica de este excepcional sitio.

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Capítulo V
CENTRO Y SUR DE VERACRUZ,
ZONA SEMIÁRIDA
Y CULTURA REMOJADAS
Annick Daneels

En la literatura arqueológica aparecerán ocasionalmente estos términos, que hasta cier­


to punto se refieren a la misma expresión cultural que se desarrolla, en términos gene­
rales, en la región de sotavento, aquella parte del Centro de Veracruz al sur de la Sierra
de Chiconquiaco. Actualmente está ganando aceptación el primer término, Centro-Sur,
que fue acuñado por Wilkerson en 1972 para resaltar diferencias de contenido y trayec­
toria cultural dentro del Centro de Veracruz, precisando desde entonces que la frontera
entre Centro-Norte y Centro-Sur fluctuó a través del tiempo a ambos lados de la sierra,
entre la cuenca del río Colipa y la del río Antigua (Wilkerson, 1972, 1974).
La zona semiárida, por su parte, es un área de subsuelo de caliza, a la sombra de la
Sierra de Chiconquiaco, que se caracteriza por tener un ambiente árido, de vegetación
pajiza en tiempo de secas, que contrasta con el verdor habitual de las tierras del Golfo,
sean las planicies costeras o los flancos de las sierras. Allí es donde se ubica Remoja­
das, el sitio que excavó Alfonso Medellín Zenil en 1950, y a partir del cual formuló su
concepto de cultura Remojadas (1952), que luego expandió hasta cultura del Centro
de Veracruz en 1957 y Totonacapan en 1960. Sin embargo, esto creó cierta confusión.
Para empezar, en Remojadas Medellín Zenil definió dos complejos estratigráficamente
consecutivos, que no tienen la misma distribución espacial. El más antiguo, llamado
Remojadas Inferior, ahora se entiende como un complejo de la fase Protoclásica, que
tiene una distribución desde el piedemonte norte de la Sierra de Chiconquiaco, en
Figurilla de mujer joven tipo Viejón, hasta Macuiltépetl y Yerbabuena en los flancos de la sierra, y hasta Amatlán y
“El Faisán”, que representa Cerro de las Mesas en la cuenca del río Blanco al sur: o sea, un área más extensa y eco­
a mujeres ataviadas con ropa lógicamente diversa que la zona semiárida (Coe, 1965; Daneels, 2005a). Esto ya lo había
y tocado en color beige y
adornos rojos, con maquillaje visto Medellín Zenil, pero había salvado el escollo al opinar que en la medida en que
rojo y a veces negro. Muchas la zona semiárida conformaba su centro (e implícitamente era su zona de origen), era
de estas figuras son también válido considerar Remojadas Inferior como la expresión de un complejo desarrollado
silbatos usados en actos
ceremoniales. Su clasificación
en dicha zona ecológica particular. Adujo un argumento interesante: para los agricul­
en mujeres principales, tores tempranos que disponen sólo de herramienta de piedra y usan la técnica de roza
mujeres viejas, mujeres con y quema, las condiciones semiáridas de la zona eran muy ventajosas, ya que en mayo
niño y jovencitas refleja las todo estaba tan seco que se podía quemar sin problemas, dejando el área limpia y fer­
diversas etapas en la vida de
las mujeres en la sociedad del tilizada con cenizas para la siembra en la temporada de lluvias. Se ve aquí la influencia
periodo Clásico. Museo de de Pedro Armillas y Jorge A. Vivó Escoto, quienes fueran maestros tanto de Alfonso
Antropología de Xalapa. Medellín como de William Sanders en la Escuela Nacional de Antropología e Historia

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Principales sitios
arqueológicos
del Centro y Centro-Sur

1
  1 El Viejón
2
 2 Quiahuiztlan
 3 Chalahuite
 4 Trapiche
 5 Zempoala
  6 Paso de Ovejas
  7 Isla de Sacrificios Golfo de México
  8 El Faisán 3
  9 Loma de los Carmona 4
5
10 Tenexapan Río
11 Guajitos Ac
top
an
12 La Polvareda
a
13 Remojadas A ntigu
R ío La
14 La Joya 8
15 Centro de las Mesas 6
16 Nopiloa

7
0 5 10 15 20 
km

10 12
11 9
13 14
pa
ama
Río J

tla
tax
Co
Río

Zona
Centro
Río Blanco
15

16

—Sanders, quien en 1951 recorrió la cuenca media y baja del Cotaxtla, llegó a formular
a partir de entonces su famoso axioma de determinismo ecológico: no hay desarrollos
estatales con agricultura de roza y quema—. Sin embargo, la información de los recorri­
dos sistemáticos que empezaron a realizarse desde los años ochenta no sustentan dicha
propuesta: en primer lugar, la evidencia arcaica deja claro que los agricultores tempra­
nos del quinto milenio a.C. ya aplicaban alegremente la roza y quema en áreas costeras
de alta humedad y, en segundo lugar, la evidencia cerámica más antigua —preolmeca y
olmeca del segundo milenio a.C.— aparece generalmente en las terrazas aluviales y los
humedales, no en las áreas semiáridas.
En la zona semiárida la evidencia más antigua parece corresponder a materiales del
Preclásico medio (800 a 400 a.C.) en la región de Carrizal, pero aun así es bastante
escasa en comparación con las fases más tardías o con las densidades de la misma fase
halladas en áreas de mayor humedad, como las cuencas medias y bajas del Cotaxtla y
del Blanco (Medellín, 1950, 1953, 1960; recorridos sistemáticos: La Mixtequilla, Stark,
1999; cuenca baja del Jamapa-Cotaxtla, Daneels, 2008; cuenca media y baja del Jamapa
y del San Juan, Heredia, 2007; Valle de Córdoba, Miranda y Daneels, 1999; Carrizal,
Donner y Hernández, 2009). Plano del Centro-Sur
Por otra parte, el segundo complejo definido por Medellín Zenil, llamado Remojadas de Veracruz, con sitios
Superior, corresponde al periodo Clásico y está dividido en Superior I o Clásico tem­ del Preclásico (El Viejón,
prano (100 a.C.-400 d.C.) y Superior II o Clásico tardío (400-900 d.C.), y abarca desde Trapiche, Chalahuite),
del Clásico (Paso de Ovejas,
el Cazones hasta el Papaloapan en la segunda fase, momento de su máximo apogeo. No El Faisán, Loma de los
obstante, los elementos diagnósticos que reporta no ocurren en el territorio u ocurren Carmona, Tenenexpan,
también fuera de él. Las figuras sonrientes, por ejemplo, son desconocidas en el Centro- Guajitos, Polvaredas,
Remojadas), del Posclásico
Norte, pero abarcan del Centro-Sur hasta la sierra de Los Tuxtlas. Los yugos y hachas
(Zempoala, Isla de Sacrificios,
son típicos de toda el área, mas no las palmas, que sólo aparecen en el Centro-Norte Quiahuiztlan) y del periodo
durante el Clásico tardío. Las figurillas de “dioses narigudos” y las Xipe-Tlazoltéotl son colonial (Villa Rica).

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típicas sólo de un área limitada de la planicie costera en las cuencas bajas del San Juan
y el Cotaxtla. Por su parte, los entierros secundarios en apaztles tienen una distribución
mucho más amplia que el Centro de Veracruz. Así, si bien el trabajo de Medellín Zenil
fue pionero y representó el inicio de la arqueología moderna en esta región, es necesario
acercarse a la evidencia material no sólo a partir de un listado de rasgos, sino como una
asociación de estos materiales con su contexto espacial, temporal y conceptual, para
entender las sociedades que los produjeron.
Para los fines de este ensayo, usaremos el término Centro-Sur de Veracruz, que ya
está ampliamente aceptado en la literatura arqueológica. Culturalmente esta zona se
distingue por tener un sustrato olmeca durante el periodo Preclásico, a diferencia del
Centro-Norte. Geográficamente es una región que abarca desde la vertiente meridional
de la Sierra de Chiconquiaco y las faldas de la Sierra Madre Oriental hasta la cuenca
del río Blanco. Es un terreno variado, de fuerte gradiente altitudinal, del nivel del mar
en la costa a 5 610 m de altitud en la punta del Pico de Orizaba, la montaña más alta de
México, en s�������������������������������������������������������������������������
����������������������������������������������������������������������
lo 120 km. Salvo en la zona semi����������������������������������������
árida, ���������������������������������
las lluvias son regulares y abun­
dantes (entre 1 500 y 4 500 mm anuales) y los suelos, profundos, por lo que son tierras
generalmente muy fértiles para el cultivo de alimentos como maíz, frijol, calabaza y
chile, aunque los productos de particular valor comercial en la sociedad prehispánica,
como el cacao (Theobroma cacao), el algodón (Gossypium hirsutum) y el hule (Castilla
elástica) son para esta época propios sólo de las tierras bajas, a menos de 800 m de al­
titud. Hay que recordar que los dos primeros oficiaban de moneda de intercambio en
los mercados del Posclásico mesoamericano, por lo que para los habitantes de la costa
Vista de la sierra vulcánica literalmente el dinero crecía en los árboles. El hule, por su parte, era evidentemente
que bordea el Centro-Sur
de Veracruz, con la punta
medular en una sociedad organizada en torno al juego de pelota, y tenía además una
nevada del Pico de Orizaba importancia como material de exportación para todos los sitios con cancha de pelota
en el fondo. por encima de los 800 m sobre el nivel de mar.

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Otros materiales son de uso diario en las casas: la piedra de molienda (para el maíz
y los chiles) y la obsidiana, mucho más raro era el sílex (para el corte y la perforación).
Esto tiene también implicaciones en términos económicos. La piedra de basalto y la
andesita son abundantes en las faldas de las sierras volcánicas, pero deben ser llevadas
hacia las planicies costeras, que carecen de este material. La obsidiana es más escasa:
durante el Preclásico y Clásico se aprovechan los depósitos superficiales de los derra­
mes del Pico de Orizaba y la orilla del derrame ignimbrítico de Zaragoza-Oyameles,
que llega hasta Altotonga; sin embargo, es obsidiana de baja calidad que sólo sirve para
la industria de lascas por percusión, que produce una herramienta multiusos de fácil
manufactura (Daneels y Miranda, 1999; Cruz et al., 2002). Es posible que su distribu­
ción siga las rutas de la piedra de molienda, y que su adquisición por lo tanto se negocie
entre miembros de la misma cultura. Para las navajas prismáticas la situación es distin­
ta, ya que requieren obsidiana de alta calidad, que a partir del Protoclásico se obtiene
de los yacimientos de obsidiana riolítica negra o bandeada oscura de alta calidad de
Zaragoza-Oyameles en Puebla, controlados por el gran sitio de Cantona, capital de un
extenso territorio en el oriente de Puebla. Esto implica no solamente tener artesanos
especializados en la talla prismática sino también producir excedentes para intercam­
biarlos por los núcleos preformados que comercializaba Cantona en la mayor parte de
la costa del Golfo desde el Centro de Veracruz hasta Tabasco. No es sino hasta el final
del Clásico, con la introducción de la técnica de la minería de tiro desde el Altiplano,
cuando se empiezan a explotar los yacimientos profundos en el Pico de Orizaba, que
tienen la calidad necesaria para obtener navajas. Éstas se distinguen fácilmente de las
otras por su color gris veteado, casi transparente, y la presencia de talones pulidos. Por
su parte, la piedra para la parafernalia del juego de pelota pertenece a otro circuito. Al­
gunas piezas son de basalto de grano muy fino, distintos del de la piedra de molienda,
pero que puede venir también del Eje Neovolcánico; los de piedra verde deben venir
de más lejos, ya que muchos probablemente son serpentinitas del valle de Cuicatlán,
región que para entonces formaba parte de la esfera zapoteca controlada por la gran
capital Monte Albán. La talla, sin embargo, debe haber sido obra de destacados escul­
tores del Centro de Veracruz: la estandarización de forma y tamaño, y de ciertos diseños
como el monstruo de la tierra, los marca como un producto netamente local.
Es bueno tener en mente estos datos, ya que muestran cómo desde la cocina en su
vida diaria, hasta sus prácticas rituales, los sitios del Centro-Sur estaban ligados entre sí
y además interactuaban con otros grupos de manera habitual, por el vaivén continuo de
productos económica e ideológicamente significativos en su sociedad.

Arquitectura y organización política

Como indicamos arriba, la sociedad del Centro de Veracruz giraba en torno al juego de
pe­lo­ta. Siempre la cancha se asocia con el espacio principal: la plaza, lugar primordial en
la concepción del espacio construido mesoamericano, cuyo origen se remonta por lo me­
nos a los olmecas (La Venta). Los arreglos arquitectónicos más tempranos, que aún care­
cen de cancha, están conformados por una plaza monumental de más de una hectárea de
superficie, rodeada de grandes edificios en forma de pirámides o plataformas. Esta plaza
está abierta, los espacios entre los edificios son amplios y no hay desniveles de altura que
restrinjan el acceso o el tránsito. De los edificios no queda claro cuál es el más importante,
ya que tienen alturas o volúmenes similares. Había conjuntos formales de este tipo cada
cin­co o seis kilómetros, a lo largo de los ríos; la población en este momento del Protoclá­
sico estaba asentada de preferencia en las terrazas aluviales. Así, se puede calcular que los
territorios que dominaban estos conjuntos arquitectónicos eran muy reducidos, de 15 a
20 km2 cada uno, con densidades de población estimadas entre 150 y 200 habitantes/km2,
o sea poblaciones totales de menos de cuatro mil personas. En vista de esto, llama la aten­
ción el gran tamaño de las plazas tempranas, que con sus 10 000 m2 acomodaban de sobra
a la población total del territorio. ¿Necesitaban el espacio para realizar danzas o proce­
siones, o para poder invitar y acomodar además a gente venida de los territorios vecinos?

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Obsidiana negra de talla
prismática del yacimento de
Zaragoza-Oyameles, Museo
de Antropología de Xalapa.

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¿Quién organizaba esta sociedad? Excavaciones en La Joya indican que para el
Preclásico superior
������������������������������������������������������������������������������
y el Protoclásico ya había un espacio de tipo palaciego. Tanto el ac­
ceso general como los edificios individuales tuvieron ofrendas de consagración, muchas
de ellas con víctimas humanas, para marcarlos como espacios sacralizados Aún no se
trataba de un gran basamento tipo acrópolis, sino de una plataforma perimetral similar
a los coatepantlis más tardíos ���������������������������������������������������������
—como los hay en torno a la Pirámide del Sol y la Pirámi­
de de la Serpiente Emplumada en Teotihuacan o del Templo Mayor en Tenochtitlan—.
En su interior tenía basamentos de función residencial y ritual, cuyo acceso y uso estaba
restringido, a diferencia de la plaza abierta. Desde la plaza era imposible ver lo que
pasaba dentro del espacio.
Para el Clásico la arquitectura y la sociedad cambiaron: las plazas son más pequeñas
(muchas veces de 50 m de lado o menos) y ahora están claramente dominadas por una
pirámide, que es el edificio de mayor tamaño. La cancha de pelota está asociada a la
plaza principal: en la mayor parte del Centro-Sur de Veracruz estará en la parte opuesta
de la plaza, con el eje de la cancha apuntando hacia la pirámide. Este es un arreglo tan
común que recibió el nombre de “plano estándar”. En algunas regiones hasta la cuarta
parte de los sitios con arquitectura formal presentan este plano. Este arreglo se asocia
con los sitios de mayor jerarquía: capitales de Estados y centros secundarios, que se dis­
tribuyen en territorios de mayor extensión, del orden de uno a varios cientos de kilóme­
tros cuadrados. La población también aumentó considerablemente, hasta un promedio
de 400 habitantes/km2, con concentraciones de mil personas por km2 en algunas de las
capitales.
Normalmente el “plano estándar” forma parte de un complejo más grande: se asocia
con una plaza secundaria, de menor tamaño y rodeada por edificios de menor altura, y
uno o varios aljibes que la circundan y delimitan, y a cierta distancia (unos cien metros)
una plataforma monumental. Es, por lo tanto, un complejo multifuncional de natura­
leza urbana: la plaza con la pirámide y la cancha tiene claras connotaciones rituales:

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el templo y las actividades relacionadas con el juego; la plaza secundaria, en cambio,
puede haber tenido funciones administrativas o comerciales y la plataforma al parecer
corresponde a la residencia palaciega. Los aljibes, además de servir como banco de ma­
terial para la nivelación o modificación del terreno, funcionan como delimitación para
el espacio ya restringido y posiblemente también como espejos de agua en los que se
refleja el centro principal, como una alusión al concepto del centro del universo con un
mundo flotando en el océano primordial.
Mientras el arreglo de “plano estándar” es característico para toda el área, hay cier­
ta variación regional en su orientación. En la cuenca baja del Jamapa-Cotaxtla, sobre
más de 1 200 km2, la orientación dominante es norte-sur, con la pirámide en el norte y
la cancha en el sur; sin embargo, todo alrededor de esta región costera, la orientación
dominante es este-oeste, con la pirámide casi siempre al oeste: así es como se encuentra
al norte, en las cuencas de los ríos Antigua y San Juan; al este en la zona semiárida, y en
la cuenca media y alta del Jamapa-Cotaxtla y del Blanco, así como al sur en La Mixte­
quilla. No está clara la razón de este giro de 90° en el arreglo arquitectónico principal.
Izquierda: Traza de plano
Es posible que haya un desarrollo cronológico, con la traza norte-sur más antigua que la
estándar: reconstrucción en este-oeste (como se ha propuesto para Cerro de las Mesas y también para Cantona), pero
3D del área central del sitio hasta donde hay información disponible, ambas trazas existen de manera contemporá­
El Castillo. Datos: Annick nea durante el Clásico tardío (Stark, 2008: 100; Daneels, 2008b; García y Merino, 1998).
Daneels; 3D: Giovanna
Liberotti.
En el caso del Centro-Norte hay mayor variación tanto en la orientación astronómica
como en la posición de la cancha en la plaza principal, pero ciertas reglas prevalecen.
Palacio circundado por muro En la cuenca media y alta del Nautla hay sitios, como Xiutetelco y Cuajilotes, con plazas
perimetral (coatepantli): alargadas, con la cancha al final o en un costado de la plaza. En el resto de la región las
reconstrucción en 3D
del palacio del periodo plazas son de proporciones cuadradas, con las canchas colocadas a un costado de la
protoclásico de la Plataforma plaza o junto a la pirámide principal. En este último caso, la pirámide misma conforma
Norte en el sitio de La Joya. uno de los laterales de la cancha o su cabezal (Pital, Morgadal, Cerro Grande, El Tajín).
Traza completa de plano
Sin embargo, de manera excepcional puede encontrarse un “plano estándar” igual al
estándar, con sus cuatro
componentes: el Plano
Estándar (PE) propiamente
dicho en el centro, con
pirámide y cancha de pelota; Cancha adjunta
el Grupo Plaza (GP) adjunto;
la Plataforma Monumental
(PM) a cierta distancia, y los
Cisterna
aljibes que delimitan el área
monumental (sitio Cerro de
Tía Rosa). PE Plaza
larga
Distribución de las trazas
arquitectónicas típicas del Cisterna

Centro de Veracruz, que GP

incluyen canchas de juego


Plano estándar
de pelota asociadas a los
espacios principales del
sitio: en la zona de El Tajín:
cancha adjunta a la pirámide
o lateral en la plaza; en la
cuenca del Nautla: cancha
en eje de plaza larga; en el PM
Centro-Sur: cancha en eje de
plaza cuadrada Cota de nivel inferior: 200 msnm
0 50 km 100
100 metros
(plano estándar). Cota de nivel superior: 2 000 msnm

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del Centro-Sur de Veracruz, como es el caso del pequeño arreglo situado en el centro
de la plaza monumental de El Tajín, la Gran Xicalcoliuhqui, el recinto de acceso más
restringido y de mayor inversión de trabajo del sitio entero debido a su construcción
megalítica. Por lo tanto, aunque la cancha de este conjunto probablemente sea una de
las más chicas de las 17 canchas de El Tajín, está puesta en una posición particularmente
privilegiada y alude de alguna manera a la relación que tuvo el sitio con el Centro-Sur
de Veracruz.
Hasta la fecha hay pocos edificios del Centro-Sur que estén expuestos a la vista, a di­
ferencia del Centro-Norte, donde se pueden visitar Cuajilotes, Higueras y El Tajín. Los
sitios del periodo Clásico se han excavado, en su mayoría, en el marco de rescates o de
proyectos académicos que no han propiciado un esfuerzo de apertura al público, y las
estructuras estudiadas se volvieron a cubrir con tierra para su preservación. Así, lo que
queda a la vista son los montículos generalmente cubiertos de tierra y vegetación. Hay
unas pocas excepciones: Macuiltépetl (en la ciudad de Xalapa), Toxpan (en Córdoba)
y Zapotal (en el pueblo Número Uno). Esto puede deberse en parte a que los sitios
ubicados en los flancos de la sierra, si bien son de piedra, son de tamaño relativamente
pequeño, mientras los de la costa, aunque rebasan en tamaño a algunos de los de pie­
dra del Centro-Norte, están construidos con tierra. Respecto a estos últimos, existía el
prejuicio de que no podían representar una arquitectura sofisticada, debido a su escasa
durabilidad en ámbitos de trópico húmedo. El único edificio completo conservado y
expuesto al público hasta la fecha es el pequeño adoratorio del Mictlantecuhtli, que
era parte de un conjunto arquitectónico mayor y se conservó por haber sido enterrado
intencionalmente en la antigüedad como parte de un ritual de terminación. El esfuerzo
dedicado a su conservación se debe a la gran escultura de barro crudo policromo del
Dios de la Muerte y a las pinturas murales, antes que al adoratorio en sí.
Había ya indicios de arquitectura formal en tierra en las décadas de 1940 y 1950.
Desde las excavaciones de Drucker y Stirling en Cerro de las Mesas y las de Medellín
Zenil en Nopiloa ya había información sobre escalinatas en basamentos y construccio­
nes de adobe. Luego, las excavaciones de rescate de los años noventa sacaron a la luz
vestigios de residencias también construidas con adobes, pero ninguno quedó a la vista:
unos se volvieron a enterrar, otros quedaron obliterados por obras de infraestructura.
Un proyecto reciente en un sitio costero, La Joya, empezó a generar información más
extensa sobre la secuencia de una serie de edificios. El sitio está severamente dañado
por la extracción de tierra moderna por fabricantes de ladrillo (un problema común en
este tipo de sitios en el Golfo) y sólo queda cinco por ciento del complejo arquitectóni­
co central. Sin embargo, el mismo grado de destrucción, con los cortes de los ladrilleros
atravesando los edificios, permitió registrar la secuencia de edificación y analizar los sis­
temas constructivos muy particulares de la arquitectura de tierra, que resultó tener una
calidad y monumentalidad en todo conforme con los cánones estilísticos del Clásico
mesoamericano. Asimismo, fue posible reconstruir el uso y la función de los distintos
edificios, confirmando su interpretación como templos y palacios.
La pirámide conocida desde el siglo xix como la Joya de San Martín Garabato le dio
su nombre al sitio. Un croquis del inah, de 1937, la registra como una estructura de 50
por 50 m de base y entre 22 y 25 m de altura (esto es, mil años después de su abandono).
Para fines de comparación, es más grande que la Pirámide de los Nichos de El Tajín,
sin duda la más famosa del Clásico en el Centro de Veracruz, que mide 35 por 35 m de
base y 19 m de alto, y más parecida al Castillo de Chichén Itzá, que mide 55 por 55 m
de base y 24 de alto. De la gran pirámide de La Joya, del Clásico tardío, hoy no queda

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G Messico esp.indb 112 5/29/12 12:28 AM


nada, pero por debajo se encontró el contorno del desplante y una pequeña parte de la
fachada oeste de una subestructura del Clásico temprano (hacia 200 d.C.). Así podemos
saber que esta fue una pirámide de 45 por 45 m de base con cuatro escalinatas, igual a
las que se conocen tanto en los sitios mayas, como Uaxactún o Chichén Itzá, como en
el Altiplano (los altares de Teotihuacan).
Sus escalinatas son asimétricas: al este la escalinata principal que da a la plaza mayor
es la más ancha y se proyecta por fuera de la fachada, lo que sugiere que tuvo niveles de
descanso. Al norte y al sur hay escalinatas del mismo tamaño intermedio que dan hacia
espacios arquitectónicos secundarios, mientras que al oeste una escalinata angosta con
alfardas hace frente al aljibe que limita el complejo por aquel lado. Como era la facha­
da visible desde el otro lado del aljibe, su larga escalera continua debe haberle dado a
la estructura una apariencia de gran elevación. A éste hay que añadir el hecho de que
cada cuerpo superpuesto es de un tamaño cada vez menor al anterior, lo que produce
un efecto de trampantojo de mayor tamaño. De esta manera es posible ver cómo los
arquitectos antiguos manejaban con pericia los preceptos de la perspectiva.
La reconstrucción en 3D del edificio fue posible gracias a que teníamos el contorno
del desplante y el ángulo y proporción relativa de seis cuerpos, dos alfardas y 19 esca­
lones de la fachada oeste; así se llegó a una estructura de doce cuerpos, con una altura
total de 14.30 metros.
Esta pirámide funcionó con la Plataforma Norte en un primer momento, y a par­
tir del año 300 d.C. conformaba, con las plataformas Noreste y Este, una gran plaza
monumental, que era el núcleo urbano del sitio. Si bien la Plataforma Noreste quedó
destruida hace tiempo, las excavaciones en los vestigios conservados de las plataformas

Pirámide de tierra: fachada


oeste de la subestructura
de 200 d.C. en el Sitio
de La Joya.

Páginas siguientes
Reconstrucción en 3D de
la pirámide de tierra de La
Joya: fachada principal este y
fachada norte (datos: Annick
Daneels; 3D: Giovanna
Liberotti).

Plaza principal de La Joya,


con la Plataforma Norte a la
izquierda y la Plataforma Este
a la derecha. Reconstrucción
en 3D de la segunda etapa
constructiva (ca 300 d.C.) del
sitio de La Joya, sobrepuesto
al plano topográfico realizado
en 1937 (plano: Escalona
1937; 3D: Giovanna
Liberotti).

Reconstrucción en 3D de
la pirámide de tierra de La
Joya: fachadas Norte y Oeste
(datos: Annick Daneels; 3D:
Giovanni Liberotti).

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G Messico esp.indb 113 5/29/12 12:28 AM


Norte y Este indican que se trató de residencias palaciegas, que tuvieron ambas de cin­
co a seis etapas constructivas a lo largo del periodo Clásico, y que fueron abandonadas
hacia el año 1000 d.C. Esto suscitó la pregunta de por qué dos palacios en torno de la
plaza principal en la capital de un Estado: ¿residencia de linajes rivales o evidencia de
un gobierno dual? La particularidad de que la Plataforma Este, a diferencia de la Nor­
te, tuviera ofrendas dedicatorias con figurillas de “dioses narigudos” en cada una de sus
etapas, llevó a la propuesta de que se trataba del palacio del sumo sacerdote a cargo del
culto popular representado por dichas figuras, mientras que la Plataforma Norte puede
haber sido el palacio del jefe político. Esto sería una evidencia temprana para sistemas
políticos hasta la fecha conocidos por las fuentes para el Posclásico, como el Tlaotani/
Cihuacóatl en Tenochtitlan o el batab/ahkin en el área maya.
Hacia 300 o 350 d.C., en un programa de modificación de gran envergadura, la plaza
mayor fue elevada casi dos metros, restringiendo efectivamente el acceso al convertir el
complejo central en un gran basamento acrópolis. Para entonces, la Plataforma Norte
era monumental y conservaba el mismo edificio de acceso que en su etapa anterior,
pero ahora tenía además del templo y el área residencial, una sala de consejo y un
pequeño cuarto de servicios: una combinación de usos administrativos, residenciales
y ceremoniales que sustentaron en primera instancia su interpretación como palacio.

114

G Messico esp.indb 114 5/29/12 12:28 AM


La sala de audiencia es de particular significación. Erigida sobre un basamento de casi
un metro de alto, accesible por una escalinata de peldaños asimétricos, tiene un espacio
interior rectangular delimitado por un muro perimetral de adobe. Este espacio está divi­
dido a la mitad en sentido longitudinal, en un área de patio abierto circundado por bancas
de peralte en talud, que hace las veces de antesala para una serie de tres cuartos techados
y elevados. El cuarto central es el de mayor tamaño, se llega a él por una escalinata de
dos gradas y es el foco principal del edificio por las visuales arquitectónicas. Al pie de los
escalones de acceso se hallaron dos áreas quemadas en el piso, que interpretamos como
lugares donde había braseros, elemento que marca la importancia del recinto. En las ban­
cas del patio pueden sentarse cómodamente hasta doce o 18 personas, dependiendo de su
corpulencia. Este número parece representar un grupo pequeño, posiblemente miembros
de un consejo o personas con suficiente rango o perfil para haber sido admitidos en el
recinto de la Plataforma Norte, pero como les toca estar sentados a un nivel más bajo, y
además en el sol, deben ser de categoría menor que quienes están en el cuarto principal.
De allí el nombre que se le puso a este recinto, ya que “sala de audiencia”, más que “sala
de concejo”, implica la desigualdad que impone la arquitectura. Sin embargo, el patio
parece haber tenido otra función en la noche. En su esquina noreste se encontró, mode­
lada en el piso, una depresión circular de 50 cm de diámetro y 10 cm de profundidad.

115

G Messico esp.indb 115 5/29/12 12:28 AM


Por comparaciones etnográficas, éste podría haber sido un espejo de agua. De ser el caso,
consideramos que puede haber servido para la observación astronómica, ya que se ubica
al pie de la banca, permitiendo a una persona sentada observar las estrellas en el espejo,
con la escuadra de la esquina del muro perimetral enmarcando un sector particular de
cielo. Esta actividad se puede relacionar con otro hallazgo único en el piso al otro lado del
patio: un brasero hundido a ras de piso, con evidencia de uso (con cenizas en su interior
y piso quemado alrededor). Éste produciría el humo necesario para protegerse de los
insectos nocturnos y una leve iluminación que no afectaría la visión nocturna.
Otro edificio que se pudo estudiar es un área residencial en la Plataforma Este. Asi­
mismo elevado sobre un basamento bajo, es un espacio rectangular de doble crujía, con
el pórtico de entrada con columnas, que da paso en eje al cuarto principal y al norte
a cuartos anexos de almacenamiento. El cuarto noroeste, que sería el más fresco de la
casa, se usó para almacenar cientos de mazorcas. Al sur, con acceso por una entrada
independiente, está lo que parece haber sido la cocina: su orientación hacia la parte
soleada debe haberla hecho muy calurosa. La falta de comunicación directa con los
demás cuartos permite que los olores de cocina o el calor de mediodía no se propaguen
a la vivienda. Esta disposición interior, en la misma orientación, se repite en una nueva
residencia en la misma Plataforma Este de La Joya, pero también en otros dos sitios cer­
canos, lo que muestra que se trata de un patrón recurrente en el diseño de resi­dencias.
Está claro que la arquitectura de tierra del Centro-Sur de Veracruz es una expresión
plenamente mesoamericana de la más alta calidad, perfectamente capaz de realizar pi­
rámides y palacios con todos los refinamientos acordes con los cánones del Clásico. El
tipo de simetría longitudinal de las construcciones recuerda más a los modelos mayas
de doble crujía, que a los espacios más cuadrados en torno a un patio central usuales en
el Altiplano (Teotihuacan, Xochicalco); asimismo, las pirámides de cuatro escalinatas Sala de audiencia en la
son más comunes en el área maya que el en altiplano y, al igual que su contraparte maya, Plataforma Norte de La Joya
los edificios de la Plataforma Norte en su segunda etapa constructiva tienen residuos de (ca 200 d.C.), vista desde
pintura roja, común en los edificios administrativos. Por otra parte, también están pre­ el sureste (foto: Annick
Daneels).
sentes estilos afines al Altiplano Central: hay evidencia de construcción en talud-tablero
en La Joya y en Atoyaquillo, asociados con elementos cerámicos teotihuacanos, lo que Reconstrucción en 3D de
muestra que son sociedades plenamente integradas a la dinámica cultural del momento la sala de audiencia de la
Plataforma Norte de La Joya,
(Atoyaquillo, Daneels y Miranda, 1998; La Joya, Piña, 2010).
vista desde el noreste
Otro componente muy mesoamericano en la arquitectura es la costumbre ritual de (datos: Annick Daneels;
colocar ofrendas de construcción y terminación asociadas a cada nueva etapa construc­ dibujo: César Fernández).

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tiva, en los ejes (incluyendo las escalinatas y el centro) y en las esquinas. En La Joya se
hallaron ofrendas en posición axial en la Pirámide y en las dos plataformas, pero en la
Plataforma Norte fueron además recurrentes en las esquinas, lo que indica que en un
mismo sitio pueden existir comportamientos variados. Tales ofrendas pueden ser des­
de muy esenciales: una vasija, con o sin figurillas, un cráneo humano, hasta depósitos
masivos consistentes en múltiples entierros humanos o animales —completos, proba­
blemente de víctimas de sacrificio, parciales o secundarios—, vasijas, figurillas, instru­
mentos musicales de cerámica y objetos de concha y piedra, incluso yugos. Tales ofren­
das masivas se han hallado en pirámides (Remojadas, Faisán, La Campana, La Joya,
Cerro de las Mesas, Conchal Norte), plataformas monumentales o palacios (La Joya,
Las Puertas, Nopiloa) y adoratorios (Zapotal), que son centros de distintos rangos en la
jerarquía regional. En unidades habitacionales fuera de los complejos arquitectónicos
mayores también hay ofrendas de construcción, pero son generalmente más modestas,
como un cajete con figurillas (Plaza de Toros, Ixcoalco, Conchal Norte) (Remojadas,
Medellín, 1960; Faisán, Hangert, 1958; La Campana, Jiménez y Bracamontes, 2000; La
Joya, Daneels, 2008a, 2008c; Cerro de las Mesas, Drucker, 1943; Conchal Norte, Pérez,
2002; La Joya, Daneels, 2008a, 2008c; Las Puertas, Guerrero, 2003; Nopiloa, Medellín,
1987; Carrizal, Cuevas, 1970; El Zapotal, Torres, 2004, Torres et al., 1973; para las
ofrendas en unidades domésticas, Daneels, 2008c).
Lo que es totalmente independiente de las demás tradiciones mesoamericanas es el
sistema constructivo desarrollado para lograr tales edificios, usando sólo sedimentos
locales. En el caso de La Joya, el más estudiado hasta la fecha, se trata de arenas de pa­
leoduna, limos de depósitos aluviales y barros expansivos de tipo gley. Para las normas
Ofrenda constructiva de arquitectura de tierra, estas materias primas no son las mejores. Otras culturas tienen
de figuras de terracota
en El Zapotal
acceso a materiales más dóciles, con sedimentos ricos en calcio, que es un consolidante
(foto: Manuel Torres). natural (Mesopotamia), o extensos depósitos de arcillas no expansivas (China), que
sirven de sustento para su tradición de arquitectura de tierra monumental. Por eso es
Gran ofrenda tanto más considerable el logro de los arquitectos en el Centro de Veracruz. Una de las
de terminación de la tercera
etapa constructiva de estrategias desarrolladas para lograr la creación de basamentos altos controlando la pre­
la Plataforma Este, sión interna fue hacer rellenos como un tablero de ajedrez, con grandes bloques de un
con más de 37 individuos metro de alto y varios metros de lado (4-6 m), alternando arcilla con limo arenoso. La
(sacrificados), más de 800
figurillas de Dioses Narigudos
arcilla es sólida y contiene la arena que tendería a escurrirse; a su vez, la arena contiene
y cientos de vasijas, probables la dilatación de la arcilla en tiempo de lluvias: así el relleno se mantiene estable. Así, de
vestigios de festín ceremonial. metro en metro de alto, se puede elevar la estructura sin que el relleno se derrumbe.

