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El arco iris entre los tehuelches

Por David Williams

Publicado por primera vez en Tela de Rayón, diario Jornada, Trelew,


Chubut, 21 de noviembre de 2008

En artículos previos nos hemos dedicado un poco a las estrellas y


constelaciones, y la visión que los aborígenes patagónicos tenían de ellas.
Vamos a estudiar a otro elemento del cielo. Se trata del arco iris, un fenómeno
natural que ha despertado reverencia y admiración entre las culturas de todo el
mundo. La palabra del aóniken áish para denominarlo es Guégerr (Lista, 1998,
2: 409), Guiyer (Moreno, 1997: 398), güeghr (Beauvoir, 1915: 185). Más allá de
este significado, que sepamos nadie ha profundizado antes en la etimología de
la palabra.
Nosotros creemos que se trata de una variante de la palabra guerr/keš/kei, ya
vista con el significado de “paso o vado” cuando estudiamos el hidrónimo
Senguer (Tela de Rayón, 5 y 12 de septiembre de 2008) Suponemos que eso
exactamente es lo que el arco iris era para los tehuelches meridionales: un
vado o paso.
El arco iris como un paso o vado... Puede ser, dirá el lector. Pero, ¿ hacia
dónde? Pues... creemos que hacia el más allá. Y decimos “creemos”, pues no
hemos hallado entre los aborígenes patagónicos ningún antecedente mitológico
que apoye nuestra idea, salvo nuestro conocimiento de que, al morir, los
tehuelches debían cruzar el mar hacia el naciente, hacia el este, para despertar
“más allá del océano misterioso (Jono) en que vuelve a vivirse la vida penosa
de la tierra, hasta el día en que el tehuelche se cuasi diviniza” (Lista, 1998, 2:
139). Es decir que, al morir, había que realizar un cruce, en este caso a través
del mar, y se nos ocurre que tal vez dicho cruce se realizara por el puente
multicolor del arco iris. Apoyando nuestra hipótesis, citamos a Casamiquela
(1988: 98, 101 y 124), quien hace referencia a que el Alto Dios tehuelche era
“el señor del arco iris” y rescata la idea de muchos pueblos del mundo de que
el fenómeno de los siete colores es un camino al Más Allá, “lo que sería
coherente con la figura de un dios aplicado a guiar a los espíritus de los
muertos a un paraíso celeste”. Entre otros podemos mencionar a los
escandinavos, para quienes el arco iris, al que llamaban Bifröst/Bilröst/Bilfröst,
era el puente de fuego, aire y agua que unía la Tierra de los hombres o
Midgard y la de los dioses o Asgard. Estaba en llamas y protegido por el dios
Heimdall para evitar que los gigantes de hielo lo cruzaran desde Midgard: sólo
los dioses podían hacerlo (Guerber, 1995: 163-168). Otro antecedente es el de
los griegos, para quienes la diosa Iris era la mensajera de los dioses para los
hombres, y el arco iris era la estela que dejaba en su vuelo. En ambos
ejemplos se trata de una comunicación entre la Tierra y el Paraíso.
Es aquí en donde podemos analizar el papel del dios/diosa Séecho, una de
cuyas funciones era verificar la presencia del tatuaje en el brazo de los
tehuelches, para permitirles –o no, si no lo tenían- el paso al Cielo, según
Siffredi (1970 en Hernández, 2001: 342) y Casamiquela (1993 b: 59).
Sepamos, además que, cuando Elal abandonó la tierra, dejó en ella a su alter
ego, Wendáunke o Wendeunk, para velar por los tehuelches y acompañarlos
hacia el Más Allá cuando fallecían... tal vez el paso se efectuaba a través del
arco iris, el “paso o vado”. Coincidentemente, el dios escandinavo Heimdall, El
ya mencionado Guardián del Arco Iris, era uno de los encargados de recibir a
los héroes en el Valhalla o paraíso de los guerreros (Guerber, op. cit.).
No es imposible que la forma del arco iris sea la que ha dado, entre los
protochones, el nombre al arco –el usado como arma- entre otros
descendientes de los protochones. Según Viegas Barros (2005: 127) “arco” se
dice wayer en mánekekn o háush –idioma y etnia emparentada con los
shelknam y los tehuelches- y wayana en yámana – etnia no emparentada con
los protochones ni sus descendientes- aunque no aclara cuál idioma lo presta a
cuál, y en el diccionario yamana de Bridges (1933: 612) confirmamos que
