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Texto 1: El diálogo y la cultura del error en la formación de valores

López Bombino, Luis R.

En las difíciles condiciones económicas y de otra índole que hoy vive Cuba, donde

aparecen desigualdades, incremento de delitos y fenómenos de corrupción, es

indispensable aprovechar las bondades del diálogo como vehículo importante para la

formación y el desarrollo de valores: me refiero al diálogo creador, al que nutre y eleva

la condición humana.

Este no puede ni debe caracterizarse por argumentos justificativos, sino por la

explicación real y matizada de los asuntos. Ello significa la necesidad de abandonar

las explicaciones lineales, que, en no pocas ocasiones, perduran. Muchas veces

nosotros, los educadores, también tenemos dudas e interrogantes que respondernos.

A la Revolución hay que defenderla también a través del nudo de contradicciones que

ella misma genera en su desarrollo progresivo.

El diálogo no se desarrolla lastimando y abriendo heridas innecesarias. El intercambio

debe ser cada vez más fluido y también garantizar la más amplia participación. Puede

existir, de hecho, una crítica decente y comprometida con los tiempos que corren. El

individuo tiene que ser portador de debates, de ideas contradictorias, pues la apatía y

el silencio perennes pueden ser indicadores importantísimos y no despreciables de

vacío moral y espiritual.

No es posible tratar los problemas homogéneamente, sino de manera diferenciada. La

homogeneidad no propende al crecimiento moral y espiritual y afecta su desarrollo

perspectivo.
Justamente por eso, la apertura deviene una condición esencial para el crecimiento

personal. Sin ese atributo, no hay condiciones suficientes para el desarrollo de la

personalidad.

Los términos «ser combativo», «tener criterios», «discutir», son atributos

imprescindibles para el enriquecimiento de la autonomía del sujeto, pero pueden

favorecer también una cultura del desencuentro que no coadyuva precisamente al

desarrollo de la personalidad.

Para la configuración individual del valor, en tanto proceso, resulta vital la creación y

la defensa de espacios para la reflexión, la discusión y el debate. De ahí la imperiosa

necesidad de brindar márgenes para la contradicción, la coexistencia de puntos de

vista contrapuestos, la discrepancia, e incluso para el error reflexivo, ya que es un

camino insoslayable a fin de otorgarle un sentido e interiorizar el contenido que se

pretende inculcar.

La individualidad —o sea, el sujeto en su carácter activo— nunca dejará de

expresarse. Si no creamos espacios reales para su manifestación, el individuo lo hará

en otros más bien informales y menos al alcance de las influencias sociales más

generales.

A su vez, los espacios de expresión no deben convertirse en momentos catárticos,

sino en una acción o decisión. Es decir, el espacio de reflexión debe tener una salida

productiva a partir de que el sujeto participe realmente en el suceder de la sociedad.

Lo contrario puede conducir a la apatía, a la indiferencia y a la insensibilidad.

Cada individuo, grupo y generación posee su historia, su realidad, sus conquistas y

sus sistemas de necesidades; todo lo cual es diferente, cambiable, como lo es

también la propia realidad. Si somos consecuentes con la idea del papel de las

necesidades en la mediatización y asimilación de los valores, podemos entender


cómo cada generación se parece a su tiempo y demanda a partir de su tiempo. Es

imposible sustituir lo vivencial real —a lo cual está sometida— por lo vivido trasmitido

por generaciones precedentes. Por ello los clichés, slogans y dobles mensajes

resultan carentes de sentido para determinados grupos, en especial para los jóvenes.

Cada generación traza sus compromisos y proyectos: de ahí la necesidad de crear

posibilidades para la configuración real de proyectos de vida gestados por el

individuo, así como flexibilizar normas sociales y posturas paternalistas, desde lo

social, que hacen recaer en estas el destino del joven y no en su decisión, elección y

autodeterminación, con lo que se frena el papel activo del sujeto.

En no pocas ocasiones la valoración social excesivamente censuradora genera un

marcado determinismo externo, lo cual origina la posibilidad de una doble moral en el

sujeto, con el propósito de no afectar la aceptación externa. Con ello se crean también

condiciones para la alienación moral.