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Además, los bloques arenosos permiten la circulación del agua sin desestabilizarse: la
humedad capilar puede salir y evaporarse en la superficie, y la precipitación pluvial, ba­
jar por gravedad sin encontrar obstáculos. La capa de acabado del edificio es un recu­
brimiento de limo en el que literalmente se moldeaba la apariencia final de los cuerpos
y las escalinatas, permitiendo la construcción de taludes de muy poca inclinación.
Los recintos se construían con adobes grandes, de unos 80 cm de largo por 30 o 40 cm
de ancho y 10 cm de alto, colocados de manera cuatrapeada. Hay muros conservados
de más de 1.20 m y evidencia arqueológica para reconstruir su altura cuando menos a
1.68 m. Los techos eran planos, hechos con una mezcla de limo arcilloso con abundante
desgrasante vegetal para aligerarla, colocada encima de una cama de carrizos soporta­
dos por vigas. No hay evidencia de techos de palma, que probablemente fueron los más
comunes en la arquitectura doméstica. El escurrimiento pluvial de techos y plazas se
controlaba por desniveles de superficie que llevaban el agua hacia drenes de terracota,
que la canalizaban hasta los aljibes. Estos drenes consisten en módulos ensamblados
de tubos cónicos de cerámica, dispuestos en un ángulo adecuado en el relleno, bajo la
superficie de los basamentos.
El acabado de la superficie de los muros, pisos y taludes se hacía mediante repellos de
arcilla limosa con fino desgrasante vegetal picado. Muchos edificios presentan varios re­pe­
llos, lo que sugieren mantenimiento. Los colores varían de ocre a café, a gris claro, sin evi­
dencia de cal (aunque en otros sitios, como Cerro de las Mesas, hay evidencia de re­cu­bri­
mien­tos de estuco sobre tierra). Según la temporalidad derivada de la asociación cerámica
y las fechas de carbono 14, estos recubrimientos duraban hasta cincuenta años. Al excavar,
los acabados revelados están impecables: no hay grietas, escurrimientos ni des­fa­sa­mien­tos.
En vista de la calidad relativamente mala de la materia prima local y la violencia climática,
con sus precipitaciones en exceso de 1 500 mm en verano y vientos huracanados en invier­
no, consideramos probable que el secreto de la buena resistencia de los recubrimientos
está en un aglutinante orgánico que hace las veces de consolidante e hidrofugante. Hay
indicios de la microestratigrafía en los repellos de que aplicaron un líquido sobre las su­
perficies. Los análisis de laboratorio en curso indican la presencia de un material orgánico,
pero aún no han podido determinar de qué producto, vegetal o animal, se trata.
El sistema constructivo es muy estandarizado tanto en las plataformas como en la pi­
rá­mi­de: los rellenos por bloques alternos, los muros de adobes, los repellos, los techos
planos y los drenes son elementos que existen desde la primera etapa constructiva y
continúan hasta su abandono mil�����������������������������������������������������
años más tarde, ������������������������������������
lo que demuestra que es una tecnolo­
Canal de desagüe
gía ya plenamente desarrollada para cuando se funda el sitio. Es probable que cuando prehispánico construido
se tenga información más detallada sobre los sistemas constructivos tempranos veamos con tubos de terracota
que esta tradición se remonta a los arquitectos olmecas, que ya habían erigido pirámi­ ensamblados. Drenaba la
des, recintos, palacios y patios hundidos de tierra apisonada, y cuya cultura formó el plaza principal hacia el
reservorio que limita el
sus­tra­to preclásico del Centro-Sur de Veracruz (arquitectura olmeca, Cyphers et al., conjunto monumental en el
2006; Gillespie, 2008; sustrato olmeca en Centro-Sur de Veracruz, Daneels, 2010). este.

Distribución regional de
algunos estilos de esculturas
Figurillas e ideología de terracota y de piedra.
Se nota que las llamadas
Desde siempre ha llamado la atención la gran cantidad y variedad de figurillas que “palmas” sólo ocurren en
el Centro-Norte, mientras
provienen del Centro-Sur de Veracruz, tanto del Protoclásico como del Clásico, que que las sonrientes abarcan
adornan todos los catálogos de arte prehispánico que incluyen el área. Su diversidad ha únicamenate el Centro-Sur y
resistido hasta la fecha muchos intentos tipológicos, aunque hay cuatro grupos tecno­ Sur de Veracruz.

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lógicos bien diferenciables: unas son modeladas a mano y macizas, siguiendo la tradi­
ción del Preclásico, otras muchas están hechas con una técnica mixta que caracteriza la
producción del periodo Clásico, con la cabeza formada en molde y el resto modelado;
están las figuras monumentales huecas (más de 50 cm de altura), que son más escasas
probablemente porque su cocimiento representaba toda una hazaña técnica y, a partir
del Clásico tardío aparecen las figurillas moldeadas en molde abierto doble, que permi­
tía la producción en serie. Estas diferencias en la manufactura hasta cierto punto agru­
pan algunas “familias” morfológicas, pero muchas piezas son sencillamente únicas. Se
complica además el asunto porque muchas figuras son también instrumentos musicales
(silbatos y ocarinas), pero esto no da pie a una clasificación funcional, porque hay series
icónicamente idénticas entre las cuales algunas piezas son instrumentos pero otras no.
En todos los grupos predomina la figura humana sobre las representaciones de seres
sobrenaturales o animales. Aunque carecemos de estadísticas precisas al respecto, llama
la atención que haya probablemente tantas mujeres como hombres, un cambio notorio
en comparación con el Preclásico, cuando dominan las figuras femeninas —si se com­
para con las demás sociedades del Clásico, tienden a predominar los hombres (con la
Páginas siguientes: excepción del sitio de Xochitécatl)—. Los atuendos, atributos y posiciones de estas
Figurilla de mujer joven tipo piezas son tan variadas que deben representar desde sirvientes (figuras con taparrabo
“El Faisán”, que representa
a mujeres ataviadas con ropa cargando cajas) o gente del común, hasta personajes de la �����������������������������
���������������������������
lite ricamente vestidos, go­
y tocado en color beige y bernantes sentados en tronos blandiendo cetros y seres revestidos de lo que parece ser
adornos rojos, con maquillaje parafernalia de alguna divinidad. Como ya lo advertía Spratling en Más humano que
rojo y a veces negro. Muchas divino, es difícil saber en este último caso si la intención fue la de representar la imagen
de estas figuras son también
silbatos usados en actos de un dios (como es patente en muchas figurillas nahuas o mayas del Posclásico) o su
ceremoniales. personificador: un humano vestido con sus atributos divinos.
Sin embargo, es interesante ver que dentro del importante rango de variabilidad que
Cabeza de muchacha en
estilo realista. Este tipo de
presentan las figurillas de barro, virtualmente nunca aluden a la iconografía relacio­
expresiones de cerámica nada con el juego de pelota, cuyo ritual surge precisamente en el mismo periodo y se
de tamaño casi natural, mantiene como una religión asociada al poder, una religión de Estado, a lo largo de
evidencian la maestría y la todo el Centro de Veracruz. Decapitados con serpientes brotando del cuello, personajes
sensibilidad de los artistas
de la época. ataviados con la parafernalia de yugo, hacha y palma, decoración de volutas, son temas

* = Quetzalcóatl

0 50 km 100 Cota de nivel inferior: 200 msnm


Cota de nivel superior: 2 000 msnm

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Cajete de doble engobe (Naranja sobre Blanco) con decoración esgrafiada Cajete de doble engobe (Rojo sobre Blanco), los motivos pintados
que revela el engobe de base blanco: el panel principal representa son monos, símbolos de la alegría, con el vientre
un pescado con la cabeza viendo a la derecha, la cola a la izquierda y la cola representados por espirales.
y un símbolo de quincunce en el cuerpo, lo que sugiere que se trata
del monstruo acuático que representa a la tierra en la consmovisión
mesoamericana.

ajenos a los registros iconográficos de las figuras de cerámica, salvo algunas notorias ex­ Dios Narigudo masculino
(tipo IIA), en la posición
cepciones. Son registros simbólicos que pertenecen a otros medios, otros ámbitos. Las
típica con un brazo
figurillas no se restringen a los centros de alta jerarquía: ocurren en todos los niveles de extendido.
la sociedad, desde el caserío más pobre hasta la capital, desde la casa del campesino has­
ta la pirámide, el adoratorio, la cancha de pelota o el palacio. Sus materias primas son
de las más comunes, las mismas que requiere la cerámica doméstica de almacenamiento
y servicio: no hacen falta piedras finas importadas ni pigmentos especiales como para
la pintura mural. Sólo para las figuras monumentales y el tallado de los moldes dobles
pueden ser necesarios artesanos especializados, pero para las demás su manufactura
está al alcance de todos. Por lo tanto, se consideran expresiones de una ideología popu­
lar, en el sentido etnográfico de la palabra, en oposición a la ideología institucionaliza­
da, políticamente manejada, representada por el ritual del juego de pelota.
A pesar de la gran diversidad entre las figurillas, se puede apreciar que existen tipos
recurrentes, que se pueden definir bien tipológicamente con base en atributos, tamaños
y acabados. Además, en estos casos también es posible mostrar que estos tipos particu­
lares tienen un área de distribución bien definida, que no necesariamente coincide con
las tradiciones estilísticas regionales de la cerámica: puede ser mayor o más restringida.
Por ejemplo, las figurillas más famosas del Centro-Sur de Veracruz, las llamadas figu­
ras sonrientes, tienen su mayor popularidad y calidad de producción entre el río Blanco
y el Papaloapan, siendo reportadas por miles entre La Mixtequilla y el municipio de
Joachín, y conocidas por las soberbias piezas halladas en los sitios de El Zapotal, Los
Cerros y Dicha Tuerta: grandes figuras huecas de hasta 50 cm de alto, que representan
hombres y mujeres con marcada deformación craneal, escasamente vestidos pero con
prendas muy decoradas. Fuera de esta área se encuentran hasta la cuenca del Actopan,
el Jamapa (Remojadas) y el Cotaxtla (en Plaza de Toros, Cotaxtla, Atoyaquillo), y al sur
hasta Los Tuxtlas (Tres Zapotes), pero en estos casos son piezas pequeñas de calidad
pobre, hechas con técnica mixta o molde completo, y siempre muy escasas. La repre­

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Dios Narigudo femenino sentación de la risa es clara y no tiene paralelo en la escultura en piedra. En los tocados
(tipo IIIA), en la típica
aparece decoración de garza y de vírgula o espiral, una abreviación icónica que remite
posición de brazos
abiertos. a la cola del mono, ambos animales muy comúnmente representados en figurillas de
barro y en pintura o esgrafiados en las paredes de cajetes.
Sin embargo, durante el Clásico tardío las piezas producidas en la cuenca del río
Blanco empiezan a mostrar decoraciones en el tocado o en el máxtlatl que sí tienen
paralelo en la escultura de piedra y en los símbolos de la gran tradición o ritual insti­
tucionalizado, y en esto son únicas: el ollin, figuras humanas en el estilo de las vasijas
de Río Blanco, formas estilizadas de cabezas de serpientes asociadas con Quetzalcóatl.
Este desarrollo excepcional, en el que los símbolos de la ideología política se adhieren
a unas figuras cuya forma, posición, frontalidad y expresión pertenece a una tradición
que es ajena a este discurso, podría relacionarse con los cambios y sincretismos que
mencionamos en el capítulo I, “Características regionales: El Centro de Veracruz, una
cultura única en Mesoamérica”, que al final del Clásico modifican una tradición secular
bajo la influencia, en el caso del Centro-Sur, de la intensa interacción comercial entre
la zona maya tabasqueña y el Altiplano Central. En este aspecto puede ser significativo
que las llamadas figurillas mayoides, hechas de molde doble, sean también más frecuen­
tes en el corredor del río Blanco-Papaloapan, misma área de las figuras sonrientes, y que
éstas también presenten decoraciones con símbolos como el ollin, grecas y serpientes
estilizadas (Torres y Beauregard, 2002).
Un segundo tipo de figurillas, con una distribución significativa, son los llamados
“dioses narigudos”; de hecho se trata de un conjunto de tres tipos de figurillas que apa­
recen juntas: el tipo principal es masculino, sedente y normalmente de mayor tamaño
(sin rebasar los 50 cm), caracterizado por un tocado de tres aleros, interpretado como
la representación esquemática de un ave descendente; luego hay dos tipos subordina­
dos, de tamaño menor y en posición erguida (trípode): uno es masculino, con tocado
de alero doble, y otro es femenino, con tocado en banda y falda. De estos últimos hay

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Figura sonriente con tocado
en greca, vuelta a la derecha.

Figura sonriente con tocado


en greca, vuelta a la izquierda
en posición erguida, con
el gesto típico de palmas
alzadas al frente. Las volutas
representadas en la banda
del pecho y el taparrabo
son similares al estilo de
las esculturas de piedra,
caso excepcional en que hay
relación entre los discursos
iconográficos de piedra y
terracota.

Figura sonriente con tocado


en ganchos.

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ejemplares que tienen el cuerpo silbato, cuyo soporte posterior tiene la función de bo­
quilla. Estas figuras pueden ser modeladas o hechas con la técnica mixta, con la forma
de la cabeza obtenida en molde y el resto por modelado.
Su distribución es restringida a la cuenca baja del Cotaxtla y la cuenca media y baja
del Jamapa, San Juan y Antigua, hasta la costa. A diferencia de las sonrientes, no se en­
cuentran fuera de esta área. La forma y posición del tipo principal parece tener su ori­
gen en las piezas Protoclásicas de manufactura modelada y decoración de chapopote.
Estas figuras se han hallado literalmente por miles en el área, en contextos bastante
particulares: se colocan en un cajete, con un tipo I generalmente en la parte norte o no­
reste, y tipos II y a veces III distribuidos de tal manera que forman una cruz. Hay una
gran consistencia en la representación de los atributos (tocado, posición), desde las piezas
mejor acabadas hasta las de manufactura burda y apresurada, lo que muestra que tienen
un valor simbólico muy bien definido, que debe estar concentrado en el tipo I dominante,
pero apoyado por los dos tipos subordinados. Medellín Zenil propuso que el tocado de
ave descendente alude en la mitología nahua a la divinidad solar. La posición orientada
hacia los rumbos cardinales podría sustentar una relación con ciclos astrales, pero pare­
ce más afín a los preceptos de la cosmovisión mesoamericana reflejada en el motivo del
quincunce. La presencia de una figura dominante sobre dos subordinadas también refleja
conceptos de organización del mundo. Como sistemáticamente forman parte de ofrendas
constructivas, consideramos que un significado como cosmograma sería una connotación
más comprensible para un depósito propiciatorio de un espacio nuevo (“dioses narigu­
dos, Medellín, 1960: 69; tipología, contexto y significado, Daneels, 2008c).
Otro tipo de figurillas tienen ámbitos de distribución aún más restringidos, a veces
hasta en un solo sitio, como las Xipe Tlazoltéotl, alrededor de Remojadas, Loma de

Grupo de figuras de Dioses


Narigudos (de varios tipos)
colocados como parte de la
ofrenda de construcción de la
primera etapa constructiva
de la Plataforma Este en
La Joya (foto: Annick
Daneels).

Figura de Dios Narigudo del


tipo principal, de tamaño
grande, que representa a un
personaje probablemente
masculino en posición de
señor principal, sentado
con las piernas cruzadas
y los brazos apoyados
en las rodillas.

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los Carmona, Buzón y Tenenexpan, los coyotes de Buenavista y las damas pintadas de
rojo sobre crema de El Faisán. Existe menos información al respecto de estos tipos,
pero son también tipos bien definidos y que ocurren en muy grandes cantidades en
regiones específicas. Las llamadas Xipe-Tlazoltéotl (atribución de Medellín Zenil) son
figuras femeninas con falda y quexquémitl, con un tocado que recuerda a un bicornio
dieciochesco y una máscara bucal. Se encuentran erguidas en una especie de andamio
que se pensó era un trono. Su interpretación como una combinación de dos divinidades
posclásicas (Xipe, por la máscara de piel desollada, y Tlazoltéotl, como diosa femenina Figura trípode de Dios
Narigudo masculino
principal) parece algo forzada, pero es innegable que por su recurrencia y sus atributos (tipo IIB) en la típica
particulares de máscara y trono no se trata de la representación de una mujer común. posición con un brazo
La relación de los coyotes encontrados en Buenavista con Xólotl, divino gemelo de abierto.
Quetzalc������������������������������������������������������������������������������
���������������������������������������������������������������������������
atl, es más viable, pero aun así X�������������������������������������������
����������������������������������������
lotl es un perro, no un coyote de lomo ne­
La “trinidad”, grupo de
gro. Por último, las damas encontradas por cientos en El Faisán son figuras femeninas figuras hallado como ofrenda
de falda y quexquémitl, adornadas con pintura roja sobre fondo crema en un estilo muy constructiva en Remojadas,
distintivo. Se han encontrado ocasionalmente también en otros lugares, hasta ahora en por Alfonso Medellín Zenil,
e interpretado como la pareja
sitios de la cuenca de los ríos Cotaxtla y Blanco. Se muestran como mujeres solas o que
del Sol (arriba) y la Luna
cargan un hijo, algunas con tocado complejo que incluye la representación muy realista (abajo), con su hijo Venus
de un ave descendente. Muchas, pero no todas, son instrumentos musicales. Los mo­ entre sus brazos.

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tivos que las decoran parecen variar de manera coherente, por lo que se ha propuesto
convincentemente que se trata de representaciones de mujeres en distintas etapas de su
vida, por lo tanto no serían divinidades. Entonces queda por interpretarse que puedan
ostentar tocados que en otra serie de figurillas (los “dioses narigudos”) se interpretan
como atributos de la divinidad (Xipe Tlazoltéotl, Medellín Zenil, 1960; coyotes, Torres
y Cuevas, 1960; faisán, Fuentes, 2008).
Esta discusión nos lleva a la reflexión: ¿para qué servían entonces las figurillas? La
interpretación de que fueron la representación de distintas divinidades se puede admi­
tir en algunos casos (como los “dioses narigudos”), pero es menos probable en otros,
como las damas de El Faisán, y al menos ambigua en los otros ejemplos mencionados, y
mantenemos nuestras reservas en cuanto a la validez de la extrapolación de divinidades
del panteón nahua posclásico. Sin embargo, el hecho de que aparezcan recurrentemen­
te en el contexto de ofrendas de construcción sustenta su uso como objetos de culto
o de protección divina (función apotropaica). El hecho de que en estos contextos las
figurillas hayan aparecido al lado de entierros primarios —muchas veces sedentes— o
secundarios, llevó a la interpretación de que eran siempre parte del ajuar funerario,
pero esto es una deducción errónea. Muchas ofrendas de construcción son de vasijas y
figurillas, sin evidencia de entierros (sacrificiales) asociados, mientras muchos contex­
tos de enterramientos comunes carecen de figurillas en su ajuar funerario.
Algunas áreas del Centro-Sur de Veracruz carecen de una gran diversidad de figuri­
llas. Por ejemplo, en el caso del valle de Córdoba se encontraron muy pocas figurillas,
por lo menos en comparación con los sitios de la planicie costera. En cambio, hay
abundancia de sahumerios de varios tipos, de mango y de base. En la medida en que
los braseros se asocian con el ritual doméstico, es posible que el culto popular se haya
expresado mediante éstos y no mediante figurillas.
Las figuras monumentales, de 50 cm hasta tamaño natural, son distintivas del Cen­
tro-Sur: su manufactura y cocimiento representaron un logro tecnológico que no tiene
paralelo en el periodo Clásico. Hay algunas piezas monumentales del Clásico tardío
en Xochicalco, Monte Albán y la zona maya, pero no descartamos que la tecnología
se haya difundido desde el Centro de Veracruz, junto con los elementos del ritual del
juego de pelota, ya que en Veracruz aparecen desde el principio del Clásico. Las mejor
conocidas son las de Zapotal y Nopiloa, que proceden de grandes ofrendas de cons­
trucción. Sin embargo, hay evidencia de ellas en cada excavación de sitios con arqui­
tectura monumental del Centro-Sur de Veracruz, por lo que son características de toda
la región. Por lo general se hallan sólo fragmentos inconexos en rellenos constructivos
e interpretar a quién representan los personajes y para qué sirven es muy difícil, ya que
además muchas de ellas son únicas, con atributos muy variados. Cuando se llegan a en­
contrar en contextos primarios, como en el caso excepcional de El Zapotal, no parecen
responder al mismo comportamiento: por un lado está la “gran ofrenda”, que sirve de
depósito de consagración para el adoratorio de Mictlantecuhtli, o dios de la muerte, en
el que se amontonaron unos sobre otros vasijas, figurillas, braseros, instrumentos musi­
cales y figuras monumentales muy distintas unas de otras; por otra parte está la ofrenda
de terminación del mismo adoratorio, donde predomina la cuidadosa colocación en Figura de coyote,
dos hileras erguidas de una serie iconográficamente coherente que representa mujeres característica de la región
de varias edades, que usan falda con cinturón de serpientes, tocado elaborado y bolsa de Buenavista, con el lomo
pintado en negro con bitumen
(véase el capítulo IV, “La Mixtequilla: hombres de piedra, mujeres de barro”). ¿Por qué o chapapote, que aflora
la variabilidad en las figuras monumentales de la ofrenda de consagración y la coheren­ naturalmente a la superficie
cia iconográfica de las de la ofrenda de terminación del mismo adoratorio? ¿Por qué la en la costa del Golfo.

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serie de mujeres podría relacionarse con un tema de muerte (ya que fueron interpreta­
das como mujeres muertas en el parto), mientras los otros personajes no? Antes de ser
colocadas en ofrendas de construcción, ¿fueron estas figuras expuestas en asociación
con los edificios?, ¿formaron parte de grandes escenas? Los mensajes asociados con la
colocación de figuras monumentales no nos quedan hasta el momento claros.
Esta variedad de figurillas en el Centro-Sur de Veracruz contrasta notablemente con la
escasez de figurillas en el Centro-Norte. Se reportan algunas piezas de estilo teotihuaca­
no, al igual que en el Centro-Sur, pero básicamente hay un tipo único de figurillas llama­
do San José Acateno, que en algunas de sus versiones tiene atributos fálicos (otra vez algo
excepcional en el ámbito mesoamericano). Si las figurillas del Centro-Norte carecen de
di­ver­si­dad, su contexto de uso es el mismo: se hallan lo mismo en las casas más modestas
que en ofrendas de consagración de edificios de grandes capitales: en Cuajilotes se en­
con­tra­ron más de 1 500 en un solo adoratorio de la plaza principal del sitio, mientras en
El Tajín se hallaron cientos en ofrendas de consagración en las esquinas de una cancha de
juego de pelota (Lombardo Toledano, 1931; Ochoa, 1971; Krotser y Krotser, 1973; Pes­
ca­dor, 1992; Cortes 1994). Así, la función de las figurillas es la misma en todo el Centro de
Veracruz y demuestra cómo piezas que emanan del ámbito popular aparecen en contex­
tos que reflejan su importancia e injerencia en actos ceremoniales de los niveles más altos.

El Centro-Sur y Mesoamérica

Aunque ya se haya tocado el tema en términos generales en los capítulos anteriores, es


interesante profundizar en la integración particular del Centro-Sur en el mundo me­
soamericano. Como vimos, el área se caracteriza por tener un sustrato olmeca, lo que
puede explicar cómo, tras el ocaso de esta civilización en La Venta, se proyectó hacia
el gran eje de interacción y cuna de los desarrollos culturales más tempranos de Me­
soamérica, que comienza en el Golfo y cruza el Istmo para abarcar la costa pacífica de
Chiapas y Guatemala. La escritura glífica istmeña, el calendario de cuenta larga, las es­
telas y altares, las volutas, las representaciones de decapitación, las figuras esqueléticas,
los gobernantes, los dioses de nariz larga, las escenas narrativas de temas históricos o
mitológicos enmarcados en bandas de cielo y tierra, los cajetes negros de borde blanco
por cocción diferencial y la arquitectura monumental en torno a plazas cuadradas (no
alargadas) son otros tantos elementos que integra el mundo del Preclásico tardío desde
Izapa hasta Cerro de las Mesas, las dos grandes capitales de la época (junto con Tres
Zapotes) (Daneels, 2001, en prensa, a y b).
El gran invento del Centro-Sur es el ritual de decapitación que se asocia al juego de
pelota. Así, para el periodo Protoclásico, el Centro de Veracruz adquiere su carácter
propio, que en adelante engloba el Centro-Norte. Así, no debe sorprender que Teo­
tihuacan, en su etapa de formación entre Tzacualli y Tlamililolpa temprano, adopte
elementos de este ritual, como yugos, volutas entrelazadas, decapitación y posiblemente
canchas de pelota (además de vasos cilíndricos trípodes para el consumo de cacao como
bebida sagrada) en sus espacios arquitectónicos principales, como la Pirámide del Sol,
la de la Luna y en la pre-Ciudadela. La futura metrópoli se liga simbólicamente con
la tierra original de abundancia y civilización. La influencia del Centro de Veracruz (y
para esta época más particularmente del Centro-Sur) en la creación de Teotihuacan
ya había sido propuesta por los pioneros de la arqueología de Veracruz, desde Seler,
García Payón y Medellín Zenil, y la información reciente parece confirmar la propuesta

132

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(Seler, 1915; García Payón, 1951a, 1951b, 1952b: 42; Medellín Zenil, 1950: 102-105,
1960; Daneels, 1996, 2002; Gómez y Gazzola, 2010).
Ya en su fase de apogeo, Teotihuacan consolida su propia imagen en el ámbito me­
soamericano. Los contactos con el Centro-Sur de Veracruz continúan, ahora probable­
mente debido al interés de Teotihuacan en el algodón costeño (el algodón es una planta
nativa de las planicies costeras del trópico húmedo, que no se aclimata al Altiplano sino
durante el Epiclásico). Aparecen elementos teotihuacanos en los centros principales:
la mayoría parecen ser imitaciones de cerámicas relacionadas con el ritual doméstico:
vasos cilíndricos de soportes rectangulares calados, braseros con adornos moldeados,
“candeleros” de una y dos perforaciones y figurillas de tipo retrato. Asimismo, se han
encontrado imitaciones de cerámicas y máscaras teotihuacanas en grandes ofrendas
de construcción de edificios principales u ofrendas al agua, pero son s�������������
����������
lo un compo­
nente minoritario en un depósito ritual constituido por materiales de tradición local.
Hay también pequeñas cantidades de cerámica de tipo Anaranjado delgado y navajas
y excéntricos de obsidiana verde, que probablemente sean importadas desde el asenta­
miento teotihuacano del valle de Maltrata. Además, hay dos casos de fachadas en talud-
tablero, pero se encuentran en edificios no principales de los complejos arquitectónicos
(algodón, Stark et al., 1998; Daneels et al., 2005; Manzanilla, 2009; Smith y Hirth, 1988;
sobre la relación de Teotihuacan con el Centro-Sur, Stark, 1990; Stark y Johns, 2004;
Daneels, 1996; elementos teotihuacanos, Daneels, 2002; ofrendas de construcción,
Daneels, 2004, 2008a; arquitectura en La Joya, Piña, 2010; en Atoyaquillo, Daneels
y Miranda, 1998; enclave teotihuacano en Maltrata, Lira, 2004). Así, los contextos en
que aparecen los elementos teotihuacanos en el Centro-Sur proporcionan evidencia de
contactos a nivel de élites, pero que no parecen modificar la estructura fundamental de
la sociedad, que permanece fiel a su ritual del juego de pelota, a sus cultos regionales y
a sus redes comerciales de siempre.
Es importante resaltar que a lo largo de su trayectoria Protoclásica y Clásica el Cen­
tro-Sur de Veracruz se surte de núcleos prismáticos en los yacimientos de Zaragoza-
Oyameles controlados por Cantona, relación comercial que dura desde el inicio hasta el
ocaso de aquella urbe. Más interesante es la similitud entre los arreglos arquitectónicos
con canchas de pelota que presenta Cantona y los del Centro de Veracruz: la mayoría se
asemeja a los “planos estándar” con las canchas en eje con la pirámide, típicos del Cen­
tro-Sur, pero también hay algunos arreglos en los que la cancha tiene la pirámide como
lateral, como en el Centro-Norte (García Cook y Merino, 1998). A pesar de la pasión de
Cantona por el juego de pelota y la similitud en la inserción urbana de las canchas —es
el sitio con el número más alto de ellas en Mesoamérica: 24—, no hay evi­dencia del ri­
tual de decapitación, ni volutas, ni yugos, hachas o palmas, por lo que queda claramente
fuera del ámbito de la cultura del Centro de Veracruz, pero nos queda claro que entre
los productos intercambiados por la obsidiana estuvieron las pelotas de hule.
En el Clásico tardío comienza una polarización en el Centro-Sur de Veracruz, que
parece relacionarse con la pujanza del Golfo Sur: por un lado la zona maya chontal de
Tabasco y Campeche, por otro el área del Sur de Veracruz con los centenares de sitios
monumentales Villa Alta que surgen en toda la región, después de un largo periodo­
de casi abandono tras el ocaso olmeca (al menos en las planicies costeras). Estas­zonas
tienen los centros de producción de las cerámicas de arcilla caolinítica co­nocida como
Naranja fino y Gris fino, que se vuelven los productos de exportación más codiciados
del periodo, desde Belice y Honduras hasta el Altiplano Central. Su ruta de distribu­
ción a lo largo del Clásico tardío sigue el curso del bajo Papaloapan y el Blanco: ya en

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Plano que muestra las
Tajín
Morgadal
rutas de intercambio entre
Serafín Teotihuacan y la planicie
costera del Golfo
Pital (dibujo: Annick Daneels).

Tepeapulco
Altotonga
Teotihuacan Xiutetelco Ranchito
de las Ánimas
Calpulalpan
Cantona Napatecuhtlan Chachalacas

Tolme
El Seco
La Joya
Aljojuca
Tetimpa Cholula Toro Prieto

Maltrata Cerro
de las Mesas

Nopiloa
Tepeji de R.

San Juan
Ixcaquixtla Tehuacán

La Mixtequilla y en el valle de Córdoba las cerámicas de importación Naranja fino y


Gris fino alcanzan 10 por ciento del complejo cerámico total, un porcentaje muy consi­
derable. Este no es el caso en el resto del Centro-Sur, donde tales cerámicas están pre­
sentes sólo en uno por ciento o menos, aunque hay más piezas de imitación de las pastas
finas (rutas de intercambio, Daneels, 2001; tipos cerámicos, Daneels, 2006). Presentes
también en La Mixtequilla y el valle de Córdoba, pero ausentes del resto del Centro de
Veracruz, están las figurillas de tipo mayoide (entiéndase de tipo maya chontal), por un
lado, y por otro la iconografía de Quetzalcóatl, que se distribuye como una “religión

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Vaso cilíndrico trípode,
decorado con caras de Tláloc
alrededor de la base.
Es del tipo Anaranjado
Delgado, producido en el Sur
de Puebla pero distribuido
por Teotihuacan en gran parte
de Mesoamérica.

mundial” en el Clásico tardío (La Mixtequilla, Stark, 2001; Valle de Córdoba, Miranda
y Daneels, 1998; religión, Ringle et al., 1998). De forma recíproca, se observa la presen­
cia de figuras sonrientes hasta la región de Los Tuxtlas y el río Coatza­coalcos, donde
ahora también ocurren yugos y hachas. Así es posible observar que para el Clásico tar­
dío, mientras el conjunto del Centro-Sur sigue el patrón tradicional desde el inicio de
la era, sin abrirse a novedades, la estrecha franja meridional a lo largo del río Blanco se
reorienta e integra al dinámico eje de interacción comercial e ideológico que liga el gran
apogeo del mundo maya con las nuevas capitales epiclásicas del Altiplano.

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Capítulo VI
MALTRATA, UN VALLE
INTERMONTANO EN LAS TIERRAS
ALTAS DEL CENTRO DE VERACRUZ
Yamile Lira López

Maltrata debió ser una ciudad fronteriza


que dividía las civilizaciones de la costa de las de la meseta central
[…] y por donde muchas peregrinaciones que iban en ambos sentidos
tenían forzosamente que pasar con sus cargamentos.
La gran importancia de esta ciudad en época pretérita
la tenemos señalada por los vestigios arqueológicos
que se pueden admirar en medio del caserío moderno.
Eduardo Noguera

El actual estado de Veracruz fue ocupado por diversos grupos humanos en la época
prehispánica, que los estudiosos han enmarcado en regiones geográficas y culturales
al tomar en consideración los rasgos culturales que presentan y centrando su atención
principalmente en las llanuras costeras y los grandes sitios. Sin embargo, aquella región
del Centro de Veracruz conformada por las tierras altas, la que limita con los estados de
Puebla y Oaxaca, ha sido sólo someramente analizada a finales del siglo xix y principios
del xx por algunos investigadores como Segura, Arroniz, Batres, Betancourt, Arroyo,
Noguera y Medellín. Ellos notaron su importancia como un espacio que formó parte de
una ruta de comunicación en el México antiguo. Recientemente en la zona montañosa
se han iniciado acciones en los sitios arqueológicos de Tehuipango, Tlaquilpa, Orizaba
y Fortín sin que hasta ahora se conozcan los resultados.
A pesar de lo escarpado del terreno en esta parte de la Sierra Madre Oriental, los
antiguos pobladores se adaptaron a la orografía natural y establecieron diversos pobla­
dos, tanto en las crestas de los cerros y las pendientes de los mismos como en los valles
intermontanos. Ejemplo de estos últimos son los asentamientos humanos reconocidos
en los valles de Orizaba, Acultzingo y Maltrata.
Aquí nos enfocaremos al valle de Maltrata, donde en los últimos años se efectúa un
proyecto de investigación y colaboración entre el Instituto de Investigaciones Antropo­
lógicas de la Universidad Nacional Autónoma de México y el Instituto de Antropología
Monolito de Maltrata
de la Universidad Veracruzana. Así, hemos podido profundizar en el estudio de los
Museo de Antropología antiguos pobladores y registrar y excavar diversos sitios, para comprender el desenvol­
de Xalapa. vimiento de los asentamientos prehispánicos desde el año 800 a.C. hasta nuestros días

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G Messico esp.indb 137 5/29/12 12:28 AM


de manera continua. Identificamos una cultura local que hemos denominado “cultura
Maltrata”, que se involucró en la dinámica de las poblaciones debido a su posición geo­
gráfica estratégica, pues es un punto intermedio y de fácil acceso para cruzar la sierra,
desde la región Centro-Sur de Veracruz hacia el Altiplano Central, fungiendo como un
lugar de paso en una ruta importante de comunicación y comercio que permitió la in­
teracción de diversas culturas del México antiguo desde el inicio del Preclásico medio.
Por ello en la cultura Maltrata había pueblos con una gran diversidad cultural de los
que descubrimos vestigios en diferentes épocas y regiones: olmecas, zapotecas, teoti­
huacanos, aztecas, mixteco-poblanos (área Puebla-Tlaxcala) e hispanos. Esto fue en
parte posible porque el valle ofrecía las condiciones de subsistencia necesarias para per­
mitir el desarrollo de una población local que recibía a innumerables viajeros, muchos
de los cuales permanecían en el lugar junto con su cultura material y sus costumbres;
unos instalaron enclaves —entendidos como un territorio o grupo étnico incluido en
otro—, con diferentes características políticas y sociales, para incidir en el control del
paso de determinadas mercancías a otras regiones de Mesoamérica; otros intentaron
conquistar el lugar para extender su dominio hacia distintas áreas. En la época colonial
los españoles controlaron el valle e iniciaron un nuevo mestizaje que apenas encubre la
cultura indígena, a pesar de haber desaparecido el idioma náhuatl.
Esta función y las bondades del medio ambiente permitieron el constante comercio e
intercambio entre la Costa del Golfo y los valles de Puebla-Tlaxcala, la Cuenca de Mé­
xico y la región oaxaqueña, a diferencia de los grandes centros ceremoniales y ciudades
cuyo esplendor duró cortos periodos.
Además, en las excavaciones identificamos características particulares para cada uno
de los poblamientos en los distintos periodos: patrón de asentamiento, arquitectura,

Cofre
de Perote
2

Ubicación de Maltrata y de
otros sitios arqueológicos
de las Altas Montañas del
3 Centro del Veracruz.

Zona
Vista panorámica del sitio
Principales Rincón de Aquila, del periodo
Altas
Volcán Pico
Montañas
de Orizaba sitios arqueológicos
de las Altas Montañas Clásico.
  1 Tlacolulan
5
4
  2 Xicoximalco Ubicación de Maltrata
  3 Comapa en las rutas de comunicación
  4 Toxpam
  5 Maltrata entre la Costa del Golfo
y el Altiplano Central
0 5 10 15 20 
km (Rees, 1976).

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G Messico esp.indb 138 5/29/12 12:28 AM


vasijas y figurillas de cerámica, prácticas funerarias, herramientas de obsidiana, basalto
y hueso, que revelan parte de la economía, organización social, religiosa y política, sus
relaciones con otras áreas y la vida cotidiana de sus habitantes, lo que hace aun más
atractivo el estudio de las culturas prehispánicas del valle de Maltrata y que ahora po­
demos en parte reconstruir y contextualizar en el ámbito mesoamericano.