waian-a= arco. Dado el antecedente de la palabra tehuelche guerr y variantes,
muy semejante a su equivalente mánekekn, creemos que los yámanas pueden
haber tomado de estos últimos la palabra en préstamo.
Ahora bien... ¿saben ustedes cómo se dice “camino, senda, sendero, ruta” en
shelknam? Creemos que no es casual que se diga vuajs/vuajh/vuashk/vahj
(Beauvoir, 1915: 70, 118 y 154), término en el que el sonido final, “js”, “shk”,
“hj”, “jh” es semejante al de “yer” en wayer, que se pronuncia “uaierr”, casi
“uaiesh” –recordemos que la “r” en estos idiomas es africada, es decir, suena
como la “rr” típica de La Rioja y de otras regiones de nuestro país, casi “sh”.
Hay muchas más asociaciones a hacer, que pueden leerse en nuestro libro en
preparación, pero tenemos que resumir para Tela de Rayón. Lo cierto es que el
nombre del arco-arma tanto en háush como en yámana puede haber derivado
de aquél del arco iris en protochon, y que, una vez más, el término se asocia,
no exactamente a un paso o vado, pero sí a un camino, senda, sendero o ruta.
Los shelknam, por su lado, adoptaron un nombre diferente para el arco iris en
sí mismo, pues lo llamaron chalp’/chalp (Beauvoir, 1915: 24 y 113), creemos
que de chal= agua en el idioma precursor de las lenguas tehuelches y onas -
que nos hemos tomado la libertad de denominar protochal- y en protochon (ver
Tela de Rayón, 18 y 25 de abril de 2008)+ wopen = manar, brotar (Beauvoir,
1915: 72, 140 ), es decir, “brotado del agua”, un buen nombre para el fenómeno
en cuestión ¿verdad?. Akáinik fue el nombre de su personificación en un dios,
el hermanastro de Kré la Luna (Gusinde,s-f: 575-576), y tal vez no sea casual
que la cuerda del arco lleve como nombre akûìn (Beauvoir, 1915: 19).
Sabemos, además, que en shelknam, el arco-arma es a/yaar (Beauvoir, 1915:
9 y 113), ha (Lothrop, 1928: 216), haa (Chapman, 1985: 68). La variante yaar
se asemeja a la forma wayer de los háush.
Por otro lado, la palabra del gününa a iájich para “arco” y “arco iris” es diferente
de las de las otras dos lenguas, aunque la misma para ambos significados en
dicho idioma: ‘yaqak/‘yakak, término que también denomina a la cuna
tehuelche, de forma arqueada (Casamiquela, 1983: 124). Obsérvese, sin
embargo, la semejanza de dicha palabra con términos septentrionales como
ia’katwëtrr = paso, vado, incluso “puente”, siendo ia’katë/‘iakhë= pasar
(Casamiquela, 1983: 148 y 151), iagag’tuwu/iaga’tuwuëtrr= escalera (y estribo
femenino), lit. “para subir” según el propio Casamiquela (p. 35), siendo ia’gagtë
= subir (p. 55). Todos conceptos relacionados, como vemos: pasar, vadear,
cruzar, subir, etc. Ello permite suponer que, también en los idiomas
septentrionales, tanto el arco-arma como el arco-cuna –ambos de forma
innegablemente arqueada- recibieron su nombre de aquél del arco iris, y que
éste pudo tener un significado relacionado con el de “paso, vado, cruce,
escalera, puente”.
El término ‘yaqak/‘yakak =arco, arco iris, cuna puede así ser recompuesto
como iakhëk, de iakhë= pasar + el sufijo ük, que pudiera ser un sustantivador
que hemos reconocido en varias palabras y que creemos ser los primeros en
señalar1. La traducción de “arco” en gününa a iájich sería, entonces, “pasaje”,
y la única explicación que se nos ocurre es que, efectivamente, provenga del
nombre del arco iris, entendido éste a su vez como un “paso, vado, camino,
etc.”
Por su parte, Claraz (1988: 157, voc. 773, 774 y 775) documenta en la misma
lengua las palabras yaktrac o arc como sinónimos de lo que define como “cuna
arqueada, que se lleva a lomo de caballo”. Ignoramos si arc sería o no una
deformación de la palabra castellana “arco”, pero tal vez fue la traducción que
los aborígenes hicieron de la palabra en el idioma natal de Claraz, que era el
suizo alemán, en el que arc= arco, o quizá usaron la palabra castellana. El
término yaktrac se asemeja al de Casamiquela, ‘yakak.
En cuanto a la frase o palabra recogida por Claraz, ctrame yakhagnec= arco
iris (lit. se ha puesto el arco iris), es fácil de comprender, si leemos la gramática