Resulta medular formar en el individuo una cultura del error. No crearla puede

convertirse en un indicador de crisis moral, pues proyectar un hombre perfecto, que

no deba equivocarse, supone la formación de un hombre que no existe, abstracto e

irreal. En este proceso es indispensable la función de la cultura, pues, como afirmara

Abel Prieto, su misión es «contribuir por sus vías específicas a la reflexión ética que

necesitamos, al afianzamiento de valores, a promover formas renovadas de

convocatoria y de unidad, al enriquecimiento espiritual imprescindible».1 

Una vía eficaz en este proceso es, sin dudas, conquistando, a través de nuestra obra

educativa y prestigio, los líderes estudiantiles efectivos, que no siempre coinciden con

los líderes formales de sus organizaciones.

Las virtudes y valores no florecen ni se desarrollan en abstracto. Se establecen, ante

todo, por los oficios de los buenos ejemplos y la participación social. Siempre que se
asuma de modo consciente, esta última es un proceso que refuerza e incorpora

valores de importancia para la vida de niños y jóvenes, así como de otros segmentos

sociales, y consolida, a la vez, convicciones y acciones de quienes participan en él.

De aquí se deriva la insoslayable necesidad de formar los valores que hoy demanda

nuestra realidad social, crear una personalidad comprometida —tanto niños y jóvenes,

como otros sectores sociales—, aprovechar los mejores valores universales, los de

nuestra historia e incluso los de la propia comunidad, conservados y desarrollados en

el curso de su historia.

Obviamente, la escasez de recursos coloca a Cuba en una posición difícil en el

propósito de formar los valores deseados a escala social. Pero es necesario luchar

contra viejas trabas, prejuicios y ataduras que han perdurado en la comprensión de

este problema, pues no siempre prohibir y normativizar a ultranza da lugar a que surja

algo mejor.

Es importante que se produzca un desarrollo en los planos más profundos de la

conciencia del hombre. Pero esta transformación no puede estimularse solo desde

afuera. Por el contrario, la persona que procura mejorar su comportamiento y su

personalidad debe esforzarse por promover también su propia reforma interior.2 

La confrontación de valores antes aludida, imprescindible para el momento actual de

desarrollo del país, no puede ser la que queremos o aspiramos solamente, sino la que

se origina como consecuencia de nuestro desarrollo social, de errores cometidos en

distintas esferas de nuestra realidad y de problemas que, por múltiples razones,

afrontamos en la actualidad. Su solución no depende exclusivamente del despegue

económico.

Cuando la representación de los valores se repite constantemente, ya sea por medio

de la comunidad, los maestros, la familia, el sistema educacional en su conjunto o los


medios de comunicación masiva, pueden terminar por perderse, y de hecho, disminuir

su eficacia reguladora, y desaparecer su sentido de perfeccionamiento, a lo que

siempre debemos aspirar.

Hay que asumir la crítica reveladora, proceder a reactivar y a reacomodar valores que

han perdido vigencia por el impacto de los nuevos tiempos. Solo así, con el

convincente lenguaje de los hechos y también de las nuevas ideas, podremos crear,

formar y desarrollar los valores demandados por el curso actual de nuestra historia.

En definitiva, toda crisis, una vez concluida, implica desarrollo, pues transformar no

significa, necesariamente, negar; sino más bien dar un paso hacia adelante para

respirar más profundo y continuar desarrollando los valores sociales.

En Cuba se ha logrado una sociedad mejor, imperfecta aún, con dificultades de

distintos grados de expresión, pero más humana y justa. Es por consiguiente

necesario anteponer a lo que ha sido calificado de momentáneo triunfo de la

irracionalidad, la desesperanza y el desencanto, una eticidad positiva que propicie la

necesidad de perfeccionamiento de la recuperación que ha mostrado en los últimos

años la fuerza de la razón y la ternura, afianzando acciones que promuevan el

correcto actuar, sentir y conocer.3  Es cierto que aún falta mucho por bregar, para

resolver múltiples y acuciantes problemas que aquejan al país.

Los grupos que se forman en el quehacer pedagógico y que en muchas ocasiones

trascienden este ámbito, pueden constituir la oportunidad ideal para que los sujetos

en ellos implicados puedan abrirse efectivamente a otros y saber que se puede actuar

de verdad.