Ubicación y contexto geográfico

De acuerdo con su disposición en el paisaje serrano vemos al valle de Maltrata, ubicado


a 1 650 metros sobre el nivel del mar, como el último de una serie de valles que se van
estrechando conforme ascendemos desde la planicie costera hasta llegar al Altiplano.
Ubicado al oeste del estado de Veracruz, en sus límites con Puebla, entre las coordena­
das de latitud 18º 48’ 40 norte y longitud 97º 16’ 30 oeste, se encuentra a 27 km de la
ciudad de Orizaba, viajando por la autopista 150 México-Puebla. Hasta hace unos años
también se tenía acceso por vía ferroviaria y queda, como evidencia de ello, la estación
del ferrocarril en desuso y el monumental edificio de la subestación eléctrica construido
en estilo inglés, ahora abandonado; en las pendientes de los cerros existen partes de las
vías del ferrocarril, amenazadas por saqueadores en los últimos años.
En el centro tenemos la villa y cabecera municipal de Maltrata y al este la colonia He­
riberto Jara Corona sobre un manto basáltico. Hacia el oeste del valle encontramos el
pequeño municipio de Aquila, donde el valle se angosta hasta formar prácticamente un
embudo y se inician las pendientes pronunciadas y los cerros del municipio del mismo
nombre, con un ligero declive de oeste a este. Diversos caminos conducen al Pico de Go
lfo
de
M
éx
ico

Las Vigas Banderilla


Jalapa Pajarito La Antigua

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Otumba Cofre
de Perote Veracruz
Teotihuacan Pinillo

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Popocatépetl

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G Messico esp.indb 139 5/29/12 12:28 AM


Orizaba por su lado norte y, al sur, la llamada sierra de Xochio está bordeada por vere­
das que llevan al vecino valle de Acultzingo. Por el extremo oriente, la cuenca baja del
río Maltrata formó un corredor llano que comunica con el de Orizaba, donde se asienta
la zona conurbada del mismo nombre que incluye varios municipios.
Geológicamente el valle se encuentra dentro de la depresión Acultzingo-Córdoba,
data del Cretácico Superior e Inferior y presenta manifestaciones del Terciario Conti­
nental de la era Cenozoica; existen también corrientes de lava en forma de afloramien­
tos compuestos por rocas de brecha ígnea volcánica y toba intermedia que podemos
ver en los cerros cortados para la apertura de caminos. Algunas de estas rocas son de
la era Cenozoica del periodo Terciario Superior, producto de la actividad volcánica del
Pico de Orizaba. Actualmente sabemos de la existencia de varias fallas geológicas que
atraviesan el valle; como es una zona de alto riesgo, ha padecido los embates de varios
movimientos sísmicos.
El piso del valle cubre un área aproximada de 14 km2, con unos dos kilómetros en
su parte más ancha de norte a sur. Actualmente el clima de Maltrata se encuentra en un
área de transición, entre el clima cálido de la planicie y el templado del área montañosa
según Köppen C (W1) (W). Se disfruta de un clima templado subhúmedo y tempera­
turas de entre 18 ºC y 25 ºC, con lluvias en verano en los meses más cálidos, de mayo a
septiembre, que contrastan con la época más fría de los meses de noviembre a febrero,
cuando la temperatura mínima alcanza 0 ºC y la máxima 15 ºC; se presentan cambios
bruscos de temperatura con las “suradas” y “nortes” a principios de año. Estas condi­
ciones climatológicas afectan considerablemente el paisaje, pues las lluvias en verano
permiten que se intensifique el verde de la vegetación, que contrasta con el dorado de
los sembradíos y matorrales en secas; sobresalen del paisaje las elevaciones prehispáni­
cas cubiertas por pasto y vegetación baja.
El valle está cruzado de oriente a poniente por un río estacional, el Maltrata, que se ali­
menta de la confluencia de corrientes de agua que bajan de barrancas y manantiales que se
han formado entre los pliegues de los cerros, cuyos cauces en época de lluvias aumentan y
llegan a desbordarse. Entre los nacimientos de agua más importantes está la Barranca de
Tecoac al noroeste, aquellos que nacen en Boca del Monte y las Cumbres de Maltrata y
Aquila, además de los que se originan en las barrancas de Tlatzala, Aquiosto, Zacatonal y
Zacatipan y de manantiales como Achotongo, Apiasco, Chicanopa y Atzompan (Gánda­
ra, 1899). Estas fuentes fluviales, al llegar a la villa de Maltrata, forman un solo cauce en la
parte del límite sur de ésta que continúa al este, donde se une al manantial de Apiaxco o
Infiernillo hasta juntarse al río Blanco. En algunas secciones el río formó una barranca de
hasta ocho metros de profundidad que permanece seca la mayor parte del año.
Casi todo el piso del valle está cubierto por un suelo arcilloso, fértil, que favorece la
agricultura y contrasta con los suelos de calizas en el piedemonte y con un bosque de
coníferas en las partes más altas, típico de climas templados, húmedos y fríos donde
crecen oyameles y pinos. En algunas áreas se distingue el suelo de tepetate rojizo que
quienes extraen barro dejan al descubierto al retirar la capa superior para la elaboración
de ladrillos, donde no crece la vegetación, lo que resulta en suelos que ni siquiera son
propicios para la agricultura o el pastoreo. Estas condiciones naturales han ocasionado
que la economía de los actuales pobladores tenga como base la agricultura de temporal,
de riego, el pastoreo en menor escala y la elaboración de ladrillos.

Los asentamientos

En el recorrido de superficie registramos 14 asentamientos prehispánicos, que cuentan


con 292 estructuras y otros cuatro sitios coloniales, distribuidos en un área de 14 km2,
los cuales se definieron espacial y temporalmente de acuerdo con sus características
geográficas, distribución de estructuras, presencia de las mismas, densidad y estilos de Vista panorámica del Pico
los restos cerámicos, óseos y líticos, como obsidiana, basalto y sílex. de Orizaba y del paisaje
de los cerros que rodean el
Los asentamientos se desarrollaron en un paisaje de lomeríos, piedemonte y en el piso valle de Maltrata en época de
del valle. La orografía, que conforma alturas diferenciadas, sirvió para que los habitan­ secas.

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tes definieran las áreas dedicadas a distintas actividades, modificando y adaptándose a
la topografía del lugar. En la utilización del espacio vemos ya una organización social
compleja, reconocemos una jerarquía en la disposición de las estructuras, donde segu­
ramente las residencias de los señores o gobernantes y las actividades rituales en lugares
sagrados de acceso restringido se edificaban en los lugares más altos, pues mientras más
en alto construían sus edificios más restringido era su acceso, observándose desde la
parte baja como asentamientos sobre una altísima pirámide. Estos espacios altos eran
usados también como puestos de vigilancia. En un caso único para la región contamos
con una cancha para el juego de pelota, espacio para algún tipo de ritual. Las platafor­
mas y edificios piramidales que rodean las plazas, presentes también en las partes bajas,
dieron cabida a las actividades civiles, utilizando las plazas para ceremonias o para rea­

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lizar el mercado, mientras que los lomeríos de los cerros fueron ocupados para las áreas
habitacionales y la producción agrícola. Los cerros inmediatos al valle complementaban
el accidentado paisaje de edificios piramidales.
El número de asentamientos en cada periodo cronológico no aumentó ni se redujo,
se mantuvieron cuatro asentamientos concentrados en un determinado espacio en cada
pe­rio­do; la población no se dispersó de una época a otra ni hubo un incremento notorio,­
más bien se experimentó un reacomodo espacial, dejando unos lugares para ocupar otros.
Respetando quizá los primeros lugares construidos por sus ancestros, disponían de todo
el valle, bien para sembrar, recolectar o cazar, como actualmente se utiliza. Alre­de­dor del
valle encontramos sitios en los pasos de montaña, tanto prehispánicos como co­lo­nia­les,
que servían para controlar el flujo de viajeros (Trujillo, 2004; Lira, 2004a: 164).
Los pobladores estaban cerca de las fuentes de agua, como el río Maltrata, manantia­
les subterráneos que aún existen y en un ambiente lacustre ya casi desaparecido; con­
taron con el líquido de manera permanente y estable; la fauna y la vegetación acuáticas
son semejantes a las existentes en regiones como la Cuenca de México, el valle Puebla-
Tlaxcala y las tierras bajas de Veracruz. Asimismo, las corrientes fluviales provenientes
de las barrancas arrastraron sedimentos que generaron una planicie aluvial de suelos
fértiles para la agricultura intensiva como hasta la actualidad se practica. Los bosques
de montaña media y alta que rodean el valle proveían de animales, madera y especies
vegetales. Además, los yacimientos naturales de obsidiana del Pico de Orizaba, peder­
nal y basalto, proporcionaban materia prima para la elaboración de artefactos (Lira,
2004a: 165). La piedra caliza de la región sirvió para la construcción de las estructuras
piramidales sin ningún cementante, ya que los muros se cubrían con estuco.
La diversidad de restos de vasijas y figurillas modeladas y moldeadas en barro permi­
tieron diferenciar complejos y estilos, así como establecer afinidades culturales, por ello
estos materiales son una base importante en toda investigación arqueológica. Debido a
sus características particulares, al ser utilizados en todos los ámbitos de la vida cotidiana
y ritual, no sólo permitían el intercambio de materias primas y productos, sino también
compartir ideas y modos de vivir. Atendiendo a ello y junto con otros restos culturales,
podemos diferenciar seis periodos de acuerdo con la nomenclatura tradicional de la
literatura arqueológica y que a continuación desarrollamos, enfatizando los elementos
particulares de cada uno de ellos: Prehistoria, Preclásico, Clásico, Epiclásico, Posclási­
co y Colonia.

Los primeros vestigios de vida en el valle

Pocos restos de la época prehistórica se han encontrado in situ en el estado de Vera­


cruz. Cuando el arqueólogo Jeffrey K. Wilkerson afirmó que no hubo actividad humana
debido a los glaciares del Pico de Orizaba, se perdió el interés por la búsqueda de ves­
tigios humanos de este periodo (Wilkerson, 1988). Por eso los restos que descubrimos
in situ de megafauna (mamut, oso perezoso y cabra) en la barranca Apiaxco (4.50 m de
profundidad), que funciona como una entrada natural al valle por su lado este, junto
con otros descubrimientos fortuitos en los últimos diez años en la región de Córdoba-
Orizaba, hacen más interesante el estudio de la presencia de vida en el valle. Estos ha­
llazgos de megafauna tienen 10 000 años de antigüedad, lo que nos lleva a reflexionar
sobre la posibilidad de que el valle fuera visitado o habitado por grupos humanos desde
entonces (Serrano y Lira, 2005). Actualmente se sostiene que las condiciones climáticas

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no impidieron la vida animal y, por lo tanto, es muy probable que algunas microbandas
también dejaran huellas de su ocupación en las cuevas y abrigos rocosos del valle de
Maltrata y su región, siendo importantes para la arqueología los descubrimientos de
restos de mamuts y fauna pleistocénica, pues es muy probable que se puedan encontrar,
junto con sus restos fosilizados, evidencias de presencia humana.

Las primeras aldeas y centros ceremoniales

El desarrollo cultural en el actual territorio mexicano data del periodo Preclásico (1500
a.C.-200 d.C.); en el sur de Veracruz y parte de Tabasco encontramos la primera civili­
6. ??? zación mesoamericana: la olmeca. Es indudable que este foco civilizatorio se fue exten­

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diendo a numerosas zonas de México, para ello tuvieron que formar rutas, en las cuales
dejaron huellas de su tránsito en diversos estilos en las vasijas de cerámica, figurillas y
escultura. Fue una época de gran dinamismo cultural en Mesoamérica, donde la cultu­
ra olmeca estableció patrones culturales que tuvieron una larga y extensa duración. Al
mismo tiempo, los grupos asentados en el Centro de México desde épocas tempranas
usaron seguramente esas mismas rutas en su búsqueda de recursos naturales presentes
en la Costa del Golfo. El valle de Maltrata no estuvo exento de esos movimientos, por
el contrario, sirvió de ruta para apoyar esa fuerte movilidad poblacional y cultural, por
lo que los materiales arqueológicos descubiertos y fechados para este periodo presen­
tan una variabilidad de rasgos culturales de grupos humanos olmecas, zapotecas y del
Altiplano Central.
Los primeros pobladores de Maltrata se concentraron en aldeas y ocuparon los espa­
cios planos en el extremo oeste del valle, cercanos a las fuentes de agua, y utilizaron una
parte del mismo para sembrar o cazar, pues otra parte estaba inundada, según sabemos
por la presencia de capas de gravilla y arenilla en distintos niveles encontradas en las
excavaciones.
Eran asentamientos formados por grupos sedentarios con una subsistencia basada en
una economía agrícola, complementada con actividades de apropiación. Estas comuni­
dades aldeanas contaban con centros ceremoniales concentrados, con una organización
social estratificada y un probable culto a la fertilidad. Los sitios presentan tanto arqui­
tectura monumental de piedra careada como construcciones de adobe y apisonados
de barro y estuco, que muestran tres etapas constructivas o remodelaciones. El núcleo
de algunas estructuras es de tierra o de piedra, cubiertos de piedra labrada y aplanado
de estuco para dar la forma última al edificio. Tenían la costumbre de enterrar a sus
muertos de manera variada en las casas y cerca de los hogares (concentraciones de
piedras quemadas y cenizas), dando origen a los llamados pozos o formaciones tronco­
cónicas; algunas de éstas también fueron usadas como basureros en las cercanías de las
viviendas. Elaboraron utensilios y herramientas para la vida cotidiana, como vasijas de
barro con formas y decoraciones variadas, utilizaron el basalto para moler y preparar
alimentos, trabajaron la obsidiana, el sílex y otras piedras, así como huesos de anima­
les y humanos para disponer de herramientas e instrumentos musicales y adornos, y
obtenían en la costa la concha que acompañaba en ocasiones a los individuos en los
enterramientos (Lira, 2004a). Su alimentación se basada en el maíz, como lo atestiguan
los fragmentos encontrados en las excavaciones y el elevado consumo de carbohidratos

Excavación de una estructura


con muros en talud y piso
de estuco en el sitio Teteles
de la Ermita del periodo
Preclásico.

Fragmento de vasija con greca


encontrado en la excavación
del sitio Rincón de Aquila,
del periodo Clásico.

Plataforma del sitio Teteles


de la Ermita, del periodo
Preclásico.

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G Messico esp.indb 144 5/29/12 12:28 AM


que se conoce por la incidencia de algunos padecimientos bucales (caries) identificados
en piezas dentales. El maíz fue procesado gracias a metates y sus manos, encontrados
en grandes cantidades. Estas fueron las bases de la cultura Maltrata a lo largo de unos
2 500 años, algunas se conservaron mucho tiempo, otras se mantuvieron con ligeras
modificaciones, unas más dejaron de utilizarse y otras nuevas, producto del comercio,
se incorporaron a la vida cotidiana.
Estas son algunas de las particularidades que presentaron los poblados del periodo
Preclásico en Maltrata: desarrollaron cuatro asentamientos principales denominados
como tetel de Rancho Verde, teteles de la Ermita, Barriales de las Besanas y Rincón de
Aquila; este último se inició en el periodo Preclásico y continuó en el Clásico, cuando
tuvo su mayor apogeo.
Los dos primeros asentamientos muestran estructuras sobre la superficie, sin embar­
go en el sitio Barriales de las Besanas no se puede definir su extensión debido a que
el asentamiento prehispánico está cubierto por una capa de barro de entre uno y dos
metros, y sólo fue reconocido por las excavaciones que hacen los vecinos para extraer
el barro para la elaboración de los ladrillos.
El área del sitio tetel de Rancho Verde cubre una superficie de 1 100 m de este a oeste
y de 450 a 500 m de norte a sur, donde se distribuyen 36 montículos pequeños incluido
el tetel de Rancho Verde, plataforma que sobresale del paisaje por sus dimensiones: 120
m de largo por 70 de ancho y 15 m de altura, que ocupaba una posición física central y
era el punto focal del ritual público en el sitio, pues supera en tamaño a las plataformas
de otros sitios del estado de Veracruz de este mismo periodo.
Al este se encuentra el sitio teteles de la Ermita, que cubre una superficie aproximada
de 700 m de oeste a este por 600 m de norte a sur, conformado por siete estructuras
de las cuales una plataforma (70 m por 50 m y 9 m de altura, 15º NW) y tres edificios
piramidales delimitan una amplia plaza rectangular de 140 por 70 m (Lira, 2004a).
Como muchos sitios preclásicos, contaba con fácil acceso al agua, pues está en la zona
inmediata al oeste de la barranca Tecoac, que conduce el agua de las montañas hasta el
río Maltrata.
En las excavaciones descubrimos que algunas casas-habitación fueron construidas
con muros de adobe y apisonado de barro (a 20 cm de la superficie), otras casas presen­
tan sencillos cimientos formados por alineamientos de piedra caliza, muros verticales y
muros esquinados con ceniza en su interior, espacios con relleno cultural, basureros y
entierros entre los muros y debajo de los pisos de barro.

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Otras construcciones pueden corresponder a espacios civiles, como las tres estructu­
ras principales designadas como A, B y C, que consisten en muros en talud con aplanado
de estuco formando esquina, cuyas fachadas dan hacia el oeste y el sur. A la estructura
A, formada por una esquina con muro en talud cubierto de estuco, se le adosó un muro
(muro 1) sin aplanado con fachada al sur. A la estructura B, formada por una esquina
con muro en talud estucado, se le adosaron dos muros (muros 2 y 3) sin aplanado con
fachada al sur. La estructura C, formada por un muro vertical estucado, está adosada a
la estructura a. Paralelos al muro de la estructura C, con fachada al oeste, hay dos muros
más. Al sur de los muros adosados a la estructura B se encuentran dos muros en forma
de talud (taludes encontrados), uno frente a otro, delimitados al norte por un muro ver­
tical. Estos taludes fueron cubiertos por otra estructura en forma de talud con fachada
al sur. Aquí vemos que los constructores ampliaron y renovaron la estructura debido
a la constante presencia de adosamientos. Se proponen tres etapas constructivas a las
cuales se adosaron otros tantos muros, entre los cuales se encontraron tres individuos
con muy poca ofrenda y a distintas profundidades, dispuestos sobre la capa natural de
gravilla (Lira, 2005, 2010).
El sistema constructivo y el material que utilizaron es notoriamente diferente entre
ambas habitaciones debido a la función que tuvieron. Además, la abundante presencia
de artefactos en la casa-habitación, como fragmentos de vasijas, lascas y navajas de
obsidiana negra, gris, gris-veteada, verde, partes de metates, manos de metate, restos
de figurillas, punzones de hueso, tiestos quemados, grumos de carbón (Lira, 2010) y
fragmentos de barro fundido (que pudieron formar parte de algún recubrimiento en
paredes o piso) contrasta con la escasez de los mismos en la estructura civil.
El sitio Barriales de las Besanas cubre un área de aproximadamente 550 000 m2. Se
trata de amplios terrenos planos que los lugareños llaman Las Besanas y también barria­
les, porque son bancos de barro, utilizado en la fabricación de ladrillos, que se excavan
hasta tres metros de profundidad. En determinadas secciones se puede distinguir una
capa de piedra de río que revela cauces anteriores del arroyo actual.
En cuanto a la arquitectura se refiere, se cuenta con evidencias de apisonados de barro,
muros y pisos recubiertos de estuco como en el sitio anterior, aunque aquí se presenta el
uso muy frecuente de fogones (hogares) y entierros con ofrendas de cerámica y figurillas.

N Ñ

22

21

20
R S

19
K L M O P Q T

18
U V

17
W

16
16

15

14 Dibujo de planta
arquitectónica de una
estructura excavada en el sitio
13 Teteles de la Ermita, periodo
Preclásico.

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Figurillas y prácticas funerarias

Las representaciones femeninas elaboradas en arcilla, con poca vestimenta, tuvieron


una particular relevancia durante el Preclásico mesoamericano. En Maltrata, su alta
frecuencia merece una mención especial debido a la variedad de rasgos que presen­
tan y que están relacionados con tradiciones culturales del Altiplano y de la Costa del
Golfo (Martínez y Lira, 2009); asimismo son importantes los lugares de los hallazgos,
pues demuestran que fueron utilizadas como parte de ofrendas mortuorias, desechadas
en basureros en las áreas habitacionales, en rellenos de edificios y encontradas en la
superficie de los terrenos, con una distribución uniforme y continua a lo largo de toda
la ocupación, independientemente del periodo en el que se ubican las figurillas desde
la perspectiva tipológica. Una gran parte de ellas representa a mujeres con distintos
grados de embarazo, lo que contribuye a reforzar la explicación generalizada que las
relaciona con la fecundidad femenina o con algún culto a la fertilidad y la agricultura;
también se destaca el valor del género femenino entre la población preclásica, ya que
superan en número a las figurillas masculinas (Lira, 2009). Es notoria la frecuencia con
que aparecen figurillas con rasgos del Altiplano, tanto en Maltrata como en muchos
sitios del valle de Tehuacán y del Centro de Veracruz, lo que contrasta con las pocas
figurillas tipo cara de niño o baby face de la Costa del Golfo.
La cantidad y diversidad de figurillas y vasijas de cerámica asociadas con algunos
enterramientos, así como la variabilidad de éstos —entierros multiples-secundarios e
individuales flexionados, con o sin ofrendas—, muestran lo importante que fueron para
la sociedad preclásica, ya que están relacionadas con la organización social y la posición
social del individuo, pues identifican a los distintos estratos sociales (Lira, 2007).
En una excavación en el sitio Barriales de las Besanas, el contexto y la disposición
de los materiales arqueológicos indican que se trata de un área habitacional, donde un
apisonado de barro, carbón y tiestos se interrumpe por la presencia de fogones y un
entierro en una formación troncocónica encontrada a 4.60 m de profundidad. Se trata
de un entierro primario directo e individual, en posición decúbito ventral flexionado,
es un infante, posiblemente femenino, de entre cinco y siete años de edad, depositado
a una profundidad de entre 3.32 y 3.56 m. Bajo el entierro se pusieron once vasijas:
una olla o florero de pasta Gris fina decorada con incisiones y fracturado en dos partes
(“matado”), un cajete Gris fino con incisiones, una vasija con Baño negro, tres cajetes
con Baño blanco y doble línea incisa en el borde, una vasija con decoración Rojo so­
bre blanco, tres ollas globulares quemadas y una olla globular con Baño rojo, entre un
número considerable de fragmentos de vasijas elaboradas burdamente en barro negro,
café, rojo y naranja y otras recubiertas con pintura negra, café, rojo, naranja, blanco o
crema con incisiones en el borde, con decoración Rojo sobre blanco o crema y cerámi­
ca Gris fina y Baño negro o café de pasta fina compacta con formas y decoración muy
semejantes a la anterior (Lira, 2010). Junto con estas vasijas había diez fragmentos de
figurillas —torsos y extremidades—, una de ellas femenina, completa y fracturada en
dos partes, cargando a un niño, además tres torsos esbeltos semejantes a las figurillas
encontradas en el Altiplano (Reyna Robles, 1971), dos fragmentos de pierna con el “pie
arqueado”, otro torso, una carita baby face y dos punzones de hueso de venado.
La variabilidad de tipos cerámicos y figurillas demuestran no sólo el intercambio
en épocas tempranas, también son indicadores del alto rango que el infante no pudo
alcanzar por sí mismo y debió heredar, lo que implicaría la presencia de una sociedad
jerárquica en la que los individuos infantiles muestran rasgos de diferenciación social
heredados.
Para la sociedad preclásica de los Barriales de las Besanas se plantea la existencia de
una sociedad jerárquica, comparada con la fase San José del valle de Oaxaca, donde
algunos indicios apuntan a que las diferencias de posición social podrían ser heredadas,
pues se presentan en entierros de niños demasiado pequeños como para haber alcanza­
do por sí solos una elevada posición social (Marcus y Flannery, 2001: 113). En el caso
de los entierros de la fase San José y sus materiales asociados, indican diferencias de
posición, sin embargo no se puede afirmar si éstas eran heredadas y no adquiridas.

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Para el caso de los Barriales de las Besanas, en Maltrata, no había elegantes tumbas ni en­
tierros bajo los pisos del palacio, sino una casa habitación en donde se encontró el individuo
descrito con una gran ofrenda. La posible “niña” está enterrada sobre cerámica y figu­
rillas, se puede decir que éstas eran sus acompañantes. La presencia de cerámica Gris
fina eleva en parte el rango del individuo al ser considerada una cerámica de lujo y de
importación. Además, los objetos hechos con barro y de estilos importados indican que
la niña perteneció a un grupo familiar con muchas posibilidades de acumular artículos
mediante el comercio de larga distancia, lo cual quiere decir que quienes la enterraron
reconocieron que formaba parte de la élite (Marcus y Flannery, 2001: 121).
Además de estos dos rasgos indicadores de jerarquía: la disposición del cuerpo y la
acumulación de bienes importados, tenemos la presencia de las figurillas. La definición de
una posición de autoridad está estrechamente relacionada con una “postura de obedien­
cia”. Las investigaciones en los valles centrales de Oaxaca muestran que los individuos
con postura de obediencia son numéricamente superiores en los entierros y se encuentran
a mayor profundidad; sus cabezas quedan en un nivel inferior al de los individuos con
postura de autoridad. De esta forma, el miembro de la élite fue colocado de rodillas, tal
vez originalmente sentado, sobre sus subordinados. El mismo concepto puede apreciarse
en nuestro hallazgo, pues la “niña” está sobre la entrada de una formación troncocónica
en la cual hubo varias figurillas. Retomando la posibilidad de que éstas hubieran sido uti­
lizadas para representar pequeñas escenas rituales en los valles centrales de Oaxaca (Mar­
cus y Flannery, 2001: 117), puede aceptarse que las figurillas en la formación troncocónica
representan a los subordinados. El enterramiento de figurillas y no de seres humanos tal
vez se debió a la corta edad del individuo, que no le permitió tener realmente subordina­
dos propios, pero es precisamente este factor el que le otorga interés al hallazgo.
En otra excavación, cerca de la gran plataforma del sitio tetel de Rancho Verde, des­
cubrimos un entierro múltiple secundario, asociado a una estructura y en una formación
troncocónica; este entierro pudo ser una ofrenda para la edificación de una estructura
correspondiente a un alto nivel social. Su disposición es compleja en comparación con los
otros enterramientos, por lo que debe prestarse atención a su disposición (Lira, 2004a,
2007). Estaba formado por 18 individuos, de ellos uno presenta deformación tabular-
erecta frontooccipital (característica del Preclásico), diez individuos son adultos maduros
(entre 35 y 65 años), cinco masculinos y cinco femeninos (Mendoza, 2004); también había
22 vasijas. La tumba fue sellada con una tapa formada por varias lajas de piedra caliza. A
partir de 2.95 m y hasta 3.24 m fueron colocados los restos óseos, la mayoría desarticula­
dos y dispersos, sin guardar posición anatómica por causa de algún tratamiento mortuo­
rio previo a la inhumación final. Entre los huesos había asociados un fragmento de navaja
de obsidiana gris (entre unas costillas); una punta de obsidiana gris-veteada; dentro de un
maxilar inferior unas vértebras y junto a ellas una cuenta o disco de piedra verdosa con un
orificio en el centro. Las vasijas son platos con decoración Rojo sobre bayo, cajetes de si­
lueta compuesta con decoración negativa, platos de cerámica Gris fina, una olla con Baño
rojo esgrafiado, platos y cajetes en pasta burda rojiza, además de una navaja completa de
obsidiana gris, un molcajete con su piedra de moler y una figurilla. Debajo de esta capa de
huesos y vasijas (1.60 m de diámetro) se halló otra de recipientes de barro fragmentados
sobre una base de piedra laja, debajo de ellas se aprecia un estrato delgado de tierra negra
con restos de carbón y poca cerámica sobre la tierra natural (Lira, 2004b).
En esa sociedad también estaban presentes los entierros sencillos, diferentes de los
anteriores, como los hallados en el sitio teteles de la Ermita. Son individuos primarios
directos: uno bajo un apisonado de barro y tres debajo y al lado de una estructura (Lira,
2005). El primer individuo estaba en posición decúbito lateral izquierdo, con las pier­
nas flexionadas al oeste, con un eje sureste-noroeste; se trata de un individuo femenino, Figurilla con rasgos olmecas
(izquierda) y figurilla
adulto avanzado, de alrededor de cincuenta años de edad (comunicación personal, Car­ con rasgos del Altiplano
los Serrano y Eira Mendoza Rosas). El segundo al parecer es un sujeto en su segunda Central mexicano asociada
infancia, se encuentra en posición decúbito lateral izquierdo con las piernas flexionadas a un entierro infantil
al oeste y los brazos cruzados —parecería existir un patrón de enterramiento, ya que encontrado en una formación
troncocónica en el sitio
el primer individuo también fue colocado en esa posición, así como otros individuos Barriales de las Besanas,
encontrados en otras zonas del valle—; el tercer individuo estaba en posición decúbito periodo Preclásico.

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ventral con las piernas flexionadas y los brazos cruzados, es decir, boca abajo, con una
orientación noreste-suroeste; es un adulto maduro (35 a 40 años) de sexo masculino. El
cuarto individuo se encontró bajo un apisonado de barro, es un niño adornado con un
caracol; el cráneo estaba a 60 cm de profundidad.

Las herramientas

El uso de herramientas de obsidiana utilizadas en la vida cotidiana (navajas, punzones,


puntas, raspadores) fue ampliamente conocido y apreciado en Mesoamérica. El valle es
interesante, pues ante la presencia de artefactos de obsidiana procedentes de distintos
yacimientos, permite en parte detallar las rutas de la obsidiana en Mesoamérica. Este
valle se utilizó desde el Preclásico para distribuir artefactos de Zaragoza-Oyameles (ob­
sidiana gris-negra) y la Sierra de las Navajas (obsidiana verde) a sitios ubicados al sur y
sureste de Veracruz (Puga y Rivera, 2004).
Los objetos de obsidiana presentan una coloración gris, gris-negro, gris-veteado y gris
transparente con algunos bandeamientos más oscuros, que de acuerdo con los análisis
petrográficos realizados por Pastrana (1986: 143, 1989: 148) provienen del yacimiento
del Pico de Orizaba; otros son de una obsidiana opaca que va del negro lustroso al gris
claro procedente del yacimiento de Zaragoza-Oyameles. Su forma indica que al valle
llegaban los bloques de obsidiana semipreparados para la obtención de artefactos, dada
la evidencia de lascas de descortezamiento, producto del desprendimiento parcial que

Hacha y cuchillos elaborados


en sílex, punta de obsidiana
gris veteada y cuchillo de
obsidiana verde.

Pulidor del hueso humano


finamente labrado del periodo
Clásico. Instrumento musical,
punzones de hueso y asta de
venado desgastada
al ser utilizada como
pulidor.

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se produce cuando se emplea la técnica de percusión directa con percutor duro para
liberar el núcleo de impurezas. El proceso de continuación de la talla está presente en
las lascas de preparación (irregulares, producto de los primeros desprendimientos de
lascas) y de reducción que van a presentar un filo vivo producto de la talla. Contamos
también con lascas de percusión obtenidas de nódulos recolectados en forma de cantos
rodados para las actividades cotidianas, y navajas de plataforma lisa y pulida con filo
vivo y otras gastadas y retocadas por medio de la técnica de presión para ser reutiliza­
das, además de micronavajillas, perforadores, cuchillos, raspadores y puntas a partir de
un núcleo prismático, los cuales llegaron al valle como núcleos semipreparados, pero
también fueron manufacturados en el valle, pues la mayoría se elaboraron a partir de
lascas y navajas, como reutilización de los artefactos. No sería extraño que durante el
periodo Preclásico la gente asentada en el valle haya ido a los derrames del yacimiento
del Pico de Orizaba para abastecerse de esta materia prima (Puga y Rivera, 2004: 269).
La ausencia de talleres de obsidiana verde o desecho de talla contrasta con la presen­
cia de navajas de este material, por lo que probablemente su función principal fue el
intercambio dentro de una amplia red de producción, distribución y consumo durante
muchos años.
Con estas evidencias consideramos que los sitios ubicados al oeste del valle de Mal­
trata produjeron artefactos para consumirlos dentro del mismo grupo al que pertene­
cen y no con fines de distribución fuera del área. Se trata más bien de una sociedad en
la que todos los miembros de la familia van a participar en un proceso de trabajo, pues
tienen como objetivo obtener cierto tipo de artefacto, lo cual implica enviar a un grupo

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de gente para realizar la extracción y el transporte de la materia prima a su lugar de
origen y posteriormente el trabajo en conjunto.
Entre los utensilios indispensables para la elaboración de los alimentos se cuentan los
metates cóncavos, ápodos, de planta oval y subrrectangular, y manos de metate como piedra
de molienda, que indican una menor especialización en la manufactura. Estos materiales
presentan superficies pulidas debido a un empleo prolongado, algunos con un desgaste ex­ Cráneo de venado
tremo de apariencia bruñida, y otros con huellas de reutilización (Galindo, 2005). Como encontrado en una formación
troncocónica usada como
complemento de las herramientas de la vida cotidiana se encontraron abundantes astas, hue­ basurero en el sitio Rancho
sos de venado y huesos de cánido modificados para elaborar pulidores, punzones y agujas. Verde, del periodo Preclásico.

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Con todos estos datos podemos sugerir que el asentamiento preclásico comenzó en
el sitio designado tetel de Rancho Verde, en donde se distinguen elementos desde el
Preclásico inferior, como figurillas con rasgos muy burdos de un grupo preolmeca. El
Vasija del periodo Preclásico número de habitantes parece haber aumentado hacia el Preclásico medio y superior en
del tipo Gris Fina, asociada los sitios de Aquila, Rincón de Aquila, teteles de la Ermita y Barriales de las Besanas. Se­
a un entierro infantil guramente constituían una o varias comunidades de carácter agrícola con casas disper­
encontrado en una formación sas alrededor de un centro ceremonial. Los elementos cerámicos identificados corres­
troncocónica del sitio
Barriales de las Besanas, ponden al Preclásico medio (900-400 a.C.) y pertenecen a la esfera de distribución de
del periodo Preclásico. la tradición olmeca de la Costa del Golfo y la Cuenca de México, además de elementos

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cerámicos de la región oaxaqueña, como decoraciones incisas, motivos esgrafiados en Figurillas del periodo
Preclásico medio encontradas
forma de triángulo, cocción diferencial, vasijas con baño blanco y líneas incisas parale­
en la excavación de una
las al borde, cerámica de un barro gris fino; entre las figurillas resaltan las denominadas estructura en el sitio Teteles
Tres Zapotes, cara de niño, Tlatilco y Tlapacoya. La presencia de la cerámica Baño de la Ermita.
blanco con decoración incisa es relevante, pues es característica del periodo Formativo
medio en la cuenca de Tehuacán, Oaxaca central y Morelos (Chalcatzingo). Se observa
que tiene un amplio rango de distribución y corresponde a la fase Conchas de la Costa
del Pacífico de Guatemala, Chiapa de Corzo II en la cuenca del Grijalva en Chiapas, la
fase Guadalupe de Oaxaca, la fase Aguilar en la región de Pánuco (Progreso blanco),
Trapiche II en el centro de Veracruz, en sitios de La Venta en Tabasco, y Tlatilco, El
Arbolillo y niveles medios de Puerto Marqués en Guerrero (MacNeish et al., 1970: 59).
De igual manera, la cerámica Gris fina se relaciona principalmente con tipos de Mon­
te Albán I y es un excelente marcador para el periodo Preclásico tardío (400 a.C.- 200
d.C.) en el valle de Tehuacán, ya que muestra similitud y conexión con la gris del Valle
de Oaxaca (MacNeish et al., 1970: 120, 133), Chiapa de Corzo III-VI, Monte Albán I
y II y Tres Zapotes Medio, por lo tanto está ligada con el valle de Oaxaca, Chiapas y el
Centro-Sur de Veracruz.
Para Marcus y Flannery la cerámica Gris del valle de Oaxaca era lujosa y se comerció
con San Lorenzo, con Aquiles Serdán en la costa chiapaneca del Pacífico y con Tlapacoya
Vasija del periodo Preclásico
en la Cuenca de México. Tanto Tehuacán como Oaxaca poseían mayor cantidad de bie­ obtenida por cocción
nes importados, entre los que sobresalen las escudillas Gris fina. Gracias a estas eviden­ diferencial, encontrada
cias se afirma que, desde el Preclásico medio, los pobladores de los valles de Tehuacán en el sitio Barriales de las
y Maltrata compartieron la tradición de la cerámica Gris típica de Monte Albán, cuya Besanas.
presencia disminuyó hacia el Preclásico tardío, restringiéndose de algún modo la comu­ Vasija del periodo Preclásico,
nicación o las relaciones entre estas regiones con Monte Albán (Drennan, 1997: 53-54). Rojo sobre bayo, asociada
En un contexto regional estos elementos sustentan que el valle fue un lugar de paso a un entierro múltiple-
importante entre el Altiplano y la Costa, pues la ruta transcurre hacia la cuenca baja secundario encontrado en
una formación troncocónica
del río Cotaxtla (Miranda y Daneels, 1998). Extendiendo la ruta, “el valle de Tlaxcala durante la excavación del
se ubica en un corredor natural que comunica las planicies del Golfo de México con el sitio Tetel de Rancho Verde.

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Vasija con decoración
en negativo y perfil complejo,
del periodo Preclásico,
asociada a un entierro
múltiple secundario
y encontrada en una
formación troncocónica en
Tetel de Rancho Verde.

área de la Mixteca baja, paso obligado entre la Cuenca de México y los Valles Centrales
de Oaxaca, así como hacia la tierra caliente de Morelos y Guerrero” (Serra y Palavicini,
1996: 44, 56). Por otro lado, elementos culturales como las figurillas denominadas por
Vaillant E, E2 y G, entre otras, del Preclásico superior, algunas de ellas denominadas
jugadores de pelota, evidencian la relación con la Cuenca de México (Vaillant, 1930).
Con esto vemos que los sitios y áreas comparten características comunes y participaron
de una amplia red de intercambio por la que circularon ideas, bienes y materias primas
entre la Costa del Golfo, los valles de Oaxaca, el Altiplano Central y hacia los actuales
estados de Morelos y Guerrero, dicha red incluye a los habitantes del valle de Maltrata.