de Casamiquela (1983: 69), que ctrame puede corresponder a kutSΛ o këtSΛ =
prefijo de la tercera persona singular del presente o del pretérito indefinido,
modo indicativo, con el agregado del verbo iamnë, iamenë = estar,
permanecer, quedarse, y ser recompuesto como këtSΛmne= = está o estuvo.
La segunda parte, yakhagnec, sería ‘yakak = arco + el sufijo de la tercera
persona singular del presente o del pretérito indefinido del indicativo, ëk/ak.
Todo sería këtSΛmneyakaknük= = está o estuvo el arco iris. El resto de las
explicaciones de esta inclusión de un sustantivo entre los componentes de un
verbo conjugado pueden leerse en nuestro libro. La otra posibilidad sería que la
palabra fuera këtSΛiakhënëk = pasa o pasó, conjugación de ‘iakhë = pasar en
igual tiempo, modo y persona, pero existen un par de objeciones a esta
traducción –entre ellas, que no se explica la “m” en ctrame- cuya posible
solución llevaría mucho espacio desarrollar, y la dejamos para nuestro trabajo
en preparación.
Agreguemos que en shelknam, según el misionero salesiano Tonelli (s/f, s/n),
taál nombra tanto a la cuna “con forma de escalera” como a la propia
“escalera”, mientras que el idioma alakaluf parece tomar prestada la palabra,
pues taál/telle sería “escalera” en este idioma. A su vez, la palabra tehuelche
meridional para la “cuna” es tahal (Lista, 1998, 1: 92). En donde vemos que los
conceptos de “cuna” y “escalera” vuelven a acercarse. Pero ello no parecería
tener nada que ver con el mito del arco iris, sino con la forma de la cuna, en
que dos arcos son unidos por palos atravesados que forman como una
escalera.
Puede que el arco iris haya tenido un significado diferente para los gününa a
këne, pues, según informara José María Cual a Casamiquela (1988: 90),
gámakia, uno de los apelativos del Alto Dios, era “el que ponía el arco iris para
‘sujetar el agua’`”, pero esto puede tomarse como una explicación ad hoc del
propio informante, en referencia a que el arco iris aparece cuando termina la
lluvia. Rescatamos, sí, la idea de la relación entre el fenómeno y la deidad.
1
ük / ëk= sufijo sustantivador que entra en palabras como wetchalük = manantial, ahwakëk =
fuego, apiuhük = sol /luna; augëk = cueva de espíritus, chamëlëk = llano, llanura, pampa,
ahatrrük = trueno, gochec, gekchec = manto, kahnanük = allende, áhwai /ahwaik = toldo, casa,
kahwuk = todo, totalidad, atek= tierra, montaña, etc., y variantes de cada palabra. Y hay
muchos ejemplos más. Desde luego, existen muchos otros sustantivos que no llevan este
sufijo.
Entre los aranda de Australia central, Ted Strehlow, citado por Eliade (1974:
37) escribe que los hombres se vuelven mortales al perderse la comunicación
entre el cielo y la tierra, sea por desaparecer el puente que los une o los altos
árboles por los que los antepasados trepaban. La pérdida de la inmortalidad
entre los cristianos se relaciona, como sabemos, con la violación de la
prohibición divina de comer del fruto del árbol que crecía en el medio del
Paraíso. Los ejemplos son miles, y en nuestro libro profundizaremos algo entre
las causas de la pérdida de la inmortalidad entre las etnias de origen protochal.
Recordémoslas someramente:

 Para los günühna a këne, según Claraz (1988: 52), los hombres se
volvieron mortales por haber matado al hijo del Sol.
 Para los aónikenk, la causa fue la violación por parte del lobo marino, que
por entonces era aún un hombre, del tabú de mantener relaciones
sexuales, o de emborracharse (Llarás Samitier, 1950: 214, 218 y 224)
 Para los shelknam, todo se debió a que el héroe-o antihéroe- Kuanyip
impidió a su hermano mayor, Eukmenk o Kuanyip mayor, se levantara
luego de su sueño de rejuvenecimiento (Gusinde, s-f: 563-564).

Como vemos, en los tres casos se viola un tabú, o se desobedece una orden
divina. Es decir, simbólicamente, se rompe la conexión con el cielo. De alguna
manera, se corta el paso o vado, simbolizado tal vez por el arco iris... Dejamos
a los lectores con la inquietud, para profundizar estos aspectos en nuestra obra
en preparación. Hasta pronto.

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