Uno de los factores que, a mi juicio, puede contribuir al desarrollo moral es la fuerza

del grupo o colectivo, cuando se logra que los propios colectivos hagan suyas las

normas y valores necesarios para un desempeño determinado. Esta fuerza se


trasmite y actúa también como elemento regulador de gran importancia, movilizando

los esfuerzos individuales en la dirección deseada, sobre todo si estos poseen el

atractivo necesario como para que el sujeto sienta la necesidad de pertenecer al

colectivo y compartir sus valores.

No podemos olvidar que los hombres somos seres grupales, ya que, en primer lugar,

procedemos de un medio familiar y la mayoría de nuestro tiempo lo pasamos en un

grupo estudiantil, laboral, de investigación, etc. La moral y sus valores sobrepasan

también el marco de acción del grupo en el cual el individuo se desarrolla, por lo que

este espacio deviene realidad que permite vivir valores como la solidaridad, la

hermandad, la tolerancia, etc. Esto permite a los sujetos ser protagonistas de su

propio proceso y de otros engendrados en la vivencia de los valores del ambiente

donde se desarrollan.

La comunidad educativa, comprendida desde esta óptica y perspectiva, es abierta. No

se regocija en sí misma y se compromete con quienes creen en la posibilidad de

autorrealización de la persona y toman partido por ella. Por eso, quienes se enrolan

en un proceso educativo de esta índole y envergadura descubren, desde su propia

experiencia, que existe algo más importante que la persona regocijada en sí misma y

que, aun con las limitaciones actuales, los proyectos se tornan posibles, necesarios y

viables.

Pero conviene recordar que sin diálogo no se puede lograr que la verdad

resplandezca, lo que presupone un proceso de educación del conflicto, no encarado

con pura emotividad, sino críticamente. No por gusto la acción educativa debe ser

fuente que desarrolle las más variadas potencialidades, a la vez que la oportunidad

para ejercer la crítica, que entre otras virtudes hace posible la apropiación de valores

y la estructuración de las convicciones que dan unidad y armonía. Por ello es


imposible renunciar a la posibilidad formadora de la obra educativa, pero esta ha de

lograrse apelando, en la medida de lo posible, al diálogo, al convencimiento y nunca

al discurso impositivo y rígido.

Lo cierto es que las relaciones que debemos lograr en el quehacer pedagógico han de

estar mediadas por el afecto, pues el amor implica, además, la buena relación

pedagógica, el verdadero «estar con para», «prevenir y formar», el estar juntos para

colaborar, ayudar y promover el crecimiento.4 

Es justamente por ello que se les debe dar al niño y al joven un cierto grado de

libertad, pues solo así pueden aprender a ser responsables. Sin embargo, se trata de

una libertad tanto para fracasar como para triunfar. Lo importante es que aquel

saboree suficiente grado de éxito, a fin de motivarlo para que logre otros más.

Se trata, pues, de una responsabilidad personal. Al ayudar a los niños debemos

trabajar en el sentido de hacerles comprender que ellos son responsables en cuanto a

satisfacer sus propias necesidades. Sin una labor intensa, y sin disciplina personal,

los alumnos fracasarán, pese a lo mucho que mejoremos nuestro sistema

educativo.5 

Si el mundo de los valores puede servir de guía a la humanidad en el logro de sus

aspiraciones de paz y fraternidad, por la misma razón debe servir para orientar al

individuo en sus deseos de autorrealización y perfeccionamiento humano.

En este caso, la acción educativa debe guiar sus objetivos en la ayuda al educando

para que aprenda a orientarse libre y razonablemente por una escala de valores, con

la mediación de su conciencia como norma máxima del obrar.

El ser humano debe ser educado en el valor de lo auténtico, en no temer a lo que

surge en él, en reconocer y enfrentar su sistema creciente de necesidades y

aspiraciones, aun cuando no coincidan con quienes le rodean, solo el camino de su


confrontación, de su diálogo y comunicación con los otros, puede operar, a través de

su propia reflexión individual, un cambio que sea auténtico y, a su vez, se integre de

forma estratégica con el fin social que verdaderamente lo represente.6 

En realidad, el sentido de los juicios de valor que emanan de la conciencia moral

reside en estimular la actividad del hombre, en impulsarlo a realizar determinados

tipos de acciones —positivas o negativas—, cumpliendo a su vez una función

orientadora en el plano de la actividad social.