El valle de Maltrata en la ruta teotihuacana

Para el periodo Clásico (150 o 200-900 d.C.), Maltrata presenta una dinámica muy
diferente en comparación con sitios de este mismo periodo de la Costa del Golfo. De­
cisiva fue su posición y función en las rutas de comercio controladas por Teotihuacan,
al ser usado como un lugar de tránsito para el comercio a larga distancia y extender el
ámbito de la esfera cultural teotihuacana hasta esta región de las tierras altas del Cen­
tro de Veracruz, para tener acceso al sureste, insertándose en la cultura local. Aunque
Maltrata conservó varias tradiciones culturales del periodo anterior reflejadas en los
sistemas constructivos, en parte de la alfarería, en la elaboración de herramientas líticas
y en los sistemas de enterramiento, la influencia de la cultura teotihuacana en la vida
cotidiana fue notable, sin embargo sólo dejó una parte relacionada con los productos
para el comercio a larga distancia que se distribuían como legitimadores de prestigio,
imitando algunas formas de vasijas elaboradas con barro local. Esto se refleja en la alta
frecuencia de la cerámica definida por los investigadores como Anaranjado delgado, en
las figurillas con rasgos teotihuacanos (aunque en menor proporción), junto con platos
de fondo plano y paredes divergentes con pulimento de palillos y soportes de botón, va­
sijas de paredes cilíndricas con pulimento de palillos con pintura café y otras con franjas

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de pintura roja y figurillas moldeadas con rasgos teotihuacanos, elementos que han sido
tomados como evidencia de “influencia” o control teotihuacano, “de filiación teotihua­
cana” o de un “carácter fuertemente teotihuacano” (Plunket y Blanco, 1989: 125-126).
Además es notorio el repunte de la obsidiana verde de la Sierra de las Navajas, Hi­
dalgo, y la negra procedente de Zaragoza-Oyameles, en artefactos terminados como
navajas, puntas, cuchillos y excéntricos, que se utilizaban como objetos con fines co­
merciales a grandes distancias. Estas materias primas se relacionan principalmente con
las redes de intercambio establecidas por Teotihuacan y posiblemente Cantona y sus
áreas de expansión, en un claro ejemplo de organización social bien definida que logró
establecer contactos con otras poblaciones ubicadas en la costa sur del Golfo. Su dis­
tribución no se enfocó en una simple fuente de obsidiana local, sino más bien se trató
de usar la obsidiana como un “producto” que podía ser distribuido a cortas y largas
distancias (Puga y Rivera, 2004: 271). Además proseguía el empleo de la obsidiana del
yacimiento del Pico de Orizaba.
La ruta de comercio teotihuacana pasa por Maltrata, continúa por el río Blanco y
probablemente el Atoyac para alcanzar Matacapan en la región de Los Tuxtlas, lugar
considerado como un enclave teotihuacano para apoyar el tráfico comercial hacia las
tierras mayas (Ortiz, 1995: 115). Por ello el valle funcionó, durante las fases Tlamimilol­
pa y Xolalpan, como un pequeño enclave teotihuacano inserto dentro de la población
local ligada a la organización y mantenimiento de una de las importantes rutas de co­
mercio de Teotihuacan, es decir como un lugar de intercambio, asentamiento colonial
y puerto comercial hacia la costa del Golfo, a semejanza quizá de Atlixco, al sur de
Cholula, que tiene una posible función comercial-administrativa o una “parada” en un
corredor teotihuacano, como sugiere Vega Sosa para el sitio teteles de Ocotitla, Tlaxca­
la (Plunket y Blanco, 1989; Vega Sosa, 1981; Lira, 2004c).
Los habitantes de Maltrata, por otra parte, asimilaron poco de las llanuras costeras
del Golfo de México, como se aprecia por la escasa presencia de vestigios con rasgos de
la cultura del Clásico del Centro de Veracruz, representada por caritas sonrientes, dio­
ses narigudos, cerámicas Rojo sobre blanco, Rojo sobre naranja, Rojo y naranja sobre
laca esgrafiado y raspado, e incluso yugos, hachas y palmas característicos de la cultura
Remojadas (Medellín, 1960).
En cuanto al desarrollo interno, los sitios en Maltrata presentan la misma dinámica
que muchos sitios preclásicos en Mesoamérica, es decir, dejan de poblarse o son aban­
donados a finales de ese periodo, con el consecuente abandono de las tradiciones cerá­
micas olmecas y rasgos de figurillas del Altiplano y la Costa del Golfo. Sin embargo, el
sitio de Rincón de Aquila, poblado desde épocas tempranas, continuó en el Clásico con
la misma tradición arquitectónica, cerámica y lítica del periodo Preclásico; adquirió la
función de un gran centro ceremonial con arquitectura monumental y continuó con el
uso de muros inclinados (en talud) de piedra careada cubiertos con estuco, así como
pisos estucados en varias etapas constructivas o remodalaciones. Es posible que los ha­
bitantes de los otros sitios preclásicos del valle se hayan concentrado en este lugar, au­
mentando así su población, además de los comerciantes procedentes de Teotihuacan, lo
que modificó su patrón de asentamiento, pues ahora utilizan la pendiente de los cerros
para distribuir su edificios de manera jerárquica y ocupan además los extremos este y
oeste del valle para concentrar los dos asentamientos principales a manera de enclaves,
posiblemente con un carácter de “aduana”: Rincón de Aquila, ubicado al oeste y distri­
buido en el piso del valle y piedemonte, y Tepeyacatitla al oeste, en los lomeríos altos,
separados por una distancia de seis kilómetros en línea recta, es decir su ubicación a la
entrada y a la salida del valle les permitió controlar la mercancía que se iba a distribuir
a la Costa del Golfo, como es el caso de la obsidiana verde de Pachuca y la cerámica
Anaranjado delgado.
El sitio Rincón de Aquila se localiza a una altitud de 1685 a 1800 m, al suroeste de la
villa de Maltrata y al norte del cerro Zacatipan. La concentración de estructuras abarca
un área de 600 m de norte-sur por 750 m de este-oeste, es decir una superficie de 450
000 m2 (45 hectáreas), aquí encontramos distintos conjuntos arquitectónicos distribui­
dos en terrazas, desde el piso del valle hasta la ladera del cerro.

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Se identificaron 42 montículos distribuidos en ocho conjuntos definidos por la dis­
posición concentrada y ordenada de los edificios en diferentes niveles topográficos o
terrazas, tanto naturales como artificiales: tres conjuntos están formados por tres o cua­
tro estructuras piramidales que delimitan una plaza o patio cuadrados, otro lo forma
el único juego de pelota de la región y cuatro conjuntos de edificios muestran una dis­
posición más amplia y dispersa; además identificamos dos áreas habitacionales en las
terrazas: una se localiza al sur de las estructuras mayores, en la pendiente pronunciada
del terreno, donde se reconocieron diez montículos sobre nueve terrazas, y la segunda,
al sur del Conjunto VIII, en donde se ubican cuatro montículos y once terrazas. Esta
disposición muestra una compleja organización social, pues en la parte más alta, donde
se encuentra el Conjunto I, se domina visualmente todo el valle, y seguramente ahí re­
sidía el gobernante —se asemeja a la posición del Palacio del Gobernador o Edificio de
las Columnas en El Tajín—. Para conformar el Conjunto I utilizaron la pendiente del
cerro de 110 m de ancho como basamento y adaptaron la escalinata de acceso a la parte
superior, que fue nivelada para dar cabida a cuatro montículos que delimitan una plaza
En las pendientes terraceadas y partes planas y bajas, los conjuntos constituían el
espacio cívico para el intercambio y asambleas masivas; el juego de pelota, con un eje
este-oeste, daba lugar al culto público y las fiestas populares y, alrededor, las aéreas ha­
bitacionales daban cabida al resto de la población.
Al oeste de este asentamiento, entre campos de cultivo y dentro de la comunidad
Adorno con grecas en piedra de Aquila, contamos 42 estructuras dispersas y distinguimos 22 montículos pequeños,
de color negro, laminar 17 terrazas habitacionales, dos montículos en cuyos cortes se aprecian pisos de estuco
(posiblemente pizarra
negra), del periodo Clásico,
y uno con restos de un talud recubierto de estuco —donde encontramos un entierro
encontrado en el sitio formado por tres individuos asociado a un fogón de una casa habitación, además de
Tepeyacatitla. material colonial (cerámica mayólica) alrededor de la iglesia de Santa María Aquila.

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Al este de la concentración de conjuntos del sitio Rincón de Aquila se identificaron
14 montículos dispersos de pequeña altura en una superficie de 1 050 m oeste-este por
200-250 m norte- sur; probablemente tenían un tamaño mayor, pero el desgaste del cul­
tivo los está nivelando. Es notoria la abundancia de artefactos de basalto, como metates,
manos de metate y cajetes que indican un área doméstica.
El juego de pelota en Maltrata no ocupa una posición central en el asentamiento, se
encuentra bien definido por dos plataformas paralelas de 42 m de largo, orientadas en un
eje este-oeste, las cuales se desplantan sobre una larga terraza; en el extremo este rema­
tan en un ángulo recto formando una “L”, que cierra parcialmente el área de la cancha.
En las excavaciones realizadas en la cancha descubrimos un piso de estuco de 15 cm de
grosor a un metro de profundidad. Llama la atención el grosor del piso, pues implica la
elaboración en grandes cantidades de esa mezcla formada por cal, arena y agua. A un
lado se encontró material cultural hasta a tres metros de profundidad, que al parecer
corresponde al relleno del piso. Bajo él identificamos algunos tipos cerámicos represen­
tativos del periodo Preclásico ya mencionados, además de lascas y navajas de obsidiana
gris, negra y verde, manos de metate y de huesos. Sobre el piso, además de estos mismos
materiales, había fragmentos de los tipos cerámicos Anaranjado delgado, Cholulteca y
Fondo Sellado de pasta crema de los periodos Clásico y Posclásico (Lira, 2010).
Estas evidencias permiten proponer que bajo el piso de estuco existió una primera
ocupación relacionada con el periodo Preclásico, que fue cubierta por el piso y un muro,
formando ambos parte de la cancha del juego de pelota o bien una amplia plaza estucada
en una segunda ocupación, con materiales del periodo Clásico e incluso del Posclásico.
Ésta fue tapada y ocupada por el paisaje prehispánico que actualmente se observa: dos
plataformas que posiblemente funcionaron como juego de pelota junto con otras estruc­
turas que sobresalen de la superficie, que constituyen una tercera ocupación.
Con estos datos surgen las siguientes preguntas que de momento no es posible res­
ponder: ¿fue realmente un juego de pelota con cancha cubierta de estuco, a un metro
de profundidad de la superficie actual?, ¿o hubo algún apisonado de tierra que se des­
truyó con el arado y el piso de estuco corresponde entonces a un asentamiento que aún
no contaba con juego de pelota?
En un espacio localizado entre las estructuras que forman el juego de pelota y el
Conjunto I (el área corresponde al patio sur del juego de pelota) se excavó un pozo
estratigráfico, constatándose la presencia humana desde la superficie hasta 4.40 m de
profundidad. Aquí pudimos observar que en el lugar construyeron otras estructuras
más antiguas que las que actualmente son visibles en la superficie, pues identificamos
seis etapas constructivas o remodelaciones: la más antigua corresponde a un fogón,
hacia arriba una estructura con muro en talud con fachada al sureste que remataba con
un piso de estuco. Estos elementos fueron tapados por un piso de estuco burdo que al
parecer se une con otro talud, otra estructura. Todos fueron cubiertos por el paso del
tiempo y quizá por los ocupantes de los edificios que se observan en el paisaje actual
(Lira, 2010).
La excavación de una unidad habitacional mostró diversas actividades humanas o
usos del espacio, con varias etapas constructivas o ampliaciones: dos plataformas, de las
cuales encontramos la esquina de una estructura (estructura norte) y una pared de otra
(estructura sur); un fogón que al parecer estaba afuera de la estructura norte; un entie­
rro en posición decúbito lateral flexionado encontrado casi en la superficie al norte de
Montículo principal del
las estructuras; un entierro que pudo ser anterior a la estructura sur, pues se encontró Conjunto Tres, sitio Rincón
bajo el muro de ella; un basurero ubicado al oeste de la esquina de la estructura norte; de Aquila del periodo Clásico.
un piso de estuco de calidad burda que correspondería al espacio exterior de la estruc­
tura norte; un círculo de tierra localizado al sureste de la esquina de la estructura norte Vasija Anaranjada delgada
del periodo Clásico
que se encuentra al mismo nivel que el piso de estuco. Se hallaron pocos entierros, que comerciaban los
todos con poca ofrenda, en comparación con la variabilidad de entierros del Preclásico. teotihuacanos a diferentes
En el extremo este del valle hay otro asentamiento, el sitio de Tepeyacatitla, muy di­ regiones de Mesoamérica.
ferente en cuanto a su disposición en el espacio, pero semejante en cuanto a los restos Se encuentra en el valle de
Maltrata, principalmente en
de vasijas. Durante la época colonial fue un paraje habitado por los indios, llamado los sitios Rincón de Aquila y
Tepeacatitlan (Archivo Parroquial e información de Agustín García Márquez) y pro­ Tepeyacatitla.

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bablemente desde la fundación de San Pedro Maltrata en 1544 (Ruiz Medrado, 1991)
formó parte de sus ejidos hasta 1990, cuando se fundó la colonia Heriberto Jara Corona
(Predio Malpaís). Tepeyacatitla (tépetl, cerro; yácatl, nariz o punta de algo; titla, abun­
dancia de) significa “donde abundan los cerros de punta” y fue mencionado por Manuel
Gándara en 1899 como una de las principales alturas (acam) que rodean a la población.
El sitio se encuentra en una formación de basalto volcánico procedente del Pico de
Orizaba, que cubre a la formación del mioceno llamada Maltrata, compuesta de calizas,
que es parte de la depresión Acultzingo-Córdoba (Soto Romero, 1973). El área está
constituida por terrenos muy sinuosos, algunos de forma natural y otros modificados
por la mano del hombre a través de la extracción de barro para la elaboración de la­
drillos. El sitio está compuesto por cuatro montículos que pueden observarse desde la
carretera que comunica con la autopista. No se distingue si los montículos forman una
plaza porque el terreno es muy irregular y existen varias colinas y hondonadas causadas
por la extracción de barro y piedra (Lira, 2004c).
Desde el montículo más alto sobre la colina se observa perfectamente el sitio Rincón
de Aquila, emplazado a una distancia aproximada de seis kilómetros, y el resto del valle,
lo que permite suponer una fácil comunicación entre los asentamientos.

Los lugares de culto

El Epiclásico, categoría temporal que los especialistas delimitan de 650-800 d.C. a 900-
1000 d.C., se ha definido para las culturas asentadas en el México antiguo como un
periodo de transición entre los periodos Clásico y Posclásico, cuando se produjo una
movilidad social tras la caída de Teotihuacan, hacia el año 650 d.C., al perder la prima­
cía política y económica que había mantenido durante cuatro siglos, a la que siguió el

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abandono de grandes centros del periodo Clásico como Monte Albán, Palenque, Tikal,
Kaminaljuyú, Matacapan, y el surgimiento de sitios regionales como El Tajín, Xochi­
calco, Tula y Cacaxtla, que tomaron el control de las rutas. A esa movilidad se sumó la
reorganización de los asentamientos, el cambio de las esferas de interacción cultural,
la inestabilidad política, los embates migratorios de grupos nómadas y seminómadas
septentrionales que se dirigieron sobre todo al Altiplano Central, la Costa del Golfo y
Vista panorámica del sitio
la península de Yucatán (López Luján, 1995: 17). A esto se agrega una revisión de las Rincón Brujo, periodo
doctrinas religiosas, caracterizada por la construcción de espacios sagrados: centros que Posclásico.

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se levantan ex profeso para el culto con ceremonias y rituales que se establecen en los
linderos de la ciudad; según Ladrón de Guevara (2010: 34), “el culto parece justificar y
legitimar también el poderío de los señores y el enorme esfuerzo invertido en las gran­
des construcciones”.
Maltrata estuvo también inmersa en esta situación y la función que la caracterizó: ruta
de comunicación y comercio, evitó la probable dispersión de su población; tampoco
se involucró en los conflictos bélicos que afectaron varias ciudades de este periodo. La
distribución de las estructuras arquitectónicas en el espacio habla más bien de espacios
dedicados al culto, no construidos con base en una planificación defensiva.
Por otro lado, los estudios de fuentes escritas y pictográficas muestran que durante
el Epiclásico y el Posclásico (900-1521) varios grupos llegaron al valle. El origen, orden
cronológico, duración e intensidad de su presencia varían, lo que debe reflejarse en la
cantidad de materiales arqueológicos producto de cada uno de ellos. Durante el Epi­
clásico los olmecas xicalancas mantuvieron una red de contactos entre la zona maya y
la región de Puebla-Tlaxcala, principalmente de carácter ideológico, identificada en el
valle en el Monolito I y la Estela de Tepatlaxco (García Márquez, 2004: 119).
Algunos rasgos toltecas pudieron haber llegado al valle de manera indirecta a través
de Cholula, durante las invasiones de los chichimecas, quienes debieron introducir la
cerámica de tradición mixteca-poblana. Los chichimecas parecen haber colonizado el
valle y buena parte del centro de Veracruz, ya que fueron ellos quienes posteriormente
recibieron a los pinome y mexicas.
Los pinome mantuvieron una política de alianzas muy compleja. Son originarios
de Coaixtlahuaca, resultado de un mestizaje de chochos (muy emparentados con los
mixtecas), popolocas y nahuas. Se establecieron en el sureste de Puebla y fundaron
Tepeyacac, Tecamachalco y Quecholac, entre otros pueblos. Su contacto con el valle
de México ocurrió a través de los tlatelolcas, cuando éstos estaban subordinados a los
tepanecas, y mantuvieron una alianza posterior con los mexicas hasta la conquista es­
pañola. Es pues un pueblo mestizo con una amplia experiencia intercultural, que para
definirlo con materiales arqueológicos éstos deben compararse con los de Coaixtlahua­
ca, Tecamachalco, Oztotipac, Quecholac y la Cuenca de México durante el periodo de
hegemonía tepaneca (Azteca II), sin olvidar que también fueron cercanos a los grupos
chichimecas de Puebla (y sus cerámicas de tradición mixteco-poblana), y a los aztecas
(cerámicas Azteca III y IV) (Lira, 2004a; García Márquez, 2004: 119-120).
De este periodo existen en el valle de Maltrata dos sitios principales: La Mesita,
ubicado en la parte alta de un cerro al norte del valle, y Rincón Brujo, asentamiento
formado por una serie de estructuras a un costado de La Mesita, en el piedemonte del
valle y en las pendientes de los cerros al norte, que existía a la llegada de los españoles.
En estos sitios la naturaleza estableció las pautas básicas de organización espacial del
paisaje: así, vemos que cerros y manantiales formaban parte de un paisaje que adquiriría
un significado sagrado en estos periodos. Estos asentamientos se conformaron como
ciudades-Estado, con un poder basado en el discurso religioso, igual que las metrópolis
mayas o El Tajín. En esas ciudades, al igual que en Maltrata, la organización espacial
se apoya en la conformación de un espacio basado en alturas orográficas distintas, de
manera que en la cima del cerro se construye un espacio religioso desde donde se ejerce
el poder no sólo simbólico sino también político, “de la misma manera en que con se­
guridad se controlaba el acceso a los conocimientos mágicos ligados con el discurso de
lo sagrado, así también, a medida que aumentaba la altitud, se restringía cada vez más
el acceso físico a los edificios” (Ladrón de Guevara, 2010: 35).

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El sitio La Mesita es conocido como La Ciudadela y se localiza en la parte norte del
valle de Maltrata, sobre el cerro denominado Tenantzin, a unos 200 o 300 m sobre el
nivel del valle y entre 1 900 y 2 000 metros sobre el nivel del mar. Está constituido por
cinco edificios de piedra adaptados a las condiciones naturales del terreno; también se
acondicionaron y reforzaron otros espacios por medio de muros de contención, terrazas
y cortes sobre las rocas (Olivera, 2003). La característica principal de este asentamiento
es la disposición de los edificios sobre el cerro, pues fueron construidos en un espa­
cio muy angosto, lo que ocasiona que el acceso sea estrecho, escarpado y difícil (Lira,
2004a: 69), sin dar cabida a muchas personas por lo que su uso y acceso era restringido.
Varios elementos conducen a proponer que fue un lugar de culto, un espacio sagra­
do, relacionado con el culto a la montaña, al cerro, al agua de los manantiales, a Tláloc,
cumpliendo al mismo tiempo la función de vigilancia, pues desde la cima se observa
el valle de Maltrata (Olivera, 2003; Lira, 2004a; Lira y Alarcón, 2008). Se encontraron
ofrendas en la parte baja del cerro, con incensarios y cerámica cholulteca, una cara
humana en barro que personifica a Tláloc, otra de un guerrero jaguar y el Monolito
de Maltrata. Éste merece atención especial, pues hizo que arqueólogos e historiadores
del arte dirigieran su atención a Maltrata hacia finales del siglo xix y principios del
xx, ya que además es notoria la ausencia de escultura monumental en los periodos
anteriores. Trasladado al Museo de Xalapa en 1961 por Alfonso Medellín Zenil, es el
único monumento de considerables dimensiones con relieve encontrado hasta el mo­
Representación en barro
mento en Maltrata; se trata de una enorme roca de 2.15 m de altura, 1.68 m de ancho
de un Caballero Jaguar,
y dieciséis toneladas de peso, sobre la cual se observan grabados que representan una periodo Posclásico, sitio
serpiente emplumada con el símbolo del planeta Venus y una pareja realizando alguna Rincón Brujo.

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ceremonia. Quizá una herencia teotihuacana para este tiempo fue la representación de
la serpiente emplumada expresada en el Monolito, como elemento mítico y sagrado
en Teotihuacan que, después de la caída de la gran urbe, se fortaleció y expandió, por
eso aparece en sitios como Xochicalco, Cacaxtla, Tula, Cholula y El Tajín, en lo que se
adivina un movimiento religioso que alcanzó el valle de Maltrata y ligó esta deidad con
Venus. Algunos signos parecen indicar los años, sin embargo, la destrucción de rasgos
en el Monolito no permite entender la escena de manera concluyente. Quienes han
estudiado los grabados coinciden en relacionarlos con otros similares de la zona maya,
Xochicalco, El Tajín y Cacaxtla, durante el Epiclásico (Arroniz, 1959; Baird, 1989; Ba­
tres, 1905; García, 1995; Medellín, 1962; Rodríguez Beltrán, 1930; Segura, 1854).

El altépetl de Matlatan

A finales del Clásico y principios del Posclásico se dice que los grupos popolocas per­
dieron importancia debido a la llegada de grupos nahuas y se organizaron en señoríos
militaristas de influencia tolteca. La historia tolteca-chichimeca narra la migración de
los nonoalca hasta la región sur del actual estado de Puebla y las zonas colindantes de
Veracruz y Oaxaca (Kirchhoff, 1940), pero al parecer no entran en Maltrata.
Por ello las poblaciones del centro de Veracruz recibieron a varios grupos proce­
Figura en barro de Tláloc,
periodo Epiclásico,
dentes del Altiplano Central durante el periodo Posclásico (900-1521), que fundaron
encontrada en el sitio La numerosos asentamientos o se instalaron en otros ya existentes. De esta manera, nahuas
Mesita. del valle de México (tenochcas, tlatelolcas, tetzcocanos), de la región Puebla-Tlaxcala

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(olmeca-xicalancas, tlaxcaltecas, huexotzincas), y otros grupos (pinome, popoloca)
convivieron y conformaron regiones pluriculturales entre la llanura costera y las altas
montañas (García Márquez, 2005). Esta debe ser la causa de que entre los restos arqui­
tectónicos de Maltrata se localice material cerámico de varias procedencias, además del
intenso comercio que debió mover grandes volúmenes de mercancías a través del valle.
Particularizando la situación de la población en el valle durante este último periodo
prehispánico, ésta se concentra en la parte media del valle y en terrazas que acondi­
cionan las pendientes del cerro, según la misma distribución de las estructuras en el
espacio, como en el sitio Rincón Brujo del Clásico. Sobre el sitio posclásico se asentó
posteriormente la población española, indígena y mestiza durante la Colonia; hoy con­
tinúa habitado por la población actual.
El sitio denominado Rincón Brujo o Rincón Tlayictic muy probablemente se originó­
en el periodo Epiclásico, con su mayor auge en el siguiente periodo: el Posclásico.
Fue un asentamiento que se extendió en una superficie de 6 km2. Allí sobresalen seis
mon­tícu­los mayores que corresponden a la última ocupación: tres delimitan una plaza
cuadrada (41 m de este-oeste y 46 m de norte-sur) y se emplearon para las actividades
civiles, y tres están dispersos, diez montículos pequeños entre las terrazas, once muros
ver­ti­ca­les de contención que rematan con piso de estuco y 52 terrazas que conforma­
ron la zona habitacional (Lira, 2004a). Allí se pudo constatar, a través de excavaciones,
que las pendientes de los cerros fueron niveladas a manera de terrazas para utilizarlas
como zonas habitacionales, cuyas viviendas tenían pisos de estuco (a 1.30 y 1.70 m de
profundidad) y muros de piedra, las cuales fueron cubiertas en épocas posteriores a la
ocupación por derrumbes del cerro. Asimismo está presente la utilización de espacios Vista panorámica del sitio
denominado La Mesita y
como la plaza o patio central cubierta de estuco, delimitada por tres montículos duran­ de los edificios ubicados en
te la última etapa de ocupación. Esta reutilización significa que bajo el piso existe una la cresta del cerro. Periodo
construcción de considerables dimensiones conformada por una escalinata orientada Epiclásico.

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20º al noroeste y delimitada por alfardas, que fue tapada por grandes piedras. Del lado
izquierdo de la escalinata encontramos un elemento arquitectónico interesante, a mane­
ra de alfarda: un muro en talud que remata en otro vertical, éstos a su vez se encuentran
sobre un piso de estuco, al parecer un andador. Estas evidencias indican la existencia de
una estructura que fue cubierta por la ocupación posterior de la plaza. Como ofrenda,
al tapar esa estructura depositaron sobre una base de lajas (a 1.80 m de profundidad) un
entierro múltiple secundario formado por seis individuos de entre cinco y siete años de
edad, con caracoles, vasijas y un rostro en basalto en una cista, además sobre un escalón
hay un entierro infantil debajo de una vasija. Podría tratarse de una ofrenda dedicada
a Tláloc, pues los sacrificios infantiles fueron una práctica ampliamente difundida en
Mesoamérica como parte de los rituales para propiciar la buena voluntad del dios de la
lluvia, lo que convierte este lugar en un espacio sagrado.
Estos datos demuestran dos ocupaciones: en las áreas habitacionales la primera co­
rresponde a la del piso de estuco y la última a la superficie actual. En la plaza, la primera
es la estructura cubierta por el piso de estuco y la última la de éste y los edificios que
delimitan la plaza —usada posiblemente como mercado durante la última etapa de
Vasija del tipo Metalizada
asociada a un entierro infantil ocupación—. Continúan utilizando el mismo sistema constructivo del Clásico: muros
encontrado sobre el tercer verticales y ataluzados de piedra careada cubiertos de estuco que rematan con un piso
escalón de una estructura del mismo material. La cerámica de uso doméstico de la cultura Maltrata está presente
excavada en el sitio Rincón junto con vasijas relacionas con el complejo mixteco-puebla, como los tipos Cholulteca,
Brujo, periodo Posclásico.
Fondo Sellado, Negro sobre crema y cerámicas aztecas que evidencian relaciones con
Rostro humano elaborado el Altiplano, el valle de Puebla-Tlaxcala, el valle de Tehuacán y la Cuenca de México,
en basalto, asociado a un entre otros presentes en diversos sitios de la Costa del Golfo como Cempoala y Cuau­
entierro múltiple secundario
depositado en una cista,
htochco. Llama la atención la escasa presencia de cerámicas finas de la Costa del Gol­
excavado en el sitio Rincón fo, como la denominada Tres Picos, Quiahuiztlan e Isla de sacrificios. Predominan las
Brujo, periodo Posclásico. herramientas como navajas elaboradas en obsidiana gris-veteada del Pico de Orizaba y

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disminuye la presencia de la obsidiana negra de Zaragoza-Oyameles y la de la obsidiana
verde de Pachuca.­En la piedra de molienda, los metates trípodes superan en número
a los ápodos,­al parecer las técnicas de manufactura o tradición de los diseños se pre­
servaron a lo largo del tiempo. Se continúan elaborando herramientas e instrumentos
musicales en astas y hueso de venado (pulidores, agujas, punzones) como en el Preclá­
sico. Aparecen los malacates, artefactos para lograr hilos probablemente de algodón,
así como sellos.
Sobre la organización social y política, suponemos que en el área de Rincón Brujo
se ubicaría el altépetl de Matlatlan, porque la presencia de material cerámico mixteco-
puebla y azteca se relaciona con los chichimecas y aztecas, y éstos eran los grupos que
habitaron la región en la época tardía. Además, debido a que la característica funda­
mental del valle fue haber sido un lugar obligado para los viajeros que transitaban entre
los pueblos de Oaxaca, la Costa del Golfo y el Altiplano poblano, la situación pluricul­
tural se acentuó como consecuencia del intenso comercio y movimientos de población
que caracterizaron el Posclásico y, en ese sentido, es conveniente examinar la manera
como el altépetl de Matlatlan se insertó en el contexto mesoamericano.
De acuerdo con la información que nos proporcionan los documentos del periodo
colonial temprano, el altépetl se organizó de forma “celular” o “modular”, con una
unidad de mayor jerarquía donde residía el gobernante de todo el altépetl y controlaba
el templo mayor, el palacio y el mercado. Las unidades menores contaban con tierras,
templos y palacios propios y aun cuando tenían una organización política común, po­
dían tener distintos orígenes geográficos, antecedentes históricos y tradiciones cultura­
les. La relación fundamental entre la unidad principal y las secundarias era la entrega
de bienes y servicios, mediante un sistema de rotación que les permitía cumplir con
sus obligaciones en un orden sucesivo (Lockhart, 1999). Debido a que esta unidad
principal obtenía mano de obra y materiales de todo el altépetl y las demás únicamente
contaban con sus propios recursos, debe suponerse que podían construir templos y
palacios de mayor tamaño, suposición que permite identificar arqueológicamente el
área principal del altépetl y también el resto de las unidades que contaban con templos
y palacios de menor tamaño.
Lo anterior permite que podamos identificar la unidad de mayor jerarquía en el sitio
Rincón Brujo o Rincón Tlayictic (al norte) y cuatro unidades menores llamadas tetel
al oeste de la zona urbana, teteles en los barriales (al sur), tetel de la barranca Apiazco
(al sureste), y tetel del Calvario (al centro), además de otros elementos arquitectónicos
encontrados en excavaciones, que se pueden relacionar con unidades menores.
Los principales centros internacionales que debieron relacionarse con mayor inten­
sidad con el valle de Maltrata fueron los valles centrales de Oaxaca, Cholula y el valle
de México. Cada uno de estos centros contaba con circuitos de intercambio en los cua­
les parece haber participado Matlatlan, aunque las fuentes de información y la relativa
abundancia de los tipos cholultecas parecen incluirlo en el área estilística mixteca-pobla­
na (Berdan y Smith, 2004). De esta manera, las sucesivas llegadas de grupos humanos, el
intercambio de larga distancia y su privilegiada posición geográfica, que convirtió el valle
en un lugar de paso obligado para distintos circuitos comerciales, fueron las condiciones
propicias para el mantenimiento de una población multicultural posclásica.
Es muy posible que tanto chichimecas como aztecas llamaran al lugar Matlatlan (del
Vasija del tipo Cholulteca,
náhuatl matlac, red; tlan, lugar), que hoy se ha modificado por el de Maltrata, cuya del periodo Posclásico,
traducción corresponde a “lugar de redes”, representado en el Mapa de Cuauhtinchan encontrada en el sitio Rincón
como un cerro con un tipo de red. La tradición oral hasta nuestros días traduce Matla­ Brujo.

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tlan por “pueblo quemado”, basada en los relieves del Monolito de Maltrata, donde se
aprecia a un guerrero con una especie de antorcha, una mujer arrodillada y un templo,
como un incendio del pueblo a manos de los aztecas por haberse negado a pagar tributo.

La presencia hispana

Cuando los españoles llegaron al territorio mexicano a principios del siglo xvi e inicia­
ron su tránsito al centro de México, hacia la gran Tenochtitlan, no pudieron transitar
por la ruta Veracruz-México que ya estaba trazada por las poblaciones del Posclásico a
través de la actual región de Orizaba-Maltrata-Acultzingo-Altiplano, dado que los az­
tecas impedían el acceso, por lo que tuvieron que abrirse paso por la región de Xalapa,
donde recibieron apoyo. Sin embargo, llegaron a Maltrata, donde se asentaron sobre y
entre los edificios construidos por los habitantes del periodo Posclásico después de que
Gonzalo de Sandoval fuera enviado a someter a los pueblos rebeldes de la región de
Orizaba en octubre de 1521, poco tiempo después de la caída de Tenochtitlan. Aunque
el valle continuó con su función de ruta de comunicación evidenciada por los caminos
empedrados que encontramos en los recorridos y la abundante presencia de cerámica
denominada mayólica, la apertura de la ruta por Jalapa, preferida por los españoles, fue
una fuerte competencia para la ruta prehispánica por Maltrata; no obstante, los españo­
les ocuparon el valle y se establecieron en los lugares denominados Los Reyes Aquila,
Palos Descascarados, Parroquia de San Pedro y el Vecindario de Españoles, y en 1544
el virrey Antonio de Mendoza ordenó que se fundara la República de Naturales de San
Pedro Maltrata (García, 2004: 160-161).

Comentarios finales

Para concluir, a partir de los hallazgos ha cambiado la perspectiva sobre la prehistoria


de esta parte de Veracruz, ya que aportan nuevos datos de este periodo.
Desde el punto de vista geopolítico, el valle de Maltrata fue un lugar que jugó un
papel importante en el contexto del desenvolvimiento de las sociedades prehispánica
y colonial debido a su ubicación geográfica y variedad de recursos naturales, que con­
tribuyeron a que desde tiempos remotos se generaran y desarrollaran varios asenta­
mientos que conformaron un lugar de paso en una importante ruta de comunicación e
intercambio desde por lo menos el periodo Preclásico medio, que entrelazaba diversas
regiones, principalmente la Costa del Golfo de México, el Altiplano Central y la región
oaxaqueña, para permitir la interacción de grupos olmecas, zapotecas, teotihuacanos,
aztecas y los de la región mixteco-puebla. El lugar se desempeñó casi de igual manera
desde la época colonial hasta nuestros días, puesto que la gente seguía transitando por
los caminos empedrados o calzadas, seguramente construidos sobre las veredas prehis­
pánicas; posteriormente se usó el ferrocarril en los siglos xix y xx, que fue sustituido
paulatinamente por la autopista.
Ahora podemos decir que una gran parte de esos grupos convivieron con una base
poblacional que llamamos cultura Maltrata, expresada en vasijas (ollas, platos, cajetes)
elaboradas en barro que al momento de cocerse se torna anaranjado y rojizo, que no
cambiaron con el paso del tiempo, a las cuales se sumaron las cerámicas de diversos

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grupos humanos que habitaron en el valle; las formas cerámicas desaparecieron de un
periodo a otro, hasta mezclarse con la vajilla traída por los españoles, denominada ma­
yólica. Los pobladores utilizaron la obsidiana procedente de los yacimientos del Pico de
Orizaba, Zaragoza-Oyameles y la Sierra de las Navajas (gris, gris-veteada, negra y ver­
de), que varió sólo en cantidad y distribución en cada periodo y lugar. La persistencia
de la cultura Maltrata a lo largo del tiempo también se ve reflejada en la arquitectura y
en las técnicas de construcción, con el uso permanente de muros verticales y ataluzados
recubiertos de estuco, pisos de estuco y apisonados de barro. Sin embargo, existió una
jerarquía en la disposición de las estructuras y en su tamaño, pues unos montículos y
espacios son más importantes que otros: en el Preclásico emplearon altas plataformas
(edificios alargados) como edificio principal, pero para el Clásico y el Posclásico la
práctica cayó en desuso optando más bien por edificios cuadrangulares que delimitan
plazas o están dispersos; es decir, cambian las formas arquitectónicas, el patrón de asen­
tamiento regional y el patrón interno del sitio.
Los estudios de antropología física confirmaron la gran importancia que la ruta tuvo
para la vida cotidiana de los habitantes del valle en todas las épocas, pues muchos de los
individuos mostraron deformación en las vértebras a consecuencia de su actividad como
cargadores, así como lesiones en las extremidades que implicaban caminatas prolonga­
das. Esto también induce a pensar que la población se especializó en el transporte de
productos, con seguridad en el área de su territorio, desde el valle de Orizaba hasta el ini­
cio del Altiplano poblano y probablemente a larga distancia. Por otro lado, observamos
diferencias en las prácticas osteoculturales, pues mientras en el Preclásico practicaban
la deformación tabular erecta fronto-occipital (frecuente en Mesoamérica durante ese
periodo), en el Posclásico acostumbraban la deformación tabular erecta de la variedad
plano lámbdica, que caracteriza a los cráneos de los tlatelolcas y mexicas. No obstante, la
población no tuvo cambios en su composición biológica (Mendoza, 2004, 2007).
La ocupación humana posterior a la Colonia es clara, al continuar la función del valle
como ruta de comunicación, comercio e intercambio con la construcción y uso de la vía
y estación del ferrocarril a partir de 1864, el cual dejó de funcionar poco a poco con la
puesta en marcha de la autopista entre 1964 y 1994. Construida ésta a un lado del valle,
lo dejó aislado, al igual que al asentamiento actual, lo que interrumpió irreversiblemen­
te su historia como vía de comunicación, pero esto no ha impedido que la población
actual siga en el valle, aunque ya no con la misma importancia que tuvo en las épocas
anteriores. Hoy se mantiene un asentamiento que trata de sobrevivir sembrando en los
campos de cultivo de riego y de temporal, con el pastoreo, en las ladrilleras y, en casos
muy frecuentes, emigrando a Estados Unidos, pero mantienen algunas tradiciones y
prácticas religiosas particulares.
Finalmente vemos que el valle es clave para entender tanto el desarrollo cultural de la
región como para las investigaciones arqueológicas en la región de Orizaba, en la Sierra
de Zongolica, en la región de las Altas Montañas, en La Mixtequilla, en la cultura de
El Tajín, en el Totonacapan meridional, en la Costa Central de Veracruz, así como en
Cantona, Cacaxtla, los valles de Tehuacan y Puebla-Tlaxcala, entre otros lugares, pre­
cisamente por su función de ruta de comunicación que perduró a lo largo del tiempo
hasta nuestros días.
Esto es lo que sabemos a partir del trabajo de campo y los análisis de laboratorio,
pero seguramente la continuación del estudio de los materiales culturales seguirá dando
sorpresas y complementará nuestros conocimientos de las culturas del México antiguo.