El proceso de la educación en valores se ve favorecido al recibir los estudiantes de

enseñanza primaria y secundaria cursos específicos de estudios cívicos, lo que

constituye, de hecho, un acierto, y por tanto un primer escalón de desarrollo.

Recordemos que en otros momentos del desenvolvimiento educacional cubano no se

impartían contenidos de tal naturaleza en estos niveles de enseñanza.

En la educación superior (excluyo las Facultades de Filosofía), la enseñanza de

algunos contenidos éticos donde se incluyen valores, se reduce a problemas que se

explican en algunas asignaturas por medio de la «enseñanza transversal», o sea, se

imparten a los estudiantes conferencias con entrada libre.

En carreras de ciencias, por ejemplo, se brindan conferencias de bioética, importantes

por los problemas que abordan y por su grado de actualidad, pero se obvian, en

algunos casos, las cuestiones tradicionales de la ética médica y se hace abstracción o

se desconoce la integralidad del saber ético universal.

Por otra parte, sería un craso error, además de una utopía, suponer que la formación

de valores y la enseñanza de la Etica se puedan reducir solo a los buenos ejemplos y

al sentido de modelo que debe caracterizar el comportamiento de cada profesor.

Desde esta misma óptica, significaría también un error obviar, o más bien minimizar,

los indiscutibles avances o cambios registrados en el saber ético contemporáneo.


Si bien esto es importante, no lo es menos continuar reevaluando y reajustando

distintas estrategias para seguir buscando, de manera creadora y constructiva, qué le

falta al sistema educacional cubano en su conjunto para lograr, en los distintos niveles

de enseñanza, que los educandos se formen del modo más integral posible.

Por ello, a mi juicio, constituye un reto para la educación en general, y la superior en

particular, emprender el estudio de materias como «Etica general», «Etica de los

valores», «Etica de la ciencia y la tecnología», «Pensamiento ético cubano», y «Etica

de las profesiones» de acuerdo con el perfil de las carreras de los futuros egresados;

sin negar la importancia de asignaturas como «Historia de Cuba» e «Historia del

pensamiento cubano» en la difícil tarea de formar los necesarios valores que hoy

demanda el curso actual de la Revolución.

Un problema medular para la educación superior resulta el hecho de que para lograr,

o más exactamente llegar paulatinamente al mejoramiento moral y humano aspirado

por la sociedad cubana, no solo vale que el individuo se centre en su oficio estricto o

su especialidad —esto es, que posea la última técnica e información científica de

avanzada, así como una excelencia imprescindible. Si bien profesionalismo,

excelencia o experticidad son valores determinantes, no basta con formar al ser

humano pensando en los marcos estrechos de su especialidad, aunque con ello se

logre una alta profesionalidad. Por el contrario, este debe tener, en lo posible,

formación cultural íntegra. Un acentuado profesionalismo reviste hoy para Cuba una

importancia decisiva, pero solo puede entenderse en un sentido dual: por un lado,

poseer conocimientos a la altura de la actual época histórica, es decir, técnicas e

información de avanzada; y, por otro, trabajar y educar en los sujetos la necesaria

implicación que tiene que asumir como consecuencia de los grandes problemas que

hoy aquejan a Cuba e incluso al Tercer mundo en su conjunto.


La formación de valores no comienza ni culmina con la enseñanza de la Etica y de

otras disciplinas afines. La Etica explica este proceso complejo, pero también puede

lograrse cuando se imparte un contenido específico, aunque no todos poseen la

misma carga valorativa. Esto significa que la enseñanza de los valores tiene que estar

en el contenido de los programas de distintas carreras y promovidos por las instancias

nacionales de la educación superior.

Ante esta situación, es necesario insistir en el valor cognoscitivo y práctico que posee

la formación moral para el sistema educacional cubano, e incluir este tipo de

enseñanza en los planes de estudio que año tras año se perfeccionan.

Por eso, el proceso educativo debe de ocuparse no solo de trasmitir conocimientos,

sino de refinar la conciencia para que el hombre de hoy sea capaz de escuchar en

cada situación la exigencia que contiene.7 De aquí que el desarrollo del pensamiento,

junto con la formación de los sentimientos y valores, deben entenderse como una

unidad, integrarse y no contraponerse. Ello deviene uno de los objetivos esenciales

para elevar la calidad de la enseñanza en su conjunto.