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Capítulo VII
EL TAJÍN, TRADICIÓN
E INNOVACIÓN
Sara Ladrón de Guevara

El Tajín, ubicado en el norte de lo que hoy es el estado de Veracruz, se construyó en un


medio húmedo, en un paisaje de lomeríos rodeado por dos arroyos, entre una vegeta­
ción exuberante. No lejos de la sierra ni de la costa, el sitio tuvo acceso a productos de
altitudes diversas. De tierra fértil y de abundante agua, el mar y los ríos eran cercanos
y los arroyos proveían de agua dulce. Las tierras frías de la sierra tampoco estaban muy
lejanas, de manera que la ciudad podía proveerse lo mismo de productos de la costa
que de las montañas.
La orografía que conformaba alturas diferenciales sirvió para definir las áreas dedi­
cadas a las distintas actividades en el centro urbano. Así, la parte baja se utilizó para la
celebración ritual. Se construyeron allí edificios sólidos, piramidales, que constituían
basamentos de templos, delimitando plazas o definiendo canchas para el juego de pelota.
El relieve natural del sitio, que desciende en dirección norte-sur, varía entre 200 y 140
metros sobre el nivel del mar, se aprovechaba también simbólicamente como marcador
de jerarquía. Así, cuanto más se elevaban las construcciones, más restringido era su
acceso, pues seguramente las residencias más altas correspondían a los cargos políticos
y religiosos superiores. Así, la altura de sus residencias legitimaba simbólicamente su
estatus.
El clima allí es cálido y húmedo. Las precipitaciones pluviales ocurren durante todo
el año, aunque con mayor intensidad de junio a octubre. Esta humedad propicia la exu­
berante vegetación densa tropical que da el color verde intenso alrededor del sitio. La
vegetación original era la selva tropical lluviosa mediana subperennifolia.
En medio de este verdor se construyó la ciudad con blancas piedras areniscas a me­
nudo recubiertas de colores rojo y azul, contrastando la civilización con la naturaleza.
Los cultivos que habrían significado la base de la alimentación durante el floreci­
miento de la ciudad eran entre otros el maíz, el frijol, el chile y la calabaza. A éstos se
sumaban algunas especies animales producto de la cacería, de la pesca o de la domesti­
cación, como los cánidos. Algunas especies tenían, además de una importancia nutritiva
y económica, un valor simbólico que se refleja en su representación en piedra al lado de
escenas míticas o rituales.
Las intensas lluvias de la región suben el nivel freático y pocos días secos son suficien­
El Tajín, Pirámide de los tes para bajarlo de manera importante. Seguramente las inundaciones constituyeron
Nichos, fachada norte. un temible evento. Sabemos que a lo largo de Mesoamérica, en épocas más tardías,

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2

1
3 Golfo de México

Principales sitios
arqueológicos del Centro-Norte

5
4
 1 Corralillos
  2 Santa Luisa
  3 El tajín
  4 El Pital
  5 Potrero Nuevo
10
6
 6 Aparicio
  7 Vega de la Peña
7
 8 Cuajilote
  9 Los Ídolos
8
10 Las Higueras
9

0 5 10 15 20 
km
Zona
Centro-Norte

sobrevivían relatos míticos de diluvios y desastres que destruían a la humanidad entera


y seguramente éstos tienen un origen en la observación real y el sufrimiento en carne
propia de este tipo de fenómenos meteorológicos.
Para ubicarnos cronológicamente a grandes rasgos, recordemos que El Tajín se desa­
rrolló entre los años 800 y 1200 de nuestra era. Nos referimos aquí al lapso de construc­
ción y ocupación del centro urbano. Este periodo se conoce con un término que no sólo
ubica un periodo temporal —que se extiende desde finales del Clásico hasta principios
del Posclásico—, sino que caracteriza un momento de transición: el Epiclásico.
En efecto, a partir de la caída de Teotihuacan, los centros urbanos en distintas re­
giones establecieron nuevas formas de organización política, militar y religiosa, eman­
cipados ya del dominio teotihuacano directo o indirecto, para establecer las formas
que habrán de caracterizar al periodo Posclásico. En este lapso de ebullición cultural
regional ubicamos el desarrollo de la ciudad de El Tajín.
Era el tiempo de expansión de un mito unificador acerca de un ente capaz de con­
jugar elementos simbólicamente opuestos, como alegoría del claroscuro: Quetzalcóatl,
unidad fantástica de un numen compuesto de una especie correspondiente a los nive­
les superiores, un ave preciosa, el quetzal, y un ente propio de los niveles inferiores,

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reptante, la serpiente. Era el tiempo en que los conceptos y estilos teotihuacanos eran
heredados como signo de prestigio, para ser transformados y crear estilos propios y
diversos. A lo largo del territorio mesoamericano se desarrollaron de manera contem­
poránea grandes urbes, como Xochicalco, Tula, Cacaxtla, Cantona, Chich�������������
�����������
n Itzá y Ux­
mal, entre otras. En todos estos sitios se reconoce el movimiento religioso basado en el
culto a Quetzalcóatl, que incluía prácticas como el juego de pelota y ponía énfasis en el
conocimiento astronómico del ciclo de Venus, planeta identificado con la deidad. En
cada una de las ciudades se reconocen también diferencias estilísticas importantes que
las distinguen. En esta etapa ocurren también conflictos que marcan una inestabilidad
sociopolítica dada la incipiente formación de centros urbanos, aparentemente paralela
a un proceso de secularización política. Después de todo, al decaer un poder central, los
centros urbanos incipientes lucharían por la supremacía política y económica.
Además, El Tajín hereda las tradiciones de otros grupos que, como hemos visto en los
capítulos precedentes, ocuparon las tierras hoy correspondientes al estado de Veracruz.
Si se extienden las fases propuestas para este corto periodo, podemos inferir una fase
preurbana y una posterior a la ocupación de El Tajín. Para establecer dataciones gene­
Edificio 5 de El Tajín. rales, reconocemos las siguientes fases:

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Fase preurbana (600-800 d.C.): en esta fase ocurre un desarrollo en centros veci­
nos como Morgadal Grande y Cerro Grande. Se inicia la construcción de la Plaza del
Arroyo. Se siguen los patrones tradicionales que orientan plazas y avenidas con ali­
neamientos norte-sur, este-oeste. Las esculturas presentan retratos de gobernantes en
altorrelieve, en formato de estelas; están de frente con sus insignias y sin anotaciones
calendáricas, como suele ocurrir en tradiciones más tempranas ubicadas al sur (como
en la región del Papaloapan).
Fase de consolidación (800-900 d.C.): la población rural vecina se convierte en tri­
butaria de la ciudad. Se construyen edificios al norte de la primera plaza. El estilo se
define con más claridad con la utilización de nichos para decorar los tableros y cornisas
voladas encima de éstos. En las canchas de los juegos de pelota se adosan esculturas que
representan el rostro de un personaje humano o fantástico en cada bloque que es ado­
sado en seis puntos de las paredes (las cuatro esquinas y los dos centrales), que sin duda
corresponden a marcadores para la práctica del juego mismo. A partir de entonces, la
tradición escultórica en El Tajín constituye un elemento arquitectónico.
Fase de expansión urbana (900-1100 d.C.): corresponde al máximo florecimiento de
la ciudad. Se manifiesta un poder central y absolutista. Se controlan centros subsidia­
rios como Yohualichan y Coatzintla. El plano urbano no sigue el patrón de alineación
común en Mesoamérica: se opta por construcciones que hacen al visitante caminar
por vericuetos para llegar de un espacio a otro. Las esculturas en bajorrelieve alcanzan
su mayor complejidad al integrar a varios personajes en escenas rituales y míticas. La
arquitectura alcanza la maestría que se observa en edificios como la Pirámide de los
Nichos o la Gran Xicalcoliuhqui, donde las lajas se cortan y se colocan a hueso.
Fase de destrucción (1100-1200): la población se segmenta y ocurre el abandono de
la ciudad, fenómeno que resulta común en la Mesoamérica del Clásico y que ha sido
objeto de explicaciones diversas y aún no concluyentes. Entre otras, se han propuesto
problemas políticos, ya sea revueltas internas o intromisiones externas, económicos y
ecológicos, por el agotamiento del entorno sobreexplotado un tanto irracionalmente en
el desmedido crecimiento de una ciudad.
Fase Pos Tajín (1200-1500): aunque la ciudad estaba abandonada, los pobladores ve­
cinos siguen efectuando peregrinaciones, ceremonias y entierros en el área ceremonial
del sitio. Y pese a señalarse aquí como final la fecha correspondiente a la Conquista
española, pues se reconoce este momento como el fin del mundo prehispánico, habría
que mencionar que aun durante el virreinato y el México moderno —y hasta la fe­
cha—, los sitios arqueológicos se mantienen como lugares de culto, de veneración, de
peregrinación, de respeto y de ubicación de mitos por parte de la población indígena
vecina. Así ocurre en El Tajín, hoy habitado por totonacos que visitan el sitio con respe­
to, tomando precauciones rituales para no dañar ni sufrir daños legendarios; celebran
tradiciones ancestrales en el lugar y cuentan relatos de seres antiguos, deidades y otros
seres no humanos, habitantes de las pirámides escalonadas.
Aunque en la actualidad la etnia totonaca habita la región donde se encuentra el sitio,
los lingüistas discuten sobre cuándo llegó, desde la sierra de Puebla, la lengua totonaca
a la costa, lo que ha puesto en duda la identidad étnica de los antiguos pobladores de
El Tajín.
Fue Medellín Zenil quien, hacia 1960, definió los límites del Totonacapan en su ya
clásica obra Cerámicas del Totonacapan:
“… por el norte el río Cazones; por el sur, el río Papaloapan, excluyendo Cosamaloa­
pan; por el occidente abarcó Acatlán de Pérez Figueroa, Oaxaca; la parte oriental del Edificios 3 y 2 de El Tajín.

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Cronología Cronología de Cronología de la Cronología de
Tradicional Teotihuacan Región (Santa Luisa) El Tajín

1500 d.C.
Postclásico
1400 Cabezas
tardío Fase Pos Tajín

1300

1200 Postclásico
temprano El Cristo
1100 Fase de destrucción

1000
Fase de expansión
TAJÍN

Epiclásico Isla B urbana


900
Fase
800 de
consolidación
Clásico tardío Isla A
700
Metepec Fase
preurbana
600
Xolalpan
tardío
500
Xolalpan
Clásico Cacahuatal
temprano
400 temprano
Tlamimilolpa
tardío
300 d.C.

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estado de Puebla, desde las cercanías de Tehuacán pasando por Chalchicomula, ensan­
chándose por toda la sierra hasta Zacatlán y posiblemente hasta cerca de Metlaloyuca,
lindando así con la Huasteca Meridional” (Medellín, 1960a: 3).
Aun ahora se suele reconocer el citado territorio como una unidad, lo que dio origen a
una falsa idea de uniformidad cultural y temporal. A lo largo de los capítulos de este libro
hemos reconocido la gran diversidad étnica y cultural que conformó la Costa del Golfo en
la etapa precolombina. Con esta diversidad en mente, podemos discutir los ar­gu­men­tos
que débilmente han adjudicado la correspondencia étnica totonaca con El Tajín:
Los complejos arqueológicos: cerámicos, arquitectónicos, escultóricos y pictóricos de
los totonacas prehispánicos no corresponden en absoluto con los que se encuentran en
El Tajín.
En efecto, los españoles a su llegada a tierra firme en nuestro continente, en la costa
hoy veracruzana, conocieron e interactuaron con los totonacas. Describieron sus ciuda­
des, Quiahiuztlan y Zempoala, sitios que han sido explorados. Aunque desde luego hay
que tomar en cuenta el desfase de estos centros del Posclásico tardío (1200-1500), no
encontramos correspondencia de estilo en su arquitectura ni en su escultura, ni en su
pintura ni en su cerámica, siendo este último elemento el que los arqueólogos utilizan
más a menudo para reconocer tradiciones, innovaciones, influencias y diferencias.
La ocupación actual por la etnia totonaca. Los lingüistas han reconocido que la llegada
de la lengua totonaca a la costa ocurre hacia el año 850 d.C. (Manrique, 2008), lo que
rompe un corredor lingüístico de lenguas mayenses que se extiende desde la Huasteca,
en el norte de Mesoamérica, hasta la península de Yucatán. Cuando los totonacas lle­
garon a la costa del Golfo, El Tajín ya habría sido construido y se encontraría en plena
fase de consolidación.
El mito de Juan Atzkin. En 1948 Roberto Williams recogió un mito en El Tajín, mien­
tras realizaba trabajo de campo bajo la dirección de Isabel Kelly. Con los resultados de
dicha investigación se publicó la obra The Tajin Totonac, donde se abordan aspectos
históricos, etnográficos, económicos y tecnológicos y se anuncia un segundo volumen
con las aportaciones de Williams y Ángel Palerm, para abordar aspectos de la cultura
no material (Kelly y Palerm, 1950: XIV); éste nunca apareció, solamente se presentó en
varias ocasiones el citado mito.
Cuando García Payón armó los bloques que conformaban los tableros del Juego de
Pelota Sur, se pudo reconocer en el tablero central norte la imagen de un personaje
atado sobre un diseño que representa agua dentro de una estructura arquitectónica. El
mito recopilado habla de un ser castigado, atado y sumergido en el agua por los señores
habitantes de la Pirámide de los Nichos. Entonces, Williams identificó a este personaje
con el Juan del mito. Esta identificación fue utilizada como argumento de identidad ét­
nica, lo que nos parece débil, pues aun si el personaje representado corresponde a Juan
Atzkin, sabemos que los mitos son compartidos por varias etnias y no son distintivos
de un grupo en particular; es decir, un mito no es un marcador de identidad étnica. Su
propagación espacial suele ser indicador de su antigüedad: a mayor antigüedad mayor
expansión, pero no de etnicidad.
El Tajín se constituyó hace un milenio como el centro urbano más importante de
la región, pero no se trata de un fenómeno aislado o independiente, por el contrario,
hereda elementos de sus predecesores, comparte materiales e ideas con sus contempo­
ráneos y genera innovaciones que se habrán de extender en el tiempo y el espacio me­
soamericanos. A continuación revisaremos algunas de estas influencias que apoyaron la
conformación de este centro.

La herencia teotihuacana
Juego de Pelota 11 y 11bis
Teotihuacan, la gran urbe mesoamericana durante el Clásico, generó ideas, mitos y ritua­ del lado suroeste de la
Pirámide de los Nichos.
les e impuso estilos y modas que se establecieron como indicadores de prestigio en todo
el territorio mesoamericano. No es raro entonces encontrar en El Tajín algunos elementos Páginas siguientes:
y maneras de hacer que proceden o al menos muestran una influencia teotihuacana. Edificio 12 de El Tajín.

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Pirámide de los Nichos,
fachada oeste.

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Páginas siguientes:
Edificios residenciales
Área Central de El Tajín. en El Tajín Chico.

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Páginas anteriores:
Edificio 5 de El Tajín Juego de Pelota Norte
fachada este. y Plaza en El Tajín.

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Páginas siguientes:
Edificio 12. Al fondo
se observan estructuras
Edificios residenciales piramidales cubiertas
en El Tajín Chico. de vegetación.

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Particularmente en la pintura hay combinaciones de color, como el rojo sobre rosa,
que estuvieron en boga en Teotihuacan y que se reiteran en El Tajín. La descripción de
la manera de elaborar un mural en Teotihuacan que presentara Diana Magaloni (1996)
es válida paso a paso para los murales encontrados en Tajín Chico, desde la preparación
del soporte hasta la aplicación del color. La temática en algunos casos parece también
similar, aunque reconocemos el desarrollo de un estilo propio y distintivo.
En cuanto a la cerámica, se imitan formas, como en el caso de la vajilla con bajorre­
lieve alusivo a Trece Conejo, hallada principalmente en el Edificio de las Columnas,
pero no se encuentran los tipos indicadores de intercambio directo. Así, se reconoce
el aprecio por los artefactos teotihuacanos como indicadores de prestigio, aunque la
producción de las imitaciones sea local.
Al mismo tiempo que reconocemos estas influencias, es claro que El Tajín es original
en diversos ámbitos, de tal suerte que la arquitectura, si bien recuperaría la teotihua­
cana sucesión de tableros y taludes, innova incluso en la silueta de los mismos, de tal
forma que la imagen de los edificios de El Tajín resulta absolutamente distinta. Si en
Teotihuacan se perciben los tremendos pesos, las masas como parte de su grandeza, en
El Tajín se opta por aligerar las fachadas mediante el juego de claroscuros que permite
la decoración de los tableros a partir de los espacios vacíos de los nichos. La cornisa
volada, que es innovación en El Tajín, también modifica de manera sustancial la per­
cepción de las siluetas.
Edificio 22, El Tajín. Aún más importante que estas variaciones es seguramente la diferencia sustancial en
Fragmento de pintura mural
el plano urbanístico de ambas ciudades. Es más que evidente que en Teotihuacan todo
procedente del Edificio I se construye a partir de un eje claro norte-sur, marcado por la Calzada de los Muertos,
de El Tajín Chico. mientras que en El Tajín el trazo urbano es aparentemente desordenado en cuanto a

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alineaciones o calzadas, lo que ya Brueggemann (1991b: 101) había hecho notar, pero,
como expondremos más adelante al hablar de cosmovisión, el plano de la ciudad, la
disposición de sus edificios y plazas responde a otros conceptos e ideales que resultan
en una innovación urbana.
Una diferencia más con Teotihuacan es el culto a la personalidad de los gobernantes,
pues en El Tajín los relieves dan cuenta de sus glorias y hazañas y registran sus nombres,
mientras que en Teotihuacan no se han hallado representaciones de los señores en el
poder. El Tajín, al igual que han hecho la mayoría de las culturas en Mesoamérica, en­
salza el poder, el linaje y las proezas de los jerarcas en el poder.
Lo que sí parecen compartir con Teotihuacan las ciudades desarrolladas durante el Epi­
clásico, como ocurre con El Tajín, es erigirse como espacios sagrados y por lo tanto de vi­
sita obligada de los fieles. Se trata de centros que se crean alrededor del culto, que comien­
zan acaso como lugar de peregrinación y cuya infraestructura creciente se construye para
la realización de ceremonias y rituales que poco a poco dan cabida a un número creciente
de fieles que se establecen de manera permanente en las colindancias de la ciudad, para
acrecentar su tamaño y población, y que requieren cada vez más productos y servicios.

La influencia maya

El sitio de El Tajín guarda por otro lado notables similitudes con los sitios mayas del
Clásico, lo que nos permite reconocer una coherencia no sólo en la cosmovisión sino
seguramente también en la organización política.
En términos de organización espacial, la ciudad de El Tajín, al igual que muchas
urbes mayas, opta por la conformación de un espacio diferencial basado en alturas oro­
gráficas distintas, de manera que se construye en la cima una verdadera acrópolis desde
donde se ejerce el poder no sólo simbólico sino también político real.
Se ha propuesto que la lengua que se hablaba en este sitio corresponde a las lenguas
mayanses. Se han hallado incluso en El Tajín signos de escritura maya, pero no confor­
mando un texto, sino como elementos decorativos en la iconografía de sus murales. Así,
en el mural del Edificio 11 hay, en el cuerpo de la greca escalonada, glifos de kin, que

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significa día o sol, y de muluc, que significa jade o lluvia, pero no se encuentran como
signos escritos en sucesión, sino integrados en los diseños.
Hay un personaje que hemos identificado como deidad del viento, pintado en color
azul marino sobre azul maya en el mural exterior del Edificio I; el glifo Ik (que es un
día y significa viento) aparece sobre el pecho y los brazos del dios, que además tiene el
estilo de las deidades mayas representadas en códices.
En un fragmento de relieve de una columna hemos identificado dos gemelos rodean­
do el diseño de una pelota con el glifo ollin; la pelota es tragada por las fauces del mons­
truo de la tierra. A un lado, otro personaje se enfrenta con otra pelota a un descarnado.
Gemelos, juego de pelota, Mictlan, evocan de inmediato el mito del Popol Vuh, que
bien pudo haber sido conocido en El Tajín, aunque también reconocemos evidencias de
un culto a los gemelos desde tiempos olmecas, en las esculturas de Azuzul o en el trono
de Potrero Nuevo, así que estos relatos bien pueden proceder de un origen común.

Vecinos cercanos

Varios hallazgos en El Tajín revelan los contactos que la cercanía geográfica con los
huastecos, sus vecinos del norte, debió permitir. Restos cerámicos, escultóricos, líticos
y metalúrgicos, aunque escasos, muestran la importación de objetos que seguramente
se acompañó del intercambio de ideas y conocimientos. Por otro lado, algunos sitios
vecinos en los alrededores de El Tajín aparentemente le anteceden inmediatamente en
el tiempo y además parecen sentar las bases de algunos elementos que se hallan en él ya
desarrollados con una mayor destreza, como la escultura en bajorrelieve.
Arturo Pascual Soto (2006: 32) refiere que los antecedentes de la ciudad ocurrieron
en el Cerro del Oeste del sitio, donde afirma haber localizado cerámica del Clásico
temprano (350-600 d.C.). Asimismo, reconoce que los asentamientos vecinos de Mor­
gadal Grande y Cerro Grande, que debieron haber florecido desde entonces para luego
someterse a la rectoría de El Tajín, hacia el Clásico tardío.
Dos sitios más que pueden considerarse subsidiarios de El Tajín debido a la evidente
similitud arquitectónica son Yohualichan y Coatzintla (Ruiz Gordillo 1997: 39). Son

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también contemporáneos del florecimiento de El Tajín y comparten una disposición
similar del espacio urbano, así como elementos arquitectónicos recurrentes tan caracte­
rísticos como los nichos o las grecas escalonadas. El área que ocupan estos sitios segu­
ramente fue el espacio de control del sitio durante su florecimiento.
Más al sur, sitios importantes debieron tener relaciones de intercambio comercial y
político con El Tajín, como Las Higueras o El Pital. Esta región seguramente merecería
un capítulo aparte en el recuento de la arqueología veracruzana que presentamos en este
volumen, dada la importancia de los sitios allí reconocidos, sin embargo, es también una
región poco estudiada. Procuraremos aquí revisar someramente la información conocida.
En cuanto a Las Higueras, seguramente la manifestación más conocida es la pintura
mural. Se trata de figuras delineadas de formas planas, sin sombreado, de trazo libre, en
general de una menor destreza que la manifiesta en la maestría del trazo en las pinturas de
El Tajín, pero comparte con éste la temática de su iconografía, si bien en Las Higueras los
motivos representados reiteran imágenes que en El Tajín fueron esculpidas en bajorrelieve.
Podemos afirmar que los pintores de Las Higueras tuvieron una importante influen­
cia de la temática, forma, encuadre y motivos de El Tajín. Los personajes comparten
además vestimenta y parafernalia y reiteran mitos, ritos y símbolos conocidos en El Ta­
jín. Como hemos mencionado, curiosamente, esta reiteración no procede directamente
de la pintura mural sino de la escultura en bajorrelieve, que es también bidimensional y
que parece compartir numerosas convenciones. Páginas anteriores:
Tenemos así en ambos sitios la representación de una escena de sacrificado asociada Fragmento de pintura mural,
al juego de pelota, serpientes bicéfalas estilizadas con las cejas de volutas, un personaje edificio 1 de El Tajín Chico.
Abajo personaje asociado
atado en un medio acuático y otro personaje cuyo cuerpo está cubierto por el diseño del
al viento: lleva el glifo Ik
sol, entre otros temas. Estas correspondencias en imágenes significan que son comunes (viento) en su pecho y en sus
también los elementos de su mitología y de sus rituales. brazos.

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Las Higueras, si bien comparte el código de representación gráfica de mitos y ri­
tuales, constituye un centro ceremonial que, a diferencia de El Tajín, sigue un patrón
urbano que forma conjuntos de montículos y plazas en un orden norte a sur.
Su ocupación fue intermitente, con un hiato en la transición del Clásico tardío al
Posclásico temprano. Acaso las inundaciones que Wilkerson plantea como origen de
los abandonos subsecuentes de El Pital hayan incidido también en este fenómeno
El Pital, por su parte, constituye un centro urbano importante cuyo florecimiento ante­
ce­de a El Tajín. Este sitio, contemporáneo de Teotihuacan (Wilkerson, 2010), habría es­
ta­ble­ci­do, a menos de cien kilómetros de distancia al sur de El Tajín, las bases de una ur­
ba­ni­za­ción compleja, con sitios subsidiarios, relaciones comerciales y producción agrícola­
que seguramente incidieron en la subsecuente construcción de El Tajín. Está situado a ori­
llas del río Nautla. Su extensión revela que se trató de un importante centro urbano con­
for­ma­do por unos 150 edificios construidos con base en un plano cuadriculado. El si­­tio
está rodeado de una red de canales que funcionarían como vías (Proskouriakoff, 1971).
Otras tradiciones todavía��������������������������������������������������������������
más al sur���������������������������������������������������
comparten algunos elementos con el sitio de El Ta­
jín, lo que permite ver esta gran urbe como heredera no sólo de las tradiciones venidas del
centro de Mesoamérica sino, muy particularmente, del Sur de Veracruz. Así, se heredan
formas cerámicas, modelos urbanísticos, pero, sobre todo, se reconocen elementos en sus
esculturas que reiteran la parafernalia de los gobernantes del Sur de Veracruz, como los
hallados en las vasijas con bajorrelieve de estilo Río Blanco-Papaloapan, o se advierten
rituales practicados con antelación, como, muy particularmente, el juego de pelota.
Fragmento de pintura Por ejemplo, el tipo cerámico con bajorrelieves, cuyos tiestos han aparecido recurren­
mural procedente
te­men­te en el Edificio de las Columnas, en El Tajín, y que reitera formas teotihuacanas,
de Higueras.
imita también en varios aspectos la cerámica con bajorrelieves de la región Río Blanco-
El Pital. Papaloapan en el Sur de Veracruz. A diferencia de esta última, la de El Tajín se logró

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mediante la aplicación de un sello y repite por eso una y otra vez el mismo diseño, mien­
tras que la de Río Blanco-Papaloapan es moldeada y se trata de una sola escena desple­
gada sobre toda la superficie de la vasija. Es sugerente la idea de que las tradiciones teo­
tihuacanas, más que proceder de la propia Teotihuacan, hayan llegado a El Tajín desde
el Sur de Veracruz, donde sí habrían llegado directamente las influencias teotihuacanas,
en sitios contemporáneos de la urbe. En efecto, se ha reconocido en la región de Los
Tuxtlas un sitio que funcionó como enclave teotihuacano, Matacapan, y en general una
influencia clara en las formas cerámicas en la región Río Blanco-Papaloapan. Podemos
imaginar que los comerciantes y viajeros de Teotihuacan accedieron por el Istmo de
Tehuantepec a las tierras más lejanas de la Península de Yucatán, como ruta prioritaria.
Del mismo modo, encontramos que en la iconografía del complejo yugos-hachas-pal­
mas que proliferó en tierras del sur (La Mixtequilla, parte de la zona semiárida central),
los personajes, las insignias y el estilo de decoraciones con volutas son absolutamente
paralelos al estilo de El Tajín.
La proliferación de canchas para el juego de pelota tampoco es exclusivo de El Ta­
jín, por el contrario, los sitios al sur y en periodos más tempranos ya consideran en su
planeación la importancia de sus canchas. Sorprenden los datos del número de canchas
para el juego de pelota que Lourdes Budar ha registrado en el sitio Piedra Labrada, en
Los Tux­tlas, donde la iconografía ha mostrado también la clara correspondencia con
Teotihuacan.
Con todo lo anterior, reconocemos que El Tajín se alimenta de tradiciones costeras
que proceden del sur y que a su vez habían heredado elementos prestigiosos durante el
apogeo de la urbe teotihuacana.

El ocaso

El Tajín fue abandonado hacia el año 1200 de nuestra era. Este fenómeno, lo sabemos,
ha sido recurrente en otras zonas mesoamericanas, particularmente en el área maya, y
es objeto de diversas explicaciones. También sabemos que una pequeña población se
mantuvo en los alrededores. Se reconocen en periodos tardíos las cerámicas diagnósti­
cas totonacas y se han hallado entierros en el sitio que, aunque prehispánicos, corres­
ponden a un periodo posterior a la ocupación de la ciudad. Así, los entierros excavados
en la Plaza del Arroyo a menudo se efectuaban rompiendo la calzada original y alteran­
do la estratigrafía de la plaza.
El hecho de que la Pirámide de los Nichos se mantuviera a la vista en un medio cuya
vegetación se reproduce con tal rapidez y exuberancia, evidencia que este edificio si­
guió siendo limpiado y mantenido. Hasta hoy, los vecinos del lugar hacen ofrendas a la
pirámide.

La arquitectura

El Tajín presenta una calidad notable en las expresiones plásticas, además, inaugura un
estilo particular que impresiona tanto en las manifestaciones escultóricas y pictóricas
como, y particularmente, en la arquitectura. ����������������������������������������
�����������������������������������������
sta ha sido objeto de innumerables estu­ Páginas anteriores:
dios y se reconocen algunos aspectos que se derivan del estilo teotihuacano, pero con La niebla en la sierra de la
innovaciones con gran maestría. región.

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De hecho, lo más conocido de El Tajín es precisamente su arquitectura, pues sus ca­
racterísticas distintivas hacen que se identifique inequívocamente. No hay en el resto de
Mesoamérica la utilización de nichos y cornisas (a excepción del sitio de Yohualichan,
subsidiario de El Tajín). Si en el resto de Veracruz, en la región Sur, se había desarro­
llado la arquitectura de tierra, acaso inicialmente como un recurso para sobrevivir a las
inundaciones cíclicas, en El Tajín se utiliza la piedra arenisca cortada, los recubrimien­
tos de argamasa y las techumbres coladas, que conforman siluetas angulosas y cuerpos
aligerados mediante la integración de los nichos en los muros.
Las variaciones sobre los temas que significan las combinaciones de los elementos
arquitectónicos: nichos, grecas, cruces, rombos, se repiten a ritmos constantes; es una
reiteración, como si se tratase de oraciones en letanía. No cabe duda de la sofisticación
de la sociedad que habitó El Tajín durante su florecimiento, que se refleja sobre todo en
la complejidad y calidad de su arte.
El estilo Tajín que se desarrolla en el sitio es tan particular que recibe su nombre.
Definido por Tatiana Proskouriakoff (1971), inicialmente se denominó “arte clásico del
Centro de Veracruz”, y consiste en volutas entrelazadas, glifos emblema codificados y fi­
guras humanas representadas en forma naturalista como recurso común, reiterado y do­
Detalle de los Nichos minado tanto en pintura como en escultura; adorno de las paredes de vasijas cerámicas o
del Edificio 12.
de artefactos pétreos como los yugos, las hachas y las palmas que se habrían de propagar
Pirámide de los Nichos, por toda el área mesoamericana como distintivos de prestigio, alusivos al impresionante
fachada este. juego de pelota y al sacrificio por decapitación asociado al mismo. Es clara la profusión

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de elementos, que no deja espacios vacíos tanto en los ornamentos arquitectónicos como
en los murales policromos o en las escenas esculpidas en bajorrelieve, donde se represen­
tan personajes evocando mitos, ceremonias y acontecimientos memorables.
Si la silueta teotihuacana de los edificios reiteraba la sucesión del talud y el tablero
superpuestos, en El Tajín esta silueta se complementó con la cornisa, que se opone
simétricamente al ángulo descrito por el talud. Esta innovación da un ritmo a la arqui­
tectura, pues compone siluetas en ángulos opuestos, líneas en contraposición, la cornisa
rompe la sucesión de la silueta oblicua de las pirámides.
A los tableros, además, se adosaron nichos. Se trata de ornamentos logrados por los
espacios huecos en los muros, que juegan con sombras reiteradas, simétricas, rítmicas.
Éstos, además de otorgar ritmo y una apariencia de ligereza, logran magníficos juegos
de luz y sombra sobre las fachadas. El claroscuro alude al principio de dualidad que
permeaba todo el pensamiento mesoamericano. La deidad principal del sitio, Quet­
zalcóatl, la serpiente emplumada, integraba dos principios aparentemente contrarios e
incapaces de unirse: un ave y un reptil. El apreciado quetzal de largas plumas y la ser­
piente de piel de escamas. Un ser de las alturas, otro de los niveles inferiores. La unión
de contrarios potenciaba así las capacidades del numen. Acaso la reiteración del cla­
roscuro al que los habitantes de El Tajín recurrieron reiteradamente en las fachadas de
sus edificios, mediante los juegos de luz y sombra que producen los nichos y las grecas
en los tableros superpuestos, busca esta integración de contrarios, apenas el visitante
enfrenta un edificio. A la clásica silueta arquitectónica teotihuacana de talud-tablero
se agregaron elementos que llenan de belleza y elegancia la ciudad. Se implementa la
cornisa sobre los tableros, para complementar y contrarrestar el ángulo dibujado por
el talud. Este ángulo aligeraba, al menos en apariencia, las pesadas masas que tradicio­
nalmente en Mesoamérica se lograban a partir de la silueta de montículos y pirámides,
símiles de montañas.
La construcción de los nichos se realizaba cortando las piedras con exactitud, para
ser armadas a hueso. Aunque durante mucho tiempo se pensó en los nichos como re­
ceptáculos para ídolos o esculturas, la evidencia arqueológica muestra que estos huecos
no eran contenedores sino ornamentos en sí mismos para ofrecer luces y sombras sobre
las fachadas.
Otra innovación en El Tajín son los techos colados. Si bien en los templos de la parte
ceremonial seguramente los techos se hicieron con materiales perecederos, en las edi­
ficaciones del Tajín Chico se tiene evidencia de techumbres realizadas con argamasa
mezclada con materiales vegetales, de los que quedan improntas en la argamasa y piedra
pómez, que se habrían construido a manera de colado sobre las cámaras. Es observable
aún la aplicación de revoques, como nuevos colados, una y otra vez formando capas su­
perpuestas, acaso procurando reparar escurrimientos o goteras. El peso de las gruesas
capas acabó por desplomar las techumbres. García Payón (1964-1965: 23) describió,
para el Edificio de las Columnas, los enormes bloques desplomados con el interior
convexo y bruñido, lo que le permite proponer que el espacio sostenido en el pórtico
por las columnas labradas era un techo arqueado. Es seguramente la arquitectura de El
Tajín lo que distingue a la urbe del resto de Mesoamérica. Hemos mencionado la con­
temporaneidad de un sitio con una arquitectura similar, pero de menor calidad; éste se
encuentra a unos sesenta kilómetros en línea recta, sobre la Sierra de Puebla, y se llama
Yohualichan; seguramente fue un sitio subsidiario del primero.
Sin duda es de la arquitectura de lo que más se ha escrito en el sitio de El Tajín. Los Esquina de la Gran
edificios mantienen un estilo coherente, pero cada uno es una variación sobre propor­ Xicalcoliuhqui.

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ción, decoración, ritmo y número de nichos. Algunos elementos, como el nicho, la gre­ Escultura conocida como
“Dios Tajín”.
ca escalonada, la cruz o las bandas cruzadas, se convierten en leitmotiv a desarrollarse
en infinitas variaciones sobre las fachadas y cuerpos de los edificios.

La escultura

La escultura en El Tajín es, en términos generales, un elemento arquitectónico. Aunque


hay algunos ejemplos de escultura de bulto y de altorrelieve, la mayoría están realizadas
en bajorrelieve y forman parte de la forma arquitectónica a la que se encuentran adosa­
das. De acuerdo con el elemento a decorar, los relieves pueden clasificarse en tableros,
frisos y columnas. Los tableros se empotraban en los muros. Los de la Pirámide de los
Nichos fueron realizados cada uno sobre un bloque monolítico, pero los de los Juegos
de Pelota Sur y Norte, así como las columnas, se hicieron sobre varios bloques después
de haberse construido el muro correspondiente. Esto significa que las esculturas se
labraban una vez armados los bloques, in situ, y dependían de la construcción misma,
pues ésta definiría su tamaño, su encuadre, su función y su mensaje.
El trabajo escultórico puede clasificarse, a grandes rasgos, en escultura en tres di­
mensiones y en relieve. Este último puede subdividirse en altorrelieve y bajorrelieve de
acuerdo con la profundidad del esculpido.
Se pueden considerar esculturas en tres dimensiones algunas que mantienen la for­
ma base de la piedra y la trabajan por todos sus lados. Así, incluiríamos aquí las que
adornan las esquinas de los juegos de pelota cercanos a la Plaza del Arroyo, es decir, las
que se encuentran en la parte sur del sitio y que corresponden a las primeras etapas de
construcción de la ciudad. Se trata de bloques que representan cabezas de serpientes
un tanto estilizadas si consideramos que presentan dos colmillos a cada lado y formas
de cráneo dentro de las fauces de un monstruo. Se trata de una alusión seguramente al
significado del juego que allí se practicaba. La cabeza decapitada es deglutida por un
ente conformado por dos sierpes enfrentadas, como la pelota en medio del movimiento
logrado por el vaivén entre contrarios.
En este rubro de esculturas en tres dimensiones podemos incluir también una pe­
culiar obra realizada sobre un prisma triangular de arenisca que tradicionalmente se
conoce como el Dios Tajín, aunque también, o más bien, habría que ubicarlo en las
esculturas en bajorrelieve, pues se trata de una columna prismática triangular trabajada
en bajorrelieve en todas sus caras, lo que da la impresión de tratarse de una escultura
de tres dimensiones.
Representa a un personaje de rostro descarnado que, al igual que el Dios de la Muerte
que aparece en los relieves del Juego de Pelota Sur, aunque muestra su cráneo descar­
nado mantiene sus manos íntegras. Tiene sobre la frente un símbolo que puede evocar
la germinación de una planta y sostiene en sus manos un diseño sinuoso que ha sido
interpretado como el rayo. Esta es la razón por la que hoy los locales lo han identificado
como el “dios Tajín”, pues tal es el significado en totonaco del nombre de este sitio.
Finalmente, en el dibujo desdoblado del relieve podemos observar que se representa­
ron solamente una pierna y un pie. Por esta razón algunos estudiosos lo han querido
equiparar con la deidad Huracán, pues dicho numen, propio del área del Circuncaribe,
sólo presenta una extremidad inferior. También es cierto que la resolución del dibujo
sobre el prisma dificulta la representación de dos extremidades. No coincidimos con
esta identificación, como argumentaremos al hablar de las deidades.

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Pie esculpido en Argamasa Sabemos también que en El Tajín se desarrolló una formidable escultura en argamasa,
y policromado, procede del
de la que se hallaron algunas evidencias en Tajín Chico. En el patio central del Edificio
Edificio Las Columnas.
de las Columnas, Marquina tomó una fotografía en donde podía observarse todavía la
Dibujo del Tablero noreste pierna de una de las cuatro esculturas de personajes de tamaño natural, cuyos pies apa­ ����
del Juego de Pelota Sur recieron años más tarde durante la exploración de dicho patio (Marquina, 1951: 445).
de EL Tajín.
En el Edifico Y en Tajín Chico se encontró una cabeza modelada en el mismo tipo
de esculpido en argamasa y policromado que debió decorar los edificios. Llama la aten­
ción en estos ejemplares las formas realistas de la representación. El rostro parecería un
retrato con facciones bien definidas. Es notable en esta pieza la restauración prehispá­
nica de que fue objeto, pues se aprecia una delgada capa de enlucido pintado sobre la
pintura original del rostro. Reconocemos entonces que en algún momento, en tiempos
prehispánicos, esta escultura fue renovada. También es evidente que sufrió la decapi­
tación de una escultura que probablemente representaba una figura humana entera.
Quizá nunca sabremos si este rostro correspondía a uno de los pares de pies hallados
en el Edificio de las Columnas.
Hay también algunas esculturas en El Tajín trabajadas en altorrelieve que proceden de
la Pirámide de los Nichos y de la Plaza del Arroyo. Cada una representa un personaje re­le­
van­te, y el encuadre de éstos ocurre de la misma manera como se representaron los go­ber­
nan­tes mayas sobre las estelas, pero no incluyen en ningún caso inscripciones que re­gis­tren
sus nombres o las fechas de su entronización. Estas estelas parecen seguir una tra­di­ción
desarrollada previamente en sitios vecinos como Morgadal (Pascual Soto, 2006: 166).
Como hemos mencionado, en El Tajín, los bajorrelieves están supeditados a las cons­
trucciones arquitectónicas y constituyen la mayoría de las esculturas en el sitio. Los
formatos corresponden al tamaño y posición con respecto a los muros. Las temáticas

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son indicadores de la función del edificio en el que se adosan. Así, podemos dividir, por Dibujo del bajorrelieve del
tablero suroeste del Juego de
forma y función, los bajorrelieves de El Tajín en tableros, frisos y columnas.
Pelota Sur.
Los tableros pueden distinguirse por series: los de la Pirámide de los Nichos, los
de los Juegos de Pelota Sur y Norte. Reconocemos que cada uno de estos conjuntos Detalle del tablero noreste
mantiene características que los unifican. No es difícil reconocerlos como conjunto. del Juego de Pelota Sur.
La división espacial, el diseño del marco y el encuadre le dan unidad a cada serie que
corresponde a un conjunto arquitectónico determinado.
Los tableros de la Pirámide de los Nichos se realizaron cada uno en un solo bloque
de arenisca. Tienen en común las dimensiones, aunque con variantes, miden alrededor
de 1.20 m por lado. El marco representa una especie de eslabones y cuadretes con cír­
culos centrales. En cada uno se representa un personaje central, que puede estar solo
o enfrentando a entidades zoomorfas o seres míticos que aparecen como secundarios.
Estos tableros se encontraban decorando los muros del templo mismo. Hay al me­
nos once tableros identificados de esta procedencia. Se trata de figuras aparentemente
correspondientes al discurso mítico, pues aunque los personajes tienen elementos clara­
mente antropomorfos, se potencian también con características no humanas. Si se trata­
se de personajes reales o dignatarios, estas características tendrían el objeto de legitimar
su poder dada su cercanía con las deidades o formar parte de los mitos mismos.
Los tableros que ornaban los muros del Juego de Pelota Sur fueron realizados sobre
varios bloques empotrados para formar las paredes. Sin duda primero se armaron los
muros y luego se procedió a su esculpido. Este conjunto se plane���������������������
������������������
como una unidad co­
herente y ubica en cada una de las cuatro esquinas al Dios de la Muerte, enmarcando una
escena correspondiente al ritual del Juego de Pelota y al sacrificio que seguía al ritual.

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Tablero central sur, Juego de En el centro se ubicaron escenas míticas enmarcadas por varios niveles de volutas y sím­
Pelota Sur.
bo­los de deidades y coronadas por la representación de una magnífica deidad de doble
cuerpo y un solo rostro, logrado por la unión de dos perfiles que conforman un solo frente.
En las esquinas se ubican los relieves alusivos a escenas del ritual mismo del juego de
pelota. En las cuatro aparece, en un encuadre independiente de la escena principal, pero
unido a ésta, la representación de un personaje descarnado de rostro, torso y brazos,
aunque sus manos aparecen completas. La parte inferior del cuerpo está oculta dentro
de una olla que a su vez se encuentra en el interior de un diseño de agua. Seguramente
se trata de la imagen del señor de los muertos, o de la muerte misma, que se presenta
en las cuatro esquinas de la cancha, aludiendo al final de la vida que ocurre al final del
juego; al final de cada muro de la cancha y al medio acuoso, subterráneo, de su morada,
como el nivel freático tan cercano al de la superficie del suelo en el área ceremonial del
sitio y que de hecho inunda las canchas periódicamente en la temporada de lluvias.
Los dos tableros centrales del Juego de Pelota Sur están coronados por la imagen de
una deidad de dos cuerpos recostados boca abajo y un solo rostro de frente formado
por dos perfiles. En lugar de boca tiene un diseño como pico. Ambos están rodeados de
franjas de volutas entrelazadas y símbolos codificados, aludiendo muy probablemente
a deidades. Hay cuatro franjas de glifos y volutas a cada lado y una en la parte inferior.
Hay varias similitudes en la escena central de los dos muros: en los dos se observa una
estructura arquitectónica en corte, construida con bloques que contienen agua. Sobre
el techo de cada una hay cuatro almenas. Existe una construcción en la parte oeste de
esta cancha que presenta almenas similares a esta representación; no las hemos recono­
cido en otras edificaciones. Volviendo a los bajorrelieves, encontramos que en los dos

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hay plantas de maguey representadas superpuestas, de tal forma que parecen significar
la perspectiva de un campo cultivado: quedan algunas en la base de la imagen y otras
más y más arriba, convención poco habitual en la gráfica mesoamericana. En los dos hay
cuatro personajes, pero parecen contener un relato distinto cada uno.
En el tablero central sur un personaje humano con casco de pez se encuentra con me­
dio cuerpo dentro del agua y recibe el diseño de un líquido que surge del sacrificio por
punción del miembro viril de un personaje acuclillado fuera de la estructura arquitectóni­
ca. Encima de las almenas del edificio hay un personaje humano sentado que porta sobre
su cuerpo un diseño solar. Sobre él una banda reproduce diseños de estrellas cortadas,
asociados con Venus. Frente a esta banda, un ser de cuerpo humano y cabeza de conejo
lleva sobre el cuerpo la insignia del ojo de volutas asociado con las deidades del sitio.
Así, este relieve alude por un lado a líquidos vitales: el agua (almacenada en la es­
tructura arquitectónica), los fluidos corporales que se evocan en el diseño que surge del
sacrificio (sangre) del miembro viril (semen) que recibe el otro personaje en los labios
(saliva) y el pulque, bebida embriagante y de uso ritual a la que se alude al representar
las plantas de maguey, de las que se obtiene el aguamiel que, al fermentarse, produce
el pulque. Por otro lado presenta seres vinculados con cuerpos celestes: el sol (sobre
las almenas), la luna (asociada míticamente con un conejo) y Venus (representado en
la banda celeste). Tanto el personaje solar como el lunar llevan en la mano un diseño
sinuoso que ha sido interpretado como el rayo, nombre de El Tajín, de acuerdo con el
nombre que han dado los totonacas a este lugar.
En el tablero central norte, un personaje recostado sobre la espalda está atado. Porta
una nariguera y un ornamento sobre la ceja. Se encuentra parcialmente dentro de la
estructura arquitectónica y sobre el diseño del agua. Frente a él, pero fuera de la es­
tructura, un personaje de pie lo señala con el índice. Entre ambos está el diseño de una
vírgula. Lleva con el otro brazo una olla similar a la que aparece en los tableros de cada
esquina de la misma cancha, de la que surge un personaje esquelético. Parece dirigirse
a dos personajes sentados sobre las almenas del techo de la estructura; el primero lleva
una máscara y porta en una mano un bastón y en la otra el diseño sinuoso que acaso
represente al rayo. El de atrás lleva sobre el pecho el diseño de un ojo de volutas.
En cuanto a los tableros de las esquinas, se ha propuesto un orden en la lectura de
los mismos que alude de alguna manera al diseño de bandas cruzadas, pues se da de la
siguiente manera: sureste, noroeste, suroeste, noreste. Este orden significaría también
el de la celebración del ritual. El orden de lectura planteado reproduce gráficamente el
esquema de las mismas bandas cruzadas del signo ollin.
Las escenas están conformadas por jugadores de pelota y se representa también el
sacrificio asociado al juego.
Los frisos coronaban las paredes de los juegos de pelota y también los cuerpos o al
menos el templo sobre la Pirámide de los Nichos. Se trata de franjas llenas de volutas
que entrelazan a deidades de cuerpo entero o simplemente sus glifos o rostros, que alu­
den a su omnipresencia. La repetición de motivos otorga un ritmo en las decoraciones
que se reitera en El Tajín. Lo que predomina en estas franjas esculpidas es la repetición
de diseños y esto da un ritmo a la decoración, como ocurre con los nichos en los cuer­
pos de las pirámides.
Los bajorrelieves sobre las columnas del edificio al que dan nombre también fueron
esculpidos una vez armados los cilindros. Por evidencias obtenidas durante la explora­
ción del edificio, sabemos que se trataba de tres columnas sosteniendo el pórtico.
Los cilindros de aproximadamente un metro de diámetro y de alturas variables fueron
colocados a hueso, sin sistema de espiga o amachimbrado, por lo que irremediablemente
se colapsaron bajo el peso de las techumbres coladas de argamasa y piedra pómez. La
temática de estas columnas es muy particular. No se trata, como en los tableros antes men­
cionados, de la apoteosis de sus deidades sino de sus gobernantes. Parecería que quien se
acercase al recinto cerrado y controlado del Edificio de las Columnas habría de enfrentar­
se, antes que nada, con el reconocimiento de la grandeza de los señores que lo habitaban.
Páginas anteriores:
De hecho, estas imágenes parecen propaganda que ensalzaba a los gobernantes y su Columnas del Edificio
poder y eran las que recibían a los visitantes del palacio de la ciudad. El personaje más Las Columnas de El Tajín.

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citado en las columnas es Trece Conejo, pues hay que decir que en algunos casos se re­
gistra en los personajes su nombre calendárico que, según la tradición mesoamericana,
correspondía al día de su nacimiento.
Se relatan en las escenas de las columnas hechos históricos, como la entronización de
Trece Conejo, quien recibe las insignias propias de esta ceremonia en otros sitios de la
Costa del Golfo, como ocurre en las vasijas cerámicas trabajadas también en bajorrelieve
de la tradición Rio Blanco-Papaloapan, a la que nos hemos referido en el capítulos dedi­
cado a La Mixtequilla, consistentes en el manojo de plumas y el sartal de cuentas de pre­
cioso jade. El señor posa sus pies sobre la cabeza de un decapitado cuyo cuerpo chorrea
sangre a su lado. Hay también escenas de aprehensión de cautivos en batalla, relatos de
juegos de pelota y de encendido de atados de caña, como corresponde a las celebracio­
nes cíclicas cada 52 años; hay también escenas de sacrificios por decapitación y se sugiere
también el sacrificio de infantes. Hay algunas (pocas) mujeres y deidades o personajes
ataviados como tales que participan entre los hombres de los acontecimientos relatados.

La pintura

La pintura mural se desarrolló magistralmente en El Tajín. Sus habitantes nuevamente


recibieron por tradición las técnicas y estilos de Teotihuacan y de nueva cuenta innovan
mediante la introducción de un estilo que ya les era propio.
Detalle de pintura mural
del Edificio I Así, figura el rojo sobre rosa como combinación heredada de la gran urbe, pero en­
de El Tajín. contramos una y otra vez las formas que son propias de El Tajín: las grecas escalonadas,

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las cruces, las volutas que ocupan toda la superficie, los seres que combinan rasgos
humanos con los de entes fantásticos y, además, mantienen temáticas aludidas en la
escultura. De esta forma, adivinamos la coherencia de un discurso complejo plasmado
en los muros de la ciudad para celebrar su grandeza.
Los ejemplos mejor conservados en el sitio proceden de los Edificios 11 y 11 bis en
el área ceremonial y del Edificio I de Tajín Chico, pero en esta área hay fragmentos
re­colectados en otros edificios, como el A o el de las Columnas, es decir, se hallan en
la parte superior de edificios dedicados al juego de pelota y en edificaciones en el área
residencial.
Esta disposición en áreas de usos distintos propicia también que los murales tengan
características diferenciales. Así, los murales de los Edificios 11 y 11 bis, que juntos
conforman un juego de pelota aledaño a la Pirámide de los Nichos, resultan de diseños
grandes, propios para verse a la distancia. En cambio, los murales que fueron realizados
sobre las paredes del Edificio I son de trazo muy fino y de figuras de pequeño formato,
lo que confirma nuestra idea de que estos edificios no eran accesibles a las multitudes;
en cambio, quienes los habitaban, los podían apreciar a corta distancia. En el Edificio
de las Columnas han aparecido fragmentos de murales en los cuales se aprecian perso­
najes de pequeño formato. No es posible establecer por el momento su temática, pues
sólo se han hallado fragmentos de murales, pero acaso hayan reforzado los relatos de
las hazañas y ceremonias de los poderosos, de los gobernantes, como es notable en los
relieves que adornaban las columnas.

La cerámica

Los materiales cerámicos del sitio pueden dividirse en cinco grandes grupos, que a su
vez incluyen varios tipos cerámicos: I) Cerámica doméstica; II) Cerámica con acabado
pulido o bruñido; III) Cerámica diagnóstica; IV) Cerámica utilitaria y V) Cerámica de
pasta fina.
Los primeros cuatro grupos abarcan los tipos utilitarios, mientras que en el último se
agruparían aquellos utilizados para el ritual. En los grupos I y II se reunieron formas de
platos, cajetes y cuencos; se distingue la doméstica por su pasta burda frente al grupo
de los que tienen acabado pulido. En el grupo IV se clasificaron los comales, que son
también de uso doméstico y con una función muy específica en los procesos culinarios.
El grupo III reúne la cerámica que distingue al sitio de El Tajín. Aunque hay aquí una
clasificación de seis tipos, se trata de cerámicas de composición y decoración similar,
cuya característica distintiva es la decoración denominada de “bandas ásperas” y “ras­
treado o escobillado”.
El grupo V agrupa las cerámicas de pasta fina. Aquí se ubican tipos con varios colores
que incluyen Naranja, Rojo, Negro sobre rojo, Rojo sobre blanco y Marfil. Estos tipos
son proporcionalmente más escasos que los que tienen un acabado burdo. Particular­
mente hay ejemplares de pasta fina de colores crema o bayo que corresponden a una
tradición costera del Posclásico temprano y tardío y que se extienden a lo largo del
Norte y Centro de Veracruz.
En términos generales podemos decir que los tipos que caracterizan a El Tajín y que
están considerados como diagnósticos son de pasta y terminados burdos. Uno se llama
de “bandas ásperas” por su acabado, y otro tipo de vasijas grandes se conocen como Friso de la Pirámide de Los
apaxtles de baño rojo interior (Yamile Lira, información personal). Nichos.

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Así reconocemos que, a lo largo de aproximadamente cuatro siglos que dura el es­
plendor de la ciudad, los tipos cerámicos permanecen más o menos inmutables. Se
desarrollan tipos que son característicos del sitio y se mantienen a lo largo de su ocu­
pación, como se mantiene una tradición. Se trata de un fenómeno de larga duración
que revela el mantenimiento de maneras de hacer que se transmiten de generación en
generación. Esto es válido también para las demás artes. Hay una congruencia estilística
tanto en la arquitectura como en la escultura y en la pintura, independientemente del
desarrollo de la ciudad y con él, el de las manifestaciones gráficas y estéticas. El mante­
nimiento de las tradiciones significa también el alcance de la maestría en sus disciplinas
y la consolidación de un estilo como identidad. Por eso hablamos de un “estilo Tajín”,
que habría de tener una importante influencia en las artes desarrolladas en el resto del
área mesoamericana.

Religión

Los dioses
Los rasgos de las deidades de El Tajín son compartidos por otros númenes mesoameri­
canos, por eso podemos identificarlos. Utilizaremos aquí los nombres conocidos para el
centro de México; seguramente no eran los nombres con los que fueron invocados en
El Tajín, pero nos permiten reconocer claramente sus características similares. Esta co­
herencia de elementos en Mesoamérica posibilita también identificar en El Tajín a algu­
nas deidades que fusionaron elementos de dioses reconocidos como distintos en otros
periodos prehispánicos. Así, veremos cómo una deidad tiene atributos de la deidad de
la lluvia y de la del viento, o cómo la deidad solar y lunar es portadora del trueno o una
deidad de doble cuerpo asume atributos conocidos para el dios del viento.

Quetzalcóatl
Quetzalcóatl es la deidad que recibió un extendido e intenso culto durante el Epiclási­
co, etapa de florecimiento de El Tajín. Con distintos nombres y diversas advocaciones,
con múltiples representaciones, esencialmente se pueden reconocer en El Tajín elemen­
tos que revelan su importancia.
La práctica del juego de pelota está ligada al culto a Quetzalcóatl y Xólotl, de manera
que el importante número de canchas (17) para este ritual es un indicador de su culto.

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La reiterada imagen de la xicalcoliuhqui en las decoraciones arquitectónicas y hasta
en el muro cuya planta revela la greca escalonada es una geometrización de su insignia
consistente en la espiral que se descubre al cortar un caracol y que habitualmente Quet­
zalcóatl porta sobre el pecho.
La importancia de Venus se expresa en el diseño reiterado de un quincunce y en
las serpientes emplumadas que no sólo rememoran el significado claro del nombre de
Quetzalcóatl, sino que se enroscan formando el glifo del movimiento alrededor del
diseño del astro solar.
En el Edificio I de Tajín Chico hay personajes humanos con una máscara que incluye
un caracol cortado. Se representan dentro del diseño de una cruz cuyos bordes tocan
con las manos. La cruz, como el quincunce, se asocia con Quetzalcóatl.
En los tableros de la Pirámide de los Nichos aparecen elementos asociados con la
deidad, como un caracol cortado sobre el pecho, insignia inequívoca de esta deidad, o
un murciélago, ente nocturno también asociado míticamente con la deidad.
Relacionadas también con Quetzalcóatl aparecen en El Tajín las tres deidades si­
guientes: el Dios Dual, Xólotl y Ehécatl.

Dibujo de la Deidad Dual


sobre los tableros centrales
del Juego de Pelota Sur.

Detalle de la misma deidad.

Tláloc descendente en un
bajorrelieve de El Tajín.

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Dios Dual
Sobre los tableros centrales del Juego de Pelota Sur aparece una deidad de doble cuer­
po, cuyos rostros se unen formando un solo rostro. Piña Chan (1977: 33) la identificó
como Quetzalcóatl en su advocación de Nácxitl, el cuatro pies, identificación que man­
tuvo en su obra dedicada a El Tajín (Piña Chan y Castillo, 1999). Su rostro tiene un
pico que puede asociarse con el de Ehécatl, la deidad del viento, que es también una
advocación de Quetzalcóatl.
Hay que reconocer también que la duplicidad de cuerpos puede hacer alusión a los
dioses primigenios, Ometecuhtli (Señor Dual) y Omecíhuatl (Señora Dual), que aquí se
representaría como deidad creadora presidiendo escenas que se refieren a mitos com­
plejos en su carácter solamente masculino.

Xólotl
Esta deidad, correspondiente al acompañante, gemelo o nagual de Quetzalcóatl, tiene
cuerpo humano y rostro de perro y aparece en El Tajín en el tablero noroeste y en frisos
llenos de volutas entrelazadas procedentes de la Pirámide de los Nichos.

Dios del Viento


Además de la posible representación de Ehécatl de dos cuerpos con pico de pato, apa­
rece la representación de una deidad reiterada sobre los muros del Edificio I de Tajín
Chico. Pintado en varios tonos de azul, su estilo recuerda al de los dioses representados
en los códices mayas. Llama la atención el glifo Ik, día y signo del viento, sobre su pecho
y sus brazos. Ehécatl es precisamente el dios del viento.

Tláloc
Con sus características anteojeras y su boca dentada, Tláloc aparece representado en
varias ocasiones. Se representa descendente, como la lluvia generosa. Su rostro aparece
de frente y su cuerpo flexionado. Es interesante una representación de un personaje de
cuerpo humano, pero con máscara de Tláloc. Aparece en la misma columna en la que
en la escena vecina descendía auxiliado por cuerdas sobre un personaje femenino se­
dente. En esta ocasión, al personaje se aproxima una mujer noble ataviada con el tocado
típico de Trece Conejo; acaso se trataba en esta ocasión de reivindicar la proximidad o
incluso el linaje de este gobernante con la deidad pluvial.

Mictlantecuhtli
El dios de la muerte aparece en las cuatro esquinas de la cancha del Juego de Pelota Sur.
Recuerda así la dramática asociación del juego con la muerte por sacrificio que allí ocu­
rre. Está representado con la cabeza como cráneo descarnado, se observan también sus
costillas, su columna vertebral, su esternón y los huesos de sus brazos, pero sus manos
no están descarnadas. En algunos frisos aparece también el cráneo descarnado pero con
la vírgula de la palabra adornada por joyeles saliendo de su boca.
En el Tablero Noreste de la misma cancha del Juego de Pelota Sur aparece la repre­
sentación del ser descarnado, esta vez descendente, se cierne sobre la víctima sacrificial
y recibe una vírgula que parece surgir del sacrificado.
Todas estas representaciones nos recuerdan a la muerte viva, como fue representada
en varios otros sitios de la costa del Golfo en el Centro-Sur de Veracruz, como ocurre en
el Señor de los Muertos en El Zapotal, en La Mixtequilla, o en el ejemplar de Los Cerros.
En todos los casos el dios se ve sonriente, fatídico, macabro, vigoroso, poderoso, vivo.

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Dios Ave
No conocemos una correspondencia de esta deidad con ninguna del centro de México,
pero en cambio la hemos encontrado representada en la zona maya en figuras del Clá­
sico, por ejemplo en Palenque. Se trata de un ser con cuerpo humano, pero cabeza de
ave y alas surgiendo de los brazos. Aparece a menudo como deidad descendente y está
asociada en varias ocasiones a imágenes de sacrificio. Se representa en el lado suroeste
en los tableros de las dos canchas para el juego de pelota y en el noroeste en el del Juego
de Pelota Norte; es decir, tanto al norte como al sur, del lado del ocaso. Por eso pensa­
mos que está asociada al sol descendente.

Dios Tajín
La escultura llamada dios Tajín, ubicada y hallada en el Edificio 5, tiene atributos de
descarnado, vírgulas sobre las cejas y porta en sus manos un objeto sinuoso que ha sido
interpretado como el relámpago.
Álvaro Brizuela ha advertido que los totonacas contemporáneos la conocen e identi­
fican como divinidad Tajín, que encarna a la tempestad. En este sentido, reconoce esta
escultura como “símbolo meteórico que representa la síntesis del fenómeno climático
como viento, lluvia, rayo-relámpago y trueno” (Brizuela, 2008: 957). De cualquier for­
ma debemos insistir en que tempestad no es sinónimo de huracán.

Dios Solar
En los tableros centrales del Juego de Pelota Norte, así como en un tablero de la Pirámide
de los Nichos, reconocemos un ser sedente representado de perfil y rodeado por diseños
de plumas que forman una especie de rodela. Este diseño nos permite equipararlo con
el sol. Lo circundan los cuerpos de dos serpientes emplumadas entrelazados. Aparece
sentado sobre un trono, símbolo de poder, similar al que usa Trece Conejo en su entroni­
zación sobre un relieve de las columnas. Hemos mencionado ya que Galindo propuso la
identificación de este ser con el sol, rodeado por las serpientes que representan a Venus,
cuyo paso por el firmamento sigue y rodea la eclíptica solar (Galindo, 2004: 383). La muerte representada
En el tablero central sur del Juego de Pelota Sur aparece sobre las almenas de la es­ con la vírgula de la palabra
tructura arquitectónica central un personaje, de nuevo sedente y de perfil, parcialmente enjoyada.
cubierto por un diseño solar. Lleva en la mano un diseño sinuoso que ha sido interpreta­
Dibujo de un sacrificio
do como el relámpago, que también porta el conejo, asociado con la luna en este mismo representado en bajorrelieve
tablero. Nuevamente aparece el símbolo del trueno, que da nombre al sitio en totonaco. sobre una columna
de El Tajín.
¿Dios Huracán?
Tablero de El Tajín que
Desde las exploraciones de José García Payón se señaló a Huracán como la deidad representa a un jugador
principal de El Tajín. Esta idea ha sido aceptada y reproducida por varios autores. La de pelota.

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base de esta idea inicial era la greca escalonada omnipresente en El Tajín, y que aparece
como insignia de Huracán en el magnífico libro de Fernando Ortiz publicado por pri­
mera vez en 1947 y citado y discutido por el mismo García Payón (1973b) al intentar
explicar la omnipresente greca escalonada como signo del meteoro.
Uno de los argumentos esgrimidos para imponer a la deidad Huracán como recepto­
ra de culto en El Tajín es el significado del nombre del sitio en lengua totonaca: trueno.
Esto, desde nuestro punto de vista, debilita aún más esta propuesta en lugar de fortale­
cerla. Un trueno no es un huracán.
Huracán es en efecto una deidad poderosa que recibió un importante culto en el área
circuncaribeña. La fuerza destructiva de estos fenómenos sobre los habitantes de esta
región explica por sí sólo el temor que habría provocado.
Los mayas también reconocieron a este numen como deidad creadora e incluso en el
Popol Vuh aparece como corazón del cielo.
Sin embargo, en El Tajín mismo la presencia de huracanes es mínima. Su ubicación lo
protege de los fuertes vientos, pues la serranía debilita estos fenómenos convirtiéndolos
en tormentas tropicales, lo que acaso no evita los destrozos, pero la percepción es muy
distinta. No es lo mismo los aguaceros pertinaces, acompañados de viento, de inunda­
ciones y de crecidas de ríos, que los fenómenos que viven los habitantes de la Península
de Yucatán y las islas del Caribe, quienes perciben la dirección del viento destructor a
velocidades y fuerzas imperiosas, el paso de la calma que corresponde al ojo del hura­
cán y el súbito reinicio de la fuerza del viento, ahora en dirección contraria.
Además, la incidencia comparativa de huracanes en las áreas referidas con la que
ocurre en El Tajín es aún más sorprendente: en un siglo (1900-2000) se registraron en
El Tajín 32 huracanes, mientras en el mismo lapso ocurrieron 77 en el área maya y 313
en las Antillas (Ladrón de Guevara y Hernández, 2004).

El juego de pelota

El juego era mucho más que un deporte. Su enorme expansión en Mesoamérica, la gran
cantidad de canchas que evidencian su práctica particularmente durante el Epiclásico,
aunque no son exclusivas de este periodo, dan cuenta de la importancia no solamente ri­
tual sino, seguramente también, política y económica. En términos simbólicos se trataba
de la escenificación del enfrentamiento cósmico de las fuerzas contrarias que hallan en el
juego el equilibrio procurador de la supervivencia. Sus alineaciones señalan la eclíptica
solar que habría de delimitar el cosmos en su recorrido por las esquinas del mundo du­
rante los solsticios. Al final del juego se decapitaba a un jugador, sacralizando su muerte
ofrecida a los dioses como alimento necesario para que siguieran creando vida.

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Esto debe haber significado también un espectáculo dramático y sangriento que se­
guramente conmovió a los espectadores y despertó la pasión de sus practicantes.
Es evidente que el juego de pelota fue uno de los rituales principales en el sitio de El
Tajín, pues se han hallado hasta hoy 17 canchas para su práctica. Cabe recordar que la
deidad que regía el juego de pelota era precisamente Quetzalcóatl, junto con su gemelo
Xólotl. Juntos eran los gemelos preciosos, luceros de la mañana y de la tarde, contrarios
complementarios. De esta manera la práctica de este juego ritual evocaba el enfrenta­
miento de contrarios que encuentra solución sólo en el movimiento.
Algunas de las canchas se alinearían de este a oeste, siguiendo el camino del sol; otras
se trazarían de norte a sur, perpendiculares a las primeras. De esta manera los dos tipos
de alineación abarcarían los cuatro rumbos, los que conforman el universo según la
cosmovisión mesoamericana. Así, el juego mismo se convertía en el núcleo donde física
y simbólicamente ocurría el movimiento, el que equilibra las oposiciones, el que es ne­
cesario para que perduren los ciclos ininterrumpidamente.
En El Tajín no hay huellas de ningún anillo en ninguna cancha. Hay en cambio escul­
turas, a las que hemos hecho referencia, que marcan seis puntos precisos en las canchas.
Es posible que estos puntos fuesen marcadores de algún tipo de puntaje. Hay hallazgos
procedentes de las canchas de juego de pelota de una especie de cuenco de piedra que
acaso haya servido como base para la pelota al inicio. Estos cuencos están también re­
presentados en algunos bajorrelieves.
Sabemos que en tiempos prehispánicos se usaron pelotas hechas de hule de cierta
manera vulcanizado, pues así lo demuestran los hallazgos del sitio olmeca de El Manatí,
dos milenios anterior a El Tajín. Las pelotas de hule allí encontradas son evidencia de
una mezcla de látex con el líquido extraído de una planta, la Ipomea alba, lo que daba
su elasticidad y rebote al balón esférico (Tarkanian y Hosler, 2000). Vale la pena, sin em­
bargo, señalar que a menudo en los relieves de El Tajín y de otros sitios (Las Higueras
en la Costa del Golfo o Chichén Itzá en la zona maya) se representa un cráneo al interior
de la pelota. No es imposible que la base de la pelota con la que se desarrollaba el juego
fuese en efecto un cráneo, que bien podía proceder de un sacrificio efectuado asociado
al ritual, acaso cubierto con hule, o simplemente la pelota es la metáfora de una cabeza
como trofeo y por eso se representó así.
En la cancha del Juego de Pelota de los Edificios 11 y 11 bis está empotrado un mag­
nífico relieve donde dos rostros de perfil se enfrentan en franca oposición. Llevan cada
uno un complicado tocado con dos cabezas de serpiente cada uno. En el centro del
relieve se encuentran enfrentadas dos de las serpientes de estos tocados. Sus lenguas se
unen en un símbolo de movimiento: ollin. Es el movimiento, la síntesis de la oposición
de los contrarios, la esencia de la filosofía del juego mismo… y la esencia del pensamien­
to filosófico mesoamericano. Se trata de la búsqueda del equilibrio de contrarios que
sólo puede ocurrir en el movimiento continuo.
Subsecuente al juego de pelota se ejecutaba un sacrificio por decapitación. A menu­
do se ha discutido a quién correspondía este predicamento. Se ha propuesto que los
perdedores eran ejecutados, de manera que el sacrificio era visto más bien como un
castigo. Se propuso también que, ya que los sacrificados eran ofrecidos a los dioses y
se convertían incluso en los dioses mismos, no eran los perdedores sino los ganadores
quienes eran objeto del honor del sacrificio. Si esto hubiese sido así, el sacrificio habría
significado una enorme pérdida, pues el entrenamiento para lograr un gran jugador Dibujo de un friso central
implica una enorme inversión de tiempo, esfuerzo y costo. Hemos propuesto que el sa­ en el Juego de Pelota
crificado era previsto antes incluso de llevar a cabo el juego; después de todo, no hay en 11 y 11bis.

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los rituales espacio para el azar, como sí lo hay en el juego. De esta manera, el sacrificado
sería dispuesto y ataviado como jugador independientemente del resultado de la justa.
Los bajorrelieves son elocuentes en cuanto al momento del sacrificio. Está claro que
se trata de una decapitación, pues el sacrificador hunde el cuchillo en la garganta del
individuo. Hay varios bajorrelieves en El Tajín, particularmente en la cancha del Juego
de Pelota Sur y en las columnas en que se representa el momento dramático del sacri­
ficio por decapitación. Hay también un bajorrelieve de forma triangular o trapezoidal
que, aunque incompleto, describe este momento mediante convenciones conocidas en
otros sitios mesoamericanos —me refiero a los sitios de Las Higueras y Aparicio en la
Costa del Golfo y a Chichén Itzá en la zona maya—. En todos ellos se representa a un
decapitado de cuyo cuello surgen serpientes como metáfora de los chorros de sangre.
En todos los casos el personaje está ataviado como jugador de pelota, con los caracte­
rísticos protectores de yugo y hacha o palma.

Cosmovisión

Recurrentemente, a lo largo del tiempo y espacio mesoamericanos hallamos la repre­


sentación del cosmos bajo un esquema similar. Podemos reconocer en ese esquema
un plano horizontal que muestra cuatro esquinas o rumbos y un núcleo central; una
Edificio 12 al fondo del Juego su­perposición vertical de niveles y un transcurrir del tiempo entre las dimensiones an­
de Pelota 11 y 11bis. teriores.

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El plano horizontal.