De esta manera, estaremos luchando también contra las trabas, prejuicios y ataduras

que han perdurado en la comprensión y enseñanza de estos problemas, que no han

sido una cuestión exclusiva de Cuba. Como primer paso elemental, cumplen objetivos

con los que pudiéramos estar de acuerdo. Pero solo como escalón primario, como

nivel mínimo de un conocimiento más complicado y profundo.

El asunto es más urgente que nunca: se trata de formar en la personalidad de los

estudiantes una alta sensibilidad a contenidos éticos y axiológicos que los movilicen

libre y conscientemente, y no de forma mecánica e impersonal.

Resulta vital educar convicciones y sentimientos que propendan al desarrollo de una

conciencia moral que permita, al decir de José Martí, la movilización de todas las
riquezas del alma. Es necesario, quizás hoy más que nunca, cultivar la pasión

ancestral de creer en el mejoramiento de los seres humanos.

Vale decir que los profesores tienen que estar preparados para lograr este tipo de

aprendizaje. No basta con su grado de experticidad o profesionalidad, o con

absolutizar el valor de su ejemplo personal, ni la fuerza que emana de ser modelo

para sus estudiantes. Aunque esto es importante, no puede reducirse a ello, ni queda

agotado en este proceso.

Es imprescindible reflexionar acerca de la pertinencia de materializar la impartición de

estas disciplinas. Contamos con profesores capacitados, así como con voluntad y

espacios en los planes de estudio a fin de que ello sea factible.

El sistema de educación superior cubano, de incontables logros, sabrá introducir

estos cambios básicos para la formación integral del hombre, en estos momentos de

incontables problemas, cuya solución se debate, en torno a la formación moral y

axiológica del ser humano.

De vital importancia es formar y desarrollar en el hombre la capacidad de descubrir el

aspecto del bien que acompaña a todas sus acciones o sucesos para que de este

modo aprenda a orientarse y a valorar con toda la fuerza de su ser, a conocer con la

razón, querer con la voluntad, e inclinarse ante el afecto que emane por todo aquello

que sea posible apreciar y calificar de bueno, noble, justo y valioso.

A mi juicio, es cierto que la persona aprende a descifrar su propio contenido en el

curso concreto de su vida histórica, frente a las situaciones que encuentra o que su

misma acción suscita. Se necesita, por así decirlo, la urgencia de un choque concreto

con las cosas o con los otros y la gravedad de la elección que esto impone, para que

el hombre que actúa pueda descubrir lo que significa verdaderamente su intención


ética, y lo que él es en este aspecto. La figura del hombre no está acabada; en la

acción se perfila y se descubre a sí misma poco a poco.8 

Notas

1. Véase Abel Prieto, «Intervención sobre el papel de la cultura en nuestra sociedad»,

Granma, La Habana, 1º de junio de 1996, p. 5. Véase, además, «Artículos y

discursos», material fotocopiado, Facultad de Filosofía e Historia, La Habana, 1998.

2. Arnold J. Toynbee e Ikeda Daisa, Escoge la vida, Emecé Editores, Buenos Aires,

1980.

3. Véase Enrique Ubieta Gómez, «La independencia no es un valor abstracto»,

Juventud Rebelde, La Habana, 9 de enero de1998, p. 3. Lo significado en cursivas es

de Ubieta.

4. Véase José R. Regil Vélez, «¿Educar en la posmodernidad?», Umbral XXI,

Universidad Iberoamericana de México, pp. 72-5.

5. William Glaser, citado por Frank Gogle, La tercera fuerza, Trillas, México, 1990, p.

180.

6. Fernando González, «El hombre ¿sujeto u objeto de la moral?», en Memorias del III

Encuentro Latinoamericano de Psicología Marxista y Psicoanálisis, La Habana, 1994,

pp. 222-3.

7. Véase V. E. Frank, La voluntad de sentido, Editorial Herder, Barcelona, España,

1991, p. 35.

8. E. Ladriere, El impacto de la ciencia y la tecnología en la ética, en Etica, ciencia y

tecnología, Editorial Tecnológica de Costa Rica, 1983, p. 37.

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