El altar procedente del Edificio 4 del sitio de El Tajín es absolutamente congruente con
imágenes de códices y otros documentos gráficos mesoamericanas que tenían por obje­
tivo representar el orbe. Su imagen es rectangular; en su centro horadado se ha repre­
sentado la imagen del sol, identificable por las plumas que lo ornamentan y las flechas
que lo atraviesan, pues, como sabemos, las flechas aluden al carácter guerrero del sol.
En los extremos inferiores izquierdo y derecho hay representaciones de agua asocia­
da a los perfiles de una cabeza de serpiente estilizada con cejas de volutas.
Alrededor del diseño del sol, dos cuerpos de serpientes ornados de plumas lo rodean en­
roscándose dos veces, una abajo y otra arriba del diseño solar. Cada nudo descrito por los
cuerpos de las serpientes forma el conocido glifo de movimiento conocido como ollin en
náhuatl. Todo este diseño descansa sobre un altar que a su vez se asienta sobre una tortuga.
Hay cuatro personajes humanos en la escena. Los centrales, principales, son de edades muy
distintas. El viejo se reconoce por tener arrugas en el rostro y porque porta símbolos asocia­
dos con la muerte, como el cuchillo sacrificial y una mano mutilada en el tocado. El personaje
joven, en cambio, lleva un atado de cañas, símbolo del renacer del Fuego Nuevo cada ciclo
de 52 años. Mientras estos dos varones pisan el suelo, los otros dos, que parecen secundarios,
tienen los pies inmersos en el agua. Ambos cargan bolsas de copal. Los cuatro personajes
tienen tras sus tocados el emblema omnipresente de la deidad en El Tajín, el ojo de volutas.
Esta es la representación ideal de un universo cuadrangular, heliocéntrico, compues­
to de agua, tierra, fuego y viento, integrados y arreglados por el quinto elemento esen­
cial: el movimiento, el que soluciona el paso alternado entre contrarios, el que permite
el movimiento de los astros alrededor del plano terráqueo, alrededor de un eje, el que
soluciona la oposición de contrarios, el que se reproduce en el ritual del juego de pelota
y acaso, de alguna forma, también en la transición de poder de un señor a su heredero.
No sólo en la iconografía hemos reconocido la coherencia de la cosmovisión de El
Tajín con el resto de Mesoamérica; resaltaremos aquí la correspondencia del plano ur­
banístico de la ciudad con la imagen del universo. En efecto, si revisamos ahora el plano
de El Tajín, el mismo que a muchos pareció azaroso, reconoceremos la reiteración de
los elementos simbólicos principales en la escena descrita.
Al centro de la ciudad se erige la Pirámide de los Nichos, cuyo número, 365, no podía
aludir con mayor claridad al sol y su recorrido por el cosmos.
El agua transcurre al lado este y oeste del centro ceremonial por los arroyos que
corren norte-sur. Del mismo modo, la gran área mesoamericana estaba rodeada en los
lados este y oeste por el agua.
El aire evocado por las serpientes emplumadas en todo el sitio, también está repre­
sentado en la construcción llamada Gran Xicalcoliuhqui, cuya planta describe un cara­
col cortado, geometrizado, cuyo número probable de nichos, 260, alude al calendario
ritual que corría conjuntamente con el de 365 para medir el transcurrir del tiempo.
La tierra es el asiento de toda la ciudad y en el altar está representada por la tortuga
vista de perfil, que sirve de asiento a la representación del altar mismo, ubicado al cen­
tro de la ceremonia.
El movimiento, que se representaba en el altar mediante los cuerpos anudados de las ser­
pientes, aparece en el plano mediante la construcción de las canchas que eran sede del juego
de pelota, ritual que evocaba este transcurrir cíclico entre contrarios que significa la vida.
Este movimiento astral y cíclico es equiparable con el transcurrir del tiempo. La obsesión
por la cuenta del tiempo tiene que ver con ese movimiento cósmico. De esta forma, podría­
mos reconocer que la imagen del cosmos mesoamericano no es solamente tridimensional, si
consideramos las cuatro direcciones como la horizontal y los niveles superpuestos como la
vertical, sino que se reconoce una dimensión más, la del tiempo, eje del movimiento solar al­
rededor del plano terrestre. El transcurrir del tiempo es conceptualizado como el movimien­
to, ollin. El tiempo es la otra dimensión, la que permite el cíclico devenir de la existencia.
De la misma manera que los cuerpos de las serpientes emplumadas representadas en
el altar rodean y se enredan alrededor del sol, los paseantes en la ciudad de El Tajín se
ven obligados a zigzaguear alrededor de los edificios para desplazarse en el sitio. A dife­

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rencia de las ciudades típicas mesoamericanas, donde las calles o calzadas siguen líneas
rectas, sugerimos que El Tajín obligaba a los fieles visitantes a seguir caminos capricho­
sos como los que sigue Venus en la bóveda celeste. Si en otras ciudades mesoamericanas
se guió a las procesiones rituales en línea recta, como la que siguen el sol o la luna en el
firmamento, en El Tajín, dedicado a Quetzalcóatl, gemelo divino, estrella de la mañana
y de la tarde, Tlahuizcalpantecuhtli, Venus, había que imitar el curso de su eclíptica.

Los niveles superpuestos

En todo Mesoamérica se reconoce también un cosmos compuesto por niveles super­


puestos. El Tajín no es la excepción. Ya en la descripción del altar hemos visto cuerpos
de serpientes que se extienden desde el asiento de la tortuga hasta el límite superior del
recuadro sobre el altar, donde las plumas evocan aves de niveles superiores. Pero una
representación más habitual en Mesoamérica para expresar esta idea de niveles es la
de un árbol. Las raíces se hunden en el inframundo, el tronco atraviesa los niveles que
nos son propios a los seres humanos y la fronda llega a tocar el cielo. A menudo, en las
ramas hay aves que representan los seres del supramundo.
Existen varias representaciones de árboles y plantas en la iconografía de El Tajín,
pero hay particularmente un tablero, hallado en Tajín Chico, que representa un árbol

Dibujo del Tablero


del árbol de El Tajín.

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como axis mundi. Sus raíces se hunden a lo largo del interior de una pirámide, que re­
presenta la montaña sagrada, y llegan hasta las fauces abiertas de un monstruo telúrico.
En su tronco y en sus ramas, que se extienden hasta el techo del encuadre, crecen los
frutos del cacao, producto fundamental en la economía prehispánica y con un valor
simbólico también importante.
Hay dos personajes en la escena. Uno está sentado sobre la estructura piramidal y
lleva la muerte a la espalda, en la forma de un pequeño personaje esquelético que señala
hacia arriba con el índice. Acaricia además a un cuadrúpedo, acaso un gran felino, cuya
cola llega al interior de la pirámide, el inframundo. El otro personaje sube los peldaños
de la pirámide, se dirige al personaje sentado, lleva un casco con forma de cráneo. Estos
personajes se hallan en la parte central del tablero, como los hombres ocupamos los
niveles intermedios del universo. En el inframundo, el monstruo telúrico devorador de
todo abre sus fauces. En la parte superior, son las ramas las que tocan los niveles del su­
pramundo. La muerte se halla en los dos extremos, en el ser devorador del inframundo
y en la muerte que señala con su índice los niveles superiores. En el centro los hombres
cumplen con el culto. Los señores reciben las ofrendas de sus gobernados.

La geometría del tiempo

El registro del paso del tiempo fue un asunto absolutamente relevante en toda Mesoa­
mérica. La medición del tiempo incluía dos cuentas calendáricas que avanzaban cíclica
y simultáneamente. El conocimiento de los ciclos era un asunto de poder, pues signifi­
caba la predicción de los ciclos de los astros, de las temporadas de lluvia y sequía y por
lo tanto de la siembra y la cosecha. Incluso la fecha de nacimiento conformaba parte
del nombre tanto de los hombres como de los dioses, pues ésta significaba también el
augurio de su carácter, de sus habilidades, de sus inclinaciones.
Podemos reconocer que en El Tajín se compartía esta inquietud tanto por el registro
de nombres de personajes en el que, de hecho, sólo se consignó la fecha, como por la
representación de atados de caña, símbolos comunes para representar la celebración
del Fuego Nuevo, que ocurría en Mesoamérica cuando las dos ruedas calendáricas co­
menzaban sincrónicamente. Esto ocurría cada 52 ciclos de 365 días, equivalentes a 73
ciclos de 260 días.
Sorprendentemente, en El Tajín se representaron también los ciclos calendáricos en
la arquitectura: el Edificio 19 del Grupo del Arroyo proyecta su sombra sobre la balaus­
trada poniente de la escalinata norte durante el equinoccio (Galindo, 2004: 386), como
en la ciudad maya de Chichén Itzá, donde los 18 cuerpos de El Castillo representan las
18 veintenas del año y cuya sombre semeja una serpiente descendente. Además, al igual
que El Castillo, el Edificio 19 tiene cuatro escalinatas, una en cada fachada, marcando
a grandes rasgos los cuatro rumbos y estableciéndose como centro, que acaso lo fue en
los albores de la ciudad.
La Pirámide de los Nichos, estructura piramidal central del sitio, tiene 365 nichos,
con lo que manifiesta materialmente la cuenta calendárica del ciclo solar. Además, aun­
que hoy sólo restan 15 nichos sobre sus escalinatas, se calcula que se desplomó una serie
de más de tres nichos, con lo que se marcarían las 18 veintenas. Otro número signifi­
cativo es el 52, que es el número de años que forman un ciclo y que corresponde en la Páginas anteriores:
fachada a los nichos que la escalinata dejó al descubierto, así como al número de nichos Altar del Edificio 4
en el cuarto cuerpo del edificio. de El Tajín.

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Finalmente, la Gran Xicalcoliuhqui que, aunque no ha sido todavía liberada, por los
cálculos de los arquitectos René Ortega y Ezequiel Jaimes (información personal), quie­
nes estaban al frente de su exploración y consolidación durante el proyecto Tajín, este
muro, cuya planta semeja una greca escalonada debió haber tenido 260 nichos, con lo
que se representaba de manera monumental el calendario ritual, que corría simultáneo
al solar.
A partir de todas estas consideraciones, reconocemos en El Tajín un centro con un
discurso gráfico coherente con la cosmovisión mesoamericana, que hereda elementos
de los centros culturales principales en Mesoamérica, como las culturas del centro o
las de los mayas, pero que también se nutre de ideas y modelos desarrollados en la
Costa del Golfo de México desde los inicios de la civilización, desde la formación del
urbanismo, desde los primeros registros calendáricos, desde los pequeños cacicazgos,
hasta los grandes señoríos organizados como ciudades-Estado. Desde el sur, donde se
concibieron las ideas civilizatorias mesoamericanas, dos milenios antes del florecimien­
to de nuestra gran urbe, pasando por los señoríos que habrían de celebrar insignias de
poder que se legitiman hasta alcanzar al Señor Trece Conejo, cuyas hazañas quedaron
Gran Xicalcoliuhqui, plasmadas como memento de su poderío en las paredes esculpidas en bajorrelieve del
fachada sur. pórtico de su palacio en la cúspide de la acrópolis de El Tajín.

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Capítulo VIII
INVESTIGACIONES ARQUEOLÓGICAS
EN LA COSTA DEL GOLFO
Lourdes Budar, Annick Daneels,
Sara Ladrón de Guevara, Yamile Lira López
y Roberto Lunagómez Reyes

El área olmeca tablecer un registro de la cultura maya, que pensaban se


había desarrollado a lo largo de ese ecosistema. Durante
La historia de la arqueología olmeca se remonta a las el recorrido, Blom y La Farge subieron a la cima del vol­
descripciones efectuadas en la segunda mitad del si­ cán de San Martín Pajapan y registraron el Monumento
glo xix. En 1862, a raíz de denuncias hechas por unos 1 de Pajapan, mismo que se encuentra en el Museo Ar­
campesinos de Hueyapan,
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Veracruz, el explorador mexi­ queológico de Xalapa, además descubrieron La Venta y
cano don José María Melgar y Serrano acudió a ver un mencionaron otros sitios arqueológicos desconocidos en
monumento de grandes dimensiones. Se trataba de una aquella época (Blom y La Farge, 1926-1927).
escultura en piedra de proporciones colosales con forma En1927, Hermann Beyer reseñó Tribes and Temples y
de cabeza humana. Melgar publicó el descubrimiento utilizó la palabra olmec para referirse a un hacha que él
del Monumento A de Tres Zapotes acompañado de ilus­ denominó como “ídolo olmeca”, al compararla con el
traciones en 1869; sin embargo, este reporte pasó casi monumento de San Martín Pajapan (Beyer, 1927). Dos
desapercibido por la comunidad científica hasta 1887, años más tarde Marshall H. Saville respaldó el término
cuando Alfredo Chavero volvió a escribir sobre la cabe­ “olmeca”, usado por Beyer, al publicar dos artículos so­
za colosal de Hueyapan y la mencionó en su obra clásica bre hachas votivas, en los que se refiere a un estilo artís­
México a través de los siglos (1887). tico único, caracterizado por “rasgos faciales atigrados”
En 1891 se formó una comisión científica dirigida por y una hendidura en forma de “V” en la frente. Con estas
Francisco del Paso y Troncoso que visitó Tres Zapotes. características el término olmeca afianza su estatus como
Se efectuó una colecta de materiales arqueológicos para estilo artístico en la arqueología mesoamericana (Saville,
la Exposición Histórico-Americana de Madrid, organi­ 1929).
zada para el año siguiente. De hecho, este investigador En la década de los cuarenta surge en la escena Miguel
fue quien clasificó las figurillas procedentes de esta co­ Covarrubias, un artista y coleccionista de arte que se in­
lecta (Del Paso y Troncoso, 1893). teresó en todo lo relacionado con lo olmeca; de hecho
Ya en 1915 Eduard y Cecilie Seler visitaron Tres Zapo­ está considerado como el primer olmequista y publicó
tes para realizar un estudio fotográfico de las esculturas una serie de obras con énfasis en objetos de arte de estilo
monolíticas y una extensa colección cerámica del sitio olmeca (Covarrubias, 1942, 1961).
(Seler, 1922). A partir de 1938 se iniciaron las primeras investigacio­
Años más tarde, en 1925, Frans Blom y Oliver La Far­ nes científicas de campo en Veracruz, Tabasco y Chiapas,
ge emprendieron la famosa “exploración Tulane”. Los bajo la dirección de Mathew W. Stirling, considerado más
objetivos de ésta consistían en realizar un recorrido pe­ tarde el pionero de la arqueología olmeca. Estas primeras
destre por la selva, que se extendía desde el sur de Vera­ exploraciones se realizaron gracias al patrocinio de la Na­
cruz hasta los límites políticos con Guatemala, para es­ tional Geographic Society y la Smithsonian Institution.

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En el invierno de 1938-1939 el equipo de Stirling rea­ reportó secciones del acueducto con silueta en forma de
lizó los primeros mapas planimétricos e inicio una serie “U” que más tarde excavaría George Raymond Krotser
de excavaciones para proponer una cronología del sitio durante el Proyecto Río Chiquito (Stirling, 1955; Coe y
arqueológico de Tres Zapotes; durante cuatro meses de Diehl, 1980).
trabajo de campo, Stirling y Clarence W. Weiant (1943) Por último, en Potrero Nuevo, ubicado al sureste de
descubrieron varios monumentos de roca volcánica. En San Lorenzo, Stirling y su equipo realizaron excavacio­
la siguiente temporada de campo, 1939-1940, Stirling nes durante siete días y encontraron cerámica muy pare­
contó con la participación de Philip Drucker (1943a) cida a la de la meseta y cuatro monumentos de piedra: el
como encargado de las calas estratigráficas. Monumento 1, que representa un jaguar antropomorfo;
Durante estas dos temporadas de campo se recupera­ el Monumento 2, que es el famoso “altar de los atlantes”;
ron varias estelas, monumentos y otros objetos trabaja­ el Monumento 3, que representa —según Stirling— la
dos en piedra, entre los que sobresalen el Monumento cópula de un jaguar y una mujer, así como una serpiente
A (la cabeza colosal reportada por Melgar), las estelas A de piedra arenisca fragmentada.
y C, esta última presenta la fecha calendárica más anti­ Stirling llegó a la conclusión de que la región de San
gua de Mesoamérica (31 años a.C.) según la correlación Lorenzo fue un área contemporánea a Tres Zapotes y
Goodman-Martínez-Thompson, y una escalinata de pie­ subordinada­al centro regional de La Venta (Stirling,
dra adosada a una estructura de tierra (Stirling, 1943). 1955).
En 1939 se realiz������������������������������������
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la primera parte del XXVII Congre­ Durante la primavera de 1953, Philip Drucker y
so Internacional de Americanistas en la ciudad de Méxi­ Eduardo Contreras efectuaron el primer recorrido de la
co. Caso, Covarrubias y Stirling proponen, con base en zona nuclear olmeca. El propósito era intentar definir la
la estela C de Tres Zapotes, que la civilización olmeca es extensión, hacia el este y sur, del territorio olmeca en los
anterior a la maya y que ejerció una influencia en otras estados de Veracruz y Tabasco. El recorrido fue planea­
regiones de Mesoamérica. do para cubrir todo el territorio posible durante el tra­
En 1942 se llevó a cabo en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, bajo de campo. Como medio de transporte se emplearon
la Mesa Redonda sobre Mayas y Olmecas de la Socie­ las redes fluviales, así como caballos para cargar el equi­
dad Mexicana de Antropología; esta reunión agrupó a la po. Se localizaron 81 sitios arqueológicos, de los cuales
mayoría de los interesados en el problema olmeca y en 71 fueron muestreados por medio de calas estratigráfi­
ella se propuso el término “cultura madre” (Caso, 1942; cas para su datación, y se hizo una tipología de sitios de
Jiménez Moreno, 1942). acuerdo con las características arquitectónicas presentes
Finalmente, en 1945-1946, Stirling efectuó una serie de (Drucker y Contreras, 1953).
excavaciones en los sitios de San Lorenzo, Potrero Nuevo Durante 1955, Philip Drucker, Robert F. Heizer, Ro­
y Tenochtitlan en la planicie aluvial del río Coatzacoalcos. bert J. Squier y Eduardo Contreras iniciaron excavacio­
Durante estas dos temporadas de campo, descubrió en nes en La Venta, con el fin de ubicar cronológicamente la
Tenochtitlan, en un sitio localizado entre la desemboca­ ocupación del sitio, con la ayuda de las primeras pruebas
dura del estero Tatagapa y el río Chiquito, dos monumen­ de carbono 14, que determinaron su apogeo entre 1000
tos antropozoomorfos de piedra basáltica, así como otros y 400 a.C. (Drucker, Heizer y Squier, 1959).
objetos también trabajados en basalto que clasificó como De 1966 a 1968 se llevó a cabo el Proyecto Río Chi­
miscelánea (vasijas de piedra). En El Remolino (sitio cer­ quito, de la Universidad de Yale, dirigido por Michael
cano a Tenochtitlan en la margen occidental del río Chi­ D. Coe y Richard A. Diehl (1980) en San Lorenzo Te­
quito) localizó en un banco del río dos grandes columnas nochtitlan. Coe y Diehl realizaron un trabajo multidis­
de granito (Stirling, 1955). ciplinario de investigación arqueológica y etnoecológica
En la meseta de San Lorenzo, ubicada 2.5 km al su­ de la región, con un programa de excavaciones en San
roeste de Tenochtitlan, Stirling hizo algunas trincheras Lorenzo, Tenochtitlan, El Remolino y Potrero Nuevo, a
y encontr������������������������������������������������
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tiestos de cerámica, figurillas y quince monu­ fin de establecer una secuencia cronológica de la región
mentos monolíticos de roca volcánica, entre los que se válida hasta hoy, muestreo de suelos, observaciones etno­
cuentan el Monumento 1 conocido como El Rey, cuatro gráficas y estudios de patrones de uso actual de la tierra
cabezas colosales (monumentos 2, 3, 4 y 5), el Monu­ dentro de un área de estudio de 77 km² alrededor de
mento 14 o altar-trono y personajes sedentes. También San Lorenzo, Tenochtitlan y Potrero Nuevo. También se

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localizaron treinta monumentos con la utilización de un colosales encontradas hasta el momento y la única que
magnetómetro de protones. tiene los ojos cerrados; actualmente se encuentra en el
El Proyecto Río Chiquito pudo establecer una larga parque central de Santiago Tuxtla.
secuencia cronológica respaldada por algunas fechas de En 1978, Juan Yadeum, de la Dirección de Monumen­
C14, que muestran el antiguo desarrollo indígena en las tos Prehispánicos del Instituto Nacional de Antropología
tierras bajas de la Costa del Golfo y proponen, con base e Historia (inah), inició el Proyecto Arqueológico las So­
en este desarrollo cultural caracterizado por la construc­ ciedades Olmecas, en el famoso sitio de Las Limas, muni­
ción de escultura monumental, la aparición de la “prime­ cipio de Jesús Carranza, en el que efectuó un levantamien­
ra comunidad civilizada en Mesoamérica” (Coe y Diehl, to topográfico y excavaciones estratigráficas (Yadeum y
1980: 394). Pastrana, 1979). Dentro de este proyecto se realizó un re­
En junio de 1969, Manuel Torres Guzmán, del Ins­ corrido de superficie coordinado por Hernando Gómez
tituto de Antropología de la Universidad Veracruzana, Rueda, del inah, que definió los límites del sitio principal,
y Marco Antonio Reyes, estudiante de la Facultad de Las Limas, y su relación con una veintena de sitios cerca­
Antropología, efectuaron un rescate arqueológico en nos (Gómez Rueda, 1989).
Arroyo Pesquero, municipio de Las Choapas, en el sur Comenzado en 1990 y hasta hoy, el Proyecto Arqueo­
del estado de Veracruz. En este sitio se recuperaron evi­ lógico San Lorenzo Tenochtitlan, dirigido por Ann
dencias de ocupación olmeca, como las famosas másca­ Cyphers, del Instituto de Investigaciones Antropológi­
ras de serpentina, jadeíta y otros materiales, junto con cas de la Universidad Nacional Autónoma de México
2 000 hachas funcionales de materiales similares a los de (unam), ha proporcionado resultados sobre algunos as­
las máscaras (Ramón Arellanos, comunicación personal). pectos de la vida cotidiana de los olmecas, como los luga­
Más tarde, durante las temporadas de campo de 1969 res de procesamiento de chapopote (Wendt y Cyphers,
y 1970, continuaron la búsqueda de monumentos en San 2008) y de productos fluviales (Vega, 2005); la subsisten­
Lorenzo Tenochtitlan, supervisados por Roberto Galle­ cia agrícola (Lane et al., 1997; Zurita, 1997); las áreas de
gos, del Instituto Nacional de Antropología e Historia, y actividad como los talleres de escultura (Cyphers, 2004)
Francisco Beverido (1970), del Instituto de Antropolo­ e ilmenitas (Cyphers y Di Castro, 1996); el tamaño, mor­
gía de la Universidad Veracruzana, y descubrieron por fología y secuencia ocupacional del sitio de San Lorenzo
medio de un magnetómetro de cesio, siete monumentos (Cyphers et al., 2010); el patrón de asentamientos regio­
relevantes para el corpus escultórico olmeca, entre los nal, que incluye la densidad ocupacional de San Lorenzo
que destaca la Cabeza Colosal 7. y establece su tamaño en aproximadamente 500 ha, y la
Un año después, Jürgenn Brüggemann y Marie-Areti de varios sitios en su hinterland, como Loma del Zapote,
Hers descubrieron la Cabeza Colosal 8, actualmente ex­ Potrero Nuevo, El Bajío-El Remolino y los sitios de la
puesta en la entrada del Museo de Antropología de Xa­ planicie norte de San Lorenzo (Cyphers, 1997; Symonds
lapa (Brüggemann y Harris, 1970; Brüggemann y Hers, et. al., 2002).
1970), además localizaron seis nuevos monumentos. Se detectaron 256 sitios en los alrededores del centro
Al terminar su tesis de maestría en 1970, titulada “San olmeca de San Lorenzo, en su apogeo durante el periodo
Lorenzo Tenochtitlan y la civilización olmeca”, Francis­ Preclásico inferior, aunque para los periodos Preclásico
co Beverido presentó el primer trabajo integral en espa­ medio y tardío fue notable una disminución poblacional
ñol sobre San Lorenzo Tenochtitlan, ya que los resulta­ provocada por varios factores, como cambios drásticos
dos finales del Proyecto Río Chiquito se publicaron en en el medio ambiente y problemas de orden sociopolí­
inglés diez años después (Coe y Diehl, 1980). tico.
A principios de los setenta, Rober Squier y Francisco Concebidos como una serie de programas de investi­
Beverido comenzaron el Proyecto Olmeca de Los Tux­ gación del mismo proyecto, se efectuaron tres reconoci­
tlas, cuyo propósito era desarrollar trabajos topográficos mientos sistemáticos regionales alrededor de San Loren­
y un programa de excavaciones en varios sitios. Entre los zo. El primero, en la región inmediata o hinterland de
resultados de este proyecto se cuenta la localización del San Lorenzo, cubrió un área de 400 km2 y resultó en la
segundo fragmento de la Estela C de Tres Zapotes y el identificación de 256 sitios (Lunagómez, 1995; Symonds,
descubrimiento de la Cabeza Colosal de Cobata (Beveri­ 200; Symonds et al., 2002). El segundo, en las regiones de
do, 1971), que resultó ser la más grande de las 17 cabezas San Isidro-Estero Rabón, Cruz del Milagro y Cuauhto­

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tolapan, entre los hinterlands de Laguna de los Cerros y Mokaya, las migraciones transoceánicas y la rotunda ne­
San Lorenzo, cubrió un área de 320 km2 y resultó en la gativa a la aparición de sistemas de organización socio­
identificación de 346 sitios (Borstein, 2001). El último, política compleja como el Estado.
en la región del cerro El Mixe, al sur de San Lorenzo, En 1988-1989, Ponciano Ortiz, del Instituto de Antro­
cubrió 15 km2 e identificó ocho sitios (Alonso, 2003). pología de la Universidad Veracruzana, y Carmen Rodrí­
Hoy en día, la suma de estos estudios ofrece un área guez, del Centro inah-Veracruz, llevaron a cabo las exca­
total de 735 km2 reconocidos sistemáticamente. Entre los vaciones de rescate de las ofrendas del Proyecto Manatí.
resultados están el conocimiento de la historia del patrón Actualmente este proyecto ha puesto énfasis en la impor­
de asentamientos prehispánicos macrorregional desde tancia de otros sitios cercanos, como las exploraciones
el periodo Preclásico inferior, fases Ojochi-Bajío (1500 efectuadas en El Macayal, La Merced y La Nueva Abun­
a.C.), hasta el periodo Clásico terminal, fase Villa Alta dancia en relación con el espacio sagrado de las ofrendas
Tardía (800-1000 d.C.). Se propuso asimismo la impor­ del manantial de agua potable al pie del cerro El Manatí,
tancia capital de San Lorenzo durante el periodo Preclá­ que le da nombre al sitio, y a cuyo pie se celebraron ce­
sico, como centro de control y redistribución de bienes remonias sagradas y se depositaron ofrendas con cientos
y productos, así como las características y el tamaño de de hachas y otros objetos de jade, así como de materiales
los sitios que conforman una jerarquía de ocho niveles, perecederos con condiciones extraordinarias de conser­
desde islotes hasta centros regionales; además el cálculo vación, entre los que destacan los bustos humanizados
de la densidad de población con base en la capacidad de madera, pelotas de hule, cordelería y restos óseos que
de carga agrícola y las propuestas para la complejidad pudieran indicar sacrificios humanos practicados por los
sociopolítica en los hinterlands de San Lorenzo y Laguna olmecas (Ortiz et al., 1997; Rodríguez y Ortiz, 2000).
de los Cerros durante sus periodos y fases de ocupación. Durante 1990 se realizó un reconocimiento en la re­
Durante 1991 se iniciaron las excavaciones a cargo de gión suroeste de Los Tuxtlas, que no contó con una me­
David C. Grove y Susan D. Gillespie, de la Universidad todología sistemática de superficie ni con el permiso co­
de Illinois, dentro del Proyecto Olmeca: La Isla-Llano rrespondiente de las autoridades del inah (Ceja, 1997).
del Jícaro, dos sitios éstos cercanos a Laguna de los Ce­ También fueron evidentes los problemas en la identifi­
rros (Gillespie, 1994; Grove 1994). cación cronológica de los sitios, al confundir tipos cerá­
A principios de 1992, Robert Paul Kruger, de la Uni­ micos diagnósticos del periodo Clásico con marcadores
versidad de Pittsburgh, inició un proyecto de reconoci­ olmecas.
miento arqueológico regional, cuyo recorrido de super­ En 1990 y 1994, Christopher Von Nagy (1997) llevó a
ficie es de 24 km2 alrededor del sitio arqueológico de El cabo un reconocimiento regional de 189 km2 en el delta
Macayal, en la zona oriental del río Coatzacoalcos, con del río Grijalva, en las planicies aluviales de Tabasco. Se
la intención de investigar los aspectos regionales de la trató de una investigación con base en estudios geomorfo­
complejidad política del Formativo temprano entre San lógicos previos, que reconocen dos paleocauces denomi­
Lorenzo y El Macayal, con base en un sistema de mues­ nados Arenal y Pajonal, alrededor de los cuales identificó
tras de campo al azar. Durante julio y agosto de 1996, 147 sitios, la mayoría de ellos con ocupación olmeca. Los
Kruger inició excavaciones en el contexto de un conjun­ sitios se fecharon desde el periodo Preclásico hasta el Pos­
to doméstico formativo en el lomerío de San Carlos, un clásico y permitieron un acercamiento a la historia de los
sitio cercano a El Manatí. asentamientos prehispánicos al occidente de La Venta.
Las exploraciones olmecas pioneras efectuadas por Entre 1995 y 1996, Christopher A. Pool (2000) em­
personajes de la talla de Stirling, Drucker, Weiant, Co­ prendió un reconocimiento de superficie en Tres Zapotes
varrubias, Heizer, Squier, Contreras, Piña Chan y Mede­ con carácter intensivo intrasitio, con base en transectos de
llín, entre otros grandes olmequistas, han forjado y dado muestreo a intervalos de distancia. Los resultados más im­
sustento a investigaciones posteriores. Sin embargo, los por­tan­tes fueron la obtención de información sobre el cre­
resultados de las investigaciones olmecas recientes han cimiento y complejización del asentamiento desde el perio­
puesto en entredicho varias de las hipótesis sobre la gé­ do Preclásico inferior, la producción artesanal de ce­rá­mi­ca
nesis, desarrollo y colapso olmecas, propuestas desde la y piedra volcánica, la definición del tamaño del sitio, esti­
óptica de otras regiones y marcos conceptuales, entre las mado en más de 300 ha, al igual que la posible interacción
que podemos citar las teorías difusionistas de la cultura de este centro regional con otros asentamientos­en Los

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Tuxtlas y en las planicies inundables de los ríos Papaloapan 2004) en su mayoría correspondientes a los periodos
y Coatzacoalcos durante las épocas olmeca y epiolmeca. Formativo terminal y Clásico. El objetivo principal de
Durante 1998 se inició el Proyecto Hueyapan, que esta investigación fue conocer la organización política y
abarca la cuenca media del río San Juan Evangelista (Ki­ económica de El Mesón, considerado como un centro
llion y Urcid, 2001). Este reconocimiento cubrió un área regional pequeño. Este sitio, al igual que Tres Zapotes y
de 180 km2, para identificar 26 sitios con arquitectura La Mojarra, comparten monumentos con escritura epiol­
monumental, así como otros más por la presencia de meca del sistema de cuenta larga.
dispersiones cerámicas en superficie. El objetivo de este El Proyecto Reconocimiento Arqueológico Medias
estudio fue determinar la historia del patrón de asenta­ Aguas, llevado a cabo en 1999, 2000, 2003 y 2004, se
mientos desde la época olmeca hasta tiempos posclási­ enfocó en el estudio del patrón de asentamiento regio­
cos, con el fin de definir los mecanismos económicos y nal (Lunagómez, 2010). Comprende un área de 200 km2,
políticos que se desarrollaron entre la zona suroeste, al dentro de los cuales se han reconocido 124 sitios por
piedemonte de Los Tuxtlas, y las planicies aluviales del una metodología sistemática de superficie, 121 sitios co­
río San Juan cercanas a Laguna de los Cerros. rresponden a la fase San Lorenzo (1200-900/800 a.C.)
Por otro lado, en 1999 fue reportado por los lugareños y representan la fase de ocupación con más densidad
de Lomas de Tacamichapa, un poblado cercano a San de población. Posteriormente, durante el periodo Pre­
Lorenzo, un bloque de piedra identificada como serpen­ clásico medio se nota una disminución significativa de
tina, con lo que parece un sistema de inscripción tempra­ los asentamientos, que se incrementa de nuevo de forma
no vinculado con la época olmeca. Este hallazgo fortuito gradual durante los periodos Clásico tardío y terminal
conocido como el bloque de El Cascajal ha desatado la (600-1000 d.C.), tendencia similar a la de la región veci­
polémica entre los olmequistas por el sistema de inscrip­ na de San Lorenzo. Estos sitios presentan una variedad
ción temprano que presenta, así como las extrañas cir­ de características arquitectónicas y componentes ocupa­
cunstancias de su aparición (Rodríguez, 2006). cionales que se fechan desde el Preclásico inferior hasta
Entre los proyectos regionales desarrollados reciente­ el Clásico terminal. Por otra parte, se realizó el primer
mente en el territorio olmeca, habría que anotar el pro­ levantamiento topográfico del sitio de Medias Aguas y se
grama de reconocimiento de la cuenca baja del río Coat­ logró definir su extensión en más de 40 ha y la ubicación
zacoalcos, en las zonas de Jáltipan, Chinameca y Mina­ original del monumento llamado el Mascarón de Medias
titlán, desarrollado durante 2001 (Jiménez, 2008). Esta Aguas. Asimismo, se excavaron varios entierros y ofren­
investigación aplicó una metodología de reconocimiento das representativos del Clásico (Lunagómez et al., 2005).
de superficie aleatoria en un área de 540 km2, con base De manera reciente, la región de Arroyo Pesquero y
en la identificación de 236 muestras, las cuales en su ma­ el sitio de Los Soldados han sido explorados por Carl
yor parte correspondieron a áreas de ocupación (sitios) Wendt y Roberto Lunagómez (en prensa), de la Uni­
y posibles áreas de extracción de recursos como arcillas versidad Estatal de California-Fullerton y Universidad
para manufactura de cerámica y de basalto para la es­ Veracruzana, respectivamente. El enfoque de esta inves­
cultura monumental. Este proyecto busca interpretar el tigación es sobre la vida cotidiana, la subsistencia y la
posible control de los recursos y la definición de las jerar­ organización sociopolítica de los olmecas en la región
quías sociales en los sitios cercanos al flujo volcánico de del río Tancochapa-Tonalá, en los límites estatales de
Los Tuxtlas y a la cuenca baja de los ríos Coatzacoalcos Veracruz y Tabasco, cerca de La Venta.
y Coachapa. También trata los patrones de asentamien­ Por otro lado, habría que recordar que por diversas ra­
tos prehispánicos desde el Preclásico hasta el Posclásico, zones —como obras de infraestructura— constantemente
para entender las relaciones entre el medio ambiente y se realizan trabajos arqueológicos en la región que aportan
las ocupaciones antiguas. nuevos hallazgos y amplían el conocimiento arqueológico.
Durante el año 2003, se realizó en estudio de patrón de Entre ellos está el hallazgo, en 2002, de un trono olmeca
asentamiento enfocado en el periodo Formativo tardío en el sitio El Marquesillo, Veracruz (inah, 2002), al igual
y terminal (ca. 400 a.C.-300 d.C.) en la cuenca oriental que los múltiples rescates y salvamentos para obras de in­
del río Papaloapan. Se cubrió un área de 23 km2, dentro fraestructura moderna como autopistas, líneas eléctricas
de los cuales se registraron 383 rasgos arquitectónicos de alto voltaje y de exploración sísmica y petrolera realiza­
y dispersiones de materiales arqueológicos (Loughlin, dos por el inah hasta la fecha.

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Los Tuxtlas tacapan, La Mechuda, Matacanela y Catemaco; en 1942
propusieron, después de observar y analizar sus datos,
Las investigaciones arqueológicas en la región de Los Tux­ que la región de Los Tuxtlas había recibido una fuer­
tlas se iniciaron tras la publicación del mencionado descu­ te influencia cultural de Teotihuacan y había sido de
brimiento del monumento A de Tres Zapotes, hecho por gran importancia para las relaciones culturales entre las
José María Melgar y Serrano en 1869. Este descubrimien­ áreas huasteca, teotihuacana, maya y de Monte Albán,
to llamó la atención de varios investigadores, entre ellos en Oaxaca, durante el Clásico. Valenzuela infirió estas
Eduard Seler, quien en 1922 visit���������������������
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Hueyapan para cono­ supuestas influencias culturales a través de la cerámica
cer la cabeza colosal olmeca;�����������������������������
más tarde realizó�����������
excavacio­ presente en los sitios excavados, proveniente de otras
nes en un sitio denominado Matacanela, más próximo al áreas de Mesoamérica (Valenzuela, 1945).
lago de Catemaco, en donde localiz������������������
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algunos monumen­ A principios de los años setenta, Robert Squier y
tos pétreos; sin embargo, no existe mucha información so­ Francisco Beverido iniciaron el Proyecto Olmeca de Los
bre estas investigaciones (Blom y La Farge, 1986). Tuxtlas, para el que realizaron prospecciones intensivas
Años más tarde, Frans Blom y Oliver La Farge co­ y excavaciones de prueba en varios sitios de la región
menzaron el recorrido de la Exploración Tulane por las de Los Tuxtlas. El único documento que da cuenta de
selvas del sureste mexicano: entraron por la región de este proyecto es la tesis de maestría de Ponciano Ortiz
Los Tuxtlas, donde lograron registrar múltiples vestigios Ceballos, titulada “La cerámica de Los Tuxtlas” (1975);
arqueológicos en San Andrés Tuxtla, Catemaco, Teote­ basada en el análisis cerámico de las excavaciones reali­
pec, Agaltepec y Matacanela, entre los que sobresale un zadas en 1971 en los sitios de Tres Zapotes, El Picayo,
“ídolo de piedra en forma de huevo” (Blom y La Farge, Matacapan, Chochocapan, Bezoapan, Arroyo de Liza y
1986: 46) hoy conocido como la escultura de Homshuk, Next�����������������������������������������������������
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petl, estos trabajos sirvieron para proponer la pri­
misma que se encuentra en el Museo de Antropología en mera secuencia de cronología relativa de la región (Beve­
Xalapa. Asimismo, Blom realizó un levantamiento plani­ rido, 1987; Ortiz, 1987, 1988).
métrico o croquis de Agaltepec, un sitio ubicado en una Sin lugar a dudas, uno de los arqueólogos que más
isla al norte del lago de Catemaco. aport���������������������������������������������������
ó al conocimiento de Los ��������������������������
Tuxtlas es Robert S. Sant­
El primer objetivo de esta etapa de la exploración Tu­ ley, de la Universidad de Nuevo México, quien desarro­
lane era llegar a un pequeño poblado llamado Piedra La­ lló investigaciones sistemáticas basadas en recorridos de
braba, ubicado del otro lado de las montañas, en la zona superficie y excavaciones en Matacapan y sitios de sus
costera del volcán de Santa Marta, pues se tenían noticias alrededores, así como un sondeo regional, desde la déca­
de que en este lugar había un monolito con inscripciones da de los ochenta hasta los primeros años de este siglo.
mayas (Blom y La Farge, 1986: 62). Al llegar a Piedra La­ Santley contó con un equipo de trabajo que inclu��������
ía������
estu­
brada, Blom registró un monumento en forma de espiga, diantes y arqueólogos que más tarde desarrollarían sus
de 2 m de altura, mismo que se encontraba en superficie, propios proyectos e investigaciones en la región: Poncia­
a un costado de su base, y al que nombró Estela 1 de no Ortiz, Robert Cobean, Richard Diehl, Sara Ladrón
Piedra Labrada; le llaman la atención las inscripciones de Guevara, Roberto Lunagómez, Bernd Famel, Stacey
que presenta y reconoce en ellas que el monumento no Symonds, Christopher Pool, Thomas Killion, Ronald
es un vestigio maya. En este sitio registró también otros Kneebone, Philip Arnold y Michael Smyth, entre otros
monumentos. (Arnold III, 2009: 110). El objetivo principal de Santley
Blom señaló que muchos de los monumentos que ha­ era establecer las relaciones económicas y políticas de la
bían encontrado en la selva de Los Tuxtlas pertenecían a región de Matacapan con otras áreas como el Altipla­
un mismo estilo que definitivamente no era maya, que se no Central. Santley y sus colaboradores proponen que
parecía mucho al que vería posteriormente en La Venta, Matacapan fungió como un enclave teotihuacano y sir­
Tabasco, pero se negó a atribuirles un nexo cultural. vió como un nodo de producción. Asimismo, demuestra
A finales de la década de los treinta del siglo xx, los que las diversas relaciones políticas y económicas que se
trabajos de investigación arqueológica comenzaron a to­ establecieron en Los Tuxtlas se pueden ver reflejadas a
mar un carácter más sistemático. Los arqueólogos Karl través de un sistema de patrón de asentamientos prehis­
Rupert y Juan Valenzuela en 1937 y 1938 realizaron las pánicos y logró registrar 188 sitios arqueológicos en 400
primeras investigaciones en los sitios de Agaltepec, Ma­ km² (Santley, 2007).

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Christopher Pool, a mediados de los años noventa, ini­ el fin de deducir la organización política de ese valle du­
ció el recorrido sistemático de Tres Zapotes con el obje­ rante cada época de la ocupación prehispánica, para in­
tivo de realizar el primer plano topográfico y definir los corporar los resultados a los trabajos de Santley.
límites y organización del sitio mediante la distribución Todos los trabajos de investigación arqueológica en
de material arqueológico. Gracias a estos trabajos, Pool Los Tuxtlas se han concentrado en las zonas cercanas
logró reconstruir la secuencia de ocupación e investigó a Tres Zapotes, Matacapan y Catemaco, sin embargo la
la organización de la producción artesanal. Los trabajos zona costera de esta región ha sido poco abordada. A
de Pool en la región se extienden hasta el año 2000 en partir de 2008 la arqueóloga Lourdes Budar, de la Uni­
sitios como Bezoapan y La Joya. Pool y Britt, después de versidad Veracruzana, desarroll�����������������������
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el Proyecto Arqueoló­
realizar análisis de C14 en veinte muestras de La Joya, gico Piedra Labrada, proyecto regional que tiene como
concluyeron que el periodo Formativo temprano en Los objetivos delimitar el tamaño, definir la temporalidad y
Tuxtlas comprende del 1500 a 900 a.C.; el Formativo me­ el patrón urbanístico de los asentamientos prehispánicos
dio de 900 a 400 a.C. y el Formativo tardío de 400 a 100 de la zona costera del núcleo II de la Biosfera de Los
a.C. e incluyen una fase denominada Formativo terminal, Tuxtlas, para conocer la dinámica social de las comuni­
que comprende de 100 a.C. a 300 d.C. (Arnold III, 2007). dades y sus interrelaciones con el medio ambiente, así
La región de Los Tuxtlas durante mucho tiempo se como explicar los procesos de cambio social y las adap­
pensó como un área de actividad intensa de los olmecas. taciones de los grupos que ahí se asentaron.
En 1997 y 1998 Ann Cyphers realizó excavaciones en Hasta la fecha se han recorrido s�������������������
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lo 14 km², que co­
Laguna de Los Cerros y demostr��������������������������
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que es un sitio del Clá­ rresponden a un asentamiento prehispánico de más de
sico terminal y no uno olmeca como se pensaba, y propu­ 250 montículos, algunos hasta con 20 m de altura; sin
so que es un área de enorme significado ritual para los ol­ embargo, lo que más llama la atención son los quince
mecas que se asentaron mucho más al sur de la Costa del juegos de pelota que se han localizado. A pesar de ser un
Golfo, debido a que era de esta región de donde extraían proyecto incipiente y de los pocos datos con los que se
la materia prima para construir sus monumentos: el ba­ cuenta, deja entrever que los asentamientos de la región
salto. A la par de Cyphers, Santley y Arnold en Mataca­ costera tienen una importancia considerable no sólo en
pan y Pool en Tres Zapotes, llegaron a la conclusión de la región de Los Tuxtlas, sino en el Sur de Veracruz.
que hubo una actividad intensa desde el Formativo, sin
embargo el desarrollo principal de las poblaciones que
habitaron la región ocurrió durante el periodo Clásico, La Mixtequilla
siendo la economía y la política los factores principales
que motivaron las relaciones con otras áreas de Mesoa­ La región de La Mixtequilla se reconoce, en términos
mérica, especialmente con el Altiplano Central. arqueológicos, a partir del hallazgo de la escultura mo­
Javier Urcid y Thomas Killion se sumaron a los ob­ numental en el sitio de Cerro de las Mesas, ubicado en la
jetivos de los estudios realizados por Santley, y en 1998 zona central del estado de Veracruz, muy próximo al río
recorren 180 km² en la cuenca media del río San Juan a Blanco y a sólo 24 km de la bahía de Alvarado. Este sitio
piedemonte de Los Tuxtlas, en la región sudoeste, para forma parte de un complejo de varios sitios conocidos
registrar 1 400 montículos (Lunagómez, 2002). con los nombres de Los Pájaros, Santana, Cerro del Ga­
Hasta ese momento la gran interrogante de Los Tuxt­ llo, Coyol y Cerro de las Mesas, que es el sitio principal.
las era la falta de evidencia arqueológica que aportara Matthew Stirling, el explorador legendario, descubri­
datos para establecer secuencias cronológicas que se dor de obras monumentales olmecas, registró veinte mo­
extendieran hasta el Posclásico. En 2003 Philip Arnold numentos durante su expedición a Cerro de las Mesas en
trabajó en la isla de Agaltepec, en el lago de Catema­ 1941, además descubrió, entre otros, un yugo asociado
co, y estableció la primera evidencia inequívoca sobre la a entierros con decapitación, lo que ahora se reconoce
ocupación del periodo Posclásico (1000-1521 d.C.) en la como la evidencia más antigua de la práctica del ritual
región de Los Tuxtlas. del juego de pelota que caracteriza el Centro de Veracruz
Wesley D. Stoner, en 2007, emprendió trabajos de re­ en el Clásico. Seguramente su hallazgo más espectacular
corrido arqueológico del valle Tepango, en la Sierra de es la ofrenda de jades que incluía 782 piezas, pero tam­
Los Tuxtlas, y realizó un reconocimiento de 120 km2 con bién son notables los descubrimientos de restos óseos y

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cerámicos, estos últimos revisados cronológicamente por cosmovisión y el registro cronológico en la región. Tres
Philip Drucker, quien colaboró con Stirling durante su grandes complejos han sido objeto de atención en este
exploración (Drucker, 1943b; Stirling, 1943). ámbito: las estelas de Cerro de las Mesas, de la tradición
Los trabajos de Stirling en La Mixtequilla dan pre­ de la cuenca del Papaloapan, las esculturas cerámicas de
ferencia a la temporalidad temprana en la región. Sus El Zapotal y sitios vecinos, y las vasijas trabajadas en ba­
hallazgos en sitios olmecas se complementan con el re­ jorrelieve denominadas como Río Blanco-Papaloapan.
gistro de esculturas monumentales, aunque posteriores Desde que Stirling explorara Cerro de las Mesas, Miguel
al periodo de florecimiento olmeca, y los jades encon­ Covarrubias realizó dibujos de las principales estelas. Se
trados en el sitio evidencian la continuidad de una tradi­ reconoció entonces la tradición de registro de fechas en
ción desde fases tempranas olmecas hasta el principio de el sistema de cuenta larga que generalmente se identifica
nuestra era. como maya. Las fechas registradas en las estelas no deja­
Durante los sesentas, el arqueólogo Manuel Torres ban lugar a duda sobre su cronología: la Estela 6 registra
Guzmán exploró la región sobre la cual escribió su tesis el año 468 d.C. (9.1.12.14.10) y la Estela 8 el 532 d.C.
“Exploraciones en La Mixtequilla”, aparecida en 1970, (9.4.18.16.8).
en la que propone que La Mixtequilla sea considerada Los recientes estudios de John Justeson y Terrence
una subárea cultural ubicada en las cuencas de los ríos Kauffmann (2008) han revisado las inscripciones de es­
Blanco y Papaloapan. En este trabajo, además del sitio tos documentos pétreos para hacer una propuesta de su
de Cerro de las Mesas, menciona exploraciones enca­ lectura e incidir también en la discusión de la pertenen­
bezadas por Alfonso Medellín Zenil en Cerro Grande, cia lingüística y étnica de sus creadores. Sus indagaciones
municipio de Tlalixcoyan; Los Cerros, Dicha Tuerta y concluyen que estos documentos corresponden a una
Nopiloa, municipio de Tierra Blanca, y da a conocer sus tradición protomixe zoqueana.
propios trabajos en los sitios de El Cocuite, Piedras Ne­ En cuanto a las esculturas de cerámica de El Zapotal,
gras, Ejido Santa Ana y la cabecera municipal de Tla­ éstas han sido objeto de trabajos como el de Nelly Gutié­
lixcoyan. Las exploraciones de estos sitios muestran un rrez Solana y Susan Hamilton (1977), quienes llevaron a
predominio de una temporalidad posterior a la registra­ cabo un trabajo de catalogación de las piezas. Reciente­
da por Stirling en Cerro de las Mesas. Torres documenta mente, Cherra Wyllie (2008) ha revisado la pintura mu­
el periodo Clásico y la tradición de grandes esculturas ral del sitio El Zapotal, pero no como una manifestación
cerámicas. aislada sino en el contexto de los otros complejos con
Durante la década siguiente el mismo Torres llevó a muestras iconográficas (estelas, esculturas cerámicas y
cabo la exploración de El Zapotal, cuyos hallazgos si­ vasijas con bajorrelieves). Su trabajo muestra la conti­
guen sorprendiéndonos, pero de los cuales sólo publicó nuidad en las insignias y símbolos y por lo tanto en el
breves noticias. El gran adoratorio dedicado a Mictlan­ discurso religioso propio de esta área que tuvo gran re­
tecuhtli incluía una enorme ofrenda de entierros y escul­ percusión más allá de su contexto regional.
turas cerámicas de gran maestría.
Más tarde, en 1986, Barbara Stark realizó estudios sis­
temáticos en la región de La Mixtequilla, lo que le per­ La zona semiárida central
mitió mapear y explorar sitios en la región. En particular
mostró la configuración del sitio de Cerro de las Mesas Las fuentes históricas referentes al Centro de Veracruz
y sus subordinados al llevar a cabo mapeos precisos, así están básicamente en español: no hay prueba clara de
como análisis de materiales tanto cerámicos como líti­ que algunos de los códices prehispánicos provengan de
cos recuperados en superficie de manera sistemática. Sus esta región, y algunos lienzos excepcionales son bastante
conclusiones apuntan a que Cerro de las Mesas era la tardíos. De los escritos españoles tenemos los más tem­
capital política y religiosa de la región durante su apogeo pranos, ya que al fin la conquista empezó en sus costas.
a principios de nuestra era, y que decayó hacia 500 o 700 Las cartas de Hernán Cortés y las memorias de Bernal
d.C., frente al florecimiento de centros vecinos. Díaz describen una región divi�������������������������
dida entre pueblos de ha­
Por otro lado y paralelamente a las exploraciones ar­ bla totonaca al norte del río Antigua y nahua al sur, am­
queológicas, los estudios epigráficos e iconográficos han bos subordinados para entonces al imperio azteca. Por
provisto de importante información con respecto a la otra parte, fuentes un poco más tardías, como Torque­

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mada y las relaciones geográficas, indican que los toto­ y Xiutetelco, las del Clásico, y en Paxil y Zempoala, las
nacas llegaron tardíamente al Golfo y antes de la domi­ del Posclásico; con lo cual demostr��������������������
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una ocupación pre­
nación azteca ya habían quedado bajo el control de los hispánica de la costa central cuando menos tan antigua
recién llegados chichimecas (de idioma náhuatl). como la costa sur y la costa pacífica. Sin embargo, es re­
Como muchas veces ha ocurrido en la historia de la ar­ conocido principalmente por sus exploraciones y restau­
queología, la información más temprana sobre artefactos ración de El Tajín, entre 1951 y 1974. Resaltó la larga
antiguos procede de los amateurs románticos decimonó­ trayectoria del sitio, aunque vacil����������������������
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en atribuir su cons­
nicos en busca del arte auténtico. trucción a un grupo étnico.
Para el Centro de Veracruz, entre las publicaciones más Alfonso Medellín Zenil, por su parte, se formó como
antiguas se sitúan las de Pietro Márquez (1804), quien antropólogo en la Escuela Nacional de Antropología e
report���������������������������������������������������
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las ruinas de la pirámide de El Tajín, y Guillau­ Historia, que se deriva esencialmente de la tradición nor­
me Dupaix (1834), que ilustró el templo de Quautochco teamericana, con influencia de una temprana tradición
y un yugo. Por otra parte están las labores realizadas por ecologista desarrollada en México en la década de 1940
Fuzier durante la intervención francesa (Taladoire y Da­ (Vivó, Armillas, Palerm). En su primera investigación
neels, 2009). Sin embargo, una serie de trabajos mucho desarroll�����������������������������������������������
ó e��������������������������������������������
l concepto de cultura Remojadas, que coinci­
más sustanciales fueron redactados por Hermann Stre­ diría principalmente con la llanura costera de sotavento.
bel, quien con sorprendente percepción por primera vez Sus exploraciones posteriores en la región lo llevaron a
propuso la distinción tipológica, estratigráfica e histórica ampliar el concepto de Centro de Veracruz como área
entre tres complejos arqueológicos, gracias a las que aso­ cultural entre los ríos Cazones y Papaloapan, para abar­
cia los yugos con la población local original, la cerámica car parte del Altiplano Central, delimitación que aún es
policroma con los totonacas de Cerro Montoso y Solla­ reconocida hoy. Sin embargo, en su trabajo fundamental
cuauhtla y la arquitectura de Zempoala con los señores de 1960 interpret��������������������������������������
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todas las culturas del Centro de Ve­
chichimecas (nahuas) que tomaron control del área poco racruz, del Preclásico al Posclásico, como totonacas, una
antes de la llegada de los españoles (Strebel, 1884, 1885, propuesta que en su momento tuvo amplia aceptación a
1889, 1890, 1899). Este esfuerzo pionero fue ignorado pesar de carecer de argumentación sólidamente funda­
por los estudiosos mexicanos, quienes ilustraron la ex­ da, lo que cre����������������������������������������
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un paradigma arqueológico que investi­
posición del cuarto centenario del descubrimiento de gaciones recientes ya no sustentan.
América en Madrid (Paso y Troncoso, 1892 y 1893) con En los años 1940 y 1950 llegaron varios investigadores
piezas en su mayoría de coleccionistas e identificaron estadounidenses. James A. Ford introdujo por primera
a los pueblos indígenas sencillamente extrapolando su vez la seriación cerámica, modelos de difusionismo y los
identidad en el momento del contacto. fechamientos absolutos mediante carbono 14. William
Eduard Seler se sintió atraído por los estudios me­ Sanders realiz������������������������������������������
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sus primeros trabajos de patrón de asen­
soamericanos cuando conoció en el Museo de Berlín las tamiento precisamente en el Centro de Veracruz; de este
colecciones donadas por Strebel, pero sigui��������������
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a los histo­ trabajo pionero se deriva su modelo de ecología cultural,
riadores mexicanos al atribuir El Tajín y la decoración de que considera que el sistema de roza y quema practica­
volutas en bloque a los totonacas, propuesta seguida por do en el trópico húmedo no permite la intensificación
su alumno Krickeberg, cuya obra traducida al español agrícola necesaria para un crecimiento poblacional que
ha sido muy consultada (Krickeberg, 1933). Por lo tan­ permitiera pasar el umbral de jefatura a Estado duran­
to, desde muy temprano surgieron discrepancias sobre la te el Clásico. Extiende el modelo hasta la zona maya,
identidad étnica de los creadores de la cultura del Centro donde es rebatido por los mayistas, principalmente con
de Veracruz. argumentos epigráficos que reflejan la jerarquía política
El inicio de la arqueología científica en el área se debe y administrativa. Como esta evidencia no existe para Ve­
a dos figuras: José García Payón y Alfonso Medellín Ze­ ra­cruz, el área quedó relegada a una categoría de cultu­
nil. El primero, formado en la escuela europea, combi­ ra periférica y secundaria durante los años de la Nueva
naba la formación de historiador, arqueólogo, arquitecto Arqueología (desde la década de 1960 hasta la de 1980).
e historiador del arte. Sus secuencias, desarrolladas entre En los años setenta, tres figuras sobresalen por sus
1937 y 1951 en las excavaciones de Trapiche y Chalahui­ contribuciones. Wilkerson (1972, 1974) presenta su pro­
te, establecen las bases del Preclásico; en Chachalacas puesta de separar el Centro de Veracruz en dos regiones:

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el Centro-Norte y el Centro-Sur, con una frontera que Las altas montañas
fluctúa entre el río Colipa y el Antigua en el transcurso
del tiempo. Esta separación marcaría diferencias en los Los vestigios arqueológicos del valle de Maltrata han lla­
desarrollos paralelos de ambas regiones, reflejo posible mado la atención de los investigadores desde mediados
de diferencias en la composición étnica. Desde su pro­ del siglo xix. La primera noticia que se tiene de ellos data
puesta, este modelo ha recibido cada vez más aceptación de 1854, cuando se publicaron los apuntes de Manuel
y se volvió además punto de partida para analizar las si­ de Segura, realizados en 1839, que informan sobre la
militudes y diferencias dentro de esta área cultural. presencia de unos peñascos con figuras labradas en su
Asimismo, inician sus labores en la región Brüggemann superficie (Segura, 1854: 37). Dicha referencia corres­
y Stark, con modelos de materialismo histórico y patrón ponde al Monolito 1 ubicado actualmente en el Museo
de asentamiento y técnicas de manejo estadístico de de Antropología de Xalapa.
datos. Brüggemann, después de iniciar su investigación Estas representaciones las mencionó Joaquín Arroniz
en 1968 en sitios del Clásico en el Centro-Sur, se dedicó —quien publicó los dos primeros dibujos en 1867—
a trabajar Zempoala entre 1981 y 1988, y luego El Tajín, (Arroniz, 1980). En 1904 Leopoldo Batres, enviado por
de 1988 a 1996. Stark inició sus labores en la cuenca baja la Secretaria de Instrucción Pública, visitó Orizaba para
del Papaloapan en 1977, que prosiguieron en torno a Ce­ revisar los monumentos arqueológicos cercanos. De esa
rro de las Mesas (desde 1984 hasta la fecha). Con base en inspección publicó, en 1905, la primera descripción de la
argumentos funcionalistas derivados de la evidencia del llamada lápida de Tepetlaxco, que remite al Museo Na­
patrón de asentamiento, considera que durante el Clási­ cional, y de los vestigios arquitectónicos de Maltrata; fue
co ya existían sistemas estatales, conclusión apoyada por el primero en dar a conocer la zona arqueológica (Batres,
los datos de patrón de asentamiento de la vecina cuenca 1905: 3).
de Cotaxtla, estudiada por Daneels desde 1981 hasta la Bartres hace referencia al Monolito 1, cuyos creadores,
fecha. Esto revierte un prejuicio largo tiempo vigente a dice, fueron el mismo pueblo que edificó Xochicalco.
partir del modelo de Sanders: que los sitios del Clásico Posteriormente, la Dirección de Estudios Arqueológicos
no eran más que aldeas grandes o centro ceremoniales y Etnográficos de la Secretaría de Instrucción Pública
vacíos, y permite entender mejor la influencia que tuvo envió a Maltrata a Carlos Betancourt (Betancourt, 1917),
la cultura del Centro de Veracruz en la Mesoamérica clá­ quien describió ampliamente los relieves del Monolito
sica: una influencia reconocida por los investigadores del 1, así como varios montículos distribuidos en diversas
siglo xix y principios del xx, pero inexplicable desde la partes del valle, como los del barrio de San Juan o Rin­
perspectiva procesal. cón Tlaiclic —ubicados en las cercanías del monolito—,
Un hito significativo es el hallazgo de la estela de La el montículo bajo la capilla del Calvario, otros ubicados
Mojarra en 1986, con dos fechas de cuenta larga: 143 y al sur de la estación del ferrocarril, uno más al suroeste,
156 d.C., que la convierten en el prototipo más antiguo pasando el arroyo Tecoac, y aquellos localizados antes de
de estela de gobernante: la figura humana ricamente ata­ llegar al poblado de Aquila, montículos y que ubica con
viada, rostro y piernas de perfil, torso de frente, acom­ gran exactitud en un plano.
pañada de texto glífico y fechas calendáricas. El texto En 1927 Cayetano Rodríguez Beltrán, director de Edu­
es la inscripción más larga existente en lengua istmeña: cación Federal en el estado de Veracruz, fue a Maltrata
un idioma interpretado como pre proto zoqueano; éste para reconocer los montículos: comentó que estaban
tiene muchas implicaciones, por un lado, una hipótesis muy diseminados en el extenso valle y llamó la atención
con bastantes seguidores es que el zoque fue el idioma para que se protegieran los monolitos o se mandaran al
de los olmecas, lo cual coincidiría con los claros lazos Museo Nacional. También describió someramente dos
que tiene el Preclásico del Centro-Sur de Veracruz con montículos en las cercanías del Monolito 1, en un lugar
la zona olmeca. El sistema glífico y las fechas se adhieren llamado San Juan; al mismo tiempo proporcionó infor­
a los desarrollos epiolmecas, que abarcan desde la costa mación de otras estructuras en la falda sur del cerro de
pacífica de Chiapas y Guatemala hasta el Centro de Ve­ Zacatipan, donde se halla un conjunto de cuatro mon­
racruz; por otra parte, el estilo marca ya claramente los tículos en disposición geométrica cuadrangular, además
cánones propios del Clásico del Centro de Veracruz, con de otro montículo piramidal de cuatro caras con orienta­
las volutas como parte importante del discurso. ciones cardinales (Rodríguez Beltrán, 1927: 3).

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Más tarde, en 1929, Ellen Spinden pasó por Maltrata el horizonte Preclásico hasta la actualidad. Infiere que la
y centró su atención en el monolito y el edificio que en última etapa constructiva en el sitio corresponde al gru­
él aparece; comentó que las subestructuras con paredes po olmeca histórico o popoloca (autor del complejo ar­
verticales en El Tajín también se encuentran en la roca de queológico llamado Mixteco-Puebla), que fue conquis­
Maltrata (Spinden, 1933: 262-263). tado en 1176 por los chichimecas y sometido a la Triple
En 1930 lleg���������������������������������������
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a Maltrata Eduardo Noguera, quien es­ Alianza en 1450 por Moctezuma Ilhuicamina (Medellín,
cribió sobre los monolitos y la zona arqueológica enfati­ 1962: 555-556).
zando que no se ha realizado una investigación profunda En su publicación de 1962, Medellín describió dos en­
de los montículos por medio de excavaciones para deter­ tierros primarios, asociados a materiales del Posclásico
minar a qué cultura pertenecen (Noguera, 1930). tardío (siglos xii al xvi), encontrados al retirar el mono­
En 1931 Arroyo Cabrera era inspector honorario de lito para trasladarlo al Museo de Xalapa, mencionando
Monumentos Prehispánicos en el estado de Veracruz y que los popolocas u olmecas históricos fueron los auto­
descubrió, en la cima de un cerro llamado Tonatzin o res de dichos entierros. También había, “en contacto di­
La Mesita, una ciudadela antigua ubicada a 300 metros recto con el monolito, un fragmento de cerámica del tipo
sobre el nivel del valle, formada por “dos pirámides, un ‘bandas ásperas’, perteneciente a la cultura totonaca del
montículo y tres plazoletas”, las cuales describe y anexa Clásico tardío (siglos vi-ix)”. En depósitos más profun­
un croquis (Arroyo Cabrera, 1931: 2). dos y que no pertenecían al entierro encontró una “ca­
En 1936 Eduardo Noguera hizo notar la importancia becita antropomorfa semejante al tipo E del Preclásico
cultural del valle como ruta de comunicación, al indicar superior de la Cuenca de México” (Medellín, 1962: 559).
que Maltrata debió ser una importante ciudad fronteriza En ese mismo trabajo Medellín mencionó que a cua­
por donde forzosamente tenían que pasar con sus carga­ tro kilómetros al norte de Maltrata hay un pequeño lago
mentos muchas de las peregrinaciones de los grupos de cráter que designó como La Laguna, en cuyo borde hay
la Costa del Golfo y los del Altiplano Central (Noguera, grandes rocas andesíticas que, según él, fueron esculpi­
1936: 40). das y usadas para acondicionar un altar, y afirmó que se
En 1952, Alfonso Medellín Zenil, quien formaba parte trataba de un sitio arqueológico y “posiblemente un sitio
del Departamento de Antropología del Gobierno del Es­ de culto mágico popular” (Medellín, 1962: 561).
tado de Veracruz, recorrió el centro de Veracruz e infor­ A partir de 1983, los investigadores del Instituto Na­
mó de una piedra con la representación en relieve de un cional de Antropología e Historia realizaron esporádi­
guerrero ricamente ataviado, un templo con basamento cas visitas de inspección en respuesta a reportes de sa­
piramidal en talud y tablero con nichos, fechas con ba­ queo y destrucción intencional realizadas por lugareños
rras y puntos, similares al sistema de fechar de El Tajín y en los montículos (Sánchez, 1983; Reyna Robles, 1995,
Cerro de las Mesas. Medellín infirió que este monumen­ 1998; Miranda, 1995). A estos informes y primeras in­
to correspondía cronológicamente al Clásico (Medellín, terpretaciones se suman los estudios relacionados con
1952: 10). la antropología e historia de la región que Carlos Serra­
En general, estos investigadores promovieron la lim­ no Sánchez, investigador del Instituto de Investigacio­
pieza y difusión de algunos edificios que fueron cayendo nes Antropológicas de la unam, empezó a promover en
en el olvido a causa de la maleza. La mayoría de sus tra­ 1987. Como resultado, Reyna Robles publicó un artículo
bajos están dedicados a describir los relieves del mono­ en 1995 fundamentado en una visita al valle realizada en
lito y a presentar algunas interpretaciones, con someras 1987, donde describe tres conjuntos o grupos de mon­
descripciones de las áreas con montículos. tículos localizados en el barrio llamado La Quinta. El
Alfonso Medellín Zenil efectuó la primera excavación primero es conocido como Rincón Brujo, el segundo se
en el asentamiento que ahora se conoce como el Rincón encuentra a un kilómetro al sur y el tercero al poniente
Brujo, del cual menciona: “el sitio arqueológico cuenta de dicho sitio. Más adelante refiere que en el extremo su­
con una docena de pirámides de sencillos cuerpos en ta­ roeste del valle se asienta un sitio arqueológico de gran­
lud, de las cuales la mayor alcanza unos 10 m de altura” des dimensiones conocido actualmente como Rincón de
(Medellín, 1962: 555); asimismo, fue el primero en hacer Aquila (Reyna 1995: 259-260).
interpretaciones basadas en otros materiales arqueológi­ Según Robles, los tres conjuntos fueron parcialmente
cos y en proporcionar una cronología que abarca desde contemporáneos durante el Clásico tardío. Con base en

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el análisis de la cerámica de vasijas y figurillas y de lítica, tropológicas de la unam, coordinados por Carlos Serrano
indica que el noreste del valle present�������������������
aba ocupación prin­ Sánchez.
cipalmente durante el Clásico y el Posclásico, mientras
que el sitio de Aquila tuvo una ocupación que va desde el
Preclásico medio hasta el Clásico tardío; éste fue el centro El Tajín
rector del valle, donde se realizaban actividades cívicas,
religiosas y administrativas. Robles atribuye la construc­ El cúmulo de información sobre El Tajín puede dividirse
ción del sitio arqueológico de Aquila a los totonacas del en dos grandes etapas. Primero reconocemos la época de
Clásico. Las relaciones cerámicas con la Huasteca, el Al­ las noticias y viajeros; destaca su descubrimiento, descri­
tiplano Central, La Mixtequilla y Puebla indican que la to por Diego Ruiz en la Gaceta de México, en 1785, des­
región Orizaba-Córdoba fue una zona de gran relevancia, pués muchos habrían de visitar y en ocasiones registrar
por ser el paso natural entre las regiones mencionadas y la su paso por El Tajín. Así, encontramos las referencias
Costa del Golfo de México (Reyna, 1995: 26). de Alexander von Humboldt, Karl Nebel, José Márquez,
De lo anterior se desprende que los reportes presentan Francisco del Paso y Troncoso, Mahler, Fewkes y Eduard
datos de elementos culturales aislados como son el Mo­ Seler, entre otros.
nolito de Maltrata y algunas pirámides asociadas a cuatro La segunda etapa corresponde a las exploraciones y
asentamientos con algunas descripciones, inferencias so­ estudios arqueológicos propiamente dichos. É�����������
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sta se ini­
bre ellos y perspectivas generales de desarrollo cultural en cia hacia 1924, cuando Gabriel García Velázquez intervi­
el valle. Gran parte de esa información corresponde a ma­ no en la conservación de la Pirámide de los Nichos.
nus­cri­tos o a reportes inéditos sobre los vestigios descritos Hacia 1929 la Dirección de Monumentos Prehispáni­
de manera muy general y la cronología provisional se basa cos comisionó a Agustín García Vega para que iniciara
en la comparación con sitios ubicados a casi cien ki­ló­me­ trabajos en El Tajín, los cuales sólo comenzaron en 1934,
tros de distancia, como Cuauhtochco, Tehuacán o Cholula. con exploraciones sistemáticas y la restauración de los
A partir de 1995, un grupo de ciudadanos de la co­ edificios principales. Entre tanto, Ellen Spinden había
munidad de Maltrata se interesaron por recuperar figu­ realizado moldes de algunos bajorrelieves y Palacios y
rillas y cerámica que conservaban algunos vecinos, ya Meyer publicaron, en 1932, La ciudad arqueológica de El
que habían encontrado esos materiales en sus terrenos Tajín. En 1936 se suman a los trabajos de exploración y
de labranza o durante la construcción de sus casas. La consolidación los estudios de Du Solier sobre la estrati­
finalidad era formar un museo comunitario en la antigua grafía y cerámica del sitio. Mateo Saldaña, por su parte,
estación de ferrocarril. dibujó algunos bajorrelieves.
Durante la celebración del Primer Coloquio Regional En 1938 José García Payón inspeccionó los trabajos
de Historia, celebrado en Orizaba, se invitó a Carlos Se­ de García Vega y un año más tarde fue quien se encargó,
rrano Sánchez (iia-unam), Agustín García Márquez, Fer­ comisionado por la Dirección de Monumentos Prehis­
nando Miranda Flores (inah-Veracruz), Annick Dannels pánicos, de continuar los trabajos de exploración, res­
y Rosa María Reyna Robles (inah) para que realizaran tauración y estudio de los bajorrelieves y la arquitectura
una visita al sitio en 1995, cuyos resultados fueron pre­ del sitio. Su labor habría de continuar hasta 1963. A él se
sentados y publicados (Serrano, 1998a). deben las liberaciones, consolidaciones y restauraciones
A partir de estas reuniones de investigadores de diver­ de los edificios centrales de El Tajín y del llamado Tajín
sas instituciones con la comunidad de Maltrata se senta­ Chico. Además, García Payón public�������������������
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una serie de tra­
ron las bases para la conformación del proyecto antropo­ bajos que dieron a conocer la riqueza arquitectónica y
lógico y el Proyecto de Museo Comunitario de Maltrata escultórica del sitio.
(García Márquez, 2000). En 1964 apareció la clásica obra Arquitectura prehis-
A partir de 1999 se desarrolla el Proyecto Arqueología pánica, de Ignacio Marquina, en la que, gracias a los tra­
del Valle de Maltrata, Veracruz, a cargo de Yamile Lira bajos realizados por García Payón, puede describir y di­
López, del Instituto de Antropología de la Universidad bujar los principales edificios restaurados en el sitio. En
Veracruzana, que forma parte de los estudios antropoló­ los años setenta la arqueóloga Paula Krotser y su esposo,
gicos que se llevan a cabo en la región Córdoba-Orizaba- el ingeniero Ramón Krotser, realizaron el plano topográ­
Maltrata por parte del Instituto de Investigaciones An­ fico del sitio. En 1975 apareció el libro Arquitectura me-

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soamericana, de Paul Gendrop, en el que El Tajín vuelve una cerámica uniforme en un lapso de unos cuatro si­
a ocupar un espacio importante. glos. Las exploraciones de Pascual demuestran ocupa­
En 1984 se inició el Proyecto Tajín, bajo la dirección ciones previas a la construcción del área central del sitio.
de Jürgen K. Brüggemann. Si bien este proyecto tenía Paralelamente, muchas han sido las exploraciones
propósitos de investigación académica pura, la mayoría en el ámbito de la iconografía del sitio. Los magníficos
de sus esfuerzos se abocaron a la consolidación de edi­ bajorrelieves y la bien lograda pintura mural han dado
ficios, lo que cambió radicalmente la imagen del sitio. pie a que estudiosos de diversas latitudes revisen estos
Paralelamente aparecieron numerosas publicaciones del documentos. Varios arqueólogos de los ya señalados hi­
mismo Brüggemann y de muchos de sus colaboradores, cieron también propuestas significativas en este terreno,
que no sólo consignaban descripciones y levantamien­ como el mismo García Payón y más recientemente Pas­
tos de edificios, sino que reflexionaban sobre problemas cual Soto. Otros investigadores han ceñido su investiga­
cronológicos, de organización social, patrón urbano e ción a la iconografía, entre los que destacan Michael Ed­
iconografía escultórica y pictórica. El proyecto concluyó win Kampen, Román Piña Chan, Patricia Castillo, Rex
hacia 1992, aunque Brüggemann siguió trabajando en el Koontz y Sara Ladrón de Guevara. Los avances en esta
sitio, hasta su muerte en 2004. disciplina han permitido reconocer la congruencia de la
Arturo Pascual Soto (2006) ha excavado en los últimos cosmovisión del sitio con el resto de Mesoamérica, la im­
años en la periferia de El Tajín, procurando documentar portancia y simbología del ritual del juego de pelota y
fases tempranas del sitio. El área central, explorada du­ hasta el nombre de algunos personajes, particularmente
rante el proyecto encabezado por Brüggemann, mostró de un gobernante marcado con la fecha Trece Conejo.

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